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RESEÑA DE “SAPIENS” O “DE ANIMALES A DIOSES” DE YUVAL NOAH HARARI

Por Jorge Senior


Enero de 2016

Reseña informal comentada del libro “De Animales a Dioses”1 de Yuval Noah Harari (publicado en
inglés en 2013, en español en 2014 y en Colombia en 2015). Este autor estará próximamente en
Cartagena2.

INTRODUCCIÓN

Esta nota no es una reseña académica, pues no cumple sus requisitos. Su propósito es no sólo
recomendar la lectura de este libro sino, además, comentar libremente su contenido, el cual
coincide en gran parte con otra nota que publiqué hace algunos meses bajo el título “El Gran
Relato”3.

En efecto, el texto es un gran relato de la epopeya humana. Hace parte de un género llamado
Macrohistoria o Big History que, en buena hora, parece estar cogiendo auge, en contravía de la
tesis posmodernista de la desaparición de los metarrelatos4. De hecho es un meta-meta-relato
pues engloba a las distintas ideologías, religiones y sistemas de pensamiento, fundamentándose
hasta donde le resulta posible en avances recientes de la ciencia (la frase “hasta donde sabemos”
o similares aparece varias veces). Se trata entonces de responder “hasta donde es posible” las
tres preguntas clásicas: ¿de dónde venimos? ¿qué o quiénes somos? ¿adónde vamos?

Este mismo gran tema con sus tres preguntas clásicas fue abordado por Edward Wilson en su libro
La conquista social de la Tierra, publicado en noviembre de 2012, es decir, poco antes del libro de
Harari, a quien nos referiremos en adelante por sus iniciales YNH. Y es el tema de un cuadro de
Gauguin que le sirve a Wilson de portada. Es significativo que Wilson sea biólogo (entomólogo y
conocido como el padre de la Sociobiología) y que YNH sea historiador (por cierto, el autor israelí
muestra cierta debilidad en su formación biológica, así como Wilson en la formación histórica, lo
que indica la necesidad de un trabajo en equipos interdisciplinarios más que autores individuales
para profundizar esta línea de investigación; YNH, por ejemplo, parece que no ha entendido bien
cómo se produce el proceso de especiación y su obra trae errores en este aspecto o la otra
explicación es que se toma libertades literarias excesivas: ver páginas 17 y 30). Es claro que esto

1
En España publicado con el título de Sapiens, al igual que en inglés.
2
Esta reseña fue escrita los primeros días de enero de 2016 y efectivamente, poco después, Harari estuvo
en el Hay Festival de Cartagena, donde pude escucharlo un par de veces.
3
También publicada en esta red académica
4
Sobre esto escribí una nota titulada “El futuro de las ciencias sociales y el retorno de los metarrelatos”
hace parte de la tendencia que hemos llamado la “biologización de las ciencias sociales”5.
Después de un tiempo en que la historiografía, por orfandad de teoría, se hundió en la
microhistoria, ha vuelto a renacer la visión de conjunto, primero desde autores con base biológica
(como Jared Diamond y Steven Pinker, cuya influencia se nota en YNH) y luego por los propios
historiadores, al menos por aquellos que se atreven a pensar en grande.

No hay duda que los avances en genografía (que se fundamenta en la genética de poblaciones y la
biología molecular) y en neurociencia (con base en fRMI y otras tecnologías) han tenido un
impacto gigantesco en el conocimiento de la historia y la prehistoria, humanas y homínidas.
Nótese que todo surge a partir de nuevas técnicas de investigación creadas en los últimos 25 años,
las cuales abren el acceso a información que antes nos estaba vedada. La lección para los
científicos sociales es que deben estar abiertos y receptivos a la innovación técnica de la
investigación y no fosilizarse en los viejos métodos tradicionales.

En resumen, el libro en cierto sentido expresa el estado del arte de la macrohistoria, pero también
introduce la visión y los aportes originales del autor desde su reflexión personal. Esto significa que
estamos ante un ensayo, no un texto científico como tal. Pero su marco de referencia es la ciencia.
No me atrevo a catalogarlo como ensayo filosófico, pues eso sería estrechar sus alcances, sesgarlo
hacia los vicios profesionales de los filósofos, con lo cual perdería la frescura que de hecho tiene.
Tal vez podría considerarse un ensayo de divulgación en su mejor sentido: poner al alcance del
público general los desarrollos científicos y reflexionar sobre sus implicaciones6.

PÚBLICO LECTOR

Este libro no utiliza terminología rebuscada ni se enzarza en discusiones academicistas, por lo que
es perfectamente accesible a un estudiante de educación media y de ahí en adelante a personas
de cualquier profesión o formación (sería muy recomendable para estudiantes y maestros de
secundaria y de universidad). El autor elucubra hipótesis de gran alcance pero al mismo tiempo
narra situaciones concretas, de tal modo que el escrito va y viene entre el nivel concreto y el nivel
abstracto, que suele ser siempre el más difícil. Es una buena exposición didáctica con ocasionales
giros que pueden sorprender inteligentemente al lector. Lo que si puede suceder es que choque
con los prejuicios y dogmas de tipo religioso o ideológico que pueda tener el eventual lector.
Advertencia: Ningún sistema de pensamiento queda indemne, no queda títere con cabeza. Todas
las ideologías religiosas, políticas y económicas quedan categorizadas como mitos o ficción7, lo
cual no impide que el autor sopese los aspectos funcionales reales que generan (efectos sociales y
psicosociales que pudieran considerarse positivos).

5
Tema de otra nota de 2015 y de una ponencia presentada en el Congreso de Filosofía Científica en Buenos
Aires, Argentina, en septiembre de 2015.
6
Modalidad que algunos denominan “la tercera cultura”, divulgación científica reflexiva y de alto nivel que
se convierte en el insumo principal de la deliberación pública racional de hondo calado, reemplazando el rol
que antes cumplían filósofos o cientistas sociales.
7
No es el caso de la ciencias
PERIODIZACIÓN Y ESTRUCTURA

El autor retoma una periodización de la historia humana que ya tiene bastante consenso, la cual
establece tres momentos críticos o revoluciones: (1) la revolución cognitiva del paleolítico tardío
hace 60 o 70.000 años, (2) la revolución agraria del neolítico hace 12.000 años y (3) la revolución
científica (en estos últimos 500 años) que da paso a la modernidad (por qué etiquetarlo con la
revolución científica y no con la revolución industrial, el capitalismo o la modernidad es algo que
se implica en el texto). Nótese que el paso “del mito al logos” en la antigua Grecia, que tanto
encanta a los filósofos, no se incluye y, de hecho, ni siquiera se menciona. Esto podría entenderse
de dos formas: (a) o la tesis de YNH niega o borra esa partición, (b) o simplemente no aparece por
su menor relevancia. Soy partidario de la interpretación b.

En términos demográficos, en el estadio 1, algunos milenios después de la revolución cognitiva, la


humanidad ronda el millón de personas en el viejo continente (aún no hay gente en Oceanía y
América). Hoy cabrían todos en una ciudad mediana. En la época de la revolución agraria, en el
neolítico, la población global en los cinco continentes alcanza el orden de magnitud de 10
millones. Algo así como la población del Caribe colombiano. En la época de Colón había unos 500
millones de Sapiens y hoy ya rebasamos los 7.000 millones. Ahora bien, entre la revolución
cognitiva y la agraria, había por lo menos otras cuatro especies humanas, especies del género
homo, distintas al Sapiens: reductos de Homo Erectus (la más exitosa especie de homínidos por su
extensión y duración) en Asia Oriental, Denisovianos en Asía Central, Neandertales en Medio
Oriente y Europa y los extraños “pigmeos” de la isla de Flores. Estas especies se extinguieron en
ese período.

La estructura del libro tiene 20 capítulos distribuidos en cuatro partes. La primera, la segunda y la
cuarta corresponden a las tres revoluciones mencionadas y se interpola una tercera parte bajo el
título: La unificación de la humanidad. Un breve epílogo cierra las 450 páginas de impactante
lectura. El título del epílogo es: El animal que se convirtió en un dios.

REVOLUCIÓN COGNITIVA

La revolución cognitiva que vivió el Homo Sapiens en el paleolítico tardío, es un hecho que se
evidencia por sus efectos, pero sus causas se desconocen, aunque se supone debieron ser cambios
genéticos. Por esta razón YNH no se detiene mucho a analizar las posibles causas sino sus efectos:
una ínfima población de Sapiens, que estuvo al borde la extinción en el noreste africano, en unos
cuantos milenios se desparrama por todo el globo, detona una explosión cultural, se dispara
demográficamente, extingue a las otras especies humanas y a la mitad de la megafauna existente
(sobre todo al irrumpir en Oceanía y América) y, finalmente, se consolida en la cima de la cadena
alimentaria como el más extraordinario depredador. Una gesta verdaderamente épica y letal.
Alrededor de esta epopeya vital, YNH baraja diversas hipótesis, para luego pintarnos el panorama
de una sociedad paleolítica “opulenta”, con una dieta diversa y saludable, pocas enfermedades y
mucho tiempo libre, aunque desde luego no todo era color de rosa, pues la vida rústica es dura
(YNH le sigue la línea al enfoque de la psicología evolutiva). El “caso judicial” de la culpabilidad del
Homo Sapiens en tales extinciones no se ha cerrado, pero los indicios apuntan a su condena.

La idea central de esta primera parte es la siguiente: la revolución cognitiva es lingüística y social.
El lenguaje repotenciado por nuevas capacidades neurales confiere a los miembros de la especie
no sólo la posibilidad de transferir mayores volúmenes de información, sino además capacidades
de cooperación a mucha mayor escala (lo que Wilson llama la “eusocialidad”, clave del poderío
humano) y la posibilidad de crear ficción. En el origen fue el chismorreo al calor del hogar, sugiere
YNH (bueno, otros autores hablarían de inteligencia social, teoría de la mente, tecnología social,
etc). Como sea, con esta nueva herramienta cognitiva, la imaginación se amplifica
exponencialmente, extendiéndose en el espacio, el tiempo y las combinatorias de
representaciones (recordar a Hume), con independencia de la verdad y la mentira.

La respuesta de YNH a la pregunta por la eusocialidad es muy distinta a la de Wilson. Para éste el
asunto es de selección de grupo, cuidado del “nido” y coevolución genético-cultural. Para YNH se
trata del poder de la ficción para generar creencias compartidas, las cuales constituyen el
“pegamento mítico” que permite la cooperación a gran escala entre extraños (como las redes de
comercio, por ejemplo). YNH plantea el tema de la relación biología y cultura (o biología e
historia) como una especie de bifurcación a partir de la revolución cognitiva en la cual la cultura
gana una notoria independencia frente a la biología, aunque ésta sigue siendo el marco que
impone los límites. Es cierto que la evolución cultural es más rápida y flexible que la biológica,
pero eso no significa que ésta desaparezca del radar. YNH no parece concebir que la evolución
biológica no se detuvo hace 70.000 años, lo cual es un craso error. Cuando más adelante en el
libro, trata el tema de las razas, YNH minusvalora el impacto de la biología y al hacerlo cae en el
mito de lo “políticamente correcto”. Ya sea que niegue la evolución biológica reciente o que la
considere irrelevante, en mi concepto YNH se equivoca. Y además, desconoce el concepto de
coevolución biológico-cultural, que es muy fecundo.

El punto es que, según YNH, con la revolución cognitiva el Homo Sapiens empieza a vivir en una
realidad dual. Por un lado está la realidad objetiva que todo animal enfrenta. Y por otra parte está
la realidad intersubjetiva, que a pesar de ser pura imaginación social, puede presentarse ante el
individuo con la misma fuerza de la realidad objetiva, como todos sabemos por experiencia propia.
Esta idea es muy potente. A estos constructos sociales o creencias compartidas, YNH los
denomina “órdenes imaginados” y en última instancia, son mito o ficción. El concepto de “orden
imaginado” es más amplio y abarcante que otros conceptos tradicionales como “ideología” (Marx),
“instituciones” (Veblen), “epistemes” (Foucault). Una manera fácil de representarlo es como
aquello que desaparece si desaparece el ser humano, pues sólo se sostiene por la creencia de éste.

Resumiendo, según YNH, estos mitos o ficciones son el secreto del éxito humano, la clave de la
cooperación a gran escala (eusocialidad).
REVOLUCIÓN AGRARIA

Después de un cambio climático que trajo tiempos más cálidos, en el lapso que va entre 11.000
años a.p. (antes del presente) y 4.000 años a.p., los seres humanos domesticaron diversos
animales herbívoros y plantas en por lo menos 10 epicentros independientes en Asia meridional,
África subsahariana, Nueva Guinea y las Américas, y desde allí se diseminó la agricultura y la
ganadería por muchos territorios (ver también Jared Diamond8). Hay que aclarar que primero se
había dado la domesticación del lobo en Europa hace unos 30.000 años. También es bueno dejar
claro que el uso agropecuario del suelo, hasta hace unos 600 años, no pasaba del 2% de la
superficie del planeta Tierra o 14% de la parte terrestre, esto es, 11 millones de kilómetros
cuadrados.

Más que domesticación, la relación entre el ser humano y algunas especies es un caso de
mutualismo, pues es de doble vía. Por ejemplo, el autor narra cómo el trigo domesticó al animal
humano. YNH baraja las hipótesis de mayor consenso sobre cómo se dio este paso de la vida
nómada en cuadrillas de cazadores recolectores a la vida sedentaria en aldeas de agricultores y
ganaderos, pero nunca utiliza el concepto de selección de grupo (no genética en este caso)9.

Su tesis central es que la revolución agraria fue el mayor “fraude” de la historia. Si bien la
agricultura-ganadería no obedeció a un plan consciente de largo plazo, sí fue el producto de una
sucesión de decisiones graduales de algunos grupos humanos en un plazo relativamente corto.
Cada paso era visto como una mejora o ventaja, por ejemplo para asegurar y facilitar el
abastecimiento de alimentos. El resultado no esperado es que la vida si acaso mejoró para unos
pocos y empeoró para la mayoría, en razón de que se incrementó y rutinizó la jornada laboral, y
que la vida sedentaria en aglomeraciones propició la difusión de enfermedades infecciosas y los
problemas de seguridad debidos a guerras y robos. Las consecuencias no planeadas fueron el
crecimiento demográfico y la estratificación social. YNH no abunda en el análisis de la esclavitud y
el surgimiento de clases sociales y propiedad privada, pero si enfatiza en la “trampa del lujo”. El
aumento de la producción benefició al colectivo pero no a los individuos.

Hace 10.000 años había entre 5 y 8 millones de cazadores recolectores nómadas. Hace 2.000 años
sólo quedaban de 1 a 2 millones de cazadores-recolectores pero ya había 250 millones de
agricultores-ganaderos en el mundo. Es entonces evidente el triunfo demográfico de la
agricultura, pero existe una discrepancia entre el éxito evolutivo y el sufrimiento individual. Los
humanos cayeron en la trampa sin siquiera darse cuenta y sin reversa posible, y asimismo
aconteció con los animales y plantas que “aceptaron” el “acuerdo fáustico” con los Sapiens.

El profesor Harari en varias partes de su libro argumenta un punto de vista que resultará muy
grato para las nuevas sensibilidades que tocan las fibras de los grupos animalistas. La alianza

8
“Armas, gérmenes y acero”
9
En mi caso estoy más cercano a la hipótesis de la selección de grupo y co-evolución biológico-cultural
mutualista significó un gran éxito para las especies involucradas. Actualmente hay 300 millones de
toneladas de humanos y 700 millones de toneladas de animales domésticos, mientras que los
animales salvajes terrestres a duras penas alcanzan una biomasa de 100 millones de toneladas. En
otras lecturas he visto datos un poco distintos pero la idea es la misma: el mutualismo con los
humanos fue un notable éxito evolutivo (por ejemplo, apenas hay un lobo por cada 2.000 perros).
Pero las plantas y, sobre todo, los animales, pagaron un precio alto por ese acuerdo fáustico. Las
plantas se volvieron totalmente dependientes de los humanos y los animales se vieron atrapados
en formas de vida anómalas, sujetos a una selección artificial a la medida de los intereses
humanos que no necesariamente coinciden con los intereses de los animales más allá del traspaso
de la herencia genética. Al humano puede interesarle el bienestar físico del animal de granja pero
no su bienestar psicológico y hoy sabemos que mamíferos y aves tienen necesidades en ese
aspecto. El asunto llegó al extremo después de la revolución industrial que convirtió al ser vivo en
un simple tubo acumulador de carne que sufre una vida realmente terrorífica en una cinta de
producción en serie. Hoy por hoy sacrificamos 50.000.000.000 de animales cada año, siete veces la
población humana (y aun así hay hambre en el mundo). YNH considera a la industria pecuaria el
mayor crimen de la historia.

La moraleja es que no hay justicia en la historia. Temas como las jerarquías sociales, los problemas
raciales y de género, dejan aún muchas preguntas por resolver. De todos modos las sociedades
agrarias dieron paso a organizaciones sociales más complejas y jerarquizadas con una nueva
concepción del tiempo, mejores tecnologías y basadas en órdenes imaginados (tecnologías
sociales, instituciones, religiones, sistemas políticos) de mayor alcance y dimensión.

Un orden imaginado no es una conspiración malvada ni un espejismo inútil, no es ni un fraude ni


una charada. A diferencia de lo que hacen las teorías conspirativas que tanto pululan en las redes
sociales, un constructo social de esta índole no puede ser explicado con base en el cinismo de las
élites poderosas. Es posible que en esas élites haya personas que sólo simulan compartir la
creencia, pero se necesita que la mayor parte de la élite y de la población realmente crea en ese
orden imaginado, de ahí su fuerza y permanencia. El concepto de orden imaginado hace
referencia a un orden intersubjetivo que modela al mundo material y a nuestros deseos
permitiendo la cooperación a gran escala y su variabilidad no es una mera función de la genética.
Una sociedad no puede prescindir de ellos y si alguno decae debe ser reemplazado por otro (al
estilo de lo que afirmaba Kuhn de los paradigmas en la ciencia). Al ser algo imaginado es difícil de
sostener a medida que crece el tamaño y complejidad de la sociedad. Hace 5.500 años los
sumerios inventaron la escritura, una especie de memoria exosomática inicialmente al servicio de
la burocracia (ver mi artículo La exosomatización del conocer en esta red académica). En China,
Egipto y otros lugares pasó algo similar. Tal tecnología posibilitó el surgimiento de los imperios.

LA UNIFICACIÓN DE LA HUMANIDAD
En la parte III del texto, YNH abarca el período histórico de la antigüedad y la edad media sin
necesidad de seguir una secuencia cronológica. Más bien hace comparaciones sincrónicas
interesantes y utiliza un enfoque analítico.

En esta sección el autor deja plasmada su filosofía de la historia. El historiador o quien se


aproxima a la historia no debe desconocer la asimetría existente entre pasado y futuro. YNH
defiende, como casi todo el mundo hoy, una idea de la historia humana como un proceso
contingente e impredecible en contraste con la más tradicional visión hegeliano-marxista de
otrora, de tipo determinista. Al igual que en el caso de genética e historia, aquí también YNH
considera que “las fuerzas geográficas, biológicas y económicas crean limitaciones pero dejan un
amplio margen de maniobra” (p. 267), no restringido por una supuesta ley determinista (el autor
no aprovecha el concepto de “accidente congelado”). Esto no le impide reconocer que a escala de
milenios la historia humana muestra una clara dirección general hacia la unidad (el término
“globalización” nunca aparece en el texto).

Fue en el primer milenio antes de nuestra era que arraigó la idea de un orden universal. El primer
orden universal fue económico, el orden monetario. El segundo fue político, el orden imperial. El
tercero fue religioso, como el budismo, el cristianismo y el islamismo. Cada uno tiene su capítulo
en el libro. YHN saca a la luz la cara menos percibida de cada fenómeno. Por ejemplo, sobre el
dinero dice que “es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás haya
sido inventado”. Asimismo muestra las dos caras de los imperios y en el balance de las religiones el
monoteísmo sale mal parado por su sangrienta y criminal intolerancia histórica, en comparación
con el politeísmo.

Resulta curioso encontrar, de todas maneras, un cierto eco hegeliano en la idea de la


contradicción como motor de cambio. Sin embargo, las contradicciones que interesan al autor son
las que viven internamente las culturas, por ejemplo, la que hay entre cristianismo y caballería en
la edad media o entre libertad e igualdad en la época moderna. Las contradicciones internas de
las culturas y sus consecuentes disonancias cognitivas suelen ser comunes y constituyen una
ventaja vital para su dinamización.

En resumen, la historia es ciega y no es función del bienestar humano. Un aporte original de YNH
es mostrar que esta idea es común a enfoques tan distintos como la memética, el posmodernismo
y la teoría de juegos. Harari reconoce que el papel del individuo es de escasa influencia en el curso
de la historia.

Fiel a su concepto de “órdenes imaginados” y explotando al máximo su potencial, YNH redefine


religión e ideología política, diluyendo sus fronteras. La religión sería entonces “un sistema de
normas y valores humanos que se basa en la creencia en un orden sobrehumano”. Nótese que
“sobrehumano” no equivale a “sobrenatural”. Por eso puede haber, según YNH, religiones de ley
sobrenatural (animismo, politeísmo, dualismo, monoteísmo) y religiones de ley natural como el
liberalismo, el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo y el nazismo. Todas ellas sirven de
legitimadores de algún orden social, así sean en última instancia mitos o ficciones, y a nivel
popular suelen devenir en sincretismos de toda índole. Por otra parte, el fútbol no es una religión
pues sus normas son admitidamente humanas y las teorías científicas normalmente tampoco,
pues de ellas no se derivan normas o valores (aunque puede suceder que las ideologías la utilicen
a su conveniencia). Sobra decir que el derecho natural sería otro mito o ficción.

Otro aporte interesante es el análisis comparativo entre tres “religiones humanistas”: liberalismo,
socialismo y nazismo. YHN las presenta como las tres sectas rivales en que se divide el humanismo
y que luchan por la definición exacta de “humanidad”. En las dos primeras se manifiesta la
herencia cultural del monoteísmo según el énfasis en la libertad o la igualdad. El nazismo, con su
visión evolucionista de la naturaleza humana, aparentemente pasó a la historia pero nos dejó una
asignatura pendiente: la eugenesia (ver el texto de Habermas El futuro de la naturaleza humana y
mi publicación en la revista Advocatus y redes académicas: Utopía y naturaleza humana). Resalto
la pregunta final de este acápite: “¿cuánto tiempo más podremos mantener el muro que separa el
departamento de biología de los departamentos de derecho y ciencia política?”.

LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

De una hermosa manera logra YNH expresar la mentalidad de la ciencia moderna al describir su
surgimiento como “el descubrimiento de la ignorancia”. Y América, el nuevo mundo, tuvo mucho
que ver con ello. Esto es más poético que exacto pues ya los griegos, desde los jónicos hasta los
alejandrinos, habían hecho ese “descubrimiento”, pero sirve para expresar la modestia intrínseca
de la ciencia y su espíritu antidogmático. A esta disposición a admitir la ignorancia, YNH le agrega
otras dos características claves, “la centralidad de la observación y de las matemáticas” y “la
adquisición de nuevos poderes”, desarrollando tecnologías (p. 279).

En esta sección, YNH narra cómo la articulación ciencia, tecnología, capitalismo, imperio e idea de
progreso llevaron a la humanidad a un punto de inflexión en su breve historia, una verdadera
encrucijada cósmica en la epopeya humana. Es la misma idea básica que expusimos en El Gran
Relato, pero con otros matices.

De los siete procesos que transformaron a Europa y al mundo entre 1430 y 1830, YNH sólo
menciona la mitad, es decir, 3,5. Los que el autor no menciona son: el Renacimiento, la Reforma
Protestante, la Revolución política inglesa de 1688 y la Ilustración. Mientras que la exploración y
expansión geográfica de los europeos, la revolución científica, la revolución francesa y la
revolución industrial, sí que son mencionados. Y de ellos la revolución científica ocupa el lugar
preponderante. Las razones son obvias.

En 1.500 había 500 millones de Sapiens que producían 250 mil millones de dólares (actuales
obviamente) y consumían 13 billones de calorías. Quinientos años después somos 7.000 millones,
producimos 60 billones de dólares y consumimos 1.500 billones de calorías. En medio milenio la
población se multiplicó por 14, la producción por 240 y el consumo calórico por 115. La producción
por cápita se multiplicó por 17. Un salto abismal. Algo realmente asombroso.
Europa fue la locomotora de este proceso, pero durante la primera mitad de estos últimos 500
años la sociedad europea estaba lejos de tener una superioridad sobre otras civilizaciones. En
1.775 Asia era el 80% de la economía mundial. Sólo China e India representaban dos tercios de la
producción planetaria. Claro que en los tres siglos subsiguientes a los viajes de Colón, Europa
había extraído buena parte de la riqueza de América y aunque YNH no hace referencia explícita a
la acumulación originaria del capital, de hecho está narrando ese proceso. La superioridad
europea se construye entre 1.750 y 1.850 con la revolución tecnológica industrial y su vanguardia
es el Imperio Británico, seguido por otros países de Europa Occidental. Nota: YNH ejemplifica este
proceso recordándonos que el Imperio Británico apoyó a sus carteles de la droga atacando a China
en las guerras del opio y apropiándose de Hong Kong a mediados del siglo XIX, mientras que la
Compañía Británica de las Indias Orientales ya se había apoderado de la India desde siglos
anteriores, llegando a tener bajo su dominio a la quinta parte de la humanidad.

La pregunta clásica es ¿por qué fue Europa y no Asia?10 (el continente más poblado y con grandes
civilizaciones como China, Japón, India o Persia; ejemplo contrafáctico: China hubiera podido
disputar el dominio de América y luego de Oceanía). Mi respuesta alude a los 7 procesos, pero el
profesor Harari se centra en el círculo virtuoso que articula exploración, conocimiento/ignorancia,
crédito e inversión productiva, en un marco político imperial basado en el espíritu de conquista de
la mentalidad europea. Dos “sabios imperialistas”, Henry Rawlinson y William Jones le sirven a
YNH para ilustrar el punto.

España y Portugal abrieron la ruta imperial europea, pero no desarrollaron el credo capitalista que
se basa en el círculo virtuoso: confianza en el futuro > crédito > inversión > ganancias > pago de
crédito > más confianza en el futuro. Nótese que el concepto “confianza en el futuro” tiene una
conexión íntima con la idea de progreso, una novedad en la historia humana. Los holandeses
primero, seguidos por los ingleses y luego otros países, sí potenciaron ese bucle psico-económico
que equivale a una profecía autocumplida. Y no sólo eso, también asumieron a plenitud el credo
baconiano: el conocimiento es poder, cuyo círculo virtuoso es: recursos > investigación > poder >
más recursos. Es lógico que YNH ni siquiera mencione a Descartes, y en cambio haga énfasis en
Bacon. Los filósofos han popularizado la idea mítica de que Descartes inauguró y modeló la
modernidad con su pensamiento. Disiento de esa tesis idealista por múltiples razones, pero no es
el caso discutir eso aquí, baste decir que coincido plenamente con YNH en este punto, aunque no
me satisface del todo la manera un tanto ligera en que el autor aborda la relación entre técnica y
ciencia, que son dos formas de conocimiento diferentes que no siempre han estado tan
imbricados como hoy.

La descripción del capitalismo que hace YNH pone a la confianza en el futuro y la idea de progreso
como piedra angular. La máquina capitalista se asemeja a esos negocios que llamamos
“pirámides”, es una máquina de movimiento perpetuo que no puede detenerse porque se
derrumba. El efecto es una sociedad ultradinámica como la historia no había visto, una sociedad

10
Una pregunta similar se plantea Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, pero en una mayor
dimensión espacio-temporal
en revolución permanente. La máquina a veces se traba un poco, sufre una que otra crisis
circunstancial, pero en términos generales ha cumplido con el valor supremo de este sistema, su
oxígeno vital: el crecimiento, tal y como vimos en los datos expuestos más arriba. Lo que ha
permitido que esta “pirámide” funcione ha sido la extracción de riqueza en los “nuevos”
continentes en una primera etapa y luego, a partir de la primera revolución industrial, la
innovación tecnológica, que no solo incrementa la productividad sino que además abre nuevos
sectores económicos. Entonces surge la pregunta que se planteó el Club de Roma en 1972: ¿es
ilimitado el crecimiento? Estoy de acuerdo con YNH, el problema no es energético, ¡es la ecología,
estúpido!

Capitalismo y medio ambiente no se llevan bien. Dice YNH: mientras el cristianismo y el nazismo
mataban por odio (yo añadiría el yihadismo islámico pero el autor israelí se cuida de hacerlo), el
capitalismo, en cambio, mata por indiferencia. Así fue durante la época del tráfico de esclavos y así
es ahora con la pobreza y la exclusión. Así es también con la naturaleza. Ya mencionamos el
horror de la industria cárnica global.

El punto es que el capitalismo necesita dos patas: el estado y el mercado. Creer en el libre
mercado, dice YNH, es como creer en Papa Noel. El estado es necesario para regular los mercados
y garantizar la confianza en el sistema. Ya desde el inicio, todo el proceso imperial europeo fue lo
que hoy llamamos una gran “app”, una “alianza público privada”. YNH muestra el rol de
vanguardia que jugaron la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y la Compañía Holandesa
de las Islas Occidentales, al igual que sus equivalentes británicos más una serie de compañías que
colonizaron Norteamérica con ejércitos mercenarios. Los franceses hicieron lo propio, por
ejemplo con la Compañía del Mississippi. YNH toca apenas tangencialmente cómo los británicos
derrotaron a los holandeses en Nueva York, pero profundiza un poco más en cómo le ganaron a
los franceses en esta competencia de estados y capitales privados. Según YNH la razón
fundamental fue que “Gran Bretaña consiguió ganarse la confianza del sistema financiero,
mientras que Francia demostró no ser de fiar” (p. 355).

La revolución permanente del proceso capitalista, siempre creciente a pesar de crisis y


fluctuaciones, amplía la base de consumo y genera una nueva ética consumista que promete el
paraíso en la Tierra y que se complementa perfectamente con la vieja ética capitalista, como dos
caras de la misma moneda (el mandamiento supremo de la élite capitalista es: ¡invierte! Y el de las
mayorías consumidoras: ¡compra!. Es un nuevo modelo de sociedad con un orden fluido. Estado y
mercado desplazan a viejas instituciones como la familia y la comunidad, liberan a mujeres,
jóvenes y minorías de viejas cadenas para que entren en el juego económico y político, logran una
retirada relativamente pacífica de los viejos imperios. El estado y el mercado son el padre y la
madre del individuo. Y como sustitutos emocionales de los viejos lazos tribales se afianzan las
“comunidades imaginadas” a manera de nuevas identidades. Naciones y tribus de consumidores
(clubes de fans, hinchadas de equipos, vegetarianos, ecologistas, etc) son realidades
intersubjetivas como el dinero, los derechos humanos y las sociedades anónimas.
En un acápite sobre paz y violencia, el autor le sigue la línea a Pinker, en el sentido de que vivimos
en una época de paz, si se mira desde el punto de vista histórico, y Surámerica ha sido vanguardia
en este asunto, incluso antes que Europa. Hoy el suicidio genera más muertos que el crimen y el
crimen más que la guerra, aunque los noticieros invierten esta realidad comprobada
estadísticamente. La paz mundial es una realidad en ciernes porque estamos asistiendo a la
formación de un imperio global. Ahora bien, el autor no desconoce que es una Pax Atómica,
tenemos la tecnología para acabar con la humanidad (no con la naturaleza), pero nos salva por
ahora que la guerra nuclear no es negocio. Nota: en el tema de la violencia no podía estar
ausente Colombia, por supuesto, que es mencionado como un estado débil al lado de Somalia (p.
404).

Un crecimiento económico gigantesco, unos avances tecnológicos fantásticos, importantes logros


en las últimas décadas en derechos humanos, derechos de minorías, equidad de género,
disminución relativa de la violencia… ¿estamos en el paraíso terrenal? Ya se sabe que el autor lo
niega, pues está por resolverse el problema ambiental, la contradicción entre la sostenibilidad de
este modelo de sociedad y los límites del crecimiento. También hemos mencionado que está el
peligro del armamento nuclear y que nuestra alimentación se basa en lo que YNH llama “el mayor
crimen de la historia” (la industria agropecuaria moderna). Pero, ¿y qué hay de la felicidad?
¿somos más felices que lo que eran los Sapiens en las cuadrillas de cazadores recolectores o en las
sociedad agrarias? Al fin y al cabo eso es lo que cuenta, en el fondo, ¿no? El historiador YNH
reconoce que la historia de la felicidad es un campo casi virgen en la historiografía y dedica un
capítulo al análisis del tema.

Generalmente se cree que a mayor progreso material, mayor felicidad, pero la investigación
experimental en psicología y neurociencias ha mostrado que no es así. Sí parece haber una
relación causal en la escala económica baja, cuando hay necesidades básicas insatisfechas. Mas a
partir de cierto umbral de riqueza básica, el incremento sólo incide en la felicidad por un corto
período de tiempo y la persona tiende a volver a su nivel habitual (como pasa con las pérdidas y el
consiguiente duelo). Se ha encontrado que si bien las personas fluctúan normalmente en sus
niveles de felicidad/infelicidad, alegría/tristeza, tienden a tener un promedio bastante estable en
el mediano y largo plazo, aunque para cada individuo es diferente ese promedio. La neurociencia
nos explica el fenómeno en el nivel bioquímico por la segregación de endorfinas, como la
serotonina, la dopamina y la oxitocina. Esto significa que el progreso en las condiciones materiales
de vida de una sociedad no conlleva a una mayor felicidad de sus miembros, así que la carrera del
crecimiento, esencia de la lógica del capital, no parece tener mucho sentido. Pero sí le da mucho
fundamento a la distopía creada por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz, donde la gente
vivía en estado de felicidad gracias a una droga llamada Soma.

De otro lado, siguiendo a Daniel Kahneman, YNH explora la idea de que la “clave de la felicidad” es
una vida dotada de sentido, con lo cual se infiere que la gente bien pudiera ser más feliz en
sociedades premodernas articuladas con fuertes mitos (así fuese un autoengaño), que en la
moderna sociedad secular tan cercana al nihilismo. El autor balancea y matiza ambas opciones en
el mundo actual, sin inclinarse hacia el pesimismo o el optimismo, tratando de integrar aspectos
materiales y emocionales. Por ejemplo, reconoce que los logros en materia de salud, en especial
frente a la mortalidad infantil y de mujeres en el parto, es una contribución invaluable ante
semejante factor de infelicidad. Y al mismo tiempo señala que “si la felicidad viene determinada
por las expectativas, entonces dos pilares de nuestra sociedad (los medios de comunicación y la
industria publicitaria) pueden estar vaciando, sin saberlo, los depósitos de satisfacción del
planeta”.

Sea por “engaño bioquímico” o por “autoengaño social”, la solución al problema de la felicidad
humana entendida como autopercepción subjetiva (cómo nos sentimos), parece ser deprimente
(nótese la ironía). En una digresión desde este punto, YNH encuentra una sorprendente
semejanza entre Darwin y Dawkins con san Pablo y san Agustín: “como Satanás, el ADN emplea
placeres fugaces para tentar a la gente y someterla a su poder” (p. 431) (!!!). Sucede que esta idea
de la felicidad como autopercepción subjetiva es más bien moderna y de corte liberal (y en ella es
que se basan ciertos test de estudios psicológicos). Casi todas las filosofías y religiones han tenido
un enfoque diferente. Por ejemplo, el budismo ve el problema en la búsqueda incesante de
satisfacciones fugaces, lo que lleva a una tensión permanente y a la permanente insatisfacción. El
tip de Buda es su llamado a independizarnos tanto de las condiciones externas como de los
sentimientos internos.

Cuando leo y escribo esto no puedo sino evocar a El hombre rebelde de Albert Camus. “¿Qué es un
hombre rebelde? Un hombre que dice no”. El argelino escribía en la atmósfera de posguerra,
algunos años después del holocausto nazi, un desgarramiento humano vertebrado por la
eugenesia totalitaria, confusamente basada en las ideas biológicas de la época. En el siglo XXI la
eugenesia real, ya no totalitaria sino liberal, está a la vuelta de la esquina. El animal enclenque de
la sabana africana se ha convertido en un dios y el último capítulo del libro nos lleva a vislumbrar
un futuro que es, al mismo tiempo, inminente e ignoto. Esta especie ha logrado lo que ninguna
otra jamás pudo ni por aproximación: rebelarse contra la selección natural y empezar a imponer el
diseño inteligente, incluido su propio diseño, ha creado soles y viajado a otros mundos, ha
inventado seres inteligentes de una nueva forma de vida y está a punto de derrotar a la muerte.
Esta extraña, débil y paradójica criatura se ha vuelto casi invencible: sólo ella misma o un
cataclismo cósmico podría aniquilarla. En un acontecimiento de proporciones cósmicas sin
precedentes, las leyes que gobernaron el planeta durante 4.500 millones de años están siendo
reemplazadas, en gran parte, por leyes humanas.

Nuestra época es una encrucijada: puede ser el big bang de un nuevo mundo o el principio del fin
de la epopeya humana. (En El Gran Relato pinté no 2 sino 4 escenarios: pesimista radical,
pesimista moderado, optimista moderado y optimista radical). Aprendimos qué somos y de dónde
venimos, y ahora toca decidir hacia dónde vamos, qué queremos ser, pero ni siquiera en la más
desbordada imaginación de alguna historia de ciencia ficción alcanzamos a vislumbrar el destino
de la humanidad. En el Frankenstein romántico de Mary Shelley, el amor vence a la máquina.
Pero el Frankenstein real de hoy, montado a hombros de Gilgamesh, parece imposible de detener.
“La única cosa que podemos hacer es influir sobre la dirección que tomen. Puesto que pronto
podremos manipular también nuestros deseos, quizás la pregunta real a la que nos enfrentamos
no sea ‘¿en qué deseamos convertirnos?’, sino ‘¿qué queremos desear?’. Aquellos que no se
espanten ante esta pregunta es que probablemente no han pensado lo suficiente en ella” (p. 454,
así finaliza el último capítulo).

Es lo que nos enseñaba Estanislao Zuleta cuando decía “deseamos mal” y nosotros, los de
entonces, que ya no somos los mismos, pensábamos en la Revolución del Deseo, pero ni de cerca
vislumbrábamos la verdadera dimensión del desafío.

El libro de YNH termina con un epílogo, breve como una cuartilla, que culmina la obra con la más
pringamocera de las preguntas: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e
irresponsables que no saben lo que quieren?”

Reseña por Jorge Senior


Enero de 2016