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Jenny Alexandra Castaño Arbeláez

Febrero de 2015

Ensayo

Apuntes de la comprensión del territorio

La opinión es ciertamente una fuerza fluctuante, poderosa, que influencia con


ahínco el pensamiento y favorece o desfavorece un sistema social dominante. Por
ello decidí nombrar este corto artículo como apuntes a un tema digno de
numerosos ensayos académicos, de muchas conversaciones. Probablemente
todos en nuestras vidas hayamos oído infinidad de discursos que se refieren al
territorio. En nuestras localidades, incluso, se institucionalizaron discursos de
gobierno respecto a la sociedad y sus relaciones, pero, ¿realmente conocemos y
nos reconocemos como parte de un territorio, es decir, soy un habitante? Sin esta
contextualización es infructuoso hablar de desarrollo como proceso histórico que
implica, entre muchos otros elementos, una fuerte movilización de las estructuras,
como señalaba Antonio García en su libro ¿Comunicación para la dependencia o
para el desarrollo? (1980. p. 254) a tal punto de señalar “el problema del dominio
social y el estado de las cosas en la consciencia histórica que se tiene como
habitante, o ciudadano de un territorio” (p. 241).

El desconocimiento como habitante posibilita y alienta la institución de imaginarios


y la permanencia de mitos alrededor de nuestras formas de construcción como
sociedad, sumado a la cantidad de instituciones, teorías e infraestructuras que
luchan por impedir la descolonización de los territorios que llaman
subdesarrollados. Por ello, además de la concentración del poder y las relaciones,
la rigidez y el monopolio de estructuras, la instalación de un pensamiento de
inferioridad e incapacidad en las mentes de las personas es de los mecanismos
más efectivos para crear y alimentar el analfabetismo social.

La fuerza crítica de una sociedad nace y se desenvuelve en la comprensión de sí


en el territorio para que haya autonomía y más que eso soberanía. Algunos
señalan el camino del desarrollo local, endógeno, humano, para el cambio social,
causando ya una confusión de conceptos y términos, pero para ser más directos
en la práctica son preocupantes las acciones irreflexivas que suceden en nuestros
territorios (tan solo considerar la falta de voluntad política, interés social y la
“incapacidad” de asociación sin banderas por mencionar algunos casos). Desde
mi punto de vista, desarrollo local no engloba de ninguna manera el desarrollo
endógeno, pues este último es un modelo. El término desarrollo local ha sido
cooptado por las teorías clásicas que consideran al territorio como localmente
productivo para insertarse en unas dinámicas exógenas. Hablar de endógeno es
por lo tanto reconocerme como sujeto en un territorio, comprender cómo este se
comporta en ese sistema exógeno y saber para dónde voy.

Necesitamos un desajuste social en la forma como nos hemos venido entendiendo


y como nos han contado, animados por la vasta experiencia histórica con la que
cuenta América Latina y a la cual debemos volver constantemente. Sin este
desmontaje y desaprendizaje colectivo será muy difícil modificar las condiciones
históricas de dependencia y disfuncionalidad que, entre otras cosas, son las que
han permitido y prolongado la guerra en un país tan rico y golpeado como
Colombia.

No podemos esperar a que se legalicen normas ni proyectos multinacionales para


establecer políticas que serán difíciles de mantener sin distorsión en el tiempo,
debemos expresar un cambio estructural y espiritual en la cultura de aquello que
debe ser estipulado. A la falta de políticas, al monopolio y la incapacidad del
Estado frente a dinámicas económicas, a la crisis de gobernabilidad y credibilidad
estatal abogo por la cultura, que es en últimas la que trasciende a los gobiernos.
Definitivamente esta no es la sociedad que se idealiza en los papeles oficiales.

Esta tarea no se le puede atribuir ni a un gobierno, ni a una institución en especial,


es un compromiso colectivo que empieza con uno personal, un proceso sinérgico
que involucra a todas las regiones, a todos los sectores porque la sociedad es un
entramado de relaciones, no una serie de partes. En cuanto al comunicador, si
antes su función era entendida como mera acción de informar, es necesario pasar
por la comprensión de la responsabilidad social a la que es llamado y alentar a la
academia para que esta que es más o menos neutral, convoque, lidere y
acompañe procesos de liderazgo en los territorios.

Referencias bibliográficas

García, Antonio. 1980. ¿Comunicación para la dependencia o el desarrollo?


Cuarta parte: comunicación social y desarrollo latinoamericano. Editores
Asociados Cía. Ltda. Diguja No. 384 y América. Quito, Ecuador.