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Valor de uso y valor de cambio

Por valor de uso entendemos la utilidad de una cosa, su capacidad para satisfacer una
necesidad humana. Depende de las cualidades naturales y aparece en su uso o consumo.

La proporción variable en que las mercancías de especie diferente se cambian entre sí,
constituye su valor de cambio.

Como valores de uso, las mercancías son de cualidad distinta pero como valores de
cambio solo pueden ser diferentes en cantidad. Efectivamente, Las necesidades que
satisface una mesa son de cualidad muy distinta a las que satisfacen un par de zapatos.
Sin embargo, al cambio, podemos por ejemplo decir que una mesa vale tanto como tres
pares de zapatos.

Si se prescinde de las propiedades naturales (del valor de uso de las mercancías) solo les
queda una cualidad: la de ser productos del trabajo. Las mercancías revelan solamente
que en su producción se ha gastado una fuerza de trabajo, es decir, que en ellas se ha
acumulado trabajo.

Las mercancías son valores en tanto que son materialización de ese trabajo.

Magnitud del valor

La sustancia del valor es el trabajo. La medida de la cantidad de valor es la cantidad de


trabajo.

El trabajo a su vez se mide por la duración, o sea, por el tiempo de trabajo. El tiempo de
trabajo no considerándolo en un caso particular sino como término medio en unas
condiciones sociales dadas. En definitiva, el valor viene determinado por el tiempo que
exige un trabajo ejecutado conforme al grado medio de habilidad y de intensidad en las
condiciones del medio social.

Esto supone que la magnitud del valor varía cada vez que se modifica la productividad
del trabajo.

La productividad del trabajo depende, entre otras cosas, de la habilidad media de los
trabajadores, de la amplitud y eficacia de los medios de producción y de circunstancias
exclusivamente naturales. Si la productividad aumenta disminuyendo el tiempo
necesario para la producción de una mercancía, el valor de esta disminuye.
Recíprocamente, si la productividad disminuye, el valor aumenta. Ahora bien,
independientemente de las variaciones de la producción, el mismo trabajo genera
siempre el mismo valor. Esto puede parecer contradictorio, pero no lo es. Intentaré
explicarlo:

Digamos que con X trabajo producíamos Y mercancías. El valor de esas mercancías, que
venía dado por el trabajo, era igualmente X, ya que la cantidad de trabajo es la magnitud
del valor. Bien, ahora una mejora en los medios de producción supone que se pueda
producir el doble con el mismo trabajo. En ese caso, con un trabajo de X obtendríamos
2Y mercancías (o lo que es lo mismo, con la mitad de trabajo seguiríamos obteniendo Y
mercancías). El valor de esas Y mercancías se ha dividido entre 2, pasando a valer X/2.
En cualquier caso, permanece siempre constante el hecho de que un trabajo de X genera
un valor de X o, en este caso, un trabajo de X/2 genera un valor de X/2. Aunque los
variaciones en la producción permitan que se produzca el doble, el valor de las
mercancías se ve reducido a la mitad, lo que permite mantener constante la igualdad
valor-trabajo.

Gracias a un aumento de productividad, hay aumento de riqueza material. Sin embargo,


el valor del conjunto de objetos útiles sigue siendo el mismo, porque aunque el número
de objetos varíe, su valor se modifica para cumplir con la igualdad valor-trabajo.

A continuación matizaremos algunas cuestiones que han quedado en el aire:

Primero, es importante tener en cuenta que una cosa puede tener valor de uso sin ser
un valor, es decir, sin ser una mercancía que acumula trabajo humano. Cualquier cosa
que sea útil a las personas, pero que no provenga del trabajo de estas, entra en esta
categoría. Como ejemplos podríamos nombrar el aire, la tierra o los prados. En
definitiva, un valor de uso solo puede tener valor cuando se le acumula cierta cantidad
de trabajo humano.

También una cosa puede ser útil y producto del trabajo sin llegar a ser mercancía.
Cuando el productor se limita a satisfacer sus propias necesidades, solo crea un valor de
uso por cuenta propia. Para producir mercancía hay que producir valores de cambio, es
decir, útiles con el objetivo de entregarlos al consumo general mediante el cambio. En
consecuencia, el valor de cambio solo se expresa en la relación social del cambio.

Finalmente, un objeto inútil no genera valor de ningún tipo.

Doble aspecto del trabajo

Toda clase de trabajo implica un gasto físico de fuerza humana, siendo en este sentido
cada trabajo de igual naturaleza. Por otra parte, dicho trabajo se acumula en cada caso
en una forma productiva determinada (una mesa, unos zapatos, una caseta…). En este
concepto de trabajo útil diferente, produce valores de uso o cosas útiles.

Este doble aspecto del trabajo es de alguna forma análogo al doble aspecto del valor.
Por un lado el trabajo útil diferente, el del carpintero, el informático, el abogado o el
médico, que remite en cierto modo al valor de uso, pues satisface necesidades humanas
bien distintas. De otra parte, el trabajo como valor de cambio, que solo es diferente de
otros trabajos en su magnitud.

Doble carácter social del trabajo privado

El trabajo privado también tiene un doble carácter social.

Por un lado, aunque ejecutadas independientemente, las diversas especialidades de


trabajos útiles se manifiestan como partes (complementarias) del trabajo general
destinado a satisfacer la suma de necesidades sociales. El resultado de esto es que,
trabajando unas personas para otras, las obras privadas revisten un carácter social, ya
que permiten satifacer las necesidades de todos.

Por otro lado, cada trabajo particular también tiene un segundo carácter social por su
semejanza en tanto que trabajo. Dicha semejanza aparece en el cambio, esto es, en la
relación social que coloca los distintos tipos de trabajo frente a frente y permite
compararlos según una base de equivalencia.

Reduciendo toda clase de trabajo a cierta cantidad de trabajo simple


Trabajo simple sería el gasto de fuerza del organismo de una persona sin educación ni
habilidades especiales. El término medio de trabajo simple puede variar según épocas o
territorios, pero siempre puede determinarse en una sociedad dada.

Podemos así tomar este trabajo simple como base de equivalencia. De ese modo, el
trabajo especializado o complejo no sería más que cierta cantidad de trabajo simple.
Esta reducción se hace todos los días en todas partes, con el establecimiento de salarios
mayores o menores en función del tipo de trabajo a desarrollar.

Forma de valor

En concepto de valores, todas las mercancías se expresan en la misma unidad (trabajo


humano) y pueden reemplazarse mutuamente. Por consiguiente, una mercancía puede
cambiarse por otra.

Pero en realidad, hay dificultades para el cambio inmediato entre mercancías. En


consecuencia, una sola de ellas pasa a revestir la forma apta del cambio inmediato con
todas las demás, estableciendo una forma especial de valor: la forma moneda, que
simplifica la relación de cambio estableciendo una forma de valor común, una base de
equivalencia.

En principio, este objeto único, forma oficial de los valores, podía ser una mercancía
cualquiera. La especial, con cuya forma se ha confundido paulatinamente el valor, es el
oro. De tal modo que, finalmente, todas las mercancías se reducen a cierta cantidad de
oro. El uso de moneda en la relación de cambio parece hoy algo natural. Al expresar el
valor de una mercancía en, por ejemplo, cantidad de tela, salta a la vista lo extraño de
la afirmación. Pero cuando referimos la misma cantidad en oro o plata, euros o dólares,
la proposición deja de sorprendernos. El resultado de esto es que no parece que una
mercancía se haya convertido en moneda porque las demás expresen en ella su valor.
Al contrario, parece que el resto de mercancías expresan su valor en esas mercancías
determinadas (el dólar, el euro, el oro) solo porque es moneda.

Apariencia material del carácter social del trabajo


En definitiva, esta forma moneda o dinero contribuye a sugerir una idea falsa de las
relaciones de los productores. Los productos del trabajo, que en sí mismos son cosas
sencillas y fáciles de comprender, se tornan complicados, llenas de sutilezas y
enigmáticos en cuanto se les considera como objetos de valor prescindiendo de su
naturaleza física; en una palabra, desde que se convierten en mercancías.

El valor de cambio, que no es otra cosa que la manera social de contar el trabajo
invertido en la fabricación de un objeto (por lo tanto, sólo es una realidad social) ha
llegado a ser tan familiar para todos, que parece ser una propiedad intrínseca de los
objetos, como la forma moneda para el oro (otra relación social que se ha naturalizado).
Sin embargo, existen sistemas de producción en que la forma social de los productos del
trabajo se confunden con su forma natural y en que los productos se presentan como
objetos de utilidad bajo diversos conceptos, no como mercancías que se cambian
recíprocamente.

Esa apariencia material que se da a un fenómeno puramente social convierte a los ojos
de los productores su propio movimiento social, sus relaciones personales para el
cambio de sus productos, en movimientos de las cosas mismas que los arrastra, sin que
puedan dirigirlos. La producción y sus relaciones, creación humana, dominan al hombre
en lugar de estarle subordinadas.