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As de corazones

La vida escuece. Como lo hace la sal en una herida


abierta, esa que tarda en cicatrizar, en la que la piel
no acaba de cubrir y reparar por sí misma. Y así nos
vamos sumergiendo en la vorágine, en el agujero
negro que es la realidad, que lo fagocita todo,
tragándose nuestras esperanzas, nuestros sueños,
mientras nosotros intentamos crear unos distintos,
mejores, o incluso peores, pero diferentes al fin y al
cabo. Y ahí está también el destino, que como
aquella sal que no deja que cicatricen las heridas, nos
empuja en una dirección, luego en otra, para acabar
quizá en el mismo punto, volviendo al error, al secreto
guardado bajo siete llaves, a las almas que están
destinadas a encontrarse aunque estén ciegas.
Ciegas por el amor que rebosa del vaso tallado a
mano, ciegas porque el aire no llega a los pulmones
de la pura emoción, y ciegas porque el olor, el aroma
de ese campo lleno de flores, amapolas quizá, que no permiten que su vida sea
algo maravilloso sino un continuo de sinsabores. Porque el amor es maravilloso,
pero también puede doler. Y en ese dolor, en ese pequeño fragmento de cristal
que nos ha provocado la herida, se encuentra As de corazones que se introduce
presto a desgarrar un corazón, la raíz que nos sustenta desde la tierra, para
convertir al lector en otros personajes que ya, jamás, podrán írsele de la cabeza.

La única forma que se me ocurre para describir a la perfección la nueva novela


de Antonia J. Corrales es empezar por el final: una lágrima, ese tipo de lágrima
que resbala poco a poco por la mejilla, sin que apenas nos demos cuenta, y que
mancha las páginas del papel emborronando el punto y final a una historia
redonda. Una lágrima, que antes se había convertido en ira, en una ira ciega por
las injusticias del amor, por las injusticias de la vida, por las injusticias que
provocan aquellos que ven en el egoísmo su forma de vida. Pero esa lágrima, que
permanece en la cuenca de los ojos, hace florecer pequeñas hojas, unos
pequeños brotes de algo llamado esperanza, de un querer que todo salga bien
incluso cuando sabes que eso no es posible, que la vida es perra, ladra y muerde
a su antojo y nos devora hasta las entrañas. Es esa fuerza, el valor de una fuerza
que nace desde dentro, lo que convierte a As de corazones en una pasión
desenfrenada por la vida, por encontrar la huida de nuestro cautiverio, por navegar
por un mar embravecido cuando nuestra propia balsa ya está en las últimas. Es
esta novela, en mis propias palabras, un bote salvavidas.

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