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GOMEZ ROBLEDO

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DE SU FILOSOFIA

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Ent re las aulas y los pat ios y los árb oíes del viejo
M ascaro nes (ult imó albergué del otium clásico eh
est a t repidant e metrópoli) f ue iniciado Ant onio Gó­
m ez Robledo por Dem et rio Fr an g es en la lect ura
direct a de Plat ón, y d esd e en t o n ces há sido el f i­
lósof o at eniense, para el hum anist a m exicano,
com p añero de vida y de viaje, en el largo peregri­
nar del diplom át ico en servicio de la República. En
Plat ón, desp ués de! Evangelio, ha encont rado Gó ­
m ez Robledo-la f uent e m ás viva y el m ás hondo
reposit orio de su energía espirit ual. Frut o dé t an
dilat ada y ent rañable co n viven cia es él p résent e
lib io , en el qual el aut or ha int ent ado una nueva
aproxim ación a Plat ón por los t em as sardinales de
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\ su f ilosof ía. Desp ués dé veint icinco siglos, o poco
m enos, de ref lexión f ilosóf ica sobre Plat ón, nadie
puede pret ender hoy una originalidad absolut a.
El aut or es bien co n scien t e de ello, pero t am bién
de que sobre Plat ón podrán siem pre d ecirse co ­
S sas n uevas. '
Sobre su s an ch o s hom bros, según se ha dicho,
'«**
lleva Plat ón, com o ot ro At las, la civilización de Oc­
-\ cident e. En él est án t od os los grandes t em as de
ja vida hum ana, personal y so cial, y aquello que,
m ás allá del horizont e est rict am ent e hum ano,
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co nst it uye la raíz ont ológica del hombre m ism o y
su últ ima razón y dest ino. Una aproxim ación vit al
a est o s t em as et ernos, bajo la guía de Plat ón, es,
según explícit a conf esión de su aut or, la única,am ­
bición de est e libro.
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Di seño gr áfico: Car l os H aces

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En l a por t ada: Pl at ón, detalle de L a Escuela d e A ten as por Rafael
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PLATÓN

LOS SEI S GRANDES TEM AS DE SU FI LOSOFÍ A


P L AT ON
LOS SEIS GRANDES TEMAS
I)E SU FILOSOFÍA

ANTONIO GÓMEZ ROBLEDO


D EL CO L EGI O N A CI O N A L

un
n m

FOND O D E CU L T U RA ECO NÓ M I CA
U N I VERSI D AD N ACI O N AL AU TÓ N O M A D E M ÉXI CO
Pr i m er a edición Cen t r o de Est udios Filosóficos de l a I JN A M , 1974
Pr i m er a r eim pr esi ón , Fon do de Cu l u r a Econ óm i ca, 1982
Segu n d a reim pr esión, 1986

PRÓLOGO

Q u f , h a y a un “Platón” más, qué importa al m u n d o ... Segura


mente que así ha de ser, y sobre todo con un Platón mexicano,
cuando los hispanoamericanos, en tanto que filósofos, estamos
apenas —y esto en el mejor de los casos— en nuestra etapa “pre
socrática”. De ella, sin embargo, no saldremos jamás si no nos
decidimos a hacer, por nuestra cuenta y riesgo, lo mismo que los
superdesarrollados. En el campo de la economía hace ya tiempo
que tomamos esta decisión, y no hay por qué no tomarla tam
bién en el de la cultura.
En la circunstancia mexicana, concretamente, no es ya ninguna
novedad el que nosotros mismos tratemos, con originaria res
ponsabilidad, de repensar las obras de los grandes pensadores.
Con Greda, más en concreto, lo hicieron así, hace más de medio
siglo, todos los miembros de la generación del Ateneo, y uno de
ellos, Alfonso Reyes, perseveró en esta empresa casi por medio
siglo, mientras tuvo vida. Y su “afidón de Grecia”, del mundo
c lá s ic o en general, redundó de hecho —¿quién podrá negarlo?—
en incremento de la cultura mexicana, así hayan podido encoger
se de hombros, ante su obra, dertos scholars con los cuales nada
nos v a ni nos viene. Con respecto a otros pensadores o a otras
B corrientes filosóficas se dividieron luego los ateneístas, como tenía
que ser en una comunidad de espíritus libres, pero en el culto
de Grecia estuvieron unánimes siempre. En una de sus grandes
humoradas, Vasconcelos llegó a escribir aquel infortunado artícu
lo de “La Antorcha” : “Reneguemos del latinismo”, pero nunca
del helenismo. T an lejos estaba de ello, que lo que buscaba era
precisamente suprimir la mediadón de Roma para establecer la
más directa e inmediata comunión con Grecia.
IN ST IT U T O i
Ahora bien, y como lo dijeron explícitamente tantos de entre
V # *v - ..■TJf ellos —Reyes sobre todo—, era justo la circunstancia mexicana,
y no una inclinación cultural como cualquier otra, lo que les
empujaba apremiantemente a buscar en Grecia lo que necesita
D .R. s i 982, F o n d o d e C u l t u r a E c o n ó m ic a ban transvasar luego en sangre propia, en nuestros hábitos
D .R. ©1986, F o n d o d e C u l t u r a E c o n ó m ic a , S. a . de C. V.
más íntimos y en nuestra propia mentalidad. El culto de la
Av. de La Universidad 975; 03100 México, D, F.
Razón, el equilibrio espiritual, la sophrosyn e sobre la hybris,
Ho- rt ícsoiSíC<ón f t ‘\-o; - ov / Cor-J pantas cosas más!, debían convertirse también, como en otras
ISBN 968-16-1071-7
partes, en patrimonio espiritual mexicano. Con sólo Dyonisos
i m pr eso en M éxi co —o sus émulos del Panteón azteca— nos había ido como era tan

[7]
8 PRÓ LOGO
PRCU.OGO 9
patente. Apolo debía venir también, y con él la medida, el orden divagar. Y también este género de platonismo libre, como si di
y la claridad del espíritu. Todavía, sin embargo, parece que algo jéramos, tiene ilustres precedentes, como, por ejemplo, el célebre
queda por hacer, cuando no hace tantos años sentimos una vez libro de Walter Pater.
más cómo Huichilobos, según decía el gran cronista, ‘‘hedía muy Con todo ello, podrá siempre objetarse que esto de llevar un
malamente”. libro más a la biblioteca (bibliotecas mejor dicho) de los libros
Desde que me decidí a lanzarme —un mexicano más, enamora escritos sobre Platón, es tanto como querer llevar lechuzas a
do de Grecia— en este género de estudios, he tenido como pauta Atenas, según decían los antiguos, o cocos a Colima, para decirlo
y guía la de aquellos varones, la más ilustre promoción en la a la mexicana. Así es, desde luego, con tantos libros o libelos
historia espiritual de México. Con “la equis en la frente” —la del como andan por ahí, y podría serlo también con el presente
nombre de la patria— fueron ellos en procura de Grecia, y por (los lectores lo dirán), cuando el libro en cuestión no aporta la
esto fue su obra tan humanística como mexicana. En ellos ope menor novedad, en ningún sentido, a lo que ya consta en los que
ró, instintivamente tal vez, pero no por esto con menos seguro le precedieron. Sólo que, cuando tal es el lamentable caso, la
discernimiento, un criterio selectivo por virtud del cual esco culpa entera es del autor y no de la materia, o dicho de otro
gieron, en el inagotable legado clásico, los temas o motivos de modo, que no está clausurado, ni con mucho, el campo de la exe-
que más necesitamos para poder llegar algún día, nosotros tam gética platónica. Los grandes pensadores, en efecto, tienen en esto
bién, a la plenitud del espíritu. un destino análogo al de Cristo, quien se definió a sí mismo
Mi criterio selectivo, en lo que concierne a Platón, está patente como signo de contradicción. Mientras los sintamos vivos, como
en los que para mí, naturalmente, son los seis grandes temas de lo sentimos a Platón, habrá de seguir librándose, en torno a su
su filosofía: la Virtud, las Ideas, el Alma, el Amor, la Educación mensaje, la eterna pelea, como lo dejarán ver —así lo espero por
y el Estado. Podré haber errado por carta de más o de menos, lo menos— las páginas que siguen. Ni sobre Platón mismo, ni
pero creo que nadie podrá negar que se trata de temas indiscu sobre su filosofía, ha podido hasta hoy decirse la última palabra.
tiblemente platónicos. Y si los he tratado bien o mal, a otros toca No hay uno solo, entre los graneles temas platónicos, que no sea,
decirlo, pero la operación selectiva, en suma, me parece perfecta en el momento actual, campo de beligerancia, y en la afluencia
mente legítima, como la que hizo Heimsoeth con “los seis gran de concurrentes bien puede entrar uno más. Sería tan fácil como
des temas de la metafísica occidental”. Mera coincidencia, como largo e impertinente hacer el catálogo de los contendientes en el
leemos en la pantalla, de hallazgo y nomenclatura. palenque platonizante, los de hoy y los del pasado inmediato.
Me pareció asimismo que, consideradas todas las circunstan Uno de los últimos en haberse ido, Cassirer, expiró, como quien
cias, el enfoque temático de Platón es el único posible, en la dice (si tomamos E l m ito d el E stado como su testamento), com
actualidad, para un filósofo o filosofante hispanoamericano. Una batiendo contra Jaeger en la interpretación, en puntos cardina
biografía espiritual de Platón, acompasada con cada uno de los les, de la personalidad y de la obra de Platón.
diálogos, pudo hacerla Wilamowitz, así como un estudio de la No se ha dicho sobre él la última palabra, por la simple y
filosofía platónica, de diálogo en diálogo, con su análisis más o buena razón de que Platón está vivo, y sólo de los muertos hay,
menos exhaustivo, fue la gran empresa amparada con nombres al enterrarlos definitivamente, últimas palabras. Las hay de mu
tales como los de Grote, Ritter, Taylor y Shorey, para no hablar chos filósofos que, con todos sus méritos, están bien muertos, pero
de Überweg, Zeller y Gomperz, los grandes historiadores de la no puede haberlas de quien prosigue actuando entre nosotros,
filosofía helénica. Querer ponerse en el mismo plan de estos en los problemas más vitales del hombre y del Estado. Habrá
colosos es como ponerse con Goliat, pero sin el auxilio divino. muerto sólo cuando haya muerto la civilización occidental, la que
Lo que, en cambio, puede hacer cualquiera decorosamente, es lleva él (se ha dicho muchas veces), hace veinticinco siglos, sobre
discurrir libremente por el tema o temas elegidos, con sólo que sus anchas espaldas. Es una comparación que, por verdadera que
sus lucubraciones tengan primero el suficiente apoyo documental sea, no acaba de gustarme del todo, porque Atlas es un viejo
en los textos platónicos. Lo único que no puede hacerse es dis cansado que soporta, a más no poder, el peso del mundo, al paso
currir en el vacío o tomar a Platón como pretexto de nuestro que Platón está hoy entre nosotros, para dirigirnos, con la misma
10 PRÓLOGO

alacridad con que lo hacía con sus discípulos de la Academia.


De un texto platónico sobre la “verdad” (por nadie entendido,
según Heidegger, hasta que lo entendió él) salió Ser y T iem p o I. PLATÓN Y SU ÉPOCA
y la filosofía existencial. ¿Y qué es —o qué fue— sino platonismo
germanizado la W escnsschau de Husserl, o la axiología de Scheler
Platón de Atenas1 nació en el año de 427 antes de nuestra era,
y Hartmann? Y para no salir de esta nación, ¿qué otra cosa sino
en el seno de una de las más antiguas y linajudas familias. Por
la tripartición platónica del alma y del Estado está detrás de la
su padre, Aristón, ascendía su árbol genealógico hasta Codro,
tripartición “impulso-voluntad-espíritu” (T rieb-W ille-G eist) sobre
el último rey del Ática, y a la raza de los Melántidas, y última
la cual construye Alois Dempf su filosofía política y de la
mente a Poseidón.2 Por su madre, Perictione, descendía de Dró-
historia?
pides, hermana de Solón, el legislador de Atenas.
De suerte, pues, que habérnoslas hoy con Platón no es habér
Entre los parientes de Perictione hay que mencionar a su
noslas con una institución histórica, sino con los más apremiantes
hermano Cármides, uno de los principales políticos atenienses
problemas del hombre y de la sociedad, de este hombre que —con
del partido conservador, y a su primo hermano Cridas, jefe del
perdón de Ortega y Gasset o de otro cualquiera— no sólo tiene
mismo partido y caudillo de la revolución oligárquica del año
historia, sino naturaleza, una estructura ontológica es decir, que
404. Platón tuvo dos hermanos menores que él: Adimanto y
yace siempre por encima o por debajo de toda fluctuación tem
Glaucón, de los cuales hizo los principales interlocutores del Só
poral. Es bien posible que en el seno de otras culturas no sea
crates de la R ep ú b lica , y una hermana llamada Potone. De ella
Platón sino un documento histórico (como puede serlo para
nació, con el tiempo, Espeusipo, el sucesor de Platón en la direc
nosotros Confucio), pero no, ciertamente, dentro de la cultura
ción de la Academia. Su es adre Perictione, por último, viuda de
a que pertenecemos, y a tono con la cual nos expresamos todavía
Aristón desde la niñez de sus hijos, contrajo segundas nupcias
en ideas, e interpretamos el mundo en función de esencias y
con Pirilampo, político importante también, y uno de los más
valores en la actitud especulativa, y de leyes en la conducta
allegados, a lo que parece, del gran estratego Pericles.
práctica. Porque él fue el primero que nos enseñó todo esto y
nos hizo contraer estos hábitos, y a él liay que volver, por consi Estos simples datos, pocos pero ciertos, son suficientes para
cobrar conciencia, desde este momento, de que por su medio y
guiente, siempre que queramos defender o revitalizar una heren
abolengo, por todos aquellos, parientes o relaciones, con quienes
cia tan preciosa. Hoy más que nunca tal vez, cuando tan fuerte
es, como diria Georg Lukács, el asalto a la Razón. Posición reac convivió desde muy niño, Platón vio como algo que por derecho
cionaria, podrá decir alguno, pero no tiene por qué espantarnos propio le pertenecía, como su dominio natural, todo cuanto la
el consabido marbete, porque si es vituperable la reacción en civilización y la cultura puedan ofrecer de mejor, y que a tan
defensa de un orden decrépito o injusto, no así, en cambio, la alto extremo habían llegado ya en la sociedad de su tiempo. Poe
que se vuelve no a un pasado circunstancial, sino a aquello que, sía lírica, poesía dramática, filosofía, y junto con todo esto, y
según reza el título del célebre opúsculo scheleriano, hay “de como la suprema afirmación del hombre en el dominio de la
eterno en el hombre”. acción, la política, la dirección del Estado. Nada de esto fue

1 Así se l e h a l l am ad o si em pr e, p or h ab er si do aqu el l a d u d ad , desde su


i n f an ci a, el t eat r o de su vi d a y de su obr a, n o obst an t e q u e Di ógen es
Laer ci o af i r m e q u e n aci ó en Egi n a, d on d e se h ab r ía est abl eci do su p ad r e
en l a col on i a f u n d ad a en aqu el l a i sl a p or Per i cl es. Zel l er r echaza el t esti ­
m on i o de Di ógen es; Gr ot e l o acept a, y ot r os m ás, com o M »«r i ce Cr oi set
en t r e l os m ás m oder nos, d ej an l a cuest i ón en suspen so.
2 Qu e l o ú l t i m o sea p ar a nosot r os u n a f ábu l a, p or su puest o, en n ada
am en gu a l a i m por t an ci a d el d at o soci al , ú n i co q u e aq u í n os i n t er esa: l a
cr een ci a en l a pr ogen i e d i vi n a de Pl at ón , en aqu el m om en t o y en aquel
medi o.

[11]
PEA TÓ N Y SU ÉPO CA 13
12 PEATÓN Y SU ÉPO CA
nocemos con certeza sus circunstancias sociales y familiares, lo
ajeno a Platón, y si de alguno de estos campos, como el de la
que en general sabemos sobre la formación intelectual y moral
política activa, le obligaron las circunstancias a retraerse, pode
de la juventud de su tiempo; y aplicarle, además, todo lo que
mos estar ciertos —y su obra da de ello abundante testimonio—
en sus diálogos tiene el sello de una experiencia vivida.
que fue lina renuncia de gran sacrificio. Tanto más cuanto que,
De este modo, y en lo que se refiere, en primer lugar, a su
según todas las apariencias, en Platón se dio, como era el ideal
educación, estamos en terreno firme al suponer que Platón, vás-
griego, el más bello equilibrio del cuerpo y del espíritu. “La
tago de una familia acomodada y aristocrática, debe haber re
mejor cabeza del mundo” le ha llamado Vasconcelos, y el nombre
cibido la educación más perfecta que era entonces posible dar, o
de Platón que recibió más tarde (primero se le llamó Aristocles)
sea la que combinaba, en el más perfecto equilibrio posible, la
parece haberle venido por la anchura (te>,(xt ;úc ) de su frente o de
cultura del cuerpo y la cultura del alma, o como entonces se
sus hombros. Bello y fuerte (xaXog xed ícxupóc) lo describen sus
decía, música y gimnástica.5 Por haber sido imbuido desde su
biógrafos más antiguos. Para lo único que no parece haber
infancia en esta educación, la p a id eia por antonomasia, es por
estado dotado Platón, fue para la elocuencia, para las gran
lo que Platón puede proponerla, en la R ep ú b lica , para la forma
des batallas orales del ágora o del Pnyx. Su voz, a lo que
ción de los “guardianes”. Pero más aún que a los textos de la
se dice, era tenue, y sobre esto aún, no le ayudaría mucho, para
R ep ú b lica , que podrían tomarse, más que como recuerdos de
el arrojo que deben tener los hábiles en estas lides, una cierta
infancia, como fruto de la reflexión madura de Platón, nos pare
verecundia o timidez, que en él era, por lo demás, un aspecto de
ce que en un pasaje del Protágoras, que se acepta generalmente
su compostura o elegancia espiritual.3 Es bien posible, en fin,
haber sido un diálogo juvenil, refleja directamente Platón su
que tocios estos embarazos pudiera haberlos vencido si le hu
propia experiencia al describir el proceso educativo, que empieza
biera sido necesario; pero otros fueron, por lo que haya sido,
en la familia, prosigue en la escuela y termina en la ciudad, del
los teatros de su acción.
modo siguiente:
Quisiéramos seguir, como en el discurso de la vida de cualquier
“Desde la infancia y por toda la vida, se suceden las enseñan
otro personaje, con la narración de lo que hizo o le avino a
zas y exhortaciones. T an pronto como el niño empieza a com
Platón conforme fue creciendo; pero el hecho es que, con excep
prender el lenguaje, la nodriza, la madre, el pedagogo y el mismo
ción de los viajes sicilianos, de los cuales sí tenemos información
padre se esfuerzan sin descanso por comunicarle toda la perfec
muy copiosa y de primera mano, en todo lo demás son bien
ción posible. Con ocasión de todos sus actos o palabras, le prodi
escasas las noticias sobre su vida. Es curiosa la comparación, he
gan las lecciones y ejemplos sobre que esto es justo y aquello in
cha por Taylor, de que sabemos más de Sócrates, de su vida pú
justo; esto bello y aquello feo; esto piadoso y aquello impío:
blica y privada,4 que de Platón; lo que acaso pueda deberse tanto
‘¡Haz esto y no hagas aquello!’ Si obedece por sí mismo, nada
a la dramaticidad extraordinaria de la muerte de Sócrates, sobre
mejor; y si no, como si lo hicieran con una vara torcida y en
la cual se agolpa toda su vida, como al hecho concurrente de que
corvada, lo enderezan con amenazas y golpes.
Platón no tuvo un evangelista suyo como él mismo lo fue de
"Después de esto se le manda a la escuela; y lo que más se le
Sócrates. Por lo que haya sido, en suma, hemos de resignarnos a
encarece al maestro es la decencia del alumno antes que su
la penuria documental. Pero una vez constatado el hecho, nada
aprendizaje en las letras o en la cítara. En todo ello pone su
nos impide, a lo que creemos, aplicar a Platón, una vez que co
cuidado el maestro, y una vez que los alumnos han aprendido
a leer y escribir, y entienden las palabras escritas como antes las
3 Así, con t odos estos car act er es, en Di ógcn es Laer ci o I I I , 5, y 7-21:
ioxvócpow’os .. . ai6i')¡u'¡v xal v.ó q u o ?.
5 En el l en gu aj e de l a época, y en el de Pl at ón desde l uego, "m ú si ca”
* Por n ovel adas qu e pu edan ser ci er t as r econst r ucci on es de l a vi d a de
yioucriy.il) t i en e t an t o el sent i do de "l o per t en eci en t e a las M usas” , o sea
Sócr at es, com o T h e P u b lic a n d P r ív a le J .i fe o f S ócrates, de Ren e K r au s, o
l a cu l t u r a en gen er al , com o l o qu e h oy en t endem os p or t al vocabl o, es
fía r e fo o t in A th en s, de M axwel l An d er son , t i enen i n cuest i on abl em en t e el
deci r el ar t e m u si cal . El con t ext o per m i t e casi si em pr e l a d i f er en ci aci ón .
m ás sól i do apoyo h i st ór i co, y de n ada sem ej an t e sabem os q u e se haya
Así, ver bi gr aci a, es evi d en t e que el Sócr at es del F e d ó n se r ef i er e al pr i m er
hech o — con excepci ón , u n a vez m ás, d e l a exper i en ci a si ci l i an a— en l o t o­
sen t i do cu an do d i ce qu e l a fi l osofía es l a m ú si ca su pr em a: u eyí<m ¡ l i ouot xi j.
can t e a Pl at ón .
14 PLA TÓ N Y SU ÉPOCA PLATÓN Y SU ÉPO CA 15
habladas, les hace aquél que, sentados en sus bancos, lean las miembro además de la nobleza ateniense, debió haber prestado,
obras de los grandes poetas y les obliga a aprenderlas de memo sin la menor duda, durante los años que la ley prescribía. De los
ria, por estar llenas de buenos consejos, de episodios y elogios dieciocho a los veinte de su edad, todo efebo ateniense estaba en
en gloria de los héroes antiguos, a fin de que el alumno, lleno de servicio constante, principalmente en las fronteras del Ática,
emulación, les imite y conciba el deseo de parecérseles. como “defensor del país" (irepércoXog Ti}g x^pag); pero la milicia
"Los citaristas, a su vez, haciendo otro tanto en un dominio se extendía de ordinario hasta los veinticinco años, y sobre todo
diferente, se esfuerzan en inspirar la templanza en los jóvenes cuando lo demandaban las circunstancias. Ahora bien, los siete
y en apartarles del mal. A más de esto, y una vez que han apren años: 410-403, que coinciden, para Platón, con el periodo de los
dido a tañer la cítara, les dan a conocer las obras de otros buenos 18 a los 25 de su edad, fueron para Atenas de los más agitados y
poetas, de los líricos esta vez, haciendo que las ejecuten en la aflictivos. Entre ellos, en efecto, se sitúa el final de la guerra del
cítara, y obligando así a las almas de los educandos a familia Peloponeso, con las más tremendas batallas terrestres y navales
rizarse con los ritmos y las armonías, a fin de comunicarles un (Mitilene, las Arginusas, Egospótami), después de las cuales vino
carácter más apacible, y que, penetrados de ritmo y armonía, la rendición de Atenas (404), seguida luego, en lo interior, de la
puedan más tarde revelar su capacidad en la palabra y en la más grave revolución política. En estos años, pues, cuando Ate
acción, porque toda la vida humana tiene necesidad de ritmo y nas fue, como dice Tucídides, más una fortaleza que una
armonía. ciudad, y cuando el teatro de la guerra, además, fue tan vas
”No es todo aún, sino que, después de esto, mandan los pa to y tan disperso, podemos tener por cierto que ningún ate
dres a sus hijos con el maestro de gimnasia, a fin de que su inte niense en edad militar habrá dejado ni por un momento las
ligencia, una vez formada, tenga a su servicio un cuerpo en las armas, y que Platón, por tanto, en la infantería, en la caba
mejores condiciones, y que su miseria física no les obligue a llería o en la armada, habrá tomado toda la parte que corres
huir cobardemente en el combate o en todo otro orden de acti pondía a su sentido del honor y a su condición social. Una
vidad . . . Cuando, en fin, se han separado de sus maestros, la confirmación a p osíeriori de todo esto podríamos tenerla en el
ciudad a su vez les obliga a aprender las leyes y a conformar a alto aprecio que Platón tuvo siempre por la educación militar.
ellas su vida.”*' No hay que olvidar, en efecto, que la clase de los guardianes, en
Ésta es, como allí mismo dice Platón, la educación para la su Estado ideal, es apenas una selección de la clase dominante
virtud: TOiScta sig ápevTjv, la que persigue conjuntamente la for de los guerreros.
mación del mejor hombre y del mejor ciudadano. En ella, como Volviendo a lo que de Platón nos interesa más, parece que su
se ve, tiene parte tan principal la música, tal como hoy la en irresistible vocación de escritor se orientó en un principio a la
tendemos, y no ciertamente para el virtuosismo del ejecutante, poesía, y más concretamente a la poesía trágica. Según va la
sino para la formación espiritual en su estrato más profundo. leyenda, habría llegado a componer hasta una tetralogía con la
Por algo, años más tarde, dejó Platón consignado en la R ep ú b lica que pensaba competir en el festival de Corinto, y que luego
este gran juicio: “¿No es por ventura la música, Glaucón, la edu quemó, con otros versos, cuando, al encontrarse con Sócrates,
cación soberana? Por ella, en efecto, la armonía y el número se decidió consagrar su vida a la filosofía. Cierta o no la anécdota,
insinúan hasta el fondo del alma, se apoderan de ella y la tor es evidente el genio dramático de Platón, que se acusa en tantos
nan bella por extremo.”’ diálogos, sobre todo en los de la primera época, siendo el Pro-
T a l fue puntualmente, y así se nos revela en sus obras: bella tágoras, tal vez, la obra maestra.
por extremo, el alma de Platón; pero juntamente con su forma Antes del encuentro con Sócrates, parece cierto también que
ción literaria y musical, no debemos olvidar el otro importante Platón se había familiarizado bastante, a pesar de su extrema
aspecto del servicio militar que un joven robusto como él, y juventud, con los escritos de los filósofos que circulaban por
aquel tiempo en los medios intelectuales de Atenas: Heráclito,
Parménides, Xenófanes, Zenón, Empédocles, Anaxágoras y los
« P ro t. 325 (I -32G c.
1 R e p . 401-d pitagóricos. De estos pensadores, Parménides y Zenón, el enfant
16 PLATÓN Y SIJ ÉPOCA PLA TÓ N Y SU ÉPO CA 17
terrible del eleatismo, habían visitado Atenas, medio siglo más más alto; pero por el lado del eticismo no hubo, ni entonces ni
o menos antes que naciera Platón, y Anaxágoras por su parte, después, nadie que superara a Sócrates.
años más tarde, había tenido allí mismo una larga residencia, Ahora bien, la filosofía de Platón (es una impresión muy per
habiendo sido uno de los más allegados a Pericles. En cuanto a sonal, pero muy sincera, y que no podemos dejar de consignar)
Heráclito, quien nunca estuvo en Atenas, enseñó allí su filosofía es una filosofía fundamentalmente eticista, por amplio que sea
su discípulo Cratilo, de quien sí sabemos, esta vez con toda el lugar que en ella ocupen las espectdaciones cosmológicas y
certeza, haber sido, en los estudios filosóficos, el primer maestro metafísicas. Por su propio temperamento o por las circunstancias
de Platón. Más tal vez que por sus propios merecimientos ha históricas y sociales que le rodearon, no es Platón, como sí lo
pasado a la inmortalidad por el diálogo platónico que lleva su es, por el contrario, Aristóteles, el contemplador puro, el Oewpóg
nombre, y en el que encontramos expuesta, como tenía que ser, •rife Oewpíag evexgc . Su teoría de las ideas, si bien se mira, es sobre
la doctrina del movilismo universal. todo teoría de los valores, y más concretamente aún, de aquellos
Haya contribuido o no la convivencia con Sócrates (quien que más tienen que ver con la conducta humana: lo bello y lo
ostensiblemente profesaba no saber ni enseñar nada) a profun bueno, lo justo y lo san to .. . L a importancia del mundo inteli
dizar en Platón el conocimiento de la filosofía helénica, que por gible, para Platón, estriba en que de él depende, de la Idea del
entonces se encontraba ya en tan alto punto de madurez, lo cierto Bien en última instancia, la conducta humana, personal y social.
es que todos los que hemos nombrado antes influyeron, en A su percepción, sin duda, no puede llegarse sino por el arduo
mayor o menor medida, en su propia filosofía. Heráclito, Parmé- sendero de la dialéctica, y nada está tan lejos de Platón como
nides y Pitágoras, serían, según creemos, los nombres que princi el moralismo puro de Antístenes o Diógenes; pero su preocupa
palmente habría que destacar. 7'oda su vida la pasó Platón en ción principal, una vez más, es la reforma intelectual y moral del
dilucidar, como diría Antonio Caso, el problema Heráclito-Eleáti- hombre y del Estado. Así en toda su obra, y no sólo en la cum
co, en conciliar la movilidad del ente sensible con la inmovilidad bre de ella, que son la R ep ú b lica y las Leyes. Y cuando se tras
del ente inteligible. Sus preferencias habrán estado por Parméni- pasa este eticismo, no es por el lado de la ciencia, sino por el de
des (a quien unas veces llama “venerable” y otras “terrible”), en la religiosidad: “en busca del centro divino”, como ha dicho
cuanto que el “ser que verdaderamente es”: i b ov-rwg 8v, es, para Werner Jaeger.9
Platón, no el fenómeno sensible, sino la Idea, pero no por esto Era ésta precisamente, en lo sustancial, la tónica espiritual que
negó, como Parménides, la realidad del devenir, y en la conci animaba a Sócrates, quien contaba entonces más de sesenta años,
liación entre uno y otro mundo consumió su vida. Por último, cuando el joven Platón entró para siempre en su esfera de in
la doctrina pitagórica del número como principio de ordenación fluencia. Hacía ya tiempo que habían dejado de interesar a Só
cósmica, y la armonía musical resultante, es algo tan patente en crates las especulaciones cosmológicas a que fue tan adicto, se
Platón, que no vale la pena detenerse en discutirlo. Doctrina del gún su propia confesión, en cierta época de su vida. Las había
movimiento, doctrina del reposo y doctrina del número, son en dejado del todo para consagrarse, del todo también, a la misión
suma, y en estos términos, para Walter Pater,8 las influencias que, según su más firme persuasión, le había intimado Apolo, el
primordiales en la filosofía platónica, y que podemos con cer dios de Delfos: el celo o cuidado de las almas (éiupéXEia ir¡g
teza hacer remontar a sus años juveniles. <!a ix 'F)c ) en aquella sociedad que naufragaba por haber perdido,
Sobre todas ellas, empero, se impone la influencia avasallado por obra sobre todo de la Sofística, la orientación moral.10 Pocos
ra de Sócrates, con quien Platón parece haber convivido, según textos serán tan expresivos de este celo, como éste de la A pologia
los cálculos más verosímiles, entre los veinte y los veintiocho años platónica, en que Sócrates habla de este modo a su imaginario
de su edad, hasta la muerte del maestro. Parménides, por ejem
plo, habrá sido sin duda, y Platón debió de comprenderlo así, un » “S itivit a n im a m ea , t l i e At h en i an ph i l osoph er m i gh t say, in D e u m , in
genio filosófico, por el aspecto puramente intelectual, mucho D eu m v iv u m , as H e was k n own at Si on ” . Pat er , P la to a n d P la to n is m ,
N u eva Yor k , 1899, p. 76.
10 " L a m i si ón d e Sócr at es es d e or den r el i gi oso y m íst i co, en el sen t i do
8 r i a t o a n d P la lo n ism . q u e dam os h oy a est as p al ab r as; su enseñ anza, t an per fect am en t e r aci on al .
18 PLA TÓ N Y SU ÉPOCA PLA TÓ N Y SU ÉPOCA 19
interlocutor: “ ¡Oh tú el mejor de los hombres! ¿Cómo es posible trirremes, y por último, alianza forzosa con Esparta, cuya direc
que siendo, como eres, ateniense, ciudadano de la mayor ciudad ción en la política exterior se comprometía Atenas a seguir. No
y de la más renombrada por su sabiduría y su poder, no te bien se hubo ratificado el tratado de paz, por no poder hacerse
avergüences de no ocuparte sino de tu fortuna y de los medios otra cosa, el general espartano Lisandro zarpó con destino al
de incrementarla lo más posible, así como de tu reputación y de Píreo, y al son de las flautas, como para acentuar el júbilo de
tu honra, y que, en cambio, no pienses ni te preocupes de la su país, dirigió personalmente la destrucción de las fortificacio
sabiduría, de la verdad ni de tu alma, procurando hacerla lo me nes y de los Grandes Muros.
jor posible?”11 Muy pronto se vio que no sólo en la política exterior, sino en
Es, ni más ni menos, el P orro unum est necessarium , de Jesús la interior también, Atenas iba a ir a la zaga de Esparta y como
a Marta; y es de creerse que este primado del alma por sobre su feudatario. En el mismo año de 404, y en buena parte también
todas las cosas, asentó profundamente en el alma de Platón por la intervención de Lisandro, fue abolida la democracia ate
en sus años de convivencia socrática. Y esta “conversión” re niense, para ser suplantada por el régimen oligárquico (pie pasó
cibió su sello definitivo con la muerte de Sócrates, el día a designarse en la historia con el nombre de los Treinta Tiranos.
en que el maestro “apuró el veneno en la prisión”. Así lo De ellos formaba parte, y por cierto entre los más prominentes,
dice Platón: -ro tpáppaxov et ciev év tai 5gop.sTT|pú}), con la misma Critias, el tío de Platón.
simplicidad con que los evangelistas dirán después de Jesús: En parte por esta circunstancia, pero sobre todo porque no
C rucifixus est.1'2 fue jamás, ni tenía por qué serlo, partidario de la democracia,
A la vez que acababa de configurar en él del todo el hombre podemos estar ciertos de que no habrá contristado mucho a Pla
interior/la muerte de Sócrates fue para Platón el elemento pola- tón (esto por lo menos) la caída del régimen que, además, había
rizador, por decirlo así, de otras fuerzas espirituales que ya tra llevado a Atenas al desastre final. En la cuenta de la democra
bajaban en él, y que, entre todas, determinaron su escepticismo cia, en efecto, deben cargarse, con otras muchas, cosas tales como
de la política militante, su alejamiento de la cosa publica. Para la malhadada expedición a Sicilia, resultado del mal consejo de
comprenderlo así, no tenemos sino que recapitular sumariamen demagogos como Alcibíades, y el sacrificio, por otro lado, de sus
te la situación fie Atenas en aquellos años que coinciden con la mejores estrategos, como aquella ejecución en masa —ejemplo
juventud de Platón o con el principio de su madurez. típico de la demencia popular— de los generales victoriosos en
En 404, según dijimos, terminó la guerra del Peloponeso con las Arginusas.
la victoria de Esparta sobre Atenas. No fue, para la noble ciudad Pero si Platón pudo acoger, con mayor o menor beneplácito,
vencida, una capitulación honrosa, sino una derrota incondicio el advenimiento del régimen autoritario, podemos estar seguros
nal. Los términos de la paz que se le dictó fueron, en efecto, de que hubo de ver luego con horror el proceso de aquella oligar
lo más humillante y aflictivo: destrucción de los Grandes Muros quía sanguinaria, nuevo flagelo que cayó sobre Atenas después
de Atenas y de las fortificaciones del Píreo; pérdida de todas sus de los desastres de la guerra. En sangre, literalmente, ahogaron
posesiones en el exterior, quedando estrictamente reducida al los Treinta la simple veleidad de oposición, y suprimieron igual
Ática y Salamina; pérdida de toda su flota, con excepción de doce mente, como acostumbra hacerlo toda dictadura, la libertad de
expresión. Si en Esparta estaban acostumbrados a esto, no así
est á suspen di d a de al go qu e par ece sobr epasar a l a p u r a r azón ” . Ber gson, en Atenas, y menos en aquel siglo, el de Pericles y la Ilustración.
L e s d eu x so u rces d e la m o r a le et d e la relig ió n , Par ís, 1932, p. 60.
Si ya por todo esto y en general debió de haberle sido aborre
u A p o l. 29 d-c.
12 Es l a i n t er pr et aci ón qu e de l a conver si ón de Pl at ón en con t r am os en cible a Platón la conducta de los oligarcas, acabó de confirmarle
pl at on i st as t an egr egi os com o Bu r n et y Di ós. “ H i s f i n al conver si ón — di ce en esta disposición la ojeriza que, muy lógicamente por lo demás,
el pr i m er o— dat ed on l y f r om t he si ck -bed on wh i ch he was t hen l yi n g” . tomaron aquéllos contra Sócrates. Primero le prohibieron “ha
(P la to ’s P h a e d o , p. x xi x ) Y Di és, p or su p ar t e: “ On d i t de Pl at ón que
blar”, es decir conversar con los jóvenes, o con cualquiera que
d i sci pl e p en d an t h u i t ans d e Socr at e vi van t , c’est l a m or t de Socr at e qu i
en t i t un apót r e; d u i ít oü i l gi sai t m al ade p en d an t qu e Socr at e b u vai t quisiera oírle, sobre temas morales o políticos cuya libre discu
l a ci gue, íí se r el eva un h om m e n ou veau ” . (Á u to u r d e P la tó n , p. 17 ;-) sión no podrá consentir nunca ningún autócrata. Después, algo
20 PLA TÓ N Y SU ÉPO C A
PLA TÓ N Y SU ÉPO CA 21
peor aún, trataron de envilecerle, haciéndole cómplice de sus
tiempo, reflexión y, desde luego, el retraimiento, al menos tem
almenes, y le mandaron ir, en compañía de otros, a poner preso
poral, de la vida pública, donde el hombre se consumía sin fruto
a León de Salamina, cuya muerte habían decretado los tiranos,
en la lucha estéril de los partidos.
sin que para ello les autorizara ninguna sentencia judicial de
No porque su vida corriera ningún peligro por su amistad con
bidamente pronunciada. Con toda razón se ufanará después
Sócrates (no hay nada que autorice esta conjetura), sino para
Sócrates, en su apología, de haber desobedecido, él solo, al man
planear su vida futura, o simplemente porque quisiera alejarse
damiento injusto; y seguramente habría sucumbido al poco tiem
j>or algún tiempo de Atenas, después de lo que había pasado, el
po el mismo Sócrates, de no haber tenido pronto fin, como fe hecho es que Platón y otros miembros de la pequeña comunidad
lizmente lo tuvo, el régimen de los Treinta Tiranos, “monstruos
socrática se retiraron a la vecina ciudad de Mégara, para entre
de impiedad, que en ocho meses mataron más atenienses que los
garse con más libertad en casa de Euclides, uno de los íntimos de
espartanos en una guerra de diez años”,13 Así lo dijo uno de los Sócrates y testigo también de su muerte, a la rememoración del
conjurados con Trasíbulo, el caudillo de la reacción democrá maestro.
tica, al dar la batalla final en que fue muerto Critias.
Allí habrá aprendido Platón, quien se encontraba enfer
Lo más extraño de todo, lo más paradójico, fue lo que luego mo el día en que Sócrates partió de esta vida, todos los por
tuvo lugar, en la democracia restaurada, y que fue el juicio, con
menores de su muerte, para conservarlos en su corazón, hasta
dena y ejecución de Sócrates. A tanto no se habían atrevido los esaibir, tal vez años más tarde, el maravilloso relato de aquellas
oligarcas; y sí lo hicieron, en cambio, los demócratas, y no los del lloras inolvidables.
montón, sino los principales, movidos por Anito, quien con Platón decide así, en la quietud de Mégara o en todo caso poco
Trasíbulo había acaudillado la reacción democrática, y que por después de su regreso a Atenas, dar principio a sus viajes, que
su integridad moral fue de todos respetado, aun por el mismo serán también, junto con la visión de otros países y costumbres,
Platón. una dilatación de su horizonte espiritual. Va a descubrir el
No es éste seguramente el lugar de proceder a una revisión mundo circundante, el del Mediterráneo, desde Egipto hasta la
del proceso judicial de Sócrates, y lo único que nos interesa es Magna Grecia, y el mundo interior de las ideas; pero este últi
procurar darnos cuenta del proceso interior de Platón; de lo mo —recalquémoslo aún— en función de lo que es desde entonces,
que debió sentir al ver que su ciudad condenaba a la última y lo será durante toda su vida, su objetivo principal: la reforma
pena, como lo hacía con los peores criminales, a quien Platón del hombre y del Estado.13 Sus W an derjahre van a ser así la
llama, sin reticencias, el más sabio y el más justo de los hom prolongación de sus L eh rja h re que habían culminado en Atenas
bres.14 Hubo de sentir, por lo pronto, el vértigo que nos produce bajo el magisterio socrático. Ésta es la interpretación de los
la vivencia de lo absurdo; y luego, cuando la reflexión se asen grandes platonistas, como puede verse del siguiente pasaje de
tó en él, cuando pensó, como tuvo que pensar, que el mismo Auguste Diés:
fin habría tenido su maestro en el régimen oligárquico o en “No sería sino una novela la que haríamos si quisiéramos ima
otro cualquiera, le fue forzoso llegar a la conclusión de que la ginar las fechas precisas, las etapas diversas, los acontecimientos
salvación de Atenas no era, en última instancia, cuestión de for exteriores de estos viajes. Pero no haremos sino una hipótesis
mas de gobierno, sino de algo mucho más hondo y radical. No verosímil y casi necesaria si suponemos que Mégara, Egipto, Ci-
era en la constitución política, sino en el alma misma de sus 1ene, fueron, para Platón, las etapas de una reflexión interior,
conciudadanos, que habían perdido tan por completo la percep concurrente con los desplazamientos exteriores. L a evolución de
ción del bien y del mal, donde debía aplicarse el remedio, tal su pensamiento siguió la curva misma de sus viajes, y no le alejó
y como Sócrates lo había enseñado en su vida y refrendado con
su muerte. Y para una reforma de tal envergadura, era menester 15 “ H e is conscious o f h avi n g di scover ed a m et aph ysi cal W orld, t h e k n ow-
l odge o f t h e et er n al for m s an d t h ei r t r u e bei n g. Bu t Pl at o d i d n ot set
o at i n quest of t h i s wor l d. H e set ou t i n quest o f t h e best Stat e, an d on
<’ Bu r v, A H istory o f G r e e c e , Lon d r es, 1959, p. 511.
(bi s quest h e di scover ed t h e Wor l d o f f or m s” . Pau l Fr i ed l ai u l er , P la to ,
F e d ó n , 118 a.
Nu eva Yor k , 1958, I , p. 6.
22 PLATÓN Y SU É P O C A
PLA TÓ N Y SU ÉPO CA 23

de Atenas sino para hacerle volver a ella con una concepción más sacerdote de Amón Ra, era este suceso del día de ayer apenas,
clara de la tarea que allí le esperaba,”16 como si dijéramos. De cualquier modo, cierta o falsa la anéc
Una docena de años aproximadamente: de 388 (Sócrates había dota, hay allí, en aquellas palabras, una admirable descripción
muerto en 399) a 386, fecha de su regreso definitivo, se acepta de la eterna juventud espiritual de los griegos, gracias a la cual
comúnmente que duraron los viajes de Platón por Egipto, Ci- fueron en todo los renovadores del mundo.
rene, Italia meridional y Sicilia, en su primer visita a esta isla. De cualquier modo también, Platón acepta por sí gustosamente
Y subrayamos lo de su “regreso definitivo’’, porque es muy pro la lección que recibió Solón, como se ve por estos pasajes, que
bable la hipótesis, apoyada por Zeller, de que, toda vez que ensamblamos libremente, del T im eo y las L ey es:
Platón no se alejaba de Atenas como un prófugo ni como un “Somos niños en verdad, nosotros los griegos, comparados con
desterrado, sino por su voluntad, bien habrá podido volver a su este pueblo de tradiciones diez veces milenarias. En tanto que
ciudad natal, y estarse en ella el tiempo que le acomodare, entre nosotros no conservamos por mucho tiempo nada de los preciosos
uno y otro desplazamiento a los indicados lugares. Como quiera recuerdos del pasado, en Egipto inscriben y preservan eterna
que haya sido, acompañémosle con la imaginación (que no ex mente en la piedra la sabiduría de los tiempos antiguos. Los
cluye, antes bien supone el apoyo en la historia) por esas esta muros de los templos están cubiertos de inscripciones, y los sacer
ciones de su periplo. dotes tienen siempre ante sus ojos esta herencia divina. De gene
ración en generación se trasmiten, sin la menor alteración, las
cosas sagradas: cantos, danzas, ritmos, ritos, música, pintura,
Viajes desde la edad inmemorial en que los dioses gobernaban el
Egipto, en primer lugar, país heredero de una antiquísima mundo.” 18
sabiduría y fuente legendaria de todas las iniciaciones, tenía que A más de todo esto, que hasta hoy hiere la vista de quien
atraerle poderosamente. A todo hombre culto de aquellos tiem visita lugares como Sakara y Luxor, con el templo de Karnak y
pos, desde luego, pero más aún a quien, como Platón, se ufanaba la necrópolis faraónica del Valle de los Reyes, hay algo que es
de descender de Solón, del cual se decía que a sus andanzas por tal vez lo sobresaliente, y es la absorción de aquella cultura y del
el valle del Ni lo, con todo lo que allí pudo ver y oír, debía en pueblo que la produjo en un problema único, en el gran pro
gran parte aquella admirable sabiduría que hizo de él uno de los blema de la muerte. Desde el faraón hasta el último de sus súbdi
Siete Sabios de Grecia y el mayor legislador de Atenas. Del fondo tos que podían hacerlo, toda su preocupación era la habitación
familiar de tradiciones y consejas que corrían sobre el legendario definitiva de la tumba, antes que la morada transitoria al aire y
personaje, debió extraer Platón la deliciosa anécdota que dejó al sol. Ahora bien, y por más que la cultura helénica haya sido, al
consignada en el T im e o : la conversación que con Solón tuvo un contrario de la egipcia, una cultura no de la muerte sino de la
“viejísimo” sacerdote egipcio, quien apostrofó así a su interlo vida, no por esto dejó de inquietarles a los griegos ¡cuán lejos
cutor: “¡Oh Solón, Solón! Vosotros los griegos sois unos eternos de ello! el mismo gran problema del más allá. En mayor grado
niños, y no hay ningún griego que sea v ie jo .. . Jovenes sois todos aún, o de manera especial, a quien, como miembro del círculo
vosotros por el alma, porque no guardáis en ella ningún saber socrático más íntimo, tendría siempre presente la sentencia que
antiguo de tradición remota, ni ciencia alguna que ostente las Sócrates había pronunciado en su último día: “Filosofar es apren
canas del tiempo”.17 der a morir”. No sólo esto había dicho Sócrates, sino también, y
Esto se lo decía el hierofante egipcio al viajero griego cuando en la misma ocasión, estas palabras que seguramente fueron para
éste pretendía, con juvenil jactancia, revelarle el origen del gé Platón la invitación al viaje en general, y al de Egipto en par
nero humano ton la leyenda de Deucalión y Pirra, sobrevivientes ticular:
del Diluvio y protoparentes de la nueva humanidad. Para el “Grande es la Hélade, Cebes, y no faltan en ella los hombres
de mérito, pero muchos son también los países extranjeros. Bus-
r« i t ícs, P la tó n , i . a g ra n d s c o eu rs, FJai n ar i on , 1930, p. 72.
o 'Vínico ‘j ti. i s T im e o 20 d ss., y L ey e s 656 d ¡>s.
24 PLA TÓ N Y SU ÉPOCA PLATÓN Y SU ÉPO CA 25
cad en ellos, con diligencia, el encantador incomparable cuyos ger Godel, el genio de Imhotep “supo unir los tres temas mayores
exorcismos disipen, en el niño que hay aún en vosotros, el miedo de la muerte, la eternidad y la luz en una sinfonía única”.21
de morir. No ahorréis en esta búsqueda ni trabajo ni dinero, y Una de las lecciones, la primera tal vez, que Platón recibió al
tened por cierto que en nada podréis gastar, más a propósito, meditar en toda aquella historia, tan lejana ya para él como lo
vuestra fortuna.”19 está él mismo de nosotros, pero seguramente con pormenores que
Cuánto tiempo vivió Platón en Egipto y en qué lugares, no lo se perdieron luego irrevocablemente, habrá sido la de que sí era
sabemos con exactitud; pero la tradición constante en la anti posible la realización del sueño— que desde entonces traería ya
güedad, por lo primero, es que fueron varios años, y por lo se en su mente— del filósofo-rey o del rey-filósofo, o por lo menos,
gundo, que su morada más larga y predilecta fue en la ciudad cuando no se diere la concurrencia de ambos caracteres en la mis
sagrada de Heliópolis. Tres siglos más tarde todavía, según el ma persona, el poder efectivo del sabio con el beneplácito regio,
testimonio de Estrabón,20 quien afirma haber estado allí, se mos que era puntualmente lo que se había dado entre Imhotep y
traba aún a los visitantes, en los edificios destinados al alojamien su soberano. Antes que Platón conociera personalmente a Ar
to de los sacerdotes, las cámaras que ocuparon Platón y Eudoxio quitas de Tarento, el otro caso ejemplar de lo mismo, tenía ya
de Cnido, el gran astrónomo que fue después su colega en la en la historia una confirmación esplendente de su gran ilusión.
Academia, y quien parece haberle acompañado en aquel viaje. Sin tener de nuestra parte la pretensión, que sería ridicula,
Nada queda hoy desgraciadamente de la antigua Heliópolis de hacer por nuestra cuenta el inventario de la riqueza espiritual
(en la actualidad una simple zona residencial del C airo), como que Platón llevó consigo, por toda su vida, después de su perma
para darnos ciertos elementos imaginativos del ambiente que ro nencia en Egipto, sí podemos permitirnos ciertas observaciones,
deó a Platón; pero este vacío lo compensa ampliamente la admi con fundamento en las alusiones explícitas o implícitas a aquel
rable zona arqueológica de Memfis, distante de Heliópolis a país, que encontramos en tantos diálogos platónicos, como el
cosa de treinta kilómetros, y que seguramente habrá visitado F ed ó n , el F ed ro , el G orgias, la R ep ú b lica y las Leyes.
Platón. De H elió p o lis, en primer lugar, si no recibió Platón la ido
Ahora bien, parece que había una cierta unidad estilís latría solar —¡ni cómo podía ser, con la espiritualidad tan alta
tica entre ambas ciudades, por haber dirigido la construcción de su religión más íntimal—, sí en cambio, con toda probabili
de sus principales pirámides y templos el mismo personaje: dad,22 la imaginería correspondiente, las metáforas de la solari-
Imhotep, sabio y político, arquitecto y gran visir del faraón Dje- dad, que encontramos en los libros vi y vn de la R ep ú b lica , en la
ser-Neterkhet. Todo esto se llevó a cabo —y estos personajes alegoría de la caverna y en la Idea del Bien, que es, sin duda
florecieron— hacia el año 2800 antes de nuestra era, durante la alguna, la cumbre de la filosofía platónica. Dios no es, para
tercera dinastía memfita, fundada por Djeser. Estas obras gran Platón, el Sol, a buen seguro, pero como le es forzoso acudir a
diosas, de las que nos han quedado por lo menos la pirámide y símiles sensibles para declarar lo inefable, no se le ocurre nada
el templo funeral de Sakara, son anteriores en más de un siglo mejor que llamar a la Idea del Bien (que es Dios mismo) el rol
a la Gran Esfinge y las tres conocidas pirámides de Keops, Kefrén del mundo inteligible. Y es también un recuerdo de los obeliscos
y Mikerinos, obra de la cuarta dinastía. que habrá visto en Heliópolis y en Memfis, la verticalidad de la
Todavía veinticinco siglos después, al llegar Platón por allí, ascensión que emprenden los prisioneros de la Caverna, hacia la
podía verse en todo su esplendor la ciudad a la que Imhotep, que luz difusa en primer término, para poder al fin ver el sol cara a
era igualmente el Gran Sacerdote del Sol (Amón Ra), impuso por cara, como desde la punta del obelisco.
ello el nombre de Heliópolis: la Ciudad del Sol, encarnación La más profunda huella tal vez, a nuestro modo de ver, que
plástica del principio luminoso que los egipcios adoraban como dejó Egipto en Platón, fue la contemplación de un orden eterno
la divinidad suprema. En ella, según el justo comentario de Ro- de justicia, vigente tanto en el universo como en la ciudad hu-

J» F e d ó n , 77 e-78 a. 21 R. God el , P la tó n á H é lio p o lis d ’E g y p le , Par ís, 1956, p. 22.


29 X V I I , 29. 22 Es l a hi pót esi s, p o r ej em pl o, d e God el , o p . c it., p . 48.
26 PLATÓN Y SU ÉPOCA PLATÓN Y SU ÉPOCA 27
mana y en el alma individual, en este mundo y en el otro, donde L a m u erte está hoy ante m i
imperaba Osiris, el juez irreprochable de los muertos.23 Por dife co m o el p erfu m e d el incien so;
rente que pueda ser, en sus matices, la concepción de este orden com o e l rep oso a l a brig o d e la tienda en un dia d e gran viento.
en la filosofía platónica, nos parece innegable la concordancia
radical. L a m uerte está hoy an te m i
Por otra parte, y en lo que se refiere ya no a su filosofía co m o el p erfu m e d e los lirios;
objetivamente considerada, como cuerpo doctrinal, sino a los com o el reposo en la orilla d e un país d e em briaguez.
hábitos de su filosofar, pensamos igualmente que Platón habrá
L a m u erte está hoy an te m i
aprendido de los sacerdotes heliopolitanos —o que le habrán
com o e l fin d e la tem p estad ;
confirmado en lo que ya le habría enseñado su maestro Sócrates—
que el pensamiento es un ensimismamiento, un “diálogo inte com o e l retorn o a casa después d e una ex p ed ición .
rior y silencioso del alma consigo misma”.24 Y este diálogo, en L a m u erte está hoy an te m i
fin, habrá tenido frecuentemente por materia el gran tema de com o cu an do el cielo se descu bre;
la muerte. En ninguna parte como en Egipto le fue posible a com o cu an do se va d e caza a un país desconocido.
Platón entregarse a la m ed itatio m ortis, la cual debía ser, según
el magisterio socrático, el ejercicio predilecto del filósofo. Día L a m uerte está hoy ante m i
por día, a través de los miles de años de la historia egipcia, en com o el deseo qu e tiene el h o m b re d e volver a su patria
cada despuntar del sol y anticipando su declinio, el sacerdote después d e m uchos años d e cautiverio.
evocaba el análogo curso de la vida humana y su destino últi
mo, con estas palabras: De Egipto pasó Platón a Cirene, atraído esta vez por la fama
del insigne matemático y astrónomo Teodoro, en cuya compa
E l alm a — B a — se en cam in a a l sitio qu e le es fam iliar, ñía pasó algún tiempo también, aunque no tan largo, según
ten, pues, cu idado de tu m orada d e occiden te, y se cree, como en el Valle del Nilo. De allí, por último, se tras
em b ellece tu lugar en la n ecróp olis ladó a la Italia meridional y a Sicilia. Reservando, según dijimos,
p o r la rectitu d y la práctica d e la justicia, la narración de estos viajes para un capítulo posterior, nos limi
en la cual d e b e apoyarse e l corazón d el hom bre. taremos por ahora a decir que lo que buscaba esta vez Platón,
en la Magna Greda, era un conocimiento a fondo del pitagorismo
Muchos himnos como éste había en el L ib r o d e los M uertos; en todos sus múltiples y complejos aspectos: las matemáticas,
y como no podemos dejar de imaginar que Platón los habrá tanto como saber formal como en cuanto mística del número y
oído o recitado, no resistimos a la tentación de copiar algo del la armonía, y finalmente en el aspecto político, encarnado toda
siguiente: vía en aquella época en la gran figura de Arquitas de Tarento.
Por ayunos que estemos hoy de pormenores, que tanto nos
L a m uerte está hoy an te m i deleitarían, de todos estos viajes de Platón, los pocos que de ellos
com o la salud d el en ferm o ; tenemos son suficientes para revelarnos las direcciones funda
com o la salida a l aire libre después del con fin am ien to. mentales de su espíritu. Místico y filósofo tanto como matemá
tico y político, todo esto fue Platón, tan absorto en la vida
23 D i st r i bu yen do pr em i os y cast i gos en l a ot r a vi d a, según l a con du ct a de ultratumba o en la contemplación del mundo inteligible,
per son al de cad a u n o en l a vi d a t er r est r e, vem os a Osi r i s en l as i m ágen es como en esta otra vida terrestre, activa y ciudadana. En perpe
l api d ar i as d e l as t um bas egi pci as; y n o es posi bl e qu e Pl at ón no las h aya tua tensión de todos estos requerimientos estuvo siempre su
r ecor dado al i n t r od u ci r est a m i sm a i dea de l a j u st i ci a d e u l t r at u m ba en
el m i t o d el i n f i er n o q u e t r azó en el G orgias.
alma, y para satisfacerlos hizo su periplo mediterráneo, por
2i S ofista 263 e: ó n ev évr óg Tfjg ,1Qi>; aér i yv bitú -oyaz cÍv ed los lugares o en procura de los hombres que pudieran darle tan
t pcovr j;. . . variado saber. No la amorfa polimatía de los sofistas, sino la
PLATÓN Y SU ÉPOCA 29
28 PLA TÓ N Y SU ÉPOCA
de todo esto no había el menor precedente, y en esto fue Pla
sabiduría vertebrada y arquitectónica. Con ella volvió Platón,
tón, tanto o más que en su filosofía, creador absoluto. Si su ge
hacia el año 386 antes de Cristo, para dar principio, en su ciu
nio de organizador pudo fracasar en la constitución del Estado
dad natal, a un magisterio que, interrumpido apenas por sus
ideal, se manifestó en cambio, con absoluta plenitud, en la fun
infortunados viajes a Sicilia, duró aproximadamente cuarenta
dación de la primera Universidad del mundo.
años, hasta el día de su muerte.
Esto fue exactamente, sin el nombre apenas,25 la Academia
platónica: la organización metódica, en su doble aspecto de in
L a A cadem ia platón ica vestigación y docencia, del saber superior. “Lo que es el Estado
en el orden político —decía Newman— esto es la Universidad en
La calle más elegante de Atenas, en aquellos tiempos, se lla el orden de la sabiduría y de la ciencia: el poder soberano
maba el D rom os (el C orso de los italianos o la Carrera de los que protege y coordina todo saber”. En su tiempo lo fue, para
españoles), y remataba en la Doble Puerta (D ipylon), que abría
Atenas y la Grecia entera, la institución fundada por Platón, y
el camino hacia Eleusis. A la vera de él, una milla más o menos
no sólo en su tiempo, ya que la Academia platónica, aunque
de distancia de Atenas, en una propiedad con casa y jardín,
con mayor o menor prestigio, continuó existiendo como tal
que se encontraba bajo la advocación tutelar del héroe Acade- hasta el año 549 de nuestra era, cuando el emperador Justiniano
mo, fundó Platón la escuela que, por esta circunstancia, reci
ordenó la clausura de las escuelas de Atenas. Nueve siglos en
bió el nombre de Academia. Si con el tiempo, y hasta nuestros
números redondos, desde el año 386 antes de Cristo, o sea una
días, pasó a designarse con la misma voz todo centro corpora
duración que no ha sido alcanzada aún por las más antiguas
tivo de una enseñanza o investigación superior, fue debido tanto
universidades de Europa. Su historia, además, la conocemos tan
a la novedad de la institución como a su dilatada duración, y
bien, o poco menos, como la historia de la Sorbona, por ejem
de una y otra cosa conviene hacernos cargo.
plo. Tenemos la lista de todos sus rectores, llamados escolarcas,
Si hoy no reparamos ya debidamente en lo primero, es jus a partir del segundo: Espeusipo, el sobrino de Platón, a quien
to en razón de que nuestras instituciones educativas son co
éste encomendó, antes de morir, la jefatura de la escuela.
pia, en términos generales, de la Academia platónica, y tomamos
Podemos imaginarnos la Academia platónica, según lo hace
el modelo, en fuerza precisamente de la costumbre, como algo
Friedlander,24 como una composición de pitagorismo y socra-
dado de suyo, impuesto por la naturaleza de las cosas. Pero re
tismo. Es de creerse que Platón habrá podido visitar algunas
flexionemos nada más en que nunca hasta entonces había asu
comunidades pitagóricas que quedarían aún en el sur de Italia
mido la educación superior (aunque los pedagogos de primeras
después de la tragedia de Crotona, y de cualquier modo, el he
letras hayan podido tal vez tener escuelas como las de ahora)
cho es que tuvo siempre la mayor admiración por Pitágoras, a
esa forma corporativa, organizada, sedentaria, con distribución
quien llama el “líder de la educación” : rjYEptwv Trjg t o u SeIok;. A
de cursos y materias y todo lo demás, que imprimió Platón en
sus discípulos, en efecto, había comunicado Pitágoras no sólo el
su Academia. Hasta allí, la filosofía se había trasmitido o bien
saber formal, sino una religión, y en todo caso un “estilo de
por escritores y poetas solitarios, como Heráclito, Parméni-
vida”, el llamado, por sus sucesores, TtuOayópaog -rpó-rcor toü píou.
tles o Xenófanes, o por egregios vagabundos, como lo fueron
Y si comparamos ahora la escuela pitagórica con la escuela pla
Anaxágoras y los grandes sofistas (Hipias, Protágoras, Gorgias),
tónica, vemos cómo en ésta también, no menos que en aqué
o en comunidades de carácter místico-esotérico, como los pita
lla, la formación moral, religiosa y política ocupa un lugar tan
góricos, o ya en fin —y era el ejemplo más reciente— en la calle
importante por lo menos como la formación intelectual. En una
o en los gimnasios, en un vagabundeo ciudadano esta vez y
y otra, además, no se vende el saber, como lo hacían los sofistas,
sin la menor formalidad, como lo había hecho Sócrates. Pero
sino que la escuela se sostiene con contribuciones voluntarias de
una comunidad laica, por más que se rindiera el debido culto
a los dioses, al héroe tutelar Academo y a las Musas (y por esto 25 El n om br e de ít avej t u m ¡p.i ov (Un i ver si d ad ) es del gr i ego m oder n o, y
la Academia fue también el primer pouffEÍov), organizada para la n o se en cuen t r a p ar a n ada en l a l en gu a cl ási ca.
conquista metódica y racional del saber en todos sus aspectos, 2« P la to , I , 90.
30 PLA TÓ N Y SU ÉPOCA PLATÓN Y SU ÉPOCA 31
sus miembros o de extraños, particulares u hombres de Estado. lia é}x>ca, para hacer carrera y fortuna. La Academia, por el
En ciertas ocasiones llegaron a ser muy cuantiosas, pero no por contrario, era ante todo una organización del saber por el saber
esto dejaron de aceptarse. como único afán, y como su adquisición no era nunca total,
L a comunidad platónica, no obstante, difería profundamente sino siempre perfectible, bien podía uno quedarse allí indefi
de la pitagórica en el hecho fundamental de estar permeada del nidamente, y sobre todo si con el tiempo pasaba a ser también
espíritu socrático, de aquella simplicidad y falta de hinchazón, maestro de las nuevas generaciones, y colaborador, ya no preci
merced a cuyas cualidades, según dice Plutarco, pudo Sócrates samente discípulo, del escolarca. Fue el caso seguramente de
“humanizar” la filosofía.27 Sin mengua de la veneración que en miembros tan ilustres de la Academia como Eudoxio de Cnido
una y otra comunidad se tenía por el maestro, y que en ocasio y Aristóteles de Estagira, el cual estuvo allí veinte años, de los
nes podía confinar con la apoteosis, el Ip se dixit (Atho; ítpa) 18 a los 38 de su edad, y no es de creer que este genio incom
de los pitagóricos no fue jamás en la Academia la suprema ins parable, por más que su maestro fuera otro igual, haya sido, en
tancia dirimente, sino la razón, el lógos de la evidencia intelec tan amplio lapso de tiempo, simple discípulo de Platón, sino
tual. Así lo había mantenido Sócrates hasta el momento supre antes bien su colaborador más egregio, y también —¿por qué
mo: la “obediencia a la razón”, antes que a nada ni a nadie, no?— su opositor doctrinal. Todo induce a pensar, en efecto,
según lo dejó Platón consignado en sus Diálogos, sobre tocio en que desde aquellos años de convivencia cotidiana entre los dos
el Critón. filósofos, Aristóteles habrá madurado su propia posición frente
El espíritu socrático únicamente —lo más importante, por lo a la teoría platónica de las ideas, el punto de discrepancia radi
demás— era lo que había trascendido a la Academia, y no los cal, y que las objeciones que a sí mismo se plantea Platón, en
hábitos exteriores, en los cuales Platón, simplemente por su diálogos como el P arm énides, no son sino el eco de la polémica,
linaje, tenía que ser tan diferente de su maestro. Al contrario muy amistosa tal vez pero muy viva ciertamente, librada entre
exactamente de lo que hiciera Aristófanes con Sócrates y su aquellos gigantes de la filosofía. En el curso de aquellas discu
círculo, al exhibirlos en su comedia como mendigos o poco me siones, con toda probabilidad, habrá lanzado Aristóteles el gen
nos, los poetas cómicos que satirizaron la Academia: Efipo, An- til desafío que luego pasó a la posteridad como el A m icus P lato,
tífanes y otros, presentan a los platónicos como gentes finas y sed m agis am ica veritas,25
requintadas en su atuendo y en sus maneras, con elegantes san Otro aspecto muy interesante de la Academia platónica, y
dalias, mantos y bastones. Por último, y como otra nota diferen- que ha recibido diversas interpretaciones, es el de su proyección
ciadora del estado llano que fue la comunidad socrática, seña política. Hay quienes llegan a pensar que, por más que la en
lemos la división de clases, digámoslo así, que no tardó en señanza fuera allí de un nivel filosófico incomparablemente más
establecerse en la Academia, entre los “jóvenes” (vcavúncot.) y alto que con los sofistas, el designio final era exactamente el
los "ancianos” o "mayores” (upEcrpú-rEpoi,), y por encima de todos mismo: la capacitación del alumno para lanzarse a la arena
el “escolarca” (o'xoXápxTi;). política y a la conquista del poder. De nuestra parte no cree
Todo esto sucedió no tanto porque Platón lo hubiera impues mos que pueda sostenerse con tal simplismo esta equiparación,
to así desde el principio en su incipiente escuela, sino por el pues estamos convencidos de que el impulso fundamental o
curso natural de los acontecimientos. La Academia, en efecto, primer móvil era en un caso el afán de saber, y en el otro la
no era un centro de educación profesional, como las actuales ambición de poder. Pero una vez hecha esta distinción, no es
facultades universitarias, a donde se va para sacar un título
cualquiera con que ganarse la vida; y que era también, más o 23 No se h al l a con estas pal abr as en los escr i t os ar i st ot él i cos: per o segu­
menos, lo que buscaba la juventud ateniense al ponerse bajo la r am ent e q u e aqu el l a sen t enci a debi ó t om ar se, com o u n a gl osa f i el , del p a­
dirección de un sofista, cuyo título profesional, el que expedían saje de la É tica n ic o m a q u e a donde di ce Ar i st ót el es que se le h ace m uy
t uest a ar r i ba opon er se a l a t eor ía d e l as i deas, p o r ser sus defensor es am i ­
estos profesores, era la “retórica", instrumento único, en aque- gos suyos; per o qu e, si éndol e i gu al m en t e qu er i d as l a ver d ad y l a am i st ad,
consi der a com o un deber sagr ado d ar l a pr efer en ci a a l a ver d ad : ápqi ot v
2T D e g en io S ocratis, 12: Y«0 ovTOiv tpD.O'v ociiov n p o r q i av r q v ál .r jOf.iuv. E. N . 1096 a 17.
32 PLA TÓ N V SU ÉPO CA
PLATÓN y SU ÉPOCA 33
menos indudable que la Academia no se desinteresó jamás,
dad que es posible a los hombres que han alcanzado la fe
sobre toda en vida de Platón, de la cosa pública, y que sus
licidad.”29
miembros, sin excluir a su ilustre fundador, estuvieron siempre
La conversión de Hermias a la filosofía fue sincera y efec
prontos a participar en la reforma u organización de éste o
tiva. Desde luego, mitigó su tiranía en la nueva constitución
aquel Estado, con dignidad en general y más como consejeros
que dio a su pueblo, y en la cual, según dice Jaeger,30 pueden
que como actores, aunque a veces fueron gente aventurera o
reconocerse las ideas de Platón. Con Pitias, la hija de Hermias,
adocenada, como los que acompañaron a Dion de Siracusa en la
acabó por casarse, andando el tiempo, Aristóteles.
expedición de que después hablaremos. Entre los hechos prin
Lo principal de la Academia platónica, no obstante, y su ma
cipales que reflejan la influencia o actividad, o simplemente el
yor ejemplaridad, no fue su actividad ad extra, sino a d intra, el
prestigio político de la Academia y de sus miembros, citaremos
filosofar como tal, que Platón concibió y practicó, con sus dis
los siguientes.
cípulos y compañeros, como la convivencia entre amigos, con el
Platón mismo, ante todo, fue invitado por los cirenaicos para
fin de descubrir la verdad como fruto del esfuerzo común. Es
darles una legislación. Declinó este convite, como también otro
lo que declara Platón en la famosa "digresión filosófica” de la
semejante que le hicieron de Megalópolis, aunque esta vez
Carta vil, en la cual, por más que lo diga a propósito de las
envió allí a uno de sus discípulos, Aristónimo. A Elis, de donde
intemperancias filosóficas de Dionisio el joven, no hace el filó
le hicieron el mismo pedido, despachó a su ‘‘colega” Foraño,
sofo sino reflejar su experiencia personal en la Academia y sus
quien parece haber modificado la oligarquía extrema que en
métodos de trabajo. Después de decir que la ciencia del objeto
aquella ciudad imperaba. Al rey Perdicas de Macedonia, a su
“verdaderamente inteligible y real” no se encuentra ni en el
vez, le envió a Eufreo, quien exhortó a la corte a "estudiar geo
nombre, ni en la definición, ni en la percepción sensible, pero
metría y filosofía”, sin mayores consecuencias, al parecer, en
que sí hay que pasar por todas estas etapas, concluye de este
el régimen político. Otros dos académicos: Coriseo y Erasto, dis
modo: “No es sino cuando se han frotado penosamente los unos
cípulos igualmente de Platón, fueron enviados a Assos, en Eolia
contra los otros: nombres, definiciones, percepciones de la vista
(Asia m enor), donde establecieron estrechos vínculos con Her-
e impresiones de los sentidos; cuando todo se ha discutido en
mias, tirano de Atarneo. Sobre esta misión poseemos un inte
discusiones amistosas, en que la envidia no dicta ni las pregun
resante documento, la Carta vi de Platón, en que su autor pon
tas ni las respuestas, cuando viene a brillar la luz de la sabidu
dera las ventajas recíprocas que los tres: Hermias, Erasto y ría y de la inteligencia con toda la intensidad que pueden so
Coriseo, derivarán de su asociación; el primero la posesión de portar las fuerzas humanas”.31 “Y por esto —agrega a renglón
"amigos seguros y de alma sana”, lo que vale “más que la mul seguido— todo hombre serio se guardará mucho de tratar por
titud de caballos y las alianzas militares”, y los académicos, a escrito cuestiones serias, y de entregar así sus pensamientos a la
su vez, adquirirán, junto a Hermias, la ciencia de saber cómo envidia y a la incomprensión de la masa.”
defenderse de los injustos y malvados; ciencia que no pudieron Mucho quehacer han dado a los exegetas estas palabras, y
aprender “en su convivencia con nosotros, que somos gente tran
fue, por cierto, uno de los motivos de que, en cierta época, se
quila y sin malicia”. L a epístola, dirigida conjuntamente a Her impugnara la autenticidad de la Carta vn, cuando se pregun
mias, Erasto y Coriseo, termina con este bello párrafo: taban aquéllos cómo era posible que desaconsejara escribir de
"Esta carta tenéis que leerla los tres juntos siempre que fuere filosofía, “cuestión seria” por excelencia, quien se había pasado
posible, o de dos en dos lo más frecuentemente que podáis. T e
nedla como una fórmula de juramento y como una convención
29 C arta vi , 32 3d. Po r m ás q u e l a au t or ía pl at ón i ca de est a car t a no
con fuerza de ley, por la que podréis jurar en serio y en broma,
esté t an sól i dam en t e est abl eci da com o l a de l as dos si gui en t es: vn y vut ,
por ser la broma hermana de la seriedad. Y cuando lo hiciéreis, ad m i t en su au t en t i ci d ad fi l ól ogos t an r espet abl es com o VVi l am owi t z, Sou i l h é
tomad por testigo a Dios, amo de todas las cosas presentes y fu y H owal d . El p ár r af o ci t ad o r espon de, adem ás, a l a t eol ogía p l at ón i ca de
turas, y padre y señor de toda autoridad y toda causa, al cual, las le y e s .
si filosofamos verdaderamente, conoceremos con toda la clari so A ristotle, p. n . p
si C arta V i l . 3.14 b.
34 PLA TÓ N Y SU ÉPO CA

la vida escribiendo sobre estos temas. A esto se han dado mu


chas respuestas, y la más obvia parece ser la de que Platón en
su vejez, harto de días y de desengaños, pudo considerar del II. PLATÓN Y SICILIA
todo inútil lo que él mismo había escrito, ya que la Carta v i i
es expresión de su profundo desencanto después de la trágica Los tres viajes de Platón a Sicilia, según dijimos antes, deben
experiencia siciliana. Mas por otra parte (y de aquí se ha de considerarse aparte de los demás que hizo el filósofo en el curso
rivado precisamente un argumento en favor de la autenticidad de su vida, porque representan una experiencia vital o ciclo
de la carta), Platón había dejado consignado muchos años an único de incalculable trascendencia en el destino personal de Pla
tes, en el F ed ro , el mismo pensamiento, al decir que todo tón ante todo, y necesariamente, por ende, en su filosofía. Son
cuanto se escribe es apenas por “divertimiento”, pero que tra estos viajes, además, por sus peripecias y por los muchos y ex
tar en serio de comunicar la verdad por escrito, es como “es traordinarios personajes que en ellos intervinieron, de gran
cribir o sembrar en el agua, en el agua negra de la tinta”.32 Y colorido y dramatismo. De la vida de Platón, por último, es este
líneas arriba se nos dice que “del discurso viviente y animado, amplio episodio el que cuenta con la más rica literatura, en la
que se inscribe en el alma, no es el discurso escrito sino un que sobresale el relato autobiográfico del personaje central. Nin
simulacro”. guna otra de las andanzas de su vida, fuera de ésta, parece ha
Es clara la doctrina, a nuestro parecer, y perfectamente con berla consignado Platón, por escrito, en una confesión personal.
cordante en todos estos textos, aunque expresada tal vez con Con esto damos bien a entender que, siguiendo a la crítica
mayor acritud, por la amargura de la vejez, en la Carta vil. Nada moderna en lo que puede hoy considerarse su parecer unánime,
impide escribir lo que se quiera y de lo que se quiera por “di tomamos aquí como fuente principalísima, de reconocida auten
vertimiento” o “pasatiempo” (naiSidt), y con esta intención pudo ticidad, la famosa Carta vn de Platón, al lado de las Vidas
Platón haber escrito sus diálogos —¿quién se lo impedía?—, y de de Dion de Siracusa, escritas por Cornelio Nepote y por Plutarco.
estos divertimientos se ha nutrido, durante veinticuatro siglos, No es éste el lugar de historiar las vicisitudes por que ha pasado
para su educación, la humanidad pensadora.33 Por algo escogió la critica de las cartas platónicas. Para nuestro propósito actual,
Platón esta forma de diálogo, que rehuye el aire profesoral, pues baste decir que después de haber sido tenidas, en el siglo pasado,
lo que refleja, cuando es un diálogo auténtico y no un tratado todas las cartas como apócrifas (así llegó a afirmarlo Zeller,
disfrazado de diálogo, no es el magisterio del saber, sino su in después de Karsten), no tardó en sobrevenir la reacción en fa
vestigación. Lo escrito está bien para poner en movimiento el vor de su autenticidad, de algunas por lo menos, como resulta
espíritu, pero la sabiduría es un fruto vital y no un conjunto de do de las investigaciones estilísticas de Campbell, que mostra
textos escritos. Esto es el platonismo, y así debió entenderse ron la similitud de lenguaje entre ciertas Cartas y ciertos Diá
en la Academia; no que se tuviera una doctrina esotérica distinta logos.
de la exotérica que aparecía en los diálogos escritos, sino simple En el peor de los casos, según observaba John Burnet, o
mente que la filosofía es asunto de trabajo personal y en común, sea en el de que las cartas no fueran de autoría platónica, el
y la palabra hablada —cosa que ya no entendemos en nuestra dialecto ático en que están escritas demuestra que su autor tuvo
edad libresca—, más eficaz que la escrita. que ser forzosamente algún contemporáneo de Platón. Fue por
En la Academia transcurrió la vida de Platón hasta el fin, sal este camino, en suma, por el que los grandes platonizantes de
vo los intermedios de los viajes sicilianos, que merecen capítulo este siglo: Apelt, Christ, Adam, Ritter, Wilamowitz (quien
aparte. tuvo la honestidad de retractarse de su primer dictamen, que
concordaba con el de Zeller), llegaron a la conclusión de que
si bien no todas las cartas pueden tal vez considerarse como
auténticas, sí lo son, incuestionablemente, por lo menos la sép
32 F e d r o , 276 c. tima y la octava, las cuales, como anota Souilhé, son, en suma,
»3 En ef i di om a en . q u e escr i bi ó Pl at ón , h ay apen as u n a l i ger fsi m a va­
r i an t e ver bal en t r e "d i ver t i m i en t o ” y "ed u caci ó n ” : n u i Si ú -i t at óeía.
“las más importantes; las que presentan mayor interés para el
[35]
36 PLATÓN Y SIC ILIA PLA TÓ N Y SIC IL IA 37
conocimiento de Platón y de su carácter, métodos y doctrina ’.12 dios años, la fortaleza del helenismo, en el mejor sentido del
Concedido, desde luego, que en esas cartas hay ciertos elemen término, en la Magna Grecia.
tos, sobre todo desahogos tetnperamentales, que no se encuen Arquitas, además, por sus cualidades personales de estadista
tran por lo común (pues tampoco están excluidos en abso y matemático, como cumplido pitagórico, parece haber sido
luto) en los Diálogos; pero esto no es una razón para tener esas realmente un personaje extraordinario. Por siete veces, y no
expresiones por “indignas” de Platón, antes bien es una con obstante estar prohibida la reelección por la constitución de
firmación más de que nos las habernos con un hombre de Tarento, gobernó su ciudad natal como strategós a a to crá to r,
cante y hueso, y no con un “pensador”, así restrictivamente, ni más ni menos que Pericles, y como él también, con la auto
en todos los momentos de su vida. Cicerón, Cornelio Nepote y ridad absoluta que le daba no la fuerza, sino su sabiduría.
Plutarco, que fueron tipos muy “distinguidos”, no se arredra Cualesquiera que hayan sido las circunstancias concretas
ron en lo más mínimo por esas cosas para tener todos ellos por que llevaron a Platón, en el curso de sus peregrinaciones, a
auténtica, como la tuvieron, la Carta va. Por lo demás, no hacer su visita a Tarento y a su esclarecido gobernante, los
deja de ser extraño cómo estos críticos modernos, después de motivos psicológicos, por todo lo que sabemos de Platón, son
hacerle ascos al lenguaje de la Carta, en lo que tiene de más bien patentes. Le hostigaría, por una parte, el deseo de entrar
privativamente personal, pasan por alto, al parecer, la famosa en contacto vital, en sus últimos representantes, con el pensa
“digresión filosófica”,- que es por cierto algo de lo más alto miento órfico-pitagórico, en el que entraban tanto la ciencia
que Platón escribió, y en perfecta armonía, como lo mostra como el misticismo, y que, por su creencia en la inmortalidad
remos en su lugar, con sus más profundas concepciones. Y del alma, respondía tan bien a los anhelos ultraterrenos o de
después de ésta que podríamos, a nuestra vez, llamar la digre pura espiritualidad que le animaron durante toda su vida.
sión filológica, entremos de lleno en los viajes sicilianos de Y en segundo lugar, por el lado de la vida activa, de la política
Platón. —digámoslo sin reticencias— que estuvo igualmente, y con la
misma fuerza, en el ideario y la preocupación de Platón, parece
P rim er viaje indudable que éste creyó ver, en Arquitas de Tarento y en la
ciudad por él administrada, la realización de su gran sueño;
Suele ubicarse, cronológicamente, hacia el año de 387, cuantío la conjunción o alianza entre sabiduría y poder, la única que
Platón, por tanto, andaría por la cuarentena. A dicho de Cor hará posible la felicidad de la ciudad temporal.
nelio Nepote,3 la ocasión del viaje fue la visita que Platón hacía Que todo lo anterior está muy lejos ele ser lucubraciones nues
por entonces a Arquitas de Tárenlo, tras, nada lo demuestra mejor que la confesión del mismo
En esta ciudad, edificada alrededor de la antigua ciudade Platón, cuando nos dice que: “Con este pensamiento llegué
la de Taras, en el extremo sur de Italia, allí donde el Mar a Italia y a Sicilia cuando fui allá por la primera vez.” 4 ¿De
Jónico baña el talón de la bota, habían encontrado su princi qué pensamiento se trata? Pues sencillamente del que, en las
pal refugio los miembros que quedaron de la comunidad pi líneas inmediatamente anteriores de su epístola, estampa el
tagórica, después de la matanza de sus jefes en Crotona, una filósofo en estas palabras:
de las tragedias más estremecedoras del mundo antiguo. A la “No cesarán los males para el género humano mientras no
austera disciplina del pitagorismo atribuyen los historiadores llegue al poder político la raza de los puros y auténticos fi
el que Tarento no haya sucumbido, como su vecina Síbaris, lósofos, o mientras los que tienen el poder en las ciudades,
a la sensualidad y la indolencia. Por el contrario, fue, por mu- movidos de una gracia divina, no se pongan seriamente a filo
sofar.” 5
1 Pl at ón , O eu v res c o m p lete s, ed. L e s lie llc s L ettres, Par ís, 1926, t. M i.
iere p a r tie , p . M I .
2 C a rta V H , 342 a-344 d. < C arta V I I , 326 b.
s D io n , 3: " . . . c u í n Pl al on cm Tar en t u m veni sse f am a i n Si ci l i am cssi.t 3 Con li ger as var i an t es ver bales, r epr od u ce el m ism o pen sam i en t o el céle­
p crla ta . . . ” bre p asaje de l ,a R e p ú b lic a (V, 473 d), don de i gu al m en t e post u la Pl at ón la
PLA TÓ N Y S IC IL IA 39
38 PLA TÓ N Y SIC ILIA

Platón) supieron atraer a la corte siracusana a los mayores ta


Hoy son éstos, si podemos decirlo así, lugares comunes del
platonismo; y al pensamiento en ellos contenido se le mira lentos de la época. Huéspedes de Hierón, en efecto, fueron Es
comúnmente como un sueño generoso, pero de cumplimiento quilo (cuya tragedia L o s Persas fue representada en Siracusa),
imposible. Mas en aquel momento tenía toda la fuerza de la Píndaro, Simónides y Baquílides.
Después de muchas vicisitudes que no es preciso mencionar,
aurora; la intrepidez de aquella filosofía —Platón no era por
cierto el caso único— para la cual todo en absoluto: el universo Siracusa llegó inclusive a ser victoriosa de Atenas, en la guerra
del Peloponeso, gracias desde luego a la ayuda de Esparta, pero
y la vida humana, podía someterse de algún modo a cánones ra
cionales. Fue el día en que, como decía Ortega y Gasset, “los también a la energía de su defensor Hermócrates. Este Her-
mócrates fue luego desterrado al restablecerse en Siracusa la
griegos se volvieron locos con la razón”.
Con todo esto, bueno será tener en cuenta, sin embargo, la democracia, pero muy pronto se añoró su presencia, ya que,
importante restricción, hecha por Platón mismo, de que la apa imperando el régimen democrático, Cartago, el enemigo heredi
rición del rey-filósofo, o del filósofo-rey, caso de darse alguna tario, volvió de nuevo sobre la isla, destruyó Sel inunte e Hi-
vez, no podrá ser sin una especial gracia, favor o dispensación mera, y se apoderó de Agrigento. Hermócrates, entonces, des
divina: 0eía qoípa, según dice el filósofo. No lo remitía, pues, pués de haber combatido con sus propios recursos a los car
todo, ni mucho menos, al arbitrio de la educación, sino que tagineses, encontró la muerte al intentar volver a Siracusa por
comprendía muy bien que, en última instancia, dependía todo la fuerza; y fue en ese momento cuando uno de sus jóvenes
del querer divino.6 lugartenientes, Dionisio, se hizo nombrar estratego, y después
Si Platón encontró o no en Arquitas aquella soñada coinci estratego único, hasta acabar finalmente por concentrar en su
dencia, no lo dice en ninguna parte. Lo seguro es que, cuan persona todo el poder.
do de Tarento pasó a Siracusa, sabía muy bien que iba a en En el año 387, cuando le visitó Platón, llevaría Dionisio al
contrarse con un iefe de Estado: Dionisio I, en quien la filo rededor de diecisiete años de tiranía, durante los cuales había
sofía no había hecho hasta entonces ninguna mella, pero que acabado por relegar a los cartagineses a la extremidad occiden
era, con todo, una personalidad extraordinaria. Para compren tal de Sicilia; había puesto la isla, casi en su totalidad, bajo
derla, ubiquémosla en su momento histórico y en la tierra que la dependencia de Siracusa, y había extendido sus conquistas
fue el teatro de su acción. hasta la Italia meridional. ¥ fue precisamente en este cénit
Dionisio I, o Dionisio el Viejo, es la culminación de una de su prestigio cuando Dion, el joven cuñado de Dionisio, y
serie de brillantes tiranos de Siracusa, a los que, después de que era, no obstante su temprana edad, algo así como su pri
todo, debe gratitud la historia, por el simple hecho de haber mer ministro, invitó a Platón —que se hallaba tan cerca, en
rechazado, antes que Roma, la invasión de Cartago. Ellos, los Taiento— a visitar la corte de Siracusa. De parte de Platón,
griegos del Oeste, hicieron en esto algo semejante a lo que hi como hemos dicho, no es creíble que pensara como algo posi
cieron los griegos del Este en las guerras médicas: unos y otros ble la conversión completa a la filosofía de un tirano tan arrai
representaron incuestionablemente la lucha de la civilización gado en la tiranía; pero sí podemos suponer que le lisonjeara la
contra la barbarie. idea de sembrar la buena semilla, si no en el mismo Dionisio,
Dos hermanos: Gelón y Hierón, ambos tiranos de Siracusa, sí en Dion, ciertamente, que un día u otro podía llegar al su
hirieron así de esta ciudad, por sus guerras victoriosas contra premo poder en Sicilia. Dionisio mismo, además, si no tocado
Cartago (contra Etruria también, pues hasta Italia llevaron sus precisamente del amor a la sabiduría, no era ajeno al culto de
arm as), hicieron de Siracusa, decimos, la principal ciudad de las musas. En medio de sus empresas políticas cultivaba la poe
Sicilia. Por último (y sin esto no se comprenderían los viajes de sía, y con tan grande afán, que año con año aspiraba al triun
fo, con sus dramas, en el festival de Atenas. Su vanidad li
u n i ón , en el m i sm o su j et o, d e poder y sabi d u r ía: e I ? xavzóv oupi t éon, 6ú va- teraria era tan grande, que el poeta Filoxeno, a lo que se decía,
| ú ? t e noXi Tixri x o l tpiXoootpío. había sido condenado a trabajos forzados en las canteras de
« “ Jen e Koi n zíden z i st u n d bl ei bt Sach e Got t es” . Er n st H of f m an , P la tó n ,
Sicilia por haber externado su desaprobación de la poesía de
Zü r i ch , 1950, p . 45.
40 PLATÓN Y SIC ILIA PLATÓN Y SIC ILIA 41
Dionisio. Un día se le permitió volver a la corte a oír recitar muchos años antes, había vivido en aquella isla Aristón su
la última composición del tirano; y no bien la hubo escuchado padre (y Platón mismo, según dijimos, pudo haber nacido
cuando exclamó: “¡Que me vuelvan a las canteras!” Dionisio, allí), mientras subsistió la efímera colonia fundada en Egina
entonces, rió de buena gana y perdonó al que tan alto apre por Pericles. ¡Qué contraste entre aquellos recuerdos felices y
ciaba su honor de hombre de letras. la amarga realidad actual de verse ofrecido en el mismo sitio,
Con estos antecedentes, no debe sorprendernos lo que le su como vil mercancía, al mejor postor!
cedió a Platón, cuando invitado solemnemente a dar una con Pocas veces habrá sido la Providencia (que velaba por Platón,
ferencia en presencia del tirano y su corte, se desarrolló la es v después de él, y mediante él, por la civilización de Occidente)
cena que nos narra Plutarco: tan visible como en aquel trance. Por allí, en efecto, y en
“En esta reunión --dice—, en que el tema general fue la vir aquel momento, acertó a pasar el acaudalado Aníkeris de Ci-
tud del varón, y la discusión versó principalmente sobre la rene, uno de los cofundadores, bajo la dirección de Aristipo,
valentía (ávSpda), manifestó Platón que, entre todos los hom de la escuela cirenaica, y quien parece haber conocido a Platón
bres, los menos valientes eran los tiranos; y en seguida, abor cuando éste fue a Cirene, atraído por el geómetra Teodoro.
dando el tema tle la justicia, sostuvo que a vida del justo era Al punto ofreció Aníkeris la elevada suma de treinta minas
bienaventurada, y desdichada, a su vez, la del injusto. El que se pedía por el rescate del ilustre cautivo, con lo que éste
tirano, entonces, sintiendo ser él mismo el reprendido, no pudo pudo al fin volver a su ciudad y a los suyos. Poco después
llevar estos discursos, y se irritó, además, de que los asistentes fundaba la Academia y se entregaba de lleno, en el acmé de su
admiraran al orador y estuvieran hechizados por sus palabras. vida y con la experiencia de toda índole adquirida en sus via
Poseído, al fin, de una vehemente cólera, preguntó al filósofo jes, a la especulación y al magisterio. Aníkeris también, a lo
que con qué intención había venido a Sicilia; y habiendo con que se cuenta, fue quien compró el terreno y el huerto que
testado Platón que con la de buscar un hombre virtuoso, replicó se pusieron bajo la advocación tutelar del héroe Academo y de
el tirano: 'Pues parece, por los dioses, que no lo has encon las Musas. En los años de quietud y solaz que allí pasó, debió
trado.’ ” 7 Platón, más de una vez, haber recordado aquel infausto viaje
Menos mal si todo hubiera parado allí; pero Dionisio no siciliano como una pesadilla que había pasado para siempre.
habría sido el hombre de acción que fue si no hubiera pasado,
en esta ocasión también, de las palabras a los actos. Hizo, en Segundo viaje
efecto, lo más vil, que fue saciar su despecho mediante la en
trega que hizo de Platón al embajador espartano Polis, quien Pero no iba a ser así. Veinte años después de aquel primer
en esos días se aprestaba a zarpar de Siracusa, con destino a viaje y de la fundación de la Academia, o sea en 367, moría
su patria. Polis, según parece, recibió de Dionisio la comisión Dionisio I, víctima de la eufórica embriaguez con que celebró
secreta de matar a su prisionero en el camino, o por lo menos su triunfo literario, cuando al fin, después de incontables años
venderlo como esclavo. Esto último fue lo que llevó a efecto de esfuerzos, obtuvo en Grecia el primer premio con su tra
Polis, por humanidad tal vez. Podemos imaginar la terrible gedia “El rescate de Héctor”.8 Y no bien hubo fallecido el tira
sorpresa de Platón cuando, al doblar la trirreme el Golfo no cuando Dion, su cuñado, y quien siguió manteniendo con
Sarónico y ver de nuevo el cautivo, en lontananza, las mon Dionisio II el alto ascendiente que tenía con su padre, juzgó
tañas del Ática, se encontró con que, en lugar de dirigirse al
s Ést e fue, al par ecer , el ori gen de l a ú lt i m a en fer m ed ad de D i on i si o,
Pirco, atracaba la nave en la isla ele Egina, entonces aliada de aun que Cor n eli o N epot e dice qu e fu e D i on i si o su h i jo qu i en p r eci p i t ó, si
Esparta, y por tanto en guerra con Atenas. Allí fue desembar no es qu e ver d ader am en t e causó la m u er t e de su padr e, h aci én d ol e i n ger i r
cado Platón sin mayores miramientos, para ser expuesto luego, un fu er t e narcót ico, par a evi t ar que D i on p u d i er a h ab l ar con el paci en t e
como uno de tantos, en el mercado de esclavos. En otro tiempo, sobre los der ech os sucesorios de los ot ros h i jos de D ion i si o el V i ejo y so­
br in os de D i on , com o después expli car em os (C. N . D io n , I I ). D e ser esto
verdad, se com pr en de luego cuán poco dispuest o d eb ía est ar par a l a sab i ­
7 O io n , V. d u r ía y la vi r t u d qu i en com enzaba su car r er a pol ít i ca por un p ar r i ci d i o.
42 PLATÓN Y SICILIA PLA TÓ N Y SIC IL IA 43
ser la ocasión propicia, excelente mejor dicho, para que Platón siguieron, pareció haber habido, por la virtud carismática de la
volviera a Siracusa, en condiciones que parecían ser las me sola presencia de Platón, una mudanza completa en las costum
jores para la reforma moral del reino. bres: sobriedad en los festines, modestia del tirano, y por feliz
Dion de Siracusa fue por cierto la mayor conquista espiri remate de todo, un “entusiasmo general por las letras y la fi
tual de Platón en su primera visita a Sicilia; el único fruto losofía”. Así lo dice Plutarco, quien agrega, no sin cierta sorna,
tangible de aquel viaje en lo demás frustrado. En el alma juve que el palacio estaba lleno de polvo, debido a la multitud de
nil de Dion fructificó espléndidamente la semilla sembrada por cortesanos que trazaban figuras geométricas en la capa de arena
Platón, como lo declara este mismo. “Dion —dice— de fácil per que al efecto se había depositado sobre el suelo.11 Muy al pie
cepción en todo y, con respecto a mis lecciones, me compren de la letra, por lo visto, habían tomado estas gentes aquello
día con una rapidez y un ardor como ninguno de los jóvenes de que la geometría es la propedéutica de la filosofía. L a corte,
con quienes he topado después; y resolvió vivir el resto de su en suma, platonizaba de lo lindo.
vida de manera diferente que la mayoría de los italianos y Pronto, sin embargo, comenzaron las cábalas e intrigas. El
sicilianos, haciendo más aprecio de la virtud que del placer partido opuesto a Dion, acaudillado por Filisto, halló el modo
y los demás modos de molicie”.9 Caso excepcional, sin duda, de calentarle la cabeza a Dionisio, con la especie de que la
en la Siracusa de aquel tiempo, donde, como lo dice el mismo venida de Platón no significaba, en el designio de Dion, sino
Platón, el día se iba en banquetes, y nadie dormía solo por la el principio de una conspiración enderezada, primero, a reducir
noche.10 al tirano a la impotencia política, por el influjo deletéreo de la
Considerando, por último, la buena disposición en que apa filosofía, y últimamente a deponerlo, para poner en su lugar a
rentemente estaba Dionisio el Joven, de recibir una adecuada uno de los hijos de Aristómaca, hermana de Dion. Conviene
educación política y filosófica, creyó Dion, en suma, que esta vez recordar, en efecto, que Dionisio I había tenido simultáneamente
sí se les deparaba, a él y a Platón, una “suerte divina” (0eía dos esposas: Doris, madre de Dionisio II, y Aristómaca, cuyos
•rúXT)) que por motivo alguno podían desaprovechar, para im hijos, por lo mismo, habían sido excluidos de la sucesión. Por otra
plantar la “vida verdadera y feliz”, y que por esto Platón, no parte, Dion mismo, aparte de haber sido, por parte de Aristóma
obstante ser ya sexagenario, debía de nuevo trasladarse a Sici ca, cuñado de Dionisio I, había llegado también a ser su yerno, al
lia. Al describimos estas consideraciones con todo pormenor, casarse con una de las hijas que el tirano había tenido de Doris,
agrega Platón que a él también, por su parte, le hacía mucha su otra esposa; por lo cual podía reivindicar él mismo: Dion y no
mella la reflexión de que, en caso de desoír la invitación que se sólo sus sobrinos, el supremo poder a la muerte de Dionisio.
le hacía, mostraría ante todos que no era él mismo sino una “mera Excitadas de este modo las sospechas de Dionisio II, llegó
voz” (Xóyog píivov), sin la energía necesaria para pasar de la pa a su clímax la intriga cuando Filisto puso en sus manos una
labra a la acción. Es una confesión preciosa que nos prueba, por carta de Dion a los cartagineses (y que Filisto había sabido in
si no estuviéramos de ello convencidos, que a Platón no le aban terceptar, o de cualquier modo procurársela), en que les decía
donó jamás, todo lo noble y pura que queramos suponerla, la que no fueran a tratar de la paz con Dionisio sino mediante
pasión política, el afán irreprimible de organizar en algún sitio, él: Dion, por ser el solo y eficaz conducto para que todo tuviera
si ya no en su propia patria, la vida perfecta que había delinea arreglo completo y satisfactorio. Acto seguido, tuvo lugar la
do en la R ep ú b lica . escena que Plutarco nos ha descrito así:
Aceptado, pues, el envite, todo pareció sonreírle al filósofo a “Con el pretexto de que quería llegar con él, en lo privado,
su desembarco en Sicilia. En un carro suntuosamente adornado a una reconciliación amistosa, llevó Dionisio a Dion, al pie
fue llevado de su trirreme al palacio real, y el tirano ofreció de la Acrópolis, hasta la playa. Luego de mostrarle la carta,
a los dioses un sacrificio en acción de gracias. En los días que le echó en cara el estar conspirando con los cartagineses contra
él. Dion trató entonces de justificarse, pero el tirano no se lo
• Carta VII, 327 a.
1® Ibid., 326 b. 11 Dion, X III.

!J!
44 PLA TÓ N Y S IC IU A PLATÓN Y SIC ILIA 45

permitió, sino que inmediatamente, así como estaba, le hizo lia “armonía interior”, aquel “dominio de sí mismo” que
abordar un esquife, y ordenó a los marineros llevarlo a la costa Platón reclamaba de él como la primera condición para todo
italiana.” 12 ulterior programa de estudios o de gobierno. Finalmente, al es
Con razón se ha comparado esta situación 13 con la que Ra- tallar de repente una guerra que le obligaba a una larga au
cine pintó magistralmente en su Britunnicus. Una vez que Nerón sencia, consintió Dionisio en la liberación de su amado y sufrido
se deja persuadir de que Agripina aspira a derrocarlo, para poner huésped, mejor dicho su prisionero, a quien aquél prometió,
en su lugar a Británico, está resuelta en su ánimo la muerte de además, que haría repatriar a Dion así que acabara la guerra.
ambos. A diferencia de Nerón, Dionisio se contenta con el des A mediados de 365 estaba Platón de regreso en Atenas, termi
tierro de Dion, y le deja no sólo la vida, sino el disfrute de nando así su segundo viaje siciliano, tan desastrado como el
su inmensa fortuna, con lo que Dion podrá llevar, en los largos primero.
años de exilio que le aguardan en Grecia, una vida principesca.
Privado así de su más cierto amigo y protector, pasó Platón T ercer viaje
por las más extrañas e impensadas peripecias. Será mejor dejar,
una vez más, la palabra a Plutarco: Pocos años duró el sosiego de que pudo disfrutar Platón, en
‘‘En cuanto a Platón —dice— se lo llevó luego Dionisio a tregado de nuevo a sus labores en la Academia; y lo que le
la Acrópolis, donde bajo la apariencia de una amistosa hospita aconteció luego es una nueva confirmación de que ningún
lidad, le puso una guardia, a fin de que no pudiera irse con Dion hombre, por independiente que pueda ser en apariencia su
y dar testimonio de la injusticia del tirano. Y una vez que con situación, puede escapar en cierto momento a la presión de
el tiempo y el trato se hubo acostumbrado Dionisio a su com las circunstancias. Platón, el aristócrata de Atenas, el primer
pañía y conversación, del modo que una fiera aprende a tener pensador y escolarca de su tiempo, cayó, una vez más, en la
trato con los hombres, concibió por él un amor tiránico (epwg red de intrigas que supo tenderle el atormentado y voluntarioso
Tupavvixóg), exigiendo que a él solo le amase Platón y le admi señor de Siracusa.
rase más que a todos; y aun se mostró dispuesto a confiarle En aquella “pobre alma”, en efecto (es Platón mismo quien
la administración de la tiranía, con tal que Platón lo amase, a su así la define), seguían hirviendo las pasiones más mezquinas,
vez, más que a Dion. Ahora bien, esta pasión fue una calamidad las más propias de la mujer que del varón: los celos y la vani
para Platón, pues el tirano, al igual que todos los amantes des dad. Los celos, por la parte de Dion, quien había establecido su
dichados, enloquecía de celos, y en un punto y a menudo pa residencia en Atenas, donde llevaba una vida de gran señor
saba con él de la cólera a la reconciliación.” 34 y compartía ilustremente, como mecenas y como filósofo, los
De mano maestra, por cierto, está pintada en este pasaje trabajos de la Academia. De todas las ciudades de Grecia recibía
aquella naturaleza de Dionisio el Joven: enfermiza inestabili continuamente distinciones de todo género, y la misma Esparta
dad, complejos de inferioridad de toda especie, de quien quería —honor sin precedente— llegó a otorgarle el derecho de ciuda
a todo trance, y con tan mísera condición, imponerse en todo danía. Dionisio podría reinar en Siracusa, pero en el mundo
por sí mismo: en el gobierno, en el amor y en la filosofía; todo espiritual helénico reinaba Dion. Dionisio, claro está, no tenía
lo contrario, en suma, del carácter entero y de una pieza, hasta sino que llamarlo de nuevo a Siracusa, y Dion habría accedido
en su desmesura y su soberbia, de Dionisio el Viejo. Fue en vano gustosísimo; pero allí mismo recelaba el tirano la popularidad
que Platón, como nos lo cuenta él mismo, se esforzase por cana intelectual y política de su brillante rival. En estas circunstan
lizar aquella pasión hacia la vida filosófica y virtuosa: “venció cias, debió de parecerle a Dionisio que lo mejor sería traer no
él —nos dice— con su resistencia.” 15 Jamás pudo adquirir aque a Dion, sino a Platón, la luminaria mayor de la Academia, con
cuya falta se ensombrecerían más o menos todas las demás,
les Oion, XI V.
y en segundo lugai-, y no lo menos importante, tener al filósofo,
13 Geor ges M éau t i s, P la tó n v iv a n l, Par ís, 1950, p. 52.
n D ion , X V I .
i s C a rta V I I , 330 b. Ibid. 331 d y 332 d.
46 PLA TÓ N Y SIC IL IA PLA TÓ N Y S IC IL IA 47
so capa de hospitalidad, en realidad como un rehén cuya cus de todas partes: italianos, sicilianos y atenienses, como lo dice
todia impediría a Dion lanzarse francamente (como en efecto él mismo, le hacían tantos y tan diversos cargos de conciencia;
sucedió más tarde) a la conquista del poder en Siracusa. Que cuando de su abstención podía resultar, si no la ruina de un
éste era el plan oculto del tirano, se deduce claramente de lo Estado, por lo menos la de sus amigos más fieles y más queridos?
que, sobre los motivos psicológicos de su invitación a Platón, nos Pocos momentos habrá habido, sin duda, tan patéticos en la vida
cuentan este mismo y Plutarco. de Platón. Allá va de nuevo, casi septuagenario (es el año de
En las mismas fuentes está el otro motivo concurrente con el 361), a apurar el último cáliz, el más amargo.
de los celos, o sea, el de la vanidad. L a filosofía como vanidad, Pasados, en efecto, los primeros festejos, no tardó en desva
la peor de sus deformaciones, era, según todas las apariencias, la necerse la esperanza, por muchos mantenida, de que, como dice
que cultivaba Dionisio; y siendo asi, necesitaba a todo trance Plutarco, pudiera Platón triunfar sobre Filisto, y la filosofía
el reconocimiento de Platón para darle, frente a todos y sin sobre la tiranía. Pues en primer lugar, en lo que hace a la
discusión, beligerancia filosófica. Si Platón llegaba a aprobar filosofía, Platón pudo luego comprobar por sí mismo cuán sin
el tratadillo filosófico que el tirano había osado escribir, no fundamento era lo que le habían contado sobre los maravillosos
habría más que pedir y todo estaría en su punto. Por último, progresos (así lo afirmaba nadie menos que Arquitas) que
cabe incluso la posibilidad (Plutarco la admite) de que Dionisio Dionisio habría hecho en todas las ciencias, hasta la más alta.
estuviera sinceramente arrepentido de no haber sabido aprove Nunca pudo Dionisio —y esto era por ventura lo más importan
char, la primera vez, las enseñanzas de Platón, y que con la te— avenirse al duro trabajo, al régimen de todos los días,
misma sinceridad, por lo tanto, quisiera de nuevo tenerle con que con estos precisos términos le señalaba P latón18 como la
sigo. Todo es posible, hasta el amor de la sabiduría, en estas propedéutica vital de toda filosofía que debe ser esto ante todo:
naturalezas tortuosas y complicadas. Todo pueden recibirlo, pero estilo de vida, antes que saber conceptual. En lugar de esto, y
siempre, según el adagio escolástico, al modo del recipiente. sin renunciar en nada a la vida voluptuosa siciliana, Dionisio se
“Como tirano que era —dice Plutarco, resumiendo la situa comportaba como todos los que se contentan con un barniz
ción—, extravagante en sus deseos y obstinado en todo cuanto de doctrinas ajenas, tan efímeras como el tinte que reciben
emprendía, lanzóse Dionisio a la conquista de Platón; y sin de en su piel los que han tostado su cuerpo al sol.19 "Dionisio —si
jar palanca que no moviese, persuadió a Arquitas y a los pita gue diciendo Platón— se jactaba de saber muchas cosas y las
góricos a hacerle venir, constituyéndose en garantes de su segu más sublimes, y creía tener de ellas una información suficiente
ridad.” 17 Por último, y según sigue narrando el mismo histo por lo que había oído de labios ajenos.” 20 Nunca pudo enten
riador, Dionisio envió directamente a Atenas una trirreme, cuyo der que la filosofía no es un haz de nociones prefabricadas,
capitán o embajador llevaba varias cartas. Una, de Dionisio a sino fruto vital del espíritu, “como la llama que brota de la
Platón, en que le decía que Dion alcanzaría cuanto pidiese con chispa y crece luego por sí misma”. Es la imagen de que se
tal que Platón embarcara luego con destino a Sicilia; pero que, sirve Platón en la larga digresión filosófica de la Carta vn,
de lo contrario, no sólo subsistiría el destierro de Dion, sino de la que hablamos en el capítulo anterior. Por lo pronto, ha
que se usaría con él —si no en su persona, sí en sus bienes y en gamos constar el desencanto que recibiría al darse cuenta de la
sus familiares— de todo el rigor. Dion, a su vez, recibió cartas miseria intelectual y moral de su supuesto discípulo, y el poco
de su esposa y de su hermana, en que le rogaban influir en o ningún aprecio en que habrá tenido el opúsculo filosófico
Platón para que accediera al convite, o mejor dicho a la intima con que Dionisio quiso deslumbrarle, y por él o a través de él,
ción del tirano, para precaver su ira, con todas sus consecuen a los círculos culturales de la época. Por último, y ya que no
cias, que traería la repulsa. había ido allí como uno de tantos cortesanos aduladores que
¿Qué otra cosa podía hacer Platón sino embarcarse, cuando de
tal suerte se veía envuelto en tantas intrigas políticas; cuando
18 jióvos í^-útos «o í b í a i x a r\ xa0’ í)(ié(iav.. . C a rta VII , 340 e.
í b i d . 340 d.
■it Dion, XVIII. 20 I b id . 341 b.
PLA TÓ N Y SIC ILIA 49
48 PLATÓN Y SIC ILIA

naban bien— que si alguna vez, por obra de la filosofía, se


rodeaban al tirano, Platón da a entender suficientemente ha
mudara el poder tiránico en poder constitucional, la conse
berle expresado a aquél, con toda franqueza, su opinión sobre
cuencia inmediata había de ser el licénciamiento de la tropa
todo ello: el hombre mismo y su producción intelectual.
advenediza, cuya única razón de ser estaba en servir de soporte
No sabemos con toda precisión qué fue antes y qué fue des
a la tiranía. De aquí que estos matarifes pensaran seriamente
pués; pero del relato de Platón puede colegirse, a lo que nos
en liquidar al filósofo, hasta el cual llegaron varias veces, como
parece, que el despecho que concibió Dionisio, al verse de tal
lo cuenta él mismo, amenazas de muerte.
modo herido en su vanidad filosófica, fue la causa que le
En tan crítica situación, Platón hizo lo que debía hacer,
hizo precipitarse (por más que en cualquier hipótesis hubiera
que fue escribir a Arquitas, su poderoso amigo, pidiéndole su
al fin llegado a esto) a herir a su vez a Platón en lo que más
amparo en trance tan angustioso. No sabemos cómo pudo salir
podía afligirle, que era en lo tocante, por cualquier aspecto,
este mensaje y llegar a su destino, pero lo cierto, y lo impor
a su amigo Dion. Lejos de levantarle, en efecto, el destierro
tante, es que Arquitas, consciente de la grave responsabilidad
que le había impuesto, decretó Dionisio la confiscación o por
que le cabía en todo este asunto, por lo que antes dijimos, res
lo menos el secuestro de sus bienes, con lo que los procurado
pondió velozmente y según convenía. Dándole otro color, pero
res de Dion no pudieron enviarle más los productos de aquéllos.
en realidad para reclamar la persona del ilustre prisionero, des
Ante este acto patente de perfidia, protestó Platón, en presen
pachó Arquitas una embajada oficial de Tarento a Siracusa.
cia del tirano, por el incumplimiento de sus más solemnes com
Así que hubo llegado, el jefe de la misión, Lamisco, se aper
promisos, y que habían sido, además, la condición misma de la
sonó con Dionisio, y en nombre de su soberano demandó la li
venida de Platón a la isla. Siguiéronse luego largas y enojosas
bertad y el regreso de Platón. Dionisio comprendió bien que
negociaciones, y al fin acabó Dionisio por aceptar el levanta
su repulsa podía plantearle hasta un casus b e lli con Tarento,
miento del secuestro, a condición de que Dion transfiriera su
y no le quedó otra salida que autorizar la de su forzado hués
domicilio de Atenas al Peloponeso, desde donde no podría bri
ped. Hasta le costeó, según se dice, los gastos de la travesía, con
llar tanto, y sería, en todos sentidos, menos peligroso para
tal de no malquistarse con Arquitas. Como una coda irónica,
Dionisio. La otra condición era la de que en ningún caso po
añade Plutarco que como, en el momento de la despedida, le
dría disponer del capital, sino tan sólo de los intereses. Como
dijese Dionisio a Platón, entre veras y bromas, que sin duda
era natural, Platón contestó que no tenía facultades para acep
iba a ser él, Dionisio, objeto de muchas acusaciones en los
tar estas propuestas en nombre de Dion, sino que era preciso
coloquios de la Academia, el filósofo le contestó sonriendo:
dárselas a conocer y esperar su respuesta.
“Que los dioses impidan que llegue a haber en la Academia
Así pasó el tiempo, y entretanto se agriaron cada día más las
tal escasez de tópicos de discusión, como para que necesite al
relaciones entre Platón y Dionisio, por una serie de incidentes
guien acordarse de ti.” S1
palaciegos que no es del caso relatar, y cuyo resultado fue que
Dionisio llegara a creer —o que por lo menos lo aparentara— que
Platón se había confabulado secretamente con sus enemigos. T riu n fo y tragedia de D ion
Entonces sobrevino la ruptura. Con el pretexto de tener necesi
Tampoco esta vez, empero, los dioses escucharon su voto;
dad de mayor espacio para ciertas ceremonias religiosas, Dio
porque si bien habían terminado para Platón, ahora sí de
nisio expulsó a Platón del palacio y lo relegó al cuartel de los
finitivamente, sus andanzas sicilianas, no iba a caer sobre ellas
mercenarios, de cuyo contingente se escogía la guardia personal
tan pronto el bienhechor y deseado olvido. Le quedaba aún
del tirano, quien, por lo visto, no se fiaba para nada de sus
por apurar lo más amargo tal vez, por afectarle no a él mismo,
conciudadanos. Ahora bien, entre esta mala gente, siempre dis
sino a Dion, su amigo del alma. Y por esto también, no po
puesta a todo, no sólo pasó Platón incomodidades y malos tra
demos dejar de relatar sumariamente los acontecimientos que
tos, sino que su vida misma acabó por verse en verdadero
peligro. Para los mercenarios, en efecto. Platón era el “enemi
21 D i u n , XX.
go”, ni más ni menos, ya que preveían ellos —y en esto razo
50 PLATÓN V SICILIA PLA TÓ N Y SIC IL IA 51
siguieron hasta la muerte de Dion, porque pertenecen tam reis hacer el mal, llamad a otros.” 23 En pocos pasajes como
bién a la experiencia intima de Platón, a pesar de su inacción en éste hallaremos tan perfectamente retratada el alma extra
real, y forman así parte del ciclo entero de sucesos y viven ordinaria de Platón. Son sentimientos precristianos, a dedr
cias, de tan tremendo impacto en su vida. verdad, de perdón y de olvido, como no los encontramos, con
Según nos cuenta él mismo, Platón, de regreso a su patria, la sola excepción de Sócrates, en ningún otro hombre de aque
se dirigió primero al Peloponeso para asistir, en Olimpia, al llos tiempos.
festival del año 860. Allí se encontró con Dion, quien había Otros muchos atenienses, en cambio, algunos de ellos miem
ido también a los juegos olímpicos, y que impuso luego a su bros de la Academia platónica, se aprestaron alegremente a to
amigo de las últimas y funestas providencias tomadas por el mar parte en la aventura, y siguieron a Dion en la expedición
tirano de Siracusa. Dionisio, en efecto, así que hubo partido militar que, después de varias vicisitudes, se vio al fin coronada
Platón, abandonó del todo el camino de la reconciliación con con el triunfo. Cuando Dion entró victorioso en Siracusa, la
Dion, se apoderó de su esposa Arete, que había quedado en multitud que le aclamaba era semejante, dice Plutarco, "a una
Siracusa, y la dio en matrimonio, contra su voluntad, a Ti- procesión religiosa que festejaba el retom o a la ciudad de la
mócrates, uno de sus oficiales. Esto con la esposa. Con el hijo libertad y la democracia, después de una ausencia de cuarenta
de ambos, de Dion y Arete, discurrió el tirano un expediente y ocho años”.24
de la más negra perversidad. “Mandó educarlo —dice Cor- He aquí (es lo que piensa luego, según creemos, todo aquel
nelio Nepote— de tal modo que, a fuerza de complacencias, que llega a este punto de la historia) que ahora sí va a darse
se le inculcaran los más vergonzosos apetitos. No había llegado en este mundo la República platónica, el Estado ideal. AI
el adolescente a la pubertad, cuando tenía ya trato con corte frente de él, en efecto, se encuentra, rodeado de consejeros
sanas, hartábase de vino y de manjares y no tenía un solo de la misma calidad, el tipo acabado del gobernante filósofo,
momento de lucidez.” 22 con esta doble y dilatada experiencia; el discípulo amado de
Sabedor de estos ultrajes, del primero por lo menos, “vol Platón; el hombre que jamás, en circunstancias prósperas o ad
vió Dion —dice Plutarco— todos sus pensamientos a la güeña”. versas, había desmentido la superior calidad de su espíritu.
Comenzó luego a organizar, entre sus amigos de Grecia y con ¿Cómo fue que la realidad no correspondió a tan grande y, al
todos los recursos de que pudo echar mano, ia expedición con parecer, tan fundada expectación? La historia no suele dar ex
tra Siracusa; y allí mismo, en Olimpia, trató de interesar a plicaciones, sino que se contenta con narrar los hechos; y los
Platón en sus planes, solicitando de él su apoyo moral por lo historiadores antiguos, a su vez, se contentan con hacer respon
menos, ya que otra cosa no podía esperarse de un septuage sable de todo al poder misterioso y sobrehumano (acaso hasta
nario ni de su personalidad. Esta vez, empero, mantuvo Platón superdivino) de la M orra o de la T y ch e entre los griegos: la
resueltamente, y desde el principio, una neutralidad absoluta. Fortuna entre los latinos. “L a fortuna en su inconstancia —dice
En tres motivos, según lo dice él mismo, fundó su negativa: en Cornelio Nepote— comenzó a hundir en el abismo a quien poco
razón de su edad en primer lugar; por el respeto que, a pesar antes había exaltado." 2S
de todo, le merecía aún el vínculo de hospitalidad que había Primeramente le hirió en lo que más podía dolerle, en lo que
contraído con Dionisio (Platón llega, en efecto, a estimar como había de amargarle irrevocablemente, o sea, en su hijo, en aquel
un beneficio el que su huésped hubiera respetado su vida cuan desdichado adolescente que Dionisio se había empeñado en
do pudo quitársela), y por último, en razón de los medios, envilecer, y con tal éxito, que su trágico final fue el que des
cualquiera que fuese su justificación por otra parte, que iba a cribe el mismo historiador romano, con terrible concisión, en
emplear Dion contra su enemigo. El empleo de la violencia, estas líneas: “A tal punto fue incapaz este joven de soportar
para Platón, era un mal, pues no se comprende de otro modo el cambio sobrevenido en su vida después del regreso a Sira-
el final de su respuesta a Dion y sus asociados: “Cuando deseá-
28 x a x á 6¿ &v ¿«l O i r ^ Te, áAAovt; «oecut cdEÍ TE- C a rta V i l , 350 d.
24 D ion , XXVI I I .
22 C. N. D ion , IV. as C.N. D io n , VI.

st íJ tW *
52 PLATÓN Y SIC ILIA
PLATÓN Y S IC IL IA 53
cusa de su padre (pues éste le hizo poner vigilantes encarga
dos de deshabituarlo de su régimen anterior), que se precipitó trario, y por tanto, desde el punto de vista formal por lo menos,
desde el techo de su casa, y así pereció.” 26 una providencia tiránica.
No sólo el suceso en sí mismo debió de causar en Dion la Si fue un crimen, fue el único que en toda su vida pudo
mayor pena que puede afligir a un hombre, sino también el imputarse a Dion. Lo peor fue que, una vez abierto el camino
darse cuenta de que, como lo da a entender Cornelio Nepote, a la arbitrariedad, y para hacer frente a la crisis económica, re
fue tal vez la excesiva severidad del padre la que precipitó el sultado de la guerra contra Dionisio, pasó Dion a despojar a
suicidio de su hijo, al querer hacerle cambiar de costumbres sus enemigos políticos, si no de sus vidas, de sus fortunas, con
por medios tan violentos. De un carácter ya duro de por sí, lo que pronto se enajenó el apoyo de la aristocracia, luego de la
como se ve por esto, acaso contribuyó a endurecérselo más aún soldadesca, y por último, del pueblo en general. “El vulgo, vien
el dolor en que se vio sumido; lo cual explicaría tal vez la di do que Dion no contaba ya con la adhesión del ejército, se
rección de su conducta en lo que luego siguió, en el orden polí producía con mayor libertad y no cesaba de decir que el tirano
tico, del modo que vamos a decir. era insoportable.”29
En el gobierno, en efecto, tropezó pronto Dión con la opo En esta situación, propicia ya a todos los desenfrenos, cons
sición de un político llamado Heráclides, quien, al igual que piraron contra Dion, para alzarse ellos con el gobierno, dos
Dion, había sido uno de los exilados de Dionisio, y que tenía hermanos: Calipo y Filóstrato, ciudadanos atenienses, y quienes
también gran prestigio entre los siracusanos. Este Heráclides, parecían vinculados a Dion por una larga y profunda amistad.
pues, resentido de que Dion no le diera el cargo que hoy sería Eran algo así, según diríamos hoy, como sus padrinos de bauti
equivalente al de primer ministro, h izóse nombrar, en una asam zo, ya que, durante la estadía de Dion en Atenas, le habían
blea tumultuosa, almirante de la armada, reconociendo a Dión iniciado ambos en los misterios de Eleusis; de lo cual derivaba,
únicamente como general del ejército de tierra. Ante esta situa en aquella época también, un vínculo espiritual que se tenía
ción, y como el consumado sch olar que era, citó Dion el verso por sagrado. En nadie como en ellos tenía confianza Dion; pero
de Homero: "No puede administrarse bien la república cuando todo lo atropellaron: lo divino y lo humano, la religión y la
son muchos los que ejercen el mando”. “Palabras —comenta amistad, este par de desalmados.
Cornelio Nepote— que le concitaron gran odiosidad, porque con Un día, en efecto, cuando Dion se encontraba solo y retirado
ellas parecía dar a entender que aspiraba a reunir en sus ma en su aposento, confió Calipo los lugares fortificados de la ciu
nos la autoridad única”.27 Por último, y como Heráclides persis dad y la guardia de palacio a los cómplices de su conjuración.
tiera en su actitud desafiante, acabó Dion por ordenar o per De entre estos mismos eligió luego un grupo de jóvenes vigo
mitir que lo asesinaran.28 rosos, que debían presentarse desarmados (pues de lo contrario
No sabemos, por supuesto, si en aquellas circunstancias ha no hubieran podido entrar en palacio), con el pretexto de vi
bría o no bastado con el simple destierro de Heráclides para la sitar a Dion. Admitidos en su presencia, se arrojaron luego sobre
seguridad interior del Estado. Probablemente no, porque con él y comenzaron a estrangularle, hasta que por una ventana, y
el tiempo habría vuelto a conspirar; fiero entonces, no puede según estaba convenido, uno de los conjurados les alargó una
uno dejar de preguntarse por qué fue que Dion, si verdadera espada, con la que ultimaron a su víctima. Cincuenta y cinco
mente quería restaurar el gobierno constitucional, no lo hizo años contaba Dion al morir, y cuatro de gobierno en Siracusa.
condenar, en la forma debida, por la asamblea del pueblo o Cinco años apenas le sobrevivió Platón. Tanto como su edad,
por el tribunal competente. En lugar de esto, su decisión per es de creerse que le habrán acabado, como a don Quijote, me
sonal, por justa que haya sido en el fondo, fue un acto arbi- lancolías y desabrimientos. La muerte de Dion fue seguramente
la mayor aflicción que jamás tuvo, y juntamente con esto, el
G. N. D io n , I V. mayor desengaño. Porque si es verdad que, como lo sostiene
C. N. D ion , VI .
el mismo Platón, la Academia como tal piulo considerarse exen-
2 8 “ I n t er f i ci u n d u m cu r avi t ” , di ce Cor n el i o Nepot e, at r i bu yen d o así a Di on
t oda l a r espon sabi l i dad.
20 N ep o te, o p . cit. V I I .
54 PLATÓN Y SIC ILIA PLA TÓ N Y SIC IL IA 55

ta de reproche en todos aquellos trágicos sucesos, no lo es de un “estupendo caos”,31 y agrega que bien puede dispensar
menos que de su seno habían salido aquellos guerrilleros que se de su lectura todo aquel que, como filósofo, quiera tener una
acompañaron a Dion en su aventura militar y política, y peor visión completa —que le brindan ampliamente las demás ob ras-
aún, los que le traicionaron y asesinaron. Ex n obis prodieru n t, de la filosofía platónica.
sed non erant ex n obis. Por impecablemente lógica que sea esta No sin asombro se pregunta uno, iioy en día, cómo pudieron
distinción, el hecho brutal era que esa mala gente había me alguna vez decirse en serio tantas barbaridades. No se compren
drado, hasta ser lo que fue, en el hogar por excelencia de la de cómo puede un filósofo, para el cual debe tener validez
sabiduría. ¿Tan deleznable como esto era aquella p a id eia , tan absoluta el dicho de nuestro gran poeta: “la forma esclava, la
impotente para domar la perversidad humana? razón señora”, hacerle ascos a una obra por el simple hecho
de que tenga defectos por su factura literaria, o por otros aspec
tos si se quiere, cuando juntamente con todo esto hay en ella,
L a vejez, las Leyes y la m u erte
por su contenido, una insondable riqueza. Es el caso, resuel
Lo más extraordinario en este último quinquenio de su vida, tamente, de las L eyes, en la cual, como obra de senectud al
no es que Platón haya sufrido, como debió de ser, atrozmente, fin, está todo lo malo y lo bueno de la vejez. Lo primero, por
sino que no haya desesperado de su misión, ni del hombre la ausencia de dramatismo, color o movimiento, como quera
tampoco en cuanto potencia de bien y perfección. Los mismos mos, que encontramos en los grandes diálogos de la juventud
grandes temas de la educación y del Estado, que llenan toda su y de la madurez. Lo segundo, a su vez, y que nos compensa
obra y que alcanzan su apogeo en la R ep ú b lica , los sometió cumplidamente de la falta de todo aquello, lo que podríamos
ahora, en su vejez, a un nuevo y dilatado tratamiento, al escri llamar el testamento de Platón, es decir sus ideas últimas, defi
bir las Leyes, su obra última y póstuma. Detengámonos en ella nitivas, sobre todo lo que a lo largo de su vida, en más de
un instante, no para declarar por extenso su contenido, por medio siglo de filosofar, había indagado tan afanosamente: el
no ser éste el lugar de hacerlo, sino simplemente' para entrever hombre, el Estado y Dios.
algo de lo que pensaba Platón y cuál era su disposición espiri Según por donde se miren, las L ey es son algo menos y más
tual en el crepúsculo de su vida. sublime que la R ep ú b lica , y lo notable del caso es que su mérito
Es cosa de nuestros días, como si dijéramos, la revaloración reside tanto en lo menos como en lo más de esta comparación.
de las L eyes dentro del corpus p laton icu m . Ya en la antigüedad Son también esos libros, como dice Jaeger, una exposición uni
eran muy pocos, según el testimonio de Plutarco,3® los que ha versal de la vida humana, pero más terre-á-terre, como si dijé
bían leído esta obra, la más extensa entre todas las de Platón, ramos; mucho más permeados de empirismo, que se manifiesta
y que ocupa, en números redondos, una quinta parte de su sobre todo en la importancia que ahora se atribuye a la legis
producción en total. Y como la pereza es mala consejera, y de lación (de ahí el nombre de N ó m o i que recibieron), en lugar
ella no están exentos ni los eruditos, se dio el caso extraordina de confiarlo todo a la intuición infalible de los “guardianes”,
rio, en el siglo pasado, de que nadie menos que Eduardo Zeiler iluminados por la Idea del Bien. De esta nueva idea, alcanzada
declarara, en un trabajo de su primera época, que se trataba de apenas en la vejez del filósofo, de que el "ethos de las leyes”,
una obra apócrifa, pasando por alto, tranquilamente, el testi como dice él, configura las costumbres de un pueblo, procede
monio de Aristóteles sobre su autenticidad. Y para abreviar literalmente L ’esprit des lois de Montesquieu, con todo lo que
trámites, y citar apenas los nombres más conspicuos de entre los esta obra ha influido en la estructura del Estado moderno.
grandes platonizantes, está el hecho, extraordinario también, De la larga experiencia del escritor y de su más templado
de que todavía Wilamowitz-Moellendorff, en la segunda dé juicio, provienen igualmente las felices innovaciones que con
cada de nuestra siglo, habla de las L eyes, no obstante dedicarles referencia, una vez más, a la R ep ú b lica , encontramos en las L e-
un largo y concienzudo capítulo,, como de una “obra pesada” o
31 “ W u n d er l i ch es Ch a o s... di eses schwer e W er k ” . P la tó n , Ber l ín , 1920, 1,
D e A lex . fo r tu n a , 528 e. 654-55-
56 PLATÓN Y SICILIA PLATÓN Y SICILIA 57
yes. En primer lugar, desaparece del todo la absurda institu tón, en efecto, escribió su última obra y acabó su vida en el
ción, prescrita en aquélla para los guardianes, de la comunidad crepúsculo definitivo de Grecia como protagonista en la histo
o promiscuidad de mujeres e hijos; la familia vuelve a tener en ria; diez años antes de la batalla de Queronea, que dio a Filipo
todas las clases, y no sólo en las inferiores, la dignidad que re de Macedonia la hegemonía en el mundo helénico. Ahora bien,
clama. En seguida, y en consonancia con esta moral fundamen y por primera vez desde tiempos inmemoriales, se vio a la ju
tal de las relaciones intersexuales, viene la enérgica condenación ventud ateniense retroceder cobardemente en el combate, al
de la pederastía, a la que Platón califica, sin miramientos, de paso que los tebanos supieron resistir hasta el último hombre.
vicio contra n atu ram : -raxpá <púffiv.** Por último, no puede dejar Fue entonces cuando en Atenas se dieron cuenta, aunque dema
de mencionarse, entre las novedades más sobresalientes de las siado tarde, de que había allí algo podrido hasta su raíz, y que
L eyes, la de que la educación no se confina ya a las clases su el mal no podía curarse sino mediante una reforma educativa,
periores, como en la R e p ú b lic a , sino que se extiende a todo el igualmente radical. La que llevaron a cabo fue, aun en sus
pueblo, a los hombres libres por lo menos, y está a cargo de un pormenores, una copia de las Leyes, como lo reconoce el mismo
funcionario que es el completo equivalente del ministro de edu Wilamowitz al hacer, en todos sus detalles, la confrontación.**
cación en el Estado moderno. Si toda la obra de Platón puede De ningún otro diálogo de Platón sabemos que haya tenido una
considerarse, a justo título, como p aid eia, es aquí, y no antes, eficacia práctica igual o semejante.
donde alcanza su perfección, al ordenarse, hasta en sus ínfimos Hay algo, empero, que, en toda producción del espíritu, está
detalles, la educación popular. “El paso revolucionario —dice aún más allá de su dilatación en el tiempo, y que es su valor de
Jaeger— dado por Platón en las L eyes, que constituye su última eternidad. A las Leyes les viene este valor de la configuración
palabra sobre el Estado y la educación, consiste en instituir una que en ellas recibe la religiosidad de Platón, y que fue precisa
verdadera educación popular a cargo del Estado. Platón concede mente, a nuestro entender, la causa del menosprecio que por esta
a este problema, en las L eyes, la misma importancia que en la obra mostró la escuela liberal o posi ti vista del siglo pasado o
R ep ú b lica concedía a la educación de los gobernantes”.»3 principios del presente: Zeller, Gomperz, Grote, Wilamowitz . . .
Por este aspecto sobre todo, según parece estar históricamen Para este último, las L eyes son un descenso (h erabsteig en ) de la
te bien comprobado, tuvieron las L ey es un inmediato y {>ode- “fe filosófica" de los diálogos anteriores, y la causa de esta
roso influjo, poco después de la muerte de su autor, en la so decadencia hay que buscarla en la obnubilación que en el alma
ciedad ateniense. “Causa sorpresa —dice Wilamowitz— el que de su autor habían producido las tragedias de su vida, el des
no hayan quedado las L ey es sin eficacia práctica; pero así su moronamiento de sus esperanzas y sus enfermedades.30
cedió, y fue la misma Atenas la que escuchó luego las admoni Estas apreciaciones son muy propias de la época en que se
ciones de aquel a quien, mientras vivió, había despreciado”.32*34 pensaba, según llegó a decir alguien que presumía de ingenio
Que al digno filólogo le cause todo esto “sorpresa” (Ü bcrra- so, que la conversión religiosa viene con la arterieesclerosis, pero
schvng), se explica apenas en función de la desestima que él son totalmente caducas hoy en día, cuando tanto la fenome
mismo tiene de las L ey es; pero los hechos están allí, y Wilamo nología como la antropología filosófica o cultural han vuelto a
witz no tiene más remedio que registrarlos honradamente. Pla liarle a la religión el lugar que le corresponde entre las mani
festaciones más originarias y auténticas del espíritu humano.
Con referencia a Platón, además, sería del todo inexacto hablar
32 L ey es, 63G c. N u n ca apr obó Pl at ón el l l am ado "am o r gr i ego” , es ver ­
d ad , per o en l os ot r os di ál ogos l o pr esen t a si m pl em en t e com o un hecho, sin
ile "conversión”, dado que la religión fue el motor constante de
pr on un ci ar se, m edi an t e el per son aj e de Sócr at es, ni en f avor n i en cont r a. su vida y su vivencia más profunda. Lo único que hay es que su
N i n gú n ot t o fi l ósofo gr i ego, h ast a don de sabem os, h abía r epr obado l a p e­
der ast ía an t es d e q u e Pl at ón l o h i ci er a. Después de él l o hi zo, y en t ér m i nos 35 "D er An sch l u ss an di e Gesct ze Pl at on s i st i n al l er a u n ver k en n b ar __ ”
m ás vi ol en t os aú n , Ar i st ót el es (filic a n ic o m a q u e a , 1148 b 28), qui en por Pintón, 1, 701.
al go r eci bi ó, en t r e sus var i os epít et os, el de v ox n atu ru e. !l> “ D i e Tr agt k l i e sei nes Leben s, d er Zu sam m en br u ch sei n er H off n u n gen ,
23 p a id e ia , M éxi co, 19G2, p . 1056. •l ie Kr i i n k u n gen , d i e er per son l i cl i cr f u h r , h aben sei ne Seel e ver di i st er t ” .
3 « P la tón , I , 700. P la tó n , j, 693.
58 PLA TÓ N Y SICILIA PLATÓN Y SICILIA 59
experiencia religiosa llega ahora a un punto de radiante clari naturaleza, es digno de que nos apeguemos a Él en serio, y en
dad como no se había alcanzado, antes de él, en el mundo este apego está nuestra felicidad, ya que el hombre no es sino
antiguo, con la sola excepción del pueblo judío, que recibió un juguete en manos de Dios, y en serlo está su mejor suerte”.41
estas verdades no por investigación propia, sino por revelación Ni esta vida, pues, ni cuanto nos rodea hay que tomarlo en
directa, sobrenatural y positiva. serio, sino apenas el ser dóciles juglares o juguetes del juego o
El núdco de esta última teología platónica --que redunda por la comedia divina y representar nuestro papel del modo que
sí misma en cosmología y antropología— lo sitúan todos los más agrade a quien tiene en sus manos los hilos que mueven a
exegetas en 2®. extraordinaria proposición de que: “Dios es, para los personajes del retablo. Es la idea, ni más ni menos, del “gran
nosotros, y en grado supremo, la medida de todas las cosas, y teatro del mundo” o el abandono a la Providencia de San Fran
mucho más, a lo q u e pienso, que no el hombre, según preten cisco de Asís y los suyos, que iban así por el mundo como jugla
den algunos”.37 Es clara la alusión al lamoso apotegma de Pro res de Dios: L u d en s coram e o Omni tém pora.*2
tágoras, de que el hombre es la medida de todas las cosas. Para no alargarnos en esto demasiado, y puesto que se trata
A este relativismo o subjetivismo sustituye Platón, de una plu sólo de describir lo que Platón pensaba y sentía cuando estaba
mada, el único objetivismo inconmovible, que es el objetivismo próximo a abandonar la vida, nos limitaremos a transcribir el
divino; y de paso también, anticipándose a San Agustín, radica juicio final de Werner Jaeger, el gran humanista a quien debe
en Dios mismo las Ideas, en cuanto que no tiene ya necesidad mos la mejor revaloración de las Leyes. Dice así:
de este reino eidético, que antes parecía ser autónomo, quien ‘De este modo el esfuerzo de Platón, prolongado a lo largo
es por sí mismo, con absoluta soberanía, supremo canon y me de toda su vida, por descubrir los verdaderos e inconmovibles
dida. Lo es en todos sentidos, como causa eficiente y como fundamentos de toda cultura humana, conduce a la idea de ¡o
causa final, como “meta hacia la que todo debe proyectarse”,ss que está más alto que el hombre y es, sin embargo, su verdadero
ahora que aparece con su nombre propio y personal de “Dios”, yo. El antiguo humanismo, bajo la. forma que reviste en la
y ya no, como en la R e p ú b lica , encubierto en el velamen filo p a id eia platónica, encuentra su centro en Dios. . . uno, supre
sófico de la Idea del Bien. Y por esto mismo, por haberse ras mo e invisible, sobre todos los pueblos de la tierra.”41
gado todos los velos, por ser ya no la Idea, sino la Persona el En la paz y serenidad que los pasajes antes transcritos per
sujeto de la omnipotencia soberana, elimina deí todo Platón miten entrever; en el desasimiento de todo lo terreno y con la
aquellas misteriosas potencias de la "fortuna” y el “azar' (t ú x ú mirada fija en la eternidad, fue como Goethe vio a Platón, en
xai xaipóg) que en la mentalidad griega concurrían con la divi sus días postrimeros, al caracterizarlo de este modo:
nidad, cuando no la excedían, y proclama altamente que es Dios “Platón se comporta en el mundo como un espíritu bienaven
quien gobierna sin excepción la totalidad de los negocios hu turado a‘ quien plugo albergarse aquí por algún tiempo. No Je
manos, y con Él, a Él subordinados, la fortuna y el azar.3* Para importaba tanto aprender lo que ya sabía, cuanto comunicar
Platón también, antes de que Aristóteles lo dijera, y luego Dan generosamente lo que traía consigo. Si ahonda en lo profundo,
te, que no hizo sino copiarlo, es de Dios de quien “depende il 110 es tanto para explorarlo, como para llenado de su propio
cielo e tutta 3a natura”.49 Y esta dependencia la entiende Platón ser. Es en lo alto donde se mueve, con nostalgia, paja hacerse
como la de las marionetas en manos del titiritero, como se de nuevo partícipe de su origen. Y todo cuanto expresó, guarda
ve del siguiente pasaje: relación con un todo eternamente bueno, verdadero y bello,
"Mi respuesta es que debemos aplicarnos seriamente a lo que cuyo impulso se esforzó en despertar en cada corazón.” 44
es serio, y no a lo que no lo es; que únicamente Dios, por su Por las circunstancias exteriores, parece Platón haber llegado
al fin de sus días en la mayor simplicidad de vida, sin miseria
Leyes, y i6 c: ‘O U| 0 tó s j( ií* JtávEiav XQt||ión»v |iércay>
3® jaeger, op. cit. p. 5051. L e y e s 803 c.
3# Leyes 709 b: ‘fitc psv scáyxa, «al ¡jer a 0t:oO Tir/j] xai xwoág, 42 P ro v . 8, so.
távÚQÓmvst liiaxvflEQvmci cú ju ta n a . 43 O p. cit. p . 1077,
« Pa^adúo, X X V III, 42. 44 O t ad o por Wilamowitz» Platón, 7, 710.
PLA TÓ N Y SIC IL IA
60 PLA TÓ N Y SIC ILIA 61
para Platón a los 81 años de su edad, y hacia el año 347 antes
pero sin riqueza. No tendría mucho dinero en efectivo, cuando
de nuestra era. Lo único que le quedó por terminar fueron las
no dejó aparentemente ningún legado. En su testamento se
Leyes, pero lo esencial estaba dicho y consignado. “Murió es
mencionan apenas —lo que era bien poca cosa para un aristó
cribiendo”, dice Cicerón: scribcns est m oriuus, como cumple a
crata de su rango— cuatro esclavos y una doméstica asiática, a
todo genuino intelectual, con la pluma en la mano
todos los cuales otorgó, por su última disposición, la libertad.
Tenía además, aunque parece haber sido un hombre libre, un
lector: Filipo el astrónomo, que fue después el editor de las
Leyes.
Otras disposiciones tuvo que tomar en sus últimos días; no
muchas, por cierto, quien estaba pronto para emprender el gran
viaje de retorno; quien, como dice Wilamowitz, nunca miró eslk
tierra como su patria, sino que moró en ella apenas como un
huésped.45 Hijos de la carne nunca los tuvo, ni le preocupó
jamás, que sepamos, la Afrodita pandemia; pero sí tenía que
ver por su familia espiritual, por aquellos que, en la Acade
mia, había engendrado a la vida del espíritu. Como su sucesor
en la dirección designó, pues, a su sobrino Espeusipo, el hijo
de su hermana Potone, pasando así por alto a quienes podían
creerse, y con razón, con mejores títulos, como era el caso de
Xenócratcs, y sobre todo de Aristóteles. Uno y otro, en efecto,
manifestaron luego su resentimiento al abandonar Atenas des
pués de la muerte del maestro. Ambos también regresaron, a la
vuelta de algunos años: Xenócrates para ocupar, después de
Espeusipo, el rectorado de la Academia, y Aristóteles para fun
dar la escuela rival del Liceo. ¿Fue un nepotismo, en el peor
sentido del término, la designación que Platón hizo de su so
brino? Es bien posible, por más que nada sepamos a punto fijo
sobre los motivos que a ello le indujeron; pero pudo también
ser una providencia acertada, si pensamos que era mejor tal
vez para la Academia quedar bajo la dirección de un ateniense
—y todavía más, del mismo arraigo social que su fundador—, y
no de un extranjero como Aristóteles, tan vinculado además,
por su familia, con la corte de Macedonia,, es decir con la po
tencia que se- abatía, cada día con mayor pesadumbre, sobre
Atenas y su libertad. En estas condiciones, los aspectos propia
mente institucionales de la institución debieron ser preferentes,
en el ánimo de Platón, por sobre el genio filosófico de otro u
otros candidatos a la sucesión.
La muerte, la “libertadora”, según la llamó Esquilo, llegó

-*5 ‘‘D i e i r dísch e W el t h al l e cr n i cm al s ai s sei ne H ci m at bet r ach t et : d a


t vei l i e er n u r ai s Gast ” . P la tó n , i , 722.
D I S T RIBUCIÓN D E L O S D I Á L O G O S 68
de su autor, su biografía interior, por decirlo así; y por esto
tienen un interés vital tan alto estos trabajos, mucho mayor que
III. DISTRIBUCIÓN DE LOS DIÁLOGOS el de la simple tradición histórica o documental. De ahí tam
bién el gran atractivo de libros como los de Ritter y Wilamo-
En todo estudio más o menos serio que quiera hacerse hoy witz, el de este último sobre todo, que guarda, deí principio al
sobre Platón y su obra, ocupa siempre un lugar de primera im fin, una correspondencia dinámica entre la vida de Platón y su
portancia, así no sea sino por tratarse de una obra tan vasta, la producción literaria, con lo que una y otra cosa se explican en
función recíproca y se iluminan alternadamente.1
depuración y clasificación de sus diálogos. Lo primero es una
operación de deslinde entre los diálogos auténticos y los apó Sin extendernos más en estas generalidades, procedamos a la
exposición, no muy larga pero tampoco muy breve, del proceso
crifos, con la zona intermedia de los dudosos; lo segundo, la or
que se ha seguido, desde la antigüedad hasta nuestros días, en
denación de los primeros, ya de acuerdo con su contenido, o
la doble operación antes aludida de depuración y clasificación;
bien por la secuencia cronológica de su composición.
Aunque desde la antigüedad fueron abordados todos estos así, por una parte, será más amena o menos árida la narración,
y por la otra, no aventuraremos conclusiones apriorísticas o
problema*., su tratamiento se ha hecho mucho más a fondo en
precipitadas.
los tiempos modernos, en mérito de su mayor conciencia crítica;
la cual incluye tanto el espíritu de sistema como el afán de Ningún otro autor de la antigüedad tiene, como Platón, tan
seguir, a través de sus obras y gracias precisamente a ellas, la firmemente establecida la autenticidad de sus obras. Es muy
sencilla la explicación de este privilegio, que proviene del sim
evolución intelectual y sentimental, humana en suma, del pen*
pie hecho de que en la Academia se conservaron como en un
sador en cuestión.
santuario, y como su tesoro más preciado, los escritos del fun
Apresurémonos a decir, desde este momento, que la clasifi
cación sistemática nos parece ser de mucho menor interés, tra dador. Con el tiempo tal vez pudieron nacer ciertas dudas sobre
tándose de Platón, que la clasificación cronológica. Con otros ciertos diálogos que hoy tenemos por apócrifos o dudosos, pero
pensadores, como Aristóteles o Kant, podría ser otro también la mayoría, prácticamente la totalidad, tienen en su favor el
veredicto de la certeza.
el criterio estimativo, pero no así en Platón, cuvos diálogos, no
sólo por su forma sino por su contenido, son de una gran flui Es una certeza, claro está, puramente moral, pero es la única
dez, movilidad y complicación temática. Con excepción de muy que puede tenerse con respecto a los autores antiguos, cuando
pocos o de uno solo, como el T im e o , que ofrece una teoría no había imprenta, copyright ni cosas por el estilo. Es la certeza
cosmológica sin mezcla de otros elementos, en todos los demás, de la tradición, que hasta hoy reivindica la Iglesia Católica con
y por más que prepondere una cosa sobre las otras, hay un tra tanta energía como la de la letra escrita. De acuerdo con esta
tamiento simultáneo de cosas tan dispares como gnoseología, mentalidad, y tratándose siempre, por supuesto, de un autor
antropología, metafísica, teología y teoría del Estado. No nega antiguo, el ornes p ro b a n d i corresponde a los que sostienen la
mos, claro está, la utilidad escolar que pueda tener, por ejem superchería de una obra, y no a quienes, con apoyo en Ja tradi
plo, el describir la teoría de las ideas con los extractos más per ción, defienden su autenticidad. Es la falsedad o adulteración
tinentes de los diálogos en que se contiene; pero el interés de lo único que debe probarse. Si hoy en día está tan enredado
esta operación es bien escaso al lado del que suscita una clasifi todo esto, es simplemente porque, en los países protestantes
cación cronológica, la cual, si pudiera hacerse sobre sólidas ba sobre todo, la letra escrita ha descartado en absoluto la con
fianza en la tradición. Es entonces cuando se pide la prueba de
ses, nos ofrecería el maravilloso espectáculo de la evolución
la autenticidad de obra por obra, de escrito por escrito; cuando,
interior de uno de los espíritus más extraordinarios de la hu
manidad. Será por el auge que ha cobrado la biografía, pero lo 1 “ Un essai d 'or d r e ch r on ol ogi qu e, f f i t -i l en part üe con j ect er al , & l e gr an d
indudable es que, hoy por hoy, nos interesa esto incomparable avan t age d e su ggér cr l e scn ü m en t t rés v i f d 'u n m ou vem en t de pensée con-
mente más que aquello. La cronología de los diálogos platónicos t i n u .'' M au r i ce Cr oi set , P la tó n , O u m es c o m p le te s , in tr o d u c tio n , ed. L e s b elle s
es, por consiguiente, el complemento necesario de la biografía te tires, 1 9 4 6 , t . i , p. 1 3 .

[6 2 ]
64 D ISTRIBU C IÓ N DE EO S DIÁLOGOS
D ISTRIBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS 65
a falta de copyright, se postulan ciertos llamados criterios inter mejores condiciones, tanto como en su lugar de origen, a su
nos, como, a propósito de Platón, ese misterioso platonischcs compilación y clasificación.
G efü h l, según dicen los alemanes, que decidiría sin apelación lo Todo esto da razón, en suma, de que haya sido un ilustre
que es de Platón y lo que no lo es. “gramático” del siglo iii a .c ., Aristófanes de Bizancio, director
Como quiera que sea, Platón tuvo en esto una suerte mucho de la Biblioteca de Alejandría, el primero que llevó a cabo la
mejor que la de Aristóteles, de cuyas obras dispuso Teofrasto, distribución de los diálogos platónicos en “trilogías”, o sea de
como si fueran su propiedad personal, en favor de Neleo, y así tres en tres. No tenemos por qué detenernos más, ni siquiera
fueron a dar al Asia Menor, de sucesor en sucesor y de escon para reproducirlo aquí, en este primer ensayo de clasificación,
drijo en escondrijo, hasta que por una serie de peripecias que hecho sin ningún discernimiento crítico, y simplemente por
no es del caso relatar, fue un contemporáneo de Cicerón, An- acomodarse a las conocidas trilogías de los grandes trágicos,
drónico de Rodas, quien fijó al final el canon aristotélico. Por como si los diálogos platónicos fueran de la misma naturaleza
algo los filósofos alemanes de hoy, con sus métodos radicales, o pudiera hacerse con ellos lo mismo, por ejemplo, que con la
han podido llegar a sostener, uno de ellos por lo menos,2 que O restiada de Esquilo. El único verdadero interés de la extra
nuestro corpus aristotelicu m sería un cor pus th eophraslicu m , vagante clasificación hecha por Aristófanes de Bizancio, es el
ni más ni menos. Con Platón por lo menos, gracias a la conser de la autenticidad, hasta hoy reconocida, de todos los diálogos
vación de sus obras en la Academia y a la tradición constante platónicos en ella comprendidos.3
que las avaló, no se atrevieron a tanto estos estupendos eruditos.
La Academia platónica desempeñó, pues, durante siglos, una
La clasificación de Trasilo
función que podríamos calificar de notarial o certificadora con
respecto a la autenticidad de las obras de su venerable funda De valor incuestionablemente mayor, y en varios aspectos
dor. Al lado de la Academia, además, surgieron muy pronto vigente hasta nuestros días, es la célebre clasificación que, entre
otros centros de erudición, en aquella edad ya tan libresca y el fin de la edad antigua y el principio de la era cristiana, llevó
crítica, y que podían proporcionar sobre estas cosas una infor a cabo el rh eto r Trasilo, consejero literario y amigo personal del
mación prácticamente tan segura como la escuela o escuelas de emperador Augusto.
Atenas. El principal de esos centros fue, como es bien sabido, En realidad, Trasilo hizo no una, sino dos clasificaciones: la
la Biblioteca de Alejandría. De esta ciudad, fundada el año primera dramática, la segunda filosófica, sin ninguna conexión
331 a .c ., quiso hacer Alejandro la metrópoli política y cultural interna, por obedecer una y otra a principios enteramente dis
del mundo helenístico; y en lo segundo, por lo menos, fue se tintos, bien que su mismo autor se haya cuidado de señalar las
cundado brillantemente por los Tolomeos de la última dinastía. correspondencias externas.
No sólo se preocuparon estos príncipes de que la Biblioteca En la clasificación dramática, Trasilo, al contrario de Aristó
poseyera, en copias fidedignas, las obras más representativas de fanes, agrupó los diálogos platónicos no en trilogías, sino en
la cultura, sino que promovieron la formación de una clase espe tetralogías, por grupos no de tres en tres, sino de cuatro en cua
cial de eruditos: los llamados “gramáticos” (G ram m atici), encar tro. ¿Por qué lo hizo así? A falta de declaración expresa de su
gados de depurar los textos y ordenarlos convenientemente. De autor, de la que carecemos, hemos de suponer que Trasilo pro
este modo, en suma, con los recursos de que ya entonces se dis cedió de esta suerte por parecerle que los diálogos platónicos
ponía y la facilidad de comunicaciones entre Atenas y Alejan guardaban mayor analogía con las obras teatrales que sus auto
dría, las obras de Platón, príncipe indiscutible de la cultura res presentaban, en los festivales dionisíacos, como tetralogías:
helenístico-romana en aquel momento, pasaron en copias esme tres tragedias acompañadas de una sátira, antes que con las tri
radas, y con preferencia a las de otro autor cualquiera, de la logías, que eran, precisamente como la O restiada, tres piezas
Academia a la Biblioteca, donde pudo procederse así en las relacionadas por el mismo asunto.
a “ I con si dcr t h at al l t h e com posi t i on s r ecogni zed b v Ar i st oph an es as Works
a Zü r ch er , A ristó teles’ W erk u n d G eist. o f Pl at o ar e u n qu est i on abl y s u c h . . . " Gr ot e, P la to , i , 1 5 5 .
66 D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS D ISTRIBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS 67
Como salta a la vista, este principio de clasificación era tan general y varias subdivisiones. La primera es en diálogos de
arbitrario como el de Aristófanes, y más aún tal vez, en cuanto investigación y diálogos de exposición. Los diálogos de expo
que obliga a incluir como “satírico" un diálogo platónico en sición se subdividen en dos clases: teoréticos y prácticos. Los
cada tetralogía. Ahora bien, si hay diálogos, como el P rotágoras teoréticos, por su parte, se subdividen en físicos y lógicos; y los
o los dos H ip ia s, en que sobresale la sátira, la que Platón hace prácticos, por último, en éticos y políticos.
de los sofistas, no es menos cierto que ellos también, al igual Tratemos de hacer más clara esta complicada clasificación
que los restantes, tienen un contenido doctrinal; y por otra en el esquema de la página siguiente.
parte, no se comprende cómo pudo Trasilo listar, como diálogo Hemos preferido transcribir completo el catálogo de Trasilo,
final de la primera tetralogía, en el lugar que debería aparen tanto en su aspecto formal como en su contenido material, pres
temente corresponder a la sátira, un diálogo tan serio, tan cindiendo apenas de los diálogos apócrifos, porque sólo en fun
patético, tan ajeno a toda sátira, como el F ed ón . Y por otro ción del contenido es posible hacer la crítica del principio for
lado, pone a ambos H ip ia s, tan satíricos los dos, en la misma mal de clasificación, el cual, por lo menos en su gran división,
tetralogía. Por último, todo parece reposar sobre la absurda es de suyo inobjetable.
idea de que Platón, emulando a los dramaturgos del festival Que una obra cualquiera pueda ser o bien de investigación,
olímpico, hubiese querido conquistar la gloria filosófica ante aporética, como solemos hoy decir, y otra de simple exposición
la posteridad (¿ni cómo imaginar otro juiado?) lanzando sus doctrinal, apofántica, es la evidencia misma; y es correcta, por
diálogos de cuatro en cuatro, como lo hadan aquéllos ante los tanto, la clasificación que se haga de las obras de un autor, ajus
jueces del concurso. tándose a esta distinción. Pero en lo que va errado el diagnóstico
Por disparatado o risible que todo esto pueda ser, la clasifi de Trasilo es en haber listado como diálogos expositivos muchos
cación dramática de Trasilo se respeta hasta hoy por dos con más de los que verdaderamente tienen este carácter. A nuestro
sideraciones. La primera, porque en las nueve tetralogías que entender, sólo les correspondería, con todo rigor, a los siguien
formó, y que arrojan, por tanto, la suma de 36 diálogos, agrupó tes: A p olog ía, M en ex en o, T im eo , Critias, L eyes, E p in om is, y a
todos los que hasta hoy se tienen comúnmente por auténticos, las Cartas. A la A p olog ía, en primer lugar, que no es sino la ex
más algunos que, hoy también, se consideran dudosos o apócri posición seguida de la defensa de Sócrates, y que ni siquiera por
fos: A lcib ia d es I I , H ip a rco , E rastae (A m atores), T eages, Clito- su forma es un diálogo, salvo ias interpelaciones ocasionales del
fó n y M inos. La segunda, porque si bien adoptó Trasilo un reo a sus acusadores. Al M en ex en o, donde el diálogo ocupa un
prinripio de clasificadón que no responde al contenido de los lugar mínimo, y todo el resto es un largo penegírico de Atenas.
diálogos platónicos, y que falla, por tanto, en casi todas las Al T im eo (y otro tanto dígase del Critias, su continuación o
tetralogías, acertó rotundamente, en cambio, en la primera de apéndice), por ser casi en su totalidad un discurso cosmológico y
ellas, constituida por los siguientes diálogos: E u tifrón , A p o lo cosmogónico, y con tal seguridad “expositiva”, además, que, como
gía, Critém y F ed ón . Aquí sí tenemos ¡y cuán maravillosamente! dice Grote, no parece sino que Platón fue el consejero del De
cuatro grandes tragedias, intensamente reales además, las que miurgo, su confidente por lo menos, en toda ’a obra de la consti
componen el ciclo del juicio y la muerte de Sócrates: primero tución y ordenación del mundo. A las L eyes, con su complemento
su comparecencia voluntaria en el tribunal; en seguida su de del E pin om is, por ser allí tan inútil, tan poco funcional el diá
fensa; luego, ya en la prisión, la repulsa de la fuga que le ofre logo, que por algo no aparece ya, entre los interlocutores, el per
cen sus amigos, y por último, el relato del día postrimero y la sonaje por excelencia “investigativo” que había sido Sócrates
muerte. Es la perfecta tetralogía, por la unidad temática y el en los diálogos precedentes. A las Cartas, en fin, en fuerza del
movimiento de la acción hasta la catástrofe final. De todas las carácter que tienen, por ser tales, de comunicación singular y no
demás, no vale la pena ni mencionarlas. recíproca. Más todavía, y si quisiéramos proceder con absoluto
L a segunda clasificación, la filosófica, la hizo Trasilo aten rigor, habría que decir que tres de las obras a que acabamos de
diendo tanto al asunto de los diálogos como a su método y pasar revista: A p olog ía, M en ex en o y las Cartas, no son ni siquiera
espíritu. Combinando ambos criterios, resultan una división obras de “exposición” en el sentido en que Trasilo toma este
68 DISTRIBUCIÓN D E LOS D I Á L O G O S D I S T RIBUCIÓN D E I OS D I Á L O G O S 69
I. Diálogos de investigación j II. Diálogos de exposición término, toda vez que no se expone en ellas ninguna doctrina,
^TITUXOL ] ÚfpTIYTl-UICOí sino otra cosa, bien que pueda contener tales o cuales elementos
doctrinales. La división de Trasilo, por ende, falla también, por
I. Diálogos de investigación este motivo, ya que no cumple con una de las normas fundamen
!t tales de la división, como es la de aplicarse adecuadamente, según
el principio divisorio que se elija, a todos sus miembros.
Cuatro apenas, en suma, o m ejor dicho, dos tan sólo: Tim eo-
Critias y Leycs-Epinomis, por constituir una y otra pareja
Gimnásiicos Agonísticos una verdadera unidad, serían los diálogos verdaderamente expo
, » sitivos de Platón. En todo el resto, por el contrario, es siempre
\ \
real, aunque más vivo o más remiso, el afán inquisitivo y dia
I
léctico, y ya sea que se llegue o no a una conclusión. No se com
Il I i I1 prende, por ejemplo, cómo pudo Trasilo clasificar, entre los diá
l í ¡ 11
t t logos expositivos, a la R epública, en la cual acaba por capturarse
1 . i i ,
Mayéuticos Pirásticos Probatorios Refutativos “lo que se busca” : la justicia, después de una pesquisa tan afa
JJUXLEU'UXOÍ •rceipacmxoí émSe ix t ix o í ávaTp£7mxoí nosa, que con razón se compara, allí mismo, a una cacería. ¿Cómo
Alcibíades Cármides Protágoras Eutidemo fue posible que “lo que se busca”: t ó ^t )t o Ú|ievo v , tan recurrente
Laques Menón Gorgias en el diálogo, no obligara, sin más, a incluirlo entre los diálogos
Lysis Ion Hipias I “buscativos” : £rynyt:(.xol? ¿Cómo fue posible, nos preguntamos
Eutifrón Hipias 11 también, que cjuedara entre los diálogos expositivos nada menos
que el Banquete, en el cual son tan numerosos y tan dispares los
II. Diálogos de exposición discursos sobre el amor, por más que prepondere el discurso o la
] teoría de Sócrates?
Pasando ahora a las subdivisiones introducidas por Trasilo en
i
uno y otro miembro de su división primaria, nos limitaremos a
1 las siguientes observaciones.
l , i. En los diálogos de investigación, en primer lugar, nos parece
Teoréticos Prácticos
que no tiene mayor fundamento in re el subdividirlos, como lo
hace Trasilo, en diálogos gimnásticos y diálogos agonísticos, como
si los primeros fueran un mero juego o ejercicio del entendimien
tl to, sin ningún adversario real o siquiera fingido, como en los
segundos. Con excepción del Ion, si acaso, hay siempre una po
Físicos Lógicos Éticos Políticos lémica tácita en estos supuestos diálogos gimnásticos: Laques,
qwoxxoí Xo yix o í T)0t,XOÍ TO^t/UXOÍ I.ysis, Eutifrán, todos los cuales tienden a exaltar la personalidad
Tim eo Cratilo Apología República de Sócrates, precisamente porque había también quienes lo de
Sofista Critón Critias nigraban.
Político Fedón Leyes Más extravagante todavía es la terminología de la segunda
Parménides Fedro Epínomis subdivisión de los mismos diálogos: mayéuticos u obstétricos, pi-
Teetetes Banquete rásticos o tentativos, probatorios y refutativos. De todo esto tienen
Menexeno lodos los diálogos platónicos, y si algo sobresale es el elemento
Cartas mayéutico, el alumbramiento espontáneo y paulatino de la ver
Filebo dad mediante el sistema de preguntas y respuestas. ¿Por qué, en
70 D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS DIS T R I BU C I Ó N I)E LOS D I Á L O G O S 71

tonces, coloca Trasilo entre los diálogos pirásticos al M en ón , dia S chleierm acher
logo archimayéutico, donde precisamente ensaya Sócrates su arte
del parto espiritual y trata de demostrar su eficacia? Por más que haya tenido precursores, fue Schleiermacher, en
Más correcta, y acaso lo mejor del esquema de Trasilo, es la el siglo pasado, quien dio un impulso nuevo y poderoso al cri
subdivisión de los diálogos de exposición en teoréticos y prác ticismo platónico.
ticos, con la ulterior subdivisión, en los primeros, de “físicos” y Bajo la influencia de la filosofía kantiana y de los graneles
“lógicos", y en los segundos, de “éticos” y “políticos". Corres sistemas del idealismo alemán, Scheleiermacher considera el con
ponde a la división de la filosofía, impuesta por Aristóteles y junto de la obra platónica como el proceso dialéctico o el des
vigente aún en la escolástica, en lógica, física (filosofía natural arrollo sistemático de una idea central que Platón habría tenido
y metafísica), y por último, ética y política, que integran, como desde su más temprana juventud, y que habría luego expre
dice el mismo Aristóteles, la “filosofía de las cosas humanas”. Y sado, sucesiva y ordenadamente, en sus diferentes diálogos. Se
esta vez, además, y con todo acierto, no coloca Trasilo, entre los gún Schleiermacher, el primer diálogo platónico habría sido el
diálogos físicos, sino uno apenas: el T im eo , lo que confirma ei P ed ro, y con toda precisión, además, habría sido escrito a los
carácter fundamentalmente humano y eticista de la filosofía veintiún años de edad de su autor, hacia el año 406 a . c ., siete
platónica, como antes dijimos. años antes de la muerte de Sócrates, y en los diálogos de esta pri
Ésta es una de las lecciones que deja, con todos los defectos que mera época de extrema juventud, figuraría con otros, el Par-
pueda tener, la clasificación sistemática de Trasilo, como tam m énides.
bién, y tanto por sus aciertos como por sus errores, la convicción Ya por esto solo puede verse inmediatamente cuán desca
de que Platón: su pensamiento y su obra, es algo irreductible a minado iba, en estas temporaciones, Schleiermacher, toda vez
esquemas prefabricados, pues por su riqueza desborda todos los que, como se reconoce hoy uniformemente, Platón no empezó a
cuadros, o a todos los incluye en una composición orgánica e escribir sus diálogos filosóficos sino después de la muerte de
indivisa. Más problemático que sistemático, como diría Nicolai Sócrates, y los diálogos nombrados, además, son, reconocida
Hartmann, o más aporético que apofántico, no es tampoco ni una mente también, de la madurez de su autor. Pero lo que, sobre
ni otra cosa con exclusividad, y todo él está presente — con las todo, no tiene ni pies ni cabeza, es esto de imaginar al joven
muy contadas excepciones que hemos señalado— en todos y cada Platón como al provecto Kant (cuya primera Crítica es de los 57
uno de sus diálogos. Al comprender todo esto, siglos después, años), contemplando, como un demiurgo, su idea de la filoso
acabó por renunciarse a los principios clasificadores de la anti fía, y escribiendo luego sus diálogos, tranquila y metódicamen
güedad, para buscar otros más en armonía con la ideología de los te, en desarrollo y manifestación de la idea. Es éste, para decir
tiempos modernos, dominada por el principio de la evolución. lo menos, un Platón totalmente atemporal e inespacial, total
Fue así como los diálogos platónicos fueron vistos ya como el mente inmune a las circunstancias dramáticas que permearon
desarrollo de un proceso dialéctico, ya como el fruto de una evo su vida y que tuvieron, por ende, tan acusado impacto en sus
lución no predeterminada por ninguna idea directiva del proceso, diálogos.
una evolución, como solemos llamarla después de Bergson, pro De ahí, por tanto, que la hipótesis de Schleiermacher haya
piamente creadora. Omitiendo muchos nombres que hoy no sido vivamente impugnada por numerosos filólogos, como Ast,
tienen mayor significación, aunque en su tiempo la tuvieron Socher, Hermann, Süsemihl y Steinhart. Este último estableció,
extraordinaria, mencionaremos tan sólo, en lo que sigue, los en primer lugar, lo que desde entonces se tiene por casi cierto,
de aquellos scholars que, por uno u otro motivo, dejaron huella o sea que todos los diálogos son posteriores a la muerte de Só
perdurable en la empresa, hasta hoy proseguida afanosamente, crates, y en seguida, que el principio de ordenación cronológica
de ordenar cronológicamente las obras de Platón. debía ser el del menor o mayor alejamiento de la posición so
crática. Sócrates, en efecto, había insistido siempre en que no
pretendía enseñar ninguna doctrina, sino que se presentaba
apenas como un investigador de la verdad; y los primeros diá-
<i

72 DISTRIBUCIÓN DE LOS DIÁLOGOS D ISTRIBU C IÓ N DE l.O S DIÁLOGOS 73


logos platónicos, por tanto, habrían sido aquellos de carácter fechas de su nacimiento y muerte, y no, por el contrario, cuando
predominantemente aporético, y en los cuales además, según se da en un tiempo más remoto. Una alusión a las guerras
dice Steinhart, prepondera el elemento mímico y plástico. Estos médicas, por ejemplo, no significaría sino que Platón no pudo
serían los diálogos propiamente socráticos, antes de pasar a los haber escrito tal diálogo, ni cosa alguna, antes de haber nacido.
socraticoplatónicos, pata acabar, finalmente, en los puramente De acuerdo con esto, y para apreciar luego el rendimiento
platónicos. Por imprecisa que pueda ser la secuencia cronoló de este método, tenemos que la más importante alusión histó
gica que de este modo se obtenga, y con todos los riesgos de rica, de entre las utilizables, es la contenida en el siguiente
error que lleva consigo, es mejor método que el de las construc pasaje del B a n q u ete: “Actualmente, a causa de nuestra perver
ciones apriorísticas de Schleiermacher, quien a sí mismo se sidad, nos dividió la divinidad, como a los arcadios los dividie
tituló un día, con el orgullo de su ciencia kantiana, restitutor ron los espartanos”.5 Ahora bien, la mayoría de los intérpretes
Platonis. son de opinión que Platón se refiere aquí al castigo infligido
por los espartanos a Man tinca, capital de Arcadia, y que con
L o s nuevos m étodos sistió en la destrucción de sus muros y la dispersión de sus
habitantes en cuatro localidades distintas, todo lo cual tuvo
Todo esto, por lo demás, pertenece al pasado, a un pasado lugar el año 385. Pero León Robín, no tan precipitado, tiene
propiamente ultracentenatio. Los nuevos métodos que han sido apenas por “probable” esta referencia, y Wilamowitz, por su
aplicados en los tiempos modernos, así sea desde fines del siglo parte, cree que el escritor no alude sino a la disolución de la
pasado, para ordenar cronológicamente la obra de Platón, po Liga Arcádica, en el año 418, cuando Platón tendría como
dríamos clasificarlos, como lo hace Ritter, uno de los que con diez años de edad. ¿Qué seguridad, por tanto, alcanzamos en
mayor claridad y más a fondo han tratado la cuestión,4 del cuanto a la fecha de composición del B an qu ete, ya que, aun
modo siguiente. aceptando la primera hipótesis, no sabríamos sino que Platón
'Lodos los métodos se fundan en los datos mismos de los diá escribió el diálogo en una edad más allá de los 43 años? ¿Es
logos, {¿ero se diferencian, en una primera división, según que esto mucho para quien continuó escribiendo hasta los 80?
se trate de datos puestos allí conscientemente por el escritor, o Pues si esto pasa con la “más importante”6 alusión histórica,
de otros que, a pesar suyo o sin darse cuenta, resultan de la ya se deja entender lo poco que podemos esperar de las restan
lectura y comparación de unos diálogos con otros. Los prime tes, y muy contadas además, que encontramos en la obra plató
ros datos, jx>r su parte se subdividen en los siguientes: 1) Alu nica. Las alusiones, por ejemplo, y que son por cierto más que
siones a ciertos sucesos históricos; 2) Alusiones o conexiones con alusiones, al proceso y ejecución de Sócrates, no indican sino
escritos de otros autores, y 3) Referencias a escritos, que natu que los diálogos a ello concernientes los escribió su autor des
ralmente tienen que ser anteriores, del mismo autor. Los segun pués de los 28 años de su edad, y hoy se tiene prácticamente por
dos datos, a su ve/, se distinguen entre sí por referirse ya al seguro que no sólo ellos, sino ningún diálogo en absoluto fue
contenido filosófico, ya a la forma literaria de los diálogos. De escrito antes. ¿Y qué nos dice, además, el simple hecho de la
claremos todo esto lo más sucintamente que nos sea posible. referencia común al juicio y muerte de Sócrates, sobre el inter
Para empezar, naturalmente, con el primer miembro del valo temporal que media, y que todos asimismo admiten ser
primer grupo, las alusiones a determinados sucesos históricos muy dilatado, entre la A p ología y el Fedón?
proporcionan, como dice Ritter, un term inus a q u o , antes del Del P ed ro, a su vez, se dice que, por la correcta grafía y
cual no pudo obviamente haber sido escrito el diálogo en cues pronunciación (¿pero sabemos siquiera cómo se pronunciaba
tión; pero no tienen valor, como salta a la vista, sino cuando el griego clásico?) de los nombres de los dioses egipcios, hubo
el acontecimiento se ubica dentro de los años que correspon de ser escrito después del viaje de su autor a aquel país. Con
den a Ja actividad literaria de Platón, habida cuenta de las cedámoslo; pero aun así, quedan todavía, por delante, 40 años por
■< 1 9 3 a.
4 Con st an t i n Ri t t er , P la tó n , M an ch en , 1010, 2 vol s., i, 200. o “ D i e wi ch t i gst e Zei t ar i sp i el u n g.. . ” Ri t t er , o p . cit. i , 201.
74 DISTRIBUCIÓN D E LOS D I Á L O G O S D I S T R IBUCIÓN D E LOS D I Á L O G O S 7.r»
lo menos en la vida, y en la producción literaria por consiguien Pasemos ahora a las pruebas o indicios del segundo grupo, que
te, de Platón. resultan, según dijimos, de las diferencias, tanto por el con
Otras veces, en fin, las conclusiones que por este método quie tenido filosófico como por el estilo, que pueden apreciarse entre
re inferirse, nos parecen ser tan tiradas de los cabellos, que los diversos diálogos, y de las cuales, con toda seguridad, no fue
resultan ser francamente pueriles. Así, verbigracia, cuando se consciente su propio autor, como es, por lo demás, el caso más
nos dice que el libro nono de la R epública , con su etopeya del frecuente en la carrera de un escritor, que es el último en darse
tirano, tuvo que haber sido escrito después de la visita de Pla cuenta de las variaciones paulatinas que van sufriendo sus pen
tón a la corte de Siracusa; ¿pero de cuál visita, ya que entre samientos y su expresión.
la primera y las dos últimas hay, por lo menos, veinte años de Comenzando por las diferencias que pueden apreciarse, de
diferencia? Así, también, cuando se arguye que el libro séptimo uno a otro diálogo, en la evolución de las ideas filosóficas, todos
de la misma obra supone forzosamente que su autor había los críticos convienen en que su estudio es indudablemente de
tramontado el medio siglo, por la buena razón de que en él ‘ gran interés, pero no todos están de acuerdo en cuanto a su
se propone tal edad para los regentes de la República ideal, valor probatorio con respecto a la cronología de los diálogos,
como si Platón no pudiera en ningún momento dejar de pensar que es lo único que está aquí por decidir. Para unos, como Zeller
en sí mismo, y como si estuviera haciendo, al componer su o Horn, el método llevaría a resultados absolutamente conclu
obra mayor, una especie de campaña electoral. yentes, y sería por esto el mejor de todos, en tanto que, para
De tan parco rendimiento, como vemos, ha sido el método a Ritter, apenas si habrá uno o dos casos, y aun de éstos no parece
cuyas principales aplicaciones acabamos de pasar revista; pero estar muy seguro, en que la sobredicha comparación arroje una
tampoco ha sido más fructífero, antes todo lo contrario, el se luz decisiva sobre la anterioridad o posterioridad de los diálogos
gundo que dijimos, el de las alusiones, explícitas e implícitas, contrastados.
de los diálogos platónicos a otras obras de autores contemporá Como lo sabe todo aquel que se haya asomado siquiera a estos
neos. Si estas otras obras, a su vez, hubieran tenido su copyright, problemas, la dificultad proviene de que no es siempre tan
no habría más que pedir; pero como no es así, sino que su cro obvio, en presencia de dos textos —y peor aún si son más, como
nología es igualmente incierta, nada ganamos con saber que tal es aquí el caso— que exponen una doctrina en distinto grado
diálogo de Platón es anterior o posterior a tal discurso de Isú- de desarrollo, si el de menor elaboración es forzosamente el an
crates. Es simplemente el registro de la anterioridad o posterio terior, o si es, por el contrario, un resumen o esquema que el
ridad entre dos incertidumbres; y por esto dice R itter que difí autor haya querido hacer de su propia doctrina, desarrollada
cilmente pueden inferirse, de tal comparación, pruebas cons ya largamente en otra de sus obras. Es exactamente lo que ha
trictivas.7 ocurrido'no sedo con Platón, sino con Aristóteles, ya no digamos
En terreno más firme estamos —de esto no hay duda— cuando, con los libros de la Metafísica, cuya colocación numérica ha
aplicando el tercer método, encontramos que un diálogo remi sido un verdadero rompecabezas, sino, más simplemente, con
te a otro, ya expresamente (como cuando se dice en el Político: las tres Éticas que tradicíonalmente solieron adscribírsele. En
“Esto lo hemos visto en el Sofista”), ya por alusiones indirectas tanto que, para Jaeger, la Gran Ética es muy posterior a las
y que no pueden interpretarse de otro modo. Tenemos así, en otras dos, y ni siquiera de autoría aristotélica, para Olof Gi-
aplicación de este procedimiento, que hay una indudable co gon, y sobre todo para von Arnim, sería la Ética primitiva,
nexión entre el T eetetes, el Sofista y el Político, como también, la Urethik. En presencia de un texto que se reconoce unánime
a su vez, entre el Critias y el Tirneo; y lo único lamentable es mente ser más rígido o escolástico que el de las otras dos Éticas,
que aquí se agotan, según R itter,8 las referencias indubitables de unos toman este carácter como consonante con el esquema pri
uno a otro diálogo. mitivo del mismo autor, y otros, por el contrario, como corres
pondiente a la redacción de un discípulo más o menos tardío,
r "Bündige Beweisc sind kaum zu íühren.” op. cit. i, 204. pero, en todo caso, no del maestro.
* Platón, i, 216. Volviendo a Platón, podemos apreciar análogas contradic-
76 D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS D ISTR IBU C IÓ N DE I.OS DIÁLOGOS 77

dones entre los intérpretes, en los tres temas principales, para En lo que hace, por último, a la teoría del alma, expuesta so
no mencionar otros secundarios, de la filosofía platónica, y que bre todo en el F ed ó n y en la R ep ú b lica , la discusión se trabó,
serían, en la opinión común, la teoría política, la teoría de las muy reciamente también, en razón de la contradicción que creyó
ideas y la teoría del alma. percibirse, y que algunos, como Rader, tuvieron por insoluble,
En lo que concierne a la primera, lo único que sabemos con entre la concepción del alma como sustancia simple (F edón ),
certeza es que tanto la R ep ú b lica como el P olítico son anterio o compuesta (R ep ú b lica , P edro y T irneo), por la división del
res a las L eyes, y esto simplemente por haber dicho Aristóteles alma en alma racional y alma irracional, dividida ésta a su
que las L eyes son la última obra, en absoluto, escrita por Platón. vez en “ánimo” y “deseo”. Hay quienes opinan, como Santo
Con respecto a los otros dos diálogos, la opinión dominante es Tomás, al estudiar el mismo problema en la psicología de Aris
que la R ep ú b lica precede al P o lítico ; pero Zeller creía lo con tóteles, que no hay ninguna contradicción, en cuanto que las
trario, y H ora, igualmente, dice que lo más firme y averiguado diversas funciones, potencias o facultades del alma no destruyen
en esto de la cronología platónica, es que el P olítico guarda con su unidad radical, y de nuestra parte creemos ser ésta la in
la R ep ú b lica la misma relación que la oruga con la mariposa. terpretación correcta. Pero si la concepción tripartita del alma
Muy elegante el símil, no diremos que no, pero lo cierto es que se entiende como una división física o real, habrá que decir
la evolución de una idea no suele percibirse en los textos con entonces, con Zeller, que Platón no postula la inmortalidad del
tanta claridad como, en una crisálida, la de los insectos lepidóp alma (F ed ón ) sino en favor de la parte racional, el logistikón de
teros. la R ep ú b lic a ; o con Rohde, y lo decía con gran seguridad,
Por lo que ve a la teoría de las ideas, que se tiene común que el pensamiento del filósofo evolucionó de la concepción
mente como lo más platónico de lo platónico, se contiene sobre tripartita a la unitaria (?pero qué impide que hubiera podido
todo en los siguientes diálogos: en el C ratilo y en el M enón, en ser exactamente al revés?), o con Hirzel, que Platón no profesó
estado incoativo, como si dijéramos; con mayor vigor, en el B an realmente, como creencia suya, la concepción tripartita, y que
qu ete y en el P ed ro ; con toda su fuerza y claridad, en el F ed ón si la expone, es nada más que por dar a conocer otras opiniones
y en los libros VI y VII de la R e p ú b lica , y en estado aporético, ajenas de la suya, del mismo modo que lo hace con los varios
o sea complicada con todas las objeciones en contra, en el Par- mitos sobre el destino ultraterreno del alma.
m én ides y el Sofista. Dados estos diversos grados de elabora A propósito de los mitos, que ocupan lugar tan importante
ción o de perplejidad, se acepta en general que el F ed ó n es pos en la obra de Platón, es de recordarse aquí la peregrina teoría
terior al B a n q u ete, pero ya no es tan clara la cronología entre de Schleiermacher, con arreglo a la cual los diálogos con mitos
el F ed ó n y la R ep ú b lica , muy lejos de ello; y en cuanto al Par- (F edón y R ep ú b lica desde luego) tendrían que situarse entre los
m én ides, se discutió largamente, por muchos años, si por su in de la primera época, y esto no más que por la obsesión de estos
dicado carácter aporético había que verlo como el primer es filósofos kantianos, de que la filosofía platónica tendría for
bozo de la teoría de las ideas (Munk llegó a asignarle el primer zosamente que haber seguido un desarrollo “científico”, con
lugar, en absoluto, entre los diálogos platónicos), o si, por el el consiguiente y gradual abandono de toda mitología. Nadie,
contrario, no habría sido más bien uno de los diálogos de la hasta donde sabemos, sostiene ya hoy esta ocurrencia, pues no
última época, donde Platón habría reflejado honradamente las hace falta sino leer sin prejuicios los textos mismos para ver
numerosas objeciones levantadas contra las ideas como entidades cómo su autor recurre naturalmente al mito, aun en diálogos
separadas, y tan fuertes, además, que a él mismo pudieron ha de altísima elaboración filosófica —si no es que en éstos precisa
cerle vacilar en esta convicción. Si bien es éste el dictamen que mente— cuando siente que la razón no puede avanzar más allá,
ha acabado por prevalecer, reconozcamos que la primera inter y que hay que colmar de algún modo el vacío, con creencias
pretación no peca tampoco de absurda, ya que un filósofo puede o tradiciones que tampoco pueden descartarse en absoluto como
verse acosado de dudas sobre su propia doctrina tanto cuando fuente de conocimiento.
empieza a construirla, como cuando vuelve sobre ella después Inspirada en prejuicios análogos a los de Schleiermacher, es
del combate que, en su defensa, ha tenido que librar. la explicación “cronológica” ideada por Hermanns, en cuya opi
78 D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS 79
nión todos los diálogos aporéticos o crítico-negativos, como él publicó, el año 1867, a dos diálogos platónicos: el Sofista y el
dice, tendrían que ser forzosamente más antiguos que los lla P olítico, comprobó en ellos un gran número de peculiarida
mados diálogos positivos. Con este criterio, aplicado a rajata des estilísticas, que eran comunes además, según luego percibió,
bla y sin el debido discernimiento, habría que tener como diá con el T im en , el C ridas, el F ile b o y las L eyes, de lo cual de
logos de juventud el Sofista, el P o lítico y el P arm énides, cuan dujo que todos estos diálogos pertenecían, por lo mismo, a la
do hoy se tienen, al contrario, por diálogos de senectud. vejez de Platón. Avanzando por este camino, o retrocediendo
más bien, percibió luego que en otro grupo de diálogos: R e
p ú b lica , F ed ro , T eetetes y P arm én ides, se daban otras peculia
E l m étod o estilornétrico
ridades verbales que les eran comunes, y que, siendo distintas
Vengamos ahora, para concluir, al último de los métodos de las primeras, no estaban de ellas tan alejadas; por todo lo
aplicados en la detección de la cronología platónica, y del que cual esos diálogos fueron considerados como de la madurez
se creyó en un tiempo —así lo dice Ritter— que él sí puede del filósofo. Del mismo modo, p ari passu, con los diálogos del
resarcirnos cumplidamente de las esperanzas frustradas en el primer grupo o de la juventud.
ejercicio de los anteriores.® Este método, llamado “estilóme- Sin saber nada de los trabajos de Campbell, que eran, a lo
tría” por los ingleses, y “estadística de vocabulario” (Sprach- que parece, desconocidos en Alemania, Dittenberger, en 1881,
statistik) por los alemanes, consiste en observar las variaciones explicó el mismo método y llegó, en lo sustancial, a las mismas
estilísticas, sobre todo en el empleo de ciertos adverbios, modos conclusiones que su colega británico. Por la brecha abierta por
adverbiales, conjunciones y partículas, que hay en el lenguaje ambos investigadores, siguieron luego, en Alemania, los traba
de Platón, y de las cuales fue él mismo, con toda probabilidad, jos de Schanz y von Arnim, y en Inglaterra, los de Lutoslaws-
inconsciente, como le acontece en general a todo escritor. ki.10 Fue este último quien inventó el nombre de “estilometría”,
Hay que advertir desde luego, y antes de toda otra conside pues creyó que era posible determinar, con precisión matemáti
ración, que el método sólo ha podido operar en cuanto que ca, todas y cada una de las variantes verbales entre los diá
previamente se tenía, aquí también, un term in as a q u o (o logos; exagerada pretensión que, en concepto de Ritter, redundó
a d qu em , según que veamos para adelante o para atrás), cons antes en descrédito del método que en su perfeccionamiento.
tituido, siempre sobre el irrefragable testimonio de Aristóteles, A la estilometría (llamémosla así sólo por comodidad de
por las L eyes, la obra póstuma de Platón. Partiendo de ella lenguaje, y no porque respaldemos en todo las conclusiones de
hacia atrás, un diálogo platónico estará tanto más o tanto Lutoslawski) pertenece no sólo la dosificación de los términos
menos alejado de la vejez y muerte de su autor, cuanto mayores que han sido considerados como los más indicativos, sino otras
o menores sean sus diferencias estilísticas con respecto a las peculiaridades muy interesantes en la construcción de la frase.
Leyes. Como se percibe desde luego, trátase de una dosificación Así, por ejemplo, se concede gran valor al hecho de que los
de vocabulario por extremo difícil, y tanto más cuanto más se hiatos van disminuyendo gradualmente entre los diálogos de la
aleje uno del term in as a q u o ; pero antes de entrar en estas juventud y los de la vejez; cosa que se atribuye a que Platón,
dificultades, bueno será historiar sucintamente cómo y de qué por más que se guarde mucho de decirlo así, habría cuidado
manera fue que se hicieron estos hallazgos. de aplicar en este punto la preceptiva de su rival Isócrates, quien,
Adrede hemos dicho cómo se llama a este método en Ingla en efecto, hacía gran hincapié en evitar aquella cacofonía. Pero
terra y en Alemania, porque fue invención común, a algunos justamente con este progreso en la vocalización, se observa que
años de distancia, de dos filólogos, oriundos respectivamente de la cláusula misma va siendo más y más amplia, y los anaco
uno y otro país, los cuales llegaron, sin conocerse para nada lutos, por ello mismo, se multiplican, como si el escritor no
entre sí, al mismo resultado. pudiera curarse más de su sintaxis cuando las ideas le acudían
El inglés primero, Lewis Campbell, en la introducción que en tropel y tenía que expresarlas como fuera.

* Ri t t er , P la tó n , i , 232. i ® T h e o r ig in a n d g ro w th o f P la to ’s lo g ic , Lon d r es, 1897.


80 D ISTRIBU C IÓ N DK LOS DIÁLOGOS D ISTRIBU C IÓ N D1-; LOS DIÁLOGOS 81

¿Qué debemos pensar de la estilometría, de su valor estadístico El carácter distintivo de la línea de separación, además —y
en cuanto a apurar la cronología de la obra platónica? con esto entramos en la combinación de la estilometría con los
No negaremos que en general ha producido buenos resulta métodos antes examinados— está en el carácter más socrático de
dos, pero a condición —y es acaso la advertencia o restricción los diálogos que quedan antes, y más platónico, por el con
más importante— que se combine con los otros métodos estu trario, de los que vienen tíespués. Y lo de “más socrático” hay
diados con antelación, o sea que se tenga en cuenta, en cada que entenderlo ya por no superarse, en los primeros diálogos,
diálogo, tanto la forma estilística como el contenido filosófico. la filosofía propiamente socrática, de carácter sobre todo prác
Para poner ejemplos concretos, y siguiendo las juiciosas obser tico, ya por ser su principal designio la defensa y glorificación
vaciones de Clodius Piat,11 la abundancia creciente, que se ob de Sócrates, aunque con yuxtaposición expositiva de la filosofía
serva en general, de los superlativos adverbiales sobre los abso propiamente platónica, como es el caso, sobre todo, del F edón
lutos (áXqOwg-áÁriOétrcaTa, ópOwg-opDoTaxa, xaXwg-xáXXwTa) no y el B an qu ete. De la R ep ú b lica en adelante, en cambio, Só
prueba necesariamente la anterioridad o posterioridad de un diá crates va siendo gradualmente, más y más, un mero portavoz
logo, en razón de la indicada progresión de los superlativos, de las ideas platónicas, hasta acabar por desaparecer del todo
sino que puede suponerse la sencilla hipótesis de que el au tol en las Leyes.
los usa en mayor número en aquellos diálogos consagrados a la De acuerdo con esto, y combinando libremente entre sí
defensa de sus tesis fundamentales. Así también, tratándose del todos los métodos de cronología platónica a que hemos pasado
aumento, igualmente progresivo, de ciertas partículas enclíticas, revista, y todo ello con lo que sabemos por otro lado de la
equivalentes a la conjunción copulativa, su eclosión súbita, como vida de Platón —contribución muy importante, por cierto, a la
dice Piat, puede explicarse simplemente en razón de ser el cronología de los diálogos—, terminaremos esta pesquisa con
pasaje en cuestión de índole narrativa, lo que ocurre, por ejem una brevísima historia de cómo fueron surgiendo, unos después
plo, cuando el autor está desarrollando un mito. de otros, los diálogos platónicos, conforme al esquenra que nos
Con estas cautelas, sin embargo, no puede desconocerse que traza, en su admirable obra, Wilaniowitz-.Moellendorff. Con
ha sido decisiva la contribución de la estilometría, como puede todo lo que pueda haber allí de fantasía, para llenar los vacíos
apreciarse del cuadro comparativo que nos ofrece R itte r12 entre documentales, creemos ser éste el ensayo mejor logrado, el que
la cronología establecida por él mismo, en aplicación del mé responde más cumplidamente al propósito de describir dinámi
todo, y la que, por su parte, proponen Lutoslawski, Gomperz, camente la sucesión temporal de los diálogos platonices en fun
Natorp y Ráder. Con ligeras variantes, concuerdan todos ellos ción de la vida de su autor.
—lo cual era de esperarse, por lo que antes dijimos— en la
cronología de los diálogos que van de la R ep ú b lica a las L eyes,
L a cron ología d e W ilam ow ilz
o sea de aquellos que están menos distantes del tcrm inus a quo.
Mayores divergencias se observan, como es natural, en los diá Platón, pues, autor dramático en un principio, y colocado,
logos anteriores a la R e p ú b lica , pero ya es mucho el haberse desde muy joven también, bajo la influencia de Sócrates, habría
puesto de acuerdo en considerar a este diálogo como el vértice empezado por escribir una serie de diálogos, desde luego socrá
o apogeo en la producción platónica, y por esto mismo, como ticos, pero cuya principal intención no es la defensa del maes
la línea divisoria entre los diálogos que lo preceden y los que le tro (y por esto pensaron muchos críticos que pudieron haber
siguen. Lo que es el divortiu m aqu aru m en una cordillera, la sido escritos antes de la muerte de Sócrates), sino simplemente la
línea de separación de las aguas que corren hacia una y otra de trazar ciertos cuadros o escenas, llenas de vida y movimiento.
vertiente, es aquí la R ep ú b lica .13
al pr i m er o, en t r e el cu al y l os dem ás, en opi n i ón de num er osos i n t ér pr et es,
11 P la tó n , Par ís, 1 9 0 6 , p . 4 3 8 . h abr ía u n a d i st an ci a t em por al con si der abl e. N o obst ant e, es cu r i oso com pr o­
12 P la tó n , i , 2 5 4 . bar , en l as t abl as cr on ol ógi cas de Ri t t er , cóm o la est i l om et r ía r evel a u u a
13 Acl ar em os desde est e m om en t o, a r eser va de exp l i car l o después, que secuenci a, si n sol uci ón de con t i n u i d ad , en t r e el l i br o pr i m er o y los subse­
nos r efer i m os, con est a cer t eza, a l os n ueve l i br os de l a R e /m b lic a q u e si guen cuent es. Cf . Ri t t er , o p . cit., p. 2 5 4 .
82 D ISTR IBU C IÓ N DE LO S DIÁLOGOS D ISTRIBU C IÓ N DE LO S DIÁLOGOS 83
en que Sócrates, según acostumbraba hacerlo, pone en solfa a tudes, no pudo ser el corruptor de la juventud, según se lo impu
varios personajes, poetas y sobre todo sofistas, infatuados de su taron Anito y los que con él formalizaron la querella judicial.
fingido saber. Este aspecto, el irónico o burlón, es el que más Fortaleza (L aqu es), templanza (Lisis-C árm ides), piedad (E u ti
se acusa en el Sócrates de estos diálogos, y apenas fugitivamente, frón ), de todas estas virtudes es Sócrates cumplido arquetipo;
aunque no esté ausente del todo, entrevemos la imagen divina y en lo que hace a la piedad (no la misericordia, sino la pietas),
que Alcibíades decía habitar en el alma de aquel Sileno, y Platón la pone de relieve en su maestro, y en una situación,
que, a los ojos de sus discípulos, no se reveló por completo, esta vez, preparatoria del proceso judicial, justo porque la acu
en todo su fulgor, sino el día de su muerte.14 Por esto llama sación en su contra fue por crimen de “impiedad”. La pruden
Wilamowitz sátiras filosóficas, sin mayor profundidad doctrinal cia o sabiduría (una y otra cosa quiere decir la phrónesis) no
aún, a diálogos como los siguientes: Io n , A lcibíad es, los dos cree Platón necesario encarecerla, siempre con referencia a Só
H ip ia s y P rotágoras. Este último, sobre todo, pasa con razón por crates, en un diálogo especial, pero prácticamente está en todos,
ser el de mayor arte dramático no sólo entre los diálogos de por el hecho mismo de postular Sócrates toda virtud como un
juventud, sino entre todos en general. Con él acontece, según saber, y de urgir, en consecuencia, por la definición estricta de
han observado los críticos, lo que con el W erther de Goethe, cada virtud, frente a la frivolidad de los sofistas, que se con
el R o m e o y Ju lie ta de Shakespeare y el D avid de Miguel Ángel; tentan con la retórica. L a justicia, en cambio, sí es el tema
obras todas de juventud, pero cuya frescura o vivacidad, pre del libro primero de la R ep ú b lica , el cual, en el momento de
cisamente por ello mismo, no vuelve a darse en la producción su composición, muy probablemente por lo menos, no debía
posterior, más valiosa bajo otros aspectos, de aquellos artistas. ser el primero de los otros nueve, sino un diálogo autónomo,
A continuación de esos diálogos vinieron los que Platón que habría sido el T rasím aco, por estar todo él dedicado a la
escribió, ciertamente después de la muerte de Sócrates, consa polémica de Sócrates con el sofista de este nombre: Trasímaco
grados a su “defensa”, y que Wilamowitz distingue cuidadosa de Calcedonia, sobre el concepto de la justicia. Y figura entre
mente de la “glorificación” (V erteidigung, V erklarung), la cual los diálogos en defensa de Sócrates, porque lo prominente en él
se encontraría tan sólo, según él, en el B an q u ete, y sobre todo no es tanto la explicitación de aquel concepto, cuando la pre
en el F ed ón . La defensa de Sócrates, a su vez, la entiende el sentación de Sócrates como el varón justo por excelencia, como
filólogo alemán en un sentido más amplio del que de ordinario el heraldo de la nueva moral que él mismo formula al decir
suele atribuírsele, porque no la toma tan sólo bajo el aspecto que es preferible sufrir la injusticia a cometerla. Es la convic
procesal, como si dijéramos, del juicio incoado y seguido, hasta ción que expresa en el G ritón, y por la cual murió, al consentir
la sentencia, en contra de Sócrates, sino que la extiende a aque en someterse a una sentencia injusta, antes que cometer él
llos diálogos en que Sócrates, sin estar en ia situación judicial mismo, con su fuga, una injusticia con la ciudad. Y Platón quie
del acusado, es vindicado, de hecho, de los cargos que en contra re no sólo mostrar, en el F ed ó n , cómo muere el justo: ecce quo-
suya se formularon durante el juicio. Por esta razón, Wilamowitz rnodo m oritu r iustus, sino también, en todos aquellos diálogos
incluye en este grupo de diálogos no sólo la A p olog ía y el Cri- de la "defensa” de Sócrates en su más amplio sentido, cómo
tón , sino los siguientes: L a q u es , L isis, C árm ides, E u tifrón y el vive el justo en su vida normal y cotidiana: ecce q u o m o d o iustus
primer libro de la R ep ú b lica. vivit.
En todos ellos, en efecto, aparece Sócrates como el prototipo Esto último es lo que está también en “1 B a n q u ete, sólo que
de las virtudes cardinales (Platón es el autor de esta concepción ya no en plan de defensa simplemente, 4ue se contenta con
que pasó luego a la ética cristiana), una por una, y de otras desvirtuar la calumnia, sino en el de apoteosis o glorificación.
aún, con lo que se da luego a entender, por más que no se diga A este fin conspira tanto el discurso de Sócrates sobre el Amor,
expresamente, que un hombre así, adornado de todas las vir como, sobre todo, el no menos maravilloso discurso de Alcibía
des, que es la más espléndida etopeya de Sócrates, así no fuese
14 "D as Gót t er bi l d h at Pl at ón er st zu Gesi ch t e bek om m cn . ai s SoKr ates zu sino por su carácter unitario, entre todas aquellas que, fragmen
st er ben gi n g.” W i l am owi t z, P la tó n , i , 1 3 9 . tariamente, se contienen en los diálogos platónicos. Sus rasgos
84 d is t r ib u c ió n d e l o s d iá l o g o s D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS 85
son concordantes, por supuesto, con los del F ed ó n , pero con la tende suplantarse a la filosofía, compone Platón un breve diá
diferencia, apuntada finamente por Wilamowitz, de que en un logo, el M en ex en o, que, en realidad, tiene de diálogo muy poco
caso dominan en la pintura, junto a la claridad del personaje, o casi nada, por no ser otra cosa que una encendida perora
los tonos sombríos de la muerte inminente, al paso que, en el ción en alabanza y gloria de Atenas. Mediante esta obra de re
otro, el retrato brilla en la más opulenta luz.15 tórica, de la buena, trata Platón, en suma, como dice Wilamo
En razón simplemente de la unidad temática que los vincu witz, de echar un poco de agua en la hoguera del Gorgias, y de
la, nos hemos referido, sin solución de continuidad, a los diálogos conciliarse, basta donde le es posible, el favor de todos, con una
de defensa y a los de glorificación de Sócrates, por más que pieza que su autor debió ver como la mejor c a p ta d o benevo-
estos últimos, en la opinión común actualmente, hayan sido Icntiae en aquellas circunstancias.
escritos mucho tiempo después de los primeros; y ahora retroce Los tres diálogos que probablemente siguen al anterior: Me
damos lo necesario para seguir sin saltos la cronología. llón, C ratilo y E u tid em o, están ya todos permeados del espíritu
Después de los diálogos en defensa de su maestro, parece Pla de la Academia, de la cual son, entre los tres, como el programa
tón haber escrito otro de sus grandes diálogos, el Gorgias. En o manifiesto de su orientación y su didáctica. Socrática es aún,
él pasa ya la persona de Sócrates, y su defensa, por ende, a en el M en ón , la doctrina de que la virtud puede ser enseñada,
segundo plano, porque aunque todavía polemiza con los solis y lo es igualmente la mayéutica como método de aprendizaje;
tas, no lo hace en el tono de buen humor, reposado y festivo, pero todo lo que viene después: la matemática y la dialéctica
del P rotágoras, sino con una acritud tal, que es manifiesto (pie como disciplinas fundamentales en la nueva institución, y más
ya no es él, sino Platón, quien ha saltado a la palestra. La allá aún, la eternidad del alma y la reminiscencia como los
misma tesis sofística de que la justicia es el interés del más fundamentos metafísicos del método mayéutico, todo esto es,
fuerte, la impugna el Sócrates del T ras im aco de un modo muy incuestionablemente, platonismo puro. En el E u tid em o, a su
distinto de como lo hace el Sócrates del G orgias, no en la argu vez, se distingue con todo rigor la dialéctica filosófica de la
mentación, pero sí —y es aquí lo decisivo— en el tono del debate. erística sofística, y en el C ratilo, en fin, se postula, frente al
En la interpretación de Wilamowitz, que estamos transcribien flujo heraclitano del devenir universal, la existencia de un reino
do y glosando, el G orgias habría sido el último de los diálogos inmutable de las Ideas, las cuales son así el necesario correlato
juveniles, o no tan maduros, de Platón; y lo habría escrito de la reminiscencia y la mayéutica, que de otro modo opera
poco antes de emprender sus viajes. En él lanza el guante contra rían en el vacío.
la retórica y la sofística, en una guerra sin cuartel, y delinea la Con tal programa y con tal orientación, metafísico-didáctica,
nueva p aid eia que ha de sustituir a aquella educación fingida, firmemente articulada, emprende y lleva a cabo Platón, en dos
y sobre la cual va él, Platón, a meditar en su ausencia de Atenas, décadas, más o menos, de docencia ininterrumpida en la Aca
para volver con ella perfectamente estructurada. demia (es decir, antes de volver a Sicilia) su gran obra de la
Es, en efecto, lo que ocurre a su regreso, con la fundación R ep ú b lica. En ella también, según el deslinde que estamos ha
de la Academia; pero antes, o simultáneamente, y tal vez con ciendo, es herencia socrática el “cuidado del alma”, cuya salud
el propósito de ganarse discípulos, le interesa a Platón desvane es la justicia, con la comparación tal vez, aunque ya no tan
cer la mala impresión que pudo haber dejado el G orgias, en seguro, entre el alma y el Estado; pero todo el resto práctica
cuanto pudieron haberse interpretado sus ataques contra la retó mente, toda la inmensa riqueza y profundidad de la obra, que
rica como dirigidos contra la educación ateniense en general, e no podemos atisbar siquiera en este momento, es de auto
indirectamente, por lo mismo, contra Atenas misma. Para mos ría platónica. Sócrates quiso, en verdad, la salvación de Ate
trar, pues, que a nadie cede él en el amor de su patria, y que nas, pero el campo exclusivo de su misión fue el alma de
la retórica puede tener bellos y nobles usos, cuando no pre- sus conciudadanos, y no la organización del Estado dentro del
cual pudieran aquéllos alcanzar la vida mejor.
" D c r l ’ l i ai don ist d u rth u u s in d u n k l cn Touc-n ge-hal len, das Sym posion Como no hemos de volver a ocuparnos más de él, añadiremos
gl i t t cr t i n bu n t em Li ch t e” . P la tó n , i , 392. que la interpretación de Wilamowitz, en lo tocante al M ene-
86 D ISTR IBU C IÓ N D E LO S DIÁLOGOS D ISTR IBU C IÓ N D E LOS DIÁLOGOS 87
xén o, está muy lejos de ser aceptada por otros exegetas plató de la ciudad. El orador, en efecto, pasa tranquilamente por alto
nicos. En opinión de Louis Meridier, por ejemplo, la intención todos los reveses militares o desaciertos políticos de Atenas,
de Platón, al componer esta pieza, habría sido la de hacer tanto en las guerras médicas como en la guerra del Peloponeso;
una parodia de la elocuencia profesoral o sofística, y no sería, y en las victorias, a su vez, reivindica para Atenas todo el mérito
en consecuencia, sino un episodio de la lucha de Platón contra de la acción, como cuando, por ejemplo, calla la importante
la retórica, en la cual el M en ex en o haría la figura del “drama contribución del contingente armado de Platea en la llanura de
satírico", después de la “tragedia" del Gorgias. En apoyo de Maratón. ¿Cómo es posible —se preguntan los exegetas— que
esta opinión, se aducen, en primer lugar, las circunstancias del Platón haya podido descender a semejante farsa declamatoria,
diálogo, como el hecho de que el rh etor, en este caso, sea preci cuando en el G orgias afirma tan enérgicamente que la retórica
samente Sócrates, quien fue siempre absolutamente ajeno a la debe ir acompañada siempre del respeto de la verdad y la
retórica (¿no se ufana de ello él mismo en el principio de la justicia? ¿Y cómo es posible, además, que se haya atrevido a
A pología?), y juntamente con esto, el hecho concomitante de poner todo ello en boca de Sócrates, el hombre más venerable
que el mismo Sócrates del diálogo declare que su maestra de para él sobre todos?
elocuencia —más aún, la autora misma de todo el discurso- De aquí, por tanto, que haya sido vivamente impugnada la
haya sido nadie menos que Aspasia. Por extraordinarios que autoría platónica del M en ex en o; pero como desgraciadamente
hubieran sido los talentos de esta mujer, aparte de su belleza, no puede ponerse en duda, ya que Aristóteles lo cita con tal
¿podía encomendarse dignamente el panegírico de Atenas, de atribución, y no una sino dos veces, en su R etórica, la con
sus glorias y esperanzas, a quien no era, en fin de cuentas, sino clusión final parece ser la que discretamente propone Taylor,
una cortesana, aunque de alto coturno? al decir que el tal diálogo constituye el más intrincado enigma
Lo decisivo, en fin, el hecho bruto que emerge triunfante de o rompecabezas (puzzle) en todo el Corpus platon icu m . Por otra
cualquier interpretación, es que el M en ex en o es una obra maes parte, no creemos que se contradigan tanto como a primera
tra de la antigua retórica; un discurso en que se observan, del vista pudiera parecer, las interpretaciones de Wilamowitz y de
principio al fin, todos los preceptos del arte. Es también, a su Meridier, si suponemos que Platón pudo pensar, con cierta
modo, un Discurso por los Muertos, un ep itap h ios, y como tal, socarronería, que una parodia así de gruesa bastaba y sobraba
comprende dos partes esenciales: el elogio y la consolación. En para concillarse el favor de la hueste retorizante, incapaz, por
el primero, y como sus temas a su vez esenciales, figuran la su falta de sentido crítico, de percibir el infundio. Si así fue,
glorificación de la raza, de la educación y de los actos. Por no hay duda que Platón tuvo sus ribetes de astucia o bella
lo primero, la "autoctonía” de la población del Ática, predilec quería al componer una obra que, por cualquier lado que se la
ta de los dioses, como lo comprueba la rivalidad entre Atena mire, es de puro virtuosismo. Dejémosla atrás y pasemos adelante.
y Poseidón. Por lo segundo, la p a id eia ateniense; y por lo úl Terminada la R ep ú b lica , y en la esperanza, que por algún
timo, las grandes hazañas militares, con particular hincapié tiempo parece haber alimentado, de que su mensaje pudiera
en las guerras médicas y en la guerra del Peloponeso. La ora tener algún efecto en la política de su ciudad, y con el goce,
ción fúnebre, en fin, remata en la consolación que los muertos además, de haber dado cima a tan alta empresa, Platón descan
dirigen a sus padres y a sus hijos, y en la exhortación del orador sa, como los verdaderos artistas, trabajando, y produce un diá
a todos éstos, hasta la despedida. Formalmente, es el Discurso logo, el F ed ro , que es fruto, a la par, de este goce y aquella
por los Muertos por antonomasia, el de Pericles, ¿inspirado tam esperanza. Su atmósfera es la de “un día feliz de verano”,18
bién —hasta aquí puede llegar la ironía— por la -misma Aspasia, en que se distienden las fuerzas y se da curso simplemente a la
real y concreta esta vez, la amante del gran estratego? alegría de vivir.. Con inigualada libertad de movimiento, con
T an perfecto es el apego del M en ex en o a los cánones de la exuberante fantasía poética, se dan aquí la mano lo mejor del
retórica, que a más del desfile de lugares comunes y habitua F ed ó n y el B a n q u e te : Eros y Psiqué, como en el mito alado de
les, encontramos allí también el igualmente habitual desprecio
de la verdad histórica, por parte de los panegiristas a ultranza 16 L a expr esi ón es dé Wi l am owi t z: E in g lü c k lic h e r S om m erta g .
88 D ISTRIBU C IÓ N l)E LOS DIÁLOGOS D ISTRIBUCIÓ N DE LOS DIÁLOGOS 89
los corceles del alma, y su cabalgata, en el cortejo de los dioses, enlace entre el mundo eidético y el mundo táctico, si por “par
por los campos celestes. Por estar aquí, con tan bello ropaje, ticipación”, por “imitación”, por “ejemplaridad”, o de qué
toda la filosofía de Platón, fue por lo que Schleiermacher, que modo. Y en lo que, además, parece haber consenso entre los
no atendía sino al aspecto profesoral, pudo ver en el F ech o, críticos, es en cuanto a que estas dificultades las había suscitado
como si fuera el programa de un curso, el primero de los precisamente Aristóteles, el joven discípulo de Platón en la
diálogos platónicos. Academia, porque son las mismas que luego encontramos en los
Al escribir el F ech o, estaría Platón, según los cálculos más escritos aristotélicos. Por esto se ha dicho, y con razón, que tam
probables, en los sesenta años. En los veinte que aún le quedan bién contribuyó a amargarle la vida a Platón, en su vejez, el
de alentar y escribir, y en los cuales lia de decir aún muchas haber tenido, entre sus alumnos, a aquel joven genial, venido de
cosas de gran importancia, y que no dijo antes, no volverá Estagira o de la corte de Macedonia, que así como así, de buenas
jamás el goce de aquella tarde estival, a orillas del ílisos. Cuan a primeras, percibía los puntos vulnerables en la doctrina del
do se da cuenta de que Atenas ignora, para todos los efectos maestro, y los exhibía sin piedad.
prácticos, el mensaje de la R ep ú b lica , no le queda sino recoger Por otro camino, pero siempre con el propósito de defen
se en sí mismo, en su Academia y en su actividad docente,17 y der las doctrinas que habían sido las más suyas, ideó Platón
dar un adiós definitivo a la política activa. En la serenidad de una trilogía, la única que parece haber preconcebido como tal,
la vejez acabará por sobreponerse a la desilusión y a la repulsa cuyos diálogos encarnarían tres “formas de vida”, como diría
de sus conciudadanos, pero la amargura no puede dejar de ins mos hoy, y que serían el Sofista, el P olítico y el F ilósofo. De
tilarse en los diálogos de esta época. hecho, sólo los dos primeros diálogos, que llevan esos nombres,
T al acontece, desde luego, en el T eetetes, el diálogo consa fueron escritos, o por lo menos publicados; pero el tercero esta
grado a la ciencia, y en el cual resuenan los viejos temas del ba planeado también, como resulta de las referencias explíci
saber —el único digno de este nombre— como fruto del alumbra tas de los otros dos.1" Deficientes ambos: el sofista y el polí
miento interior e intuición de la Idea. Pero juntamente con tico, sus imperfecciones debían ser anuladas o superadas en el
esto, vemos cómo está transida de amarga ironía la admirable filósofo, el tipo humano superior en absoluto. En el Sofista se
etopeya, que allí se nos ofrece, del filósofo. No es ya el esforzado nos presenta este tipo, en consonancia con la etopeya del T cete-
constructor de la ciudad perfecta, lleno de alacridad y opti tcs, como “aquel cuya mirada está siempre dirigida a la Idea
mismo, sino un habitante no más del reino de las Ideas, del del Ente, mientras que los ojos de la multitud no pueden so
que hacen mofa la gente vil y los que se tienen por hombres portar la luz de lo divino”.-'0
prácticos, como los leguleyos y los politicastros. “En realidad, ¿Por qué no llegó a escribir Platón el tercer diálogo de la
no está y no mora sino por su cuerpo en la ciudad; pero su trilogía, que debía ser su remate y coronamiento? En opinión
espíritu, que tiene todo aquello por pequeñez y nadería, y que de Wilamowitz, fue porque Platón no alcanzó nunca a resolver
desprecia, levanta el vuelo hacia todos los ámbitos, ya midiendo las dificultades, que había expuesto en el P arm én ides, contra la
lo que hay en los abismos de la tierra o sobre ella, ya persi teoría de las ideas, y que se imaginaba que podría despachar
guiendo el curso de los astros, y escrutando la naturaleza de satisfactoriamente en el F ilósofo. Como quiera que haya sido, es
cada cosa y del conjunto, sin abatirse jamás a lo que le rodea.” 18 interesante la conjetura de que, entre el mundo inteligible y el
En el mismo estado de ánimo, por lo seco del estilo y lo mundo sensible, concibió Platón otros posibles agentes de enla
intrincado de los razonamientos, parece haber sido escrito el ce, más reales y concretos que los puramente lógicos o meta-
Parrnénides. En este diálogo analiza trabajosamente Platón, sin físicos de la participación o de la imitación, y que serían, se
acertar a resolverlas, las numerosas objeciones levantadas contra gún el título de aquel proyectado diálogo y lo que al respecto
su teoría de las ideas, y particularmente cómo debía ser el encontramos en el B a n qu ete y en la R ep ú b lica , los tres siguien-

>7 “ N’ ur n och I x í i r cr .” Wi l ai n owi t z, o p . c it., cap. 14. s o f. 253 c , P o lit. 257 a.


J* T e e t ., 173 c-174 a. -" S of. 254 a.
90 D ISTR IBU C IÓ N DE LOS DIÁLOGOS

tes: el filósofo, el amor y el Estado. Podrá escaparnos la meta


física de la participación, pero lo indudable es que por la
filosofía, por el Eros y por la organización de la ciudad hacia IV. TEORÍA DE LA VIRTUD
la vida perfecta, se da de algún modo, en este mundo, la refrac
ción del otro, constituido por esencias y valores. En el orden del tiempo (porque en el sistemático anda todo
Los últimos años de su vida los consagró Platón a la com junto en Platón) el tema de la virtud parece tener induda
posición de un diálogo, el F ile b o , cuyo asunto es la cuestión ble prioridad entre los grandes temas que hemos enunciado de
del sumo bien propuesto a la conducta humana, y la cuestión, la filosofía platónica. Es el predominante, cuando no el único,
por ende, de la felicidad o en d em on ia, de que se ocuparán tan en los diálogos “socráticos" por antonomasia, aquellos en que
largamente los peripatéticos y los estoicos. Sócrates es no sólo el personaje central, sino, hasta donde po
Su cosmovisión, en seguida, la declara Platón en el C ridas demos conjeturarlo, el personaje histórico, y no tanto por la
y en el T im eo , y cierra, en fin, su gloriosa carrera de escritor, y situación concreta del diálogo, que puede ser ficticia, sino por
su vida misma, con las L ey es; obras de las que hemos dicho ser el tema uno de aquellos que, por lo que sabemos, fueron
con antelación lo que era suficiente en una introducción, por habituales en la conversación socrática, y ninguno como la vir
lo que no es menester aquí añadir más. tud puede considerarse así. Por la virtud, en efecto, por hacer
la conocer y amar de sus conciudadanos, había vivido y muerto
L o s seis gran des tem as d e la filo s o fía p latón ica Sócrates. Y el mayor testimonio lo dio él mismo en su defensa
ante sus jueces, cuando cifra su misión en el “cuidado del alma”,
La cronología de Wilamowitz, que acabamos de resumir, y en su perfección moral mediante la virtud, como en el siguien
que nos parece ser la más acertada de todas las que conoce te pasaje:
mos, por lo menos en sus grandes líneas y por discutible que “Toda mi ocupación es andar de un lado a otro para per
pueda ser en la colocación precisa de tal o cual diálogo, nos suadiros, jóvenes y viejos, de no preocuparos ni de vuestro cuer
servirá de pauta, para seguir la evolución de cada tesis o doc po ni de vuestra fortuna tan apasionadamente como de vuestra
trina, en el estudio sistemático que de la filosofía platónica alma, a fin de hacerla tan perfecta como sea posible. Y por
haremos en los capítulos subsecuentes. A nuestro parecer, en esto os he dicho que no es de las riquezas de donde viene la
efecto, proporciona una comprensión más acabada de dicha virtud, sino, por el contrario, que las riquezas vienen de la vir
filosofía su división por temas, antes que la exégesis singular tud, y de ella, también, todos los demás bienes para el Estado
de cada diálogo, ya que en todos y cada uno, por lo común, y los particulares.” 1
hay una fuerte complicación temática, cuya clarificación o dis No erá, desde luego, esta prédica socrática una pura exhorta
criminación es precisamente la labor del intérprete. En cada ción moral dirigida al reconocimiento simple de la virtud como
tema, no obstante, habrá de tenerse en cuenta, hasta donde sea el factum fundamental de la conciencia. Nada más lejos de
posible, la cronología de los diálogos, por lo que nuestro Sócrates, “sacerdote de Apolo”, según su propia confesión, como
estudio de Platón aspira a ser, en suma, histórico-sistemático. el ciego voluntarismo moral de la C rítica d e la razón práctica.
Ahora bien, y aceptando de antemano los riesgos que lleva En Sócrates hay, como observa Jaeger,2 la exhortación (p ro trep ti-
consigo toda enumeración, en la filosofía de Platón, según la kós) y la indagación (élen chos), siendo esta última la pesquisa
entendemos y la sentimos, se darían tam bién21 seis grandes del concepto de cada virtud, ya que la virtud —y aquí está todo
temas, que serían los siguientes: la virtud, las ideas, el alma, el intelectualismo socrático— es, ante todo, conocimiento.
el amor, la educación y el Estado. A la explicitación de cada Fuera de la teoría de la virtud, no hay en Sócrates ninguna
uno, a su teoría, tiende este ensayo. otra “teoría”, ni de la naturaleza, ni del hombre, ni del Estado.
21 L o de "t am b i én " es, p o r su puest o, y au n q u e n o se t r at e d e l os m i sm os
t em as, p or el con oci do l i b r o d e H ei m soet h : L o s seis g ra n d e s tem a s d e la 1 A p o l. 29 d.
m eta físic a o c c id e n ta l. 2 P a id eia , M éxi co, FCE, 1962, p . 414.
[91]
92 T E O R ÍA DE LA VIRTUD T EO R ÍA DE LA VIRTUD 9.1

No íue teórico sino de la moral, conforme al testimonio, hasta “fuerza” o “eficacia”, que recoge, entre las varias acepciones del
hoy irrefragable, de Aristóteles: “Sócrates, por su parte, se apli vocablo, el Diccionario: “Actividad o fuerza de las cosas para
có al estudio de las cosas morales, y para nada, en cambio, al de producir o causar efectos.” Lo que, en cambio, parece haberse
la naturaleza en su conjunto. En aquel dominio, empero, in perdido definitivamente es la referencia primaria de la voz la
vestigó lo universal (t ó xa9óXou), y el primero entre todos, tina al varón o la virilidad.
fijó su pensamiento en las definiciones.” 3 La arete griega —para volver a ella y no dejarla más— tiene,
Por el camino abierto por su maestro, y en la misma línea por su parte, la más amplia gama significativa, como lo hace ver
de indagar los conceptos universales en la filosofía moral, luego su raíz: el prefijo ari, que denota idea de “perfección”
era de esperarse que Platón iniciara, a su vez, su propia filo en absoluto. Y como el bien —o el valor, que viene a ser lo
sofía. Antes, empero, de seguirle por estos diálogos indagatorios mismo— se predica, según dijo Aristóteles, en tantos sentidos *
de la virtud, conviene que nos detengamos un poco en exten como el ente, la a relé será, en consecuencia, toda predicación
der la vista al horizonte histórico conceptual de esta noción en valiosa de cualquier modo que pueda hacerse de cualquier ente
la antigua Grecia, a fin de comprender la revolución espiri en absoluto. Por esto se habló también en griego, antes que
tual llevada a cabo por Sócrates y Platón. en latín, de la a rete del caballo. Y circunscribiéndonos a la
esfera de lo humano, la única que aquí nos interesa, podemos
Evolución sem án tica d e la virtud decir, con León Robín, que la “virtud” helénica significa, en
su más amplia acepción, “toda forma de mérito personal o de
Traducir a rete por “virtud" está bien, y así se ha hecho en excelencia, en cualquier género de actividad”.4
los idiomas modernos más conocidos, pero a condición de que No obstante, y a despecho de esta generalidad significativa
cobremos conciencia de la evolución semántica del término grie que se mantiene siempre, aun en el lenguaje de la filosofía,
go en primer lugar, y luego de su traducción en latín y en hubo aquí, como dentro de cada idioma y con cualquiera de
romance. Y como la evolución ha sido en este caso más bien sus términos, una clara evolución semántica. ¿En qué consiste?
restrictiva que expansiva, creemos de mejor método decir dos En esto simplemente: en que cierta a rete es, según la época,
palabras sobre las significaciones más modernas o menos anti más a rete que otras, o dicho de otro modo, que el acento axio-
guas, y retroceder luego al vocablo griego, que es, en definitiva, lógico, el mayor énfasis valorativo, va desplazándose paulatina
el que aquí debemos tener presente. mente de unas a otras cualidades o excelencias. No es necesario
La palabra latina virtus —de la que viene, obviamente, la seguir aquí esta evolución en todos sus momentos, pero sí
nuestra de “virtud”— designa ante todo, como salta a la vista, creemos necesario detenernos en tres por lo menos, por ser
la cualidad propia del varón: vir, y en primer lugar, por tanto, frente a ellos, o con referencia a ellos, como la filosofía lleva a
una “virtud” tan privativa o tan propia del varón como el cabo su propia conceptuación de la virtud. Estos momentos se
coraje o la valentía. En seguida, y por analogía con la fuerza mánticos corresponden a la concepción de la a rete en la época
viril, el vocablo denota todo vigor o pujanza en otros vivientes, heroica, en Hesíodo y en la Sofística.
sean animales o vegetales, y así se habla de la virtud del caba En la Grecia de los poemas homéricos —no necesitamos re
llo o del árbol: virtas eq u i, virtus arboris. Por último, la voz montarnos más atrás— la a relé es primariamente un valor vital,
tiene también la significación de cualidad o excelencia moral. de la sangre podríamos decir, y que reside ante todo en la no
En nuestro idioma, y en los otros idiomas romances con él bleza guerrera, que es la casta superior en aquella sociedad.
emparentados, la última significación que hemos dicho de la Encarna, por tanto y en primer lugar, el sentimiento del honor,
virtud latina, ha acabado por ser la primera y principal. La el valor en el combate y el desprecio de la muerte, y también
“virtud”, para nosotros, se da, ante todo y sobre todo, en el la conducta caballeresca que los nobles observan entre sí, pero
campo de la moralidad. Conserva, sin embargo, su sentido de rio con las gentes de condición inferior. Ni siquiera puede de-

Afel. A, 0, 987 b 1-6. * P la tó n , O cu vres c o m p lete s, « 1. Pléiade, I , 1276.


94 T E O R ÍA DE LA VIRTUD T E O R ÍA DE LA VIRTUD 95
cirse que tal conducta, entre los miembros de la aristocracia mili ría, a nuestro entender, la traducción más aproximada del
tante, sea precisamente la justicia, sino un código de honor con término á y a0óg en los poemas homéricos y en la literatura
vencional. A cualquier lector de la Ilia d a debe serle claro que no muy posterior. “Murió como varón esforzado” (ávfip
no es la justicia la que suscita o dirime los pleitos entre Agame áya0og yevójxEvog á-n:é0avev) es el epitafio habitual del héroe
nón y Aquiles, sino la idea que cada uno de los héroes se hace caído en el campo de batalla.
de su honor personal. La devoción a la causa común, el amor de No nos detendremos en esto más, y lo único que cumple ob
la patria, es un sentimiento secundario; estamos aún muy lejos servar, antes de seguir adelante, es que, a despecho de todos los
de la p ietas romana. Aquiles tío vuelve a la batalla tanto por cambios semánticos habidos después, la significación de la anti
auxiliar a los suyos en una situación crítica, cuanto por vengar gua a reté no se cancela del todo, ni mucho menos, en los tiempos
a su amigo Patroclo. que siguen, ni siquiera en el apogeo de la filosofía. Perdura,
Es ésta, por supuesto, la tonalidad general de la virtud helé desde luego, en la virtud del valor —o más exactamente de la
nica en la época heroica, pero con excepciones tan notables valentía—, que no es ya una virtud total o suprema, como antes,
—¿o no será por ventura la única?— como la de Odiseo, el tipo pero sí una virtud particular de gran importancia, como vamos
más perfecto de hombre, en nuestra humilde opinión, que en a verlo en Platón. Y perdura también, y acaso sobre todo, en
contramos en toda la literatura griega. Odiseo sí es el ejemplo esa otra virtud tan típica de la ética helénica, que Aristóteles
acabado de todas las virtudes personales, familiares y cívicas; designará con el nombre de “magnanimidad” (p£yaXoi|;ox¿a) >
el que no incurre jamás en la desmesura que es habitual entre cuya inserción en la ética cristiana ha sido tan difícil, precisa
sus compañeros, y no porque sea en él la sophrosyne, como en mente porque es todo lo contrario de la humildad. La “magna
Néstor, el efecto natural de la vejez, ya que el poeta nos lo nimidad” aristotélica, en efecto, no es simplemente, como la en
presenta en la fuerza de la edad, y no cediendo en nada, en tendemos hoy, el temple interior frente a los casos de la fortu
la batalla, a los más arrojados. Y todo el secreto de su maravillosa na, o el desprecio de los bienes inferiores por la estimación de
personalidad está en su fidelidad constante a Palas Atenea, la los superiores, sino que todo esto es consecuencia de lo primero
cual vive prácticamente dentro de él; le guía en todos sus y principal, que es el sentimiento del honor, de la aristocracia
caminos y le ilumina en todas sus decisiones. T al parece como espiritual que lleva consigo el magnánimo. De la filosofía mo
si el poeta hubiera intuido que después de la a reté del valor ral de Platón el aristócrata, por consiguiente, no puede estar
había de dominar, andando el tiempo, la a reté de la inteli ausente lo que encontramos, y con tanta energía de trazo, en la
gencia, y hubiera querido darnos, en Odiseo, su heraldo y de quien no fue, ni siquiera en su tierra, miembro de la no
prototipo. Pero insistamos, una vez más, en que se trata de bleza. En fin, la cuna o posición social de cada pensador no
un caso sin paralelo. son siempre el factor determinante, y lo único que importa es
La significación de la “virtud” en los tiempos heroicos se percatarnos de que, con la sola excepción de Antístenes y su
refleja, como es natural, en otras voces con aquella emparen escuela, el pensamiento ético de los filósofos se mantiene fiel
tadas, y que tuvieron, por tanto, la misma evolución semán a sus orígenes aristocráticos en ese toque de nobleza espiritual,
tica. La “bondad”, por ejemplo, es en aquella época otra cosa de xaXoxáyaOta, que tienen la virtud y las virtudes, aún des
muy distinta de la que fue después, como lo consigna Jaeger pués de haber sido reivindicadas por la moralidad.
en esta penetrante observación: “También el adjetivo áya0óg, El segundo gran momento en la evolución semántica de la are-
que corresponde al sustantivo areté, aunque proceda de otra té, está en Hesíodo (siglo vu a . c .) , en quien los griegos vieron,
raíz, llevaba consigo la combinación de nobleza y bravura mi con razón, su segundo poeta y educador al lado de Homero. Am
litar. Significa a veces noble, a veces valiente o hábil; no tiene bos, en efecto, son complementarios, precisamente por ser del
casi nunca el sentido posterior de ‘bueno’, como no tiene todo diferentes. No estamos ya más en la sociedad de los héroes
areté el de virtud moral.” 5 “Esforzado”, y no “bueno”, se divinos y batalladores, en familiaridad con Zeus y los olímpicos,
sino en la humilde comunidad campesina de hombres que su
is Paideia, p. 22. dan y se afanan, de sol a sol, por hacer rendir a la tierra: la
96 T EO R ÍA DE I.A VIRTUD
T E O R ÍA DE LA VIRTUD 97
magra y dura tierra de Grecia, erizada de montañas por todas
heroicos, pero tampoco la rectitud moral, sino la “habilidad”
partes, todo el fruto que pueda dar.
para ganar, lo más rápidamente que fuera posible, los puestos
De su experiencia personal en este medio, de su larga ludia,
de mando. Esta habilidad se la daba, muy rápidamente tam
como pequeño agricultor que era, no sólo por cultivar su par
bién, la enseñanza retórica y sofística, con un barniz de cultura
cela, sino por defenderla de la rapacidad de un hermano suyo,
general y la destreza oratoria, que era lo más importante, para
holgazán y buscapleitos, que quería arrebatársela, alcanzó Hc-
poder dominar en las asambleas. El dominio de sí mismo y el
síodo —en una sublimación axiológica que merece la gratitud
respeto de la justicia no tenían mayor importancia.
de la humanidad— la intuición del trabajo y la justicia como
En muchos diálogos de Platón, (pie son también, a más de
los supremos valores (a rela í hubo ele decir él) de la conviven
su contenido filosófico, diálogos de polémica con los sofistas,
cia humana.
vemos reflejada esta concepción o ideal de la vida. Escojamos,
“Fácil cosa es alcanzar la miseria —dijo el poeta en Los tra por ser tan expresiva, aquella declaración del pomposo Hipias,
bajos y los días—-, llano y corto es el camino. Pero los dioses el cual, cansado de que Sócrates le haga trizas, una tras otra,
inmortales han colocado, antes del éxito, el sudor. Largo y es
las varias definiciones que va dando el sofista del concepto de
carpado es el sendero que conduce a él, y al principio, áspero.
lo bello, acaba por decirle buenamente que se deje de historias
Sin embargo, una vez que has llegado a la cúspide, resulta fácil,
y de tanto requilorio, y concluye así:
a pesar de su rudeza.”8 “Lo que es bello, en suma, y de gran valor, es el ser capaz de
Que en Grecia no era difícil que arraigara la estimación del
producir, con arte y con belleza, un discurso en el tribunal, en
trabajo, lo da a entender este texto de Hcrudoto: “Grecia ha
el Consejo, o ante la magistratura que conozca del asunto; y
sido en todos los tiempos un país pobre; pero en ello funda su
después de haberlos convencido, irse uno de allí, llevándose un
arete. Llega a ella mediante el ingenio y la sumisión a una se
premio no mezquino, sino el mayor de todos, (pie es la propia
vera ley. Mediante ella se defiende la Hélade de la pobreza y de
salud, la de sus bienes y la de sus amigos. He ahí a lo que debe
la servidumbre.”7
rías aplicarte, y mandar a paseo estas minucias verbales, si no
En cuanto a la justicia, el poeta la concibe, personificada en
quieres pasar por imbécil por andar, como ahora, en charlata
Dikc, como la hija de Zeus, encargada de dar cuenta a su olím
nerías y necedades.
pico padre de las fechorías de los mortales. A hacerse cargo
En el diálogo A lcib íad es10 es acaso donde con mayor transpa
de todo esto, invita Hesíodo a su hermano Perses, en estas pa
rencia se da el contraste entre la concepción de la arete, preva-
labras que continúan siendo de eterna frescura: “Míralo bien:
lente en la épica, y la que Sócrates, en cumplimiento de su mi
atiende a la justicia y olvida la violencia. Los peces y las bestias
sión, se esfuerza en llevar al alma de la juventud ateniense.
y los pájaros se devoran entre sí, puesto (jue entre ellos no
Ninguna complejidad en la composición del diálogo estorba la
existe el derecho. Pero el hijo de Gronos ha dado a los hom
confrontación, porque no hay sino dos interlocutores: Sócrates
bres la justicia, y es con mucho lo mejor que tienen.”8
y Alcibíades, el tipo representativo por excelencia de! conflicto
Fue una pena que esta alta concepción de la a relé, radicada
íntimo entre la virtud y la concupiscencia, entre el bien y el
esta vez en la justicia y el trabajo, no hubiera arraigado tanto
mal, que se dio en aquella época y en aquella generación. Pol
como para haberse impuesto victoriosamente en la Atenas tan
la historia sabemos cómo fueron las fuerzas del mal las que al
culta, pero tan estragada moralmente, del siglo v. Desgraciada
fin dominaron en Alcibíades, y que acabaron por arrastrarle a
mente no fue así, salvo tal vez entre la población campesina y
trabajadora, que no contaba para nada cu la gestión de la cosa
pública. En los círculos dirigentes, en cambio, y en la juventud ® Hip. ñutí., 304 a. El t em a a di scusión en el d i ál ogo es t an t o lo bello
com o lo n obl e o lo bu en o (el t ér m i n o cu br e per fect am en t e las t res acepcio­
ambiciosa, la arete fue esta vez no ya la bravura de los tiempos nes), por lo qu e l a decl ar aci ón de H i p i as exp r esa t am bi én , sin for zar en
n ad a el len gu aje, su i dea de la a r e lé .
® E rga, 28(3 t kl.
10 N os r efer im os n at u r al m en t e a A lc ib ía d e s I , ya qu e el segu n do d i ál ogo
? H e r. Vil, io s .
d el m ism o n om br e se t ien e gen er alm en t e p or ap ócr i fo, y por est o es su p er ­
8 E rg a , 274.
fi n a t oda n u m er aci ón ad ici on al.
98 T EO R IA DE LA V IRTUD T E O R ÍA DE LA VIRTUD 99

su trágico fin; pero también sabemos que, mientras frecuentó el hombre lo principal no es el cuerpo, sino el alma, el buen
a Sócrates, fue siempre sensible, aun en sus peores momentos, a gobierno resultará ser, en suma, una forma del “cuidado del
la influencia socrática, como lo pone de manifiesto su desga alma” (éiapéXeta Trjg tjtux'ñc). en 1° cual ha cifrado Sócrates, en
rradora confesión —consignada por Platón en el B an q u ete—, su apología, todo el sentido de su misión. Así liga él ahora am
donde Alcibíades pone literalmente su corazón al desnudo. bos temas, y por esto, frente a Alcibíades, como lo hará des
Al preguntarle, pues, Sócrates, cuál es la virtud o excelencia” pués ante sus jueces, invoca el precepto contenido en la inscrip
a que aspira, y que le permitirá ser el hombre superior (áristos) ción lapidaria del santuario déltico: el “conócete a ti mismo”,
que de cualquier modo está llamado a ser Alcibíades, contesta como el principio y fundamento de toda reforma moral, que
éste que se trata, con toda evidencia, de aquella virtud por la ha de empezar, naturalmente, en el alma del gobernante. Es así
cual puede decirse de alguien que es hombre de pro u hombre como, por esta serie de pasos lógicos, perfectamente concatena
de valor.1112 Esto es lo que quiere decir ahora el adjetivo áyaOóg, dos, es llevado Alcibíades por Sócrates a la reflexión interior,
con cierto énfasis axiológico en los méritos personales y cívicos, sobre sí mismo y sobre su alma, con lo que se le abre la visión
que lo distinguen del “varón esforzado” de los tiempos heroi de un mundo de valores que no había percibido nunca el atur
cos. Por último, y al urgir Sócrates a su interlocutor que defina dido joven, embriagado como estaba con sus sueños de poder y
de manera más precisa lo que entiende por áyaBóg, contesta Al grandeza.
cibíades, sin la menor inhibición o duda, que tal calificativo Al conocimiento de sí mismo lo llama Sócrates sophrosyn e.1*
merecen los hombres que son capaces de mandar en la ciudad.13 Por ser éste uno de los términos fundamentales no sólo en la
Ahora sí que se han corrido todos los velos, y la a relé aparece ética de Platón, sino en la concepción helénica de la vida espi
simplemente, de acuerdo con tal estimativa, como el apetito de ritual, creemos necesario esclarecer su significación, hasta donde
dominación. sea posible, antes de seguir adelante.
Dejaría Sócrates de ser lo que siempre fue: el que se ufana Reconozcamos, en primer lugar, que sophrosyn e no tiene, en
apenas de saber que nada sabe, si contradijera de plano el nuestro idioma, ningún término equivalente, y en otros idio
aserto de su interlocutor. No lo hace, además, porque de su mas, hasta donde podemos juzgar, el de sagesse, en francés,
ética —en todo caso de la de Platón— no está de ningún modo sería el único que podría traducirlo fielmente. Uno y otro, en
eliminada la pasión de mandar. De suyo es noble y legítima, efecto, denotan tanto la perspicacia intelectual como la salud
y todo lo que hace falta es comprender que el gobierno de los moral, con mayor énfasis tal vez en esto que en aquello, pero sin
hombres no es como el de cualquier rebaño, sino que debe ser excluir de ningún modo el momento intelectual, pues de otro
un “buen gobierno”, es decir, de acuerdo con la justicia. Es esto modo no llamaría Sócrates sophrosyne al conocimiento de sí
lo primero en que Sócrates hace parar mientes a Alcibíades, y en mismo. Pero al lado de esta primera acepción, y porque todo
seguida, que el buen gobierno no es tan sólo la administración ello va junto en la vida espiritual, la sophrosyn e significa tam
de la justicia, sino que debe extenderse a hacer “mejores", en bién, además del conocimiento, el dominio de sí mismo, sobre
todos sentidos, a los ciudadanos, lo que supone por fuerza una todo en los apetitos sensuales del amor y la gula, con lo que
reforma moral, y por tanto, el conocimiento de la virtud. En pasa a ser equivalente de la virtud cardinal de la templanza.
esto radica, en efecto, la diferencia entre pastorear un rebaño Uno y otro aspecto, en fin, el general y el específico, se tradu
de animales y gobernar una sociedad humana: lo primero es cen, en el aspecto exterior o los ademanes de la conducta, en
por la utilidad del dueño, y lo segundo, en cambio, por el pro lo que los latinos llamaron decoru m , y que es el continente grave
vecho y bien no del gobernante, sino de los gobernados. Son y sereno que resulta del acuerdo interior del hombre consigo
lemas que Platón desarrollará largamente en la R ep ú b lica . mismo.15
Pero si de lo que se trata es de cuidar de los hombres, y en
i r A le. 131 a: oot foooú vr i ¿oxi xó écir r ov yt yvoxnüriv.
11 A le. 124 e: v i va á()£Tr |v; m D e t oda est a var i ed ad si gn i fi cat i va se h ace car go cu al q u i er L e x ic ó n p ía -
12 Ale. ibid.: Srji.ov orí í¡vrCQ oi a v ó q e; o í c’ryaOoí- to n icu m , al li st ar , en t r e los t ér m i n os em p ar en t ad os o asociados con l a
Ale. 125 b: t o«s Sw ai i évor ; a(>Xelv f v xñ ffóXei. Ctocj. oooóvT), m uch os ot r os com o los sigu i en t es: lío jto v ía , éy v .n á re in , xo o -
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En la justicia y la sophrosyn e, en suma, debe fundarse quien, a la distribución y nomenclatura de las diferentes virtudes. Pero
como Alcibíades, aspira a la dirección de los asuntos públicos. bien podemos suponer que desde sus primeros diálogos tendría
Es la lección principal que emerge del diálogo, como se ve por presente esta psicología, conforme a la cual deben distinguirse
la exhortación final de Sócrates a su amigo, y que transcribimos en el alma humana dos partes, una racional y la otra irracional,
ensamblando libremente los textos, sin los pasajes intermedios y en esta última, a su vez, dos partes o potencias: el coraje o el
de preguntas y respuestas: ánimo (Bupóg) y la concupiscencia (éiuBupúx). De todo esto ha
“Por consiguiente, Alcibíades, no es de muros, ni de trirremes, blaremos en su lugar largamente, y por el momento digamos tan
ni de arsenales de lo que las ciudades han menester para ser sólo que por más que la sophrosyn e, en su más amplio sentido,
felices, ni de una numerosa población o un vasto territorio, si pudiera ella sola regular la parte irracional del alma en todos
les falta la virtud. Y si, por tanto, quieres administrar los asun sus aspectos, a Platón le pareció que sería conveniente asignar
tos de la ciudad recta y bellamente, es la virtud lo que debes una virtud más específica a cada una de sus potencias: a la
participar a los ciudadanos.. . De esta suerte, lo que te hace concupiscencia la templanza (sophrosyne también, aunque aho
falta asegurarte no es la facultad de la licencia ilimitada en ti ra en un sentido restringido), y al ánimo la fortaleza.
mismo, o el poder absoluto en la ciudad, sino la justicia y la Por último, en el P rotágoras aparecen, a más de las tres que
moderación. .. Obrando con justicia y moderación, tú y la ciu hemos visto, dos virtudes aún: la sabiduría en su más alto y
dad, seréis aceptos a los dioses, y os conduciréis con la vista propio sentido: so p h ia, claramente distinta, en el texto mismo,
puesta en lo divino y lum in oso... Para terminar, excelente de la sophrosyne, y la piedad (ócnÓTini;), con lo que tenemos ya,
Alcibíades, no es la tiranía lo que debes procurar, ni para ti en el orden que Platón las enumera, estas cinco virtudes: sabi
mismo ni para la ciudad, si queréis ambos ser felices, sino la duría, templanza, fortaleza, justicia y piedad.17 Ninguna más
virtud.”16 habrá de añadir Platón, antes por el contrario, reducirá pos
teriormente, según todas las apariencias, la piedad a la justicia.
Reservando para más tarde el tratamiento de la cuestión, y a
U nidad o p lu ralid ad de la virtud fin de entender el por qué de la introducción de la sabiduría,
En los diálogos posteriores: P rotágoras y M en ón , mantiene y la teoría de la virtud en general, abordemos el estudio del
Platón su concepción de la vida moral como centrada, podría problema que ocupa el primer lugar en el P rotágoras, y que es
mos decir, en torno de un eje cuyos dos polos serían la so el de la unidad o pluralidad de la virtud. Es, hasta hoy, uno
phrosyn e y la justicia. La primera, en efecto, ordena al hombre de los problemas más apasionantes en toda investigación sobre
consigo mismo, y la segunda con sus semejantes, en la familia y la conducta humana.
en la ciudad, por lo que, a primera vista, parece como si no La opinión popular, y a la que Protágoras, con toda su sa
hubiera que pedir más. No obstante, ya en otro diálogo: L a q u es, biduría, acaba al fin por adherirse, es que la virtud no es una,
que figura también entre los llamados “diálogos socráticos”, y sino plural, ya que el dato primario de observación es que
que se sitúa, con gran probabilidad, entre el A lcib íad es y el unos hombres descuellan en unas virtudes, y otros en otras. Al
Protágoras, introduce Platón, como otra virtud distinta de las principio, sin embargo, y procediendo con la cautela propia
dos antes mencionadas, la valentía o fortaleza, la fortaleza viril, del consumado sofista que es, Protágoras trata de colocarse en
si queremos apegarnos estrictamente al original (ctvSpeía) . un terreno neutral o de conciliación entre una y otra tesis,
La razón de esta adición no la dará Platón, en todos sus para dejar así expedita cualquier escapatoria. Por una parte,
pormenores, sino mucho más tarde, en la R ep ú b lica , cuando niega que las virtudes antes enumeradas sean simplemente
desarrolle ampliamente la psicología que sirve de fundamento “nombres diferentes de un solo y mismo todo”, como se lo pre
gunta Sócrates, y lo que sostiene en seguida es que, siendo una
(u ó t t )c , Í'VÍ f io l , ao<pí« ••• En cast ell an o nos r efer ir em os, segú n los casos, a
sal u d d el al m a, eq u i l i b r i o esp i r i t u al , m oder aci ón , dom i n i o d e sí m i sm o, sa­
b i d u r ía, gr aved ad o t em plan za, u ot r os aú n si fu er e necesar io. 1 ‘ P rot. 349 b: ooi pía x a! atíXfQooxnn] x al ú v Sp f ía x ai ft i xau xn V i i scai
16 A le. 134 b - 13.5 b. ü(T;Ót í|5.
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la virtud, hay en ella, no obstante, “partes” distintas, que son las por una parte, y por la otra Laques y Nicias, dos ilustres gene
varias virtudes. Sócrates le pregunta entonces, muy inocente rales de Atenas. Con mayor renombre tal vez el segundo que el
mente, si esas partes han de entenderse como las partes del primero, Platón prefiere el nombre tle Laques para imponérselo
rostro: bota, nariz, ojos y oídos, o como las partes de una masa al diálogo, por la circunstancia, según puede colegirse, de que
de oro, que no difieren entre sí sino por el peso o cantidad. Al Sócrates combatió bajo su mando en la campaña de Delion.
contestar Protágoras que es de la primera manera, como las Laques mismo recuerda, al empezar el diálogo, la bravura con
partes del semblante, está perdido, porque Sócrates le objeta que Sócrates se condujo en aquella ocasión, y agrega que el ejér
entonces que, del mismo modo que la boca no es nariz —o cito ateniense no hubiera sufrido, en el encuentro con los teba-
también, que es n o nariz—, así también puede decirse que la nos, el revés que sufrió, si todos se hubiesen comportado clel
justicia es n o piedad, y viceversa, es decir, que la justicia es mismo modo. Por esta razón, según dijimos en anterior capítulo,
impía y la piedad injusta, lo cual es, obviamente, un absurdo coloca Wilamowitz el L a q u es entre los diálogos “en defensa” de
y un contrasentido. Por algo han dicho los comentaristas que Sócrates, al exhibirlo Platón, por boca de su general, como el
aquí se conduce Sócrates del mismo modo que su interlocutor, cumplido prototipo de la virtud que constituye el tema del
tan redomado sofista como él, porque confunde muy a su sabor diálogo. ¿Y quién podrá esclarecer mejor el contenido conceptual
las oposiciones lógicas, al convertir en contradictorios términos de esta virtud de la valentía (andreia) sino el valiente ciudadano,
que no son sino contrarios. en coloquio con dos ilustres militares?
Protágoras, afortunadamente para Sócrates, no está muy al Como de costumbre, van surgiendo varias definiciones que
tanto de todos estos distingos que sólo habrán de despejarse com son rechazadas, o puestas entre paréntesis como no del todo
pletamente en la lógica aristotélica; y enfadado ya por una dis satisfactorias, una después de otra. Con prontitud militar, La
cusión que ha mermado tanto su autoridad moral ante los nu ques dice que, para él, puede llamarse valiente el soldado que
merosos circunstantes del diálogo, acaba por conceder que cuatro se mantiene firme en su puesto y no lo abandona ante el ataque
de las cinco virtudes antes enumeradas: sabiduría, templanza, del enemigo. Pero Sócrates le objeta que también la retirada
justicia y piedad, son “más o menos semejantes entre sí”, pero puede ser buena táctica bélica, como es el caso de los escitas,
que la fortaleza o valentía, por el contrario, es algo completa que “combaten huyendo”, y que lo que se busca, además, es una
mente diferente.18 Esta sola excepción es suficiente para caer en definición no sólo del valor militar, sino en otras circunstancias
la tesis de : ¡ pluralidad de la virtud, pero Protágoras se hace que igualmente parecen demandarlo, como en los peligros del
fuerte en esta última trinchera, por la observación que le parece mar, o inclusive en los de la vida política. Laques ensaya enton
irrebatible, de que hay hombres injustos, impíos, ignorantes e ces una segunda definición, según la cual el valor en general
intemperantes, que son, no obstante, reconocidamente valientes. sería una “fuerza del alma” (xapvEpía rng 'Iwxfjg), o también,
Es éste, en efecto, el terreno predilecto de la posición pluralista, pues de todos estos modos puede traducirse el término griego,
por no decir antagonista. Juzgando por el promedio, ¿quién firmeza, constancia o perseverancia. Pero tampoco esta defini
más ignorante e intemperante que el soldado? ¿Y quién menos ción se revela muy precisa en la discusión que sigue, ya que en
valiente que el justo, piadoso y temperado ciudadano de la vida numerosas situaciones de la vida muestra el hombre tener tal
civil? condición, en la política o en los negocios por ejemplo, y no por
En el mismo terreno, elegido por su contrincante, va a batirse ello se le discierne el dictado de valiente. Y notemos aquí cómo
Sócrates para demostrar su tesis de la unidad radical de la vir la última instancia, en todos estos casos, es el sentimiento popu
tud. La argumentación es más o menos la misma que en el lar, y con él contrasta Sócrates las definiciones que van sur
L a q u es, el diálogo consagrado a la virtud de la valentía, por lo giendo en la conversación. Muy bien lo vio Windelband cuantío
que necesitamos ver en primer lugar lo que en él se dice. dice que, para Sócrates, es la V olksbewusstsein la que decide, y
La conversación, en este diálogo, se desarrolla entre Sócrates prosigue así: “El auténtico portador de los valores morales es el
pueblo, y la labor de Sócrates consiste sólo en elevar el senti
P to t. 349 d.
miento oscuro a la claridad de los principios, y en trasladar en
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conceptos definidos el querer y valorar que no es aún consciente dad. Lo que ha quedado firme, sin embargo, es que el valor,
de sí mismo.”19 como cualquier virtud, es una ciencia o un saber, y que, por
Volviendo a nuestro diálogo, he aquí que Laques, al ver que tanto, no hay entre el valor y la sabiduría la completa diferen
sus definiciones no han podido imponerse, se retira de la discu cia que reclamaba Protágoras, como se ve éste obligado a reco
sión, e interviene entonces Nicias, quien tiene la ventaja, sobre nocerlo en el diálogo que lleva su nombre, con lo que parece
su comilitón, de haber frecuentado más de cerca los círculos imponerse la tesis de la unidad radical de la virtud.
intelectuales, y desde luego a Sócrates. De lo que le ha oído, No otra posición es posible, además, dentro del intelectua
desprende Nicias que lo que falta en las definiciones de Laques lismo socrático, para el cual está la virtud moral en razón di
es el elemento del saber o de la ciencia, ya que lo fundamental del recta del conocimiento, del que cada uno tenga de los bienes por
socratismo, a su modo de ver, es el predominio y la dirección alcanzar o de los males por evitar, ya que nadie —éste es el axio
de la inteligencia en todo y por todo. "A menudo te he oído ma indemostrable pero absoluto— abraza el mal voluntaria
decir —así le habla a Sócrates— que cada uno de nosotros es mente. Así lo reafirma Sócrates, al final de su conversación con
bueno en las cosas que sabe, y malo en las que ignora.”20 Y Protágoras, al decir lo siguiente:
como Sócrates asiente calurosamente a esta tremenda proposición, “¿Qué diremos, en fin, sino que nadie tiende de su voluntad
típica por excelencia del intelectualismo socrático, pasa Nicias, al mal o a lo que estima ser malo, ni está en la naturaleza hu
con buen ánimo, a proponer su definición del valor en esta mana, al parecer, ir en busca de lo que cree ser malo de prefe
forma: “La ciencia de las cosas que son de temerse o de osarse, rencia a lo bueno, y que cuando fuere forzosa la opción entre
así en la guerra como en cualesquiera otras circunstancias.”21 dos males, nadie escogerá el mayor si puede aceptar el menor?”22
Ésta es, de hecho, la definición más precisa que del valor No cabe disimular que es ésta una lamentable limitación en la
encontramos en la obra platónica, pero tampoco alcanza a triun ética de Sócrates, derivada, como dice Taylor,23 de su W citan-
far de las argucias socráticas. Porque Sócrates no niega ¡cómo sehauung personal, que se cifra en el supremo valor del alma y
lo va a negar! que el valor sea una ciencia, pero si se añade sim de su bien específico, que es el conocimiento. Es la visión apo
plemente que lo es de las cosas que son de temerse o de espe línea del mundo, en nadie tan refulgente como en quien fue el
rarse, en todos los órdenes y sin otra especificación, resultará que sumo sacerdote de Apolo. Está totalmente exenta, o casi, del sen
la definición puede aplicarse a mil cosas: a la medicina y a la tido y la percepción del mal, tal como entendía esta palabra, en
agricultura, por ejemplo, en cuanto que el médico y el agricultor aquella época, el judío, y como la entendió después el cristiano,
sallen lo que amenaza o beneficia a sus pacientes o al ganado; porque en la demonología de Sócrates no hay lugar para Satán.
y también se aplica, de manera eminente al parecer, a la ciencia Todo lo liquidan o lo extenúan: el tumulto de las pasiones, el
o arte de la adivinación, que tiene por principal objeto nuestros desorden ínsito en una naturaleza rebelada contra su Creador,
temores y nuestras esperanzas. Para eludir estas y otras restric los dardos de luz del Flechero infalible. Sócrates está muy lejos
ciones, acaba Nicias por referirse a lo temible y lo deseable con de lo que hasta un pagano pudo percibir cuando dijo: Video
tal generalidad, que el valor resulta entonces ser la ciencia del m eliora p r o b o q u e ; d eteriora sequ or.
bien y del mal sin ulterior calificación, es decir la virtud en Si con el tiempo fue mitigándose en Platón, como lo veremos
general, y no una parte de ella, que era lo que se estaba bus al estudiar su obra posterior, el racionalismo ético de su maestro,
cando. El diálogo termina así, como tantos otros de Platón, en permaneció fiel, en cambio, y hasta el fin, a la concepción de la
una humilde confesión del fracaso de los interlocutores en su unidad radical de la virtud, por lo menos d e iure, como si dijé
investigación, con el propósito de continuarla en otra oportuni- ramos, y por lo menos también —y esta vez igualmente d e ja cto —
en los tipos ejemplares de sabiduría y moralidad, que son los
)» Platón, Sl uttgart, 1901, p. 9. “guardianes” de la R ep ú b lica . Porque si en la masa común se
20 ! a q . 194 ti: xaOtu ávaéóg tV.aaxo; ripórv cútco aorpoq, a 8e ápaOrig,
r au t a b í z.a/.ó;.
21 l a q . 195 a: t t |v t u rv ftfivorv xui Qa.QQal.toyy éjtum)|iT)v stat év mú-Épo) 22 Prot. 358 d.
xai év t o í; áW.oig üiramv. -:> P lato, p. 145.
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dan en éstos unas virtudes, y otras en los otros, según la justa ob K ant), pero que no se forma como tal sino por el ejercicio con
servación de Protágoras, no así, en cambio, en quienes, como currente de los hábitos morales. Por esto declara Aristóteles, en
los guardianes, han llegado a la visión extática de la Idea del el mismo lugar antes citado, que “no es posible ser hombre de
Bien, y de ella reciben, como de una fuente única, la inspira bien, en el sentido más propio, sin prudencia, ni prudente tam
ción de su pensamiento y de su conducta en lo general y en lo poco sin virtud moral”. No hay en esto anterioridad o posterio
particular. De este modo nos parece que cjueda resuelta la cues ridad de ninguna especie, sino que una y otra cosa andan de la
tión que plantean los diálogos platónicos, y que no se dilucida mano en esta ética que concede la misma importancia a la per
en ellos satisfactoriamente, de la unidad o pluralidad de la cepción de la inteligencia como al esfuerzo de la voluntad. Es
virtud. combatiendo —contra las pasiones— como el hombre acaba por
Por lo demás, habrá que esperar a Aristóteles, con su mayor ver más claro lo que debe hacer, y una vez que lo ha visto,
poder analítico y organizador, para que todo quede definitiva la razón práctica regula toda su conducta, y no sólo una par
mente en su punto. Aristóteles, en efecto, distingue, muy avisa te de ella.
damente, las llamadas por él virtudes naturales (¡pucucal ápexaí), Por Platón o por Aristóteles, o por los estoicos, que también
que no son sino las disposiciones nativas y variables, por tanto, la profesaron, la doctrina de la solidaridad de las virtudes mo
en cada individuo, de las virtudes morales (r|0«cal ápExcá), que rales (si ya no su unidad estricta) pasó con el tiempo a la fi
se constituyen al ser asumidas y ordenadas aquellas disposicio losofía cristiana. En la patrística latina la encontramos ya en un
nes por la virtud intelectual de la prudencia, la cual es como célebre texto de San Ambrosio: C on n exae igitur sibi sunt con-
el regulador de la vida moral. Ahora bien, si por sus disposicio c a ten a eq ae virtutes, ut qu i unam. habet., plures h a b ere v id eatu r,25
nes innatas un individuo está naturalmente más o menos incli Por último y con el conocimiento directo de los escritos aristo
nado a esta o aquella virtud, y puede, en este sentido, predicarse télicos, alcanzado en la baja Edad Media, la doctrina llega a su
la separación de las virtudes, tal cosa no es posible cuando por la plenitud formal en Santo Tomás de Aquino. No tenemos por
reflexión interna y el control de la prudencia, esta virtud comu qué ocuparnos más de la cuestión, y si nos hemos asomado a su
nica el carácter unitario que le es propio, a toda la conducta hu prolongación en el aristotelismo, o en otras escuelas, ha sido
mana. Sin que Je sea necesario remontarse a la Idea del Bien, apenas por mostrar la fecundidad de un tema que no tiene tan
le basta a Aristóteles con la dirección de la prudencia para pos sólo un interés académico, sino que lleva consigo toda la diná
tular también la solidaridad de las virtudes morales, como resulta mica de la vida espiritual en la realización de los valores mo
del siguiente pasaje de la É tica N ico m a q u ea: rales.
“Puede admitirse que en lo que hace a las virtudes natura Volviendo a Platón, se recordará cómo en el P rotágoras he
les, el mismo individuo no está naturalmente bien dotado con mos visto enumeradas estas cinco virtudes: sabiduría, fortaleza,
relación a todas, de suerte que pueda haber adquirido una cuan templanza, justicia y piedad, o con los otros términos sinónimos,
do aún no ha alcanzado otra. Pero en lo que hace a las virtudes la segunda y la tercera, que asimismo quedaron explicitados.
por las cuales un hombre es llamado simplemente bueno (áirXwg De la fortaleza o valor y de la templanza hemos dicho también
áya0óg), esto no es posible, puesto que al estar presente la pru lo suficiente, al analizar la problemática que con respecto a es
dencia, que es una, estarán presentes al mismo tiempo las demás tas virtudes encontramos en los primeros diálogos platónicos.
virtudes.”24 En cuanto a la sabiduría y la justicia, preferimos reservar su
Importa advertir, eso sí, que la “pr lencia” aristotélica no es estudio para cuando lo hagamos con otros temas de la filosofía
la “ciencia” socrática, pues con esto caeríamos en la misma pos platónica, como la educación y el Estado. La sabiduría, en
tura racionalista impugnada por Aristóteles y con expresa refe efecto, es el término de la p aid eia superior, la que reciben los
rencia a Sócrates. La prudencia es, sin duda, la razón práctica, y “regentes”, y la justicia, a su vez, es el tema que da origen, y
por tanto un hábito intelectual (estamos en Aristóteles y no en cuya investigación se lleva a cabo en los libros de la R ep ú b lica .

2* E . N . 1145 a. 25 E x p . in L u c a m , P .L . 15, 1738.


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T EO R ÍA DE LA V IR T IO 10 9

De la quinta virtud, en cambio: la piedad, sí debemos hacernos


platónico que es nuestro tema, para poder luego seguir el mo
cargo en la teoría de la virtud, tanto porque no interfiere di
vimiento de las ideas dentro del marco histórico-fieticio en que
rectamente con otros temas, como por haber dedicado Platón,
se desarrollan.
al análisis de dicha virtud, otro de sus diálogos de la primera
Conforme a lo cjue dijimos en anterior capítulo, el E utifrón
época, el E u tifrón , a cuyo comentario procedemos seguida
forma, junto con la A p olog ía, el Critón y el E edón, el conjunto
mente.
de diálogos que compondrían el ciclo del juicio y la muerte de
Sócrates. Es la única inobjetable, o en todo caso la más lograda,
L a p ied a d com o v alor religioso entre todas las “tetralogías” de Trasilo; y ahora cumple agregar
que no lo es tan sólo por la perfecta unidad temática y de movi
Antes de hacerlo, empero, consideramos necesario, aquí tam miento entre las cuatro piezas, sino porque en esta tetralogía, al
bién, despejar un punto de semántica, o dos tal vez, a fin de igual que en las demás que solían presentar los dramaturgos as
asegurarnos (es el primer deber del escritor y del filósofo) la pirantes al triunfo en la escena, hay también el drama satírico
más estricta univocidad en los conceptos y en los términos. al lado de las tres tragedias. Que este carácter de tragedia tre
Al contrario de lo que pasa en francés o en inglés, que tienen menda, y además realísima, lo tienen la A p olog ía, el Critón y el
cada uno dos voces perfectamente distintas, aunque emparenta F cd ón , nada más obvio. El E u tifrón , por el contrario, aunque
das entre sí, para una y otra cosa (p itié — p icté en el primero, preludiando la tragedia, es una alada sátira, mantenida por el
pity — piety en el segundo), el español, en cambio, se sirve del buen humor y la ironía de Sócrates, del principio al fin.
mismo término "piedad”, para designar tanto el sentimiento de Un buen día, pues, acontece que Sócrates y Eutifrón se en
lástima, compasión o misericordia pof el prójimo, como la acti cuentran en el ágora ateniense, y más exactamente en el Pórtico
tud reverencial para con Dios, y los actos internos o externos en Real, así llamado por ser la sede de la magistratura a cargo del
que se traduce. Ahora bien, la “piedad” de que aquí hablamos, Arconte Rey (apxwv ¡3acn,>.EÚg). Era este magistrado el segundo
con referencia a Platón, la tomamos, exclusiva e invariablemen de los nueve arcontes a quienes incumbía, como a nuestros Ayun
te, en el segundo sentido, nunca en el primero. Con otras pala tamientos de hoy, el gobierno tle la ciudad, y su denominación
bras, entendemos referirnos, como lo hace Platón, a la piedad regia, un tanto disonante dentro de la democracia ateniense, pro
como valor religioso, es decir, el valor específico de la conduc venía del hecho de desempeñar él las funciones religiosas de los
ta humana en sus actos de religación con Dios o lo divino. La antiguos reyes. En esta calidad, celebraba los más importantes sa
misma acepción, por consiguiente, recibirán los adjetivos corres crificios públicos, y tenía además una competencia judicial para
pondientes de “piadoso” y “pío”.
conocer de los casos que de algún modo pudieran afectar a la
En segundo lugar, hemos preferido traducir el término clave
religión del Estado. No pronunciaba la sentencia filial, sino que
del original griego: ocrtov, por “piedad”, y no por “santidad”, por
actuaba a la manera del juez de instrucción, para turnar luego el
más que la segunda traducción sea también cíe suyo correcta. La
caso, si encontraba méritos suficientes, a la decisión del tribunal
razón de la preferencia es simplemente por acomodarnos al uso
popular.
más corriente hoy en nuestro idioma, donde “santidad” suele
Uno de estos casos, el más típico tal vez de ios que caían bajo la
tomarse de ordinario como sinónimo de virtud heroica o de con
jurisdicción del Arconte Rey, era el delito de impiedad (ácré¡te(.a);
sumada perfección moral, en tanto que “piedad” denota tam
y como éste fue el delito que sus acusadores imputaron a Sócrates,
bién la actitud religiosa sin tantos extremos. No obstante, tenien
acude éste, con la espontaneidad y obediencia a la ley que mos
do en cuenta que la segunda traducción, una vez más, no es in
tró a lo iargo de todo el proceso, al emplazamiento que, como
correcta, y que el personaje del diálogo: Eutifrón, se tiene a sí
primera providencia, le ha hecho el magistrado.
mismos por p ío y santo por todo extremo, bien podremos, según
Eutifrón, por su parte, no comparece en la misma calidad de
sea el matiz del texto, hablar alternadamente ele piedad y san
Sócrates, es tlecir, como demandado, sino como demandante o
tidad.
querellante. Va nada menos que a acusar a su propio padre, cul
Aclarado todo esto, coloquémonos en la situación del diálogo
pable cíe haber dejado morir de hambre y frío, aherrojado en
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un cepo, a un esclavo suyo, culpable a su vez —esto lo reconoce tionablemente, es reo de suma impiedad por el hecho de incri
de buen grado Eutifrón— del homicidio perpetrado por él en la minar a su padre, por culpable que éste fuese; y por algo la
persona de un consiervo. Oue el asesino merecía el condigno legislación penal, en todos los países, exime expresamente a los
castigo, no lo niega tampoco Eutifrón, pero no por esto debió hijos del delincuente de la obligación, que incumbe a los demás
haber usurpado su señor la función punitiva, reservada al Estado; ciudadanos, de colaborar con el Estado en el ejercicio de su fun
por lo cual, y al ejercerla indebidamente, cometió también, el ción punitiva. Eutifrón no tendrá émulos, en este particular, sino
padre de Eutifrón, otro asesinato. entre la juventud nacionalsocialista, cuando los hijos entregaron
Hasta aquí, empero, no se ve por qué debía conocer el magis a sus padres a la Gestapo.
trado encargado de tutelar la religión oficial, de un delito que, Esta es, pues, la situación, en parte histórica y en parte ficti
entonces como ahora, es del fuero común. Pero Eutifrón alega cia, del diálogo platónico en que se plantea la gran cuestión de la
I que, por el simple hecho de convivir con un homicida, los miem- piedad como valor religioso. Entremos, como lo hace Platón, en
I bros de su familia se ven contaminados de una mácula, impureza las ideas mismas, que son aquí, como en todos los diálogos, lo
1 o polución (píaapa) de carácter religioso, y que de ella no pue- eterno y lo definitivo.
| den eximirse sino denunciando al culpable ante el tribunal Sócrates, que de nada se asusta, no hace el menor aspaviento
1 competente, el cual resulta ser así —no por el homicidio, sino ante la conducta de Eutifrón, y se limita a pedirle —ya que tan
l¡ ¡wr la contaminación consiguiente— el tribunal religioso. Mien- seguro está de consumar un acto de piedad— que le diga qué es,
i| tras no se haga justicia, no cesará la impureza. en su opinión, lo piadoso, y qué lo impío. A esto contesta Euti
I Singular personaje, por cierto, éste de Eutifrón, haya sido frón, al igual que la generalidad de los interlocutores de Sócrates,
real, como es lo más probable, o en caso contrario, una de las que no se dan cuenta de esta súbita elevación al plano del con-
jj más estupendas creaciones de Platón. No le mueve en absoluto cepto general, que lo piadoso es lo que él mismo, Eutifrón, está
1 (no hay de esto el menor indicio) ningún sentimiento de odio o haciendo, y que lo mismo, o cosas peores, hicieron, por lo que
animadversión a su padre; por el contrario, todo parece indicar, él sabe y dicen los poetas, los mayores entre los dioses. Zeus, en
según la aguda observación de Taylor, que, una vez que tenga efecto, encadenó a su padre Cronos, que devoraba a sus hijos, y
i| efecto la purificación de la impureza religiosa que le mancha, que mutiló a su padre Uranos por razones análogas. Al pregun
podrá seguir conviviendo en paz con su progenitor. No es, en tarle Sócrates si en serio cree él, Eutifrón, en estas cosas, con
suma, un mal hijo, sino un consumado fanático, dominado a testa, por supuesto, que sí, y en más aún. Por algo llama Maurice
tal punto por el escrúpulo religioso, que no le arredra el denun Croiset a Eutifrón une sor te d e d octeu r en th éolog ie tradition-
ciar a su propio padre, por estar convencido de que, con este n elle, y los comentaristas en general subrayan el escepticismo de
acto, da cumplimiento a un deber imperioso de piedad o san Sócrates como una prueba de que él, por el contrario, no cree
tidad. Como buen fanático, no tiene dudas ni vacilaciones, por- ni poco ni mucho en esas teologías. Discretamente deja de ello
I que pertenece, como Robespierre, a la misma estirpe de los in- constancia Platón en este diálogo, ya que en la A p olog ía, como
i1 corruptibles e implacables. es bien comprensible, se abstiene Sócrates, ante sus jueces, de
i- ¡Qtié contraste entre esta figura monolítica, sombría, y la del declarar su creencia o su incredulidad con respecto a la religión
l;' apolíneo Sócrates, tan luminoso y multifacético, y tan poco se- oficial.
¡ guro, además, de su saber en nada, y menos en la ciencia de las De cualquier modo, Eutifrón no ha dado hasta aquí ninguna
cosas divinas, que su interlocutor, en cambio, declara firmemente definición de la piedad, sino que simplemente se ha acogido, para
poseer a la perfección! Pero además de este contraste, que por justificar su conducta, al ejemplo de los dioses. Ha enunciado
sí solo imprime en el diálogo tan alta calidad artística, está el apenas actos que, en su opinión, son piadosos o santos, pero no,
otro que resulta de la situación misma. Es una obra maestra de como sé lo reclama de nuevo Sócrates, el concepto o “forma” por
ironía, por parte de Platón, el exhibir a Sócrates, “el más sabio la que todas las cosas piadosas tienen este carácter.20 Estrechado
y más justo de los hombres”, acusado del crimen de impiedad, y 20 E u t. 6 d : t ó t í6 o ; 4> n á v x a t d orn a o at á iaxvv- N ot em os cóm o desde
frente a él, como el sumo sacerdote de la piedad, a quien, incues- est e d i ál ogo ap ar ecen ya est os t ér m i n os: aq u í r i b o - y an t es Í 6óa, con el

i
T E O R ÍA DE LA VIRTUD 113
112 T EO R ÍA 1)E LA VIRTUD
De tan evidente absurdo no halla Eutifrón otra escapatoria
de esta suerte por su interlocutor, Eutiírón responde, en un pri que la de enmendar la definición que acaba de dar, con el aña
mer intento de definición, que la piedad es aquello que es agra dido de que la piedad es lo agradable a los dioses, sólo que a
dable a los dioses (o que los tlioses am an), y lo contrario, por todos sin excepción. “Ninguno de ellos —agrega luego, con direc
consiguiente, la impiedad.27 ta referencia a su caso— puede pensar que no deba castigarse a
Esta vez, en honor de la verdad, Eutifrón ha dado una defini quien priva a otro de la vida injustamente’’. Sócrates, por su
ción que es no sólo correcta desde el punto de vista formal, parte, no sólo no contradice esta proposición, sino que añade, a
sino que, trasladada del politeísmo al monoteísmo, puede perfec su vez, que "no habrá nadie, ni entre los dioses ni entre los hom
tamente defenderse, y así ha sido de hecho en la historia de bres, que se atreva a sostener que no debe castigarse la injusticia”.
la filosofía y de la teología. En corrientes tan importantes de la Pero aún así enmendada, no pros)jera la definición, porque,
filosofía cristiana como lo es el voluntarismo divino, representado desde luego, queda fuera de ella la amplísima zona de los actos
por Ockam y Dttns Scotus, se ha sostenido, en efecto, que el bien con respecto a los cuales, y según lo han reconocido los dos inter
y el mal, lo justo y lo injusto, lo santo y lo impío, no tienen otra locutores, están en desacuerdo los dioses; y porque, además, la
razón de ser lo que son, que su conformidad o disconformidad misma zona de acuerdo es sobre principios de carácter puramente
con la voluntad divina, y que a ésta, a su vez, es inútil o impío formal, como que la injusticia debe sancionarse, cuando lo im
el tratar de buscarle cualquier justificación humana. Más aún, e portante es tener un criterio material que permita diferenciar lo
inclusive para quienes, como Santo Tomás, apelan de la volun justo de lo injusto. No lo dice Sócrates, claro está, en estos tér
tad a la sapiencia divina, es una definición extrínseca, aunque minos oriundos de Kant (su significación, mejor dicho), pero
no esencial, de la virtud o de la santidad, la conformidad del a esto tiende, indudablemente, al plantear de pronto, con toda
hombre, en todo lo que de él depende, con la voluntad de Dios. inocencia, la cuestión de si lo santo es tal porque lo aman los
A mayor conformidad, mayor santidad; ¿no ha sido éste, en ver dioses, todos si se quiere, o si, por el contrario, lo aman por
dad, el más cierto patrón estimativo en toda la historia del ser santo; y lo mismo podría preguntarse, a lo que nos parece, con
cristianismo? relación a todos los valores morales. No quiere Sócrates, como se
En el diálogo platónico, no obstante, la definición fracasa, por lo explica a Eutifrón, llegar al conocimiento de lo que ambos
la única razón de que Eutifrón la refiere a una pluralidad —in están indagando, tan sólo por un accidente (-rcáOo;), que sería
finitud podríamos decir— de dioses discordantes entre sí, en su en este caso el agrado o el amor de los dioses, sino por su esencia
querer y en sus preferencias. Por esto le arguye luego Sócrates o naturaleza intrínseca (oficia).
que, toda vez que entre los dioses, como lo ha reconocido antes Con esto se sitúa la investigación en un plano incomparable
el mismo Eutifrón, hay disensiones, querellas y enemistades (era mente más alto o más profundo, como queramos, porque el pro
el entretenimiento cotidiano de los olímpicos), resulta que lo blema suscitado por Sócrates no está de ningún modo ligado a
que a unos es agradable, es odioso a los otros, y el mismo acto, una religión politeísta, sino que tiene plena validez aún dentro
por consiguiente, será, al mismo tiempo, justo e injusto, piadoso del monoteísmo. Es el tremendo problema, discutido a todo lo
e impío. largo de la Edad Media, del primado en Dios (a nuestro modo
m ism o sen t ido en t i t at i vo y par ad i gm át i co qu e t ien en en los di ál ogos post e­ de entender, por supuesto, porque en Dios todo es u n o ), del in
riores. aao áSei y p a vien e lín eas después, y luego, p or últ i m o, el ot ro t ér ­ telecto o de la voluntad. Problema, además, que hasta donde
m i n o fu n d am en t al d e ofi ci a, con sen t ido equ i val en t e al de los an t er ior es.
podemos opinar, no llegó jamás a resolverse satisfactoriamente,
En t ext os com o ést e en cu en t r an apoyo T ay l o r y Bu r n et p ar a sost ener que
l a t eor ía de las ideas es gen u i n am en t e soci át i ca an t es de ser pl at ón i ca; ni en uno ni en el otro sentido. Contra los defensores del abso
sólo q u e est a i n t er p r et aci ón , com o salt a a l a vist a, da p or sent ado qu e luto voluntarismo divino, en efecto, se levanta la formidable
el Sócrat es de estos di ál ogos es de t odo en t odo, en sus ideas, en sus p al a­ objeción de que por lo menos ciertos actos del hombre, como el
br as y en sus act os, el Sócrat es hi st ór i co, lo cual, en opi n i ón de l a m ayor ía amor o el odio de Dios, no pueden depender, en su bondad o
de los i n t ér pr et es, est á m u y lejos d e h ab er podi d o dem ost r ar l a escuela
escocesa.
en su malicia respectivamente, del solo arbitrio divino, por ser
27 E u t. Ge: ”'E<m x o íw v xó p év xoíg 0eo í; ,-r(rompí?,te; íím ov, xó 8é (») Dios, absolutamente, objeto necesario de amor por parte de toda
Jt gow piA á; ávóm ov.
111 T E O R ÍA DE I.A VIRTUD T E O R ÍA DE LA VIRTUD 115

criatura. Pero los partidarios del intelectualismo, por su parte, definición, y las estatuas animadas, conforme a la comparación de
tampoco podían explicar, entre otras cosas, cómo la ley evangé Sócrates, no han hecho sino realizar un giro circular al regresar
lica, de origen tan divino como la ley antigua, abroga ésta en exactamente al punto de partida. El diálogo termina así con la
tantos de sus preceptos. I-a solución más equilibrada, probable promesa recíproca de reanudarlo otro día, ya que, por el mo
mente, la dio Santo Tomás, al enseñar que si bien Dios procede mento, ambos interlocutores han de presentarse sin más tardanza
libremente al determinar la naturaleza de sus criaturas, de este ante el magistrado, el uno a formular su querella, y el otro a
o de aquel modo, respeta F1 mismo, después, las exigencias intrín responder al emplazamiento.
secas de la naturaleza así constituida, en forma que tales o cuales No obstante la aparente inanidad de su conclusión, el E u ti
actos, en suma, son, intrínsecamente también, buenos o malos, y frón , así pueda pertenecer a la juventud de Platón, es un diálogo
ni el arbitrio divino puede alterar ya esta condición. profundo y constructivo. En él está ya, como acabamos de verlo,
A toda esta metafísica, implícita en la pregunta de Sócrates, es bien perfilada la teoría de las ideas, y de la piedad, que es el tema
completamente ajeno el pobre de Eutifróri, y lo único que dice, concreto, se nos ofrece tanto el aspecto interno, la conformidad
sintiéndose como mareado, es que todo eso, las proposiciones tan a la voluntad divina, como el externo, consistente en la referen
pronto hechas como deshechas, parecen darle vueltas, sin que cia formal a la plegaria pública (porque la privada es también
ninguna pueda permanecer en su lugar. Por lo visto se parecen del orden interno) y al sacrificio. Que el Estado sea quien orga
—le contesta Sócrates— a las estatuas que hacía Dédalo, el mítico nice todo esto, es lo debido y natural, como gestor que es del bien
ancestro de los escultores, quien comunicaba a sus obras hasta común en todos sus aspectos, mientras no decida Cristo, por
el movimiento. Eutifrón le devuelve la broma, con la observación innovación expresa, separar el reino de Dios del reino de César.
de que es él, Sócrates, quien hace moverse a las definiciones de En la última parte del diálogo, como acabamos de ver —es algo
la piedad, ya que, por parte de su infortunado pro]x>nente, se que no puede pasar sin comentario— se plantea, por primera vez
quedarían inmóviles. en la historia de la filosofía, un tema que en nuestro tiempo ha
Después de este cambio de cumplidos, se reanuda la discusión. vuelto a tener tanta actualidad,2!> y que es la cuestión de la auto
Con la idea tal vez de que por lo más conocido podrá averi nomía del valor religioso. De esto se trata, si no con estos térmi
guarse lo menos conocido, Sócrates le pregunta a Eutifrón si la nos, al preguntarse Sócrates-Platón «i la piedad3(1 podrá o no
piedad no será una especie de la justicia, y en la afirmativa, cuál reduc irse, como una de sus partes, a la justicia. En diálogos pos
podría ser su diferencia específica dentro de la virtud genérica. teriores, Platón acabó por decidirse, a lo que parece, por la afir
Que la piedad sea una parte de la justicia, lo concede luego mativa, pero la cuestión siguió abierta en la historia de la filo
Eutifrón, y en cuanto a la diferencia específica, la enuncia de sofía. Todo depende, naturalmente, del concepto que se tenga de
este modo: “Saber decir y hacer lo que es agradable a los dioses, la justicia, y más en concreto, del campo de su aplicación.
ya en la plegaria, ya en el sacrificio: y es esto lo que es piadoso Si consideramos que los deberes del hombre para con Dios son
y lo que asegura la conservación de las familias y de las ciu de tan inexorable cumplimiento, o más aún, como los que tiene
dades. Lo contrario es lo impío, y de allí viene la subversión de el hombre con sus semejantes, y que prescribe y organiza la jus
todo y la destrucción.” 2S ticia, habrá que decir entonces que la religión es una parte de
Muy de acuerdo con la religión ritualista de la ciudad antigua, esta virtud de alcance generalísimo, como lo vio también Aristó
en la cual no es lo más importante el dogma, sino el culto, es teles. Desde otro punto de vista, sin embargo, si pensamos que la
esta nueva definición de la piedad, que se resume en la oración justicia consiste (es la definición que parece haberse impuesto
y el sacrificio a la divinidad. No es por esto por lo que cae, sobre las demás) en dar a cada uno lo suyo, parecería como si este
exactamente como las precedentes, sino porque Eutifrón, sin ad “dar” supusiera una deuda que de algún modo puede hacerse
vertirlo, ha introducido en la definición el elemento nocional de
ro A p ar t i r , sobr e t odo, de l a h er m osa y p r ofu n d a ob r a de Ru d o l f O t t o:
lo agradable a los dioses”, con lo cual vuelve a su primera L o S an io.
su I .a “ r el i gi ón ” pod r íam os deci r t am bi én , en u n a t r ad ucción , i gu al m en t e
z* F u t. 14 b. fi el, d e óat óxt )g o ew c f k i a.
116 T E O R ÍA DE I.A VIRTUD
T E O R ÍA DE I.A VIRTUD 117
líquida, una deuda determinada, y por esto mismo limitada, sa
tisfecha la cual queda el deudor libre frente a su acreedor. Con Por esto los romanos, más penetrantes en este punto que los
este aspecto se presenta la justicia en las relaciones interhumanas, griegos, dieron a la piedad (píelas) un contenido conceptual
a propósito de las cuales fue como primero se pensó en ella, y a y una coloración sentimental de mucho mayor riqueza, e hirieron
las cuales, por lo mismo, puede pretenderse que debe restringirse. de ella ( de hecho por lo menos, si no en el pensamiento, jxnque
Aristóteles, en efecto, insiste una y otra vez en que la norma fun no eran filósofos) una virtud distinta de la justicia. Bajo el nom
damental de la justicia es la igualdad, bien que en ciertas cosas bre general de p íela s englobaron ¡os deberes y la conducta que
deba ser una igualdad no aritmética, sino proporcional; lo que el hombre ha de observar con respecto a quienes estará siempre
quiere decir —lo dice él mismo— que una vez cumplida la deuda, el deudor, cualquiera cosa que dé o que haga, en deficiencia, no
por la cual se había introducido la desigualdad, las partes quedan sólo con respecto a Dios o a los dioses, sino también con los
de nuevo en la situación originaria que les corresponde, de igual padres y la patria, por no jxnler nunca devolverles lo que de
dad y libertad. Lo justo es lo igual, y lo injusto lo desigual, dice ellos y de ella hemos recibido.
textualmente Aristóteles,31 y el ámbito propio de la justicia, en P ietas erga d éo s; p íela s erga p aten tes; p íelas erga civitatem :
conclusión, es la comunidad entre personas libres e iguales. De éste fue el triple correlato de la piedad romana, que circunda
aquí que, para estos pensadores, no pueda hablarse de relaciones así, con el mismo halo de fervor religioso, los altares, el hogar y
de justicia entre el señor y el esclavo, ni tampoco —o a lo más la ciudad. Su perfecta expresión en la literatura ¿será necesario
de una justicia “por analogía”— entre el padre y sus hijos, o entre decirlo? es el "piadoso” Eneas, el héroe religioso (esto y no otra
el marido y la cónyuge. Lo erróneo de esta concepción está, evi cosa significa su epíteto habitual de piv.s) que lleva consigo los
dentemente, en la negación de la igualdad radical entre todos vencidos penates, y con ellos a su padre, esposa e hijo, en busca
los hombres, o en la supremacía del principio masculino, todo de una nueva patria, amada ya antes de conocerla, para hacer de
ello muy de la cultura helénica, pero no en la lógica misma de ella el centro de los mismos amores que había albergado la an
la justicia. tigua. De la religión, en el amplio sentido que le dio la civili
Teniendo presente todo lo anterior, se comprende luego que zación romana, procede la indomable energía de Eneas, y en
sea también de aplicación analógica, cuando más, la justicia en la religión vio Virgilio, al configurar su estupenda creación, el
tre Dios y los hombres. No tenemos por qué hablar aquí, ya que fundamento de ¡a ciudad que, por la misma razón, continúa
nuestro asunto es exclusivamente la virtud humana, de la justicia llamándose la Ciudad Eterna.
divina. Es indudable que existe, en cuanto que de Dios no puede Eneas es también, y con esto volvemos a Platón, el ejemplo
predicarse la injusticia, pero de un modo que nos escapa, y que cabal de todas las virtudes (por más que no le hiciera malos
desde luego no es el cumplimiento de una “deuda”, con todo lo ojos a Dido, pero después que Creusa había pasado a mejor
que esta palabra quiere decir dentro del contexto humano. Pero vida), con las cuales entra la piedad en igual solidaridad, o por
aun con respecto a la justicia del hombre para con Dios, se per ventura es la virtud que organiza a las demás en este consorcio.
cibe inmediatamente que no puede el hombre dar a Dios nada Y como la filosofía se entiende mejor cuando la vemos trasun
que le haga falta, y que, además, todo lo que el hombre pueda tada en tipos ejemplares, de la realidad o la ficción, como Eneas
darle (aun si tomáramos por "dación” cosas tales como la ado o Sócrates, copiaremos, para terminar, la hermosa página en que
ración o la alabanza), será siempre infinitamente inferior a lo Werner Jaeger resume la teoría socrático-platónica de la vir
que la criatura debe a su Creador, por ser infinita la distancia tud, hipostasiándola en la persona de Sócrates, del modo si
entre ambos. De una parte, en suma, a p arte D ei, ninguna deu guiente:
da; de la otra, a p a rle hom in is, una deuda que no podrá satisfa “El conocimiento del bien, a que se reduce siempre en úl
cerse jamás. ¿Ni qué sentido tiene hablar aquí, como en la jus tima instancia la investigación de todas y cada una de las
ticia interhumana, de libertad o de igualdad? virtudes, es algo más amplio que la valentía, la justicia o cual
quier otra arete concreta. Es la ‘virtud en sí', que se revela de
a» Ét ica Nicomaquea, lib. V, cap. II. distintos modos en cada una de las diferentes virtudes. Sin
embargo, aquí nos encontramos con una nueva paradoja psi-
118 T EO R ÍA DE LA VIRTUD T E O R ÍA DE LA VIRTUD 1 1 !)

cológica. En efecto, si la valentía, por ejemplo, consiste en Su vida es a la par combate y servicio de Dios. No descuida
el conocimiento clel bien con relación a lo que en realidad los deberes del culto a los dioses, y esto le permite decir a quien
debe temerse o no temerse, es indudable cpie la virtud concreta sólo es piadoso en este sentido externo que existe un temor ele
de la valentía presupone el conocimiento del bien en su tota Dios más alto que éste. Luchó y se distinguió en todas las cam
lidad. Se hallará, pues, indisolublemente enlazada a las demás pañas de su patria; esto le autoriza a hacer comprender a ios
virtudes, a la justicia, la moderación y la piedad, y se identifi más altos caudillos del ejército ateniense que las victorias lo
cará con éstas o guardará, al menos, una gran analogía externa gradas con la espada en la mano no son las únicas que puede
con ellas. Ahora bien, habrá pocos hechos con que se halle más alcanzar el hombre. Por eso Platón distingue entre las virtudes
familiarizada nuestra experiencia moral que el de que una per vulgares del ciudadano y la elevada perfección filosófica. Para
sona puede distinguirse por su gran valentía o valor personal él la personificación de este superhombre moral es Sócrates.
y, a pesar de ello, ser un hombre injusto, desaforado o impío o, Aunque lo que Platón diría es que sólo él posee la ‘verdadera’
por el contrario, ser un hombre absolutamente moderado y a rete humana.'’ 32
justo y, en cambio, un cobarde. Por consiguiente, aun cuando
quisiéramos llegar con Sócrates hasta el punto de considerar
las distintas virtudes como ‘partes’ de una sola virtud univer
sal, parece que no podríamos estar de acuerdo con él en la
tesis de que esta virtud actúa y se halla presente como un
todo en cada una de sus partes. Las virtudes pueden concebirse,
a lo sumo, corno las diversas partes de una cara, que puede tener
los ojos bonitos y la nariz fea. Sin embargo, Sócrates es tan
inexorable en este punto como en su certeza inquebrantable
de que la virtud es el saber. La verdadera virtud es para él
una e indivisible. No es posible tener una parte de ella y
otra no. El hombre valiente que sea irreflexivo, desaforado o
injusto podrá ser un buen soldado en el combate, pero nunca
será valiente para consigo mismo y para con su enemigo inte
rior, que son sus propios instintos desenfrenados. El hombre
piadoso que cumple fielmente sus deberes para con los dioses,
pero sea injusto hacia sus semejantes y desaforado en su odio
y fanatismo, no será verdaderamente piadoso. Los estrategas Ni-
cias y Laques se asombran de ver cómo Sócrates les expone la
esencia de la verdadera valentía y reconocen que nunca habían
ahondado hasta el fondo de este concepto ni lo habían captado
en toda su grandeza, ni mucho menos habían llegado a encar
narlo en sí mismos. Y el piadoso y severo Eutifrón se ve desen
mascarado en la inferioridad de su piedad orgullosa de sí mis
ma y llena de fanatismo. Lo que los hombres llaman rutina
riamente sus ‘virtudes’ resulta ser, en este análisis, un simple
conglomerado de los productos de distintos procesos unilatera
les de domesticación, y, además, un conglomerado entre cuyas
partes integrantes existe una contradicción moral irreductible.
Sócrates es piadoso y valiente, justo y moderado a un tiempo. *- P n id r ia , pp. 41O-J7.
T E O R IA DE I.AS IDEAS 121
o pregunta a su interlocutor, q u é es cada una de las virtudes o
valores sobre que versa el diálogo; lo que supone que alguna
V. TEORÍA DE LAS IDEAS
realidad, así sea puramente conceptual, es el correlato de la
definición. Qué es la templanza, es la pregunta del C árm ides;
A medida que avanzamos en Platón, nos será más difícil ajustar qué la valentía, la del L a q u es; qué la piedad, la del E uti
nos, en la exposición temática de su filosofía, a la evolución de su fró n ; qué la belleza, la del H ipias M ayor.
pensamiento, hasta donde puede sernos conocida por el orden, Estas preguntas son ele suyo conciliables —esto no se ha escla
en gran parte conjetural, de sus diálogos. L.os grandes temas que recido aún— con lo que más tarde se llamará el realismo o el
hemos escogido, se complican, como los de una sinfonía, los unos conceptualismo de los universales, pero rio con el nominalis
con los otros, y nadie puede decir con certeza cuál surge antes mo, del que no hay el menor rastro en Platón. Más aún, y por
y cuál después. I.o único que podemos hacer es tomar, como más que no se haya realizado aún, formalmente, la opción entre
punto de referencia, este o aquel diálogo en que tal o cual tema los dos primeros extremos, la convicción que muestra Sócrates,
aparece, si no en su perfecto desarrollo, por lo menos bien con de que algo hay que está detrás de todos esos nombres, apunta
figurado o con suficiente fuerza expresiva, y anteponer o pos por sí sola, y antes de toda demostración, a una realidad más
poner, de nuestra parte, el tratamiento del terna, según la ubi consistente que el mero concepto. Es la misma convicción, como
cación cronológica del diálogo con respecto a los demás. fe si no como demostración, que encontraremos, mucho más
En aplicación de tal método, nos ha parecido preferible abor tarde, en el F ed ó n :
dar el tema de las ideas antes que el del alma, por más que “¿Diremos que hay algo, que es la justicia misma, o que no
ambos estén, según vetemos, íntimamente concatenados. Uno hay nada ele esto? ¡I.o diremos, por Zeus! ¿Y lo mismo, no es
y otro resuenan con igual fuerza en el F ed ón , diálogo que per verdad, de lo bello y de lo bueno?” 1
tenece, incuestionablemente, a la madurez de Platón; pero el Saliendo ya casi del estado germinal, aunque todavía sin
tema de las ideas, por una parte, lo encontramos ya en diálo aflorar en el nombre mismo, están las Ideas en el Laques. Des
gos muy anteriores (así pudimos comprobarlo incidentalmente pués de enumerar diversas circunstancias de la vida en que
en el E u tifrón ) , y el lema del alma, a su vez. no alcanza su ple puede un hombre mostrar coraje: contra los placeres, en los su
no desarrollo sino en la psicología (le la R ep ú b lica. Por último, frimientos o contra las pasiones, pregunta Sócrates qué es lo
y ya que el orden cronológico de los diálogos ha de ser para “idéntico” en todas estas manifestaciones,2 en lo demás tan di
nosotros una ayuda en la comprensión de Platón, y no una versas. Esta identidad (vaúvóv), algo obviamente distinto, en
armadura que nos estorbe el movernos libremente por su obra, el pensamiento por lo menos, de la multiplicidad fenoménica, es
bien podremos prescindir de aquel cartabón cuando fuere nece uno de los caracteres más constantes de la Idea en todos los diá
sario. Ahora bien, la teoría de las ideas anda de tal suerte por logos que de ella tratan expresamente, y que la describen como
toda la obra de Platón, que todos los otros temas están más o “idéntica a sí misma” (aúvó xa0’aúxó), en abierta oposición,
menos ligados con ella; por lo cual, en opinión de muchos, aun por lo tanto, con el mundo del devenir, donde todo va siendo,
que no de todos, es ella misma la tesis central de su filosofía. en cada momento, distinto de sí mismo. Está presente, es ver
Conviene así, por tantos motivos, aplicarnos en seguida a su dad, la Idea en el devenir: “en todas estas cosas” o circunstan
estudio. cias, pero no se reduce de ningún modo al fenómeno sensible,
que tiene otras notas diferenciales, y por más que acaso pueda
(esto no se esclarece aún) estar totalmente embebida en él.
Los prim ord ios d e la teoría
En el E u tifrón , según pudimos darnos cuenta, están ya la
■Sin enunciarse aún en estos expresos términos, la teoría de las “idea” y la “forma” con sus propias palabras: iS¿a-eí8os. Los pa
ideas está en germen, latente antes de ser patente, desde los sajes más característicos son los siguientes:
primeros diálogos de Platón, es decir, desde los diálogos por i Fedón, 65 d.
excelencia socráticos. En ellos, en efecto, se pregunta Sócrates, L t iq . 191 e: t í o v év refioi t o v t o i ; t avt ó v écrtiv-
[120]
122 T E O R Í A Dlí TAS IDEAS T E O R Í A DE LAS IDEAS 12M

“En toda acción piadosa, ¿no es siempre lo piadoso lo mismo lidad o de plasticidad, como queramos, que es una de sus notas
e idéntico a sí mismo, y lo impío, a su vez, lo contrario tic todo más distintivas. El filósofo, para estos pensadores, es el que m ejor
lo piadoso? ¿No es verdad cpie lo impío es siempre semejante “ve”, y lo que ve, a su vez, debe estar tan configurado o ser
a sí mismo, por tener, en tanto que impío, una sola forma tan refulgente como las cosas del mundo sensible, como una
(iSÉa) ?”* bella estatua, ni más ni menos. Cuando Aloys Müller nos dice
“Recuerda que no te he pedido que me muestres una o dos que quien no tiene el don de la visión (d ie G abe des Schauens) ,
cosas de entre las muchas que son piadosas, sino precisamente es inútil que se empeñe en ser filósofo, 110 hace sino recalcar, en
la forma misma (EiSog) por la que todas las cosas piadosas son metáfora tal vez, lo que tan literalmente está en la filosofía an
piadosas. Dijiste antes, en efecto, que es por una forma única tigua. En el “ojo del alma”, como dice Platón, han de estar las
(í8éa) por lo que todas las cosas impías son impías, y todas las formas inteligibles del mismo modo que las imágenes sensibles
piadosas piadosas. . . Dime, pues, cuál es precisamente esta for en la retina del ojo corporal. Y la misma orientación luminosa
ma (íSéa), a fin de que mirando a ella y sirviéndome de ella y visualista da cuenta de la metáfora solar de la R ep ú b lica , para
como de un modelo (TcapáSayiJux), pueda decir que es piado declarar en imágenes, ya que directamente no se puede, la Idea
so lo que tú haces, u otro cualquiera, y que lo contrario es del Bien, que es, por la función que desempeña, la Idea de las
impío.”34 ideas.
En estos textos están ya, con toda claridad, las notas de pre ¿Cómo fue que del mundo sensible trasladó Platón las “ideas”
sencia, participación y ejemplaridad (pie ostentan las Ideas en al mundo inteligible? ¿Ha podido señalar la biología alguna
su relación con el mundo sensible. En ellos, además, se sirve etapa intermedia, o alguna innovación de sentido por otros pen
Platón indiferentemente de los dos términos de eid os e iden. sadores, y que para Platón hubiera sido decisiva en la que él
Sinónimos continuarán siendo en los diálogos posteriores, hasta mismo consumó de modo todavía más radical?
el F edón , a partir del cual, y con la sola excepción del P an dé- Según las investigaciones hechas por Gilíes pie, tanto eidos
nides, tendrá eid os un sentido puramen e lógico, al denotar como idea, el primero sobre todo, habrían entrado ya en el vo
principalmente una “clase” de cosas, reservándose a id ea la cabulario de la ciencia desde el siglo v, es decir, en vida de Só
significación metafísica. Según la observación de Sir David Ross,* crates. Por un tránsito muy natural en la significación, se co
idea es la palabra más vivida, la que el escritor profiere en los menzó a llamar eidos no sólo la forma exterior de los cuerpos,
pasajes de mayor elevación. Detengámonos un poco, por ser de sino su forma interna, es decir, su estructura o naturaleza, por
gran importancia para lo que va a seguir, en el análisis filoló donde eid os habría llegado a ser sinónimo de physis. Asimismo
gico de los dos términos fundamentales (porque hay otros aún) se habría usado, en una función lógica o clasificatoria, con re
con que opera la teoría de las ideas. ferencia a “clases” o “conjuntos”; una anticipación rudimenta
T an to d8og como Í8éa vienen del misino verbo ISeEv , que signifi ria, en suma, del sentido preciso que tendrá eid os en la lógica
ca “ver”, y su sentido original es el de forma, aspecto o apariencia aristotélica, como el predicable epte hoy designamos como “es
sensible, sin ninguna connotación intelectual. En este sentido, pecie”.
que era y continuó siendo el popular, se sirve todavía de ambos Taylor, por su parte, y aunque sin contradecir lo anterior, es
términos, ocasionalmente, el mismo Platón, aunque lo más co de opinión que la única influencia real que Platón recibió en
mún es que los tome en la acepción filosófica por él mismo cons este particular, fue la del pitagorismo, donde aquellos términos
truida. Y es muy interesante observar, desde este momento, que se usaban para designar las entidades matemáticas, o si no tanto,
por el hecho mismo de haber escogido esas voces para expresar las figuras geométricas ideales, como el triángulo o la circunfe
lo más fundamental y lo más alto de su pensamiento, comparte rencia “en sí”. Corroborando esta apreciación, Baldry sostiene, a
Platón, con la filosofía helénica en general, el carácter de visua su vez, que la teoría de las ideas no es sino la fusión del magis
3 E u t. 5 d. terio socrático sobre la conceptuación de los calores morales con
4 E u t. 6 d-e. el magisterio pitagórico sobre los números y figuras ideales.
s P latu ’s T h e o r y o f Id e a s , O xf or d , 1961, p. 16. En concepto de Ross, sin embargo, la hipótesis de Taylor,
T E O R ÍA DE LAS IDEAS 125
124 T EO R ÍA DE LAS IDEAS
mitada a los valores: lo justo, lo valiente, lo santo, lo b e llo ...
compartida por Baldry, no se apoya en datos históricos precisos, y no se extiende aún a las esencias de las cosas visibles.
sino en el hecho, cierto por lo demás, de que donde la teoría
de las ideas ha mostrado ser más verosímil o más fecunda,
Id ea s platón icas y filo so fía presocrática
desde Platón y hasta nuestros días, ha sido en su aplicación a los
valores y a las matemáticas, y no así, en cambio, a los fenómenos Esta expansión comienza a hacerse sentir en el C ratilo, donde
empíricos. Ahora bien, si lo primero puede muy bien relacionarse es bien perceptible, además, el motivo de orden intelectual (pie,
con el afán socrático por introducir la claridad racional en las concurrentemente con el de orden moral de los primeros diálo
valoraciones instintivas, de lo segundo, en cambio, no puede gos, determinó a Platón a postular, con creciente seguridad, la
saberse si es del todo invención original de Platón, o si lo reci teoría de las ideas.
bió de los pitagóricos, y Ja duda nace simplemente de la igno En realidad, ambos motivos podrían reducirse a uno solo: el
rancia profunda, como dice Ross, en que estamos con respecto a escepticismo, prevalente tanto en una como en otra dirección,
la historia interna del pitagorismo, esto es, del desarrollo de sus y que hizo presa en la mentalidad ateniense desde el siglo v.
doctrinas, y sobre esto aún, de la época en que Platón entró Como sus mayores exponentes en el dominio de la filosofía, bas
en contacto con los círculos pitagóricos durante la visita que tará con citar los grandes nombres de Heráclito y Protágoras, y
hizo a la Magna Grecia. No saltemos, en primer lugar, cuándo las doctrinas que respectivamente patrocinaban: el flujo uni
empezaron los pitagóricos a designar los números ideales con los versal y la tesis del hombre, cada uno, como medida o patrón
mismos nombres de e c S t i o de LSéai; y no sabemos, además, que de todas las cosas sin restricción alguna, o sea, inclusive, de su
Platón hubiera hecho a Italia una visita anterior a la que sí sa misma existencia o inexistencia. Antes aún de examinar, como
bemos que hizo hacia el año 369 a . c . Ahora bien, para esta fecha, tendremos cjue hacíalo, el tratamiento a que somete Platón una
lo más probable es que Platón hubiera escrito ya los diálogos y otra doctrina, es patente a primera vista que no puede haber,
en que, como hemos visto, está ya formalmente, con su nomen para la ciencia, ninguna proposición de validez, universal y nece
clatura, aunque no llevada a su pleno desarrollo, la teoría de las saria cuando se opera con una realidad en absoluto fluctuante,
ideas. como tampoco, en el terreno de la moralidad, ninguna norma o
Es verdad, por otra parle, que Aristóteles dice que Platón llegó valor de observancia incondicional, cuando su apreciación está
a asignar a las ideas la misma función que los pitagóricos a los confiada, en última instancia, al criterio de cada individuo, que
números, lo cual es cierto; pero para nada dice que la teoría pi puede incluso ser variable, para él mismo, de acuerdo con los
tagórica haya tenido algo que ver con el origen mismo de la estados transitorios de su psique.
teoría de las ideas. Por último, y ateniéndonos a los textos, no se Sabernos bien que existe una interpretación salvífica de Protá
ve ningún rastro de la filosofía pitagórica en los diálogos a que goras, según la cual el famoso apotegma del h om o m ensura ha
antes hemos pasado revista. El influjo de esta filosofía pudo muy bría sido algo así como el primer artículo de la Carta del Huma
bien haberse dado después del viaje de Platón a Italia, pero no, nismo; o más modestamente, que toda teoría del conocimiento,
casi seguramente, en el primer esbozo de la teoría de las ideas, aun la más realista, no puede eximirse de pasar por el tamiz de la
que es lo único que está aquí a discusión. conciencia humana, a cuya estructura ha de acomodarse de algún
Por todas estas consideraciones, y de acuerdo con numerosos modo el objeto de conocimiento.
intérpretes, tenemos por la hipótesis más fundada la de que Pla A falta de una interpretación auténtica, que sólo podría
tón, reflexionando por su cuenta sobre las indagaciones socráticas haber dado el propio Protágoras (si lo hizo y dónde, no lo
relativas a la virtud en general, o al concepto de cada virtud en sabemos) es obvio que, al igual que todos los grandes aforis
particular, postuló la existencia de los “universales” consiguien mos, la sentencia en cuestión está abierta a todas las interpre
tes — aunque no necesariamente, desde el principio, a parte taciones imaginables; pero aparte de que por su letra misma, tal
rei—, y les impuso los nombres de slSog y de £6éa que ya estaban como suena, no parece fácilmente conciliable con una posición
en boga como significativos de “clase”, “cualidad”, “estructura” de realismo epistemológico, lo cierto es que Platón entendió
o “carácter”. Hasta aquí, además, la teoría está estrictamente li
126 T E O R Í A D E I.AS IDEAS T E O R ÍA D E I.AS IDEAS 127
siempre el avGpwaoc TcavTwv pi-rpov en un sentido relativista y ximacioncs estadísticas o simples generalizaciones de la experien
subjetivista, lo cual sería buen indicio, además, de que tal era la cia. Qué sea precisamente lo permanente y qué lo transitorio, o
interpretación prevalen te en la época. A este dato histórico, por cuál haya de ser, exactamente también, la función del entendi
lo tanto, nos atenemos, y tanto más cuanto que Protágoras, y miento en la constitución de la ciencia, de todo esto se disputó
todo cuanto él haya dicho o pensado, no nos preocupa aquí sino interminablemente en la historia de la filosofía; pero a todos
en función y dentro del contexto de Platón. los disputantes fue común la concepción de la ciencia como ope
Al escepticismo, es verdad, por lo menos por el lado del movi- ración noética con un correlato sustraído de algún modo a las
lismo heraclitano, podía hacérsele frente desde la posición mono contingencias empíricas: ya la esencia misma, ya, por lo menos,
lítica de Parménides, desde el Ente único e inconmovible. Sólo una ley de regularidad inmutable en la producción y sucesión
que esta posición, si alguna vez pudo ser defendible (y tam de los fenómenos.
poco es esto muy seguro), dejó de serlo bien pronto, al chocar en Con este trasfondo filosófico, en suma, buscando afanosamente
forma irreconciliable con algo que ni en filosofía puede desde una doctrina que pudiera salvar conjuntamente la ciencia y la
ñarse como es el testimonio tic los sentidos. Mientras la unicidad moralidad, y que fuese más plausible que las precedentes, fue
del Ente parmenídico no se definiera con los debidos matices entreviendo Platón, como tal solución salvadora, la teoría de las
(como, por ejemplo, los “modos” de la Sustancia única en Spi- ideas, del modo que suelen describir los historiadores de la fi
noza), ningún artificio dialéctico ¡jodía infirmar la evidencia losofía, entre ellos el británico Guthrie, en los siguientes tér
de la multiplicidad fenoménica, y menos aún para gentes como minos:
los griegos, de tan agudo sentido plástico y visual. Urgía, por “Estas reflexiones, juntamente con un profundo interés por las
tanto, según se dijo desde entonces y con tanta propiedad, “sal matemáticas pitagóricas, fueron la base de que partió Platón en
var las apariencias” (orp^Eiv x a cpaivóueva), es decir, excogitar sus meditaciones sobre los problemas de la definición que Sócra
una doctrina filosófica que de algún modo diera cabida a la mul tes había planteado en el terreno de la ética. Para él, dos cosas
tiplicidad del ente. estaban simultáneamente a discusión: la existencia de principios
Algo, sin embargo, quedó como legado permanente del pensa morales absolutos, lo cual constituía el legado de Sócrates, y la
miento de Parménides, y de tal importancia, por cierto, que, posibilidad del conocimiento científico, que, según la teoría
al pasar a la filosofía posterior, se convirtió en uno de los mo heraclitana del mundo, era una quimera. Platón creía apasiona
mentos determinantes de la teoría platónica de las ideas. Que damente en ambas cosas, y puesto que para él era impensable una
el ente hubiera de ser no uno, sino múltiple, estaba bien; pero solución escéptica, hizo la otra cosa que quedaba como única
lo que ya no pudo ponerse en duda, de ahí en adelante, es que posible. Sostuvo que los objetos del conocimiento, las cosas que
todo aquello, sea lo que fuere, de que pueda predicarse plena pueden ser definidas, existen, pero no pueden ser identificadas
mente la razón de ente, debe ser algo permanente y por completo con nada del mundo sensible. Existen en un mundo ideal, fuera
exento de todo devenir, pues de otro modo no podrá ser objeto del espacio y el tiempo. Tales son las famosas ideas platónicas”.6
de conocimiento, es decir de “saber”, en el sentido más propio y
riguroso del término. En segundo lugar, y por el hecho mismo Platón versus H eráclito
de haber lanzado tan gentil desafío al testimonio de los sentidos,
Parménides impuso el otro postulado, no menos trascendental, En el C ratilo, para volver a él, se enfrenta Platón con Herá
de que esa realidad permanente tiene que ser aprehendida por clito. Con Parménides no lo hará sino mucho más tarde, en diá
logos muy posteriores.
la mente y no por la percepción sensible, que nos pone en con
tacto tan sólo con lo que es mudable y perecedero. Parece haber consenso general, entre los intérpretes, en cuanto
No hacen falta mayores reflexiones para darnos cuenta de que a identificar a este C ratilo que da su nombre al diálogo, con el
uno y otro postulado han informado la concepción que de la filósofo homónimo de que hablan Aristóteles y Diógenes Laer-
ciencia se ha tenido hasta hoy en el mundo occidental, por lo cio. Uno y otro convienen, además, en afirmar que Platón siguió
menos mientras en las leyes científicas se vio algo más que apro- ® \ V. K . C. Gu t h r i e, L o s filó s o fo s g rie g o s, FCE, M éxi co, 1964, p. 90.
128 T E O R ÍA DE LAS IDEAS
T E O R ÍA DE I.AS IDEAS 12‘J
en algún tiempo las lecciones de Cratilo, y sólo difieren en cuanto no, guerra-paz, hartura-hambre, todos los opuestos." “Una misma
a la época en que habría tenido lugar aquel magisterio: antes cosa es en nosotros lo viviente y lo muerto; lo despierto y lo dor
o después del supremo magisterio socrático. Aristóteles, que sos mido; lo joven y lo viejo.” *
tiene lo primero, merece por todos conceptos mayor crédito: y En la jornada y en la vida, en la vida humana más concre
no es creíble, además, que Platón, así no haya sido sino por su tamente, ejemplifica así Heráclito la permanente coincidencia de
edad, hubiese tenido otro maestro con posterioridad a la muerte los contrarios; y junto con esta permanencia, la variación con
de Sócrates. tinua y el desequilibrio constante de su mezcla, en alternada su
Cratilo, por su parte, fue en Atenas propagandista y defensor peración y decadencia de uno y otro contrario.9 La jornada es,
acérrimo de la filosofía de Heráclito, cuya acm é suele situarse en cada uno de sus momentos, más día o menos noche, como
hacia el año 500 a . c . A un siglo de distancia, era aún conside queramos, y viceversa, sin que ninguno de los contrarios, por
rable el influjo del pensador apodado por antonomasia el Oscu imperceptible que pueda ser, desaparezca jamás del todo. Y en la
ro; mas por esto tal vez, y desde luego por el dilatado intervalo vida humana, a su vez, somos todos, en todo su decurso y simul
temporal que mediaba entre ambos, el hecho es que Cratilo des
táneamente, jóvenes y viejos, según que se mire hacia adelante
figura totalmente el pensamiento de Heráclito, ya que lo reduce o hacia atrás, y apenas en el punto cero, y como tal no realmente
exclusivamente al flujo universal: t oxvt o . peí. Haciéndose fuerte
vivido, del nacimiento y de la muerte, sería posible eliminar el
en esta tesis única, sostenía Cratilo, verdadero en fan t terrible del
otro contrario. Si el morir, en efecto, puede ser de algún modo
heraclitismo, que ni siquiera era posible entrar por una sola vez calificado de acto, y a tal punto que ha llegado a decirse que es
en el agua del m ism o río (contra lo que expresamente había
el único acto definitivo del hombre, tiene que ser entonces un
concedido H eráclito), y que tampoco podemos expresar nuestro acto vital, exactamente como todos los que le precedieron, sólo
pensamiento con palabras — por ser ellas, en su estructura mis
que el último. Muy justa es, así, la observación de Calogero, al
ma, algo fijo o congelado— sino, a lo más, por ademanes, con
decir que la permanente copresencia del binomio vida-muerte,
tinuamente variables además, como por algo más fluido y móvil,
“es para Heráclito la ejemplificación príncipe de la universal
al igual que todo el resto.
relación recíproca de los opuestos”.10
Que esta posición es una deformación o mutilación del heracli Si todo ello es así, y toda vez que Heráclito, a fuer de autén
tismo, lo ha demostrado concluyentemente, en estos propios tico filósofo, fue en todo congruente consigo mismo y con su
términos, Rodolfo Mondolfo, en numerosas monografías, coro pensamiento, parece indeclinable la consecuencia que deduce
nadas por su obra máxima sobre el genial solitario de Éfeso.7
Mondolfo, al decir que: “L a misma ley del flujo, entendido
En sentir del gran humanista italiano, y oponiéndose en esto a
como conversión recíproca de los opuestos, domina para Herá
la interpretación del filósofo suizo Olof Gigon, el flujo universal
clito tanto la realidad de las cosas cuanto la del lenguaje.”11
(TOxvm ¡¡¿í) sí es un elemento genuino y constitutivo del hera
Ahora bien, esto del lenguaje, su corrección o propiedad: ■nepi.
clitismo, y precisamente por esto cabe hablar, con respecto a
dvopávwv opO¿TT)Tog, es precisamente el subtítulo del C ratilo; y
Cratilo, de “mutilación” y no de “suplantación”; pero junta
aunque verosímilmente haya sido puesto por los gramáticos de
mente con él, está el otro elemento cardinal de la coin cid en lia
Bizancio o Alejandría, corresponde efectivamente al tema que
oppositoru m . El proceso universal de la realidad, el devenir,
en el diálogo se trata con mayor amplitud, y por más que otros
supone así la continua coexistencia de los opuestos, que conti
nuamente, también, pasan del uno al otro y se invierten entre sí, s Fr s. 67 y 88. L a t r aducci ón y n u m er aci ón son d e M on dol f o.
en una incesante sucesión de desequilibrios. 8 Qu e est a al t er n an ci a es el r esu l t ado o l a expr esi ón d e l a l u ch a sin
Si así no fuese, argumenta Mondolfo con sobra de razón, serían t r egu a q u e en t r e sí m an t i en en l os con t r ar i os, es al go q u e est á i gu al m en t e
con t oda cl ar i d ad en ot r o d e l os m ás con oci dos fr agm en t os de H er ácl i t o:
ininteligibles buen número de fragmentos de Heráclito, como,
" L a gu er r a es el pad r e de t odas l as cosas” (53). El t ext o or i gi n al : i t ó^epú?
por ejemplo, los siguientes: “El dios es día-noche, invierno-vera- jt oxr i e jrávTODv, j u st i f i ca, según cr eem os, l a apar en t e f al t a d e con cor dan ci a
gr am at i cal , en l a t r ad u cci ón , en t r e el su j et o y el pr edi cado.
r Cf . Rod ol f o M on d ol f o, H e r á c lito , tex to s y p r o b le m a s d e su in te r p r e ta
10 Ci t a en M on d ol f o, o p . c it., p. 299.
c ió n , M éxi co, 1966.
11 O p. c it., p. 30 1.
130 T E O R Í A D E L AS IDEAS T E O R Í A D E L A S IDEAS 13 1
temas en apariencia secundarios tengan para nosotros, desde el “Cratilo se mantiene adherido al itáv-ra péi, y abandona, por lo
punto de vista filosófico, mucho mayor importancia. Los inter tanto, la op0ó-nr)g de los nombres, reduciéndose finalmente, como
locutores, en efecto, se plantean ante todo la cuestión de si los dice Aristóteles, a renunciar al uso de las palabras que suponen
nombres, todos y cada uno, deben o no corresponder a la realidad en su cristalización la permanencia de un significado siem
de la cosa nombrada, y en la afirmativa, en qué podrá consistir pre igual, y a limitarse a los puros gestos instantáneos y siempre
precisamente dicha correspondencia. variables. Esto significa evidentemente una incomprensión y de
Si el diálogo no llega en este particular a ninguna conclusión, formación de la doctrina heraclítea, de la cual Cratilo pretende,
es simplemente en razón de que Cratilo se mantiene hasta el fin sin embargo, considerarse defensor y sostenedor.”13
aferrado al “todo fluye” como expresión única y total tanto Como el Sócrates del diálogo no pretende, a su vez, formular
de la filosofía heraclitana como de toda realidad en absoluto. ninguna teoría suya sobre la propiedad de los nombres (por más
Así las cosas, y como no deja de hacérselo notar a Cratilo el que, como diremos luego, sí establece los fundamentos de toda
Sócrates del diálogo, es radicalmente imposible toda predicación teoría posible), la mayor parte del diálogo se va en escarceos eti
de nada por nadie, por la sencilla razón de que en el instante mológicos sobre cuyo valor no nos toca aquí pronunciarnos. Lo
mismo siguiente al de la predicación serían otros distintos tanto que seguramente podemos decir es que muchas de esas etimolo
el sujeto como el objeto de conocimiento. Por lo mismo también, gías, cuando no las más, son incorrectas, y esto no por ninguna
no tiene sentido preguntarse uno por la propiedad o corrección ignorancia especialmente imputable a Platón, sino sencillamente
(op0ÓTT)g) de los nombres. porque la etimología es una disciplina moderna, fruto de la lin
Con todo ello, no obstante, es perfectamente posible por lo güística comparada, y que, por tanto, no pudo nacer en la situa
menos el planteamiento de la cuestión, aun dentro del heracli- ción de aislamiento hostil que fue propia de los pueblos antiguos.
tismo, a condición, naturalmente, de tomarlo en su integridad, En lo que concierne, en segundo lugar, a lo que aquí nos in
según lo antes explicitado, y no mutilándolo arbitrariamente. Así teresa, que es la filosofía y no la filología, no vemos claro si pue
lo sostiene Mondolfo a lo largo de su investigación, como en el de o no exigirse a Platón, y hasta qué punto, una compren
siguiente pasaje: sión de la filosofía de Heráclito mayor de la que puede apreciarse
“Aquí está el nudo de la teoría heraclítea del lenguaje. I.a en sus diálogos: el Cratilo en primer lugar, y después el Teete-
esencia de la realidad es el pólem os, la relación de unidad-lucha tes, en los cuales acepta aparentemente, aunque para oponerse
entre los opuestos, en que consiste el mismo flujo universal. La a ella, la deformación unilateral de Cratilo. Pero lo que sí nos
verdad de los nomines consiste en reflejar esa esencia. He mos parece muy importante observar es que —si en algo puede en
trado más extensamente en otras partes que la concepción hera esto servirnos de guía la historia universal de la filosofía— de
clítea de un flujo que es relación de contrarios ( coincidentia poca ayuda le habría sido a Platón tener del pensamiento de He
oppositoru m ) , podía conciliarse con el hábito etimologizante ráclito un conocimiento mayor del que podía brindarle la doxo-
que busca en el nombre la esencia de la realidad, sólo a condi grafía de su tiempo, para haber penetrado más profundamente
ción de que se reconociera en los nombres la misma coinciden en lo más medular de su espíritu. A Heráclito, en efecto — y es
cia de los opuestos que se reconocía en la realidad. Y esto podría éste el dato que estimamos indiscutible en la historia de la filo
hacerse por dos caminos: o mostrando que un mismo nombre sofía— no se le comprende adecuadamente, lo que se llama com
puede significar realidades contrarias, o señalando que una prender, sino en los tiempos modernos. De la coincidentia op p o
misma realidad puede merecer nombres opuestos, más aún, que sitorum habla muy de paso uno de los estoicos: Crisipo, pero
exige ser expresada por un binomio de contrarios.”12 no es sino hasta el Renacimiento, con Nicolás de Cusa y Gior-
Cratilo, evidentemente, no se da cuenta de nada de ello, y el dano Bruno, cuando el tema cobra toda su fuerza, y no es sino
resultado, por tanto, es el que describe el mismo humanista con Hegel cuando el pensamiento dialéctico contenido en aquella
italiano, a quien citaremos por última vez: sentencia desarrolla todas sus virtualidades.

12 M on dolfo, o p . c it., p. 300. 13 M on d olfo, o p . cit., p. 350.


132 T E O R Í A I)E L AS IDEAS TEORÍA DE I.AS IDEAS 133

No conocemos otro caso como éste de invernación secular, tan “ni los unos serían buenos, ni los otros malos, si a todos pudiera
dilatadamente secular, de una filosofía que podrá, como cual atribuirse indiferentemente la virtud y el vicio”,14 lo que forzo
quier otra, aceptarse o rechazarse, pero de cuya fecundidad espe samente tendrá lugar cuando el último criterio de juicio es la
culativa y práctica dan sobrado testimonio el hegelianismo y el apreciación particular de cada uno.
marxismo. ¿Cuál podría ser la explicación de tan extraordinario Comprobamos así una vez más cómo lo que más preocupa a
fenómeno? A nuestro humilde entender, sólo podría darla la Sócrates, al histórico y al literario, es hacer frente al relativismo
consideración de que el hombre, a más de tener naturaleza • — en moral antes que al especulativo; pero inmediatamente después,
esto disentimos de Ortega— tiene también historia, y que la refiriéndose ya a la cuestión por entero, afirma Sócrates lo si
tiene con mucho mayor hondura de lo que sería el simple roce guiente;
tangencial de los acontecimientos. Dicho en otros términos, “Así pues, si no es verdad que todas las cosas sean lo mismo
nuevos tipos de hombre, aunque sobre un fondo común, han ido para todos siempre y simultáneamente, ni que cada una sea lo
apareciendo en el curso del devenir histórico, y cada tipo hu que a cada uno le parece en particular, es claro que las cosas
mano, a su vez, está abierto a cierta comprensión de su circuns tienen por sí mismas cierta entidad (oúoía) permanente, que no
tancia o de su ser, y es, en cambio, hermético a ciertas visiones o es ni relativa a nosotros ni depende de nosotros; y que no se
perspectivas que son latentes para él y que sólo serán patentes dejan arrastrar arriba o abajo al capricho de nuestra fantasía,
a los que vengan después de él. sino que existen por sí mismas, según su propio ser y conforme
De este modo, estaba reservado al hombre que hemos conve a su naturaleza.”15
nido en llamar fáustico, y a ningún otro antes de él, a este hom Henos aquí ya con otro de los términos claves: otaría, que por
bre moderno, transido de contradicciones que intenta él deses lo pronto podemos traducir por “entidad”, que es lo que prime
peradamente conciliar a la vez cpie superar, tener la compren ramente significa,1" pero que más tarde, en otros diálogos, acaba
sión cabal del pensamiento dialéctico. A él no pudo abrirse, por ser, para Platón, exactamente equivalente del término bá
en cambio, el hombre de la antigüedad, el hombre apolíneo, sico de íSáa.
contemplador pasivo, fundamentalmente, de una realidad eterna Aquí y ahora, en el diálogo que estamos considerando, no es
mente consistente consigo misma, de contornos bien definidos, tablece Platón expresamente la sinonimia; pero está implícita,
luminosa y quieta, como el Ente de Parménides o las Ideas pla a nuestro modo de ver, por la clarísima y directa referencia a las
tónicas. No podía, por tanto, fructificar entonces la semilla que Ideas (bien que tampoco aparezca sino muy fugitivamente el tér
lanzó el único pensador fáustico o prefáustico de aquellos tiem mino mismo) que encontramos al final del diálogo, y que es sin
pos; y por esto pensamos que así hubiese conocido Platón en duda su parte más constructiva. Veámoslo sobre los textos.
todos sus pormenores la filosofía de Heráclito, no por ello habría Cansados ambos interlocutores: Sócrates y Cratilo, de la esté
construido una filosofía de tipo hegeliano. De otra condición, ril polémica etimologizante que han venido ambos sosteniendo,
completamente distinta, es su dialéctica. No está ausente de ella, pronuncia Sócrates con toda decisión que no tendrá nunca fin
por cierto, el movimiento, pero es el movimiento de la inteli la “guerra civil de los nombres”, mientras se empiece por inte
gencia, que va de una a otra Idea, hasta alcanzar la suprema rrogar a los nombres y no a las cosas, porque es “de las cosas
que a todas las domina, pero no hay movimiento alguno, como mismas y no de los nombres de donde debe partir el saber y la
esperamos hacerlo ver después, en las Ideas mismas. investigación”.17 Concedido lo cual, y toda vez que no puede
En esta posición de fijeza se afirma el Sócrates del C ratilo al
oponerse, antes que a Heráclito, a Protágoras (uno y otro van 11 C.rat. 386 <1.
para él de la mano en el relativismo del conocim iento), a su tesis i s C rat. 386 d-e.
del horno m ensura. Si el hombre fuera, en efecto, y cada hom r<¡ En A r i st ót eles será la “ su st an cia” , p or oposición a los “ acci den t es” :
bre en concreto, la medida de todas las cosas, resultaría que no oüoía, ovufirprixÓTa-
i : 439 b: o íi t m v (ovxfnv), oüx ¿S óvopár t ov. 7.u d en S ach en se lh st: “ A
podría hablarse, con predicación válida erga om nes, de virtud
las cosas m ism as” , d i r á t am bi én , al en u n ci ar el pu n t o de p ar t i d a d e la
ni de vicio, o de virtuosos o viciosos, ya que, según dice Sócrates, fen om en ología, Ed m u n d o H usser l.
134 T E O R Í A D E L AS IDEAS T E O R Í A D E L A S IDEAS 1 35

obviamente nombrarse nada, con predicación de validez perma cimiento (yvonng) cuando todo está en estado de transición y
nente, si todo está en un “flujo, báratro o torbellino perpetuo’’, nada permanece.”19 Es el tema cuyo completo desarrollo y rica
se impone la necesidad de buscar dónde podrán estar esas “cosas orquestación encontraremos en el libro vi de la R ep ú b lica .
en sí” (es Platón, y no Kant, quien así lo d ice), que puedan ser
un correlato firme de todo lenguaje auténtico. Y como la intui- Las Id ea s en el Fedón
rión ri(i;yin;ito''i;i precede en Platón, pnr 1n común, al desarrollo
argumentativo, y como estos vacíos, transitorios o definitivos, Bajo el gran tema de la inmortalidad del alma, tjue domina,
del razonamiento riguroso suele él llenarlos con sueños o con como es natural, la última conversación de Sócrates con sus ami
mitos, sueños también, estos últimos, del alma colectiva, pone gos, al despedirse aquél para siempre de éstos y de esta vida,
luego en labios de su Sócrates, sin más preámbulos, lo siguiente: entra de nuevo el tema de las Ideas, con mayor riqueza de
“Considera conmigo, maravilloso Cratilo, el sueño que me elementos que en los diálogos anteriores, y nimbado, a la vez,
viene a menudo. ¿Podremos o no decir que existe algo bello o de la luz de ultratumba que envuelve al tema principal. Por
bueno por sí mismo, y que lo mismo acontece con respecto a cada esto es indispensable seguir la marcha y evolución de las Ideas de
uno de los entes en particular? . .. Aquello, pues, es lo que he diálogo en diálogo, porque su diferente o progresivo contenido
mos de examinar, y no si es bello algún rostro o un objeto seme conceptual depende en gran medida de las motivaciones psico
jante, y si todo esto parece estar abandonado al flujo, sino lo lógicas, o de otra índole, a que responde cada uno de los diálo
bello en sí, y de 3o cual podemos decir ¿no es verdad? que es gos platónicos. En los que hasta aquí hemos considerado, las
siempre semejante a sí mismo. . . ¿Cómo, pues, podría atribuirse Ideas se nos han presentado como la respuesta salvadora al
el ser a lo que no está nunca en el mismo estado? Si en algún desafío del escepticismo intelectual y moral. Ahora en cambio,
momento, en efecto, se mantiene en el mismo estado, claro está en el F ed ón , las Ideas son solidarias del ansia de inmortalidad
que, durante aquel tiempo por lo menos, no hay en él ningún que anima a Sócrates, como nunca antes, en el último día de su
desplazamiento; y si está siempre en el mismo estado y es el mis vida terrestre; ansia que el moribundo se esforzará por justifi
mo siempre, ¿cómo podría mudarse o moverse, al no apartarse car racionalmente, a fin de que su esperanza, según él mismo
en nada de la forma ÍÍSéa) que le es propia?”18 dice, pueda llamarse con verdad una sólida o “buena espe
Apenas muy de pasada, según dijimos antes, está, una sola vez ranza”.20
y en la última línea, la Idea en su enunciado literal, y no está Mucho antes de proponer ninguna prueba formal de la super
aún con toda claridad — como tampoco en ningún otro de los vivencia del alma, en la simple actitud vital del valor ante la
diálogos a que antes pasamos revista— su trascendencia o separa muerte —que es preludio o ptolegómeno de toda “prueba” posi
ción de las cosas sensibles; y consiguientemente, no se plantean ble— manifiesta Sócrates que el filósofo por lo menos (a los
aún problemas tales como los de la participación o la imitación. demás los deja en este punto entre paréntesis) debe encarar con
Hasta aquí, y si Platón no hubiera escrito más, podría defenderse sereno ánimo la muerte, y esto por la simple razón de que su
la interpretación de que las ideas son inmanentes a las cosas vida entera ha sido una preparación a ella, toda vez que “filo
sensibles. Lo que, en cambio, es ya desde este momento conquista sofar es aprender a morir”. ¿Por qué así? No ciertamente porque
definitiva, es que en todas las cosas, y de algún modo imbíbito la filosofía se parezca, ni de cerca ni de lejos, al ejercicio del
en ellas, hay un núcleo entitativo invariable. Y lo que está tam soldado, que debe acostumbrarse, por oficio, a despreciar la
bién, larvado aún, pero ya bien perceptible, es que sólo este muerte, sino sencillamente porque el ejercicio del filósofo, a su
núcleo, y no los accidentes fenoménicos que lo circundan y se van vez, consiste en la contemplación de objetos en cuya percepción
sucediendo sin cesar, es el solo y único objeto del saber o de la no interviene ninguno de los sentidos corporales, sino que se da
ciencia, o simplemente del conocimiento por antonomasia. “Por por obra del pensamiento puro (eiXucpivEi Siavoíq), y en esta
que tampoco podríamos decir con razón, Cratilo, que hay cono-
i ® 440 a.
20 F e d ó n , 63 c.
is Crat. 439 b-e.
136 T E O R ÍA 1)E LAS IDEAS T E O R ÍA DE LAS IDEAS 137
operación, por lo tanto, no es ele ninguna ayuda, antes todo lo manteniéndose en el terreno, para él predilecto, de los valores:
contrario, la compañía del cuerpo. Ahora bien, y como quiera éticos, estéticos o simplemente vitales, al referirse a lo justo, lo
que la muerte no es otra cosa que la separación o liberación bello, lo bueno, la salud y la fuerza. Esta vez, sin embargo, con
(ditaXXa'rn) del alma con respecto al cuerpo, resulta, en con la mención de la magnitud ((.láyeOog) se amplía el horizonte
clusión, que es sólo después de la muerte cuando el alma podrá cidético, más allá de la región axiológica, a la de las entidades
rontuiipl.il. en tnda fin pureza y nn ningún impedimento TWtlr este momento v para todo lo que va a
líos objetos que no pudieron dársele con absoluta patencia mien seguir, tomemos cuidadosa nota de la muy importante observa-
tras estuvo aquélla, en esta vida, cautiva del cuerpo. La muerte ción de Ross:
es así, ni más ni menos, la liberación del pensamiento. “Valores y entidades matemáticas constituyen, para Platón,
Por aquí van, más o menos, los razonamientos de Sócrates, su interés dominante y permanente: los valores, a lo largo de
como lo sabe bien todo lector del diálogo. Y ahora, ¿cuáles son toda su vida, y las entidades matemáticas, con creciente énfasis,
esos objetos sustraídos del todo a la percepción sensible, y co a medida que se aproxima a la vejez, y a tal punto que al final
rrelatos, por ende, del pensamiento puro? En el siguiente pasaje (tal es, por lo menos, la afirmación de Aristóteles) la teoría de
encontraremos la respuesta: las ideas acaba por convertirse en una teoría de los números. En
“— ¿Afirmaremos ¡oh Simias! la existencia de algo que es por cuanto a las Ideas de las sustancias (como la del ‘animal mis
esencia justo, o la negaremos? — ¡Por Zeus, que la afirmaremos! mo’) no aparecen en el F ed ón , y ni siquiera son prominentes
— ¿Y de lo que es por esencia bello, y de lo bueno? —¡Pues cómo en ningún otro diálogo con excepción del T u n co, por más que
no! —¿Pero has visto alguna vez algo de esto con tus ojos? —En estén implícitas en la teoría con arreglo a la cual a todo nombre
absoluto. — Pero entonces, ¿no lo habrás captado con otro sen común debe responder una Idea.”22
tido distinto de aquellos que actúan por el cuerpo? Y otro tanto En el mismo trozo del F ed ó n antes transcrito, y en todo el
digo con respecto a la esencia de todas las demás cosas, como, diálogo en general, encontramos igualmente el postulado de la
¡ior ejemplo, la magnitud, la salud, la fuerza, y en una palabra, cognoscibilidad de la Idea: d e iu re desde luego, y d e fa d o tam
de todo lo demás, cuya esencia es, para cada cosa, su ser precisa bién, a condición de que operemos con el pensamiento puro, es
mente, ¿Será por medio del cuerpo como pueda percibirse lo que decir sin el menor concurso de la sensación. Aquello que es, como
hay en ellas de más verdadero?... ¿No será, por el contrario, dice Platón, en sí y para sí (aú-ró — xaO’aúxó), lo es también
por medio del pensamiento mismo, sin mezcla y en sí mismo, pura nosotros, siempre que se cumpla la indicada condición, y
como podrá uno lanzarse a la captura de aquellas realidades que j»or más que este cumplimiento, en mérito de lo antes dicho, sea
son también, cada una, sola, sin mezcla y en sí misma? Y esto, de lo más dificultoso en esta vida mortal. Muy pertinente es, a
en fin, después de haberse uno desembarazado, lo más que pue este propósito, la anotación de León Robin: “La cosa en si no
da ser, de sus ojos, de sus oídos, y aún podríamos decir que de su es, por tanto, como en el kantismo, estrictamente inconocible para
cuerpo por entero, por ser éste el que perturba al alma y le nosotros; en Platón, por lo contrario, es lo conocible por ex
impide, mientras tenga comercio con él, adquirir verdad y pen celencia.”2*
samiento.”21 Pero la gran novedad del F ed ón , con respecto a los diálogos
De inestimable valor, para nuestro propósito, es el párrafo que anteriores y en este particular, es la vinculación que ahora esta
acabamos de copiar. La existencia de las Ideas, aunque sin de blece expresamente Platón entre la teoría de las Ideas y la teoría
signarlas así expresamente, se encuentra postulada con respecto de la reminiscencia. En el M en ón , en efecto, según vimos con
a todos los entes sin excepción, cuya esencia o realidad o núcleo antelación, aparece la reminiscencia dentro de un contexto es
más verdadero (oúoía — á>.r¡8éa,Ta'rov) lo constituyen aquéllas. trictamente gnoseológico, en cuanto hipótesis explicativa del
Por otra parte, y sin merma de esta universalidad, observamos método mayéutico; ahora, en cambio, la vinculación antedicha
cómo Platón, al ejemplificar algunas de entre las Ideas, continúa

22 Ross, op. cit., p. 24.


21 í>5d-GGa. 25 P hédon , ed. I .es Rel i es Let t r cs, I n t ., p. X X V .
138 T EO R ÍA DE LAS IDEAS T E O R ÍA DE LAS IDEAS 131)
tiene lugar al proponer Platón el argumento de la reminis ulterior calificación, excluye en absoluto la desigualdad. En es
cencia como una de las pruebas demostrativas de la inmortalidad tos términos lo enuncia Sócrates, y termina diciendo: “No hay,
del alma. Considerémosla no en todo su desarrollo, sino apenas por consiguiente, identidad entre aquellas igualdades y lo Igual
en sus puntos de enlace con la teoría de las Ideas. en sí”.24 No sólo no hay identidad, sino que son dos regiones
Que nuestra educación, en lo que tiene de más importante, ónticas perfectamente distintas, ya que la perfecta unidad formal,
=eeaae=son las pronnsicio" ^ ^ mífiras. gy^tEaMas ^ devenir y la absoluta v permanente identidad de algo consigo mismo, es lo
la contingencia, no es otra cosa que un proceso de recuerdo típico y exclusivo de la Idea, de ella nada más. ¿Cómo, enton-
(pá0ir]<Hc ávdpvqo-ig), una progresiva exhumación de verdades ces, llegamos al conocimiento de aquello que, en su determina
tan inexplicablemente ya aprendidas como luego olvidadas, es ción formal por lo menos, no nos ofrece por ninguna parte la
algo que Platón da por supuesto o predemostrado; algo de que experiencia?
“acostumbras tú hablar a menudo”, como se lo dice a Sócrates La solución de esta aporía, la mayor tal vez en la teoría del
otro de los interlocutores del diálogo, el tebano Cebes. Sólo conocimiento, la encontrará Aristóteles al radicar de algún modo
que ahora, en el F cd ón , se hace Platón cuestión expresa de lo que la Idea platónica — que será luego la Forma aristotélica— en la
en el M enón pasó por alto, que es el punto relativo a saber en constitución óntica de la cosa misma, y al tratar de explicar
qué tiempo precisamente pudimos haber adquirido aquellos co después cómo mediante la intervención del llamado por él “en
nocimientos. El empirista contestará, claro está, que todo ello tendimiento activo”, es posible abstraer la forma esencial del
debió tener lugar, para cada uno de nosotros, después de nuestro concreto sensible. Es la operación denominada por Husserl, ex
nacimiento, merced a la fecundación que paulatinamente va re celentemente por cierto, abstracción ideatoria; y de nuestra parte
cibiendo nuestro entendimiento de la experiencia; pero esta res no hemos percibido nunca otra solución posible, a condición,
puesta está muy lejos de ser satisfactoria para Platón, ya que la por supuesto, de que previamente se admita que a la existencia
experiencia nos depara tan sólo, para decirlo con Leibniz, ver concreta responde de algún modo esto que llamamos esencia.
dades de hecho, percepciones fenoménicas, y jamás ni por nin Platón, por su parte, no alcanzó a entrever siquiera, por todo
guna parte verdades de razón, es decir proposiciones de esencia cuanto puede verse, esta solución, sino que se mantuvo aferrado
y con validez permanente. a la heterogeneidad completa entre lo inteligible y lo sensible,
Para hacerlo ver así, toma aquí Platón, a guisa de ejemplo, la según la nomenclatura introducida por él mismo en 1a. R e p ú
Idea de la igualdad, o en los términos del texto, lo Igual en sí: blica. Por otro lado, se dio bien cuenta, y así lo dice, de que la
aÚTÓ t o tcov. ¿Dónde o cómo ha podido dársenos tal cosa en la percepción del dato sensible remite luego a la percepción noética
experiencia sensible? Percibimos, es cierto, muchas cosas a las de lo inteligible, como algo que durmiera en el fondo del alma
que, al compararlas entre sí, llamamos iguales; pero aparte de y no necesitara, para ser reactualizado, sino del excitante oca
que, por lo común, son iguales en un aspecto y desiguales, al sional de la sensación: lo Igual en sí, en efecto, lo percibimos
mismo tiempo, en otro u otros, en ningún caso encontraremos en con la mente tan pronto como por los sentidos percibimos cosas
ninguna de ellas lo igual en sí, ya que aún tratándose, digamos, iguales o desiguales, que esto es indiferente. Y como de hecho
de artículos manufacturados, con repetición idéntica y completa ocurre así desde nuestra primera experiencia, ya que la abstrac
mente iguales entre sí, todavía queda el hecho de que esta igual ción ideatoria no es ninguna generalización de sucesivas expe
dad no se da en ninguno de ellos en sí, sino en relación con riencias (éste fue, como sabemos, el error del empirismo inglés)
otro u otros, y cada uno, además, si bien es igual a los otros parecería como si tuviésemos, a nativitate, todo un patrimonio
artículos de la misma serie, es al mismo tiempo desigual con de nociones infusas, como lo declara Platón, al sentar sus con
respecto a todas las demás cosas, sean cuales fueren, que no clusiones en este punto, del modo que sigue:
pertenecen a dicha serie. Así que, en conclusión, todas las cosas “Siendo así, pues, que desde nuestro nacimiento tenemos ya
de este mundo sensible llevan en sí el sello conjunto de la igual aquel saber (el de lo Igual en si), ¿no será porque desde antes
dad y la desigualdad, y únicamente lo Igual en sí no puede ser,
bajo ningún aspecto, desigual; únicamente la Igualdad, sin 24 74 c.
140 T E O R Í A D E EAS IDEAS T E O R Í A D E LAS IDEAS MI

de nacer, y tan pronto como nacemos, conocíamos ya no sola Varios son los argumentos que opone Sócrates para disipar
mente lo Igual y lo Grande y lo Pequeño, sino todo lo demás esos recelos, y en particular contra la concepción, muy pitagó
de la misma especie? Nuestra argumentación, en efecto, se re rica por lo demás, del alma como armonía del cuerpo. No he
fiere tanto a lo igual como a lo bello en sí, a lo bueno en sí, mos de reproducirlos todos aquí, por no ser ahora pertinentes,
a lo justo y a lo santo, y en una palabra, a todo cuanto mar pero sí el argumento que, partiendo también de las Ideas, se
ca m o s r o n el sel l o r íe ‘l o q i w ’ <'< f i i sí ’ t r r H "- n r rr-r i\ asi pn n n c s. : pr -m ^ n r r -i ah o r a en Iri o t r a d i r e c c i ó n d p l a i n m o r t a l i d a d d el
tras preguntas como en nuestras respuestas. De suerte, pues, que alma a parte post.
es una necesidad para nosotros el haber adquirido el conoci El nervio del argumento, para decirlo de una vez, es la afi
miento de todo ello desde antes de nacer.” 25 nidad, similitud o parentesco (crurréveia) que el alma tiene con
De aquí desprende luego Platón, muy lógicamente por cier las Ideas. De ellas difiere, sin duda, en que no es algo propia
to, la preexistencia del alma a su encarnación en el cuerpo mor mente ideal, sino algo físico, y en que su pltysis, además, como
tal, y declara, además, que hay una igual necesidad de exis otra cualquiera, pasa por las mutaciones o cambios que son,
tencia (l'cnr) áváyxiQ) para el alma y para aquellas realidades para ella, los diversos estados o afecciones: intelectuales o sen
en sí, o sea, como dijimos antes, la mutua solidaridad del alma timentales, por que va pasando. Pero aparte de que estos cam
con las Ideas. bios, al contrario de los que tienen lugar en los cuerpos, no la
Hasta aquí, las Ideas le han servido a Platón, como lo es afectan en su constitución misma, el alma es, como la Idea, sim
tamos viendo, para argumentar no precisamente en favor de ple, incorpórea e invisible, y por ello le hostiga el afán de unir
la supervivencia del alma, sino, por el contrario, de su previ se con las Ideas, de convivir con ellas, y es entonces cuando se
vencia. Si esto no nos preocupa hoy mayormente, es porque siente, con gozo no mermado, como en su ámbito propio y en su
descansamos cómodamente en el dogma creacionista; en lo que sociedad predilecta. Bellamente lo declara Platón en el siguiente
por otra vía sabemos sobre la creación inmediata, por Dios, pasaje:
del alma humana en el momento de venir a animar el cuerpo, “El alma, según dijimos antes, se sirve en ocasiones del cuer
o m ejor tal vez, el embrión, dispuesto para recibirla. Pero a po, cuando se pone a considerar alguna cosa por medio de la
quien, como Platón, no podía saber nada de esto, por ser cosa vista, del oído, o de algún otro de los sentidos. En esta situa
no de la filosofía, sino de la Revelación, le era preciso, si ción, es arrastrada por el cuerpo hacia lo que no está jamás
quería demostrar la inmortalidad del alma, hacerlo por los en sí mismo, y se siente errante, turbada y con vértigo, como
dos extremos de la vida mortal: por el principio y por el fin, si estuviera borracha, a causa de estar en contacto con cosas
a parte an te y a parte post. Por lo primero, se declaran satis de esa especie. Cuando, por el contrario, examina algo por
fechos los interlocutores de Sócrates, convencidos como están sí misma y recogida en sí misma (a ín q xa.0’aÓTT)v), se lanza
por el argumento de la reminiscencia, sobre todo si se le com allá, hacia lo que es puro, eterno, inmortal e idéntico; y en
bina con el otro argumento de los contrarios, en cuyo examen razón de estar ella emparentada con ello, está siempre en su
no necesitamos entrar aquí. De lo segundo, en cambio, están compañía, cuando quiera que puede realizar la existencia que
más que dudosos, y no les parece estar demostrado, ni mucho le compete de ser por sí misma y en sí misma, y es entonces,
menos, que la previvencia del alma garantice, ¡cor ella sola, al entrar en contacto con aquellos objetos siempre idénticos,
su supervivencia. Según lo exponen los pitagóricos Simias y cuando cesa en su divagación y recobra, ella también, su iden
Cebes, bien podría el alma, al ocurrir la muerte, disolverse tidad. Pues este estado del alma, ¿no es aquello a que llama
con el cuerpo, no de otro modo que la armonía de la lira, con mos pensamiento?”26
todo y ser, como el alma, algo “invisible, incorporal, bello y Si tal independencia muestra así el alma con relación al
divino”, cesa por completo al romperse el instrumento o saltar cuerpo, y no sólo independencia, sino, como dice también Pla
sus cuerdas. tón, poder y señorío, natural es suponer que, como sustancia

25 75 c-d. 25 79 c-d.
142 TEORÍA DE LAS IDEAS TEORÍA DE LAS IDEAS 143

simple que es (según lo dejan entrever sus actos), pueda sobre pertenece al orden de la generación y de la corrupción, sino
vivir a la ruina y putrefacción de la sustancia compuesta cuyos al de la creación y el aniquilamiento. Con esto sólo, sin la
elementos se desintegran al sobrevenir la muerte. “El alma, en certeza apodíctica que sólo puede ser oriunda de ¡a Revela
tonces — prosigue diciendo Sócrates— se va a otro lugar, al ción, pudo Sócrates potenciar la buena esperanza en gran es
que por su naturaleza le compete; lugar noble, puro e invisible: peranza (EÜEXtug, pEyáEr] ÉXiúg), y disponerse, con ánimo sere-
al El ades, paia llamarlo con verdad, cerca del dios bueno y no y alegre, al gran viaje. No concibe cómo haya de faltarte
sabio; allí a donde, si Dios quiere, irá mi alma en un momento. allá “lo verdadero, lo divino, lo que escapa a la opinión, y que
Una vez separada del cuerpo, ¿cómo podrá esta alma nuestra, tuvo aquí por espectáculo y por alimento.” 25
con sus características y constitución natural, disgregarse y pe Parecería como si con todo lo anterior nos hubiéramos apar
recer, como lo pretende el común de los hombres? ¡Muy lejos de tado, acaso más de lo debido, de nuestro único tema actual,
ello, mis queridos Cebes y Simias, antes bien, y con mucho, que son las Ideas mismas, para entrar de lleno en el otro tema
de aquel otro modo!’’ 27 de la inmortalidad del alma. Así podría ser, tal vez, si tomá
Éste es el argumento: el de los actos y correlatos intencio ramos las cosas con enjuto rigor escolástico, pero no si tenemos
nales del alma, para decirlo en términos modernos, que a mí presente que en las ciencias del espíritu no se trata tan sólo
por lo menos me ha hecho siempre mayor fuerza entre todos de en ten d er, sino de com pren der, según enseñó Dilthey; ahora
los que suelen proponerse en favor de la inmortalidad del alma. bien, la comprensión no es la nuda visión del objeto, sino, ju n
Sentim iis ex p erim u rq u e nos aetern os esse, como dijo Spinoza; tamente con ella, la de las relaciones que mantiene con otros
y lo sentimos y experimentamos, desde esta vida, en razón de objetos, y también, cuando fuere el caso, la del aura emocional
sentirnos abiertos, en la cima o en el hondón de nuestra alma, que le rodea. T a l ha sido precisamente, a lo que nos parece,
como queramos, a ese mundo de esencias y valores, que aprehen el caso actual; y por esto hemos juzgado necesario, en orden a
demos como eternamente subsistente; que no por ser invisible la comprensión lo más cabal posible de las Ideas platónicas,
deja de imponérsenos con irresistible evidencia, y del que igual el poner ampliamente de manifiesto el ligamen que mantienen
mente nos sentimos, como lo dijo Platón antes que nadie, afi con esta otra idea-fuerza, como diría Fouillée, tan propia de
nes, copartícipes y solidarios. Ningún argumento, es verdad, la filosofía platónica, y que es el apetito de inmortalidad.
puede darnos de nuestra inmortalidad una demostración apo- Dos observaciones aún sobre lo que queda atrás, antes de
díctica, porque siempre quedará la posibilidad de que el alma, seguir adelante. La primera, que por el hecho mismo de haber
así como fue creada por Dios antes de nacer cada uno de nos ahora vinculado Platón, según dijimos, el conocimiento de las
otros, así también pueda ser aniquilada por Él después de Ideas con la teoría de la reminiscencia, las Ideas están ya desde
nuestra muerte. Pero hasta donde nos es posible juzgar de lo este momento, y por más que todavía no se diga expresamente
que no vemos por todo lo que vemos, la Providencia parece así, separadas de las cosas sensibles, ubicadas en aquel otro
siempre respetar, por ser su obra misma, la constitución de mundo donde estuvo el alma en su vida anterior, y cuya visión
cada naturaleza con las virtualidades ínsitas en ella; ahora bien, cpiedó para ella borrada, o por lo menos obnubilada, al su
es en la línea natural, una vez más, o sea prescindiendo de otras mirse en el río del Olvido, antes de ir a animar su cuerpo mor
agencias preternaturales o sobrenaturales, donde el alma afir tal. T a l es la conclusión que por su parte deriva Ross, al decir
ma victoriosamente, por todo lo que son y suponen sus actos que: “La doctrina de la reminiscencia implica claramente la
intencionales, su exigencia de inmortalidad. En términos ma existencia separada de las Ideas, las cuales no están ya, ni si
ravillosos lo dijo Bergson, uno de los más claros epígonos del quiera imperfectamente, incorporadas en las cosas sensibles, sino
platonismo en este particular, y sobre la base, además, de la que existen aparte en toda su pureza.” 29
psicología experimental y de las ciencias naturales, al afir Con esto tenemos ya la hipostatización de las Ideas, o como
mar, como proposición indiscutible, que el alma humana no
28 84 a.
27 80 d. 29 Op. dt ., p. 25.
144 T E O R IA DE I.A S IDEAS T E O R ÍA DE 1.AS IDEAS 145
decimos desde la Edad Media, el realismo de los universales. como la participación, a su vez, responde a una mayor estimación
Y por lo mismo también — y es nuestra segunda observación— , del mundo de los sentidos. Son así actitudes vitales, en con
se le plantea a Platón, inexorablemente y desde este momento, clusión, lo que, a nuestro entender, resuelve, en favor de uno
el tremendo problema de la comunicación entre ambos mundos: u otro de sus extremos, la tensión bipolar, presente siempre en
inteligible o eidético, sensible o fáctico, que de tal suerte han la filosofía platónica, entre imitación y participación, más que
Tpirth dn iliuiliiiin Porqm^rlr rlgú" ívoilr pe- sepnrHns que Ja_mnsiderarión. en apariencia descarnada y fría, de las Ideas
estén, tienen que comunicarse entre sí, ya que de algún modo mismas.
se parecen, a pesar de todo, las cosas iguales y lo Igual en
sí, y por algo el espectáculo de lo primero remite a lo segundo, M u n do fá ctico y m u n do eid é tico : m odos posibles d e en lace
así no sea sino como el excitante que despierta la reminiscencia.
Algún enlace ha de haber, pues, y Platón, aunque no nos Todo ello, empero, es apenas el principio, o cuando más la
dice ahora, en el F ed ó n , cómo es precisamente, apunta ya cla mitad, del desarrollo tan notable que en este mismo diálogo
ramente el modo de enlace que llamará después “imitación": tiene la teoría de las Ideas. Aspectos del todo inéditos, hasta
pipneng. Así lo dice en estos textos que nos permitimos ensam este momento, hemos de ver aún, y no podremos apreciarlos de
blar libremente: bidamente si no nos colocamos, una vez más, dentro del contex
“Esto que yo ahora veo, q u iere ser semejante a otra realidad; to general que los enmarca y suscita.
sólo que, por carencia suya, no puede llegar a ser aquello, sino En el curso de la discusión, en efecto, Sócrates ha dado cuenta,
que le es in fe rio r... Todas las igualdades sensibles aspiran a con más o menos facilidad, de la objeción de Simias según la
lo que es Igual, pero son deficientes con relación a é l . . . Todas cual, si el alma fuese apenas, en los términos que antes vimos,
ellas desean ser como es aquello, pero le son, con todo, infe la armonía del cuerpo, desaparecería juntamente con él, no de
riores.” 30 otro modo que como la armonía de la lira desaparece con el
Todos estos términos de “querer”, “aspirar” o "desear” instrumento mismo. No tenemos por qué ocuparnos aquí de
(Poú>.E<rOai, ópáYEffQoa, irpoSup.EÍa'Ooa) son variantes o matices, como , los argumentos con que Sócrates despacha la objeción, por no
es evidente, de la “imitación”, de la tendencia a ser uno o pare ser pertinentes a nuestro tema actual. Pero en cambio, Sócrates
cerse a otra cosa distinta de lo que se es. Imitación, por tanto, se queda largo rato perplejo ante la otra objeción, que él mismo
y no, todavía, “participación” (p¿0e!;ig), por más que no pueda califica de formidable, levantada por el otro pitagórico, Cebes,
eliminarse del todo esta última, ya que las cosas iguales, una vez contra la inmortalidad del alma. Cebes, en efecto, arguye con
más, es forzoso que, para justificar tal apelativo, participen en gran vigor que lo único que, en el mejor de los casos, ha de
algo de lo Igual en sí. mostrado Sócrates, es (fue el alma pueda sobrevivir en uno,
¿Por qué es la imitación, aquí y ahora, la hipótesis predomi .en varios o aún en muchos casos (ya que la reencarnación o
nante? A nuestro humilde entender, en razón simplemente de metempsicosis es otro aspecto de la teoría platónica en este
la emoción de inmortalidad de que todo el diálogo está tran particular) a la muerte del cuerpo que ha animado; pero que
sido; del sentimiento de fuga de este mundo y de exaltada as nada prueba que esta supervivencia haya de ser indefinida, pues
piración hacia el otro; sentimiento que es el propio de Só bien podría la energía espiritual, con todo y ser de otro género
crates el día de su muerte, y de Platón también, al evocar tal y más alta o más intensa que la energía de la materia, irse tam
suceso. Consecuencia de ello es la depauperación radical del bién consumiendo progresivamente, en fuerza precisamente del
mundo sensible, en todo "inferior” o “menesteroso” con res desgaste que va sufriendo en el ciclo de las generaciones, hasta
pecto al mundo inteligible, y su aspiración, aunque siempre acabar, ella también, por extinguirse del todo.
fallida, por elevarse hasta él. Por esto es aquí de mayor fuerza, De tanta importancia es el argumento, que por algo Kant y
en consonancia con tal actitud, el momento de la imitación, Mendelssohn, todavía, polemizaron sobre é l ;31 y Sócrates, por

30 7-t ‘*-75 b-
si Critica de la razón pura, 395 b-39 7 b.
146 TEORIA DE LAS IDEAS T E O R Í A 1)E l.AS IDEAS 147

su parte, después de un largo silencio, estima necesario, para en esta “causalidad del bien”, según dice León Robín, a que es
refutarlo, entrar en el problema general de la generación y co llevado Sócrates en su meditación sobre la teoría de Anaxá
rrupción, a cuyo orden se obstina Cebes en reducir, aunque con goras.34
temporaciones distintas, así el alma como el cuerpo. Ahora bien, “ ¡Adiós a la maravillosa esperanza!”, dice Sócrates, apenas a
a Sócrates le parece que la mejor introducción a la solución del renglón seguido, al darnos cuenta de la desilusión que tuvo
mayor avidez el libro de
a su experiencia filosófica más personal, en sus años de for Anaxágoras, advirtió cómo la teleología que el joven ateniense
mación. esperaba encontrar en las páginas del filósofo de Clazomene,
El centro de la especulación filosófica habían sido en Gre en nada difería, en el fondo, del materialismo de los otros filó
cia, hasta mediados del siglo v, los estudios .‘¡ obre la natura sofos de la naturaleza. Después de haber atribuido al Espíritu,
leza (rapi, ©úoTwg) —la Física de entonces—, y el problema cen en efecto, el gobierno de todas las cosas, Anaxágoras parecía
tral, a su vez, era el de las causas de la generación y corrup olvidarse luego de él, ya que no desempeñaba ningún papel
ción. A estas especulaciones se aplicó Sócrates en su mocedad, en la causalidad particular de los fenómenos, en los cuales
según nos dice, “con increíble ardor”; pero muy pronto hubo intervenían tan sólo, como en la antigua física, causas mecáni
de desilusionarse, tanto por el conflicto interminable de las cas: “aire, agua, éter, y otras explicaciones igualmente absur-
hipótesis de todo género propuestas por los físicos, como, sobre
todo, por no encontrar en ninguna de ellas, ni remotamente, 34 ¿Ser á n ecesar io d eci r qu e si con t i n u am os h ab l an d o aqu í de "Sócr at es” ,
lo que buscaba. En lugar de una teleología de la naturaleza, o es en t ant o qu e per son aje d el d i ál ogo y p ar a f aci l i t ar l a exp osi ci ón , per o
sin t om ar p ar t i d o en l a t r em en da cuest i ón d el desli n de en t r e lo p r o p i a­
algún sistema que pudiera dar razón satisfactoria de los fenó m en t e socr át ico y lo pr op i am en t e pl at ón i co en l a t eor ía d e las Ideas? El
menos y reducirlos a cierto orden, no se le ofrecían sino expli car áct er t an acusado de con fesión p er son al qu e t ien en est os pasajes, don de
caciones tan simplistas y groseras como que la generación y co Sócr at es r el at a las exp er i en ci as per son ales d e su j u ven t u d , i n d u jo a Jo h n
rrupción vienen de la distinta mezcla del calor y del frío, o Bu r n et , ju n t o con o l ías con si deraci on es, a ad ju d i car a aq u él , en t odos sus
por m en or es y d esar r ol lo, l a t eor ía de las I deas. Per o según hem os obser ­
que uno crece porque come y bebe, o que su masa aumenta por
vado en ot r os lu gar es, sem ejan t e ap r eci aci ón h a est ado si em pr e m u y lejos
la reunión de las carnes a las carnes y de los huesos a los :l e con qu i st ar el consenso d e los i n t ér p r et es, ¡a m ayor ía d e los cuales opon en
huesos. . . a Bu r n et , con ot r as m u ch as, dos objeci on es fu n dam en t ales. L a p r i m er a, qu e
Fue entonces, sigue diciendo Sócrates, en medio de tanta ram su i n t er p r et aci ón ech a por l a bor da, sin n i n gu n a razón q u e l a ju st i fi q u e, el
plonería, cuando escuchó con inmensa alegría esta proposición t est im on io, p ar a t odos m u y r espet abl e, de A r i st ót eles, qu i en d i st i n gu e m u y
cl ar am en t e l o qu e son las I d eas en Sócr at es y en Pl at ón , at r i b u yen d o al
de Anaxágoras: “El Espíritu es, en definitiva, el ordenador y
pr i m er o ú n i cam en t e l a i n d agación de los “ con cept os” (no de las I deas, así
causa de todas las cosas.” 32 Para él fue, esta revelación del Es con m ayú scu la), y ú n i cam en t e, t am bi én , en el or d en m or al . L a segun da,
píritu, como el fulgor del alba en la noche cerrada. “Me ima-t q u e si h u b i er a d e t om arse el Sócrat es d e est os d i ál ogos com o el Sócrat es
ginaba — dice— haber descubierto al hombre capaz de enseñar r eal , con t odo cuan t o dice y pi en sa, l a exposi ci ón m ás com plet a de l a t eor ía
d e las I d eas t en d r ía q u e en con t r ar se pr ecisam en t e en el F etlú n , q u e es, p o r
me la causa, inteligible a mi espíritu, de todo cuanto existe.” 33
h ipót esis, l a ú l t i m a, exp r esi ón d el pen sam i en t o socr át ico, y no, p or el con ­
Si el Espíritu, en efecto, ordena todas las cosas, debe hacerlo t r ar i o — y com o de hech o es— , en l a R e p ú b lic a , qu e nos ofr ece un Sócrat es,
también, con cada una, “de la m ejor manera posible”, o “para en h i pót esi s t am bi én , m u y an t er i or en el t i em po. Por lo dem ás, y p ar a
su mayor bien”. Donde es muy de notar, antes de seguir ade vol ver al p asaje qu e h a suscit ado est a not a, sí par ece t en er su fi ci en t e f u n ­
lante, cómo es la causa final, y bajo la razón de bien, lo que, por d am en t o h i st ór i co el est u d i o q u e Sócr at es h i ci er a, en su j u ven t u d , de las
doct r in as sobr e l a n at u r al eza vigen t es en su t i em p o: su p r i m er ap asi on a­
encima de todo, trata de encontrar Sócrates en sus especulacio
m i en t o p or el l as y su desen can t o post er ior , qu e l e ll evó, fi n al m en t e, a con ­
nes sobre la naturaleza. La Idea del Bien, cumbre de la R e cen t r ar se en el est u di o d el h om br e. Es est o, en sum a, lo qu e par ece segu ­
p ú b lica y de la teoría de las Ideas, está desde ahora prefigurada ro, y n ad a m ás; y en con secuencia, r eit er ém oslo, es apen as p o r com od id ad
exp osi t i va y p ar a segu i r el m ovi m i en t o del d i ál ogo, p or l o qu e, al r efe­
r i m os a doct r in as t an d e l a m ad u r ez de Pl at ón , t an suyas i n cu est i on abl e­
32 97 c: <ú; ap a voO; scr av ó St axoapáyv te x a! Jt ávrcov am o ;. m en t e, al t er n am os i n d iscr i m i n ad am en t e su n om br e con el d e Sócrat es: est e
33 97 ú. ú lt i m o, em per o, com o d ra m a tis p erso n a .
148 T E O R Í A D E LAS IDEAS T E O R Í A D E L AS IDEAS 119
das '. Es algo así, sigue diciendo el narrador, como si el hecho que tan falaz había resultado ser, a lo inteligible, como sede
de estar él, Sócrates, sentado allí en la prisión y conversando única de la verdad que tam bién pudiera haber en lo sensible;
con sus amigos, quisiera explicarse por la constitución y fun que es exactamente lo que Sócrates enuncia al explicarnos su
cionamiento de sus huesos y músculos, que le permiten sentarse, decisión final y su cambio de navegación. “Me pareció, por
y de sus cuerdas vocales, que le permiten hablar, en lugar de tanto, indispensable el refugiarme en las representaciones inteli-
r e f e r i r se a l as v e r d a d e r a s m u sa s r i el a c o n t e c i m i e n t o .m í e so n gí bl r57~y- T>r ***-r*#—. -<alIa.-I.a—v-e.ud-a.cL_d e d a s —cosas* *-:;G _______
por una parte, la sentencia del tribunal que le ha condenado El procedimiento, según lo explica Sócrates a continuación,
a muerte, y la voluntad del sentenciado, por la otra, que prefi consiste en tomar en cada caso, como base o hipótesis, la repre
rió acatar el veredicto de sus jueces, cuando pudo apelar a la sentación lógica que se juzgue ser la más fuerte o sólida
fuga que le ofrecían sus amigos. La concurrencia de ambas vo (éppcop.svéff'ca'cog Lóyog) y tener en seguida por verdadero todo
luntades: la del tribunal y la del reo, es así la verdadera causa, lo que — en el orden sensible se entiende— esté de acuerdo con
perfectamente explicativa, del hecho en cuestión; causa efi ella; y este procedimiento es válido, según se dice expresa
ciente y causa final, además, pues Sócrates subraya la circuns mente, tanto en lo que se refiere a la causa como a otro pro
tancia de que una y otra voluntad tuvieron por motivo la con blema cualquiera.
sideración del b ie n , ya que los jueces tuvieron por m ejor para Hasta aquí parecería como si no hubiéramos salido aún de la
la ciudad el que Sócrates muriera, y éste, a su vez, tuvo por filosofía presocrática, pues también los físicos de Jonia, por
mejor, para sí mismo y también para la ciudad, que se ejecu ejemplo, operaban no Év ep yo t c —como parece sugerir Sócrates
tara la sentencia. Todo lo demás, los factores materiales, no injustamente—, sino év X6yoig, es decir, que no se limitaban a
son sino las condiciones sine qu ib u s n on para la operación cau transcribir sus impresiones sensoriales, sino que las enjuiciaban
sal, pero no la causa misma; y en esta confusión incurren los a la luz de lo que para ellos eran verdaderos Xéyot, como (pie
que quieren dar razón del mundo y del devenir por agencias todas las cosas, en su principio radical, son agua, aire, o los
materiales y por explicaciones mecanicistas. cuatro elementos. Pero la ilusión se disipa en cuanto Sócrates
Todo aquello, pues, todo lo que se había dicho desde Tales aclara que los X ó y o t que para él son los más fuertes o sólidos,
hasta Anaxágoras, había que dejarlo de lado, y buscar algo de! y la especie de causalidad ( - r q c a m a c t o e íS o g ) que tiene en
todo nuevo, en un resuelto “cambio de navegación”.35* Había mira, está en aquella doctrina que tantas veces ha expuesto, en
que renunciar, de una buena vez, a perseguir la verdad por me aquellas proposiciones tan sobadas (éxEÍva t a r .o b u Q p ú X r i'ta ) , que
dio del conocimiento sensible, cuyo continuado ejercicio aca se resumen en la tesis de que “existe algo que es bello en sí y
baría por producir del todo la ceguera del alma, tal y como por sí; algo bueno, algo grande, y lo mismo en todo lo demás”.37
puede pasarles, dice Sócrates, a los que tienen la imprudencia Con esto está ya dada la perfecta sinonimia entre las represen
de contemplar directamente un eclipse de sol, en lugar de ob taciones lógicas y las Ideas autosubsistentes. En seguida, y so
servar en el agua, o en algún otro medio análogo, la imagen bre esta base, pasa Sócrates a explicar, con pormenores hasta
del astro. Había que ir, por el contrario, dejando lo sensible, este momento inéditos, cómo actúan las Ideas en el mundo sen
sible, del modo siguiente:
“Lo que para mí es evidente, es que si hay alguna otra cosa
35 gg d. "Segu n d a n avegaci ón ” ser i a l a t r ad ucción l i t er al d el S e iit h q o ;
t i Lou ; de qu e aq u í h ab l a Sócrat es: exp r esi ón m u y com ún en t r e los griegos,
y qu e si gn i fi cab a el r ecur so a los r em os cu an d o p or sí solo no p od ía avan ­ s» 99 c: ” E 8 o | e 8i) pot Xóijvai el ; t o u ; W yo n ; st at ai fi 'YÓ vxa év éxt ú voi ;
zar el veler o p or f al t a de vien t o. L a m et áfor a, en est e p asaje, es excelen t e, axojt eW xoyv avxorv xi jv dh jO t u t v. “ Ref u gi ar se en las i d eas" t r ad ucen ot ros,
pu es d en ot a el esfuer zo qu e por sí solo, r em an do a brazo p ar t i d o, h a de L éon Ro b ín en t r e ell os; l o qu e est á cor r ect o, d ad o qu e, com o señ al a Ross.
r eal i zar el fi l ósofo, al ver qu e p ar a él, a cau sa de su escept icism o en las el l ó y o g “ m ás fu er t e” (sQecopevÉOTaTO;) de q u e se h ab l a luego es p r eci sa­
doct r in as ajen as, no sop l a el vien t o por n i n gu n a par t e. D e “ vien t os de doc­ m en t e l a exi st en ci a de las I deas. En el p r i n ci p i o, sin em bar go, no se t r at a
t r i n a” h ab l ar á u n d ía San Pab l o, y con r efer en ci a i gu al m en t e a la n a­ sin o d e l a oper ación lóg ica d el t r án si t o de lo sen si ble a lo i n t el i gi b l e, de
vegación . ¿N o h ab r á t en ido pr esen t e, él t am bi én , l a m et áfor a t r ad i ci o­ fu gar n os d e las cosas h aci a sus “ razones” : e l ; t o í i í Lóyon? xaT aqn 'yeív.
n al, o p or ven t u r a, i n clu si ve, el p asaje m ism o d el F e d ó n i 37 t oob .
150 TEORÍA DE LAS IDEAS T E O R Í A D E L A S IDEAS 151

bella fuera de lo bello en sí, no hay absolutamente otra razón filosofía de Anaxágoras. De esta última, a decir verdad, lo que
de que sea bella sino que participa de lo que es bello en sí, y le desagrada es que su autor no haya sabido desarrollar sus
lo mismo digo de todo el resto. . . En cuanto a las otras causas, postulados básicos, pero está enteramente de acuerdo con estos
las de los sabios, ni las comprendo ni puedo explicármelas. Que mismos: el bien como causa final, y el Espíritu como causa eli
se me diga, por ejemplo, que una cosa es bella por la lurnino- den te que produce y ordena todos los entes en vista de su
«=idad dpi rotor n <:,■ 1-., forma o por algo análogo, son explica- m a y o r b ien Tan está de acuerdo Platón con todo esto, que por
ciones a las cjue mando a paseo, y que me dejan, todas, per algo más tarde subsumirá una y otra causa en la idea del Bien.
plejo por igual. Aquello, en cambio, por simple que sea, sin Por lo pronto, sin embargo, es la Idea como causa formal lo
artificio y hasta ingenuo tal vez, es lo que tengo para mí: que que él descubre, ya que no tiene antecedentes entre sus pre
la belleza de esta cosa no es producida sino por la presencia de cursores, y lo que desarrolla con mayor amplitud.
lo Bello, o por su com u n ión , o por otro modo por el que pueda Tenemos así, en suma, bien configurada, la tetralogía de las
darse esta correlación. Sobre esto no me pronuncio aún con causas: material, formal, eficiente y final, que en estos términos
firmeza, pero sí sobre que es por lo Bello por lo que llegan organizará después, con perfecta coherencia, Aristóteles. De las
a ser bellas todas las cosas bellas. . . No hay, que yo sepa, otra cuatro causas, la material será, en la nueva cosmovisión, la de
manera de que cada cosa pueda venir a la existencia, fuera de ínfimo rango, ya que si la materia form ad a tiene una consis
su participación en la esencia propia de cada realidad de que tencia indudable, no así, en cambio, la materia sin ulterior ca
debe aquélla participar.” 38 lificación, esta materia prima que en Platón es prácticamente
Al asentir los demás interlocutores a estas proposiciones, re el no ser, y en Aristóteles poco menos: rice q u id , nec qu ale, nec
sume Fedón la conclusión en los siguientes términos: quantum . Con respecto a las otras tres causas, en cambio, es
‘‘Hubo acuerdo en cuanto a la existencia real de cada una de difícil emitir un juicio categórico sobre a cuál de ellas haya de
las Formas, y en cuanto a que de ellas participan todas las otras adjudicarse la primacía, cjue podrá ser, a su vez, en el orden
cosas distintas de ellas, y que de allí reciben su denominación.”39 ontológico en un caso, y en el axiológico en otro. En una cos
Pocos textos serán, como éstos que acabamos de copiar, tan movisión creacionista, tpie desde luego no es aquí la de Platón
fundamentales en la teoría de las Ideas. De éstas, en efecto, se (ya veremos si podrá serlo de la R ep ú b lica en adelante), la
trata, por más que se las designe primero como Xóyoi. y luego Causa eficiente, que es Dios mismo, Causa de las causas, tiene,
como eí!5t ). Lo cual, además, no es arbitrario, sino que tiene por supuesto, el rango supremo. Pero aquí y ahora, en la ausen
su razón de ser, ya que, en efecto, la Idea comparece aquí, pri cia de todo creacionismo, hay tan buenas razones, para adjudi
mariamente, como causa formal, o como la razón, en otras pa carle el principado, en favor de la causa final como de la
labras, de lo cjue cada cosa es por su esencia, y por esto había causa formal, ya que si es el Bien la meta última de todo
que ver la idea bajo su aspecto de “razón” y de “forma” (Eóyog, devenir, no es menos cierto que es por la Forma por lo cjue
d5og). Y por esto también, para hacer ver que no se le ocurrió cada cosa es lo que es. La forma es, según dice Aristóteles, la
tal cosa a Platón así como así, era necesario trazar la historia que da el ser a la cosa: F orm a dat esse r e i; y esta proposición
mental de Sócrates, que bien pudiera ser, como insinúa Ross, tiene su origen más cierto, según hemos podido comprobarlo,
la de Platón mismo. En esta historia, en efecto, se nos ha mos en la concepción platónica de la Idea como causa formal.
trado cómo Sócrates, tratando de explicarse el orden de los fe Al configurar de este modo su teoría eidética, Platón intro
nómenos, encontró del todo desacertadas, en primer lugar, las duce aquí, además, los términos que hemos subrayado, para
causas materiales propuestas por los filósofos de la naturaleza, precisar, en la medida de lo posible, la relación entre la Idea
y cómo, en seguida, tampoco le deparó mayor satisfacción la universal y los individuos particulares. En otros diálogos, se
gún vimos, y en este mismo con expresiones equivalentes, habló
IOOC-IOIC. de la imitación (pípqcrtc;), y ahora enuncia el de presencia
ss ,0 2 a: (Ú|xo /.o 7 eít o tivai t i ÉV.acrxov xiüv elScov xai xoúxiov xá/J.a |xsxa- (•jtapoucría) por parte de la Idea, y por parte de los individuos,
/.«[xfiávovTU «í'xwv xm'mov xi|V éiKrtvviúav íay.Eiv. los de comunión o sociedad y participación (xowwvía, psxáo-XEo-1;,
152 T E O R ÍA DE LAS IDEAS T EO R ÍA DE I.AS IDEAS 153
HETáXi]<J/ig). Con el de ejemplaridad (ixapáS£iy¡i,a), que no fi lias, con relación a éstas, irremediablemente “deficientes” e "in
gura aquí, y que no es sino el correlato, por parte de la Idea feriores”. Igualmente, además, si la presencia de la Idea hubiera
también, de la imitación en los individuos, tenemos práctica ¡le entenderse con esta literalidad, no tendría razón de ser la
mente todos los modos de enlace que pudo imaginar Platón, teoría de la reminiscencia, ya que las Ideas, presentes en las
entre el mundo sensible y el mundo inteligible. cosas, nos serían dadas inmediatamente y con la sensación. Aho
Prnniinriqrgf» p or algu n o de estos m od os con exclusión de los rc a P lató n diré b i en claro q u e no es así, sino q u e la expe-
demás, es cuestión tan difícil, que por algo Platón, según nos lo riencia sensible es apenas el incentivo o la ocasión para que se
ha dicho, por boca de Sócrates, con toda sinceridad, la deja en despierte en nosotros el recuerdo de algo muy distinto, que el
suspenso. Lo único que con antelación nos permitimos observar, alma ha contemplado ya en una vida anterior. Podemos llegar,
es que, a nuestro parecer, unos modos pueden señalar, más que en fin. hasta a acusar a Platón de impropiedad en el uso de
otros, la mayor trascendencia de las Ideas, las cuales estarían más ciertos términos, como los que venimos discutiendo. Lo único
lejanas, por decirlo así, en la imitación que en la participación; que no podemos hacer es divorciarlos del contexto en epte están.
y lo que ahora queremos agregar, por ser asunto controvertido Aquí también, en conclusión, parece que debemos aceptar el
entre los exegetas, es que todos ellos implican o suponen la indi testimonio de Aristóteles, en el sentido de que Platón creyó fir
cada trascendencia. memente en la existencia de Formas o Ideas separadas de las
La tesis de la inmanencia podría apenas defenderse apelando cosas sensibles. No es posible imputar a Aristóteles, con sus die
al término de presencia (itapoucía), que tendría, en efecto, aquel ciocho años de convivencia con Platón, una mala fe tan enorme,
sentido de radicación inmanente en el hilemorfismo aristotélico, o una incomprensión tan supina y tan en discordancia con su
y por más que Aristóteles, hasta donde sabemos, no se haya ser genio, como para haber falseado el pensamiento de su maestro en
vido de él para declarar la unión de la materia y de la forma en punto tan importante.
una sola sustancia. El mismo sentido podría tener también, siem Que, por otra parte, la trascendencia de las Ideas no fue pro
pre dentro de la misma filosofía, el otro término semejante de bablemente la posición original de Platón, lo hemos ponderado
comunión, comunidad o sociedad (xoivwvía). Dentro del con ya. con referencia a los llamados diálogos socráticos. Del F edón
texto platónico, sin embargo, no nos parece posible atribuirles en adelante, empero, es una tesis clara, firme e irrevocable. Y lo
dicho significado. Aun en los casos en que con mayor fidelidad que, por último, continúa siendo el elemento constante, es que
parece reproducirse la Idea en los individuos, como pasa con las las Ideas son para Platón, ante lodo y sobre todo, valores éticos
entidades matemáticas, Platón distingue muy bien, como hemos y estéticos, y entidades matemáticas; y que sólo por ser congruen
visto, entre la igualdad de las cosas iguales y lo Igual en sí; y te consigo mismo, o por fidelidad a la teoría, fue llevado, según
más delante, incluso cuando de ciertas cualidades sensibles pre todas las' apariencias, a postular también la existencia de una
dica, como de la Idea, su total repugnancia a recibir la cualidad Idea para todo conjunto de individuos cpie reciben de ella su
contraria, todavía entonces tiene buen cuidado de puntualizar “denominación”, es decir, su causalidad formal en el orden del
que la Magnitud en sí no es la magnitud en nosotros.40 “Lo que, ser, y su homonimia en el lenguaje.
jxir tanto —comenta Ross— está presente en el individuo par “La Idea — comenta Alfred Fouillée— está separada del espí
ticular, no es, estrictamente hablando, la Idea, sino una copia ritu y de las cosas; es el noúmeno trascendental.”42 Y Ravaisson,
imperfecta de la Idea”.41 De otro modo, en efecto, se contradiría al contraponer la concepción platónica de lo universal tanto a
Platón, flagrantemente, con lo que dice antes, en el mismo diálo la de Sócrates como a la de Aristóteles, escribe lo siguiente:
go, sobre la radical impotencia en que están las cosas sensi “La Idea no es para Platón, como las generalidades que bas
bles para alcanzar la consistencia óntica de las Ideas, no obstante taban a Sócrates, una unidad lógica, sino una unidad real, de la
la aspiración o deseo que a ello las anima; siempre serán aqué- cual la unidad lógica no es más que el resultado y el signo. La
Idea no es solamente lo que se encuentra de común en una plu-
40 102 (1: rivxii t ó ixtytOos xó i r fipív néyeOog.
o Op. cit., p. 30. - La filo so fía d e Platón, trad. Edm undo González Blanco, 1, 87.
154 T E O R ÍA DE LAS IDEAS T E O R ÍA DE LAS IDEAS

ralidad de existencias individuales, sino el principio del cual entonces sino amor o afán de saber, así en general y sin ulterior
participan todas juntas, de donde sacan su semejanza unas con especificación. Sin precisarlo más, y ateniéndonos al puro dato
otras, y cuyo nombre reciben. No está, pues, dispersa en los in etimológico, bien podía usurpar el nombre prestigioso no el
dividuos, no es el simple atributo que está todo en los sujetos amante del saber, en todo el rigor de la expresión, sino el amante
particulares; subsiste por sí misma y en sí misma de un modo de espectáculos (qHAoBsápuav), como llama Platón a estos tipos
independiente y absoluto.”4- que, según sigue diciendo, no hacen sino correr de conferencia
en conferencia, o de teatro en teatro, “sin omitir ninguna repre
sentación ni en la ciudad ni en los villorrios”. Es el eterno tipo
T eo ría d e las Id ea s y teoría d el con ocim ien to del curioso, del diletante o del sn ob, o si lo preferimos en tér
Entre las múltiples excelencias de la R ep ú b lica —posterior al minos abstractos, la simulación de la cultura que Heidegger ha
F ed ó n , según todas las apariencias— , no es la menor la reducción descrito, en expresión que se diría calcada sobre el texto plató
o unificación del mundo eidético en torno del supremo principio nico, como la “avidez de novedades” (N eu g ierig k eii).
que lo informa y lo rige: la Idea del Bien, como la llama Platón, ¿En qué, entonces, diferirán el q>tXoO£áp.wv y el <piAó<ro<pog, el
o también, si se nos permite esta otra denominación, la Idea de amante de espectáculos y el amante del saber? Lo primero, en
las Ideas. Antes, empero, de llegar a esta cumbre, conviene tomar que el filósofo está enamorado de la verdad total,45 y lo segundo,
nota de otro importante desarrollo que de la teoría de las ideas que no es sino una explicitación de lo anterior, en que, en tanto
encontramos igualmente en la R e p ú b lica , y que consiste en la que los amantes de sonidos y espectáculos40 se contentan con el
correlación, que Platón establece ahora con toda precisión, entre deleite producido por la belleza de las voces, los colores y las
los objetos de conocimiento y los modos o estados asimismo de formas, el filósofo, en cambio, reconoce la existencia de la be
conocimiento. ¿Cuál de éstos es, exactamente, el que correspon lleza absoluta, sin confundirla con la de las cosas que de ella
de a la Idea y cuál o cuáles otros a las cosas sensibles? participan, y otro tanto —Platón se cuida, una vez más, de subra
La cuestión se plantea, como ocurre habitualmente en los diá yarlo— con respecto a lo justo y a lo injusto, a lo bueno y a lo
logos platónicos, no en el aire enrarecido de la abstracción filo malo, y a todas las Formas.47
sófica, sino a propósito de un problema o situación vital, bien Los modos de existencia respectivos del hombre que anda
determinada y concreta. En el F ed ó n , como acabamos de ver, era perdido vagaroso entre las apariencias sensibles: sonidos, colores
el problema, vital como ninguno, de la muerte del cuerpo y la y formas, y del que, por el contrario, tiene el alma abierta, más
supervivencia del alma; y en la R e p ú b lica , esta vez, es el pro allá de todo ello, a la contemplación de la belleza en sí, los desig
blema de los “regentes” o “guardianes” (tpúXaxEg) que han de na Platón, a dichos modos, como la vigilia y el sueño (o duerme
gobernar en el Estado perfecto. En un pasaje bien conocido vela, para ser más precisos) de la vida espiritual.43 Y en seguida,
una vez declarada la condición existencial de una y otra forma
y de incalculable trascendencia, además, avanza Platón su gran
tesis (que él mismo reconoce ser el salto a la “ola mayor”) de de vida, Platón llama “conocimiento” (yvwp/n) al estado mental
que no cesarán los males que afligen a los Estados, vale decir que es propio del contemplador de las Ideas, y “opinión” (Só l j a),
al mismo género humano, mientras los filósofos no lleguen a ser en cambio, al que tiene el hombre que se atiene simplemente a
reyes, o los reyes y gobernantes no practiquen, genuinamente y las apariencias.40
en serio, la filosofía; mientras, en suma, no concurran, en el
45 475 b: jiácniS ootpíag ÉJU0 i>|iT|TT|g.
mismo sujeto, el poder político y la filosofía.4344 Y lo que importa 40 476 b: tpiXrjxooi xal <piAo0 E«nav£g. Tal parece como si Platón hubiera
precisar en seguida, sea cual fuere el valor de la tesis, es el carác adivinado los actuales espectáculos, comenzando por su propia tierra, de
ter propio del filósofo que lo es de verdad, “genuinamente y en Son et lamiere.
serio” (yvTjcrítoc; xal íxavtog), ya que “filosofía” no quería decir 47 476 a: xal jeeq í Stxaíot) xal dfiíxou xal á y aS ov xal xaxoü xal jkxvt co v
T(ÜV EÍÓWV-
43 476 d: i'm aQ -'ávaQ -
43 La Melaphysitjuc d’A ristotei, 292. 40 476 d: r o í Se 8ó§av ebe; Soíjáoovxoc;- En griego, como se ve, no es
44 Ttep. 473 d : t o u i t ó v íj u i u i Éo i p Súvapís te iroXiTiy.ii xal qpi?,oao<fí«- necesario salir del conjunto lingüístico centrado en el verbo Soxéco. que al
156 T E O R ÍA DE LAS IDEAS T E O R ÍA DE LAS IDEAS 157

Ahora bien, si el conocimiento, en el sentido más propio que ritas) que todo esto está bien lejos de ser plenamente convincente
acabamos de ver, no plantea de suyo ningún problema espe para la tesis en cuestión. Desde el punto de vista de la analogía
cial, ya que su correlato intencional es el ser igualmente en el del ser, que no es, por cierto, el de Platón, sino el de Aristóte
sentido más propio: la Idea, ya no es tan fácil, en cambio, decir les y la escolástica, sí podrá sostenerse que media una distancia
cuál podría ser, precisamente, el correlato de la opinión. No infinita entre el an alogalu m princeps, que es Dios mismo, y los
-p o d rá ser, así p ura y simplemente, el no ser, p orq u e para PlatÓCU- re s ta u re s a n a l o g a d o s , q u e l o son to das bis c r ia t u r a s - y q u e , po r
no menos que para Brentano o Husserl, todo pensamiento es consiguiente, la belleza finita estará infinitamente distante —si
pensamiento de algo, y para aquél, además — en ello va más podemos decirlo así, parodiando a Pascal — de la belleza infi
allá de los fenomenólogos— este “algo” existe de algún modo nita, y otro tanto, jxir el mismo tenor, de los demás valores, y
fuera de la conciencia, como, a nuestro parecer, lo afirma Platón también, igualmente, de los entes ab alio con respecto al Ens a se.
en el P arm énides. La nada, si prescindimos de la noción de ser, Sólo que — y aquí está toda la diferencia-— la razón de ente o
de la cual es aquélla la negación radical, es por sí misma im de valor no se ve coartada, en los entes finitos, sino por su fini-
pensable, y el estado mental correspondiente es la ignorancia, la tud misma y no por el no ente o el disvalor, como parece supo
ausencia pura de todo saber. Así las cosas, la opinión tendría que nerlo Platón. One una cosa sea menor que otra, se entiende en el
ser algo medianero entre el conocimiento y la ignorancia, y su orden de la cantidad, no por esto pierde nada de la realidad que
correlato intencional, por lo mismo, algo medianero también por su esencia le corresponde; y si la falacia es evidente aun en
entre el ser, objeto de la ciencia, y el no ser, objeto de la igno
estos predicados relativos o comparativos, mucho más cuando
rancia, hasta donde sea posible hablar, en este último caso, de
se trata de predicados de carácter absoluto, como son los de va
“objeto”. T al es en este punto, y en estos precisos términos, la
lor. Aquí incurre Platón, redondamente, en el indebido tránsito
doctrina de Platón/'0 de un género a otro (ja et ápatri; eí^ tiXko ybjo^), al relativizar
Hasta aquí, no obstante, estamos apenas, en lo que concierne
arbitrariamente, lo absoluto. Por su sola función predicativa, lo
al correlato de la opinión, en un terreno de pura deducción
“bello” es esto nada más, y no lo “más” o “menos” bello; y lo
apriorística, pues lo que hace falta es mostrar de algún modo, con
bello y lo feo, por su parte, no son comparativos de mutua im
directa visión intuitiva, cómo puede darse algo, en el orden de
plicación, como lo mayor y lo menor, sino genuinos contrarios de
los fenómenos desde luego, que participe conjuntamente del ser
y del no ser. No será sino hasta el Sofista cuando nos proponga exclusión recíproca. Podrá venir después el predicado relativo,
Platón, con respecto a esta formidable aporía, una solución más como cuando preferimos una escultura de Fidias a la de otro
o menos satisfactoria. En la R ep ú b lica , por lo pronto, elude ¡y artista, pero si una obra de arte es bella, no podrá por ningún
por algo! la referencia a las cosas sensibles del mundo de la concepto llamarse fea, y éste es el sentido profundo (el del valor
naturaleza en su constitución concreta, y se refugia en su terreno como algo absoluto) de la conocida sentencia de que la obra
predilecto de los valores y las entidades matemáticas. Nos dice, maestra es igual a la obra maestra. Otro tanto, y con igual fun
en efecto, que las «osas bellas lo son apenas bajo un aspecto, pero damento, podrá decirse de los demás valores a epte Platón se
feas, al mismo tiempo, por otro u otros; y lo mismo, añade, en refiere. ¿Dónde está, diga él lo que diga, el aspecto impío de la
lo tocante a las cosas justas, a las cosas santas, y por úl acción santa, y por más que la santidad humana sea del todo
timo, a las cosas que llamamos grandes o pequeñas, ligeras o inconmensurable con la santidad divina? Y en cuanto a la jus
pesadas. ticia, por último, podrá no ser perfecta la justicia distributiva,
Digamos con todo respeto (arnicus P lato, sed m agis am ica ve- en razón simplemente de la imposibilidad práctica en que el
gobernante se encuentra de apreciar todas y cada una de las
enunciar la actitud del sujeto que se rige por las apariencias, imprime circunstancias de todos y cada uno de los ciudadanos, para dar
luego, en el sustantivo fió^a. la connotación, bien filosófica esta vez, de exactamente a cada cual lo que le corresponde; pero en cuanto
opinión.
50 477 6: ei ¿m pév rto ovu yvwots f¡v, &yvinería S’é| dváyxTl? fotl M-0 a la justicia conmutativa, no se ve en absoluto cuál pueda ser el
óvri, eju t <5 pEtaíjíi xoúrq) pEtalú t i «al ¡jiiTijTÉov áyvoías re «al énicrrijpTig. aspecto injusto del acto por el cual el deudor entrega cabal
158 T E O R ÍA DE LAS IDEAS T E O R ÍA I)E LAS IDEAS i 59
mente a su acreedor aquello a que se obligó en el contrato.51 Si vino artista con la mano levantada y el índice apuntando hacia
fuera verdad lo cjue dice Platón, que las acciones justas lo son lo alto; y por si esto no fuese aún suficientemente expresivo,
apenas por un aspecto, e injustas a la vez por otro, poca dife como hombre viejo además, y no tanto, pienso yo, para enca
rencia habría entre esta posición y la de Protágoras. Tendría recer su condición de maestro de Aristóteles (porque a Sócrates,
mos, a lo más, un relativismo objetivo, en lugar del relativismo maestro a su vez de Platón, lo pinta en el mismo fresco como
subjetivo del pensador abderitano, según el cual =eada cosa cs_ hombre maduro) cuanto para significar su desasimiento de las
como a cada cual le parece. Cosí e se vi p are, según dice, en el cosas terrenas, en una edad en que, al igual que en la niñez y en
título de uno de sus mejores dramas, Luigi Pirandello. la adolescencia, nos nutrimos más de sueños que de realidades,
A todo esto se ve arrastrado Platón: a tocar los confines de la con la sola diferencia de que en la vejez son ya sueños de ul
sofística, cuando no a traspasarlos para caer en ella redonda tratumba.
mente, llevado de su entusiasmo por la Idea y por el Valor. Los F.n esta tesitura está, pues, Platón, y de sus frustraciones en la
amó tanto, con amor tan exclusivo, e identificó de tal modo la articulación del mundo sensible nos resarce cumplidamente la
Idea con el ser, que todo el resto le pareció contaminado de no que hace del mundo inteligible, en una ulterior operación cuyos
ser y disvalor. L a filosofía, no obstante, a partir de Parméni- momentos más salientes nos proponemos mostrar en lo que va
des, la han hecho los exclusivistas, tanto por lo menos como los a seguir. Hasta aquí, en efecto, si no supiéramos sino que hay
equilibrados, y aun estaría por verse si no más. Según Bergson, Ideas, una por cada cualidad valiosa, y una por cada especie o
todo gran filósofo no ha tenido sino una intuición original; y al género de cosas naturales (más adelante se planteará Platón el
comunicárnosla, nos descubre un aspecto del universo, uno solo, tremendo problema de si no habrá también Ideas de las cosas
es verdad, pero ¿qué más cabe esperar de la finitud huma artificiales), no habremos su|jetado lo que Clodius Piat llama, y
na, y no es mejor penetrar en una sola cosa profundamente, que con toda razón, el atomismo intelectual; ahora bien, Platón, me
no aletear en muchas superficialmente? Platón, no hay que darle nos que nadie, no podrá librar al acaso la organización de sus áto
más vueltas, no tuvo del mundo sensible una visión adecuada, mos eidéticos, digámoslo así, del modo que lo hacen, ton sus
como sí la tuvo, en cambio, Aristóteles; pero en lo que se refiere átomos materiales, Leucipo y Demócrito. Por esto aborda, desde
a ia visión del mundo inteligible, no ha tenido rival. Por la R ep ú b lica, el nuevo problema de la participación, ya no de las
algo Rafael, al pintar a estos sumos filósofos en la estancia del cosas sensibles en las Ideas, sino de las Ideas mismas entre ellas
Vaticano, representa a Aristóteles con la mano extendida hori mismas: áXXqXwv xoivoma. Después de todo, y ya que el orden
zontalmente sobre la tierra, y en la edad madura, además, en sensible no es sino reflejo o sombra del orden inteligible, habrá
la que el hombre se halla en mayor acuerdo vital con la realidad tpie investigar este último en primer lugar, ya que por su expli
circundante, más enjuto de sueños podríamos decir, como para cación se explicará, por ello mismo, el primero. La primera pre
dar a entender la armonía del espíritu aristotélico con el espíritu misa, en efecto, de todo idealismo, del platónico también, por
de 1a. tierra, con el h o c a liq u id en que, para esta mentalidad, consiguiente, es la que, andando el tiempo, se formulará en la co
vivimos, nos movemos y somos, y que por algo llama Aristóteles nocida sentencia de Spinoza: O rdo et con n ex io idearum ídem
la primera sustancia. A Platón, por el contrario, lo pintó el di est a c o rd o et con n ex io rerum , con la añadidura, que osamos in
troducir, simplemente en gracia de la claridad: saltem q u o a d nos.
¿Cómo podremos, en efecto, predicar del hombre, por ejemplo,
51 Que no vaya a pensarse en el conocido ejemplo —que, desde que
la razón de ente, y luego bajo ella subsumidos los otros atri
Platón lo puso, ha corrido en toda l a moral práctica—, del que devuelve
l a espada que recibió en depósito, cuando el depositario sabe que el due­ butos categoriales, hasta los de la animalidad y la racionalidad,
ño ha de emplear el arma en la comisión de un delito. Lo que ocurre si no hay una subsunción o participación análogas en las Ideas
sencillamente, en tal caso, es que el cumplimiento de la obligación se mismas? ¿Cómo podría ser este mundo nuestro copia o traslado
encuentra de momento suspendido, y precisamente en razón de una jus­ de aquel otro, si lo que aquí está unido o asumido, con la consi
ticia superior en las circunstancias concretas; y por esto, en la hipótesis,
la devolución del depósito no seria un acto justo contaminado de injus­
guiente supremacía o dependencia implícitas en la predicación
ticia, sino un acto injusto sin más. categorial, no lo estuviera allá también?
160 T EO R ÍA 1)E LAS IDEAS

Tocias estas operaciones, a nuestro modo de ver, forman la


trama de la dialéctica platónica, si es que la hemos entendido
rectamente: la ascensión del espíritu, de una en otra Idea, hasta VI. LA IDEA DEL BIEN
llegar a la que a todas las contiene, o que, en todo caso, tiene
el señorío sobre todas. Es lo epte los escolásticos llamarán la
rfídnrtin art u n v ™, y 1* función que Platón atribuye a la Idea A decir verdad, la organización del mundo eidético es un pro
del Bien. blema que preocupa a Platón mucho antes de la R ep ú b lica , como
lo dan a entender las varias alusiones que al respecto encontra
mos desde los diálogos de la primera época. Así, en el M enóri, se
nos dice, con una comparación de que Platón se sirve más de
una vez, que las Ideas no andan errantes al azar, marchando
como lo hacían las estatuas de Dédalo, que emprendían la fuga
no bien salían de las manos de su autor, sino que se encadenan
entre sí para constituir las ciencias, y que por este “encadena
miento” difiere precisamente la ciencia de la opinión.12 Más
fuertes que el hierro y el diamante son estas cadenas, dice por su
parte el C ratilo, y en el M en ón , de nuevo, se sostiene que, en
virtud del parentesco universal o comunidad genérica- que exis
te en la naturaleza, es siempre posible ir de una reminiscencia
a otra hasta encontrar todos los géneros o Ideas, con tal que se
tenga valor y tenacidad. Nada, pues, en el universo, ni en el
mundo de arriba ni en el de abajo, como diría Platón, escapa a
la solidaridad lógica y ontológica; una solidaridad, además, que
es tal y se explica tan sólo por estar en dependencia, todo lo
existente y todo lo pensadle, de un supremo Principio. De él
procede todo en absoluto, como el río de la fuente.
¿Cómo o con ocasión de qué introduce Platón formalmente
en la R ep ú b lica , la Idea del Bien? No lo hace, aquí tampoco,
siguiendo el hilo del razonamiento abstracto, sino, del mismo
modo que hemos visto a propósito de problemas apenas menos
importantes, en función de los requerimientos que le plantea la
constitución de la ciudad ideal, entre los cuales el primero y
principal es el de la formación de los regentes o guardianes.
¿Cómo o de qué manera? Vamos a verlo.
En todo lo que hasta este momento precede, han convenido los
interlocutores del diálogo, entre otras cosas, en que tanto en el
alma individual como en el Estado (que no es, recordémoslo,
sino un hombre en grande: m akroán th rop os) han de tener asien
to, si han de ser uno y otra lo que deben ser, las cuatro consa
bidas virtudes: fortaleza, templanza, justicia y prudencia o sabi-

1 Metí. 97 d-g8 a.
2 A i e n . 8i d: t í ¡s q>ij<j£Cog dutáori? (ív y y e v o v q oíkrng.
[ 161]
162 LA ID EA D EL BIE N LA ID EA D E L B IE N 163

duna. Que los regentes de la ciudad deben conocer estas virtudes, erales, al bueno de Glaucón, el cual le pide ingenuamente que
y poseerlas, además, en grado eminente, es cosa que va de suyo, le explique lo que es el bien, del mismo modo que lo ha hecho
dada la excelsitud y responsabilidad de su función. Sólo que — y con la justicia y las demás virtudes. ‘‘No —contesta Sócrates—, de
esto es aquí lo nuevo e inesperado— en tanto que al común de esto no soy capaz, y lo único que haré, con mi descomedido celo,
los hombres le basta con tener de las virtudes el conocimiento será ponerme en ridículo.” Lo único también, en cambio, que
empírico, Dien que reducido a ciertos conceptos que de ellas pndr-.l ilpmrnr,nicnip hacer según signe diciendo, es proponer
se nos ofrecen en los primeros diálogos, o a lo más el conoci aquello que le parece ser el hijo, retoño o vástago del bien y su
miento deductivo a que da lugar el estudio de las distintas partes imagen más fiel.4 Buen expediente, por cierto, éste que aquí
del alma: la a rete de cada una, tal conocimiento, sostiene Pla discurre Platón, de elevarnos, por la contemplación de lo visi
tón, es del todo insuficiente para quienes han de ser los guardia ble, a la comprensión y amor de lo invisible. Podríamos expre
nes de la ciudad y de las leyes. A estos hombres les será preciso, sarlo con una ligerísima alteración de lo que nos dice la Iglesia
sin que en modo alguno puedan excusarse de ello, dar un rodeo en el prefacio de la Encarnación: “ Ut dum v isibiliter a liq u id
o hacer un circuito más largo, a fin de verlas en su plena luz cognoscim us, p e r h o c in invisibilium am orem rap iam u r”. Glau
(xocTa<pavn), es decir, subsumidas en la luz superior de un saber cón se declara satisfecho, y le dice a Sócrates que en otra ocasión,
cpie es de todos el más importante. ¿En qué consiste, pues, una después de haberles descrito al hijo, deberá hacer otro tanto con
y otra cosa: aquella pcocpoTÉpa uepíoSog y este ¡jtsyicrTov pá0ripa? el padre.
A esto contesta Platón, dando a entender que se trata de algo Puesto que de lo que se trata es de llegar a percibir lo que
habitual en su doctrina y enseñanza, del modo siguiente: tiene lugar en el mundo inteligible, Platón, con muy buen acuer
“A menudo me has oído decir que la idea del bien es el saber do, examina cómo tiene lugar, a su vez, la visión en el mundo
supremo, y que de la asociación con ella derivan su utilidad y su sensible; y nada importa, en lo que al respecto nos dice y para
valor la justicia y las demás virtudes.”3 el efecto de la comparación, que otra cosa pueda decirnos, en
Lo anterior no sería, por sí solo, sino una resonancia del tal o cual pormenor, la física moderna. Lo que Platón nos dice
viejo tema de la unidad de las virtudes, cuya solidaridad, en es que no basta, para la visión, con que la vista esté en el ojo, ni
efecto, tiene su fundamento radical en su participación común en el color en el objeto, sino que hace falta, además, la presencia de
el Bien, que es uno, y del cual serían las distintas virtudes algo la luz, y más concretamente la iluminación del sol, “señor de la
así como sus modos o mostraciones fenoménicas. Es el tema, se luz en el firmamento”, el cual, en fin (y es algo de extraordi
gún vimos en su lugar, que Platón ha tratado “a menudo” en naria importancia en todo el símil) no sólo comunica la visibi
los diálogos socráticos, y sobre todo en el P rotágoras. Sólo que lidad a los objetos, sino al ojo mismo, órgano solar por exce
ahora, y así de repente, la Idea del Bien va a tomar un vuelo in lencia (T)XiO£i5é<7,i ;aTo;), la facultad de ver, como por un fluido
comparablemente más alto, más allá y muy por encima del cam (éníppuTov) que el sol directamente le envía. El sol resulta ser
po de la moralidad; y esta dilatación, prácticamente infinita, lle así, en suma, la “causa” total de la visión, tanto por el lado del
va consigo, forzosamente, su inefabilidad. ¿Cómo en efecto, des ojo como por el del objeto. Si tenemos todo esto bien presente,
cribir o declarar lo que, como vamos a verlo, no es ninguna nos será ya perfectamente inteligible la célebre comparación que
esencia concreta; lo que, por comprenderlo todo, está muy más Platón enuncia en los siguientes términos:
allá de toda determinación categorial? “Y ahora, entiéndelo, es éste: el sol, el que yo designaba como
T an fuertemente siente Platón esta radical inefabilidad del el hijo del bien, engendrado por él a su semejanza, y que es,
Bien, que así se lo dice desde el principio, por boca de su Só- en el mundo visible, tanto con respecto a la vista como a los
objetos vistos, lo que es el bien en el mundo inteligible, tanto
3 5 ° 5 a; V r o v á'/uOoti Lfiéa ¡x é y ia x o v n áO r jji a.. . fj 8t| 8íxai a v.al xáX l a
con respecto a la inteligencia como a los objetos inteligibles”.*
¡ípoaxQB'rátrEva xpifaipoi * aí d>(pÉXi|ia yíyvt xai ' Digamos de paso que
jrá0T][ia puede lo mismo traducirse, según el contexto, por “ estudio” o
"saber ” . De hecho, l a Idea del Bien viene a ser, conjuntamente, el estudie 4 506 e: 05 8e & cy° v °S v e t o ü áya& ov «paívEtai xaí ótioióxaxo; éx eív <¡>.
más importante y el saber más alto. 5 508 c.
164 L A ID EA D EL BIEN LA IDEA D E L BIE N 165

Más todavía, y según lo dice textualmente Platón, “el sol comu 7) Ejercicio de la visión = Ejercicio de la razón
nica a los objetos visibles no solamente su capacidad de ser vistos, (ü^ig, 6pav) (v¿T)oxg, Yvwcxg, lmcrvl]i}.r¡)
sino también su generación, crecimiento y nutrición, y por más 8) Aptitud de ver = Aptitud de conocer
que él mismo no sea generación.”6 Es ésta, como se sabe, la con
cepción de los antiguos: el sol como causa coautora de la genera- Maravillosas “correspondencias” son, por cierto, todas éstas,
=ci4n-,-conc:urrent&ment-e- con el-progenitor-específico._^EUrmiibif: que tienen, como en el poema homónimo de Baudelaire. "la
es engendrado por el hombre y el sol”, dice Aristóteles, y lo dirá expansión de las cosas infinitas”, y “cantan los transportes del
aún, en los finales de esta biología heliocéntrica, Dante Alighieri. espíritu y de los sentidos”. En pocos pasajes como en éstos se
Éste es, pues, el simbolismo fundamental, que Platón explícita acusará con tanta claridad el carácter luminoso, de luminosidad
luego, en una serie de “correspondencias” —bien bodelerianas solar, que tiene para Platón, y para la filosofía antigua en ge
avant la leltre—, en el siguiente pasaje: neral, la visión intelectual y lo que en ella se da: la n áesis y los
“Lo que, por tanto, comunica la verdad a los objetos de cono noém ata. Nadie como Platón habría suscrito tan entusiastamente
cimiento, y al sujeto cognoscente la facultad de conocer, ten por la afirmación de Aloys Müller, de que filosofar es ante todo
cierto que es la idea del bien, o la cual debes representarte como “ver”, y que quien no ha recibido el don de la visión (die G abe
causa de la ciencia y de la verdad, hasta donde podemos cono des Schauens) , más vale que renuncie a la filosofía. De ahí,
cerla; y así, por muy bellas que sean una y otra cosa: el co entre otras cosas, la estimación, absolutamente superior, del ór
nocimiento y la verdad, juzgarás rectamente al pensar que hay gano corporal de la visión. El ojo es el sol del cuerpo: es esto,
algo distinto y superior a ambos en belleza. Y así como en el en suma, lo que viene a decirnos Platón, y andando el tiempo
mundo de aquí es correcto pensar que la luz y la visión se pa recibirá el refrendo de la propia Sabiduría increada. “Antorcha
recen al sol, pero será desacertado tenerlas por el sol, así también, de tu cuerpo es tu ojo”, dirá, en efecto, Jesucristo en el Sermón
en el mundo de allá, será correcto pensar que el conocimiento de la Montaña.8* De Platón y del Evangelio se habrán nutrido
y la verdad son, uno y otra, semejantes al bien, pero será desacer seguramente los poetas que invocaron al sol, como Shakespeare:
tado pensar que uno u otra sean el bien, porque es mayor O eye o j eyes!, o como Milton: T h o u Sun! O f this g reat w orld
aún la reverencia que debe tenerse a la naturaleza del bien.7 both eye an d soul!
Nadie mejor que Adam,s a nuestro parecer, ha entresacado y Volviendo a Platón, veamos cómo redondea su comparación,
resumido las anteriores correspondencias entre el Sol y el Bien, hasta acabar predicando de la Idea del Bien todo lo posible e
en el cuadro siguiente: imaginable. Después de haber afirmado, según vimos, que el sol
confiere a los objetos visibles no solamente la facultad de serlo,
Región visible = Región inteligible sino también la generación, crecimiento y sustento, termina
-cóitog ópaxóg = T¿itog vorytág) diciendo:
1) Sol = Idea del Bien “Pues del mismo modo puedes afirmar que los objetos inteli
2) Luz = Verdad gibles no sólo reciben su inteligibilidad del bien, sino que le
3 ) Objetos de la vista= Objetos de conocimiento deben, por añadidura, la existencia y la esencia, y por más que
(Colores) (Ideas) el bien no sea esencia, sino algo que está muy por encima de la
4) Sujeto vidente = Sujeto cognoscente esencia en majestad y en poder.”10
5) Órgano de la visión = órgano del conocimiento En esta “divina trascendencia” (Scupovía úrappoXi1]) de la Idea
(Ojo) (voüg, mente o espíritu) del Bien, según exclama Glaucón al acabar de oír tan sublimes
6) Facultad de la visión — Facultad de la razón
(% ? ) (^oOg) o M al. vi, 22.
10 509 b: «ai xoi; Yvyvcoaxoixévoi; ni) ixóvov xó YLYvóox0at)ai «pávai v.xó
6 509 b. toü ávaOoO jtaQsivai, aXXá. xal tó eívai xe xai x»iv ofiaíav fijt’ÉXEÍvov afixoí;
1 508 e-509 a .xQooEÍvau ofix ovatcic; ovxo; t o ü á^aGoC, áXVxxi, fi.xéxeiva xfj; oficia;
* Jam es A d am , T h e R e p u b lic o f P la to , Cam bridge, 1965, vol. IT. p. 60. nefofleíiy xal 6uvá}iEi fijtEQÉjtavxo;.
LA ID E A D E L B IE N 167
166 L A ID EA D E L B IE N
últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien; que
palabras, se apoyan fundamentalmente, bien que no sea el único
con dificultad se la percibe, pero que, una vez percibida, se
texto, la mayoría de los intérpretes platónicos, al identificar a
presenta al razonamiento como siendo la causa universal de toda
Dios con la Idea del Bien. ¿De qué otro ser, en efecto, fuera del
rectitud y belleza en todas las cosas: en el mundo visible, como
Ser infinito, puede predicarse la fontalidad absoluta, si podemos
generatriz de la luz y del señor de la luz, y en el inteligible,
decirlo así, de toda esencia y de toda existencia? Es cierto que como soberana y dispensadora de verdad y de inteligencia, y
en el texto transcrito no lo dice Platón sino con referencia a los que debe verla -quien quiera conducirse sabiamente, asi en su.
objetos inteligibles; pero como antes ha dicho que el sol es el vida privada como en la vida pública.”11
autor de la vida en general, y que el sol, a su vez, es hijo del El otro texto que nos parece igualmente fundamental, es
Bien, resulta, en conclusión, que el mismo Bien es el autor y aquel en que Platón, después de haber expuesto la alegoría de
padre tanto del mundo sensible como del mundo inteligible. la Caverna, por la cual entra la Idea del Bien en el programa de
Contra la anterior identificación, empero, hácese valer, entre la educación de los guardianes, encarece la necesidad de volverse
otros argumentos, el de que de la Idea platónica del Bien pa "con toda el alma, de las cosas perecederas a la contemplación
rece estar ausente, a despecho de aquellos tan excelentes atri del ser y de lo más luminoso del ser, que es aquello a que lla
butos, la nota de la personalidad. Ahora bien, dentro de la mamos el Bien”.12
tradición judeo-cristiana por lo menos, e inclusive en la religión A reserva de volver sobre este texto cuando abordemos de
olímpica de los helenos, nos parece imposible concebir a Dios de propósito el tema de la educación, no podemos eximirnos de de
otro modo que como Persona, y sólo dentro del panteísmo: Deus tenernos un poco en la ponderación de esas palabras en que se
sive natura, sería posible pensar de otro modo. contiene, a nuestro entender, él núcleo de lo que podríamos
L a cuestión, como se ve, tiene sus bemoles, y por algo es aún, llamar la ontología platónica del Bien.
en los estudios platónicos, una cuestión disputada. No podemos Lo de la onto-logia está dicho aquí muy de propósito, porque
eludir su estudio, por el extraordinario interés que reviste, pero al declarar Platón que el Bien es el aspecto mas brillante y lu
igualmente creemos que sería prematuro hacerlo en este mo minoso del ser, por ello mismo, si el texto dice lo que dice, re
mento, antes de haber explorado lo demás que, sin salir de la duce el Bien al Ser, y no admite, por tanto, la disociación entre
R ep ú b lica , se nos dice sobre la Idea del Bien. Nos lo dice Pla ser y valor, al modo que lo han hecho buena parte, aunque no
tón, claro está, “en espejo y enigma’’, como dirá más tarde San todos ciertamente, de los axiólogos modernos. Lo primero, por
Pablo al referirse a realidades igualmente inefables, por la simple tanto, en la aprehensión del entendimiento, será el ser (para
razón de que no puede haber definición, estrictamente hablan Platón sinónimo de “Idea”) , y lo segundo el valor o bien, tér
do, de lo que está más allá de toda existencia y esencia. La minos que, a su vez, podrían darse como sinónimos.
"definición”, en efecto, es “delimitación” (d e-fin itio) de un A nuestro modo de ver, éste sería uno de los textos fundato-
ente por su género próximo y su diferencia específica, y por esto rios, cuando no simplemente el texto fundatorio, de la doctrina,
no puede haber ninguna definición de lo que está más allá de tan ampliamente desarrollada en la escolástica, sobre las pro
todos los géneros y especies. piedades trascendentales del ente. Así llamaron ellos, los escolás
De los textos que más explicativos nos parecen ser, del modo ticos, a ciertas notas o caracteres que se predican del ser en gene-
que lo hemos dicho, estaría, en primer lugar, aquel en que,
después de haberse referido a la ascensión del alma al mundo 11 516 b. En presencia de un t ext o tan ciar», que de t al suert e hace de
inteligible (zig t ó v vot jt ov t ó ho v t í ); 'puxfj? a-voSog), dice Platón l a I dea del Bien l a causa universalísim a de todo ser y de todo val or (jt aai
Jtávrcúv afixT) ópOwv xe x al xaAárv aixía), no m e explico cómo puede decir
con toda claridad, por si alguna duda hubiera quedado a este
Ross que: "T h e funct ions assigned to t he I dea of Good are assigned to
respecto, que la causalidad del Bien se extiende a ambos mun ¡t in relat ion n ot to the sensible world, but to the World of Ideas” . O p.
dos por igual: al sensible y al inteligible, del modo siguiente: cit., p. 41.
"Si mi esperanza es o no verdadera, lo sabrá Dios. Lo que 12 518 c: el ; t o o v xai xaü ovxog xó t pavóxaxov... xoüxo 8’ cívaí tpapEV
a mí, en todo caso, me aparece como evidente, es que en los xáyaOóv.
168 I-A IDEA D EL B IE N LA ID EA D E L BIE N 169
ral y de todo ser en concreto; que no definen el ente, por ser hace a la verdad trascendental, según que se trate del enten
esto lógicamente imposible,13 ni tampoco le añaden nada, sino dimiento humano —de un entendimiento creado en general— o
que son como aspectos del ente considerado en sí mismo o en del entendimiento divino. La verdad trascendental, en efecto,
relación o desde la perspectiva de otro u otros entes. Al ente, llamada igualmente verdad ontológica, por estar en el ente como
en efecto, como enseña Santo Tomás, no puede añadirse nada una de sus propiedades más constantes, no puede fundarse
que tenga con respecto a él extrañeza o heterogeneidad de natu- en una relación tan variable, contingente y precaria como la con-*lo
raleza (enti non p otcst a d d i a liq u id qitasi ex iran ea n a tu ra ), al iormídad de ia cosa con el entendimiento humano. Tendrá que
modo como la diferencia se añade al género o el accidente al fundarse necesariamente, esta verdad d e l ente, en su conformidad
sujeto, ya que toda naturaleza es por esencia un ente. No hay, con el entendimiento divino, del cual, además, le viene a todo
sigue diciendo el santo, sino una manera de añadir algo al ente, em e posible su esencia, como su existencia, a su vez, de la volun
en la predicación y nada más, en cuanto que expresamos un tad divina. Al contrario de nuestro entendimiento, que se mide
m o d o del ente no expresado en el nombre del ente mismo.1* j>or las cosas y a ellas debe ajustarse, el entendimiento divino,
En un texto célebre de la M etafísica, Aristotéles, que lo habla dice profundamente Santo Tomás, es la medida de todas las cosas,
aprendido de Platón, pero que le aventajó en rigor sistemático, las cuales están en aquél como los productos artificiales en la
dejó consignado que: “Hay una ciencia que estudia el ente en mente del artífice.15
cuanto ente y las propiedades que por sí mismo le son inheren No parece sino que estamos oyendo a Platón mismo, como si
tes.”15 En este texto se apoyaron de preferencia los escolásticos el texto anterior no fuera sino una glosa del famoso apotegma
al tratar de enumerar y describir —Aristóteles no parece haberlo platónico: “Dios es la medida de todas las cosas”, con que el
hecho así directamente— estos modos, aspectos o propiedades del filósofo corrigió, como debía ser, el relativismo de Protágoras.
ente, que ellos mismos llamaron "trascendentales”, en razón de Que haya o no conocido Santo Tomás el texto platónico, es
que trascienden todas las determinaciones categoriales, esto es, más que dudoso, por no ser las L ey es un diálogo de lectura co
todos los géneros y especies. rriente en su tiempo; pero no tiene mayor importancia, porque
De estos trascenden talia entis, como fueron llamados, tres fue todo esto es, en fin de cuentas, platonismo puro. La verdad tras
ron los que la tradición tuvo jx)r los más ciertos: unum , verum , cendental, en efecto, no significa otra cosa sino que cada cosa es
bon u m ; con ar r egl o a l os cu al es el ser en gen er al y t od o ser en lo q u e es, v er d ad er a e i n t el i gi b l e, p o r ser de al gú n m od o imita
particular, es uno, verdadero y bueno. El ser es uno, en primer ción de la esencia divina, en la cual están las razones eternas de
lugar, considerado en sí mismo, por su identidad consigo mismo, todo lo creado, es decir, las Ideas. Por esto puede afirmar Santo
mientras sea, por supuesto, tal ente. Considerado, en cambio, Tomás, después de San Agustín, que en Dios sí hay Ideas, no
en relación con otros entes, que son, muy concretamente, el en como algo extraño o adventicio en El, sino porque la ciencia de
tendimiento y la voluntad de una sustancia espiritual, el ente es Dios es causa de las cosas: Scien tia D ei est causa reru m ; y toda
verdadero y bueno. ¿Cómo o por qué? esencia actual o posible, por consiguiente, es, en infinitos grados,
La verdad, según la célebre definición de la Escuela, es la término imitativo d e la esencia divina. En tanto que infinita
conformidad entre la cosa y el entendimiento: a d a eq u a tio rei et mente imitable, podemos llamarla Idea, y es el fundamento de
in telleclu s; sólo que la diferencia es muy grande, en lo que la verdad trascendental.
>3 Lo es así lam o porque toda definición debe hacerse por algo que está
El bien trascendental, por último, se predica del ente por el
l»or encima de lo definido, así sea desde el pun t o de vist a lógico, y no hay orden o relación que guarda con el “apetito”, según dijeron los
nada por encima del ente, como porque, además, la razón de ent e ent ra escolásticos,17 o en lenguaje más moderno, con toda tendencia,
necesariamente en cualquier juicio, el que supone t oda definición, por con­
siguient e, así no sea sino en fu n dón copulat iva. 10 D e Ver. 9, 7, a a: R e s n a tu r a le s m en su ra n t in te lle c tu m n o stru m , s e d
a* D e Ver. q. i, a i : S ecu n d u m h o c a liq u a d ic u n tu r a d d e r e su p r a en s, in su n t m e n s u r a la e a b in te lle c tu d iv in o , in q u o su n t o tn n ia c r é a la , sicu t o m n ia
q u a n tu m e x p r im u n t ip siu s tn o d u m , q u i n o m in e ipsiu s en tis n on ex p r im itu r . a r tific ia t a in in te lle c tu a r tificis.
15 M et. iv, i, 1003 a 20: “ E o t i v t i ? rj Oeo i q eí t ó frv f¡ 8v jcal rx S u m , T h e o l . 1. 16, 1: B o n u m est in r e , in q u a n tu m h a b e t o r d in e m a d
xá xoúxtn í’.-tápjrovra j>aO’ a ir e ó - a p p e tit u m .
170 L A I D E A D E L BIEN L A I D E A D E L BIEN 171

o m ás gen er al m en t e aú n , co n t od a act i t u d est i m at i va. En est e m át i ca y su con cep ci ón d el en t e. Fu e así, en con cl u si ó n , por
sen t i d o, el bonum t r ascen d en t al ser ía eq u i v al en t e a l o q u e h oy v i r t u d d el p r oceso m en t al q u e d escr i b i m os ap en as en sus l ín eas
l l am am o s val o r , en l a con cep ci ón p l at ó n i ca d esde l u ego, y asi ­ m ás gen er al es, com o v i n o a q u ed ar t r i st em en t e, com o o b j et o d e
m i sm o en l a ar i st ot él i co-t om i st a. A r i st ó t el es, en efect o, y p r eci ­ t od a p osi b l e o n t o l o gía, u n en t e d eval u ad o , co si fi cad o o mortifi
sam en t e en el l u gar m i sm o d on d e i m p u gn a, m u y a su sab or , l a cado, com o d i ce t an exp r esi vam en t e L o u i s L av el l e —l’étre mor-
I d ea p l at ó n i ca d el Bi en , af i r m a por su p ar t e q u e el b i en se d i ce tifié—, r est i t u yen d o así el vo cab l o a su sen t i d o p r íst i n o ; rnorti-
en t an t os sen t i d os com o el en t e,18 es d eci r , q u e l e aco m p añ a, en ficare, morluum facera. Sól o cu an d o se l e r ed u ce a l a con d i ci ón
t odas sus p r ed i caci o n es cat ego r i al es, com o u n a d e sus n ot as d e cosa, cu an d o se l e m o r t i f i ca, com o d i ce L av el l e, p u ed e ser
m ás i n var i ab l es, p o r ser l e i n h er en t e. el en t e ext r añ o al v al o r .20 Cu an d o t od o est o t i en e l u gar , cu an ­
D e est os l u gar es p l at ón i cos y ar i st ot él i cos p r oced e, con t od a d o el en t e d ej a d e ser l o q u e h ab ía si d o desde Pl at ó n y h ast a
p r o b ab i l i d ad , el con oci d o ad agi o escol ást i co: ens et bonum con- an t es d e D escar t es: l a f u l gu r aci ó n d el esp ír i t u , ser á n ecesar i o
vertuntur, exp r esi ó n l a m ás t íp i ca d e l a i d en t i d ad r ad i cal en t r e b u scar el val o r , d el q u e n o p u ed e p r esci n d i r el h om b r e, en u n
ser y val o r , af i r m ad a p o r p r i m er a vez, y t an r ad i an t em en t e, en A p r i o r i f o r m al o m at er i al , q u e est o i m p o r t a poco, p er o en t od o
l a I d ea p l at ó n i ca d el Bi en . caso n o en el en t e m i sm o, d el q u e i r r ad i a, segú n n os d i ce
D e est a con ver si ó n r ad i cal n o se t u vo l a m en o r d u d a, en l a f i ­ Pl at ó n , com o su p r oyecci ón m ás esp l en d en t e (t pavÓTavov).
l o so f ía occi d en t al , h ast a q u e, p o r o b r a de l a ci en ci a m o d er n a y T o d o est e p r o l i j o d i scu r so o excu r so er a n ecesar i o h acer , p or
d e l a f i l o so f ía car t esi an a, exp r esi ó n a su vez d e aq u el l a ci en ci a, el en t e y sus t r ascen d en t al es, p ar a ex p l i ci t ar , p or su p r oyecci ón
t i en e l u gar l o q u e, en o t r o t r ab aj o , m e p er m i t í l l am ar l a d ev a­ en l a h i st o r i a d e l a f i l o so f ía, l o q u e t an con ci sam en t e n os d i ce
l u aci ó n d el en t e.19 E l en t e se d ev al ú a, en efect o, en el sen t i d o m ás Pl at ó n , t al y com o si se t r at ar a d e u n a r evel aci ó n an t es q u e de
p r o p i o y r i gu r oso d el t ér m i n o , cu an d o se l e d esp o j a d el v al o r , de u n a d em ost r aci ón , sobr e l a I d ea d el Bi en .
t od o v al o r i n cl u si ve; l o cu al o cu r r i ó así, m u y p u n t u al m en t e, cu an ­ M an t en i én d o n o s aú n d en t r o d e est e co n t ext o , p ar em os m i en ­
d o se vi o r ed u ci d o el en t e a l a co n d i ci ó n d e cosa ext en sa, con t es, p or ser el d at o i n m ed i at am en t e evi d en t e, en q u e d e l os t res
ar r egl o a l a co n o ci d a an t ít esi s car t esi an a en t r e l a res cogitans t r ascen d en t al es d el en t e: unum , veruni, bonum, es est e ú l t i m o,
y l a res extensa, u n a y o t r a, ad em ás, si n com u n i caci ó n p osi b l e. el b i en , el q u e, en l a est i m at i va p l at ó n i ca, t i en e u n r an go d eci ­
En ad el an t e segu i r án cad a cu al su p r o p i a t r ayect or i a, y su m i s­ d i d am en t e su p er i o r sob r e l os ot r os dos, aq u í p o r l o m en os, en
t er i osa con ver gen ci a, en l os act os h u m an o s p r i n ci p al m en t e, n o l a República. D el unum n o se t r at a ah o r a, p er o n o p o r q u e Pl a­
p o d r á exp l i car se com o n o sea r ecu r r i en d o a h i p ó t esi s t an p er e­ t ón l o d esest i m e, y a q u e se o cu p ar á de él , y d e m an er a ex cl u ­
gr i n as, p er o t an n ecesar i as, com o l a ar m o n ía p r est ab l eci d a. Pu es si va, en el Parménides, cu yo t em a p r o m i n en t e es el d e l as r el a­
si en el h om b r e, d en t r o d e él , se con su m ó a t al p u n t o el d i ­ ci on es en t r e l o u n o y l o m ú l t i p l e, u n o d e los gr an d es t em as d e
vo r ci o en t r e p en sam i en t o y ext en si ón , y a se d ej a en t en d er cóm o l a f i l o so f ía h el én i ca d esde l os p r esocr át i cos. E l vertim, en cam ­
h ab r á si d o en el r est o, en l a r eal i d ad ext r ah u m an a. b i o , est á b i en ex p l íci t o en u n o d e l os t ext os an t es t r an scr i t os,
Q u e l a n u ev a ci en ci a, l a f ísi ca m at em át i ca, n o v i er a en el aq u él en q u e se d i ce q u e: ‘ ‘L o q u e co m u n i ca l a verdad a los
m u n d o, y en el u n i ver so , o t r a cosa q u e ext en si ó n y m o v i m i en ­ ob jet os de co n o ci m i en t o, y al su j et o cogn oscen t e l a f acu l t ad de
t o, est ab a m u y en r azón , p ar a el solo f i n d e f u n d ar l a l egal i d ad con ocer , es l a i d ea d el b i en , a l a cu al d eb es r ep r esen t ar t e com o
d e u n sab er d e d o m i n i o sob r e l a n at u r al eza, y est e sab er , cau sa d e l a ci en ci a y d e l a ver d ad .” - 1 T o m an d o l as p al ab r as con
ad em ás, er a u n a co n q u i st a i n cu est i o n ab l em en t e l egít i m a d el es­ m u ch o r i go r , n o ser ía p r eci sam en t e el verum entis, si n o el ve-
p ír i t u h u m an o . L o m al o est u vo en q u e l a f i l o so f ía, q u e d eb i ó rurn boni; p er o com o, p or o t r a p ar t e, Pl at ó n r ed u ce el b i en al
m an t en er su so b er an ía, acep t ar a, p o r el co n t r ar i o , con ver t i r se en t e, cu an d o d ecl ar a ser su p ar t e m ás b r i l l an t e, p u ed e sost en er se
en ancilla scientiarum, d esp u és d e h ab er si d o ancilla theologiae;
q u e acep t ar a, es d eci r , l a cosm ovi si ón p r o p i a d e l a f ísi ca rnat e- 20 Lavel l e, T r a it e d e s v a le u r s, Par ís, 1951, vol . I , p. 30a: L ’é tr e n ’est
etr a n g er á la v a le u r q u e si o n l’id e n t ijie a u n e c h o s e ; c'est-á-d ire si o n le
18 EN , 6, 1096 a: xáyaQóv XmiyCnr Xé jk t w . t i ;) o v a. m o r tifie.
i ® Góm ez Robl ed o, “ Ser y Val o r ” , D iá n o ia , 1958. 21 503 e: al x íav S’éjt icmi uT]? o ü aav x a! áf.r )0EÍ as.
172 L A ID EA D EL BIEN
LA ID EA D E L BIE N 17?.
q u e t en em os, aq u í t am b i én , el verum com o t r ascen d en t al d el can el A b so l u t o n o p ar a co n t em p l ar l o en u n a esp ecu l aci ón i n er ­
en t e. T r át ase, ad em ás, n o d e l a v er d ad com o est ad o p si col ógi co t e, si n o p ar a u n i r se con él o an egar se en él , y p o r est o p on en el
d el en t en d i m i en t o h u m an o ( a d aequ a tio reí et in lellcclu s hu
én fasi s n o en el sum m um ens, au n q u e desd e l u ego l o con ci b en
m an i), si n o d e l a v er d ad o n t o l ó gi ca o t r ascen d en t al (a d a equ a tio así, si n o en el sum m um bon u m , ya q u e es el b i en , y n o el en t e, el
reí et intellectus divini), y a q u e cl ar am en t e d i ce Pl at ó n q u e es l a t ér m i n o f o r m al d e t o d a t en d en ci a ap et i t i v a, d el am or , p o r l o
I d ea d el B i en , y n o el su j et o cogn oscen t e, l a q u e co m u n i ca o
t an t o, y p o r excel en ci a.
d i sp en sa l a ver d ad a l os ob jet o s d e co n o ci m i en t o,22 en f u n ci ó n
En segu n d o l u gar , p ar ece i gu al m en t e q u e cu an d o q u i er a q u e
si n d u d a —n o h ay ot r o m od o d e en t en d er l o —, d e l a co n f o r m i d ad
se t r at a n o t an t o d e ex p l i ci t ar el Pr i m er Pr i n ci p i o en sí m i sm o,
o ad ecu aci ón d e est os o b j et o s con aq u el l a I d ea. L a m et áf o r a
cu an t o d e m o st r ar aq u el l a f ecu n d i d ad u n i ver sal q u e d e él i r r ad i a,
so l ar es, u n a vez m ás, d e gr an ayu d a. D el m i sm o m o d o , en efec­
y p o r l a cu al ú n i cam en t e p u ed e r esu l t ar ex p l i cab l e t od o l o d e­
t o, q u e es el sol q u i en d i sp en sa l a l u z, y p o r ést a, y n o p or
m ás, en t al caso, d eci m os, es l a con si d er aci ón d el Bi en , an t es q u e
n u est r os ojos, son v i si b l es l as cosas físi cas, así t am b i én es l a d el en t e, l a q u e p u ed e d ar r azón d e est a co m u n i caci ó n ad
el Bi en , y n o el “ o j o d el al m a” q u e es n u est r o en t en d i m i en t o , el extra, com o si d i j ér am o s, d el Pr i m er Pr i n ci p i o . E l en t e, en efect o,
d i sp en sad or (t 6 t rapé/ ov) d e l a ci en ci a y l a ver d ad .
n o d i ce p o r sí m i sm o si n o l a con si st en ci a p u r a, en sí o en ot r o,
D e l os t res t r ascen d en t al es, si n em b ar go, es el bonum el q u e, segú n se t r at e d e l a su st an ci a o d el acci d en t e, p er o en t odo caso
en l a f i l o so f ía p l at ó n i ca, cam p ea d eci d i d am en t e sob r e l o s ot r os al go r ep l egad o en sí m i sm o ( xaü ’aú v ó ) , h er m ét i co y “ si n v en t a­
dos, y m ás aú n , p o r l o q u e p u ed e ver se, sob r e el en t e m i sm o. n as” . En el b i en , en cam b i o, h ay l a n ecesi d ad d e sal i r d e sí m i s­
Co m o Pl at ó n n o d a d e est o n i n gu n a r azón , si n o q u e se l i m i t a a m o, d e d i f u n d i r se o ef u n d i r se él m i sm o, segú n l o d i j o i n su p er a­
p o st u l ar cat egór i cam en t e est a su p r em acía, es i n ú t i l ¿o n o m ás b l em en t e el Pseu d o d i o n i si o : B on u m est, diffusivum sui. Po r al go
b i en r i d ícu l o ? q u e n os em p eñ em os en i n t er p r et ar l o o co m p l et ar ­ n o r ecal ca Pl at ó n , al r ef er i r se a l a I d ea d el Bi en , est e xaO’odixó
l o ; y l o ú n i co q u e p od em os h acer , en u n a exégesi s co n gr u en t e y q u e i n v ar i ab l em en t e p r ed i ca d e l as d em ás I d eas; p o r q u e al con ­
con sen t i d o, es d esen t en d em os d e t od o ar gu m en t o en p r o o en t r ar i o de ést as, n o es aq u él l a u n a u n i d ad i n m ó v i l , cen t r ad a t od a
con t r a, p ar a m o st r ar si m p l em en t e el esp ír i t u q u e i n f o r m a u n a el l a en su so l ed ad p ar ad i gm át i ca, si n o q u e es l a f u en t e d e en er ­
cosm ovi si ón n o sub sp ecie entis, si n o sub sp ecie boni. gía q u e a t od as el l as l as co n st i t u ye en su ser i d eal , y m ás al l á d e
D e cu al q u i er m od o q u e n os l o r ep r esen t em os, p ar ece q u e n o el l as y p o r su m ed i aci ó n , con st i t u ye t am b i én al m u n d o d e l os
es p osi b l e el i m i n ar el t em p er am en t o p er so n al d el su j et o cosm o- fen óm en os.
vi d en t e, segú n q u e ést e sea u n co n t em p l ad o r d esi n t er esad o, u n N o p u ed e ci er t am en t e est a I d ea d e l as I d eas, co n ceb i d a ge­
“ esp ecu l at i vo ” en el m ás p r o p i o sen t i d o d el t ér m i n o (speculurn) , n i al m en t e p o r Pl at ó n b aj o l a r azón d e Bi en , ser n ada más q u e
o, p o r el co n t r ar i o , u n o q u e con t em p l a, com o d ecía San I gn aci o u n p ar ad i gm a d e p ar ad i gm as, ya q u e d e el l a r eci b e t od o l o d em ás
d e L o y o l a, “ p ar a al can zar am o r ” . D e est os ú l t i m o s, si n l a m en o r en ab so l u t o, segú n l os t ext os q u e h em os vi st o, su exi st en ci a y su
d u d a, f u e Pl at ó n , en cu yo ji en sam i en t o y en cu ya o b r a t i en e el esen ci a: t ó elvou x aí T) oúcría. Y si el Bi en m i sm o, p o r su p ar t e, n o
Er o s u n p ap el t an d eci si vo. L o f u e t am b i én San Ju a n el ev an ge­ es u n a esen ci a (oiix oucríac; ov-roc; -roC áyaO oO ), es si m p l em en t e
l i st a, el d i scíp u l o “ a q u i en Jesú s am ab a” , y q u e, r eb o san t e d e en r azón d e q u e p o r est e t ér m i n o d e “ esen ci a” (ovala) m en t am os
am or él m i sm o, osó d eci r d e D i o s est o si m p l em en t e: “ D i o s es h ab i t u al m en t e al go ya co n f i gu r ad o y con cr et o, así sea d el or d en
am o r ” .23 Si p u ed o co n si gn ar aq u í h u m i l d em en t e m i ex p er i en ci a i n t el i gi b l e, y n o p u ed e, p or t an t o, ap l i car se, p or l o m en os en sen ­
p er son al , yo h e t en i d o si em p r e u n a r em i n i scen ci a d e l os t ext os t i d o u n ívo co , a aq u el l o q u e es o r i gen y cau sa d e t od as l as esen ­
p l at ón i cos cu an d o l eo l os j o án i co s, y vi cever sa; a t al p u n t o m e ci as p osi b l es, y q u e, p o r l o m i sm o, n o est á co ar t ad o , com o sí l o
p ar ece q u e l a I d ea d el Bi en , con su f ecu n d i d ad i n f i n i t a, es el est án el l as, p o r t al o cu al d et er m i n aci ó n ó n t i ca o i n t el i gi b l e. Po r
m i sm o A m o r d e q u e h ab l a Ju a n . Est os h om b r es, en su m a, b u s­ est o n ad a m ás n o es el Bi en u n a esen ci a, y n o p o r q u e sea u n a
ab st r acci ó n i n d ef i n i d a o u n r esi d u o i n el i m i n ab l e d e i n i n t el i g i ­
22 Jb id .: t t )V riÁí]Oüiav irayó/ov roíg YiyvcoaJcouEvoi;. b i l i d ad , com o l a m at er i a p r i m a, y a q u e n o es el B i en d e n i n gú n
23 E p ts t. i, 4 , 8 : ó 0EÓg (iyícxT) éatiV m od o i n f er i o r a l a esen ci a, si n o q u e, p o r el co n t r ar i o , est á p or
174 L A IDEA D E L BIEN L A IDEA D E L BIEN 175

en ci m a de el l a y l a so b r ep asa en m aj est ad y p o d er ( Ér axava -rijg efect o, n o en sí m i sm a, p er o sí en sus p r od u ct os, con si d er a f o r ­


0ÍKTWX5 upso-pría x al Su v áp a ójt Epsxo^ os) • m al m en t e Pl at ó n 25 l o q u e en segu i d a exp o n e su Sócr at es sobr e
U n a t r em en d a en er gía p r o p i am en t e i n f i n i t a, d eb e pu es, al b er ­ l os o b j et o s y l as fases d el co n o ci m i en t o en am b as r egi o n es: en l a
gar se en l a I d ea d el Bi en , com o p ar a com u n i car a t od o el u n i ­ i l u m i n ad a p o r el sol y en l a o t r a q u e señ or ea el Bi en . Po r ú l t i m o ,
ver so su ser y su exi st i r . Cu an d o Pl at ó n , en el Sofista, n os h ab l e p o n e r em at e a t od o el l o con u n o d e sus gr an d es m i t os, q u e son
T í e T sc r üTT su ¿tusol Lila. p íci i i i u íJ- « rá -e p ^ siem pre o casi si em p r e; y aq u í si n d u d a al gu n a, el r o p aj e si m ­
l e son con com i t an t es el m o vi m i en t o , l a vi d a, el al m a y el p en sa­ b ó l i co d e u n a co n vi cci ón r aci o n al . V eám o sl o segu i d am en t e.
m i en t o, y q u e n o es p o si b l e co n ceb i r l o com o si f u er a l a est at u a
d e u n d i os, “ au gu st o y san t o, p r i v ad o d e i n t el ect o y f i j o en su
i n m o v i l i d ad ” .21 T o d o est o, n o h ay d u d a, vi en e l ar go t i em p o d es­
pu és, y a su t i em p o t am b i én , es d eci r al n u est r o, l o p o n d er ar e­
m os d eb i d am en t e; p er o t od o el l o, segú n m i m ás si n cer a con vi c­
ci ón , est á desde ah o r a, i m p l íci t o y com p l íci t o , en l a I d ea d el
Bi en .
Si ah o r a an t i ci p am o s al go d e l o q u e ven d r á m ás t ar d e, es p o r ­
q u e así h ay q u e p r oced er con u n escr i t or com o Pl at ó n , d on d e l o
an t er i o r se escl ar ece p or l o p o st er i or , o vi cever sa, y n os o b l i ga así
a co o r d i n ar , cu an d o q u i er a q u e se p r esen t e l a ocasi ón , t ext os
d i sp er sos. Es el caso, se d i r á, d e cu al q u i er o t r o escr i t or , cosa q u e
n o n egam os; p er o Pl at ó n , ad em ás, y sob r e t od o cu an d o t r at a d e
exp r esar l o q u e p r o p i am en t e es i n ef ab l e, h ab l a en t ér m i n os m ás
o m en os en i gm át i cos, y n o p o r ar t i f i ci o est i l íst i co, si n o p or est ar
en sí m i sm o ci r cu n d ad o d e m i st er i o l o q u e q u i er e d eci r . D e aq u í
l a n ecesi d ad , con r efer en ci a a él sob r e t od o, d e h u r gar aq u í y
al l á, au n q u e t en i en d o si em p r e gr an cu i d ad o d e n o t om ar com o
ex p l íci t o l o q u e en u n l u gar p u ed e ap en as est ar i m p l íci t o , y n o
em p eñ ar n os en q u e n os d i ga d esd e ah o r a l o q u e sól o n os d i r á
d espu és, a veces m u ch o d esp u és. Po r al go d en u n ci am o s d esd e el
p r i n ci p i o , y si gu i en d o en est o a l a gen er al i d ad d e l os i n t ér p r et es
m od er n os, el er r o r f u n d am en t al en q u e cayó Sch l ei er m ach er , al
i m agi n ar se q u e Pl at ó n , f r i san t e ap en as en l os t r ei n t a añ os, est a­
b a ya en p er fect a p osesi ón d e u n si st em a f i l osó f i co , cu an d o, p or el
con t r ar i o , se t r at a d e u n f i l ó so f o esen ci al m en t e asi st em át i co, y
q u e ad em ás, si n m en gu a al gu n a d e su gen i o p o r est o, f u e d esen ­
vo l vi en d o l en t am en t e su p en sam i en t o, t an l en t am en t e q u e al gu ­
n as o m u ch as d e sus m ás p r o f u n d as i n t u i ci o n es n o acab a d e escl a­
r ecer l as p or com p l et o si n o en el p er ío d o d e su vejez.
Po r el m om en t o, si n em b ar go, n o an t i ci p em o s m ás, si n o l i m i ­
t ém on os a co n t i n u ar ex p l i ci t an d o l a I d ea d el Bi en , t al y com o
se n os d a en l a República. Co m o exp l i ci t aci o n es d e el l a, en

24 S o f. 248 c. 25 5<>9 c.
LA L ÍN E A Y LA CAVERNA 177
p or l o m en os, si n o si em p r e p ar a n osot r os. Po r t od o est o, en
su m a, se ex p r esa con t od o aci er t o N et t l esl i i p , en su com en t ar i o
a l a República, al d eci r q u e l a l ín ea es en r eal i d ad u n a escal a, y
VII. LA LÍNEA Y LA CAVERNA
u n a escal a d e l u m i n o si d ad .2
Yen d o , pu es, d e i zq u i er d a a d er ech a d e l a l ín ea, o d e ab aj o
Recu r r i en d o a u n sím i l q u e n o t i en e est a vez n ad a d e esp l en d o­ h aci a ar r i b a, t en em os q u e, en el segm en t o d e l as cosas vi si b l es,
r oso, si n o q u e es d e si m p l e geo m et r ía l i n eal , n os i n v i t a el Só ­ l a p r i m er a su b d i vi si ó n r ep r esen t a l as som b r as d e l os o b jet os r ea­
cr at es d el d i ál o go a r ep r esen t ar n os am b os m u n d os, el v i si b l e y les, y en gen er al t od as l as var i ed ad es q u e d a l a luz al p r oyect ar se
el i n t el i gi b l e, en u n a l ín ea r ect a co n t i n u a, p er o d i v i d i d a en dos en el l os y en cu al q u i er m ed i o, com o l o son , segú n el t ext o, l as
segm en t os, así: i m ágen es r ef l ej ad as en el agu a o sob r e su p er f i ci es l i sas y t er sas,
cap aces d e r eci b i r de al gú n m od o, t od a l a var i ed ad d e r ef l ej o s.
A y B
L a segu n d a su b d i vi si ó n , a su vez, ab ar ca t odas l as cosas r eal es, ya
sean d e l a n at u r al eza, ya d el ar t e y de l a t écn i ca, es d eci r el
Cad a u n o d e est os segm en t os se su b d i v i d e a su vez en ot r os m u n d o veget al y an i m al q u e n os r o d ea y t odos l os ob jet os f ab r i ­
dos, d e est e m od o: cad os p or el h om b r e. Bi en cl ar o est á, p or t an t o, q u e p or el h ech o
d e ser l os o b j et o s d e l a p r i m er a secci ón si m p l es r ef l ej o s de l os d e
A 1 ./ A 2 / B 1 / B 2 l a segu n d a, t od o el segm en t o d e lo vi si b l e se r efi er e, en r eal i ­
d ad , a l os m i sm os ob jet os, sól o q u e en d i st i n t o gr ad o d e con si s­
t en ci a o cl ar i d ad .
A n t es d e p asar ad el an t e, ad ver t i r em os q u e p o r co m o d i d ad de
Pasem os al segm en t o de l o i n t el i gi b l e, cu ya d i vi si ó n t en d r á q u e
exp o si ci ó n , y p or n o cr eer , ad em ás, q u e l a cu est i ón t en ga m ayo r
h acer se i gu al m en t e con ar r egl o a l os gr ad os d e o scu r i d ad o
i m p o r t an ci a d esd e el p u n t o de vi st a f i l osó f i co , l i em os d el i n ead o
cl ar i d ad d e sus o b j et o s; sól o q u e est as exp r esi o n es n o son aq u í d e
p o r ah o r a t an t o l os segm en t os p r i n ci p al es com o los secu n d ar i os
t an fác i l i n t el ecci ó n com o en l a r egi ó n d e l o vi si b l e, pues se t r a­
con i gu al ext en si ó n en t r e sí. Pl at ó n , n o ob st an t e, d i ce, p or lo
t a d e o t r a l u z, o n t o l ó gi ca est a vez, es d eci r , d el ser m i sm o. Por
m en os en el t ext o segu i d o p o r l a m ayo r ía, q u e son d esi gu al es;
est o se cu i d a Pl at ó n d e p r eci sar con t odo r i go r su p en sam i en t o,
p er o com o n o p r eci sa a cu ál es d eb er ía at r i b u i r se u n a ext en si ón
u n a vez q u e h a p asad o d e l a l i t er al i d ad a l a m et áf o r a, y así n os
m ayor , y a cu ál es u n a m en or , se h a t r ab ad o sob r e est o, en t r e los
d i ce q u e, en l a p r i m er a secci ón d e l o i n t el i gi b l e, el en t en d i ­
scholars, u n a co m p l i cad a d i scu si ón , d e l a q u e d i r em os al go a su
m i en t o se si r ve, com o d e i m ágen es, d e aq u el l o m i sm o qu e, en
t i em p o, p er o qu e, p o r el m om en t o, p r efer i m o s o m i t i r , en gr aci a
l a segu n d a secci ón d e l o sen si b l e, er a l a ver d ad er a r eal i d ad ,
a l a cl ar i d ad ex p o si t i v a d el sím i l en sus r asgos f u n d am en t al es.
y q u e l o h ace así con el d esi gn i o d e ap oyar se en esas i m ágen es
A si m i sm o cr eem os co n ven i en t e d eci r q u e si b i en h em os t r azad o
o "h i p ó t esi s” (es d eci r "p o si ci o n es d e b ase” ) p ar a el evar se a
u n a l ín ea h or i zo n t al , i gu al m en t e p o r com od i d ad ex p o si t i v a y
n oci on es q u e son ya d el or d en i n t el i gi b l e, p er o qu e, al n o p od er
com o su el en h acer l o l a m ayo r ía d e l os i n t ér p r et es, en r eal i d ad
d esl i gar se d el t od o d el d at o sen si b l e, n o con st i t u yen u n p r i n ­
se t r at a d e u n a l ín ea ver t i cal , ya q u e p o r el l a se r ep r esen t a el
ci p i ó q u e p u ed a en ver d ad l l am ar se “ an h i p o t ét i co ” , est o es,
ascen so d e u n o al ot r o m u n d o : d el sen si b l e al i n t el i gi b l e, con
el ascen so con co m i t an t e d el al m a al p asar d e u n o a ot r o t i p o de d esl i gad o d e t od a b ase sen sor i al .
con oci m i en t o en f u n ci ó n de l os ob jet o s cor r el at i vos. Pl at ó n , en E l t i p o d e co n o ci m i en t o q u e t i en e aq u í Pl at ó n en m en t e —y
efect o, p u n t u al i z a con t od a p r eci si ó n q u e l os cor t es en t r e los l o d i ce así con t od a cl ar i d ad —, es el con oci m i en t o m at em át i co,
d i ver sos segm en t os y su b segm en t os se h acen en r azón d e los gr a­ y m ás con cr et am en t e aú n , l a geom et r ía. L o s geóm et r as, en efect o,
dos de cl ar i d ad o de o scu r i d ad r el at i vas d e los o b j et o s,1 y ap en as t i en en q u e p ar t i r , com o de “ h i p ó t esi s” , de f i gu r as vi si b l es d ad as
es n ecesar i o d eci r , d esp u és de t od o l o q u e ya sab em os, q u e l a en l a i n t u i ci ó n sen sor i al , y au n cu an d o sus “ t esi s” ya n o son
m ayo r cl ar i d ad r esi d e en l os o b j et o s i n t el i gi b l es, en si m i sm os 2 Ri ch ar d Lew i s Nci t l csh i p , L ec tu re s on ( h e R e p u b lic o f P la to , Lon dr es,
1 5°9 d: «a((r)vtí<í xa! árrucpeta ap ó ; íí/.Crpa.. . >»sr„ p - 239.

f 176 ]
178 LA LÍN E A Y LA CAVERNA LA LÍN EA Y I.A CAVERNA 179

sobre ellas, sino sobre el "cuadrado en sí” o la “diagonal en Antes de explicarlo más, tracemos de nuevo nuestra línea,
sí”, que no pueden ya aprehenderse sino por el pensamiento, una vez que conocemos ya el contenido de cada sección, en la
queda, empero, el hecho irrecusable de que al final, después forma que lo hace James Adam en su comentario a la R e
de la demostración, son las mismas hipótesis o premisas las que pública:*
pasan a ser principios, y por más que éstos sean formalmente
del orden inteligible. ópaxá (Socjao-rá) voxyrá
Manifiéstase aquí, como en uno de sus lugares principales, !• vorivá inferiores |vor)xá superiores
el alto aprecio en que Platón tuvo siempre a las matemáticas,
A' A- B1 B-
y la razón profunda de que en el pórtico de la Academia, según
reza la leyenda, estuviera grabada esta inscripción: “No entre
Por más que lo representemos todo lo gráficamente que po
aquí nadie que no sepa geometría”. Se n on c vero, é ben tró
damos, somos bien conscientes de las muchas dificultades herme
v alo . . . Al contrario de las ciencias de la naturaleza, que son
néuticas que ofrece la Línea platónica, en sus dos últimas sec
meramente descriptivas o que, en todo caso, no llegan más allá
de comprobar la regularidad de los fenómenos, las matemáticas, ciones sobre todo. Vamos a ver si podemos aclararlas, en parte
por el contrario, nos introducen directamente en el reino de por lo menos, a la luz de lo que Platón denomina las cuatro
lo inteligible, nos familiarizan con él, y constituyen, por ello, la operaciones del espíritu o estados del alma (uctOriuaxa áv t t ¡
mejor propedéutica filosófica. El conocimiento matemático no ^UXÍ)). y que se corresponden respectivamente con cada una de
es, de acuerdo con este modo de pensar, una opinión, sino que
es, con todo rigor, conocimiento científico. Su objeto, sin em 4 Como se ve, dejamos con la misma extensión las cuatro secciones, y
bargo, los objetos matemáticos, por no poderse desprender del esto por varias razones. La primera, por no ser claro el texto, ya que
donde unos leen avara. otros, en cambio, áv'íoa- Desde la antigüedad dura
todo de la representación sensible, no son aún ideas puras, la discusión, y no parece, por todo lo que se ve, que haya de acabarse
sino que constituyen apenas la sección inferior del dominio del pronto. La segunda, porque aún leyendo avioa Tp/nuaxa, no sabemos, pues
pensamiento puro. Platón no lo dice, a qué segmentos o secciones habrá que dar la mayor
Es apenas en la última sección, la superior de lo inteligible, longitud, y a cuáles la menor. Sobre esto también se ha especulado de lo
cuando el entendimiento, aunque partiendo siempre de hipóte lindo, y ya Plutarco consideraba la cuestión como una de las típicas
^TiTijliaxa JiXaxamxá. Para no hablar sino de los modernos, a Léon Robin,
sis, puede liberarse de ellas por completo, pues se sirve de ellas por ejemplo, le parece evidente que, toda vez que de un solo modelo puede
como de trampolines para lanzarse, de una Idea en otra, hasta haber infinidad de copias, el segmento de los ópaxá tendrá que ser más
el principio universal y anhipotético.3 Otro tanto, p arí passu, largo que el de los voqxá- De nuestra parte, humildemente, nos permiti­
en la marcha inversa, es decir descendente del supremo prin remos observar que así ha de ser, a condición de que todos los votjxá ten­
gan de algún modo su copia en los opaTÚ, pero no en el caso contrario,
cipio a sus conclusiones, las cuales estarán así fundadas, esta
en la hipótesis, es decir, de que todavía fuese mayor el número de los
vez, no en observaciones empíricas, sino en conexiones de esen paradigmas, de los imitados y de los no imitados, que el de de las múl­
cia. T al vendría a ser, y así se cerraría, el movimiento circula tiples imitaciones de los primeros. Ahora bien, ¿quién podría decidir este
torio entre lo sensible y lo inteligible. La imagen, esta última, punto, sobre todo cuando se radican las Ideas en Dios, cuya esencia es
no es ya de Platón, pero la creo justa. Del supremo principio, infinit ament e imitable? (¿uis enim consiliarius eius fuit ? Oponiéndose a
Robin, sostiene Adam, por su parte, que no han de tenerse en cuenta los
una vez percibido, o lo que es lo mismo, de la Idea del Bien,
objetos de cada sección por su posible cantidad, sino simplemente su res­
vendría la sangre nueva que alcanza a purificar hasta los más pectiva oscuridad o claridad, por ser lo único que Platón dice; y que, sien­
humildes datos sensoriales, y de turbios que antes eran, los do así, el segmento de lo inteligible, por ser el de mayor claridad, debe
deja limpios y claros, al descender hasta ellos la luz que viene ser, consecuentemente, el de mayor extensión. De nuestra parte también, y
de lo más alto de la escala. por más que esta interpretación parezca apegarse más al texto, nos pregun­
tamos si podrá cuantificarse, así no más, lo que es tan supremamente cua­
lit ativo como esta aatprjveta o áaátpeia, del orden estrictamente ontológico.
3 511 b: otov éitifláaEi; te '/.ai óouá;, iva pé-¿<jt t ou cívlotoOéxod ¿ai Tf|v ¡Cómo hablan los eruditos en los silencios de Platón, en lugar de ahondar
t oottavxó; á(?zñ'v Uóv. en lo que para todos dice y que más importa!
180 LA LÍN E A Y L A CAVERNA
LA LÍNEA Y LA CAVERNA 181
las cuatro secciones de la línea. Ésta, en efecto, representa
tamo la Escala del Ser como la Escala del Conocimiento, por los cautivos del antro no contemplan sino sombras que toman
lo que una cosa podrá entenderse por la otra, o en el peor de por realidades, resulta, en conclusión, que el conocimiento um
los casos, integrarse las aporías. brátil, la “conjetura”, es el estado general (xoivóv -rcáB'Opa) de la
Lo más cierto y lo más claro, para empezar por esto, es masa humana.
que, desde el punto de vista del conocimiento, las dos primeras El segundo estado es la itLcmg, término que suele traducirse
secciones constituyen el dominio de la opinión (8ó?a), y las ya por “creencia” o “fe”, y es lo más aceptado, o ya también
dos últimas, a su vez, el de la ciencia (ámo'-rfiii/r]), o sea del sa por “convicción”. Cualquiera que sea su traducción, es, en
ber o conocimiento en el sentido más propio del término. En todo caso, la percepción inmediata de la realidad visible y con
términos más modernos, oriundos de la filosofía kantiana, po creta. No le niega Platón la eficacia o veracidad que pueda
dríamos hablar de conocimiento asertórico y conocimiento ajxj- tener, como que resulta de la presencia “en persona” del ob
díctico. Platón, sin embargo, no se contenta ahora con la acos jeto de conocimiento, y nada está tan lejos de su filosofía como
tumbrada caracterización general de uno y otro tipo de cono el berkeleyano esse est percipi. No obstante, pertenece aún a
cimiento, sino que a cada una de las cuatro secciones le asigna la “opinión” este tipo de saber, toda vez que, por estar esa
el suyo, con la siguiente nomenclatura. clase de objetos sometidos en todo al devenir, de nada pode
Al conocimiento correspondiente a la primera sección de lo mos predicar nada con certeza mientras no percibamos, ya
sensible, a las “imágenes”, lo llama Platón d x a a ía , término que, no con los sentidos sino con la mente, la forma inteligible, única
a falta de otro mejor, traduciremos por “conjetura”.56 Su cam que puede introducir cierta fijeza en el mundo del devenir y
po de aplicación es, en realidad, mucho más amplio del que fundar un saber más genuino.
Pasando al segmento de lo inteligible, tenemos para los ob
Platón le asigna en estos lugares, al hablar de sombras o refle
jos, pues se extiende en general a todo aquello de que tenemos jetos de su primera sección, la inferior, la Siávota, cuya traduc
ción más fiel nos parece ser la de "conocimiento discursivo”. No
un conocimiento incierto, dubitativo, o simplemente de se
se trata, en efecto, de la intuición intelectual inmediata: vo-O-,
gunda mano o por “reflexión” de la realidad verdadera. “Con
sino del proceso gnoseológico que va “a través” (Siá-voeílv) de
jetura”, y no otra cosa, es para Platón, por ejemplo, la preten
dida ciencia del jurista práctico, pero esto nada más, que litiga sucesivas demostraciones.7
A propósito de la Siávoia, se nos plantea igualmente el pro
en los tribunales “sobre las sombras de lo justo o sobre las
blema muy interesante de saber cuál pueda ser, en la concepción
imágenes proyectadas por estas sombras”,0 y que, por no haber
platónica, el campo de su aplicación. Platón no habla, como
contemplado nunca lo "justo en sí”, toma por esto mismo lo
hemos visto, sino de entidades matemáticas, y expresamente
que no es sino su sombra: la ley positiva, o peor aún, el caso
menciona sólo la aritmética y la geometría; pero la mayoría
particular, que no es sino imagen o sombra de sombras. Todo
de los intérpretes son de opinión que al lado de ellas habría
esto lo dice Platón muy poco después, al pasar de la Línea
que poner también a las otras ciencias en que interviene el
a la Caverna; y como este mito es, según su propia declara
dibujo o simplemente el cálculo, como lo serían, limitándonos
ción, una imagen de la condición humana en general, y como
a las ciencias conocidas en la época de Platón, la música, la
astronomía y la estereométria. En opinión de otros, sin embar
go, Nettlesliip a la cabeza,8 la Siávoia sería el hábito mental
5 En griego no hay problema, ya que la percepción de imágenes: eíxóve;. del hombre cíe ciencia, con la generalidad y del modo que hoy
no puede llamarse sino dv.uoía. En castellano, empero, no nos parece po­
sible traducir eíxaoía por “ imaginación", como lo hacen muchos, por ser
ésta, a lo que nos parece, la representación interior de un objeto ausente, i Sin desconocer, claro está, que puede también significarse con Sióvoia
en ese momento, de la percepción sensorial; ahora bien, la elxaoía plató­ hasta las más altas operaciones del espíritu, como lo hace, por ejemplo,
nica es precisamente esta percepción, sólo que de sombras o reflejos de los Aristóteles, al llamar SiawriTixal agt xaí a todas las virtudes intelectuales
objetos reales. en general.
6 Rf p- 517 Jt£(?l Toiv t o ü Stxaíou oxitüv fj áyai.pát orv 5>v al oxiaí. s Nettleship, Lect ures on Plat o’s Republic, cap. xt: “ Th e four stages of
182 LA LÍN EA Y LA CAVF.RNA LA L ÍN E A Y LA CAVERNA 183

lo entendemos.9 En toda ciencia, en efecto, y no sólo en las mate tro de la cual deben articularse entre si las partes del todo, con
máticas," leñemos que elevarnos sobre los datos sensibles para las relaciones de subordinación y preeminencia entre los dis
alcanzar de algún modo una conexión inteligible, como lo son tintos aspectos con que se nos muestra el ser en general. Sólo
las leyes científicas modernas que desplazaron a las “formas entonces se habrán superado las hipótesis, y sólo de este modo
sustanciales’’ de la antigua ciencia.30 tendremos un conocimiento acabado, y no únicamente del todo,
En apoyo de esta extensión de la Siávota a todo el campo de sino de cada una de sus partes, al ubicarlas en su dependencia
la ciencia, estaría la circunstancia, varias veces recalcada por con respecto al supremo principio incondicional: ávuTtóOerog
Platón, de que, si no lo interpretamos mal, lo más significa «PX'Ó-
tivo del conocimiento dianoético no son tanto los objetos a que Ésta es, en suma, la deficiencia radical del conocimiento
se aplica, cuanto el hecho de servirse uno de hipótesis que, dianoético, medianero 11 entre el conocimiento meramente em
mientras nos mantengamos en esta fase del conocimiento, nun pírico, correspondiente al segmento de lo visible, y el cono
ca pueden superarse del todo; y es éste el momento de hacer cimiento noético de lo inteligible superior, cjue sería, a su vez,
ver la profunda diferencia que hay entre la “hipótesis’’ pla el conocimiento filosófico. Por esto, según creemos, ha podido
tónica y la que, con el mismo nombre, es uno de los instru equipararse al primero con la ciencia en general, medianera
mentos habituales de la ciencia moderna. Para nosotros, en efec entre el empirismo puro y la filosofía.
to, la hipótesis es un simple método de trabajo, y consiste en A esta última llegamos, en fin, en el tipo supremo de cono
aceptar, a título provisional, esta o aquella teoría que pueda cimiento: vÓT)<ng, como dice Platón, o “intelección’’, como po
ayudarnos en la organización de los datos fenoménicos, pero dríamos traducir nosotros, pero a sabiendas de que se trata ya
que desde el principio estamos dispuestos a abandonar si los no del “discurso”, sino de la intuición intelectual inmediata.
hechos no concuerdan con ella. Para Platón, en cambio, y tam En el fondo, y aunque con otros presupuestos metafísicos, es
bién para Aristóteles, la úitóOsaig no es ninguna verdad provi la W esensschau de la fenomenología husserliana. Ahora sí te
sional, sino la verdad última que por el momento ha podido nemos 110 sólo el conocimiento adecuado de lo particular, en
alcanzar la ciencia en cuestión; y no sólo última en cuanto a cuanto manifestación de la forma inteligible, sino la visión del
que no requiere ulterior verificación, sino también, y es esto todo, concebido como un sistema de formas. Ideas en conexión
por ventura lo más importante, en cuanto a que estas verdades y subordinación, y gobernado todo por el Bien, que es el su
o postulados son autosuficientes, aunque siempre dentro de los premo principio anhipotético. Hasta hoy, es la idea que toda
límites de la respectiva ciencia. Ni el matemático, en efecto, vía nos hacemos de la filosofía como saber de totalidad y de
se pregunta por la justificación ontológica del número, ni el coordinación universal; y aquí está precisamente, en los textos
geómetra por la del espacio, ni el físico por la de la materia que estamos considerando, la primera reflexión, pero no por
y el movimiento, ni el biólogo por la de la vida, etcétera, sino esto menos madura, sobre la esencia y programa de la filosofía.
que les basta con la noción que de cada una de estas cosas Por algo dice Platón, en un lugar posterior de la R ep ú b lica ,
han podido formarse para el desarrollo de la ciencia que cul que la prueba decisiva para comprobar si alguien tiene verdade
tivan. Para este fin, desde luego, no hay que buscar más, pero ramente un natural “dialéctico”, es decir filosófico, es la de ver
sí cuando se quiere tener una visión general del universo, den- si es o no un auvótc-uxog ávr¡p, un hombre que lo ve todo y a
la vez, con mirada “sinóptica”, y que es capaz, por ello mismo,
s Op. cit., p. 250: "W h at Plato here says of mat heraat ics applies to ail de percibir las relaciones de parentesco (oíxEió't'nxEg) que hay
Science whatever.”
10 Sir David Ross comparte la opinión de Nettleship, de que, por más entre las ciencias, y sobre esto aún, la naturaleza del ser.1-
que Platón n o hable sino de objetos matemáticos, la ñiávoia se ex­
tiende de suyo a todo el ámbito de la ciencia: “ But in principie his 11 Pensée moyenne: es así como Dies traduce ñiávcnct, y Robín, por su
account (so far as the use of hypotheses is concerned) is applicable to all parte, como pensée médialrice. Cf. Léon Robín, Les rappoit s de l ’étre et
Sciences which study a particular subject wit hout raising ultímate questions de ¡a connaissance d’aprés Plat ón, París, 1957, p. 17.
ab ou t the status in realit y of the subject-matter, and its relation to other r2 Rep. 537 c: elg oóvotpiv o Í x e i ó x t i t o ; d?ArjA.<ov t ü í v uatbjuáTtov real
subject-matters.” TÍj g TOO OVTOg (f ó o t m g.
184 LA L ÍN E A Y L A CAVERNA LA LÍN E A Y LA CAVERNA 185
Una vez que lo tenemos así todo: objetos y fases del cono mero la palabra a Platón, quien, por boca de Sócrates, nos
cimiento, tracemos por última vez la Línea, en su posición me describe la escena de la siguiente manera:
jor, que es la vertical, y con todo lo que consigo representa, “Represéntate ahora nuestra naturaleza, bajo el aspecto de la
en el esquema de Pierre-Maxime Schuhl, con ciertos cambios cultura o de la incultura, comparándola con la siguiente situa
de terminología,13 del modo siguiente: ción. Figúrate unos hombres en una especie de cavernosa vi
BIEN vienda subterránea, cuya entrada, abierta ampliamente hacia la
V luz, se extiende a todo lo ancho de la cueva. En ella están aque
Ideas Intelección *1 o
-2 £■ llos desde niños, con las piernas y el cuello atados, de suerte que
£ .iP ir o
9 3 han de permanecer en el mismo sitio y ver tan sólo aquello que
E "o Entidades matemáticas Conocimiento discursivo tienen delante, imposibilitados como están por las ligaduras de
mover en torno la cabeza. Detrás de ellos, la luz de un fuego
Objetos sensibles que arde en lo alto y a lo lejos, y entre el fuego y los cautivos,
Creencia O un camino elevado. A lo largo de este camino imagínate levan
12
3' tada una tapia, algo así como las mamparas que ponen los titi
Sombras y reflejos Conjetura o-' riteros entre ellos y el público y por encima de las cuales ex
O B JE T O S C O N O CIM IEN TO hiben sus maravillas . Mira luego, a lo largo de esta tapia,
unos hombres que transportan utensilios de toda especie, los
De tal manera, en suma, podemos representarnos, con Pla cuales sobresalen de la tapia, y figuras de hombres y animales
tón, la refracción de las Ideas, entre ellas mismas y en el mundo trabajadas en piedra y en madera y en toda clase de formas; y
sensible, y el ascenso del alma desde la penumbra de lo visible de estos cargadores que desfilan habrá, como es natural, unos
hasta la Idea suprema. Para un ideólogo puro pudiera bastar hablando y otros callados.”14
con esto, pero no para Platón, que nos dice todo esto dentro Por lo pronto no necesitamos transcribir más; pero sí nos
del contexto de un programa educativo, de acción por lo tanto, ayudará, para que nuestra composición del lugar sea lo más
en el Estado que aquí nos propone. Por esto hace seguir, a la clara posible, copiar, aquí también, el diagrama de Adam:
Línea, la Caverna, al presentarnos, en una soberbia alegoría,
la ascensión de la Línea ya no en esquemas deshumanizados,
sino en su condición existencial: esta otra anábasis más heroica
todavía que aquélla registrada con este nombre en la historia;
esta subida aspérrima del alma al cielo de lo inteligible. Po
dríamos, ciertamente, dejar su exposición y comentario para
cuando tratemos del tema de la educación; p>ero preferimos ha
cerlo luego, como lo hacen otros autores que se ocupan exclu
sivamente de la teoría de las ideas, por ser, digámoslo de nuevo,
algo así como la corporeidad o la coloración existencial de la
Línea.

L a Caverna
Antes de añadir una voz más, y bien humilde por cierto, al
infinito coro exegético del célebre pasaje, bueno será dejar pri-
33 U oeu v re d e P latón , p. 79.
11 Si l a 5*5 n-
186 LA LÍN EA Y LA CAVERNA LA LIN EA Y LA CAVERNA 187
Y ahora, antes de pasar al simbolismo de la alegoría, digamos de segunda mano, no por el medio natural de la luz del sol o de
unas palabras para aclarar lo que aún pudiera haber quedado la voz humana, sino por algo que es apenas su imagen o remedo,
oscuro en la representación puramente física del antro. como lo son, respectivamente, el fuego y el eco. Lo que quiere,
Con nada puede m ejor compararse la caverna platónica (ha en otras palabras, y esto lo entenderemos mejor cuando entremos
sido un símil a menudo empleado) que con una sala de cinema en el simbolismo de la alegoría, es darnos la impresión de que
tógrafo, rectangular, subterránea y en declive, en la que los las sombras que los prisioneros ven en la pared son sombras
espectadores, como ocurre en estos espectáculos, están sentados de sombras, ya que en cierto sentido podemos decir que el
de espaldas a la entrada y de cara a la pared del fondo. Hay, fuego es sombra de la luz, y el eco, por su parte, sombra de la
claro, varias diferencias, aparte de la posición forzada en que voz. Es así como se nos hace del todo patente lo miserable de
están aquí los espectadores cautivos. Una de ellas podría ser la su condición, la visión de los presos, inclusive por parte del
de que en esta caverna no hay puerta de entrada, sino que ésta medio, al restringirla al absoluto mínimo de realidad.
se encuentra bien abierta hacia la luz del día; pero como para A igual designio conspira, a nuestro parecer, la otra pieza
llegar a ella hay que recorrer un camino elevado, por ser el en la composición de la caverna, que es la tapia (o el tabique
antro largo y en declive, es como si no existiera para los cautivos si queremos), y que es algo tan fundamentalmente constructivo
la luz natural, y de ahí la necesidad de poner un fuego en la como todo el resto, porque no hay aquí, contra lo que a primera
rampa que se extiende a todo lo largo de la cueva, como medio vista pudiera parecer, nada que sea inútil y que pueda dejarse
de proyección de las imágenes. Estas, además, y sería la otra de lado como algo meramente ornamental o decorativo. Si falta
diferencia, no son proyectadas por otras imágenes, como las de ra la tapia, desfilarían, por detrás de los presos, hombres o ani
la película en la pantalla del cine, sino por objetos reales, que males —para el caso es lo mismo— reales y verdaderos, y verían
son tanto los hombres que desfilan por detrás de la tapia, pero aquellos, por tanto, siempre sombras, pero de objetos reales.
emergiendo de ésta por su mayor estatura, como sobre todo, los Con la tapia, en cambio, detrás de ella, pueden ocultarse los
objetos artificiales que llevan sobre sus hombros al modo que hombres cjue desfilan, y no dejar ver, por delante de ella, del
los titiriteros lo hacen con sus marionetas, espectáculo que ya lado de los presos, sino los objetos artificiales que llevan con
era bien conocido en la Atenas lie aquel tiempo. Más que con sigo, y que parecen moverse con sus cargadores, como las ma
nuestro cine actual, por tanto, sería más propio comparar esta rionetas del titiritero: algo así como el retablo de maravillas de
caverna con los espectáculos que hay aún en algunos países, y maese Pedro, pero permaneciendo éste invisible. No tiene mayor
que se conocen con el nombre de linterna mágica o sombras importancia, y no debiera este punto fatigar tanto a los intér
chinescas: siluetas negras proyectadas en una pantalla trans pretes, el que ocasionalmente pueda reflejarse en la pared la
parente por actores vivientes que danzan o se agitan de cual cabeza, o aun la parte superior del cuerpo, de los personajes del
quier modo. Por último, tengamos presente el importante deta desfile. Lo cierto es, y los textos son bien explícitos a este res
lle de que la pared-pantalla del fondo tiene eco, y por esto, para pecto, que los presos no tienen, como espectáculo habitual, sino
los cautivos, parecen venir de ella las palabras que pronuncian las sombras de objetos fabricados (crxsvacrtüv trxuxí), y es co
los hombres que pasan por la tapia. Con razón se ha dicho que rrecta, por tanto, la interpretación de Adam,15 al decir que, con
un Platón de nuestro siglo hubiera supuesto un micrófono a la sola excepción de los prisioneros mismos, todos los “origina
través del cual hablarían los viandantes de la tapia, y un altavoz les” de la caverna son crxsuao-cá y no «puteuTá, productos de
en la pared, con lo que sería completa la ilusión auditiva de los la técnica y no de la naturaleza.
forzados. Con todo esto, podemos ya entender perfectamente la con
A falta de estos instrumentos o dispositivos, que no conocía, ciencia que de sí mismos y de todo cuanto les rodea y que no
Platón ha debido introducir el eco en su acústica de la caverna ven, tienen estos forzados, por lo único que ven. Cada uno de
por la misma razón que pone el fuego en su visualidad, es ellos podrá tener, con respecto a sí mismo, el sentimiento de su
decir, para dejar bien claro que todas las sensaciones de que son
capaces los cautivos, son en cierto modo sensaciones indirectas o 15 T h e R e p u b li c o f P la to , a d lo c u m .
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188 LA LÍN E A A" L A CAVERNA
que, cuando alguno de estos presos ha sido rescatado del antro,
propia existencia, pero ya no de la de sus vecinos, al no poder y vuelve luego a contarles, a sus antiguos compañeros de cauti
en absoluto volver la cabeza en torno suyo. A sus compañeros verio, sus nuevas experiencias al aire y al sol y en la libertad, y
los tomará, por tanto, por las sombras que de ellos ve en la más todavía si trata de hacerles ver lo lamentable de su situa
pared, en cuya sola dirección están irrevocablemente fijos sus ción, el resultado será que los demás se enfurezcan contra él, y
ojos, y la misma ilusión tendrá, y con mayor razón, con res más aún, que maten a su espontáneo redentor si éste lleva su
pecto a los demás objetos proyectados en el fondo del antro. La solicitud hasta desligarlos de sus vínculos.18 No puede, en ver
ilusión consiste, precisamente, en pensar, los que en tal condi dad, concebirse una miseria mayor que la de estos infelices, y
ción se hallan, que la única realidad verdadera son las sombras no tanto por su tortura física, como por su total abatimiento
de los objetos fabricados.10* Así ni más ni menos, ya que, por no intelectual y moral.
tener ningún otro término de comparación, no pueden ni con
Lo más terrible, sin embargo, para nosotros ciertamente, está
cebir otra realidad distinta, ni creer que exista otra vida dife
en que estos prisioneros “nos son semejantes”,19 o dicho en otros
rente de la que ellos mismos llevan. Podrán tal vez. sentir su
términos, que nuestra vida, la del común de los hombres, es en
miseria, el dolor físico desde luego, y entrever así la posibilidad
todo parecida a la de aquéllos, inclusive, por lo tanto, en el no
de una existencia mejor, de un modo semejante al en que, según
damos cuenta nosotros de nuestra infelicidad, como tampoco
Descartes, aflora en nosotros la idea de lo infinito por la con
ellos de la suya. Con esto estamos pasando ya del sentido li
ciencia cpie tenemos de nuestra finitud, pero será siempre, para
teral de la Caverna a su sentido alegórico, tan expresa y tan
nuestros forzados, una idea vacua, sin ningún contenido con
prolijamente declarado por Platón mismo, y no como una
creto.
ocurrencia que sobreviene de repente en el decurso del diálogo,
Por todo esto, tanto por la falta de término de comparación,
calatno cú rren le, sino como algo largamente meditado antes de
como porque en la condición humana, cuya imagen es la ca
ponerlo por escrito. A este respecto, es muy sagaz la observación
verna, está el tratar de avenirse con cualquier situación y lle
de Stcwart,-" de que, con grandísima probabilidad, Platón de
varla lo mejor que sea posible,17 los hombres de la cueva aca
bió haber visto una caverna muy semejante a la que nos pinta
ban por sentirse hasta cierto punto contentos con su suerte, y en
en las llamadas latom ías de Siracusa, que hasta hoy puede ver
todo caso tratan de organizar su forzada coexistencia lo mejor
el viajero, y que eran galerías subterráneas excavadas en las
que pueden. Con su fina percepción de la naturaleza humana,
canteras para la extracción de este material. En ellas trabajaban
no los representa Platón gimiendo y llorando, sino consagrados
los mineros, que solían ser esclavos o convictos, y con cadenas
concienzudamente a una singular actividad, la única a su al
además, a la luz de una hoguera encendida detrás de ellos, y
cance: identificar con toda exactitud las sombras que desfilan y
pudiendo, por tanto, ver sus propias sombras, así como las de
su orden de sucesión, a fin de poder predecir, con toda exacti
sus capataces que pasaban, reflejadas en la pared del fondo.
tud también, cuándo volverán a pasar éstas o aquéllas. De esta
Con muy ligeras variantes, eran esas latomías exactamente la
actividad hacen un certamen regular, y lo toman con tanto ca
caverna de la R ep ú b lic a , y el conlinamiento en ellas un supli
lor que, según nos dice Platón, se otorgan entre ellos premios,
cio de los peores, tanto antes como después de la conquista ro
recompensas y honores, que se adjudican a los más hábiles en
mana. Ir a las minas de cualquier especie: ad m etalla, era la
este arte de la identificación y de la predicción.
peor sentencia de condena en los oídos del reo. Por último, no
Lo de que los cautivos están más o menos contentos de su
deja de ser probable, aunque ya no tanto, que Platón hubiese
situación, es aún poco decir. T a n a sus anchas están en ella,
experimentado todo esto en carne viva cuando, en uno de sus

10 5 l 5 c - oí xoioÜTOi o áx civ aXXo t i vo¡rí^ot£v íj x ag t üW oxEvaOTtbv 18 517 a. En est e p asaje suel en ver los i n t ér pr et es u n a cl ar a al u si ón al
axtág. ju i ci o y m u er t e de Sócrat es, qu i en pr et en d i ó en van o l l evar a sus con ci u ­
17 “ El h om br e os el ser qu e se acost um br a a t od o” , pu ed e p ar ecer u n a
dadan os, en el i n t er i or de su al m a, de las t i n iebl as a la luz.
defi n i ci ón t r i vi al, pero no lo er a en labios de D ost oievsky, cuan do l a p r o ­
p on ía t al cual, después de su dest ier r o siber i an o, qu e fu e p ar a él al go
19 5' 5 a : ón oíoo? f]ptv.
30 J. A . St cw ar t , T h e M yths o f P la to , Lon d r es, 1905, p. 250.
así com o su exp er i en ci a “ caver n osa” .
190 L A LÍNEA Y LA CAVERNA LA LÍNEA Y I.A C A V E R N A 191
desdichados viajes a Sicilia, fue prisionero de Dionisio el Jo amor al prójimo. La parábola del Sembrador, por el contrario,
ven. De cualquier modo, y aunque no se hubiera propasado a fue menester que Jesús la explicara a sus discípulos, en cada
tanto con su ilustre huésped el tirano de Siracusa, Platón debió una de sus “correspondencias”, tal y como Platón lo hace con
de haber visitado personalmente estos lugares, y esto explicaría sus dos alegorías más elaboradas, que son, en opinión de Ste-
e! verismo de su composición y lo bien logrado de la alegoría, wart, la alegoría de la Caverna y la de la Tripulación Alboro
ya que tanto la literalidad como la simbólica fueron por él tada, una y otra pertenecientes a la R e p ú b lic a s -
intensamente vividas. Si a Platón le place declararnos en una alegoría lo que cons
tituye sin duda el más alto momento de su filosofía: la Idea
S obre la alegoría en el p laton ism o del Bien y la ascensión del alma hasta tomar contacto con ella,
es poique no puede expresar todo esto sino en el lenguaje del
Mares de tinta se han vertido sobre si la Caverna es un mito o símbolo, apto como ninguno para llevar consigo una multi
una alegoría, y a propósito de ello, o más bien a despropósito, plicidad de sentidos. A este respecto, y ya que en Platón tienen
se han dicho muy en serio las cosas más extravagantes, como, mito y alegoría lugar tan prominente, diremos que, en efecto,
por ejemplo, la de que la alegoría es una representación está y según es nuestra más sincera opinión, textos tales como los
tica, y el mito, a su vez, una dinámica/21 cuando, por el contra de la Caverna y tantos otros, tienen no sólo el doble sentido
rio, lo que salta a la vista en la Caverna es el dinamismo de la que resulta naturalmente de su lectura, sino otros más aún,
liberación del prisionero, con las etapas que recorre en su as y que son más o menos correspondientes de los varios sentidos
censión a la luz del día. Pero si nos dejamos de cavilaciones que, en la tradición del Occidente cristiano, fue común atribuir
más o menos eruditas, para atenernos al sentido natural de las en general a los textos de la Sagrada Escritura. Por ser tan su
palabras, el mito (p,G0oc;) es simplemente un “cuento” o ‘ na gestivo el paralelo, y por contribuir además, según creemos, ai
rración”, desde luego no histórica, que no dice otra cosa dis mayor esclarecimiento del espíritu de la filosofía platónica, nos
tinta de la que objetivamente dice, o en otros términos, que no será permitido detenernos algún tanto cu puntualizar debida
conlleva o encubre una significación esotérica aparte de su sig mente ciertos pormenores.
nificación literal y exotérica. Tiene, es verdad, la muy impor No se trata (es algo en que conviene reparar desde luego)
tante función de hacer plásticamente visible, en imágenes vivas de un paralelo fortuito, ya que fue precisamente merced al
y concretas, una doctrina moral, y por esto recurren al mito el influjo del platonismo cristiano por lo que la exégesis escritura
escritor o el predicador, pero precisamente por ser tan clara la ria se orientó desde un principio hacia la búsqueda de un sen
referencia doctrinal, no hace falta develar en la narración nin tido oculto —m ístico, en la prístina acepción del vocablo— de
gún sentido oculto. La alegoría, por el contrario, es el mito los textos sagrados, y que estaría latente bajo el sentido literal.
que, además de ser tal, “dice otra cosa” (áXXrrropía: aXXo Al abordar esta cuestión, la primera de tocias en su Sum a teo
áyopEÚw), y por esto demanda imperiosamente una interpreta lóg ica , Santo Tomás aduce, como el locus classicus en la mate
ción, la cual será propiamente auténtica si emana del autor ria, la autoridad del Seudoareopagita: “Impossibile est nobis
mismo de la alegoría. aliter lucere divinum radium, nisi varietate sacrorum velami-
T al acontece, muv puntualmente, tanto en Platón como en num circumvelatum.” No puede brillar para nosotros el rayo
el Evangelio, para no referirnos sino a las dos cumbres mayores de la divina luz sino a través del velamen múltiple de velos
en este gran arte de hacer tangible una doctrina en símbolos sagrados. Esto dice el Seudodionisio, y Santo Tomás, por su
plásticos. La mayor parte de las parábolas de Jesús (pensemos parte, lo interpreta en el sentido de que a nosotros los hombres,
no más en el Hijo Pródigo o en el Buen Samaritano) no re cuyo conocimiento, de cualquier especie, tiene su origen en lo
quieren otra elucidación, por declararse en ellas trasparente corpóreo y en la sensación, deben dársenos las cosas espirituales
mente la doctrina moral implícita, la del amor paterno o del por y mediante las semejanzas que de ellas encontramos en las

21 Pcr ceval Fr u t i ger , L es m y th es d e P la tó n , Par ís, 1930, p . 101 ss. J. A. St ewar t , T h e M yth s 0/ P la to , Lon dr es, 1905, p. 250 ss.
L A LÍNEA Y LA CAVERNA l'J - í
192 LA L ÍN E A Y L A CAVERNA
y le aplica los sentidos declarados por Santo Tomás, en la si
cosas corporales.-3 Platonismo puro, del mejor por cierto: lo más
guiente forma:
alto y lo más hondo, lo inefable en el discurso directo, tiene
“Si atendemos tan sólo a la letra del texto, se nos da a en
que dársenos, por ser la única vía posible, por el discurso me
tender la salida que de Egipto hicieron los hijos de Israel, e;i
tafórico o alegórico.
tiempo de Moisés; si al sentido alegórico, nuestra redención poi
A continuación, y sin arrogarse el mérito de haber sido él
Cristo; si al sentido moral, la conversión del alma, del duelo y
mismo el inventor de esta exegética que venía por lo menos
miseria del pecado al estado de gracia; si al sentido anagógico,
desde San Agustín, a quien cita honradamente, puntualiza Samo
la salida que hace el alma santificada de l a servidumbre de la
Tomás los varios sentidos en que deben tomarse los textos de la
corrupción mortal a la libertad de la gloria eterna. Y aunque
Sagrada Escritura: el literal ante todo, llamado también histó
todos estos sentidos místicos reciban diversas denominaciones,
rico en los libros de la Escritura que son de esta índole, y tres
pueden todos ellos en general llamarse alegóricos, en cuanto
sentidos místicos o espirituales, que reciben los nombres de
distintos del sentido literal o histórico.’’
alegórico, tropológico y anagógico.-4 Todos ellos se encuentran,
Todo esto, como quedó apuntado, salió del platonismo cris
según Santo Tomás, en los libros del Antiguo Testamento,-5
tiano; y al volver ahora al platonismo sin ulterior califica
del modo siguiente. La ley antigua, en primer lugar, es figura
ción, hemos de comprobar, a propósito de la Caverna o de
de la ley nueva, de la ley evangélica, y según esto tenemos el
otras alegorías, cómo toda aquella riqueza significativa, bien
sentido alegórico. En segundo lugar, en cuanto que la narración
que escrutada sobre todo en los libros sagrados del cristianismo,
o la ley misma son señales o símbolos de la conducta que debe
se encuentra igualmente, y con idéntica plenitud y variedad, en
mos seguir, tenemos el sentido tropológico o moral. Cuando, por
los textos platónicos. En la Caverna, en efecto, tenemos no sólo
último, tomamos todo ello como significativo de nuestro des
el sentido alegórico propiamente dicho, sino que con este van,
tino eterno: quae sunt in aeterna g loria, habrá que ver allí el
aunque sin la nomenclatura, el sentido tropológico en la “con
sentido anagógico, aquel que nos eleva (áváyto), en la dilata
versión” del alma al mundo inteligible, y el sentido anagógico,
ción de la esperanza, a la visión de la futura “patria”, como
en fin, en la “subida” que, ella misma también, efectúa desde
decían Santo Tomás y los hombres de su tiempo.
la región de las sombras hasta la de la más alta luz. Veámoslo,
Cómo operaba de hecho esta exegética, patrimonio común,
sin otra dilación, en los textos mismos.
en aquella época, de la más alta mentalidad europea, nadie
podrá decírnoslo mejor que Dante Alighieri, cuyo genio poé
tico nos hace más tangible lo que Santo Tomás expresa con el In terp retación d e la alegoría
suyo filosófico. En su conocida carta a Can Grande della Scala,
Lo que Platón viene a decirnos, en buenas palabras, es que
que puede considerarse como prefacio a la D ivina C om edia,
la Caverna se entiende por la Línea, y recíprocamente. Del en
toma Dante como ejemplo el texto bíblico referente a la salida
chufe entre una y otra imagen resulta, con toda propiedad, el
de Egipto del pueblo israelita: “In ex itn Israel d e A eg y p to . .
sím b olo.26 Si no precisamente en los detalles, Platón se expresa
S u m . T h e o l, 1, i , 9: “ Sp i r i t u al i a sub si m i l i t u d i n e cor por al i u m n aci er e/ ’ con suficiente claridad en cuanto a las correspondencias princi
ai S v m . T h e o l. I, 1, 10. pales. La caverna misma, en primer lugar, corresponde al pri
25 si l o m i sm o ocu r r e o n o en el N u evo Test am en t o, es cuest i ón que,
mer segmento (que comprende los subsegmentos A' y A ") de
p o r o b vi a i n com pet en ci a en l a m at er i a, n o n os at r evem os a zan j ar . D i r e­
m os si m pl em ent e que, en n uest r a h u m i l d e opi n i ón , est ar ía t al vez ausent e
desde l u ego el sen t i do al egór i co, ya qu e Cr i st o, al con t r ar i o de M oi sés o 26 N o est ar á de m ás r ecor dar qu e el "sím b ol o” , en su acepci ón o r i gi n a­
l os Pat r i ar cas o Pr ofet as, n o es fig u r a d e ot r a cosa, si n o Pr esen ci a absol u t a r i a, es un obj et o cor t ado en dos fr agm en t os p or dos am i gos o huéspedes,
q u e excl u ye t ot al m en t e, en su Per son a, en su m en saj e y en sus act os, t oda cuyos descendi en t es o par i en t es los con ser vaban separ adam en t e. A l r eun i r se
r efer en ci a a al go u l t er i or q u e pu d i er a com pl et ar l o o sobr epasar l o. H ast a de nuevo en t r e sí am bos fr agm en t os (oépí 3 o?.ov: aupfSá/ J.ü)), se pr od u cía
d on d e nosot r os l o en t endem os, l a h er ej ía de Jo ach i m d e í'i or e consi st i ó au t om át i cam en t e el si gn o de r econ oci m i en t o o am i st ad. De aqu í pasó a
pr eci sam en t e en t om ar a Jesú s y su evan gel i o com o f i gu r a o p r el u d i o del si gn i fi car l a con cu r r en ci a o adecu aci ón en t r e dos i m ágen es o dos si st em as
evan gel i o d ef i n i t i vo, qu e ser ía, según l o i m agi n aba aq u el vi si on ar i o, el del Es­ d e r el aci ones, com o ocur r e con t oda exact i t u d en t r e l a Lín ea y l a Caver n a.
p ír i t u San t o.
194 LA UNTA Y LA CAVERNA L A L Í N E A A' I.A C A V E R N A 195
la línea de los objetos y estados psíquicos correlativos; repre Nunca será demasiado el énfasis que se ponga en destacar el
senta, por tanto, nuestro mundo visible en general. El primer hecho fundamental de que, como lo dice Platón, los prisioneros
subsegmento de la línea, a su vez, el de las imágenes de los ob de la morada subterránea son “iguales a nosotros” (ópoéouc;
jetos visibles, corresponde al espacio de la cueva que media iripív). Por extraño que a primera vista pueda parecer, el esta
entre la tapia y la pared del fondo. En cuanto al segundo sub do físico de estos trogloditas27 es, en lo espiritual, el estado de
segmento, el de los objetos mismos del mundo exterior, tiene la humanidad en general. Apenas unas pocas naturalezas de ex
por símbolo plástico el espacio que hay entre la tapia y la en cepción pueden rebasarlo y dejar de ser, como lo son sus congé
trada del antro. El luego que hay en él, por último, representa neres, de alma y mentalidad troglodita. Ni más ni menos que
al sol que nos alumbra. La cueva entera, en suma, es el equiva los cautivos de la cueva, que no ven sino sombras, comenz.ando
lente de la primera parte de la línea: el ópaxog -tóitoc, el mundo por las de ellos mismos, y no oyen sino ecos, así también la
de la Sóíja, la cual, en comparación con el auténtico saber mayoría de los hombres no tienen, de sí mismos y de cuanto les
(E-rcuTTTüJiT)), es un conocimiento umbrátil, de grado ínfimo, que rodea o les atañe, sino visiones o conceptos deformados por el
Platón designa con el nombre no precisamente de “ignorancia”, medio en que aquéllos nacen y viven: prejuicios, pasiones y dis
pero sí de “incultura” (dcrmosucría). Por último, el mundo exte torsiones de toda índole, que, al igual que la tapia de la cueva,
rior a que llega el prisionero que puede evadirse del antro, co se interponen entre ellos y la realidad verdadera, para mante
rresponde alegóricamente al segundo segmento principal de la nerlos encorvados y con la mirada fija en la sola dirección de
línea (con sus subsegmentos B' y B " ) , o sea el mundo de los sus apetitos más viles. Y al igual que los cautivos, tienen ellos,
objetos inteligibles: vot jt o ; t ó xo c , el del verdadero saber y de la a su vez, por la única realidad posible, las imágenes y sombras
cultura: naiSeía. Los reflejos y sombras que el fugitivo se ve en que están sumidos. ídolos de la Caverna (id ola specus) : he
obligado a contemplar en los primeros momentos de su evasión, ahí en lo que, parodiando a Bacon y citando fielmente a Pla
cegado como está por la claridad solar, son el equivalente sim tón, podría resumirse la imagen que tiene del mundo y de sí
bólico del subsegmento B', el de los inteligibles inferiores y del mismo el hombre medio, o si nos place más, el hombre-masa.
conocimiento discursivo. Los objetos reales que podrá mirar Pero hay más aún, y es que de esta mísera condición par
después, al habituarse a la luz, son, en la línea, los inteligibles ticipan incluso aquellos que se tienen por hombres de ciencia,
superiores del subsegmento B", es decir, las Ideas. Y la visión cuando ésta se reduce simplemente a la observación de los
que, al final, sea capaz de tener del sol cara a cara, será, en su fenómenos, con el fin de comprobar sus conexiones y su regu
traslado alegórico, la visión inteligible de la Idea del Bien. laridad. Tanto como esto, en efecto, y según lo advierte muy
En términos generales, es ésta la interpretación auténtica que, pertinentemente León Robín, lo hacen muy bien los cautivos
con apoyo en los textos mismos, puede darse de la estupenda de la alegoría, cuyo entretenimiento, según vimos, consiste en
alegoría. El mundo subterráneo de la caverna es el mundo visi observar de la manera más sagaz, y en retener del modo mejor
ble de la línea, y el mundo exterior a la caverna es el mundo posible en la memoria, las concomitancias regulares de las som
inteligible de la línea; e igualmente se corresponden las dos bras y el orden de su sucesión, a fin de poder predecir con toda
mitades de la cueva con las dos mitades del primer segmento exactitud cuándo volverán a pasar. “Para Platón —concluye
lineal, y las dos “regiones” del mundo extracavernario: reflejos León Robin— el grado ínfimo de la cultura está, pues, repre
y objetos, con las dos mitades del segundo segmento lineal. A sentado por un saber que consiste por entero en una experiencia
una explicación así, inore g eom étrico, no parece que sea nece bien hecha y debidamente registrada de la coexistencia entre
sario añadir nada más. Pero como el “espíritu de geometría” es los fenómenos y el orden de su sucesión.” 28 Con esto nada más,
apenas la propedéutica del espíritu filosófico, será necesario
decir algo más, para sacar, algo más también del mucho jugo 27 En el sen t i do pr i m ar i o, p or su puest o, per o m u y a m en udo ol vi dado,
d el vocabl o. T q u >y ?-o 8íít t ) ;, en ef ect o, vi en e de cu eva, y béveo:
que contiene esta Meditación sobre la Condición Humana, como
sum er gi r se.
podría llamarse con toda propiedad a la alegoría platónica de =8 Ro b i n , L e s r a p p o rts d e l ’é t r e e t d e ¡a c o n n a i s s a n c e d ’aprés P la tó n ,
la caverna. p. 23.
19G LA LÍNEA Y L A C A V E R N A

no rebasamos aún el dominio de la “conjetura”. De nuestra LA L ÍN E A Y LA CA VERN A 197


parte añadiremos que no parece sino que Platón describe, avan l
tal experiencia. Sería, además, la caída de sus cadenas, la penosa
la letlre, la teoría de la ciencia según la entendió la filosofía
ascensión por la abrupta pendiente, el deslumbramiento de la
positiva: ciencia de fenómenos, y con el fin, puramente pragmá
brusca iluminación, la necesidad de contemplar los objetos rea
tico, de prever su repetición para organizar nuestra acción.
les, cuya luminosidad es demasiado viva, en imágenes reflejadas.
“Saber para prever. Prever para obrar.” Como uno de tantos
Mas para ver directamente estos objetos, será necesario aplicar
entre sus cautivos, habría puesto Platón, de haberle conocido,
otros métodos.” 30
a nadie menos que a Augusto Gomte. Y la mofa que, en la época
No creemos posible lograr mayor adecuación entre las par
de su apogeo, hizo la ciencia positiva de la metafísica y la teo
tes de la caverna y los segmentos de la línea. No le hagamos
logía, tiene su fiel paralelo en la que los forzados de la caverna
decir a Platón más de lo que realmente dice, y dejemos elástico
hacen de los que han podido escapar de ella, cuando vuelven
o fluctuante lo que él mismo quiso dejar así. Lo que, en cam
a relatar a sus antiguos compañeros de infortunio sus expe
bio, desarrolla Platón muy de propósito, es la forma práctica
riencias al aire y a la luz del día.
en que debe efectuarse, mediante la educación, el tránsito de las
He ahí en lo que sobre todo, a nuestro parecer, debe hacerse
tinieblas a la luz, o sea, como dijimos antes, la interpretación
hincapié al comentar, en términos modernos, la alegoría. No
moral de la alegoría. De esta misma extrae Platón el postulado
ofrece, en cambio, mayor dificultad el resto de ella: la libera
básico de su teoría de la educación, al decirnos que ésta no
ción del prisionero y su subida al mundo de arriba, con la vi
puede ser lo que ciertas gentes (los sofistas desde luego) se ima
sión de las cosas a él pertenecientes, equivalente todo ello, según
ginan que es: la infusión o inyección del saber en el alma
dice Platón, a la ascensión del alma al mundo inteligible.28*
hasta entonces ignorante, tal y como si se infundiese la visión
Tanto la ascensión misma, como, sobre todo, las visiones que
en los ojos de un ciego. Pero si “el presente discurso”, o sea
gradualmente va teniendo el escapado de la cárcel: primero las
nuestra alegoría, quiere decir algo y nos enseña algo, habrá que
sombras y reflejos de los objetos; luego estos mismos; en seguida
decir, por el contrario, que así como a los cautivos 110 hay
la luna y los astros nocturnos, y por último “el sol mismo en
que darles la vista que ya tienen, sino hacerles volver sus ojos
su propia región”, todo esto corresponde al tránsito por los
de las tinieblas a la luz, otro tanto habrá que hacer con el
diversos segmentos y subsegmentos de la Línea: pero sería ya un
alma del educando, ya que en toda alma existe tanto la “fa
comentario pedantesco de la alegoría el empeñarse en adecuar
cultad” de aprender como el “órgano” apropiado, y lo único
exactamente cada una de aquellas visiones con cada una de las
que hace falta es orientarlo en la dirección correcta. Y así como
subdivisiones lineales. No sería Platón el consumado artista que
los forzados de la caverna no pueden ver la luz natural, tan
es si no dejara al símbolo hablar por sí mismo. Lo más que pue
lejana de ellos, con sólo volver la cabeza, sino que han de ha
de decirse tal vez, en una exégesis que no haga violencia a los
cerlo con todo el cuerpo, al dirigir sus pasos hacia la entrada
textos, es que el tránsito de la “conjetura” a la "creencia”, y
de la cueva, así también, p ari passu, habrá que proceder con el
luego al conocimiento discursivo, se lleva a cabo mediante la
ojo del alma, que deberá ser “convertido, con el alma toda
educación científica, preparatoria de la educación propiamente
entera, apartándolo de las cosas perecederas, hasta hacerle capaz
filosófica: la dialéctica, la cual nos llevaría finalmente al ex
de sostener la contemplación del ser y de su parte más lumi
tremo de la Línea, a la voinn^. En la representación de la ca
nosa” .31
verna, lo expresa todo ello León Robin del modo siguiente:
La educación, por consiguiente, resulta ser así el “arte de
“La educación científica sería así, ¿Data el prisionero hasta
la conveisión” del alma (váxvn -c% TCEpuxYWYtj;), de toda ella y no
entonces encadenado, la renuncia a la experiencia sensible de
sólo de su potencia intelectual, pues se trata de una operación
la coexistencia o sucesión de las sombras en el fondo de la caver
que implica la participación total del sujeto, y que ha de ha
na, con la renuncia a las previsiones conjeturales resultantes de
cerse, por tanto, “con toda el alma”: crüv o7.i| víj cjzuxU-“"
28 517 b: t )|v fté uvw áv áPaci v xcú 0éav t o jv avw t t )-v el ; t ó v voiyróv
t óaov lij; ú voSov T ifle t;... 20 L. Robín, Platón, P a r ís , 1935, pp. 83-8.1.
518 c.
32 Pod r ía t a m b i é n d e s ig n a r s e co m o " r o ta c ió n ” el m o v im ie n to de tp ie
198 LA LÍN EA Y L A CAVERNA

Vemos así cómo la Caverna platónica es también, como dice


Jaeger, una “imagen de la p a id e ia ”, de la educación concebida
VIII. LA CRISIS DEL IDEALISMO PLATÓNICO
como reforma integral del hombre. Por esto mismo, reservamos
para el capítulo de la educación lo que en seguida se nos dice
en la R ep ú b lica , sobre las diversas disciplinas, con la dialéctica L a experiencia extática de la R ep ú b lic a : el goce de la ascensión
como la suprema entre todas, que dirigen el movimiento ascen- a la región inteligible y la contemplación, en vislumbre por
sional del espíritu. Pero como la alegoría de la caverna es al lo menos, de la Idea del Bien, todo esto pervive aún en las
propio tiempo, según dice Karl Jaspers, “la expresión más im páginas del P edro, si aceptamos, como parece ser hoy lo más
presionante de la teoría de las Ideas” ,33 no pudimos eximirnos probable, que este diálogo haya sido escrito con posterioridad,
de examinarla en este contexto. En el hecho mismo, además, de más o menos inmediata, a aquel otro que es, bajo cualquier as
ser el célebre símbolo una expresión simultánea de la teoría pecto, la cumbre del pensamiento platónico. Como quiera que
de las Ideas y la teoría de la educación, pónese de manifiesto sea, lo cierto es que en uno y otro diálogo se siente el mismo
cómo las Ideas platónicas no son únicamente los arquetipos eter clima de alegría exultante que produce la visión del nuevo
nos de la naturaleza, sino también —y es probablemente lo que mundo descubierto.
importa a Platón sobre todo— de la conducta y las instituciones A un “día feliz de verano” compara Wilamowitz el P ed ro, y
humanas. agrega que en ningún otro de sus diálogos dio Platón a su alma
tan libre movimiento.1 Varios de los grandes temas platónicos:
el alma y el amor sobre todo, están tratados allí, y no con el
esfuerzo mayéutico que en otros diálogos es bien visible, sino
con alada espontaneidad. Fue en razón sobre todo, a lo que
parece, de esta pluralidad temática, como del hecho de fluir
libremente la exposición del principal interlocutor, por lo que
Schleiermacher llegó a tener el F ed ro por el primero de los diá
logos platónicos; aquel en que Platón habría trazado el primer
esbozo o programa de su filosofía. En su lugar dijimos por qué
razones hubo de sucumbir este dictamen en la exegética poste
rior, y no es necesario volver sobre esto. Aceptemos, pues, con
Wilamowitz,2 que Platón quiere buenamente solazarse, como se
solaza el cuerpo en el calor del estío, en la contemplación re
trospectiva de sus grandes hallazgos y vivencias: Eros y Psyché
y también —¿ni cómo podrían faltar?— sus amadas Ideas.
No es muy amplio, a decir verdad, el lugar que las Ideas
ocupan en el P edro, pero sí uno espléndido, en el espléndido
h abl a aquí Pl at ón , y ser ía t al vez l a t r aducci ón m ás exact a de jt ept aYMY'iV mito de la cabalgata de los dioses y de las almas bienaventu
per o com o en ot r os pasaj es se si r ve i gu al m en t e y p ar a dem ost r ar el m i sm o radas por la “región supraceleste”, o "llanura de la verdad” .3
fenóm en o, d el t ér m i n o an ál ogo d e p.ETOtoTQOtpTj, que r i gur osam en t e si gn i fi ca
“ conver si ón ” , podem os ap l i car est a p al ab r a a t odo el pr oceso. “ To d o s es­
t os t ér m i nos —d i ce Jaeger — t i en den a evocar l a m i sm a i dea m et afísi ca: el 1 “ Ei n gl ü ck l i ch cr Son i m er t ag. .. Ni cm al s h at Pl at ón sei ner Seel e so f r ei e
act o de vol ver l a cabeza y de d i r i gi r l a m i r ad a al bi en d i vi n o.” Y a r en gl ón Bew egu n g gest at t et .” P la tó n , p. 487.
segui do l íat e n ot ar cóm o de aqu í d er i va, au n qu e con n uevos el em ent os por 2 Y t am bi én , p or ser desde l uego de nuest r os m i sm os días, cotí Si r D avi d
supuest o, el con cept o cr i st i an o d e co n v er sió n : “ El despl azam i ent o de la Ross, qu i en col oca el F e d r o en t r e l a R e p ú b lic a y el P a rm é n id e s, y p r eci ­
p al ab r a a fas exper i en ci as cr i st i an as d e l a f e se oper a sobr e l a base del sam en t e en or den a est abl ecer el desar r ol l o cr on ol ógi co de l a t eor ía de las
pl at on i sm o de los an t i gu os cr i st i an os” (Jaeger , P a id e ia , p. 696 n.) I deas. Cf . Ross, P lato's T lie o ry o f Id e a s , pp. 10 y 80.
3:1 Jasper s, L e s gran d s p h ilo s o p h e s , Par ís, 1963, p. 251. 3 F e d r o , 247 l)-e: úagpoupúvt os t ó j i o ; • • . t f j ; l U g O r í a ; n e b í o v -

í lí» ]
200 I-A CRISIS D E L IDEALISMO PLAT Ó N I C O I \ CRISIS D EL IDI-.AI ISM O H .A TÓ N IC O 20 l
No liav ni que decir que esta región “supraceleste” no ha de de nuevo aquellas (¡uc. consumado el ciclo de sus purificacio
entenderse aquí en términos de astronomía o cosmología, como nes, pasen definitivamente a la bienaventuranza. En el mito
sería el caso en el T u n co, por ejemplo, ya que no es sino la de la cabalgata celeste que aquí se nos ofrece, describe Platón
región “inteligible” de la R ep ú b lica (úmpoupávtog, votyróg el espectáculo que tienen tales almas, en la forma siguiente:
t ó ho ;) , sólo que en un momento de mayor exaltación aún, dado “En esta circunvalación tiene ante sus ojos la justicia en sí
que ahora se la convierte en la morada de los dioses. V' misma y la templanza; y ante sus ojos también, aquel saber que
lo de que esta región reciba también el otro nombre de “llanura no es afectado por el devenir, ni se diversifica en razón de los
de la verdad”, es en razón de que —sin la menor paráfrasis de varios objetos que en esta vida nombramos realidades, sino el
nuestra parte— la realidad que lo es de verdad: las Ideas, aun saber que versa sobre lo que realmente es la realidad.” 3
que sin esta denominación, es la única que, con el divino cor No le interesa aquí a Platón, a lo que puede verse, hacer el
tejo, ocupa este lugar, y de cuya contemplación reciben los bien inventario de las Ideas, sino que se conforma con citar dos: Jus
aventurados su sempiterno deleite. Leámoslo simplemente: ticia y Templanza (o equilibrio interior en general: croxppoaúv-n),
“La realidad que verdaderamente es: sin color, sin figura, con lo que comprobamos, una vez más, cómo son los valores de la
impalpable; la que sólo puede ser contemplada por el intelecto, conducta moral y el sentimiento estético, antes que los arquen pos
piloto del alma, y alrededor de la cual está la familia del autén de la realidad sensible, los que más a gusto o con mayor seguridad
tico saber, ocupa este lugar.” 4 ubica entre las entidades de su reino eidético. Con esto le basta
No es nada nuevo, sin duda, con respecto a lo que ya sabemos para sentirse feliz entre las divinas esencias de que está constelada
sobre la configuración mitológica de las Ideas, pero sí es un la Pradera de la Verdad.
prodigio de prosa desde luego —y por esto hay que ponerlo No es éste el lugar de exponer el mito del F cd ro; ya lo liare
también en su texto original—, y una mezcla admirable de poesía mos en la teoría del alma, por ser su tema central. Lo único que
y verdad. La sucesión de predicados gramaticalmente negativos: tle él debíamos tomar, aquí y ahora, era lo relativo a las Ideas;
“sin color, sin figura, sin tacto”, con que se califica la oú<ría: y bajo este aspecto, es el F cd ro algo así como el colofón de la
realidad, esencia o Idea, como nos plazca, está aquí para poner R ep ú b lica : el remate poético de la ascensión gozosa al reino de
de maniíiesto su absoluta trascendencia del mundo sensible. Y lo inteligible. Pero como Platón es tan filósofo como poeta, no
para nombrarla positivamente, con máxima jiositividad, como puede adormecerse en estos transportes. Pasado aquel momento
al único ser que lo es en plenitud, no tiene necesidad Platón de embriaguez, tiene de nuevo que encararse —ya por reflexión
de salir del verbo “ser”, en sus derivados de sustantivo verbal, propia, ya por la controversia que muy probablemente tuvo lugar
de adverbio y de participio, para designar así a la realidad que en el seno de la Academia—, con los tremendos problemas que le
real o verdaderamente es: oücrwx ovxto; cuera. Hay que decirlo plantea lá teoría de las Ideas. Problemas, objeciones y aporías, de
así, una vez más, para darnos cuenta del tremendo potencial toda especie u origen, todo ello lo ha examinado y discutido Pla
de energía óntica, de concentración entitativa que alberga la tón, con una honestidad no igualada tal vez en la historia uni
idea. De esta energía, al liberarse o difundirse, reciben su ser versal de la filosofía. Su tratamiento constituye, según se reconoce
y su valor todas las demás cosas, como reciben su alimento, hoy generalmente, la crisis del idealismo platónico, cuya conside
según sigue diciendo Platón, el pensamiento de los dioses y el ración, por parte nuestra, es tan laboriosa como inexcusable. Al
de “toda alma que se cuida de recibir lo que le conviene”. De guna recompensa, así lo creemos, podremos esperar después de
acuerdo con las creencias o convicciones de Platón en esta ma atravesar el páramo de arideces y rompecabezas por el que Platón
teria, esta visión directa de las Ideas, la W csenschau por anto hubo de pasar, y nosotros ahora con él.
nomasia, sin velos de ninguna especie, la tendrán, con los dio
ses, las almas humanas en la vida anterior a su encarnación, y

* 2t 7 c: i\ yo.Q á/goVató; t e xai rio/.riuátiaTo; xai <iva<pi|; oúaía ovt ojc ;


o v n n ., vv’Z'ñS xu(lEgvr|Tr) (lóvcp 0 eaTi| voi. h eq I f|v t ó t í ¡; áí.i|0 oüg éjtumjivns
7 ÉV0 ;, TOÜTOV E/ .El TOY TÓi UXV. ¿ 217 cl-e.
202 LA CRISIS Día. ID EA LISM O PLATÓ N ICO LA CRISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO 203

L as aportas d el "P arm énides” dejado llevar este último —es decir, Platón—, del impulso, bello
y divino por lo demás, que lo ha lanzado hacia lo inteligible,6
Muchas cosas, en efecto, han quedado sin resolver, y lo peor es sólo que lo ha hecho con sobrada precipitación, antes de po
que no se trata de curiosidades especulativas, de parerga et para- nerse a ponderar con toda tranquilidad las dificultades que
lipom en a, sino de cosas que deben ser resueltas, inexorablemente, podía traer consigo el ejemplarismo de las Ideas. Y ahora no le
si la teoría de las Ideas —y es ésta, en verdad, su única justifica queda más remedio que embarcarse él mismo en su “segunda
ción— ha de dar razón de este mundo al que pertenecemos, y si navegación”, la cual es esta vez —así lo dice Platón, bien mani
ha de fundar y articular, por ello mismo, la ciencia, concebida fiesto tras la máscara del personaje del diálogo— tanto como
como saber necesario y umversalmente válido. Con respecto al lanzarse a nado, y a su edad, en un vasto y temeroso piélago
primer requerimiento, ha quedado del todo indeciso el modo de de discursos.7
enlace entre ambos mundos, el sensible y el inteligible; y con res A despecho de esto, y también, si se quiere, de su sequedad
pecto al segundo, no ha demostrado Platón, hasta este momento, estilística (que no es necesariamente un defecto, habida cuenta
la legalidad de los juicios en cuyo enunciado y concatenación con de su carácter altamente técnico), el P arm én ides es aún, como
siste la ciencia, postulado en el cual no hay variación alguna, los graneles diálogos de la juventud y de la madurez, una consu
desde Platón hasta Kant. Porque si el juicio es, el de la propo mada obra de arte. Lo es, en primer lugar, por el preámbulo,
sición científica desde luego, la unión entre dos conceptos, en sus en el cual se nos dice que Céfalo va a narrar a los hermanos de
funciones respectivas de sujeto y predicado, y si el mundo sen Platón, que nos son ya tan conocidos: Adimanto y ( .laucón, un
sible, además, no es sino la copia o replica del mundo inteligible, diálogo que habría tenido lugar, hace ya mucho tiempo, entre
se impone entonces la consecuencia de que este enlace habrá de Sócrates, Zenón, Parménides y Aristóteles, en casa de Pitodoro,
darse entre los inteligibles mismos, y tanto más si se trata no el cual se lo habría trasmitido a Céfalo. Todo esto parece a
de predicados accidentales, sino esenciales. Si con este carácter primera vista muy artificioso, pero aparte de que esta intio-
predicamos, por ejemplo, del fuego el calor y de la nieve el frío, ducción ocupa escasamente una página antes de entrar en el
y si de todo esto hay Ideas, ni más ni menos que de los más diálogo directo, esta narración “en cascadas”, como dice Augus-
sublimes sujetos y predicados tle valor, habrá que suponer enton te Diés,s tiene por fin el de producir en nosotros, desde el prin
ces que la Idea del Fuego participa también de algún modo en cipio, la impresión del pasado remoto, tan remoto que se des
la Idea de lo Cálido, y la Idea de la Nieve, a su vez, en la Idea vanece en una “Ucronía”, para situar en ella el encuentio, que
de lo Frío, con lo cual se plantea el tremendo problema de la casi seguramente no tuvo lugar jamas, entre el viejo Paiménides
“comunicación entre los géneros’’: xotvuwía t wv yevwv. Y al plan y el joven Sócrates, tal y como el diálogo nos los representa.
tearse, vacila, por ello mismo, la constitución entera del reino Pero además y sobre todo, la perfección artística del diálogo
de lo inteligible, porque, ¿en qué quedarán, entonces, aquellos es bien visible en su composición en general. Como un drama
caracteres que parecían ser constitutivos por excelencia de las —el drama de las Ideas, diremos por nuestra parte— considera
Ideas: el ser “en sí y por sí” (atiTÓ xa0' coIit ó ) , con lo que cada Diés el P arm én ides, el cual estaría así dividido en un prólogo,
una de ellas era como una unidad hermética y conclusa? Ahora, dos actos, un entreacto, y un tercer acto como gran final. Cada
por el contrario, se diría que, exactamente como en el mundo uno de estos actos es un diálogo entre dos interlocutores únicos,
del devenir, estuviesen abiertas de par en par a la pluralidad,
irremediablemente contaminadas en su primera e impoluta pu
6 P arm . 135 d: xoúri |i¿\' oírv veai (leía V) oQUti í¡v óo|r$? há, TOÍ15 W yo c 'S-
reza. el m is m o P l a t ó n lo s mé
E s, p o r c ie rto , u n m o d o e n c a n ta d o r d e re c o n o c e r
He ahí, a modo simplemente de preludio aporético, algo de ritos y defectos de su propia doctrina, el de poner una y o t r a c o s a , el
lo mucho con que Platón tendrá que habérselas, y precisamen e lo g io y la c e n s u r a , en boca de Parménides.
te cuando acaba de traspasar el umbral de la vejez, época en la 7 137a: auTÓg o írco 7t ()£o$VTr| g SiaveHcrai t o í o ü t o v t s %at t o o o Ot o v

cual suele hoy ubicarse la composición del Parm énides. Como néXo.yoc, Aoyayv.
8 £ n su i n t r od u cci ón a l a t r adu cci ón fr an cesa del P a rm é n id e s, ed. Les
se lo dirá el personaje homónimo al Sócrates del diálogo, se ha I t el k s Let t r cs, Par ís, 1950, p . 7.
LA CRISIS D EL ID EA LISM O PLA TÓ N ICO 2 0 !»

204 LA CRISIS D EL IDEA I.ISM O 1'I.ATÓM C j O escuela megárica, cuyo jefe, además, apelaba al mismo maestro
común; y le interesaba sobre todo, por encima de rivalidades o
distribuidos en esta forma: Sócrates y Zenón —Sócrates y Par-
querellas escolares, saldar también sus cuentas con el eleatismo,
ménides— Parménides y Aristóteles. En esto hay tanta simpli
como antes lo había hecho con el heraclitismo. En algo más que
cidad como equilibrio, y hay también, como lo iremos com
en su pluralidad habían de distinguirse sus Ideas del Ser de
probando, un acierto magistral en la elección de estos perso
Parménides. A ellas había que trasponer, sin arredrarse por esto,
najes y del papel que cada uno representa, en perfecta conso
ciertos caracteres de la realidad sensible, no sólo la multiplici
nancia con las peripecias del drama intelectual que aquí se
dad, sino el movimiento y la participación entre ellas mismas, si
desarrolla.
verdaderamente debían aproximarse, uno del otro, los dos mun
¿Cuál es el interés de Platón —es lo primero que debemos
dos que parecían continuar irremediablemente separados. De
preguntarnos— en enfrentarse él mismo, detrás de su habitual
aquí, en suma, la urgencia de proceder a una revisión sincera
máscara socrática, con Parménides y Zenón, es decir, con el fun
de la teoría misma, en una confrontación, igualmente sin reser
dador de la escuela de Elea y con su mayor discípulo? No parece
vas, con los eleáticos de Mégara, que son aquí los adversarios
difícil la respuesta, a la luz sobre todo de lo que en su lugar
reales y concretos. Pero como éstos apelaban tanto a Sócrates
quedó explicitado sobre la génesis histót ico-filosófica de la teo
como a Parménides, a Platón le parece que lo mejor será, al
ría de las Ideas.
pasar de la realidad a la ficción literaria, encubrir aquella con
En ella suele verse, en efecto, un intento de conciliación entre
frontación en la que ahora tiene lugar en el diálogo, entre am
las dos direcciones radicales representadas por el heraclitismo
bos personajes. En el hecho, por último, de jxnier a Parménides
y el eleatismo. Conciliación, recalquémoslo, y no sincretismo, ya
como el personaje central, Platón da a entender suficientemente
que la doctrina platónica es profundamente original, y justo
que únicamente a él, al gran filósofo, concede beligerancia; que
por esto pretende dar razón tanto del ser como del devenir, al
sólo con él, y no con ninguno de sus segundones, está dispuesto
contrario de aquellos pensadores que la daban tan sólo de una
él, Platón, a medir sus armas en un duelo formal.
u otra cosa, con absoluta exclusividad. Ahora bien, si ya mu
De ahí que el primer acto del drama sea tan breve, pues se
cho antes, en el C ratilo sobre todo, ha saldado Platón sus cuen
trata de una simple escaramuza entre Sócrates y Zenón. Sócrates
tas con el heraclitismo, tiene ahora el recelo muy fundado (se
aparece aquí como muy joven (ercpóSpa véog), y no sólo para dar
ría ésta la reconstrucción psicológica más plausible) de no haber
cierto color de verosimilitud a su encuentro con Parménides, que
ido a dar de bruces en el eleatismo, ya que, en fin de cuentas,
le aventajaba considerablemente en edad, sino también, y aca
entre las Ideas platónicas y el Ente parmenídico no habría otra
so sobre todo, por simbolizar en su juventud la fuerza revolu
diferencia que entre la pluralidad y la unidad. Que no era éste
cionaria que había en la teoría de las Ideas, con el humilde
un vano temor, nada lo demuestra mejor que la dirección, abier
reconocimiento, además, de que había todavía mucho que afi
tamente eleática, seguida por otros compañeros de Platón, igual
nar o corregir en una doctrina igualmente tan joven. Pues con
mente discípulos de Sócrates, como Euclides de Mégara. Por lo
todo ello, Sócrates el mozo da fácilmente cuenta del maduro
cpie sabemos de él, parece haber transformado la doctrina so
Zenón (“cerca de la cuarentena” se nos dice aquí), cuya fama
crática de la unidad de la virtud en la hipóstasis del Bien abso
parece haberle venido, en fin de cuentas, de que tuvo cierto in
luto, del cual, a su vez, hizo el equivalente total del Ente único
genio para desmenuzar en apodas, en crística nada más, la in
de Parménides. “Euclides — dice Grote— postuló la coinciden
tuición genial de Parménides.
cia del B om tm con el Ens Unum de Parménides. L a tesis par-
Zenón, pues, éste del diálogo por lo menos, da lectura, ante
menídica, que era originariamente física u ontología trascenden
Sócrates y sus amigos, a una de sus tantas conferencias o tra
tal, pasó a ser así ética trascendental.” 9
bajos, enderezados todos a tratar de demostrar la imposibilidad
A Platón, como es fácil comprender, le interesaba mucho que
de la existencia de lo Múltiple, no sólo como corolario de la
no fuera a tenerse su doctrina como una variante apenas de la
existencia exclusiva de lo Uno —tesis fundamental del eleatis
mo—, sino porque de la admisión de lo múltiple se seguirían
9 George Grote, Plato and the other companions of Solantes;, Londres,
1875, vol. III, p. ,]7 j.
206 LA CRISIS D EL ID EA LISM O PLATÓN ICO LA CRISIS D LL ID EA LISM O PLA TÓ N IC O 20 7

consecuencias tan absurdas como las siguientes: “Si los seres ver los absurdos y las ridiculeces en que caen los defensores de
son múltiples, habrán de ser a la vez semejantes y desemejantes, lo múltiple.
lo cual es imposible, toda vez que ni los desemejantes pueden ser Condescendiendo esta vez con su insistente interlocutor, lo
semejantes, ni los semejantes desemejantes.”10 (pie hace Sócrates es oponerle a Zenón, pura y simplemente, la
“¿No es esto lo que tú crees?”, le pregunta Sócrates a Zenón, teoría de las Ideas. Que las cosas sensibles pueden decirse si
tratando así de resumir las conclusiones de su lectura. “Esto multáneamente semejantes y desemejantes, o iguales y desigua
mismo”, contesta Zenón; y todavía Sócrates, para no dejar nada les, o grandes y pequeñas (¿no lo ha afirmado así el propio Pla
indeciso, puntualiza la tesis en la siguiente forma: “Por con tón en otros diálogos?), nada tiene de sorprendente, pues se tra
siguiente, siendo imposible que los desemejantes sean semejantes ta de términos relativos y entre los cuales, en su función
y los semejantes desemejantes, es también imposible que exista predicativa del mismo sujeto, no hay contradicción, con sólo que
lo múltiple; porque lo múltiple, una vez puesto, tendrá que se precise la diferente relación que con ellos se significa.13 Lo
llevar consigo aquellas imposibilidades.” maravilloso, en cambio, sería que lo “semejante en sí” fuese
Como Platón no se toma aquí el trabajo de transcribirnos los desemejante, o que fuese semejante, a su vez, lo “desemejante
argumentos de Zenón, Jean W ahl, con base en otros textos de en sí". “¿O no crees —así interpela Sócrates a Zenón— que hay
otros escritores, ha intentado la siguiente reconstrucción: “Es una forma en sí de la semejanza (a in ó x ad ’ aÚTÓ EÍSog -a
imposible que los principios sean múltiples, porque los princi ópotÓTTiTog), y otra forma a ella opuesta, que es lo desemejante
pios múltiples o bien participan de lo uno, o no participan. Si en sí?” 14 Pues de estas Formas opuestas participan todas las
participan, lo uno está antes que ellos, y no hay principios múl cosas, y por esta doble participación pueden recibir, sin que esto
tiples. Si no participan, por esto mismo son semejantes y dese deba extrañarnos, la doble predicación consiguiente. De lo EJno
mejantes.”11 El n o de la participación, en efecto, establece entre y de lo Múltiple, por tanto, participan todas ellas también, pero
ellos, conjuntamente, la semejanza de la negación y la deseme sin que las Formas mismas, o los géneros, reciban estas afeccio
janza que resulta de no poder decirse, bajo ningún aspecto, que nes contrarias. De que esto fuera de otro modo, habría para
u n o es semejante al otro, al no participar ninguno de lo uno. asombrarse, pero no de aquello. Yo por ejemplo, sigue diciendo
Por aquí habrán ido, más o menos, los razonamientos del so Sócrates, soy u n o de los cjue aquí estamos reunidos, pero múl
fista. De cualquier modo, y sea como hayan sido, no se detiene tiple también, si van a enumerarme los miembros de mi cuerpo,
Sócrates en refutarlos, sino que se limita por lo pronto a poner y participo así tanto en la unidad como en la pluralidad; pero
de manifiesto la falta de originalidad de Zenón, quien no hace ni lo uno como tal será múltiple, ni lo múltiple uno.13
sino reproducir por el reverso lo que Parménides ha dicho por el Queda así firme, una vez más, que las Formas inteligibles
anverso. Ni siquiera se digna Sócrates dirigirse a Zenón, sino que escapan del todo a cualesquiera alecciones contrarias (láv av -v ía
es a Parménides a quien apostrofa de este modo: “T ú , en tu t oxGt ]) , y que sí están sujetas a ellas, en cambio, las cosas sensi

poema, afirmas que el Todo es uno, y das de ello bellas y buenas bles, aunque siempre bajo diferente respecto o en distinta re
pruebas; mientras que és te , por su parte, dice que los muchos lación. Con estas precisiones, bien puede decirse que es contra
no son, y ofrece también pruebas en gran número y de enorme dictorio el mundo del devenir, en tránsito continuo, los entes
extensión.”12 No puede expresarse mejor el respeto por Parmé que lo constituyen, de uno a otro contrario, pero no es tampoco
nides y el desprecio hacia Zenón; el cual, colocado como está
en presencia de su maestro, se apresura a confesar que su te 13 Sócrates no lo dice así, pero está bien claro que el sofisma de Zenón
sis, en efecto, no es sino la de Parménides, pero que le ha movido consiste en tomar lo relativo como absoluto: en tomar, digámoslo en tér
minos aristotélicos, el predicado accidental de la relación como predicado
la buena intención de defenderla contra sus detractores, haciendo
sustancial de la cosa misma; en prescindir, en fin, del “bajo el mismo
respecto’’, que es un elemento esencial en el enunciado correcto del prin
10 127 c. cipio de contradicción.
11 Jean W ahl, £.tilde sur le P arm én ide de P latón , París, 1951, p. 15. 11 129 a.
12 128 a-b. 13 íaoc-e.
l

208 LA CRISIS DF.L ID EA LISM O PLATÓN ICO


1.A CRISIS D E L ID E A LISM O PLA TÓ N IC O 209
una pura ilusión, un no-ser, como quiere el clealismo, sino que
tiene la realidad, todo lo degradada que se quiera, que resulta es (éwv EtqjiEVou.. . 'éan yáp eívc u) ; que el no-ser, por consiguien
de su participación en las Formas. te, no es, y que otra cosa es absolutamente indecible e impen
Es en este momento cuando, eliminado Zenón, va a empezar sable. Desde el punto de vista de la lógica formal, parecen
el segundo acto del drama con la intervención de Pannénides, puras tautologías, y por lo mismo, aparentemente vacías. En
a quien Platón presenta como de edad muy avanzada, y de realidad, sin embargo, ocultan una tremenda plenitud, porque
bella y noble presencia. En otro diálogo, el íc e t e le s , le llama, enuncian, como dice Jaspers, el saber fundamental de que se
como Homero a sus héroes, “venerable y terrible” .16 Segura nutre la filosofía: la presencia del ser.17 Mas por otra parte,
mente no se conocieron jamás personalmente los dos altos fi cumple agregar que inmediatamente después, Parménides se
lósofos; pero seguramente también, y tal como nos pasa hasta pone a hacer ontología, es decir, a explicitar él mismo ciertas
hoy a todos cuantos amamos la belleza y la sabiduría, Platón notas del ser, no obstante que al principio aparece como del
debió de haberse sentido sobrecogido al leer el maravilloso poe todo inexplicable. No puede, tampoco él, dispensarse de con
ma de Parménides, con quien sólo Platón puede rivalizar en figurar sus trascenden talia enlis. Y en una y otra cosa es Par
esto de poder aliar, en la perfecta expresión literaria, la más ménides ejemplo y pauta de la filosofía occidental: en la inefa
alta poesía con la más profunda filosofía. Perménides, en efecto, bilidad radical del ente, mediante una definición propiamente
descubre por vez primera aquello que es el objeto último y dicha, y en la explicitación de ciertas notas con que se nos
el afán eterno de la filosofía: el Ser y nada más; y es tal el es hace patente su presencia, y que, sin añadirle nada, no están
tremecimiento que su visión le produce, que no puede declarar incluidas formalmente, como diría Santo Tomás, en la sola
razón de ente.
la sino en un gran transporte lírico y como revelación religiosa.
Son las hijas del sol las que guían al filósofo, en un carro tirado Bien conocidas son estas notas o signos (erfipa-ca, como dice el
por caballos veloces, de la noche al día, hasta dejarlo en pre poema), del Ente parmenídico. Es uno, único, pleno, indivisi
sencia de la diosa que preside la morada de la luz, y de la cual ble y total. No hay ni podrá haber jamás nada fuera del Ente,
escucha aquél estas aladas palabras: ni puede introducirse en él ninguna pluralidad, ya que, en tal
hipótesis, esto no sería aquello, con lo que se habría deslizado
B ien v en ido seas, tú qu e llegas a nuestra mansión; el no-ser en el ser, en un ser que no tolera vacíos, porque “todo
Pues no es un h ad o infausto el qu e le m ovió a recorrer está lleno de ser”. Por último, es ajeno a todo devenir en cual
E ste cam in o, bien a leja d o p o r cierto d e la ruta trillada quier sentido, a parte an te y a p arle p ost: ni nacido, ni perece
p o r los hom bres, dero, ni siquiera perfectible, ya que es, de todo en todo, acabado
Sino la ley divina y la justicia. Es necesario q u e conozcas y perfecto (TETEXeopévov). Como bloque monolítico, en suma,
toda m i revelación , apareció el ser por vez primera al primer pensador que tuvo
Y q u e se h a lle a tu alcan ce el in trépido corazón de la el coraje de enfrentarse con él, y del cual dice Platón que su
Verdad d e herm oso cerco, profundidad le pareció ser absolutamente sublime.13
T an to com o las op in ion es d e los m ortales, qu e n o encierran El homenaje, con todo, no cancela la discrepancia, el abierto
ciencia verdadera. divorcio que la réplica de Sócrates a Zenón ha establecido entre
el monismo eleático y el pluralismo platónico. No sólo el plu
No nos parece necesario, bien que no nos falte el deseo de ralismo de las Ideas frente a la unicidad del Ente, sino también,
hacerlo, transcribir otros pasajes del poema. Baste lo anterior y acaso sobre todo, la doctrina de la participación, la cual equi
para hacer ver cómo la intuición del ser la siente Perménides vale a un intento de legalizar mitológicamente este mundo del
como rapto y revelación divina. En cuanto al pensamiento devenir, que para Parménides es pura ilusión, “opinión errada
fundamental, se contiene en la conocida sentencia de que el ser de los mortales”, según dejó escrito en su poema. Y equivale

o T cel. 183 c. 17 Jaspers, L es grands p h ilo so p h es, p. G27.


18 T eet. 184 a: ¡JúOog t i itavtáuiaoi vtvvaíov-
2 10 LA C R ISIS ULL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO LA CRISIS D LL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO 2 11

también, por parte de las Ideas, a introducir en ellas, de algún En opinión de todos los intérpretes, es ésta una de las más pre
modo, el movimiento, ya que de otro modo no serían comu ciosas confesiones de Platón, y de una lealtad conmovedora.
nicables o participables. He ahí lo que inquieta sobremanera Sin ceder en un ápice en cuanto a defender, contra el eleatismo,
al Parménides del diálogo: y por esto se decide a intervenir, la realidad del mundo sensible sin cortapisa alguna, no se atre
preguntando a Sócrates, en primer lugar, si su doctrina ha de ve, sin embargo, a dar el paso decisivo: la elevación de todo
entenderse como postulando "aparte” la existencia de las For ello, con lo más vil y despreciable (á-upÓTavov xai 'pi'Ské-a-
mas, y “aparte”, a su vez, la de las cosas que de ellas participan.19 •tov), a la región serena y noble de lo inteligible. El problema
Son dos “apartes” por un “participar”, con lo que se encarecen le aprieta y tortura, pero huye de él para refugiarse en sus
desde luego las dificultades de esta operación. queridos valores, sin querer saber más. De momento no insiste
Antes de entrar en ellas, sin embargo, Parménides cree nece Parménides (no sería todo lo cortés que es si enconara con
sario dilucidar el otro punto, igualmente fundamental, del con más preguntas el sufrimiento que confiesa su interlocutor), y
tenido o extensión, con la mayor exactitud posible, del mundo se limita apenas, con fina ironía, a observar lo siguiente:
eidético. A este efecto, pregunta si además de la semejanza y la “Lo que te pasa, Sócrates, es que aún eres joven, y que to
desemejanza en sí, cuya existencia ha postulado su interlocutor, davía no ha hecho en ti presa la filosofía; pero acabará por
lo hace también con respecto a las Formas en sí y para sí de lo apoderarse de ti, no me cabe duda, el día en que no desprecies
bello, de lo bueno y de todas las determinaciones semejantes. ninguna de estas cosas. Ahora, en razón de tu edad, miras aún
Al asentir Sócrates sin la menor vacilación (trátase, como ya con respeto la opinión de los hombres.” 22
sabemos, del ámbito donde con mayor claridad refulge la Idea), Palabras de maravillosa profundidad, éstas en que Platón
pasa luego Parménides del mundo de los valores al de las ha querido fingir el consejo afectuoso que da el viejo eleatismo
cosas naturales. “;Y habrá también —pregunta— una forma del a la joven teoría de las Ideas. El espíritu filosófico es espíritu
hombre aparte de nosotros y de cuantos son como nosotros; de arrojo y osadía, y nada debe importarle, a quien ha sido
una forma en sí del hombre y del fuego y del agua?” 20 presa de él, el qué dirán o pensarán los otros, si ha de ser él,
Con absoluta sinceridad contesta Sócrates que es ésta una por su parte, fiel a su pensamiento. Para el filósofo, además, no
cuestión que le ha tenido a menudo perplejo (év europio izoXXá- liay nada despreciable ni mezquino, ya que en todo está la
x'">) I y su perplejidad sube de punto cuando Parménides pasa huella del ser, y en filosofía, por último, más tal vez que en
a preguntarle si, en la afirmativa, habría que postular también otra cosa alguna, hay que ir hasta el fin, sea lo que fuere y
una Forma separada hasta con respecto a cosas tales como el caiga quien cayere. Hasta el fin fue Parménides, en su osada
cabello, el lodo y la suciedad, o cualesquiera otras igualmente concepción del Ente, y este arrojo quisiera Platón en su teoría
viles o indignas. Sócrates responde así: de las Ideas. Se da bien cuenta de que, como parece decírselo
“De todo aquello que vemos, afirmo su existencia; pero en Parménides, la lógica doctrinal empuja inexorablemente hacia
cuanto a pensar que de todo ello exista una forma, sería tal la ilimitación absoluta, sin hacerle aspavientos a nada, del mun
vez ]x)r extremo absurdo. De cuando en cuando, lo reconozco, do de las Ideas; pero le arredra conferir una estructura eidética
me ha atormentado la idea de que a lo mejor habría que ad —que estaría situada, por lo mismo, entre aquellas divinas For
mitirlo así para todas las cosas; pero no bien me detengo en ella mas, de contornos tan nítidos— a cosas que, aun en lo sensible,
cuando me aparto de ahí a toda prisa, por miedo de perderme no parecen tener una estructura definida, como el lodo y cuanto
y de caer en un abismo de necedades. Y así, vuelvo a mi punto pueda serle análogo por lo viscoso e inestable. De estas cosas
de partida, a los objetos en que reconocemos la existencia de podría decirse tal vez que su ser es, pura y simplemente, su
las formas, y es en ellos en los que me entretengo y ejercito.” 21 apariencia; y es así, a lo que nos parece, como deben entenderse
las palabras de Sócrates, cuando dice, con respecto a tales objetos,
19 F " " " - 3
J «L>: -/o jo ic |i ;:v eíó v ¡ avxá arree /<ooi; 6 e r á roúrajv «u que se limita él a reconocer la realidad de lo que ve. X o habría.
UcTt’/.ovra.
i ¡ o b : aeró t i elSor évSoiú.ioo i) jtvQÓ; f\ v,ai ffia to ;;
22 i3oe.
212 LA CR ISIS D EL ID E A LISM O PLATÓN ICO
LA CRISIS D EL ID E A LISM O l’ I.ATÓN ICO 213
dicho de otro modo, otra realidad más allá del dalo bruto de Para él, por lo visto, no fue ineficaz, antes todo lo contrario,
la intuición sensible.2325
4 la lección de coraje filosófico que, en su fantasía poética, se
Sin violentar los textos, no puede hacerse decir a Platón más
imaginó recibir del viejo Parménides.
de lo que dice en el texto que comentamos; y es vana, por tanto, Parecería, además, como si el Parménides del diálogo, para
la pretcnsión de ciertos exegetas, de zanjar definitivamente la volver a él, hubiera anticipado este resultado, ya que no insiste
cuestión coa esta sola base. No hay aquí ninguna declaración más en ello, en lo del recuento de las Ideas, sino que va dere
termíname ni sobre la limitación ni sobre la ilimitación del chamente a lo que más le preocupa, que es el problema de la
mundo de las Formas, y lo más que puede decirse es que Platón participación. He aquí, tal como los expone Platón con toda
se inclina más bien por lo segundo que por lo primero, por el
claridad, sus argumentos.
hecho de aceptar Sócrates —aunque nada más que por su silen Si las cosas participan de la Idea, ésta habrá de encontrarse
cio— el consejo de Parménides de ir hasta el fin. No queramos en las cosas o en su totalidad, o por lo menos en alguna de
nosotros disiparle a Platón la incertidumbre que él mismo nos sus partes: tertium non datur. Si lo primero, habrá salido to
confiesa, y que, según Aristóteles —¿por qué no liemos de creer talmente de sí misma, y no será más “en sí y para sí", lo cual
le?— pesó sobre él durante toda su vicia.2' parecía ser su elemento radicalmente constitutivo y definitorio.
Simplemente por el interés que tiene la cuestión, consignemos Si lo segundo, la Idea es entonces divisible, con lo que pierde
aquí la autorizada opinión de Ross,23 según el cual el texto en su unidad sustancial, y viene a ser como cualquiera de las cosas
que con mayor precisión se habría expresado Platón sobre el del mundo sensible. La participación, en otros términos, es pre
particular, sería un pasaje de la Séptima Carta, escrita por él, sencia, de cualquier modo, de lo participado en lo participan
por lo que ya sabemos a este respecto, en las postrimerías de te ([iÉ0E^tg = Ttapoutría), y ya sea total o sólo parcial, la Idea
su vida. Con ocasión de explicar las etapas del conocimiento habrá dejado de ser aquello que es o debe ser, según la teoría.
en la geometría, y aunque sin servirse de las palabras í5áa A estas dificultades intenta Sócrates hacer fíente recurriendo
o e íSoc , Platón afirma allí —de esto no hay eluda— que hay a la comparación, tan del gusto de Platón, de la Idea con la
Ideas “de las figuras rectas o curvas, del color, de lo bueno, de luz solar, cuyo foco de irradiación, el sol mismo, continúa sien
lo bello y de lo justo, de todo cuerpo fabricado o natural, del do uno e idéntico y sin salir de sí mismo, no obstante estar
fuego, del agua y de todas las cosas semejantes, de toda especie también presente, por la iluminación y el calor, en los objetos
de vivientes, del carácter del alma y de toda suerte de acciones
situados en su área de proyección. El símil es, por cierto, ex
o afecciones” .26 celente, y no se explica uno ccmio es que Sócrates no se aferra
Ésta sería, dice Ross, la lista más católica de la población que
a él, sino que deja que Parménides, con toda malicia, se lo cam
Platón habría reconocido, en su testamento como quien dice,
bie por el otro, que dice ser equivalente, de un velo que cu
en el mundo de las Ideas. “Católica”, si lo entendemos bien,
briera a numerosas personas. Al asentir Sócrates a la supuesta
tanto por su autenticidad como por su universalidad. Nada, en equivalencia, está perdido, ya que Parménides le hace ver cómo
efecto, queda fuera, no ya tan sólo aquellas cosas ínfimas que sólo una parte del velo, y no todo él, se posaría sobre cada
vimos, pero ni siquiera —y en esto hay, por ventura, una difi individuo, con lo que está bien claro que otro tanto pasará
cultad mayor aún— las cosas que son producto del arte o do la con la participación de la Idea, divisible así en partes infinitas.
técnica, y cuya idea, por ende, no parece que pueda estar en otra ¡A qué absurdos, además, conduciría esto de suponer posible
parte o más allá de la mente humana. Pues aún sobre ellas, la partición de Ideas tales como lo Grande en sí o lo Igual en
como sobre todo el resto, se cierne la Idea, y ésta parece ser,
sí, en las cuales la participación tendría que ser, forzosamente.
hasta donde es posible colegirlo, la última palabra de Platón.
p equ eñ a o desigual con respecto a la Forma! ¿Dónde estaría
23 Así entiende el pasaje, con otros intérpretes, Tayl or . Cf. P la to , p. 354. entonces la “eponimia” que las cosas deben recibir de la Idea
24 Arist. M et. 1, 991 b 6; y x i i , 1070 a 13 ss. por virtud de la participación?
25 P lato’s T heory o f Ideas, pp. 85 y 141. En seguida, porque aquí no hay punto de reposo, otra tre
26 Ep. VII, 342 d. menda dificultad. Si atribuimos el mismo predicado a determi-
LA CRISIS D E L ID E A LISM O PLA TÓ N IC O 215
2H LA CRISIS D E L ID E A LISM O PLA TÓ N ICO

nada clase de objetos, es sin duda porque vemos entre ellos trata de un intermediario, uno y no más, del mismo modo exac
cierta semejanza, la cual no es desde luego, pues no la percibi tamente que Platón habla, en otro lugar,29 del círculo que ima
mos, la Idea misma, epónima del predicado común. Es, por ginamos como algo intermedio entre el círculo “en sí” y la
tanto, algo intermedio entre la Idea y el objeto; algo que sería figura circular que trazamos en el pizarrón. No hay pues, re
como la Idea de la semejanza entre ambos. Pero si así es, esta gressus in in fin itu m , y éste sólo se plantea cuando de la imagen
nueva Idea tendrá a su vez necesidad de otro intermediario o concepto mental se hace también una hipóstasís eidética, como
análogo, y éste de otro, y así hasta el infinito. “No será ya una lo hace Platón, incuestionablemente, en la objeción que expo
—le dice Parménides a Sócrates— cada una de tus formas, sino ne el supuesto Parménides. En cuanto a Aristóteles, su “tercer
una multitud infinita.” 27* hombre” le sirve no tanto para denunciar la proliferación infi
Es éste el famoso y conocidísimo argumento del “tercer hom nita de las Ideas, cuanto para hacer ver la imposibilidad de la
bre” (-rpÍTog cfvflpwitog), del que Aristóteles se sirve al impugnar, participación, directa por lo menos, de las cosas en la Idea,
de cuenta propia, la teoría de las Ideas. Según va el argumento, La Idea, en otros términos, no puede estar presente sino en la
entre la Idea del hombre y el hombre concreto habría que Idea (si en otra u otras, ya lo veremos), y si no hay presencia,
colocar, como algo intermedio, otra Idea que fuera semejante no hay tampoco, estrictamente hablando, participación. Y ahora,
tanto a aquella primera como al individuo real, y que sería, prosigamos con nuestro diálogo.
por tanto, un “tercer” término o entidad distinta así de la Idea De las dificultades que le opone Parménides, trata Sócrates
suprema como del objeto sensible. de encontrar una escapatoria en la hipótesis, que aventura sim
plemente como tal, de que la Idea no sea sino un pensamiento
Sobre esto hay una discusión, interminable como todas las
de su especie, en cuanto a saber si el argumento del “tercer (venrpa), sin otra existencia, a fuer de tal, que en nuestra mente
hombre” lo habría expuesto ya el joven Aristóteles en el seno (év ijiuxaíg). Con esto se salvaría la unidad de la Idea, junta
mente con su multiplicación indefinida en las cosas; pero, con
de la Academia platónica —oralmente, antes de consignarlo por
esto también, caemos de todo en todo en el conceptualismo, que
estrilo, muchos años después, en la M etafísica—, y si Platón,
Parménides, bien avisado, se apresura a disolver instantánea
por tanto, no habría hecho sino recoger en el P arm én ides, aun
mente en puro nominalismo. El pensamiento, en efecto, no
que sin tomar el ejemplo del “hombre”, la objeción de su genial
puede ser pensamiento de nada (vórjua oúSevóg), sino que tiene
discípulo.
que ser pensamiento de algo, y de algo no inexistente —sería
Aunque muchos lo creen así, otros lo tienen por pura “fan
de nuevo la nada—, sino de algo que es (váripa -avóg ov-tog). Pero
tasía”, como dice Taylor, fundándose tanto en las fechas respec
si el pensamiento es uno e idéntico, tal deberá ser también,
tivas, hasta donde pueden conjeturarse, del ingreso de Aristó
exactamente, su correlato intencional, o sea, ni más ni menos,
teles en la Academia y de composición del P arm énides, como en
la Idea. A ella volvemos inevitablemente si el pretendido noem a
el hecho concurrente de que Aristóteles mismo habla del “ter
en que quiere subsumirse la Idea, ha de ser algo más que un
cer hombre” como de una etiqueta o sobrenombre que fuera
fíatus vocis. Por último, y toda vez que Sócrates no sacrifica,
habitual al argumento, es decir, como algo corriente y familiar
ni mucho menos, la doctrina de la participación, habría que
en la Academia, y no forzosamente —aunque tampoco pueda
decir entonces —arguye victoriosamente Parménides— que las
excluirse del todo esta hipótesis— como algo de invención aris
cosas participantes de la Idea-pensamiento son a su vez pen
totélica.2>> Pero además, y es esto lo más interesante, Taylor hace
samientos; pero si así es, y si todo piensa, no habrá, en realidad,
hincapié en que el argumento aristotélico del "tercer hombre”
pensamiento.20
no supone, ni Aristóteles lo dice así, el regressus in infinitum Si todo es pensamiento, cesa el pensamiento. No parece sino
que encontramos en el texto correlativo del Parm énides. Se
que Parménides está preludiando aquí la doctrina de la inten-

27 132 Ij : y.d i ovx é x i 8r¡ í v t x a a x o v 001 xa>v e í 8 w v í c x a i , a l .'i .á a m i g a xó 29 E p. V il, 312 b.


Jt/.T)0O£. 30 132 c: éx voriixáxcuv t xaaxov elvai xaí n ar r a voetv, r\ vot'ijxaxa ovi a
1 Tayl o r , F la t o , pp. 355-56. ávÓT)xa rívai-
216 LA CRISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO I.A CRISIS D EL ID EA LISM O PLA TÓ N ICO 217
cionalidad (Brentano-llusserl), según la cual todo pensamien gima parte se nos dice que haya sostenido expresamente que los
to debe forzosamente tener un correlato distinto del pensamien conceptos están in intellectu lantum et non in rebu s, que es lo
to mismo; por lo menos en la conciencia humana, y dejando que, en fin de cuentas, define al conceptualismo.
a salvo, en su lugar único e incompartible, la vórjo-tg vor)<7Eioc; de Lo que sí, en cambio, nos parece estar fuera de duda, es
Aristóteles. que Platón comparte por entero los razonamientos y la conclu
“ ¡Conclusión formidable y admonitoria —comenta Sciacca— sión de Parménides. Para él también, no menos que para el
del fundador del idealismo, y que es válida contra todos los su fundador del eleatismo, el pensamiento debe tener por correlato
cesivos idealismos lógico-gnoseológicos!” 31 De esto no hay duda, al ser mismo, por difícil que sea decir en qué consiste exacta
pero nos queda todavía la curiosidad de saber por qué razón mente. Y no sólo jiara Platón, sino igualmente, por supuesto,
pudo proponer aquí Platón, así haya sido como mera hipótesis, para Aristóteles, está la forma radicada en la sustancia misma,
una doctrina como la conceptualista, tan disonante con su po en el h oc a liq u id , y por más que su formalidad universal no
sición habitual del realismo de las Ideas. La explicación más se configure como tal sino en la mente. Más aún, el conceptua
obvia podría ser la de que quiere simplemente presentar una lismo nos parece ser una posición del todo ajena al pensamien
solución posible, aunque personalmente no la comparta. Según to helénico, pues aun los sofistas, al sostener que el ser era la
otros, en cambio, Platón habría tratado, en este pasaje, de com apariencia, no rehuyeron la fundamentación última del concep
pletar o rectificar el pensamiento de su maestro Sócrates, cuya to en el ser. Y aclarado lodo esto, sigamos adelante con nuestro
indagación filosófica, por lo que sabemos, se habría dirigido diálogo.
exclusivamente a los “conceptos”, y esto apenas en el campo Ante las objeciones de Parménides, Sócrates abandona la par
de la moralidad. De esta opinión es el mismo Sciacca, quien ticipación como presencia, y la sustituye por otra más mitigada,
interpreta el texto del P arm én id es como señalando el corte en que sería la participación paradigmática, es decir, la que hay
tre el socratismo y el platonismo, del modo siguiente: de la copia con respecto al modelo. La sería así ya no
“Esta vez es el Sócrates histórico el que habla, el filósofo que una raxpouora, sino apenas una tixacria .33 Pero a esto contesta
descubrió el concepto y lo convirtió en la ley fundamental del Parménides cjue si la participación se reduce así a la seme
conocer humano. Y por boca de Parménides, Platón responde janza, tan semejante será la copia a su modelo como vice
a su maestro. El pensamiento, para que piense, tiene necesidad tersa, ya que se trata de una relaciém recíproca; y siendo
de algo pensado, de un universal. Al concepto universal co- así, habrá de interponerse forzosamente una nueva Idea: la
rresponde ontológicamenle un ente universal. Uno es el valor de la semejanza, que participe por igual tanto del paradig
ontológico del noem a y otro el del eid os, y el valor ontológico ma como de su copia. Y como esta otra Idea planteará, a su vez,
del último no puede reducirse al valor lógico del primero.” 32 las mismas dificultades, caemos de nuevo en el argumento del
Por irreprochable que sea todo lo anterior, desde el punto de tercer hombre con todas sus consecuencias.
vista doctrinal, no nos parece que esté históricamente demos El argumento descansa esta vez, según la penetrante observa
trado que Sócrates haya sido un conceptualista de los univer ción de León Robín,34 en el supuesto de que la Idea es, por
sales, en el sentido preciso que tiene la expresión en la filosofía todo lo que sabemos de ella, un sans-pareil: eterna, simple,
de Occidente, de Abelardo a Mach, y también ¿por qué no? en auInsubsistente, etcétera, y no puede, por tanto, ponérsela en
el diálogo que estamos estudiando. El haber anticipado esta po una relación de semejanza niveladora con otra cosa ninguna.
sición es una prueba más del genio filosófico de Platón; pero De lo’ contrario, como dice Aristóteles en sus objeciones, la
en cuanto a Sócrates, al real se entiende, todo lo que sabemos misma Idea será, al mismo tiempo, paradigma e imagen.35 Tay-
de él (por el testimonio de Aristóteles, al que todos apelan) es lor, sin embargo, no menos penetrante y sin arredrarse ante
que fue el descubridor del concepto, y que no llegó a hacer de nadie, califica de falaz el argumento de Parménides, y dice cpie
él, al contrario de Platón, una entidad separada; pero en nin-
132 d.
M i ch el e Feder i co Sci acca. P la tó n , Buen os Ai r es, 1959, p. 227. * P la tó n , p. 123.
32 Sci acca, o p . cit., p p . 227-28. 35 Mct. 990 b 30: óíot f tó avTÓ Éurat i r aoúSeiyfia x ai eíx o Tv .
218 LA CRISIS D EL ID EA LISM O PLATON ICO LA CRISIS D EL ID EA LISM O PLA TÓ N ICO 219

la falacia consiste en hacer simétrica una relación que no lo es. el señorío en sí y la servidumbre en sí. De tejas abajo, no nos
La relación del original con su copia es, en efecto, simple seme importa en absoluto aquella supuesta relación “en sí”, sino el
janza, pero la de la copia con su original es semejanza + deri dato bruto de la dominación de un hombre sobre otro hombre.
vación. “Mi reflexión en el espejo es una reflexión de mi ros De lo cual viene, como por su propio peso, esta conclusión
tro; pero mi rostro no es una reflexión de su imagen.” 33 final:
Por qué no pudo Platón descubrir este sofisma (que ya Pio- “Las realidades que se dan en nosotros no tienen eficacia
clo parece haber denunciado antes de T ay lo r), es, por supues (Súvapig) sobre aquellas realidades, ni éstas, a su vez, la tienen
to, una de tantas curiosidades inútiles. Sin la menor intención sobre nosotros; pues como digo, dependen de sí mismas y en
de disiparla, se nos ocurre que Platón no puso en esto mayor tre sí mismas guardan relación, en tanto que estas realidades
empeño, en razón de que, sofísticos o no en tal o cual aspecto nuestras sólo se relacionan, de la misma manera, entre ellas
los razonamientos de Parménides, lo decisivo es que todos ellos mismas.” 37
en conjunto, y sean cuales fueren sus deficiencias de detalle, son En todo esto anda de nuevo el “tercer hombre”, en otra
absolutamente concluyentes en cuanto a establecer la necesidad de sus variantes que tuvo, andando el tiempo, en Alejandro
ineludible de la m ed iación entre dos mundos que, por defi de Afrodisia. Del mismo modo, en efecto, que el único señorío
nición, están abismalmente separados. A su tiempo verá Platón que conocemos es el que se ejerce sobre un siervo, y no sobre
cómo la mediación no puede efectuarse por la sola virtud de la servidumbre en sí, la Idea del Hombre, a su vez, eterna,
la Idea, así multipliquemos su número indefinidamente, sino inmóvil, incorruptible, no nos explica por sí sola cómo puede
que hará falta un Mediador vivo y concreto; un Mediador que participarla el hombre que conocemos (no éste o aquél, sino
tenga en sí la fuerza (Súvaptc) de que carece la Idea. De mo todo hom bre), este ser que anda y se agita desde su nacimiento
mento, sin embargo, su Sócrates no puede sino enmudecer cuan hasta su muerte. ¿En qué podrá ayudarnos a conocerlo mejor,
do Parménides le obliga a reconocer que no puede estar “en de no existir ningún intermediario, aquella Idea del hombre
nosotros” lo que previamente se ha declarado estar “en sí”, y que espectral? La conclusión, entonces, es la que formula Parménides,
de ninguna manera, en conclusión, puede decirse que la esen al decir que en nosotros no puede darse otra ciencia fuera
cia de cada cosa sea una entidad subsistente en sí. Entre el de la que tiene por objeto a un ente determinado y de nues
xaO’aÚTÓ y el év 'i'iptv, en suma, hay un yj¿pia\ió~ absolutamente tro mundo, ni otra verdad que la verdad relativa a nosotros.38
infranqueable. Ciencia relativa a nosotros y no ciencia en sí, ya que esta
Desde esta firme posición por él conquistada, Parménides última, la de las cosas en sí, está reservada a solo Dios, según
avanza luego hasta el final de su argumentación —él sí que sabe sigue diciendo Parménides, con la añadidura de que, por ab
ir hasta el fin— haciendo ver a Sócrates cómo la misma incomu surdo que parezca, Dios mismo, a su vez, no podrá tener la
nicación tendrá que darse, correlativamente, entre el conoci ciencia de las cosas de este mundo, desde el momento que “ni
miento humano de las cosas sensibles, las únicas a que tenemos aquellas Formas tienen ninguna eficacia sobre las cosas nues
acceso, y el conocimiento de las Ideas, reservado, según todas tras, ni éstas, a su vez, sobre aquellas”. Y en la desesperación
las apariencias, a solo Dios. Si el conocimiento, en efecto, con de encontrar esta Súvapig —es el tema que viene y reviene obse-
siste en la relación enunciada en el juicio, será una homonimia sionantemente—, el resultado final es la caída vertical en el es
meramente fortuita —no una eponimia de participación— la cepticismo, ya que hasta la sofística más escéptica no dejó nunca
relación entre las cosas sensibles y la que, con el mismo nombre, de admitir la posibilidad de algún saber, con tal que fuese re
podría darse en las Ideas entre sí. Cuando, por ejemplo —arguye lativo a nosotros. Todo el p athos de que está transida esta
Parménides— predicamos nosotros una relación de servidumbre, desgarradora confesión, lo expresa insuperablemente Michele
es entre este señor y este esclavo, y nada tiene que ver con la
que hipotéticamente pueda darse, en aquel otro mundo, entre 37 133 c.
38 134 a: i j Sé j t ae’r nuv ej i i o t t í u i i o u t t ¡; j r ao’fiirtv av al n O eía? si n , x a!
a 5 éxáaxr i t i .-tac>’f| uív ém ar f i p r i t o j v j i ap ’r i u &v avxcov éxáoxov av gmcrcrint)
3® t ayl o r , P lu to, p. 33S.
auufl aívEi EÍ vai ;
LA CRISIS D EL ID EA LISM O PLA TO N ICO 221
220 LA CRISIS DEL ID EALISM O PLAT ON ICO

Federico Sciacca en esta página de su admirable comentario blema metafíisico, entre los cuales, además, hay una indisoluble
al P arm én ides: relación recíproca. Admitamos que el alma haya podido contem
“Metafísica y conocimiento se dividen el campo, y la una plar las Ideas en su vida anterior, y que ahora, en su encarna
queda extraña a la otra. La metafísica es una ciencia, pero no ción, le suscite aquel recuerdo la experiencia sensible. Por gra
una ciencia humana; no tiene, para el hombre, posibilidades tuita que sea, no es absurda la hipótesis; sólo que esta remisión o
teoréticas. En su frialdad esquelética y en el rigor lógico del disparo, como .se quiera, del mundo sensible al inteligible, su
pone forzosamente que hay entre ellos cierta semejanza o parti
razonamiento, es ésta una de las páginas más dramáticas de
cipación o algo equivalente, con lo cual este problema vuelve a
Platón. Se experimenta por debajo el drama de toda la filoso
plantearse inexorablemente. Por sus propios méritos hay que
fía platónica. Parece leerse una de aquellas páginas de Kant,
resolverlo, y no por una teoría del conocimiento que depende
que destruyen inexorablemente el uso teorético de la razón en
de la teoría, rigurosamente ontológica, de las Ideas. Para Pla
relación con los problemas metafísicos, pero que al mismo tiem
tón, antes que para nadie, el conocimiento depende del ser.
po, bajo la frialdad del razonamiento, ocultan el drama interno
E p a r si in n ov e. . . Pocas veces habrá podido repetirse esto con
de la razón, consciente de no poder traspasar los límites de la
tanta propiedad como al final del segundo acto de nuestro diá
experiencia, pero todavía más consciente de que propiamente en
logo, cuando en lugar de dar un adiós definitivo a las Ideas,
lo suprasensible está la raíz tíltima de sus profundas exigencias
como podría esperarse después de la tremenda requisitoria de
y de su validez teorética y práctica. Ciencia del ser en sí y cien
Parménides, se apresura este mismo, por el contrario, a reafirmar
cia de las cosas; mundo nouménico y mundo fenoménico; el
su fe inquebrantable en su existencia. El cómo de su refracción
uno impenetrable al otro, y las Ideas, los modelos eternos, los
en la naturaleza es cosa que por el momento nos escapa, pero
entes hacia los cuales vuela el alma humana, ansiosa y nostálgi
no por esto debemos desesperar de las Ideas, ya que con su
ca, con su mirada, quedan más allá de toda posibilidad cognos
negación caemos irremisiblemente en el agnosticismo. “¿Adónde,
citiva, más allá del proceso dialéctico del pensamiento.” 89
Sócrates, podrás en adelante dirigir tu pensamiento, al no admi
Otra de las curiosidades a que no se puede responder sino
tir una identidad permanente en la forma específica de cada
por conjeturas —aunque esta vez sí es de la mayor im portancia-
ser? ¿Qué harás entonces de la filosofía?” '0
es la de saber por qué Platón no acude ahora, para salir de
Incomparable es en verdad, en cada uno de sus detalles, esta
las dificultades, n su vieja teoría de la reminiscencia, de la cual
etopeya de Parménides, el viejo augusto y bondadoso que podrá
no hay aquí, en el P arm énides, el menor rastro. ¿Habrá sido
haber zarandeado un poco al joven Sócrates, pero que termina
tal vez porque no siendo la reminiscencia, en fin de cuentas,
sino un mito, por más que indispensable, Parménides lo habría exhortándolo, como cumple a todo gran maestro, a seguir ade
lante por el camino abierto y hacia la misma indefectible meta.
rechazado en seguida desdeñosamente? ¿Quiso Platón evitarle
a su Sócrates —a él mismo, mejor dicho— este nuevo sonrojo, “Bello y divino —le dice—, no te quepa duda, es el impulso que
o quiso, en todo caso, ceñirse al raciocinio puro, sin apelar al te ha lanzado a estos razonamientos” ,41 o a estas “razones”, como
cómodo expediente dramático del deus ex m achina que conjurara podría igualmente traducirse el texto, que son, en la teoría de las
oportunamente, en este otro drama, la catástrofe de su doctrina? Ideas, las razones de las cosas o la razón del mundo, por encon
O bien aún, ¿habrá dejado Platón, pura y simplemente, de creer trar la cual, o siquiera por entreverla, pense; toda su vida Platém.
él mismo en la reminiscencia, conforme fue avanzando en su re ¿Cómo podrá abandonar la fascinante empresa? ¿Cómo podra
flexión sobre estos problemas? hacerlo, cuando la negación de lo inteligible —este \oyoq que per-
Todo puede ser, todo ello y más aún. Lo cierto en cualquier vade todos estos textos— nos precipita en el báratro de la irra
hipótesis (y ésta pudo ser razón más que suficiente del silencio cionalidad?
de Platón), es que la reminiscencia, por demostrada que estuvie “Lo único que te ha faltado, Sócrates —traduzcamos libre-
ra, resuelve apenas el problema gnoseológico, pero no el pro-
4° 135 C.

w P la tó n , pp. 229-30. 41 135 d: xaX.il ¡.lev oiiv -/.ai 0f ía i) ópjxñ fyv óonejí; éjtl T0115 í.óvoi'c;.
222 1.A CRISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO LA CRISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO 223
mente, por esta vez, lo que le dice Parménides— ha sido la nece el acto segundo. Por otra parte, sin embargo, no es cosa de muti
saria gimnasia dialéctica, antes de lanzarte a definir, con cierta lar arbitrariamente aquello que Platón ha querido ofrecer como
precipitación, lo bello, lo justo, lo bueno y todas las formas una un todo; y hay en fin, como esperamos mostrar después, una con
por una. No basta con postular, como lo haces tú, la existencia tribución importante, en todo este malabarismo, a aquella teo
de un objeto y considerar luego las consecuencias de la hipótesis, ría. Por todo esto, tampoco aquí podemos eximirnos de ir hasta
sino que es menester hacer otro tanto en la hipótesis contraria el fin, aunque trataremos de hacerlo limitándonos a lo más
de su inexistencia, y ésta será, sin mitigación posible, la gim esencial y con Ja mayor economía de expresión que nos sea posi
nasia completa” .42 ble. Y con estos prenotandos, entremos en materia.
De tan buen grado acepta Sócrates el consejo, que le pide a Que el ser es, y que es Uno, he ahí, en su enunciado más sim
Parménides que quiera darle él mismo una lección-piloto, como ple, la tesis de Parménides; sólo que inmediatamente vemos
diríamos hoy, de esta gimnástica. Como es natural, Parménides cómo no es en realidad tan simple, sino que hay, desde el pri
se hace un poco de rogar, con la coquetería del viejo maestro, mer momento y en el enunciado mismo, una bifurcación. Una
pero al final acepta lanz.arse en lo que llama primero un rudo y cosa es, en efecto, decir que lo Uno es uno, lo cual es, en térmi
vasto piélago de discursos, y luego un juego laborioso (itpaypa- nos lógicos, un juicio de esencia, y otra muy distinta decir que
t eu !>5t ); iraiSiá); y muy caballerosamente, muy de acuerdo, ade lo Uno es, lo cual es un juicio de existencia; y de la verdad o
más, con las reglas del juego, declara que la hipótesis que va a falsedad del primero no puede inferirse la verdad o falsedad del
tomar es la suya propia: la de lo Uno en sí, y tanto por su exis segundo.44 Consecuentemente, la tesis de Parménides, sólo en
tencia como por su inexistencia, con todas las consecuencias que apariencia unitaria, se desdobla en realidad 110 en las cuatro
de una u otra posición puedan seguirse. En este ejercicio, sin hipótesis que el Parménides del diálogo le ha mostrado a Só
embargo, desearía Parménides, y así lo dice, que remplace a Só crates: posición, negación y consecuencias, en uno y otro caso,
crates otro interlocutor más joven aún, que responda simple para lo Uno y para los otros, sino en ocho hipótesis, a saber:
mente lo que primero se le ocurra, sin el embarazo de teorías
preconcebidas. Todos acceden, y entra entonces en escena, no 1) Si lo Uno es uno, qué resulta para él.
más que para dar la apariencia de diálogo a lo que va a ser 2) Si lo Uno es uno, qué resulta para los otros.
j ) Si lo Uno es, qué resulta para él.
en realidad un monólogo, el joven Aristóteles.43
1) Si lo Uno es, qué resulta para los otros.
5) Si lo Uno no es uno qué resulta para él.
Idealism o eleá lico e idealism o p latón ico ó) Si lo Uno no es uno, qué resulta para los otros.
7) Si lo Uno no es, qué resulta para él.
Con excepción de los que emprenden un estudio especial del
8) Si lo Uno no es, qué resulta para los otros.
P arm énides, o de todos los diálogos platónicos uno por uno,
no habrá seguramente ningún platonizante que no desee ahorrar Éstas nos parecen ser, en buena lógica, las hipótesis que com
a sus lectores la exposición del tercero y último acto de este dra prende el tratamiento dialéctico de la tesis de Parménides, y
ma; a tal punto llega a ser exasperante (así lo quiso Platón) este éste el orden, igualmente lógico, en que deberían examinarse;
“juego laborioso” de erística pura, esta gimnasia dialéctica que sólo que Platón, que es todo un virtuoso en la ejecución de un
no consiente el menor respiro. No pertenece además, estrictamen tema con sus variaciones, es el primero en no haberse ajustado
te hablando, a la crítica de la teoría de las Ideas, que llena todo rigurosamente a esta secuencia. De nuestra parte tomaremos las
hipótesis que más importantes nos parezcan por lo que puedan
« 135 e: (xáXXov yvu vaoGf i vai . contribuir a la teoría de las Ideas y las expondremos lo más es
43 N o se t r at a, según t odas l as ap ar i en ci as, si no de un h om br e de p aj a,
quemáticamente que nos sea posible. Las cuatro primeras, y sobre
h om ón i m o del gr an fi l ósofo; y no es de cr eer se que p or est e úl t i m o, por
su gen i al di scípul o, h aya t en i do Pl at ón t an poca est i m a com o p ar a h aber l e 44 Com o cu an d o deci m os, p or ej em pl o: " El cen t au r o es un ser m i t ad
d ado el p apel m ás desl u ci do en u n d i ál ogo don de l os ot r os per son aj es h om br e y m i t ad cabal l o’’ , j u i ci o ver dad er o; o bi en : “ El cen t au r o es” , j u i -
t i en en t an si n gu l ar r el i eve. cía fílJso,
224 LA CRISIS DLL 1DKA1.ISMO Í'J-AIOMCO LA C R IS IS D E L ID E A L IS M O P L A T Ó N IC O 225

todo la primera y la tercera, son absolutamente inexcusables. des a la otra hipótesis (la tercera de nuestra lista), que no pone
Comencemos, pues, por la primera hipótesis. ya el acento en la unidad de lo Uno, sino en su realidad; no Iv
Si “lo Uno es uno”, donde la cópula no tiene otra función év, sino gv ov: Si lo Uno es.
que la de afirmar el predicado de la unidad más pura y abso Esta vez sí tenemos un juicio, y nada tautológico por cierto;
luta,45 resulta luego que lo Uno no puede ser muchos (sfv ov pero por esto mismo, una dualidad rompe desde el principio la
noXXá), y de esta primera negación se sigue una infinidad de unidad de lo Uno, ya que, como observa inmediatamente Par-
negaciones. Al no ser, en efecto, múltiple lo Uno, no puede tener ménides, si lo Uno es, participa del ser, esencia o realidad
partes, ni tampoco ser un lodo, ya que la noción de "todo" (overíag ne-réxEi); ahora bien, no puede decirse que unidad y ser
no puede concebirse sin la de “partes”; con lo que, desde este sean nociones idénticas, pues en tal caso sería lo mismo decir “lo
momento, es imposible la tesis de Parménides, del Parménides Uno es uno” que “lo Uno es”. Pero además, y como quiera que
real del poema, de que “el todo es Uno”. Pero además, y por el la participación es recíproca: de lo Uno en el ser y del ser en
hecho mismo de no tener partes, no tiene principio ni medio ni lo Uno, tenemos ya no sólo una dualidad, sino dos dualidades:
fin, ni límite alguno, sino que es infinito; ni puede tampoco Uno + ser, y ser + Uno, o sea cuatro términos; con lo cual hace
tener figura, ya que toda figura implica las nociones antes des irrupción el número, y más si pensamos que, una vez aceptada
cartadas. No puede, además, estar en ningún lugar, tanto por no la idea de participación, lo Uno podrá participar en otras mu
tener figura como porque cualquier lugar sería “otro” con res chas cosas además del ser, y éste, a su vez, en otras muchas tam
pecto al Uno, y ni siquiera es posible decir que estaría en sí bién además de lo Uno. Y ni siquiera es preciso apelar a parti
mismo, como si fuera a la vez continente y contenido, porque cipaciones de otra índole, ya que nos basta con tomar la primi
entonces habría “dos” y no Uno. Por lo mismo, no puede tam tiva dualidad: ev ov, para ver luego cómo cada uno de sus miem
poco estar ni en reposo, al no estar en ningún lugar, ni menos bros, unidos como están en el juicio, es en sí mismo dual:
en movimiento, con lo que se mudaría de un lugar a "otro”. No ser + uno, y lo mismo, puntualmente, tendrá que ser con cada
puede ser ni semejante ni desemejante a sí mismo, ni igual «> una de estas partes, y lo mismo exactamente en todas las ulte
desigual consigo mismo, por implicar, cualquiera de estos predi riores divisiones y subdivisiones, siendo esta vez del todo autén
cados, una alteridad. No puede ser siquiera idéntico a sí mismo, tico e inexcusable el consabido regressus in infinitum . Con la
por ser “dos” las nociones de unidad e identidad. No puede, en aocrtura al ser y a la participación, en suma, lo Uno deviene
seguida, estar tampoco en el tiempo, como no lo está en el es múltiple, y no así como quiera, sino con multiplicidad infinita,
pacio, ya que no puede decirse que ha sido, es o será lo que, al como dice Parménides.40
recibir cualquiera de estas predicaciones, excluye las “otras”, y Por esto mismo, en fin, por ser indefinidamente múltiple, lo
cambia, en todo caso, al encontrarse en un “antes” o en un Uno es susceptible de recibir todos los predicados que se quiera,
“después”. Por no estar en el tiempo, en fin, resulta que, poí hasta los más contradictorios; lo cual no será sino corolario de
no haber sido ni haber de ser, tampoco puede decirse que es, y la primera e inevitable contradicción, aquella por la que pos
porque, además, y es acaso la razón suprema, esta noción de sel tulamos lo Uno como uno y múltiple, con lo que también pode
es igualmente “otra” y distinta de lo Uno. Lo Uno en tanto mos decir que lo lino es, si nos aferramos a su unidad, como
que uno, en conclusión, es inexistente, y es además, de parte que n o es, si admitimos, como tenemos que hacerlo, su multi
nuestra, absolutamente inconocible, impensable e inefable. Y tam plicidad. Ahora sí, vengan todos los juicios que se quiera, sólo
bién lo es, consecuentemente, toda ontología, dado que ha de que tanto valdrá el uno como el otro, sin posibilidad alguna de
expresarse en juicios cuya estructura supone forzosamente una apelar a ninguna instancia decisoria. En excelente resumen lo
alteridad, lo cual nos veda en absoluto la pura enunciación tau dice Sciacca de esta manera:
tológica de la unidad del Uno. “No deja de advertirse la intensidad dramática que se oculta
Justamente alarmado ante estas consecuencias, pasa Parméni- bajo el juego dialéctico. O el Uno es uno y se aniquila el pensa-
45 "I I s’ agi t done de n e l ai sser dan s sa pensée que l ’ i dée de 1’ u n i t c p u r é
et si m pl e” . Jean W ah l , op. cit.., p. 114. 40 > 4 3 a : óuiEigov rt?.»)0o; xó e v o v .
226 LA CR ISIS D EL ID EA LISM O PLA TÓ N ICO L A CR ISIS D E L ID E A LISM O PLA TÓ N ICO 227
miento, o el Uno puede hacerse dialéctico y se aniquila su ser, está lleno de ser. El Parménides del diálogo comienza por reite
en cuanto que, haciéndose dialéctico, ya no es el Uno sino el rarlo así, pero acaba reconociendo que está lleno o preñado de
todo, del cual se puede predicar todo. . . Mientras el Uno se seres, de todos ellos: áitáv-rwv e v icXéov. Y no por el reconoci
considera eleático no es dialéctico; y cuando, al contrario, se miento de la muchedumbre, del pluralismo de las Ideas, deja de
le considera dialéctico, puede ser todavía el Uno (y es el pro cernerse, sobre la multitud eidética y sensible, aquel Uno que
blema que se propone resolver P latón ), pero ya no es más el Platón, sin decirlo, identifica de hecho con la Idea del Bien,
Uno eleático, el cual, en el acto de hacerse dialéctico, se resuel “más allá de la esencia y del ser”, pero más allá precisamente
ve en la multiplicidad infinita. El uno y los muchos pueden como su progenitor y sustento .48
entrar en una relación dialéctica, pero a condición de que se La necesidad de conservar conjuntamente lo uno y lo múlti
instaure una nueva concepción del uno .” 47 ple como el único fundamento posible de todo saber y de toda
No todo es aquí, por tanto, erística pura, sino que desde el predicación, se afirma definitivamente en el segundo grupo de
principio vemos cómo de lo que se trata es de superar el elea- hipótesis, las cuatro negadoras de lo Uno como uno y de lo Uno
tismo, conservando de él su intuición fundamental del ser y como ser. En tanto que en las cuatro primeras no queda recha
despojándolo de sus demás adherencias. A esto tiende la poda zado lo Uno, a pesar de todas las aporías que suscita, sino que
dialéctica, tanto más bienhechora cuanto más despiadada, pero simplemente se apunta a la necesidad de buscar otra concepción
hay un designio constructivo aún desde las dos primeras hipó de la unidad distinta de la concepción eleática, en las cuatro
tesis, cuyos resultados son en apariencia totalmente negativos, y últimas, por el contrario, se describen las consecuencias verda
este designio es ya notable en la cuarta hipótesis: Si lo Uno es, deramente catastróficas y aniquiladoras que resultarían de la
qué les resulta a los Otros. En opinión de Léon Robin, esta negación de lo Uno como tal y en su ser. Si lo Uno no es uno,
hipótesis es de importancia decisiva, y Jean Wahl, por su parte, en efecto, tenemos la más flagrante con tradictio in ad iecto y el
dice que con ella empieza a esclarecerse definitivamente la teoría mayor de los absurdos. Y si lo Uno no es, no podrá recibir nin
de la participación. La noción de relación entre lo uno y lo guna atribución o determinación, ni ser objeto de otra predica
múltiple, negada en la primera hipótesis y afirmada en la se ción alguna fuera de ésta: que no es. En esto, sin embargo,
gunda, pero en estado caótico y contradictorio, se presenta ahora hay un problema tremendo, ya que si, por una parte, el no-ser
con contornos bien definidos. Los Otros no son lo Uno, desde de algo autoriza a hablar de una completa ausencia de esencia
luego, pero en él tienen participación por lo mismo que son (oúaía5 áitoucría), de otro lado, sin embargo, parece como si
“muchos”, y la muchedumbre no se forma sino por la adición participara de cierta esencia o realidad (oútría; p.et éj (ei.), en cuanto
de cada uno a cada u n o; y la tienen, además, por la unidad del que algo debe corresponder a esto que enunciamos, con sen tido,
todo que, singular o colectivamente, se integra por la solidari al decir de algo que no es. Habría así cierta cosa que sería como
dad de sus partes: e v éx itoXXwv. De este modo, ni lo múltiple se el ser d el no-ser: t g O ¡ri] etvcu t ó eIvc u , ni más ni menos.
identifica con lo Uno, ni por otra parte, es una multiplicidad A este problema, arduo como ninguno, se enfrentará Platón
caótica e informe, ya que cada uno de sus miembros se limita resueltamente en el Sofista. Por lo pronto lo deja de lado, para
por el hecho de participar en la “forma” de lo Uno,' tanto por examinar qué les adviene a los Otros con la inexistencia de lo
sus partes-unas como por su todo-uno. Uno. La hipótesis es esta vez puramente verbal, ya que sencilla
Según las admirables observaciones de Jean W ahl, vemos aho mente no hay lo Otro si no hay lo Uno. Ni como unidad ni
ra cómo se ha espiritualizado la participación que en las dos como multiplicidad pueden concebirse los otros, dado que en
primeras hipótesis se presentaba con caracteres groseramente ma los muchos habría siempre el uno. Donde hay número hay uni
teriales de recepción, contacto o exclusión física. La negación dad, así que una multiplicidad no ya innumerable, sino no
recíproca entre lo uno y lo múltiple no es ya “una privación, numerable, es la contradicción misma, lo radicalmente impensa
sino una comunión”. El Parménides del poema decía que lo Uno ble. La conclusión final del diálogo es, por tanto, la siguiente:
iS “ Le P a r m é n id e est un des derniers regards jeté s p ar P latón sur
o P la tó n , pp. 236 y 238. x m a t f)5 ovoía;-” Jean W ahl, o p . c it., p. 197.
228 LA CR ISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO
LA CR ISIS D EL ID E A LISM O PLA TÓ N ICO 229
‘‘Si lo Uno no es, nada es.” 19 En las hipótesis referentes a la exis de los altos predicados de valor que tiene aquélla en la R e p ú
tencia de lo Uno, desembocábamos, es verdad, en el escepticis blica. Fueron los neoplatónicos, con el natural deseo de llevar el
mo; ahora, en cambio, en las de su inexistencia, es el nihilismo
agua a su molino, quienes trataron de establecer la susodicha
absoluto. “No podemos afirmar lo Uno sin enzarzarnos en opo identidad; pero si hay algo claro en la historia de la filosofía
siciones infinitas, pero no podemos negarlo sin destruirlo todo.” 50
es que el Uno de Parménides no es el Uno de Plotino, y que
Con ser el P arm én ides un diálogo de lectura tan difícil, las
este último guarda mayor semejanza con la Idea platónica del
mayores dificultades, sobre todo en su segunda parte, no son
Bien antes que con su homónimo parmenídico. Lo más que
tanto de intelección directa del texto (justo por su extremado
podemos decir, con Jean W ahl, es que Platón no pierde de vista
tecnicismo es del todo preciso y perfectamente inteligible con
aquello que está “más allá de la esencia y la existencia”, pero
tal que se lea despacio), cuanto de penetrar la significación ge
que en un caso está lleno de valor, y en el otro, en cambio, des
neral del diálogo en la cosmovisión platónica, o la intención
pojado de él por completo.
profunda de su autor al escribirlo. Sobre esto, que es para nos
T a l como nosotros lo entendemos, después de haberlo pensado
otros sin duda lo más importante, está muy lejos de haberse
y repensado mucho, el P arm én ides es, ante todo y fundamental
hecho la luz, y todo lo cjue podemos hacer es elegir, entre las mente, el documento en que se consigna, con la ejemplar since
diversas conjeturas, la que nos parezca tener más fundamento. ridad que hemos visto, la crisis del idealismo platónico. Por
Las dos interpretaciones extremas podrían ser, con arreglo algo los más antiguos editores de Platón pusieron en este diá
a la terminología de Ross, la erística y la trasceridentalista. La logo el subtítulo rapl t wv giStov, ya que, en efecto, es “de ” o
primera, sustentada por Grote y luego por Taylor, toma estric "sobre” las Formas o Ideas el contenido entero de las varias
tamente a la letra lo del “ juego laborioso” que Parménides, se conversaciones que en él se desarrollan, del principio al fin. Lo
gún su propia declaración, habría querido hacer con sus antino único que hay es que en la primera parte se exponen las obje
mias sobre lo Uno, y sostiene, por tanto, que el juego en cues ciones directas a la teoría de las Ideas, y en la segunda, a su vez.
tión habría sido un ejercicio de pura erística. Con él habría se hace un ejercicio dialéctico sobre la Idea de lo Uno, pero todo
querido demostrar Platón que podía él, en este terreno, ser un con el fin de clarificar por lo menos, a falta de una solución
virtuoso tan consumado como cualquier sofista, del mismo modo satisfactoria, las varias aporías que la teoría descubre llevar con
que, en el M en ex en o, habría exhibido un virtuosismo análogo
sigo en un examen sincero e imparcial.
en el manejo de la retórica. Con arreglo a la segunda interpre
No cansaremos al lector con la reexposición tle estas aporías,
tación, por el contrario, la trascenclentalista, lo Uno de Parmé por haber quedado ellas bien definidas, según creemos, en el
nides no sería sino la Idea del Bien de la R ep ú b lica , a la cual discurso del diálogo y en todo cuanto precede. Digamos ahora
habría querido Platón aplicar, para depurarla o justificarla, la
simplemente que el primero y mayor resultado positivo de un
prueba torturante de las ocho hipótesis, con toda la dialéctica diálogo tan formalmente aporético, tan negativo en apariencia
en que se desarrollan. como el P arm én ides, es la liberación definitiva del idealismo
Ni una ni otra interpretación: la primera por defecto y la se
eleático, con el cual tenía el idealismo platónico, hasta este mo
gunda por exceso, tienen actualmente la aceptación general. En
mento, muchos puntos de contacto. No por ser plural, en efec
su segunda parte inclusive, el P arm én ides es más, incomparable
to, el universo eidético de Platón, dejaba cada una de sus uni
mente más que la gimnasia dialéctica a que se entregan sus in
dades de tener una inequívoca semejanza con la Unidad de
terlocutores. De otro lado, sin embargo, no podría identificarse
Parménides. Con su clausura hermética “en sí y para sí”, y tanto
al Uno del diálogo con la Idea del Bien, ya que el primero, como
con respecto al mundo sensible como con las otras tle su misma
observa Ross/ 1 es una unidad enteramente abstracta, sin ninguno
condición, cada Idea es, en la certera opinión de Léon Robín,
una especie de átomo lógico —¿y por qué no también, o ante
iGGc: e v el |ii) eo n v , ov8év étrav. todo, ontológico?—, tal como parecen haberlo sostenido hasta el
co Dics, P a r m é n id e , p. 45. fin, con una rigidez que los unía no obstante todas sus diferen
s i P la t o ’ 7 ¡n o r y o f Id ea s , p. 97.
cias, Euclides de Mégara y Antístenes, los tíos socráticos rivales
230 LA CRISIS D EL ID E A LISM O PLATÓN ICO

de Platón. En ellos hizo presa definitiva esta extraña unión, pero


efectiva, entre el atomismo de Demócrito y la unidad de Par-
IX. LA COMUNIÓN DE LAS FORMAS
ménides. Y con el atomismo del espíritu tenía que pasar lo mis
mo exactamente que con el atomismo de la materia: que sin un
Principio de organización, todo queda entregado al azar y no “Del ser” o “sobre el ente”, como nos plazca (tíEpl -roü o vt o q) ,
tendremos, en suma, un cosmos, sino un caos. es el subtítulo que los editores alejandrinos, generalmente avi
De este supremo peligro quiere Platón apartar a su propia sados en estos pormenores, pusieron al diálogo E l Sofista. Del
doctrina, y por ello le interesa liquidar, antes que nada, la con ente y del no-ente, en efecto, se trata en él muy de propósito,
cepción eleática del ser, y por nadie mejor que por su fundador y sin dejar de ser por ello esta discusión —antes bien lo es por
y mayor representante: genial artificio dramático de quien, aún ello precisamente— un capítulo de primerísima importancia en
en su vejez, continúa siendo un artista sin par. Por Parménides la teoría de las Ideas. Antes, empero, de abordar aquellas cuestio
mismo liquida Platón a Parménides. En adelante no será ya nes, arduas como ninguna, de mitología y de meontología ,1 in
posible ni la unidad monolítica ni la autoclausura del ser; con troduce Platón, artista hasta el fin, una animada conversación
ello no se da razón ni del ordo idearum ni del ordo rerum , sobre la definición que deba darse de “sofista”, como tipo hu
menos aún de la conexión que entre el uno y el otro debe existir. mano o forma de vida, según diríamos hoy.
No podemos renunciar a la participación, que ahora se impone Si, como dijimos en su lugar, son erradas en principio, y en
con mayor apremio que nunca, inclusive entre las Ideas mismas; lo general, las clasificaciones que en lo antiguo se hicieron de los
ni podemos cejar tampoco en el empeño inquebrantable de en diálogos platónicos por trilogías o tetralogías, igualmente ano
contrar la conciliación entre lo uno y lo múltiple, y en general, tamos que en ciertos casos, en dos por lo menos, sí puede ha
entre todas las contradicciones que parece albergar el Ser desde blarse de una y otra cosa, ya en mérito del contenido intrínseco
el momento en que se abre a una predicación con sentido. de los diálogos, ya por la expresa intención de su autor. De lo
Cómo será todo esto posible: q u o m o d o fie t istud, no nos lo primero tenemos la expresión más cabal en la tetralogía del
dice aún Platón, probablemente porque él mismo no lo ve aún ju icio y muerte de Sócrates: E a tifró n , A p olog ía, Gritón y F ed ón .
con suficiente claridad; pero la vida le alcanzará para decírnoslo. De lo segundo, y por más que se trate de una trilogía inconclusa,
De una larga vida hubo menester para esto, porque nadie como tenemos el testimonio directo de Platón, cuyo Sócrates nos dice,
él, según dice Proclo, vio lo largo que es el viaje del alma en el no bien se inicia la conversación en el Sofista, lo mucho que
descubrimiento y la conquista de la verdad. Descubrir o entrever importa distinguir entre sí, mediante el concepto adecuado que se
siquiera la coin ciden tia oppositoru m en la unidad suprema del tenga de cada uno, estos tres tipos: el sofista, el político y el
Principio absoluto, ha sido, sin esperar a que Hegel lo dijera, el filósofo. Y como después de E l Sofista viene E l P o lítico , se ve
afán eterno de la filosofía. Muy pocos, apenas los más grandes, claro que Platón tenía bien planeada la trilogía, y que sólo le
han podido alcanzar la meta, entre ellos Platón, y aún él por sus faltó vida, ánimo o lo que haya sido, para llevar a cabo la com
pasos contados. “El P arm én ides prepara el terreno para conce posición de E l F iló so fo , cuya etopeya, por lo demás, la encontra
bir una Unidad concreta, un Ser vivien te, como unión de los mos, con rasgos magistrales por cierto, en varios otros de sus
opuestos, y que, jxir ser tal, puede hacer comprensible el mundo diálogos.
natural y humano .” 32 Será sólo en el T im eo cuando compare El deslinde de estos caracteres o formas de vida no era en
cerá ante nosotros con todos estos caracteres; pero a este diálogo aquella época un entretenimiento más o menos ocioso. De aque
le precede otro, el Sofista, de gran significación asimismo en la llos maestros ambulantes de sabiduría, unos eran, como Xenó-
evolución de la teoría de las Ideas, y cuyo estudio, por lo mismo, fanes, consumados filósofos, y otros, como Gorgias, redomados
es del todo inexcusable.52 1 Sit venia verbo, pero no somos los prim eros en em plear e l neologismo,
perfectamente justificado y necesario para designar el discurso sobre e l no-
ser: |ít ] ov, si para el discurso sobre el ser tenemos ya el paleologism o, igual
52 Sciacca, op. cit., p. 245. mente correcto, de "ontologia”.
[ 231]
232 LA COM UNIÓN DF. LAS FO R M A S LA COM UNIÓN DF I.AS FO R M A S 233
sofistas, sin contar los que, como Antifón o Protágoras, no hacen definiciones o descripciones que da Platón del sofista; pero tienen
mala figura entre los filósofos, no obstante haber recibido, en la tal encanto, tan alada gracia, que no podemos resistir al deseo
historia oficial de la filosofía, la denominación de sofistas. Otros, de trasladarlas, así sea muy de pasada.
en fin, como Arquitas de Tárenlo y los pitagóricos en general, Según la primera definición, el sofista es el cazador de jóvenes
se habían alzado con el poder en sus ciudades; con lo que no ricos y de alta condición social, '- con la mira, además, de obtener,
estaba tan claro si la filosofía era algo más que el afán de do quien practica esta cacería, influencia o dinero. La sofística re
minio como motivación radical, y del cual sería apenas un epi sidía ser así una especie del género “caza del hombre” (0T]pa
fenómeno la especulación teorética. De aquí, en suma, que la t o u ávGpwnou), el cual comprende otras muchas especies tan di
cuestión del deslinde se plantee con tanto apremio en E l So versas como el bandidaje, la guerra y la tiranía, cuando la cap
fista, de cuyo tipo, para comenzar por él, ensayan una caracteriza tura es por la fuerza, o el amor y la elocuencia, si es por la per
ción los interlocutores del diálogo. Cumple advertir, además, que suasión.4*
entre estos interlocutores aparece ahora un extraño personaje, Con arreglo a la segunda, tercera y cuarta definición, entre
a quien se designa, sin nombre propio, como el extranjero de las cuales hay apenas ligeras variantes, el sofista es el negocian
Elea. Platón, por lo visto, no ha acabado de saldar sus cuentas te o traficante de artículos espirituales, como discursos y ense
con el eleatismo; sólo que ahora no es el venerable Parménides, ñanzas relativas a la “virtud”, a la arete, es decir, en su sentido
sino un anónimo de su escuela el que entra en la liza. Y por de eficacia práctica.’ Esta idea del sofista es prácticamente un
último, no es ya Sócrates, de pai te de Platón, quien sostiene lugar común de los diálogos platónicos, donde se nos presenta
la discusión frente al extranjero, sino Teetetes, como para sub a los sofistas, con variaciones puramente verbales, como merca
rayar, con este progresivo retroceso de Sócrates que terminará deres ambulantes de sabiduría, entre los cuales no existe otra
en su desaparición completa, que ahora sí se trata, sin la menor diferencia, como expresamente se recalca, que la de vender su
duda, de doctrinas de ningún modo implícitas en la vieja rai mercancía al mayoreo o al menudeo.
gambre socrática .2* La quinta definición del sofista como experto en la contradic
La primera parte del diálogo, la dedicada a la definición del ción (dnmXoyixóg), o atleta de la erística, de la mercenaria por
sofista, pudiera aún considerarse socrática por el tema mismo; supuesto, es nueva en cuanto a estos enunciados, pero está ya im
pero no lo es, ni ella siquiera, porque lo decisivo no es el tema, plícita, en el Gorgias por lo menos, en la comparación habitual
sino el clima espiritual y la intención con que se desarrolla. No de la palestra gimnástica con los combates de la retórica sofís
es ya el sofista, en efecto, el enemigo visible y concreto al que tica, que es un puro virtuosismo de la erística.
Sócrates y Platón hacen frente en tantos diálogos anteriores, desde Como los interlocutores no están satisfechos aún, sino que les
los dos H ip ia s hasta el primer libro de la R ep ú b lica , pasando parece que el sofista es, como Proteo, un “animal ondulante y
por el Gorgias, de tan alta incandescencia polémica. Todo esto, diverso”, ensayan todavía otra definición, la sexta, con arreglo
ahora, ha quedado muy atrás, y si bien se mantiene, como no a la cual el sofista, a fuer de experto en la contradicción, po
puede menos de ser, el juicio desvalorizador del sofista, las suce dría ser también, aunque por accidente, un pacificador (xa-
sivas definiciones que de él se dan son un ejercido lógico de la
más pura serenidad, y destinadas además, en la forma que luego
veremos, a servir de introducción a la segunda parte del diálogo.
* Sof. 223 b: v so j v jt Xovffíüw' x a l t vSósm v 0r¡Qa.
Podríamos, en rigor, dispensamos de pasar revista a las seis
4 A pelt hace notar la sorprendente sim ilitud, por no -decir identidad, entre
la fórm ula platónica y ¡a qu e encontram os cu la Cinegética de Xen ofon te,
2 Así lo reconoce hasta quien, com o T ay lo r, sostiene haber sido Sócrates donde los sofistas son igualm ente definidos com o cazadores de jóvenes ricos.
el au t or de la t eor ía de las I deas, p or lo menos en su pr i m er a fase. Ahora, An ot am os sim plem ente la con cor dan cia en t r e t ino y ot ro t ext o, sin l a m enor
en cam bio, dice: “ VVe can understand tile silence of Sócrates in the S op h istes, pretensión de d irim ir la cuestión de su r espect iva anterioridad o posteriori
where the lógica! rn aiter of the discusión takes us far away from the circle dad. A lo m ejo r era un lugar com ún, la susodich a d efinición, d entro del
of ideas corninonlv represented hy Plato as fam iliar to h im ." T ay lo r, o p . cit., circulo socrático.
p. 375. 3 22 } d: r^vj'Epxooiy.q jwpl J.óyovc x « l puOíjuuTU ó o e r ij;.
234 LA COM UN IÓN DE LAS FO R M A S LA COM UNIÓN DE LAS FO R M A S 235
Oapxrjg) de creencias u opiniones erróneas. En este sentido, según penetrable”: &uopov zlSog. Y lo cree así no porque disienta de su
dice el extranjero de Elea, bien podría hablarse de una sofística interlocutor en cuanto a la estimación —o desestimación, si se
“de buena raza”, aunque está bien claro, por todo el contexto, prefiere— del sofista, sino porque no está nada claro para él
que la función catártica es algo adventicio u ocasional, y que se cómo puede ser alguien, hablando en general, ilusionista o si
cumple, cuando se cumple, contra la intención radical de lucro mulador de la verdad; o dicho de otro modo, cómo puede darse
sin escrúpulos que anima al sofista. el llamado “simulacro” de la verdad o de la realidad. El simu
En un intento de recapitular en una las anteriores defini lacro, en efecto, es un objeto con existencia real, ya que de lo
ciones, los interlocutores se detienen con predilección en la enun contrario no lo veríamos o no lo oiríamos; y sin embargo, no es
ciada en quinto lugar, la cual, al ser considerada bajo otro as realmente lo que parece ser. Es algo, por consiguiente, real y no
pecto, hará surgir de hecho, aunque no se la proponga ya con real; algo que, simultáneamente, es y no es. Y no es el viejo
este carácter, la séptima y última definición. Aquel, en efecto, problema de la apariencia y el ser, dado que hay también la ver
que practica profesionalmente la á v T i X o y í a , la contradicción en dadera apariencia y el fenómeno auténtico, sino únicamente el
todo y por todo, así de lo verdadero como de lo falso, es, por eso problema de la falsa apariencia del fenómeno espurio. ¿Cómo
mismo, el enemigo profesional del Xéyog; y por lo mismo tam concebir, en otras palabras, esto que llamamos “falso”, esto que
bién, una especie de mago, ilusionista o imitador, y como tal, fi tiene la indudable entidad de lo que hiere la vista o el oído,
nalmente, habrá que definir al sofista.6 Lo más radical en él, en pero, al mismo tiempo, la no-entidad que le resulta de no ser
suma, ciertamente lo de mayor importancia, no es tanto el ape lo que pretende ser? Es algo que está, hoy como ayer y como
tito de ganancia cuanto la falacia y la simulación; el arte del si siempre, grávido de aporías,8* en razón de este aparente intercam
mulacro con que hace aparecer lo q u e no es como si verdadera bio o entrelazamiento (ÉitáXXa^ic, ffup,TxXoxT)) del ser y del no-ser.
mente lo fuese. Muy bien captó Aristóteles en este punto el pensamiento de su
Es ésta, como luego se ve, la imagen tradicional del sofista; maestro, cuando dice, y con aprobación, que Platón asigna a la
pero es precisamente al llegar a este punto, a lo que parece ser sofística el dominio del no-ser.0 Por esto es tan huidiza, tan in
un lugar común en el socratismo y en el platonismo, cuando aprensible, la “forma” del sofista, porque, según leemos en este
vemos alzarse las mayores dificultades. Al lector moderno podrá diálogo de tan maravillosa profundidad, se refugia en la tinie-
parecerle tal vez que no lo son tanto, pero es precisamente por bla del no-ser, en tanto que el filósofo, por su parte, se mantiene
que fue Platón quien las venció, el primero de todos, y sus so firmemente apegado a la Forma del ser.10
luciones han pasado a ser lugares triviales en cualquier manual Impónese, por tanto, una operación semejante a la que hemos
de lógica o de ontología. De nuestra parte, además, no podemos visto practicarse en el P arm énides, pero de mucho mayor auda
eximirnos de pasar siquiera por las fases principales del proceso cia y trascendencia: una revisión radical también, pero ya no de
dialéctico que aquí se desarrolla, si hemos de ser fieles hasta el las Ideas, aspectos del ser, aunque sobresalientes, sino del ser
fin al espíritu del platonismo. Como lo sabemos de sobra, en mismo, y por ende, del no-ser. Porque si declaramos que el no-ser
filosofía, y sobre todo en filosofía platónica, no hay nociones es en todo equivalente de la nada, resultará sencillamente incon
prefabricadas, sino que todo pensamiento, según decía Schleicr- cebible el discurso erróneo, que dice de algo lo que no es, pero
macher, debe ser autoactividad espiritual, y todo recuerdo que que, no obstante, algo dice. No puede este discurso tener por
hagamos de lo que conquistó Platón, debe ser a su vez, de parte correlato la nada pura y simple, ya que, en tal hipótesis, no ha
nuestra, un acto de conquista original.7 bría en absoluto ni discurso, ni siquiera pensamiento .11
El extranjero de Elea cree, pues, que la última definición del
sofista, tan clara en apariencia, es, en realidad, una “forma im 8 236 e: ¡xemá cbtooía; ü eí év ira .t q ó o Gev XQÓvcp nal vív.
9 Met. 102Gb 14: 810 nXáxoyv xpórtov xiva 08 xax.íbg xr]v aocpi<mxr|-v jt eqÍ
6 235 a: F ot it u |xí;v 8i] y.ai murirriv apa Oexéov aúxóv tiva. TÓ |«| OV EXa^EV.
i “P latón betrachtet alies Denken so sehr ais Selbstatigkeit, dass bei ihm
eine E rinn eru n g an das Erw orbene auch notwendig eine sein muss an die
10 254 a: ó ]í e v «jt o8i S<jáav.on'
elq xi]-v xoü ni] ovxoc cxoxErvóxryca - . • ó 8 e
Ye cpiÁómxpog xj) t o o ovxog « e í .-tpoa-/ .EÍ|tevog t &éy.
erste und ursprüngliche Art des E rw erbes."
11 Por algo los com entaristas franceses del S ofista nos recuerdan, con toda
236 I.A C O M U N I Ó N l)!í I.AS F O R M A S LA C O M U N I Ó N D E L AS F O R M A S 237

Algún ser, por lo tanto, debe tener el no-ser; alguna entidad en todos sus pormenores, este capítulo de historia filosófica; bas
el no-ente. No podemos entender la apariencia ilusoria de otro tará con exponer las conclusiones más importantes de esta re
modo que como la realidad de un no-ser irreal; como un entre visión.
lazamiento análogo al que hay entre la urdimbre y la trama, Por lo que hace a la primera cuestión: el número de los entes,
del ser con el no-ser.12 Sólo que, al llegar aquí, retrocede espan la discusión se plantea entre unitaristas y pluralistas; y al pasar
tado el extranjero de Elea, que no sería nativo de esta ciudad revista a sus diversas teorías, Platón repite, como tenía que ser,
si no tuviera una veneración absoluta por su “padre” Parménides. las conclusiones alcanzadas en el P arm én ides sobre la concilia
Ahora bien, en el poema de este último leemos que el no-ser ción entre lo uno y lo múltiple. La relativa novedad del Sofista
es impronunciable, inefable e inexplicable (&<j>0ev xt o v , appTyrov, consiste en subrayar la irreductibilidad del ser en cuanto tal a
akoyov) ; que “ser y pensar es lo mismo”, y que, en fin: “Jamás todo y cualquier ente en concreto, y ya sea que adoptemos una
domarás a que sea lo que no es”. Pero como la fenomenología del ontología unitaria o una pluralista. En cualquier predicación con
sofista, en la primera parte del diálogo, ha mostrado irresistible sentido que no sea una mera tautología, el ser es siempre un
mente que todo ello no puede sostenerse más, el Extranjero “tercero” distinto de los otros dos miembros en la estructura
pide a los dioses que le absuelvan del “parricidio” que va a judicativa: exEpov -u, xpíxov ti. Sobre esta base se fundará des
cometer, ya que, según dice: “Nos vemos obligados a poner en pués, como veremos, la doctrina de la comunicación de los
el potro la tesis de nuestro padre Parménides, y a emplear la géneros.
violencia para demostrar que, bajo algún aspecto, el no-ser es, Con caracteres más novedosos, por lo menos en su presenta-
y que el ser a su vez, de alguna manera, no es.” 13 No ha quedado ción, se nos ofrece en seguida la polémica entre materialistas e
todavía, por lo tanto, bien liquidado el eleatismo; porque si en idealistas, con relación ya no al número, sino a la naturaleza del
el P arm én ides desvirtuó Platón la tesis del Todo-Uno, ahora ha ser. Por el hecho, probablemente, de ampararse una y otra tesis
de enfrentarse a la otra posición, igualmente parmenídica, del en la autoridad de grandes filósofos, el debate puede verse —y
Todo-Ser. Gran monumento metafísico éste cpie levanté), con hasta hoy, podríamos añadir— como una “gigantomaquia sobre
su poema, el verdadero fundador de la filosofía, cuando a Platón la esencia” ,13 cuyos contendientes son, de una parte, los Hijos
le llevó la vida entera el abatirlo del todo. de la Tierra, y de la otra, los Amigos de las Formas.16 Para los
primeros no existe sino lo que ofrece resistencia y contacto; lo
D el ser y d el no-scr que, como las rocas y las encinas, pueden estrechar con sus ma
nos, y en una palabra, “definen los cuerpos y la existencia como
¿Cómo determinar, en suma, las nociones del ser y del no-ser? cosas idénticas”. Los segundos, en cambio, se esfuerzan por de
No sería Platón quien es si nos lo dijera luego y directamente. mostrar que las formas inteligibles e incorporales son la verda
Aquí también, según su costumbre, hace un largo rodeo, el cual dera existencia.17
consiste, como anota Diés, en una crítica de las teorías del ser Por ser sin duda la posición filosófica que menos le interesa,
que habían tenido curso hasta entonces: examen que se lleva no se detiene Platón en refutar prolijamente el materialismo.
a cabo con el fin de determinar el ser, primero en su número y
luego en su naturaleza.11 No creemos necesario reproducir aquí, 13 246 a: 7iYavT0(ia-/íu ¡t eqí t t ¡s oúoíuc-
18 ai’'TÓ-/ 0 OVEg, 7 T1 7 6VELC • . el Sfñv CphvOL.
pertinencia, a Fénclon: "L e pur néaut nc saurait étre l’objet de l’intelligen- No hace mayormente al caso, desde el punto de vista filosófico, la no­
ce"; y a Malcbranche: “Peuser a ríen et ne point penser, c’est la méme menclatura precisa de los posiblemente aludidos con estas denominaciones.
chose.” Entre los autóctonos pudieran estar, desde luego, Leucipo y Demócrito; a los
12 2.|o b-c. No vemos de qué otro modo puedan traducirse o glosarse textos megáricos, a su vez, pdríamos ponerlos entre los Amigos de las Formas. No
tan difíciles, y tan fundamentales, como los siguientes: oéx óv upa oüx a Platón mismo necesariamente —por lo menos en el momento de escribir
o vt ío ; éiTtlv ovia)? í|V /.éyouev elxóvo- • a:ea/.ty.flat <t u|Ui Xoxt |V xó píi ov el Sofista—, por las reservas que hace en este diálogo con respecto a la posi­
x<¡) ovxi... ción idealista.
13 241 d: xo te |i.rj ov ¿05 eo t i y.má ti ocal xi> ov a? rtáXtv ráj ovx taxi jrfj. 17 246 b: votiva ¿erra xai áatápaxa EÍfir) (5iaí;ó|ievoi t t jv áXr|0ivfiv ovoíav
14 242 c: t u ovra SiopíaaaOai itóoa y.ai nota. EÍvai.
238 L A C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S L A C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S 239
Conténtase con observar que, si los materialistas fueran conse ción de la dynamis, es por el interés que tiene de dinam itar tam
cuentes consigo mismos, deberían limitarse —lo que no hacen— bién el mundo inteligible, con el fin de introducir, en él también,
a la naturaleza, sin entrometerse para nada con la cultura, ya cierto movimiento que haga posible, lo que viene en seguida: la
que ésta es un conjunto de valoraciones obviamente incorpóreas “comunicación de los géneros”. En la congelación e incomunica
e intangibles. ¿Por qué hablan también ellos, al igual que los bilidad que de este mundo hacen los Amigos de las Formas, se
demás, de justicia, virtud, sabiduría y otras cosas semejantes? separa de ellos Platón, e inclusive de sí mismo ¿por qué no?, del
Pero si admiten su existencia, como de hecho la admiten, con Platón primero que, al contemplar aquel múñelo, no había pa
esto solo basta para vulnerar mortalmente el monismo mate sado del embeleso del descubrimiento al trabajo de su organi
rialista. zación. Ahora, en cambio, se afana por inyectar en él aquella
Lo más interesante de esta refutación sumaria, ad hom in em , dynam is cuya falta le echa en cara Parménides en el diálogo
del materialismo, es la definición del ser que tentativamente homónimo, y por esto encarece con tanta fuerza esta noción
introduce Platón, al decir que el ser es todo aquello que, de como la nota más sobresaliente del ser en general.-0
cualquier manera, tiene el poder de hacer o padecer. Potencia Todo aquello, por tanto, que de algún modo conlleva el
activa o potencia pasiva: esto serían, en suma, el ser y los entes.18 dinamismo, como el movimiento, la vida, el alma y el pensa
Es ésta una definición de incalculable trascendencia. Contra miento, ha de tener su lugar en el Ser. Así lo expresa Platón
los materialistas primero, que se ven obligados a reconocer al en el siguiente pasaje, que no cede en importancia a ningún
guna realidad a los valores, desde el momento que, indiscutible otro de los innumerables de su vasta obra:
mente, actúan en la conducta humana. Pero no sólo contra ellos, “Pues qué ¡por Zeus!, ¿nos dejaremos nosotros convencer tan
sino también contra los idealistas, los Amigos de las Formas, que fácilmente de que el movimiento, la vida, el alma, el pensamien
alzan un muro infranqueable, un ywpíq absoluto entre el devenir to, no tienen verdaderamente ningún lugar en el seno del ser
y las Ideas, y niegan a éstas, por consiguiente, toda potencia
(Suvapig), así activa como pasiva. Esto, empero, no puede sos la terminología, a la primera división del ser en general: ser en potencia
tenerse, ya que si de parte nuestra hay una acción en el cono y ser en acto. Si no erramos en esta apreciación, y por muy nuestra que
cimiento que tenemos de las Ideas, de parte de estas últimas, a sea, la Súvcqug activa de Platón es de hecho equivalente a la évégyeta
su vez, hay una “pasión” en el hecho mismo de ser conocidas. La de Aristóteles. ¿Qué otra cosa es el Acto Puro sino la Potencia Activa Infini­
ta? No fue en esto, nos parece, en lo que erró Platón, sino en su concep­
más elemental fenomenología del conocimiento revela así que ción del ente como género, en aparente paridad lógica con los otros cuatro
ni siquiera el ser inteligible puede sustraerse del todo a cierta géneros supremos del Sofista.
inmutación o afectación. En términos platónico-husserlianos po 20 Nadie pone hoy en duda la autoría platónica del Sofista, demostrada
dríamos decir que a la acción de la nóesis corresponde la pasión por Lewis Campbell, con irresistibles argumentos estilísticos, desde 1867; y
del noem a. si antes llegó a tenérsele por apócrifo, fue por esta aparente disidencia en
que Platón se coloca aquí con respecto a los Amigos de las Formas. ¿Cómo
L a definición del ente como Suvaptiq no es, por lo demás, sino era posible —se preguntaban gentes tan ineptas como Charles Huit— que
una definición provisional que Platón propone simplemente a hubiera escrito tal diálogo el Amigo por antonomasia de las Formas? Pero
los efectos del diálogo, del modo que en seguida veremos; pero la grandeza de Platón, a par de su genio, es su maravillosa sinceridad: su
no como una definición esencial, ya que, por boca del Extran culto de la verdad por encima de todo, de su ego inclusive. Amica forma, sed
jero del diálogo, proclama una y otra vez que el ser es siempre magis amica verit as.. . ¿N# es éste, en realidad, el espíritu del Parménides
y del Sofista? Ni ante sus propios discípulos teme Platón retractarse o des­
un ÉTSpov -ri, irreductible, por tanto, a toda otra noción, y no autorizarse, si, como parece lo más probable, estos Amigos de las Formas no
definible —hasta donde en este caso pueda hablarse de defini eran tanto los megáricos cuanto los académicos que. según dice Natorp,
ción— sino por él mismo.19 Pero si introduce aquí Platón la no-1 no habían sabido progresar con el maestro, sino que se habían quedado en
una concepción de las Ideas superficial y cosificada: “ Solche Platoniker, die
1S 247 e: Eíg xó jt o ic ív . -- tig xó x íi Oe iv - .. xa ovxa (í>g etrav oúx d/./.o niclit mit dem Meister fortgcschritten, sondern bei der oberfiáchlichcn, ding-
xi a >,t )v 8úva(ug- haften Auffassung der Ideen stehen geblicben waren.. .” (Platos Ideenlehre,
í» Por lo demás también, no es tan mala la definición del ser como p. 284) . ¿No debería distinguir a todo autentico maestro esta humildad pro­
Súvutng, que corresponde fundamentalmente, por defectuosa que pueda ser funda ante la Verdad?
240 LA COMUNIÓN D E LAS F O R M A S LA C O M U N I Ó N D E LAS FO R M A S 241

universal, que no vive ni piensa, sino que, augusto y samo, Entre los platonizantes del siglo pasado no dejó de haber
vacío de entendimiento, permanece allí, plantado y sin poder quienes, como Gomperz o Zeller, no retrocedieron ante estas
moverse?” 21 consecuencias catastróficas, con tal de ser fieles a la que les
Pocos textos como éste, en todo el coi pus p la to n ia n a , han parecía ser la única traducción posible del texto. Gomperz no
dado tanto quehacer a los intérpretes. Todo depende, ya que vacilaba en ver allí un verdadero “salto mental”, y añadía que
el resto es perfectamente claro, de cómo se traduzca la miste esta transformación regresiva de la teoría de las Ideas obede
riosa expresión t o TO?.VT£A.wg ov, que es el término clave y de cía a la tendencia mostrada por Platón en su vejez, de consi
cuya intelección depende el sentido del conjunto. No vamos a derar los principios primordiales del universo como psíquicos
entrar, por supuesto, en toda la polémica lingüística, sino que y conscientes.23 Y Zeller,24 a su vez, no duda tampoco en aceptar
nos limitaremos a lo que consideramos como lo más esencial o la nueva concepción “energética” de las Ideas, pero ya no tanto
decisivo para la inteligencia del texto. por fidelidad al texto del Sofista, sino porque, como observa
El TOxvTeXwg ov puede, en primer lugar, traducirse perfecta Rodier, tiene necesidad de esta interpretación para defender
mente por “el ser que es en plenitud” o absolutamente. Aho a capa y espada la causalidad del mundo sensible por las Ideas,
ra bien, parece cierto que, en la filosofía platónica, el ser en en lugar del Agente divino que hará su aparición en el T im eo.
plenitud lo es únicamente el ser inteligible, es decir, la Idea. l a intervención de este Agente molestaba a Zeller, por razones
Así lo dice el propio Platón en la R ep ú b lica , y sirviéndose de muy suyas, y de ahí su empeño por radicar en la impersonali
la misma expresión exactamente, al declarar que lo que existe dad de las Ideas la causalidad tanto formal como eficiente.
absolutamente es también absolutamente cognoscible, en sí mis Otros intérpretes hubo que, animados de una doble voluntad
mo por lo menos, si bien no siempre relativamente a nosotros.22 salvífica: del texto y del platonismo, sostuvieron que las con
Dentro del contexto de la R ep ú b lica no tiene todo ello nin sabidas expresiones: alma, vida y movimiento, no han de to
guna dificultad: es, como ya sabemos, la doctrina general de marse aquí en su sentido habitual, sino en uno “puramente
los grados del ser, correspondientes, cada uno puntualmente, a los lógico”, según dice Rodier, para permitir de tal modo cierta
grados de inteligibilidad. Pero si en el texto del Sofista tradu apertura en el primitivo hermetismo eidético y hacer así posible
cimos igualmente por “Idea” el TtavTeAwc ov, resultará entonces lo que viene luego, que es la comunicación de los géneros. La
que Platón ha modificado del todo —anulado, mejor dicho— interpenetración de las Ideas, o aun su simple refracción en el
su teoría de las Ideas al introducir en éstas, así no más y de objeto sensible, serían de esta suerte su movimiento lógico. Su
repente, las cualidades propias de los entes sensibles: movi pongámoslo así —observaremos por nuestra parte—, pero ¿cómo
miento, vida y alma (xCvrjcrig xa,l £,wr) xa¡ clzo^T)). Con esta inva metaforizar igualmente, en entes puramente lógicos, cosas tales
sión en masa, por decirlo así, del heraeli tismo en el mundo de como “alma”, “vida” y "pensamiento”, de contenido tan cierto
las esencias, se viene abajo de golpe lo dicho en el C ratilo y en en todos los demás textos?
tantos otros diálogos; y no tiene siquiera sentido hablar en ade Dejando a un lado matices o sutilezas filológicas, el argumen
lante de dos mundos o de dos saberes (o cuatro inclusive, en to más fuerte, a nuestro parecer, contra la pretendida con
la segmentación de la Línea de la R ep ú b lica ), porque a todo se cepción energética, psíquica o cinética de las Ideas en el texto
lo lleva de frente el flujo heraclitano, ahora más voraz y cau del Sofista, está en el hecho de que allí mismo, líneas abajo,
daloso que nunca. Todo esto no puede ser, y mayor miramiento afirma muy claramente el extranjero de Elea que, así como no
debe tenerse con Platón antes de aceptar la comisión, por parte puede predicarse de todos los entes la inmovilidad, del mismo
de él, no de un parricidio, como el del Extranjero del diálogo modo no podemos admitir tampoco que en torios ellos haya de
con respecto a Parménides, sino de lo que, en el terreno intelec haber traslación y movimiento. Y la razón que el Extranjero da
tual, habría sido, ni más ni menos, un suicidio. en apoyo de una y otra aseveración, es una y la misma: que si
23 Pensatori Greci, IH, 512.
m 248 c. 2* Pialo and the o ld e r Academy, N u cí a York, 1962. pp. 261 sq.: "The
22 l i e ¡J. 477 a: to ¡i s v jravrrAcoc; ov iruvTsAiog yvtocTTÓv. I deas as Power s.”
242 LA C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S LA COMUNIÓN DE LAS F O R M A S 243

no hubiera en alguna parte movimiento y en otra inmovilidad, pero el camino queda abierto para que, en el resto del uni
no habría voüg: espíritu, intelección o inteligencia, como verso, en la totalidad del ser, pueda tener libre curso el di
más nos guste, ya que todo ello, el saber rigurosamente tal, namismo del espíritu; y a su debido tiempo lo configurará
supone la convergencia del principio cinético que es la mente, Platón, con rasgos muy precisos, en el Alma del Mundo y el De
con el principio acinético que es la Idea. Es la doctrina que miurgo del T im eo. Y podremos entonces ¿por qué no? hablar
viene por lo menos desde el C ratilo, y que, reiterada en tantos hasta de un movimiento que de algún modo tiene a las Ideas
otros diálogos, reafirma ahora Platón, en el Sofista, como algo por correlato: no porque venga de ellas, sino porque a ellas
incorporado irrevocablemente a su ideario filosófico. Y por si va el movimiento que suscitan en el Espíritu que las contem
alguna duda quedara, nos bastará con copiar, sin comentarios, pla. Al igual que el Motor Inmóvil de Aristóteles, la Idea de Pla
el pasaje con que cierra Platón el debate entre los Hijos de la tón, inmóvil asimismo, moverá también al universo, no de otro
Tierra y los Amigos de las Formas, del modo siguiente: modo que, sin moverse, “mueve como lo amado”, según lo dijo,
“Al filósofo, pues, y a todo aquel que ponga estos bienes maravillosamente, Aristóteles.27
(espíritu, saber, inteligencia) por encima de todos los demás,
le viene impuesta por ello mismo, a lo que parece, una norma E l no-ser com o alteridad
absoluta: ni aceptar la inmovilidad del Todo, ya sea que la
propongan los partidarios de lo Uno o los que admiten una Todo esto, empero, está por el momento en un horizonte
pluralidad de Formas, ni tampoco prestar oídos, en modo algu lejano aún. Lo que Platón deduce inmediatamente, una vez que
no, a los que mueven el Ser en todos sentidos; antes bien hacer ha fijado definitivamente su derrotero entre Heráclito y Par-
suyo, como lo hacen los niños en sus deseos, todo lo que es ménides, es que el ser está tanto en movimiento como en reposo
inmóvil y todo lo que se mueve, y decir que el Ser y el Todo (xívq<ng, cxácrig), con lo cual, lejos de haberse resuelto, se tor
son a la vez lo uno y lo otro.” 25 na agudo como nunca el problema del ser. Del reposo y del
No siendo así posible, como resulta con toda evidencia de movimiento, en efecto, decimos que son ; pero como entre ellos
todo lo anterior, identificar con la Idea el "ser en plenitud" hay, por otra parte, la máxima contrariedad imaginable
(en el Sofista, una vez más, y no en la R ep ú b lica , donde la iden (ÉvavxiwTaxa), habrá que concluir entonces que el ser no es,
tificación es correcta), habrá que decir entonces que aquella por su naturaleza, ni movimiento ni reposo, sino algo “tercero”
expresión debe aquí tomarse no intensiva sino extensivamente, que los domina a ambos por igual, y que tiene con ambos
es decir, como “la plenitud del Ser”, o como “el ser univer la comunidad o comunión (xoivwvía) que a ellos mismos, entre
sal”, según hemos traducido al transcribir el pasaje.26 Y del sí, les está negada en absoluto. Porque ni el reposo puede par
ser en su totalidad, como dice Brochard al adoptar, el primero ticipar del movimiento, ni viceversa, sin anularse por esto mis
tal vez, esta interpretación, no puede estar ausente todo esto mo; pero uno y otro, en cambio, participan plenamente en la
que en nosotros mismos palpamos o sentimos: movimiento, in comunión del ser (xíjg oúaíag xoivwvía).
teligencia, alma y pensamiento. No hay, contra lo que pensaba Tenemos así bien planteado esta vez el problema de la co
Zeller al decirlo así, ninguna “regresión de las esencias meta municación de los géneros, que no podrá resolverse sino por una,
físicas a su origen teológico”, sino, por el contrario, una progre y sólo una, de las siguientes tres hipótesis. La primera, que
sión. Las Ideas quedan tal cual eran, en su majestad augusta, toda comunicación, entre cualesquiera géneros, sea imposible en
absoluto. La segunda, que todos los géneros, sin limitación al
25 249 c'ú- guna, puedan comunicar entre sí. La tercera, que este poder
26 "I / £ t r e en sa pl én i t u d e est l a som m e de t out es les for m es ou espéces lo tengan unos géneros, pero no los demás.
d e l ’ét r e.” Es l a i n t er pr et aci ón f i n al de M on s. Di és (In tr o d u c tio n a u S o p h iste, La imposibilidad de la primera hipótesis ha quedado de he-
ed. Les Bel l es Let t r es, 1950, p . 289) , qu i en , p or haber est u di ado el S ofista
a l o l ar go de t oda su vi d a, t u vo l a hon est i dad de r et r act ar se de su p r i m er a
opi n i ón , em i t i da vei n t e añ os an t es, y según l a cu al el navreX ux; ov n o ser ía 27 M et. x ii, 10 72b : tó ítQüÍTOV xi voü v ¿XÍVTITOV ai r eó ... xi veí óii i b;
si n o el m u n d o sen si bl e, au n qu e en su t ot al i dad. ¿QIÓHEVOV.
244 LA C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S
LA COM UNIÓN DE LAS FO R M A S 215
cho demostrada por el ejemplo anterior del movimiento y el
cadas por esta visión, ya que no tienen fuerza para mantener
reposo, uno y otro participantes del ser. Así no hubiera, fuera
sus miradas fijas en lo divino.30
del ser, otro género comunicable, con esto bastaría para hacer
Queda así, por tanto, aplazada para mejor ocasión la feno
insostenible la hipótesis en su enunciado absoluto.
menología del filósofo, y por lo pronto se nos describe cómo
Igualmente indefendible es la segunda hipótesis de la co
opera su maestría del arte dialéctica, en el acoplamiento o re
municación total, que sería tanto como la confusión total de
pulsión de las Formas, de la siguiente manera:
los entes, del pensamiento y del discurso. El reposo sería mo
“Aquel que es capaz de dicha ciencia, puede percibir una
vimiento y viceversa, o más generalmente, tendría lugar algo
Forma única que se extiende sobre una pluralidad cuyos ele
tan radicalmente inconcebible como la identidad de los con
mentos se mantienen, cada uno, distintos; una pluralidad de
trarios.
Formas, recíprocamente diferentes, abrazadas exteriormente por
No queda entonces, como viable, sino la tercera hipótesis,
una Forma única; una Forma única, recogida en su unidad a tra
la de reconocer en unos géneros, y en otros no, este poder de
vés de una multiplicidad de conjuntos, y una pluralidad de
comunicación recíproca (5úvapi; imxoivwvía?). Impónese, por
Formas absolutamente distintas y separadas entre sí.” 31
tanto, y bajo este respecto, una discriminación entre las Formas,
Pasaje muy difícil, por cierto, porque no está nada claro
análoga, según dice Platón, a la que hace el gramático con las le
cuáles son exactamente, en cada caso, el universal o los uni
tras del alfabeto, o el músico con los sonidos, con el fin de ver,
versales a que se refiere Platón con esos giros metafóricos del
en uno y otro caso, cuáles combinaciones serán posibles, y cuáles
desplegarse, abrazar o contraerse de las Formas. De nuestra parte
no, en la formación de la palabra o de la melodía.
no encontramos otra explicación mejor, hasta donde es posible
Pues si en estos casos, cuando nos las habernos con elementos
darla, que la propuesta por Léon Robín, según el cual habría
tan inmediatamente perceptibles como letras o sonidos, no es
que ver, en el texto transcrito, los cuatro tipos de universales
de la competencia de cualquiera, sino apenas del gramático o
siguientes:
del músico, el operar debidamente la discriminación ¿de qué
1) Unidad genérica de una multiplicidad de individuos; como,
arte o de qué ciencia, incomparablemente superior, no habre
por ejemplo, “Hombre”, que se predica igualmente de Sócrates,
mos menester para percibir la “sinfonía de los géneros”, según
de Teetetes y del Extranjero. Sería, lógicamente, la extensión
sus respectivos acordes o desacordes? -5 Será ésta, por cierto, la
del género;
ciencia suprema, la llamada ciencia dialéctica (pey íc t t ) éracmrpr):
5i.aXexTt.xT) éiturorgn]}, y a ningún otro podremos atribuirla sino 2) Pluralidad de nociones contenidas en la unidad genérica.
al filósofo, y con tal que, además, filosofe con pureza y justicia.2 29
8 Animal + Racional en la de Hombre. Sería, esta vez, la com
No sin gracia observa el Extranjero, al convenir ambos inter preh en sión del género;
locutores en lo anterior, cómo sin proponérselo han llegado a 3) Unidad genérica de una multiplicidad de las anteriores
la definición del filósofo, cuando la que buscaban era la del unidades, como “Viviente”, que comprendería estos conjuntos:
sofista. Agrega, no obstante, que no deben darse, en esto tam Animal + Racional y Animal + No Racional. Sería el punto
poco, por satisfechos, ya que la representación del filósofo no de vista de la su bord in ación ; y
es menos difícil, a los ojos del vulgo por lo menos, que la del 4) Pluralidad de totalidades ideales, concebidas como indi
sofista, aunque por una razón del todo distinta: porque si el vidualidades genéricas: Viviente, Animal, Hombre, Racional
sofista se refugia en la tiniebla del no-ser, su elemento propio Tedríamos ahora en mira, exclusivamente, la coord in ación de
y constitutivo, el filósofo, por su parte, habita en el resplandor los géneros.32
del ser; ahora bien, los ojos de las almas vulgares quedan ofus Para muestra basta un botón, y no sólo para nosotros, sino

30 254 a: Si ñ xo Xafu-rpóv xf)g x ó p u ; oi>8a)uu; ev .x ex i 'i ; <V 0 f|vai xü yú y


28 253 b: ;t oíu xoíoig ai'ncfcovei xcüv yev&v xai itoía aXXr|Xa oü Sé/ Exai',
x f ¡; xü)v jtoXXarv r )r ux% o u u axa xapXEpei v ,xpb; xó Oxiov (apopcbvxu áf i óvci xa.
29 253 e: ’AXXñ jn'iv xó y s S ic i Xe x x ix ó v oúx aXXto fitóasi;. ó); ¿YÓnat.
«1 253d.
.t á t |v x(j> za0agü>; t e xai éixaíoig cfiXooocfoCvxi.
32 Pl at ón , O eu vres c o m p le te s , Ei b l i o t l u q u c i !r l a Pl ci ad e, 11)50, 11, 1464.
246 LA C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S
L A C O M U N I Ó N D E LAS F O R M A S 247
El no-ser se nos presenta de este modo como la expresión
para Platón mismo, quien declara, por boca del Extranjero,
que no va a hacer estos ejercicios dialécticos con todos los gé de la profunda finitud de cada ente frente a la infinitud del
ser. El ente es una vez lo que es, en relación consigo mismo, y no
neros imaginables: tarea literalmente infinita y no de un hom
es, mil y mil veces, lo que son los otros entes. El ser imprime
bre, sino de la humanidad pensadora, sino que va a limitarse a
en cada naturaleza la plenitud de su identidad, pero el no-ser
cinco géneros supremos (néyuria, yévt]), tres de los cuales: ser,
la circunda en muchedumbre infinita: es así como lo enuncia,
reposo y movimiento, han quedado explicitados, así como su
en sorprendente fórmula, el extranjero de Elea.36 En un islote
respectiva comunicabilidad o incomunicabilidad, y los dos que
del ser apenas, en una partícula infinitesimal mejor dicho, po
no han sido aún nombrados están de hecho implícitos en aque
demos poner la planta, y en torno nuestro nos envuelve la in
llos tres. Cada uno de éstos, en efecto, es idéntico a sí mismo
finitud de la nada; una nada que no lo es en sí misma, pero
(vaúxóv) y distinto (e-tepov) de los otros dos: distinto el movi
sí en nosotros mismos por todo lo que no somos.37 Por todo lo
miento del reposo, y distinto, a su vez, el ser del uno y del otro,
que no somos, además, no sólo en relación con todos los otros
ya que si fuera lo mismo se identificarían aquellos dos contra
rios, y por más que el ser, por su parte, no sea contrario de entes, sino por la misma oposición de alteridad con el ser
ninguno de los dos, ya que ambos participan en él. Tenemos mismo en cuanto ser, que es también un género aparte, en el
así, en suma, los cinco géneros siguientes: el Ser, el Movimiento, cual participan y no participan, a su vez, todos los entes finitos.
el Reposo, lo Mismo y lo Otro. Y de estos géneros, los dos úl Y es entonces, ai comprobar todo esto, cuando el Extranjero
timos son incomunicables entre sí, y comunicables, en cambio, lleva su osadía hasta declarar que el no-ser es verdaderamente
con los tres primeros. no-ser, y como tal connumerable, como una más, con las otras
El último de los cinco géneros supremos: lo Otro, va a ser Formas en su variada muchedumbre..38 Y al asentar así sus reales
ahora el decisivo en el hallazgo ¡al fin! del no-ser. Cada una en el reino de las Formas y recibir de ellas tan amplio recono
de las cinco Ideas, en efecto, es en sí misma, y no es en cimiento, queda finalmente consumado el parricidio de que
su relación con las otras, que son, por hipótesis, autónomas; hablaba el extranjero de Elea, ya que, contra el desafío hasta
cada una, por tanto, es y no es. La comunicabilidad o incomu entonces victorioso de Parménides, ha podido domeñarse el no-
nicabilidad recíproca es aquí algo muy secundario, ya que cada ser a que sea.
uno de los cinco géneros mantiene su identidad consigo mismo, La trascendencia que tiene esta doctrina del 110-ser, tanto
su m ism id ad en sí, y simultáneamente, su a lterid ad con respecto en la teoría de las Ideas como en la dialéctica que le es con
a los demás, al n o ser lo que ellos son, y viceversa. comitante, se expresa admirablemente, a nuestro parecer, en esta
El no-ser es así, en suma, lo otro, es decir, en tanto que otro, página de Léon Robin que, por su importancia, copiaremos
no por la mismidad de lo otro, que la tiene como otro género en su integridad:
cualquiera, sino por su alteridad.33 Considerado en este aspecto, “El no-ser está íntimamente mezclado con el ser, la alteridad
el no-ser no puede identificarse con la nada, ya que no es, como con la identidad: ninguna esencia, por tanto, queda aislada en
la nada, lo contrario del ser, sino sólo algo distinto de é l 34 y sí misma, sino que puede recibir, y sin contaminarse por ello,
que tiene, en sí y como “mismo”, su propia entidad. El no-ser una multitud de determinaciones diversas. Es el mismo proble
de cada ente es el ser de todos los otros entes que no son él, y ma al que respondía la antigua doctrina de la participación.
así lo ha aceptado, a nuestro parecer, la lógica moderna.35 ¿Tratábase, por ejemplo, de explicar la reunión en Sócrates de

33 El “en tanto que otro” es la única restricción que, con todo respeto,
3® 256 e: n epi ÉV.aoxov ap a xtov elóujv n o\v pév éaxi xó óv, an ci p ov Ós
nos permitimos proponer a la acertada glosa de Mons. Diés al texto platónico:
nW| 0 ei xó 9,11 óv.
“ L e n on -ét r e, c’est l ’au t r e.” Introduction au Sophist e, p. 279. 37 “ M a main n’est pas ma t et e, m a chai se, m a ch am b r e.. . El l e r en fer m e,
33 257 b: ót c ót üv t ó mi úx ’/ .éywuex, toe eo ixev , o vk évccvTÍov t i IwÉyopev
p ar ai n sí d i r e, u n e i n f i n i t é de néant s, les n éan t s de t ou t ce q u 'el l e n ’est
TOÜ OVTO«/./.’ ÜTfc'OOV uóvov. p oi n t .” M al eh i an ch e, E n tre tie n s a v e c un p h ilo s o p h e ch in áis.
a u tre s q u e A et 11'a point d’autre sens." Renouvier, L o g iq u e , p. 149.
38 258 c: ovtft) b e y.ni xó pi] ov y.axa xaú xóv pv t £ x ai l a t í pi | ov, évá-
s# “Selon la rigueur logique, la formule n on-A se traduit par tou s les
ptGpov t o j v noXXdrv ovxcov e£6o; e y .
autres que A et n’a point d'autre sens.” Renouvier, L o g iq u e , p. 1 4 9 .
248 LA COM UNIÓN DE LAS FO RM A S LA COM UNIÓN DE LAS FO R M A S 24!)
los caracteres específicos del hombre con las determinaciones peíamos demostrar, seguiremos aún a Platón en esta postrera
de viejo, calvo, chato, etcétera? Pues entonces se decía que el parte de su diálogo.
individuo sensible Sócrates participa en las formas inteligibles El dato primario de cjue partimos aquí es que tanto la verdad
separadas que reciben los nombres de humanidad, vejez, cha- como el error no están en las cosas mismas: ni en las de este
tedad, calvicie, etcétera. En la teoría nueva, se hablará de una mundo sensible, ni, menos aún, en las esencias puras, sino en
com unicación entre la esencia del hombre y otras esencias dis el entendimiento humano: non in rebus, sed in intellectu
tintas de aquélla, que aquélla no es, pero que pueden serle como dirá más tarde Santo Tomás, y no se desmentirá nunca
unidas; y esta determinada síntesis constituye el individuo sen o casi nunca en toda la historia de la filosofía.41 Del entendi
sible llamado Sócrates. Y del mismo modo podría constituirse una miento pasa el verbo mental al discurso de la palabra humana,
síntesis diferente, por la cual, uniendo a la esencia del hombre sin experimentar el primero, en este tránsito, la menor varia
las esencias de joven y cabelludo, tendríamos otro individuo ción. Pensamiento y discurso, dice Platón en una de las más
sensible, el llamado Tectetes. Con esto se desvanecen las dificul hermosas sentencias del Sofista, son lo mismo, con la sola di
tades del P arm én ides sobre la comunicación de lo sensible con ferencia de que el pensamiento es el "diálogo interior y silen
lo inteligible: no hay, en efecto, sino la participación entre las cioso del alma consigo misma”;4S
esencias inteligibles, y es esta participación la que constituye Todo esto no era precisamente, para Platón por lo menos, una
lo sensible, es decir, el complejo infinito por oposición a lo novedad, sólo que ahora se ve bajo un aspecto inédito y con
simple definido y limitado; la individualidad en tanto que perspectivas hasta entonces insospechadas. Antes, en efecto, no
complejo innumerable de determinaciones, por oposición a esta se veía cómo podía tener lugar un encadenamiento de juicios
otra individualidad que es la esencia como sistema finito de (en esto, en suma, viene a resumirse todo pensamiento o dis
relaciones, o de otro modo, si se cjuiere, lo percibido h ic et nunc, curso) , desde el momento en que parecía haber una irremedia
por oposición al objeto permanente del pensamiento universal. ble separación entre los inteligibles que deben unirse en la es
Podemos continuar hablando, no hay duda, de un mundo inteli tructura judicativa. Ahora, en cambio, la comunión de las For
gible, pero de un mundo en el cual cada esencia es relativa a una mas hace igualmente posible su enlace en el espíritu, de tal
multitud de otras. . . Correlativamente, la Dialéctica experimen modo que el pensamiento o el discurso —el logos, es decir— no
ta una transformación análoga. No es ya aquel impulso casi es, según la fórmula feliz del extranjero de Elea, sino el entre
místico por el cual se lanza el alma hacia lo inteligible. Filo- lazamiento recíproco de las formas inteligibles.43 A la xoivwvía
solía significaba entonces aspiración hacia el término de una t wv YEvcóv corresponde así, en la conciencia, la crupxXox'ri
iniciación, amor del objeto que, al alcanzar este término, sería xwv etScov; ni más ni menos.
revelado. En cierto sentido es esto aún, pero el misterio es aho Reparemos, no obstante, en que la segunda operación no es
ra el de las relaciones por las cuales se constituyen las cosas en modo alguno una reproducción automática de la primera,
del mundo sensible, y la iniciación, a su vez, es la sustitución sino el producto de una actividad autónoma y original del es
progresiva de las relaciones inteligibles al dato puro de la píritu. Así se desprende, sin lugar a dudas, de otro célebre texto
experiencia.” 30 del Sofista en que nos dice Platón que el pensamiento o el dis-

10 263 c!: év Taí$ i|n,'xais-


L a au ton om ía d el espíritu 41 La restricción la hacemos sobre todo por Heidegger, quien se apoya en
la etimología de ó a t iOeio : (primero “descubrimiento” y luego "verdad”) ,
Con todo lo anterior estamos ya en aptitud de resolver el pata sostener que la verdad radica ante todo en la cosa misma. Pero el
problema del error o de la falsedad (si voluntaria o involunta- hecho mismo del des-cubrimiento o la de-velación del ente, hace ver cómo
lia no hace al caso mayormente), que suscitó, según vimos, la la verdad guarda necesaria relación con el entendimiento que efectúa aque
definición del sofista. Por el gran interés que tiene, como es- llas operaciones.
4- 263 c: ó pév ÉVTÓ5 rf]c; qnixijc; tipo; aü-ríyv 8táXoYO? óíveu <powií$.
43 259 e: 8 tá y á o rf|V áXXrp.arv xarv eí Süt v tR'pjtXoxiyv ó Xóyo$ yéyovEv
'¿J J.rs t apports de V élrc el de la connaissance d’aprés Platón, pp. 1 2 2 -2 3 .
250 L A COM UNIÓN DE LAS FO R M A S
LA COM UNIÓN DE LAS FO R M A S 251
curso: el logos con generalidad ilimitada, tanto el verdade que el no-ser participa igualmente del ser,48 por tener con éste
ro como el falso, por consiguiente, ha de considerarse en adelante una relación no de contrariedad, sino simplemente de alteri-
como uno de los géneros del ser.44 Ésta sí es, por cierto, otra dad, y cuando sabemos, además, que el no-ser se mezcla por
de las grandes novedades con que nos encontramos aquí: esta dondequiera con el ser, estando como está “diseminado en todos
posición de la conciencia, con sus leyes y funciones propias, fren los entes” ,49 no tiene por qué no mezclarse también en los pen
te al ser en general, cuando anteriormente, en el F ed ro y el samientos y discursos, cuya verdad, en suma, consiste en su
F ed ón por ejemplo, no era el pensamiento, según la certera total adecuación al ser y cuya falsedad, a su vez, resulta de repre
observación de Stefanini, sino la presencia del ser para sí mis sentarse o enunciar lo que, por alguno de sus aspectos por lo
mo, por más que dado en la conciencia.45 Por el impacto au menos, no es.50 Tiene así el discurso falso una realidad psico
tomático de la reminiscencia, como si dijéramos, aparecía la lógica y una estructura lógica que en vano podría negarse, y
Idea con inmediata transparencia en la conciencia, que con de aquí su ser; pero no tiene validez lógica, ni, menos aún,
sumisa fidelidad la reflejaba como en un espejo límpido e ontológica, y de aquí su no-ser.
inerte. Ahora, en cambio ¡por algo habrá sido! no vuelve a Con estas consideraciones pone fin Platón a este admirable
hablarse más de la reminiscencia, que viene sustituida por lo diálogo, haciendo ver, a guisa de conclusión, cómo y por qué
que —aunque no, por supuesto, en sentido prekantiano— pue puede legítimamente describirse al sofista como artífice del no-
de llamarse, con toda propiedad, la actividad sintética de la con ser, en cuanto fabricante que es de simulacros falaces. Por ahora
ciencia. no le hace falta decir más, pero bien a la clara muestra Platón,
Siendo todo ello así, el discurso verdadero será, por consi en las palabras finales de sus personajes, cómo el Sofista va a
guiente, el enlace que el espíritu efectúa entre dos o más no ser también, en mérito de sus altas conquistas filosóficas, el
ciones, y que es del todo correspondiente al enlace que los pr