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[MI TEATRO]

Miguel Romero Esteo

Buenas tardes, tengo un resfriado bastante fuerte y he venido de casa así, un poco
como el oso de las cavernas. Estoy allí muy retirado del mundo, tengo una biblioteca
con unos diez mil libros, estoy escribiendo mucho y estoy disfrutón. Ahora por fin estoy
de escritor, que es lo que quería hacer cuando era niño; quemé veinte años de mi vida
en esta universidad tontamente, ¿qué hacía yo aquí de profesor? Hice lo que
buenamente pude. En fin, me iba a presentar.
Empecé a escribir y quería ser escritor, pero estudié Periodismo y después Ciencias
Políticas. Era el principio de los sesenta y, por aquellos tiempos, estaba muy politizado,
era muy izquierdoso. Trabajaba desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde y
luego me iba a la universidad. Me pagaba los estudios y los libros, lo que me ha hecho
ser como muy independiente y un poco feroz. Este país no me ha dado ni un duro, y eso
te hace ser un poco orgulloso y un poco intratable. A veces soy tratable, a veces soy
intratable. Total, que me daban tres mil pesetas al mes y me podían echar al paro
cuando me descuidara. Estaba trabajando con los yanquis de pinche en una cocina,
luego pasé a la contabilidad y, finalmente, ya me metí de periodista en el Plan de
Desarrollo. Podría escribir una novela sobre mis estudios de periodismo pues, por
aquella época, trampeaba mucho. Quería ser periodista en el Hola o en el Diez Minutos,
ganar un pastón, fotografiar a tías divinas y ligar lo que pudiese por allí. Así que me
puse a escribir y he terminado siendo, más o menos, un escritor, aunque no me lo creo
mucho.
Últimamente lo que escribo es mucho ensayo: Orígenes de Europa, Orígenes de España,
Orígenes de Andalucía, Orígenes de Málaga. Tenía una obra sobre Málaga a medio
hacer, ¡Oh, Malaca!, que es la Málaga de los Tartesos 1000 años a.C. , y este verano la
he terminado. Es un espectáculo muy bonito y muy simpático, con muchos iberos
ligando a iberas, las iberas que se desnudan en lo arroyos, los Tartesos que llegan, un
niño malagueño negro que busca a su madre, que es una mami malagueña negra
guapísima, y que va a ser rey de los Tartesos, etc., etc., etc. Está bonito.
Ahora he estado haciendo otro libro sobre los Orígenes de Europa-, tengo otros varios
que irán saliendo. También he escrito narraciones breves y poemillas muy simples. Creo
que a mí lo que mejor me sale es lo que escribo como si fuera subnormal. Aquí al hablar
de teatro voy a tener que decir cosas que son como grandezas megalomaníacas,
teatrales, pero yo en teatro nunca me he creído un autor teatral, me siento como un
infiltrado, como medio autor, medio teatral. Sin embargo narrador sí me he creído, creo
que la narrativa se me da muy bien, creo que es lo mejor que escribo, me salen unos
cuentecillos como subnormales con mucho talento. De vez en cuando la vena de talento
se me va de cretina. Total que me pongo a escribir.
Escribo una primera obra que se llama Pizzicato, el zorro y la lámpara de lechuzo. Como
estoy muy politizado, la obra también está muy politizada, es como una especie de
gamberrada, pero la escribo porque estoy muy concienciado con la izquierda. En el
fondo, en ese tiempo soy un majaron muy inocente y quiero hacer un arte muy arte, que
dure, que perdure, que no sea de consumo. Ya ha empezado un poco la masificación de
la universidad; en el curso primero de Ciencia Económica, yo era un mil quinientos.
Entonces en el Rectorado decidieron, en plan de sabiduría académica, dividirnos en tres
secciones de quinientos cada una. Pero era lo mismo, un tortillón inmenso, donde el tío
se ponía aquí abajo con el micrófono, y yo me ponía allí arriba con una novela a leer, en
fin, cada uno hacía lo que podía.
Entonces escribí esto que yo creo que es bastante divertido. La historia es la de un
estudiante universitario, un poco adicto a las teorías del Ché Guevara sobre la guerrilla
como un fermento revolucionario que se comunicaba a toda la masa poblacional y que
se llamaba técnicamente revolución en la revolución. Este muchacho universitario
quiere hacer la revolución en la revolución. Es un niño bien burgués, de una familia
burguesa con un gran chalé, con un papi y una mami que son unos señorones y que
toman el té al estilo inglés. Un día, mientras están tomando el té con la novia del
muchacho que es una pijilla que no es universitaria, aparece, de repente, (yo creo que
es lo mejor de la obra) la pierna de un obispo que ha sido arrancada con un hacha, la
han pasado por la barbacoa y se la llevan en una bandeja de plata para que se la
merienden con el té inglés. Así que ponen la pierna del obispo, peluda y sangrienta, allí.
Creo que es lo más gamberro de la obra.
Pero detrás de esto, hay una meditación política: dentro de la iglesia, Juan Pablo I ha
girado un poco hacia la izquierda, o hacia el centro derecha por lo menos, por lo que la
iglesia y el Papa se están izquierdoseando un poco, y como este obispo, que es conocido
de estos señores, ha izquierdoseado un poco, lo han matado. Total, que el niño quiere
hacer la revolución, y la quiere hacer en su casa, acabar con el padre y con la madre,
fusilarlos. El padre y la madre tienen conversaciones de rollo generacional, sobre que la
juventud está muy loca, sobre la música rock, la revolución, etc. Entonces, para que el
niño tome conciencia política de en qué mundo vive, una semana lo tratan con píldoras
laxantes y el niño tiene cagalera, otra semana con píldoras astringentes y el niño está
estreñido, es decir, que es un estudiante universitario que tiene el culo prácticamente
mártir. El muchacho estudia Medicina y, de vez en cuando, va por la facultad entre
cagalera y cagalera con un esqueleto. Al esqueleto unas veces lo llama la muerte canina
y otras veces lo llama la universidad. Esto tiene cierta mala idea por mi parte, ya ha
empezado la crisis de la universidad que sigue hasta ahora con la masificación.
Cuando el niño dice que quiere acabar con el capitalismo burgués y con la burguesía, y
con el padre y la madre, cogen al muchacho entre el papá, la mamá, la novia pijilla, los
padres de la pijilla, un profesor universitario y unos policías y le dicen que le van a hacer
un lavado de cerebro para integrarlo en la sociedad. El lavado de cerebro consiste en
que le bajan los pantalones y los calzoncillos y le ponen una lavativa de agua caliente y,
luego, intentan meterle por el trasero la guía telefónica, el Derecho Mercantil, el
Derecho Civil, el Anual de Banca y Bolsa, y cuando el universitario tiene el trasero
realmente hecho ya una pura calamidad, cae el telón y acaba la obra.
Yo creo que es bastante divertida. Como veis va del problema universitario y, como
estoy aquí en la universidad, creo que es bueno sacarlo ¿no? La envié a un concurso
muy izquierdoso en San Sebastián, y les debió parecer una gamberrada, aunque una
gamberrada con mucho arte, muy simpática; pero, ¿qué hay detrás? Pues detrás de esta
obra está, por un lado, la masificación de la universidad, y, por otro, que la universidad
masificada se ha dividido, en gran medida, en extrema derecha y en extrema izquierda.
Este muchacho, que es de extrema izquierda, es delirante. El final de la teoría del Ché
Guevara es lo de la ETA, una minoría iluminada y mesiánica, que realmente va a
contagiar un fermento. O sea, que la obra es gamberra pero no lo es del todo, hay una
meditación, porque aunque estudié mal Periodismo, Ciencias Políticas lo hice muy bien.
Detrás de todo esto está el filósofo marxista heterodoxo Herbert Marcuse y su famoso
libro de principios de los años sesenta Eros y civilización. Este hombre es un marxista
evolucionado y heterodoxo, que dice que lo que diría Carlos Marx es que la revolución
con base en el obrero ya ha pasado a la historia, porque eso es muy de principios del
siglo XIX; que realmente los obreros están llegando a la clase media, sus hijas están
estudiando bachillerato, algunas van a la universidad, tienen su cochecito, quieren un
apartamento, e incluso quieren una parcelita para sembrar árboles, y que ya no están
para el aventurismo de la revolución, para destruir todo el sistema y empezar de cero a
ver qué pasa. Y entonces dice que el fermento para transformar a la sociedad ya no son
los obreros, sino que son los estudiantes universitarios, y claro, los muchachos
universitarios lo leíamos y se nos caía la baba, decíamos que éramos los héroes que
íbamos a transformar el mundo. También Marcuse dice que a la juventud hay que
quitarle la miseria sexual y darle permisividad sexual porque, realmente, el control de
los órganos genitales significa economizar energía para la producción y que hay exceso
de producción en las sociedades capitalistas postindustriales, y que entonces ya no hay
que ser tan duro en la represión sexual de la juventud, sino que hay que ser permisivo.
Entonces, los estudiantes estábamos muy contentos con esto, es decir, éramos los
auténticos revolucionarios y además íbamos a ligar como locos porque realmente
Marcuse nos dice que eso es lo que tenemos que hacer. Esto es un poco lo que hay
detrás de Pizzicato, el zorro y la lámpara de lechuzo.
Luego sigo con los marxistas heterodoxos y escribo una obra un poco inspirada en La
revolución sexual de Wilhelm Reich. Este fue un marxista heterodoxo al que echaron del
Partido Comunista. Normalmente a estos marxistas heterodoxos los echaban de allí. En
gran medida yo estoy con unos pocos estudiantes que estamos en una onda que se
llama de Nueva Izquierda. Somos cuatro gatos mal mirados, que leemos a Foucault, a
Roland Barthes, a Marcuse, leemos lo que podemos y, un poco en esa onda, yo estoy
cogido de la Nueva Izquierda, de los renovadores. Por fin han llegado los míos con esto
de Rodríguez Zapatero, tarde han llegado, pero algo es algo. Este país lo tiene muy duro
con la renovación.
En fin, yo estoy allí y creo que Madrid es una jaula de fieras, en la que todo el mundo es
más o menos trepa. Además todo es cutre, el fascismo español es muy cutre porque,
además, una cosa que deben saber ustedes del fascismo español es que el fascismo
español iba muy de izquierdas, era como la tercera vía, anticapitalista, antiburgués, anti
Washington, antimperialismo americano, antieuropa, antipapa, \ojú\ Eran fachas
perdidos de extrema derecha y parecían de extrema izquierda. \Ojá, qué gente más
viva, más espabilados! Juegan con todas las cartas de la baraja, van de extrema derecha
pero dan una imagen de extrema izquierda, había que andarse con mucho cuidado.
Entonces, escribo esta obra que se llama Pontifical. Se hizo como una cosa clandestina y
se la apropió la censura. No me había atrevido a enviar a la censura el Pisicato, el zorro
y la lámpara de lechuzo, pero ésta sí la envié. Después la envié a Sitges y la echaron
fuera, pero la parte izquierdosa del jurado me dijo que la volviera a enviar al año
siguiente, y así, en el sesenta y seis, la volví a enviar y la volvieron a echar fuera. El
alcalde era un facha perdido, posiblemente iba de izquierdas, iba de antiburgués,
anticapitalista, antipapa, antitodo. Carlos Marx ya dijo que España y Rusia eran países
muy primitivistas y que cualquier rollo de evolución política era una evolución fatal.
Pero Pontifical, ¿qué es Pontifical? Pues es un parque zoológico como el que había en
Madrid, que no era de estos parques que hay ahora con árboles, donde las fieras están
al aire libre, eran muchas jaulas y en cada jaula una fiera, en una jaula un tigre, en una
jaula un león,... ése era el parque zoológico de Madrid. Yo había pasado por allí de vez
en cuando y estaba muy solidarizado con lo de las fieras. Parece que era demasiado
izquierdoso porque era solidario hasta con las fieras.
Total que se me ocurre hacer una obra sobre eso, sobre el desarrollo económico en el
que entra el parque zoológico, pero claro, el desarrollo económico en un parque
zoológico son más jaulas y más fieras y, a ser posible, muchísimas jaulas y muchísimas
fieras, así que los barrenderos del zoológico dicen que no, porque están hartos de
limpiarle la mierda a las fieras y, para ellos, el capitalismo zoológico es un capitalismo
de mierda, y están hartos. Entonces, los mandos sindicales dicen que sí, que tienen que
hacer la revolución. A todo esto, el problema que tiene el zoológico es que la gente paga
más si ve al elefante con la elefanta, así que tienen que copular y la elefanta se queda
preñada y pare elefantitos, pero el elefante tiene un problema en el pito y llaman al
veterinario que dice que hay que circuncidar al elefante. Cuando llega el veterinario trae
un falo muy grande para practicar un poco, pero le meten prisa porque va a venir el
obispo a las nuevas instalaciones del parque zoológico.
Esto realmente pasaba en Madrid, venía el obispo y bendecía como si tal cosa. Igual que
en la obra anterior, en el trasfondo de ésta también está una iglesia católica
izquierdosa, aunque aquí es más bien derechosa; hay que repartir a un lado y a otro,
hay que ser ecuánime. Así que viene el obispo y los barrenderos inician una revolución
violenta para acabar con todas las jaulas y las fieras, y con el capitalismo y todo el
desarrollo económico. De alguna forma, lo que ellos defienden en su delirio también es
de extrema izquierda, defienden el anticapitalismo, la descapitalización, ni más fieras ni
más jaulas, pero los mandos sindicales dicen que no, y los barrenderos se pelean con
ellos y empiezan la revolución. A todo esto, el veterinario está con los técnicos para
circuncidarle el pito al elefante, pero se equivocan y lo que hacen es que le circuncidan
la trompa, que se le desangra, y entonces el elefante muere y, mientras se escuchan los
barritas, aprovechan para hacer la revolución en el parque zoológico, y aparecen con
sus escobas cantando la revolución. Los mandos sindicales, que son como una izquierda
moderada, son totalmente desbordados por esta izquierda de los barrenderos con sus
escobas hartos limpiar, de las fieras y de las jaulas.
A todo esto, ha llegado el obispo para bendecir con unos canónigos y también han
llegado el gobernador civil y el alcalde. Entonces, aparece un falo enorme, de la anchura
de todo este tinglado, que va avanzando desde el fondo del escenario y destruye la
luminotecnia, los decorados, destruye al obispo, a la mecanógrafa, a los barrenderos, a
la revolución, destruye todo. Es un inmenso falo de diez metros de ancho por treinta o
cuarenta de largo, que avanza sobre el patio de butacas y aterroriza a los espectadores,
y algunos técnicos del zoológico le disparan, lo desinflan y muere. Mi idea sobre el
desarrollo, el capitalismo y todo esto sigue siendo ésa, que cada vez hay más jaulas y
más fieras, y que a dónde vamos a llegar. Esto es, como la otra, una gamberrada.
La tercera que escribí se llama Patética de los pellejos santos y el ánima piadosa. Son
dos estudiantes universitarios que abandonan la universidad, la revolución política y la
revolución social, y se van al Himalaya y dicen que lo que hay que hacer es la revolución
interior del alma, buscar la paz interior, autorealizarse uno mismo, seguir la mística y el
misterio del universo. El se llama Pataleta y ella Pataleta. Lo más bonito de esta obra es
que todos los personajes son subnormales y lo que hablan normalmente son cretinadas.
Se me presenta un problema cuando los especialistas académicos se enfrentan con esta
obra y dicen: “Esto es una cretinada”. Claro, si es que son unos cretinos. Así que
Pataleta y Pataleta se van al Himalaya a buscar la paz interior en plan hippie: las flores,
la paz del alma, el misterio del universo. Allí caen en manos de un gurú hindú muy
gordo, muy comilón, que come como una bestia, y que les habla de la mística de las
flores y la mística de la miel, la filosofía de la miel que nos da la dulzura del alma; pero
hay otro gurú que es vegetariano, que come lechuga, que dice que para entender la
mística del universo lo que hay que hacer es tomar vinagre en las ensaladas, es decir,
comida a la vinagreta, que el vinagre te da conciencia de en qué mundo vives, un
mundo áspero, un mundo agrio, un mundo desagradable en el que la gente se muere de
hambre. Total, que quieren violar a la chica en un campo de flores con girasoles
enormes, allí está la gran tinaja de vinagre y al gurú avinagrado, porque es el gurú
izquierdoso, lo meten en la tinaja, lo ahogan y se baja el telón. Bueno, también es una
gamberrada, pero tiene cierto encanto.
Luego ya no sé qué escribir y pasa el tiempo. Yo odiaba la facilonería porque mi vida era
muy dura, tres mil pesetas para todo el mes y estar en el paro en cualquier momento,
ustedes me dirán. Si mi vida era dura, mis obras serían duras y los lectores de mis
obras, los espectadores y los lectores profesionales que son directores de teatro
tendrían que apechugar con la dureza de la obra, es decir, iba a hacer obras duras,
erizadas y ásperas. Para lograr esto, lo que hacía, en lugar de una obra unilineal, era
una plurilineal. Como bien dice el profesor Aullón de Haro, yo en la obra prodigo mucho
lo que en informática se llama ruido, es decir, las interferencias parasitarias. Todos los
argumentos están llenos de interferencias parasitarias, con lo cual, en la lectura uno se
hace un lío porque realmente nunca sabe por donde va.
A mí lo que más me apasiona del teatro son las acotaciones. Siento vergüenza cuando
me llaman autor teatral, yo no me acabo de sentir autor teatral, es decir, soy como un
aventurero en el teatro, como un intruso o algo así, medio autor, medio teatral. En
realidad, las obras las escribo para mi disfrute, disfruto escribiéndolas y realmente
escribo un espectáculo muy bien hecho, el espectáculo que a mí me gustaría hacer
sobre esos temas. A las acotaciones las contagio de las cachondadas y, si los diálogos
son cretinos, las acotaciones que explican lo que pasa en la escena son acotaciones
disfuncionales que también están llenas de cretinadas, se contagian del diálogo y
realmente son, como dice alguno, como novelas teatralizadas o cosa así. A veces las
acotaciones pueden tener cuatro o cinco páginas, y así, estoy muy entretenido, disfruto
escribiendo cretinadas en las acotaciones y, claro, un director teatral lee una acotación
con cuatro páginas de cretinadas y no sabe como ponerlas en el escenario. Cuando
tradujeron Pontifical al alemán, que acaba diciendo: en ese momento terrible cuando
revienta el gran falo [...], miles de cuervos se lanzan sobre la sala y le arrancan los ojos
a los espectadores, el traductor de la lengua alemana me dijo: “Señor Romero
realmente eso es muy atrevido y muy temerario porque, técnicamente, es casi no
realizable, pero creo que se podía intentar”. Así que sí, se interesaron por la obra, la
tradujeron al alemán y me dieron treinta y dos mil pesetas. Creo que el mayor dinero
que he ganado con el teatro. A partir de aquí imprimen Pontifical en una imprenta
clandestina porque estaba prohibido por la censura, y se vende por aquí, por allá, a los
nuevos autores, a los grupos de teatro, etc.
Luego, ya más calmadito, escribo Parafernalia de la olla podrida, la misericordia y la
mucha consolación. Es como una parábola de España y del fascismo español. Este país
es un país que tiene tela marinera y sigue teniéndola, un país bastante cutre. Sin
democracia o con democracia, esto no se acaba de arreglar. Hay un dato relevante:
somos, según estadísticas, el país que menos lee, tenemos el número uno de Europa en
volumen de libros publicados, el número uno también en volumen de traducciones
hechas, pero el último en volumen de lectores. Un poco, éste es el país.
Lo de la obra es un manicomio, llevado por unas monjas, donde los cocineros hacen
rituales. Entonces llega un aprendiz nuevo y joven, como de Nueva Izquierda o cosa así,
un renovador que quiere cambiar las cocinas del manicomio porque todos los días sirven
olla podrida. Olla podrida es un guiso castellano en el que echan de todo en una gran
perola: nabos, puerros, coles, carne, pescado, chorizo, morcilla..., y todos los días van
sacando cosas de ésas y, cuando llevas quince días sacando cosas de ésas, está todo
medio podrido. El muchacho dice que hay que cambiar un poquito la comida española y
pasar, no digo a la dieta mediterránea, pero sí un poco a las ensaladas. También hay un
pinche de cocina, que por ser sólo un poquito renovador, pone a los otros histéricos.
Total, que hacen allí unos ceremoniales con la viuda de un cocinero que se mató
ahorcándose de una pata en vez de ahorcarse del cuello, y que todavía sigue ahí
colgado. La viuda anda por allí con negros crespones y se enamora del muchachillo, y el
muchachillo de ella y, en los ceremoniales, cantan una canción que creo que es de lo
mejorcito que he escrito, es como una metáfora de España. Dice: Gloria al garbanzo que
es nuestra esencia, nuestro futuro, nuestra existencia, nuestro pasado, nuestro
esplendor. Gloria al garbanzo, gloria y honor, gloria al garbanzo sin discusión, gloria al
garbanzo, que siga la olla podrida, la gran garbanzada. Esto lo representó el grupo
Ditirambo que hacía cosas muy raras. La obra fue a Sitges, lo que creo que fue un
pequeño triunfo, y luego la pusieron en circuitos independientes de izquierda. Al final, al
pinche de cocina que quería cambiar un poco la cocina mostrenca de la gran
garbanzada española, lo sodomizan como al estudiante universitario, pero no lo violan
por el trasero, sino por la boca, le meten un embudo y le echan mucho zumo de tomate.
El muchacho hace sus conclusiones mientras suelta zumo de tomate, y la gente ya no
distingue si es sangre o zumo de tomate. Desde luego cantaban unas canciones muy
bonitas y creo que esta obra me quedó bastante bien.
Luego, hice Pasodoble que era, un poco, la lucha desatada entre el macho y la hembra,
el hombre y la mujer. Ella es derechosa, él izquierdoso; se aman, se adoran, se casaron
enamorados, pero ahora se quieren matar. Toda la obra cuenta como él quiere matarla a
ella y ella quiere matarlo a él. Al final, hacen como una especie de pacto de convivencia
porque se necesitan mutuamente y, entonces, parece que van a bailar un pasodoble
que no bailan nunca. También son unos cretinetes, pero ya no lo son tanto; ya voy
haciendo algo más naturalista. También funcionó bien porque lo llevaron por los teatros
de izquierda, por los circuitos del teatro independiente y progresista. Lo mejor del
espectáculo son los pasodobles toreros que yo elegía, sobre todo cuando él quiere
hacerle daño a ella, que es una latifundista, en su fe religiosa. Esto surgió porque fui a
Extremadura y había un latifundista que pegaba tiros en la nuca a los jornaleros, y tanto
su hija como su mujer lo odiaban. Llamarlo fascista sería algo honorable, es un animal y
un psicópata homicida. Todo esto es lo que está detrás de ese cortijo de Extremadura.
En un momento dado él dice que el obispo que tiene allí en el palacio, que es un obispo
izquierdoso, es un santo varón, y ella, que no está de acuerdo, coge un cuchillo y se lo
clava al obispo en mitad del corazón, y luego se pone a llorar diciendo que ha matado al
santo de su devoción, y el marido la acusa de ser una víbora y una puta.
Total, que después de esto escribo Fiestas gordas del vino y del tocino, y luego, una
cosa de niños: Viaje en el mar. Los mitos del mar son algo muy bonito, muy lírico. Ahí no
hay cretinadas, es ya un momento en el que acabo un poco con las cretinadas. Entonces
vengo a Málaga, a la universidad, a dar clase como profesor. No había oído nada sobre
los Tartesos, esa civilización que hubo en Andalucía pero, de repente, empiezo a leer
mucho y se me ocurre hacer sobre ellos un gran ensayo, pero no me sale, intento
escribir un gran poema, y tampoco me sale, así que al final escribo una obra de teatro,
un tocho de unas quinientas páginas. Más tarde representan unas cuantas páginas
porque éste es un tocho que no se puede ni leer, es una reconstrucción de lo que hubo
en Andalucía hace mil años, antes de su final cuando llegan los Cartagineses que son los
que, según los expertos, acaban con los últimos Tartesos, esa civilización antiquísima,
que es incluso citada en la Biblia en cuatrocientas ocasiones.
A partir de ahí, gano el Premio Pablo Iglesias y me presento al Premio Europa y lo gano
compartido. Algunos del Premio Europa lo llevaron a la antecámara del Premio Nobel en
Estocolmo, y explicaron que podía ir con Cien años de soledad de García Márquez como
obra extraordinaria y que España lo único que tenía que hacer era una traducción al
francés o al inglés, y de ahí una traducción al sueco. Entonces, entraba por la vía
extraordinaria de obra extraordinaria y yo me embolsaba los ciento setenta y cinco
millones limpios y el Premio Nobel. Allí hubo algo feo por parte de España. Pero bueno,
ya sabéis que este premio está muy desprestigiado, que se lo han dado a muchos
cretinos. A mí que más me daba; ahí lo interesante era que a mí me dieran los ciento
setenta y cinco millones.
En fin, pusieron la obra como broche de oro para terminar la Expo 92 pues venían el rey
y la reina. La iba a hacer un valenciano que estaba en Madrid que se llama... no lo sé.
Total, que se quería gastar un presupuesto como de tres mil o cuatro mil millones, tal
vez por eso la echaron del broche de oro. Cuando me preguntaron “¿Qué opina usted,
señor Romero, de este presupuesto, cómo cree usted que va a salir?”. “Una mierda”,
dije yo, “cuando hay cuatro mil millones por medio, todos van a trincar; aquí se podía
poner menos dinero”. Querían poner al orfeón donostiarra, dos orquestas con noventa
profesores de violín y violonchelo en el escenario y los bailarines. Entonces le dije al
director que tenía una objeción técnica, “¿qué objeción técnica?”, me preguntó el
director. “Que si están en el escenario el orfeón, los profesores de orquesta y los
cantores, dónde ponemos a las actrices y a los actores ¿en el patio de butacas?”
Total, al mismo tiempo quieren hacer un congreso sobre Tartesos muy académico y
científico y me dan a mí la lista de todos los catedráticos de protohistoria que van a
venir. Cuando la vi, me di cuenta de que todos los catedráticos de la lista eran de los
que decían que no hubo Tartesos, eran de los que sólo hablaban de fenicios, griegos y
babilonios. Propuse dar una lista de los catedráticos de protohistoria izquierdosos que o
admitían que hubo Tartesos o, al menos, que pudo haberlos, porque si no, ¿cómo se iba
a poner Tartesos como origen de la civilización hispana?
De hecho, fue un gran espectáculo del origen de la civilización hispana. César Oliva, en
un libro suyo, dice que es una obra monstruo y que parece que es una ópera. Realmente
es una ópera, hay muchos coros, muchos cantos, muchas danzas, mucho barullo. Es una
épica donde se pelean los grandes machos, yo te mato a ti, tú me matas a mí. Hay un
problema político que es el acoso al que está sometido el centro izquierda por la
extrema derecha, la derecha, la extrema izquierda y los anarcas. Todos contra la opción
moderada de centro izquierda con la que los Tartesos puedan existir sobreviviendo pero,
esa opción moderada y esa opción de centro izquierda, es batida por todos, es una
tragedia y los grandes machos se matan. Los coros y algunos diálogos están hechos en
lengua tartesia. La lengua tartesia existe y hay muchas inscripciones, el alfabeto es,
más o menos, el nuestro, o sea, que transliterar el alfabeto tartesio al alfabeto latino es
fácil, lo que pasa es que cuando se translitera de un alfabeto a otro, salen unas palabras
que no se sabe que es lo que dicen. El único libro que vendí aquí de Tartesos en la
librería Ibérica en calle Nueva lo compró un ancianito y, como al principio hay coros en la
lengua tartesia, lo devolvió al día siguiente diciendo que le devolviesen su dinero porque había empezado a
leerlo y estaba en inglés.
Después de esto, he seguido escribiendo Reyes tartesos, del que ya tengo un tocho impresionante, pueden ser
cinco mil páginas. También los libros de ensayo: Orígenes de Europa, Orígenes de España, Orígenes de
Andalucía, Orígenes de Málaga, Orígenes de Asia, que eso, aunque sea un poco medianero, un poco mediocre,
son diez mil páginas, eso impresiona. Cuando ya escribes tantas páginas no se puede saber si aquello es
mediocre, pero es impresionante. Yo mismo me impresiono.
Ahora, yo no las voy a leer ni loco porque soy muy mal lector. Cuando hay más de veinte, treinta, cuarenta
páginas me lo pienso muy bien. De hecho, las correcciones de Tartesos no las he podido hacer, se las di a una
chica para que ella corrigiera las erratas. ¿Leerme quinientas páginas?, si ya con ochenta estoy mareado.
Cuando llegué a la página cincuenta o sesenta de La Regenta pensé: quita, quita. Y el Ulises de Joyce,
famosísima novela, me costó cuatro años leerla y al final, ¿para qué? Ulises de Joyce ¿qué es? Una catetada de
un cateto que va por Dublín por las tabernas catetas de borrachera en borrachera, se va con unas putas, no se
come un rosco... ¡anda ya! Por lo menos, al final, hay un monólogo de una gibraltareña, muy española, muy
caliente.
Bueno, yo creo que ya les he contado suficiente, he cumplido mi tiempo, me siento por ahí o me voy a fumar
un cigarrito. Muchas gracias.