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PSICOLOGÍA COGNITIVA CONTEMPORÁNEA: LÍNEAS DE

INVESTIGACIÓN E INTERDISCIPINARIEDAD

Liliana Chaves Castaño


Magíster en psicología
Línea de estudios clínicos
Universidad de San Buenaventura

APROXIMACIÓN INICIAL

La psicología como discurso requiere de precisiones y actualizaciones

permanentes, las cuales permiten que el saber fundamentado desde la lógica o

desde lo empírico alcance cada vez más, aquellas dimensiones comprensivas de lo

humano. En este escrito se pretende justamente reubicar el saber psicológico en

el contexto actual de desarrollo teórico, y, sin que se pierdan sus límites, la

psicología se adentre en la biología (biopsicología), en la cultura (redes neurales y

teoría de los memes) y en el proceso de salud-enfermedad (psicología de la salud

y psioneuroinmunología).

Este breve abordaje, no pretende ser exhaustivo, pero si busca poner de

manifiesto la necesidad que tiene la psicología de incursionar en aquellos saberes

que rodean lo humano y allí, se requiere de amplitud e investigación en las esferas

que conforman lo psicológico, es decir, lo biológico y lo cultural (Rivière, 1988).


Cuando señalo que no se deben perder los límites, hago referencia a rememorar

que en aquel intento interdisciplinar, la psicología muchas veces ha caído en una

perspectiva biologicista donde lo psicológico pierde su horizonte, y por ello se han

desarrollado modelos tan fisiológicos de los procesos mentales que la intervención

que surge es necesariamente farmacológica (Solomon, 2000). Otras veces, la

teorización de la psicología sobre aspectos culturales, ha fomentado la producción

documental tendiente a recuentos antropológicos que dejan lo psicológico por

fuera del análisis, así, aquellos factores que demarca la cultura terminan por anular

cualquier posibilidad subjetiva en la construcción de las creencias y estructuras

sociales (Rodríguez, 1994). En este sentido, los límites y la perspectiva psicológica

debe acompañar cualquier concepto o idea que se asocie a lo biológico o a lo

cultural, pues en la actualidad, los grupos de investigación trabajan conjuntamente

para comprender e intervenir sobre la salud o la enfermedad. Por lo tanto, no es

extraño encontrar nombres compuestos que reflejan esta necesidad

interdisciplinar, por ejemplo, uno de los más conocidos es el de neuropsicología,

pero además se han consolidado otros sistemas de conocimiento multidimensional

como la psicoantropología, la psiconeuroinmunología, la biopsicología, la

psiconeurolingüística, entre otras.

Ante este panorama de nombres compuestos, no sólo se interpone el lugar de la

bondad interdisciplinar, que en un proceso conjunto, las disciplinas aunadas, tratan

de construir metateorías que abran las esferas de comprensión de un sujeto,


grupo o cultura, además, subyace y a la vez se pone de relieve un aspecto que

toca lo epistemológico, y es el problema introducido por el pensamiento lógico

positivista. Sin pretender polemizar alrededor de este tema y por no ser el objeto

de este escrito, sólo queda por nombrar que esta línea de pensamiento lógico

positivista atomizó el conocimiento y en su afán de progreso la súper-

especialización logró resquebrajar la mirada multidimensional de la teoría y la

intervención, por lo menos, en lo que concierne a la psicología.

Centrando nuevamente el foco del tema que me propongo delimitar, en esta

aproximación inicial busco plantear que las ciencias cognitivas incluyen diversas

disciplinas encaminadas a comprender la mente, su funcionamiento, estructura,

origen, desarrollo y relación con las esferas cerebrales y culturales (JohnsonLaird,

1983; Gardner, 1988; Dennett y Dawkins, 1995). De esta manera, las primeras

conceptualizaciones de la mente provenientes de las ciencias cognitivas incluyeron

la comprensión del procesamiento de la información y el funcionamiento de

procesos mentales como atención, memoria, comprensión, lenguaje, aprendizaje,

entre otros (De Vega, 1988). Sin embargo, las limitaciones del modelo en torno a

la experiencia subjetiva (conciencia) y las emociones, aceleró del desarrollo de

otros modelos teóricos que han tratado de destacar la importancia que juega el

cerebro en la cognición humana. Por ello, la psicología ya no opera bajo la

metáfora del ordenador, sino que al modelo subyace la metáfora del cerebro

(Bruner, 1991). Así, los procesos mentales pueden ser comprendidos desde el
procesamiento en paralelo y da cabida a la tecnología implementada al interior de

las neurociencias. Dicha tecnología se basa fundamentalmente en la neuroimagen

y así, la medición de la actividad cerebral puede ser más precisa cuando las

personas realizan tareas cognitivas. Pero la tendencia actual de la psicología

cognitiva en el campo teórico e investigativo, se interesa también por la actividad

cotidiana del ser humano, es decir, las representaciones de situaciones y episodios,

de rituales y creencias, las cuales están arraigadas en la cultura donde lo

psicológico se mantiene casi intacto, reproduce, recrea y rememora episodios que

no hacen parte de la historia personal sino de la historia del ser humano insertado

en la cultura (Blachmore, 2000).

Para centrar este abordaje se describe el propósito y los alcances de la

biopsicología, las redes nuerales y la teoría de los memes como elementos que

conjugan lo biológico, lo psicológico y lo cultural. Posteriormente, se retoman

aspectos centrales de la teoría de la mente como un constructo que centra el papel

de la psicología en el desarrollo filogenético, ontogenético y fisiogenético,

comprendiendo el lugar dinámico de la representación mental en el proceso de

salud y enfermedad, así como en la construcción del conocimiento. Para terminar

se enuncian las líneas relevantes en la psicología de la salud desde los aportes

hechos por la psiconeuroinmunología.


LA BIOPSICOLOGÍA

La visión de la biopsicología es bastante amplia, pero en un esfuerzo de síntesis

puede decirse que se trata de una mirada al interior de la psicología cognitiva y un

prospecto de su desarrollo futuro. Para tal fin, la investigación en el área centra su

interés en la biopsicología como un constructo teórico que permite la comprensión

de la conciencia y el comportamiento. Autores como Ader, Felten y Cohen (2000)

señalan que se debe tener en cuenta tres procesos históricos: la filogenia, la

ontogenia y la fisiogenia, pues han sido los contextos en los que se ha cimentado

la evolución. Además, dirigen la atención a la importancia que tienen las redes

neurales en la comprensión del comportamiento y la conciencia (Dawkins, 1998).

Cuando Martínez y Santiago (2001) articulan y argumentan esta propuesta

enfatizan en que el fundamento científico que facilita este desarrollo teórico es la

biopsicología, y que las redes neurales no pueden ser sólo explicadas por los genes

(biología), sino por los memes (biopsicologíacultural). El panorama prospectivo es

interesante y prometedor, pues los autores plantean que los conocimientos

genéticos han abierto la posibilidad de diseñar terapias dirigidas hacia la

prevención de la psicopatología, no sólo desde la manipulación genética, sino

desde la modificación de las creencias y reacciones emocionales, factores

absolutamente implicados en las vías cerebrales, hormonales e inmunitarias.

El estudio de los genes - memes sin descuidar el aprendizaje, se configura en un

sistema integrado de investigaciones sobre la genética cultural. Dennett (1995),


afirma que la conciencia está compuesta de replicadores simples de rituales y

creencias culturales. La idea es que ciertas creencias que han sido funcionales se

han de copiar y transmitir de una generación a otra, es decir, lo que permite la

supervivencia de una especie es que gracias al aprendizaje de comportamientos

funcionales logre superar condiciones que le son perjudiciales. En este contexto

resulta muy sugerente la teoría de la difusión de las ideas o memética, puesto que

ella muestra cómo son transmitidos los memes de una persona a otra. Los memes

como constructos teóricos también están basados en la teoría de la evolución

darwiniana y por ello las interconexiones neuronales que no sirven o que no se

utilizan tienden a desaparecer (Rojas Hernández, 1998; JonhsonLaird, 1998). Es

posible también, que determinadas condiciones produzcan modificaciones en la red

neuronal y que lleven a la desaparición de algunas de las interconexiones poco

utilizadas. La teoría de los memes también señala que el aprendizaje de una

determinada habilidad o conocimiento será, con el paso del tiempo, parte del

bagaje que se transmite por vía genética de una generación a otra (Dawkins,

1979).

Un elemento importante derivado de la teoría de los memes es la metáfora del

cerebro (conexionismo) y tiene que ver con la capacidad de procesamiento

cerebral (Searle, 1980, 1991; Trevarthen, 1998). En este sentido, los resultados de

muchos desarrollos en neurociencias han mostrado que la plasticidad del cerebro,

es decir, su capacidad para amoldarse a distintas situaciones permiten la


posibilidad de adaptación a múltiples circunstancias. La teoría de la plasticidad

fenotípica de la conciencia respalda la afirmación de que si bien la conciencia viene

al mundo equipada con una especie de hardware neuronal (ciertas interconexiones

neuronales innatas), ella está preparada par el cambio gracias a que cuenta

también con la posibilidad de cambiar y generar nuevas interconexiones de

acuerdo a sus necesidades. Las interconexiones neuronales pueden modificarse de

acuerdo a las nuevas situaciones a las que se enfrente un individuo (aprendizaje),

variando con ello el panorama cerebral con se nace (Trevarthen, 1998).

Además, los desarrollos de la ciencia cognitiva que muestran la plasticidad del

cerebro, han llevado a desarrollar metodologías para lograr dichos cambios

cognitivos a edades avanzadas (Trevarthen, 1992). Si bien es importante tomar en

cuenta que la plasticidad neuronal continúa a lo largo de toda la vida, resulta

fundamental resaltar que dicha plasticidad es mucho mayor en la infancia

(Trevarthen, 1993). Probablemente, las interconexiones neuronales que permiten

actitudes como la constante disposición al cambio son más fáciles de consolidar en

esta etapa. Al hablar de plasticidad cerebral o fenotípica se introduce el concepto

de cambio, de hecho, al cambio representacional, lo que tiene dos implicaciones.

Una de ellas es el papel de la psicoterapia, debido a que uno de sus objetivos

principales es el cambio, el cual se avala desde la teoría y psicoterapia cognitiva y

la segunda implicación se relaciona con la psicopatología en el sentido de su

desarrollo o vulnerabilidad. No obstante, en este escrito sólo se señala el camino


que las ciencias cognitivas realizan en torno a la prevención e intervención

derivados de la plasticidad cerebral.

En síntesis, la biopsicología enfatiza en la ciencia cognitiva entendida como un área

interdisciplinaria de la filosofía, la antropología, la biología, la inteligencia artificial y

las neurociencias, que intenta teorizar sobre las posibilidades y límites del

conocimiento humano. Se trata de un campo de investigación sumamente fértil,

del cual se desprenden una gran cantidad de líneas de trabajo que están dando

lugar a una intensa actividad teórica. De hecho, en la actualidad las ciencias

cognitivas se han constituido como una fuente de conocimiento para la elaboración

de teorías sobre el aprendizaje, de la psicopatología y de la psicología general. Los

resultados de las investigaciones realizadas aportan ideas innovadoras para la

comprensión de la representación como aspecto central del funcionamiento

psicológico humano.

Justamente, la representación mental, se torna en un elemento que permite la

integración y la comprensión de las diferentes esferas que hacen parte de las

ciencias cognitivas. Por ello, el siguiente apartado retoma el concepto de

representación y lo conduce hacia la metarrepresentación como un aspecto

esencial en las relaciones interpersonales (Putnam, 1960; Stillings, 1987).


REPRESENTACIONES MENTALES Y METARREPRESENTACIÓN

Al hablar de representación mental en psicología cognitiva, se hace referencia a las

creencias, intenciones, deseos y emociones simbolizadas en el proceso de

desarrollo del lenguaje (Moreira y Greca, 1999). El contenido de las

representaciones mentales facilita la comprensión de las acciones e interacciones

humanas, además las creencias como formas de representación mental permiten

comprender, interpretar, y explicar la conducta propia y ajena. Es decir, implican

el conocimiento de las actitudes e intenciones de los demás, por ello, la psicología

relaciona la representación mental con la capacidad de atribuir creencias, deseos e

intenciones a los otros, y de forma cotidiana permiten leer las creencias e

intenciones por medio de los comportamientos, expresiones y palabras (Rivière,

1994).

El lugar privilegiado de las representaciones mentales en las ciencias y la psicología

cognitiva no es un proceso actual, puesto que en estudios retrospectivos se

encuentra que desde los griegos, ha habido un gran interés por el estudio de las

imágenes y proposiciones mentales (Vega, 1984). Se puede retomar las

aplicaciones de Simónides en la reconstrucción de escenas y en cuya elaboración

genera imágenes específicas de los eventos que se desea recordar. Tal como lo

cita Vega (1984), también habría que señalar el papel central de las imágenes en

el pensamiento de los sujetos creativos, debido a que dichas imágenes permitieron

a Galileo y Einstein la realización de ciertos "experimentos mentales" creados por


ellos, fundamentales para elaborar sus teorías científicas y el químico Kekulé

cuando elucida la estructura resonante del benceno, gracias a imágenes

experimentadas durante un sueño.

Entre los pioneros de la imagen en las ciencias cognitivas, según Vega (1984) se

pueden citar a Galton, en el siglo XIX, Watson, Perky en 1910 y Tolman en 1948,

entre otros. Si bien este tema prácticamente, sostiene Gardner (1988) había

pasado al "olvido" desde Wundt, fue retomado por Paivio en 1971, Metzler en

1971 y Shepard en 1978, pero fue Kossylin en 1980 el principal estudioso de las

imágenes psíquicas a las que denominó "imágenes" o "formas cuasifigurativas". A

la luz de sus experiencias mediante modelos de simulación y de las controversias

que produjo el estudio de las "representaciones internas", el tema está abierto y

continúa en investigación.

A partir de 1956, se comenzó a gestar el movimiento que algunos llamaron la

revolución cognitiva y que a juicio de Perkins (1995), constituyó un verdadero

cambio de paradigmas en el sentido kuhniano. Al respecto Bruner (1991) sostiene

que la revolución cognitiva tenía como objeto recuperar la mente después de la

época de la "glaciación conductista". Esto representó un cambio direccional en la

disciplina que fuera expresado en una forma nueva de abordar los problemas con

propuestas epistemológicas, teóricas y metodológicas alternativas. El objetivo de

las ciencias y la psicología cognitiva es hacer una ciencia de la mente. Para el


cumplimiento de este objetivo, Gardner (1988) señala que un antecedente

relevante que hay que tener en cuenta es el simposio de la Fundación Hixon en

1948, en Passadena. Aquí se postularon varios antecedentes claves para el

naciente paradigma: La postulación de la analogía de la mente-computadora, el

interés demostrado por distintas ciencias como la lógica y la matemática (por von

Neumann), las neurociencias (con Lashley y Mc Culloch) que hablaban del carácter

interdisciplinario del paradigma, el interés por el estudio del procesamiento de la

información en el ser humano y la postura anticonductista.

Según Gardner (1988) y Pozo (1998a), en el pasado y en la actualidad el enfoque

cognitivo ha estado interesado por el estudio de las representaciones mentales, a

las que considera como un problema propio en relación con el nivel biológico, pero

más cercano del nivel sociológico o cultural. Los teóricos en la actualidad no se

interesan en dar un lugar a la representación mental en las ciencias cognitiva, pues

ya lo tiene, el intento consiste en describir y explicar la naturaleza de las

representaciones mentales y determinar el papel de éstas en la producción y

desarrollo de las acciones y conductas humanas (Pozo, 1998b). Igualmente se

interesan en la relación que tienen las representaciones en el proceso salud –

enfermedad e incluso se ha planteado la cognición celular e inmunológica como un

elemento psicológico en la biología.


Como se dijo anteriormente, las representaciones mentales tienen que ver con las

creencias, intenciones, deseos y emociones del sujeto consigo mismo (perspectiva

subjetiva) y con los demás (perspectiva intersubjetiva).

La intersubjetividad ha sido también un desarrollo actual de las ciencias cognitivas

y surge debido a la competencia de la mente humana para representar y

comprender la mente de otros (Baron-Cohen y Bolton, 1998). Se observa cómo,

por ejemplo, en una simple conversación cada interlocutor se adelanta a las

preguntas del otro y sin darse cuenta responde mas que a la pregunta, a la

intención de la misma. Es posible pensar que la mente opera leyendo intenciones

y en la complejidad de las interacciones humanas, la cognición mediatiza las

relaciones con el mundo y con los otros, por ende las creencias se ponen en juego

en la relación interpersonal y a través de la comunicación declarativa (ostensiva),

es posible comprender y representar la mente de otro en la propia (Rivière, 1991;

Belinchón, Rivière e Igoa, 1996). Esta dinámica continua implica que la teoría

cognitiva construya modelos que permitan comprender los significados y procesos

de la interacción humana y así las complejas tramas intencionales expresadas en

las narraciones permitan acceder al contenido semántico arraigado en la creencia.

La teoría de la mente ha sido desarrollada inicialmente por Premack y Woodruff

(1978) y posteriormente por Rivière y Núñez (1987; 1994a) con el fin de

comprender a través de los recursos simbólicos la gran capacidad de representar la


mente propia y de otros. Para ello teoriza sobre la metarrepresentación partiendo

de los estudios de Leslie y Roth (1991). El énfasis evolutivo que Rivière (1991)

desarrolla hace que su propuesta teórica analice las destrezas mentalistas y pautas

de comunicación que se hacen evidentes en el juego de los niños.

Para comprender el desarrollo de la representación mental y de las

metarrepresentaciones entendidas como la capacidad de inferir los estados

mentales de los otros, se analizan los juegos de ficción infantil, puesto que en ellos

se personifican roles, situaciones, creencias, deseos y emociones humanas (Rivière

y Núñez, 1994a). De esta manera los niños diferencian progresivamente los

mundos imaginarios, las realidades mentales y los mundos posibles; esta

diferenciación posibilita la evolución de una mente literal a una mente

representacional. Se podría diferenciar entonces una representación literal,

también denominada primaria, de una representación secundaria, la cual rompe

con la sumisión adapatativa a la realidad y da lugar a la abstracción simbólica

(Rivière y Núñez, 1994b). En este sentido, la teoría de la mente tiene que ver con

un subsistema que crea y manipula metarrepresentaciones.

Se considera entonces que la representación mental alcance a ser primaria (literal)

o secundaria (metarrepresentacional) y la diferencia entre ellas pueda ser

producida por el significado, la semántica. La función pragmática y declarativa del

lenguaje permite que se exprese la metarrepresentación, en tanto que la función


declarativa transmite a otros los estados de creencia y se argumenta, narra o

comenta la experiencia, por ello, esta función no implica decir qué son las cosas

sino lo que se piensa de ellas. En las interacciones humanas la función declarativa

es dominante y permite comprender la representación mental de otros (Sotillo,

1995).

La función declarativa muestra y comparte experiencias exigiendo el empleo de

una intencionalidad recursiva, una interacción que implique que el lenguaje

transmita intenciones, creencias y conocimientos para que el otro comprenda lo

que pensamos o creemos. La intencionalidad recursiva según Sotillo (1995) no

sólo intenta expresar sino modificar los mundos mentales de los interlocutores, por

ende, cuando se escucha a alguien hablar, entre líneas hay que leer su intención y

sobre ella el significado emerge, pues ya existe un para qué y un por qué dice lo

que dice.

El conocimiento de las representaciones de los demás no sólo refleja una

capacidad que se desarrolla tempranamente (4 años y medio aproximadamente),

sino una competencia necesaria en el momento de interactuar con los otros,

puesto que todo lo narrado bajo formas casi exclusivamente declarativas son

portadoras potenciales de verdad o falsedad en términos de la abstracción

simbólica y es en este ámbito que las creencias toman un papel privilegiado

(Rivière y Núñez, 1994b). De esta manera, lo que se dice orienta a otros en el


camino de la veracidad o la falsedad y con estas afirmaciones se construyen

nuevas creencias de realidades mentales.

La creencia entonces se expresa a través de funciones declarativas verdaderas o

falsas y desacopladas de la realidad. En suma, el lenguaje implica que la creencia

sea una representación secundaria y actúe como metarrepresentación cuando se

suspenden las relaciones ordinarias de referencia y de verdad con las cosas,

situaciones o acontecimientos del mundo.

Las creencias también conllevan a la intersubjetividad, es decir, permite el acceso

a la mente de los otros (a sus intenciones) y por lo tanto, la veracidad o falsedad

que implica la creencia puede ser manipulada en la mente de otros (Rivière, 1988).

El engaño táctico que se observa en los niños escolares es una muestra de la

intersubjetividad y manipulación metarrepresentativa que se desarrolla en etapas

tempranas y se utiliza a lo largo de toda la vida, por ende es necesario aclarar que

cuando alguien engaña se pone imaginariamente en la mente de otra persona y

predice las acciones, emociones o pensamientos que el otro tendrá y a partir de

ese proceso sabe qué decir o cómo actuar para manipular la metarrepresentación

de su interlocutor, es decir, engaña tácticamente. La construcción de esa

simulación exige el empleo de la imaginación que puede desliteralizar la realidad

para acceder a la intersubjetividad donde se ponen en juego dos mundos mentales

complejos, el propio y el del otro (Perner, 1991).


Lo anteriormente expuesto implica que la teoría de la mente funcione como un

sistema conceptual y un conjunto específico de mecanismos de inferencia que

permite predecir y explicar las conductas propias, de los otros y del mundo, en

este caso permite comprender que la conducta se guía por estados internos de

conocimiento y deseo.

Siendo la representación mental un elemento nodal en las ciencias cognitivas, este

constructo permite la comprensión de diversos procesos humanos. Uno de ellos

tiene que ver con la salud y la enfermedad y aunque esta perspectiva no es nueva,

la idea es retomar el concepto de prevención y los avances de la

psiconeuroinmunología.

PSICOLOGÍA DE LA SALUD Y PSICONEUROINMULOGÍA

La psicología cognitiva ha desarrollado modelos teóricos que han tratado de

destacar la importancia que juega la actividad cerebral por medio del dinamismo

de diferentes neurotransmisores y vías como la talámico-hipofiso-adrenal (Ader y

Cohen, 1982).

Desde este punto de vista, la tendencia actual de la psicología cognitiva en el

campo teórico e investigativo, no sólo retoma aquello que tiene que ver con el

funcionamiento psicológico, sino que se enmarca en un contexto mucho más


amplio, como la psicología de la salud. Para tal fin, el interés en la elaboración de

un constructo teórico permite la comprensión de la conciencia, el comportamiento

no sólo de las personas sino de los propios mecanismos inmunológicos y otras

estructuras biológicas (Martínez, 1999).

Las investigaciones actuales (Martínez, 1999; McClelland, 1999; Solomon, 2000)

demuestran que los factores psicológicos pueden desempeñar un papel

fundamental en la causa y curso de distintas enfermedades. De hecho, cualquier

tipo de trastorno médico puede ser potencialmente conceptuado como

psicosomático, debido a que no solo intervienen factores bioambientales, sino que

los factores psicológicos y sociales participan en el origen, desarrollo o

mantenimiento de la enfermedad o trastorno.

Lo psicosomático como término debe ser utilizado para referirse a la

multicausalidad e interrelación entre los factores biológicos y los psicosociales que

acompañan la historia de la enfermedad. Sin embargo sólo algunos trastornos o

enfermedades son identificados como psicosomáticos, y son aquellos en los que se

puede distinguir claramente la influencia de factores psicológicos sobre una

condición médica (Aiken, 1997). No obstante a medida que avanza la investigación

se han encontrado más variables psicológicas en diversas enfermedades, tal es el

caso de la artritis reumatoidea, la diabetes mellitus y el lupus eritematoso

sistémico (Huyser y Parker, 1998).


Estas relaciones evidentemente conocidas en el desarrollo de las teorías actuales

ponen de manifiesto la estrecha e inseparable relación entre la biología y la

psicología. No obstante se requiere de la inclusión de un aspecto biológico más

específico y es aquel que tiene que ver con el sistema inmune (Solomon, Kemeny,

y Temoshok, 1991).

La función principal del sistema inmune consiste en identificar y eliminar las

sustancias extrañas que entran en contacto con el organismo. El sistema inmune

está compuesto por un conjunto de células que se originan en la médula ósea, que

posteriormente se van concentrando en distintos órganos, como el timo, el bazo,

los órganos linfáticos periféricos y los ganglios linfáticos. Pero la función

protectora de este sistema también puede rebelarse contra el propio organismo

(enfermedades autoinmunes), como un fracaso en reconocer los marcadores

propios, y atacar los tejidos del propio organismo. Varios estudios señalados en

Martínez, 2001) han demostrado la influencia del estrés psicosocial y del estado de

ánimo, en particular de la depresión en el sistema inmune. Los factores vitales

importantes como eventos relacionados con pérdidas, desempleo, estrés

académico, divorcio y separación han sido identificados como factores que

favorecen una disminución de la inmunocompetencia.


Según Martínez (2001) la psiconeuroinmunología (PNI) fue insertada en el campo

de conocimiento gracias a las contribuciones realizadas por los investigadores

Solomon (1969) y Ader y Cohen (1982). Es estos planteamientos la PNI

demuestra que los sistemas nervioso, endocrino e inmune mantienen una

comunicación constante y bidireccional con los procesos cognitivos. Estos

contenidos informacionales entre sistemas fueron introducidos por Cannon (1911)

y Seyle (1956), y aunque Martínez (2001) plantea que no se debe limitar la

comprensión de la PNI a la respuesta de estrés, se resalta la contribución de estos

autores. Retomando la propuesta que hace Cannon en 1911, se define el estrés

como la reacción fisiológica que se produce ante la percepción de situaciones

adversas o amenazadoras, incluye entonces la reacción de alarma que se produce

por la activación del sistema nervioso simpático en conjunción con las hormonas

segregadas por la médula suprarrenal (adrenalina y noradrenalina). Esta

activación permite la movilización de los recursos corporales para poder emitir una

respuesta rápida: ataque o huida. Se presenta un aumento de la frecuencia y

fuerza del latido cardíaco, que facilita un bombeo más rápido de oxígeno;

contracción del bazo que libera glóbulos rojos almacenados al torrente circulatorio,

liberación hepática de azúcar almacenado para uso de la musculatura,

redistribución de la sangre circulante por la piel y vísceras que finalizan en el

cerebro y músculos (González Ordi, 1997). También es claro el aumento de la

capacidad respiratoria y dilatación branquial para captar más oxígeno, dilatación

pupilar, probablemente con el objeto de mejorar la eficacia de la visión, aumento


de la coagulación de la sangre, con objeto de cerrar posibles heridas y un aumento

de los linfocitos circulantes, que facilitan la reparación del daño tisular. Todo esto

se produce en cuestión de segundos o minutos. Y, cuando esta situación acaba, se

restaura el funcionamiento normal de tales actividades neuroendocrinas mediante

la actuación del sistema nervioso parasimpático, que actuaría a modo de opuesto

del simpático (Seyle, 1954; Gutiérrez, 1997).

En esta misma línea Selye (1956) introdujo el término de estrés en el ámbito

médico y puede considerarse como el fundador del área de investigación aplicado

a las ciencias de la salud. Consideró al estrés como una respuesta no específica del

organismo a cualquier demanda realizada sobre él. Cuando las demandas se

valoran como elevadas o excesivas para los propios recursos disponibles, se

produce la reacción de estrés, que se convierte en estado de ansiedad cuando la

valoración conlleva la anticipación de peligro, con un componente de experiencia

subjetiva y otro de activación vegetativa y endocrina. Cuando La mayoría de los

cambios fisiológicos asociados a la respuesta de estrés se deben al incremento en

la respiración, lo que permite inspirar una mayor cantidad de oxígeno, la

aceleración del ritmo cardíaco facilita que llegue con mayor rapidez ese oxígeno a

los distintos órganos, el mayor riego sanguíneo de los músculos permite

respuestas más enérgicas, el mayor grado de alerta general permite seleccionar

estímulos del medio a los que atender y emitir respuestas para hacerles frente,

etc. (Melzack, 1999)


Con respecto a la salud, Seyle (1956) señala que algunos aspectos de esta

sobreactivación fisiológica eficaz ha permitido la supervivencia, pero actualmente

tales respuestas son poco útiles e incluso negativas para el organismo cuando las

situaciones ante las que se generan no permiten que los recursos movilizados se

utilicen, o se alargan excesivamente en el tiempo. Esto es lo que ocurre

actualmente debido a que las demandas del ambiente no son tanto de tipo físico

sino intelectual (Valdés, De Flores, 1990, 1999).

Estas aportaciones de manera implícita y explícita ponen de manifiesto el grado de

interacción y trabajo multisistémico (biopsicosocial) con que el organismo cuenta

para hacer frente a demandas ambientales y cómo este mismo proceso puede dar

lugar a la enfermedad. De esta manera las comunicaciones

psiconeuroinmunológicas (comunicación entre los conductos neuroendocrinos NEI)

explican que ante la interpretación de un evento como peligroso, se activan

hormonas (CRF, ACTH, cortisol etc.) a través de los conductos NEI que se

manifiestan con localidad en los diferentes sistemas físicos (tensión muscular,

cambios respiratorios etc.), y simultáneamente esa interpretación también se

impresa instantáneamente en la totalidad del campo bioinformaciónal (ej. en todas

las células).
Al extender el potencial del modelo de la bioinformación se pueden extender de

forma amplia todas las implicaciones que tienen las creencias, emociones y

conductas saludables para la preservación de la salud y al contrario, lo nocivo que

puede resultar para el sistema inmunológico todas aquellas creencias, emociones y

comportamientos disfuncionales. En este sentido, cabe incluir los elementos de

contexto, en los cuales la cultura y las creencias que hacen parte de la misma

unidad salud-enfermedad y pueden generar la recuperación o empeoramiento de

diversas enfermedades.

Citando datos aportados por Martínez (2000), se ha encontrado que técnicas

afecto-imaginarias y sus patrones de respiración se han aplicado con éxito para

reducir la carga viral y aumentar los linfocitos CD4 sin medicamento en pacientes

seropositivos VIH. Pert ha demostrado que los péptidos protectores se liberan

durante la expresión de emociones como el amor y la alegría. Por el contrario, la

indefensión reduce la protección inmunológica (Dreher, 1995).

Para terminar la salud puede ser vista como la capacidad del organismo de regular

su propio comportamiento, fisiología y producir la respuesta adecuada. Los dos

sistemas que interactúan con el ambiente serían básicamente, el sistema nervioso

central y el sistema inmunológico comunicados entre sí y, como se ha expresado,

pueden ser pensados como un solo sistema integrado para la adaptación y

defensa. La psiconeuroinmunología (PNI) no sólo debe ayudar a entender la


patofisiología y la psicofisiología de la enfermedad en el sentido de más de un

sistema de orientación teórica, sino que debe valorar también la relación individuo-

patología y el propio rol del paciente en la superación de la enfermedad y

mantenimiento de la salud.

REFERENCIAS

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