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Santiago, 10 de junio 2012

Nervio Óptico, diario Las últimas noticias

MENTIRAS TEMPORALES

Vicente Montañés

Alguien ha dicho –un escritor, o más de uno– que el pasado es un país extranjero.
Otros hay que replican: la verdadera patria del que piensa y luego escribe es la memoria.
El tiempo se manifiesta como un problema fronterizo que juega con nuestra identidad, una
especie de aduana engañosa. También a pequeña escala: yo mismo, a los diez años, no
podía conciliar el sueño dilucidando un enigma: ¿ir al colegio por la mañana era una
excursión amarga hacia el mundo exterior, o el único espacio-tiempo “real” estaba en la
sala de clases y mi habitación no era más que un dulce exilio? Esto suena confuso o inútil,
pero qué se le va a hacer.
El pasado lunes, en este mismo rincón, reflexionaba Roberto Merino sobre el
transcurso de los últimos treinta años, y decía que, puesto a escoger, prefería la ciudad de
hoy al Santiago de 1982, año en que el Mapocho se desbordó durante días y Caszely
perdió su penal mundialero en España. Daba a entender que esos sucesos espectaculares
apenas si atenuaban una suerte de pasmo o aburrimiento generalizado. Es una opinión
quién sabe si optimista.
Lo que es yo, salgo a la calle y la ciudad actual me parece inhóspita y petulante. Será
que en estos treinta años, como decía también Merino, algunos hemos envejecido, lo que
significa estar más endurecido de cabeza y, a la vez, más vulnerable. En la vía pública me
abruma no sólo la reverberación de los malos aires, sino también la voraz saturación de
los espacios y, cómo no, del tiempo: edificios hipertrofiados, vehículos que raspan las
veredas, individuos que caminan mordiendo sus celulares mientras miran el mundo de
reojo. Tal vez sea la forma física de un estado de ánimo angustioso, exigido por una
velocidad constante, invasiva, codiciosa, sin horarios.
Las cosas son relativas o paradójicas: para huir de los agobios de la modernidad me
zambullo en Internet, invento del que muchas veces abomino por razones personales. Doy
con una página de hace un año y medio: leo allí que el periodista español Arcadi Espada
ha relatado, en una columna, que el novelista Javier Cercas (el conocido autor de
Soldados de Salamina) fue detenido en una redada contra ciertas redes de prostitución.
Cercas nunca estuvo allí: la falsa noticia era un invento de Espada para mostrarle al
propio Cercas que no es lícito poner elementos de ficción en un texto de prensa. Es que
los dos venían discutiendo ácidamente sobre las contaminaciones mutuas, deseables o
indeseables, entre periodismo y ficción. Todo por un tal Rico, fumador tenaz que, en otra
columna, parecía afirmar que él nunca fumó. ¿Era un mentiroso? ¿Es “periodismo” una
columna de opinión?
No sé si yo me aburría en 1982. Creo que sí y no: por una parte, padecía diversos
delirios sentimentales, y por otra nos animaba la idea de que, una vez acabada la dictadura
(no sabíamos cómo), podríamos reinventarlo todo. Mientras tanto, nada definitivo era
posible. En fin, eran ideas ilusorias e insuficientes. Si lo pienso dos veces, ese año de
1982 se me aparece ahora no sólo como una época contradictoria, sino derechamente
inverificable: tan sólo queda recrearla en la escritura, esa ficción que ya no sabemos bien
en qué consiste.