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Algunos no se reconocen como artistas; varios lo hacen pero eligen el anonimato, y otros

tantos pintan para exponer en galerías. El arte callejero no solo tiene una mirada, y varios
de sus exponentes en Colombia conversaron con Diners para explicarlo.
El origen del grafiti es ilegal, y aun así ha llegado a las galerías de arte
(¿convirtiéndose en legal?); puede leerse como un símbolo de
contracultura, por sus cualidades irreverentes, transgresoras y que se
oponen a lo establecido, pero a la vez hay cuadernos, stickers, moda con
estilo grafiti, y el mismo artista que estampa su firma ilegalmente en un
edificio, también la dibuja en la parte inferior de un contrato con el Estado
(¿convirtiéndose en parte de la cultura?).

Desde la orilla que se mire, la discusión pasará por los mismos debates que
comenzaron después de las protestas de mayo del 68 en París, que
continuaron en los setenta y remataron con las regulaciones antigrafiti de
Nueva York durante la década de 1980. ¿Arte o vandalismo? Si el espacio
público es de todos, ¿por qué no puede usarse para pintar?

El arte urbano que llegó a Latinoamérica y especialmente a Colombia en


los años ochenta a través del grafiti, comenzó siendo un medio de expresión
con importante crítica social, anónimo, mordaz, y funcionó como un
mecanismo contestatario frente al establecimiento.

En la actualidad, Bogotá es la ciudad de Colombia con mayor movimiento


de artistas urbanos. El año pasado, Bombing Scene, blog especializado en
street art, la ubicó en el séptimo lugar entre las mejores 99 ciudades para
hacer grafiti en el mundo; además, el diario inglés The Guardian publicó
una galería fotográfica con la selección de algunos murales de Bogotá, que
calificó como “La meca de artistas callejeros”.

Diners conversó con cinco de ellos, que más allá de ser colombianos y
recorrer distintos países pintando, no tienen mucho en común: cada uno
representa y brinda una visión distinta del arte urbano en el país.

STINKFISH
“Todo muro es ideal para hacer grafiti”, sentencia desde el interior de un
café, Stinkfish, de 37 años, hijo de antropólogos y defensor del grafiti puro,
el que raya con lo ilegal. “Nos quieren hacer creer que es bueno hacerlo
solo en ciertos espacios, que mientras se haga ahí, está bien, cuando es todo
lo contrario. Acá mismo podría pintar, subirme en una silla y escribir mi
nombre”, puntualiza.

En sus palabras, una imagen es grafiti solo si cumple con tres reglas:
independencia, ilegalidad y anonimato. Sobre la primera dice que aunque
suene bonito que el Estado brinde recursos y espacios para pintar, al final
significa: “Los controlamos, pintan donde queremos y lo que queremos. No
lo juzgo porque venimos de una profesión donde no hay remuneración fija,
no hay sueldo. Mi posición no es decir qué no se debe hacer, es más pensar
qué se debe hacer”.
Stinkfish ha recorrido el mundo pintando muros. Es el fundador del
colectivo Animales Poder Cultura (APC). Aquí uno de sus trabajos
en Graz, ciudad en el sur de Austria. Imagen: Cortesía Stinkfish

Sobre la segunda, señala que “la ley y el grafiti son antónimos porque este
último brinda espacios de libertad en donde no le estoy pidiendo permiso a
nadie, si quiero pintar a las 10 a.m. o a las 3 a.m., lo hago”; y sobre el
anonimato cree que “en el mundo del arte establecido es importante figurar
con el nombre real y en el grafiti sucede lo contrario. El mundo del arte es
un mercado de productos en donde soy más importante en la medida en que
tengo un curador, un museo detrás: el grafiti reniega de eso, no necesito de
un curador que me haga importante, ya lo soy, hay gente que ha visto mis
muros y no conoce un museo, por esas razones tampoco es arte, y es
importante que no lo sea”.

Después de terminar Diseño Gráfico en la Universidad Nacional en 2003,


formó con tres amigos el colectivo Excusado, que organizó Desfase, el
primer festival de arte urbano del país. “Estuve hasta 2008, cuando entró un
agente externo que quiso usar el grafiti en la publicidad. Comenzamos a
hacer cosas así y me di cuenta de que no estaba acorde con lo que habíamos
comenzado”. Así que, fiel a esa filosofía, formó junto con amigos el
colectivo APC (Animales Poder Cultura), que actualmente agrupa a más de
60 personas en diferentes países.

No se considera artista, se presenta como alguien que hace grafiti, que toma
una fotografía con su Canon G1X y luego la vuelve un muro que puede
tardarse pintando desde un par hasta seis horas en Bogotá, Tijuana, Beijing,
La Paz, México, Berlín, Londres, Viena o en alguna otra parte. “Me dicen:
‘¿por qué no hace grafiti que apoye a los indígenas?, ¿por qué no hace
grafitis que vayan en contra o a favor del gobierno?’: porque no tengo la
responsabilidad de hacerlo ni quiero tenerla. Hago destrucción de ideas, de
cómo se entiende la vida, de por qué decidí pintar en la calle y no trabajar
en una agencia de diseño, de por qué con la plata que gano, en vez de
ahorrar para comprar un carro, me la gasto en pintura”.

LINA ARIAS
Foto: Cortesía Lina Arias

“Yo no hago grafiti, hago arte en la calle, muralismo, comencé pintando en


caballete”, se apresura a decir Lina Arias. “No me interesa ser anónima,
muestro mi imagen tranquilamente. Soy artista visual y he manejado
proyectos como El antídoto, una galería itinerante en donde acercábamos a
la gente del común la obra de artistas que apenas comenzaban”, añade.

Su trayectoria se ha enfocado más hacia el trabajo en galerías. Ha expuesto


en lugares como Quito y California y ha participado en eventos como la
Aruba Art Fair. A finales de enero inauguró la exposición Destellos, en la
galería La 77, de Ciudad de México, y el 17 de febrero comienza otra de
sus exposiciones, titulada A 4 vientos, en Playa del Carmen, también en
México.

“Destellos da cuenta de una etapa muy espiritual de mi vida, donde empecé


a desarrollar ilustraciones de ángeles que, con el tiempo, evolucionaron a
algo más enfocado en los seres humanos, que explora de dónde vinimos,
como un vínculo entre lo real, lo terrenal y los mundos de otras
dimensiones que no conocemos. A 4 vientos, en cambio, es una serie de
ocho cuadros inspirada en un viaje que hice a México, en donde realicé una
abstracción de ciertas cosas que he vivido”.

Manual elaborado en la Aruba Art Fair, en 2017. Lina Arias estudió


Artes Visuales en la Universidad Javeriana, y su trayectoria se
enfoca más hacia el trabajo con galerías. Imagen: Cortesía Lina
Arias

La primera vez que pintó un muro fue en 2008, cuando hizo un intercambio
cultural en Salvador de Bahía. El más reciente, en la plaza de mercado del 7
de agosto, en Bogotá. “Fue una beca del Idartes que me gané con 1000-E
(otra artista urbana). Podíamos elegir el lugar para pintar y escogimos ese
porque nos interesa el tema de la plaza de mercado: ya he pintado unas en
Bolivia y en México, en la Riviera Maya. Las plazas de mercado reflejan
más que la cultura gastronómica, también pueden dar una cantidad enorme
de pistas del lugar en el que estás, y siempre que viajo trato de abstraer
elementos de la cultura”, describe.

Lina cuenta que alguna vez pintó de forma ilegal, pero ya no lo hace. “No
hago piezas tan rápidas, me demoro un tiempo largo produciéndolas, para
mí es más fácil pedir un permiso, estar en un espacio que sea tranquilo para
el desarrollo de la obra”. También ha tomado elementos de su trabajo para
convertirlos en una línea de productos como vestidos de baño, carteras y
cojines, “es otra forma de vivir del arte”.

GLEO
Foto: Marcela Moreno González/@marceeliinn
Comenzó a pintar hace diez años, cuando tenía diecisiete. Por ese entonces
la técnica más utilizada en Cali, donde vive, era el vinilo. Aprendió viendo
a otros artistas desde la distancia y comenzó a salir equipada con pintura,
rodillo y un extensor. Confiesa que al principio lo hacía sin permiso, en la
noche, cosas muy específicas y anónimas, hasta que un día un señor le dijo:
“¿Por qué no viene y lo pinta de día? ¿Qué es esa bobada de estar saliendo
tan tarde?, ni siquiera ve los colores”. En esos detalles radica la diferencia
entre el arte urbano de Cali y el de Bogotá.

“Soy de las que si no alcanza a pintar el muro en un día vuelvo al siguiente;


en el barrio sale la señora y te dice: ‘le hice un juguito de lulo, mañana la
invito a almorzar’. De cierta manera, la noción de ilegal en Cali apenas se
está construyendo. Cuando iba a Bogotá, mis amigos querían pintar en dos
o tres horas, era rápido, express, aerosoles versus clima, un contexto
totalmente diferente, y me costó algunos años darme cuenta de que ese no
era el camino que quería elegir”.

Durante una época se interesó por la iconografía precolombina en


Latinoamérica, que definió gran parte de su estilo actual, pues identificó
que en todo el mundo, sin importar la distancia, algunos símbolos como las
máscaras se comparten como si hubiese un tipo de consciencia colectiva.
“Comencé a estudiar la figura humana y el rostro como símbolos de algo
único. Mis trabajos tienen en común los ojos amarillos y un huevito que
siempre pongo que significa el universo”, explica.
Gleo pinta máscaras como símbolos de conciencia colectiva. Su
técnica es el vinilo y ha pintado muros de hasta 12 pisos. Imagen:
Cortesía Gleo

Gleo reconoce que las mujeres no son mayoría en el arte urbano y cree que
retomar el anonimato puede ser un gran paso para sortear las dificultades
que esto causa. “No solo es necesario para dejar a un lado el ego de artista,
sino porque he tenido proyectos que me han cancelado cuando se enteran
de que soy mujer. Casi siempre que me invitan a un festival me dicen: nos
faltaban mujeres, por eso te llamamos… ¿debo decir muchas gracias?

“Comencé a ocultar ciertas características como mi rostro, o mi cuerpo, que


pasan a ocupar un segundo plano. No me interesa que cataloguen mi trabajo
por ser mujer. He ido a proyectos donde los artistas no me hablan por cinco
días y me preguntan si soy la novia de Gleo, y cuando les digo que soy yo
contestan: ‘es que no pintas como mujer’; ¿en qué momento la pintura tiene
género?”, se pregunta.

DJ LU
Foto: Jorge Oviedo

Subido en el tercer peldaño de una escalera que ubicó frente al muro de la


avenida Caracas con calle 57 está DJ Lu. El jean viejo, un buzo oscuro
salpicado de pintura, sombrero pesquero, aerosol y una máscara de gas
rosada son su uniforme de trabajo. Está a medio camino de terminar su más
reciente trabajo, para el que no pidió permiso. Se trata del rostro de
“Osama”, un cuidador de carros que forma parte de la serie Héroes
Anónimos. “La comencé hace seis años. Trato de visibilizar a la gente de la
calle, el personaje del común. Los medios siempre muestran al cantante o al
futbolista que nunca ha hecho nada por uno. Estas personas deben ser más
importantes porque viven en mi ciudad, porque hablo con ellas”, explica.
En total, para la pieza de ‘Osama’ utilizó quince pliegos de plantillas que
cortó a mano, “y tuve que improvisar, porque traje algunas que no eran.
Hay grafiteros muy radicales que consideran que usar plantillas no está
bien, para algunos lo que importa es la destreza con el aerosol, el estilo”.

Lu tiene 42 años, es arquitecto de la Universidad Javeriana y se graduó en


Artes Plásticas en la Universidad Nacional. Defiende el anonimato, entre
otras cosas porque “me aburrí de ser una figura pública –fue disk jockey
durante diez años– y de tener que estar para darle gusto a la gente. Me
parece interesante no tener que deberme a nadie, que puedan hablar mal sin
saber quién es uno, o hablar bien, también se puede” (risas).
DJ Lu ha realizado y rechazado trabajos con marcas, aunque dice
que prefiere trabajar con el estado. Es defensor del anonimato.
Imagen: El perro de Erwitt, foto DJ Lu / Flickr

Ha realizado y rechazado proyectos con diferentes marcas conocidas, pero


acepta que prefiere trabajar con el Estado. Lu, quien también firma sus
trabajos como Juegasiempre, es un cazador de muros que deambula en
ambos mundos del grafiti: el políticamente correcto y el clandestino. Ha
pintado en España, México, Perú, Paraguay, Estados Unidos y otros países
por invitaciones que le han hecho. Prepara un próximo viaje a Los Ángeles
con Erre, Toxicómano y Lesivo, para exponer en una galería.

LEDANIA
Foto: Jorge Oviedo

Cuenta que su primer maestro fue su padre, también artista. “Desde


pequeña pinté a su lado; recuerdo que a los cinco años hicimos un trato que
se basaba en que cada domingo íbamos a un museo con la condición de que
luego fuéramos a jugar a algún lado, así aprendí mucho de historia del
arte”.

El anonimato no es una de las características de su trabajo, aunque prefiere


no decir su nombre. “Empecé de forma distinta, estudié artes visuales en la
Universidad Javeriana, me conocían por mi cara”. Describe su trabajo como
neomuralismo aplicando la técnica del grafiti. Intensos colores,
geometrización y patrones artesanales –su mamá es artesana– definen su
estilo. No aborda temas políticos, de coyuntura o religiosos porque “no
comparto nada con la Iglesia, y menos con la política, lo que tengo que
decir sobre eso es negativo, ¿para qué quiero llenar las paredes con algo
así?”, argumenta.

Ledania tiene en su registro haber pintado en 2016 el lienzo más grande de


Colombia, instalado en la carrera 30 con calle 22 y que elaboró junto a Pez,
un reconocido artista español. “Fue un proyecto para Reebok, eran casi
cinco pisos de altura. No tengo problema en trabajar con marcas si son
conscientes, responsables y no maltratan el arte”.
Ledania no pinta sobre temas religiosos ni negativos. No oculta su
rostro, pero prefiere no mencionar su nombre. Y si no maltratan el
arte, no tiene problema en trabajar con marcas. Foto: Cortesía
Ledania

Una de las reflexiones que se repite constantemente es que de las


experiencias negativas surge algo bueno; prueba de ello fue lo que ocurrió
en la Bienal de Arte en Asunción, Paraguay, durante 2015. Algunas artistas,
entre ellas Ledania, debían hacer unos murales con el tema grito de libertad
de la mujer, pero les entregaron tarde los materiales, las hospedaron en un
hostal donde había fila para poderse bañar y otras cosas por el estilo.

“Encontré un montón de mujeres fuertes que hacen lo mismo que yo en


otros países y nos unimos porque lo que sucedía no era correcto, hablamos
en los medios e intentaron enmendarlo todo”. Después, el curador del
evento la invitó a la Bienal de Curitiba, en Brasil, y eso la llevó, luego, a
pintar en la Montana State University, en Estados Unidos. Además, una de
esas mujeres que conoció en Asunción fue Anis, de Chile, con quien se
reencontró para pintar un mural en el centro de Bogotá.

Por Dick & Miriam Emanuelsson/ Resumen Latinoamericano/ 10 de octubre de 2017.-


Bogotá, conocida como “la Atenas de América Latina” por la gran variedad y buena calidad de
la cultura, en esa inmensa ciudad ha crecido también desde hace varios años el llamado Arte
Urbano. Ha sido creado, principalmente, por jóvenes. Y son los jóvenes que debaten, invitan y
luchan para que el Acuerdo de Paz sea una realidad en Colombia.
Video: entrevista con Roberto José Romero https://youtu.be/yvFmNFhHD1E
En el 1996 encontré este sencillo, hermoso e ilustrativo mural (arriba) en la Avenida 26 con
Caracas en Bogotá. Eran los años con gigantescas marchas campesinas, sobre todo en el sur
de Colombia, fuertemente reprimidas por la fuerza pública. En 1996 muchos campesinos
fueron asesinados, detenidos, torturados y sentenciados a largas penas de cárcel.

Como el 5 de octubre, 2017, hace cinco días en Nariño con el terrible saldo de media docena
de campesinos asesinados y una treintena de heridos. Han pasado 21 años y pese de la firma
de Paz parece que el campesino sigue siendo un objetivo militar para el Estado.

En 2003, durante un viaje por el Río Caguán para llegar a un cabildo campesino en el
municipio de Remolino de Caguán, durante el Plan Patriota, fuimos ordenados por guerrilleros
de las Farc de dirigir la lancha a la orilla del río. Era un retén fluvial guerrillero, igual como los
otros tres que había montado el Ejército, al otro lado del río.

Uno de los comandantes guerrilleros había sido uno de los líderes de las marchas campesinas
1996 y había sido amenazado por el Ejército Nacional y la Policía Antinarcótico. No tuvo otra
alternativa que ingresar a la insurgencia si no quería encontrar la muerte estatal. Por eso el
texto en ese mural en Bogotá 1996; “La Protesta es un Derecho, No es un Delito”.
EN LA MISMA AVENIDAS CARACAS, unas 3-4 cuadras hacía al norte, se veía otro mural
(arriba) que exigía “Libertad a los Presos Políticos”. Muchos sindicalistas, sobre todo de la
USO (petroleros) habían sido encarcelados en el clima represivo y antisindical en esos años.
En esa época reinaba “la Justicia sin Rostro”. En el departamento de Antioquía, dirigido por el
entonces gobernador Álvaro Uribe Vélez se había creado las Convivir, grupos que en realidad
era una legalización del paramilitarismo, lo que confirmaría posteriormente el mismo jefe de
las AUC, Salvatore Mancuso.
CASI SIEMPRE HA SIDO LA IZQUIERDA y los sectores democráticos y progresistas que han
sido protagonistas en la producción de murales con mensajes políticos. Los murales del
emblemático muralista, el mejicano Diego Rivera, es un ejemplo. Las juventudes comunistas
chilenas crearon en 1968 la “Brigada Ramona Parra”, BRP, bautizada por la mujer y
comunista con el mismo nombre que en 28 de enero de 1946 fue asesinada en una protesta
en Santiago de Chile. Los murales pintados durante los años por esta Brigada son miles y han
sido emblemáticos en la lucha política en Chile, sobre todo durante el gobierno de Salvador
Allende pero también durante la dictadura militar del general Pinochet. El arte y los murales
eran armas muy poderosas en la lucha antifascista desde el 1973-1990.
La clásica obra de Diego Rivera.

Una Brigada de la Ramona Parra en acción durante la epoca de Unidad Popular en Chile.
Un mural de la Brigada Ramona Parra Siglo XXI, de la juventud y partido comunista chileno.

Cuando llegué la primera vez a Colombia en 1980, los muros que rodeaban las fábricas en
Bogotá eran cubiertos con grandes consignas y también con murales. Ya han pasado más de
37 años y el panorama en Bogotá es diferente. No se ve la misma agitación y propaganda sino
más una cierta forma de subcultura, con tendencia y un reflejo de anarquismo juvenil pero al
mismo tiempo de rebeldía, esa capacidad típica de la juventud.
Durante el periodo de Gustavo Petro como alcalde (enero 2012-junio 2015), paredes enteros
de edificios fueron pintados con diferentes motivos. En la Avenida 26, frente lo que era el
Cementerio General, lugar para muchos mártires colombianos hay un mural hermoso pintado
y firmado por “ARK+CHIRRETE, Crudo-Kometo”. Seguramente mide unos 6×40 metros.
Una parte del inmenso mural en la Avenida 26. FOTO: MIRIAM EMANUELSSON.
UN DÍA EN EL MES DE MAYO, año en curso, durante nuestra gira por Colombia
conversamos con Roberto José ´Chirrete´ Romero, uno de los dos muralistas, autores de la
inmensa obra.

– Esta obra fue producto de un plan de desarrollo para trabajar temas de paz y el conflicto
social en Colombia por parte del Centro de Memoria y de Reconciliación que está frente al
Mural (en el ex cementerio). Ellos nos comisionaron para elaborar el mural en 2015, dice
Romero.

Nos cuenta que ese año, 2015, las negociaciones de paz en la Habana todavía eran inciertas
sobre el éxito de ellas. La idea del Centro de Memoria y de Reconciliación era generar
expectativas en la población para la paz. Durante cuatro meses estuvieron trabajando con el
mural. Pero primero hablaron con los familiares de víctimas o víctimas sobrevivientes de la
guerra sucia en Colombia.

– Logramos armar un primer boceto que trabajamos juntos con el Centro y terminó siendo la
propuesta que está aquí pintada. Tenían una frase que ellos acuñaron que fue ¡“LA PAZ ES
AHORA”! De partir de esa frase nosotros empezamos a trabajar el diseño del mural, partiendo
de la idea, que para que haya paz hay que tomar una acción. Lo que pretendíamos con el
mural era, que a través de la acción en conjunto con la gente de la sociedad, podemos lograr
transformar el país y lograr construir esa paz que tanto buscamos, relata Romero.
¡“La Paz es Ahora”!
EL MURAL REFLEJA MUCHAS COSAS, es decir la diversidad que representa Colombia en
relación a los diferentes pueblos originarios, razas, la increíble y hermosa naturaleza que a su
vez contiene una riqueza tanto en recursos naturales, objetivos por el gran capital nacional e
internacional resumida en la política del gobierno de Juan Manuel Santos La Locomotora
Minero-Energética, como un pueblo trabajador.

– La paz no era solo terminar la guerra con las Farc, sino empezar a construir por medio de
acciones muy concretas como salir de este atolladero de violencia, cuidar la tierra y el campo
y como reactivar el campo. Eran puntos muy claros que queríamos tocar aquí. La acción que
están llevando a cabo los personajes aquí en el mural es justamente ayudándose a levantar
como ese estigma de la violencia y la muerte que ha sufrido Colombia durante 50-60 años.
Todas estas personas tan diversas en su raza, en su cultura y sus acostumbres se unen para
salir, o como desenterrar esa memoria y desenterrar esa verdad.
El gran mural en memoria de las 3600 víctimas de la Unión Patriótica.

La Guerra Sucia cobró 3026 víctimas en el movimiento sindical desde el 1985 cuando fue
fundada la CUT y registrando 3600 víctimas del movimiento Unión Patriótica, así documentado
por ´Chirrete y ARK´.
El mural de ´Chirrete y ARK´ sobre los casi cinco millones de desplazados en Colombia,
víctimas del despojo de los ganaderos y terratenientes y la guerra sucia del Para-Estado.
Los dos muralistas también han hecho un muy grande mural sobre la guerra sucia contra la
Unión Patriótica, esa gran alianza popular y de izquierda que fue fundada en noviembre del
1985 como un resultado del Acuerdo de Cese al Fuego entre las Farc y el gobierno del
gobierno del presidente Belisario Betancourt, en mayo de 1984. El resultado en las elecciones
presidenciales en el 1986 fue un choque para el sistema bipartidista que nunca ha permitido
una otra alternativa política para el pueblo colombiano, todas han sido eliminadas por el
Estado. También la UP fue eliminada físicamente.

– El mural sobre la UP fue el primer acercamiento del Arte Urbano de trabajar directamente
con grupos y temas de las víctimas sobre el conflicto armado en Colombia. Este mural
incorporó directamente grupos de víctimas. Pero no solo con (sobrevivientes) de la UP sino
también con grupos de víctimas de sindicalistas y desplazados. Estos tres grupos y tres
murales fueron concentrados en una plaza. El proyecto fue muy lindo por que el día que
inauguramos los murales las víctimas tomaron la palabra y expresaron a la comunidad como
era su problemática y sobre lo que habían vivido. Estos murales fueron un puente también de
comunicación entre los sectores de víctimas, que no habían sido escuchados y los artistas y la
institución.
Una de las víctimas de la UP por la Alianza Para-Estatal en Rio Sucio. El fotógrafo fue
Ampolinar Martínez, secretario general de la Unión Patriótica en la región bananera de Urabá,
asesinado posteriormente por las mismas fuerzas asesinas.

UNO DE LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA SUCIA en Colombia es el propio padre de


Roberto, con el mismo nombre como su hijo. Fue amenazado varias veces en calidad de
periodista y también jefe de redacción del semanario Voz, órgano central del Partido
Comunista Colombiano, medio y partido siempre hostigados por el Estado y sobre todo de las
Fuerzas Militares y el paramilitarismo.
Varios periodistas de Voz han sido asesinados y el caso más conocido es el asesinato de
Manuel Cepeda Vargas, director de Voz durante muchos años. Cepeda fue asesinado el 9
agosto de 1994, en calidad de senador del PCC. Dos suboficiales del ejército fueron
condenados a 43 años de cárcel como autores en alianza con el paramilitarismo. Pero el autor
intelectual del asesinato, el general Rodolfo Herrera Luna, comandante de la Séptima Brigada
del Ejército, falleció en 1997 cuando iba a ser vinculado a la investigación.

Manuel Cepeda habla en el sepelio de José Antequera, vice presidente de la Unión Patriótica,
asesinado el 3 de marzo de 1989. El 9 de agosto de 1994 le tocó a Cepeda. El Terrorismo de
Estado no descansa. FOTO: DICK EMANUELSSON.

– Yo desde pequeño estuve muy relacionado con la


lucha popular y social, pues porque mi padre era jefe de redacción del semanario Voz. Tuve
que ver de cerca todos estos procesos de ver como él perdía amigos y militantes con los
cuales trabajaba gran parte de su vida. De alguna manera esa lucha social es un legado que
me dejó mi padre.

Hay también otros grupos de muralistas o grafiteros en Bogotá que trabajan por la paz y una
nueva sociedad más justa. Uno de esos grupos es el Pacifista que marca el aumento de
víctimas del paramilitarismo y el Estado en sus murales.

– Si tú eres un dirigente social o trabajas por la paz, corres el riesgo de perder la vida. Es bien
paradójico que en un país donde se ha firmado la paz y se está haciendo todo lo posible para
construir la paz pues sigan pasando ese tipo de cosas y que el Estado niega al decir que los
paramilitares en Colombia ya no existen, ahora cuando están fortaleciéndose mucho más y
cuando la guerrilla está abandonando la lucha armada.

Un mural del grupo “El Pacifista”, que documenta las víctimas de las organizaciones populares
en Colombia. En el mes de mayo habían aumentado a 31, pese a la firma del Acuerdo de Paz.
EL 25 DE OCTUBRE DE 2015, ENRIQUE PEÑALOSA, hijo
de una clásica familia oligarca-política colombiana ganó la alcaldía de Bogotá por la segunda
vez. Obtuvo 32,98 % de los votos, representando su agrupación “Equipo por Bogotá”, apoyado
por la derecha histórica y la derecha neoliberal. Con Peñalosa la cultura y obras sociales
pasaron a un segundo nivel o en varios casos mercantilizados.

El anterior alcalde de Bogotá fue Gustavo Petro, ex guerrillero del grupo M19. Su
administración trabajaba bajo el lema “Bogotá Humana”. Su mandato fue desde el primer día
casi un objetivo militar por parte de la oligarquía colombiana, que en Petro vio un grave riesgo
en el sentido que incorporó sectores populares en su administración e intentó de municipalizar
la recogida de la basura, controlado por cuatro grupos privados, que decidían las tarifas como
un cartel.
Para Roberto y los muralistas la vida se ha vuelto mucho más difícil con el nuevo alcalde,
Peñalosa.

– Peñalosa es neoliberal y dentro del neoliberalismo algunas manifestaciones culturales no


tienen cabida, como grafiti y muralismo. Con el gobierno de Petro alcanzó un gran apoyo y
visibilidad por parte de la alcaldía. Fue durante el periodo de Petro cuando el arte callejero
alcanzó un punto bastante grande y alto en relación al resto del país. Él sintió y vio que el
grafiti y el muralismo tienen esa potencial como para hablar de memoria y en temas que nos
incluyen a todos los colombianos. Cuando entra Peñalosa (a la alcaldía), de entrada él recorta
un montón de dinero del presupuesto que estaba destinado a la cultura. Yo creo que va a
comenzar nuevamente a perseguir a los grafiteros, algo que habíamos descartado como
habíamos superado ese tema. Ahora hay como un vacío ahí, de no saber qué va a pasar, si
habrá apoyo o si nos va a perseguir y poner una nueva ley en el código de policía que ciertas
cosas del grafiti está penalizadas. Pero siento que la policía no quiere tomar cartas en el
asunto y actuar. Recordamos que hace seis años mataron a un joven (15 años) por estar
pintando supuestamente un grafiti. Es un problemática compleja que no está adentro de la
legalidad y estamos en esa lucha.
Roberto ve un incierto futuro para los artistas colombianos. El modelo neoliberal no es
compatible para la cultura porque una cultura al servicio al pueblo no le genera
ganancias. FOTO: MIRIAM EMANUELSSON.
DICE QUE SER ARTISTA EN UN PAÍS como Colombia no es fácil. Pero el grafiti y el
muralismo “es mi proyecto de vida”, agrega.
Y en esos proyectos ha comenzado a dibujar la vida en los diferentes barrios en Bogotá,
tomando nuevamente testimonios con la gente de las comunidades de la vida cotidiana y las
historias tan importantes y ricas de la capital colombiana.
– Tomar testimonio de las personas que han vivido 30-40 años allá, se trata también de
construir una memoria de los barrios.

VIAJAR A COLOMBIA supone sumergirse en un mundo de colores. Desde


las famosas palenqueras que pasean por las calles de Cartagena de Indias
hasta los contrastes de sus fachadas, el país de Gabriel García Márquez es un
arco iris viviente. Tal mundo de colores también se expresa en los muchos
diseños y formas que adquiere el street art en Colombia, posiblemente uno
de los países de Latinoamérica al que mejor le sientan los graffitis. A
continuación, conoce 5 lugares para disfrutar a pleno del arte urbano en
Colombia.
Crédito: lanur

Comuna 13 (Medellín)

En Medellín existe un barrio de colores conocido como la Comuna 13.

Solía ser uno de los sitios más peligrosos del mundo, según la cantidad anual
de crímenes violentos, y por décadas estuvo signado por el narcotráfico y las
convulsiones sociales. Dicha situación comenzó a cambiar cerca del año
2000, cuando la asociación que luego adoptó el nombre de Casa Kolacho se
propuso convertir estos espacios de violencia en sitios repleto de arte y de
otras expresiones culturales creativas.

Con el paso del tiempo, hip-hoperos, artistas y trabajadores sociales forraron


las paredes con graffitis de fruta, mujeres exuberantes, pájaros tropicales y
todo tipo de diseños que convierten esta Comuna 13 en un milagro de
colores. A lo largo de 384 metros de altura divididos en diferentes tramos de
escaleras mecánicas, podemos disfrutar de la presencia de un arte que
reinventa esta zona de la ciudad.
Getsemaní (Cartagena de Indias)

Cuando dejas atrás la Ciudad Amurallada de Cartagena de Indias, en el


Caribe colombiano, el sonido de las guitarras y las banderas de colores nos
anuncian que hemos llegado a Getsemaní, el barrio cartagenero más
bohemio y vibrante de la ciudad.

Entre callejuelas secretas, el visitante puede asistir a un espectáculo de


colores desplegado, en gran parte, tras la celebración del Festival de Arte
Urbano de Colombia que tuvo lugar en este barrio en 2013. Dicho festival fue
una iniciativa en la que 25 grafiteros colombianos, entre ellos Yurika, el más
famoso de la ciudad, se encargaron de narrar la historia de Cartagena a
través de diseños de Gabriel García Márquez, palenqueras y colores de un
Caribe que sorprenden en los rincones más inesperados.

La Candelaria y Calle 26 (Bogotá)

Desde hace décadas, la capital colombiana ha sido el perfecto lienzo en el que


escupir todas las denuncias de carácter social con un spray en la mano.
Barrios carenciados como los Puentes han transformado las fachadas de sus
iglesias en galerías vivientes, por ejemplo. A su vez, La Candelaria, en pleno
centro de Bogotá, se ha convertido en el perfecto escaparate desde el que
admirar las diferentes formas y colores de su arte urbano. El movimiento
tomó mayor protagonismo tras el nacimiento de la asociación Vértigo
Graffiti en 2008, iniciativa a la que se sumaron artistas como DjLu o Guache.

Pero si existe un lugar donde destaca la presencia de un arte urbano


reivindicativo, ese es la intersección de la calle 26 con la 13, camino al
aeropuerto de El Dorado. Allí existe toda una galería a cielo abierto, en la que
destaca “El beso de los invisibles” (ver imagen abajo). Esta obra de arte
urbano está basada en una fotografía de Héctor Favio Zamora, la cual ha sido
convertida en el mural más grande la ciudad con sus 23 metros de altura, y
en todo un ícono del arte urbano de Latinoamérica.

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Barrio Abajo (Barranquilla)

Cuando en 1857 Barranquilla fue designada como “ciudad”, la misma fue


dividida entre tres barrios: Barrio Arriba del Río, Centro y Barrio Abajo, al
noreste. Este último sería el encargado de atraer el comercio a través del río
Magdalena y convertirse en el corazón industrial de la ciudad.

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Durante los últimos años, las autoridades se han propuesto convertir uno de
los lugares más auténticos de Barranquilla en un museo viviente gracias a los
nuevos colores que lucen algunas de sus casas o el encanto de unos murales
potenciados por el festival de arte urbano Killart. El festival tuvo lugar en
2017 y reunió a varios grafiteros franceses y colombianos, quienes tomaron a
golpe de color esta zona de la ciudad, llenándola de murales que hacen
referencia a su famoso carnaval.

Museo Libre de Arte Público (Cali)

Bajo el eslogan “No llevamos a la gente al museo… llevamos el museo a la


gente”, el Museo Libre de Arte Público de Cali propone tejer un laberinto
artístico con fines sociales repartido por toda la ciudad. El Museo Libre fue
fundado por la artista Carolina Jaramillo en 2012.

Desde algunas obras expuestas en galerías cerradas, hasta otras


desperdigadas en puentes o fachadas de hotel, el arte urbano de Cali hace
hincapié en la denuncia social, en la importancia de las jóvenes generaciones
y en la cultura colombiana tradicional.