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La deserción universitaria y el cambio

de expectativas

Por Gonzalo Andrés - Nov 28, 2016

El estudio del que participó Trevignani abarca las cohortes comprendidas entre 2010 y 2014.

La socióloga Virginia Trevignani investigó a los jóvenes de la UNL y vinculó el


abandono y el ingreso tardío con transformaciones estructurales y la apertura de
otros recorridos.

En diálogo con Pausa, la socióloga Virginia Trevigniani, una de las investigadoras que
participó en el estudio sobre las características de las cohortes 2010 a 2014 de la UNL,
reflexionó sobre las condiciones de ingreso y permanencia en la universidad y las
características de los jóvenes en la actualidad.

— ¿Por qué creció el promedio de edad de los ingresantes?

—Hace 50 años si un joven quería ser un profesional, tenía que terminar la escuela y
comenzar una carrera universitaria. Este ingreso no se posponía por otro tipo de actividades
o proyectos de vida. Los cursos de vida más lineales y estables en el tiempo no sólo se
daban en las trayectorias educativas, sino también en las laborales y las familiares. En
cambio, en sociedades contemporáneas las instituciones estructuran de un modo diferente la
vida de las personas, produciendo una pluralización de trayectorias individuales. El proceso
de individualización de las sociedades actuales se observa en los datos que muestran a las
personas haciendo cosas muy diferentes y en edades muy diferentes también. No hay una
única forma de construir una trayectoria educativa o laboral, hay muchas. Ya no hay un
único modelo familiar, hay muchos. Ya no hay una única forma de construir una relación
de pareja, hay muchas. No hay una única forma de construir una trayectoria laboral, hay
muchas. Esa diversidad es lo que sociológicamente llamamos individualización. Que no
tiene nada que ver con el individualismo o el egoísmo. Sino que es una tendencia a que las
vidas individuales se diversifiquen.

— ¿Esta diversificación afecta el ingreso y la permanencia en la universidad?

—Bueno, ya sabemos que ir a la universidad no es una opción para los sectores de menores
recursos, por más que sea gratuito en Argentina. Hay muchas investigaciones que muestran
que más allá de estas características, existen barreras invisibles que obstaculizan la
construcción de expectativas de educación superior en los sectores más desaventajados; se
trata de desigualdades persistentes y, por eso, difíciles de atenuar con políticas públicas que
buscan la igualdad de oportunidades. Lo novedoso es que en la clase media-alta que sí
accede a la universidad están experimentando un proceso de desestructuración. Es decir, la
opción de hacer una carrera universitaria después de concluir la educación obligatoria hoy
empieza a competir con otras actividades o proyectos de vida. Entonces hay jóvenes que se
toman un tiempo intermedio para viajar, trabajar o realizar otras experiencias y luego
comienzan la universidad. Aquellos jóvenes que tienen la disponibilidad económica y la
edad normativa para ingresar a la universidad comienzan a interponerse otras opciones y
otros tiempos a la hora de construir expectativas de vidas futuras. Eso no quiere decir que
descarten el ingreso a la educación superior, sino que lo postergan. Así como se posterga la
salida del hogar de origen también. Y estos fenómenos emergentes no son privativos del
ámbito local ni nacional, tampoco de la UNL, están sucediendo en los sistemas educativos
mundiales, en países con mayor bienestar.

— ¿Eso significa que no puede explicarse la deserción a partir de una deficiencia


educativa de los estudiantes?

—Si bien esa ha sido una variable explicativa recurrente en las investigaciones del campo
de la sociología de la educación, en contextos actuales signados por la individualización y
la incertidumbre con respecto al futuro, resulta cada vez más difícil sostener esa
interpretación. Hoy los estudiantes no dejan la universidad por reprobar un examen. El
desaliento temprano tiene que ver con otras dimensiones que van más allá de los aspectos
académicos, y por eso se trata de un problema complejo que requiere interpretaciones
igualmente complejas. Convertirse en un adulto, que es un aprendizaje social, ya no ocurre
como hace 50 años. Hoy existen múltiples posibles trayectorias vitales. En las sociedades
contemporáneas el futuro ya llegó, no tengo nada para esperar. Y la condición juvenil opera
en ese contexto. Hoy los jóvenes viven el día porque el futuro, en cierta forma, quedó
cancelado para él. Hasta las expectativas de la movilidad social tienden a desvanecerse.
Entonces todo comienza a tornarse más efímero: el amor, el trabajo, la educación. Y los
jóvenes a eso lo tienen muy claro. Pero todavía es un aprendizaje que las instituciones y los
docentes tienen que hacer: saber que compiten con cosas que aparentemente tienen menos
valor. Seguir pensando que la universidad es un lugar con mayor prestigio, con mayor valor
que otros es un error. Hasta la idea de carrera universitaria quedó antigua. Porque acá no
hay ninguna carrera por hacer, porque no hay adonde llegar.

— ¿Los jóvenes ya no valoran la educación universitaria?

—No es que los jóvenes de los sectores medios ni sus familias no creen en la universidad.
Pero invierten esfuerzos similares en otras actividades, como armar un grupo de rock,
practicar deportes, estar con sus amigos, participar en una ONG. Cuando uno ve la
distribución de horas que destinan a la universidad y a otras actividades se da cuenta de la
importancia que le otorgan a cada una. Si te alejas de una mirada conservadora, vas a ver
personas que se comprometen con múltiples actividades y la universidad va quedando
rezagada.

— ¿Qué tendría que hacer la universidad en este contexto?

—Hay cada vez más esfuerzos institucionales para pensar cómo hacer que esos otros
mundos que compiten con la universidad puedan ser acreditados como una forma de saber.
Algunos proponen flexibilizar el mundo universitario. Es decir, acortar las carreras y
homologar y acreditar experiencias no académicas, como ser experiencias de vida,
profesionales, pasantías, trabajos, experiencias en ONG, que puedan ser acreditadas como
una práctica preprofesional en la universidad. Otros plantean volver a orientar rápidamente
a los estudiantes hacia los perfiles profesionales. Vincular más la universidad con el
trabajo, acompañar cada año con prácticas profesionales que le recuerden al estudiante que
se está formando en un oficio y, de esa forma, que vaya construyendo su futuro perfil
laboral. También están aquellos que plantean que si flexibilizamos la universidad vamos a
devaluar la educación superior. Hay múltiples debates en torno a qué se tendría que hacer.
No hay que perder de vista que no se puede reducir el problema a limitantes institucionales
o a exigencias académicas que influyen en la deserción. Lo que acá está operando es un
proceso más profundo y más amplio que se traduce en la dificultad para construir
expectativas estables con respecto al futuro. Por eso no alcanza con acomodar los horarios
para poder estudiar y trabajar a la vez o que el Estado subsidie el boleto de colectivo.
Estamos hablando de que los jóvenes no creen que van a conseguir un trabajo mejor por
estudiar en la universidad o jóvenes que encuentran muy tarde en la trayectoria educativa la
vinculación de lo que eligieron estudiar con el tipo de trabajo que se supone que harán el
resto de su vida. Las prácticas de los jóvenes universitarios son comprensibles en los
tiempos que corren. ¿Por qué voy a poner todos los huevos en una canasta que no me
asegura un premio?

Actividades:

Se propone que lean atentamente y comenten de forma grupal el recorte periodístico del diario
“Pausa”, La deserción universitaria y el cambio de expectativas, 2016. En función de lo leído,
responder:

1) ¿Por qué es posible de ser analizado por la sociología el ingreso y la deserción universitaria
como las expectativas que los jóvenes poseen sobre ella?
2) ¿Cuál es el tipo de explicación que brinda la sociología a dichas cuestiones?
3) ¿Qué variables o elementos está observando? ¿Por qué?
4) Indicar aquellas argumentaciones en el texto donde podemos ver que la sociología
construye una mirada diferente a la proporcionada por el conocimiento vulgar.