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La figura del profeta en la historia de las religiones

Introducción
A veces se reserva el término “profeta” a aquellas personalidades religiosas cuyas profecías fueron escritas en
Israel a partir del siglo VIII a. C. Esto es excesivo, pues su actividad no era nueva, -por lo menos en la forma-.
Por otra parte, el mismo Antiguo testamento les reconoce precursores. Urge, pues, una delimitación del ámbito
que pretendemos describir.
Ardua tarea es definir al profeta; incluso entre los mismos profetas encontramos diversas autoconcepciones de
su oficio . Evidentemente, la figura del profeta es muy compleja, ya que deriva de una vivencia específica e
histórica de la fuerza divina que envía o encarga algo determinado; por ello las diversas situaciones le marcan.
Vemos en el Antiguo testamento que unos son enviados con una palabra de salvación o de condenación, otros
son encargados de una acción concreta, etc.: la figura profética está muy determinada por la vocación personal
que le constituye en guía carismático.
Podríamos definir provisionalmente al profeta como alguien que se siente llamado por la divinidad para una
determinada misión y subordina su voluntad a la divina que se le comunica directamente (inspiración).
Parecida es la clásica definición de M. Weber : “puro portador personal de carisma, cuya misión anuncia una
doctrina religiosa o un mandato divino”; es esencial “el anuncio de una verdad religiosa de salvación en virtud
de revelación divina” . Un observador ajeno nota en todo profeta una peculiar tendencia a juzgarlo todo desde
una perspectiva religiosa y a descubrir en todo hecho o situación el significado trascendente y el designio
divino, así como la imperiosa voluntad de integrarse en ese plan divino revelado. En el caso concreto de .los
profetas hebreos se nota, además, un marcado énfasis ético que no siempre aparece en otras figuras inspiradas.
La palabra “profeta” traduce y unifica términos diferentes que designan diferentes tipos de profecía . Se han
ensayado diversas divisiones tipológicas. En el ámbito bíblico, por ejemplo, se distinguen por lo menos dos
grupos, diferentemente llamados según los autores ; habría que distinguir primero entre profetismo colectivo
(de tendencia extática) y profetas individuales, y entre éstos, a su vez, entre los arcaicos (hombres de hechos,
no de palabras y menos, escritas) y los posteriores generalmente llamados profetas escritores.
Se nos abren dos caminos al hablar del profeta. Uno sería hacer hincapié en el contenido de su mensaje:
generalmente la verdadera oración, la justicia, pureza de corazón, la paz universal, la vigencia del juicio divino,
etc. Se ha observado que el Dios de los profetas suele ser un Dios celoso y celante, interesado en el hombre y su
evolución.
Otra alternativa es hablar del profetismo acentuando sus elementos formales: posesión, éxtasis, inspiración,
sentido de vocación y misión, conciencia profética, poderes extraordinarios, etc. Es destacable en el profeta la
peculiaridad de su relación con Dios: sea en calidad de lugarteniente o de mensajero, el profeta experimenta la
majestad y voluntad de la divinidad y aunque muchas veces se resiste, se ve como forzado a predicar y actuar.
Esta comunión vivencial con la divinidad es experimentada como un llenarse del espíritu divino que toma
posesión del profeta en diversa medida, pudiendo llegar hasta el “entusiasmo” o la sustitución del yo profetice
por el Yo divino , convirtiéndose en portavoz inmediato de la divinidad.

1. Extensión del fenómeno profético


El profetismo no es un fenómeno circunscrito ni en el espacio ni en el tiempo, llegándose a decir que hunde sus
raíces en la religiosidad arcaica . Es fácil observar, empero, su preponderancia en los pueblos semitas.

Grecia
En ciertos santuarios griegos, entre los que destaca Delfos, aparecen profetas (o profetisas) que comunican la
voluntad de la divinidad a cuyo servicio están. A veces estos profetas han recibido el oráculo que deben
anunciar. Con todo, el profeta por antonomasia era el intérprete deifico, cuya función no siempre es clara .
Aparece siempre junto a la pitonisa y sería el encargado de interpretar claramente los oscuros vagidos que
profería la inspirada pitonisa, médium entre la divinidad y los hombres; los profetas daban forma a las
respuestas. Tal quehacer suele tener un carácter técnico y semi-sacerdotal, grandemente discursivo.

Próximo Oriente
En casi todo el antiguo Próximo Oriente aparecen fenómenos proféticos, con notables variaciones según las
culturas. Comoquiera que la mayor parte de su trabajo era aconsejar acerca de lo por venir, fácilmente se les
alineaba junto a los especialistas de diversas técnicas adivinatorias. Desempeñaban frecuentemente una
función cúltica más o menos oficial, tanto de cara al pueblo como de cara a la realeza. Algún texto aislado nos
los presenta en una función de crítica social y política que anticipa lo que después sucederá mayormente en
Israel. Predominan, pues, los trances y sueños proféticos.

Zarathustra
El Irán es la patria de Zarathustra, figura claramente profética y fundador de una de las religiones proféticas .
Su vocación es claramente profética: tras un largo periodo preparatorio de silencio, tiene una visión a los 30
años de edad y que ha sido comparada con la de Isaías . Zarathustra tiene directa experiencia de Dios y se
consagra a transmitir su mensaje: no hay más que un Dios (por eso ataca a los daivas, dioses tradicionales,
pues la majestad divina no tolera el politeísmo), creador y legislador universal y al que se adora sin imágenes;
es un Dios justo y santo que castiga el mal y premia el bien (cf. Yasna 43, 5-8); por ello, en su religión es
decisiva la opción que efectúe el individuo. Insiste mucho, en efecto, en el principio ético y de manera muy
concreta; toma partido por los criadores de ganado sometidos a nobles y sacerdotes porque su Dios es protector
del trabajo ordenado y pacífico…

Mahoma
Mahoma y Zarathustra son las dos grandes figuras proféticas fuera de Israel. Además del gran influjo recibido
de la tradición bíblica, hay que notar que en la Arabia preislámica el profetismo era algo conocido y se daba
gran crédito a las profecías de los extáticos de uno u otro sexo . El mismo islam ortodoxo reconoce muchos
antecesores de Mahoma en la misión profética . Según el relato de al-Tabari ,
la revelación empezó a llegarle a Mahoma “por medio de sueños verdaderos que venían como la aurora”; a
partir de entonces buscaba la soledad y muchas noches se retiraba a una gruta a orar hasta que
inesperadamente Dios le envió su ángel (Gabriel, según muchas tradiciones) que le anuncia su misión
profética. Pero, sobre todo, al principio de su actividad, Mahoma aparece como un hombre religioso
profundamente turbado por la irreligión y materialismo de su entorno mequinés; es algo intolerable y él se
siente obligado a predicar el castigo divino que hay que esperar y temer, así como la absoluta trascendencia y
unicidad de Dios y la necesidad de someterse incondicionalmente a Dios.

Fases en la evolución del profetismo bíblico


Sólo después de la Conquista del país aparecen en Israel hombres poseídos por el Espíritu; pero sólo a partir
del siglo ix a. Cr. surgirán las figuras clásicas de la profecía. En su forma clásica, el profeta hebreo actuó sólo
durante el período monárquico; en la época postexílica, fue sustituido por el guía sapiencial . La historia del
profetismo bíblico no es uniforme y en ella se dan varios tipos de profetas.

Vidente
Esta figura -el que “ve” lo oculto- es precursor del profeta; algunos (Samuel o Gad) fueron muy importantes.
Junto con los oráculos sacerdotales, el vidente era considerado como fuente legítima y enviada por Dios para la
revelación. Sus servicios eran buscados por el pueblo por diversas razones -triviales la mayor parte de las
veces-. E incluso se les pagaba por sus servicios, ya que se consideraba muy útil su don de ver lo oculto. Estas
figuras podían ser también sacerdotes o profetas en el sentido posterior. Probablemente los había en Canaán
antes del asentamiento de Israel y paulatinamente fueron confundiéndose con los profetas .

Primeros profetas individuales (preclásicos, no escritores, etc.)


Aunque a veces un mismo hombre pueda cargar con las dos figuras, este tipo de profetas se contrapone con los
videntes, ya que a diferencia de ellos su mensaje -divino- interviene en la vida colectiva sin que se lo hayan
solicitado. Tan importante son que a veces cambian el curso de la historia de su pueblo. Como novedad
introducen en su actividad el componente ético -mas bien individual- y el monoteísmo intransigente. En su
experiencia profética aún tiene gran importancia el éxtasis.

Profetas escritores1
Es la última fase de la profecía bíblica (aunque coexista, generalmente en polémica, con los otros tipos) y la que
más corresponde con lo que comúnmente entendemos por profeta . El éxtasis puede no estar ausente de su
experiencia (cf. Ez. 1-3; Jer. 1; Is. 6), pero no es lo más característico. Desarrollan grandemente el énfasis ético
de los anteriores profetas, pero no sólo individual, sino también y sobre todo, colectivamente. Experimentan y
manifiestan la repulsa divina de toda injusticia individual y social. No se limitan a condenar a individuos
inicuos, por altos que sean, sino que emplazan y condenan toda la estructura de la sociedad de sus días. Es
característica su sensibilidad a la injusticia estructural ambiente, sea político-social sea religiosa (ritualismo
1
Se los llama escritores porque se les atribuye un libro canónico, pero lo esencial en el profeta es el actuar y
hablar, no el escribir, que es mas bien accidental.
vacío, etc.). La política internacional zarandea a Israel y ellos expresan el sentido del peligro extranjero que
acabará con la nación y las seguridades basadas en el pasado y las instituciones sacra-les- La idea central es que
el país será irremisiblemente destruido si no se establece la justicia en la vida nacional y se purifican las
relaciones con Dios .

Comunidades profetices (“hijos de los profetas”, etc.)


La profecía como fenómeno de grupo se nos muestra anterior a los profetas individuales y con algunas
características diferentes. Esta primera fase del movimiento profético recibe nombres diferentes: grupos,
bandas, escuelas o asociaciones de profetas o hijos de profetas. Las características orgiásticas de los profetas de
Baal (cf. I Re. 18, 25-29) no aparecen en los “hijos de los profetas” hebreos de que habla I Sam. 10, 19. Vivían
usualmente en algún santuario, distinguiéndose por su vestido y comportamiento , vida comunitaria y pobre
(aunque algunos están casados) y por el relieve que en ellos tienen el entusiasmo y el elemento extático. Basta
esa erupción de éxtasis y potencia para darles su carácter de síntomas o testigos de la actuación del espíritu
divino. Su “profetizar” debe tomarse como sinónimo del “hablar en lenguas” (sonidos y gemidos fruto
irreprimible del estado interior).

Agrupaciones proféticas profesionales


Las agrupaciones de profetas van institucionalizándose, poco a poco, bajo el control tanto de los reyes como de
los santuarios reales. Esto genera un cierto choque respecto de los profetas individuales, quienes los catalogan
a menudo de ‘falsos profetas’ que sólo predicen las cosas que los reyes quieren escuchar. Los profetas de los
santuarios irán dejando cada vez más de ejercer funciones propiamente proféticas y pasan a encargarse de
funciones en las celebraciones litúrgicas (y de respuesta vocacional pasa a ser oficio hereditario).

Profecía en el primer cristianismo


En el Nuevo testamento Cristo y sus seguidores aparecen como profetas. Mas como carisma excepcional
corresponde a pocos; ocupan un lugar importante en la liturgia comunitaria. Son hombres que hablan de Dios
bajo la acción del Espíritu, y aunque son capaces de predecir el porvenir o leer en los corazones, su función no
se limita a esto. Aunque afines a los que hablan lenguas, su palabra es inteligible, y por ello edifican a la
comunidad. También, durante los primeros tiempos aparecen algunos profetas ambulantes.

2. Profeta y figuras afines


Algunas de las características del profeta -por ser una figura religiosa típica- lo hace semejante a otras figuras.
Esto se debe a que todo el que tiene un encuentro fuerte con la divinidad tiene conciencia de entrar a su
servicio a través del anuncio a los demás. Así se acercan las experiencias mística y profética.

Vidente
Según una glosa intercalada en I Sam. 9, 9, «antes, en Israel, cuando alguien iba a consultar a Dios, decía
vayamos al vidente, porque, en vez de ‘profeta’ como hoy, antes se decía ‘vidente’» . Aunque entre las figuras
del profeta clásico y del vidente hay notables diferencias, no cabe duda de su afinidad, sobre todo en tiempos
más antiguos . En el antiguo Próximo Oriente se podían distinguir dos tipos de videntes : el del templo, que
daba respuestas oraculares a quien se las solicitaba, y el del vidente de corte, que señalaba al rey las
condiciones del consentimiento divino en cada acción concreta. Como se ve, en este aspecto había una cierta
continuidad entre vidente, profetas y adivinos.
Casi tautológicamente diríamos que lo típico del vidente es su clarividencia, es decir, su capacidad de ver a
distancia lo que pasa o pasará —para lo cual el adivino utilizará diversas técnicas mánticas—; el vidente en
cambio no interpreta signos, sino que ve cosas ocultas o tiene visiones. El vidente “ve” más profundamente que
el hombre normal en la conexión de objetos y acontecimientos en el espacio y tiempo. Esa extraordinaria fuerza
o poder anímico es considerado como divino . Creemos que se puede considerar al vidente como una forma
arcaica de profeta al que la gente consulta por ser conocedor de lo oculto y del futuro (también a los primeros
profetas se les consultaba sobre las cosas intrascendentes de la vida). En cuanto a la clarividencia, vemos que se
da por ejemplo en Elíseo: puede revelar al rey de Israel lo que en su alcoba planea el rey de Aram (2 Re. 6, 12).

Profeta-adivino
Desde siempre se han distinguido al menos dos clases de adivinación: la de inspiración y la de interpretación ,
siendo la primera (la mántica de inspiración) la que más se acerca a la profecía.
La adivinación presupone una determinada cosmovisión en la que todos los niveles se corresponden (el
microcosmos espejea al macrocosmos, etc.); el mundo no es estático y mudo, sino que está cargado de
significaciones y mensajes; lo que quiere decir que “habla” para quien sepa entenderlo (pues todo revela e
indica todo). El adivino (sobre todo el “intérprete”) es el que detenta el código que permite descifrar los
mensajes destinados al hombre o bien los provoca, según diversas técnicas para clarificar una determinada
situación. Tales signos, que no presuponen una voluntad superior, serán interpretados por quien posea la
técnica y capacidad adecuadas, para lo que tampoco es menester vocación divina personal. Por ello no hay
lugar para una revelación histórica (que implica novedad) como la testimoniada por el profetismo clásico.
Quizá esto explique la incompatibilidad del yahvismo con la adivinación.

Profeta-sacerdote
Muestra J. Wach con abundantes ejemplos que el sacerdote no sólo suele ser el sucesor del profeta, sino
también su antagonista: sus carismas y funciones son muy diferentes . Ha habido sacerdotes profetas tanto en
Israel como fuera— el sacerdote se limita a dispensar y actuar una serie de prácticas rituales y sacra-mentales
ya establecidas que él no cambia. Al profeta, en cambio, “cuyo origen se deja frecuentemente sin explicar, se le
considera como una nueva fuerza dramática que se opone a los modelos existentes y, si tiene éxito, cambia la
vida de sus seguidores por el impacto de su mensaje o de sus ejemplos” . El sacerdote lo es por nacimiento o
por consagración; el profeta surge al ser poseído inmediatamente, por el espíritu divino . Será portavoz de la
divinidad que le ha elegido y poseído y transformado. El sacerdocio es una institución regular mientras - que
los profetas van surgiendo por procedimientos espontáneos carismáticos; en su expresión más genuina, el
profeta es llamado y habilitado carismáticamente (i. e., directamente por la divinidad), siendo su polo opuesto
el ministerio institucional, cuya legitimidad y continuidad descansa sobre la sucesión humana (hereditaria o
por investidura). No se olvide, de todos modos, que nos estamos refiriendo a tipos puros; además de lo que se
indicará en el próximo párrafo, hay que notar que lo profetice puede también ligarse doblemente a lo
institucional: las hermandades de profetas son una suerte de institucionalización no necesariamene
incompatible con los carismas; el profetismo puede también considerarse una institución en cuanto que, como
en el caso de Israel, fue una función fija y constante, con derechos y misiones reconocidas. Por ello en ocasiones
no se libró de los riesgos de la institucionalización : profesionalización, pérdida de autonomía, etc- (cf. los
profetas de oficio, cortesanos o templares).
Algunos sacerdotes fueron profetas, siendo Ezequiel el caso más claro en el que se concilian entrambos
espíritus.
Frecuentemente tienen sendos lugares y funciones para la buena marcha religiosa, y el Antiguo testamento
muestra que entrambos pueden realizar juntos sus complementarias misiones. Creemos que ahora podemos
tocar una cuestión muy debatida: de las relaciones entre profetas y culto .
La actitud profética en materias de culto suele ser crítica y no conformista ; son conocidos los ataques de
Zarathustra a los sacerdotes “recitadores” y las manifestaciones polémicas de los profetas hebreos frente al
culto (p. e., Am. 4, 4s; 5, 21ss; Os. 6, 6; Is. 1, 10-17; Jer. 6, 20, etc.). De ahí la extendida opinión de la enemiga
profética al culto- Pero es innegable, por otra parte, la relación positiva de los profetas con el culto. Los
escrituristas han mostrado cuánto influyó el culto en la predicación profética y que incluso algunos textos
profetices tuvieron su puesto en la original liturgia . No es sorprendente que los autores hayan llegado a
resultados diametralmente opuestos: desde que el profeta no tiene nada que ver con el culto y es su adversario,
hasta considerarlos meros funcionarios cúlticos. En realidad su actitud varía según las circunstancias. La
vitalidad de la vivencia profética les hace aborrecer todo sacramentalismo distorsionado y chocar
frecuentemente con el sacerdote, cuya tentación puede ser hacer fines de los medios. En efecto, el rito —como
todo lo institucionalizado— corre el peligro de convertirse en valor absoluto, de llegar a un formalismo rígido
y vacío, y hasta convertirse en algo mecánico y mágico; con ello, de medio se trueca en obstáculo. Por ello, si
bien se mira, la protesta profética se dirige directamente contra las prácticas cúlticas ilegítimas y
falsificadas. Los profetas, en verdad, han tenido más conexión con el culto de lo que se pensaba; y no
solamente porque los santuarios eran lugar de reunión y ambiente adecuado para hablar a la gente, sino
también porque los profetas no sólo hablan al pueblo en nombre de Dios, sino que también se dirigen a Dios
en nombre del pueblo.

3. Sobre la psicología del profetismo


Se puede hablar de una cierta disposición natural, que puede ser considerada característica psicológica básica:
su insólita sensibilidad e intensa vida emocional. Al igual que su precursor el vidente, es muy proclive a
visiones, sueños, trances o éxtasis, por cuyo medio el profeta es preparado para recibir e interpretar las
manifestaciones de lo divino- Ya notamos que tales revelaciones surgen espontáneamente y son recibidas
pasivamente (a diferencia de la adivinación); sin embargo, también a veces son inducidas por manipulación
casual o metódica (sobre todo en épocas más antiguas). Entre las técnicas inductorias habría que mencionar la
meditación, las fórmulas y gestos místico-mágicos, la música, la danza o la ingestión de intoxicantes o
narcóticos. Aunque las grandes personalidades proféticas actúan de un modo sosegado, ya aludimos a las
formas orgiásticas de la profecía y que en algunos casos pueden llegar a la pérdida de la autoconciencia.
Un elemento esencial de la actividad profética es el extraordinario poder espiritual que poseen o se les atribuye,
ya se sabe que la posesión carismática puede expresarse en extraordinarios actos físicos (v. g. la carrera
maratónica de Elias ante el carro de Acab según I Re. 18, 46; ver también 2 Re. 2, 16); poderes paranormales de
diversas clases , palabras inspiradas, etc. Tales palabras inspiradas son de muy distintos tipos: desde un
lenguaje ininteligible y extático (glosolalia o don de lenguas) pasando por extrañas lenguas hasta un hablar
claro y significativo en forma rítmica o poética (cf. infra). Es a este último lenguaje al que se califica más
específicamente de “profecía”. Al parecer los profetas son de otra opinión, y muy pocos milagros se les
atribuyen . Para ilustrar su contenido se valían de la poderosa palabra o del acto simbólico-

Vocación
Aunque a veces haya resistencias por parte del profeta; pero son vencidas y el hombre se entrega en cuerpo y
alma a su misión: así deviene profeta. Y la aventura es peregrina, ya que se les pide que abandonen lo
establecido y consagrado por la religión de los más, y esto siempre es difícil, y más en la antigüedad. El
sacerdote es consagrado según unas pautas y para un fin tradicional; mas la vocación profética es una vivencia
religiosa personal y no ceremonial.

Éxtasis profético
La profecía va asociada al éxtasis en muchas ocasiones. En realidad hay varias formas de éxtasis y de profecía,
estando algunos muy relacionados entre sí; tales tipos están condicionados por la concepción ambiente de la
divinidad.
También se ha notado que para ejercer sus funciones adivinatorias algunos profetas individuales se situaban en
estado de éxtasis con ayuda de la música . El mecanismo o técnica inductora de estos éxtasis (en los que la
excitación y pérdida de autoconciencia podían durar horas) es sencillo y muy extendido: intensa concentración,
invocación constante de la divinidad (así el dhikr de los derviches), movimientos corporales rítmicos
acompañados por la apropiada cadencia de los instrumentos de percusión (aunque también podían utilizarse
otros, como flautas o arpas)… De este modo se consigue sujetar e incluso sensibilizar el cuerpo, buscándose con
esta violencia exterior la paz interior.
Su misión profética no consiste en manifestaciones extáticas sino en el anuncio claro de los designios divinos.
No se busca la despersonalización y fusión con lo divino , sino el encuentro y diálogo con Dios; como
consecuencia no se produce la pérdida del yo sino una elevación y agudización de la conciencia.

Visiones y sueños profetices


Siguiendo con la psicología de la inspiración, digamos que el profeta recibe el mensaje divino, sea en éxtasis,
sea en oración, sea en visiones o sueños, etc. En todos los casos la expresión profética queda coloreada por la
idiosincrasia del profeta: su personalidad, su concepción de Dios, etc.
En la Biblia hay muchos ejemplos de la creencia en la comunicación divina que llega al hombre en un sueño e
incluso en Dt. 13, 2 parecen intercambiables el profeta y el que tiene, sueños .
Estos sueños son recibidos pasivamente; pero desde muy antiguo se conocen diveras técnicas de la incubatio o
reposo en lugar sagrado para obtener sueños —que generalmente serán interpretados por persona idónea.

“Método sacramental”
Es muy interesante lo que Guillaume expone acerca del mecanismo del método adivinatorio que califica de
“sacramental”, muy extendido entre los semitas. Cuando el adivino es interrogado mira el primer objeto con
que se encuentran sus ojos; la idea que, por asociación, automáticamente surja, se podrá aplicar a la cuestión
propuesta. En muchas ocasiones los profetas utilizaban este método;
La vida entera y sus fenómenos son sacramentales en cuanto signos externos visibles de la actuación divina. Tal
método es común a profetas y adivinos de otras áreas, aunque las justificaciones de base difieran: captar la
voluntad operante de Dios en la historia o descifrar la universal interrelación de una concepción religiosa más
inmanente en la que cualquier signo indica el todo si se lo sabe descifrar. El problema de la verdadera y falsa
profecía no se resolverá por utilizar diversos métodos, sino por la dependencia más íntima de Dios. Lo mismo
vale para otros métodos proféticos no analizados.

Profecía y poesía
Es fácil observar que, con algunas excepciones, los profetas suelen pronunciar sus profecías utilizando la
poesía: así en Israel y en el islam. Por poesía entendemos un hablar caracterizado por el ritmo y el paralelismo.
Se ha llegado incluso a decir que en el mundo semita un profeta no encontraba auditorio sino era también
poeta . Quizá esto se base en esa ley universal que quiere que todo sentimiento profundo se exprese en lenguaje
ritmado; y los más afectados serían los semitas, que llegaron a formular diversas teologías de la palabra . Y es
que la poesía es el lenguaje de la raza humana cuando se siente conmovida (Guillaume); y si no, considérese el
respeto universal, sobre todo en pueblos arcaicos, de que goza el poeta. La poesía, pues, sería en bastantes
ocasiones un signo externo de la profecía, si bien no es suficiente (recuérdense las protestas de Mahom,a
porque algunos le consideraban mero poeta).

Anormalidad y manifestaciones proféticas


En 2 Re. 9, 11 se puede ver un ejemplo más de cómo el pueblo llama “loco” al profeta, a pesar de lo cual le
obedecen. No se olvide que la visión divina es locura para el hombre; por ello es fácil comprender que los que la
poseen (videntes, profetas…) pueden aparecer como locos sagrados —que se distinguen grandemente de los
locos “normales”.

Libertad y funcionalidad del profeta


Habitualmente los profetas hablan porque se sienten forzados a hablar por algo que es más fuerte que ellos y
que les posee ; un ejemplo clásico de la dialéctica entre la necesidad y la libertad en el hablar es Jeremías (cf.
Jer. 20, 7ss, por ejemplo). El hombre interpelado por la llamada divina se entrega y somete totalmente; pero
goza de una nueva libertad paradójica una vez aceptada su vocación: es socio en los planes divinos y está por
encima de todo lo mundano. Al igual que la recepción de la revelación no les deshumanizaba, también su
predicación se efectuaba con plena conciencia, libertad y responsabilidad. Por otra parte el carisma profético
no tiene por qué ser perenne; en algunos la vocación es para toda la vida.

Apéndice. Verdadera y falsa profecía


Cómo se presentaba este problema para los mismos profetas. La misma Biblia da a entender, aunque de
pasada, que fuera de Israel hay profecía válida (además de la falsa) e incluso incorpora los oráculos de Balaam.
En el judaismo rabínico se sostiene que el Señor envió profetas a las naciones y hasta se dirigió directamente a
ellas. Suelen distinguir entre rasül (“enviado, apóstol”) y ndbi (“profeta”); el primero es enviado por Dios como
guía legislador y en posesión de un libro; el segundo, en cambio, sólo predica y advierte en nombre de Dios.
El profeta está seguro de hablar en nombre de Dios; el problema es cómo sus oyentes le reconocerán como
profeta auténtico. El problema se planteó agudamente en el Antiguo testamento al contradecirse diferentes
profetas. Se dirá que podrán ser desenmascarados si su mensaje no coincide con el de la probada tradición
profética (Jer. 23, 22; 28, 7ss; cf. Dt. 13, 1-6), por la forma en que reciben sus revelaciones (ya que el sueño
puede significar un autoengaño…). Cabe también un criterio carismático: la conciencia de haber sido enviado y
la necesidad irresistible de hablar en nombre de Dios.

4. Presupuestos ambientales religiosos configuradores de la profecía.


Hemos dicho que la profecía, en sus diversos sentidos, es un hecho muy generalizado; sin embargo vemos que
predomina en determinadas circunstancias o en determinadas religiones… No es uniforme ni continua (pues
tiene su nacimiento y ocaso). ¿En qué ámbito sociopolítico y religioso es posible? Es muy fácil constatar que el
llamado tiempo-eje por Jaspers (s. VIII-VI a. C.) fue particularmente rico en personalidades religiosas
carismáticas, aunque no surgieron inevitablemente en todas las sociedades . Es asimismo evidente que la
actividad de los primeros grandes profetas hebreos se desarrolla sobre el fondo de crisis internas, religiosas y
sociales y de peligros exteriores de orden político y de “aculturización”. También se han observado unas
constantes en los movimientos proféticos surgidos a nivel etnológico o en el Medioevo cristiano. Veamos de
explicitar algo de esa constelación de factores que hacen posible el profetismo: una psicología especial y una
personalidad lo bastante vigorosa para ser guía sagrado, notando que no aparece automáticamente con sólo
esto (cf. supra); un determinado tipo de religión; un determinado tipo de sociedad y de crisis socioeconómica,
etc. Hablando desde una perspectiva meramente fenomenológica, nos parece que si fallan esas coordenadas
ambientales, la personalidad religiosa emergente se configurará normalmente de otra manera.

Trasfondo religioso • Aparición profecía


Hemos hablado de las religiones proféticas, es decir, aquellas en que el profetismo ha sido fundante o por lo
menos importante en su constitución. Con las salvedades que haremos al hablar del fin de la profecía, se puede
decir que estas tradiciones religiosas son buen ambiente para el surgir de nuevos profetas. Entre religiones de
la trascendencia y profetismo las rekciones son recíprocas: en ellas se dan profetas y los profetas tienden a
fundarlas (Zarathustra, Mahoma). En las religiones místicas en cambio (en las que se destaca la inmanencia de
lo sagrado) no se da un adecuado ambiente para el cristalizar de profetas . Pero más que hablar de las
implicaciones mutuas entre los grandes profetas individuales y monoteísmo, preferiríamos situarlas entre
profetismo y religiones de la trascendencia (que se configuran monoteísticamente): el Dios de los profetas no es
inmanente, sino que transciende la naturaleza, aunque intervienen creadoramente (de ahí la valoración de lo
histórico, el tiempo más o menos lineal, etc.). Creemos que sería posible establecer una doble relación entre
religiosidad de la inmanencia y adivinación (sin que esto quiera decir que la primera implique la segunda; pero
allí tiene más cabida) y entre religión de la trascendencia y profecía. En el primer caso fácilmente predominará
un sentimiento de fatalidad, ya que el hombre es prisionero de un orden preestablecido de cosas que el
sacerdote-adivino puede conocer según diversas técnicas adivinatorias; en el segundo caso se destaca la
libertad y responsabilidad (Dios promulga sus decisiones que, no estando necesariamente inscritas en el
cosmos, precisan revelación; premia o castiga según se cumplan o no, etc.); así en Israel y Persia; con Mahoma
habría que hacer algunas precisiones acerca de la libertad humana.
¿Podríamos trazar un marco religioso más amplio que abarcara también los movimientos proféticos de los
pueblos arcaicos no influidos por las religiones profétícas? Vamos a formular nuestra hipótesis ayudándonos de
los resultados de Pereira y Lanternari . Se trata de señalar una serie de creencias religiosas generales cuya
ausencia impide la configuración de esa reacción sociorreligiosa, aunque su mera presencia no baste a
suscitarla.

Nota Pereira que el “milenarismo” sólo es viable en las religiones activas que atribuyen al individuo el poder de
transformar el mundo en que vive. Debe haber asimismo una creencia en la reciprocidad de sufrimiento y
felicidad, debiendo todo- sufrimiento tener su recompensa en este mundo. Se cree que cuanto más completa
sea la obediencia a la voluntad divina, cueste lo que cueste, antes recibirá su recompensa el celo demostrado en
el servicio de Dios. En el caso más concreto de los mesianismos, es constante la esperanza en la venida de un
emisario divino que enderezará los entuertos así como la creencia en un paraíso a la vez sagrado y profano. En
otro lugar señala que la primera condición para que los movimientos mesiánicos tengan lugar es la existencia de
temas míticos, tales como el rejuvenecimiento de la Tierra y el retorno o resurrección de divinidades
antropomórficas (Héroe civilizador, gemfúbs míticos, antepasados divinizados) .

Final de la profecía
El Antiguo testamento nos ha dejado textos en los que se lamenta el que ya no haya profecía. En efecto,
después de la vuelta del exilio ya no aparece ninguna figura profética (no entramos en el resurgimiento neotes-
tamentario). ¿Por qué? A priori podría pensarse que ya no tenía función que cumplir (substituida por los
sabios, etc.) o que los presupuestos para su eclosión y mantenimiento habían desaparecido. Según von Rad , la
razón más válida de su apagamiento es que después de Alejandro, Palestina no se vio involucrada por
acontecimientos a escala mundial, y siempre fue a su sombra como operai-on los profetas. Algo de eso hay,
pues excepto en el período macabeo (muy rápido por otra parte en el estadillo y solución de la crisis), Israel—se
limitó a dejarse cambiar de dueño; con la dominación romana vuelve a prepararse el terreno para los líderes
carismáticos. Creemos, empero, que habrá razones más profundas que las meramente sociopolíticas coyun-
turales. Habría dos razones fundamentales. La primera es la ya mencionada suplantación de la profecía por la
“sabiduría”, conjugada con la liturgia de la palabra “no sólo en el culto salmodial, como antes, sino en el culto
del Libro que ahora nace, en el culto de la palabra eterna de Dios. La Biblia, convertida en el profeta eterno,
acaba con los profetas al fijar .y agotar su experiencia, descubriendo la fundamental identidad de la predicación
profética” .
Guillaume, por su parte, atribuye el fin de la profecía adivinatoria a la decadencia de sus métodos (en Jeremías
sólo tienen un papel muy accesorio y ya no aparecen en el Duteroisaías); se refiere esto al método tradicional
de las predicciones , lo que él ha llamado “método sacramental” y que en realidad es sólo uno de los factores
operantes en los profetas, si bien de modo decreciente. Supone Guillaume que la reacción contra el método
adivinatorio surgió ante el contacto con los babilonios y su exacerbada mántica . Se evitaría por ello ' toda
manifestación exterior que se le pareciera (y ciertamente las características externas de la predicción oracular
eran similares en los pueblos semitas). Tenemos, pues, que se deja de creer en el método adivinatorio y que se.
canoniza la Ley, a la que se subordinan los profetas. Así es muy difícil que puedan surgir nuevos profetas;
podríamos considerar a Esdras 7, 10 como su epitafio. Una conexión entre profecía e idolatría aparece en uno
de los últimos profetas (Zac. 13, 2-6); quizá en esta condenación del profetismo hayan influido los abusos de los
“falsos profetas” (cortesanos, extáticos…) todos. A partir de ahora nadie emitirá una revelación a su nombre,
sino que la atribuirá a personajes ya desaparecidos y prestigiosos (pseudoepigrafía).
Mas hay otra razón a tener en cuenta. La profecía, en su dinámica interna, tiende a considerarse
definitivamente, como se ve en su historia , siendo muchos los profetas (Zoroastro, Maní, Mahoma, etc.) que se
inclinan a pensar que son el sello de la profecía. Es por ello curioso que los profetas hebreos se sientieran
eslabones en la sucesión de los profetas {cf. Am. 3, 7ss; 2, 12; Jer. 7, 25, etc.). Y cuando, a partir de Malaquías,
se extinguió el espíritu de profecía, el judaismo estuvo anhelando su reaparición, que abriría la era mesiánica
(de ahí las expectaciones y realidades neotestamentarias; cf. Mt. 16, 14; 17, lOs; He. 2, 17ss. 33, etc.).
5. Presupuestos ambientales sociopolíticos en la aparición y éxito de los
profetas
Israel: Profecía-monarquía
Puede afirmarse, simplificando bastante, que la institución monárquica fue transformando las vivencias
religoso-sociales. El individuo cada vez se subordinará menos a los grupos naturales (familia ampliada, tribu,
etc.) y cada vez más al rey y sus funcionarios; con ello, conscientemente o no, se va aplastando y eliminando
progresivamente el antiguo espíritu dernocrático-libertario e individualista. Nacen nuevas formas de
asociación (grupos de trabajadores, muchas veces forzosos, etc.) que se parecen cada vez más a las clases
sociales que desbordan los límites más naturales de la familia y el clan. Paralelas transformaciones se dan en la
guerra, que de ser “santa” (el pueblo en armas bajo un caudillo carismático) o teocrática (pues Yahvé es el Dios
de los ejércitos) va secularizándose en la realidad de los hechos; diga lo que diga la propaganda oficial, la
mentalidad cambia cuando se pasa a un ejército profesional y costoso de equipar que sólo el rey puede
permitirse y que empleará para sus fines. Son cambios paulatinos, pero en la misma dirección. La gran época
del profetismo hebreo (s. IX al VII a. C-) es una era de desintegración interna en la cual ya hace tiempo que la
vida económica y política se ha autonomizado y en la que el yahvismo está a la defensiva y encuentra sus
representantes en los círculos campesinos .
También las relaciones religiosas del individuo con la sociedad van cambiando . La religión cada vez se nutre
menos de la vida familiar y ciánica y cada vez más1 con la política. La religión oficial se irá viendo afectada por
las coyunturas políticas: según el momento será influida por los cultos egipcios, asidos o neobabilonios, que
llegarán a instaurarse en el templo áulico. Los antiguos hábitos religiosos del pueblo, por su parte, se verán
afectados por las directrices oficiales por un lado (tendencia a la realeza sagrada y al sincretismo) y por el otro
por la cananeización (cultos de fecundidad, etc.) de las masas dedicadas a la agricultura.
Ante tal situación, los profetas aparecen, sí, como adalides del conservadurismo religioso y social, pero,
curiosamente, su crítica a las instituciones vigentes y su profundización en lo religioso y ético les lleva a
convertirse en exponentes y factores de progreso auténticamente humano.
Von Rad destaca cuatro hechos en conexión con el emerger del profetismo: 1) la degeneración del yahvismo por
culpa del sincretismo; 2) la formación del estado llevó a una sistemática emancipación de la protección divina;
3) el desarrollo social y económico de entrambos reinos llevó a una creciente desintegración del antiguo orden
social ciánico, transfiriendo a las ciudades la importancia económica; citando a Weber ve cómo el patriciado
urbano controla a la gente del campo y cómo el campesino se va proletarizando ; 4) la prepotencia de los
imperios vecinos que continuamente ponía en un brete la soberanía • nacional. La solución que los profetas
dieron a tal estado de cosas era a la vez religiosa, política y socioeconómica. De hecho se ha observado
repetidamente que la vocación, mensaje, y acción profética sólo tienen sentido como respuesta a una concreta
situación histórica , así como su fina sensibilidad a los cambios históricos y á lo histórico en cuanto tal. En el
caso de Israel se oponían a una doble tendencia: la creciente secularización y la de restringir al pasado
premonárquico la historia sagrada, limitándose al presente a meditar y formular las antiguas tadiciones de
hechos salvíficos: la salvación nacional era segura a causa del pasado . Al denunciar la conducta antisocial o lo
que llamaríamos delitos económicos, los profetas no se erigían en portavoces revolucionarios de un grupo sino
que actualizaban las antiguas normas, la ley eterna divina a la que hay que someter todo .

Constantes sociológicas en los movimientos religiosos de libertad y salvación en las poblaciones frustradas
Como este trabajo se está extendiendo demasiado, vamos a resumir las conclusiones de algunos autores que
han tratado esta problemática, sin intentar ulterior síntesis crítica.
N. Cohn así resume las características de los movimientos milenaristas medievales y renacentistas. No son
típicos de los esfuerzos de los pobres para mejorar su suerte (objetivo de toda lucha social) sino que sus fines y
premisas son ilimitadas: se espera un cataclismo (prefigurado por la crisis en que se encontraban) del cual el
mundo emergerá transformado y redimido. Este milenarismo revolucionario no atrajo ni a los campesinos
firmemente integrados en la aldea o feudo ni a los artesanos firmemente integrados en su gremio. Encontraron
sus-seguidores donde existía una población (rural, urbana o mixta) atomizada y no organizada
tradicionalmente. El “profeta” unía en un grupo propio a estas gentes marginadas de la sociedad, sin lugar
propio y sin apoyo de los grupos tradicionales. Tales grupos eran muy sensibles a las crisis (pestes, hambres,
carestías) y a la gradual corrosión del marco de la autoridad en la que estaba contenida la vida medieval. Y
cuando había una insurrección masiva con un fin limitado y mundano, en la franja radical aparecía un profeta
con su séquito de pauperes buscando trocar esa revuelta particular en batalla apocalíptica, purificación final
del mundo.
El terreno común de origen de los movimientos proféticos entre los pueblos primitivos y del Tercer Mundo se
caracteriza por una condición de crisis social, cultural y religiosa, sea en relación con Una condición de
opresión ocasionada por instituciones internas vinculadas a la sociedad' originaria, sea en relación de choque
intercultural entre un grupo hegemónico y otro subordinado . Considero muy importante hacer notar,
siguiendo a Pereira , que la mera opresión o desgracia puede ocasionar revueltas y revoluciones sociales y
políticas, pero no es suficiente para que se configure un movimiento profético. El elemento verdaderamente
perturbador es la anomia social , no la inseguridad económica o política. Tal anomia se encuentra, por ejemplo,
en los momentos de transformación o de transición de un tipo de estratificación social a otro; y no sólo la
opresión sino también la libertad excesiva que degenera en libertinaje producen la anomia social que, junto a
los factores religiosos vistos antes, posibilita el que cristalice un movimiento o secta profética en torno a un
guía carismático.

Conclusión
Empíricamente observada, la profecía nos ofrece un espectro muy amplio que va desde una controlada
posesión o cierta potenciación de las capacidades naturales hasta el éxtasis frenético u orgiástico con
convulsiones y hasta una pérdida temporal de la personalidad. Tal estado pneumático y entusiástico puede
ocurrir espontáneamente o ser técnicamente inducido; pero tanto en un caso como en el otro, el profeta tiene
conciencia de que la inspiración le viene de fuera (aún contra su voluntad; no es él el que la produce): surge por
un acto de elección y su fuente le es conocida (lo que sucede es porque Dios quiere). El carisma profético es el
principal don religioso acompañante tal estado e implica una comunión inmediata con la divinidad
personalmente manifestada; en tal comunión es más característica su intensidad que su continuidad. El profeta
se autointerpreta —y así se le reconoce al aceptarlo— como órgano, portavoz o instrumento de la voluntad
divina. Su autoridad es marcadamente derivada: el profeta no pretende ninguna parte personal en sus
palabras, pues no habla por sí mismo, sino según se le ha revelado o inspirado (así, por ejemplo, los profetas
hebreos) o según el numen o potencia que les posee y utiliza (así la profecía extática de una Casandra, por
ejemplo). Así pues, lo específico de la figura del profeta es su especial e inmediata relación con la divinidad
personal que le convierte en portavoz de la misma.
¿Y qué es lo que dice? La inspiración profética no es un acto en el que se adquiere información general, sino 1
que trata de aquello que en la vida humana preocupa a Dios. Por ello la historia de la profecía aparece como la
historia de la progresiva revelación de la voluntad divina acerca del hombre. La profecía es dinámica e
innovadora, pues está convencida de que Dios no está atado por precedentes e insta a la constante escucha de
Dios, cuya voluntad no se puede presumir conocida. Nos es imposible exponer el contenido concreto de los
mensajes proféticos; remitimos por lo tanto a la abundante literatura especializada (sobre todo en lo que
respecta a los grandes profetas individuales).
El profetismo toma el mundo como objeto de las exigencias divinas. Un resultado de tal actitud es que la
revelación profética comporta una visión unitaria de la vida lograda por la consciente búsqueda de sentido
unitario pleno; tal cosmovisión tiende a abarcar todas las manifestaciones de la vida del hombre. Y si
procediendo de tal guisa el profeta resulta muchas veces revolucionario, él no suele ser consciente de ello ni
busca lo social o político como fin de su actividad. Aunque sean muy llamativas las actividades políticas y
sociales de los profetas, no hay que olvidar que su encarnar la conciencia popular está condicionado por la
experiencia religiosa del profeta; es su vivencia la que le hace reaccionar contra las alteraciones o perversiones
del orden cívico o moral que sea reflejo de la voluntad divina.
Presiente el peligro y capta los momentos cruciales para interpretarlos a la luz del pasado que interpreta y del
futuro que anticipa. Pero su intencionalidad, sobre todo en los grandes profetas, es siempre religiosa; todo lo
mundanal es visto sub specie aeternitatis; por ello la escatología suele ser parte importante en toda profecía
genuina.