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SCIPIO SLATAPER

MI CARSO
TRADUCCIÓN
PEPA LINARES

PRÓLOGO CLAUDIO MAGRIS

ardicia
TÍTULO ORIGINAL:
IL MIO CARSO
PRIMERA EDICIÓN:
NOVIEMBRE DE 2013
© de la traducción: Pepa Linares © del prólogo: Claudio Magris,
Trieste: Un’identitá difrontiera
© 1982,1987, Giulio Einaudi. S.p.A, Torino
© de la traducción del prólogo: César Palma (cedida por PrcrTextos)
© de esta edición: Ardicia Editorial S. L.
Avda. Guadarrama 8 - 28220 Madrid
Maquetación y corrección de pruebas:
Ardicia Editorial Compuesto en tipos Hoefler Text
sobre papel ahuesado de 90 gramos
Impresión y encuadernación: Gramar Artes Gráficas Impreso en España
ISBN: 978-84-941235-2-8
DEPÓSITO LEGAL: M-3123O-2OI3 IBIC: FC
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PRÓLOGO
QUISIERA DECIROS

En los tres primeros párrafos de Mi Carso, todos los cuales empiezan con las palabras
«Quisiera deciros»1, Scipio Slataper confiesa y conjura una tentación de mentir. Slataper
quisiera decir a sus lectores, esto es, a los italianos, que ha nacido en una casita del Carso,
en un bosque de robles en Croacia o en la llanura mora-va; quisiera darles a entender que
no es italiano y que sólo ha «aprendido» la lengua en la que escribe, que esa lengua no lo
satisface sino que le despierta «el deseo de regresar en seguida a la patria porque aquí me
encuentro muy mal»2. Sin embargo, sus lectores «listos, sagaces», añade, enseguida se
darían cuenta de que en realidad es «un pobre italiano que pretende barbarizar sus
preocupaciones solitarias»3, un hermano suyo que a lo sumo se siente amedrentado por la
cultura y astucia que ellos encarnan.
En el áspero y esquivo lirismo de Mi Carso, Slataper, venciendo con su sinceridad el
impulso a la declamación, identifica la triestinidad con la conciencia y el anhelo de una
diversidad cierta pero indefinible, auténtica cuando se vive en la púdica interioridad del
sentimiento, no cuando se proclama y exhibe. Slataper se siente receptor del legado y los
ecos de otras civilizaciones, de raíces y savias consustanciales a su ser. Los lectores
burlones y obtusos hacen mal en no advertir su diversidad genuina, solo que esta no admite
definiciones, todo lo que se diga de ella será necesariamente falaz: Slataper no ha nacido
en el Carso, ni en Croacia, ni en Moravia, el italiano es su única lengua y su ver dadera
nacionalidad, por mucho que esta sea un amasijo plurinacional. La patria de la que siente
nostalgia no existe en ningún lugar, porque si «aquí» (en Trieste, entonces austríaca, o en
Italia, en Florencia, donde estudia y escribe) se encuentra mal, tampoco sabría ni quisiera
señalar otra tierra natal.
Ahora bien, si los lectores ficticios, sobre todo los cultos amigos con los que imagina que
dialoga, no comprenden las contradicciones de su identidad, por su parte Slataper revela la
secreta necesidad que siente de esa incomprensión, en la que encuentra una confirmación
de su diversidad, que, constituyendo su naturaleza, no sabe definir.
De forma genial, Slataper identifica esa diversidad con la poesía, es decir, con una
verdad existencial que se puede vivir, pero no predicar, y que es fecunda cuando se objetiva
y se transfigura en las obras concretas (del pensamiento, de la fantasía y de la acción), que
de ella extraen la primera inspiración pero para traducirla en valores que la trascienden.
En cambio, teorizar y hacer alarde de esa diversidad es literatura, artificio retórico o énfasis
sentimental.
Esta diversidad de Trieste ha sido ostentada, negada, afrontada con lúcida conciencia,
pasada por alto con arrogancia o codificada en un cómodo y falso cliché, al que
regularmente ha recurrido su clase rectora para justificarse y explicar su falta de
adecuación so-ciopolítica. Ciudad «abstracta y premeditada»4, como decía Dostoievski de
San Petersburgo (que ha crecido también por la decisión de un gobierno y no por un
proceso de desarrollo orgánico), Trieste ha sido, y sigue siendo, una ciudad llena de
contrastes, pero sobre todo ha buscado y busca su propia razón de ser en esos contrastes y
en su carácter indisoluble. Los escritores que han vivido a fondo su heterogeneidad y su
multiplicidad de elementos sin posible unidad, han comprendido que Trieste -como el
Imperio habsburgués del que formaba parte- era un modelo de la disparidad y la
contradicción de toda la civilización moderna, carente de un fundamento central y de una
unidad de valores. Svevo y Saba hicieron de Trieste una estación sismográfica de los
terremotos que estaban a punto de sacudir el mundo; con Svevo, desde la civilización
burguesa por excelencia, cuya historia ha sido esencialmente la de su ascenso y decadencia,
nació una gran poesía de la crisis del hombre contemporáneo, una poesía irónica y trágica,
muy lúcida y evasiva, que oculta su desengañada agudeza tras una amable reticencia.
Como el austríaco de Musil, que era -lo decía el propio Musil- un austrohúngaro sin el
húngaro, esto es, el fruto de una sustracción, también al triestino le cuesta definirse en
términos positivos; le resulta más fácil proclamar lo que no es, lo que lo diferencia de
cualquier otra realidad, que declarar su identidad.
Toda búsqueda de una identidad, legítima en el plano existencial y a veces fecunda en el
poético, comporta por norma la transfiguración caprichosa de la realidad sociohistórica. La
búsqueda de la identidad conlleva, de un modo más o menos consciente, el afán de
encontrar una esencia, una dimensión que no se altere ni varíe por los vaivenes del
acontecer histórico. Mitifica, es decir, cautiva con la inmovilidad de lo idéntico, y petrifica
la historia en la máscara del mito. La «triestinidad», como toda definición de una identidad
cultural, es ciertamente una categoría «indiferenciada e inapropiada»5, como escribe Elvio
Guagnini, que se proyecta más allá de los límites históricos y culturales de momentos y
elementos dispares. La búsqueda de una esencia-y eso es precisamente el «Quisiera
deciros» de Slataper- cae fácilmente en una visión totalizadora, y por ende reductora como
todo proyecto totalizador, que aprisiona en su red también los fenómenos reacios a la
inclusión, o los elimina o les niega su importancia.
La definición de una identidad acaba extrayendo o abstrayendo rasgos típicos, a los que
se confiere un valor ejemplar y absoluto, estimando representativo únicamente lo que es
propio de ese valor. Ni la cultura triestina ni su literatura se reducen a la cultura ni a la
literatura nacidas de la tribulación slataperiana, que poseen un significado histórico e
intelectual muy notable, pero no cubren todo el espectro de la ciudad, mucho más variada y
articulada. Con buen tino, Silvio Benco, en una conferencia que dictó en Florencia en 1932,
invitaba -en relación con la literatura triestina- a no meter lo todo en el mismo saco, a
establecer más distinciones que analogías6. De esa diversidad que Slataper sufrió, exhibió y
descubrió, nació el arte del propio Slataper y quizá, en un tono completamente distinto,
también el reticente juego sveniano con la nada. En cambio, resulta bastante más difícil
vincular con aquella, por ejemplo, la poesía de Saba o la de Giotti, o la narrativa de
Quarantotti Gambini. Además, Slataper proclama que Trieste «tiene un tipo triestino... y
debe buscar un arte triestino», pero demuele, en una reseña de 1911, el primer libro de
Poemas de Saba, demostrando que su proyecto de «arte triestino» es uno, pero desde luego
no el único ni exhaustivo programa literario. Hay, como se ha señalado acertadamente,
distintas realidades culturales triestinas7.
Sin duda, una de estas es la que parte de la reflexión sobre la diversidad, de la
importancia que se le atribuye o de la exigencia de conjurarla. Naturalmente, toda realidad
histórica tiene su propia diversidad, más o menos marcada. Trieste tiene características
peculiares, pero el hecho de subrayarlas, que a veces es una inconfesable pretensión de
poseer una especie de monopolio, constituye una imposición ideológica, que, según el
momento, adopta fórmulas distintas. La historia de este mito de la diversidad -con sus
regresiones, sus testimonios reveladores y su paisaje sentimental- no es la historia de
Trieste, sino la historia de un motivo característico y recurrente de amplios sectores de la
cultura triestina, es la historia de lo que Fabio Cusin ha llamado «el particularismo
triestino»8. Seguir la historia de un mito no significa aceptarlo, sino comprender esa
realidad histórica más amplia, de la que también forman parte su génesis y su evolución.
Claudio Magris
MI CARSO
A Gioietta
I

Quisiera deciros: nací en el Carso, en una casucha con el tejado de paja ennegrecida por
el humo y las lluvias. Había un perro bronco y pelón, dos ocas con la pechuga enfangada,
una azada y una laya, y del montón de estiércol casi sin paja escurrían después de la lluvia
canalillos de un jugo pardusco.
Quisiera deciros: nací en Croacia, en el gran bosque de robles. Durante el invierno todo
estaba blanco de nieve, de la puerta solo podía abrirse una rendija, y por las noches oía
aullar a los lobos. Mamá me arropaba con trapos las manos hinchadas y rojas y yo me
precipitaba a la lumbre lloriqueando de frío.
Quisiera deciros: nací en la llanura morava, corría como una liebre por los largos surcos
espantando a las cornejas graznadoras. Me tumbaba boca abajo, arrancaba una remolacha
y la mordisqueaba, terrosa. Luego vine aquí, traté de aclimatarme, aprendí italiano, escogí
a mis amigos entre la juventud más culta, pero he de regresar en seguida a la patria porque
aquí estoy muy mal.
Quisiera engañaros, pero no me creeríais. Sois listos, sagaces, en seguida
comprenderíais que soy un pobre italiano que pretende barbarizar sus preocupaciones
solitarias. Es preferible que me confiese hermano vuestro, aunque en ciertas ocasiones os
contemple ensoñado y lejano y me venza la timidez ante vuestra cultura y vuestros
razonamientos. Tengo, quizá, miedo de vosotros. Vuestras objeciones me encierran poco a
poco en una jaula mientras os oigo, generoso y contento, y no advier to que estáis
paladeando vuestra inteligente maestría. Y entonces me sonrojo y me quedo callado en una
esquina de la mesa y pienso en el consuelo de los grandes árboles expuestos al viento.
Pienso ansiosamente en el sol sobre los cerros y en la pujante libertad, en mis verdaderos
amigos, los que me quieren y me reconocen en un apretón de manos, en una carcajada
calma y plena. Ellos son sanos y buenos.
Pienso en mis orígenes lejanos y desconocidos, en mis antepasados, que araban el
campo interminable con un destripador de terrones tirado por cuatro caballones rodados,
que se doblaban con el mandilón de cuero sobre las calderas del vidrio fundido; pienso en
mi abuelo, el emprendedor, que bajó en la época del puerto franco hasta Trieste; y pienso
en la casa grande y verdosa donde nací y donde vive, encallecida por el dolor, nuestra
abuela.
Era bonito verla sentada en la amplia terraza que por encima de unas enormes
escarpaduras abarcaba las montañas y el mar. Ella, seca y resistente, junto a mi otra abuela,
la viejecita veneciana rubicunda y despreocupada, con sus casi ochenta años, a la que
todavía se le notaba el fuerte pálpito azulado del pulso subir y bajar en la piel suave como
una hoja. Esta me hablaba del asedio de Venecia, del saco de patatas en medio del sótano,
de la bomba que destruyó una par te de la casa. Llevaba un pañuelito blanco sobre los
cabellos finos y escasos y era alegre. Cuando venía a comer con nosotros, papá le decía
siempre: «Dichosos los ojos que la ven».
Pero entonces ella no me interesaba. Yo salía disparado al campo, a jugar con los
árboles.
Teníamos un jardín repleto de árboles. Había un castaño de Indias rojo con dos ramas
en forma de horca donde se metía el pie para subir, y luego, como no podía sacarlo, me
dejaba ahí el zapato. Desde las copas más altas veía las tejas rojas de nuestra casa, llenas de
sol y de pájaros. Había una especie de abeto viejísimo por el que trepaba una glicinia gruesa
como una boa, rugosa, estriada, retorcida, que servía de maravilla para las subidas
precipitadas cuando jugábamos al escondite. Me escondía con frecuencia en aquel viejo
ciprés rebosante de matas y de rincones tupidos, y en primavera, mientras espiaba desde
arriba los andares cautos del que iba a desencovar, me entretenía chupeteando los
mechones de glicinia que me daban en los ojos, frescos como un racimo de uvas. La flor de
la glicinia tiene un sabor agridulce, raro, a hoja de melocotonero y un poco como a éter.
Había también muchos árboles frutales, ciruelos comunes, ciruelos claudios e higueras,
sobre todo. Tan pronto como las flores perdían los pétalos y engordaban los pecíolos, yo
subía a saborearlos, aunque ni siquiera estaban verdes. ¡Verdes están ricos! La cáscara del
hueso está aún tierna, como leche cuajada, y dentro hay un poco de agua clarísima para
chupar. Luego, unos días después, cuando mi madre se ha ido de nuevo a casa de la tía, el
agua se convierte en una goma gelatinosa y dulce que se sorbe con la punta de la lengua.
Pero ¡qué buena está la carne así de áspera! Primero el diente teme tocarla y la exprime
con cautela mientras la lengua la humedece con generosidad y saborea la linfa de las
pequeñas picaduras. Después se hinca. Las encías arden, los dientes se aprietan uno contra
otro, ásperos y rasposos como piedras, y toda la boca se vuelve abundante agua.
En cambio, cuando viene el verano, para alcanzar los pocos frutos que quedan hay que
ser un lirón. Hay que llegar a donde los pájaros no tienen miedo por no estar habituados a
encontraros allí. Me enganchaba con un pie en la bifurcación de las dos ramas más altas y,
balanceándome con la mano derecha extendida, procedía con la izquierda, a modo de
larva, por la ramita con la punta doblada, conteniendo la respiración hasta alcanzar el
punto en el que se plegaba y poco a poco se acercaba a mi boca. A veces tenía que dejarla
libre porque la abuela me gritaba: «¡Niños, os vais a matar en esos árboles!». Entonces me
quedaba en silencio, enrojecía y me deslizaba hasta el suelo de un tirón.
Y había también, junto a la tapia de la calle, un tejo común que yo descortezaba con
facilidad en tiras largas para verlo más limpio y más rojizo. En la tercera altura había dos
ramas que formaban como un lecho, donde algunas veces me echaba la siesta o
contemplaba, entronado, a la chiquillería de la calle que peleaba por las bayas rojas que yo
lanzaba como un señor (no me las comía porque me daban asco). Entonces,
envalentonados, comenzaban a tirar piedras con honda. "Yo saltaba como un demonio,
corría al portal, daba un tirón de la barra del cerrojo y salía zumbando por las calles, hasta
casi el centro de la ciudad, con una camiseta y unos pantalones cortos de rayas azules y
blancas y los largos rizos rubios, vociferando: «¡Dale!, ¡dale!».
Y por la noche me dormía tendido en la cama mientras mi madre me quitaba aún los
calcetines llenos de mantillo y de grava. Mi buena y querida madre.

¡La chiquillería! Hicieron la guerra a terribles pedradas en Sanza, una antigua fortaleza
triestina derruida, junto a nuestro campo. Los oímos gritar, correr, matarse. Eran italianos
y negros. Ganaron los italianos. Uno de ellos bajaba con el cuello roto cantando
cadenciosamente:
-¡Pero yo he ganado, pero yo he ganado!
Seguí toda la guerra de Abisinia en un mapa enor-me que mi padre había clavado en
nuestro cuarto. Con el Piccolo en la mano, nos explicaba por dónde iban los italianos.
Debajo, a caballo y con el rostro negro y la cabeza llena de plumas, se veía a Menelik y al
ras Alula9, y yo les agujereaba la nariz con el alfiler de las banderitas. Estaba muy contento
con la victoria de los italianos. Creo que recé por ellos.
Entonces creía en Dios y rezaba todas las noches: «Padre nuestro que estás en los
cielos...». Al acabar, apretaba los ojos y me quedaba muy, muy quieto, pensando solo en la
persona que deseaba que Dios amase. Aquello era rezar. Rezaba por mi querida Italia, que
poseía un gran acorazado, el más poderoso del mundo, llamado Duilio. Nuestra patria
estaba allí, al otro lado del mar. En cambio, a este lado, mamá cerraba los postigos la
víspera de la fiesta del emperador porque nosotros no iluminábamos las ventanas y
temíamos las pedradas.
Pero Italia vencerá y vendrá a liberarnos. Italia es muy fuerte. No sabéis lo que
significaba para mí la palabra bersagliere.

Nuestra casa era hermosa y patriarcal. El atrio era como un templo grande, claro y
oreado, en torno al cual giraban las escaleras con las balaustradas blancas bordeadas de
una reluciente madera de color amarillo oscuro. El sol invernal entraba por los ventanales
con la intención de calentar los cactos deshinchados del tío «Sansirolé». Era la casa del
abuelo, donde vivían sus muchos hijos y sus muchos nietos.
El domingo y los días de fiesta el abuelo se sentaba a la cabecera de la mesa familiar, al
fondo del todo. Tenía un tórax amplio, un rostro ancho e indulgente y una barba
blanquísima. Contemplaba satisfecho a sus hijos y a sus nueras. ¡Cuántos parientes queridos
se habían sentado a la mesa en la gran sala patronal! Cada cual ocupaba su puesto, y
cuando venían otros se añadía un tablero a la mesa y se sacaba un mantel más largo del
armario. Porque nuestros parientes eran numerosos y llegaban de Zagreb, de Padua o de
América con galletas y juguetes. Alrededor de aquella mesa se sentaban tío Boto, que
pintaba cuadros y nos contaba las aventuras de Saturnino Farandola10; y tía Tilde, con sus
ojos grandes y dulces, color mar; y Biancoli, una primita que siempre estaba con mi
hermano mientras yo rabiaba por conocer sus secretos; y el tío «Sansirolé», que nos decía
siempre con voz destemplada:
-¡Estáis como los perros en misa! ¡Sansirolés!
Y yo me reía y mi hermano daba saltos como un poseso, pisando pies; y el tío Guido y el
tío Feliciano y la tía Mima y Mario y Bruno, la abuela, la tía Bice, papá, Toci, mamá y la tía
Ciuta, lozana y matronal, que tenía una mirada benévola y hacía las cosas fáciles y sencillas
cuando las contaba.
Y cuando ya todos habían acabado de comer y tomaban el café, fumando los gruesos
puros Virginia, se abría la puerta con un gran esfuerzo y entrabas tú, dentro de tu mandilito
blanco con los lazos rosa en los hombros, somnoliento Pipi11. Eras guapo y estabas sano,
con los cabellos rubios y las piernotas al aire, la carne joven aún tibia de sueño. Tus ojos
curiosos, inquietos o estáticos, miraban contentos el bonito mantel blanco que te esperaba
antes de quitar la mesa y los muchos platos que papá había cubierto con otros del revés
para conservarte la comida caliente.
Te anudaban una servilleta grande con olor a lavanda, te ponían delante los largos y
tiernos granos de arroz en el grasiento caldo de pollo; el muslo y el ala para tus dientes
agudos; el lomo blando rociado de salsa de alcaparras; las cerezas rojas y carnosas, en
ramilletes, que te colgabas de las orejas encantado con su frescor; el pedazote de tarta, el
más grande de todos, que el abuelo cortaba aposta para ti. Y tú calladito, metódico, grave,
lo engullías todo sin preguntar qué era. Porque todo te gustaba y todo bastaba a duras
penas para una carrera por el jardín. Eras sano y estabas fuerte. Tus compañeros te hicieron
en seguida jefe, porque los ganabas a correr, a pelear y a tirar piedras. Eras bueno y todos te
querían.

¡Steno, Gigetto, Toci, Oidecani, Eugenio, Vincenzo, Scarpa, Pipi! ¡Epa, al agua, al agua!
Hoy luchamos por el honor del club «¡Dale!». Salpica el mar a oleadas cuando el «¡Dale!» se
tira de cabeza desde los pilotes. El barrigudo con el sombrero de paja descolorida, que
antes de tirarse al agua se moja higiénicamente la frente y el ombligo, huye despavorido de
nuestra zambullida. Huyen todos los pacíficos bañistas de la plataforma, de la cuerda, del
trampolín, porque nadie sabe dónde ha decidido domiciliarse hoy el «¡Dale!». Nadie sabe
qué novedades trae hoy el «¡Dale!» mientras se zambulle riendo desde los pilotes.
El mar salpica de alegría y hace espuma, porque al mar no le gusta el navegar lento y
asmático de los viejos, las manotadas y los jadeos de los inexpertos. Al mar le gusta que lo
corten, lo batan, lo destrocen unas piernas musculosas y unos brazos bronceados; le gusta
la serena inquietud de los jóvenes, que lo penetra en todos los sentidos riéndolo,
bebiéndolo, expulsándolo por la boca a chorros largos; le gustan los ojos frescos y abiertos
que corren entre las profundidades y las algas.
¡Adelante delfines! Hoy se lucha por el honor del «¡Dale!», porque el domingo pasado,
el «¡Dale!», zambulléndose al completo en una fila ordenada desde los pilotes, salpicó
alegremente los cuerpos desnudos de los condes y de los señores alemanes que, molestos,
no lo dejaron pasar de la esquina de los pilotes. Protestaron en tierra y el director amenazó
con impedir el baño al «¡Dale!». Hoy es día de venganza.
Las olas se hinchan desde Salvore para hacer más turbulenta la batalla. Los señores
alemanes están en el agua y nadan riendo, irónicos con esos mostachos. ¡Jajá! Uno lleva
una redecilla en el labio superior para mantener en su sitio el mostacho de punta. ¡Dale!
-¡En semicírculo! ¡Salpicadura lenta y apretada! ¡Apuntad a los ojos! ¡Avanzad en orden,
encerrando!-.
Y respondíamos a nuestro jefe: ¡Dale!
¡Estas son las salpicaduras de los alemanes! Flojas y planas como las protuberancias de
las medusas. Las del «¡Dale!», en cambio, van derechas y elásticas como un tiro de honda.
¡Áspera salobridad en las pupilas rubias de los alemanes!
-¡Alerta! ¡Rodead! -Porque el enemigo se revuelve, se tira encima de nuestros
adelantados y los hunde. ¡Dale!, ¡Dale!
Abajo. Noto en el cuello los arañazos rabiosos del hirsuto alemán y el agua que se
rompe bajo mi cuer po. Toco fondo. Dos piernas me mantienen clavado. El mar se agita. Me
ovillo, agarro una pierna y ¡abajo contigo, cerdo!
-¡Viva el «Dale»! ¡Vamos!
Abajo. Arriba. ¡Dale, dale!
-¡Mar adentro! -Steno desaparece después de gritar la orden. Nosotros sabemos por qué.
De pronto, uno tras otro, los alemanes se precipitan velozmente al fondo, arrastrados por
algún pulpo monstruoso.
-¡Es Steno! ¡Viva Steno! ¡Dale!
Ahora los masacramos. Metros de agua se vierten sobre las bocas jadeantes. Los ojos
rubios ya no ven nada. Se dan la vuelta y huyen. Comienza el golpe de la retirada. Steno lo
ha inventado, porque el «¡Dale!» no puede dar cuartel antes de la orilla.
¡Frío, calmado, metódico golpe de retirada! Los alemanes huyen, pero uno a uno nos
situamos a sus espaldas y, acelerando en el agua con los pies, caemos sobre sus cabezas a
grandes brazadas. El agua afilada rompe en los oídos, en los ojos, en la boca, en la nariz. El
alemán respira y ¡plaf! en la boca abierta, ¡plaf! en los ojos escocidos, en los oídos sordos.
Plaf. ¡Viva el «Dale»!
¿Quién se resistía al «Dale», amigos de entonces? ¿Quién como Toci era capaz de
aguantar debajo del agua cuando el barbudo Calligaricicicich intentaba ahogarlo con diez,
veinte aguadillas seguidas? El le respiraba en la cara, «cih, cih, cich» y volvía a desaparecer.
¿Quién sabía dar una salpicadura más afilada que la de Vincenzo? La media luna de mar
que saltaba de sus manos en cuña invertida era como el resuello de un monstruo marino.
Steno nadaba hasta un minuto bajo el agua y Pipi parecía un pequeño escualo predador.
Y si uno de nosotros desfallecía en la lucha, tenía que pasar durante siete días por el
fuego graneado de los compañeros, porque el «¡Dale!» era una sociedad de leyes severas y
nadie se atrevía a desobedecer a nuestro jefe.
Ahora Steno, nuestro jefe, ha muerto. Era profesor y se mató, neurasténico.
Yo contaba bonitos cuentos a los primos pequeños que escuchaban acurrucados
alrededor de mí en la veranda umbría que daba al mar. Abajo, el mar guardaba silencio,
escuchando. La casa próxima a él, donde habitó Giuseppe Tartini12, tenía todos los postigos
cerrados y dormía, blanca de sol, con los tíos y los otros veraneantes. Reinaba el silencio en
los grandes dormitorios matrimoniales sostenidos por enormes vigas cuadradas.
Era la hora del calor y del descanso. La tierra se ampliaba en la extensión del sol. El
cielo estaba cubierto y grave. Ni una vela en el mar. Callaban las avispas y los zumbidos.
Caía con estrépito una fruta de la rama. Era el gran silencio tórrido, cuando los ojos de las
palomas están cerrados bajo las alas y el buey rumia, corpulento y arrimado a la paja fresca.
A esas horas solo los niños se echan a los prados como una bandada de estorninos
otoñales y saquean las higueras y rompen las ramas secas, porque también duerme el
dueño, el señor Vatta, el de los ojillos de giboso. Luego, con los bolsillos llenos, se reúnen
en la veranda umbría y Scipio cuenta un cuento hermoso, raro, largo.
Un cuento que continúa a diario y que no se acaba nunca. En la cabañita del bosque ha
nacido un héroe fuerte como cien leones y astuto como cien zorros, cuyas aventuras hacen
abrir los ojos de estupor y reír de alegría al que escucha. Es un muchacho guapo, sereno,
bueno. Es lo que todos desean ser.
A las dos o tres horas, la tía Ciuta gritaba que había una carta para mí, y me traía
contenta la carta de mi madre. Querida madre mía. Entonces, con el gran calor de agosto,
tú estabas preparando las cajas para la mudanza. Tenías que abandonar la casa en la que
habían nacido tus hijos. Sí, recuerdo que antes de marcharme había visto cómo rompían las
paredes y los senderos del jardín para meter las tuberías del agua y del gas. Había obreros,
albañiles, carpinteros, cristaleros, tapiceros, soladores. Me divertía verlos trabajar. Pero nos
íbamos porque el abuelo había muerto y venían a vivir otros parientes, más ricos.
De vuelta de Strugnano, me puse muy contento al encontrarme con un campo cien
veces más grande, con infinitas frutas y con viñedos y muchos compañeros de juego. El
mismo día que yo, llegó también, vestida con una blusa roja y un gorrito de jockey, la nieta
del dueño de la casa. Ucio, un poco conmovido, la miraba entre los zarcillos de la parra.

La vendimia es hermosa. Más allá de las hileras de vides hay gritos y risas. Los perros,
acuclillándose sobre las patas delanteras, saltan de un grupo a otro de vendimiadores, y los
pájaros aletean en desbandada. El patrón azuza:
-¡Vamos, vamos, dale, dale, ánimo, prr, prr, prr, venga, venga!
La barbilla y los labios están pegajosos de la miel destilada, y las manos, la camiseta, el
mango de la podadera, los pámpanos, los cuévanos, los carros, todo es una goma rojiza.
Uno se lava cogiendo con las palmas extendidas los racimos crujientes en el cuévano. Qué
rica la uva mordida a granos en el sarmiento, mientras de los ojos gotea el sudor y la palma
de la mano está cansada de podadera. ¡Pero aún queda esa hilera, esa vid de ahí, ese
racimo! ¡Aquí, con un cuévano! ¡Hola!
Al regresar, dando brincos, el pan y la sopa saben mejor que nunca. Se disfruta del
precioso mantel blanco bajo la lámpara. Mañana, vuelta a empezar. Lloviznaba un poco.
Por el cieno de la explanada corrían dos haces amarillentos de luz. Entré en la bodega.
-¡Buenas tardes!
-¡Ah, buenas tardes!
La bodega era baja. En el centro, en un pipote, humeaba una llama rojiza de petróleo. El
dueño se sentaba cerca de la llama con un vaso en la mano y la cara del color del fondo
violáceo del tonel.
Alrededor descansaban grandes toneles negros y cubas panzudas. En las paredes, en los
rincones, entre la reja del ventanuco tapiado había miles de telarañas rasgadas y
apelotonadas con el polvo. Debajo de las cubas, una gata baya olisqueaba, indolente y algo
nerviosa, los efluvios a rata de alcantarilla que impregnaban el aire.
Uno de los hombres, que se arremangaba los pantalones con esfuerzo porque la dura
cadera no quería ceder, levantó la vista y me miró.
Vila estaba arriba, de pie sobre los troncos cuadrados que sostenían las cubas. Estaba
erguida y fresca dentro de su blusita roja, y me sonrió.
Yo era un niño tímido. Ella me dijo bajito:
-Suba aquí.
Los ricos racimos que habíamos recogido ayer se pisaban en la cuba. Picoteamos los
granos más rojos, hartos de uva. Me dio uno redondo, gordo como una nuez, limpio.
-¡Mire qué manos tengo! -dijo. Pequeñas pero de piel callosa, levantada en la punta de
los dedos, negra de las sartenes, con las uñas mordisqueadas. Añadió: -Usted las tiene
bonitas-. Luego gritó: -¡Hala, Toni, vamos a empezar!
El tío de Vila, el dueño de la casa, limpió un vaso con el forro de la chaqueta y me
invitó. Bebí.
Pisaban la uva, encorvados, aferrados al borde de la tina, jadeando como los leñadores.
Las piernas peludas y rojas alternaban con frenesí las pisadas, cuyos golpes sacudían la tina.
Los pipos, las pieles y el jugo les salían entre los gruesos dedos de los pies. Vila se mantenía
firme, en equilibrio sobre la tina, con las uñas ya rojas.
Más tarde, las piernas de los pisadores desaparecieron hasta la cadera en el chapoteo
vinoso. El doble golpe se hizo metódico, como el de un émbolo. Pesado y uniforme.
El tío de Vila bebía y se limpiaba el jugo del bigote hirsuto con el dorso de la mano.
Tenía los morros rojos.
El mosto bullía en las cubas abiertas, rodeado de enjambres de mosquitos borrachos. Yo
absorbía un olor caliente que me asfixiaba. Los hombres se enar-decían. Volcaron un
cuévano lleno de mosto y una ola de vino salpicó al hombre y la pared, corrió en arroyos
impetuosos y tiñó a la gata despavorida. Uno se tiró al suelo a sorber el barro vinoso.
El dueño de la casa blasfemó, se echó a reír y me ofreció un vaso de mosto. Abrasaba. La
bodega era baja y estaba enrojecida.
-Vila, ¡un tarugo de madera para el tonel!
Eché a correr antes que ella para escapar, pero salió detrás. Llovía. La noche era oscura
y fangosa.
Crujía la paja de los rastrojos. Me tomó de la mano y sin dejar de correr me besó el
brazo desnudo, que chorreaba agua.
Maravillado, dije por lo bajo:
-Vila.
En la bodega los hombres pisaban la uva rítmicamente, el dueño bebía, la gata se lamía
el pelaje empapado.
Contento, me senté en el suelo. Corría por un camino largo lleno de sol. Corría y corría.
En julio, cuando el sol está alto, el hombre que corre por los prados se detiene porque la
respiración se llena de un veneno y de un calor tan dulce y tan fuerte que no le queda más
remedio que tumbarse al sol y dormir. Cierra los ojos, y los párpados le llamean como un
cielo abrasador, y por todas partes se levantan inmensas vaharadas que oscilan de árbol en
árbol. El aire tiembla inquieto en la canícula. Pero me levanté furioso y corrí por el campo
gritando cual halcón que acaba de dejar el nido.

Su cuarto tenía un enlucido de dibujos color rojo ceniciento, ladrillos desportillados por
suelo, un piano cubierto por un cañamazo bordado con punto de cruz, una cama, un
armario con frascos de farmacia en lo alto y una lechuza disecada. Una de las hojas de
laven-tana era de lata herrumbrosa, con un agujero para el tubo de la estufa. Como el
agujero se había agrandado, en invierno, cuando encendían la estufa, Vila remetía trapos
alrededor del tubo con las tijeras. Y humeaban.
¡La casa donde estaba Vila no era bonita! Yo entraba como un ladrón inexperto, con mi
fusta para los perros combada dentro del bolsillo, mi preciosa fusta que restallaba con un
golpe seco como de acero, caminando ligero de puntillas y conteniendo la respiración. El
aire olía a moho, a polvo y a vino. Aveces la puerta del último cuarto del fondo, cercano al
de Vila, estaba abierta, y ella se apresuraba a cerrarla. Era un maloliente desorden de
trapos, botellas y cajones, con las paredes desconchadas por la humedad, donde dormía la
vieja, la madre del dueño de la casa, gotosa, reumática, hinchada, con un bigote negro
sobre el labio grueso.
A la vieja yo solo la veía los domingos, cuando los niños, las mujeres y el dueño, todo
contento si ganaba unas perras, nos sentábamos alrededor de la mesa de la sala para jugar a
la lotería. La vieja no podía moverse. Se acomodaba en un sillón portátil con ruedas y
mantenía la mano derecha, gorda como una pera podrida, junto a su cartoncillo, sobre el
montón de cristalitos para señalar los números. Cuando tenía que pagar el cartón, Vila se le
acercaba, le metía la mano por detrás de la espalda y sacaba un saquito abultado de tela
basta, cerrado con un alfiler. La vieja tenía unos ojillos de mochuelo diurno, malignos e
inmóviles, que yo evitaba. Cuando me sentaba junto a Vila, rodilla con rodilla, y fingía que
jugaba, sabía que la vieja estaba viendo lo que los demás no veían y que nos odiaba a todos,
pero no podía levantarse. Me daba asco y no sentí ninguna pena el día en que Vila me dijo
que su tío le escupía a la madre en la cara.
El tío era el terror de todos. No era malo, pero bebía ron, se ponía rabioso y escupía a la
gente y blasfemaba siempre asquerosamente. ¡Pero no quiero hablar de esa ralea! Quiero a
Vila, que es bonita y buena. Lleva una camisita rojo escarlata, un gorrito de jockey, zapati-
tos de tacón alto y cuando juega a la pelota con pandero salta de maravilla de un lado a
otro.
¡Secos y limpios eran los golpes que dábamos con la pelota en la amplia explanada,
delante de la gran casa amarilla! Cuando Vila y Scipio juegan, los inquilinos observan
sonrientes desde las ventanas y gritan:
-¡Bravo, bien!
La pelota vuelve como un punto de fuego de ella a mí, de mí a ella: stan... stan, stan...
stan. Te quiero, dice el golpe. Te quiero, responde el golpe. El sol está alto. Es el verano,
amor.
Buenos tiempos aquellos, de amor y de gloria. Vila, una señorita, la Vila amada por
Ucio, cortejada por todos los chicos del campo, era mía. Recibía postales de jovencitos
ricos, estudiantes de las lejanas universidades, pero ella se reía conmigo y me besaba. Era
mía. Solo yo iba con ella por los campos a buscar gotas de resina en los troncos de los
ciruelos y tréboles de cuatro hojas en la hierba, y la cubría con mis brazos cuando llovía.
Me acompañaba en las correrías ladronescas fuera del límite del campo, temerosa
cuando yo escalaba con cuidado las tapias maltrechas que amenazaban ruina. Llevaba para
ella, entre los labios, la pera más hermosa, y ella me bajaba a sus rodillas y me besaba con
avidez.
Yo era un pequeño señor, feliz de que ella disfrutara de mi fuerza y mi temeridad,
porque tenía once años pero ni los campesinos aguantaban mi carrera, y escalaba chopos y
heliantos, cosa que todos declaraban imposible. El dueño me dio en premio cinco botellas
de vino; Vila me sonreía, asustada, desde la ventana. Era el crepúsculo. Debajo del árbol,
los compañeros estallaron en vivas, mientras que yo, extenuado, temía el viento como un
pájaro sin alas y miraba orgulloso las casas de la ciudad que se encendían de puntos
amarillentos.
¡Ay, si ahora que Vila está casada y tiene dos o tres chiquillos que tal vez leen ya lo que
escribo para los niños, que es más bella, mucho más bella que entonces, una joven mamá
contenta que no me mira ni cuando paso por su lado ruborizándome, se acordara de
aquellos dos años nuestros de despreocupación! ¿Y la caza de las gatas y los mirlos con la
escopeta de aire comprimido? Aquella lechuza disecada de tu cuarto, con las alas plegadas y
un poco inclinada hacia la ramita, solemne como una persona educada. Tenía los ojos de
cristal amarillo, claros en la penumbra de la habitación, redondos como una diana. Un día,
misteriosa, tú cargaste la escopeta y ¡stic!, se le rompió un ojo. ¿Recuerdas? Yo te miraba
feliz y maravillado.

Un día le dije:
-Vila, ya no eres la de antes.
Y todo se acabó.
Estaba cansado de ella. Tenía gustos raros que me robaban la libertad. Cuando iba con
los compañeros a dar caza con palos y horcones a un perro asilvestrado, de repente se subía
a un árbol y me rogaba:
-Ven aquí arriba.
Yo subía y miraba desde las ramas altas, despellejándolas de rabia.
-Ven aquí, anda. -Y me acariciaba el cabello y luego el cuello; encima me besaba; y yo
oía los gritos de los compañeros cazadores y los gruñidos de agonía del perro.
Quizá Vila no me amaba, quizá no me había amado nunca. Yo abrigaba ligerísimas
sospechas, pero bastaba un golpe de sangre para que se desvanecieran. No sé lo que me
pasaba. A veces me tiraba en la hierba, cansado y descontento. Estaba inquieto y me habría
gustado quedarme solo alguna vez, aunque necesitaba tenerla cerca. Por eso, cuando le dije
casi sin saber aquellas palabras extrañas, no comprendí por qué las decía y de la rabia metí
la mano dentro de un zarzal. Vila guardó silencio. Y) clavaba la mirada en algunas cosas del
suelo: una ramita rota de un modo irregular con dos hojas marchitas y acartonadas, un
copo de seda del chopo desplegado todo alrededor en lentos filamentos de plata por la
labor depredadora de docenas de hormigas.
Vila levantó la vista y me miró largo tiempo. Yo oía un silencio que no acababa nunca y
que me fastidiaba mucho.
Entonces la cogí entre los brazos con fuerza y me perdonó. Estuvimos felices y
pletóricos de amor todo el día.
Pero a la mañana siguiente Vila me evitó. Corriendo a más no poder, la alcancé dando
un largo rodeo y salí de unos matorrales delante de ella. La cogí de la muñeca y dije con
dureza:
-¿Qué te pasa? ¿Qué quieres?-. Se zafó y se fue, pero unas semanas después la encontré,
me cogió las manos y las besó.
En seguida me alegré de no estar más con ella, pero mis sentimientos eran confusos;
nada me interesaba, me aburría. A veces, tumbado en el suelo con los ojos entrecerrados
acariciaba en el cielo las hojas tiernas y de pronto me revolcaba en la hierba dura de los
prados.
Ucio es un joven fuerte y larguirucho, con los brazos velludos incluso en el pliegue del
codo, los labios gruesos y las encías sanguinolentas, que cultiva en su jardín balsamina,
dalias eslavas y crisantemos de Santa Ana. Como necesitaba un fondo para el cesto de flores
que declaraba listo desde hacía cinco domingos, robó nuestra tabla de lavar, pero la utilizó
sin rascar el jabón incrustado. Necesitaba rosales porque nos reíamos de sus flores sencillas
y los robó de nuestro jardín, pero perdió en el terreno el gemelo de latón opaco de la
camisa. El domingo, en presencia de mucha gente, mi padre dijo:
-He encontrado este botón, ¿de quién es?
-Es mío, es mío -exclamó Ucio.
Así es Ucio, un tiarrón. Su regüeldo apesta a ajo y sus manos son terrones herbosos.
Cuando sale de correrías por el campo, regresa con la camisa cargada de peras duras que
arranca sin tallo, como Dios le da a entender, picadas por sus uñas y empapadas del sudor
de su vientre velludo. No sabe distinguir lo bueno de lo malo, come judías y patatas
mascullando desde las profundidades:
-¡Está bueno, está bueno!
Ucio está enamorado de Vila, dice:
-Vila es una estrella.
Y como el tío de Vila la ha echado infamemente del campo, Ucio camina a zancadas,
arriba y abajo por la plaza, y luego se repantinga de golpe en el banco y jura vengarse.
Estoy con él. ¡La venganza es una gran cosa! ¡Escurrirse de noche entre el matorral de
espinos con una vara larga en la mano y la podadera en el bolsillo! La noche es profunda y
muda. Ya duermen todos. Los postigos del dueño de la casa están cerrados. Los perros
ladran al otro lado del campo.
Ucio lanza una risotada y se convierte en un animal. Agarra la primera vid que
encuentra y la arranca de cuajo. Agarra una rama cargada de ciruelas, la atrae apoyando las
manos en el tronco, y al suelo con ella. Arroja una piedra enorme entre las ranas de la
charca, que croan a voz en panza, y el agua pútrida salpica y las inunda. Se sacude, de un
patadón rompe el melocotonero enano y sigue adelante carcajeándose como un sátiro en
celo.
¡Viva la venganza! Yo soy tranquilo pero malo. Abro en silencio la podadera y corto la
vid por debajo de la tierra para que se muera sin que nadie sepa por qué. De un estacazo
parto la copa del peral y me agacho rápido por temor a que el crac despierte a alguien.
Silencio. Las ranas. Los perros a lo lejos. Una estrella fugaz. Ucio llama desde el
manzano. Devora, troncha; por cada manzana, una rama. Y) doy arañazos profundos a las
manzanas grandes que tanto gustan al dueño de la casa, una a una. Luego me chupo las
uñas.
-¿Eh? ¡Ucio! ¿Cómo ía lanzo, eh?
Era una noche como esta. Gritaron en las habitaciones del patrón. El timbre sonó
desesperadamente.
Me siento de un salto en la cama, se abre la puerta de mi padre, él abre el portal. Vila se
precipita en camisón, llorando:
-Me mata, me mata. Viene corriendo detrás con la escopeta.
Papá echó el cerrojo y dijo con calma:
-Aquí no entra nadie. Cálmese.
Vila temblaba y se retorcía las manos.
-Deje que me vaya, deje que me vaya, se lo ruego. Él no me hará nada. Perdone, no
sabía adonde ir. ¡Ay, Dios, Dios!
Un puñetazo en la puerta.
-¡Vila!
Vila se sobresaltó; papá la obligó a sentarse y fue a abrir. Ya no había nadie, pero Vila
escapó, corrió a casa de la familia de Ucio y luego regresó a la suya.
-¡Guarra! ¡Puta! ¡Fuera de aquí, fuera! ¡Vete a casa de la cerda de tu madre! ¡Fuera!
La echó de casa de noche, con la criada y un hatillo de ropa, sin dejar de amenazarla
desde la ventana con la escopeta de dos cañones.
-¿Eh? ¡¿Ucio?!
Recordamos la dramática escena y nos la contamos, gozando; luego, en frío, decidimos
continuar con la devastación. Ucio arreció como el granizo y la bora juntos. Ya aburrido, yo
comía un racimo de uvas y pensaba:
-¡Trabaja, trabaja, Ucio! Vila era mía.
Pobre Ucio. Me fui de vacaciones a Italia, al otro lado de la frontera, al otro lado del
puente del Iudrio y, mientras tanto, él tiró con la escopeta de aire comprimido a un farol de
la carroza del patrón y dejó dentro la bala. Echaron a su familia del campo. Yo le escribí:
«Querido Ucio, cuando solo hay una escopeta de aire comprimido de 6 mm en el campo, se
debe sacar la bala del farol después de disparar». Por eso el patrón me quería tanto a mí, y
cuando estuve malo me llevaba con frecuencia de caza.

Porque tenía un terrible dolor de cabeza. Había crecido demasiado deprisa y había leído
y estudiado mucho durante la convalecencia del tifus. Me llevaron a un médico que me
hizo un reconocimiento completo, luego se quitó las gafas y me miró fijamente a los ojos.
Fue una mirada larga, una lucha silenciosa entre él y yo. Lo detesté con todas mis
fuerzas porque veía más allá de mi aspecto de enfermo. El no me compadecía. Hasta ese
momento no supe que siempre había exagerado la migraña con mucha autenticidad.
Lo miré a la cara, como diciendo: «No estoy malo, estoy de maravilla, soy vago, ya está,
y me fastidia ir a la escuela». Sentía la sangre correr más sana por las venas y levantárseme
de pronto la cabeza, que llevaba un poco inclinada en un gesto de debilidad. Estaba lleno
de salud y de fuerza.
El me miró largo y tendido, dudoso, severo, casi maligno. Entonces, me prohibió la
escuela y me prescribió vida salvaje. Gané.
Porque vosotros no sabéis cuánta astucia se aprende mirando cómo entra una abeja en
una flor y cómo caza la araña una mosca. No sabéis cómo puede un chico obediente lograr
que sus padres hagan lo que él quiere. Nuestro mundo refinado es muy ingenuo. Basta con
fabricaros una situación en la que ya está establecido cómo debe comportarse cada cual.
Por ejemplo, si un alumno se desmaya en el examen de griego, no hay profesor que tenga la
audacia de no creerle, de hacerle repetir el examen y suspenderlo. Cada cual puede pensar
para sus adentros lo que quiera, pero yo os aseguro que todos acaban creyendo en lo que
por conveniencia deben hacer. Así que llevan al alumno entre cuatro al despacho de
dirección, le colocan con las piernas en alto sobre el brazo del sofá, le aflojan la corbata,
acude tambaleándose el viejo bedel con el botiquín de la cruz roja, le toman el pulso, le
salpican con agua. «Pero vosotros no sabéis contener la respiración un minuto. ¡Ah, si
llegara un bárbaro entre nosotros, compañeros, nos la daría con queso!».
Pero esto se dice cuando todo ha pasado. En realidad, yo estaba verdaderamente
enfermo de anemia cerebral y viví allí seis meses seguidos. Fue entonces cuando descubrí
mi Carso.

Me conocía la tierra sobre la que dormía mis noches profundas, y el cielo grande y
resonante de mi grito de victoria, cuando saltaba con las aguas bajando los torrentes
quebrados o me despeñaba por los cerros con un torbellino de piedras y de mantillo y
frenando con el pie, interrumpía la carrera para arrancar una florecilla azul celeste.
Corría con el viento, expandiéndome por el valle, saltando con alegría los muros de
cerca y los enebrales, recorriéndolo todo; hondazo sibilante. Arrojándome de la rama al
tronco, aterrizando de pie en los tocones y en el suelo, daba un salto furibundo y atronaba
el bosque como un río que excava su lecho. Y desmelenando con rabia la última rama
obstaculizadora, me precipitaba afuera, el cabello erizado de palitos y de hojas, el rostro
arañado, pero el alma fresca y ancha como la blanca huida de las palomas atemorizadas por
mis ásperos gritos de azuzamiento.
Jadeante, me tiraba de cabeza al río para quitarme la sed de la piel y empaparme de
agua la garganta, la nariz y los ojos, casi ahogado por los sorbos enormes que tomaba
nadando bajo el agua con la boca abierta como un lucio. Iba contracorriente, aferrando en
la brazada los regolfos que tropezaban espumeantes contra mi cuerpo, mordiendo la ola
avispada, como los matojos de hierba florecida cuando subía a la montaña. La ola me atraía
hacia abajo, a sacudidas, volteándome en la corriente, y yo me rompía en el fondo y salía al
sol, arrastrado por un momento a las empinadas orillas, entre raíces y piedras aferradas en
vano con la punta de los dedos. Después me hundía y, levantándome entre los escollos,
remontaba exhausto la corriente.
¡El sol en mi cuerpo chorreante! ¡El cálido sol en la carne desnuda, hundida en los
ásperos brezos, la menta y el tomillo, entre el zumbar de las abejas, todo oro! Alargaba los
brazos desmesuradamente para poseer la tierra entera y la hendía con el esternón para
acoplarme a ella y rodar como una enorme voluta en el cielo, inmóvil, como una montaña
enraizada dentro de su corazón por una osamenta de piedra, como una planicie vigilante y
sola en la canícula agostiza, un valle cálidamente adormecido en su seno, una colina
recorrida por el jugo de infinitas raíces profundísimas que brotan a la superficie en miles de
flores inquietas y alocadas.
Y a mediados de mes, a la hora en que la luna emerge del lejano matorral y se abre
camino entre las nubes blanca y limpia como un prado de junquillos en pleno bosque, me
sentía abandonado a una dulce y misteriosa vaguedad, como un temblor de sueño plácido e
infinito.

Conocía el terreno como la lengua conoce la boca. Caminando, lo miraba todo con un
afecto fraternal. La tierra contenía miles de secretos. Cada paso suponía un
descubrimiento. En todas partes conocía el paradero de la sombra más espesa y la cueva
más cercana cuando me sorprendía la lluvia.
Adoro la lluvia pesada y violenta. Cae y desprende las hojas débiles. El aire y la tierra se
llenan de un alboroto compacto semejante a una manada de novillos. El hombre se siente
como si se hubiera sacudido un yugo. A los primeros goterones me pongo de pie y ensancho
las aletas de la nariz. Ya está aquí el agua, la buena agua, la gran libertad.
El agua es buena y fresca y lo invade todo. La piedra se humedece, bullendo. Si hundes
el dedo en la humedad que rodea los troncos, notas cómo la maman las raíces. Las sufridas
vides respiran, liberadas.
Porque la tierra conoce mil sufrimientos. Sobre toda criatura pesa una piedra o una
rama rota o una hoja más grande o el mantillo que levanta un topo o el paso de un animal
cualquiera. Todos los troncos tienen una cicatriz o una herida. Y) me tendía boca abajo en
el prado y, mirando el retorcimiento de las hierbas, me ponía triste. Triste por las hermosas
criaturas de la tierra. Yo las conocía. Mis manos sabían de las grietas hondas donde el
algavaro ojea el labio de la flor con sus largas antenas, y basta con un palito o con un soplo
para que caiga dentro; de las tapias de arena en las que se encauza majestuosamente el
hilillo de agua. Seducía a la hormiga cargada para que subiera a una ancha hoja de plátano
y la depositaba con cuidado más allá del obstáculo. Todo me era fraterno. Me gustaban las
mariposas en celo atrapadas en la trama negruzca de la zarza que batían las alas con
desesperación entre una lluvia de polvillo blanco; la preciosa araña ater ciopelada de patas
enjutas, que soltaba al aire trémulo su hilo argénteo para pegarlo a la pelusa unciforme de
una hoja y lo tanteaba con la patita para arrojarse allí y tejer la elástica tela. Zumbaba en
mi puño, desesperada, la mosca cogida al vuelo; acariciaba el gusano suave y fresco, que se
encogía como una hojita seca; sostenía por las grandes alas azul celeste a la libélula; hundía
el brazo en el agua para levantar de golpe al sapi-to de la panza amarilla y negra; el
abdomen de la avispa intentaba retorcerse entre mis dedos para parirme allí el aguijón.
Partía las culebras a pedradas.
Sonreía a los saltos alados de los mosquitos, cortados por el golpe imperioso de una
mosca esmeraldina; a las circunvoluciones dicharacheras de las golondrinas; a las nubes
que se encandilan en la luz y tiritan, púdicas, bajo los dedos fríos y curiosos del viento; a la
hoja navegante que rola y cabecea en el aire; a las estrellas que brotan en el cielo cuando,
con el crepúsculo, se difunde sobre el mundo una tibieza ligera como un aliento
primaveral.
Deslizándome por los arbustos, sujetándome al macizo escarpado con dos dedos
hundidos en una herida musgosa de la piedra, palpando y chapoteando con la mano abierta
en el borde de las charcas, iba espiando el nacimiento de la primavera. Rebuscando en el
escondrijo más acogedor del bosquete, en un caldo húmedo de hojarascas, casi caliente aún
del sueño de una liebre, encontraba la primera prímula, el primer rayo de sol. ¡La mirada
sorprendida por la pequeña primavera recién despertada! Seguía el ondear leve de su paso,
olisqueando como un perro que persigue un rastro, entre raíces hinchadas y vástagos
diáfanos, tras una vaharada impalpable de rocíos herbosos, de tierra húmeda, de lombrices,
de jugos gomosos; olor a leche vegetal, a almendras amargas, ¡mírala, ahí está la sonrisa
sonrosada de los melocotones, insegura como el alba invernal, amada!, y sacudo
frenéticamente este tronco y aquel y el otro, rociándome de pétalos y perfume. En el suelo
brotan violáceos charcos de agua sobre los que el pajarillo baila con las alas y el pico
abierto. ¡Dulce amada mía, primavera!
A veces me detenía en el bosque y levantaba la cabeza hacia los árboles altos y
alineados. Oía la risilla de una hoja, la caída de una baya de enebro, un pío pío. Luego todo
era silencio. % no me movía.
Me entraban ganas de arrojarme sobre uno de esos troncos, ceñirlos con los brazos,
estar con él, pero temía hacer ruido. Buscaba lentamente con los ojos una mariposa, un
insecto. No se movía nada. Había algo escondido entre el follaje, me miraba, pero no lo
veía.
En el bosque aprendí a rezar. Decía: «¡Dios, quiéreme; Dios, quiéreme!». Una vez me
tiré al suelo y lloré mucho tiempo.
Salto y me arrojo hacia el borde abierto al cielo. Bajo el sol relampaguea y rutila al
fondo el dulce recuerdo. ¿Adonde voy? La patria está lejos; el nido está deshecho. Pero el
viento corre conmigo, deseando, más allá del margen rocoso del Carso y estoy sobre el mar,
el ancho camino del viento y del sol.
Nací en la gran llanura donde el viento sopla entre las hierbas altas humedeciéndose
los labios como un joven cervato. Yo lo seguía con las manos extendidas y emergía con el
rostro caliente bajo el cielo. La patria está lejos, pero el mar resplandece de sol y, más allá
del mar, el mundo es infinito.
Y la fertilidad de la tierra mana preñada de jugo en las grandes hojas carnosas, enciende
de rojo las manzanas redondas en las ramas entrelazadas y llena de alegría el alma de los
hombres.
Es cálida la mies de oro, y el perfume de los cedros y de las magnolias ha sorprendido al
hombre en su fatiga, por eso se ha replegado entre las espigas y duerme envuelto en sol.
«Pluma de oro»13, recién llegado, si no te duer mes, tuya es la tierra del sol.

El monte Kal es un pedregal, pero yo estoy bien con él. Mi abrigo se pega a las piedras
como la carne a la brasa, y si aprieto, el monte no cede. Sí, mis manos se hunden en sus
aristas, que quieren confundirse con mis huesos. Yo soy frío y estoy desnudo como tú,
hermano. Estoy solo y soy infecundo.
Hermano, por ti pasan el sol y el polen, pero tú no floreces. El hielo te rompe la piel en
surcos rectos, pero no sangras, ni exteriorizas una planta para retener las nubes
primaverales que pasan rozándote, camino de allá abajo. En cambio, el aire te abraza y te
grava como la manta gruesa sobre el varón que espera en vano a la amante.
Inmóvil. La bora aguzada de esquirlas me fustiga y me desgarra las orejas. Tengo el
cabello como las agujas del enebro; y los ojos inyectados en sangre y la boca árida se abre
en una carcajada.
La bora es hermosa, es tu respiración, hermano gigante. Expandes con rabia tu resuello
por el espacio y los troncos se arrancan de la tierra, y el mar, hinchado desde las
profundidades, se revuelve monstruoso contra el cielo. La ciudad cruje y se llena de
remolinos cuanto tú das rienda suelta a tu alma bronca. Hermano, con tu alma grande
quiero yo bajar allí.
Perdóname si salto como tú no puedes hacerlo y te abandono. Es como si de pronto una
fuente te fertilizara brotando dentro del corazón. Hierve y bor botea la nostalgia inquieta.
Tengo ganas de marcharme, hermano. Deseo poseer grandes campos de trigo y prados
umbrosos. La patria está allá abajo. Debo ser hermano de otras criaturas que tú no conoces,
que yo no conozco, monte Kal, pero que viven juntas allí donde bajan las nubes túrgidas de
lluvia.
Años jóvenes que os abrís de par en par temblando como corolas de violetas en la nieve,
¿adonde queréis llevarme, jubilosos? Subo y bajo los brazos con frenesí, como si tuviera
alas, como si con cada dentellada aferrara una materia más ligera, tan diáfana que el alma
se me expandiera para crear el alba de una vida nueva. Salto sobre el suelo, recorrido por el
mismo monte que me comprende y me ayuda. Desciendo.
La bora me golpea a oleadas en la espalda, me abalanzo como un torrente. Las piedras
ruedan y retumban. Todos los pasos son nuevos, y si el pie encuentra rastro, se tuerce y se
disloca. Abajo. El pecho rompe el aire como un espolón. Abajo, deslizándo-me, un vuelo
hasta la próxima rama, hasta el manojo de hierba que -tocándolo con un dedo- me sostiene
en pie. Se desprende la piedra en vilo para abatirme, se abre la tierra en un precipicio para
acogerme, destrozado, pero tengo las piernas duras y flexibles. Así bajaba Alboino14.
Liquen debajo de los pies, rígido, crujiente; hier ba amarillenta como las hojas muertas;
un roble joven y torcido; y allí los pinillos verdes que ondean la cabeza como niños
vacilantes, apretados y entrelazados, de modo que los pies se traban y cuando me agacho
para abrirme camino me pinchan pruriginosos las mejillas. Continúo. Estoy entre los pinos
gigantes. Un campesino con el zurriago de pastor se detiene a mirarme.
Mongol, con los pómulos duros e hinchados como piedras apenas cubiertas por la tierra,
perro de ojos azules, ¿qué me miras? Te quedas atontado mientras los temerosos de tu bora
te roban los pastos áridos. Tu alma es bárbara, pero basta con que la ciu-dad te compre
cinco céntimos de leche para que se te ablande, igual que tus enebrales cuando sacas de
ellos un palmo de peñasco. De pie en el bosque, aturdido, esperas a que se cumpla tu
destino. ¿Qué haces, perro? Conviértete en carroña pútrida para cebar tu Carso infecundo.
Eres caliza que se deshace, se descostra y se despeña, futuro mantillo. ¡Di, esloveno!,
¿cuántos narcisos producirás esta primavera para las damas del café Specchi?
Eslavo, ¿quieres venir conmigo? Yo te hago dueño de los grandes campos del mar.
Nuestra llanura está lejos, pero el mar es rico y hermoso. Y tú debes ser su amo.
Porque tú eres eslavo, hijo de la nueva raza. Has venido a las tierras que nadie podía
habitar y las has cultivado. Has arrebatado la red de las manos al pescador veneciano y te
has hecho marinero, tú, hijo de la tierra. Eres constante y parco. Eres paciente y fuerte.
Durante muchos, muchos años te escupieron a la cara tu esclavitud, pero también tu hora
ha llegado. Es tiempo de que seas amo.
Porque tú eres eslavo, hijo de la gran raza futura. Eres hermano del campesino ruso que
pronto vendrá a las ciudades exhaustas a predicar el nuevo evangelio de Cristo; eres
hermano del aiduco15 montenegrino, quien liberó la patria de los otomanos; tuya es la
fuerza que armó las galeras de Venecia; y la grande, la próspera, la rica Bohemia es tuya.
Eres hermano de Marko Kraglie-vich, labriego esloveno. Ya hace muchos siglos que yace
Marko en su tumba del cerro y muchos de nosotros lo creimos muerto, muerto para
siempre, pero ahora su espada ha vuelto a salir del mar y Marko ha resucitado. Trieste ha
de ser para ti la nueva Venecia. Quema los bosques y ven conmigo.
El esloveno me mira molesto.
-¡Quema los bosques que los italianos, gente marchita desde hace veinte siglos, trajeron
hasta aquí para poder asistir a la conferencia de doña Paola y entrar en la Bolsa sin bora!
El esloveno me dirige una mirada risueña, rompe una rama, se saca del bolsillo unas
cerillas viejas que arden con una llama lenta y violeta y enciende con paciencia el fuego. Yo
lo azuzo, pero lo suyo es un pasatiempo de pastor; yo lo azuzo como si fuera de sangre
eslava.
¡Oh, Italia, no, no! Cuando el bosquete comenzó a arder, me asusté y quise correr en
busca de socorro, pero él me dijo:
-Los bomberos están lejos. -Sonrió lentamente, recogió el zurriago y se marchó
empujando sus cuatro vacas.
Me tumbé, exhausto: «¡Así bajaba Alboino!».

Pobre sangre italiana, sangre de gato domesticado. De nada vale esconderse en la


oscuridad y escudriñar y saltar sacando las uñas contra la presa; la albóndiga preparada
está quieta en el plato. Te aqueja la anemia cerebral, pobre sangre italiana, y tu Carso ya no
regenera la ciudad. Túmbate en el empedrado de tus calles y espera a que el nuevo siglo te
pisotee.
Así me remansé, agua podrida. Y el bosque ardía y la hermosa llama crepitante
ensangrentaba el cielo.
Al alba renací. No sé cómo ocurrió. El cielo era puro y yo distinguí allá abajo la hermosa
ciudad blanca y la tierra arada. Y de un salto, como el que ha visto a Dios, me arrojé sobre
ella. Habían desaparecido el sueño y la pesadilla, porque yo soy más que Alboino.
Estremecido, me tumbo en el surco y me cubro con la tierra grávida, desbaratando la
siembra. Muer do como pan este trozo de terrón helado. Debajo laten las raíces. Mi alma se
ensancha de veras como el agua en una cuenca inmensa, oigo el árbol lejano que susurra
con el viento y comprime la tierra que lo rodea y, ciertamente, esa idea que me nace es la
primera prímula de los campos.
A gatas y a tientas buscó las cosas, poniendo los ojos en blanco, y las ramas invernales,
pingües de gemas contenidas, las varas sin savia del viñedo, el terreno guijoso que me
aprieta los pantalones en las rodillas, todo tiembla cuando lo toco, porque yo soy la
primavera.
Rosas, rosas, rosas. Pinchándome, las arranco y lleno de rosas mi camino. Por aquí,
siguiendo el rastro rojo, ha de pasar ella un día y encontrarme. ¡Ay, alma amada!, hoy ha
nacido en el mundo un poeta, y te espera.
Ha nacido un poeta que ama a las hermosas criaturas de la tierra porque ha de restituir,
puro, su túrbido pensamiento, como el agua absorbida por el sol. Roba y troncha las
hermosas criaturas de la tierra, ya que no es piadoso y solo sabe que debe nutrirse de
sangre viva. Hay demasiadas mamas de leche en el mundo, la fuerza vital es débil y está
abatida, y los hombres se quejan de estar vivos.
En mi ciudad celebrábamos manifestaciones por una universidad italiana en Trieste.
Caminábamos del bra-zo, de ocho en ocho. Gritábamos: «¡Viva la universidad italiana en
Trieste!», y arrastrábamos los pies para fastidiar a los guardias. Entonces yo me coloqué
también en las primeras filas de la columna y arrastré los pies. Pasábamos así por debajo
del Acueducto.
De pronto, la primera fila se detuvo y retrocedió. Desde el café Chiozza marchaban
contra nosotros, en una ancha fila doble, los gendarmes con la bayoneta calada.
Marchaban como en la plaza de armas, con las piernas rígidas, con una cadencia larga,
impasibles. Todos y cada uno de nosotros sentimos que nada podía detenernos. Había que
continuar hasta que el Emperador diera el \Halt\ Detrás de aquellos gendarmes estaba todo
el imperio austro-húngaro, la fuerza que había mantenido en un puño al mundo, la
voluntad de una inmensa monarquía extendida desde Polonia hasta Grecia, desde Rusia
hasta Italia. Estaban Carlos v y Bismarck. Todos lo sentimos y todos huyeron aterrorizados,
pálidos, empujando, gritando, perdiendo bastones y sombreros.
Yo me quedé mirándolos, asombrado. Marchaban derechos, sin sonreír. La gente que
huía significaba para ellos lo mismo que la columna compacta que marchaba por la
universidad italiana. Yo me quedé inmóvil, mirándolos, y me detuvieron.
Un gendarme me tomó de la muñeca izquierda y echamos a andar. Era una cosa muy
rara. El continuaba caminando a su paso y yo trataba de imitarlo. Los ojos de la gente que
pasaba me recorrían entero como gotas frías por la espalda y me producían un escalofrío,
tanto que el gendarme pensó: «Der Kerl hat Furcht»8. Aunque tal vez no pensó nada.
Continuaba caminando a su ritmo.
Recuerdo a la perfección que, al pasar, un jo-vencito sacó la mano derecha enguantada
para rizar se el bigote derecho y luego sacó la izquierda para rizarse el bigote izquierdo. Yo
había vuelto la cabeza para verlo, pero el gendarme continuaba andando y noté el tirón.
Una mujer, con una hermosa boa, desvió la mirada, pero la vi reírse. ¿Por qué me dejo
conducir por este imbécil?
Lleva unas charreteras gruesas, amarillas y negras. ¿Por qué no dejarme conducir por
él? Vamos a donde yo no sé, pero no es necesario que lo sepa. Él me conduce, gira, dobla
esquinas, y mis pies se colocan siempre en paralelo a los suyos. Reluce la bayoneta lustrosa.
¿Llevas cargado el fusil? ¿Por qué no me responde?
Un aprendiz de carnicero, por no dar dos pasos de más, se salta el banco del paseo, y el
delantal manchado de sangre vieja se hincha y revolotea. No hemos acabado de pasar
cuando nos mira y grita:
-¡Dale al gendarme! -Y sale huyendo.
Distingo perfectamente cómo le late a este imbécil la arteria del cuello. Tengo las
manos largas; las yemas como huesos. No pasa gente. Alboino... Pero yo soy más que
Alboino. Soy más que Bismarck. Aprieto insensiblemente el pulgar entre los restantes
dedos y convierto mi mano en uña prolongación más sutil de la muñeca. Lentamente la
deslizo entre sus dedos aflojados por el frío, mientras digo:
-¡Triste vida la de ustedes! ¡Qué remedio! Comprendo que cumple con su deber.
¿Cuántas horas de servicio? ¿Ocho? ¿Seguidas? Y allí arriba en el Carso, haga el tiempo que
haga y de noche.
Me suben a la garganta algunas palabras frescas que me enseñó mi viejita veneciana:
«Con motivo o sin razón, nunca vayas a prisión». Miro al gendarme a los ojos y pego un
tirón. ¡Viva la libertad! Yo soy italiano.
Ni siquiera me persigue. Después de una furiosa carrera de doscientos metros, me dio
pena verlo quieto como una estaca, lejano. Retomó su marcha cadenciosa, toe, tac, en
dirección contraria.
Toc, tac, parece que se acerca, que está detrás de mí, poniéndome la mano en el
hombro. Entro en un portal; en el chiscón del portero hay un cráneo calvo, bordeado por
una corona de cabellos finos, como de niño, que se inclina sobre un zapatito de señora.
Salgo. Me encajo la gorra en la cabeza, me envuelvo en mi capa y camino pisando con
fuerza el pavimento, como si entre él y mis botas hubiera algo que vencer.
Luego corrí al mar. Allí me lavé el rostro y las manos. Bebí el agua salada de nuestro
Adriático. A lo lejos, en el ocaso, los Alpes italianos eran dorados y rojos como los bloques
de dolomita. En los queche-marines de la Romanía arriaban las alegres banderas tricolores;
a bordo humeaba el fogón a causa de la polenta. Mar nuestro. Respiré libre y feliz como
después de una intensa oración.
Pero luego advertí que la gente me miraba. Llevaba las botas tachonadas llenas de polvo
y hacía cosas raras. Mi rostro no era como el de aquella gente perfecta que paseaba arriba y
abajo por la ribera sin dirigirse a ninguna parte. Gente que miraba y era mirada. Los
jovencitos llevaban unos gabanes largos de campana, con un corte vertical por detrás, como
las casacas de los criados, y bastones gruesos y ligeros que pretendían parecer ramas recién
cortadas. Las señoritas iban acompañadas del papá o de la mamá y llevaban unas botas tan
lustrosas como el dorso de una cucaracha. Unas botas mucho más limpias que sus ojos.
También ellas me miraban, sin perder la compostura. Pero si las miraba yo, volvían la vista.
No saben sostener una mirada de hombre.
Ahora, en este ir y venir, los jovenzuelos sorteaban a las señoritas con astucia, para
rozarlas un poco, aunque no tanto como para que alguien pudiera gritar un «icuidadito!».
En general, sonreían todos y cada cinco pasos se quitaban el sombrero e inclinaban
ligeramente la espalda. Pasmado, los miraba y me colaba entre ellos, aturdido por el
bullicio y el cuchicheo de aquel andar sin motivo ni razón.
Caminé lentamente por la ciudad, trasportado por el lento fluir de la gente, pero es
difícil andar entre personas ociosas. El que te precede se detiene de repente, otra sale de
una tienda con la cabeza vuelta para dar las gracias al dependiente por haberle
desenganchado del picaporte la manga abullonada, un tercero quiere andar detrás de una
señorita. Tan difícil que, cansado de esquivarlos, metí las manos en los bolsillos y caminé
en línea recta chacoloteando con las tachuelas en el pavimento. Rasgué una falda y se
apartaron para dejarme paso.
Ni aun así se es libre caminando por la ciudad. Cada paso vuestro está controlado por
espías que hacen como que no ven. Los porteros con los portales abiertos miran quién
entra; los frecuentadores de cafés pasan horas y horas contemplando las piernas de la
gente; la señora aprieta el bolso mirando a derecha e izquierda por si se le acerca alguien.
Nadie se fía de nadie, aunque todos saludan a todos.
Y aunque voy bien cubierto por mi capa, esos ojos, ese control oculto, me oprimen. Los
faroles se encienden con un rojo deslumbrante; las grandes casas rectangulares se ciernen
sobre mí. ¿Y si me tumbase en el adoquinado? Estoy cansado.
Me vuelvo con brusquedad. Allá arriba está el monte Kal. ¿Por qué bajé?
Bueno, ahora estás aquí y aquí debes vivir. Me agarro el pecho con las manos para
sentir que mi cuer po está, y resiste. Entonces, adelante. Quiero entrar en la taberna más
mugrienta de la ciudad vieja.
Humo y fetidez. Me ahogo. Pero yo también enciendo la pipa, fumo en el humo y
escupo.
-¡Camarero!, medio cuartillo depetess.
Si otros lo beben, también yo puedo beber aguar diente, y si otros pueden acercar los
labios y pimplar, este vaso está limpio. Puede que en el borde se agazape, invisible, una
agonía para toda la vida, pero bebo.
Y alzo la vista hacia mis compañeros.
Un carbonero, con el hombro izquierdo crecido como un tumor enorme, escupe
manchas negras. Una mujer con unos pelos tiesos sobre el labio, salpicados de polvos de
tocador, se limpia la boca con los dedos carnosos. Por debajo de la mesa, el descamisado
que se sienta frente a ella le tira sin inmutarse un rodillazo entre las piernas. Entre los
cabellos negros y untuosos de la dueña del figón brilla, sonrosada por la espita del gas, una
talparia. Lo miro a través del fondo empañado del vaso.
-¡Camarero! Otro medio cuartillo.
Doy con el puño cerrado en la mesa coja. Me miran y continúan con sus conversaciones.
Junto a mí, dos figuras con la chaqueta a la espalda y la camisa azul hablan de una jarra
de estaño robada. Otros alborotan y cantan. Bien. Aquí nada es raro y todo es duro y
definido como en las aristas del Carso. Si yo le pego un puñetazo en la jeta a ese mozo de
cuerda, él me devuelve dos. Si le dirijo un discurso filantrópico contra la trata de blancas a
esa mujer, me contesta dándose un azote en el culo. Estoy entre ladrones y asesinos, pero si
salto a la mesa y Cristo me infunde la palabra, yo con ellos destruyo el mundo y lo
reedifico. Esta es mi ciudad. Aquí estoy bien.
II

Ya, pero en la ciudad, incluso antes de subir al Car so, me aburría mucho. Ahora lo
pienso. Me gustaría contaros de mis años de escuela, de mis queridos condiscípulos, de las
primeras personas que conocí, pero no me interesan bastante. Os escribiría largas páginas
fastidiosas. Sin embargo, gusta contar disfrutando de los sueños y de las propias aventuras.
Yo me divierto pensando en mi vida.
Aunque a veces me haya irritado, la ciudad también es divertida. Me complace el
movimiento, el estrépito, el ajetreo, el trabajo. Nadie pierde el tiempo, porque todos deben
llegar en seguida a un determinado lugar y arrastran una preocupación. En los rostros y en
los propios pasos podéis reconocer cómo prepara su negocio el transeúnte. Si miráis bien,
os encontráis súbitamente atrapados en un juego excitante de laboriosidad y vuestra
inteligencia rastrea y devuelve al instante los posibles ataques de astucia, de cultura, de
bondad o de venganza. Se agita en vosotros un animal inquieto y joven, y andáis por calles
rebosantes de su vida instintiva, como cuando vuelve a circular la sangre por la mano
crispada de frío bajo el guante. Camináis contentos en la atmósfera fundida de estrépito y
de voluntad, sintiendo que aquí, donde el interés del transeúnte se derrama, pasa y se
comunica a los demás, donde se esquivan los choques y los carros acogiendo con lógica
inadvertencia los movimientos ajenos, aquí, en la calle, se decide el mañana del mundo.
Y yo voy por las calles de Trieste contento de que sea rica, me río de los carros
atronadores que pasan, de los tersos sacos grises de café, de las caji-tas casi elásticas donde
se estiban las naranjas tetudas entre encajes y velos de papel, de los sacos de arroz cribados
en la aduana que van goteando una sutil rodada de nieve blanca, de las barricas semifajadas
de resina trasparente, de los fardos preñados de lana burda, de los barriles oleosos de pez,
de todas las buenas mercancías que pasan por nuestras manos desde Oriente, desde
América e Italia para los alemanes y los bohemios.
Si venís a Trieste os conduciré por el puerto, a lo largo de los malecones cuadrados y
blancos en el mar, y os enseñaré los tres diques nuevos de la ensenada de Muggia, fijos en
las olas, fronteras de la tormenta, construidos sobre bloques enormes de caliza cementada.
Para el nuevo puerto minamos y trituramos una montaña entera. Meses y meses de
furibundos despieces que atronaban el horizonte y se abatían como un terremoto sobre
nuestras casas llenas de ventanas. Los pequeños vapores, un poco ensoberbecidos por su
penacho de humo, obligaban a comportarse como es debido a las largas filas de barcazas
panzudas, y desde la avenida napoleónica se veían resplandecer en el mar las cargas de
piedra centelleante. Este es el cuarto puerto de Trieste. La historia de la ciudad está en sus
puertos. Nosotros éramos una pequeña dársena de pescadores piratas que sabían servirse
de Austria y Roma y resistir y luchar hasta que Venecia decayó. Ahora, el Adriático es
nuestro.
Tendría que haberme hecho comerciante. Me gustaría más tratar y contratar que
estudiar en los libros. ¡Qué bella cosa viva es el hombre! ¡Sus manos metidas en los bolsillos
para esconderos los movimientos instintivos ante vuestras palabras; sus ojos profundos
misteriosos que se acoplan a los vuestros para impediros el salto de costado; su idea precisa,
subterránea, que os llama al centro vortiginoso girándoos en espiral irónica por detrás de
los hombros! Bella cosa es el hombre, e incita al combate. Por su modo de hablar averiguáis
qué precio ofrecerle. El gana tiempo, sonríe, limpia las gafas, enciende un cigarrillo, pero
vosotros conocéis vuestro camino y sus etapas. ¡Oh!, también él ha llegado de repente y
hace como que no os mira, pero todo su cuerpo se maravilla del descubrimiento y se suelta
contento y seguro. Sois dos hombres frente a frente, desenmascarados y armados para que
el otro no vuelva a ocultarse en la espesura. Pero, ¿quién de vosotros sabe inquietar al otro,
sacarlo de su insuficiente certidumbre? ¿Quién sabe estrujarlo con las manos, extraer agua
del fuego y apagarlo, y quemarlo seco? Mañana también es un día, y un día que puede dar
mil por las cien coronas que hoy os habéis dejado robar. ¡Ay, ese café que esta primavera
florece mal en el Brasil!
Primavera, cálida primavera, amigos míos, nuevo sol sobre trigo nuevo, calles más
anchas y brazos llenos de ramas floridas... Y nosotros vamos a la escuela con el montón de
libros al costado. Caminamos entre la gente y los coches, fantaseando con nuestras
aspiraciones a comerciantes, a soldados, a bomberos, y nos levantamos todas las mañanas a
las siete o las siete y unos minutos de dulce conciencia medio despierta de cama; todas las
mañanas, porque el domingo hay misa. Primaveras flamantes en los postigos ver des. Gris
pluviosidad del invierno. Manzanas y peras gruesas en los árboles. Otoño retornado. Todas
las mañanas. El carpintero cepilla -el taller negro con la mancha chispeante, algunos
medios rostros, un mar tillo en alto-; los obreros con los pantalones azules levantan el
pavimento y pican el terreno macizo para una conducción de agua o de gas. ¡Qué triste el
pico y la laya en el terreno apisonado de la ciudad! Se trabaja sin que nadie pueda sembrar.
Ved el edificio árido. Ocho clases, veinte paralelas. Ahí dentro pasé nueve años de mi vida.

Una buena muchacha, de carnes excitantes, y un joven alto y fuerte, a veces triste. Se
casarán dentro de ocho años. Están sentados en un sofá amplio, cogidos de la mano,
disfrutando de sus cuerpos cálidos.
La madre quiere mucho a la hija y está un poco harta de los largos años y de la seriedad
del joven. Se pondrá contenta cuando se casen, eso si el joven no se lleva fuera a la chica y
se quedan los dos juntos, alegres, sin penas.
La tía corre, subiendo y bajando con su pierna coja, a preparar el arroz para su sobrina
bonita que le promete un beso. Está contenta de que haga lo que quiere el chico, no ir al
baile, frecuentar poco el teatro y leer algún libro. El joven es el único que la defiende de la
cufiada, y a la tía le encanta que la cufiada y él tengan ideas opuestas.
En la mesa, el padre se desabrocha el chaleco, señala con la mano gruesa y grasienta la
sobreabundancia de viandas y dice satisfecho:
-Si me muriera, los míos no tendrían qué comer. Le gusta llevar sobre los hombros un
peso cada día mayor y siempre está rezongando para que los suyos entiendan lo bien que
trabaja.
El joven comprende a la perfección a la pequeña familia ajena y hasta la admira. Y la
muchacha es buena. Cuando él la regaña o se ofende porque no se entienden, le dice con
cariño:
-Sí, sí, tienes toda la razón, pero ya verás, estudiaré y leeré, ¡somos tan jóvenes! ¡Anda,
no nos pongamos tristes!
Pasan hasta tres años y un día cada cual ve su camino. Así, el joven intruso dejó
desesperada a la pobre chica, se despidió de la madre, se fue y sufrieron durante algún
tiempo.

Fui socio de la «Joven Trieste», ya no recuerdo con qué nombre, porque entonces el
reglamento de las escuelas medias austríacas prohibía formar parte de una sociedad,
«especialmente de las políticas». Pagaba con regularidad las diez monedas semanales y
asistía asiduamente a las reuniones.
Tintineo del timbre automático, el socio entraba y decía: «Buenas tardes». Miraba
alrededor como buscando un conocido, pedía una botella de cerveza al conserje -un
hombrecito simpático con orejas de soplillo y nariz larga y gruesa, a quien habrían sentado
bien los cuellos con solapa de nuestros abuelos-, encendía un cigarro, leía los periódicos,
charlaba.
No se hacía nada, pero nos consolábamos pensando en la preparación. Todo el mundo
se quejaba de la «Patria», de la dirección del partido liberal, cuya ala izquierda
integrábamos, pero antes de dirigir el menor reproche a este o aquel representante nuestro
se pedía permiso a la «Patria».
Una tarde de reunión, cuando el comisario imperial ya se había marchado -porque en
su presencia se rendían tediosamente las cuentas de la caja y se leía el informe oficial,
sonriendo-, se despotricó con palabras duras contra la sumisa apatía de Hortis9 y de los
restantes diputados. Votamos un enérgico orden del día y, como cosa implícita, el
presidente preguntó quién quería ir con él a ver a Venezian16 para el níhil óbstat. Desde la
silla, pregunté tímidamente:
-¿Por qué pedir permiso a Venezian?
Todos se quedaron pasmados. Se levantó un jo-vencito de rostro reseco y momificado
en agujeros y angulosidades, sonrió con indulgente compasión entre los dientes
estropeados, salivó intensamente y dijo, un poco tartaja, pero como quien dice algo:
-¡Se ve que a este mulo le queda todavía mucha hierba por comer! -Se sentó, satisfecho,
y todos rieron y batieron palmas.
Fue la última vez que pronuncié media palabra en una reunión pública. Por lo demás,
rezongaba con otros ingenuos alrededor de un tablero de ajedrez y todas las tardes
proyectábamos la creación de «La Montaña»17 en el seno de la sociedad, sin jamás concluir
nada. Sobre todo, escuchaba las conversaciones de los mayores para aprender de política,
para armar me contra mi tía, que desaprobaba la dedicación al irredentismo. En general,
hablaban de trucos contra los guardias, de la última y asquerosa actitud progu-bernamental
de los socialistas, de cómo se sentaba el jefe de su empresa y de cómo sostenía la pluma.
Uno podía aprender cómo se fabrica una pistola de agua triple para pintar de blanco-rojo-
verde a la k. k., la policía imperial, y podía informarse también de que Franzca, nacida en el
41, se había trasladado, por causas desconocidas, al prostíbulo de la calle del Solitario. Un
jovencito con una mosca de tres pelos largos contaba cosas de la campaña de Domokos y
del atracón que se dieron en Roma por el aniversario del Estatuto. Porque la patria se
mezclaba con el arroz a la milanesa y con el hipermanganato de potasa al tres por ciento.
La patria era como cuando la prensa publicó una noticia de agencia con la muerte de
Giosué Carducci18; y un poco más alto, un-poco más bajo, hablaban de la nieve en Carintia
y del viaje del embajador francés. Yo me maravillaba. La patria era para mí exclusiva y
sagrada. Me temblaba el pecho leyendo cosas de Ober dank19 y habría querido morir como
él.
Seguía en el mapa las campañas de Galibar, conmovido por los héroes. Galibar fue para
mí un amigo venerado, un dios. Aún hoy, cuando oigo hablar de él desde el punto de vista
histórico, me da un vuelco el corazón. Todavía soy un niño que querría combatir bajo su
mirada. Pero nosotros nacimos en otra generación. Nosotros cantábamos por las calles:
¡A las armas, a las armas! Ondean
las insignias negras y gualdas.
¡Fuego, por Dios!, contra el bárbaro,
contra las huestes austríacas.
Corríamos delante de los guardias de la seguridad públicay de lejos, en manada,
continuábamos cantando:
No depondremos la espada
mientras haya un rincón esclavo
en la tierra italiana.
No depondremos la espada
hasta que en los Alpes Julianos
resplandezca el tricolor.20
En casa hallamos a nuestra madre llorosa de temor y de angustia por nosotros. Le
damos un beso y nos vamos a dormir, satisfechos.

Yo tuve un tío garibaldino que a los cuatro años enviaba a su padre un trozo del pan del
colegio dentro de la carta, para que probara lo que le daban; una noche, a los trece, se
escapó del colegio, gritando: «¡Viva Italia!», y caminó sin blanca desde Fiume hasta Venecia
para enrolarse con Garibaldi, pero lo rechazaron por ser demasiado joven. No obstante, le
prometieron una lira diaria para el mantenimiento. Cogió la lira y la arrojó al canal, porque
no quería dinero de quien le hacía de menos. Un pariente lo encontró sentado en un canal
secundario, mordisqueando un mendrugo de pan, satisfecho. De joven combatió.
Era un comerciante hábil, lleno de recursos e iniciativas. Fue pobre, riquísimo, casi
pobre, acomodado. Cierto día entró en su despacho un sujeto afirmando que mi tío le debía
diez florines. Mi tío respondió que se los había devuelto. El otro lo negó. Mi tío sacó de la
cartera un billete de diez, lo depositó en la mesa, cogió una cerilla, encendió una vela y
sostuvo el billete delicadamente por uno de los bordes sobre la llama hasta que se quemó
por completo.
-Esto para que vea que a mí no me importan los diez florines, pero a usted no le debo
nada. Buenos días -dijo.
Se casó a su gusto, contra la voluntad y el criterio de todos sus parientes. Aprendió
croata en tres meses y se marchó con su mujer a los bosques de Croacia para dedicarse al
comercio de la madera. Así siempre fue para casi todos los parientes un misterio descastado
del que guardarse, un hombre presuntuoso y sin juicio. Lo rehuían, molestos, y si alguna
vez tenían que hablar con él por conveniencia, lo oían como se oye un chiste mil veces
repetido por el párroco viejo del pueblo, observando de reojo su cara para prever qué nueva
jugada estaba tramando. Era, sin embargo, un hombre tranquilo y excelente, aunque de
alma apasionada. Alto y de torso macizo, tenía el rostro ancho, de facciones gruesas, sin
delicadeza, pero los ojos como los de mi madre, y la barba de un rubio claro y amarillenta
por el tabaco. Caminaba con el paso de los guías alpinos. Hablaba lentamente, en voz baja,
profunda, con una alegría casi pueril en los ojos por lo que contaba, pero de una puerilidad
preñada de dolor y desesperación. Solo le quedaba la familia. Su esposa había muerto, se le
había matado una hija y otra, después de abandonar al marido, se había metido a
cupletista. No lloraba, pero cuando tosía, sentado en nuestra sala, la cuerda más baja del
arpa de mi madre daba una vibración larga, terrible. Estaba cansado, casi exhausto. Mamá
le decía:
-¡Vamos, ánimo, si todavía estás hecho un mozo!
El sonreía.
-Sí, aún estoy fuerte -y levantaba el brazo derecho hasta la posición en que se apunta el
fusil y el brazo temblaba a pesar suyo-. Todavía me sostienen las piernas -concluía.
Y todavía, por tercera o cuarta vez, se recuperó y a los cincuenta años salía a cazar y
proyectaba construirse una casita en el Carso, cerca de Gropada, sobre una terraza caliza
que dominaba un vasto horizonte de cielo y de piedras. Recuerdo que nos dibujó con la
contera metálica del bastón los límites en los que se levantaría la casa.
Era inteligente. Nadie sabe cuántas cosas nuestras, de las que empiezan a discutirse
ahora poco a poco, comentaba él con lucidez, como una persona tan al margen de las
observaciones y las opiniones habituales que le resulta natural y obvio comprender
virginalmente las cosas y se maravilla de que la gente no tenga sus ideas.
Siempre estaba en el Carso, y los campesinos lo llamaban «el patrón». Los conocidos le
preguntaban solo por preguntar algo:
-¿No te da miedo estar siempre entre esos eslavos duros de mollera?
-¡Pero si no hacen daño ni a una mosca! Son buenos como hijos. Claro, es natural, si va
un judío triestino, de esos patizambos, y les canta al oído «En la patria de Rosetti solo se
habla el italiano», ellos, que están en su casa, le arrean una somanta de palos, se entiende.
¿Qué van a hacer? -y continuaba-: Pero yo voy por los campos, pisando la hierba, y nadie
me dice nada. Solo una vez, que iba por la hierba detrás de una perdiz, oí que me llamaba
un campesino.
-Patrón, ¿quién me paga la hierba? -Se mantenía lejos, sin osar acercarse. Le miré y le
dije tranquilo: -Ven aquí, que contamos juntos las briznas de hierba que he pisado y te las
pago. -Pero se lo dije con una cara que... Y salió corriendo como una liebre. -Y concluía: es
natural, la escopeta nunca sobra, pero prueba a ir por los campos de Italia, en el Friul, y ya
verás. Estos de aquí son demasiados buenos con esos bribones de la ciudad.
Detestaba a la geste vacía e injusta, aunque en sus juicios era todo fuego. No soportaba
la cháchara de los venecianos y compañía.
-La patria romana... Los veinte siglos de civilización... Pero lo mío para mí. ¡Hijos de
perra! Los habría querido ver aquí cuando la cosa se puso fea. Se lo habrían hecho en los
pantalones.
De Garibaldi no lo oí hablar nunca, ni una vez.
Me gusta haber tenido este tío. Cada día lo quiero más y a veces siento haber sido tan
niño entonces, cuando él vivía, y no haberlo conocido de verdad. Ahora, algunas tardes
apoyo la cabeza en las rodillas de mi madre y le pido que me cuente cosas de él.
Una vez me dijo que diez chicuelos me habían agredido y que todos los parientes se
condolían del bollo amoratado que me habían hecho en la mejilla.
Y que él, poniendo los ojos en blanco, casi sin darse cuenta, añadió:
-Espero que no dejes la deuda sin saldar.
No creo, tío.

Mi madre está enferma. Yo estoy tumbado junto a ella en el borde de la cama,


acariciándole la frente y las manos y así pasamos unas horas.
De cuando en cuando, me mira y pregunta:
-¿Crees que me pondré buena?
La regaño como a una niña y le cuento cosas de cuando esté curada.
Querría defenderla del mal y tenerla contenta, porque mi madre es buena. Ha sufrido
mucho en la vida y ha llorado en silencio, tratando de justificar a quien la maltrataba.
Nunca pronunció una palabra de odio; se encerró en sí misma con sus hijos, como una
pobre criatura abatida.
No perdono a quien le hizo daño y quiero que disfrute de que nosotros seamos mejores
que todos los demás.
-Cuando te cures, vendrás un mes conmigo a Florencia, ¿quieres? Allí hay colinas y
olivos, y estaremos en paz. Ya han pasado tres meses, luego pasará otro más y daremos una
gran fiesta. Tiraré el sombrero al aire: «¡Mamá está ya buena!». ¿Quieres?
Calla, estremecida de alegría. Yo hablo y le cuento cosas bonitas, pero estoy harto de
este cuarto triste y oscuro, mal aireado, con el reloj que marca su tiempo. Me gustaría
refugiarme en mi escritorio y trabajar, escribir un poema alegre, salir al campo y estar a
solas con el sol y el aire. Necesito prosperidad y alegría. Me siento irritado contra su
enfermedad, contra la oscuridad que ha descendido sobre mi casa hace ya muchos años.
Vivimos con temor a despertar en los demás ciertas cosas que están siempre presentes en
nuestro interior; vivimos en voz baja, mirándonos a la cara de reojo, después de una
carcajada. Muchos días comemos la sopa y la carne sin pronunciar palabra, haciendo un
esfuerzo por interesarnos en las cosas de la escuela que cuentan los pequeños. Así llevamos
demasiados años. Y mi madre nos mira a los ojos, que se bajan como por la culpa, y no
puede hacer nada por sus hijos. Ella nos besa en la cabeza y nos pide disculpas en silencio.
Un día estaba poniendo a secar la ropa en la estufa y lloraba. Pregunté:
-Mamá, ¿qué te ocurre?
Volví a preguntarle -ella lloraba y negaba, trataba de reprimir el dolor, y estaba harta-: -
¿Qué tienes, mamá? ¿Por qué lloras?
-Hijo, nada, los negocios de papá, que van mal.
Un día papá regresó de un viaje que había sido inútil, no quedaba nada que hacer.
Estábamos sentados a la mesa, cenando. Entró, nos saludó y ocupó su pues-to. Callábamos.
Cogió el tenedor y engulló un bocado. Dijo: «¡Comed, pues!». No le temblaba la voz.
Nunca vi llorar a mi padre. Los ojos se le hunden en las sienes, se le hincha la frente y
se queda inmóvil, con la cabeza alta. Es un hombre, no se lamenta, se envara. El me enseñó
a callar y a despreciar el dolor.
Así pasaron los meses y los años. Comencé a querer a mi familia, encontraba consuelo
en que creyeran en mí. Una noche, recostándose en mi pecho, mi madre dijo:
-Hijo, estoy cansada, tira tú adelante.
Quiero a mis hermanos y a mis padres porque nuestra vida ha sido dolorosa y confiada.
Tiro adelante con ellos, no cedo. También nosotros queremos nuestro puesto. Nos han
hecho mucho daño. Algunos han sido buenos con nosotros, pero no nos han comprendido.
Queremos ser nosotros, con nuestros defectos y nuestras virtudes, libres de respirar el aire
que nos corresponde. Estoy contento de haber tenido una familia pobre. He crecido con un
deber y una meta. Ellos me quieren y mi nombre es el suyo.
El reloj sigue marcando su tiempo y el cuarto es estrecho y oscuro. ¿Qué será de
nosotros si no se cura mamá? Le suda la frente y su pálido rostro está lleno de amargura.

Quiero oscura la habitación, que el sol no se filtre por los postigos. Estoy tumbado boca
abajo en la cama, inmóvil; no pienso. No sufro. En la oscuridad me invade un tedio infinito,
me abandono, entreviendo con repugnancia los anaqueles de los libros en la pared.
He leído, he mirado por la ventana, he fumado; inútil reintentarlo. No tengo ganas de
nada, y la habitación está fría.
Oigo chillar a los niños en la calle; las sombras de los coches se desvanecen rápidas en
la pared. Pronto se hará de noche y por fin se apagará también este rayo denso de sol que
ilumina el ramo de flores pintado allí arriba.
Entre tanto, los hombres van volviendo del trabajo y se saludan unos a otros. Y la tierra
sigue su camino trillado.

He recorrido toda la ciudad en esta noche de martes de carnaval, aburrido y asqueado


sin causa. Tal vez recordaba el año anterior, con ella en el café. La he buscado por todos los
cafés, temiendo ser visto. Pensaba que iba a estropearle la tarde, ¡pobre chiquilla!
Arriba, por el Acueducto, me he topado con un condiscípulo, Nando Camueso, me hizo
entrar en las «Gatas». Era la primera vez que yo entraba en un café cantante. Observaba las
carnes flácidas y la gente que miraba. El director de la orquesta tenía una nariz terrible, y
las cupletistas nos dedicaban sus agudezas. Nando se divertía, pero ostentando su
experiencia. Tenía los ojos brillantes. Me dijo que a veces era más bonito. Creo. Pues que te
vaya bien.
Di un paseo por la ciudad vieja esperando topar me por las calles con una sucia orgía.
Aún soy casto, pero al estilo de esas vírgenes que ¡cuidado con estar en sus sueños!, como
dice más o menos Nietzsche. Me conservo físicamente puro por miedo a las enfermedades.
O tal vez no. Por lo demás, qué importa. He buscado explicaciones en los libros y entre los
compañeros expertos, y ahora estoy aquí, nervioso, husmeando. Me habría gustado ver
alguna escena, pero no hay nada. Olor a orines. Me falta valor para levantar la cabeza y
mirar hacia los saledizos de las ventanas.
Aquí abajo están las habituales ocho o nueve, que pasean con sus andares de ocas
culonas, el abrigo sobre la enagua. Hasta aquí llega el colorete rojo, aquí comienza la
lividez del frío, por zonas. Al pasar me tocan el brazo:
-¿Vamos arriba, chaval?
Sonrojado, continúo adelante sin responder. Me dan asco. Un asco terrible. Esa es la
razón. Sobre todo el cabello y las manos. Noto una pringue almizcleña que no puedo
soportar. De otro modo, no me parecería mal. Entiendo perfectamente la falta de
romanticismos. Yo doy tanto, tú das tanto. Es limpio. Sucia es la sociedad que por higiene
ha llamado a esto... amor. (Los puntos no son míos, sino de la sociedad, porque yo no uso
puntos suspensivos).
Del café en el que bebí elpetess la tarde del descenso sale una comitiva de tipejos con
barba, vestidos de mujer; mujeres con el vientre al aire y otra gentuza que grita y da
brincos, con linternas y bastones. Me hago a un lado. Menos mal que tengo en casa una
cama blanca y limpia, sin chinches.
¡Pero una mujer, una hembra, para mí, para revolearnos juntos en la cama, para hacerle
gritar a fuerza de apretones y de mordiscos! Esta cama es demasiado grande, demasiado
blanda. Mejor dormir con una manta en el suelo.
Fui a ver si me daban un empleo en el Credit. Nada más subir la amplia escalinata,
decorada con estucos e incontables arañas, el silencio del trabajo me obligó a pisar con
cuidado, como si molestara, en la fuente, la pulsación de un mundo misterioso. Me dijeron
que era imposible porque solo había hecho el bachiller de letras y me faltaban los estudios
de comercio; además, no hablaba bien el alemán.
Al salir, viendo el hermoso verde claro de los jar diñes al pie del castillo, me volvieron a
la mente las fantasías salgarianas de la infancia. Hermosas cabalgatas de aventureros que
encuentro a cada revuelta de mi vida y que me ofrecen el buen saludo augural,
embriagándome la mirada con el centelleo de las carabinas abrillantadas y prontas.
Restregones en la mesa, la vela un poco más allá; y la respiración de mi madre dormida es
tan larga que la mano que restriega con vehemencia, arriba y abajo, afloja y se adecúa al lar
go resuello, mientras que el alma comienza a pensar en complicaciones y se llena de dudas,
como de agua los agujeros de la cortina recién quitada al comenzar a llover. Volví a ver la
cortina parda con la primera luz del alba, goteaba de rocío, y me incliné para salir del
estrecho boquete, mirando con cautela alrededor, espiando el crujido de la hierba que se
alzaba de nuevo.
Un carro grande tirado por dos caballones y car gado de varas de hierro corría como
una exhalación, atronando la ciudad. El cochero, con las piernas abier tas en los dos largos
troncos pelados del borde, azuzaba a los caballos con la fusta. Delante de aquel carro infer
nal se desvanecieron todos los sueños. Yo estaba en el Paseo, entre automóviles y gente con
abrigos de piel.
Me dirigí a casa, aturdido.
Pensaba: llamar puerta por puerta. Conseguiré que me manden a una gran casa
comercial de la India, en Rangún, como a Ucio. Un esclavo chino moverá en mi cuarto un
enorme paipay rojizo para que los mosquitos de la malaria no se me posen en la piel. Solo
escribiré, en inglés: «Recibida vuestra estimada...». Engañaré con astucia, como aún no
saben los comerciantes. El revólver en el bolsillo.
Reí, ¿por qué en la India? ¿Por qué el revólver, lustroso como las carabinas de los
aventureros? Chaval, eres un literato. Y serás un literato por mucho mar que pongas entre
tu última pisada y la siguiente. Hasta en Rangún, hasta en la isla de Robinson, el paipay te
parecerá, qué sé yo, un acto contra las ideas; en suma, una de esas imágenes tuyas,
descabelladas, que producen sobresaltos y compasión en la gente. Y escribirás en tus cartas
comerciales cosas que el copista no podrá copiar sin que el departamento de control te
considere un loco.
Salí desilusionado. Toqué las hojas de los árboles húmedos de lluvia, esforzándome por
no compararlas con nada. Un tacto impresionante de humedad y frío, y se acabó. Habría
preferido que me resultara desagradable. Caminé mucho, evitando pensar. Después lo
decidí: me marcho.
Me dirigí a la estación para comprar el billete de tercera clase.
-¿Adonde? —preguntó el taquillera.
Lo miré. Había pensado viajar sin destino; viajar porque esperaba un accidente
ferroviario con choque de dos locomotoras y varios vagones, del que yo me salvo
agarrándome con todas mis fuerzas entre los dos maleteros, de modo que el topetazo no
me afecta. Luego salgo rompiendo el cristal del vagón volcado, me arrastro a gatas; no salvo
a nadie, pero corro hasta la siguiente estación para avisar de lo ocurrido. «Tiene usted la
mano ensangrentada», me dice un atento jefe de estación. La miro, saco el pañuelo y me la
vendo. Luego, por favor, pido al jefe de estación que me permita enviar un despacho a mi
periódico.
-¿Adonde? -Se impacientó el taquillera.
-A Milán. -Pensé: me presento al Corriere della Sera.
El tren iba a Viena, el taquillera sonreía al decir meló. Regresé a casa decidido a ser
periodista.

El Piccolo me aceptó a cambio de cien coronas mensuales. Horario: de las doce a las
dieciséis y de las veinte a las tres.
La primera vez que fui a entrevistar a una actriz -ya no recuerdo si era la Bellincioni o
Tina di Lorenzo- pensaba, metiendo el pulgar en la sisa del chaleco blanco: representación
de una novedad que no conozco; entrevista en el entreacto; café solo; enciendo un puro; en
la redacción: es el toque.
Ordeno en un paquete regular las largas cuartillas verdosas, las numero, tengo que
escribir en una hora y media dos artículos: la reseña de la novedad y la entrevista (la
entrevista podía escribirla a la mañana siguiente, pero me gustaba el trabajo febril). Bien.
¿Qué le digo? Es hermosa. Y el Piccolo es el periódico más difundido en Trieste. Yo, en este
momento, soy su crítico teatral.
Imágenes amontonadas como el regreso de las golondrinas. ¿Estaba junto a un bosque
otoñal y soplaba la bora y las hojas de oro y de púrpura se arremolinaban alrededor? En mi
alma, es cierto, se produjo un alboroto, un precipitarse, un brincar continuo y vibrante,
como en el estanque del parque cuando un niño tira una miga de pan. Pero el carmín rojo
de los labios y el polvo de oro de sus cabellos me parodiaron, y yo me quedé espantado
como si me mirara en un espejo convexo. Escribí muy mal de la comedia que me había
gustado, en venganza, porque también yo necesitaba violar la realidad ajena, pero el
director pidió las cuartillas antes de que fueran a la tipografía, me llamó, me reprendió
agriamente y rasgó el artículo.
Al salir de la redacción, el primer amanecer me hacía daño en los ojos cansados.

Una noche, algunos años después, una noche terrible de trabajo por la muerte del Papa,
miraba yo fijamente la lámpara de gas que había en mi mesa. Oía farfullar, caminar, pasar
hojas, zumbar en torno a mí, cada vez más lejos, lejísimos, y pensaba, quién sabe por qué,
en Caín y Abel. Le decía a Dios que había sido muy injusto con Caín. ¿Por qué no aceptas su
humo? ¿Es que el forraje y las ramas cargadas de frutas no valen lo que el cordero de Abel?
¿Qué mal te hizo antes de matar a Abel? ¿Por qué? La Biblia no dice nada. Pensé que podía
ser la idea central de una tragedia y me eché a reír con malicia. Yo ya había matado a Abel.
Abel había tensado las cuerdas entre los cuernos del búfalo fusilado por mí, y cantaba.
Yo lo maté. Pero las hojas que me rozaban ahora eran duras y ásperas de veneno como
plumines. Deseé ardientemente: «¡Abel, Abel, si aún fueras armonioso dentro de mí en esta
hora de supremo cansancio! ¡Tengo ganas de ver las estrellas en el cielo y de entonar un
gran canto!».
Pero me reí con sarcasmo.
El alma ya se me había coagulado con el goteo de la vida avinagrada, rabiosa, negadora,
que me corroía el rostro con las arrugas y se excavaba un cubil en mis ojeras.
Ya no veía las cosas y me tropecé sin saberlo con aristas agudas, por eso los demás me
creyeron un héroe. Andaba por un camino ya abierto, asqueado de mí, deseando que
alguien me matara a palos.
Una vez me propuse matarme, pero delante del espejo no pude asesinar al ser maligno e
irónico que me miraba. La mujer que me amaba no hizo un gesto, pero se me abrazó
nerviosamente al cuello y trató con toda el alma de darme un beso. Sin embargo, sus labios
no se pegaron a los míos.
Ahora estoy tranquilo y viajo en los expresos.

No, no, mi vida no fue así, pero yo estoy igualmente inquieto y desplazado. Encontré
amistad y compañeros, trabajé con ellos, pero soy menos inteligente. No sé decir nada que
los convenza. Ellos, en cambio, saben discutir y demostrar que uno debe convencerse de
esto o de aquello. Yo no soy persuasivo, soy contradictorio. Hay que callar y prepararse.
Pero, ¿por qué ellos se desaniman de vez en cuando y desesperan de todo? Quien
pretende reformar a los demás no tiene derecho a ser débil. Hay que caminar hacia delante
y derecho. Hay que acoger con amor la vida, aunque se nos haga gravosa. Hay que ser fiel a
nuestro deber. Ellos son más inteligentes y más cultos y están más cansados.
Tal vez soy de una ciudad joven y mi pasado está en los enebros del Carso. No soy triste;
a veces me aburro y entonces me echo a dormir como un animal necesitado de letargo. No
soy un GrüblerIJ. Tengo fe en mí y en la ley Yo amo la vida.
Pero las conversaciones sobre arte y literatura me aburren. Yo soy un poco ajeno a ese
mundo de ellos, cosa que me entristece, aunque no sé dominar me. Me gusta más hablar
con la gente normal e interesarme por sus intereses. Puede que toda mi vida sea una
búsqueda vana de humanidad, pero la filosofía y el arte no me satisfacen ni me apasionan
lo suficiente. La vida es más amplia, más rica. Tengo ganas de conocer otras tierras, a otros
hombres, porque no soy en absoluto superior a los demás, y la literatura es un oficio árido y
triste. Así pues, escribamos el artículo. Hace tiempo que guardo silencio; es hora de
reaparecer. Lápiz rojo: i, 2, 3, 4, 5... Las cuartillas están numeradas y listas. Encendamos el
pitillo. Inclinémonos sobre el escritorio para venerar el pensamiento que, mezclado con la
tinta, brota de la pluma.
La evolución de un alma en Trieste. Comienzo a escribir, rasgo; de nuevo, y otro rasgón.
Cigarrillos. El cuarto se llena de humo y los pensamientos se cierran como las corolas al
crepúsculo. Inútil engañarse, no tengo nada que decir. Estoy tan vacío como una caña.
15
En alemán: «visionario», «soñador».
«¿Qué haces aquí, delante de este escritorio, en este sucio cuarto de alquiler? Aunque
hundas el morro en la rama verde del capullo con que tus ojos, hartos de la grisura
estampada en la pared, tratan de soñar, tú aquí no respiras. Aquí y ahora hasta Shakespeare
es una pila de libros que te roba un fragmento de horizonte. Enfrente, el Incontro enrojece
con la aurora, y si te asomas a la ventana y miras a la izquierda, Fiesole está clara como un
cristal ambarino. En el Secchieta ya hay nieve. Andando, vamos al Secchieta».
Bandas en los pies; doble jersey en el pecho; una tableta de chocolate en el bolsillo; y,
mientras piso fuerte el pavimento de la ciudad para que desde los pies la sangre me corra
más caliente a la cabeza, pienso: «¿Qué tiene que ver con la vida del espíritu esta excursión
improvisada? Había en ti un obstáculo más alto que el Secchieta, y en vez de encararlo y
resolverlo con el cerebro, lo sorteas creyendo que así vas hacia el sol que iluminará todas
las cosas para tu uso y consumo. ¿Ya te has cansado? Ayer todavía saltabas los viñedos y las
tapias torcidas y afianzadas por la hiedra que se te enredaba en los pies, y ¡paf!, con el
morro en el suelo; ciervo vencido que tus coetáneos cazadores, desgañitándose con el alalá
victorioso, ataban con mimbres por las patas y se llevaban a rastras hasta casa, la cara roja
de sofoco y de triunfo. Arrojabas litros de agua, boca, nariz y ojos sumergidos en la poza,
resoplando y borboteando sin tregua, tanto que la aspiración de las fosas nasales cavaba
dos hondos agujeros en el agua. ¿Cansado?». Aquí, en el tren que me conduce a Sant’Ellero
hay campesinos que nada más montarse dormitan echando la cabeza contra el respaldo de
madera. Yo paseo arriba y abajo por el pasillo central del vagón. ¿Cansado? Ya no sé nada,
ahora. Ya no estoy en la ciudad. Ya no tengo obligación de demostrarme por qué hago esto
o aquello. Soy un animal irracional. Excursión, jira, huida, locura, ligereza, necedad, no sé;
sé que voy al Secchieta, donde está la nieve. Me apeo del tren y respiro.
Asciendo por las intrincadas sendas de los car boneros, que aquí y allá se ensanchan en
una explanada negra. ¿Adonde voy? La colina oculta Vallombrosa. Bien si no me pierdo; si
me pierdo, mejor. Toco unos castaños viejos sin médula ni carne; el eléboro negro ha
florecido. Puede que mis ojos encuentren entre el musgo y las hojas oscuras, junto a la
mancha de nieve, la primera prímula.
Afloja el paso, que el ánimo se puede engrasar robando a la naturaleza. Todo florece de
imágenes en torno a ti.
¡Extiende la mano! No tocas los pimpollos de la zarza ni el tenaz matorral de las
retamas ni las piedras de la tierra: acaricias y te pinchas con tu espíritu, que ha volado de ti
para crear tu mundo. Se ha lanzado contra el oscuro amorfo y ha plantado sus raíces de
golpe dentro de él; de ahí que el viento lo agite, ramas invernales engrosadas como puños
que aumentan cuanto más se esfuerzan en sí mismos; y tus botas marcan el terreno
húmedo por la linfa que el sol succiona hasta la superficie de mil formas; y tu mirada se
expande fraternalmente en el círculo divino de los cerros verdinegros, bajo el cielo claro y
leve que parece elevarse -luz- más arriba que el aire. Camina amorosamente por tu reino
de maravillas.
Las casas de Saltino. La primera nieve en las lar gas cuentas de la vía dentada. ¡Adentro,
piernas mías!; está dura y cruje como un hueso entre los molares de un perro. Hay árboles
cargados de yemas con una cofia de pelusa argéntea, como flores extrañas.
Desde un establo abierto muge el morro de una vaca, que se lame por dentro las anchas
aletas. Real Compañía de Teléfonos: 50 céntimos y estoy en Florencia. En cambio, camino
gritando por la nieve, sin que nadie se detenga a mirar al loco.
Todo es hermoso. Comprendo la reforma de la enseñanza media, y el ciprés tronchado
bajo el peso de la nevada, que yace clavado en la nieve, atravesado en el camino, me obliga
a dar un salto alegre con los bordes de la capa recogidos en el pecho. ¡Y qué ricos estaban el
salchichón, la mantequilla, el té y el pan casero de una semana de la hostería de
Vallombrosa!
Aquí es imposible que hayan venido jamás las damas que arrastran largas faldas por
campos bien peinados y rasurados; tampoco los ministros han jugado al tenis con cuello
duro.
Muchos albergues esperan todavía abrir, aunque yo no lo creo. No obstante, podría
emprenderla a pedradas contra aquellas dos águilas embutidas en trapos amarillos, posadas
con un perno en las pilastras de un portal.
Pero, ¡arriba!, que en el Secchieta hay nieve completamente virgen.
Ninguna huella en la cima del monte, ¿dónde están los jóvenes italianos? Esperan a que
se anuncien los domingos de invierno con esquís y patines y señoritas. Escribo con el clavo
del bastón alpino las letras de Voce16 en la nieve. Propongo que la fiesta vociana consista en
una subida al Secchieta en febrero. Las Lupercales17. ¡Jajá, en este momento alguien
abandona la redacción de un periódico para ir a dormir! ¡Venid a beberos el alba en los
montes!
Basta, todo lo bajo desaparece. Solo existe una cosa, alta, no vista, que hay que alcanzar.
Ninguna imagen. Las ramas son rígidas y te saltan a la cara si se te escapan de la mano.
Hunde el tacón en la nieve para hacerte tu escalón, y otro más arriba. Clava el bastón. Aun
hundiéndose entero, te advierte de que la nieve tiene tu altura, de que no camines
serpenteando. Planta derechas las suelas.
No me llega nada que sea acorde, en torno a lo cual se agrupen las ideas y lo mamen y
lo asimilen haciéndolo mío, fruto del alma más profunda. Todo es sensación de obstáculo a
vencer. Estamos el monte y yo; nada más. Y no debo ser más que yo mismo, en la cima.
¿Te vuelves para contemplar? ¿Tan cansado andas que te pones a hacer el poeta, amigo
mío? Si se te revientan las pantorrillas y se te dobla el espinazo y por cada centímetro de
conquista tronchas con el pecho, con la cara, una rama, y otra, y quién sabe hasta dónde te
esperan, duras, heladas, hipócritamente veladas de polvo de nieve como un almendro
florecido, y los carámbanos se te rompen en el cuello, en los ojos deslumbrados por el
eterno resplandor blanco; y el gorro que se escurre te obliga a ponértelo de nuevo, y el
16
La Voce (1908-1916), influyente revista de cultura y política.
17
Fiestas romanas celebradas el 15 de febrero en honor de Pan Liceo.
bastón se te clava entre la rama y el tronco, de modo que todas las cosas indispensables
tratan de impedirte tu deber; aguanta mordiéndote la lengua, que desea imprecar, y
camina. Y si la nieve ablandada por el sol cede bajo tu pie, de tal modo que podrías
tumbarte suavemente en ella y reposar, no te rindas a la mullida bondad, no apoyes con
levedad las botas: golpea, húndete, sal y sigue adelante, arriba. Arriba -no sabes dónde,
porque tal vez no caminas hacia la cima real de los mapas-; tu arriba quizá está envuelto en
la niebla y cuando lo alcances con el corazón sufriente no veas los Apeninos broncearse
como la carne joven al sol, ni la nieve inmensa, que tú has vencido, encender los colores,
ni, allá abajo, Florencia. Pero tú, amigo mío, te has levantado del escritorio para subir al
Secchie-ta; y aunque todas las opiniones de la calle, que se te infiltran en el oído por las
ventanas, con el estruendo de las campanillas de los carros y de las canciones sucias de
vino mal digerido; aunque toda la vida de los otros sigue presente en ti y pretende, como
un ventarrón polvoriento, torcerte el cuello hacia lo que ya has superado para que vuelvas
a mirarlo y para que te acuclilles, entre lo alto y lo bajo, con tus piernas cansadas; aunque
toda la ciudad esté eternamente en ti, con su cansancio, y no puedas evitarla; no importa.
Tú asciendes: solo eso es verdad. Tú debes: solo eso es hermoso.
Un precipicio nevoso que no me permito superar en zigzag y lo ataco dos, tres veces,
con las uñas. Y...
En el Secchieta hay una capilla baja con una virgencita pintada. Encendí una cerilla por
temor a encontrarme dentro al lobo. Reptando, me introduje por un boquete obstruido de
nieve y caí rodando debajo de la virgencita.

Penetro con los dedos separados en el agua del mar como entre los cabellos suaves y
espesos de una mujer, y me vuelvo de espaldas en la superficie para descansar. Las olas
pequeñas rompen susurrándome al oído, como el corazón de la mujer al amante que reposa
sobre ella.
Alargo la vista: el mar se encrespa bajo el sol. Con el alma tranquila y serena, se tumba
en la playa suave, se acuna cantándose palabras breves y busca con dedos de niño las
conchitas y los cangrejos pequeños entre el casquijo de la orilla.
Descanso en el mar. Por el cielo pasan las nubes blancas que emigran. Si levanto un
poco la cabeza veo temblar los olivos de Muggia, nada más. El descanso es profundo e
infinito.
Un barco abre lenta la vela, se escora ligeramente y duda. Luego sigue, recogiendo el
poco viento. Yo estoy aquí, conducido por el lento movimiento de las olas encrespadas.
Y el mar me lleva lejos, allí donde no vea otra cosa que agua y cielo y todo sea silencio y
paz.
Abro la boca, entre los dientes me corre el agua salada y el cuerpo se deja hundir
lentamente en el mar.

Estoy aquí, en el suelo, como un perro agonizante; los nervios se me inflaman por la
necesidad de amar y estiro la cabeza como si me estuvieran apretando un dogal en torno al
cuello. De un salto, me pongo de pie y miro la noche. ¿Dónde estás, criatura hermosa que
un día has de amarme? ¿Miras la noche? Bajo las estrellas, el aire tiene un destello como de
espejo y nosotros nos miramos.
Criatura fresca, dentro del alma todo es esperanza de vida, como en un bosque bajo la
canícula. La hierba pequeña acaricia el tronco rugoso, temblando con la expectativa. La
tierra murmura, el agua está cerca. Ved el agua, el agua fresca. Y tú estás entre mis brazos,
criatura.
Te puedo besar porque me he conservado puro. He sufrido y llorado por ti. Ahora es
agosto y las ramas regurgitan el jugo y se enderezan con ansia. Yo deseo aferrarte con furia
y notar esa carne tuya intacta retorcerse bajo mis dedos, aquí sobre la tierra caliente como
mi sangre, porque tienes que ser mía.
¡Ay, criatura hermosa! No sé qué color tienen tus ojos, pero son azules porque azul es el
aire inmenso sobre nosotros. No sé dónde estás, pero miras desde lo alto y tranquilizas
como el sol. Estás en todas las cosas porque yo lo amo todo: en la campánula blanca del
prado y en el río que te refleja y fluye por la amplia llanura llevándote en el corazón.
¡Ay, criatura nueva! No sé quién eres, pero te noto dentro de mí como una semilla que
se me arraiga en el alma. Soy un niño que asciende por un monte verde, saltando y
cogiendo flores, y de pronto se abre delante el valle con sus villorrios y la ciudad a lo lejos,
envuelta en una luz neblinosa.
Seguro que sonríes, porque esta noche las estrellas titilan mucho. Noto tu sonrisa en la
cara como un soplo de viento en un manojo de hierba. ¡Ay, querida! Todos mis
pensamientos van hacia ti como las abejas alrededor de una flor dulce, y van a bullir en
torno a ti, criatura mía.
Todas las cosas son ciertas, pero unas ocurren ahora y otras ocurrirán en el porvenir. Y
si yo te hablo en esta triste noche invernal de un hada que viene con el regazo lleno de
flores olorosas, debes creerme, pobre alma mía.
Tengo deseo de cosas livianas,
adonde me conduce un vuelo
de golondrinas, el oído
rozándome. El sol es tibio
como una mejilla adolescente.
Caminando suavemente
voy hacia las blancas manzanas.

A lo largo del camino


una rama de olivo
el rostro me toca.
¡Cosas frescas! Rosas
hinchadas de rocío,
la hierba en un arroyo.
¡Ay, si pudiera
besarte la boca!

El sueño nocturno de las flores se evapora cuando lo toca el rocío de las primeras luces
del alba. Y, sin embargo, notaría con gusto tus labios en mis ojos cuando pienso cosas tan
dulces por la mañana.

Vayamos por los prados sin senderos, porque hoy un sol tibio nos acaricia los párpados.
Caminemos largo, disfrutando del sol invernal y de las violetas pequeñas entre las hojas de
hiedra diseminada por el suelo.
En un día así, el propio aliento lleva al alma a lo alto. Si respiramos, dejamos una huella
vaporosa y blanca de nosotros en el aire.
Adelantemos aún un poco, hasta donde el sol calienta el tronco del plátano blanco, y
apoyemos la frente ligera. Bajo los pies cruje la hierba nueva, mientras caminamos cogidos
de la mano y mirando entre las cejas.

1
S. Slataper, Il mió Carso, al cuidado de B. Maier, Milán, 1968, p. 11. Cfr. al respecto F. Petroni, «Ideología e simboli nel Mió Carso»
en Belfagor,xxxvii, n° 1, enero de 1982, pp. 13-26, espec. 14-16.
2
Ibidem, p. 12.
3
Idem.
4
F. Dostoievski, Memorias del subsuelo, trad. de Rafael Cañete, Losada, Madrid 2004, p. 15.
5
E. Guagnini, «Profilo introduttivo», en Introduzione alia cultura let~ teraria italiana a Trieste nel’900, Trieste, 1980, p. 12.
6
S. Benco, Trieste, Florencia, 1932.
7
Cfr. M. Marchi, E. Pellegrini y L. Steidl, «Introducción», en Inte-llettuali di frontera. Triestini a Firenze (1900-1950), exposición coordinada por M.
Marchi, catálogo al cuidado de M. Marchi, E. Pellegrini, R. Pertici, N. Sistoli Paoli y L. Steidl, Florencia, 1983, p. 29.
8
Cfr. F. Cusin, Appuntiallastoria di Trieste (1930), al cuidado y con un ensayo introductorio de G. Cervani, Udine, 1983.
Attilio Hortis (1850-1926), literato y diputado por Trieste en el par lamento vienés.
9
Menelik n (1844-19x3), emperador de Abisinia que se opuso a la conversión de su país en un protectorado de Italia. Ras Alula (1827-1897), jefe militar
abisinio vencedor de las tropas italianas. (Todas las notas son de la traductora).
10
Viajero creado por el escritor francés Albert Robida (1848-1926).
11
El propio Scipio.
12
Giuseppe Tartini (1692-1770), famoso compositor y violinista.
13
Pennadoro, forma italianizada del apellido Slataper a partir de zlato, «oro» en checo, y pero, «pluma».
14
Alboino (563-572), rey lombardo.
15
Del húngaro hajdúk, combatiente de los Balcanes contra la dominación turca.
«El canalla tiene miedo».
16
Felice Venezian (1851-1908), guía espiritual y político del irredentismo triestino.
17
«La Montaña», grupo político de la Asamblea y de la Convención durante la Revolución francesa.
18
Giosué Carducci (1835-1907), primer Nobel de literatura italiano.
19
Guglielmo Oberdank (1858-1882), irredentista ejecutado por preparar un atentado contra el emperador Francisco José.
20
Versos del himno de Goffredo Mameli Suona la tromba, musicado por Verdi en 1848, en la versión cantada del Trieste irredento.
III

Recuperé mi Carso en un periodo de mi vida en que necesitaba ir lejos. Con frecuencia,


caminaba lentamente hasta las orillas para ver a la gente que partía. Estudiaba el horario
de los piróscafos de la Lloyd Austríaca de Navegación. De haber tenido unos centenares de
coronas habría viajado a Dalmacia, a Cattaro, para trepar luego a Cettigne y después quién
sabe. Al interior de Croacia, donde están los bosques inmensos y hay que cabalgar muchas
horas para dar con una casucha de madera cenicienta. El páter familias es todavía el
antiguo anfitrión. De noche, cuando uno no puede dormir, oye un canto triste que lo
acuna. Aunque tal vez habría viajado a Oriente.
Observaba los quechemarines de Chioggia, que de un fuerte empujón se despegaban de
la orilla, hinchados y repletos. El patrón del barco se quitaba la camisa para no empaparla
de sudor, se encaramaba al palo y, enganchando una pierna a la escala de cuerda,
desenredaba la vela amarillenta manchada de marrón. Toda la noche navegarían por el
Adriático con el borino y luego otro día y otro bajo el sol. Deseaba sobre todo la calma
chicha del mar, si el viento hubiera cesado de repente.
Necesitaba estar solo. Iba por calles poco frecuentadas, a la sombra de los edificios
rectangulares, y miraba alrededor, espiando de lejos el rostro de los viandantes. Temía que
me conocieran, que me saludaran, tener que saludar. Un amigo me envió una postal, ¿por
qué no le escribía? Puesto que no quieres, no voy, pero no está bien que seas tan hosco, tan
egoísta en tu dolor, precisamente cuando la amistad te haría mucho bien. Todas eran
buenas personas, pero yo buscaba la lejanía.
Estaba solo en mi cuarto. Por las noches oía dar, lentas, las nueve, las nueve y media, las
diez, las diez y media... El tiempo pasaba como se pasan las tardes de los domingos,
llevándose el aburrimiento de los hombres. Todas las noches oía un coche por la calle,
después la voz de los noctámbulos que pedían la llave a gritos a la mujer o a la madre.
Bueno -pensaba-, ahora me pongo a leer, tomo apuntes, estudio... Pero apoyaba la
cabeza sobre los brazos ovillados y no podía llorar.
Tampoco dormir. Vivía la pesadilla de una grave congoja. Uno salía de casa por la noche
y caminaba con pasos cansados. Soñaba con una larga noche de viento, cuando los escasos
viandantes caminan encorvados contra la bora, sin pensar. Soñaba sobre todo con cedros
plantados en el fondo del mar, que poco a poco iban petrificándose.
Necesitaba piedras y esterilidad, y me acordé del Carso y solté un pequeño grito de
alegría para mis adentros, como quien se reencuentra con la patria.
¡Cuántas historias me conté aquella noche! Estaba tumbado en el colchón con la cabeza
apoyada en el brazo derecho. Era un niño que esperaba con los ojos abiertos un poco de luz
por la rendija de la puerta y la entrada de la madre: «¿No duermes? Es tarde. Duer me,
duerme. Te voy a contar un cuento».
Sentía piedad y ternura por mí mismo. Y me contaba en voz alta una historia del Carso:
«Muchos años antes de nosotros, una mujer del Carso con el cabello rubio parió un niño
que temblaba incluso bajo la piel de oso. Como el aliento de la madre no bastaba, ella
encendió el fuego por primera vez. El pequeño creció pero no salía a cazar. Comía carne
cocida y, en las noches de invierno, cuando se despertaba de pronto y no veía la llama, la
oscuridad y el frío se le metían dentro y pensaba cosas extrañas, estremecido. La bóveda de
la cueva destilaba unas gotas más lentas que el latido de su sangre, y cuando caían en la
paja del catre él oía pasos fuera de la gruta, pero muy lejos, a saber dónde y de quién eran.
«Pastoreaba las cabras; se instalaba dentro de un matorral y miraba el cielo entre las
ramas. Pasaba un ciervo olisqueando, silbaba un pájaro; sonidos que se le metían dentro y
se enredaban. Luego dor mía un poco. Regresaba al ponerse el sol y contaba las cosas con
palabras claras como las hojas después de la lluvia. Su familia lo escuchaba.
»Un día, mientras contaba, llegaron unos hombres, el pecho como un peñasco agrietado
por el hielo, mataron a la familia, robaron el fuego y se lo llevaron como esclavo».

Me conté otras historias, pero cuando me cansé no podía dormir. Mi cabeza estaba
llena de pensamientos rotos que nacían y salían volando por todas partes, llevándome a
mil lugares al mismo tiempo. Sudaba.
Entonces me levanté, me vestí a toda prisa, me eché al bolsillo la navaja y salí. En vía
Chiadino había aún una pareja de amantes y la mujer jugaba con los dedos de su
compañero, que la sujetaba. Yo pensé: «Esa mujer se le puede morir perfectamente esta
noche». Ladraban los perros. Nada más subir, en dirección a Kluch, pasada la barra
amarilla y negra de la aduana, me encontré solo y respiré. Caminaba sin pensar.

Esta mañana también ha salido el sol. Como siempre, los albañiles caminaban por la
carretera silenciosa, con sus gruesas suelas. He visto a una mujer enfrente de mi ventana
que abría los postigos de par en par y gritaba a su hijo que era la hora de la escuela.

Dentro de nosotros se acumulan muchas náuseas, mucha repugnancia, que un día salen
y nos apestan el aire que respiramos. Fastidia mucho vestirse, comer, levantarse de la silla,
y es inútil, pero conviene no trastornar los hábitos y echar un pie delante del otro por que
nos han enseñado a caminar. Basta con no poner obstáculos al hastío, pues entonces el
pensamiento se agita y nos hace sufrir; de otro modo, la vida continúa calma, sin
sobresaltos ni susurros.
Silencio y paz. Se anda por los caminos sin hacer ruido. No hay que despertar. La gente
duerme, mal, bien, pero duerme. Nadie tiene derecho a turbar el sueño de nadie. Pasa un
noctámbulo y un agente de la seguridad pública vigila con pasos largos. Junto a los faroles
oyes el silbido del gas que sale de la espita. Un trecho de luz; tu sombra camina delante de
ti y luego se desvía un poco; una segunda te sigue; se encoge, se acerca, igual a ti. Puedes
detenerte, tumbarte sobre ella en el pavimento de la ciudad y dormir tú también o puedes
continuar adelante, doblar a la derecha o a la izquierda, es indiferente. Ahora te invade
una peste a petróleo quemado; luego, cuando termina esa zona, comienza la vaharada
caliente y grasienta de la cocina de un hotel. Puedes caminar hasta el alba por la ciu-dad
callada mientras el polvo cae lentamente al suelo.

Llueve. Es un día largo. Suena el timbre, entra Guido, deja caer el paraguas en el
paragüero, se dirige a su habitación, tira los libros, va a comer. Mamá pasa con cuidado
cerca de mi puerta porque cree que descanso.
El día se alarga, igual e infinito.
Un carro se tambalea lento en la calle. Oigo golpear contra un hierro. Las palomas
zurean en la cornisa de la casa. No sé qué será de mi vida.

Pasan cerca dos hombres que se saludan quitándose el sombrero. Uno tiene el rostro
triangular, huesudo, los ojos cansados y errantes; el otro camina a pasos cortos y rápidos,
todo contento. Está contento por que tiene apetito. Está contento con su casa, con su joven
esposa que lo espera asomada a la ventana. Lleva el Piccolo doblado en el bolsillo y un
cucurucho de cerezas para el almuerzo.
¿Por qué se han saludado? ¿Qué relación puede haber entre estos dos hombres? Toda la
vida está entretejida de ese modo tan absurdo. Nadie puede comprender al otro, pero
simula amarlo u odiarlo. ¿Por qué? El otro hace algo y entonces se dice que ha hecho bien,
que ha hecho mal. ¿En nombre de qué?
Yo paso y dejo pasar y miro esta vida ignota como un forastero. Estoy aquí porque en
este momento camino por esta calle y veo un relojero inclinado sobre un banquillo, que
desenrosca un muelle con un pequeño punzón de acero. Aprieta en la cavidad del ojo una
lente de tubo, naturalmente, sin que el esfuer zo le crispe un músculo. En la tienda hay mil
péndulos que oscilan rítmicamente y mil manillas que señalan la hora idéntica y los
minutos idénticos. Vuelven de la escuela las niñas del Liceo, en tropel, todas vestidas de
color celeste, parloteando al tiempo que miran de soslayo a los jóvenes que están a la
espera. Un mozo salpica de agua el adoquinado que hay delante de la tienda, entra, sale
con una escoba y echa el polvo en medio de la calle. Un cochero duerme en el coche,
acurrucado sobre unos cojines invertidos, mientras el caballo, con el morro ensacado,
mastica el forraje. De cuando en cuando, las palomas de la Plaza Grande vuelan en
bandadas trazando grandes círculos, luego aterrizan y corretean entre los arroyuelos.
Delante del palacio de la lugartenencia, el soldado bosnio marcha a pasos recios, se vuelve
en tres tiempos y repite.
¿Dónde estoy? El aire caliente me obliga a entrecerrar los ojos y camino ensoñando.
Ando con lentitud, mirando como un forastero cansado del viaje, que pese a todo tenga que
mirar porque alguien lo espera lleno de afecto e interés.
Pero nadie me espera y nadie se sentará junto a mí, el recién llegado, preguntándome
con una mirada cariñosa: «¿Qué tal? ¿Cómo fue el viaje?».
Estoy solo y cansado. Puedo regresar y quedar me. Puedo detenerme en medio de la
plaza hasta que el sol me haga vacilar y desplomarme; y puedo andar entre el bullicio de
los carros como en el silencio de la noche, porque en ningún lugar hay alivio para este gran
cansancio mío.

Los carboneros, que desde la barcaza trasladan las cestas de carbón con poleas hasta el
Barón Gautsch, me miran con esos ojos suyos hundidos e inyectados en sangre,
maravillados de mi interés.
Uno tose, escupe y el aire le devuelve al pecho semidesnudo, embadurnado de sudor y
de carbón, los largos filamentos de la flema. Tal vez piensa con rabia que me da pena.
No, no, yo soy indiferente, lo que ocurre es que no entiendo. Veo que alrededor de mí se
trabaja. Un bastimento griego embarca unas vigas gruesas; dos pescadores izan una vela
oscura y grande que chorrea; un vendedor de helados grita su mercancía; un sujeto con
gafas negras anota en un libróte el número de los sacos de cemento; un cargador se abre
paso con el carrito rojo; se acerca, espumando, el vapor de Grado; un buey tira de una
vagoneta cargada de balas de car tón, en la que se lee: Troppau. Triest-Rozzol-Assling. Ahora
resopla un tren por el cerro de Opcina; otro llega a Pola, otro retumba sobre el puente del
Po. El aire se llena de estrépito. El movimiento se expande. La tierra trabaja. Toda la tierra
trabaja con un gran frenesí de dolor que quiere olvidarse. Y fabrica casas y se recluye entre
paredes para que los cuerpos insomnes no se vean unos a otros envolverse en las sábanas;
teje vestidos para pensar que al menos el cuerpo del otro es sano y normal; y ensambla
millones de relojes para que el instante la siga a perpetuidad y la fustigue, de modo que
continúe adelante en el espacio como una condenada que se apresura sin darse tregua para
no caer. No te detengas nunca, ni un solo un minuto, ¡oh laboriosa tierra!
Así sentía yo, y me mantenía inmóvil como si me hallara en el punto muerto de la
tierra. Habría rogado a los carboneros que me permitieran trabajar con ellos, pero reía
maliciosamente y pensaba: «Sí, trabajad». Siempre hay un misterio dentro de vosotros,
como un pequeño coágulo que no se disuelve; lo lleváis en vuestro interior a todos los
quehaceres, y está quieto y amable hasta que de pronto os da el zarpazo. Comed vuestro
pan y bebed vuestro vino; creced y multiplicaos; porque del pan que coméis y del vino que
bebéis se nutre vuestro misterio, la única verdad segura que vuestros hijos darán a sus hijos.
Encalleced vuestras manos, que vuestro espíritu penetre por los tejidos más tupidos y sea
tan limpio que se sirva a sí mismo de espejo. Torturad cada miembro de vuestro cuerpo con
todas las herramientas del trabajo, y también, si queréis, tumbaos en un lecho cómodo y
fatigad vuestro espíritu. No extenuáis el misterio. ¿En qué parte de vosotros se oculta el
pequeño misterio? Podéis haceros trizas, que vuestra última mirada no lo verá. Podéis
buscarlo incluso en las noches estrelladas y entre las vetas de hierro, abajo, en la oscuridad,
en las raíces de los bosques. Y hasta podéis mataros, si os apetece, pero la bala que os
atraviesa las sienes no lo quema. Vive en vosotros incluso después de vosotros mismos,
eternamente, el pequeño misterio que ha hecho esta hermosa extensión de mar y nos ha
hecho a nosotros y nos ha obligado a construir estos piróscafos rojos y negros.
Reía casi en alto. Advertí que me miraban. Entonces sentí asco de mí mismo. Me quedé
petrificado, inmóvil. Estaba infectado por completo, con la impresión de que una palabra
mía podía apestar el mundo. Miré el mar ancho, puro, y habría querido rezar. Pero no, todo
mi dolor es mío, todo mi desgarro es para mí solo. Y me cerré el pecho con las manos y fui
un estremecimiento de dolor envuelto en sí mismo. Me pareció que podía morir porque mi
secreto me quemaba ávidamente la sangre, roja como el maldito sol que se ponía en el mar.

¿Por qué no trabajas? Recuerda que alguien ha depositado sus esperanzas en ti. Ella te
espera y no está contenta. Cada minuto que imploras es un crimen. Machácate la cabeza en
el escritorio, pero trabaja bendiciéndola. Es justo que esté muerta, ya que tú eres un
cobarde.
Me senté ante el escritorio, cogí la pluma y comencé a dibujar garabatos en el papel,
tachones con su nombre encima. De pronto me asusté y corrí al espejo. Miraba fijamente
mis ojos, preguntándome: «¿Brillan mucho? Pero Vedrani dice que por los signos externos
no puede saberse si uno está loco. No estoy loco. Tranquilo, Scipio». Miraba las cosas
reflejadas en el espejo. Las cosas reflejadas en el espejo -por ley física- están distantes de los
ojos como lo están del espejo las cosas que se reflejan. Intentaba calcular si yo también veía
así. «Si me piso, tendrá que dolerme. Pero también a los locos les duele. ¿Cómo conseguir
una prueba externa de que no estoy loco?». La alfombra del espejo formaba un ángulo con
la alfombra real. Miraba por primera vez, como un niño. Los largos hilos rojos, los largos
hilos azules. Corrí al comedor, donde estaba trabajando Vanda. «Ahora hablo». Pero no
podía. Me aterrorizaba mi voz. Me volvía aquí y allá. ¿Y si sonara extraña y Vanda me
mirara espantada?
-¿Está mamá en casa?
Pero no, no, había hecho la pregunta con naturalidad y sencillez. Regresé a mi cuarto.
Me tiré al suelo, apretándome la cabeza; la llamé, dos veces, tres, cuatro, cinco... Y continué
pronunciando su nombre larga, largamente, en voz baja, cada vez más baja. Empecé a
mecerme: «Din, don, campanón. Tres niñas en el balcón. Una hila, otra canta. La otra hace
muñecos de pasta. Una ruega: Señor Dios mío, mandadme un buen marido».
No recuerdo más. Me pudo el sopor. A los pocos minutos me levanté más tranquilo. No
sé por dónde pasé, pero muchas veces he suplicado la locura y la muerte.
Quisiera hacerme leñador en Croacia. Me gustan las encinas frondosas y el hacha. Iría a
trabajar un poco escorado a la derecha por el hábito del golpe, y el mango largo del hacha
colgada del cinto me golpearía la cadera.
El jefe me da una palmadita en la espalda, riendo entre los dientes negros. El jefe es
fuerte y experto, y nosotros le obedecemos con gratitud. Nos gusta que nos manden. El jefe
bebe petess como si fuera agua, pero no se tambalea, sino que vigila el trabajo de la mañana
a la noche con paso bien firme y recorre el bosque como un animal gordo y hambriento.
Cuando no trabajas, sientes en seguida un estruendo de ramas detrás de ti, una carcajada de
corneja enfurecida y una patada en plena espalda.
Pero el jefe es bueno y me dice: «¡Eh, ‘Pluma de Oro’! He descubierto una planta para ti.
Tiene una dureza de cien años. ¿Cómo va el hacha? ¡Hala! ¡Hala! Esta vez hinca el primer
diente. El primer golpe, aquí. ¡Vas a ver qué carne!».
Mi hacha es hermosa, con su mango largo de roble y un ojo cuadrado. Ríe con la
frialdad del acero. Es perezosa y está desganada y llena de desprecio. Le gusta quedarse
hundida en la hierba húmeda de rocío y contemplar el cielo. A veces se divierte jugando
con las cabezas de los matojos y con los vástagos espumosos del fresno. Entonces sonríe
como una niña con la savia amarga que le gotea por las mejillas. Pero más a menudo es
triste y tétrica.
¡Ah, pero cómo da dentro cuando se caldea! Da dentro como un animal en celo. Cae,
pequeña y clara, sin descanso, y ¡zas!, como un trueno que estalla, se incrusta en la carne
del árbol.
El aire vibra a su alrededor y los pinzones interrumpen su nota. Se desclava a capas para
saborear bien la herida, se cierne a la derecha por un instante, inmóvil, y ¡zas!, dentro del
hueso.
La encina se sobresalta, derecha, sin plegarse, y acaricia con las frondas bajas a las
encinillas jóvenes que la rodean, para no asustarlas, como si solo la moviera el suave viento
del mar. La gran encina es silenciosa como una madre que muere.
Pero el hacha canta. Sube, baja y canta. Ríe rutilante, roja. Está como loca. Yo no tengo
miedo. Solo veo delante de mí ese rayo que silba y cae con fragor. ¡Zas!, ¡zas! Ya no siento
las manos. El rayo me arroja contra el árbol y me separa de él. ¡Zas! ¡Manita de acero,
destruyamos el bosque!
¿Entonces por qué nos extrajeron de la tierra? Dormíamos tranquilos en la tibieza
húmeda de las raíces. Más abajo aún: estábamos en el corazón duro y oscuro de la tierra.
Cayó una ola de luz, nos desgarraron, nos sacaron al sol.
Pues bien, ahora vivimos. Ahora queremos sol sobre la tierra. Gran sol del desierto. Sol
que agriete las frentes. ¡Destruyamos el bosque!
Los hachazos cantan sin descanso entre remolinos de astillas. ¡Qué bueno es llegar al
corazón de la vieja encina!
El golpe se ensordece. ¡Fuera! Un derrumbe, retumban los ecos lejanos.
Ahora tendrán trabajo para una semana los que destazan y escuadran.
Han venido los niños a verla muerta en el suelo y le arañan la corteza llena de liqúenes
con unas podaderas que tienen el mango rojo. Están contentos. Me han dado fresas y
frambuesas. Yo me quito con el índice el sudor de las cejas y los miro.

Más me gustaría ser capataz de una plantación de café en el Brasil. Hoy he hablado con
un comerciante de aquí. Dice que sabiendo español podría hacerlo per fectamente. Solo
basta con un poco de dureza. Fijaos qué trabajito.
Dar fustazos no es malo. Me apetecería probar en esos hombros anchos de los mestizos.
Es curioso que la gente no crea de mí que podría ser un verdugo. La gente no cree que
puedo ser frío e indiferente y que su miseria sencillamente me produce hastío.
¿Y yo? Yo soy como vosotros, no paséis cuidado. Las manos del joven bárbaro se han
hecho blancas y débiles como las de las mujeres. Ahora es tiempo de soñar: árboles
tronchados, espaldas fustigadas, otras cosas. Muchas otras cosas fuertes.

Mamá me decía tímidamente que era natural que no durmiera, ¡todo el día arriba y
abajo por tu cuartito sin aire! Como un condenado, cinco pasos arriba, cinco abajo, entre
dos anaqueles de libros leídos y releídos y una pared blanca en la que está escrito desde
hace tiempo: Todas las cosas son ciertas,pero unas ocurren ahora y otras ocurrirán en el
porvenir. T si yo te hablo en esta triste noche invernal de un hada que viene con el regazo lleno
de flores olorosas, tú debes creerme, pobre alma mía. Ha pasado mucho tiempo. Ahora el
breve salmo está cortado con un tachón del dedo, y se ha escrito, con lápiz rojo: IMírame
bien!, bien soy, bien soy Beatriz!18

Arriba y abajo, arriba y abajo. Luego sentarse en este escritorio pequeño, y después
tumbarse en el suelo. Por la calle, los innumerables niños gritan y lloran y tiran piedras
contra el cierre metálico de la verdulera. Después vuelven juntos a la cochera, armando un
18
En realidad: «¡Mírame bien!, soy yo, sí, soy Beatriz». D. Alighieri, Canto xiii, Purgatorio, Divina Comedia.

gran estrépito, los carros de una fábrica de cerveza. La casa gris de enfrente es horrible.
Cuando llueve destila un sudor amarillento. La luz invade cuartos asfixiantes, esquinas de
grandes armarios desconchados, una bayeta en el suelo, una mujer gorda que se quita las
medias. A todas horas del día se amontonan en las ventanas las sábanas y las mantas
descoloridas. Todo el día hay una vieja fea y desdentada que berrea desnuda desde la
ventana a su hijo:
-¡Ah, gorrino! ¿Dónde andas, hijo de perra? ¡Espera que te coja, chaval! ¡Corre, Paulin!
¡Qué Dios te maldiga el alma, asqueroso! ¡Espera, que te vas a enterar, que te voy a comer!
Todo el día. A las siete y media de la tarde una mujer levanta el portillo de la ventana y,
con una pequeña en brazos, espera al marido que se acerca a pasos cortos, jugando con el
bastón. Todas las tardes. De noche pasan comitivas de chavales cantando el himno de la
Liga o de los Obreros. Al amanecer, los albañiles caminan golpeando con sus tacones de
madera, y la mujer abre los postigos y grita a su hijo que es la hora de la escuela.

Salgamos, porque aquí no se puede estar. Me iba al bosque de Melara. Atravesaba los
prados y disfrutaba del susurro de los pies entre la hierba ya alta, caminando lentamente,
un poco inclinado, con la cabeza al aire, bajo el sol, como quien va espiando por pequeños
rastros y pequeños alborotos una cosa que se aleja con cautela.
Las carnosas papilionáceas, rojas, amarillas, veteadas, están todas en flor. Las hojas de
las encinas se hinchan de jugo y los enebros tienen más frutos que agujas: enebrinas
verdosas, suaves, frescas como gotas marinas. Los troncos de los plátanos se pelan, y en los
nudos las primeras ramas se hinchan de músculos ondulados como los brazos de las
criaturas fuertes. La hierba de los prados se extiende por el camino principal.
Suave principio del verano, en el que todo está vivo. Noto en torno a mí la seguridad
maravillosa de la vida que se eterniza. Cede benévolamente la primavera, con una lluvia de
pétalos sanguíneos y blancos en el viento vaporoso, mientras que los cálices engordan y se
consolidan y las mariposas rompen el capullo filamentoso y las vainas de los nuevos
vástagos se repliegan secas y descoloridas. Todavía se ondula alguna ramita gomosa y
rojiza; y envuelta por la exuberancia de la hierba, todavía empalidece alguna violeta en sus
húmedos escondrijos: leves palabras infantiles que vuelven a la boca de la mujer que ha
parido.
Yo me tumbo debajo de un roble y miro cómo revolotean entre las hojas miles de
insectillos rojo-celeste, haciendo el amor. El aire sobre mi cabeza se llena de sus breves
aleteos. Alguno se desploma, exhausto, se sostiene formando un arco en el filo de la hierba
y endereza las antenas, estupefacto. Por el tronco nudoso sube y baja la doble caravana de
las hormigas; saltan a mi ropa desde la hierba unos puntitos negros que parecen cigarras
diminutas. Y me alargo hundiéndome en esta hierba florida y estoy lleno de dolor y de
muerte.
Tranquilo. El cielo es claro, como después de un chaparrón. En su azul descansa la
mirada, igual que en la superficie del mar. Veleja un cirro blanco, tembloroso. Los bordes
de las hojas son llamas de plata contra el sol. Descansa. El viento que viene desde lejos te
trae un buen sueño si te quedas quieto y te adormeces poco a poco. Reclina la cabeza en la
tierra. Ahora te llega un sonido suave de campana. La patria está cerca.
No, no puedo dormir. Duermen los brazos, abandonados a lo largo del cuerpo, duermen
los ojos. El cuerpo y el alma ansian el reposo del sueño, pero hay algo que vela, algo que
ninguna nana materna adormece y que el agua que cae cerca gota a gota no aplaca y que el
viento no se lleva consigo entre las flores. ¡Naturaleza, naturaleza! Algo. No puedo dormir.
Los antiguos rastrojos de hierba se inquietan como este pensamiento que ni siquiera en el
sueño me da tregua, que es inseparable de todas las buenas virtudes de la tierra, que es
duro y me atormenta en todas par tes. No puedo dormir. Una aversión terrible por toda
esta plenitud de vida que me rodea me tuerce el gesto.
¿Qué he hecho yo para no poder fundirme con esta hora cálida, en la que una divina
certeza de amor tiembla desde las hojas y los troncos y las flores y los pájaros y el sol?
Introduzco los dedos abiertos entre la maraña de las hierbas como se hace para despejar la
blanca frente de la amada, y sus ojos me mirarían fijos, encerrando el infinito entre
nuestras dos miradas.
¿Dónde está tu boca, criatura, que yo la bese? ¿Dónde estás?
Me has dejado aquí solo. Puedo recorrer todos los caminos y los montes y los mares de
la gran tierra sin encontrarte ya en lugar alguno. Son amplios e inmensos los caminos del
viento llenos de espumas y ondulaciones, pero tú estás más allá. Y aunque el sol me aclara
estos ojos cansados, no puedo volver a verte, ¡tan lejos te has ido! Cuando la noche es
intensa en estrellas te busco por los espacios inmensos, pero el infinito está sin ti porque
no puedo estrecharte entre los brazos, criatura.
Y eras fresca y olorosa como la hierba. Eras un álamo blanco de primavera. Cuando
sostenías mi mano con tu mano larga y hermosa, tenía que caminar derecho, con paso
firme. Te miraba a los ojos inquietos, curiosos de hojas nuevas bajo las hojas secas que se
abrían de pronto maravilladas o profundas como el dolor, y te sonreía. Cantabas en voz
baja, clara como un hilo de agua entre la hierba. ¡Criatura dulce! Cuando inclinabas la
cabeza en mi hombro, te cogía la bar billa con la mano, te acariciaba las mejillas y los finos
cabellos, y me invadía una ternura estremecida porque no podía comprender que fueras
mía.
¡Pequeña, pequeña!, ¿por qué me has hecho este daño? Me has dejado aquí solo,
después de haberte besado.
Ahora ya no hay paz en ninguna parte, alma. ¿Dónde podremos esconder nuestra
amargura? Alcémonos y caminemos con nuestros cotidianos pasos lentos en busca de
nuestra soledad.

El Carso es un país de calizas y de enebros. Un grito terrible, petrificado. Peñascos


grises de lluvia y de liqúenes, retorcidos, cuarteados, puntiagudos. Enebros áridos.
Horas y horas de calizas y de enebros. La hierba es hirsuta. Bora. Sol.
La tierra no tiene paz, no tiene articulaciones. No hay un campo para tumbarse. Cada
intento suyo se quiebra, se abisma.
Grutas frías y oscuras. La gota, llevando consigo todo el mantillo robado, cae regular,
misteriosa, desde hace cien mil años, y aún otros cien mil.
Pero si ha de nacer de ti una palabra, ¡besa el tomillo agreste que extrae la vida de la
piedra! Aquí hay pedruscos y muerte, pero cuando una genciana lograr sacar la cabeza y
florecer, lleva en sí todo el cielo profundo de la primavera.
Aprieta la boca contra la tierra y no hables.

La noche, las estrellas empalidecidas, el sol cálido, el temblor vespertino de las ramas,
la noche. Camino.
Dijo Dios: Tenga también su paz el dolor.
Dijo Dios: Tenga también el dolor su silencio. Tenga también el hombre su soledad.
Carso, patria mía, bendito seas.

Sin embargo, una noche el dolor fue casi más fuerte que yo. Lo sentía concentrarse gota
a gota, y el alma se cerraba árida e indiferente, tratando de no darle carnaza. Sé lo que es el
miedo. No se entiende nada más: ahora aquel hombre viene a matarme y no puedo
moverme. No puedo evitarlo. Hacer ruido, no. Tengo que mirarlo fijamente.
Eso era de mí. Caminaba tiritando por las esquirlas calcáreas, que sonaban como
planchas de hierro bajo mis pasos, entre matorrales y pinos jóvenes. El estrépito de mis
pies no me aterrorizaba, pero me sentía desalentado, sudoroso, cada vez que la
esquirla tocada se escurría, chocaba con otras, crujía entre hojas y palos de ramas. El alma
cansada no quería sufrir más. Quería estar sola y oscura. Rogaba con una cantinela que no
viniera el dolor, que no viniera el ahogo, que la dejaran sola y oscura. Pero no había
descanso en el ruego; yo no me escuchaba. Estaba dolido y tenso ante el peligro de un
hundimiento imprevisto, un rayo, un tiro de escopeta, un fragor. Algo terrible, presentido,
que me puede llegar aquí, desde ese arbusto negro, desde detrás de esa tapia, míralo. Para
huir del dolor que me perseguía entre los matorrales agitados, corría hacia el cielo abierto,
allí donde se ve desde todas partes, en la luz del horizonte estrellado.
Pero en el infinito nocturno me encontré más solo y sin defensa alguna. Solo con mi
dolor, único compañero, buen compañero para llorar reclinando la cabeza en él. Lloré
como un niño perdido. La luna blanquísima en el aire, tan difundida por las piedras y las
plantas que podía humedecerme los labios y tocarla, fría, con la mano. El mar se alzaba
bajo ella en un camino de plata que avanzaba en amplísimas espirales. A la inmensa luz del
alba, el horizonte lejanísimo miraba desde todas partes y penetraba con indiferencia en
todas las cosas. Y yo lloraba solo, alta sombra negra, observada y vana.
Me acuclillé entre las rocas cortadas a pico sobre el mar, escondiendo con vergüenza la
cara entre las manos. Yo no creo en Dios, no creo en Dios, pero tal vez él está aquí, sobre
mí, en esta luz sin escapatoria, en este cielo y en esta tierra. También tú estás aquí
conmigo. Quién sabe si también sufres. Ayúdame, criatura. Que yo sienta solo una silaba de
tu voz, tu mano sobre la frente, porque aquí hay silencio y soledad y nadie molesta. Nada
respira en derredor. La tierra puede abrirse y devolver su presa. El cielo se puede reunir
para recrear su forma. El alma está esparcida por todas partes, pero yo quiero tenerte ahora
aquí, amor. Puedo hacerte renacer. Basta con que lo crea. Y yo creo que puedes renacer,
que todavía no estás muerta. Espera primero que yo regrese. Yo te escribía lo bien que
estaríamos juntos. ¿Ves?, cuando te tengo a ti todo es así de sencillo y de hermoso. Hasta
pronto, amor. Espérame pronto. En julio regresaré... Entonces, cuando te escribía esto, ya
estabas muerta, pero ahora he regresado y te esperaré hasta el alba, porque aún eres mía y
no es posible que hayas muerto. ¡No haberme abandonado! Quédate conmigo, pequeña. Te
lo ruego, te lo ruego, criatura... No levantaba la cabeza para no molestar su voluntad. Hay
que creer, estarse quieto y creer... Un roce en el cabello. Tal vez era el viento. La tierra está
clarísima bajo la luna. Por que tú estás eternamente muerta.
Está muerta. Esta palabra no es comprensible. Nadie puede verla ya. Nadie puede oír su
voz. Está muerta. Yo no entiendo la muerte. No soy nada. Estoy delante de la muerte y la
miro hechizado como miro esta roca hendida bajo mis pies. Pero no quiero morir, porque
no sé qué es la muerte. Ella está en una tumba en la piedra lisa, en el féretro, cerrada con
tor nillos. ¿Cómo hacían cuando los atornillaban? Está con las manos a lo largo del cuerpo.
Fuera hay un nombre y dos fechas. Habría que romper la lápida. Hay que llevar todos los
enebros del Carso a su tumba. Llevaré un matorral grande y las ramas de una encina joven
para que estés al fresco de las hojas y de los pimpollos y de los narcisos, de todas las flores
que así no nacerán ya en el Carso. ¡Las flores del Carso se agostan sobre su tumba, mis
buenas gentes! Vamos, vamos, buscad si os atrevéis. Yo las he cogido todas y ahora bajo y la
traigo aquí arriba conmigo y estamos en paz. Se necesitan todos los bosques de pinos para
quemar su cuerpo blanco.
Descansemos. Está muerta, es inútil. Uno vive entre nosotros durante años y años. Ha
bebido la leche de otra mujer, ha aprendido a escribir de otro, ha enseñado a escribir a
otro. Y) le he dado un tormento, tú has sufrido por ella. Sí, porque tenía amigos, y cuando
estaban lejos a ella le parecía que se le iba la vida. Habló con millares de personas. Cada
uno de sus actos, cada una de sus palabras están vinculados a nuestras palabras y nuestros
actos y forman una cosa única, no suya, no nuestra, de todos nosotros, de todos. Nada
interviene. Un pequeño nada, un acto de voluntad, un instante, y esa persona ya no está
eternamente con no-sotros. ¿Cómo puede uno morir mientras los demás continúan
viviendo? No pregunto cómo muere uno, sino cómo continúan viviendo los demás. Ha
muer to él, él solo. Los demás ven salir el sol a la mañana siguiente. Se imprime su nombre
en un periódico. Pasan los trenes. Yi podéis leer su nombre en la esquela del periódico
comprado en una estación intermedia. Yo no sufro. Esa señora que tengo enfrente también
lee su nombre en el mismo periódico que llevo en la mano. Treinta mil ejemplares. Yo voy
a verla muerta, pero eso no tiene nada que ver, lo que pregunto es: Si solo él, dañado por
nosotros, amado por nosotros, solo él ha muerto y nosotros seguimos viviendo, entonces
¿el odio, el amor, la comprensión...?
Nadie puede entrar dentro de una persona y amarla con tal perfección que quede
pegada a nosotros como un cuerpo a otro cuerpo. Uno puede morir puesto que nadie puede
comprenderlo. Dentro de cada individuo hay un secreto que es solo suyo, que ni el amante
ni el maestro rozan. El individuo está separado de los demás por toda la eternidad y aspira
a ser todo, desde la punta de los dedos hasta su fe, todo un secreto invisible, que los demás
no pueden buscar, mudo y solo. Aspira a su paz de individuo, a que su forma no se vea
turbada por los demás; aspira a ser todo suyo. Y sufre mientras no lo consigue. Esa
búsqueda es la vida. El individuo desea morir de los demás. Naturalmente, nosotros no
podemos comprender su muerte.
Ya de niño existe en el hombre la nostalgia. Ya entonces sentimos que nos falta algo
que una vez disfrutamos y que se nos ha perdido, y lloramos. Todos los hombres juntos,
toda la historia de los hombres, no puede consolar al niño que añora. Esa es la humanidad
en la que he creído. Trabajar y buscar en vano un consuelo por la pérdida. Cada cual se
busca hipócritamente, salvajemente, en el cuerpo de la mujer, en la mano del amigo, en la
fe, en Dios. Todos, en vano. Yo solo, aquí arriba, solo, yo soy sincero, pero la sinceridad y la
soledad no bastan. No basta con saber. Yo pienso en palabras que otros piensan. Es
necesario morir. Solo una cosa cuenta: ser.
Pero, ¿cómo puede ser el individuo cuando ha alcanzado su soledad y ya no tiene
delante ningún obstáculo? Muere imperfecto, ¿cómo se perfecciona sin medida, meta,
medio o actividad? Muere hombre. ¿Qué ocurre en el espíritu individual que muere para
que pueda cambiar de un modo absoluto su índole humana? ¿Es el último acto de vida el
integrador del individuo? En ese acto último es perfecto y humanamente goza de su
perfección divina, porque nada humano puede morir antes de haber alcanzado su merecida
divinidad.
Pero, ¿quién lo dice? ¿Qué verdad afirma que para morir hay que ser perfecto? Podría
ser la ilusión en la que has apoyado tu débil vida. ¿Quién demuestra que existe perfección
en el individuo? También puede morir siendo imperfecto, sin expresar su mejor parte, sin
expresar para la eternidad, sin posibilidad de futuro. Con esa angustia eterna e
inquebrantable.
La muerte no es paz, sino terrible tormento. Pero, ¿lo nota? ¿Sobrevive la conciencia
individual? El horrible tormento del todo a través de ti. ¿O el todo sufre sin tregua?
¿El todo? ¿Qué es eso? Te han acostumbrado a esta palabra. Quizá no existe un todo,
sino partes separadas que intentan fundirse en vano. ¿Qué Dios te ha revelado que la
muerte está sola? Puede ser un pensamiento tuyo de angustia. Puede ser que ni siquiera tu
peor tormento roce la verdad. No está garantizado que exista una verdad. ¿Por qué sería
necesario? Y si existe, al dolor no se le ha concedido la gracia especial del vidente. Esa es la
retórica del dolor visionario. ¿Por qué ha de ser más profundo el dolor que la alegría? No
porque todos pensemos una cosa tiene que ser cierta. Por ejemplo, ¿qué quieren decir con
extinción en la paz del cosmos, con trasformación orgánica para que nazca una forma
concreta?
Aunque podría ser cierto, ¿quién ha dicho que no? ¡Tu soberbia de no contentarte con
lo que dicen los demás! ¿Y qué vale tu soberbia ante el misterio? No sabes por qué perece
esa planta que acabas de arrancar de la tierra. Era tomillo y habías llegado has-ta aquí
siguiendo su perfume. La acariciabas, la amabas. Era una dulce planta de tomillo. Espigada,
con un pequeño matojo, olorosa. La has arrancado porque no comprendías lo que era. No
la has comprendido porque eres un literato. Si la hubieras hundido más profunda en la
tierra, nadie habría podido arrancarla. Podías haber sido su Dios. Ahora se marchita.
Nacerá nueva vida de ella. ¿Vida? ¿Es que mil gusanos y mil gramas valen por la planta de
tomillo que acabas de matar? Dios, ¿por qué los buenos, por qué también los buenos? ¿Será
necesario que mueran los suyos para que la vida pueda continuar? ¡Tan débil es la vida!
Indiferente, sin leyes. Muere también el bueno para que nazca incluso el malo. Sin leyes.
No un bueno por un malo; eso sería una ley. Bueno o malo, bueno y malo; pero eso son
distinciones nuestras. En el universo no existe la ley Sigue reinando el azar aun ahora que
han nacido el hombre y la voluntad. Tú te esfuerzas por ser bueno, pero a la naturaleza no
le aprovecha tu esfuerzo. A los hombres sí, ¡los hombres! Señores hombres, ¿y después de
vosotros? ¿Después de vuestra sabiduría? ¿Será mejor el universo nuevo porque ha escrito
Dante? ¿Los Esclavos de Miguel Angel sostendrán sobre sus hombros la noche eterna para
que no se haga añicos la tierra que gira alrededor del sol, y el sol que gira alrededor de
Hércules, y Hércules que gira alrededor...? ¿Alrededor de qué...? Pero tú, hombre, tú que
vives y obedeces a tu conciencia sabiendo que no mejoras nada eres un héroe. Eres el todo
frente a la nada. Tú eres Dios.
¿Dios? ¿Y no podría ser también que solo vives porque te has acostumbrado y te fastidia
probar lo desconocido? No, no contemos grandes historias, veamos solo cuál es el estado de
la cuestión. A fin de cuentas, la vida es muy cómoda para quien no sabe arriesgarse por el
ancho mundo. Todo el que sale de casa puede perderse, ¿no te parece? Y hay una persona
que ama mucho su cerebro y su amplio pecho. Hay quien vive porque es ambicioso; si fuera
humilde tendría que morir. Sueña en su soberbia con que posee una meta y un camino,
pero ¿tú qué cuentas en realidad? ¡Sin fe, sin trabajo, sin amor, carne abatida! Tu espíritu
está sometido al azar. Una persona muere y tú ya no crees. Eres una forma cualquiera del
universo que solo puede ser superior en esto: vencer la orgullosa costumbre y morir.
Puedes creer en el misterio. Puedes renunciar. Ser humilde, sereno.
El abismo no produce terror. Uno puede bajar deslizándose. Solo hay que lanzarse un
poco más allá para no llevarse detrás las piedras fragorosas. Bajar en silencio. No perturbar
el frío silencio del universo. Como el agua en el agua.
¡Oh! Pero también puede ser que tú no puedas soportar un dolor, amigo. Puede ser,
aunque no está garantizado, querido. Incluso puede ser que yo te hable ahora solo por
miedo a la muerte. ¿Y si fuera verdad que mueres porque no sabes soportar un dolor?
¿Por qué dudas? Ahora viene la angustia. ¿Lo notáis? El aire se hace espasmódico
sometido a sus enormes manos. Las nubes tapan la luna. Sangre, negra. Silencio... ¡Dios!
Dios mudo e inmóvil en su trono.
¡No quiero! Es cobarde morir sin una certeza. Por nadie sino por mí, por mí no puedo
morirme aún. No, sincero, sí, sincero, porque hay que expresar este momento. Expresar.
Toda la vida es expresión. Obser va, pues, tu muerte con la calma necesaria y prepárate un
estado de ánimo eficaz. ¿Por qué? Yo continúo adelante. Yo soy poeta. Sí, sin duda,
continúo adelante. El mar está en llamas. El cielo es grande. Noche, hermana buena, un
poco de viento va y viene. ¡Qué tranquilidad dormir!
¡Noche! ¡Te necesito, madre! Que no venga la luz, no quiero el alba.
He arrancado todas las peonías de Lipizza hasta llenar la capa y las he esparcido en su
tumba. «Madre, di que no hagan ruido, voy a dormir. Hasta pronto, mamita, adiós». Por la
calle venían todas las muías car gadas de leche. ¡Arre! ¡Arre! Casi me monto en una porque
estaba cansado. Qué efecto produce regresar de allá arriba y por la escalera... Peste a aceite
quemado, a no sé qué olor. ¿Quién está en este edificio enor me? No, no, gracias, no tengo
hambre. Hasta la vista.

Ahora ha vencido la lluvia. Un resuello cálido de viento hace temblar las hojas
esparcidas en la mesa, un resuello húmedo, de enfermo.
Por las nubes cansadas se infiltra la lluvia, arriba en el aire. Todo se agrisa con un
desfallecimiento de congoja y la gente camina sin rumbo por las largas calles silenciosas.
Así volvemos a la vida, resignados y mudos, por que tal vez es mejor, y el dolor y la
alegría son inútiles.

Cuando acabe los estudios, regresaré a Trieste y seré profesor. No tengo muchas
necesidades, vivo con poco, y la mayor parte será para las hermanas. Los domingos iré a
casa de los amigos y pasaremos juntos un rato, sentados cerca uno de otro, charlando
afectuosamente.
Esta buena chica es tan feliz que he venido a ver la ¡después de tanto tiempo! Me coge
de las manos, mirándome con afecto y no pregunta nada, no es curiosa. Quizá ella sabe,
pero me deja disfrutar en paz de la tibieza del cuarto confortable y de la tranquilidad de su
casa.
-¡Tomaremos una taza de té!, ¿quiere? Espere, digo que no estoy en casa para nadie, ¡me
siento tan contenta!
No, ¿por qué? Más aún, tengo ganas de ver gente, de charlar con ellos. He pasado algún
tiempo lejos. He sufrido un poco, pero me he recuperado casi por completo. Bebamos su
rico té, espere, este bizcocho está aún más rico.
Y así, mientras charlamos como buenos amigos, llega una señorita, aporta nuevos
temas, hablamos, discutimos. Más tarde me despido con afecto, regreso a casa, sonrío a los
míos y juego con ellos. Están contentos.
Poco a poco, maravillándose entre sí, vuelven a hablar con una voz natural, sin
mirarme a hurtadillas, sin inclinar la cabeza sobre la mesa, incómodos por no saber qué
decir. Poco a poco nuestra vida recuperará el tono habitual. Ya verás, mamá, trabajaré
también. Es verdad que he cambiado un poco, pero regresará la esperanza, aguardemos un
tiempo.
En cambio, mi bendita alma tiene aún fuerza para negar con dureza. ¡No, no!, así, no.
Apártate de los hombres hasta que los quieras. ¡Fuera! Respeta al menos tu dolor.
Mejor esta lluvia atronadora sobre mi cabeza y regresar arriba tal vez para siempre.

¡Los perros por la noche! Subo, huyendo de la ciudad, olvidado de poner un pie delante
del otro por la fatiga. No noto la espesura de los árboles a lo largo de mi ascenso, no veo
esas casitas solitarias, cerradas, enrejadas, como por culpa de un asesino nocturno siempre
al acecho. Camino por el sendero encharcado. No sé de la ciudad que duerme o brilla o
enloquece a mis espaldas. No sé del cielo. Camino en la fiel oscuridad girando porque el
camino gira y siempre me parece que se acaba y que me veré atrapado donde no se pueda
avanzar más. Camino. La angustia de la incertidumbre y el ansia de los músculos han
engullido el dolor. Solo pienso en plantar bien el pie para no resbalar. ¡Ay, el olvido, el
olvido en este andar ansioso, con el pecho hacia delante para tirar del cuerpo fatigado! La
sangre me palpita interrumpida en las sienes. ¡Más rápido! De pronto, en el oído, en la
cabeza, el aullido bellaco de un perro.
Un aullido ronco, furibundo, casi desesperado. Un aullido de venganza por las inútiles
noches de guardia. El alma se sobresalta y tiembla. ¿Qué hago aquí a estas horas? Al aullido
responde el perro vecino, que no había oído mi paso silencioso, y otro delante, más arriba,
joven, con alegría. Han dado la alarma. De repente todo el anfiteatro de cerros está
despierto y la noche ulula y gruñe contra este pobre paso mío que evitaba los vástagos
secos para no despertar a nadie, para pasar adelante y caminar solo e ignorado. Una
ventana se abre con cautela, yo me alejo asustado, como cogido en el garlito.
De nuevo todo está presente. Regresan el dolor y la angustia. Tengo miedo. Hay
demasiadas cosas ignotas, preñadas de oscuridad alrededor. ¿Estoy de verdad en un
bosque? Nunca estuve aquí. No encuentro nada amistoso. Toco los troncos húmedos y
pegajosos... Es un fresno, sin duda, esta corteza lisa como la piel. ¿No oyes? Cae una lluvia
de pequeñas corolas blancas, como perlas diminutas. Todo es descanso. No te muevas. No
molestes.
Sin embargo, se ha despertado algo que cruje y crepita ligeramente. ¿Qué es que no
duerme ni de noche? No sopla el viento, el aire pesado es un obstáculo para caminar. Me
detengo y escucho sin respirar.
¿Quién se esconde en el bosque? Llevo encima el cuchillo. ¿Quién es?
Nada. ¡Tiemblo con este vagabundear nocturno por lugares desiertos donde solo busca
su lecho quien tiene que esconderse! Como si estuviera urdiendo algo contra los hombres.
¡No, no! Pero sí, veo la brasa de un cigarrillo, desciende un hombre. Pasa a mi lado con
reserva, mirándome de reojo. ¿Qué teme? ¡Si yo no le hago nada! Oigo su paso alejarse y
perderse... Ya está en su casa, enciende la luz y mira a sus hijos que duermen.
¿Yo? Ni siquiera ella dormía. También ella estaba sola y dolorida. Y) vigilo su noche.
Doy batidas por los bosques y por los claros como un guardián nocturno en busca de un
asesino. No tolero que la noche oculte a un malhechor con su sombra negra. Busco,
caminando desde el alba hasta la oscuridad, y por la mañana me tiro bajo un árbol y espero
la llegada de la noche. Alguna vez lo encontraré. Hasta el momento no tengo derecho a
dormir de noche.
Tampoco ella dormía.
Por la noche se tiraba de la cama y abría la ventana de par en par, porque le habría
gustado estar a solas con el viento en su angustia. Miraba el difundirse de las masas oscuras
del Carso delante de sus ojos... Pero abajo, por las calles, caminan, charlotean y se detienen
para discutir de política y de negocios los que andaban y se detenían allí, debajo de su casa,
aquellas noches.
-Se acuesta junto a la gorda de su mujer.
-Sueña que está rodeada de veinte jovencitos elegantísimos, admirados de su sombrero
nuevo.
-Está preocupado porque no ha sabido vender esas cajas de cítricos.
-Piensa que por fin han acabado las vacaciones universitarias y regresa a Viena.
-A saber por qué su hermana ha mirado así a ese hombre...
-Tienes que ser más educado con él.
Esta es la vida que exigía su sonrisa. Debía estar alegre porque lo tenía todo. Había
incluso quien estudiaba los subrayados a lápiz en los libros que ella leía y conocía todas las
calles por las que pasaba ella a diario. Lo tenía todo y se mató.
¡Ay! Brilla mi cuchillo, ¡naturaleza! Los ojos se reflejan en él como en un rostro
fraternal. Su lama está inmaculada como la punta de un pico. Acero de So-lingen, mango de
asta, navaja durísima. Compañero vigilante y fiel de mis noches, clavado en la tierra junto a
mi mano derecha. Silencioso y seguro. Le pedí un cortaplumas a una amiga, y ella me trajo
estos quince centímetros de acero. Silencioso, se afiló en las ramas y los troncos. Ahora ríe
de frío y de tormento. Silencioso, ¿quieres calentarte? Tú me quemas los labios con tu frío.
¿Recuerdas aquella noche? ¿Verdad que hacía calor dentro de la garduña? ¡Cómo la
atravesamos! Se retorcía cual culebra, tratando de despegarse de la tierra. Pero yo, riendo
con benevolencia, le escupía entre los dientes empapados en sangre y te ayudaba como un
buen hermano hundiéndote con el puño, de modo que tu mango abría un surco cada vez
más profundo en la espalda tronchada y su panza se aplastaba contra el suelo y su grito se
enardecía como una cantarela cada vez más y más tensa. ¡Stinc! ¿Lo has olvidado? ¡Sus
hermosos mostachos de rata! ¡Estás rígido de ocio! ¡Oh, vamos! Verdad es que has hecho en
el fresno tu hueco triangular, que mana un jugo blanco como sangre podrida... ¿Cómo? ¡Eh,
tienes sed de un licor mejor, «Silencioso»! La venganza debilita. ¡Ven aquí, dame un beso!
¡Cómo ríes! ¡Calla! La torre del ayuntamiento da la hora. Bien, es la hora. La ciudad
repulsiva está allá abajo, entre el humo y la luz. Vamos, «Silencioso».
Yo te doy las gracias, naturaleza. Tú me has hecho libre, y te doy las gracias. Estaba
lleno de leyes y de deberes. Sabía lo que era bueno y lo que era malo, pero tú envías
primero a los hombres malos y luego a los otros, para vengarte de ellos. Los arrancas con
un hecho insignificante de las preocupaciones del mundo y los haces todos tuyos para la
venganza. Haces morir a los buenos para tus justos fines. Nos retuerces de angustia para tus
justos fines. Nos creas y nos destruyes para tus justos fines. Naturaleza, eres justa desde el
principio de los tiempos y yo te agradezco que me hayas dejado nacer. Yo te obedezco, ¡oh,
naturaleza divina y buena!
¿Qué quieres de este hijo sano que haces crecer en el amor a ti? Esperemos a que crezca
del todo, ¿te parece? Esperemos a que suba aquí y trabaje y ame. Ahora descansa. Déjalo
descansar, naturaleza. El te ve hermosa como una novia y habla de ti con reverencia. Ese
niño pequeño cree, te lo aseguro. Cree y besa las flores que encuentra por los campos y
saluda a los hombres, maravillándose de su belleza. El observa cómo trabaja el herrero y
cómo pavimentan las calles. Tiene ganas de sentarse al lado de los fuertes desear gadores
en el carro que corre y ayuda a la señora a ponerse la herrada en la cabeza. Tiene ganas de
ayudar a los hombres. Dejemos que crezca. Tengo tiempo, mucho tiempo, aguardemos.
Aquí, aquí ha nacido, en esta casa grande y verde. ¿No lo creéis? ¿Por qué me miráis a los
ojos? ¿Ya ha amanecido? Pronto enrojece allá abajo. Hay que darse prisa, pero ino me
miréis así, no temáis nada! Soy un niño que espera, que tiene tiempo, mucho tiempo, que
espera a crecer y a amar.
Tocad el frío de mis manos, soy un trozo de carne congelada. Tengo frío. Dadme un
poco de fuego y un poco de agua, os lo ruego. ¿Es que no notáis cómo sufro, hermanos?
Dejadme dormir unas horas en vuestra cama, porque estoy muy cansado.

Estoy sentado a la orilla del lago, a donde bajan a beber los bueyes, alargo la mano, cojo
una piedra y la arrojo al agua. La piedra hace un ruido fangoso antes de desaparecer.
Camino con la cabeza baja, descubriendo los pe-dacitos de vidrio, el hilo de paja, los
copos de cabellos mezclados con la grava.
Parto un fósforo en dos, cojo la navaja, corto los trozos a lo largo, corto los pedazos
nuevos y luego lo tiro todo. Ojalá tuviera unas bolitas frescas para enhebrarlas con la aguja.

No descansaré, eso te lo prometo. Trabajaré llorando de asco, pero trabajaré.


Estás cansado y puede que ya no seas capaz de hacer nada. Tus manos ya no tienen
fuerza para el mar tillo, y el cerebro está ofuscado. Eres un animal herido de muerte que
busca un escondrijo para reventar. Está bien, pero trabajarás.
Tú no sabes nada. Un pequeño hecho incomprensible ha dispersado las insignificantes
verdades que habías racimado con la espalda doblada. Estás solo y desnudo, inerte, delante
de un misterio que será impenetrable para ti siempre. Bien, lo sé, pero trabajaré.
No sabes por qué crece la hierba, ni por qué existe el mundo. No sabes si el mundo
existe o no. No sabes lo que eres. Puede ser que el universo haya nacido de una maldición.
Puede que tu maldito trabajo sea eternamente inútil. Pero trabajaré como si fuera el último
de los supervivientes.
Luego... No sé si habrá descanso. Pero te prometo que aquí no lo tendrás. Aquí
trabajarás. Eso es lo único seguro.

Quiero rehacerme duro y fuerte. El aire del Carso ya ha enjugado de mi rostro el color
de habitación. Los pulmones arrastran una inhalación más larga. La espalda apenas nota
las piedras. Me gusta tener un cuerpo robusto, capaz de sufrir, de resistir, de trabajar. Los
débiles me dan asco, son criaturas dependientes de la lluvia y del buen tiempo. La salud es
condición de la libertad. Que las enfermedades se vayan con los que acostumbran a
meterse en la cama -decía mi tío- y no vengan a tocarme las narices a mí.
Me complace tronchar en la rodilla un tronco de melocotonero y tirar a veinte pasos de
distancia la piedra que casi no puedo levantar hasta los hombros. Me complace recordar
que en otros tiempos hubo hombres que arrancaban una encina de la tierra para utilizarla
de bastón.
Es bueno ser capaz de defender con los puños la propia vida. No me gusta el revólver,
no sabría quizá disparar contra un hombre. Defenderme a navajazos, sí.
Viviría aquí arriba, en el Carso, a solas.
Tal vez encontraría a mi verdadera Vila, una car sina. Ella no tenía que morirse. Creía
que yo era todo fuerza y bondad. Y no soy fuerte, tengo necesidad de amar, como todos los
hombres. Deseo una vida plena, completa, con su barro y sus flores. No soy fiel a la muerte.
Amo la carne sana, pletórica de sangre y prosperidad. Amo mi propia carne.
Carsina será recta y tendrá los cabellos un poco resinosos, como los matojos del enebro
primaveral; los dientes blancos y afilados, para morder; una cintura elástica capaz de
quebrarse en una carcajada roja, con la cabeza hacia atrás, bajo mi abrazo. Será hermoso
despertarse con las primeras luces del amanecer y ver los pecíolos de las flores y el cielo
blanco entre ellas.
Besarnos en el rocío. Carsina, mientras seas joven, viviré aquí arriba solo contigo.
Tendría que haber vigilado su sueño como vigila el perro el cuarto del amo para que
nadie entre.
Tendría que haberla sostenido entera en mis brazos y arraigarla en la tierra. Cuando la
besé no sabía que llevaba en el corazón el pensamiento de la muerte. No la comprendí.
Ahora no hay dolor, sino castigo. Acepto sin quejas. No sufro.
El mal se revuelve de cuando en cuando dentro de mí, también en el sueño, en el
entumecimiento y en el cansancio físico. Yo creo también después de la muerte. Hay un
coágulo de sangre en mi cerebro que no me permite pensar con claridad.

Criatura, yo bendigo el día en que naciste y el día en que quisiste morir. No pregunto,
no grito. Sé que moriste firme y segura.
Tu muerte no puede explicarse con palabras pequeñas, pero todas nuestras acciones
buenas proceden de ti y tú continúas viviendo en el laborioso amor.
Trataremos de ser dignos de ti. Nuestra obra es tuya, y si podemos estar contentos con
ella, tu sonrisa nos proporciona alegría y paz. Te lo agradecemos, hermana, y amamos tu
muerte como antes amamos tu vida.

Tú no conoces el misterio, pero también el dolor que te prendió la vista en la nada es


parte de él; y si tú lo expresas con sinceridad, una parte del misterio queda revelada. Por la
flor conoces las raíces, no por las raíces la planta.
Si tu dolor es inerte, ¿qué vale tu dolor?
Entonces el dolor es inútil, y tú y tu vida y el mundo. Así como tú debes buscar el
misterio en la sagrada forma humana, el dolor y la alegría son el desmolde, nada de donde
puedas extraer un mundo nuevo. Si actúas, tu dolor prepara a los hombres una eternidad
más intensa.
Porque no sabes qué es el bien, pero adviertes con claridad qué es lo mejor. El
sufrimiento es bueno si exige de ti un deber más profundo. Así te explayas en el misterio,
alimentándote de él, y sus tinieblas se convierten en sol dentro de tu alma.
Por eso, porque debes ser mejor, eres hombre entre los hombres. Ahora, después de
sufrir y desesperar, puedes amarlos. Bendice tu dolor y desciende, sereno y severo, entre
ellos.

Estoy tumbado en la hierba. El sol me abanica en los ojos con el temblor difuso de los
olivos. Llega pletó-rico de salud y de gozo el mistral del Adriático. Tirita el verde mar de
Grignano y salpica con innumerables llamas y chispas doradas, y la fresca paz me penetra y
me desentumece como la tierra en marzo. Se me sube a la boca un cantar ingenuo e
incoherente.
¡Cómo se arrellana el cuerpo ávidamente en la tierra! Los brazos se estiran, grandes, en
ella, y mi respiración se funde como una plegaria en el aire infinito y placentero.
¡Madre, madre! Si yo te maldije, tú me acoges más amorosa y serena. Tus arbolillos me
rodean susurrando a coro; el trigo cruje y se agita hacia la mata roja del junco; mientras que
en el oscuro verdor las manzanas se redondean y se esconden del aleteo de las avispas y de
los mosquitos que conspiran con puntos y saltitos en el fondo azul. Y de pronto, con un
grito, se lanzó al mar el aguzanieves.
Es delicioso descansar así, amando delicadamente esta hierba alta, y palpitar, perdido,
con la mirada en el cielo. Soy una dulce presa deseosa de hundirse en la naturaleza.

¡Carso, que eres duro y bueno! No conoces el descanso y estás desnudo en agosto y en el
hielo, Carso mío, roto y jadeante hacia una línea de montañas para correr a una meta; pero
las montañas se desmoronan, el valle se encierra y el torrente desaparece en la tierra. Toda
el agua se abisma en tus grietas, el liquen seco oscurece en la roca blanca, los ojos vacilan
en el infierno de agosto. No hay tregua. Mi Carso es duro y bueno. Todas sus briznas de
hierba han hendido la roca para despuntar, todas sus flores han bebido el calor para
abrirse. Por eso su leche es sana y su miel olorosa. Carece de pulpa, pero todos los otoños
hay otra hoja oscura que despierta en sus cavidades, y su escasa tierra rojiza vuelve a
conocer la piedra y el fuego. Es nuevo y eterno. De cuando en cuando se le abre una
tranquila dolina y descansa como un niño entre los melocotoneros rojos y las panículas
cañizas.
Tendido en tu seno, oigo alejarse en lo profundo el agua recogida por tus abismos, una
sola agua fresca que lleva tu joven salud al mar y a la ciudad.
Amo el agua de tus grutas, que se encauza benéfica por las calles rectas. Amo a estas
mujeres carsinas que, apretando entre los dientes, contra la bora, el nudo del pañolón,
bajan en grupos a la ciudad con el gran jarro de níquel lleno de leche caliente. Y la estela
blanca del amanecer y el fuego doloroso de la aurora entre la bruma de la ciudad.
Aquí hay orden y trabajo. La zona franca a las seis de la mañana, el aterido piloto de
turno, los ojos opacos por la vigilia, saluda al custodio de las llaves, que abre el almacén del
utillaje. Los bueyes marrones y negros remolcan lentamente los vagones vacíos hasta los
piróscafos llegados ayer por la tarde; y cuando los vagones están en su sitio, a las seis y
diez, los descargadores se diseminan por los hangares. Llevan en el bolsillo la pipa y un
trozo de pan. Cuando el jefe de uno de los equipos se sube a una plataforma de carga, se
arremolinan a su alrededor más de doscientos hombres con la cartilla laboral en alto,
gritando para que los contrate. El jefe del grupo arranca, eligiendo a toda velocidad, las
cartillas que necesita, y se marcha seguido de los contratados. Los demás no dicen nada y
vuelven a disgregarse. Pocos minutos antes de las seis y media, el mecánico de chaqueta
azul salta a la escalerilla de la grúa y abre la presión del agua.
Por fin, en último lugar, llegan los carros dando tumbos por las largas escalinatas
hechas añicos. El sol rebosa, anaranjado, por el camino rectilíneo y gris de los almacenes.
El sol es claro en el mar y en la ciudad. Trieste se despierta en las orillas llena de colores y
de movimiento.
Levan anclas nuestros grandes piróscafos hacia Salónica y Bombay. Mañana, las
locomotoras atronarán en el puente de hierro sobre el Moldava y se introducirán con el
Elba en Alemania.
Y también nosotros obedeceremos a nuestra ley Viajaremos inseguros y nostálgicos,
empujados por ansiosos recuerdos que no serán nuestros en ningún lugar. ¿De dónde
venimos? Lejos está la patria; el nido, deshecho. Sin embargo, conmovidos de amor,
regresaremos a esta Trieste, patria nuestra, para comenzar desde aquí.
Amamos a Trieste por el alma atormentada que nos ha dado. Ella nos arranca de
nuestros dolores pequeños y nos hace suyos, y nos hermana con todas las patrias
combatidas. Ella nos ha levantado para la lucha y el deber. Y si desde esas plantas de Asia y
de Africa que sus mercancías diseminan por los almacenes; si desde su Bolsa donde el
telégrafo de Turquía y de Puerto Rico repiquetea con calma la nueva base de riqueza; si
desde su esfuerzo vital, desde su alma afligida y rota se afirma en el mundo una voluntad
nueva, bendita sea Trieste por habernos hecho vivir sin paz y sin gloria. Nosotros te
amamos y te bendecimos, por que estamos contentos de morir tal vez en tu fuego.
Iremos por el mundo sufriendo contigo, por que amamos la vida nueva que nos espera,
fuerte y dolorosa. Hay que sufrir y callar. Estar solos en ciu-dad extranjera, cuando se
envidia al carretero que blasfema en una lengua que comprenden todos los que lo rodean, y
yendo desconsolados por la noche entre rostros desconocidos, que ni siquiera imaginan
nuestra existencia, levantamos la vista más allá de las casas impenetrables, estremecidos de
llanto y de gloria. Debemos sufrir con nuestra pequeña posibilidad humana, incapaces de
apaciguar el sollozo de una hermana y de devolver al camino al compañero que se aparta a
un lado y pregunta: «¿Por qué?».
¡Ay, hermanos, qué hermoso sería estar seguros y soberbios, gozar de nuestra
inteligencia, saquear los grandes campos lujuriantes con nuestra fuerza joven, y saber y
mandar y poseer! Pero nosotros, rígidos de orgullo, con el corazón que nos estalla de
vergüenza, os tendemos la mano para rogaros que seáis justos con nosotros, como nosotros
tratamos de serlo con vosotros. Porque nosotros os amamos, hermanos, y esperamos que
nos correspondáis. Nosotros deseamos amar y trabajar.

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