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UNIDAD I: De la ruptura independentista a la formación de los Estados Nacionales en América Latina.

Estados Unidos: esclavitud y desarrollo capitalista. (1776 / 1870)


Historia de América Latina de Loris Zanatta.

Capítulo 1: El patrimonio espiritual de la Colonia


España y Portugal implantaron en Iberoamérica las hondas raíces de su civilización:
En términos políticos: los imperios ibéricos -en especial el de los Habsburgo, ocuparon el trono de
España desde 1535 hasta 1707. Se basó en un régimen pactista que gobernó las relaciones entre el
soberano y sus reinos. Las relaciones entre las partes de estas sociedades, tan distintas de una zona a la
otra fueron complejas y articuladas; el espíritu y los instrumentos sobre los cuales se asentó la
arquitectura de las sociedades ibéricas en América forjaron un orden corporativo, una sociedad donde los
derechos y los deberes de cada individuo no eran iguales a los de cualquier otro, sino que dependían de
los derechos y deberes del cuerpo social de la metrópoli.
En términos sociales: en toda América, la población blanca de origen europeo ocupaba los vértices
superiores de la jerarquía social, controlaba la política, la economía, la justicia, las armas y la religión; vivía
concentrada en los centros urbanos. En su interior, resultaba heterogénea, rasgo que se acentuó a medida
nuevas olas migratorias arribaron a las orillas americanas desde la Península Ibérica.
Con el tiempo, emergieron entre ellas los artesanos, los funcionarios y los profesionales, organizados en
corporaciones que definían la naturaleza de oficios, profesiones y funciones públicas, al tiempo que
sancionaban sus derechos y deberes. También eran numerosos los blancos que se dedicaban al comercio
y a la actividad mercantil en general.
La población india estaba separada con nitidez de la blanca. Tanto socialmente, sometida a severos
regímenes de explotación de su trabajo, como territorialmente, ya que, en su mayoría, se hallaba relegada
a los márgenes de la ciudad o a las zonas rurales. A esta población era común referirse como la
"República de Indios". Al mismo tiempo, la población india de la Nueva España (el futuro México) se
mezcló más a fondo con la población blanca que las poblaciones indias del área andina, donde los
contornos étnicos se mantuvieron más definidos.
Por último, en cuanto a la población africana que llegó a la América ibérica a través de la trata de esclavos,
tendió a concentrarse en las áreas tropicales, donde la población india era escasa o ausente, o donde,
como en las Antillas, había sido diezmado y desapareció a causa de las epidemias causadas por el
contacto con los conquistadores.
La América ibérica ingresó a los imperios de España y Portugal para desarrollar una vocación económica
complementaria a sus necesidades globales. Por ejemplo, los metales preciosos americanos fueron
decisivos para financiar las grandes ambiciones y las reiteradas guerras europeas de la corte española y
para alimentar la acumulación originaria gracias a la cual levantó vuelo la Revolución Industrial. El intenso
intercambio de productos que modificó radicalmente los consumos en uno y otro sentido.Hizo que los
europeos "descubrieran" el tomate, la papa, el tabaco o el ananá; otro tanto les ocurrió a los americanos
con el café, la caña de azúcar o la banana, cultivos de los cuales se convirtieron en grandes productores y
exportadores, hasta el punto de incidir sobre la historia alimentaria (y, por lo tanto, demográfica) de
Europa. La herencia económica que dejó la era colonial a la América independiente es parte de esa
América, se volvió periferia de un centro económico lejano. Un centro que ejercitó el monopolio comercial
con los territorios americanos y que buscó conservarlo en una política nada original para una época
dominada por las doctrinas mercantilistas- que el monopolio económico sobre las propias posesiones era
un decisivo instrumento de poderío, que debía salvaguardarse a toda costa de la competencia de las otras
naciones. Poco a poco dicho centro se volvió periferia de otro centro, el que desde el norte de Europa guió
la revolución en el comercio y en la industria desde el siglo XVIII en adelante (Gran Bretaña).
La economía de la América ibérica tendió a organizarse hacia el exterior en función del comercio, tanto
para obtener ingresos financieros de la exportación de materias primas como para dotarse, a través de la
importación, de numerosos bienes fundamentales que el centro del imperio le proporcionaba. Esta
vocación periférica continuó caracterizando a la economía latinoamericana aun cuando el monopolio
comercial con la Península Ibérica comenzó a peligrar bajo el impulso de la competencia inglesa, francesa
u holandesa y, con mayor razón, cuando el cordón umbilical con España y Portugal se cortó por completo y
la economía de América Latina quedó huérfana de un vínculo del que era más que nunca dependiente
-hasta que volvió a anudarlo con la nueva potencia hegemónica, Gran Bretaña-. Todo esto tuvo otras
consecuencias como: La debilidad intrínseca del mercado interno, obstaculizado en su desarrollo por los
enormes espacios continentales y por la estructura política del imperio, pero aún más por la proyección
hacia el exterior de la economía del área, y continuando con la propensión a la especialización productiva
dirigida a la exportación y los escasos incentivos al desarrollo de las actividades manufactureras, inhibidas
por la complementariedad económica con un centro lejano.
En síntesis, América Latina se trataba de fuerzas centrífugas, dada la natural tendencia de cada una de las
regiones a establecer vínculos con el socio exterior más conveniente, dando la espalda a los territorios que
la confinaban, frecuentemente tan vecinos como extraños.
Revelan que el crecimiento existió y que obedeció a la fuerte recuperación de la actividad minera, tanto en
Perú y Nueva España, donde la extracción era mayormente de plata, como en Brasil, donde el boom fue el
oro. Este crecimiento, a su vez, fue el resultado de otro que, en términos más amplios, abarcó a la Europa
del momento, donde creció la demanda de metales preciosos y el desarrollo productivo de la industria
incipiente indujo a buscar en las colonias nuevos mercados de exportación. Las transformaciones que
ocurrían en Europa en los albores de la Revolución Industrial dieron un estímulo inédito no sólo a la
demanda de plata y de oro, sino también a la de productos agrícolas y de otros minerales de la América
ibérica, lo cual indujo a la especialización en función de la demanda externa y profundizó aún más las
fracturas en el seno del heterogéneo imperio español.
La América Latina independiente heredó de la América ibérica de la era colonial: el imaginario social de
tipo religioso. El primero es que la América ibérica quedó fuera de la Reforma protestante y, por tanto,
ajena a la ruptura de la cristiandad occidental. Esto significa que, mientras Europa -tras vio lentas guerras-
ingresaba en la época de la difícil convivencia entre diversas confesiones religiosas, la América ibérica
-posesión de reyes católicos al reparo del océano Atlántico- volvía aún más sólida su catolicidad. Se tornó
así tierra de Contrarreforma, baluarte extremo de la cristiandad católica, impermeable al disenso religioso y
trinchera de la coincidencia absoluta entre unidad política y religiosa. El segundo aspecto clave es que a
iglesia católica asumió en estos territorios un rol sin parangón. Ello no se debió a que el clero fuese, dado
que la de aquella época era todo menos unida, disciplinada y obediente a las órdenes del Papa, ni a que
fuera rica y poderosa (aunque donde el poder imperial era más sólido, como en México y en Perú.
Constituía el pilar ideológico de aquel orden político. Legitimar la soberanía del rey sobre estas tierras era
la obra de evangelización que habían emprendido los misioneros en América, así como su preservación
del cisma religioso; asimismo, el peso único de la iglesia se debía a que la catolicidad era el eje de la
unidad de un territorio y una comunidad muy fragmentados en todo otro aspecto.

La erosión del pacto colonial


Las reformas que en el siglo XVIII realizaron los Borbones erosionaron el pacto que hasta entonces había
mantenido unidos a los imperios ibéricos. Si bien no fueron causa de la independencia, crearon algunas
premisas. Las reformas afectaron los centros vitales de la vida imperial. Los ganglios políticos, de los que
Madrid y Lisboa acrecentaron los poderes; los militares, donde incrementaron el poder del ejército real; los
religiosos, donde favorecieron al clero secular, sujeto a la Corona, y penalizaron al regular, hasta la
expulsión de los jesuitas; y los económicos, donde racionalizaron y aumentaron los intercambios,
acentuando sin embargo la brecha entre la Madre Patria, encargada de producir manufacturas, y las
colonias, relegadas al rol de proveedoras de materias primas. Lo que buscaban era encaminar un proceso
de modernización de los imperios y de centralización de la autoridad a través del cual la Corona pudiera
administrarlas mejor, gobernarlas de manera más directa y extraer recursos de modo más eficiente.
Buscaban enfrentar la decadencia que los acechaba y las nuevas potencias que los desafiaban,
presentándose como modernos y agresivos estados-nación antes que como los imperios universales del
pasado. Para poder seguirles el ritmo y contener las crecientes incursiones militares y comerciales en la
América ibérica, España y Portugal debían modernizarse, volviendo más estricto el control e intensificando
la explotación de aquellos enormes imperios, gobernados de modo obsoleto. Las reformas no siempre
fueron eficaces ni alcanzaron el objetivo esperado, en especial en la América hispánica.
Las reformas borbónicas:
El principal objetivo de las reformas introducidas en la primera mitad del siglo XVIII y desarrolladas luego
en forma sistemática por Carlos III-típico déspota ilustrado en la Europa de su tiempo, quien reinó entre
1758 Y 1788-- era el cobro efectivo de más impuestos en las posesiones americanas, tanto para abastecer
la creciente demanda de la Corona, como para asegurar la defensa de las colonias. La Guerra de los Siete
Años, que terminó en 1763, durante la cual los ingleses conquistaron La Habana y a cuyo fin España tuvo
que cederles Florida, confirmó hasta qué punto eran vulnerables. Se encaminó la reorganización del
imperio, donde a los virreinatos del Perú y de la Nueva España se sumaron los de Nueva Granada y el Río
de la Plata. Resultados no faltaron, dado que aumentó la presión fiscal, lo que en algunos casos consiguió
triplicar los ingresos de las cajas reales, lo cual se confirmó, además, debido a las protestas antifiscales
desencadenadas en diversas partes de las posesiones imperiales. Sin embargo, un eje de la reforma
administrativa fue la institución de las intendencias, a imagen y semejanza del ordenamiento francés.
Buscaban así crear una administración más racional y centralizada, y quebrar los fuertes lazos entre las
autoridades coloniales y las elites criollas, fuentes de corrupción, malas prácticas e ineficiencia. No
obstante, el resultado no fue el esperado. Si por una parte los nuevos órganos en muchos casos no
pudieron siquiera asentarse o funcionar como estaba previsto, el intento centralista suscitó enormes
resistencias y sospechas acerca de las intenciones del rey. En cuanto a las reformas militares, se tornaron
más urgentes debido a las presiones ejercidas sobre las colonias españolas por las flotas inglesas y
francesas que se estacionaban en el mar Caribe, donde las dos potencias en ascenso también poseían
colonias. El ejército fue reorganizado y modernizado; el aumento de su fuerza y de su poder tuvo efectos
imprevistos. Por un lado, generó descontento entre la mayor parte de la población criolla, a la que
disgustaban el largo servicio militar y el pesado costo del mantenimiento de las tropas, que de hecho la
Corona les hacía pagar. Por otro lado, la americanización del ejército, sometido a oficiales peninsulares,
con el tiempo representó un peligro para los mismos españoles: precisamente de esas fuerzas surgieron
los oficiales que guiaron las guerras de independencia. Por último, la reforma religiosa respondió a
razones más amplias: En primer lugar, numerosos intelectuales de la corte juzgaban a la iglesia un lastre
para el desarrollo económico y para los planes de modernización de la Corona, tanto a causa de su
doctrina como de sus inmensas riquezas improductivas. En segundo lugar, consideraban que su enorme
poder -en especial las órdenes religiosas como los jesuitas, dominaban la enseñanza superior- limitaba la
autoridad del rey y sus funcionarios. Entendían, que la racionalización del imperio y la concentración del
poder, requerían la erradicación de aquel auténtico estado dentro del estado que eran las órdenes
religiosas en general y los jesuitas en especial. En este contexto, en 1776 los jesuitas fueron acusados en
España de haber urdido un motín contra el soberano y Carlos III decretó su expulsión. A ella le siguió, en
América, la expropiación de sus bienes, y el potenciamiento del clero secular, sobre el cual el rey ejercía
jurisdicción a través del Real Patronato, con respecto al clero regular, sobre el cual no contaba con ningún
privilegio. Estas medidas generaron reacciones diversas: Parte del clero superior, empapado de ideales
reformistas, las consideró necesarias y las recibió con beneplácito. Pero tanto el bajo clero como vastos
estratos populares en muchos puntos de la América española se sublevaron contra las autoridades
enviadas por la Corona, acusándolas de impiedad.

Capítulo 2. la independencia de América latina:


El inicio del derrumbe de los imperios ibéricos en América fue desencadenado por la invasión de los
ejércitos franceses de Napoleón, primero en Portugal y luego en España. Mientras que la corte portuguesa
encontró refugio en Brasil y creó así las condiciones para una independencia indolora, bajo el signo de la
continuidad monárquica, la caída del monarca español, en cambio, provocó un enorme vacío de poder en
la América hispánica. Ausente el soberano, se inició una discusión acerca de los fundamentos del orden y
de la soberanía política; mientras tanto, la América hispánica hizo su propio ingreso en la política moderna
del pueblo soberano y de las elecciones, tanto en la parte de América que había permanecido sujeta a la
Constitución española de Cádiz como en la que proclamó desde entonces su independencia. La
Restauración absolutista impuesta por Fernando VII acabó con el último vínculo entre los reinos
americanos y la Madre Patria, abriendo la puerta a las guerras de independencia, al término de las cuales
los ejércitos de Simón Bolívar y José de San Martín expulsaron a los españoles de América del Sur.
Las invasiones napoleónicas
El impulso que terminó por hacer añicos a los viejos imperios y condujo a la independencia de América
Latina fue desencadenado en gran medida por acontecimientos europeos: Quien arrojó el fósforo, fue
Napoleón Bonaparte. Tanto por sus guerras, que entre los siglos XVIII Y XIX arrastraron a España en los
conflictos europeos y bloquearon por largo tiempo las comunicaciones entre la Península Ibérica y
América, como por sus invasiones: la de Portugal en 1807, y la de España en 1808. En los reinos
americanos de España y Portugal comenzó a desarrollarse un proceso histórico largo, complejo y con
frecuencia violento. Ello se debió a numerosas razones: porque sancionó el declinar de los grandes
imperios católicos y universales de las potencias ibéricas; porque allanó el camino al ascenso político,
comercial y militar de los modernos estados-nación europeos, empezando por Gran Bretaña; porque abrió
por completo las puertas de aquella parte de América a las ideas modernas del Siglo de las Luces;
finalmente porque, favoreciendo la emancipación política del Nuevo Mundo, dio un abrupto corte al cordón
umbilical que la había unido a Europa e instauró las premisas para su americanización: buscó plasmar una
civilización propia y original. Hija de la civilización ibérica, aunque también diversa e independiente de ella.
¿Por qué las invasiones napoleónicas culminaron de forma definitiva con la derrota francesa de
1815- encendieron tal pandemónium en las Américas?
El caso de Brasil del de la América hispánica. Porque, protegida por los ingleses, la corte portuguesa de
los Braganza logró abandonar Lisboa antes de la llegada de Bonaparte y, debido a ello, a su imperio no le
tocó la misma suerte que al hispánico: la decapitación. En otros términos, aunque sufrió la invasión
napoleónica, el imperio de Portugal no fue privado de aquello que garantizaba su unidad y su legitimidad,
el rey, al ponerse a salvo con la familia reinante en Río de Janeiro, dio su sanción al peso y a la
importancia de la Colonia brasileña. Bien distinto y aun opuesto fue el caso de España y de su imperio. En
Madrid, Napoleón encarceló al rey Carlos IV y al hijo en favor del cual este monarca había abdicado,
Fernando VII. Hecho esto, impuso en el poder a su hermano José. Así, la figura del soberano, que durante
siglos había garantizado la unidad de aquel inmenso imperio, desaparecía en un instante. En su lugar, se
encontraba un monarca impuesto por la potencia invasora. Además, aquel rey al cual los americanos se
habían sujeto por un pacto de obediencia estaba en prisión. En España se organizó una encarnizada
resistencia contra los franceses y que en el puerto atlántico de Cádiz se formó una Junta que reivindicó el
poder en nombre del rey prisionero y reclamó obediencia a los súbditos americanos. Imperio orgánico,
desmesurado y heterogéneo, cuyos miembros eran mantenidos juntos por un rey ahora sin trono, se
encontró que habían perdido su principio de unidad.
La fase autonomista
Llegada a América la noticia de la prisión de Fernando VII sembró desconcierto. Los acontecimientos
ulteriores no siguieron un orden lineal sino frecuentemente caótico y, lejos de replicar en todas partes un
mismo patrón, los hechos se encaminaron por vías diferentes. Sin embargo, dos rasgos los caracterizan
en general: El primero, una vez conocida la caída del rey y aun antes de plantearse el problema de quién
tenía ahora el derecho de ejercer el poder de modo legítimo, los principales centros administrativos
americanos reaccionaron de la misma manera que lo habían hecho las ciudades españolas: creando
juntas, esto es, órganos políticos encargados del ejercicio de la autoridad, aunque después sólo algunas
de ellas se consolidaron –en particular las de Caracas y Buenos Aires- mientras que otras, de Quito a
Ciudad de México, cayeron, en especial debido a las disidencias entre criollos y españoles, o entre los
mismos criollos. Disidencias tanto sobre la naturaleza y el alcance de los nuevos poderes, como acerca de
la relación con la Junta de Cádiz, que pronto se vio sustituida por un Consejo de Regencia que reclamó la
obediencia de las colonias. El segundo rasgo general es que las juntas nacidas en América declararon que
asumían el poder como solución transitoria; es decir, lo hacían en nombre de Fernando VII -llamado
entonces El deseado-, y hasta tanto retornara al trono, pero no proclamaron la intención de separarse de
la Madre Patria ni de abandonar para siempre el imperio. Salvo algunos raros casos, quienes las formaron
e integraron no expresaron voluntad de independencia. Los criollos que guiaron aquellas juntas fueron
conscientes de las implicancias de sus actos: aun sin amenazar el pacto político que los ligaba al soberano
en el seno del imperio, tenían muy claro que dicha ausencia les brindaba la oportunidad de recuperar la
autonomía perdida o reducida a causa de la voluntad centralizadora de los Borbones, y de reformular, con
ventaja, el vínculo con la Corona. Además de declararse soberanas y de ejercer los poderes del estado, en
muchos casos dichas juntas revocaron el monopolio comercial con España y liberalizaron el comercio con
los ingleses. Por este motivo la primera fase del proceso de independencia, que se prolongó hasta la
restauración sobre el trono de España de Fernando VII en 1814, suele ser llamada "autonomista", dado
que la autonomía -y no la independencia- era, en la mayor parte de los casos, el horizonte de las elites
criollas que por primera vez en América asumieron el poder en primera persona que se configuraba ya
como una revolución política.
Votada en 1812, la Constitución de Cádiz tenía la expresa función de crear un poder legítimo en ausencia
del rey, pero también debía poner límites al poder absoluto del soberano una vez que este, expulsado por
los franceses, hubiera retornado al trono. Se trataba de una Constitución liberal. En América -con la
excepción de aquellos territorios que en Venezuela y en el Río de la Plata permanecían bajo el control de
las respectivas juntas- comenzaron los preparativos para elegir a los constituyentes que se enviarían a
España. Aquella experiencia fue de gran importancia por dos motivos. El primero es que gran parte de la
América hispánica vivió su primera experiencia electoral, en la que tomaron parte incluso vastos estratos
populares. El segundo es que, aun cuando manifestaban buena disposición respecto de los pedidos de los
americanos, los constituyentes españoles reafirmaron el principio de la primacía peninsular, con lo que
asestaron un nuevo golpe a la fe y las expectativas de los criollos de ultramar.
Los criollos y Cádiz:
A comienzos de 1810, la Junta de Cádiz promulgó un decreto por el cual convocó a elecciones para las
cortes, tenían derecho a participar también indios y mestizos. La que comenzó a sesionar en Cádiz fue
una asamblea moderna que reunía a los representantes del orbe español en su conjunto, animada por un
fuerte espíritu liberal, dada la composición social y el perfil intelectual de la mayor parte de sus miembros.
Las reivindicaciones presentadas por los enviados americanos se referían a la representación igualitaria
entre españoles y americanos, la libertad de producción y de comercio, el libre acceso a los cargos civiles,
eclesiásticos y militares, y la garantía de que la mitad de ellos recayeran en residentes locales. Estos
pedidos fueron objeto de encendidos debates y el partido americano muchas veces se vio aplastado por la
mayoría española. El resultado final no fue el que esperaban los americanos. Por una parte, la
Constitución aprobada en Cádiz era liberal. Esto agradó a los liberales americanos, pero resultó menos
digerible para las elites criollas, más vinculadas a España y más conservadoras, como las de Perú y
Nueva España, las cuales demoraron y obstaculizaron la aplicación de la nueva Constitución. Esta
demolía el viejo absolutismo e instituía la monarquía constitucional, que imponía severos límites al rey.
Establecía disposiciones explícitas sobre el principio electoral, las libertades individuales y el derecho de
ciudadanía de indios y mestizos, y abolía el tributo de los indios, los trabajos forzados y la Inquisición.
Era una constitución centralista, al punto de que fue entendida por las elites americanas como una réplica
del espíritu centralizador de las reformas borbónicas. Los criollos no encontraron en ella una tutela
suficiente del derecho de representación igualitaria y de acceso a los cargos públicos en los términos en
que la reclamaban, como tampoco resguardaba las libertades económicas que reivindicaban desde hacía
tiempo.
La política moderna:
Los móviles que dirigieron a los americanos a la independencia eran liberales; así, las revoluciones
hispanoamericanas habrían formado parte de una ola revolucionaria mucho más amplia y general, que en
los Estados Unidos y en Francia había desplazado al Ancien Régime, como también de las nuevas
corrientes de ideas que en todo Occidente aspiraban a abatir el absolutismo, invocando la soberanía del
pueblo. Los líderes independentistas estaban pletóricos de ideas liberales, ni de que proclamaban la
necesidad de derrumbar los fundamentos de la sociedad corporativa para crear una sociedad de "iguales",
es decir, fundada sobre individuos autónomos, responsables, propietarios, todos dotados de los mismos
derechos civiles, hasta prescindir de su ubicación en la escala social o en el espectro étnico. Era la
Constitución, de la cual, corrieron a dotarse las juntas que progresivamente habían surgido en América, tal
como hicieron los liberales en España. En otros términos: se buscaba un nuevo pacto social y político que
codificara, organizara y delimitara el poder político, y lo legitimara en nombre del pueblo soberano y no de
la mera voluntad de Dios. En cambio, otros historiadores afirman que la situación fue diferente: El golpe
decisivo asestado al vínculo de América con España habría sido resultado de la progresiva transformación
de esta última: de imperio católico a moderno estado-nación. Esto ocurrió desde las reformas de los
Borbones que, al centralizar el poder, racionalizar la economía, golpear la autonomía de las sociedades
locales y atentar contra el poder eclesiástico, habrían violado las antiguas libertades garantizadas para las
colonias y de las que los americanos habían gozado en virtud del viejo régimen pactista. La independencia
de América Latina no habría sido fruto de una revolución liberal contra el absolutismo español que negaba
las libertades modernas (civiles e individuales), sino de la reacción americana en defensa de las libertades
antiguas (corporativas y coloniales) contra la modernización impuesta por España. Las cortes (como las
elecciones y las mismas constituciones) no habrían sido órganos de la moderna soberanía popular
expresada por ciudadanos dotados de iguales derechos políticos, sino, en cambio, de la antigua soberanía
corporativa, donde las corporaciones eran los sujetos del orden político y social, y donde la soberanía,
tenía su origen y legitimidad en Dios y en su ley.
Las guerras de independencia: Derrotados los franceses y retornado Fernando VII al trono de España en
1814, el monarca español hizo que muchos de quienes lo habían añorado y "deseado" se arrepintieran
pronto. Cómplice del nuevo contexto creado en España y en Europa por la caída de Napoleón, culminó en
la Restauración del Congreso de Viena-, y el rey declaró nula la Constitución de Cádiz y restauró el
absolutismo, traicionando las expectativas de los liberales de España y de América, a quienes, persiguió
con encarnizamiento. En lo que toca a América, ordenó el envío inmediato de tropas para restablecer el
orden y la obediencia a la Madre Patria, en especial donde más había sido contestada su autoridad: en
Venezuela, donde los refuerzos de España obligaron a la fuga al ejército republicano de Simón Bolívar, el
líder independentista local; también en el Rio de la Plata, donde, los criollos locales -artífices ya de la
Revolución de Mayo de 1810- proclamaron la independencia en 1816 y quedaron fuera del alcance de los
ejércitos del rey. Desde aquellos territorios se inició la guerra por la independencia americana, contra la
dominación española, es decir, la guerra contra un imperio que se había vuelto abiertamente hostil a las
reivindicaciones de mayor igualdad, libertad y autonomía. Un conflicto que durante años, hasta el acto
conclusivo que fue la batalla de Ayacucho en 1824, sembró la muerte y la destrucción en América del Sur
-aunque no en todas partes con la misma intensidad- y que, corrió el riesgo de seguir otras vertientes,
como la de transformarse de revolución política por la independencia de España en guerra social entre
grupos. Quienes llevaron a su término la guerra de independencia fueron los dos militares más célebres:
Se trató de Simón Bolívar, quien, habiendo penetrado en Nueva Granada, guió la liberación de las actuales
Colombia y Venezuela, antes de dirigirse a los actuales Ecuador y Perú, donde se había encastillado la
última fortaleza del poder español y las elites criollas se mostraban en general menos propensas que en
otras partes a abrazar la causa liberal e independentista; y José de San Martín, el general argentino que,
partiendo del Río de la Plata, atravesó los Andes y liberó Chile, para después dirigirse también él rumbo al
Perú, donde proclamó la independencia y asestó duros golpes a los españoles, aunque sin lograr el
derrumbe de su poderío. Finalmente, en 1822, los dos libertadores, bloqueados por la última resistencia
española, se encontraron en Guayaquil y reunieron sus ejércitos. Se trató de un encuentro histórico, sobre
cuyos detalles aún hoy sobrevuela el misterio, con la excepción de las conocidas diferencias entre ambos
líderes respecto del futuro del continente. Bolívar era el animador de una confederación de repúblicas
independientes y San Martín tendía a buscar una solución monárquica constitucional bajo la Corona de un
príncipe extranjero. Bolívar asumió la conducción de las operaciones y dirigió el último asalto contra los
españoles en la sierra peruana. Su éxito se debió también a las profundas diferencias que entonces
escandían el ejército realista y la elite criolla de Perú. Unos y otros divididos y desorientados por las
noticias sobre los hechos que conmovían a España. Finalmente, también esa trinchera cayó, poniendo fin
al imperio español en América del Sur.
Simón Bolívar: Nacido en Caracas en 1783, era de origen aristocrático y de formación intelectual
ilustrada. Más allá de su actuación militar, Bolívar dejó una profunda impronta en la historia política e
intelectual de la época y un legado. Abolió la esclavitud y propuso, sin éxito, una gran confederación
americana para contrarrestar la fragmentación política sobrevenida tras la caída del imperio. En cuanto a
su pensamiento, tuvo como principal tema y problema la legitimidad del poder en el continente que
acababa de ser liberado y la busca de la forma constitucional más adecuada a su realidad social. Dejó de
lado el liberalismo de los primeros tiempos en nombre de un análisis pesimista y desencantado de la
sociedad venezolana, a la cual describió como impregnada y recorrida por una ignorancia y un atraso tales
que impedían el ejercicio de las virtudes republicanas. De su análisis derivó la defensa de un gobierno
fuerte y centralizado, guiado por un presidente-monarca capaz de garantizar el orden y la unidad de los
nuevos estados, pero también de "crear" al pueblo con su acción pedagógica. Conservador según
algunos, porque fue defensor de un estado autoritario que pudiera erigirse en garante del orden político;
líder revolucionario según otros, por el espíritu jacobino con el que buscó unir al pueblo, murió derrotado,
en 1830, sin ver realizados sus proyectos.
Los caminos de la independencia: La independencia para la América ibérica -con la excepción de las
islas de Cuba y de Puerto Rico, que por el momento seguirían siendo españolas no se produjo de manera
lineal. La independencia de Brasil, ocurrida en 1822, con el desdoblamiento de la corona de los Braganza.
Regresado a Lisboa Joao VI por insistencia de las cortes liberales, dejó a su hijo como regente del Brasil.
Pedro I instituyó una monarquía constitucional independiente. Por este motivo y dado que en Brasil no se
produjo ningún vacío de poder, el proceso de independencia nacional fue distinto del de las colonias
hispánicas: se trató de un proceso pacífico, que no implicó ninguna movilización popular; así, mientras que
del imperio hispánico nacieron numerosas repúblicas; bajo la forma monárquica Brasil conservó la unidad
territorial, que mantuvo hasta 1899. En cambio, en la América hispánica las cosas no ocurrieron en todas
partes del mismo modo. Lo que sucedió en su franja meridional, conmovida por las largas campañas
militares, no se replicó en México, de cuyo destino dependió, en toda América Central. La invasión
napoleónica de España suscitó grandes fermentos políticos y estimuló el nacimiento de una junta local, la
cual, fue disuelta por la autoridad real, lo que indujo a quienes la sostenían -guiados por el padre Miguel
Hidalgo- a reunir un ejército popular formado en su mayoría por campesinos indígenas y mestizos, y a
desencadenar la guerra contra los españoles. Ni el recurso a la violencia fue suficiente para derrotar al
ejército realista, ni la convocatoria de campesinos indígenas agradó a las elites criollas, conscientes del
baño de sangre blanca que había ocurrido en Haití, en 1804, cuando la independencia se había alcanzado
después de una violenta guerra étnica y social, temían una revuelta de los indios mucho más que la
dominación española. El hecho es que los independentistas fueron durante mucho tiempo derrotados por
el ejército español, guiado por un oficial criollo conservador, Agustín de Iturbide, hasta que este, enterado
de que los liberales españoles habían impuesto a Fernando VII el retorno a la Constitución de Cádiz, se
decidió a volverse garante de la independencia mexicana, suscribiendo en 1821 el Plan de Iguala, que por
cierto preveía un México independiente dotado de sus cortes, pero decidido a proteger a la iglesia y a
tener como soberano un Borbón, con lo que México parece haber accedido a la independencia por la vía
clerical y la monarquía. Pero el plan fracasó debido a las resistencias españolas. La pretensión de Iturbide
de asumir él mismo el título de emperador cayó en virtud de la reacción liberal y republicana, que lo
derrocó e instauró la república.
La Doctrina Monroe: Auténtico manifiesto destinado a orientar las relaciones exteriores de los Estados
Unidos con la parte latina del hemisferio, la Doctrina Monroe fue enunciada en 1823 por el entonces
presidente de los Estados Unidos, aunque su autor en realidad fue su secretario de estado. Los dos pilares
sobre los cuales se fundaba la doctrina: el primero, era una advertencia a los estados europeos de que no
intervinieran en los asuntos de los nuevos estados americanos. Esto servía a proteger la independencia de
ellos, pero estaba expresado de un modo que inauguraba un largo período de unilateralismo por parte de
los Estados Unidos. Toda intervención europea del tipo que la doctrina quería conjurar habría sido
entendida, como una amenaza a la seguridad de Washington, con lo que el gobierno de la Unión
Americana se erigía en portavoz del hemisferio entero. El segundo pilar consistía en el correspondiente
compromiso de los Estados Unidos a permanecer extraños a los asuntos litigiosos europeos y a los de las
colonias europeas ya establecidas en América. Síntesis de ambos era la fórmula "América para los
americanos", que aludía a los ejes del excepcionalismo norteamericano, de los cuales la doctrina había
sido extraída.
En cuanto a América del Sur, primero las guerras y después la caída del imperio español pusieron a las
elites liberales americanas frente a la cruda realidad: En primer lugar, constataron que el pueblo soberano
que invocaban como fundamento del nuevo orden político era imaginario mucho más que real y que
aquellas sociedades llenas de indios, esclavos y mestizos de todo tipo eran intrincados rompecabezas y
no el pueblo virtuoso presupuesto por los liberales y sus constituciones. En segundo lugar, los líderes
independentistas no pudieron impedir que, desaparecido el soberano, es decir, quien había encarnado la
unidad política del imperio, el entero organismo se hiciera pedazos, y que cada uno de ellos, libre del pacto
de lealtad al rey, se considerara en posesión de una soberanía plena. Tanto es así que de un imperio
nacieron numerosos estados, a su vez presa de violentas hostilidades entre ciudades y provincias, todas
libres, todas soberanas.

La construcción del orden de Waldo Ansaldi y Veronica Giordano:

La dominación colonial no fue tan tranquila, ni la fragmentación en 18 nuevos países fue tan rápida.
Tras una investigación centrada en:
- La relación entre la participación política
- La respuesta del gobierno
- La capacidad de las instituciones gubernamentales para adaptarse más allá de la crisis transitorias
Basada en la teoría de la competencia entre elites y utilizando el método comparativo (Chile, Cuba,
México, Venezuela):
a- la de la movilización social
b- la del movimiento precursor, las explosiones políticas de masas previas a 1810
c- la subjetiva del comercio exterior
d- la de las modernas ideas intelectuales
e- la del desplome de la legitimidad imperial en 1810
f- la del amor a España
g- la de las elites criollas insurgentes por no tener acceso a los cargos públicos
h- la del desplome del gobierno por tradicional y rígido
i- las insurrecciones independentistas como culminación de procesos generadores de conciencia de su
propia identidad entre los hispanoamericanos.
Los cambios sociales, políticos y económicos a largo plazo en el imperio español de América, había
conducido a la formación de grupos. Al desplomarse la legitimidad imperial, estos grupos pasaron de la
competencia por status y riqueza a la competencia por el poder.
Las guerras de independencia a partir de 1810 depende del comportamiento político de las elites, de si se
levantaron en armas y como: un primer punto es la política, las relaciones de regateo político entre elites,
masas y gobierno, economía y sociedad, las invasiones napoleónicas y las ideas de la ilustración,
influyeron pero no en el grado sistemático de insurrección y lealtad, sino más bien en casos particulares.
En el caso de la América española, el derrumbe fue la fuerza opositora de la elite criolla a los métodos del
despotismo ilustrado adoptados por la metrópoli a partir de 1760. Aunque a partir de 1780, los criollos se
plegaron junto con las rebeliones indígenas y mestizos, mostrando aspiraciones independentistas en las
cuales se mostraron el antiguo orgullo criollo, las nuevas ideas ilustradas y el descontento por las reformas
borbónicas. (Esto se lo puede llamar como antecedentes de rebeliones independentistas antes de 1810)
La crisis institucional de la monarquía española creada por las abdicaciones de los borbones en 1808 fue
más decisiva que la influencia de la revolución francesa.
A diferencia en Brasil, la elite criolla compuesta por propietarios esclavistas, se opuso a las reformas del
despotismo ilustrado, pero lo hizo sin poseer ni las tradiciones ni los problemas de sus homólogos
españoles. Cuando logro la independencia en 1822, opto por establecer un imperio capaz de defender el
orden social tradicional. Los plantadores brasileños eran conservadores y se opusieron a los esfuerzos de
la academia de ciencias de Lisboa por desarrollar la agricultura de su colonia.
Por otra parte, el proceso es que el sistema colonial ibérico se había asentado en un trípode equilibrado:
1- la Corona y la administración monárquica: esta detentaba el poder político
2- la iglesia católica: dominaba el poder ideológico
3- las clases propietarias locales: dominaba el poder económico.
Sin embargo, este delicado equilibrio fue roto por la política de los Borbones. El despotismo ilustrado
fortaleció el poder estatal y amenguo el privado, afectando fuertemente a las clases propietarias
americanas.
Las reformas impuestas (políticas, administrativas, militares, económicas, financieras) fueron concebida
por sus propulsores como un desarrollo racional y por las elites locales como un ataque a los intereses
propios.
Un aspecto importante de la política borbónica fue el ataque a las corporaciones y sus privilegios, como La
Iglesia y el ejército. Su principal enfrentamiento fue con la iglesia, no su doctrina, sino su poder. Es que ella
gozaba de fueros de inmunidad para sus miembros sustraídos a la jurisdicción civil y era poseedora de
enormes riquezas que la habían convertido en la principal fuente de inversión de capital en América
española. En cuanto al ejército a partir de 176º, fue reestructurado a mejorar la defensa de las colonias,
fundada en milicias americanas. Así se abrió la posibilidad de ingresos de criollos a la oficialidad, lo cual
les permitía gozar de fueros y privilegios.
Según Lynch las reformas borbónicas fueron como la segunda conquista de América por España, pero
fue una conquista burocrática. Estas también significaron un mayor control de la economía por la Corona,
no solo para impedir el desarrollo de actividades productivas competitivas con similares producidas en la
metrópoli, sino para reforzar y reorientar en dirección a Madrid los excedentes de producción y los
ingresos, que buena parte se emplearon para el financiamiento de las guerras en la que la Corona se
empeñó a participar.
Dos medidas o reformas afectaron a la clase propietaria criolla:
a- la creación de monopolios para algunas mercancías, como aguardiente, tabaco, pólvora, sal y otros
productos de consumo.
b- la recuperación por parte de la Corona de la percepción tributaria directa, hasta entonces en manos de
particulares. Las alcabalas y otros impuestos a las ventas continuaron obstruyendo todas las
transacciones, agravadas por el incremento de la tasa.
Los nuevos ingresos normalmente no se gastaban en América ni en trabajos ni servicios públicos,
rápidamente se convertía en metálico que se enviaba a España. En años buenos, solo el 20% del tesoro
real quedaba en América, luego descendió a casi cero en los años finales de dominación española a causa
de las guerras que tenía contra Inglaterra entre 1797-1802 y 1805-1808.
Las causas profundas de las revoluciones independentistas Thomas Calvo plantean tres dilemas:
1- ¿crisis o crecimiento? Del orden de la economía: el autor considera que había crecimiento pero desigual
y asociado a estructuras tradicionales, con obrajes reacios a incorporar innovaciones y con dificultades
para el pasaje a fabrica y con campos con mayor número de hombres trabajándolos pero no mejor
cultivados.
2- ¿modernidad o tradición? Del orden de la cultura: Iberoamérica no solo estaba desfasada respecto a la
metrópoli, periféricas de la ilustración, sino que era provinciana, con una cultura clerical. Por ejemplo:
México el 84% de los libros publicados eran religiosos.
3- del orden sociopolítico, que se refiere a la cohesión del conjunto: da cuenta de una lectura oficial de la
realidad colonial en termino de ausencia de cohesión social, de peligro inminente, lectura que llevo a
descuidar al ejército y sobrestimar la cohesión imperial. Ya existía un americanismo creciente pero se
seguía creyendo en el principio de la monarquía patrimonial, conforme el cual el soberano era
personalmente rey de cada reino.
No debe subestimarse el peso de este principio de legitimidad, incluso en movimientos radicales como los
de Hidalgo y Morelos, ya que se realizaban juntas en nombre del rey cautivo. La brutal ruptura del vínculo
fue a causa de los acontecimientos ocurridos en España en 1808, no a causa de la voluntad americana de
ser independientes.

UNA DISGREGACION TEÓRICO-CONCEPTUAL ACERCA DE LA REVOLUCIÓN:

Proyecto Nacional: su instrumentación se expresa como la puesta en marcha de un conjunto de políticas


específicamente dirigidas a la aplicación de preceptos constitucionales (organizar el correo, crear la
moneda nacional, levantar el censo y crear la estadística nacional) a la realización de objetivos
programáticos del liberalismo y crear las condiciones para estimular el desarrollo burgués de la clase
dominante, procurando la articulación plena con el sistema capitalista mundial.

Estructura de poder interna: es el complejo de relaciones interestructurales en función de las cuales se


articulan los individuos, los grupos y las clases sociales, desde el punto de vista de su capacidad de influir
en la marcha general de la sociedad. Es el sistema de relaciones que en los diversos planos de lo social
se establece entre las clases. Este sistema determina la capacidad de cada clase y por consiguiente de los
grupos e individuos que la integran para influir en el desenvolvimiento global o sectorial de la sociedad.

Estos conceptos son apropiados o aplicables a todos los países latinoamericanos que se modernizan a
partir de la segunda mitad del siglo XIX.
La disolución del orden colonial en América se llevó a cabo a través de procesos que deben ser definidos
como revoluciones.
El concepto revolución, se ha articulado a un campo semántico y a la posibilidad misma de referirse a
otros conceptos de la modernidad política. Si hablamos del vocablo revolución, alude al movimiento
regular, rotatorio y sometido a leyes de los astros y estrellas, un movimiento circular, cíclico y recurrente;
fue por primera vez utilizado por Nicolás Copérnico en astronomía. Sin embargo, los antiguos romanos
fueron los primeros en utilizarlo como metáfora en el campo de la política. El descenso de la revolución
desde el firmamento al campo de los mortales en la tierra sirvió para afirmar la idea cíclica y reiterativa de
los vaivenes del destino humano; fue sinónimo de restauración, así fue entendido hasta el siglo XVII, por
los grandes cambios ocurridos en Inglaterra, las llamadas revoluciones inglesas. El vocablo encontró su
puesto definitivo en el lenguaje político e histórico como una restauración del poder monárquico en su
gloria y virtud primitivas.
A partir de 1640 a 1660 en el laboratorio de la soberanía, abierto desde la guerra civil inglesa, que los
significados de revolución alcanzan su fuerza conceptual, no ya como el derecho a la resistencia como a la
teoría de la obediencia, sino desde una nueva teoría fundada en la libertad.

Es así que las revoluciones, cualquiera que sea y del modo que las definamos no son simples cambios,
son la cumbre del cambio social.

En el siglo XVIII cuando las primeras grandes revoluciones (norteamericana y francesa) trastocaron de
cuajo el orden colonial británico en América y el Antiguo Régimen feudal europeo, fue evidente la
restauración, pero también la firme voluntad de crear un mundo nuevo. Estas revoluciones también son
denominadas contrarrevolución por Thomas Paine.

La idea de irresistibilidad empezó a acompañar a la de revolución. La primera vez que la palabra


revolución se empleó acentuando su carácter irresistible y prescindiendo de alusión alguna a movimientos
retro giratorios, resinificándose en el campo de la política y dando origen a la nueva acepción, fue con la
revolución francesa en 1789. Estos hechos fueron una visión cósmica y tradicional de la revolución y una
interpretación que le asigna el carácter de un fenómeno cuya posibilidad de control escapa al poder
humano.

Ya en el siglo XIV los hermanos florentinos Giovanni definían a revolución como revuelta.

Es así como el termino revolución no solamente se aplica a la derivación científica sino también deriva de
la política. Por un lado revolución significa la implosión inmediata y violenta contra el poder soberano, el
proceso en el que se mira a la apropiación de la potencialidad política del futuro.

En España, en el siglo XVIII, la revolución aparece asociada a cambios sociales, pero considerados
negativos. Sin embargo en la enciclopedia el término es señalado como propio de varios campos (política,
geometría). En términos de política significa un cambio considerable en el gobierno de un Estado. Fue solo
desde la toma de la bastilla que la revolución fue concebida como un cataclismo, un movimiento arrollador,
indetenible e incontrolable, concepción que comenzó a instalarse a partir de la revolución francesa.

De la idea de irresistibilidad se pasó en el siglo XIX, a la de necesidad histórica de la revolución. En este


pasaje aparecía la idea de revolución permanente acuñada por el anarquista Pierre Proudhon, retomada
por Marx y consagrada ya en el siglo XX por el ruso Bronstein.

El concepto moderno de revolución a unido a la idea de que el curso de la historia comienza súbitamente
de nuevo, que una historia totalmente nueva, ignota y no contada hasta entonces está a punto de
desplegarse.

Según Tocqueville, Lorenz von Stein y Marx, que reflexionaban en base a las revoluciones de 1830 y 1848
llamadas revoluciones liberales, el concepto de revolución comenzó a ser elaborado de un modo que
todavía hoy sustenta los más ricos análisis. El primero, habla sobre la necesidad de distinguir la forma del
contenido, destacando que la relevancia de este puede ser mucho mayor que el modo en que se expresa.
Con respecto a Marx, formulo una breve distinción entre revolución política que es la que derroca el poder
antiguo y la revolución social la que termina con la vieja sociedad. Por ultimo Stein, propone diferenciar la
revolución política de la revolución social, asignándole una importancia, tanto para el análisis de la ciencia
de la sociedad como para las acciones prácticas.

Teóricamente, la distinción entre revolución política y revolución social, es resuelta por Stein y Marx. El
primero pretendió resolverla dialécticamente a través de su doctrina de la sociedad y de la administración,
mientras que el segundo, ya no se trata de una diversa construcción del orden soberano con su aparato
institucional que aun con todas sus específicas diversidades, es siempre un estado.

Para Marx, la revolución es, en primer lugar, la negación absoluta de un orden que ya no pretende
solamente fundarse sobre derechos naturales, sino hacer de eso mismo una segunda naturaleza.

La ilegitimidad se mide con respecto a los sujetos y a las instituciones presentes, a través de la continua y
radical negación de la normatividad política que funda y regula el accionar. Lo que Marx puso en cuestión
no fue la forma política misma. Para Marx y sus seguidores, la revolución no se dirige prioritariamente
contra el Estado y su ordenamiento soberano, sino sobre todo contra el orden de la sociedad a través de la
acción de una parte de ella. Contra el pensamiento dominante de la política moderna, que gira en torno a
la constitución de la unidad política, de su representación como orden, la revolución se vuelve en Marx la
exposición de una radical desunión, o en primer lugar, de la imposibilidad acaecida de representar
políticamente en modo unitario las diferencias.

Desde entonces el concepto revolución ha entrado en el registro moderno y ha sido definido de modos
muy diversos pero siempre vinculado a la idea de surgimiento de algo nuevo.

Según Theda Skocpol: las revoluciones sociales son transformaciones rápidas y fundamentales de la
situación de una sociedad y de sus estructuras de clase, van acompañadas y en parte son llevadas a cabo
por las revueltas basadas en las clases, iniciadas desde abajo. Las revoluciones políticas transforman las
estructuras del Estado y no necesariamente se realizan por medio de conflictos de clases. Lo que es
exclusivo de la revolución social es que los cambios básicos de la estructura social y de la estructura
política ocurren unidos, de manera tal que se refuerzan unos a otros. Y estos cambios ocurren mediante
intensos conflictos sociopolíticos, en los que las luchas de clases desempeñan un papel primordial. A este
autor le interesan las revoluciones sociales que según su posición solo son las triunfantes, pues objeta la
existencia de revoluciones sociales fallidas y da cuenta de las razones estructurales que hicieron posible la
revolución francesa, rusa y China, objeto de su estudio.
Las revoluciones atraviesan cuatro fases:
1- colapso del antiguo régimen
2- revueltas desde abajo
3- transferencia del poder a la vanguardia
4- toma de decisiones drásticas por parte de la vanguardia triunfante, las cuales constituyen medidas
transformadoras de la sociedad y del Estado.

Las dos primeras fases corresponden a lo que Tilly llama situación revolucionaria, mientras las dos
segundas son parte de lo que el mismo autor denomina resultado revolucionario.

Tilly considera que la revolución es una transferencia por la fuerza del poder del Estado, proceso en el cual
dos bloques diferentes tienen aspiraciones a controlar el Estado, y en el que una fracción importante de la
población sometida a la jurisdicción del Estado apoya las aspiraciones de cada uno de los bloques. Tilly
supone una secuencia revolucionaria completa, que va desde la ruptura de la soberanía y la hegemonía, a
través de un periodo de enfrentamientos hasta el restablecimiento de la soberanía y la hegemonía bajo
una nueva dirección o el establecimiento de una nueva soberanía y una nueva hegemonía. El proceso de
enfrentamiento y cambio desde el momento que se plantea la situación de soberanía múltiple hasta que
deja de existir constituye el proceso revolucionario.
Siguiendo con Tilly una revolución tiene dos componentes:
- Una situación revolucionaria: la idea está tomada del concepto de poder de Trotsky, una soberanía
múltiple: dos o más bloques tienen aspiraciones, incompatibles entre sí, a controlar el Estado, o a
ser el Estado.
- Un resultado revolucionario: se produce cuando tiene lugar una transferencia de poder de quienes
lo detectaban antes de que se planteara una situación de soberanía múltiple, a una nueva coalición
gobernante, en la que pueden estar incluidos algunos elementos de la coalición gobernante
anterior.
La soberanía múltiple puede entenderse como la situación en el cual un gobierno carece, por la razón
que fuese, de pleno control sobre el territorio que administra, espacio en el cual ese control es cuestionado
por un grupo antagónico capaz de ejercer algunas de las funciones propias de un gobierno.
Metodológicamente, puede añadirse una vertiente más para quien el momento revolucionario incluye tres
elementos relacionados recíprocamente:
1- la incompetencia del régimen
2- la existencia de una clave revolucionaria
3- la resolución de las alianzas
La revolución no es explicada como el precipitado de una suma de factores causales sino como un
proceso de causación continuo y cambiante.
Según Pasquino la definición de revolución es más amplia, incluye las tentativas revolucionarias como
parte de la definición y por ende permite pensar la revolución como un proceso abierto que admite tanto la
posibilidad de triunfo como la posibilidad de la derrota del movimiento revolucionario.
Rod Aya sostiene que existen tres significados de revolución:
1-atendiendo a la intención, una revolución es un intento de establecer un cambio rápido, radical y violento
de Estado y de la sociedad.
2- el resultado se trata de un cambio violento del estado y de la sociedad que tiene lugar con
independencia de la intención
3- si se presta atención a la situación, una revolución es una lucha total por el poder político del estado
independiente de la intención o el resultado.
Si hay triunfo, hay revolución. Si hay fracaso puede ser el resultado de:
1- la imposibilidad de los revolucionarios de lograr un cierto grado de ejercicio dual del poder, o de
soberanía múltiple, en razón de derrotas militares y/o políticas en la fase inicial del proceso
2- alcanzar esa situación y mantenerla durante un cierto tiempo, pero sin lograr consolidar su poder, lo cual
lleva a la derrota, como el caso del artiguismo en los inicios del proceso revolucionario independentista.
La derrota puede consolidar la fracción de clase dominante existente en la etapa prerrevolucionaria en su
poder, o bien puede que sea derrotada y por lo tanto desplazada por otra fracción de la misma clase.
También es posible que el fracaso sea el resultado de la imposibilidad o incapacidad de los
revolucionarios, que alcanzaron el poder y lo administraron por sí mismos, produciendo cambios de cierta
envergadura, de mantener el control del poder y completar el proceso de transformaciones radicales.
Para Pasquino revolución es la tentativa acompañada del uso de la violencia de derribar a las autoridades
políticas existentes y de sustituirlas con el fin de efectuar profundos cambios en las relaciones políticas, el
ordenamiento jurídico-constitucional y en la esfera socioeconómica. La toma del poder por los
revolucionarios es la condición necesaria para llevar adelante las transformaciones, sean solo del poder
político y sus institución (revolución política) es o bien societales o profundas, de las estructuras
socioeconómicas. (Revolución social)

Es clave la existencia de un movimiento social de masas cuyo motor es el conflicto de clases. Se trata de
movimientos desde abajo, violentos y rápidos que producen grandes cambios, tanto en las estructuras
políticas como sociales. Las revoluciones que se suscitaron con la crisis del orden colonial no
constituyeron revoluciones sociales en el sentido de movimientos social de masas. Los procesos violentos
con revueltas desde abajo, el caso de Haití, México y la Banda Oriental del Rio de la Plata, no devinieron
en resultados capaces de definir revoluciones sociales. esos resultados fueron re direccionados por los
sectores conservadores, que se limitaron a llevar adelante transformaciones en la estructura del Estado,
pasaje del estado colonial al estado independiente, pero no hubo en simultaneo cambios radicales en la
estructura social.
No hubo en América Latina revoluciones burguesas, entendiendo aquellas por las cuales la burguesía
expropia a las antiguas clases propietarias, modifica las relaciones de producción y se hace del poder. Las
revoluciones de independencia fueron revoluciones políticas y revoluciones pasivas dependientes.

Como conclusión:
un proceso revolucionario es un conjunto de acciones de insurgencia contra el orden y los poderes
establecidos, tentativas o efectivizadas, que procuran la trasformación del régimen político sin alterar la
matriz societal (revolución política) o bien con una intencionalidad más radical, la subversión lo más amplia
y profunda, preferentemente total, del conjunto de la sociedad, incluyendo el principio de legitimidad, el
poder político, la forma del estado y las relaciones sociales de producción (revolución social). La revolución
social es revolución política, por ejemplo como la Revolución Mexicana.
Como proceso, la revolución se desarrolla en dos grandes momentos: la situación revolucionaria, en la
cual los insurgentes cuestionan el poder establecido, en crisis, y logran, mediante movilizaciones de
masas surgidas desde abajo, que pueden devenir guerra de clases, adhesiones significativas. La
revolución es un intento, una tentativa; es necesario que se produzca un desenlace o resultado
revolucionario, una transferencia del poder en favor de los insurgentes. En ambas situaciones, la violencia
aparece como componente fundamental. La violencia es el segundo momento, adquiere la forma de una
guerra civil. El mayor o menor grado de violencia depende del grado y alcance de consenso (hegemonía)
que tengan los revolucionarios antes de la toma de poder, pero también de la capacidad de resistencia de
la clase dominante. La victoria puede ser duradera e irreversible o bien transitoria. Por fuerzas externas
como el imperialismo en Guatemala y Nicaragua.
Toda revolución implica un cierto grado de conflicto de clases, que puede ser intraclase, en particular en el
caso de las revoluciones políticas o interclases, manifiesta en el caso de las revoluciones sociales, pero
ninguna es un caso puro.
El grupo dirigente revolucionario fue un bloque constituido por grupos dominantes, burgueses
comerciantes, terratenientes, propietarios mineros, profesionales, clérigos, militares, jerarcas burócratas,
con alguna presencia mestiza. Enfrente tenían un grupo de composición social semejante. El clivaje
criollos/españoles fue más étnico que social, al menos en el momento de la insurgencia. Los criollos eran
mayoría, en términos demográficos y tenían un alto grado de control de los recursos productivos, pero
estaban excluidos del acceso al poder político, militar y religioso. Constituían a la vez una comunidad
colonial y una clase privilegiada. Habrían de ser económicamente sometidos y explotados, pero eran
esenciales para la estabilidad del imperio.
En cambio, las clases populares, las sujetas a la mayor explotación y dominación (artesanos, jornaleros,
campesinos, trabajadores, esclavos, pequeños comerciantes) étnicamente mestizos, mulatos, indígenas,
afroamericanos no desempeñaron el liderazgo del proceso, pero su participación en las guerras de
independencia por convicción o por subordinación a sus patrones, los llevo a involucrarse en la política a
ser sujetos de ella, e incluso a un cambio político.

Bazant, Jean “México”, en BETHELL, Leslie Capitulo 3:

Agustín de Iturbide proclamó la independencia de México en 1821. En su manifiesto «El Plan de Iguala»,
hizo un llamamiento a favor de la independencia, de la unión de los mexicanos, los españoles y del
respeto a la Iglesia católica romana.

El sistema de gobierno sería una monarquía constitucional en la que el emperador sería elegido entre los
miembros de una familia real europea, preferiblemente la española y por otro lado, un Congreso elaboraría
la constitución nacional.

Así, con la primera de las llamadas «tres garantías», Iturbide ganó el apoyo de los viejos guerrilleros que
luchaban por la independencia, sobre todo el del general Vicente Guerrero. La segunda garantía ofreció
seguridad a los españoles nacidos en la península, pero que residían en México; y la tercera buscó
atraerse al sector eclesiástico prometiéndoles conservar los privilegios que en España desde hacía poco
estaban amenazados por el régimen liberal revolucionario. El ejército tomaría a su cargo la defensa de las
tres garantías. El llamamiento de Iturbide resultó un éxito. Sin embargo, la metrópoli envió al capitán
general. Se le había encargado que introdujera las reformas liberales en la Nueva España pero que al
mismo tiempo asegurase que la colonia continuara dentro del imperio español.

La independencia mexicana se le presentó como un hecho consumado y, deseando huir lo antes posible
de la fiebre amarilla que infectaba el puerto, decidió entrevistarse con Iturbide y firmaron un tratado que
reconocía al «Imperio Mexicano» como una nación soberana e independiente.

El tratado repetía el manifiesto de Iguala, si bien contenía algunas modificaciones. Según el manifiesto, el
trono se ofrecería a Fernando VII, o, si éste rehusaba el ofrecimiento, a un príncipe de una casa real
reinante. Si ninguno de los cuatro príncipes españoles aceptaba el trono, el futuro emperador sería elegido
por el Congreso mexicano. Esta junta declaró la independencia de México en un acto formal. Presidida por
Iturbide, la junta se componía de bien conocidos eclesiásticos, abogados, jueces, miembros de la nobleza
mexicana y unos pocos oficiales, entre ellos Anastasio Bustamante. Viejos luchadores por la
independencia como Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria o Guerrero no pertenecían a ella, pero O'Donojú
sí, según lo acordado en Córdoba. Desde el principio la actitud española hacia la independencia mexicana
fue hostil.

Aunque la mayor parte del ejército español estacionado en México juró lealtad a la nueva nación, un grupo
de realistas intransigentes se retiraron a una fortaleza en una isla frente al puerto de Veracruz, y esperó
refuerzos con los que poder reconquistar el país. El gobierno de Madrid no desaprobó su conducta, ya que
las Cortes españolas rechazaron el tratado de Córdoba. La noticia del rechazo de la independencia de
México por parte de la madre patria llegó varios meses más tarde. La independencia en 1821 no produjo
cambios revolucionarios inmediatos en la estructura social y económica del país.

El primer y principal efecto revolucionario fue que el poder político antes ejercido por la burocracia real, fue
transferido al ejército, es decir, a la coalición de los ejércitos realista de Iturbide y republicano de Guerrero.
El segundo pilar de la nueva nación fue la Iglesia católica romana. Al igual que todas las instituciones
coloniales, durante los diez años de guerra había sufrido graves pérdidas tanto en su poder como en sus
bienes materiales.

Las cifras de los diezmos reflejan la decadencia económica general; la producción de cereales pudo
haberse recuperado pero el azúcar de caña y otros sectores agrícolas continuaron estando deprimidos. La
producción manufacturera pudo haber disminuido incluso hasta la mitad, y las finanzas públicas se
redujeron en una proporción similar. Los ingresos del gobierno ascendieron pero los gastos se elevaron,
generándose así, pues, un déficit. La deuda pública o nacional creció. El Congreso constitucional se reunió
en la capital en 1822 para tratar la cuestión de la recesión económica y del déficit presupuestario. Ante la
desagradable sorpresa de Iturbide, la mayoría de los diputados eran «borbonistas» —es decir,
monárquicos proespañoles o republicanos.

En 1822, la guarnición militar local le proclamó emperador con el nombre de Agustín I y bajo una
considerable presión militar y popular, el Congreso aceptó la situación y reconoció la nueva monarquía.
Iturbide fue coronado por el presidente del Congreso en la magnífica catedral de la capital. El imperio de
Iturbide no perduraría. Desde el principio hubo grandes obstáculos para que sobreviviera. La nobleza
mexicana anhelaba un príncipe europeo y miraba con desagrado a Iturbide; por último, había un fuerte
sector de republicanos que incluía a algunos prominentes periodistas, abogados y eclesiásticos
progresistas.

Por consiguiente, no debe sorprendernos que la caída de Iturbide fuera incluso más rápida que su
ascenso. Los borbonistas le culparon de haber violado su promesa de ofrecer el trono a un príncipe
europeo. La propia arbitrariedad de Iturbide provocó la expansión de las ideas republicanas, que hasta
entonces sólo habían sido profesadas por los intelectuales. Los ambiciosos oficiales del ejército tampoco
estaban satisfechos: mientras que podían tolerar un príncipe extranjero, les resultaba en cambio difícil
aceptar a uno de su propia clase como emperador; si no se podía conseguir traer a un príncipe extranjero,
entonces la solución estaba en la república, que por lo menos era un sistema con el cual podían llegar a
ser presidentes. Creció la oposición a Iturbide y, en una atmósfera de libertad de expresión restringida,
proliferaron las conspiraciones. Iturbide ya había encarcelado a miembros del Congreso y a varios
oficiales, disolvió el conflictivo Congreso. Su posición se debilitó aún más al querer aplicar una serie de
medidas fiscales confiscatorias, ya que los comerciantes que las padecieron buscaron apoyo en los
borbonistas.

El puerto de Veracruz era especialmente importante para la seguridad de Iturbide. Estaba situado justo en
frente de la fortaleza de San Juan de Ulúa, que permanecía en manos de los españoles. Allí empezó una
rebelión con la adquiescencia española, si no con su soporte, y en caso de fallar los líderes rebeldes se
podían refugiar en la fortaleza. Desconfiando del ambicioso y joven comandante militar de Veracruz,
Antonio López de Santa Anna, Iturbide lo envió a Jalapa, una ciudad en la zona montañosa donde le
destituyó de su cargo y le ordenó que se presentara en la Ciudad de México. Santa Anna no tenía la más
mínima intención de obedecer al emperador y 1822, acusó públicamente a Iturbide de tirano.

Santa Anna, proclamó la república y apeló por la reinstauración del Congreso y la formulación de una
constitución basada en «la religión, la independencia y la unión», es decir, sobre las mismas bases del
manifiesto de Iguala que dijo que habían sido infringidas por el emperador. También hizo un llamamiento al
apoyo y a la influencia de los comerciantes españoles locales de Veracruz postulando la paz y el comercio
con la madre patria.

Sin embargo, Santa Anna cambió de opinión sobre su ligera profesión de fe republicana. En 1822 los
republicanos mexicanos casi no usaban el término «república» en su propaganda; en cambio, hablaban de
libertad, de nación y de la soberanía del Congreso. Así pues, Santa Anna revisó su posición y más tarde
publicó un manifiesto más moderado y detallado. Sin hacer mención a una república, el manifiesto apelaba
por la destitución del emperador. «La verdadera libertad de la patria» para los republicanos significaba la
república y para los borbonistas y los españoles una monarquía constitucional.

Una circunstancia ayudó a Santa Anna: un guerrillero, Guadalupe Victoria, que hacía poco se había
escapado de la prisión, que se encontraba casualmente en Veracruz y firmó el manifiesto de Santa Anna.
De este modo Santa Anna, obtuvo la ayuda de un general insurgente que tenía inclinaciones republicanas.

El ejército se «pronunció» en contra de Iturbide. El emperador abdicó en 1823 y el Congreso, reunido de


nuevo, designó un triunvirato provisional formado por los generales Victoria, Bravo y Negrete, los dos
primeros republicanos. El Congreso anuló el manifiesto de Iguala, así como también el tratado de
Córdoba, y decretó que México desde entonces era libre de adoptar el sistema constitucional que quisiera.
La república era un hecho real. Así pues, Santa Anna desató un movimiento que produjo la caída del
imperio de Iturbide y que terminó por implantar la república. Aunque el nuevo sistema político fue
concebido por los intelectuales, fue el ejército el que lo hizo posible y a la vez quien se convirtió en su
dueño.

El triunvirato se dedicó a la tarea de recuperar la confianza pública y de mejorar la atmósfera para poder
obtener dos empréstitos en el mercado de Londres: a principios de 1824, pero debido al bajo precio
contratado y a las deducciones de los banqueros en realidad recibió mucho menos del valor solicitado. El
gobierno esperaba utilizar este dinero para hacer mejoras a largo plazo, pero cuando llegó fue
rápidamente absorbido por los gastos corrientes tales como el pago de los salarios de los empleados
públicos, sobre todo el de los militares. Sin embargo, estos préstamos parece que fueron un factor
estabilizador en los primeros años de la república, y la deuda extranjera contraída entre 1823-1824 no
parecía excesiva. Además, el interés británico en los recursos minerales del país era un hecho, entre 1823
y 1827 los ingleses invirtieron más de 12 millones de pesos en las empresas mineras mexicanas, en
especial en las compañías argentíferas.

Los antiguos sostenedores de un imperio mexicano dirigido por un príncipe europeo se convirtieron en
republicanos centralistas que abogaban por un régimen fuerte y centralizado, una reminiscencia del
virreinato. La mayoría de los republicanos que se opusieron a Iturbide se convirtieron en federalistas y
abogaban por una federación de estados según el modelo de los Estados Unidos. La vieja destructiva
batalla entre realistas e independentistas, que en 1821 se habían convertido en borbonistas y republicanos
y que se aliaron temporalmente para derrocar a Iturbide, reapareció en 1823 con lemas diferentes.

Tras la abdicación de Iturbide el poder pasó, por un corto tiempo, a manos de los borbonistas, pero
después una serie inesperada de sucesos ayudaron a la causa republicana. Culpando a los borbonistas de
haber derrocado a Iturbide, los antiguos seguidores del emperador se unieron ahora a los republicanos y
las elecciones para el nuevo Congreso constitucional dieron la mayoría a los federalistas.

El Congreso constitucional se reunió en 1823, y casi un año más tarde adoptó una constitución federal que
se parecía mucho a la de los Estados Unidos. La constitución mexicana de 1824 dividió al país en 19
estados, que debían elegir sus gobernadores y sus legislaturas, y en cuatro territorios que estarían bajo la
jurisdicción del Congreso nacional. Se estableció la división de poderes —ejecutivo, legislativo y judicial—,
pero la constitución mexicana difirió del modelo del norte en un punto importante, ya que solemnemente
declaró que «La religión de la nación mexicana es y será siempre la Católica, Apostólica y Romana. La
nación la protege con leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra». De las tres garantías
del manifiesto de Iguala sólo se mantenían dos: la independencia y la religión. La tercera, la unión con los
españoles —que implicaba la existencia de una monarquía con un príncipe europeo—, había sido
sustituida por la república federal. Al desaparecer la autoridad real suprema y al no existir una nobleza o
una burguesía fuerte, el vacío fue ocupado por los héroes populares del ejército victorioso. Liberado de las
restricciones regias, el ejército se convirtió en el árbitro del poder de la nueva nación. Ya fuera federal o
centralista, un general sería el presidente de la república.

México también adoptó la práctica estadounidense de elegir a un presidente y a un vicepresidente. Los


dos jefes del ejecutivo podían pertenecer a partidos políticos diferentes u opuestos, con el peligro obvio de
que la rivalidad continuara existiendo entre ellos mientras ocuparan los cargos respectivos. El primer
presidente fue un federalista liberal, el general Guadalupe Victoria, y el vicepresidente un conservador
centralista, el general Nicolás Bravo, un rico propietario. Ambos habían luchado por la independencia en la
guerrilla, pero en 1824 pertenecían a dos grupos hostiles. Aún no había partidos políticos, pero los dos
grupos recurrían a las sociedades masónicas como medio de organizar sus actividades y propaganda. Los
centralistas tendían a ser masones del rito escocés, mientras que los federalistas, con el apoyo del
ministro en la nueva república, estadounidense, eran miembros de la masonería de rito yorkino. Las logias
fueron la base sobre la que un cuarto de siglo después se erigiría los partidos conservador y liberal.

El presidente Victoria:
Intentó mantener en su gabinete un equilibrio entre los centralistas y los federalistas con la esperanza de
aparentar unidad en el gobierno nacional. Sin embargo, ya en 1825 Lucas Alamán, el más capaz de los
ministros procentralistas, rápidamente fue obligado a abandonar el cargo debido a los ataques federalistas.
Al año siguiente, después de una larga y dura campaña electoral, los federalistas obtuvieron una
importante mayoría en el Congreso, sobre todo en la Cámara de Diputados. La tensión aumentó en 1827
al descubrirse una conspiración para restaurar el dominio español. Pero el nacionalismo mexicano se
convirtió en un arma conveniente y eficaz que los federalistas usaron para atacar a los centralistas de
quienes de forma muy extendida se pensaba que estaban a favor de España. En su ofensiva, en la que
usaron la religión como contrapartida del nacionalismo, los centralistas se vengaron de la destitución de
Alamán con una campaña en contra del ministro norteamericano, que era protestante. Como que el bien
intencionado pero ineficaz presidente Victoria fue incapaz de controlar a los federalistas, que eran más
agresivos, Bravo, el líder centralista y vicepresidente, finalmente recurrió a la insurrección en contra del
gobierno. Bravo pronto fue derrotado por el general Guerrero, y se le envió al exilio. Habían luchado en
contra de los españoles, pero Guerrero escogió la causa federalista, lo que le permitió controlar su «tierra
caliente» nativa.
La principal consecuencia política fue la próxima elección presidencial programada para 1828. La revuelta
de Bravo había echado a perder las oportunidades de los centralistas que ni siquiera pudieron presentar
un candidato. Entonces los federalistas se dividieron en moderados y radicales. Los centralistas o
conservadores siguieron al candidato moderado, el general Manuel Gómez Pedraza, antiguo oficial realista
y más tarde seguidor de Iturbide. Su oponente era el general Guerrero, que nominalmente era el líder de
los federalistas. Gómez Pedraza fue elegido presidente y el general Anastasio Bustamante vicepresidente,
pero Guerrero se negó a aceptar el resultado y Zavala, organizó una revolución que triunfó en la capital en
1828. Guerrero fue «elegido» en 1829 y recibió el cargo de manos de Victoria. A los cuatro años ya se
había roto el orden constitucional.

Gobierno de Guerrero:

Guerrero, un héroe popular de la guerra contra España, era un símbolo de la resistencia mexicana a todo
lo español. Pronto se decretó la expulsión de los españoles que aún vivían en la república y se empezó a
preparar la resistencia a una invasión española que se esperaba desde hacía tiempo. Zavala, ministro de
Hacienda de Guerrero, encontró el Tesoro casi vacío, y buscó la manera de aumentar los ingresos. Obtuvo
algunos fondos al vender los bienes de la Iglesia nacionalizados por las autoridades coloniales y también
decretó un impuesto progresivo que fue el único intento de este género que existió en este periodo de la
historia de México. Sus acciones en contra de la propiedad eclesiástica y su bien conocida amistad con
Poinsett le hicieron impopular ante la Iglesia, y sus intentos de reforma social, con los que buscaba el
apoyo de las clases sociales más bajas, le reportaron el odio de todos los sectores de propietarios.

A finales de 1829 tuvo lugar la tan largamente esperada invasión de tropas españolas y sirvió para calmar
el conflicto político entre los partidos, puesto que la nación se congregó a la llamada de la unión. El
general Santa Anna corrió desde su cuartel general, donde habían desembarcado los invasores, y
rápidamente los aplastó. En un instante, se convirtió en un héroe de guerra y el país disfrutó de la alegría
de la victoria. Pero la euforia fue breve y, al haber desaparecido la amenaza exterior, el grupo católico y
conservador renovó su campaña contra la administración de Guerrero.

Aún no se atrevían a tocar al presidente, que aún era un héroe de la independencia y ahora había salvado
a la nación de la agresión española. Los objetivos fueron, en cambio, el protestante Poinsett y el
demócrata Zavala. Los ataques en contra suyo fueron tan fuertes que Zavala fue obligado a renunciar y
Poinsett, una víctima fácil y propicia, abandonó México. Privado del apoyo de Zavala y de Poinsett, al poco
tiempo Guerrero perdió el cargo, cuando el vicepresidente Bustamante se levantó con la ayuda del general
Bravo. Guerrero se retiró, lejos del control de gobierno central.

Presidente Bustamante:

En 1830, Bustamante, actuando como presidente, formó su gabinete. A diferencia de los gobiernos de
1823 a 1827 —que habían tratado de mantener un difícil equilibrio entre federalistas y centralistas— y del
régimen de Guerrero de inclinaciones populistas—, fue abiertamente conservador. Lucas Alamán, quien
otra vez ocupó el puesto clave de ministro del Interior y de Asuntos Exteriores, fue el líder del gabinete.
Inmediatamente puso en práctica su programa político: se reprimió a la oposición después de varios años
de libertad plena; por primera vez desde la caída de Iturbide el gobierno central intentó contener a los
estados, en varios de los cuales se estaban extendiendo nuevas ideas liberales; se salvaguardaron los
derechos de propiedad, cuyo origen podía ser trazado hasta la conquista española, y se confirmaron los
privilegios de la Iglesia. Alamán evidentemente tenía pensado establecer un acuerdo con España y con la
Santa Sede.

Algunas de estas y otras medidas no gustaron a Guerrero, y por ello se levantó de nuevo en el sur a la
cabeza de un grupo de guerrilleros. El general Bravo permaneció leal a Bustamante y a Alamán, y fue
designado para dirigir el ejército en contra de Guerrero, que fue capturado en 1831 y ejecutado por orden
del gobierno central. El cruel trato que se dio a Guerrero tiene una explicación: La razón está en que
Zavala, según escribió años más tarde, advirtió que era un mestizo y que la oposición a su presidencia
provenía de los grandes propietarios, los generales, los clérigos y los españoles residentes en México.
Esta gente no podía olvidar la guerra de la independencia con su amenaza de subversión social y racial. A
pesar de su pasado revolucionario, el rico criollo Bravo pertenecía a este «club de caballeros», al igual que
el culto criollo Zavala a pesar de su radicalismo. Por esto la ejecución de Guerrero fue una advertencia
para que los hombres considerados tanto sociales como étnicamente inferiores no soñaran con ser
presidentes.

No todo lo que hizo el gobierno conservador de Bustamante resultó negativo o reaccionario. La economía
y las finanzas del país mejoraron a consecuencia de una serie de medidas. Desde finales de 1827, cuando
empezó a emerger el conflicto, México había sido incapaz de pagar los intereses de los dos empréstitos
extranjeros firmados en Londres. Ahora acordó con los detentores de bonos que la deuda atrasada, que
sobrepasaba la cifra, sería capitalizada. Así pues, se restauró la confianza al precio de incrementar el
capital de la deuda, pero seguramente no había otra solución posible. Las minas de plata continuaban en
decadencia debido a la sobre expansión y a las disturbios militares y civiles. Por entonces no se podía
hacer gran cosa para reanimar el sector, y Alamán atendió a otras esferas de la economía. Por ejemplo,
creó un banco gubernamental para que financiara la introducción de máquinas de hilar y tejer algodón y
prohibió la importación de algodón de Inglaterra. Con las altas tarifas proteccionistas existentes se
proveería de fondos al banco y se prestaría el dinero a los comerciantes y financieros mexicanos y
extranjeros que quisieran convertirse en manufactureros. Se encargaron las máquinas a los Estados
Unidos y las primeras fábricas de hilar algodón empezaron a funcionar en 1833.

Como resultado de estas iniciativas, una década más tarde México contaba con unas 50 factorías que
podían proveer a la población de tejidos de algodón baratos. La industria era especialmente importante en
la ciudad tradicionalmente textil de Puebla y en el estado algodonero de Veracruz, donde la fuerza
hidráulica era abundante. Después el crecimiento fue más lento. Alamán no se preocupó sólo de la
industria textil, pero no pudo alcanzar resultados tan espectaculares, por ejemplo, en la agricultura, la cual
tuvo que reconocer, aunque él mismo era un devoto católico, que se veía seriamente obstaculizada por el
diezmo eclesiástico.

Bustamente no era lo suficientemente fuerte como para imponer una república permanentemente
centralizada, y pronto surgieron los grupos políticos rivales. Francisco García, el gobernador del estado
minero de Zacatecas, había, organizado cuidadosamente una milicia civil muy poderosa y desafió al
régimen proclerical de la capital. Su amigo Gómez Farías, que era senador sugirió que el Estado
patrocinara un concurso de ensayos sobre los derechos respectivos de la Iglesia y el Estado sobre la
propiedad. Gómez Farías organizó la oposición contra Bustamante, la milicia de voluntarios de Zacatecas
era tan sólo una fuerza local, necesitaba disponer de un aliado en el ejército profesional. El general Santa
Anna se había rebelado contra Bustamante en 1832. La campaña liberal de Gómez Farías combinada con
la revuelta militar de Santa Anna obligó a Bustamante a despachar a Alamán.

Estos cambios en el gabinete no fueron suficientes, y a finales de 1832 Bustamante tuvo que aceptar la
derrota. Gómez Farías, como nuevo ministro de Hacienda en la administración interina que era, controló el
gobierno de la capital. A Zavala, que había regresado a México no se le ofreció un puesto en el gabinete;
su tono populista fue sustituido ahora por el anticlericalismo de la clase media, y tuvo que contentarse con
el cargo de gobernador del estado de México.

Presidente Santa Anna:

En 1833 Santa Anna fue elegido presidente y Gómez Farías vicepresidente, empezando formalmente su
mandato el 1 de abril. Gómez Farías estaba ansioso de emprender reformas liberales y Santa Anna prefirió
dejar, por el momento, el ejercicio del poder a su vicepresidente, mientras él continuaba en su estado de
Veracruz esperando la reacción de la opinión pública.

Libre de las limitaciones presidenciales, Gómez Farías inició un amplio programa de reformas, sobre todo
en lo concerniente a la Iglesia. Se derogó la obligación según la ley civil de pagar diezmos y su pago se
volvió totalmente voluntario. También se acabó con la fuerza civil de los votos monásticos y se permitió que
los frailes y las monjas salieran de los monasterios o conventos si querían. Asimismo, se declararon nulas
y se abolieron todas las transferencias de bienes inmuebles pertenecientes al clero regular efectuadas
desde la independencia. Mientras que la primera ley afectaba principalmente a los obispos y a los
canónigos, cuyos ingresos procedían sobre todo del cobro de los diezmos, las dos últimas se hicieron
pensando que provocarían la eventual desaparición de las órdenes regulares. La destrucción de los bienes
monásticos ya se discutía en el Congreso, y se declaró ilegal la venta de tales propiedades para evitar que
la Iglesia las vendiera a gente de confianza y así evadiera la desamortización. Pero aun así, los liberales
no pudieron acabar con los bienes amortizados.

Gómez Farías, su gabinete y el Congreso liberal intentaron reducir el tamaño del ejército, y no pasó mucho
tiempo antes de que los jóvenes oficiales militares imploraran a Santa Anna que interviniera. Al final,
cuando varios oficiales y sus tropas se rebelaron en 1834 y cuando la rebelión se expandió, decidió
abandonar su hacienda y asumir la autoridad presidencial en la capital. Las consecuencias de esta
decisión pronto se hicieron patentes. Las reformas se dejaron de lado y en 1835 Gómez Farías fue
expulsado de su cargo de vicepresidente. Un nuevo Congreso aprobó una moción para modificar la
constitución de 1824 a fin de implantar una república centralista. Santa Anna, sabiendo que Zacatecas era
el bastión del federalismo, invadió el estado, derrotó a su milicia y depuso al gobernador García. En 1835
el Congreso elaboró una constitución centralista provisional según la cual los estados serían sustituidos
por departamentos y sus gobernadores serían designados desde entonces por el presidente de la
república.

Sin embargo, Santa Anna no estableció de forma total un régimen fuerte y centralizado. Poco después de
la derrota de Zacatecas, en el norte se produjeron unas complicaciones imprevistas, tanto para México
como para Santa Anna, y de lo más inoportunas. La provincia de Texas se negó a aceptar el centralismo y
finalmente se levantó en armas. Después de que los colonos hubieran expulsado a las tropas mexicanas
norteñas, Santa Anna decidió dirigir en persona lo que él consideraba una simple expedición punitiva.
Santa Anna logró tomar San Antonio a principios de 1836, pero fue derrotado y hecho prisionero. Entonces
los téjanos ya habían declarado su independencia. El vicepresidente de la nueva república tejana no era
otro que el liberal Lorenzo Zavala, pero murió meses más tarde. Santa Anna, siendo prisionero de los
téjanos, firmó un tratado que garantizaba la independencia de Texas y reconocía a Río Grande como
frontera entre ambos países. Después se le dejó en libertad y en 1837 volvió a México, pero cayó en
desgracia ya que entretanto el gobierno mexicano no había aceptado el tratado y se negó a renunciar a
sus derechos sobre la antigua provincia.

En cierta manera México logró contrarrestar su derrota en el norte; con un triunfo en el frente diplomático
europeo, ya que España y la Santa Sede finalmente reconocieron la independencia de la nación a finales
de 1836.

Por las mismas fechas el Congreso aprobó una constitución centralista muy detallada. Con la esperanza
de dar al país la estabilidad que tanto necesitaba se alargó el mandato presidencial de cuatro a ocho años
y durante un tiempo pareció que se conseguiría un periodo de paz. Las esperanzas fueron prematuras.

2° presidencia de Bustamante:

Bustamante había vuelto a ocupar su cargo como nuevo presidente, pero los conservadores que
recordaban su régimen fuerte de 1830-1832 quedaron desilusionados. Los dos principales defensores del
centralismo, Santa Anna y Alamán, habían quedado desacreditados, y Bustamante sin su apoyo o presión
mostraba una inclinación creciente hacia los federalistas que pretendían que se reimplantara la
constitución de 1824.

La invasión francesa de Veracruz acaecida en 1838, con el objeto de lograr una compensación adecuada
por los daños sufridos, dio a Santa Anna la oportunidad de volver a ganarse la estima popular. Avanzó
sobre Veracruz y su brava conducta le convirtió de nuevo en un héroe nacional.

2° Presidencia de Santa Anna:


En 1839, fue nombrado presidente interino mientras Bustamante salía de la capital para enfrentarse a los
federalistas rebeldes. Sin embargo, más tarde devolvió el cargo y se retiró. El apoyo popular a Bustamante
estaba disminuyendo y en 1840 fue capturado por el ejército federalista. Éste llamo a Gómez Farías e
implantaron una república federal. El levantamiento quedó aplastado después de varios días de luchas
callejeras, y Bustamante fue liberado. Como reacción al caos creciente, el escritor José María Gutiérrez
Estrada propuso que para solucionar los problemas de México se estableciera una monarquía con un
príncipe europeo. Mientras Yucatán, estimulado por el éxito de Texas, estaba luchando contra el
centralismo mexicano, pensó que la república centralista era demasiado débil para imponer el orden. Era
evidente que Bustamante había perdido el apoyo tanto de los federalistas radicales como de los
conservadores extremistas. Santa Anna también estaba descontento con la constitución de 1836, que
había introducido un curioso «poder conservador supremo» para limitar el poder del presidente. Por último,
Yucatán declaró su independencia y Bustamante no fue capaz de volverlo a hacer entrar en la república, ni
por medio de negociaciones ni por medio de las armas. Además, El incremento de los impuestos, los
aranceles y los precios sólo sirvió para que el descontento se extendiera aún más. El país estaba a punto
de iniciar una nueva revolución.

En 1841 el general Mariano Paredes Arrillaga, comandante de Guadalajara, exigió la destitución de


Bustamante y que un nuevo Congreso modificara la constitución de 1836. Pronto recibió el apoyo del
ejército, y Santa Anna actuó como intermediario convirtiéndose en presidente provisional en 1841. Se
sabía que el general Paredes, que también había sido un oficial realista, era conservador y que la nueva
situación era el resultado de una revuelta centralista contra el centralismo.

Sin embargo, Santa Anna era demasiado hábil para dejarse atar por cualquier partido. Necesitaba fondos
para reconquistar Texas y Yucatán así como para su ostensión, y sólo la Iglesia se los podía proporcionar.
Como medio de presionar a la Iglesia ofreció la cartera de Hacienda a Francisco García, el antiguo
gobernador de Zacatecas que él mismo había destituido en 1835. Las elecciones al nuevo Congreso
fueron lo suficientemente libres. En 1842 trabajaron sobre una nueva constitución a la sombra de la
presidencia de Santa Anna e hicieron dos borradores: En ambos se reconocía que la religión católica
romana era la única permitida y para no molestar a Santa Anna hablaban de departamentos y no de
estados. Sin embargo, en el segundo se incluía la declaración de los derechos humanos o «garantías»; en
concreto, se especificaba que la ley sería la misma para todos y que no habría tribunales especiales. En
otras palabras, ello quería decir que se aboliría la inmunidad ante la ley civil y que se terminaría con los
monopolios gubernamentales. Además, la educación sería gratuita.

En 1842 el ejército disolvió el Congreso cuando estaba discutiendo las reformas constitucionales y, en
ausencia de Santa Anna, el presidente Bravo nombró un comité de propietarios, eclesiásticos, oficiales del
ejército y abogados conservadores que unos meses después elaboró una constitución aceptable para
Santa Anna. En el documento, centralista y conservador, no se hacía referencia a los derechos humanos,
sobre todo a la igualdad. Los poderes presidenciales se vieron acrecentados por la omisión del «poder
conservador supremo » introducido en la constitución de 1836. Pero el poder del presidente no podía ser
absoluto porque, si bien los autores de la nueva constitución querían un jefe de Estado fuerte, en cambio
no querían un déspota. El nuevo Congreso resultó sólo un poco más tratable que el disuelto, y cuando las
extorsiones fiscales de Santa Anna se volvieron insoportables, el general Paredes, conocido por su
honestidad en las cuestiones fiscales, se rebeló. La Cámara de Diputados en la capital mostró simpatía
por este movimiento y otras unidades del ejército pronto le apoyaron. Santa Anna fue destituido a finales
de 1844, fue encarcelado y después se le mandó al exilio hasta su muerte. El Congreso eligió al general
José Joaquín Herrera, reputado moderado, como presidente.

La última secuencia de revueltas políticas en la capital discurrió teniendo como trasfondo las deterioradas
relaciones entre México y los Estados Unidos. En 1843 Gran Bretaña y Francia arreglaron una tregua
entre México y Texas, pero ésta no llevó al reconocimiento de la independencia de Texas por parte de los
mexicanos. Por el contrario, insistiendo que Texas era aún parte de México, Santa Anna anunció que su
anexión por parte de los Estados Unidos, que era propulsada por muchos norteamericanos, equivaldría a
declarar la guerra. La anexión fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos en 1845 y a partir de
aquí el ritmo de los acontecimientos se hizo más rápido. La opinión pública mexicana, tanto la
conservadora como la liberal, estaba enfurecidamente en contra de los agresivos políticos de Washington,
pero el nuevo presidente, el general Herrera, pronto vio que el estado financiero y militar del país no le
permitía oponer resistencia y que no llegaría apoyo de Europa. Por ello intentó negociar un acuerdo. Dada
la atmósfera existente, los mexicanos vieron tal intento como una traición. En 1845, el general Paredes se
rebeló con el pretexto de que «el territorio de la república se iba a disgregar, manchando para siempre el
honor nacional con una infamia perpetua al consentir el reparto con el pérfido gobierno de los Estados
Unidos». Se pidió la destitución de Herrera y otro Congreso extraordinario elaboró una nueva constitución.

Las unidades del ejército en la capital siguieron el llamamiento, Herrera dimitió y Paredes se convirtió en
presidente a principios de 1846. Por entonces, la constitución de 1843 estaba en vigor y, buscando la
manera de cambiarla, Paredes, un católico conservador, naturalmente no pensaba en una república liberal.
Dio un indicio de sus ideas cuando dijo: «Buscamos un poder fuerte y estable que pueda proteger a la
sociedad; pero para gobernarla no queremos ni la dictadura despótica de un soldado ni el yugo degradante
de un orador». Pronto se hizo evidente que pensaba en el sistema monárquico y, bajo su protección, Lucas
Alamán resucitó públicamente la idea central del Plan de Iguala de Iturbide, de implantar una monarquía
en México con un príncipe europeo en el trono.

En todo caso, no hubo tiempo para importar un príncipe europeo y obtener así ayuda contra los Estados
Unidos. Las hostilidades estallaron en 1846 y, en dos o tres meses, el ejército estadounidense derrotó a
las fuerzas mexicanas y ocupó parte del norte de México. La inhabilidad de Paredes para defender al país
y sus simpatías monárquicas desplazaron la opinión pública al otro extremo; se pensó que quizás el viejo
federalista Gómez Farías y el otrora héroe nacional Santa Anna, conocidos los dos por su odio a los
Estados Unidos, podrían ser más eficaces.

3° presidencia de Santa Anna:

Santa Anna en su exilio cubano había previsto esta posible reacción, cuando escribió a Gómez Farías.
Santa Anna sugirió que podrían trabajar conjuntamente, que el ejército y la gente debían unirse y que él
ahora aceptaba el principio de la libertad. Posiblemente pensando que el ejército necesitaba, a Santa Anna
y que lo podría controlar, Gómez Farías aceptó. Tácitamente se entendía que Santa Anna volvería a ser
presidente y Gómez Farías vicepresidente.

Gómez Farías se dirigió hacia México y a principios de agosto, gracias a la ayuda recibida de las unidades
del ejército encabezadas por el general José Mariano Salas, se ocupó la capital y se restauró la
constitución de 1824. El gobierno de los Estados Unidos entonces permitió que Santa Anna cruzara el
bloqueo y desembarcara en Veracruz, creyendo quizá que con la caída del extremadamente
antinorteamericano Paredes la guerra se terminaría o que Santa Anna firmaría la paz en términos
favorables para los Estados Unidos, o bien que hundiría aún más en el caos al ya caótico México. En
1846, los dos héroes, Santa Anna y Gómez Farías, desfilaron juntos por las calles de la capital y su
relación quedó formalizada cuando el Congreso nombró a Santa Anna presidente y a Gómez Farías,
vicepresidente.

Santa Anna pronto se marchó para dirigir al ejército y Gómez Farías, a fin de poder cubrir las urgentes
necesidades del ejército, nacionalizó propiedades de la Iglesia, ordenó la confiscación inmediata y la venta
de bienes eclesiásticos. La Iglesia protestó y hacia finales de febrero de 1847 en la capital empezó una
revuelta militar reaccionaria.

Santa Anna regresó y tarde repudió los dos decretos confiscatorios, pero antes las autoridades
eclesiásticas le habían prometido que le garantizarían un préstamo. Santa Anna había aprendido a utilizar
a los liberales para chantajear a la Iglesia. Los religiosos se quejaron, sabiendo que el préstamo
probablemente nunca les sería reintegrado. Ellos no disponían de suficiente dinero en metálico, pero el
gobierno lo obtuvo vendiendo a los comerciantes bonos a corto plazo con descuento con la garantía de
que la Iglesia los redimiría. Como que Gómez Farías se resistió a ser destituido, se abolió la
vicepresidencia.
La segunda sociedad de los dos dirigentes políticos del periodo se terminó para siempre. Mientras la
capital del país se sumergía en la guerra civil, el ejército estadounidense bajo la dirección del general Scott
desembarcó cerca de Veracruz, y el puerto se rindió. Las fuerzas invasoras entraron en Puebla y, a pesar
de varios actos de heroísmo de los habitantes de la ciudad, la capital fue ocupada. Al día siguiente Santa
Anna dimitió como presidente (pero no como comandante en jefe) y salió del país. La resistencia mexicana
se terminó y el ejército de los Estados Unidos no avanzó más. En la capital se estableció una junta
municipal constituida por prominentes liberales entre los cuales se encontraba Miguel Lerdo, mientras se
esperaba la constitución de un gobierno mexicano que pudiera empezar a negociar la paz. Con el general
Herrera que dirigía lo que quedaba del ejército, en el territorio no ocupado se formó un nuevo gobierno
presidido por Manuel de la Peña y Peña, el jefe máximo del Tribunal Supremo. Los liberales
antinorteamericanos como Gómez Farías y, entre la nueva generación emergente, Melchor Ocampo, no
participaron en el nuevo gobierno. La derrota generalmente se atribuyó a la incompetencia y traición de
Santa Anna. Algunos mexicanos culparon al «coloso del norte».

Los Estados Unidos hicieron todo lo posible para acortar el sufrimiento y la humillación de los mexicanos.
Se constituyó el nuevo gobierno y se negoció el tratado de paz (guerra mexicana-estadounidense) y
finalmente se firmó en 1848. México perdió: Texas, Nuevo México y California. Los negociadores
mexicanos consiguieron obtener la devolución de territorios que los Estados Unidos creían que habían
ocupado sólidamente, como por ejemplo la Baja California. Incluso así, las provincias perdidas constituían
cerca de la mitad del territorio mexicano. Por lo tanto, su pérdida no destrozó la economía mexicana y a
cambio recibió una indemnización de 15 millones de dólares. Comprensiblemente, algunos sectores de la
sociedad mexicana consideraron que el tratado era vergonzoso y que sus firmantes eran unos traidores;
algunos querían sostener una guerra de guerrillas contra los invasores. Pero prevaleció la razón.

Los indios:

La condición de los indios mexicanos continuaba siendo la misma en 1847. En las zonas rurales las
haciendas (grandes empresas, establecimientos o propiedades agrícolas) y los pueblos indios con tierras
comunales. En las haciendas los trabajadores a menudo estaban ligados a la propiedad por el peonaje o
servicio por deudas, una herencia del periodo colonial. El peón con deudas no podía irse hasta haberlas
pagado. En otras palabras, los trabajadores rurales eran comprados y vendidos por el precio de una
deuda. Si un peón con deudas huía, podía ser capturado, se le podía hacer volver y se le podía castigar.
Este tipo de peonaje era típico del centro de México. En la aislada península del Yucatán y en el
escasamente poblado norte aún existía legalmente la servidumbre.

Melchor Ocampo fue el primer hacendado liberal que escribió sobre la delicada cuestión del sistema
laboral del México rural. Condenó el peonaje no sólo por ser inmoral sino porque no conducía al progreso.
Sin embargo, investigaciones recientes han mostrado que no todos los trabajadores rurales debían dinero
a sus patrones. En algunas haciendas, un número considerable de trabajadores no tenían nada e incluso
había casos en que la hacienda debía dinero a alguno de ellos. Los peones obtendrían dinero de su
cuenta para comprar en el almacén de la hacienda. Para el peón resultaba ventajoso obtener prestado
todo lo que podía y trabajar lo menos posible porque así no se le despediría nunca. Esta fue otra de las
características del sistema que Ocampo específicamente criticó.

Los indios que vivían en los pueblos estaban mejor, porque podían trabajar como temporeros en las
haciendas vecinas. Se trataba de una buena solución, porque pocos campesinos tenían suficiente tierra
para poderse mantener durante todo el año con lo que ésta producía. Eran hombres libres, pero, por otro
lado, si su cosecha era mala se morían de hambre. Una ventaja del peonaje era que los peones podían
tomar prestado maíz del hacendado. COMPARACION Y DIFERENCIAS.

Hubo otros grupos de población rural que se han de diferenciar de los peones y los campesinos residentes
en pueblos. Había ocupantes de tierras, rentistas, arrendatarios y aparceros que vivían en los límites de la
hacienda, generalmente en pequeñas parcelas. Pocos podían pagar una renta en metálico, a menudo eran
forzados a pagar con su propio trabajo o el de su hijo, y si se resistía se le confiscaba sus animales, o
quizás unas cuantas cabezas de ganado. También podían ser expulsados, pero era raro que sucediera
porque al propietario le convenía que estuvieran allí como peones potenciales.

Las diferencias sociales y étnicas parece que eran aceptadas por todos y los peones, los campesinos y los
arrendatarios no parece que se resintieran de su estado inferior. Se limitaban a protestar por los abusos de
los poderosos, de quienes era difícil, si no imposible, obtener una reparación a través de los canales
normales.

En el Yucatán: los hacendados locales se dedicaban a cultivar henequén a fin de exportarlo, y tenía pocos
lazos con el México central. Lógicamente Yucatán abrazó el federalismo y en 1839 se rebeló en contra de
México con la ayuda de los soldados mayas, convirtiéndose en un Estado independiente. A cambio de
servir como soldados, los blancos habían prometido a los indios abolir, o al menos reducir, los impuestos
parroquiales, abolir el impuesto de capitación que pagaban todos los indios adultos y otorgarles el derecho
de utilizar libremente las tierras públicas y comunales. No se cumplió ninguna de estas promesas y los
mayas se rebelaron en 1847 con el deseo de exterminar o al menos expulsar a la población blanca. La
revuelta pronto se convirtió en una guerra a gran escala, conocida desde entonces como guerra de
Castas. México acababa de ser derrotado por los Estados Unidos y era incapaz, aunque hubiese querido
hacerlo, de enviar el ejército a Yucatán para suprimir la revuelta. En la cruel guerra que siguió, los indios
casi consiguieron echar a sus enemigos al mar. Desesperados, los blancos llegaron a ofrecer Yucatán a
Inglaterra, a los Estados Unidos o, incluso, a cualquier país que quisiera protegerles. Mientras Yucatán
estaba angustiado por esta guerra racial, las tribus indias, forzadas a desplazarse hacia el sur a causa de
la invasión de los Estados Unidos, invadieron las regiones del norte de México apenas poblado, quemando
haciendas, pueblos y minas, y matando indiscriminadamente a sus habitantes. El gobierno mexicano de
nuevo era demasiado débil para impedir estas incursiones.

La revuelta social y étnica tuvo un carácter distinto en el México central. Allí los indios no formaban un
grupo compacto y lingüístico y no estaban en clara mayoría, como ocurría en el caso de los mayas en
Yucatán. Sin embargo, los desertores del ejército, los fugitivos de la justicia, los vagabundos y otros
individuos semejantes, aprovechándose de la derrota militar mexicana y del caos que siguió, organizaron
bandas armadas que empezaron a aterrorizar la zona rural. En las montañas de los estados de
Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí, se desarrolló un movimiento revolucionario agrario. La llamada
rebelión de Sierra Gorda quería dar tierra libre a los arrendatarios y a los peones de las haciendas, pero
los rebeldes no fueron lo suficientemente fuertes para atacar a las ciudades y se tuvieron que contentar
con quemar haciendas. La clase dirigente mexicana, desmoralizada, amargada y dividida veía lo que
quedaba su gran país empezaba a caer en pedazos.

El gobierno de liberales moderados que presidía Herrera no tenía ingresos y sin duda hubiera sucumbido
si no hubiera recibido 3 millones de pesos a cuenta de la indemnización. Con este dinero pudo comprar
equipo militar al ejército norteamericano, restablecer el orden social en el México central y enviar refuerzos
al norte del país y al Yucatán. Después de varios años de lucha en el Yucatán, en la que los terratenientes
locales habían buscado el apoyo de sus peones y también pagaron a mercenarios estadounidenses, la
insurrección de los mayas gradualmente se fue apaciguando. Los criollos yucatecos salvaron su piel y sus
propiedades, pero perdieron para siempre toda esperanza de independizarse de México. Por otro lado, la
población del Yucatán había quedado reducida casi a la mitad.
Continuaron los pagos de la indemnización y México pudo poner sus finanzas en orden. En 1846, el
principal capítulo de la deuda pública extranjera quedó fijado, después de prolongadas negociaciones con
Londres. Entonces estalló la guerra y dejaron de pagarse los intereses, pero en un gesto amistoso hacia
México el comité londinense de bonos sacrificó los atrasos y acordó reducir la tasa de interés anual.
Después, los razonables pagos se fueron pagando puntualmente hasta 1854. Parece que la economía en
conjunto mejoró. A partir de las tablas de acuñación de monedas y de la minería de plata y oro —la
principal industria—, se observa una recuperación.

En1850 presenciaron la celebración de nuevas elecciones presidenciales en México. El favorito de Herrera


era su propio ministro de la Guerra, el general Mariano Arista, un liberal moderado. Otros grupos apoyaban
a sus propios candidatos y, aunque Arista no tenía la mayoría, aseguraba un mando rector. A principios de
1851 la Cámara de Diputados le eligió presidente, mientras que las delegaciones de ocho estados le
votaron frente a cinco que preferían al general Bravo. Esta fue la primera ocasión desde la independencia
en que un presidente no sólo pudo terminar el periodo de su mandato —si bien éste no fue completo—,
sino también entregar el cargo a un sucesor elegido legalmente. Sin embargo, el proceso constitucional
pronto iba a romperse de nuevo.

La subversión social amenazaba el orden establecido, los liberales y los conservadores estaban deseosos
de unirse para la defensa mutua.

Más de un tercio de los votos de las elecciones de 1851 fueron para el conservador Bravo. Además, las
perspectivas financieras del nuevo gobierno no eran nada prometedoras; los fondos de la indemnización
de los Estados Unidos casi habían desaparecido; los ingresos del gobierno habían descendido debido a
que el contrabando aumentaba porque resultaba más fácil gracias a que la frontera con los Estados
Unidos ahora estaba más próxima; se redujo el tamaño del ejército, pero los gastos militares todavía eran
enormes debido a las nuevas invasiones indias en el norte de México (y los oficiales dimitidos se pasaron
a la oposición).

En 1851 el déficit presupuestario ascendía a y el gobierno del general Arista pronto fue atacado por los
conservadores, los liberales radicales y los seguidores de Santa Anna. La marea avanzaba en contra de
los liberales moderados que, según el sentir popular, habían traicionado a la nación al haber firmado el
tratado de paz y por «vender» la mitad de su territorio; eran los responsables del desastre existente.

Arista dimitió y los militares, creyéndose incapaces para mandar, acordaron llamar al antiguo dictador que
entonces vivía en Colombia. En 1853, el Congreso eligió a Santa Anna como presidente, y el gobierno le
pidió que regresara. Alamán en una carta explicó a Santa Anna cuál era el programa conservador: soporte
pleno a la Iglesia, un ejército fuerte, la abolición del federalismo, un ejecutivo fuerte sujeto a ciertos
principios y responsabilidades. Sin embargo, no dejaba claro quién vigilaría a Santa Anna. Quizá veía la
nueva presidencia de Santa Anna como un paso hacía una monarquía borbónica. Cuando Santa Anna
desembarcó en Veracruz, fue recibido por Miguel Lerdo de Tejada, que había sido enviado como
representante de los liberales radicales.

En 1848, Lerdo ya había manifestado que la Iglesia y el ejército habían provocado la ruina de México.
Santa Anna le pidió que escribiera sus ideas y Lerdo respondió con una larga carta proponiendo varias
mejoras materiales que la república necesitaba mucho.

3° presidencia de Santa Anna:

Santa Anna tomó posesión de la presidencia en 1853. En esta ocasión contaba con un apoyo más amplio
que en 1846, cuando sólo los liberales radicales organizados en grupos políticos le habían pedido que
volviera. Ahora tanto los conservadores como los liberales se inclinaban por su liderazgo. Formó un
gabinete mixto con el conservador Alamán en el Ministerio de Asuntos Interiores y Exteriores y el liberal
independiente Antonio de Haro y Tamariz como ministro de Hacienda. Lerdo de Tejada fue secretario del
nuevo Ministerio de Fomento e hizo mucho para que se construyeran las líneas telegráficas, esenciales
para el progreso en el montañoso territorio mexicano. Se suspendió la constitución de 1824, pero no se
proclamó ninguna otra en su lugar.

Santa Anna hubiera podido reinstaurar la constitución centralista de 1843 pero, aunque era conservadora,
limitaba severamente el poder del presidente. Entre otras cosas, por ejemplo, prohibía que el presidente
vendiera, diera, intercambiara o hipotecara cualquier parte del territorio nacional. Por razones que
entonces sólo él conocía, estas limitaciones no le gustaban. Por lo tanto, gobernó sin una constitución.
Durante los primeros meses de su gobierno, Santa Anna perdió a dos de sus más hábiles ministros:
Alamán y Haro dimitió tras haber fallado en su intento de cubrir el déficit presupuestario de 17 millones de
pesos con la emisión de bonos garantizados con las propiedades de la Iglesia. El clero protestó contra la
política de Haro, y Santa Anna tuvo que buscar otros medios de encontrar dinero. Además, los Estados
Unidos se apropiaron de lo que ahora es una parte de Arizona. México no tenía ninguna fuerza para
expulsar a los invasores, y fue invitada a venderla a los Estados Unidos. Se llegó a un acuerdo a finales de
1853. Del precio de venta establecido en 10 millones de pesos, México iba a recibir inmediatamente 7
millones.

El régimen de Santa Anna se fue volviendo cada vez más reaccionario y autocrático. Amaba la fastuosidad
y la pompa del cargo, pero despreciaba el trabajo administrativo cotidiano. Durante sus diversos anteriores
periodos como jefe de Estado, resolvió esta cuestión dejando la tarea presidencial en manos del
vicepresidente civil, reservando los asuntos del ejército y la gloria para sí mismo.

En 1853, con el país dividido en dos partidos hostiles y una vez más al borde de la desintegración, se
encontró con que debía cargar con todo el peso de la presidencia. En 1853 obtuvo el derecho de poder
nombrar a su sucesor, hijo de Iturbide.

De acuerdo con su posición reaccionaria, también favoreció mucho a la Iglesia; permitió el regreso de los
jesuítas y abolió la ley de 1833 que había anulado el reconocimiento civil de los votos monásticos. Limitó la
libertad de prensa y envió a varios liberales a prisión y al exilio. Pero fue demasiado lejos.

En 1854, varios oficiales del ejército del sur conducidos por el coronel Villareal se sublevaron y los
revolucionarios elaboraron un programa que fue modificado diez días después en Acapulco. Sus
principales puntos eran:
- La destitución de Santa Anna
- La elección de un presidente provisional por parte de los representantes nombrados por el
comandante en jefe del ejército revolucionario
- La convocatoria de un Congreso extraordinario para elaborar una nueva constitución
Llamamientos parecidos se habían hecho antes y en otros sitios pero con escaso resultado. Este
manifiesto de Ayutla-Acapulco no mencionaba las demandas liberales ya conocidas y nadie podía
sospechar que de este pronunciamiento militar con escasos objetivos pudiera nacer el México liberal. En
Acapulco, el coronel que había propulsado la insurrección de Ayutla fue sustituido por el coronel Ignacio
Comonfort, un rico comerciante y propietario.

El poder de Álvarez, que era un hacendado, se basaba en el apoyo de los indios cuyas tierras protegía.
Formó su ejército con los indios y su apoyo fue suficiente para asegurarle el control sobre la costa del
Pacífico por más de una generación. El área bajo su control fue desmembrada del estado de México para
formar el nuevo estado de Guerrero. No tenía otra mayor ambición y en la medida en que el gobierno
central, fuera liberal o conservador, no se interceptó en su dominio, su relación con él fue buena, las
relaciones entre Santa Anna y Álvarez mejoraron. Sin embargo, el dictador cometió un error, quizá porque
ya no confiaba más en Álvarez o simplemente porque quería continuar con su plan de centralizar la
administración. Fuera por la razón que fuera, destituyó a algunos oficiales del ejército y a algunos
funcionarios civiles de la costa del Pacífico que se reunieron en torno a Álvarez. Fue en su hacienda donde
se planeó la revolución. La estrategia era unificar a la nación en contra de Santa Anna y por este motivo el
programa sólo contenía puntos generales. La única indicación de que la revolución podía tener carácter
liberal era la presencia de Comonfort, un liberal moderado. Álvarez asumió el liderazgo pero, al igual que
había sucedido con Guerrero, no se sabía cuál era su punto de vista sobre las cuestiones nacionales
básicas. La revuelta se extendió irresistiblemente.

En 1855 Santa Anna abandonó la presidencia y se embarcó hacia el exilio. El gobierno revolucionario
confiscó sus bienes, que habían llegado a valer la enorme suma de un millón de pesos. Pronto se le olvidó
y no se le permitió volver al país hasta 1874 cuando el entonces presidente, Sebastián Lerdo, le permitió
regresar a la Ciudad de México donde murió dos años más tarde.

Su elección simbolizaba la tradición revolucionaria de Hidalgo, Morelos y Guerrero. Sin embargo, Álvarez
no había buscado la presidencia: sus objetivos puede que se limitaran a fortalecer su control sobre el sur
al ampliar el estado de Guerrero y al colocar las fronteras del estado más cerca de la capital. Formó un
gabinete con los liberales radicales. Reservó el Ministerio de la Guerra a Comonfort que, como moderado,
podía haber esperado estar juntos a la cabeza del ejército. Álvarez confió la cartera de Asuntos Exteriores
a Melchor Ocampo y nombró a Benito Juárez para el Ministerio de Justicia, a Guillermo Prieto al frente del
Tesoro, a Miguel Lerdo de Tejada para el Ministerio de Fomento, Arriaga para el Ministerio del Interior.
Estos cinco ministros pertenecían a una nueva generación y no tenían ningún vínculo con los fallos de los
gobiernos liberales. Soñaban con un régimen tranquilo basado en la ley, ninguno de ellos era un pensador
o un teórico sistemático.

En 1855, Juárez se convirtió en un liberal radical. Como ministro de Justicia promulgó una ley que
restringió la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos a las cuestiones religiosas. Propuso arrancar
algunos privilegios a los militares. Comonfort como presidente sustituto a principios de diciembre y dimitió
unos días después. Aunque su presidencia fue corta, fue decisiva para el futuro del país. Comonfort
nombró un gabinete de liberales moderados. En diferentes partes del país, se habían revelado grupos de
seglares, oficiales del ejército y curas bajo el grito de religión y fueros. Un grupo armado pidió la anulación
de la Ley Juárez, la destitución de Comonfort y la reimplantación de la constitución conservadora de 1843.

En 1856, tomaron la ciudad de Puebla y allí establecieron un gobierno. Comonfort, aunque era moderado,
tenía que terminar con el levantamiento y logró la rendición de Puebla. El obispo de esta ciudad, intentó
desvincularse de los rebeldes, pero Comonfort culpó a la Iglesia de los hechos y decretó el embargo de las
propiedades de la diócesis hasta que hubiera sufragado los gastos de la campaña. Los bienes de la Iglesia
habían servido para financiar la rebelión contra el gobierno y la respuesta debía ser la confiscación. Esta
probablemente fue la razón que había detrás de la ley desamortizadora que Lerdo de Tejada, entonces
ministro de Hacienda, puso en marcha a finales de 1856.

En 1856 tuvo la oportunidad de llevar a cabo un programa de anticlericalismo radical. La principal


característica de la llamada «Ley Lerdo» fue que la Iglesia debía vender todas sus propiedades urbanas y
rurales a quienes las tenían arrendadas y establecidas a un precio que las hiciera atractivas a los
compradores. Si éstos no las querían comprar, el gobierno las vendería en subasta pública. Las órdenes
regulares fueron las instituciones religiosas más afectadas por la ley. Los monasterios poseían grandes
propiedades en el campo y también casas en las ciudades, y los conventos eran propietarios de las
mejores fincas urbanas. El alto clero no se vio muy afectado porque su riqueza tenía otra naturaleza, y los
curas párrocos tampoco lo fueron directamente porque las parroquias generalmente no poseían otra
propiedad que la casa parroquial. Sin embargo, en los pueblos había hermandades y cofradías dedicadas
a propósitos piadosos y muchas poseían tierras o bienes que ahora serían desamortizados, perjudicando a
la vez a sus habitantes y a los párrocos. A primera vista la ley no parecía confiscatoria, porque la Iglesia
cobraría en plazos iguales a las antiguas rentas o un precio global equivalente a la renta capitalizada.
Pero, había una trampa. Según la ley, en el futuro la Iglesia no podría adquirir o poseer propiedades. Por lo
tanto, la Iglesia no tendría protección y se enfrentaría a un despojo gradual. Como consecuencia, las
autoridades eclesiásticas protestaron y se negaron a cumplir la ley.

Como defensores de la propiedad privada, los liberales también quisieron terminar con las propiedades de
las instituciones civiles. Esto sobre todo afectó a las comunidades indias, la mayoría de las cuales aún
tenían una gran propiedad. Estas comunidades poseían diferentes tipos de propiedad, incluyendo los
pastos comunales, o ejidos, que no debían desamortizarse porque Lerdo consideraba que eran esenciales
para las comunidades. Sin embargo, en la práctica, se vendieron partes de los ejidos a pesar de las
protestas de los campesinos.

La Ley Lerdo entró en efecto inmediatamente. La mayoría de los casos la Iglesia se negaba a vender,
funcionarios del gobierno firmaban las escrituras de ventas a los antiguos arrendatarios o establecidos.
Muchos arrendatarios devotos se abstuvieron de reclamar la propiedad, que entonces era comprada por
los ricos especuladores, algunos de los cuales eran conocidos financieros especializados en hacer
préstamos al gobierno y que por lo tanto eran grandes tenedores de bonos del gobierno. Aunque
previamente podían haber estado vinculados a los gobiernos conservadores, sus inversiones en las
propiedades eclesiásticas desamortizadas les convertían de hecho en aliados de los liberales. Los
arrendatarios leales a la Iglesia no aceptaban a los nuevos propietarios y continuaban pagando sus rentas
a sus antiguos propietarios, esperando el día en que los bienes serían devueltos a la Iglesia. A los pocos
meses de haberse aplicado la ley se hizo evidente esta situación confusa y compleja respecto a las
propiedades desamortizadas y se vio claramente que no se podía permitir que durara indefinidamente.

Mientras Lerdo se estaba ocupando de los bienes de la Iglesia, su colega José María Iglesias, el nuevo
ministro de Justicia, estaba trabajando en una ley para limitar los aranceles parroquiales. En general, la
«Ley Iglesias» de 1857 estableció como válidos los aranceles que se pagaban en el periodo colonial o al
principio de la independencia de México, los cuales evidentemente eran muy bajos. Prohibió que se
cobraran a los pobres, que fueron definidos como las personas que ganaban lo mínimo para vivir. Como
que la mayoría de los parroquianos eran pobres, ello significaba el final de los ricos curatos. La ley
establecía severas multas a aquellos párrocos que cobraban los servicios prestados a los pobres o que se
negaban a bautizarles, casarles o enterrarles sin pagar nada. La Iglesia también condenó esta ley como
ilegal e inmoral, y se negó a cumplirla.

Mientras tanto, en el Congreso, la mayoría liberales procedentes de los grupos profesionales —abogados,
funcionarios del gobierno o periodistas— debatían la nueva constitución. Entre los miembros de la
generación más antigua estaba Valentín Gómez Farías.

La nueva constitución, aprobada en 1857 tras un año de discusiones, conservó la estructura federal pero,
significativamente, mientras que el título oficial del documento de 1824 había sido el de Constitución
Federal de los Estados Unidos Mexicanos, ahora se le llamaba Constitución Política de la República
Mexicana.

Ahora que el federalismo había perdido su significado, la Iglesia se convirtió en el principal problema entre
los liberales y los conservadores. Partiendo de los principios radicales de los proyectos constitucionales de
1842, e incluso más de los de la constitución de 1824, en 1856 los liberales deseaban introducir la libertad
de cultos o, en otras palabras, la tolerancia religiosa. La propuesta resultó ser demasiado avanzada. La
población mexicana estaba básicamente constituida por campesinos fieles a su Iglesia y, aunque la clase
ilustrada podía ser tan liberal como su homologa europea, no podía ponerse en contra de la masa de
campesinos que eran instigados por los curas. El ministro del Interior ya advirtió al Congreso de que «los
indios están excitados y por esta razón es muy peligroso introducir un nuevo elemento que podría ser
exagerado por los enemigos del progreso a fin de ahogarnos en una anarquía auténticamente terrorífica ».
La propuesta fue retirada pero, a la vez, se omitió la tradicional afirmación de que México era una nación
católica romana, dejando así un curioso agujero en la constitución. Sin embargo, sin preocuparles alterar
la imagen, sagrada para la gente corriente, de un México católico, los delegados incluyeron en la
constitución todas las otras medidas anticlericales, especialmente los conceptos básicos de la Ley Juárez
(1855) y de la Ley Lerdo (1856).

Los liberales eran tan antimilitaristas como anticlericales. Sin embargo, en este punto se dieron cuenta de
que debían actuar con cuidado porque el general Comonfort, el presidente y comandante en jefe del
ejército, ya estaba dando muestras de impaciencia ante el Congreso. Aquí los diputados liberales se
limitaron a abolir los privilegios judiciales del ejército, confirmando que ya había establecido la Ley Juárez.

Finalmente, la nueva constitución reconocía la plena libertad a todos los ciudadanos. Por primera vez
desde la constitución de 1814, todos los mexicanos, por pobres que fueran (si bien excluyendo a los
vagabundos y a los criminales), disfrutaban del derecho de votar y de ser elegidos; también se declararon
los derechos humanos, incluso el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada. En la prohibición de
la propiedad territorial corporativa, la constitución era menos clara que la Ley Lerdo. Lerdo había excluido
a los ejidos o pastos comunales, pero en cambio la constitución no lo decía, lo cual implicaba que podían
ser desamortizados. Está emprendió sobre la base de la nueva constitución, pero debió suspenderse a
causa de la oposición de los indios campesinos. Los liberales no podían mantener una lucha en dos
frentes: contra la Iglesia y contra los campesinos indios. Por lo que se refiere a la Iglesia, buscaron aislarla
ganando aliados en todos los niveles sociales. Consiguieron hacerlo en los centros urbanos donde las
clases media y alta se aprovecharon de la desamortización de los bienes de las corporaciones. En las
áreas rurales, donde la Iglesia era tradicionalmente fuerte, no pudieron aislarla pero abrieron una brecha
en el campo sólidamente conservador al permitir que los grandes propietarios compraran haciendas que
habían pertenecido a los religiosos. Irónicamente, en el campo fueron los ricos y no los pobres los que
tendieron a apoyar a los liberales.

El gobierno quería negociar, y Comonfort envió al ministro de Justicia a Roma. La Santa Sede parecía
dispuesta a aceptar la negociación de la desamortización hasta entonces efectuada, pero pidió que se
devolviera a la Iglesia el derecho legal a adquirir y tener propiedades. Incluso la prensa mexicana
conservadora sugería que la desamortización debería reconocerse mediante un acuerdo con Roma.

Pero no se llegó a ningún acuerdo. Los liberales consideraban a Comonfort conservador y los
conservadores liberales, y se quedó sin apoyo. En la guerra civil que siguió, los conservadores con
unidades reaccionarias del ejército de la capital, se rebelaron en 1857 con el deseo de abolir la
constitución.

Mientras Comonfort aún detentaba la autoridad, el ejército se apoderó de la ciudad, disolvió el Congreso y
arrestó, entre otros, al nuevo presidente del Tribunal Supremo, Benito Juárez. Después de algunas dudas,
Comonfort aprobó el programa de Zuloaga. Esté destituyó a Comonfort y asumió la presidencia.
Comonfort, en los últimos momentos de su poder, logró liberar a Juárez de la prisión antes de abandonar
el país. Juárez huyó y, alegando que el orden constitucional había sido destruido, se proclamó presidente
de la república y formó un gabinete en el que Ocampo era su miembro. Como cabeza del Tribunal
Supremo —al no adoptarse el cargo de vicepresidente en la constitución de 1857— tenía el derecho
constitucional de la sucesión presidencial en ausencia del presidente legalmente electo.

Así, con un presidente conservador en la Ciudad de México y un presidente liberal en Guanajuato, empezó
la guerra de los Tres Años. En décadas anteriores, los liberales cuando debían enfrentarse a una
contrarrevolución se sometían virtualmente sin resistencia al ejército. Ahora, aún no tenían un ejército,
pero contaban con el apoyo de las masas en las ciudades y en algunas zonas rurales, lo que les permitió
formar gradualmente un nuevo ejército en el que abogados y periodistas liberales serían oficiales. En
cambio, desde la muerte de Alamán, entre los conservadores no había civiles instruidos. Los
acontecimientos revelarían que el ejército regular y la Iglesia no eran lo suficientemente fuertes para
resistir al movimiento liberal. Después del segundo golpe de fuerza de Zuloaga, algunos gobernadores
estatales le reconocieron como presidente, otros se declararon en contra y algunos modificaron su postura
original. En medio de esta confusión, Juárez pudo escapar a Veracruz, cuyo gobernador le había invitado a
establecer su gobierno en aquella ciudad. El país pronto se dividió en dos zonas de igual fuerza más o
menos. Los estados que rodeaban el Golfo de México estaban bajo control de los liberales, a excepción
del exhausto Yucatán que prefirió ser neutral. Los estados del lejano norte también eran liberales. El
núcleo central del país era conservador, a excepción de los estados de Michoacán y Zacatecas.

Ambos contendientes tuvieron que buscar fuentes para financiar la guerra. Zuloaga, cumpliendo una
promesa hecha a la Iglesia, anuló la Ley Lerdo, por lo que la Iglesia recuperó la propiedad sobre sus
bienes desamortizados. A cambio, debían prestarle dinero, pero como las instituciones religiosas disponían
de poco numerario, que parte se pagaron en cheques que tenían por garantía las propiedades
eclesiásticas.

El conflicto se estaba haciendo cada vez más cruel y destructivo y ahora casi todo el país era escenario de
la guerra. No se veía ninguna salida. El país estaba dividido en dos campos irreconciliables.

El gobierno constitucional de Veracruz publicó un manifiesto en 1859. El documento, firmado por el


presidente Juárez, Ocampo y Lerdo, culpaba de la guerra a la Iglesia y anunciaba una serie de reformas:
la confiscación de los bienes eclesiásticos, tanto de las propiedades inmobiliarias como de los capitales; el
pago voluntario de las tasas parroquiales; la separación completa entre Iglesia y Estado; la supresión de
los monasterios y la abolición de los noviciados y conventos de monjas. No se proclamó la plena libertad
de culto. El manifiesto también reconoció la necesidad de dividir la tierra, pero añadió que la redistribución
se efectuaría en el futuro como una consecuencia natural del progreso económico. Por el momento, sólo
prometió una ley que terminaría con los obstáculos legales a la división voluntaria de la propiedad rural.
Ahora era una lucha era entre la Iglesia y el viejo ejército, por un lado, y la clase media de profesionales,
por otro; era una lucha entre el viejo y el nuevo mundo. Las «reformas» liberales revolucionarias de 1859
llevaron a la lucha, se incrementó y las demandas al Tesoro se hicieron cada vez mayores. Desesperado,
el gobierno constitucional permitió a los Estados Unidos, a cambio de dinero, el tránsito y el derecho de
cruzar el istmo de Tehuantepec y del Río Grande a Arizona hasta el Golfo de California, así como el
derecho de emplear sus propias fuerzas militares para proteger a las personas y las propiedades que
atravesaran estas zonas. El tratado McLane-Ocampo fue negociado por Melchor Ocampo, y se firmó 1859.
Sin embargo, el Senado de los Estados Unidos no aceptó el tratado, por lo que los liberales se liberaron de
la embarazosa posición en que les había puesto su extrema penuria. De hecho, no se necesitaban los dos
millones de dólares. La guerra de propaganda estaba dando sus frutos, y después del segundo intento de
Miramón de tomar Veracruz en 1860 empezó a declinar la fortuna del ejército conservador. Comenzó a
retirarse hacia la capital.

A principios de 1860, la victoria era tan clara que el gobierno liberal de Veracruz finalmente decretó la
tolerancia religiosa total. Los liberales habían ganado la guerra. El comandante militar liberal, derrotó a
Miramón en la batalla por el control de la Ciudad de México y la ocupó. El presidente Juárez llegó de
Veracruz. Con las ciudades en manos de los liberales, y los conservadores desparramados en grupos de
guerrillas rurales, México era libre para disfrutar de una campaña política, y la competición para la
presidencia empezó así que llegaron el presidente y su gabinete.

Entre los líderes liberales había cuatro presidentes posibles: Melchor Ocampo, Miguel Lerdo, Benito
Juárez y González Ortega. Ocampo no buscaba la presidencia, estaba satisfecho con ser el profeta del
liberalismo y, por lo tanto, ayudó a Juárez, frente a Lerdo, en quien veía un rival. Juárez podía necesitar tal
ayuda porque, a pesar de ser el presidente, algunos le miraban como un segundón comparado con
Ocampo y Lerdo. Como autor de las revolucionarias leyes que afectaban a la riqueza de la Iglesia, Lerdo
tenía prestigio y autoridad y era popular entre los liberales radicales. González Ortega a su vez era el
héroe nacional, el hombre que había derrotado al ejército conservador. Estos tres hombres —Juárez,
Lerdo y González Ortega— eran los candidatos al puesto más alto.

A finales de 1861, parecía que seis estados estaban a favor de Juárez, seis de Lerdo y cinco de González
Ortega; no había información de los siete estados restantes. Lerdo ganó en la capital y en otros dos
estados, pero al tiempo murió. El prolongado sistema de elección indirecta continuó con los dos candidatos
restantes, Juárez y González Ortega; en el recuento final Juárez obtuvo el 57 por 100 de los votos, Lerdo
casi el 22 por 100 y González Ortega más del 20 por 100. Parece que en los estados donde hubo
elecciones después de la muerte de Lerdo, sus seguidores votaron a Juárez. Una explicación obvia es que
los liberales no confiaban en los militares. Los liberales más importantes habían sido civiles: Zavala, Mora,
Gómez Farías, Ocampo, Lerdo, Otero y De la Rosa. Ninguno de ellos había sido presidente. Aunque
González Ortega era un buen liberal, era un general y, por lo tanto, no se le tenía confianza.

En 1861, el Congreso declaró a Juárez presidente de México. Tuvo que soportar toda la carga del puesto
solo, porque Ocampo hacía poco que había sido capturado y ejecutado por las guerrillas conservadoras,
de manera que sólo sobrevivió dos meses a su rival Lerdo. Juárez nunca confió en el ejército, aunque
fuera una fuerza liberal y revolucionaria. Mientras estaba en el campo de batalla luchando contra los
conservadores, González Ortega fue elegido presidente del Tribunal Supremo por el Congreso
(inconstitucionalmente, puesto que debía haber sido elegido directamente) y así pasó a primera línea para
la presidencia. La fracción anti-Juárez consideró que, como el presidente de la república era un civil débil,
se tenían que tomar algunas medidas.

Los problemas que Juárez tenía que afrontar le hacían tambalearse cada vez más. Para atraer a los
compradores mexicanos —que como buenos católicos romanos se oponían a la confiscación— y para
crearse una amplia base social, el gobierno liberal aceptó todo tipo de documentos, créditos, vales y
papeles de la deuda interna en pago, o al menos en parte del pago, de las propiedades eclesiásticas. Por
lo tanto, de la venta de bienes confiscados en el Distrito Federal en 1861. Además, los financieros de
Veracruz ya habían pagado sus propiedades en productos o en efectivo. Finalmente, el gobierno reconoció
como válida la compra de inmuebles eclesiásticos efectuada por la casa Rothschild durante el régimen
conservador. Los ingleses esperaban cobrar los atrasos de sus intereses de lo obtenido con estas ventas,
no cobraron nada. También Francia estaba presionando, reclamando el pago de los bonos emitidos por el
gobierno conservador. Sin embargo, Juárez rehusó reconocer la responsabilidad de los actos del gobierno
conservador: él simplemente no tenía dinero. Su gobierno tuvo que suspender todos los pagos. Los
acreedores europeos se sintieron engañados y presionaron a sus gobiernos para obtener una
indemnización.

En 1861, Francia, Gran Bretaña y España firmaron en Londres la Convención Tripartita para intervenir
militarmente en México. Sus tropas desembarcaron en Veracruz. Sin embargo, Napoleón tenía otros
intereses y previsiones para México. Entonces Inglaterra y España se retiraron, dejando la empresa en
manos de los franceses. Estos acontecimientos ofrecieron a los monárquicos mexicanos que vivían en
Europa, como por ejemplo Gutiérrez Estrada, la oportunidad que habían estado buscando. La ocupación
francesa de México permitiría realizar el sueño de toda su vida de crear un imperio mexicano bajo la
protección europea —ahora, Francia—. Se encontró un candidato apropiado para la corona en la persona
del archiduque de Austria Maximiliano.

Mientras tanto, las tropas francesas estaban avanzando en México. La invasión dio lugar a sentimientos
patrióticos no sólo entre los liberales. Por entonces no se sabía si Francia quería ayudar a los
conservadores en contra de los liberales, o si trataba simplemente de subyugar al país. Zuloaga y Miramón
como generales y antiguos presidentes conservadores no estaban entusiasmados con un imperio con un
príncipe extranjero. Además, desconfiaban de Francia y querían la independencia del país. La cuestión no
era liberalismo frente a conservadurismo, como había sido en 1858-1860, sino la independencia de México
frente a la conquista de una potencia extranjera.

En su odio a Juárez la mayoría de los conservadores aceptaron a los franceses como libertadores del
yugo liberal, pero otros decidieron sumarse a los que estaban luchando contra los invasores. Por ejemplo,
Manuel González (el futuro presidente de México en 1880-1884), que había sido un oficial del ejército
conservador en 1858-1860, se presentó voluntario y fue aceptado para luchar contra los franceses.
Comonfort también fue aceptado por Juárez y moriría en el campo de batalla en 1863.

Las fuerzas francesas fueron temporalmente rechazadas por el general Zaragoza en la batalla de Puebla
en 1862, pero después se reorganizaron y bajo el mariscal Forey se embarcaron en una campaña mayor.
Zaragoza murió y Juárez tuvo que nombrar a González Ortega para que dirigiera el ejército oriental. Se
rindió en Puebla en 1863 tras resistir un asedio de dos meses. Los franceses pudieron tomar la capital y
desde allí extendieron su dominio a otras partes del país. Deseando continuar la lucha desde el norte,
Juárez abandonó la Ciudad de México y diez días después establecía su gobierno en San Luis Potosí. Se
le juntó González Ortega, que logró huir de los franceses mientras estaban tomando Veracruz.

Los conservadores de la capital esperaban que los franceses abolieran todas las leyes confiscatorias y
devolver los bienes nacionalizados a la Iglesia. Sin embargo Napoleón decidió adoptar un programa liberal
y, ante la sorpresa de los dignatarios eclesiásticos, el mariscal Forey reconoció la validez de la
nacionalización y venta de las propiedades religiosas. Al aceptar la corona de México en 1864,
Maximiliano, cuyas inclinaciones liberales, se había comprometido a seguir la política francesa respecto a
la Iglesia y la nacionalización de sus propiedades. A su llegada se encontró con que el gobierno
republicano de Juárez aún controlaba el norte de México y que las guerrillas republicanas luchaban contra
las fuerzas invasoras. Intentó atraer a Juárez a su lado y persuadirle de que se sometiera a su imperio,
pero por supuesto no lo consiguió.

Sin embargo, logró captar a algunos de los liberales que habían preferido quedarse en la capital bajo la
ocupación francesa. Rechazó el apoyo de los conservadores. Así pudo nombrar un gabinete formado casi
totalmente por liberales, entre los cuales había dos antiguos diputados del Congreso Constituyente de
1856-1857. El Tesoro estaba administrado directamente por los franceses. Maximiliano llegó tan lejos
como a esbozar una constitución liberal. Conocida como Estatuto Provisional del Imperio Mexicano. Junto
con una «monarquía moderada hereditaria con un príncipe católico», proclamaba la libertad de cultos
como uno de los derechos del hombre. Como el primero y el más importante de estos derechos, «el
gobierno del emperador» garantizaba la igualdad ante la ley «a todos los habitantes del imperio», un
derecho que sólo se había establecido en la constitución de 1857. También estableció la libertad de
trabajo. Mientras que el régimen liberal nunca había promulgado una ley que expresamente prohibiera el
peonaje por deudas, Maximiliano sí la decretó en 1865. Se dio a los trabajadores el derecho a dejar su
trabajo según su deseo, independientemente de si estaban o no endeudados con su patrón; se limitó el
horario laboral y el trabajo de los niños; se prohibió el castigo corporal a los trabajadores; y, para permitir la
competencia con las tiendas de las haciendas, se autorizó a los vendedores ambulantes que entraran en
las haciendas y ofrecieran sus artículos a los peones. Finalmente, partiendo de la constitución de 1857,
Maximiliano devolvió a los poblados indios el derecho a su propiedad y dio tierras comunales a los pueblos
que no las tenían.

Es posible que Maximiliano buscara la manera de ganarse el apoyo de la gente pobre mexicana —la gran
mayoría de la población—, porque su autoridad hasta entonces dependía completamente de la fuerza del
ejército extranjero de ocupación. En 1858-1860 la batalla había sido entre los liberales mexicanos y los
conservadores mexicanos. Ahora la cuestión se encontraba entre México y Francia, entre los republicanos
mexicanos y la monarquía extranjera. El gobierno liberal de Juárez vino a representar México y el imperio
fue contemplado como instrumento de una potencia extranjera.

La conquista y el imperio casi triunfaron. En 1865, las tropas francesas empujaron a Juárez hasta el Paso
del Norte, una ciudad en el Río Grande en la frontera con los Estados Unidos. Al mismo tiempo, Juárez se
estaba enfrentando a una seria crisis interna. Su cargo presidencial de 4 años iba a expirar en 1865 y era
imposible convocar elecciones cuando los franceses ocupaban la mayor parte del país. Basándose en los
poderes extraordinarios que previamente le había conferido el Congreso, Juárez alargó su periodo en el
cargo hasta que fuera posible volver a convocar elecciones. Esta acción sin ningún género de duda era
inconstitucional y el general González Ortega, el también inconstitucional presidente del Tribunal Supremo,
reclamó la presidencia de la república. Parecía que los días de Juárez, e incluso de la república, estaban
contados, pero el general ni tenía el nervio ni la fuerza para intentar un golpe militar. Juárez le arrestó y
metió en prisión.

En 1866 la situación militar se volvió en contra del imperio a consecuencia de la decisión de Napoleón de
retirar sus tropas. Empezaron a salir, poniendo de manifiesto la debilidad de la posición de Maximiliano.
Durante dos años había intentado atraer a los liberales hacia su campo y muchos de ellos se habían
convertido en funcionarios civiles del imperio, pero con las fuerzas francesas a punto de partir tuvo que
sustituirlas por un ejército mexicano. Incapaz de encontrar liberales que quisieran luchar y, si era
necesario, morir por el imperio, se dirigió a los conservadores. Tras la marcha de los franceses, volvió a
estallar una guerra entre los conservadores mexicanos y los liberales mexicanos. Maximiliano nombró un
gabinete conservador y dio la bienvenida a Miramón, el comandante más conservador, que había
regresado a México. Sin saberlo, los conservadores y el archiduque austríaco habían sellado un pacto de
muerte.

El ejército republicano rodeó al imperio que retenía el control sobre el centro de México. El ejército oriental
avanzó hacia Puebla y el del norte hacia Querétaro, y aquí Maximiliano decidió hacer lo que sería su
última intervención. Fue derrotado y capturado prisionero de guerra junto con los generales Miramón y
Mejía —este último, un conservador de origen indio—. Tanto durante la guerra civil de 1858-1860 como
durante la invasión francesa de 1862-1866, las ejecuciones de prisioneros civiles y militares habían sido un
hecho corriente.

Juárez pretendía advertir al mundo que no se podía intentar conquistar México, fuera con el objetivo que
fuera. La ejecución de Maximiliano, Mirón y Mejía, por lo tanto, era el final previsible. Fueron juzgados por
un tribunal militar, y convictos de crímenes de guerra y fueron fusilados en 1867. Después de haber estado
ausente durante más de cuatro años, el presidente Juárez volvió a la capital en 1867.

Necesitaban un rey conservador y fuerte para sostener su causa y no a alguien que sólo pusiera
obstáculos en su camino. Habría sido mejor haber conseguido un príncipe español ultracatólico. El intento
de Maximiliano de injertar una monarquía liberal y europea en una república latinoamericana dominada por
la Iglesia fue una empresa desesperada.

En resumen, el emperador que había buscado la manera de unir a liberales y conservadores, ricos y
pobres, mexicanos y europeos terminó siendo repudiado y abandonado por casi todos. Al principio, en
1863-1864, algunos mexicanos vieron al imperio como una respuesta a sus problemas y una alternativa
razonable e incluso deseable a los casi 50 años de anarquía y guerra civil que había habido antes. Habían
perdido la fe en la habilidad de su país para gobernarse a sí mismo. Sólo un europeo de sangre real podría
exigir el respeto de todos, parar las ambiciones personales y ser un juez imparcial en sus disputas. ¿No
había sido el imperio del Plan de Iguala de 1821, que había insistido en la conveniencia de llevar a un
príncipe europeo, la única fuerza capaz de aglutinar a toda la nación? La respuesta, por supuesto, era que
lo había logrado, pero que había llegado demasiado tarde. Si se hubiera implantado inmediatamente
después de la independencia pudo haber dado alguna estabilidad al nuevo país. Pero ahora México
contaba con un grupo de hombres capaces de mandar, tal como pronto lo demostrarían, y fueron estos
hombres los que se opusieron y derrotaron al imperio.

Restaurada por Juárez en 1867, la república liberal duró hasta 1876, cuando el general Porfirio Díaz, un
héroe de la patriótica guerra contra los franceses, destituyó al presidente civil Sebastián Lerdo, un y el
sucesor de Juárez una vez éste murió. Recurriendo a algunos componentes de la maquinaria política de
su predecesor, Díaz construyó otra nueva con la que pudo retener el poder en sus manos durante 35 años.
Dio una estabilidad considerable a México, haciendo posible un desarrollo económico sin precedentes. Sin
embargo, controlaba totalmente los cargos políticos, un gobierno paternalista y oligárquico, autoritario, lo
que para la mayoría de jóvenes de entonces constituía la gran tiranía del régimen, y fue lo que finalmente
provocó su caída en 1911 en lo que fue el primer episodio de la revolución mexicana.

Cap. 2: “El Brasil monárquico” 1822-1889. Boris Fausto.

La consolidación de la independencia se produjo en 1823. En el plano internacional los Estados Unidos


reconocieron la independencia de Brasil en 1824, informalmente ya era reconocida por Inglaterra, que
estaba interesada en garantizar el orden en la antigua colonia portuguesa. El reconocimiento pleno solo se
retrasó porque los ingleses intentaron conseguir que Brasil aceptara el inmediato fin del tráfico de
esclavos. Pero estuvieron presentes de forma directa o indirecta en la consolidación de la independencia y
sirvieron de mediadores para el reconocimiento de la nueva nación por Portugal.

Esto sucedió en 1825, por medio de un tratado en el que Brasil concordaba en compensar a la metrópoli
por la pérdida de la antigua colonia. La necesidad de indemnizar a la corona portuguesa dio origen al
primer empréstito externo contraído en Londres por Brasil.

La diferencia con el proceso de emancipación de América española y Brasil, es que este permaneció
unido, mientras que América Latina se fragmento en varias naciones. Las dos observaciones están
interrelacionadas.

La emancipación de Brasil no implico grandes alteraciones del orden social y económico existente o
incluso de la forma de gobierno. Fue una monarquía entre republicas y constituyo un caso único en la
historia de América latina.
Una de las principales razones de esa relativa continuidad entre dos épocas se encuentra en la llegada de
la familia real a Brasil y en la forma en que ocurrió el proceso de independencia. Con la presencia del rey
en Brasil, los beneficios que llegaron a la región fluminense incentivaron la expansion económica del área,
que estaba ligada a los negocios del azúcar, del café y del trafico de esclavos.

Sin embargo, gran parte del descontento con la corte no desaparecio, pero este era diferente a la
insatisfacción que caracterizo a algunas regiones del nordeste, donde habían nacido las ideas
republicanas. La elite política que promovia la independencia no tenia interés en propiciar rupturas que
pusieran en peligro la estabilidad y continuidad de la antigua vida colonial. En los primeros años
posteriores a la independencia, la monarquia se transformo en un símbolo de autoridad. La afirmación de
la independencia sin grandes desordenes: la primera consistía en que Brasil pasaba de la dependencia
inglesa via Portugal a la dependencia directa de Inglaterra. La otra consistía en suponer la existencia de
una elite política homogénea, con una base social bien estructurada y portadora de un claro proyecto de
directivas para la nueva nación. La primera conclusión tiene que ver con la nueva relacion de
dependencia, ya que implicaba un cambio en la forma de inserción de la antigua colonia en el sistema
económico internacional. Además, la independencia imponía la tarea de construcción de un Estado
nacional que organizara el país y garantizara su unidad. La segunda no existía un acuerdo sobre los
lineamientos básicos que debería seguir la organización del Estado. Los años entre 1822 y 1840 estaran
marcados por una fluctuación política, varias rebeliones e intentos antagónicos de organizar el poder.

Durante los primeros años luego de la independencia el principal debate político se concentro en la
aprobación de una constitución. Los constituyentes no querían que el emperador tuviese el poder de
disolver la futura cámara de diputados, ya que de esa manera podría convocar a nuevas elecciones
cuando lo juzgase necesario. Tampoco querían que tuviese un poder de veto absoluto, el derecho de
negarle validez a cualquier ley aprobada por el legislativo. Para Pedro I y los círculos políticos que lo
apoyaban era necesario crear un Ejecutivo fuerte, capaz de enfrentarse a las tendencias democráticas y
disolventes. La disputa de poderes tuvo como resultado la disolución de la Asamblea Constituyente,
ordenada por Pedro con el apoyo de la tropa. Se elaboro un proyecto de Constitucion cuyo resultado fue el
texto promulgado en 1824. Esa constitución no era diferente de la propuesta por los constituyentes. Pero
la diferencia que debe ser destacada es que la primera Constitucion nacia de arriba para abajo, impuesta
al pueblo por el rey.

Una gran parte de la población estaba excluida de las normas constitucionales: los esclavos. Otro punto
trata de organizar los poderes, definir las atribuciones y garantizar los derechos individuales, la
Constitución representa un avance, el problema después es que su aplicación sería muy relativa, sobre
todo en el campo, ya que el conjunto de la población libre dependía de los grandes propietarios rurales.

La constitución de 1824 estuvo vigente con modificaciones hasta el fin del imperio: definió al sistema
político como monárquica, hereditario y constitucional. El imperio tendría una nobleza, pero no una
aristocracia. Habría nobles, debido a los títulos concedidos por el emperador, pero esos títulos no serían
hereditarios, lo que hubiera dado origen a una aristocracia de sangre. La religión católica romana
continuaba siendo la religión oficial, permitiéndose apenas el culto particular de las otras religiones.

El poder legislativo fue dividido en cámara y senado, previendo elecciones para ambas. La elección de la
cámara era temporaria, mientras que la del senado era vitalicia. Además el proceso electoral se orientaba
a elegir una lista triple por cada provincia y el emperador podía elegir uno de los tres nombres electos.
Esas restricciones hicieron que en la práctica, el senado fuese un órgano cuyos miembros eran
nombrados por el emperador. El voto era indirecto y censatario. Indirecto porque los votantes votaban en
un cuerpo electoral llamadas primarias. Pero era ese cuerpo electoral el que elegía a los diputados. Las
mujeres estaban excluidas de los derechos políticos. Hasta 1882 la práctica admitía el voto de un gran
número de analfabetos. El país fui dividido en provincias, cuyo presidente era nombrado por el emperador.
Se garantizaron los derechos individuales, entre ellos: la igualdad ante la ley, la libertad de culto, la libertad
de pensamiento y la de expresión. Un importante órgano de la estructura política era el Consejo de
Estado, compuesto por consejeros vitalicios nombrados por el emperador y elegidos entre ciudadanos
brasileños. Este debía ser escuchado en las cuestiones graves y medidas generales de la administración
pública como la declaración de guerra, ajustes en los pagos o en negociaciones en las que el emperador
se propusiese ejercer las atribuciones propias del poder moderador. De esta manera, el rey no intervendría
en la política y la administración cotidianas, pero tendría el papel de moderar las disputas más serias y
generales. El poder moderador no fue separado del ejecutivo. De allí derivo una concentración de
atribuciones en las manos del emperador. En base a los constitucionales del poder moderador, la persona
del emperador fue considerada inviolable y sagrada, sin quedar sujeta a ninguna responsabilidad. Entre
otras atribuciones, podía nombrar a los senadores, disolver la Cámara, convocar elecciones para
sustituirla y aprobar o vetar las decisiones de la cámara y del senado. Las acciones del Pedro I, al disolver
la Constituyente y decretar una Constituyente, simbolizaron el predominio del emperador y de los
burócratas y comerciantes que fueron parte del circulo de sus íntimos.

Las marcas dejadas por la Revolución de 1824 no se borrarían. De hecho, puede ser entendida como
parte de una serie de rebeliones y revueltas ocurridas en Pernambuco entre 1817 y 1848, y que
convirtieron a la provincia en un foco generador de descontentos en el nordeste. El recién creado Imperio
brasileño heredo los problemas generados por la ocupación de la Banda Oriental. En 1825 una rebelión
regional proclamo la separación de Brasil y la incorporación del futuro Uruguay a las provincias unidas del
rio de la plata. Ese hecho precipito la guerra entre Brasil y Buenos Aires en 1825. La guerra fue un
desastre militar para los brasileños, que fueron vencidos en Ituzaingó en 1827, y una catástrofe financiera
para las dos partes. La paz fue alcanzada con la mediación de Inglaterra, que estaba interesada en
reanudar las transacciones comerciales habituales que el conflicto había interrumpido. El tratado de paz
que puso fin al enfrentamiento garantizo el surgimiento de Uruguay como país independiente y la libre
navegación del Plata y sus afluentes. Este último punto era de interés para las potencias europeas, así
como para Brasil. En Brasil, se conjugaron razones de tipo geopolítico y económico, ya que la navegación
fluvial era la principal vía de acceso a la región de Mato Grosso. En el frente interno la guerra provoco el
impopular y temido reclutamiento forzoso de la población. No obstante, para completar las fuerzas del
ejercito, el emperador decidió contratar tropas extranjeras. Reclutadas en Europa con la perspectiva de
convertirse en pequeños propietarios en Brasil, la gran mayoría de esas tropas estaba formada por
personas pobres que no tenían formación militar profesional. No aportaron nada a la causa del Imperio
durante la guerra. En 1828 se amotinaron en Rio de janeiro algunos cientos de desengañados
mercenarios alemanes e irlandeses. La situación era muy grave y el gobierno se vio obligado a recurrir a la
humillante protección de dos navíos ingleses y franceses. Los gastos militares agravaron los ya existentes
problemas económicos-financieros. Si bien en 1820 aumento el volumen físico de productos de
exportación como el café, los precios del algodón, cuero, cacao, tabaco e incluso del propio café tendieron
a caer. Las rentas del gobierno central eran insuficientes, ya que dependían en gran parte del impuesto
sobre las exportaciones. Creado por Juan VI en 1808, el banco de Brasil, comenzó a tener dificultades
desde 1821 y termino cerrando en 1829. Pedro recurrió a la emisión de una gran cantidad de monedas de
cobre lo que dio origen a falsificaciones y al aumento del costo de vida. Todavía no se utilizaba el termino
inflación, pero se hablaba de algo parecido. En la década de 1820 la moneda de Brasil se desvalorizo de
manera continuo en relación con la libra inglesa. Si bien eso favorecía las exportaciones, al mismo tiempo
encareció las importaciones de bienes de consumo, tan requeridos por las elites y los nacientes sectores
medios urbanos. El descontento profundizo las fricciones entre brasileños y portugueses. Estos
controlaban buena parte del comercio, eran blanco privilegiado de los ataques nativos. Aunque la lucha
política tenía relación con la división nacional. En la época de Pedro, la elite política se dividia entre
liberales y absolutistas. Estos eran defensores del orden y la propiedad, garantizados por un emperador
que deseaban fuerte y respetado. Temían que la excesiva libertad pusiese en riesgo sus privilegios y
aceptaban acciones imperiales contrarias a la legalidad. Al igual que los absolutistas, los liberales se
encolumnaban tras la defensa del orden y la propiedad. Defendían la libertad constitucional como requisito
de su realización y eran partidarios de las novedades, de la gran novedad de ubicarse en oposición al
gobierno y al propio monarca. La elite brasileña se alinearon junto a Pedro; los brasileños fueron
adhiriendo cada vez mas a las criticas liberales y los portugueses se apegaron a la figura del emperador.
El sentimiento antilusitano tuvo un fuerte poder movilizador en la población urbana y en el Ejercito. Flotaba
en el aire la sospecha de que Pedro intentara volver con la muerte de Juan VI se abria la posibilidad de
que asumiera el trono portugués. El ejército se fue alejando del emperador. Su base, que se reclutaba en
los sectores más pobres estaba compuesta por mulatos que sufrían con las malas condiciones de vida,
atraso en el pago de los sueldos y la disciplina impuesta. Los hechos se precipitaron en 1830. La caída de
Carlos XI en Francia y el comienzo de la monarquía de Julio, repercutieron en Brasil y fueron objeto de
discusión hasta en el Consejo de Estado. En 1831 Pedro fue forzado a abdicar en favor de su hijo, Pedro
II. Este tenía solo 5 años cuando su padre abdico y partió a Inglaterra, para recuperar el trono de
portugués.

El periodo posterior a la abdicación de Pedro I se designa como Regencia porque el país fue regido por
figuras políticas que actuaban en nombre del emperador hasta su mayoría de edad en 1840. Este periodo
fue uno de los más agitados. La principal dificultad de este periodo fue la falta de consenso entre las elites
en torno al orden constitucional; tampoco había claridad sobre el papel del Estado en tanto organizador de
los intereses generales dominantes. La tendencia política que resulto vencedora fue la de los liberales
moderados, quienes organizaron, siguiendo la tradición masónica. En la oposición quedaban enfrentados
los exaltados, por un lado, y los absolutistas. Los exaltados defendían la federaion, las libertads
individuales y la Republica. Los absolutistas, llamados caramurus, luchaban por el regreso al trono de
Pedro I, tenían altos puestos en la burocracia, el ejercito y el gran comercio. Pero estos sueños no duraron
mucho, ya que Pedro I murió en 1834.

Las reformas del periodo regencial intentaron suprimir o reducir las atribuciones de algunos órganos de la
monarquía, y trataron de crear una nueva forma de organización militar, disminuyendo el papel del
ejército. Cuando comenzó el periodo regencial, el ejercito era una institución mal organizada, vista con
gran desconfianza por el gobierno. Sin embargo, la mayor preocupación era la base del Ejercito, formada
por personas mal remuneradas, insatisfechas y proclives a aliarse al pueblo en las revueltas urbanas. Una
ley de 1831 creo la Guardia Nacional, sustituyendo asi a las antiguas milicias. Esta ley era una copia de
otra francesa. Teóricamente, se pretendía organizar un cuerpo armado de ciudadanos confiables, capaces
de reducir los excesos del gobierno centralizado y las amenazas de las clases peligrosas. En la practia, se
le encomendó mantener el orden en el municipio adonde era formada. Fue convocada también para
enfrentar rebeliones fuera del municipio y para proteger las frontetras del país, bajo la dirección del
ejército. La Guardia nacional estaba compuesta de forma obligatoria, por todos los ciudadanos con
derecho al voto en las elecciones primarias. El aislamiento obligatorio en la guardia nacional redujo los
cuadros del ejército, pues quien pertenece a ella era exceptuado del reclutamiento para servir en el
ejército. Hasta 1850, los oficiales subalternos de la guardia nacional eran elegidos por los propios
integrantes de la corporación mediante una elección presidida por el juez de paz. Pero la realidad nacional
y las necesidades de establecer una jerarquía se sobrepusieron al electivo. Las elecciones se
transformaron en letra muerta y desaparecieron.

las revueltas del periodo regencial tuvieron como protagonistas a la tropa y al pueblo hasta 1830. En
contraste con las revueltas de 1832 y 1835 se produjo la eclosion de la guerra dos cabanos. Este fue un
movimiento rural, que se diferenció de las anteriores insurrecciones. Los cabanos agrupaban pequeños
propietarios, trabajadores del campo, indios, esclavos y señores de ingenio. Constitutian una anticipación
de lo que seria la revuelta sertanera de Canudos a comienzos de la Republica. Lucharon por la religión y
por el retorno del emperador contra los llamados carbonarios jacobinos, haciendo referencia critica a los
revolucionarios franceses y a las sociedades secretas liberales europeas del siglo XIX.

Los sectores pobres de la población rural expresaban su descontento contra aquellos cambios que no
entendían y que eran muy distantes de su mundo. Dados los objetivos explicitos de la revuelta, los
cabanos contaron con el apoyo inusitado de los comerciantes portugueses y los políticos restauraciones
de la capital del Imperio. Luego de una guerra de guerrillas , los rebeldes fueron derrotados quien fuera la
misma persona que habia proclamdo en 1824 la Confederacion del Ecuador.

El surgimiento de tantas revueltas en este periodo puede parecer extraño, sobre todo cuando se recuerda
que muchas de las antiguas quejas de las provincias se dirigían contra la centralización monárquica. La
regencia intentaba otorgar alguna autonomía a las asambleas provinciales y organizar la distribución de
rentas entre el gobierno central y las provincias. Pero sucede que al actuar lo regentes acabaron por avivar
las disputas entre las elites regionales por el control de provincias cuya importancia iba en aumento.
Además, el gobierno habia perdido el aura de legitimidad que detentaba, cuando habia un emperador en el
trono. Algunos consejos equivocados al presidente de provincia hicieron el resto.

La sabinada es designada asi por derivación del nombre de su líder. La sabinada conto con una amplia
base de apoyo incluyendo a personas de la clase media y del comercio, agrupada en torno de ideas
federalistas y republicanas. El movimiento busco una salida de compromiso en relacion con los esclavos,
dividiéndolos en nacionales y extranjeros. Los cautivos criollos que hubiesen tomado las armas en defensa
de la revolucion serian liberados, el resto continuaría esclavizado.

Por otro lado, y desde el punto de vista del destino de sus productos, la economía riograndense se
vinculaba tradicionalmente al mercado interno brasileño. Era un centro de cria de mulas que tuvo un
importante papel en el transporte de mercadería en el centro y sur del país antes de la construccion de los
ferrocarriles. En el periodo de renacimiento agrícola., llegaron colonos para plantar trigo, que era
consumido sobre todo en Brasil.cuando se produjo la independencia del país, este periodo de expansion
triguera ya se habia terminado debido a las plagas y a la competencia norteamericana. Se generalizo la
cria de ganado, aso como la transformación de la carne bovina en charque (carne seca). El charque era un
producto vital, destinado al consumo de la población pobre y de los esclavos del sur y centro sur. Los
criadores de ganado y los charqueadores formaban dos grupos separados. Los criadores estaban
establecidos en la región de Campaña, situada en la frontera con Uruguay. Los charqueadores habían
instalado sus industrias en el litoral, en áreas de lagunas, donde se ubicaban ciudades como Rio Grande.
Además de trabajadores y dependientes, los criadores y charqueadores utilizaban mano de obra esclava.

La posición del gobierno central se caracterizó por combates y concesiones a los rebeldes. Por su parte, el
liderazgo de los farrapos estaba constituido por personas de la elite y la región donde luchaban tenia gran
importancia estratégica para el imperio. A principios de 1840, por ejemplo, el gobierno cedió a una de las
principales exigencias económicas de los farrapos, y decreto una tasa de importación sobre la carne
salada vendida del Plata que competía con la nacional. No se puede afirmar con certeza que los farrapos
desearan separarse de Brasil y formar un nuevo país junto con Uruguay y las provincias del Plata. Sea
como fuere un punto de acuerdo entre los rebeldes era hacer de rio grande so sul una provincia autónoma,
con rentas propias libre de la centralización del poder impuesta por Rio de Janeiro. La revolución farroupila
forzó a Brasil a poner en marcha en la región del plata una política exterior muy distinta de la tradicional.
Durante años Brasil, se habia visto obligado a no tener una política agresiva en el Plata, buscando
acuerdos con Buenos Aires para poder asi ocuparse de una revolucion en sus fronteras. El fin de la
Farroupila reactivo las pretensiones brasileñas de mantener una fuerte influencia en Uruguay, junto con los
temores de que un mismo poder controlase las dos márgenes del rio de la plata. Estos temores se
acrecentaban en la medida en que juan manuel de rosas, al frente de buenos aires y de otras provincias
argentinas, promovia una tentativa de consolidación de poder. Se formo una coalición antirrisista entre
Brasil, la facción de los colorados, tradicionales aliados de Brasil en uruguay y las provincias argentinas de
Corrientes y Entre Rios, que se habían rebelado contra Rosas. La presencia brasileña fue dominante en la
guerra iniciada en 1851, cuando Pedro II ya habia asumido el trono. Participaron del conflicto, una vez
garantizado el control de Uruguay por los colorados, las tropas rosistas fueron derrotadas en territorio
argentino.

Mientras las rebeliones agitaban Brasil, se iban definiendo las tendencias políticas en el nucleo dirigente.
Surgían los primeros esbozos de los dos grandes partidos imperiales: el conservador y el liberal. Los
conservadores sumaban a magistrados y burócratas, una parte de los propietarios rurales y a los grandes
comerciantes, entre los cuales se contaban muchos portugueses. Los linerales agrupaban a la pequeña
clase media urbana, algunos sacerdotes y a propietarios rurales de las áreas menos tradicionales. Sin
embargo, el sistema político no se habia estabilizado. En las elecciones para la regencia única, realizadas
en 1835.
El segundo reinado: los liberales fueron quienes aceleraron el ascenso al trono de Pedro. Al ser superados
por las iniciativas regresionistas (la centralización del poder y al refuerzo de la autonomía), promovieron en
el Congreso la anticipación de la mayoría de edad del rey, valiéndose una vez mas de una interpretación
forzada del Acto adicional. Pedro II asumió el trono de Brasil a los 14 años, en 1840. Las medidas
relacionadas con el regreso continuaron luego de 1840. En 1841, fue restablecido el consejo de estado y
se modifico el código de proceso criminal. La totalidad del aparato administrativo y judicial volvió a las
manos del gobierno central, a excepción de los jueces de paz. En cada capital de provincia habia un jefe
de policía nombrado por el ministro de justicia. La policía comenzaba a tener atribuciones que implicaban
no solo la investigación sino el procesamiento y la aplicación de penas.

El proceso de centralización política y de refuerzo de la figura del emperador se complemento con otro de
los objetivos centrales del regreso: la reforma de la Guardia Nacional. El principio electivo, que nunca
habia funcionado en la practica, desaparecio por completo. Los oficiales comenzaron a ser elegidos por el
gobierno central o por los presidentes de provincia, y se aumentaron las exigencias sobre las rentas
necesarias para asumir los cargos. Se establecia asi una jerarquía que garantizaba el reclutamiento de los
oficiales en círculos mas restringidos. A partir de allí, la competencia entre guardia nacional y ejercito daba
paso a una división de funciones. A la guardia nacional le correspondia el mantenimiento del orden y la
defensa de los grupos dominantes a nivel local, y al ejercito el arbitraje de las disputas, la guarda de las
fronteras y el mantenimiento de la estabilidad general del país.

Los liberales obtuvieron beneficios de las medidas centralizadoras durante su paso por el poder, no todo
sucedió de forma armonica. Durante los primeros años de 1840, el gobierno imperial carecia de una
amplia base social de apoyo. En 1842 hicieron eclosión revueltas liberales en dos provincias y luego el
conflicto se extendió. Los grandes propietarios rurales se dividieron y tomaron partido por ambos bandos.
En 1848, estallo en Pernambuco la revolucion praieira. El nombre deriva de un diario liberal, El diario novo.
Este año significo una serie de revoluciones democráticas que sacudieron a Europa.

Las ideas socialistas fueron difundidas por personas tan disimiles, no se trataban del socialismo de Marx
sino del de Proudhon, Owen. Sin embargo, la revolucion de Praieira no era una revolucion socialista. Su
base rural estaba constituida por señores de ingenio ligados al partido liberal. La razón de su descontento
tenia que ver con la perdida del control de la provincia a manos de los conservadores. El nucleo urbano de
los praieiros defendió un programa favorable al federalismo, que impulsaba la abolición del poder
moderador, la expulsión de los portugueses y la nacionalización del comercio al por menor, controlado en
gran parte por ellos. Si bien la lucha de guerrillas prosiguió hasta 1850, no causo mayores problemas al
gobierno imperial.

La praieira fue la última de las rebeliones provinciales. La integración de la provincia al orden imperial
marco el fin del ciclo revolucionario en Pernambuco, que se habia iniciado en tiempo de la guerra contra
los holandeses. Las elites imperiales venían tratando de formalizar reglas de juego político desde antes de
estallar la revolución. El amplio acuerdo alcanzado contaba entre sus puntos básicos el refuerzo de la
figura del emperador por medio de la restauración del Poder Moderador y del Consejo de Estado y un
conjunto de normas escitas y no escritas. Estas ultimas constituían lo que en forma vaga se designaba
como el espíritu del régimen. Comenzó a funcionar un sistema de gobierno semejante al parlamentario,
pero no se confundía con el parlamentarismo en el sentido de la expresión. La constitución de 1824 no
tenía nada de parlamentaria. Según sus mecanismos, el poder ejecutivo era liderado por el emperador y
ejercido por ministros de estado nombrados libremente. Durante el primer reinado y la Regencia no hubo
practica parlamentaria. Esta se fue delineando a partir de 1847, pero lo hizo de forma pecualiar y
restringida.

En 1830 quedaron constituidos los dos grandes partidos imperiales: el Conservador y el Liberal. La política
del periodo no se hacia para alcanzar grandes objetivos ideológicos. Llegar al poder significaba obtener
prestigio y beneficios para si mismo y para los allegados. Conservadores y liberales utilizaron los mismos
recursos para lograr sus victorias electorales, concediendo favores a los amigos y empleando la violencia
con los adversarios. La división entre ambos tenía mucho de una disputa entre clientelas opuestas en
búsqueda de ventajas o por las migajas del poder. La política no quedaba reducida al mero interés
personal, ya que la elite política del imperio debía enfrentar los grandes temas de la organización del
estado, las libertades publicas, la representación y la esclavitud.

El tema de la descentralización del poder dividio a conservadores y liberales. En la practica esa división
solo fue relevante en 1830, cuando las dos tendencias todavía no llegaban a ser partidos. Las medidas
relativas al regreso y la mayoría de edad de Pedro que habían sido promovidas por los mismos liberales
señalaron la victoria del modelo centralizador. Ambos partidos adherirían a esa posición, a pesar de que
los liberales insistiesen en defender la descentralización.

El partido liberal levanto las banderas de la defensa de las libertades y de una mayor representación
política de los ciudadanos. En esto hubo una evolución de las posiciones del partido. A partir de 1860
estos temas ganaron fuerza, junto con la reedicion de las propuestas descentralizadores. En 1870 se
organizo el llamado nuevo partido liberal, al que se sumaron conservadores. En su programa se planteaba
la elección directa en las grandes ciudades, el senado temporario, la reducción de las atribuciones del
consejo de estado, la garantía de la libertad de conciencia, de educación, de comercio y de industria, y la
abolición gradual de la esclavitud.

El partido conservador representaba una coalición de propietarios rurales y burócratas del gobierno, a la
que se unio un sector de grandes comerciantes preocupados por las revueltas urbanas. Por su lado, el
partido liberal reunia a propietarios rurales y profesionales liberales. Una importante diferencia tenia
relacion con la base regional de ambos partidos. Mientras que los conservadores contaban con mayor
sustento en las provincias. El corazón de la política centralizadora defendida por los conservadores era la
unión entre burócratas, entre quienes se destacaban los magistrados y los grandes propietarios rurales.

Por otro lado, la presencia de profesionales urbanos en el Partido Liberal tendría como consecuencia la
incorporación de temas tales como una mayor representación y el énfasis en el papel de la opinión pública.
Pero esa presencia solo se volvió significativa a partir de 1860, con el desarrollo de las ciudades y el
aumento del numero de personas con educación superior. Por ultimo, hacia 1870, en San Pablo la
transformación socioeconómica habia generado una clase basada en la producción cafetera, que asumió
de forma consecuente uno de los principales aspectos de la descentralización: la defensa de la autonomía
provincial. Surgia una nueva convicción entre grupos de distinta base social, como esa burguesía cafetera
y la clase media urbana: la certeza de que las reformas descentralizadores y la ampliación de la
participación política no podían generarse dentro del marco de la monarquia. Nacia asi el movimiento
republicano.

Las rebeliones provinciales y las incertidumbres en torno a la forma de organizar el poder central indican
que la unidad del país estaba garantizada cuando se proclamo la Independencia. La unidad fue producto
de la resolución de los conflictos por la fuerza o por la habilidad, asi como del esfuerzo de los gobernantes
para construir un estado centralizado. Pero no cabe duda que en ese proceso, la hipótesis de la sepacion
de las provincias siempre fue menos probable que la de la permanencia de la unidad. Dentro de la
historiografía brasileña este tema es objeto de controversias como: desde el punto de vista estructural, el
sistema esclavista constituye el elemento explicativo fundamental. El interés por el mantenimiento de la
esclavitud llevo a las provincias a desechar las alternativas de una separación del imperio ya que esto las
debilitaría frente a las presiones internacionales antiesclavistas lideradas por Inglaterra. Esta apoyo la
unidad de un país que no solo constituia su mayor mercado latinoamericano, sino que se presenta como
una monarquia estable rodeada de republicas turbulentas. La formación de una elite homogénea, educada
en facultades y con una concepción jerarquica y conservadora, favorecio la implementación de una política
cuyo objetivo era la construccion de un imperio centralizado. La circulación de estas elites por el país, que
ocupo puestos administrativos en diferentes provincias, la integro al poder central y redujo su vinculación
con los diferentes intereses regionales.

La estructura socieconomica y la esclavitud:


La novedad de la economía brasileña en el siglo XIX fue surgimiento de la producción de café para la
exportación. Las condiciones requeridas para su primera gran expansión comercial se dieron en el extenso
valle del rio Paraiba, que atraviesa gran parte de Rio de Janeiro. El área era bien conocida y desde la
época del auge minero estaba cruzado por algunos caminos y senderos que se dirigían a Minas Gerais,
habia allí tierra vírgenes disponibles y un clima favorable.

La instalacion de las fazendas se dio según la forma tradicional de la gran propiedad, con la utilización de
fuerza de trabajo esclava. Para instalar una fazenda de café, el fazendeiro tenia que realizar inversiones
que incluían la tala del bosque, la preparación de la tierra, la siembre, las instalaciones y la compra de
esclavos. Los recursos para la instalacion de una fazenda parecen haberse originado en el ahorro
obtenido con la gran expansion del comercio. Con el correr del tiempo, las inversiones provenían de las
ganancias obtenidas con la propia producción de café y a partir de 1850 de los capitales liberados por el
fin del trafico de esclavos. Durante casi todo el periodo monárquico, el cultivo de café se realizo
empleando técnicas simples. La producción era extensiva, no habia ningún interés o preocupación por la
productividad de la tierra. Una vez agotado el suelo por la ausencia de abonos y de otros cuidados, se
extendia el cultivo a nuevas áreas, quedando la antigua zona abandonada o destinada al cultivo de
alimentos.

El tratamiento dado al cafetal consistía en capir la tierra a su alrededor para eliminar las hierbas dañinas.
Cuando el arbusto comenzaba a producir, los esclavos realizaban la cosecha manualmente. Las técnicas
de producción y de beneficio eran preindustriales. Luego de ser embolsado con destino a la exportación, el
transporte del café se caracterizaba por su precariedad. Antes de la construccion del ferrocarril, el
transporte a los puertos era hecho por tropas de burros, a cargo de un guía y troperos esclavos. Las
tropas recorrían los caminos que iban varias veces. A la ida cargaban la producción de la fazenda y a la
vuelta traían proviciones como bacalao, charque, tocino y herramientas. Los fazendeiras fueron
comprados muebles y piezas de lujo como cristales y porcelana.

Un personaje importante en la comercialización del café era el comisario. Ubicado en los puertos actuaba
como intermediario entre productores y exportadores, al recibir la mercadería para venderla a los
exportadores. El comisario proveía bienes de consumo e instrumentos al fazendeiro a cuesta de la
mercadería que le era entregada o que leina a ser entregada, y ganaba comisiones sobre el negocio. De
esta forma se establecia una relacion de confianza entre le fazendeiro y el comisario. Este ultimo abria una
cuenta corriente donde figuraban los créditos y débitos del otro. En ciertos casos la relacion llego hasta el
punto de que algunos comisarios guiaran a sus clientes en la visita a la capital. Por lo general, productores
y comisarios eran brasileños. A pesar de que el habito del consumo de café se habia generalizado en
Brasil, el mercado interno era insuficiente para absorber la producción en gran escala. La suerte de los
negocios cafeteros dependio del mercado externo. El aumento de la producción de café fue paralelo a la
ampliación de consumo en las crecientes clases medis de los Estados Unidos y Europa. Aunque el café
brasileño era exportado a Alemania, los países bajos y Escandinavia, si principal consumidor eran los
Estados Unidos. En Inglaterra se habia arraigado la costumbre de tomar té, por lo que nunca fue un gran
consumidor de café. Lo poco que consumia llegaba de las colonias del Caribe, de América Central y del
sur de Asia. Ese café entraba en el mercado ingles mediante el pago de impuestos reducidos, volviendo
asi menos viable el ingreso del café brasileño. Durante el siglo XIX y parte del siglo XX, esa sería una
importantr característica de las relaciones internacionales de Brasil en el plano económico y financiero.
Para conseguir créditos y empréstitos, el país dependía de Inglaterra. Su deuda externa estaba contraída
con los banqueros ingleses. Pero las transacciones comerciales con Inglaterra no proveían recursos
suficientes para hacer frente a las importaciones de ese país y para atender a los compromisos de la
deuda.

Desde el punto de vista socioeconómico, el complejo cafetalero abarcaba un conjunto de actividades que
desplazo el centro dinamico del país hacia el centro-sur. Fue en función del café que se equiparon los
puertos, se crearon nuevos mecanismos de crédito, empleos y se revolucionaron los transportes. Existio
un proceso largo de decadencia del nordeste y de fortalecimiento del centro-sur, que se volcio irreversible
hacia 1870. A mediados del siglo XIX, el Imperio habia conseguido una base de apoyo en los grandes
comerciantes y propietarios rurales, entre quienes se destacaban los barones del café de la provincia de
Rio de Janeiro. Lo esencial de los intereses dominantes se veía contemplado por el emperador y la
burocracia imperial por medio de la promoción del orden general, el tratamiento gradual del problema de la
esclavitud. Un ejemplo de eso lo constituye la ley de vientres libre, propuesta por el emperador a pesa de
la oposición generalizada de los fazendeiros.

En 1826 Inglaterra consiguió que Brasil aceptara un tratado por el cual, a partir del tercer año de su
ratificación, seria declarado ilegal el trafico de esclavos de cualquier procedencia hacia Brasil. Inglaterra se
reservo el derecho de inspeccionar en alta mar a los navios que fueran sospechosos de practicar el trafico
ilegal. Una le de 1831 intento poner en marcha el tratado, previniendo la aplicación de severas penas para
los traficantes y declarando libres a todos los cautivos que entrasen a Brasil después de aquella fecha. La
ley fue aprobada en un momento de caída temporario del flujo de esclavos. Sin embargo, pronto el flujo
volvió a crecer y las disposiciones de la ley no tuvieron aplicación practica. Los traficantes no solo todavía
no eran mal vistos por las capas dominantes, sino que se beneficiaron de las reformas descentralizadoras
hechas por la Regencia. Los jurados locales, controlados por los grandes propietarios, absolvían a los
pocos acusados que iban a juicio. La ley de 1831 fue considerada como una ley para que vea el inglés.

Son varias las razones por las cuales los grupos dominantes mantenían el trabajo esclavo. Entre ellas el
hecho de que todavía no existía una alternativa viable al trabajo esclavo en la gran propiedad , asi como la
falta de rebeliones generalizadas de esclavos. La rebeldía de los esclavos se instalo a comienzos del siglo
XIX y se incorporo a la vida cotidiana. Sin embargo, los negros nacidos en Brasil casi nunca estuvieron
presentes en esos movimientos, lo que muestra sus limites. La revuelta mas significativa se produjo en
1835 en Salvador, cuando se levantaron centenares de africanos, esclavos y libertos, adeptos de la
religión musulmana. Los negros musulmanes eran conocidos como males, de allí surge el nombre dado a
la rebelión. El levantamiento de los males fue reprimido con violencia, y ocasiono la muerte de muchos
participantes. Fueron muchos los factores que contribuyeron para ello: la represión, las esperanzas de
obtener libertad, las divisiones entre esclavos en mejor o peor situación, entre libertos y esclavos o entre
criollos y africanos.

Inglaterra no se cruzo de brazos frente a la inacción del gobierno brasileño. Muchos navios que
transportaban esclavos fueron capturados. En 1846 debia terminar el acuerdo que concedia a Inglaterra el
derecho de revisa y Brasil no estaba dispuesta a prorrogarlo. Frente a eso, el parlamento ingles aprobó un
acto que fue conocido en Brasil como Bill Aberdeen. El acto autorizo a la marina inglesa a trata como
piratas a los navios negreros, con derecho a aprehender a los implicados y juzgarlos en tribunales
ingleses. En Brasil el Bill Aberdeen fue blanco de ataques con fondos nacionalistas.

En 1848 subio al poder en Brasil un gabinete conservador y en 1849 por el marques Porto Alegro. El
gabinete representaba una alianza de burócratas, magistrados y grandes propietarios, en especial los
fazendeiros. Nuevamente, pero esta vez en Brasil, se planteo la solución del trafico de esclavos,
reforzándose la ley de 1831. Brasil reconocia que el trafico era equivalente a la piratería y que tribunales
especiales juzgarían a los infractores. El proyecto se convirtió en ley en 1850. Esta ley prendio, la entrada
de esclavos al país.

Que sucedió entre 1831 y 1850? ¿Por qué motivo la segunda ley prendio y la primera no?

La respuesta esta relacionada con las condiciones presentes a fines de la década de 1840, cuando se
agudico la presión de Inglaterra. Basándose en el Bill Aberdeen, la marina inglesa no se limito a capturar
en alta mar a los navios sospechosos de contrabandear esclavos, sino que además sus naves penetraron
en aguas territoriales brasileñas amenazando incluso con el bloqueo de los puertos principales. La
escalada británica provoco incidentes a lo largo de la costa, el mas serio de ellos considero en el
intercambio de disparos entre navios de la escuadra inglesa y Brasil. Frente a esas fuertes presiones, las
posibilidades de resistencia el gobierno imperial eran muy reducidas, ya que Brasil se veía amenazado en
el sur por una invasión argentina.
Luego de que se tomaran medidas efectivas de combate al trafico, la esclavitud estaba destinada a
desaparecer. Los propietarios de esclavos brasileños nunca se habían preocupado por su reproducción, lo
que los hizo dependientes del flujo de las importaciones. Estancadas las importaciones, el numero de
cautivos tendia a volverse insuficiente para prestar los distintos servicios a los que estaban destinados.
Desde el punto de vista ideologico y político, el fin del trafico significaba una divisoria. Si Brasil ilegalizaba
la importación de esclavos, el mantenimiento de la esclavitud en el país perdia legitimidad. A partir de la ley
de tierras, aprobada en 1850, dos semana después del fin del trafico. La ley intento poner orden en la
confusión existente en materia de propiedad rural: determino que las tierras publicas no podrían ser
donadas sino que serian vendidas, establecio normas para legalizar la posesión de tierras e intento obligar
a registrar propiedades. La legislación fue concebida como una forma de evitar el acceso de los futuros
inmigrantes a la propiedad de la tierra. Las tierras publicas deberían ser vendidas a un precio lo
suficientemente elevado como para excluir a los poseedores e inmigrantes pobres. Los extranjeros que
tuviesen pasajes financiados para llegar a Brasil quedarían inhibidos para adquirir tierras. En síntesis, los
grandes propietarios querían atraer inmigrantes para comenzar a sustituir a la mano de obra esclava, pero
tratando de evitar que ellos se convirtiesen en propietarios. La gran inmigración estaba lejos. La opción
utilizada por los fazendeiros del centro-sur seria la de abastecer de esclavos en el mercado interno,
comprándolos en las regiones en decadencia.

La modernización y la expansion cafetalera:

Para Brasil el año 1850 fue:

El fin del trafico de esclavos

La ley de tierras

La centralización de la guardia nacional

La aprobación del primer código comercial

Ley de vientres libres

La liberación de capitales derivada del fin de la importación de esclavos dio origen a una intensa actividad
de negocios y de especulación. Surgieron bancos, industrias, empresas de navegación a vapor, etc.
Gracias a un aumento en las tarifas de los productos importados que había sido decretado a mediados de
1844 crecieron las rentas gubernamentales. En 1852-1853 estas representaban el doble.

En el plano político, liberales y conservadores llegaron a un acuerdo nacional provisional que tuvo
expresión en el ministerio de conciliación entre 1853-1856, sin embargo el acuerdo se mantuvo hasta
1861. Se esbozaban así los cambios necesarios para una modernización capitalista de las áreas más
dinámicas del país, surgían las primeras tentativas para crear un mercado de trabajo, de tierras y de los
recursos disponibles. La modernización debía pasar por la mejora del precario sistema de transporte. A
mediados del siglo XIX, transporte moderno era sinónimo de navegación a vapor y de ferrocarril, además
del emprendimiento de caminos. Las mayores iniciativas para la construcción de ferrocarriles derivaron de
la necesidad de mejorar las condiciones del transporte de las principales mercaderías de exportación hacia
los puertos del país. Era preciso superar los inconvenientes ocasionados por los precarios caminos y por
las cargas a lomo de burro, que aumentaban los costos y dificultaban el transito adecuado de los
productos.

Los emprendimientos mas importantes del nordeste se concentraron en Pernambuco, donde la función
básica era la salida de la zafra del azúcar. En el centro-sur el mayor objetivo de los ferrocarriles seria el del
transporte del café. Entre 1840 y 1880 la construcción de ferrocarriles y la navegación a vapor
revolucionaron la economía inglesa, incrementando la producción de la industria pesada del hierro, del
acero y del carbón. La acumulación de capitales hizo posible el otorgamiento de empréstitos y las
inversiones en el exterior, que fueron hacia el sector de los ferrocarriles. Así, muchas líneas ferrovarias se
construyeron con recursos financieron, materiales, equipos y contratantes ingleses. La economía
cafetalera llego a su apogeo alrededor de 1850. El problema del transporte se soluciono en gran medida
con la construccion del ferrocarril. La gran meseta del interior de San Pablo reunia condiciones favorables
de suelo y de clima para el cultivo del café. Allí se encuentra la tierra violácea, de alta productividad, donde
el rendimiento del cafeto podía llegar muchos años, se trata de tierra roja para los inmigrantes italianos.
Aunque no debemos exagerar los avances tecnológicos fue en el oeste paulista donde se introdujeron el
arado y el despulpador. Esto significo una verdadera revolucion técnica de descascaramiento de los
granos. Por ultimo, la acumulación de capitales en la nueva región se dio en una etapa de la vida del país
donde ra clara la necesidad de buscar alternativas para sustituir la fuerza de trabajo esclava. El fin del
trafico la sorprendio en su apogeo. A medida que declinaba la productividad, aumentaba la dificultad para
encontrar una alternativa al problema de la mano de obra. Se formaron asi dos clases regionales con
destinos divergentes. Los fazendeiros del valle apoyaron a la monarquia y se fueron separando de ella al
tiempo que se aprobaban medidas tendientes a la aboalicion gradual de la esclavitud. Ese proceso de
alejamiento se completo en 1888 con la abolición, aunque los barones ya no tenían un gran peso social y
político.

La economía del oeste paulista dio origen a una nueva clase que se acostumbra a designar como
burguesía del café. A partir de las ultimas décadas del siglo XIX, la región de san pablo comenzó un
proceso de transformaciones tendientes a la conformación de una economía capitalista. A lo largo de
varios años se activo un proceso de acumulación de capitales, de diversificación de la economía y de
formación de un mercado de tierras, de producción y de consumo. En un primer momento, la acumulación
de capitales se dio a través de la producción cafetalera, combinándose con inversiones en tierras, en
bancos y en el comercio. La expansion del café genero una red de nucleos urbanos que se convirtieron en
centros de pequeña producción y de consumo, lo que dio comienzo a la diversificación de la economía. A
partir de 1880, la entrada en masa de inmigantes impulsaría la formación de mercados de producción,
consumo y mano de obra.

Los dos grupos uno lo viejo (la aristocracia decadente) y el otro lo nuevo (la burguesía emprendedora)
partieron de presupuestos comunes y se diversificaron en razón de diferentes realidades del medio físico y
social. Ambos practicaron la agricultura extensiva y utilizaron la mano de obra esclava. Los fazendeiros
paulistas no se volcaron al inmigrante porque creían en las virtudes o en la mayor rentabilidad del trabajo
libre, sino porque la alternativa del esclavo iba desapareciendo y habia que dar respuesta al problema.

Luego de 1850, el aprovisionamiento de esclavos se realizo a través del trafico interprovincial. Las
migraciones internas en Brasil comenzaron bajo la triste forma de transferencia forzada de esclavos de
una región a otra. Surgieron nuevos traficantes y una nueva profesión: la del viajante comprador de
esclavos, quien recorria las provincias convenciendo a los fazendeiros mas pobres o a los habitantes de la
ciudades para que vendieran esclavos. El transporte de cautivos hacia las regiones cafetaleras no solo se
realizaba por mar. Muchos esclavos eran obligados a viajar por tierra hasta llegar a las regiones del café,
con el objetivo de escapar al pago del impuesto en los puertos de embarque. No existen datos seguros
sobre el volumen del tradico interprovincial, estimaciones indican que hubo entre los años 1850 hasta 1888
fueron desplazados de las zonas azucareras del nordeste hacia el centro-sur.

Con el aumento del precio de los cautivos como consecuencia del fin del trafico, se exportaron grandes
cantidades de ellos incluso desde zonas productoras tradicionales, como Bahia.

El comienzo de la gran inmigración:

La mayor o menor dependencia regional de la mano de obra esclava tuvo importantes repercusiones
políticas en el tratamiento del fin de la esclavitud. La solución alternativa consistio en atraer a la mano de
obra europea para que viniera a trabajar en las fazendas de café.

Por un lado, el prejuicio de los grandes fazendeiros dificultaba o incluso impedia que ellos pudiesen
imaginar un cambio del régimen de trabajo de la masa esclavo: por otro lado, los esclavos estuviesen
dispuestos a aceptar una situación no muy distinta de la que tenían. El argumento racista que permeo la
mentalidad de los círculos dirigentes del imperio no solo desvalorizaba a los esclavos y ex esclavos.
Nacidos en el transcurso de la colonización, los mestizos eran considerados seres inferiores, y la única
salvación para Brasil consistiría en europeizarse lo más rápido posible. Junto con ese factor cultural debe
considerarse otros como los señores de ingenio y los plantadores de algodón del nordeste se habían
desprendido de la mano de obra esclava. La sequía azotaba periódicamente algunos estados del
nordeste, generando una masa de miserables. Sin embargo, muchos quedaron abandonados y otros
fueron reclutados para trabajar en la extracción de caucho en el norte del país o en las plantaciones de
cacao en Bahia.

La historia de la inmigración en gran escala hacia las zonas cafeteras no se enmarcan en la periodización
de la historia política. Comienzo en el segundo reinado, pero tiene un impacto mayor durante los años
posteriores a la proclamación de la República. La experiencia genero innumerables conflictos. A pesar de
provenir de aquellas regiones de Europa alcanzadas por la crisis de alimentos, los aparceros no se
conformaron con las condiciones de existencia que encontraron en Brasil. Estaban sometidos a una
estricta disciplina que incluia la censura de la correspondencia y el impedimento de la movilidad en las
fazendas. Finalmente, estallo una revuelta en 1856. Los esfuerzos para atraer inmigrantes fueron
retomados a partir de 1871, coincidiendo con la aprobación de la ley del vientre libre. Esta vez la iniciativa
partio del gobierno provincial, además de los propietarios rurales. Una ley de 1871 autorizo al gobierno
paulista a tomar dinero público para prestárselo a los fazendeiros con el fin de introducir trabajadores
agrícolas en las fazendas. Para atraer a los inmigrantes, se previo una ayuda para los gastos del viaje.
Comenzaba asi para san pablo la inmigración subvencionada, la llegada de inmigrantes con ayuda
concedida por el Estado. La subvencion vario a lo largo de los años, incluyendo el hospedaje por ocho
días en la capital, en un edificio construido por el gobierno y el posterior traslado a las fazendas. Hasta los
primeros años de la década de 1880, el numero de personas que entraron como inmigrantes en san pablo
fue pequeño. Entre 1875 y 1879 se registro el ingreso de 10000 personas una cifra por debajo de las
necesidades de la producción cafetalera. Los italianos no estaban conformes con las condiciones de vida
que existían en Brasil y muchos regresaron a su tierra. En 1885 el gobierno italiano divulgo un oficio en el
que describia a san pablo como una región inhóspita e insaluble, desaconsejando la emigración a Brasil.
Las figuras mas prominentes de la elite paulista reaccionaron ante ese estado de cosas ya que era un
momento delicado, en el que se volvia evidente la desorganización del sistema esclavista. La sociedad
promotora de la inmigración fundada por iniciativa en 1886, tomo una serie de medidas a fin de atraer
inmigrantes a las fazendas de café. La entidad publico folletos en portugués, alemán e italiano señalando
las ventajas de la inmigración a san pablo. Hacia comparaciones favorables con relacion a otros países
receptores de inmigrantes cuya atracción era mayor, como los estados unidos y argentina. La llegada de
inmigrantes en grandes cantidades resulto finalmente favorecida por diversos factores presentes a un lado
y a otro del océano. La crisis en Italia, producto de la unificación del país y de las transformaciones
capitalistas y que cayó con más fuerza sobre la población pobre. Al mismo tiempo, el pago del transporte y
la posibilidad de alojamiento representaron, bien o mal un incentivo concreto.

La guerra del Paraguay:

Hubo un acontecimiento internacional que llegaría a marcar la historia del segundo imperio. Esta guerra
durario cinco años desde 1864 hasta 1870. El fin del colonialismo español, durante las primeras décadas
del siglo XIX, fue el del virreinato del rio de la plata en tanto unidad política. Luego de largos conflictos, ese
ámbito territorial vio nacer a la argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. El surgimiento de argentina se
produjo después de muchas idas y vueltas, así como de guerras civiles en las que se enfrentaron las
tendencias unitaria y federal. Los unitarios representaban a los comerciantes de buenos aires y defendían
un modelo de estado centralizado bajo el liderazgo de la capital del antiguo virreinato. A través del puerto
de Buenos Aires, los sectores comerciales podrían asegurarse el control del comercio exterior argentino y
la apropiación de las rentas provenientes de los impuestos aduaneros sobre las importaciones. Los
federales agrupaban a las elites regionales, a grandes propietarios, a pequeños industriales y a
comerciantes más dedicados al mercado interno. Defendían un estado descentralizado que les garantizara
sus rentas y les evitara someterse al establecimiento de impuestos por parte de la burguesía comercial de
buenos aires. Uruguay surgió en 1828, luego de 3 años de luecha entre argentinos, brasileños y
partidarios de la independencia. Inglaterra, que tenia intereses comerciales y financieros en la cuenca del
plata, vio con buenos ojos la creación del país, ya que serviría para la estabilización del área. Sin
embargo, la historia uruguaya del siglo XIX no tuvo nada de pacifica. Las facciones de blancos y colorados
se disputaron el poder a hierro y fuego. Los colorados, afines a las ideas liberales, estaban vinculados a
los comerciantes y a las potencias europeas. Los blancos compuestos por propietarios rurales, heredaron
la vieja tradición autoritaria española y veían con recelo los avances de las nuevas potencias europeas en
el país.

Los habitantes de la antigua provincia de Paraguay descendían en gran parte de los indios guaraníes y no
habían aceptado someterse a la burguesía porteña, comenzando a actuar de forma autónoma desde
1810. Dicha autonomía no fue reconocida por los porteños, quienes desde 1813 practicamente habían
impedido el comercio paraguayo con el exterior. Asi bloquearon la via de acceso natural al mar por la
cuenca del plata, que los paraguayos alcanzaban a través de la navegación de los ríos paraguay y parana.
El bloqueo llevo al líder paraguayo José Gaspar de Francia a aislar el país y a convertirse en su dictador
vitalicio. El estado expropio las tierras pertenecientes a la iglesia y a un sector de la elite favorable al
entendimiento con buenos aires para convertirse asi en el principal agente de la producción y del
comercio. La caracterización de Paraguay como un país de pequeños propietarios bajo el comando de un
estado esclarecido. Implemento medidas excepcionales para el contexto en america del sur. Pero
definirlas como progresistas simplifica su contenido. En las tierras confiscadas, el gobierno organizo las
estancias de la patria, explotadas por el propio estado o por pequeños arrendatarios. En esas estancias se
utilizaba mano de obra esclava o compuesta por prisioneros. La economía dejo de ser monetaria: tanto la
renta de la tierra como los impuestos se pagaban en productos y no se utilizaba la moneda. Luego de la
muerte de Francia fue designado presidente carlos Antonio lopez, quien proclamo la independencia de
Paraguay en 1842. López intento quebrar el aislamiento del país instalando un ferrocarril y estimulando el
comercio exterior. Su hijo solano López fue enviado a Inglaterra para comprar material de guerra y reclutar
técnicos europeos que ayudaran en la modernización del país. Paraguay intento crecer vinculándose
gradualmente al mercado externo. También aumento su interés por el control de la navegación fluvial de
los ríos Paraguay y Paraná, así como por el libre acceso al puerto de buenos aires. Fue en ese marco que
se produjo el ascenso al poder de Solano López, en 1862, luego de la muerte del padre.

La posición de Brasil frente a sus vecinos a comienzos del siglo XIX fue: la mayor preocupación del
gobierno imperial era la argentina. Se temía que la unificación del país lo transformase en una republica
fuerte, capaz de neutralizar la hegemonía brasileña y de atraer a la inquieta provincia de rio grande do sul.
En lo que respecta al Uruguay, siempre existió allí una política de influencia brasileña. Los gauchos tenían
intereses económicos en Uruguay como criadores de ganado y no veían con buenos ojos las medidas de
represión al contrabando en la frontera. Brasil se alineo junto a los colorados, ya que la línea política de
estos era afín de sus intereses. El gobierno imperial llego a un acuerdo con ellos por el cual se
comprometió a proveerles una contribución mensual de dinero.

En la primera mitad del siglo XIX, las relaciones de Brasil con Paraguay dependían del estado de las
relaciones entre Brasil y la Argentina. Cuando aumentaban las rivalidades entre dos países, el gobierno
imperial tendía a aproximarse al Paraguay. Cuando las aguas se aquietaban, surgían las diferencias entre
Brasil y Paraguay. Las divergencias se concentraban en cuestiones referidas a la frontera y en la
insistencia brasileña en garantizar la libre navegación por el rio Paraguay, principal via de acceso al Mato
Grosso. Si las posibilidades de una alianza Brasil-Argentina-Uruguay contra Paraguay parecían remotas.
La aproximación entre los aliados comenzó en 1862, cuando Mitre llego al poder en la Argentina luego de
derrotar a los federales. El país fue reunificado bajo el nombre de República Argentina y Mitre resulto
electo presidente. Comenzó a implantar una política que era mirada con simpatía por los liberales
brasileños, quienes habían asumido el gobierno en aquel mismo año. Se acercó a los colorados uruguayos
y se transformó en un defensor de la libre navegación de los ríos.

Esos aciertos dieron pie a las rivalidades entre Brasil y Paraguay. A pesar de que entre los dos países
existía una competencia por los mercados de yerba mate, desde el punto de vista brasileño las disputas
tenían un contenido geopolítico (fronteras, libre navegación de los ríos). Buscando quebrar de una vez el
aislamiento de Paraguay y afirmar su presencia en la región, Solano López se alió a los blancos y a los
adversarios internos de Mitre, los líderes de las provincias argentinas de Entre Ríos y Corrientes. Lejos de
actuar como instrumento de los intereses ingleses, el gobierno imperial comenzó la década de 1860
involucrándose en varios incidentes con Inglaterra que fueron como “cuestión Christie”. A comienzos de
1863, y luego de que la marina británica anclada en Rio de Janeiro capturase varios navíos mercantes
brasileños, Brasil rompió relaciones con Inglaterra. El país vivió un clima de exaltación patriótica que se
incrementó por las noticias sobre ciudadanos brasileños que estaban siendo objeto de violaciones en el
Uruguay, donde los “blancos” detentaban el poder. En 1864, el gobierno del Imperio invadio Uruguay, con
el objetivo de ayudar a poner en el gobierno a los “colorados”.

En 1864 López decidió, una cañonera Paraguay capturo en el rio de Paraguay, luego de lo cual se
rompieron las relaciones diplomáticas entre dos países. Las operaciones de guerra comenzaron de forma
efectiva en 1864, cuando López lanzó una ofensiva contra Mato Grosso. Le pidió autorización a la
Argentina para atrasar con sus tropas la provincia de Corrientes, con la intención de atacar a las fuerzas
brasileñas en Río Grande do Sul y en Uruguay. La autorización fue negada. López esperaba neutralizar las
amenazas de sus poderosos vecinos y transformar al Paraguay en una fuerza con presencia dentro del
juego político del continente. Contaba con una victoria en el Mato Grosso que llevase a Brasil a un
acuerdo, y con el apoyo de los “blancos” uruguayos y de las provincias argentinas contrarias a Mitre. Esas
expectativas no se concretaron. La base de las provincias argentinas falló y en Uruguay y el gobierno
imperial forzó el ascenso al poder del colorado Flores. En 1865, Paraguay le declaro la guerra a la
Argentina y el 1 de mayo de aquel año los gobiernos argentinos, brasileño y uruguayo firmaron el Tratado
de la Triple Alianza aumentaron predominando los brasileños, que representaban dos tercios del total. Las
tropas fueron constituidas por el ejército regular, la Guardia Nacional y personas reclutadas
mayoritariamente según los viejos métodos de reclutamiento forzado que venían de la época de la colonia.
Muchos de ellos fueron integrados en el cuerpo de los Voluntarios de la Patria. Los señores de esclavos
cedieron cautivos para que lucharan como soldados. Una ley de 1866 concedió la libertad a los “esclavos
de la Nación” que sirviesen en el ejército. La ley se refería a los africanos introducidos ilegalmente en el
país luego del fin del tráfico y que tras ser apresados, se encontraban bajo la custodia del gobierno
imperial.

El ejército brasileño se fue consolidando a lo largo de la guerra. El Imperio contaba con un reducido cuerpo
de oficiales profesionales y tenía muchas dificultades para ampliar sus efectivos militares. Para ser
incorporado al ejército no había servicio militar obligatorio sino un sorteo muy restringido. Los miembros de
la guardia nacional estaban exceptuados de ese servicio. Hasta la Guerra de Paraguay, las campañas
militares de Brasil en la Plata habían sido obra de la milicia gaucha, pero esta se mostró incapaz de
enfrentar a un ejército moderno como el paraguayo.

Dentro de la historia de la propia guerra, los hechos militares de ambos bandos se confunden con
imágenes de privaciones, de muertes en combate y por enfermedades, como la cólera. A comienzos del
conflicto de 1865, la marina brasileña destrozo a la paraguaya en la batalla de Riachuelo, en territorio
argentino. Los aliados bloquearon al Paraguay, cerrando su único vía de acceso al exterior a través del rio
Paraná. Por temor a las fortificaciones enemigas instaladas a lo largo del río Paraguay, los aliados
permanecieron inmovilizados por varios años frente al sistema defensivo terrestre de los paraguayos. En
1865, las fuerzas paraguayas instaladas en Corrientes invadieron Río Grande do Sul, pero fueron
derrotadas. El conflicto se desarrolló en territorio paraguayo, a excepción de Mato Grosso, que se había
convertido en un frente de combate secundario. La mayor batalla de la guerra se libró en Tuyutí en 1866. A
pesar de la derrota paraguaya, los aliados no consiguieron sacar provecho de la situación y sufrieron un
serio revés en Curupaití. El objetivo de esos combates era tomar la fortaleza de Humaitá. A comienzos de
1868, Caxias asumió como el comandante de las fuerzas aliadas. Mitre se había visto obligado a regresar
a Buenos Aires para enfrentar problemas de política interna, entre los que se destacaba la oposición de las
provincias al envío de tropas a Paraguay. De allí Brasil continúo en el conflicto solo. Antes de atacar se
concentró en la tarea de dotar al ejercito de una infraestructura adecuada. Recién entonces paso a la
ofensiva. Humaitá capitulo en 1868 y en 1869 los brasileños entraron en Asunción. Enfermo, deseando la
paz, Caxias se retiro del comando. Fue sustituido por el esposo de la princesa Isabel, heredera al trono
imperial.
Luego de varios combates, las tropas brasileñas derrotaron a un último y pequeño ejército paraguayo. En
1870, Solano López fue cercado en su campamento y asesinado por los soldados brasileños. Paraguay
quedo atrasado por el conflicto, perdiendo porciones de su territorio a manos de Brasil y la Argentina. El
proceso de modernización se volvió una cosa del pasado y Paraguay se convirtió en un país exportador de
productos de poca importancia. Cayo prácticamente toda la población masculina paraguaya, los
sobrevivientes eran ancianos, mujeres y niños. Brasil termino la guerra más endeudado con Inglaterra, ya
que las relaciones diplomáticas entre los dos países habían quedado restauradas al comienzo de las
hostilidades. Pero la mayor consecuencia del conflicto fue la afirmación del ejército como una institución
con perfil y objetivos propios. Las quejas contra el gobierno del imperio, que venían de lejos, encontraron
nueva expresión. Con sus aciertos y errores, las elites civiles, los casacas, como pasaron a ser llamados
habían quedado a salvo y se habían enriquecido con los negocios de aprovisionamiento de las tropas.

La crisis del segundo Reinado:

A partir de 1870 surgieron una serie de síntomas de crisis en el Segundo Reinado, como el comienzo del
movimiento republicano y las fricciones del gobierno imperial con el ejercito y la iglesia. Además, la
dirección que había tomado el problema de la esclavitud genero desgastes en las relaciones entre el
estado y sus bases sociales de apoyo. Pero esos factores no tuvieron el mismo peso en la caída del
régimen monárquico. Esta se explica por un conjunto de razones donde se ubican las transformaciones
socioeconómicas que dieron origen a nuevos grupos sociales, asi como la receptividad a las ideas de
reforma. El fin de la esclavitud se fue alcanzando por etapas, hasta su final definitivo en 1888. Pero la
mayor controversia en lo que respecta a las medidas legales ocurrio en 1871, cuando el gobierno imperial
propuso la llamada Ley del Vientre Libre. La propuesta declaraba libres a los hijos de la mujer esclava
nacidos luego de la promulgación de la ley, quienes quedarían en poder de los señores de sus madres
hasta la edad de 8 años. El proyecto fue elaborado por un gabinete conservador con lo cual se arrancaba
de las manos de los liberales la bandera del abolicionismo.

Una vez terminada la guerra de Paraguay, los círculos dirigentes consideraban que Brasil era muy débil en
su frente interno, ya que, a pesar de que no se registraran insurrecciones de esclavos, el país no podía
contar con la lealtad de una gran parte de la población. Aun cuando afectase importantes intereses
económicos, la resolución de la cuestión servil era vista como un mal menor frente a ese problema, asi
como frente al riesgo potencial de revueltas de esclavos. La clase social dominante, por el contrario, veía
al proyecto como un grave riesgo que apuntaba en dirección a la subversión del orden. Liberar a los
esclavos por medio de un acto de generosidad del señor llevaba al país a una guerra entre razas. Resultan
muy reveladoras las posiciones que tomaron los diputados frente al proyecto aprobado. Mientras que los
representantes del nordeste votaron a favor de la propuesta, los del centro-sur invirtieron esa tendencia.
Eso reflejaba el hecho de que el trafico interprovincial venia contribuyendo al fin de la dependencia del
nordeste con la relación a la mano de obra esclava. La profesión de los diputados constituye que gran
parte de los representantes eran funcionarios públicos, magistrados. Ese grupo, que provenía del nordeste
y del norte, siguió la orientación del gobierno y voto junto a él. Desde el punto de vista partidario, no existio
una nítida división del voto entre liberales y conservadores. Los diputados de los dos partidos votaron a
favor o en contra del proyecto. La ley de 1871 tuvo escasos efectos en la práctica. Los niños entregados al
poder público fueron pocos y los dueños de esclavos continuaron usando sus servicios. El movimiento
abolicionista ganó fuerza a partir de la década de 1880, con el surgimiento de asociaciones, de periódicos
y del avance de la propaganda en general.

Personas con distintas perspectivas y de diferente condición social comenzaron a participar de las
campañas abolicionistas. A medida que crecía el abolicionismo, las provincias del norte perdían interés en
el sistema esclavista, hasta el punto de que se declaró unilateralmente el fin de la esclavitud en 1884. En
ese marco, se aprobó en 1885 la ley de sexagenarios, propuesta por un gabinete liberal, la medida fue
aprobada en el Senado cuando los conservadores volvieron al poder. La ley concedía la libertad a los
cautivos mayores de 60 años y establecía normas para la liberación gradual de todos los esclavos
mediante la indemnización. La ley, que fue pensada como una forma de frenar el abolicionismo radical, no
alcanzo su objetivo. Entre 1885 y 1888, la campaña abolicionista gano ímpetus. El hecho era la
desorganización del trabajo en las fazendas paulistas provocada por la fuga en masa de esclavos. La elite
cafetalera paulista acelero la puesta en marcha de la inmigración, al percibir que el sistema esclavista se
desintegraba. En 1888 los únicos que adherían a la esclavitud eran los representantes de las viejas zonas
cafetaleras del valle del Paraíba, cuyas fortunas en decadencia se concentraban en los esclavos. Un
último intento contemporizador fue el proyecto. Allí se preveía la inmediata liberación de los esclavos, pero
sujeta a una indemnización y a la prestación de servicios, como una forma de asegurar la próxima
cosecha. Frente a la oposición de los liberales, el presidente del consejo, decidio proponer la abolición sin
restricciones. La iniciativa fue aprobada por la mayoría parlamentario y sancionada por la princesa Isabel
en 1888, cuando se encontraba ocupando la regencia del trono. El destino de los exesclavos vario de
acuerdo con la región del país. En el nordeste se transformaron en dependientes de los grandes
propietarios. En el valle del Paraíba, los antiguos esclavos fueron aparceros en las fazendas de café en
decadencia y más tarde pequeños chacareros o peones de ganado. En el oeste paulista, la fuga en masa
fue una característica importante. Pero el flujo de negro hacia la ciudad de San Pablo y otras regiones duro
diez años. Los centros urbanos como San Pablo y Rio de Janeiro vivieron situaciones diversas. Mientras
que en San Pablo los empleos estables fueron ocupados por trabajadores inmigrantes, relegándose a los
ex esclavos a servicios irregulares y mal pagos, en Rio Janeiro el panorama fue algo distinto. El trabajador
negro tuvo allí oportunidades mayores, no solo por la tradición de empleo de negros esclavos y libres en
los talleres artesanales y manufacturas, sino por el menor peso de la inmigración. En rio grande do sul, al
igual que en San Pablo, se dio un proceso de sustitución de esclavos o de ex esclavos por inmigrantes. A
pesar de las variaciones regionales, la abolición de la esclavitud no termino con el problema del negro en
el país. La opción por el trabajador inmigrante en las áreas regionales mas dinámicas de la economía, así
como las escasas oportunidades que se le abrieron al ex esclavo en otras áreas, generaron una profunda
desigualdad social de la población negra. En parte fruto del prejuicio, esa desigualdad acabo reforzando el
propio prejuicio contra el negro. Este fue considerando un ser inferior, sobre todo en las regiones de
intensa inmigración, útil cuando era sumiso, o de naturaleza peligrosa, cuando se lo veía como vago y
propenso al crimen.

Hay dos temas para destacar: la brecha campesina y el de las manumisiones. Con respecto a la primera,
es sustentada por aquellos autores que destacan la importancia del sector dedicado al mercado interno en
la economía brasileña colonial y del siglo XIX. La tesis parte de la constatación de que en las fazendas de
caña y de café, los esclavos tuvieron permiso para trabajar en quintas próximas a sus cabañas o en
pequeñas parcelas de tierra y producir géneros alimenticios para su sustento o para la venta en el
mercado. Al producir por cuenta propia para el mercado, el esclavo se convirtió en un campesino, abriendo
una brecha en el sistema esclavista. La constatación citada enfatiza el hecho de que, a pesar de que el
esclavo jurídicamente fuese una cosa, en la práctica concreta de las relaciones sociales acababa por tener
ciertos derechos derivados de la costumbre.

Con respecto al segundo tema, se suscita por la existencia de un gran numero de esclavos libertos en las
colonias españolas y en Brasil colonial, contrario a las posesiones inglesas y francesas. Las manumisiones
se daban cuando el esclavo compraba su libertad o cuando el señor decidia liberarlo. El hecho de que el
mayor número de manumisiones mediante pago haya ocurrido en las ciudades indica que en ellas habia
más posibilidades de que el esclavo pudiera tener ganancias. Una explicación fácil para los actos de
liberación por iniciativa de los señores sería la de que eran liberados los viejos y los enfermos, por motivos
económicos. Por último, recordemos que los libertos no tenían una condicion idéntica a la de la población
libre. Hasta 1865, la manumisión mediante pago asi como la gratuita podían ser revocadas por el antiguo
señor alegando ingratitud. La liberación era acompañada por una serie de restricciones, la de prestar
servicios al dueño. La legislación de 1870 incluso incorporo esa costumbre, determinando la libertad de
niños y ancianos bajo condiciones.

El Republicanismo:

A fines del siglo XVIII, el republicanismo había estado presente en los dos movimientos por la
independencia, asociándose a la idea de revolución y a la de algún tipo de reforma de la sociedad. Esta
concepción fue heredada por algunos miembros del movimiento republicano que surgió en Rio de Janeiro
en 1870, defendían la vía de una revolución popular para llegar a la república. Además de los militares, la
base social del republicanismo urbano estaba constituida por profesionales liberales y periodistas, grupo
que surgió como resultado del desarrollo de las ciudades y de la ampliación de la educación. Los
republicanos asociaban la republica a una mayor representación política de los ciudadanos a los derechos
y garantías individuales, a la Federación y al fin del régimen esclavista. La novedad de 1870 fue el
surgimiento de un movimiento republicano conservador en las provincias, que alcanzó su mayor expresión
en 1873 con la fundación del partido republicano paulista (prp). El punto fundamental del programa del
partido consistía en la defensa de la federación, que aseguraba una amplia autonomía a las provincias. La
federación significaría, el control provincial de la política bancaria y de la inmigración, asi como la
descentralización de las rentas. El republicanismo paulista se diferenciaba del de Rio de Janeiro por el
mayor énfasis dado a la idea de Federación, por el menor interés en la defensa de las libertades civiles y
políticas y por la forma de tratar el problema de la esclavitud. No es casual, que atento a su composición
social, el PRP haya evitado tomar una posición clara acerca de la esclavitud hasta las vísperas de la
abolición. El descontento de los republicanos paulistas contra el gobierno central tenía que ver con la baja
representación de San Pablo en el parlamento y en los órganos ejecutivos. Se señalaba que san pablo con
su economía en expansión, contribuía cada vez más al presupuesto del Imperio sin recibir a cambio
beneficios proporcionales. A pesar de que era muy activo en la propaganda y en la edición de periódicos,
el movimiento republicano de Rio de Janeiro no consiguió organizarse como partido político. Hasta el fin
del Imperio, los partidos republicanos que alcanzaron importancia significativa fueron los de san pablo y
minas gerais. En 1884, aliándose a los conservadores de la oposición.

En 1870 se tensaron las relaciones entre el estado y la iglesia. La unión entre el trono y el altar, prevista en
la constiutcion de 1824, era en si misma una fuente potencial de conflicto. Si bien la religión católica era la
religión oficial, la propia constitución le aseguraba al estado el derecho de conceder o negar validez a los
decretos eclesiásticos, siempre que se opusiese a la constitución. El conflicto tuvo su origen en 1848, con
las nuevas directivas del vaticano. El pontífice condeno las libertades modernas y trato de afirmar el
predominio espiritual de la iglesia en el mundo. En 1870, el poder del papa fue reforzado cuando un
concilio vaticano proclamo el dogma de su infalibilidad. Esa postura de la iglesia tuvo repercusiones en
varios países. En los EE. UU. coincidió con el ingreso de un gran número de inmigrantes católicos
irlandeses. en Brasil, la política del vaticano fomento una actitud más rígido de los sacerdotes en materia
de disciplina religiosa, asi como también una afirmación de autonomía frente al estado. El problema surgio
cuando el obispo de Olinda, obedeciendo las disposiciones papales, decidio prohibir el ingreso de los
masones a las hermandades religioesas. A pesar de su pequeño numero, la masonería tenia influencia en
los círculos dirigentes. A partir de los desentendimientos, el obispo fue tratado como funcionario rebelde,
apresado y condenado y luego se ordeno la prisión y condena de otro obispo. La tempestad solo amaino a
un arreglo entre 1874-1875 que implico la sustitución del gabinete de rio branco, la amnistía para los
obispos y la suspensión papal de las prohibiciones aplicadas a los masones.

La participación de oficiales del ejercito en el gobierno fue significativa hasta la abdicación de Pedro I. la
presencia de la tropa en las agitaciones populares posteriores a la independecia contribuyo a que la
institución fuese mirada con desconfianza. Los liberales del periodo regencial, redujo los efectivos militares
y crearon la guardia nacional. Se argumentaba que un gran ejercito permanente conduciría al surgimiento
de pequeños bonapartes, como ya sucedia en Argentina y Mexico. Por el contrario, la marina recibió
muchas atenciones, se la consideraba como una corporación digna, incluso porque habia incorporado
oficiales ingleses. A pesar de ese trato desigual, el cuerpo de oficiales del ejercito tuvo características de
elite hasta 1850. Pero esa composición social cambio en la décadas siguientes. La baja remuneración, las
malas condiciones de vida y la lentitud de las promociones desalentaban la vocación militar de los hijos de
las grandes familias. Aumentaron las aspiraciones a oficiales que eran hijos de militares o de burócratas.
Desde el punto de vista regional, la mayoría de los nuevos oficiales provenia de municios del interior del
nordeste y rio grande do sul. Por lo general, los del nordeste procedían de familias tradicionales en
decadencia, que no podían pagar el estudio de sus hijos. En rio grande do sul, una región fronteriza donde
se concentraban contingentes militares, la carrera en el ejército se presentaba como prestigiosa. En 1853,
el gobierno creo en aquella provincia una academia militar para oficiales de infantería y de caballería.
El cambio en la composición social del ejército contribuyo a alejar a los oficiales de la elite política del
Imperio, de los bachilleres formados por las facultades de derecho. Los legistas sintetizaban la cultura
inútil y la corrupción electoral, e impedían el desarrollo del país con su maraña de leyes y reglamentos. En
1850 durante el periodo de prosperidad, el gobierno tomo algunas medidas para reformar el ejercito. Una
ley de ese año transformo la estructura del cuerpo de oficiales, concediendo privilegios a aquellos que
habían obtenido su diploma en la academia militar. Esta comprendía una curricula de ingeniería civil
combinada con otra de estricta enseñanza militar. En 1858, el ministro de guerra separo el curso de
ingeniería del curso militar y lo transfirió, donde permaneció hasta 1904.

Con la reorganización de la academia militar posterior a la guerra, el ejercito quedo reforzado como
corporación. Al intervenir en el área política, muchos oficiales comenzaron a expresarse como militares, y
no como militares que eran políticos. Pensada en su origen como una institución de enseñanza militar, la
Escuela militar se convirtió, en la práctica, en un centro de estudios de matemáticas, filosofía y letras. Fue
en su ámbito que los ataques al gobierno comenzaron a tener como blanco al propio régimen monárquico.
Ganaba terreno la idea de la república. Para ello fue muy importante la influencia del positivismo, que tuvo
una aceptación creciente luego de 1872. La doctrina comtiana tuvo gran influencia en America Latina, en
países como México, Chile, Argentina y Brasil. Esta parecía capaz de poder dar una respuesta científica y
dentro del orden al impasse político y social al que había conducido el liberalismo oligárquico. Al valorizar
las innovaciones técnicas y la industria atrajo a las elites emergentes que criticaban el conocimiento formal
de los bachilleres en derecho.

En el caso brasileño, el positivismo contenía una fórmula de modernización conservadora centrada en el


acción de Estado y en la neutralización de los políticos tradicionales, que repercutio con fuerza entre los
militares. La influencia positivista tuvo poco que ver con la aceptación ortodoxa de sus principios. Por lo
general, los oficiales del ejército absorbieron aquellos aspectos de la doctrina que estaban mas ligados a
sus percepciones. La dictadura republicana asumió la forma de la defensa de un ejecutivo fuerte e
intervencionista, capaz de modernizar al país, o la de una dictadura militar.

Exceptuando la abolición de la esclavitud, una de las medidas del Imperio en 1880 fue la aprobación, en
1881 de una reforma electoral conocida como Ley Saraiva. La reforma electoral estableció el voto directo
para las elecciones legislativas, y acabo así con la distinción restrictiva entre votantes y electores. Se
mantuvo la exigencia de un nivel mínimo de renta, el censo económico y a partir de 1882, se introdujo el
censo literario, el voto restringido a los alfabetizados. El derecho al voto se extendió a los no católicos, a
los brasileños naturalizados y a los libertos. Justificada como un instrumento de moralización de las
elecciones y de ampliación de la ciudadanía, la ley Saraiva se comenzó a aplicar con éxito en las
elecciones de 1881. Las unanimidades parecían haber terminado, pues el partido conservador, consiguió
elegir una significativa bancada. Sin embargo, en los años siguientes volvieron los viejos vicios, los
fraudes, y las presiones sobre los electores. Se apagó así la esperanza de poder alcanzar la verdad
electoral, tan deseada en los medios urbanos y letrados del imperio. Al prohibir el voto del analfabeto en un
país de analfabetos, la ley saraiva redujo el cuerpo electoral.

A partir de 1883 surgieron varios desentendimientos entre gobierno, diputados oficiales del ejército. Una
de las fricciones ocurrió en 1884. Por lo tanto, el ministro de guerra en ese momento firmo una orden por la
cual se prohibía a los militares discutir cuestiones políticas o de la corporación a través de la prensa. Los
oficiales realizaron una gran reunión en Porto alegre, protestando contra la prohibición del ministro.
Finalmente, la prohibición fue revocada y el gabinete fue censurado por el congreso. En 1887, los oficiales
organizaron el club militar como una asociación permanente para la defensa de sus intereses. En 1889,
cuando crecían la insatifacción militar y la propaganda republicana, el emperador convoco a un liberal para
que formara el nuevo gabinete. Este propuso una serie de reformas que contribuyeron a encender los
ánimos. Los contactos de algunos líderes republicanos paulistas y gauchos con los militares se venían
dando esporadicamnete desde 1887, y todos ellos tenían como telon de fondo la intención de derrocar a la
monarquia. En 1889 se reunieron para encabezar un movimiento contra el régimen. Los militares jóvenes
se encargaron de difundir toda una serie de rumores. Sin embargo, en 1889 Deodoro proclamo la
Republica, y finalmente la monarquía estaba consumada. Toda la familia real partia al exilio.
La Caída de la Monarquia:

El fin del régimen monárquico fue el resultado de una serie de factores: en primer lugar, deben destacarse
dos fuerzas: el ejercito y un sector de la burguesía cafetalera de San Pablo, organizado políticamente en el
PRP. . la burguesía cafetalera le permitia a la Republica contar con una base social estable, cosa que ni el
ejercito ni la población urbana de rio de janeiro podían asegurar por si mismos. Hay que considerar
factores humanos. La enfermedad del emperador, atacado de diabetes, aparto del centro del conflicto a un
importante elemento estabilizador. Por su prestigio personal y el que derivaba del trono, pedro II servia de
amortiguador del descontento militar. Su ausencia puso a los oficiales del ejercito en confrontación directa
con la elite imperial, con la cual tenían muchas reservas. La elite mantuvo su creencia en el predominio de
la autoridad civil, puesta de manifiesto. Otro problema era la falta de una perspectiva estimulante para un
tercer reinado. A la muerte de Pedro subiría al trono la princesa Isabel, cuyo marido, era francés. Otros dos
factores importantes en la caída de la monarquia fueron: la disputa entre la iglesia y el estado y la
abolición. El primero contribuyo en alguna medida al desgaste del régimen, su importancia no debe ser
exagerada. La caída de la monarquia se limito a una disputa entre elites divergentes, ya que la Iglesia no
tenia fuerte influencia ni etre los monárquicos ni entre los republicanos. Por el contrario, los positivistas se
distanciaban de ella, fueran ortodoxos o no. En cuanto a la abiolicion, las iniciativas del emperador paa
terminar gradualmente con el sistema esclavista provocando fuertes resentimientos entre los propietarios
rurales. Los fazendeiros de café del valle se desilucionaron con el imperio, del que esperaban una actitud
de defensa de sus intereses. Con ello, el régimen perdió su principal base de apoyo social. Pero el
episodio de la abolición, en si mismo, no tuvo mayor importancia para el fin del régimen. En 1888, los
barones fluminenses, únicos adversarios daclarados de la medida, se habían convertido en una fuerza
social poco significante.

Economia y Demografia:

Los dos primeros censos generales de población se realizaron en 1872 y 1890. Los datos generales del
nivel de instrucción muestran enormes carencias. En 1872, el índice de analfabetismo entre esclavos
alcanzaba el 99%, y entre la población libre el 80 %. Un verdadero abismo separaba a la elite letrada de la
gran masa de analfabetos y de las personas con educación rudimentaria. Desde el punto de vista de la
formación de la elite, el paso fue la fundación de las facultades de derecho de San pablo, la ramas de la
medicina en rio de janeiro y bahía y ingeniería era para la instrucción militar. Brasil continuaba siendo un
país agrícola. Lo que se refiere a servicios es a empleos domesticos. Se ve bien el carácter incipiente de la
industria. Rio de janeiro constituia el único gran centro urbano. La capital del imperio concentraba la vida
política, las diversiones y un gran numero de inversiones en transporte, iluminación y embellecimiento.
Hacia 1870 se consolido la tendencia de desarrollo económico del centro-sur y decadencia del nordeste,
en los países consumidores de café, crecio el numero de habitantes y su renta. Entre 1850 y 1900 la
pobalcion de estados unidos casi se triplico, aumentando el habito de tomar café en el mayor país
consumidor de café. Ese hecho, les permitio a los productores absorber las fluctuaciones del precio, dada
la expansion de la demanda, fue posible enfrentar eventuales perdidas en los periodos en que caia el
precio del café en el mercado internacional. La principal actividad económica del nordeste fue el azúcar,
mantuvo su segundo puesto en las exportaciones brasileñas luego de ser superado por el café, a
excepción del periodo de 1861 a 1870, cuando fue aventajado por el algodón. Pero la situación del azúcar
en el mercado mundial no fue facial, el producto tenia dos fuertes competidores: el azúcar extraido de la
remolacha, que comenzó a ser producido en gran escala a mediados del siglo XIX en Alemania, y el que
provenia del caribe, principalmente en Cuba. Además Brasil enfrentaba problemas de mano de obra. Sin
embargo, la fertilidad de las tierras y los capitales disponibles, le dieron a cuba una posición de liderazgo
en la producción y en la modernización de la industria azucarera. Otro factor que hay que recordar es la
mayor proximidad de cuba a los centros consumidores.
En el nordeste brasileño, los esfuerzos de modernización con ayuda gubernamental fueron lentos y con
resultados muy limitados. El cultivo del algodón se extendia por las provincias del norte y nordeste desde
la época de la colonia, era producido por pequeños y medianos labradores, en combinación con cultivos
de alimentos para la propia subsistencia y la venta en los mercados locales. En la región amazónica
comenzó a ganar importancia la extracción de caucho, que atrajo a la dispersa población local y a los
trabajadores disponibles que se encontraban en el nordeste. La demanda mundial del producto surgio a
partir de 1839, cuando Goodyear perfecciono el proceso de vulcanización. Gracias a él, el caucho se
volvió resistente al calor y al frío, y fue utilizado en diversos productos como correas, mangueras, zapatos
e impermeables. Hasta 1850 las exportaciones brasileñas de caucho eran insignificantes. Crecieron a lo
largo de los años, figurando en tercer puesto para 1880. A partir de esa época comienza la gran expansion
o el boom del caucho. No solo aumentaron las exportaciones sino que se formo un polo económico
regional. Hasta ese momento los negocios se habían concentrado en las manos de un pequeño grupo de
intermediarios portugueses y de algunas casas exportadoras extranjeras. Con la expansion surgio una red
bancaria y aumento el numero de intermediarios y de casas importadoras de bienes de consumo, cuyo
resultado fue el crecimiento. Lo único que no mejoro fue la suerte del trabajador y del pequeño seringueiro.

Los países destinados a las mercancías exportadas por Brasil fueron: Inglaterra, Estados unidos, Francia.
sin embargo, no toda la producción del país se destinaba a la exportación. Hubo distintas áreas que se
dedicaron a la cria de ganado y de otros animales y a la producción de alimentos, tanto sea para la
subsistencia como para la venta en el mercado interno. En estos aspectos se destacaron dos áreas: Minas
Gerais y el sur del país; rio grande do sul.

El territorio minero se dividia en regiones muy diversas, débilmente integradas por deficientes vías de
comunicación. La zona de mata producia café y estaba vinculada con rio de janeiro. El valle del rio san
francisco era una zona de cria de ganado que tenia relaciones con Bahia. Los alimentos vegetales, como
el maíz, el poroto negro, y la harina de mandioca eran consumidos en la provincia, mientras que los
bovinos, los porcinos y sus derivados constituían el ítem de las exportaciones hacia las otras regiones. En
el sur del país la producción para el mercado interno se vincula al sector tradicional de los criadores de
ganado y al ingreso de inmigrantes. Estos se dedicaron a la cria de cerdos, gallinas, vacas lecheras asi
como al cultivo de papas, verduras y frutas que hasta entonces no existía en Brasil, como la manzana.
También tuvieron un papel importante en la instalacion de talleres y de establecimientos industriales. Asi
surgieron las de la grasa, de los lácteos, de la carne enlatada, de la cerveza y de otras bebidas como
también se dedicaron al cultivo de la uva y en la producción de vino. La única semejanza entre la
economía de los inmigrantes y la de los criadores de ganado residia en el hecho de que ambos producían
para el mercado interno. En todo lo demás eran diferente, desde la época de la ocupación de la tierra
hasta la estructura de la propiedad.

Del ganado utilizaban el cuero, que era procesado en las curtiembres, y la carne. Esta era consumida
localmente o transformada en charque en las charqueadores establecidas en la región del litoral. El
charque se destinaba a la alimentación de la población pobre y esclava del centro-sur.

A pesar del relativo avance de los transporte, Brasil independiente persistio la escasa integración territorial
y económica del país que databa de los tiempos coloniales. La administración imperial centralizada estaba
muy presente en las regiones próximas a la corte, pero se diluia en la áreas distantes. La republica termino
por asumir en su organización política esa impronta regional que estaba en la base del régimen federal.
Bosch, Aurora, Historia de los Estados Unidos. 1776 ‐ 1945. Cap. 5: “La guerra civil y la
reconstrucción, 1860‐ 1877”.

De 1800 a 1850 millones de inmigrantes europeos habían llegado al país atraídos por la disponibilidad de
tierras, los altos salarios y el aumento de la renta per capita desde 1820. Esta población inmigrante tendio
a agruparse en los centros urbanos del norte, de forma que aunque ee. uu. era aun rural antes de la
guerra civil, la población urbana crecia tres veces mas. La revolucion del transporte, iniciada con la
construccion de canales en la década de 1820, culminaba en 1860 con el tendido de una red ferroviaria
mayor que la del resto de los países occidentales. Por otro lado, el desarrollo de telégrafo y los periódicos,
como medio de comunicación de masas, contribuia a integrar a un país que llegaba hasta la costa pacifica.

La creación de este enorme mercado nacional intensifico la especialización agrícola a escala regional y
permitio la estandarización y la producción en masa en la manufacturas. Las industrias mas mecanizadas,
como la textil, evolucionaron rápidamente hacia el sistema de factoria: mientras que las menos
mecanizadas, como la confeccion, recurrían al putting out system y empleaban la mano de obra
semicualificada de mujeres y niños. Pero ambos sistemas de producción se caracterizaban por la división
y especialización del trabajo, la disciplina laboral, la mejora de la eficiencia y la mayor producción al menor
costo.

Entre 1850 y 1860 los sectores mas dinámicos de la económica norteamericana habían colocado al país
en la segunda economía en producción industrial tras reino unido. Lo que destacaba de este rapidísimo
crecimiento económico era el llamado sistema americano de manufactura, en el que la producción estaba
altamente mecanizada y estandarizada, gracias a la utilización de maquinaria específica para la
elaboración de cada pieza. Este sistema de alta mecanización se adaptó para solucionar el problema de la
carencia de mano de obra y satisfacer el consumo de masas, aprovechando los abundantes recursos de
energía y materias primas del país. No hubiera sido posible sin el alto índice de alfabetización de la
sociedad norteamericana la extensión de la educación pública, incluso contando a los esclavos negros,
gran parte de la población norteamericana sabía leer y escribir en 1850, en contraste con los países de
europa. Por otro lado, las escuelas seguían impartiendo los valores de regularidad, puntualidad,
constancia y laboriosidad, característicos de la ética puritana protestante, que tan bien le servían a una
sociedad en rápido crecimiento. En cuanto a los hombres de negocios del norte, sabían que el desarrollo
se sostenia en un sistema general de educación popular y en trabajadores preparados e inteligentes. Pero
este desarrollo económico rapidísimo, que coloco a ee. uu. antes de la guerra civil entre las potencias
económicas occidentales, fue sobre todo el desarrollo con respecto al sur.

Debido al mantenimiento de la esclavitud y al boom del algodón apenas se desarrollaba la industria, las
ciudades crecían mas despacio, era más común que los hombres llevaran armas y las utilizaran, y el
militarismo y la profesión militar estaba más arraiga, mientras que en el norte se multiplicaban los
ingenieron, inventores, hombres de negocios. También la esclavitud era una causa importante de que en el
sur hubiera tres veces mas analfabetos que en el norte entre la población blanca y siete u ocho veces mas
contando a los esclavos y que las autoridades estatales o locales no se sintieran comprometidas con la
extensión de la educación. Décadas anteriores a la guerra civil es que el noroeste, se orientaba hacia la
industrializacion y el crecimiento urbano como el norte, hasta 1840 y 1860 el índice de industrialización en
el oeste fue tres veces mas rápido que en el noreste y 4 vees mayor que en el sur.

Actualmente hay historiadores que aunque no niegan las diferencias entre norte y sur, creen que habría
que hablar de excepcionalidad del norte, pues norte y oeste habían cambiado rapidísimamente, mientras
que el sur mantenía los valores políticos-ideologicos tal y como se habían establecido en el periodo de
construcción nacional. Otros historiadores creen que las diferencias se han exagerado al intentar buscar
en ellas las causas de la guerra civil. Consideran que las similitudes superaban a las diferencias, pues el
norte y sir eran dos partes complementarias de una sociedad norteamericana que aun era mas rural que
urbana, capitalista, materialista y socialmente estratificada, con un sistema político de representación
limitada, de gran diversidad religiosa, étnica y racial asi como expansionista y chovista. Esta guerra civil se
debio mas a la similitud de intereses, que a las diferencias, habría que considerar como causa directa
destacada del conflicto la distinta forma en que cada zona del país quería utilizar la reciente expansión
territorial, pues tanto el norte como el sur la consideraban imprescindible para la supervivencia y difusión
de su modelo de sociedad. La crisis política que provoco fue desgastando un sistema de partidos con
representación e implantación nacional y sustituyéndolo por nuevos partidos con implantación en una sola
de las zonas del país o por los antiguos partidos divididos en dos.

Causas de la guerra civil: expansión territorial y esclavitud.

La expansión territorial hacia el oeste, iniciada con la compra de Luisiana por Jefferson en 1803. Tras la
constitución de Luisiana como estado esclavista en 1812, la primera crisis fue en 1819, cuando el territorio
de Misouri quiso incorporarse a la unión como estado esclavista, rompiendo asi el equilibrio que existía,
entre 11 estados libres y 11 esclavistas. El compromiso de Missouri logro restablecer el equilibrio al
incorporar a Maine como estado libre. Pero el equilibrio se rompió fuera de esos territorios provenientes de
la compra de Luisiana, pues Florida entre a formar parte de la Unión en 1843 como estado esclavista y
Texas se anexiono en 1845. Las consecuencias de la anexión de Texas fueron las previstas, provocando la
crisis entre norte y sur. México rompió relaciones de inmediato con Estados Unidos la guerra comenzó en
1846. En este año aprobaron la Enmienda Wilmot, según la cual la esclavitud se excluiría de cualquier
territorio que se negara a México por la guerra. La enmienda fue aprobada en la Cámara de
representantes, dominada por los whig desde 1846, pro fue bloqueada por el poder sudista en el Senado.
Los whig, que dominaban la cámara de representantes desde las elecciones de 1846, aportaron la
Enmienda, pero el poder del sur en el senado, con 15 estados esclavistas frente a 14 libres en 1847, la
bloqueo posponiendo la crisis, aunque ya era evidente que la división territorial entre norte y sur iba
suplantando a la división partidista. Antes de finalizar la guerra con México, el norte y el sur estaban
enfrentados en dos ideologías políticas expansionistas pero excluyentes. El norte basaba su superioridad
en la ideología de tierra libre, trabajo libre, según la cual el trabajo libre asalariado era opuesto y superior
al trabajo esclavo, pues permitía la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Para garantizar esta
movilidad era la posibilidad de que los nuevos territorios fueran subastados en lotes lo más pequeños y
baratos y fueran explotados con trabajos asalariados. Por otro lado, el conservadurismo sudista, ideología
hegemónica en el sur, trataba de conciliar la esclavitud con el progreso económico y la extensión con la
democracia que estaban teniendo lugar estados unidos desde 1820. Estos sudistas se presentaban como
los genuinos interpretes de los valores de la cultura occidental, respetuosos de la tradicion cristiana y
herederos del legado de la Ilustración. Ellos pensaban que el progreso genuino solo se conseguiria en una
sociedad estratifica y desigual, en la que para que los descendientes de los blancos europeos gozaban de
libertad, los negros debian ser privados de ella.

La naturaleza de ambas ideologias politicas hacia que las posturas del norte y el sur irreconciliables y el
conflicto inevitable, pero tras la rendicion de Ciudad de México, en 1847, había aun muchos sectores en el
sur y en el norte, que veian ventajas en la Union e intentaron llegar a un compromiso para no destruirla. La
solucion por el presidente Polk era extender a los nuevos territorios conquistados a México lo acordado en
el Compromiso de Missouri para las tierras procedentes de la compra de Luisiana. Esta propuesta
favorecia al sir, pues la mayor parte de los nuevos territorios estaban al sur por lo que los congresistas
norteños derrotaron la propuesta en la camara de representantes.

Otra novedad de la campaña electoral de 1848 fue que aparecio un nuevo partido, El Partido de la tierra
libre compuesto por democratas norteños. Tras una campaña dominada por el tema de la expansion de la
esclavitud a los nuevos territorios, Taylor gano las elecciones con votos del norte y del sur. El congreso,
que se reunio a partir de 1848, estuvo dominado por el enfrentamiento entre norte y sur y la animosidad
aumento en 1849 cuando California y Nuevo México ratificaron su Constitución para entrar en la Union
como estado libre. El presidente Taylor, que se oponía a la extension de la esclavitud, había animado a los
colonos de California y Nuevo México a diseñar sus Constituciones y pedir su admision en la Union, sin
pasar por el proceso previo de establecer gobiernos territoriales.

El sur, sintiéndose traicionado por Taylor al no poder disponer de unos territorios que se habían
conquistado gracias a los voluntarios del sur, convocó bajo el liderazgo de Mississippi una reunión de
estados esclavistas en 1850. Alli los estados esclavistas decidieron adoptar alguna forma de resistencia
frente a la agrasion del norte, mientras en el Congreso los debates sobre la extensión de la esclavitud
solian ir acompañados de peleas y comenzaron a hablar abiertamente de secesión.

EL CONGRESO DE 1850:

Aunque el presidente Taylor no quería hacer concesiones al sur, algunos políticos del medio oeste y los
estados de frontera, buscaron la conciliación. En 1850, Clay presento una serie de ocho propuestas al
senado para solucionar la crisis, las agrupo por partes: el primer parte admitía a california como un estado
libre y organizaba el resto de los territorios adquiridos a México sin ninguna restriccion o condicion con
respecto al tema de la esclavitud. El segundo fijaba las fronteras entre Texas y Nuevo México a favor del
ultimo, pero compensaba a Texas con la asuncion federal de la deuda que había contraido durante su
existencia como republica independiente. El tercero abolia el trafico de esclavos en el distrito de Columbia,
pero garantizaba la esclavitud en el mismo distrito. El ultimo, par de propuestas negaba el poder del
congreso para regular el trafico interestatal de esclavos, pero pedía una ley federal mas fuerte, para
preseguir a los esclavos fugados a los estados libres. Con la muerte repentina de Taylor y su sustitcion
permitieron llegar a un acuerdo en 1850. El compromiso de 1850 se parecia mucho a las propuestas
iniciales de Clay. California entraba en la Union como estado libre, acabando para siempre con el viejo
equilibrio entre Estados libres y esclavos. Por la Ley de Texas y Nuevo México, se constituia en territorio
incluyendo la zona disputado a Texas, que a cambio recibía millones de dolares para saldar su deuda.

El equilibrio conseguido era inevitable. El norte gano mas que el sur, ya que con la admision de California
como Estado libre, pasaba a controlar el Senado y era dudoso que Utah y Nuevo México no entraran en la
Union como Estados libres. La Ley de Esclavos Fugitivos de 1850 fue la unica concesion que el
Compromiso de 1850 hizo al sur y el unico tema en que los Estados del sur querian reforzar la autoridad
federal, otorgando de hecho al gobierno nacional mas poder que ninguna otra ley de la época, para
reprimir la forma mas comun de resistencia de los esclavos norteamericanos. En 1793 una let federal
autorizaba a los propietarios de esclavos a cruzar las fronteras de los estados para capturar a sus
esclavos fugados y asi poder probar que eran de su propiedad ante cualquier magistrado local. Esta ley no
daba ninguna proteccion de habeas corpus al esclavo, ni derecho a jucio con jurado, ni a testificar en su
favor. En respuesta a los abusos que amparaba la ley de 1793, algunos estados del norte promulgaron
leyes de libertad personal, que daban a los fugitivos el derecho a testificar, habeas corpus y juicio con
jurado, e imponian sanciones criminales y constituyeron Comites de vigilancia, que cooperaban ayudando
a los esclavos a escapar a los estados del norte y a Canada. La nueva Ley de Esclavos fugitivos, incluisa
en el Compromiso de 1850, trataba de acabar con cualquier ayuda del norte a los esclavos fugados. No
daba a los negros capturados ningún derecho a probar su libertad y el propietario podia demostrar su
propiedad con una simple declaracion jurada ante un tribunal de se Estado. Tambien provocaron la
resistencia de antiesclavistas negros y blancos. Entre las resistencias destaco la de la comunidad
cuaquera de Cristiana, Pensilvania, que se nego a entregar a los esclavos fugitivos obligando a intervenir
al presidente, a las tropas federales y a los marines en la llamada Batalla de Cristina. Estas resistencias
fueron actos minoritarios en un norte muy racista, partidario de cumplir el compromiso de 1850 y evitar una
guerra por la esclavitud.

Aunque el impacto moral que tuvo en el norte la aplicación de la ley de esclavos fugitivos se puede medir
por el éxito de la novela La Cabaña del tio Tom de Beecher Stowe. La autora formada en el seno de una
familia reformista-abolicionista de Nueva Inglaterra, narraba con un lenguaje sencillo, sentimental y moral
la historia de una familia de esclavos que huyo de Canada. Se repercusion política inmediata fue paralela
a su éxito, pues el libro contribuyo a ganar a muchos nordicos para la causa antiesclavista, hasta el punto
de que cuando Lincoln recio a la autora en la Casa Blanca en 1862. El mismo año en que se publico en
1852, hubo elecciones presidenciales. La division del Partido Whing favorecio una victoria abrumadora del
candidato democrata, Pierce asi como el control de ambas camaras por el partido democrata. Este se
presento unido en torno a un candidato que era nordista, pero había participado en la guerra contra México
y simpatizaba con los puntos de vista del sur. Apoyaron como plataforma el compromiso de 1850 y la idea
de aplicar la soberania popular para decidir sobre la esclavitud en los nuevos territorios. El partido whig no
pudo superar sus divisiones entre norte y sur, ni la muerte de sus dos principales lideres. A partir de esta
derrota electoral, el partido whig ya no pudo desafiar en adelante a los democratas, ni competir con éxito
en otras elecciones, iniciando la crisis del segundo sistema de partidos, decisiva en la quiebra que llevaria
a la guerra civil. La victoria de los democratas y la ausencia de oposicion reiniciaron los esfuerzos por
expandir la esclavitud y reforzar el poder sudista en la Unión. La administracion Pierce alento los esfuerzos
mercenarios y diplomaticos por adquirir Cuba y mas territorio de México, como primera fase de un imperio
esclavista centroamericano. Aunque estos intentos expansionistas fracasaron, Pierce contento a los
sudistas de su partido endureciendo la aplicación de la Ley de Esclavos fugitivos y abriendo parte de
Nebraska, territorio que quedaba sin organizar de la compra de Luisiana a la esclavitud. El endurecimiento
de la ley de esclavos fugitivos radicalizo al norte, donde un abolicionista pacifista como Garrison llego a
quemar una copia de la Constitución, y algunos Estados como Nueva Inglaterra, Michigan, Wisconsin
aprobaron leyes mas radicales de libertad personal, que chocaban con la ley federal. Pero fue la ley de
Kansas-Nebraska de 1854, la que polarizo de tal forma la vida política del norte y del sur que constituyo el
acontecimiento singular para desencadenar la guerra civil.

LA LEY DE KANSAS-NEBRASKA Y LA CRISIS DEL SEGUNDO SISTEMA DE PARTIDOS.

Nebraska era el último territorio no organizado que quedaba de la compra de Luisiana. En 1850, políticos y
empresarios del medio oeste, deseoso de construir un ferrocarril transcontinental, muchos se interesaron
por la rápida organización de este territorio inmenso. Los sudistas no parecían tener prisa en que el
territorio se organizara, pues se hallaba al norte donde la esclavitud estaba excluida según el compromiso
de Missouri de 1820. Para atraer al sur, la ley de Kansas-Nebraska en 1854 anulaba lo dispuesto en el
compromiso de Missouri sobre la no extensión de la esclavitud al norte y lo sustituía por el principio de
soberanía popular, dejando decidir a los habitantes del territorio si se incorporaba como estado libre o
esclavista a la unión. El territorio se dividía en dos: Kansas, al oeste de Missouri, y Nebraska al oeste.
Había pocas posibilidades de que la esclavitud se instalara en Nebraska. Douglas pensó que había
ganado el apoyo del sur sin conceder demasiado a cambio, pero se equivocó. La ley provoco un rechazo
total en el norte y polarizo de tal forma la política entre norte y sur, que acabo con el segundo sistema de
partidos.

El descontento en el norte se expresó en coaliciones electorales contra la ley de Kansas-Nebraska en las


elecciones al congreso de 1854, muchas de las cuales tomaron el nombre de republicanas, en referencia a
la lucha y los principios de 1776 contra la aristocracia.

Los Know Nothing, organizados como una Sociedad Secreta a imitación de la masonería. En la campaña
electoral de 1854 salieron a la luz como partido político, consiguiendo controlar los estados del noreste y
sumando afiliados. Su éxito se debía a que eran una alternativa conservadora al antiesclavismo de los
republicanos, ante los temores de la inmigración masiva de irlandeses y alemanes católicos, respondían
con el control de la inmigración, la exigencia de un periodo de residencia y la prohibición de que los
extranjeros ejercieran cargos públicos. Con este programa y el nombre de partido americano desde 1855,
los nativistas se extendieron al sur, convirtiéndose en un partido nacional con más posibilidades de
sustituir al partido whig sin romper la unión que los republicanos. Pero la situación de conflicto abierto en
Kansas a partir de 1856 convirtió otra vez la extensión de la esclavitud en toma político central y al partido
republicano en heredero del hueco dejado por el partido whig.

Como se había previsto Nebraska se poblo tras la ley de 1854 con colonos libres del norte, que
asegurarian su evolucion como estado libre; en kansas, los colonos libres y los proesclavistas procedentes
de Missouri compitieron sobre el terreno, llegando al conflicto armado. Ninguno de los proyectos de
constitucion fue aprobado por el congreso, pues los republicanos controlaban la camara de representantes
y los democratas el senado, mientras la tension pasaba de la política a los incidentes y conflictos armados;
como en 1856 la llamada guerra civil en Kansas. Esta tensa situación fue el escenario en que se realizaron
las elecciones presidenciales de 1856. Los republicanos se unieron en una plataforma electoral que era
sobre todo una declaracion de sus principios antiesclavistas, mas que un programa de acción sobre temas
concretos. Pero los acontecimientos se precipitaron a partir de 1857, provocando la division total de los
democratas del norte y sur. En 1857 estaba claro que la mayoría de los colonos asentados en Kansas era
partidaria de un territorio y estado libre. Tras dos elecciones fraudulentas, los esclavistas dominaron la
convencion y elavoraron una constitucion en la que se consideraba inviolable la propiedad de esclavos.

Cuando se convocaron a nuevas elecciones en Kansas en 1858, que resultaron en una victoria de los
partidos de un estado sin esclavitud, lo cual permitio que Kansas entrara en la union como estado libre en
1861. Pero en 1858 los democratas ya estanan divididos. La quiebra del partido democrata, la crisis del
partido americano y el panico económico de 1857, permitieron que los republicanos ganaran las
elecciones del congreso de 1858. La campaña electoral supuso el nacimiento de Lincoln como lider
nacional del partido republicano y la exposicion publiva de sus ideas sobre la esclavitud y la union,
expresadas en su famoso discurso de la casa dividida. Estados Unidos, no podia seguir siendo mitad libre
y mitad esclavo, como una casa dividida, por lo que se debia restringir la expansion de la esclavitud y el
poder esclavista como primer paso para su extincion.

Termine en 168….
Collier, Simón, “Chile” en Bethell, Leslie (ed.) T6

En los quince años siguientes a la independencia los políticos chilenos forjaron un sistema de gobierno
constitucional cuyo resultado fue admirable (según los modelos europeos, así como los de América Latina)
por su duración y por su adaptabilidad. Esta acertada consolidación de un Estado nacional efectivo
provocó la envidiosa admiración de las repúblicas de Hispanoamérica menos afortunadas, desgarradas y
plagadas por repetidas disputas y gobernadas por caudillos. Una buena parte de la explicación del
desarrollo inusual de la historia chilena se apoya la “gobernabilidad” del país en el momento de su
independencia, especialmente en los aspectos básicos de territorio y población. El territorio nacional
efectivo de Chile en 1820jera_mucho más pequeño, de lo que es hoy en día. Una mayoría abrumadora de
chilenos vivía y trabajaba en el tradicional en el corazón del país. Era un territorio muy compacto habitado
por una población también compacta, una población homogénea. Al norte, un número reducido de indios
sobrevivía en pequeñas comunidades escasas y separadas. La República de Chile era un país donde una
minoría criolla de clase alta con una élite aristocrática en su centro) coexistía con una enorme masa de
trabajadores pobres que eran predominantemente mestizos y eminentemente campesinos. Políticamente,
las luchas que siguieron a la independencia reflejaban desacuerdos en el conjunto de la clase alta más
que profundos conflictos en el cuerpo social global. Los campesinos pobres permanecieron pasivos
durante el periodo y también posteriormente. Esta estructura social relativamente simple no se complicó
con punzantes escisiones debidas a intereses económicos de la clase alta o con serias tensiones
regionales. Concepción y el sur sufrieron una frustrante y lenta recuperación a partir de las guerras de
independencia. Aunque Concepción, en virtud de su rol como ciudad con guarnición en la frontera, fue
capaz de imponer su voluntad a la capital en los agitados años veinte—como hizo en 1823 con el
derrocamiento de Bernardo O'Higgins, y nuevamente en 1829—, en cambio en tiempos normales un
decidido gobierno central que controlaba el ejército no pudo ser fácilmente doblegado.

En la década de los años veinte, los principios que dividían a los políticos de la clase alta chilena entre las
quizá predecibles tendencias de liberales y conservadores fueron sobre todo ideológicos y personales. La
figura dominante de aquellos años, el general Ramón Freiré, fue un liberal bien intencionado deseoso de
evitar el modelo autoritario impuesto por su inmediato predecesor, el libertador O'Higgins. La nueva
república se dejó llevar de un improvisado experimento político a otro. La compleja e ingeniosa
constitución ideada por Juan Egaña a finales de 1823 cayó en seis meses porque su conservadurismo
moral fue rechazado por los liberales que giraban en torno a Freiré y que deseaban, como ellos
escribieron, «establecer la República sobre las ruinas de la Colonia». La moda de las ideas federales que
inundó los círculos políticos poco después se debió menos quizás a las aspiraciones regionales que a las
convicciones dogmáticamente radicales de José Miguel Infante, el hombre del momento; esto produjo un
proyecto constitucional, numerosas leyes nuevas, una atmósfera de incertidumbre creciente, pequeños
desórdenes en algunas ciudades y cierta propensión de una parte del ejército a amotinarse.

La «anarquía» del periodo ha sido a menudo exagerada por los historiadores chilenos; fue muy limitada en
comparación con la confusión que por entonces reinaba en el otro lado de los Andes. El general Francisco
Antonio Pinto, otro liberal, que fue presidente desde 1827 a 1829 1829, por poco tiempo logró organizar un
gobierno que mostró signos de solidez y una nueva constitución (1828), la cuarta desde la independencia,
que entró en vigor a su debido tiempo. Resultó inadecuada para detener la reacción contra el reformismo
liberal, teñido como éste estaba por palabrería anti aristocrática y un cierto grado de anticlericalismo. En
septiembre de 1829, con el enérgico apoyo del ejército en Concepción, una coalición tripartita
conservadora —los tradicionalistas y pro clericales «pelucones», los seguidores del exiliado O'Higgins y un
grupo de mentalidad vehemente conocido como los «estanqueros»—' inició una revuelta contra el régimen
liberal. Freiré, que salió quijotescamente en su defensa, fue vencido en abril de 1830 en Lircay, la batalla
que terminó con la breve guerra civil e introdujo, durante más de un cuarto de siglo, el gobierno
conservador.

La estabilidad política de los años treinta fue, una de las más remarcables creaciones del siglo xix
latinoamericano. El honor de este éxito se atribuye usualmente a Diego Portales, el comerciante de
Valparaíso que más que ningún otro fue el genio organizador de la reacción conservadora. la tenacidad
implacable de Portales fue un factor clave en el mantenimiento ininterrumpido del nuevo régimen, aunque
su permanencia en el cargo de primer ministro fue bastante breve. Este factor en sí mismo puede haber
impedido la cristalización de la tradición del caudillismo en la política chilena durante algún tiempo, porque,
si bien la influencia de Portales fue decisiva, su aversión a las trampas del poder fue bastante genuina. Sin
embargo, sus acciones, tanto en el gobierno como entre bastidores, su estricto énfasis en una
administración ordenada, su a veces áspera actitud hacia la derrota de los liberales y, no menos, su
insistencia en la dignidad nacional, fijaron el tono de la política oficial de los años futuros.

La obra de los conservadores en los años treinta fue una reacción al desafortunado reformismo liberal de
los años veinte. Más correcto ver el nuevo sistema político como una fusión pragmática de la tradición del
autoritarismo colonial, todavía muy fuerte en Chile, con las formas externas (y algo del espíritu) del
constitucionalismo del siglo XIX. La constitución de 1833, cuyo funcionamiento global no fue interrumpido
hasta 1891 y que sobrevivió con enmiendas hasta 1925, incluía muchas de las principales obsesiones
conservadoras. Era más autoritaria que su malograda predecesora de 1828 y en particular era fuertemente
presidencialista. Permitía dos mandatos de cinco años consecutivos una disposición que, en la práctica,
condujo hacia cuatro sucesivas administraciones «decenales», siendo la primera la del candidato de
Portales, el general Joaquín Prieto (1831-1841). Los poderes del presidente sobre la justicia, la
administración pública y el Congreso eran muy extensos, aunque el cuerpo de legisladores constituía el
último obstáculo para el ejecutivo por su derecho a vetar la aprobación del presupuesto, los impuestos y el
establecimiento militar.

Los poderes de excepción del presidente, en la forma de «facultades extraordinarias» o de localizados


estados de sitio, eran altamente conspicuos: tales poderes se usaron regularmente y estuvieron en vigor
durante la tercera parte del período comprendido entre 1833 y 1861. Los débiles restos institucionales del
federalismo de los años veinte fueron ahora barridos completamente. El intendente de cada provincia fue
ahora definido como «el agente natural e inmediato» del presidente y así fue utilizado en la práctica: los
intendentes fueron en algún sentido los oficiales clave del régimen; La hegemonía de Santiago, fue así
reforzada a expensas de la iniciativa regional.

El buen funcionamiento del nuevo sistema político dependía de una serie de técnicas bien probadas
utilizadas con persistencia metódica por los gobiernos de este periodo. La represión fue una táctica
recurrente durante tres décadas, si bien, en comparación con la actuación represiva de los años 1973-
1989 en Chile, no fue muy acusada. Las penas corrientes para los detractores políticos fueron la
encarcelación, el exilio interior (la «relegación») o el destierro exterior por un periodo fijo. El exilio
voluntario fue bastante común, en los enfrentamientos de la década de los cincuenta. Hasta 1850 la Iglesia
fue un pilar útil del sistema. Además, el incipiente militarismo de los años veinte se frenó con una drástica
purga de oficiales liberales y por una amplia reorganización de las milicias del país. en los amotinamientos
de junio de 1837 y de abril de 1851, las milicias ayudaron a salvar el régimen de un golpe de Estado
armado. Por otro lado, encajó perfectamente en el sistema que el gobierno organizó para controlar el
proceso electoral.

La ley electoral de 1833 restringió severamente los derechos políticos pero extendió su base lo suficiente
como para incluir a artesanos y comerciantes muchos de los cuales eran soldados rasos de la Guardia
Nacional proporcionaba numerosos votos en cada elección. el gobierno recurrió a cualquier clase de
métodos —intimidación, arrestos temporales, falsificaciones, soborno— para evitar que los votantes de la
oposición ejercieran sus derechos políticos y para asegurar la mayoría para sus propios candidatos. No es,
sorprendente que siete de las once elecciones convocadas para el Congreso entre 1833 y 1864 fueran
ganadas sin apenas oposición. El ejecutivo no cesó de interferir directamente en las elecciones hasta
1890. Termine en 243….
Capítulo 1: LOS ORÍGENES DE LA INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA DE JOHN LYNCH.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la España borbónica hizo balance de sí misma y buscó la manera
de modernizar su economía, sociedad e instituciones con las reformas borbónicas. La ideología reformista
era de inspiración ecléctica y se planteaba objetivos pragmáticos. Las soluciones se buscaron en
diferentes escuelas de pensamiento como: las ideas de los fisiócratas se invocaban para establecer la
primacía de la agricultura y el papel del Estado; el mercantilismo, para justificar una explotación más eficaz
de los recursos de las colonias; el liberalismo económico, para erradicar las restricciones comerciales e
industriales. La Ilustración ejerció su influencia en el campo de nuevas ideas políticas o filosóficas como en
la preferencia por la razón y la experimentación, entendida como opuestas a la autoridad y la tradición. El
deseo principal consistía más en reformar las estructuras existentes que en establecer otras nuevas, y el
principal objetivo económico residía más en mejorar la agricultura que en promover la industria. Ahora más
que nunca, resultaba de vital importancia mejorar las técnicas, comercializar la producción y abatir los
obstáculos que impedían el crecimiento. La ley de granos de 1765 abolió la tasa sobre éstos, permitiendo
el libre comercio de cereales en España y su exportación, excepto en tiempos de escasez. En 1788, los
propietarios obtuvieron el derecho a cercar sus tierras y a arar tierras de pasto. Hubo una distribución
limitada de tierras de patrimonio real, municipal y eclesiástico. Por otro lado, las regulaciones del comercio
libre, desde 1765, hicieron desaparecer las peores restricciones que pesaban sobre el comercio con la
América española. Las mejoras económicas no conllevaron un gran cambio social.
España continuó teniendo una economía agraria, y el comercio exterior fue considerado como salida de
productos agrícolas. Es así que Hispanoamérica no podía tener en España a un abastecedor industrial y a
un socio comercial, existía otra alternativa como la economía británica estaba efectuando un cambio
revolucionario, y de 1780 a 1800, cuando la Revolución industrial se torna realmente efectiva, experimentó
un crecimiento comercial sin precedentes que se basaba principalmente en la producción fabril de tejidos.
Francia, el primer país en seguir el ejemplo de Gran Bretaña, aún se encontraba rezagada en cuanto a
productividad y la distancia aún se acrecentó más, a partir de 1789, durante la guerra y el bloqueo.
El imperio español en América descansaba en el equilibrio de poder entre varios grupos:
- La administración: ostentaba el poder político, pero su poder militar era escaso y asentaba su
autoridad en la soberanía de la corona y en sus propias funciones burocráticas.
- La Iglesia: la soberanía secular estaba reforzada por la Iglesia, cuya misión religiosa se apoyaba en
el poder jurisdiccional y económico.
- La élite local: el mayor poder económico estaba en manos de las élites, propietarios rurales y
urbanos, que englobaban a una minoría de peninsulares y a un mayor número de criollos.
En el siglo XVIII, las oligarquías locales, basadas en importantes intereses territoriales, mineros y
mercantiles, y en los estrechos lazos de amistad y de alianza con la burocracia colonial, con el círculo del
virrey y con los jueces de la audiencia, , estaban bien establecidas a lo largo de toda América. La debilidad
del gobierno real y su necesidad de recursos permitieron a estos grupos desarrollar efectivas formas de
resistencia frente al distante gobierno imperial. La burocracia tradicional se convertía no en el agente del
centralismo imperial, sino en un intermediario entre la corona española y sus súbditos americanos; venía a
ser más bien una delegación burocrática que el instrumento de un Estado centralista.
La política borbónica:
- alteró la relación existente entre los principales grupos de poder
- La propia administración fue la primera en perturbar el equilibrio
- El absolutismo ilustrado fortaleció la posición del Estado a expensas del sector privado y terminó
por deshacerse de la clase dominante local
- Los Borbones revisaron detenidamente el gobierno imperial, centralizaron el control y modernizaron
la burocracia;
- se crearon nuevos virreinatos y otras unidades administrativas;
- Se designaron nuevos funcionarios, los intendentes, y se introdujeron nuevos métodos de
gobierno. Éstos consistían en parte en planes administrativos y fiscales, que implicaban al tiempo
una supervisión más estrecha de la población americana.
- Lo que la metrópoli concibió como un desarrollo racional las élites locales lo interpretaron como un
ataque a los intereses locales.
Esta práctica estaba muy extendida en México, y en Perú que influyó en la gestación de la rebelión
indígena de 1780 (La Rebelión de Túpac Amaru II fue el importante levantamiento acontecido entre 1780 y
1783 en el virreinato del Perú, en reacción a la imposición de las Reformas borbónicas).
La política de los Borbones fue saboteada en las colonias mismas; las élites locales respondieron de forma
negativa al nuevo absolutismo y pronto tendrían que decidir si querían hacerse con el poder político a fin
de evitar nuevas medidas legislativas ilustradas. Por una parte, los bienes de los jesuitas, expropiados en
1767, sus extensas tierras y sus ricas haciendas, fueron vendidas a la gente más rica de las colonias, es
decir, a las familias criollas. Cuestión esencial de la política borbónica fue su oposición a las corporaciones
que poseían privilegios especiales dentro del Estado. La encarnación del privilegio era la Iglesia, cuyos
fueros le daban inmunidad frente a la jurisdicción civil y cuya riqueza la convirtió en la principal fuente de
inversión de capitales en la América española. El poder de la Iglesia, aunque no su doctrina, fue uno de los
blancos principales de los reformistas borbónicos. Buscaron la manera de poner al clero bajo la jurisdicción
de los tribunales seculares y a lo largo del intento recortaron de forma creciente la inmunidad eclesiástica.
Cuando las defensas de la Iglesia se debilitaron, quisieron poner sus manos sobre sus propiedades, ante
lo que el clero reaccionó vigorosamente (México).
Para aplastar la rebelión, se enviaron desde la costa unidades del ejército regular, dirigidas por
peninsulares y compuestas en gran medida por negros y mulatos apoyados por conscriptos indígenas
leales. A raíz de la rebelión, España adoptó una serie de medidas para reforzar el control imperial. Se
redujo el papel de la milicia y la responsabilidad de la defensa recayó de nuevo en el ejército regular. Los
oficiales de alto rango, tanto en las unidades regulares como en la milicia, eran ahora españoles. Por otro
lado, se restringió el fuero militar, sobre todo en el caso de los no blancos. Con ello se evitó que la milicia
llegara a ser una organización independiente y los criollos se vieron detenidos en su carrera de promoción
militar.
El papel de América continuó siendo el mismo: consumir las exportaciones españolas y producir minerales
y algunos productos tropicales. Por ejemplo, en Venezuela, los grandes propietarios, productores de
cacao, índigo, tabaco, café, algodón y cueros, se sentían permanentemente frustrados por el control
español sobre el comercio de importación y de exportación. Incluso después del comercio libre, la nueva
generación de comerciantes, ya fueran españoles o venezolanos inclinados hacia España, ejercían un
monopolio estrangulador sobre la economía venezolana, al pagar precios bajos en las exportaciones y al
imponer precios altos en las importaciones. Los terratenientes y los consumidores criollos exigían un
comercio mayor con los extranjeros, denunciaban a los comerciantes españoles como «opresores», se
oponían a la idea de que el comercio existía «para el sólo beneficio de la metrópoli», y se movilizaron en
contra de lo que ellos llamaron, en 1797. En el Río de la Plata, el comercio libre también conllevó que más
comerciantes españoles controlaran el comercio de Buenos Aires, algunas veces en connivencia con
agentes locales.
En 1809 presionaron para obtener la apertura del puerto al comercio británico, a lo que los españoles,
tanto los catalanes como los otros peninsulares, se opusieron con fuerza. Aquí también existía un conflicto
irreconciliable de intereses. Pero incluso dentro de los intereses económicos de la colonia no existía una
visión homogénea o unitaria de la independencia; el creciente regionalismo, en una provincia que pedía
protección para los productos locales y otra que quería la libertad de comercio, creaba sus propias
divisiones. La función de España como imperio y la dependencia de América fueron puestas a prueba por
última vez durante la larga guerra que hubo con Gran Bretaña desde 1796. Tras la victoria sobre la flota
española un escuadrón británico frente al puerto de Cádiz e impuso un bloqueo total. Al mismo tiempo, la
armada real británica bloqueó los puertos hispanoamericanos y atacó a los barcos españoles en el mar.
Las consecuencias fueron nefastas.
El gobierno español temía perder el control en beneficio del comercio y de la industria del enemigo, puesto
que durante este período el comercio colonial quedó casi completamente en manos de los extranjeros,
incluso de ingleses en forma indirecta, cuyos productos fueron introducidos por los neutrales. Así, España
se quedó con las cargas del imperio pero sin ninguno de los beneficios. Fueron los barcos neutrales los
que salvaron el comercio colonial y también fueron los que obtuvieron beneficios. Este comercio resultó
beneficioso para las colonias, ya que así se proveyeron de productos importados mejores y la demanda de
exportaciones recibió un nuevo impulso. El gobierno español prohibió de nuevo el comercio con neutrales,
pero para entonces América se había habituado a tratar directamente con sus clientes y proveedores, y el
comercio con los extranjeros ya era imparable. Como la guerra continuaba, España tuvo que aceptar la
realidad. En 1801 se dio un permiso especial a Cuba y a Venezuela para comerciar con los neutrales. Para
reservarse un puesto a sí misma, España se limitó a vender licencias a diferentes compañías europeas y
norteamericanas, y también españolas, para que comerciaran con Veracruz, La Habana, Venezuela y el
Río de la Plata; parte de su carga eran manufacturas inglesas, navegaban con las licencias británica y
española y llevaban retornos en oro, plata o productos coloniales a España, a los puertos neutrales o
incluso a Inglaterra.
La nueva guerra con Gran Bretaña lo puso en evidencia. Los últimos restos del poderío naval español
fueron barridos. En 1804, anticipándose a la guerra formal con España, unas fragatas británicas
interceptaron una gran flota que transportaba metales preciosos desde el Río de la Plata, hundieron uno
de los barcos españoles y capturaron otros tres. En Trafalgar, se completó el desastre; sin una flota
transatlántica, España quedaba aislada de América. Las importaciones de productos coloniales y de
metales preciosos descendieron, y en 1805 las exportaciones gaditanas bajaron.
Al desmoronarse el mundo hispánico, las colonias empezaron a protestar, ya que sus exportaciones
quedaban bloqueadas y se devaluaban, y las importaciones eran escasas y caras. Y de nuevo otros
países corrieron a sustituir a España. La decadencia del comercio americano de España coincidió con el
desesperado intento británico de compensar el bloqueo de los mercados europeos efectuado por
Napoleón en el continente. Así pues, la situación favorecía de nuevo la expansión del contrabando inglés,
que proporcionaba beneficios y a la vez la fuerza para la guerra. Para España sólo existía un medio de
contrarrestar el contrabando, y éste era la admisión del comercio con neutrales; así, en 1805 se autorizó
de nuevo este tipo de comercio, pero esta vez sin la obligación de regresar a España. Ahora la metrópoli
quedaba virtualmente eliminada del Atlántico. Desde 1805 los barcos neutrales dominaron el comercio de
Veracruz. En España los efectos de la guerra resultaron un desastre nacional.
Se dice que las élites coloniales, como empresarios que invertían en la agricultura, la minería y el
comercio, tendieron a fusionar a los grupos peninsulares y criollos, como lo hacía su asociación en las
actividades urbanas y rurales. A pesar de la política borbónica, aún existía una conexión estrecha entre las
familias con poder local y los funcionarios. En Chile la élite criolla estaba totalmente integrada dentro de
grupos de parentesco y políticos y prefirió manipular la administración más que enfrentarse a ella. En Perú
existían grupos oligárquicos interrelacionados de terratenientes, comerciantes, funcionarios municipales y
burócratas, en los que los peninsulares y los criollos se fundían en una .clase dominante de blancos. En
México la nobleza —cerca de unas cincuentas familias— combinaba una variedad de funciones y de
cargos. Un grupo hizo su fortuna en el comercio exterior, invirtió los beneficios en minas y plantaciones y
actuó primordialmente en el sector exportador. Éste lo formaban principalmente peninsulares. Otro grupo,
compuesto en su mayoría por criollos, se dedicaba a la minería y a la agricultura abastecedora del sector
minero. Todos ellos derrochaban grandes sumas en gastos suntuarios, en ganar un estatus militar y en
hacer donaciones a la Iglesia. Preferían cooperar con la burocracia imperial a través de las redes
matrimoniales y de interés antes que enfrentarse a ella. Al final se encontraron con que su influencia tenía
un límite, que España aún interfería el desarrollo de México, que gravaba su riqueza y que sólo les dejaba
intervenir en el gobierno local. Si bien esto les alejó de la política borbónica, no necesariamente les hacía
partidarios de la independencia. En toda América, las guerras de independencia «fueron guerras civiles,
entre defensores y oponentes de España, y hubo criollos tanto en un lado como en el otro.
En México hubo un entretejido grupo de inmigrantes peninsulares que se había enriquecido en el
comercio, en las finanzas y en la minería y cuyos miembros algunas veces se casaron con alguna fortuna
local. Sus herederos, criollos, a menudo perdían las fortunas familiares al invertir en tierra, donde los bajos
beneficios, las hipotecas y la dispendiosa forma de vida acababan por frustrar sus expectativas, dando
lugar a un resentimiento que, aunque irracional, no por ello dejaba de ser menos real. En Venezuela, la
aristocracia criolla, los mantuanos, eran un poderoso grupo de terratenientes, funcionarios y miembros del
cabildo que aprovecharon la expansión comercial bajo los Borbones para incrementar sus exportaciones
de cacao y otros productos. Pero el crecimiento económico les amenazaba tanto como les favorecía, ya
que los comerciantes monopolísticos españoles en Venezuela estrecharon su control sobre el comercio de
importación y exportación.
En otras partes de América las tensiones raciales tomaron la forma de confrontaciones directas entre la
élite blanca y las masas indias, y en estos casos los criollos también tomaron medidas para
autodefenderse.
En estas circunstancias, cuando la monarquía se derrumbó en 1808, los criollos no podían permitir que el
vacío político se mantuviera así, y que sus vidas y bienes quedaran sin protección. Tenían que actuar
rápidamente para anticiparse a la rebelión popular, convencidos como estaban de que si ellos no se
aprovechaban de la situación, lo harían otros sectores sociales más peligrosos. El avance del Estado
borbónico, el fin del gobierno descentralizado y de la participación criolla eran considerados por las
autoridades españolas como condición previa para poder ejercer el control y dar lugar a la recuperación.
Pero para los criollos significaba que en lugar de las tradicionales negociaciones que se establecían con
los virreyes, quienes aceptaban compromisos entre la ley y el pueblo, la nueva burocracia ejecutaba
órdenes no negociables que provenían de un Estado centralizado; esto para los criollos no constituía un
avance. Los movimientos de protesta eran, por consiguiente, una oposición abierta a las innovaciones del
gobierno; motines anti fiscales y levantamientos en contra de abusos específicos ocurrían dentro del
marco de las instituciones y de las sociedades coloniales y no intentaron desafiarlas. Las rebeliones
mostraron la existencia de profundas tensiones sociales y raciales, conflictos e inestabilidad, que habían
permanecido aletargadas a lo largo del siglo XVIII y que estallaron de repente cuando la presión fiscal y
otros agravios dieron lugar a la alianza de distintos grupos sociales contra la administración y ofrecieron a
los sectores más bajos la oportunidad de sublevarse. Aunque no eran auténticas revoluciones sociales,
pusieron de relieve conflictos sociales. Los criollos entonces se unían a las fuerzas de la ley y el orden
para suprimir a los rebeldes sociales. La tipología de las rebeliones fue diversa: Los dos primeros
movimientos, el de los comuneros del Paraguay (1721-1735) y la rebelión de Venezuela (1749-1752),
indicaron la existencia de un incipiente despertar regional y de la conciencia de que los intereses de
América eran diferentes a los de los españoles. La revuelta de Quito de 1765 fue una protesta urbana y
popular; se trató de un violento movimiento antifiscal en un área con una industria en decadencia, el cual
puso de manifiesto el latente conflicto entre los españoles y los americanos. En 1781, en Nueva Granada
estalló un movimiento que constituyó una secuencia modelo de las innovaciones borbónicas, de la
resistencia colonial y del absolutismo renovado.
Después de una serie de protestas y de disturbios, en 1781 estalló una seria rebelión. Los rebeldes se
negaron a pagar los impuestos, atacaron los almacenes del gobierno, expulsaron a las autoridades
españolas y, en nombre del común, nombraron a sus dirigentes. Pronto, un movimiento que había
empezado siendo popular y mestizo pasó al control de una élite criolla de propietarios y funcionarios, que
se sumaron a ella con cierta vacilación a fin de controlar lo que no habían podido prevenir. Los comuneros
fueron una fuerza poderosa, al menos en número; un grupo de varios centenares se dirigieron a Bogotá
juntamente con un contingente de indios.
La tiranía a la que se oponían era la de los funcionarios españoles, pero no se enfrentaban a la estructura
de la sociedad colonial. Por éstas, se suprimieron el monopolio del tabaco y varios impuestos, se restringió
y redujo la alcabala. Se establecieron ciertas reformas administrativas que favorecían al autogobierno
local, se prometió a los americanos un mayor acceso a los cargos y se mejoraron las condiciones de los
indios. Las capitulaciones fueron negociadas por dos hombres, convencidos de que era necesario hacer
alguna concesión para evitar una revolución más violenta. Todos los sectores sociales de la colonia tenían
alguna queja contra la política real y en un principio la revuelta lo reflejó. El movimiento comunero fue el
resultado de la alianza temporal entre el patriciado y la plebe, entre los blancos y la gente de color, que se
oponían a la opresión burocrática y a las innovaciones fiscales.
Las rebeliones habían creado esperanzas entre los pobres y desposeídos de la colonia. Aunque también
querían la abolición de los monopolios, lo que significaba productos de consumo más baratos y libertad de
producción. Más adelante el movimiento comunero fue considerado una oportunidad perdida en el camino
hacia la independencia. De hecho, se trató de otra revuelta antifiscal y antimonopolista. La reacción más
violenta fue la insurrección armada de la gente corriente de las provincias andinas: los pequeños
labradores, los artesanos y vendedores al por menor, los trabajadores urbanos y rurales, a los que a veces
se unieron los indios.
Sin embargo, en Perú la rebelión no era solamente india. En las ciudades existía otro tipo de movimiento,
una insurrección que desde enero de 1780 se expandía como una infección y que se dirigía contra las
aduanas interiores, las crecientes alcabalas y en contra de otras formas de presión fiscal. Los centros
principales del movimiento eran Cuzco, Arequipa, La Paz y Cochabamba.
Las quejas de los indios eran más serias y sus causas eran más profundas, procediendo como procedían
de la tiranía de los corregidores (que respecto a los indios eran a la vez sus funcionarios, jueces y
comerciantes), con su inflexible demanda de tributos, contribuciones y diezmos, con el reparto, o
imposición de bienes que obligaban a consumir, y con el sistema de la mita que suponía, sobre todo en las
minas de Potosí, la inhumana exigencia de mano de obra forzada. Entre las diferentes medidas
borbónicas, particularmente dos —el incremento de la alcabala y el establecimiento de aduanas interiores
para asegurarse la recaudación— pesaban duramente sobre los indios, los comerciantes y asimismo
sobre los consumidores, y sirvieron para enajenar el apoyo de los grupos medios de la sociedad india y
para estimular la aparición de cabecillas rebeldes. Perú, a lo largo del siglo XVIII, fue escenario de
periódicas sublevaciones indias que culminaron en la conducida por José Gabriel Tupac Amaru, un
educado cacique que era descendiente de la familia real inca. En la década de 1770 Tupac Amaru empezó
una movilización pacífica para obtener reformas; la inició buscando justicia ante los tribunales españoles.
Cuando no obtuvo ningún resultado; condujo a sus seguidores a una insurrección violenta, con ataques a
los corregidores, saqueo de los obrajes y ocupación de los pueblos. El movimiento empezó en Cuzco en
1780 y pronto se extendió por el sur de Perú, y en un segundo momento, en una fase más radical, se
propagó por los territorios del Alto Perú. Tupac Amaru declaró la guerra a muerte contra todos los
españoles.
Se ponían en vigor unas pocas reformas de las instituciones —los intendentes sustituyeron a los
corregidores y se abolieron los repartimientos—, pero debe entenderse que estas medidas fueron dictadas
más bien para fortalecer el poder imperial que para asegurar el bienestar de los indios.
La auténtica revolución era contra los privilegios de los blancos, ya fueran criollos o españoles, y su deseo
final era acabar con el sometimiento de los indios. Se trataba esencialmente de objetivos de carácter
social. En cuanto a la independencia, era poco probable que una rebelión india pudiera haber tenido las
ideas, la organización y los recursos militares necesarios para tal causa. A las revueltas indias les faltó otro
ingrediente para obtener la independencia: la dirección criolla. Los criollos estaban inmersos en la
estructura económica existente, y ésta se basaba en el trabajo indio en las minas, en las haciendas y en
los obrajes. El incipiente nacionalismo tuvo una poderosa influencia, pero no fue india. Los indios, así
como otros elementos marginalizados de la sociedad colonial, podían tener bien poco, si es que tenían
algo, de sentido de identidad nacional, y sus relaciones más cercanas eran con la hacienda, la comunidad
o la administración local, y no con una entidad mayor. Las expectativas de los criollos, por otro lado,
reflejaban la existencia de una percepción más profunda, de un sentido de identidad en desarrollo, de la
convicción de que ellos eran americanos y no españoles. Este proto-sentimiento de nacionalidad era más
subversivo ante la soberanía española y mejor conductor a la independencia que las peticiones
específicas de reforma y cambio. América era un continente demasiado vasto y un concepto demasiado
vago como para atraer lealtades individuales. Los hombres eran en primer lugar mexicanos, venezolanos,
peruanos, chilenos, y era en su propio país y no en América donde encontraban su hogar nacional. Estos
países se definían por su historia, por sus fronteras administrativas y por los contornos físicos que los
demarcaban, no sólo ante España sino también entre sí. Este era el ámbito donde estaban establecidas
las sociedades americanas, cada una de ellas única, y sus economías, todas con intereses diferentes.
Estos hombres fueron auténticos precursores de la independencia, aunque constituían una minoría y
mantenían una posición por delante de la que tenía la opinión pública. Los criollos tenían muchas
objeciones frente el régimen colonial, pero eran más de carácter pragmático que ideológico: en última
instancia, la amenaza más grande al poder español vino de los intereses americanos y no de las ideas
europeas. Si bien la Ilustración no fue una «causa» aislada de la independencia, es parte de su historia;
proveyó algunas de las ideas que la informaron y constituyó un ingrediente esencial del liberalismo
hispanoamericano en el período de la postindependencia. Durante las guerras de independencia y también
después de ellas, hombres de intereses económicos y de posición social idénticos frecuentemente
adoptaron sus principios políticos opuestos. Las ideas tenían su propia fuerza y las convicciones su propia
persuasión. Las revoluciones de América del Norte y Francia condujeron la Ilustración a la vida política. En
torno a 1810 la influencia de los Estados Unidos se ejercía por su misma existencia; el cercano ejemplo de
libertad y de republicanismo se mantuvo como una activa fuente de inspiración en Hispanoamérica, la cual
aún no tenía motivos de recelo respecto a la política de su poderoso vecino.
Varios de los precursores y dirigentes de la independencia visitaron los Estados Unidos y vieron en directo
el funcionamiento de las instituciones libres. Fue en Nueva York, en 1748, donde Francisco de Miranda
concibió la idea de «la libertad y la independencia de todo el continente hispanoamericano». Bolívar tuvo
un respeto permanente por Washington y admiraba, aunque no de modo acrítico, el progreso de los
Estados Unidos. El comercio estadounidense con la América española fue una vía no sólo de colocar
productos y servicios, sino también para introducir libros e ideas. De 1810, los hispanoamericanos
buscarían en la experiencia republicana de sus vecinos del norte una guía de los derechos a la vida, a la
libertad y a la felicidad. Las constituciones de Venezuela, de México y de otros países se moldearían
según la de los Estados Unidos y muchos de los nuevos líderes —aunque no Bolívar— estarían
profundamente influidos por el federalismo norteamericano. A medida que la Revolución francesa se volvía
más radical y que cada vez se conocía mejor, atraía menos a la aristocracia criolla. La vieron como un
monstruo de democracia extrema y anarquía, que, si era admitida en América, destruiría el mundo de
privilegio que disfrutaban. No se trataba de un peligro remoto. En 1791 la colonia francesa en el Caribe,
Saint-Domingue, se vio envuelta en una revuelta esclava de grandes dimensiones.
La crisis se produjo en 1808, como culminación de dos décadas de depresión y guerra. Las reformas
borbónicas en España quedaron interrumpidas por el impacto de la Revolución francesa, que llevó a los
atemorizados ministros a la reacción y al desconcertado rey a los brazos de Manuel Godoy. Al descender
la calidad de los dirigentes, desde los niveles de Carlos III y sus ministros reformadores a los de Carlos IV
y al favorito de la corte, el gobierno se redujo al simple patronato en el interior y al clientelismo en el
exterior. Además, los españoles sufrieron grandes adversidades. La crisis agraria de 1803 produjo una
gran escasez, hambre y mortalidad, lo que prueba lo poco que hicieron los Borbones para mejorar la
agricultura, el comercio y las comunicaciones. En 1807-1808, cuando Napoleón decidió reducir a España
totalmente a su voluntad e invadió la península, el gobierno borbónico se hallaba dividido y el país se
encontraba sin defensas ante el ataque. En marzo de 1808 una revolución palaciega obligó a Carlos IV a
exonerar a Godoy y a abdicar en favor de su hijo Fernando. Los franceses ocuparon Madrid y Napoleón
indujo a Carlos y a Fernando VII a desplazarse a Bayona para discutir. Allí, el 5 de mayo de 1808, obligó a
ambos a abdicar y al mes siguiente proclamó a José Bonaparte rey de España y de las Indias. En España
el pueblo se levantó y empezó a luchar por su independencia. En 1808 las juntas provinciales habían
organizado la resistencia ante el invasor y se formó una Junta Central que invocaba el nombre del rey.
Ésta quería unificar la oposición frente a Francia y, en enero de 1809, publicó un decreto estableciendo
que los dominios de América no eran colonias sino que eran una parte integrante de la monarquía
española. En América estos sucesos crearon una crisis de legitimidad política y de poder. Tradicionalmente
la autoridad había estado en manos del rey; las leyes se obedecían porque eran las leyes del rey, pero
ahora no había rey a quien obedecer. Esta situación también planteó la cuestión de la estructura del poder
y de su distribución entre los funcionarios imperiales y la clase dominante local.

Capítulo 4: Surgimiento del orden neocolonial---Halperín Donghi

A mediados del siglo XIX, las ventajas de la emancipación no han empezado a aprovecharse. Sólo
en Brasil y en las tierras antes marginales del imperio español se había conquistado la estabilidad. La
consolidación del nuevo orden latinoamericano comenzó a producirse sobre todo desde que la relación
con las zonas económicas metropolitanas empezó a cambiar. Este cambio es un aspecto del que a
partir de mediados de siglo afecta al capitalismo europeo. Gracias a este cambio la economía
metropolitana pudo proporcionar un mercado para la producción latinoamericana y también ofrecería
los capitales que, junto con la ampliación de los mercados consumidores, eran necesarios para una
modernización de la economía latinoamericana.
La eficacia que el cambio de la coyuntura económica mundial tuvo para Latinoamérica fue más
fuerte aún por el modo en que se produjo. En este período se da una unificación creciente de la
economía mundial: aumenta sustancialmente el volumen de los intercambios y los transportes se
van, gradualmente, mejorando y poblando cada vez más los océanos. Además, el descubrimiento del oro
en California provoca un fuerte vínculo económico entre los países del Pacífico y Estados Unidos.
Las innovaciones de esta nueva etapa histórica eran anunciadas por cambios superficiales, pero
visibles hacia 1850. Por ejemplo, el tono de la vida urbana se hace más europeo (teatros, óperas, edificios,
vehículos, etc. ) y aumenta el consumo tanto de las clases altas, medias y del estado, que en las zonas
más prósperas de América Latina ya se halla recuperado de la ruina postrevolucionaria. También, hay
innovaciones técnicas, como el gas, que cambian el aspecto de las ciudades. Así, la América Latina exhibe
ya los signos exteriores de un progreso que sólo está comenzando a llegar a ella.
Pero también se van dando cambios más profundos. A mediados del siglo XIX comienza en
muchas partes el asalto a las tierras indias y eclesiásticas. Ese proceso, que en algunos casos avanza
junto con la expansión de cultivos para el mercado mundial, en otros se da perfectamente separado de
esta expansión. Su principal motor parece ser, entonces, la mayor agresividad de sectores en buena
posición social, pero no dirigentes (por ejemplo, aristocracias rurales, comerciantes mestizos, indios ricos,
etc.). Junto con esta mayor agresividad, lo que hace más atractiva la apropiación de los terrenos indígenas
parece ser, al principio, la expansión de los mercados locales urbanos. En esta etapa se va dando un
retorno a la supremacía urbana, perdida tras la revolución.
Más arriba se señaló que las principales innovaciones de este período fueron a) la mayor
disponibilidad de capitales y b) la mayor capacidad por parte de las metrópolis para absorber
exportaciones latinoamericanas. La mayor disponibilidad de capitales se vuelca en inversiones y
créditos a los gobiernos. Esta entrada de capitales tiene una importancia política considerable, ya que
permiten disponer de recursos más vastos y, en algunos casos, apresurar la emancipación de los
gobiernos respecto de sus normales fuentes de ingresos fiscales (mayormente rurales). Esto permite
consolidar el Estado, rasgo característico de esta etapa, al librarlo, en muchos casos, de las resistencias
de los poderes locales. Los préstamos a los gobiernos se apoyaban en la convicción de que la expansión
constante de la economía resolvería el problema del endeudamiento. Pero en realidad ocurrió que se
pidieron nuevos préstamos para pagar los intereses de los viejos, y el crecimiento económico no fue tan
constante, por la existencia de crisis comerciales y financieras que hacen que se contraigan tanto las
importaciones metropolitanas como el crédito y la inversión. Sin embargo, las crisis se superan y el
sistema vuelve a funcionar: los estados dependen de él para atender una parte de sus gastos ordinarios.
Las inversiones, por su parte, actualizan un esquema de distribución de tareas que viene de antes.
La comercialización y el transporte interoceánico quedan a cargo de sectores extranjeros y los sectores
locales dominantes se reservan a las actividades primarias. Sin embargo, este esquema comienza a ser
superado lentamente, y siempre en el sentido de una penetración cada vez mayor de los sectores
extranjeros (como en la minería o en los ferrocarriles). En muchos casos, esta penetración extranjera se
dio corruptamente, con la connivencia de las elites locales, que aceptaban esa distribución de
tareas. Las clases propietarias locales se veían muy beneficiadas con las inversiones de capitales
extranjeras, ya que aumentaban sus rentas (pues las inversiones aumentaban la demanda de tierras para
producir) y la valorización de sus tierras.
En suma, esta etapa, comenzada a mediados del siglo XIX, se caracteriza por la realización de un
nuevo pacto colonial que, desde la independencia, ya había sido deseado por algunos grupos locales.
Este nuevo pacto transforma a Latinoamérica en productora de materias primas para los centro de la
nueva economía industrial, a la vez que de artículos de consumo alimenticio en las áreas
metropolitanas. Este pacto también la hace consumidora de la producción industrial metropolitana e
insinúa, de a poco, una transformación, vinculada en parte con la de la estructura productiva
metropolitana: muy lentamente, dejarán de ser tan importantes, en proporción, los artículos de consumo
perecedero, a la vez que comenzarán a tener cada vez mayor relevancia la importación de bienes de
capital.
Las nuevas funciones de América latina en la economía mundial son facilitadas por la adopción, por
parte de las clases dominantes locales, de políticas librecambistas, que si bien ya existía antes en
muchos lugares, ahora se consolida en casi todas partes. La principal causa de la popularidad local del
librecambio es que éste es el factor de aceleración del proceso que comienza para Latinoamérica. El
librecambio genera nuevos hábitos de consumo en los sectores urbanos en expansión (altos, medios y
bajos), y los vuelve dependientes de la importación de manufacturas. Por ahora, los sectores urbanos
coincidirán –más allá de algunas disidencias- con las oligarquías exportadoras en apoyar las líneas
fundamentales de este pacto neocolonial. Esto permite, junto a la disminución del conflicto entre
distintos caudillos o facciones locales, una continuidad política mucho mayor que en el período
anterior. De esta manera, América latina parece haber encontrado, finalmente, su camino, y las disidencias
se hacen cada vez menos importantes.
Más allá de esta coincidencia entre los crecientes sectores urbanos y las oligarquías, los
beneficios derivados del nuevo orden se distribuyeron muy desigualmente dentro de las sociedades
latinoamericanas. Los terratenientes, como se dijo, se benefician de las rentas y de la valorización de sus
tierras, pero también de sus influencias políticas. Así, en muchas circunstancias, los sectores dominantes
pedían créditos a bancos extranjeros, y los financiaban mediante la emisión monetaria, que generaba una
inflación perjudicial para el resto de la sociedad. Los sectores medios y populares urbanos serán los
que más sufrirán las crisis económicas, pero sin embargo su apoyo a la esencia del nuevo orden se
entiende si se tiene en cuenta la posición anterior de estos grupos. El aumento de la capacidad de
consumo urbano permitió una expansión del pequeño y mediano comercio, así como de algunas
actividades industriales dirigidas al mercado local.
Las víctimas del nuevo orden se encuentran sobre todo en los sectores rurales. La expropiación
de las comunidades indias, que favorece la gran propiedad terrateniente, obliga a los indígenas a
trabajar dentro de ésta, generalmente de modo semiservil. Generalmente, la mano de obra rural no se
proletariza, sobre todo porque no le es rentable al propietario y porque además la vuelve más
indisciplinada. Esta matriz de explotación se expresa más claramente en la hacienda. Los terratenientes,
en muchos casos, permiten que los peones trabajen para su autosubsistencia, pero los obligan a producir
bienes que luego aquéllos exportarán. Esto modifica el ritmo de trabajo, que ahora debe cambiar
radicalmente para aumentar la productividad de una mano de obra tradicionalmente adaptada al
autoconsumo. De este modo, los terratenientes procuran convertir al campesino en una suerte de híbrido
que reúna las ventajas del proletario moderno (rapidez, eficacia) y las del tradicional trabajador rural
(sumisión, mansedumbre). Obviamente, los Estados legalizaban esta situación.
Hacia 1850, comienza a dispararse la inmigración, muy variable según las regiones. En todas
partes se acentuó la integración de extranjeros en las clases altas urbanas, favorecida por la nueva
dinámica de la economía mundial. La inmigración masiva sólo se dio en Argentina, Uruguay, el sur y
centro de Brasil (sobre todo a partir de 1880), a diferencia del resto de Latinoamérica, donde la expansión
demográfica no se centró en ella. En suma, a nivel global, el crecimiento demográfico siguió siendo muy
fuerte.
En este período también crece muy rápidamente el comercio internacional, sobre todo en las zonas
más marginales del antiguo imperio. En Argentina y Chile, el crecimiento es el más vertiginoso de América
Latina; en Brasil, Colombia, Venezuela y Perú es un poco más moderado; Ecuador, Bolivia y México
también crecen, pero sus exportaciones no son demasiado superiores a las de la época colonial, en parte
porque la tradicional minería de oro y plata es menos demandada.
La expansión es el fruto de un conjunto de booms productivos, variable según las regiones: en
Chile, éxito del cobre y el trigo; en Argentina y Uruguay, la lana; en Brasil, Venezuela, Colombia y
Centroamérica, el café; en Cuba, México, el azúcar; en Perú, el guano y el azúcar. Este crecimiento es
facilitado por el ferrocarril y el telégrafo, que se instala muy desigualmente según las regiones. La
construcción de ferrocarriles es financiada no sólo por el capital extranjero –generalmente el británico- sino
también por el Estado, aunque en diferentes proporciones según las regiones. El ferrocarril muchas veces
es una inversión de bajo rendimiento, que se compensa con las grandes garantías que le dan los Estados
al capital extranjero, o porque el tendido de la red obliga a que los países latinoamericanos importen
bienes de capitales a los países inversores (sobre todo a Inglaterra).
La expansión latinoamericana se acompaña de la ampliación del comercio, ya no sólo con
Inglaterra, sino también con otros países (Francia y, hacia 1870, Estados Unidos). Inglaterra, no
obstante, sigue siendo la potencia hegemónica y conserva el monopolio bancario y financiero. Inglaterra
seguirá con la línea prudente del período anterior, a saber: mejor custodiar (con presiones discretas) sus
intereses privados apoyados por las dirigencias locales que aspirar a ambiciosos objetivos políticos (a
diferencia de Francia).
Por su parte, la Iglesia católica será la enemiga incondicional de la modernización, que no sólo
le expropiaba muchos de sus terrenos, sino que también la excluía de muchos poderes que
tradicionalmente había tenido, como el registro civil o el matrimonio. El contacto creciente con la nueva
cultura metropolitana, por parte de las elites criollas, también fue un factor que explica el debilitamiento
eclesiástico. La sociedad seguía siendo mayormente cristiana, pero las elites gobernantes e intelectuales,
que en definitiva aplicaban las medidas políticas, ya no tanto. En el orden colonial, la Iglesia había tenido
una situación privilegiada, ya que al contener a los sectores desfavorecidos, éstos le daban, al menos, un
apoyo pasivo. En el nuevo contexto, esto era más difícil.
Sin embargo, la resistencia eclesiástica no durará demasiado y, al cabo de algunas décadas, se irá
adaptando al nuevo orden. Para reconquistar el apoyo de las elites deberá reconocer los cambios
ocurridos y buscar cómo desempeñar, dentro del orden nuevo, un papel análogo al que tuvo en el viejo.
Hay algo que no cambió en Hispanoamérica: la participación política sigue siendo muy
limitada. En casi todas partes los que dominan la economía conservan, hacia 1880, el monopolio del
poder político. A lo sumo, lo comparten con fuerzas que han entrado a gravitar desde antes de 1850
(como el ejército). De esta manera, la renovación política se limita a un proceso interno a los sectores
dirigentes. Esto motiva un cierto descontento social, sobre todo en las clases medias urbanas, que de
todos modos será, por el momento, inofensivo.
Esta primera etapa en la afirmación del orden neocolonial, que va aproximadamente de 1850 hasta
1880 (variable según las regiones), se diferencia de la segunda etapa (1880-1930) principalmente por: a)
una disminución en la resistencia hacia los avances del nuevo orden; b) la identificación con ese orden,
por parte de los sectores socioeconómicamente dominantes. Hacia 1850, la ideología que se convertía en
dominante era el liberalismo; para 1880, este liberalismo devendría, con diferentes matices, en
progresismo autoritario.
Los primeros tres países a analizar, México, Argentina y Uruguay presentan algunos rasgos
comunes: en éstos la disidencia armada había sido un rasgo constante, y a mediados del siglo ascendía el
liberalismo constitucional. Hacia 1880, este liberalismo devendría progresismo autoritario y militar. En Chile
y Colombia, el progresismo será el nuevo credo de oligarquías políticas que se consolidan en el poder; en
Perú, las oligarquías lo utilizan como defensa ante las amenazas de un autoritarismo militar caudillesco; en
Brasil, hay una fuerte concesión a los poderes locales; en Venezuela, Guatemala y Ecuador, el
progresismo es fuertemente autoritario.

México

En 1854, hay una revolución liberal, entre cuyos líderes estaba Benito Juárez, quien proclamará la
“Reforma”: ésta golpea directamente a la Iglesia y sus propiedades y también, más a largo plazo, a las
comunidades indígenas. Los conservadores resisten y se desata una guerra civil que dura varios años. En
1857, los liberales dictan una constitución liberal, que contempla las disposiciones de las leyes de la
Reforma; los sectores populares, si bien en su mayoría son católicos, la apoyan. En este mismo año,
Juárez es presidente de México, aunque los conflictos aún persisten.
La guerra civil asume una dinámica nueva porque intervienen las potencias europeas (Francia,
Inglaterra, España), bajo la excusa de que el Estado mexicano se rehusaba a pagar las deudas que tenían
con ellas. Pero la Francia de Luis Bonaparte quiere ir más allá, al pretender afirmar su hegemonía imperial
sobre México, para lo cual conquista los apoyos conservadores locales. En 1863 los franceses conquistan
la capital, con la satisfacción del clero, y Juárez se retira hacia el Norte. Se instala un imperio conservador,
cuyo emperador, Maximiliano de Habsburgo, es aceptado como tal mediante un plebiscito.
El imperio había sido creado por los conservadores para deshacer la obra de la Reforma. Ésta
había creado ya sus propios beneficiarios: hacendados y comerciantes urbanos, que se habían hecho
propietarios de bienes antes eclesiásticos. Entre ellos, abundaban los franceses. Por ello, no debe
extrañar que el imperio no hiciera demasiado para anular la Reforma.
El imperio no había logrado pacificar el país. En 1866, los franceses se retiran de México y el
emperador Maximiliano intenta, por la suya, resistir. Fracasa y es fusilado por Juárez. La Reforma había
triunfado, pero heredaba, una vez más, un México arruinado y con un ejército libertador, que amenazaba
ser muy gravoso para el fisco. Juárez, consciente de ello, redujo las fuerzas armadas, lo que le valió
ciertas resistencias, que pudo doblegar. También, Juárez redujo los gastos del Estado, excepto en
educación, donde procuró extender la primaria a la población. Esta política austera no fue recibida con
demasiado beneplácito, pero más que nada porque los resultados eran lentos en manifestarse: México
seguía estancado económicamente. Esto no sería suficiente, sin embargo, para que en las elecciones de
1871 fuera reelecto un Juárez prestigioso por sus victorias sobre los franceses. Juárez muere en 1872 y lo
sucede Lerdo de Tejada. El general Porfirio Díaz, que había sido derrotado en las elecciones de 1871, lo
derroca –bajo la consigna de “sufragio efectivo y no reelección”- en 1875 y se convierte en el presidente de
México hasta 1910.
Díaz asumió defendiendo los preceptos jurídico-liberales de la Reforma, y bajo su gobierno los llevó
bien a la práctica: Díaz se convertiría en un dictador progresista (clara expresión del “orden y progreso”
positivista), que modernizará la economía mexicana, estabilizará el orden, organizará un sistema de
comunicaciones y disciplinará rigurosamente a la fuerza de trabajo. Materializará esa Reforma que, ya
antes de Díaz, había enriquecido aún más a los que ya eran ricos y a sólo unos pocos que no lo eran, al
entregarles las tierras eclesiásticas y facilitando la expropiación de las indígenas.

Argentina

La caída de Rosas no solucionó problemas que vienen de antaño (conflicto Buenos Aires vs.
Interior), que recién se resolverán en 1880. Urquiza pretende organizar constitucionalmente al país
apoyándose en los gobernadores ex rosistas, pero no tendrá mucho éxito, dado que éstos le darán la
espalda, y su ejército y Buenos Aires se le rebelan. Persiste la división del país entre Buenos Aires –
unitaria y liberal- y el Interior –federal-.
La rica Buenos Aires prospera gracias al boom de precios de la lana y de los cueros, pese a que las
cantidades exportadas no crecen y la ciudad se moderniza rápidamente. Los políticos bonaerenses
coinciden en la necesidad de una secesión respecto de las provincias, aunque discrepan en el modo de
llevarla a cabo. Por su parte, el Interior –más pobre que Buenos Aires-, se agrupará en la Confederación
Argentina y proclamará en 1853 una constitución federal de sesgo alberdiano y autoritario que Buenos
Aires no firma; Urquiza es el presidente de la Confederación. El conflicto vuelve a adquirir un cariz violento
y en 1859 Buenos Aires es vencida en Cepeda y se incorpora a la Confederación, bajo ciertas condiciones.
En 1860, Derqui sucede a un cuestionado Urquiza, pero la lucha persiste y en 1861, en Pavón, Buenos
Aires, liderada por Mitre, vence. En 1862, Mitre es elegido por unanimidad del colegio electoral, presidente
de la Nación: Buenos Aires ha triunfado. Pero nuevamente, este triunfo se mostrará débil.
En 1864 estalló la Guerra de la Triple Alianza (ver más adelante), en la cual Argentina tuvo un rol
activo. En 1868, Sarmiento, que no era mitrista, es presidente y se vale del Ejército Nacional para reprimir
las intentonas federales. En 1874, Avellaneda vence a Mitre y es presidente. Avellaneda intenta, sin éxito,
conciliar entre la mitrista Buenos Aires y las provincias. En 1880, el general Roca, que acababa de
conquistar los territorios indios del Sur, logra la federalización de Buenos Aires y el fin del conflicto entre
ésta y las provincias. Roca triunfaba en nombre del lema “paz y administración”, es decir, “orden y
progreso”. El régimen roquista, si bien se legitimaba mediante elecciones fraudulentas e irregulares, al
menos respetó, a diferencia de Díaz en México, ciertos principios y garantías constitucionales (como la no
reelección y la libertad de prensa).
El tránsito de Rosas a Roca fue mucho más que una transformación política: la Argentina de 1880
era muy distinta a la de 1850. Económicamente, ha prosperado y se ha modernizado mucho con la
introducción del ferrocarril; en Santa Fe y Córdoba, surge la pampa cerealera, de pequeños productores
capitalista; las ciudades crecían y recibían extranjeros. Sin duda, los principales beneficiarios de esa
prosperidad eran las clases terratenientes y los grandes comerciantes. Pero esa prosperidad era tal que
permitía el surgimiento de una clase media urbana y, en el litoral, de una rural. En cambio, el Interior era
mucho más crítico que Buenos Aires y el Litoral, ya que consumía, pero no tenía qué exportar.
La prosperidad es el clima que se cree permanente de Argentina. Mientras ésta dura, el orden
político permanece estable; sus altibajos provocan tensiones que, sin embargo, la coyuntura acalla luego
de haberlas provocado. En torno a los rasgos esenciales del nuevo orden existe un ampliado consenso
que garantiza su estabilidad. El Estado, por su parte, gasta en empresas de fomento, a veces en
ferrocarriles, y sobre todo en instrucción pública.

Uruguay

Uruguay vive un proceso similar al argentino. Desde 1811 que vive en una crisis política
permanente, que ha desolado la campaña: hay despoblación ganadera, abundancia de ocupantes ilegales
de tierras e inseguridad permanente del orden rural.
Hacia 1850, los blancos, tradicionalmente rosistas, van triunfando paulatinamente. Tanto los
blancos como en los colorados comienzan a oponerse al caudillismo, y coinciden en darle el poder a la
oligarquía urbana montevideana. Brasil y, más particularmente, Rio Grande Do Sul, tiene una influencia
muy fuerte sobre el Uruguay de esta época. En este contexto, hacia 1864, un Uruguay blanco asediado
por Brasil y también por Argentina, acudirá en su apoyo a Paraguay, disparando la Guerra de la Triple
Alianza (ver adelante). En 1865, los blancos pierden el poder a manos de los colorados, y no lo
recuperarán hasta casi cien años más tarde. Mientras tanto, la pacificación rural no llega. El orden
uruguayo comenzará a estabilizarse hacia 1870, pero los conflictos persistirán hasta 1904.
Luego de la Guerra, hacia 1870, Latorre (colorado) es presidente e impone a la campaña un orden
estricto. Realiza en Uruguay las tareas que en Argentina comenzó Rosas y coronó Roca. Apoyado en los
hacendados y en los comerciantes exportadores, ofrece la fuerza del Estado para vencer la resistencia de
los campesinos al alambrado de los campos. Además, organiza, junto con su opositor Varela, un sistema
de educación primaria laica y pública. A la vez, crecen vertiginosamente las exportaciones de cueros y
lanas y Montevideo se moderniza. Sin embargo, el régimen de Latorre, que durará hasta 1880, no es
popular y además es muy autoritario e impide la oposición política.

Paraguay

Paraguay busca, desde la década de 1840, un modo de insertarse en la política rioplatense.


Gaspar de Francia había muerto en 1840 y lo sucedió otro dictador, Carlos López, quien abrió un tanto la
economía paraguaya, sobre todo luego de la caída de Rosas e intentó modernizar el ejército. El tabaco y
la yerba mate vuelven a ser exportados por un monopolio de Estado y las estancias fiscales son
orientadas a la exportación.
Muerto Carlos López lo sucedió su hijo Solano López (hacia 1862). Paraguay arrastraba un eterno
conflicto de límites con Brasil; por ello, no es raro que buscase aliados en el Río de la Plata. Solano creía
que Urquiza paralizaría a Mitre, y que los blancos uruguayos resistirían los embates brasileños y
argentinos, pero se equivocó.
En este clima de tensión, cuando Brasil procura invadir Montevideo, Paraguay le responde
invadiendo el Mato Grosso y luego Corrientes. Comienza así la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), en
la cual Brasil, Argentina y el Uruguay colorado destrozan a Paraguay.
Solano muere en 1870 y lo suceden generales que habían estado con él. A partir de esta etapa,
Paraguay queda subsumido a Brasil y Argentina (a quien más le exporta y de quien depende para salir al
mar), y comienza a liquidar las tierras fiscales. En 1871 se proclama una constitución liberal, que admitía el
derecho al voto para todos los hombres mayores de edad. Por otra parte, la lenta reconstrucción de
Paraguay se hace bajo el signo de la propiedad privada.

Venezuela

A partir de los ´40, la hegemonía conservadora comienza a mostrar sus fisuras. De este modo, a
mediados de siglo, una crisis de precios del café origina el derrumbe conservador. En 1846 Monagas –
punto medio entre el conservadurismo y el liberalismo- llega al poder y adopta medidas liberales,
contentando a la juventud letrada de Caracas. En 1852 es sucedido por su hermano y en 1858, su
gobierno finaliza por medio de golpes concertados entre liberales y conservadores. De este modo, la lucha
entre amarillos (liberales federalistas) y azules (conservadores, bajo la égida del ancianísimo Páez)
recomenzaba. Guzmán Blanco era el líder de un liberalismo que se hacía vocero de la protesta popular: en
su discurso mostraba hostilidad contra los ricos (terratenientes, grandes comerciantes, banqueros) e
intransigencia. Sin embargo, en la práctica no llevaría a cabo sus prédicas. Guzmán Blanco, quien estuvo
en el poder desde 1870 a 1888, se apoyó en el ejército y adoptó medidas progresistas: modernización de
los transportes, reforma del derecho privado, laicización del matrimonio, supresión de órdenes religiosas,
avances en la enseñanza elemental, etc. Pero también era autoritario: la oposición no era tolerada por él.
Además, durante este gobierno avanzó la penetración comercial extranjera, a la vez que Venezuela
aumentaba sus exportaciones. Las clases altas aceptaron que el poder político no estaba directamente en
sus manos, y las populares habían sido disciplinadas.

Guatemala

Luego de la independencia había asumido el jefe mestizo conservador Carrera, que gobernó desde
1838 hasta su muerte en 1865. Durante su gobierno, se había aliado con la aristocracia terrateniente. Para
1865, Guatemala había empezado lentamente a cambiar: de una economía cerrada que sólo exportaba
cochinilla, ahora comenzaba a surgir el café, que hacia 1880 era el único producto de exportación. La
expansión cafetera se acompaña del nacimiento de la Guatemala liberal, a partir de 1873 (con la asunción
del dictador Rufino Barrios, quien gobernaría hasta 1885), en la cual se atacó a la Iglesia y se promovió la
educación popular y laica. El auge del café no afectó demasiado a las comunidades indígenas, ya que se
cultivaba en regiones relativamente despobladas. Sin embargo, la mano de obra necesaria para el café
sólo podría provenir de las comunidades, a quienes el Estado las obligó a proveer una mano de obra fija
para las fincas cafeteras.
Hacia 1880, las clases altas no se oponían al autoritarismo de Barrios porque eran prósperas. Este
autoritarismo, de base militar, marginaba de la política tanto a las elites urbanas como a la plebe rural, que
había sido empujada violentamente de las comunidades a las fincas de café. Sin embargo, las
comunidades no se opusieron demasiado al régimen, ya que la afirmación de la economía exportadora les
permitía sobrevivir. En cambio, los terratenientes locales, quienes carecían de capital suficiente para
aguantar los momentos de crisis, fueron lentamente cediendo sus tierras en beneficios de los
comerciantes y financiadotes de la agricultura cafetera, en su mayor parte inmigrantes alemanes. Hacia
1900, éstos son los propietarios de las mejores fincas.

Resto de Centroamérica

Aquí, la evolución fue menos extrema que en Guatemala. En El Salvador, se da el auge del índigo;
en Honduras y Nicaragua, de la ganadería. Sin embargo, el crecimiento es menos abrupto que en
Guatemala. En estos países (Salvador, Honduras, Nicaragua) hay, durante la segunda mitad del siglo XIX,
constantes luchas entre conservadores clericales y liberales, de las que lentamente va surgiendo la
solución militar, cuya cabeza es un dictador progresista. Sin embargo, este progresismo está limitado por
la lenta evolución económica.
Costa Rica, por su parte, es una excepción: aquí una clase de propietarios medios tiene el poder y
prospera con el café y, si bien existen algunos conflictos políticos-religiosos, al menos ellos no derivan en
dictaduras militares. Se ponen así las bases de un régimen más democrático, cuyos rasgos fundamentales
perdurarían. Costa Rica reduce su ejército a la mínima expresión y se difunde mucho la educación.
La política centroamericana comienza a ser afectada en esta etapa por la importancia estratégica
de esta región: Gran Bretaña y EE.UU aspiran ambos al dominio del Istmo (que comunica el Atlántico con
el Pacífico). Pero recién a partir del siglo XX esta influencia comienza a ser más clara, y EE.UU le ganará
a Gran Bretaña la hegemonía de la región.

Ecuador

A diferencia de todos los anteriores países, en donde se dieron autoritarismos progresistas


anticlericales, en Ecuador también existirá un autoritarismo progresista, pero muy católico, bajo la férrea
dictadura de García Moreno (gobernará entre 1860 y 1875), quien se identifica con la aristocracia
conservadora de la Sierra. García Moreno consolidará el Estado oligárquico terrateniente; despreciará a
los mestizos e indígenas y será francófilo. El ejército ecuatoriano se moderniza durante su gobierno y se
inicia la construcción del ferrocarril Guayaquil-Quito, que busca integrar la Sierra al comercio internacional.
En 1875 García Moreno es asesinado, pero el conservadurismo de la aristocracia terrateniente –más
moderado-, perdurará hasta 1895. El legado de este dictador no perdura: el Ecuador pujante está en la
costa plantadora y comerciante, liberal, y en sectores marginales de Quito antioligárquicos.

Colombia

En Nueva Granada (rebautizada Colombia en 1860), se pasa del predominio conservador al liberal,
en un principio, sin demasiadas tendencias autoritarias.
La revolución europea de 1848 se hace sentir, y el conservador Mosquera cede pacíficamente el
poder al liberal Hilario López, quien libertará a los esclavos, adoptará el librecambio, expulsará a los
jesuitas, proclamará la libertad religiosa e introducirá el federalismo. Los liberales se dividieron entre los
gólgotas (radicales, fuertes en el norte costeño) y draconianos (moderados, apoyados por la plebe de
Bogotá). Luego de una serie de conflictos, en 1861 triunfaban los más radicales, e imponían como
presidente al ex conservador Mosquera, quien intentó, sin éxito, instituir un régimen federalista. Sin
embargo, el orden interno no se consolidaba: los gobiernos provinciales luchaban entre sí y eran
sacudidos por violentas luchas locales. No obstante, hacia mediados de siglo, Colombia comienza la
expansión del café.
En 1880, el liberal Núñez llega a la presidencia, pero renunciará al liberalismo al devolver influencia
a la Iglesia y procurará instalar un régimen unitario, pues veía al federalismo como responsable del
desorden crónico en el campo. Núñez logró sentar las bases del orden colombiano, sobre todo porque sus
reformas consolidaban el dominio terrateniente y comerciante, que persistirá tras la muerte de Núñez en
1894.

Perú

En Perú se da una reconquista del poder por la oligarquía costeña, capaz de dirigir y utilizar a los
sectores urbanos descontentos del predominio militar.
Entre 1845 y 1862 gobierna el general Castilla, quien descubre la importancia del guano, disponible
en la costa. El guano es un fertilizante que se exporta a Europa; existirán casas de exportación inglesas
que le pagarán al Estado por los derechos de exportación. Esto representará importantes ingresos para un
fisco endeudado que, sin embargo, serían malversados por los gobernantes peruanos. No obstante, los
recursos provenientes del guano permitieron a Castilla abolir el tributo indígena.
A partir de 1850 comienza la modernización liberal peruana: se suprime la esclavitud, llega el
ferrocarril, se reforma el derecho, se liquidan tierras de las comunidades, a la vez que llegan inmigrantes
chinos a trabajar en las haciendas de la costa, que producen azúcar y algodón. La agricultura costeña
lograba reconstruirse sin apelara la mano de obra esclava.
A partir de 1860, la elite limeña comienza también a participar de la explotación del guano, en
sociedad con las casas comerciales europeas. Sin embargo, importantes sectores sociales (la plebe, los
ricos arruinados y que no gozan del festín del guano) comienzan a mostrarse descontentos.
En 1862 Castilla deja el poder a un sucesor elegido por él, pero éste muere y vuelve la guerra civil.
Entre 1864-66 hay una intentona española por recuperar Perú, pero es derrotada con apoyo de Ecuador,
Chile y Bolivia. Luego de esta guerra, que había cesado momentáneamente la guerra civil, ésta resurge.
En 1868 asume el conservador Balta, quien concede el monopolio de la exportación del guano a una
compañía francesa. Mientras tanto, la corrupción política persiste. Perú se hace muy dependiente del
crédito y el comercio ultramarino.
Los antiguos consignatarios del guano, ahora despojados de su privilegio, denunciarán la
corrupción y se encarnarán en el partido civilista, quien llega al poder en 1872 de la mano de Pardo. La
crisis de 1873, sumada a la fuerte dependencia del capital extranjero de Perú, llevaría al fin del Perú del
guano y al fracaso del civilismo. Sin embargo, en el Sur, el salitre ofrecía un nuevo recurso, también
deseado por Chile. Esto explica, en parte, la guerra con Chile por esta región, que duró entre 1879 y 1883
y terminaría con la derrota peruana (aliada con Bolivia) y la pérdida de estos territorios. La guerra acentuó
la crisis peruana; sin embargo, Perú mostraba algunos rasgos alentadores, como el resurgimiento de la
agricultura costeña del azúcar, o la expansión de la red ferroviaria que permitiría, más adelante, el
renacimiento minero.

Bolivia

La derrota contra Chile significó la pérdida de la salida al mar, lo cual repercutiría más en el largo
plazo. Hasta ese entonces (1882), Bolivia no había logrado aprovechar la salida al comercio ultramarino, y
permanecía aislada de él. El problema boliviano era, más que comunicarse con los países centrales, el de
hallar productos para ubicar en esos mercados: la crisis de la plata continuaba y la quina no la lograba
compensar.
Durante este período se dan varios golpes de Estado que derriban presidentes (Linares, Melgarejo,
Daza). Melgarejo, quien gobernó entre 1864 y 1870, cedió territorios a Chile y Brasil y, en lo interno, ante la
miseria fiscal, liquidó las tierras de las comunidades indígenas.
A diferencia de Perú, donde la aristocracia limeña se reconstituía y la economía aportaba sectores
dinámicos, en Bolivia una producción estancada socavaba la superioridad de las elites tradicionales. En
Bolivia, comienza a tener más peso el ejército que, si bien coopera con las elites, es despreciado por
éstas.

Chile
Aquí, la situación es distinta que en Perú y Bolivia, ya que se dará un orden oligárquico “exitoso”. El
orden conservador limitó la fuerza de un ejército legitimado por las victorias en las guerras (contra España
durante los ´60 y la guerra contra Perú y Chile de 1879-83).
Hasta la década del ´40, Chile había sido autoritario y conservador; a partir de esta época, con
Montt, el autoritarismo se mantuvo, pero el conservadurismo fue más progresista: modernización
económica y cultural (ferrocarriles, reformas jurídicas, ataques a la Iglesia, etc.), antes que defensa de un
orden que ya no se juzga tan amenazado. Hacia 1870, con la asunción de Zañartu, Chile tenía un
presidente auténticamente liberal, que avanzaría en materias de educación pública, libertad de cultos,
atenuación del autoritarismo y mayor tolerancia. Sin embargo, esta liberalización no significaba una
democratización, pues la ampliación del poder sólo se limitaba a la clase dirigente (mineros en ascenso,
comerciantes, terratenientes), que ahora gobierna más sólidamente que antes. La apertura comercial de
Chile beneficiaba a los sectores altos –nuevos, como los mineros, y viejos-.

Brasil

En Brasil, lentamente se va perdiendo el equilibrio político característico del período 1825-1850. La


costosísima Guerra del Paraguay inauguró la crisis del Brasil imperial. La guerra provoca la vuelta al
conservadurismo, lo que provoca el descontento liberal, que es cada vez más crítico del sistema imperial.
Además, la Guerra había dado protagonismo a un nuevo actor: el ejército, que si bien era apoyado por la
Corona, este apoyo no era recíproco. En el Ejército comenzará a predominar el republicanismo militar
positivista, crítico de la esclavitud. Además, la Iglesia se enfrentó también con la Corona, por disputas de
poder.
En suma, la organización política imperial se debilitaba desde dentro (por marginalización de ese
partido liberal que era, desde hacía decenios su sector más importante) y a la vez perdía el apoyo seguro
y decisivo del ejército, y junto con él, el menos importante de la Iglesia. Esa deterioración creciente se
daba en un clima de transformación económica y social muy rápida, de la cual, por el momento, se
advertía sobre todo la rápida destrucción del antiguo orden. Entre 1870 y 1885, la estructura de las
exportaciones brasileñas cambió sustancialmente: pasó del predominio del azúcar y el algodón (productos
ambos del Nordeste esclavista) al del café (cultivado en el Centro, con mano de obra asalariada o
semiasalariada). O sea, el Nordeste entraba en una profunda decadencia, y el auge del Centro apenas
compensaba esta crisis de la agricultura tradicional. Estos cambios se expresan, primero, en la abolición
de la esclavitud, sin indemnización, en 1888 y, en 1889, en el fin del Imperio y la instauración de la
oligárquica República Vieja, que durará hasta 1930, y que representará los intereses de las elites políticas
del Centro y del ejército. Cabe destacar que en realidad, la esclavitud ya era menor para 1888, pues la
trata había sido suprimida, y los hijos de esclavos eran libres desde 1871.
La República Brasileña, cuyo lema era “orden y progreso”, significó la alineación de Brasil sobre el
modelo de regímenes progresistas, en donde los sectores con más poder eran las oligarquías
terratenientes y el ejército. El Brasil republicano era el Brasil del café, que no necesitaba de la esclavitud:
la inmigración europea y la rápida expansión demográfica iba a cubrir sus necesidades de mano de obra.
Brasil entraría en la etapa de crecimiento febril y crisis devastadores, en la cual estaba ingresando,
por otra parte, toda Latinoamérica, a medida que se consolidaba en ella el orden neocolonial.

Antillas

Cuba y Puerto Rico seguían bajo dominio español, mientras que República Dominicana era
independiente, más allá de una intentona de España por anexionarla entre 1861-65. En Cuba, el azúcar
era el producto dominante y próspero, más allá de la lenta caída de los precios internacionales. El
problema principal de la economía azucarera era el de la mano de obra, ya que se complicaba la
utilización de esclavos porque Inglaterra combatía la trata. Por ello, hacia mediados de siglo, se intentaron
algunos paliativos, como la inmigración china o de mayas. Además, Cuba tenía que soportar el
proteccionismo de EE.UU, que impedía la entrada del azúcar en este país. Además, en Europa, el azúcar
de remolacha reemplazaba al de caña (cultivado en Cuba).
Mientras tanto, maduraba en Cuba una crisis del régimen colonial. Se daba en esta colonia un
creciente conflicto entre peninsulares –apoyados por la Corona española- y criollos (muchos de ellos
grandes azucareros). Así, en 1868 se lanza la primera guerra de independencia en cuba, que durará hasta
1878, fecha en que la Corona triunfa. Pero, sobre todo, a partir de este período, crece la influencia de
EE.UU en la isla: económicamente, no sólo busca comerciar, sino también invertir en la producción e
industria del azúcar. De este modo, Cuba aún no ha logrado emanciparse de la tutela española pero ya
siente la posterior tutela de EE.UU. En este sentido, Cuba, prefigura el futuro latinoamericano.
Capítulo 9: ESCLAVITUD SIN SUMISIÓN, EMANCIPACIÓN SIN LIBERTAD. RESUMEN---Zinn Howard.
El sistema, trasbalsado por las rebeliones de esclavos y las conspiraciones desarrolló en los estados
sureños una red de controles, apoyada por las leyes, los tribunales, las fuerzas armadas y el prejuicio
racial de los líderes políticos de la nación. Para acabar con un sistema tan profundamente atrincherado se
necesitaba una rebelión de esclavos de proporciones gigantescas o una guerra en toda la regla En el caso
de que fuera una guerra, los que la declaraban podrían preveer y organizar sus consecuencias. Por eso
fue Abraham Lincoln quien liberó a los esclavos, y no John Brown. John
Brown fue ahorcado en 1859, con la complicidad federal, por haber intentado hacer, con el uso limitado de
la violencia, lo que unos años después haría Lincoln con el uso de la violencia a gran escala: acabar con la
esclavitud. Con la abolición de la esclavitud por orden del gobierno, un gobierno fuertemente presionado a
tal fin por los negros, libres y esclavos, y por los abolicionistas blancos su fin podía orquestarse de tal
manera que se pudieran poner límites a la emancipación. La liberación, concedida desde lo alto, sólo
llegaría hasta donde lo permitieran los intereses de los grupos dominantes. Mientras el fin de la esclavitud
llevó a la reconstrucción de la política y la economía nacionales, no fue una reconstrucción radical, sino
segura y, de hecho, económicamente beneficiosa. El sistema de las haciendas, basado en el cultivo del
tabaco en Virginia, Carolina del Norte del arroz en Carolina del Sur, se extendió hasta las nuevas y fértiles
tierras algodoneras de Georgia, Alabama y Mississippi, y necesitaba más esclavos. Pero la importación de
esclavos se ilegalizó en 1808. Georgia, Alabama y Mississippi, y necesitaba más esclavos. Pero la
importación de esclavos se ilegalizó en 1808.
¿Cómo puede describirse la esclavitud? dos historiadores liberales del Norte, veía la esclavitud como una
posible "transición necesaria hacia la civilización" del negro. Las revueltas de esclavos en los Estados
Unidos no fueron tan frecuentes ni tenían las proporciones de las producidas en las islas del Caribe y en
América del Sur. La que probablemente fue la más gran revuelta de esclavos de los Estados Unidos tuvo
lugar en Nueva Orleans en 1811.
Eugene Genovese, en su estudio sobre la esclavitud, Roll, Jordan, Roll, observa un proceso simultáneo de
"acomodo y resistencia a la esclavitud". La resistencia incluía el robo de propiedades, sabotajes y huelgas
de brazos caídos, el asesinato de los capataces y los amos, la quema de los edificios de las haciendas, y
la huida. Sin embargo el acomodo "transpiraba un espíritu crítico y disimulaba las acciones subversivas".
Para ejercer el control, los terratenientes también usaron la religión.
Mientras los esclavos del Sur resistían, los negros libres del Norte. Se movilizaron a favor de la abolición
de la esclavitud.
La Ley del Esclavo Fugitivo, aprobada en 1850, fue una concesión a los estados sureños a cambio de la
admisión en la Unión de los territorios mejicanos conquistados en la guerra (especialmente California)
como estados libres de esclavitud. La Ley facilitaba a los negreros la captura de antiguos esclavos, o
simplemente, la captura de negros acusados de huir. Los negros norteños organizaron actos de resistencia
a la Ley del Esclavo Fugitivo.
Los abolicionistas blancos realizaron acciones valientes y pioneras: en las tribunas de conferenciantes, en
los periódicos, en el ferrocarril subterráneo. Los abolicionistas negros, con menos publicidad, eran la
espina dorsal del movimiento. Los negros tenían que luchar constantemente contra el racismo
inconsciente de los abolicionistas blancos. También tenían que insistir en su propia voz independiente.
Fue
Abraham Lincoln el que combinó a la perfección las necesidades del empresariado, la ambición política del
nuevo partido Republicano, y la retórica del humanitarismo. No mantuvo la abolición de la esclavitud en el
primer lugar de su lista de prioridades, pero sí lo suficientemente cerca de ellas como para que las
presiones abolicionistas y la práctica política le dieran una ventaja temporal. Lincoln pudo usar su habilidad
para combinar los intereses de los muy ricos y los de los negros en un momento en el que esos intereses
se encontraron. Y pudo vincular estos dos intereses con los de un sector creciente de americanos: los
nuevos ricos blancos, de clase media, con sus ambiciones económicas e inquietudes políticas. Lincoln
sabía discutir con lucidez y pasión contra la esclavitud –en base a argumentos morales- a la vez que
actuaba con cautela en la práctica política. Creía que "la institución de la esclavitud se basa en la injusticia
y la mala política, pero que la promulgación de las doctrinas abolicionistas, más que limitarlos, tiende a
aumentar sus males". Lincoln se negó a denunciar públicamente la Ley del Esclavo Fugitivo. Y cuando en
1849, siendo congresista, propuso la abolición de la esclavitud en el distrito de Columbia, incorporó un
anexo que exigía a las autoridades locales el arresto y la devolución de los esclavos fugitivos que entraban
en Washington. Se oponía a la esclavitud, pero no podía ver a los negros como a sus iguales, de modo
que su actitud reflejaba constantemente una idea: liberar a los esclavos para devolverlos a África.
Tras la secesión del Sur, y después de la elección de Lincoln a la presidencia en el otoño de 1860 (por el
nuevo partido Republicano), hubo una larga serie de choques políticos entre el Sur y el Norte. La élite
norteña quería una expansión económica -tierras gratuitas, mercado libre de trabajo, una tarifa
proteccionista para los productores y un banco de los Estados Unidos. Los intereses negreros se oponían
a todo eso; veían en Lincoln y en los republicanos unos obstáculos para la continuidad de su estilo de vida
agradable y próspero. Cuando Lincoln fue elegido, siete estados sureños se separaron de la Unión. Y
cuando Lincoln inició las hostilidades en un intento por retomar la base federal de Fort Sumter, en Carolina
del Sur, se separaron cuatro estados más y se formó la Confederación; la Guerra Civil estaba servida.
Tan sólo cuando la guerra se recrudeció, aumentaron las bajas, creció la desesperación por ganar la
guerra y las críticas de los abolicionistas amenazaron con deshacer la frágil coalición que respaldaba a
Lincoln, éste empezó a actuar contra la esclavitud. El racismo estaba tan arraigado en el Norte como la
esclavitud lo estaba en el Sur, y se hizo necesaria una guerra para sacudirlos a ambos. Los negros de
Nueva York no podían votar si no tenían 250 dólares en propiedades (un requisito no exigido a los
blancos). Para abolir esto, se introdujo una propuesta en la consulta electoral de 1860, pero fue derrotada
por dos a uno. El espíritu del Congreso, incluso después de iniciada la guerra, quedó plasmado en una
resolución del verano de 1861 -que sólo tuvo unos pocos votos contrarios. Los abolicionistas fortalecieron
su campaña. Presentaron muchas peticiones en favor de la emancipación en el Congreso entre 1861 y
1862. En julio de 1862, el Congreso aprobó una Ley de Confiscación que propiciaba la liberación de los
esclavos de los propietarios que luchaban contra la Unión. Pero los generales de la Unión no imponían la
ley, y Lincoln hizo la vista gorda.
Cuando Lincoln efectuó su primera Proclamación Emancipadora, en el mes de septiembre de 1862, lo hizo
en respuesta a una estrategia militar. Concedía cuatro meses al Sur para que dejara de luchar.
Amenazaba con emancipar a sus esclavos si continuaban luchando, y prometió respetar la esclavitud en
los estados que se posicionaran con el Norte. Así, cuando el 1 de enero de 1863 Lincoln hizo pública la
Proclamación Emancipadora, declaró la libertad para los esclavos de las áreas en las que todavía se
luchaba contra la Unión (y de las cuales hizo una exhaustiva lista), pero no hizo mención alguna de los
esclavos que había en la zona de la Unión. Por limitada que fuera, la Proclamación Emancipadora dio alas
a las fuerzas abolicionistas. En verano de 1864 se habían recogido y enviado al Congreso 400.000 firmas
pidiendo que la legislación pusiera fin a la esclavitud, un hecho sin precedentes en la historia del país. En
el mes de abril el Senado adoptó la Decimotercera Enmienda, que declaraba el fin de la esclavitud. La
Cámara de Representantes hizo lo propio en enero de 1865. Con la Proclamación, el ejército de la Unión
se abrió a los negros. Y cuantos más negros entraban en guerra, más les parecía a éstos una guerra para
su propia liberación. En cambio, entre los blancos, cuanto más tuvieron que sacrificarse, más
resentimiento tenían, sobre todo entre los blancos pobres del Norte que eran llamados a filas por una ley
que permitía que los ricos comprasen su libertad. La Guerra Civil fue una de las más sangrientas en la
historia de la humanidad hasta ese momento.
Las mujeres negras jugaron un importante papel en la guerra, especialmente hacia el final. Sojourner Truth
se convirtió en funcionaria para el reclutamiento de tropas negras para el ejército de la Unión, al igual que
Josephine St. Pierre Ruffin de Boston. Se ha dicho que la aceptación de la esclavitud por parte de los
negros queda probada por el hecho de que, durante la Guerra Civil, teniendo amplias oportunidades para
escaparse, la mayoría de los esclavos se quedaron en las haciendas. A principios de 1865, la presión
había ido en aumento, y en marzo el presidente Davis -de la Confederación- firmó una Ley del Soldado
Negro, por la que se autorizaba el alistamiento de esclavos, que serían liberados a discreción de sus amos
y de los gobiernos de sus estados. Pero antes de que ésta tuviera ningún efecto significativo, la guerra se
acabó. Las haciendas abandonadas fueron alquiladas a los antiguos colonos, y a los blancos del Norte. En
1861, el gobierno americano se había propuesto luchar contra los estados negreros, no para acabar con la
esclavitud, sino para mantener el control de un enorme territorio nacional, con su mercado y sus recursos.
No obstante, la victoria exigió una cruzada, y la inercia de esa cruzada hizo que se involucraran en la
política nacional otras fuerzas: más negros tomaron la determinación de darle un sentido a su libertad.
También había un fuerte interés del partido Republicano por mantener el control sobre el gobierno
nacional, y la perspectiva de conseguirlo gracias a los votos negros del sur para conseguirlo hizo que los
hombres de negocios del Norte, viendo que la política republicana les beneficiaba, les dejaron hacer. El
resultado fue ese breve período posterior a la Guerra Civil en el que los negros del Sur votaban y salían
elegidos para los gobiernos estatales y para el Congreso. También se introdujo en el Sur una educación
pública gratuita e interracial. Se construyó un marco legal. La Decimotercera Enmienda ilegalizó la
esclavitud.
A finales de la década de 1860-1870 y a principios de la siguiente, el Congreso aprobó una serie de leyes
imbuídas en el mismo espíritu. Convertía en un crimen el hecho de privar a los negros de sus derechos, y
exigía a los funcionarios federales que los garantizaran, otorgando a los negros el derecho a hacer
contratos y a comprar propiedades sin ser discriminados. En 1875 una Ley de Derechos Civiles ilegalizó la
exclusión de los negros de los hoteles, los teatros, los ferrocarriles y otros servicios públicos.
Sus actividades fueron obstaculizadas durante varios años por Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln
que llegó a la presidencia cuando Lincoln fue asesinado al final de la guerra. Johnson boicoteó las leyes
que ayudaban a los negros y facilitó la vuelta a la Unión de los estados Confederados sin garantizar la
igualdad de derechos para los negros. Durante su presidencia, los estados sureños que habían vuelto al
redil promulgaron "códigos negros" que convertían a los esclavos liberados en siervos que seguían
trabajando en las haciendas. Andrew Johnson se encontró con la oposición de algunos senadores y
congresistas que, en algunos casos por razones de justicia y en otros por cálculo político, daban su apoyo
a la igualdad de derechos y al voto para el negro libre. Estos miembros del Congreso consiguieron
censurar a Johnson en 1868, con la excusa de que había violado algún estatuto menor, pero en el Senado
faltó un voto para llegar a los dos tercios necesarios para destituirle. Los estados sureños volverían a la
Unión con la aprobación de las enmiendas constitucionales. Hicieran lo que hicieran los políticos del Norte
para ayudar a su causa, los negros del Sur habían tomado la determinación de aprovecharse de su
libertad, a pesar de su falta de tierras y recursos. Inmediatamente empezaron a afirmar su independencia
respecto a los blancos. Formaron sus propias iglesias, se movilizaron políticamente y reforzaron sus lazos
familiares intentando educar a sus hijos. La nueva legislatura había introducido, por primera vez en el
estado, las escuelas públicas gratuitas. En 1876 no sólo asistían a la escuela setenta mil niños negros
-cuando ninguno antes había asistido a la escuela- sino también cincuenta mil niños blancos -en 1860 sólo
asistían veinte mil. Las enmiendas constitucionales fueron aprobadas, y también las leyes que aseguraban
la igualdad racial, así que los negros empezaron a votar y a ocupar cargos públicos. Pero mientras el
negro siguiera dependiendo de los blancos privilegiados para trabajar y para acceder a las necesidades
primarias, podían comprar su voto o quitárselo con la amenaza de la fuerza. Las leyes que pedían un
tratamiento igualitario perdieron su sentido.
La oligarquía blanca del Sur usó su poder económico para organizar el Ku Klux Klan y otros grupos
terroristas. Los políticos del Norte empezaron a sopesar las ventajas que tenía contar con el apoyo político
de los negros pobres -mantenido sólo en votos y cargos por la fuerza- contra la sólida situación de un Sur
que había retornado a la supremacía blanca y que había aceptado el predominio republicano y la
legislación empresarial. El que los negros se vieran reducidos de nuevo a unas condiciones rayanas con la
esclavitud tan sólo era cuestión de tiempo. A finales de la década de 1860-70 y a principios de la de 1870-
80 la violencia aumentó, mientras el Ku Klux Klan organizaba ataques, linchamientos, apaleamientos y
ataques incendiarios. A medida que aumentaba la violencia blanca en la década 1870-80, el gobierno
nacional, incluso el del presidente Grant, perdió entusiasmo por defender a los negros, y sin duda no
quería armarlos. El Tribunal Supremo hizo el papel giroscópico de reorientar a las demás instituciones de
la administración hacia posturas más conservadoras cuando éstas se excedían. Empezó a interpretar la
Cuarta Enmienda -que presumiblemente se había introducido para beneficiar la igualdad racial- de una
forma que la inutilizaba para este propósito. En 1883, la Ley de Derechos Civiles de 1875 -que ilegalizaba
la discriminación contra los negros en el uso de los servicios públicos fue anulada por el Tribunal Supremo.
Se refirió a la primera cláusula de la Decimocuarta Enmienda, diciendo que cualquier persona nacida en
los Estados Unidos era un ciudadano.
Para afrontar la crisis nacional los intereses políticos y económicos del Norte necesitaban aliados potentes
y estabilidad. El país llevaba desde 1873 envuelto en una depresión económica y en 1877, los granjeros y
los trabajadores empezaban a rebelarse. Había llegado la hora de que las elites del Norte y del Sur se
reconciliasen. En 1900 todos los estados sureños habían incluido en sus nuevas constituciones y en sus
nuevos estatutos la eliminación legal de los derechos de los negros.
Los que se quedaron en el Sur empezaron a organizar la autodefensa a lo largo de la década 1880-90,
para hacer frente a los más de cien linchamientos que se producían anualmente en el Sur.
¿Tenía razón Du Bois al decir que ese crecimiento del capitalismo americano -antes y después de la
Guerra Civil- estaba convirtiendo en esclavos tanto a los blancos como a los negros?