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Aldous Huxley: Idolatría

23 de junio de 2016

Las personas educadas no corren demasiados riesgos de sucumbir a las


formas más primitivas de la idolatría. Les resulta llevadero y fácil resistirse a la
tentación de creer que un determinado trozo de materia esté cargado de poderes
mágicos, o que ciertos símbolos e imágenes sean las formas de entidades
espirituales y que, en cuanto tales, hayan de ser adoradas y su voluntad
propiciada mediante los gestos idóneos. Es verdad que gran parte de las
supersticiones fetichistas han sobrevivido incluso en estos tiempos en los que la
educación es universal y obligatoria; ahora bien, aun cuando sobreviva ya no es
tenida por algo digno de respeto; no se le concede unánimemente ninguna clase
de reconocimiento oficial, ninguna sanción filosófica. Al igual que el alcohol o la
prostitución, las formas primitivas de la idolatría son toleradas, pero no reciben
aprobación. Su lugar dentro de la jerarquía acreditada de los valores espirituales
es extremadamente bajo.
Muy distinto es el caso de las formas civilizadas y desarrolladas de la idolatría.
Éstas han conseguido no ya la mera supervivencia, sino también la más elevada
respetabilidad. Los pastores y los maestros del mundo contemporáneo nunca se
cansan de recomendar estas formas de idolatría; no contentos con recomendar la
más elevada idolatría, muchos filósofos, e incluso muchos de los modernos líderes
religiosos, hacen lo indecible por identificarla con la verdadera creencia y el
verdadero culto de Dios.
Es un estado deplorable, pero que en modo alguno puede sorprendernos. Y es
que si bien disminuye el riesgo de sucumbir a la idolatría primitiva, la educación
(en todo caso, la educación del tipo que actualmente es corriente en todas partes)
adolece de cierta tendencia a hacer de esa idolatría elevada algo sumamente
atractivo. La idolatría elevada podría definirse como la creencia en las creaciones
del hombre como si fueran Dios, y la consiguiente adoración de las mismas. En su
faceta moral, tanto como en su faceta estrictamente intelectual, la educación
habitual es estrictamente humanista y contraria a todo trascendentalismo.
Condena el fetichismo y la idolatría primitiva, pero de igual manera condena toda
preocupación por la Realidad espiritual. En consecuencia, sólo cabe esperar que
quienes han estado sujetos de manera casi absoluta a ese proceso educativo
sean los más ardientes exponentes de la teoría y la práctica de la idolatría
elevada. En los círculos académicos, los místicos son casi tan poco habituales
como los fetichistas; sin embargo, los devotos más entusiastas de una u otra
forma de idealismo político son tan comunes como las margaritas. Es significativo,
según tengo observado, que cuando se hace uso de las bibliotecas universitarias,
los libros de religión y espiritualidad sean mucho menos utilizados que en las
bibliotecas públicas, frecuentadas éstas por personas que no han tenido las
ventajas, ni tampoco las desventajas, de la educación superior.
Los muy diversos tipos de idolatría elevada podrían clasificarse en tres grandes
epígrafes: tecnológicos, políticos y morales. La idolatría tecnológica es la más
ingenua y primitiva de las tres; sus adeptos, igual que los de la idolatría inferior o
primitiva, creen que la redención y la liberación dependen de los objetos
materiales, de las máquinas y los artefactos. La idolatría tecnológica es la religión
cuyas doctrinas se promulgan implícita o explícitamente en las páginas de
publicidad de los diarios y las revistas, la fuente de la cual millones de hombres,
mujeres y niños en los países capitalistas extraen su filosofía de la vida. En la
Unión Soviética, durante sus largos años de industrialización, la idolatría
tecnológica fue ascendida prácticamente al rango de religión del estado. Más
recientemente, el advenimiento de la guerra ha estimulado sobremanera el culto
en todos los países beligerantes. El éxito militar depende en gran medida de las
máquinas. Siendo así las cosas, las máquinas tienden a recibir todo el crédito del
poder que supone haber aportado el éxito a todas las esferas de la actividad
humana, haber resuelto toda clase de problemas, sociales y personales aparte de
militares y técnicos. Tan entusiasta es la fe en los ídolos tecnológicos que resulta
muy arduo descubrir, en la cultura popular de nuestro tiempo, cualquier rastro de
la doctrina antigua y profundamente realista de Hubris y Némesis. Para los
griegos, Hubris era toda clase de exceso y de soberbia. Cuando los hombres o las
sociedades iban demasiado lejos en este sentido, ya fuera en el dominio de otros
hombres y de otras sociedades, o en la explotación de los recursos naturales en
beneficio propio, este despliegue de soberbia tenía que pagarse. En una palabra,
Hubris invitaba a Némesis. La idea queda expresada con gran claridad y belleza
en Los persas, de Esquilo. Jerjes hace en esta obra despliegue de una Hubris
incontenida, no sólo al intentar conquistar a sus vecinos por la fuerza de las
armas, sino también al intentar domeñar a la naturaleza a su antojo, más allá de lo
que parecería razonable por parte de un simple mortal. Para Esquilo, el intento de
Jerjes por construir un puente sobre el Helesponto es un acto desbordante de
Hubris, tanto como lo es la invasión de Grecia, y por ello es igualmente merecedor
del castigo a manos de Némesis. Hoy, nuestros idólatras de la tecnología, simples
de corazón, parecen imaginar que pueden contar con todas las ventajas de una
civilización intensamente elaborada e industrial sin tener que pagar por ello.
Sólo un punto menos ingenioso son los idólatras de la política. En vez de la
adoración de objetos materiales y tangibles, éstos los han sustituido con la
adoración de las organizaciones económicas y sociales. Basta con imponer la
organización adecuada a los seres humanos, para que todos sus problemas,
desde el pecado hasta la infelicidad, pasando por la conducción de detritus y la
guerra, queden automáticamente resueltos. Una vez más buscamos casi en vano
todo rastro de aquella antigua sabiduría que encuentra tan memorable expresión
en el Tao Te King, la sabiduría que reconoce (¡con qué realismo!) que las
organizaciones y las leyes probablemente puedan hacer bien poco allí donde los
organizadores y los legisladores por un lado, y los organizados y los que han de
obedecer las leyes por otro, no guardan contacto con el Tao, el Camino, la
Realidad definitiva que subyace a todos los fenómenos.
Hay que reconocer un gran mérito a los idólatras morales, en tanto en cuanto
reconocen con claridad la necesidad de la reforma individual en tanto requisito
previo e imprescindible de la reforma social. Saben que las máquinas y las
organizaciones son instrumentos que pueden ser utilizados bien o mal, según
sean personalmente los usuarios mejores o peores personas. Para los idólatras
tecnológicos y políticos, la cuestión de la moralidad personal es secundaria. En
algún futuro no demasiado distante, según pregona su credo, las máquinas y las
organizaciones serán tan perfectas que los seres humanos también habrán de
serlo, porque será de todo punto imposible ser diferente. Entretanto, no hace falta
molestarse demasiado con la moralidad personal. Todo lo que se requiere es
suficiente industria, paciencia e ingenuidad para seguir produciendo más y
mejores artefactos, así como estas mismas virtudes en cantidades suficientes,
amén de suficiente coraje e inflexibilidad para crear las organizaciones
económicas y sociales adecuadas e imponerlas, mediante la guerra o la
revolución, al resto de los seres humanos, en el recto entender, claro está, de que
todo ello será en beneficio de toda la raza humana. Los idólatras morales saben
muy bien que las cosas no son tan sencillas, y que entre las condiciones de la
reforma social, la reforma personal debe ocupar uno de los primerísimos lugares.
Su error estriba en adorar sus propios ideales éticos, en vez de adorar a Dios, y en
considerar la adquisición de la virtud como un fin en sí mismo, y no como un
medio, como condición necesaria e indispensable para alcanzar el conocimiento
unitivo de Dios.
«El fanatismo es idolatría». (Cito de una notabilísima carta escrita por Thomas
Arnold en 1836 a su discípulo y futuro biógrafo A. P. Stanley). «El fanatismo es
idolatría, y comporta el perjuicio moral de la idolatría; dicho de otro modo, un
fanático adora algo que es creación de sus propios deseos, de manera que incluso
su devoción a sí mismo es sólo en apariencia una devoción real, ya que en
realidad hace de las partes de su naturaleza o de su mente que tiene en menor
valor las dadoras del sacrificio a aquello que más valor tiene para él. La falla
moral, o a mí al menos me lo parece, es la idolatría, el enaltecimiento de alguna
idea que es afín sin duda a nuestra mente, para ponerla en lugar de Cristo,
cuando Cristo no puede ser convertido en ídolo ni menos aún inspirar idolatría,
porque Él aúna todas las ideas de perfección, y las exhibe en su justa armonía y
combinación. A mi entender, en razón de esta tendencia natural —es decir, si
tomo de mi mente lo mejor—, la verdad y la justicia podrían ser los ídolos a los
que yo siguiera, y serían ídolos a pesar de todo, ya que no proporcionan ellos todo
el alimento que la mente desea, y al tiempo que los adoro, la reverencia, la
humildad y la ternura muy posiblemente caerían en el olvido. Cristo mismo en
cambio abarca la verdad y la justicia y todas las demás cualidades… La estrechez
de miras tiende a la perversión, ya que no extiende su vigilancia a todas las partes
de nuestra naturaleza moral, y el negligente fomenta el crecimiento de la
perversión en las partes que precisamente descuida».
Como muestra de análisis psicológico, este fragmento es sencillamente
admirable. Ahora bien, no llega a las últimas consecuencias, ya que omite toda
consideración de lo que ha sido llamado la gracia. La gracia es aquello que viene
dado cuando el ser humano renuncia a su voluntad propia, y viene dado hasta el
punto en que renuncia a esa voluntad propia, y se abandona paso a paso, en todo
momento, a la voluntad de Dios. Por medio de la gracia se colma nuestro vacío, se
refuerza todo lo que en nosotros era debilidad, nuestra depravación se transforma.
Hay, claro está, pseudogracias, aparte de las auténticas gracias; por ejemplo, los
súbitos accesos de fuerza que siguen a la propia devoción por alguna forma de
idolatría política o moral. Distinguir entre la gracia verdadera y la falsa gracia es a
menudo difícil; ahora bien, a medida que el tiempo y las circunstancias revelan en
su plena extensión las consecuencias que tiene sobre la personalidad en conjunto,
la discriminación es posible incluso para aquellos observadores que no tienen
especiales dotes de observación. Donde la gracia es genuinamente
«sobrenatural», una simple mejora en un aspecto de la persona no tiene por
compensación la atrofia o el deterioro de otro aspecto. La virtud se alcanza sin
tener que pagar por la dureza, el fanatismo, la falta de caridad y el orgullo
espiritual, que son las consecuencias ordinarias de una trayectoria de estoicismo
en la mejora de uno mismo por medio del esfuerzo personal, ya sea sin ayuda o
con el refuerzo de las pseudogracias que son otorgadas cuando el individuo se
dedica a una causa, que no es Dios, sino solamente una mera proyección de
alguna de sus ideas predilectas. La adoración idólatra de los valores éticos en sí
mismos y por sí mismos termina por derrotar a su propio objeto, y lo derrota no
sólo, tal como insiste Arnold con acierto, porque exista una carencia de vigilancia
en todos los aspectos, sino también y sobre todo porque incluso la forma más
elevada de idolatría moral tiende a eclipsar a Dios, y a ser garantía positiva de que
el idólatra fracasará en su intento por alcanzar el conocimiento unitivo de la
Realidad.
En Aldous Huxley: Sobre la divinidad
Título original: Huxley and Gods, Essays
Aldous Huxley, 1999
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Foto: Aldous Huxley,1936 -by Cecil Beaton

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