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Carácter Vinculante de las Sentencias de la CIDH

Publicado: octubre 5, 2011 en Reflexiones

https://albertoblancouribe.wordpress.com/2011/10/05/caracter-vinculante-de-las-sentencias-
de-la-cidh/

Sorprende sobre manera que, en un Estado Social y Democrático de Derecho y de Justicia, se


escuchen declaraciones de voceros del gobierno acerca de la pretendida inejecutabilidad de
sentencias dictadas en contra del Estado Venezolano, por parte de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos.

Ante todo, debe tenerse presente que la Corte Interamericana de Derechos Humanos es un
órgano jurisdiccional, de carácter supranacional, que fue establecido en la Convención
Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), que fuera negociada
por el gobierno nacional y debidamente ratificada por la representación popular, en el seno
del Parlamento venezolano, mediante Ley publicada en la Gaceta Oficial No. 31.256 de fecha
14 de junio de 1977.

La razón por la cual la mayoría de los Estados del continente americano negociaron y
ratificaron la referida convención internacional, como lo han hecho con decenas de otros
tratados en materia de derechos humanos, radica en su comprensión acerca de que la entidad
potencial y efectivamente más peligrosa para la integridad y goce pleno de los derechos
humanos, es el mismo Estado, por lo que la última palabra en cuanto a su respeto o
vulneración, no puede quedar en sus manos, ni siquiera por órgano del Poder Judicial,
necesitándose entonces una instancia técnica, ajena a los compromisos políticos internos, que
necesariamente debe ser supranacional, que con carácter vinculante constriña a los Estados
denunciados perdidosos, al restablecimiento de los derechos humanos lesionados,
correspondientes a personas nacionales o extranjeras.

En democracia, la resolución de los conflictos jurídicos se confía al órgano jurisdiccional, como


tercero imparcial, con el compromiso indefectible, para quien resulte perdidoso, de acatar y
cumplir sin miramientos lo que en su contra haya sido ordenado.

Debemos descollar que el concepto tradicional de soberanía, entendido como límite a la


injerencia extranjera en los asuntos internos de un país, no es aplicable a la materia de los
derechos humanos, como se desprende de los principios rectores del Derecho Internacional de
los Derechos Humanos. Esto, por dos razones: En primer lugar, porque los derechos humanos
no se deben, en cuanto a su titularidad y goce, a la actuación normativa de los Estados, puesto
que, como reza la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, “Todos nacemos
libres e iguales”. Se trata pues de una condición intrínseca al ser humano, que los Estados no
pueden alterar, y que más bien se comprometen consensualmente a promover y resguardar.
Y, en segundo lugar, porque tal resguardo es confiado, mediando la voluntad popular
expresada parlamentariamente, a órganos jurisdiccionales supranacionales, no debiendo
confundirse lo supranacional, que presupone la participación creadora decisiva de los pueblos
involucrados, con lo meramente extranjero.

Es así como nuestra Constitución de 1999, no solamente le reconoce a los tratados, pactos y
convenciones en materia de derechos humanos, suscritos y ratificados por el país, jerarquía
constitucional y prevalencia en el orden interno (artículo 23), sino que además, consagra la
figura del amparo internacional, al disponer que toda persona tiene derecho, en los términos
establecidos por los tratados, pactos y convecciones sobre derechos humanos, a dirigir
peticiones o quejas ante los órganos internacionales creados para tales fines, “con el objeto de
solicitar el amparo a sus derechos humanos” (Artículo 31).

Remata nuestro Texto Fundamental ordenando que: “El Estado adoptará, …, las medidas que
sean necesarias para dar cumplimiento a las decisiones emanadas de los órganos
internacionales previstos en este artículo” (Artículo 31).

No es, pues, una opción, para el Estado Venezolano, el cumplir o no con lo mandado en una
decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ni siquiera tiene la posibilidad de
revisar y mucho menos declarar inejecutable en el país una tal decisión, incluso si tales
arbitrariedades quisieran ser hechas por medio de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo
de Justicia.

Se insiste, este régimen jurídico supranacional existe en virtud de su aprobación por el pueblo
venezolano, primero a través de la Ley parlamentaria ratificatoria de 1977, y segundo, por
disposición de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999.

En democracia, el perdidoso acata el fallo dictado en su contra, respetando el debido proceso,


o estaremos evocando la resurrección de la barbarie de la Ley del Talión.

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