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MISERIAS DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA (12)

LOS “MILITARES” BOLIVARIANOS. Durante los gobiernos de Acción Democrática y Copei


los militares, gozaron del aprecia general como institución creíble y seria, altamente
profesional, garante de la democracia por su carácter apolítico y no deliberante. El
Congreso de la República decidía el ascenso a los grados superiores según las reglas de
evaluación de las respectivas ramas castrenses, y la Contraloría General de la República
investigaba los casos de corrupción, algunos tan notorios que tres ministros de la Defensa
huyeron al exterior. A la opinión pública, empero, llegaba la mejor cara de la institución,
hermética por esencia, que en su intimidad mantenía vestigios del pasado protagonismo
histórico, y de cierto resabio de superioridad moral frente al mundo civil, al cual estaba
supeditada. No es extraño que muchos de sus miembros mantuvieran vivo el germen de
la conspiración, lo que obligó a los gobiernos a ejercer cierto control al Ejército, la
Armada, la Aviación, y a la Guardia Nacional, con la selección de la oficialidad de alto
rango para asegurar su vocación institucionalista. Sin embargo los mecanismo se
aflojaron con el tiempo, circunstancia aprovechada por los conspiradores enquistados en
las academias militares y hasta en el Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional,
quienes inspirados en el marxismo, el nacionalismo árabe y en el fascismo populista de
Juan Domingo Perón, se creían el cuento del “destino manifiesto” para redimir a la
sociedad venezolana hambreada de nuevo liderazgo ante al “fracaso” del bipartidismo.
En la tramoya de los dos intentos de golpe contra Carlos Andrés Pérez estaban en cuclillas
algunos generales, y cuidado si el Ministro de la Defensa, no se hacía el “paisa” ante los
“ruidos de sable”. Muchos venezolanos ignaros de las aventuras militares brasileñas,
peruanas y del Cono Sur, que habían arruinado la economía, instalado la corrupción como
su divisa, encarcelado o desaparecido a sus enemigos y amordazado la prensa, creyeron
ver en las Fuerzas Armadas la reserva moral suficiente para salir de la crisis institucional y
económica desatada luego de la defenestración de Carlos Andrés Pérez. Fue cuando entró
en escena de esa ópera bufa trastocada en maldición gitana, el golpista Hugo Chávez. Tres
o cuatro días después de asumir el cargo presidencial, promovió a una treintena de
oficiales cuyos ascensos había negado el Congreso Nacional. La nueva constitución,
tristemente llamada “bolivariana”, a la que nos aferramos hoy como tabla de salvación, le
concedió a los propios militares – o mejor – al mismo Chávez, el mecanismo endógeno de
ascensos a los grados superiores. Como sucedió a la realeza europea, que de tanto
casarse entre ellos, tuvieron tal cual hijo bobalicón, (ahí tienen al Carlos de Inglaterra
fotografiándose con los jerarcas cubanos), con la revolución chavista le llegó la hora a los
oficiales barrigudos de corto léxico, últimos de su promoción y de espuelas largas. Para
rematar la faena, Chávez cambió todas las leyes y creó una contraloría de militares, algo
así como, una “tibisaylucena” uniformada para investigar la corrupción de los mismos
camaradas. De ñapa, con la ayuda de un fascista renegado argentino, inventó la “alianza
cívico-militar”; y puso la guinda al pastel ensamblando un “ejército” de la tercera edad,
llamado “la milicia”. Lo que siguió después es sufrimiento en grado de madurez: el “cartel
de los soles”, joya de la corona madurista; las dieciséis o más (¿quién lo sabe?) empresas
de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana dedicadas al negocio petrolero y aurífero (el
lomito), los metales estratégicos, la comercialización de alimentos, medicinas, vehículos,
cauchos, papel, publicaciones, ropa, y un largo etc. Todavía hay quienes esperan que los
uniformados le quiten el apoyo a maduro. No. maduro es el histrión de los militares y lo
tiene ahí porque “sabe” hablar en público, no teme al ridículo cuando responde a los
periodistas y es capaz de hablar inglés sin saber pronunciarlo. Esa gente es más temible
aún de lo imaginable, por estar aconchabada con el hampa común para quien el juego es
ganar-ganar o morir. Venezuela es una cárcel custodiada por militares chavistas. El
mundo los contempla… y como aparece en el Apocalipsis de San Juan, al final el bien
triunfará sobre el mal. En eso creo y nadie me convence de lo contrario.

la Iglesia católica, el empresariado, los gremios profesionales, los partidos de tendencia


socialdemócrata y socialcristiana (AD y Copei), con sus gremios profesionales, sindicatos e
intelectuales convivieron, no me atrevería a decir que “pacíficamente” pero si con
decoroso respeto, en mantener el “control” dentro del régimen de libertades al que
todos contribuido a cimentar. El papa Juan Pablo II, como motivo de su primera visita a
Venezuela, los llamó “constructores de la sociedad” y los exhortó a contribuir con lo mejor
de sí precisamente en aquellos años cuando empezaban a notarse los agujeros en el
casco del barco de la República. Los sectores de izquierda, agazapados en las
universidades nacionales, en algunos medios de comunicación, y entre escritores, artistas
e intelectuales, al no coincidir ideológicamente con el establishment, señalaron los
errores y denunciaron los delitos. No digo que fueron los únicos, que todos actuaron
rectamente, que nadie sufrió cárcel o exilio por conspirador, y menos que la justicia
pudiera “lanzar la primera piedra”, como dice la Sagrada Escritura. Ni los integrantes de
una orquesta o de un equipo de futbol dirigidos por su respectivo dudamel están exentos
de error. Ahí están los militares;