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NOMBRES Y APELLIDOS:

REYNALDO WILLIAM CRUZ QUISPE

1. EL REGALO DE LA PRINCESA

Érase una vez, una pequeña princesa que al cumplir los diez años tuvo una fantástica fiesta. Había
músicos, flores, helado de fresa y pasteles con glaseado rosa. Los invitados trajeron los más
maravillosos regalos. El rey, su padre, le regaló un poni blanco con una cola larga y un arnés azul
plateado. La reina, su madre, la sorprendió con una vajilla de oro para sus muñecas. Había muchos
regalos hermosos: un anillo de piedras preciosas, una docena de vestidos de seda, un ruiseñor en
una jaula de oro; pero todos esperaban saber cuál sería el regalo del hada madrina de la pequeña
princesa. Igualmente, especulaban cómo llegaría a la fiesta, pues el hada era impredecible. Algunos
decían que llegaría volando con sus alas doradas, otros, la imaginaban sobre el palo de una escoba.
Pero para la fiesta de la princesa, el hada llegó a pie, con un vestido rojo y delantal blanco. Sus ojos
brillaron cuando le entregó su regalo a la princesa. El regalo era muy extraño: ¡solo una pequeña
llave negra! —Esta llave abrirá una pequeña casa al final del jardín, ese es mi regalo de
cumpleaños— dijo el hada madrina—. En la casita encontrarás un tesoro. Entonces, tan
repentinamente como había llegado, el hada madrina se había marchado con una sonrisa entre los
labios. Los invitados se preguntaban acerca de la casita, algunos de ellos fueron al final del jardín
para verla. Sin embargo, lo que encontraron fue una pequeña cabaña con techo de paja, limpia y
ordenada, pero ordinaria. Así que alzaron la nariz y regresaron al castillo. —¡Qué regalo tan
corriente y pobre! —dijeron. La pequeña princesa puso la llave en su bolso de seda y se olvidó de
ella por el resto de la fiesta. Al final, decidió visitarla. La casita despertaba su curiosidad, porque era
muy diferente a su castillo. El castillo tenía grandes ventanas de colores, pero la casita tenía
geranios carmesíes que colgaban de las ventanas y cortinas blancas. Entonces, abrió la puerta y
entró. El castillo tenía muchas habitaciones, grandes y solitarias, pero la casita tenía una habitación,
pequeña y muy acogedora. Allí encontró una chimenea cuyo fuego parecía bailar al son del agua
que burbujeaba en un pequeño fogón. La mesa estaba puesta para el té. Era un té común,
acompañado de pan blanco, mantequilla, miel y leche. La princesa se sentó a tomar el té. —Qué
agradable era la casita— pensó—. ¡Qué inusualmente hambrienta estaba! Aunque podía degustar
los más exquisitos manjares en su castillo; en su propia casita descubrió que nada era tan delicioso
como el pan con mantequilla, y que su leche sabía tan dulce como la miel. Después del té, la
princesa notó en un rincón de la casita, una máquina de coser con tela de lino y se puso a coser. El
fuego de la chimenea bailó, el agua del fogón cantó y la máquina de coser zumbó alegremente. Fue
tan maravilloso ese momento en la casita, que la princesa también comenzó a cantar. Ella cantaba
como un pajarito, sin embargo, nunca antes lo había intentado. —Te escuché cantar y me detuve—
dijo una voz muy suave. La princesa vio a un niño de su misma edad. Su cara era muy agradable,
pero estaba vestido con ropa harapienta. Su camisa estaba tan llena de agujeros que apenas cubría
su espalda. —¿Qué estás cosiendo? — le preguntó. La princesa no sabía hasta ese momento qué
estaba cosiendo, pero lo comprendió de inmediato. —Estoy cosiendo una camisa nueva para ti —
respondió. —¡Oh, gracias! — dijo el niño sonriendo. Entonces, la pequeña princesa pensó en lo que
había dicho su madrina: —En la casita encontrarás un tesoro. En la casita no había oro, ni nada de
lo que ella consideraba un tesoro. Pero su corazón también cantaba. Eso lo era todo. Su hada
madrina le había dado el regalo de un corazón contento.
Preguntas
1. ¿A quién vio la princesa?

2. ¿La princesa como quien cantaba?

3. ¿Que tomaba la princesa?

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REYNALDO WILLIAM CRUZ QUISPE

2. LA BELLA DURMIENTE

Érase una vez un rey y una reina que vivían muy felices, pero anhelaban tener hijos. Después de
muchos años de espera, la reina dio a luz a una hermosa niña y todo el reino los acompañó en su
felicidad. Hubo una gran celebración y las hadas del reino fueron invitadas. Pero el rey olvidó invitar
a una de ellas. Muy resentida, el hada olvidada se presentó al palacio. Pronto, llegó el momento en
que las hadas le entregaban a la pequeña sus mejores deseos: —Que crezca y se convierta en la
mujer más bella del mundo —dijo la primera hada. —Que cante con la más dulce y melodiosa voz
—dijo la segunda hada. —Que siempre se comporte con gracia y elegancia —dijo la tercera hada.
—Que sea bondadosa y paciente—dijo la siguiente hada. Cada una de las hadas, colmaron a la
niña de hermosos deseos hasta que llegó el turno del hada que el rey olvidó invitar: — Cuando la
princesa cumpla dieciséis años, se pinchará el dedo con una aguja y ese será su final —dijo con
todo el resentimiento que su corazón le permitía albergar en sus palabras. El rey, la reina y todo el
reinado estaban atónitos, le suplicaron al hada que los disculpara por no haberla invitado y se
retractara de lo que había dicho, pero el hada se negó a ambas propuestas. Había una última hada
que faltaba por presentar su deseo. Queriendo ayudar a la pequeña, le dijo al rey y a la reina: —No
puedo deshacer las palabras pronunciadas, pero puedo cambiar el curso de los eventos: la princesa
no morirá cuando su dedo se pinche con la aguja, pero caerá en un sueño profundo durante cien
años. Entonces, un príncipe vendrá y la despertará. Al escuchar esto, el rey y la reina se sintieron
mejor. Pensando que existía la manera de detener el destino, el rey prohibió a todos los habitantes
del reino utilizar agujas. La princesa creció y se convirtió en una niña amable y de dulce corazón.
Cuando cumplió sus dieciséis años, vio a una anciana coser: —¿Puedo intentarlo? —le preguntó.
La anciana le respondió: — ¡Por supuesto, mi pequeña niña! La princesa tomó la aguja e intentó
enhebrar el hilo. En ese preciso momento se pinchó el dedo y cayó en un profundo sueño. La
anciana, que era en realidad el hada resentida, la llevó de regreso al palacio y el rey y la reina la
acostaron en su cama. El reino que antes los había acompañado en la felicidad, los acompañó en
la desgracia; todos cayeron en un profundo sueño. Pasaron cien años. Un día, por cuenta del
destino, un príncipe llegó al palacio. Él no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: los guardas,
sirvientes, gatos y hasta las vacas dormían y roncaban. Al acercarse a la princesa, pensó que ella
era el ser más hermoso del mundo y le plantó un beso en la mejilla. Inmediatamente, la princesa se
despertó y junto con ella, el rey, la reina, los guardas, los sirvientes, los gatos y hasta las vacas
abrieron sus ojos. El príncipe y la princesa se casaron y vivieron felices por siempre.

Preguntas
1. ¿Qué le pregunto la princesa a la vieja?

2. ¿Se casaron la princesa y el príncipe o no?

3. ¿Que vio el príncipe al llegar al palacio?

3. LA BELLA Y LA BESTIA

Érase una vez un mercader que había perdido su enorme fortuna. Un día, debió viajar a un lugar
muy lejano y les preguntó a sus hijas qué querían a su regreso. Sus dos hijas mayores pidieron
joyas y vestidos, sin considerar la situación de su padre. Pero la hija menor, a quien todos llamaban
Bella, dijo: Padre, solo te pido una rosa de pétalos rojos. El mercader, en su camino de regreso,
tuvo que atravesar un bosque muy espeso. Era una noche oscura y buscó un lugar donde dormir.
Después de un rato, divisó a lo lejos un enorme castillo y se dirigió hacia él. Al acercarse a la puerta,
esta se abrió por sí sola y al no escuchar respuesta, el mercader entró, fue al comedor, se sentó a

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la mesa y comió los alimentos servidos en ella. Luego, encontró una habitación y se acostó en una
cama suave y esponjosa. Antes de dormir, se dijo: “El dueño de esta casa y sus sirvientes, no
tardarán en dejarse ver. Espero me perdonen la libertad que me he tomado”. Al día siguiente, al
salir del castillo, se detuvo a admirar un hermoso rosal y arrancó una de sus rosas, con la intención
de llevársela a Bella. De repente, una bestia de aspecto feroz que llevaba una ropa de seda fina
saltó de un arbusto: —¡Te di comida y una cama para dormir! ¡Y ahora, estás robando mis rosas!
—dijo rugiendo. El mercader estaba avergonzado y asustado, con voz temblorosa le ofreció
disculpas. La bestia decidió dejarlo ir solo si prometía enviar a una de sus hijas al castillo. El
mercader estuvo de acuerdo y corrió a casa. Desconsolado, les habló a sus hijas acerca del
encuentro con la bestia. Las dos hermanas culparon a Bella por la suerte de su padre: —Esto no
hubiera sucedido si hubieras pedido vestidos o joyas —dijeron. Sintiéndose responsable, Bella
aceptó quedarse con la bestia. La bestia trataba a Bella con mucha bondad; le ofreció la habitación
más grande y le permitió recorrer su hermoso jardín. En las noches, Bella se sentaba cerca de la
chimenea y cosía mientras la bestia le hacía compañía. Al principio, sentía miedo de la bestia, pero
poco a poco empezó a agradarle. La bestia, sin poder contener sus sentimientos, le pidió a Bella
que se casara con él, pero ella se negó. No podía olvidar su horripilante aspecto. Aun así, la bestia
continuó tratándola con generosidad y mucho amor. Como Bella extrañaba mucho a su padre, la
bestia le dio un espejo mágico y dijo: —Mira el espejo y podrás ver a tu familia. Nunca te sentirás
sola. Un día, Bella miró el espejo y vio que su padre estaba muy enfermo. Entonces, fue donde la
bestia suplicando y llorando: —¡Por favor, déjame ir a casa! ¡Solo quiero ver a mi padre! La bestia
rugió encolerizada: — ¡No! Nunca dejarás este castillo. Al decirlo, salió de la habitación. Pero
después de un tiempo, se acercó a Bella y dijo: —Puedes ir a quedarte con tu padre por siete días.
Pero debes prometerme que regresarás. Bella, muy feliz, estuvo de acuerdo. Luego, se fue a quedar
con su padre, quien pronto se recuperó con su presencia. Bella se quedó con su familia durante
más de los siete días, se había olvidado de la Bestia y su castillo. Pero una noche, tuvo una terrible
pesadilla en la que vio a la bestia enferma de gravedad. Bella regresó al castillo de inmediato, al ver
a la bestia débil y enferma le dijo entre sollozos: —Viviré contigo para siempre. Con solo decir estas
palabras, la bestia se convirtió en un apuesto príncipe y dijo: —He vivido bajo una maldición todos
estos años y solo el verdadero amor pudo romper el encanto. La bella y la bestia se casaron y
vivieron felices para siempre.
Preguntas
1. ¿Como trataba la bestia a la bella?

2. ¿Cuáles fueron las palabras que dijo la bestia para convertirse en príncipe?

3. ¿Qué paso con bella cuando miro el espejo?

4. DÉDALO E ÍCARO

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la remota isla de Creta, apareció una monstruo mitad toro y
mitad hombre, conocido como el minotauro. Él era extraordinariamente fuerte, feroz y tenía un
apetito enorme. Como puedes imaginarlo, la gente de Creta le tenía mucho miedo. Fue de esta
manera que todos se reunieron ante el Consejo Real para rogarle al rey Minos encontrar una manera
de desterrar la horripilante criatura. Pero los planes del rey eran diferentes; al enterarse de la
existencia del minotauro se dijo a sí mismo: “Si capturo al minotauro todos me temerán. Ninguno de
mis súbditos se atreverá a traicionarme y mis enemigos lo pensarán dos veces antes de atacarme”.
Y así, el rey convocó a Dédalo, el más brillante inventor de su reino y a su joven hijo, Ícaro. —
Dédalo, construye una prisión para el minotauro — dijo el rey—. Esta deberá ser tan impenetrable
que nada ni nadie pueda escapar ni siquiera con la ayuda de los dioses. Dédalo era un hombre
común, pero sus creaciones eran extraordinarias. Entonces, construyó un laberinto tan enredado y
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retorcido, que una vez adentro, era imposible encontrar una salida. El rey encerró al minotauro en
el laberinto, pero el monstruo no fue el único que corrió con esta suerte. También hizo prisioneros
a Dédalo e Ícaro; alguien con el talento del inventor le resultaría muy útil en tiempos de guerra.
Durante muchos años, padre e hijo vivieron en la torre más alta del palacio, trabajando en una
infinidad de invenciones ante la mirada vigilante de la guardia real. Un día, mientras miraba por la
ventana a las gaviotas volar, Dédalo tuvo una idea: construir unas alas, igual que las alas de las
gaviotas, solo que más grandes y fuertes. Con estas alas él y su hijo volarían lejos, de regreso a
Atenas. Entonces, pidió al rey Minos plumas y cera con la excusa de que eran para uno de sus
tantos inventos de guerra. El anhelado día llegó, Dédalo había terminado las alas: —Con estas alas
volaremos como las gaviotas —le dijo a Ícaro—, pero ten cuidado de volar muy alto. El sol derretirá
la cera que une a todas las plumas. Juntos, se lanzaron al viento desde la ventana de la torre.
Volaron sobre la isla de Creta hacia el mar, la gente los miraba desde abajo confundiéndolos con
los dioses. Todo iba según lo planeado, hasta que Ícaro pensó: “Puedo volar más alto que las
gaviotas”. Olvidando el consejo de su padre, voló muy alto en la inmensidad del cielo. De repente,
el aire se hizo más y más cálido y las plumas de sus alas se desprendieron una a una. Era
demasiado tarde, el sol había derretido la cera que unía las plumas. Dédalo escuchó los gritos de
su hijo y voló en su dirección, pero lo único que encontró fue miles de plumas flotando en el mar.
Preguntas
1. ¿El rey donde encerró al minotauro?

2. ¿Que pensó Ícaro?

3. ¿Qué derritió el sol?

5. EL PRÍNCIPE RANA

En una tierra muy lejana, una princesa disfrutaba de la brisa fresca de la tarde afuera del palacio de
su familia. Ella llevaba consigo una pequeña bola dorada que era su posesión más preciada.
Mientras jugaba, la arrojó tan alto que perdió vista de ella y la bola rodó hacia un estanque. La
princesa comenzó a llorar desconsoladamente. Entonces, una pequeña rana salió del estanque
saltando. —¿Qué pasa bella princesa? —preguntó la rana. La princesa se enjugó las lágrimas y
dijo: —Mi bola dorada favorita está perdida en el fondo del estanque, y nada me la devolverá. La
rana intentó consolar a la princesa, y le aseguró que podía recuperar la bola dorada si ella le
concedía un solo favor. —¡Cualquier cosa! ¡Te daré todas mis joyas, puñados de oro y hasta mis
vestidos! —exclamó la princesa. La rana le explicó que no tenía necesidad de riquezas, y que a
cambio solo pedía que la princesa le permitiera comer de su plato y dormir en su habitación. La idea
de compartir el plato y habitación con una rana desagradó muchísimo a la princesa, pero aceptó
pensando que la rana jamás encontraría el camino al palacio. La rana se sumergió en el estanque
y en un abrir y cerrar de ojos había recuperado la bola. A la mañana siguiente, la princesa encontró
a la rana esperándola en la puerta del palacio. —He venido a reclamar lo prometido —dijo la rana.
Al escuchar esto, la princesa corrió hacia su padre, llorando. Cuando el amable rey se enteró de la
promesa, dijo: —Una promesa es una promesa. Ahora, debes dejar que la rana se quede aquí. La
princesa estaba muy enojada, pero no tuvo otra opción que dejar quedar a la rana. Fue así como la
rana comió de su plato y durmió en su almohada. Al final de la tercera noche, la princesa cansada
de la presencia del huésped indeseable, se levantó de la cama y tiró la rana al piso. Entonces la
rana le propuso un trato: —Si me das un beso, desapareceré para siempre —dijo la rana. La
princesa muy asqueada plantó un beso en la frente huesuda de la rana y exclamó: —He cumplido
con mi parte, ahora márchate inmediatamente. De repente, una nube de humo blanco inundó la
habitación. Para sorpresa de la princesa, la rana era realmente un apuesto príncipe atrapado por la
maldición de una bruja malvada. Su beso lo había liberado de una vida de soledad y tristeza. La

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princesa y el príncipe se hicieron amigos al instante, después de unos años se casaron y vivieron
felices para siempre.
Preguntas
1. ¿Qué dijo el rey sobre la promesa?

2. ¿Qué le propuso el sapo a la reina?

3. ¿El beso de la princesa de que lo había liberado al sapo?

6. ALADINO Y LA LÁMPARA MÁGICA

Lejos muy lejos, en una ciudad de China, un joven llamado Aladino se pasaba todo el día jugando
con sus amigos. Su padre, un humilde sastre, trató de enseñarle el valor del trabajo, pero Aladino
se negó a ayudarlo. Incluso después de la pérdida de su padre, Aladino prefería estar en la calle
vagando que ayudar a su madre a ganarse el sustento. Un día, un extraño muy adinerado se acercó
al joven y al verlo sin propósito en la vida quiso engañarlo. — Tu padre, Mustafá, era mi hermano.
Yo soy tu tío —le dijo el extraño a Aladino. Aladino, siendo muy ingenuo, llevó al hombre a su casa.
—Mustafá nunca habló de un hermano—dijo la madre de Aladino. —Viajé por el mundo por cuarenta
años —respondió el hombre—. Fue tanto el tiempo y la lejanía que mi hermano se olvidó de mí.
Permíteme viajar con mi sobrino y haré de él un hombre muy próspero. La madre, con la ilusión de
ver a su hijo convertido en un hombre de bien, aceptó la propuesta. Al día siguiente, el hombre llevó
a Aladino a un bosque apartado de la ciudad y preparó una fogata arrojando en ella un polvo extraño.
De repente, justo bajo la fogata, se abrió una gran zanja en la tierra. —Sobrino, en esa zanja
encontrarás una escalera—dijo el hombre—, desciende en ella hasta que encuentres una caverna,
en la caverna verás una pared con un agujero. En el agujero hay una lámpara. ¡Tráemela! Pero el
hombre era en realidad un hechicero. Él sabía de la existencia de una lámpara con poderes mágicos
y había viajado una gran distancia para encontrarla. Aladino, como cualquiera en su lugar, sentía
miedo de bajar la escalera, el hechicero le puso un anillo de oro con una gran esmeralda y dijo: —
No sientas miedo, toma este anillo como un regalo. Este es uno de los muchos regalos que recibirás
de mi parte. ¡Apúrate o nos alcanzará la noche! El anillo era lo único que el hechicero llevaba de
valor. Su verdadera intención era quitárselo al joven tan pronto tuviera la oportunidad. Aladino bajó
la escalera y encontró la lámpara. Cuando comenzó a subir escuchó al hechicero decir entre
dientes: —Cuando ese chico me entregue la lámpara, lo encerraré para siempre. —¡Ayúdame a
subir! —exclamó Aladino, dándose cuenta de su error—. Solo entonces te entregaré la lámpara. —
¡Dámela ahora mismo! —dijo el hechicero enfurecido. Pero Aladino se negó a entregarle la lámpara,
fue entonces cuando el hechicero cerró la zanja en la tierra. No había razón para insistir, la lampara
perdería su magia si era arrebatada a la fuerza. ¡Aladino estaba atrapado! Sin recordar que llevaba
el anillo, Aladino frotó sus manos para rezar cuando de la nada apareció un genio. —Soy el genio
del anillo —dijo—, ¿qué puedo hacer por ti? —Quiero volver a casa —respondió Aladino
asombrado. Al instante, Aladino se encontraba en casa con su madre. — No comprendo por qué
ese hechicero tenía tanto interés en esta vieja y sucia lámpara —dijo Aladino mientras frotaba la
lámpara con un pañuelo para limpiarla. En un segundo, apareció otro genio, mucho más grande que
el genio del anillo. —Soy el genio de la lámpara — dijo—, ¿qué puedo hacer por ti? —¡Tráenos algo
de comer! —exclamó Aladino sin dar crédito a lo que veía. El genio desapareció, luego regresó con
exquisitos platos de comida. Aladino vivió cómodamente con su madre, hasta que un día, vio la hija
del sultán y se enamoró de ella. Con la ayuda del genio de la lámpara, llenó un baúl con las más
finas joyas y las envió con su madre al palacio. —Este presente es de parte de mi hijo, Aladino —
dijo la madre—. Él desea casarse con su hija. —¡Qué extraordinarias joyas! —respondió el sultán—
. Pero tu hijo debe darme muchas más. Cuando consideré que recibí lo debido, le daré el
consentimiento para casarse con mi hija. Nuevamente, con la ayuda del genio, Aladino envió más

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baúles llenos de joyas al palacio. El sultán estaba dichoso. No pasó mucho tiempo antes de que
Aladino se casara con la princesa. Él guardó la lámpara en el palacio, pero no le habló a la princesa
de su magia. Pronto, las noticias de la boda de Aladino llegaron a oídos del hechicero. A la mañana
siguiente, disfrazado de mercader, salió a la calle pregonando: —Cambio lámparas viejas por
nuevas. Cuando la princesa se enteró, salió de inmediato a cambiar la lámpara vieja y sucia de
Aladino. Tan pronto la princesa le entregó la lámpara, el hechicero la frotó y apareció el genio: —
Desaparece a la princesa y al palacio. Llévalos junto conmigo a una tierra muy lejana —dijo el
malvado hechicero. A su regreso, Aladino se enteró de que su esposa y el palacio habían
desaparecido. —Esta es la obra del hechicero —pensó—. Desconsolado, se sentó en la orilla del
río y lloró. Al frotarse los ojos con las manos, frotó también el anillo mágico. El genio del anillo
apareció. —¡Devuélveme a mi esposa y mi palacio! —exclamó Aladino. —Solo el genio de la
lámpara puede hacerlo —dijo el genio del anillo. —Entonces llévame donde estén —contestó
Aladino. En segundos, Aladino llegó hasta África y encontró a la princesa mirando a través de la
ventana en la torre más alta del palacio. En cuanto tuvieron la oportunidad de hablar a escondidas,
Aladino le preguntó por su lámpara. —El hechicero la lleva a todas partes —dijo la princesa—.
Aladino se acercó a ella y susurró unas pocas palabras en su oído. Esa noche, la princesa puso
algo en la bebida del hechicero. Pronto, se quedó dormido. La princesa tomó la lámpara y escapó.
Sin espera, Aladino frotó la lámpara haciendo aparecer al genio. —Llévanos a China, pero deja al
hechicero aquí —ordenó Aladino. Antes de un abrir y cerrar de ojos, Aladino y su princesa estaban
en China, nuevamente en el palacio. Y allí vivieron felices durante muchos, muchos, años.
Preguntas
1. ¿Qué le dijo la madre de Aladino al sultán?

2. ¿Dónde se fueron Aladino y su princesa para vivir feliz por siempre?

3. ¿Que había en el agujero?

7. LAS MANCHAS DEL SAPO

Al comienzo del tiempo, cuando la Tierra era aún muy joven, el sapo tenía una piel suave. En
aquellos días el sapo era tan fiestero que era casi imposible encontrarlo en su propia casa. Si alguien
tenía una fiesta él se presentaba, sin importar lo lejos que estuviera de su casa o el tiempo que le
tomara en llegar. Un día, el sapo se enteró de que había una fiesta en el cielo y decidió ir. —¿Cómo
vas a llegar al cielo sin poder volar? —dijo su amigo, el armadillo—. Con tu peso, ningún ave te
llevará a cuestas. —Ya verás cómo me las arreglo para ir a la fiesta —respondió el sapo. No lejos
de la casa del sapo, vivía un buitre violinista que era muy impopular entre todas las aves y las
bestias. El sapo fue a visitarlo. —Buenos días, amigo —dijo el sapo—. ¿Vas a asistir a la fiesta en
el cielo? El buitre respondió que sí planeaba asistir. —¡Qué bien! —dijo el sapo—. ¿Puedo tener el
placer de tu compañía para el viaje? El buitre estaba feliz de que alguien se interesara por su
presencia. Para él era una nueva experiencia. —Por supuesto que sí, me encantará ir a la fiesta
contigo—respondió el buitre—. ¿A qué hora nos encontramos? —Ve a mi casa a las cuatro,
asegúrate de llevar tu violín contigo —dijo el sapo. A las cuatro en punto, el buitre llegó a la casa
del sapo trayendo su violín consigo, solo porque el sapo le había pedido que lo trajera. —No estoy
del todo listo para ir —gritó el sapo—. Deja tu violín junto a la puerta y entra. Me tomará un minuto
arreglarme. El buitre colocó su violín con cuidado junto a la puerta y entró a la casa. El sapo saltó
por la ventana y se escondió dentro del violín. El buitre esperó y esperó a que el sapo se arreglara,
pero no escuchó una palabra de él. Finalmente se cansó de esperar, cogió su violín y emprendió el
vuelo. Entonces, el buitre llegó a la fiesta un poco retrasado, debiendo explicar a todos que había
tenido que esperar al sapo. —¡Qué ingenuo eres! —dijeron los asistentes—. ¿Cómo crees que un
sapo puede llegar a una fiesta en el cielo? Los sapos no pueden volar. Deja tu violín en un rincón y

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ven al banquete. El buitre dejó su violín. Tan pronto como se encontró solo, el sapo saltó de su
escondite. Riendo de oreja a oreja, se dijo: “¡Así que pensaron que no llegaría a la fiesta! ¡Qué
sorprendidos estarán de verme aquí! “No había nadie en la fiesta que estuviera tan alegre como el
sapo. Cuando el buitre le preguntó cómo había llegado, le respondió: —Te lo contaré algún otro día.
El sapo siguió comiendo y bailando. Sin embargo, el buitre no lo pasó muy bien en la fiesta y decidió
irse a casa temprano, sin despedirse de sus anfitriones y sin llevarse el violín. Al terminar la fiesta,
el sapo saltó dentro del violín y esperó y esperó a que el buitre lo llevara a casa. Nadie recogió el
violín y el sapo comenzó a preocuparse mucho. Casi deseó no haber estado en la fiesta. Al cabo
de un rato, el halcón notó el violín: —Este violín pertenece al buitre, se lo llevaré de vuelta. El halcón
voló hacia la tierra con el violín, el sapo se sacudió terriblemente dentro de él. Fue entonces que el
halcón se sintió muy cansado. No puedo seguir cargando este violín tan pesado ni un minuto más
—dijo el halcón—. No debí pensar en devolverlo, el buitre no es amigo mío. Entonces, dejó caer el
violín. Abajo, abajo hacia la tierra cayó. —¡Oh!, piedras pequeñas, apártense de mi camino —dijo
el sapo al caer—. Pero las piedras pequeñas tenían oídos sordos y no se apartaron del camino.
Cuando el sapo salió del violín destrozado, estaba tan cubierto de moretones y manchas que casi
no pudo saltar de regreso a casa. El buitre nunca supo qué fue de su violín o por qué el sapo había
perdido su buena apariencia e interés por las fiestas. Pero esta es la razón por la cual, hasta el día
de hoy, todos los sapos están cubiertos de manchas.
Preguntas
1. ¿Qué dijo el sapo riéndose al llegar al cielo?

2. ¿Quién voló hacia la tierra con el violín?

3. ¿Porque los sapos tienen manchas negras?

8. HANSEL Y GRETEL

Un humilde leñador vivía con sus dos hijos y su nueva esposa en un bosque a las afueras del
pueblo. El niño se llamaba Hansel y la niña, Gretel. Todos los días el leñador trabajaba sin descanso.
Sin embargo, llegó un momento en el que no le alcanzaba para el sustento de su familia.
Preocupado, el leñador le dijo a su esposa una noche: —No tengo lo suficiente para comprar pan y
mantequilla, ¿qué haré para alimentarnos y alimentar a los niños? —Esto es lo que haremos —
respondió la mujer—, mañana por la mañana, llevaré a Hansel y a Gretel a la entrada del pueblo y
los dejaré ahí; una familia acaudalada se apiadará de ellos y vivirán una vida muy cómoda y feliz.
Entonces, solo tendremos que preocuparnos por nosotros. —Jamás lo permitiré —dijo el hombre—
. ¿Cómo crees que puedo abandonar a mis hijos? —Debes hacerlo —refutó la mujer—. Si no lo
haces, todos vamos a tener hambre. Los dos niños, incapaces de dormir por el hambre, habían
escuchado la conversación. Llorando, Gretel le dijo a su hermano: —Hansel, no puedo creer lo que
hemos escuchado. —No te preocupes Gretel —respondió Hansel con voz tranquila—. Tengo una
idea. Al amanecer, la malvada mujer despertó a sus dos hijastros gritando: —¡Levántense ya, no
sean flojos! Vamos al mercado a comprar alimentos. Luego, les dio a los pequeños un trozo de pan
y les dijo: —Este es el almuerzo; no se lo coman enseguida, porque no hay más. Gretel guardó el
pan en su delantal. Hansel puso el suyo en el bolsillo de su abrigo y lo desmenuzó en secreto, con
cada paso que daba, arrojaba las migas de pan en el camino. —Espérenme aquí —dijo la madrastra
cuando se encontraban en medio del bosque—, ya regreso. Sin embargo, pasaron las horas sin
que volvieran a saber de la mujer. Tan grande era su maldad que los había abandonado sin tomarse
la molestia de dejarlos en el pueblo. Hansel y Gretel se sentaron en la oscuridad y compartieron el
pedazo de pan de Gretel. Pronto, los dos niños se quedaron dormidos. Cuando despertaron en
medio de la noche, Gretel comenzó a llorar y dijo: —¿Cómo encontraremos el camino a casa?
Hansel la consoló diciéndole: —Espera a que salga la luna, luego seguiremos mi camino de migas
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de pan hasta la casa. Sin embargo, cuando salió la luna no pudieron seguir el camino porque las
aves del bosque se habían comido las migas. Los dos pequeños se encontraban perdidos en el
bosque. Después de muchos días y noches de vagar por el bosque, los niños hallaron una casita
que estaba hecha con pan de jengibre. —¡Comamos! —dijo Hansel—, mordisqueando el techo
mientras Gretel probaba parte de la ventana. De repente, la puerta se abrió y una anciana salió
cojeando apoyada en un bastón. Hansel y Gretel estaban tan asustados que dejaron caer los
pedazos de jengibre que habían estado comiendo. La anciana sonrió muy amablemente y les dijo:
—Soy una viejita muy solitaria, me siento muy feliz de verlos. La anciana los condujo al interior de
su casa, cocinándoles una maravillosa cena. Luego, los llevó a dos lindas camitas, y Hansel y Gretel
durmieron cómodamente. Pero la amable anciana era en realidad una bruja que usaba su casa para
atrapar a los niños y convertirlos en muñecos de jengibre. Temprano en la mañana, la bruja encerró
a Hansel en una jaula mientras dormía. Luego despertó a Gretel y le dijo: —Levántate floja, y
ayúdame a preparar el horno. ¡Voy a convertir a tu hermano en un muñeco de jengibre! Gretel lloró
al escuchar las palabras de la bruja, pero no tuvo más remedio que hacer lo que le ordenaba.
Cuando la niña encendió el fuego del horno, la bruja le dio una nueva orden: —Métete adentro y
mira si el horno está lo suficientemente caliente. En el momento que Gretel estuviera dentro, la bruja
tenía la intención de cerrar el horno y convertir a la pobre niña en una muñeca de jengibre. Pero
Gretel conocía las crueles intenciones de la bruja y respondió: — No sé qué hacer, ¿cómo entro al
horno? —La puerta es lo suficientemente grande, mírame entrar —respondió la bruja muy molesta.
Luego, abrió la puerta del horno mágico y se metió adentro. Gretel instantáneamente cerró la puerta.
Una vez dentro del horno, ¡la bruja se convirtió en una muñeca de jengibre! Gretel liberó a Hansel
de su prisión. A la salida de la casa de la bruja, Hansel tropezó con un baúl lleno de joyas. Los dos
niños se llenaron los bolsillos de oro, perlas y diamantes. Felices, recorrieron el bosque hasta que
vieron a su padre en la distancia. El angustiado hombre abrazó a sus hijos con fuerza, todos los
días salía a buscarlos. Tanta era su pena que no quiso volver a saber de su malvada esposa. Hansel
sacó las joyas de sus bolsillos, y dijo con emoción: —Mira papá, nunca tendrás que volver a cortar
leña. Fue así que esta pequeña familia vivió feliz para siempre.
Preguntas
1. ¿Dónde puso su pan Hansel?

2. Gretel donde encerró a la bruja?

3. Hansel con que tropezó al salir de esa casa?

9. RATÓN DE CAMPO Y RATÓN DE CIUDAD

En un día soleado, Ratón de Campo recibió la visita inesperada de su primo, Ratón de Ciudad. Feliz
de contar con la compañía de alguien, Ratón de Campo sirvió la cena, la cual consistía de tres
nueces y unos pequeños restos de queso. Al llegar la noche, preparó una cama con hojas secas en
el sitio más calientito y seguro de su humilde agujero. Ratón de Ciudad sorprendido por la pobreza
en la que vivía Ratón de Campo dijo: —Primo, no entiendo cómo puedes comer unas cuantas
nueces y dormir en una cama de hojas secas. Ven conmigo a la ciudad y te mostraré cómo debes
vivir. Ratón de Campo estaba tan feliz que no pudo dormir esa noche. A la mañana siguiente, los
dos ratones viajaron a la ciudad escondidos en el baúl de un coche. Ya era de noche cuando
llegaron a la lujosa casa donde vivía Ratón de Ciudad. —Mira dónde duermo —dijo Ratón de Ciudad
señalando una cómoda cama hecha de algodón—. Pero antes de dormir, busquemos algo de
comer. Ratón de Ciudad llevó a Ratón de Campo hacia la cocina. Al poco tiempo se encontraban
comiendo restos de pasta, pastel y helado de chocolate. De repente, escucharon un alarmante
gruñido. —¡Es el gato de la casa! —dijo Ratón de Ciudad. En un abrir y cerrar de ojos, el gato se
abalanzó sobre ellos. Los dos ratones lograron escapar atravesando la enorme mesa hasta llegar
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a un hueco en la pared. Ratón de Campo estaba tan asustado que sentía sus patitas temblar: —
Apenas se vaya el gato, me devuelvo para mi casa —dijo sin vacilar. —¿Por qué quieres irte tan
pronto? —preguntó Ratón de Ciudad. —Porque es mejor comer nueces en un lugar seguro, que
pastel con helado de chocolate y estar siempre en peligro —respondió Ratón de Campo, todavía
muy tembloroso.
Preguntas
1. ¿Qué le hizo comer el ratón de la ciudad al ratón del campo?

2. ¿Que comía el ratón del campo?

3. ¿Como era la cama del ratón de la ciudad?

10. LA LIEBRE Y LA TORTUGA

Había una vez una liebre muy vanidosa que se pasaba todo el día presumiendo de lo rápido que
podía correr. Cansada de siempre escuchar sus alardes, la tortuga la retó a competir en una carrera.
—Qué chistosa que eres tortuga, debes estar bromeando—dijo la liebre mientras se reía a
carcajadas. Ya veremos liebre, guarda tus palabras hasta después de la carrera— respondió la
tortuga. Al día siguiente, los animales del bosque se reunieron para presenciar la carrera. Todos
querían ver si la tortuga en realidad podía vencer a la liebre. El oso comenzó la carrera gritando: —
¡En sus marcas, listos, ya! La liebre se adelantó inmediatamente, corrió y corrió más rápido que
nunca. Luego, miró hacia atrás y vio que la tortuga se encontraba a unos pocos pasos de la línea
de inicio. —Tortuga lenta e ingenua—pensó la liebre—. ¿Por qué habrá querido competir, si no tiene
ninguna oportunidad de ganar? Confiada en que iba a ganar la carrera, la liebre decidió parar en
medio del camino para descansar debajo de un árbol. La fresca y agradable sombra del árbol era
muy relajante, tanto así que la liebre se quedó dormida. Mientras tanto, la tortuga siguió caminando
lento, pero sin pausa. Estaba decidida a no darse por vencida. Pronto, se encontró con la liebre
durmiendo plácidamente. ¡La tortuga estaba ganando la carrera! Cuando la tortuga se acercó a la
meta, todos los animales del bosque comenzaron a gritar de emoción. Los gritos despertaron a la
liebre, que no podía dar crédito a sus ojos: la tortuga estaba cruzando la meta y ella había perdido
la carrera.
Preguntas
1. ¿Como la califico la liebre a la tortuga?

2. ¿Quién perdió la carrera?

3. ¿Porque le reto la carrera la tortuga a la liebre?

11. LA LECHERA Y SU CÁNTARO

Había una vez una joven lechera que caminaba con un cántaro de leche para vender en el mercado
del pueblo. Mientras caminaba pensaba en todas las cosas que haría con el dinero de la venta: —
Cuando me paguen —se dijo—, compraré de inmediato unas gallinas, estas gallinas pondrán
muchísimos huevos y los venderé en el mercado. Con el dinero de los huevos me compraré un
vestido y zapatos muy elegantes. Luego, iré a la feria y como luciré tan hermosa, todos los chicos
querrán acercarse a hablar conmigo. Por andar distraída con sus pensamientos, la lechera tropezó

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con una piedra y el cántaro se rompió derramando toda la leche. Con el cántaro destrozado se
fueron las gallinas y los huevos; también el vestido y los zapatos.

Preguntas
1. ¿Qué iba comprar primero la lechera con el dinero?

2. ¿Qué paso con el cántaro de la lechera?

3. ¿Dónde iba vender la leche?

12. LA ZORRA Y LAS UVAS

En un día muy caluroso, una zorra sedienta se topó con un racimo de uvas grandes y jugosas que
colgaban en lo alto de una parra. La zorra se paró de puntillas y estiró sus brazos intentando
alcanzar las uvas, pero estas se encontraban muy lejos de su alcance. Sin querer darse por vencida,
la zorra tomó impulso y saltó con todas sus fuerzas una y otra vez, pero las uvas seguían muy lejos
de su alcance. Esta vez, la zorra se sentó a mirar las uvas con desagrado. —Qué ilusa he sido —
pensó—. Me he esforzado en alcanzar unas uvas verdes que no saben bien. Y se marchó muy,
pero muy enojada.
Preguntas
1. ¿Como se paró la zorra?

2. La zorra logro alcanzar coger la uva?

3. ¿Qué paso al final con la zorra?

13. EL LEÓN VIEJO Y LA ZORRA

Un viejo león tenía los dientes y garras tan gastados que ya no le resultaba fácil conseguir alimentos.
Sin más que hacer, fingió estar enfermo. Luego, se encargó de avisar a todos los animales vecinos
acerca de su pobre estado de salud y se acostó en su cueva a esperar sus visitas. Cuando los
animales se presentaban a ofrecerle su simpatía, él los devoraba de un solo bocado. La zorra
también acudió a visitarlo, pero ella era muy astuta. Estando a una distancia segura de la cueva, le
preguntó cortésmente al león cómo se encontraba de salud. El león respondió que estaba muy
enfermo y le pidió que entrara por un momento. Pero la zorra se quedó afuera, agradeciendo al león
por la amable invitación: —Me encantaría poder hacer lo que me pides — dijo la zorra—, pero veo
que hay muchas huellas de los que entran a tu cueva y ninguna de los que salen. Por favor, dime,
¿cómo encuentran tus visitantes la salida? El león no dijo nada, pero la astuta zorra tampoco se
quedó a esperar la respuesta y así evitó ser devorada.
Preguntas
1. ¿Qué pasaba con los animales, cuando entraban a la cueva?

2. ¿Qué le pidió el león a la zorra?

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3. ¿Qué paso al final con la zorra?

14. EL CABALLO Y EL ASNO

Había una vez un hombre que tenía un caballo y un asno. Una tarde, cuando iban de camino a la
ciudad, el asno, muy agotado por llevar toda la carga le dijo al caballo: —Por favor, amigo, tú no
llevas nada, ayúdame con una pequeña parte de esta carga. El caballo, siendo muy egoísta, se hizo
el sordo. En la mitad del camino, el asno se desplomó víctima de la fatiga. El dueño le echó toda la
carga al caballo, incluyendo al asno enfermo. El caballo, suspirando dijo: — ¡Qué mala suerte tengo!
Por no haber querido ayudar ahora tengo que cargar con todo, y hasta con el asno.
Preguntas
1. ¿Qué le pidió el asno al caballo?

2. ¿Qué paso con el asno?

3. ¿Qué dijo el caballo al final?

15. EL PASTORCITO MENTIROSO

Había una vez un pastorcito que cuidaba su rebaño en la cima de la colina. Él se encontraba muy
aburrido y para divertirse se le ocurrió hacerles una broma a los aldeanos. Luego de respirar
profundo, el pastorcito gritó: —¡Lobo, lobo! Hay un lobo que persigue las ovejas. Los aldeanos
llegaron corriendo para ayudar al pastorcito y ahuyentar al lobo. Pero al llegar a la cima de la colina
no encontraron ningún lobo. El pastorcito se echó a reír al ver sus rostros enojados. —No grites
lobo, cuando no hay ningún lobo —dijeron los aldeanos y se fueron enojados colina abajo. Luego
de unas pocas horas, el pastorcito gritó nuevamente: —¡Lobo, lobo! El lobo está persiguiendo las
ovejas. Los aldeanos corrieron nuevamente a auxiliarlo, pero al ver que no había ningún lobo le
dijeron al pastorcito con severidad: —No grites lobo cuando no hay ningún lobo, hazlo cuando en
realidad un lobo esté persiguiendo las ovejas. Pero el pastorcito seguía revolcándose de la risa
mientras veía a los aldeanos bajar la colina una vez más. Más tarde, el pastorcito vio a un lobo cerca
de su rebaño. Asustado, gritó tan fuerte como pudo: —¡Lobo, lobo! El lobo persigue las ovejas. Pero
los aldeanos pensaron que él estaba tratando de engañarlos de nuevo, y esta vez no acudieron en
su ayuda. El pastorcito lloró inconsolablemente mientras veía al lobo huir con todas sus ovejas. Al
atardecer, el pastorcito regresó a la aldea y les dijo a todos: —El lobo apareció en la colina y ha
escapado con todas mis ovejas. ¿Por qué no quisieron ayudarme? Entonces los aldeanos
respondieron: —Te hubiéramos ayudado, así como lo hicimos antes; pero nadie cree en un
mentiroso incluso cuando dice la verdad.
Preguntas
1. ¿Qué broma hacia el pastorcito a la gente?

2. ¿Qué paso cuando hizo la última broma?

3. ¿Qué pasa si eres mentiroso demasiadas veces?

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16. EL VIENTO DEL NORTE Y EL SOL

El Viento del Norte y el Sol tuvieron una discusión sobre cuál de los dos era el más fuerte y poderoso.
Mientras discutían vieron a un caminante que llevaba puesto un abrigo. —Esta es la oportunidad de
probar nuestro poder y fortaleza —dijo el Viento del Norte—. Veamos quién de nosotros es lo
suficientemente fuerte como para hacer que este caminante se quite el abrigo. Quien lo logre será
reconocido como el más poderoso. —De acuerdo —dijo el Sol—. Comienza tú. Entonces, el Viento
comenzó a soplar y resoplar. Con la primera ráfaga de viento, los extremos del abrigo se agitaron
sobre el cuerpo del caminante. Pero cuanto más soplaba el Viento, más fuerte el hombre sujetaba
su abrigo. Ahora, era el turno del Sol y él comenzó a brillar. Al principio sus rayos eran suaves;
sintiendo el agradable calor después del amargo frío del Viento del Norte, el caminante se
desabrochó el abrigo. Los rayos del Sol se volvieron más y más cálidos. El hombre se quitó la gorra
y enjugó su frente. Se sintió tan acalorado que también se quitó el abrigo y para escapar del ardiente
sol, se arrojó en la acogedora sombra de un árbol al borde del camino. ¡El Sol había ganado!
Preguntas
1. ¿Porque discutían el sol y el viento del norte?

2. ¿Quién logro quitar el abrigo del caminante?

3. ¿Dónde se arrojó el caminante ante tanto calor?

17. EL CONEJO PLASMADO EN LA LUNA

Cuenta la leyenda azteca, que el dios Quetzalcóatl dejó su aspecto de serpiente emplumada para
transformarse en un hombre común y así poder explorar la Tierra. El dios se encontraba tan
maravillado con los hermosos paisajes que siguió caminando hasta que el cielo se oscureció y se
llenó de estrellas. Cansado y hambriento, se detuvo al lado del camino. Un conejo pasó por su lado
y le preguntó: —¿Estás bien? —No, me siento muy cansado y hambriento —respondió el dios. Sin
saber que estaba hablando con una deidad, el conejo rápidamente se ofreció a compartir su comida
con Quetzalcóatl. —Gracias, pero no como plantas — le dijo el dios al conejo. El pequeño animal
sintió mucha pena por el viajero: —No tengo nada más que ofrecerte, soy una criatura insignificante
y tú necesitas recuperar tus fuerzas, por favor cómeme y reanuda tu viaje. El dios conmovido por el
noble gesto de la pequeña criatura, regresó a su forma de serpiente emplumada y sostuvo al conejo
tan alto que su reflejo quedó plasmado para siempre en la luna. Luego, regresó al conejo a la Tierra
y dijo: —No eres una insignificante criatura, tu retrato pintado en la luz de la luna contará a todos
los hombres la historia de tu bondad.
Preguntas
1. ¿En qué se convirtió el dios Quetzalcóatl?

2. ¿Qué le ofreció el conejo al dios?

3. ¿Dónde quedó plasmado la imagen del conejo?

18. LA CALZADA DE LOS GIGANTES

Cuenta la leyenda que Finn Macoco, un aguerrido gigante de Irlanda, vivía en la salvaje costa norte
y con frecuencia visitaba el mar, pues le quedaba muy cerca. Un día se encontraba contemplando
las olas cuando divisó en Staff, una isla escocesa, a otro gigante; su nombre era Benandonner,

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mejor conocido como el gigante rojo. Benandonner era un ser extraordinariamente feo, peludo y
buscapleitos. Al percatarse de la presencia de Finn Macoco gritó: —Quisiera poder pelearme
contigo, pero desgraciadamente no sé nadar, así que nunca sabremos cuál de los dos es el más
fuerte. Finn Macoco, nunca tomaba un desafío a la ligera, así que recogió unas enormes rocas
hexagonales que encontró en la costa y construyó desde Irlanda, una calzada en el mar que llegaba
hasta Escocia. Cuando Finn comenzó a cruzar la calzada, se dio cuenta de que el gigante rojo era
muchísimo más grande que él y se devolvió a Irlanda corriendo. —¡Ay!, Obonaga, ayúdame a
esconderme —le dijo a su esposa al llegar a la puerta de su casa. Obonaga, era una mujer muy
astuta e inmediatamente ideó un plan: —Haz exactamente lo que te pido —dijo la mujer. La mujer
empujó la bañera y la dejó en medio de la sala y le pidió a Finn que se metiera en ella, cubriéndolo
hasta los ojos con un edredón azul celeste. A los pocos minutos, Benandonner, golpeó la puerta
preguntando por Finn y Obonaga le respondió: —Mi esposo acaba de salir, pero entra a esperarlo
si quieres. Cuando el gigante se sentó en la sala, Obonaga le ofreció una taza de té y una barra de
pan… la astuta mujer había horneado la barra de pan con una sartén de hierro adentro. —Acabo
de hornear este pan para Finn, es su preferido. Cuando el gigante pegó el primer mordisco, se
rompió la mitad de los dientes con la sartén de hierro. — ¡Ay, ay, ay! —gritó el gigante muy adolorido.
—Te pido por favor no hagas tanto ruido, vas a despertar al bebé en su cuna —dijo Obonaga. —
¿En esa enorme cuna duerme tu bebé? —preguntó Benandonner mirando el armatoste en medio
de la sala. —Claro que sí, apenas cabe en ella. —dijo Obonaga—. Finn regresará a casa pronto,
siéntate y come estos pastelitos de mora. Obonaga le sirvió un plato lleno de los pasteles que había
horneado, pero dentro de estos había una plancha de hierro. Benandonner dio un mordisco, y dejó
escapar un chirrido tan fuerte que toda Irlanda se sacudió. Se había roto la otra mitad de los dientes
cuando mordió un pedazo de la plancha. —¿Qué hay en estos pastelitos? — preguntó entre
lágrimas de dolor. Obonaga se encogió de hombros: —Estos son los preferidos del bebé, los hago
con mantequilla, azúcar, huevos, harina y mermelada de mora —respondió. Y le dio uno de los
pasteles a Finn, que estaba acostado en la cuna actuando como bebé, pero este era un pastel como
los demás: suave y esponjoso. Finn se lo tragó de un bocado. El gigante rojo observó con asombro
y sintiéndose apoderado por el miedo pensó: —Si ese bebé es tan grande y tiene dientes de piedra,
no quiero imaginarme qué tan grande es su papá. Sin despedirse, se fue corriendo por donde llegó,
destruyendo la calzada para evitar la visita de tan temible enemigo. Hasta el día de hoy, los dos
fragmentos de la calzada permanecen intactos, uno en la costa del norte de Irlanda y el otro en la
isla de Staff.
Preguntas
1. ¿Cuál eran los nombres de los gigantes?

2. ¿Que había horneado la mujer de Finn?

3. ¿Como se llamaban las islas?

19. JUANITO MANZANAS

Esta es la historia de un hombre que se convirtió en leyenda. Su nombre era John Chapman, pero
todos lo llamaban “Juanito Manzanas”. John Chapman era un hombre muy generoso y amigable
que recorrió gran parte de los Estados Unidos de América con nada más que los harapos que
llevaba puestos, una olla en la cabeza y una bolsa llena de semillas de manzana que había recogido
de una prensa de sidra. En ese entonces, los Estados Unidos era un país muy joven; en el Oeste
no había grandes ciudades ni escuelas y tampoco manzanos. Él no quería que los primeros
pobladores del Oeste, llamados pioneros, carecieran de manzanas y todos los deliciosos productos
que se pueden hacer con ellas, como jugo, compotas y tartas. Así que un día se despidió de su
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familia y emprendió su viaje descalzo. Él caminó de un lugar a otro, de pueblo en pueblo plantando
sus semillas cada vez que encontraba tierra fértil. Fue así como recibió el apodo de “Juanito
Manzanas”. —Habrá suficientes manzanas para todos, nadie sentirá hambre— se dijo a sí mismo.
Los pioneros lo miraban pasar, algunos lo invitaban a dormir en sus casas para resguardarlo del
frío, pero Juanito no aceptaba: — No, gracias —respondía—. El cielo estrellado es mi refugio.
Aunque los indígenas eran a veces desconfiados, todos confiaban en Juanito Manzanas. Él les
llevaba regalos, historias fantásticas de los pueblos que había visitado y sobre todo… alegría. Pero
Juanito Manzanas no solo era generoso con los pioneros y los indígenas, también sentía un gran
cariño por los animales. Una tarde, mientras caminaba por el bosque escuchó un aullido de dolor,
el sonido lo entristeció y decidió seguirlo. Era un lobo herido que había caído en la trampa de un
cazador. Juanito Manzanas no dudó en ayudar al pobre animal, le dio de comer y atendió sus
heridas. El lobo estaba tan agradecido que comenzó a seguirlo a todos lados. ¡Ahora Juanito
Manzanas tenía un lobo como mascota! Pasaron 40 años antes de que Juanito Manzanas dejara
de plantar; había envejecido y se encontraba muy enfermo. Las ciudades del Oeste crecieron, había
muchas casas, escuelas, iglesias y hasta carreteras llenas de coches de caballos que transportaban
nuevos pobladores y alimentos. Hasta el día de hoy, los árboles que Juanito Manzanas plantó
siguen floreciendo en la primavera y en otoño brotan de ellos manzanas rojas o verdes, redondas y
deliciosas. La gente continúa haciendo jugo, tartas y compota de manzana y los niños tienen
frondosos manzanos para trepar o columpiarse. ¡Todo gracias a Juanito Manzanas!
Preguntas
1. ¿Con quién recorrió John Chapman los Estados Unidos?

2. Juanito manzanas a quien tenía como mascota?

3. ¿Cuántos años dejo de plantar Juanito manzanas?

20. EL ATRAPASUEÑOS

Cuenta la leyenda de la tribu Objeta, que una araña silenciosamente tejía su red en la habitación
de una abuelita llamada Nokomis.Todos los días, Snohomish observaba a la araña trabajar, tejiendo
su telaraña en silencio. Hasta que una vez, mientras la observaba entró su nieto: —¡Snohomish —
gritó— mirando a la araña. Entonces caminó hacia la araña con un zapato en la mano. —No, Cega—
susurró la anciana—, no le hagas daño. —Snohomish, ¿por qué proteges a la araña? — preguntó
el niño. La anciana sonrió, pero no respondió. Cuando el niño se fue, la araña se acercó a la anciana
y le agradeció por salvarle la vida. Luego le dijo: —Durante muchos días me has visto girar y tejer
mi red. Has admirado mi trabajo. A cambio de salvar mi vida, te daré un regalo. La araña sonrió con
su sonrisa especial de araña y se alejó tejiendo una red. Pronto, la luna brilló sobre una mágica red
plateada que se mecía suavemente en la ventana. Esta araña era en realidad, Asibikaashi, la
encargada de cuidar de los niños y de las personas de la Tierra. —¿Ves esta red?, te enseñaré a
tejerla —dijo la araña—. Uno de sus hilos atrapará los sueños malos mientras que los sueños
buenos pasarán por el pequeño agujero. Este es mi regalo para ti. Es así, como las madres y
abuelas de la tribu Objeta tejieron redes que atrapaban los sueños malos y las pesadillas de los
niños, asegurando muy felices sueños.
Preguntas
1. ¿Qué hacia la araña en la habitación de la abuelita?

2. ¿Quién era realmente la araña?

3. ¿Cuál fue el regalo de la araña para el niño?

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21. QUETZALCÓATL Y EL MAÍZ

Cuenta la leyenda que muchos siglos atrás, antes de la existencia del dios Quetzalcóatl, el pueblo
azteca solo se alimentaba de raíces y animales. Sin embargo, detrás de las enormes montañas
vecinas, yacía un tesoro imposible de alcanzar; ese tesoro era el maíz. Otros dioses intentaron sin
triunfo dividir las montañas para que los hombres pudieran atravesarlas. Fue entonces que apareció
Quetzalcóatl. Quetzalcóatl prometió a los aztecas que les entregaría el preciado maíz, pero no
mediante el uso de la fuerza, sino de la inteligencia. Fue así como se transformó en una hormiga
negra y acompañado de una hormiga roja que conocía el camino, se marchó hacia las montañas.
En el recorrido encontró innumerables obstáculos, pero estos no lo detuvieron. Él mantuvo en sus
pensamientos las necesidades del pueblo azteca, y siguió avanzando. Pasaron muchos días antes
de que Quetzalcóatl llegara a cima de la montaña y encontrara el maíz. Tomó un grano entre sus
mandíbulas y emprendió el camino de regreso. Al llegar, les entregó a los aztecas el grano de maíz
prometido. Desde ese día, el pueblo azteca prosperó bajo el cultivo y cosecha del maíz. Se hicieron
poderosos, llenos de riquezas y construyeron las más imponentes ciudades, palacios y templos. Y
por esto, veneraron con fervor a Quetzalcóatl; el dios que les trajo el maíz.

Preguntas
1. ¿El pueblo azteca de que se alimentaba?

2. ¿La hormiga negra Con quien se fue hacia las montañas?

3. ¿Que trajo de las montañas el dios Quetzalcóatl?

22. LA CAJA DE PANDORA

Al principio de los tiempos, un titán llamado Prometeo entregó a los hombres el regalo del fuego. El
dios Zeus estaba furioso con el titán por no haber pedido su permiso primero y con los humanos
por aceptar el regalo, por lo que ideó un plan para castigar a todos. Le ordenó a Hefesto que creara
una mujer hermosa a quien llamó Pandora. Afrodita le imprimió el don de la belleza, Hermes le dio
astucia, Atenea le enseñó diversas artes y Hera le hizo el regalo que cambiaría la historia de los
hombres por siempre: la curiosidad. Luego, Zeus ordenó a Hermes llevar a la hermosa mujer a la
Tierra. Antes de emprender su camino a la Tierra, Zeus obsequió a Pandora una caja de oro con
incrustaciones de piedras preciosas atada con cuerdas doradas y le advirtió que bajo ninguna
circunstancia debía abrirla. Hermes guio a Pandora desde el Monte Olimpo y se la presentó al
hermano de Prometeo, Epimeteo. Los dos se casaron y vivieron felices, pero Pandora no podía
olvidar la caja prohibida. Todo el día pensaba en lo que podía haber adentro. Anhelaba abrir la caja,
pero siempre volvía a atar los cordones dorados y devolvía la caja a su estante. Sin embargo, la
curiosidad de Pandora se apoderó de ella; tomó la caja y tiró de los cordones desatando los nudos.
Para su sorpresa, cuando levantó la pesada tapa, un enjambre de adversidades estalló desde la
caja: la enfermedad, la envidia, la vanidad, el engaño y otros males volaron fuera de la caja en forma
de polillas. Pero entre todos ellos, voló una hermosa libélula trazando estelas de color ante los ojos
sorprendidos de Pandora. A pesar de que Pandora había liberado el dolor y sufrimiento en el mundo,
también había permitido que la esperanza los siguiera. Y es la esperanza lo que permite a la
humanidad seguir adelante a pesar de las adversidades.
Preguntas
1. ¿El dios Zeus que ordeno a crear?

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2. ¿Dios Zeus que le obsequio a pandora antes de mandarla a la tierra?

3. ¿Que contenía la caja?

23. RAYO DE FUEGO

Cuenta la leyenda, que hace muchos, muchos siglos, en un lejano país del norte, el rey Erico el
viejo, enfermo y cansado de gobernar, anunció a todos sus súbditos que elegiría a un sucesor
basándose únicamente en la fortaleza que este demostrara. Pronto, se presentaron ante el rey los
hombres más valientes de la región y narraron sus heroicas hazañas. El primero en participar fue
Tren, un hombre fornido y de barba roja que dijo: —Una noche se desató una tormenta mientras
navegaba y gracias a mi increíble fuerza, tomé mi embarcación con una mano y nadé con la otra
hasta alcanzar la orilla. Después Tren, era el turno de Trome, un hombre moreno de barba negra,
tan alto y musculoso que parecía un gigante: —Mi señor rey —dijo Trome—, mi encuentro con el
mar fue más heroico que el de Tren. Una noche de tormenta, el viento estaba tan iracundo que debí
tomar mi embarcación con ambas manos y nadar solo con mis piernas. El último en hablar fue Trun,
un hombre fortachón de barba rubia que por violento y presuntuoso no era del agrado del público.
Erico el viejo, Tren, Trun y todo el reino lo escucharon con toda atención. —Su majestad, si lo que
busca es el mayor acto de fortaleza, soy entonces su único aspirante al trono. Las historias de Tren
y Trome palidecen ante la mía —dijo Tren, convencido de ser el mejor de todos tres y añadió—: a
mí también me sorprendió la tormenta mientras comandaba una flota de 52 barcos. Entonces, llamé
a mi caballo, Rayo de Fuego, que puede desplazarse sobre la tierra y el mar, até la costa a su cola
con una soga de hierro y remolqué al reino entero hasta los barcos. Como no me era posible llevar
los barcos a tierra, llevé la tierra hasta los barcos. —¡Increíble, fantástico! —dijo Erico el viejo, muy
sorprendido. Sin embargo, el rey sabía que elegir a Trun como su sucesor causaría un enorme
descontento entre su pueblo y exclamó: —Tu hazaña es en realidad heroica, pero Rayo de fuego,
tu caballo, demostró ser más fuerte que tú. Él salvó a toda una flota y merece ser el rey. El pueblo
celebró la decisión del sabio rey, pues preferían ser gobernados por un caballo que por un tirano.
Preguntas
1. ¿Cuántos barcos tenía TREN a su mando?

2. ¿Quiénes se presentaron para reemplazar al rey?

3. A quien eligió como rey el rey viejo?

24. JACK Y LOS FRIJOLES MÁGICOS

Érase una vez un niño llamado Jack que vivía con su mamá en una humilde granja. Ellos eran muy
pobres y lo único que tenían era una vaca flaca. Un día la mamá de Jack lo llamó y le dijo: — Lleva
la vaquita al pueblo y con el dinero que te paguen por ella compraremos comida. Asegúrate de
recibir un buen precio. Jack partió de inmediato. En el camino, un anciano de aspecto bonachón y
alegre lo saludó y le dijo: —Hola amiguito, ¿a dónde te diriges? Jack le contestó: —Voy al pueblo a
vender mi vaquita para comprar comida. —No te preocupes amiguito, yo me quedo con la vaca y
prometo cuidar muy bien de ella. A cambio, te daré estos tres frijolitos mágicos, ellos te traerán una
enorme fortuna —dijo el viejito. Al llegar a casa, Jack saludó a su mamá con un abrazo y una enorme
sonrisa. —Mira mamá, he dejado a la vaca con un señor muy bueno y a cambio él me dio estos

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frijoles mágicos. —¿Cómo pudiste cambiar lo único que tenemos por unos pocos frijoles? —dijo su
mamá—. Muy enojada, arrojó los frijoles por la ventana. Jack estaba muy triste y se fue a dormir sin
cenar. Cuando Jack se despertó la mañana siguiente, descubrió a través de la ventana, un enorme
tallo que había brotado de sus frijoles mágicos. Movido por la curiosidad, Jack trepó el tallo hasta
alcanzar un reino en el cielo. De la nada, apareció una pequeña hada azul y le dijo: —Ese castillo
que ves a lo lejos perteneció a un caballero y a su familia. Ahora vive en él un gigante muy malvado.
Jack, necesitas saber que tu madre es la esposa del caballero y tú eres su hijo. Sé valiente y
recupera lo que te pertenece. Al decirlo, el hada desapareció. Jack continuó su camino hacia el
castillo. Al encontrar las puertas entreabiertas ingresó sin anunciarse. Al instante, se topó con la
esposa del gigante y le dijo: ¿Señora, puede por favor darme algo de comer y beber?, tengo mucha
hambre. La noble mujer le dio un trozo de pan y un vaso de leche. Mientras comía, entró el gigante.
El gigante tenía un aspecto horripilante. Jack estaba aterrorizado y de un salto se escondió en la
alacena. El gigante exclamó: —¡Fi, fa, fo, fin! Huelo el aroma de un niño inglés. —¡Aquí no hay
ningún niño! —dijo la esposa del gigante. Sin cuestionar a su esposa, el gigante se retiró a su
habitación. Sacó debajo de la cama una bolsa con monedas de oro, las contó y las dejó a un lado.
Luego, tomó una siesta. Jack salió sigilosamente de su escondite, guardó un puñado de monedas
en sus bolsillos y huyó del castillo. En casa, le dio las monedas a su madre. Ambos vivieron felices
y cómodamente por algún tiempo. Cuando se agotaron las monedas, Jack volvió a trepar el tallo
hacia el castillo del gigante. Al igual que antes, se encontró con la esposa del gigante, ella le dio de
comer y el gigante apareció mientras comía. Una vez más, Jack terminó escondido en la alacena.
Fue entonces que el gigante exclamó: —¡Fi, fa, fo, fin! Huelo el aroma de un niño inglés. —¡Aquí no
hay ningún niño! —dijo la esposa del gigante. Un poco dudoso, el gigante se dirigió hacia su
habitación para tomar la siesta, pero antes de marcharse, le pidió a su esposa que le llevara la
gallina y el arpa. La esposa regresó con una gallina enjaulada y un arpa mágica que podía reproducir
las más hermosas melodías. El arpa tocaba música alegre, pero Jack se sentía triste al ver la pobre
gallina enjaulada. Mientras el gigante dormía, Jack tomó la gallina y el arpa. De repente, el arpa
gritó: —¡Amo, un niño me está robando! El gigante se despertó y vio a Jack con sus dos preciados
tesoros. Furioso, corrió detrás de él. Jack descendió el tallo con el arpa y la gallina a cuestas. Al
tocar tierra llamó a su mamá: —Mamá, mamá trae el hacha. Su mamá trajo el hacha y Jack
derrumbó el tallo. ¡CATAPLÚN! Cayó el gigante tan fuerte que fue a dar al otro lado del mundo. Al
día siguiente, Jack y su mamá se despertaron asombrados al saber que la gallina ponía huevos de
oro. ¡La gallinita estaba tan feliz que dejó miles de huevos de oro regados por toda la casa! La
preciosa música del arpa los mantuvo alegres… y todos vivieron felices para siempre.
Preguntas
1. ¿Qué le dio el viejo al niño a cambio de su vaca?

2. ¿¿Que paso con los frijoles mágicos??

3. ¿Qué paso con el gigante?

25. EL ORO Y LAS RATAS

Había una vez un mercader que debió emprender un viaje muy largo. Antes de partir, dejó al cuidado
de su mejor amigo un cofre lleno de monedas de oro. Pasaron unos pocos meses y el viajero regresó
a casa de su amigo a reclamar su cofre. Sin embargo, no se encontraba preparado para la sorpresa
que le aguardaba. —¡Te tengo muy malas noticias! —exclamó su amigo—. Guardé tu cofre debajo
de mi cama sin saber que tenía ratas en mi habitación. ¿Quieres saber qué pasó exactamente? —
Claro que me interesa saber —replicó el mercader. —Las ratas entraron al cofre y se comieron las
monedas. Tú sabes, querido amigo, que los roedores son capaces de devorarlo todo. —¡Qué mala
suerte la mía! —dijo el mercader con profunda tristeza—. He quedado en la ruina por causa de esa
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plaga. El mercader sabía muy bien que había sido engañado. Sin demostrar sospecha, invitó a su
mal amigo a cenar en su casa al día siguiente. Pero al marcharse, entró al establo y se llevó el mejor
caballo que encontró. Al día siguiente, llegó su amigo a cenar y con disgusto dijo: —Me encuentro
de muy mal humor, pues el día de ayer desapareció el mejor de mis caballos. Lo busqué por todos
lados, pero no pude encontrarlo. —¿Acaso tu caballo es de color marrón? —preguntó el mercader
fingiendo preocupación. —¿Cómo lo sabes? —contestó el mal amigo. —Por pura casualidad,
anoche, después de salir de tu casa, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un caballo
marrón. —¡De ninguna manera! —dijo el amigo muy enojado—. Un ave ligera no puede alzar el
vuelo sujetando un animal tan fornido como mi caballo. —Claro que es posible —señaló el
mercader—. Si en tu casa las ratas comen oro, ¿por qué te sorprende que una lechuza se robe tu
caballo? El mal amigo, muy avergonzado confesó su crimen. Y fue así como el oro volvió al dueño
y el caballo al establo.
Preguntas
1. ¿Qué le dejo el mercader a su amigo?

2. ¿Que se llevó el mercader de la casa de su amigo?

3. ¿El mercader recupero su oro?

26. LA OVEJA Y EL CERDO

A primera hora de una mañana brillante, una oveja y un cerdo de cola enroscada se aventuraron al
mundo en busca de un hogar. —Construiremos una casa —dijeron la oveja y el cerdo de cola
enroscada—, allí viviremos juntos. Los dos siguieron un largo, largo camino, pasando sobre los
campos, entre montañas y a través del bosque, hasta que se encontraron con un conejo.—¿Adónde
van? —preguntó el conejo.—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja y el cerdo.—¿Puedo
vivir con ustedes? —preguntó el conejo.—¿Qué puedes hacer para ayudar? —preguntaron la oveja
y el cerdo.—Puedo afilar estacas con mis dientes —dijo el conejo— y clavarlas con mis patas. Los
tres recorrieron el largo, largo camino, hasta que se encontraron con un ganso gris.—¿Adónde van?
—preguntó el ganso gris.—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja, el cerdo y el conejo.—
¿Puedo vivir con ustedes? —preguntó el ganso gris.—¿Qué puedes hacer para ayudar? —
preguntaron la oveja, el cerdo y el conejo.—Puedo juntar musgo y usarlo para rellenar las hendijas
con mi ancho pico —dijo el ganso.—Está bien —dijeron la oveja, el cerdo, el conejo—. Puedes venir
con nosotros.—¿Adónde van? —preguntó el gallo.—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja,
el cerdo, el conejo y el ganso.—¿Puedo vivir con ustedes? —preguntó el gallo.—¿Qué puedes
hacer para ayudar? —preguntaron la oveja, el cerdo, el conejo y el ganso.—Puedo cacarear de
madrugada para despertarlos a tiempo —dijo el gallo.—Está bien —dijeron la oveja, el cerdo, el
conejo y el ganso—. Puedes venir con nosotros. Los cinco fueron más allá del largo, largo trecho,
hasta que encontraron un buen lugar para una casa. La oveja cortó troncos y los apiló. El cerdo
fabricó ladrillos para el sótano. El conejo afiló las estacas con sus dientes y las martilló con sus
patas. El ganso buscó musgo y rellenó las hendijas con el pico. El gallo cantaba todas las
madrugadas para anunciarles que era la hora de levantarse. Y todos vivieron felices en su casita.
Preguntas
1. ¿Qué animales participan en el cuento?

2. ¿Qué fabrico el cerdo?

3. ¿Como construyeron la casita los animales?

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27. JUAN Y LA PUERCA EMPERIFOLLADA

En la bella isla de Puerto Rico, vivía Juan con su mamá. Juan era un niño muy bueno, sin embargo,
siempre andaba metido en problemas por ser muy despistado. No es que él quisiera ser de esa
manera, pero se le hacía muy difícil prestar atención y seguir instrucciones. Un domingo, muy
temprano por la mañana, su mamá lo llamó desde la puerta y le dijo: — Juan, presta atención: tengo
que ir al pueblo a misa y necesito que cuides a Dorotea, la puerca. Llévale agua para que no tenga
sed y no le dé mucho calor, ¿me entendiste? En ese momento, cerró la puerta y emprendió el largo
camino hacia el pueblo. —Claro que sí, mamá —respondió Juan. Pero en realidad, como se
encontraba medio dormido y bostezaba mientras que su mamá le hablaba, las únicas palabras que
alcanzó a escuchar fueron: PUEBLO, MISA, DOROTEA, LA PUERCA, LLÉVALE. —Mi mami quiere
que lleve a misa a Dorotea, la puerca — pensó Juan. Así que corrió a la habitación de su mamá,
abrió el ropero y escogió el mejor traje de domingo que su madre tenía y dos pares de tacones.
Luego, se dirigió hacia el tocador y tomó un collar, un par de aretes y el brazalete de perlas. Puso
todo encima de la cama y salió al corral. —Vengo a llevarte a misa, Dorotea, pero primero tengo
que vestirte muy bien. Juan abrió la puerta del corral y llevó la puerca a la habitación de su mamá.
Estando en la habitación le puso el traje, las joyas y los tacones. Antes de salir, le aplicó un pocotón
de maquillaje y colocó sobre su cabeza un sombrero de paja para que no le diera calor. —Tienes
que lucir muy bien para ir a misa —dijo Juan. Entonces, abrió la puerta de la casa, pero Dorotea,
toda emperifollada, salió corriendo hacia su corral. A la pobre puerca no le gustaban los vestidos ni
las joyas, así que gruñó y se revolcó en el fango hasta que se deshizo de ellas. En ese momento,
regresaba de misa la mamá de Juan en compañía de sus vecinos, y al ver semejante espectáculo
se rieron a carcajadas. Es por esto por lo que, hasta el día de hoy, cuando alguien se emperifolla
demasiado, los vecinos dicen que se parece a la puerca de Juan.
Preguntas
1. ¿Quién era Dorotea?

2. ¿Dónde le dijo que iban a ir juan a Dorotea?

3. ¿Qué significa emperifolla?

28. LA MACETA VACÍA

Hace muchos siglos atrás, el emperador de China hizo un gran anuncio, necesitaba encontrar a
alguien para reemplazarlo como emperador pues estaba envejeciendo y no tenía hijos. Como
siempre le había encantado la jardinería, decidió repartir semillas de flores entre todos los niños y
niñas del reino. —Quien dentro de un año me traiga las flores más bellas, será el sucesor al trono—
proclamó el emperador. Todos los niños y niñas fueron al palacio a reclamar sus semillas. Entre los
niños se encontraba Ping, el mejor jardinero de todo el reino. Sus habichuelas y melones eran
siempre las más dulces y sus flores las más coloridas y perfumadas del mercado. Con cuidado, él
plantó la semilla que el emperador le había dado en una maceta con tierra fértil. El pequeño regó y
cuidó la semilla con mucho esmero, pero no pasó nada. Sin embargo, las semillas de los otros niños
brotaron rápidamente y crecieron hasta convertirse en hermosas flores de todos los colores y
tamaños. Todos se burlaron de Ping y comenzaron a llamarlo el niño de la maceta vacía. Ping plantó
su semilla en una maceta más grande con tierra negra fertilizada. Aun así, nada brotó. Finalmente,
llegó el día de llevar las plantas al emperador. Ping estaba triste, pero tomó su maceta vacía y
caminó hacia el palacio. El emperador examinó las plantas verdes de flores coloridas de los niños
y niñas. Cuando llegó hasta Ping, dijo con el ceño fruncido: —¡Me trajiste una maceta vacía! Todos
comenzaron a reírse del niño de la maceta vacía. Ping agachó la cabeza y dijo con mucha
vergüenza: —Lo siento su majestad. Intenté e intenté cultivar la semilla, pero no brotó nada de ella.

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El emperador se rascó la barbilla y sonrió. Luego, les dijo a todos los presentes: —¡Les presento a
Ping, el nuevo emperador de China! Todas las semillas que les entregué fueron cocinadas para que
no pudieran crecer. No sé cómo el resto de ustedes cultivaron flores, pero ellas no crecieron de mis
semillas. Ping es el único que ha sido honesto y por esto merece ser emperador. Ping creció para
convertirse en uno de los más memorables emperadores de China. Él fue siempre honesto y
dedicado; se preocupó por sus súbditos con el mismo esmero con el que cuidó la semilla que lo
hizo emperador.
Preguntas
1. ¿El emperador que obsequio a los niños y niñas?

2. ¿Qué paso con las semillas de ping?

3. ¿A quién nombraron emperador de china?

29. EL CAMPESINO Y EL DUENDE

Érase una vez un astuto campesino que era dueño de una pequeña granja. Él trabajaba sus tierras
de sol a sol sin tener queja de sus cultivos. Pero un día las cosas comenzaron a marchar muy mal:
la leche se agrió y las malas hierbas invadieron su cosecha. Después de una larga jornada de
trabajo, el campesino vio dos luces resplandecientes irrumpiendo la oscuridad de la noche. Sabía
que eran los ojos brillantes de un duende. ¡Esa era la causa de todos sus problemas! Un duende
estaba viviendo en su granja sin ser invitado. El campesino buscó por todos lados, pero no pudo
dar con el escondite del duende. Un día, el campesino se dirigió a una pequeña colina que se
encontraba despoblada, mientras removía la tierra con su azadón escuchó una voz que decía: —
Mira lo que has hecho. Estás destrozando mi techo. ¡Yo vivo aquí debajo de esta colina! Era sin
lugar a dudas, el duende quien le hablaba. El campesino no sabía qué hacer, esta era su colina.
Entonces, divisó un plan y llamó al duende. —Lamento haberte molestado —dijo el campesino—,
pero no está bien dejar esta colina sin cultivar. Sembraré cada año y compartiremos la cosecha. Un
año recogerás todo lo que crezca sobre la tierra y yo me quedaré con las raíces, que es lo que
permanece dentro de la tierra. El próximo año, tu parte serán las raíces y la mía, lo que crezca sobre
la tierra. ¿Estás de acuerdo? —Muy bien— dijo el duende—. Este año me quedo con lo que crece
sobre la tierra. El campesino se rio para sus adentros, porque él estaba sembrando papas. Cuando
estas crecieron, el duendecillo vino con un pequeño cuchillo para cortar las amarillentas hojas de
las papas. Él no sabía que las papas crecían bajo tierra y estaba contento con su parte de la
cosecha. La próxima temporada fue el turno del duende de recoger lo que quedaba dentro de la
tierra. Entonces el campesino plantó maíz y lo cortó cuando estaba maduro. El duende se quedó
dentro de la colina cortando las raíces. Nuevamente, estaba muy contento con su parte de la
cosecha. El campesino fue muy astuto con todos sus cultivos; la siguiente temporada sembró
zanahorias, y luego, frijoles. El duende recogió sus hojas de zanahoria y sus raíces de frijoles, y las
guardó cuidadosamente para el invierno. Con lo cual queda demostrado lo fácil que puedes
complacer a un duende, pues ellos no son los mejores granjeros.
Preguntas
1. ¿Quien vivía en la granja del campesino?

2. ¿Que sembraron el duende y el campesino?

3. ¿Que recogió al final el duende?

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30. SOPA DE PIEDRA

Érase una vez un viajero que después de recorrer un largo camino llegó a una pequeña aldea. El
viajero no contaba con un lugar donde refugiarse o algo de comer. Pese a esto, él tenía la esperanza
de que un aldeano amigable se ofreciera a alimentarlo. El viajero llamó a la puerta de la primera
casa que encontró. Una mujer abrió la puerta y el viajero le preguntó si podía ofrecerle un poco de
comida. La mujer respondió un tanto molesta: —Lo siento, no tengo nada que darte. Y cerró de
golpe la puerta. Entonces, el viajero tocó otra puerta, pero la respuesta fue la misma: —Lo siento,
no tengo nada que darte. Con mucha determinación, el viajero fue de puerta en puerta siendo
rechazado una y otra vez. Al ver que su plan no funcionaba, se dirigió a la plaza del pueblo, tomó
una olla de lata que llevaba en su bolsa, la llenó con agua del río, comenzó el fuego y dejó caer una
pequeña piedra en la olla. Mientras hervía el agua, un aldeano se detuvo a preguntarle qué era lo
que cocinaba. El viajero contestó: —Estoy cocinando una exquisita sopa de piedra. ¿Te apetece un
poco? El aldeano le dijo que sí y encantado se ofreció a traer zanahorias para agregarle a la sopa.
Al cabo de unos minutos, el aldeano regresó con diez zanahorias de su jardín. Otro aldeano, con
curiosidad, se acercó a los dos hombres y les preguntó qué cocinaban. El viajero le respondió que
cocinaban sopa de piedra con zanahorias. —¡Qué interesante receta! —dijo el curioso aldeano—.
¿Será posible agregarle papas a la sopa? —Claro que sí —exclamó el viajero. El curioso aldeano
fue a su granja y regresó con una docena de papas. Un joven pasó y se unió al grupo, trayendo a
su madre y todos los platos y cucharas de su casa. No pasó mucho tiempo antes de que docenas
de aldeanos se acercaran al viajero, todos ofreciendo su ingrediente favorito: jamón, champiñones,
cebollas, bellotas, calabaza, sal y pimienta. Todos querían contribuir a la innovadora receta.
Finalmente, el viajero sacó la piedra de la olla y declaró: —¡La sopa de piedra está lista! Y fue así
como toda una comunidad se unió a un festejo que comenzó con una pequeña piedra y un gran
ingenio.
Preguntas
1. ¿Que hizo el viajero en la plaza?

2. ¿Qué le decían los aldeanos al viajero cuando este pedía comida y una posada?

3. ¿Qué ingredientes trajeron los aldeanos?

31. DESPUÉS DE MEDITARLO MUCHO

DESPUÉS DE MEDITARLO mucho Juana accedió a fijar la fecha para la boda. “El 20 de noviembre”,
dijo Juana. Dick aceptó de inmediato: había estado esperando esta decisión por más de dos años.
Juana escogió su vestido blanco, corto, sin cola y sin velo. “Pareces una garcipola”, le dijo Isabel al
salir para la Iglesia, “con ese vestido tan corto y esas patas tan flacas”. El cabello, dorado y largo,
simplemente se lo recogió en un apresurado moño sobre la cabeza. A cualquiera si la hubiera visto
en Ciénaga recorrer la calle bajo los arcos nupciales, de la casa grande a la Iglesia, le hubiera
parecido bonita. Juana ni se había mirado siquiera en el gran espejo rodeado de figuritas austríacas
que cubría media pared de su cuarto. Al salir, detenida en el atrio, ya cansada, miró el templete
como un gran pudin de bodas en la mitad de la plaza, y sin saber por qué se acordó de Lucrecia y
del año 510 antes de Cristo. Sin mirar a Dick, como descubriendo el templete por primera vez, le
dijo a Dick que ya se separaba de su lado: “Tú sabes que yo estoy rota, ¿verdad?” Como ella subió
al coche con la madre de Dick y éste se perdió en el tumulto de amigos que lo felicitaban, no pudo
saber si él dijo algo, o si cuando le soltó el brazo la mano extendida y enguantada de gris perla que
se quedó un momento rígido era la de Dick o la de uno de sus amigos. Diez minutos después,
mientras se cambiaba de ropa en el cuarto del Padre, pues el resto de la casa grande estaba llena
de mesas y de guirnaldas blancas de papel crespón, Juana recordó prodigiosamente la ópera de
Britten. Se miró en el pequeño espejo del aguamanil del Padre, que sólo reflejaba sus amplios senos

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contenidos por el ajustador blanco de encaje. Tuvo que agacharse para verse la cara. Miró alrededor
del cuarto las cosas ya conocidas y supo el sitio de cada cosa. Cuando iba a ponerse el vestido de
viaje pensó: “Aunque es casi imposible que Dick conozca la ópera de Britten, y si por casualidad la
ha oído alguna vez estoy perfectamente segura de que no recordará nunca el verso, pero sería muy
aburrido correr ese riesgo”. Entonces volvió a poner el vestido de viaje sobre la cama sobria del
Padre, caminó hacia el armario, abrió la tercera gaveta, sacó el revolver pequeño y se pegó un tiro
en la cabeza, aún sin haberse soltado el cabello.

Preguntas
1. Que fecha se fijo para la Boda?

2. Que recordó Juana cuando se cambiaba de ropa?

3. Como se mato juana?

32. EL GUARDIÁN

HABÍA SIDO ANTAÑO soldado de fortuna, mercenario a sueldo de gobiernos y gentes harto dudosas.
Frecuentador de bares en donde se enrolaban voluntarios de guerras coloniales, hombres de armas
que sometían a pueblos jóvenes e incultos que creían luchar por su libertad y sólo conseguían una
ligera fluctuación en las bulliciosas salas de la Bolsa. Le faltaba un brazo y hablaba correctamente
cinco idiomas. Olía a esas plantas dulce amargas de la selva que, cuando se cortan, esparcen un
aroma de herida vegetal. Al llegar no habló con nadie. Fue a refugiarse en un cuarto de los patios
interiores. Allí descargó ruidosamente su mochila de soldado, ordenó sus pertenencias, según un
orden muy personal, alrededor de su saco de dormir, prendió su pipa y se puso a fumar en silencio.
Pasados algunos días alguien le descubrió, mientras se bañaba en el río, un tatuaje debajo de la
axila derecha con un número y un sexo de mujer cuidadosamente dibujado. Todos le temían con
excepción del dueño, a quien le era indiferente, y del fraile que sentía por él una cierta adusta
simpatía. Sus maneras eran bruscas, exactas, medidas y en cierta forma un tanto caballerescas y
pasadas de moda. Desde cuando llegó le fueron confiadas ciertas tareas que suponían una labor
de control sobre las entradas y salidas de los demás habitantes de la mansión. Todas las llaves de
cuartos, cuadras e instalaciones de beneficio estaban a su cuidado. A él había que acudir cada vez
que se necesitaba una herramienta o había que sacar los frutos a vender. Nunca se supo que
negara a nadie lo que le solicitaba, pero nadie tomaba algo sin comunicárselo a él, ni siquiera el
dueño. De su brazo ausente, de cierta manera rígida de volver a mirar cuando se le hablaba y del
timbre de su voz emanaban una autoridad y una fuerza indiscutibles. En el desenlace de los
acontecimientos se mantuvo al margen y nadie supo si participó en alguna forma en los preliminares
de la tragedia. Se llamaba Paúl y él mismo solía lavar la ropa a la orilla del río con un aire de
resignación y una habilidad adquirida con la costumbre, que hubieran enternecido a cualquier mujer.
Sus largos ratos de ocio los pasaba tocando en la armónica aires militares. Era incómodo verlo con
una sola mano y ayudándose con el muñón arrancar aires marciales al precario instrumento.
Preguntas
1. Como se llamaba el Guardian?

2. Que habilidades tenia el guardian?

3. Que figura contenia el tatuaje del guardian?

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33. EL DUEÑO

Si alguien hubiera indicado la obesidad como uno de sus atributos, nadie habría recordado si ésta
era una de sus características. Era más bien colosal, había en él algo flojo y al mismo tiempo blando
sin ser grasoso, como si se alimentara con substancias por entero ajenas a la habitual comida de
los hombres. Decía haber adquirido la mansión por herencia de su madre, pero luego se supo que
había caído en sus manos por virtud de ciertas maquinaciones legales de cuya rectitud era
arriesgado dar fe. Se llamaba Graciliano, pero todos lo conocían por Don Graci. En su juventud
había sido pederasta de cierta nombradía y en varias ocasiones fue expulsado de los cines y otros
lugares públicos por insinuarse con los adolescentes. Pero de tales costumbres la edad lo había
alejado por completo, y para calmar sus ocasionales urgencias acudía durante el baño a la
masturbación, que efectuaba con un jabón mentolado para la barba del que se proveía en
abundancia en sus muy raras escapadas a la ciudad. La participación de Don Graci en los hechos
fue capital. Él ideó el sacrificio y a él se debieron los detalles ceremoniales que lo antecedieron y
precedieron. Sus máximas, que regían el orden y la vida de la casa, habían sido escritas en las
paredes de los espaciosos aposentos y decían: “El silencio es como el dolor, propicia la meditación,
mueve al orden y prolonga los deseos”. “Defeca con ternura, ese tiempo no cuenta y al sumarlo
edificas la eternidad”. “Mirar es un pecado de tres caras, como los espejos de las rameras. En una
aparece la verdad, en otra la duda y en la tercera la certidumbre de haber errado”. “Alza tu voz en
el blando silencio de la noche, cuando todo ha callado en espera del alba; alza, entonces, tu voz y
gime la miseria del mundo y sus criaturas. Pero que nadie sepa de tu llanto, ni descifre el sentido
de tus lamentos”. “Una hoja es el vicio, dos hojas son un árbol, todas las hojas son, apenas, una
mujer” “No midas tus palabras, mide más bien la húmeda piel de tu intestino. No midas tus actos,
mide más bien la orina del conejo”. “Apártate, deja que los incendios consuman delicadamente las
obras de los hombres. Apártate con el agua. Apártate con el vino. Apártate con el hambre de los
cóndores”. “Si entras en esta casa no salgas. Si sales de esta casa no vuelvas. Si pasas por esta
casa no pienses. Si moras en esta casa no plantes plegarias.” “Todo deseo es la suma de los vacíos
por donde se nos escapa el alma hacia los grandes espacios exteriores. Consúmete en ti mismo”.
Otras máximas se habían borrado con el tiempo, pero la titubeante memoria del dueño hacía
imposible su reconstrucción, en la cual, por lo demás, ninguno de sus huéspedes estaba interesado.
La ampulosidad del estilo y su artificial concisión iban muy bien con los afelpados ademanes de
aquella robusta columna de carne que movía las manos como ordenando sedas en un armario.
Tenía grandes ojos oscuros y acuosos que un tiempo debieron ruborizar a sus oyentes y que ahora
producían el miedo de asistir a una abusiva y en cierto sentido enfermiza suspensión del tiempo.
Sus conocimientos eran vastísimos, pero nunca se le oyó citar a un autor ni se le vio con un libro
en la mano. Su saber se antojaba fruto de una niñez miserable refugiada en los libros de un padre
erudito o en alguna oscura biblioteca de un colegio de jesuitas. Ya se mencionó la participación de
Don Graci en los hechos, pero no está por demás agregar que, en cierta forma, todos los hechos
fueron él mismo o mejor aún que él mismo dio origen y sentido a todos los hechos. Como no evadió

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su papel, sino que sencillamente se contentó con ignorarlo, lo sucedido tomó las proporciones de
una molesta infamia, hija de una impunidad incomprensible pero inevitable. Más adelante se sabrá
algo sobre este asunto, pero ya no con iguales palabras ni desde el mismo punto de vista. Don
Graci nunca se bañaba solo y lo hacía dos veces cada día, una en la mañana y otra antes de
acostarse. Escogía su compañero de baño sin exigirle nada y sin dirigirse a él en forma alguna
durante las largas abluciones que a veces, siempre más raras, despedían un intenso aroma
mentolado.
Preguntas
1. Como lo conocían todos a Graciliano?

2. Como eran los ojos de Graciliano?

3. Graciliano con quien se bañaba?

34. EL PILOTO

Al piloto le sudaban las manos. Había sido aviador en una línea aérea que fundaron algunos
antiguos compañeros suyos de la Escuela Militar de Aviación y en ese trabajo permaneció hasta
cuando una gran red internacional se anexó la pequeña empresa. Buscó empleo en otras líneas,
pero su carácter y su aspecto hicieron que siempre fuera cortésmente rechazado. Apareció en la
hacienda como piloto de una avioneta de fumigación contratada por Don Graci para combatir una
plaga que amenazaba acabar con sus naranjos y limoneros, sembrados en ordenada plantación a
orillas del río Cócora. Había ya terminado su labor cuando la avioneta fue incendiada por un rayo
que cayó sobre ella en una noche de tormenta. El piloto se fue quedando en la mansión sin atraer
sobre si ni el rechazo ni la simpatía de nadie. Fue la Machiche quien lo obligó finalmente a quedarse
en forma permanente. En una de sus fugaces uniones escogió al piloto por su fino bigotito oscuro
que lucía sobre una boca carnosa y bien dibujada de hombre débil. Tenía la frente estrecha; el pelo
oscuro, recio y abundante, le prestaba un aire de virilidad que bien pronto se supo por entero
engañoso. No que padeciera de impotencia, pero sí acusaba una marcada tendencia hacia una
indiferente frigidez que bien pronto ofendió a la Machiche y le enajenó su simpatía para siempre.
Rondaba por la casa con una vaga sonrisa, como excusándose por ocupar un sitio que nadie le
ofrecía. Por las noches ayudaba al fraile en la contabilidad de la hacienda. Sacaba las cuentas en
una redondeada y necia caligrafía de colegio de monjas. Llevaba siempre consigo el Manual de
Vuelo de la antigua empresa en donde había sido capitán piloto y lo repasaba minuciosamente
todas las noches antes de irse a la cama. Vestía un raído uniforme color azul plomizo y llevaba una
sucia gorra blanca con las insignias de la Fuerza Aérea. Se llamaba Camilo y tenía mal aliento. Su
participación en la tragedia fue primordial, consciente y largamente meditada, por razones que ya
se verán o habrán de adivinarse. Fue la Machiche quien maquinó contra el piloto una larga e invisible
intriga que lo llevó a ser, después de la víctima, el actor principal. Había en él un tal deseo de

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destruirse que su propia debilidad lo llevó a tomar sobre sí la parte más delicada y decisiva del
drama. Era el autor de una canción que la víctima aprendió a cantar con la música de un ritmo de
moda y que decía, más o menos, así: No es fuerza ser el rey del mundo, para escoger una mujer
en cada tarde de verano. La plaga tiene aguas tranquilas donde el sol planta sus tiendas
transparentes. Yo espero, allí, cada mañana, una muchacha diferente. No es fuerza ser el rey del
mundo, no es fuerza ser nadie en la vida, basta esperar y acariciar el aire claro con la frente.
Además de las discutibles calidades del intenso estribillo, lo que irritó a todos fue la expresión de
vanidosa delicia del piloto cada vez que la víctima lo cantaba como si fuera la más bella canción
que jamás hubiera conocido. Qué le encontraba a la letra para decirla con tan emocionada
convicción fue algo que ignoraron el fraile y Don Graci, que eran los únicos entendidos en estas
materias. Tal vez en esa cancioncilla se jugó el destino de todos. Quién iba a saberlo.
Preguntas
1. ¿La avioneta de fumigación por quien fue contratada?

2. Como vestia el piloto?

3. Cual era el nombre del piloto?

35. LA MACHICHE

Hembra madura y frutal, la Machiche. Mujer de piel blanca, amplios senos caídos, vastas caderas
y grandes nalgas, ojos negros y uno de esos rostros de quijada recia, pómulos anchos y ávida boca
que dibujaran a menudo los cronistas gráficos del París galante del siglo pasado. Hembra terrible y
mansa la Machiche, así llamada por no se supo nunca qué habilidades eróticas explotadas en sus
años de plenitud. Vivía en el fondo de la mansión y su gran cabellera oscura, en la que brillaban ya
algunas canas, anunciaba su presencia en los corredores, antes de que irrumpiera la ofrecida
abundancia de sus carnes. Tenía la Machiche una de esas inteligencias naturales y exclusivamente
femeninas; un talento espontáneo para el mal y una ternura a flor de piel, lista a proteger, acariciar,
alejar el dolor y la malaventuranza. La bondad se le daba furiosamente, sus astucias se gestaban
largamente y estallaban en ruidosas y complicadas contiendas, que se aplacaban luego en el arrullo
acelerado de algún lecho en desorden. La participación de la Machiche fue definitiva. No tanto los
celos, cuanto una desorbitada premonición de los males y descaecimientos que hubieran podido
venir con el tiempo, de prolongarse la situación, fue la causa que movió a la Machiche a gestar la
idea del sacrificio con la anuencia y hasta el sabio consejo del dueño. La Machiche era la encargada
de todas las labores domésticas y no se le conocía una determinada preferencia en sus relaciones.
Sólo con el gigantesco sirviente podría pensarse que hubiera cierto lazo secreto y permanente, pero
jamás pudo confirmarse el vínculo con dato alguno que lo probara. Temía al fraile, despreciaba al
piloto, simpatizaba con el guardián y dialogaba largamente con el dueño. Don Graci tenía para con
ella una particular paciencia y cuando la invitaba a acompañarlo en sus abluciones, todos rodeaban
la amplia tina para admirar en su espléndida desnudez a la Machiche. Era su piel de una blancura
notable y conservaba su lechosa frescura a pesar de los años. Su amplio vientre mostraba tres
rollizos pliegues, señal, más que de alguna improbable maternidad, más bien de una prolongada y
bien explotada lujuria. Con roncas carcajadas celebraba las abluciones del dueño, quien le echaba
agua desde su elevada estatura con un recipiente de concha. Nunca tuvieron entre sí otro contacto
que no fuera el de una respetuosa aquiescencia por parte de la hembra y una vaga simpatía por

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parte de Don Graci. Cuando más, en lo más álgido del baño él la llamaba “La Gran Ramera de
Nínive” con un tono de predicador por entero apócrifo, como es obvio. De cada uno de estos baños
salía la Machiche con un nuevo pretendiente y a él dedicaba sus mimos y cuidados sin dejar de
atender a los demás con próvida y maternal eficacia. La Machiche andaba descalza y vestía un
largo traje florido que le llegaba más abajo de las rodillas, con el escote rodeado de un cuello de
volantes. No llevaba ningún adorno. Despedía un perfume agrio, matizado con un aroma de benjuí
que le seguía por toda la casa.
Preguntas
1. Describa a machiche?

2. Como vestia machiche?

3. Donde vivía machiche?

36. SUEÑO DE LA MACHICHE

Entró a una gran casa de salud. Una moderna clínica que se levantaba a orillas de una transparente
laguna de aguas tranquilas. Cruzó la puerta principal y se internó por anchos y silenciosos
corredores pintados de un color crema mate e iluminados por una luz tamizada y suave que emitía
un leve zumbido. Penetró por una puerta por donde decía «Entrada» y se encontró en un
consultorio; un médico en traje de operar se dirigió a ella bajándose la mascarilla que le tapaba la
boca: “La contratamos a usted para recortar las hierbas y líquenes que van creciendo en la sala de
operaciones, en los laboratorios y en algunos corredores. No es un trabajo pesado, pero sí exigimos
una absoluta dedicación y responsabilidad. No podemos continuar con estas plantas y hierbas que
siguen creciendo por todas partes”, dijo señalando los intersticios del piso. La llevó hasta una sala
de operaciones intensamente iluminada, en donde los instrumentos de níquel reflejaban la lechosa
luz del quirófano, una luz otra vez acompañada de un ligero zumbido metálico y persistente. Entre
los intersticios de las losas crecían líquenes imperceptibles. Comenzó a arrancar minuciosamente
las pequeñas plantas y a medida que avanzaba en su trabajo se dio cuenta de que en todo aquello
había una trampa. Las plantas crecían en forma persistente, continua. Pensó que jamás llegaría la
hora de la cena, que si dejaba un instante su trabajo las plantas le ganarían terreno fácilmente.
Advirtió que nadie supervisaba su tarea por la sencilla razón de que era una labor imposible, una
confrontación absurda con el tiempo, a causa de ese continuo aparecer de las breves hojas lanosas
y tibias que por todas partes brotaban con una insistencia animal e incansable. Comenzó a llorar
con un manso y secreto desconsuelo, con una ansiedad que había guardado muy hondo en ella y
que jamás recordara haber sentido en la vigilia. “Y cómo quieres que haga ese viaje”, le decía el
piloto que la observaba desde una amplia terraza inundada por el sol de la mañana, con una plenitud
que lastimaba la vista. “Cómo quieres que me mueva de aquí, si todos saben que no sirvo para
nada”. El piloto sonreía dulcemente. Estaba vestido con un impecable uniforme de capitán de vuelo
y se protegía los ojos con unas amplias gafas ahumadas que le daban un aire a la vez elegante y
extraño. Seguía sonriéndole desde la terraza con notoria complicidad, cuando ella se dio cuenta de

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que, agachada como estaba, sus grandes senos estaban al descubierto. Trató de cubrirse en vano
porque el peso de los pechos tornaba a abrir la bata de suave tejido de nylon que le dieran para su
trabajo. Era una bata de enfermera. “¿Quieres que te ayude?”, le dijo él desde lo alto con una actitud
protectora que a ella le pareció por completo fuera de lugar. “Pero si tú no sabes hacerlo”, le repuso
ella, tratando de no lastimarlo. “No supiste hacerlo conmigo y tampoco sabes hacerlo con ella”. Él
le contestó: “Si lo hice una vez lo puedo hacer siempre”, y partió dándole la espalda mientras
saludaba a alguien que aparecía en el fondo de la terraza, alguien muy importante e investido de
una inmensa autoridad y de quien dependía la suerte de todos. Ella se estaba peinando frente a un
espejo que, a medida que sus brazos se movían arreglando el pelo, se desplazaba de manera que
le era muy difícil mirarse en él. En los contados instantes en que podía verse, trataba de arreglarse
el peinado recogiéndose todo el cabello en una larga trenza enrollada en lo alto de la cabeza. Se
daba cuenta de que era un peinado pasado de moda, con el que trataba de reconstruir una cierta
época de su juventud, un cierto ambiente desteñido ya y sin identificación posible con un pasado
que, de pronto, se le aparecía confuso y cargado de una tristeza sin motivo, pero también sin posible
consuelo. Entró el médico que la había contratado. La abrazó por la espalda y la atrajo hacia sí
mientras le decía suavemente: “Lo hiciste muy bien... ven... no llores... estás muy hermosa, ven...
ven...” y la ceñía con un calor que la excitaba y le devolvía, intacta, la felicidad de otros años.
Preguntas
1. ¿Que le dijo el medico cuando entro al consutorio?

2. ¿Que paso con las plantas que arrancaba?

3. Que peinado se hizo?

37. EL FRAILE

Decía haber sido confesor del difunto Papa bienamado. Nadie lo hubiera creído de no haber sido
por una carta que recibió un día cuyo sobre ostentaba la tiara papal con las dos llaves cruzadas
debajo. La guardó sin leerla ni mostrar interés alguno por su contenido. Todos lo conocían como “el
fraile” y nadie supo nunca su nombre. Fue el único en negarse a acompañar en sus baños a Don
Graci, cosa que éste supo aceptar, al comienzo con cierta ironía y, luego, con sorprendente
resignación. Era hermoso y se mantenía en esa zona de la edad que fluctúa entre los cuarenta y
cinco y los sesenta años, cuando el hombre parece detenerse en el tiempo y conserva siempre el
mismo rostro sin cambiar jamás de figura. Era consciente de su gran prestancia física, pero no
parecía estar particularmente satisfecho con ella, ni la usaba para someter a nadie al desvaído y
hasta cierto punto desordenado círculo de sus asuntos. Su participación en los hechos fue, en cierta
forma, marginal y en otra capital. Cuando llegó el momento impartió su confesión a la víctima y
luego increpó a los verdugos sin mucha convicción, pero con fogosa oratoria. Era el autor de la
Oración de la Mañana, que acabó por ser recitada por todos los moradores de la mansión, siempre

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a la misma hora y en el lugar en donde les sorprendiera el alba. Decía así: “Ordena ¡oh Señor! la
miserable condición de mis dominios. “Haz que el día transcurra lejos de las sombras amargas que
ahora me agobian. “Dame íoh Bondadoso de toda bondad! la clave para encontrar el sentido de mis
días, que he perdido en el mundo de los sueños en donde no reinas ni cabe tu presencia. ¡Dame
una flor íoh Señor! que me consuele. “Acógeme en el regazo de una hembra que reemplace a mi
madre y la prolongue en la amplitud de sus pechos. “Sácame ¡oh Venturoso! del amargo despertar
de los hombres y entorpéceme en la santa inocencia de los mulos. “Tú conoces, Señor, mejor que
nadie, la inutilidad de mis pasos sobre la tierra, no me hagas, pues, partícipe de ella, guárdamela
para mi última hora, no me la proveas durante mi trabajosa vigilia. “Señor: arma de todas las heridas,
bandera de todas las derrotas, utensilio de los sinsabores, todo de los lelos, padre de los lémures,
pus de los desterrados, ojo de las tormentas, paso de los cobardes, puerta de los encogidos, ¡Señor
despiértame! ¡Señor despiértame! ¡Señor despiértame! ¡Señor óyeme!”. Algún diligente escriba
intentó copiar esta oración en los muros, al pie de las sentencias del dueño, con la anuencia de
algunos y la desaprobación furiosa de éste. “Mis palabras necesitan ser escritas”, dijo, “porque son
la mentira y sólo escrita es ésta valedera como verdad. La oración la sabemos todos de memoria y
no necesita escribirse en ninguna parte”. El fraile era el único de todos que poseía armas. Tenía
una pistola Colt y un pequeño puñal de buceador. Las limpiaba constantemente y cuidaba de ellas
con celo inflexible. Ni las usó, ni se deshizo de ellas cuando hubiera sido oportuno. Así era el fraile.
Preguntas
1. Describa al fraile

2. Que armas tenia el fraile?

3. Cual era el rango de edad posible del fraile?

38. SUEÑO DEL FRAILE

Transitaba por un corredor y al cruzar una puerta volvía a transitar el mismo corredor con algunos
breves detalles que lo hacían distinto. Pensaba que el corredor anterior lo había soñado y que éste
sí era real. Volvía a trasponer una puerta y entraba a otro corredor con nuevos detalles que lo
distinguían del anterior y entonces pensaba que aquél también era soñado y éste era real. Así
sucesivamente cruzaba nuevas puertas que lo llevaban a corredores, cada uno de los cuales era
para él, en el momento de transitarlo, el único existente. Ascendió brevemente a la vigilia y pensó:
“También ésta puede ser una forma de rezar el rosario”.

Preguntas
1. Cual era el sueño del fraile?

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39. LA MUCHACHA

La muchacha fue la víctima. Tenía diecisiete años y llegó una tarde a la mansión en bicicleta. El
primero en verla y quien la recibió en la casa fue el guardián. Se llamaba Angela. Tenía el papel
principal en un corto cinematográfico que se estaba filmando en un vasto hotel de veraneo, cuyos
accionistas estaban interesados en promover la venta de lotes en una urbanización aledaña a los
terrenos del establecimiento. El documental mostraba a una rubia adolescente, con el pelo suelto y
un aire de Alicia en el País de las Maravillas que recorría en bicicleta todos los lugares de interés y
paseaba por entre las avenidas que bordeaban los cafetales. Se bañaba pudorosamente en el río,
a cuya orilla había bancas de parque pasadas de moda y quioscos para picnic. La filmación había
terminado y sólo permanecían en el hotel el fotógrafo de la película con sus dos hijos y algunos
empleados de la producción. Ella se había quedado también y se dedicó a visitar en su bicicleta
todos aquellos lugares que no estaban en el guion y que atraían su curiosidad. Uno de estos sitios
era una gran casona de hacienda dedicada al cultivo de los cítricos y a la cría de faisanes y gansos.
Era la mansión. A primera vista parecía una belleza convencional del cine. Rubia, alta, bien formada,
con largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas. Los pechos firmes y el cuello
largo, siempre inclinado a la izquierda con un gesto harto convencional, completaban la imagen de
la muchacha que se ajustaba perfectamente a su papel en la película. Sólo los ojos, la mirada, no
se avenían al conjunto. Tenían una expresión de cansancio felino y siempre en guardia, algo
levemente enfermizo y vagamente trágico flotaba en esos ojos de un verde desteñido que miraban
fijos, haciendo sentir a los demás por completo ajenos e ignorados por el mundo que dejaban a
veces adivinar tras su acuosa transparencia tranquila. Su padre había sido un abogado famoso que
se suicidó un día sin razón alguna aparente, aunque luego se supo que sufría de un cáncer en la
garganta que había ocultado hasta cuando el dolor comenzó a traicionarlo. Su madre era una de
esas bellezas de sociedad que, sin pertenecer a una familia renombrada, frecuentan el gran mundo
merced a su hermosura y a cierta rutina de buenas maneras que oculta toda probable vulgaridad o
aspereza de educación. Al quedar viuda, la breve fortuna que heredara se le escapó de entre las
manos con esa ligereza que suele acompañar a las bellezas tradicionales. La muchacha comenzó
a trabajar como modelo y empezaba ahora su carrera en el cine con papeles modestos en comedias
musicales. Tenía un novio que estudiaba medicina y había sido iniciada en el sexo por uno de los
electricistas de los estudios, por quien sentía esa pasión desordenada y sin amor que nos une
siempre con quien nos ha develado el placer hasta entonces desconocido y lejano. Le gustaba
hacer el amor, pero se sentía extraña y ajena a sí misma en el momento de gozar y, en ciertas
ocasiones, llegaba a desdoblarse en forma tan completa que se observaba gimiendo en los
estertores del placer y sentía por ese ser convulso una cansada y total indiferencia. El guardián,
curtido por su vida de mercenario y su familiaridad con la muerte y la violencia, se sintió, sin
embargo, apresado de inmediato por los ojos de la visitante y la dejó entrar, olvidando las estrictas
instrucciones que impartiera Don Graci respecto a los forasteros y la tácita norma que regía en la

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mansión en el sentido de que el grupo ya estaba completo y ningún extraño sería jamás recibido en
él. El romper ese equilibrio fue tal vez la causa última y secreta de todas las desgracias que se
precipitaron sobre la mansión en breve tiempo.
Preguntas
1. Cual era el nombre de la muchacha?

2. Que estudiaba su novio?

3. Características de la muchacha?

40. SUEÑO DE LA MUCHACHA

Recorría en bicicleta los limonares a la orilla del río. Sabía que en la realidad era imposible hacerlo,
pero en el sueño y en ese momento no encontraba dificultad alguna. La bicicleta rodaba suavemente
pisando hojas secas y el húmedo suelo de las plantaciones. El aire le daba en la cara con una fuerza
refrescante y tónica. Sentía todo su cuerpo invadido de una frescura que, a veces, llegaba a
producirle una desagradable impresión de ultratumba. Entraba a una iglesia abandonada cuyas
amplias y sonoras naves recorría velozmente en la bicicleta. Se detuvo frente a un altar con las
luces encendidas. La figura del dueño, vestido con amplias ropas femeninas de virgen bizantina,
estaba representada en una estatua de tamaño natural. La rodeaban multitud de lámparas
veladoras que mecían suavemente sus llamitas al impulso de una breve sonrisa de otro mundo. “Es
la virgen de la esperanza”, le explicó un viejecito negro y enjuto, con el pelo blanco y crespo como
el de los carneros. Era el abuelo del sirviente, que le hablaba con un tono de reconvención que la
angustiaba y avergonzaba. “Ella te perdonará tus pecados. Y los de mi nieto. Enciéndele una
veladora”.
Preguntas
1. Donde reccoria en sus sueños la muchacha?

2. Que le dijo el viejecito dentro de la Iglesia?

3. Quien era el viejecito?

41. EL SIRVIENTE

Cristóbal, un haitiano gigantesco que hablaba torpemente y se movía por todas partes con un
elástico y silencioso paso de primate, era el sirviente de la mansión. Compraba los alimentos en el
moderno supermercado de la urbanización vecina al hotel y bajaba a vender las naranjas y los
limones a los mayoristas que citaba en la estación del tren. El negocio dejaba amplias ganancias a
Don Graci. Cristóbal, un negrazo cauteloso y dulce que trajera el dueño en una de sus pasadas
correrías, hacía ya muchos años, se rumoraba que en días ya olvidados atendiera ciertos caprichos

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de Don Graci con esa indiferencia apacible con que su raza cumple con las urgencias del sexo.
Pero si Don Graci había prescindido de los servicios íntimos del negro, no así de su siempre eficaz
servidumbre en los asuntos de la casa. Lo heredó la Machiche, quien buscaba en él esa satisfacción
última y completa que una vida de largo libertinaje le hiciera tan difícil de hallar. No sentía por
Cristóbal ningún afecto ni éste mostraba por ella pasión alguna. Se unían con una furiosa ansiedad,
allá cada dos meses. Se encerraban en el cuarto de Cristóbal, que estaba contiguo al del fraile, para
desesperación e irritado insomnio de éste. Los largos suspiros de la Machiche y los furiosos
ronquidos del negro se sucedían en una serie muy larga de episodios, interrumpidos por risas y
sollozos de placer. Cristóbal había sido macumbero en su tierra natal, pero ahora practicaba un rito
muy particular, con heterodoxas modificaciones que contemplaban la supresión del sacrificio animal
y en cambio propiciaban largas alquimias vegetales. Los olores de hierbas maceradas, que salían
de su cuarto en ciertos días, invadían toda la casa, hasta cuando Don Graci protestaba: “Díganle a
ese negro de mierda que deje sus brujerías o nos va a ahogar a todos con sus sahumerios del
carajo”.
Cristóbal tuvo en su momento una providencial participación en los hechos. Su agudo instinto
natural lo llevó hacia la muchacha con certera intuición del verdadero carácter de aquélla. Supo
prescindir de la mirada ausente de la joven y cuando la llevó al lecho, ella no logró desdoblarse
como era su costumbre, sino que se lanzó de lleno al torbellino de los sentidos satisfechos y salió
purificada y tranquila de la prueba. Pero allí fue su perdición, tal fue la inicial premonición de su
posterior sacrificio. El sirviente era buen amigo del fraile, con quien se entendía en un francés con
acento isleño. Pero era tal vez con el piloto con quien mejor amistad llevaba y solía acogerlo con
una protectora actitud de hermano mayor, de la que se valía el antiguo aviador para detentar ciertos
privilegios en las comidas y algunos cuidados suplementarios tales como agua caliente para
afeitarse y sábanas limpias cada semana. Con Don Graci conservaba Cristóbal el ascendiente de
quien antaño tuviera a raya los deseos del robusto propietario. Por el guardián sentía el negro ese
sordo rencor de su raza nacido cuando el primer blanco con casaca militar pisó tierra africana. No
se dirigían la palabra, pero jamás dieron muestra exterior de su mutua antipatía, de no ser en
ocasiones cuando una orden brusca y cortante del soldado era recibida con un socarrón “Oui
Monsieur le para”. Los Jueves de Corpus, Cristóbal preparaba un exquisito y condimentado caldo
de gallina y las mejores presas iban siempre a los platos del piloto y la Machiche. Cuando servía
ese día a la mesa, el negro recitaba una larga salmodia de la cual se conservan algunos apartes.
Decía, por ejemplo: Alabá bembá en nombre del Orocuá la gallina se coció. Para el que quiera gozá
Cristóbal la cocinó. La sirvió y no la comió la comió y no la probó porque el negro la mató, la mató
a la madrugá, hoy el sol no la miró. Aracuá del brocué, ánima del gran Bondó que me perdone el
bundé. La retahíla continuaba inagotable y todo el día estaba Cristóbal triste, irritable y suspiraba
con infantil melancolía. Era zurdo.

Preguntas
1. Que diciendo protestaba Don Graci cuando había olores de hierbas?

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2. Quien era cristobal?

3. Que pasaba en las noches machiche con el negro?

42. LA MANSIÓN

El edificio no parecía ofrecer mayor diferencia con las demás haciendas de beneficio cafetero de la
región. Pero mirándolo con mayor detenimiento se advertía que era bastante más grande, de más
amplias proporciones, de una injustificada y gratuita vastedad que producía un cierto miedo Tenía
dos pisos. Un corredor continuo en el piso superior rodeaba cada uno de los tres patios que se
sucedían hasta el fondo. El último iba a confundirse con los naranjales y limoneros de la huerta. En
el piso alto estaban las habitaciones, en el bajo las oficinas, bodegas y depósitos de herramienta.
En los patios empedrados retumbaba el menor ruido, se demoraba la más débil orden y murmuraba
gozosamente el agua de los estanques en donde se lavaban las frutas o se despulpaba el café.
Estos eran los únicos ruidos perceptibles al internarse en el fresco ámbito nostálgico de los patios.
No había flores. El dueño las odiaba y su perfume le producía una molesta urticaria en las palmas
de las manos y en los muslos. Las habitaciones del primer patio estaban todas cerradas con
excepción de la que ocupaba el guardián quien, como ya se dijo, había dejado sus pertenencias en
el suelo y allí permanecían en ese orden transitorio y precario de las cosas de soldado. Los otros
cuartos, cinco en total, servían para albergar viejos muebles, maquinaria devorada por el óxido y
cuyo uso era ignorado por los actuales ocupantes de la casa, grandes armarios con libros de
cuentas y viejas revistas empastadas en una tela azul monótona e impersonal. En habitaciones
opuestas del segundo patio vivían la Machiche y el piloto, y allí fue a refugiarse la muchacha la
primera noche que pasó en la mansión en condiciones, que ya se sabrán. En el último patio vivían
Don Graci, el sirviente y el fraile. La habitación del dueño era la más amplia de todas, estaba
formada por dos cuartos cuya pared medianera había sido derribada. Un gran lecho de bronce se
levantaba en el centro del amplio espacio y lo rodeaban sillas de la más variada condición y estilo.
En un rincón, al fondo, estaba la tina de las abluciones que descansaba sobre cuatro garras de
esfinge labradas laboriosamente en el más abominable estilo fin de siglo. Dos cuadros adornaban
el recinto. Uno ilustraba, dentro de cierta ingenua concepción del desastre, el incendio de un
cañaveral. Bestias de proporciones exageradas huían despavoridas de las llamas con un brillo
infernal en las pupilas. Una mujer y un hombre, desnudos y aterrados, huían en medio de los
animales. La otra pintura mostraba una virgen de facciones casi góticas con un niño en las rodillas
que la miraba con evidente y maduro rencor, por completo ajeno a la serena expresión de la
madre. La mansión se levantaba en la confluencia de dos ríos torrentosos que cruzaban el valle
sembrado de naranjos, limoneros y cafetos. La cordillera alta, de un azul vegetal profundo, mantenía
el valle en sombras en una secreta intimidad vigilada por los grandes árboles de copa rala y profusa
floración de un color púrpura, que nunca se ausentaba de la coronada cabeza que daban sombras
a los cafetales. Una vía férrea construida hacía muchos años daba acceso al valle por una de las
gargantas en donde se precipitaban las aguas en torrentoso bullicio. Los ingenieros debieron
arrepentirse luego de un trazado tan ajeno a todo propósito práctico y desviaron la vía fuera del
valle. Dos puentes quedaron para atestiguar el curso original de la obra. Aún servían para el tránsito
de hombres y bestias. Estaban techados con lámina de zinc, y cada vez que pasaban las recuas de
mulas de la hacienda el piso retumbaba con fúnebre y monótono sonido. La hacienda se llamaba
“Araucaíma” y así lo indicaba una desteñida tabla con letras color lila y bordes dorados colocada
sobre la gran puerta principal que daba acceso al primer patio de la mansión. El origen del nombre
era desconocido y no se parecía en nada al de ningún lugar o río de la región. Se antojaba más
bien fruto de alguna fantasía de Don Graci, nacida a la sombra de quién sabe qué recuerdo de su
ya lejana juventud en otras tierras.

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Preguntas
1. El dueño de la mansión que odiaba?

2. Como se llamaba la hacienda?

3. La mansión donde fue levantado?

43. LOS HECHOS

El guardián llevó a la joven hasta el segundo patio de la casa y llamó a gritos a la Machiche para
que se hiciera cargo de ella. La muchacha pedía que le permitieran lavarse la cara y arreglarse un
poco antes de seguir su paseo, pero en sus ojos se notaba la curiosidad por husmear y conocer
más de cerca el lugar que le atraía. Las dos mujeres se enfrentaron en el corredor de abajo. La
Machiche, desde la parte alta, miraba a la muchacha que esperaba al lado del guardián en el patio
empedrado. Observaba la opulenta humanidad de esa hembra agria y desconfiada, que la
examinaba a su vez, no sin envidia ante la agresiva juventud que emanaba del joven cuerpo como
un halo invisible pero siempre presente. “Esta muchacha quiere saber dónde queda el baño”, explicó
el guardián sin muchos miramientos y se alejó sin esperar la respuesta. “Venga conmigo”, le indicó
la Machiche a la joven, quien la siguió por los corredores del segundo piso hasta una estrecha
estancia en donde una palangana y un trípode hacían las veces de baño. En el fondo, detrás de
una mugrienta cortina rosada, estaba el escusado con su tanque alto comido por el óxido y el moho.
“Aquí se puede lavar la cara y si necesita otra cosa, el escusado está detrás de la cortina. Si lo va
a usar cierre primero la puerta”, y la dejó en medio del zumbido de los mosquitos y del húmedo
silencio de la estancia. Cuando hubo terminado de arreglarse, la joven salió al corredor y se encontró
de manos a boca con el piloto, que llevaba con aire apresurado unos papeles. Se quedó sorprendido
ante la aparición de la visitante y con esa sonrisa fácil y acogedora que se le colocaba en el rostro,
casi sin él proponérselo, la saludó con lo que a ella le pareció, después de la acogida del guardián
y la Machiche el colmo de la amabilidad. Hablaron un rato recostados en el barandal que daba al
gran silencio del patio que se oscurecía con las sombras de la tarde. El piloto invitó a la muchacha
a que se quedara esa noche en la mansión, ya que empezaba a caer la noche y el camino de
regreso al hotel se haría intransitable en bicicleta. Ella aceptó con esa ligereza de quien se entrega
al destino con la ciega confianza de un animal sagrado. No es fácil reconstruir paso a paso los
hechos ni evocar los días que la muchacha vivió en la mansión. Lo cierto es que entró a formar
parte de la casa y comenzó a tejer la red que los llevaría a todos al desastre, sin darse cuenta de
ello, pero con la inconsciencia de quien se sabe parte de un complicado y ciego mecanismo que
gobierna cada hora de la vida. Durante dos noches durmió en el mismo cuarto con la Machiche.
Luego resolvió irse a dormir con el piloto, cuya cordialidad fácil le atraía y cuyas historias de países
visitados durante una sola noche le sedujeron en extremo. Cuando, a pesar de las caricias
interminables que la dejaban en una cansada excitación histérica, el piloto no pudo poseerla, lo dejó
y se fue a dormir sola a un cuarto del segundo patio, contiguo a una habitación que usaba el fraile

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como cuarto de estudio. No tardaron los dos en hacer una amistad construida de sincero afecto y
de una sorda y profunda comprensión de la carne. El fraile la desnudaba en su estudio y hacían el
amor en los desvencijados sillones de cuero o sobre una vasta mesa de biblioteca llena de papeles
y revistas empolvadas. Al fraile le encantaba la franca y directa disposición de la muchacha para
mantener sus relaciones al margen de la pasión y a ella le seducía la serena y sólida firmeza del
fraile para evitar todo rasgo infantil, banal o simplemente débil, comunes a toda relación entre
hombre y mujer. Copulaban furiosamente y conversaban en amistosa y serena compañía. Fue el
dueño, Don Graci, quien, con la envidia de los invertidos y la gratuita maldad de los obesos, incitó
al sirviente en secreto para que sedujera a la muchacha y se la quitara al fraile. En efecto, el negro
la esperó un día cuando ella iba a bañarse en una de las acequias que cruzaban los naranjales.
Tras un largo y doliente ronroneo la convenció de que se le entregara. Ese día la joven probó la
impaciente y antigua lujuria africana hecha de largos desmayos y de violentas maldiciones. Desde
ese día acudió como sonámbula a las citas en la huerta y se dejaba hacer del sirviente con una
mansedumbre desesperanzada. Le contó al fraile lo sucedido y éste siguió siendo su amigo pero
nunca más la llevó al estudio. No obró así a causa del miedo o la prudencia, sino por cierto secreto
sentido del orden, por una determinada intuición de equilibrio que lo llevaba a colocarse al margen
de un caos que anunciaba la aniquilación y la muerte. La Machiche, al comienzo, se hizo la
desentendida sobre las nuevas relaciones de la joven y nada dijo. Seguía acostándose con el negro
cuando lo necesitaba y por entonces traía un deseo creciente de seducir de nuevo al guardián,
quien la había dejado hacía ya varios años y nunca más le prestara atención. Mientras la Machiche
se interesó en el soldado las cosas transcurrieron en forma tranquila. Pero una reprimenda del
mercenario al sirviente vino a romper esa calma. La mutua antipatía entre los dos era evidente. Una
noche en que el guardián esperaba a la Machiche ésta no acudió a la cita. Por un oportuno
comentario de Don Graci durante el desayuno al día siguiente, el guardián se enteró que aquélla
había dormido con el sirviente. Durante el día no faltó ocasión para que se encontraran los dos y a
una orden cortante y cargada de desprecio del soldado, el negro se le echó encima ciego de furia.
Dos certeros golpes dieron con el sirviente en tierra y el guardián siguió su ronda como si nada
hubiera sucedido. Esa noche le dijo a la Machiche que no quería nada con ella, que no aguantaba
más la peste de negro que despedía en las noches y que su blanco cuerpo de mujerona de puerto
ya no despertaba en él ningún deseo. La Machiche rumió varios días el desencanto y la rabia hasta
cuando encontró en quién desfogarlos impunemente. Puso los ojos en la muchacha, le achacó para
sus adentros toda la culpa de su fracaso con el guardián y se propuso vengarse de la joven. El
primer paso fue ganarse su confianza y para ello no encontró la menor dificultad. Angela vivía un
clima de constante excitación; su fracaso con el piloto, su truncada relación con el fraile y los
violentos y esporádicos episodios con el sirviente, la habían dejado presa de un inagotable deseo
siempre presente y sugerido por cada objeto, por cada incidente de su vida cotidiana. La Machiche
percibió el estado de la joven. La invitó a compartir de nuevo su cuarto con palabras amables y con
cierta complicidad entre mujeres. La muchacha aceptó encantada. Un día que comparaban, antes
de acostarse, algunas proporciones y circunstancias de sus cuerpos, la Machiche comenzó a

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acariciar los pechos de la joven con aire distraído y ésta, sin hallar escape a la creciente excitación,
se quedó en silencio dejando hacer a la experta ramera. La Machiche comenzó a besarla y la llevó
lentamente a la cama y allí le fue indicando, con ademanes seguros y discretos, el camino para
satisfacer su deseo. La ceremonia se repitió varias noches y Angela descubrió el mundo febril del
amor entre mujeres. No tardó Don Graci en conocer el asunto, por algunas frases dejadas caer por
la Machiche, y el dueño empezó a invitar a las dos mujeres a participar en sus abluciones, con
prescindencia de los demás habitantes de la mansión. Largas horas duraba el baño del frenético
trío. Don Graci presidía los episodios entre las dos hembras y gustaba de hacer indicaciones,
llegado el momento, para participar desde la neutralidad de sus años en los espasmos de la joven.
Esta se aficionó a la Machiche cada día con mayor violencia y la mujer la dejaba avanzar en el
desorden de un callejón sin salida, al que la empujaba el desviado curso de sus instintos. Cuando
la Machiche comprobó que Angela estaba por completo en su poder y sólo en ella encontraba la
satisfacción de su deseo, asestó el golpe. Lo hizo con la probada serenidad de quien ha dispuesto
muchas veces de la vida ajena, con el tranquilo desprendimiento de las fieras. Una noche se acercó
la muchacha a su cama mientras ella hojeaba una revista. Angela empezó a besarle las espesas y
desnudas piernas, mientras la Machiche se abstraía en la lectura o simulaba hacerlo. La mujer
permaneció indiferente a las caricias de la joven, hasta cuando ésta se dio cuenta de la actitud de
su amiga. “¿Estás cansada?”, le preguntó con un leve tono de queja en la voz. “Sí, estoy cansada”,
respondió la otra, cortante. “¿Cansada solamente o cansada de mí?”, inquirió la muchacha con ese
insensato candor de los enamorados, que se precipitan por sí solos en los mayores abismos por
obra de sus propias palabras. “La verdad, chiquita, es que estoy cansada de todo esto”, comenzó a
explicar la Machiche con una voz neutra que penetraba dolorosamente en los sentidos de Angela.
“Al principio me interesaste un poco y cuando Don Graci nos invitó a bañarnos con él, no tuve más
remedio que aceptar. Ya sabes, él nos sostiene a todos y no me gusta contrariarlo. Pero yo soy una
mujer para machos, chiquita. Necesito un hombre, estoy hecha para los hombres, para que ellos
me gocen. Las mujeres no me interesan, me aburren como amigas y me aburren en la cama y mas
tú que estás tan verde todavía. Ya Don Graci no nos llama para bañarse con nosotras, también él
se debió aburrir de vernos hacer siempre lo mismo. Vamos a dejar todo esto por la paz, chiquita.
Pásate a tu cama y duérmete tranquila. Yo lo que necesito es un macho, un macho que huela y
grite como macho, no una niñita que chilla como un gato enfermo. Vamos... a dormir”. Angela, al
comienzo, pensó en alguna burla siniestra; pero el tono y las palabras de la mujerona se ajustaban
tan estrictamente a la verdad que bien pronto se dio cuenta de que la Machiche estaba hablando
con irremediable seriedad. Se aterró al pensar que nunca más harían juntas el amor, rechazó la
idea como imposible, pero ésta tornó a imponerse como un presente irrevocable. Fue como
sonámbula hacia su lecho, se acostó y comenzó a llorar en forma persistente, inagotable, desolada.
La Machiche se durmió arrullada por el llanto de Angela y reconfortada en el fresco sabor de la
venganza. A la mañana siguiente el guardián entró temprano al cuarto de los aparejos y encontró
el cuerpo de Angela colgando de una de las vigas. Se había ahorcado en la madrugada subiéndose
a una silla que arrojó con los pies, luego de amarrarse al cuello una recia soga.

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Preguntas
1. Machiche porque se durmió?

2. Que le encanyaba al fraile?

3. Porque lloraba Angela?

44. FUNERAL

Llevaron el cadáver a la alcoba de Don Graci y allí lo tendieron en el suelo. El sirviente y el guardián
fueron a la orilla del río para cavar la tumba. El dueño inquirió con el fraile los detalles de los hechos
y éste lo puso al corriente de todo. Le contó que la noche anterior la muchacha había tocado a su
puerta y le había pedido ayuda y que la oyera en confesión. La pobre estaba en una lamentable
confusión interior y sentía que el mundo se le había derrumbado de pronto en forma definitiva. La
Machiche no estuvo presente durante el relato del fraile y se encerró en su alcoba en actitud huraña.
El piloto también se ausentó antes de que el fraile comenzara su relato. Dijo que precisaba revisar
algunas cuentas y le pidió al fraile las llaves de su habitación para sacar unos comprobantes.
Mostraba una inquietante serenidad ante la suerte de la muchacha. Terminado el relato del fraile,
Don Graci comentó: “No sé de quién haya sido la culpa de todo esto, pero nos puede acarrear
muchas dificultades, ya verá usted. Desde un principio yo me opuse a que esta muchacha siguiera
viviendo con nosotros, pero como lo que yo digo aquí no se toma en cuenta y siempre acaba por
hacerse lo que ustedes quieren, ahora todos vamos a tener que cargar con las consecuencias. Hay
que arreglar a esta mujer antes de enterrarla”. Se refería Don Graci a la necesidad de cubrir el
cuerpo que estaba desnudo y mostraba, junto con los primeros síntomas de la rigidez una cierta
madura ostentación de sus atributos femeninos. Los senos se habían desarrollado a ojos vista con
su trato con la Machiche y el sexo henchido se ofrecía con una evidencia que no lograban ocultar
los vellos del pubis. Entre el fraile y Don Graci lavaron el cadáver con una infusión de hojas de
naranjo, indicada según el dueño, para detener la descomposición y lo envolvieron luego en una
sábana. Estaban terminando su tarea cuando oyeron dos disparos provenientes del segundo patio.
Se escuchó luego un forcejeo violento, un golpe seco y después reinó el tibio silencio vespertino. El
fraile y Don Graci acudieron precipitadamente y desde el corredor vieron cómo en el patio el
guardián sujetaba contra el suelo al sirviente con una llave de judo que lo mantenía inmóvil. A un
lado la Machiche, tendida en el empedrado, agonizaba con dos grandes heridas en el pecho de las
que manaba, a cada estertor, una sangre oscura y abundante. Más allá yacía el piloto con el cráneo
grotescamente destrozado. El fraile corrió a ayudar a la Machiche que, entre gorgoteos y muecas
de dolor, repetía con voz débil: “Tenía que ser este maricón de mierda... tenía que ser...”. Don Graci
fue hacia el guardián y le ordenó que soltara al sirviente, que se retorcía con el rostro contra las
piedras. El soldado dejó libre al negro, quien se alejó mansamente obedeciendo a una orden de
Don Graci. “Veníamos de cavar la tumba”, explicó el mercenario, “cuando oímos los disparos. El
piloto le había disparado a la Machiche y traía en la mano la pistola del fraile. El negro se le fue
encima sin darle tiempo a nada y con la pala lo derribó del primer golpe. Ya en el suelo siguió
golpeándolo hasta que logré inmovilizarlo. Estaba enloquecido”. El fraile se encargó de todo. Llevó
con el guardián los cadáveres de las dos mujeres hasta la tumba cavada a orillas del río y los enterró
juntos. La Machiche había muerto lanzando sordas maldiciones contra el piloto y rogando que no la
dejaran morir. El cadáver del piloto fue llevado a los hornos del trapiche. Don Graci fue por el negro
para que encendiera los quemadores del horno y lo encontró en su pieza, de rodillas contra la cama,
rezando frente a un retrato del rey Víctor Manuel III. Oraba en su dialecto en medio de profundos
sollozos. Llorando fue hasta los hornos y mientras cebaba las calderas murmuraba sordamente:
“Machiche... ma petite Machiche... la gandamblé... Machiche la gurimbó...”. Un leve humo azul subió
en el claro cielo de la tarde indicando el voraz trabajo de los hornos. Del piloto quedaron apenas un

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breve montón de cenizas y su gorra de capitán de aviación colgada en los corredores. Esa misma
noche Don Graci abandonó la mansión seguido por el sirviente, que le llevaba las maletas y que
partió con él. Dos días después, el guardián hizo su mochila y partió en la bicicleta que trajera
Angela. El fraile permaneció algunos días más. Al partir cerró todas las habitaciones y luego el gran
portón de la entrada. La mansión quedó abandonada mientras el viento de las grandes lluvias
silbaba por los corredores y se arremolinaba en los patios.
Preguntas
1. Como murió machiche?

2. Como orba el negro?

3. Que paso al final con la mansión?

45. EL AGUA MÁGICA PARA EL REY

Érase una vez en un antiguo reino, existió un rey que tenía tres hijos. Un buen día, el rey cayó bajo
una terrible enfermedad, y con el paso del tiempo, perdió las ganas de comer, de reír y hasta de
conversar. Preocupados por la salud de su padre, los tres príncipes buscaban cualquier remedio
que ayudara a curarlo, pero todos sus intentos eran en vano.
Cuando ya no sabían qué hacer, se les acercó entonces un extraño anciano y les dijo lo siguiente:
“Vuestro padre sufre una grave enfermedad, una enfermedad que sólo se cura con un agua mágica”.
Y tan pronto como terminó de hablar, el anciano desapareció ante los ojos de los príncipes.
Sin dudarlo ni un segundo, el mayor de los hermanos ensilló su caballo y marchó a toda velocidad
hacia el bosque. A mitad de camino, se tropezó con un duendecillo azul que cruzaba el camino justo
en ese momento.
– ¿A dónde vas, jovenzuelo? – preguntó el duende.
– ¿A ti qué diablos te importa, enano? Quítate de mi camino – gritó el príncipe sin contemplación.
Pero aquel duende era una criatura mágica, y tanto se enfureció por aquella respuesta que maldijo
al chico desviando su camino hacia un bosque encantado.
Al ver que su hermano no regresaba, el mediano de los príncipes decidió ensillar también su caballo
y salir a buscar el agua de la vida para su padre. Cuando cruzaba el bosque a toda velocidad, volvió
a aparecer de repente el duendecillo mágico.
– ¿A dónde vas, jovenzuelo?
– Aparta imbécil, no tengo tiempo para preguntas estúpidas.
El duende no pudo contener su enfado, y nuevamente lanzó una maldición para el príncipe
enviándolo hacia el bosque encantado.
Finalmente, el más pequeño de los hermanos también decidió probar su suerte, y tras ensillar su
caballo partió por el mismo camino hacia el bosque. Al verlo acercarse, el duende azul salió a su
encuentro.
– ¿A dónde vas, jovenzuelo?
– He de buscar el agua mágica para curar a mi padre que está gravemente enfermo, pero no tengo
la menor idea de dónde pueda encontrarla.

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“Yo te lo diré”, exclamó el duende con alegría, pues finalmente alguien le había tratado con respeto
y consideración. Tras una breve explicación, el príncipe entendió todo lo que tenía que hacer y se
puso en marcha nuevamente. Así anduvo dos o tres horas caminando hasta llegar a un castillo
embrujado en lo más profundo del bosque.
A la entrada de aquel castillo, existían dos leones enormes y feroces, pero el príncipe no tuvo miedo,
pues el duende le había dado una varita mágica y dos panes. Con la varita mágica, el chico pudo
abrir la puerta principal del palacio, mientras que los panes sirvieron para entretener a los leones.
Antes de entrar al lugar, el príncipe recordó entonces las palabras del duende: “A las doce de la
noche, las puertas del castillo se cerrarán y quedarás atrapado para siempre. Date prisa y no
demores en salir”. Y así lo hizo el valiente joven.
Tras atravesar un largo pasillo, el príncipe pudo encontrar finalmente la fuente del agua mágica, y
sin tiempo que perder, recogió un poco de aquella agua en un frasco de cristal y se dispuso a salir
del lugar a toda velocidad. Sin embargo, en ese momento, se apareció ante los ojos del chico una
hermosa muchacha de cabellos rubios como el oro.
“Gracias por venir a rescatarme. Llevo mucho tiempo en este lugar hechizado y pensé que jamás
podría salir. Sé que no tienes tiempo, pero si vienes antes de un año, me convertiré en tu esposa”,
y dicho aquello, el príncipe no tuvo más remedio que apurarse para salir del castillo, no sin antes
prometerle a aquella muchacha que regresaría a buscarla lo más pronto posible.
Camino de regreso, el príncipe se topó nuevamente con el duende, a quien agradeció por su gran
ayuda y le pidió de favor que trajera de vuelta a sus hermanos. Como el duende no era un duende
malo, liberó a los dos príncipes mayores, y regresaron los tres hijos para encontrarse con su padre.
En poco tiempo, el rey se recuperó completamente, y para celebrar su sanación, convocó a un gran
banquete. Sin embargo, el más pequeño de los príncipes se mostraba triste y pensativo. No había
podido olvidar a aquella hermosa muchacha del castillo encantado.
Cuando su padre le preguntó, el más pequeño de los príncipes les contó toda la historia, pero como
sus hermanos eran muy envidiosos, se adelantaron para rescatar a la princesa. De esta manera,
los jovenzuelos llegaron al castillo embrujado, donde la hermosa muchacha había colocado una
larga alfombra de oro a la entrada, advirtiéndole además a los guardias que no dejaran pasar a
nadie que no caminara por el centro de dicha alfombra.
El más grande de los hermanos, cuando se dispuso a entrar al castillo, no quiso estropear la
alfombra de oro y decidió caminar por el borde del pasillo, pero los guardias le negaron la entrada
al momento. El príncipe mediano también quiso probar suerte, pero al ver la alfombra de oro pensó
que sería mejor entrar al castillo por otra puerta, y también le negaron la entrada.
Finalmente, llegó el más pequeño de los hijos del rey, y al ver la princesa a lo lejos, no pudo contener
su alegría y atravesó todo el castillo sin darse cuenta de la alfombra de oro que descansaba sobre
el piso. Así, quedó demostrado una vez más que el amor triunfa por encima de todo lo demás, y por
supuesto, los dos jóvenes se casaron tan pronto llegaron al reino, y fueron muy felices para toda la
vida.
Preguntas
1. Cuantos hijos tenia el rey?

2. Que le dijo el duende azul a el hermano menor cuando llego al bosque?

3. A quien iban a rescatar los hermanos?

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46. EL CERDITO DE COLOR VERDE

Había una vez una bonita granja en la que convivía una gran familia de cerdos muy feliz. La causa
de tal felicidad radicaba en que en la granja tenían todo cuanto necesitaban para vivir plenamente
como cerdos. No les faltaba el pienso ni ningún otro alimento, así como tampoco el agua y el barro
que necesitaban para revolcarse y divertirse de lo lindo. Sin embargo, esa armonía se rompió un
día por un suceso que nunca nadie pudo explicar. De una de las cerdas más bellas salió una camada
de cerditos, todos muy bonitos pero uno misteriosamente verde, igual de lindo pero con ese color
nada habitual para un ejemplar de la especie. Todos reaccionaron de inmediato de la misma
manera. Rechazaban al cerdito por su color verde, que lo hacía diferente a todos, y en tal sentido
lo marginaban de todas las rutinas que normalmente desarrollaban. Al principio esto no preocupó
al cerdito verde. Consideraba que era normal que lo dejasen de lado por ser el más chiquito y
aunque no participaba en las actividades del resto de la familia, se las arreglaba para hacer sus
días divertidos en la granja. Para ello se encaramaba en árboles y en el tejado de la casa, se dejaba
caer sobre pilas de paja, entraba al granero a jugar con las gallinas y hacía un sinfín de actividades
más, nada comunes para un cerdo. No es que no le gustara revolcarse en el barro, es que no podían
porque la familia no lo dejaba. Así pasaron unos meses y el cerdito se volvió uno de los pequeños
más grandes y fuertes de la familia. A pesar de esto siguió siendo marginado, con lo que comprendió
que el rechazo hacia él se debía a su diferencia, que para él era leve y nada extravagante, y no al
hecho de que hubiese sido el menor de sus hermanos. Caer en el entendimiento de esto le provocó
una gran tristeza durante muchos días. No obstante, repuso su ánimo y retomó con más intensidad
que antes las actividades que le hacían tener días felices. Los cerdos mayores, al ver esto, no
soportaron más la felicidad de un cerdito que para ellos había roto la armonía familiar y ahora los
abochornaba con sus extravagancias y conducta impropias de un cerdito, como si no fuera
suficiente el hecho de que era verde y eso para ellos mancillaba el prestigio y la armónica belleza
rosadita de la familia. Cansados de él, los cerdos mayores decidieron expulsarlo de la granja. Le
dijeron que se marchara, que era un engendro de la naturaleza que solo deshonraba a la familia, y
que si se atrevía a volver por allí la pasaría realmente mal. Tras esto el cerdito de color verde si no
pudo reponerse de la tristeza. Había sido obligado a abandonar el lugar que lo vio nacer y, en
consecuencia, a vagar por el mundo sin rumbo fijo ni destino al que ir. Tras andar y desandar por
un denso bosque durante unos días, el cerdito vio una bella pareja de ciervos ya mayores. Quedó
encantado con la belleza y cornamenta de tan majestuosos animales, mas no se atrevió a
interrumpir lo que hacían y se quedó en una esquina de un descampado. Sin embargo, los viejos
ciervos se percataron de su presencia y lo observaron detenidamente con una mezcla de asombro,
gracia y admiración. Nunca habían visto algo tan curioso, pero a la vez tierno, como un cerdito de
color verde. De pronto se percataron que el animalito estaba sollozando y sin dudarlo se acercaron
a él y le preguntaron que lo acongojaba. El cerdito con el tono de la esperanza les hizo su historia
y ganó la solidaridad en sentimiento de los ciervos, que casualmente nunca habían podido tener
descendencia y vieron como esa extraña pero agradable criatura despertaba sus instintos maternal

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y paternal. Por ello propusieron al cerdito que viviese con ellos en el bosque, donde los tres podrían
ser muy felices y vivir en familia, esa de la que por distintas causas los tres habían sido privados.
Por supuesto, el cerdito aceptó gustoso y desde entonces habita en el bosque junto a los viejos y
muy bellos ciervos. Cuentan los que han pasado por allí que aún puede verse a esa insólita familia,
lo mismo tirados descansando en cualquier descampado, que disfrutando de un baño en una laguna
o correteando de un lugar a otro, radiando libertad y felicidad. Ello demuestra que no importa cuán
diferente seamos ni las cosas de las que hayamos sido privados. La felicidad y la realización de
nuestras vidas radican en nosotros mismos y en las acciones que hagamos para potenciarlas y
hacerlas extensivas a los demás.
Preguntas
1. Porque era marginado el chanchito?

2. Quien adopto al chanchito verde?

3. Cual es el mensaje de este relato?

47. ¿QUIÉN ES EL MÁS HERMOSO?

Hace cientos de años vivía en China un caballero llamado Zou Ji. Este hombre sabía que era muy
guapo y se pasaba el día contemplándose en el espejo para disfrutar de su propia belleza. – ¡Ay,
qué suerte tengo! Tengo un rostro delicado, un cuerpo esbelto y una gracia natural que llama la
atención ¡La naturaleza ha sido muy generosa conmigo! Su estilo y elegancia eran famosos en todo
el reino, pero corrían rumores de que había otro hombre que podía competir con él en hermosura:
un tal señor Xu, que vivía en otra ciudad al norte del país. Una mañana una de las sirvientas llamó
a la habitación de Zou Ji. – Señor, le recuerdo dentro de una hora tiene una cita en su despacho
con un importante hombre de negocios. – ¡Es cierto! Me arreglo y bajo a recibirlo. Zou Ji se aseó,
se vistió con sus mejores ropas, y como siempre, se encontró guapísimo. Mientras se repasaba de
arriba abajo frente al espejo, preguntó a su mujer: – Querida esposa, yo no conozco a ese señor Xu
del que tanto hablan pero tú sí. Dime ¿quién es más hermoso de los dos? Su esposa le contestó
inmediatamente: – Tú, querido, por supuesto ¡El señor Xu es guapo pero ni en broma se acerca a
tu belleza! A Zou Ji le agradó mucho la respuesta, pero no se quedó conforme y decidió pedir una
segunda opinión. Salió de su alcoba, bajó la escalinata de mármol que llevaba al despacho y se
cruzó con el ama de llaves, una mujer de confianza que llevaba más de veinte años trabajando en
el hogar familiar. El ama le deseó los buenos días con un movimiento de cabeza, sin detenerse. –
¡Buenos días, señor! – ¡Un momento, espera! Quiero hacerte una pregunta y por favor sé sincera
conmigo. – Usted dirá. – Sé que tú también conoces al famoso señor Xu y necesito que me digas
si él es más hermoso que yo. La respuesta fue rotunda: – Señor, no tenga dudas de ningún tipo
¡Usted es muchísimo más bello y atractivo que él! Zou Ji agradeció el cumplido pero la duda siguió
rondando por su cabeza mientras se dirigía a su despacho personal. Al poco rato llamaron a la
puerta. De nuevo, era la sirvienta. – Señor, su invitado acaba de llegar. – ¡Gracias, dígale que pase!
Zou Ji recibió al hombre de negocios con sonrisa afable y le invitó a sentarse en un cómodo sillón.
– Si no le importa, antes de meternos en temas profesionales quiero hacerle una pregunta muy
personal. – ¡Claro que no me importa! ¿Qué quiere saber? – Sé que usted vive al norte del país
como el señor Xu y que son amigos de la infancia. – No se equivoca, así es. – ¿Y según su opinión
él es más hermoso que yo? El caballero puso cara de sorpresa ante la estrambótica pregunta pero
contestó con seguridad. – Por favor, no se preocupe por eso ¡Usted es muy hermoso, mucho más

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hermoso que él sin punto de comparación! – Muchas gracias, me deja usted tranquilo. Ahora, si
quiere, cuénteme qué le trae por aquí. Pasaron tres días y la casualidad quiso que el señor Xu
visitara la ciudad. La noticia corrió como la pólvora, Zou Ji se enteró, y rápidamente corrió a
contárselo a su esposa. – ¡Querida, el señor Xu estará una temporada en la ciudad y quiero
conocerlo! Le mandé un aviso para que viniera hoy a comer a nuestra casa y ha aceptado gustoso
la invitación. – ¡Qué buena noticia, amor mío! Avisaré al servicio para que todo esté listo a la una
en punto. – ¡Estupendo! Me voy arriba a emperifollarme un poco. Tengo que pensar bien lo que me
voy a poner… ¡Al fin voy a comprobar con mis propios ojos si yo soy más guapo que él! El señor
Xu se presentó muy puntual y el matrimonio salió a recibirlo. En cuanto Zou Ji lo vio ¡se quedó de
piedra! Se trataba de un muchacho guapísimo que derrochaba una elegancia innata imposible de
superar. Sus dientes eran perfectos, tenía los ojos grandes de color verde esmeralda y su piel
parecía más suave que la mismísima seda ¡Por no hablar de que se movía de manera
exquisita como si sus pies flotaran sobre el suelo! Zou Ji se sintió hundido en la miseria ¡Era
evidente que el señor Xu era un tipo mucho más guapo y seductor que él! Esa noche la decepción
y la tristeza no le dejaron dormir. Lo peor para él no fue comprobar que no era tan guapo como el
señor Xu, sino darse cuenta de algo mucho más importante y en lo que nunca había pensado. –
“Mi mujer me dijo que yo era más hermoso que el señor Xu porque me quiere y se desvive
por agradarme; mi ama de llaves me dijo lo mismo porque tiene miedo de que la despida de su
trabajo; el hombre de negocios que me visitó también me aseguró que yo era más bello porque me
necesita para ganar dinero. Zou Yi, entristecido, suspiró: – ¡Qué difícil es conocer lo que realmente
piensan los demás!
Preguntas
1. Con quien se comparaba la belleza de Zou yi?

2. Que le respondían sus allegados cuando Zou yi le preguntaba sobre su belleza?

3. Cual es el mensaje de este relato?

48. LAS RANAS CONTRA EL SOL

Hace millones y millones de años, cuando el mundo comenzaba a ser como hoy lo conocemos, el
sol se aburría soberanamente. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces era un astro muy
joven y en plenas facultades físicas, por lo que las horas allá arriba se le hacían eternas ¡Estaba
más que harto de vivir solo y sin poder hacer nada divertido! Pero sobre todas las cosas, lo que
más añoraba era vivir un gran amor y compartir su vida con alguien que le quisiera. Un día se armó
de valor y tomó una decisión muy importante: se casaría cuanto antes con una hermosa y reluciente
estrellita del cielo. El rumor de la futura boda se extendió por todo el universo y cómo no, llegó a la
tierra. ¡Menudo revuelo se formó en nuestro planeta! Todos los animales se alegraron mucho al
saber que el sol se había comprometido y le desearon toda la felicidad del mundo, pero hubo una
excepción: las ranas moteadas que vivían en una pequeña charca se pusieron a gritar con espanto
nada más escuchar la noticia. La más pequeña de todas, exclamó: – ¡Oh, no, eso no puede ser!
¡No podemos consentirlo! La que estaba a su lado también dijo horrorizada: – ¡Esa boda no puede
celebrarse! ¡Tenemos que impedirla como sea! Una tras otra fueron expresando su malestar hasta
que la más anciana de las ranas sentenció: – Se trata de un tema peliagudo que hay que resolver.
Vamos a hablar con el dios Júpiter y que sea él quien ponga fin a esta barbaridad. Dando brincos
se dirigieron al hogar donde vivía el gran dios, que como siempre, las recibió con los brazos abiertos.
– Veo que venís muy alborotadas y nerviosas ¿Queréis explicarme con tranquilidad qué sucede?
¡Supongo que será algo importante para presentaros en mi casa a la hora de cenar dando alaridos
como si os estuvieran pisando las ancas!

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La vieja rana se adelantó unos pasos y habló con claridad. – ¡Señor, es que acabamos de
enterarnos de que el sol va a casarse dentro de poco! – Cierto, así es… ¿Algún problema? – ¡Pues
que eso no puede ser! – ¿Por qué no? El sol está en edad de casarse y tener pareja ¡Se merece
ser feliz igual que los demás! La rana explicó la razón de su oposición. – Verá, señor, todos le
deseamos lo mejor a nuestro querido sol, pero usted sabe que durante los meses de verano sus
rayos son abrasadores y eso provoca que muchos ríos y lagos se sequen. – Bueno, eso ya sabes
que son pequeños daños colaterales. ¡El verano es así! – Ya, pero todos los años durante esa
época gran parte del planeta se convierte en puro desierto y los animales no encuentran agua para
beber y refrescarse. – No te entiendo, rana. El cometido del sol es dar luz y calor… ¡Solo cumple
con su trabajo! – Sí, sí, pero ¿no cree que con un sol es suficiente? Si se casa tendrá hijos que
crecerán y serán tan grandes como él ¿Se imagina que hubiera varios soles? ¡La tierra no soportaría
tanta luz ni tanto calor y acabaríamos todos secos como pasas! Júpiter cayó en la cuenta de que el
verdadero temor de la rana era que el sol tuviera hijos y entendió su preocupación. – Querida rana,
tienes toda la razón, solo puede haber un sol. Tranquila, hablaré con él y pondré fin a este problema.
En cuanto se fueron las ranas, Júpiter mandó llamar al gran astro para explicarle la situación. El
pobre sol lloró desconsoladamente al saber que no podría casarse jamás, pero comprendió que era
por el bien de millones de plantas y animales que vivían en el hermoso planeta azul. – La Tierra
está llena de maravillosos seres vivos que existen gracias a mí ¡Jamás permitiría que nada malo les
sucediera! Tiene mi palabra de que nunca me casaré ni tendré hijos. Han pasado millones de años
desde que sucedió esta curiosa historia y como tú mismo puedes comprobar, el sol sigue brillando
sobre nuestras cabezas y envejeciendo en soledad.
Preguntas
1. Quienes no estaban de acuerdo con la boda?

2. Porque no se caso el sol?

3. Porque lloraba el sol?

49. EL REY LEÓN

La fascinante historia del Rey Leon. En la selva virgen, donde los animales salvajes viven y luchan
manteniendo el equilibrio natural que impone la ley del más fuerte, el leon Mufasa reina
solemnemente junto a su esposa Saraby. Ambos han traido al mundo a Simba, un precioso leoncito.
Simba es sucesor al trono, algo que no le gusta a su tío Scar, el hermano menor de Mufasa,
resentido por no poder reinar y por lo que prepara un plan para ocupar el trono. Con la ayuda de
tres malvadas y tontas hienas, Scar urde una treta en la que su hermano y rey Mufasa muere en
una estampida y provoca que Simba crea que ha sido por su culpa, ya que su padre murió para
rescatarlo a él de la estampida y decida huir a la selva, después de que las tres hienas quisieran
matarlo también. Allí conoce a un suricato llamado Timón y a un facóquero llamado Pumba, que le
adoptaran y, además de entablar amistad, le enseñan la filosofía de vivir sin preocupaciones: el
Hakuna Matata. Mientras tanto, su tío Scar, en el funeral de Mufasa y su hijo Simba, toma el trono
y anuncia el nacimiento de una nueva era. Años después, un Simba ya adulto rescata a Pumba de
ser comido por una leona. Ésta resulta ser su antigua amiga de infancia Nala, que al reconocerlo le
pide que vuelva para recuperar el trono. El reino se ha convertido en un auténtico despropósito, mal
gobernado y sin comida ni agua. Simba, que en un primer momento no quiere renunciar a su actual
estilo de vida, finalmente acepta tras entablar conversación con un mandril llamado Rafiki, el cual
le habla sobre su padre. En ese momento, el alma de su padre aparece en el cielo, diciéndole que
debe recordar quién es y de donde viene. Después de que el alma de Mufasa desaparezca, Simba,
junto con Rafiki, reflexiona sobre lo que él debe hacer y así parte inmediatamente a su hogar a
reclamar el trono. Simba, a quien en un principio todos confunden con su padre, es testigo de la
GRAN UNIDAD ESCOLAR SAN CARLOS 42
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decadencia de su reino y enfurecido decide actuar. Es en este momento cuando Simba obliga a
Scar a revelar el secreto que guardaba todos esos años: ser el responsable por la muerte de Mufasa.
Aun cuando Simba alega que había sido un accidente, Scar aprovecha, y junto con sus hienas, lo
lleva hasta el borde de un precipicio. En ese momento, un trueno cae sobre el pastizal seco e inicia
un incendio. Simba resbala y trata de sostenerse, con sus patas delanteras sobre el borde. Entonces
Scar lo toma de sus patas y confiesa en ese momento, que él fue el verdadero asesino de su padre.
Simba lleno de rabia salta sobre Scar y lo obliga a confesar públicamente. Tras una batalla final, en
la que Scar termina siendo asesinado por las hienas , que eran además sus aliadas, el ciclo de la
vida se cierra con el ascenso al trono de Simba, con el remate final de un epílogo, en el que Simba
y Nala se casan y Rafiki presenta a la nueva y futura sucesora de ambos, Kiara.
Preguntas
1. Quien era esposa del rey león?

2. Quien era el facóquero?

3. Al final quienes se casan?

50. LA ASAMBLEA DE LAS HERRAMIENTAS

Según cuenta una curiosa fábula, un martillo, un tornillo y un trozo de papel de lija decidieron
organizar una reunión para discutir algunos problemas que habían surgido entre ellos. Las tres
herramientas, que eran amigas, solían tener peleas a menudo, pero esta vez la cosa pasaba de
castaño oscuro y era urgente acabar con las disputas. A pesar de su buena disposición inicial pronto
surgió un problema: chocaban tanto que ni siquiera eran capaces de acordar quién tendría el honor
de dirigir el debate. En un principio el tornillo y la lija pensaron que el mejor candidato era el martillo,
pero en un pispás cambiaron de opinión. El tornillo no se cortó un pelo y explicó sus motivos. – Mira,
pensándolo bien, martillo, no debes ser tú el que dirija la asamblea ¡Eres demasiado ruidoso,
siempre golpeándolo todo! Lo siento, pero no serás el elegido. ¡El martillo se enfadó muchísimo
porque se sentía perfectamente capacitado para el puesto de moderador! Rabioso, contestó: – Con
que esas tenemos ¿eh? Pues si yo no puedo, tornillo miserable, tú tampoco ¡Eres un inepto y sólo
sirves para girar y girar sobre ti mismo como un tonto! ¡Al tornillo le pareció fatal lo que dijo el martillo!
Se sintió tan airado que, por unos segundos, el metal de su cuerpo se calentó y se volvió de color
rojo. A la lija le pareció una situación muy cómica y le dio un ataque de risa que, desde luego, no
sentó nada bien a los otros dos. El tornillo, muy irritado, le increpó: – ¿Y tú de qué te ríes, estúpida
lija? ¡Ni en sueños pienses que tú serás la presidenta de la asamblea! Eres muy áspera y acercarse
a ti es muy desagradable porque rascas ¡No te mereces un cargo tan importante y me niego a darte
el voto! El martillo estuvo de acuerdo y sin que sirviera de precedente, le dio la razón. – ¡Pues hala,
yo también me niego! ¡La cosa se estaba poniendo muy pero que muy fea y estaban a punto de
llegar a las manos! Por suerte, algo inesperado sucedió: en ese momento crucial… ¡entró el
carpintero! Al notar su presencia, las tres herramientas enmudecieron y se quedaron quietas como
estacas. Desde sus puestos observaron cómo, ajeno a la bronca, colocaba sobre el suelo varios
trozos de madera de haya y se ponía a fabricar una hermosa mesa. Como es natural, el hombre
necesitó utilizar diferentes utensilios para realizar el trabajo: el martillo para golpear los clavos que
unen las diferentes partes, el tornillo hacer agujeros, y el trozo de lija para quitar las rugosidades
de la madera y dejarla lustrosa. La mesa quedó fantástica, y al caer la noche, el carpintero se fue a
dormir. En cuanto reinó el silencio en la carpintería, las tres herramientas se juntaron para charlar,
pero esta vez con tranquilidad y una actitud mucho más positiva. El martillo fue el primero en alzar
la voz. – Amigos, estoy avergonzado por lo que sucedió esta mañana. Nos hemos dicho cosas
horribles que no son ciertas. El tornillo también se sentía mal y le dio la razón. – Es cierto… Hemos
discutido echándonos en cara nuestros defectos cuando en realidad todos tenemos virtudes que
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merecen la pena. La lija también estuvo de acuerdo. – Si, chicos, los tres valemos mucho y los tres
somos imprescindibles en esta carpintería ¡Mirad qué mesa tan chula hemos construido entre todos!
Tras esta reflexión, se dieron un fuerte abrazo de amistad. Formaban un gran equipo y jamás
volvieron a tener problemas entre ellos.
Preguntas
1. Quienes participan de la reunión?

2. Que dijeron durante toda la reunión los presentes?

3. Que reflexión se obtiene del relato?

51. LA RANA QUE QUISO SER BUEY

Había una vez una rana que no se gustaba nada de nada. Todos los días del año se acercaba al
estanque más cercano para ver su reflejo en las aguas y se deprimía contando todos sus defectos
¡Qué fea y vulgar se sentía! Detestaba su gigantesca boca de buzón que, por si fuera poco, emitía
sonidos carrasposos que nada tenían que ver con los dulces trinos de los pajaritos. También
pensaba que el color verde lechuga de su cuerpo era feísimo, y estaba obsesionada con las
manchas oscuras que cubrían su piel porque, según ella, parecían verrugas. Pero sin duda lo que
más le repateaba era su tamaño porque el hecho de ser tan pequeña le hacía sentirse inferior a la
mayoría de los animales. Cada mañana, después de contemplarse en el estanque, regresaba a su
casa lamentándose de su mala suerte. La ruta de vuelta era siempre la misma: sorteaba unas
cuantas piedras, recorría el camino de setas rojas con lunares blancos, y atravesaba la pradera
donde vivía un viejo buey. En cuanto lo veía, la rana no podía evitar hacer un alto en el camino y
quedarse pasmada mirando su imponente figura. – ¡Ay, qué suerte tiene ese buey! ¡Me encantaría
ser grande, tan grande como él! Harta de sentirse insignificante, una tarde de primavera reunió a su
pandilla de amigas ranas y mandó que se sentaran todas a su alrededor. – Escuchadme, chicas:
¡Se acabó esto de ser pequeña! Voy a intentar agrandarme lo más que pueda y quiero que me
digáis si lo consigo ¡No me quitéis ojo! ¿De acuerdo? Las amigas se miraron sobrecogidas y
empezaron a negar con la cabeza para que no lo hiciera, pero no sirvió de nada pues nuestra
protagonista estaba completamente decidida. Sin esperar ni un minuto más, se concentró, cerró los
ojos, y aspiró por la boca todo el aire que pudo. Poniendo boquita de piñón para no desinflarse,
preguntó a las otras ranas. – ¿Ya? ¿Ya soy tan grande como el buey? Una de ellas contestó: –
¡Para nada! Te has hinchado un poco pero ni de lejos eres tan enorme. La rana seguía
encabezonada y se estiró como una gimnasta rítmica para tratar de retener una cantidad de aire
mayor. Su pequeño y resbaladizo cuerpo se hinchó por lo menos el doble y adquirió forma
redondeada ¡Parecía más pelota que batracio! – ¿Y ahora? ¿Lo he conseguido, chicas? ¡Las ranas
del corrillo se miraron atónitas! Pensaban con franqueza que su amiga estaba loca de remate, pero
ante todo debían respetar su decisión y ser sinceras con ella. La más pequeña le dijo: – ¡Qué va!
Has crecido bastante pero el buey sigue siendo infinitamente más grande que tú. La rana no estaba
dispuesta a rendirse tan pronto. Dejó la mente en blanco y respiró muy, muy profundamente. Entró
tanto aire en su tripa que se oyó un ¡PUM! y la pobre reventó como un globo al que pinchan con un
alfiler. – ¡Ay, ay, qué dolor! ¡Socorro! ¡Ayudadme! Las amigas corrieron a su lado ¡Se asustaron
mucho cuando la vieron tendida boca arriba en el suelo y con un agujero en la barriga! – Esto duele
mucho ¡Haced algo o me desangraré! Por suerte, una de las ranas era doctora y conocía bien los
recursos que ofrecía la madre naturaleza. Buscó a su alrededor y encontró una tela de araña sin
dueña para usarla como hilo de coser, y con ayuda de unos palitos, la operó de urgencia. Gracias
a su habilidad como cirujana, consiguió salvarle la vida. La rana herida se recuperó en unas
semanas y desde entonces cambió completamente de actitud. Jamás volvió a sentirse mal consigo

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misma y se dio cuenta de que ser una pequeña rana tenía sus ventajas: podía nadar en el estaque,
dar brincos espectaculares, jugar al escondite tras las hojas de nenúfar, y otras muchas cosas que
el buey jamás podría hacer ni en sus mejores sueños. En definitiva, descubrió que uno es mucho
más feliz cuando se acepta tal y como es.
Preguntas
1. Porque la rana admiraba al buey

2. Logro la rana convertirse en buey?

3. Cual es la reflexión del relato?

52. LAS RANITAS

Una mañana húmeda y soleada, un grupo de verdes y dicharacheras ranitas salió al bosque a dar
un paseo. Eran cinco ranas muy amigas que, como siempre que se juntaban, iban croando y dando
brincos para divertirse. Desafortunadamente, lo que prometía ser una alegre jornada se truncó
cuando dos de ellas calcularon mal el salto y cayeron a un tenebroso pozo. Las otras tres corrieron
a asomarse al borde del agujero y se miraron compungidas. La más grande exclamó horrorizada: –
¡Oh, no! ¡Nuestras amigas están perdidas, no tienen salvación! Negando con la cabeza empezó a
gritarles: – ¡Os habéis caído en un pozo muy hondo! ¡No podemos ayudaros y no intentéis salir
porque es imposible! Las dos ranitas miraron hacia arriba desesperadas ¡Querían salir de ese
oscuro túnel vertical a toda costa! Empezaron a saltar sin descanso probando de todas las maneras
posibles, pero la distancia hacia la luz era demasiado grande y ellas demasiado pequeñitas. Otra
de las ranas que las observaba desde la boca del pozo, en vez de animarlas, se unió a su
compañera. – ¡Es inútil que malgastéis vuestras fuerzas! ¡Este pozo es tremendamente profundo!
Las pobres ranitas continuaron intentándolo, pero o no llegaban o se daban de bruces contra las
resbaladizas paredes cubiertas de musgo. La tercera rana también insistió: – ¡Dejadlo ya! ¡Dejad
de saltar! ¿No veis que vais a haceros daño? Las tres hacían aspavientos con las patas y chillaban
todo lo que podían para convencerlas de fracasarían en el intento. Finalmente, una de las dos
ranitas del pozo se convenció de que tenían razón y decidió rendirse; caminó unos pasos, se
acurrucó en una esquina y se abandonó a su suerte. La otra, en cambio, continuó luchando como
una jabata por salir a la superficie. Estaba sudorosa y agotada pero ni de broma pensaba resignarse.
En vez de eso, paró unos segundos para recobrar fuerzas y concentrarse en su objetivo. Cuando
se sintió preparada, aspiró todo el aire que pudo, cogió carrerilla y se impulsó como si fuera una
saltadora olímpica. El brinco fue tan rápido y exacto, que lo consiguió ¡Cayó sobre la hierba sana y
salva! Una vez afuera su corazón seguía latiendo a mil por hora y casi no podía respirar a causa del
tremendo esfuerzo que había hecho. Sus amigas le abanicaron con unas hojas y poco a poco se
fue relajando hasta que recuperó la tranquilidad y se acostumbró a la cegadora luz del sol. Cuando
vieron que ya podía hablar, una de las tres ranas le dijo: – ¡Es increíble que hayas podido salir a
pesar de que os gritábamos que era una misión imposible! Ella, muy asombrada, le contestó: –
¿Estabais diciendo que no lo intentáramos? – ¡Sí, claro! Nos parecía que jamás lo conseguiríais y
queríamos evitaros el mal trago de fracasar. La rana suspiró. – ¡Uf! ¡Pues menos mal que como
estoy un poco sorda no entendía nada! Todo lo contrario ¡Os veía agitar las manos y pensaba que
nos estabais animando a seguir! Gracias a su sordera la rana no escuchó las palabras de desaliento
y luchó sin descanso por salvar su vida hasta que lo logró. La otra ranita, que sí se había rendido,
vio el triunfo de su amiga y volvió a recuperar la confianza en sí misma. Se puso en pie, se armó de
coraje y también aspiró una gran bocanada de aire; después, con una potencia más propia de un
puma, se propulsó dando un salto espectacular que remató con una doble voltereta. Sus cuatro
amigas la vieron salir del pozo como un cohete y se quedaron pasmadas cuando cayó a sus pies.

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La reanimaron igual que a su compañera y cuando se encontró bien, se marcharon a sus casas
croando y dando brincos como siempre.
Preguntas
1. Donde cayeron las ranitas?

2. ¿Como lograron salir del problema las ranitas que cayeron?

3. Cual es la reflexión del relato?

53. EL LABRADOR Y EL ÁGUILA

Una hermosa tarde de primavera, un viejo labrador que llevaba varias horas cultivando la tierra
decidió hacer una parada en su trabajo. – ¡Uf, ¡qué cansado estoy! Iré a pasear un rato por el campo
y luego continuaré con la faena. Caminó por sus tierras sin rumbo fijo, disfrutando de la brisa y del
calorcito del mes de abril. Deambulaba feliz, sin pensar en nada más que en respirar bocanadas de
aire fresco y estirar un poco las piernas, cuando de pronto notó que una cosa extraña se movía
entre la hierba. Se acercó con cautela, procurando no hacer ruido, y vio algo que le impactó: en un
cepo oxidado estaba atrapada un águila que luchaba desesperadamente por liberarse. El hombre
se conmovió y sintió mucha pena por el animalito. – ¡Pobrecilla, con lo hermosa que es! ¡No puedo
dejarla morir así! Se agachó y trató de calmarla susurrándole palabras cariñosas. – Tranquila,
pequeña, yo te sacaré de aquí. Quédate quietecita para que pueda soltarte sin que te lastimes. El
águila obedeció y dejo de moverse. A pesar de que estaba aterrada y no sabía si fiarse de un
humano desconocido, permitió que el labrador hiciera su trabajo ya que era su única posibilidad de
sobrevivir. Con ayuda de un palo el hombre hizo palanca y el cepo se abrió como la concha de una
ostra. El águila, que por suerte solo tenía un pequeño rasguño en una pata, sacudió su plumaje y
emprendió el vuelo hasta desaparecer en el cielo. El labrador se quedó un poco confundido. – ¡Vaya,
se ha ido sin darme las gracias! ¡Por no decir no me ha dicho ni adiós! En fin, si es una
desagradecida, no es mi problema. Sin rencor alguno continuó su paseo hasta que llegó al muro de
piedra que delimitaba la finca. Ya no estaba para demasiados trotes y pensó que estaría bien
tumbarse a dormir un rato antes de regresar. – Estoy agotado y esta pared da muy buena
sombra. Quince minutos de siesta serán suficientes para recuperar fuerzas. Se recostó apoyando
la espalda en el muro y sus párpados se fueron cerrando lentamente. A punto estaba de sumirse
en un profundo sueño cuando, de repente, notó que alguien le arrancaba de un tirón el pañuelo
que llevaba anudado en la cabeza. ¡Menudo susto se llevó! Abrió los ojos de golpe y vio al águila
volando a su alrededor con el pañuelo en el pico. – ¡Maldita sea! ¿Has venido a robarme después
de lo que he hecho por ti? ¡Qué ingrata eres! El labrador se puso en pie y agitó los brazos intentando
atraparla. – ¡Ladrona, devuélveme el pañuelo! ¡Cuando te coja te vas a enterar! Pero el águila no le
hizo ni caso; se alejó unos metros y mirando fijamente al labrador, dejó caer el pañuelo a bastante
distancia. El campesino se enfadó aún más. – ¡¿Me estás tomando el pelo?! ¿Por qué sueltas mi
pañuelo tan lejos? ¡Soy un hombre mayor y no me apetece seguir tus jueguecitos! Gruñendo y
amenazándola con el puño en alto, se fue buscar el pañuelo al lugar donde el animal testarudo lo
había tirado. Se agachó para cogerlo y en ese momento oyó un estruendo ensordecedor a sus
espaldas que casi le para el corazón. – ¡¿Pero qué demonios es ese ruido tan grande?! Miró hacia
atrás y se echó las manos a la cara horrorizado ¡El muro se había desplomado! Levantó los ojos al
cielo y vio que el águila le contemplaba con ternura. Temblando como un flan, observó de nuevo el
muro, miró otra vez al ave, y al fin lo entendió todo ¡Le había salvado la vida! e llevó la mano al
pecho y casi llorando de emoción le dijo: – ¡Es increíble! Tuviste el presentimiento de que la pared
iba a desmoronarse y me quitaste el pañuelo para llamar mi atención y que me alejara del peligro
¡Muchas gracias, amiga mía! ¡Si no fuera por ti estaría hecho papilla! El águila no sabía hablar pero

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bajó hasta su hombro, se posó, y le dio un beso en la mejilla antes de desaparecer entre las nubes.
El labrador sonrió complacido pues el águila le había dado las gracias devolviéndole el favor.
Preguntas
1. Como encontró al águila el labrador

2. Que le robo la águila al labrador?

3. Con que favor le devolvió el águila?

54. EL CIERVO, EL MANANTIAL Y EL LEÓN

Érase una vez un joven ciervo que vivía plácidamente en lo más profundo de un frondoso bosque.
La historia cuenta que una tarde de muchísimo calor, comió unos cuantos brotes tiernos que había
en un arbusto y después salió a dar un paseo. El sol achicharraba sin compasión y de pronto se
sintió agobiado por la sed. Olfateó un poco el aire para localizar el manantial más cercano y se fue
hasta él caminando despacito. Una vez allí, bebió agua fresca a grandes sorbos. – ¡Qué delicia! ¡No
hay nada mejor que meter el hocico en el agüita fría los días de verano! Cuanto terminó de
refrescarse cayó en la cuenta de que el agua transparente del manantial le devolvía su propia
imagen. Por lo general solía beber en pequeños charcos no demasiado limpios, así que nunca había
tenido la oportunidad de contemplar su figura con claridad. ¡La sensación de verse reflejado en ese
gran espejo le encantó! Se miró detenidamente desde todos los ángulos posibles y sonrió con
satisfacción. Como la mayoría de los venados, era un animal muy hermoso, de suave pelaje pardo
y cuello estilizado. – ¡La verdad es que soy bastante más guapo de lo que pensaba! ¡Y qué astas
tan increíbles tengo! Sin duda es la cornamenta más bella que hay por los alrededores. El ciervo,
presumido, observó su cabeza durante buen rato; después, se inclinó un poco y posó la mirada
sobre el reflejo de sus patas, debiluchas y finas como cuatro juncos sobre un arroyo. Un tanto
decepcionado, suspiró: – Con lo grande y poderosa que es mi cornamenta ¿cómo es posible que
mis zancas sean tan escuálidas? Parece que se van a romper de un momento a otro de lo largas y
delgadas que son ¡Ay, si pudiera cambiarlas por las gordas y robustas patas de un león! Estaba tan
fascinado mirando su cuerpo que no se dio cuenta de que un león le vigilaba escondido entre la
maleza hasta que un espantoso rugido retumbó a sus espaldas. Sin echar la vista atrás, echó a
correr hacia la llanura como alma que lleva el diablo. Gracias a que dominaba a la perfección la
carrera en campo abierto y a que sus patas eran largas y ágiles, consiguió sacar una gran ventaja
al felino. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, se metió de nuevo en el bosque a toda velocidad.
¡Qué gran error cometió el cérvido! La que parecía una zona segura se convirtió en una gran trampa
para él ¿Sabes por qué? Pues porque sin darse cuenta pasó bajo una arboleda muy densa y su
enorme cornamenta se quedó prendida en las ramas más bajas. Angustiado, comenzó a moverse
como un loco para poder desengancharse. Su intuición le decía que el león no andaba muy lejos y
su desesperación fue yendo en aumento. – ¡Oh, no puede ser! ¡O consigo soltarme o no tengo
salvación! No se equivocaba en absoluto: por su derecha, el león se aproximaba sin
contemplaciones. Pensó que tenía una única oportunidad y tenía que aprovecharla. – ¡Ahora o
nunca! Aspiró profundamente e hizo un movimiento fuerte y seco con la cabeza. Podía haberse roto
el cuello del tirón, pero por suerte, el plan funcionó: las ramas se partieron y quedó libre. – ¡Lo
conseguí! ¡Lo conseguí! ¡Ahora tengo que largarme de este bosque como sea! Corrió de nuevo
hacia la llanura, donde no había árboles, y esta vez sí se perdió en la lejanía. Cuando el león salió
del bosque y apareció en el claro, el único rastro que quedaba del ciervo era el polvo blanquecino
levantado durante la huida. El león gruñó y regresó junto a la manada; Mientras, el ciervo, muy lejos
de allí, se sentía muy feliz ¡Se había salvado por los pelos! Jadeando y muerto de sed, buscó otro
manantial de aguas frescas y lo encontró. Cuando terminó de beber, se quedó mirando su cara y
su cuerpo, pero ahora, después de lo sucedido, su pensamiento era muy diferente. – ¡Qué
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equivocado estaba! Me quejaba de mis patas larguiruchas y flacas pero gracias a ellas pude salvar
el pellejo; en cambio, mi preciosa cornamenta, de la que tan orgulloso me sentía, casi me lleva a la
muerte. Entonces, con humildad, admitió algo que jamás había tenido en cuenta. – Hoy he
aprendido una gran lección: en la vida, muchas veces, valoramos las cosas menos importantes. A
partir de hoy, no me dejaré engañar por las apariencias.
Preguntas
1. Que diciendo se miraba el ciervo al mirarse en el agua?

2. Como logro escapar el ciervo del león?

3. Que lección tuvo el ciervo al final?

55. EL PERRITO JUNIOR

Había una vez un cachorrito peludo y hermoso de nombre Junior. El perrito había nacido junto a
sus hermanos bajo el cuidado de su madre, pero un buen día la suerte de Junior cambió. Un chico
que pasaba cerca de la guarida descubrió al perrito y decidió llevarlo consigo a casa. Con el tiempo,
el chico se aburrió del cachorrito y lo dejó abandonado en las calles donde creció junto a las ratas,
los gatos y otros perros que dormían a la intemperie y nunca tenían nada que comer. En pocas
semanas, Junior se acostumbró a vivir como un perrito callejero, pero con la llegada del invierno,
cada vez se hacía más difícil conseguir comida y el frío era tan intenso que el pobre perrito no podía
dormir en las noches. Un buen día, la gata Cloe le dijo a Junior: “Pronto moriremos si no hacemos
algo. Conozco un lugar lejos de aquí donde la comida nunca falta y el verano jamás se acaba. Ven
conmigo, amigo”, y así fue como partieron temprano en la mañana Junior y Cloe. Anduvieron por
largas horas atravesando el viento frío hasta que encontraron una cabaña abandonada a las afueras
de la ciudad. El interior de la casita era cálido y en la despensa de la cocina los dos amigos pudieron
encontrar algo de comida para calmar su hambre tan espantosa. Cuando se encontraban comiendo
las sobras de un pan viejo, apareció una perra furiosa gruñendo y mostrando sus dientes a los
intrusos que recién habían llegado. “Por favor, no nos lastimes” – gimió la gata asustada, y como
por arte de magia, la perra cambió su aspecto y se quedó fijamente mirando a Junior. “Hijo mío”,
dijo la madre al reconocer a su hijo y se abalanzó para llenarlo de mimos y caricias. Junior estaba
confundido, pero al fin pudo reconocer el olor de su madre, y en poco tiempo arribaron también sus
hermanos que habían crecido como él y eran ahora grandes y fuertes. Junior estaba tan contento
que se había olvidado por completo de la gata, pero ésta interrumpió la reunión familiar para
recordarles aquel lugar hermoso al que debían ir para escapar del frío. Todos estuvieron de acuerdo
en emprender el viaje, y así lo hicieron con las primeras horas de luz de la mañana. A pocos pasos
del lugar, encontraron un viejo caballo atado a un coche de madera. “Por favor señor caballo,
llévenos en su coche lejos de aquí a un lugar donde nunca hace frío y la comida no escasea”, dijeron
los animales casi al unísono. El caballo, que esperaba a su dueño mientras este dormía
plácidamente en una cama al calor de la chimenea, no lo pensó dos veces y decidió unirse al grupo
para escapar hacia aquella tierra maravillosa. Cuando ya habían recorrido varios kilómetros, los
animales encontraron una cueva oscura y se dispusieron a pasar la helada noche. Entre tanta
oscuridad, un topo les recibió con amabilidad, y al oír la noticia de aquel lugar tan hermoso les pidió
que lo llevaran a él y a su familia para no padecer hambre nunca más. Al día siguiente, el caballo
ató el coche a su cuerpo y partió junto a la gata Cloe, Junior, la madre y sus hermanos, y la familia
del topo. Con gran entusiasmo, el grupo atravesó ríos y montañas, poblados y desiertos, pero el frío
no disminuía, y a medida que el día avanzaba las fuerzas flaqueaban y no lograban avanzar.
“Debemos descansar”, dijo el caballo al ver un viejo molino al costado del camino. Tan pronto se
albergaron en el interior, el caballo volteó su coche para que los animales se acurrucaran, mientras
el topo conseguía algo de leña seca para encender el fuego. La madre de los perros salió de caza
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y encontró afortunadamente un poco de comida para compartir entre todos, y finalmente, la gata
Cloe se dispuso a acomodar la paja bajo el coche para que estuviesen más cómodos. Entonces,
Junior se dio cuenta que habían encontrado ese lugar maravilloso en el que nunca más se sentirían
solos y abandonados. El perrito comprendió finalmente que mientras estuviesen juntos siempre
tendrían una esperanza de sobrevivir, y fue así como se quedaron en aquel lugar durante todo el
invierno y por muchos largos años, celebrando la gran familia en la que se habían convertido.
Preguntas
1. Donde se fueron el perrito y la gata?

2. Donde llegaron después de irse con el caballo?

3. Que lección tuvo el perrito al final?

56. LA GATA ENCANTADA

Cuentan que cuentan, de un lejano castillo donde vivía un príncipe joven y apuesto, con el que todas
las muchachas jóvenes del reino querían casarse. Sin embargo, el príncipe no reparaba ni siquiera
en la más bella, sino que pasaba todo su día en compañía de su mascota, una gata cariñosa y
pequeña de nombre Zapaquilda. Cierto día, se encontraba el príncipe como de costumbre jugando
con su gata a los pies de la chimenea, cuando de repente exclamó: “Me gustaría que fueras una
mujer, Zapaquilda, para casarme contigo”. Y en ese instante, apareció un hada milagrosa ante los
ojos del joven príncipe, que, con tres toques leves en el suelo, convirtió a la pequeña gata en una
mujer deslumbrante y hermosa. El príncipe, asombrado y feliz, anunció al momento su casamiento
con la joven Zapaquilda. Y para la mañana siguiente, se encontraba el palacio repleto de invitados
que contemplaban la belleza de la novia. Fue entonces cuando ocurrió la desgracia, pues por el
inmenso salón atravesaba a toda velocidad un ratoncillo, y al verle Zapaquilda, se abalanzó sobre
el asustado animalillo y se lo embuchó de un solo movimiento. Arrepentido de su deseo, el príncipe
quiso de vuelta al hada milagrosa, para que devolviera la forma de gata a su querida Zapaquilda.
Pero esto nunca ocurrió, y el jovenzuelo tuvo que vivir el resto de su vida viendo a su esposa devorar
los ratones del palacio, convencido de que a veces, hay que tener cuidado con las cosas que se
desean.
Preguntas
1. Como se llamaba la gata del príncipe?

2. Que paso cuando habían ratones en el palacio?

3. Que paso al final con el principe?

57. LA VACA Y LA MOSCA

Érase una vez una vaca que pastaba tranquilamente por el prado cuando de repente se coló una
mosca en el interior de su oreja. Frenéticamente, la vaca agitaba su cabeza, levantaba el cuerpo y
se dejaba caer contra el suelo. Cualquier cosa que intentara el pobre animal era en vano, pues la
mosca, en lugar de irse, le provocaba unas cosquillas horribles cada vez que se movía dentro de la
oreja. Dando zancadas bruscas, la vaca decidió salir en busca de su amigo el burro. “Debes hundir
tu cabeza en el barro hasta que la mosca no resista y se vaya”, le dijo el burro con toda seguridad
y acompañó a su amiga hasta el lodazal. Sin embargo, y aunque la vaca llenó su nariz, sus ojos y

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sus orejas de lodo como le había indicado el burro, la mosca seguía tranquilamente revoloteando
en el interior de su oreja. Desesperada por la situación, la vaca corrió junto con el burro en busca
de su vecino el caballo. “Ayúdenos, señor caballo” – dijeron los dos animales al unísono. “La
solución es evidente, si frotas tu cabeza en el pajar, asustarás a la mosca y se irá volando para
siempre”. La propuesta del caballo no era mala, y como no tenía nada que perder, la vaca partió
con sus dos amigos hacia el pajar más cercano. “¡No funciona, no funciona!”, gimió la desdichada
casi sollozando mientras estrujaba la paja furiosamente con su cabeza. La mosca continuaba
zumbando en su oreja, y por mucho que aquel pajar se enredara en su cabeza, la vaca seguía sin
poder salir de aquel problema. El burro y el caballo la miraron con tristeza, pero nuestra amiga no
se rindió, y decidió ir a visitar a su primo el toro. A toda velocidad, los tres animales atravesaron las
montañas hasta llegar a una pequeña granja donde el toro masticaba la hierba tranquilamente.
“Ayúdanos, señor toro” – gritaron al mismo tiempo la vaca, el burro y el caballo. “Es muy fácil. Sólo
tienes que meter la cabeza en el riachuelo. La corriente del agua entrará en tu oreja y la mosca no
tendrá otro remedio que salir de una vez”. ¡Qué idea tan genial! Así pensaron los cuatro animales y
sin perder un segundo salieron con toda la velocidad de sus patas hacia el río. Al llegar, la vaca
sumergió toda su cabeza en el agua, y como la corriente era tan fuerte, enseguida se empapó todo
el cuello, la nariz, los ojos y finalmente, las orejas. “Me sigue molestando” – gritaba la vaca mientras
hundía la cabeza una y otra vez en la corriente del río. El burro, el caballo y el toro miraban con
tristeza a su desesperada amiga que no veía la hora de sacarse la mosca y dejar de sentir ese
molesto zumbido en su oreja. Como nada de lo que había intentado funcionaba, la vaca se sintió
triste y agotada, así que decidió tumbarse a descansar sobre el pasto y al cabo de unos segundos,
quedó sumergida en un profundo sueño. Los tres amigos que la acompañaban se quedaron a su
lado apenados y viendo como la vaca respiraba agitadamente. Entonces, sucedió algo muy extraño,
pues la mosca, atrapada en aquella oreja, por fin pudo sentir algo de calma y fue entonces cuando
exclamó: “¡Vaya! Hasta que al fin se ha quedado tranquilo este animal. Desde que estoy encerrado
aquí no ha parado de moverse y saltar violentamente. Ahora que está en reposo podré salir de este
hueco oscuro y respirar aire fresco. Juro que jamás volveré a entrar, ha sido terrible.” Y levantando
el vuelo desesperada, la mosca pudo por fin salir a la luz del día y huir para siempre de la oreja de
la vaca. – ¡Por fin ha salido! – exclamaron los animales asombrados al ver a la mosca revoloteando
por los aires. El burro dibujó una sonrisa y gritó orgullosamente: “Que idea tan genial he tenido con
lo del barro”, a lo que el caballo se apuró a añadir: “Y menos mal que he pensado a tiempo lo de la
paja”. Finalmente, el toro también habló: “Y lo mejor de todo es que se me hubiese ocurrido lo del
agua”. “¡Qué listos somos!” – concluyeron vanidosamente los tres animales y comenzaron a bailar
alrededor de la vaca que dormía plácidamente sin enterarse de nada. Luego se marcharon a festejar
dando saltos de alegría.
Preguntas
1. Que le recoemndo el burro a su amiga para que salga la mosca de su oido?

2. Que diciendo salió la mosca, cuando logro salir de la oreja de la vaca?

3. Cuales fueron las ideas dadas por los tres animales que lo acompañaban?

58. LA RATITA BLANCA

Cuentan que la Reina de todas las Hadas mágicas del bosque, convocó un buen día a sus hermanas
a un banquete en su palacio. Sin perder un segundo, las hadas partieron con sus mejores atuendos
y atravesaron el bosque a toda velocidad, montadas a bordo de veloces libélulas. La menor de todas
las hadas tenía por nombre Alba, y mientras se encontraba camino al palacio, escuchó unos
sollozos agitados desde una casita en lo profundo del bosque. Al acercarse al lugar, descubrió dos

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pequeñines que lloraban desprotegidos y muertos de frío. Entonces, Alba chasqueó sus dedos y la
magia prendió fuego a la estufa para calentar a los niños, cuyos padres habían ido a la ciudad para
trabajar y poder comprar alimentos. “Pues hasta que no aparezcan vuestros padres, no los dejaré
solos” exclamó el hada bondadosa arropando a los pequeñines. Tiempo después, cuando le tocó
marcharse, el hada iba por el camino pensando en el terrible castigo que le esperaba por llegar
tarde al banquete de la gran Reina. Y tanto fue su nerviosismo, que olvidó la varita mágica en la
casa de los niños. Al llegar al palacio, la Reina le regañó fuertemente: “Además de llegar tarde a la
ceremonia, también eres capaz de olvidar tu varita mágica. Te castigaré por tu mal actuar”. El resto
de las hermanas, compasivas, pidieron a la Reina que el castigo no fuera eterno. “Sé que todo ha
sido por una buena causa, así que tu corazón bondadoso sólo será castigado por cien años, y
durante ese tiempo, andarás por el mundo en forma de ratita blanca”. De esa manera, queridos
amiguitos, cada vez que vemos una ratita blanca, significa que Alba aún no ha cumplido su castigo,
y que anda por mundo cuidando a los niños que se quedan solos sin sus padres.}
Preguntas
1. Cual era el nombre de la menor de las hadas?

2. Que olvido la hada que ayudo a los niños solos?

3. Que sgnifica si ves a una ratita blanca?

59. LA GRATITUD DE LA FIERA

Había una vez un esclavo al servicio de Roma, que escapó de su amo para refugiarse en el bosque.
Su nombre era Androcles, y una vez en las montañas, decidió guarecerse de los guardias que le
perseguían, y se ocultó en una enorme cueva. Aún en la tenebrosa oscuridad de la cueva, Androcles
pudo notar la presencia de imponente león. La fiera se encontraba tumbada en el suelo con una
pata herida, y ante la mirada del esclavo lanzó un rugido de dolor incontenible. “No temas, amigo
león. Te ayudaré para que te recuperes pronto” le dijo Androcles conforme se iba acercando poco
a poco al animal. En un comienzo, el león mantuvo su fiereza, hasta que, poco a poco, Androcles
logró ganarse su confianza. El esclavo extrajo una flecha clavada en la pata del león, y curó su
herida con agua limpia. Al cabo de un tiempo, Androcles y la fiera comenzaron a convivir con
tranquilidad escondidos en la cueva. Cierto día que el muchacho salió en busca de alimentos, le
capturaron los soldados del emperador, y le llevaron consigo a la ciudad para que sirviera en el
circo. A los pocos días, Androcles fue arrojado a un foso pestilente. El lugar se encontraba repleto
de personas curiosas y desesperadas por ver la batalla. Ante los ojos de aquel joven apareció un
temible león, que venía acercándose hacia él con grandes zancadas. En ese preciso instante, el
león quedó parado frente a Androcles y para sorpresa de todos, comenzó a rugir cariñosamente
acariciando su cabeza contra el cuerpo del esclavo. “Emperador, perdone la vida de este esclavo,
pues ha logrado someter al león” – gritaban a coro los presentes, y el emperador así lo hizo.
Androcles fue puesto en libertad, y nunca se supo que aquel león, era en verdad aquel de la cueva
que tanta amistad había hecho con Androcles.

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Preguntas
1. El esclavo como curo la herida de la fiera?

2. Que hizo el león al ver a androcles en el pozo?

3. Que gritaban los presentes para que liberen a androcles?

60. PEDRO Y EL LOBO

En un pequeño pueblito de campo, había una vez un pícaro muchacho que salía todas las mañanas
a pastar sus ovejas. Mientras descansaba tumbado en la yerba, el muchacho ocupaba su
pensamiento con bromas y ocurrencias para asustar a los nobles habitantes de aquel pueblito.

Un buen día, decidió divertirse de lo lindo, y bajó corriendo la colina desde donde pastaba. “¡Auxilio!
¡Viene el lobo!” gritaba con toda la fuerza de sus pulmones una y otra vez. Los campesinos del
lugar, se armaron de maderos y cuchillos y salieron al encuentro del muchacho para socorrerlo. Sin
embargo, al ver al pícaro soltando enormes carcajadas, comprendieron que se trataba de una broma
de mal gusto, por lo que regresaron a sus casas muy enfadados. El joven había reído tanto, que
quiso repetir la broma una vez más, y esperó a que los campesinos volvieran a sus labores para
comenzar a gritar. “¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” y salieron nuevamente las personas a socorrerlo, solo
que esta vez, terminaron aún más enfadados por las risotadas burlonas del jovenzuelo. Al día
siguiente, el muchacho se dispuso a pastar sus ovejas como de costumbre, cuando sintió un gruñido
espantoso a sus espaldas. Al volverse, notó la presencia de un temible lobo que le acechaba
mostrando sus dientes. “¡Ayuda por favor! ¡Auxilio! ¡El lobo está devorando mis ovejas!” pero las
personas, creyendo que se trataba de otra de sus bromas, hicieron caso omiso a los gritos del joven.
Y cierto es, que por más que se empeñó en pedir auxilio, los campesinos continuaron realizando
sus labores sin prestar atención. De esa manera, el lobo se zampó, una tras otra hasta no dejar
ninguna, todas las ovejas del muchacho, a quien jamás se le ocurrió volver a bromear con los
habitantes de aquel pueblito, pues aprendió que la mentira y el engaño nunca traen provecho
alguno.
Preguntas
1. Que gritaba pedro para engañar a la gente?

2. Porque la gente no le creía a pedro cuando grito por ultima vez?

3. Que lección aprendió pedrito?

61. AURORA, LA PRINCESA QUE NO CONOCÍA LA LUNA

Aurora era una princesita muy querida en el reino, era bondadosa, dulce y bella. Sus padres vivían
en un hermoso castillo y la consentían en todo lo que deseaba, excepto en algo que la pequeña
anhelaba con todas sus fuerzas: conocer la luna. Por mucho que los reyes deseaban cumplir el
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sueño de la princesa, temían que nunca podrían hacerlo. Una bruja malvada que vivía en aquel
reino la había hechizado cuando aún era una bebé. El hechizo hacía que la princesita cayera rendida
de sueño al caer la tarde, y no había quien la mantuviese despierta hasta el anochecer. Con este
hechizo la bruja pretendía que la joven no pudiera asistir a bailes, fiestas y conocer a algún príncipe.
Sin más herederos en el reino, la corona sería suya algún día. Las costumbres del castillo se fueron
adaptando para que la princesa pudiese llevar una vida lo más normal posible. La cena se preparaba
antes de las cinco de la tarde, lo que siempre traía corriendo a los cocineros. Los bailes se hacían
en la mañana, algo que era bastante inusual y molesto para el reino.

A pesar de esto los reyes seguían intentándolo todo para que su hija conociera la luna, que tanto la
apasionaba. Cambiaban la hora de los relojes en todo el palacio, cerraban los cortinados antes del
anochecer, intentaban despertarla, pero nada funcionaba. La princesa Aurora se quedaba dormida
donde quiera que estuviese, apenas el sol comenzaba a caer. Aurora fue creciendo hasta
convertirse en una hermosa jovencita. Cada cumpleaños pedía el mismo deseo, esperando que
algún día el hechizo se rompiese. Cuando cumplió los dieciocho años sus padres hicieron una gran
celebración, a la que invitaron a príncipes y princesas de todos los reinos vecinos. Allí Aurora
conoció al príncipe Bash, un apuesto caballero de armadura brillante. El amor surgió como una
chispa entre los dos y el príncipe que conocía el padecimiento de la joven, se apresuró en decirle
lo bella que le parecía y lo mucho que deseaba volverla a ver, antes que la noche se la arrebatara
de sus brazos. Aurora y Bash se comprometieron y eran felices, compartían todo el tiempo que la
luz del sol les daba para estar juntos. Pero el príncipe veía cómo la tristeza de Aurora empañaba
aquella felicidad, así que decidió darle a su amada lo que tanto deseaba. No se sabe cómo fue que
lo consiguió, pero un día se marchó y regresó pasada una semana con un saco, cuyo interior relucía
intensamente. Le había traído la luna a la princesa Aurora, solo por una noche, ya que después
tendría que regresarla al cielo. La princesa fue tan feliz aquel día que no quedó ni un poquito de
tristeza en su corazón, logrando así que el hechizo se rompiera. Y vivieron felices por siempre.
Preguntas
1. Que le hacia el hechizo a la princesa?

2. Aurora con quien se comprometio?

3. A que hora se preparaba la cena?

62. COMO APRENDIERON A VIAJAR LAS PALABRAS

Hace mucho tiempo no existían las palabras, ni las letras, ni la lectura. Hasta que por arte de magia
surgió la primera letra en la cabeza de un niño y luego otra, y otra, hasta llegar a 27. Las 27
hermanas estuvieron mucho tiempo encerradas junticas, sin poder salir a conocer el mundo y todas
las maravillas que este entrañaba. Hasta un día en que las letras lograron convencer a la señora
Boca para que las dejara salir. La señora Boca sopló con fuerza hasta que escaparon cuatro letras,

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y se escuchó en el viento la primera palabra “mamá”. Luego de esta palabra aparecieron muchas
más en la cabeza de aquel niño inquieto “papá”, “nené”, y una a una las letras se escurrían por la
señora Boca que se había convertido en su amiga. Así fue como aprendieron a viajar las palabras,
que saltaban felices de las bocas a las orejas de los demás niños. Muy pronto se dieron cuenta de
que por mucho que lo intentaban, no lograban llegar tan lejos como querían. Con un grito fuerte y
el viento a favor lograban avanzar algunos metros, pero no era suficiente si querían viajar por todo
el mundo. Hasta que las palabras conocieron al señor Lápiz, un señor alto y muy delgado que podía
pintar cualquier cosa en cualquier sitio. Este les ayudaba a llegar a otros lugares donde la señora
Boca no podía, pero igual nunca encontraba buenos sitios para pintarlas. Escribía sobre las rocas
y los árboles que nadie podía mover, por lo que las palabras quedaban atrapadas para siempre. O
sobre la tierra que luego de que llovía, las hacía desaparecer. Ya las palabras estaban a punto de
rendirse y aceptar que no podrían viajar más lejos, cuando conocieron al señor Papel. Era muy
blanco y ligero, se movía con facilidad por cualquier lugar y estaba dispuesto a ayudarlas. Las
palabras habían encontrado al fin una buena forma para viajar. El señor Lápiz escribía sobre el
señor Papel las palabras que le dictaba la señora Boca. Y así fue como viajaron al otro lado del
mundo en grandes travesías sin perderse, pudiendo leerlas muchos niños más que ni siquiera las
conocían.
Preguntas
1. Cuales fueron las primeras palabras de la señora boca?

2. Como era el señor lapiz?

3. Como describes al señor papel?

63. EL GATO QUE SOÑABA CON ALCANZAR LA LUNA

Hace mucho tiempo existió un pueblo con casas de madera y calles de piedra, donde vivían felices
muchos gatos. Durante el día acompañaban a sus dueños que los acariciaban y les daban de comer,
y en la noche iban saltando de tejado en tejado. Había gatos de todos los tamaños y de las razas
más extrañas, pero entre todos ellos Fígaro era especial. Fígaro era un gato de pelaje muy blanco,
ojos negros y grandes bigotes. Mientras los demás felinos perseguían a los ratones o jugueteaban
sobre los tejados, él prefería contemplar la luna. Pasaba largas horas anonadado, viendo cómo su
reflejo plateado bañaba todo el pueblo. -“Te vas a quedar tonto de tanto mirarla”, – le decían los
otros gatos que no entendían su interés. Pero a Fígaro esto no le importaba. Aquella vida rutinaria
de salir a cazar ratones lo aburría. Aquella misteriosa y distante luna redonda lo hacía soñar. Soñaba
con alcanzarla, con abrazarla y con entender qué magia le permitía transformarse de manera tan
increíble. Solo su amiga Calipso se preocupaba por él y trataba de que se olvidara de aquella
obsesión. Fígaro que disfrutaba hablando con ella le decía: -“¿No ves lo hermosa que es? Hoy está
más brillante y grande que nunca, pero también más lejos. ¿Podremos algún día llegar hasta donde

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está?” Un buen día los gatos dejaron de hacerle caso e incluso Calipso se cansó de escucharlo
suspirar. Hasta que Fígaro desapareció de aquel pueblo y nadie fue capaz de encontrarle. -“Se ha
ido a perseguir sus sueños. ¿Habrá alcanzado la luna?” – Se preguntaba Calipso nostálgica. Lo
cierto es que en las noches de luna llena, si la miras con detenimiento, entre algunas de sus
manchas oscuras se distinguen unos bigotes alargados. Y hay quienes dicen que incluso han visto
una forma de gato. Pero no todos lo pueden ver, solo aquellos que tienen alma de soñadores.
Preguntas
1. Como era figaro?

2. Quien era su amiga de figaro?

3. Quienes pueden ver al gato en la luna?

64. LA HAMBURGUESA QUE NO QUERÍA SER DAÑINA

Erase una vez una hamburguesa muy jugosa que tenía muchas vidas. Había sido comida en
muchas ocasiones, incontables ya, pero inmediatamente después despertaba en su
hamburguesería. Así cada día la hamburguesa esperaba ansiosa ser preparada nuevamente por el
cocinero y servida en una de las mesas. Ella siempre hacía todo lo posible por estar deliciosa,
jugosa y caliente. Disfrutaba sobre todo cuando el cliente se comía el último bocado y sentía cómo
se apagaba su último aliento de vida. La hamburguesa vivía feliz y podía haber seguido así por
mucho tiempo más. Hasta un día en que esperaba en el mostrador a ser servida y oyó como uno
de los clientes la llamaba “comida chatarra”. Se insultó muchísimo. ¿Cómo podían llamarla así? Ella
que era sabrosísima y le gustaba tanto a la gente. Pasó el tiempo y casi había olvidado aquel
incidente, cuando volvió a escuchar en un programa de radio que se volvían a referir de esta manera
horrible a ella y a sus hermanas. Investigó un poco más y se dio cuenta de que muchas personas
usaban esta expresión cuando se alimentaban de ella. Entonces fue cuando comenzó a prestar
atención a los detalles. La mayoría de los niños que eran sus clientes favoritos estaban más gordos
que cuando los había conocido, y los adultos ni hablar. Al final iban a tener razón todos los que
decían que era “comida chatarra”. Como aquel despectivo nombre no le hacía nada feliz, ideó un
plan para evitar seguir haciendo daño a aquellas personas que tanto placer le habían proporcionado
durante su vida. Cuando uno de los niños que era cliente regular de la hamburguesería llegó al
asiento de siempre, esperó a ser servida en su mesa. Una vez que estuvo en las manos del niño y
este estaba preparado para darle la primera mordida, se concentró con todas sus fuerzas y deseó
no saber a nada. Al parecer sus esfuerzos no habían dado frutos, porque el niño seguía devorándola
de manera normal. La hamburguesa siguió igual de concentrada, pero nada sucedía. Ya estaba a
punto de languidecer sin esperanzas, cuando oyó al niño exclamar: -“Buaf. ¡Qué mala está! No sabe
a nada esta hamburguesa”. El plan había funcionado y era perfecto. Luego de este día convenció a
todas sus hermanas hamburguesas para que la imitaran y no tuvieran ningún sabor cuando les

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tocara un cliente que había estado asistiendo con demasiada frecuencia. En cambio cuando
pasaran tiempo sin ir, estarían más gustosas y sabrosas que de costumbre. De esta manera la
hamburguesa logró que los niños que se veían regordetes y debiluchos antes, comenzaran a verse
con un aspecto mucho más saludable.
Preguntas
1. Como la llamaban algunos clientes enojados?

2. Quien era su amiga de figaro?

3. Quienes pueden ver al gato en la luna?

65. EL REY Y EL JOVEN TOMÁS

Érase una vez un rey que tenía un hijo llamado Tomás, quien acababa de cumplir los 14 años.
Juntos compartían varias costumbres y actividades, pero había una que llamaba profundamente la
atención de sus súbditos y era que cada tarde iban a pasar un rato en los terrenos de un palacio
abandonado y semidestruido. Según las leyendas populares, en dicha construcción habitaban tres
brujas que eran hermanas, cuya codicia destruyó el esplendor que en otros tiempos hizo famoso
ese palacio. Ni Tomás ni se padre se tomaban muy en serio esos cuentos. Llevaban años pasando
sus tardes allí, y nunca habían tenido señal alguna de que realmente existiesen brujas. Sucede que
un día, como otro cualquiera, antes de salir del palacio abandonado el rey se acercó a la fuente
central del patio y para su sorpresa vio que había una bella rosa en el fondo. Pensó que la flor le
agradaría mucho a su esposa y decidió tomarla y llevarla con él. Cuando llegaron al castillo, Tomás
fue a sus aposentos y el rey fue al encuentro de su amada, que disfrutó enormemente de la belleza
de la rosa y la depositó en una pequeña caja de madera preciosa. Emocionados fueron a su lecho
y ya cuando estaban profundamente dormidos, el rey oyó la voz de una mujer que le pedía que la
liberara. Alarmado, el monarca despertó y preguntó a la reina si le había dicho algo. Esta respondió
negativamente pero el rey sabía que no había soñado la voz, por tanto se levantó y exploró la planta
superior del palacio, que era donde radicaba la alcoba real. La repetición del llamado que
interrumpió su sueño lo llevó a la habitación en la que su esposa había guardado la caja con la flor.
Al hallarla, y comprender que era el motivo de la extra voz, abrió la caja y tomó la flor en sus manos.
De inmediato, la bella rosa se transformó en una mujer de extraña belleza, que se identificó como
una de las tres hermanas brujas del palacio abandonado. Exigió al rey que se casase con ella y
matase a la actual reina, pues ella, la mayor de las tres brujas, pasaría a ser la dueña y señora de
la comarca, nueva esposa del rey. La primera actitud del rey fue negarse con todas sus fuerzas. Sin
embargo, la hechicera le advirtió que de no hacerlo, lo mataría a él y a su hijos Tomás. Ante tal
amenaza entonces, él rey ideó un plan. Subió a la alcoba real y cogió a su esposa entre sus brazos,
para llevarla luego al sótano, donde la encerró. La reina gritaba, pues no comprendía lo que estaba
sucediendo. Creía que su marido se había vuelto loco y quería atentar contra su vida. Pasaría unos

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días allí encerrada, sin comprender que el rey sólo estaba salvando su vida y la de su hijo. Fueron
unas semanas difíciles para la vida en el castillo y la comarca toda. La nueva reina gobernaba con
tal despotismo y ejercía tanta influencia sobre el rey, que muchos de los súbditos estaban pensando
en abandonar la comarca. Sólo había una persona que no respondía a los designios de la bruja: el
joven Tomás. Enterado por su padre desde el primer día sobre todo lo que había pasado, el príncipe
cada noche llevaba agua y comida a su madre en el sótano, y a los pocos días le contó el por qué
de toda la situación. La desobediencia de Tomás y el gran amor que el rey profesaba por este,
hicieron que la bruja lo odiase cada vez más, al punto de desear su muerte. Tomás se percató de
ello y lo comentó a su madre, quien le dijo que rezaría todos los días a San José, del cual era devota,
para que lo protegiera. Fu así entonces que un día el odio de la reina rebasó lo tolerable para ella y
le ordenó a Tomás que emprendiese el camino al palacio abandonado en busca de unas uvas para
ella. El príncipe rechazó de inicio el pedido, pero las amenazas de la bruja con maltratar cada vez
más a los súbditos, lo hicieron reconsiderar. Se aprestó para ir en busca de las uvas y fue a buscar
la bendición de la madre, quien le pidió que anduviese con mucho cuidado. Camino al palacio de
las tres brujas Tomás se encontró con un anciano, quien le dijo que al recoger las frutas no se
bajase nunca del caballo ni se detuviese por mucho que lo llamaran. De lo contrario, podía perecer,
tal y como la nueva y hechicera reina deseaba. Tomás hizo caso al anciano y llegó sano y salvo a
su castillo con las uvas. La bruja, sorprendida, se molestó y le encomendó buscar naranjas en el
mismo sitio. Una vez más, el joven príncipe tuvo que ir al palacio donde solía pasar las tardes con
su padre. Antes de llegar volvió a tropezarse con el mismo anciano, quien le explicó que no podía
detener su marcha mientras recogiera las naranjas, pues de lo contrario sería asesinado por las
hermanas de la reina bruja. Tomás siguió el consejo del anciano y no tuvo ningún percance. Cuando
regresó al palacio real, la bruja se insultó aún más y le ordenó volver a ir, esta vez a por limones.
Mas no se trataban de unos limones cualquiera, sino de unos que crecían en un árbol sembrado en
el interior del palacio abandonado. Cuando el príncipe iba a camino a cumplir el nuevo designio, le
salió al paso el anciano, esta vez con nuevas indicaciones. Le alertó que cuando se encontrara con
dos brujas de singular apariencia, que iban a querer mostrarle todo el interior del palacio, excepto
un cuarto, no cogiera nunca los limones del árbol. Tomás debería entonces presionar a las
hechiceras, nada más y nada menos que las hermanas de su forzosa madrastra, y una vez dentro
de esa habitación, apagar las velas que allí habían. Serían tres velas, cada una de las cuales
representaba la vida de cada bruja. El joven siguió las indicaciones del anciano, que a la postre se
identificó como San José, el santo de su madre, y forzó a que las brujas le enseñasen la habitación.
Estas estaban prestas a acabar con la vida de Tomás, pero se sintieron desubicadas cuando vieron
que el joven visitante no recogió ningún limón y sólo se interesaba por la habitación prohibida. Así,
cedieron a las intenciones del príncipe, ya que en definitiva les daba lo mismo acabar con su vida
en cualquier habitación. Sin embargo, cuánta sería su sorpresa al ver que el joven tomaba las tres
velas en su mano y apartando la más grande, soplaba fuerte para extinguir las llamas que las
mantenían vivas. Por supuesto, la sorpresa duró un instante. Ambas brujas murieron y Tomás, vela
grande en mano, regresó triunfante al palacio real. Al verlo llegar no con limones, sino con la vela

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de su esencia, la bruja rabió de ira y le fue arriba para desgarrarlo. Afortunadamente, el rey estaba
allí y capturó la vela cuando su hijo la lanzó, gritándole que si la apagaba, acabaría con la
usurpadora del trono y podría rescatar la vida que tenían antes de la aparición de la infortunada
rosa maldita. Sin dudarlo un segundo, el monarca sopló la vela y acabó de una vez y por todas con
el infortunio que había consumido su vida durante los últimos meses. Librados de la bruja, el rey y
el joven Tomás, padre e hijo, se fundieron en un cariñoso y prolongado abrazo. Luego, bajaron
ansiosos al sótano y liberaron a la verdadera reina, que agradecía una y otra vez a San José,
receptor de sus rezos y protector de su hijo. Desde ese día la familia real y toda la comarca fueron
más felices que nunca, sin la persistencia de tenebrosas leyendas.
Preguntas
1. Que diciendo le amenazo Bella Rosa al rey si no mataba a su esposa la reyna?

2. Para que soplo la vela el rey?

3. A quein le rezaba el rey para que cuide a us hijo?

66. EL MONSTRUO ESCONDIDO EN EL ARMARIO

Había una vez un niño llamado Andrés que era bastante normal y alegre. Un día sus padres se
tuvieron que mudar de la ciudad donde vivían y Andrés tuvo que dejar atrás a todos sus amigos. Y
así fue como llegó a un colegio nuevo, donde no conocía a ningún otro niño. La casa era más bonita
que la anterior y la habitación mucho más amplia, con un enorme armario que ocupaba toda una
pared. Al niño no le molestaba su nueva vida, excepto por un detalle: algo vivía en el interior de
aquel armario. Andrés se pasaba las noches en vela imaginando la forma del monstruo que se había
alojado en su habitación. Nunca lo había visto, pero se imaginaba que era enorme y atemorizante.
Hasta un día en que se llenó de valor e intentó tomarlo de sorpresa, y allí estaba, una enorme bola
peluda que no parecía peligrosa. A pesar de que Andrés ya no temía al monstruo que vivía en su
armario, sí le mortificaba bastante que todas las noches lo despertara con gritos y chillidos para
jugar. Luego de la mala noche se quedaba dormido en el colegio y la profesora lo regañaba, cosa
que no le gustaba. Pasaron las semanas y el niño no le contó nada a sus padres, era el único amigo
que tenía y no quería perderlo. Una noche en la que su madre se levantó para ver si dormía
tranquilamente, lo encontró sentado frente al armario con todos sus juguetes en el suelo. La madre
sorprendida se quedó mirando fijamente el armario y Andrés temeroso esperó su reacción. De
repente la madre le dijo: -“¿No me vas a presentar a tu nuevo amigo?” Y a pesar de que no veía
nada dentro del armario, comenzó a hablar con el interior. El niño le preguntó con extrañeza a su
madre: -“¿No te molesta que viva en mi armario mamá?” A lo que ella dulcemente le contestó: -“No
mi vida, si vive ahí es por un buen motivo. Seguro quiere estar cerca de ti y hacerte compañía”. El
niño miró a su madre con asombro, no imaginó que iba a ser tan comprensiva, pero se sintió feliz
como hacía tiempo no se sentía. Con el paso del tiempo Andrés hizo nuevos amigos en el colegio
y un buen día el monstruo decidió marcharse. Andrés ya no lo necesitaba a su lado, prefería
compartirlo con otros niños, pero siempre tendría un lugar especial en su corazón.
Preguntas
1. Como era el monstruo que atemorizaba al niño?

2. Que le dijo la madre a su hijo al encontrarlo sentado frente al armario?

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3. Que paso con el monstruo al final?

67. LA NIÑA ATRAPAMARIPOSAS

Cuenta la historia que hace mucho tiempo, en una gran urbe con mucho desarrollo, vivía una familia
de buenas condiciones económicas, cuyo jardín despertaba la admiración de todo el vecindario. La
causa radicaba en que el jardín contaba con ejemplares de muchas especies de flores y plantas
ornamentales, todas bellas y exquisitas para dotar de belleza natural cualquier espacio. Asimismo,
en el jardín abundaban los insectos y lepidópteros que suelen frecuentar estas plantas, como las
siempre bonitas e inquitas mariposas. Sin embargo, sucede que en la familia había una niña de solo
seis años, llamada Azucena, que tenía la mala costumbre de cazar mariposas con una red,
pincharlas con alfileres y adjuntarlas a tableros de madera que luego exhibía orgullosa a sus amigas,
como si se tratase de una preciosa colección. Los padres no hacían nada por cambiar el hábito o
hobby de la pequeña. Creían que no hacía daño a nadie, pero realmente las colecciones de
Azucena, y las acciones que ejecutaba para darles forma, no reflejaban la pureza que debía
caracterizar a la niña, sobre todo con un nombre que honra a una bella flor. Así, la costumbre de
Azucena no tenía para cuando acabar. Mariposa bonita que revoloteara por las flores y plantas del
jardín, mariposa que entonces la niña se esforzaba por atrapar y agregar a sus tableros. Algunas
lograban escapar, pero la gran mayoría de ellas perecían a la caza indiscriminada de la niña atrapa
mariposas. Como es lógico de entender, tan malsana costumbre no podía durar para toda la vida.
Según la historia, un día la pequeña Azucena, que era orgullo de la familia no sólo por lo bonita,
sino también por su inteligencia y excelentes resultados en la escuela, tuvo un extraño sueño en el
que se le apareció el hada del jardín. Era como las hadas de casi todas las leyendas infantiles. Una
mujer madura pero joven, de belleza incomparable, tono de piel áureo y alas semitransparentes
adjuntas a la espalda. Con su dulce voz, y apuntando su varita a la pequeña en sus sueños, la
increpó por su destructora conducta. Cuestionó a la niña sobre su actitud para con las mariposas, y
le explicó que los seres bellos de la naturaleza, como ella, Azucena, habían sido concebidos para
vivir en libertad, ser felices y hacer felices a los demás. Por qué entonces ella, una niña tan linda y
lista, se empeñaba por cazar y dar muerte a las tiernas mariposas, que solo acudían al jardín familiar
para incrementar su belleza y tributar al feliz desarrollo de las flores y plantas. Entre maravillada y
asustada, Azucena comprendió los argumentos del hada y juró en su sueño que a partir de ese
momento sería una niña de bien. Sin embargo, al despertar en la mañana siguiente y salir al jardín,
vio una bella mariposa monarca, de vívidos colores, que la hizo olvidar todo lo que le había dicho el
hada y en consecuencia había prometido no hacer. Tomó sin pensarlo dos veces su red, y se
abalanzó a perseguir al tierno visitante, que pereció ante su instinto de coleccionista insensible e
inhumano. Pero sucede que a la noche siguiente, Azucena volvió a soñar. En esa ocasión estaba
atada a un árbol, y estaba siendo juzgada por una corte de insectos, lepidópteros y otras criaturas
típicas de bosques y jardines. El hada del jardín estaba entre los miembros del jurado y las pocas
veces que cruzó su mirada con la de la niña, lo hizo de manera severa y acusatoria. El alegato de

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la fiscal del caso, una mariposa gigantesca, demandó la pena máxima para Azucena, pues a pesar
de haber sido interpelada y aconsejada por el hada suprema del jardín, y de haberle prometido a
esta cambiar su actitud, siguió haciendo lo mismo con total indiferencia. Por los murmullos
registrados tras esta intervención, el jurado estaba dispuesto a conceder la petición del fiscal.
Azucena estaba sudando frío, temerosa por su vida e integridad. Pedía piedad y volvía a jurar que
no lo haría más, pero nadie parecía compadecerse de su situación. Luego llegó el turno de la
defensa, encarnada en un búho viejo pero que aparentaba mucha sabiduría. El búho dijo que era
muy difícil cumplir con la tarea que le asignaron de defender a la niña, pues su delito era indefendible
e injustificable. Sin embargo, llamó a una segunda oportunidad, esgrimiendo que la niña no era del
todo culpable por ser así, ya que en definitiva era inmadura y no tenía conciencia sobre la total
importancia de la vida y la preservación de los animales. Gran parte de la culpa recaía en sus padres
y el resto de la familia, y por tanto les correspondía a ellos, los animales, tratar de reeducar a la
pequeña para ver si encontraba la senda de la bondad y la nobleza. La intervención del búho calmó
los ánimos e hizo recapacitar al jurado. Accedieron a darle una segunda oportunidad a Azucena,
bajo la promesa de esta de que nunca más en su vida haría daño ni a una mariposa, ni a animal
alguno. A pesar de haber prometido por segunda vez, a la mañana siguiente Azucena volvió a sus
andadas y olvidó los sueños que la aquejaron. A la primera mariposa que vio, agarró su red y la
persiguió con total desenfado. Sin embargo, esta vez el desenlace no sería una mariposa pinchada
con alfileres y enganchada en uno de los tableros de la niña. Apenas Azucena cazó a la mariposa,
una bandada de abejas y avispas que libaban y volaban alrededor de las flores del bello jardín se
abalanzaron sobre ello y comenzaron a picarla en el rostro con tal furia, que las ronchas aparecían
en cada centímetro de su bonita cara. Al percatarse de esto, y escuchar los alaridos de dolor de la
niña, los padres intervinieron y la llevaron a urgencias. Allí, los médicos hicieron un trabajo rápido y
contuvieron las reacciones alérgicas a las picadas de avispas, abejas y otros insectos. Durante todo
el proceso Azucena pensó detenidamente y comprendió que merecía tal castigo primero por su
mala actitud hacia las mariposas, y segundo, por haber faltado dos veces a su palabra. A partir de
ese día, juró que nunca más sería la niña atrapa mariposas y que no permitiría que nadie dañase a
animal alguno, al menos en su presencia. Ciertamente, como dicen, a la tercera fue la vencida. A
partir de ese día Azucena se convirtió en una niña, futura mujer, amiga de los animales y defensora
de sus derechos. Cuando soñaba con animales, resultó ser que el hada madrina del jardín y toda
la flora y fauna, era su ser interior.
Preguntas
1. Cual era el sueño de azucena?

2. Que dijo el buho cuando le dijeron que protegiera a la niña?

3. Al final en que se convirtió azucena?

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68. LA PALOMITA Y SU PATITA

Había una vez una palomita muy bonita y tierna que debido a su inexperiencia provocó la fractura
de una de sus paticas. Tanto dolió esto a la palomita, que irrumpió en un llanto continuo que logró
la compasión de todos los seres que habitaban las áreas cercanas. Así, un ángel que había
escuchado el llanto se solidarizó y descendió para socorrer a la palomita, a la cual le repuso su
patita, pero por una de cera. Agradecida y muy contenta, la palomita revoloteó y recorrió
nuevamente todos los terrenos que frecuentaba. Tan alegre estaba, que al posarse sobre una roca
no se percató de cuán caliente estaba esta. Así, tas sólo unos segundos de estar posada, su patita
de cera se derritió completamente. Triste y molesta, la palomita increpó entonces a la roca y le dijo
que si realmente era tan valiente como para derretir su patita a propósito. Solidarizada con la
palomita, la roca le dijo que más valiente que ella era el sol, que en definitiva era el que la calentaba
a ella. Con la voluntad suficiente como para hallar al culpable de su patita repuesta, la palomita voló
alto hasta dar con el sol. Cuando llegó lo suficientemente cerca de este como para no hacerse daño,
le increpó y le preguntó que por qué era tan valiente como para calentar la roca que derritió su
patita. El sol le contestó que el valiente no era él, sino la nube que lo tapaba, haciendo sus rayos
más dañinos en ocasiones. Con esta respuesta, la palomita fue entonces a ver a la nube, quien dijo
que el valiente era el viento que la aventaba y movía. Este último dijo que la culpa era de la pared
que resistía su continuo embate, mientras que esta dijo que los valientes eran los ratones que la
perforaban para hacer hoyos a través de los cuales pasar. A su vez, los ratones le dijeron a la
palomita que más valientes que ellos eran los gatos que los perseguían para devorarlos. Los
mininos también se solidarizaron y le dijeron que los valientes eran los perros, que siempre se
esforzaban por hacerlos huir. Por su parte, los canes dijeron que los más valientes eran los hombres,
los cuales ponían bajo su dominio a todos los animales del planeta, pero los hombres dijeron a la
palomita que el único ser realmente valiente era Dios todopoderoso, creador y mandante de todas
las criaturas y objetos. Sin perder su perseverancia, y resuelta a hallar la respuesta al por qué de
su infortunio, la palomita voló más lejos que nunca hasta llegar adonde estaba Dios. Al verlo, la
palomita lo reverenció, lo alabó y lo bendijo, pues estar ante el Señor le inspiró más respeto y
admiración que cualquier preocupación que pudiese tener por su patita. Dios, que ama y entiende
toda obra de su creación, incluso las que puedan parecer pequeñas e insignificantes, se solidarizó
con la palomita, a la cual acarició y bendijo. Acto seguido, la tierna criatura, pero ya con mucha más
experiencia y conocimiento del mundo, descubrió cómo tenía una nueva patita, no de cera, sino una
idéntica a la otra, con hueso, uñas, capacidad de flexión y todo lo demás necesario para andar y
volar tal cual Dios la concibió. Así la tierna palomita volvió a tener dos patitas y ya más nunca se las
dañaría. Había acumulado la experiencia suficiente como para saber qué podía dañarlas y qué no.
Desde ese día además fue una criatura muy buena, que ayudaba al resto de los animales a
garantizar su bienestar y conseguir sus objetivos. Por ello, las palomas son hoy seres queridos por
todos los animales, salvo para alguno que otro que quiera devorarlas por maligno instinto. Son
además símbolo de la paz y el empeño y aún, con todo el desarrollo existente, son empleadas como
mensajeros para las comunicaciones, de los mejores que se puedan tener.
Preguntas
1. Quien curo la patita fracturada de la palomita?

2. Quien era el mas poderoso segun los hombres?

3. Quienes son símbolo de paz?

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69. LA PRINCESA Y EL FRIJOL

Había una vez un príncipe de un reino muy próspero, que estaba en edad de casarse, pero aún no
encontraba a la princesa de sus sueños. De todo el mundo venían princesas a conocerlo, pero el
príncipe que era muy exigente a todas les encontraba algún defecto. Siempre había algún detalle
que no terminaba de convencerlo y en ocasiones ni siquiera estaba seguro de que fueran princesas
reales. Ya la tristeza se había empezado a apoderar del corazón del príncipe, que pensaba que
nunca encontraría la princesa que tanto anhelaba. Una noche tempestuosa, en que no cesaba de
llover y relampaguear, tocaron a la puerta del castillo. El viejo rey en persona fue a abrir y para su
sorpresa encontró en el umbral a una doncella en un estado terrible. El agua le corría por el pelo y
las ropas, que además se habían ensuciado con el barro del camino. A pesar de esto ella insistía
en que era una princesa real y verdadera, por lo que debía dormir aquella noche en el castillo. La
reina que pensó que esta era otra de las doncellas que pretendía ser princesa para conquistar a su
hijo, le dijo al rey. – “Mañana en la mañana sabremos si es quien dice ser”. Y sin darle más
explicaciones fue a preparar la habitación donde la joven pasaría la noche. Sin que nadie la viera
quitó toda la ropa de cama y puso un pequeño frijol sobre el bastidor de madera. Luego colocó
encima del frijol veinte colchones y veinte almohadones hechos de las plumas más suaves del reino.
Allí dormiría esa noche la princesa, que era digna de las más exquisitas comodidades. A la mañana
siguiente cuando la princesa despertó, la reina le preguntó cómo había dormido. A lo que ella para
su sorpresa contestó: -“No he podido dormir en toda la noche. Estoy muy agradecida de su
hospitalidad, pero era insoportable aquella cama. Me acosté sobre algo tan duro que incluso
amanecí con moretones por todo el cuerpo”. La reina que era la única que entendía de lo que
hablaba la joven, declaró ante todos que se trataba de una princesa verdadera. -“Solo una princesa
puede tener una piel tan delicada como para sentir un frijol debajo de veinte colchones y veinte
almohadones de plumas”, – dijo. El príncipe quedó encantado después de oír aquella historia, así
que decidió comenzar a cortejar a aquella princesa. Luego de conocerse un poco más y ver que
compartían las mismas aficiones y gustos, decidieron casarse en una gran boda real ante todo el
reino.
Preguntas
1. El viejo rey que encontró en el umbral?

2. Como eran los colchones que le dieron a la doncella?

3. Que lección da este relato?

70. CUENTO DE LA PRINCESA Y EL GUISANTE

Había una vez un apuesto príncipe que vivía junto a sus padres en un bello castillo, en una tierra
muy lejana. El príncipe de nuestra historia no era totalmente feliz, pues aún no encontraba a su
media naranja, esa princesa con la que habría de casarse y gobernar con sabiduría cuando sus
padres ya no estuviesen. Los reyes le habían presentado a su hijo muchas princesas, unas bellas,
otras muy inteligentes, pero al príncipe parecía que ninguna le convenía. Siempre alegaba alguna
inconformidad con las pretendientes y ninguna, lo sabía bien desde lo más profundo de su corazón,
estaba destinada a ser su adorada esposa. Esto sacaba un poco de quicio a sus majestades, que
estaban preocupadas de que el príncipe no se casase nunca por su tozudez y el trono fuese a parar
a un monarca soltero. Sin embargo, el joven los calmaba diciéndoles que no se preocupases, que
él tarde o temprano hallaría a la princesa perfecta. Para ese fin contrajo entonces un largo viaje,
que lo llevó a los más recónditos lugares. Visitó castillos y palacios de tierras cercanas y lejanas a
la suya, mas doquiera que llegaba, nunca encontraba la chica que esperaba. Así, tras muchos
meses de infructuosa búsqueda regresó a su castillo y, bajo la decepción de sus padres, subió a

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sus aposentos a descansar, pues realmente estaba muy extenuado. En esa ocasión la molestia de
los reyes no se calmó tan rápido. Creían que su hijo regresaría con una bella e inteligente princesa
y el hecho de que esto no hubiese sucedido les tenía muy decepcionados. Por ello prefirieron
quedarse en el salón del palacio leyendo, para pasar su ira, antes que retirarse a descansar
temprano como su hijo. Mientras esto sucedía, afuera del palacio había empezado a caer un
verdadero chaparrón, acompañado por vientos fuertes y muy frío. El rey, que era un monarca muy
solidario, pensó en la desgracia que estarían pasando los súbditos que se hubiesen visto obligados
a vagar por las calles con ese temporal. La reina, que era más templada pero igual de buena, calmó
sus preocupaciones alegando que difícilmente alguien se atrevería a andar por las calles con
tamaña lluvia y vientos. En eso, alguien llamó con desesperada fuerza a la puerta principal de
palacio. Enseguida el rey acudió al llamado y abrió la puerta, para descubrir que quien llamaba era
una bella muchacha, toda mojada y desarreglada por el evento climatológico. Al verla le preguntó
que quién era y qué hacía sola en medio de tales condiciones del tiempo. La muchacha le respondió
que era una princesa venida de muy lejos, que había acudido a la comarca sólo para conocer la
majestuosidad del palacio y sus reyes, famosos por sus buenos hábitos y formas para gobernar. El
rey sonrió y al igual que la reina no estaba muy seguro de que ciertamente la muchacha fuese una
princesa. ¿Qué princesa andaba por ahí sin carruaje y escolta? Aun así decidieron acogerla y
acondicionaron una de las mejores habitaciones para la muchacha. A la mañana siguiente
aclararían todo, por lo que no había razón para impedir que la víctima del clima descansase
adecuadamente. Pero la reina, muy suspicaz, ordenó preparar un lecho con veinte colchones para
la muchacha. Debajo del primero de ellos colocó un guisante, que entre tanto bulto no se percibía y
dejó todo listo para el sueño de la supuesta princesa. la mañana siguiente todos desayunaban,
incluido el príncipe, cuando la muchacha bajó. Al príncipe le pareció muy bella, pero antes de que
pudiese presentarse o decir algo la reina interpeló a la muchacha y le preguntó cómo había dormido.
Esta respondió que no muy bien, pues a pesar de que se habían dispuesto muchos colchones para
su descanso, había algo debajo de alguno de ellos que molestaba su piel. Esta era la respuesta que
la reina buscaba para su prueba del guisante. Sólo una verdadera princesa o persona de piel real
podía tener la delicadeza suficiente como para percibir un guisante bajo tantos colchones. Con ello
la identidad de la muchacha no generó más duda y la felicidad se apoderaría del castillo, pues al
príncipe le pareció la princesa perfecta para desposar. Era bonita, inteligente y con unos
sentimientos y valores que difícilmente no enamorasen a cualquier hombre. Afortunadamente el
amor inmediato del príncipe fue correspondido por la joven princesa del guisante, con lo que se
casaron a los pocos días y fueron felices para siempre, dando igual felicidad a toda una comarca
que los adoraba y compartía su dicha.
Preguntas
1. Para que reccorio todo el mundo el príncipe?

2. Cual era la respuesta que esperaba de la prueba del guisante?

3. Como era la mucha con la que se cazo el príncipe?

71. RELATO INFANTIL DE LA PRINCESA Y EL GUISANTE

En un lejano reino, vivió una vez un príncipe joven y apuesto en edad de casarse, pero que no había
podido encontrar una princesa noble y hermosa para que ocupara su lugar junto al trono. Cierto es
que, en el reino, vivían muchachas muy hermosas, pero el príncipe quería que su esposa fuese una
princesa verdadera, hija legítima de reyes y que tuviese su propio castillo. Con el paso del tiempo,
llegaron a la corte del reino numerosas princesas de todas las partes del mundo, pero el joven
heredero no se contentaba con ninguna de ellas. Una noche muy fría y lluviosa, mientras el príncipe
se encontraba disfrutando junto a sus padres del calor de la chimenea, llamaron a las puertas del
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palacio con tres toques muy suaves. Sorprendidos de que alguien anduviese afuera tan tarde, el
rey se acercó a la puerta junto a sus guardias. “¿Quién anda a la intemperie con esta frío y a estas
horas?” – preguntó el monarca con voz fuerte. “¿Será acaso una bestia maldita?” – preguntó la
madre con cierto temor. Al abrir las enormes puertas del castillo, el rey y los guardias quedaron
sorprendidos de ver que, tras la cortina de agua, se descubría una joven desaliñada y mal vestida.
Empapada de pies a cabeza y temblando de frío, la pobre muchacha apenas podía hablar. – Buenas
noches, su Majestad – murmuró la muchacha con voz temblorosa – Me he perdido en el bosque
con esta tormenta y necesito refugiarme en su castillo. – ¿Quién eres? – preguntó el rey aún
asombrado – Soy una princesa de un reino lejano – En ese caso, no se diga más. Pase cuanto
antes para que pueda secarse la ropa y cenar como se merece. Con un corto ademán, el rey indicó
a sus sirvientes que prepararan una comida deliciosa y trajeran ropas nuevas y secas para la pobre
muchacha. Al acercarse a la chimenea, el príncipe la observó detenidamente. Cierto es que era
muy hermosa, pero al encontrarse tan desarreglada, el joven dudó seriamente de aquella chica por
lo que decidió pedirle ayuda a su madre, la reina. – Madre, esta muchacha es muy bella y me ha
impresionado, pero no sé si tratará de una princesa verdadera. – Yo te ayudaré a comprobarlo, hijo
mío – dijo la reina sonriendo. Entonces, mientras la princesa terminaba de cenar y secarse al calor
de la chimenea, la reina se dispuso a preparar personalmente el cuarto de huéspedes. El joven
príncipe acompañaba a su madre, y pudo ver como la reina colocaba cien almohadas de plumas en
la cama de la alcoba. Pero eso no fue todo. Debajo de las cien almohadas, la reina colocó un
diminuto guisante, con lo que el príncipe, confundido, le preguntó a su madre de qué se trataba todo
aquello. – Si en verdad esta muchacha es quien dice ser, no podrá dormir en toda la noche por
culpa del guisante, pues, aunque lo he cubierto con cien almohadas, las verdaderas princesas notan
siempre la más mínima incomodidad. De esta manera, el príncipe comprendió a su madre la reina,
y se fueron a dormir a sus alcobas. A la mañana siguiente, y cuando todos los miembros de la
familia real se encontraban desayunando, apareció de repente la muchacha, cansada y despeinada.
– Buenos días, princesa – dijo la reina con amabilidad -¿Cómo has dormido ayer? – Me apena
decirlo, pero no he podido pegar un ojo en toda la noche. Sentí una incomodidad muy grande en la
cama que no me dejaba conciliar el sueño, y hoy para colmo he amanecido con dolores de cabeza.
En ese preciso momento, la reina y el príncipe se miraron satisfechos, pues habían comprobado
que aquella muchacha era una princesa auténtica, digna de casarse con el heredero del reino. Por
supuesto, el príncipe no dudó un segundo en casarse con ella, y según cuenta la historia, vivieron
muy felices por el resto de sus vidas.
Preguntas
1. Que le pregunto el Rey a la muchacha cuando llego?

2. Que le pregunto la reyna al despertar por la mañana a la muchacha?

3. Realmente esa mucha era una princesa?

72. LAS 3 NARANJAS

Esta es la historia de un príncipe que dedicó muchos años de su vida buscando las famosas tres
naranjas del amor. Según había escuchado de las viejas leyendas, encontrar dichas frutas le
permitiría hallar a la mujer de su vida, esa que nunca lo traicionaría pasase lo que pasase. Así, el
príncipe anduvo y desanduvo los jardines frutales de medio mundo. Doquiera que llegaba,
preguntaba a jardineros y visitantes si habían visto las tres naranjas del amor. En todos los lugares,
la respuesta que obtenía era negativa, razón que casi lo insta a abandonar su empeño. Algunos

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habían oído hablar de las famosas naranjas, pero le decían que ya no existían, que habían
desaparecido. Pero sucede que un día, cuando ya la última esperanza estaba a punto de agotarse,
el príncipe encontró a un jardinero viejo que respondió afirmativamente a su pregunta. De hecho, el
jardinero las tenía en su poder, pues habían florecido en uno de sus árboles tras años de haber
desaparecido. El hombre no puso peros para venderle las naranjas el príncipe, quien no creí que
por fin, después de tan largo tiempo, hubiese conseguido su objetivo. Así, naranjas en mano, se
aventuró a regresar a su palacio, con la esperanza de hallar a la mujer de su vida y casarse. El viaje
de regreso fue más largo de lo esperado. En su búsqueda, el príncipe se había alejado mucho de
su castillo y ahora se le hacía dificultoso el retorno. Debido a esto se vio obligado a abrir una de las
tres naranjas para calmar su sed y para su sorpresa vio como de la misma salió una mujer con un
niño en brazos. La mujer, muy hermosa, le preguntó al príncipe si tenía agua para lavarla, un paño
para secarla y un peine para peinarla, acciones todas que la harían aún más bella para él.
Desafortunadamente, el hijo de reyes no tenía nada de esto y así se lo hizo saber a la linda mujer,
que ante la negativa se transformó en una paloma y se fue volando al horizonte junto con su niño.
El príncipe lamentó no haber tenido nada de lo que le pidió la mujer, pues ella bien podía haber sido
su pareja de vida. No obstante, aún le quedaban dos naranjas y había oportunidad, pero no podía
volver a sucumbir ante la sed, para evitar imprevistos como el que acababa de ocurrir. Así, siguió
andando por muchos kilómetros más y la sed aumentaba. Ante la inexistencia de fuente alguna de
la cual beber, o pueblo en el que proveerse del vital líquido, decidió abrir otra naranja y una escena
idéntica volvió a ocurrir. La única diferencia fue que la segunda mujer superaba a la primera en
belleza. Sus pedidos y lo que hizo tras la negativa del príncipe, fue todo igual. De esta forma, el
príncipe se vio con sólo una naranja e igual de sediento, razón por la que se juró que abriría la otra
pasase lo que pasase. Tras mucho andar, el joven arribó a un pueblo en el que pudo saciar su sed
y comprar algunas provisiones, entre ellas un peine, un garrafón lleno de agua y un paño, útiles que
bastante había echado en falta cuando se los solicitaron las dos mujeres que dejó escapar. A la
salida del pueblo había una gran fuente, en la que ya listo para marchar el príncipe se dispuso a
rellenar el garrafón con agua, para no pasar más sed. Allí lo atrapó una gran curiosidad por saber
que habría en la última naranja. Había prometido no abrirla, pero pensó que ya faltaba menos para
llegar a su reino y en caso de que saliese otra mujer y le pidiera lo mismo que las anteriores, pues
ahora sí tendría cómo responder a sus requerimientos. Tras mucho dudar se atrevió y fue así como
picó la última de las naranjas. De ella emergió una mujer más bella que las dos anteriores, también
con un niño en brazo. Al igual que las otras, preguntó al príncipe si tenía agua para bañarla, un paño
para secarla y un peine para peinarla. Ante la respuesta afirmativa de este, la bella dama reconoció
que antes sería él su amado, el hombre con el que estaba destinada a estar. El príncipe radió de
alegría y felicidad, pues después de tanto buscar y buscar, había hallado la mujer con la que
emprendería toda una vida juntos. Le encantaba su físico, pero sin conocerla en profundidad sabía
que lo haría feliz en todos los detalles y aspectos que importan más que la apariencia. Luego de
peinarla y antes de emprender el viaje a su castillo, el príncipe le pidió a la mujer que lo aguardase
en la fuente, que él iría de nuevo al pueblo a comprar mantas para que en las noches del viaje tanto

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ella como el niño pudiesen estar bien abrigados. La mujer accedió y aguardó en la fuente, pero
nuevos imprevistos ocurrirían. Apenas se fue el hombre a buscar las mantas, una bruja que había
presenciado con envidia la escena irrumpió y engañó a la bondadosa y bella mujer para hechizarla.
Le dijo que la peinaría de una forma más bonita y mientras lo hacía, enterró un alfiler en su cabeza,
convirtiéndola en una paloma, a la que obligó a volar lejos. La bruja no era fea, mas no igualaba en
belleza a la dama salida de una de las tres naranjas del amor. Cuando el príncipe retornó percibió
un cambio, mas la influencia mágica de la bruja no le hizo percatarse del todo. Ciertamente sabía
que la mujer ya no le gustaba tanto, pero era incapaz de percibir el porqué. Así, el hijo de reyes y la
bruja reemprendieron viaje junto al niño, y al cabo de unos días llegaron al palacio, donde los
monarcas aguardaban a su hijo y se sintieron muy felices de que hubiese hallado las tres naranjas
y con ellas el amor. Pasaron unos pocos meses y el príncipe no era feliz. Se sentía como si hubiese
sido obligado a vivir con una persona a la que no quería, pero de la cual no podía separarse. Al niño
sí lo amaba como si fuese suyo y en tal sentido se esforzaba por permanecer más a su lado que la
mujer, a la que incluso temía un poco. De repente una tarde irrumpió en el palacio una bella paloma
blanca, que por su belleza atrapó el príncipe para acariciarla. La paloma era nada más y nada
menos que la mujer hechizada, la que tras mucho bregar y preguntar había dado por fin con el
castillo en que vivían su hijo y su amado. Apenas la vio, el príncipe se dio cuenta de que no era una
paloma común y corriente. Al acariciarla, sintió una cercanía con el ave, a la que no hallaba
explicación. La bruja se percató de esto y empezó a proferir alaridos, tratando de obligar a su
engañado esposo a que soltase la paloma. Amenazó con que si no lo hacía, pues degollaría al ave
y la haría sangrar justo delante de él. El príncipe no hizo caso a las amenazas y continuó acariciando
a la paloma, hasta que vio como esta gemía de dolor cuando el pasaba su dedo por un punto exacto
de su cabecita. Descubría que la causa de este comportamiento parecía estar en un pinchito que
había enterrado, el cual extrajo con toda la delicadeza posible. Al hacer esto, la paloma se
transformó instantáneamente en su amada, aquella que había dejado en la fuente y a la que ahora
estaba seguro, no había vuelto a ver en los meses que llevaba casado con una impostora. La bella
mujer tomó a su niño en brazos y contó al príncipe, ya libre de influjo hechicero alguno, todo lo
sucedido. Junto a su padre el rey, el príncipe ordenó la captura y quema de la bruja. Libres de ella
y todos sus maleficios, las nupcias del heredero al trono volvieron a celebrarse, esta vez con la
mujer indicada, aquella que vino de las tres naranjas, para traer amor y felicidad a un futuro monarca
cuyo reino florecería como ningún otro.
Preguntas
1. Que buscaba el príncipe con tanto anhelo y esperanza?

2. De la ultima naranja que sumergio?

3. Como hizo el hechizo la bruja a la mujer?

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73. LOS 7 CONEJOS BLANCOS

Érase una vez una bella princesa que había sido educada por su madre, la reina, en las bellas artes
de la costura, el tejido y el bordado, labores que disfrutaba mucho. Cada día la princesa salía al
balcón de su habitación, desde donde se podían tener magníficas vistas del campo, y allí se sentaba
a pasar dos o tres horas lo mismo cosiendo, que tejiendo o bordando. Un día como otro cualquiera,
mientras cosía una bonita prenda, vio como siete relucientes conejos blancos correteaban por el
campo y fueron a hacer una rueda, justo debajo de su balcón. Sorprendida y contenta por la
agradable visita, la princesa se inclinó en el balcón y en el descuido se le cayó el dedal, el cual
recogieron los conejos para inmediatamente salir corriendo. Un día después la escena se repitió y
en otro descuido la linda princesa dejó caer su cinta. Otra vez uno de los conejos tomó el accesorio
en su boca y todos salieron corriendo hasta que la muchacha ya no pudo verlos. Pasó otra jornada
y nuevamente, mientras el ser más querido por el rey y la reina bordaba, aparecieron bajo el balcón
los siete conejos, que inmediatamente atraparon la atención de la princesa. Esta, entretenida y
deleitada por la belleza de los animales, no se percató cómo se le escurría hacia donde estaban los
animales sus tijeras, las cuales fueron tomadas por una de las criaturas para acto seguido salir
todas hacia un sitio que la princesa no podía discernir. Tras la pérdida de las tijeras la escena ya
habitual se repitió, de forma que la princesa perdió también, aunque no le importaba, un ovillo, un
cordón de fina seda, un alfiletero y su peineta. Misteriosamente, el día después de que la princesa
perdiera su peineta los conejos no aparecieron más al pie de su balcón. Esto sumió en una profunda
tristeza a la princesa, que había quedado prendada desde el primer día de la belleza de las criaturas,
que animaban sus días como pocas cosas, incluso más que la costura, el tejido y el bordado,
actividades que disfrutaba mucho y hacía tan bien. La tristeza se acrecentaba por día y la bella
princesa, orgullo de toda la comarca, cayó profundamente enferma de pena. Sus padres, los reyes,
acudieron de inmediato a los mejores médicos del reino y otros dominios aledaños. Mas ningún
especialista podía dar con un diagnóstico certero, que definiera el motivo de la pena y la enfermedad
de la heredera del trono. Casi vencido por el temor de perder a su niña el rey se dirigió a toda la
comarca y anunció que quien fuese capaz de salvar a su pequeña, sería recompensado con
muchísimas riquezas. En caso de ser un hombre el salvador, al dinero se unía la mano de la
princesa, cuya belleza tenía enamorado a todos los hombres del reino. A partir del anuncio
aparecieron más y más médicos, curanderos y espiritistas, pero ninguno daba con la cura para el
mal de la princesita. De pronto un día, una madre y su hija, que vivían de la herboristería, acudieron
confiadas de que tal vez ellas podrían salvar a la princesa. El rey lo dudaba, pues no confiaba más
en los remedios alternativos que en la medicina. No obstante, sin nada que perder, permitió que la
señora y su hija se acercaran a la enferma, pero sólo al día siguiente, ya que en esa jornada había
sido examinada infructuosamente por dos curanderos. Al día siguiente, de camino al palacio, las
duchas manipuladoras de hierbas decidieron tomar un atajo que aparentemente les acortaría el
camino. Quiso el destino que al pie de la loma final del atajo ambas mujeres vieran un raro agujero,
a través del cual se vislumbraba una rústica pero a la vez bella y ordenada cueva, en la que había
una mesa y siete sillas. Tanto llamó esto la atención de las damas que permanecieron allí unos
minutos, los suficientes para ver cómo siete conejos muy blancos se movían en el interior de la
caverna e inexplicablemente todos al unísono, se convertían en bellos príncipes para almorzar.
Mientras degustaban los alimentos, los príncipes se pasaban objetos de costura y celebraban la
belleza de la princesa a la cual pertenecían. Por lo que pudieron escuchar la señora y su hija, que
comprendieron enseguida de quién se hablaba, los siete deseaban tener a la chica con ellos. Así,
decidieron reemprender su camino al castillo para salvar a la codiciada princesa, no sin antes ver
que al otro lado de la cueva había una puerta camuflada entre florecientes arbustos. Una vez con
la princesa, que estaba harta de recibir a todos los que supuestamente la curarían, las mujeres
contaron lo que habían acabado de experimentar. En fracciones de segundo los ojos de la
muchacha se abrieron y pidió más detalles al respecto, con lo cual las sospechas de la señora y su
hija, expertas en herboristería, se concretaron. La princesa estaba enferma de pena por no haber
podido ver más a los conejos, los cuales al parecer la habían magnetizado con su belleza escondida
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de príncipes, al igual que ellos estaban encantados por ella. Para confirmar aún más su hipótesis la
señora y su hija hablaron de todo esto con la princesa, la cual se sentía ya tan bien que pidió de
comer a su padre. Este, gustoso por la pronta recuperación de su hija, le permitió ir al día siguiente
a la dichosa cueva junto a las expertas en hierbas. De esta manera, la princesa presenció la misma
escena que le habían comentado la señora y su hija, pero antes de interrumpir la rutina de los
conejos-príncipes prefirió ir a la puerta escondida y aguardar el momento exacto en que empezasen
a hablar de ella. Cuando este llegó, abrió con fuerza la puerta e irrumpió en el interior de la cueva,
diciendo que allí la tenían y que por tanto no había necesidad de añorarla, así como tampoco ella
esperaba tener que sufrir más por ellos. Los siete príncipes se pusieron radiantes de alegría y todos
bailaron junto a la princesa, mas solo uno podría desposarla y tenía que ser ella quien eligiese. La
bella hija del rey accedió gustosa y escogió del que rápidamente se sentía enamorada, el cual
casualmente había sido el primer conejo en llevarse algo suyo, su dedal. Con la aprobación de sus
padres la princesa se casó con el príncipe y vivieron felices para siempre. Los otros conejos
desposaron bellas mujeres del reino y todos, los siete conejos blancos, que como sabemos eran
príncipes, vivieron en el palacio real hasta el fin de sus días.
Preguntas
1. Que robaron los conejos a la princesa?

2. Que fue lo mas preciado que le robaron a la princesa?

3. Con que príncipe se caso la princesa?

74. EL MEJOR REGALO DE SANTA

Este era un niño que vivía muy feliz y cada año recibía los mejores regalos de Santa. Sin embargo
tenía un amigo que nunca tenía una sonrisa en su cara, siempre andaba callado y pensativo. En
una ocasión le preguntó qué juguetes le había traído Santa en Navidad, pensando que así se
animaría, y cuando vio la tristeza en su rostro supo la respuesta. – “¿Cómo podría ser?”, – se
preguntó el niño que no entendía por qué Santa se había olvidado de su amigo. Así fue como al año
siguiente se propuso esperar a Santa y preguntarle si no tenía suficientes regalos para todos los
niños. Puntual con las campanadas de las doce, el niño sintió los cascos de los renos patear sobre
el tejado de su habitación. Se lanzó a correr y justo a tiempo para encontrar a Santa saliendo de
entre cenizas y troncos. El niño que estaba fuertemente decidido a confrontar a Santa le preguntó.
– “Santa, ¿acaso no tienes suficientes regalos en tu saco para todos los niños? Mi amigo el año
pasado no recibió nada, así que este año yo le cedo mis juguetes”. El viejecillo miró consternado al
niño y le dijo. – “Querido eres un niño muy dulce y bueno, es por eso que cada Nochebuena esta
es una de las primeras chimeneas que visito. Lo cierto es que mi saco es mágico, dentro de él
guardo millones de juguetes para todos los niños del mundo. Pero a pesar de que visito a cada niño
y niña, no siempre puedo dejarles juguetes. En algunos hogares encuentro sufrimiento y tristeza,
por lo que mis juguetes no son suficientes para cambiar eso”. Viendo que el niño seguía esperando
el resto de la explicación, Santa continuó diciendo. – “A esos niños que no son felices les doy el
mejor regalo que tengo para dar. En mi saco también cargo amor, oraciones y esperanza, por lo
que rezo junto a sus camas para que reciban el próximo año la alegría del espíritu de la Navidad”.
El niño comprendió entonces que Santa repartía diferentes tipos de regalos y decidió que él también

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podía ayudar a su amigo, por lo que exclamó. – “Pues yo también voy a ayudar a mi amigo
compartiendo mi alegría y amistad con él”. – A lo que Santa le contestó con una sonrisa tierna y
desapareció.
Preguntas
1. Que le pregunto el niño a santa por su amigo?

2. Que le respondio santa sobre porque no traía para su amigo regalos?

3. Que lección tiene este relato?

75. EL MILAGRO DE LA NAVIDAD

La Navidad es una época llena de milagros y si no me crees escucha esta historia. Todo empezó
con un profesor que decidió asignarles una tarea diferente a sus estudiantes en la víspera de
Navidad. Al terminar la clase les dijo: – “Es tiempo de compartir nuestro corazón, así que lleven a
tantos niños como puedan la alegría de esta Navidad”. Fue así como un grupo de muchachos se
animaron a cumplir con la asignación del profesor y salieron a comprar algunos regalos, que
envolvieron y colocaron dentro de un saco. En Nochebuena decidieron que el mejor lugar para
repartirlos era el hospital más cercano, donde seguro había niños anhelando recibir los regalos de
Santa. Disfrazados de Santa Claus y cantando villancicos se aparecieron por sorpresa en el
hospital, donde creían que a lo sumo encontrarían una docena de niños. Pero la realidad era que
había muchos más niños aquella noche internados, alrededor de una treintena. Los niños miraban
expectante y con júbilo, esperando a ver qué sorpresas les traían estos Santas. Los muchachos
quedaron desconcertados, sabían que los juguetes que habían comprado no eran suficientes para
tantos niños, pero tampoco podían romper sus corazones. Finalmente intentando no
decepcionarlos, comenzaron a repartir los juguetes que traían a los más pequeñines, y acordaron
que cuando se terminaran le explicarían lo sucedido a los más grandes. Pero cuál fue la sorpresa
al notar que cada vez que buscaban dentro del saco un regalo más, lo encontraban. Cada niño
recibió su juguete y los muchachos apenas podían creer lo que había sucedido aquella noche. Sin
poderle dar otra explicación a aquel problema que matemáticamente no tenía solución, decidieron
pensar que se trataba de un milagro de la Navidad. ¿Qué te ha parecido esta historia, increíble
verdad? Pues más increíble te parecerá saber que tú también tienes tu propio saco y este nunca se
vacía. Está muy dentro de ti, llenito de alegría, amor y cosas que ofrecer. No esperes más y abre
ese saco que es tu corazoncito y compártelo con todos los que te rodean en esta Navidad.
Preguntas
1. Donde llevaron los regalos?

2. Que paso con los regalos?

3. Cual es el mensaje de este relato?

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76. LAS ARAÑAS BRILLANTES DE LA NAVIDAD

Ésta es una historia que ocurrió hace mucho tiempo, y cuenta cómo surgieron las brillantes
guirnaldas de colores que colocamos sobre el árbol de navidad. Érase una vez un hogar inundado
del espíritu navideño, en el que se respiraba el olor a pan dulce y turrones. La madre se había
encargado de que ese año la casa luciera reluciente para celebrar el día más mágico del año. Por
eso había limpiado con esmero hasta el último rincón de la casa, de manera que no quedase en
ningún lugar polvo o suciedad. Pero sucede que en su afán de limpieza había destruido las
minúsculas telarañas que hacía años formaban parte del salón, y daban refugio a unas pequeñas
arañitas que disfrutaban en especial de aquellas fechas. Las arañitas al ver que habían sido
despojadas de sus telas, no tuvieron más remedio que huir desoladas hacia un rincón oscuro en el
ático. En víspera de la Navidad el sentimiento festivo se apoderó aún más de aquel hogar, en el que
la familia completa decoraba con júbilo y alegría un inmenso árbol. La madre, el padre y los dos
hijos colocaron hasta el último adorno navideño y luego se fueron a dormir. Mientras tanto las
arañitas lloraban desconsoladamente porque no iban a poder estar presentes en la mañana de
Navidad, cuando los niños abrieran los regalos. Cuando parecía no haber esperanza, a una de las
arañas más viejas y sabias se le ocurrió que quizás podían ver la escena escondidas en una
pequeña hendija que conocía. Todas estuvieron de acuerdo y de manera silenciosa salieron de su
escondite para llegar hasta la pequeña grieta del salón. Antes de llegar fueron sorprendidas por un
estruendo, por lo que corrieron hacia el árbol buscando refugio para no ser descubiertas. Era Santa
Claus que estaba intentando colarse por la chimenea y había aterrizado de mala manera. Al
acercarse al árbol para dejar los regalos, le causó gracia ver aquellas pequeñas arañitas repartidas
por cada rama, detrás de las decoraciones más bonitas. Fue así como decidió usar su magia y
convertir las arañas en las largas tiras brillantes y luminosas que todos conocemos hoy como
guirnaldas.
Preguntas
1. Que destruyo la mujer cuando hacia limpieza?

2. Quien llego por la chimenea?

3. En que se convirtieron las telarañas?

77. MATÍAS Y EL MUÑECO DE NIEVE

Matías en esa Navidad se sentía más solo que nunca, no tenía hermanos, sus amigos vivían muy
lejos y sus padres estaban demasiado ocupados con los preparativos de la festividad. Decidió
entonces pasar el día retozando en la nieve que se apilaba en el jardín de su casa, sin sospechar
que esta daría vida a su nuevo mejor amigo.

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Comenzó casi sin darse cuenta a moldear dos bolas de nieve, que colocó una encima de otra como
si de un cuerpo y una cabeza se tratase. Luego arrancó dos ramitas secas de un árbol cercano y
las colocó en forma de brazos. El muñeco de nieve iba tomando forma pero aún no parecía real, así
que Matías fue corriendo a su habitación y agarró una bufanda de colores, un gorro de lana, un par
de botones para los ojos, un peine para la boca y una zanahoria para la nariz. Cuando iba colocando
cada detalle iba creciendo el anhelo de Matías de tener un amigo para jugar, por lo que al terminar
se sorprendió de ver que su muñeco de nieve había cobrado vida y le sonreía. Matías se sintió feliz
y pensó que no podía haber recibido un mejor regalo esa Navidad. El niño comprendió que cuando
algo se desea con suficiente fuerza, puede volverse realidad. Emocionado comenzó a buscar un
nombre para su muñeco que no dejaba de lanzarle bolas de nieve y corretear por el jardín. Después
de unos minutos le dijo, – “te llamaré Copo de Nieve, ¿te gusta?”. El muñeco asintió con otra sonrisa
y siguió jugando con Matías que nunca más se sentiría solo. Así pasaron los días y Matías se
divertía jugando con su nuevo amigo, al que también venían a ver sus compañeros del colegio y
otros niños del vecindario. Todos reían sin parar de las ocurrencias de Copo de Nieve, que
disfrutaba haciendo felices a aquellos niños. Cuando comenzó a despedirse la temporada invernal,
los padres de Matías lo ayudaron a trasladarlo hasta un parque cercano que se encontraba en una
zona que apenas se derretía en el verano. Allí esperaba el muñeco a que Matías y sus amigos lo
visitaran, cosa que hacían de manera constante, sobre todo en la Navidad.
Preguntas
1. Matias porque se sentía solo?

2. Que es lo que consturyo matias para ser feliz?

3. Que nombre le puso a lo que construyo con la nieve?

78. UN PASEO EN EL TRINEO DE SANTA

Era la víspera de Navidad y Carlitos había decidido que ese año iba a quedarse toda la noche
despierto esperando la llegada de Santa. El niño hacía tiempo que se preguntaba cuál era la magia
que le permitía volar por sobre toda la ciudad, visitando cada chimenea de cada casa. Sus ojos se
cerraban de sueño, cuando vio pasar a través de su ventana un diminuto trineo conducido por un
anciano de barba blanca, abrigado de pieles de la cabeza a los pies y todo sucio de hollín. – “Es
ese, tiene que serlo”, – pensó Carlitos quien bajó corriendo al salón en el que ya se encontraba
Santa llenando los calcetines de regalos. Sin temor ninguno se le abalanzó encima, rodeando
apenas con sus manitas la panza redonda de Santa. Santa lo miró tiernamente con sus mejillas
rosadas y con una mueca sonriente que marcaba sus hoyuelos le preguntó. – “¿Qué haces todavía
despierto, no sabes que hasta mañana no puedes ver tus regalos?” A lo que Carlitos le contestó
firmemente. – “Santa te he estado esperando toda la noche porque quiero pedirte un regalo especial
en esta Navidad. Quiero que me lleves contigo en tu trineo y me dejes ayudarte a repartir la alegría

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y los regalos a los niños”. anta lo pensó durante unos segundos y viendo que el niño esperaba
impacientemente una respuesta le contestó. – “Pues sabes que, esta noche vas a hacer mi copiloto,
te has portado muy bien este año así que te lo mereces”. Subieron sin más al trineo lleno de juguetes
que estaba aparcado en el techo y volaron por los cielos más rápido que un viento huracanado.
Durante el camino Santa silbaba, reía y llamaba a sus renos por sus nombres ¡Corran Trueno y
Cometa! ¡Más rápido Saltarín! ¡Vamos Centella! ¡Apúrense que los niños esperan! Y casi en un
parpadear Carlitos y Santa visitaron todos los hogares de la ciudad, dejando los regalos de cada
niño. A la mañana siguiente Carlitos se levantó de su cama y recordó cada detalle de la increíble
noche que había pasado. Sin saber si aquello había sido un sueño o realmente había ocurrido, bajó
corriendo las escaleras y encontró sus regalos. De algo sí estaba seguro, y es que Santa había
estado allí.
Preguntas
1. Que se preguntaba el niño?

2. Que regalo especial le pidió Carlitos a santa?

3. Como era el trineo de santa?

79. EL BRILLO DE LA LUCIÉRNAGA

Un día como otro cualquiera, en un campo no muy lejano, una mariquita y una mariposa, grandes
amigas, pasaban la tarde burlándose de una luciérnaga. La mariquita tenía unos colores vivos que
alegraban mucho el campo, al igual que la mariposa, cuyas alas parecían teñidas de purpurinas.
Presumidas por sus grandes cualidades físicas, no lograban ver con buenos ojos a una luciérnaga
vecina y, por ende, no la querían como amiga. Eres un bicho muy feo, vecina- Dijo la mariposa sin
ningún pudor refiriéndose a su vecina luciérnaga. Pero la luciérnaga no respondía a aquellos
comentarios burlones y despiadados, ni se sentía humillada ni avergonzada por su aspecto poco
llamativo. Ella vivía tranquila segura de sí misma. Tanto, que un día se atrevió a enfrentarse a la
mariquita y la mariposa proponiéndoles un interesante plan. Mañana por la noche voy a dar una
vuelta por los prados. Me gustaría que vinierais vosotras también, pues tengo una sorpresa que
daros. La mariquita y la mariposa, que eran muy dadas a la curiosidad, decidieron aceptar la
propuesta de la luciérnaga acudiendo veloces en la noche al prado al que se refería su vecina. Pero
no lograban encontrar a la luciérnaga por ningún sitio. Pronto, sin embargo, un brillo extraordinario
captó la atención de ambas. Sobre el cielo oscuro de la noche parecía verse una estrella muy
cercana y con un resplandor brillante y precioso. La estrella pronto descendió posándose a los pies
de la mariquita y la mariposa. ¡Cuál fue el asombro de las dos al observar que aquella estrella era
en realidad la luciérnaga de la que tanto se habían burlado! Avergonzadas, pidieron disculpas a la
luciérnaga que las aceptó con mucho agrado, recordándoles mientras se marchaban que, la
mayoría de las veces, las apariencias engañan.
Preguntas
1. Porque se burlaban de la luciérnaga?

2. La mariquita y la mariposa que presumían?

3. Que apareció en el cielo oscuro?

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80. EL PESO DE DOÑA TURTLE

Érase una vez una tortuga que iba siempre, y como es costumbre entre las de su especie, con la
casa a cuestas. Pero a esta tortuga en concreto el peso de su casa se le hacía demasiado grande.
Este hecho hacía que debiera caminar muy despacio, perdiendo mucho tiempo durante el día yendo
de un lado a otro. El resto de las tortugas no dudaban en burlarse de ella: « ¡Es una lenta! ¡A ese
ritmo nunca llegará a ningún sitio!» exclamaban todas ufanas. Pero doña Turtle, que así se llamaba,
nada contestaba a aquellas burlas y seguía despacito, muy despacito, su camino. Un día doña
Turtle sintió que no podía más, y se planteó la idea de que tal vez no sería necesario cargar con
todo aquel peso, y comenzó a caminar sin su casa a cuestas. ¡Qué diferencia! ¡Aquello era vida!
Sin el peso sobre sus espaldas, doña Turtle comenzó a correr como las demás, y a demostrar que
no era ninguna lenta, como decían. Pero una tarde, de pronto, se desató una fuerte tormenta
cargada de una lluvia voraz. ¡Qué miedo sintió aquella tarde doña Turtle bajo el resplandor de los
relámpagos que caían! Y de este modo, atemorizada y empapada, doña Turtle comenzó a lamentar
su decisión de abandonar su casa. Si aún tuviera mi casita podría ahora refugiarme en ella y
descansar…- se lamentaba la tortuga. Pasada la tormenta, doña Turtle se dirigió veloz al lugar en
el que había abandonado su casa. Afortunadamente seguía allí, intacta, y pudo incorporarla de
nuevo a su lomo. Por lento que fuera su caminar aquella casa era su vida, y es que nadie puede ir
igual de rápido por el mundo y lo que verdaderamente importa es avanzar. Un gran susto le llevó a
doña Turtle comprender aquello. ¿No os parece?
Preguntas
1. Que se llamaba la tortuga?

2. De que se lamento la tortuga cuando llovio?

3. Cual es la lección aprendida en este cuento?

81. LA INCREÍBLE HISTORIA DE DOS PINGÜINOS DEL POLO NORTE

En el Polo Norte, y a pesar del frío, también se cuentan historias unos a otros. Una de las que
circulan trata sobre dos pingüinos que vivieron por la zona. Aparentemente eran dos pingüinos
cualesquiera, pero se caracterizaban por el fuerte desagrado que sentían el uno por el otro. ¿La
razón? Pues en realidad ninguna, ya que estos dos animales jamás habían cruzado palabra en toda
su vida. Sin embargo, se regalaban miradas desafiantes y de completa enemistad cada vez que
coincidían en alguna tienda o paseo. Eran tales las miradas que se dedicaban, que por lo visto más
de una vez estuvieron a punto de derretir toda la nieve del Polo. ¿Os imagináis? ¡Hubiese sido un
completo desastre! Y en esas andaban cuando un día coincidieron en el baile de Navidad que todos
los años se organiza en el Polo Norte por cortesía de Papá Noel. A Aquella fiesta la mayoría de los
invitados solían ir disfrazados con máscaras, trajes de elfos, vestimentas como la de Papá Noel…y
esto hizo que los dos pingüinos entablasen conversación aquel día sin poder reconocerse el uno al
otro. ¡Este año se han superado! ¡Qué fiesta tan grandiosa! - Dijo uno de los dos pingüinos. Desde
luego. Estoy de acuerdo contigo, amigo- Contestó el otro. Y así hasta altas horas de la noche. No
dejaron de hablar y de disfrutar de la fiesta ni un momento, y al darse por finalizado el evento,
decidieron volver a verse e intercambiaron sus direcciones. En tan solo una noche se habían dado
cuenta de que estaban hechos el uno para el otro, y comenzaron lo que parecía ser una excelente
amistad. Cuando a la mañana siguiente uno fue a buscar al otro para salir y charlar un rato,
descubrieron sus verdaderas identidades. ¡No podían creerlo! Y tras el asombro inicial rompieron
en una gigantesca carcajada. Se habían comportado de forma ridícula e inmadura, y estaban

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dispuestos a no repetir aquella actitud nunca más y a recuperar el tiempo perdido. La de aquel año,
sin duda, había sido una fiesta increíble.
Preguntas
1. Donde coincidieron encontrarse los pingüinos?

2. Que paso durante la fiesta con los pingüinos?

3. Que paso al dia siguiente después de la fiesta con los pingüinos?

82. LAS NUECES DEL BOSQUE MÁGICO

Se aproximaba la Navidad en Bosque Mágico y sus habitantes, entre ellos una ardilla muy simpática
y trabajadora, continuaban entre tanto con sus vidas como de costumbre. Y tanto había trabajado
esta ardilla que, aún no había llegado el invierno más duro y frío, y ya tenía toda su casa repleta de
nueces; tantas, que apenas se podía mover. Y en estas pensó que algo tendría que hacer con
tantas nueces. Dando vueltas y vueltas a su pequeña cabeza, la ardilla pronto dio con lo que parecía
que podía ser una buena solución: ¡hacer juguetes con las nueces! El caso es que en el Bosque
Mágico todos no eran igual de previsores que esta ardillita, y a muchos les sobrevenía el invierno y
la Navidad sin haber realizado los encargos pertinentes a Papá Noel. ¡Imaginaos el desastre!
Porque en el Bosque Mágico, además, tiende a ser frecuente la nieve, lo que dificulta la posibilidad
de salir corriendo en busca de algún detalle de última hora. A todo esto se sumaba el que nuestra
ardilla ya tenía experiencia en el tema de fabricar juguetes con materiales de la naturaleza, como
por ejemplo había hecho con los montones de hojas secas que se arremolinaban sobre su puerta
en más de una ocasión. El empeño que ponía la señora ardilla en todo cuanto hacía permitió que,
en pocas horas, tuviera terminadas varias muñecas hechas a base de nueces. Un poco de
pegamento por aquí…y un poco de pintura por allá…obraron el milagro. ¡Eran unas muñecas
preciosas! Y viendo los buenos resultados la ardilla no dudó en continuar haciendo más muñecas y
peluches con ayuda de sus nueces, puesto que aún quedaban algunos días para Navidad.
Finalmente, ya en vísperas de la noche de Nochebuena, la ardilla dio su tarea por terminada y,
aunque se encontraba bastante cansada no podía estar más contenta con su labor. Y ni corta ni
perezosa acudió a la plaza del Bosque Mágico para colocar todos sus juguetes confeccionados con
nueces bajo el gran árbol de Navidad que todos los animales colocaban y adornaban con mimo a
primeros del mes de Diciembre. ¡Ojalá pronto vea estos juguetes alguien y se lleve uno a su hogar!-
Decía para sí misma la ardilla mientras contemplaba los regalos envueltos bajo el gran árbol. Tras
aquellas palabras, y cubierta con un fuerte halo de ilusión, la ardilla emprendió de nuevo el camino
hacia su casa. Allí, más tranquila y pausada, fue consciente de que con todos aquellos juguetes
había terminado con las nueces que tanto esfuerzo le había costado recolectar durante el año. Y a
pesar de ello, la señora ardilla no se lamentó ni arrepintió ni un segundo de su acción. En la mañana
de Navidad la ardilla corrió hacia la ventana de su calentito salón, desde la cual podía contemplarse
a lo lejos el gran árbol de la plaza, y pudo entonces ver con emoción como un montón de animalitos
del Bosque Mágico se arremolinaban en torno al árbol dando saltos de alegría. El vacío de su
despensa no llegó ni a aproximarse en importancia entonces a la alegría que llenaba por completo
su corazón. La señora ardilla fue muy feliz aquella Navidad pensando que había conseguido con su
esfuerzo repartir alegría e ilusión entre los menos afortunados que, agradecidos, fueron invitando a
su mesa, uno por uno, a la señora ardilla durante todo el año.
Preguntas
1. Con que material pensó hacer los juguetes la ardilla?

2. Con que adornaban el árbol el resto de los animales?

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3. Cual era la alegría que recibió la ardilla?

83. EL PEQUEÑO ELEFANTITO BLANCO

Érase una vez una manada de elefantes que vivía feliz en la selva. Todo parecía estar rodeado de
alegría, felicidad y un fuerte sentimiento de hermandad entre todos los elefantes. Pero todo aquel
entorno mágico lleno de paz se fue al traste un día en el que nació una nueva y deseada cría de
elefante. Aquel elefante no era como los demás. ¡Su piel era toda de color blanco! Y aquella rareza
provocó entre sus demás familiares mucha desconfianza y desasosiego. En el mundo de los
elefantes todo era siempre normal, y nadie se salía de la norma, puesto que su felicidad se basaba
en caminar y en vivir todos juntos al unísono. Pero aquel pequeño e indefenso elefantito parecía
estar ya desde su primer día de vida completamente fuera de la norma, y aquello no gustó nada a
los demás elefantes, en especial a los más viejos de la manada. Los padres del pequeño elefante
se sentían desesperados. Tampoco le encontraban explicación a que la piel de su cría fuese de
color blanco, casi brillante, pero a pesar de todo le querían y no deseaban bajo ningún concepto
que le sucediera nada malo. Y llegó el trágico día en el que el jefe de la manada propuso abandonar
al elefantito a la orilla de un río. ¡Qué tristeza se apoderó de sus pobres padres, que se sentían
divididos entre el deber de obedecer a la manada y el deber de amar a su pobre cría! Tras mucho
pensar sobre las opciones que tenían, el padre del elefantito blanco decidió enfrentarse al jefe de
la manada. Al ver la fortaleza de aquel joven padre elefante y la mirada de desafío que le lanzaba,
el jefe de la manada se vio obligado a claudicar y a deshacer su plan. El jefe era demasiado mayor
como para enfrentarse ya a los suyos y procuró reflexionar de nuevo sobre el tema. Gracias a
aquello el elefantito blanco, que no era otra cosa que un elefante albino, pudo crecer junto a los
suyos y vivir muy feliz. Todos aceptaron lo que la naturaleza había creado y le dieron gracias al
cielo cada mañana alzando las trompas al sol. Y todo comenzó a ir tan bien desde entonces para
los elefantes en la selva, que a la muerte del jefe, ya muy anciano, decidieron proponer al elefante
blanco como su digno sucesor. ¡Se había ganado el amor y la confianza de toda la manada! Y sus
padres se vieron colmados de gratitud y felicidad el resto de sus vidas.
Preguntas
1. Que provoco el nacimiento del elefantito blanco?

2. El jefe de la manada donde decidio abandonar al elefantito?

3. A quien eligio como su sucesor el jefe?

84. TARYN Y LAS BALLENAS DEL FONDO DEL MAR

En el fondo del mar, hace mucho tiempo, llegó el día en que había de elegirse al rey o reina del
fondo marino, y Taryn, una hermosísima sirena de cabellos rojizos y ondulados, resultó ser la
elegida por el resto de los habitantes del mar. Ésta, muy alegre, dijo: ¡Gracias pueblo mío! ¡Jamás
os defraudaré! Pero Taryn ocultaba un oscuro secreto que era, nada más y nada menos, que un
desprecio total y absoluto por las ballenas. Taryn consideraba que las ballenas eran unas vecinas
demasiado distintas a ella, y su enorme tamaño y apariencia le resultaban muy poco elegantes ni
acordes con su especie. Taryn era una sirena intolerante e irrespetuosa con los demás, pero
procuraba disimular sus pensamientos tras una dulce sonrisa. Hasta el día de la elección todo había
sido paz y serenidad en el fondo marino: delfines, pececitos, cangrejos, ballenas, sirenitas…todos
vivían en paz desde que habían logrado que los tiburones, los habitantes más peligrosos del fondo
del mar, se fuesen a otro lugar. Pero al día siguiente las cosas comenzaron a cambiar y Taryn, ni

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corta ni perezosa, decretó que las ballenas fueran a prisión, poniendo la excusa de que eran
agresivas para el resto de las especies marinas. Y ante sus palabras, todos dudaron de la bondad
de las ballenas, hasta entonces nunca cuestionada. Las ballenas, a pesar de sus esfuerzos por
defenderse, no pudieron conseguir ya que nadie las creyera, y el resto del fondo marino gritó
enfurecido: ¡Que encierren ya a estas ballenas horribles! Una por una, fueron encerradas en la
prisión del fondo del mar y se llamó de nuevo a los tiburones para que impusieran respeto entre
todos los habitantes del mismo, así como para que vigilasen a las temidas ballenas y evitaran su
fuga. Pero todo fue en vano, puesto que el tamaño de las ballenas llegaba a impresionar incluso a
los tiburones más fieros, de manera que, todas a una y en señal de defensa, lograron hacer con el
tiempo que los tiburones abandonasen de nuevo el fondo del mar, y así lograron escapar viajando
muy lejos durante días de su hábitat natural. Y aquella fuga pronto hizo que la reina Taryn tuviera
que arrepentirse de su acción y de sus desdichados pensamientos intolerantes. La ausencia de las
ballenas produjo que el ambiente en el fondo marino fuese irrespirable y con una importante
carencia de alimentos y nutrientes. ¡Nadie podía alimentarse bien en aquel reino sin la presencia
de las enormes ballenas! Y Taryn había subestimado, ignorantemente, su presencia allí. Tras
observar detenidamente aquella situación y ver el desastre al que iba abocado su reino, Taryn se
sintió profundamente entristecida y culpable y convocó a su pueblo para decirles: Estoy sumamente
angustiada por la situación que tenemos. No hay nada más innecesario que una guerra entre
hermanos, puesto que además sus consecuencias pueden ser terribles. Todos podemos ser
diferentes, y al tiempo necesarios, en un mismo lugar. Pero a pesar de sus palabras todos
continuaron consternados en el fondo del mar. Incluso los tiburones, que convocados también para
participar en aquella reunión, dijeron con lágrimas en los ojos casi al unísono: Nosotros llegamos a
pensar que las ballenas querían atacarnos, puesto que así lo manifestó Taryn, y por eso luchamos
contra ellas y tal vez las asustamos. Pero queremos vivir también unidos bajo nuestro fondo marino
y alejados de la temible guerra. Afortunadamente, tras toda aquella tempestad llegó la calma, y todo
el fondo marino unido pudo llamar a través de sus señales a las ballenas de nuevo, y éstas,
abrumadas por el entusiasmo de su pueblo y los mil perdones que recibieron del mismo, decidieron
volver al que era su hogar sin ningún rencor. Y la paz reinó durante siglos gracias a la vital unión de
todas y cada una de sus diferencias en el rico fondo del mar.
Preguntas
1. Como era el cabello de la sirena?

2. Que provoco la ausencia de las ballenas?

3. Taryn que le dijo al pueblo ante la ausencia de las ballenas?

85. FÉLIX, LA TORTUGA VALIENTE

La tortuga Félix esperaba un día el autobús para ir a la escuela, con su cabeza baja y su carita triste,
sin ganas de ir al colegio. Su mamá, la tortuga, le preguntó: Félix, cariño, ¿qué te sucede? ¡Nada
mami!- contestó Félix. Félix no tenía amigos, siempre se sentaba solo y sin nadie con quien hablar.
Todos le miraban siempre raro. Su profesor, que había mandado para ese día una lectura a cada
niño, dijo: Félix, ven, te toca leer. Félix se levantó y empezó su lectura, pero estaba tan nervioso y
con tanto miedo que no supo leer bien, haciéndolo a una velocidad muy lenta. Cuando los niños lo
escucharon empezaron a reírse de él y la jirafa Jack dijo: Jajaja, no sabes leer y ¿sabes por qué?
¡Porque eres una tortuga! Félix se sintió muy apenado y el profesor se molestó, mandando hacer
silencio a la clase. Al rato tocaron la campana del recreo y todos salieron al parque a jugar a la
pelota, menos Félix, que se sentó aparte mirándolos jugar pensando: Si yo no fuese una torpe
tortuga lenta, me aceptarían y podría jugar y divertirme como ellos. Pero la ardilla Liz, al ver a Félix
solo le dijo: Félix, ven y juega con nosotros. Cuando escuchó eso se alegró tanto de que quisieran
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jugar con él que se animó a participar, pero en ello que cayó al suelo y todos los niños empezaron
a reírse y a burlarse de él de nuevo. Todos menos Liz, que le ayudó a levantarse. Y la jirafa Jack le
dijo: ¿Ves? Eres una torpe tortuga lenta y nunca sabrás hacer nada bien. Félix se levantó muy triste,
empezó a llorar y corriendo se fue a su casa. Cuando llegó, mamá tortuga le preguntó: ¿Qué te
pasa cariño? ¿Algo anda mal? ¡Si yo no fuese una torpe tortuga lenta los demás niños me querrían!
- contestó enfadado Félix. Su madre, tras aquellas palabras, le dijo: Hijo, nuestras diferencias son
nuestras más grandes ventajas. El más pequeño tiene defectos, así como el más grande también
los tiene. Y, ¿qué significa? Que cada uno, aunque tenga defectos, errores o desventajas, tiene que
sacar lo mejor de sí mismo y que esas diferencias son las que nos hacen únicos. Félix se sintió tan
animado y feliz que le dio un gran abrazo a su mamá y al día siguiente volvió a la escuela a soportar
nuevas burlas, pero Félix, en vez de ponerse de nuevo triste, tuvo valor y dijo a la clase: Yo soy
lento al leer pero eso es bueno, porque así los demás pueden entender las palabras que escuchan
y comprenderlo todo mejor. Al sonar la campana del recreo todos salieron a jugar, y de nuevo la
ardilla Liz invitó a Félix a participar. Cuando llegó su turno pensó en las palabras de mamá y decidió
esconderse dentro de su caparazón. Rodó y rodó tan rápido que empujó la pelota mucho más fuerte
qué todos los demás juntos. Al salir, todos empezaron a aplaudirle y a felicitarlo por lo bien que
jugaba. Entonces Jack, la jirafa, le preguntó: ¿Cómo aprendiste a jugar así? Y Félix le respondió:
Soy lento, pero mi mamá me enseñó que cualquiera puede ser bueno, incluso los pequeños y lentos
como yo. Todos somos buenos, fuertes e inteligentes, todo está en querernos y en valorar a los
demás tal y como son.
Preguntas
1. Que nombre tenia la ardilla?

2. Que le respondio a su madre la tortuga cuando le pregunto que le pasaba?

3. Como aprewndio a jugar felix?

86. EL LOMO DE TAMBA

En un lago hermoso y tranquilo vivía una familia de grandes hipopótamos. El más pequeño de ellos
se llamaba Tamba. Todos los días Tamba observaba que algunos pájaros pequeños se posaban
sobre los hipopótamos y se comían a los insectos que los molestaban. Un día, cuando Tamba
estaba solo, uno de los pájaros se acercó y le dijo: Buenos días, mi nombre es Trinco. Vengo a
pedir tu permiso para comer de los insectos que se posan sobre tu lomo. ¿Mi permiso? —Preguntó
Tamba un poco desconcertado. Sí, ningún pájaro debe posarse sobre un hipopótamo sin antes
pedir su permiso —dijo Trinco. Por favor, vuelve mañana —dijo Tamba—, debo preguntarle a mi
madre. ¿Por qué tienes que preguntarle a tu madre? —Preguntó Trinco— ¿Es que no puedes
decidirlo tú mismo? No, debo preguntar primero a mi madre —dijo Tamba. Seguro que has visto
que todos los hipopótamos dejan que los pájaros les limpien sus lomos, ¿verdad? —Preguntó
Trinco. Sí, lo he visto —dijo Tamba. Entonces no necesitas pedir permiso a tu madre para que yo
limpie tu lomo —dijo Trinco. Pues… no sé —dijo Tamba dudando. Anda, déjame limpiar tu lomo,
tienes unos insectos ahí que se ven muy ricos —le dijo Trinco— además, ¿no te molestan? La
verdad es que no me molestan todavía —dijo Tamba— aunque, ahora que lo dices, empiezo a sentir
que me molestan un poquito. ¿Lo ves? ¡Hay que sacártelos de inmediato! Si no lo haces pueden
hacerte daño. Ese es nuestro trabajo, limpiar los lomos de los hipopótamos —dijo Trinco—. Me vas
a dar permiso, ¿verdad? Pues… no lo sé… mejor vuelve mañana y te diré lo que me dijo mi madre
—dijo Tamba. Trinco se fue un poco molesto ya que todos los hipopótamos dejaban que los pájaros
los limpiaran. Tamba, sin embargo, no quería dejarse limpiar el lomo. ¡Y tenía unos insectos tan
grandes y gordos! Más tarde, Tamba fue hasta donde estaba su madre y le dijo: Mamá, si un pájaro
se me acerca y me pide permiso para limpiar mi lomo, ¿puedo decirle que sí? ¿Algún pájaro te pidió
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permiso? —Preguntó la madre. Sí, pero le dije que volviera mañana, porque primero yo debía
preguntarte a ti —le dijo Tamba a su madre. ¿Y qué te dijo el pájaro? —Preguntó la madre de nuevo.
Se fue un poco molesto, porque él insistía en que todos los hipopótamos se dejan limpiar el lomo.
Hiciste muy bien hijo —le contestó la madre—, es verdad que todos los hipopótamos adultos nos
dejamos limpiar el lomo por algunos pájaros, pero tú aún tienes la piel muy delicada, y si un pájaro
te limpia el lomo te hará daño con su pico. No lo sabía y creo que el pájaro tampoco lo sabe —dijo
Tamba. Lo importante es que hiciste lo correcto y viniste a preguntarme, eres un hipopótamo muy
inteligente —dijo la madre. Nunca debemos hacer las cosas solo porque todos las hagan, siempre
debemos preguntar a nuestros padres para saber si es bueno o malo para nosotros.
Preguntas
1. Que pregunta le hizo el pájaro a tamba?

2. Cual era el nombre del pájaro?

3. Que pasaba si los pajaros limpiaban el lomo de hipopótamos menores?

87. RUNDO Y EL COLIBRÍ

En un bosque había un loro llamado Rundo, que era el hijo del jefe de los loros. Un día, Rundo se
encontró con un colibrí que estaba chupando el néctar de unas flores, y cuando vio lo pequeño que
era, le causó tanta gracia que comenzó a burlarse de él. ¡Oye, enano! ¿Por qué eres tan chiquitito?
Eres casi del tamaño de un saltamontes —le decía Rundo burlándose. El colibrí no le hizo caso,
actuó como si no le escuchara. Terminó de chupar el néctar de la flor y se marchó. Al día siguiente
Rundo volvió a ver al colibrí y de nuevo le dijo: ¡Oye, enano! ¿Por qué eres tan chiquitito? Pareces
una hormiga.Pero esta vez el colibrí se le acercó y le preguntó: Y tú, ¿por qué eres grande? Porque
los loros somos grandes —contestó Rundo orgulloso. ¿Y por qué el halcón es más grande que el
loro? —Preguntó el colibrí. Creo que… porque nació así —dijo Rundo, un poco confundido. ¿Y por
qué el águila es más grande que el halcón? —Preguntó el colibrí de nuevo. No lo sé —dijo Rundo—
, creo que simplemente nació así. ¿Es mejor un halcón que un loro? —Preguntó el colibrí. ¡Claro
que no! —Respondió Rundo. Entonces, ¿es mejor un loro que un colibrí? —Preguntó el colibrí.
Rundo no contestó palabra, se sentía un poco avergonzado por sentirse mejor que el pequeño
colibrí. En realidad, había otros pájaros más grandes y fuertes que los loros. Al llegar a su casa,
Rundo le preguntó a su padre quién era el jefe de los loros: Padre, ¿los halcones son mejores que
los loros? No hijo, ningún pájaro es mejor que otro —le dijo su padre. Pero los loros somos más
fuertes y rápidos que otros pájaros y podemos decirles algunas palabras a los humanos —dijo
Rundo. Es verdad, pero los otros pájaros también tienen cosas que los hacen especiales —le dijo
el padre. Los colibríes no tienen nada de especial, ellos son solo pequeños pájaros y son muy
débiles, ni siquiera pueden comer semillas de girasol —dijo Rundo. El padre miró a Rundo y le
preguntó: ¿Sabías que el colibrí es el pájaro que bate sus alas más rápido en todo el mundo? ¿En
todo el mundo? —Preguntó Rundo asombrado. Sí, y, además, es el único pájaro que puede volar
hacia atrás —le dijo el padre. ¿Hacia atrás? —Preguntó Rundo sorprendido. Debemos respetar a
todos los pájaros —dijo el padre—, aunque seamos diferentes todos tenemos cosas que nos hacen
especiales. Rundo estaba muy sorprendido, en realidad ningún pájaro es mejor que el otro. Así que,
al día siguiente, fue a buscar al colibrí y cuando lo encontró se disculpó con él por haberse burlado
de su tamaño. El colibrí se contentó mucho y llegaron a ser amigos. Rundo entendió que todos
somos diferentes y tenemos cosas que nos hacen especiales, por eso, debemos respetarnos unos
a otros.

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Preguntas
1. Que diciendo se burlo rundo del colibrí?

2. Que le dijo su padre de Rundo sobre el colibrí?

3. Al final wue entendio rundo?

88. TIFÓN Y LA BALLENA

Tifón era un perro que vivía en un puerto, su amo era pescador. Le encantaba el mar, y cuando su
amo salía a pescar, él era el primero en subirse a la barca. Mientras navegaban hacia alta mar,
Tifón ponía su hocico en dirección al viento y sus orejas se movían como si fuesen alas. Un día les
cogió por sorpresa una tormenta. La lluvia era muy fuerte, una ola golpeó la barca y los dos tuvieron
que agarrarse con fuerza para no ser arrastrados al mar. Pero Tifón no pudo sostenerse y cayó al
agua. La lluvia era tan fuerte, tan fuerte, que el amo no se dio cuenta de que Tifón había caído al
agua hasta que la barca estaba ya cerca del puerto. Quería volver atrás para buscar a su perro,
pero la tormenta parecía ponérselo a cada minuto más difícil y finalmente tuvo que volver a casa.
El pescador estaba tan triste… se sentía culpable por no haberse dado cuenta a tiempo y no haber
podido evitar que su perro Tifón cayese al mar. Por su parte, Tifón decidió afrontar con valentía
aquel revés que le había dado la vida. Nadaba y nadaba, y aunque solo veía agua a su alrededor y
ningún sitio ni objeto al que agarrarse, pensó que sacudir sus patas con fuerza podría mantenerle
a flote por un buen tiempo. Y justo cuando pensaba que ya no volvería a ver a su querido pescador,
Tifón sintió que algo le empujaba fuera del agua… ¡era una gigante y preciosa ballena! ¿Por qué
estás solo en medio del mar? - le preguntó la ballena. Porque me caí de mi barca en medio de la
tormenta. Te llevaré a una isla cercana para ponerte a salvo. Muchas gracias por ayudarme, pensé
que iba a morir en el agua. Pero me gustaría volver con mi dueño que estará muy preocupado-
respondió Tifón a la preciosa ballena. Y justo en aquel instante la terrible tormenta se marchó.
¿Sabes dónde queda el Puerto de Iquique? ― preguntó Tifón ―Es que mi amigo está en Iquique.
¿Tu amigo? Si ese amigo fuera tal no te habría abandonado en medio de la tormenta. ― Pero es
que él no se dio cuenta de que caí. Estaba muy oscuro y el agua nos atizaba en los ojos, era
imposible ver nada. Mi amigo es una buena persona, y si me dejas en la isla que dices buscaré la
forma de volver a Iquique, aunque sea nadando otra vez. Está bien, te llevaré a Iquique ―dijo la
ballena. Y dirigiéndose hacia sus hermanas exclamó: – ¡Muchachas, vamos a llevar a este perro a
Iquique! El grupo de ballenas cambió su rumbo y todas se dirigieron al sur. Tifón se echó sobre el
lomo de la grande y preciosa ballena y puso su hocico en dirección al viento para que sus orejas se
moviesen como si fueran alas. Finalmente llegaron al puerto de Iquique de noche: Hasta aquí puedo
traerte, más allá es peligroso para mí, querido amigo. Espero que sepas bien lo que haces- dijo la
ballena a Tifón. No te preocupes, desde aquí podré nadar hasta la orilla. Gracias por traerme, eres
una ballena muy generosa. Tifón saltó desde el lomo de la ballena al agua y nadó el poquito trozo
que quedaba hasta la orilla. Ya no tenía miedo, y al pisar tierra echó a correr hasta llegar a su casa.
Una vez allí rasguñó la puerta como de costumbre y comenzó un suave y cariñoso ladrido para que
el pescador supiese que estaba allí. El hombre, que se encontraba en la cama muy entristecido, se
levantó de un salto y recibió a Tifón lleno de lágrimas y de alegría. Pasado un tiempo, el pescador
y su perro Tifón volvieron a alta mar para pescar como casi cada día. Pero Tifón ya no era el mismo
y solía quedarse ensimismado mirando a lo lejos a las ballenas, que le saludaban cada vez que
volvían por allí meneando su cola y saltando en dirección al viento. El pescador observaba aquel
espectáculo asombrado convencido de que su amigo había vivido una aventura única. ¡Era tan
valiente! Y la ballena, desde la distancia, pudo contemplar que aquella amistad entre Tifón y el
humano era de verdad, y que su amigo Tifón se encontraba feliz y a salvo.

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Preguntas
1. Que sintió Tifon cuando estaba a punto de rendirse?

2. A que puerto llegaron?

3. Que hizo tifon al llegar a casa?

89. EL RATÓN TRANQUILO

Erase un pequeño ratoncito que vivía muy feliz y tranquilo dando vueltas por el bosque. Podía correr
de acá para allá con total libertad, y hasta los gatos que de vez en cuando pasaban por allí le
respetaban. Pero dicha tranquilidad quedó rota por completo el día en que el ratón se topó con un
extraño animal que jamás había visto. ¡Tenía una cabeza alargadísima! El ratón no sabía que se
había encontrado con un oso hormiguero, que, a diferencia de él, no parecía muy tranquilo, sino
con muchas ganas de actividad y de reírse un poco. Al ratón aquello no le hubiera parecido mal, si
no fuese porque aquel oso hormiguero parecía tener ganas de divertirse riéndose de él, que no le
había hecho nada a nadie y correteaba siempre tan tranquilo por el bosque. ¿Con lo insignificante
que eres, triste ratoncito, aún nadie ha frenado tus carreras por este bosque? ¡Sería tan fácil pisarte!
- dijo muy ufano el oso hormiguero. ¿Por qué te metes conmigo? No creo haberte molestado,
siempre voy a mi aire por el bosque sin comprometer a nadie y espero lo mismo del resto- le
respondió el ratón entristecido. Pero lamentablemente el ratón no obtuvo ya ninguna respuesta del
oso hormiguero, y ante sus molestas risas, decidió poner rumbo a otra parte. Mucho tiempo después
el ratón iba, como de costumbre, paseando y correteando por el bosque cuando, de pronto, escuchó
unos ruidos muy fuertes. Rápidamente el ratón acudió a la zona en la que se había escuchado
aquella algarabía y pudo ver de nuevo a aquel oso hormiguero que tiempo atrás se había cruzado
con él para importunarle. En esta ocasión era el oso hormiguero el que gritaba y se lamentaba,
porque se había encontrado con un gran elefante que había encontrado la diversión en meterse con
él. Y el ratón, sin dudarlo un minuto, se subió al lomo del elefante, que con su gran y torpona trompa
no lograba escaparse de él. ¿Cómo eres tan grande crees que puedes meterte con otros animales
que no son de tu talla? Pues ya ves que no, que de mí no consigues zafarte - exclamó el ratón. El
elefante, que tenía pánico a los ratones, comenzó a correr de un lado a otro despavorido hasta que
el pequeño ratoncito decidió dejarle en paz para que huyera, y cuanto más rápido mejor. Entonces
el oso hormiguero, ya a salvo de las burlas del elefante, se sintió muy triste y avergonzado consigo
mismo y comprendió que había tenido la misma actitud con él, y hasta pudo sentir su angustia en
aquel día. Ojalá puedas aceptar mi perdón. Has decidido ayudarme después de mi mala actitud
contigo en el pasado y me has hecho comprender lo necio que fui. No te preocupes, amigo. Supongo
que has aprendido que todos tenemos derecho a ser felices y a habitar tranquilos en nuestro hogar,
y todo aquel que lo entienda, será mi amigo.
Preguntas
1. Con quien se encontró el ratón?

2. A quien le tenia miedo el elefante?

3. Cual es el mensaje de este relato?

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90. TOSCO Y LAS ABEJAS

Tosco era un oso que vivía en un hermoso bosque de pinos. Siempre que encontraba un panal de
miel, cogía toda la miel para sí y le llevaba un poco a su madre. Pero cuando llegaba a su cueva
con la miel tenía muchas picaduras de abeja, y una noche casi no podía dormir por la hinchazón.
Aquella noche Tosco le dijo a su madre: No es justo, las abejas me pican demasiado, por la noche
no puedo dormir. ¿Recuerdas que te dije lo que debemos hacer para saber si algo es justo o no?
—Preguntó la madre. Sí, es algo que se llama… ¿cómo se llamaba? —Preguntó Tosco. Empatía
—dijo la madre— ¿Recuerdas lo que significa? Sí, significa ponerse en el lugar de la otra persona.
—Dijo Tosco. Pues ahora tú debes ponerte en el lugar de las abejas. Pero yo no soy una abeja —
Contestó Tosco desconcertado. Por eso mismo debes usar tu imaginación para tener empatía con
las abejas. Por ejemplo, ¿dejas algo de miel en el panal cuando la coges? No, no dejo nada, me la
como casi toda y lo demás te lo traigo a ti, mami. Gracias por traerme un poco de miel, a mí también
me gusta mucho, pero, ¿sabes por qué las abejas fabrican miel? ¿Para comérsela? —Preguntó
Tosco con gran curiosidad. Sí, y también para alimentar a las abejas recién nacidas. —Contestó su
madre. ¡Pero yo también necesito la miel! Si tú fueses una abeja y viniera un oso grande y peludo
a quitarte toda la miel, ¿no le picarías muy duro hasta que se fuera? Tosco pensó en las palabras
de su madre y se dio cuenta de que nunca había visto aquella situación desde el punto de vista de
las abejas. Tienes razón, mamá, es verdad. ¡Con razón las abejas se ponen tan enfadadas cuando
les quito toda la miel! Pues ahora que has usado la empatía y te has puesto en el lugar de las
abejas, toma solo una parte de la miel cuando vayas a cogerla —dijo la madre—, las abejas tratarán
de picarte, pero tú te irás enseguida y así podrás comer miel y dormir bien por la noche. Al día
siguiente, Tosco fue a un árbol en el que había un panal de abejas. Se acercó, cogió solo una parte
de la miel y se marchó, dejando más para que las abejas pudiesen comer. Ese día Tosco comió su
rica miel, le llevó algo a su madre y pudo dormir bien por la noche. Tosco había obrado con empatía,
y las abejas le premiaron su actitud dejándole ir sin una sola picadura.
Preguntas
1. Que significa empatia?

2. Para que fabrican miel las abejas?

3. Que pasaba si tosco obraba con empatia?

91. LA MARIPOSITA ROSITA

Érase una vez una pequeña mariposa que volaba por el prado. Era frágil y delicada, y la más bella
de todas las de su especie. Brillante como un rayo de sol, aquella mariposita se llamaba Rosita.
Rosita jugaba con las tiernas amapolas y las dulces margaritas en el hermoso prado donde vivía,
lleno de flores de mil colores. Sin embargo, Rosita no era feliz del todo, ya que ansiaba irse a vivir
a las montañas azules que vislumbraba a lo lejos. Un día tras mucho pensar decidió irse, y mientras
volaba de flor en flor, se encontró con un pajarito que la obsequió con una gran sonrisa al pasar:
Buenos días, sr. pájaro- le dijo. Buenos días mariposita- le contestó. Pajarito, ¿qué te pasa en el
ojo derecho? Me ha entrado una pequeña rama y no puedo ver bien. ¿Podrías sacármela? Por
supuesto- dijo la mariposita Rosita. Y acercándose al pajarillo se la quitó. Muchas gracias, ahora ya
veo bien- dijo el pájaro- y tú ¿dónde vas? Me dirijo a las montañas azules- le dijo. ¿Pero no ves,
pequeña mariposita, que las montañas están muy, muy lejos? Eres todavía demasiado pequeña y
no conseguirás llegar. Sí podré, son unas montañas muy bonitas y deseo con todas mis fuerzas
vivir allí. Pues nada, que tengas mucha suerte- dijo el pajarito mientras se despedía algo

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preocupado por la audacia de Rosita.La mariposita Rosita siguió su camino y al rato se encontró
con un gran conejo blanco de largos bigotes: ¡Hola conejo!, me llamo Rosita. ¡Hola mariposita
Rosita! ¿Qué es eso que tienes clavado en la pata de atrás? No sé, no puedo verlo, ¿me lo puedes
decir tú? Pues parece una pequeña espina- contestó la mariposita- ¿Quieres que te la quite? Sí,
por favor, me duele mucho y no puedo correr- contestó el conejo. ¡Ah! ¡Qué alivio! ¿Y tú, mariposita?
¿Hacia dónde vas? Voy camino de las montañas azules- le dijo. No podrás llegar hasta allí, están
demasiado lejos y son unas montañas muy altas. Te deseo mucha suerte. La mariposita Rosita
pensó que aquellos animalitos estaban exagerando, sin embargo, a medida que se alejaba del
prado y subía a las montañas notaba que estaba cada vez más y más cansada. Su afán de llegar
hasta la cima, sin embargo, la hacía seguir adelante, pero llegó un momento en que sintió sus alitas
tan pesadas que empezó a descender en su vuelo. Justo antes de darse contra el suelo sintió una
fuerza que la volvía a impulsar hacia arriba. Era su amigo el pájaro, que al no tener la rama clavada
en el ojo veía bien y había ido a rescatarla. El pobre pajarillo hizo lo que pudo, pero como no era
muy fuerte, tampoco pudo más y empezaron a caer los dos. Por suerte esta vez tampoco sucedió
nada malo, puesto que el conejo, al no tener la espina clavada en la pata, pudo llegar corriendo
para recogerles en su gran y blandito lomo blanco. – Dadme la mano y volvamos al prado- dijo el
conejo. – Sí- contestó la mariposita Rosita- Ya no quiero vivir en las montañas azules, quiero vivir
con vosotros para siempre. Así los tres amigos volvieron a casa, fueron felices y comieron perdices,
mientras Rosita comprendía que se vivía mucho más feliz y se podía llegar mucho más lejos en
compañía de amigos que en soledad.
Preguntas
1. Que le hizo hacer el pájaro a la mariposa?

2. Que le hizo hacer el conejo a la mariposa?

3. Quienes salvaron a rosita cunado ya no podía volar?

92. EL BAILE DE SAN VALENTÍN

Adrián era un niño bastante alegre que vivía en una ciudad enorme llena de edificios que, con solo
verlos, daban vértigo. Las calles eran amplias y siempre estaban llenas de personas que parecían
apuradas mientras se movían de un lado a otro, y al pequeño Adrián le gustaba imaginar el motivo
por el cual esas personas siempre parecían tan apuradas. El otro día, sin ir más lejos, Adrián vio a
una muchacha correr con una gran sonrisa en la cara. Tras darle vueltas a la situación, llegó a una
conclusión muy lógica: su mamá seguramente le habría hecho su comida favorita y querría llegar a
casa de inmediato. ¡A él muchas veces le pasaba lo mismo! A Adrián también le gustaba ir al colegio,
porque allí pasaba la tarde jugando y aprendiendo cosas increíbles junto a su amiga Mónica, una
de sus pocas amistades en el cole. Y es que, a pesar de ser tan alegre e imaginativo, Adrián no
tenía demasiados amigos y estaba convencido de que el motivo era que pasaba mucho tiempo
soñando y observando. Aun así, Adrián era feliz en el cole junto a su mejor amiga, y no solía pensar
en ello. O, al menos, no lo hacía hasta que llegó el mes de Febrero y vio que se aproximaba San
Valentín. La cuestión era que se iba a celebrar por primera vez en el cole un baile el 14 de Febrero,
al que debían acudir en parejas y muy bien arreglados para bailar toda la tarde y pasarlo muy bien.
Y al pensar en ello Adrián sintió algo de miedo. Según le había escuchado decir a mamá, el día de
San Valentín era una cosa que celebraban las personas mayores cuando estaban enamoradas,
eran felices y decidían tomar chocolates y regalarse bonitas flores. Pero él aún era pequeño y no
pensaba ni por asomo en esas cosas. Tantos días estuvo la mente inquieta del pequeño Adrián
dándole vueltas a aquello, que olvidó jugar con su querida amiga Mónica, que tanto le quería y
apreciaba…Y así hasta que llegó la víspera del 14 de Febrero, cuando Mónica al fin decidió
acercarse a Adrián: ¿Qué te pasa?- Dijo Mónica. Pues que mañana es el día del amor y del baile y
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no tengo una novia para poder ir, así que tendré que bailar solo- Contestó Adrián con la cabeza
gacha y la mirada al suelo. Al escuchar aquellas palabras Mónica se echó a reír a carcajadas. El 14
de Febrero no solo es el día del amor, también es el día de la amistad. Por eso no necesitas una
novia para acudir al baile y podemos ir juntos porque somos amigos- Dijo Mónica, muy orgullosa de
poseer toda aquella información. Adrián, sorprendido, abrazó a su amiga con cariño. ¡Había pasado
tantos días dándole vueltas a la cabeza! Y, de pronto, se sintió muy feliz y orgulloso de tener una
amiga como ella. Aquel día de San Valentín le había servido para aprender muchas cosas, como
por ejemplo, la de que tener un amigo o amiga que te quiere es igual de valioso para el corazón que
estar enamorado y comer chocolates y comprar bonitas flores. Y fueron muy felices Adrián y Mónica
en el baile de San Valentín. Sus miradas y sus risas casi parecían hablar a voces…y gritaban al
mundo que, tener un amigo cuando más se necesita, es un valiosísimo acto de amor.
Preguntas
1. Como era adrian?

2. Que significa el 14 de febrero?

3. Que aprendio adrian en san valentin?

93. VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO

Hace más de un siglo, ningún avión surcaba el cielo y los barcos de vapor eran una novedad. Fue
entonces cuando apareció en el mar el monstruo, que era el terror de los marineros. Para atraparlo,
se preparó la fragata Abraham Lincoln. Junto con la tripulación viajaba el Profesor Aronnax y su
asistente Consejo. Los dos hicieron amistad con el arponeador de ballenas Ned Land. Un día
estaban los tres en cubierta cuando vieron a lo lejos el monstruo. La tripulación se preparó para
luchar con el “monstruo”. Pero no hubo lucha. Una tempestad hundió el barco. Algunos hombres se
ahogaron, intentando salvarse. El Profesor y Consejo nadaron uno al lado del otro. Poco después,
el Profesor y Consejo fueron recogidos en un bote por Ned Land. Navegaron en dirección a una
pequeña isla. Era su única esperanza de salvación en medio del mar que se extendía hacia el
infinito. Al alcanzar la isla se llevaron una sorpresa. No era una isla. Se trataba de una construcción
de chapa de acero. Los tres comprendieron que aquello era el monstruo. Como no podían elegir,
decidieron quedarse allí. Los tres hombres bajaron hacia el interior del submarino y anduvieron
hasta una sala amueblada lujosamente. Allí una foca se adelantó hacia ellos como hacen los
cachorros. El capitán le mandó quedarse quieta y dijo a los recién llegados: – Pueden entrar, pero
advierto a mis visitantes que no se aceptan pasajeros a bordo del Nautilus. Quien entra aquí, se
queda para siempre. El Capitán Nemo, comandante del Nautilus, invitó a los náufragos a almorzar.
El Profesor, Consejo y Ned encontraron riquísima la comida. Nemo les dijo que todo venía del mar.
Después del almuerzo, el Capitán Nemo les llevó para que vieran como se recogían los ingredientes
que utilizaban como alimento. Los hombres vestían ropas especiales y respiraban por tubos de
oxígeno. Consejo vio un barco pirata encallado en el fondo del océano y, al explorarlo, encontró un
tesoro. De repente, apareció una enorme araña negra. Ned, que se había vuelto para huir, volvió a
ver a su amigo en peligro y arponeó a la araña. El Capitán Nemo descubrió que Ned pretendía huir.
Al volver al Nautilus encerró a los dos en su camarote. El Profesor protestó, pero el Capitán
respondió: – Cuando entraron en el Nautilus les advertí que nadie sale de aquí. En el camarote Ned
empezó a estudiar algunos mapas que encontró. Pensaba pedir ayuda enviando mensajes dentro
de botellas. Consejo se divertía saltando con la foca. Cuando el Nautilus subió a la superficie, los
dos muchachos aprovecharon para arrojar sus botellas al mar. En los mensajes contaban que eran
prisioneros del monstruo. De pronto se desató una violenta tempestad. El submarino se sumergió
rápido huyendo del mal tiempo. Nunca había descendido tanto. A través de los ojos de buey, el
Profesor, Ned y Consejo veían peces de formas extrañas y desconocidas. Horrorizados, todos
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vieron junto al cristal el ojo de un pulpo gigante. El Nautilus entero fue sacudido por un violento
temblor. El Capitán Nemo ordenó: – ¡A la superficie! Hemos sido atrapados por un pulpo gigante.
Sólo podremos combatirlo arriba. En el fondo del mar es invencible. El Nautilus subió usando toda
la potencia de sus motores. El pulpo continuaba agarrado al submarino. Cuando el submarino llegó
a la línea del agua, el Capitán Nemo, algunos marineros y Ned decidieron luchar contra el pulpo. El
Capitán avanzó valientemente con un arpón. Durante la lucha fue atrapado. El pulpo gigante
inmovilizó al Capitán con uno de sus tentáculos. Parecía imposible que Nemo consiguiese escapar.
En aquel instante, Ned lanzó un arpón contra el pulpo. El animal herido retrocedió. Había que
moverse muy deprisa. Y Ned lo hizo: se zambulló y trajo al Capitán sano y salvo. El Capitán,
agradecido, decidió permitir a los tres viajeros que volvieran a casa. Como recuerdo regaló la foca
a Consejo. El profesor, Consejo y Ned se alejaron del submarino en una barca de vela del Nautilus.
El monstruo se sumergió. Más tarde la barca fue encontrada por un navío que recogió a los tres
náufragos. Así pudieron volver a casa. En cuanto a las botellas con los mensajes, parece que hasta
ahora nadie ha encontrado ninguna.
Preguntas
1. Que hundio al barco de la tripulación y el profesor?

2. Que era el naitilus?

3. Naitilus por quien fue atrapado?

94. LOS DOS HERMANOS

En cierta ocasión, existieron dos hermanitos que tenían la desgracia de vivir sin madre ni padre, en
compañía tan solo de una extraña y desagradable niñera. Una noche, los hermanos decidieron
escaparse de la casa en la que vivían en busca de una vida mejor, hartos como estaban de aguantar
los reproches y enfados de aquella mujer. ¡Vámonos, hermanito! ¡Y no temas, que todo saldrá bien!
– dijo la niña cariñosamente dirigiéndose al pequeño. Cuando la niñera de los hermanitos se dio
cuenta de que habían escapado decidió, con ayuda de sus poderes, realizar un encantamiento
sobre todas las fuentes y riachuelos del bosque, sabedora de que los niños en su fuga se verían
obligados a beber. «Cuando hayan bebido se convertirán en fieros animales salvajes y desearán
no haberme abandonado», pensó la niñera, cuya verdadera identidad se aproximaba más a la
brujería y el mundo de los hechizos. Casualmente, un conejito que paseaba por las cercanías de
aquella casa, escuchó el malvado plan de la niñera, y ni corto ni perezoso emprendió de nuevo el
camino hacia el bosque en busca de los pequeños para poder prevenirles. ¡No bebáis agua de las
fuentes ni riachuelos del bosque! - gritó el conejo exhausto por la rapidez con la cual había realizado
el camino. Pero era demasiado tarde y el niño, no pudiendo aguantar la sed que le había producido
el camino, ya había bebido de una irresistible fuente de agua cristalina, convirtiéndose tras ello en
un precioso y bonachón cervatillo ante la sorpresa de su inseparable hermana. ¡Oh, es terrible!- se
lamentó la niña-. Ahora tendrás que irte de mi lado para siempre y no podremos estar juntos. No
temas, hermana mía, que pase lo que pase jamás me separaré de ti- respondió el niño convertido
ahora en cervatillo. Y tras esto, estuvieron los pequeños viviendo en una cabaña abandonada del
bosque durante varios meses. Hasta que un día, el cervatillo escuchó pasos y voces extrañas en
las cercanías de la cabaña, y poco después, casi frente a sus ojos, observó a una entrañable y
dulce pareja que parecía tener noticas de la presencia de su hermana en la cabaña, a la cual se
dirigían. ¡Es una niña! – exclamó la mujer del matrimonio asombrada. Y tras prepararle un chocolate
caliente, la niña confesó a la pareja su situación. Al cabo de un tiempo, la niña era casi
completamente feliz al lado de aquellos nuevos padres que se deshacían en bondad con ella. Sin
embargo, la felicidad de la pequeña no era plena, ya que sufría terriblemente por la ausencia de su
hermano. Su hermano, por su parte, bajo el juramento de no abandonarla jamás, merodeaba a
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diario por las cercanías de la casa de campo de sus nuevos padres, y jugaba con los animales que
vivían por allí. Pero la malvada niñera, que tampoco le había perdido el rastro a la muchacha, decidió
convertirse en pájaro para atrapar a la niña y acabar con su bienestar y su nueva felicidad: ¡Ja, ja,
ja, ja! - exclamó- ¡Te encerraré en una cueva en la cual tus padres no te encontrarán jamás! El
cervatillo, que fue testigo de aquella terrible crueldad, persiguió al pájaro hasta la cueva, de la cual
sacaría a su hermana un día después en compañía de sus amistades del bosque. La niñera,
preparada para atacar de nuevo contra los hermanos, fue a parar por error al salto de un río, y nada
más se supo de ella, salvo que fue arrastrada muy lejos por la fuerte corriente del caudal. Al
desaparecer la hechicera, el cervatillo se convirtió otra vez en niño y pudo volver al lado de su
hermana y de sus nuevos padres, que se emocionaron mucho con la llegada de un nuevo miembro
a su hogar. ¡Ahora sí que soy completamente feliz! – exclamó la niña abrazándose efusivamente a
su hermanito. Y sus padres también lo fueron, ya que se dice que aquellos niños, eran los más
buenos del mundo.
Preguntas
1. Porque los hermanos decidieron huir de su casa?

2. Que le sdijo el conejo a los hermanos?

3. En que se convirtió la malvada niñera?

95. EL LEÓN QUE SE CREÍA CORDERO

Existió en otro tiempo un pobre león que creía ser un cordero. Por más pruebas que su físico le
daba, no atenía a razones, ni podía creer que fuese un león. Pero no se trataba de cabezonería o
de locura, sino de un grave error cometido por la cigüeña encargada de aterrizarle durante su
nacimiento. Aquella noche, la cigüeña se encontraba realizando entregas de bebés corderos para
sus mamás ovejas. Terminado el reparto, todas las mamás corrieron hacia los corderitos buscando
el suyo, y una vez se marcharon, la cigüeña observó que se habían dejado a uno. Consternada,
decidió abrir la mantita que cubría al corderito abandonado, y atónita exclamó: ¡Es un león! ¡Cómo
he podido equivocarme! Revisó la cigüeña el cuaderno en el que anotaba cada uno de los deseos
y encargos de nacimiento y comprendió el error: «Doña Leona Leoncia Pérez me ha encargado un
hijo. Se lo llevaré hoy tras el reparto de los corderitos», decía la nota. Pero cuando la cigüeña dio
un paso atrás para coger al leoncito y devolverle a su hogar, observó como una mamá oveja se
había colocado sobre sus lomos para darle calor, decidida como estaba a adoptarle. La cigüeña
procuró explicarle a la oveja el error que había habido en el reparto, pero la oveja no quiso
escucharle embistiendo fuertemente a la cigüeña. ¡Bueno, bueno! Pues quédese con él si es lo que
desea- Exclamó la cigüeña enojada y confundida. Y así fue como comenzó la historia de aquel león
que se creía cordero en un rebaño. A pesar de todo el leoncito lo pasaba de miedo jugando con sus
primos, pero lo cierto es que en aquellas tardes de juego muchas veces había lágrimas, debidas a
que el pobre leoncito era el único del rebaño que no sabía embestir, provocando en consecuencia
la risa de todos sus familiares y amigos. ¡Qué triste le ponía no saber embestir como los demás!
Pasado el tiempo, todos los corderitos crecieron y el leoncito también. ¡Era el mayor carnero del
mundo! ¡Qué orgullosa estaba su mamá! Sin embargo, el rebaño cada vez estaba más extrañado
de aquella situación, a la que ahora se sumaba el no saber balar. El león se había convertido sin
entenderlo en la víctima de todos los golpes y de todas las carcajadas de los corderos. Y así sucedió
hasta que, una noche, un lobo hambriento se presentó ante el rebaño. Asustado por los ruidos el
león se escondió tras su madre. Pero los ruidos no cesaron y el lobo se presentó ante sus propios
bigotes amenazando a su madre con comérsela. ¡Socorro! ¡El lobo me va a devorar!- Gritaba su
madre aterrada. Fue entonces cuando el alma de aquel león surgió feroz, persiguiendo al lobo con
todas sus fuerzas. Corrieron y corrieron hasta que ambos, lobo y león, terminaron al borde de un
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gran abismo; abismo que el lobo no pudo esquivar temeroso como estaba de los grandes rugidos
que le dirigía el león. Nadie volvió a burlarse de él después de aquél suceso, convirtiéndose en el
héroe del rebaño. Sin duda era el carnero más valiente del mundo; un león que se creía carnero, y
que fue feliz creyéndolo para siempre desde entonces.
Preguntas
1. Por quien fue adoptado el león?

2. A quien se quería comer el lobo?

3. Que paso con el lobo al final?

96. EL SECRETO DEL ABUELO

Esta historia comienza en una gran ciudad llena de casas y tiendas donde vivían Miguel y su
padre.Un día, el papá de Miguel le dijo que tenía que marcharse una temporada a un lejano país
por motivos de trabajo. Hijo,no tengo más remedio que llevarte a Bosqueflorido con el abuelo
Nicolás -le dijo al niño. No me apetece dejar mi casa -pensó Miguel- ¿Con quién jugaré en el campo?
¡Con el abuelo no, seguro, porque anda tan lento como un caracol!. No exageres, te lo pasaras bien
con él, además dicen que Bosqueflorido está encantado -le dijo su papá-, pero nadie ha descubierto
su secreto. ¿Un secreto en el bosque? -bostezó Miguel-¡Bah, tonterías! Al día siguiente Miguel y su
papá partieron hacía el pueblo, llegando a media tarde donde su abuelo les recibió con una gran
sonrisa al saber que su nietecito iba a quedarse una temporada con él. Sin embargo Miguel no
sonreía. Pensaba con nostalgia en las luces y en las tiendas de su ciudad.Lleno de tristeza, Miguel
abrazó a su papá y se despidió de él. Los días pasaban. El abuelo era muy bueno, pero Miguel se
sentía cada vez más infeliz. Mientras el abuelo le contaba siempre las mismas historias sobre los
animales del bosque, Miguel pensaba en sus amigos de la ciudad, que estarían jugando a la pelota
sin él. Una tarde, cuando estaba asomado a la ventana, Miguel vio pasar una nube de mariposas
de colores.¡Quizás pueda jugar con ellas!, pensó. Y salió corriendo de la casa para seguir a aquellas
criaturas que volaban libres, brillando al sol. En lo más espeso del bosque, las mariposas se alejaron
en todas direcciones. Entonces Miguel se dio cuenta de que estaba muy lejos de casa, en el bosque
desconocido.Mariposas, maripositas, ¿cómo puedo volver a casa? -empezó a gritar Miguel. No lo
sabemos, ¡hemos nacido hace tres días! -respondieron las mariposas. Miguel se quedó solo en
medio de un gran silencio. ¿Podríais indicarme el camino para salir del bosque? -le preguntó a un
puercoespín. No, soy demasiado pequeño para saberlo. Tal vez mi mamá pueda ayudarte. Pero la
mamá puercoespín no conocía el camino para volver a casa del abuelo.Sin embargo, le indicó cómo
llegar a la casa de un búho muy viejo y sabio que podría ayudarle. El sol se había escondido y el
bosque empezaba a llenarse de mil ruidos desconocidos, pero Miguel se armó de valor y emprendió
la búsqueda del viejo búho.Caminando, caminando, llegó a la vieja encina donde el viejo búho
dormitaba. ¿Quién molesta mi sueño? -preguntó el búho cuando oyó llegar a Miguel; después abrió
sus grandes ojos amarillos y se sacudió las plumas. Perdona, me he perdido y ahora no sé cuál es
el camino para salir del bosque. -Respondió Miguel. Uhm, han pasado muchos años por mis plumas,
pero no los suficientes para conocer todos los senderos del bosque. Sólo la tortuga más vieja de
Bosqueflorido conoce todos los caminos… Tendrás que buscarla tú mismo, porque nadie sabe
dónde está. Dicho esto, el búho cerró los ojos y volvió a dormirse.Ya era de noche y Miguel se
sentía cada vez más solo y más triste. Comenzó a pensar en todos los secretos de Bosqueflorido
que su abuelo le había contado mientras él pensaba en otra cosa.Pero no recordaba nada y,
además, empezaba a tener un poco de miedo. Desconsolado, se sentó sobre una gran piedra y se
puso a llorar. ¿Quién está mojando mi concha? -Susurró una voz cansada. Sorprendido, Miguel dio
un salto, miró a su alrededor y se dio cuenta de que se había sentado precisamente en la concha
de una enorme tortuga.Era tan vieja y tenía tantas arrugas que Miguel supo que había encontrado
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la que buscaba. Entonces se tragó sus lágrimas y le contó toda su historia.La tortuga le escuchó en
silencio y luego le dijo: Como creo que ya te has dado cuenta de que el bosque no es un lugar para
jugar, monta sobre mi espalda y trataré de llevarte al sendero correcto. Agarrado a la dura concha
de la vieja tortuga, Miguel se sentía seguro en la oscuridad de la noche. Al llegar a cierto lugar, la
tortuga se detuvo. Puedes bajar, -dijo- el bosque termina aquí. Pero ¿cómo encontraré mi casa? -
preguntó Miguel asustado. Hay un hombre más viejo y más sabio que yo, que conoce todos los
caminos, dentro y fuera de Bosqueflorido. Búscale. Dicho esto, la tortuga desapareció. Miguel se
acurrucó en el suelo, desconsolado, sin darse cuenta de que una lucecita se acercaba en la noche.
Era el abuelo Nicolás, que había salido a buscarle con su linterna. ¡Él es el hombre más sabio del
bosque!, pensó Miguel mientras corrí al encuentro de su abuelo. El viejo y el niño se dieron un
abrazo muy, muy fuerte durante mucho rato. Bajo la paciente guía del abuelo, Miguel aprendió a
conocer Bosqueflorido y a todos sus habitantes. Había comprendido ya que el bosque no tenía
secretos para el abuelo Nicolás.
Preguntas
1. Donde fue llevado miguel?

2. Como se llamaba el abuelo de miguel?

3. Quien ayudo al niño después que se perdió?

97. LA NIÑA DE LA PLAYA

Érase en un lugar muy lejano que vivía un hombre muy sabio. Todos los días, al despuntar el sol,
salía a pasear por la orilla del mar. Aquel día pasó algo que consiguió llamarle poderosamente la
atención. Había una bellísima y frágil muchacha que iba andando por la arena, de vez en cuando
observó que la niña se agachaba a coger algo de la arena, y que inmediatamente lo devolvía a la
mar. Intrigado viendo esta escena repetirse día tras día, decidió acercarse y ver qué era lo que con
tanto afán aquella niña lanzaba al mar todas las mañanas hacía ya tanto tiempo. Conforme se
aproximaba a la muchacha, comprobaba como verdaderamente era de una belleza tan
extraordinaria que más bien parecía un ángel. Observó con asombro que lo que la niña devolvía
eran estrellas de mar que las olas habían arrastrado a la orilla. -¿Por qué devuelves al mar las
estrellas que arrastran las olas? La niña respondió con una voz tan dulce y tan bella como jamás
había escuchado: -Es que si no las devuelvo pronto, cuando el sol esté más alto, con su calor las
secará y morirán. -¿Pero no ves la inutilidad de lo que haces? En estas orillas la mar arrastra miles
de estrellas, y tú empleas tu tiempo en algo tan absurdo… Nunca podrás salvar salvo a unas pocas.
La niña miró al sabio con sus ojos de color violeta, sostuvo unos momentos su mirada y con una
leve expresión de extrañeza y volviendo a su tarea, cogió una nueva estrella y la lanzó con fuerza
al mar diciendo: -Ésta ya se salvó. Aquella noche el sabio no pudo conciliar el sueño, no podía dejar
de pensar en aquella niña que tanta pena le daba. De pronto, una pesadilla horrible le hizo ver un
cielo sin estrellas, un mundo seco y frío. Y es que cada vez que moría una estrella de mar, otra se
apagaba en el cielo. En cuanto amaneció el sabio se asomó a la ventana, vio como la niña ya estaba
en la playa devolviendo las estrellas a la mar, no lo pensó dos veces y dándose toda la prisa que
pudo bajó a la playa, se agachó, cogió una estrella y devolviéndola al agua dijo: -Ésta ya se salvó.
Preguntas
1. Que había visto el hombre sabio?

2. Que pasaba si no devolvían las estrellas al mar?

3. Cual fue el sueño del hombre?

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98. ANABEL Y SU PLANTITA

Anabel era una niña muy tierna y despierta. Tenía los ojos muy grandes y del color del café, las
mejillas rosadas y el cabello rubio y largo. La mamá de Anabel adoraba su cabello y pasaba muchos
minutos peinándolo con cariño y haciéndole trencitas, que adornaba después con florecillas de
colores. A Anabel le gustaba mucho usar bolsos de colores que tejía su abuela, y los combinaba
con zapatos de charol brillante. Anabel siempre se esforzaba en ser buena con todos y nunca hacía
llorar a otros niños por nada. Sus padres estaban muy orgullosos de su hija, y por ello, cuando el
cumpleaños de Anabel comenzaba a acercarse, se preocuparon por no poder regalarla lo que ella
quería, un perrito al cual dar mimos y poder sacar a pasear. Anabel era alérgica a los animales y no
podía tener mascotas. A Anabel esto la ponía muy triste, y para superarlo se encerraba en su
habitación a pasar el tiempo con sus muñecas. Papá y mamá hablaban mucho sobre este tema
pensando cual podía ser la solución para acabar con la tristeza de su hija. Llegado el día de su
cumpleaños, el papá de Anabel creyó haber encontrado el regalo perfecto y lo guardó envuelto en
una bonita cajita con agujeros. ¡Qué emocionado iba con su regalo! Cuando papá llegó por fin al
anochecer, encendieron el fuego y cantaron alegres la canción de cumpleaños. Anabel estaba
emocionada con su regalo, así que cuando llegó por fin el momento, lo abrió rápidamente: Es una
plantita papá- Dijo Anabel confundida mirando el regalo. Así es – Sonrió su papá. Anabel se quedó
mirando la maceta con la planta un rato, sin decir ninguna palabra. Fue entonces cuando su padre
se sentó junto a ella y dándole un beso en la frente le explicó: Esa planta está tan viva como lo
estamos tú y yo. Necesita amor como cualquier ser vivo. Debes alimentarla con agua y sacarla a
tomar sol por las mañanas y hablarle con cariño para que crezca y de flores – Dijo papá mirando a
su hija – Conviértela en tu mejor amiga y verás cómo te hará enormemente feliz. Anabel abrazó a
su papá con fuerza y le agradeció el regalo dando saltitos de emoción. Al fin había encontrado a
una amiga a la que cuidar y dar mimos.
Preguntas
1. Que le gustaba mucho a Anabel?

2. A que era alérgica anabel?

3. Cual era el regalo de papa para anabel?

99. EL PODER DEL INGENIO

Érase una vez un cocodrilo muy listo que vivía en la selva amazónica. El cocodrilo, como el resto
de animales, pasaba sus días sobreviviendo en su hábitat y nadando en las profundidades del río.
Día tras día, el cocodrilo se veía obligado a acudir a la orilla del río para acechar a otros animales
con los que poder alimentarse y salir adelante. Como no era una tarea nada fácil, el cocodrilo
simplemente dejaba que los animales sedientos se adentrasen en el agua para refrescarse y para
beber un poco del agua fresca del río. Él, mientras, esperaba a los descuidados e incautos animales
absolutamente quieto y camuflado bajo las aguas del río. Y de esta forma el cocodrilo solía atrapar
a muchos animales. Sin embargo, pronto se fue corriendo la voz entre los animalillos del bosque de
la existencia de aquel cocodrilo, y poco a poco, dejaban de acudir al río para beber y para
refrescarse tomando nuevos caminos. La naturaleza parecía haberse vuelto más amable con todos
aquellos animales cuya vida peligraba al acercarse al río por culpa del cocodrilo; sin embargo, la
misma naturaleza parecía estar entonces en contra de este singular reptil. El hambre acuciaba al
cocodrilo cada vez más y no tuvo otro remedio que idear otra artimaña para conseguir su fin. Su
nueva idea consistía, nada más y nada menos, que en convertirse a los ojos de los demás animales
en un ser sensible y debilucho. El cocodrilo procuraba vendarse sus garras, y hasta la boca, para
que los demás animales del bosque le observaran y se apiadaran de él creyéndole enfermo. Y aquel

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nuevo plan funcionó de tal forma, que un día bajaron casi hasta los mismos hocicos del cocodrilo
toda una bandada de patos, avanzando hacia el río uno detrás de otro. Aquellos patitos no
caminaban hacia el agua por sus ganas de nadar o de saciar su sed, sino porque una especie de
llanto lastimoso llegaba hasta sus oídos clamando ayuda.
Una vez frente al cocodrilo, la mayoría de los patitos parecían dispuestos a ayudar al fiero animal,
al verle tan desvalido y enfermo. Pero uno de ellos, el más pequeño de todos que observaba algo
raro en la mirada del cocodrilo, le propuso llamar al mejor veterinario de toda la selva. ¡Qué miedo
le entró al cocodrilo al oír aquello! Tanto…que se le quitó el hambre repentinamente y, despavorido,
decidió alejarse de la orilla en busca de la tranquilidad de las profundidades del río. Dicen que el
hambre agudiza el ingenio, y por eso el cocodrilo buscaba la mejor forma de hacerse con los
animales más incautos para poder comer. Pero como la inteligencia no es patrimonio del hambre,
también sirvió en aquella ocasión para que los patitos volviesen sanos y salvos a casa, unos detrás
de otro, gracias a la astucia del patito más pequeño. ¡Quién iba a decirlo!
Preguntas
1. Que idea surgio al cocodrilo al tener hambre?

2. Quienes fueron los primeroa en querer ayudar al cocodrilo?

3. Que propuso el menor de los patitos?

100. EL AMANTE DE LOS PÁJAROS

Érase una vez un pequeño ratón que pasaba todos sus ratos libres fuera de su ratón hogar,
observando a los pájaros y diferentes aves que surcaban los cielos. Aquél ratón había quedado tan
impresionado al ver volar a los pájaros que, desde entonces, no tenía otra obsesión que la de hacer
lo mismo. ¡Nada de huir de gatos ni comer queso! ¡Ratón quería volar! «Debe ser tan maravilloso…»
Se decía así mismo completamente embelesado por el ir y venir de las aves. Tal era su obsesión,
que no se le ocurrió otra cosa que empezar a coleccionar plumas que encontraba por el suelo,
caídas por accidente durante el aleteo incansable de los pájaros. Así, hasta que se hizo con las
suficientes plumas como para dar forma a su ansiado sueño, y ni corto ni perezoso, se construyó
dos hermosas y grandes alas de preciosas y suaves plumas. A dichas plumas les colocó un arnés
que había encontrado en la basura, gracias al cual pudo sujetarse las plumas a la espalda. Tras
aquella operación se subió a la rama más alta de árbol que encontró. ¡Ya está todo listo para volar!-
gritó el ratoncillo entusiasmado. ¡Pobre ratoncito! Nada más arrancar sus nuevas y preciosas
plumas, estas le dirigieron directo hacia el suelo. Algo aturdido y con mucho dolor, el ratón
comprendió que su plan no había funcionado. Durante semanas de recuperación en su ratón hogar,
el ratoncito comprendió que se lo tenía merecido por querer ser quien no era. Metido en su camita
con forma de queso, soñaba ahora con salir corriendo de un lado a otro, con recoger los dientes de
los niños, y con comer muuuucho queso. Pasado un tiempo y completamente recuperado, el
ratoncito no paró de correr y de saltar. ¡Estaba muy contento de ser como era! Y a partir de entonces
fue muy feliz, y en sus descansos de tanto correr, siguió observando con deleite a sus amados
pájaros.
Preguntas
1. Que le impresionaba al ratón?

2. Que paso con el ratón cuando intento alzar vuelo?

3. Que aprendio el ratón de esta lección?

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