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Diplomatura en Geopolítica y problemas

de la región
Materia
Pueblos originarios
Segunda Clase
Kulemeyer, Jorge
“Etnicidad” (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia –
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional
de Jujuy, Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, Julio 2016)

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Edición electrónica para Campus Virtual CCC: ANDRÉS BORON

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El siguiente texto ofrece una serie de citas de textos y frases de elaboración propia
seleccionadas, en su conjunto, con el propósito de impulsar el debate en torno a algunos
de los conceptos y concepciones relativas a la constitución y organización de la sociedad
que en el presente se encuentran muy en boga y generan posturas que, muchas veces,
se encuentran enfrentadas entre sí.

Para el debate de los temas de etnicidad proponemos diferenciar mediante el análisis


exhaustivo de los sucesos del pasado y el presente, la situación de cada uno de los
grupos. Antes que generalizar conviene tener en cuenta las particularidades las
particularidades que, por ejemplo, han caracterizado a lo largo del tiempo las formas de
vida y de vinculación de los pueblos agroalfareros sedentarios del área andina y las de los
cazadores-recolectores chaqueños o amazónicos. La diversidad de contextos y
situaciones requiere tener en claro las referencias concretas.

Etnicidad y neoliberalismo

La década de los noventa del siglo veinte fue escenario de sucesos que han significado
cambios políticos y conceptuales destacados que fueron materializados a través de
modificaciones en las políticas de Estado en materia de derechos específicos en base a
concepciones de etnicidad a partir de los cuales se genera cambios de gran importancia
en el escenario político y social marcado por movimientos sociales portadores de nuevas
consignas y demandas.

Esta tendencia, lejos de constituir una situación paradójica y contradictoria o


descontextualizada de la tendencias globales por entonces dominantes, se inscribe como
parte substancial del modelo ideológico neoliberal que procura extender los parámetros
segregacionistas de organización social, que históricamente caracteriza a los EEUU, en
detrimento de posturas integracionistas.

Con el auge del neoliberalismo se va conformando una nueva “configuración semántica”


para dar cuenta de una realidad social que, en referencia al caso chileno, es descripta
como organizada “… alrededor de las nociones de exclusión, negación de la diferencia
cultural, des-empoderamiento, paternalismo y asistencialismo en su vertiente negativa y
de las de capital social y cultural, empoderamiento, cultural asset, fortalecimiento
institucional, patrimonio cultural, participación y responsabilización en su vertiente positiva
participa de la emergencia de la nueva cuestión étnica en Chile”.

Se produce un “… volcamiento del mono-culturalismo del estado-nacional al


multiculturalismo neoliberal” en un contexto en el que se establece “… una visión y
división del mundo social de índole neoliberal que tiende a responsabilizar a los agentes
sociales, a tratar a las comunidades como pequeñas empresas… Podríamos hasta decir
que el multiculturalismo es la efectuación de la racionalidad económico-política del
neoliberalismo en el ámbito sociocultural” encargándose la política de traducir
desigualdades sociales y económicas en términos de diferencias étnico-culturales.

Lo que en otro período se expresó en los términos de la explotación o del peso de unas
tradiciones anticuadas, se expone ahora en el vocabulario de la diferencia cultural
valorizada. En lugar de poner el acento sobre la usurpación de las tierras indígenas, de
las externalidades del modelo económico agroexportador, de las relaciones de los
minifundistas con los mercados locales o del trabajo asalariado de los comuneros

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indígenas y de la extracción de plusvalía, se evoca la necesidad de valorar a las culturas
indígenas y “ayudar al indígena a que se auto-ayude”, a que encuentre su lugar en los
nichos de mercado. El indígena sufre, no por culpa de los mecanismos del mercado global
o de la violencia brusca y brutal de las fuerzas policiales que aseguran the rule of law,
tampoco es atrasado porque ha quedado atrapado en una tradición cultural llena de
supersticiones y envidias, sino porque ha sido excluido del mercado y no ha podido sacar
provecho de sus ventajas comparativas.
Boccara y Ayala, 2011

[…] resulta paradojal el aliento a los derechos indígenas expresado en el proyecto de la


ONU, en 1995, por un lado, y el aliento desde los organismos multilaterales de crédito,
conducido por las mismas grandes potencias, al endeudamiento externo de las naciones
del continente. A su vez el desmantelamiento de las empresas estatales; la derogación de
leyes laborales protectoras de sus trabajadores; la privatización de la seguridad social, el
establecimiento de zonas o regiones de “libre comercio” (ALCA, NAFTA), entre otras
medidas derivadas del Consenso de Washington, completaron la contradicción.

[…] la conformación en los últimos treinta años, de un entramado compuesto por expertos
internacionales que responden a las grandes potencias, pero dicen ser independientes;
organizaciones no gubernamentales, que crecieron en la década de los noventa
aprovechando la ausencia del Estado;

… dirigentes indígenas, que ante la ausencia de respuestas en sus países, recurrieron


legítimamente a la instancia internacional, pero terminan alejados de la dinámica de sus
comunidades, y asimilados a este orden internacional. Los mismos, generalmente son
apoyados técnicamente por ong que reciben financiamiento internacional, reproducen a la
ideología neoliberal antiestatal, tras un supuesto progresismo y declaman un retórico
derecho internacional indígena. Estas organizaciones alientan posturas y reivindicaciones
de máxima, desentendiéndose de analizar si se corresponde con los niveles organizativos
indígenas, o con la correlación de fuerzas en el país entre los sectores dominantes y los
populares.
Fernández, 2010: 17

A veces, las raíces, aquello que constituye (lo constituyente) del agarramiento a la tierra
(la pertenencia a un lugar), se convierte en política y en mercancía política, las más sin los
oportunos cuidados y, en otras, la tradición opera (es operada) como un ocultamiento de
los orígenes.

El problema no reside en negar ese sentimiento de ligazón afectiva con los lugares (las
topofilias y las topofobias) sino en comprender que cambian de sentido al ser convertidos
en (reivindicación) política y en geopolítica (Rubio Díaz, 1988).

El aceleramiento de los procesos de globalización y la revalorización del territorio, de


sistemas de conocimientos presuntamente “ancestrales” y las consignas del buen vivir
que se proponen como producto de una cosmovisión propia de los pueblos originarios,
serían parte de un mismo esquema global en el que se propician los procesos de re-
etnización o re-indianización objetivo para el cual se buscan fórmulas creativas que,
desde el lenguaje y la elaboración de nuevas narrativas, contribuyen a que quienes se
reconocen como indígenas en la actualidad conformen un marco hermenéutico desde el
cual puedan configurar una nueva verdad que legitime su existencia, su conexión con el
pasado y su proyección a futuro como grupo étnico (Gómez Montañez, 2015).

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1.- La población aborigen

Rodríguez Wong y Sánchez (2014) señalan que la literatura demográfica sobre pueblos
indígenas y afrodescendientes es relativamente escasa. La concientización sobre la
necesidad de documentar la dinámica demográfica de estos segmentos poblacionales
enfrenta, limitantes de diversa índole, algunas de las cuales son:

1.- la dificultad de las definiciones que se envuelven en este universo;


2.- el desconocimiento del tamaño de la población indígena y afrodescendiente;
3.- la calidad de los datos disponibles (como consecuencia de lo anterior);
4.- la dificultad para discernir objetividad de prejuicio e ideología.

En el caso de los pueblos indígenas, las agencias internacionales estiman que,


actualmente, estos alcanzarían entre 250 a 350 millones alrededor del mundo,
representando el 5% de la población mundial (IWGIA, 2008). En total podrían ser 370
millones viviendo en más de 70 países en todo el mundo (United Nations, 2014). Los
esfuerzos internacionales por dimensionar la población indígena llevan ya algunas
décadas y su falta de precisión está relacionada a la naturaleza de la definición de pueblo
indígena y al reconocimiento del derecho de una persona a ser identificada a sí misma y
ser reconocida y aceptada en su comunidad como indígena (Rodríguez Wong y Sánchez,
op. cit. 2014)
.
País Último censo disponible Población indígena estimada al final de la década
(en millones) Proporción de la población

México 2010 16,83


15,0%
Perú 2007 7,60
26,0%
Guatemala 2002 5,88
41,0%
Bolivia 2012 4,12
41,0%
Colombia 2005 1,53
3,3%
Ecuador 2010 1,02
7,0%
Argentina 2010 0,95
2,4%
Brasil 2010 0,82
0,5%
Venezuela 2011 0,72
2,8%
Chile 2002 0,79
4,6%
Honduras 2001 0,55
7,2%
Panamá 2010 0,42
12,2%

4
Nicaragua 2005 0,35
6,0%
Paraguay 2012 0,11
1,7%
Costa Rica 2011 0,10
2,4%
El Salvador 2007 0,01
0,2%
América Latina 41,81 7,8%

1.1 Las contradicciones de los datos demográficos de los censos recientes de indígenas
en países de Sudamérica

Las aparentes fuertes contradicciones que en corto lapso se registran en los censos de
poblaciones de indígenas en países de Sudamérica son, entre otras razones,
consecuencia de los vaivenes de las políticas de mayor o menor grado de especificidad y
los intereses que, en cada caso, resultan de ella. Es decir, las contradicciones que arroja
la comparación de las cifras resultantes de censos, generalmente separada la realización
del uno y el otro por solo una década, pueden ser mejor interpretadas si se tienen en
cuenta las políticas nacionales e internacionales en la materia.

En Bolivia el censo de 2001 había arrojado el dato que 62% de la población boliviana se
definía a sí misma como indígena. Los resultados de los censos en estas cuestiones
siempre dependen de las opciones de respuesta que se presenten y las tendencias del
contexto socio-político-ideológico del momento histórico en que se realiza el relevamiento
(Albó, 2009). Un dato no menor, y controvertido, es que el mencionado censo no incluía la
categoría “mestizo” por lo que ha hecho referencia a un “mesticidio estadístico”.

De 6.916.732 personas de 15 o más años, 4.032.014 (58%) negaron pertenecer a


algunas de las naciones o pueblos indígenas originarios y 2.806.592 (41%) afirmaron una
pertenencia. Éste es el resultado del recojo de información del Instituto Nacional de
Estadística (INE) con relación al Censo Nacional de 2012.

Como boliviana o boliviano ¿pertenece a alguna nación o pueblo indígena originario


campesino o afroboliviano?, era la pregunta 29 de la encuesta, en la que el empadronador
no podía leer las opciones de respuesta.

Los quechuas, con 1.281.116 (46%, 626.307 hombres y 65.809 mujeres), y los aymaras,
con 1.191.352 (42%, 592.817 y 598.535 comparativamente), lideran la lista. Les siguen
los chiquitanos con 87.885 (3%), los guaraníes con 58.990 (2%), los mojeños con 31.078
(1%). Respecto a los afrobolivianos, se indica que son 16.329 (0,58%).

Volviendo al censo del 2001, otras fuentes insisten en la falta de realismo de los datos
obtenidos ya que todas las restantes encuestas ofrecen cifras que rondan un 67% de
mestizos y sólo de 16% de indígenas por lo que la etnización de la política a partir de esta
única información censal y del concepto que los pueblos originarios habrían mantenido
incólumes sus costumbres, sus culturas, y que ellos, como variedad de naciones que
deberían ser la base de un Estado plurinacional, ha llevado, en la práctica, a un tránsito a
la monoculturalidad, pues tras de las loas a todos los pueblos originarios, en realidad lo
que se sobrevalora y se pone como el centro del discurso estatal, es todo aquello que
proviene de la cultura aymara (Toranzo Roca, 2008 : 54-55). Sin ánimo de pretender

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tomar partido en torno a esta imputación, cabe recordar aquí que Tiwanaku, la Diablada y
hasta Evo Morales se asocian como referencias del mundo aymara.

“Hasta hace unas décadas parecía que la palabra mestizo había resuelto
un problema histórico, o estaba en camino de resolverlo. Íbamos a
encontrarnos como sociedad en esta idea, una idea muy amplia, un gran
paraguas definiendo el mestizaje como el resultado creativo de la mezcla.
Pero ahora la palabra mestizaje se pone en cuestión, porque en teoría
representa el intento de imponer una visión de una mezcla carente de
esencia, una mezcla en la que una lengua, una religión y una visión
uniforme de todo, está disfrazando la realidad compleja y múltiple de lo
que en Bolivia definimos como la suma de las naciones indígenas y el
Estado Plurinacional en el que formal y oficialmente se ha convertido la
nación en una nación de naciones, sustituyendo el concepto "República"
por el de "Estado Plurinacional". La palabra mestizo en consecuencia es
objetada por muchos estudiosos, antropólogos, historiadores e
historiadores del arte, que dicen que no es una palabra que refleje
realmente la complejidad del mundo andino”.
Mesa Gisbert, 2011 : 58

En Ecuador el censo realizado en el mismo año que en Bolivia (2001) arrojó como
resultado que se autoidentificaron como mestizos un 74% de la población, blancos un
11%, afrodescendiente (negro y mulato) un 6% e indígenas sólo el 7% (Walsh, 2010 :
112). Las dificultades propias del instrumento de la autoidentificación se hacen evidentes
con la desazón y controversias que generan las distintas lecturas de las cifras resultantes
de cada censo. Seguramente muchas veces el error está en pretender separar
binariamente mestizos e indígenas cuando ni siquiera los propios interpelados tienen una
definición clara al respecto y, a veces, no le otorgan al dato una relevancia similar a la que
le asignan aquellos más interesados o comprometidos ideológicamente con el desarrollo
de las políticas públicas.

En relación a Perú, Peralta Ruiz ofrece la interpretación que de algún modo puede
también encontrar similitud con lo que acontece en otros países de la región cuando
señala que “…

quienes se encuentran desvinculados directamente del universo rural e


indígena, sienten que pueden resolver parte de su identidad participando
de esa continua introspección criolla y mestiza llama indigenismo. Por eso
los indigenistas, más que dar cuenta de la identidad de los indígenas,
reflejan el eclecticismo de un pensamiento criollo que se niega a
reconocerse y proyectarse sobre sí mismo. Al ponerse como meta el
conocimiento de la tradición andina, para rescatarla como símbolo de
peruanidad, los indigenistas lo hacen renegando de su propia heterogénea
herencia cultural”.
Peralta Ruiz, 1995 : 292

En Chile mapuches, aymaras y rapa nui entre los censos 1992 y 2002, la población
“disminuyó” en los tres casos en esos diez años. En términos absolutos, en 2002 fueron
empadronados casi 420 mil mapuches menos que en 1992, de un total de casi un millón.
En términos relativos, el pueblo rapa nui registró entre el 15% y 20% menos de lo que fue

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declarado inicialmente. También llaman la atención los datos sobre distribución según
sexo y edad.

En Brasil la autoidentificación, junto a la toma de conciencia y el empeño sociopolítico –a


raíz del Plan de Acción– acerca del reconocimiento de pueblos indígenas y
afrodescendientes, ha sido tal vez el motivo por el cual el registro de los pueblos
indígenas evidenció un aumento, reflejado en una tasa media de crecimiento de 11% al
año (Rodríguez Wong y Sánchez, 2014). Nótese que este crecimiento se habría dado a lo
largo de la década de los noventa, coincidiendo con grandes movimientos de lucha por la
visibilidad de grupos minoritarios especialmente impulsado en tiempos del auge neoliberal
de fines del siglo XX.

1.2. Argentina

En nuestro país el nuevo discurso puede ser asumido por buena parte de los sectores
políticos y sociales pues no plantea un compromiso efectivo de cara a la realidad social,
económica y ambiental pero sí algunos reacomodamientos en las políticas destinadas a
determinados pobladores de las zonas económicamente periféricas y de baja densidad de
población para quienes, en la medida que se organicen jurídicamente en comunidades
indígenas basados en el concepto de autoadscripción dando lugar a procesos de
multiplicación y diseminación étnica. Para los grupos así organizados se plantean desde
el Estado beneficios específicos tales la “devolución” de tierras (promesa que se cumple a
cuentagotas de la mano de una compleja estructura política, legal y administrativa,
estando generalmente circunscripta solo aquellas tierras que no se encuentran en manos
de particulares), sistemas de becas, subsidios, “restitución” de restos óseos humanos de
época prehispánica (hecho que también, rara vez se cumple en la práctica), etc. Aranda
(2010 : 17) afirma que “El 60% de los argentinos tiene antecedentes indígenas y
componentes genéticos amerindios de los pueblos nativos” dato que permite suponer que
se encuentran descendientes de indígenas en todas las grandes ciudades del país,
incluyendo la de Buenos Aires. Sin embargo allí los derechos y las demandas de
restitución de tierras para esos lugares no están siquiera planteadas como parte de su
escenario político cotidiano como lo están, por ejemplo, para las porciones
económicamente más postergadas del país.

García Moritán y Cruz (2012 : 158) reseñan que durante los años 2004/2005 se desarrolló
en todo el país la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI). Su resultado
consignó la existencia de 281.959 hogares indígenas que permitieron establecer, como
mínimo, una población de más de 600.329 aborígenes, pertenecientes a 31 etnias. Otra
estimación oficial indica que, sumada la población aborigen rural no contabilizada, habría
un total de 1.012.000 aborígenes en el territorio nacional. Por su parte, la Asociación
Indígena de la República Argentina (AIRA) estima que existirían alrededor de 1.500.000
indígenas, mientras que para el Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA) su
número ascendería, quizás, a 2 millones.

Pero la objetivación estadística contrasta con el dinamismo observado en la


práctica política cotidiana de los pueblos indígenas donde sus marcaciones
étnicas se están redefiniendo constantemente. En este sentido, muchas de
las denominaciones o categorías colectivas de pertenencia étnica no
pueden considerarse "estabilizadas" ya que sus límites, y características no
encuentren idéntica correspondencia en las representaciones de sus

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propios miembros. Es el caso por ejemplo, del grupo étnico de los
“homahuacas” donde algunos miembros postulan actualmente una
diferenciación respecto de los “kollas”, denominación étnica a través de la
cual se los ha englobado hasta el momento. Otro ejemplo es el de los “tupís
guaraníes” o los “ava guaraníes” donde se plantea una diferencia respecto
de los “guaraníes”, una categoría también englobante aunque ampliamente
utilizada. Entonces, hablar de “los kollas” o “los guaraníes” como un
colectivo dado, por momentos parece ser una ficción estadística, una
ilusión que responde a las necesidades de la medición y la cuantificación

Goldberg, 2007

Bibliografía

Gómez Montañez, P., 2015. La Re-etnicidad o "Despertar" Muisca del Centro de


Colombia: Tropos y Oximorones. En: Estudios latinoamericanos: Pueblos originarios hacia
el siglo XXI. Enfoques actuales, páginas 117-142. Universidad Autónoma de Chiapas.

Rodríguez Wong, L.; Sánchez, J., 2014. Esfuerzos para el avance en la investigación
demográfica sobre la población afro-descendiente e indígena en América Latina:
rezagados entre los rezagados - Una introducción. En: Situación de la población afro
descendiente e indígena en América Latina – puntos de reflexión para el debate sobre
Cairo + 20. Belo Horizonte: ALAP, 237 p. (Serie e-Investigaciones; 4).

Rubio Díaz, A., 1988. El Patrimonio como laberinto y paradoja. En: PH: Boletín del
Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, Año nº 6, Nº 25 : 106-113. Dossier: Patrimonio
y Sociedad.

Torres-Rivas, E., s/f. Consideraciones sobre la Condición Indígena en América Latina y


los Derechos Humanos. Serie: Estudios Básicos de Derechos Humanos. Publicación
electrónica.