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Partiendo de la idea de que la principal función de los líderes es implantar y transmitir la

cultura de la empresa a sus miembros, podemos citar como ejemplo el siguiente:

En la Compañía ABC S.A., donde trabajé durante 7 años, existía la costumbre arraigada de que
todos los cargos gerenciales debían ser de Buenos Aires o expatriados. Los procesos de
reclutamiento, por lo tanto, estaban enfocados a perfiles de personas que radiquen fuera de la
provincia donde estaba ubicada, y los candidatos que no cumplían este requisito no eran
siquiera considerados a pesar de demostrar condiciones y aptitudes que satisfacían
plenamente lo requerido para esas posiciones.

Cuando pregunté acerca del porqué de esta costumbre, nadie supo darme ninguna respuesta
convincente y lo que en resumen decían era que: “es algo que siempre se hizo y por algo debe
ser”.

Si bien, por cuestiones legales y de ética esto no era explicitado en los avisos, en las decisiones
se ponía de manifiesto lo que era valorado -y lo que se castigaba- en términos de criterios para
la selección de personal jerárquico.

Al tratarse de una práctica llevada a cabo por los líderes máximos de la organización de
manera sistémica e intencional, podemos decir que se trata de un mecanismo primario de
implementación ya que actúa como una presunción operante dentro de la empresa y, como
tal, forma parte de su cultura.