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Manuel Leguineche, vasco de Beléndiz-Gernika (1941), estudia Derecho y Fi­

losofía en Bilbao, Vailadoiid y M adrid. En 1956 publica sus primeros trabajos


periodísticos. En 1958 trabaja en el semanario «Gran Vía» de Bilbao y dos
años más tarde en el diario «El Norte de Castilla» de Vailadoiid, dirigido por
Miguel Delibes. En 1960 comienza sus trabajos como enviado especial en acon­
tecimientos internacionales. Después lleva a cabo un viaje alrededor del mun­
do de más de dos años de duración, que da título a uno de sus libros de mayor
éxito, E l camino más corto (publicado por esta editorial). En 1965-66 es corres­
ponsal del desaparecido diario «Madrid» en Vietnam y el Sudeste asiático.
Permanece en Asia y el Oriente M edio hasta 1967 y a la vuelta dirige el sem a­
nario «Tele-Guía». Ha sido enviado especial para prensa, radio y televisión en
los cinco continentes. Trabajó en los programas de TV «Estudio Abierto» e
«Informe Semanal». Es comentarista de política internacional en la cadena
SER. Durante doce años dirigió la Agencia Colpisa y en la actualidad es Direc­
tor de la agencia de Información LID (Línea Independiente para Diarios). En
1979 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Ha escrito, además de E l cam i­
no más corto, Los topos (en colaboración), una novela, La Tribu, E l Estado del
golpe (publicados por esta editorial), Portugal, la revolución rota, y es coautor
de otros libros, entre ellos, Diez Alegría, jesu íta prohibido y Los palestinos
atacan.
¿Fue la de Gandhi una victoria pírrica?
¿Qué se ha hecho de los ideales de aquel tozu­
do hombrecillo que, sin más armas que el
ayuno y la meditación, logró despojar a la
corona británica de su perla más preciosa?
En realidad, el propio Mahatma tuvo tiem­
po, antes de morir a manos de un exaltado,
para decepcionarse del rumbo que la inde­
pendencia de la India iba cobrando (la sepa­
ración del Pakistán, las latentes tendencias
secesionistas de otras regiones, la consolida­
ción del poder en manos de la casta braha-
mánica que, por cierto, ni siquiera el domi­
nio británico había erradicado). Deificado en
vida, Gandhi es en la India de hoy una refe­
rencia abstracta, un mito que poco tiene que
ver con las abrumadoras realidades del gi­
gantesco subcontinente, mosaico de abusos y
pugnas, razas y religiones, milenarias rigide­
ces sociales y lacras que parecen invencibles.
Indira Gandhi — quien, pese al apellido, na­
da tiene que ver con el Mahatma aunque se
beneficia con la afortunada coincidencia—
ha doblado el potencial eléctrico del país, po­
tenciado la industria, propiciado la creación
de un arsenal atómico autónomo, pero, al
mismo tiempo, se ha enfrentado duramente
con los estratos más desamparados del pue­
blo y ha reprimido sin escrúpulos la activi­
dad de sus opositores. Las aparentes contra­
dicciones han de verse en su genuino contex­
to, en su difícil complejidad: ¿acaso no fue el
propio Mahatma, el apóstol y mártir de la no
violencia, un duro déspota en su vida priva­
da, un hombre que su mujer e hijos a duras
penas pudieron soportar? Manuel Leguine-
che, testigo de excepción, conoce a fondo las
condiciones reales de la India actual y pone
en este vasto reportaje toda su experiencia de
periodista de primera línea. El resultado es,
en gran medida, una desmitificación, pero
también, o acaso precisamente por eso, un
precioso aporte para comprender y valorar
en su justa medida los innumerables proble­
mas que aquel rincón del mundo padece y la
naturaleza profunda de las tensiones de todo
género que allí, como una ciega fuerza de la
naturaleza, constantemente brotan y se mul­
tiplican con peligrosa violencia.
MANUEL
LEGUINECHE

La destrucción
de Gandhi

EDITORIAL ARGOS VERGARA, S. A.


ÍNDICE

Prólogo ................................................ 9
1. El fakir desnudo............................ 21
2. La caricatura sagrada .................... 37
3. La noche oscura............................ 51
4. La rosa .......................................... 69
5. La cultura de guerra...................... 83
6. Los tres ismos................................ 99
7. Concierto de Bangladesh .............. 107
8. El este y el oeste............................ 115
9. El ciclón......................................... 125
10. «La India puede con todos» .......... 139
11 . Los disparos de la metralleta «Sten» 147
12. Los semidioses............................... 159
13. La rueca......................................... 170
14. La pasión animal........................... 183
195
15. El enigma......................................
207
Glosario ...............................................
211
Cronología...........................................
Manuel Leguineche, 1983

Barcelona-13 (España)

Impreso en España - Printed in Spain


J.F. Horrabin ha descrito así su encuentro con Gandhi en el
Palacio de Saint-James donde se celebraba la Conferencia de la
Mesa Redonda de 1931: «Charlamos durante unos minutos en
un pequeño vestíbulo. Después, al tropezar su mirada con un
reloj recordó que tenía otra cita, se disculpó y se fue. Yo le vi
desaparecer en uno de los largos pasillos de palacio con su túnica
y sus sandalias que crujían mientras corría. ¿Me atrevería a de­
cirlo? —y estoy seguro de que ninguno de sus amigos se equivo­
cará sobre mis intenciones— : me recordaba de forma irresistible
esas películas de Charlot donde se le ve alejarse rápidamente
hacia el horizonte y desaparecer poco a poco».
Esta observación no tiene nada de irreverente, al contrario
pone el dedo sobre un secreto, explica el inmenso poder de
Gandhi sobre sus compatriotas y el amor con que le distinguían.
Charlot era el símbolo del hombrecillo del sombrero hongo en la
sociedad industrializada de Occidente. Gandhi era el símbolo del
hombrecillo en túnica de algodón de la India famélica. El
Mahatma se daba perfectamente cuenta de ello. J. P. Patel le
preguntó una vez qué había en él que suscitaba tal adulación.
Gandhi respondió: «Cuando me ve el hombre de nuestro país se
da cuenta de que vivo como él y que formo parte de él».

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Prólogo
Sobre el pecho de los generales, corre una ringlera de conde­
coraciones. Ha habido ya guerras suficientes, cuatro desde la in­
dependencia, para la generosa distribución de la quincalla. El
día de la República, el 26 de enero, da lugar a una de las ceremo­
nias militares de mayor prestancia de todo el mundo. La India se
incorpora así con sus desfiles de carros, el zumbido de los heli­
cópteros, la ruptura de la barrera del sonido de sus aviones y la
marcialidad de sus soldados los lanceros bengalíes, los esbeltos
siks, a la iconografía militar de los grandes. En el Memorial de
Guerra hacia donde conduce el desfile desapareció la estatua del
Emperador Jorge V y en su lugar colocaron la de un hombre
cuya filosofía no tuvo nada que ver con el estrépito de los caño­
nes y las marchas militares, el Mahatma Gandhi. En realidad esa
distorsión, la manipulación de los símbolos empezó el mismo día
en que lo llevaron sobre un armón de artillería hasta las orillas
del río sagrado, el Yamuna, donde su cadáver fue incinerado.
Cuatro días antes de su muerte Gandhi manifestó su desilusión y
su conciencia del fracaso. Era el día de la Independencia pero
Pakistán y la India se habían dividido. «Ha sido un desgraciado
asunto, afirmó el Mahatma; al menos yo estoy desilusionado.»
Pero no lo estaba solo por la partición del Imperio de la India en
base a criterios de religión, hindúes por un lado y musulmanes
por otro, sino por la intuición de que la India independiente no
acabaría con el contraste entre «los palacios de Nueva Delhi y las
chozas miserables de los pobres». Los indios penetran en el mau­
soleo de Gandhi con los pies descalzos y colocan guirnaldas a su
estatua como si fuera un dios más de la teogonia hindú. Pero su
mensaje espiritual se ha disuelto en el mar con sus cenizas. «La
no violencia de Gandhi, he leído en el libro Reflections on
iridian polines de M.M. Sankhdher, sólo vale como modo de
comportamiento en un mundo perfeccionista; ahora lo que
cuenta es la fuerza.»
Este libro cuenta las tensiones que el autor ha vivido en la
India independiente. Las luchas por el poder, el despegue pri­
mario hacia el consumo, la corrupción y las luchas políticas que
se tradujeron muy pronto en la desmitologización, en la destruc­
ción del espíritu de Gandhi. El lector hallará dos partes diferen­
ciadas. en la primera consta el testimonio de esas batallas victo­
riosas en las que Gandhi es sólo un instrumento, un punto de
refere? :ia moral donde la realidad de los hechos, guerras, ane­
xione-, ambiciones territoriales, agresivos reflejos de autode­
fensa desmienten al apóstol de la no violencia. En la segunda se
analizan algunas de las contradicciones del personaje, deificado
en vida. Este libro testimonial, divulgador, es el eco de una expe­
riencia sobre el terreno, alejado al mismo tiempo de la hagiogra­
fía y la tesis doctoral. Es la tranformación de un país a las reali­
dades modernas que no son precisamente las que persiguió
Gandhi en vida. La escala de valores se invirtió de tal modo que
el reflejo de los públicos indios que pudieron ver la película
Gandhi galardonada en 1983 con ocho Oscar de Hollywood
demostró que estaba a veces más cerca de la violencia que de la
«ahimsa», la doctrina del amor predicada por el hombre del tapa­
rrabos, las sandalias de peregrino, el libro sagrado de Bhagavad-
Gita, las huelgas de hambre, la rueca como instrumento de eco­
nomía casera o la cabra de la que ordeñaba leche en los largos
viajes por tren. En algunas salas cinematográficas el público
aplaudía el asalto de los agitadores a las comisarías de policía y

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permanecía impávido ante los ayunos de Gandhi para evitar este
tipo de violencias. En 1983 la India de Indira Gandhi estaba en
condiciones, tras el estallido de su primera bomba atómica en
1974, de fabricar sus propios misiles balísticos intercontinentales
de alcance medio.
En el plano de las guerras de liberación, Frantz Fanón, la
violencia como vector de la revolución derrota a Gandhi y los
«condenados de la tierra» a los campesinos pacíficos de la mar­
cha de la sal. La violencia como liberadora de los complejos co­
loniales de inferioridad sobre el ascetismo, el magnetismo espiri­
tual, las marchas pacifistas, el boicot económico, las huelgas de
hambre, la desobediencia civil aprendida de Tolstoi. Pero hoy
los defensores de los derechos humanos, los pacifistas reivindi­
can a un moralista y estratega político olvidado en su propio país
que prefirió la rueda de Ashoka a la humilde rueca como sím­
bolo de la bandera nacional. Se venden en los bazares calenda­
rios del Mahatma y los ilustres visitantes extranjeros acuden con
ramos de rosas al mausoleo de Rajpat donde Gandhi ardió en la
pira funeraria, pero para la India inmediata el Mathama es un
personaje excéntrico y arcaico cuya estrategia y disciplina no son
aplicables al complejo mundo de hoy. Un personaje tan extrava­
gante como el Gandhi que se disfrazó de inglés en un acceso de
occidentalismo durante su tiempo en Londres o el abogado que
trabajó durante 22 años en Suráfrica para mejorar las condicio­
nes sociales de los indios instalados allí. En realidad Gandhi para
decepción de muchos de sus partidarios pactó con la autoridad
tanto en África del Sur como en la India. Supo crear, eso sí, la
mala conciencia en el adversario y fue maestro en la dramatiza-
ción de sus acciones, pero la independencia no trajo la revolu­
ción social y sí la petrificación del partido de la independencia, el
del Congreso. Un día antes de que Naturam Godse lo asesinara,
Gandhi pidió la liquidación del partido independentista como
movimiento político para que sus militantes trabajaran en las al­
deas. El partido por el contrario, se transformó por pura elefan­
tiasis en una pesada máquina electoralista cada vez más corrom­
pida y oxidada. «Los grandes hombres como Gandhi, me decía
su discípulo Vinoba Bhave en las afueras de Patna, influyen a

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largo plazo y los veinte años que han pasado son poco tiempo para
descubrir su influencia. Gandhi tendrá paciencia para esperar.»
A pesar de todo hay que juzgar al personaje en sus dimensio­
nes reales y desmitificar algunas de sus costumbres. Por ejemplo,
era un hombre que exigía demasiado de los demás, incapaz para
la ternura con su propia familia, de la que había destruido la
espontaneidad. Devadas, su hijo menor, dijo una vez1 que vene­
raba a su padre, pero que «nunca había podido amarlo». Cuando
le pidieron que se explicara eligió con cuidado las palabras:
«No es necesario tener una inteligencia extraordinaria para
comprender que está a millas sobre el resto de los hombres, pero
en lo que concierne a sus hijos, es como si no hubiese existido.
No nos dio jamás ternura; sólo sermones sobre la necesidad de
ser buenos y veraces. Personalmente, me siento cansado, muy
cansado de ser una figura de vitral. Quiero ser yo mismo. Creo
que mi padre cae en el mismo error en que cayó Jesucristo: que
todos los hombres nacen para sacrificarse por los demás. Porque
si esto es así, ¿quién puede vivir?»
Era un padre implacable, caprichoso, ciego en sus métodos,
obsesionado por ejemplo con sus remedios para curar con agua y
fomentos de lodo. Un amigo inglés que le visitó en su casa lo
des ribió así: «He visto con mis propios ojos el nacimiento del
caos. Este señor Gandhi está decidido a reducirlo todo a agua y
lodo. Y temo que lo consiga. Reducir lo complicado equivale a
destruirlo». Se guiaba por las premoniciones y su testarudez, que
le permitió grandes éxitos como estratega político, llevó también
la incomodidad y el dolor al seno de su familia. Estaba lleno de
manías. Su cuarto era un cajón de sastre de trastos inútiles, desde
sobres viejos y tarros vacíos hasta cajas inservibles de cartón.
Pero su corazón estaba limpio de egoísmo. Aquel hombre con
cabeza y pelos de puercoespín malhumorado, que alguien defi­
nió como «el más feo del mundo», con orejas como abanicos y
un color «de vasija de cobre», vivía en una cabaña de adobe, en
un cuarto único: «El suelo se hallaba cubierto de hojas de pal-

1. Ranjee Shahani, Gandhi, revolución sin violencia, Editorial Pomaire,


Santiago de Chile, 1961.

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mera, describe su secretario Mahaved Desai. A veces se veía allí
un taburete para uso de los que no dominaran el arte de sentarse
sobre las piernas cruzadas. En su manía de coleccionar cosas inú­
tiles tenía el cuarto lleno de clavos, periódicos viejos o sobres
usados. A las once de la mañana la choza se transformaba en
comedor. Gandhi en persona supervisaba la alimentación. Leía
el «Pensamiento del Día» del «Times» indio. Después de despa­
char la correspondencia echaba la siesta. Más tarde concedía en­
trevistas, tendido de espaldas y con una cataplasma de lodo en el
abdomen, su tratamiento contra la hipertensión arterial. En los
meses calurosos adornaba su cabeza con un vendaje de lodo.
Luego se dedicaba a la rueca. A las cinco se servía la última
comida en la cabaña y después paseaba. Gandhi consideraba esta
hora como la más agradable.» Sardar Patel llamó «zoos» a ios
«ashrams» fundados por Gandhi y para otros estas comunas es­
pirituales eran «asilos de alienados». Pero Gandhi se escandali­
zaba con las prácticas de los «sadhus», los santones en quienes
vio a charlatanes espirituales. «Vio a hombres que torturaban su
cuerpo para delicia de la muchedumbre inculta, escribe Ranjee
Shahani. Un hombre yacía casi desnudo sobre un lecho de púas;
otro estaba de pie, con una pierna atada a las ramas de un árbol;
un tercero permanecía sumergido en agua de la mañana a la no­
che, y sólo se veía su cabeza y otros se mortificaban de diferentes
maneras. Gandhi vio que ninguno de ellos tenía serenidad en el
rostro, era evidente que actuaban para la galería. Les faltaba por
completo el sentido de la santidad.»
Frente a la suciedad de muchos de aquellos santones, Gandhi
se mantenía siempre limpio físicamente, hasta el escrúpulo.
Además de su baño diario tomaba un baño de sol y le masajea­
ban durante una hora de la cabeza a los pies con óleos y zumo de
limón. Pero es su familia la que sufre de sus arbitrariedades,
saltos de humor y rarezas. Cuando vivía en el «ashram», Gandhi
pidió a su esposa Kasturbai que tratara a una familia de intoca­
bles como si fuera la propia. La respuesta de Kasturbai fue
rápida: «Ve y dile a “Bapuji” que trataré a esa familia con todas
las consideraciones pero en cuanto a identificarla como la mía
que lo haga él». Kasturbai se resignó a su suerte. Los primeros

13
años la había sometido a un exagerado cerco sexual; a partir de
1906 le impuso la continencia, quizá porque, como escribió
Blake, «el camino hacia la moderación pasa por el exceso». En
su lucha por aniquilar pasiones, inclinaciones, tentaciones con­
sumistas, impuso una dura ley de privaciones a los que le rodea­
ban. Una mujer europea que le conoció de cerca asegura: «En su
presencia nadie actúa con naturalidad, todos tratan de parecer
buenos. Algo espantoso. Gandhi fue un fracaso en su relación
con sus hijos. Ante él se sentían horrorizados y se les trababa la
lengua. Por alguna razón Gandhi se sentía culpable y quería ha­
cer aparecer culpables a los demás. En él estaba siempre la idea
del pecado». Su mujer Kasturbai lloraba en silencio. La química
del sexo preocupaba al Mahatma, le retorcía en inquietudes y
sensaciones. «Sus cartas a una muchacha que había sido miem­
bro de uno de los “ashrams” son prueba fehaciente. En ellas
aborda detalles que sólo puede permitirse a un médico de cabe­
cera o a un morboso. Su franqueza, cuenta un testigo, resulta
perturbadora. Hubo quien le abandonó como protesta porque
Gandhi dejaba que las mujeres se acercaran a él mientras el mé­
dico lo masajeaba totalmente desnudo. Aunque el médico se
sentía escandalizado. Gandhi pasó por alto su objeción y conti­
nuó con esta práctica. Él, que quería ser el campeón del pudor,
decepcionó a sus seguidores más puros. Si los alimentos y el sexo
eran la obsesión de Gandhi, añade, no lo eran menos los ingleses
a ios que admiró hasta el fin.» Pero éste no es el Gandhi glorioso
y mitificado al que los defectos le hacen humano.
Aunque las juventudes europeas o norteamericanas están
más politizadas en su pacifismo, sensibles a la guerra y a la paz, a
la contaminación, a los saqueos del Tercer Mundo, al hambre o a
las desigualdades entre el Norte y el Sur que lo estaba Gandhi, el
temor a la crisis nuclear y a la violencia han contribuido en gran
medida a la recuperación de su figura. Ha influido sobre Martin
Luther King, pero también sobre algunos gestos de los radicales
italianos de Marco Pannella. Influye sobre los neogandhianos,
que condenan el despilfarro de las sociedades industrializadas o
robotizadas que eligen al ordenador portátil como «el hombre
del año», y la obsesión por el consumo o el hedonismo de masas.
«Crear un número ilimitado de necesidades y satisfacerlas, escri­
bió Gandhi, me parece una ilusión y una insidia.» También en el
aspecto de su visión de las aldeas, la potenciación del artesanado
como ocupación de mano de obra sobre el gigantismo de los
grandes complejos siderúrgicos gana terreno entre algunos eco­
nomistas enemigos de la economía salvaje y partidarios de una
cierta civilización agraria y de las industrias pequeñas. Mientras
tanto en la India, en el aniversario de Gandhi, los soldados dispa­
raban salvas; los millonarios enviaban unos millares de rupias a
las asociaciones gandhianas para agradecer al apóstol de los po­
bres la bendición de su riqueza y durante unas horas hilaban en
el artefacto del santo, la reliquia del Mahatma, y los defensores
del control de natalidad dejaban por un día de regalar diafragmas
o condones en honor del hombre que en 1906 hizo voto perpe­
tuo de castidad. Hasta los intocables reciben ese día un respiro
al hostigamiento de las castas. Los que Gandhi llamó «harijans»,
hijos de Dios, no han mejorado sus condiciones de vida ni si­
quiera por la erosión a que el proceso industrializador ha some­
tido al sistema de castas, porque al cambiar algunas de las formas
antiguas ha descubierto otras más ocultas pero quizá hasta más
agresivas.
Las formas se mantienen y pocos son los políticos que no
visten el «khadi» aunque sea fabricado en Japón o utilizan su re­
cuerdo para las fortunas electorales. En esta relación Indira
Gandhi es la que mejor suerte ha tenido, se llama como Gandhi
sin tener ningún parentesco con el Mahatma. Todavía hoy hay
electores en la India que votan al partido del Congreso porque se
creen que así votan por Mohandas Karamchand Gandhi. El ex
primer ministro Morarji Desai, el mortal enemigo de Indira, deja
que las vacas sagradas pasten en su elegante jardín y lo pongan
perdido de boñiga para sentirse como en una aldea lo mismo que
el Ministro de Irrigación Rao acostumbraba a cultivar trigo en su
jardín. Todos estos y otros gestos son como si «Talleyrand hi­
ciera el signo de la cruz para demostrar que era obispo». Gandhi
no ha tenido mejor suerte en la India de hoy según Muggeridge,
que los partidos cristianos al trasladar a la práctica en occidente
las doctrinas de Cristo. Gandhi, convertido en museo como sus

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libros el Gita, el Nuevo Testamento o el de Ruskin Hasta el
final o El reino de los cielos está en ti de Tolstoi o su rueca o
su dentadura postiza o su reloj inglés, es más cómodo como
leyenda que como presencia viva. Su memoria lo permite todo,
la conversión de los partidos en maquinarias de poder, la bomba
atómica, las «guerras defensivas» una vez que sus cenizas se lan­
zaron al mar desde el vértice de la India en Cabo Comorin. Te­
nía razón, como escribió Nirad C. Chawudhuri, que no le había
matado una sola persona «o una minoría reaccionaria de su pro­
pio pueblo sino un entorno geográfico, una sociedad, una tradi­
ción que actuó al unísono». Los que se decían herederos de
Gandhi convirtieron el partido único en un aparato de ganar
elecciones sin capacidad para gobernar al país. Un día en 1966
llegó Indira Gandhi y lo ocupó todo con mano de hierro. Desde
entonces su carrera fue una sucesión de batallas contra el Parla­
mento, el Tribunal Supremo, el Pakistán, la vieja guardia del
Congreso, la oposición, los periódicos hostiles, la rebelión
maoísta de Bengala, las tentaciones secesionistas, los brotes de
insurreción en Assam o el Panjab, las ambiciones, segadas en
flor, de los jóvenes turcos. Indira, agresiva e inquieta, padece un
sent’ iiiento de inseguridad y de persecución que el 26 de junio
de .975 le empuja a declarar el estado de excepción.
En sus cartas desde la cárcel su padre el Pandit Nehru le puso
en guardia contra los peligros del exceso de poder personal. Al
citar una frase atribuida a Napoleón el Pandit Nehru escribía a su
hija «amo el poder pero lo amo como artista, como un artista
ama su violín del que extrae acordes y armonías». Al comentar la
cita, el que fue colaborador de Gandhi y primer ministro de la
India añadía: «El exceso de poder es peligroso porque antes o
después hace que caigan los hombres y las naciones que lo han
querido». Indira se decidió a interpretar a su modo estos con­
sejos postales de acuerdo con las circunstancias como le pedía su
padre, o sea con la acumulación del poder o con la desconfianza
hacia los demás de una brahmina de estirpe cachemir. Y West is
West and East is East como escribía Kipling, rechaza los con­
sejos de las democracias occidentales y sólo cree en su idea de la
India; en su realpolitik.. «Mi padre era un santo, yo no» ha

16
dicho Indira Gandhi alguna vez. Nehru y Gandhi hallaron en la
cárcel y en las cartas de reflexión escritas desde la celda, como
Boezio, la consolación de la filosofía. La cárcel, aunque breve fue
también para Indira Gandhi en 1977 la señal del martirologio.
«Me van a detener porque soy la defensora de los pobres» gri­
taba casi con desesperación en su recorrido de la India después
de perder las elecciones. Merecía ser de nuevo la Diosa Durga a
lomos de un tigre hasta que consiguió volver al poder. O yo o el
caos. Esa filosofía le permitió detener de un golpe a 15.000 fe­
rroviarios o estallar la bomba atómica. La tentación nuclear es­
taba en el ánimo de los dirigentes políticos indios desde los años
sesenta. Había que distraer unos cuantos miles de millones de la
lucha contra la miseria para ingresar en el club nuclear, símbolo
del prestigio internacional, el subimperialismo indio, la nueva
muerte de Gandhi en el país de las 42 castas principales. A me­
diados de 1974 las radios y los periódicos hablaron con júbilo del
genio indio capaz de fabricar y estallar la bomba atómica. La
India, mortificada por las imágenes de miseria descubría en aque­
lla bomba diseñada por el doctor Bhaba y sus discípulos la ca­
tarsis de su redención no lejos del enemigo tradicional, el Pakis­
tán.
Para que el Mahatma Gandhi no sufriera demasiado, a la
bomba la llamaron «ingenio» y la explosión fue sólo subterránea,
o sea poco peligrosa para la atmósfera. Pero como dijo Indira era
un ingenio «con fines pacíficos». La idea final la había madurado
un año inseguro, 1971, cuando el doctor Bhaba había ya muerto
en un accidente de aviación y millones de personas comenzaban
a desplazarse desde Bangladesh en dirección a la India. Pero
después de la victoria de Bangladesh volvieron las dificultades,
los caprichos del monzón, los problemas alimenticios, la huelga
ferroviaria, el alza del coste de la vida. Aquella bomba del 19 de
mayo de 1974 a las cinco y ocho minutos lo disolvió todo por un
tiempo. Un ministro que trataba de hacer frente a la agitación
social por la falta de comida exclamó aliviado «esta es la mejor
noticia desde la Independencia». Los huelgistas en Bombay se
abrazaron al conocer la noticia de la detonación de un ingenio
atómico de potencia igual a la bomba arrojada sobre Nagasaki,

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«una operación buena y limpia» a cien metros de profundidad en
el Rajastán según la primera ministra. ¿Era la frustración de sen­
tirse mujer en una sociedad dominada por hombres la que le
empujaba a declarar guerras, estallar «ingenios», encarcelar ad­
versarios o premiar a los secuestradores de aviones que protes­
taron contra los que llevaron ante los tribunales a su hijo Sanjay?
Su padre Nehru gobernó el país en actitud contemplativa, con las
dudas de un intelectual que fue capaz de escribir en un periódico
de Calcuta y con seudónimo un artículo contra sí mismo y los
peligros del cesarismo. Indira demostraba su espíritu pragmá­
tico, su idea de la Nueva India, su megalomanía, sus sueños de
Juana de Arco, su predestinación, aquella obsesión por ser
digna hija de Nehru que como él odiaba el ascetismo de Gandhi
y la glorificación de la pobreza. Como Nehru su hija podría ser a
lo sumo una aristócrata perfumada de socialismo que abolió los
últimos privilegios de los marajás y nacionalizó los bancos, que
condenó la intervención de los Estados Unidos en Vietnam pero
no la de sus aliados soviéticos en Checoslovaquia. Un día Indira
rompió con la clásica división de poderes y buscó un camino en la
dirección opuesta a Gandhi, con el sentido de la jerarquía de una
br-hmina encaramada al poder dispuesta a convertir aquel ama-
rjo de castas, idiomas y dialectos, razas, confesiones religiosas
en una potencia. No resultaba difícil descubrir al hablar con ella
que el paternalismo y la piedad de Occidente hacia su país le
hacían torcer el gesto. Ella hubiera quizá preferido mandar so­
bre el Japón pero a falta de un Imperio de gentes laboriosas, de
políticos y funcionarios eficaces podía exhibir algunas de sus
conquistas: en el momento de la independencia sólo cuatro mil
pueblos y aldeas tenían electricidad, ahora más de 120.000 la te­
nían y la capacidad de kilowatios hora subió en un ciento por
ciento. El mensaje de la planificación familiar Do ya teen bach-
che, bas se abría paso para evitar la tentación de las familias
numerosas a costa de la «bramacharya», la consigna de castidad
del Mahatma Gandhi ¿Quién estaba al margen de un puñado de
gandhianos utópicos a favor del sacrificio personal, médicos,
maestros o ingenieros, del grave problema de la India, el aban­
dono tradicional de las aldeas? A pesar de todo la gran ciudad

18
era el «tótem» de las nuevas generaciones. La industria pesada,
la tradición hindú, la comodidad del sistema de castas se impo­
nían al heroísmo del sacrificio. Era el signo de los tiempos.

M. L.
1

El fakir desnudo
Todos los días, cuando vivía en Calcuta, al dirigirme hada los
parques mi mirada se detenía en la estatua de bronce de Mohan-
das Gandhi. Tenía la impresión de que la India, al cabo de los
años, había convertido en estatua de sal al hombre que el poeta
bengalí Tagore, el amigo de Juan Ramón Jiménez, llamó
«Mahatma», o sea, Alma Superior. Los cuervos, los inevitables
cuervos de la India, se habían adueñado de la estatua de Gandhi
y se posaban sobre su cayado de bambú, sus gafas de montura de
acero, su espalda encorvada, su taparrabos, sus orejas salientes,
sus rodillas esqueléticas, sus zuecos de madera, su cabeza ra­
pada. Calcuta, «la ciudad de todos mis dolores de cabeza», como
la llamó Nehru, la metrópoli de todas las miserias, aparecía en­
vuelta en una intensa capa de contaminación. La estatua de
Gandhi se cubría poco a poco de un baño de anhídrido carbónico
y la ciudad se movía en torno suyo con el delirio de la prisa,
tranvías chirriantes que ding, ding, ding, atravesaban la
Chowringhee Street. A un tiro de piedra el titiritero hada saltar
a sus monos o el domador de serpientes ofreda el «increíble es­
pectáculo», el combate a muerte entre la mangosta y la cobra.
Pobre Gandhi. La India tenía prisa en Calcuta. Los extremistas

21
naxalitas quemaban sus retratos allí donde los encontraban; In-
dira Gandhi hizo estallar su primera bomba atómica en 1974, la
fiesta duró más de una semana al cabo de la cual el pueblo pidió
la de hidrógeno; los indios vendían su fecundidad por un transis­
tor, él que siempre combatió el diafragma, los anticonceptivos.
Tres guerras estallaron entre los dos países que él nunca quiso
separar, la India y el Pakistán. Los coches, los taxis conducidos
por los barbudos siks, tan belicosos que pasaron a cuchillo en
1947 a trenes enteros, lanzaban de sus tubos de escape ráfagas de
porquena sobre la estatua del «Bapu», el Padre «Gandhiji», que
terminó por adquirir el color de los cuervos que la escoltaban.
Por añadidura, los teóricos afirmaban que era el gran responsa­
ble de la crónica degradación de la India: había sacralizado la
pobreza. Según George Orwell, Gandhi era «la aversión esté­
tica». El penúltimo virrey de la India, Lord Wavell, lo definía
como «un viejo políticamente malévolo, astuto, obstinado, pre­
potente y en fin. con muy poca santidad dentro de sí».
La figura del Mahatma, tan enemigo de la idolatría, sufrió
tras su muerte en 1948 a disparos de la «Beretta» del extremista
hindú Naturam Godse, la canonización de los retratos oficiales.
Pero, cruel paradoja, las guerras contra Pakistán se habían he­
cho en su nombre y yo pude ver a los editorialistas de Nueva
Delhi inflamados por la guerra contra Pakistán, expurgar sus es­
critos y elegir aquellas frases que más les convenían para conde­
nar al enemigo tradicional. En nombre de Gandhi, Indira, la
primera ministra, justificó su tentación totalitaria y tan sólo los
hippies, en su efímero reinado de las flores, y más tarde los paci­
fistas, los verdes, los ecologistas, los no violentos, los seguidores
de Martin Luther King que se inspiraron en su doctrina, encen­
dían varillas en su honor y le decían «ñamaste», hola en diversos
idiomas. La burguesía india perseguía con codicia, en las antípo­
das de Gandhi. los objetos de la pérdida de la identidad, los
televisores japoneses en color, los videos, los tocadiscos perfec­
cionados, los coches de última hora. Raimundo Paniker denun­
ció años atrás desde su retiro en la Universidad de Varanasi la
ola de materialismo que penetraba en la juventud india con la
facilidad del cuchillo en una barra de mantequilla. Al mensaje de

22
Mohandas Karamchand Gandhi —el amor, la humildad, la
«ahimsa», la no violencia— , la juventud india prefirió la rosa
roja y agnóstica del Pandit Nehru, el intelectual educado en Ha-
rrow y Cambridge. Si Gandhi viviera hoy, me dijo uno de sus
discípulos, Jayaprakash Narayan «hubiera ayunado hasta la
muerte contra la corrupción y la terrible decadencia de valores
en nuestro comportamiento público y político».
A pesar de la traición de un continente, la historia no podía
volverse atrás sobre la bondad de sus resultados: la independen­
cia había llegado sin el baño de sangre generalizado que espera­
ban todos y que el asesinato del apóstol el 30 de enero de 1948
logró evitar en una paralización de las tensiones. Por todo el
ancho mundo se extendían hasta hoy sus armas no violentas, la
resistencia pasiva o activa, las movilizaciones pacíficas, la fuerza
del ayuno, las huelgas de hambre, la irradiación del espíritu, la
fuerza de una autoridad puramente moral. En la inmensa India
había perseguido desde su mansión de Calcuta hasta el lugar de
su nacimiento en el Gujarat en su tumba en Rajpat a orillas del
río Yamuna en Nueva Delhi, en la Casa Birla en la que fue asesi­
nado quince años después el fantasma de aquel hombrecillo
frágil, contradictorio, malicioso, caprichoso, lleno de achaques
pero dotado también de una milagrosa fuerza de voluntad que
buscaba la paz en medio del desorden. Si el mensaje que había
transmitido hasta su muerte a los 78 años (Oh Dios mío, «He
Rama», exclamó al morir) estaba en baja en medio del volcán
que era el mundo, su prolongación en la vida se podía descubrir
entre los que, ajenos al odio, vivían, aún sin conocerle, en las
mismas condiciones de modestia y dignidad. A mi llegada a la
India, por primera vez en 1965, en vísperas de una nueva desga­
rradura por Cachemira entre los dos países que vivieron en uno
solo y en paz durante siglos, descubrí con relativa sorpresa que la
doctrina de Gandhi había caído en saco roto. Coexistían en la
India las dos corrientes, una siempre dispuesta a peregrinar a las
fuentes como en el título de la obra de Lanza del Vasto y otra
dispuesta a despedazarse, a pasarse a cuchillo por la religión o el
dinero, arrogante, corrompida, que despreciaba a «Bapuji».
Cuando llegué a la India, su primer ministro era Lal Bahadur

23
Shastri, un político de baja estatura, discípulo de Gandhi, que
gustaba de vestir como él y seguía sus mismas o parecidas cos­
tumbres de frugalidad y hasta de ascetismo. Le llamaban «El
Gorrión», y los espectadores se reían de él cuando aparecía en
los noticiarios cinematográficos. Era la India que trataba de en­
gañarse a sí misma. Calcuta le había dado una respuesta a
Gandhi por la otra vía, la ruda y tajante, la purificación por la
violencia a finales de los años sesenta. Un día, en los muros del
colegio Presidency, hogar de la joven intelligentsia bengalí, apa­
recieron pintadas de Mao Tse-tung. La consigna era aniquilar a
los jefes de aldea y a los terratenientes, los «jotedars». Un viento
de revolución cultural sopló desde las alturas de Naxalbari, en
las sombras chinescas del Himalaya en el norte de Bengala. Un
maestro de escuela llamado Charu Mazumdar conducía la re­
vuelta armada de los descamisados, de los campesinos sin tierra.
La fragmentación de los comunistas en diecisiete partidos deci­
dió a Charu y a los suyos, armados de arcos y flechas, banderas
rojas, azadas puntiagudas, cócteles Molotov, a acabar con el sis­
tema establecido, crear zonas liberadas, matar a los explotado­
res. El objetivo subliminal de los exaltados naxalitas o naxalba-
ris, como les empezaba a llamar la prensa india y la policía local,
era el Mahatma Gandhi. No lejos del Presidency, Sanyal había
tomado al Mahatma como sus compañeros maoístas, como un
muñeco del pim pam pum: «Es un anacronismo, un payaso, el
hombre que más daño ha hecho a la India, me decía, el hombre
que ha impedido la revolución». El furor iconoclasta se desató
sobre los retratos del Mahatma y sus estatuas esparcidas por el
Estado de Bengala. ^Admito, añadía Sanyal, que os parezca
simpático, divertido, extravagante con sus lavativas de agua, sus
cataplasmas de arcilla, sus ruecas de madera y sus pantorrillas
desnudas, pero eso conduce de forma directa a la alienación del
pueblo. A la hiena imperialista y capitalista se la combate con las
mismas armas. ¿Cuál es el resultado de la obra de Gandhi? Mira
esta ciudad a tus pies y míranos a nosotros: somos 65.000 los
ingenieros en paro.»
La joven burguesía bengalí, con mala conciencia sintió la lla­
mada del Robin Hood y el vocabulario de los estudiantes se po-

24
bló de «largas marchas», «tribunales populares», «aniquilación
de las ratas latifundistas», «comunas de producción». D e un len­
guaje entre Frantz Fanón y Mao Tse-tung y Lin Piao. Sanyal, el
joven ingeniero burgués convertido al naxalismo, ya no hablaba
de los horizontes laborales o de los métodos tradicionales de lu­
cha política o del cine de Satyajit Ray. Siguió el mismo camino
que su correligionario, el poeta Samar Sen, que un día nos dijo:
«Mi poesía me aburre, no la escribo desde hace años y creo que
no lo haré nunca más». Sanyal, de rostro muy moreno y pelo
ensortijado con rastros de untuosa brillantina, no hablaba de un
futuro de puentes o carreteras sino de la pura y simple revolu­
ción campesina de cuchillos largos, de bombas en el interior de
las escuelas y de asaltos a las comisarías. La revuelta empezó el
dos de marzo de 1967 aunque el partido comunista de la India
(M de marxista) mandaba en Calcuta. En el curso de una mani­
festación pacífica de campesinos los soldados de la Eastem Fron-
tier Rifles abrieron fuego a discreción: murieron once mujeres y
niños, entre ellos un recién nacido. Por eso ahora Sanyal, que
había estudiado en Londres, decidió volver a Calcuta para unirse
al movimiento que convertiría al camarada Charu en el Gran
Timonel de la India hasta poco antes de su muerte en 1973. Sa­
nyal era un criptonaxalita. Por las noches, armado de brocha y
pintura desafiaba el «lati» de los policías para embadurnar las
paredes de Calcuta con las frases escogidas del Libro Rojo. Bas­
taba según las consignas de Lin Piao, con liquidar a los jefes de
las aldeas y a los enemigos de clase del proletariado rural para
que los campesinos se apuntaran al partido. Fue un primavera de
sangre. Después, la policía, la escisión de los naxalitas en cinco
ramas, el esfuerzo del comisario jefe Ranjit Gupta aplaudido en
el Calcuta Club, tan repleto de cabezas de tigres y búfalos, la
entrega y colaboración de los «rojos» convencionales convirtió
en historia aquella sangrienta y para algunos romántica aven­
tura. Las técnicas del Mahatma Gandhi se ponían aún en
práctica en la turbulenta capital de Bengala en abierta contrapo­
sición a los métodos revolucionarios de los maoístas. Rara era la
vez que al salir de mi casa y cerca de la estatua del Mahatma no
arrancara alguna procesión no violenta con sus estaciones previs-

25
tas, sus gritos no demasiado acompasados, sus voces débiles y
subalimentadas y sus pancartas chillonas. Había quienes vivían
de engrosar manifestaciones a cambio de unas rupias y unas
anas. El Maidan era el lugar de las concentraciones y la calle
Nehru, que todos llamaban Chowringhee, el paseo de las Mani­
festaciones y las sentadas. El espíritu de la «satyagraha» —de
«sat» verdad y «agraha», fuerza— en el manual de Gandhi movía
con vigor aquellos cuerpos famélicos. Pero a fuerza de repetirse el
procedimiento había perdido su eficacia. El «hartal» gandhiano,
la huelga general, se había transformado en algo así como una
curiosidad turística.
Calcuta, no lejos de la mansión en la que Gandhi se refugiaba
para ayunar, meditar, era como un directo en el estómago, una
estampa del Bosco, repetida en las aceras. Calcuta es el desagua­
dero del hinterland rural. Sus luces, mortecinas, atraen a los de­
pauperados hacia ese descenso a los infiernos de las aceras y las
calles de los slums llenas de lodo. Aquí los estadísticos afilan
sus armas. En la India se vive con seis, siete pesetas per capita y
día. con más de ochenta millones de intocables, 40 millones de
miembros de las tribus llamadas salvajes, siete millones de men­
digos, un millón de ciegos, medio millón de sordomudos y dos­
cientos mil locos de remate. Es, a los treinta y cinco años de la
muerte de Gandhi y a pesar de los progresos, una humanidad en
los escombros, perseguida por la explosión demográfica, la pla­
nificación casi imposible, el mal aprovechamiento de las tierras.
Los virus flotan en el aire y las ratas roen los cables de los teléfo­
nos. Los muertos se apilan en los descampados, carne de cañón
para madre Teresa. Es la Calcuta «pestilente» de Kipling, llena
de salivazos de betel y nuez de areca sobre medio metro de
acera, que es todo lo que tienen en el mundo los que ocupan la
ciudad hungry and angry, hambrienta y colérica. Pero Gandhi
sigue allí, hecho estatua y en este caso no es cierto que «los san­
tos esculpidos influyen más en el mundo que los santos vivos»,
como escribía G.C. Lichtenberg. Calcuta, con 30.000 habitantes
por kilómetro cuadrado, es el emblema de la India cancerígena,
incapaz de controlar sus impulsos vitales, con sus campeones de
polo y de golf y sus «marwavis» multimillonarios y sus mendican­

26
tes, sus palacios Victorianos carcomidos de la plaza Dalhousie,
sus escuálidas mansiones, su olor a «charcoal», brasero de car­
bón, a hojaldre y pastel recién sacado del horno en los soportales
de la Nehru Road. Los ejércitos de rickshaws sudorosos tiran de
sus carros y tocan sus campanillas al pasar por la estatua del
Mahatma. El setenta por ciento de las familias viven en una sola
habitación. El agua del Ganges está racionada, media hora por
día. Existe una mafia del subproletariado, prestamistas, usureros
afganos, que domina en las aglomeraciones de los suburbios, y
hasta un racket de las basuras. La falta de un adecuado drenaje
inunda de agua y lodo los cinturones de miseria y sobre la dudad
maldita flota una cortina de deno que es la condensación de to­
dos sus humores. Para obtener una plaza en un transporte pú­
blico hay que luchar a brazo partido. Los tranvías se bambolean
en su recorrido y los pasajeros se encaraman donde pueden para
llegar a su destino. Calcuta, privada de la capitalidad de la India
en 1911 y del yute de Bangladesh tras el «reparto Raddiffe»,
saca fuerzas de su flaqueza y se resiste a morir. Es aún el agente
de circulación de las exportaciones del té del Assam y del yute,
pero pierde bancos y textiles frente a la ofensiva de Bombay. Los
maoístas del Camarada Charu supieron elegir el momento de su
asalto a la gran dudad pero aunque decrépita, fétida y agoni­
zante, Indira Gandhi no podía perder Calcuta y los «maruaris»,
sus cerebros económicos que hacen grandes fortunas para invertir­
las en otra parte, aún menos. Sus agentes se infiltraron en el mo­
vimiento revolucionario y aprovecharon la guerra con Pakistán
(1970-71) para liquidar a sus dirigentes. Los izquierdistas de sa­
lón del colegio Presidency huyeron de nuevo hacia la Escuela de
Economía de Londres. La policía arrancó de raíz la mala hierba
naxalita y a Mao Tse-tung se le congeló la sonrisa en las paredes.
El gran sueño del Camarada Charu, la fusión un día de la India y
China, la hermana menor, la hermana mayor se quedó en uto­
pía, una más sobre la revolución en la India.
Mohandas Gandhi era un campesino. Su visión de la India
estaba más próxima a las 700.000 aldeas que a las grandes con­
centraciones urbanas: Calcuta, Madrás, Bombay o la artifidal y
prefabricada Nueva Delhi, el paraíso de los chupatintas. Pero

27
también aquí su sueño había sido traicionado. El impulso y la
alabanza de la aldea había sucumbido al éxodo rural, a los cantos
de sirena de la corte. Todos los años, unos doscientos mil campe­
sinos marchan sobre las aceras de Calcuta. Es la gran mara-
bunta. Rene Dumont cuenta1 por qué los campesinos prefieren
abrirse camino en la gran metrópoli que pudrirse en sus aldeas.
Ei campesino se instala en Calcuta, se hace peluquero pero no
deja por ello de cultivar las tres hectáreas de terreno que deja en
su aldea del Bihar en manos de sus jornaleros. Se lo puede per­
mitir porque gana diez rupias al día, cuatro veces más de lo que
paga a sus obreros. Su mujer permanece con los hijos en la al­
dea. El peluquero vuelve con la cosecha, cuando el trabajo se
paga más caro. ¿Por qué otros prefieren tirar de un carro de
alquiler por ei que pagan cinco rupias diarias, correr bajo el
monzón o quemarse las plantas de los pies en los días tórridos?
Es la atracción de la gran ciudad. No importa que mueran a los
treinta años de tuberculosis en alguno de los tres mil barrios de
miseria de la capital de Bengala. A pesar de todo los sociólogos
hablan de la vitalidad de Calcuta, de la «solidaridad de los po­
bres que la riqueza pervierte enseguida». Son tres las clases so­
ciales, los que comen una, dos o tres veces por día. Después de la
oleada promaoísta las aguas regresaron a su cauce, al someti­
miento, a la resignación. Ni siquiera quedaba el poso de la re­
probación gandhiana. Indira Gandhi lanzaba en 1972 su cruzada
del "Garibi Hatao», la lucha contra la pobreza; pero sin reforma
agraria, la abolición de las formas más opresivas de la explota­
ción, y un reparto más equitativo de la renta, los 700 millones de
indios no verían mejoradas sus condiciones de vida. Además, ■
como apunta Dumont, el ejército indio, más de un millón de
hombres, es una formidable máquina de represión. No ha sido
mejor la evolución de los intocables como segmento social: los
que Gandhi llamó «harijans», o sea, hijos de Dios. Una vez más
los políticos de los partidos dominantes se apropiaron de la mú­
sica y no de la letra de Gandhi . El Partido del Congreso se ocupó

1. René Dumont, Paysans ecrasés, ierres massacrées, Laffont, París,


1980.

28
más de «honrar su memoria que de proseguir su labor»1. Los
políticos han utilizado a Gandhi para justificar, en los medios
rurales, en las aldeas perdidas, la opción de una India moderna
que se aparta de su camino. Cuando el partido del Congreso se
aferra al poder traiciona a Gandhi. Pero el Mahatma que no era
un ingenuo, no se hizo demasiadas ilusiones al final de sus días,
para que una vez lograda la independencia llegara la hora de la
liberación de los hombres. Al fracasar su proyecto de un solo
país y con la partición en dos del subcontinente, Pakistán y la
India, al ver crecer en torno suyo las ambiciones de los políticos
y la corrupción de los funcionarios y la violencia de los adminis­
trados, afirmó sin esperanza: «El orden social de nuestros sueños
no llegará por medio del partido del Congreso». Porque Gandhi
era con todas sus contradicciones, fijaciones y sus carencias, más
un hombre práctico, un activista teórico que un filósofo: buscaba
la verdad a través de la acción. «Juzgaba las teorías por los resul­
tados, escribe George Woodcock. Ponía a prueba sus ideas en
la práctica y ésta le ayudaba a aclarar sus ideas hasta el punto
que definía la vida como una serie de experimentos con la ver­
dad.»
¿Ha sido capaz el poder en la India, la «mayor democracia
del mundo», como gustan de definirse los indios, de romper el
tejido, el séptimo círculo del infierno de los intocables? Al mar­
gen de la política de gestos, una mala imitación de los impromtus
de Gandhi y de una legislación desigual que no logra pasar de la
teoría a la práctica, la posición de los intocables se ha movido
poco. Aunque el Mahatma advirtió que el «gandhismo no existe
y no quiero dejar detrás de mí una especie de secta», los parias al
margen de las iniciativas oficiales han logrado en algunos casos,
aislados, organizarse por sí mismos con las técnicas de lucha de
Gandhi, acciones de lucha de clases pero no violentas como las
que relatan D. von der Weid y G. Poitevin en un estudio indica­
tivo sobre el problema2 de una comunidad de intocables, al sur

1. George Woodcock: Gandhi, Grijalbo, Barcelona. 1973.


2. Von der Weid y Poitevin: L'Inde, les parias de Vespoir, L'Harmattan
Editor, Parts, 1978.

29
de Madras, a través de un proceso de concienciación y moviliza­
ción inspirado en la obra del brasileño Paulo Freire.
Pero el testimonio del Mahatma iba a quedar sobrepasado,
como él mismo imaginó y a los treinta y cinco años de su muerte,
por el recrudecimiento de las tensiones y los enfrentamientos
comunales al norte de Calcuta en el Assam, donde se dieron
miles de muertos mientras se proyectaba la película Gandhi.
Para entonces había muerto también su amigo, aliado, y admira­
dor. lord Mountbatten, cuyo yate voló con la dinamita del Ejér­
cito Revolucionario Irlandés (IRA). La filosofía antibelicista del
Mahatma no tuvo mejor suerte: en 1983, de los 164 países de la
tierra 45 vivían conflictos armados o guerras civiles, en total cua­
tro millones de hombres permanecían en pie de guerra con va­
rios millones de muertos, entre uno y cinco millones de cadáve­
res y el triple de heridos en combate. En el Oriente Medio ardían
diez conflictos, otros tantos en Asia y África y siete en Latinoa­
mérica. El tráfico internacional de armas pasó de 6.000 millones
de dólares en 1970 a unos 50.000 millones en 1980. Los destina­
tarios teóricos de la enseñanza de Gandhi, los países del Tercer
Mundo,1 empujados por los traficantes de la muerte firmaban
contratos de armas por valor de 250.000 millones de dólares, que
incluían la compra de 32.000 carros de combate, 55.000 piezas de
artillería, 20.000 aviones, 1.200 navios de guerra y decenas de
miles de misiles. Como triste paradoja, la teoría gandhiana era
seguida con mayor rigor por las minorías occidentales en su lu-
zhz contra el proceso de nuclearización, o por Lech Walesa, que
afirmaba en Gdansk: «Para presionar a las autoridades me he
basado en las prácticas de Gandhi cuya biografía he leído varias
veces». Porque el inicio de los disturbios sangrientos en el Es­
tado de Assam, al norte de Bengala, hizo recordar a los observa­
dores que Mohandas Gandhi había muerto una vez más en la
India.
El Assarn es uno de los estados más pintorescos de la India,
pero como escribió Sartre, «detrás de lo pintoresco está la vio­
lencia». Los demonios familiares se pusieron de nuevo a luchar y

1. C.R. Hensman: From Gandhi to Guevara, Alien Lañe, Londres, 1970.

30
los diarios indios recordaron los años aciagos, 1947-48, sólo que
esta vez el hombrecillo de la rueca y el bastón de bambú no
estaba allí para intentar que cesaran las luchas por medio de una
huelga de hambre. Unas veinticinco tribus, muy distintas entre
sí, habitan el Assam y a pesar de la fama que tienen los nagas de
cortadores de cabezas y de la guerra constante que desencade­
nan a la autoridad central, los nagas y los mizos o los khasis son
gentes, si se les sabe comprender, dóciles, inteligentes y hospita­
larias, como me aseguraban las misioneras españolas estableci­
das allí. Pero el Assam nunca había sido una región abierta y
cómoda para Nueva Delhi. Para poder tomar el tren en la esta­
ción de Howrah en Calcuta, con dirección a Gauhati, Shiliong o
Kohima se requiere cumplir numerosos trámites y pasar por su­
cesivos controles de identidad.
Cuando por fin el permiso se obtiene, muchas veces con la
ayuda del soborno, el tren o el avión nos conducen hacia la re­
serva natural de Kaziranga. Desde el bungalow nos llegan los
aullidos de los animales en su caza nocturna, como Shere Kan, el
tigre de Kipling, o los barritos de los elefantes en celo. La noche
es larga en el Assam. De un momento a otro se espera la carga
frontal de un rebaño de búfalos salvajes o el comienzo de una
noche de cuchillos largos.
Después de recorrer la jungla a lomos de elefante con ayuda
del «mahut» y de atravesar los campos de té, el director de la
reserva nos ofrece el libro de la selva, donde apuntamos el nú­
mero de los tigres, elefantes, leopardos, búfalos o rinocerontes
que hemos visto a lo largo de la jomada. No lejos de allí está el
valle de Cherrapunji, que da el índice más alto de lluvias de la
tierra. Pero en la alta montaña alienta el virus de la vendetta
racial, la insurrección de las tribus insumisas, la revuelta kabi-
leña. Durante el período de emergencia de 1967-68 estas revuel­
tas kabileñas obligaron a Nueva Delhi a convertir las aldeas de
los territorios nagas y mizos en auténticas prisiones militares.
Desde la Bengala Oriental, la «Sonar Bangla» de Tagore, el
Assam sufrió a partir de los años sesenta una nueva amenaza: los
millones de refugiados que huían de la guerra. El eterno retomo
de las reyertas comunales, la incapacidad de coexistencia entre

31
dos pueblos, el pakistaní y el indio, que el Mahatma, ante la
intransigencia del elegante y fanático Ali Jinnah y el Pandit
Nehru y los hombres del partido del Congreso, no había logrado
convencer con sus métodos. En la guerra de Bangladesh, el
Mahatma fue de nuevo asesinado y a través de aquel paisaje
humano martirizado pude seguir el paso, desfalleciente, de mi­
llones de personas desde el Pakistán Oriental hacia la India en
uno de los movimientos migratorios más aparatosos que re­
cuerda la historia. Los refugiados dormían en el interior de los
tubos de uralita y no bastaba el ánimo de las monjas de la madre
Teresa para aliviar el dolor de las víctimas del éxodo. Pasó el
tiempo y muchos de los bengalíes del otro lado, a pesar de la
independencia de Bangladesh, «Joy Bangla» gritaban eufóricos
los guerrilleros que expulsaron a los militares pakistaníes, se
quedaron en el Assam con la sana e imposible intención de inau­
gurar una nueva vida. La penuria de las dos Bengalas, tierras
inundadas o resecas según los caprichos del monzón, hambru­
nas. epidemias, presión demográfica imparable, empujaron
poco a poco hacia las alturas a las nuevas legiones de bengalíes.
Para ellos el Assam era Eldorado y la fiebre del oro era susti­
tuida por la fiebre de las plantaciones de té, el olor del petróleo,
los comercios prósperos. Los asameses vieron que aquella emi-
gració::, propiciada por la autoridad central, podría desnaturali­
zar una cultura y una economía privilegiadas en comparación
con el resto de la India. Esta masa de inmigrantes formaba tam­
bién una fuerza electoral. Los bengalíes, estómagos agradecidos
al fin y al cabo, votaban por el partido de Indira Gandhi.
En la frontera del Himalaya, unida a la Madre India por una
estrecha franja de terreno a través del Bután, Bangladesh y Ne­
pal, en el paraíso de los animales salvajes y los naturalistas creció
el descontento hacia los recién llegados. Estas tribus tienen fama
de belicosas y arriscadas. Sus hombres, dicen, son capaces de
besar en la boca a una cobra real. Durante siglos permanecieron
por su situación geográfica y sus sistemas defensivos alejadas de
la corriente de la historia de la India. Los ejércitos musulmanes
trataron en vano de hacer pasar a las tribus bajo sus horcas cau-
ainas y hasta el caudillo Aurangzeb sufrió en aquellos parajes su

32
Roncesvalles en 1662. Luego lograron abrirse paso los birmanos
y en 1825 los ingleses. Con el Imperio llegaban el té a horas fijas,
el cricket, el whisky y las legiones con sus gaitas escocesas. Si los
ingleses se llevaron el mejor té cultivado en terrazas recibieron
por añadidura en su lucha contra el nazismo un inesperado re­
galo de las tribus nagas: en 1944 detuvieron el avance japonés
que apuntaba a Calcuta y más tarde ayudaron a los aliados en su
guerra de guerrillas y en las operaciones logísticas con la China
nacionalista contra el enemigo común, las tropas de Hiro Hito.
Por aquellos paisajes, las bellas y sinuosas rutas de montaña,
los atardeceres frente al Himalaya, las canciones corales de la
cosecha del té, el templo de Pahdan, donde se supone que Buda
alcanzó el nirvana, allí donde hemos visto a los jaintias bailar el
«laho» al son de los tambores, se tiñeron de sangre.
A pesar de la opinión y las tesis de Mohandas Gandhi, el
imperio se dividía en tres con la independencia del Pakistán
(partido en dos al este y al oeste) y la India. Las guerras de
religión estallaron en todo su furor y el viajero escucha todavía
hoy la narración en Shillong o Calcuta de aquellos episodios de
odio y violencia que el Mahatma lograba detener en ocasiones.
Con la docilidad del encantador de serpientes hipnotizaba con su
flauta a la cobra real. Los hindúes arrojaban huesos de cerdo a
las mezquitas y los musulmanes y los siks forzaban a sus víctimas
hindúes a comer carne de vaca. Desde la colina del Nilachal la
diosa Kali distribuía sus poderes y mandatos de destrucción más
allá de su objetivo real, la exterminación del demonio, hasta al­
canzar el corazón de los hombres. En 1971, la guerra de Bangla­
desh trajo de nuevo el soplo de Kali al sur de estas regiones. Yo
veía planear escuadrillas de buitres sobre los ríos cubiertos de
cadáveres. Pero el final de esta guerra de secesión ganada por
Indira Gandhi, a la que los diarios de Calcuta llamaban la «Juana
de Arco asiática», no trajo la paz. Esta es la tierra del rinoce­
ronte de un solo cuerno, que pulverizado tiene, según dicen,
propiedades afrodisíacas y que horrorizó a Marco Polo. Aquí
nos adivinan el futuro rompiendo huevos. Se alaba a las mujeres
no por la belleza de su rostro sino por el volumen de sus panto­
rrillas, donde los bailarines lanzados en frenesí a la pista imitan

33
en sus danzas a los animales salvajes. El viajero toma una infu­
sión del té local, variedad «tang» o bouquet servida con la son­
risa en los labios; pero las elecciones de 1983 trajeron la des­
trucción y la muerte ritual a bastonazos, golpe de azada con pun­
tas en forma de dientes de tigre, a orillas del Brahmaputra, el río
del hijo de Brahma. Un periódico de Calcuta titulaba por aque­
llos sangrientos días de Assam: «¡ Vuelve Gandhiji!». Pero ¿qué
puedo vo hacer? «Kya karun?» se preguntaría si volviera a la
vida el hombrecillo místico y reformista al que Churchill llamaba
con desprecio «Ese fakir medio desnudo».1 Su presencia, mágica
en Noalkali en medio de la agitación detuvo en el aire los cuchi­
llos. Después, el silencio, la peligrosa deificación, el mito, la
apropiación indebida. «Lo único que queda de Gandhi en el par­
tido que gobierna es el nombre de la primera ministra», me dijo
en su residencia de Delhi Krisna Menon. Una ironía más del que
fue ministro de Defensa con Nehru porque, como es sabido, In-
dira Gandhi, hija de Nehru, utilizaba el nombre de casada tras su
matrimonio con Feroze Gandhi, del que más tarde se separó.
¿Era la bomba atómica la única solución para la India?, como
expresaban con brutalidad en los cócteles de Nueva Delhi dise­
ñada por Sir Edward Lutyens las clases privilegiadas, insatisfe­
chas con su patria y dispuestas a abandonarla como las ratas de
un barco a punto de hundirse. O el estereotipo del diplomático
norteamericano que Ved Mehta cita en su libro The new India2,
que afirmaba sin rubor: «Si el indio medio tuviera que escoger
entre el hambre y que su país no tenga armas nucleares escogería
las bombas». Los intocables habían colocado a Jagjivan Ram en
el gobierno pero no por ello dejan de ser agredidos, insultados
en público, lapidados, sus mujeres violadas, mutilados sus hijos,
incendiadas sus chozas, ocupadas ilegalmente sus tierras, des­
truidos sus pozos de agua, condenados a enviar a sus mujeres e
hijas a los burdeles de Bombay y a trabajar dieciséis horas al día
para pagar de por vida una deuda contraída en período de malas

1. En realidad lo que dijo fue: «Ese abogado sedicioso que ahora posa
de fakir».
2. Ved Mehta: The new India, Penguin, Nueva York, 1977.

34
cosechas. «La única respuesta posible, afirmaba un indio occi-
dentalizado, «es salir a la calle con un Martini en una mano y una
granada en la otra.»
Pero la India, como Calcuta, es, en palabras del que fue em­
bajador de Kennedy en Nueva Delhi, John Kenneth Galbraith,
«una anarquía que funciona». El propio Gandhi había definido a
su país como a country o f nonsense. ¿Qué había sido de su testa­
mento al cabo de los años? Sus discípulos recorrían sus caminos y
predicaban su evangelio. Por eso un día tomé el primer tren en la
estación de Calcuta abriéndome paso entre vendedores de «cha-
pattis», dulces apergaminados y plátanos a la plancha y me dirigí
a una región que había conocido y recorrido bajo la calcinación y
el hambre, el Bihar. Allí estaba un hombre de barba blanca,
anciano y descalzo, llamado Vinoba Bhave, el representante
vivo del «Bapu» en la tierra.
2
La caricatura sagrada
El Bihar es un estado sin redención posible, un mito de Sísifo
convertido en tierra. Desde el tren, mientras leía a ratos el Bha-
gavad-Gita, el libro predilecto de Gandhi, pensaba al contrastar
los textos sagrados con el paisaje gris polvoriento del Bihar (de
vihara, monasterio budista) la distancia entre la épica de los li­
bros sagrados del pasado imperial de Madasha, una epopeya ba­
rroca y la realidad de aquellos campos agostados, donde en épo­
cas de hambre los niños comen la tierra (Josué de Castro) para
buscar las vitaminas necesarias. El venerable del Gita desgra­
naba sus pensamientos: «Esta es la ciencia suprema, el misterio
supremo, el sacrificio más elevado, fácil de comprender, reli­
gioso, muy fácil de practicar y eterno. Los hombres que no tie­
nen fe en esta religión, joh tormento de tus enemigos!, retroce­
den sin poder alcanzarme y continúan dando vueltas en el
mundo de la muerte. En mí están todos los seres».1 El panteísmo
del libro sagrado invade al viajero, sin embargo el paisaje que
contempla a la luz cruda del mediodía al paso del tren le de-

1. Anónimo: Bhagavad-Gita, Poema sagrado o Canto del Bienaventu­


rado, Biblioteca Edaf, Madrid, 1978.

37
vuelve a la realidad y al presente. El canto del Bienaventurado,
el Bhagavad-Gita es una parte de la epopeya del Mahabarata, su
libro sexto, setecientas estrofas. El príncipe Arjuna y Krisna, el
octavo avatar de Visnú, dialogan sobre el mismo campo de bata­
lla. Para unos es un tratado de la violencia, para otros incluido
Gandhi. un canto a la reflexión sobre la paz y la inmortalidad del
alma. El príncipe desfallece sobre su carro de guerra pero sigue
los consejos de Krisna y regresa al campo de batalla. Un teoría
de casuchas de adobe desfila a nuestro paso. En las paredes los
campesinos despliegan la etiqueta de su miseria, la bosta, el ex­
cremento del ganado pegado a las paredes de forma simétrica.
Es el combustible de la India, la etiqueta del Bihar que Vinoba
recorre desde hace muchos años. El espejismo de la religión
manda sobre todas las demás circunstancias del hombre, apaga
sus pasiones. Cree en los dioses del cine y en Krisna que es el
justiciero, el dios bueno que habla a través del Gita: «Cuando se
produce la decadencia de lo justo y se exalta lo injusto, entonces
aparezco yo para proteger a los buenos, destruir a los malvados y
restablecer la justicia, para eso y para nada más regreso al
mundo de cuando en cuando». Gandhi y Vinoba son los repre­
sen tantes de Krisna. Vinoba fue elegido por Gandhi en plena
campaña de desobediencia civil como el «“satyagrahi” número
uno». Era un peripatético, el protagonista, con el Mahatma, de
una larga marcha no violenta a pie y de aldea en aldea. A su paso
ios intocables le reclamaban tierras. Vinoba se las daría a través
de su movimiento, el «Bhoodan», la donación de tierras. En sus
discursos de las aldeas el discípulo de Gandhi se dirigía a los
terratenientes y recaudadores de impuestos, a los «zamindaris»:
«Si tuviérais cuatro hijos y viniera al mundo el quinto, no vacila­
ríais en darle a éste su parte. Pues bien, consideradme como ese
quinto hijo y dadme mi parte». Así distribuyó veinticuatro mil
hectáreas en Hyderabad. La agitación comunista en Telingana
cesó ante Vinoba. El primer ministro Nehru llamó a consulta al
apóstol de los sin tierra y le envió su avión. Pero Vinoba tenía
otras ideas al respecto: «Iré pero por mis propios medios». Cu­
brió a pie los mil quinientos kilómetros del trayecto hasta Nueva
Deíhi. Se instaló en una choza de bambú no lejos de Rajpat

38
donde incineraron el cadáver de Gandhi. Vinoba tenía entonces
cincuenta y siete años y pesaba cuarenta y cinco kilos, la barba
entrecana y anteojos Gandhi. Poco después Vinoba volvió a los
caminos entre canciones y toques de tambor. Era el tam tam del
Bihar. «Ha venido el dios que reparte tierras.» Sus palabras te­
nían el tono del ideario y los aforismos de Gandhi. «Un sediento
que tiene ante sí un vaso de agua clara no beberá de la turbia.
Los comunistas empiezan por matar a la gente para luego dictar
leyes draconianas, pero yo quiero empezar por la misericordia.
Yo quiero provocar una revolución en tres etapas. Primera, esti­
mular los sentimientos del pueblo, segunda, cambiar sus modos
de vida y por último, modificar las estructuras sociales de nues­
tro país.»
Eran muchos los que le invitaban a la acción directa desde el
gobierno. Pero como Gandhi, su discípulo rechazaba la vía polí­
tica: «Si hay ya dos bueyes uncidos al mismo yugo, ¿por qué
uncir un tercero? Yo puedo ser de más utilidad preparando el
camino para que la carreta pueda avanzar en la dirección co­
rrecta». El recién llegado embajador norteamericano Chester
Bowles aplaudía con entusiasmo el trabajo y las rutas morales de
este «esmirriado activista no violento», que con sus ejércitos
agrarios de tres en fondo irrumpía en los campos recuperados a
los señores feudales precedido de una yunta de bueyes engalana­
dos con guirnaldas de flores y uncidos a un arado para abrir sur­
cos en la tierra. Una joven india de dieciocho años envía una
carta a su madre, amiga del embajador de los Estados Unidos,
desde las filas de Vinoba: «Madre, me considero muy afortunada
por haber venido a este mundo en la India. Feliz nuestra patria
que cuenta con tantos santos y ascetas insignes que se suceden
como las cuentas de un rosario. Ríos de sangre solían correr por
la disputa de un palmo de tierra pero ahora esa misma tierra se
entrega a Dios que habita entre los pobres».1
A pesar de todo, Vinoba al final de sus días había logrado
tocar con los dedos de sus pies caminantes tan solo 1.500 de las

1. Chester Bowles, Crónicas de un embajador, Editorial Kraft, Buenos


Aires, 1955.

39
setecientas mil aldeas indias. Los paseos de Vinoba, como los de
Gandhi, se convertían de esta manera en sucedáneos de la au­
téntica revolución verde, de una reforma agraria en profundi­
dad. La India, como el Bihar, era más que nunca un país rico en
recursos habitado por pobres de solemnidad. Las vacas sagradas,
67 millones, apenas daban 365 litros por año, menos que el pro­
medio español. Los problemas de irrigación, de fertilizantes, de
productividad por hectárea, el paro, la desnutrición, no los re­
solvía Vinoba con sus incursiones en el Bihar. De las 800.000
hectáreas que le habían prometido sólo logró distribuir 56.000 en
pleno clímax de su campaña, 1954-56, y gran parte de ellas po­
bres, arenosas. La campaña de Vinoba no era un remedio y la
solución estaba, como siempre, en manos de Dios, de la oligar­
quía rural y de los usureros: la población sólo comía regular­
mente a lo largo de cuatro meses por año. Era, por lo demás, la
perpetua carrera en la llanura indogangética de la producción
contra la explosión demográfica, del hambre y la usura contra la
supervivencia.
Mi entrevista con el discípulo de Gandhi, Vinoba Bhave,
cerca de Patna y a orillas del Ganges, adonde me llevó un pai­
sano jesuita, el hermano Uñarte, no arrojó demasiadas luces so­
bre la eficacia de estos métodos de redención y justicia. El perso­
naje, rodeado de acólitos arrogantes, carecía del sentido del hu­
mor y el carisma de Gandhi. Era su repetición mala, su calco en
serie. letanía sin fuerza. La India se sometía a sus mitos y a los
fenómenos naturales, que le habían apartado, según René
Grousset,1de la lucha contra las tiranías confesionales y sociales,
«se ha desinteresado de los reinos de este mundo en beneficio de
la superstición o el rito». Al llegar a su choza Vinoba repetía las
posturas, la imaginería de Gandhi. Su éxito dependía en gran
medida de la sabia repetición de sus gestos y metáforas. Lo vi,
nada más entrar, sentado en cuclillas con una gorra de visera de
color verde y gafas oscuras. Su voz era mansa pero neutra, im­
personal, repetitiva:
«Recorro la India de pueblo en pueblo, me dijo, y lo hago

1. René Grousset: La face de l’Asie, Payot, París, 1955.

40
desde 1951 a razón de unos veinte kilómetros diarios para pedir a
los que más tienen que se desprendan de lo que les sobra, de lo
superfluo. Yo soy partidario, como usted sabe, de la “ahimsa”,
de la no violencia y lo que he obtenido por medios pacíficos ha
sido, con mucho, muy superior a los esfuerzos que he desarro­
llado y por los que Dios me ha recompensado ya con abundan­
cia.» El santón errabundo se dirige luego a los modestos propie­
tarios de tierras, más generosos que los «zamindaris», para de­
cirles: «He venido a robaros con amor. Quiero ablandaros el
corazón para que cedáis las tierras que os sobran a aquellos que
no tienen nada».
A los jóvenes simpatizantes de los naxalitas de la Universi­
dad de Calcuta esta música les sonaba a puro patemalismo. «A
Vinoba Bhave, me decían, sólo le han regalado tierras impro­
ductivas y así los latifundistas han hecho méritos ante el Go­
bierno y ante su reencarnación y de paso han tranquilizado su
mala conciencia.» Vinoba es ajeno a las críticas. Parecía por en­
cima de lo divino y de lo mundano. «Me levanto a las cuatro de
la mañana, me decía. Dedico las primeras horas a mis rezos y
después leo o medito y recibo visitas, dialogo con los pobres y los
campesinos hasta las seis de la tarde. Almuerzo hacia el medio­
día, fruta, papaya con azúcar sin refinar y leche cuajada. Ese es
mi menú del día.» El mismo más o menos que el de Gandhi. Al
igual que el Mahatma su discípulo parecía un hombre más de
obsesiones que de ideas. Su misión en la tierra era la de devolver
a los hombres a las llanuras, a la religión «del polvo y la po­
breza». Vinoba se había convertido en la caricatura santa de
Gandhi, en el objeto de una «piedad competitiva», como ha es­
crito V.S. Naipaul.1 Pero no tiene el vuelo metafísico del
Mahatma, el sincretismo de sus reflexiones sobre la obra de Tho-
reau, Tolstoi o Ruskin. Es el apóstol que ha convertido el kilo­
metraje y la fatiga, el jogging espiritual en una devoción y en un
fin bienintencionado en sí mismo. Es dudoso el objetivo de su
peregrinación, de su abstinencia producto de la «bramacharya»,

1. V. S. Naipaul: India a wounded civüization, Vintage Books, Nueva


York, 1976.

41
el voto de castidad y el celibato. Limpiaba las letrinas como
Gandhi y se dejaba tocar por los parias; pero, sin dudar de su
sinceridad o de la de los que le seguían, sus prédicas sonaban a
indulgencia y exotismo espiritual. Una de las discípulas de Vi­
no va. que le había hecho entrega de su fortuna y caminaba con él
por los senderos del Bihar. se quejaba a Ved Mehta porque se
veía obligada a preparar su propia comida todos los días: «Todos
saben, decía, que los musulmanes y los “harijans” (intocables)
son sucios y tienen malas costumbres». Es el esnobismo espiri­
tual en movimiento, el éxtasis de la identidad religiosa en dos
vertientes: el Gram-Raj, el autogobierno de la aldea, y el
Ram-Raj, el nirvana, el reino de Dios alejado de las disputas y
ambiciones terrenales. ¿Cuánto tenían los apóstoles de Gandhi
de la definición que Cioran da de la santidad en sus «Aforismos
de la amargura»? «Esa santidad que me escalofría, esa injerencia
en los males y dolores de los demás, esa barbarie de la caridad,
esa piedad sin escrúpulos...»
Después de su almuerzo frugal y de su diálogo con los «ha­
rijans», el profeta del Ganges reemprendió su camino hacia otra
aldea vecina. Su paso era a ratos vacilante, de un calculado des­
mayo. Es cierto que parece más una mascota que un mahatma.
Un símbolo anacrónico más que una ideología o un programa
personal. Su carisma, su defensa dialéctica era su ancianidad.
Los viernes guarda silencio como el Mahatma, pero el sábado lo
rompe para apoyar la suspensión de la Constitución y la declara­
ción por parte de Indira Gandhi del estado de emergencia. Los
amigos de su padre Nehru van a dar con sus huesos en la cárcel.
Mientras tanto, Indira enviaba sus doctores para que cuidaran de
Vinoba enfermo a poco de cumplir los ochenta años. Le sirve
como muñeco espiritual, como referencia moral. Tiene cierta ra­
zón xNaipaul cuando escribe que este asceta, la versión autori­
zada de Gandhi, un personaje medieval, encuentra la salvación
«en la simple obediencia». Al apoyar las leyes totalitarias de In-
dira Gandhi, el discípulo deJ Mahatma sustituye la espiritualidad
por la maquinaria del Estado. ¿Qué poso profundo puede dejar
ese peregrinaje sin fin, esa atmósfera circense de aldea en aldea
que Lanza del Vasto recoge sin poder evitarlo en su aproxima­

42
ción a la figura de Bhave, el saltimbanqui de Dios? El ruido, la
distracción de las masas que apenas escuchan al apóstol pertur­
badas por el mito, las malas comidas, la improvisación, el guiri­
gay. Es más un maratón olímpico, una «perversión del “dhar-
ma”», sin contenido espiritual que un testimonio fecundo y —lo
que era más necesario antes de su muerte a los 88 años o su aban­
dono de la carretera— una visión práctica, duradera, eficaz.
Es una parodia de Gandhi. Usa de sus mismas técnicas de
lucha pero ha olvidado el sentido último de las huelgas de ham­
bre o de los obligados silencios del Mahatma, que en 1947 iba de
conflicto en conflicto como un bombero de la fe para apagar
todos los incendios de las guerras de religión entre hindúes y
musulmanes. La última huelga de hambre de Vinoba Bhave en
1976 tenía una razón bastante menos metafísica , simplemente
protestaba porque los carnívoros mataran las vacas sagradas
para comérselas. En eso había quedado la filosofía del primer
discípulo de Gandhi mientras Indira («Indira es la India, la India
es Indira», gritaban los partidarios de la hija de Nehru), encarce­
laba a la oposición, cerraba periódicos, amordazaba periodistas,
incendiaba suburbios como si la simple eliminación formal de la
miseria acabara con sus raíces. Indira quería entender la pobreza
como «maya», o sea ilusión. Con la ayuda de su hijo primogénito
Sanjay, «el príncipe heredero», emprendió una violenta cam­
paña para recuperar el tiempo perdido y sacar al indio de su
«mundo interior», de las pasiones de la especulación, de los uni­
versos metafísicos. En el otoño de 1975, la India se disponía a
poner un cohete en órbita, pero era incapaz de producir unas
pocas toneladas de arroz más al año. Su futuro dependía de las
cosechas. Indira Gandhi había decretado el estado de excepción
el 26 de junio. La India estaba estremecida, dividida. «Paga tus
impuestos», «La pobreza no se resuelve a través de la magia sino
trabajando duro» eran los carteles que podían verse por las calles
de la capital, con una filosofía muy en la línea agnóstica y positi­
vista de Nehru. Desde el Himalaya a Cabo Comorin la Dama de
Hierro decía: «El estado de excepción nos brinda una nueva
oportunidad para llevar adelante nuestras tareas económicas».
En los parques de Nueva Delhi, en los 3.000 suburbios de Cal­

43
cuta, en las playas de Kerala, en la Marine Drive de Bombay,
Indira recordaba a su pueblo cómo debía comportarse por medio
de estas lecciones, breves epístolas morales. La primera ministra
utilizaba a todos los monstruos sagrados de la revolución, in­
cluido Gandhi, para justificar su «golpe de estado» de junio.
Hasta Vinoba Bhave vino en su ayuda: el estado de excepción, la
suspensión de la Constitución sólo podían interpretarse, según el
heredero espiritual de Gandhi, como una «era de la disciplina».
A lo que un ciudadano indio respondía desde Europa en una
carta enviada a un periódico: «¿No justificó Adolfo Hitler su
política diciendo al mundo que Alemania necesitaba una buena
dosis de disciplina?» La oposición, paralizada, respondió con ti­
ros por elevación, entre ellos los poemas sobre la libertad de
Tagore, «el de inmenso corazón», como le llamaba Juan Ramón
Jiménez. De los 580 millones de habitantes que entonces tiene la
India sólo ocho o diez participan de las preocupaciones políticas.
El resto votan en las elecciones de acuerdo con las recomenda­
ciones de los «zamindaris», los terratenientes, o a cambio de
unas rupias de los agentes de los partidos. Era inútil, por tanto,
preguntar a estos ciudadanos indios su opinión sobre el MISA
(Mantenimiento de la Seguridad Interior), que envió a la cárcel a
miles de personas. Yo no lograba detectar en los grandes núcleos
urbanos aquella pasión por el debate en la calle o las salvajes
polémicas entre los editorialistas. Ni las manifestaciones tradi­
cionales. La burguesía vivía amedrentada, con miedo a exhibir
sus riquezas. La majarani de Jaipur seguía en la cárcel, aunque
fuera en una celda de cinco estrellas, por evasión de impuestos.
Para los marajás el ocaso de las Mil y Una Noches había comen­
zado tiempo atrás. Pero algunos de ellos vivían su propia leyenda
en palacios en los que el oro, las piedras preciosas (su gran pa­
sión, su furor de coleccionistas), el agua, los sirvientes, los ele­
fantes se unían todavía para alimentar un mito que se resiste a
morir.
La majarani de Jaipur, Gayatri Devi, que fue embajadora en
Madrid, amiga personal de la Reina de Inglaterra, vivía en su
Estado aquella ficción feudal de súbditos arrodillados a su paso,
elefantes pintados de flores, joyas fabulosas. Jugaba al tenis en

44
las canchas de palacio y luego tomaba su avión personal hacia
Nueva Delhi para intervenir en un debate parlamentario. Era
diputada por el partido conservador Swatantra.
— ¿Sabe cómo la llamaban los periódicos ingleses? —me de­
cía el marajá en su gabinete privado de Jaipur—: «La mujer que
se atrevió a desafiar a Nehru».
La hija de Nehru la envió a la cárcel y ese día murieron un
poco más los privilegios de los marajás. Gayatri fue detenida en
1975 acusada al parecer sin pruebas de tráfico de divisas. La be­
lla mujer cuyos perros bebían agua de Evian entró a los 60 años
en una cárcel junto a ladrones y prostitutas. «Es un error, permí­
tanme llamar a mi abogado» dijo cuando la detuvieron. No hubo
permiso. Ingresó en la cárcel como prisionera de la clase C. Más
tarde pasó a la clase A , era un privilegio, compartía la celda con
solo un prisionero y pudo utilizar el W .C., reservado a ios con­
denados a la horca. La majarani cayó enferma pero Indira no
permitió que los médicos la visitaran hasta que firmó un docu­
mento según el cual apoyaba el programa de 20 puntos de la
primera ministra. Gayatri cree que se trató de una venganza per­
sonal.
—No quiero ser primera ministra de la India —me decía la
majarani— . A lo que aspiro es a demostrar desde la oposición que
los métodos de los Nehru son los del socialismo de la miseria.
La majarani formaba, como los «sadhus», los dioses vengado­
res, el Ramayana o el Gita, los naxalitas, Gandhi o Nehru, parte
de la India. Los rusos blancos huidos del Palacio de Invierno
conducían taxis en las capitales de Europa o se ganaban la vida
como maitres o croupiers en los restaurantes y casinos de Fran­
cia. Era el signo de los tiempos. Los marajás de la India, venidos
a menos, no conducían taxis en las calles atestadas de Calcuta o
Bombay. Aún no han caído tan bajo, pero en el ciclo infernal de
las reencarnaciones sociales y económicas, ahora les toca dirigir
un hotel o prestar su ilustre apellido a una oficina de relaciones
públicas. Quedan los residuos de aquel antiguo esplendor,
cuando el marajá de Dewas, Tukoji Rao, era recibido con júbilo
por los niños de las escuelas a su regreso de un viaje a la inmorta­
lidad en Benarés.

45
«Aplaudamos y cantemos
formemos un alegre círculo.
Dios nos ha traído sano y salvo a nuestro dueño
con preciosas lecciones aprendidas.»

Según E.M. Forster, que fue su secretario particular, el ma-


rajá de Dewas era un santo varón se le mirara por donde se le
mirara. Demasiado santo para gobernar aquella tierra en la que
los brahmanes despreciaban al príncipe porque su madre ardiera
en la hoguera del «sati», en la pira funeraria de las viudas. En la
memoria de Forster «era una tierra de mezquinas traiciones y de
reptiles que se mueven con excesiva cautela para hacerse daño
mutuamente». Mientras Dewas se empobrece y la corrupción se
extiende sin remedio, el marajá Rao, como un «Gatopardo»
hindú reflexiona sobre la inevitabilidad del cambio. Era un prín­
cipe deseoso de afecto, pero al mismo tiempo demasiado orgu­
lloso para pedirlo.
El ateo primer ministro Nehru había dicho en alguna ocasión
que el peligro de la India era la deificación de la pobreza. Y la
sacralización de Gandhi. El Mahatma logró convertir en sagrada
la pobreza, «en la base de toda la verdad, en la única propiedad
de la India», como escribe V.S. Naipaul, el indio de Trinidad-
Tobago. Junto a este culto ininterrumpido a la pobreza subsistía
la India impúdica de los marajás, muchos de ellos reducidos al
avatar» de simples y dolientes hidalgos cuando el Gobierno
central les retiró los subsidios o los castigó con el rejón de los
fuertes impuestos. Hoy se les puede encontrar en los salones de
la high. society con un traje cortado por un sastre cristiano de
Calcuta para que parezca puro Bond Street y con los dedos a la
altura reglamentaria del vaso de whisky. Por lo general saben
llevar con dignidad su desgracia. Quedan los signos externos, la
elegancia de los gestos, el inglés exquisito. En los años 70 perdie­
ron sus últimos privilegios, son simples ciudadanos en la India de
Indira aunque algunos conserven sus palacios de oro o sus reba­
ños de elefantes.
En 1947, el año de la independencia, había en la India 624
marajás que reinaban sobre territorios tan grandes como la mi­

46
tad de España o tan diminutos como San Marino. Eran, según el
tamaño de sus posesiones o el origen de su casta, marajá (gran
rey), nizam (organizador), nabab (gobernador), rajá (jefe de Es­
tado), rado (duque soberano), sirdar (conde o barón), takjur
(señor del feudo hereditario). Los ingleses los clasificaron en una
estricta jerarquía y disponían de más o menos salvas de cañón
según su rango, entre nueve los más bajos y veintiuna los de
mayor alcurnia. A cambio de la cesión del poder absoluto en sus
regiones, los marajás fueron aliados fieles de los ingleses. Esto
no impidió que el marajá de Dewas dijera un día a sir Malcolm
Darling, su tutor: «Tenemos la impresión de que los ingleses que
viven en este país no pertenecen a la clase más aristocrática».
A pesar de todo, el marajá de Baroda Sajaivi Rao, que leía a
Platón en griego, saludó al príncipe de Gales con disparos de un
cañón de oro macizo que pesaba 126 kilos, antes de alzarlo a la
«howda», el palanquín también de oro, a lomos de un elefante
alimentado con caña de azúcar y una pinta de jerez al día. Su
palacio de Lamski era inglés desde la decoración hasta el último
mayordomo, salvo el chef, que era francés y los conductores, que
eran italianos. Los ingleses adiestraban a su ejército y la lencería
de mesa se fabricaba en Belfast. El marajá de Baroda sabía unir
la cultura y el lujo al sentido de la caridad, un comentario inteli­
gente sobre Jeremy Bentham con su amor obsceno por las pie­
dras preciosas.
Cuando alabé al difunto marajá de Jaipur el número y la
prestancia de sus elefantes me respondió, con esa calculada mo­
destia de los aristócratas que restan importancia al volumen de
sus riquezas: «Baroda o Mysore tienen más elefantes que yo,
muchos más...»
La India racionalista con la que soñó Nehru, o la India me­
nestral, bucólica, pastoril, hecha de sudor y ruecas, del «khadi»,
la manufactura del algodón, artesana y rural por la que trabajó
Gandhi era incompatible con la supervivencia de esos semidioses
cuyos cientos o miles de criados se retiraban de su presencia mi­
rando hacia atrás. Durante más de un siglo los ingleses les habían
mantenido sus prerrogativas y monopolios, hasta veintitrés,
desde el uso de la bandera, la exención de impuestos, la inmuni­

47
dad, los ejércitos privados para asegurarse la estabilidad del im­
perio. Lord Mountbatten, virrey de las Indias, les convenció
para que fundieran sus estados con las nuevas naciones indepen­
dientes, la India y el Pakistán, para conservar así una parcela de
su autonomía local. Llegaban tiempos duros y el nuevo orden
político impuso el olvido de las extravagancias y los derroches
del pasado. Los príncipes se presentaban sin rubor a las eleccio­
nes de la India democrática. El inmenso electorado indio era
poco permeable a las ideas y a las técnicas de la democracia. El
marajá de Cachemira, Singh, llegó a ser ministro y otros veinti­
cinco accedieron al Parlamento. El marajá de Bikaner, diputado
a la Cámara Baja, afirmó, con la conciencia de que los tiempos
habían cambiado: «Soy un indio más».
Los maraiás habían mandado como señores absolutos, con
sus soldados propios, sus orquestas propias, sus tribunales pro­
pios. Un marajá ordenó a su orquesta que tocara todas las no­
ches sin parar porque esta explosión sinfónica era la única ma­
nera que había de serenar su sistema nervioso. Fueron perso­
najes caprichosos y excéntricos aunque leyeran a Platón en
griego. El de Patiala coleccionaba coches y compró 32 Rolls
Royce. El de Baraptur se bañaba en su piscina con cuarenta chi­
cas desnudas provistas de velas: la que lograba que su vela no se
apagara compartía esa noche la cama del príncipe. Tenía una
inmoderada pasión por la caza. El de Bikaner disparó 11.000
cartuchos en una cacería que duró varias horas. El príncipe per­
seguía al antílope negro desde uno de sus Rolls descapotables,
escopeta «Purdey» al hombro.
Los había que no sabían leer ni escribir y otros que fueron los
primeros de clase en Oxford. Refinados o brutos, humanistas o
sádicos, criminales, playboys despilfarradores o sensatos admi­
nistradores, su número y su condición daban para todo. Su obse­
sión era el vigor sexual y eran capaces de merendarse brillantes
pulverizados o excrementos de murciélago para aumentarlo.
Reinaban sobre poblados harenes de hasta más de 350 esposas y
cuando el príncipe entraba en ellos se interrumpía la administra­
ción del Estado. «Un cálculo permitiría establecer que cada uno
poseía una media de once títulos, 5,8 mujeres, 12,6 hijos, 9,2

48
elefantes, 2,8 vagones de ferrocarril privado, 3,4 Rolls Royce y
un palmarés de 22,9 tigres abatidos.»1 Las intrigas entre las favo­
ritas causaron catástrofes financieras, reveses políticos y la neu­
rosis profunda de más de un marajá. La única que burló las re­
glas de palacio y dominó a las demás favoritas fue, como cabría
esperar, una española, Anita Delgado, bailarina malagueña
amiga de Valle Inclán, casada con el marajá de Kapurtala, el
dueño del topacio más grande del mundo. Cuando el autor de
Divinas palabras trata de convencer a la madre de la bailaora de
que le deje marchar a la India ésta le responde: «Zí, señó, tanto
dinero como ofrece ese rey moro por mi Anita no deja de ser una
tentasión. Pero, ¿y la jonra?». Se habían conocido en un frontón
de Madrid. La boda se celebró en Kapurtala y vivieron felices
dieciocho años hasta que Anita, según cuenta en su libro Jack
Lord, se la pegó con el nizam de Hyderabad. Aunque muchos de
los príncipes esperan todavía el visto bueno del astrólogo para
entrar con bien en palacio, la nueva India les ha exigido una
urgente adaptación a las circunstancias. Hoy los semidioses son
plebeyos, ministros o diputados, han convertido en taxis sus
«Rolls». Son industriales, militares, granjeros, cazadores profe­
sionales, productores de cine o viven del turismo, de su apellido,
de los ritos de palacio, de una leyenda cuantificada en citas para
cicerones. Han vendido, por unas rupias, entradas para visitar
sus palacios, y el guía desgrana las estadísticas (en la India la
estadística es la medida de todas las cosas) de la pasada opulen­
cia, miles de tigres muertos en cacerías, kilos de jarrones de Sé-
vres, diamantes, legiones de criados, frufrús de odaliscas, póci­
mas afrodisíacas, milagros de la corte y venenos florentinos
cuando eran señores de la vida y de la muerte. Los marajás rei­
naban, sádicos o paternalistas, sobre la miseria de los súbditos.
Pero ahora, sin listas civiles, los semidioses acuden a las garden
parties de los nuevos ricos y se codean sin pudor con la aristocra­
cia del dinero. Los dioses han bajado a la cocina para olfatear los
guisos. Los venidos a menos adornan con su presencia los despa-

1. Esta noche la libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins, Pla­


za & Janés, Barcelona, 1975.

49
chos de las oficinas de los grandes industriales como los de Tata
o los Birla. «No se puede luchar con éxito contra las nuevas fuer­
zas si se imita al avestruz», había dicho sir Mirza Ismail, primer
ministro de Mysore antes de la independencia. Tardaron años en
hacerle caso. La majarani de Jaipur escribió en la cárcel de Tihar
sus memorias. La prisión se convertía de nuevo y en sentido con­
trario al de Gandhi —pasó seis años de prisión, Nehru más de
diez años entre rejas— en el símbolo de una clase social. La
altiva hija de Nehru pasaba así la factura a los semidioses y con­
vertía en ministros a los que habían aceptado el cambio. El
Mahatma Gandhi, con su culto a la pobreza, sus pies desnudos,
su «dothi», el taparrabos de algodón y su horror al lujo, los había
condenado a muerte.
3
La noche oscura
Hay una fotografía para la historia de una niña de ojos gran­
des y oscuros, pelo lacio y nariz larga y fina al pie de la cama de
Gandhi. Es Indira a los nueve años. Con el tiempo la hija única
de Nehru intentaría romper con los beneficios-maleficios, sobre­
naturales y humanos del fakir semidesnudo envuelto en una tú­
nica de algodón. Su irresistible ascensión comenzó como minis­
tra en la guerra entre India y Pakistán de 1965.
—Yo he tratado de seguir, me decía en un palacio de Cache­
mira, los consejos de mi padre, el ejemplo de Gandhi adecuado
a mi personalidad, a mi realidad política. Mi padre, en sus cartas
desde la cárcel, me recordaba siempre un deseo de emulación
que sentí desde muy niña: parecerme a Juana de Arco; algo ha­
bía ya en mí que me predestinaba hacia una dedicación a mi país
a costa de los sacrificios que fueran necesarios. Mi padre me
decía: «Siempre que dudes deberás actuar de frente, sincera y
abiertamente. Nunca hagas nada en secreto. El miedo es mal
consejero, indigno de ti. Sé valiente y todo lo demás te será dado
por añadidura». He quemado muñecas inglesas, he pasado por la
cárcel de los ingleses, he luchado contra ellos cuando todavía era
una niña, he visto a toda mi familia en prisión. Estas experien-

51
cias marcan y soy sin duda hija de ellas. Sí, soy organizada y
voluntariosa pero no orgullosa ni atea, ni fría como un tém­
pano, como dicen algunos. Que no me guste visitar los templos
para rezar en ellos no significa que no tenga una idea propia de
lo que es la religión. ¿Orgullosa? Esa es una acusación que
también recayó en mi padre. Yo he seguido siempre mi camino
y mantenido mis decisiones cuando Feroze Gandhi y yo nos
casamos en 1942. Cuando anuncié mi boda rompí con todas las
reglas del hinduismo, de la tradición social.
El consejo paterno, «sé valiente», la condujo hasta los días
gloriosos de la batalla de Bangladesh. Más tarde, al ingreso en
el club nuclear en mayo de 1974, cuando sus sabios de Trombay
hicieron estallar la primera bomba atómica india en algún lugar
del desierto del Rajastán. Era la bomba de los pobres en uno
de los períodos más sombríos de la historia de la India, en
plena alarma roja de la crisis alimenticia. Indira se había gas­
tado 173 millones de dólares en el desarrollo nuclear, nueve
billones de dólares en defensa, doscientos millones de dólares
tan sólo en el programa de viviendas. Prefería la ciencia nuclear
d ia ciencia de la paz del Mahatma Gandhi, el futuro nuclear a
la revolución agraria, a la utopía de la aldea del Mahatma. La
explosión de aquel ingenio nuclear revolvió el corazón de los
gandhianos puros. Ved Mehta recoge en su libro la protesta de
un funcionario retirado, M.C. Chagla, que habló en Ahmeda-
bad: «Amigos, vivimos en un país al que llaman la tierra de
üaiidhi. Gandhiji logró no sólo nuestra liberación del Impe­
rio oritánico sino también la libertad de la tiranía, la opresión y
las injusticias de toda clase. Hay una frase en inglés que dice
que cuando la noche es oscura el final no está lejano. Y yo veo
una noche muy oscura». Indira negaba con apasionamiento que
hubiera traicionado el testamento del Mahatma. Para ella, más
o menos, el fin justificaba los medios. Se negaba a admitir que
«Gandhiji/> y ella tuvieran dos diferentes visiones del mundo y
de la vida, simplemente los métodos eran distintos. En realidad
los temores de Gandhi se cumplían en la práctica, el Estado todo­
poderoso, el «derecho divino de los reyes» se impone en la que
algunos llaman «la Emperatriz», al paraíso natural y espontá­

52
neo, basado en las reglas de la antigua convivencia de los asce­
tas de la revolución.
Indira Gandhi, acosada desde los editoriales de los periódi­
cos y la intelligentsia liberal, decide un día de 1975 que las liber­
tades de pensar y expresarse son lujos burgueses para un país tan
pobre. De acuerdo con esta manera de pensar, cierra periódicos
y revistas, implanta la censura y se abre así para la India un túnel
del tiempo orwelliano que duró diecinueve meses. La Empera­
triz se quedó sola, mal aconsejada, hasta que cometió el último e
imperdonable error atribuible a su debilidad de madre: creyó
que su hijo Sanjay, fracasado constructor de coches utilitarios,
marca Maruti, según el nombre del dios del viento, serviría para
prolongar la dinastía de los Nehru. Sanjay trató de cambiar com­
pulsivamente el mapa social de la India con la destrucción física
del chabolismo, sin viviendas de repuesto, las esterilizaciones
obligatorias y masivas, «más árboles y menos niños», mientras
que su madre, que mantenía muy firmes sus pasiones políticas,
dirigía los pasos de su audaz heredero con el mismo cuidado con
que Nehru había dirigido los suyos. En pleno estado de emer­
gencia mis crónicas desde la India debieron pasar los filtros de la
censura y se me obligó a firmar un documento por el que me
comprometía a no burlar las medidas de los censores. Nirmal
Verma, un discípulo de Gandhi, escribió en el último número de
la revista «Seminar», cerrada por el gobierno: «Durante las dos o
tres últimas décadas, los que controlan los medios de informa­
ción no han conocido la experiencia del sufrimiento de los cam­
pesinos. Los que realmente sufren no tienen medios para expre­
sarse. A pesar del ruido que armábamos en la prensa y en el
Parlamento, la India seguía siendo el continente del silencio. El
compromiso con la libertad de expresión se convierte en formal y
decorativo a menos que se transforme en preocupación moral
para la total articulación de la experiencia humana. Que esta
preocupación se hallaba ausente de nuestra intelligentsia quedó
al descubierto cuando supo ajustarse tan suavemente a las nue­
vas circunstancias después del estado de excepción... Pero supo­
ner a partir de eso, como hacen nuestros actuales dirigentes y
algunos marxistas, que la libertad de expresión, la libertad de

53
prensa y los derechos básicos del ciudadano de tener libre acceso
a todas las fuentes de información son simples “valores burgue­
ses" que pueden sacrificarse en beneficio de algunos míticos pro­
gresos, significa caer en otra forma de error, de engaño. Todos
los proyectos de “reforma revolucionaria” se convierten en ins­
trumentos de opresión si al pueblo para el que están diseñados se
le priva del derecho a juzgar o comentar en base a su experien­
cia. Lo que hay de común entre las sociedades evolucionadas de
Occidente y los países pobres del Tercer Mundo es el supremo
valor que conceden a la conciencia que el hombre tiene de sí
mismo. No se podrá legitimar ninguna decisión del poder estatal
que viole la realidad de esta conciencia, forzando al hombre a
vivir en la realidad de los demás, una realidad censurada».
La India con que me encontré en el estado de excepción de
1975 era dual, contradictoria. Para unos la medida de Indira era
ia única respuesta para salir del oscurantismo y la corrupción,
para otros una pura y simple dictadura, una traición más al espí­
ritu del Mahatma. «Conozco la India bien, me decía un amigo
extranjero instalado en Nueva Delhi, y el país que yo amaba se
desmorona por momentos. Yo creo, añadía, que la lucha contra
la corrupción está bien y es aquí más necesaria que en otros luga­
res; pero no a costa de las libertades individuales, de la rígida
censura de prensa, de los encarcelamientos, de la creación de un
clima de terror psicológico. Nehru era un hombre autoritario y
desdeñoso pero al menos guardaba las formas.» Otro interlocu­
tor respondía: «Pero Indira tiene razón, no se puede usar la de­
mocracia para destruirla, permitir los secesionismos, la violencia
política, sobre todo en un país tan frágil como éste. Indira tiene
razón cuando se queja de las lecciones de democracia que a estas
alturas quieren darle los corresponsales de los periódicos ingle­
ses y norteamericanos. La democracia no significa lo mismo para
todos y estamos ya hartos de que los occidentales nos expliquen
cómo debemos aplicarla aquí. Yo estoy de acuerdo con Frank
Moraes: Indira es el único hombre en el Gobierno indio...»
Desde la otra trinchera la réplica era inmediata: «Este país ha
perdido, a pesar de todas sus lacras y miserias, una de las cosas
más positivas que tenía: el derecho a no estar de acuerdo con el

54
Gobierno y a decirlo públicamente. En cambio ahora la Gandhi
nos somete a todos a un lavado de cerebro, registra nuestras
casas, nos obliga al silencio, a las sospechas mutuas. Ahora abres
la radio y te enteras de las manifestaciones de apoyo al estado de
excepción para hacer ver que toda la India está con ella, de la
higiénica campaña que lleva adelante para combatir la corrup­
ción, de los proyectos de su hijo Sanjay para esterilizarnos a to­
dos, los quintales de arroz que han decomisado a los contraban­
distas de Goa, la lucha contra la inflación, cuánto ha bajado en el
bazar el papel higiénico de color rosa. Te deprimes cuando pien­
sas en los periódicos que hemos tenido en este país. Indira y los
suyos dicen que es la CIA la que lo revuelve todo. Pero yo la he
oído estos últimos años, desde que en 1969 rompió con los caci­
ques del partido del Congreso, acusar a la CLA de haber provo­
cado un ciclón en Bengala, una nueva epidemia de hambre en el
Bihar, las inundaciones en Maharatstra y hasta de haber pin­
chado los preservativos que por aquí se reparten gratis y que
dieron al traste por un tiempo con su programa de control de la
natalidad».
Los seguidores de Gandhi, como Narayan o Desai, estaban
en la cárcel. El Tribunal Supremo revisaba por aquellos días la
causa que se seguía contra Indira por delitos electorales. Mien­
tras tanto, la prensa oficial fabricaba con mimo, adjetivos elogio­
sos, horóscopos favorables la imagen del heredero, Sanjay
Gandhi. Se le comparaba con el sol y la luna y sus partidarios del
estado de Uttar Pradesh le colocaba a su llegada guirnaldas en
torno al cuello al grito de «Mesias Gandhi». Era la India sedienta
de actores de cine fantástico y políticos carismáticos. El culto a la
personalidad de la madre y el hijo se prolongó durante meses.
Sólo los corresponsales extranjeros, muchos de ellos expulsados
por su atrevimiento apuntaban que no todo eran rosas y cariños
en las relaciones materno filiales: Sanjay influía sobre su madre
como Rasputín sobre Nicolás II y la zarina. A veces, decían,
hasta abofeteaba a Indira Gandhi para luego llorar en su regazo
como un niño travieso y arrepentido.
Los horóscopos al uso presentaban el futuro de Sanjay exci­
tante y poblado de éxitos: llegaría a ser el primer ministro de la

55
India, le asediarían peligrosas mujeres (nadie ocultaba su gua­
peza y su atractivo) y terminaría sus días ascéticamente, en el
retiro. Todas esas previsiones de color de rosa se truncaron con
su muerte en un accidente de aviación que sirvió para que Indira
buscara refugio en su hijo mayor, el piloto de Air India, Rajiv.
Mi entrevista con Sanjay fue tan breve como gris. En su des­
pacho de las juventudes del partido del Congreso, el hijo de In-
dira adornaba con fruición los perfiles de sus cuatro puntos que
cambiarían en poco tiempo, según él, la faz y la piel de la India.
Si su madre tenía un programa de veinte puntos, Sanjay los ha­
bía reducido a cuatro. Por lo demás, la introspección en el perso­
naje. ideas, opiniones, experiencias chocaba con sus monosíla­
bos y su amor a la simplificación. El temible y energético boy
(así le llamaban algunos irónicamente) ni sentía ni padecía. Pero
al hablar de los cuatro puntos en cuestión era otro hombre, se
transfiguraba. Era imposible saber cuáles eran sus lecturas, sus
influencias, sus pasiones y todo él exhalaba una «suficiencia
Gandhi». pero sin la sabiduría de su bisabuelo Motilal, la expe­
riencia y el charme de su abuelo Nehru, la rebeldía simpática de
su padre Feroze o las agallas y el estilo de su madre. Había sido
un mal estudiante. Trabajó en Inglaterra para la Rolls Royce y
regresó a la India con el sueño de dotar a los indios del equiva­
lente a un «600». El sueño de una India sin el pelo de la dehesa,
indogangética, moderna a la fuerza, esterilizada y de clase me­
dia. De modo que ante la imposibilidad de extraer algo nuevo,
noticioso, útil o interesante de su introversión o de su defensiva
ausencia de pensamiento cedí el paso a su glorificación ins­
tantánea de los cuatro puntos de su revolución para la India:
planificación familiar, lucha contra el analfabetismo, forestación
y prohibición de la dote: «Yo invito a todos a que planten árbo­
les, me dijo, y que se acabe con la dote. Para mí uno de los más
graves peligros sociales es la costumbre de los padres de gastar
sumas enormes en dotar a sus hijas a riesgo de empobrecerse
ellos por el resto de sus días. Hay que abolir también el sistema
de castas y controlar la natalidad y acabar con el analfabetismo.
Tan sólo el treinta por ciento de la población india sabe leer y
escribir. Yo pido a los estudiantes que emprendan una campaña

56
de alfabetización, que se instalen en las aldeas y contribuyan a
educar a sus conciudadanos».
Esta era en síntesis la revolución cultural de Sanjay, juventud
y egolatría, puesta en práctica a través de los bulldozers y las
clínicas ambulantes de esterilización, la demolición de las chabo­
las y la vasectomía. La sección quirúrgica de los conductos defe­
rentes. Los funcionarios debían dejarse esterilizar porque corrió
la voz en las oficinas de Nueva Delhi que de no hacerlo y de
tener más de tres hijos perderían sus seguros sociales. Los volun­
tarios de Sanjay se desplegaron por la India con sus tiendas de
colores. La vasectomía era una operación breve e indolora, cinco
minutos. A cambio se recibía entre ochocientas y dos mil pese­
tas, además de una botella de aceite o un reloj. El transistor, el
regalo de las anteriores campañas era ya un objeto de consumo
más o menos al alcance de todos los bolsillos.
Los gandhianos, al menos algunos de ellos, desde la cárcel o
desde fuera de ella elevaron sus voces contra estas prácticas. El
único control de la natalidad que Gandhiji admitía era la absti­
nencia sexual. D e esta manera Sanjay, convertido en el ángel
exterminador de la fecundación (los musulmanes llegaron a
creer que la operación les dejaría impotentes), logró entre marzo
y septiembre de 1976 esterilizar a dos millones de personas. La
India vasectomizada estaba formada ya tras las campañas de los
últimos veinte años por 18 millones de personas. Pero la pobla­
ción crecía a un ritmo anual de quince millones de personas.
En la dictadura constitucional y esterilizada de Indira Gandhi
quedaba poco espacio para los derechos humanos. La policía se
lanzó a llenar las cárceles de «chorizos y macarras», pero tam­
bién de hijos ilustres de la patria. La oposición se cobraría con el
tiempo estas humillaciones y abusos y no dudó en enviar a la
cárcel a Indira y a su hijo. Pero desde el poder total, aislada y
acosada, la primera ministra necesitaba legitimar su dictadura.
La única solución era unas elecciones generales. La India se be­
neficiaba de una de las mejores cosechas del siglo, la inflación se
había frenado, la reserva de divisas era favorable. Pero faltaba el
veredicto del astrólogo. Indira no daba un paso sin consultar a su
astrólogo. Necesitaba la luz verde de astros y planetas. Los as-

57
trólogos de Chadni Chowk, en la parte vieja de Delhi, consulta­
ron el signo de la India, que es Capricornio, y el de Indira
Gandhi, Escorpión, fuerza, capacidad de trabajo, sentido del
poder. Marco Polo cuenta que le sorprendió hallar 5.000 astrólo­
gos en la corte del rey de China. Desde Babilonia y los romanos,
el astra ¿nclinant, el dictado astrológico ha influido en los com­
portamientos de millones de personas. En las casas indias la vi­
sita del astrólogo o el palmista es a veces más frecuente que la
del médico. Los astrólogos indios son buenos profesionales. Sus
antepasados figuran en la epopeya nacional, el Mahabarata.
A la emperatriz Indira los astros y las predicciones de su yogi
al que llamaban «Rasputín» le fueron favorables en el curso de la
guerra de Bangladesh, como también lo fueron el 19 de enero de
1969, cuando frenó en seco las aspiraciones de su rival en el par­
tido del Congreso, el puritano Morarji Desai. Nada se concierta
en la India (un matrimonio, un negocio, un viaje y hasta una
decisión a nivel político) sin el visto bueno del palmista, el astró­
logo. el escudriñador de naipes, el adivinador del porvenir.
Mientras nos tomábamos una copa en el Gymkama Club, pre­
guntaba a Malhotra si esta confianza en la conjunción de los as­
tros no estaba en contradicción con el empirismo de los dirigen­
tes indios.
—Nehru era racionalista por educación, por vocación, me
respondió, pero contaba con el movimiento de los astros para
decidir en política y su hija Indira es el primer cliente de los
astrólogos de Chadni Chowk. Ustedes los occidentales creen que
esta inclinación nuestra es producto del subdesarrollo y la su­
perstición, pero gente como Miller, Lawrence y hasta Cari Jung
han estudiado los signos del zodíaco.
Esta vez, 1977, los astros se equivocaron. Indira Gandhi su­
frió el más serio revés de su carrera política. Al anunciar, por
sorpresa, elecciones generales la primera ministra afirmó: «Las
elecciones son un acto de fe. Es una oportunidad para limpiar las
confusiones de la vida pública. O sea que acudamos a las urnas
para reafirmar el poder popular». Las cárceles se abrieron y la
{ndia entró en fecundo período de agitación preelectoral. Los
observadores no salían de su asombro. Indira hacía un alto en su

58
camino hacia Juana de Arco y convocaba elecciones generales.
¿Por qué? ¿Rumor de botas? ¿Temor a una insurrección de la
burguesía o de los barones de su partido?
Cuando llegué a Delhi la capital hervía en un clima de «todos
contra Indira». A toda prisa la oposición había fortalecido un
partido-paraguas, el Janata, el «partido del pueblo». Mítines,
coches con altavoces, «namastes», saludos de bienvenida, dis­
cursos incendiarios, guirnaldas de flores, duros ataques persona­
les. Este era el espectáculo. Los observadores de la Caja de Pan­
dora que era la India vieron en la decisión de Indira de disolver
el Parlamento y llamar a elecciones una nueva muestra de su
sentido de la oportunidad. A la hija de Nehru sólo le quedaban
dos opciones: o extremar las medidas de excepción y aumentar
su poder personal o hacer concesiones, calmar a los críticos, que
desde todos los rincones del mundo la acusaban de instalar en la
«democracia más grande del mundo» una dictadur? y convocar a
elecciones para el Lok Sahba, la Cámara Baja del Parlamento.
Ni siquiera se permitió un tiempo de transición para despejar las
malas vibraciones de sus casi dos años de ordeno y mando. La
oxidada maquinaria de la democracia se ponía de nuevo en mar­
cha. La oficina de propaganda del «príncipe heredero» exhibió el
catálogo de sus éxitos: la disciplina frente a una burocracia galo­
pante, la ley y el orden, el control de las peligrosas ambiciones
de politicastros y especuladores, el avance en la lucha contra la
inflación, el analfabetismo y la explosión demográfica. Pero el
Gran Esterilizador era el blanco fácil de los que saben que el
pueblo, al menos en las grandes concentraciones, es más sensible
a las anécdotas y al chismorreo que a las abstracciones parlamen­
tarias. Los viejos símbolos electorales, la vaca sagrada y el ter­
nero, el huso, la espiga, la pareja de bueyes volvieron a las pare­
des. La oposición enardecida atacó la concepción dinástica que
Indira tenía del poder. «Porque su abuelo y su padre fueron líde­
res políticos ¿nos veremos obligados a soportar a su familia para
siempre?», clamaba junto a mí un conocido candidato del Ja-
nata. Hasta la familia se había puesto en contra. La tía de la
primera ministra, hermana de Nehru, Vijaya Laksmi Pandit, re­
currió al recuerdo del Mahatma para atacar a Indira: «Cuando el

59
estado de excepción es la ley del país y una a una se sofocan las
libertades consideradas como esenciales para el desarrollo de la
democracia, pienso que estaré en paz conmigo misma si denun­
cio esta situación..., con lo poco que pueda hacer a mi edad,
tengo setenta v seis años. Recuerdo cuando Mahatma Gandhi
tomó al pueblo de la India en sus manos, entonces éramos menos
que los pigmeos e hizo de nosotros unos gigantes... esos gigantes
han sido de nuevo reducidos a pigmeos».
La oposición, mal organizada, amalgamada a toda prisa en
un bloque en el que se unían de forma confusa la izquierda y la
derecha más nacionalista, volvió al ritornello de las críticas a la
dictadura: «Queremos la restauración total de los derechos indi­
viduales y de las libertades públicas». Por fin, el día 21 de marzo
de 1977 Indira lo perdió todo tras once años en el poder: la
mayoría de su partido en el Parlamento, su escaño de Rae Bareli
por más de 55.000 votos. Sanjay perdió estrepitosamente en
Amethi. Corría la cerveza en las redacciones de los periódicos de
Nueva Delhi y los militantes de la oposición, en pleno ataque de
alegría colectiva recorrían las calles de la capital para dar rienda
suelta a sus emociones. Por la mañana, en la residencia de In-
dira. donde decenas de policías vigilaban entre las buganvilias,
pude ver cómo tan sólo un reducido grupo de incondicionales
dialogaba entre lágrimas. Pero la Emperatriz seguía, después de
la dura campaña electoral, encastillada en su residencia del cen­
tro de Delhi. El partido del campesino con el arado al hombro,
e) Janata, se preparaba para desmantelar la infraestructura legis­
lativa, ejecutiva y judicial puesta en pie por la primera ministra
al amparo del estado de excepción. Las primeras ediciones de los
diarios describían «la extremada palidez del rostro de Sanjay
Gandhi a medida que se conocían los resultados». El brillante
analista Kuldip Nayar, encarcelado por Indira, escribía en el
«índian Express»: «Los resultados indican el veredicto del pue­
blo contra el estado de excepción, y todo lo que se hizo en su
nombre».
La carta de dimisión de la primera ministra estaba escrita en
el mejor estilo de los Nehru: «El juicio colectivo del pueblo,
escribía, debe ser respetado. Mis colegas y yo aceptamos la deci*
sión sin reservas y con espíritu de humildad. Las elecciones for­
man parte del proceso democrático al que estamos profunda­
mente entregados. Siempre he dicho que ganar o perder unas
elecciones es menos importante que fortalecer nuestro país y
asegurar una vida mejor para nuestro pueblo». Al saludár al
nuevo gobierno del partido Janata, Indira tiene la esperanza de
que «las bases de la India secular, socialista y democrática se
refuercen. El partido del Congreso y yo estamos preparados
para ayudar constructivamente en los comunes objetivos de la
nación. Estamos orgullosos de nuestro país». Al despedirse de
los millones de personas que le apoyaron durante estos años ha­
bía una constante referencia a la predestinación, a su «karma», a
su destino histórico: «Desde la niñez ha sido mi deseo servir al
pueblo hasta el límite de mis posibilidades. Seguiré haciéndolo».
Corto y cambio. Al leer su carta por la televisión, Indira Gandhi,
a sus 59 años, con su sonrisa triste y su dulzura engañosa, no
había, lejos de mí ese cáliz, cerrado la última página de su bio­
grafía política.
El primer acto de la oposición vencedora fue reunirse sobre
la tumba del Mahatma Gandhi en el mausoleo de Rajpat y depo­
sitar las flores de la victoria. El anciano Morarji Desai juró su
cargo de primer ministro y al solicitarle una entrevista personal,
aquel anciano de 82 años, que a mediados de los años cincuenta
fue llamado de Bombay a Delhi por el Pandit Nehru para que
formara parte de su gobierno, me convocó a las cuatro y media
de la mañana, una hora gandhiana, en su residencia de Duplix
Road. Cuando llegué allí a hora tan temprana sus partidarios le
besaban ya los pies y le sepultaban bajo pétalos y guirnaldas.
Morarji rechazaba las flores con un rictus de desagrado. Era un
hombre autoritario, inflexible, cáustico, austero hasta la exage­
ración. Se bebía su propia orina. Pasó de la cárcel al poder.
—Lo más importante ahora es que nos liberemos del miedo,
me dijo.
—Usted ha hablado a lo largo de la campaña de la necesidad
de «una alternativa gandhiana» a la dictadura...
—Hay que elegir entre la doctrina de Gandhi y la dictadura.
Todo está en nuestro padre Gandhi. El partido se mueve en

61
torno a los ideales del Mahatma que son los mismos que nos
llevaron hasta la independencia. Nosotros somos hijos de
Gandhi. A él se lo debemos todo.
—Su partido, el Janata, está formado por el Congreso, el
partido que usted fundó como una escisión del bloque original,
por el ultraderechista Jana Sangh, por el socialista, por el BDL,
además del resto de los aliados. ¿No cree que les separan dema­
siadas cosas filosófica y políticamente como para que ese go­
bierno tan heterogéneo pueda funcionar con una mínima armo­
nía?
Morarji me fulminó con la mirada. Tiene menos sentido del
humor que su amigo el Mahatma.
—Ya estamos con la misma canción. Si en un primer mo­
mento éramos gente que pensaba de manera distinta, ahora so­
mos una misma cosa. Al hablar de divergencias y disparidades en
nuestro partido ustedes hacen el juego a la dictadura. Dígame
usted ¿el partido del Congreso le parece homogéneo? Indira
Gandhi logró mantener la unidad a base del terror y ya ve usted
los resultados que ha obtenido.
Morarji vivía rodeado de fotografías del Mahatma. Hacía
yoga y rechazaba como Gandhi la medicina convencional. Se ha­
blaba de su mala salud de hierro...
—Ya estamos otra vez con la salud, la salud. ¿Puedo yo pre­
guntarle por la suya? Me levanto a las cuatro y media de la ma­
cana, hago las abluciones, los rezos, desayuno con verduras,
hago yoga y leo o trabajo en la rueca de Gandhi. Después recibo
al pueblo y mantengo reuniones políticas. Me acuesto hacia las
doce de la noche. Estoy seguro de que es una vida más racional
que la suya.
Reconocí que sí, que lo era.
El hombre que derrotó a Indira en su distrito de Rae Bareli
era un abogado de sesenta años, socialista, de barba blanca y
pañuelo verde en la cabeza. Un oscuro político casi desconocido
en Delhi, el mismo que acusó a la primera ministra de fraude
electoral en 1971. El Tribunal Supremo le dio la razón: «Pero
ella, me decía Raj, cambió las leyes para mantenerse en el po­
der».

62
Raj Narain basó su campaña en uno de los errores del estado
de excepción, la esterilización obligatoria, el «nasbandí». Raj
llegó a ver cómo los campesinos corrían (protegiendo el pene con
las manos) a la llegada de los agentes castradores del hijo de In-
dira.
—Y o tengo la lista, me decía Raj, de una docena de dioses y
diosas de la teogonia hindú que al parecer defendían la planifica­
ción familiar pero sin las violencias de este gobierno de Satán.
—¿Por qué sucumbió Indira a la tentación totalitaria?
—La lleva en la sangre, me respondió. Ella creyó de pequeña
que la India era el país de su abuelo, de su padre y luego por he­
rencia el suyo propio. Pero resulta, como se acaba de comprobar,
que éste es el país de Krisna, Buda, Cristo, Mahoma y Gandhi.
Indira pasó a la reserva. «La han comparado con Hitler y Mus-
solini, me decía un conocido escritor, pero ninguno de los dos
convocó nunca unas elecciones libres a riesgo de perderlas. Eso
hay que reconocérselo.»
De los ciento noventa y cuatro millones de personas que vota­
ron (el sesenta por ciento del electorado) con un signo de tinta in­
deleble en la raíz de la uña para evitar el doble o triple paso por las
urnas, el cuarenta y tres por ciento lo hicieron para el Janata, el
labrador con el arado al hombro, y el resto al Congreso de Indira,
la vaca y el ternero, el símbolo de su papeleta de voto, el treinta y
cinco por ciento. Un resultado que era más un voto de castigo a
Indira que un cheque en blanco a la heterogénea oposición que no
tardaría en despedazarse. Indira se retiró al Aventino antes de pa­
sar por la cárcel un martirologio que en la India beneficia a los
políticos desde los tiempos del R aj, el Imperio británico. Un Neh­
ru no se rinde. La obstinada Indira cumplió una breve travesía
del desierto para recomenzar su carrera política desde cero. Un
año después de haberlo perdido todo, su partido ganaba las elec­
ciones parciales en algunos estados. Ella volvió a sus conocidos
argumentos, al toque providencialista, a la inseparabilidad de su
destino y el de la India, a su camino hacia Juana de Arco, la histo­
ria de los Nehru, una gesta de la predestinación. Indira consultó a
su astrólogo y recibió esta respuesta: «Espera y trabaja, vol­
verás».

63
Su padre Jawaharlal Nehru fue también, a poco de nacer,
bendecido por los astros. Un adivinador del porvenir le había
vaticinado a Swarup Rani Nehru que su hijo llegaría con el
tiempo al vértice del poder en la India. La señora Rani, famosa
por su belleza en toda la provincia de Cachemira —se había ca­
sado a los 13 años de edad con un conocido abogado— sonrió
ante la profecía. El futuro de aquel hijo educado a la europea y
al que adoraba estaba asegurado. Era su primer hijo. Le llama­
ban Jawahar y pasó la infancia rodeado de institutrices inglesas,
entre la severidad de su padre y la condescendencia de Swarup
Rani. Los antepasados de la familia, servidores de los mogoles,
pertenecían a la casta superior de los brahmanes. Su primer
nombre no había sido Nehru sino Kaul. El emperador mogol
concedió a la familia en pago a sus desvelos, una residencia seño­
rial junto a los canales, los «nahar» de Cachemira. Por eso en
adelante se les llamaría «Kaul Nadar» y más tarde Kaul Nehru.
Con el paso del tiempo desapareció el primer nombre para que­
dar en Nehru. Este fue el apellido que heredó aquel muchacho
testarudo y algo distraído. Tenía once años cuando nació su her­
mana. Era lo que había deseado en secreto: «Hacía mucho
tiempo que sentía una tristeza íntima por el hecho de no tener
hermanos, cuando a mi alrededor todo el mundo los tenía».
El hijo del acaudalado abogado cachemir no podía por me­
nos de estudiar en la metrópoli. Ingresó en Harrow. El joven
Nehru había desembarcado en Inglaterra con algunos estudios
primarios realizados en Allahabad. Pero antes pasó por una esti­
mulante experiencia personal: conoció a Annie Besant, la teó*
sofá. Nehru ingresó en la secta en una ceremonia que predica la
intuición directa de Dios y la iluminación a través de la alquimia,
las visiones, el trance, la naturaleza, en una ceremonia llena de
color. Nehru admiraba la serenidad y la fortaleza de ánimo de
aquella señora que los ingleses encarcelaron por su compromiso
con la lucha por la independencia india. Sobre la India comen­
zaba a descargar el monzón de la revuelta.
Después de los cursos en Harrow el joven Nehru se matriculó
en Cambridge. Sus notas fueron más bien corrientes. En Lon­
dres obtuvo, en 1912, el título de abogado. Pasó el invierno en

64
París mientras su padre elegía para él a una muchacha de la casta
brahmánica, Kamala. Se casaron en 1916 en Delhi. Una boda fas­
tuosa. Jawahar se entregó a su profesión de abogado. Era ele­
gante, occidentalizado, hasta que encontró su camino de Da­
masco. Visitaba una aldea próxima a la Allahabad cuando com­
probó la miseria en que vivían en la India las castas inferiores.
Nehru describiría más tarde en sus memorias escritas en la cárcel1:
«Me sentí avergonzado de mi vida confortable y fácil y de los poli­
ticastros de la ciudad que ignoraban a esta multitud de hijos e hijas
de la India que vivían semidesnudos. Sentí también una inmensa
pena por la degradación y la pobreza desoladora de la India».
Por aquellos años conoció (navidad de 1916) a Gandhi. «To­
dos nosotros, escribe Nehru, le admirábamos por su heroica lu­
cha en Suráfrica; pero nos pareció distante, diferente, despoliti­
zado. Rehusó tomar parte en la política nacional para concen­
trarse en la cuestión indoafricana. Pero sus marchas y sus victo­
rias de la no violencia en Champarán nos llenaron de entu­
siasmo. Nos dimos cuenta de que se preparaba para aplicar sus
métodos en la India y de que lo haría con éxito.» Metido ya de
lleno en el ardor de la insurrección, no echó de menos los años
tranquilos en Cambridge. Como el mismo Gandhi, Nehru era
hijo de las universidades inglesas y de los pensadores occidenta­
les. Desde el punto de vista familiar, fueron años de prueba. En
un principio su madre reprobó la actividad política de Jawahar,
que empezaba a conocer las prisiones británicas. Poco después,
el viejo abogado Motilal estaba junto a su hijo tras abandonar el
bufete. Así por espacio de nueve años, hasta que el anciano
quedó inválido. Otro motivo de disgusto para Nehru era la es­
casa simpatía que la señora Pandit, su hermana, sintió por su
esposa, la dulce Kamala, que había estado durante dos años in­
ternada en un sanatorio antituberculoso de Suiza. Cuando pare­
cía haber curado y acompañada, de su esposo recorría las aldeas
de la India tras las huellas del Mahatma, Kamala empezó a sufrir
de nuevo. Nehru escribió por entonces:

1 Jawaharlal Nehru, An aitíobiography, Allied Publishers Prívate Limi­


ted, Bombay, 1962.

65
«Kamala había conservado su aniñada y virginal apariencia.
Casi podría haber sido la novia que vino a nuestra casa un día,
hace ya tanto tiempo.»
Al morir sus padres, Kamala enferma; sus dos hermanas y su
hija Indira eran va su única familia. «Kamala, añade Nehru, era
la dulce muchachita de siempre, nada influida por las costumbres
mundanas. Casi no me di cuenta de que aquel delicado espíritu
se estaba abriendo como una flor y necesitaba delicadas atencio­
nes. La convicción de que ahora había de abandonarme inevita­
blemente se convirtió en una intolerable tortura.» Kamala murió
en 1936 en brazos de Nehru, en un sanatorio alemán. «A pri­
mera hora de la mañana del 25 de febrero su corazón dejó de
latir. La llevaron al crematorio. A los pocos minutos, aquel deli­
cado cuerpo, aquel bello rostro de niña estaban reducidos a ceni­
zas.» Dejó a su hija Indira, que tenía ya 19 años, en un colegio
suizo y volvió a la lucha al lado de Gandhi. Se puso como él un
gorro blanco, dicen las malas lenguas que cortado en los mejores
sastres de Savile Road, en Londres. Fue nueve veces encarce­
lado y cumplió en total una condena de más de diez años. Estuvo
en las barricadas de Barcelona para recibir a las Brigadas Inter­
nacionales. También Indira viajó hasta Barcelona. Nehru se
siente fuertemente afectado por la experiencia de la República
española y la revolución rusa, que descubre en un viaje a Moscú,
!a emergencia de los fascismos en Europa, el poso ideológico del
socialismo fabiano, sus lecturas sobre Garibaldi. «Las visiones
de una hazaña parecida a la de Garibaldi en la India acudieron al
principio a mi pensamiento como una valerosa lucha por la liber­
tad, y en mi cerebro la India e Italia estaban singularmente uni­
das.» Leyó a Nietzsche y a Bernard Shaw, visitó Irlanda, trabó
amistad con los laboristas y perfeccionó su inglés de tal manera
que al volver a la India después de treinta años había como quien
dice olvidado el urdu y el hindi. Pero el inglés era por entonces el
idioma oficial del movimiento. No hay que olvidar que el con­
greso del partido independentista se abrió con tres vivas a la
reina Victoria.
Jawahar se sumerge en el partido del Congreso. «Abandoné,
escribe en 1921, las demás asociaciones y contactos, los viejos

66
amigos, los libros, incluso los periódicos, excepto cuando se re­
ferían al trabajo que nos ocupaba. Antes leía algún libro recién
editado, pero ahora no había tiempo para eso.» Gandhi lo domi­
naba todo y Nehru era su profeta.
4
La rosa

El agnosticismo de Pandit Nehru tenia poco que ver con el


misticismo activo de Gandhi, pero se necesitaban, se querían.
«Teníamos, confiesa a Tibor Mende1, una fe total en Gandhi
y sus métodos. Sabíamos que teníamos razón y que estábamos en
la buena vía. Además, el hecho de que nos encarcelaran nos
permitió discutir entre nosotros y leer libros. Gandhi nos ha­
blaba constantemente de los oprimidos. Lo hacía, no a la manera
socialista, no desde las perspectivas de la lucha de clases, pero
hablaba de la opresión en que vivían los campesinos indios. Nos
preocupaba la cuestión social pero el ejemplo ruso no era para
nosotros. Nos ayudó a pensar.» El paso de la URSS a este dis-
tanciamiento se destacó en los virulentos ataques de «Pravda» en
los años 1947-48 a Gandhi (un «reaccionario inconsciente») y a
Nehru (un «lebrel del imperialismo»).
El Nehru que simpatiza con los socialistas utópicos, desen­
cantado ya de sus residuos teosóficos, tiene sus dudas sobre la
eficacia de la estrategia de Gandhi en el aspecto social. «Yo no
estaba absolutamente seguro de que nuestros compañeros en el

1. Tibor Mende, Conversations avec Nehru . Du Seuil. París, 1956.

69
movimiento eran plenamente conscientes de la importancia de la
cuestión social y deseaban tanto como yo los cambios sociales
que yo hubiera querido. Y al decir esto no pienso en Gandhi,
que era el que en medio de algunas divergencias mantenía la
unidad de nuestro movimiento.»
Los historiadores han analizado a fondo las relaciones de es­
tos dos hombres tan distintos, Gandhi y Nehru. En las últimas
páginas de la autobiografía de Nehru se aprecian algunas gotas
de amargura, una zona de sombras en las relaciones entre am­
bos. El cariño y el respeto por el personaje de «Gandhiji» no es
incompatible con una crítica a sus ideas. «Gandhi, opina Nehru,
tenía una asombrosa capacidad para reducir y vencer por medio
de la suavidad. Nunca cedió en el fondo pero hacía concesiones
en puntos sin importancia. Era un hombre admirable, pero tam­
bién un hombre eficaz. Mi primera experiencia de colaboración
con el Mahatma fue durante las leyes marciales de Panjab. Yo
hacía en cierto modo de secretario de Gandhi. Siempre me sor­
prendía por su manera de analizar la situación. Sabía lo que ha­
bía que hacer porque se identificaba con las masas indias.»
Esta admiración no impidió que Nehru siguiera sus propios
pasos como primer ministro. Al inaugurar el pantano del valle de
Lamonar, Nehru pronuncia una frase que está en las antípodas
de Gandhi: «Estos son nuestros templos». La filosofía del
Mahatma le parecía viable en un tiempo de lucha pero no com­
prendía por ejemplo su actitud ante la máquina, la industria,
producto, según dicen algunos especialistas, de su visión de las
inhumanas fábricas europeas de comienzos de siglo. El Pandit
confiesa que sus puntos de vista diferían por completo en esta
cuestión: «Yo, al contrario que Gandhi, estaba a favor de la in­
dustrialización y no comprendía la importancia que daba a las
cottage industries, el pequeño artesanado local».
La doctrina de Gandhi tenía una naturaleza anticientífica que
chocaba de entrada con la visión del futuro primer ministro. La
intuición del Mahatma, su instinto de las masas fueron esenciales
para el movimiento de liberación. Pero en el aspecto doctrinal se
advierte un peso excesivo de lo negativo. El gandhismo es la
causa dei «noble esclavo». Tibor Mende aborda con Nehru este

70
aspecto de negativismo de la filosofía gandhiana que le ha res­
tado aliento creador. Pero tenía a cambio el genio de descubrir el
denominador común, de hallar el punto flaco, el nudo gordiano.
«Sabía atacar al enemigo, añade Nehru, en su flanco débil y
rompía el frente. Su método no consistía en irritar a las masas en
sus convicciones más profundas. Aceptaba en gran medida esas
convicciones, en parte porque las compartía. Pero cuando decide
concentrar su ataque en un punto preciso su forma de pensar
alcanza a todos los frentes. La mayor parte de sus discursos no
estaban destinados a los intelectuales. Pensaba sobre todo en la
reacción de las masas indias, a las que daba temas de reflexión
sin por ello desanimarlas. Por eso utilizaba también expresiones
simples y comparaciones familiares. Hablaba sobre todo de Ram
Radja. Rama es el héroe de la mitología hindú, Ram Radja sig­
nifica el reino de Rama, una especie de Estado providencial.
Para mí eso podría significar un regreso al estado primitivo, pero
era algo que comprendían enseguida todos los campesinos.»
Gandhi es el maestro en la lenta preparación de los espíritus,
en la espiritualización de las masas. En el plano personal,
Jawaharlal Nehru confiesa, en sus libros y en sus declaraciones,
que Gandhi le ayudó a simplificar su vida. Se convierte al vege­
tarianismo y deja de fumar, pero sin ese afán dogmático, demos­
trativo o exhibicionista de muchos de los discípulos de Gandhi.
«El hecho de que yo dejara de comer carne, cuenta Nehru, no
tenía nada que ver con la filosofía. Simplemente ese hecho sim­
plificaba mi existencia. Gandhi cambió por completo nuestro
modo de vivir.»
El primer ministro rehuyó el universo de los libros sagrados y
la jerga sacramental. Confiesa que ha leído el Gita porque
Gandhi se lo ha recomendado, pero no por razones teológicas,
sino porque «me gustaba. Yo aprendí además de aquel libro co­
sas beneficiosas, por ejemplo cuando se dice que si se hace lo
que se debe se obtendrán los resultados que se desean. Yo refle­
xioné luego sobre esa cuestión de forma científica». Nehru reco­
noce otros efectos positivos de las enseñanzas de Gandhi, entre
ellas la disciplina. «Lina disciplina, confiesa, que no existía antes
en la India porque éramos muy individualistas, lo éramos hasta

71
la anarquía. Cada uno tiraba por su lado. Porque la India es el re­
flejo de una rigurosa obediencia social basada en las castas y de
una anarquía intelectual. Pero Gandhi nos enseñó el valor de la
disciplina e influyó poderosamente en nosotros durante más de
medio siglo. No sólo con su personalidad, sino como hombre de
acción que traducía sus teorías en actos, que ayudó a los demás en
los éxitos y en los fracasos y los condujo al éxito. Él concebía la
rev olución en términos de continuidad, no de ruptura. Fue en este
sentido un enorme factor de estabilización, al crear lazos estre­
chos entre los elementos en conflicto. Luchaba contra los ingleses
pero se mostró siempre amistoso con ellos. Nosotros los indios no
podemos comprender la mentalidad de la guerra fría, añade Neh­
ru. Gandhi nunca se detiene en los detalles, permanece fiel sobre
la cuestión de principio, pero hace concesiones sobre lo accesorio,
mientras trata amistosamente al adversario.»
Jawaharlal Nehru cree que la fuerza del Mahatma procede del
hecho de que «sabotea a sus adversarios, psicológicamente ha­
blando. al tratarlos como amigos. La agresividad del adversario se
derrumba ante él. Al principio nosotros pensamos, como en todos
los movimientos nacionalistas, utilizar el lenguaje fuerte. Pero
llegó Gandhi y hablaba con suavidad. Nuestra primera reacción
fue ésta: Gandhi es un débil y un abandonista. Pero poco a poco
nos dimos cuenta de que era de acero».
Como buen lector del Gita, Nehru sabe que los resultados son
importantes pero no a costa de una sacudida interior, de una con­
vulsión, de un tramua. O sea, es preferible conservar un cierto
distanciamiento, incluso en la acción. Tras el asesinato de
Gandhi, sociólogos y teólogos polemizan sobre las traiciones que
la praxis política y económica y social somete a las enseñanzas del
Mahatma. Sólo en el «ashram», en el templo de los castos, los vege­
tarianos y los puros cumplían al pie de la letra sus mandamientos y
las reglas de su misticismo. Los demás le aceptaban como figura
histórica, se servían de él pero le traicionaban cada día. Sarojini
Naidu, oradora y poeta, le siguió en la lucha pero se negó a acep­
tar todas sus disciplinas. Cuando Vincent Sheean le pregunta1si

1 Vincent Sheean: Nehru, Plaza & Janés, Barcelona, 1961).

72
había intentado alguna vez imitar la dieta de Gandhi (requesón,
leche cuajada), responde riendo:
—¡Santo cielo! ¿Alimentarme de hierbas y de leche de ca­
bra? ¡Nunca, nunca!
La India no fue del todo gandhiana. Era útil y necesario se­
guirle, escuchar sus discursos transmitidos por radio pero su ca­
suística valió en una época y una circunstancia. No tiene aplica­
ción universal. Después sus razonamientos, sus máximas resulta­
ban inservibles aunque algunos ministros afírmen que la «voz
interior» del Mahatma guía sus pasos. Al recorrer Sheean el iti­
nerario de Gandhi, doce años después de su muerte, se ve obli­
gado a escribir: «Su extraordinario magnetismo, su habilidad
para convencer o seducir incluso a sus adversarios, el extraño
éxtasis en que sumía a las vastas multitudes, la devoción que
excitaba su presencia... todo eso se alejó con su vida. No obs­
tante, asombra un poco que en la vida cotidiana se le olvide por
completo. Sólo es universalmente recordado en este día, el
treinta de enero, Día de los Mártires, aniversario de su asesi­
nato, cuando la India rememora y medita». El Mahatma, según
el hombre que lo trató, no pidió sin embargo a Nehru que cum­
pliese sus deseos y «menos que los adivinase después», y por lo
tanto el laico Nehru hizo siempre lo que consideró justo. Dicen
que era uno de los pocos indios capaces de sostener una conver­
sación de tres horas sin citar libros religiosos o textos sagrados.
Al llegar al poder, desintoxica a la India del largo período de
santificación y liturgias. Su hija Indira le ha seguido la costumbre
aunque reconoce la diferencia: «Mi padre era un estadista, yo
soy un político».
Pero si bien no se produce de maestro a discípulo una trans­
misión del pensamiento gandhiano, la India, salvo la hostil reac­
ción de los partidos hinduistas, reconoció en Nehru ya que no al
alma superior (mahatma), sí al hombre superior, tolerante a pe­
sar de sus rápidas explosiones de ira. Es más el hombre del socia­
lismo utópico que el homo philosophus tradicional. El equilibrio
de la India con sus centenares de razas, idiomas, credos, cuelga
de un hilo. Su reflejo de Pavlov es la necesidad de los hombres
superiores, de los líderes carismáticos, el síndrome de Gandhi.

73
Por eso, cuando a comienzos de los sesenta se habla de la mala
salud del Pandit, los diarios se preguntan soterradamente «After
Nehru what?» (Después de Nehru, ¿qué?). La obsesión de In-
dira Gandhi fue llenar ese vacío.
A la elevación del alma de Gandhi, Nehru responde con pla­
nes quinquenales. Habían discutido con crudeza, sobre todo a
caballo de la segunda guerra mundial. Los dos estaban del lado
aliado pero diferían en la táctica. Según Gandhi, la India se vería
envuelta en la guerra. «Algunos han sugerido, escribe Gandhi,
que Jawaharlal y yo estamos distanciados. Serían precisas mu­
chas cosas más que las diferencias de opinión para que nos dis­
gustáramos. Hemos diferido en muchas cosas desde que empe­
zamos a colaborar y sin embargo he dicho desde hace años, y lo
repito ahora, que no Rajaji1sino Jawaharlal será mi sucesor. Él
dice que no comprende mi lenguaje; por otra parte sus palabras
también me resultan extrañas a mí. Esto puede ser cierto o no
serlo. Pero el lenguaje no es el lazo de unión de los corazones. Y
lo que yo sé es que cuando me haya ido él hablará mi lenguaje.»
Sólo lo hizo a medias. Había dejado de fumar, prohibió a los
ministros que vivieran en el lujo y desplegaran banderas en los
coches oficiales, no volvió a comer carne pero respondió a golpe
de planificación y vagos programas socializadores.
El partido del Congreso guiado por él logró la victoria abso­
luta en las primeras elecciones generales de la historia de la India
en ei invierno de 1951-52. El partido que había llevado a la India
a la independencia y a una transición del Imperio a la democra­
cia sin excesivos sobresaltos sufrió luego la erosión del poder, el
virus de la corrupción, las ambiciones y el clientelismo. El ligero
barniz socializante que Nehru aplicó al partido se disolvió con el
tiempo en el magma y en las contradicciones indias. No podía
ocurrir de otra forma Nunca un partido como el Congreso Na­
cional Indio llegó al poder con más expectativas de cambio. Pero
la estructura social, rural y agrícola, feudalizada, y el despegue

1. C. Rajagopalachari, ex gobernador general, colaborador de Gandhi y


tras la independencia, uno de los fundadores del partido conservador Swatan-
tra.

74
de la industrialización en manos del gran capital (Tata, Birla,
etc.) no daba para demasiadas aperturas al reformismo de iz­
quierda. Gandhi, que íntuía este peligro, defendió en vano la
disolución del partido nacional, el Congreso, en beneficio de
otras formaciones nuevas y la transformación del partido en una
organización «servidora del pueblo». El programa del partido
independentista recoge con Nehru algunas de sus preocupacio­
nes, reforma agraria, extensión del sector público industrial, pla­
nificación de la economía con el «socialismo» (socialíst pattem )
como un nebuloso objetivo final. He aquí el equívoco, analiza
Charles Bettelheim,1 que ha conducido a un buen número de
observadores a considerar al Congreso como una especie de
«partido socialista» o «progresista» adaptado a las condiciones
indias. «Esta apreciación, escribe Bettelheim, no es aceptable
desde el momento en que para evaluar la orientación de un par­
tido político no basta con leer sus declaraciones sino analizar sus
acciones y buscar cuáles son las fuerzas sociales que más activa­
mente sostienen a ese partido y que más se benefician de las
decisiones que toma cuando gobierna. En este sentido, el Con­
greso es el único gran partido de la burguesía india.» Esta depen­
dencia financiera del Congreso con respecto a la hábil burguesía
india, que el profesor Bettelheim considera como una de las más
inteligentes del mundo, hace que no tema aceptar, al menos en
el terreno de las palabras, los métodos del capitalismo de Estado
para defender a los suyos. El profesor recoge las declaraciones
«gauchistas» del gran industrial Birla, que en 1956 no duda en
afirmar que acata la concepción «socialista» del Congreso.
Jawaharlal Nehru gobierna con la comprensión, el encanto,
aunque no es un gran orador al estilo clásico en el contacto con
las masas. Le echan en cara que inaugura demasiadas exposicio­
nes, besa a demasiados niños y acude en exceso a las plazas pú­
blicas. Pero este hábito resulta necesario en un país como la In­
dia, que necesita ver y tocar. Por eso Mister Neutral, como le
llamaban los norteamericanos, repite «Conozco a mi pueblo».

1. Charles Bettelheim, L'lnde indépendante, Librairie Maspéro, Pa­


rís, 1971.

75
Prefería los paseos por las aldeas y el baño de multitudes a las
reverencias del protocolo de Estado. Nació habituado a ellas y
en ese sentido se había curado pronto de vanidades. Mantenía,
eso sí, en sus gestos mesurados, en su sonrisa serena, el estilo de
los Nehru; pero no le gustaba que se acercaran a él para besarle
los pies o tocar su túnica. En realidad prefería ser respetado a ser
amado. Vistió siempre del mismo modo, para diferenciarse de
Gandhi, una levita abotonada, un pantalón ceñido «jodpur» y el
gorro Gandhi. Su gesto más corriente era el tradicional saludo
indio, las manos juntas a la altura de la frente con una leve incli­
nación de cabeza. No faltaba su toque de distinción, una rosa en
el ojal.
Los estudiosos de Nehru no han sabido interpretar el signifi­
cado de esta rosa de Nehru. Uno de ellos me contó una vez que
una joven desconocida se asomaba todas las mañanas al jardín
de su casa para poder verle. Cuando al fin lo consiguió le entregó
una rosa. Nehru tomó la flor, subió a su coche oficial y desapare­
ció. Después, durante semanas la muchacha siguió montando
guardia con una rosa en la mano. ¿Razones del corazón? En
todo caso no hay que caer en la tentación de tratar de compren­
der la India. En un principio, al primer ministro le molestó aquel
asedio, pero más tarde terminó por deslizar la flor en el ojal de
su levita. A partir de aquel día la joven desconocida dejó de
acudir a la cita. Desde entonces Nehru dio la orden a su jardi­
nero de que cada mañana le llevara con los copos de avena, los
huevos, el pan tostado, el café o el té de su desayuno una rosa
fragante, recién cortada. Se levantaba muy pronto a las seis de la
mañana, como es costumbre en la India, tanto en las aldeas per­
didas como en las grandes ciudades. Dedicaba media hora a los
ejercicios del yoga, el hatta yoga, que había descubierto en un
manual que cayó en sus manos cuando estaba en la cárcel. Todas
las mañanas se ponía cabeza abajo con los pies hacia el techo.
«Es imposible, dijo en alguna ocasión, tomar en serio al mundo
cuando se le mira al revés.» Sus aficiones eran sobre todo la
equitación, la montaña. Trabajó mucho en su oficina del edificio
de ladrillos rojos, del que Georges Clemenceau dijo una vez que
con el tiempo «sería una ruina magnífica». Concedió poca iffl"

76
portancia al dinero y no supo qué responder cuando un perio­
dista le preguntó cuánto ganaba, su sueldo como primer minis­
tro. Nehru no lo sabía.
Nunca fue un orador efectista. Aprendió de Gandhi la efica­
cia del lenguaje sencillo, el alcance de las masas campesinas o del
subproletariado industrial de Calcuta o Bombay, pero rehuyó las
grandes frases, los adornos retóricos. Los especialistas recuerdan
que sólo en contadas ocasiones recurría al énfasis de las frases
históricas. Una de ellas al proclamarse la independencia en 1947,
cuando afirmó: «Tenemos una cita con el destino», y otra, al
morir Gandhi: «Se ha apagado la luz de nuestras vidas».
El primer ministro anunció repetidas veces su «definitiva» re­
tirada de la política activa. Lo hizo al cumplir los 65 años, edad
en la que el brahmán por costumbre se retira de los quehaceres
diarios para dedicarse a la contemplación y a la educación o a
aconsejar a los jóvenes. Pero quizá porque había desprendido el
Cordón Sagrado de los brahmanes se volvió atrás de su d&ásión.
Le irritaba que le preguntaran «Después de Nehru, ¿qué?»
«Esta pregunta, afirmó, se ha convertido en un desafio para mí y
para la nación entera. Es absurdo pensar que un gran país de­
pende de una o dos personas nada más.» En el fondo le gustaba
esa dependencia a pesar de que en los últimos años, una cierta
fatiga, las dificultades de la política diaria, de la tarea de gober­
nar, hicieron que perdiera ej pulso. Gandhi había pasado a la
historia y la era Nehru terminó el mismo día de octubre de 1962
en que las tropas chinas invadieron las fronteras del Himalaya.
El ejército indio no se preparó para ese ataque. La «ahimsa» de
Gandhi, la confianza en el no alineamiento, dejaron libre el paso
a las legiones de Mao Tse-tung. Los soldados indios se helaron
de frío en los glaciares y al llegar a Calcuta dos años y medio
después me contaron el pánico que desencadenó la invasión. Po­
cos meses antes, en junio de 1962, en el Congreso de la Funda­
ción Gandhi para la Paz, mientras los hombres de negocios de
Bombay reclamaban las siete llaves al sepulcro del Mahatma, el
rearme masivo y la ampliación del reclutamiento en las fuerzas
armadas, dos ardientes gandhianos, Kripalani y Rajagopala-
chari, hicieron un llamamiento para el desarme unilateral de la

77
India. Al producirse el ataque de las fuerzas chinas, los dos polí­
ticos acusaron al gobierno de Nehru de negligencia al no haber
organizado los preparativos militares necesarios para hacer
frente a la amenaza china.1
Después de aquella humillación, que los militaristas achaca­
ron a las secuelas del pacifismo de Gandhi, inadecuado para los
nuevos tiempos, Nehru se convirtió en una sombra del político
saludable v dinámico. Vivió todavía dieciocho meses pero sólo
una existencia física. «Ya no estaba allí para conducir al país»,
escribe Kuldip Nayar.2 Se dormía en las reuniones del Consejo
de ministros. El presidente Kennedy afirmó en Nueva York, tras
su entrevista, que Nehru era un hombre que había vivido dema­
siado. ¿Corría peligro la democracia más grande del mundo?
¿Caería en manos de los militares, como había sucedido en Pa­
kistán? El ejército indio soportó con estoicismo la humillación
china y el ministro de Defensa Menon me desmentía algún
tiempo después su responsabilidad personal en aquella derrota.
Él fue uno de los defensores del rearme de la India como había
hecho según me recordó con las fábricas de armas de Bangalore.
El Pandit Nehru, por su parte, no veía en el horizonte de los
gobiernos indios sables o botas, porque al margen de la gran
extensión del país el ejército estaba dividido en «castas y clanes».
Nehru planteó su retirada de la política en 1954, cansado más
«mental que físicamente». Pero al fin el hombre que trató de
dirigir a su país desde la rueca y el mundo artesanal de Gandhi
hacia el sigio x a sucumbió en Nueva Delhi. No quiso nombrar un
sucesor. Seis días antes de su muerte afirmó en una conferencia
de prensa que aún le quedaba «cuerda para rato». En una oca­
sión manifestó: «Si elijo a alguien es la mejor manera de que no
se convierta en mi sucesor. Winston Churchill, eligió a Anthony
Edén y Edén no duró mucho». En la línea de sucesión figuraban
Morarji Desai, el candidato conservador, Gulzariral Nanda, que
en la guerra India-Pakistán de 1965 me sacaría, como ministro

1 Ronald Segal, The crisis of India, Penguin Books, Londres, 1965.


2. Kuldip Nayar, India, after Nehru, Vikas Publishing House, Nueva
Delhi, 1975.

78
del Interior, de la cárcel de Jullundur, donde me habían inter­
nado a la espera de un juicio, Lal Bahadur Shastri, el candidato
de la conciliación, e Indira Gandhi. El sucesor natural era Shas­
tri, capaz de seguir la política trazada por Nehru frente a un
Desai que haría todo lo posible por destruirla. Morarji le recor­
daba demasiado a su rival eterno, Sardar Patel. que tiraba de las
riendas del Congreso hacia la derecha mientras Nehru buscaba el
centro izquierda. Después de los constantes enfrentamientos en­
tre los dos hombres, Gandhi evitó al superar uno de sus ayunos,
la ruptura final. Morarji era el hombre, como Patel, del big busi-
ness, y, como se decía por entonces, de los norteamericanos.
Quedaba Indira Gandhi. Las opiniones se dividen sobre el papel
que le asignaba Nheru. Días antes de morir el Pandit, afirmaba
en una entrevista televisiva como «muy poco probable que
hija le sucediera y desde luego no la estaba preparando para
nada.» Las relaciones entre los candidatos eran por lo general
malas, sobre todo entre Indira y Shastri. La hija del Pandit tenía
en poco a aquel político de baja estatura y aspecto gandhiano.
«No le gusto nada», repetía Shastri cuando le preguntaban por
sus relaciones con Indira. A Shastri, por su parte, la hija de Neh­
ru le parecía demasiado «moderna y sofisticada». Había un out-
sider, el socialista gandhiano Jayaprakash Narayan, pero renun­
ció a las pompas y vanidades de la política activa. En la lucha por
el poder Morarji y Shastri rechazaron a Indira. La saüda se des­
pejaba hacia el hombre en apariencia más débil y manejable,
menos polémico también, Lal Bahadur Shastri. El llamado «sin­
dicato», el aparato del partido del Congreso prefería por estas
razones al humilde Shastri, que permitiría el funcionamiento de
«una especie de politburó en un país democrático». La pobreza
le había mostrado a Shastri el camino de la humildad. El hombre
que en 1942 perdió a su hija porque no podía comprar medicinas
para curarla, y que comía una sola vez al día, se convirtió así en
el primer ministro de la India. A la era de la personalidad, de la
modernización le sucedió un período de humildad y recogi­
miento, el de la India agraria, que le hizo exclamar a Gandhi: «Si
Dios apareciera en la India, lo haría en forma de una hogaza de
pan». Si Nehru es un maquinista, Shastri idealiza la pobreza.

79
Antes de jurar el cargo de primer ministro, Lal Bahadur Shas-
tri acude al templo a rezar y recibe en la frente el «tika», la marca
color azafrán. Sus primeras declaraciones son emblemáticas:
«Soy un hombre pequeño, creo en los pequeños proyectos con po­
cos gastos que permitan rápidos resultados». Algo distinto al
proyecto de Nehru: «Invertir en máquinas para hacer máquinas».
Este era el hombre que en la reunión de los no alienados en el
Cairo se preparaba sus comidas vegetarianas en la habitación del
hotel Hilton, tras lo cual la dirección del hotel le exigió una in­
demnización para pintarla de nuevo. Shastri incluyó en su gabi­
nete como ministra de Información y Radio a Indira Gandhi. No
era el desiderátum de Indira, pero tanto ella como su equipo pen­
saban que lo esencial era poner un pie en el gobierno. Ya llegarían
tiempos mejores. Ella era la que había cambiado las previsiones
del testamento de su padre para organizar una grandiosa esceno­
grafía, un funeral vistoso, una despedida histórica llena de «man-
tras» cantadas por los sacerdotes del templo de Kashi y madera de
sándalo para la cremación a orillas del Yamuna, a 300 metros de la
tumba donde Gandhi había sido enterrado 16 años antes. Indira,
que cambió los últimos deseos de su padre, decidió el día del fune­
ral, de acuerdo con las previsiones de su astrólogo. Sanjay, el fu­
turo príncipe heredero, malogrado en el accidente del 23 de junio
de 1980. fue el encargado de prender fuego a la pira funeraria. Era
el 27 de mayo de 1964. La última voluntad de Nehru había sido:
«No quiero de ningún modo que se celebren ceremonias religiosas
después de mi muerte. No creo en la ceremonia de la muerte y
permitirla, aún formalmente, sería hipócrita y decepcionante
para todos nosotros y para los demás». Pero Indira Gandhi deci­
dió otra cosa. «Para una persona, escribe Nayar, que no creía en
ritos o en liturgias, que en 1954 se negó a entrar en un templo del
sur porque los sacerdotes le obligaban a quitarse la camisa, tuvo
un funeral de alta casta hindú; él, que había consagrado el lai­
cismo en la Constitución india, tuvo una cremación sectaria, él,
que fue siempre un agnóstico,1recibió un adiós religioso.» Con la
ayuda de las leyes hindúes, Indira eligió a su hijo Sanjay de forma

1. En todo caso fue simpatizante del budismo.

80
simbólica como el encargado de dar fuego a la madera de
sándalo sobre la que ardió Nehru, y esparcir sus cenizas.
El juicio que la historia reserva a Nehru, entre las definicio­
nes de la derecha (era un ateo) y la izquierda (era un burgués),
incide en su idealismo socialista, de corte occidental en la forma
pero de un sentimiento muy indio. «Nehru, escribe Michael
Edwardes,1 buscó la modernización de la economía, el manteni­
miento de una administración secular dentro de la democracia,
de la reforma social dirigida hacia las discriminaciones religiosas
y la pobreza, las técnicas de la producción en masa, flexible en
las ideas, partidario de la economía mixta.» Dadas las circuns­
tancias y la tradición, el determinismo de unas estructuras basa­
das en los cuatro principios del hinduismo —el «dharma» (el de­
ber), el «karma» (la acción), las castas («vama») y las responsa­
bilidades de casta («vamashrama dharma»)— fue una adminis­
tración con luces y sombras, bienintencionada. André Mairaux2
le recuerda, al lado de su rosa con «aquel rostro de romano o
jefe del maquis, con una cierta pesantez en su labio inferior que
le daba a su en apariencia prefabricada sonrisa la seducción y la
insinuación de inocencia que corresponden a un gran hombre».
Mairaux recuerda la frase de Gandhi: «Es el coraje en persona.»
Había creído que la modernización de la India, tras el asesinato
de Gandhi a manos de la extrema derecha hindú, que no le per­
donó su abominación de las castas y su mano tendida al Pakistán,
pasaba por la asociación de la humildad con la épica. «La India,
escribió, debe activarse por sí misma, no por las órdenes del go­
bierno.» André Mairaux, enviado por De Gaulle, le había pre­
guntado:
—¿Cuál ha sido la mayor dificultad que ha tenido para go­
bernar desde la independencia?
Nehru respondió: «La creación de un Estado justo por me­
dios justos y quizá también la creación de un estado laico en una
nación religiosa». Su vida había sido, con todo el respeto para

1. Michael Edwardes, A history o f India, Thames & Hudson, Londres,


1961.
2. André Mairaux, A ntim em oirs . Hamish Hamilton, Londres, 1967.

81
Gandhi, una crítica de la religión y su influencia en la política.
Para él la palabra religión significaba ceguera de pensamiento,
superstición, oscurantismo. «Mire, por ejemplo, señala, nuestro
respeto por los animales. Usted sabe que no hay vacas sagradas:
todas las vacas son sagradas. ¡Y ya ve cómo las tratan! ¿Y los
monos? Si tuviéramos la suerte de que todos los monos se larga­
ran a China en una noche... Pesan sobre la India más que la
pobreza. ¿Ha visto el templo de los monos de Benarés?» En una
cosa estaban por completo de acuerdo Gandhi y Nehru: en su
aversión a la ciudad santa de Benarés, el trampolín hindú hacia
la inmortalidad. «Me temo que la rueca de Gandhi, añadió en
otra ocasión, no es tan fuerte como la máquina.» Después de
diecisiete años de maqumismo, la rueca de Gandhi, que figura
en la bandera nacional, volvía con Shastri al poder. Sin embargo,
por esas frecuentes paradojas de la historia, el diminuto, pru­
dente, afable y recatado Lal Bahadur Shastri, en quien algunos
veían el avatar, la reencarnación del Mahatma, fue el encargado
de desatar los perros de la guerra contra el Pakistán. Esa era la
India belicista que yo conocí a mi llegada en 1965. Después de
cruzar el paso del Kyber, pude ver cómo los convoyes pakista-
níes se precipitaban hacia Cachemira. Los militares indios se fro­
taban las manos.
5
La cultura de guerra

Era la guerra, la cultura de guerra, la pasión por la discordia.


El primer ministro se convirtió de bufón, de epígono del gand-
hismo, en un héroe nacional. El tímido, frágil, humilde Shastri
sabía hacer la guerra y ganarla. Una tarde en Calcuta, por aque­
llos días, pregunté a Shastri si la explosión de agresividad nado-
nal, de patriotismo violento y de sumisión a la guerra no estaba
reñida con el espíritu de Gandhi, por su culto a la no violencia.
El Mahatma había dicho que si alguna sangre tenía que correr
que «fuera la nuestra. Cultivad el ánimo silencioso de los que
mueren sin matar. El hombre sólo puede vivir en libertad por su
disposición a morir, si es necesario a manos de su hermano. La
India deberá conquistar a sus agresores con el amor. Para noso­
tros el patriotismo significa lo mismo que el amor a la humani­
dad».
Shastri me miró con una leve y sólo apuntada sonrisa. Tenía
la respuesta preparada.
—La no violencia de Gandhi no significa, me dijo, la exalta­
ción de la cobardía, al contrario. La «ahimsa» no permite la eva­
sión del peligro. Y si usted ha leído las «sutras» sabrá que el
Mahatma prefirió siempre la violencia necesaria a la cobardía.

83
Al paso de mi tren hacia el frente, entre las charcas y los
rebaños de búfalos bajo el obsesivo graznido de los cuervos, las
muchachas de saris verdes y azul celeste, las madrinas de guerra
se movilizaban para llevar té y «pañi» (agua) a los «jawans», a los
gloriosos soldados del general Chawduri. Sonaban los gritos de
«Jai Hind» (Viva la India) y «Shastri Zindabab», y los carteles de
los andenes ponían en guardia a la población. El enemigo muy
bien podía estar dentro. Los sesenta millones de musulmanes se
atrincheraban en sus casas con temor a que se repitiera la danza
macabra de 1947.
Los antiaéreos asomaban sus cañones entre los búfalos.
Junto a las tiendas de campaña los soldados escribían a sus fami­
lias. El paisaje del Panjab había visto la brusca irrupción de las
máquinas de guerra, de los carros de combate, de los campa­
mentos provisionales, de las sirenas de alarma aérea. Las ambu­
lancias cruzaban a toda velocidad posible sorteando animales, el
zoo indio de la carretera nacional, la Grand Trunk Road, can­
tada por Rudyard Kipling. Como decía el geógrafo Halford
Mackinder, «la India está gobernada por los monzones». El ciclo
de las sequías y las inundaciones se repite como el ciclo infernal
de las reencarnaciones, de la contaminación a las purificaciones.
La India recibió a Shastri con una de las peores cosechas de los
últimos años. En las aldeas camino de la guerra se percibía, en
medio de las dificultades, la exaltación del conflicto, la necesidad
física de una victoria. Entre las cabañas de adobe, la bosta ama­
sada para secar, los carros de dos ruedas, una mujer ajena a la
excitación de los «jawans» y sus uniformes verde olivo, sus fusiles
coronados por un pañuelo rojo, preparaba sobre un recipiente
de barro el «ghee», la manteca, con el mismo procedimiento que
sus antepasados mil años atrás. El hombre trabajaba en el campo
por un magro salario, una rupia diaria. Los campos aparecían
agrietados, cenicientos, yermos. Faltaban los pozos, las canaliza­
ciones, y una rupia daba para muy poco, ni siquiera para un
«seer» (novecientos gramos) de arroz. El trigo podía rebosar en
los silos del pueblo vecino, pero no había dinero para comprarlo,
antes bien era alimento de las ratas y los cuervos. Las tierras
fértiles se reducían ante la erosión. En estas regiones del Panjab

84
la intensa irrigación artificial a partir de los ríos provocó la su­
bida hasta dos metros del nivel de las aguas subterráneas. Ante
la fuerza del sol, la humedad se evaporaba a través de las capas
de tierra y se formaba una costra de sal en la superficie. Los
agrónomos hablaban de un desierto de sal antes de medio siglo.
Pero a los azares de la naturaleza había que unir, en las condicio­
nes de vida de las aldeas, los parásitos, las enfermedades, las
bacterias, el cólera, la hepatitis, la transmisión de la tuberculosis
por las vacas. El Mahatma se rompió los pies en sus peregrina­
ciones por los pueblos para enseñar los rudimentos de la higiene,
el valor de la limpieza. Los niños mostraban sus tripas hincha­
das, los mayores los rastros de la viruela. El dolor, la enferme­
dad eran la obra del destino. Sólo un baño en el Ganges podría
curarles.
La mujer se veía relegada, segregada a la hora del parto. Sólo
después de la cuarentena podría volver a la vida normal en el
seno de la familia. El alumbramiento debía tener lugar en una
cabaña especial, más pobre y estrecha que la normal. Es muy
importante que el niño nazca sobre la tierra, el contacto desde el
primer momento con ella. El cordón umbilical se cortaba con
una hoz y en los períodos del monzón la parturienta se estreme­
cía bajo las goteras, sobre el fango. Por aquellos años, el men­
saje del control de natalidad apenas penetraba en las aldeas. El
hijo constituía muchas veces la única riqueza del pobre, para la
familia equivalía a un par de brazos, el seguro para la vejez.
Muchas veces la camioneta de la planificación familiar, que cru­
zaba la región una vez al año, pasaba de largo. La información
era escasa si no inexistente. En miles de aldeas indias no se ten­
dría nunca noticia de que la guerra había estallado. Tan sólo el
director del Panchayat tenía un transistor.
El usurero, el «bania», era el auténtico rey de las aldeas. Na­
die se rebelaba contra su dictadura. La gran debilidad de la de­
mocracia india es la ausencia de presión, de protesta, de reivin­
dicación de las capas sociales inferiores. Las masas no exigen.
«El peligro de la India no es el comunismo, ha dicho Myrdal,
sino la apatía.» Esta pasividad explicable en parte por las creen­
cias religiosas es el opio del pueblo y al mismo tiempo su ana­

85
tema. De vez en cuando, las masas indias salen de su letargo, de
su aceptación de las cosas por decreto divino y estallan de forma
incontrolable. No es cierto que el indio sea menos agresivo que
el resto de los pueblos. Muchas veces su calma es consecuencia
de la opresión, de la subalimentación.
El agua se pierde. Cuando llegan las bombas de agua no hay
electricidad para bombearla. Cuando se logra una buena cosecha
va a parar en parte (arroz, trigo, fruta, legumbres, flores) a la
*puja», la ofrenda a los dioses. Son los dioses mejor alimentados
del mundo en el infierno de los «harijans», los intocables. Du­
rante las épocas de escasez, como la de 1965, la de 1967, los
campesinos se comieron las simientes. El «tari», el alcohol de pal­
ma, les ayudaba a olvidar, hasta que el «zamindari», el señor de
las tierras, les llamaba a los arrozales. Su existencia dependía del
monzón y del landlord, el terrateniente. Mientras tanto los hom­
bres mastican raíces. El terrateniente no trabaja. Para su casta el
trabajo manual con las manos es degradante. No hay posibilidad
de huir de la aldea, tan sólo a veces aparejar los bueyes y mar­
char hacia el bosque para recoger leña. «Si cambiáis de vida en
este mundo, amenazan los señores feudales, no seréis reencarna­
dos en el otro.» Sólo en períodos electorales interesaban estas
criaturas con derecho a voto. Los agentes electorales llegaban
hasta el «zamindar» con sus papeletas y sus símbolos y su puñado
de rupias. A lo largo de las estaciones los campesinos acudían
para el reclutamiento, las mujeres con lo poco que tenía, el agua,
el té, un manojo de legumbres, una flor.
En las grandes ciudades, con las medidas de oscurecimiento,
la improbable amenaza de un raid aéreo del enemigo, el desfile
de los soldados, la guerra sacudió a los indios. Habían perdido su
cachaza habitual y los encontraba asustadizos, hipersensibles,
nerviosos o agresivos. En Nueva Delhi, con la ciudad apagada,
el caos era de imaginar. Las brigadas de voluntarios, encargados
de vigilar el black out, rompían a gritos el silencio de la noche y
los coches con los faros apagados embestían a las vacas sagradas.
Era como si de pronto todos hubieran perdido el sentido de la
orientación. Por la mañana, los carteles pegados en las paredes
nos declaraban la guerra a los corresponsales de guerra. En las

86
ciudades del Oeste encendidas por el fanatismo se quemaban los
semanarios norteamericanos. La vida en Delhi, tan llena de sos­
pechas y restricciones, se tornó inaguantable. Todo el mundo
estaba de un humor de perros. La consigna a voces era «Crush
Pakistan» (Aplastar Pakistán) y Gandhi el santo, el último ava-
tar de Visnú, una estatua de bronce en Calcuta. Ya en diciembre
de 1961 Nehru ocupó manu militari los enclaves portugueses de
Goa, Diu y Damao. Después, la revuelta tibetana, fomentada al
menos en parte por la India, desencadena una oleada de senti­
miento antichino que le hace escribir a Tibor Mende1: «Era pa­
radójico y triste observar que ningún grupo llamaba con más en­
carnizamiento a la guerra contra China en aquellas regiones leja­
nas y casi inaccesibles que ciertos antiguos discípulos de Gandhi.
De manera más o menos perceptible, la indignación justificada
contra China se identificaba con la oposición a la coexistencia, a
la neutralidad, a los conceptos socialistas de ia planificación in­
dia, en una palabra a todo lo que se asociaba al nombre y a la
política de Nehru».
En plena campaña electoral de 1962 los manifestantes exigían
la defensa de las fronteras, el reconocimiento chino de la línea
Mac-Mahon, la protección del «sagrado suelo» de la India. «Vo­
ces furiosas estigmatizaban toda tentativa de negociación si las
reivindicaciones de la India no eran satisfechas de antemano.»
Pero el abrazo de Nehru y Chu En-lai en Bandung pertenecía al
pasado. La delimitación de una frontera de 3.700 kilómetros,
con argumentos legales válidos de un lado y otro, debía traer
abundantes motivos de controversia. China declaró ilegal la lla­
mada línea Mac-Mahon. De esta forma empezó a deteriorarse
el «panch sila», los cinco puntos de la coexistencia pacífica. Las
relaciones comenzaron a enfriarse en 1957 después de la insu­
rrección de los Khampas tibetanos. La India jugaba con fuego.
El ejército estaba drenado por las consignas neutralistas de
Nehru. En 1959 empeoraron las relaciones entre los dos países
cuando el Dalai Lama huye a lomos de yak de la ciudad santa de

1. Tibor Mende, Un mundo posible , Fondo de Cultura Económica, Mé­


xico, 1966.

87
Lasa, para instalarse en Nueva Delhi entre el entusiasmo de las
masas indias, que le recibieron en triunfo. En agosto de 1959, un
soldado indio de la guarnición de Longju, en la línea Mac-
Mahon, murió en el curso de una escaramuza. Después, diez
soldados indios, que patrullaban por la zona desarmados, murie­
ron en el territorio en disputa de Ladak, a disparos de los guar­
dias chinos. La ruta estratégica a través de Aksai Chin, cons­
truida por Pekín, es un hecho. Nueva Delhi insiste en que el
ejército popular chino quiere franquear la línea Mac-Mahon, la
frontera «colonial» de la India, y que despliega un formidable
dispositivo militar frente a unas humildes unidades inedias de vi­
gilancia de fronteras. El Estado Mayor indio concentra cinco di­
visiones de montaña, pero la conciencia de superioridad del mi­
nistro de Defensa Menon es tal que mantiene el ochenta por
ciento de sus tropas en el frente del Pakistán.
A la hora de la verdad, el 20 de octubre de 1962, una fecha
negra en la historia de la India independiente, al producirse los
combates, las divisiones de montaña de Nehru se derrumban. En
Calcuta cunde el pánico, el flap, como en El Cairo ante la lle­
gada de los carros de Rommel durante la segunda guerra mun­
dial. La India es vulnerable. La ambigüedad de la coexistencia y
el rearme, entre la rueca de Gandhi y el cañón, se extingue en la
guerra de 1965. Ese será hasta el conflicto por Bangladesh el
papel de la hija de Nehru. En el Himalaya las tropas indias se
baien en retirada. Todos temen que Pekín prosiga su ofensiva y
que Pakistán aproveche la ocasión. Nehru lanza un SOS a Was­
hington y a Moscú. Los rusos envían material, aviones Mig 21, y
Estados Unidos presiona sobre el mariscal pakistaní Ayub Khan
para que no saque provecho de esta inesperada oportunidad. El
mariscal pakistaní no se mueve, «y pierde la oportunidad histó­
rica de entrar en Cachemira».1
De pronto los chinos detienen su ofensiva el 22 de noviembre
de 1962. Su advertencia había bastado. No albergaban propósi­
tos anexionistas. Además, la rápida ayuda de Moscú a la India

1 Fran^ois Massa, Bengale, histoire d ’un conflit, Editions Alain Moreau,


París, 1972.

88
fue suficiente para que Pekín considerara como cumplidos sus
objetivos. En la India las calles hervían de indignación. Había
que buscar un chivo expiatorio y muy a pesar suyo Nehru lo tenía
a mano. El ministro de Defensa Menon cesó en octubre. La In­
dia, que ha jugado el papel de gran potencia, que extiende su
autoridad moral por el Tercer Mundo en base a la coexistencia y
a las difusas doctrinas de Gandhi, ve humillado a su ejército,
permeables sus fronteras del nordeste. En la derrota no le falta­
ron a la India las voces de ánimo. La Reina de Inglaterra quizá
aconsejada por lord Mountbatten, el ex virrey de la India, dice
en su discurso del trono: «Mi gobierno ha visto con indignación
el asalto de las tropas chinas sobre territorio indio y apoya total­
mente la decisión de la India de defender sus fronteras*. El con­
servador «Daily Telegraph» titula: «El enemigo de la India es
nuestro enemigo». Los chinos evacúan las posiciones conquista­
das. El monzón se acerca, registran fallos en sus líneas de aprovi­
sionamiento de larga distancia, temen la intemacionalización del
conflicto y se retiran. Para la India comienza un doloroso exa­
men de conciencia. Hay que elegir entre el «panch sila», la coe­
xistencia, y el rearme, entre los cañones y el arroz. Un pacifista,
el sucesor de Nehru, elige los cañones. La prueba de fuego fue la
guerra de 1965.
En las estaciones, en las cantinas con té, pastas gratis y la
«vara», una especie de buñuelo relleno de salsa de tomate, para
los «jawans» las enormes teteras soltaban vapor como las propias
locomotoras. Las tropas de refresco esperaban la salida en los
vagones de tercera. La llamada a la fraternidad entre hindúes y
musulmanes por parte de Gandhi se saldó con el fracaso y fue
víctima también de un editor extremista, hindú y brahmán como
él. Pero se observaban en 1965 otros síntomas irreversibles.
El gandhismo, movimiento básicamente antiintelectual, natura­
lista, moralizante, que pedía una vuelta a las raíces rurales y
campesinas, a la rueca, la alimentación con leche de cabra y el
desdén por las cosas materiales vivía el tímido asalto de las socie­
dades de consumo aunque en la inmensa India esta penetración
es más difícil de advertir. Ahora lo que veía ante mí era la fasci­
nación por los bienes terrenales, un coche «Ambassador», un

89
electrodoméstico, un reloj, un transistor y la euforia de la gue­
rra. «Me gustaría repetir sin cesar, dijo Gandhi en 1931, que no
compraré la libertad de mi país al precio de la violencia. Mi
unión a la “ahimsa” es hasta tal punto absoluta que preferiría
suicidarme antes que cambiar de opinión sobre esta materia.»
Las hostilidades se abrieron en el desierto de Rann del Kuch
y en agosto de 1965 el entonces ministro pakistaní de Asuntos
Exteriores, Bhuto, infiltró a sus comandos, «mujahids», en Ca­
chemira. Bhuto esperaba que su sola presencia en la Cachemira
de mayoría musulmana provocaría una insurrección general. La
operación se llamó «Gibraltar», pero en Cachemira no se movió
un alma. Es gente más bien pacífica que prefiere vender pañue­
los que pasan por un anillo, alfombras, manteles, bufandas o
recibir a los turistas que visitan el lago de Navin y sus casas flo­
tantes.
Una mañana, sobre una «tonga», los agentes secretos del
Frente del Plebiscito me llevaron con sigilo y unas excepcionales
precauciones propias de una película de misterio hasta su diri­
gente el señor Hamadi. Me vendaron los ojos y pocos minutos
después me encontré frente al Abd el-Krim asiático que, sentado
en un jardín, fumaba el narguilé.
—Cachemira es y ha sido siempre musulmana, me dijo. Si la
India está tan segura de que este pueblo le sigue, debe permitir
un referéndum supervisado por las Naciones Unidas.
—La India, señor Hamadi, ha estallado, advertí, por la pene­
tración de comandos pakistaníes que llegaban a liberar desde el
Pakistán este territorio. Ha sido un casus belli para la India, que
invoca ahora argumentos de defensa propia.
—Esta frontera, respondió, es artificial: si vienen del otro
lado es porque son nuestros hermanos, pueden hacerlo cuando
les apetezca. Las familias están repartidas, unos aquí y otros allí.
En cuanto a esos comandos, nosotros no los hemos visto. ¿Los
ha visto usted, acaso? El gobierno indio está arruinando nuestro
comercio, no vendemos chales ni vienen ya los turistas, sólo sol­
dados y más soldados. Lo que ocurre es que los Nehru, que son
de aquí, no quieren ceder Cachemira.
El secreto se acabó cuando los bravos guerreros que me re-

90
clutaron en una peluquería y me llevaron hasta allí se trocaron
en hábiles comerciantes. Con el mismo ardor que defendían la
Cachemira autónoma o pakistaní pasaron a ofrecerme el ca­
tálogo de sus chales y alfombras.
—Le haremos un precio especial, ya que usted se interesa por
nuestra causa.
Al envío de los comandos siguió un ataque masivo en el sec­
tor de Jammu. A la operación Gibraltar de los «paks», Shastri
respondió con la Operación Riddle. El Estado Mayor indio no
tenía otra opción que reocupar el paso de Haji Pir, al que llegué
con las primeras columnas de refuerzo, después de que me pu­
sieran en libertad en Jullundur. ¿De quién fue la orden de ata­
que al Pakistán en septiembre de 1965? Se dice en la India, y
Kuldip Nayar recoge esta impresión, en su libro, que Shastri, el
primer ministro del que los indios se reían en los noticiarios cine­
matográficos, necesitaba una prueba de fuego para demostrar su
determinación y su coraje. ¿Por qué de Nehru nunca se reía na­
die? Shastri buscaba el «darsham» de Nehru, la comunión espiri­
tual con las masas, el flechazo del carisma, la fascinación de la
mirada. El periodista Robert Trumbull, que vivió siete años en
la India y siguió al Pandit en sus baños de multitud, nos cuenta
las características del «darsham», del magnetismo de Nehru:
«He observado a docenas de personas, todas harapientas, mien­
tras miraban fijamente a Nehru, durante más de una hora, sin
apartar los ojos de su rostro ni un solo instante, sin apenas mo­
verse mientras le escuchaban, pronunciando un discurso en un
idioma que muy pocos podían entender». Shastri buscaba el
«darsham» de Nehru. La guerra era su oportunidad. Cuando or­
denó al general Chawduri que los blindados marcharan hacia
Lahore los indios dejaron de reírse de Shastri. El gorrión tenía
agallas. La paloma se convertía en halcón. Ahora la India se
preguntaba qué hubieran hecho Gandhi o Nehru en su lugar.
Indira Gandhi respondió a esta pregunta afirmativamente: «Hu­
bieran hecho lo mismo que Shastri, obedecer el criterio de los
jefes militares».1 Pero otras voces disentían de esta impresión.

1. Kuldip Nayar, India after Nehru, Vikas, Nueva Delhi, 1975.

91
Nehru era partidario de mantener la pólvora seca con Pakistán.
Una guerra hubiera traído la ruina a todo el subcontinente y
complicado sobremanera los problemas internos en el frente in­
terno indomusulmán.
La guerra de los pobres duró poco tiempo y no dejó de ser
una escaramuza de fronteras. Ninguna de las dos partes logró
penetrar más allá de cinco o seis kilómetros en territorio ene­
migo. Las incursiones aéreas cesaron pronto a falta de combusti­
ble y repuestos. La guerra duró 21 días. Los estrategas sabían
que una guerra entre los dos países vecinos no podría prolon­
garse más allá del radio de acción de veinticinco o treinta kiló­
metros; pero el conflicto de 1965 demostró que para la India,
Cachemira no era negociable. Las dos partes clamaron por la
victoria. La India había dado el primer paso para quebrar la
amenaza del Pakistán, que sentía desde el mismo día de la parti­
ción, cuando Ali Jinnah, el huesudo padre de la patria pakistaní,
dijo: «Los hindúes adoran a las vacas, yo me las como». Indira
Gandhi completó aquel primer paso al ordenar a sus legiones en
1971 que entraran en Bangladesh.
Junto a los campesinos de la región había soldados con perros
lobos para detectar paracaidistas enemigos. En Patankot tomé
un autobús hacia Srinagar, la capital de Cachemira. Mi compa­
ñero de asiento, vestido como «Gunga Din», llevaba dos zorros
disecados en una cesta y una escopeta de doce milímetros. Otros
cañones de escopetas de caza asomaban también en el resto de
los asientos. «Las escopetas sirven habitualmente para cazar el
zorro, muy abundante en estas regiones, me dijo mi compañero
de viaje, pero ahora vale también para cazar infiltrados y para­
caidistas.»
En varios puntos la carretera estaba cortada por los efectos
del bombardeo pakistaní. Varios carros de combate y una do­
cena de camiones militares aparecían incendiados en la cuneta.
Al día siguiente, los militares se paseaban por el sector de Sial*
kot, convertido en cementerio de tanques. El jefe de las fuerzas
armadas indias, Chawduri, afirmaba con orgullo que la India ha-
bía destruido 471 carros enemigos. «Y querían llegar en cuatro
días a Delhi...», afirmaba con sorna. Los tanques Patton de

92
48 toneladas yacían con sus torretas desmochadas to ­
zales. «Los pakistaníes no han aprendido a manejar los sofistica­
dos Patton. Son como analfabetos ante una edición de lujo de la
Divina Comedia», me decía un experto indio en cuestiones de
defensa. Pero otro tanto podía decirse de los militares indios. El
nivel técnico de las dos fuerzas, surgidas del Ejército de las In­
dias y que seguían con fidelidad las tradiciones militares británi­
cas, era parecido, pero ambas tenían dificultades para emplear
bien el material moderno a su alcance. Al recorrer las trincheras
comprobé que la moral de las tropas indias mejoró sobre las que
huyeron ante el ataque chino en la NEFA. Si Pakistán reclutaba
a sus hombres para la primera línea de fuego entre los feroces
guerreros baluchis, patanes o panjabíes orientales, la India los
buscaba entre los rajputs, los siks, los panjabíes occidentales. La
potencia de fuego era sin embargo superior en el lado indio. El
ministro de Defensa Chavan decidió olvidarse de las reservas
mentales de los gandhianos más fieles para construir un pode­
roso ejército. El presupuesto anual de defensa era de 220 millo­
nes de dólares. La guerra de 1965 puso en pie de guerra 830.000
hombres, a los que había que añadir 50.000 reservistas y otras
fuerzas paramilitares, 40.000 territoriales y 100.000 del Cuerpo
de Seguridad de las Fronteras. La gran batalla de carros se dio en
Sialkot, considerada hasta entonces como la más salvaje desde
El Alamein. La suerte de la guerra era ligeramente favorable a
los pakistaníes, en especial si tenemos en cuenta que estaban
peor armados, contaban con menos municionamiento, carbu­
rante y piezas de recambio. Rechazaron la ofensiva india sobre
Lahore, contuvieron la de Sialkot y mantuvieron los avances en
Cachemira logrados en los primeros días. Pero por ninguno de
los dos lados las ventajas fueron sustanciales. Para mí la sorpresa
fue comprobar la facilidad de la penetración de la cultura de
guerra en el país de Mahatma Gandhi. En poco tiempo la India
se movilizó para descubrir enemigos debajo de los «charpoys»,
las camas de cuerda de yute, y contribuir al esfuerzo de guerra.
Los pobres fueron los más generosos. Los diarios se poblaron de
la histeria y el lenguaje de la guerra, objetivos estratégicos, bol­
sas de resistencia, aviones Sabré, tanques Sherman, cobertura

93
aérea, divisiones blindadas y motorizadas, ofensivas y contrao­
fensivas. pérdidas irreparables del enemigo, cañones de 150, de­
fensas anticarro y toda la jerga bélica desconocida hasta enton­
ces. Pero aunque los periódicos no lo cuentan, la guerra de 1965
fue una nueva lección para las fuerzas armadas indias.-Se come­
tieron errores de táctica y estrategia. Un general sufre consejo
de guerra por la destrucción del puente de Dera Baba Naval,
Dunn será relevado del mando por su fracaso en Sialkot y el Jefe
del Estado Mayor Chawduri no permanecerá mucho tiempo más
en el mando. Decenas de oficiales son pasados a la reserva y en
el momento de hacer un balance de las operaciones, el Estado
Mayor indio comprueba que el general Ayub Khan podría haber
lanzado a sus tropas al asalto de Cachemira o a sus blindados por
la Grand Trunk Road hacia Delhi de no haber faltado los suminis­
tros. El Ejército indio hará que estas lagunas y debilidades no se
repitan para poner en pie un ejército potente y moderno. «La ola
de nacionalismo que descarga sobre la India, escribe Fran§ois
Massa, exasperada por dos derrotas sucesivas, va a proporcio­
narle los medios financieros y políticos para esa transfor­
mación.» Aunque la derrota parcial no fue tan evidente para
las masas, distraídas por la propaganda, el ejército extrajo sus
consecuencias. Las pérdidas no habían sido cuantiosas en hom­
bres. Russell Brines cita fuentes norteamericanas y habla, en su
libro sobre la guerra,1 de 200 carros de combate destruidos, 150
dañados y averiados por parte pakistaní; o sea un tercio de su
potencial blindado, y 20 aviones destruidos, para la India, entre
175 y 190 tanques destruidos, 200 más o menos fuera de com­
bate, entre 65 y 70 aviones perdidos. En cuanto a las bajas en
vidas humanas, las fija en 4.000 muertos entre las filas indias y
1.800 en el Pakistán. La rápida destrucción de la maquinaria de
guerra explica el éxito casi inmediato de las Naciones Unidas y
de las potencias mediadoras para la firma del alto el fuego.
Lal Bahadur Shastri era recibido en triunfo. «Jai Jawan,
Kisan», con vivas al soldado y al campesino. Sus dos próximos
objetivos estaban claros, la consolidación del ejército y la fabo-

1. Russell Brines: The Indian-Pakistan conflict, Pall Malí Press, Londres, 1968-

94
cación de la bomba atómica, la forcé de frappe india. La bomba
no entraría en los proyectos de Gandhi pero tampoco en los de
Nehru. Después de la guerra con Pakistán, el primer ministro
pregunta a la Comisión de Energía Atómica por el plazo máximo
para la construcción de la bomba. «Cuando supe, afirmó
Gandhi, que la ciudad de Hiroshima había quedado aniquilada
por una bomba atómica, no dejé que se transparentara en mí
ninguna emoción. Dije sencillamente: “La humanidad corre ha­
cia el suicidio si el mundo no adopta la no violencia”.»1 En un
documento que escribió y difundió clandestinamente «para guía
de amigos y seguidores», el Pandit Nehru expuso también sus
puntos de vista sobre la carrera nuclear: «Esta es la trágica para­
doja de esta era atómica y de los sputniks. El hecho de que sigan
haciéndose pruebas nucleares, aún sabiendo los grandes daños
que causan en el presente y los que causarán en el futuro; el
hecho de que se fabriquen y se almacenen armas de todas clases
para producir la destrucción en masa, sabiendo que, utilizándo­
las, se podría llegar al exterminio de la raza humana, pone a la
luz esta paradoja con aterradora claridad. Las ciencias adelan­
tan, añadía Nehru, mucho más allá de la comprensión de una
parte muy grande del género humano, y plantean problemas que
muchos de nosotros no somos capaces de entender y menos aún
de resolver. En esto radica la lucha y la conmoción internas de
nuestro tiempo. Por una parte se manifiesta este grande y predo­
minante progreso de la ciencia, de la tecnología y de las múlti­
ples consecuencias de ambas, y por otra, un cierto agotamiento
mental de la civilización misma».
La respuesta del sabio atómico indio doctor Homi Bhaba no
se hizo esperar desde Trombay. La India volvió por poco tiempo
a preguntarse si Nehru hubiera hecho explosionar la bomba. Es­
taba en contra de todas las pruebas de superficie y subterráneas
pero no del uso nuclear para fines pacíficos. Si China tenía su
bomba desde octubre de 1964, no había razón alguna para que la
India no desarrollara la suya. De esta manera, uno de los países

1 Pyarelah Mahatma Gandhi. the lastphase , Navajivan PublishingHouse,


Ahmcdabad, 1956.

95
más pobres del mundo ingresó con el número seis en el privile­
giado club de los nucleares. Hubo alguna tímida y pronto olvi­
dada protesta. La India entró en el club sin mala conciencia.
Todos los ministros estaban a favor de la bomba y nadie se atre­
vió a esgrimir la carta que Nehru envió en mayo de 1957: «Bajo
ninguna circunstancia construiremos la bomba. Es increíble que
mientras todo el mundo está de acuerdo en que una guerra en la
que se utilicen armas termonucleares será fatal para la humani­
dad, las grandes potencias continúan con sus pruebas y almace­
nan sus bombas atómicas y de hidrógeno. La Unión Soviética ha
pedido que cesen las pruebas y que se destierre la posibilidad de
una guerra nuclear y hace muy pocos días ha llevado a cabo nue­
vos experimentos en su territorio. Los Estados Unidos anuncian
también una serie de pruebas y la Gran Bretaña hará estallar una
bomba de hidrógeno cerca de las islas Marshall a pesar de las
protestas generalizadas. Parece que no hay lógica ni razón en
todo esto, sólo miedo, sospecha y odio. El mundo no resolverá
sus problemas si estos criterios son los que mueven a los gobier­
nos o a los pueblos. Einstein, que comenzó el desarrollo de la
ciencia que condujo hasta la bomba de hidrógeno, dijo una vez
que el único camino para controlar la fuerza nuclear era contro­
lar la mente y el corazón del hombre». Pero Shastri, en su papel
recién estrenado de San Jorge que terminaría por vencer al dra­
gón chino y al pakistaní, hizo tabla rasa de las teorías de Nehru y
ordenó que le fabricaran una bomba, de igual fuerza que la que
Estados Unidos lanzó sobre Nagasaki. No tuvo el placer de dis­
frutarla. Murió en la noche del diez al once de enero de un ata­
que al corazón, en la ciudad rusa de Tashkent, adonde le habían
llevado, junto con el mariscal Ayub Khan, los buenos oficios de
Kosygin. Después de intensas y duras negociaciones se llegó ala
Declaración que no al Acuerdo de Tashkent. Shastri, que sufría
del corazón, no pudo resistir las emociones de aquellos días en
los que Pakistán deseaba revisar el caso de Cachemira y la India
sólo estaba dispuesta a negociar la retirada del paso de Haji Pir y
Tithwal y a firmar un pacto mutuo de no agresión. El hombre de
apariencia débil, que afirmó en una ocasión «Nadie puede suce-
der a Nehru, sólo nos queda seguir sus pasos y trabajar humilde*

96
Mohandas Gandhi y su hermano Laxmidas en 1886. Fue un estu­
diante tímido y apocado hasta que viajó a Londres para estudiar
Derecho.
Después de haber intentado durante su estancia en Londres
convertirse en un dandy el Mahatma se vistió como los in­
dios y apareció así ante el rey de Inglaterra en Buckingham.
"El viste por los dos», afirmó Gandhi.
El «darshan» de Gandhi. Las masas necesitaban verle y tocarle como a un sarito
para su purificación, pero el último año de su vida se sintió decepcionado. Ha­
bía predicado en el desierto.
A pie o en tren, en tercera, Gandhi recorrió miles de kilómetros de la India que
él quería. Se propuso resucitar las aldeas.
Los dos Gandhi. Indira
sentada al pie de la ca­
ma del Mahatma en
uno de sus periódicos
ayunos. Como primera
ministra Indira rompe­
rá con las enseñanzas
del Mahatma aunque se
servirá de ellas cuando
lo necesite.
Todo lo que el Mahatma Gandhi dejó al morir asesinado p or un fanático hindú
en 1948. Los tres monitos, para alcanzar la felicidad no hay que ver nada, decir
nada, oír nada, el libro sagrado, el G i t a , el reloj inglés, las gafas de m ontura de
metal, las sandalias del caminante, la aguja de la rueca...
Un día, al inaugurar un pantano afirmó: «Estos son nuestros templos». Nacía
una nueva India.
Indira Gandhi y Gamal Abdel Nasser, el espíritu de Bandung. Indira llegó al
poder en 1966 y pronto gobernó el país con mano de hierro. Ella quería ser
Juana de Arco.
La India para los turistas: el encantador de serpientes.
El Maidan de Calcuta, la atracción de los viandantes los días en que no hay
«hartal», huelga, o manifestación política.
Millones de carabaos y vacas sagradas. La India de las 700.000 aldeas apenas si
ha cambiado la piel.

La India es la décima potencia industrial del mundo pero su destino se juega en


las aldeas, a ardías de los grandes ríos, en una economía de subsistencia.
Estaciones de la India. Indira Gandhi desató el «Garibi Hatao». la lucha p o r la
abolición de la pobreza, pero el espectáculo no cambió en las aceras.

La cremación de un cadáver a orillas del río sagrado.


El autor cerca del Kyber Pass, entrada a la India de todas las invasiones histó­
ricas.

Las represalias en Bangladesh, 1971. Uno de los biharis colaboracionistas con


el régimen militar del Pakistán es «cazado» en la selva y torturado en la ciudad
de Kulna.
La guerra entre la India y Pakistán de 1965 sorprendió al autor
Manuel Leguineche en Calcuta. Desde allí se trasladó al frente de
Haji Pir en las posiciones reconquistadas por los soldados indios .
El consultorio de control de natalidad, se hizo siempre de form a voluntaria
hasta que apareció el hijo de Indira Gandhi, Sanjay, con sus métodos de esterili­
zación.

E l marajá de Jai-
pur con Jacqueline
K e n n e d y . IndifO
G andhi acabó con
los últim os restos
de poder de los to­
d o p o d ero so s rua­
rajás y envió a l<[
f ' Á ts f ' Si / /I f mí l \) í l t f !
mente», se había convertido en un hábil e inflexible negociador.
Ahora, su cuerpo, más empequeñecido que nunca, estaba en
una dacha de Tashkent sobre una inmensa cama. Los enviados
especiales de los diarios indios vaciaron los búcaros de flores y
las desparramaron sobre el cadáver de su primer ministro. Allí
estaba, sobre el aparador, el termo de agua que había intentado
abrir cuando sufrió el infarto, los platos de espinacas y patatas
que apenas había probado. Nayar cuenta que nada más firmar la
Declaración reunió a los periodistas indios para decirles: «Estoy
en sus manos. Si escriben a favor, el país aceptará la Declara­
ción». Después pidió que le pusieran con su familia en Delhi. La
reacción de ésta ante la firma era negativa. Su yerno habló poco,
su hija Kusam respondió lacónicamente: «No nos has gustado».
Lalita, su esposa, ni siquiera quiso ponerse al teléfono. «Ni a mi
familia le ha gustado. ¿Qué dirán los demás?» La familia de
Shastri todavía cree que fue envenenado. Ahora los políticos in­
dios se preguntaban «Y después de Shastri, ¿quién?» La lucha
por el poder había comenzado de nuevo.
6
Los tres ismos
La batalla par la sucesión se planteó con crudeza y nudas
artes. El debate ideológico tenía a Morarji Desai a la derecfea,
Indira, la hija de Nehru, a la izquierda, en tm choque de perso­
nas y personalidades en el que intervino el tráfico de influencias.
En esta batalla encubierta estaba permitido todo, intrigas de pa­
sillos. promesas de doble filo, pactos contra natura. Indira
Gandhi luchaba con el viento a favor. En el encarnizado cuerpo
a cuerpo entre Indira y Morarji, hubo un personaje, Kamaraj,
que no hablaba ni el inglés ni el hindi, que hizo el trabajo sudo
para la hija de Nehru. Más tarde se arrepintió por la afición que
Indira le tenía al poder absoluto y su cicatería en las recompen­
sas. Pero hizo una astuta exposición de su programa de gobierno
con atendón a todos los tópicos al uso, Mahatma Gandhi, Neh-
ni, Shastri, en una correcdón populista hada la izquierda del
primer ministro fallecido en la capital del Turkestán. El con­
senso se reveló imposible y por primera vez en el Congreso hubo
que recurrir a la votación para elegir al primer ministro. Indira
Gandhi obtuvo 355 votos. Morarji Desai 169. Así empezaba la
irresistible ascensión de la mujer que admiraba a Juana de Arco.
Al pueblo le paredó una elecdón natural, la herenda del presti-

99
gio de Nehru, la continuidad en el cambio. Los partidos políticos
se dividieron. Para la derecha hinduista del Jan Sangh o el par­
tido de la patronal, el Swatantra, se había elegido a una peligrosa
simpatizante de Moscú. La izquierda la prefería al «dinosaurio»
Morarji Desai.
El partido del Congreso no se recuperaría del efecto de esas
escaramuzas. Algunos partidarios de Gandhi interpretaban criti­
camente las peleas por el poder y la codicia de los ministros que
solicitaban coches de importación y ocupaban los mejores pala­
cios. Los problemas de la India seguían intactos, la economía, el
secesiónismo, el galimatías lingüístico, la agitación entre hindúes
y musulmanes, el desempleo, el déficit del comercio exterior. La
primera fase de Indira en el control del poder fue dubitativa,
vacilante, como si el poder y el conjunto de los problemas la
desbordaran. Después se afianzó con mano dura, una dosis
fuerte de pragmatismo. En esto llegaron las elecciones genera­
les. El invierno de 1967 acaba de pasar sobre Nueva Delhi. En el
Parque Central, a la sombra del monumento a Sardar Patel, el
político conservador adversario de Nehru que hubiera juzgado
con disgusto las veleidades izquierdistas de Indira Gandhi, o so­
bre el campus de la plaza Connaught, los burócratas de la capital
echan la siesta, juegan a los naipes, escuchan la radio, pero sobre
todo discuten de política. Congreso sí, Congreso no, Indira sí,
Indira no. Muy al estilo Hyde Park, tumbados sobre el césped
mastican el «pan», la hoja de betel con nuez de areca mientras
hacen tiempo hasta que se abran las oficinas. Esta es la mejor
época del año cuando los vientos fríos, cortantes del Himalaya
dejan de barrer la ciudad de punta a punta. Se habla del tiempo
bonancible. Se habla del último suicidio espectacular: seis niñas
de la escuela de Kalupati, atadas unas a otras por las trenzas, se
han suicidado arrojándose a un pozo. Habían obtenido malas
notas en los últimos exámenes. Una sociedad cada vez menos
gandhiana y más competitiva redobla sus exigencias.
Por lo que observo se habla también en los parques de Nueva
Delhi de la pedrada en pleno rostro contra Indira Gandhi, de la
campaña electoral en Bubaneswar, la capital de Orisa, el estado
de Jos tigres antropófagos, de los templos de hace mil años, los

100
montes azules, las playas tranquilas. Son las cuartas elecciones
en la historia de la India independiente. El juego limpio se ha
acabado. Ahora mandan la pedrada y el ladrillazo. Las bandas
extremistas del Jan Sangh apedrearon a las del Congreso cerca
de la estación de Howra, en la margen derecha del río Hoogly, y
los comunistas de izquierda lapidaron a los comunistas de dere­
cha en el estado de Andra Pradesh. En medio del furor no se
libraron de las piedras ni los ministros, los candidatos, las cara­
vanas de los candidatos, ni el rostro de la futura primera minis­
tra, alcanzada en la plataforma electoral en Bubaneswar, la me­
trópoli de los templos. A nadie se le hubiera ocurrido en 1962
lanzar una piedra contra Nehru o Shastri, que hasta la guerra
contra el Pakistán era más capaz de inspirar la compasión que la
ira de su pueblo. Pero Indira heredó un país de 500 millones de
habitantes en estado comatoso y un partido desgastado por la
rutina y la corrupción, fragmentado e incapaz. En su campaña
electoral, la hija única de Nehru repitió su argumento favorito:
«O yo o el caos». El totum revolutum de la oposición, tan frac­
cionada o más que el Congreso, favorecería otra vez el triunfo
del partido de la Independencia. Los jerarcas del partido (aun­
que dislocado por las luchas intestinas, era el mejor organizado)
todavía discutían sobre Indira Gandhi. En los siete días que du­
raron las elecciones nacieron en la India 245.000 personas. A las
zonas rústicas menos accesibles, los partidos, con una maquina­
ria electoral suficiente, llegaban con sus banderas, sus símbolos y
sus rudimentarios métodos audiovisuales en petición de votos.
El 95 por ciento son analfabetos. Una vez cada cinco años se
sienten gente importante, escuchan las argumentaciones de los
candidatos y exclaman con orgullo: «Queremos escuchar a todos
antes de decidir a quién votamos». Después, muchos de ellos
venden su voto al que paga mejor. Entre las masas subproleta-
rias de Bombay, Madrás, Calcuta, los partidos presionan para
lograr el compromiso, la toma de conciencia. Desde las orillas
del río sagrado, el Brahmaputra, o el Ganges, hasta el cabo Co-
morin, en el vértice de la cuña india, se extiende la protesta so­
cial. En Kerala, el estado más católico y al mismo tiempo el más
comunistizado de la India, el PCI volverá a ganar. Su líder, Ra-

101
mamurty, clama desde Trivandrum, el paraíso tropical de las 600
clases de árboles, por-una «revolución cultural que transforme la
India». Kerala, el primer lugar en el mundo donde los comunis-
tas llegaron al poder en unas elecciones democráticas, es el es­
tado más alfabetizado de la India.
El partido del Congreso volvió a ganar con 281 votos, mayo­
ría por 21 en la Cámara Baja del Parlamento, el Lok Sabha,
frente a los 364 obtenidos en 1962. El partido perdió la mayoría
en ocho estados. De nuevo se planteó la lucha por el poder y de
nuevo fue Indira Gandhi la vencedora frente a un irreductible
Morarji Desai. En su discurso de toma de posesión, Indira trazó
un cuadro más bien nebuloso de su programa de gobierno, de­
mocracia, libertad, igualdad de oportunidades, laicismo, justicia
social. Pronto acuñaría su emblema del «Garibi Hatao», la lucha
contra la pobreza, que sus enemigos transformaron más tarde en
«Indira Hatao», acabar con Indira. Los cronistas políticos de
Delhi observan que la palabra mágica «socialismo» ha desapare­
cido de su discurso. Su segundo mandato se abre con la agitación
en las calles de la derecha religiosa que protesta contra el sacrifi­
cio de vacas, toros y búfalos. Los «sudras», los artesanos, los «ha-
rijans» del Mahatma Gandhi, los intocables sufren el asalto de las
tres castas dominantes, los brahmanes, los guerreros «kashtriyas»
y los comerciantes, los «vaisias». Su gestión está plagada de barre­
ras y sustos. Los naxalitas alzan bandera revolucionaria al norte
de Bengala. «El poder, dicen como Mao Tse-tung, está en la punta
de la boca del cañón y no en la papeleta del voto.» Pero Indira,
como hizo su padre con la rebelión comunista de Telengana,
adonde no dudó en enviar el ejército, ahoga en sangre ese levan­
tamiento maoísta. Si el partido comunista argentino o boliviano
no secundaron el intento de «Che» Guevara de crear «muchos
Vietnam» desde las montañas de Bolivia, lo mismo hizo el par­
tido comunista ortodoxo de Jyoti Basu desde Calcuta. La res­
puesta del gobierno no es precisamente la «ahimsa», la no vio­
lencia. Las organizaciones internacionales de defensa de los de­
rechos humanos denuncian los excesos que se cometen en las
cárceles de Bengala. La primera ministra quiere situarse en el
centro, lejos de la extrema derecha hinduista y el aventurism o de

102
izquierda; pero los empresarios y las grandes firmas industriales
le acusan de que los trata «como leprosos». Por otro lado, las
huelgas se multiplican. El partido del Congreso se agrieta en
dos, derecha e izquierda. Para la derecha, Indira Gandhi se des­
plaza, con la ayuda de sus «consejeros rojos», hacia el comu­
nismo. Los jóvenes turcos apoyan a la primera ministra y Mo­
rarji Desai es su enemigo.
Este es el esquema del gobierno de Indira Gandhi, las dificul­
tades propias del inmenso país de los quinientos idiomas distin­
tos y las sacudidas en el interior del viejo partido. Para colmo de
males la muerte del presidente de la India, Zakir Husain, preci­
pita una nueva lucha por el poder. En el país de los 500 millones
de habitantes con que cuenta la India a finales de los años se­
senta las luchas políticas se centran siempre en los mismos hom­
bres. Morarji Desai quiere ahora ser el presidente pero Indira
patrocina a su leal Jagjivan Ram, el intocable, al que con el
tiempo, antes de su defección de 1977, le perdonará incluso que
olvide durante tantos años pagar sus impuestos. Las consignas
éticas del Mahatma, traicionadas de la A a la Z, se convierten
ahora en combinaciones del poder, querellas intestinas de las
que el candidato final de Indira V.V. Giri es el vencedor por un
estrecho margen de votos.
La alta tensión en el partido del gobierno se zanjó con la
división en dos, por un lado la vieja guardia, el aparato del Con­
greso, el Sindicato, que pasó a llamarse Congreso (O) de Orga­
nización y el Congreso de Indira Gandhi, bautizado como Con­
greso (R) de Ruling, Gobernante. La polarización conduce a
una desenfrenada caza de alianzas, con el Congreso (O) en tra­
tos electorales con la extrema derecha hindú del Jan Sangh y la
derecha capitalista de la patronal, el Swatantra. Indira elige por
la izquierda. Las quintas elecciones se convierten en un campo
de Agramante. De punta a punta del subcontinente abundan los
incidentes, los atentados, los asesinatos políticos. La India es así
la democracia más grande del mundo pero también la más san­
grienta. El 10 de marzo de 1971, el día E, los periódicos recogen
•a estadística de la discordia electoral. A pesar de la intervención
del ejército, la policía y las fuerzas paramilitares con más de cien

103
mil hombres, se registran centenares de muertos y heridos. Tan
sólo en Bengala occidental se producen 200 muertos y 630 heri­
dos.
La escisión en el Congreso benefició a Indira Gandhi. Su vic­
toria fue aplastante, con una mayoría de dos tercios. El Con­
greso (R) de la primera ministra obtuvo 350 escaños. Los 230
millones de votantes decidieron un plebiscito para la hija de Neh­
ru. El Congreso se convirtió así, diezmado el Sindicato, casti­
gado por las urnas, en el Congreso de Indira. En medio del te­
rremoto postelectoral la derecha clamó al fraude: Moscú habría
enviado miles de litros de tinta simpática que impediría la lectura
de las papeletas de voto desde el instante de votar hasta el escru­
tinio durante siete días y otro tipo de tinta invisible que después
de marcar el voto desaparecería en el momento de abrir las urnas
para el recuento. La Junta Electoral Central rechazó estas acusa­
ciones. La victoria de Indira era limpia, sin mácula.
Ahora la hija de Nehru tenía todo el poder en sus manos,
legitimada por las elecciones. Necesitaba una guerra santa con­
tra el Pakistán para que su popularidad alcanzara el clímax. Por
fin sería la Juana de Arco con la que soñó en su infancia. Esa
oportunidad histórica se la dio una fulminante revuelta separa­
tista en el Pakistán Oriental contra el poder central instalado en
RawaJpindi-Islamabad-Karachi, a mil seiscientos kilómetros de
la capital Oriental, Dacca. Era la segunda guerra entra las dos
naciones a menos de veinticinco años de la separación. Al llegar
a Calcuta, uno de los cuarteles generales de la insurrección con­
tra el régimen militar del Pakistán, un veterano político indio
próximo a las enseñanzas de Gandhi me dijo con alborozo: «Por
fin ha llegado el momento; le arrancaremos la oreja izquierda al
Pakistán». Con la ayuda y la intervención de las tropas indias, ya
modernizadas, fogueadas, nació un nuevo Estado indepen­
diente, Bangladesh. Junto a la estatua de Gandhi alguien había
colocado una pancarta con esta leyenda: «Crush Pakistán»
(Aplastar al Pakistán).
Una vez más los diarios justificaban aquel delirio de los is-
mos, nacionalismo, belicismo, fanatismo, con las teorías del
Mahatma sobre la cobardía y la violencia. Recordé así, en el

104
mismo lugar, las palabras que me dirigió Lal Bahadur Shastri
cinco años antes: «Gandhi prefería la violencia a la cobardía».
Nadie recordó que también dijo: «Como me opongo con firmeza
a la guerra, nunca he m anejado un arma. Resulta fácil enunciar
los nobles principios de la “ahimsa” , la no violencia. La dificul­
tad reside en com prenderla y practicarla en un mundo sujeto a
las pasiones, a la violencia y al odio. No valdría la pena vivir la
vida si la no violencia no fuera más que una palabra vacía». Na­
die se atrevió a recordarlo. Como tampoco nadie lo hizo en 1974
cuando la anexión del Principado de Sikim en el Himalaya. Na­
die inició una huelga de ham bre.
7
Concierto de Bangladesh

«Sonar Bangla, ami tom ay bhalabashi» (Bengala dorada, te


quiero) era el himno nacional, la Marsellesa de Bangladesh
desde aquel día negro de 1971, el 25 de marzo. Al poema del
bengalí R abindranath Tagore le habían puesto música a toda
prisa. Las legiones necesitaban una m archa triunfal. A m ar «Sonar
Bangla», te amo, mi Bengala de oro.

«Tus cielos y tus vientos


son la música de mi vida.
¡Oh, madre! En la prim avera, el perfume
de tus bosquecillos de mangos
vuelve a mi corazón loco de gozo.
¡Oh madre! E n el otoño, en tus campos floridos,
he oído el rum or de tu risa llena de dulzura.
Qué belleza, qué am or, qué afecto
he hallado a la som bra de los bananos
y al otro lado de las m árgenes del río que huye.»

Ahora los ríos de Tagore bajaban turbios de sangre. Los


afluentes del Ganges y del B rahm aputra, los canales interiores

107
arrastraban millares de cadáveres de bengalíes. Las aves de
presa («¡Ya suena el grito! ¡Caza abundante!», decía el Libro de
la Selva de Kipling) se lanzaban en flecha sobre los ríos. Tenían
carne en abundancia. Los perros hozaban entre los cadáveres.
Sobre el medio millón, el millón o los dos millones de cadáveres
surgió una nación, Bangladesh. Era la gran tragedia de los últi­
mos años por encima incluso de otras como Vietnam, Oriente
Medio, Biafra. En Nueva York, los Beatles compusieron la can­
ción del genocidio «Concierto de Bangladesh» y la población de
Bengala, como la de Indonesia tras la represión de Suharto, se
negaba a comer pescado de río.
La guerra de independencia fue tan rápida que al pueblo,
creo vo, le costaba tomar conciencia de su libertad recién ganada
sobre la pirámide de muertos.
—Somos libres, somos libres, les oía gritar desde los autobu­
ses de la carretera de Jessore a Daca.
La nación de Bengala, eso significa Bangladesh, surgió a la
sombra de Mujibur Rahmán, pero nadie hubiera dicho que la
libertad, la catarsis de la independencia, llegaría después de ca­
torce días tan sólo. Para sentir que eran libres necesitaban gritár­
selo unos a otros. «Joi Bangla», «Joi Bangla», Viva Bengala.
Veían también una necesidad de ajustar las cuentas, de vísperas
sicilianas, de purificarse a través de la venganza.
—Ahora nos toca a nosotros («ít is our turn»), me decía en
Jessore el 18 de diciembre de 1971 un guerrillero de liberación,
un Mukti Bahini.
La urgencia por vengar a sus muertos era el primer movi­
miento, el primer reflejo de Bangladesh como nación libre sepa­
rada para siempre del Pakistán Occidental. Desde qüe entré en
territorio bengalí por Bangaon, el relato de los horrores pasados
presidía todos los diálogos. Casi todos mis interlocutores habían
perdido a un familiar o a un amigo. Como si todo el país, el de
los campos de yute, los bosquecillos de mangos, los arrozales,
fuera un inmenso Dachau, los Mukti Bahini nos llevaban hasta
las fosas comunes, abiertas entre los líricos campos de Tagore.
para mostrarnos el resultado de los nueve meses de genocidio
desencadenados por el presidente del Pakistán, el general Yahia

108
Khan. Esqueletos, cuerpos mal enterrados y en descomposición.
Era un país descuartizado.
Las represalias no se hicieron esperar. Pronto se vieron en las
calles, en los bosques, las primeras víctimas de entre los verdu­
gos, los biharis, que cobraban veinte rupias, unas 200 pesetas y
una botella de licor por la entrega de cada bengalí muerto. Como
en el Kaputt de M alaparte, los colaboracionistas del régimen del
Pakistán Oriental que se resistían a la independencia de Bangla­
desh guardaban en sus chozas sacos con ojos, orejas y pechos.
Estos musulmanes llegados del Bihar indio y de otros puntos del
subcontinente hicieron, muchos de ellos, causa común con el
Ejército pakistaní desde la partición en 1947. De estos grupos se
nutrían también las filas de los «razakars», voluntarios para la re­
presión. La venganza de los Mukti Bahini y la población cayó
ahora sin freno sobre soldados del Pakistán, biharis y «razakars».
Una revancha más sangrienta de lo que Indira Gandhi nos quería
hacer ver. Desde la rendición de las tropas del general pakistaní
Niazi m urieron muchas más de las veinte personas que la Gandhi
nos anunciaba a los corresponsales en Nueva Delhi.
La revancha de sangre era abierta. En ella tomaban parte
hasta los niños. H e visto en Kulna cómo despedazaban a docenas
de biharis. Sin afán de justificar estas m uertes, hay que pensar,
sin embargo, que, según cifras dignas de fe, la población de
Kulna quedó diezmada en un treinta por ciento en la matanza
pakistaní. En la jungla se cazó a los colaboracionistas como se
caza al tigre. Después los guerrilleros pasearon los cadáveres de
sus víctimas por las ciudades para arrojarlos a los ríos o a las
acequias. En aquella furia de sangre yo veía, al cruzar por las
aldeas, cómo los «razakars» (milicianos) y los biharis, atados a
los cam iones y arrastrados, dejaban tras de sí tiras de piel, san­
gre, visceras. Eran masas sanguinolentas después de aquel carru­
sel de violencia.
En el centro de Kulna, junto al parque central, la presencia
de los corros de gente denotaba la captura de un colaboracio­
nista. En el centro, con la mirada perdida al cielo, con múltiples
heridas en todo el cuerpo, entre ligeros espasmos, la víctima ves­
tida con el «longhi», la falda de algodón, sufría el últim o supii-

109
ció. Era la hora de los niños. Con punzones, clavos, palos finos
de bambú los niños remataban la obra de los mayores, y anima­
dos por ellos perforaban los oídos, la boca, el ano de los biha­
ris. Nadie pudo detener las represalias. D e inm ediato surgía la
relación de los horrores pasados, la defensa de la ley del
Talión:
—Este mismo que ve aquí, me decía un campesino de Kulna,
es el responsable de la muerte de todos mis herm anos...
Mientras el gobierno de Bangladesh, gobierno todavía provi­
sional puesto que el jeque M ujibur continuaba preso cerca de
Islamabad, preparaba sus maletas en Calcuta para regresar a
Dacca, los Mukti Bahini campaban a sus anchas en Bengala. Las
tropas indias habían cubierto sus objetivos. La hija de Nehru
hizo suyo, ya que no el auto de fe, el rom anticism o de la victoria.
En la India se hablaba estos días más de Bengala y del papel del
ejército indio que de los problem as domésticos y de las parcas
cosechas. Indira era por fin Juana de A rco, la Pasionaria. Ella,
que cuando estudiaba en Londres, y era m iem bro del Comité de
Ayuda a la España republicana, supo que llegaba la Pasionaria,
esperó horas y horas bajo una lluvia cerrada el paso de Dolores
Ibárruri. Antes había pronunciado discursos y vendido sus joyas
para la causa republicana. A hora las masas indias la esperaban a
ella. Indira actuó en Bangladesh sin contem placiones y según los
últimos gandhianos, sin escrúpulos. No tenía las dudas metódi­
cas de su padre, aquella lentitud reflexiva en llegar hasta el final.
Nehru era como ha escrito Percival S pear,1 dem asiado «impa­
ciente para los detalles como para ser un buen administrador y
un carácter demasiado dom inante para delegar la autoridad,
para trabajar en equipo, para atraer a una escuela de seguido­
res». Indira Gandhi era el poder, la decisión del principio al fin.
Ofreció el Pakistán O riental como la cabeza del Bautista a los
militares deseosos de acción y gloria. N ehru, por el contrario,
con sus soliloquios y especulaciones, su cultura de Harrow, su
racionalismo, sus dudas, su diletantism o literario, era «la delicia

1. Percival Spear, India, Pakistan and the West, Oxford University Press>
Nueva York, 1958.

110
de los intelectuales», pero la vacilación ante los problemas. El
perpetuo Hamlet del «ser o no ser».
Indira Gandhi dudó muy poco antes de empujar a sus
«jawans» hacia la saga de Bangladesh. El flujo de los millones de
refugiados que escapaban del hambre y la represión del otro lado
le sirvió de casus belli. Eran ya diez, doce millones. Además, su
ministro de Asuntos Exteriores lo había dicho sin ambages, «una
guerra nos costará más barata que mantener durante meses a
diez millones de refugiados». Pese a sus incertidumbres, el Pan­
dit Nehru había sido el primero en romper con la tradición paci­
fista de la India para realizar su unidad geográfica aún a costa de
las leyes internacionales. En 1961 se anexionó Goa, Diu y Da-
mao, los últimos enclaves portugueses en territorio indio. Era el
mismo N ehru que había dicho: «La guerra es el asesinato de la
verdad y de la humanidad». La ayuda humanitaria a los refugia­
dos le sirvió a su hija de cobertura moral para el asalto de las
fronteras. Por ello contó con la comprensión de hombres como
Malraux o Pierre Mendés France. Este último, que visita a In-
dira Gandhi después del conflicto, describe su estado de ánimo
en su libro Dialogues avec VAsie d ’aujourd’hui1: «En el fondo
sigue destrozada por el abandono en el que se encontró en las
horas sombrías de la crisis y del genocidio pakistaní, con sus tres
millones de asesinatos, cuando en la India la cólera, los rencores,
el resentimiento del ejército, las fuerzas centrífugas de todo tipo
empujaban al país hacia la desesperación y el caos. Sus gritos de
alarma y sus llamamientos a lo largo de 1971 no recibieron res­
puesta; visitó a los jefes de Estado occidentales. En todas partes
fue cordialmente recibida pero nadie la escuchó, nadie quiso co­
nocer las atrocidades que se llevaban a cabo en el Pakistán Orien­
tal, nadie se preocupaba de esos millones de refugiados en la
humillación y la miseria».
Según M éndes France, exégeta de Indira Gandhi en esas ho­
ras de la resaca de Bangladesh, «deberían haber intervenido las
Naciones Unidas para imponer al Pakistán una política más hu­

1 Fierre Mendés France, Dialogues avec l’Asie d ’aujourd'hui, Gallimard,


París, 1972.

111
mana. Nada de eso ocurrió, los buenos principios se habían olvi­
dado. Hoy se permiten reprochar a la hija de Nehru su interven­
ción en favor de un pueblo asesinado en masa que pedía socorro;
y la ONU se ha atrevido a condenar a la India. Indira está muy
afectada. Si las grandes potencias, si las Naciones Unidas hubie­
ran cumplido con su deber, hubieran podido salvarse millones de
vidas humanas. Porque todos sabemos que ha habido tres millo­
nes de muertos civiles en Bangladesh. Todos estos recuerdos,
concluye Mendés France, no incitan desde luego a la primera
ministra al esfuerzo de tregua y apaciguamiento que yo le acon­
sejo y deseo».
La impresión que Mendés France obtiene sobre el terreno es
la correcta. Indira Gandhi se halla en el cénit de su prestigio.
Tiene el apoyo de los jóvenes y de los miembros más avanzados
del partido. Ha ganado y conservado la mayoría por el carácter
demostrado en los momentos más difíciles y por su tenacidad
siempre que ha debido combatir para alcanzar los objetivos so­
bre los cuales moviliza a la opinión pública. «Se ha convertido,
escribe el ex primer ministro francés, en el líder radical en lucha
contra las fuerzas reaccionarias y conservadoras.» Su populari­
dad crece como el curso del Ganges bajo el monzón, tras la vic­
toria de Bangladesh, «cuando en medio de un callejón sin salida
dio a todo el país la impresión de que lo había liberado por fin de
la amenaza pakistaní». Era una hazaña que no estaba exenta de
críticas: al impulsar y ayudar al separatismo de Bangladesh la
primera ministra olvidaba las tensiones secesionistas en su pro­
pio país. ¿Por qué Bangladesh sí y nosotros no?, podían pregun­
tarse los nagas, los mizos, los tamiles, los siks del Akali Dal.
Pero sus súbditos pusieron guirnaldas en las bocas de los cañones
que se dirigían hacia el frente por la carretera de Calcuta a Dacca.
Indira ataca a la yugular dei Pakistán. En el núm ero 9 de la Cir-
cus Avenue de Calcuta, el alto comisario de Bangladesh erígela
bandera en un edificio mitad mogol mitad Victoriano. La ban­
dera es verde con un círculo rojo en el centro y un mapa del país
de color amarillo. Hussein Alí explica así los símbolos: «El
verde, porque Bengala es el país más verde del mundo; el roj°
evoca el sol naciente y la sangre vertida en abundancia por núes-
tro pueblo en el comienzo de su liberación; el amarillo, porque
es el color de las dos grandes riquezas de nuestra tierra, el arroz
y el yute».
La capital del Pakistán Oriental, Dacca, ardía por los cuatro
costados cuando un comando de la resistencia ocupa una emi­
sora y lanza su proclama de la independencia: es el 26 de marzo
de 1971. «Hoy, Bangladesh es un estado soberano e indepen­
diente. En la noche del jueves, las fuerzas armadas del Pakistán
Occidental han atacado los locales de la policía de Rajabargh y el
cuartel general de los East Pakistan Rifles en Peeikhana, en
Dacca. Muchos inocentes y civiles sin armas han resultado muer­
tos en la capital y en otras ciudades de Bangladesh. Los East
Pakistan Rifles sostienen violentos combates contra las fuerzas
armadas de Rawalpindi. Los bengalíes combaten al enemigo con
gran valor por la independencia de su patria. Resistid al ene­
migo, que está al acecho en todos los rincones. Que Dios nos
ayude en nuestro combate por la libertad. Joi Bangla.»1
Después todo sucede con la fatalidad de una tragedia griega.

1 Citado por Paul Dreyfus, Del Pakistán al Bangladesh. Aymá. S. A. Edi-


u»a, Barcelona, 1972.

113
8
El este y el oeste

Las imágenes de violencia de Bangladesh permanecen aún


vivas en mi memoria y se entrecruzan en los sueños por encima
de otras tragedias vividas. La revancha civil es a veces peor que
la guerra. Ante aquella sucesión de biharis apaleados hasta la
muerte, arrastrados en camiones, cazados en la jungla para el
suplicio, podía imaginar con fidelidad lo que fue la separación de
la India y el Pakistán a la que con tanto ardor se había opuesto el
Mahatma Gandhi. ¿Resultó mejor el remedio de la partición que
la enferm edad de la tensa convivencia, de los enfrentamientos
entre las comunidades hindúes y las musulmanas? En todo caso,
el virrey Mountbatten, primer gobernador general de la India
independiente, presidía el quince de agosto de 1947 en el salón
del trono de Nueva Delhi la ceremonia de la separación. No ha­
bía visto otra solución para el Imperio que la división. Allí, es­
taba com o lo describe Max Olivier-Lacamp, bajo la cúpula de
gres recalentada por el sol del verano indio, vestido con su uni­
forme de almirante, «y la parte izquierda de su tórax cubierta de
medallas desde el hombro a la cadera, medallas y estrellas de
diamante refulgiendo en sus costados, cordones cruzando su
pecho, encomiendas pendiendo de su cuello. En su brazo iz-

115
quierdo, un bicornio a lo Nelson, con penacho de plumas de
avestruz y, al estilo de la Marina británica, suspendido de su
doble portaariete, el sable curvo, en la vaina de cuero charo­
lado.»1
Ahora veía yo en los campos de Bengala la repetición de
aquel conflicto salvaje y cruel de 1947, que el Mahatma Gandhi
detenía a duras penas a golpe de ayunos y el silencio absoluto de
los viernes. Los jefes militares del Pakistán dieron la orden de
matar bengalíes a discreción, en una campaña de terrorismo ofi­
cial sin freno que hizo huir a diez, doce millones de personas,
bajo el sol del verano de 1971, veinticuatro años después de la
partición, hacia el refugio de los campos de sal en Bengala. Lord
Mountbatten dijo de la India en 1947 que era «como un barco
incendiado en medio del océano, con dinamita en la bodega». El
gobierno socialista de Londres pensó que lo mejor sería abando­
narlo pronto y dividirlo. El Pakistán nació como un absurdo car­
tográfico al este y al oeste en base a una separación por razones
religiosas. Los hindúes sobrepasaban en una proporción de tres a
uno a los musulmanes. Había que salvar a éstos y concederles
una patria. El Islam, como el hinduismo, es algo más que una
religión, una conducta, una condición, un modo de vida, una
cultura, una pauta de com portamiento. Sería difícil hallar dos
concepciones tan opuestas del mundo y de la vida entre el mono­
teísmo austero del Corán, la igualdad de los hombres ante las
leyes y ante el dios del Islam y la miríada de dioses, el concepto
flexible del dios del hinduismo, cuyo soporte social es el sistema ¡
de castas. Pero el Islam penetró en la India del Ramayana y del
Gita seiscientos años antes. Como la coexistencia era imposible,
lord M ountbatten recomendó la división. Los jefes indios, salvo
Gandhi y Nehru, al principio estaban de acuerdo. El padre déla
patria pakistaní, el elegante y huraño Ali Jinnah, también. Era el
final de una era, del Imperio de Kipling que Henry James había
definido como «el de la magia irresistible de los soles tórridos, de
los imperios sometidos, de las religiones salvajes y de las guarni­
ciones inquietas».

1. Max Olivier-Lacamp: Impasse indienne, Flammarion, París, 1963.

116
«Somos el país musulmán más grande de la tierra», me de­
cían cuando pasé por Pakistán en 1965. Sobre ese sueño se cons­
truye el «país de los puros», que eso significa en urdu Pakistán.
Es al mismo tiempo el anagrama de Panjab, Afghania, Kashmir,
Irán, Sind, Turkaristán, Afganistán y Baluchistán. Los estudian­
tes m usulmanes de Cambridge lo bautizaron así en los años
treinta. Pero si la India logró m antener su democracia en medio
de todos los vaivenes, Pakistán cayó muy pronto bajo la bota
militar. Su prim er hom bre fuerte, Ayub Khan, creía que el ejér­
cito era el único que podía salvar al Pakistán de la desintegra­
ción. El dictador afirmó una vez que la democracia era incompa­
tible con los climas cálidos («.Democracy cannot work in a hot
climate»). Y m enos en un país partido en dos y separado por más
de mil quinientos kilómetros. Las recomendaciones del
Mahatma cayeron en saco roto: «Estoy en contra de la partición,
recogió en su A utobiografía . Vais a hacer jirones el país. Vais a
instalar a un herm ano enemigo a nuestras puertas. Es preciso
que perm anezcam os unidos entre nosotros. La India tiene nece­
sidad de todos sus hijos, tanto hindúes como musulmanes. Cons­
truyamos un E stado fraternal...» Pero en el holocausto de
1947-48 m urieron a cuchillo alrededor de medio millón de perso­
nas y otros catorce millones se transform aron en refugiados. El
Pakistán O ccidental y el O riental podían parecerse tanto como
las Hurdes y las Rías Bajas de Galicia. El oeste árido, de colinas
peladas, poco habitado; el este, verde, cruzado por ríos y cana­
les, muy poblado, con el m ayor índice de concentración de po­
blación rural de toda la tierra. Los pakistaníes orientales eran de
baja estatura, cetrinos; los del oeste altos y de piel más blanca.
Nada tenían en com ún excepto el Islam. Los del oeste eran beli­
cosos; los del este, algo pasivos y poetas.
En la división de 1947, la India se llevó la parte del león, las
zonas de yacim ientos m inerales, los grandes puertos, Calcuta,
Bombay, M adrás, y aunque el yute crecía en el Pakistán O rien­
tal, las fábricas quedaron al otro lado. Esta sensación de inferio­
ridad económica, de am putación geográfica y de amenaza de la
India, se tradujeron en térm inos de modelo de gobierno. La de-
a c ra c ia parlam entaria estilo W estminster como en la India era

117
imposible. Fracasó en medio de la agitación y la crisis econó­
mica, entre el caos social y la bancarrota. Los militares educados
en Sandhurst, llamaban a las puertas del Congreso. En 1958, el
golpe de estado del general Ayub Khan impuso, con el parla­
mento disuelto y abrogada la Constitución, la ley marcial. Como
en tantos otros países del mundo, los militares en el poder sólo
hicieron más agudas las crisis y no fueron capaces de evitar la
desintegración por la que prometieron luchar. El círculo de la
represión se cerró sobre los dos Pakistanes. «Ali Jinnah no lo
hubiera permitido», comentaban los estudiantes de la Universi­
dad de Karachi.
El mariscal Ayub mide casi dos metros, se levanta a las seis y
se acuesta a las once. No para de trabajar. Cultiva su jardín,
hace deporte. Es un apasionado de los libros de historia de las
religiones. Ha sido el organizador del ejército pakistaní con este
axioma: «La máxima austeridad con la mayor eficacia». Este mi­
litar elegante, britanizado, de ojos grises, mirada penetrante, se
inventa toda una filosofía y una práctica de la política, la «demo­
cracia básica», que divide el país en miles de circunscripciones
electorales. Pero esa democracia no incluye la libertad de expre­
sión ni siquiera un reformismo que distribuya m ejor la riqueza
en manos de las 22 familias del oeste. El virus de la corrupción
penetraba en todos los segmentos de la sociedad. La protesta
comenzó, como es natural, en los campus universitarios. Hasta
un mariscal del aire entró en la arena política para competir con
Ayub con estas palabras que no dejaban dudas sobre la natura­
leza del régimen: «Los chanchullos, el nepotism o, la corrupción,
la incompetencia administrativa afectan a la vida y a la felicidad
de millones de personas. La desigualdad social y las disparidades
económicas aumentan. Los teléfonos están intervenidos, la opi­
nión amordazada, la oposición en la cárcel».
La agitación no tardó en estallar de este a oeste. Ayub se vio
contra las cuerdas. Se vio forzado a negociar, a ceder. Ordenóla
puesta en libertad del que había sido su prim er ministro, el hábil
Ali Bhutto, ejecutado años más tarde por el régimen militar de
Zia U1 Hak, y entre otros detenidos, del jeque Mujibur Rah'
man, que pasó nueve años de su vida en la cárcel como caudillo

118
del independentismo bengalí y jefe de la liga Awami. Estas me­
didas de gracia llegan tarde, con el país estremecido por las huel­
gas generales y las manifestaciones. Sólo hay una salida, la que
pide la calle, la retirada de Ayub. El ejército piensa que antes de
que la situación se deteriore aún más debe proceder al cambio de
nombres para salvar su permanencia en el poder. Es por lo tanto
necesario el sacrificio de Ayub. En marzo de 1969 entraba en
escena otro general discípulo de Ayub, Yahia Khan. Pero el
nuevo strong man, hombre fuerte, fue incapaz de hacer de dos
naciones separadas una sola. Las desigualdades, el trato de favor
al oeste sobre el este, el abandono de los bengalíes siguen en pie.
«A pesar de las buenas intenciones de Yahia Khan, la misma
catástrofe se repite con él, escribe David Loshak1, sólo que por
razones de psicopatología en un proceso más rápido y cruel.» La
explosión demográfica del este no era ajena a la profundización
de la crisis. En el momento de la partición contaba con 40 millo­
nes de habitantes, ahora con 18 más. 250.000 personas más al
mes en un área la mitad que Inglaterra. Aquí se cumplían las
previsiones de Malthus: el crecimiento de la población saltaría
por encima de la posibilidad de alimentarla.
Había otros elementos de discriminación del oeste con res­
pecto al este, en el seno del ejército, de la administración, de los
poderes legislativo y judicial. Las grandes inversiones se reserva­
ban para el oeste. De esta manera, el Pakistán Oriental se con­
virtió en colonia del Occidental, en zona de explotación al al­
cance de las 22 familias, los Saigols y los Valikas (industrias quí­
micas y textiles), los Habibs, Hyssons, Dawwodos. Francys, los
Adamjees (yute y textiles), los Haarons (prensa y fabricación de
automóviles), que controlan, según Loshak, dos tercios de la es­
tructura industrial del país y cuatro quintas partes del sector ban-
cario y de las compañías aseguradoras.
En este panoram a, el jefe del movimiento bengalí, M ujibur
Rahman, Mujib para sus partidarios, envía un torpedo a la línea
de flotación del régimen militar, su programa de reivindicaciones
en seis puntos. El novelista bengalí Seyd Waliullah, en su novela

' David Loshak, Pakistan Crisis, Heinemann, Londres. 1971.

119
Lal Shalu, describe la frustración del este1: «Que nadie se asom­
bre al ver tanta agitación entre aquellos que, aunque arrancan
cuanto pueden a la tierra, se ven acosados por el hambre. En
esta región superpoblada donde el cielo es tan azul y los campos
tan verdes, donde no hay rocas, ni piedras, ni arena, ni polvo, la
insatisfacción es perpetua, la agitación intensa. Si no logran huir,
sólo les queda luchar. La tierra no conoce reposo; exhausta, no
recibe nada de los seres rapaces que le chupan la sangre. Son
demasiado numerosos en este suelo violado, asolado, oprimido,
que no puede producir ni dar nada más».
El jeque Mujibur Rahman interpreta en el plano político la
angustia y la amargura de los bengalíes: «Para superar la crisis
por la que atraviesa la nación es preciso ante todo buscar las
causas. Estas causas son tres: la privación de la libertad política;
el sentimiento de injusticia social experimentado por las muche­
dumbres de nuestro pueblo; el profundo descontento creado por
las disparidades económicas cada vez mayores entre las regio­
nes». Así ofrece su plan de seis puntos: estado federal y parla­
mentario; el gobierno federal controlará sólo los asuntos de de­
fensa y de exteriores; elección entre dos monedas o una sola,
pero con una política fiscal separada que evite la evasión de capi­
tales del este hacia el oeste; el gobierno federal no marcará la
política impositiva; cada uno de los estados federados podrá lle­
gar a acuerdos comerciales con terceros países; los estados
podrán encuadrar sus fuerzas militares y paramilitares propias.
A este plan Mujibur lo llama «nuestro derecho a la existencia».
Las elecciones recientes, con la victoria en toda la línea de la
Liga Awami, le permiten jugar fuerte. Mujib tiene todas las con­
diciones para arrastrar a las masas, es un orador percútante, sen­
cillo en la argumentación, sólido en la exposición, atractivo,
magnético. Ha sido un mal estudiante, en el Colegio Islamiade
Calcuta, pero un implacable organizador, un líder universitario
en Dacca, donde estudia derecho y galvaniza a los estudiantes.
Ha convertido con el tiempo a la Liga Awami en una temible
‘fuerza política. Fum ador inveterado de pipa, es alto y corpu­

1. Seyd Waliullah, L'arbre sans racines, Le Seuil, París, 1963.

120
lento, la contrafigura de un Gandhi, con mostacho poblado,
gruesas gafas de concha. Ha pasado diez años en la cárcel, «su
segunda casa», como él la llama. Es maximalista en las formas
pero moderado en la negociación, un conservador. El régimen
militar hace lo que puede para desacreditarle, para destruir su
carrera política, y lo mezcla en una conspiración inexistente en
combinación con la India, el «complot de Agartala».
Mientras tanto, el ejército del este recibía del oeste la licencia
para m atar, para ahogar en sangre la protesta. Los tribunales
populares de la democracia básica quemaron vivos a cientos de
condenados, los pasaron a cuchillo, decapitaron y crucificaron.
El general Yahia Khan es un soldado que ha combatido con los
aliados. No tiene experiencia política y conduce al país con su
bastón de em puñadura de plata. Es bebedor y mujeriego. La
gravedad de la situación le dicta la iniciativa: se entrevistará en
Dacca con M ujibur Rahman. Otro tanto hará Zulfíkar Ali
Bhutto, fundador del PPP, Partido Popular Pakistaní, el único
líder político pakistaní de talla nacional. El objetivo es el mismo:
descubrir una salida al irredentismo del este. Bhutto será el
hombre que reemplace a los militares, la pieza de recambio civil,
tras la derrota de Bangladesh.
La entrevista de Yahia Khan con Mujibur estimuló algunas
esperanzas. El nuevo presidente afirmaba que el ejército no te­
nía ambiciones políticas. Volvería pronto a los cuarteles. Nom­
bró un gobierno en el que figuraban cinco bengalíes y prometió
elecciones generales en el plazo de dieciocho meses. El presi­
dente se permite en este clima de pacificación dar un consejo a
Mujib: «Póngase de acuerdo con el Partido Popular Pakistaní de
Ali Bhutto». Según algunos testigos, al terminar su entrevista y
en el momento de la despedida dice, señalando al dirigente de la
Liga Awami: «He aquí a mi futuro primer ministro».1
Por su parte Bhutto viaja a Dacca el 17 de enero. Las pers­
pectivas son óptimas. Mujib le ha enviado un mensaje verbal:
«Es necesario que nos ayudemos mutuamente para eliminar al
ejército de la política y enviarlo a sus cuarteles». Pero ese clima

1- Paul Dreyfus, op. cit.

121
de entendim iento está lejos de confirmarse en la realidad. Según
algunos, Bhutto teme la «bengalización» del Pakistán; según
otros se produce algo más simple, el choque de dos polos opues­
tos, el progresista Bhutto y el conservador liberal M ujib. Esta es
una hipótesis convincente. Ali Buttho no desea rivales.
Conocí a Bhutto en Lahore, la ciudad de Kipling, la de am­
plias avenidas y edificios coloniales de ladrillo rojo, donde trece
años después le condenaron a m uerte. O diaba a los militares,
que le descabalgaron del poder, le acusaron, sin pruebas, de in­
tento de asesinato de un adversario político y por fin, después de
desafiar las peticiones de clemencia de todo el m undo, el general
Zia lo m andó a la horca.
Zulfikar Ali Bhutto era un «animal político» contradictorio.
Quizá por eso nos atraía tanto a los periodistas que le conoci­
m os... Tenía fuerza. E ra brillante, de la estirpe de los Sukarno
y de los Sihanuk. Como al prim ero, le gustaban mucho las
m ujeres y los golpes de efecto y como al segundo los gestos po­
pulistas, los viajes en helicóptero a las regiones devastadas para
regalar juguetes a los niños. Y como am bos, siempre fue amigo
de los discursos, largos, vibrantes, m elodram áticos, de los ba­
ños de m ultitudes. E ra listo, arrogante, arbitrario, astuto, im­
previsible. «Ha nacido para convencer, engañar y está nutrido
al mismo tiem po de olfato, de m em oria y de un gran señorío»,
escribió O riana F allad en su Entrevista con la historia} Fasci­
naba a las periodistas occidentales. H abía em pezado su carrera
política muy pronto, a los treinta años, como ministro de Ayub
Khan. E ra nacionalista y partidario de un socialismo muy sui
generis. Le han com parado con el reform ism o de Léon Blum.
Se opone a la D eclaración de T ashkent, que define como una
«capitulación vergonzosa». H abla un inglés refinado, bebe
whisky con generosidad y juega al golf m ejor que James Bond.
H abría que añadir a todos estos datos externos su ambición sin
respiro, sus zigs zags proverbiales, sus maquiavelismos, sus sal­
tos de hum or, sus legendarios accesos de cólera. Siempre he
creído que en la India odiaban a este hijo de t e r r a t e n i e n t e s

1. Oriana Fallad, Entrevista con la historia, Noguer, Barcelona, 1975.

122
pero le temían, le admiraban en secreto. No es extraño por lo
tanto que Indira Gandhi le hubiera llorado a la hora de una
muerte tan cruel como injusta.
El único político al que se le podía comparar es a Ah Jinah,
muerto de tuberculosis después de la independencia. Bhutto
despreciaba a los militares. No se lo perdonarían nunca. Era el
único capaz de hacerles sombra. No era un político coherente y
sabía organizar el «pucherazo» en unas elecciones, pero él
mismo había dicho alguna vez, citando a John Locke, «la cohe­
rencia es una virtud de las mentes pequeñas». Era elástico, mó­
vil. «Ahora caliente, ahora frío», acostumbraba a decir. A pesar
de sus evidentes defectos, sorprendía por su rapidez de reflejos,
la seguridad en sí mismo, sus citas de Shakespeare. El ex vice­
presidente norteamericano Rockefeller dijo de él, tras acompa­
ñarle en uno de sus baños de popularidad y baby kissing: «No me
gustaría tenerlo enfrente en unas elecciones». Bhutto admiraba a
Genghis Khan y a Napoleón, pero al mismo tiempo se conside­
raba socialista, un materialista dialéctico, un marxista en lo eco­
nómico. Su campaña en las elecciones de 1970 que le dieron el
triunfo (congelado por los militares), se hizo sobre la base de
este slogan: «Pan, casa, ropa». Una vez en el poder, puso en
marcha un program a de redistribución de tierras, salario mí­
nimo, seguridad social que asustó a los burócratas del Pakistan
Civil Service, y a la clase dominante de las 22 familias que con­
trolan el aparato industrial. Se apoyó en los universitarios, los
intelectuales, los campesinos y el lumpen de los trabajadores de
las grandes ciudades. Su programa produjo en las masas un
efecto de dignidad y de impaciencia por la redención. Sorprendía
que toda esa ola de reformas procediera de un hijo de la oligar­
quía educado en Berkeley y luego en Oxford. Le faltó coraje
para rematar su program a, autocrítica, resistencia a la adulación
y a la corrupción de algunos de sus colaboradores. Tres políticos
de Asia, Bhutto, Indira Gandhi y Sirimavo Bandaranaike, de Sri
Lanka, eran de tendencia populista, procedían de la aristocracia.
Los tres vacilaron entre la ruptura económica y el compromiso
con los poderes fácticos. Los tres, también, cometieron abusos
de poder.

123
Zulfikar Ali Bhutto murió en la horca como había vivido, con
orgullo. No solicitó clemencia.
Después de su entrevista en Dacca con Mujibur afirmó crípti­
camente: «No se pueden resolver en tres días los problemas de
veinte años». Mientras tanto, un nuevo instrumento de aniquila­
ción se abate sobre el Pakistán Oriental, es el monzón en toda su
furia. Los ríos se hinchan y arrem eten como bestias heridas. Se
llevan todo a su paso. El ciclón sobre Bengala es un jinete del
Apocalipsis.
9
El ciclón

Descubrí el monzón en Lahore. «Las nubes, escribió el poeta


hindú Kalidasa, avanzan como reyes entre tumultuosos ejérci­
tos; sus estandartes son los relámpagos y los truenos, sus tambo­
res.» La atmósfera se cargó electromagnéticamente en cuestión
de segundos, los árboles se combaron ante la embestida del
viento y todo el polvo del mundo se adueñó de la ciudad. Vola­
ban las basuras, se arremolinaban los papeles, se desgañifaban
los gorriones y ladraban de pánico los perros. Se hizo la noche de
golpe. Los coches, bajo la barrera de agua encendían sus faros
mientras se cortaba la luz ante el aparato de la tormenta. El délo
tembló como si lo cruzaran dos mil aviones a reacdón. Llovía
apasionadamente y las gotas eran gruesas como cacahuetes. Las
lluvias del monzón son tan breves como intensas. La tierra está
ahita de agua. Cuando la lluvia cesa del todo vuelve a escucharse
con claridad el graznido de los cuervos.
Después de tantos meses de sequía el monzón vino a restituir
el equilibrio cíclico. E ra el comienzo de la estadón de las lluvias
y los niños palm oteaban felices sobre los charcos. Pero aquellos
monzones que devolvían la vida a los campos resecos, agrieta­
dos, podían tam bién, en su exceso, traer la ruina y la desolación.

125
«En el extremo sur, escribe Sayed, son los grandes y profundos
ríos los que dictan la ley. Los campos no aprisionan su lecho,
como ocurre en el norte, donde la tierra es la reina y los ríos son
esclavos. Los poderosos ríos del sur no admiten barrera alguna,
ni siguen ningún curso definido. D urante la breve estación seca,
apenas revelan sus contornos; es como si se negasen a admitir sus
límites. Con la llegada del monzón recuperan toda su fuerza,
toda su violencia. Crecen y hacen ostentación de sí mismos, se­
m ejantes a un ejército de conquistadores, devastando llanuras
enteras, que parecen batirse en retirada ante el avance de las
aguas.» La noche del 12 al 13 de noviembre de 1970 el ciclón
cayó en trom ba sobre el sur de Bengala. E ra el mayor desastre
sufrido por la hum anidad desde la segunda guerra mundial. El
dios de la fertilidad trae ahora la m uerte. En menos de seis ho­
ras el ciclón se tragó a medio millón de personas. Según otras
estim aciones a un millón. Los cadáveres recuperados fueron
277.000, pero no se sabe lo que el agua se llevó hacia el golfo de
B engala.
Los vientos soplaron a 170 kilóm etros por hora y a lo largo de
la costa nada pudo resistirles, las chozas de bambú, los puentes
más frágiles, los hom bres, las bestias. El ciclón puso al descu­
bierto una vez más la vulnerabilidad, el abandono del Pakistán
oriental, su indefensión ante la naturaleza. Los satélites meteo­
rológicos advirtieron que el huracán se desplazaba hacia el nor­
oeste p ero en Bengala nadie movió un dedo. Para un pueblo
tan castigado era como una nueva e inevitable maldición del
cielo. Sin refugios, equipos de rescate, sin comunicación por ra­
dio, sin em barcaciones suficientes para evacuar a los campesinos
sorprendidos en el delta del Ganges en plena cosecha, se elevó
en pocas horas a centenares de miles el núm ero de las víctimas. El
gobierno de Islam abad se cruzó de brazos. Bengala no se lo per­
donaría nunca: el tornado con su intensidad y el volumen de su
furia se convirtió en el argum ento final para la lucha por la inde­
pendencia. El golpe del ciclón fue de tal impetuosidad que hasta
los buitres se retiraron de las bocas del Ganges. El gobierno mil'*
tar no las declaró zona catastrófica. Todo el esfuerzo se concen
tró en ocultar de form a vergonzante la dimensión de aquella ca

t
lamidad. El furor y el resentimiento crecieron en todos los
corazones de Bengala con la intensidad del huracán. El presi­
dente Yahia Khan, que se encontraba de visita oficial en Pekín,
hizo un alto en Dacca para sobrevolar en helicóptero las áreas
afectadas. Lo que vio desde arriba apenas le impresionó. Su
comentario ilustra la insensibilidad de los políticos del Pakistán
Occidental para comprender el alcance de aquel calvario: «No
ha sido tanto como me habían dicho». Con los equipos de rescate
paralizados, con un solo helicóptero para cubrir una tragedia tan
extensa, M ujibur Rahman guardó un cauto y doloroso silencio
durante unos días. Por fin estalló sin límites toda su indignación
moral. Acusó al Gobierno de negligencia criminal. «Ellos,
afirmó, son los responsables de un asesinato a sangre fría y
merecen por ello el más severo de los castigos. Han sido lentos e
insensibles. Los millonarios de la industria textil no nos han dado
ni un metro de tela para nuestras mortajas. Tienen un ejército
numeroso pero han dejado que los marines británicos, llegados
de Singapur, enterraran a nuestros muertos.»
Al caer sobre Bengala el primer monzón que precedió al gran
huracán, el presidente decidió retrasar las elecciones. Esta vez
Mujibur amenazó con una guerra civil si el desastre natural daba
pie a un nuevo aplazamiento. Después pronunció unas proféticas
palabras: «Si el millón de muertos bajo el ciclón no basta,
sacrificaremos otro millón para que Bangladesh sea libre».1 En
Dacca, el presidente Khan convocó a los periodistas: «Mi go­
bierno dijo, no es un gobierno de ángeles pero hemos hecho lo
que hemor nodido». Mientras los funcionarios vendían en las
aldeas devastabas los víveres enviados por las ayudas internacio­
nales, el Papa Pablo VI hizo un alto en Dacca camino de Filipi­
nas.
Cuando las nubes se despejaron, cuando las aguas se calma­
ron entre el verde de los arrozales y los campos de yute, entre el
bálago, las palm eras, los cocoteros, el bambú, los tamarindos,
los banianos derribados, apareció sobre el fango el resultado
final del cataclismo: cadáveres hinchados, búfalos y animales

' David Loshak, Pakistan crisis, Heinemann, Londres, 1971.

127
muertos, granjas destrozadas, postes caídos y algunos supervi­
vientes a la deriva agarrados a los búfalos hinchados.
Las elecciones se celebraron en diciembre, a un mes del ciclón.
El índice de participación fue muy alto, 40 millones, y los resulta­
dos no sorprendieron a nadie. Mujibur Rahman y su Liga Awami
ganaron 151 de los 153 escaños en disputa y en el oeste Zulfikar
Ali Bhutto y su Partido Popular obtuvieron 81 de los 138 escaños.
Sin embargo, la falta de entendimiento entre los dos vencedores
decide al general Khan a aplazar la convocatoria de la Asamblea
Constituyente. Su declaración por radio cae como una bomba en
el Pakistán Oriental: «Hoy el Pakistán se encuentra, dice el 1 de
marzo de 1971, ante su mayor crisis política. La confrontación
política entre los jefes del Pakistán Oriental (Mujibur) y el Pa­
kistán Occidental (Bhutto) ha proyectado una sombra de tristeza
sobre toda la nación. He decidido trasladar a una fecha posterior
la convocatoria de la Asamblea Constituyente».
La muchedumbre, armada de varas de bambú, palos de hoc­
key, acude en Dacca al parque de Paitan. Acaba de escuchar el
discurso del general. De pronto alguien grita «Joi Bangla» y en
un efecto multiplicador de voces y espíritus la capital estalla bajo
el grito nacional, «Viva Bengala». Se queman banderas pakista­
níes, se incendian comercios, se saquean almacenes. Mujibur,
que ha estado reunido con sus consejeros, proclama la huelga
general para el día siguiente. Es la revuelta institucionalizada. El
presidente Khan lo sabe y prepara a su ejército para lo peor.
Acaba de nacer Bangladesh. Es el caos. Los voluntarios del ser­
vicio de orden de la Liga Awami se m uestran impotentes para
contener a los agitadores. A hora, en medio del colapso del país,
Mujib utiliza las armas de Gandhi, la no violencia, la desobe­
diencia civil, la resistencia pasiva. La vida del Pakistán Oriental,
que todos llaman ya sin tem or Bangladesh, se paraliza. A pesar
de todo, las consignas de no violencia se convierten en días de
terror, de xenofobia. Es la semana trágica. El ejército se man­
tiene en sus acuartelamientos. Espera órdenes. El general Khan
lanza una descompasada advertencia: «Ocurra lo que ocurra,
mientras yo esté en el mando m antendré la integridad absoluta
del Pakistán».

178
Los soldados engrasan sus fusiles. La carnicería se acerca.
Los aviones comerciales de Karachi con dirección a Dacca hace
semanas que salen llenos. Son soldados disfrazados de civiles.
Así, con este puente aéreo intensivo el ejército de ocupación del
Pakistán Oriental pasa de los 40.000 a los 60.000 hombres. El
sábado, cuando el presidente pakistaní pronuncia su discurso de
apercibimiento, un hombre, rodeado de sus consejeros, lo escu­
cha con suma atención en su casa de Dacca. Era Mujib, que al
día siguiente había convocado a su pueblo en el hipódromo. To­
dos, incluido el ejército pakistaní, esperaban la declaración de
independencia de Bangladesh y por lo tanto el comienzo de una
sangrienta guerra civil. Había que elegir entre la prudencia y la
violencia. M ujibur eligió la primera. El día siete, a la hora pre­
vista, el hipódrom o, enclavado en la zona residencial, está cu­
bierto de cientos de miles de militantes de la Liga Awami. «Esta
es nuestra lucha de liberación», autonomía en lugar de abierta
independencia. Mujib teme las consecuencias de un llamamiento
inmediato a la sedición, el baño de sangre, la anarquía. En su
petición de cinco puntos insiste en la abolición de la ley marcial,
el regreso de los soldados a sus cusírteles, una investigación sobre
los actos de represión del ejército y el cese del envío de unidades
desde el otro lado del Pakistán. Mientras tanto decreta la cam­
paña de desobediencia civil, la huelga general a cambio de una
alternativa, eso sí, cada vez más estrecha, para la negociación
con el Gobierno central. Las órdenes de Mujib se cumplen a
rajatabla. La vida del país se inmoviliza, se detiene. Los ex­
tranjeros comienzan a evacuar en masa.
Todos los elem entos en juego, políticos, psicológicos, socia­
les, empujan hacia la revuelta. «Cada vez quedaba menos espa­
cio para el compromiso», me contaba el capitán Mansur de los
Mukti Bahini, al analizar la evolución de los acontecimientos.
¿Creía aún el líder de la Liga Awami en la posibilidad de un
arreglo pacífico? Lo cierto es que el presidente Khan hizo un
nuevo esfuerzo para detener lo inevitable y acudió a Dacca para
mantener una nueva entrevista con el padre de la patria, presio­
nado por sus consejeros más fogosos, para dar el paso final, la
solución militar y revolucionaria. Mujib negocia con una mano y
con la otra calma a sus partidarios cuando el presidente Khan
llama a Bhutto para que se una a las negociaciones. Dacca está
llena de banderas de Bangladesh. El 22 de marzo la baraja se
rompe y sin más dilación, sin explicaciones, sin discursos de des­
pedida, el general presidente y Ali Bhutto regresan a Karachi.
Los soldados cargan ahora sus fusiles y Mujib prepara a los suyos
para el sacrificio final. La última oportunidad de un acuerdóse
había perdido. «Después, resignado, escribe Losak, se encerró
en su casa para esperar lo inevitable. La mayor parte de sus con­
sejeros que no tenían madera de mártires corrieron hacia la fron­
tera para refugiarse en el santuario indio.» Esa noche comenzó
el holocausto.
Los generales, reunidos en cónclave al oeste, partidarios de
la represión para acabar con el secesionismo bengalí, dieron esa
misma noche la orden de matar. Pero antes tomaron las precau­
ciones suficientes para eliminar a los testigos. En la víspera sici­
liana ocuparon el hotel Intercontinental de Dacca y pusieron en
un avión a todos los periodistas. Pero dos de ellos burlaron a la
policía. Uno de ellos era un buen amigo, el fotógrafo francés
Michel Laurent, al que vi por última vez en Saigón pocos días
antes de su muerte en la batalla de 1975. El general Yakub, hasta
entonces gobernador general de la Bengala Oriental, cesa en el
cargo, por su voluntad de negociar, por su indulgencia, y los
generales envían al más duro de los suyos. Le llaman el verdugo
de Beluchistán. Es Tikka Khan. «Déme las tropas suficientes,
pide al presidente, y aplastaré a estos separatistas bengalíes en
menos de cuarenta y ocho horas.»
Los carros de combate penetraron en Dacca. Conozco a tra­
vés de la narración que me hizo Michel Laurent lo que sucedió
esa noche. El primer objetivo del ejército se cumplió en la Uni­
versidad y en el sindicato estudiantil, la punta de diamante déla
oposición al régimen militar. Trescientos estudiantes y profeso­
res fueron pasados por las armas en el primer asalto. Sus cuerpos
fueron quemados o arrojados a un lago próximo. Tres batallo*
nes, artillería, motorizada e infantería prosiguieron su «trabajo»
en las calles. Prendieron fuego a la sede de la Liga Awami* que*
marón los edificios de los periódicos. En el barrio hindú sacaron

no
a la calle a sus habitantes y los ejecutaron en masa a las puertas
tic sus casas. Pero el corresponsal del «Daily Telegraph», que se
encontraba junto a Laurent, cuenta que lo peor está por venir.
«Poco antes de ocultarse el sol, escribe, el tiroteo se paró y un
horrible silencio se apoderó de la ciudad. Al mediodía, de nuevo
sin aviso previo columnas de tropas entraron en la parte vieja de
la ciudad y durante las once horas siguientes procedieron a des­
truirla de forma sistemática a sangre y fuego. Era allí donde el
jeque Mujibur Rahman tenía la más firme base de apoyo. Fusila­
mientos, incendios, violaciones. Durante dos días continuó el
pogrom extendido a todo el país.»
Michel Laurent calculaba que unas siete mil personas fueron
exterminadas en esos dos días de terror. Mientras continuaban
las e jecuciones, indiscriminadas o selectivas de la intelectualidad
bengalí, el ejército hizo público un comunicado: «Dacca vuelve a
la normalidad». La respuesta de la resistencia no se hizo esperar:
«El Movimiento Nacional de Liberación de Bengala Oriental, se
lee en una de las proclamas, ha comenzado. Propagad por todas
estas partes esta buena nueva. Patriotas, revolucionarios, tomad
las armas. Defensores, proveeros de las armas adecuadas para
detener al enemigo. Cortad los caminos, puentes, vías férreas.
Preparad bombas, cócteles Molotov en todas las casas. Recor­
dad que el combate será encarnizado. Sin las tácticas de la guerra
de guerrillas no podremos derrotar al enemigo. La victoria de
Bangladesh es irreversible. Nos hemos quitado de encima el
yugo del colonialismo pakistaní. ¡Joi Bangla!»
Hacia la una y media de la mañana, un pelotón de soldados
llamó a la puerta de la casa de Mujibur en el número 32 de
Dhanmandhi Lañe. Al llegar dispararon al aire y sobre la casa.
—Señor, le esperamos abajo, dijo el oficial.
—Sí, estoy preparado, respondió Mujib con sangre fría, pero
no es necesario que disparen. Todo lo que tenían que haber he­
cho era llamarme por teléfono y hubiera acudido.
Allí se perdió su pista. D urante meses se especuló con que
había muerto, pero en junio el general Yahia Khan anunció que
tenía prisionero en un lugar remoto del Pakistán Occidental y
l|ue sería sometido a juicio sumarísimo por «alta traición». Des-

131
pues, los so ld a d o s de Tikka Khan continuaron con el uso de la
fuerza y el terror. «Se ove primero el crepitar de las ráfagas de
ametralladora, a las que responde el castañeteo seco de los dis­
paros de fusil, atestigua Dreyfus. Suenan luego las ametrallado­
ras ligeras, seguidas muy pronto por el lento y continuo tic-tac de
las ametralladoras pesadas, instaladas en los vehículos. Final­
mente varias explosiones conmueven los barrios, mientras los
incendios taladran las tinieblas. Luego se escucha el chirrido de
las orugas y el motor diesel de los blindados. Los tanques acaban
de entrar en acción.» Para la represión, la demolición de las pri­
meras barricadas, todas las armas son buenas: lanzallamas, lan-
zagranadas, artillería antiaérea. Los militares pasean a Ali
Bhutto, que se encuentra en Dacca, por la ciudad despedazada.
«Gracias a Dios, afirma al llegar a Karachi, la unidad e integri­
dad del Pakistán se han salvado de milagro.» Simón Dring trans­
mite a su periódico: «En nombre de Alá y de un Pakistán unido,
la ciudad de Dacca está siendo aplastada en el terror». Es la paz
de los cementerios. «La Gestapo entra en Dacca», titula su des­
pacho un corresponsal. Los refugiados que llegan a la frontera
india no ahorran detalles sobre el horror de lo que han visto.
Sólo el genocidio de Pol Pot en Camboya es comparable cinco
años después al drama pakistaní. El cuadro de las atrocidades
cometidas por unidades del ejército no parece tener fin: «Casas
incendiadas, pueblos aniquilados por los lanzallamas, niños de­
gollados, mujeres con las entrañas al aire, muchachas con los
senos cortados, hombres castrados, rehenes con los ojos vacia­
dos, prisioneros muertos a golpes, rebeldes quemados vivos en
sus jergones o ahogados en sus pozos».
Cuando llegué a Calcuta, la resistencia estaba organizada,
armada y encuadrada por los oficiales indios. No tardaría todo el
mundo en quitarse la careta. ¿Se había convertido la India de
Gandhi en una potencia imperialista, como asegura en su libro
Bernard-Henri Levy? El hecho es que la India era el primer fa­
bricante y exportador de armas del Tercer Mundo. Escribe Ber-
nard-Henri Levy: «Pakistán está condenado por las grandes po­
tencias, que necesitan un ejecutor para que el país bengalí se
convierta en un monstruoso aborto nacido sobre el cadáver de la

132
revolución». ¿Por qué la India?, se pregunta el que luego for­
mará parte de los «nuevos filósofos» franceses. «Porque tiene
viejas cuentas que arreglar con Pakistán, porque el ejército arde
en deseos de entrar en acción, porque la opinión presiona sobre
el gobierno para que intervenga, porque el país se viene abajo
con la presencia de los refugiados y porque la vieja querella de
Cachemira, caliente todavía, puede reanimarse, se necesita un
casus belli. .. Pero ¿por qué diablos la India se prestó tan fácil­
mente al juego? O m ejor dicho ¿cómo la India de la no violencia
y del respeto a la verdad y a la vida del Mahatma Gandhi pudo
contradecir tan crudamente sus principios sacrosantos?»1
La India consagra ya al presupuesto de Defensa un tercio del
presupuesto nacional. El hinduismo deja de ser aquí la religión
del amor. Predica la resignación sólo a los débiles y a los oprimi­
dos. Para los demás, «las almas bien nacidas, brahmines y otros,
aparece más bien como una doctrina de la dominación y una
“exaltación de la voluntad de poder”».2 En esta frenética des­
trucción de mitos, la India militarista, que aprovecha la coartada
para debilitar al Pakistán para siempre, romper el equilibrio de
fuerzas en el subcontinente y resolver la cuestión de Cachemira,
cuando la India, incluido Nehru, había aceptado un plebiscito
bajo la supervisión de las Naciones Unidas, hay otro aspecto que
aparece al hilo de los acontecimientos. El pueblo bengalí, ves­
tido de «dothi», de apariencia indolente y pacífica, demuestra
una preparación inusitada para la crueldad. Para Indira Gandhi,
el conflicto por Bangladesh tiene una virtud suplementaria: le
permite llevar a cabo una operación de limpieza de la extrema
izquierda, los naxalitas, los maoístas, en suma, los anti social
elements. Rastrea los barrios subversivos, detiene y ejecuta. En
septiembre, o sea tres meses antes de la batalla final de Bangla­
desh, no queda un solo naxalita en la superficie.
Al comienzo de la guerra, los insurgentes de Bangladesh for­
man un conjunto heteróclito, en su mayoría desertores del East

1 Bcrnard-Henri Levy, Bangla Desh, nationalisme dans la révolution ,


Maspcro, París, 1973.
Philippe Gavi, Le Triangle indien, Du Seuil, París, 1972.

133
Pakistan Rifles y el East Bengala Regiment. El resto son estu­
diantes y campesinos con armas antediluvianas. La India y el
llamado «gobierno provisional de Bangladesh», instalado en
Calcuta, se encargará de encuadrar y adiestrar a la guerrilla de
los Mukti Bahini, a los que entregan armas modernas, y hacen
operacional ya que no regular ese ejército. Las emisoras clandes­
tinas funcionan también desde la India. La India tiene sumo cui­
dado en evitar la instalación de un caballo de Troya comunista o
maoísta en Bangladesh. Este encuadramiento es el primer paso
para una intervención directa, física, del ejército indio en Ban­
gladesh, que el anciano líder maoísta Basani quiso convertir en
un Vietnam. Pero desde el terreno comprobamos que los ins­
tructores indios estaban al otro lado desde agosto, en la organi­
zación de la guerra de guerrillas, fácil en un terreno con tantas
defensas naturales, corrientes de agua, jungla, pantanos, y sobre
todo en las operaciones de sabotaje. De esta manera, la India
organiza todo un cinturón de seguridad sobre la frontera con
Pakistán Oriental, una franja propia, una zona liberada que con­
vierte en santuario y rampa de lanzamiento de sus operaciones.
Hasta que los carros de combate dejan atrás a los guerrilleros y
el general Aurora avanza sobre Dacca y la libera el 16 de diciem­
bre de 1971.
En junio, el paso hacia la organización de la guerrilla se ha
dado desde los Mukti Fuj a los Mukti Bahini. Es una situación
nueva, más popular que militar, «más una guerrilla que una gue­
rra». La India hará todo lo posible para que esta organización
armada adquiera a los ojos de los corresponsales de guerra unas
características propias, autónomas: un movimiento de liberación
más que una sucursal del ejército indio. Pero no había que lla­
marse a engaño: la sede del gobierno de Bangladesh, situada en
clave en la ficción en Mujibnagar, estaba en realidad en Calcuta,
lo mismo que sus emisoras clandestinas que transmitían desde
este lado de las líneas pakistaníes. La eficacia de la guerrilla ben­
galí se medía más en términos logísticos y de soporte que opera­
ción ales. El derrumbamiento del ejército pakistaní, buen com­
batiente y armado, sólo se consumó al acabársele las municio­
nes, al fallar las líneas del aprovisionamiento y sobre todo con la j

134
penetración de los blindados del general Aurora y el estallido de
la guerra en el frente del Oeste. Cuando entré con los Mukti
Bahini en B angladesh, pude comprobar su grado de entrena­
miento y la utilidad de su arm am ento. Eran la comparsa de los
carros indios. Su labor era muy útil en el hostigamiento y en la
diversión de las fuerzas enemigas, pero no en el K.O. final. En
los campos indios de adiestram iento aprendieron los rudimentos
del oficio guerrillero. M uchos de ellos conocen la complicada
geografía del país y guiarán a las unidades indias a través de los
riachuelos y los puntos más frondosos de la selva virgen.
El com andante en jefe de la guerrilla bengalí, Mohamed Os-
mandy, me explicó así el nacimiento de los Mukti Bahini: «Antes
del 25 y 26 de marzo de 1971 no teníamos intención de poner en
pie un ejército. Surgió aquella noche trágica en que el ejército
pakistaní lanzó su cam paña para exterminar a ios que conside­
raba responsables del movimiento secesionista bengalí».
Pregunté al coronel Osmandy por su ideología.
—Yo soy un soldado profesional, respondió, educado en la
tradición de que el soldado no debe intervenir en política. El
diecinueve de m arzo, cuando comenzaron a extenderse los ru­
mores en torno a la intervención del ejército pakistaní, el jeque
Mujibur me pidió que reclutara a los veteranos oficiales benga-
líes. Les hice llegar una circular clandestina con tres puntos: olví­
dense de la política, eviten que los desarmen y en caso de repre­
sión o ataque respondan con la mayor rapidez posible. Mi impre­
sión es que si los pakistaníes hubieran limitado su acción contra
determinados políticos, los bengalíes del ejército y la policía se
hubieran m antenido neutrales. Sólo cuando comenzó el genoci­
dio, cuando recibimos información de que el ejército pakistaní se
preparaba para m atar a nuestros intelectuales, nuestros profeso­
res, médicos, abogados, nos levantamos en armas como un solo
hombre. Así, el ejército pakistaní creó de la noche a la mañana y
sin pretenderlo a los M ukti Bahini, que yo prefiero llamar Gono
Bahini o sea guerrilleros del pueblo.
Al principio, después de la represión pakistaní, este ejército
estaba formado jíor bandas de desesperados, armados de lanzas
de bambú y m ucha retórica hafcta que Radio Bangladesh les

135
transmitió el 25 de marzo el mensaje grabado de Mujibur, encar­
celado. El Pakistán Oriental se convirtió en la República Popu­
lar de Bangladesh. La orden era reorganizarse y atacar a los «in­
vasores».
La tarea de los corresponsales de guerra se convirtió, con
breves incursiones en Bangladesh para regresar a Calcuta, en un
esfuerzo cotidiano por mantener la cabeza fría. La intoxicación
de la prensa india era tal que algún periódico daba la cifra de
25.(XX) bajas enemigas por día.
La realidad era bien distinta. El ejército pakistaní mantenía
el control de las grandes ciudades y lo cedía en regiones de es­
casa o nula utilidad táctica y estratégica. Por medio del terror ha­
bía desalojado de los arrozales a la población civil que huía des­
pavorida hacia la India. En abril los refugiados eran ya más de
un millón. El presidente Yahia Khan, consciente de la moral de
sus fuerzas, arenga a los soldados y les dice: «La nación está or­
gullosa de las Fuerzas Armadas, a las que quiere y admira. Incli­
nemos nuestras cabezas en señal de gratitud a Alá todopode­
roso». En agosto los refugiados en camino desesperado hacia la
India eran nueve o diez millones.
El ejército pakistaní está mandado por hombres cuya inteli­
gencia no convenía subestimar pero al mismo tiempo daban
muestras de rudeza, de autosuficiencia, con el falso convenci­
miento de que representaban el espíritu nacional y el del Islam,
todo ello traducido en un «militarismo agresivo». Pero su error
más grave fue la ignorancia y su incapacidad de comprender al
país, de entender la situación del Pakistán Oriental. Su error fue
también creer que podría salvar al Pakistán con la exterminación
sistemática de los cuadros administrativos y la intelectualidad
bengalíes. Por último se equivocaron en su propio terreno al
creer que las tensiones secesionistas se resolverían por la vía mi­
litar. Los generales más sensatos quedaron en minoría frente al
Estado Mayor agresivo, que apostó por la solución final. Cuando
el periodista pakistaní Anthony Mascarenhas pregunta a un ofi­
cial por qué acaba de matar a un muchacho pakistaní de 24 años
llamado Abdul Bari, cuyo único pecado era mirar, sentado bajo
un mango, el paso de una patrulla, le responde: «Porque es pos*'

136
ble que fuera un hindú o un rebelde».1 De norte a sur, camiones
enteros del ejército transportaban cadáveres de civiles bengalíes
para arrojarlos a los ríos o enterrarlos en fosas comunes. El en­
tretenimiento de algunos soldados consistía en lanzar a los niños
recién nacidos al aire y ensartarlos con las bayonetas y matar a
las niñas hundiendo sus bayonetas en las vaginas. «Durante seis
días dedicados a recorrer el Pakistán Oriental con los oficiales de
la novena división, he podido comprobar de cerca, escribe Mas-
carenhas, la extensión de la matanza. He visto hindúes persegui­
dos de pueblo en pueblo, de casa en casa, y asesinados al fin
después de haber sido obligados a desnudarse para ver si estaban
circuncidados, como lo están los musulmanes. He oído los gritos
de dolor de aquellos a quienes se mataba a garrotazos en la co­
misaría de Comilla. He visto salir discretamente durante la no­
che, después del toque de queda, camiones cargados de cadáve­
res. Por la noche, en el bar de los oficiales, he oído con increduli­
dad a hombres, por lo demás decentes y honorables, alardear de
su lista de víctimas del día.
—Vamos, dilo ¿cuántos hoy? ¿Cuántos cerdos has matado?,
pregunta el comandante Rathore.
—Sólo doce.
Al día siguiente, el comandante Iftikar me confía apesadum­
brado:
—Sólo he podido incendiar sesenta casas. De no ser por la
lluvia hubiera prendido fuego a todo el barrio.
Esta es su «jihad», su guerra santa.

1 Anthony Mascarenhas, The rape o f Bangla Desh, Delhi, 1971,

137
10
«La India puede con todos»

«¿Adonde le llevo?, me preguntó el taxista sik de Calcuta con


su redecilla en permanente en la poblada barba, las fotografías de
Guru Nanak sobre el parabrisas y el «kirpan», el cuchillo, escon­
dido en el salpicadero.
--Al campamento de refugiados de Salt Lake City.
El terror desencadenado por el ejército pakistaní provocó el
movimiento de población más amplio de los tiempos modernos.
Muchos de ellos se concentraron en el campo de Salt Lake cercano
a Calcuta, «el lago de sal», llamado así por la sedimentación de sal
consecuencia de las inundaciones periódicas en la boca del Ganges,
ti señor Madurai, director del campamento, hubo de hacer frente
a graves problemas, desde que llegaron a Salt Lake los primeros
refugiados huidos de las bayonetas del general Tikka Khan.
—Hay refugiados que no se moverán nunca de aquí o que no
volverán a su país o que subirán hacía el Assam, de eso estoy se­
guro. Se han habituado a vivir aquí, pero el gobierno indio no
puede alimentarlos de por vida ni pagar las 2,77 rupias por cabeza.
Cuando termine la guerra tendremos que garantizarles un regreso
feliz y entregarles unas rupias para que se decidan a marchar.
En el campo desolado, sin una brizna de hierba, detrás de las

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alambradas de espino, los refugiados, con el susto todavía mar­
cado en la pupila, esperaban entre los equipos de desinfección su
taza de leche. Comprobé en el campo de refugiados hasta qué
punto el instinto comercial del hombre se desarrolla incluso en la
adversidad: había refugiados que trataban de vender su tazón de
leche o su ración de maíz y soja por unas «anas» (céntimos) o
cambiarla por algún objeto útil. Esto había obligado a la Cruz
Roja India a situar vigilantes en las cantinas con objeto de evitar
este insólito tráfico. Los aviones que despegaban del aeropuerto
de Dum Dum (donde se fabricaron por primera vez las balas
rompedoras del mismo nombre) tenían su pasillo aéreo sobre
Salt Lake. Los niños de diez años que aparentaban cuatro se
entretenían en apuntar con un trozo de bambú sobre la costra de
sal el número de aparatos que salían. Otros pintaban grotescos
soldados armados de bayonetas. O tros, en fin, sus poblados in­
cendiados. Los bengalíes, en un auténtico hormiguero humano,
se acercaban a mí con timidez. «Pregúntele al extranjero, decían
a mi intérprete, si la guerra ha term inado, si ha pasado por nues­
tra aldea y si está destruida.» Les respondí que la liberación de
Bangladesh estaba próxima. No me atreví a confesarles que ha­
bían sido destruidas seis millones de casas, que sus tierras podían
haber sido ocupadas por la ley del abandono de propiedad, que
Jos pakistaníes acabaron con miles de cabezas de ganado, que los
puentes estaban dinamitados, las granjas incendiadas. «Dono-
bad» respondían, gracias, gracias. Para entonces Bangladesh se
había convertido en una canción del beatle George Harrison.
—El concierto de Bangladesh de George Harrison ha en­
trado en la lista de discos más vendidos, me dijo Michel Laurent
al regresar al hotel en Calcuta. Como el poem a «Sonar Bangla»,
escrito cincuenta años antes por Tagore, la canción de Harrison
se convirtió en el himno del holocauso bengalí. «Sonar Bangla
ami tomay bhalabashi.» Pakistán impuso a la Bengala oriental el
empleo de un idioma extranjerro, el urdu de los panjabíes, de
raíces arábigas. La batalla por la lengua bengalí, de raíces
sánscritas, fue el primer paso hacia el movimiento nacionalista
Los jóvenes estudiantes de D acca y sus profesores (M ujibur
Rahman entre ellos) se aprestaron a defender su idioma. Era e

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año 1948. El inspirador de la idea de los dos Pakistanes y de la
partición, junto con el estudiante de Cambridge Rahmat Ali,
fundador también de la Liga musulmana, Mohamed Ali Jinnah,
habló en Dacca el 21 de marzo de aquel año de 1948. Y dijo en
su estilo seco, suficiente, algo que decepcionó sobremanera a los
pakistaníes del Este: «El urdu será en adelante la lingua franca
del país. El que diga lo contrario será considerado como ene­
migo del Pakistán». Para Ali Jinnah, el hombre del monóculo,
dos metros de estatura, setenta kilos de peso, el tuberculoso ob­
sesionado con el aseo, la elegancia en el vestir, y contra todas las
reglas de la religión, del vino de Burdeos y la carne de cerdo,
creía que la lengua era la compañera del Imperio. El elegante
abogado que calificaba a Gandhi, su polo opuesto, de «zorro,
algo así como un evangelista hindú», tenía horror a las masas
pero respetaba las formas de la democracia parlamentaria.
Los primeros disturbios estudiantiles comenzaron en Dacca a
raíz de aquel desafortunado discurso de Ali Jinnah. Los que hoy
se aprestaban para la lucha con Mujibur, encerrado en la prisión
pakistaní de Liallpur, estaban ya por entonces con él en las re­
vueltas callejeras. Mujib fue detenido y condenado como agita­
dor. Puede decirse que en la defensa del idioma está la génesis
del nacionalismo bengalí. Un tipo de nacionalismo que los mar-
xistas llaman «burgués», surgido de las aulas de la universidad de
Dacca como sus propios jefes. Un movimiento, la Liga Awami,
idealista como el partido del Congreso indio que carecía de una
ideología apropiada para sostener una prolongada guerra de
guerrillas. Cuanto más dura es una guerra de guerrillas más se
radicaliza por el sufrimiento, por las condiciones de vida de sus
hombres, por la autoridad de los más fuertes ideológicamente
sobre los más confusos y débiles. Ha ocurrido desde el Vietnam
hasta el sandinismo nicaragüense. Mujibur opuso su carisma
frente a la ideologización, el peligro del maoísmo, el contagio del
naxalismo. H abía pasado diez años de su vida en la cárcel. Como
otros padres de la patria Nehru, Burguiba, Mohamed V, Nkru-
mah. el tiempo pasado en la prisión no hizo sino acrecentar su
prestigio entre las masas. M anejaba un lenguaje llano sin desde­
ñar el toque demagógico. Aquel abogado de 51 años, de pelo y

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bigote encanecidos, de frente despejada, mofletudo, de doble
papada y dientes blanquísimos, decía a su pueblo frases sonoras
v fácilmente asimilables: «Ellos tienen las armas. Pueden ma­
tarme. Pero que sepan que no pueden matar el espíritu de se­
tenta y cinco millones de bengalíes». Para los generales pakista-
níes era el «enviado del diablo», el «traidor a la patria». Pero a
través de la ordalía bengalí, el Pakistán que nació en palabras de
Ali Jinnah «mutilado, truncado y con la boca comida» terminaría
así hasta que el general Zia restableció el orden con los viejos
códigos, horca, cárcel y la mano cortada a los revoltosos en nom­
bre del Islam. Después, como Indira Gandhi, haría lo posible
para fabricar la bomba atómica.
Mujib es elegido, en ausencia, presidente de Bangladesh.
«Nosotros, los representantes elegidos del pueblo de Bangladesh,
unidos en nuestro honor por el mandato que nos ha sido confiado
por el pueblo, cuya voluntad es soberana, encontrándonos debi­
damente reunidos en Asamblea Constituyente y habiendo cele­
brado consultas mutuas, para poder asegurar al pueblo de Ban-
glacesh la Igualdad, la Dignidad humana y la Justicia Social, de­
claramos y constituimos la República de Bangladesh como pueblo
soberano y confirmamos así la declaración de independencia, he­
cha ya por el jeque Mujibur Rahman.» La guerra abierta entre la
India y Pakistán estalló en octubre. Los incidentes fronterizos se
convirtieron en duelos de artillería y éstos en la guerra total.
El clima de cruzada que se vivía en la India me convenció de
que la guerra de 1965 no era un azar según el esquema de Jac-
ques Monod, sino una necesidad, una urgencia física. El golpe
de gracia al gandhismo. De mi cuaderno de notas entresaco algu­
nas de las frases pronunciadas por Indira Gandhi y sus ministros
en medio de la presión y la hostilidad de los nacionalistas. Indira
Gandhi: «La India está absolutamente preparada para comba­
tir», «la India no será sólo un espectador silencioso de los acon­
tecimientos de Bangladesh», «El que se dijo que era un pro­
blema interno del Pakistán se ha convertido en u n problema in­
terno de la India». El intocable Jagjivan Ram , ministro de De­
fensa, afirma: «Bangladesh debe convertirse en una realidad y
eso se hará», «La solución política pensada para B angladesh no

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es otra que la independencia». En cuanto al ministro del Inte­
rior, M irdha, asegura ante el Parlamento: «El ejército indio está
preparado y alerta para ponerse en marcha».
El problema de los refugiados se convierte en el argumento
supremo para justificar la necesidad de la guerra: «Si no se logra
una solución al problema de los refugiados, estará totalmente
justificado que la India tome todas las medidas para garantizar
su seguridad y salvaguardar su vida social y económica». Como
es natural, la oposición hinduista y conservadora adopta posicio­
nes aún más ultranacionalistas. La guerra con el Pakistán es ine­
vitable. El presidente del partido de ultraderecha, Jan Sangh,
Atal Bihari Vajpayee, ataca, según compruebo en mis notas, la
política demasiado «tímida» del gobierno de Indira Gandhi al
hacer frente a la crisis. He aquí lo que afirma: «La partición de la
India ha sido un desastroso fracaso de nuestro movimiento na­
cional, pero la rueda del destino ha dado ahora la vuelta com­
pleta. Se nos presenta una ocasión de transformar el desastre de
la partición... Una oportunidad así de cambiar el curso de la
historia no se presenta a menudo». No es menos agresiva la de­
claración del director del Instituto de Estudios Estratégicos K.
Subramanian, consejero del Gobierno en materia de política ex­
terior: «Lo que la India debe comprender es que le interesa el
estallido del Pakistán y una ocasión así no se volverá a presentar
jamás». Registro algunos ejemplos aislados de resistencia al
chauvinismo y el patriotismo provocador. Por ejemplo, una pu­
blicación, «The Radical Humanist», se opone a la intervención
armada. Pero de todas las anotaciones hay una que sobrepasa a
las demás y que al reunir la documentación para escribir este
libro me llena de estupor. Al lado de una nueva declaración de
Vajpayee el 4 de julio («Aunque Mujibur Rahman fue miembro
de la Liga Musulmana ahora hay que ayudarle a que cumpla su
objetivo, la desintegración del Pakistán»), hay una frase del pre­
sidente de la Oficina de la Reconciliación Indo-Pakistaní (!) el
pacifista y colaborador de Gandhi, Jayaprakash Narayan. que se
suma a la solución armada en estos términos: «El país, el go­
bierno y el pueblo estarían locos si no se prepararan para la gue­
rra». Lo increíble había sucedido: los simpatizantes del hombre

143
que asesinó a Gandhi, el editor ultranacionalista Naturam
Godse, y uno de los herederos del Mahatma, se habían puesto de
acuerdo.
Sólo faltaba la bendición del aliado soviético. El ministro de
Asuntos Exteriores Swaran Sing se entrevistó con Kosiguin en
Moscú y le arrancó la promesa de un aumento sustancial de la
ayuda militar a la India. Esa ayuda comienza a llegar secreta­
mente, aviones, carros, vehículos blindados, cohetes antiaéreos,
piezas de recambio. Es más, el 9 de julio se firma la alianza entre
Moscú y Nueva Delhi, que los observadores interpretan como
«el final de la política de no alineamiento de la India».1
Por fin llegó el deseado día de la guerra. «Fitiish Pakistan»
proclaman los graffiti en las paredes. A los incidentes fronteri­
zos, a las provocaciones sucede el enfrentamiento. El tres de
diciembre, la aviación pakistaní bom bardeaba en el oeste siete
aeropuertos militares indios desde Agrá a Srinagar. Radio Delhi
comenzó a emitir marchas militares. Después, el llamamiento
dirigido a toda la nación: «El Pakistán ha iniciado una guerra
total contra nosotros. No tenemos otra elección que la de poner
a nuestro país en pie de guerra». Al día siguiente, Indira Gandhi
se dirige al Parlamento: «El Gobierno del Pakistán ha declarado
la guerra a la India». La superioridad de la m aquinaria de guerra
India, 1.656 millones de dólares gastados en armas ese año, 24
divisiones en pie, es tal que el optimismo del general Yahia Khan
se convierte en pocos días en un tigre de papel. «Ante los ojos de
los juristas, escribe Dreyfus, el Pakistán es el agresor, pero
¿quién si no la India fue el agresor? En esta guerra que comienza
la India lleva al frente fuerzas tres veces superiores a las de su
adversario. En Bangladesh la estadística le era aún más desfavo­
rable al Pakistán. Los soldados de Niazi eran 1 contra 5 por la
India, 1 contra 7 en carros, 1 contra 8 en aviones, 1 contra 10 en
piezas de artillería. «Indira puede con todos», como afirma un
cartel. La guerra como taller de unificación. «La unidad es el
triunfo de la patria», reza otra inscripción oficial en las calcoma-

1. Franqois Massa: Bengale, histoire d ’un conflit, Éditions Alain Moreau,


París, 1973.

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nías pegadas del taxi que en catorce horas, tantas como días duró
la guerra, me llevaba desde Nueva Delhi a la guerra en Cache­
mira sorteando búfalos, camellos, pavos reales, algún elefante,
cu e r v o s, buitres, monos descendientes del Hanuman del R a -
m a y a n a , vacas sagradas, pero sobre todo búfalos de mirada
m io p e y andar perezoso.
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Los disparos de la metralleta «Sten»
Por la carretera nacional número uno hay una soldadura, una
conurbación de pueblos y aldeas con miles de personas en movi­
miento. Las carretas de bueyes hacen sonar los ejes como en la
canción de Yupanqui. Hileras de madrugadores se dirigen hacia
los ríos armados del «Iota», el recipiente de cobre o de latón en
el que recogen agua para el aseo personal y la limpieza después
de las necesidades. Lo hacen con la mano izquierda, la mano
impura. Por eso, mientras comen el pan ácimo, en forma de
torta, el «chapatti», los «dal», las lentejas o el arroz con curry, es
sólo la mano derecha la que funciona, mientras la izquierda per­
manece en suspenso, como muerta. A esta hora de la mañana,
las cinco, los indios se restregan los dientes con hierbas «inim» o
con raíces. Búfalos y ciclistas flanquean ambos lados de la carre­
tera junto con las «tongas», los rikshaws, las mototaxis, las bici-
taxis. Y miles de bicicletas. La India ha iniciado ya la escalada
del transistor y la bicicleta.
—Mire, me dice Jatgar el conductor, a esos dos que van en la
bicicleta en viaje de novios. La recién casada lleva un vestido
r°jo con pespuntes dorados. Debe ir vestida así los primeros
siete días después del casamiento.

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Jansanth, el copiloto, me anuncia su boda para dentro de tres
meses.
—No conozco a mi mujer. Sólo sé que tiene quince años.
—¿Cuándo cambiará esa costumbre de que los padres elijan
la novia o el novio de los hijos?, pregunto ingenuamente.
—¿Quién ha dicho que sea necesario cambiar?, contesta
rápido Jatgar. A mí el matrimonio me va muy bien y no conocía
a mi esposa hasta el momento de la ceremonia. Además, debe­
mos respeto a nuestros padres. Ellos saben mejor que nosotros
lo que nos conviene. ¿O piensa usted de verdad que el sistema de
occidente funciona mejor que el nuestro? Hay más divorcios en
los Estados Unidos que en la India y somos muchos más habitan­
tes.
Sin embargo, esta clase de diálogo era una excepción, una
fuga de la realidad. El temblor de la guerra es tan próximo, tan
evidente que volvemos a los aviones, a la artillería, a los motivos
de la cruzada, a la imaginería de los combates. Nadie puede sus­
traerse al influjo de la cultura de guerra. Esta es la gran ocasión
de sacudirse el complejo, la humillación de 1962. Desde enton­
ces, la India em prendería una carrera hacia el rearme con la
ayuda de la URSS y en m enor medida de los Estados Unidos,
john Kenneth Galbraith, em bajador de Kennedy, tiene páginas
deliciosas sobre el take offy el despegue militar indio, el paso de
la rueca de Gandhi o la espada mogol a la bomba atómica del
doctor Homi Bhaba en Trombay. Pero cuando China estornuda
la India se constipa. Desde que Pekín hizo estallar su bomba
atómica, el 16 de octubre de 1964, la India no duerme tranquila.
Desea elevarse al rango de potencia nuclear. Los soldados de
Mao se detuvieron a pocos kilómetros del Brahmaputra pero no
por la voluntad de resistencia del ejército indio. A lo largo de
esos días de lucha un escalofrío de angustia recorrió toda la In­
dia: el im penetrable Himalaya se vino abajo de pronto con la
facilidad de una m am para de bam bú y los indios se veían ya inva­
didos por una masa im parable de dos millones y medio de sóida
dos de infantería chinos. ¿Por qué entonces, argumentaba *
gar, no tendría la India todo el derecho de fabricar su boro
atómica?

\AV
Cuando en el mes de junio de 1958 el presidente de la Acade­
mia China de Ciencias anunció en Pekín que su país se disponía a
entrar en la era atómica, el Pandit Nehru respondió desde Nueva
Delhi: «La India acaba de entrar en la era de la bicicleta». La
respuesta era de un puro humor gandhiano. Cuando de visita en
la central de Trombay pregunté al doctor Bhaba: «¿Para cuándo
la bomba?», me respondió sin dudar: «Nunca». Pero tenía todos
los medios a su alcance, como luego se vio. «Nosotros tenemos
plutonio y uranio 235 en abundancia», añadió. Pero antes había
que ganar esta guerra. La guerra como opio del pueblo y como
evasión de otras frustraciones y complejos. Y está el pueblo que
vive en un «océano de emotividad», en un mundo de experien­
cias casi irracionales y que no sabe lo que es una guerra.
Aquí en el Oeste la guerra era de contención. Los objetivos
reales estaban al otro lado, en Bangladesh. Por fin, el camión del
ejército tomó la carretera hacia Jammu, la línea de defensa del
frente indio. No se despejaba la neblina extendida sobre el valle.
Un grupo de niñas en fila... india saludaban militarmente el paso
de los convoyes. Al llegar a Jammu se advertía el reflujo de los
refugiados desde la zona de operaciones. Estaban alojados bajo
los árboles. Algunos de ellos llevaban consigo a sus rebaños de
cabras. Entram os pronto en un paisaje de aves carroñeras, de
huesos de búfalo y vegetación dispersa. Este era el escenario de
la guerra del Oeste, como el de El Alamein en su desnudez, ideal
para un com bate de carros. Sobre el terreno pardo y el verde
descolorido propio de la estación seca brillaba de vez en cuando
algún templo minúsculo y blanco con las banderas de la plegaria
al viento. Los refugiados, al cruzar por la cañada en dirección a
la retaguardia, traen consigo lo más indispensable, el «charpoy».
Es el objeto esencial de la vida india. La cama de patas de ma­
dera con un somier de cuerdas de yute tensadas. Nos aproximá­
bamos al puente de Aknur, de estructura metálica, defendido
por armas antiaéreas. Este fue uno de los objetivos de las tropas
pakistaníes cuando en 1965 rompieron las defensas indias en el
sector de Chamb. El río Chenab es navegable y vemos al paso
cómo las barcazas repletas de pasajeros se deslizan río abajo.
Después de cuatro horas de viaje alcanzamos el campamento

149
donde vivaqueaban las fuerzas de refresco. Todo el perímetro
estaba ocupado por soldados con sus uniformes verdes de cam­
paña. Era la hora del rancho. Los reactores de las fuerzas aéreas
indias hicieron varias pasadas sobre nosotros con ese énfasis que
ponen los pilotos para «epatar» periodistas. El coronel nos invitó
a compartir el arroz, los «chapattis» y el «dal» con los soldados.
La ración era abundante. Poco después proseguíamos la marcha.
Atravesamos aldeas abandonadas. El ganado vagaba por entre
las piezas de artillería y las trincheras. El fuego de las baterías de
120 mm era ahora intermitente pero el frente parecía estabili­
zado. Al llegar al próximo campamento, el helicóptero de sani­
dad se disponía a evacuar a los heridos. H abía una paz extraña
en el ambiente. Nada de evacuaciones nerviosas como en el
Vietnam. Aquí todo se hacía en calma chicha.
Me acerco a las trincheras protegidas por redes de enmasca­
ramiento. En el fondo del pozo de tirador, hecho un ovillo,
duerme un soldado mezclado con el polvo. Suena del fondo de la
trinchera una música de sitar y tabla. Puede ser el virtuoso Ali
Akthar. También por estos contornos suena el transistor y los
soldados hacen la guerra con música. El ametrallador se llama
Thangavelu y es de Madrás, 22 años.
—Llevamos cuatro días y cuatro noches sin dormir. La bata­
lla ha sido muy dura pero menos mal que los hemos echado al
otro lado del río y ahora todo está más o menos en calma.
Añade con nostalgia que se casó hace cinco meses.
—Mi luna de miel es esta guerra. Lo único que deseo es vol­
ver a Madrás cuanto antes. ¿Qué noticias tiene usted de la gue­
rra? ¿Vamos de verdad tan bien como dicen nuestros jefes?
¿Cree que acabará pronto?
El soldado hace la guerra a ciegas. Sólo sabe que una ofen­
siva a bayoneta calada le hace retroceder o le permite avanzar,
pero no tiene una idea de conjunto. A hora sabe algo más porque
hace la guerra con la compañía del transistor, pero se fían poco,
las victorias de que hablan los jefes y oficiales se transforman en
epopeya a través de la radio.
—Estamos en las manos de Dios, me dice Thangavelu en su
bautismo de fuego.

150
Quinientos metros más lejos me detengo junto al parapeto.
El soldado Probahkaram de Kerala yace tumbado con la cabeza
apoyada en una caja de munición. El peine de la ametralladora
pesada llega hasta él y se le enrosca como una serpiente. Latas
vacías de pescado, vendas, algodones, botellas y cajetillas de ta­
baco aparecen desparramadas en la zanja. Probahkaram tiene
unas marcadas ojeras. La tensión y la vigilia de estos últimos días
sin duda han sido terribles. La trinchera con su nerviosa vigilan­
cia, la atención al menor ruido, el espanto del tiro de mortero, la
falta de sueño, el temor a un asalto cuerpo a cuerpo desgastan al
soldado. El rostro, el uniforme están cubiertos de una capa es­
pesa de polvo. Es el polvo fino como el talco de la meseta del
Panjab, la de «los cinco ríos», que penetra en el cuerpo y ensucia
la ropa en cuestión de segundos. Cada disparo de cañón levanta
nubes de polvo. «Polvo que se alza sobre el polvo», como decía
Kipling.
—¿Cree que va a terminar pronto?, me pregunta en un inglés
rudimentario con esas curiosas oscilaciones fonéticas con que ha­
blan el inglés los indios. El soldado de Kerala es un veterano,
trece años en el ejército. La paga no es excesiva pero está al
margen de los peligros del mercado de trabajo. Está casado y es
padre de tres hijos. Las referencias a la familia son constantes.
Me cuenta su último sobresalto.
—A las cuatro y media de la mañana ha pasado a pocos me­
tros de mí un reactor pakistaní, pensé que me quedaba sin la
cabeza. Yo estaba seguro de que arrojaría una bomba, pero en
segundos ha pasado de largo.
—¿Estáis ganando la guerra?
—Yo soy un veterano y algo entiendo de esto. Se nota en la
expresión de nuestros jefes. Pero es mi última guerra, ya no sigo.
Después, como si fuera una estrella de Hollywood aquejada
por el stress y el cariño materno, concluye: «De ahora en ade­
lante pienso dedicarme a mi familia. Es lo único que merece la
pena».
Es muy posible que la vida civil, la competencia por un
puesto de trabajo, la inseguridad, no le fuera tan cómoda como
la militar a pesar de ía soldada, unas 200 rupias al mes (10 rupias

151
eran por entonces algo más de cien pesetas). El general Jaswant
Singh nos esperaba en el cuartel general, en el umbral de su
bunker. Estaba al mando del 10° de Infantería. Es un típico ge­
neral sik, fornido, alto, barba muy oscura y cuidada. Le rodean
sus asistentes. Uno de ellos mastica granos de anís mientras sos­
tiene el mapa del sector.
—La guerra, dice, empezó el día 3 con un denso fuego de
artillería desde el otro lado. El enemigo ha concentrado su ofen­
siva en este área con una intensidad no igualada en ningún otro
sector del frente. Hemos resistido con firmeza y el enemigo ha
dejado cientos de muertos sobre el terreno.
Las escuadrillas enviadas por el mariscal del aire pakistaní
Rahim Khan se encontraron con las baterías de SA-2 y SA-3. Su
Pearl Harbour falló y también la «jihad» contra los infieles. La
aviación india pasó al ataque y los carros tom aron de nuevo el
camino de Lahore. Pero las dos fuerzas aéreas estaban mal pre­
paradas para combinar sus operaciones con las tropas de tierra.
El general Singh nos concedió un salvoconducto para llegar
hasta la línea de fuego a poca distancia del río Tavi. El enemigo,
después de fracasar en su ofensiva, se reorganizaba al otro lado
del río. A izquierda y derecha del sendero yacían algunos carros
M 41 y M 24 del Pakistán, inferiores a los «Vijayanta» indios.
Cientos de vacas, búfalos, cabras, ovejas y perros abandonados
continuaban en el campo de batalla ajenos al zumbido de los
aviones y a los impactos de los proyectiles de obús. Este era un
terreno de arbolado disperso y cañaveral, óptimo para el enfren­
tamiento de carros. Unos cuantos kilómetros más y el jeep
alcanzaba la primera línea. La ruta no había sufrido daños apa­
rentes y los zapadores reparaban con éxito los pocos pasos hun­
didos por el tonelaje de los vehículos.
Estábamos sobre el río Tavi, donde el Estado Mayor pakis­
taní había tendido una cabeza de puente. Le duró poco. Si la
logística india hasta el frente permitió un rápido aprovisiona­
miento de armas, municiones y soldados, no era menos cierto
que la defensa a lo largo del río Tavi aparecía sólidamente mon­
tada. Los generales siks, con sus varitas de mando muy british,
sabían hacer la guerra. Carros de com bate, lanzagranadas, ame-

152
tralladoras pesadas, obuses y artillería, antitanques, componían
b ajo las lonas de camuñaje un inexpugnable dispositivo adap­
tado a la defensa estática. Al acercarme al parapeto con el
cu erp o al ras del suelo silbaron los proyectiles.
—¡Shelling!, ¡shelling! gritaba el oficial de enlace, ¡cuerpo a
tierra, disparan!
La artillería india inició el fuego a nuestras espaldas. El ca­
pitán Sartaj me tendió los prismáticos. Al otro lado todo era una
vorágine de polvo y fuego y a duras penas logré distinguir a los
artilleros pakistaníes entre las baterías y algunos viejos carros
Sherman. Su ofensiva careció de mordiente. La superioridad de
la India en efectivos y material era evidente.
Media hora después de su comienzo el duelo artillero ter­
minó y sobre la llanura se instaló un extraño silencio. De cuclillas
los soldados comían el rancho, arroz con cordero y «chapattis».
De vuelta cruzamos por el poblado de Palanwala. En el frontis­
picio de la escuela en gruesas letras estaba escrito: «La disciplina
es carácter». U n soldado sentado a la orilla de la carretera acari­
ciaba a dos cachorros de podenco, mascotas de aquella guerra.
Había caído la noche sobre el frente. Cuando el camión militar
que nos llevaba se detuvo en Jammu, la oscuridad era total. En
el campamento base, el centinela, sorprendido por nuestra lle­
gada, nos dio el alto con un grito que cortaba la respiración. El
conductor dio el santo y seña. Me dormí entre el llanto de las
hienas y el ladrido de los perros en la inmensa llanura donde
vigilaba el soldado en su trinchera. Regresé al otro lado. En
Bangladesh, las tropas del general Aurora vencieron las dificul­
tades del terreno, brazos de agua, canales y arrozales para hacer
progresar sus blindados. El material soviético, las piezas prefa­
bricadas que sustituían a los puentes destruidos, les permitieron
colocarse en torno a las grandes ciudades desde Jessore a Dacca.
A los pakistaníes sólo les quedaba esperar la intervención china.
Creyeron en ella hasta el final. Los más violentos combates se
libraron en torno a Jessore y Kulna. En su conferencia de prensa
en Calcuta, el general Aurora Singh nos explicó que la táctica del
ejército indio consistiría en evitar las ciudades y las fortalezas
enemigas, plantearle una guerra de nervios, someterle al fuego

153
graneado de la artillería para socavar la moral de las tropas del
general Niazi Khan. La aviación hizo el resto.
Cerca de Jessore me llevaron hasta las fosas comunes donde
yacían cientos de cadáveres en descomposición. Las aldeas ar­
dían como la tea y me decían los guerrilleros que durante la no­
che se escuchaban a la otra orilla del río los alaridos de las muje­
res raptadas. Después de forzarlas las pasaban a cuchillo y las
arrojaban a la corriente o se las dejaban a los buitres para el
breakfast, el gran festín del amanecer. Eran las últimas horas
antes de la rendición del general Niazi, la hora del ajuste de
cuentas en aquel campo de exterminio. Los campesinos, que es­
peraban el final de la carnicería para volver a sus paddys de
arroz, ponían guirnaldas de caléndulas al cuello de sus libertado­
res. Les vi besar las bocas de los cañones y gritar luego «Joi
Bangla». Cuando cruzaba los pontones que sustituían a los puen­
tes derribados, aturdido por los gritos sabía que la estadística de
la muerte y la destrucción de Bangladesh sería espeluznante. Las
primeras víctimas las vimos cerca de Jessore. Los cuerpos de los
paramilitares aparecían colgados de los postes. Vi otros cadáve­
res alineados en los canales con las cabezas cortadas y las entra­
ñas esparcidas. Nubes de moscas zumbaban en torno a los cuer­
pos y algo más lejos, en las aldeas, formaciones de buitres revo­
loteaban sobre el río de los despojos. En mi bloc de notas escribí
en un alto en el camino: «Estamos en la hora de los buitres. Veo
a las bandadas de pájaros planear sobre los ríos, sobre los cam­
pos, sobre los arrozales. Hombres ahorcados y buitres, hombres
degollados y buitres, hombres martirizados y buitres. Los que no
son bengalíes tiemblan aterrorizados por la matanza que les ace­
cha. Cada vez que contemplo estas imágenes de desolación y de
horror, de venganza y crueldad, pienso en lo dolorosa que va a
ser la recuperación de este nuevo y atribulado país».
Era intenso el olor a cadaverina. Bangladesh era la nación de
la euforia y de la muerte. En los campos, entre los búfalos muer­
tos por el fuego cruzado y con los vientres hinchados, el arroz
estaba engavillado. La acción pakistaní de tierra quem ada de­
tuvo las faenas agrícolas. Los niños volvían a hacer volar sus
cometas sobre los palmerales. Los soldados llevaban flores de

154
«franchipani» en los cascos. Los Mukti Bahini, los guerrilleros
de la libertad bengalí, están aún en la «fase nómada» de que
habla «Che» Guevara en su libro sobre la guerra de guerrillas. Al
llegar a Nihaya, los guerrilleros y las fuerzas vivas de la localidad
llevan a los «razakars» y a los biharis a culatazos hacia el río para
rematarlos allí. Algunos, arrastrados por cables, son masas san­
guinolentas, de polvo y carne viva. Los han cazado en la selva y
descargan sobre la cuerda de presos sus varas de bambú. Van
inmovilizados, con cuerdas de yute en el antebrazo. Los piso­
tean, los golpean, los ponen de nuevo en pie para que reanuden
el camino. «Bihari, bihari», oigo que gritan. Muchos de ellos
mueren en las acequias antes de alcanzar el río y quedan allí
mutilados, degollados, con los ojos abiertos.
La tarde del 16 de diciembre, una columna motorizada india
entraba en la capital, Dacca. Por la mañana, los generales pakis­
taníes negociaban la capitulación tras la guerra de los catorce
días. En las calles, la población ofrecía flores a los soldados de
Indira Gandhi. El acta de rendición se firmó en el hipódromo.
Los generales Aurora y Niazi llegaron en el mismo vehículo. La
ceremonia fue breve. El general Niazi Khan se arrancó la charre­
tera de la manga derecha, vació el cargador de su revólver y
entregó los cartuchos al vencedor. Se firmó el acta: «Niazi con
una letra vacilante, Aurora con trazo rápido y voluntarioso».
Al otro lado, Zulfikar Ali Bhutto llegó al poder y puso en
libertad a M ujibur Rahman. Su regreso a Dacca en un avión de
la RAF, ya que se había detenido en Londres y más tarde en
Nueva Delhi, para dar las gracias a Indira Gandhi, se hizo en
uno de los más multitudinarios recibimientos que recuerda el
mundo. M ujib, el «Bangla Bandu», el amigo de Bengala, estaba
tan emocionado que apenas pudo en el hipódromo pronunciar su
discurso: «Yo digo al pueblo del Pakistán, sentios felices. Voso­
tros no sois los responsables de lo que el ejército ha hecho en mi
país. Pero lam ento que no sea posible desde ahora para Bangla­
desh, continuar junto al Pakistán. Los lazos de unión se han
roto. Yo digo al señor Bhutto: Vivid en paz y dejadnos vivir en
paz».
Bangladesh no pudo vivir en paz. Mujibur, el adorado

155
Mujib, fue asesinado en agosto de 1975. Esperé en vano desde
Calcuta la posibilidad de viajar a Dacca. Mujib se había conver­
tido en un aprendiz de brujo y los años desde la independencia y
la secesión demostraron que era el líder válido para una etapa de
la historia pero incapaz de ordenar, administrar y reorganizar el
país. El «Bangla Bandu» cayó en los mismos vicios que años antes
había denunciado en los administradores de la ley marcial pakis­
taní. Terminó por convertirse en un dictador y como el poder
absoluto corrompe absolutamente, pervirtió los viejos y difusos
ideales de la Liga Awami para instalar un poder personal
apoyado en una claque paramilitar. Los primeros pasos que dio
Mujib no pudieron ser más alentadores: abrió de par en par las
puertas de su casa y escuchó las quejas, las palabras de aliento,
las recomendaciones, las peticiones de ayuda. Después las puer­
tas se cerraron para siempre y Mujib, el primer ministro de Ban­
gladesh, se enclaustró protegido por su ejército privado de los
Jatyo Raki Bahini, una Guardia Nacional al estilo de la de So-
moza. Poco a poco su régimen cayó en la corrupción y el nepo­
tismo. En 1974 se hizo con todos los poderes, declaró el estado
de excepción y suspendió las libertades civiles. La influencia cre­
ciente de aquel ejército feudal al servicio de M ujibur molestó al
ejército y a los jóvenes oficiales. Primero fueron las inundacio­
nes de 1971, después el ciclón devastador, más tarde el genoci­
dio. ia epidemia de hambre de 1974 y por fin la traición de Mujib
a los ideales de la independencia. Alguien comentó en Dacca:
«Dios ha dado la espalda a nuestro país».
El descontento, el caos, se tradujeron pronto en conspira­
ción. Se calcula que entre marzo de 1972 y mayo de 1974, 4.925
personas murieron en medio de la violencia política. Durante la
epidemia de hambre de 1974 un prom edio de 70 a 100 personas
morían de hambre sólo en Dacca. El fantasma de la hambruna
de 1943, con sus seis millones de víctimas por inanición, estaba
de nuevo sobre las dos Bengalas. La ayuda extranjera fue como
tantas veces a parar a manos de los hijos y sobrinos, la camarilla
familiar de Mujibur. La conspiración se tejió en tom o al coman­
dante Dalim. Los jóvenes oficiales eligieron el 15 de agosto
como la fecha del golpe de Estado por razones simbólicas: era el

156
28 aniversario del día en que los ingleses abandonaron su Impe­
rio de la India. Fue un cuartelazo bañado en sangre. Los insu­
rrectos rodearon con sus tanques la residencia de Mujib y cerca­
ron a los Raki Bahini, el ejército dentro del ejército. La «se­
gunda revolución» de Mujib, la «democracia de los oprimidos»,
tocaba a su fin. Permitió al hermano del primer ministro Nazir
controlar las redes de contrabando del sur, a su mujer quedarse
con parte de la ayuda del Banco Mundial, a su hijo Ramal dirigir
a la mafia y a su sobrino acumular poder y fortuna. El golpe duró
m enos de veinte minutos. Poco después de sonar el primer dis­
paro, el comandante Dalim se dirigió por la Radio Nacional al
país: «Soy el comandante Dalim. Hemos matado a Mujib. He­
mos declarado la ley marcial y las fuerzas armadas han tomado el
poder b a jo la dirección de Kondakar Mustaq Ahmed». Bastaron
500 s o ld a d o s , 13 tanques y piezas de artillería que no regresaron
a los cuarteles porque luego la división estalló en el ejército entre
la cúpula militar y los oficiales jóvenes y a este golpe siguió otro,
otro, o tro y otro más.
En la casa de Mujibur Rahman se produjo la matanza. El
com andante Huda había llegado con un documento de dimisión
para q u e lo firmara ei primer ministro, pero Mujib le hizo frente
con firmeza. En el tiroteo que siguió, los hombres de Huda ma­
taron a toda la familia, de habitación en habitación. La «Sonar
Bangla», la Bengala dorada y lírica de Tagore, murió a disparos
de la metralleta «Sten» del comandante Huda.
12
Los semidioses
En Nueva Delhi, en 1977 eran pocos los que apostaban por la
resurrección política de Indira Gandhi. En la oposición nadie lo
hacía. Luego se demostró que el ambicioso Morarji Desai, enca­
ramado por fin al poder con aquella disparatada coalición de par­
tidos llamada Janata, no sabría dirigir el país sólo con la ayuda de
la rueca de Gandhi y la libación de su propia orina. Jagjivan Ram,
ministro desde 1947, el intocable que colaboró con Nehru y con su
hija Indira, descartó según me dijo que esta última tuviera posibi­
lidades de resurgir de sus cenizas políticas. «Ella (Indira) tiene en
el aspecto personal todos mis respetos. Sin embargo, como pri­
mera ministra llegó a pedimos demasiado a los miembros de su
gobierno, que estuviéramos perpetuamente de acuerdo con sus
decisiones. Por ejemplo, la declaración del estado de excepción
representó para mí una gran pena. Puede decirse que me enteré
de la noticia por los periódicos y nada pude hacer ya para opo­
nerme . Ya he dicho en alguna ocasión que yo apunté ese día en mi
agenda como un “día negro”.»
—¿Por qué tardó en dimitir y por qué entonces esperó tanto
para abandonar el Congreso, el partido de Indira?
—Yo me considero un político, no un moralista, me dijo Ram.

159
La India, en efecto, se había liberado del miedo como me
decía Jagjivan Ram, pero no tardaría más de tres años en lla­
marla, en necesitarla. Las elecciones de enero de 1980 le dieron
la oportunidad del regreso. La India, el hijo pródigo, volvía al
regazo de Ma Indira. Ésta supo perdonar la humillación de 1977
y volvió al poder «con un tipo de obstinación que prácticamen­
te solo se encuentra en las mujeres, porque así se expresa en
último análisis, alimentada por el amor y el orgullo una forma
claramente posesiva del instinto m aterno».1 En cuanto a la opo­
sición, Indira la fulminó con una palabra, «kichri», mezcolanza,
batiburrillo.
El triunfo de Indira Gandhi en las elecciones de enero de
1980 por un margen abultado sacudió a la clase política en Nueva
Delhi con un escalofrío de pánico. Muchos de ellos habían ento­
nado un requiem por la carrera política de la Dama de Hierro.
Pero la política es el arte de lo posible: Indira volvió. Morarji
Desai, que nació cuando aún m andaban Bismarck y la reina Vic­
toria, basó su gestión en un confuso program a de gobierno. Le
preocupaban mas los signos externos, la iconografía gandhiana,
el desayuno con un vaso de su propia orina para regenerarse o
las recetas homeopáticas facilitadas al pueblo para una vida sana
en un cuerpo sano, que poner a trabajar a aquella cueva de polí­
ticos corruptos y ambiciosos. Adem ás, cada uno de ellos era
ideológicamente de su padre y de su madre. Cometió Morarji,
por añadidura, un error im perdonable dictado en parte por las
leyes, en parte por el rencor: envió a Indira Gandhi a la cárcel.
Se vengaba así del insulto sufrido durante el estado de excep­
ción, cuando Indira hizo desde el poder otro tanto con el anciano
político de Bombay. Pero ya se sabe que en la India la cárcel es
más que un castigo una bienaventuranza. U na vez más, con el
regreso de Indira, las masas del subproletariado urbano y de las
aldeas demostraban su pasión reverencial por los políticos fuer­
tes. Es el carisma en el estricto sentido que Max Weber atribuye
a la palabra, la conducción de un país por medio de un magne­

1. André Fontaine, «De Gandhi a Gandhi», Le Monde, París, 25 &


marzo de 1983.

160
tismo personal de características casi religiosas. Al carisma había
que añadirle el apellido, la edad, 62 años, muy pocos compara­
dos con la gerontocracia de la oposición y también el sexo. Las
deidades femeninas son legión en la India. La India volvió a ser
la India de Indira.
Los tres años del Janata en el poder con las querellas inter­
nas, la incapacidad para administrar y el azar de las malas cose­
chas de trigo, le pusieron a los pies de los caballos electorales.
No era por ello raro que la astuta Indira basara parte de su cam­
paña en el «antes» y en el «ahora» de los precios de los artículos
de primera necesidad. Cuando ella «reinaba», las cebollas, por
ejemplo, costaban 1,5 rupias el kilo, ahora 5 rupias.
La «sanyasa», según los textos sagrados, es ese período de la
vida en el que el hombre debe desprenderse de las aficiones y los
apegos terrenales. M orarji Desai había sobrepasado con mucho
el límite de la «sanyasa». Descartado Jagjivan Ram por sus osci­
laciones y por la resistencia de las castas hindúes a reconocer, a
pesar de la ley, los derechos de los parias de los que era cabeza
visible, sólo quedaba una alternativa, la eterna e insustituible
Indira. Las clases medias añoraban la mano fuerte y un control
de las violencias tribales o las tensiones autonomistas y las masas
le echaban de menos. En cuanto a la oligarquía de las finanzas y
de la tierra, estaba con su hijo Sanjay, que pretendió fabricar, en
un país de veinte millones de parados (sólo en las grandes ciuda­
des), un coche utilitario, aventura que terminó en un sonoro fra­
caso. También Sanjay obtuvo el acta de diputado en su distrito
de Amethi. Poco después murió en accidente de aviación y en
abril de 1983 su viuda Maneka Gandhi, ex modelo y periodista
de 26 años fundaba un partido de oposición, la plataforma Na­
cional Sanjay. En el congreso el partido acusó a su suegra Indira
de corrupción y de pérdida del contacto con el pueblo. Indira
confesó más tarde que aquella muerte estuvo a punto de acabar
con su propia vida. «Me dejó hecha pedazos, incapaz de hacer
nada, de tom ar una decisión. Pero ahora estoy tranquila. Nací
con mucho tem peram ento, fui siempre una chica impulsiva pero
imagino que las penas de esta vida me han traído la calma.»
kn cuanto a la viuda de Sanjai, Maneka, guardó dos años de duelo

161
que pasó viendo cine en el video, sobre todo Casablanca y
Amarcord. Después abandonó los vaqueros por el «sari». Un día
su suegra la echó de casa, en la Safdarjang Road, porque se ha­
bía aliado con los enemigos de su hijo y nuevo heredero Rajiv. A
partir de marzo de 1982 la ruptura entre Indira y Maneka se
convirtió en tema de conversación para la India. La segunda
acusó a la primera de grabar sus conversaciones telefónicas y
censurar su correspondencia. «Sí, respondía Maneka, dicen que
me parezco a ella pero he aprendido lo que no se debe hacer, he
aprendido que no se debe recelar hasta la paranoia, que no hay
que rodearse de consejeros mediocres que me digan lo que nece­
sito oír y sobre todo he aprendido de economía. 46 millones de
personas están en el paro. Eso de la dinastía Gandhi es sólo ba­
sura. La India no la aceptará. Con el 61 por ciento del país por
debajo la línea de la pobreza lo que quieren es pan, llenar sus
estómagos. Ya no desean pompas ni espectáculos.»
A pesar de todo, millones de indios creían que Indira era la
única solución para sus problemas. «Sólo la hija de Nehru podrá
salvarnos. No resulta fácil entender en qué consiste ese socialismo
adaptado a las necesidades del país de que nos habla, me decía un
profesor de economía en Delhi, pero no hay que olvidar que for­
mamos 22 Estados, con centenares de idiomas, dieciséis de ellos
oficiales, un sistema inamovible de castas y comunidades religio­
sas enfrentadas. Pero el peor problem a es la demografía. Ahora
somos 700 millones, el doble que en la independencia, y el año
2000 llegaremos a los mil millones. A hora mismo son 300 los mi­
llones de personas que viven por debajo de la poverty line, el listón
de la pobreza, y cuya renta anual no llega al equivalente de las
ocho mil pesetas.» Según comprobaron los sociólogos, el derrum­
bamiento del gobierno Desai fue recibido por los campesinos in­
dios de algunos estados como una noticia m enor, comparada con
la caída del Skylab, que provocó en las aldeas ayunos voluntarios
para «salvar al mundo». «Esto significa, ha escrito el sociólogo
norteamericano que vive en la India, Gail Omvendt, que «pafe'
cen conscientes de que podrían ejercer una mayor influencia so­
bre los presagios celestiales de un satélite artificial que entre l°s
designios del gobierno.»

162
Las encuestas previas a las elecciones demostraron una cosa.
Los políticos que arrojaron del poder a Indira Gandhi eran, a
pesar de las expectativas de cambio, gente corrupta y el pueblo
lo sabía. Dos terceras partes de los consultados respondieron
que los políticos eran un hatajo de corrompidos y el 62 por ciento
opinaron por añadidura que «no servían para nada». Y lo que es
más significativo: el 64 por ciento creían con firmeza que el país
estuvo m ejor durante los años del estado de excepción. Ese es­
tado de opinión pública se tradujo en agitación social, huelgas,
choques entre manifestantes y policías. Las masas indias en me­
dio del caos comenzaron a mirar atrás. «Ahora, afirmaba un
obrero en Bombay, continúan la inflación, el paro, el desorden,
la policía nos mata lo mismo y pisotean nuestros derechos demo­
cráticos. Así las cosas y con todos sus defectos preferimos a In-
dira Gandhi. Al menos ella es capaz de dirigir un Gobierno.»
Las huelgas salvajes de Bombay y Calcuta demostraron que las
masas rechazaban las líneas de actuación trazadas por los parti­
dos. En Bombay pude leer esta inscripción: «Todos nuestros di­
rigentes son unos gangsters. No les importan nada ni los hindúes
ni los musulmanes, lo único que quieren es la poltrona (de pri­
mer ministro)».
La imagen internacional de Indira Gandhi por estas fechas es
buena. Cuando en agosto de 1982 viaja a Estados Unidos en
visita oficial y el presidente Ronald Reagan la recibe en la Casa
Blanca, con la Orquesta Filarmónica de Nueva York dirigida por
el «parsi» nacido en Bombay, Zubin M ehta, el «New York Ti­
mes» la saluda en un editorial con frases que no responden al
estereotipo: «la señora Gandhi no viene a suplicar nada... La
imagen que la mayoría de los norteamericanos tienen de la India
como una extensa Calcuta o un asilo para muertos de hambre
está pasada de moda. India es un país industrializado que ha
logrado finalmente alimentar a su población». Otros diarios re­
conocían: «La India es ya una potencia regional». Ya que la pri­
mera ministra no logró frenar la venta de aviones F-16 al Pa­
kistán, compró tam bién en Washington estos aparatos para su
fuerza aérea. El suministro de armamento no dependía ya tan
so,° de la Unión Soviética. Había diversificado las compras. Es­

163
tas inversiones no respondían, como se encargaron bien de seña­
lar los relaciones públicas del Gobierno de Nueva Delhi, una
escalada en la carrera armamentista. Según el Instituto de Estu­
dios Estratégicos, en la relación de gastos militares con el pro­
ducto interno bruto, la India ocupa con un 3,4 por ciento el lugar
número treinta y siete. Mientras crecía la turbulencia interior, el
Assam con sus tres mil muertos de 1983 o los disturbios en el
Panjab con la lucha por una mayor autonomía política y religiosa
de los siks, el papel de Indira Gandhi en la conferencia de los no
alineados ampliaba su talla internacional. Seguía así los pasos de
su padre Nehru en la conferencia de Bandung.
La India ya no era el paradigma de una «inmensa Calcuta»,
porque entre otras razones la capital de la Bengala india, aun
situada bajo la «línea de la pobreza», daba señales de querer
escapar del desastre («the point o f breakdown»); con su vitalidad
de las tres uves, vibrante, vigorosa y versátil. Aunque permane­
cen bolsas de desnutrición y manchas de la miseria tradicional, el
editorial del «New York Times» resumía las mejoras logradas sin
recurrir a los métodos de Mao Tse-tung en China, la autosufi­
ciencia desde el punto de vista alimenticio. Los largos períodos
de sequía constituían, sin embargo, una espada de Damocles. En
las calles de Madrás, los ciudadanos, excitados por la sed, se
enfrentaban a golpes en las fuentes públicas. En compensación,
¡a modernización de la agricultura comenzaba a dar sus frutos,
sobre todo en las regiones privilegiadas como el Panjab, donde
la revolución verde permitió almacenar el 73 por ciento de la
reserva de trigo, mientras que en el Bihar las desigualdades del
desarrollo la mantenían en los bajos índices de siempre. Hasta
en el control de la natalidad se lograron algunos éxitos al apli­
carse las vacunas anticonceptivas.
Pero la amenaza de la desintegración nacional no ha desapa­
recido. Indira Gandhi, de vocación centralista, se negaba a hacer
concesiones a los movimientos autonomistas por temor a que la
epidemia del nacionalismo desbaratara el cuadro nacional, man-
tenido en gran medida por la función de crisol, de a m a l g a m a que
juega la religión mayoritaria, el hinduismo. Si la primera minis*
tra cedía en Assam o en el Panjab, los políticos autonomistas e

164
Tamil Nadu (Madrás) o los telugus de Andra Pradesh reclama­
rían el mismo derecho. Ahora el eje del peligro se desplazó al
sur. El sur reclamaba sus derechos sobre el norte. En las eleccio­
nes, los estados meridionales castigaban el férreo centralismo de
la primera ministra y se perdían para el Congreso por primera
vez. El sistema federal quedaba así pendiente de un hilo. Los
estados sureños de Kamataka, Kerala, Tamil Nadu y Andra Pra­
desh abandonaban a Indira Gandhi. El primer desafío surgió,
después de la independencia, en el Estado de Kerala, que votó a
los comunistas con gran preocupación del Pandit Nehru1. A par­
tir de entonces los partidos regionales han ido a más. La tenden­
cia es pedir más atribuciones a la autoridad central. Por fortuna
para Indira Gandhi, el llamado hindi belt, el cinturón hindi,
donde este idioma es absolutamente mayoritario, Utar Pradesh,
Bihar o Madia Pradesh resistió bien la tentación del secesio-
nismo. De todos modos, los partidos nacionales perdían terreno
con respecto a los movimientos políticos regionalistas.
Había surgido también un fenómeno paralelo de característi­
cas folklóricas para unos y algo más profundas para otros. El
desafío a la irreemplazable primera ministra por los semidioses
de la sociedad india, los actores de los estudios de Madrás, Bom­
bay o Calcuta. Por ejemplo, el actor Nandamuri Taraka Rama
Rao ha interpretado tantas veces a muchos de los dioses de la
teogonia hindú —son más de tres mil en total— que sus admira­
dores del Estado de Andra Pradesh terminaron por ver en él a la
reencarnación de esos mismos dioses. Votaron por él en marzo
de 1982 y por primera vez en 29 años Indira Gandhi perdía en
uno de sus estados más seguros. Rama Rao era el candidato del
partido autonomista Telugu Desam. La campaña intensa y ex­

1. John Kenneth Galbraith (Memorias. Una vida de nuestro tiempo,


Grijalbo, Barcelona, 1982) escribe: «En Kerala y Bengala Occidental han acce­
dido al poder los comunistas. Sólo han demostrado que el problema de tener
demasiada gente, demasiado poca tierra, demasiado poca industria y el equili­
brio de pobreza resultante es tan insoluble para los comunistas como para to­
dos los demás. En la India, como en los demás países pobres, no puede darse la
salvación revolucionaria. Si así fuese, el comunismo habría triunfado hace mu­
cho tiempo».

165
tensa de Indira y de su hijo Rajiv en el Estado se estrelló ante las
urnas.
La filosofía v el programa del actor conectaban mejor con las
masas campesinas, tan vulnerables al cine y a sus mitos que los
candidatos de Indira Gandhi, dispersos y obedientes más a la
imagen todopoderosa de la primera ministra que a un proyecto o
a un partido de sólidas bases sociales de apoyo. El actor Rama
Rao atacó en los flancos débiles del enemigo, las libertades civi­
les, los derechos de la mujer, otro gran debate para la India de
los años 80, la higiene administrativa y la condena de los corrup­
tos funcionarios locales. Nueva Delhi empezaba a dejar de serla
luz. el faro de la India entera. «No dejaremos a Delhi que decida
sobre nuestro destino», afirmaba Rama Rao entre el delirio de
sus seguidores. El mito estaba allí sobre el estrado, asequible,
presente, con su puño crispado. Una razón más para su éxito
electoral: Maneka, la nuera de Indira, estaba a su lado. Las ma­
sas rompían según el rito hindú el coco votivo antes de acudir a
los colegios electorales. Rama Rao, calculador de sus efectos,
antes de votar acudió al templo de Tirupati, se afeitó la cabeza y
rezó al dios Venkatesvara. Midió bien todos sus pasos. Indira
Gandhi subestimó la fuerza de los semidioses. «No hay que con­
fundir. dijo, la política con el espectáculo.» Pero el Estado es­
pectáculo es un hecho en el Tercer Mundo, donde se vota por lo
general más a las personas que a los programas. Como decía
Malraux de Benarés, la India es un «bazar sobrenatural». Fun­
ciona el instinto, el contacto, la comunicación, elementos cada
vez más valiosos también en las sociedades evolucionadas por su
canalización a través de la pantalla pequeña. El columnista nor­
teamericano Pearson cuenta que en 1962, en la campaña de Ted
Kennedy para el senado se refirió, en una charla, al carisma del
candidato y una veterana colega le corrigió: «A la mierda con el
carisma, eso siempre se ha llamado sex appeal». A la atracción
física el actor Rama Rao añade su condición de dios reencar­
nado. E l fenómeno lo entendió MacLuhan, ferviente ca tó lico en
su galaxia aplicado a la televisión y a su idea de la aldea global.
La doctrina tecnológica de los medios de comunicación ence­
rraba un mensaje teológico: «Así por ejemplo, el concepto cris­

166
tiano del cuerpo místico —según el cual todos los hombres son
miembros del cuerpo de Cristo— se convierte en realidad de la
mano de la tecnología a nivel electrónico». El cine es en la India
la expresión del panteísmo religioso, su cuerpo místico. Otro ac­
tor gobierna en el estado de Tamil Nadu, M.G. Ramachandram,
el más famoso en lengua tamil. El parlamento local parecía un
estudio cinematográfico. El jefe de la oposición era un guionista
y dos de los diputados, productores de cine. En pleno síndrome
cinematográfico, que según los politólogos alcanzaría su clímax
en las elecciones previstas para 1985, los actores influyeron tam­
bién en los resultados de Karnataka, donde el partido de Indira
sufrió una derrota. De pronto, como en Hollywood, los partidos
buscaron a sus candidatos en el «gotha» cinematográfico. El par­
tido de Indira Gandhi preparaba a otro actor popular. Sijav Ga-
nesan, para las tareas políticas. Cuando el más famosu actor en
idioma hindi, Amitabh Bachman, sufrió un grave accidente
mientras rodaba una película, Rajiv Gandhi, el hijo de la pri­
mera ministra, interrumpió el viaje que en aquellos momentos
hacía a los Estados Unidos para correr a la cabecera del herido.
Era su amigo de la infancia pero había otras razones extrasenti-
mentales. El gesto de Rajiv conmovió a los admiradores del ac­
tor. Se traduciría en votos.
Nunca he visto un público tan receptivo para el cine como el
indio. Aplaude, grita, se emociona ante las hazañas de sus ídolos
del celuloide. La India ofrece así dos realidades, la suya y la del
cine de Bombay, que es una sobrerrealidad llena de encantos,
fantasías, dioses buenos y malos, coches y residencias lujosas.
Basta con dos céntimos para viajar de la miseria circundante ha­
cia el paraíso de la fantasía. El 80 por ciento de los habitantes de
la India son analfabetos. Así el cine se convierte en el lenguaje
universal, la fuga de la dura realidad con garantías siempre de
final feliz. El cine indio es el más prolífico del mundo. Así se
explica el éxito político de Rama Rao, que en treinta años rodó
más de 300 películas. Era siempre el dios bueno que mata a los
demonios, el justiciero. Las urnas le dieron 202 escaños frente a
'os 60 de Indira Gandhi. El actor se convierte en el vengador de
todas las corrupciones y los abusos, pasa de la ficción a la reali­

167
dad y cuando se funda el partido Telegu Desam, «al llegar a los
60 años he decidido dedicarme por completo al servicio de la
sociedad». El símbolo de su partido es la bicicleta, el vehículo
del hombre de la calle, del campesino al que ofrece el arroz a un
precio barato: dos rupias el kilo. Promete la comida a los niños
en edad escolar y defiende el derecho de la mujer a la herencia.
A la acción directa del Mahatma Gandhi por los pueblos y las
aldeas con el magnetismo de su presencia en una época en que
los medios de comunicación apenas sí estaban desarrollados, el
éxito de Rama Rao porque el actor se identifica a los ojos de los
espectadores con las divinidades que interpreta. Rama Rao es el
dios tutelar. Nadie duda de que podrá hacer milagros desde la
arena política y los clubs de admiradores se multiplican, 1.200 en
total en abril de 1983. Según cuentan los que le han visto en
campaña, el lenguaje de Rama Rao es «primitivo y tranquiliza­
dor». Por añadidura ha amasado una considerable fortuna. Está,
por lo tanto, por encima de las tentaciones de corrupción. No
busca la fama o el dinero. «Lo poseo ya todo, dijo en un mitin y
me presento ante vosotros con gran humildad para ponerme a
vuestro servicio y restituiros al menos en parte lo que me habéis
dado.» Y luego, en un eficaz traslado de intenciones, añade: «La
corrupción acumulada en tantos años por el gobierno del Con­
greso de Indira Gandhi ha llegado al punto de que no puede
lavarse ni siquiera con las aguas sagradas de todos los ríos de
nuestro país. Ahora, gracias a vuestro voto la borraremos del
mapa».
La irrupción de los mitos del cine, fenómeno profundo o epi­
sódico, revela el grado y extensión del espacio político que ocupa
Indira Gandhi. Los políticos tradicionales están desacreditados,
no sirven. Los electores depositan su confianza en los actores, en
los héroes del celuloide, los que decapitan demonios en las pelí­
culas, los que aparecen en la pantalla encarnados en los buenos
dioses. Por eso, cuando Rama Rao clamaba desde la tribuna de
Tirupati: «El partido de Indira Gandhi es el partido de los ricos,
financiado por los ricos y al servicio de los ricos», sus adm irado­
res le creen a pie juntillas y votan el cambio. Pero ta m b ién el
cine ha caído en la violencia, y a los indios les gustan las películas

168
de sexo y violencia. Gandhi, el defensor de la abstinencia sexual
se quedaría horrorizado hoy si tuviera acceso a las carteleras de
Nueva Delhi con películas como Sexy boy o Demonios de la vio -
lación.
Una vez más, la India se preguntaba, invalidado Rajiv para
prolongar la dinastía de los Nehru, por el futuro. After Indira,
who? Después de Indira, ¿quién? «Quién sabe», respondió una
vez el ministro de Alimentación y Agricultura de Nehru, aquel
político de pura raza decimonónica, Patil, en el momento de es­
plendor de Pandit. «El primer ministro, según refiere Galbraith
en su Diario de un embajador *, añadió, es como el gran árbol
baniano. Su sombra puede cobijar a miles de personas, pero
bajo ella no crece nada.» Aquella metáfora enfureció tanto a
Nehru, quizá porque era verdad, que le retiró la palabra a su
ministro durante varios meses.

1. John Kenneth Galbraith, Diario de un embajador. Plaza & Janés. Bar­


celona, 1970.

169
13
La rueca

En la administración de aduanas de Marsella, en septiembre


de 1931 preguntaron al Mahatma Gandhi si tenía algo que decla­
rar. «Soy un pobre mendigo, contestó. Mis bienes terrenales
consisten únicamente en seis ruecas de madera, unos platos de
hojalata, una jarra de leche de cabra, seis taparrabos y unas toa­
llas fabricadas en el “ashram” y finalmente mi reputación, que
no vale gran cosa.»1 Su filosofía del desprendimiento y la renun­
ciación («sanyasa») procede del libro sagrado que no ha decla­
rado en las aduanas de Marsella. Pero lo lleva consigo, sobado
en el sudor de las largas caminatas. «Oh Keeshava, dice el
Bhagavad-Gita, no deseo ni reino ni placeres. Quien abandona
todos los deseos, quien no tiene ni yo ni mío, alcanza la gran
paz.» Sin embargo, Gandhi vive aún cuando Nehru se ve obli­
gado a tocar tambores de guerra en Cachemira. En toda su vida
nada le había preparado al primer ministro para tomar decisio­
nes militares. «Creía que un estadista moderno y civilizado podía
estar por encima de la barbarie. Él sería el árbitro por encima de

1. D .G . Tendulkar, Mahatma, life of Mohandas Karamchand Gandhi,


Bombay, 1951.

tX. nn
/«y
la contienda. El conflicto con China destruyó ese elevado papel
de Nehru», escribe Galbraith. Pero ¿eran tan inocentes las in­
tenciones del primer ministro? Luego anexionó las tierras del
n iz a m de Hyderabad, extendió su manto protector sobre Sikkim
y Bhuttam, entró en el enclave portugués de Goa, intentó deses­
tabilizar el reino del Nepal para instalar un gobierno republicano
y socialista. Su heredero, Lal Bahadur Shastri, y su propia hija
desencadenan «guerras preventivas», la pax india.
El mundo no obedece ya a Gandhi y toma los senderos de la
guerra, Vietnam, Laos, Camboya, Oriente Medio. La carrera
desenfrenada hacia el consumo. «Quien no tiene ni yo ni mío
alcanza la paz». En Washington asistí a las manifestaciones de
resistencia pasiva encabezadas por los hermanos Berrigan contra
la guerra en Vietnam. Gandhi no estaba allí para caminar sobre
los arrozales. Los «rockeros» pensaban que el mundo podía
cambiarse, no con el Gita, sino con el rasgueo de una guitarra
eléctrica. «Si Kissinger no puede imponer la paz en la tierra,
había dicho Mike Lo ve, el solista de los Beach Boys, debemos
buscar una alternativa.» No la había. La generación de los niños
de las flores que se perdió en los senderos de la India tras las
huellas de Gandhi dio paso al ritmo vital frenético, cínico, de­
sencantado. El sueño de Mike Love terminó con el asesinato de
John Lennon en una acera de Nueva York. Pero el beatle re­
belde, que dijo un día: «Somos más famosos que Jesucristo»,
murió sobre el asfalto de la megalópolis, violenta e insegura
como un símbolo de la agresividad y la neurosis desatados en una
época sincopada de disparos, agresiones y delincuencia. Se mata
por unas briznas de droga dura. El amor ya no es la fuerza mayor
del mundo, como había pretendido el Mahatma. La abstención
de las drogas, las bebidas alcohólicas de toda clase y alimentos,
especialmente de carne, para el desarrollo espiritual que Gandhi
defendía, es una botella lanzada al mar por un náufrago.1 La fe
ya no nos transporta, como él deseaba, a través de los océanos
turbulentos. Pero el Mahatma ya lo había advertido: «El mundo

1- Nirmal Kumar Bose, Selections from Gandhi. Navajivan Publishing


House, Ahmedabad, 1948.

171
parece correr detrás de lo efímero». Su reino no es de este mundo,
obsesionado por el consumo. «La producción en serie, dice
Gandhi, no tiene en cuenta las verdaderas necesidades del consu­
midor. Puede demostrarse que la fabricación en serie lleva dentro
de sí sus propios límites. La industrialización no es nunca indis­
pensable y mucho menos en la India».1 A juicio de Gandhi, «si
mueren las aldeas, morirá al mismo tiempo la India. Habrá aca­
bado su misión en el mundo». Pero es el final de la inocencia, del
optimismo, de la utopía gandhiana. A pesar de la guerra fría—el
término inventado en 1946 por el escritor Herbert Swope— los
años cincuenta y sesenta trajeron las bondades efímeras de la
sociedad de consumo, la hipnosis de la televisión, la esperanza
Kennedy, la música pop, la llamada sociedad permisiva, otra de­
rrota para Gandhi; pero la nueva década va a conocer la caricatu-
rización de muchas de estas conquistas sociales. Hay por un lado
una sociedad que derrocha, y por otra una humanidad doliente
que ve morir a su ganado por la sequía. La ruptura de los tabúes
no hace por eso más libre al hombre. La ciencia y la tecnología (la
era del computador) no contribuyen, como Gandhi había pre­
visto, a la creación de sociedades más justas y equitativas. El
hombre pone un pie en la luna. Gandhi recordaría la indefensión y
el abandono de la aldea. Las calculadoras electrónicas, las tarjetas
de crédito, las máquinas galácticas, el video y la píldora se extien­
den por el mundo. El primer bebé probeta nació en 1978 cerca de
Manchester, fecundado en laboratorio. El láser se impuso en el
disco y la cirugía. Se descubren nuevos remedios contra el dolor y
la enfermedad y sin embargo la calidad de la vida se pierde. Las
ciudades se hipertrofian. La aldea de Gandhi se despuebla. «¿Sa­
ben de verdad, preguntó, que su miserable confort no es más que
la gratificación que obtienen a cambio de su trabajo por el explo­
tador extranjero?» Las ciudades ya muy contaminadas se deterio­
ran de día en día. El milagro de la tecnología y la electrónica, el
ordenador en casa, todo en la pequeña pantalla no hacen la vida
más llevadera, más suave, más optimista.

1. R.K. Prabbu y U.R. Rao, The mind of Mahatma Gandhi, Oxford Uní-
versity Press, Londres, 1945.

172
La depresión y el stress son dos grandes males de la época. El
militarismo es una epidemia. En la primera mitad de 1975, eran
cincuenta los países controlados por las fuerzas armadas.
Los temores a la tercera guerra mundial, las bombas de neu­
trones, los azares del exceso de población, el desempleo, la an­
gustia frente a terremotos y sequías, la inflación como «fenó­
meno psicológico» (el consumidor aprendió a vivir por encima
de sus posibilidades), el miedo cotidiano son otras tantas cons­
tantes sociológicas de la época. Nadie está para la hilatura ma­
nual o las alegorías del Gita. Hasta que la nuclearizadón de Eu­
ropa desató una nueva ola de pacifismo en las grandes ciudades
del viejo continente. El temor al apocalipsis y el belicismo de
Ronald Reagan provocaron manifestaciones multitudinarias en
Europa y América, en protesta contra la instalación de misiles
Pershing 2 y Crucero. Ahora Gandhi dudaría del carácter divino
de la naturaleza humana. «Una cosa es segura, escribió. Si esta
loca carrera de armamentos tuviera que proseguir, no habría
más salida que una matanza sin precedentes en la historia. Si
resultara una nación victoriosa, su propia victoria le permitiría
asistir en vida a su muerte. El único medio de librarse de esta
espada de Damocles consiste en aceptar audazmente y sin reser­
vas el método de la no violencia.» Ahora los pacifistas le hacían
caso. Para los demás, como decía Macaulay. un acre en Middles-
sex es mejor que un principado en Utopía. Los destinos del hom­
bre están en manos de personas que desconocen las pasiones
reales de los pueblos. El mundo, que alcanza los 4.000 millones
de habitantes, vive una crisis sobre otra como estratos arqueoló­
gicos y descubre la evidencia: la euforia tecnológica tiene sus
límites. Las viejas virtudes conservadoras, la disciplina y el tra­
bajo duro se pierden. La sociedad global prefiere, como ha seña­
lado el profesor Ralf Dahredorf, «consumir ahora y pagar des­
pués».
En la muerte por los disparos de Naturam Godse contra
Gandhi está el germen de uno de los renovados azotes de la pos­
guerra mundial, el terrorismo. La búsqueda del reino de los cie­
los desatando las fuerzas del infierno. Así Gandhi paga con la
vida su utopía hasta convertirse, como escribía Arthur Koestler,

173
en el «más grande anacronismo vivo del siglo xx. Hay que creer,
aún a riesgo de proferir una blasfemia, que la India de hoy se
hallaría mejor sin la herencia de Gandhi». ¿Es esto cierto?
Gandhi colocó su ideal, la Gran Ilusión, demasiado alto para las
masas y los discípulos escogidos, a los que indicaba el camino
que debían seguir. Su sola presencia ya no era suficiente para
aplacar a las masas, como ocurrió en Noakali. Poco antes de su
muerte sembraron el camino por el que debía pasar de trozos de
cristal y botellas rotas. ¿Vivió demasiado tiempo como sostiene
V.S. Naipaul? ¿Puede ser verdad, como afirman sus enemigos,
que la «voz interior» de Gandhi fue responsable en su arbitrarie­
dad. al no poder controlar las fuerzas que logró poner en movi­
miento, «prolongó innecesariamente la lucha por la independen­
cia», retrasó el «swaraj», el autogobierno, veinticinco años? Sus
constantes cambios de opinión y de estrategia exasperaban a sus
amigos y correligionarios. Subas Chandra Bose, el nacionalista
bengalí aliado de los nazis y los japoneses con la esperanza de
que liberaran la India del yugo inglés, escribe1 que se hallaba en
las luchas de 1920 con C.R. Das, al que encontró «fuera de sí, a
la vez furioso y triste, de ver a Gandhi cambiar constantemente
de órdenes». Hasta el amigo de Gandhi, Romain Rolland, reco­
noce los peligros de estas vacilaciones producto de los conflictos
psicológicos del Mahatma. «Es peligroso tensar todos los resor­
tes ue un pueblo, hacer que jadee de impaciencia ante una ac­
ción prevista, levantar tres veces el brazo para dar la orden y de
pronto, cuando la formidable máquina se pone en marcha, dete­
nerla tres veces. Se corre el peligro de desgastar las ruedas y
romper el impulso.»2 Gandhi ha vivido demasiado, insiste Nai­
paul, se ha convertido en su caricatura santa, en un objeto de
piedad competitiva. Se pierde el conocimiento3 «del hombre por
el hombre hasta sumergirse en las ambigüedades con pérdida de
la creatividad política de los primeros años, la modernidad (para
la India) de una gran parte de su pensamiento. Al final, añade el
1. Subas Chandra Bose, The Iridian Struggle, Calcuta, 1948.
2. Romain Rolland, Mahatma Gandhi, Stock, París.
3. V.S. Naipaul, India a wounded civilization, Vintage Books Edition,
Nueva York, 1978.

174
escritor caribeño de origen indio, le defendió la vieja India, la
misma India cuyas deficiencias políticas él había sabido ver tan
bien con su mirada desde Suráfrica. El mensaje racial se mez­
claba siempre con el religioso. Era literalmente un líder racial
dando batallas raciales, pero ya no puede formular las lecciones
raciales de Suráfrica. Se ve envuelto en lo que parecen contra­
dicciones, contra la intocabilidad pero no contra el sistema de
castas, como un hindú apasionado que era, pero pidiendo por la
unión con los musulmanes. Las difíciles lecciones que había
aprendido en Suráfrica se simplificaron una y otra vez en la In­
dia: termina con manías de santón limpiando las letrinas, un tra­
bajo de intocables, visto sólo como un ejercido de humildad,
haciendo un llamamiento de hombre santo para la hermandad y
el amor. Todo Gandhi termina en nada». Según estas y parecidas
tesis revisionistas, Gandhi ha debilitado la India, la ha vaciado
ideológicamente. «Ahora la gente que combate por el no lucha
por nada; ni él ni la vieja India tienen soluciones para la crisis
actual. Él fue la última expresión de la vieja India; la llevó hasta
el final del camino. Todos los argumentos sobre el estado de
excepción, todas las referencias a su nombre revelan el vado
intelectual de la India, y la vaciedad también de la dvilización a
la que pensó que daría una nueva vida. La estabilidad de la India
gandhiana era ilusión. La crisis de la India no es política o econó­
mica, cree el autor de A n area ofD arkness1, es la de una dviliza­
ción en decadencia.
En el niund, las teorías de la dialéctica de la liberadón de
Franz Fanón han ganado a las de Gandhi. ¿Podrían los negros
surafricanos acabar con el apartheid con la puesta en práctica de la
«ahimsa», la no violencia? De Dien Bien Fu a Argelia o Nicaragua
prevalecen los métodos de lucha y liberación tradicionales. Ha
sido la violencia o la amenaza de la violencia la que ha predpitado
los procesos de descolonización. Los negros en Estados Unidos
lograron algunos derechos más por la amenaza de violencia que
por las técnicas gandhianas de Martin Luther King, asesinado
como Gandhi por la violencia que condenaba. ¿Y en la India?

1 V.S. Naipaul, An area o f Darkness, Andre Deutsch, Londres, 1968.

175
Mohandas Karamchand Gandhi es un apóstol del pasado. Ha
dejado de ser un modelo para el presente, creen algunos de sus
partidarios. «Gandhi fue primero asesinado y después traicio­
nado, manifiesta Minu Masani, seguidor de Gandhi, 75 años y
editor de una revista en Bombay.1 Lo hemos matado con un
beso. India ha dado la espalda a Gandhi del mismo modo que el
Occidente ha dado la espalda a Cristo». Sus teorías económicas,
demolidas por Nehru, no sirven para el presente. «El estanca­
miento económico se debe en parte a que se da mucha importan­
cia a las ideas de Gandhi, afirma al “Observer” de Londres un
conocido hombre de negocios de Bombay, Hayant Sirar, des­
pués de ver la película que rodó Richard Attenborough. Poner
demasiado énfasis en industrias de mucha mano de obra como
telares manuales y crear empleo gracias a tecnología obsoleta
difícilmente va a promover el rápido crecimiento que necesita la
India. Pienso que Gandhi hubiera cambiado de opinión si hu­
biera vivido lo suficiente como para ver que la modernización
crea empleos en Corea, Hong Kong y Pakistán. La realización
más grande de Gandhi fue el uso de la no violencia cuando la
gente era demasiado débil para vencer por la fuerza, como hizo
Martin Luther King en Estados Unidos. Pero la no violencia sólo
funciona con un enemigo sensible a la opinión pública.» En el
otro extremo se sitúan los que creen que Gandhi está vivo. Ram-
lal Parik, vicepresidente de la Gandhi Smarak Nidhi, afirmaba
que Gandhi hizo algo grande: «Despertó en las clases explotadas
un sentimiento de autovaloración. Antes la gente sentía: “He
nacido para vivir oprimido”. Ahora nadie piensa así».
Hay incluso quienes piensan que sus teorías económicas, el
regreso a la aldea, la rueca, tienen una aplicación en el mundo
tecnologizado de hoy. «La gente en la India, afirma el profesor
Parik, está volviendo muy lentamente a Gandhi. Incluso el go­
bierno pide la tecnología apropiada para estimular el creci­
miento de la economía de las aldeas sin minar las raíces del estilo
de vida tradicional. La industria del lino da trabajo a dos millo­
nes de personas.» Son veintidós mil los seguidores de Gandhi

1 «The Mahatma Icgacy», Newsweek, diciembre 13, 1982.

176
que de casa en casa enseñan a tejer, a valorar la medicina natu­
ral, a construir un retrete. Son una gota de agua sobre el océano.
La campaña del «khadi», la hilatura manual, fracasó ya en su
época. Un parlamentario indio había dicho a Arthur Koestler:
«Yo he visto el “khadi” como ve usted; muchos de entre noso­
tros, miembros del partido del Congreso, creemos que lo debe­
mos hacer pero nos cuesta tres veces más caro que el algodón
corriente». La poeta Sarojini Naidu, seguidora de Gandhi, pro­
nunció una frase parecida: «Hace falta mucho dinero para per­
mitir que “Bapu” viva en la pobreza...» La poeta llamaba al
Mahatma, como gran parte de los indios, “Bapu” (padre, en
idioma gujarati) y en privado a veces Micky Mouse. La rueca
como solución a todos los problemas económicos fue el símbolo
de su obsesión, su quimera. Aquel instrumento antiguo, el huso
montado en un bastidor y accionado mediante un volante y una
correa de transmisión, se convierte en el alfa y el omega de su
filosofía económica, el símbolo místico que hace innecesaria y
rechazable la «maldición de la máquina». Gandhi recita «Rama,
rama» (Dios, Dios...) mientras hila. En Young India (La joven
India) el Mahatma escribe: «El llamamiento a la rueca es el más
noble de todos mis llamamientos. Porque es la llamada del
amor... La rueca es el estimulante que devolverá a la vida a los
millones de nuestros compatriotas que están a punto de morir.
Yo creo que si perdemos la rueca perderemos nuestro pulmón
izquierdo y sufriremos por lo tanto de tisis galopante. La reapa­
rición de la rueca detendrá el progreso de la implacable enferme­
dad. ..» Gandhi hizo de la rueca su «sacramento para las masas».
El Mahatma lleva la rueca al centro de la bandera de la India, al
congreso del partido. Los militantes debían pagar su cotización
con madejas, todos los miembros del comité central debían en­
tregar al mes por lo menos 1.800 metros de lino y cuando se
producían los debates en el partido del Congreso cada uno se
•levaba su rueca portátil para ganar tiempo y construir con algo
más que con palabras. La túnica blanca, el «dothi», el «khadi»,
se convierten en el uniforme nacional mientras Gandhi arroja al
luego purificador los tejidos de importación y los saris preferidos
de su mujer Kasturbai.

177
La hilatura manual se convierte para Gandhi en un método
de encuadramiento de las masas cuando todos a su alrededor le
piden más velocidad de acción. Hl Mahatma se atasca en la
rueca, en el trabajo manual, En plena represión británica sobre
los manifestantes, el comité del Congreso se reúne en Bombay
en noviembre de 1921 para establecer un plan de acción. Gandhi
pone condiciones: todo el que desee enrolarse en el movimiento
de no violencia deberá aprender a hilar. Cuando se hizo pública
esta cláusula, el padre de Nehru se echó a reír y Kelkar y Patel
protestaron violentamente.1 Poco después Gandhi fue conde­
nado a seis años de cárcel en Yeravda. Sigue creyendo que «el
sufrimiento voluntario es la fórmula más rápida y mejor para
hacer desaparecer los abusos y las injusticias». Como es natural
se lleva la rueca a la prisión y un manojo de libros, Thoreau,
Tolstoi, La variedad de las experiencias religiosas, de Henry Ja­
mes, Bemard Shaw, H.G. Wells, el Fausto, de Goethe, las Bala-
das de Kipling. La cárcel, como decía Tagore, es para Gandhi
una terapéutica, una cura de reposo. Es precisamente el premio
Nobel uno de los pocos intelectuales indios que ven en el culto al
«khadi» un instrumento de regresión. El hilo de la rueca es para
Gandhi el «hilo del destino». Gandhi, dominado por la idea fija,
quiere que la India se convierta en un taller, en una industria
textil a domicilio. No es por lo tanto nada raro que aquellas ideas
artesanales produjeran por contraste auténtica fascinación en los
periodistas y fotógrafos norteamericanos. Les atraía la paradoja
de un abogado que estudió en la Universidad de Londres y que
sólo vivía de leche de cabra.
Para el Mahatma el jugo de naranja, el té o la leche de vaca
eran estimulantes. Sólo aceptaba la leche de cabra. Por eso, en
sus largos viajes por tren en tercera clase las cabras viajaban con
él. C'uando la fotógrafo de la revista «Life», Margaret Bourke-
White, se acerca a Gandhi con la intención de fotografiarle, sus
secretarias le cierran el paso.2

1. KrishamJas, Se ven months wilh Mahatma Gandhi, Ahmedabad, 1^2#


2. Margaret Bourkc-White, Mahatma Gandhi, Giniger Books, Peníilva-
ma, I %8

178
—Tiene que aprender a hilar, le dicen.
—Pero yo no he venido, protesta, para hilar con el Mahatma,
yo he venido para fotografiar al Mahatma hilando.
—¿Cómo puede entender entonces el simbolismo de Gandhi
trabajando en su rueca? ¿Cómo puede entender el sentido inte­
rior de la rueca, la «charka», a menos que antes aprenda los
rudimentos del arte de hilar? O sea que no sabe usted nada sobre
hilatura manual...
—Sólo sé sacar fotografías. Pero ¿cuánto tiempo se tarda en
aprender a hilar?
—Ah, eso depende de su coeficiente de inteligencia, respon­
dió la secretaria de Gandhi.
Cuando por fin Margaret aprendió a manejar la rueca fue
llevada a presencia del Mahatma y se le permitió fotografiarle
mientras éste echaba pestes de la máquina que «crearía una na­
ción de esclavos». Sorprendía un poco que para condenar el
maqumismo Gandhi utilizara un micrófono o altavoces que di­
fundían sus deseos y sus palabras a través de Radio Nacional o
que al abandonar su plegaria o su día de silencio subiera a un
moderno coche «Packard», que le había prestado uno de los
empresarios más ricos de la industria textil de la India, el señor
Birla. Treinta años más tarde, en el Irán, el ayatolah Jome mi
condenaba también el maqumismo salvaje, pero se sirve de las
cassettes para difundir su mensaje de revolución. La apelación
de Gandhi al ayuno, a las huelgas de hambre tuvo mejor aco­
gida que la reivindicación de la rueca. «El ayuno del Mahatma,
interpretó el Pandit Nehru, tiene dos efectos: introduce un sen­
tido de urgencia en el problema y fuerza a la gente a pensar al
margen de la rutina.» Rabindranath Tagore podía apoyar la
huelga de hambre como palanca de redención, pero nunca
aceptó el excentricismo de Gandhi con respecto a la rueca. El
poeta que le bautizó con el nombre de Mahatma1 regresa en
1^21 a la India después de una larga ausencia. Viene animado

1 Se cree sin embargo que fue el marajá de Gondal el que dio a Gandhi en
el titulo de Mahatma, así como 35.000 rupias para su campaña antiradsta
Africa.

179
por la idea de «llenar los pulmones con la brisa vivificadora del
despertar nacional», pero lo que ve le deja horrorizado y no lo
oculta:
«Lo que descubrí al llegar a Calcuta me desmoralizó. Una
atmósfera opresiva parecía caer sobre el país. Consideremos el
hecho de quemar los tejidos. ¿Cuál es la naturaleza de la razón
que os empuja a hacerlo? ¿No se trata de otra fórmula mágica?
La cuestión de saber si se debe o no utilizar un tejido fabricado
en tales o cuales condiciones pertenece ante todo a la ciencia
económica. Y es en el terreno de la ciencia económica en el que
debería desarrollarse la discusión entre nuestros compatriotas. Si
el país ha contraído hábitos espirituales tales que no le es posible
pensar con precisión, entonces nuestro primer combate debería
tender a suprimir hábitos tan fatales que constituyen el pecado
original del que proceden todos nuestros males. Pero lejos de ir
en ese sentido nos mantenemos en el error, a partir de la fórmula
mágica según la cual los tejidos extranjeros son impuros. De esta
manera se pone de lado a la ciencia económica y se la reemplaza
por un engañoso dogma moral. Cuando el Mahatma Gandhi de­
clara la guerra a la tiranía de la máquina1 que oprime al mundo
entero, todos nos ponemos bajo su bandera. Pero debemos re­
chazar como aliada a la mentalidad esclava a base de ilusión y
demagogia que está en la raíz de todas las miserias e insultos que
hacen gemir a nuestro país.» Pero ante la acusación de misti­
cismo e irracionalidad del poeta y premio Nobel, Gandhi no se
inmuta: «Pido a Tagore que se sirva de la rueca a guisa de sacra­
mento. El hambre es la razón que ha empujado a la India hacia
la rueca. Es un pecado vestir con tejidos extranjeros. Al sen­
tirme manchado por ese pecado debo arrojar al fuego los vesti­

1. Son muchos los marxistas que han visto las doctrinas sociales de Gandhi
cen simpatía y respeto. El marxista indio, doctor Buddahadeva Bhattacharyya,
le ha dedicado un libro (Evolution o ft h e political Philosophy o f Gandhi, Cal­
cuta Book House, Calcuta, 1970). Se refiere el autor a la preocupación de
Gandhi por el hecho de que la tecnología generara un mayor índice de desem­
pleo. En realidad el Partido Marxista hizo campaña contra la introducción de
tractores en zonas en las que el desempleo era alto. «Nuestros marxistas, cuen­
tan al autor, no han dejado de ser gandhianos.»

180
dos importados para purificarme y vestir el “khadi” fabricado
por mis vecinos». En otro momento añadió: «Yo no quiero que
el poeta renuncie a su música, el granjero a su carreta y el mé­
dico a su bisturí. Sólo les pido que hilen durante media hora en
espíritu de sacrificio. Al hombre que se muere de hambre le pido
que hile para vivir, al campesino pobre que hile media hora para
salir de la penuria».1 Extravagancia o realismo para Gandhi, y
Nehru, que la llamaba la «insignia de la libertad», la rueca sim­
bolizaba con toda su aureola romántica una nueva política eco­
nómica rural. Era el modo del Mahatma para identificarse con
los más pobres: «Cuanto más entro en las aldeas es más violento
el choque que me produce la mirada vacía de los campesinos.
A fuerza de trabajar junto al ganado han terminado por parecerse
a él. La India se muere; si queréis salvarla haced lo poco que os
pido. Tomad la rueca o morid». Pero la rueca no era el único
anacronismo del hombre que llamaba a las vacas «tiernos poe­
mas».

1 B.R. Nanda, Gandhi, George Alien and Unwin Ltd., Londres, 1958.

181
14
La pasión animal
El Mahatma Gandhi contaba 37 años cuando hizo voto de
castidad para toda la vida. Lo cumplió obsesionado con la idea
de caer en la tentación y una mañana, horrorizado, ya anciano
de 77 años, se despertó en Bombay con el sexo en erección.1 Se
había casado con Kasturbai, mujer simple, iletrada, la esposa
elegida para él a los 13 años. Gandhi descubrió el amor físico con
«la impetuosidad del huracán». El hijo del primer ministro de
Porbandar, el lugar donde nació, se convirtió en un celoso enfer­
mizo. Kasturbai le hizo frente con gentileza pero también con
determinación. «Fue de mi mujer, dirá más tarde, de quien re­
cibí las primeras lecciones de no violencia. Al verla cómo me
hacía frente y al mismo tiempo sufrir por mi estupidez terminé
por sentir vergüenza.» Gandhi fue un enamorado ardiente, insa­
ciable, siempre fiel hasta que sintió el complejo de culpabilidad
del sexo en un episodio traumático que marcó su vida. Lo cuenta
1. Según su biógrafo oficial, llegó a tener una emisión seminal que lo dejó
postrado. «Un hombre, escribe Gandhi, que durante cuarenta años luchó
contra el instinto no podía sino sufrir mucho ante una experiencia semejante.
Fue el momento más negro de mi existencia. Si caigo hubiera sido mi ruina
total.»

183
en el capítulo noveno de su Autobiografía l: «Tenía yo dieciséis
años. Mi padre sufría de una fístula. Yo hacía de enfermero, le
vestía, le daba su medicina. Cada noche le daba un masaje en las
piernas. Nunca dejé de hacerlo. Mis obligaciones se repartían
entre la escuela y el cuidado de mi padre. Esta era la época en
que mi mujer esperaba un niño, una circunstancia que, tal como
hoy lo veo, representa una vergüenza doble para mí. No lograba
controlarme. El deseo carnal prevaleció sobre mi deber de estu­
diar y, lo que era aún más importante, la devoción hacia mis
padres. Cada noche en que mis manos estaban ocupadas en el
masaje de mi padre mi imaginación estaba en la cama en un
momento en que la religión, la ciencia médica y el sentido común
prohibían el acto sexual. Siempre sentía alegría cuando dejaba el
masaje y me iba derecho a la cama después de rendir obediencia
a mi padre, que estaba más enfermo cada día. Hasta que llegó la
espantosa noche. Mi tío, que se hallaba entonces en Rajkot, vol­
vió enseguida al recibir noticias de que mi padre empeoraba. Mi
tío se sentaba cerca de la cama de mi padre y dormía a su lado
después de enviarnos a todos a dormir. Nadie hubiera pensado
que aquella sería la noche señalada».
Son unas páginas ofuscadas por la inquietud del recuerdo:
«Eran, prosigue Gandhi, las diez y media o las once de la noche.
Yo estaba dando el masaje. Mi tío se ofreció a relevarme. Me
gustó la idea y corrí hacia la cama. Mi mujer, pobrecilla, dormía
profundamente. Pero ¿cómo podría dormir si yo estaba allí? La
desperté, pero a los cinco o seis minutos el criado llamó a la
puerta. “Despierta, dijo, el padre está muy enfermo.” Yo sabía
que estaba muy enfermo y pensé lo que “muy enfermo” signifi­
caría en aquel momento. Salté de la cama.»
—¿Qué pasa? ¿Dime qué pasa?, pregunté.
—El padre ha dejado de existir.
Me sentí profundamente avergonzado, miserable. Corrí ha­
cia la habitación de mi padre. Me di cuenta de que si la pasión
animal no me hubiera cegado me hubiera ahorrado la tortura de
la separación de mi padre durante sus últimos momentos de

1. Gandhi, An Autohiographie, Jonathan Cape, Londres, 1966.

184
vida. Le hubiera estado dando masaje y hubiera muerto en mis
manos. En cambio era mi tío el que tuvo ese privilegio. Quería
tanto a su hermano que tuvo el honor de ayudarle en la última
hora. La vergüenza era el resultado de mi lujuria, incluso en la
hora crítica de la muerte de mi padre. Fue una mancha que
nunca pude olvidar o borrar. Mi mente estaba en aquel mo­
mento en la lujuria. Me costó mucho liberarme de las cadenas de
la lascivia y hube de pasar por muchas pruebas antes de supe­
rarme». En el espacio de los trece a los dieciocho años, su mujer
Kasturbai había estado con él solo tres años, el resto lo pasó
entre Inglaterra y Suráfrica. Confiesa que a los veinticuatro años
el deseo camal le había abandonado casi por completo. En 1906
hizo voto de castidad, la «bramacharya». Según la concepción
social hindú la vida del individuo pasa por tres etapas, la «bra­
macharya» en la que estudia y se prepara para la vida de adulto,
la segunda abarca el matrimonio, los hijos y el cumplimiento de
sus deberes en el mundo, la «grahasthashram». En el tercer pe­
ríodo, «varnashram» se despega de sus deseos y obligaciones y
en la última «sanyasa» renuncia al mundo, se consagra a la medi­
tación y £e prepara para la muerte.
La mujer de Gandhi, Kasturbai, aceptó mejor la abstinencia
sexual que el modus vivendi que le ofreció a continuación, la
austeridad, el desprendimiento. Las razones del voto de castidad
que nace cuando Gandhi trabaja como voluntario en las ambu­
lancias durante la rebelión de los zulúes en África del Sur en­
cuentra, además de una base moral, la justificación sociológica,
el control de la natalidad. Para entonces el abogado de Porban-
dar tenía ya cuatro hijos. Pero no sabía aún la lucha interior que
le esperaba. El Mahatma es un hombre tenaz pero contradicto­
rio, asaltado con frecuencia por los fantasmas, monomaniaco.
Para mantener su abstinencia sexual probó toda clase de regíme­
nes alimenticios, «con la esperanza de encontrar aquel que le
conservara a la vez la salud y le apartara de las pasiones: supri­
mió la sal, las leguminosas, después la leche. Ensayaba todas las
combinaciones imaginables. Se dio cuenta de que el ayuno era
útil pero que el dominio del cuerpo sólo era un aspecto del pro­
blema : la raíz de la sensualidad estaba en el espíritu y había que

185
expulsar el deseo del subconsciente. De vez en cuando soñaba en
los placeres del pasado y no podía abandonar la vigilancia un
momento. Pero después de nueve años de continencia le ocurrió,
sobre todo después de volver a la India en 1915, la llamada del
demonio carnal y la victoria no fue fácil.»1
Gandhi se lanzo a la predicación de la continencia sexual por­
que entre otras cosas veía en la «pasión animal» un daño físico y
un pecado. Se puede comprobar el caso que le hizo la India tam­
bién en este aspecto. A los treinta y cinco años de su muerte
dobló la población. Su única técnica de planificación familiar
era. absurdamente, la abstinencia que recomendaba incluso a los
casados. La visión del mundo y de la vida de Gandhi era un
universo de gimnastas vírgenes siempre en lucha contra las pa­
siones, algo así como los guardianes de la República Ideal de
Platón. Aconsejaba cualquier alimento, ejercicio, abluciones,
lecturas y distracciones que ayudaran a vencer el instinto carnal.
Y si a pesar de todas estas precauciones las defensas de la virtud
se debilitaban, había que arrodillarse ante Dios y pedirle protec­
ción. Aquí Gandhi había sufrido, al margen de sus traumas juve­
niles y sus experiencias en África del Sur, la influencia intelec­
tual de su amigo Tolstoi. «El hombre, escribió el autor de Gue­
rra y paz, sobrevive a los temblores de tierra, a las epidemias, a
todos los sufrimientos, pero la tragedia más dolorosa es y será la
de la cama.» Después de la Sonata a Kreutzer, Tolstoi aseguró
que el ideal cristiano del amor de Dios y del prójimo era, como
recoge Nanda, «incompatible con el amor carnal y el matrimo­
nio». Las malas lenguas dijeron que Tolstoi se estaba haciendo
viejo y que olvidaba demasiado rápidamente que había tenido
trece hijos. Pero lo cierto es que sólo a los 81 años, uno antes de
su muerte, se sintió liberado de cualquier apetito carnal. Pero la
condesa de Tolstoi se volvió loca. «Quiero matarme, huir, ena­
morarme de otro», gritaba. Kasturbai Gandhi, que había espe­
rado una vida burguesa, sin complicaciones al lado de su marido,
encontró junto a la obligada castidad, la pobreza. Se resignó en­
seguida y apoyó con ardor a su marido en todas las campañas. Su

1. B.R. Nanda, Gandhi, George Alien and Unwin, Londres, 1958.

186
profunda fe hindú le permitió superar todas las pruebas. Sin em­
bargo, la ley de la abstinencia era un descubrimiento de Gandhi
recibido de Tolstoi. Los dioses hindúes se casan y tienen una
intensa vida sexual. Aunque había renunciado al amor físico, no
por ello Gandhi alejó a las mujeres de su lado, bien por el con­
trario, se rodeó de ellas en abundancia y se convirtió en el cam­
peón de la emancipación social y política de la mujer, «hasta
devolver a las indias su dignidad y hacerlas conscientes de su
fuerza».
Un psicoanalista norteamericano, el doctor Erik H. Erik-
son,1 es el que mejor ha iluminado el sistema de pensamiento de
Gandhi, el espiritual y metafísico a través de los descubrimientos
del psicoanálisis. El doctor defiende las razones psicohistóricas
de la castidad gandhiana. Reconoce que hubiera sido más feliz
de haber sido un líder espiritual virgen, pero su familia le em­
pujó al matrimonio a los trece años. Después, impulsado por una
sexualidad fuerte, pasó días muy angustiosos para conservar su
castidad mientras estudiaba en Londres, pero al mismo tiempo
nunca confesó que estaba casado para evitar que aquellas señori­
tas que tanto le preocupaban se alejaran de él. Gandhi adoraba
ponerse a prueba, necesitaba de la tentación, aunque como en
este caso fuera gratuita. ¿Desviación? ¿Platonismo? ¿Una «cura
natural» como decía su médico Sushila Nayar?
El doctor Erikson hace un esfuerzo por no juzgar a Gandhi
con el rasero de otros hombres. Se habla de complejo de Edipo.
de sadismo, «pero aunque sería fácil adjudicarle toda clase de
nombres clínicos, desde la fobia a la obsesión o a la psicopatía,
escribe, está claro también que había algo superior en su conducta
personal». Hasta la neurosis forma parte de su personalidad. Por
otra parte, a la tesis de los idealistas de que la neurosis de un Swift
o un Wagner está en el origen de su grandeza y creatividad, los
freudianos responden que ese hecho los limitó a ellos como a
otros: de no sufrir de neurosis hubiera llegado aún más lejos.
Hasta tal punto necesita Gandhi la morbosa tentación que. a
77 años, en el peor momento de su crisis personal y política,

• Frik H. Erikson. Gandhi's Truth, Faber. Londres. 1970.

187
pide a su sobrina-nieta Manu que duerma a su lado. Es lo que
llama «caminar sobre el filo de la espada». El escándalo se cierne
sobre el anciano moralista que repitió la experiencia con otras
jóvenes y atractivas mujeres. Huérfana desde muy pequeña,
Manu fue educada con los Gandhi. Al morir Kasturbai en la
cárcel dos años antes se la encomendó al Mahatma: «Cuida de
ella», dijo. El desafio de Gandhi al pedirle que compartiera su
cama (al parecer lo hacía desde años antes), tenía una dudosa
doble función: la muchacha era virgen, como le confesó un día y
el anciano no sucumbió en ningún momento, tras su voto en
1906, a las tentaciones de la carne. Decidieron probarse los dos
en el camino de la perfección. En realidad Manu veía en el
Mahatma a un padre y a una madre. Cuando escribe un libro
sobre sus experiencias al lado de su tío abuelo le pone un título
significativo: Bapu, my mother.1 Gandhi disfrutaba poniéndose
a prueba y poniendo a prueba, como en este caso hizo con Manu
y otras mujeres, Abha o su médico personal, Sushila Nayar. Era
algo «anormal y antinatural» según Nehru. Pero que algunos dis­
cípulos, entre ellos el profesor Nirmal Kumar Bose, autor de Mis
días con Gandhi, lo interpretaron como una caída en la tentación
sexual, hasta el punto de que le abandonaron. Por ello Gandhi
respondió: «No comprenden. El perfecto hombre casto es el que
puede dormir al lado de una Venus en todo el esplendor de su
desnudez sin experimentar la menor turbación mental o física».
Al extenderse el rumor de que el Mahatma había renunciado a
su «bramacharya», a su voto de abstinencia sexual, el anciano se
vio obligado a dar explicaciones, a justificarse ante las murmura­
ciones. Algunos lo comprendieron pero otros no. Cuando Abha
Kanu, esposa del bisnieto de Gandhi, acepta compartir la cama
con el Mahatma lo hace «porque el anciano necesita calor».
Cuando Ved Mehta le pregunta para su libro Mahatma Gandhi y
sus apóstoles, ¿y su marido no tenía nada que objetar? Abha
responde: «Desde luego que no le hacía ninguna gracia que dur­
miese desnuda con Gandhi. Él se ofreció a meterse en la cama
con él y calentársela, pero el viejo no aceptó».

1. Una traducción aproximada podría ser «Señor Padre, madre».

188
Es discutible la utilización que Gandhi hizo de su sobrina-
nieta como conejillo de Indias de su resistencia al impulso se­
xual. Gandhi había escrito: «Mi mujer era un ser inferior cuando
era instrumento de mi lujuria». Con respecto a Manu, este an­
ciano obsesionado con el sexo pronunció una frase para los psi­
coanalistas: «Yo he sido un padre para mucha gente pero soy
una madre sólo para ti, soy una madre». Gandhi hizo por ella
«todo lo que una madre hace para su hija. Vigiló su educación,
su alimentación, sus vestidos, su descanso, su sueño. Para mejor
vigilarla hizo que compartiera su cama. Una muchacha perfecta­
mente inocente nunca se siente turbada cuando duerme con su
madre». En ningún momento Manu, en cuyos brazos murió en el
atentado de la Casa Birla de Nueva Delhi, se sintió turbada. Era
ella la que le bañaba «en el momento del baño, escribe la sobri­
na-nieta en su libro, “Bapu” me hablaba y me daba consejos
mientras me acariciaba la espalda...» En este ejercicio de auto­
control Gandhi buscaba, según él, no sólo el nirvana, el
«moksha», la superación de lo terrenal, la liberación del ciclo de
las reencarnaciones, sino la Verdad con mayúscula. Si tenía éxito
en la superación de las tentaciones camales daría un ejemplo de
su fortaleza al mundo. «Su sinceridad, escribe su amigo y secre­
tario Pyarelal, impresionaría a los musulmanes, sus enemigos de
la Liga Musulmana e incluso a Ali Jinnah, que dudaban de su
sinceridad, en perjuicio no sólo de Gandhi sino de la India.»
Debía convencer a la Liga Musulmana de su buena fe y de su
condición de instrumento de Dios, el Dios de todos en la tierra.
Pero estos experimentos no eran necesarios y resultan difíciles
de comprender. William L. Shirer que le conodó bien y le ad­
miró siempre escribe:1 «Si Gandhi pasaba frío ¿por qué no se
ponía otra manta y no una bella joven? Si a los 77 o 78 años tenía
aún dudas sobre su capacidad para resistir a la tentación de los
sentidos, ¿por qué correr el riesgo? ¿Por qué arriesgar el daño de
aquellas jóvenes criaturas que estaban completamente bajo su
influencia?»
Las expresiones «concupiscencia» y «pasión animal» afloran

1 William L. Shirer: Mahatma Gandhi, Frassinelli, Milán, 1983.

189
a lo largo de la vida, la palabra y la obra de Gandhi. La mujer es
«víctima» y «objeto». Cuando alguien le recuerda que también
las mujeres sienten el impulso sexual, Gandhi responde: «Pues
que transfieran su amor al conjunto de la humanidad, que olvi­
den que puede ser el objeto de la concupiscencia del hombre».
Gandhi se sitúa a la derecha de la Iglesia católica en materia de
control de nacimientos. Ni siquiera acepta la llamada «ruleta va­
ticana», el método de Ogino. Gandhi podía haber contribuido
con su autoridad moral a resolver el asfixiante problema de la
explosión demográfica de la India. Cuando la doctora norteame­
ricana Margaret Sanger, pionera de la planificación familiar, le
visita en 1936 obtiene la impresión por lo demás extendida entre
los que le conocen de que el Mahatma escucha pero nunca se
apea de sus convicciones. «Seguía con su idea, escribe Margaret
Sanger, y después de una pausa la reanudaba como si no le hu­
bieras entendido. Aunque pretendía ser de espíritu generoso,
estaba orgulloso de no cambiar nunca de opinión. Se acusaba a sí
mismo de conducirse como un bruto porque en su juventud ha­
bía deseado a su mujer. Las relaciones sexuales eran para él ac­
tos degradantes, necesarias sólo algunas veces para la procrea­
ción. Opinaba que no eran precisos más de tres o cuatro hijos
por familia y que en consecuencia el matrimonio no debía man­
tener relaciones sexuales más de tres o cuatro veces a lo largo de
su vida conyugal.»
Gandhi impuso su código de la abstinencia en todos sus «ash-
rams», como condición para una «vida espiritual más elevada».
Pero en el primer monasterio que fundó en Fénix, África del
Sur, se encontró con el «pecado de homosexualidad» de dos de
sus discípulos. La solución era la penitencia. «Yo me encontraba
en Johannesburgo, escribe Gandhi, cuando me comunicaron que
dos pensionistas del “ashram” habían caído. U n fracaso o un
revés en la lucha política no me hubieran chocado, pero al cono­
cer esta noticia me sentí como golpeado por el rayo. El mismo
día tomé el tren para Fénix... De camino mi deber se me apare­
ció claramente. Yo creía que el guardián o el maestro eran los
responsables en una cierta medida, al menos del fallo de sus
alumnos. Pensé que los culpables no podrían medir mi angustia y

190
la gravedad de su falta más que si me imponía una penitencia a
causa de ella. Así, decidí ayunar durante siete días y sólo comer
una vez al día durante cuatro meses y medio. Mi penitencia
apenó a todo el mundo pero despejó la atmósfera. Todo el
mundo pudo darse cuenta de lo terrible que era caer en el pe­
cado.»
En Gandhi la actividad política, social, sus experiencias con
la verdad forman un todo. La «ahimsa», la «satyagraha», la
«bramacharya» se apoyan una en otra. Pero sin eliminar a las
demás en esa lucha metaforizada por Koestler entre el yogi y el
comisario, dos teorías se enfrentan, en el primer caso la transfor­
mación desde el exterior, la revolución (el comisario) y el yogi,
el mundo debe cambiar desde el interior sin recurrir a la violen­
cia con la ayuda del racionalismo y el misticismo.1Todo depende
de la experiencia con Manu. Es el punto crítico de la historia de
la India, las tensiones de junio-julio de 1947. Como desviación
del peligro o como apologética, el Mahatma decide escribir seis
artículos sobre la abstinencia sexual. Nada más alejado de la rea­
lidad que su ensayo con Manu. El Mahatma escribe ai presidente
del Congreso, su amigo y colaborador Acharya Kripalani: «Esta
es una carta muy personal pero no de carácter privado. Manu
Gandhi, mi nieta, comparte la cama conmigo. Por esta razón me
han abandonado mis colaboradores más queridos. He reflexio­
nado profundamente sobre esta cuestión. Podrá abandonarme el
mundo entero pero no renunciaré a lo que yo creo que es la
Verdad...» Fue por fin Manu la que pidió a Gandhi que durmie­
ran en camas separadas. El Mahatma aceptó con disgusto.
Si la rueca es el símbolo exterior, la castidad lo es de la voz
interior de Gandhi. Está en las raíces del hinduismo. Para la
medicina ayurvédica, la tradicional en la India, la «fuerza vital»
del hombre se concentra en el fluido seminal. El «bindu» es el
elixir de la vida. Gandhi creía que la abstinencia sexual le permi­
tiría vivir 120 años y mejoraría no sólo su salud sino su fuerza
espiritual. Koestler, que analizó con lucidez esta fase de la vida
de Gandhi, explica la ambivalencia del hinduismo con respecto a

1 Arthur Koestler, Le yogi et le commissaire, Calmann*Levy, Parts, 1969.

191
la sexualidad. Por un lado, el culto al «lingam» (el sexo), las
esculturas eróticas de los templos, el Kama Sutra y las «farma­
cias sexuales» donde se venden toda clase de afrodisiacos. De
otra parte la hipocresía, el homenaje sin convicción al ideal de
la castidad y el temor a perder el fluido seminal porque debi­
lita. «Si las esposas, dice Gandhi, resistiesen a sus maridos sería
perfecto.» Cuando tiene un sueño erótico se castiga con seis se­
manas de penitencia. Algo tan difícil de entender para una
mentalidad occidental como su bivalencia con respecto a su
nieta, de la que es el padre y la madre. «Lo amplio e insólito de
sus posibilidades internas, ha escrito Otto Wolf, catedrático en
Tubinga (Alemania) y profesor en la escuela de predicadores
de Ranchi al norte de la India,1 surge en los rasgos fundamen­
tales que acierta a combinar en su carácter: sensibilidad hasta la
ternura, y, por otra parte, severidad hasta la aspereza, extrema
capacidad de adaptación e inconmovible rigidez de principios,
una testarudez que se resiste a la lógica vulgar y un calculador
aprovechamiento de las circunstancias rayano en la astucia. A
su ingenua alegría de vivir, que le hace amar a niños y flores, se
contrapone un riguroso ascetismo que le lleva a declarar la gue­
rra a todo lo sexual.» En Gandhi se debaten el «yin» y el
«vang» chinos, el par y el impar, aplicado a las tendencias mas­
culinas y femeninas. Para el político inglés H.N. Brailsford, que
colaboró con él, «su originalidad residía en buena parte en que
las tendencias femeninas en su estructura espiritual eran por lo
menos tan fuertes como las masculinas. Aquéllas se manifesta­
ban por ejemplo en su amor a los niños, en la alegría que le
producía jugar con ellos, en la dedicación con que se entregaba
al cuidado de los enfermos. Su querida rueca nunca ha dejado
ser un instrumento femenino. ¿Y no es la firmeza en la verdad
(«satyagraha») un modo de vencer a través del sufrimiento pro­
pio, un método de mujer? Esta tensión polarizada entre la vio­
lencia y el propio sufrimiento constituye en realidad un con­
traste entre las formas masculinas y femeninas de la conducta.
En el Gandhi conservador y pacifista pervive su madre, mien­

1. Otto Wolf, Mahatma Gandhi, Ediciones Moretón, Bilbao.

192
tras que el instinto masculino de lucha le convierte en rebelde y
reformador».
El amor del Mahatma Gandhi a los niños fue una tendencia
extrapolada y tardía. Con sus hijos, en especial con el hijo
mayor, fue un padre tiránico, agresivo, cruel e injusto. Los hizo
víctimas de sus teorías. Desfoga su conciencia de culpa sexual
sobre el hijo primogénito, Harilal. No envía a sus hijos a la es­
cuela porque quiere formarlos a su imagen y semejanza. Como
ha renunciado a las relaciones sexuales, desea que sus hijos ha­
gan otro tanto. Cuando Harilal cumple dieciocho años, entra en
rebeldía con el padre autoritario, el centro de las costumbres
familiares del hinduismo. El hijo mayor desea casarse pero
Gandhi se niega a concederle el permiso y reniega de él. A pesar
de todo Harilal se casa. Cuando su mujer muere en la epidemia
de gripe de 1918, Harilal Gandhi, que cuenta treinta años, soli­
cita la bendición del padre para casarse de nuevo. Una vez más
Gandhi se la niega. El hijo excomulgado se entrega al alcohol, a
las prostitutas, se convierte al islamismo y publica un artículo
contra su padre con el seudónimo de «Abdulla». Esta actitud
despótica la explica el propio Gandhi: «Yo era un esclavo de la
pasión cuando Harilal fue concebido. He llevado una vida car­
nal, una vida de lujuria durante la infancia de Harilal». Hay una
escena patética con Kasturbai en el lecho de muerte . Solicita que
le traigan a su hijo mayor, tanto tiempo separado de la vida fa­
miliar. Harilal se presenta en la cabecera de la moribunda com­
pletamente borracho. Kasturbai murió llorando mientras se gol­
peaba la frente con las manos.
El segundo hijo de Gandhi, Manilal, era por el contrario su­
miso y devoto de su padre. No por ello el comportamiento del
Mahatma fue con él menos inhumano. «A los veinte años co­
metió un pecado imperdonable, perdió la virginidad.» La reac­
ción del Mahatma fue inmediata y desproporcionada: acusó pú­
blicamente a su hijo y logró que la responsable de su caída se
cortara el pelo hasta quedar con el cráneo desnudo. Por otras
razones —había prestado dinero a su hermano—, Gandhi lo
apartó de su lado y del «ashram», le prohibió que usara el nom­
bre de Gandhi y lo envió al exilio. «Mi padre, contó Manilal a

193
Louis Fischer,1 decidió ayunar por mis pecados pero me pasé
toda la noche suplicándole que no lo hiciera y por fin aceptó mis
súplicas. Cuando los dejé, mi querida madre y mi hermano De-
vadas lloraban con desconsuelo.»
La venganza de Gandhi contra sus hijos se hace más palpable
si se tiene en cuenta el trato que recibe su primo en segundo
grado, Maganlal, al que declara heredero porque acepta la conti­
nencia sexual como regla de vida. «Fue el primero, dice Gandhi
en la oración fúnebre cuando Maganlal muere a los cuarenta y
cinco años, que sintió la belleza del voto de castidad.» El padre
de la no violencia aplicó la crueldad en sus propios hijos. Prefirió
la injusticia al desorden sexual.

1. Louis Fischer: La vie du Mahatma Gandhi, Calman-Levy, París, 1^52-

194
15
El enigma

«¿Mi impresión sobre Gandhi? Es lo mismo que si me pre­


guntara sobre la impresión que me causa el Himalaya», dijo de él
G. Bernard Shaw. Como para los que le conocen, para los que
no le conocen es un enigma, simple y extraño, sincero hasta la
sospecha, cautivador, desconcertante, un cuerpo esmirriado so­
bre unas piernas de zancuda, boca desdentada, nariz de nabo
caído sobre un labio carnoso y un alma de acero. Había en él
algo, escribe Jawaharlal Nehru, que «forzaba a la obediencia»,
con aquellos ojos tranquilos y graves que os analizaban hasta el
fondo del alma. Su voz neta, limpia, penetraba, se insinuaba
hasta el corazón y removía las entrañas. Nada de aspereza o de
tensión, todo lo contrario un sentido del humor siempre pre­
sente, una deliciosa sonrisa, una risa contagiosa.1
Pero también una presión moral, fetichista, puritana, calvi­
nista. Respira el poder y la autoridad, da órdenes que hay que
ejecutar. La veneración que le rodea le permite una constante
llamada al heroísmo, al sacrificio. Cuando tres niños del «ashram»
mueren de viruela prohíbe la vacunación. «Quiero que prefiráis,

l • Jawaharlal Nehru, Ma vie et mesprisons, Denoel, París, 1952.

195
dice, la muerte y el sufrimiento a la vida.» Gandhi impone la
autoinmolación. Su amigo Mahaved Desai un día no puede con­
tenerse y comenta: «Vivir en el cielo con los santos es una bendi­
ción y una gloria; vivir con ellos en la tierra es otra cosa».1 Esta
intransigencia le permitió hacer de una banda de desharrapados
un ejército de mártires.
Todo pasa por su garlopa, los hospitales, la medicina occi­
dental, los abogados, los ferrocarriles, el teléfono, la máquina
maldita. Él que es hijo del Sermón de la Montaña, de la obra de
Ruskin (las virtudes de la fisiocracia), Tolstoi, Thoreau, la Uni­
versidad de Londres, la cultura occidental, cree «que la civiliza­
ción india es la mejor y la europea es sólo una maravilla pa­
sajera. Gandhi creía que si se dejara de utilizar el tren, el mismo
tren del que se servía para sus largos desplazamientos por la In­
dia, se evitarían las confusiones. Gandhi cree que con la locomo­
tora el hombre ha sobrepasado sus límites, es una institución
muy peligrosa y el hombre se halla desamparado, se ha alejado
aún más del Creador». El héroe de su libro preferido, el Bhaga-
vad-Gita , recibe el mismo consejo de Dios cuando el noble
Arjuna monta en su carro de guerra: «No vayas más allá de
donde tus pies puedan llevarte». Otra de sus paradojas: él, abo­
gado largo tiempo en ejercicio, afirmaba que los hombres per­
dieron la virilidad y se hicieron cobardes desde el momento en
que recurrieron a los tribunales.
En su rigor Gandhi cree en las virtudes de la enfermedad y en
los peligros de la medicina moderna. Las enfermedades apare­
cen por la negligencia del hombre «o de su gusto por lo fácil. Yo
como demasiado, sufro una indigestión, voy al médico y me re­
ceta una medicina. Me curo, vuelvo a comer demasiado y vuelvo
a tomar pastillas. Si no hubiera tomado antes las pastillas hu­
biera sufrido un castigo merecido y no hubiera empezado a co­
mer de forma desproporcionada». «Los hospitales, afirma, son
instituciones que propagan el pecado. Son instrumentos que el
diablo utiliza para sus propios fines, para dominar su reino. Los

1. Gandhi eí la non-violence, Suzanne Lassier, Editions du Seuil, Pa*


rís, 1970.

196
hospitales perpetúan el vicio, la miseria, la degradación y la es­
clavitud.» Esta ciega obediencia a los métodos tradicionales de
curación y una alimentación rígida, leche y verduras, no evitan la
proliferación de la enfermedad a lo largo de su existencia: fístu­
las, apendicitis, malaria, anquilostomiasis, disentería amebiana,
hipertensión, depresiones nerviosas. Cuando alguien le pregunta
si sufre de los nervios, Gandhi responde: «Haga esa pregunta a
mi mujer, ante la gente estoy de excelente humor, pero con
ella...»
El Mahatma rechaza la medicina de Occidente pero ha termi­
nado por recurrir a ella al borde de la muerte. Fue el caso en
1924, cuando se hallaba detenido en la cárcel de Yeravda con
instrucciones precisas del virrey de la India: «Que le traten como
un prisionero más y que no viva en pensión a cuenta del Estado».
Pero el Mahatma sufrió una crisis aguda de apendicitis. Los mé­
dicos de la prisión, aterrorizados ante las consecuencias que en la
India soliviantada tendría una muerte en la cárcel, se acercaron a
él para salvarle como fuera. Gandhi se muestra reacio a la opera­
ción pero en su habitual capacidad de perdón escribe y firma un
documento en el que se elogia el comportamiento de los docto­
res británicos. Pero el 12 de enero a las diez de la noche, con el
enfermo en mal estado, los médicos le operan en el hospital de
Puna. La luz eléctrica se cortó de pronto y hubo que seguir con
una linterna que también se apagó cuando la operación termi­
naba. Todo salió bien y los médicos enviaron un telegrama a
Kasturbai: «Gandhi operado ayer tras una crisis de apendicitis
aguda, noche excelente, estado satisfactorio». La India conoció
la noticia con emoción. Pero los sustos de trescientos millones de
personas pendientes de la salud de aquel «fakir desnudo» que se
negaba en principio a aceptar la medicina moderna no acabarían
allí.
La misma actitud de rechazo adoptó con respecto a la educa­
ción tradicional. No envió a sus hijos a la escuela con la espe­
ranza de poder educarles en casa. Fue algo que no pudo cumplir
nunca: estaba siempre ocupado. Gandhi creyó siempre que la
educación era un instrumento del que se podía usar y abusar,
^ ra el Mahatma la educación es reaccionaria, contraprodu-

197
cente, peligrosa. «Un campesino, explica, se gana la vida honra­
damente. Sabe cómo debe comportarse con sus padres, con su
mujer, con sus hijos, pero no puede escribir su nombre. ¿Qué os
proponéis hacer con él educándole? ¿Añadiríais un punto a su
felicidad? ¿Queréis que se muestre un día descontento con la
choza en la que vive?»
La educación superior tampoco resiste el análisis del
Mahatma: «He estudiado, dice, la geografía, la astronomía, el
álgebra, la geometría, etc... ¿Y qué beneficio he podido obtener
de esas disciplinas? ¿En qué me ha beneficiado a mí o a los que
me rodean? Yo no creo por nada del mundo que mi vida hubiera
fracasado de no haber recibido una educación superior o infe­
rior. Y aún admitiendo que yo haga un buen uso de ella, a las
masas no les servirá de nada. Nuestro viejo sistema escolar es
suficiente. Enseñar inglés a las masas significa esclavizarlas». A
pesar de esta tendencia antiintelectual, Gandhi vivió rodeado en
parte de intelectuales educados en las mejores universidades de
la metrópoli, como Nehru, tan influido por los socialistas fabia-
nos. El hombre que eligió para sucederle, Jawaharlal Nehru,
pertenecía a la élite universitaria inglesa, al mundo de los Ber-
nard Shaw, Harold Laski, R.H. Tawney. «Era un mundo, es­
cribe Galbraith, en donde la bondad, la compasión, la amplitud
de miras de la inteligencia se combinaban con la creencia de que
la naturaleza del orden económico, era, sobre todo, cuestión de
compromiso moral. Allí el socialismo no planteaba difíciles pro­
blemas administrativos. Tal optimismo en cuanto a las perspecti­
vas de la India era mucho más plausible hacia 1950 que un cuarto
de siglo más tarde. Siempre he pensado que unos hombres y
mujeres tan buenos merecían haber tenido razón».1
Aquella acción directa de Gandhi sobre las masas, ayunos,
cárceles recibidas con alegría (siempre le gustó la idea evangélica
de ofrecer la otra mejilla al enemigo), las manifestaciones sin
armas, las sentadas, constituían una revelación como método de
lucha. A lo largo de los años desde el Vietnam de los m onjes

1. John Kenneth Galbraith, Memorias. Una vida de nuestro tiempo,


Gnjalbo, Barcelona, 1982.

198
budistas de Tri Ti Quang, que desafiaban sentados a los policías,
hasta las inmolaciones por el fuego, las manifestaciones en Was­
hington, las masas iraníes enfrentadas a pecho descubierto al
ejército del Sha, Danilo Dolci en Italia, los ecologistas, con sus
«Green Peace» en defensa de las ballenas, las madres de la Plaza
de Mayo en Buenos Aires, Adolfo Pérez Esquivel, las huelgas de
hambre universales, las manifestaciones antinucleares desde la
de Aldermaston en los años cincuenta en Inglaterra, han puesto
en práctica las enseñanzas de Gandhi. Su mérito ha sido más el
descubrimiento de la «ahimsa» que la liberación de la India. Se
repite con frecuencia que la India hubiera accedido a la indepen­
dencia mucho antes, sin Gandhi.
El testimonio del Mahatma, aceptado por los espíritus más
racionalistas, su descubrimiento de la no violencia aunque ya se
había utilizado por ejemplo por el Sinn Fein irlandés, como arma
política es un elemento nuevo en el paisaje de las luchas políti­
cas. Pero estos métodos sólo pueden aplicarse dentro de unos
límites y el drama para Gandhi fue descubrir que esos límites «le
dejaban un estrecho margen de maniobra». Era un noble juego
que sólo se podía utilizar frente a un adversario respetuoso de
algunas reglas. En el caso contrario era la incitación al suicidio
de masas».1
Hay ocasiones, sobre todo al principio, en que ese control
sobre las muchedumbres enfervorizadas resbala, se le escapa de
las manos. En 1919 desencadena una campaña de desobediencia
civil que termina en graves disturbios y huelgas en todo el país.
Gandhi confiesa que ha cometido un «error himalaico» y purga
su error con un prolongado ayuno. Las masas no están aún pre­
paradas para asimilar el espíritu y los límites de la «satyagraha».
Los mismos disturbios se reprodujeron un año más tarde en
Chauri Chaura. Albert Schweitzer llegó a creer que la no violen­
cia excitaría más a las fuerzas del orden establecido que la pura
violencia. Pero Gandhi no se vuelve atrás, «al enseñar al débil,
dice, la acción directa le transmito un sentimiento de fortaleza
capaz de desafiar la fuerza física. Sabiendo que el alma sobrevive

1 Arthur Koestler, Le vrai Gandhi. O.M. París, 1969.

199
al cuerpo, el «satyagrahi» no se impacienta por ver el triunfo de
la verdad en el cuerpo presente». Los sucesivos renacimientos,
reencarnaciones, harán crecer el potencial de los no violentos.
Según los estrategas, al analizar las condiciones concretas ópti­
mas para que las técnicas de la no violencia tengan éxito es nece­
saria una ecuación según Suzanne Panter-Brick, en su libro
Gandhi contra Maquiavelo, «donde la eficacia está en función
del número de los participantes, del punto de aplicación (ley pre­
cisa y vulnerable), de la calidad del plan propuesto así como de
la disciplina general». Es una no violencia a ras de tierra, disec-
cionada, demasiado racional para el espíritu y la espontaneidad
de Gandhi, pero todas esas condiciones se dieron en la marcha
convocada por el Mahatma para desafiar el monopolio de la sal
de los colonizadores ingleses. En otras ocasiones Gandhi no
pudo impedir que la «ahimsa» degenerara en violencia. De he­
cho el Mahatma reconocía que la desobediencia civil era anor­
mal en sí, «perversa, culpable; en cuanto al arma del ayuno...
toma fácilmente el camino de la violencia si no la emplea alguien
que sea hábil en ese arte». Gandhi es capaz de mantener la
calma, de marchar solo según el himno de Tagore, «si nadie res­
ponde a tu llamada, marcha solo». Es de una milagrosa intui­
ción: «Si muero, dice a sus colaboradores, no me lloréis. Si caigo
con el nombre de Rama (Dios) en los labios y el perdón a mis
agresores en el corazón, moriré feliz».
No era menor su sangre fría. En la guerra de los boers de
1899. en África del Sur, donde se encuentra, recluta a 1.100 vo­
luntarios indios para el servicio de ambulancias. Gandhi pedíala
plena ciudadanía inglesa para ellos. Después de una dura batalla
en la que se ha movido de un lado para otro como camillero, el
editor del «Pretoria News» le describe con nervio: «Después de
una noche de trabajo que derribó a hombres físicamente mejor
preparados, cuando llegué de madrugada hacia donde se encon­
traba Gandhi me lo encontré en la orilla de la carretera co­
miendo una galleta. Todos los soldados del general Buller esta­
ban con la moral hundida; sólo Gandhi se mostraba, cuando
hablé con él, estoico y esperanzado». Gandhi llegó a la marcha
de 1931 hacia el mar, a pesar de su edad (sesenta y un años), en

2(XJ
plenitud espiritual y física. Todo lo había abandonado, los place­
res sensuales, la comodidad, la ambición, el dinero, el orgullo
para llegar hasta el fondo de la verdad. Por eso fue un enemigo
peligroso para los ingleses. Nada ni nadie podía comprarle. Re­
chazó la contemplación y nunca se retiró al Himalaya como los
hombres santos de la India. Llevaba su cueva a cuestas, como
dijo en una ocasión. Todo lo que hizo en su vida obedecía a un
im pulso, «ver a Dios cara a cara». La marcha de la sal desde
A hm edabad hacia Dardi comenzó tras las plegarias de la ma­
ñana del 12 de marzo de 1930. «Nuestra causa, afirmó Gandhi
ante los que le rodeaban, es sólida, nuestros medios son puros y
D ios está con nosotros. No hay derrota posible mientras obedez­
camos a la verdad.»
La larga marcha de 380 kilómetros que le conduciría al mar
empezó a las seis y media de la mañana bajo el fuerte calor que
precede al monzón. Gandhi fue el único que pudo conciliar el
sueño durante la noche. El Mahatma se puso enseguida por de­
lante de los más jóvenes. En el trayecto cumplió con sus costum­
bres. Se levantaba a las cuatro de la mañana, rezaba, hablaba a
su paso por las aldeas donde le recibieron con flores, hilaba en su
rueca, escribía artículos y respondía a la correspondencia. Pero
nada le apartaba de su objetivo: la abolición del impuesto y del
monopolio inglés sobre la sal. Las autoridades seguían aquella
marcha con preocupación y asombro pero creían que se saldaría
con el fracaso. A su paso por las aldeas, los campesinos se unían
muchas veces con sus mujeres al cortejo gandhiano. Por fin
Gandhi llegó al mar, entró en las aguas, tomó un puñado de
agua, retiró la sal, gesto prohibido, y lanzó su mensaje: «El ho­
nor de la India se simboliza en un puñado de sal en la mano del
hombre de la no violencia. El puño que guarda la sal podrá ser
roto pero nunca devolverá la sal». Al comenzar la marcha dijo:
«Volveré con lo que quiero o mi cadáver flotará sobre el
océano». Caminó durante veintiún días «en nombre de Dios».
Después del baño purificador o las oraciones y los cantos del día
Gandhi afirmó: «La insurrección es a partir de ahora mi religión
y mi conducta». La noticia se extendió muy pronto por toda la
India. Gandhi, el hombre de los 18 ayunos públicos, de los años

201
pasados en la cárcel (la primera vez en un calabozo (Je Africa del
Sur, la última en el palacio del Aga Khan), se convertía así cu
leyenda. WMKM) personas fueron detenida* entre lo* que marcha*
ron hacia el mar, entre ellas (iandhi, por una ley de 1827,
H enor de ( iandhi fue creer que la técnica de la no coopera*
ción y la desobediencia civil sería aplicable en todas las circuw*
tandas, rebeliones, guerras, y geografía», lin plena extermina­
ción de los judíos en Alemania escribe: «Me atrevo a afirmar que
si los judíos pueden recurrir a la “fuerza del alma”, que procede
sólo de la no violencia, entonces Hitlcr se inclinará ante su va*
lentía y deberá reconocer que es superior a la de ras mejore»
SS» lin su fuga de la realidad de Ion hechos y la barbarie del
nazismo, con seis millones de judíos gaseado» en los campo# de
concentración, (iandhi insiste en 1946: «Los judíos debían de
haberse ofrecido al cuchillo del carnicero. Debían de haberse
arrojado al mar desde los acantilados. Esto habría soliviantado
al mundo y al pueblo alemán». Cuando Francia se derrumba
ante la Wchnnacht, el Mahatma elogia a Pétain porque ha te­
nido el valor de rendirse. Hl 6 de junio de 1940 en su llama­
miento a todos los británicos que recoge Arthur Koestler, invita
a estos a seguir el ejemplo de los franceses. La capitulación es la
mejor salida «Yo no creo, dice en un mensaje entregado al Vi­
rrey de la India, para que lo haga llegar al Gabinete de guerra en
Londres, que la Gran Bretaña deba salir victoriosa en una brutal
prueba de fuer/a. Yo quiero que combatan al nazismo sin armas
o con las armas de la no violencia. Deseo que depongan la» ar­
mas porque son inútiles. Inviten por el contrario a Hitler y a
Mussolini a tomar lo que quieran de su país. Dejen que se apro­
pien de su isla y de sus hermosos edificios. Renuncien a todo eso
pero no a su alma y a su espíritu. Si esos señores deciden ocupar
sus t asas, abandónenlas. Si no les permiten salir libremente, us­
tedes, hombres, mujeres y niños, deben dejarse matar. El sacri­
ficio de dejar algo al enemigo purifica y ennoblece. Morir ma­
tando es en esencia morir vencido.» El mismo consejo ofreció
Gandhi a los etíopes, chinos, checoslovacos, finlandeses o pola­
cos.
Ll último día de su vida, el 30 de enero de 1948 el enviado

202
especial de la revista norteamericana «Life» le pregunta;
//¿Cómo haría usted frente a la bomba atómica? ¿Con la no vio*
lencia?» Gandhi responde: «No correré hacia ningún refugio.
Saldré al descubierto y dejaré al piloto que compruebe que no
hay animosidad hacía él. El piloto no podrá ver nuestros rostros
desde la altura, lo sé, pero el deseo profundo de nuestros corazo­
nes Hubirá hacía él y le abrirá los ojos». Las matanzas a las que
asintió en el baño de sangre de la partición le hicieron luego cam*
biar de idea: «La violencia, dijo, es horrible y paralizante pero se
puede recurrir a ella en caso de legítima defensa». En estas fra­
ses tuvo la India independiente la cobertura moral suficiente
para ir a la guerra sin asomo de vergüenza. En la reunión histó­
rica del partido del Congreso, a mediados de junio de 1947, el
presidente Kripalani decidió que la India abandonaba el ideal de
la no violencia. Gandhi, su amigo, le escuchaba con atención
pero su rostro no reflejaba el disgusto Acharya Kripalani habló
con firmeza y claridad de exposición: «Por desgracia para noso­
tros, aunque Gandhi pueda formular una política, ésta debe apli­
carse frente a terceros y ésos pueden no haberse convenido a su
manera de pensar. En estas penosas circunstancias he aprobado
la división de la India». Entre la curiosidad general, el Mahatma
(¡andhi tomó la palabra. Su mensaje fue de aprobación: «A ve­
ces hay que tomar decisiones aunque sean desagradables». El
hombre que defendió la unidad de la india, la mano tendida a los
musulmanes, el pago de la indemnización británica a la indepen­
dencia concedida también ai Pakistán y congelada por Nehru,
reconoció de súbito la guerra justa y necesaria: «Soy enemigo de
todas las guerras; pero si no existe otro medio para obtener la
justicia del Pakistán, si Pakistán persiste en su rechazo de reco­
nocer su error y continúa minimizándolo, entonces la Unión In­
dia deberá entrar en guerra. La guerra no es una broma, pero no
podré nunca aconsejar a nadie que acepte la injusticia». Así, los
moldados indios marcharon sobre Cachemira. El yogi, dirá Koes­
tler, sucumbe ante el comisario. Gandhi remata más tarde sus
'"jumentos: «La resistencia pasiva de nada puede servir al hom­
bre que gobierna».
Su amigo Bose firma en su diario el certificado de defunción

203
de las nobles y utópicas ideas de Gandhi: «Hubo un tiempo en
que la India escuchó a Gandhi. Hoy se había convertido en un
hombre sin importancia. Le explicaron que no había sitio para él
en el nuevo orden, en un país que necesitaba las máquinas, una
marina, una aviación, etc. Nunca podría adaptarse». Su filosofía
no resistiría el choque con el tiempo, con la realidad, con las
necesidades modernas. La máquina deshumaniza pero la rueca
no es una solución práctica para resolver los problemas del ham­
bre y la desnutrición. De pronto el Mahatma Gandhi se sintió un
inadaptado. Su rostro traducía ya, como señala su secretario
Pyarelal, «una espantosa angustia interior». El idealismo dio
paso al realismo, ha pasado la hora del sacrificio. Se sentía de­
rrotado. Jawaharlal Nehru, pero en mayor medida su hija Indira
Gandhi, le darían el golpe de gracia al Mahatma. G.K. Reddy,
columnista del respetado periódico de Madrás «The Hindú», re­
conoce que «si Gandhi viviera hoy, los que están en el poder le
considerarían como un “chiflado infernal”. Gandhi está mejor
en el olvido. Hoy es tan sólo un símbolo para la oratoria de so­
bremesa». Nadie niega, sin embargo, que mientras Stalin ma­
taba kulaks y la Alemania de Hitler se rearma, Gandhi ofrece a
su pueblo el único camino posible.
A la salida de un cine de Bombay, donde se estrenaba la
película, Gandhi, un reportero del semanario británico «The
Observer» preguntó a Prafulla Chandra Sen, de 86 años, discí-
pula de Gandhi, qué opinión tendría éste sobre la India de 1983:
«Gandhi, responde aquélla, estaría horrorizado si volviera hoy.
No hay ni una sola cosa que le hubiera gustado. Todos los demo­
nios sociales siguen aquí, sistema de castas, una loca carrera por
el poder, corrupción a todos los niveles, una economía centrali­
zada. Nosotros amamos a Gandhi como Occidente ama a Jesu­
cristo, sólo le rendimos un tributo verbal. El peor de los demo­
nios, los descastados, los intocables, sigue en pie». Un joven de
Bombay reconoce que Gandhi ha muerto demasiadas veces para
la India: «Nadie de mi edad, afirma, es entusiasta de Gandhi.
Nosotros somos bastante cínicos. Lo vemos como explotado por
los políticos. En la escuela te obligan a leer cosas sobre él y pen­
samos que fue como un anciano santurrón. Tú tienes que estar

204
contra Gandhi como estás en contra de tus padres». Pero en mis
viajes por la India he visto los retratos del «fakir desnudo». Es la
aldea india. En los charcos los campesinos lavan con mimo a
sus vacas y búfalos de agua. Los niños se columpian o lanzan sus
cometas con destreza. Otros vuelven al cabañal desde los cam­
pos, con sus carretas de bueyes o sus arados, como Gandhi que­
ría, no observo en éstos ni un solo trozo de metal. Anochece y
las hileras de campesinos o transhumantes caminan a uno y otro
lado de las interminables carreteras..¿De dónde vienen y hada
dónde van en su larga marcha? La India es todavía un país que
camina. En las zonas próximas al corazón sagrado del Himalaya
y al Ganges, grupos de juglares recitan páginas del Ramayana.
Es la paz de la religión al aire libre en la noche de los poblados
indios. Me hacen un sitio a su lado y me ofrecen té, «bidis» (ciga­
rrillos) y granos de anís. La orquesta la componen címbalos de
metal, una flauta de caña, una tabla, un tambor y un armonio
portátil que mantiene entre sus piernas un campesino barbudo
con su «tika», el círculo rojo en la frente. Cantarán sus «man-
tras» durante horas y horas. Esta es su música para la luna y para
el caminante ansioso por descubrir la India lejos de las tentacio­
nes de la sociedad de consumo. No hay luz eléctrica, radio, tele­
visión. Tan sólo estos instrumentos antiquísimos y las voces que
suenan entre el acompañamiento de los grillos y otros animales
nocturnos y el olor a vaca sagrada, especias, estiércol quemado,
betel, nuez de areca, humo de carbón y madera, jazmín, bosque,
choza, bosta, estiércol, arado, manteca. Al fondo de la cabaña,
olvidada en un rincón, la rueca cubierta de telarañas. Encima un
borroso retrato de Gandhi.
GLOSARIO
Acha: quizá la expresión india más común, significa «Bueno»,
«Está bien».
Ahimsa: la no violencia, la fuerza del amor. Ausencia de «todo
deseo de matar».
Ashram: monasterio, el retiro del santo. La ermita del Gura y el
centro de sus actividades. Vida en comunidad sometida a
unas reglas. Es también el nombre de las cuatro fases de la
vida hindú, el estudio, la lucha por la vida, una fase más
contemplativa, y la renuncia.
Avatar: la encarnación de un Dios.
Bearer: el criado de confianza que se ocupa de la compra y la co­
cina, pero que llamará al «coolie» para que lleve las maletas.
Betel: la hoja que se mastica junto con trozos de nuez de areca.
Bhagavad-Gita: literalmente la Canción de Dios. Poema Sa­
grado o canto del Bienaventurado. Una parte del Mahaba-
rata en la que el Señor Krisna enseña a Arjuna las bases de
una vida desinteresada y el amor al prójimo.
Bidis: cigarrillos indios.
Brahmán: lo Universal, el Absoluto bajo su forma suprema.
Brahmín: la casta de los hombres doctos, los profesores de la
religión. La primera casta.
Bramacharya: la primera fase de la vida ortodoxa. Neófito dedi-

207
Chapatt: pan de harina y agua, base de la alimentación en las lla­
nuras del Norte.
Charka: la rueca.
Charpoy: cama.
Coolie: el porteador, de la palabrar tamil «Kuli» que significa sa­
lario.
Darshan: el contacto visual con un salto o persona importante
llena de virtud a quien mira.
Dharma: la ética, el código de comportamiento, el deber. Ley del
universo que dicta el orden cósmico y el personal. La ley mo­
ral según las castas.
Dothi: pieza de tela que se cruza bajo las piernas y se ata a la cin­
tura.
Guru: el maestro espiritual.
Hanuman: el mono aliado a Rama en la epopeya del Ramayana.
Hartjan: hijos de Dios, el nombre que dio Gandhi a los intocables.
Hatha yoga: complejos ejercicios físicos que transmiten la ilumi­
nación espiritual y poderes ocultos, así como la salud física a
quienes lo practican.
Khadi: el tejido hecho a mano.
Karma: la ley del encadenamiento de las causas y'de los efectos.
Esencia de la transmigración.
Krisna: un avatar de Visnú. Para la mayor parte de los «bahktas»,
Dios mismo, absoluto en su dominio espiritual y no sólo una
encarnación.
Kashtriya: la casta guerrera.
Lingam: el símbolo fálico de Shiva.
Lota: recipiente de cobre o de latón que el hindú lleva siempre
consigo.
Mahabarata: poema sánscrito, épico, de unas 200.000 líneas, ve­
nerado como un olva de la enseñanza religiosa.
Mahatma: alma grande.
Mantra: sílabas, palabras o frases sagradas con que el Guru (el
maestro, el que transmite la luz) inicia a su discípulo.
Maya: fenómeno del universo que se percibe como una ilusión en
comparación con lo real.
Mlecha, el «bárbaro», el situado a) margen de la sociedad hindú.

208
M lecha, el «bárbaro», el situado al margen de la sociedad hindú.
Moksha: Superación del ciclo del nacimiento-muerte-nacimiento,
la condición del hombre ya realizado.
Pan: pequeño paquete de hoja de betel y trozos de nuez de areca.
Pandit: el hombre ilustrado.
Parias: casta de intocables del sur de la India que tocan el tambor
en los entierros.
Puja: ceremonia religiosa ante la imagen del dios.
Puranas: son 18 y contienen la mitología del hinduismo y están
consideradas como una guía de conducta casi tan importantes
como los Vedas o los Shastras.
Purda: el velo de las mujeres.
Rama: la séptima encarnación de Visnú. El héroe que derrotó a
Ravana después de que éste raptara a su esposa Sita.
Ramayana: la segunda gran epopeya hindú con las victorias, vir­
tudes y locuras de Rama.
Sadhu: el santón, asceta, monje. Se calcula que hay entre cinco y
diez millones de sadhus en la India. Generalmente viste túnica
de color azafrán.
Sahib: señor. Mensahib , señora.
Samadhi: el estadio más alto de la meditación en la que se alcanza
la unidad con lo absoluto.
Samsara: el ciclo de las reencarnaciones.
Sanyasa: la última fase de la vida hindú en la que el hombre aban*
dona todo lo terrenal y espera a la muerte en la contempla*
ción.
Satyagraha: fuerza de la verdad. Técnica de resistencia no vio­
lenta de Gandhi.
Shakti: la energía divina.
Sikismo: un intento de compromiso teológico hecho por Guru
Nanak en el siglo XVI entre hinduismo e islamismo.
Shiva: deidad hindú que tiene doble naturaleza, regeneración y
destrucción. Dios de la danza y el arte pero también del asce­
tismo.
Sudra: la más baj a de las cuatro castas, creada por el pie de Brahma.
Sutra: aforismos.
Swaraj: autonomía.

209
Swami: maestro o señor, título con el que se distingue al hombre
santo.
Sweper: el que limpia las letrinas.
Tonga: coche tirado por caballos.
Vaisia: la tercera de las cuatro castas, comerciantes y agriculto­
res.
Varna: casta.
Vedanta: literalmente el final de los vedas, los textos sagrados
más antiguos, conocimiento último de la sección final de los
vedas, los Upanishads, la filosofía basada en estas escritu­
ras.
Visnú: el segundo dios de la trinidad hindú, el preservador, sus
encarnaciones son conocidas por sus victoriosas luchas con­
tra el demonio.
Yoga: lazo, unión. Karma yoga: por la acción desinteresada;
Jnana yoga: por el conocimiento; Bhakti yoga: por la devora-
ción.
CRONOLOGÍA
1869 Nace Mohandas Karamchand Gandhi en Porbandar, la ca­
pital de un pequeño principado en Gujarat, bajo soberanía
británica. Su padre es el «dewan», administrador jefe o pri­
mer ministro en Porbandar. Su madre Putlibai es una mujer
muy religiosa. Mohandas, tímido y apocado, crece en el
culto al dios Visnú, con una fuerte influencia del jainismo,
que predica la no violencia y la conciencia de que todo en el
universo es eterno. Del jainismo, Gandhi aprende también
las virtudes del ayuno y de la vida vegetariana.
1876 Sus padres lo prometen con Kasturbai cuando su padre es
jefe de la administración de Rajkot. Como estudiante
Gandhi demuestra una buena conducta, buenas notas en in­
glés y malas en geografía. La reina Victoria es proclamada
Emperatriz de la India.
1882 Se casa con Kasturbai.
1884 Muere su padre Karamchand.
1886 Fundación del Congreso Nacional Indio.
1888 Nace el primer hijo de Gandhi. Viaja a Inglaterra para estu­
diar Derecho. Experimentos en dietética. Descubre el bu­
dismo, lee el libro sagrado, el Gita, y a Ruskin, Carlyle,
Thoreau (sobre desobediencia civil) y Tolstoi. Lee también
el Sermón de la Montaña.

211
1891 Se licencia en derecho y regresa a la India. Trabaja en
Bombay y en Rajkot.
1892 Toma contacto con el nacionalismo indio. El profesor Go-
kale le inicia en la «ahimsa», no violencia..
1893 Viajá a Suráfrica como abogado defensor de un comer­
ciante indio. Lee la Biblia y el Corán. Protesta contra la
discriminación de que son objeto los indios. En los tribu­
nales de Durban se ve obligado a abandonar la sala cuando
el magistrado le pide que se quite el turbante. En el ferro­
carril le expulsan de primera clase y luego de los hoteles
reservados «para europeos».
1894 Regreso a Durban. Funda el Congreso Indio de Natal.
1896 Vuelve a la India por espacio de seis meses. Trabaja a fa­
vor de los indios residentes en Suráfrica. Se entrevista con
los Jefes del Congreso indio, Tilak y Gokale. Escribe The
Indian frartchise y Appeal to every Britain in South Africa.
1897 Vuelve a Natal (Suráfrica) con su familia.
1898 Trabaja en un dispensario.
1899 Guerra contra los boers. Organiza una Cruz Roja India.
Trabaja como camillero.
1901 Vuelve de nuevo a la India. Asiste a la reunión del Con­
greso. Presenta una moción en favor de los indios en África
del Sur.
1902 Abogado en Bombay. Regreso a África del Sur.
1903 Abogado en Johannesburgo.
1904 Editor del «Indian Opinión». Lectura de Unto his last de
Ruskin. Fundación de la colonia de Fénix. Funda un hospi­
tal. Medita sobre la «satyagraha» o firmeza de la verdad,
la no violencia activa, la resistencia pasiva.
1906 Camillero voluntario. Reúne y arenga en Johannesburgo a
millares de indios y chinos y hace un llamamiento a la re­
sistencia. Encarcelado el 14 de noviembre y puesto en li­
bertad el 8 de diciembre. Voto de castidad. Fundación de
la Liga Musulmana.
1907 Adopta la resistencia pasiva como técnica de lucha. Re­
nuncia a su profesión de abogado y hace donación de sus
bienes.

212
1908 Condenado a dos meses de cárcel en Johannesburgo.
Puesto en libertad, es encarcelado de nuevo. Ha protes­
tado contra la obligación de que los indios se inscriban en
un registro especial.
1909 Viaja a Londres. Primera carta a Tolstoi. Pide a Londres
que reconozca los derechos de los indios que viven en
Africa del Sur.
1910 Segunda carta a Tolstoi, al que envia su libro «Hind Swa-
raj».
1913 Ayuno de una semana para expiar un «pecado» cometido
por dos de sus discípulos de la colonia de Fénix. Marcha de
los indios hacia Natal. Condenado a nueve meses de
cárcel. Premio Nobel de Literatura a Rabindranath Ta-
gore.-
1914 El general Smuts cede a la no violencia de Gandhi y su­
prime el impuesto de tres libras para los indios. Los asiáti­
cos podrán instalarse en Natal. Después de veinte años en
África, vuelve a la India, vía Londres.
1915 Incorporación al movimiento nacional indio. El poeta Ta-
gore le llama «Mahatma», alma grande. Funda un «as-
hram» (monasterio) en Ahmedabad y recibe a una familia
de intocables. No existe la propiedad privada. Se prohíben
los vestidos extranjeros y las comidas con especias.
1916 Viajes y mítines. Habla en la apertura de la Universidad de
Benarés. Conoce a Nehru en la reunión del Congreso en
Lucknow.
1917 En la primera guerra mundial Gandhi apoya a la Gran
Bretaña. Campaña de resistencia pasiva en el Bihar por la
abolición de los impuestos.
1918 Resistencia pasiva con los obreros de las fábricas textiles
de Ahmgdabad. Ayuno de tres días para apoyar a los huel­
guistas. Recluta para el ejército británico.
1919 Juramento de resistencia pasiva contra la ley Rowlatt, que
impone la censura y otras medidas de guerra. Gandhi ini­
cia el «hartal», la huelga general con un día de oración. Se
dirige a Nueva Delhi para calmar a la población. Editor
del «Young India» y «Nevajivan». El 13 de abril las tropas

213
del general Dyer disparan contra los manifestantes en
Amritsar. Investiga en Panjab acompañado del padre de
Nehru, Motilal. Lanza la idea de no colaboración.
1920 A la muerte de Tilak asume la dirección del Congreso y del
movimiento nacional indio. Devuelve al virrey sus conde­
coraciones. Nuevas huelgas y resistencia pasiva de hindúes
y musulmanes juntos. Campaña a favor de la rueca y el
«khadi», el tejido hecho a mano.
1921 Quema de tejidos extranjeros. Gandhi viste el «dothi» y
una túnica. Cinco días de ayuno por los disturbios de Bom­
bay. El Congreso Nacional pide el «swaraj», la autonomía
para la India. Gandhi insiste en la necesidad de dar una
batalla pacífica. Cuando el Príncipe de Gales desembarca
en Bombay boicotea las ceremonias oficiales.
1922 Detenido. Proceso en Alahabad, seis años de cárcel. El
fiscal le acusa de los disturbios de Chauri-Chaura, pero
Gandhi había ayunado durante cinco días por ellos. Consi­
dera la sentencia «como un honor».
1923 Cárcel de Yeravda. Escribe Satygraha in South Africa y
Autobiography. Lee, hila y escribe.
1924 Elegido presidente del Congreso indio a su salida de la
cárcel tras ser sometido a una operación de apendicitis.
Veintiún días de huelga de hambre después de los enfren­
tamientos entre hindúes y musulmanes en Kohat.
1925 Gandhi se retira al «ashram» para meditar. Deja la
presidencia del Congreso en manos de la poeta Sarojini
Naidu.
1926 Un año de silencio político en Sabarmati. Se funda en Cal­
cuta el primer partido obrero de la India.
1928 Huelgas y manifestaciones. Ha vuelto a la lucha polí­
tica.
1930 Marcha contra el monopolio de la sal. Miles de personas se
le unen en su camino hacia el golfo de Cambay. Entra en
el mar, toma un puñado de sal y viola con ello la ley. Nue­
vamente detenido junto con 60.000 de sus partidarios no
violentos, entre ellos Nehru. Gandhi escribe 15 cartas a
sus discípulos.

214
1931 Entrevista de siete horas con el Virrey. Viaja a Londres
para negociar en nombre del Congreso en la reunión de la
Mesa Redonda acompañado de la poetisa Naidu. Durante
la Conferencia de la Mesa Redonda recibe la noticia de la
violación de la tregua firmada con Lord Irwin. Vuelve la
represión. Viaja a París, Suiza, Italia. Encuentro con Ro­
main Rolland, Mussolini, etc. Llega a Bombay.
1932 Encarcelado en Yeravda. Inicia una nueva huelga de ham­
bre para obtener el derecho al voto de los intocables en las
elecciones legislativas.
1933 Ayuno de purificación de veintiún días. Puesto en libertad.
Desobediencia civil individual. Primeros números de «ha-
rijans». Filosofía: independencia de la India, armonía en­
tre hindúes y musulmanes, prohibición del alcohol, la
rueca, el «khadi», trabajo en las aldeas, artesanado.
1934 Acción a favor de los intocables. Giia por Travancore para
que se abran los templos a los parias. Atentado con una
bomba contra el Mahatma. Se retira del Congreso. Funda
la Asociación Panindia de las Industrias de las aldeas.
1935 Se instala en Wardha. Rueca, educación de base.
1936 Viajes, reuniones, intento de asesinato de Gandhi.
1937 La victoria del Partido del Congreso significa el rechazo a
la Constitución Federal fabricada por los británicos.
Gandhi reclama una Asamblea constituyente.
1938 Nehru vuelve de Europa (Moscú, Barcelona en plena gue­
rra civil), y pide a Gandhi que participe de una forma ac­
tiva en la lucha contra el fascismo.
1939 Ayuno hasta la muerte contra el príncipe de Rajkot que
termina en un semifracaso. Gandhi y el Congreso protes­
tan al estallar la guerra mundial contra la participación de
la India en el conflicto decidida por la metrópoli.
1940 El partido del Congreso declara que en cuanto la India
posea su ejército propio organizará la defensa. Detención
de Nehru. Nueva campaña de desobediencia civil.
1941 Congreso de Bardoli. Tres soluciones a la lucha: la no vio­
lencia de Gandhi, lucha nacional contra el Japón, la inde­
pendencia por la fuerza. Pierde Gandhi por mayoría.

215
Abandona la dirección espiritual del Congreso y predica
por las aldeas la no violencia.
1942 Los japoneses ocupan Birmania. Los británicos se ven
obligados a hacer concesiones al movimiento nacional in­
dio. Sir Stafford Crips promete la independencia de la In­
dia al final de la guerra. El Congreso influido por Gandhi y
Nehru rechaza la oferta. La India pide la independencia
inmediata. Campaña de Quit India (Abandonad la India)
Detención de Gandhi en el palacio del Aga Khan en
Puna.
1943 Ayuno de tres semanas.
1944 Su mujer Kasturbai muere de bronconeumonía en la
cárcel. Gandhi enfermo y puesto en libertad. Fracaso de
las negociaciones entre Gandhi y el líder de la Liga Musul­
mana, futuro fundador del Pakistán, Ali Jinnah.
1945 Asiste en Simia a las reuniones entre el Virrey, el Con­
greso y la Liga Musulmana que pide un Estado indepen­
diente separado de la India.
1946 Gobierno provisional de Nehru. Violentos incidentes entre
las comunidades hindú y musulmana sobre todo en Noa-
kali y el Bihar. Huelga de hambre en Calcuta. El premier
británico Atlee anuncia al Parlamento el plan de partición
del Imperio de la India.
1947 La India se divide en dos. El Congreso indio y la Liga Mu­
sulmana firman el acta de independencia del Gobierno
británico para la formación de los dos Estados indepen­
dientes: la India y Pakistán. Lord Mountbatten, virrey. El
Congreso rechaza la no violencia de Gandhi. Nuevas y
graves violencias entre hindúes y musulmanes. Jawaharlal
Nehru primer ministro. Campaña por la unidad. Guerra
entre la India y Pakistán por Cachemira.
1948 Violencias y ayuno. Impresionados por el ayuno, hindúes y
musulmanes aceptan el diálogo. Gandhi vuelve a trabajar
por los intocables, la paz y la unidad. Bomba contra
Gandhi cerca de donde dirige las plegarias en Nueva
Delhi. El 30 de enero se levanta a las 3,30 de la mañana.
Al dirigirse de la Casa Birla donde está instalado hacia el

216
lugar de la oración el fanático hindú Naturam Godse dis­
para contra Gandhi que va acompañado por sus dos nietas
Manu y Alma. «He Rama» (Oh Dios mío) son las últimas
palabras que pronuncia el Mahatma. Nehru besó los pies
de Gandhi antes de que sus cenizas se esparcieran en con­
fluencia de los tres ríos más sagrados, el Ganges, el Ya-
muna y el Sarawasti. Muerte de Ali Jinnah en Pakistán.
1949 Alto el fuego en Cachemira por mediación de la ONU que
defiende un plebiscito. Reconocimiento del gobierno
chino.
1950 Constitución de la República de la Unión India dentro de
la Commonwealth.
1955 Conferencia de Bandung en Indonesia. Nehru uno de los
líderes de los no alineados. Guerrillas en Nagaland.
1961 Ocupación de la colonia de Goa y otros enclaves portugue­
ses.
1962 Invasión por las tropas chinas de la línea Mac-Mahon en el
Himalaya. Derrota del ejército indio. Alto el fuego y reti­
rada china. Nuevo gobierno de Nehru.
1964 Muerte de Nehru por hemorragia cerebral y paro cardíaco.
Le sucede Lal Bahadur Shastri. Indira Gandhi, hija de
Nehru, ministra de Información. Incidentes entre hindúes
y musulmanes en Cachemira.
1965 Guerra entre la India y Pakistán por Cachemira.
1966 Conferencia de paz de Tashkent en la URSS. Firma de un
acuerdo sobre Cachemira entre Shastri y Ayub Khan.
Muerte repentina de Shastri. Lucha por el poder. Indira
Gandhi primera ministra. Malas cosechas. Epidemia de
hambre en Bihar.
1967 El partido del Congreso pierde terreno en las elecciones.
1969 El frente Unido de los Comunistas gana en Bengala Occi­
dental. Indira Gandhi nacionaliza los Bancos. Centenario
del nacimiento de Gandhi. Se divide el partido del Con­
greso. Yahia Khan sustituye a Ayub Khan al frente del
Pakistán.
1971 Arrolladora victoria de Indira Gandhi en las elecciones.
Desplazamiento de los refugiados hada Calcuta. Co­

217
mienza la guerra de Bangladesh. Derrota del Pakistán.
Nace un nuevo estado independiente, Bangladesh, con
Mujibur Rahman como primer ministro. Indira aplasta la
rebelión maoísta en Bengala (naxalitas).
1974 La India hace estallar su primera bomba atómica en el
Rajastán y pasa a ser el sexto miembro del club nuclear.
Aproximación a los Estados Unidos. Visita de Henry Kis-
singer. Crisis en el partido en el poder y protestas en los
Estados. Zulfikar Ali Bhutto primer ministro de Pakistán.
1¥75 Indira Gandhi culpable de fraude electoral declara el 26 de
junio el estado de excepción en todo el país, detiene a
cientos de sus adversarios políticos, decreta la censura de
prensa. Los «cinco puntos» de Sanjay Gandhi hijo de la
primera ministra. Golpe de Estado y asesinato de Mujibur
Rahman en Bangladesh.
1977 La primera ministra convoca a elecciones generales en
marzo. Las pierde con una fuerte derrota frente al partido
de la Oposición Janata. Morarji Desai primer ministro en
un gobierno de coalición. Termina el estado de excepción.
Bhutto derrocado en Pakistán por el general Zia Uld Hak.
1979 Cae el gobierno de Morarji Desai. Charan Singh primer
ministro después de varios intentos. División total en el
partido Janata. Disturbios entre hindúes y musulmanes en
Aligarh. Atrocidades cometidas contra los «harijans», los
intocables. En abril es ejecutado en Pakistán Ali Bhutto.
1980 Victoria aplastante de Indira Gandhi en las elecciones ge­
nerales. La hija de Nehru vuelve al poder. Sanjay que ha
sido de nuevo elegido diputado por Amethi muere en acci­
dente de aviación. Grave crisis personal de Indira. El hijo
mayor de Indira sustituye a Sanjay como consejero polí­
tico de la primera ministra. El general Zia implanta la ley
marcial.
1981 Se prohíben las huelgas en los sectores esenciales. Asesi­
nato en Bangladesh del general Ziaur Rahman. Le sucede
Abdul Sattar.
1982 Cambios en el gabinete de Indira Gandhi. Visita a Estados
Unidos. Derrotas en las elecciones parciales en los Esta-

218
dos del sur. Rao, el actor-político derrota al partido del
Congreso de Indira. Proceso de islamización en Pakistán.
En Bangladesh el teniente general Ershad, administrador
de la ley marcial.
1983 Graves disturbios en el Assam. Tres mil muertos al mante­
ner Indira Gandhi el calendario electoral. Graves inciden­
tes en el Panjab donde la comunidad sik reclama una
mayor autonomía, el Panjabi Suba. El centro de Investiga'
ciones espaciales pone en órbita un satélite. La India está
en condiciones de fabricar misiles intercontinentales de al­
cance medio. Conferencia de los No Alineados en Nueva
Delhi. Indira Gandhi elegida Presidente de la Conferen­
cia.