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Aparentar según se representa: Chaucer se convierte en autor de

Barry Sanders
I

Sanders afirma que Chaucer fue el primer inglés en explorar la “isla de la ficción”. Todas
sus actitudes y estrategias, todas las formas que adopta son, según el autor, audazmente
novedosas. Es el primer escritor inglés que empleó la palabra autor en su sentido secular,
que empleó la palabra cuento en su sentido literario y que empleó las palabras auditorio y
oyente sin sus implicaciones legales. Afirma que Chaucer proporcionó nuestra forma oral
más persistente, poderosa y penetrante: el chiste moderno.

En la Edad Media, solo se reconoce un único autor supremo, con suprema autoridad: Dios.
Sanders dice que es el primer escritor que se mete con Dios. Casi todos los escritores
medievales se limitaron a la alegoría, la fábula o la visión onírica, es decir, a reordenar
partes prefabricadas del ordo divino. No pretendían tener ninguna originalidad. Sin
embargo, Chaucer sí se atreve a la originalidad. Éste elude los cargos de usurpación divina
e iconoclasia por la vía de desmantelar las nociones eclesiásticas y oficiales de autoridad a
través de dos recursos: la mentira y el chiste.

II

La simulación, tanto moral como literaria, depende de la habilidad de una persona de


reformar sus propios pensamientos, lo que en la Baja Edad Media se denomina narración.
Ni ese pensamiento que es distinto al habla, ni ese yo pensador que es distinto del hablante,
pueden existir sin que el habla haya sido antes transformada en pensamiento que se
almacena en la memoria letrada.

III

Chaucer comienza los Cuentos de Canterbury con una forma sintáctica particularmente
difícil de captar para un oyente iletrado: una cláusula subordinada. Esto supone que el
oyente graba la cláusula subordinada en su mente y postergue la comprensión de su
significado hasta escuchar la cláusula independiente.

Chaucer complica aún más esta construcción temporalmente confusa al comenzar los
Cuentos de Canterbury no con una, sino con dos clausulas subordinas consecutivas: la
primera, de la línea uno a la cuatro, y la segunda de la línea cinco a la once. Pero al llegar lo
oyentes a la línea doce, los oyentes, sin duda, no recordaran ya lo que venía antes, o en el
mejor de los casos solo tendrán una vaga idea. Lo que produce Chaucer, según el autor, es
un nuevo tipo de analfabetismo más primitivo: la incapacidad de leer y escribir y escuchar.
Al llegar a la línea doce, el auditorio de Chaucer habrá advertido que esta realización oral
era diferente, que la precede un texto y que el significado esta contenido dentro de la obra,
no en el autor, y no en ellos.

La incapacidad de recordar, es una estrategia crucial en Chaucer. La emplea, inicialmente,


de un modo agresivo y autoritario para poner a los oyentes en su logar de transición.
Exigiéndoles que hagan lo imposible (que visualicen la página a mediad que escuchan su
lectura en voz alta) los convierte en víctimas, privándolos de la oportunidad de captar
verdaderamente el poema. El truco de C. va más allá, revelando su propia incapacidad de
recordar, C. indica una transición igualmente importante (la suya) que va del poeta y el
orador al autor y la autoridad.

El autor afirma que el narrador Chaucer comienza los Cuentos de Canterbury dando
algunos datos sobre los treinta y tres peregrinos con los que estuvo una noche en la Posada
Tabard. C. evitará las herramientas de la escritura, porque pretende que su poema sea algo
distinto de un memorándum al estilo de los documentos del siglo XII (que solo servían para
registrar algún hecho). En vez de eso, nos cuenta lo que recuerda.

Por otro lado, lo que anuncia C. –al comienzo de los Cuentos- es sorprendente: se propone
contarnos todas las historias que contaron los peregrinos en su viaje de ida y vuelta, “según
las recuerdo”, en las distintas voces de cada uno de ellos, repitiendo exactamente sus
metáforas, imágenes, colorido de lenguaje e ideas: ipsissima verba. En consecuencia,
Chaucer narrador se convierte deliberadamente atrevido en su pretensión de recordar todo,
a efector de que Chaucer hombre pueda convertirse en un autor imaginativo. Ningún otro
autor medieval empleo la memoria como depósito de este tipo, como un promptorium, para
la ficción.

Al auto asignarse la capacidad de recordar cada detalle y matiz, cada parpadeo y suspiro de
cada uno de los treinta y tres peregrinos, C. se presenta a si mismo como un mentiroso,
como alguien que, sin embargo, no se propone engañar maliciosamente, sino encantar con
falacias y fabulaciones. Sin embargo, debe mantener la ficción de que su ficción es cierta.
C. logra esta verisimilitud de distintas maneras, una de ella es al asignarse a si mismo el
papel de uno de los peregrinos, C. da entender que el estuvo allí y por eso lo sabe. Además,
logra más realismo basando los personajes de algunos de los peregrinos en ciudadanos
reales del Londres del siglo XIV (ej. El anfrition, Harry Bailly).

Por otro lado, la palabra escrita constituye la versión autorizada, la verdad autenticada. Pero
demasiada verdad puede arrastrar a Chaucer a un terreno sagrado turbulentos. En
consecuencia, para calmar las cosas, C. trasladó su creación a una categoría teológicamente
imparcial: la de la falsedad ficcional. Sanders explica que C. ya no podía esconderse detrás
de una musa enmascarada, sino que tuvo que invocar una nueva musa, la diosa del olvido

IV
Las bromas

El autor explica que las bromas oscilan entre la mentira y la forma más sutil de decir la
verdad. Si bien se inician como mentiras, inocentes y benignas, las bromas a menudos
asestan los golpes certeros de la verdad. Hay una ambigüedad, en las bromas, que les
permite tanto al autor como al bromista obrar con total impunidad. El bromista dice: “sólo
estoy bromeando, no fue más que un chiste”; mientras que el autor afirma: “es sólo un
cuento”.

Sanders también explica que, durante la Edad Media, en Inglaterra y Francia, se desarrolló
una rica tradición de bufonerías y narraciones. A partir del siglo XIII, estos diversos
comediantes, recibían el nombre de jongleur (en francés) o juggler (en inglés).

Chaucer incorpora la historia de la forma, la narración y la risa en un único y supremo


exponente al crear el primer chiste moderno: “El cuento de Molinero”. El hecho de encerrar
el chiste en un contexto escrito obligó a Chaucer a convertirse en un escritor moderno, a
desechar estereotipos familiares tradicionales en favor de los personajes dramáticos. En
suma, por escribir chistes, Chaucer tuvo que convertirse en un autor serio.

Sanders analiza los chistes en el “Cuento del Molinero” y en el “Cuento del Magistrado”.
Afirmar que, así como jugamos bromas pesadas para dejar sentado nuestro poder y ejercer
el control, dirigimos bromas agresivas a nuestro prójimo por envidia. Por lo general,
envidiamos el nivel social superior o la mejor situación de la otra persona. El Molinero va
revelando de a poco que envidia al Magistrado por tener una esposa joven y bella. Dispone
de dos medios de rectificar esta inequidad: elevarse él mismo o rebajar al Magistrado. Los
chiste permiten hace ambas cosas al mismo tiempo. El que cuenta chistes se eleva a sí
mismo haciendo gala, para deleite de todos, de un ingenio agudo e inteligente, y rebaja al
otro por vía de hacerlo aparecer como un tonto.

Tal como lo emplea C., el chiste opera como una forma de justicia socialmente aceptable.
El Molinero puede igualarse en un instante humillando al Magistrado. Por un momento, al
“balancear los platillos de la justicia”, el bromista se ha liberado de la envidia y así ha
obtenido satisfacción. La victima del chiste puede sobrevivir socialmente de una sola
manera: manteniéndose firme y riéndose del chiste, con lo que demuestra que conoce el
juego y se presta a jugarlo.

VI

Finalmente, Sanders afirma que Chaucer realiza un conexión entre el chiste y la narración
de cuentos, lo que revela un hecho “oculto” en la historia de la literatura: el chiste es primo
hermano de la narratio medieval, de la ficción, un género que culmina tan elocuentemente
en la novela moderna.