Anda di halaman 1dari 251

Los Plac e re s

de la Mantis

por Elizabeth Blackwood

Luna Blanca
Los Placeres de la Mantis
Elizabeth Blackwood
© 2018 Luna Blanca

Global Copyright Registry Nro: 1807307866235


Fecha de registro: 30-jul-2018 03:29 UTC
Licencia de SAFE CREATIVE
Todos los derechos reservados
Elizabeth Blackwood
Los
Placeres
de la Mantis
DETRAS DE LA PUERTA

¿Qué hay detrás de la puerta? ¿Te imaginas qué puede


HABER?

Tal vez una mujer ardiente que espera con impaciencia a un


hombre...

¿Será una mujer desenfrenada? (lo que comúnmente se


llama una “come hombres”)

No necesariamente. Los hombres suelen fantasear


demasiado… Puede que esa mujer sea esa vecinita que está en
frente de tu casa o esa chica con cara de ángel que te cruzas por
los pasillos del edificio.

Si el que está leyendo este libro es un taxista o un remisero,


entonces no habrá más remedio que cerrar las tapas de este
libro... Tantas historias calientes viven a menudo estos hombres
que yo, como modesta escritora, tendré que subirme a un taxi
para mejorar mi manera de escribir. Ser dueño de un taxi o
remis es tener un pasaporte seguro al mundo del placer.

Si existe algo que he aprendido de la vida es que muchas


mujeres no se privan de nada. Desde luego las hay de todo �po;
discretas, zafadas, exhibicionistas, frígidas. También las hay del
�po normal, ni un extremo ni el otro. Digamos que término
medio. Pero si hay una cosa que caracteriza a casi todas las
mujeres (y puede que a los hombres también) es su parecido
con la naturaleza. Hay un impulso animal grabado en la gené�ca
de cualquier mujer. Qué hombre no ha conocido a esas mujeres
salvajes y provoca�vas que, ante la primer propuesta masculina,
salen huyendo espantadas como si el hombre se tratara de
un sá�ro. O a esas con cara de mojigata que se acuestan con
cualquiera a la primera de cambio. Muchos hombres no saben
que eso en la Naturaleza se llama “mime�smo”, que es la
capacidad animal de camuflarse para ocultar lo que se es. Y en
las mujeres hay mucho de eso; de mime�smo, de salvajismo
animal. Un salvajismo, a menudo oculto, que se hace eco en la
literatura eró�ca. Pues la mujer, cuando está frente al papel,
siente deseos de liberar lo que siente. Para la mujer, la literatura
y el arte es una forma de liberación sexual. En el arte ella se
siente libre, en el arte ella recrea sus fantasías. Por suerte ahora,
para muchas de ellas, ya no necesitan refugiarse en la literatura
y pueden expresar públicamente lo que sienten, incluso hacer
lo que se les venga en gana (sobre todo en materia de sexo). Sin
embargo, ese deseo de trascender las fronteras de la realidad
no ha devenido en que la mujer se divorcie defini�vamente de
los libros. Y creo que nunca lo hará, pues para ella la literatura
román�ca-eró�ca siempre será una parcela aparte. Una
especie de “meta-realidad” donde ella hará posible sus más
inconfesables secretos.

¿Tiene límites el deseo de la mujer? ¿O su necesidad de


ero�smo, si se quiere?

Personalmente creo que no. Pienso que la mayoría de las


mujeres pocas veces logran sen�rse saciadas. Es por eso que
pueden leer Romeo y Julieta infinidad de veces… O escuchar
la misma canción como cincuenta veces en un mismo día. La
mujer a menudo siente que todo el Universo puede caberle en
su vagina. Es un sen�miento maravilloso y desolador a la vez.
Este libro no trata sobre mis historias sino sobre historias
de otras supuestas mujeres. Digo supuestas pues sus autores
figuran con un seudónimo femenino. En ellas aparecen autoras
como “Lucía” y “Morena Insaciable”, o “Andrea Renas”, “Ariadna”
y “Melissa”, todas mujeres que despliegan en sus relatos un
ero�smo carente de tapujos. Digamos que no se guardan nada
y hablan de sexo con absoluta libertad. En ella aparece una
buena suegra que se encama con su propio yerno, o una mujer
que engaña a su marido con todos los jóvenes guapos que se le
cruzan. ¿Incesto? También hay incesto y un poco de zoofilia para
variar… Incluso un trío entre una mujer con su esposo y el socio
de su marido. En fin, un autén�co carnaval eró�co en donde se
come carne a más no poder…

Yo le llamo a estas mujeres liberales “man�s”, pues la man�s


es un insecto que �ene la par�cularidad de que la hembra se
come al macho mientras está teniendo sexo con él. Esta conducta
no �ene nada que ver con los hábitos de la “viuda negra”, que
es una araña que se come al macho mucho después de haber
tenido la relación. La man�s no es materialista, es ¡glotona!,
ama el sexo y la comida. Tanto, que hasta se puede comer un
bichito mientras está haciendo el amor con su pareja… Por
eso algunos machos más listos ponen en prác�ca la siguiente
estrategia para evitar ser comidos por su voraz compañera.
Se le acercan amistosamente y le ofrecen un pequeño insecto
para montársela luego aprovechando que ella está ocupada
comiendo. Muchas mujeres de nuestra sociedad, al igual que las
man�s, sólo acceden a tener sexo con su par si éste les ofrece
un trago, las sacan a pasear en auto o le hacen un hermoso
regalo. Con ese pequeño mimo el macho puede llevárselas a
la cama… Las mujeres viudas negras, por el contrario, no se
conforman con eso y quieren que el hombre les dé, aparte de
eso, la tarjeta de crédito, el auto y el departamento. Muchos de
ellos terminan secos como los cadáveres de una telaraña…
Como podéis ver las mujeres son como cualquier “bicho”;
las hay buenas y las hay malas. No generalicemos… Es cues�ón
de saber elegir en esa selva humana en que vivimos.

Los relatos que vais a leer los hallé todos en Internet.


Fueron escritos por supuestas “mujeres” y poseen algunas
modificaciones mías; en general de puntuaciones y comas
y pocas veces de párrafos o palabras. Como compiladora y
cuidadosa es�lista me he permi�do agregar o quitar algunas
partes del relato original para adecuarlas un poco más a mi
es�lo literario (sólo un poco y obvio que no diré qué partes…)
pero están tal cual las autoras las escribieron, es decir no �enen
modificaciones de base. No se ha perdido nada de lo que las
autoras quisieron expresar.

En estas historias los hombres ingresaran al excitante


mundo de las man�s. Un mundo de placeres extremos donde
el hombre y la mujer serán víc�mas de sus propios cuerpos...
Besos, caricias, copiosas corridas, situaciones de las más
mórbidas salidas todas de la imaginación femenina. Una
imaginación que no deja lugar ni a la moral ni a las buenas
costumbres, es decir, es el todo vale. Por eso este libro puede
ser leído tanto por hombres como por mujeres, pues por un
lado se manifiestan las fantasías más prohibidas de las mujeres
(o una parte importante de ellas) y por el otro se manifiesta
el oculto deseo de muchos hombres de ser consumidos por el
fuego femenino que emana de estas ardientes mujeres… pues,
cuando se enciende el vientre de una mujer, si hay un hombre
cerca ¡se quema en su caldero!

Así que si eres mujer, puedes diver�rte y hasta cachondearte


con esta larga recopilación de historias. Ustedes ya saben a qué
me refiero... Si hay algún relato que no te engancha, no pierdas
tu �empo y pasa a la historia siguiente, igualito a cuando vas a
una �enda de libros; no te gastes en cosas que no te interesan.
Eso es todo lo que tengo que decirle a mis congéneres. Pero si
eres hombre prepárate… pues estas mujeres pueden quitarte
el hipo. Te aviso que no son mujeres comunes, son man�s, y
nunca quedan sa�sfechas. Puedes catalogarlas de putas, de
zorras, usa el califica�vo que quieras, para ellas eso no importa
pues ellas sienten que están más allá de toda calificación. No se
alimentan de la opinión pública, lo único que quieren es gozar
a tope con un hombre, tocar el cielo con las manos, volar como
brujas montadas en tu escoba…

Los relatos que vais a leer (si eres hombre y te decides a


leerlos) imagínalos como si fueran habitaciones. En cada una de
ellas hay una man�s esperándote para comerte. Es como una
novela de ficción en donde abres una puerta que te lleva a otro
mundo… Y al final, cuando acabas el recorrido, te encuentras
con otra puerta que te lleva... ¿de regreso a tu casa? No, a otro
mundo más...

Una puerta, un mundo, una habitación, una man�s. Este


es el juego que propone este libro. Un juego en donde puedes
quedarte atrapado…

Desde luego puedes volver a tu mundo por la puerta de


salida cuando lo desees (esa que dice BACK DOOR). No estás
leyendo Dimensión Desconocida. Cuando sales por esa puerta
regresas de nuevo al lugar donde estabas; Bienvenido al
Mundo Real… o Welcome to the Real World, como dicen los
norteamericanos.

¿Te gusta estar en tu mundo? ¿O te quedaron ganas de


volver con ellas?

Como en todo hotel lleno de habitaciones se ingresa por una


de las puertas (el primer relato del libro). Allí te encontrarás con
la primera man�s... Luego, cuando hayas recuperado energía
y sientas que estás de nuevo en forma, puedes abrir las otras
puertas para encontrarte con otra man�s más. Y así, puerta
por puerta, irás cruzando todas las habitaciones hasta llegar
a la úl�ma de todas en donde la llave la tengo YO, pues soy
la conserje del hotel (¿o habrá que llamarlo motel?). El úl�mo
relato cierra el libro.

Me adelanto a decirle a mis lectores que en cada habitación


hay fotos “escondidas”. No escondidas porque no estén a la vista
sino porque te asaltan cuando menos te lo esperas. Nosotras
las mujeres no tenemos un ero�smo tan visual (aunque desde
luego nos gusta mirar) pero los hombres son muy vulnerables a
caer en la tentación de los ojos; una foto los puede estremecer,
los puede sacar de quicio, los puede dejar bien duros... Así que
he decidido incluir algunas fotos “subidas de tono” para que
el proceso de alimentación de las man�s encuentre menos
resistencia de lo habitual… “Una imagen dice más que mil
palabras” recita el viejo refrán.

Sin nada más que agregar y dejándote solo en la antesala del


motel, ya estás preparado para ingresar al pasillo que te lleva
a la primer puerta. Una vez que estés solo en el pasillo (nadie
te va a estar espiando) desajústate la corbata y arrójala sin
cuidado al piso. Luego sácate la camisa, el calzado, el pantalón,
los calce�nes, el bóxer, todo lo que tengas puesto.... y así, en
pelotas, como Adán en el paraíso, y teniendo plena consciencia
de que no eres más que comida, gira la perilla y entra al Jardín
del Amor. Entrégate totalmente a los placeres de las man�s.
¿Papá?
No esperé que te
levantaras tan
temprano...
Mi gusto por Papi
por MarCarmen
Los Placeres de la Mantis 16

“Una historia de incesto total, de cuando empecé a hacerlo


con mi papá.”

Pues verán, habían pasado cerca de dos años del divorcio de


mi mamá con mi papá y la verdad, en mi papel de hija, quedé
en medio de todos los problemas. Pero me quedé a vivir con
mi mamá después del divorcio. Aunque ya saben cómo son las
mamás, con eso de la menopausia, con los pleitos con sus novios
de turno… en fin, tantas cosas por lo cual decidí irme a vivir por
un tiempo con mi papá. Y es aquí en donde empieza mi historia.

Resulta que mi padre es un hombre mayor, pero que siempre


se ha preocupado por mantenerse en forma... No se encuentra
mal físicamente y además con las canas que tiene le dan un aire
interesante. Pues ya me encontraba en casa de mi papá. Él es
un hombre que muy difícilmente cambiaba sus hábitos, todo
lo hacía métricamente, meticulosamente y a la misma hora.
Después de varios días me di cuenta que en punto de las diez
de la noche se despedía de mí, y se iba a su habitación a ver
televisión, sentado en el sofá de su recamara. Así pasaron los
días, pero sucedió una cierta noche que, después de la cena, oí
ruidos en el patio, por lo cual salí a la terraza pero no vi nada
fuera de lo normal. Sin embargo, al acercarme a la ventana de
la habitación de mi papá, me di cuenta de lo que hacía todas las
noches cerca de las diez…

Él se encontraba desnudo sentado en el sofá, en el brazo


Los Placeres de la Mantis 17

derecho del mismo un pote de lubricante y en el izquierdo una


toalla chiquita, y en la televisión películas pornográficas...

Día a día lo espié. Veía que siempre ponía su película, después


se desnudaba, untaba gran cantidad de lubricante en su pene, y
empezaba a masturbarse. Al terminar, tomaba la toallita y se
limpiaba todo, dirigiéndose al baño poniendo la toalla en el cesto
de la ropa sucia y lavándose las manos, apagaba el televisor y se
acostaba a dormir.

La verdad, al ver la verga de mi padre me llamó la atención


muchísimo, o sea, que quería vérsela más de cerca, porque sólo
la veía por partes. Después de varios días pensé “qué pobrecito
de él… le faltaba una hembra”. Así que me dispuse a ayudarlo a
como diera lugar.

Un sábado, que estábamos en casa, él se encontraba en el patio


trasero de la casa. Al observar esto, me puse un bikini diminuta,
saqué una toalla y bronceador dirigiéndome donde él estaba
leyendo el periódico. Pero cuando llegué, tenía alrededor de todo
mi cuerpo la toalla; entonces le dije que si no le molestaba que
me asoleara junto a él, respondiendo que no. Lentamente me
fui quitando la toalla y él se quedó mudo al verme en bikini y en
especial la tanga que traía puesta. Me acosté boca arriba y me
percaté de que no me quitaba la vista ni un momento… Después
me di la vuelta, tomé el bronceador y le dije “Por favor papá, me
lo puedes poner…”. Tímidamente empezó por los hombros.

Yo, insistentemente, le decía que más abajo… Después de un


rato dejé que me untara todas las piernas, toda mi espalda, pero
faltaba que me untara mis nalgas. Le pedí que lo hiciera pero
primero se negó y yo le dije que “cuál era el problema…”, por
Los Placeres de la Mantis 18

lo cual procedió, dada mi insistencia, a untarme de bronceador


las nalgas.

A propósito yo alcé la cola cuando sentí sus manos tibias


sobre ellas. Y dejé escapar un gemido de placer… ¡Me estaba
dejando acariciar mis nalgas por mi propio padre!

Cuando giré mi cabeza y lo vi, del short que traía puesto se


le veía una tremenda erección. Él se dio cuenta que lo estaba
observando, pero se hizo el desentendido y se marcho de ahí.
Sin embrago, de vez en cuando, echaba un ojo por la ventana
para verme.

Al igual en las mañanas, antes de irse a trabajar, pasaba todos


los días a mi recamara, por lo cual tomaba un baño temprano y
desnuda me ponía crema en todo mi cuerpo. Cuando entraba mi
papá, inevitablemente me encontraba desnuda. El primer día no
podía ni darme el beso de despedida. Y los demás, veía mi cuerpo
enteramente. Y para incitarlo aún más, me levantaba desnuda y
además del beso de despedida la daba un gran abrazo.

Un día por la tarde, ya casi de noche, tomamos unas copas de


vino. En ese preciso momento le dije que había visto lo que hacia
todas las noches… Él se sonrojo, y me dijo que por el trabajo
y todas sus ocupaciones era difícil encontrar una mujer, y que
además él estaba en contra de pagar por sexo. Le dije que si
quería yo le ayudaba a masturbarse. Él se indignó, se puso de pie
y se fue. Por la noche, faltarían como unos diez minutos antes de
las diez, me puse una bata transparente, un brassier de encaje y
una tanga. Cuando oí que entró al cuarto, salí inmediatamente
de mi habitación, espere varios minutos observándolo a que
empezara a masturbarse, y cuando tenía la verga bien dura, entré
Los Placeres de la Mantis 19

de sopetón a la habitación…

Él se quedo mudo, no supo que decir.

Fue entonces que me dirigí a él, tomé sus rodillas –que


las puso duras por un instante– y se las abrí… y ahí estaba su
hermosa verga bien parada. Entonces tomé el pote de lubricante
y se lo puse sobre su verga, con mi mano izquierda tomé sus
testículos firmemente los cuales no me cabían en mi mano, y con
mi mano derecha bien lubricada lo empecé a masturbar.

Era fantástico y muy morboso tener en las manos le verga de


mi papá. Después de un rato empezó a eyacular, aventando unos
cuantos chorros de semen. Cuando terminó, tomé la toallita, lo
limpié completamente, también limpié mis manos, fui a su baño
y me lavé las manos, pase junto a él y le di un beso en la frente
deseándole buenas noches.

En el desayuno, por la mañana, él no podía verme a la cara.


Creo que tenía vergüenza. Pero poco a poco, con el correr de
los días, fue aceptando que lo masturbara todas las noches. Así
pasaron varias semanas hasta que un día se tuvo que ir de viaje.
Se fue veinte días, y un viernes por la mañana muy temprano
nuevamente llegó. Sin embargo, como estaba demasiado
cansado, le preparé el desayuno y se fue a dormir casi todo el día.
Despertó como a las cuatro de la tarde. Yo ya había preparado
la comida, comió y se fue a su habitación. Al igual que siempre
dieron las diez de la noche, entonces me dirigí a su habitación.
Él me estaba esperando. Y como siempre, me hinqué entre sus
piernas, lubriqué su verga y tomándolo como siempre por los
testículos, lo empecé a masturbar. Pero sucedió algo tremendo,
al momento de eyacular, lanzó chorros y chorros de semen,
Los Placeres de la Mantis 20

como nunca lo había hecho. Lo limpié y fui al baño, al verme en


el espejo vi que tenía en el cabello semen, y que en mi mejilla
derecha escurría también. Iba a limpiarme la cara, pero no sé
que me pasó en esos momentos, con mis dedos tomé el semen
de mi mejilla y lo escurrí hacia mi boca y me lo comí. Sabía
riquísimo, y no sé… fue una sensación extraña pero excitante
comerme el semen de mi papá.

Por la mañana le dije que había estado tremenda su


eyaculación de la noche anterior. Me dijo que fue así porque no
se había masturbado en todos los días anteriores y que esperó
a estar en casa para que lo hiciera yo. Por la noche seguimos
con nuestro ritual de masturbación, pero de momento, cuando
él me pasaba el pote de lubricante, no lo acepté y le dije que
íbamos a cambiar un poco... En eso con mi lengua ensalivé mi
mano y ya húmeda comencé a masturbarlo. De vez en cuando
me acercaba a la cabeza de su verga, y se la escupía para que
estuviera bastante lubricada. Obtuve otra eyaculación tremenda.
Fueron chorros y chorros blancos. Me alcanzó el cabello parte de
mi cara, y mi mano quedó llena de semen. Esta vez no lo limpié,
fui rápidamente al baño y sin que él me viera, limpié mi mano
con mi boca el semen que tenía, y después el que tenía pegado lo
fui recogiendo con mi mano para llevármelo a la boca. Al salir del
baño, me despedí de él dándole las buenas noches. Él me dijo
que había estado fantástica y yo sólo sonreí.

Bueno, sucedió como siempre en la noche, me puse mi bata


transparente, mi brassier, mi tanga y me fui a la habitación de
mi papá. Entré igual que todos los días. Al hincarme frente a él
ya su verga estaba erecta. Entonces me quité la bata y el brassier
–cosa que nunca había hecho– y a él le brillaron los ojos. No
Los Placeres de la Mantis 21

dijo nada. No se movió. Me agaché, saqué mi lengua y desde


la base de la verga la empecé a recorrer, deteniéndome en el
frenillo que se le forma en donde empieza el glande, moviendo
muchísimo mi lengua, sacándole a él un suspiro de placer…
Luego me separé un tantito y le dije que me observara. Él abrió
sus ojos, que parecían desorbitados, y en ese preciso instante
abrí mi boca y me introduje su verga en ella. Era un pedazo de
carne riquísima, deliciosa. Yo, sin cerrar los ojos, lo miraba y él
me miraba teniendo su verga en mi boquita. Después de eso me
concentré en darle una magnifica mamada.

Empecé a chupársela toda, varias veces me la metí en la boca


tan profundamente que sentía su cabezota en mis anginas. Le
chupé los testículos, me pase su verga por mis senos y le echaba
saliva para pasármela sobre los pezones. Me metí primero un
testículo a la boca, después el otro y terminé por tener ambos
testículos en mi boca. No sé cómo me cupieron porque estaban
muy grandes. Y después de un rato recibí mi premio, apreté con
mi boca duramente su verga y empezó a eyacular dentro de ella.
No dejé que se me escapara ni una sola gota. Me comí todo, lo
tragué como una desesperada pero me gustaba, lo dejé totalmente
seco. Fue algo grandioso que jamás en mi vida se me olvidará.
Imagínense, chupando la verga de mi papá y comiéndome todo
su semen… Fue algo excitante y muy morboso.

Me puse de pié. Él me abrazó siguiendo sentado. En eso sentí


sus manos sobre mi cadera y empezó a quitarme la tanga. Se
puso de pié y me sentó en el sofá, me abrió de piernas y empezó
a lamerme toda... Primero empezó por el clítoris. De vez en
cuando me metía la lengua en la vagina y dos o tres veces me
lamió el ano. Era algo raro, cuando abría los ojos, el ver que mi
Los Placeres de la Mantis 22

propio padre me estaba comiendo la vagina. Me excitaba, no duré


mucho, y tuve un orgasmo como nunca lo había tenido en mi
vida. Terminé exhausta. Esa noche ya no me fui a mi recámara.
Dormí con él, los dos completamente desnudos y abrazados.

Lo anterior cambio todas las cosas, ya no había forma de


volver atrás. Por las noches, en vez de que estuviera en el sofá, ya
estaba en la cama desnudo. Por mi parte yo iba a verlo totalmente
desnuda, me montaba sobre él y hacíamos un 69 espectacular.
Con los días de hacerlo, llegamos a conocernos tanto nuestros
cuerpos que muchas veces terminamos al mismo tiempo y por
supuesto yo me comía todo su semen. Pero una tarde le dije que
cambiáramos la rutina, que saliéramos a divertirnos un poco.
Fuimos a bailar y a tomarnos unos tragos. La pasamos muy bien
pero creo que se nos pasaron algo los tragos, y al llegar a casa yo
no me aguantaba… quería estar con él. Llegamos a su habitación
y entre abrazos y besos nos desnudamos y caímos en la cama con
el 69 acostumbrado. Pero después de un rato él me alzó con su
fuerza y me dio la vuelta, me abrió de piernas y se dirigió hacia
mí… No lo podía creer, ¡por fin mi papá se había animado a
penetrarme!

Cuando se acercó, tomé su verga con mi mano y lo dirigí a la


entrada de mi vagina. Por un momento lo tallé contra mi clítoris
y lo bajé. Empezó a entrar dentro de mí, era riquísimo, creo que
desde hacía mucho tiempo había esperado esto… Me la metió
hasta el fondo, sacándome muchísimos suspiros y pidiéndole
que me diera con todo.

Estuvimos luego cambiando de posiciones. Él me alzó las


Los Placeres de la Mantis 23

piernas a los hombros, después yo lo monté, pero después de un


rato me dijo que me pusiera en cuatro, que me lo quería hacer
así; me di la vuelta de inmediato y me abrí lo más que pude para
recibirlo hasta el fondo. Sentía como sus manos me tomaban
por la cintura y me jalaban hacia él. De vez en cuando me lo
hacía rápido y otras veces solamente me jalaba duro, entrándome
hasta el fondo. Yo puse mi cabeza sobre la almohada, dejando
que él hiciera lo que quisiera, pero de momento sentí algo raro,
con el pulgar de su mano me lo empezó a meter en el ano… Yo
inmediatamente me volteé y le dije que no, que nunca lo había
hecho por ahí. Entonces se le puso su verga aun más dura y
siguió metiéndome sus dedos por el ano. Y después me dijo que
me la iba a meter por el ano... Yo no lo podía creer, pero era tanta
mi excitación y el morbo de estar con mi padre e imaginar que
me iba a desvirgar por el culo, que le dije que sí. Es más, le pasé
el lubricante que estaba en el cajón de junto de la cama, me llenó
de lubricante el ano, y siguió masajeándolo y metiéndome sus
dedos. Después de un rato me sacó la verga de la vagina. Sabía lo
que iba a pasar, por lo cual me relajé lo más que pude. Él me dijo
que estaba muy chiquito y que iba a costar trabajo metérmela
toda… Pero ya no podía dar marcha atrás; deseaba la verga de
mi papá como nunca.

Sentí justamente la cabeza de su verga en la entrada de mi


ano, y de momento empezó a empujar. Se me empezó a dilatar
el ano, con un dolor tremendísimo… Le dije que me hacía daño
pero él no me escuchó. Siguió metiéndomela y después de un
rato de un dolor incalculable, bajé mi mano y la pasé, sintiendo
que sólo llevaba adentro la mitad de su verga. Él empujó más
e hizo que se me escurrieran las lágrimas. Seguí sufriendo lo
que era ya un abuso por parte de mi padre, y después de un rato
Los Placeres de la Mantis 24

dijo que ya estaba toda adentro. Bajé mi mano y así era, sólo
los testículos estaban fuera de mi orificio. Lo dejó por un rato
así, según él para que se me dilatara y se acostumbrara mi ano.
Luego empezó a moverse. Las primeras veces sentí un dolor
tremendo a tal punto que le pedía por favor que no siguiera
pues me hacía daño, pero poco a poco y sin saber cuándo lo
empecé a disfrutar plenamente. Sentía todo mi ano dilatado por
completo, mis intestinos lo estaban recibiendo bien, me llegaba
como a la altura de mi ombligo, y de repente me empecé yo
solita a moverme, me empujaba duramente hacia atrás, sentía
como me taladraba mi ano y mis intestinos, pero era delicioso.
De momento se puso más dura… iba a eyacular, a llenarme
de esperma, y entonces tomé todo el aire que pude, y al sentir
su eyaculación, me empujé hacia él con todas mis fuerzas
llenándome los intestinos de leche...

Fue algo para mí fuera de lo común. Pero riquísimo y con


ganas de repetirlo.

Cuando me la sacó, nuevamente me dolió, al darme la vuelta


vi su verga un poco sucia, con su semen y algo de sangre debido
a que era mi primera vez. Fui al baño, traje todo lo necesario y le
limpié la verga totalmente.

Con el tiempo hemos practicado muchas cosas, hacemos


nuestros 69, lo hacemos anal, oral, en fin… nos hemos conocido
perfectamente mi padre y yo. Creo que nunca en mi vida volveré
sentir tanta excitación y morbo juntos. En fin, así fue como
empezó mi gusto por papi…
La entrega de mi pedido de tangas
(Las andanzas de Doña Haydee)
por Morena Insaciable
Los Placeres de la Mantis 27

“Después de que Luis no me pudo quitar las ganas y mi


marido tampoco, llegó al día siguiente un jovencito a dejar
mis tangas que le había comprado a su madre...”

Tres días después de terminadas las fiestas del pueblo


fui al salón a revisar que todo estuviera limpio. Me entretuve
limpiando el sanitario de hombres y no me di cuenta que ya
era tarde. De pronto escucho voces de hombres que entran al
orinal... Me quedo callada para no ser descubierta dentro del
servicio. Eran tres hombres del equipo de fútbol del pueblo que
llegaban a entrenar por las tardes a la cancha que estaba al lado
del salón. Dos de ellos ya habían culiado conmigo. Uno de ellos
le dice al que no me había probado.

– Te estás quedando corto, no has salido con doña Haydee,


como te dijimos.

– No he podido acercármele, siempre está el marido cuando


paso por la casa. Cuando la veo en asuntos del comité de la
escuela, está con Luis.

– ¡Qué flojo! Te estás perdiendo de algo bueno… Mejor diría,


de algo buenísimo. Verdad Carlos, doña Haydee es una mujer
sensacional.

– Sí, Freddy –contesta el otro hombre– te estás perdiendo


de una buena mujer. Para mí ha sido de lo mejor que me ha
pasado en esta vida, sabe satisfacer de verdad a un hombre, es
una buenísima veterana. Francisco me la recomendó después
Los Placeres de la Mantis 28

de culiar con ella… Yo no le quería creer hasta el día en que me


tocó estar con ella. Está buenísima, de verdad, mejor que esas
mocosas del pueblo. Esas momias lo único que hacen es abrirse
de piernas, le metes la verga y ya, ni se mueven.

– Este fin de semana tenemos partido, vamos para una playa,


doña Haydee va porque es de la directiva… Ahí vas a tener la
oportunidad de acercártele; viaja sola.

– Siempre que la veo me quedo admirándola, está hermosa.


No me la puedo sacar de la cabeza.

Freddy se pone a orinar y le dice Francisco.

– Cuando te vea la verga la vas a tener rendida a tus pies; le


encantan grandes.

Me asomo curiosa a la puerta y logro ver a ese hombre con su


tremenda verga en la mano… Es más grande que la de los otros
amigos. Se me moja la vagina de sólo pensar que él me quiere
meter su vergota, que ahora veo que la sacude frente a mis ojos
para largar el orín. Me toco mis tetas, me estoy excitando, me
muerdo los labios para no hacer ruido. Los tres hombres salen
del baño y les escucho decir.

– El día del viaje vamos a hacer que se siente doña Haydee a


tu lado, lo vamos a preparar todo.

Ellos estaban dispuestos a que su amigo culiara conmigo a


como diera lugar. Él era nuevo en el pueblo, lo habían integrado
al equipo, trabajaba en la industria azucarera que está cerca del
pueblo.

Me retiro rápidamente del baño, bien excitada, no dejo que


Los Placeres de la Mantis 29

me vean. Salgo por el otro lado del salón, me acerco a la cancha


por el lado contrario a dicho salón hacia donde están entrenando.
Les digo.

– Este fin de semana tenemos un partido en la playa, llegó


una invitación para una actividad de beneficencia.

Me dice uno de ellos.

– Doña Haydee, este va a ser el primer viaje de Freddy con


el equipo, se está adaptando bien al pueblo, todavía le falta
descubrir cosas buenas del barrio…

Yo me sonreí.

– ¡Qué bien! Si necesita algo me puede buscar en la casa. Yo


le puedo enseñar más cosas.

– Gra… gracias doña Haydee.

El hombre se sonrojó.

Me marcho para el salón y escucho a uno de ellos.

– ¡Te lo dije!, doña Haydee viaja con nosotros… Es tu


oportunidad de acercártele.

Salí de la cancha y me dirigí a la oficina. Allí me esperaba


Luis, mi compañero del comité de la escuela. Yo sabía que Luis
estaba alzado conmigo. Sentía como él me devoraba mi culo con
su mirada cuando estábamos juntos. Mi ego crecía mucho al
pensar que un hombre deseaba poseerme a como diera lugar.
Cuando llego a la oficina y él estaba allí.

– Hola Luis.
Los Placeres de la Mantis 30

– Hola doña Haydee, usted siempre linda, siempre deseable.

– Gracias, trato de mantenerme haciendo ejercicios y


conservar mi figura. Me siento mejor que cualquier jovencita
de ahora.

Luis se me acerca y me acaricia las tetas. Me baja mi pantalón


dejando al descubierto toda la mata de pelos de mi ardiente sexo.
Se saca su verga y la refriega entre mis nalgas hasta pegar su verga
en la entrada de mi vagina. Me la acomoda con su mano, me la
hunde despacio y ésta se resbala ricamente hasta el fondo…

– Doña Haydee, que rico se siente, tiene su vagina bien


lubricada. ¿Tiene ganas de culiar?

– Luis, usted bien sabe que yo siempre quiero culiar. Me


mojo de pensar en tener bien metida una verga.

Me muevo intensamente con su verga dentro. Siento que me


quemo por dentro, tenía tres días de no sentir cómo me atraviesa
una verga. Nos estamos acomodando cuando tocan la puerta de
la oficina. Era una compañera de la asociación.

– Qué suerte… no vamos a poder culiar tranquilos.

Luis se metió en el baño para acomodarse la verga mientras


yo me acomodo el pantalón antes de que me vea mi compañera.
Mi vagina queda echando fuego de las ganas de seguir culiando.
Abro la puerta y la atiendo.

– Hola doña Haydee. Me dijeron que aquí estaba Luis.

– Si, aquí está.


Los Placeres de la Mantis 31

– Bueno, ahora que estamos los tres revisemos como estamos


con las cuentas de las fiestas.

– Bueno, ese tema ya habíamos tomado el acuerdo de revisarlo


en la próxima reunión.

– Si, yo sé, pero llevemos acomodadas las facturas y así revisar


todos los gastos en esa reunión…

Yo deseando que mi compañera se fuera y me dejara a solas


con Luis, pero ya iba a ser imposible quitarle la idea de la revisión
de facturas. Al final me tuve que ir…

– Bueno, quédese con Luis, yo tengo que marcharme para


mi casa.

– Muy bien Haydee. Nos vemos.

– Nos vemos –le respondí.

Con la tremenda calentura a cuestas salgo para mi casa a


buscar a mi marido, pero no había regresado del trabajo. Mis
labios vaginales estaban todavía bien abultados por el ajetreo,
tenía demasiadas ganas de tener una verga en mi vagina. Los
hombres me habían dejado caliente y tenía que desquitarme con
alguien, pero no tenía quien. Me meto volando en el baño para
aplacar ese tremendo fuego. Mi marido llega borracho a la casa y
no me puedo quitar las ganas… ¡Qué día más trágico!

Por la mañana me levanto temprano a limpiar la cocina,


regreso a mi habitación y le comienzo a mamar la verga a mi
marido.

– Haydee hoy anda caliente... Pare, me tengo que ir


Los Placeres de la Mantis 32

temprano.

Le sigo mamando la verga y él me quita a la fuerza.

– Pare, Haydee. Me tengo que ir, por la noche terminamos.

Se levanta y se mete al baño, yo me quedo en la cama con las


ganas intactas de culiar.

Mi marido desayuna y se marcha para el trabajo, mis hijos


salen para sus trabajos dejándome sola en la casa. Me baño para
ir a visitar a una amiga. Salgo del baño en bata sin ropa interior.
Tocan al portón, me asomo y ahí está el hijo de una vecina.

– Le manda mi mamá este paquete.

– Pase, el portón está abierto.

El chico ingresa hasta la sala de mi casa. Coloca el paquete


sobre la mesita.

– Como le ha ido en los estudios.

– Bien, doña Haydee.

– Y la novia?

– No tengo.

– ¿Cómo es que un joven de su edad no tiene novia?

– No, no he podido conseguir novia, y los estudios no me dan


tiempo.

– Es bueno tener novia, así se va preparando para el futuro,


aprender a convivir con una mujer.
Los Placeres de la Mantis 33

– Doña Haydee, yo solo tengo 17 años y no me quiero


comprometer.

Abro el paquete y era el pedido de las tangas hilo dental que le


hice el día después de las fiestas del pueblo. Necesitaba renovar
mi ropa de salir… Lo que le iba a mostrar a los hombres antes
de culiar con ellos. Le pregunto al joven.

– ¿Su mamá le dijo que era lo que contenía el paquete?

– No, doña Haydee.

– ¿Cuánto dinero es?

– Tampoco me dijo.

Tener a aquel jovencito inexperto a solas conmigo en la casa


me estaba empezando a excitar. Iba a poner en juego toda mi
veteranía. Le pregunto.

– A tu edad, ¿ya has tenido experiencia sexual con alguna de


tus novias?

– ¿Co…co…cómo?

– Sí, relaciones sexuales.

– N…o. n…o, doña Ha…haydee.

Me contesta tembloroso y se le enrojece la cara. Eso me pone


más caliente.

– ¿No has visto alguna mujer desnuda? Digo, alguna de tus


compañeras de colegio.
Los Placeres de la Mantis 34

– N…o, so…so…lo en pe…películas.

– ¿Qué tipo de películas?

– Si le confieso, por favor, no me acuse con mi mamá.

– No, yo no te acuso.

– He visto pornográficas...

Entonces saco una tanga hilo y se la enseño.

– ¿Las mujeres que mirabas tenían puestas de estas tangas?

– Si señora, se veían hermosas.

– ¿Sólo eso?

– Se les veía un culo bien hermoso y las tetas muy ricas.

El jovencito estaba muy sonrojado contestando mis preguntas.


Me le acerco y saco una de mis tetas.

– ¿Ricas como estas?

– S…si, las suyas s…se v…ven he…he…hermosas.

Le cojo una mano.

– Tócalas.

Posa su mano temblorosa sobre mis tetas, me acaricia


suavemente.

– E…esto s…solo lo ha…había visto en las películas, nu…


nunca había visto a una mujer desnuda delante de mí.
Los Placeres de la Mantis 36

Me saco la otra teta y se las acerco a la boca, mi vagina ya está


bien inundada, tengo dominado al jovencito... Le voy a dar la
mejor lección de sexo de su vida en vivo, no en películas porno.

– Mámelas, como en las películas.

Me las comienza a mamar como un bebé hambriento, me


muerde en pezón.

– Aaaaayyyyy, suavecito, tranquilícese. Tenemos todo el


tiempo necesario.

Le coloco sus manos en mi espalda y me recorre el cuerpo


desesperadamente hasta llegar a mis nalgas, me las aprieta con
fuerza, levanta mi bata y siente que no llevo nada puesto, me
las recorre para comprobar bien lo que siente, baja una de sus
manos hasta llegar a la entrada de mi vagina, me la acaricia y me
muevo para que quite su mano de ahí.

– Despacio mi niño, despacio, no se apresure, todo a su


tiempo.

Lo despego de mis tetas y me acomodo la bata. Le toco la


verga sobre el pantalón y la tiene bien erecta, se estremece al
contacto de mi mano.

– Respire profundo y despacio, todavía falta mucho, aguante.

– Do…doña Ha…hay…dee, que sensación más electrizante


al tocar su vagina, ese lugar se siente calientito, como si tuviera
fuego.

– Si, mi amor, ahí lo que tengo es fuego, soy muy ardiente.


Los Placeres de la Mantis 37

Me levanto, me coloco delante de él y me subo la bata


enseñándole la entrada de mi vagina cubierta por mi monte
de Venus recortado. Me doy vuelta enseñándole mi culo y me
muevo como cuando tengo una verga metida. Estoy entretenida
excitándolo... Cuando me doy vuelta para quedar frente de él,
lo tengo de pie frente de mí con su verga bien erecta, es bien
grande y gruesa, me jala hacia él, me hace movimientos como
queriéndome ensartar su verga. Intento soltarme de él, su verga
la siento palpitante sobre mi abdomen. Ya había despertado al
macho, tenía que seguir dominando la situación.

– No, jovencito, no lo intente.

– Pe…pero do…doña Ha…hay…dee, usted me…me ti…


tiene bien excitado, es muy linda y hermosa, yo quiero culiar con
usted, yo nunca había tenido a una mujer desnuda delante de mí,
ahora que la vi lo comprobé.

– Tranquilo, mi niño.

– Pero, doña Haydee, no me deje así, esto yo lo he visto


únicamente en las películas porno, y yo ahora lo estoy viviendo
en la vida real.

– ¿Y qué más has visto en las películas?

– Le maman la vagina y el clítoris.

– ¿Y qué más?

– La mujer le mama la verga al hombre, y algunas veces el


hombre le mete la verga en el culo a la mujer, pero se ve que es
doloroso para la mujer.
Los Placeres de la Mantis 38

– ¿Y cuál es la parte principal de la película?

– Donde el hombre se coge a la mujer en diferentes


posiciones, se ve como le entra la verga.

– Y si es así, ¿por qué usted quiere apurar las cosas? Usted


tiene que hacer que la mujer disfrute también, tiene que
aprender… sino va a ser de esos hombres que se excitan viéndola
a una, le meten la verga, le bombean la vagina y al momento ya
están disparando el semen sin una haber disfrutado.

– Pero doña Haydee, ya no aguanto, quiero meter mi verga en


su vagina.

– No jovencito, aquí la que manda soy yo.

Lo dejo sentado en el sofá y me voy con el paquete para mi


habitación. Busco cual tanga estrenar con el joven, me pongo
una color rojo. Regreso a la sala y el jovencito ya está calmado, se
acomodó la verga dentro del pantalón.

Me le acerco y comienzo a moverme delante de él… Me


acaricio las tetas sobre la bata y él comienza a tocarse su verga.
Me saco la parte de arriba de mi bata dejando al descubierto mis
tetas, a los hombres les encanta mamármelas y acariciármelas.
Me las levanto con las manos y se las acerco al joven a la boca. Me
las mama y dirige sus manos a mi trasero y se las aparto de él.

– ¡Qué chiquito! Espérece, no apresure las cosas.

Alterna mis dos tetas en su suculenta mamada. Lo despego


de ellas y me pongo de pie para dejar caer mi bata. Quedo sólo en
hilo dental. El joven queda con la boca abierta.
Los Placeres de la Mantis 39

En la parte delantera el pequeño triangulo apenas cubre mi


monte de Venus, se observan los labios de mi vagina abultados.
Exclama el joven.

– ¡Pero qué mujer más hermosa! ¡Qué piernas más lindas!

Me volteo y le enseño mi trasero para que observe como


se desaparece el hilo de la tanga en medio de mis hermosas
nalgas.

– Yo que siempre la veo en el vecindario, jamás pensé que


fuera tan hermosa, los jóvenes del barrio dicen que usted es muy
linda, que está muy buena.

Me sentía alagada. Siempre despertaba los deseos sexuales


hacia mí de los jovencitos. Ya varios de ellos habían culiado
conmigo, habían tenido su primer experiencia sexual.

Me le acerco y le coloco mi vagina cerca de su boca.

– Usted sabe lo que tiene que hacer, haga de cuenta que


somos los actores principales de la película.

Me jala hacia él y hunde su cara en medio de mis piernas,


sintiendo el aroma de mi ardiente vagina, con su lengua me la
recorre toda sobre el pequeño triángulo de mi tanga…

– ¡Qué aroma más delicioso, a mujer de verdad!

Lo tomo de la cabeza como queriéndolo ahogar en medio de


mis piernas. Sus manos me cogen de mis hermosas nalgas y me
aprieta más contra él. Siento su respiración sobre mi clítoris el
cual comienza a crecer. Me lo atrapa con sus dientes y me le da
pequeños mordiscos, haciendo convulsionar mi cuerpo y llego
Los Placeres de la Mantis 40

al orgasmo. Me hace a un lado mi tanga y me mama los labios


vaginales, me introduce su lengua en la vagina, me la mete como
si estuviera culiando. Lo despego de mi vagina y lo acuesto en el
sofá, le saco el pantalón y le bajo el bóxer saltando a mi vista su
enorme verga; el muchachito está bien dotado. Le toma la verga
con una mano mientras con la otra le acaricio sus testículos.
Están bien duros y cargados. Comienzo a mamársela, no me
cabe toda en la boca, le chupo la brillosa cabeza, lo hago como si
comiera un helado.

– Aaaaahhhh, doña Haydee, qué delicioso… Siento que me


lleva al cielo.

Me toma de la cabeza y trata de meterme toda la verga en la


boca. Siento que me está ahogando, me le suelto.

– ¡Mi niño, tranquilo!, no me haga eso porque siento que me


va a ahogar... ¡Levántese!

Lo quito del sofá y me acuesto boca arriba abriendo mis


piernas, dejando mi ardiente vagina a disposición de su verga.
Me saca por completo la tanga que lo que está haciendo es
estorbando. Se inclina y me mama de nuevo mi vagina. Lo jalo
hacia arriba.

– Ya mi niño, ahora lo que quiero es que me meta su verga.


Que se haga hombre de verdad.

Siento su enorme verga presionada a mi abdomen. La agarro


con una mano y la dirijo a la entrada de mi vagina, la recorro
de arriba abajo, estoy bien mojada, mis líquidos vaginales son
abundantes, lo cual va a facilitar la penetración. La coloco y le
digo:
Los Placeres de la Mantis 41

– Métala despacio para que mi vagina se adapte al tamaño de


su verga.

Me la hunde despacio y grita.

-Aaaaaaaahhhhhhh, qué delicioso, doña Haydee… Yo no les


quería creer a mis amigos, se siente fenomenal la primera vez
con usted. Es la mejor experiencia de mi vida, mi primer vez con
una mujer veterana y fenomenal.

Me la hunde toda, me separó por completo los pliegues de


mi vagina.

– Qué gran verga tiene usted, me gusta disfrutarla.

Me bombea despacio, fuerte y profundo, me abraza


fuertemente y me mama las tetas. Me abrazo a él y me clava
profundamente su verga. Poco a poco va cogiendo el ritmo de sus
embestidas… siento que acelera su respiración… está a punto
de acabar… entonces lo detengo.

– Tranquilo, despacio, no quiero que le pase rápido, tiene que


complacerme.

– Sabe, doña Haydee, usted es una mujer fenomenal, yo no


les quería creer a mis amigos de que usted culiaba muy rico,
que tenía unas tetas bien ricas y hermosas, yo los envidiaba, pero
ahora no, usted ha sido mía. Es lo mejor que me ha pasado –me
dice emocionado.

Le indico que se levante, me pongo de pie y lo acuesto en el


sofá con su verga bien erecta apuntando al cielo. Me subo al sofá
y calculo sentarme en su verga. La coloco bien en la entrada de
Los Placeres de la Mantis 42

mi vagina y la desaparezco de un solo viaje. Me la ensarto toda y


comienzo a cabalgarla intensamente. El joven me agarra de mis
nalgas y me ayuda a moverme, siento un fuego que recorre todo
mi cuerpo. Se endereza un poco y me mama de nuevo mis tetas,
lo tienen loco… no se quiere despegar de ellas.

– Oooohhhh, doña Haydee, qué delicioso, siento como que


me voy a orinar.

– Tranquilo, mi amor, quiero beber tu lechita. No la saque,


acabe adentro.

Me sigue mamando las tetas.

– Tome mi leche, mi negra preciosa.

– Si mi amor, démela.

Tensa su cuerpo y comienza a disparar todo dentro de mi


vagina. Es abundante su acabada y parte de ella se resbala sobre
su verga dejándola mojada.

– Mi negra linda, nunca te voy a olvidar, eres una mujer muy


especial, realmente eres muy buena.

Muevo los músculos de mi vagina apretando su verga para


sacarle toda la leche.

– ¿Qué dice ahora, mi niño? ¿Cómo fue su primera


experiencia?

– Fenomenal, mejor que en esas películas porno.

Yo por dentro pensé: “Por fin pude complacer a mi vagina de


Los Placeres de la Mantis 43

tener una verga dentro de mí en esta semana”.

Todavía tiene su verga bien erecta y me sigo moviendo en ella.


Él se sienta y yo quedo clavada en su verga frente a él. Me besa y
me mama de nuevo mis tetas, me abraza y en cada movimiento
mío me clava más sobre su verga… siento que me va a hacer
gritar de placer. Estoy alcanzando un orgasmo cuando escucho
que abren el portón del garaje. Era mi marido que había llegado y
está guardando la moto, no le escuchamos. Me levanto al instante
y le digo al joven que se pase para el patio. Recogemos la ropa y
salimos corriendo de la sala desnudos, su gran verga se balancea,
lo meto en el patio para que le dé tiempo de ponerse la ropa.

– Doña Haydee, ahora si me ve don Gerardo desnudo en el


patio me mata, por favor, no deje que me vea.

Se pone a llorar.

– Tranquilo, yo lo entretengo, yo me hago cargo de todo.

El joven quedó en el patio con su verga bien parada


acomodándosela en el bóxer y yo salí hacia el baño a limpiarme
mi chorreante vagina llena de semen. Lo escucho cuando entra a
la casa y le hablo mientras me pongo la bata. No llevé nada para
ponerme por dentro, lo que tenía a mano era la tanga hilo y no
quería que mi marido me encontrara con ella puesta, ya que con
él no me las ponía. No se da cuenta que las uso para salir.

Salgo rápidamente del baño para que no se asome al patio.

– Hola, regresó temprano.

– Ya casi es la hora de almuerzo y tuve que venir a buscar unos


Los Placeres de la Mantis 44

papeles, voy a quedarme un rato descansando.

– Bueno, aguarda un momento para que te prepararle algo.


Estaba ocupada con el hijo de María, le pedí que me acomodara
unas cosas en el patio.

Como yo sabía que él nunca se fija en el patio, le mentí, ya que


yo había hecho eso la semana anterior. Gerardo se me acerca y
nota que no llevo brassier.

– Haydee, tenga cuidado con los jovencitos… ellos aprovechan


cualquier descuido para mirar o tocar.

Me acaricia el trasero y se da cuenta que no llevo nada


puesto.

– Y no llevas nada abajo… Ya le digo, tenga cuidado. Tú te


descuidas por un segundo y él te ve todo debajo de la bata. Ojo
con andar así pues a esas edades esos chicos andan alzados...
Te llega a ver con la tota al aire y te va a querer culiar como un
perro.

– Cómo se te ocurre pensar eso, Gerardo… Él es un


muchacho muy bueno, no me va a hacer eso.

– Bueno, no se confíe… No quiero oír en el pueblo que ese


muchachito se la cogió en la casa cuando yo no estaba porque
usted lo provocó… Llega a pasar eso y usted no tiene derecho a
decir nada.

– ¡Gerardo! ¿Qué estás insinuándome? Voy a ir a hablar con el


muchacho para que veas que él no es mal pensado. Es inocente,
es un amor, lo que se dice un muchachito de la casa sin ningún
Los Placeres de la Mantis 45

morbo, sin experiencia.

Salgo hacia el patio y él había escuchado que yo lo iba a buscar


y hace que está acomodando lo acomodado.

– ¿Ya casi termina?

– Si doña Haydee.

Él me contesta y sigue en lo que está, no me presta atención.

– Cuando se vaya me avisa para pagarle.

Regreso donde está mi marido. Se dio cuenta que el chico no


es morboso.

– Sí, ya me di cuenta, a pesar de que usted es hermosa él es


muy respetuoso al dirigirle la mirada, otro se le quedaría viendo
a sus tetas, más que se ven un poquito donde están sin nada.

Mi marido se va a reposar a la habitación y yo me quedo


sentada en la sala esperando que salga el joven. Cuando lo veo
venir me subo la falda para mostrarle que no tengo nada por
dentro todavía. Se me acerca y me la acaricia.

– Ya terminé, doña Haydee.

– ¿Cuánto le debo?

– No es nada, con mucho gusto le hago el favor.

– Después lo llamo para que me arregle otras cosas.

Me tiene un dedo metido en la vagina y me da un beso.

– Hasta luego, doña Haydee.


Los Placeres de la Mantis 46

– Gracias por todo.

Me dirijo a la puerta y me agarra de las nalgas y me pega a él.

– Gracias por este hermoso regalo.

– Es tuyo cuando quieras volver.

Me besa con intensidad, me aprieta con fuerza contra él,


tiene erecta su verga. Me hubiera gustado seguir culiando con
él, pero mi marido está reposando y nos podía escuchar lo que
estábamos haciendo. Se marcha para su casa y yo me quedo con
mi vagina palpitante esperando el viaje a la playa, pensando en la
verga que tengo pendiente de probar. A los cinco minutos suena
el teléfono, era María.

– Hola, doña Haydee, estaba regañando a mi hijo porque no


había aparecido por la casa.

– ¿Y por qué lo estaba regañando?

– Me dio miedo que se hubiera quedado de camino con los


amigos y les hubiera enseñado el pedido de sus tangas. Usted
sabe lo que son los jóvenes, me hubiera dado mucha vergüenza.

– No, no se preocupe, se quedó conmigo y me ayudó a arreglar


unas cosas de la casa. Quedé de llamarlo para que regrese a
terminar otras cosas pendientes.

– Ay, doña Haydee… Y yo que lo regañé temiendo lo peor. Me


dijo que usted es muy buena y lo atendió muy bien, llegó muy
contento.

– No se preocupe María… su hijo es muy bueno y servicial.


Los Placeres de la Mantis 47

Hizo todo lo que le pedí. Lo que yo siempre le pido a usted es


que nadie se dé cuenta lo que le compro, sino, mi marido se
enoja y me va a causar muchos problemas.

– Yo le guardo su secreto como usted guarda el mío.

– Sí, no se preocupe, no digo nada si usted guarda el mío.

– Gracias, después le digo cuanto me debe.

A la vecina yo le guardaba el secreto de haberla encontrado


culiando con un amigo. Un día, en la casa de ella, la fui a buscar
para pagarle. Entré y pensé que estaba con el marido, ya varias
veces los he visto en la cama. Me asomé para hablarles y me llevé
la gran sorpresa de que estaba con otro hombre… Me quedé
parada viéndola desaparecerse la verga en la vagina. Era una
verdadera máquina de sexo esa mujer. Se comía buenas vergas y
yo no me había dado cuenta hasta ese día…
El mejor amigo de mi Hijo
por Andrea Renas
Los Placeres de la Mantis 50

“Una mujer divorciada y profesora de gimnasia encuentra un


excelente amante en el mejor amigo de su hijo.”

Me llamo Andrea y esta historia ocurrió en diciembre del año


2000, cuando empezaron las vacaciones escolares. No es una
ficción, es algo real, y le puede pasar a cualquier mujer.

Yo soy una mujer divorciada, de 35 años, mido 1.75, catira,


de ojos verdes, soy instructora de spinning del gimnasio donde
trabajo, lo que para mi suerte me mantiene con muy buen
cuerpo. Soy de pechos grandes y firmes, piernas duras y bien
formadas, delgada y tengo un buen trasero, firme y duro. Vivo en
un apartamento pequeño (que consta de 2 cuartos, 1 baño, sala-
comedor y la cocina) con mi hijo Alejandro, un joven de 17 años
que cursa el último año del colegio.

Al comenzar las vacaciones escolares de diciembre, la mamá


de Alfredo –un amigo del colegio de mi hijo– me preguntó sí
Alfre podía quedarse una semana en casa ya que ella y su esposo
tenían que asistir a un viaje de negocios y no lo podían llevar ni
tenían con quién dejarlo, a lo cual accedí, ya que era el mejor
amigo de mi hijo. Lo conocía a él y a sus padres desde que
entraron al colegio en preescolar y ella y yo éramos muy buenas
amigas.

Alfredo llegó a la casa un lunes por la mañana. Yo estaba en el


gimnasio donde trabajaba hasta el mediodía, cuando llegué. Alfre
y Ale ya se habían acomodado en su cuarto que tiene una cama
Los Placeres de la Mantis 51

con gaveta y estaban jugando con el play station. Les preparé el


almuerzo y los llamé para comer. Hablamos mientras comíamos
y le dije que se sintiera como en su casa, que no tuviera pena
con nada y que me pidiera cualquier cosa, a lo que respondió no
te preocupes Andre (que es como me dice ya que lleva muchos
años conociéndome y es como el hermano que nunca tuvo Ale).

Pasaron dos días muy bien. Los chicos se la pasaban saliendo,


jugando y en las noches, a veces, los tenía que regañar para que
se durmieran ya que hacían mucho ruido y no me dejaban dormir
para ir en la mañana al trabajo. El miércoles, recibí la llamada del
papá de Ale, mi ex esposo dándonos la mala noticia de que su
mamá había muerto y ya le había comprado el pasaje a Alejandro
para que se fuera a Madrid para que asistiera al entierro de su
abuela, el cual salía ese mismo día en la noche.

Alfredo y yo llevamos a Ale al aeropuerto y después fuimos


a ver una película al cine y a comer helados. Cuando llegamos
a la casa, le dije a Alfre que no tuviera pena que no estuviera
Alejandro que hiciera las mismas cosas que antes.

Me fui a bañar y me puse el camisón para dormir. Cuando


entré a la habitación donde dormía Alfredo, lo encontré jugando
play station sentado en la cama sólo con unos bóxer, que era
la ropa que usaba para dormir. Me puse a recoger un poco el
reguero que dejó Ale por el apuro con que hizo la maleta y a
ordenar un poco el cuarto y de pronto noté que Alfredo no me
quitaba la vista de encima… y claro, como tenía el camisón que
me queda un poco holgado al agacharme se me veía todo por
dentro y como no llevaba sostén me podía ver mi pecho, lo que
hizo que me sonrojara y saliera rápido de ahí, con la excusa que
iba a llevar la ropa al lavandero. Ya más calmada, pasé otra vez
Los Placeres de la Mantis 52

pero sólo para darle las buenas noches y al verlo, sin pensarlo me
puse a detallarle su cuerpo, que estaba en muy buena forma, ya
que asistía con mi hijo a mi gimnasio y jugaban para el equipo
del colegio de football (soccer) y natación, lo que los mantenía
en buena forma. Tenía una espalda ancha y bien definida, al igual
que el pecho y buenos brazos, debidos a la natación y piernas muy
fuertes por el football, un abdomen en donde se le marcaban sus
cuadritos, mide como unos 1.82, ya que es un poquito más alto
que mi hijo el cual mide 1.79, de piel bronceada por el Sol que
agarra en la piscina y de cabello y ojos negros.

Al acostarme no podía conciliar el sueño, ya que no me


quitaba de la mente la forma en que me miraba y su espectacular
cuerpo. Paso más de 1 hora hasta que me dormí. En la mañana
siguiente cuando ya estaba saliendo al gimnasio, salió corriendo
del cuarto y me preguntó si se podía ir conmigo ya que Ale no
estaba y nos fuimos juntos, al terminar mi clase de spinning, lo
encontré en las máquinas y dijo que ya estaba terminando que
sólo le faltaba una y lo ayudé a terminar.

Fuimos a la casa y mientras preparaba el almuerzo, dijo que


se iba a bañar y se metió al baño, saliendo sólo en toalla y me
preguntó dónde había otro jabón que se había acabado, el cual
me tardé en conseguir para apreciar su cuerpo con sólo la toalla
que tenía atada a la cintura. Al salir del baño, le dije que me iba
a bañar, mientras me quitaba la ropa, él me gritó desde la cocina
que olía a quemado y abriendo un poco la puerta del cuarto le
di las instrucciones, como había dejado la puerta entre abierta
sin querer, pudo ver cómo me terminaba de quitar la ropa del
gimnasio y yo al ver que me estaba viendo, me hice la loca y seguí
en lo que estaba.
Los Placeres de la Mantis 53

Después salí con la bata del baño y le dije que iba a entrar a
la ducha que estuviera pendiente y me fui al baño. Cuando entré
me quité la bata, noté que me estaba espiando por las ventanitas
que tiene la puerta del baño y no dije nada, me metí en la ducha
y me bañé pensando en lo mucho que me gustaba que un joven
de 17 años me espiara. Me hacía sentir que mi cuerpo todavía
era sexy. Al finalizar, abrí la cortina de la ducha y me puse a
escurrirme el agua y a peinarme para que tuviera tiempo de
verme bien y me sequé muy sensualmente, me puse la bata, lo
que le dio tiempo de irse a la cocina y salí a ver cómo estaba la
comida. Noté que tenía un bulto en su bóxer que podía disimular
y disimuladamente me aflojé la bata un poco para que se me
abriera al inclinarme y permitirle ver un poco más, eso me estaba
calentando y me fui a vestir. Me puse un short de los que uso en
la casa pero busqué los que me quedaran más apretados y una
camiseta sin sostén claro está para estar cómoda y darle el gusto
a mí huésped. Comimos y después me ayudó a recoger la mesa
y mirarme cada vez que me agachaba lo cual hacía con mucha
frecuencia para que me viera Alfre. Al terminar tuve que salir un
momento a hacer unas diligencias y cuando regresé, noté que
había revisado el cajón de mi ropa interior, ya que lo encontré
algo revuelto y eso es algo que acostumbro tener muy ordenado,
y vi que la tanga hilo dental que había usado para ir al gimnasio
tenía restos de semen... lo que me llevó a la conclusión de que se
había masturbado con ellas. Eso me calentó al máximo y me llevó
a ingeniar un plan…

En la noche había alquilado una película para verla y le


pregunté si la quería ver que viniera a mi cuarto donde estaba el
VHS. Yo me encontraba acostada de mi lado y él se sentó en el
piso y yo le dije que no le diera pena y subiera a la cama y se sentó
Los Placeres de la Mantis 54

en la esquinita. Después de un rato, le dije si quería ponerse


más cómodo se recostara a lo que accedió. Al terminar la película
hice movimientos de molestias en mi cuello y dije en voz alta
“¡Qué lástima que no está Ale para que me dé unos masajes!”, y
le pregunté después “¿Tú sabes dar masajes en el cuello?”. Me
dijo “No debe de ser muy difícil, pero nunca lo he hecho”. “Deja
la pena y dame uno por favor”, le contesté. Se situó detrás de mí
y comenzó con los masajes, me bajé los tirantes del camisón un
poco para que estuviera más cómodo y busqué una crema que
tengo que tiene un olor muy rico y sensual. Terminó el masaje,
se despidió y se fue a dormir. Ahí me quedé pensando que mi
plan no había dado resultado, el muchacho no era lanzado como
yo creía y tenía que facilitarle las cosas un poco.

El viernes en la mañana no pasó nada interesante. Fuimos al


gimnasio y después de comer le dije que iba a salir y que llegaría
un poco tarde ya que iba al cumpleaños de una amiga. Estuve un
rato en la fiesta y como a las 12 de la noche regresé a la casa. Él
estaba despierto viendo una película en su cuarto y al sentirme
salió a saludarme. Yo había tomado un poco y estaba medio alegre
(eso era parte de mi nuevo plan para tener un poco de iniciativa)
pero cuando lo vi, me hice que estaba más borracha de lo que en
realidad estaba y tambaleando, me senté en el sofá, él preguntó
si estaba bien y le dije que sólo un poquito pasada de palos, que
me disculpara y él sonrió. Me hice la dormida por unos minutos,
dejando un ojo medio abierto pero sin que se diera cuenta y él
aprovechó para verme un poco, yo estaba con una minifalda de
cuero muy corta y que me quedaba muy ajustada y una camisa
que tenía un gran escote en la espalda, lo que ocasionó que no
me pusiera sostén. Disimuladamente me recosté para un lado
abriendo un poco mis piernas y él no me quitaba la vista de
Los Placeres de la Mantis 55

encima, ya que se me veía todo. En eso me desperté y le dije


que me ayudara a ir a mi cuarto. Me dejó sentada en la cama y se
fue cerrando la puerta pero por supuesto no por completo, me
quité la camisa y la falda y me puse la ropa de dormir más sexy
que tenía, él no dejaba de verme por entre la puerta y me tiré en
la cama haciéndome la dormida nuevamente, sin arroparme ni
apagar la luz. A los cinco minutos sentí que entró y me habló para
ver si estaba despierta. Como no le respondí, supuso lo contrario.
Ahí estaba él contemplando mi cuerpo tirado en la cama con
sólo mis diminutas tangas blancas y mi pijama blanca sexy de
encajes, que dejaba ver mi pecho a través de ella. Me moví un
poco lo que ocasionó que saliera una de mis tetas de la diminuta
pijama y oí un ¡oh! que salió de su boca. Me movió un poco y
como no desperté se atrevió a tocarme con mucho cuidado mi
teta al aire. La acarició con mucho cuidado hasta poner mi pezón
duro y parado, luego le dio una chupadita y no aguanté más y
gemí lo que hizo que retrocediera. Al darse cuenta que seguía
dormida, me comenzó a tocar las piernas y como un reflejo se
las abrí, ya estaba bastante mojada y cuando me tocó mi concha,
no aguanté más y le dije “Alfredo quiero que me cojas”. El chico
dio un brinco de susto que llegó a la puerta del cuarto. Le dije
“No tengas miedo. Siempre he estado despierta y quiero esto tanto
como lo quieres tú”. Me dijo “Andre… ¿no estabas dormida?”. Le
dije que no, que también había visto cuando me veía por dentro
de la camisa, por la puerta del baño y que me ponía la ropa más
pequeña y sexy que tenía para provocarle, y como que lo logré,
sonreí. Me paré y me quité el pijama, quedando en mis tanguitas,
lo abracé y le di un largo beso, el cual correspondió metiendo su
lengua en mi boca y tocando mis nalgas.

Lo llevé a la cama y lo acosté, lo puse boca arriba con los


Los Placeres de la Mantis 56

brazos abiertos y le ordené que no me tocara o besara hasta


que le dijera. Él me dijo “¿Qué me vas a hacer?”, y le dije que
le iba a hacer sentir lo mejor del mundo... Me dijo que tenía
miedo y me confesó que era virgen, y se dejó llevar por mis
órdenes. Lo comencé a besar por todo el cuerpo y le restregaba
el mío por el suyo. Le bajé el bóxer con los dientes y salió de un
salto su enorme y grueso pene. Lo agarré entre mis manos y lo
comencé a masturbar lentamente… Él respiraba fuertemente y
se retorcía de placer. Luego me lo llevé a la boca y lo comencé a
lamer, primero la cabeza y bajé hasta el tronco, luego sus bolas
y me inspiré en la parte esa de piel que está debajo de las bolas
y antes del culo. Cuando estaba en el clímax total me metí todo
su miembro y se lo chupé hasta que me descargó toda su cálida
leche en mi garganta. Me acosté a su lado y le dije que era su
turno.

Comenzó con un beso muy cálido y apasionado, mientras me


agarraba las tetas. Luego bajó a ellas y las comenzó a lamer y
chupar… Me las masajeaba y mordisqueaba con mucha dulzura.
Luego, bajó besándome el vientre mientras me quitaba la tanga,
dejándome completamente desnuda ante sus ojos. Me abrió las
piernas al máximo y comenzó a besarme mi mojada y depilada
conchita. Luego con sus dedos, separó un poco y me metió la
lengua y empezó a jugar con mi clítoris a la vez que con un dedo
me penetraba. Yo ya estaba muy caliente y gemía desesperada,
luego metió dos y hasta tres dedos aumentando sus movimientos
y a lo que sentí su lengua otra vez dentro de mí me corrí en su
boca llenándosela de mis líquidos vaginales.

Esta sensacional chupada que me había dado le provocó una


nueva erección, lo que sin pensarlo le pedí que me penetrara, que
Los Placeres de la Mantis 57

deseaba sentir su enorme polla dentro de mí. Me quedé acostada


con las piernas abiertas y él se acomodó encima y apuntó su
enorme y parado miembro a la entrada de mi mojada y caliente
conchita y de un empujón me lo metió de una sola vez, lo que
provocó un chillido de dolor en mí, ya que tenía muchos meses
sin novio y no tenía relaciones hace mucho tiempo. Comenzó
lentamente con el “mete y saca” y el dolor iba desapareciendo y
se transformaba en gemidos de placer. Fue acelerando mientras
me chupaba las tetas cuando de repente soltó un grito y se
corrió llenando mi concha de su tibia leche… que provocó mi
inmediato orgasmo.

Cuando sacó su ya flácida polla, se la lamí hasta dejarla


bien limpia, pero al ver que con mi limpieza ya se le estaba
poniendo dura otra vez, me puse en cuatro patas y le pregunté
que si estaba cansado, a lo que respondió empujándome todo
su trozo dentro de mi dilatada concha y comenzó con el meneo
otra vez… Mientras lo hacía, con el dedo medio lleno de saliva,
lo comenzó a meter en el hueco de mi virgen culito a lo que le
dije que no, pero no me hizo caso y me dijo que quería probar
cómo se sentía y yo accedí ante la misma curiosidad. Luego de
haberlo dilatado un poco, me empezó a meter la cabeza y yo
llorando le suplicaba que no. Al oír mi llanto, lo excitó más y
me empujó otro poco, dejándolo para que se abriera mi estrecho
culito. Me sujetaba por las caderas mientras yo forcejeaba para
que lo sacara y besándome el cachete me metió el resto de una
sola embestida produciendo un grito de mi parte por el inmenso
dolor que sentía a la vez que se me salían las lágrimas. Cuando
me calmé un poco, empezó con su suave movimiento, y empecé
a cambiar mis quejidos y llantos por gemidos de placer, lo que
le provocó un aumento en la velocidad y mi primer orgasmo
Los Placeres de la Mantis 58

gracias a la penetración anal. Él, mientras agarraba mis tetas


bamboleantes por el movimiento, incrementó su velocidad al
máximo y entre nuestros gritos de placer se corrió dentro de
mi culito provocándome otro orgasmo sensacional. Quedamos
muertos de cansancio y nos quedamos dormidos abrazados.

En la mañana siguiente, cuando me desperté, busqué un pote


de miel que tenía en la cocina y se lo eché por todo el cuerpo
mientras dormía. Lo comencé a lamer, lo que provocó que se
despertara y me hiciera el amor otras dos veces más antes de
meternos a bañar juntos para terminar haciéndolo enjabonados
en la ducha. Nos desayunamos y fuimos juntos a buscar a mi hijo
Alejandro que regresaba a Venezuela.

Cuando llegamos a la casa, no perdíamos ninguna oportunidad


para besarnos y tocarnos a escondidas de mi hijo, lo cual nos
excitaba muchísimo, y cuando se metía a bañar hacíamos el
amor en cualquier sitio del apartamento.

Alfredo sigue siendo el mejor amigo de Ale, mi hijo. Ahora


se queda a dormir con más frecuencia que antes y, cada vez que
puede, se va de viaje con nosotros. Ahora no sólo es el amigo de
mi hijo sino que pasó a ser mi amante y compañero sexual…

Espero que les haya gustado mi relato, esto que les conté
no es mentira, es algo real, y espero que continúe por mucho
tiempo más.
La tentación de una Suegra
por Melissa
Los Placeres de la Mantis 61

“Visitarme en la noche de mi cumpleaños, fue el regalo más


excitante que me hizo, Andrés, mi yerno.”

A pesar de que sólo éramos no más de seis mujeres que


festejábamos mi cumpleaños número 42 , daba la impresión que
la casa estaba llena de invitados, porque los sonoros comentarios,
las risas destempladas y el sonido de los cristales trasmitían esa
sensación... Pero nada más erróneo. Incluso yo, en mi calidad de
dueña de casa, ni siquiera me había propuesto celebrar nada, ya
que mi marido se encontraba en viaje de trabajo en el norte del
país y mi única hija Ignacia, una joven estupenda y madre de
dos niños, vivía en una ciudad del Sur, distante casi quinientos
kilómetros, llamada Concepción y se había excusado este año de
venir a pasar el cumpleaños con su madrecita. No obstante le
pidió a Andrés, su marido, que se encontraba por esos días en la
capital, para que viniera personalmente a saludarme, me trajera
un regalo y no le permitió la excusa de que se desocupaba muy
tarde de sus actividades empresariales para no acompañarme en
este día tan especial para mí.

María Isabel, mi amiga y vecina, no se lo perdonaría si no


le hacía un pequeño agasajo a su muy buena amiga, por lo que
invitó para esa noche a otras íntimas como lo eran Viviana, mi
asesora en esto, Melissa, Verónica, Liliana e Irene, formándose
así un potente conjunto femenino para esta celebración. Ellas,
según mi marido, conformaban lejos la mejor selección de
Los Placeres de la Mantis 62

hembras, dignas del más erótico y sensual Harem. Todas de una


u otra forma, usuarias de la Web. Confesándose asiduas lectoras
de estas páginas y todas dispuestas a contar sus intimidades
que de sólo escucharlas me dejaban tan excitadas, que esa
noche les confieso tuve que cambiarme en dos oportunidades
mis pequeños calzoncitos, mojados por mis irrefrenables jugos
productos de mi ardiente calentura de sólo escuchar a mis amigas.
Afortunadamente lo matizábamos con conversaciones propias
de mujeres con hogar tales como, la moda, las enfermedades,
los niños, los maridos y los hombres en general, salpicando todo
con algunos chismecillos sabrosos que alentaban los ánimos
efervescentes y chispeantes de alcohol de mis alegres y buenas
mozas, amigas.

– ¡Salud! Por los cuarenta y dos –gritaba María Isabel– alzando


su copa burbujeante de champaña, siendo imitada al instante
por el resto de las invitadas, ante mi reacción de festejada que
me quejaba ante mi amiga por delatar cuántos eran los que
cumplía.

– No digas por favor que son cuarenta y dos, ves que me voy a
bajonear más todavía.

– Pero mujer, si estás estupenda, te ves tan joven como estas


niñas que estoy segura no pasan los treinta.

– María Isabel, tu siempre tan lisonjera, vives estimulándome,


tú eres la única que no me encuentras vieja.

– ¡Vieja tú! –dijeron a un mismo tono Viviana, Irene y Liliana–


por favor no exageres, estás estupenda niña.
Los Placeres de la Mantis 63

Yo, a pesar de mis cuarenta y dos años, estaba pasando una


etapa de mi vida plena de vitalidad y así lo sentía. Esto puede
resultar vanidoso de mi parte o alocado para otras, pero es lo que
me ha tocado vivir y trato de sacarle el máximo de provecho. Alta
de un metro y setenta y tres, tenía la suerte que los años casi no
me habían tocado, pero también había dedicado muchas horas
de gimnasio y sacrificadas dietas que me hacían mantener una
figura y un físico envidiable tanto para mis amigas como para
los amigos de Fernando que no podían abstraerse de fijar su
vista en mis atractivos de mujer y esto no era ajeno a quienes
estábamos reunidas esa noche, pues nuestra amistad provenía
del gimnasio o de mi tienda de ropa íntima femenina y teníamos
un denominador común, el mantenernos bien físicamente,
ser atractivas lo que nos hacia sexualmente deseables, no
éramos ningunas beatas o santas y cada una tiene más de un
sabroso y excitante secreto que contarnos, es por eso que en
nuestras conversaciones de esa noche, salieron las confesiones
aparecidas en Internet y muy luego nos pusimos de acuerdo para
confesarnos también con ustedes para lo cual nos ayudaríamos
unas a otras.

De profesión nutricionista e Ingeniera en Alimentos, había


dejado de ejercer la profesión, dado que las cosas por esto de la
economía mundial no andaban muy bien y, para ser sincera con
ustedes, me iba mejor como dueña de una pequeña pero selecta
tienda de ropa intima femenina en un sector exclusivo de la gran
ciudad de nuestro Santiago de Chile. Siempre yo acostumbraba
a vestir muy bien y esa noche lucía un muy coqueto conjunto,
donde el corte del vestido hacían realzar mis admiradas piernas,
las que mostraba con incitado orgullo, calzando unos bonitos
zapatos de tacos altos.
Los Placeres de la Mantis 64

Ya el reloj marcaba las diez de la noche cuando todas nos


sorprendimos por el sonido del timbre de la entrada a la casa,
eso además las distrajo del ambiente en que nos encontrábamos
inmersas.

¡Hola! –entró saludando Andrés, mi joven yerno, pidiendo


excusas por la tardanza en pasar a saludar a su querida suegra.
Las mujeres estaban en conocimiento que el joven me pasaría
a saludar en esta fecha, recibiéndole con la mejor de las
sonrisas e insinuantes miradas. Una vez acomodado en una
butaca, empezó a dar respuestas con simpatía a la avalancha de
preguntas sobre su familia y la razón de su estadía temporal en
la ciudad capital, además de comentar sobre su obligación de
pasar a saludarme, pues si no su mujer no se lo perdonaría tan
fácilmente. La presencia de las invitadas se prolongó por casi una
hora más, durante esa hora yo notaba que Andrés no dejaba de
entusiasmarse con mis invitadas y se mostraba muy obsequioso
conmigo mientras me movía de un lado a otro atendiendo a mis
amigas, lo que indudablemente e involuntariamente me hacía
mostrar mis bien dotados atributos, llegando a escuchar de
una de mis amigas un dicho muy chileno: “Ya pues mi hijita,
no muestre de esa forma la mercadería, que no ve que el niño
no es de fierro”, me lo decían con mucha picardía y en relación
a mi yerno, quien hacía esfuerzos por disimular los efectos que
le causaba su atractiva suegra, así como las bondades físicas de
mis amigas.

Más tarde y siempre en compañía de mi yerno, despedimos


en la puerta de mi hogar a mis invitadas y reía de buenas ganas de
las bromas y comentarios de mis amigas a quienes se le notaban
los efectos del alcohol ingerido y toda la latente alteración
Los Placeres de la Mantis 65

lasciva que le había producido al relatar y recordar dentro de su


conversación algunas aventuras extramaritales que Lily e Irene
se encargaron de contar con lujos y detalles.

Por fin Andrés, tomando mi mano avanzó conmigo hasta el


interior de la casa. Una vez adentro, el hombre llenó dos copas
de una botella de champaña que me había traído y ofreciéndome
una, me miró a los ojos como diciendo mentalmente “¡Al fin
solos!”.

– ¡Esta copa que te invito a beber! –dijo Andrés, con cierta


emoción– quiero que la bebas toda, pues ella representa el
saludo de tus queridos nietos que están orgullosos de tener una
“Nona” tan linda, de tu querida hija y los míos, que te queremos
mucho.

– ¡Gracias Andrés! por tus lindas palabras y por acompañarme


esta noche que ha sido muy hermosa y significativa para mí,
aunque me apena que no haya estado mi Roberto, mi hija Ignacia
y mis lindos nenes, pero comprendo sus obligaciones y sé que tú
los reemplazas a todos ¿Verdad?

– ¡Verdad! – espondió mi apuesto yerno, mientras ambos


alzábamos nuestras copas con el efervescente licor, en el instante
en que la música arrabalera de un tango invadía nuestros oídos.

– ¡Oh! qué hermoso es este tango, si Roberto estuviera aquí


ya lo habríamos estado bailando dije al terminar de beber todo el
licor, notando lentamente sus efectos.

– Bueno, dijo Andrés, yo no seré tu Roberto pero si deseas


bailar, qué problemas nos hacemos.
Los Placeres de la Mantis 66

Y cómo lo diría un avezado escritor que trata de describir esta


escena, lo habría relatado así:

La singular y solitaria pareja, embriagados de alcohol, música


y extraño comportamiento se unieron dando acompasado ritmo
a la música y a la furtiva pasión que ésta entregaba. Andrés
empezó a sentir pegada a su cuerpo la figura esbelta, sensual
y coqueta de su suegra, por quien sentía una gran admiración
y una platónica atracción sexual, que en muchas oportunidades
cuando estaba en la intimidad con Ignacia, le invadían las
fantasías de estarlo haciendo conmigo, ya que madre e hija
poseían un extraordinario parecido y un físico que despertaba la
pasión y sexualidad del más frígido amante. Por su parte la mujer
que había tenido fuertes excitaciones derivado de los relatos de
sus amigas, empezó a sentir el roce en su zona pelviana del
erecto y mejor proporcionado pene de su joven yerno, que a
partir de ese momento inició un acoso frontal a la enigmática
y sensual mujer que, en su ya escasa lucidez mental, trató de
evitarlo, pero lentamente fue cediendo ante la insistencia de
Andrés de mantenerla estrechada a su cuerpo mientras el ritmo
cadencioso de la música hacía lo suyo.

Ese tango dio paso a otro más erotizante aún, mientras la pareja
mantenía en secreto los motores de la excitación funcionando a
todo ritmo; Andrés con su mentón acariciaba el cuello y la nuca
de la mujer y ésta se estremecía de placer dejándose llevar por
la embriaguez del champaña y la complicidad y embrujo de la
noche.

Cuando el joven rozó levemente sus carnosos y sensuales


labios, ella simuló un leve rechazo e intentó sin gran empeño
zafarse de los brazos de su acosador yerno, un leve “¡Oh,
Los Placeres de la Mantis 67

nooo!” surgió de su boca, pero Andrés ya estaba decidido a


seguir adelante en su empeño. Atrayéndola con fuerza hacia su
cuerpo, volvió a posar sus labios sobre los de ella, produciéndose
un apasionado y ardiente beso que se prolongó con ansiedad,
motivado por el naciente deseo carnal que surgía entre ambos.
Andrés activó sus maniobras de conquista sobre su querida
suegra y pronto sus inquietas manos empezaron a recorrer la
imponente anatomía de la mujer, desde el levantar su coqueto
vestido para acariciar su bien conformado y casi desnudo
trasero... para después, ya más seguro en su accionar, se fue
a acariciar unos senos espectacularmente opulentos que él
muchas veces soñó acariciar y mamar de ellos y ahí estaban esos
dos hermosos trofeos, cobijados bajo la protección de un fino y
delicado brazier blanco.

Ambos detuvieron el compás del baile por que el joven en


su recorrido corporal, bajó su cuerpo hasta quedar arrodillado
junto a una sorprendida mujer, deslizando sus manos bajo la
corta falda acariciando la bella desnudez de sus piernas y la
opulencia de esos casi juveniles y firmes glúteos, haciéndolo con
verdadera devoción. Ella se contorneaba voluptuosamente, y sólo
reaccionó cuando Andrés extraía con ambas manos el diminuto
calzoncito que, bañado en los jugos de su ardiente excitación, le
indicaban al joven macho que la hembra estaba dispuesta a ser
poseída carnalmente hasta la saciedad. Una vez desaparecido el
diminuto calzoncito, él introdujo su rostro a la altura del sexo de
ella, donde besaba y mordía los vellos pubianos de la sensible y
súper excitada mujer.

– ¡Oh! Por favor Andrés no hagas eso que no lo resisto...

Pero el excitado yerno prosiguió en su afán seductor con su


Los Placeres de la Mantis 68

suegra y alzándola en sus brazos cual novia en noche de bodas


encaminó sus pasos hasta su tibia alcoba.

La espectacular imagen que entregaba ella en brazos de


su amante, ustedes la podrán imaginar... En su desnudez
mostraba su rica y apetecida zorrita (vagina) de labios tersos,
palpitantes y brillante de deseos. Él, que en el trayecto no perdía
la oportunidad de besar todo lo que llevaba a su alcance, la tendió
suavemente y sin resistencia sobre la mullida cama matrimonial,
para luego, con la rapidez de un felino, quitarse sus prendas de
vestir dejando libre un erecto y macizo miembro.

Ella le miró nuevamente sorprendida y expectante ante la


viril desnudes del joven. Siempre pensó que su marido poseía
un hermoso y bien dotado garrote, pero su yerno ¡lo superaba
con creces! Dejándose llevar por aquella nube envolvente de
lujuria y como hipnotizada, se irguió y quiso tomar el miembro
de Andrés. Éste no fue esquivo a los deseos de ella y acercándolo
a la boca de la mujer dejó que ésta se lo mamara, lo lamiera con
su lengua y lo masturbara entre sus grandes y duros senos.

La excitación de ambos se tornaba incontrolable, hasta que


él nuevamente la acomodó al borde de la cama y separando las
piernas de suaves y estimulantes muslos, tomó instintivamente
posesión para lo que habría de ser la feliz realización de su más
cara y ansiada fantasía sexual . Ella sintió el desesperado roce
de la hermosa herramienta sobre sus húmedos labios vaginales
y pronto la estocada a fondo en su lubricada y excitante vagina.
Quiso detener la acción del vigoroso Andrés, susurrándole en
voz baja. (Aquí vuelvo yo a mi relato)

– ¡Por favor Andrecito, detente, detente! –le pedí suplicante,


Los Placeres de la Mantis 69

pero no pude continuar articulando palabras, pues los labios del


hombre sellaron mis temblorosos labios y sentirme penetrada
por mi incontrolable yerno en esa forma, se bloquearon todos
mis instintos de resistencia, irremediablemente quedaron de
lado mis aprehensiones de suegra y madre y mi moralidad
sucumbió ante la arrolladora pasión de que éramos presa.

Nuestros cuerpos se estremecían al disfrutar del mágico


placer de una entrega tan especial. Él no me daba tregua, su
fuerte y erecto miembro me penetraba con ansias desmedidas,
lo sentía todo exquisitamente dentro de mí. Aquí no quiero pecar
de modesta, cuando estoy en estos “trances” con mi marido, lo
noto extasiado con lo mío y me repite que él (siendo guapo aún)
no necesita de otras mujeres porque yo le satisfago todas sus
necesidades de macho. Lo mismo notaba en esos momentos con
Andrés, lo notaba muy reconfortado con todo lo mío. Pero no lo
pude resistir más, me lo hacía con tanto fervor y locos deseos
quebrantando todas mis fibras nerviosas, una fuerte excitación
orgásmica recorrió todo mi cuerpo y mi mente, descargándome
como nunca lo había sentido. Estaba totalmente entregada al
deseo y al placer con el marido de mi propia hija, que me devoraba
por completo y continuaba bombeándome. Mi gran orgasmo lo
había impactado y no me daba tiempo para descansarlo como lo
hacía con mi esposo, ello más lo excitaba, haciendo recuperar
rápidamente mis deseos y el ritmo de una suculenta entrega.
Mis repetidos y convulsivos orgasmos que disfrutaba en corto
tiempo, me hacían ver que lo dejaban al borde del clímax, pero
sabía reprimir su eyaculación porque deseaba prolongar al
máximo ese momento tan soñado.

En mi vertiginosa locura sexual a la que era sometida, yo


Los Placeres de la Mantis 70

exigía más y más, respondiendo con pasión las caricias y besos de


mi entusiasta yerno. Notaba como mi ardiente sexo se expandía
al movimiento del potente miembro y al sentirlo en carne propia,
venían a mi mente el comentario que me hiciera tiempo atrás mi
propia hija, respecto a la conducta sexual de Andrés. Perdonen
ustedes que los distraiga un minuto en estas reflexiones, pero
las traigo a colación esto pues encajan perfectamente a lo que les
estoy relatando. Ello ocurrió al observarla una mañana mientras
tomábamos el desayuno juntas en una visita que le hiciera en
Concepción...

– ¡Pero mi amor! –le dije– ¿ Y esa cara demacrada y ojerosa?


No me diga que está enfermita y anoche no pudo dormir.

– ¡Hay, madre mía! Nada de eso, lo que pasa que este marido
que yo tengo, cada vez que me agarra, me deja medio muerta. Tú
no sabes cómo es en la cama… Además que se gasta una cosa que
es capaz de hacer acabar hasta la más frígida de las mujeres.

– ¡Pero mi niña! Cómo habla usted así tan suelta de boca, esas
cosas íntimas no se andan contando por ahí.

– Pero mamá –me replicaba– Tú eres mi madre y más que mi


madre eres mi amiga de confianza. Además debo confesarte que
este es el precio que pago por tenerte como visita en mi casa.

– ¡No le entiendo nada lo que me quiere insinuar mi amor!

– Por favor madre, no lo tomes a mal… Pero sucede que


Andrés, cada vez que tú nos visitas, o nosotros vamos a tu casa,
me doy cuenta que anda todo el día con el miembro duro y en la
noche se desquita conmigo transformándose en un insaciable...
Los Placeres de la Mantis 72

Simulando sentirme extrañada, aunque me había percatado


hacía mucho tiempo de ello, me apresuré a decirle en esa
ocasión…

– Tú ves mi amor que yo no hago nada anormal y mi única


intención es que ustedes sean felices. Ahora si tú observas algo
raro y que yo como soy un poco “volada” no me he dado cuenta,
tienes que decírmelo mi amor.

– ¡No te preocupes madre! Si tu única culpa es tener aún


todo bien dispuesto en tu cuerpo –rió a carcajada mi querida
hija, sobre quien yo sabía que había salido tan caliente como su
madre.

Retornando al cuadro pleno de erotismo y sexo que


desarrollábamos con Andrés, ya ahora era yo quien estaba siendo
presa de esa fabulosa máquina de placer que me había comentado
Ignacia. Pero ante mi experiencia y encantos copulativos, la
formidable maquinita sucumbió con una copiosa eyaculación al
fondo de mi ardiente vagina de su madura y atractiva suegra que
a su vez me desahogaba con inquietas convulsiones presa de un
descontrolado y prolongado nuevo orgasmo.

El observante escritor habría dicho: La abatida Maribel (o


sea yo), no reaccionó cuando pasado relajadores diez o quince
minutos, Andrés despegó su cuerpo sobre el de ella, para dirigirse
a la sala de baño donde se dio una ducha tibia, que lo hizo pensar
con algo de claridad sobre el lío en que se encontraba metido con
la madre de su propia mujer y las repercusiones que ello podría
tener de conocerse este affaire tan comprometedor. Su miembro
semi erecto aún y enrojecido, demostraba el arduo trabajo al
que fue sometido para doblegar en el placer a esa hembra tan
Los Placeres de la Mantis 73

ardiente y rica en formas que ahora dormía profundamente


sobre su cómoda y amplia cama. Andrés cubierto sólo con la
sábana de baño, con un vaso de refresco en la mano se sentó
frente a ella para contemplar su atrevida y provocativa desnudez,
al ver tan magnífica obra humana, inflaba su pecho mostrando
un indisimulado orgullo de macho triunfante, al haber fornicado
a la madura mujer que había deseado ocultamente desde que
la conoció y que para su sorpresa resultó mucho mas fogosa,
ardiente y cooperadora, de lo que el mismo se había imaginado
y por ende, lejos, más competente que su hermosa y atractiva
Ignacia.

Sin recriminaciones ni rechazos, la noche fue entera de ellos,


el hombre sacó a relucir toda su potencia sexual a la que ella
se entregaba sin resistir colocando también lo mejor de sí. Así
esa habitación se llenó de lujurias, gemidos y más estridentes
orgasmos, hasta que el cansancio y el sueño doblegó a la ardiente
pareja.

La mañana de ese sábado Andrés, mi querido yerno, se


despertó temprano, dado que tendría que asistir hasta su lugar
de trabajo para reunirse con otros colegas para terminar algunos
asuntos pendientes, almorzaría en el centro para por la tarde
dedicarle un tiempo a un proyecto que estaba finalizando y
dejaría la noche del sábado y el domingo para pasarlo, según
dichos de él, junto a su ardiente y apetecida suegra. Después
de ducharse y afeitarse se dirigió a la cocina para prepararse
una taza de café, quiso hacerse el amable y preparó una bandeja
para dos disponiéndose a llevarla a la suite donde me encontraba
también saliendo de la ducha, cubierta en una amplia sábana
Los Placeres de la Mantis 74

de baño y con una horrible resaca, así y todo a él, yo le parecía


magníficamente atractiva.

– ¡Hola! –me saludó Andrés– detenido al medio de la alcoba,


observándome avanzar.

– ¡Hola amoroso! –respondí con una amable sonrisa– ¿ Y tú


qué haces con esa bandeja, cuando se supone que soy yo quien
debe hacerlo? –le espeté.

– Por favor no te preocupes, hoy he querido darme este


gusto.

– ¿Uno más? –pregunté sonriente– mientras me quitaba, sin


recato alguno, la sábana de baño y accionando desnuda me metí
nuevamente a la cama.

– ¡Podríamos hablar de uno más –repitió él, dejando la


bandeja a mi cuidado, para luego desprenderse también del
batón que cubría su desnudez.

Ágilmente se introdujo a la cama junto a mí, disponiéndose a


servirse el estimulante desayuno, empezando por un refrescante
jugo de frutas natural. Afuera de nuestro reconfortante lecho,
la otoñal pero agradable mañana sabatina mantenía una
tranquilidad y silencio casi sepulcral, con una temperatura muy
sorprendente para ser Abril, la misma calidez que se apreciaba
al interior de casa.

– ¿Cómo te sientes? –preguntó tímidamente Andrés


mientras terminaba de beber su vaso de jugo acompañado por
un analgésico.
Los Placeres de la Mantis 75

– ¡Hay mi amor! –le dije bajando el tono de mi sensual


voz– Creo que no he logrado despertar aún y si no fuera por este
dolor de cabeza, tendría la sensación que aún duermo y sueño
profundamente.

– Pero tómate un analgésico y pronto el dolor se te pasará.

– Ya me la he tomado, al igual que ingerí una pastilla para el


ardor de estómago que me dejaron tanto trago raro que me metí
para adentro.

– ¿Y que más te metiste para adentro? –me preguntó


sonriente y burlonamente Andrés, quien ahora actuaba con total
confianza y libertad, cosa que antes no se lo permitía.

– ¡Oh! – Que eres sarcástico muchachito, se te ha olvidado que


le has metido a mamita una rica cosita que le tenías reservada,
pero de eso hablaremos después de tomar este rico desayuno.

A Andrés le costaba creer que yo, en mi calidad de suegra, no


estuviera preocupada más que él de lo sucedido esa madrugada
entre ambos. Y mientras se deleitaba con su aromática taza de
buen café, escuchaba los comentarios que yo le hacía, sobre el
gesto de mis amigas de celebrarme en forma tan sorpresiva mi
cumpleaños, y de la larga amistad que mantenía con ellas, de las
características de cada una.

Lo que extrañaba a Andrés –me lo dijo después– es que en


toda esta conversación su querida suegra no hiciera ningún
comentario a las repetidas entregas sexuales de esa noche, pero
no quiso él tampoco insistir en ello, pues la tibieza de las sábanas
más la intima y cercana posición de una apetecible mujer
desnuda, hizo que el joven sintiera la erección de su potente
Los Placeres de la Mantis 76

miembro que se hizo más patente al observarme mi ampuloso


trasero al girar el cuerpo para dejar la bandeja sobre la alfombra,
dándome cuenta que me observaba con animosa detención
especialmente mi velludo y excitante sexo.

Ya no existía el embrujo de la noche anterior, pero yo


entendía que el tener a una tan deseada suegra desnuda a su
lado, no le permitía hacerse el desentendido. La fuerte erección
lo llevaron a acosarme una vez más, al sentirme nuevamente
asediada y requerida por Andrés. Me dejé llevar nuevamente
por la fogosidad y la pasión y bien no habían transcurridos cinco
minutos, cuando sentí nuevamente toda su potencia, siendo
nuevamente penetrada con ansias por mi excitado yerno, que
escuchaba maravillado mis incontrolados y ardientes gemidos
que ya le eran excitantemente familiar. Él puso en práctica sus
mejores técnicas de las que lo alababa mi hija, para que su suegra
gozara con toda su intensidad de alborotados y arrebatadores
orgasmos que se empezaban a suceder en corto tiempo uno tras
otro con toda su rica intensidad.

Así ese sábado por la mañana y después de esa fogosa


entrega, él me abandono rápidamente pues ya estaba atrasado
con su cita laboral. Yo quise quedarme un momento más en
cama descansando del tremendo esfuerzo a que me sometí con
el marido de mi única hija ausente. Desnuda como me había
dejado mi tremendo amante, me cubrí con la ropa de cama y feliz
y sin darme cuenta me dormí pesadamente…

Habría transcurrido una media hora cuando escuché, con


mucha sonoridad, el timbre de la puerta de entrada. Pensé que
Los Placeres de la Mantis 77

a Andrés se le había olvidado algo, por lo que al levantarme a


observar por la ventana, cubierta tan sólo con mi corto batón,
me di cuenta que era el móvil de repartos de un supermercado
mediano que había en mi barrio y quien tocaba el timbre era nada
menos que Bob, hermano y socio del dueño y que se encargaba
de estos menesteres.

Recién entonces me acordé que había quedado de acuerdo


con ellos que ese sábado pasarían a dejarme mi pedido y otro
par de cajas de alimentos que me había comprometido regalar
junto a mis amigas a un Hogar de Ancianos. El hombre, al
observarme tras la ventana, mostrándome su reloj en señal a
que le atendiera rápido pues al parecer tenía algo de prisa. No
supe qué decirle y me apresuré a abrocharme bien el batón que
cubría mi desnudez. Busqué a la rápida mis zapatillas planas y
no las encontré… Entonces, me vi obligada a calzar mis zapatos
de tacos y ordenándome algo mi desordenada cabellera salí por
una puerta lateral para pasar las cosas directamente al cuarto
despensa, junto a la oficina de proyectos que tenía mi marido y
que se la manejaba un joven minusválido al interior de la casa.

– ¡Hola Bob! –saludé al hombre que traía el pedido del


negocio donde siempre compraba las previsiones.

Bob Geller, era un tipo de unos treinta y tres años, soltero,


un metro ochenta de estatura, tés blanca pecosa, ojos azules y
pelo castaño. Durante el día trabajaba con su socio y hermano
Ulises en el supermercado, tanto en la cosa administrativa o
cumpliendo tareas especiales como lo hacía ahora y por la noche
estudiaba Ingeniería Comercial en una Universidad Privada. Se
destacaba por ser un tipo con bastante atractivo, muy locuaz y
servicial, razón por lo que era muy admirado y apetecido por
Los Placeres de la Mantis 78

muchas clientas del concurrido negocio, pero él se hacía querer


y no escatimaba tiempo para atender a las insinuaciones de las
exigentes damas.

No niego que a mis ojos tampoco pasaba inadvertido el tipo,


pero yo era una mujer casada y aunque yo sabía que hubiera
hecho cualquier cosa por tenerme en la cama de un Motel, yo
era fruta prohibida para sus instintos de macho. Mi coqueta
vecina María Isabel, me contó hace algún tiempo que a ella si
se la llevó a la cama después de un rápido flirteo que tuvieron.
Como amante ella le puso el máximo de distinción, pero me
comentaba en esa ocasión que le interrogó en varios aspectos de
sus deseos y le consultó sobre cuál era la mujer que más apetecía
sexualmente en todo el vecindario. No dudó en describirme
como su favorita. Esa vez me sonrojé mucho, debo de confesar
que dentro de las clientas de su negocio llegan mujeres casadas
y solteras muy atractivas, pero lo que más le reproché a mi
amiga es que al insistir sobre algún pronunciamiento mío para
satisfacer sus ardientes deseos, ella le dijo “No seas impaciente,
espera que ella te entregue una señal y a partir de ese momento
te la debes jugar”.

Esa mañana, al verme vestida tan provocativamente y sensual,


le llamó fuertemente la atención y no pudo evitar no confesarme
el impacto que le había dado...

– ¡Hola, señora Maribel! No podría entrar con su pedido ante


de decirle que se ve usted realmente hermosa y muy atractiva.

– Gracias Bob, aunque te desconozco jovencito, si a veces


apenas me saludas… ¿De dónde te nace lo adulador ahora?
–respondí con una sonrisa creo sensualmente provocativa.
Los Placeres de la Mantis 79

– ¡No! No es así –dijo el aludido– Siempre su presencia en


el negocio, me ha causado una especial admiración y sólo con
saludarla me siento gratificado. Además siempre la he admirado
mucho, aunque sé que tiene marido…

– Bob, por favor, no exageres en tus cumplidos, que me voy a


poner nerviosa muchacho.

El joven, me entregó una pequeña bolsa con mercancía,


mientras él entraba una de las dos cajas con mercaderías.
Caminé con pasos cimbreantes delante del hombre guiándole
hasta la despensa. Bob se regocijaba observándome toda y
seguramente la armonía de mis lindos muslos que asomaban a
su vista tras mi corto batón. Dejó la caja donde le indiqué y volvió
por la otra. Mientras caminaba hacia su vehículo repartidor, supe
después que reflexionaba diciendo:

– ¿Dónde he estado metido yo, que he dejado pasar tanto


tiempo sin arrullar a esta palomita que parece que quiere comer
maíz de mi propia mano?

Esa sola confesión privada me dejó caliente de inmediato.

El shock que le produjo mi inesperada visión le causó una


fuerte erección, por lo que con la segunda caja debió ponérsela
por delante del vientre para que en su delgado pantalón no se
notara tan pronunciado bulto. Cuando estaba a pocos metros de
la despensa, vio que me encontraba en cuclillas de frente a la
puerta, guardando unas latas en un mueble bajo. El ver el batón
subido al máximo, mis piernas exentas de pantys y de mi pequeño
calzón, el velludo y atrayente sexo que con el apuro en que salí a
recibirlo no me lo puse como tampoco me daba cuenta que me
Los Placeres de la Mantis 80

observaba en esa tan señalara posición, fue como recibir el haz


de luz de un flash fotográfico. El detenerse en seco quedando su
vista pegada a mis partes íntimas, les confieso que no me había
dado cuenta de la presencia de Bob, dado que una hoja de la
puerta del armario tapaba su rostro para ver hacia afuera.

El hombre dio un par de pasos más para observar más de


cerca el erótico espectáculo, su pene erecto, palpitaba con
fuerza, y su mente era ocupada por el bullente deseo sexual. Bob
de inmediato pensó que todo esto era un ardid mío, y que era la
esperada señal que le comentara mi amiga...

Al parecer no era la primera vez que le sucedía algo


semejante; muchas mujeres maduras lo hacían así para
reafirmar sus atractivos ante los hombres. Y él, en más de alguna
oportunidad, había caído en las redes de ése tipo de mujeres. Lo
escuché irrumpir con ruido con la nueva caja en la habitación,
haciéndome reaccionar ahora con prontitud, me levanté de
inmediato un tanto confundida por la sorpresa de no haber
escuchado sus pasos.

– Señora Maribel, ¿Qué le parece si le ayudo a desempacar la


mercadería y usted la guarda?

– ¿No te quitará mucho tiempo Bob? Te vi muy


apresurado…

– No por favor para nada –dijo el hombre.

– Entonces coopérame y te lo agradeceré mucho –dije


sonriéndole al joven repartidor.

Sí que me lo vas a agradecer, pensó Bob, mientras habría la


Los Placeres de la Mantis 81

caja.

– ¿Fernando, aún duerme? –Preguntó Bob.

– No, anda por el norte y recién llega el martes próximo... –le


respondí.

Al no escuchar ningún ruido de personas dentro de casa , ni la


presencia de Fernando, a Bob, no le quedaron dudas que estaba
a solas y ése cambio tan brusco en mi estilo de vestirme le daba
una clara señal de acción. Continuó entregándome mercadería
y yo las ubicaba en repisas. Bob, me contaba después que se
desesperaba cada vez que me agachaba o cuando finalmente
subí a una escalerilla de aluminio casi encima de él y me detuve
en lo alto para arreglar algunas conservas, mientras abajo Bob se
extasiaba viendo mis piernas, mis muslos, mis suculentas nalgas
y la excitante y llamativa vellosidad de mi sexo, excitándose por
la grata y erótica visión que le entregaba desde la altura, sin
proponérmelo.

Antes de bajar de la escalerilla, le pedí a Bob que se acercara


para que me auxiliara a bajar. Éste, caliente como se encontraba
y sin que me diera cuenta, me recibió desnudo de la cintura
hacia abajo y su imponente verga erecta y desafiante. Mi pierna
izquierda tocó el suelo, mientras la derecha aún se mantenía
en el alto peldaño de la escala. Fue en esta posición que Bob
apuntó su pene y no me di ni cuenta cómo era penetrada por
un grueso y fuerte miembro, mientras las manos del hombre se
multiplicaban por recorrer mi desnudo cuerpo aprisionándome
entre ellas…

– ¡Oh, Bob! No, por favor ¿Qué haces Bob? ¿Te has vuelto
Los Placeres de la Mantis 82

loco Bob? –susurraba yo sin levantar mucho la voz, mientras


sentía los efectos de las descontroladas clavadas del hombre.

– Cómo voy a dejar este bocado tan exquisito que me ofreces,


mi gatita hermosa, lo leía en tus lindos ojitos que querías que
fuera el hombre que te hace tanta falta ¿Verdad?

– ¡Oh, no Bob! –Estás confundido muchacho, por favor.

Pero Bob ya no razonaba, y viendo un antiguo diván que


había pertenecido a mi padre que ejerció la medicina, me alzó
por atrás y sirviéndole el duro falo dentro de mí como soporte,
caminó con su apetitosa presa en vilo hasta el diván, donde me
acomodó para disfrutar mejor del acto. Lo único que recuerdo
que me atreví a decir fue que cerrara la puerta de la despensa y
no hiciera mucho ruido.

El hombre sabía bien cómo hacer gozar a mujeres como yo,


por lo que no escatimó emplear toda su argucia y capacidad de
buen amante en el tiempo en que duró el jaleo, a lo que obtuvo
como respuesta mía la total participación de mi cuerpo, que
gozaba sin reservas del ataque sexual y pasional del que era
objeto.

Treinta minutos después Bob abandonaba mi casa. Su rostro


enrojecido y transpirado, su boca; rostro y pecho, denotaban
el color del nácar de mis labios. Se miró al espejo interior de
su carro y trató de borrar las huellas de rouge con el pañuelo.
Mostraba una enorme alegría interior, su pecho se inflaba de gozo
y aún sentía en su cuerpo la suavidad de mi piel y mi deliciosa
anatomía, más una vagina ricamente lubricada y estrecha cual
Los Placeres de la Mantis 83

muchacha novata en el arte de hacer el amor. Ése pensamiento


lo gratificaba en forma muy especial, además de todas esas
bondades, había descubierto en mí un hambre incontrolable de
sexo y una técnica de movimientos insuperables en otra mujer
u otra de las tantas que habían caído bajo su vientre varonil. En
resumen, se decía que había encontrado una mina de oro que
había que seguir explotando con mucha laboriosidad y empeño.

Yo, por mi parte, tendida y desnuda sobre el viejo tapiz de


cuero del diván, respiraba agitada, tratando de controlarme
después de tan exigente sesión. Con mi sexo empapado de
copioso semen, del que también habían vestigios en mis tetas,
rostro y cuello. Mi sexy batón de levantarme se encontraba tirado
en un rincón y sólo mis bonitas chalas de tacones, aún calzaban
mis delicados pies. Mi mente presentaba situaciones confusas
de lo ocurrido, lo que si tenía muy claro, es que perdía el control
sobre mí y se me olvidaban todos mis prejuicios ante el acoso y
las exigencias de una buena verga dentro de mí y volvía a sentir
los desenfrenados efectos de buscar un orgasmo tras otro como
le había ocurrido sólo hacía tan pocas horas con Andrés, mi
insuperable yerno.

Debieron pasar varios minutos, para que me pudiera


reincorporar a duras penas del viejo diván, donde como testigo
quedó parte del semen que escurrió por mi resistente vagina.

Después del baño, no me explicaba porque había sucedido


aquello. Estaba molesta conmigo misma, porque me consideraba
culpable de que Bob reaccionara así, ya que sin proponérmelo
lo había provocado sexualmente y después no tuve el coraje de
quitármelo de encima y hacer que abandonara mi casa. Muy por
lo contrario, mi débil resistencia a la penetración le dio la luz
Los Placeres de la Mantis 84

verde a Bob para que actuara de esa forma y al retirarse incluso


le contesté afirmativamente cuando me hizo prometerle que
muy pronto mantendríamos un nuevo encuentro en un lugar
más íntimo. Ahora me costaba creérmelo a mí misma lo que me
sucedía cuando el sexo bullía dentro de mí.
Visita al Ginecólogo
por Lucía
Los Placeres de la Mantis 87

“Descripción real de lo ocur rido en la consulta de un


ginecólogo, algo que a muchas mujeres les da mucho morbo y
las excita de manera sobrenatural.”

Mi nombre es Marta, tengo 26 años, mido 1,72 cm, peso 63


kg, ojos verdes y sobretodo algo que vuelve loco a los hombres...
tengo 100 de pecho. Creo que gusto a los hombres y lo digo sin
prepotencia, pero realmente es algo problemático para mí ya que
me encanta follar. Lo necesito. Y si encima los hombres están de
“buen ver” pues mejor que mejor.

Creo realmente que soy adicta al sexo porque no hay día que
pase, que no me masturbe o piense en hacer el amor con algún
hombre o con varios, porque no. Diariamente me meto en webs
de sexo, adultos, eróticas, etc, sitios que están llenos de gente
salida y creo que algo mal de la cabeza, al final acabo chateando
en privado con alguno que lo caliento al máximo y yo termino
metiéndome el dedo u otras cosas que tenga a mano...

Estoy tan enganchada a todo tipo de redes sociales, sobre


todo a las relacionadas con el sexo, que no paro de conocer
gente nueva todos los días como por ejemplo la otra noche que
conocí por casualidad a Roberto, el típico divorciado golfo de 50
años, con buena posición económica y según lo iba viendo por la
webcam con un físico de escándalo para su edad.

Comenzamos la conversación algo subida de tono


poniéndonos calientes con las cosas que nos decíamos. Después
de un rato chateando y viéndonos por la webcam, Roberto
Los Placeres de la Mantis 88

empezó el juego sexual desnudándose lentamente, primero se


desabrochó su camisa blanca de Armani, quedándose con su
pecho depilado al aire, para luego bajarse su pantalón vaquero y
tan sólo lucir su short ajustado también de la marca Armani.

La verdad es que desnudo tenía un físico bastante bonito


y marcaba un paquete nada despreciable. Yo, como golfa que
soy, le hice sufrir y me desnudaba muy lentamente, primero
me desabroché la blusa y me quedé con mi sujetador negro
de encaje que marcaba mis grandes melones, posteriormente
me quité mi pantalón vaquero también y me quedé sólo con mi
tanguita negra a juego con el sujetador...

Roberto, mientras me desnudaba, no perdió el tiempo;


comenzó a sobarse por encima de su short hasta que al cabo
de un rato no dudó en quitárselo y masturbarse sin cortarse un
pelo. Tenía un miembro bastante grande en líneas generales,
que no hacía más que menear como si de un poseso se tratara,
cada vez estaba más excitado y me decía que hiciera más cosas
para él, a lo que yo, cuál japonesa sumisa, le obedecía y me
tocaba y tocaba...

Yo, que soy una mujer muy caliente y que me falta muy poco
para excitarme, con nuestro cibersexo cada minuto estaba más
cachonda y fuera de mí, por lo que empecé por supuesto a
tocarme suavemente mis pezones erectos, bajaba mis manos por
el contorno de mis pechos y así repetía la operación una y otra
vez... Roberto chillaba, me pedía más, no paraba de meneársela
frente al monitor.

Me había puesto muy mojada a esas alturas, con mi otra mano


me masajeaba el clítoris y como no, introducía mi dedo índice
Los Placeres de la Mantis 89

hasta el fondo del mismo, a los pocos minutos ya introducía dos


dedos y hasta tres... Simultáneamente acariciaba mis senos,
mis pezones y mi vagina húmeda, algo que volvía loco a mi
ciberman.

De alguna forma me preguntaba cada vez que llevaba a cabo


una aventura de este estilo, que hacía yo practicando sexo con
un desconocido, aunque fuera a través de una webcam, pero
siempre dicen que lo desconocido es lo que da morbo, lo que
inquieta y de alguna manera gusta. Yo aparte era una mujer
experimentada en estas cuestiones, aunque por edad fuera joven,
pero ya eran muchas veces las que había practicado sexo con
muchos hombres y de muchas formas y maneras.

Así estuvimos Roberto y yo, aproximadamente durante 35


minutos, y al final él ya no pudo más y se pegó un corridón tan
grande que manchó la mesa donde apoyaba el portátil…

Obviamente yo que no soy de piedra y de ver cómo se corría


mi par, me puse tan cachonda que no pude aguantar más la
excitación, grité como una perra en celo y me corrí de forma
prolongada y álgida. Fue fantástico.

La verdad sea dicha me gustó mucho mi experiencia con


Roberto, no sé si porque me atraía de alguna manera o porque
hacía varios días que no tenía cibersexo, el caso es que quedamos
para repetir la semana siguiente y vernos, como no, en persona,
para tener otra experiencia pero esta vez real. Sin embargo esa
no es la historia más importante que quiero contaros. Esto fue
tan sólo una presentación para que conozcan mi debilidad por el
sexo y así puedan comprender mejor la historia que viví con mi
ginecólogo. Paso a contaros…
Los Placeres de la Mantis 90

Desde hace ya varios años la relación con mi ginecólogo era


bastante inusual, ya que yo notaba en él cierta atracción sexual
hacia mí. Como mujer notaba que le excitaba, aunque nunca
me había dicho nada al respecto y ni siquiera se me había
insinuado.

Es sensual y morboso la visita al ginecólogo. Muchas


compañeras de trabajo me lo han confesado confidencialmente.

La cuestión es que me operaron de un pequeño quiste en la


matriz hace tres meses y ya me tocaba la pertinente revisión en
su consulta. A mí los ginecólogos en general siempre me han
dado un morbo increíble, ya que son profesionales que aparte de
ver a las mujeres en la mayoría de los casos desnudas del todo,
saben donde palpar y saben los sitios más erógenos y sensuales
de la mujer, aparte que hay muchísimos profesionales del sector
que están de toma pan y moja...

Mi ginecólogo en cuestión era Martín, un argentino ubicado


en España desde hace muchos años y de unos 50 años más menos,
peinaba canas pero eso le hacía un hombre tremendamente
sensual, aparte como no de su acento y verborrea argentina.
Mentiría si no reconociera que en muchas ocasiones de estar
en consulta tumbada en camilla, no había fantaseado con alguna
escena erótica con él, donde hacíamos el amor de manera
desenfrenada. Ese día mi cita era a última hora de la mañana,
para más “inri” era la última visita, por lo que me lo tomé con
tiempo. Me di una buena ducha, me perfumé y me puse mi ropa
interior que había comprado días antes. Al llegar a la consulta
me dijo la recepcionista que acababa de entrar la mujer que iba
delante de mí por lo que me puse a leer una revista del corazón
Los Placeres de la Mantis 91

y a esperar a que fuera mi turno. Salió la paciente anterior a mí y


me dispuse a entrar en consulta.

– Buenos días Martín.

– Buenos días Marta, ¿qué tal vas? –me dijo dándome dos
besos como siempre hacía, y nos sentamos.

Él me preguntó que tal estaba después de la operación y si


había notado algún cambio a tener en cuenta. Le dije claramente
que después de la operación, ya no tenía prácticamente
relaciones sexuales con nadie porque no tenía ninguna gana de
hacer el amor, ni siquiera cuando intentaba excitarme con alguna
fantasía sexual o algún aparatito de esos que hay apropiados para
la ocasión.

– Martín, estoy preocupada, se me ha ido mi apetito sexual...


¿Es normal o es que me estoy haciendo vieja tan pronto a los 26?
–le dije medio riendo.

Martín me miró al principio con cara de sorpresa, pero pronto


entendió cuál era mi juego. Tenía claro que le estaba mintiendo y
que lo mío era una escusa para que él se lanzara. Como decimos
comúnmente las mujeres “que saque a relucir sus dotes de
macho”.

– Ja Ja Marta, no te preocupes mujer, aún eres joven y bella


para pensar esas tonterías. Pasa a la sala, desnúdate y túmbate en
la camilla por favor, voy a explorarte y ver que sensaciones tienes,
mientras voy a lavarme las manos.

Pasé a la sala de exploración, quedándome sólo con la camiseta


que traía y me tumbé en la camilla. A los dos o tres minutos se
Los Placeres de la Mantis 92

acercó hasta la camilla y de pie, me cogió de las manos y me


sentó en la camilla, diciéndome con naturalidad:

– Desnúdate del todo Marta, debo explorarte completa…

Yo, como habrás imaginado, accedí sin decir una palabra,


aunque debo reconocer que me sorprendió tanta seguridad
varonil. Procedí a sacarme la ropa fingiendo que no estaba
excitada. Cuando al fin me saqué las bragas me senté nuevamente
en la camilla. Comenzó entonces a palparme el cuello, la
espalda, la mandíbula de manera suave y sabiendo qué se hacía,
pasó luego al contorno de mis pechos, donde momentos más
tarde acarició mis prominentes tetas y mis pezones cada vez más
erectos por la excitación del momento. Era todo tan sensual, tan
mágico que cerré los ojos para experimentar aquella sensación
tan extraordinaria.

– Marta relájate y disfruta, quiero que sientas sensaciones


nuevas.

Yo, por aquel entonces, ya estaba en otro planeta y de vez en


cuando me venía a la cabeza la posibilidad de que pudiera entrar
de repente la secretaria y nos viera, algo que me daba morbazo ya
que no paraba de pensar en cómo sería la escena. Con voz bajita
y sensual me dijo al oído:

– Siente, disfruta el momento, carpe diem...

Yo estaba ya bastante mojada y con muchos jugos vaginales


por el contorno de mis ingles, algo que notó al momento Martín
al pasar su dedo índice por mi coño mojado ya del todo.

Hurgaba y jugaba con sus dedos alrededor de mi vagina,


Los Placeres de la Mantis 93

incluso se permitía introducir en ocasiones un dedo y hasta


varios dentro de mí. Yo gemía y gemía, él creo que se volvía loco
de verme gozar, y sin cortarse un pelo bajó su cabeza hasta mis
piernas donde introdujo su lengua biperina hasta el fondo de mis
entrañas y lamió y lamió mi jugoso clítoris... Yo le apretaba con
fuerza su cabeza con mis manos una y otra vez.

Después de unos instantes, tiré de Martín hacia arriba y abrí


los ojos, le desabroché el cinturón, pantalón y bajé sus calzoncillos
negros ajustados, donde apareció una enorme polla que pedía a
gritos “¡chúpame!”. Sin vacilar ni un momento me acerqué a ese
juguete tan especial y comencé a lamerlo lentamente, de arriba
hacia abajo, introduciendo su capullo rojo, hinchado, dentro de
mi boca, apretando contra mi lengua y paladar, sabía a gloria...

También me comí en varias ocasiones sus testículos gordos,


hinchados por la leche acumulada y lista para salir disparada en
cualquier momento.

Martín estaba más cachondo que yo y gritaba despacito pero


gritaba de placer, no quería que parara y me cogía con sus manos
mi cabeza, dirigiéndola de un lado a otro de su polla cada vez
más grande y gorda.

Después de tanta chupada por parte de los dos, Martín


introdujo su verga dentro de mí y fue un no parar de follar durante
aproximadamente 15 minutos, donde aparte de empujones y
cambios de ritmo, nos besamos apasionadamente, hasta que él
decidió cambiar de postura y me puso a cuatro patas mirando
a cuenca como se suele decir, volvió a lamerme el clítoris unos
minutos, yo ya no estaba en mí, estaba en otro planeta.
Los Placeres de la Mantis 94

Tanto morbo, y tanta sensualidad había entre los dos, que


Martín en un momento dado me dijo:

– Marta cabálgame por favor, te deseo más que nunca...

Dicho y hecho, me llevó al sofá de la sala y allí lo cabalgué


cuál potra desbocada. Fueron momentos únicos e inimaginables.
Sensaciones únicas que no había experimentado antes.

Martín me comía todas mis tetas con su boca, mordisqueaba


mis erectos pezones, golpeaba mi trasero firme y puntiagudo,
apretaba con sus manos mis pechos, algo que me ponía aún
más cachonda, hasta que ya no aguantamos más y tuvimos un
orgasmo simultáneo, donde nuestros íntimos flujos se unieron
en el interior de mi vagina.

Mientras su polla recuperaba, dentro de mi coño, su tamaño


normal en estado de flaccidez, yo le decía que me encantaba
sentir el orgasmo de los hombres dentro de mí, sentir su leche
caliente y espesa golpear el fondo de mi coño cuando salía a
borbotones. Descansamos unos minutos en el sofá, abrazados,
juntos y al despedirme de él le dije que ya me encontraba de
nuevo en plenitud sexual y le di las gracias dándole un profundo
beso.

Martín me dijo que allí estaría para cuando necesitara a un


profesional y me dio una palmada en el culo. Cuando le pregunté
si ya había tenido sexo con otras pacientes antes de mí, me
contestó “Ese es un secreto profesional. No puede darte esa
información”. No hacía falta que me lo dijera, pues en sus ojos
pude ver que sí.

La verdad es que desde aquel día, cada vez que quiero


Los Placeres de la Mantis 95

entrenarme sexualmente, busco a mi buen ginecólogo que conoce


como nadie la anatomía femenina. Hacerse un Papanicolaou de
vez en cuando nunca está demás...
¡Qué confesiones, mi gran Dios!
por Melissa
Los Placeres de la Mantis 114

“¡Robertito! ¿Me puedes decir porqué guardas los calzoncitos


de mamá manchados con tu semen?”

A la hermosa Roxana, con el dinero que le daba su marido,


pudo distribuir sus horas en gimnasios, institutos de belleza,
masajistas, dietistas, desfiles de moda etc. Pronto los efectos
fueron notorios, su belleza se había realzado a tal punto que no
representaba más de unos veintiocho a treinta años. Su vestir
juvenil y distinguido la hacían adorable a Mauricio y también con
mayor razón a Marcos su yerno que, extasiado por los encantos
de su suegra, acabó con ella enredado en la cama...

La comunicación de Roxana con Gloria, su amiga y amante


lésbica, se había hecho casi cotidiana; si pasaba más de un día
sin llamarse por teléfono les afectaba a ambas. Para no despertar
sospechas en el marido de Gloria, era Roxana quien llamaba y
se pasaban hasta más de una hora en el fono. Claro que esta vez
habían pasado más de tres días que Gloria esperaba el llamado
de su amiga y no pasaba nada, hasta que en la mañana del cuarto
día desesperada Gloria fue a tomar el aparato para hacer ella un
llamado, cuando sonó su teléfono.

– ¿Hola mi amor, estás bien? –preguntaba Roxana.

– Estaba desesperada que no sabía nada de ti… ¿Por qué me


haces esto?

– Se dice que cuando se empieza a sufrir de amor, ese es el


Los Placeres de la Mantis 115

verdadero.

– ¿Entonces me estas poniendo a pruebas?

– Como se te ocurre tontita –rió Roxana– lo que sucede es


que mis hombres no me dejan ni a Sol ni a sombra.

– Pero tú ya sabes manejar bien a Mauricio y en mejor forma


a Marcos.

– ¡Ah! Si fueran ellos nada más no habría ningún drama.

– No me digas que... ¡Cuenta! ¡Cuenta!, que me muero por


saber en qué líos andas metida.

– Si no fuera por mis clases de gimnasio, hoy no me podría


levantar...

– ¿Te dieron duro anoche?

– Ayer se me pasó la mano, eso es todo.

– Pero no me has dicho nada… ¿Te puedes explicar que estoy


súper intrigada?

– Lo que pasa que hacía casi una semana que no me


había pasado nada, ya que Roberto viajó a Antofagasta y volvió
sorpresivamente anoche cuando menos lo esperaba y por extraña
coincidencia Marcos se quedó unos días más en Concepción y
apareció por acá también ayer a media tarde, pero resulta que
ayer a eso del mediodía anduve por la tienda y después me fui
caminando por Providencia, ya en la mañana me había despertado
con una tremenda excitación, producto de una película del
cable “Play Boy” y la falta de una buena polla que me hiciera
descargar tensiones. Tú no sabes –continué– que me encontré
Los Placeres de la Mantis 116

con Marcelo, el amigo de Marcos, está estupendo el muchachito


este. Se me pegó a mi lado e insistió tanto que no pude negarme
a su invitación a almorzar algo livianito en un local bien mono
de Providencia. Conversamos de todo, incluso de un negocio
de importación de mi rubro desde Europa y especialmente de
España. También hicimos recuerdos de aquella noche y me dijo
que estaba desesperado por encontrarme porque lo había dejado
marcando “ocupado”. A partir del postre, empezó a insistir que
fuéramos a su departamento que estaba a tres cuadras de donde
nos encontrábamos… La verdad que me hice de rogar nada más
que por etiqueta, pues como andaba con la calentada me lo habría
llevado de inmediato a la cama. Subimos a un quinto piso de un
edificio en Avda. Ricardo Lyón, un apartamento pequeño pero
bien alhajado y con bonita vista a la cordillera, el dormitorio con
una amplia cama del tipo Box spring. Lo que no había previsto es
que tenía visita; se trataba de Donald. Igual que el pato Donald,
un joven gringo estadounidense, inmenso, que se encontraba en
Chile, en casa de una hermana de Marcelo, por un programa de
intercambio estudiantil y aprovechaba el gabinete computacional
de Marcelo para hacer sus trabajos de investigación. Lo primero
que optó Marcelo fue pedirle al gringuito que se fuera y volviera
otro día, pero yo lo contuve y no se lo permití; me dio lástima el
pobre gringo, así que Marcelo le pidió que se encerrara en el
gabinete sin salir.

– Lo que me cuentas me hizo acordar... –interrumpe Gloria.

– Pará que te cuento cómo lo pasé en la cama con este súper


hombre, déjame terminar. Me hizo acabar con tantas ganas que
con toda seguridad mis aullidos rebotaban en los oídos del pobre
Donald, quien a propósito, en nuestro primer descanso, me
Los Placeres de la Mantis 117

comentó Marcelo que el muchacho tenía sólo 17 años y que aún


era virgen. Como también le suplicaba a su amigo presentarle
a una mujer para su primera experiencia. Te imaginas cómo
reaccioné... Yo, que soy especialista en robarles la virginidad
a los bebitos. De inmediato le dije a Marcelo que lo invitara a
nuestro dormitorio. Marcelo lo meditó un tanto y cubriendo su
desnudez con una sábana de baño salió en su búsqueda. Yo, en el
ínter tanto, ordené la ropa de cama y nuestras prendas de vestir
que se encontraban desparramadas por todos lados. Pasaron
como diez minutos y apareció tímidamente mi gringuito…
de tez rubia, ojos verdes azulados con un tremendo físico de
aproximadamente 1,80 m. de alto. Nos saludamos de besos en
la mejilla y lo conminé a que se quitara su ropa y se metiera en
la cama conmigo, lo que obedeció influenciado por la presencia
de su amigo sin dejar su nerviosismo de lado. No se quitó los
calzoncillos y sólo se fue relajando cuando lo tuve a mi lado. Era
un niño hermoso, me dieron deseos de comérmelo a besos, le
imprimí tranquilidad y que yo le iba a enseñar todo, como una
buena maestra camera. Su pene estaba determinado conforme a
la estatura del muchachito. Pronto lo tuve en todo su volumen en
mis manos y lo encontré maravilloso y sorprendente. A una señal
mía Marcelo abandono la sala, quedando libre para manejar a mis
antojos a ese rico bebé. Le permití que sus manos me recorrieran
entera y su boca se pegara a mis labios. Nuestra excitación
estaba al máximo, fue a buscar con mis manos su duro pene que
buscaba afanoso mi vagina y le introduje su cabeza en mi entrada.
Lo sentí en todo su esplendor cuando inició la penetración. Por
más que lo trataba de retener, el muchacho no podía resistirse
ante la sensación que le producía su primera penetración. Se
encargó de perdérmelo todo, todo y de hacérmelo tan rico que
Los Placeres de la Mantis 118

terminamos acabando juntos con grandes gemidos y mojados


completamente. Después tomó confianza montándome como
un verdadero macho; la profesora convertida en una inocente
alumna. Me produjo unos orgasmos de muerte. Por la forma en
que me lo hacía entré en dudas respecto a su edad, y después de
muchos cabildeos me confesó tener 14 años… pero próximo a
cumplir 15. ¿Te imaginas, querida mía, catorce años, un bebé,
fornicándose a una abuela de cuarenta y dos?

– Por favor no exageres Roxana… Tú estás estupenda. Pero


me calienta a rabiar que ese cachorro te haya hecho gozar tan
rico. Lo que pasa es que ahora estos niños son invadidos por
el sexo tempranamente y frente a algunos hechos tú te quedas
de plástico. Te diré que mi hijo menor que también tiene 14, le
he sorprendido en su cuarto, escondido, unos calzoncitos míos
emblanquecidos de semen, y dentro de un sobre, fotografías
mías súper sexy, en el baño desnuda, en mi dormitorio, en tanga,
en la sala de estar mostrándolo todo… Incluso puso una camarita
en el baño que yo, enojada, se la hice sacar. ¿A vos te parece? Lo
de las fotos se debe a que su padre, para las navidades pasadas,
le regaló una cámara fotográfica de esas digitales. Lo convirtió
en su gran juguete, convirtiéndome a mí en su objetivo favorito
y me perseguía por todos lados sin que yo ya le tomara mayor
atención, hasta convertirse en un verdadero espía de su madre...
y he ahí el resultado, si esas fotos seleccionadas las vieran ustedes
me llevarían de inmediato a la cama por lo calientes que son.

– ¡Y qué medidas has tomado con tu hijo, mujer! –le dije a mi


amiga muy sorprendida.

– Esto lo estoy viendo yo y nadie más. A mi gordo (marido)


Los Placeres de la Mantis 119

no le he dicho nada. Hablar con mi hijo no me ha sido fácil, pues


al verse descubierto, se bloqueó completamente a mí. Pero ya
ahora tenemos conversaciones más abiertas y he logrado que me
cuente sus cosas. Se masturba hace seis meses y yo soy el centro
de sus fantasías. Me sueña siendo su mujer y me hace gozar
en cientos de escenas que rondan en su cabecita… Tendré que
llevarlo a un psicólogo y seguirle un tratamiento, eso lo tengo
asumido, pero lo que más me preocupa, es que el único que
ha visto estas fotos y le ha enseñado el manejo de la cámara, es
su primo Álvaro, de 17 años, que incluso aparece en una toma
mostrando su desnudez y con un pene parado que te deja mojada
entera. Es un muchacho muy hábil y no tiene un solo pelo de
tonto. Me dijo abiertamente que yo lo excitaba y que me deseaba,
jurándome que nadie más sabía lo de las fotos y la debilidad de
mi hijo, pero que la única forma de olvidarlo completamente era
fornicando conmigo.

– ¡Uy! Querida, que te la puso dura ese muchachito.

– Sí, me la ha puesto muy dura, pues te contaré que la semana


pasada me entregué a él y me hizo sentir su estaca a fondo. Me lo
hizo de tal forma que un par de días después fui yo misma quien
le pidió repetición.

– Más o menos qué dimensión tiene su pene...

– No sé, no se lo medí... pero cuando me la metí en la boca


completa hasta el fondo estando el muchacho al palo no sobraba
nada, así que imaginate.

– ¡Mi Dios! ¿Y cómo vas a solucionar eso ahora? –le pregunté


preocupada.
Los Placeres de la Mantis 120

– No sé –me contestó– Estoy viviendo otra de mis locuras,


de la que también espero salir airosa. Pero ahora déjame gozar a
este muchachito y sígueme contando lo del gringuito ese…

– Bueno mi amor, te diré que esa tarde me sentí amada e


idolatrada por un jovencito tan hermoso y tan varonil que me di
el gusto de acabar cuantas veces pude, al igual que a él su duro
pene rindió pruebas de éxito eyaculando copiosamente cada vez
que llegaba al clímax. No sabes cómo me habría gustado que ese
gringuito tan hermoso y potente me pudiera dejar embarazada,
pero tú sabes que por mi ligamiento de trompas, al igual que tú,
para nosotras son etapas superadas.

– Te pasaste Roxana. No te puedo creer tanta belleza. Me


tienes mojada la zorra de puro caliente. Estoy que me agarro un
orgasmo mujer –exclamaba caliente la bella Gloria del otro lado
del teléfono.

– Zorra no se dice ordinaria, se llama vagina.

– ¿Qué va? Y como mi gordo me dice: tienes la “zorrita” más


rica de toda la zona.

– Es que a tu gordo no se le quita lo acampao pos niña.

– Ya tengo lista la excusa para pegarme otro viajecito mi


amor.

– Oye –dijo Roxana– pero eso no fue todo… Llegué de


retorno como a las siete de la tarde, me di un baño de tina para
relajarme y descansar del tremendo desgaste. Desnuda me
peiné, arreglé algo mi maquillaje y sentí el timbre de la puerta
de calle. Me planté mi batón encima y escudriñé tras la ventana,
era nada menos que Marcos que ya había traspasado la puerta
Los Placeres de la Mantis 121

del antejardín y se aprestaba a su ingreso empleando sus propias


llaves. Nada le dije de mi encuentro con Marcelo –continuó–, ni
con su amiguito gringo. Al tocarme desnuda bajo el batón no lo
pude detener en su ímpetu de macho reproductor. Al borde de la
cama y con mis piernas sobre sus amplios hombros me lo metía
con una fuerza increíble. Mis tetas rebotaban sobre mi rostro
y yo, la muy satánica, le aullaba pidiendo más y más fuerte…
Éramos unos locos desatados. Estábamos reposando después
de nuestra segunda o tercera sesión de sexo cuando sonó el
teléfono, el reloj marcaba las nueve de la noche.

– ¿Quién era? ¿Otro de tus amantes?

– No, Mauricio... que me llamaba del Aeropuerto para


anunciarme que acaba de llegar, que traía un amigo invitado
y que me alistara para salir a cenar juntos. Me quise resistir a
la idea, lo único que deseaba en ese momento era dormirme
profundamente y descansar hasta el otro día. Pero terminé por
aceptarlo, total se suponía que estaba deseosa de recibir a mi
propio marido con el mejor de los ánimos. Marcos se marchó
rápidamente no sin antes despedirse de su suegra a la usanza
de él, me tiende en el sofá y en vez de besarme en la boca,
mete su cabezota entre mis muslos y me besa repetidamente
la vagina y se va. “Quiero llevarme conmigo tus esencias” me
dijo. Al ingresar Mauricio con su acompañante en casa, yo ya me
encontraba casi lista. Muchos paños de leche fría en mi rostro y
un buen maquillaje disimularon muy bien las huellas dejadas por
los acontecimientos de la tarde. Lo que no podía disimular era
la sensación de permanente excitación de mi vagina. Al caminar
sentía aún el rico miembro de Donald, horadando mi sexo o las
fuertes penetraciones de Marcos, era una rara sensación que ya
Los Placeres de la Mantis 122

me había sucedido antes, que entre más fornicaba, luego más


fuertes deseos me venían por hacerlo.

– No me digas nada –interrumpió el largo monólogo Gloria–


con decirte que después de la media orgía que nos pegamos,
también anduve como diez días con una sensación de calentura
espantosa.

– Bueno –argumentó Roxana– déjame terminar de contarte


que ahora sí que vas a acabar de puro gusto. El tipo que
acompañaba a mi Mauricio resultó un tipazo; treinta y cinco años,
alto, tez morena… pero morena morena, procedente de Panamá
y asesor para negocios del rubro de mi marido, con una sonrisa
cautivadora, solterón a la sazón y parece que venía dateado o su
característica es ser entrador, porque en el restaurante, no me
despegaba la vista y se comía cada palabra mía sin importarle la
presencia de mi marido. Bailé dos o tres piezas con él y terminó
por cautivarme o sería que ya los tragos que me había tomado me
habían subido el ego. Para acortarte el relato, ya de retorno y en
casa, sentía el acoso de ambos hombres sobre mí. Antes de irnos
a la cama, mi marido dispuso de unos tragos y nos sentamos en
nuestra sala de estar. En mi excitación y con la complicidad de
mi marido, mostraba mis atributos más allá de lo adecuado…
Esto puso a mil a nuestro invitado, a quien debe haberle costado
mucho para dirigirse a su alcoba. Ya solos y sobre nuestra cama,
Mauricio me empezó a acariciar y a calentarme para hacerme
el amor, cosa que prolongaba en demasía, pese a mis súplicas
a que me penetrara pronto, porque no resistía mi calentura.
Estábamos en este coloquio cuando siento que alguien más se
sube a nuestra cama. Mauricio se quita de encima mío y con una
inusitada rapidez toma su lugar este tremendo tipazo moreno,
Los Placeres de la Mantis 123

que se llama Cristóbal. No alcancé a reaccionar para nada, el


moreno hombre me cubrió con su cuerpo desnudo y buscaba
con ansiedad mis labios, mientras un fuerte garrote oscuro hacía
de las suyas junto a mis lubricados labios vaginales. Yo miraba a
mi marido como pidiendo una explicación, pero éste tenía una
cara de deleite y de aprobación que me incitaba a ser generosa
a los deseos de nuestro huésped.... Yo al principio me hacía la
contrariada para que mi marido no sospechara nada. Imagínate
que no le podía demostrar que ese machote me calentaba a
morir. Pero al final saqué a relucir todos mis argumentos de
hembra caliente y le di batalla al macho moreno, delante de
mi marido, pero pronto caí doblegada con grandes gemidos
mientras ese semental seguía dándome duro. Me sentía cual
hembra silvestre a quien tratan de dominar, pero el placer de
una tremenda fornicación fueron más fuertes y en mi segundo
orgasmo me lo llevé puesto al moreno, haciendo que acabara
como un caballo, su gran trozo de músculo oscuro perdido todo
en mí me enloquecieron. Cristóbal, férreamente pegado a mí,
me deleitada con sus fuertes convulsiones, sintiendo escapar
su chorro seminal sin poder hacer nada para evitarlo... mientras
Mauricio, que se masturbaba a solas en un extremo de la pieza,
también acababa copiosamente frente a la tremenda fornicación
que le pegaron a su mujercita en su presencia.

– ¡Uf! ¡Me fui! ¡Me fui! –gritaba del otro lado del teléfono
Gloria, que no aguantó más el erótico relato de su amiga.

– ¿Ves? Te tienes que venir a Santiago. Te tengo unos


tremendos panoramas.

– He quedado mojada completa. Manché hasta la sabana de la


cama, pero antes de irme al baño, cuéntame que sucedió el resto
Los Placeres de la Mantis 124

de la noche...

– Bueno, una vez que se reanimó Mauricio, le di su papita


y se quedó dormido. Cristóbal me tomó en sus tremendos
brazos y en pelotitas nos fuimos al cuarto de huéspedes. Ahí nos
adoramos y fornicamos apasionadamente. Sólo desperté a eso
de las once de la mañana. Allí debí agradecer a mis duras horas
pasadas en el gimnasio si no mi pobre físico no habría resistido a
tanto esfuerzo. Me desperté de un pesado pero reparador sueño.
Lo primero que se me vino a la cabeza era que me había dormido
fornicando con Cristóbal, ya que fueron sus clavadas las que me
despertaron… Miré asustada el reloj mural, éste marcaba las
once y cinco minutos y la habitación estaba clara de luz natural.
Con el miembro de Cristóbal metido a fondo no me quedó otra
cosa que seguirle el juego, reavivándose mis deseos de este
nuevo día. Me sentía feliz con lo que me estaba sucediendo,
deseada, amada y fornicada por tantos hombres, sintiendo que
yo también les entregaba mucho amor y ternura en la desnudez
de nuestros contactos inter piel.

Estábamos disfrutando con Cristóbal de esa ardiente


entrega, cuando entró mi pobre Mauricio con una bandeja con
el desayuno servido, esperó pacientemente que acabáramos,
para decirnos que estaba listo nuestro desayuno. Él también se
mostraba feliz, me besaba y palmoteaba a Cristóbal, satisfecho
de lo que nos estaba ocurriendo.

– Tienes una mujer fabulosa Roberto –hablaba Cristóbal–


Nunca una mujer en una noche me había estrujado como
Roxana, te lo prometo.

– Sí, te creo, y de ello me encuentro orgulloso –le respondió


Los Placeres de la Mantis 125

mi marido–, aunque tú sabes que esta fantasía es la primera vez


que la ponemos en práctica, y creo que tú, que eres mi amigo,
también la has hecho sentirse muy a gusto y acoplaron tan bien
que anoche acabé sólo al verlos con qué ansias gozaban juntos.

– Es que una mujercita como ésta necesita más de un marido


para apaciguar todo ese tremendo fuego que lleva en su interior,
¿verdad que es así?

– Con dos hombres como ustedes yo sería súper feliz –les


dije riendo mientras me encaminaba al cuarto de baño.

– ¡Oh! Te pasaste, qué envidia –le decía Gloria– o sea en


menos de veinticuatro horas fornicaste con cinco hombres
diferentes ¡Y qué hombres!

– Tienes razón. Empecé haciéndolo con Marcelo a las tres


de la tarde y no paré hasta el otro día a la una de la tarde con
Cristóbal. Incluso hasta estuvimos haciéndolo juntos en la
pileta.

– ¿Y cuántas veces acabaste, sacaste la cuenta?

– ¡Uf! Perdí la cuenta mi amor… Estoy súper sensible para


irme, pero tengo la característica, tú sabes, que rápidamente
me vuelven los deseos y así voy cayendo de un orgasmo a otro
y como soy medio expresiva, los hombres disfrutan viéndome
acabar. Aunque te confieso que por primera vez con Cristóbal
y debió ser por la presencia de mi marido, me vino una cosa
tan tremendamente excitante que nunca me había llegado un
orgasmo con tanto deleite y convulsiones, fue lo máximo, que
hasta Roberto acabó sólo a verme gozar de esa forma.
Los Placeres de la Mantis 126

– ¿Y qué ha pasado en estos últimos tres días?

– Me meto a la cama con mis dos hombres. Aunque no sé


porque razón siempre amanezco en el cuarto de huéspedes en
brazos del panameño…
¡Mejor la Madre que la Hija!
por Ariadna
Los Placeres de la Mantis 129

“Una mujer de grandes pechos debe convencer a un chico que


haría mejor en tirársela a ella que a su hija.”

Prefiero no aburrirles contando lo que me ocurrió en mi


visita al director del colegio donde estudia mi hija. Traté de
convencerle de que cambiara de clase a un chico que la estaba
molestando, pero al final nos liamos y no me quedó claro si se
cumplió mi propósito inicial.

Los días siguientes le pregunté sutilmente a mi hija por si


se habían producido cambios en la clase. “¿Alguna compañera
nueva?” le pregunté. “No, todo igual que siempre” era su
respuesta. “¿Estáis entonces los de siempre?”. “Sí, claro
mamá”.

No quería que mi hija se diera cuenta de mi preocupación


por un compañero de su clase que la pretendía. Ella era muy
joven y el chico querría aprovecharse de su ingenuidad para
disfrutar de su ya apetecible cuerpo de mujercita. Cierto era lo
que el director me había dicho la última vez, que mi hija vestía
muy provocativamente y que yo no hacía nada al respecto. Es
más fácil decir qué hacer cuando hoy en día las chicas van todas
muy ligeras y modernas. Mi hija tiene el problema del pecho,
heredado de mí, pues incluso usa algún sujetador de copa D lo
cual me parece demasiado para su edad, y eso que es bastante
delgada como yo.

Aquel día se despidió tras el desayuno mientras meditaba su


Los Placeres de la Mantis 130

forma de vestir. Iba con zapatos de ligero tacón y unos jeans muy
ajustados que para mi gusto. Eran de una talla menor a la suya.
Luego llevaba un top de tirantes de los que se ajusta el escote
con un lazo. Lo llevaba bastante descuidadamente anudado y
mostraba mucho más que el nacimiento de sus pechos sino gran
parte de la enormidad de sus encantos.

Era verdad que parte de la culpa era mía por dejarla ir así.
Cualquier chico de su edad se volvería loco con sus tetas,
no podría limitarse a mirarlas, desearía tocarlas, apretarlas,
morderlas y besarlas. Antes de dejarla marchar le rehíce un
poco el lazo, me sentí culpable. Mientras se lo anudaba para que
ocultara más sutilmente sus tetas, sentí la firmeza incierta de
unos pechos que aún no tenían su forma definitiva, en continuo
crecimiento.

Subí a mi cuarto a vestirme por cuanto tenía que aclarar las


cosas con el director del colegio. No podía permitir que ese
alumno siguiera en la clase de mi hija, si fuera necesario la
cambiaría de colegio pero no permitiría que se aprovechasen
de ella a tan tierna edad. Mi anterior visita había resultado
infructuosa en parte porque el director se volvió loco con mis
pechos y desviaron el centro de la conversación. Me dije a mí
misma que vestiría con modestia. Para no tentarme le avisé a mi
hija de que pasaría por clase a saludarla después de visitar al
director. No quería verme envuelta en otro desliz. Me planté ante
mi armario y sólo se me ocurrían prendas provocativas, algunas,
en el borde mismo entre la ropa convencional y la lencería.
Siempre exhibiendo mis enormes pechos, incluso barajando la
temeridad de no llevar sujetador.
Los Placeres de la Mantis 131

Pero aquello no podía ser. Tenía que comportarme, la


educación de mi hija y su futuro estaban en juego. Así, elegí un
suéter de cuello alto, de la estación pasada. A juego elegí unos
jeans como los de mi hija, bien ajustados. No podía resignarme
a ocultar toda mi belleza. Si bien mis pechos son los que más
llaman la atención entre los hombres, creo que tengo un trasero
muy bien formado, respingón y firme.

A pesar de que la vez anterior había acabado entregada a


la lujuria revolcándome en la cama con el director (habíamos
ido a un lujoso hotel), esta vez no iba con victimismo ni con
la intención de volver a cometer ese error. Mientras esperaba
para ver al director pude darme cuenta de que mi vestuario
no era adecuado para el lugar. Y no por ser demasiado exótico
sino por el calor que hacía allí. No debía funcionar bien el aire
acondicionado y el cuello alto me estaba empezando a molestar
demasiado. Mi hija, pensé, había ido tan fresca por razones de
temperatura. Tras esperar un par de minutos pude acceder
al despacho del director, que no dudó ni medio segundo en
cerrar con llave tras de mí, incapaz de ocultar la alegría que le
ocasionaba mi presencia. Sin embargo yo misma volví a quitar la
llave.

– He estado pensando sobre lo del otro día... Estuve pensando


en llamarle a su casa. –le dije al director – para hablar sobre
ello.

– No creo que hiciera falta, lo más correcto es lo que ha


hecho, venir aquí y hablarlo, que lo veamos...

– Sí, pero quise hablar con usted antes y no pude venir.


Conseguí el teléfono de su casa pero cuando le llamé no estaba,
Los Placeres de la Mantis 132

me contestó una mujer... imagino que su esposa –le dije con


sangre fría.

– Sí, sí. No tiene que llamar a mi casa, puede llamarme al


colegio si lo desea. –dijo azorado mientras me extendía una
tarjeta del colegio que no me digné a tomar.

Aunque las infidelidades nos afectan más a las mujeres, son


los hombres los que tienen más que perder, así que tras poner
las cartas sobre la mesa continué con mi idea inicial.

– El otro día hablamos de que usted retiraría a su hijo de la


clase de mi hija pero no ha hecho nada al respecto... –le dije.

– Bueno, entiéndalo, las cosas requieren un tiempo. –dijo el


director.

– Quizás debería hablar con su esposa, las mujeres somos


más comprensivas en estos aspectos. –le dije de nuevo.

– No se preocupe, su problema se arreglará, es solo que ahora


no tenemos plazas en las otras clases. –repuso el director.

– No me parece más que una mala excusa. –le dije enfadada.

– Verá, estoy haciendo todo lo que puedo. –dijo él bastante


preocupado– En clase se comportan muy bien todos los alumnos,
se lo puedo asegurar. Si mi hijo es molesto con su hija lo seguirá
siendo aunque le cambiemos de clase.

La verdad es que tenía razón en lo que decía. No se podía


luchar contra la naturaleza. Pero tampoco podía resignarme. Al
menos quería sentir que había hecho lo que estaba en mi mano
por mi propia niña querida.
Los Placeres de la Mantis 134

Ahí estábamos los dos, sentados donde casi una semana antes
había cometido mi pecado de lujuria con él. Pero no me sentía
excitada, el calor era bastante molesto y estaba empezando a
sudar lo cual me molestaba enormemente. No quería que el
director se diera cuenta. No teníamos forma de acercar nuestras
posturas. Entonces él propuso:

– Verá, quiero que los vea en clase... –y tras consultar su reloj–


Hace unos minutos que han empezado la clase. Vaya a verlos por
la puerta de detrás, discretamente. Verá como la clase es el lugar
más seguro del colegio. A diferencia de otros centros aquello no
es una jungla. Compruébelo.

Y se levantó para acompañarme a la puerta. En parte tenía


razón y era lo más que podría conseguir de esta segunda visita. Si
al menos me tranquilizaba un poco mi conciencia descansaría.

– Son pocos alumnos por clase. Hay mucho respeto. No se


interrumpe al profesor. –continuó– Los chicos atienden y no
hablan entre sí.

– Sí claro –le dije como protesta– Cuando le vean a usted en


la puerta se pondrán todos firmes como soldados.

– No nos verán –dijo el director, que insistía en acompañarme


a la puerta– Verá como atienden al profesor. La puerta está detrás
y nadie se fijará en nada.

– Pero seguro que el profesor nos ve –le dije con algo de


enfado– Y se pondrá más estricto con los alumnos en ese
momento.

– Se lo estoy poniendo fácil –dijo el director con muestras


Los Placeres de la Mantis 135

de haber perdido su paciencia– Vaya usted sola, pero véalos,


observará que aquello es un remanso de paz.

La verdad es que no estaba muy conciliadora. En parte lo


achacaba al molesto calor. Quería ajustarme el cuello del suéter,
subirme las mangas. El director tenía razón y salí de allí tras
despedirme e indicarle que echaría un vistazo.

Ya sola por los pasillos del colegio tuve oportunidad de


remangarme un poco. Quise entrar en unos baños a refrescarme
pero me sentía ridícula de pensar en encontrarme compartiendo
el lavabo con unas niñas. Sabía dónde estaba la clase de mi hija.
Aquello estaba desierto y no se oía un ruido salir de las aulas,
pero era porque estaban muy bien aisladas. Me acerqué a la clase
y miré por la puerta de atrás.

Era cierto lo que decía el director de que no podían verme, tal


vez el profesor y tal vez los alumnos de la última fila si se giraban,
pero no tenían pinta de hacerlo. Mi hija estaba en las primeras
filas, a su lado estaba su amiga María y un chico de cabello largo.
“Tal vez fuera ese el temido hijo del director” pensé. Me quedé
mirándolo un buen rato y me extrañó porque no parecía nada
atractivo. Además, tenía pinta de crío.

Desde luego no sería él. Al menos no se había sentado al lado


de mi hija, como presagiaba su compañera, el que sería el primer
paso de la conquista hacia ella. Miré el resto de los asientos…
eran pocos, no llegaría a veinte. Por algo pago un colegio caro,
para que tenga buenas instalaciones. La excusa de que no
habría sitio en otras aulas no me acabó de convencer. Repasé el
resto de asientos sin encontrar a ningún posible candidato que
concordara con Carlos, el hijo del director. Cierto era que había
Los Placeres de la Mantis 136

un par de sillas vacías.

Pensé que el chico que me encontré el otro día y que


desde lejos me pareció hacer alguna señal podría ser Carlos.
Concordaba con las descripciones y parecía conocer a mi hija. Sin
nada que ver más tuve que estar de acuerdo con el director, las
clases eran muy organizadas y los chicos no se descontrolaban.
Harta de tanto calor, decidí marcharme a casa sin esperar a
saludar a mi hija.

Dudé sobre si saludar al director pero tenía que mantener


un tono cordial con él. Seguramente tendría que volver por allí.
Quería que todo fuera breve. Fui directamente a su despacho.
La puerta estaba abierta y el director hablaba con un chico que
resultó ser el que me pareció que me miraba el otro día. Debía
ser Carlos. Me sentí cohibida pues la vez anterior salí un poco
descocada del despacho y no me sentía cómoda.

Carlos era un chico alto, debía medir más de un metro ochenta,


era muy moreno de piel y de complexión fuerte y deportiva. Y era
muy atractivo, para nada tenía cara de adolescente. Sus maneras
eran tranquilas y reposadas y sabía comportarse. El director me
miró con cara de miedo, se ve que no había puesto al tanto a su
hijo sobre nuestras conversaciones y mis miedos de que Carlos
se aprovechara de mi frágil hija.

– ¿Verdad que lo ha visto todo en orden? – dijo nervioso el


director.

– Es un instituto modélico. No tiene de qué preocuparse.

– ¿Preocuparse? – dijo Carlos extrañado.


Los Placeres de la Mantis 137

– Sí... la señora es una... periodista que ha venido a hacer


un reportaje sobre los... estudiantes problemáticos –mintió el
director.

En principio, no quise dejarlo por mentiroso pero me molestó


que no le dijera la verdad a su hijo. Aunque me resultaba violento
hablar de que quería que lo cambiaran de clase delante de él. Así
que dije:

– Sí, todo bien. Ya me pondré en contacto con usted. Espero


que salga bien el reportaje, de lo contrario quizás haya que hacer
algunos cambios –fue mi respuesta.

– No se preocupe –dijo el director – Tiene mi teléfono para


lo que lo necesite.

– Sí –respondí– Pero no me ha dejado el de su casa. Me


gustaría tenerlo por si no le localizo aquí –le dije para recordarle
que podía contarle a su esposa lo que había pasado entre
nosotros en el hotel...

– Tome –aceptó a regañadientes.

Mientras escribía el número en la tarjeta, Carlos habló:

– ¿A quién ha entrevistado para su reportaje?

– Bueno, a nadie... todavía –dije como pude.

El director me extendió la tarjeta. Hice por marcharme


pero Carlos me retuvo suavemente con la mano. Sentí la fuerza
contenida de sus brazos poderosos.

– Puede entrevistarme a mí si quiere –dijo Carlos.


Los Placeres de la Mantis 138

– Sí, sería una buena idea –dijo el director entusiasmado– así


verá de primera mano cómo son los chicos repetidores de clase.
No son para nada conflictivos.

– No creo que haga falta –les dije mientras me marchaba–


Pero gracias.

Me marché finalmente. Estaba asfixiada por el calor que


me provocaba el suéter. También estaba nerviosa por haber
conocido a Carlos de primera mano. Era un chico muy maduro
para su edad. Se le notaba mucha seguridad en sí mismo. Podría
ligarse a mi hija cuándo y cómo quisiera y no podría hacer nada
al respecto. Eso me hacía preocuparme demasiado.

Estaba ya fuera del colegio acercándome a mi coche aparcado


cuando oí que me llamaba Carlos.

– Espere, espere.

Me paré para ver qué quería decir.

– ¿Está segura de que no quiere una entrevista? Tengo


muchas cosas interesantes que contar. Y conozco el instituto
mejor que otros alumnos porque llevo mucho tiempo en él.

– Estaría encantada. –le dije– pero ahora tengo otros


compromisos. Además, no traje la grabadora.

– No hace falta, puede tomar notas si quiere –dijo Carlos– Me


apetece mucho que me haga una entrevista.

Todo el tiempo me hablaba mirándome a los ojos, tenía algo


su voz, su mirada que te hacía hacerle caso, querer agradarle.
Por otro lado veía que hablaría así a mi hija. Sentía un enorme
Los Placeres de la Mantis 139

descontento por ello. Esa mezcla de placer y desagrado, de


atracción y disgusto es en cierto modo el morbo. No sabía que
decirle pero me costaba darle una respuesta cortante.

– Es que ahora mismo no tengo tiempo. He olvidado enviar


un fax y tengo que hacerlo de inmediato– mentí una vez más.

– Si quiere le acompaño, usted hace ese encargo y luego me


entrevista. ¿De acuerdo? –dijo mirándome francamente. Y como
no dijera nada rápido– No acepto un no por respuesta.

Me fastidió su prepotencia pero aún así pensé que si hablaba


un poco con él podría tranquilizarme respecto a mi hija. Así que
le dije que me esperara allí y que volvería en un rato.

– No se preocupe, voy detrás de usted con el coche. Ahora no


tengo nada que hacer –dijo Carlos.

– ¿No tienes más clases? – le pregunté.

– No, las asignaturas que quedan ya las tengo aprobadas –dijo


en lo que claramente era una mentira.

Me sorprendió que tuviera coche siendo tan joven. Quise


quitármelo de encima pero no supe cómo. Conduje hasta mi
casa. Estaba deseando cambiarme de ropa. Aparqué el coche y él
hizo lo propio. Me acerqué a su coche y le dije que me esperara
ahí.

– No se preocupe, la acompaño a enviar el fax– me dijo con


descaro.

– No –le dije con rotundidad– Me esperas aquí.


Los Placeres de la Mantis 140

Y subí a mi casa, angustiada por la respuesta tan brusca que


le había dado pero molesta por su impertinencia. Me alegré de
haberle puesto las cosas claras pero también me molestó no
haberlo sabido hacer mejor. Entré en casa. De inmediato me
quité el suéter. Me refresqué en el lavabo de casa. Qué alivio tan
grande después de tanto calor. Antes de que pudiera quitarme
los jeans llamaron a la puerta. Ignoré la primera llamada pero
siguió una segunda. Avisé de que ya abría. Miré por la mirilla y
era Carlos el que estaba esperando. Me molestó infinitamente.
Pensé en ignorarlo pero siguió llamando.

Me puse lo primero que pude del armario. Resultó ser un top


de tirantes algo escotado.

– Sé que estás aquí, así que ya tardas en abrir –dijo Carlos


desde fuera.

Ese idiota va a molestar a los vecinos, pensé. Fui a abrirle.


Antes oculté las fotografías de familia del salón, no fuera a
reconocer a mi hija. Las oculté en el trastero. Finalmente le
abrí.

Si esperar invitación alguna, pasó dentro. Su prepotencia me


irritaba demasiado. Pero antes de que pudiera decir nada me
enseñó mi teléfono móvil.

– Lo debiste dejar caer al salir del coche –me dijo Carlos con
su tranquilo hablar– Pensé dártelo cuando bajaras pero es que ha
estado sonando y quizás fuera importante.

Tomé nerviosa mi teléfono. Miré las últimas llamadas y eran


de mi hija. Me asusté y la llamé de inmediato. Carlos se quedó
en el recibidor sin pasar, así que entré al salón para hablar con
Los Placeres de la Mantis 141

un poco de intimidad.

– Hola Teresa –le dije a mi hija– ¿Todo bien? ¿Me has llamado
antes, no?

– Sí, mamá, todo muy bien –dijo ella dejándome tranquila de


golpe– Nada, te llamaba para decirte que me quedaré a comer
en el instituto.

– ¿Y eso? –le pregunté sabiendo que no tenía más clases ni


trabajos que hacer.

– Nada, es que he quedado con... un amigo... –me dijo con


síntomas de nervios– Para comer y luego estudiar un poco.

Mi primera reacción fue defensiva, pero luego pensé que si


había quedado con un chico desde luego no podría ser Carlos,
que estaba en mi casa y que desde luego no habría mejor
medida para evitar el acoso de éste que otro chico más honrado
y decente.

– ¿Y ese amigo tuyo es de tu clase? –le dije.

– Sí, es un compañero de clase –dijo Teresa.

– ¿Es de tu edad? –dije estúpidamente pero para confirmar


que no fuera Carlos.

– Sí, claro mamá –dijo ella.

– De acuerdo, perfecto hija mía –le dije como quitándome un


peso de encima– Pero no vuelvas muy tarde.

– Gracias, mamá. Chao!


Los Placeres de la Mantis 142

De repente me di cuenta cómo había hecho una montaña


de un grano de arena, y hasta qué punto había sido injusta con
Carlos que había demostrado ser un chico estupendo en todo
momento. Le di las gracias por darme el móvil y lo invité a que
se sentara en el sofá. Me traté de tranquilizar después de tantos
días preocupada por mi hija. Seguramente tenía uno de esos
novios inocentes de su edad, alguno de los chicos que había visto
en su clase. Le dije a Carlos que me esperara en el sofá que me
cambiaría y le haría la entrevista.

Enfrente del armario pensamientos morbosos comenzaron a


invadirme... Tenía a un jovencito estupendo en el salón de mi casa
esperándome. Mi marido no llegaría hasta bien entrada la noche.
Mi hija se quedaría a comer. Tenía ganas de disfrutar después de
tanta tensión. Pero no se me pasaba por la cabeza acostarme con
un compañero de clase de mi hija. Menuda barbaridad.

Aunque estaba cachonda perdida. Quería excitar al pobre


chico que seguro se sentiría apabullado ante una mujer de
verdad, no una de esas niñas de instituto. Quería jugar con él
y sabía cómo hacerlo. Cambié mi discreto vestuario de visita de
colegio por el provocador con falda corta y top bien ajustado. Elegí
uno de los tops más excitantes que tenía. El pecho se agolpaba
contra la tela y ante la presión buscaba espacio subiendo hacia
el escote de forma descarada, si me movía demasiado podían
salírseme del top. Huelga decir que no me puse sujetador. Mi
pecho se veía espectacular. Tuve alguna duda de salir así vestida.
Era escandaloso. Así que me puse una blusa por encima, con
varios botones desabrochados.

Al entrar de nuevo en el salón Carlos me repasó de arriba abajo


pero sin babear ni demasiado descaro. Eso me gustó. Llevaba un
Los Placeres de la Mantis 143

cuaderno y un bolígrafo para tomar notas. Me senté en el sillón


enfrente de Carlos; aunque estaba un poco más alejada de él
podría verme mucho mejor. Ver, pero no tocar... pensé.

– A ver Carlos –le dije– ¿Es cierto que en los institutos hay
mucha violencia y agresividad?

– No, no es cierto –dijo con su cálida voz– Depende del sitio


pero en el que yo estudio no es así.

Hice como que anotaba pero sólo puse un “1: No”, no me


apetecía escribir pero no quería ser demasiado falsa.

– Carlos –le pregunté de nuevo– ¿Crees que los chicos recibís


una buena educación?

– Sí, más o menos –dijo Carlos.

– ¿Mejor que la de vuestros padres? –volví a preguntar.

– No creo, quizás más superficial pero también más amplia.

No se me ocurría que preguntar. El chico no me quitaba


ojo pero no veía lascivia en sus ojos, sólo tranquilidad. Mis
piernas desnudas en la falda se veían estupendas, pero quizás
hubiera resultado más adecuado unos pantalones ajustados. Me
arrepentía por haber llevado la blusa encima. Quise quitármela
sin ser muy evidente, así que le pregunté:

– ¿Quieres tomar algo? Perdona que haya sido tan descortés.

– Una coca–cola – Y con una amplia sonrisa – Gracias.

Aproveché para quitarme la blusa sobre el sofá y me dirigí a la


cocina sin que Carlos pudiera verme el enorme escote.
Los Placeres de la Mantis 145

Allí en la cocina le preparé su bebida. Por los nervios no


me atrevía a salir, estaba casi desnuda. Mis pechos se exhibían
y amenazaban con saltar por el ostentoso escote. Esperé a
propósito. Entonces destapé el tapón del fregadero. Mi casa es
antigua y por un sistema de tuberías se oye perfectamente lo que
se habla en el salón, aunque es un truco que sólo yo conozco.
Carlos estaba hablando con alguien por teléfono.

– Sí, no creo que me demore mucho. En un rato voy para allá.


Sí, quedamos para comer. Un beso.

Me sentía decepcionada. A pesar de mis esfuerzos Carlos se


iba a marchar. Tal vez mi escote le frenara, pensé. Sin embargo
relacioné su salida a comer con la quedada de mi hija. Pensé que
tal vez él fuera el que iba a verla y mis motivos de tranquilidad
desaparecían.

Quise retenerlo por mi propio orgullo de mujer y por el honor


de mi hija. Noté que por tratar con las bebidas frías mis pezones
se habían puesto muy duros. Se notaban debajo del top, casi a
la altura del escote. No me importó y salí con las bebidas. Me
contoneé en el trayecto hacia la mesa como una puta de carretera
y le di a Carlos su bebida.

Noté que me miraba con mayor claridad que antes. Mis


pechos eran el objetivo de sus ojos. Me alegré de atraerle.

– ¿Qué tal es estudiar en el instituto tan mayor? –fue mi


siguiente pregunta.

– Es un poco frustrante. Pero también tiene numerosas


ventajas. –dijo Carlos.
Los Placeres de la Mantis 146

– ¿Y cuáles son estas ventajas?

– Bueno, sabes de qué va todo. Y con las chicas tienes éxito


garantizado.

Esa respuesta me hizo de nuevo pensar en mi pobre hija.

– También habrá chicas que prefieran chicos de su edad, ¿no


te parece? –le pregunté.

– Bueno, no sé. Puedo hablar por mi propia experiencia.


A mí no se me ha resistido nunca ninguna – dijo Carlos sin
pestañear.

– ¿Ahora mismo tienes novia? –le pregunté.

– A mi edad el concepto de novia no creo que tenga sentido


–dijo– Salgo con algunas durante algún tiempo. Ahora voy detrás
de una chica, luego cambiaré por otra cuando me harte de esa.

Me sentía preocupada por mi hija. Casi olvidaba que iba


vestida enseñando todo mi cuerpo. Mi falda corta mostraba sin
pudor mis piernas hasta bien subida la rodilla. Mis pechos se
bamboleaban cuando hacía notas en el cuaderno y Carlos podía
ver mis tetas mientras respondía.

– Ante tantas relaciones supongo que tomarás medidas... de


protección. ¿No? –dije.

– Eso es cosa de las chicas. La que se acuesta conmigo sabe


a lo que voy. Yo no fuerzo a nadie. Pero no uso preservativos si es
lo que quiere saber.

“Menudo chulazo” pensé, pero aunque por una parte me


Los Placeres de la Mantis 147

molestaba mucho por otra me daba mucho morbo oírle.

– Perdona, pero tengo que marcharme –dijo Carlos– Disculpa


si no puedo terminar la entrevista pero he quedado para comer.

Casi sin pensarlo traté de retenerlo a toda costa. No podía


propasarme más en mi exhibición. Era evidente que le gustaba
pero no lo suficiente. Recurrí al viejo truco de tirarle la bebida
encima. Pero lo hice tan burdamente que se notó lo forzado del
gesto.

– Me has tirado la bebida encima a propósito –me dijo


mirándome a los ojos.

No supe qué decir.

Carlos se puso de pie junto a mí. Volvió a decirme lo mismo.


Le aparté la mirada.

– ¿Te parecería bien si yo hiciera lo mismo? –dijo Carlos. Y


ante mi silencio– Levántate, ahora voy a hacer lo mismo yo.

Le hice caso. Tomó mi blusa que estaba junto al sofá y me


dijo:

– Pon las manos atrás y no te retires cuando te tire la bebida.


¿De acuerdo? –dijo Carlos.

No era una pregunta que buscaba contestación pero le dije


que sí. Me recordaba lo que viví con el director una semana
antes. De nuevo mis enormes pechos iban a ser el objetivo de
los hombres. Esperé a que lanzase el resto de su bebida. Los
hielos impactarían contra mis pechos. El frío y la humedad
endurecerían mis pezones que clarearían a través de la fina
Los Placeres de la Mantis 148

tela del top. Empapada, mis pechos se mostrarían con mayor


claridad. Además temía que el impacto de la bebida me hiciera
moverme demasiado con lo que algún pecho podría escapar del
prieto top mostrándose en su rotunda desnudez.

Ajeno a mis preocupaciones, Carlos se lo tomaba con


tranquilidad. Parecía más preocupado por sus pantalones que
se habían mojado. Impasible, esperaba la ejecución de su
amenaza.

– No te importa que te tire la bebida –dijo Carlos– Claro,


estás en tu casa. Te podrás cambiar y ya está. Pero yo he quedado
en tu casa y no puedo ir así mojado.

– Lo siento Carlos –le dije– Pero tampoco es para tanto.

– ¿Cómo que no es para tanto? –dijo enfadado– Me has tirado


la bebida a propósito. ¿Por qué lo has hecho?

No era capaz de decir nada pero como me movía un poco


repuso:

– Deja las manos en la espalda como te he dicho.

Y le obedecí.

– ¿Por qué me has tirado la bebida? ¿Acaso no querías que me


marchara? –y ante mi silencio– ¿Qué, era ese el problema?

– Sí, quería que te quedaras a terminar la entrevista –le dije.

No acababa de tirarme la bebida. Finalmente dijo.

– Está bien, entonces me marcharé –dijo Carlos– He quedado


para comer con una chica. Y comenzó a marcharse.
Los Placeres de la Mantis 149

No podía dejar las cosas así. Lo agarré por el hombro.


Se giró. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se
entremezclaban.

– ¿Quién es esa persona con la que vas a comer tan


importante? –le dije en tono conciliador.

– Es una chica con la que tengo algo – dijo Carlos.

– ¿Es de tu instituto? –le pregunté.

– Sí, sí que lo es.

– ¿Tu novia?

– No es mi novia pero seguramente me la tiraré esta tarde.

Podéis imaginar la tensión que tenía hablando a escasos


centímetros de Carlos. Estaba claro que sería mi hija. Era mi
última oportunidad.

– ¿Y sólo te gustan las chicas jóvenes?

– A mí me gustan las chicas que están buenas –dijo Carlos


con seguridad.

– ¿Y yo no te lo parezco? – pregunté lo más seductoramente


que pude.

Y como no dijera nada le tomé de su mano derecha y la puse


sobre mi pecho.

– ¿No crees que mis pechos aún están firmes?

No podéis imaginar lo sucia que me sentía. Pero era una


suciedad atractiva, me sentía como una prostituta que no
Los Placeres de la Mantis 150

sólo lo hace por el dinero. Quería seducir a ese chico. Quería


demostrarle que yo valía más que mi propia hija…

Carlos no se dejó rogar más y con sus manos apretó mis


pechos, con sabia delicadeza y perversión causándome un
estremecimiento de placer por todo mi cuerpo. Me miraba a los
ojos y eso me hacía sentir más frágil, más suya.

– Tus tetas aún están bien firmes –y no dejaba de masajearme,


apretando y rozando con ritmos estudiados– Pero la chica a la
que voy a ver las tiene aún más duras y bien formadas.

Me sentí insultada y forzada a continuar.

– ¿Pero esa chica tiene unas pezones tan duros como los
míos? – y me quité el top, tirándolo en el suelo y mostrándole en
su plenitud todos mis pechos.

Carlos se abalanzó sobre ellos. Me los besaba y lamía, a veces


hasta mordía causándome un morboso dolor. Con un chico tan
joven entre mis pechos sentía que estuviera amamantándolo
de nuevo. Estaba disfrutando tanto que sólo quería más y el
banquete que se estaban dando a mi costa me tenía totalmente
húmeda y ansiosa de más. Mis jadeos descontrolados le hacían
ver que sus esfuerzos no resultaban vanos. Hacía muchos años
que no me comían los pechos tan bien y estaba abandonándome
a la lujuria.

– Tus pezones saben deliciosos –interrumpió Carlos– Pero


los de la chica joven son más dulces.

Olvidándome por completo de mi hija, ya sólo pensaba en


mi propio placer. Le desnudé cuidadosamente, dejándole los
Los Placeres de la Mantis 151

calzones para el final. La tenía bien dura a través de la ropa.

– Pero seguro que la chica esa no tiene una boca como la mía
–le dije.

Y en un movimiento que domino a la perfección le quité


los calzones con mi boca, dejando mis manos para tocar sus
musculosas piernas de deportista. Le retiré la inútil prenda y
me deleité con su perfecto paquete. Estaba totalmente depilado
y el pene tenía una textura y color que llamaban a ser besado y
adorado. Era de considerable tamaño aunque se notaba que no
había alcanzado toda su plenitud. Sin esperar mayor invitación
comencé a chupar lo que allí se me ofrecía. Traté de poner toda
mi experiencia en darle el mayor placer posible. Con lametones
certeros en los puntos más sensibles, ensalivándole el glande,
forzando mi garganta hasta su límite y más allá.

Carlos disfrutaba y sus continuos empujones hacían que más


que una mamada parecía que me estaba follando por la boca.

– La chupas estupendamente –dijo Carlos– Se nota que


estabas bien hambrienta.

Y yo seguía tragando de su sabrosa polla, disfrutando con la


presión de su miembro entre mis labios, con sus vaivenes sobre
mi boca. Con mis manos tocaba su fibroso cuerpo, masajeándole
los huevos que encerraban el néctar de su hombría.

– Tus labios son muy buenos, pero la chica con la que he


quedado a comer se la traga hasta el fondo –dijo Carlos.

Traté de esforzarme. La saqué entera y me pareció que había


crecido varias pulgadas. De un empujón me la metí toda de
Los Placeres de la Mantis 152

golpe, el último trozo me costó demasiado, grandes cantidades


de saliva lo llenaron todo. Fue un esfuerzo físico pero noté que
le gustó. Al final tenía todo aquello dentro de mi garganta y él
seguía follándome la boca sin piedad. Me costaba respirar pero
estaba encantada con lo que me hacía.

Carlos tenía una resistencia infinita a las mamadas. Aunque


jadeaba y aumentaba el ritmo de sus acometidas no parecía cerca
de terminar. No quería aburrirlo así que se la saqué con cuidado.
Me desnudé completamente mostrándole todo mi cuerpo. Mi
coño siempre está muy cuidado, si no depilado completamente
sí con un buen trabajo de tijera. Me puse a cuatro patas sobre el
sofá. Y le dije:

– Pero esa chica seguro que no tiene unas nalgas tan firmes.

Carlos se colocó tras de mí. De nuevo apretaba mi cuerpo,


esta vez mi culo. Ahora lo hacía con mucho menos cuidado pero
causándome más placer. Sus dedos estaban tan cerca de mi
coño que sentía como si el líquido de mi interior saliera en su
búsqueda. De repente me dio un enorme tortazo en una nalga.

– Ah! –grité sorprendida y dolorida.

– Perdona –dijo Carlos– Es que la chica con la que había


quedado disfruta mucho con los azotes.

Su respuesta no me hizo ninguna gracia pero sabía cuál


era mi obligación. Esgrimí la mejor de mis sonrisas y moví mi
trasero ante sus ojos, como pidiendo más.

Plas! Llegó un nuevo golpetazo, que me dolió pero mucho


menos que el anterior. Plas! Otra vez. Plas! Carlos se tomaba
Los Placeres de la Mantis 153

su tiempo entre azote y azote. Eso lo hacía aún más excitante


para él pero más doloroso para mí. Pero al poco rato del dolor
surgió el placer. Me veía a mí misma desnuda, de espaldas,
totalmente ofrecida a un chico joven, forzada a ceder en todas
sus perversiones. Cada azote me hacía sentir más perversa, más
sucia, a él más hombre, más fuerte, más dueño de la situación.
Estaba abandonada a lo que quisiera hacer conmigo.

Al cabo llegó lo que tenía que llegar, con suma facilidad


Carlos me penetró desde atrás. Estaba tan lubricada que Carlos
se sorprendió de metérmela con tanta facilidad. Tenía una
complexión mágica, perfecta, tocaba cada punto sensible de
mi interior. Ahora me dejé llevar por él y por su sabiduría. Mis
jadeos eran incontrolables.

– Oh, oh, mmmm. A que esa otra, mmmmmmmmmm,


chica joven, ¡Oh, oh! –dije como pude– No se pone tan
mojadaaaaaaaaaaaa.

Carlos no respondió, pero siguió centrado en lo que tenía que


hacer. Darme más y más fuerte con su enorme instrumento. Su
mano apareció en mi boca y le chupé los dedos que me ofrecía.
Estos dedos volvieron atrás, y empezaron a tocarme el culito.
Metódicamente iban hacia delante y hacia atrás, hasta que pudo
introducirme en el ano uno de ellos. Fue entonces cuando tuve
mi orgasmo, una explosión que me hizo caer de bruces sobre
el sofá, destrozada. Mis gritos fueron aterradores y en ningún
momento Carlos dejó de bombearme con su polla.

Mi cuerpo estaba vencido por el placer, pero Carlos no estaba


dispuesto a dejarlo así...
Los Placeres de la Mantis 154

– La otra chica tiene más de un orgasmo cuando hacemos el


amor.

Sin dudarlo me recuperé, con las piernas temblorosas. Volví


a ponerme a cuatro patas, él volvió a buscar su sitio, pero ahora
lo hizo directamente en mi culito. Sin embargo su polla era
demasiado grande y no estaba tan lubricado como él creía. Me
giré para que no me hiciera daño y atrapé su polla entre mis
enormes pechos. Entre ellos se la masajeé, llevándomela hasta
los labios donde recibía mis besos y lametones. Carlos me
apretaba los pechos, incapaz de abarcarlos con sus solas manos
tan grandes que son.

– Puedes correrte en mis pechos –le dije– Te prometo que me


beberé toda tu leche –y al tiempo me relamí.

– Claro que puedo correrme en tus pechos. Puedo hacer lo


que quiera contigo –dijo Carlos.

– Sí –le dije sonriente. Era la verdad.

– Hoy y siempre que quiera, eres mía. ¿Verdad? –dijo Carlos


sin cesar de apretar su polla entre mis tetazas.

– Soy toda tuya.

Y como prueba me puse de nuevo de espaldas, esperando


aguantar toda su polla por donde quisiera. Y Carlos lo entendió.
Volvió a meterme los dedos en los labios, volví a lubricarle y volvió
a intentar introducírmela. Aquello era enorme y tuve que morder
el sofá para no gritar de dolor. Pero acabó entrando. Carlos sabía
lo que hacía. Se quedaba quieto y pasaba un trozo más. Yo estaba
mareada entre el dolor y el placer. Tuvo mucho cuidado, en pocos
Los Placeres de la Mantis 155

minutos estaba de nuevo gozando. Me encantaba tener una polla


tan grande llenándome todo mi culito.

– ¿A que la otra chica no tiene un culito tan estrecho como


el mío?

– No, tienes razón, bien estrecho que lo tienes, pero ya me


encargaré yo de ensanchártelo.

Y con esas comenzó un vaivén frenético que poco a poco me


llevó a un orgasmo desconocido, hipnótico, casi me desmayo
de lo que sentí en ese momento. Carlos tenía una resistencia
sobrehumana y las piernas no me soportaban el peso.

Finalmente noté que no era capaz de resistir más. Sus


empujones se hacían más y más fuertes. Su cuerpo temblaba
todo. Mi cuerpo se preparó para el orgasmo inminente. Calientes
chorros de semen inundaron mi agujero más secreto. Carlos
gritaba de placer mientras se deshacía en una interminable
corrida. Acabamos tirados sobre el sofá como animales, sin
decirnos nada hasta varios minutos después.

– ¿He sido lo suficientemente puta para ti? – le pregunté


nerviosa.

– Lo has sido, pero tendrás que serlo más veces…


–dijo Carlos, que se vistió, se levantó y se marchó de mi casa,
dejándome exhausta sobre el sofá pero con más ganas de él.
Trofeo de guerra
(Las andanzas de Doña Haydee)
por Morena Insaciable
Los Placeres de la Mantis 158

“Por fin descubrí quién era el que me había seguido esa noche
a la escuela y al lado de atrás del salón donde tenía sexo con
mi amante.”

Por fin descubrí quien era el que me seguía en la oscuridad de


la noche. Era un mocoso que asiste al colegio. Me vio en el salón
teniendo sexo con Luis y desde ese día anda alzado conmigo...
Me marcho entonces para el salón a buscarlo, lo encuentro
bailando y me le acerco.

– ¿Me busca al final para que nos vayamos juntos para el


pueblo?

El jovencito abrió los ojos y me respondió que sí con la cabeza.


Una vez terminado el baile se ofrece Luis para acompañarme
hasta mi casa.

– No, Luis, no he terminado de sacar las cuentas. Yo busco


quien me acompañe hasta la casa.

El jovencito, por su parte, se queda esperándome como le


pedí. La directora del colegio me dice que ella va para la escuela
a dejar unas cosas. Miro al joven y le hago señas para que venga.

– Vamos, acompáñenos a la escuela a dejar unas cosas y de


ahí salimos para mi casa. Como usted vive más adelante, me
acompaña hasta la mía.

Pasamos a la oficina, cuando llegamos a la escuela aparece el


esposo de la directora para llevarla a la casa.
Los Placeres de la Mantis 159

– Disculpe, doña Haydee, pero ya me tengo que ir, dígale a él


(señaló al chico) que la acompañe a la oficina a guardar las cosas.
Me cierra la oficina con su llave.

– Quédese tranquilo, no se preocupe, él me va a acompañar


hasta mi casa. Nos vemos el lunes para liquidar todo.

Se va la maestra dejándome a solas con el jovencito. Me giro


para mirarlo y le digo:

– Mejor no nos pudo haber ido.

Cuando ingresamos a la oficina lo abrazo para que sienta mis


tetas, bien pegadas a su pecho para ponerlo bien caliente. Si hay
algo que me sube la autoestima al ciento por mil es sentirme
deseada por los jovencitos. Pese a que ya estoy a más de la mitad
de mis cuatro décadas, los adolescentes no dejan de mirarme. El
joven me desnuda, conforme me va sacando la ropa sus manos se
ponen temblorosas, se queda admirado de verme mis tetazas…
Tartamudea.

-Q…q…ue he…he…hermosas te…te…tetas, do…doña


Ha…hay…dee.

Lo jalo para que me las mame. Está tembloroso.

– Son tuyas, mi niño, mámelas.

Me las mama como un desesperado, le quito la camisa, le


agarro sobre el pantalón su verga, la tiene bien abultada. Por su
parte él me baja la tanga y se queda observando la entrada de mi
vagina.
Los Placeres de la Mantis 160

– Queeee….que de…de…liciosa se ve su vagina.

Lo hago que se incline.

– Cómasela, es toda suya.

Le tomo su cabeza y lo sumerjo en mi sexo, comienza a


lamérmela. Me la recorre con su lengua, me atrapa el clítoris,
me le da pequeños mordiscos.

– Ooohhh, rico mi niño, me lo haces delicioso, hace días que


no me hacen esto, sigue, no pares, por favor…

Me corro en su boca. Lo levanto y tiene su verga bien erecta,


está más grande que cuando la agarré por primera vez. Lo miro
a los ojos y le pregunto:

– ¿De verdad no has estado con una mujer?

– No, doña Haydee, hasta ahora con usted no más.

– Yo lo voy a guiar para que lo disfrutemos los dos.

Me inclino y le doy una buena mamada de verga, siento que


lo pongo tenso y lo suelto para que su primera vez sea dentro de
mi ardiente vagina.

– Venga, acomodémonos en el escritorio.

Me acuesto sobre mi espalda y coloco mis piernas en la


orilla del escritorio y me abro dejando toda mi vagina a su
disposición…

– Doña Haydee, qué rica se ve su vagina, tiene unos labios


bien hermosos, rosaditos.
Los Placeres de la Mantis 161

– Están así porque están esperando tu rica verga para


comérsela. Venga, mi amor, yo la coloco para que usted me la
meta suavemente, que disfrute su primera vagina que se va a
coger.

Se acerca con su verga bien erecta, la tomo con mi mano y la


acerco a la entrada de mi ardiente y sedienta vagina. La tengo
bien lubricada y estoy esperando la estocada de este hermoso
miembro del jovencito.

– Métala despacio, para que se amolde mi vagina.

Me la introduce un poco y la saca, me la vuelve a empujar


despacio.

– Ooohhh, aaahhh, qué rico se siente, yo no pensé que esto


fuera así, tan rico. Qué calentita que se siente su vagina. Nunca
pensé que sentiría algo así doña Haydee.

– Viste mi amor… De esto ningún chico se olvida. Cuando se


prueba ya no se puede olvidar. Ahora disfrútela.

Me mete y saca la verga con fuerza, mis tetas se balancean


con sus estocadas. El mocoso está descontrolado por ser su
primera vez. Me abro más de piernas y él me jala con fuerza de la
cintura, sintiendo cómo sus bolas chocan contra mis nalgas. Me
tiene bien atravesada con su verga el yogurín.

– Ooohhhhhhh, qué rico, mi amor, sigue así... métemela toda,


no te detengas.

Se inclina y me mama mis hermosas tetas, siento que estoy


llegando a un nuevo orgasmo.
Los Placeres de la Mantis 162

– Aaaaaaahhhhh, uuuuuuhhhhhhhh, no me la saques amor,


métemela toda.

– Que más le voy a meter, doña Haydee, si se la tengo toda


adentro.

– Aaaaaaaaaaaahhhhhhh, uuuuuuuuuhhhhhh, cógeme fuerte


pendejuelo, méteme si puedes hasta tus bolas.

El me bombea con fuerza y yo comienzo a convulsionarme al


llegar a mi orgasmo.

– Aaaaaahhhhhhhh, uuuuuuuhhhhhh, uuuuuhhhhhh, qué


rico me haces, sigue así, no pares.

– Doña Haydee, yo no pensé que esto fuera tan rico…

Comienzo a trabajar mis músculos vaginales y le aprieto bien


la verga.

– Oh, ¿Qué me hace? ¿Por qué siento tan delicioso?

Me abrazo a él y logro que me meta toda su verga hasta el


fondo de mi vagina. Me tiene bien penetrada, coloco mis piernas
alrededor de su cintura y lo atrapo pegándolo más a mi cuerpo.

– Por favor, doña Haydee, suélteme, ¡siento que me orino ya!,


¡déjeme sacarla!

Me doy cuenta que de verdad era la primer mujer que se


cogía en su vida.

– No mi amor, no la saques, no te vas a orinar.

Intenta sacármela y no lo dejo, me río.


Los Placeres de la Mantis 163

– No la saque, no se preocupe, no se va a orinar. Lo que pasa


es que voy a ser la primera mujer que se beba tu lechita, esta es
la primera vagina que vas a inundar con tu rica leche.

Se pone tenso y me deja clavada su verga en la vagina. Ya no


se puede contener...

-Aaaaaaahhhhhh –gimió el muchacho– Tome, tome, tome,


bébase mi lechita entonces. Tome negrita linda.

En cada disparo de su leche dentro de mi vagina él la sacaba


y la metía. Al final me la dejó toda adentro, sintiendo donde me
comenzaba a inundar toda su rico líquido caliente.

– Mi amor, qué rico que me has dado a beber tu lechita. Eres


fenomenal.

Jadeante me contesta.

– Gra…cias do…ña Hay…dee. Jamás pensé que esto fuera


así. Usted es muy buena en esto. Con razón esos hombres
disfrutaron mucho con usted.

– Mi amor, olvídese de ellos. Usted me hizo disfrutar más que


todos. Tiene más energía. Por eso lo traté así, para que nunca
olvide su primera cogida con una mujer veterana de mucha
experiencia.

– Doña Haydee, quiero volver a culiar con usted.

– Eso está difícil. A mi casa no puede llegar porque siempre


hay alguien, esto lo hago cuando salgo a alguna actividad o tengo
que salir del pueblo a alguna diligencia.
Los Placeres de la Mantis 164

– Esperaré por otra oportunidad.

– No, no puedo. Espero que haya disfrutado esta vez. Yo no me


puedo comprometer con un solo hombre, yo siempre necesito a
alguien y no quiero que usted se haga falsas expectativas de que
va a volver a estar conmigo.

Me saca la verga y comienza a regarse lo que sobra de su leche


por mis nalgas hasta mojar el escritorio.

– Arreglemos el escritorio.

Se me acerca y trae de nuevo su verga erecta, me coloca con


mis manos apoyadas al escritorio y por detrás me hunde su
verga.

– Doña Haydee, todavía no hemos terminado.

– No, por favor ya es tarde.

Me la clava con fuerza haciendo que mis nalgas reboten en


su pelvis.

– Terminamos de culiar –insistió el muchacho– o le digo a su


marido que usted estaba con otros hombres.

– No, por favor, cójame entonces pero no le diga a mi marido,


porque entonces no salgo a ningún lado…

Ahora era el mocoso quien me tenía dominada, y eso me


excitaba y divertía enormemente.

Me clava la verga con fuerza y al instante me está llenando


nuevamente de semen mi vagina.
Los Placeres de la Mantis 165

– Deliciosa, mi negra, eres una mujer fenomenal –me decía


ahora con voz de hombre–. Que dicha la mía que usted haya sido
mi primera mujer. Nunca voy a olvidar esto, es lo mejor que me
ha pasado en mi vida, jamás pensé que esto lo haría con una
excelente mujer.

Me desconecta y me doy vuelta para besarlo.

– Gracias por haber sido yo tu primera mujer, por haberte


hecho «hombrecito» ya.

Nos abrazamos desnudos sintiendo su verga sobre mi


abdomen.

– Ya, por favor, póngase la ropa, ya es tarde.

Busco mi ropa y no encuentro mi tanga.

– ¿Busca esto, doña Haydee?

– Si, por favor devuélvamela.

– No. Es mi trofeo. Sólo le pido que me deje limpiarla para


que también tenga el olor de nuestros líquidos mezclados.

Se acerca y me limpia la vagina. Se la lleva a la nariz.

– Que olor más rico.

Se la guarda en la bolsa de su pantalón. Me pongo con


cuidado el pantalón para no mojarme con el ziper mis labios
vaginales que están bien crecidos. Me pongo lo de arriba y
salimos para mi casa. Es cerca de las tres de la mañana, no hay
nadie en las calles de mi pueblo. Me acompaña hasta la puerta de
mi casa y cuando estoy abriendo el portón se coloca detrás de mí
Los Placeres de la Mantis 166

apoyando su verga en mis nalgas. Se la había sacado del pantalón


y me acaricia fuerte las tetas. Me doy cuenta de que ya no es ese
niño que temblaba cuando veía mis tetas, y lo paro para que no
se sobrepase.

– No, aquí no, que puede asomarse mi marido y lo ve


tocándome las tetas.

Él me suelta y justo mi marido se asoma a la ventana de mi


habitación.

– No se preocupe, Gerardo, yo abro la puerta.

Gerardo se dirige al joven.

– Gracias por acompañar a Haydee, para que no se viniera


sola desde la escuela.

– No se preocupe, don Gerardo. Yo me quedé para esperarla


y no se viniera sola.

– Gracias.

Mi marido cierra la ventana y me vuelvo al joven y le doy un


beso. Gerardo no alcanzó a ver que tenía su verga de fuera del
pantalón. Me pego a su cuerpo y se la acaricio.

– Claro que nos venimos juntos y lo disfrutamos mucho


¡hombrote!

El joven guardó su verga, me pellizcó las nalgas y se marchó.


Asaltacunas sin remedio
por Lucía - Elizabeth Blackwood
Los Placeres de la Mantis 169

“A muchas mujeres maduras nos atraen los hombres más


jóvenes que nosotras. Yo empecé teniendo sexo con un
alumno mío hasta que un día acabé montándome a...”

Para empezar mi relato, diré que soy una fémina de 43 años,


de buen ver para los hombres según dicen, y que a diferencia de
otras mujeres que a partir de los 40 se sienten viejas tanto por
fuera como por dentro, yo me siento eufórica en todos los niveles,
y soy aparte de las mujeres que prefieren hombres jóvenes que
me hagan reír, llorar, disfrutar en la cama, en definitiva disfrutar
de la vida, a hombres maduros que aparte de tener físicos que
dejan mucho que desear (pelados, barrigones, falta de tersura
en la piel, por no hablar de operaciones y otro tipo de achaques
físicos…), son, por norma general, personas amargadas,
aburridas, estructuradas, y que sexualmente no pasan de un
polvo cuando no dos en contadas ocasiones. También, para
más datos, soy profesora de Historia del Arte en un instituto de
mi ciudad, profesión que tiene mucho que ver con mi manera
de mirar la vida, muy alejada de las convenciones sociales y
prejuicios morales que nos meten. También he de decir que
soy viuda, mi marido desgraciadamente falleció a pocos años de
casados a causa de una ACV.

En el tema sexual la verdad sea dicha, en mi época de casada


era algo muy monótono y poco placentero. Mi marido era un
hombre muy ocupado con sus negocios y el único rato que
empleaba para tener relaciones sexuales conmigo eran los fines
de semana, por lo que todo era muy mecanizado, hasta llegar al
Los Placeres de la Mantis 170

punto que a veces fingía mis orgasmos.

Al fallecer mi marido caí en una pequeña depresión y mi


carácter se volvió arisco con todos los que me rodeaban. Echaba
en falta a mi marido y el sexo que bueno o malo aún tenía.
Respecto a mis necesidades sexuales, a menudo me masturbaba,
y sentía la necesidad de un hombre que me hiciera gozar y sentir
mujer de nuevo. Seguía siendo coqueta como siempre, eso no
había cambiado, a menudo me compraba ropa interior sexy y en
la intimidad de mi cama me gustaba acariciarme el clítoris o mis
pechos hasta conseguir un orgasmo placentero.

¡A falta de pan buenas son las tortas, pensaba yo!...

Como ya he dicho anteriormente me dedico a la docencia y


doy clases a chicos y chicas de unos 18 años aproximadamente.
A diario notaba miradas lascivas de los adolescentes que me
deseaban y querían poseerme, sólo con sus ojos se delataban ellos
mismos. Al principio le restaba importancia responsabilizando
de ello a las hormonas naturales de los jóvenes de esa edad,
pero después de tener una conversación con algunas de
mis compañeras de trabajo (preceptoras, administrativas,
docentes...) fue que comenzó mi interés por conocer a hombres
más jóvenes que yo. Aclaro que en esa época ya era viuda, pues
nunca le fui infiel a mi marido pese a que él me satisfacía poco
y nada.

En uno de esos días que tenía clase a primera hora de la


mañana, faltando cinco minutos para concluir la misma, se
me acercó Pablo, un apuesto jovencito que era de mis alumnos
preferidos por su carácter adulador y extrovertido. Eso sí, algo
vago para estudiar...
Los Placeres de la Mantis 171

Me comentó que tenía unas dudas con el temario y yo al estar


próxima el fin de la clase lo invité a mi casa a eso de las 17.00 para
que fuera y allí resolver sus dudas. Pablo accedió sin problemas.

Yo había estado todo el día, aunque me parecía una locura,


pensando en aquella cita con aquel joven atractivo que podía ser
casi mi hijo. Sentía deseos de tener una aventura y me arreglé
de una manera provocativa para la ocasión. Para ello, me puse un
vestido de seda ajustado y muy transparente que dejaba riendas
sueltas a la imaginación de cada uno, zapatos de tacón y bastante
maquillada la verdad.

Mi alumno vino a casa sobre las 17.10 y al abrirle la puerta se


quedó estupefacto. Se notaba impresionado y creo que excitado
de verme tan guapa, todo sea dicho.

– ¡Buenas tardes profesora, puedo pasar!

– ¡Por supuesto pasa y ponte cómodo!

Nos sentamos en la mesa del comedor y empecé a explicarle


sus dudas. Pronto noté que le costaba concentrarse por culpa
de mi sugerente vestido. Tuve en claro que de esa manera no se
podía seguir estudiando. En un momento de la explicación me
acerqué lo bastante a él, y tomando una de sus manos le dije sin
rodeos:

– Pablo... hay atajos para poder aprobar la asignatura.

El chico me miró asombrado.

– Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para aprobar la


asignatura, profe. Usted manda...
Los Placeres de la Mantis 173

Automáticamente, como un resorte, nos miramos a los ojos y


nos besamos suavemente. Luego y sin demorarnos nada lo tomé
de la mano y nos fuimos al sofá para estar más cómodos. Allí nos
besamos acaloradamente, nos acariciamos desesperadamente
y nuestras manos jugaron con ambos cuerpos… Recorrimos
nuestros rincones más deseosos de sexo durante un buen rato
que decidimos irnos a la habitación y tumbarnos en la cama
para dejar sueltos nuestros más primitivos deseos. Atrás había
quedado la relación alumno y maestra para dar paso, en breves
minutos, a la relación hombre y mujer.

Ya en la cama nos desnudamos lentamente, y pude ver ese


cuerpo adolescente pero al mismo tiempo varonil de mi joven y
excitado alumno, con su gran miembro que pedía guerra y que
yo, desde luego, se la iba a dar…

Yo dejé ver mis grandes senos, rodeados con una gran aureola
rosada que los cubría casi por completo y unos pezones alargados
que decían cómeme.

Nos besamos sin dilación, y Pablo, como si fuera un experto


en la materia, chupó mis pezones hinchados y todo el contorno
de mis tetas. Con su lengua lamía mi cuello y bajaba con
suavidad por todo mi vientre hasta llegar a mi pubis peludo pero
ya mojado del todo, y me introducía la punta de su lengua en mi
coño y algún que otro dedo también.

Le pedí que me chupara los pelos que cubrían mi vulva y él


accedió. Sentía esos ricos tirones cuando sorbía mis pelos con
sus labios.

Yo estaba en otro planeta, gritaba, gemía y por supuesto me


corrí sin más.
Los Placeres de la Mantis 174

Al momento de correrme me tocaba a mi pasar a la acción


y subía hacia arriba a Pablo y lo coloqué tumbado en la cama,
comenzando a chuparle sus pequeños pechos de adolescente,
bajando por todo su pecho hasta llegar a ese enorme cipote que
me pedía a gritos que lo lamiera con pasión.

Chupé aquel atractivo falo y también sus testículos hinchados


de leche caliente.

Al rato él no aguantaba más y me suplicó que lo cabalgase


y así lo hice. Lo monté como una perra en celo durante veinte
minutos aproximadamente.

Cuando me cansé de cabalgar sobre él me detuve y le pedí


que acariciara mi cuerpo. Pablo se prendió de mis pechos con
sus manos al mismo tiempo que me los chupaba y también, de
vez en cuando, apretaba contra su cuerpo mi gran culo, hasta
que no pudimos ninguno de los dos y tuvimos un orgasmo
simultáneo y placentero.

¡Qué gozada Dios mío!

Cómo nos teníamos ganas seguimos a lo nuestro, Pablo que


por su edad y por las hormonas imagino, seguía empalmado…
Me puso a cuatro patas y con su pene rozó mi vagina que estaba
llena de su leche recién salida y me penetró de nuevo. Entre
vaivenes y arremetidas yo gritaba como una loca, sus huevos
duros tocaban mi gran trasero, sus manos golpeaban mi culo y
eso me excitaba todavía más.

– ¡Vamos! Cachetéame las nalgas… –le ordené, y él


obedeció.
Los Placeres de la Mantis 175

Me sentía una guarra y eso me excitaba. Era morboso que una


profesora le estuviera pidiera eso a su alumno.

Así duramos bastantes minutos más, hasta que yo me corrí y


a los pocos segundos Pablo la sacó de golpe y derramó su espesa
leche sobre mi culo grande y blanco, esparciendo con sus manos
toda su leche.

Quedamos tumbados en la cama durante bastantes minutos,


descansando porque estábamos extasiados de nuestra primera
aventura sexual que, me adelanto a decirles, no sería la última.

Desde aquél día Pablo estuvo viniendo a recibir sus “clases


particulares”, y la verdad es que no faltó a ninguna clase y
finalmente aprobó la asignatura con la mejor nota…

Esta fue mi primera experiencia con un joven, a la cual le


sucedieron otras experiencias más. Por ejemplo, el que tuve
con un chico vendiendo rifas para juntar fondos con destino
a mejorar un establecimiento de educación. Recuerdo que lo
hice pasar porque estábamos hablando en la puerta de mi casa,
y empezamos a charlar. Me contó que se había instalado en mi
ciudad hacía unos días, que venía de un pueblo cercano y etc. etc.
y que tenía 18 años.

Tengo que reconocer que su amabilidad, su dulzura y también


su desprotección e inocencia fueron despertando cosas extrañas
en mí. En un momento lo invité con una gaseosa y cuando fui
hasta la heladera puse en juego toda la seducción que puede
manejar una mujer con experiencia ante un chico. Cuando le
alcancé el vaso me incliné y me apoyé con los codos en la mesa y
Los Placeres de la Mantis 176

el clavó los ojos en mis tetas que estaban sin corpiño y quedaban
bien a la vista.

Se puso colorado y yo, bien yegua, me acerqué despacito y le


susurré al oído que quería ayudarlo a vender y a que la pasara
bien en la ciudad, que quería ser hospitalaria. Le tomé la cara
con mis manos y le di un beso tan profundo, que de inmediato se
desató un encuentro tan apasionado como loco…

Sin pensar casi le arranqué la ropa, me desnudé y tuvimos


sexo sobre la mesa y luego lo llevé al dormitorio y tuvimos sexo
fogoso y apasionado, igual como había tenido con Pablo.

Así fueron pasando en estos últimos años de mi vida...


Pendejos tras pendejos con la cual me enrollaba sin más.
Algunos de ellos alumnos míos ya que una, muy a menudo, coge
lo que tiene más a mano… Pero el extremo de mi calentura –algo
que pensé que nunca iba a ocurrirme– fue el haberme liado con
uno de mis sobrinos. Jamás había llegado tan lejos…

¿Me habré vuelto una «asaltacunas» sin remedio?

No lo sé, pero puedo afirmar que cuando estoy liada con


pendejos ¡me la paso más que bien!

Paso a relataros si demora lo que me ocurrió con Adrián, mi


sobrino, un mozo de 18 años que ha dado un estirón increíble de
1,87 cm de altura y que se le ha puesto un cuerpazo de gimnasio
que quita el hipo de verlo...

Un día después de mucho tiempo sin saber de mi hermana


mayor Begoña y de los suyos, se me ocurrió la idea de ir a
visitarlos a su casa que queda no muy lejos de la mía y allí que
Los Placeres de la Mantis 177

me presenté.

Al rato de estar con mi hermana en su salón tomando un café,


apareció de repente mi sobrino que llegaba del gimnasio para no
variar.

– Hola tía ¡qué tal estás!

– Bien cariño y tú, ya te veo lo grande y guapo que estás.

Pasaron unos instantes y no paraba de abrazar y darle


pequeños besitos y arrumacos a Adrián. Parecía una perra en
celo más que su propia tía. Pero de repente mis fuegos internos
no daban más de sí y yo me sentía muy atraída por él, que al
mismo tiempo era prohibitivo, ¡Dios mío, era mi sobrino!

De todas formas, tal era mi estado de embobamiento hacia


él que en mi interior no paraban de reproducirse todo tipo de
escenas incestuosas, algo inusual en mí pero al mismo tiempo
gratificante para mi alma.

Transcurrió toda la tarde y la pasé con mi hermana y sobrino


entre risas y anécdotas, hasta que llegó la hora de irme a mi
casa, no sin antes despedirme hasta las fiestas navideñas que
estaban a la vuelta de la esquina y que desde hace varios años nos
reuníamos toda la familia en casa de mi hermana Begoña.

La cabeza juega malas pasadas en ocasiones.

Todos los días siguientes a la visita, no paré de imaginarme a


mi sobrino conmigo en todo tipo de escenas sexuales, haciendo
todo tipo de posturas, a todas horas, era una exagerada obsesión
por él... algo que antes no me había ocurrido ni pasado nunca por
la cabeza.
Los Placeres de la Mantis 178

Llegó el día de nochebuena y yo estaba algo nerviosilla, como


si fuera una adolescente que va al colegio a ver a su novio. Por
una parte tenía ganas de ver a Adrián, obviamente porque lo
deseaba, pero por otra lo veía algo tan descabellado e irreal que
me hubiera gustado que no pasara.

El caso es que me duché y me arreglé como si de mi vida


dependiera el estar guapa. Me puse mis medias de seda, mi
sujetador negro a juego con mi tanga de terciopelo, y como no
un vestido negro con transparencias y escote prolongado que
quitaba el hipo a cualquier hombre...

Al llegar a casa de mi hermana todos me echaron piropos


como si fuera una colegiala y mi sobrino no paraba de hacerse
selfies conmigo y de tontear descaradamente. Se le notaba
cierta atracción hacia mí aunque guardara las distancias por ser
familiar.

Adrián me puso tan cachonda, después de tantas tonterías y


arrumacos, que puse como excusa que tenía que ir al servicio a
arreglarme un poco y subí a la parte de arriba de la casa donde
había una habitación y allí me metí. Necesitaba calmar un poco
mi ardor, mis fuegos pasionales y la única forma que pensé fue
masturbarme para relajarme y no pensar en mi sobrino... Allí, en
esa soledad, me tocaba, gemía y más me gustaba…

Noté de repente tras de mí como se abría despacio la


puerta, y disimuladamente mirando el espejo de la habitación
observé a Adrián como me espiaba y se tocaba. Aquello, lejos de
ruborizarme, me ponía súper cachonda. Yo apropósito gritaba
despacito y calentaba motores para comerle el coco… Al rato de
tocarme él entró en la habitación y se masturbó al lado mío, ¡qué
Los Placeres de la Mantis 179

carita qué tenía! Yo como una buena tía le dije:

– Adrián cariño, cierra la puerta y acércate, no tengas miedo,


tu tía te va a cuidar.

Pienso que mi sobrino ya había notado que yo estaba bastante


alzada con él, y por eso se animó a entrar violando sin derecho
mi intimidad. Cerró la puerta con sigilo como si fuera mi sumiso
y se puso junto a mí en la cama. Yo estaba tan caliente que
inmediatamente le agarré su enorme polla con mi mano y le hice
una señora paja mientras le besaba acaloradamente, a los tres o
cuatro minutos de pajearlo paré de repente para evitar que se
corriera, porque él ya no podía más de la excitación que llevaba.

Bajé mi cabeza hacia sus testículos duros y lamí su pene de


arriba hacia abajo, pasando por sus huevos, así estuve un buen
rato hasta que el pobre ya no aguantó tal paliza sexual; necesitaba
descargar tanta leche acumulada. De repente salió un chorro
grande de leche espesa blanca que manchó todo el edredón de la
cama, que más tarde limpiaríamos por supuesto... ¡Madre mía si
mi hermana lo ve, nos mata, pensé yo!

Al ver ese corridón de mi yogurin, yo que estaba más mojada


que la hierba después de una tormenta, le obligué a que me
comiera todo el clítoris porque yo también necesitaba correrme.

Adrián comenzó despacio y fue subiendo la intensidad poco


a poco. La verdad es que para su inexperiencia lo hizo bastante
bien. Yo le di el aprobado a los pocos minutos ya que consiguió
que tuviera un orgasmo pleno y duradero que me volvió loca de
placer.

Al rato bajamos al comedor poniendo como no la típica excusa


Los Placeres de la Mantis 180

de que habíamos estado oyendo juntos música en la habitación.

A partir de ese día, mi sobrino y yo quedamos regularmente


de encontrarnos, y ya le dejo introducir su polla dentro de mi
caliente coño....
Mi gusto por la zoofilia
por MarCarmen
Los Placeres de la Mantis 183

“Un relato de cómo empieza mi vida sexual, pero con


per ros...”

Siempre quise dar rienda suelta a mi sexualidad, pero como


vivo en un pueblo chico no lo podía hacer. Ya saben; pueblo chico
infierno grande, tal como dice el refrán… A causa de eso te
encuentras con cada tío hablador que, si lo hiciste con él, ya toda
la comunidad se entera y te tachan de puta o de buscona, por lo
cual procedí a utilizar la masturbación en todas sus variantes
para satisfacerme.

Pues verán, me volví una especialista en masturbación, usando


objetos usuales como consoladores, y también inusuales, como
plátanos, pepinos, y algún otro tipo de vegetal. Al igual me lo
monto con los mangos de cepillos, en fin, con todo lo que tenga
punta y pueda entrarme tanto en mi vagina como en mi ano.

Así paso el tiempo autosatisfaciéndome, pues resulta que


un día, navegando por Internet, como me gusta buscar cosas
sexuales y también me gusta lo inusual, me topé con unas fotos
de zoofilia, lo cual me dio un asco tremendo… Veía a mujeres
haciéndolo con perros, caballos, una que otra culebra, en fin
de todo. La verdad, después de un tiempo, se me olvidó lo que
había visto y seguí con mis habituales masturbaciones tal como
venía haciendo. La verdad es que soy una mujer demasiado
caliente y siempre que me masturbaba me imaginaba diferentes
escenas de sexo, por ejemplo que lo hacía con una compañera de
escuela o con mi maestra, también que hacia tríos ya sea con dos
Los Placeres de la Mantis 184

hombres y yo, o con otra mujer y un hombre; al igual a veces me


daba por imaginar que me encontraba en una orgía, haciendo de
todo contra todos… en definitiva, echaba a volar mi imaginación
de una manera tremenda.

Un día estaba en la ventana de mi casa, viendo como pasaba el


tiempo, y vi en la casa del vecino cómo a su perro le habían llevado
una hembra para tener perritos. Pues me tocó en el momento
preciso en que el perro se montaba a la perrita. Recuerdo que
observé todo claramente, eran unos magníficos ejemplares de
raza bóxer, el perro se situó detrás de la hembra y empezó a
montarla con desesperación… Vi que le empezaba a salirle la
punta de pene, era de color rojo intenso. Lo sorprendente fue
que creció ese pene de una manera tremenda hasta que le salió
una bola que se la metió a la perrita… Después de eso el perro
pasó una de sus patas por el lomo de ella y quedaron abotonados,
no se podían separar. Duraron así como unos quince minutos
hasta que al final pudieron separarse.

Como no tenía nada que hacer, me acosté un rato después


de haber visto aquello. Quería dormir un ratito en la tarde. Pero
tuve un sueño en donde lo hacía con un perro como lo había visto
en el Internet.

Un día me encontraba por el patio de mi casa tomando Sol


en bikini sobre una toalla porque me encanta verme bronceada.
Ya había tomado mucho Sol y decidí entrar a casa para darme un
baño. Cuando me dirigía a la entrada, me topé con el perro del
vecino, el cual es muy cariñoso, así que lo acaricié con cariño y
me hinqué junto él. Y seguí jugando con él. De momento mi vista
Los Placeres de la Mantis 185

fue a dar en la funda de su pene… No sé que me dio. Me entró


la curiosidad y a la vez cierto nerviosismo, pues con mi mano lo
empecé a acariciar en su funda. El perro se quedó totalmente
quieto mientras yo lo acariciaba. Empezó a salir su pene de
la funda, que crecía rápidamente, y de él salían muchísimos
líquidos casi todo el tiempo lo cuales al sentirlos con mi mano,
eran bastante viscosos. Seguí acariciándolo hasta que el perro
tuvo una eyaculación. Terminado esto me puse de pie, me dirigí
al baño y me lavé las manos.

No podía creer lo que había hecho. Ya antes se lo había


hecho a un novio que, para no tener sexo, lo masturbaba con la
mano hasta que eyaculaba, pero nunca lo había hecho con un
perro. Creo que mi moralidad salió a relucir porque me sentía
una anormal. Sentí que había hecho mal, hasta que después
recordé que ese mismo sentimiento me invadía después de
masturbarme.

Pues sucedió que otra vez me topé con el perro, y lo volví a


masturbar como aquella vez, pero ahora lo hice que se echara y
lo masturbé hasta que eyaculó. Otro día lo repetí de nuevo, pero
esta vez acerqué mi boca a su pene. Aunque la verdad no me
atreví a chupársela, ya que después me arrepentí.

Lo bueno de todo esto es que conocí perfectamente la


anatomía del perro, pues mientras lo masturbaba observaba
como crecía su pene, como crecía el bulbo de la base para pegarse
con su hembra. Mis manos recorrieron todo ese magnífico
pene, pero nada más que eso. Los intentos de meterme el pene
del perro a la boca fueron totalmente fallidos… Creo que me
Los Placeres de la Mantis 186

daba miedo. Recopilé toda la información necesaria, ya sea por


Internet, alguna bastante seria y otras muy dudosas. Entré a
cada uno de los sitios de relatos y empecé a leerlos a todos; de
mujeres que lo hacían con perros, caballos, burros, culebras…
en fin, todo tipo de animales. Pero nunca me atreví a hacerlo
pese a tener múltiples oportunidades. Aunque de vez en cuando
seguía soñando con hacerlo. La escena de mis sueños que más
me excitaba era la de estar abotonada con el perro por largo rato,
mientras yo me masajeaba mi clítoris.

Pero sucedió que un día, me llegó un mail de una amiga de


la secundaria, que me invitaba a pasar unos días en su casa en
otra ciudad. La verdad me gustó la idea. Déjenme decirles que
con ella compartí mis primeras experiencias sexuales y también
teníamos mucho sexo entre nosotras sobre todo por las tardes
cuando supuestamente hacíamos la tarea. Recuerdo también
que un día compartimos un mismo pene que chupamos hasta
el cansancio y cuando eyaculó en un gran beso entre ella y yo
compartimos el semen, pero en fin, preparé mis maletas y me
fui a verla.

Pues resulta, que cuando me bajé del camión después de


un largo viaje de más de doce horas, ella estaba ahí de pie
esperándome. Nos abrazamos tremendamente. Creo que el
volver a verla me excitó muchísimo y a ella también. Bueno, en
el trayecto a su casa platicamos de todo. Me hacía preguntas
sobre mi pueblo y que si seguía siendo el “inmundo pueblillo”
en donde había vivido. Yo le comenté que había crecido mucho
pero que había cosas que nunca cambian. Llegamos a su casa,
que era bastante chiquita, dos recamaras y nada fuera de lo
Los Placeres de la Mantis 187

normal. Lo que sí era que lo tenía muy arreglado, y también


tenía un patio muy grande en la parte de atrás. Al acercarme
a la ventana, inmediatamente vi un perro que tenía ella; era un
doberman hermoso. De esos tan negros que les brilla el pelaje.
A mí siempre se me ha hecho un perro bastante estético y muy
bonito. Se alzó a la ventana e inmediatamente se dejó que lo
acariciara. Era muy amigable. Ella me dijo “Veo que le caíste
bien a Jack”. Ese era su nombre.

Bueno, la cuestión es que platicamos largo y tendido,


entonces salió el tema del sexo y como nos había ido ambas.
Después de un rato, ella me dijo que si recordábamos viejos
tiempos y yo le dije que sí. Entonces nos fuimos a la recamara
y nos metimos las dos desnudas al baño. En la regadera nos
besamos apasionadamente, nos masturbamos mutuamente y
acariciamos mutuamente. Fuimos a la cama y como en los viejos
tiempos hicimos un 69 magnífico… que mientras lo hacíamos
nos metíamos mutuamente los dedos por nuestros respectivos
anos; y culminó todo con un placentero orgasmo. Acostadas
seguíamos platicando de todo. Entonces le hablé sobre mis
sueños de zoofilia, creyendo que mi amiga se espantaría… pero
ella, lejos de asombrarse, me dijo que no tenía nada de malo.
También le comenté que varias veces había masturbado al perro
de mi vecino y tampoco dijo nada. Lo tomó con normalidad.

Al otro día ella tenía un compromiso de trabajo, por lo cual


por mi parte me fui de compras todo el día. Cuando vi que ya
estaba oscureciendo me regresé de inmediato a la casa de mi
amiga. Al entrar me di cuenta que ella ya había llegado. En ese
preciso instante salió de su recamara y me dijo que me había
visto bajar del taxi. Ella vestía unos shorts diminutos y un top
Los Placeres de la Mantis 188

corto sin nada abajo. Me dijo que me tenía una sorpresa y que la
acompañara a su habitación.

Al entrar, en la alfombra se encontraba su perro Jack, pero me


llamó la atención que el perro en sus cuatro patas llevaba puestas
unas calcetas gruesas. Ella me dijo: “Pon mucha atención a lo
que vas a ver”. Se puso junto del perro y se quitó la poca ropa
que llevaba, y después se recostó junto a él.

Tomó con sus manos la funda del pene del perro y lo empezó
a acariciar de arriba abajo. Sólo tomó un momento y el perro
empezó a sacar su pene. Primeramente un par de centímetros,
pero cuando ya iban aproximadamente unos diez centímetros,
ella se agacho abriendo su boca y metiéndose el pene del perro,
veía claramente que ella lo disfrutaba. De vez en cuando se lo
sacaba de la boca para solo pasarle lengua desde la base a la
punta, y después con sus labios y su lengua jugaba con la punta
del pene del perro.

Así estuvo largo tiempo, ya el pene del perro había crecido


hasta unos veinte centímetros. Ella lo sujeta abajo del bulbo con
dureza, de momento soltó al perro, ella se puso en cuatro patas,
y en un instante el perro se puso detrás de ella moviéndose
frenéticamente… hasta que ella, con una de sus manos, dirigió
el pene a la entrada de su vagina. Le entró todo el pene del
perro, pero ella sujetaba el bulbo para que no entrara poniendo
sus dedos en la entrada de su vagina en forma de “V”. Pero
después de un instante lo soltó, fue sorprendente ver como su
vagina se dilató extremadamente hasta que el bulbo le entró en
su totalidad. Quedaron pegados. El perro giró una de sus patas
por la espalda de mi amiga, y ahora sí quedaron pegados como
perro y perra.
Los Placeres de la Mantis 190

Era claro que ella lo disfrutaba muchísimo. Se tocaba el


clítoris para que estuviera excitada, y después de unos quince
minutos de abotonamiento se despegaron. De su vagina salían
chorros de líquidos. Al principio parecía que estaba orinando.
Ella se recostó sobre la alfombra y se puso a acariciar a Jack. Al
ver al perro vi su pene… No lo podía creer. Podría asegurar que
como mínimo tendría unos veinticinco centímetros de largo. Era
descomunal.

Mi amiga me pidió que sacara a Jack al patio mientras se daba


una buena ducha en el baño. Yo estaba muda por lo que había
visto, pero eso sí, demasiada excitada. Al regresar a la recámara,
ella se encontraba desnuda en ella, y me enseñó un consolador,
diciéndome “Ven, te ayudo”. Me metió el consolador hasta que
tuve mi orgasmo. Después de esto volvimos a platicar. Me dijo
que Jack estaba entrenado. Que por lo regular lo hacían una vez
por semana. Y me dijo que lo debería de intentar porque era rico.
Yo le dije que todavía tenía mis dudas.

Pasaron los días y me excitaba con el recuerdo de ver a mi


amiga pegada al perro. Entonces un día por la mañana que ella
salió, dejé entrar a Jack y lo lleve a la salita de la casa. Me senté en
la alfombra junto a él y lo empecé a masturbar suavemente. De
momento a momento crecía su pene, entonces me incliné hacia
él, tomé el valor necesario, abrí mi boquita y de un solo bocado
me comí el pene del perro.

Lo lamí hasta el cansancio, sabía muy rico. Lo chupé como


toda una loca. Jugué con él con mi lengua y mis labios, comí
mucho de su liquido que le salía, aunque algunas veces prefería
Los Placeres de la Mantis 191

escupirlo Acaricié todo su pene, jugué con su bulbo… en fin,


mi boca recorrió toda la anatomía del pene del perro, hasta que
en un momento eyaculó. Me tomó desprevenida. No sabía cómo
era, pero eso sí, me comí gran parte de su semen. Al terminar,
me di cuenta que ahí estaba mi amiga viendo como lo hacía con
su perro... Ella solo me aplaudió. Me dijo que lo había hecho
magníficamente, pero me advirtió que siempre hiciera lo que
hiciera le pusiera sus calcetas al perro, para evitar que en
cualquier movimiento brusco me rasguñara.

Por la noche, ella y yo tuvimos nuevamente sexo, y después


me comentó que por razones de trabajo no iba a estar dos días
en casa, y que me encargaba mucho a Jack.

Bueno, ella se fue, y en la tarde salí al patio a darle de comer


a Jack. No lo había visto desde que le hice el sexo oral. Al verlo
nuevamente, me dieron ganas de estar con él. Entré a la casa
y busqué las calcetas de Jack. Él, muy dócilmente, se dejó
ponérselas por mí. Creo que ya sabía para que eran. Entonces
hice que entrara a la casa, y ya en la alfombra me desnudé por
completo. Empecé a masturbarlo y después a chuparle el pene,
luego de un rato, se lo solté. El perro, como resorte, se puso de
pie y se ubicó detrás de mí. Empezó a lamerme mi vagina, era
una lengua deliciosa, muy dura, un poco áspera pero deliciosa,
y después de ello él se me montó. Se movía como loco, no me
atinaba a la vagina… En un momento hasta risa me dio, de ver
al pobre del animalito desesperado por penetrarme. Bajé mi
mano, tomé su pene, lo llevé a la entrada de mi vagina y de un
solo golpe me la metió toda. Después de unos segundos sentí
un dolor tremendo, pero de esos dolores que te dan placer. Me
estaba entrando el bulbo del perro, sentí que pasó mucho tiempo
Los Placeres de la Mantis 192

antes de tenerlo adentro todo, y en eso ya sabía que estábamos


pegados. Después hizo su movimiento característico con su pata
y se dio la vuelta; estábamos como perro y perra pegados.

Empecé a masajearme el clítoris, sentía que de momento a


momento crecía más y más el pene dentro de mí… Creo que
fueron unos diez minutos cuando empezó a eyacular y después
a separarse de mí. Había tenido cinco orgasmos placenteros, fue
sensacional, en ese momento me arrepentí de no haberlo hecho
antes con un perro.

Al otro día, por la tarde nuevamente, le puse sus calcetas a


Jack y lo volvimos a hacer. Le dejé primeramente que me lamiera
mi vagina yo sentada en el sofá. Después le chupé el pene y
luego dejé que me montara. Era delicioso. En eso, cuando ya
estábamos pegados, entró mi amiga… Sólo sonrió. Se sentó en
el sofá a ver lo que el perro y yo hacíamos. Fue fantástico, mejor
que la primera vez. Al terminar, ella me abrazó, me dio un beso
y me hizo una felicitación.

Pues como todo lo que empieza termina, tenía que irme a mi


casa nuevamente. Ella preparó todo y en la noche dejamos que
entrara Jack a la casa. Ahora las dos como antes compartimos
un pene pero ahora de un perro. Las dos al mismo tiempo le
chupamos el pene. Ella lo sostenía y yo me lo metía a la boca.
Luego yo le sostenía el pene del perro y ella se lo metía a la boca.
Fue una noche muy placentera, como buena anfitriona dejó que
el perro me penetrara a mí. Ella se puso debajo de mí haciendo
un 69 mientras estaba pagada al perro. Tuvimos un sin fin de
orgasmos, ella de momentos se salía de abajo mío y me metía
Los Placeres de la Mantis 193

un dedo en el ano. Esta vez duró más de veinte minutos el estar


pegada con el perro. Fue algo sensacional.

Al otro día por la mañana me llevó a la estación de camiones,


nos despedimos soltando lágrimas y regresé a mi pueblo.
Cuando me bajé del camión, estaba entumida de tantas horas
sentada, así que me puse a caminar a mi casa que no estaba lejos.
De momento me paré en una tienda de artículos deportivos y
pasé a comprar dos pares de calcetas gruesas de futbolista.

Llegué a mi casa, puse en la sala una alfombra que tenía


guardada y dejé entrar al perro de mi vecino… Le puse las
medias, me saqué las bombachas y lo hice con él como toda una
perra.

Lo que aprendí también que dependiendo de la raza, es el


tamaño del pene. Ahora mi sueño es hacerlo con un gran danés,
o con un San Bernardo, pero mientras tanto lo sigo haciendo con
el perro bóxer de mi vecino, y uno que otro de algún pariente que
gustosamente me he ofrecido a cuidar mientras están de viaje.
Back Door
por Elizabeth Blackwood
“Al parecer, de estas mujeres mantis, no se salvan ni los
perros…”, pensó Juanjo sonriéndose.

Ya había concluido el relato cuando debería ser más de la


una.

“Encima —continuó— estos mamíferos la tienen más fácil


que yo. Comen gratis, no necesitan vestirse y tiene sexo con
la primera perra que se les cruza… sino incluso con su propia
dueña. ¡En mi próxima vida quiero ser perro!”.

Pasó la página para leer el último relato, que al parecer, tenía


pocas hojas. Quería terminar el libro antes de irse a dormir.

“¿Y el último cuento de la autora?”

Ya había llegado hasta la contraportada y no había ni rastros


de él.

Juanjo volvió a hojear el libro buscando el relato de Eliza...

No estaba por ninguna parte. Sólo el escueto título: Back


Door.
Volvió a revisar el libro para ver si era un error de impresión,
pero nada. El libro terminaba así. “Back Door” y una página en
blanco.

“Quizás MarCarmen sea la misma autora pero usando un


nombre distinto” pensó. “O quizás alguna de las mantis le robó
las llaves de la conserjería.”

Juanjo cerró el «libro verde» y lo guardó en el armario de su


pieza. “No estuvo mal para pasar el rato”, y entonces fue a por
su caja de cigarros. La cogió y vio que estaba vacía. “Joder, se me
acabó el tabaco”. Su celular marcaba las 1.30 hs. y ya era tarde
para salir de compras.

“Si salgo ahora tendré que ir caminando hasta la Estación de


Servicio que queda como a 5 cuadras... ¿Qué hago? ¿Me voy con
éste frío?”.

Juanjo se puso la campera, buscó su billetera y salió del


departamento.

Las veredas estaban húmedas pues había caído una llovizna.


Con las manos en los bolsillos de su campera Juanjo se dirigió
a la Estación de Servicio... Dejó atrás la cancha de tenis, el
supermercado que ya había cerrado, llegó hasta la Iglesia
Mormona doblando una esquina e hizo dos cuadras más que
costeaban las vías del ferrocarril. La Estación estaba justo en
una esquina.

Entró y la empleada de turno estaba atendiendo a una chica.


Esperó a ser atendido y pronto escuchó una discusión.
— Le digo que no tiene crédito... el sistema no me acepta la
paga.

— ¿Cómo que no tengo crédito? ¡Si anteayer cobré mi


seguro!

— Pues le digo que no, señorita. El sistema me marca que


está en cero.

Juanjo, que miraba la escena, se dirigió con curiosidad a


la chica. En un tono muy amable le preguntó qué necesitaba
pagar…

— Un Marlboro, tío. ¡Que ni para ESTO tengo! Joder… ¿Qué


pasa con este país?

— Deme dos paquetes por favor... —Los pagó y uno se lo


dio a la joven.

— Gracias —le contestó ella. Sacó dos cigarros y le ofreció


uno a él— ¿Quieres?

Juanjo asintió.

— Pues si tú me los has pagado, amor… Me llamo Luisa.


¿Tú cómo te llamas?

— Juanjo. Juan José Piedrabuena.

— ¿Piedrabuena? Por eso te me apareciste…

— No entiendo.

— PIEDRABUENA. Tú eres la “piedra buena” que se topó


justo en mi camino.
La chica era una venezolana que llevaba años viviendo en
España. Conservaba su acento latino pese a habérsele pegado
el “español”. Luego de la crisis del 2008 se había quedado sin
empleo y hacía poco más de un mes que había dejado de cobrar
el seguro. Estaba buscando trabajo y además, un lugar para
alquilar. Pero no había tenido suerte pues la realidad de España
era otra. Es por eso que Luisa —una joven inmigrante— ahora
se replanteaba si volverse a su país o no.

— ¿Entonces… estás en la calle? Quiero decir, no tienes


dónde alojarte.

Luisa fumó una pitada corta, hizo una pausa y luego le


contestó.

— Tengo una amiga aquí, en Madrid, está alquilando un


departamento. Mañana le hago una llamada y me voy a vivir
con ella. La vieja que me alquila me dijo que me aguanta hasta
mañana. Además… me tiene que dar el dinero del depósito del
alquiler. Son € 1.500.

— ¿Y dónde estás apostada?

— A pocas cuadras de aquí.

Juanjo acompañó a la venezolana hasta la casa donde se


alojaba. Era una casa colonial ubicada no muy lejos de donde
vivía él. En el camino de la estación a la casa la joven contó cosas
de su familia, de lo mal que está Venezuela y los tíos con los que
se enredó estando en España.

— Así que saliste un tiempo con el sobrino del intendente


de Madrid…
— Sí. Nos llevábamos bárbaro. Nos conocimos en una disco
de la zona. New Garamond... ¿Te suena? El tío me tenía como
una reina. No sabes cómo me trataba.

— Supongo que estará con el partido de su tío…

— No, él es socialista. Muchos de sus amigos militan en el


PSOE.

— Entonces es la oveja negra de la familia…

— En la política todo es lo mismo, van a la pasta, nadie se


pelea hoy por las ideas.

Luisa, a los ojos de Juanjo, era una chica bastante bien


parecida, aunque no lo demasiado atractiva como para que un
“nene bien” se fijara en ella. Pese a eso sintió curiosidad por
conocer un poco más de aquella historia…

— ¿Y por qué dejaste de salir con él? O mejor dicho, qué los
separó.

— Los padres se opusieron desde el primer momento a


que yo me casara con él. No me querían como compañera de su
hijo, pues me veían como una “tirada”. Una sudaca interesada…
Pensaban que yo estaba por su pasta. Su familia es dueña de una
agencia de turismo muy conocida.

— ¿Y eso era cierto? ¿Vos lo querías por interés?

La cara de Luisa se transfiguró como si estuviera frente al


corazón de Jesús. No dudó en reafirmar que lo amaba.
— Yo lo amaba con toda mi alma. Te lo juro. No sabes qué
bueno era él. Un tío dulce, súper inteligente, nada que ver con lo
que eran sus padres…

Cuando llegaron a la casa de Luisa las luces de la casa estaban


apagadas.

— Yo vivo al fondo. Adelante vive la dueña.

Luisa tocó el timbre del edificio pero nadie salió a atenderla.

Volvió a tocar el timbre y una luz amarilla se encendió. Por la


amplia ventana de la casa se asomó una mujer de unos 60 años.
Vio que Luisa venía acompañada y dudó unos segundos en salir a
atenderla, pero al final se decidió a hacerlo y la puerta de entrada
se abrió. Cuando estuvo a metros del portón de la reja increpó a
la chica con poca cortesía…

— ¿Qué vienes a hacer acá? Te dije que ya no alquilas más


la pieza. ¿Por qué me vienes a molestar a mi casa a las dos de la
madrugada?

Luego le echó una mirada a Juanjo —su acompañante— de


arriba a abajo.

— ¿Y este tío porqué viene contigo? ¿Es acaso tu nuevo


machito? Le advierto a usted señor —señalando a Juanjo— que
no se meta en este asunto ¿entendió?

Otra luz se encendió en la vivienda pero esta vez la que daba


al pasillo. Una chica se asomó por la otra puerta y la vieja, al verla,
le hizo un gesto con la mano. La joven, como entendiendo la
seña, captó el mensaje y se metió de nuevo adentro. A todo esto
Juanjo miraba impávido.

— Usted me dijo que podía quedarme a pasar la noche —le


increpó Luisa a la mujer.

— ¡Pues si me pagabas los tres meses que me debes sin


contar esta última semana! Ese fue el trato ¿o te olvidas? ¡Por
esperarte a ti perdí varios clientes! —la mujer se mostraba
ofuscada— Así que ya no quiero verte por aquí. Vete a un hotel y
no me vengas a molestar.

La mujer se dio media vuelta y regresó a su casa luego de esa


sentencia.

— ¡Devuélvame entonces mi depósito! —le contestó Luisa


hecha una masa de nervios— ¡Necesito ese dinero para vivir,
¿me oyes, vieja?,¿¿me oyes??!

— Cuando me pagues los tres meses te lo daré… Es más:


ya me los cobré. Tres meses son €1200 más €250 del arreglo de
la heladera…

La mujer detuvo sus pasos, se revisó los bolsillos y sacó €50.


Luego se volvió hacia la reja y le revoleó el vuelto sobre la vereda
húmeda…

— ¡Toma y vete de aquí!

Mientras la mujer se encaminaba hasta su casa Luisa cogió


una piedra y amagó con arrojársela a ella…

— ¿Qué vas a hacer? ¿Estás loca? ¿Quieres pasar la noche


en una celda?
Juanjo la sujetaba por el brazo inmovilizándola por unos
instantes.

— ¡Esa vieja me las va a pagar! ¡No puede dejarme en la


calle!

Un patrullero se acercó a la casa y se detuvo a metros de ellos.


La mujer, que ya se había metido adentro, se asomó para mirar
por la ventana.

— Lo sabía. Llamaron a la policía —le dijo Juanjo a la


desquiciada joven— Déjame que hable con los oficiales. Tú
quédate aquí ¿me entiendes? ¡Y por favor no hagas locuras!

Luisa se calmó un poco luego de devolver la piedra a su lugar.


A todo esto miraba al joven hablar largo rato con la patrulla. Sin
dejar de mirar a Juanjo, no dejaba de frotarse las manos. Esperaba
que ese buen muchacho fuera finalmente su SALVADOR. Su
instinto de mujer de la vida parecía indicarle que sí…

— Ya hablé con la policía y le expliqué cual era la situación.


No van a llevarte con ellos sólo si no causas problemas. Ahora te
quedas en mi departamento a pasar la noche ¿sí? Mañana llamas
a tu amiga y solucionas tu problema... Vámonos.

Juanjo se llevó a la chica caminando hasta su departamento.


En el trayecto al mismo le fue “cayendo la ficha” y pensó qué
hubiera pasado si esa noche se hubiera quedado en su casa
durmiendo en vez de ir a por cigarros. La respuesta que se le vino
fue simple: las líneas de tiempo serían otras. No había estado en
sus planes llevarse a su casa, ese día, a una desconocida, pero así
son los giros del destino. Así fue como se dieron las cosas.

Aproximadamente a mitad del camino siente que ella le coge


del brazo. Juanjo lo sintió como si se le pegara una ameba, no
se sintió nada cómodo. No atinó a despegarse de ella pues le
pareció que sería descortés... Se limitó entonces a dejar que le
abrazara y así entraron juntos al edificio.

Una vez adentro del departamento Juanjo le dijo que se


pusiera cómoda. Le indicó donde estaba la cocina, el baño, su
dormitorio y otras partes de la vivienda.

— ¿Quieres comer algo? —le preguntó amablemente,


suponiendo que la chica tenía hambre.

— No, tengo ganas de dormir.

— Bien. Como quieras. Yo ya cené.

Juanjo sacó unas colchas e improvisó una cama en el sofá del


living. Prendió para ella una vieja estufa eléctrica que a veces
usaba para aplacar el frío. Luisa le dio las gracias con una luz de
vida en sus ojos, y antes de meterse en las colchas le dio al joven
un beso en las mejillas.

— Eres mi salvador.

— Ve y descansa que has tenido un día muy duro —le


contestó él en un tono amable pero sobrio.

No habían pasado veinte minutos que la puerta del dormitorio


de abrió. La habitación estaba a oscuras y el silencio reinaba en
ella. Juanjo estaba despierto pues le había costado dormirse.
Intuyó que Luisa necesitaba algo y la llamó por su nombre…

— ¿Pasa algo Luisa?

— Nada. Quiero dormir con vos…

Luisa corrió las cobijas y se metió en la cama del joven. Se


acurrucó sobre el cuerpo de él como una niña necesitada de
protección... Sus labios quedaron frente a frente; Juanjo sintió
muy de cerca su aliento. No pudo resistirse al deseo y le comió
la boca de un beso... Prolongado. Más de lo que hubiese querido.
Luego se disculpó, avergonzado por su reacción animal.

— No, está bien —respondió ella— Lo necesitaba. Quiero


que me sigas besando… Hace mucho que no siento un beso.

Esas frases fueron el comienzo de algo que iba a continuar


durante días. Algo fuerte que los iba a mantener unidos a los dos
bajo un mismo techo. Hasta el momento no estaba en él permitir
que ella se quedara pernoctando en su casa. Pensaba botarla al
día siguiente para retomar su vida normal. No imaginaba ni por
los pelos que esos besos ingenuos que ella le daba, allí, entre
sus fuertes brazos, irían despertando muy gradualmente sus
pasiones viriles más desenfrenadas. Y es que no le sería fácil, de
ahora en más, echar a Luisa de su cama. Y si no la echaba de su
cama menos podría echarla de su casa. La chica, decidida ahora
a quedarse, no tardaría en descubrir sus necesidades carnales
más escondidas que utilizaría luego en su propio provecho para
ir ganando tiempo de buscarse otro lugar.

Los besos se prolongaron por un tiempo en la oscuridad hasta


que sus bocas se separaron. Llenas de humedad y de deseo. La
verga de Juanjo ya se había puesto dura. Ella la notó en su vientre
por estar pegada a su cuerpo. Y no dijo nada, se quedó quieta
mirándolo, esperando ser poseída por su encendido protector...

Eran las 10.30 de la mañana cuando Juanjo se despertó. Luisa


dormía a su lado, de espaldas a él, dándole las nalgas. Apartó las
sábanas y se levantó de la cama. Fue hasta la cocina y bebió un
sorbo de leche. Con el cuerpo totalmente entumecido se metió
en la ducha buscando espabilarse. Mientras la lluvia escurría por
su cabello no paraba de pensar en lo que había hecho anoche…

“Y ahora qué hago… —pensó entredormido— ¿Cómo le digo


ahora que se vaya?”

Juanjo se acordó que la chica tenía que hacerle una llamada a


su amiga. Eso fue lo que le había dicho cuando salieron juntos de
la estación de servicio. “Espero que cuando vuelva del centro me
diga que tiene que marcharse a lo de su amiga”, se esperanzó.
“Si se llega a quedar en mi casa ¿cómo diablos hago luego para
que se marche?”

Salió de la ducha envuelto en una toalla y regresó a la pieza


para vestirse y salir. Luisa seguía dormida mostrando su torso
semidesnudo. La miró y volvió a recordar sus gemidos de placer
al momento de penetrarla… Mientras se calzaba el pantalón y las
botas, se reprendió el haberse aprovechado de ella.

“Soy un puerco —se incriminó con dureza— ¿Cómo pude


aprovecharme de su vulnerabilidad?”

Cuando Juanjo regresó del centro ya era cerca del mediodía.


El reloj marcaba las 12.30 y tenía mucho apetito. La muchacha
ya se había levantado y estaba en la cocina preparando la comida.
Cuando la vio, lucía una tanga roja, unas chinelas y un delantal
floreado. Al acercase a ella para saludarla, se dio cuenta que no
llevaba corpiño. El delantal le tapaba los pechos, que aunque
pequeños, se notaban bastante.

— ¿Y esa valija que hay en el living? —le preguntó.

— Fui hasta la casa donde alquilaba a buscar mis cosas.


Llamé a mi amiga, pero me dijo que por ahora no tiene lugar
para mí. Está alquilando la pieza con dos chicas que por el
momento se van a quedar allí. Así que no tengo una puta idea de
lo que voy a hacer de ahora en más…

Juanjo se quedó callado y entró en su dormitorio para


cambiarse de ropas. Se sentía un poco confundido, no sabía
qué decisión tomar. Pese a ello, el verla vestida así hizo que
volvieran a su mente las imágenes de esa noche... Los besos
interminables, la penetración profunda, los gemidos de la chica
y su piel delicada y femenina que lo enervaron a más no poder.

— Juanjo, por favor…

— No, Luisa… ¡No doy más! Sácate las bragas


que quiero darte DURO…

Se sacudió la cabeza buscando ordenarse. “Luisa…” —


pensó— “¡Joder!”

Cuando acabó de cambiarse regresó al comedor. La comida


ya estaba servida.
— Me arreglé con lo único que tenías en la heladera.

— No está mal —dijo él más tranquilo, y empezaron a


comer juntos.

Al ver que Luisa se había servido muy poco, Juanjo la increpó


a que se sirviera otra porción.

— No, está bien… Ya con esto ya me lleno.

— ¡Come más Luisa! ¿Acaso quieres desnutrirte?

Juanjo cogió la bandeja y le sirvió en el plato más ensalada.


Cuando ambos terminaron de comer, Luisa se ofreció a
levantar la mesa y lavar los platos. Al verla levantarse de la silla,
él aprovechó para mirarle el trasero. No tenía pensado hacer
eso pero el deseo, al parecer, lo venció... Volvió a ver entonces
esa tanga roja perdida entre sus nalgas lozanas, esas piernas
delgadas de jovencilla y aquella espalda espigada y frágil.

Juanjo se quedó a hacer sobremesa con sus pensamientos


haciéndole la rotonda. Desde el comedor se escuchaba el ruido
de platos, de vasos, de cubiertos y el agua de la canilla. Pronto
se acordó de que esa era su casa, se incorporó y se dirigió a la
cocina. Se apoyó sobre el marco de la puerta y se quedó allí,
observándola en silencio.

— Me dijiste que trabajaste en algunas discotecas o pubs


de Madrid… —le preguntó luego de mirarla un rato.

— Sí —contestó ella sin girarse— Estuve un tiempo en


el “OPIUM Madrid” y en otros negocios menos conocidos.
Trabajaba en esos lugares cuando no encontraba algo mejor.
Las piernas de Luisa se movían suavemente y sus caderas
acompañaban su andar. A todo esto la tanga roja — que se movía
inquieta entre los blancos glúteos— se fundía en la retina de los
ojos de Juanjo casi sin que él pudiera notarlo.

Como si le hubieran hecho una especie de hechizo sintió


un deseo inesperado de poseerla. Algo en su interior lo retuvo y
se fue al dormitorio a buscar cigarrillos. Después de un par de
pitadas se sintió más tranquilo y regresó al living. El ambiente
era un espacio que estaba al lado del comedor, sin ningún muro
que los separase. Al llegar allí vio a una Luisa tranquila sentada
en el sofá con una taza en la mano.

— Te estaba esperando con el café, pero como no venías se


me enfrió…

Juanjo pudo ver sus tetas casi saltándoles por el delantal.

— No, están bien… Estaba pensando un poco.

— ¿Qué estabas pensando?

— Nada. Nada de importancia.

— Toma… —le dijo Luisa alcanzándole su taza para que


bebiera de ella. Juanjo tomó unos sorbos y notó que tenía un
gustito raro.

— ¿Qué le echaste?

— Un poco de vainilla. ¿Te gusta? Yo lo tomo así.

— Sí… tiene buen sabor. Voy a copiarte la receta.


Juanjo supuso que la vainilla la había sacado de aquella valija,
pues en la cocina no había eso, no usaba vainilla en sus comidas.
Bebió otro sorbo de café caliente y le devolvió la taza para que ella
bebiera. Ella bebió de la taza y se pasó la lengua por sus labios
húmedos. Al hacerlo, le miró a los ojos y Juanjo creyó entender
el mensaje. Ese gesto era más que evidente. Sus miradas se
quedaron suspendidas…

Pronto sobrevino lo inevitable… ya era imposible detener


aquello. Como anoche en su propio dormitorio, Luisa volvió a
ganar.
Él le apartó la taza de café, se le tiró encima y la mató de
un beso. Sus lenguas, con aroma a café, se entremezclaron y
se hicieron una. Una vez desatada la pasión ya no era posible
controlar los cuerpos. No había manera de regresar… Ahora
mandaba el instinto reproductivo.

Ella se dejó someter pues tenía experiencia con los hombres…


En el sofá se despojaron de sus prendas y empezaron a “darse”
como bestias salvajes. Juanjo, después de besarla, la subió al sofá
para entrarle desde atrás. La tomó por el cuello, un poco a lo
bruto, y empezó a movérsela para que ella alcanzara el éxtasis.
Excitado, fue recorriendo su cuello con su lengua húmeda hasta
alcanzar la oreja y dejarla jugueteando allí. Parecía que a la chica
no le molestaba aquello, por lo que siguió humedeciendo con
saliva su piel. Mientras olía y saboreaba su cuello, no dejaba de
mover su pelvis con inusitada virulencia. Necesitaba escuchar su
grito, quería enseñarle que era él quién mandaba…

Su vientre masculino chocaba contras sus tiernas nalgas


emitiendo un “chirlo” fuerte y acompasado. Chirlo que se
escuchaba de manera monótona por toda la habitación junto con
los gemidos entrecortados de ella.

La sacudida era ruda y sostenida, pues Juanjo estaba


empecinado en acabar su labor. Quería demostrarle que él
era su “macho”, al menos mientras ambos vivieran bajo el
mismo techo. Al final parece que ella terminó “cediendo”,
pues empezó a emitir grititos. Comenzó al principio emitiendo
gemidos entrecortados que fueron aumentando en frecuencia e
intensidad. Pero no decía nada, no emitía palabra alguna, sólo
gemía y gritaba como una chiquilla indefensa. Juanjo, sin parar
de moverse, se descargó completamente dentro de ella. La mojó
toda, dejándola excitada y caliente, con ganas de recibir más,
luego se apartó de su cuerpo.

Juanjo se quedó unos minutos sentado en el sofá, pensativo,


mirando hacia la calle... Luego de lucubrar un rato sin decir una
palabra se encerró en su habitación.

En ese tiempo Luisa tampoco dijo nada, se puso su tanga y


se quedó en silencio en el living. Mientras tomaba café frío muy
tranquilamente, le dio una revisada a los mensajes de su celular.
A todo esto Juanjo, encerrado en su pieza, meditaba sobre lo que
había ocurrido.
Juanjo seguía sin comprender porqué motivo había
reaccionado así. De repente, sin que mediaran razones —
pensaba—, se había comportado como un verdadero animal. “Yo
no soy así”, se repetía una y mil veces. “Yo no trato de esa forma
a las mujeres.”

¿Acaso Juanjo no se daba cuenta de que ella fue quien lo


había provocado? ¿Que era él el pequeño ratoncito y ella la gata
que jugaba con él?

A la media hora alguien golpeó la puerta de su habitación y


él sabía que era ella.

— ¿Ocurrió algo? —le preguntó Luisa.

— No, nada. Estoy bien…

Luisa se acomodó a lado suyo sentándose en la punta de la


cama. Juanjo, que no quería mirarla, estaba tendido a lo largo de
la misma.

— Pasó lo que tenía que pasar. No te sientas culpable —le


dijo ella.

— Supongo que sí —le contestó él, con un tono algo


cerrado.

Luisa se levantó y le dijo “Voy a salir a caminar para ver si


consigo algún empleo”.

Luego salió de la pieza sin escuchar contestación por parte


suyo.
Al final llegó el fin de semana y durante esos días casi ni
se hablaron. Juanjo hacía sus cosas y Luisa, de a ratos, salía a
caminar. Llegó el Lunes y Juanjo se alegró de terminar más
temprano su trabajo en la empresa. Un inesperado paro en el
sector de despacho le permitió retirarse de su oficina antes de
horario. Cuando llegó a su departamento, Luisa no estaba y
entonces se cambió y salió a hacer footing por una hora. Quería
aprovechar el buen tiempo y de paso “oxigenarse” un poco. Una
vez de vuelta en su vivienda se tomó una ducha y se puso ropa
limpia; estaba bastante traspirado. Mientras navegaba tranquilo
en Internet se percató, por los ruidos, que la chica ya estaba en
casa. Al ratito fue hasta la cocina a hacerse un café y, al cruzar el
comedor, vio unas bolsas del supermercado en la mesa. “Parece
que Luisa fue de compras…”

— ¿Qué es eso? —le preguntó él.

— Comida. Hoy hago la cena.

Luisa regresó al comedor dejando a Juanjo bastante pensativo.


“¿Habrá conseguido un trabajo? —pensó— Eso es una buena
noticia.”

— Todavía no conseguí un trabajo fijo —le explicó Luisa


poco después—, pero me las sé arreglar para conseguir algo de
dinero…

Juanjo no sabía qué contestarle. Algo en su interior le impidió


seguir indagando.

Por la noche cenaron juntos matambre de cerdo y ensalada


rusa. Al terminar de levantar la mesa Luisa sacó una caja. La
puso encima de la mesa y la abrió delante de él. Era una botella
de champaña.

— ¿Y eso?

— Es para que lo bebamos. Recién lo saqué del freezer.

Luisa sacó dos copas y las llenó con ese líquido ambarino.
Brindaron por la suerte de ella y en poco tiempo se vaciaron la
botella. Hablaron de temas varios, entre ellos, historias de la
infancia. En pocos minutos los bebedores estaban riendo como
buenos compinches.

— ¿A dónde vas? —le preguntó él.

— No me sigas. Quédate allí.

Luisa se levantó de la mesa, cogió una de las bolsas y se


metió en la cocina. Juanjo se quedó bebiendo a solas tratando de
resistir los efectos del alcohol.

“¿Cuánto tiempo se quedará viviendo aquí? ¿Será cierta esa


historia de su amiga? ¿Estará acaso jugando conmigo?” “Creo
que ya he bebido demasiado”.

En medio de sus cavilaciones la chica reapareció pero vestida


como una nena. Juanjo se restregó los ojos, “¿Cómo diablos
consiguió esas ropas?”, pensó.

— ¿Te gustan los cuentos eróticos? Se me ocurrió que


variáramos un poco…

La chica sostenía en su mano el libro de Elizabeth, Los


Placeres de la Mantis. En la otra mano una paleta Chupa Chups
de unos diez centímetros de diámetro.
— ¿De dónde sacaste ese libro? —le increpó él un poco
molesto.

Antes de contestarle ella se dio una vueltita para mostrarle el


vestido.

— Lo encontré de casualidad en la mesa de luz de tu pieza.


Un día que entré para cambiarme. Perdóname. No pensé que te
molestarías.

Juanjo no podía recordar haber dejado el librito allí, pero


no estaba en condiciones de discutir dentro de ese contexto.
Después de todo la estaba pasando bien.

— No, está bien. Olvídalo... Lo compré en el subte a un


vendedor ambulante. Estaba aburrido y quería leer algo, ya que
no traía nada para leer.

— Me gustó mucho el primer relato —dijo ella con un


tono picaresco— “Mi gusto por Papi” está bastante bueno. ¿No
queréis ser ahora mi papito?

Juanjo la contempló extrañado. Titubeando atinó a


responder.

— No recuerdo bien la historia... Creo que la chica estaba


caliente con su papá.

— ¿Caliente? Más que eso. Nadie se acuesta con su padre


por “calentura”. Ponte cómodo en la silla que te hago refrescar
la memoria…

Luisa le bajó los pantalones y empezó a practicarle una


mamada. Era buena “estirando la goma” y Juanjo, de a poco,
empezó a recordar...

— El padre veía películas pornos. Por la noche… —empezó


diciendo— Un día la hija se fue a vivir con él y lo vio una noche
masturbándose en el sofá…

— Muy bien. ¿Y qué más sigue? ¿Te acuerdas lo que pasó


después?

— Creo que la hija se le presentó una noche cuando él


se masturbaba... Ahhh… Qué bien que la chupas… ¿Quién te
enseñó a chuparla de esa forma, Luisa?

— Digamos que mamando se aprende… Como todo oficio,


una va tomando experiencia. Pero en tu relato te salteaste la
parte en donde el padre le pasa el bronceador…
— Ah! Es cierto, el bronceador. Un día que el padre estaba
afuera… Estaba leyendo el diario, creo, y la hija, ahhh…, la puta
madre, ¡Creo que voy a acabar!

— No vas a acabar, papito, porque no te voy a dejar… quiero


reservarme tu lechita para mi conejita bien depilada, que está
loca por mamar una pinga.

Luisa se tomaba su tiempo a la hora de estirar el fideo. Su


técnica era embeberla en saliva y hacer mucho ruido cuando lo
succionaba fuerte…

— Chup! Chup! Chup!

— Ohhh… Sí…

— ¿Te gusta papi?

— Sí… Me gusta así…

Esa forma “succionante” de mamarla era propia de las mujeres


japonesas, que nunca dejaban que el miembro viril se pusiera
totalmente duro. Cuando el miembro se estaba endureciendo, lo
sacudían fuerte con la mano… y apenas lo sentían menos tenso lo
volvían a chupar y a endurecer. Así, indefinidamente, hasta que
el hombre ya no resistía más…

Esa técnica de las mujeres japonesas ha sido exportada a


los países de occidente, porque el placer se prolonga por más
tiempo y hace rugir a los hombres como leones…

— Bien. Parece que mi Papi ya tiene la pinga bien dura.


Esto significa que está listo para satisfacer las apetencias de su
querida hija…
Luisa encendió el equipo de música y puso un CD con temas
rap. Comenzó a bailar delante de él como lo hacen las chicas
del nightclub. Mientras lo hacía se desenganchaba la coleta, se
soltaba el pelo, todo eso sin parar de mover sus caderas. Más
tarde se sacó la camisa y se la arrojó en la cara a Juanjo, pero éste
la cogió en el aire...

“Así que sabe bailar aparte de tirar la goma como los dioses”,
pensó él mientras la nena de Papi ya se iba bajando el cierre
de la falda. “¿En qué cosas habrá andado esta chica? No me la
imagino de simple camarera en un pub… Ahora que recuerdo no
me quiso decir en dónde trabajó para ganar ese dinero”.

Juanjo no paraba de pensar hasta que Luisa lo sacó pronto


de sus cavilaciones. La falda fue bajando lentamente dejando al
descubierto una cola bien entangada...

“Joder, si parece una stripper... —pensó Juanjo en medio de


un sobresalto— Esta tía no es ninguna novata...”

Su inquilina, ahora sin su falda, quedaba solo en ropa


interior.

Luisa fue hasta el equipo y bajó un poco el volumen de la


música. Puso una música lenta y regresó con su “papá”, que la
miraba desde la mesa.

— ¿Vamos al sofá, Papá?

— Vamos…

El padre y la hija se dirigieron al living.

— ¿Qué me vas a hacer en el sofá, Papá?


Juanjo la tomó por el hombro y pensó unos segundos antes
de responder.

— Creo que te voy a enseñar el juego del cochecito en el


garaje…

Los días se fueron sucediendo y los juegos sexuales también.


Cada vez que venía del trabajo ella lo esperaba dispuesta a hacer
de todo. Juanjo se fue enredando en su telaraña casi sin quererlo,
a tal punto de que ya no se preguntaba qué día le tocaría
marcharse. “Méteme bomba…” le decía ella cuando él la tenía
en la catrera, o “Cógeme rico papi, dame pinga” con ese acento
sensualmente caribeño. Juanjo, enloquecido, le daba “pinga” a la
que ahora era su hembra. Hembra que se instaló en su casa una
noche de invierno en que salió a comprar cigarrillos…

Había momentos en que tenían sexo de manera continua


toda la madrugada, lo que hacía que él muchas veces se fuera
al trabajo casi sin dormir. En otras ocasiones Juanjo se acostaba
temprano no sin antes tirarse un polvito, o una rica estirada de
goma que le hacía bailar el esqueleto. Era un venir del trabajo y
follar. Acabar la cena y follar de nuevo... Y Juanjo, que soportaba
el trajín, no entendía qué diablos había pasado en su mente,
cómo se le había ido todo al carajo. La que otrora fuera una
niña extraviada que había encontrado de casualidad en la calle,
ahora era una cortesana curtida que lo tenía loco las 24 horas
del día. ¿O es que Luisa siempre había sido así: una gata astuta
esperando a su ratón?

“Sí, quizás sea su ratón… —llegó a pensar Juanjo una vez—


¡Pero no sé cómo zafar de sus juegos felinos! En el trabajo ando
de mal humor, pero al llegar a casa y verla todo cambia…”

En un momento intentó PARAR pero no tenía idea de cómo


hacerlo; se había encoñado hasta la médula con su inquilina y
ahora era ella quien tenía las riendas. El interruptor sexual ya no
estaba en sus manos.

La historia por fin terminó un día en que él tenía planeado


hacerla su pareja oficial. ¿Para qué irse a vivir a otro lado cuando
se podía quedar a vivir con él? Aparte no perdía nada pues si
algún día se acababa el romance, él podría echarla de la casa. Ese
día se tendría que ir. Pero no fue necesario llegar a eso pues un
mensaje que ella le dejó le anunció que no vivirían más juntos.
Estaba escrito en un papel:

“Mi amiga de Madrid que te conté al fin está viviendo


sola. Me llamó y ya me voy para allá. No te imaginas qué
contenta estoy. Gracias por todo lo que me diste. No me
debes nada, vos te lo ganaste. Luisa”

Juanjo, con una sensación extraña, dejó la hoja en el lugar que


la encontró. Al final todo se acabó. De nuevo a vivir en soledad.

Cuando llegó la noche salió a caminar en busca de cigarrillos.


Tenía algunos dentro del paquete pero quería despejar un poco
su mente... Con la campera protegiéndose del frío dejó atrás la
cancha de tenis, el supermercado que ya había cerrado, la Iglesia
Mormona y las vías del ferrocarril. Al entrar a la Estación de
Servicio se percató que había una empleada nueva. La saludó y
pidió “dos Marlboro”.
— ¿De 10 o de 20? —preguntó ella.

— De 20 y box si es mejor...

Se giró para ver si venía alguien, pero no había ni un alma en


la calle. “Dos veces no se me puede dar...”, pensó con un dejo
de sorna.
Aquél día tenía franco y se le ocurrió salir a hacer unas
compras. Ya habían pasado tres meses desde que había dejado
de ver a Luisa. Tomó el subte en dirección al microcentro y se
sentó en uno de los asientos vacíos. Se relajó y al poco tiempo
se durmió. No había problemas pues el viaje sería largo. Entre
medio del sueño escuchó voces y al alzar la vista volvió a ver a
aquel hombre que vendía libros en los vagones... Por curiosidad le
recibió algunos ejemplares para echarle un vistazo y dispersarse.
Volvió a ver ese librito verde junto a otras obras más conocidas.
Se sonrió. “La ficción no es tan ficción. Quizás mi historia algún
día aparezca en estas…”. Le devolvió los ejemplares al vendedor
pero, sin saber porqué, se quedó con el verde en su mano.

— Gracias caballero. ¡Y buen viaje!

Juanjo guardó el libro en su campera.

Antes de bajarse en Plaza de España una mano lo tomó de


improviso por el hombro.

— ¿Luisa?

— ¿Ya no te acuerdas de mí?

Los pasajeros empezaron a empujar.

Juanjo dejó pasar a la gente sin saber si bajarse o no. Decidió


quedarse en el vagón para platicar con su recordada y entrañable
“amiga”.

— Yo me bajo en la próxima ¿Estás apurado?

— No…
— Entonces sentémonos.

— ¿Así que estás trabajando en lo de tu amiga?

— Sí. Soy dancer en una disco de Madrid. Me pagan muy


bien. El dueño me tiene en consideración. Carmela me encontró
ese trabajo, ella es barman, trabajamos los fines de semana.

— Con razón que bailabas tan bien... Así que nunca fuiste
camarera.

— Lo fui pero siendo dancer se gana muchísimo más.

— Y también eres “animadora de fiestas”, me imagino,


¿no?

— Ja! Ja! Bueno… A veces sí. Saco un dinerillo extra.

— Está bien… Bueno, qué puedo decirte. No sabes cómo


te extrañé... Nunca pensé que me iba a enganchar tanto contigo,
pero entendí que tu vida era tuya. Todavía me acuerdo de tus
besos… pero no quiero ponerme sentimental. Cambiando de
tema amiga, cuéntame cómo te llevas con ella, con Carmela…
¿Es una tía difícil? Si estás mal, ¡vete a vivir conmigo!

— Todo va bien con mi amiga, no te preocupes, aunque es


un poco despelotada en todo. No es tan ordenada como yo pero
se lleva ¿sabes? Todo se va llevado. Oye Juan… ¿Tienes algo
que hacer hoy? Porque quisiera presentarte a Carmela. Le he
hablado mucho de ti en este tiempo que estoy con ella.

Juanjo pensó unos segundos y sin saber qué hacer le dijo


que sí. A la segunda estación se bajaron y Luisa se lo llevó al
departamento donde vivía. Al llegar, vio que su amiga Carmela
no estaba en casa.

— Debió salir de compras. Siéntate Juan…—le dijo Luisa.

La vivienda de las chicas estaba bien amueblada, de dos


ambientes amplios y en pleno centro madrileño. El dormitorio
tenía una sola cama de tamaño matrimonial. La ventana de la
cocina comedor tenía una cortina que apenas dejaba entrar la luz
del Sol, de tela gruesa y bonito estampado, que Luisa corrió para
iluminar el ambiente. Había varias lámparas allí, tapadas con
unos pañuelos, un sofá amplio de cuero marrón y un bargueño
repleto de jugos y bebidas alcohólicas, junto a un pequeño
equipo de música ubicado en una de las esquinas. El ambiente
no daba en absoluto la impresión de ser una cocina comedor
sino una sala de citas de parejas. Juanjo, que había “calado” el
ambiente, sin prejuicios le dijo a Luisa:

— No es por nada pero no sé por qué este lugar me resulta


“familiar”. No me imagino a mí, siendo mujer, viviendo en un
lugar así. Pero bueno, cada uno hace su vida...

— Carmela es un poco “especial” —contestó Luisa


sabiendo a qué iba su amigo—. Resulta que ella se quedó sin
trabajo y empezó a salir con unos chicos que los traía aquí y le
ayudaban con dinero, en fin… se divertían un poco, ya sabes,
pero no es una puta, Carmela es muy chapada a la antigua
¿sabes?… Es trabajadora y muy buena persona. Y además muy
inteligente. Cuando regrese la vas a conocer.

— Es de Colombia me contaste aquella vez…


— Sí, fu familia es de allí. Viene de familia muy pobre ella.
Carmela les gira dinero desde aquí. No sabes cómo ayuda a su
familia. Ellos comen de lo que Carmela les manda. Ella no anda
en la droga ni esas cosas. Sus amigos fuman, sí, pero ella no.

A todo esto la puerta se abrió y Carmela hizo su ingreso


triunfal. En sus manos llevaba dos bolsas de supermercado llena
de mercadería.

— ¡Parece que llegué en el momento justo! —dijo la recién


ingresada. Dejó las bolsas sobre la mesa y dirigió sus ojos al
invitado— Me imagino que él es el amigo del que me hablaste
¿no Luisa?

— Te presento a Juanjo, mi héroe salvador... Ella es


Carmela, mi mejor amiga—dijo Luisa mirando a Juanjo— Como
veis, es una colombiana auténtica.

Juanjo miró a Carmela y pudo comprobar la veracidad de


sus palabras. Su piel era de color oscuro, de ojos saltones y pelo
enrulado. Su voz sabía a café.

— Compré algo para la cena. Me imagino que os quedaréis


a cenar… Miren esto; un matambre de cerdo, algo de pastas,
dulce de arándanos —luego abrió la otra bolsa— café, azúcar,
amaretis para acompañar el café, pan, un vinillo —sacó un
chardonay de la bolsa y lo puso adelante para que ambos lo
vieran— cigarros, chocolate y, como no podía faltar… cha chán!
Lo mejor del tequila de México, niña.

Luisa abrió los ojos ante el magnífico Don Julio Añejo. Juanjo
se rascó la cabeza, “Cómo toman estas tías...”, pensó.
“Sí. Soy dancer en una disco de Madrid. Me pagan muy bien... Carmela me
encontró ese trabajo, ella es barman, trabajamos los fines de semana.”
Una vez reunidos en la mesa las dos mujeres empezaron la
plática.

— Todo lo que te dije es verdad. Y Juanjo, aquí presente,


no me deja mentir. El me aguantó en su casa y me dio de comer
hasta que al fin pude venirme contigo.

— No siempre te di de comer… A veces eras tú la que


pagabas.

— Oh! Sí… Aquél día que enganché a ese tío y me pagó


€1000 por... —Luisa hizo una sonrisa cómplice y le lanzó una
mirada a su amiga. Carmela abrió los ojos y exclamó:

— ¡€1000! ¡Tú sí que eres buena, mi amiga!

— Ja! Ja! No tanto como tú…

Luisa tomó a Juanjo de la mano y éste se ruborizó un poco.


Él hubiera tomado aquello como una “ayuda” si no fuera porque
tenía sexo a diario con su inquilina.

— Pero eres jamón, Juanjo. De verdad te lo digo, chico…


Mira que aguantar a esta tía, tan independiente y loca, no es pa
cualquiera.

Luego la colombiana miró a Luisa y le hizo una seña.

— Pero haber… Vamos al granillo pues. ¿Es cierto que este


tío guapo es un toro español en la cama?

Juanjo, sin prever sus palabras, se adelantó a no entrar en


aquel tema.
— No sé de qué hablas, tía. No sé qué cosas te contó Luisa
de mí.

— ¿Cómo que “qué cosas me contó”? Si Luisa me dijo que


no parabas de movértela como a una yegua a diario…

— A ver, a ver… no sé a dónde queréis llegar. Yo nunca me


quise aprovechar de Luisa. Simplemente se dio así y listo. Pero
si no se hubiese dado como se dio yo la hubiese ayudado igual...
Díselo Luisa, por favor. Que no quiero que tu amiga piense mal
de mí.

— Oye —le paró la colombiana— que aquí no estás pa


hacerte el monaguillo. Si te gustó la Luisa ¡está bien! Que mi
amiga es toda una mujer. Y tú eres un hombre ¿o no? Está bien
que te guste chingar… que te guste ser el hombre de la mujer
que está viviendo bajo tu mismo techo. En mi país los hombres
son así, bien machos, les gusta chingar... Y si les toca tener a una
hembra bajo su total protección ¡se la chingan y ya! Pues pa eso
son hombres ¿o qué?

Juanjo echó una mirada a la botella de tequila; estaba por la


mitad. Las dos tías le habían dado duro al Don Julio Añejo y
mucho más Carmela, que bebía y bebía como una esponja.

— Pero aquí estamos en España —le contestó Juanjo— ¡Esto


es el primer mundo…! En este país está mal visto aprovecharse
de una mujer que no tiene cobijo.

— ¡Pero quién habla de APROVECHAR! Estoy hablando


de hombre y mujer… De esa cosilla rica y maravillosa que es el
“amor”… O del sexo, si prefieres. A ver Luisa, vamos al grano,
que estoy cansada de parlotear... Pues si este tío está tan bueno
por dentro y por fuera quiero comprobarlo ahora mismo.

Juanjo giró su cabeza para mirar la expresión de Luisa. Esta


no paraba de reírse, esperando de él una reacción. Juanjo no
reaccionó, entonces Luisa le explicó la situación.

— Yo le prometí a Carmela que si te traía aquí le harías el


amor... Pero puedes negarte, si quieres, ella no se va a enojar por
eso.

— ¡Pero si esta tía está más ebria que una cabra! ¿No lo ves?
Perdóname Carmela… No te quise ofender, disculpa tía.

— Oh, no Juan... Carmela siempre es así. Y no hace falta


que te disculpes. Te aseguro que con todo lo que se tomó si te
agarra en la cama te deja sin aliento.

Juanjo miró a las dos amigas y finalmente a Luisa.

— ¿Hicieron una apuesta?

— Más o menos… Bueno, yo le conté lo buen amante que


eras. Y de… tu tamaño.

Carmela le hizo otro gesto a su amiga flexionando el brazo.


Luisa asintió.

— A Carmela le gustan los hombres “rudos”, los “machotes


malos”. Y yo le conté que vos…

— Pará, pará, pará… —Juanjo hizo una pausa breve y bebió


otro trago de tequila— ¿De dónde sacaste eso de que a mí
me gusta ser “malo” en la cama? Bueno… reconozco que por
“momentos” fui duro contigo, sí, porque se me salía la cadena y
bueno, no sé... Quizás fue tu actitud demasiado “pasiva” lo que
despertó en mí mi tigre sexual.

— ¡Entonces es verdad! —gritó la colombiana con ojos


encendidos— Eres un auténtico latin lover, mi Juanjillo, un man
machine, un…

Juanjo, con los ojos desorbitados, empezó a ver cómo Carmela


se sacaba sus ropas.

— ¿Qué está haciendo tu amiga, Luisa? ¿Esto es una


broma, no?

— No temas que no te va a comer… Pero bueno, eso


depende de vos. Eso sí, si aceptas follar con ella quiero que
folles conmigo también. Que estemos los tres disfrutando. Hace
mucho que no nos divertimos…

Juanjo no tenía claro si ese nos se refería a “ellos dos” o a


“ellas dos”. Pero eso ahora no importaba pues la colombiana
ya se había quedado toda en ropita interior… con un cuerpo
bien tallado y una piel plenamente tersa. Su delgadez hablaba
sin reparos de una sana alimentación y sus curvas, sin ser
exageradas, eran lo suficientemente notables para llamar la
atención de cualquier hombre. Luisa también se desvistió,
aunque su cuerpo ya lo conocía. Las dos mujeres se acercaron a
él y empezaron a sacarle la ropa. Luisa, al verlo nervioso, intentó
calmarlo haciéndole bromas...

— El primer día que me metí en su cama Juanjo no sabía


qué decir. Parecía un muñeco descompuesto, había que moverlo
para jugar con él…
— Seguro que tu protector era virgen. Entonces fuiste tú la
que lo salvaste a él… —Las dos mujeres empezaron a reírse de
una forma muy socarrona.

— Oye —se quejó Juanjo— ¡que yo al conocerla no era


ningún pendejo! Es que yo… ¡no, paren! ¿qué hacen? ¿No van a
jugar un poco?

— Ya tendremos tiempo para jugar —le dijo la colombiana


al colega, mientras sostenía en su mano derecha la dura polla
lista para usarse. Pronto se puso en cuclillas y se la empezó a
mamar a lo bestia.

— Mmm, ¡mira qué tiesa está! Y eso que se hacía el


dificilillo el chico... Cuando me contaste las cosas que hicieron
juntos no me saqué a tu amiguito de la cabeza.

La colombiana estaba fascinada con la formidable poronga


de Juanjo. La lamía y se la metía en la boca mientras acariciaba
con sus dedos sus huevos calientes. A todo esto Luisa, ubicada
detrás de su amigo, le terminaba de sacar los pantalones y el
bóxer negro habiendo sacado primero su calzado. Ahora Juanjo
estaba sólo en medias…

— Las medias se las dejamos, ¿qué te parece, Carmela?


Para que no tome frío. Además, no sé por qué, me gusta ver
al hombre con medias. Será porque se ven graciosos. Sé que a
muchas mujeres no les gusta…

— A mí con medias o sin medias me da igual si es un


auténtico machote conmigo. Pa medias y tacos estoy yo… que
es el hombre el que tiene que traspirar. Pa enterrar la batata en
la tierra, claro, “A buen jardinero amor duradero” —concluyó la
ardiente colombiana que no paraba de tragarse la polla.

— ¿Aguantará dos mujeres a la vez? —preguntó Luisa


dubitativa.

— Pues va a tener que aguantar porque si no, no sale de


aquí —contestó Carmela muy divertida— ¿No es cierto mi
gladiador ibérico que podrás con estas dos mesalinas?

Juanjo las miraba asombrado pero al final tuvo que rendirse.


Tenía que reconocer que aquellas tías lo hacían sentir más que
bien.

— Bueno, voy a intentarlo… Voy a tratar de aguantar varios


rounds. Voy a tomarlo como una guerra de sexos; un hombre
contra dos mujeres. El primero que cae pierde y los gemidos te
hacen perder puntos… así que a gozar del sexo con el pico bien
cerrado ¿Podrán aguantar par de niñatas?

Las dos mujeres se miraron compartiendo miradas


picarescas. Juanjo intuyó una conspiración entre las dos amigas
para hacerlo perder. Pronto las tangas volaron abandonando el
cuerpo de sus dueñas, que se acomodaron de rodillas en el sofá
con el culo a la vista a la espera del ataque...

¿Podrán resistir las mujeres?

¿Caerá derrumbado él?

¿O es que aquello es un juego más


dentro de un juego que nunca se acaba?

Juanjo se quedó mirando a las dos “puertas” que tenía en


frente... La de la izquierda era blanca como el pino y la de la
derecha un poco más oscura, con olor a café de Bogotá. Respiró
hondo y se decidió por la oscura, la que lo llevaba a los cálidos
cafetales. Se menó la polla hasta ponerla bien dura y se adentró
en la maleza colombina.

Pero no importaba qué puerta eligiera, si la de la izquierda o


la de la derecha, pues “una llevaba a la otra y la otra a la una” en
un círculo sin fin…

Eligiera el camino que eligiera al final le sería imposible


escapar.

Y así, aquel “libro verde” que había vuelto a comprar en el


subte, sumaba otra historia más que se añadiría al final
del mismo, con su título y su encabezado, como los otros relatos
allí presentes. Aunque tal vez Juanjo nunca lo sepa porque raras
veces este tipo de lectores leen dos veces el mismo libro. Nunca
sabrá que su historia ahora se encuentra allí.

Pese a ello y más allá de todo, siempre quedará una puerta


mágica al final de libro para sumar otra historia… Otro “Back
Door” que hará incompleta la obra desconcertando a un nuevo
lector.

FIN
Y tú,
que estás leyéndome.
¿Qué esperas para vivir (y sumar) TU PROPIA HISTORIA?
¿Qué esperas para entregarte a los Placeres de la Mantis?
INDICE
INDICE

Detrás
DetrásdedelalaPuerta
Puerta(Pag.5)
(Pag.5)

MiMigusto
gustopor
porPapi
Papi——MarCarmen
MarCarmen(Pag.15)
(Pag.15)

LaLaentrega
entregadedemimipedido
pedidodedetangas
tangas—Morena
—MorenaInsaciable
Insaciable(Pag.26)
(Pag.26)

ElElmejor
mejoramigo
amigodedemimiHijo
Hijo—Andrea
—AndreaRenas
Renas(Pag.49)
(Pag.49)

LaLatentación
tentacióndedeuna
unaSuegra
Suegra—Melissa
—Melissa(Pag.60)
(Pag.60)

Visita
VisitaalalGinecólogo
Ginecólogo—Lucía
—Lucía(Pag.86)
(Pag.86)

Una
UnaMan�s
Man�senenmimijardín
jardín—El
—ElJardinero
Jardinero(Pag.97)
(Pag.97)

¡Qué
¡Quéconfesiones,
confesiones,mimigran
granDios!
Dios!—Melissa
—Melissa(Pag.113)
(Pag.113)

¡Mejor
¡MejorlalaMadre
Madreque
quelalaHija!
Hija!—Ariadna
—Ariadna(Pag.128)
(Pag.128)

Trofeo
Trofeodedeguerra
guerra—Morena
—MorenaInsaciable
Insaciable(Pag.157)
(Pag.157)

Asaltacunas
Asaltacunassinsinremedio
remedio—Lucía-Elizabeth
—Lucía-ElizabethBlackwood
Blackwood(Pag.168)
(Pag.168)

MiMigusto
gustopor
porlalazoofilia
zoofilia—MarCarmen
—MarCarmen(Pag.182)
(Pag.182)

Back
BackDoor
Door——Elizabeth
ElizabethBlackwood
Blackwood(Pag.198)
(Pag.198)
Los Placeres de la Mantis

Idea original de Elizabeth Blackwood


Edición y diseño completo del libro
realizado por la misma autora
con fotos e imágenes extraídas de Internet.
Un Hotel Ambulante
El señor Robinson ya se había puesto el último botón de la
camisa. Miró al piso para cerciorarse de que no se olvidaba nada.
Se llevó la mano a la boca. Todavía tenía el sabor de Carmela…
“Cómo se movía esa negra… Por poco pensé que desarmaba el
sofá”.

Seguro de tener todo en orden caminó por el pasillo hasta


la puerta de salida. Una vez que llegó hasta allí vio parada en la
antesala a la conserje del hotel.

— ¿Todo en orden señor Robinson?

— Mejor no podría haber sido. Bueno, aquella es la salida


¿cierto?

La señorita Blackwood no le respondió.

— Oh! Disculpe... La llave, sírvase. Casi me la olvido en el


pasillo…

La mujer le recibió la llave.

— Es normal que los clientes se la olviden. En ese caso


yo los hago regresar al pasillo… Bueno señor Robinson, hasta
luego, me alegra que la haya pasado bien. Es un gusto haberlo
tenido aquí. ¿Está seguro que quiere dejar el hotel? Sabe que
puede quedarse un tiempo más...
— Me encantaría pero es suficiente, tengo cosas pendientes
que hacer. Es probable que regrese este fin de semana. Aunque
sé que me arriesgo a no encontrarlo…

— Muy bien, como más le guste. Que pase unas buenas


noches señor Robinson.

— Igualmente señorita Blackwood —y el caballero se


encaminó hacia la puerta de salida.

El señor Robinson se encontró por casualidad con el mítico


“Hotel Ambulante”. Igual que muchos escépticos creía que
aquello era una leyenda urbana… hasta que esa misma noche, al
venir de cenar del departamento de un ex compañero de trabajo,
vio el nombre en luces verdes de neón...

“Los Placeres de la Mantis — HOTEL”

Según los testimonios de muchos de sus “clientes” el hotel


aparecía y desaparecía sin dejar rastros. Se podía encontrar
en una ciudad como Londres o al costado de una ruta poco
transitada. No tenía un paraje determinado.

Aquellos que tenían la fortuna de encontrarlo (en su mayoría


del sexo masculino) afirmaban tener las aventuras sexuales más
increíbles, con mujeres que no se cansaban de follar y cambiando
de historia una y otra vez.

El hotel era un lugar “hiper-dimensional”; no parecía


provenir de este mundo. Los testigos hablaban de habitaciones
virtuales donde el cliente vivía la historia de otra persona…
“Cuando atravesé la puerta simplemente estaba
allí… atendiendo a una chica que decía querer hacerse
un Papanicolaou. Lo cierto es que yo recordaba haberla
atendido antes, y sabía lo que tenía que hacer con ella,
aún sin haber estudiado medicina. Fue increíble, tuvimos
un sexo fantástico. Todavía me acuerdo de lo vivido en
aquel hotel.”

“Sabía lo del hotel pero nunca lo creí. Un día me


lo crucé y pensé que era una broma. Me atendió una
señorita que me dio una llave y me condujo a un pasillo
que daba a las habitaciones. No me cobró nada, dijo que
el semen era la paga…”

Hay que decir también que en las webs de Ufología


aparecieron ciertos casos muy semejantes a estos, de gente que
inexplicablemente estuvo ausente por meses fuera de sus casas y
que cuando regresaron a sus hogares contaron las historias más
desopilantes. O que aparecían en distintos países una vez que
salían de extraños nightclub… Al regresar a sus casas, estos
sujetos hablaban de haber pasado días en “pubs intergalácticos”,
o teniendo sexo con “mujeres alienígenas” y hasta viviendo la vida
de hombres millonarios al cual nunca les faltaban mujeres…

La cuestión es que nadie creyó eso de una “intervención


alienígena” en el planeta, por lo que las autoridades de cada
país hicieron caso omiso a esos delirios ufológicos y nunca
investigaron los casos.

Antes de que el señor Robinson atravesara la puerta de salida,


la señorita Blackwood lo llamó con énfasis aludiendo que se
olvidaba algo.
El señor Robinson se giró para mirarla. La mujer estaba a un
paso de él.

— Discúlpeme señor Robinson, pero me olvidé de darle


esto…

El señor Robinson miró el objeto. Era un libro, “Los Placeres


de la Mantis”.

— Cortesía de la casa, no más. Para que tenga un recuerdo


de su estadía aquí. Ahora mismo estamos vendiendo algunos
ejemplares en los subtes de Europa…

— Gracias. No me vendrá mal para revivir las historias


que tuve aquí... ¿Tiene una idea de en dónde estará el Hotel la
próxima vez por si no lo encuentro en este lugar? Lo digo pues
andan por todo el planeta…

— Nuestra próxima parada será New York, aunque no


le puedo asegurar en qué lugar. Allí hay muchos clientes
potenciales ya que la ciudad tiene mucha actividad nocturna.

— Bien, si llego a andar por allá por cuestiones de negocios


puede que los encuentre de vuelta.

— Lo estaremos esperando señor Robinson. Usted ha


resultado ser un semental excelente.

El señor Robinson pudo atravesar, al fin, la puerta trasera.


Buscó dónde quedaba la calle y al verla se encaminó en esa
dirección. Luego de recorrer cien metros sobre una vereda poco
iluminada, se tentó a ir sobre sus pasos para ver si el hotel aún
seguía donde lo encontró, o sea en el mismo lugar.
Por alguna razón no pudo hacerlo y siguió su camino hacia la
estación del subte. Tal vez no queriendo comprobar la veracidad
de la leyenda del hotel… o, en caso contrario, temiendo caer en
la tentación de volver a entrar y no querer salir.
Un misterioso libro que con�ene varios relatos
eró�cos y un motel imaginario donde se realizan esas
fantasías… El primero es algo real, el segundo es pura
ficción. Lo común en ambos casos: las man�s, mujeres
insaciables.

¿De dónde provienes nuestros sueños? ¿Alguien


se alimenta de nuestras fantasías? ¿Es cierto que
la pulsión sexual puede abrir las puestas hacia otra
dimensión?

“Los Placeres de la Man�s” es una producción


literaria que plantea otra forma de entender el
ero�smo. Tanto de escribirlo como de leerlo, siempre
en los límites de la realidad y la ficción. La mayoría sólo
lo pueden leer. Algunos menos lo pueden disfrutar.
Pero sólo una pequeña minoría puede captar lo que
esconde la obra… Quien descubra la clave secreta
jamás verá el sexo de la misma manera.