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APUNTES ASIGNATURA: 7.

El orden de las inclinaciones naturales y la moralidad humana


Este es el material teórico que tenéis que resumir en el Informe I (Praecognita) de la tarea.

7. El orden de las inclinaciones naturales y la moralidad humana.

7.1. Bien: modo, especie y orden; 7.2. Voluntariedad y posesión de sí; 7.3. Fundamento
metafísico del orden moral.
Resulta evidente que el objeto de nuestras decisiones más importantes es el bien. Pues
nadie desea para sí males o desgracias. Aristóteles define el bien como “aquello que
todos apetecen” (Ética Nicómaco, 1094a 2-3). Efectivamente, nadie desea enfermar, ni
ser huérfano ni arruinarse económicamente. Al revés: deseamos dinero y salud, para
nosotros y para nuestros familiares. Nadie desea que las personas que ama sufran o
mueran. Sólo apetecemos lo que nos beneficia o viene bien de alguna manera. Por
tanto, el objeto de nuestro deseo se identifica siempre con el bien. La voluntad quiere
siempre la posesión de algo bueno. El bien es, por tanto, el fundamento metafísico del
orden moral.
Definimos el “bien” como el valor cuya posesión perfecciona o enriquece la naturaleza
del agente que lo posee. Por ejemplo, un libro de contabilidad será un bien para un
opositor o un estudiante de derecho. Ese libro, sin embargo, no será un bien para un
gato, dado que no lo mejora en nada. Contrapuesto al bien, llamamos malo a toda
acción que implica la elección de un bien inferior frente a un bien superior. De manera
que, en sentido estricto, sólo existe el bien; el mal sería un desorden en la jerarquía de
los bienes. El mal destruye la naturaleza del que lo comete: le daña, perjudica y
lesiona. El bien es siempre benéfico por definición.
Ahora bien, ¿cuántos tipos de bien podemos desear? Los tres tipos de bienes son los
siguientes: el bien honesto, el bien placentero y el bien útil (Cicerón, Sobre los deberes,
libro I, cap. 3). Tradicionalmente se viene definiendo el bien honesto u honrado como
el bien que perfecciona al que lo posee. En segundo lugar, el bien placentero o
deleitable sería el bien que aporta un bienestar sensible de agrado o placer al que lo
posee. En último lugar, el bien útil (de ut, “para”) es el bien que comporta un beneficio
material o económico de objetos exteriores. Ejemplos de bien honesto serían tener
amigos, la familia, la salud, la generosidad y la virtud. Comer chocolate, el placer sexual

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o el gusto estético de escuchar música son casos de bien placentero. Muestras de bien
útil son el dinero, poseer un coche, ser propietario de una casa.
Sin embargo, ¿de estos tres cuál es el bien que cumple mejor el cometido como objeto
del acto moral? El consenso de la tradición es unánime en este punto. De los tres tipos
de bienes el “bien honesto” es el objeto del acto moral. El “bien honesto” es el que
puede hacer nuestra vida más plena si lo convertimos en objeto de nuestras decisiones
morales. Por tanto, sólo el bien honesto interesa a la ética, que resulta ser el bien por
excelencia. Los otros dos tipos de bienes no interesan a la moral más que
indirectamente, en cuanto dependen del bien honesto, y son “bienes per accidens”. El
estudio de ambos interesará a otras ciencias: la psicología respecto al bien placentero
o la economía respecto del bien útil, pero no principalmente a la ética.
Para Cicerón la razón de que el bien honesto sea el objeto del acto moral es la
siguiente. Teniendo el bien honesto tenemos los demás bienes (placenteros y útiles).
Pero teniendo el bien placentero o el bien útil no tenemos los otros. De manera que el
bien honesto incluye los demás bienes y es más completo. El hombre desea tener la
mejor vida posible, pero sólo tiene una vida más plena aquel que elige el bien honesto
por delante de los otros bienes. Expliquemos este hecho con una serie de ejemplos.
Hay bienes útiles que no son honestos, por ejemplo, robar. Existen bienes útiles que
tampoco son placenteros, como es el caso de trabajar. También existen bienes
placenteros que no son honestos, como el adulterio o una violación. También hay
bienes placenteros que no son útiles, como le pasa al drogadicto que se inyecta
heroína, puesto que destruye su vida y la de su familia. Sin embargo, no hay ni un solo
bien honesto que, a medio o largo plazo, no sea útil y placentero. Por tanto, teniendo
el bien honesto tenemos los otros. Pero teniendo uno de los otros no tenemos
asegurados los demás. Por eso el bien honesto es el objeto idóneo para cualquier acto
moral, porque es el mejor de todos.

7.4. Inclinación natural, ley moral y conciencia.


La conciencia ha sido siempre el gran recurso a favor de la dignidad y la libertad de la
persona. Algunos autores intentaron explicarla desde la sindéresis (de “synteréo”, yo
observo, yo vigilo). Sindéresis significaría entonces: vigilancia. De hecho, la sindéresis
era denominada por santo Tomás: “razón natural”. La voz de la conciencia (sindéresis)

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implica la contemplación del bien perfectible y del mal defectuoso y genera el sentido
de la responsabilidad o de la culpabilidad respectivamente, experiencias morales
básicas. La persona se descubre responsable de sus acciones y acusa la
“responsabilidad” ante las situaciones donde actúa mal (en forma de culpabilidad o
remordimiento) o bien (como satisfacción de perfeccionamiento en la libertad).
La conciencia funciona cuando juzga si un acto es bueno o malo, de una manera
práctica, es decir, aplica en cada caso particular y concreto lo que la ley dice. Nos
ordena en el momento oportuno practicar el bien y evitar el mal. Se puede decir que la
conciencia moral es un juicio de la razón por la cual la persona reconoce la cualidad
moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. Cuando
hacemos algo bueno, la voz de nuestra conciencia nos aprueba, cuando hacemos algo
malo, esta misma voz nos acusa y condena sin dejarnos en paz. Ella es testigo de
nuestros actos y para dar su sentencia como juez, se basa en las leyes naturales que
están inscritas en el corazón del hombre.
La Ley natural es la fuerza que rige el comportamiento de los seres, por la que todos
los seres buscan su perfección, su propio bien, conforme a su modo de ser. La Ley
natural se manifiesta en las tendencias o inclinaciones naturales que sirven de impulso
a los actos de los seres. Todas las tendencias encuentran su origen en una
fundamental: todos los seres buscan su propio bien y evitan su propio mal. En este
sentido bueno es todo cuanto perfecciona a un ser, lo que por naturaleza le conviene.
El bien del hombre depende, por tanto, de su naturaleza humana. Ilustremos con un
ejemplo esta noción de bien. Pensemos qué es lo que perfecciona a un Fórmula 1. Es
un coche que, por definición, está hecho para correr en un circuito. Su motor se
malograría si, guardado en un garaje, lo utilizásemos sólo para comprar el periódico o
el pan. Así, lo que perfecciona a un coche de estas características, lo que es propio de
su motor, lo que se adecua a su modo de ser, es correr a altas velocidades, cosa que no
es posible en caminos de tierra o carreteras convencionales. Esta definición de bien es
aplicable a la totalidad de las cosas que forman la realidad. Cada ser tiene un modo
distinto de ser. Lo propio del águila, no es lo propio del elefante, ni lo propio de una
hormiga. A cada uno de ellos, le es propio, le perfecciona una conducta determinada
que se adecue a su modo de ser. Aquellas conductas o cosas que se correspondan con
su esencia y lo perfeccionen son bienes.

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En el hombre encontramos tres tipos generales de tendencias naturales: las tendencias
que el hombre comparte con todos los seres vivos (todo lo asociado con el instinto de
conservación y de dominio), las tendencias que tiene en común con los animales
(inclinación a la perpetuación de la especie y el cuidado de la prole, la vida en
comunidad, etc.), y las tendencias que son propias del hombre como ser racional
(tendencia a la amistad, el conocimiento, el amor, a la trascendencia metafísica y
religiosa).
Esta propensión o inclinación del hombre a determinados fines se denomina
tendencia. Es una actividad natural que tiene un fin. Los escolásticos la denominan
“apetito” y se definía como la dirección del querer humano hacia unos determinados
bienes entendidos como fines. Cada naturaleza tiene una ordenación a su perfección
propia. El apetito o inclinación natural no es una inclinación o un apetito consciente,
sino una ordenación objetiva hacia el fin de la propia naturaleza, previa a cualquier
acto del individuo. El apetito natural se manifiesta según la esencia propia de cada ser
puesto que sólo puede actualizarse a través de las facultades y operaciones de las que
cada uno posee. Así, en los animales el apetito natural se manifiesta como deseo
sensible de los bienes que les son necesarios, tales como comida, bebida, protección,
etc. En el hombre este apetito se muestra como deseo sensible pero también como
aspiración espiritual. El hombre como ser espiritual tiende por naturaleza a la felicidad.

7.5. El dinamismo perfectivo de la naturaleza moral humana.


Queremos vivir bien, nos interesa vivir bien. Todas nuestras acciones van dirigidas a
perseguir un bien que en el fondo es sinónimo de felicidad, de realización, de plenitud
personal. En seguida advertimos que el bien siempre va asociado a una acción buena.
No hay bien sin acción. Los bienes se alcanzan y consiguen con acciones bondadosas.
No puede haber bien sin un hombre que actúe con bondad. De esta manera llegamos
a la segunda noción fundamental de la ética. Es la noción de virtud, que significa
“hábito operativo bueno”.
Efectivamente no puede haber bondad moral sin acciones bondadosas. La repetición
de esas acciones buenas son los hábitos positivos que generan en nosotros las buenas
costumbres. Estas costumbres positivas son adquiridas por la repetición de actos
buenos. Es lo que denominamos “virtudes”. Una virtud es un hábito, voluntariamente

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adquirido, que dispone al sujeto hacia su fin propio. La virtud es lo que garantiza el
perfeccionamiento del ser humano. En cuanto principio operativo alcanzado
intencionalmente, la virtud favorece que la persona consiga que sus facultades actúen
coordinadas y guíen su comportamiento, integrando todas las cualidades, pasiones y
destrezas en orden a su fin propio como ser racional. Lo opuesto a la virtud es el vicio,
o hábito operativo malo.
Hay una virtud propia de cada facultad, la que desarrolla el bien que le es propio. A
grandes rasgos podemos distinguir, dentro de las facultades superiores, las virtudes
intelectuales (teóricas y prácticas) y las virtudes morales.
Las virtudes intelectuales (o dianoéticas) son las que inhieren y perfeccionan el
intelecto especulativo o práctico. Aristóteles distingue tres virtudes del intelecto
especulativo que se ocupan de la contemplación de lo verdadero:
• Comprensión (también conocida por intellectus): es el hábito de los primeros
principios, es decir, el conocimiento de las verdades más primarias y evidentes en sí
mismas que se hallan en la base de todo conocimiento. Se llama “sindéresis” cuando
es el hábito de los primeros principios morales. Consiste en la intuición inmediata y
directa de una verdad concreta.
• Sabiduría: Esta virtud permite captar la relación verdadera que las verdades
particulares guardan entre sí.
• Ciencia: es el hábito de las conclusiones obtenidas mediante demostraciones a
partir de los primeros principios, es decir, el conocimiento habitual de las ciencias
particulares.
Las tres virtudes del intelecto práctico que se ocupan del hacer y del obrar, es decir, de
las dos formas de actividad, son:
• Técnica: es el hábito de saber cómo hacer las cosas para producir determinados
objetos exteriores (comprende las artes mecánicas, las liberales y las bellas artes). Se
asocia a la pericia para desarrollar una actividad con competencia. Nos capacita para
producir con la mayor excelencia posible obras también excelentes. Resulta necesaria
para “ser bueno en el propio trabajo”. Encontrar un hombre técnico equivale a
encontrar a alguien de quien diríamos: “es un gran profesional”.
• Arte: es el hábito de saber cómo hacer cosas con el propio cuerpo sin producir
un objeto exterior. Consiste en una destreza para operar con excelencia con el propio

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cuerpo. Es la virtud propia de los deportistas, los actores, los atletas y los bailarines y
necesaria para vivir la afabilidad y la cortesía (el modo de sonreír, mirar, hablar, la
elegancia en el tratar y tocar al otro, en el modo de respetar las distancias, etc.) Lo
usamos en el español castizo cuando decimos: “esa mujer se mueve con mucho arte” o
“es un torero con mucho arte”. Es sinónimo de “garbo”, “donaire”, “donosura”, incluso
de “duende”.
• Prudencia: es el hábito de saber cómo hacer las cosas, es decir, cómo dirigir la
actividad al fin. Es el conocimiento perfecto para realizar la elección perfecta, que nos
va a permitir dar en el clavo, acertar en el centro de la diana, en nuestra tarea de ser
mejor. Es una virtud dianoética que se ejerce en el ámbito ético.

Aquellas virtudes que más directamente se ocupan de la vida con relación al bien se
designan como virtudes morales. Estos hábitos morales nos capacitan no sólo para
saber lo que debemos hacer y cómo debemos hacerlo, sino que nos ayudan
eficazmente a hacerlo. Las más importantes para la ética son las “virtudes cardinales”.
La división más conocida y utilizada por Santo Tomás es la siguiente: prudencia,
justicia, fortaleza y templanza.
Las virtudes morales preparan a la voluntad para que siga los dictámenes de la razón
sobre aquellas cosas hacia las que debe tender. Afectan, pues, al hombre en lo más
íntimo de sí mismo, en su voluntad y libertad. Además, la virtud moral da más que la
simple capacidad de obrar bien, puesto que, perfeccionando al hombre en su voluntad
y en su libertad, le hace también obrar cuando debe y como debe. Alcanza, en
definitiva, esta zona de uno mismo en la que se elaboran las intenciones
fundamentales y surgen las elecciones singulares; y en esa medida, guía también a la
inteligencia hacia el juicio práctico que compromete la acción eficazmente.
La virtud moral es la que hace al hombre bueno, en cuanto tal. Con ello, la definición
de virtud alcanza su pleno significado: “lo que hace bueno al hombre y dirige sus
acciones hacia el bien”. Esto se puede entender fácilmente con un ejemplo: un
periodista (o empresario, o economista, o abogado...) puede ser un buen profesional,
pero una mala persona y emplear su saber y su habilidad profesional para hacer el mal.
Pero un hombre moralmente bueno, periodista también (o lo que sea) sólo se servirá
de sus conocimientos para el bien y no para el mal. La virtud moral aparece como un

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dominio del hombre sobre sí mismo, tanto en sus dimensiones individuales como
sociales. El hombre puede acumular conocimientos científicos y aplicaciones técnicas
que pueden volverse contra él sea cual sea su valor intrínseco si sufre la pérdida de los
valores morales, si desatiende la perfección de su naturaleza personal en vez de
contribuir a su promoción.
Después de haber determinado qué es la virtud moral, nos queda describir de qué
manera se concreta o realiza en la vida de las personas, en el proyecto ético de cada
individuo. Aquí deberíamos detenernos mucho más, dada la importancia teórica y
práctica de las virtudes, ya que son en realidad la concreción del empeño y del
comportamiento ético. Sin embargo, sólo apuntaremos las grandes líneas de cada una
de las virtudes principales.
Las grandes direcciones de la vida moral vienen encauzadas por las cuatro virtudes
cardinales: la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. Son goznes alrededor
de los cuales giran el resto de las virtudes morales.
A. La Prudencia. Ya hemos visto cómo la prudencia tiene el papel de ser la virtud
directora, ya que asegura el buen discernimiento y juicio sobre las acciones que hemos
de realizar o evitar. Se define como “la recta medida de lo que se ha de obrar”, es
decir, señala el medio y sugiere las formas de conseguirlo (por ejemplo, la prudencia
nos dice cómo debe castigarse una falta o si debe dejarse pasar, a quién elegir para
que nos dirija en el gobierno de la nación etc.).
Probablemente haya sorprendido la inclusión de la prudencia como virtud intelectual y
moral a un tiempo. La explicación es relativamente sencilla. Santo Tomás dice que
“para que el hombre obre bien, es preciso que no sólo la razón esté bien dispuesta por
el hábito de la virtud intelectual, sino que esté bien dispuesta asimismo la facultad
apetitiva mediante el hábito de la virtud moral” (Sum. Theol., q. 58, a. 2). Esta segunda
condición es necesaria incluso para que el entendimiento tenga el hábito de dirigir el
acto concreto de la facultad apetitiva con un último juicio práctico realmente
conforme con la ley moral. Como quiera, en efecto, que el último juicio práctico es el
que establece lo conveniente al sujeto según la determinada inclinación de su facultad
apetitiva, es necesario, para que dicho juicio esté conforme con la ley moral, que esa
inclinación también lo esté; de donde resulta que, para tener el hábito de formular
tales juicios, hace falta la buena inclinación habitual de la facultad apetitiva, es decir, la

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virtud moral. No acontece lo mismo a las demás virtudes intelectuales, ni siquiera a las
“artes” (en el sentido de “técnicas”), pues el valor de lo que estas dirigen es
independiente de la moralidad del que las usa. No decimos, así, que sea un buen
arquitecto el que, movido por una intención moralmente buena, edifica una casa, sino
el que la hace bien, sea cualquiera la especie de la moralidad de su intención.
B. La justicia. Otro cauce para la vida personal viene dado por las llamadas virtudes
relacionales, ya que guían nuestras relaciones con los demás según una relación
objetiva y externa. La justicia, en concreto, tiene el papel de ser la virtud que presida o
rija el resto de los comportamientos virtuosos hacia los demás. Es la virtud que nos
inclina a dar a cada uno lo suyo y se divide en conmutativa, legal y distributiva. La
justicia conmutativa se da entre iguales, es decir, afecta a los individuos en cuanto son
personas privadas (por ejemplo, regulará el alquiler, el contrato de compraventa etc.,).
La justicia legal dice relación entre los ciudadanos y los gobernantes. Y la distributiva
dice relación entre los gobernantes y los ciudadanos.
C. La templanza y la fortaleza. El último grupo de virtudes marcan el comportamiento
“pasional”, es decir, lo que son las reacciones de nuestro temperamento, de nuestra
afectividad en su relación con la razón. Se agrupan todas en torno a la fortaleza (que
nos lleva a mantenernos en el esfuerzo y trabajo para superarnos a nosotros mismos) y
la templanza (que nos lleva a moderar las reacciones psíquicas haciendo que
contribuyan para nuestro bien). El proyecto personal en cuanto desarrollo de todas las
potencialidades de mi persona es un proyecto ético. Mis facultades se desarrollarán
adecuadamente en la medida en que estén guiadas por la educación de las virtudes
morales. Como en el ejemplo que hemos puesto antes del periodista, las relaciones
con los demás, el cumplimiento del deber profesional, el sentido de la justicia no son
más que manifestaciones de una postura radical. Se entiende así que las distintas
disciplinas particulares de la ética (ética social, ética profesional etc.,) sean desarrollo
concreto y particular de cuanto aquí no hemos hecho más que apuntar.