Anda di halaman 1dari 5

https://www.insumisos.com/diplo/NODE/3676.

HTM

El gulag, según Shalamov


Una nueva edición francesa de los relatos del ruso Varam Shalamov sobre el
campo de concentración soviético Kolyma, donde consumió su vida durante veinte
años, permite evocar uno de los crímenes de lesa humanidad más ocultos e
impunes: los gulags soviéticos. Esta colección circular de historias breves se
constituye, junto a los testimonios de Primo Levi y Robert Antelme, en pieza clave
de la literatura del siglo XX.

¿La experiencia en los campos de concentración es inenarrable?, se pregunta Luba Jurgenson en un ensayo

que acaba de publicarse1. Basada principalmente en el análisis de los grandes relatos suscitados por los

campos de concentración nazis y estalinistas, su conclusión puede resultar paradójica: precisamente por ser

inenarrable, la experiencia de los campos suscitó algunas de las obras maestras más auténticas de la

literatura contemporánea: La especie humana de Robert Antelme; Si esto es un hombre de Primo

Levi; L’univers concentrationnaire de David Rousset o Le Monde de pierre de Tadeusz Borowski inventan una

nueva escritura. Lo mismo sucede con Relatos de Kolyma de Varlam Shalamov, disponible finalmente en su

versión completa y en la composición deseada por su autor2.

De regreso de Buchenwald en 1945, Robert Antelme había sido el primero en señalar la trágica brecha que

existía entre la voluntad de los sobrevivientes por hablar y ser escuchados y “la distancia que descubríamos

entre el lenguaje del que disponíamos y esa experiencia que para la mayoría de nosotros se prolongaba en

nuestro cuerpo. Apenas comenzábamos a contar, nos sofocábamos. A nosotros mismos, lo que teníamos

para decir comenzaba entonces a parecernos inimaginable”3.

Shalamov insiste también en esta incapacidad de la lengua, corriente o literaria, para dar cuenta

auténticamente de lo vivido: “¿En qué lengua dirigirme al lector? Si privilegiara la autenticidad, la verdad, mi

lengua sería pobre, indigente. Las metáforas, la complejidad del discurso aparecen en cierto grado de la

evolución y desaparecen cuando ese grado se traspone en sentido inverso. Desde este punto de vista, el

siguiente relato está condenado inevitablemente a ser falso, inauténtico. Ni una sola vez me detuve en un

pensamiento. El sólo hecho de intentarlo me provocaba un dolor realmente físico. Ni una sola vez durante

todos esos años admiré un paisaje: si algo conservo en mi memoria, se trata de un recuerdo más tardío. (…)

¿Cómo recobrar ese estado y en qué lengua contarlo? El enriquecimiento de la lengua implica el

empobrecimiento del aspecto factual, verídico del relato”.

Lo narrado en Relatos de Kolyma no se presenta pues como un testimonio o una fotografía de la realidad de

los campos del extremo norte de Siberia; menos aun como una reflexión sobre la humanidad y la
inhumanidad. Milagrosamente de regreso del lado de la vida, Shalamov retrotrae su memoria del lado de la

muerte para intentar reconstruir y hacer sentir la increíble verdad. Y encontrar las palabras para acercarla.

Tal como señala Luba Jurgenson, existe en algunos sobrevivientes un verdadero “hambre” de contar, que

Primo Levi relaciona explícitamente con la obsesión por la comida que desarrollaron las víctimas: “Estas

palabras extrañas se habían grabado en nuestras memorias como en una cinta magnética vacía, virgen; de

la misma manera en que un estómago hambriento asimila rápidamente incluso un alimento indigesto. Esto

no nos ayudó a recordar su significado; para nosotros no lo tenía. Era también el equivalente mental de

nuestra necesidad física de alimento la que nos llevaba a buscar restos de papa en los alrededores de las

cocinas: un poco más que nada, mejor que nada. El cerebro subalimentado sufre también un hambre

específica”4.

En la obra de Varlam Shalamov, el surgimiento de la palabra, la posibilidad del verbo, están más

frecuentemente ligadas al tema del pan robado, es decir, de la muerte prometida, del desmoronamiento final

del cuerpo. Es el caso del admirable relato que dedica a la agonía del poeta Ossip Mandelstam, muerto en

1938 en un campo de tránsito de Vladivostok: “El poeta se moría desde hacía tanto tiempo que había dejado

de comprender qué era la muerte. A veces, una idea simple y consistente se abría camino a través de su

cerebro, dolorosa y casi palpable: le habían robado el pan que había puesto debajo de su cabeza. Esta idea

espantosa le quemaba, al punto que estaba dispuesto a discutir, jurar, pelearse, buscar, demostrar. Pero no

tenía fuerza para hacerlo y la idea del pan desaparecía…”

Es en la proximidad de la muerte, del pan que se ha vuelto finalmente inútil, cuando las palabras se libran

de su poder de engañar, seducir, convencer, para valerse sólo de lo que dicen. Cuando murió Mandelstam –

cuenta Shalamov– recién se lo eliminó de las listas dos días más tarde. “Durante dos días, sus ingeniosos

vecinos lograron recibir la ración del muerto en la distribución cotidiana de pan; el muerto levantaba los

brazos como una marioneta”. Los Relatos de Kolyma prolongan el gesto póstumo del poeta: ofrecer a

nuestra saciedad, más allá de la muerte, algunas migajas de alimento vital, de poesía verdadera extraída de

lo más profundo de la experiencia humana.

Experiencia de la inhumanidad

Nacido en 1907, Shalamov fue detenido por primera vez en 1929, por haber difundido el “Testamento de

Lenin”, esos apuntes donde el jefe soviético mostraba su preocupación especialmente por la creciente

influencia de Stalin y de sus métodos sobre el aparato del partido. Luego de dos años de prisión, es detenido

nuevamente en 1937 por “trotskista” y condenado a cinco años de campo de concentración en los

“yacimientos disciplinarios” de Kolyma, esas cárceles pavorosas, en el extremo septentrional de Siberia:


decenas de miles de prisioneros hambrientos obligados a trabajar en la extracción de oro y metales

preciosos, noche y día, con temperaturas que alcanzan a menudo los cuarenta grados bajo cero. Cumplidos

los cinco años, es condenado nuevamente, esta vez a diez años, por “propaganda antisoviética”. Un médico

le salva la vida en 1949 incorporándolo como ayudante de enfermería en uno de los hospitales, en realidad

morideros, de Kolyma. Allí permanecerá hasta la muerte de Stalin, antes de ser autorizado a regresar a

Moscú y de ser rehabilitado finalmente en 1956.

Hasta su muerte en 1982, Varlam Shalamov no dejaría de preguntarse, a través de sus poemas, relatos,

ensayos, sobre la monstruosa realidad de los campos de concentración, menos para extraer lecciones de

política, siempre circunstanciales, que para explorar la realidad desnuda de lo que Antelme denominaba “la

especie humana”: su crueldad sin límites, tranquila, planificada, perfectamente insensible, pero también su

increíble resistencia, su extraordinaria capacidad para sobrevivir, aun sin la menor esperanza. “No es la

mano lo que transformó al mono en hombre; no es el cerebro ni tampoco el alma: hay perros y osos que

actúan más inteligentemente y de manera más moral que el hombre. En una época, en condiciones

semejantes para todos, el hombre se convirtió en el más sólido, el más resistente desde el punto de vista

físico, de todos los animales”.

A diferencia de Solyenitsyn, profundamente espiritualista y que no duda a veces en hacer de la negación del

cuerpo una condición de la libertad del alma, Shalamov insiste en la total inutilidad del saber adquirido

durante esa estadía en el infierno. Es un saber que aumenta el sufrimiento, al estar completamente ligado a

la impotencia de actuar. Lo único que se sabe realmente –señala– es que el saber sólo sirve para hacernos

ver claramente nuestra destrucción. Ya no hay objeto del saber, porque ya no hay sujeto para pensarlo. El

único pensamiento se confunde con la necesidad: comer. En la obra de Shalamov, el hombre y el mundo

están como petrificados, transformados en pedazos de hielo que ningún deshielo parece poder derretir. La

imagen inversa se observa en la obra de Tadeusz Borowski, donde el mundo, para un sobreviviente de

Auschwitz, parece destinado a la desintegración líquida: “Pienso que el Universo se escurre en el vacío como

el agua entre mis dedos y que un día, tal vez hoy, tal vez sólo mañana, tal vez dentro de años luz,

desaparecerá allí sin retorno, como si hubiese sido construido no con una materia sólida, sino con un sonido

fugaz”. Y el narrador sueña con escribir un libro que sería como una piedra tallada arrojada a ese mundo

líquido5.

La experiencia de la inhumanidad, vivida hasta sus límites extremos –el sufrimiento, el embotamiento, la

ausencia de todo pasado y de todo futuro, la mineralización del pensamiento, el egoísmo furioso de la

supervivencia, la muerte prometida a cada instante, la abolición de toda ley moral– sólo permite que

subsista lo esencial del hombre que no puede –y tal vez no debiera– decirse: “Allá, nunca comprenderán, no
pueden. Todo lo que les parece importante, sé que es insignificante. Lo que es importante para mí, lo poco

que me ha quedado, no pueden comprenderlo ni compartirlo. Un hombre no debiera conocer lo que yo he

conocido, ni siquiera saber que existe”. Shalamov agrega: “¿Cómo contar lo que no puede ser contado? Es

imposible encontrar las palabras. Morir tal vez habría sido más sencillo”.

El acto de escribir se ubica cara a cara con la muerte. El autor de Relatos de Kolyma ya no pertenece por

entero al mundo de los vivos, es un resucitado que intenta construir un puente de palabras entre dos

universos extraños, y sin embargo muy reales. Sólo la escritura puede realizar este viaje de la muerte a la

vida, esta transgresión del secreto. En la más grande de las soledades.

Ronda infernal

Escribir sobre Kolyma es, ante todo, renunciar al tiempo lineal de la cronología, del antes y el después, de la

causa y el efecto, del desarrollo continuo de la historia, todas esas referencias evidentemente ignoradas por

quienes están condenados a vivir en la locura de una sucesión de instantes. Los relatos de Shalamov

mezclan hechos acontecidos a lo largo de sus veinte años de prisión, lugares, estaciones, rostros. Por eso no

escribe siempre en primera persona (no redacta sus memorias); adopta a menudo el nombre y la

personalidad de otros detenidos: los presidiarios ya no son individuos, son a menudo tan intercambiables

como sus verdugos, quienes además, cuando no son fusilados durante la sucesión de “purgas”, se

encuentran a veces entre ellos. El “yo” o el “él” de los relatos remite apenas a una historia: a un montoncito

de huesos recubierto de piel, el vientre vacío, las manos quemadas por el hielo y por la pala, el cuerpo

enfermo comido por los piojos, la cabeza vacía de todo pensamiento y de todo sentimiento, que espera el

instante de morir, cuando no lo desea.

A estos relatos, a veces muy cortos, escritos en forma de cuentos, poemas en prosa, fragmentos de

recuerdos, Shalamov no se limita a proporcionarles una extraordinaria eficacia dramática a fuerza de

moderación, autenticidad y presencia poética; la grandeza de su libro, la conmoción que provoca provienen

también de su composición, del modo en que organizó el juego de los fragmentos. El lector tiene la

sensación de girar incansablemente en círculo, en el vasto desierto helado de una prisión sin salida, sin otra

ley que la de la fuerza. Ronda infernal cuyo movimiento no se interrumpió con la liberación del escritor y su

regreso a Moscú entre la gente “normal”. Kolyma está siempre presente, en su cuerpo herido, en sus

pesadillas diurnas y nocturnas, en la voluntad de escribir, en la mano deformada que sostiene la pluma, en

la incomprensión de quienes lo rodean, y que, poco a poco, lo abandonan. Primo Levi, como se sabe, prefirió

el suicidio a este suplicio prolongado indefinidamente.


Pero Shalamov quería también transmitir un mensaje. El centro de sus Relatos de Kolyma está conformado

por una serie de ensayos sobre el mundo del crimen. En los campos de concentración asistió a una

verdadera toma del poder por los delincuentes comunes que habían sido sistemáticamente mezclados con

los prisioneros políticos. Los que Shalamov denomina “los truhanes” no se limitaron a robar los magros

tesoros –ropa, comida, medicamentos– de sus compañeros de infortunio; se convirtieron en los amos de los

funcionarios del poder, los militares, los guardias, los médicos. A fuerza de amenazas, corrupción, crímenes

sangrientos, transformaron Kolyma en una inmensa escuela de la criminalidad triunfante, respecto de la cual

Shalamov, mucho antes de la caída del comunismo, afirmaba que estaba envenenando a la sociedad rusa en

su conjunto y transformándola en un inmenso campo de batalla entre bandas rivales, bajo el signo del

miedo.

Para el escritor también es una manera de recordar que si Kolyma es efectivamente “el otro mundo”, el de lo

absoluto, la crueldad y la desesperanza, ese “otro mundo” pertenece también al nuestro, como la noche

pertenece al día. Definitivamente.

1. 1 Luba Jurgenson, L’expérience concentrationnaire est-elle indicible?, Editions du Rocher, París, 2003.
2. Se refiere a la edición en francés de la obra de Shalamov, Récits de la Kolyme, traducida del ruso por
Sophie Benech, Catherine Fournier y Luba Jurgenson, Verdier, 2003. Versión en castellano: Varam
Shalamov, Relatos de Kolyma, Mondadori, Barcelona, 1997. Ediciones de las otras obras mencionadas:
Robert Antelme, La especie humana, Arena Libros, Libros del Último Hombre, Madrid, 2001; Primo Levi, Si
esto es un hombre, Muchnik, Barcelona; David Rousset, L’univers concentrationnaire, Paris, Hachette,
1993; Tadeusz Borowski, Le Monde de pierre, Christian Bourgois, París, 2002.
3. Robert Antelme, op. cit.
4. Primo Levi, I sommersi e i salvati, Einaudi, Turín, 1991.
5. T. Borowski, op. cit.