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Hijo de Nadie

Nota de la autora

Este libro nace a través de dos hechos periodísticos que llamaron mi atención. Salvo ese detalle,
todo lo que se cuenta en esta historia es pura imaginación, disparada por la lectura de crónicas
que dieron pie a unirlas. Ninguno de los casos aquí narrados están vinculados y los nombres de los
protagonistas han sido cambiados para no perjudicar su honor.

Cristina Vañecek
Primera parte

Juan circulaba lentamente en su bicicleta. Se sentía cansado, la ruta estaba oscura y nadie lo
esperaba en su casa. No hacía frío y era una buena noche para ver el cielo pintado de estrellas que
las luces de la ciudad no permitían disfrutar.

La gente de ciudad no sabía apreciar la tranquilidad de una vida sin obligaciones. No iba a negar
que a veces se le hacía duro no tener algo para el puchero, pero siempre había algún alma
caritativa que le regalaba lo que le había sobrado de la noche anterior, o le daba algún paquete de
fideos o de arroz que no estaba usando. Siempre conseguía algo de yerba para hacerse unos
mates y nunca faltaba quien le tirara algunos huesos a los perros, tan callejeros como él, que
daban vueltas en esa casilla medio desvencijada a la que le decía casa.

Vio movimientos cerca del puentecito que cruzaba el arroyo. Eran perros, se gruñían entre sí.
Aminoró la pedaleada, porque si se estaban peleando por comida iba a intentar distribuirla, para
que no se lastimen y cada uno tenga una parte. Se les acercó. El olor era algo fétido, considerando
que estaba acostumbrado a los olores fuertes, de cosas acumuladas por varios días. Era olor a
muerto. Quizás los perros forcejeaban con alguna liebre que llevaba algunos días pudriéndose.

Se acercó. Buscó en su bolsillo un encendedor para ver qué era lo que tenía a los perros tan
alterados. Lo que vio le provocó una nausea enorme y ganas de vomitar. En su vida de linyera
había visto muchas cosas, pero nada tan horrendo, tan terrible, tan inhumano como ese cuerpito
destrozado.

Espantó a los perros como pudo. Quiso llevarse eso que quedaba de lo que había sido un
chiquito, buscar un lugar para darle cristiana sepultura y rezarle una oración por esa almita que
había sufrido semejante crueldad. Ser abandonado y comido por los perros, vaya a saber si no lo
mataron, imaginó el dolor y el sufrimiento de ese bebé. Pensó. Debía avisar a la policía. Recordó
alguna serie que había visto en el televisor del bar donde solía tomarse un vaso con vino. Había
que preservar la escena del crimen. ¿Qué crimen si acá los asesinos eran esos perros de
porquería?

No quería irse, pero tampoco podía quedarse y, además, no pasaba ni un solo auto para pedirle
que lo acerque al pueblo o que le avise a la policía mientras él se quedaba para espantar a los
animales y que no lastimaran lo que quedaba del nene.

Miró para todos lados. Ni una luz de faros de coche, ni una sombra de nadie que viniera
caminando o en bicicleta como él, ni una lamparita a lo lejos que le indique que aún había gente
dando vueltas en alguna casita cercana y que llamaran por teléfono a la policía. No quería dejarlo
solo. No quería dejarlo ahí. No quería sentir que lo abandonaba, como ya alguien lo había dejado
solo y abandonado, a la suerte de esos animales salvajes.

A su pesar, sólo le quedaba la opción de irse, esperando que los perros no terminaran de
destrozar lo que quedaba de lo que había sido un niño, o una niña, una criatura muy chiquita que
no comprendía cómo había llegado hasta ahí.

2
Los agentes del destacamento del pueblo lo miraban incrédulos. Dudaban si el viejo Juan estaba
borracho o los pibes del centro de la ciudad vecina, a donde iba a mendigar, le habían dado alguno
de esos cigarros con yuyos raros. Solo alucinando podría haber visto algo así.

Juan sentía desesperación. Necesitaba que agarraran el patrullero y fueran hasta ahí, que
rescataran al nene, que nadie merecía ese final, menos un chiquito que no había cometido
ninguna maldad, un angelito que tenía que ser enterrado en camposanto. ¿Por qué estos tipos
eran tan necios? ¿Por qué no le creían que había visto el cuerpito de un bebé a la vera de la ruta y
que los perros cimarrones se lo estaban disputando como cena?

El tiempo pasaba y Juan pensaba en cómo estaría resistiendo el chiquito el embate de los
perros. Por alguna extraña razón, Juan necesitaba sacarlo de ahí, rescatarlo, él sentía que a esa
criatura le dolía cada mordisco de los perros, que debería sentir frío ahí, en la ruta, con el airecito
que venía del arroyo. Que las piedras y cardos le lastimaban la piel cuando uno de los perros le
ganaba la presa a otro y lo arrastraba hacia un rincón alejado de la jauría.

Entre mate y mate, los agentes le daban largas al tema. Que no podían, que si venía el
comisario y no los veía ahí los iba a sancionar, que seguramente había visto mal y era una liebre o
algún bicho que el confundió con una criatura. No había forma de convencerlos. En ese momento
le daba bronca ser un pobre linyera, un mendigo y no un tipo con plata, coche, pinta, que
seguramente le habrían creído. El ruido de un motor que se acercaba al puesto policial y se
detenía los distrajo. Era el comisario. Juan se le acercó, con mirada implorante.

-Por favor, comisario, tiene que venir conmigo.

-¿Qué pasa, Juan?

-Hay una criaturita que se la están comiendo los perros, en la ruta a la ciudad, cerquita del arroyo,
por favor, comisario, estos dos no me dan bola.

El comisario lo miró. Sabía cuándo Juan estaba borracho o medio delirante. Pero esa mirada
suplicante nunca se la había visto. Y nunca se la iba a olvidar. Los ojos de Juan traslucían e l miedo a
algo superior y creía que si no hacía algo iba a recibir un castigo.
-El nene tiene que ser enterrado en camposanto, señor, se lo están comiendo.

Fuera lo que fuera que los perros estuvieran comiendo, ya estaba muerto. Animal o persona. El
peligro era que esos perros se comenzaran a acostumbrar a comer carne humana y, si así era,
investigar si habían asesinado ellos a la criatura. Porque podían volver a atacar y representar un
peligro para el resto de la comunidad que circulaba por la zona.

-Vamos, subite al coche que te llevo- se dirigió a los agentes- avisen a la comisaría de la ciudad,
que manden un equipo para la zona y se encuentren conmigo, que yo no sé si ahí tengo buena
señal. Si es cierto lo que dice Juan, vamos a tener una noche movida.

Los agentes se miraron. No sabían si les hablaba en serio o solo se estaba burlando del linyera.

-¿Qué miran? Rápido, muévanse, hagan lo que les digo y no me jodan, que si esto es cierto, vamos
a tener flor de quilombo.

Le hizo una seña a Juan para ir juntos hasta el auto. De repente la mirada del hombre se había
llenado de gratitud. Subieron y marcharon hasta el lugar de la ruta donde había visto el cuerpito.

-Te hiciste una linda recorrida, Juan. ¿Tan lejos está?

-Sí, comisario, cerquita del arroyo, ahí estaban los perros.

-¿Vos estás seguro, no? ¿No me vas a hacer movilizar a toda la gente al pedo?

Juan se hizo una cruz con los dedos sobre la boca.

-Se lo juro, señor. Sé muy bien lo que mis ojos vieron.


En el fondo, el comisario quería que Juan mintiera. Era un hombre duro, su profesión le había
hecho ver muchas cosas, pero la muerte de una criatura era algo que nunca había podido
soportar. Mucho menos una tan despiadada como la que Juan contaba que le había tocado a este
chico en particular.

Maldijo. Maldijo para sus adentros, maldijo a viva voz, puteaba murmurando y en voz alta a
cada paso que daba. No podía decir otra cosa que puteadas y maldiciones a los hijos de mil putas
que habían dejado que a un chiquitín se lo coman los perros. El asco que sentía era más por el
dolor de ver a un nene inocente e indefenso muerto, mutilado y disputado por los animales como
si fuera un premio, que por el olor fétido que desprendía el cuerpito.

-Juan, ¿vos siempre venís por acá?

-Si, jefe.

-¿Y nunca viste nada?

-No, señor, hoy fue la primera vez que vi a los perros tan enloquecidos y me acerqué con la idea de
repartirles al bicho que se estaban comiendo. Porque yo pensaba que se peleaban por un bicho
muerto, no por un chico.

-Este pibito no murió hoy, Juan.

El comisario alumbraba con una linterna muy potente que siempre llevaba en el baúl de su
coche. Cuando dijo esas palabras había iluminado la cara del vagabundo. No dudaba de lo que
decía. Su cara reflejaba la misma incredulidad que sentía él. Pero a ese pequeño cadáver lo habían
plantado en ese lugar hacía pocas horas, no más allá de ese mismo día.
-Comisario, yo no entiendo de esas cosas, yo solo sé que a ese angelito hay que darle cristiana
sepultura para que Diosito lo guarde y tenga paz en su almita.

Juan no comprendía de requisitos judiciales, ni de autopsias, ni de investigaciones. Juan no


sabía nada sobre todo lo que se venía detrás de ese hallazgo. Juan sólo quería tener piedad con
ese bebé. Esa piedad que quien lo había dejado ahí, a la buena de Dios, no le había tenido.

El móvil que el comisario había pedido a los agentes del puesto llegó y bajaron otros agentes
que venían de la ciudad. El comisario se acercó, dejando a Juan parado ahí, en medio de esa
desolación que sentía.

-Buenas, comisario, que anda pasando, los muchachos nos contaron algo, pero no suena creíble.

-Vayan y vean ustedes, con sus propios ojos, y díganme que no suena creíble.

Con un gesto de la linterna iluminó el lugar en donde Juan se había quedado mirando a la nada.

-¿Lo mató el vago al chiquito?

-No, hasta donde sabemos, él lo descubrió. El cuerpito parece que lo dejaron hoy, pero lleva
muerto varios días, no hay que ser perito especializado para darse cuenta del olor, ¿no?

Los agentes comenzaron a acercarse. El comisario los detuvo.

-Ya anduve yo, anduvo Juan, no contaminemos más la escena, muchachos.

Los hombres retrocedieron.

-¿Les funciona la radio en la patrulla?

-¡Qué pregunta, jefe!


-Necesito que avisen a la central que hay que llamar a un juez, a la fiscal, que hay que pedir
peritos, la ambulancia forense, hacer todo el papelerío para una autopsia, reconocimientos, la
rutina en estos casos.

-No vemos casos así habitualmente, señor.

-No, vemos de todo, y más allá de lo que nos pase como personas, es un caso más, hay que ser
muy profesionales, chicos. Yo también soy padre, tengo sobrinos, y les aseguro que en toda mi
carrera vi algo tan espantoso como esto. Hagan lo que les digo, que vengan todos lo más pronto
que puedan... Ah, y pidan café y facturas, porque lo que se viene va a ser largo.

El comisario Ramírez era un hombre duro. Se había armado de una coraza para lograr ascender en su
carrera y no terminar con una carpeta médica debido a la locura que debía enfrentar cada tanto. Los
robos, las persecuciones, los tiroteos eran lo que le ponían adrenalina al trabajo. Y si moría algún
delincuente en un enfrentamiento, era un daño colateral de la profesión.

Se había manejado de la forma más honesta posible, y por eso tal vez sólo había logrado ser el
comisario destinado a ese puesto de pueblo, tranquilo y alejado, en donde casi nunca pasaba nada.
Salvo en la época de vacaciones, en que algunos pandilleros se acercaban a las casonas para intentar
robar algo, la rutina era casi predecible: alguien que se quejaba porque un vecino había puesto la música
muy fuerte, otros que protestaban porque los pibes golpeaban con la pelota paredes o puertas a la hora
de la siesta, en alguna granja los robos de gallinas o de alguna oveja y nada más. Ni siquiera sufrían a los
“motochorros” de la gran ciudad, porque apenas llegaban al pueblo, los vecinos comenzaban a avisarse
unos a otros, hasta que el mensaje llegaba al comisario o al puesto policial y más de una vez tuvieron
que irse con la cola entre las patas, cuando alguno de los hombres del pueblo salía con la carabina que
usaban para cazar patos en las manos.

Había llegado a pensar que se jubilaría pronto, sin ningún evento importante en su hoja de servicios.
En realidad, un poco lo deseaba. Ya no tenía la misma energía que cuando comenzó para perseguir
delincuentes o ver escenas de muertes. Algún suicidio, alguna muerte provocada por los celos en una
pareja. Pero este hecho que esa noche ocurrió, le había atravesado la vida completa. Podría ser su caso
más importante y, a la vez, el más doloroso, y en su mente tenía una sola convicción: averiguar quién
era esa criatura, quién lo había abandonado y, sobre todo, por qué.
Hacía más de una hora que tenía en sus manos el informe forense y no lo había abierto. La fiscal lo
había llamado, con la voz entrecortada, para comunicarle que se harían más rastrillajes, que enviaría
todos los recursos que sean necesarios, que pidiera todo lo que sirviera para esclarecer qué había
ocurrido con ese cuerpito mutilado que Juan había encontrado esa noche. Que si era necesario, llevara
al hombre a un hotel, para que estuviera limpio, disponible y bien alimentado, porque iba a tener que
hablar con él muchas veces, ya que tendría que seguir declarando y explicando todos los detalle s que
surgieran en la investigación. Esa mujer creía en la inocencia de Juan, pero por alguna razón, ella sentía
que debía protegerlo y si el hombre continuaba con su vida de mendicidad, temía que algo malo le
ocurriera. También que alguien apareciera defendiendo a algún supuesto familiar e intentaran acusarlo
de la muerte del niño. O niña. Porque, pese a las pericias, no sabían a qué sexo pertenecía esa pobre
criatura.

Ramírez cerró la puerta de su pequeña oficina. No quería interrupciones, ni que lo vieran cuando
tuviera el coraje de abrir el sobre. Se dirigió hacia una pequeña repisa que había en un rincón, movió la
puerta corrediza y tomó una botella de whisky. Buscó un vaso y se sirvió un trago. Lo bebió a fondo
blanco. Necesitaba algo fuerte para poder leer lo que decía el informe.

El cuerpo tendría unos dos años. No se podía dar una fecha específica de muerte, porque de la
autopsia surgía que ese cuerpo había sido conservado en frío, así que podían haberlo matado hacía una
semana, un mes o un año, lo que confirmaba la hipótesis de Ramírez de que al niño no lo habían matado
ahí y que tampoco habían sido los perros. Pero había detalles mucho más escalofriantes. El cuerpito no
había sido mutilado por animales o alimañas. Estaba cortado por elementos quirúrgicos. Alguien con
conocimientos médicos o un instrumentista había manipulado a esa criatura.

A medida que avanzaba en la lectura sentía más nauseas. Al pobrecito le habían quitado todos los
órganos, no tenía órganos sexuales reconocibles, de manera que había que realizarle estudios genéticos
para saber si era varón o niña, le habían cortado sus manos y pies. Pero el hallazgo más extraño, fue que
encontraron una herida en la cabeza que había sido suturada. Por esa herida, quitaron la calota,
retiraron el cerebro y volvieron a colocar la tapa del cráneo en su sitio, cosiendo con hilos especiales
para cirugía el cuero cabelludo. Para estremecerse aún más, le habían extraído las piezas dentales en su
totalidad, menos las que aún se hallaban ocultas por su edad.

Tiró los papeles sobre el escritorio. Tosía por el mismo asco que le daba todo esto. ¿Quién podría ser
tan enfermo de hacerle eso a una criatura? Iba a costar muchísimo reconocer a ese nene. No tenían
huellas plantares, ni de las manos, no había dientes para realizar identificaciones odontológicas. No
comprendía por qué lo habían vaciado de esa forma. ¿Tráfico de órganos? ¿Si era así, por qué quitarle el
cerebro? ¿O los órganos sexuales? Además, lo habían congelado como si fuera un pedazo de carne que
se reserva para un asado futuro, teniéndolo en ese estado vaya a saber cuánto tiempo.

La fiscal había comenzado a investigar en la ciudad y en zonas aledañas. Había ordenado que los
agentes fueran casa por casa a preguntar si en la familia había desaparecido algún niño o niña, de una
edad similar a la del cuerpo encontrado. Porque ese niño debería tener familiares, padres, tíos, abuelos,
vecinos. Alguien tenía que decir si un chico había desaparecido de alguna casa.

Les llamaba la atención a todos que durante el tiempo anterior al hallazgo no hubieron denuncias de
bebés desaparecidos. ¿Sería un bebé que fue raptado vivo o quizás nadie lo reclamaba porque ya habría
muerto y profanaron su tumba? El misterio era enorme, las posibilidades sobre la identidad de ese
misterioso chico eran infinitas. Mucho más ahora con la novedad de que había estado congelado, que
podría venir de cualquier lugar del país y podría haber sido asesinado hacía mucho más tiempo del que
todos imaginaban.

Se levantó de la silla y tomó su saco. Necesitaba irse, respirar un poco de aire fresco. Tenía la
sensación de que el olor fétido que lo envolvía desde la noche del hallazgo del pequeño cadáver nunca
lo iba a dejar. Salió a la calle y caminó sin rumbo. De repente se encontró caminando por la enorme
playa. Era un día nublado, fresco a pesar de ser aún verano. El mar era el único sonido que interrumpía
el terrible silencio que sumía al pueblo durante la hora de la siesta. Un pueblo tranquilo, en donde,
hasta hace unas horas atrás, nunca pasaba nada.
Segunda parte

David finalizaba su sábado en su escritorio, revisando sus correos electrónicos, disfrutando de un café
negro y un cuadrado de chocolate, dos placeres que se daba por las noches, para finalizar el día. Leía y
respondía mensajes de Whatssap, Twitter, Facebook, buscaba información en las páginas de distintos
diarios, leía lo que se le había escapado durante la mañana y la tarde debido al trajín cotidiano. Ese
escritorio era algo así como su guarida, el último rincón del universo en donde alguien o algo podía
molestarlo.

Uno de los mensajes que recibió llamó su atención más que otros. Era de un amigo que trabajaba en
una comisaría de una zona bastante alejada, pero que él solía frecuentar bastante.

“Hallaron un cuerpo en el camino que hay atrás de la cárcel”

Dejó todo lo que estaba haciendo, incluso la taza de café humeante que le resultaba tan tentadora.

“¿Hombre o mujer?”
La respuesta demoraba. David tenía poca paciencia y necesitaba información para actuar lo más
rápido posible.

“No sé, llamaron y dijeron que vieron un cuerpo al costado del camino, parece que está medio
enterrado o tapado con algo, llamó una mina”. “Podría ser el médico ese que denunciaron que había
desaparecido”.

“Ok, salgo para allá”.

Apagó la computadora, le dio un sorbo rápido al café como si se despidiera de algo que amaba y
tomó el chocolate, al menos eso lo iba a compensar por no poder disfrutar de su sábado a la noche
tranquilo. Subió a su camioneta y tomó la ruta más corta para llegar al camino que bordeaba la cárcel,
que estaba en la otra punta de la ciudad. Debía atravesar todo el centro, porque desde su casa hasta ese
sitio no tenía ningún camino directo.

Tardó bastante en encontrar la zona en donde el cuerpo había sido encontrado. Ya la policía había
puesto una cinta perimetral y no permitían que nadie se acercara. David apeló a la tarjeta de la radio en
donde trabajaba como comentarista, sin embargo no hubo forma de quebrar el hermetismo de los
oficiales. Había una orden estricta de no informar nada a la prensa hasta que el juez o el fiscal llegaran al
lugar.

Mientras esperaba, relacionaba lo que su contacto le había informado a través del mensaje. “Podría
ser el médico ese que denunciaron que había desaparecido”. Tenía poca información al respecto. Tomó
su teléfono y envió un mensaje a un compañero de la radio.

“Estoy en el camino viejo que está atrás de la cárcel. Me avisaron que encontraron un cuerpo y me vine
para tener la primicia en el programa. Me dijeron que hay un médico que no aparece y denunciaron su
ausencia hace unos días, mándame toda la data que tengas.”

Un lacónico “ok” fue toda la respuesta que obtuvo. Sentía ansiedad por saber qué había ocurrido, frío
porque había llevado un abrigo liviano y hambre porque ese café era solo un aperitivo previo a la cena
que su esposa estaba preparando cuando recibió el aviso sobre el cuerpo. Un zumbido lo sacó de sus
pensamientos. Comenzaban a entrarle mensajes de su contacto, poniéndolo al tanto sobre algunos
pormenores de la desaparición del médico.

“El tipo era cardiólogo”

“El jueves fue al centro y no se supo nada más.”

“Dejó plantados a pacientes que tenía en el consultorio.”

“Hijo hizo la denuncia en la comisaría de la zona.”

“Tiene 72 años, es de contextura pequeña.”

“Tampoco se sabe nada de la camioneta que tenía.”

“Parece que andaba con una piba de unos 30 años.”

“Se dice que le dijeron que si no la dejaba, iba a tener que cuidarse”.

“No saben si eso fue un aviso o una amenaza.”

“Podría haber un tema de sustancias.”

Siguió recibiendo información. Daba vueltas por el perímetro que la policía había delimitado y trataba
de escuchar todo lo que podía. Se trataba de un cuerpo menudo, peque ño. Aparentemente era un
hombre, tal vez algo mayor. Algún oficial le confirmaba “off the record” que estaba muy golpeado. Lo
habían dejado semienterrado, tapado con ramas y mantas.

Con esos datos, David tenía la certeza de que se trataba del médico. El operativo no tendría
semejante hermetismo si se tratase de un ciruja o un trabajador de las quintas que abundaban por la
zona. Algo más había para que todos los agentes guardaran tanto silencio y solo se filtraran algunas
pocas certezas.

2
David pasó toda la noche en el lugar. Se arrepentía de no haber pasado por alguna panadería y
comprar algunos bocadillos para ir comiendo mientras esperaba. También se lamentaba de que no
hubiera ninguna estación de servicio cerca como para ir a buscar algún tarro con café, como para
soportar la baja temperatura nocturna. Podía irse y volver a la mañana siguiente, pero su tozudez le
decía que si se marchaba, se podría perder de algo importante y quería ser él el primero en tener la
novedad.

Poco a poco la luz del sol iba corriendo las sombras y David podía observar mejor el lugar en donde la
policía trabajaba. Ya había llegado el camión de la división científica y realizaban los peritajes para
obtener rastros de suelas, huellas de neumáticos y otros que pudieran darles un rumbo sobre lo que
había pasado. El cadáver había sido colocado de modo que solo se le veían los pies. Ese fue el dato qu e
surgió de la llamada que hizo una mujer que pasaba por el lugar y los iluminó con los faros de su
automóvil. El resto era rutina.

El cuerpo se encontraba arrojado al pozo hecho de forma improvisada, en posición fetal y había sido
atado con cintas de embalar. A simple vista, presentaba muchos golpes y unas marcas en su cuello
indicaban que habían intentado asfixiarlo. Como detalle, tenía dos medias enrolladas dentro de su boca.

Nadie decía si se trataba o no del médico desaparecido. Solo hablaban de un hombre de contextura
pequeña, de la violencia que ejercieron con él, de que por los rastros que había quienes lo dejaron ahí
no eran expertos. Nada concreto.

David pudo acercarse a otro sector, desde donde, a esa hora, podía verse algo más. El cuerpo había
sido enterrado de una forma improvisada, las huellas en el pasto daban la impresión de que habían
puesto un vehículo de culata para poder trasladarlo. Alcanzó a escuchar que estaba atado con cintas de
embalar, con muy poca ropa y le habían dejado unas medias enrolladas dentro de la boca. Aún
conservaba una cadena de oro en el cuello, por lo que el robo podría quedar descartado como móvil del
crimen.

Aprovechó la claridad del día para sacar algunas fotos, dentro de lo que los oficiales le permitían
aproximarse. Ya habían retirado el cadáver y el fiscal había tomado muestras del lugar para realizar las
pericias, de modo que ya no le ponían tantas restricciones para acercarse y poder observar mejor.
Había vivido algunos años en el campo y conocía de tareas rurales. El pozo estaba mal hecho, a los
apurones, con una herramienta que no era la indicada para ese tipo de trabajo y por una persona que
no tenía tampoco la fuerza suficiente para cavar. Aún no había novedades sobre la identidad del
muerto, pero había un grito silencioso que decía que sí, que se trataba del médico desaparecido desde
el jueves.

David leía los distintos informes que afirmaban su certeza: el cuerpo hallado era el cardiólogo. Lo
habían reconocido sus familiares en la morgue. La autopsia revelaba que tenía marcas en el cuello, en
un intento de muerte por asfixia, pero lo que realmente lo había matado había sido un golpe.
Cualquiera podría haber sido el asesino, ya que la pequeña contextura física del hombre y su edad le
daban una gran fragilidad. Evidentemente el asesino no pensó que lo habría matado a la primera
puñetada, ya que el cuerpo presentaba muchos golpes y signos violentos, además de la marca de
ahorcamiento.

El registro a la propiedad en donde vivía llenaba de interrogantes a todos. En la casa no faltaba nada,
ni siquiera las dos computadoras que el médico poseía. ¿Qué buscaban los atacantes? ¿Por qué ese
ensañamiento con un hombre que ya se había jubilado y ejercía la práctica médica en forma particular?
¿Tenía algo que ver el dato de la mujer de 30 años con la que salía? ¿Dejarle las medias en la boca era
un signo mafioso? ¿Para qué sujetarlo con cintas de embalaje, si el tipo ya estaba muerto?

Eran todas hipótesis de pistas que había que seguir. La policía no confirmaba ninguna, ya que la
denuncia por la supuesta amenaza recibida no existía. Quizás no tuvo tiempo de efectuarla. O, tal vez,
no le dio la importancia real que tenía. Podría, tranquilamente, no tratarse de una amenaza, sino de una
advertencia, y, en ese caso, habría que investigar el círculo de amistades de la mujer para saber a qué se
refería esa frase.
Tercera parte.

Rosa y Analía se conocían desde hacía muchos años. Rosa había ingresado a la fuerza policial como
forma de obtener ingresos seguros más que por vocación y Analía tenía actividades erráticas. De
repente trabajaba como repositora en algún mercado, o repartía volantes de diferentes comercios,
también había estado trabajando como ayudante en una peluquería, a veces limpiando oficinas, pero
nunca había durado más de tres o cuatro meses en cada lugar. Iba buscando lugares en donde ganara
más dinero, realizando la menor cantidad posible de tareas.

Analía convivía con otra mujer, Juliana, con la que no solo compartían gastos. Era un pequeño
departamento en un complejo de edificios construido hacía muchos años, en donde habitaba la peor
calaña de la ciudad mezclada con humildes trabajadores que compraron sus viviendas cuando el edificio
se había inaugurado. Los malandrines se habían ido sumando con los años, debido al complejo
desarrollo que tenían las construcciones, y que formaban una especie de conejera en la que podían
esconderse sin ser encontrados.

Analía era particularmente bonita. Muchos hombres se sentían atraídos por ella y su lesbianismo
personal no le impedía relacionarse con alguno que otro señor, que la invitaba a lugares caros o le hacía
obsequios, que ella previamente había elegido y comentado como por casualidad que no podía
comprarse. Rosa había notado la facilidad con la que su amiga conseguía sus caprichos y comenzó a
forjar una idea. Debería sentarse a charlar con las dos mujeres y convencerlas de que podrían obtener
muchos más beneficios si en vez de sacarles a los tipos un par de botas de moda o algún perfume
importado, lograban acceso a sus cuentas bancarias o ahorros.

Juliana tenía cierta desconfianza de Rosa. Sentía que la placa le daba un poder sobre los demás, que
nada le podría pasar y que estaba más allá del bien y del mal. Y el poder suele ocultar a quien lo cree
tener los obstáculos que presenta el camino. Rosa explicaba todo de una forma que resultaba
demasiado fácil, muy sencilla para su gusto, todo cerraba excesivamente bien en la teoría, pero en la
práctica las cosas siempre eran diferentes. Pero no quería decir nada para que la otra mujer no pensara
que se oponía al plan por celos.

Habían decidido charlar una noche en la casa de las dos mujeres. Rosa, sin el uniforme pero con la
soberbia que le daba sentir que tenía la ley en sus manos, llegó y se sentó a la mesa del pequeño
comedor como si fuera la dueña de la casa. Comenzó a impartir órdenes para que las otras dos sirvieran
la comida, pusieran una botella de cerveza, reclamaba que no hubieran elegido comer un asado en vez
de una picada. Al fin, cuando todas se sentaron a comer, Rosa comenzó a explicar su plan.

-Analía es una carnada fácil para los hombres, los tipos se vuelven locos para conseguir acostarse con
ella y para lograrlo, son capaces de darle lo que ella les pida. La cosa es que ella…digamos que pide
poco, se conforma con pelotudeces, con zapatos, con ropa o perfumes. Es muy fácil para un tipo
disimular con plata un gasto que para ellos es nada, porque no lo pagan con tarjeta y no queda
registrado en ninguna parte. Lo que yo me pregunto es por qué conformarse con tan poco?

Rosa hizo un silencio. Analía y Juliana se miraron sin comprender.

-¿Qué es lo que vos querés hacer?-preguntó Analía, ya que ella sería la que debería poner el cuerpo ante
los caballeros que Rosa tenía pensado presentarle.

-Simple. Esos tipos tienen plata cash en algún lado. No la declaran porque es guita negra, para no pagar
tantos impuestos, para que en los divorcios les toque menos a las mujeres o porque no pueden justificar
el origen porque ellos dicen que ganan menos y si la depositan los bancos deben alertar al Central con
un registro de movimientos sospechosos e investigar a los tipos. Y ahí sí que tendrían problemas, jajaja,
muchos más que con los divorcios y las esposas!!

-Seguís sin decir qué es lo que vamos a hacer.- volvió a decir Analía.
-Quiero que te los ganes. Que les hagas la novia. Que consigas averiguar en donde está la plata que
esconden. Y una vez que hiciste eso, lo drogamos, le sacamos todo y nos vamos.

Las mujeres se miraron incrédulas. Juliana intervino por primera vez.

-¿Así? ¿Tan fácil? ¿Vamos, le revolvemos la casa o donde sea que tenga la guita guardada y nos vamos?
Analía se expone y la van a denunciar, a ella la van a reconocer. Es un riesgo!

-Juliana, esos tipos no pueden denunciar que les robaron plata que no existe.

-¿Seríamos como esas “viudas negras” que pasan en la tele?- preguntó Analía.

-Algo así. Vos serías quien los engancha, los envuelve y una vez que te dijeron en donde la guardan, les
pones un somnífero en la bebida y cuando se duermen vamos nosotras y nos llevamos el botín.

Rosa las vio dudando. Necesitaba convencerlas a ambas mujeres para este trabajo. Era una mina de
oro a explotar y ella quería llevarse el mayor filón.

-No se preocupen, no va a pasar nada. Los tipos no van a pasar por la vergüenza de decir que una piba
les quitó los ahorros que nunca declararon al fisco. Es doble garantía de que podemos hacerlo
tranquilas. Además, al ser delito cometido por mujeres, van a caer en la comisaría donde yo estoy y
después de tomarles la denuncia, las encajono y un juez las va a ver el día que el pasto crezca rosa.

Rosa le había marcado a un hombre. Era bastante mayor, un cardiólogo retirado que estaba muy
bien económicamente. Era divorciado y tenía hijos grandes, ya casados y con sus propias familias. El
viejo hacía su vida y le gustaba darse los gustos. No sería difícil que Analía lo atrajera y lograra su
confianza. La diferencia con lo que hacía antes, es que debía estar más tiempo con el mismo hombre,
fingir una especie de noviazgo, para lograr saber esos secretos que tanto le interesaban a Rosa.
Roberto era caballeroso y gentil. Trabajaba por las tardes en un consultorio particular, en donde se
mantenía entretenido, ubicado en un poblado algo alejado del centro de la ciudad. Y vivía en un barrio
parque en donde cada propiedad ocupaba casi el espacio de toda una manzana, logrando una
privacidad envidiable. La casa era demasiado grande para un hombre solo que pasaba muy poco tiempo
allí. Al principio Analía estuvo limitada a la parte delantera de la casa, que mostraba una cocina abierta,
con una barra desayunadora que conectaba a un comedor muy espacioso, con una mesa enorme para
recibir a sus amigos, y a una sala de estar en donde había varios sillones mullidos, rodeando una
pantalla de televisor gigante y una mesa ratona en la que se podían apreciar diferentes bebidas
alcohólicas, todas importadas y muy difíciles de conseguir.

Al viejo le gustaba llevar gente de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, para comer y
divertirse, mientras jugaban partidos en la Play Station que había comprado con la excusa de que sus
nietos estuvieran entretenidos cuando lo iban a visitar. A veces, alguno se quedaba a dormir y las
comilonas duraban desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche, degustando asados,
pollos, pizzas, picadas, todo regado por buenos vinos, cervezas y whisky.

Tras un mes de salir con él y conocer un poco la casa, Analía aprovechó que Roberto se había
quedado profundamente dormido luego de tener sexo para recorrer la casa. Caminó por los corredores,
entró al escritorio, revisó algunos papeles que dejó en el mismo orden en que los había encontrado,
miró detrás de los pocos cuadros que había colgados para ver si descubría una caja fuerte.

Notó que la computadora estaba encendida, pero había quedado con la actividad suspendida. Tocó
una tecla y la pantalla se iluminó. Buscó en los distintos archivos que se le aparecían para ver si
encontraba algo que le brindara una pista del lugar en donde el viejo escondía su dinero. Rosa le había
comentado que las cuentas bancarias registraban poco dinero y algún que otro movimiento mensual,
pero que de ninguna manera se justificaba con su jubilación o los ingresos que tenía por el consultorio el
tren de vida que llevaba.

El nombre de un archivo le llamó la atención. “Ellos”. Abrió para encontrar una planilla de cálculos
con fechas y números. La planilla había sido abierta hacía muchos años, en una columna decía la fecha,
en otra columna una F o una M, una tercera columna bajo el nombre “Aprox” se dividía en dos
subcolumnas denominadas “meses” y “años” y debajo de cada una, también números. En una cuarta
columna se leían cifras que deberían representar dinero ya que ninguna era inferior a 30.000. Y en una
quinta columna figuraban palabras o nombres, “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”, “StaCla”, “PC”,
“Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold” y otros, que ella no podía comprender qué significaban,
pero intuía que ese archivo era muy importante y una pista para averiguar de dónde salía el dinero que
tan generosamente gastaba Roberto.
Debería conseguir una memoria y grabar ese archivo para llevárselo a Rosa y que ella viera si podía
averiguar de qué se trataban esos números, esos nombres y si serviría para descubrir en donde Roberto
guardaba su dinero.

Rosa miraba el diminuto aparato que Analía le había entregado.

-¿Para qué quiero esto?

-Es lo único que encontré en la casa, a ver si te da una pista del lugar en donde el viejo esconde la guita.

-¿Me vas a decir que hace un mes te acostas con él y todavía no lograste sacarle nada, imbécil?

Rosa le dio una cachetada. Juliana se levantó de la silla para defender a su pareja. La mujer policía la
detuvo con un gesto.

-Quedate ahí y no digas ni una palabra, porque te hago a vos una denuncia por violencia y vas en cana.
¿Te pensas que no puedo hacerlo? ¿O que esta puta va a desmentirme? Y si intenta desmentirme, le
pego un tiro en la cabeza y se terminó todo, ¿entendieron?

Juliana volvió a acomodarse en la silla, mientras Analía se pasaba la mano por la mejilla golpeada.
Comprendió en ese momento que ambas corrían peligro y que debían, sí o sí, hacer todo lo que Rosa les
dijera.
-Yo me voy a llevar esta mierda, la voy a revisar y espero que realmente tenga algo importante, porque
si no ese sopapo va a ser una caricia al lado de lo que te voy a hacer ¿te quedó claro?

Rosa se guardó la tarjeta en un bolsillo de la campera y salió del departamento. Las dos mujeres se
quedaron solas. Analía se sentó junto a Juliana y buscó abrazarla. Pero obtuvo un rechazo y la mujer se
levantó furiosa de su lugar.

-Dejame, no me toques.

-¿Qué te pasa? ¿Vos también me vas a pegar?

-Debería, por tu culpa estamos metidas en esto.

-¿Mi culpa? Te recuerdo que Rosa vino a hablar con las dos, y las dos estuvimos de acuerdo con esto.

-No, a mi esa mina nunca me cayó bien, si acepté fue por vos, que te gusta tanto la guita como respirar.

-Podías haberlo dicho en su momento, si te callaste, ahora jodete.

-“Podrías haberlo dicho en su momento, si te callaste, ahora jodete”- Juliana repitió en tono burlón las
palabras de su amante.- Claro, es muy fácil, Rosa trajo la idea, a vos se te iban los ojos pensando en
todas las pelotudeces que te ibas a comprar y yo era la que se oponía, si votábamos era dos contra una y
ahora estaríamos teniendo esta misma conversación, nada más que yo sí podría estar cagándote a
palos, porque me habría opuesto desde el principio, ¿eso querés decir?

Analía intentó bajar el nivel de discusión. Prefería hacer silencio y más tarde, cuando se acostaran,
buscaría tranquilizar a Juliana como ella sabía hacerlo.

“Ellos”. Fechas, F o M, “Aprox”, “meses” y “años”. “Cifras”. “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”,
“StaCla”, “PC”, “Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold”.
Mientras tomaba una cerveza y fumaba un cigarrillo, Rosa buscaba comprender ese crucigrama que
era la planilla de cálculos que le había entregado Analía en la tarjeta de memoria. Era más que evidente
que descifrando esas claves, se podría acceder a los ingresos non sanctos del medicucho ese, y quizás el
lugar en donde guardaba el dinero.

Le llamaba la atención la columna “cifras”. Esa debía estar expresando sumas de dinero: 30.000,
45.000, 60.000, 55.000, algunas superaban los cien mil, en las fechas más próximas se repetían más
veces las cifras más grandes. Evidentemente en esos momentos, el médico habría recibido sumas
enormes de dinero, pero ¿por qué? ¿Qué hacía este hombre para que le pagaran esos montos?
¿Abortos clandestinos? ¿Cirugías fuera del ámbito hospitalario? Si era dinero ¿en qué moneda estaban
expresadas estas anotaciones? ¿Y si fueran dólares y no pesos, como había pensado?

Era un gran misterio la procedencia de ese dinero, porque evidentemente se trataba de mucha plata
lo que ahí se estaba moviendo.

La lógica le indicaba que algo habría ocurrido en las fechas indicadas, F/M debería referirse al sexo
del posible paciente, “Aprox” podría hacer referencias a edades, pero no comprendía por qué se dividía
en meses y años, o qué práctica le habría realizado a una criatura de diez meses o a una mujer de 35
años y que su tratamiento representara el mismo valor. Lo que realmente no lograba descubrir era que
significaba “Or” y cada una de las abreviaturas que habían en esa columna.
¿En qué andaba el viejo este, para manejar tremendas cantidades de dinero? Era un cardiólogo de
oficina, tal vez en su juventud habría realizado alguna que otra intervención importante, pero la mayor
parte de su vida, su práctica había sido evaluar las condiciones físicas de personas que asistían a un
centro especializado en rehabilitaciones, para certificar qué actividades podían realizar en sus distintos
tratamientos. Trabajaba por un sueldo y en su consultorio solo realizaba controles y firmaba recetas.

Nunca supo que tuviera una especialización en cirugías estéticas o en algún tratamiento particular
que le permitiera cobrar esas sumas. Dinero que, evidentemente no podía blanquear ante el fisco, ya
que su cuenta registraba los movimientos propios de una persona retirada: el depósito de su jubilación,
algunos retiros, compras con tarjeta, pero eran nimiedades al lado de los gastos que Roberto parecía
tener cotidianamente. La pregunta que se hacía era cómo averiguar cuáles eran esos trabajos que él
hacía, para quién y cómo obtenía el dinero.

Realizó un trabajo de hormiga. Cada momento libre que tenía, se encerraba en su casa a investigar las
fechas para descubrir qué había ocurrido en alguno de los días marcados y encontrar una pista que la
llevara a la fortuna que escondía Roberto Tibal.

Le ordenó a Analía que siguiera con él hasta lograr que le contara de dónde obtenía dinero para vivir
con tantos gastos, que fuera sutil y astuta, para no quedar en evidencia. Que si conseguían sacarle el
botín que ella vislumbraba, podría estar mucho tiempo sin trabajar y dándose la gran vida.

Decidió aprovechar una licencia para seguirlo. Tenía que investigar cada paso que daba el doctor
hasta lograr saber qué hacía. Y no podía delegar esa tarea en nadie, porque representaba un socio más
para repartir lo que encontraran. Demasiado que debería darle una parte a Juliana que no hacía nada en
toda esta historia, solo explotar a Analía en su beneficio.

Alquiló un auto y se quedó cerca de la entrada del barrio en donde vivía el cardiólogo.
Afortunadamente no era un country, no contaba con seguridad ni personal de vigilancia, de manera que
entrar o salir de ahí sería fácil y no habría registros ni cámaras que dejaran alguna huella de su paso por
el lugar. Esperó bastante hasta que vio salir por la calle principal la camioneta del médico y,
discretamente, la siguió. No quería llamarle la atención, pero tampoco creía que un hombre de su edad
estuviera muy pendiente de si algún vehículo lo perseguía.
Durante todo el trayecto, el hombre no hizo nada interesante. Fue hasta el centro, entró a un café,
estuvo con unos amigos charlando, luego realizó unas compras en un local de ropa, fue a una rotisería y
volvió a su coche. Regresó a su casa y se encerró en ella. Rosa estaba frustrada, enojada, cansada y
quería irse a dormir, pero su tozudez para averiguar el origen del dinero que Roberto gastaba era más
fuerte que su cansancio.

Decidió quedarse a una distancia prudencial para no ser advertida por nadie, ni levantar sospechas.
Igualmente, hacía poco tiempo en ese mismo barrio habían allanado la vivienda de un estafador y
podría justificar su presencia como tareas de inteligencia, siempre y cuando los vecinos se creyeran ese
cuento y no llamaran a la fiscalía o a la dependencia policial para corroborar sus dichos. Se había
acomodado en el asiento, a punto de dormirse cuando unas luces muy fuertes la despertaron. La
camioneta de Roberto salía de su casa en plena madrugada. Tenía un terreno baldío enfrente de la
propiedad, por lo que nadie notaría las luces, que iluminaban los portones que el hombre había ido a
cerrar.

Arrancó su auto y lo siguió. No tuvo mucho que recorrer, ya que Roberto salió del perímetro del
barrio y cruzó a un aeroclub que estaba a pocos metros de ahí. Rosa no iba a poder ingresar y decidió
quedarse sobre la ruta de acceso, y acercarse caminando lo más posible para lograr escuchar algo. Un
pequeño avión amarillo se encontraba en la pista de aterrizajes, con los motores andando. Dos hombres
estaban parados al lado y Roberto se les acercó. Conversaron un poco, le dieron una caja, siguieron
cuchicheando y finalmente el médico se fue. Volvió hacia el portal de acceso al barrio parque e ingresó
nuevamente a su casa. Rosa ya tenía la punta de ovillo para comenzar a investigar.

El aeroparque era un lugar enorme, con mucho terreno, para que los diferentes aviones pudieran
despegar, realizar maniobras y aterrizar con comodidad. Tenía varios hangares, todos galpones
enormes, para poder guardar las aeronaves y hacerles arreglos sin chocarse unos con otros. Siempre
había bastante gente dando vueltas, entre pilotos, mecánicos y propietarios o invitados, que iban y
venían. Llevaban a sus amigos a fanfarronear con los vuelos, algunos se quedaban mi rando desde la
pequeña confitería que había a la entrada, que oficiaba de quincho cuando en el lugar se hacían festejos
o reuniones. Otros recorrían el lugar para quitarse los nervios que un primer vuelo les provocaba,
haciendo ejercicios respiratorios de relajación. Enfrente del club había un pequeño negocio, que
proveía a los pocos vecinos de la zona y a algunos visitantes del aeroparque que querían comprar
golosinas o bebidas que no conseguían en el bar del predio.

Rosa entró sonriente. Una mujer la atendió, saludándola y preguntando qué estaba buscando. Rosa le
marcó unas galletas y un chocolate. Mientras la mujer buscaba los productos, comenzó a hablar como
consigo misma.

-Debe ser lindo acá de noche, no? Tranquilo, sin molestias, cuánta paz, me imagino!!!

La mujer la miró sobre sus anteojos.

-¿Paz? La invito una noche a que intente dormir en mi casa, a ver si puede.

Rosa puso cara de asombrada.

-¿Por qué? Si esto es campo y enfrente tiene el aeroclub!

-Precisamente por eso, señora. Porque está el aeroclub.

-¿Y qué tiene que ver? El movimiento es de día, no la entiendo.

Mientras la mujer anotaba las compras que Rosa estaba haciendo y las guardaba en una bolsa, le
explicó:

-De noche vienen más aviones que de día. Pasan, aterrizan, tiran paquetes en paracaídas, van a
buscarlos en los jeeps, vienen terribles autos de marca, con varios pibes, generalmente tomados, gritan,
a veces pelean, no le miento si le digo que de vez en cuando se escucha algún tiro…¿Quiere más razones
para no dormir?
-¿Y qué se supone que pasa?

-¿Y usted qué se imagina, señora?

Se hizo un silencio entre ambas. Rosa tomó el paquete con los productos que había pedido. Tenía una
palabra dando vueltas por la cabeza, pero prefería pecar de ingenua para no levantar sospechas ante la
mujer. Hizo un leve movimiento de hombros como dando a entender que no se daba cuenta de nada. La
almacenera hizo un grito bajo:

-¡Drogas, mujer, drogas! Usted no se imagina la libertad con la que estos hijos de puta de manejan,
quién va a controlar lo que trae una avioneta de estas, que se supone que son recreativas. Muchas
pertenecen a empresarios que se las regalan a los hijos para que estén entretenidos, pero estos
aparatos son carísimos y de alguna manera tienen que recuperar la inversión! Los “nenes” las usan para
impresionar a las chicas pero no tienen la cabeza bien puesta para tomarse en serio las clases de vuelo y
se olvidan de las naves hasta que se calientan con otra piba! Entonces alquilan los aviones para vuelos
privados, que son narcos que transportan drogas!!

Rosa escuchaba todo lo que decía esa mujer indignada, que necesitaba compartir con alguien sus
noches de dormir mal, de tener miedo, de rezar porque uno de esos balazos al aire no cayera en su casa
o en algún miembro de su familia, de saber la impunidad de quienes tenían amigos en la justicia o en la
policía y cualquier intento de denuncia era debilitado diciendo que veían visiones y que en el aeroclub
no pasaba nada, que todo era legal.

Esa mujer había elegido ese barrio para vivir precisamente por la tranquilidad que creía que había en
la zona, con la intención de que sus hijos pudieran tener una infancia más tranquila que en la ciudad.
Cuando visitó la propiedad por primera vez, por la mañana, solo se escuchaban las aves y el sonido del
viento entre las ramas de los árboles. Olvidar los bocinazos y el aire contaminado de vehículos, tener un
jardín en donde poder pasar las tardes, respirar y vivir a un ritmo más lento. Tanto ella como su esposo
aceptaron el negocio. Hicieron la mudanza, pero no fueron a vivir hasta pasado un mes, cuando habían
terminado de hacer unos pequeños arreglos y pintar. Nunca habían pasado una noche en esa casa.
Hasta esa primera noche en que supieron que no volverían a dormir tranquilos.

Rosa pagó y se fue con toda esa información dando vueltas por la cabeza. ¿El viejo médico estaba
involucrado en el tráfico de drogas? ¿Era un dealer? ¿Qué rol tenía? La única forma de comprobar los
dichos de la mujer de la despensa era comenzar a pasar las noches cerca del aeroclub. Tal vez la elección
de la casa de Roberto al elegir vivir dentro del barrio parque era precisamente la proximidad con este
lugar, tener un acceso más discreto con sus proveedores y un barrio en donde nadie se metía en la vida
de los vecinos, porque cada propiedad estaba a una distancia considerable de la otra.

Cuarta parte.

Mientras usaba su computadora, Roberto Tibal buscó en un cajón papel para imprimir y en medio de
otras cosas vio un cuaderno. Era algo viejo y tenía la totalidad de sus páginas escritas con esa letra algo
irregular que todos los médicos usaban al escribir sus recetas. Lo tomó y comenzó a hojearlo. A veces
olvidaba cómo y hacía cuánto tiempo había comenzado a realizar esas operaciones. Habían pasado
tantos por sus manos, que no recordaba sus rostros, el aspecto que tenían. Nunca se había preguntado
quiénes eran, por qué habían terminado en esa mesa de cirugías. Sólo cumplía su misión, la parte del
trabajo que le correspondía y trataba de no involucrarse emocionalmente.

Esa actividad le había salvado la vida en un momento crítico de su carrera. Era una etapa del país en
donde todo se había descalabrado, su sueldo no le alcanzaba para cumplir con sus obligaciones. Era
joven, se había casado, tenía hijos pequeños y necesitaba sostener un nivel de vida con gastos enormes
que no encontraba la forma de evitar. Había decidido cubrir un cargo de tiempo completo en un centro
especializado en rehabilitación y no le quedaba tiempo de hacer prácticas particulares. Las clínicas
privadas tenían sus nombramientos suspendidos hasta que se acomodaran los hechos políticos y,
además, les habían realizado una reducción de salarios debido a problemas financieros del Estado.
Una enfermera entró a su consultorio sorpresivamente y lo vio llorando. En su casa las cosas iban de
mal en peor, tenía discusiones con su esposa todo el tiempo y más de una vez los niños habían
presenciado escenas muy violentas a nivel verbal. Se sentía un inútil por no proveer a su familia de todo
lo que pedían, sea que lo necesitaran o no. Y la única salida que estaba encontrando era un revolve r que
había heredado de su padre.

La enfermera se le acercó. Era una mujer mayor que conocía desde hacía muchos años, cuando recién
se había recibido y lo ayudó en sus primeras prácticas. Le puso una mano en el hombro. Él la miró y la
abrazó por la cintura.

-¿Qué te pasa, doc?- le preguntó con la dulzura de una madre.

Roberto se desbordó. Le contó todo, sus deudas, sus problemas matrimoniales, las dificultades por
las que estaba pasando. Se sentía acorralado y no sabía dónde estaba la salida. Cuando terminó, la
mujer le habló con la misma dulzura que siempre, como si fuera un niño cuyos problemas no son tan
graves.

-Ay, doc, mi doc. Todo tiene solución en esta vida. A veces no la vemos porque nos enceguecemos,
cerramos los ojos a otras realidades, nos obstinamos en ver el vaso sin agua y no vemos la parte llena.
No te ahogues en medio vaso de agua, Roby!

-No te entiendo, Irma.

- ¿Tus problemas son de plata?

-Sí.

-Entonces tienen solución.

-¿Cómo? No llaman a concurso de ningún otro sanatorio, nos redujeron el sueldo, la situación del país
es...

-Sh, siempre supe que vos eras un gran tipo, y me hubiera gustado proponerte para esto mucho antes,
pero aún no estabas suficientemente maduro.

-¿De qué hablas?

-Un trabajo, que vas a poder hacer sin que nadie te moleste, con una excelente paga.
-¿Pero en dónde, de qué se trata?

-Lo primero que vas a necesitar es mucha discreción, Roby. Yo voy a ayudarte, no vas a estar solo y vas a
ver que todos tus problemas se resuelven. Mañana cuando terminamos nuestro turno, nos
encontramos en el café de la esquina. Avisá en tu casa que vas a llegar tarde. Muy tarde.

Irma ya estaba esperándolo en la cafetería cuando él llegó. Lo recibió con esa sonrisa cálida que le
ponía cuando en sus inicios se le moría algún paciente y él sentía que podría haber hecho más. Quizás
por eso, eligió no continuar la práctica quirúrgica, en la que todos le decían que tenía un gran futuro por
su habilidad, su concentración y su magnífico pulso.

-Llegaste, pensé que te habías arrepentido.

-¿De qué? Si todavía no sé qué me estas proponiendo.

Ambos se sentaron e Irma hizo una señal al mozo para que trajera más café. Encendió un cigarrillo y
tras darle una larga pitada, comenzó a hablar.

-Hace algunos años estoy haciendo un trabajo extra, con un cirujano, fuera del ámbito hospitalario. Por
temas personales no pude terminar nunca el curso de instrumentadora quirúrgica y el sueldo de
enfermera, como a vos el de médico, no me alcanzaba. Estaba en una situación muy parecida a la tuya.
Mi madre estaba muy mal de salud, mis hermanos no me ayudaban, uno porque se borró y el otro
porque tenía su familia y tampoco le podía exigir mucho. Necesitaba alguien que me ayudara en casa y
otra persona que cuidara a mi mamá, hacía dobles turnos en la clínica cada vez que podía, pero el
cuerpo llega un momento que no te rinde más… ¿viste cómo es esto, no? Los remedios eran caros, había
que pagar deudas, impuestos…y un día me desbordé, me dio un ataque de locura, empecé en el
descanso a los gritos, lloraba, rompí cosas. No fue nada agradable. Me sedaron y me dejaron un día
internada. Cuando desperté al lado mío estaba un doctor que conocía de muchos años, no tenía mucha
relación con él, nos saludábamos, alguna conversación sobre tonterías y nada más. Me dijo que lo único
que no tenía solución era la muerte, que después todo lo demás de alguna forma u otra se podía
resolver. Y si era un problema económico, mucho más. Solo había que saber, y yo tenía que
preguntarme, hasta donde estaba dispuesta a llegar.
Volvió a darle una pitada al cigarrillo, quitó las cenizas sobre el cenicero y le puso edulcorante al café
cortado que no necesitaba pedir, porque en el bar ya sabían que era lo único que tomaba. Bebió un
sorbo de café y preguntó:

-¿Vos, hasta donde estás dispuesto a llegar, Roby?

-No te entiendo, a qué te referís.

-A la plata. La plata es la solución a tus problemas. ¿Qué harías por conseguir algo que te provea de la
guita suficiente como para vivir cómodo el resto de tu vida y salir de todos los problemas que tenés?

Roberto pensó mientras tomaba su café. No llegaba a comprender qué le estaba ofreciendo Irma,
pero evidentemente estaba muy segura de lo que decía. La notaba calma. Pero tenía que responder a la
pregunta y evidentemente su situación no era como para despreciar ninguna propuesta de trabajo y
menos si había un buen pago.

-¿De qué se trata?

-Reemplazar al médico que me ayudó a mí. Digamos que es como una cadena de favores. Algunas
propuestas solo vienen cuando estás en el momento exacto, este hombre me ofreció a mi este trabajo
cuando yo estaba al borde de cometer una locura y creo que cuando te encontré ayer, vos estabas
pensando en lo mismo que yo en aquél momento. ¿Me equivoco?

-No, ayer antes de que entraras pensaba que la solución a todos mis problemas estaba en un revolver
que me quedó como herencia de mi viejo.

-¿Ves que no me equivoco?

-¿Qué hay que hacer?

-Nada que vos no sepas, al contrario, es una habilidad desperdiciada que tenés. Y yo sería tu asistente. El
hombre que me ayudó a mí ya está grande, cansado, algo enfermo y de un momento a otro no va a
poder seguir con esto. No es algo que tengas que cumplir horarios, ni todos los días y la paga es
excelente. Se necesita a alguien que lo reemplace y obviamente que primero hay que entrenarlo en
todo el proceso. ¿Aceptás?

-Seguís sin decirme de qué se trata. Adivino que hay que hacer operaciones y ya sabés cómo me fue en
los quirófanos. Dejé la práctica quirúrgica.
-Lo sé, Roby. La diferencia es que ellos están muertos.

Se hizo un silencio entre ambos. Roberto revolvía nerviosamente su café e Irma daba pitadas a un
nuevo cigarro. Tras exhalar el humo, sin dejar de mirarlo, dijo:

-Te vuelvo a preguntar ¿qué estás dispuesto a hacer para salir de todos tus problemas? Si tu respuesta
es lo que sea, venís conmigo a conocer al doctor y empezás hoy mismo. Si tu respuesta es que no te
animás, entonces olvidate de esta conversación y acá no ha pasado nada. ¿Venís o esta charla no pasó?

Roberto respiró profundo. No sabía de qué se trataba, pero los ojos de Irma le confirmaban su
honestidad y la seguridad de sus palabras le dieron confianza.

-Voy.

Ese primer cuerpo nunca lo olvidaría. Era de una joven mujer, tal vez tendría unos 30 años. Tenía
contextura media, piel morena, cabello largo y ondulado. Algunos tatuajes en su espalda y en el brazo,
con un par de nombres que no sabía si se trataba de hijos o amantes, unas rosas enredadas con una
cruz, pequeños, nada extravagantes, una cirugía en el vientre que indicaba que le habían practicado una
cesárea, eran las marcas que tenía en su piel. Al menos había sido madre una vez, vaya a saber qué
habría sido de esa criatura y con quién estaría ahora. Se hacía miles de preguntas sobre su vida antes de
proceder. Irma se le acercó.

-Era una prostituta, algunas veces se emborrachaba y pasaba varios días sin volver a su casa, al hijo lo
cría la madre, que se rompe el alma trabajando para darle lo mejor que puede. Ella mucho no lo veía y
creo que no la van a extrañar.

-¿Cómo sabés eso?


-Cosas que escucho, Roby. En los pasillos, en el colectivo, en el taxi. También la primera vez que asistí al
doctor Pérez me pregunté quiénes eran ellos antes de llegar acá, cómo fueron sus vidas, quienes los
amaron. No es fácil, pero con el tiempo te acostumbrás.

-¿Cómo?

-Cuando vas al campo, ver a un ternerito retozando o acercándose a su madre para alimentarse te causa
mucha ternura. Es lindo ver a los pollitos rodeando a la gallina, piando sin parar. Pero cuando vas a la
carnicería a comprar y ver los trozos de asado o pollo, no pensas en que fueron animalitos que
emocionaron a alguien. Vas, los comprás, los cocinás y te los comés, ¿no? Es igual con esto.

Roberto sonrió con la comparación.

-¿Así de fácil?

-No, para nada, pero si no te despegás de lo emocional, no servís para esto. Escuchá mi consejo, haceme
caso, porque a mí nadie me dijo cómo hacerlo. Vos estás teniendo más suerte en ese sentido.

Aquélla noche Roberto tuvo pesadillas. Se veía a sí mismo en el campo, rodeado de pequeños
animalitos, similares a las películas infantiles que veía junto a sus hijos. De repente, esos animalitos eran
simples faenas, despellejadas, inanimadas, sangrantes. En medio de toda esa devastación, el cuerpo de
la mujer se materializaba, flotaba entre los animales muertos y los miraba. Lloraba. Y lo miraba a
Roberto, le pedía con la mirada que la salve, que no la deje sola, que él era su única oportunidad de
tener paz…

Despertó sobresaltado. Su esposa dormía, sin haber notado ninguna alteración en su esposo. Se
levantó y fue al baño, se lavó un poco la cara. Vio una luz en su teléfono celular. Había un mensaje. Era
Irma.

“¿Tuviste pesadillas?”
Tomó el aparato y caminó hasta la cocina. Se sirvió un vaso con agua, se sentó en la mesita
desayunadora y contestó.

“Sí ¿cómo sabés?”

“También las tuve”.

“¿En serio pensabas que eran simples pedazos de carne?”

“Roby, era eso o terminar como ellos, después de mandar todo al carajo y suicidarme”.

Roberto se quedó leyendo ese último mensaje. Varias veces. Era eso o tomar la pistola de su padre y,
quien sabe, terminar igual que esos cuerpos. Otro mensaje de Irma lo sacó de sus pensamientos.

“¿Estas arrepentido?” “Mirá que no hay vuelta atrás”.

“No”.

“No ¿qué?”

“No puedo arrepentirme. Ya estoy en esto. Ya tomé la decisión”.

“Bien. Vas a ver que poco a poco va a dejar de afectarte. Tomate un calmante y andá a descansar. Te lo
merecés.”
Quinta Parte

Martín era el primer varoncito de José y Ana. Se habían casado hacía mucho tiempo y poco después
de cumplir el primer aniversario llegaba Marité. En su país estaban pasando una mala situación
económica, las oportunidades de trabajo eran cada vez más escasas y de cidieron cruzar las frontera,
aceptando la invitación de unos parientes y amigos que desde hacía un tiempo habían emigrado y se
establecieron en una zona de quintas, trabajando en el campo y dedicándose a producir hortalizas y
verduras.

Armaron sus valijas con lo poco que tenían, vendieron su pequeña casita y emprendieron el viaje.
Para ellos era toda una aventura atravesar todos esos kilómetros sin saber muy bien a donde iban, con
una bebecita de apenas unos meses. Tenían miedo de perderlo todo, de no adaptarse, de extrañar a su
familia. Afortunadamente, cuando llegaron, descubrieron que el paraje era una pequeña colonia de
emigrantes bolivianos, que conseguían los productos que estaban habituados a consumir y que lo único
que tenían que hacer era trabajar, muy duro, pero con el tiempo vieron los frutos de su esfuerzo.

Marité iba a la escuela de la zona por la mañana y al mediodía, cuando llegaba, ayudaba a sus padres
con las pequeñas tareas de la casa. Comenzaba a preparar el almuerzo, que Ana ya le había indicado la
noche anterior, y luego de comer realizaba sus tareas. José había conseguido pagar el terreno que les
habían dado cuando llegaron en préstamo y poco después una camioneta para poder llevar el mismo la
mercadería al abasto y lograr mejores ventas. No habían tenido más hijos, no porque no hubieran
querido, sino porque Ana había perdido varios embarazos. Cuando ya sus esperanzas estaban perdidas,
y renunció a la idea de tener otro bebé, apareció Martín.

No quiso hacerse ilusiones, porque cada vez que perdía un bebé, sufría mucho por más que no dijera
nada a nadie. Se guardaba sus emociones para no preocupar a su familia. A medida que iba creciendo su
vientre fue teniendo más confianza y cuando Martín nació, se prometió a sí misma que nunca le iba a
faltar nada, que sería la luz de sus ojos. Y era un bebito bueno, tranquilo, transmitía una paz inexplicable
a través de sus enormes ojos negros.

Martín fue creciendo alegre y vivaz. Era un niño que reía todo el tiempo. José le traía siempre alguna
cosita para que el descubriera entre sus bolsillos y lo malcriaba como no había podido hacer con Marité.
Ana se sentía feliz de haber podido traer otra vida al mundo y que su familia estuviera tan unida y feli z.
No podía pedir nada más a la vida, ni a la Pacha mama ni a nadie. Si hubiera podido, habría detenido el
tiempo en esos momentos en que su marido llegaba con la camioneta y el nene intentaba sus primeros
balbuceos anunciando la llegada de su papá y saliendo a recibirlo con sus pasitos cortos de payasito
borracho. Eran felices.

Aquél mediodía la sorprendió ver un auto desconocido estacionado en la entrada de su casa. Volvían
del campo con la camioneta de José. Ella mirando por la ventanilla hacia la nada. Ensimismada en una
tristeza inconsolable desde hacía tres meses, tiempo que Martincito ya no estaba entre ellos.

Una mujer bajó del auto cuando distinguió la camioneta. Llevaba puesto un trajecito negro, con unos
zapatos bajos que igualmente eran incómodos para caminar sobre tierra y pasto.

-Buenos días, ¿ustedes son José y Ana Salvatierra?

-Sí- contestó José- Somos nosotros, ¿en qué podemos servirle?

-Soy la fiscal Alejandra Correa y ellos- con la mano señaló a dos hombre que la acompañaban- forman
parte de mi equipo de peritos. Estamos investigando sobre la aparición del cuerpo de un niño en las
cercanías del arroyo Pueblo y queremos saber qué pasó con el bebé que ustedes perdieron.
José y Ana se miraron. No comprendían qué relación había entre la muerte de Martín y ese nene del
que hablaba la mujer. Fue él quien habló:

-Mire, señora, nuestro chico murió hace tres meses, le hicimos la ceremonia tradicional de nuestro
pueblo y lo llevamos al cementerio de Otamucho, pero no sé, no entiendo que relación hay entre
Martincito y ese angelito, que en paz descanse.

La fiscal los miró. No sabía por dónde comenzar. Esa familia había padecido la pérdida de un bebé y
remover todo ese dolor le provocaba mucha angustia.

-¿Podríamos pasar adentro? Necesito hacerles algunas preguntas, y esto es largo y muy difícil. Quiero
hablar con toda la tranquilidad posible y explicarles bien todo lo que está pasando.

Ana parecía salir de su ensimismamiento. No había pronunciado una sola palabra ante esta situación.
En realidad, casi no había hablado desde que Martín se le fue de las manos como si fuera viento, porque
hasta el agua podía atraparse en un frasco o en una olla.

La casa de los Salvatierra era humilde. Tenían lo básico, sin pasar necesidades. Una cocina sencilla,
con una mesa rectangular cubierta por un mantel de hule y rodeada de unas sillas de madera muy
cuidadas. Juan corrió dos sillas para las mujeres y luego se sentó él. La fiscal titube aba porque no sabía
de qué forma comenzar.

-Supongo que ustedes se habrán enterado que hace unos días atrás encontraron el cuerpito de un chico,
cerca de la ruta por donde pasa el arroyo Pueblo.

-Algo escuchamos, doña- dijo, José- Estamos todo el día en la quinta, y la verdad que mucho noticiero no
miramos. A nosotros se nos fue un bebé y la verdad, que las pocas veces que estaba prendido el
televisor y hablaban del tema, lo apagué o cambié el canal. Ana casi no habla desde que se nos fue
Martincito y no servía de nada angustiarla más con algo tan triste.

-Comprendo. El caso es que ese bebé que se encontró no tenía nada que lo identificara. No quiero
entrar en detalles porque todo es muy grave, pero su hijo fue uno de los últimos chicos que los registros
del hospital y de la morgue informan que fallecieron y existe la posibilidad de que este nene sea Martín.
Ana lanzó un sollozo, se llevó una mano al pecho y José se levantó presuroso para contenerla.

-¿Qué está diciendo, doña, no ve como me la pone a la Ana? Martín está enterrado, nosotros mismos
hicimos el funeral en esta casa, con el cajoncito abierto y después lo llevamos con la funeraria al
cementerio. Nadie tocó el cajón, usted está loca, cómo va a decir una cosa así. Además decían que el
chico ese tenía dos o tres años y nuestro Martín tenía apenitas un año y medio.

Alejandra no podía darle muchas vueltas al tema. Por un lado, deseaba que ese cuerpito no fuera el
hijo de estas personas y, por el otro, debía saber quién era y por qué le habían hecho tanto daño.
Necesitaba una autorización para excavar la tumba del hijo de los Salvatierra y comprobar qué había en
ese ataúd. Además también debería solicitarles a esos padres un examen de ADN para corroborar la
filiación del cuerpito encontrado.

-Señor, estamos tratando de averiguar quién es el nenito que encontraron y ojalá, de todo corazón,
espero que no sea el hijo de ustedes. Pero, vuelvo a explicarle, estamos investigando las últimas
muertes registradas y eliminando posibilidades. Tengo que pedirles que se hagan un análisis de ADN
para comprobar si hay un lazo genético entre ustedes y el cuerpito. Y también una autorización para
extraer el ataúd que enterraron en el cementerio, abrirlo y saber si su hijo está adentro.

El dolor de José se tradujo en una cara llena de odio hacia la fiscal.

-No, no, ustedes están locos, quieren revolver todo el dolor que tenemos adentro, quieren perturbar la
paz de mi niño desenterrándolo, quieren hacernos ver como culpables de algo que no hicimos.

Alejandra se puso de pie. Intentó explicarle algo, pero Ana los interrumpió:

-Vamos a hacer lo que la señora nos dice, José.

Habló con calma. Con una voz suave y llena de tristeza, pero firme. José la miró, en silencio, con los
ojos llenos de lágrimas. La abrazó y comenzó a llorar como si fuera un chico.
-Sh, tranquilo, José. Es hacer un análisis y ver si nuestro nene sigue en el cajón. Pensá pobrecito que ese
bebito está desprotegido, que lo destrozaron y que si fuera nuestro hijo y esto le estuviera pasando a
otra gente, a vos te gustaría que lo ayuden a encontrar su familia, ¿no?

Ella le tomó el rostro para mirarlo a la cara. Le secó las lágrimas y le siguió hablando como si fuera
una criatura.

-Pensá pobrecito que sus papás por ahí no le pudieron dar una linda sepultura, es un angelito, José. ¿Y si
fuera el nuestro? ¿Vos querrías que estuviera en una morgue, sin que nadie lo reconozca, que lo pateen
de un lado pal otro como si fuera una pelota sin dueño?

José negó con la cabeza. Ana miró a la fiscal. Hizo un movimiento con la cabeza y un suave parpadeo.
Ellos harían todo lo que les pidieran. Ana quería saber si esa criatura era su hijo o no.

Mientras esperaban a que los atendieran en el laboratorio, Ana recordaba. Sonría al pensar en la
carita de Martín cuando descubría algo nuevo a su alrededor, todo ese mundo nuevo que para ellos era
tan cotidiano pero el bebé le daba una luz tan particular, que se asombraban con la misma inocencia
que él.

Era domingo y habían ido a la casa de unos familiares a almorzar. Se habían comprado una pileta y
los habían invitado para que los chicos, sobre todo Marité, se divirtieran con sus hijos. Ana había
preparado algunos platos típicos de Bolivia, que ellos degustaban más por emoción que por gula.

Los chicos se habían ido a la pileta. Se los escuchaba gritar y chapotear en el agua. Martín había
quedado en otra piletita, más pequeña, junto a otro niño pequeño de la familia, para que no corrieran
riesgos. Cada tanto Ana y la dueña de casa los miraban, para controlar que todo estuviera bien.
Hacía mucho calor y los chicos no querían dejar de jugar en la pileta. Iban y venían a la mesa,
tomaban algo, comían y volvían a divertirse, correrse por el patio. Era la época del carnaval y los chicos
más grandes jugaban con globos a los que llenaban con agua y se los tiraban como si fuera una guerra
de nieve sin nieve. Los grandes miraban, debajo de un parral, riendo y charlando entre ellos. Los
hombres tomaban algo de vino, mientras conversaban y las mujeres intervenían contando las noticias
de los familiares que se habían quedado en su país.

De repente los gritos de los chicos cambiaron en algo. Ya no eran de alegría, uno sobre todo, parecía
que era de terror. Marité apareció corriendo. No podía hablar.

-Mamá, Martín, está allá, tirado, boca abajo…

Salieron todos corriendo. Encontraron al bebé como Marité les había dicho, tenía los ojos negros
abiertos, mirando fijo a la nada. No respiraba. Ana lo tomó en sus brazos y gritaba que la mirara. Lo
tocaba porque no entendía qué le había pasado. El dueño de casa llamaba por teléfono, pidiendo una
ambulancia o alguien que llevara al chiquito al hospital. Nadie sabía que ya era inútil cualquier ayuda.

Horas más tarde la autopsia decía que Martín había fallecido por asfixia debido a que se había
tragado uno de los diminutos globos con que los chicos habían estado jugando. Nunca supieron cómo
logró llegar a esos globos, ya que por precaución le habían explicado que no tenían que estar a la mano
de los bebés. Una torpeza, un globo que se había caído por accidente y nadie notó fue el culpable de
que la vida de Martín terminara.

Fue doloroso conocer el resultado del ADN. Ese nene era Martín. José y Ana no cabían en su dolor y
no comprendían quién y por qué retiró el cuerpito de su hijo y le hizo tanto daño. La escena en el
cementerio fue peor que el propio entierro. Ana llorando, Juan tratando de contenerla, pero sin poder
controlar su propio dolor.
El empleado del cementerio cavaba lentamente, como si prolongara a propósito ese momento
terrible que ellos desearían que ya terminara. Querían volver a su casa, abrazar a Marité, estar solos y
en silencio, algo que desde que la fiscal apareciera en su casa no habían logrado.

Poco a poco comenzó a verse la madera del pequeño féretro. Los peritos judiciales anotaban todo y
controlaban el procedimiento para que nada saliera mal. Que ningún elemento quedara anulado por un
error y todo el trabajo que habían logrado se fuera por la borda. Uno de ellos filmaba con una cámara
permanentemente la tarea de exhumación, no podía correr ni un momento la cámara de esa escena.

El cajoncito estaba ahí. Cerrado. Con tierra pegoteada por el tiempo que había pasado. Los peritos
sellaron el pequeño ataúd para preservar cualquier prueba que permitiera dilucidar qué había ocurrido.
Caminaron hasta la camioneta de la policía científica. Los rodeaban periodistas, policías, fiscales,
curiosos, gente de Otamucho que los conocían de las ferias en donde vendían sus vegetales. José y Ana
hubieran deseado estar solos, que nadie los mire como a bichos raros. No faltaba quien murmurara que
ellos habían hecho desaparecer el cuerpito. Las malas lenguas y los rumores nunca faltan y, a pesar de
los intentos de frenarlos, ellos se enteraban de esos comentarios.

Subieron al coche del tribunal que los había llevado al cementerio y todos se dirigieron al recinto en
donde se harían las pruebas necesarias sobre el cajón y lo abrirían para ver qué había adentro. El camino
se les hizo largo a esos padres que no encontraban sentido ni razón a todo lo que estaban viviendo. No
tenían enemigos, toda su vida habían trabajado duro para lograr un poco de estabilidad y no se metían
con nadie. Eran personas tranquilas, que no buscaban chusmerío y ninguno era pendenciero. ¿Quién
podría haberles hecho eso? ¿Por qué? Eran preguntas que no tenían respuesta.
Sexta parte

Frente a su computadora, David le daba vueltas al asesinato de Roberto. Todo se había manejado de
una forma diferente a otros casos, en donde la prensa tenía casi libre acceso a la escena del crimen.
Todos se imaginaban que las investigaciones de homicidios ocurrían como en las películas
norteamericanas, en donde el personal usaba guantes descartables, barbijos, resguardaban hasta la
última pelusa que encontraran para determinar el ADN de quienes cometieron el delito, se tomaban
huellas dactilares y, en un abrir y cerrar de ojos, una supercomputadora comparaba con los registros de
los habitantes del país y ¡voilá! atrapaban al asesino.

No, en este país las cosas eran diferentes. Un fiscal podía tranquilamente tomar el café que había
quedado en la cafetera del muerto, mientras comía alguna factura que encontrara en los estantes y al
mismo tiempo charlaba con los medios, que sacaban más y mejores fotos que los propios policías en
una especie de tour de visitantes japoneses por eso que llamaban “la escena del crimen”.

Sin embargo, en el crimen del cardiólogo las cosas habían sido diferentes. Habían puesto un precinto
en la zona, dejando un perímetro bastante lejano, y se había mantenido un hermetismo con la prensa
casi inédito. Pocas veces el “secreto de sumario” se había instalado tan pronto en un homicidio.
Además, estaba el móvil del crimen. Nada faltaba en la casa, ni computadoras o celulares, equipos. El
cuerpo tenía su cadena de oro y dentro de la camioneta habían aparecido las pertenencias del doctor,
junto a su billetera, en donde estaban todas las tarjetas de crédito y una suma importante de dinero en
efectivo.

Si hubieran querido robar, se habrían llevado el dinero y las pocas joyas que usaba el hombre. La
camioneta era otro detalle que inquietaba a David. El médico había desaparecido un jueves, lo mataron
un viernes por la noche, lo encontraron el sábado por la tarde y la camioneta recién apareció el jueves
siguiente. Se la buscó por toda la ciudad, sin embargo nadie había aportado ningún dato concreto. Hasta
que, misteriosamente, la vieron estacionada en un lugar totalmente alejado tanto de la casa como del
lugar del crimen, en cercanías de la ciudad, frente a un descampado. Lo extraño era que por cualquiera
de los recorridos que pudiera haber realizado quien condujera la camioneta, habían cámaras de
seguridad que registrasen su paso y, dependiendo de la calidad de la misma, una imagen del rostro del
conductor.

Tras el reconocimiento del cadáver por parte de la familia, poco más se supo. La pista de la mujer era
algo difusa y era muy poca la información que se tenía sobre ella. Nadie del entorno familiar de Roberto
Tibal la había llegado a conocer y no había registros de cámaras de seguridad que permitieran conocer
su rostro, para identificarla y llamarla a declarar.

Un mensaje lo despertó. El zumbido de su teléfono celular era uno de los pocos sonidos que podían
despertarlo en medio de un sueño profundo. David despertó lentamente, miró a su esposa que dormía
sin haberse dado cuenta de nada y tomó el teléfono.

“Apareció la chica. Está declarando en fiscalía. Apurate.”

Intentó levantarse sin hacer ruido, pero Patricia se despertó.

-¿Qué pasa?

-Nada, seguí durmiendo, tengo que salir.

Ella tomó su reloj pulsera y miró la hora.

-¡Son las dos de la mañana! ¿A dónde vas?

-Una información sobre el caso del médico que mataron.


-David ¿no hay otro en la radio para que haga ese trabajo?

Mientras se vestía apuradamente, David se inclinó sobre su esposa, le dio un beso en la frente y
lacónicamente dijo:

-No.

Tomó un abrigo, fue a su escritorio para tomar las baterías extras de su celular, las llaves y salió. En
su camioneta recibió más mensajes.

“La piba acusa a otra mujer. Es cana. Parece que serían viudas negras.”

“¿Quién es cana? ¿La chica de 30?”

“No, otra mujer. Estuvo con ella. Fue la que lo mató al viejo.”

David no comprendía. Bajó la ventanilla de su vehículo para despejarse un poco con el aire fresco de
la noche y condujo hasta la fiscalía. Pensaba en que si esas mujeres quisieron robar a Tibal, fallaron en
su propósito ya que no se habían llevado nada. ¿No habría sido más sencillo llevarse cosas de valor,
dejar el cuerpo en la casa y que todo quedara como un intento de robo? ¿Para qué trasladarlo a un
sector tan alejado de la ciudad? ¿Por qué arriesgarse a un control vehicular llevando un cadáver en el
baúl?

Mientras David esperaba en el pasillo de la fiscalía a que le dieran más información sobre lo que
estaba ocurriendo dentro de la oficina con la mujer que estaba declarando, supo que había aparecido la
camioneta del hombre asesinado, de la que desde el momento de la desaparición de Tibal no se sabía
nada.
Los mensajes le indicaban que esa camioneta había hecho un enorme trayecto entre la vivienda del
médico, el lugar en donde dejaron el cuerpo y el sitio en el que finalmente apareció. Siete días en l os
que ninguna cámara de seguridad, que había por las avenidas y lugares de alta circulación vehicular, no
habían captado nada. Siete días en los que ese vehículo pudo ser utilizado para cometer otros crímenes.
Una semana en la que, por lo que decía su informante, no faltaba ningún papel, la patente no había sido
retirada

David se impacientaba y jugaba con su llavero. No le gustaba ese tiempo muerto, en donde tenía que
esperar sin hacer nada, sin poder preguntar, sin tener a dónde ir, porque en cualquier momento la
puerta se abriría y, tal vez, muchas de sus inquietudes obtendrían alguna respuesta.

Detrás de la pared se escuchaban voces, murmullos, algún sollozo. Y el constante sonido de las teclas
del oficial que tomaba nota de todo, mientras el fiscal tomaba la declaración indagatoria. La mujer se
había presentado voluntariamente. Y había denunciado a una cómplice. ¿Cómo dos mujeres pudieron
lastimar tanto al viejo? ¿Qué ocurrió esa noche?

Un mensaje lo sacó de su ensimismamiento. Era de una amiga que le planteaba una hipótesis
impensada. Miles de preguntas comenzaron a dar vueltas en su mente, ya que habría miles de caminos
posibles.

“¿Qué vínculo hay entre la muerte del médico y la del nene?”

David no había pensado nunca en vincular los dos crímenes. Lo único que sabía que la sensibilidad de
la gente, o el morbo, se había volcado hacia el tremendo hallazgo del niño mutilado y el caso del
hombre había caído en el interés general. Los dueños y directores de la radio movían las vel as según
soplara el viento y en apenas dos días, la brutal muerte de un médico que por los mensajes de la
audiencia había sido muy querido, fue dejada de lado para capturar toda la información posible sobre la
identidad de esa criatura y a qué se debía que le hubieran hecho semejante aberración.
Dos días de diferencia. Casi cien kilómetros entre un cuerpo y el otro. ¿Qué conexión podría haber? Al
niño le habían realizado ablaciones de todos los órganos de su cuerpo y se encontraban realizando
estudios desde las distintas áreas para averiguar quién y de dónde era. El hombre era un cardiólogo que
se encontraba retirado, pero ejercía una práctica médica en su consultorio, no era cirujano. El único
nexo en común podría ser que a ambos cuerpos los encontraron a la vera de caminos, abandonados en
medio de pastizales.

David no veía ningún vínculo entre esos casos. Solo casualidad temporal. La crueldad con la que
mutilaron el cuerpo del chiquito podría deberse a un rito, a una locura de alguien, morbo, maldad, algo
muy oscuro del alma humana. Lo del cardiólogo era simplemente un robo por parte de dos personas
dedicadas a robarles a hombres solos, que buscaban compañía sin importar quién fuera.

No, decididamente para David esas muertes no estaban vinculadas. Descartaba la posibilidad en
forma definitiva. Respondió el mensaje con una sola palabra: “ninguno” y guardó su teléfono en el
bolsillo mientras esperaba que la mujer terminase de declarar y pudiera saber qué había dicho.

“Rosa me propuso un negocio, conocer hombres con plata y una vez que entrara en confianza,
averiguar cómo guardaban sus ahorros y sacárselos. Sonaba fácil y ella dijo que se iba a encargar de la
parte difícil, mi trabajo sería solo conquistarlos, salir con ellos, aparentar una relación y después
desaparecer cuando les robáramos. Al principio tuve mis dudas, porque existía la posibilidad de que me
denunciaran a mí, que solo quedara expuesta yo en este asunto. Rosa me aseguró que no iba a pasar
nada, que los tipos no me iban a denunciar por vergüenza a decir que una mujer les sacó dinero de esa
forma, no querrían quedar como tontos ante sus amigos y además que la denuncia caería en la
dependencia en donde ella trabajaba, que podría eliminarla o destruirla.

Me dio los datos de Roberto, me dijo que era un viejo que tenía mucha plata, que vivía muy bien y que
debía tener ahorros guardados en algún lado de la casa, porque en su cuenta bancaria no había grandes
movimientos, que cobraba su jubilación, que no era tanto como para justificar la forma de vida que
tenía, que seguramente el viejo la guardaba en algún lado. Me acerqué a él, entramos en confianza y no
me costó mucho para que me invitara a salir y tener una relación. Conmigo era muy atento, divertido,
me hacía regalos, íbamos a comer. Después me llevó a la casa, me empecé a quedar a dormir y me dijo
que si quería instalarme, para no estar yendo y viniendo, que a él le parecía bien.

Me instalé con algunas cosas y un día recorrí la casa. No encontré nada, busqué por todos lados, pero
Roberto no tenía cajas fuertes, escondites ni nada que se le pareciera a un lugar en donde guardar plata.
Sólo encontré un archivo en la computadora, me llamó la atención, así que conseguí una tarjeta de
memoria, lo bajé y se lo pasé a Rosa para que averiguara de qué se trataba y si servía para saber en
dónde tenía la plata Roberto.

Tuvimos una discusión muy fuerte, porque ella creía que yo no estaba haciendo lo que habíamos
acordado. Pero después se puso muy rara, no quiso decirme mucho y cuando le pregunté si había
encontrado algo en el archivo, me respondió mal y me dijo que era una inútil, que no la estorbara y que
me ocupara de cumplir con mi parte en el plan, que era ablandar al viejo y que me dijera en donde
guardaba el dinero que tenía.

Pasó un tiempo y me dijo que tenía que darle un punto final al tema, que estábamos perdiendo mucho
tiempo y había que apurar con Roberto para pasar a otro candidato que tenía en vista. Me pidió que la
metiera en la casa cuando él no estuviera, cuando llegó Roberto se escondió y recién apareció cuando
estaba distraído. Lo golpeó, él se desvaneció, lo llevamos a la sala, Rosa le sacó la ropa y lo ató. Cuando
se despertó, él empezó a gritar, Rosa le tapó la boca con la mano, me dijo que fuera a buscar unas
medias al cuarto, lo hice y se las puso en la boca, era para que algún vecino no escuchara los gritos del
viejo cuando ella le pegaba. Quería que le dijera donde guardaba la plata y él no decía ni una palabra. Le
pegó, mucho, creo que Roberto no aguantó demasiado porque era chiquito de cuerpo.

En un momento me pide que le busque algo fuerte para tomar, pero se lo da al viejo, era para ver si
emborrachándolo hablaba. Roberto no respondía, la cabeza le bailaba sobre el pecho. En ese momento
nos damos cuenta de que estaba muerto. Rosa busca algo para envolverlo y meterlo en la camioneta y
le pasa la cinta de embalar para que quede más cómodo transportarlo, usamos una manta para
arrastrarlo, lo subimos a la camioneta y buscamos una pala. No sé bien a donde fuimos, porque
manejaba Rosa. Hicimos un pozo, metimos al viejo y volvimos a la casa. Revolvimos todo, pero nunca
encontramos la fortuna que Rosa decía que tenía.
Nos fuimos porque ella sabía que en algún momento podía llegar algún amigo o familiar de Roberto,
dejamos todo lo más ordenado posible y Rosa me dijo que yo me llevara la camioneta, que la siguiera.
Ella tenía un coche que había alquilado, lo devolvió y después de dejarme en mi casa, se llevó la
camioneta no sé a dónde. Me dijo que si abría la boca me iba a matar, que tuviera cuidado con quién
hablaba y qué decía, y que jamás se me ocurriera involucrarla en la muerte del viejo.

Pasaron unos días y Juliana, mi pareja, me preguntó qué había pasado, que me notaba nerviosa y si
habíamos logrado sacarle algo a él. Yo traté de aguantarme pero en un momento me puse mal, me
desbordé y le conté todo lo que había pasado. Estoy acá declarando porque ella me lo recomendó, me
dijo que la mejor forma de protegerme era hablando y denunciando a Rosa. Ella fue quien mató a
Roberto Tibal.”
Séptima Parte

Los cuerpos desfilaban por la mesa de operaciones de Roberto. Se acostumbró a no pensar en ellos,
en sus vidas, en lo que habían dejado atrás. Se acostumbró a no ver sus rostros, a no sentir emociones
por sus edades, sus aspectos. Irma había tenido razón, para poder realizar esa tarea debía dejar sus
escrúpulos afuera y pensar que eran simples elementos que le habían permitido salir de una situación
difícil. Como cualquiera de sus pacientes. Con la diferencia que a ellos no tenía que curarlos, porque ya
estaban muertos.

Su trabajo era vaciarlos, limpiarlos, dejarlos preparados para que los transporten. Alguien robaba los
cuerpos de algún cementerio, de una morgue. A veces eran pordioseros, prostitutas, otras eran
pequeños que habían muerto en algún basural, víctimas de las sustancias que luego serían introducidas
en sus cuerpos vaciados para ser transportadas. A veces…a veces no quería preguntar cómo habían
conseguido los cuerpos. Eran las veces que elegía apagar el televisor y no leer los diarios por varios días,
hasta que alguna noticia tapara las búsquedas que mostraban los rostros que él veía ahí, fríos,
inmóviles, sin vida, porque alguien aprovechó ese momento de vulnerabilidad para convertir a una
persona en un transporte.

Había acomodado una habitación en su casa como quirófano, detrás de una pared secreta, que jamás
nadie había notado, ya que había una repisa con algunos libros y un par de macetas que disimulaban la
puerta. Nadie sabía qué se escondía detrás. Una escalera que llevaba a un sótano, herméticame nte
cerrado, con paredes y pisos blancos, una mesa de operaciones y todo el instrumental necesario para
realizar las ablaciones. Luego de la muerte de Irma se había acostumbrado a trabajar solo, a tratar los
órganos que se le quitaban a los cuerpos en un incinerador, a limpiar el cuarto para que no quedaran
olores ni restos de nada que permitiera adivinar que en ese lugar ocurría algo extraño. Ellos no
necesitaban que nadie les controlara los signos vitales, no requerían de anestesia. Era un trabajo que
podía hacer solo y no confiaba lo suficiente en nadie como para explicarle qué clase de trabajo tenía
que realizar.
Una pequeña bóveda conservaba algún cuerpo recién asesinado que podrían traer, también
congelaba a los que llevaban algunas horas de muertos y eran extraídos de los cementerios pocas horas
después de haberlos enterrado. Siempre buscaban que fueran gente humilde y que no tuvieran medios
para movilizarse hasta el cementerio, o personas que por la razón que fuera no acudiera todos los días.
Realizaban las exhumaciones entrada la noche, cuando la vigilancia se iba o se quedaba dormida.
Buscaban tumbas alejadas de las garitas de seguridad, y retiraban los cuerpos en alguna camioneta que
dejaban cerca de los paredones. A veces tenían el dato de que algún desposeído o algún anciano sin
familia había muerto en los hospitales y nunca faltaba quien les pasara el dato, dinero mediante, para
retirarlo sin que nadie lo supiera.

Los cuerpos eran vitales para el negocio, ya que nunca nadie sospecharía de ellos ni la forma en que
eran utilizados. Una vez por semana, acudía al aeroclub a buscar las cajas con cocaína que era enviada
desde el norte del país o, incluso, desde la misma capital, a veces en paquetes, otras en cápsulas, que
debía colocar cuidadosamente en las cavidades de los cuerpos.

Jamás nadie sospechó que sus salidas nocturnas no eran sólo para buscar mujeres, sino para traer y
llevar los cuerpos que debía intervenir. Pese a que su cuerpo era pequeño, prefería trabajar solo, por
eso había elegido construir su casa en ese barrio parque, alejado de todos y con pocos vecinos, en
donde la privacidad era un bien preciado. Nadie preguntaba a qué se dedicaban los demás. Pocos sabían
la vida que llevaba el que vivía en la otra cuadra y la discreción era absoluta. Había instalado un
pequeño montacargas en la parte trasera, cerca de la cocina, por donde hacía bajar los cuerpos hasta el
sótano. Si alguien le preguntaba, era una forma cómoda de almacenar provisiones, ya que el mercado
más cercano estaba a más de cinco kilómetros.

El doctor Pérez se había encontrado con un problema: los scanners de las aduanas podrían detectar
la presencia de los cuerpos y eso hacía que la droga pudiera traficarse de esta forma sólo dentro del
país. Roberto había desarrollado un método que le había valido el reconocimiento de los jefes narcos y
mucho dinero. Para poder camuflar mejor los cuerpos era necesario quitar las manos, los pies y todas
las piezas dentales, dejar el organismo lo más limpio posible y así, en medio de otros productos de
origen orgánico, como por ejemplo el pescado, era más fácil transportar la droga hacia otros destinos.

El primer embarque fue una prueba vital, que se superó con éxito. Un empresario que disimulaba en
la industria pesquera su verdadera fuente de ingresos fue el que se arriesgó a realizar el primer
embarque. Usaron tres cadáveres, mutilados, vaciados, llenos de cápsulas de cocaína de máxima pureza.
La jugada era a cara o cruz. Si los descubrían, caían todos y era más que evidente que iban a revelar
quién había trabajado los cuerpos. Si el embarque llegaba a destino, sería una buena ruta para explotar
y ganar más dinero.

El barco llegó a destino y la carga completa fue repartida por Europa. Una puerta enorme se abría
para el negocio y todos podrían ganar mucho más. El transporte de congelados era óptimo ya que para
abrir el contenedor y revisar los bloques de hielo hacía falta una orden judicial y ningún juez se
arriesgaría a hacer el ridículo si no estaba absolutamente seguro de que había drogas en el envío. Correr
el riesgo de descongelar la carga y no encontrar nada sería el ridículo, además de ganarse demandas por
persecución de los empresarios involucrados. El sistema estaba aceitado y funcionaba.

Aquélla noche Analía había salido. Roberto le había dado dinero y le había dicho que fuera a
comprarse ropa y lo que necesitara. Él había aprovechado su ausencia para organizar su trabajo, ya que
cuando “operaba” no quería que nadie estuviera rondando por la casa. Le habían avisado de un cuerpo.
Envió un mensaje a Analía que iba a comprar unas provisiones y salió a buscarlo.

Horas más tarde, al volver, notó a Analía algo nerviosa. Se acercó para besarl a, fue a servirse un trago
y de repente sintió un golpe en la cabeza. Cuando volvió en sí, estaba atado, en ropa interior y una
mujer que desconocía lo insultaba mientras le decía que dijera en donde guardaba el dinero. Tenía algo
en la boca, como trapos, que le impedían hablar. Cada tanto la mujer se los quitaba, pero estaba tan
débil que no tenía fuerzas para articular palabras.

Analía miraba desde un rincón, asustada, llorisqueando. Roberto no comprendía por qué ella no hacía
algo con esa mujer, por qué no huía y pedía ayuda, o le daba un buen golpe cuando le daba la espalda
durante los interrogatorios. De pronto comprendió todo, eran cómplices. La mujer caminó hacia donde
estaba Analía.
-Si hubieras hecho bien tu trabajo, no estaríamos haciendo esto, ¡puta!- la zamarreaba por los brazos-
¡dejá de llorar y hacé algo para que el viejo hable!

Roberto miró a su amante intentando comprender. Era una viuda negra, buscaban robarle su dinero.
Si Analía le hubiera dicho, si le hubiera pedido, él le habría dado todo. ¿Hacía falta esta situación?
¿Llegar a esto? Si por un poco de compañía y falso cariño él la hubiera consentido en todos sus
caprichos sin pedirle explicaciones. ¿Por qué, Analía, por qué?

La mujer volvió a acercarse.

-¿Y? ¿Me vas a decir donde tenés la guita?

Roberto la miró a los ojos. Su vida estaba en manos de esa mujer. Si respondía que sí, luego de
confesar donde estaba el dinero y de ella verificarlo, lo más probable era que lo matara. Sólo estiraría la
agonía un par de horas más. Sabía cómo se manejaban estos asuntos, porque había visto a varios morir
en situaciones parecidas.

Movió la cabeza en forma negativa. Sabía lo que eso le acarrearía. Pero ya no le importaba nada.
Había vivido lo suficiente y quizás este momento era el purgatorio por sus pecados. En algún momento
había guardado sus escrúpulos en un rincón profundo y los había dejado bien encerrados para que no lo
molestasen. En definitiva se trataba de cuerpos que ya estaban muertos y él era un hombre de ciencias
que trataba con una materia sin vida. Pero de repente se le ocurrió que esa era la forma en que el
destino le cobraría cada uno de los delitos que cometió. Iba a morir y lo tenía asumido.

La mujer gruñó y le metió un puñetazo en el pecho que le quitó el aire. Un segundo puñetazo le dio
en el estómago. Cayó de la silla en donde estaba y sólo vio a Analía, que miraba desde su rincón la
escena sin intervenir. Cerró los ojos y no volvió a contar los golpes que recibió hasta que una profunda
oscuridad lo venció y no sintió más dolor.
3

Deshacerse del cadáver fue fácil. Soportar el malhumor de Rosa durante todo el trayecto y mientras
cavaban el pozo, no. Analía condujo la camioneta, con el cuerpo de Roberto, siguiendo a Rosa, que
manejaba el coche que había alquilado, y la llevaba por un camino secundario. Pararon en un recodo,
Rosa le indicó que pusiera la camioneta de culata y así cavar sin ser vistas. Una vez que el pozo tuvo una
cierta profundidad, colocaron el cuerpo.

Volvieron a la casa de Roberto, revolvieron todo, buscaron por todas partes. Rosa, aprovechando
que nadie podía escucharla, insultaba a cada paso que daba, cada vez que terminaba de revisar un cajón
y no encontraba nada.

-Mierda, ¿Dónde carajos guarda la plata este viejo hijo de puta?

Llamó a Analía casi a los gritos.

-Hay que acomodar todo y tenemos que irnos antes de que aparezca la policía. Dale, movete!

Analía no tenía voluntad para contradecirla. Sabía que Rosa era violenta, pero nunca se había
enterado que matara a alguien. Tampoco nunca había visto morir a una persona de semejante forma. El
cuerpo de Roberto había quedado reducido a un paquete envuelto en una manta, atado con cintas y
amordazado con las medias enrolladas en su boca. Nada quedaba de aquél hombre gentil, uno de los
pocos que la había tratado bien.

-Te vas en la camioneta hasta tu casa. Yo te voy a seguir. Dejo el auto y me llevo la camioneta para
deshacerme de ella.
Condujeron en la oscuridad. Analía lloraba aprovechando que iba sola, sin saber qué pasaría a partir
de ahora. Habían matado a un hombre. Ella no, pero había estado ahí, era cómplice de la otra, que
siempre había ejercido el poder que le daba ser miembro de la policía. ¿Quién le creería a ella?

Al bajarse de los vehículos, Rosa se le acercó.

-Ahora te vas a tu departamento mugroso y te quedás ahí guardada hasta que yo te diga.

Analía solo asentía con la cabeza.

-Dejá de llorar, no le digas nada ni a Juliana, si te pregunta, le decís que se nos cayó el plan, que el viejo
no tenía un puto peso. Y mucho cuidado con abrir la boca sobre lo que pasó hoy, ni se te ocurra contar
nada, porque sos mujer muerta. Vos y tu amiga. ¿Está claro?

Analía movió nuevamente la cabeza en forma afirmativa. No podía articular palabra. Tomó su bolso y
caminó hacia la escalera que la conducía a su casa.

-Secate esas lágrimas, recomponete un poco antes de entrar, que la otra va a bombardearte a preguntas
y no quiero más quilombos.

Analía no quería escuchar más a Rosa. Quería irse, lejos, estar sola, en silencio, acallar un poco su
cerebro que pensaba en mil cosas a la vez. Le dio la espalda y caminó hacia su casa. La voz de Rosa sonó
a sus espaldas:

-Acordate de que si abrís la boca, vos y tu mujer se mueren.

Esa fue la última vez que escuchó la voz de esa mujer.


4

José y Ana habían dejado una impresión muy profunda en la fiscal Alejandra Correa. Sus miradas
profundas se le quedaron grabadas a fuego con una sola pregunta que ella no podía responder: por qué
y quién había hecho semejante aberración con el cuerpo de su hijito.

Ellos no querían venganza, querían respuestas. Eran dos humildes quinteros, que toda su vida se
habían dedicado a trabajar para vivir con un poco de dignidad. No comprendían que alguien pudiera
ensañarse de tal forma con un niño inocente, con un ser tan frágil, con un angelito que no había tenido
tiempo de aprender qué era la maldad.

Se había prometido a sí misma llegar al fondo de ese caso, hasta las últimas consecuencias y darles
las respuestas a estos padres que en poco tiempo habían tenido que enterrar dos veces al mismo hijo.
La teoría de la venganza estaba casi desestimada, porque la pareja no tenía enemigos. Eran muy
queridos en la comunidad, jamás habían tenido un problema con nadie, ni se habían visto envueltos en
ningún escándalo. Tenía dos caminos: que se tratara de algún ritual practicado por alguna secta o el
robo de cuerpos con fines científicos. La segunda hipótesis casi que no la evaluaba, ya que para la
investigación médica se utilizaban cuerpos de mendigos o personas que autorizaban su uso en vida.

Le quedaba pensar en algún rito, pero jamás en ningún caso había visto semejante aberración.
Buscaba en la web información para tratar de comprender cómo podían hacer algo semejante. Lo que
encontraba no la convencía. No era parecido a lo que había visto en ese bebé ni por remota casualidad.

Se había quedado sola en la oficina, aprovechaba cuando el personal se iba para investigar tranquila
ese caso que tanto la había impactado. El sonido del teléfono la distrajo. Atendió maquinalmente, como
si fuera su secretaria.

-Fiscalía de Alejandra Correa.

La voz del otro lado era mecánica, como deformada, pero contundente.
-Sabemos que sos vos, estás sola, en tu oficina en este momento no hay nadie, ya no queda ni el
personal de limpieza en ese edificio.

Alejandra se levantó como impulsada por un resorte.

-¿Quién es?

-No importa, sólo tenés que saber que hasta acá llegaste.

-No entiendo.

-El caso del chico, no muevas un dedo más. Olvidate, llegaste hasta donde tenías que llegar, hasta donde
te dejamos llegar. Si vas más allá, sabemos que tenés dos hijas muy bonitas a las que les puede pasar lo
mismo que al pibito.

-Estás hablando con una fiscal, hijo de puta, voy a averiguar quién sos.

Una risotada sonó del otro lado de la línea.

-¿Vos pensas que no sabemos que tenés tus líneas intervenidas? ¿Pensás que esta es mi verdadera voz?
Dejate de joder, andá a tu casa y cuidá a tus hijas, olvidate del nene, olvidate de los padres. Llegaste
demasiado lejos, pero no quedaba otra, hubo demasiado ruido por ese hallazgo. Un infortunio. Pero ya
está solucionado. Olvidate de seguir con la investigación.

Alejandra quiso seguir hablando, para tratar de averiguar algo más, que pista o dato podía aportarle
esta persona que la amenazaba. En ese momento ingresó un mail a su teléfono, con una dirección de
correo que no conocía. Era una foto de sus hijas, en su casa, jugando con el perro.
-Sabemos todos sus movimientos.- dijo la voz metálica- no las arriesgues.

La comunicación se cortó. Al día siguiente pidió a un agente de su confianza que investigara la


procedencia de esa llamada. El resultado, algunos días después, fue que su teléfono no había registrado
ninguna llamada esa tarde y la dirección de correo era imposible de localizar.

Rosa devolvió el coche alquilado a la agencia y se llevó la camioneta. Tenía que deshacerse de ese
vehículo y no dejar huellas, alejar cualquier pista sobre su intervención en la muerte de Roberto y, sobre
todo, asegurarse de que ninguna de las dos mujeres hablaría ante la policía. Sabía que Analía era una
cobarde, fácil de manipular, pero Juliana era más difícil, mas desconfiada y era de la que tenía que
cuidarse.

Decidió sacar la camioneta de la ciudad. Aprovechó la noche, para no ser captada por las cámaras de
seguridad de las avenidas, y se dirigió a una localidad cercana. Había puesto algo de calefacción, porque
el frío del campo en donde habían llevado el cuerpo de Roberto se le había metido en los huesos. Sentía
un olor raro, apagó la calefacción y bajó algo la ventanilla. Ese olor no podía ser del cuerpo de Roberto,
no había tenido tiempo de descomponerse. Volvió a subir la ventanilla, porque el frío se le hacía
insoportable. Pero el olor también.

Había hecho un recorrido bastante largo. Había decidido abandonar el vehículo en un paraje bien
alejado, para que nadie lo descubriera o lo hallaran lo más tarde posible. Se detuvo en la ruta que la
llevaba a un poblado pequeño, en otra ciudad, y bajó a revisar el baúl. Encendió una linterna. En un
rincón había una bolsa de residuos, negra, que no había notado ante s. La acercó y la abrió. Un olor
apestoso la hizo dar una arcada. Se alejó a vomitar sobre los pastizales. ¿Qué había en esa bolsa?

Buscó un pañuelo en su bolsillo y se lo puso alrededor de la boca para poder ver qué había en la
bolsa. Tomó la linterna e iluminó el interior. No comprendía bien qué era hasta que descubrió por la
piel que se trataba de un cuerpo humano. Por el tamaño, el de un niño.
Tomó la bolsa, caminó por el borde de un arroyo varios metros, se alejó lo más que pudo y arrojó el
cuerpito al agua. Tiró la bolsa en otro lado, volvió a donde estaba la camioneta, bajó el baúl y subió.
Decidió que ese no era ya un buen lugar para dejarla. Y volvió a la ciudad, pensando en cómo
deshacerse del vehículo sin que nadie sospeche de ella.

David acomodó sus cosas en su escritorio, previo paso por la cocina en donde se preparó un café
humeante y aromático. Se sentó, encendió la computadora y esperó mientras sorbía placenteramente la
bebida. Abrió un cajón y tomó un paquete del que sacó una porción de chocolate. Lo saboreó como si
fuera el último placer sobre la tierra. Buscó en la pantalla un archivo llamado “cardiólogo”, leyó algunas
cosas que había guardado en él, enlaces, notas, acotaciones propias.

Volvió a tomar su taza y mientras disfrutaba de la fragancia del café, cerró el archivo y lo guardó en
una carpeta que se llamaba “casos resueltos”. Todo el misterio se había develado: una banda de viudas
negras que solo querían desplumar a tipos de buen pasar, con la diferencia que a estas se les había ido
la mano.

Comió otro trozo de chocolate, en compensación por los días que estuvo corriendo de aquí para allá,
de madrugada, con frío, buscando información y datos que aclararan el caso. Apagó la computadora y
decidió relajarse como premio a su esfuerzo.

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El comisario Ramírez había recibido una llamada de la oficina de la fiscal. El caso había sido
esclarecido y cerrado. Ya no era necesario que Juan siguiera hospedado en el pequeño hotel del pueblo
y sólo se pagarían sus gastos hasta esa fecha. Todo había quedado caratulado como “robo de cadáver”.
Se había averiguado quien era la criatura, se habían comunicado con los familiares y tras todos los
procedimientos correspondientes, se había vuelto a realizar el entierro.

Ramírez permanecía adentro de su auto, con las manos en el volante, la cabeza baja, intentando
creer que todo eso que le dijeron era verdad. Pero debía acatar las órdenes de la fiscalía y ya no debía
investigar nada. Por más que no le cerrara ninguna de las razones que le habían dicho.

En la casa había luces encendidas. Era el cumpleaños de su esposa y se habían juntado algunos
familiares para la cena. Tomó un paquete envuelto para regalo que había comprado y bajó del coche. Al
abrir la puerta lo recibió uno de sus sobrinos, un pequeñito de apenas dos años, que se reía a carcajadas
porque su tío lo perseguía. Ramírez sonrió, se agachó para quedar a la altura del niño y lo abrazó
fuertemente. No pudo pensar en Martín y lloró por primera vez en muchos años.

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Alejandra entró a su casa, abrazó a sus hijas y lloró. A la mañana siguiente, en su oficina, tomó una
carpeta, la abrió, leyó los distintos folios, miró las fotos y llamó a su asistente. Le dio la carpeta y le dijo:

-Archivá la causa. Poné que fue un robo de cadáveres. Es una contravención, y no creo que sepamos
nunca quien fue.

Al quedarse sola, tomó el retrato de las niñas y lo acarició. Rezó en voz baja y le pidió perdón a Martín,
por haberle mentido a sus padres.

Rosa aprovechó su día libre para relajarse y pensar en otras cosas. Había que organizar una nueva
víctima a quien desplumar, pero también debía esperar a que Analía se tranquilizara para convencerla
de que no sucedería lo mismo. También tenía que volver a su trabajo y ver qué pasaba con la
investigación después del hallazgo del cuerpo del médico. Los noticieros decían que no se sabía nada.
Ella se frotaba las manos satisfecha por el buen trabajo que había realizado. Nadie, nunca, la descubriría
y la pusilánime de Analía jamás la delataría.

Volvió a la comisaría en donde realizaba sus tareas. Entró como siempre, con la cabeza alta y una
sonrisa soberbia, porque sus subalternos le tenían algo de miedo por esos modales brus cos que ella
acostumbraba tener. La dependencia policial era su reino.

Entró a su despacho y se encontró con dos oficiales de asuntos internos que la esperaban. Se
levantaron al verla.

-¿Rosa Martínez?

-Soy yo, ¿en qué puedo servirles?

-Queda detenida por el asesinato del doctor Roberto Tibal.

La noche era perfecta. Las estrellas brillaban en la oscuridad del campo, que se extendía a lo lejos sin
que las luces de la ciudad las opacara. Algunos grillos o el canto de las aves nocturnas rompían el
silencio, junto con el susurro del arroyo que corría entre los juncos y los pastos que lo rodeaban, hasta
su llegada al mar.

El olor atrajo a los perros que se escondían en el monte, que eran salvajes y nunca habían logrado
adaptarse a la vida doméstica. Se alimentaban de animales muertos, enfermos o cazaban algún ratón o
liebre que se acercara lo suficiente como para no escapar de su zarpazo. La presa estaba cerca del borde
del arroyo, atascada entre los cabos de las plantas. No fue difícil para ellos quitarla de allí y arrastrarla
hasta más lejos, para poder tener su festín. Era algo más grande que una liebre.
Varios perros comenzaron a pelearse entre ellos, se gruñían y no se dejaban comer. Todos querían
llevarse la presa, todos tenían hambre. Un ruido metálico los espantó un poco. Era un hombre que
acababa de dejar su bicicleta sobre la ruta y se acercaba. Los espantaba, no quería que pelearan, que se
lastimaran. Era el hombre que, de vez en cuando, les tiraba algunos trozos de pan cuando pasaba por la
ruta.

-Mierda que esto apesta. ¿Qué están comiendo? Ya les reparto, así no se lastiman.

Los perros huyeron cuando el hombre usó un encendedor para ver en medio de tanta oscuridad. Su
tono de voz cambió cuando pudo ver qué era la presa por la que los perros peleaban.

-Carajo, pero si es un chico, ¿ustedes mataron a un nene? Angelito de Dios.

Lleno de dudas, el hombre volvió a la ruta, tomó su bicicleta y rezó por que los perros no terminaran
de comerse el cuerpito mutilado antes de que lograra traer a la policía. No quería irse, pero tampoco
podía quedarse y encima no pasaba ni un solo auto para pedirle que lo acerque al pueblo o que le avise
a la policía mientras él se quedaba para espantar a los animales y que no lastimaran lo que quedaba.

Juan pedaleó con todas sus fuerzas los kilómetros que lo separaban del pueblo en donde estaba el
destacamento policial más cercano, esperando que le crean que los perros se estaban comiendo a un
chiquito muerto.

Fin.