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LA UMA

En el universo andino, el Uku Pacha es el mundo de los muertos, un


lugar oscuro y lleno de espanto donde habitan las ánimas, los no nacidos
y todas las criaturas que no han encontrado un resquicio en la superficie
de la tierra. Cuando el cuerpo de los hombres deja de tener vida, sus almas
descienden hasta ese lugar para iniciar un largo recorrido hacia el Hanan
Pacha (el mundo de arriba) en busca del ansiado encuentro con los dioses
y los seres celestiales para vivir con ellos eternamente, siempre que hayan
logrado pagar por sus pecados cometidos en vida.
Allá abajo, en el Uku Pacha, se encuentra el temido Río de
Sangre (Yawar Mayu), un torrente de aguas negras y caudal
rumoroso. Hasta sus orillas llegan las almas atravesando caminos
difíciles, según como hayan vivido en el mundo de los vivos.Ahí, en las
orillas del Yawar Mayu, las almas deberán llorar amargamente y esperar
la llegada de los yana allqos (perros negros), quienes serán sus guías y
los harán cruzar el río sangriento para que puedan continuar su camino
de ascenso. Pero los perros, que son sabios y ya conocen la vida de
todos, no salvan a cualquiera así nomás. Primero escuchan los lamentos
y sienten cuán arrepentidas están las almas que van a salvar. Si deciden
que alguna ánima no pasará por no haberse arrepentido lo suficiente,
esta se quedará deambulando en el Uku Pacha, recorriendo los caminos
tortuosos una y otra vez. Cuatro almas de varones jóvenes han
llegado hasta los linderos pedregosos de ese temible río. Tienen
los pies llenos de sangre y llagas, pues han debido caminar por un
agreste sendero de espinas, tunales y ceniza viva, porque en la tierra
les ha tocado vivir en medio de todo eso.
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Las cuatro almas se miran con desconfianza, saben que sus


muertes han tenido algo en común. Tres de ellas deciden acercarse
más, tratar de reconocerse en esos rostros desfigurados por el dolor. La
cuarta alma se queda de perfil, mirando el ancho río, sin decir nada.
No ven a los perros negros por ningún lado, y entonces una de las
almas, la más joven, por fin decide romper el silencio angustioso:

—Les propongo contarnos cómo han sido nuestras muertes


allá arriba para poder conocernos más; por algo nos ha tocado
recorrer juntos ese terrible camino de espinas.
—Me parece bien —responde una voz apagada—. No veo a
los aligar por ningún lado, pero quizá estén cerca y quieran saber
lo que nos ha pasado en la tierra.
—Empieza tú, pues —dice la tercera alma señalando a la
primera—. Tú eres el de la idea, tú debes comenzar.
Entonces las almas de los tres hombres se sientan en las piedras
redondas, formando un semicírculo. La cuarta alma solo mira de
reojo, no se une a las demás ni dice nada, pero también se sienta a
escuchar. Y la voz entusiasta del primer joven empieza a relatar.

UNO

Yo adoraba a esa mujer, pese a que era prohibida. Ella siempre me


decía que me abandonaría, que tenía que alejarse de mí y que la
olvidara; pero Yo, mula, más terco me ponía y más la buscaba. Más me
lo decía, más quería seguir saliendo con ella, más quería visitarla a su casa
en las noches y empujar la puerta que ella dejaba sin cerrojo. Yo estaba
perdidamente enamorado de esa mujer, Floriana se llamaba, apurimeña
linda, reilona, de graciosas trenzas y carita de perdiz, y ella también
seguramente me quería, pero siempre me decía que ese nuestro amorío
tenía que acabarse pronto porque ella no era mujer para mí, porque tú sí
eres tan bueno y noble, mi Fidelcha, así me decía.
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—Pero tu marido trabaja lejos, casi ya ni viene por acá —


respondía yo—, de cuando en cuando nomás se aparece y encima te
pega cuando llega de sus viajes... Otra mujer seguro también tiene, fijo.
Ella fingía una mirada de rabia y luego agachaba la cabeza, en
silencio, pensativa...
Triste es mi historia, compadres, mi vida junto a esa mujer se tiñó
de negro, como este río de sangre que tenemos aquí frente a nuestros
Ojos. Pero iré desde el inicio, creo que tiempo de sobra tenemos para
conocer los detalles.
Yo he sido músico allá en mi hermosa tierra de Talavera, en
Apurímac. Me gustaba mucho tocar el arpa y el violín, desde pequeño
he cultivado ese arte y siempre me decían que tocaba bonito, que tenía
ese don. Así, con mi talento, aunque de físico no era tan agraciado,
logré conquistar a muchas chicas lindas en mi pueblo. Me pedían un
temita y yo les tocaba acompañando con mi voz. «Dedícame
'Torcaza», y yo les cantaba afinando la voz. «Hay que calentarnos
bailando un toril», y yo alegraba el aire frío con mi canto y mis
melodías. «A ver, un carnavalito», y bailando y cantando tomados
del brazo juntábamos nuestros cuerpos. Y así era muy querido en el
pueblo, porque la música alegra el espíritu y hace bailar al corazón.
Hasta que conocí a esa mujer, a la Floriana, y mi canto se hizo
triste. Me acuerdo que en mi soledad hacía llorar a mi violín tocando
ese tema «Ángel de mi vida». Lo conocen, ¿no?
Tú eres ángel de mi vida,
ángel de mis ilusiones.
Tú eres magnolia escondida
dentro de mi corazón.
Todos me han aconsejado
amaña kuyaychu nispa 1
pero haciendo la prueba
manamya atillanichu2.

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1 «ya no la quieras, me han dicho».


2 «no puedo hacerlo».

O ese otro temita, «Apurimeña», que se lo cantaba al oído en


nuestros momentos de amor:
Qué me habrás hecho, apurimeña,
para quererte con delirio
cuanto más de mí te alejas
más y más te voy queriendo.

Lo cierto es que, por esa época de nuestra relación prohibida,


allá en Talavera comenzaron a ocurrir cosas extrañas en las
madrugadas. Decían las personas que habían visto volar una cabeza de
mujer, horrible y terrorífica, de cabellos largos y gruesos, que emitía
alaridos de bruja, ¡wak-wak-wak!, decía.
Los ancianos afirmaban que se trataba de una uma, la cabeza
voladora de una mujer que estaba viviendo en pecado constante.
Decían que había que capturarla pronto porque sus maldades irían
en aumento.
Y en efecto: al principio solo eran los vuelos nocturnos y los chillidos
que asustaban a las personas. Pero después vino lo peor. Todas las
mañanas aparecía muerto algún hombre, fiestero o trabajador de
amanecida, tendido en el piso, con una fina escarcha helada sobre su
cuerpo y una mordedura fatal en el cuello. Era la uma, que había
empezado a saciar con sangre sus maldades.
Yo en un inicio temí por mi Floriana, porque ella estaba
engañando a quien todavía era su marido. Pero ella me decía que
cómo iba a pensar eso, que ella en la práctica ya no estaba con ese
hombre y que solo me quería a mí. Y luego se resentía y se ponía a
llorar, y yo me sentía el hombre más malvado de la tierra.

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Hasta que una noche, saliendo de su casa luego de haberla


visitado, me quedé oculto para ver si mi amada Floriana dormía en su
casa hasta el amanecer.
Avanzada la noche, escuché unos ruidos extraños en su cuarto y
me asomé por la ventana, camuflado en unas ramas de molle. Fue
la peor escena que he contemplado en toda mi vida: mi amante
estaba echada en su cama, pero de pronto comenzó a convulsionar,
sus Ojos se pusieron blancos, su cuerpo inició una tembladera y su
cabeza empezó a deformarse, a ponerse horrible como la bruja que
era, sus cabellos crecieron y se engrosaron... Hasta que, lentamente,
haciendo unos sonidos de huesos quebrados, la cabeza empezó a
desprenderse del cuerpo, el cuello se estiraba y no salía nada de
sangre.
Apurado corrí a esconderme y la cabeza salió volando por la
ventana. Ya afuera, comenzó a hacer esos horribles chillidos y se
largó al centro del pueblo. El cuerpo se quedó tirado en la cama,
moviéndose de cuando en cuando.
Así comprobé, amigos míos, que esa mujer, mi mujer, mi Floriana,
era la malvada uma que estaba matando gente inocente en el pueblo.
Pero esta historia no termina así. Dolido, confundido, llorando y
lamentando mi suerte, me sentí culpable porque era yo quien la
estaba empujando a pecar, así que opté por no ir a trabajar al día
siguiente y me quedé a esperarla hasta su regreso. Había decidido
terminar con ella.
La uma llegó volando, la belleza de la mujer original estaba
totalmente perdida, pues la cabeza tenía los ojos rojos, las orejas
enormes, la nariz larga, los dientes crecidos y con rastros de sangre
fresca. Vomité bilis al recordar que una noche antes había dormido con
ella.
Me quedé sentado, llorando, esperando que avance la mañana
para tocarle la puerta y hacer como si nada supiese yo. Ya iba a llegar a
su puerta, cuando vi al Pedruscha el primo de floriana que entraba a la
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casa sin tocar porque la puerta estaba sin cerrojo. “algún encargo tendrá”,
pensé, y sin pesarlo fui a la ventana a ver si mi amada bruja ya se había
despertado. Ay, amigos, si mis lágrimas caen aun estando muerto es
porque seguramente la pena y el dolor me los llevaré hasta la eternidad.
Al asomarme por la ventana, vi al Predruscha besándose locamente con
su prima, en la cama, dándose vueltas como fieras en celo, amantes
perdidos. Entonces, ciego de ira entre en la casa y derecho me fui a la
cocina a coger el machete más grande. -¡tú habías sido la uma,
desgraciada , porque además estás viéndote con tu primo¡- le grite
apresado por la rabia ; y , sin que ella pudiera reaccionar , le descargue un
machetazo en el cuello con tanta fuerza que la cabeza salió volando
y, ahora sí, derramando un chorro de sangre que salpicaba por todas
partes.
El Pedruscha no me dio tiempo ni para arrepentirme. Luego de dar
el machetazo, sentí un frío en mi yugular y mi cuerpo se desplomó de
inmediato, mientras mi alma volaba a este sitio de tinieblas.

DOS

Ay, pobre músico, qué triste tu historia... Ojalá los allqos se


apiaden de ti, aunque es algo que tú mismo te lo buscaste por meterte
con mujer casada.
Ahora yo les contaré lo que me tocó vivir para morir. Mi
historia se parece un poco a la tuya, violinista, pero con otro final.
Yo soy de Pampas, Huancavelica, tierra de ricos quesos, suave
mantequilla y crocantes lechones. Mi pueblo es pequeño y todos nos
conocemos, es común estar saludando a todos cuando sales a la calle. Por
eso me da mucha vergüenza lo que me pasó, todo el mundo sabrá mi
desgracia y estará hablando de mí.
Yo, hombre adulto, me comprometí con una jovencita que nunca
había estado con ningún hombre, doncella era. Siempre la visitaba a
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su casa llevándole ya una cosita, ya otra. En su casa ella solo vivía


con su madre y su abuela, dos viejas que me miraban torcido, me
servían el café tibio y de mal gusto, pero que me permitían salir a
pasear con mi chiquilla.
Ella estaba feliz conmigo, solo me decía que no la visite los
días martes, jueves y viernes porque tenía compromisos familiares.
Y esto fue por varios meses, y yo a veces tenía deseos de verla esos días,
sobre todos los viernes de feria. Entonces me pregunté: « ¿Por qué no
querrá que la visite esos días? ¿ Acaso tendrá un mozalbete por ahí?
Y eso me ponía cada vez más impaciente, hasta que decidí ir a
visitarla un martes. Llegó el día fijado y me dirigí hasta su casa,
disfrazado con un gorro y una barba para poder aguaitarla.
La noche estaba negra, y vi que adentro encendían velas y
quemaban maderas aromáticas. Me acerqué a la ventana y lo que vi
me hizo doblar las rodillas de purito miedo. Mi chica, mi doncella,
era una bruja igual que su madre y su abuela. Las vi a las tres tiradas
en el suelo, haciendo movimientos en círculo, y luego se sacaban la
cabeza como si fuera un sombrero, mientras sus cuerpos se quedaban
postrados en la cama dando unos chillidos horribles. Después, sus
cabezas salían a volar, a hacer todas esas maldades que las umas hacen
en mi tierra: les gusta buscar y atacar a hombres jóvenes, pasar
volando en medio de sus piernas y, si apenas los tocan, dejarlos
malditos de por vida pues ya no podrán reproducirse o simplemente
morirán. También les gusta ir a fastidiar a las personas con las que no
se llevan bien cuando son mujeres normales. Buscan a las señoras del
mercado que no les quisieron fiar, que les cobraron de más, al
estibador que no les quiso llevar su costal de papas porque pagaban
poco, a la mujer del restaurante que no les dio su yapa, en fin, se
ponen a hacer todas su maldades aprovechándose de sus poderes
sobrenaturales.

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Indignado por semejante engaño, me metí al cuarto de las brujas


para, poniéndome fuerte, hacer lo que se tiene que hacer cuando
alguien descubre a una uma: ponerle espinas o ceniza en el cuello del
cuerpo para que la cabeza no se vuelva a pegar.
Eso hice pero, cuando iba a escapar, sentí las risas de las mujeres
que estaban llegando, así que solo me quedó meterme debajo de la
cama, sudando frío y rezando a todos los patronos. Las umas entraron
volando al cuarto queriendo pegarse a sus cuerpos para regresar a su
estado normal, pero por más que lo intentaban no podían porque sus
cuellos estaban con ceniza.
Entonces no sé qué me pasó y comencé a reírme a carcajadas al
ver que las brujas no podían regresar a su cuerpo y que morirían al
llegar la mañana. Esa fue mi perdición. La bruja más vieja me vio y
se lanzó sobre mí, buscando mi cuello para pegarse ahí. Pero yo, astuto,
también me había puesto ceniza en todo mi cuerpo y comencé a
correr y correr. Todavía estaba oscuro y me dirigí a un campo de tunas.
Yo sabía muy bien que las umas tenían miedo de ir por las
espinas porque sus cabellos podían enredarse. Cuando estaba por
llegar a los tunales, volteé y vi que las dos cabezas viejas estaban muy
cerca de mí, abriendo sus bocas para morderme. Entonces me lancé
debajo de un tunal grande y las cabezas, tratando de agarrarme, se
lanzaron también y se quedaron atrapadas entre las pencas llenas de
espinas. Ahí se quedarían hasta secarse.
Hasta que escuché la voz dulce de mi chiquilla: —Cariño, pélame
una tunita, tengo hambre, ahora vamos a ser felices solos tú y yo...
Y c o m o e l a m o r e s l a p e r d i c i ó n d e l o s h o m bres, me dejé
llevar, cogí la tuna más roj a y grande y salí de mi escondite para
ofrecerle el jugoso fruto a mi amada.
Ni bien estaba alargando mi mano para hacerle comer, la uma se
lanzó a mi entrepierna y me asestó su fatal mordisco. En mi agonía,
solo vi que trató de ayudar a las otras dos cabezas, pero al parecer
ya se habían muerto, así que, llorando, la joven uma se lanzó sobre
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el cuello de una taruka que pasteaba por ahí, y se fue corriendo como
un alma en pena.
Yo la vi perderse en la lejanía y ahí nomás sentí que mi alma
abandonaba mi cuerpo y comenzaba a recorrer ese feo camino de
cenizas y espinas.

TRES
Mi nombre es Jacinto Mercado, pero en mi pueblo de
Chupuro, Junín, todos me conocen como Don Jacinto. Les voy a
contar cómo es que la muerte de este viejo se anticipó un poco al
tiempo previsto. Un día de este mes de agosto, cuando la helada azota
el clima serrano en las noches y el calorcito seco de los Andes calienta
en las mañanas, tendí mi cosecha de ocas en el patio de mi casa para
endulzarlas con el sol. Todos los años hacía eso, porque yo soy un
hombre que sabe comer bien. Tengo (bueno, tenía) mis chacras de
choclos hermosos y alcachofas floridas. Así, también, tenía mis
animalitos para mi beneficio cuando se me antojaba comer alguna
carne en especial.
En fin, les decía que había puesto mis ocas a que tomen sabor con
el sol. Pero sucedió que me ocurrió algo muy feo, pues a la mañana
siguiente encontré mis ocas pisoteadas, llenas de barro, partidas y
masticadas a medias, como si un chancho o una plaga les hubiera
hecho daño.
Yo pensé que era el enorme chancho capón que tengo amarrado
en el traspatio, porque de tan voraz que es se comía hasta a los pollitos
y los cuyes, y deduje que el maldito se había escapado de noche para
comerse mis ocas. Por eso, ese mismo día amarré al chancho con una
soga gruesa y puse una doble tranca en su chiquero.
Pero, a la mañana siguiente, las ocas aparecieron otra vez
dañadas. Y así ocurrió las cinco noches siguientes. Entonces decidí no
dormir y hacer guardia para descubrir quién estaba arruinando mis
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ocas dulces. Pero apenas pestañeaba o me descuidaba, las ocas


aparecían otra vez comidas y partidas. Tanto llegó a molestarme el
asunto que una noche permanecí despierto todo el tiempo.

Y fue a la medianoche cuando vi bajar sobre las ocas algo


parecido a un ave oscura y de regular tamaño, casi como una gallina
gorda. Pero apenas me moví, el ave huyó. Al día siguiente, me armé
con una honda de jebe y unas piedras filudas para cazar al maldito
bicho. A las doce se presentó nuevamente el ave negra, pero fallé en la
puntería y el animal escapó en rápido vuelo.
A la mañana siguiente, conversé con mis vecinos sobre ese raro
caso del ave oscura. Y fue doña Isidora, una señora anciana con más
de ochenta años, quien me habló así:
—Este que está perjudicando tus ocas es el tac tac. También le
llaman quequi o simplemente uma. Seguro que alguna mujer está saliendo
aquí con su pariente. Para que la reconozcas, coloca juncos y espinas
sobre tus ocas, ahí se va a enredar su pelo y la podrás agarrar. Le
pintas la cara con carbón en algún lugar y después la sueltas. A día
siguiente, verás quién es, porque va a andar con la cara tiznada. Pero,
Ojo, no vayas a decirle «Tú eres quien te comías mis ocas» ni tampoco
«Tú volabas de noche», porque entonces tú mismo vas a morir.
Con estos consejos, puse alrededor de las ocas grandes manojos
de juncos y espinas y en la noche me puse a vigilar. A las doce en punto,
se presentó otra vez el ave, que no era un ave sino una cabeza de mujer
que volaba con largos cabellos soltados al viento. La cabeza trató de
pasar sobre las espinas para comer las ocas, y en ese intento se
enredaron sus cabellos en los juncos y ya no pudo alzar vuelo otra vez.
Entonces corrí y la cogí por las mechas y vi que era la cabeza
de una mujer joven, estaba desfigurada, daba horribles gritos y se
esforzaba por zafarse de mis manos. Y como vio que no podía
escapar, empezó a rogarme con dulce voz que la soltase,
ofreciéndose a pagarme de cualquier modo el daño de mis ocas y
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prometiéndome no volver más. Yo acepté soltarla, pero antes le pinté la


cara con hollín sin que ella se diera cuenta. Luego la uma se fue
volando.
Al día siguiente, vino a visitarme mi hijo Julián con su
prometida, la Paulina, una hermosa mujer de ojos radiantes como
el fuego. Los hice pasar y juntos nos pusimos a preparar el desayuno,
cuando, de pronto, ¿qué cosa?, me pregunté asombrado, mirando el
lado derecho de la cara de la moza... ¡Tenía la marca del hollín que
yo le había hecho a la uma! Entonces recordé lo que alguna vez el
opa Cirilo dijo en el pueblo aunque nadie le prestó atención por
pensar que estaba loco: la Paulina había estado con su tío Adalberto
entre los maizales de su hacienda.
Tan indignado y fuera de mí me puse, que olvidé la advertencia
de doña Isidora y me lancé sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le
dije que era una cualquiera, que había venido a mi propia casa a
hacer daño a mis ocas no contenta con estar engañando malamente
a mi hijo.
Para qué lo hice.
—¡Viejo de porquería! —gritó—, ¡vas a moriiirrr! —y sus
ojos claros se pusieron blancos y comenzó a transformarse en una
bruja, hasta que con sus manos desprendió la cabeza de su cuerpo.
Mi hijo estaba petrificado, lelo, sin reacción, y la uma vino
volando hacia mí y me mató a mordiscos en todo el cuerpo. No sé
qué será de mi Julián, lo he buscado por aquí, pero no lo encuentro,
quizá la bruja lo ha hechizado y ahora están viviendo juntos en mi
propia casa. Por eso ahora solo espero alcanzar el Hanan Pacha
para pedir justicia a los dioses del cielo.

CUATRO
Los he escuchado atentamente —dijo la cuarta alma sin
moverse de su sitio, siempre de perfil, con la mirada fija en las aguas
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del río de sangre—, sus muertes han sido realmente lamentables y todas
por haberse topado con las temibles cabezas voladoras, que los
hombres allá arriba llaman de distintas maneras.
Yo no tengo mucho que contar, la historia de mi muerte es muy
parecida y distinta a la vez.
No importa de dónde soy, al final todos hemos vivido y
sobrevivido gracias a la generosidad de la Madre Tierra, que es una
sola en todo el mundo. Lo que sí tiene cada uno es su propia madre, la
que nos tuvo en su vientre largos meses y luego, con dolor y
sufrimiento, nos alumbró y nos hizo ver la luz de los días. Nadie ha
dicho cómo han quedado sus madres después de sus muertes repentinas,
seguro en este momento los están llorando y alistando sus ropas para
lavarlos al quinto día y ofrecerles un rezo para su salvación. Yo, en
cambio, no tengo madre allá arriba que llore por mí.
Bueno, les relataré cómo es que me tienen aquí con ustedes,
esperando la llegada de esos perros negros para rogarles que nos
hagan cruzar el negro río.

A mí, por mi fuerza y mi sensatez, me nombraron jefe de los


ronderos de mi pueblo, pese a ser joven. Entonces tomé en serio mi
trabajo y, con los demás ronderos, comenzamos a impartir justicia. Que
si alguien había robado ganado, no descansábamos hasta encontrarlo
y aplicarle la justicia que merecía. Que si alguien había matado a
una persona indefensa para robarle o por lío de amores, lo
agarrábamos y lo castigábamos ejemplarmente. Que si alguien había
alzado la mano a su mujer, le hacíamos pagar muy caro su terrible
pecado. Así, al poco tiempo el pueblo comenzó a caminar mejor. La
justicia del gobierno también nos apoyaba y no permitíamos
excesos de ningún lado.
Con lo único que no podíamos terminar era con los asesinatos
que cada martes y jueves sufrían hombres y mujeres. Nadie podía
acabar con la cabeza voladora que esos días salía a morder gente
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para servirse de su sangre. Eso ya tenía años, la gente casi se había


acostumbrado y resignado, era algo normal, hasta se pensaba que era
un castigo eterno de los dioses, enojados por alguna falta cometida.
Habían hecho de todo por saber quién era esa bruja que en las noches
podía desprender su cabeza y echarla a volar para cometer maldades.
Pero nunca pudieron dar con ella.
Yo estaba saliendo con una chica que se dedicaba a hacer lindos
bordados. Felipa se llamaba, era gordita y zumbona como una abeja,
pero dulce como la miel. Un día que nos quedamos conversando
hasta muy noche porque afuera la lluvia y los truenos eran
amenazantes, me dijo que había escuchado un sonido debajo de los
tablones del piso de la sala. Mi madre dormía en su habitación, así
que pensé que podían ser ratas o jarachupas. Yo también oí ruidos
extraños, como de gente, chillidos. Como en la sala no había nadie
más, nos fuimos acercando en silencio y pegamos el oído a las
maderas del suelo. Y como si fuera un relámpago, pude observar por un
agujero lo que nunca hubiese querido ver: mi propia madre estaba
allá, en un cuarto alumbrado por velas, convulsionando, separando
su cabeza de su cuerpo.
—¡Corre, trae espinas! —le dije a Felipa, sin pensar en nada.
Levanté de inmediato los tablones del piso y salté a ese cuarto
oscuro que en realidad era un túnel que conducía al campo. Mi
madre, ya transformada en bruja, se sorprendió mucho al verme,
pero el espíritu que había en ella fue más fuerte y se lanzó sobre mí
para matarme. Pero justo cuando me iba a morder, sus ojos se
llenaron de lágrimas, me dirigió una mirada triste y se alejó volando.
La maldición de una uma solo se pasa de mujer a mujer, y el único
hijo varón que tuvo nació normal, por decir algo.
Felipa llegó y me encontró arrodillado, llorando sobre el
cuerpo sin cabeza de mi madre. Al verla le grité y le dije que se largara
de ahí, que me dejara solo... Me quedé toda la noche en esa cama de

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paja, acariciando el cuerpo de mi madre, emborrachándome y


llorando inconsolablemente. Cuando llegó el amanecer, ya sabía lo
que tenía que hacer: coloqué las espinas en el cuello y alrededor de
todo el cuerpo para que la maligna cabeza no volviera a unirse. Sabía
que estaba matando a mi propia madre, pero también que seguiría
cargando con los muertos del pueblo toda mi vida. ¿Ustedes qué
hubieran hecho?
Bueno. Llegó, pues, la cabeza poseída de mi progenitora y trató
de pegarse al cuerpo, pero ya no pudo. Lanzó agudos chillidos,
botó fuego por los ojos y dio muchas vueltas alrededor del cuerpo, pero
no pudo unirse nuevamente a este. Yo estaba parado, esperando la
muerte, el mordisco fatal a manos de quien me dio la vida. Pero no,
la cabeza quiso seguir viviendo y, con un rápido vuelo, se dirigió a mi
cuello y se prendió fácilmente de mí. Me convertí, así, en un monstruo
de dos cabezas, mientras mi cuerpo no sabía a quién obedecer.
Y en eso estaba, hasta que sentí una fuerte punzada en la espalda
que me paralizó todo. Vi en la tiniebla cómo Felipa sacaba el
cuchillo ensangrentado y cubierto de ceniza, la única forma de matar
a una uma pegada a un cuerpo. Pero ya mi vida había dejado de
pertenecerme, morí como un horrible monstruo de dos cabezas.
Y mientras decía esto, giró lentamente el cuerpo para ver a sus
compañeros de muerte y todos se quedaron estupefactos al ver que
ahí estaba la horrible cabeza de la uma, su propia madre, pegada al
cuello del joven muchacho.
En ese momento, del otro lado del río, vieron que las aguas
sangrientas se agitaban y que se acercaban nadando, jadeantes, tres
perros negros.

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VOCABULARIO -Opa: de poca capacidad intelectual, tonto,
idiota. También se llama así a los locos
-Aguaitar: acechar, espiar. indigentes.
-Alumbrar: dar a luz, parir. -Patrono: santo o santa elegido como
-Amorío: relación amorosa pasajera. figura protectora de un pueblo o una
-Ánima: alma en pena. congregación.
-Bilis: líquido amargo, verdoso o -Penca: hoja o tallo en forma de hoja de
amarillento, que segrega el hígado y es vital algunas plantas, como la tuna.
en el proceso digestivo. -Progenitor: padre o madre biológicos, de
-Camuflado: escondido, disimulado, que sangre.
intenta parecer otra cosa. Reilón: que es alegre, risueño, se ríe
-Capón: hombre o animal castrado. mucho.
Carnavalito: música y baile tradicional Resquicio: abertura pequeña.
de América, de ritmo alegre, similar al Rumoroso: que produce un ruido vago y
huaino. continuado.
-Chiquero: lugar donde se crían chanchos. Taruka: nombre aimara y quechua para el
-Deambular: caminar sin dirección venado andino. También se escribe taruca.
determinada. -Tiznado: manchado con tizne, hollín
Doncella: mujer virgen, que no ha tenido o ceniza.
relaciones sexuales. -Toril: música tradicional de Apurímac
-Escarcha: rocío congelado que cae durante que se toca antes de las corridas de toros.
la noche.
Estibador: obrero que se ocupa de la carga
-Tortuoso: que tiene muchas vueltas y
y descarga. rodeos.
Helada: fenómeno climático que se -Traspatio: segundo patio, atrás del
produce cuando las temperaturas bajan y el principal.
agua se congela. -Tunal: zona donde abundan las plantas de
-Jadeante: que respira fuertemente como tuna.
resultado del trabajo o ejercicio intenso. -Voraz: que come desmesuradamente, con
muchas ansias.
-Jarachupa: pequeño mamífero nocturno,
-Zumbón: burlón, poco serio.
muca, comadreja.
-Junco: planta de tallos largos, puntiagudos
y duros. Cada uno de los tallos es también
llamado junco.
Lelo: atontado, pasmado, incapaz de
reaccionar.
-Lindero: límite, frontera.
-Magnolia: hermosa flor blanca que es
símbolo de la belleza femenina. Se llama
también así al árbol que la produce.
-Mirar de reojo: mirar disimuladamente,
sin voltear la cabeza.
Mollea árbol nativo, típico de la sierra del
Perú.
Mozalbete: hombre joven.
-Oca: tubérculo comestible de color
amarillo y sabor dulce. Se cultiva en la
región andina.

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