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6/11/2017 Eterna Cadencia - "Somos hijos de los viajes que otros hicieron antes"

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"Somos hijos de los viajes que otros hicieron antes"


:: AUTORES ARGENTINOS, ENTREVISTAS ::
12-09-2014 | Beatriz Sarlo

Beatriz Sarlo participó de una entrevista pública en la librería donde habló de su libro Viajes (Seix Barral).

Entrevista de Patricio Zunini.

Patricio Zunini: Buenos tardes, gracias por venir. Hoy tenemos como invitada a Beatriz Sarlo con quien vamos a hablar
de su último libro Viajes, que publicó la editorial Seix Barral. Es un libro de viajes, pero con la particularidad de ser un libro
de memorias de viajes en lugar de uno de crónicas como solemos estar acostumbrados a leer; cuando aparece un libro de
Hebe Uhart o de Martín Caparrós, en general, son viajes que hacen para escribir. Acá la vuelta de tuerca es esta memoria
de viajes. Piglia dice, creo que en Formas breves, que los críticos creen hacer una lectura de obra cuando en realidad están
haciendo su propia autobiografía. Un crítico, entonces, siempre está escribiendo su autobiografía, pero en este libro en
particular aparece una primera persona completamente tuya. Se rompió el silencio que mantenías. Quería preguntarte
para empezar: ¿cómo fue la decisión de escribir sobre vos, sobre tus viajes?
 
Beatriz Sarlo: En realidad no hubo ninguna decisión de escribir sobre mí. En ningún momento. Partí de dos cosas: unas
fotos que llegaron hace años a mi computadora, centenares, unas fotos digitalizadas, de estos viajes, que tienen lugar en
la época de los ‘70. Hace unos años empezaron a llegar a mi computadora; las tomó otra de las personas que también hizo
los viajes y las digitalizó antes de que se perdieran. Eran fotos muy defectuosas que se iban poniendo cada vez peor. Yo
me pregunté: "Qué hacen estas fotos acá, qué me traen de mi vida, por qué aparecen". No lo contesté. Soy poco dada a la
introspección y lo dejé. Pero hace tres años fui a subir el Famatina con una amiga mía, después de subir y bajar, dos
noches arriba, la última noche en Chilecito, le empecé a contar uno de esos viajes, que es el más descabellado porque
éramos tres o cuatro argentinos que caminan por la Amazonia peruana sin saber a dónde van, un botecito nos había
largado ahí y en el medio aparecen integrantes de pueblos originarios —que en ese momento, con extrema devoción, los
llamábamos "indios"— que nos rodean, no hablan castellano, y nos llevan a la aldea. Cuando le cuento a mi amiga cómo
era la aldea ella me dice: "Pero vos estuviste con los jíbaros". Cómo sabía mi amiga: porque acababa de leer un
extraordinario libro de Philippe Descola, Las danzas del crepúsculo, que tomaban a la etnia jibara de al lado, la de Ecuador.
Cuando volvemos a Buenos Aires mi amiga me regala el libro, y cuando veo lo que suscita el relato de mi vida y el
reconocimiento en el libro etnográfico de Descola, digo: “Acá hay un libro”. Los jíbaros no estaban casi nada estudiados,
solo había tesis de doctorado en Estados Unidos. Me dije: “Tengo que saber más de estos tipos con los que estuve una
semana hace cuarenta años”. Nos dieron de tomar una especie de chicha que ellos fabrican, hicimos intercambios más o
menos frustrados, de música, etc. Y ahí empecé un camino que después de tres años termina en el libro. Ese es el camino.
¿Y de qué me doy cuenta en el camino? De que los mejores viajes tienen un salto del programa. Los mejores viajes son
aquellos en que sucede algo que no estaba para nada planificado, que los desvía, los saca de su ruta, los saca de su carta
geográfica y los lleva a otro lugar.
De eso salió, no salió de ninguna vocación autobiográfica. Ahora los viajes los había hecho yo, no los podía contar en

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De eso salió, no salió de ninguna vocación autobiográfica. Ahora los viajes los había hecho yo, no los podía contar en
tercera persona como si fuera alguna novela de Julio Verne, y lo que traté de armar con mucho cuidado fue una tercera
persona del plural que respetara los recuerdos de la gente que había viajado conmigo y a la que no podía consultar. Uno
de ellos ha muerto, o sea que también tenía que respetar la memoria de un muerto.
—¿Por eso no se nombra a nadie? Porque decís “Alguien que estaba con nosotros”.
—Por eso no se nombra a nadie ni se dan indicaciones de relaciones de parentesco ni de amistad —de hecho, una de las
personas era mi prima. Mi esfuerzo formal fue crear una primera persona del plural que fuera realmente una primera
persona del plural viajera. Había alguien que tenía la idea del viaje y es la persona que termina mandando las fotos. La
idea de para donde rumbear la tenía la persona que termina mandando las fotos que sí está nombrada en el libro, su
nombre es Alberto Sato. Es profesor de Historia de la Arquitectura, primero en Venezuela y después en Santiago de Chile.
Uno de los exiliados que no volvió al país.
—La mayoría de los viajes —no son tantos: deben ser unos 8 o 9— son viajes de hace unos 40 años. ¿Por qué recordar
esos viajes viejos?
—Porque yo creo que son viajes imposibles hoy. Esa es su única originalidad. En ese momento, en la década del '60, antes
de los años '70, se terminan nuestros viajes, porque empieza la ola guerrillera en América latina y la ola violenta —
violenta o política— en la cual yo también entro. La década del '60 es la última en la que América latina se puede visitar
como un continente no turístico. Ustedes van a estos mismos lugares, al altiplano boliviano, a Machu Picchu o a Cuzco y
hay contingentes de daneses, de americanos, hay hostels, se ha vuelto un continente turístico. Bienvenido sea, porque
hay mucha gente que se gana la vida con eso. No hay por qué tenerlo como continente romántico en un frasco de formol,
pero estos viajes son anteriores, son de una América latina que no existe más. Las cosas que nosotros hacíamos eran
posibles y son más difíciles de hacer hoy. Esa América latina era muy diferente.
Cuento una sola anécdota que está contada en un viaje a Bolivia. En Bolivia había una revolución nacionalista
antiimperialista dirigida por el General Torres, que terminó asesinado en la Argentina. Nosotros entramos a La Paz y
vimos que se metían al Palacio de Gobierno las cholas con sus hijos, los campesinos, los mineros. Había un clima
revolucionario. Nosotros dijimos: “También queremos esto, también somos parte de esto", y fuimos. Pedimos que nos
recibiera alguien, y como había entre nosotros un estudiante de arquitectura, nos recibió el Ministro de Vivienda y
Urbanismo. Así no más. Esto puede ser porque los bolivianos son gente amable. Pero lo que nunca más volverá a suceder
es lo que voy a contar ahora. Volvemos a la Argentina y yo me digo: “Voy a juntar plata y me voy a Bolivia a vivir esta
revolución”. La revolución es derrocada por Banzer meses después. Y en la casa de uno de nosotros tocan el timbre, se
abre la puerta, y quién aparece: el Ministro de Urbanismo de Bolivia, cuyo único contacto en la Argentina eran cuatro
estudiantes universitarios berretas y malempleados. Esto ya no puede suceder nunca. Ni con los países más
revolucionarios ni con los menos, esto ya no puede suceder. Él con sus dos chicos chicos y su mujer embarazada llegaban a
buscar una red de solidaridad; después de unos meses siguieron su ruta hacia Europa oriental —la mujer era polaca, así
que habrán terminado en Polonia.
Esta era América latina. Era posible que un secretario de Estado tuviera como único contacto huyendo de un golpe
militar, tres estudiantes universitarios con salarios bajísimos. Este territorio, esta América latina diferente, también fue
un impulso a la escritura. Se veían cosas que hoy es muy difícil de ver.
—En ese capítulo hablás del Che Guevara. En todos los viajes hay una relación latinoamericanista. De hecho decís que
no querían ser ni turistas ni argentinos sino latinoamericanos. ¿Cómo influyó el primer comunismo o la revolución
cubana en tus viajes?
—No había cubanos fuertes entre nosotros. Primero porque había personas que no estaban politizadas. Les interesaba
viajar y tenían una visión cultural de América latina, pre turística; querían conocer eso culturalmente. Había dos
personas que no tenían inquietudes políticas, los otros —dos o uno; depende del viaje— que teníamos inquietudes no
éramos particularmente pro cubanos. Éramos nacionalistas antiimperialistas con simpatía sin dudas hacia el peronismo.
Cuando meses después de estar en Bolivia, en la misma zona, leemos en los diarios lo que va hacer el Che, decimos: “Está
loco”. Hasta nosotros nos dábamos cuenta que ahí era imposible implantar una guerrilla. No éramos gente
particularmente pro cubana. Por supuesto nos parecía grande la hazaña de Sierra Maestra y la dignidad del pueblo
cubano frente a Estados Unidos, pero no teníamos pro cubanismo.
—No lo decía en tanto pro Cuba sino que tal vez la experiencia cubana empujaba, como positivo o negativo, a un
reconocer...
—Es probable, pero en mi caso yo había leído un solo libro que para mí era más importante que la experiencia cubana, que
era Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos. Para mí, eso era mucho más importante que la
experiencia latinoamericana. Mucho más. De alguna manera, intuitivamente, pensaba que Cuba era una excepción.
Intuitivamente: si me hacían desarrollar la frase “pensaba que Cuba era una excepción” creo que no podría desarrollar ni
la palabra es. Quiero decir: de manera completamente intuitiva creía que Cuba era una excepción mientras que la
perspectiva que me había dado Julio Abelardo Ramos en 1965 era una perspectiva mucho más explicativa que podía
seguir con mis vagos conocimientos de historia, de literatura, con los vagos conocimientos que estaba adquiriendo de
manera más o menos penosa en la facultad y, sobre todo, de las personas que ya empezaban a influirme en las editoriales
en las que yo trabajaba. O sea que más bien tenía que pensar del lado de un libro más que del lado de Cuba.
—Bueno, en todos los viajes, en todas las formas de llegar a la realidad, siempre hay un libro: el de Levi Strauss, libros de
poesía. Siempre que estás teniendo una cierta experiencia al lado hay un libro. No sé si lo notaste.
—En Machu Picchu hay un libro porque obviamente se va con Neruda en las ruinas. Pero de Levi-Strauss hay comentarios

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—En Machu Picchu hay un libro porque obviamente se va con Neruda en las ruinas. Pero de Levi-Strauss hay comentarios
que pongo ahora.
—Quiero decir que la forma de acceder a la realidad o de interpretarla es a través de un libro.
—Bueno, sí, hoy sí. Obviamente nada de lo que pueda escribir hoy tiene que ver con una experiencia directa, nada, todos
son experiencias mediadas absolutamente. En ese momento no. Si tengo que detectar algo es Abelardo Ramos, Pepe
Rosa, quizás, y nada más. Mientras que hoy sí. No tengo otra forma de pensar. Pienso a través de libros. No puedo pensar
de otro modo.
—¿Te pasa con un libro de encontrar un salto de programa?
—Permanentemente. Cuando leo la literatura de los autores que empiezan a publicar, que es la literatura que me gusta
seguir, porque está a prueba del ojo del crítico, sobre todo del ojo del crítico que a veces está separado por 50 años con el
ojo del escritor. Si todos tenemos 25 años y todos nos celebramos, perfecto: esa yo la conozco. O todos tenemos 70 años
y todos nos celebremos, perfecto: esa yo también la conozco aunque no incurro. La cuestión es la prueba del ojo del
crítico cuando al crítico lo separan 50 años con el escritor, ahí hay una prueba. Una prueba a la que me someto siempre.
Creo que es una prueba crucial someterse a una literatura de la cual uno está separado por 40 años. Ahí siempre hay una
sorpresa, incluso con los libros que no me gustan. Me acuerdo que en su momento cayó en mis manos el primer libro de
Marie Darrieussecq, que todavía es una escritora de primera línea. Cayó en mis manos Chanchadas. Qué libro raro, en una
literatura francesa que siempre es muy medida, aún en los grandes escritores como Echenoz. Y no le perdí el ojo a ese
libro. La prueba del crítico es reconocer aquello que está lejos, no aquello que sabe. Si lo que hace es reconocer los libros
de sus amigos es de una facilidad absoluta. Por supuesto hay autores de los que uno no sale nunca: en mi caso son Borges,
Saer, Barthes, Benjamin. Hay autores que no abandono. Hay que ser contemporáneo de lo contemporáneo, no
contemporáneo de su pasado.
—Está buena esa frase. ¿Cómo te pasa en los viajes?
—En los viajes te pasa cuando vas a lugares desconocidos y estás en un medio sobre lo que no has tenido hipótesis. Es
cierto que es más probable que me pase a mí porque, a diferencia de lo que sucede en los últimos 30 años, yo conocí muy
tardíamente Europa y Estados Unidos. Fui por primera vez a Europa a los 37 años y a los Estados Unidos a los 38: grande.
Cuando ya estaba constituida mi cabeza, cuando ya había leído a Marx y lo había releído, cuando ya había leído a Lenin y
lo había releído. Mi cabeza estaba hecha. Ahí me sorprendí de nuevo. A veces las sorpresas tardías son mejores para el
trabajo intelectual. Yo, por ejemplo, conocí el mar recién a los 17 años. Mi experiencia fue inolvidable, incomparable con
la de los chicos cuya familia los lleva al mar desde los 3 meses. A los 17 años pasé literalmente una tarde enloquecida,
gritando, electrificada, ¡y eso que era San Clemente del Tuyú! No era Puerto Madryn. Las experiencias tardías suelen
tener ese rasgo. Quizás haya sido bueno ese rasgo tardío de mi conocimiento directo del mundo cosmopolita.
Además uno está preparado para ciertas situaciones. Me acuerdo de una noche la primera vez en Berlín —que ahora la
conozco muy bien porque tuve la suerte de vivir ahí varios meses— que yo volvía muy tarde. Berlín tiene bosques y lagos
metidos en la ciudad, yo estaba bordeando un bosque, serían las 2 de la mañana, y de repente se me acerca un tipo y yo
dije: “Perdí”. En la más absoluta soledad, oscuridad, se me acerca un tipo y me dice: “Disculpame, ¿tenés fuego?”. Estaba
por prender un porro. Ese es un verdadero fuera de programa porque uno viene desde una serie de reflejos que la primera
palabra que le pasa es: “Perdí, acá me asaltaron”. Ese es un verdadero fuera de programa. Pueden acontecer en cualquier
momento, porque acontecen sobre la base de aquello que está construido en los impulsos menos conscientes que uno
tiene.
—Los de Viajes son viajes donde hubo un salto de programa. El salto del programa le da una consistencia de viaje
verdadero —creo que no usás la palabra verdadero, estoy simplificando—; de alguna manera el salto de programa le da
entidad al viaje. Y además decís que uno no debería ir a buscar un salto de programa porque estaría forzando la
experiencia.
—No, claro, no se puede buscar.
—Sin embargo, en la experiencia de los jíbaros decís que estaban buscando una experiencia aurática que, de alguna
manera, es también un salto de programa.
—En esos viajes buscábamos sin saber. No habíamos leído a Benjamin por supuesto. En esa época yo no leía alemán y
Benjamin no estaba traducido —creo que ni sabía de la existencia de la Escuela Frankfurt— o sea que la palabra aurática
es una palabra que yo pongo ahora sobre un pasado. Pero tenía que ver con que en la idea del salto del programa lo que
reconstituye es la experiencia, es algo para lo que uno no está preparado y por lo tanto el ser se manifiesta en su
intensidad. Por supuesto que esto no estaba priorizado, era una confianza más en América latina que en otra cosa, que ahí
debía producirse eso.
—El último viaje fue a Malvinas, ¿por qué está este viaje?
—Ese fue un viaje que hice como periodista para cubrir el referéndum. Yo busqué ese viaje. Nunca se me había ocurrido ir
a las Malvinas. Si no, hubiera ido antes. Nunca se me había cruzado por la cabeza ir a las Malvinas, que pertenece a un
pasado traumático mío de la época de la dictadura. Y de repente viene el referéndum en Malvinas en el cual los
malvineros votaban si querían seguir formando parte del Reino Unido o tomar otro destino. En ese momento yo estaba
escribiendo notas para La Nación y les dije: “Mándenme a Malvinas”. Ellos me habían mandado a diferentes lugares, a mí
me gusta hacer este tipo de crónicas. Fue un impromptu, como quien agarra una mochila, mete tres porquerías y sale de la
casa. De repente me vi colocada en un viaje a Malvinas. Puerto Stanley estaba completamente copado por periodistas y

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casa. De repente me vi colocada en un viaje a Malvinas. Puerto Stanley estaba completamente copado por periodistas y
La Nación ya había ocupado una pieza de hotel con un periodista antes que yo dijera que quería ir y hacen esfuerzos en
conseguir otra pieza de hotel. Mientras hacen ese esfuerzo yo miro en internet que hay familias de clase media,
burguesas, que ofrecen su casa para los periodistas. En ese momento La Nación consigue la pieza de hotel, pero yo les
digo que la conserven pero que quiero ir a la casa de una familia, que tiene dos hijas de 15 y 16 años. Yo voy con la ilusión
de que voy a poder comunicarme con los pibes, que las hijas van a ser una puerta hacia los pibes de las islas. Ilusión falsa:
ese fue un fuera de programa pero para el otro lado. Los pibes no querían hablar con nadie de la Argentina. Conmigo
tampoco. Encantadoras, hacían natación, hacían vóley, hablamos de todo pero cuando el tema se acercaba
peligrosamente a algo que podía conducirme a mencionar la palabra Buenos Aires... Me acuerdo que una dijo: “Estoy
cansada de esta campera” y yo le respondí que en Buenos Aires se podía comprar flor de campera. Su respuesta fue que
ella iba a Gran Bretaña a comprarse ropa y que pronto se iba de becaria. Fue imposible avanzar en eso. No así con los
adultos que fueron encantadores conmigo todo el tiempo. Nosotros mandábamos las notas a las ocho de la noche desde
el hotel y me esperaban para comer a las nueve y media, diez, que es un horario completamente extravagante. Los adultos
fueron encantadores, recibí cantidad de información. Periodísticamente fue extraordinario. Y la relación que se produjo
en esa casa fue extraordinaria.
Dos días antes de que nos volviéramos —todo el mundo se vuelve el mismo día, porque hay un solo avión cada ocho días
—, el dueño de casa me dice: “Te hacemos una fiesta. Vienen mis amigos y va a venir mi suegra de la otra isla, que te quiere
conocer”. Porque, claro, hay muy poca gente. Viene un extranjero y lo quieren conocer. Bueno, vinieron los amigos y vino
la suegra. Desde el comienzo sentí algo raro en su inglés, que era perfecto; pero yo sentía algo raro, que me sonaba en el
oído. Un sonido que no era el que estaba hablando todo el mundo. La señora tenía unos seis o siete años más que yo.
Siguió la comida hasta que tarde ya, tarde para las islas, me dice en perfecto castellano: “Decime, vos ¿de qué barrio sos y
a qué colegio fuiste?”. Yo no había escuchado una palabra de castellano en todos esos días. Quedé completamente
paralizada y ahí se produce un salto de programa fenomenal. Me di cuenta qué me llamaba la atención de su inglés: era el
mismo inglés de los viejoss ingleses de Belgrano y las hijas argentinas de esos viejos ingleses de Belgrano que enseñaban
inglés en los colegios. El mismo inglés que yo recordaba de mi infancia, de sesenta años atrás. El mismo, que ya no se habla
en ningún lugar de la tierra. Ese inglés no se pronuncia en ningún lugar de la tierra, no existe. Le digo el nombre del colegio
y me dice: "Claro, yo fui al mismo pero vos sos más chica que yo y a mí me sacaron para mandarme a otro o sea que no
coincidimos". En mis notas periodísticas, por supuesto, esto no es mencionado. No me habían mandado ahí a mí para
recibir esa especie de colapso de mi vida, en la cual se mezclaba mi infancia. Esas cosas no pasan a mis notas, pero sí al
libro, porque aquí es un espectacular salto de programa en lo que ya era un espectacular salto de programa de mi vida
porque yo nunca pensaba ir a las Malvinas, y que quizás sea el último viaje significativo de mi vida. No el último viaje pero
el último significativo.
—¿Por qué?
—Bueno, porque no tengo tantos años como para ir y volver a la Amazonia.
—¿Cumpliste todos tus sueños de viaje?
—No, yo sé que hay viajes que ya no los voy a hacer, por diversas razones. No voy a ir a Tokio, que es un lugar que me
fascinaría por el cine japonés y por el diseño japonés. Pero no voy a ir. No voy a hacer el esfuerzo de ir a Tokio, en el
sentido de que no me van a invitar como especialista en literatura latinoamericana, y no voy a agarrar un montón de
dinero y ponerlo para ir a Tokio. Posiblemente no vaya a Grecia, que es un viaje que deseé mucho hacer, pero después fui a
Sicilia y vi todos los edificios que están más enteros que en Grecia y me dije quizás no. Petrogrado, San Petersburgo,
posiblemente no lo haga tampoco. N quiere decir que deje de viajar, pero creo que ya es probable que no vaya. Renuncié a
China, que es un país al que hubiera podido ir y que ha sido un país muy importante en mi vida política, en mi historia.
Renuncié a ir a China, no porque me invitaran los chinos sino porque hubo una oportunidad personal que hubiera podido
aprovechar y no la aproveché.
—¿Miedo a defraudarte?
—No…
—Ahora se hace el festival Filba y vas a dar un taller sobre "Barthes viajero": te copan los viajes. No solamente
hacerlos sino también hablar, leer y discutir y hacer crítica del viaje.
—Tenés razón completamente. Cuando yo estaba escribiendo este libro no podía sustraerme a la idea de que tenía que
leer viajeros. Primero sucedió por casualidad; alguien, un amigo mío, que no sabía en absoluto que estaba escribiendo
este libro me trajo un libro de regalo. Un libro extraordinario de un crítico inglés que se llama Michael Holmes que sigue
los viajes —él viajando— de Byron, Coleridge y Shelley. Fue rarísima esa especie de coincidencia. Y aumentó la idea de que
si escribía el diario sobre viajes tenía que leer viajeros. Leí de nuevo Sarmiento —uno podría decir que para deprimirse,
porque leer de nuevo Sarmiento mientras uno está escribiendo un libro de viajes es como tomarse un depresivo; uno sabe
que no va a poder escribir ni media página de esas. Pero leí Sarmiento, leí el viaje de Darwin que había leído parcialmente,
y como Darwin pasa por las Malvinas quise leer el viaje de Darwin. Obviamente que si Barthes escribe algo respecto a lo
cual yo estoy trabajando lo voy a leer: así que volví a leer El imperio de los signos y el diario de Pekín. No podía dejar de leer
viajeros. O sea: me acompañaron mientras yo escribía mis viajes. Si yo fuera cristiana, diría que, como los cristianos que
les piden a los grandes santos a los cuales nunca alcanzarán en sus virtudes, pero están siempre pensando en ellos para
avanzar en el camino de sus virtudes, fue como una especie de acto de humildad, tenerlos ahí de compañía inalcanzables
pero de compañía.

— [Pregunta del público sobre los viajes de la infancia.]

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— [Pregunta del público sobre los viajes de la infancia.]


—Los viajes de la infancia son viajes reiterados durante 16 años a un solo lugar donde además encontraba viajeros. Qué
viajeros: los inmigrantes. Y yo ahí tuve la certeza de que nosotros somos hijos de los viajes que otros hicieron antes. Lo
primero que somos respecto de los viajes es los viajes que nos contaron. Alguien nos contó un viaje. Cuando yo era chica
las hermanas de mi madre me contaban dos viajes a Europa: Europa para mí era eso. El primer sello que dejo Europa para
mí fue eso, después tardé 37 años en conocerlo, pero para mí era eso que me contaban esas mujeres. Y después, en el caso
de los argentinos, antes éramos hijos de un tipo de inmigración y ahora somos hijos de otro tipo de inmigración, pero
siempre somos hijos de inmigrantes. No es como el caso de bolivianos o mexicanos o peruanos. Salvo los que gobierna
Félix Díaz hoy en el Chaco y alguna otra zona, todos somos hijos de inmigrantes europeos, siriolibaneses y ahora
paraguayos, peruanos y bolivianos. Todos. En el Barrio Charrúa, que es el barrio boliviano y yo lo conozco bien, son todos
argentinos tanto como eran argentinos los hijos de polacos, judíos, ucranianos o españoles que estaban viviendo en
Buenos Aires en 1920. Esa hipótesis es muy fuerte en todo mi pasado como investigadora: somos hijos de los viajes de los
otros. Coincidió esta hipótesis, que es fuerte, con que hubo un inmigrante en mi infancia fundamental, en esos tres meses
que yo pasaba en el campo durante 16 años, un personaje fascinante: un húngaro que era casero de una casa de campo en
un hotel de Córdoba donde yo pasaba meses de la infancia. Hay anécdotas divertidas, pero básicamente hay una línea de
lo que me enseñaron los inmigrantes, una especie de ethos, de ética respecto de la naturaleza, respecto de los animales,
que aprendí de esa gente. Esa hipótesis es muy fuerte. Somos hijos de los viajes de otros. Si yo fuera de un pueblo
originario no podría decir eso, o tendría que cambiar la hipótesis. Sería otra: nos destruyeron los viajes de otros.
 

Comentarios (9)

Joan Benavent
12 Septiembre 2014 a las 19:19 | #

No me interesa Beatriz Sarlo. Le dediqué un artículo hace tiempo en mi blog manifestándolo con claridad. No basta que
alguien escriba bien, debe emocionarme. Y ella es incapaz de eso. Sin embargo, a tenor de sus memorias juveniles,
parcialmente coloridas, destaca teóricos y literatos que la influyeron. De ellos me interesan Borges, Roland Barthes y
Jorge Abelardo Ramos, centrando mi comentario en el último, hoy olvidado. De hecho, el "colorado" fue el mejor escritor
político criollo del siglo XX, hasta su respaldo a la Guerra de Las Malvinas, y su posterior conversión menemista, que lo
ungió embajador en México. La espléndida contundencia de su agudo talento despellejando a políticos conservadores, no
volvió a repetirse. A su lado, Feinmann es una pulga. Se le criticó duramente desde la rive gauche criolla, cuando bajo el
pseudónimo de "Víctor Almagro" escribía artículos en "Democracia" durante el primer peronismo. Ahí, los comunistas y
otros trotskistas menos nacionalistas que él, le bautizaron "Cortesana Roja de Perón". En realidad, su troskismo se
apoyaba, sobre todo, en las tesis del fundador del Ejército Rojo y la IV Internacional sobre el gobierno nacionalizador y
solidario con la República Española, presidido por general mexicano Lázaro Cárdenas, presidente democrático y
antifascista, que hospedó al exiliado en Coyoacán. Su visión encendida del peronismo enlazaba con esos análisis, y los del
ejército, desde 1946 al 51, favorable parcialmente a la experiencia obrerista de Perón. Ramos editó clásicos del marxismo
y varios autores aunque meritorios, como Manuel Ugarte, Radek, desde luego Trotsky, y hasta incluso incluso Stalin,
autor de un panfleto sobre la cuestión nacional (al parecer, dictado por Lenin), rescatado de sus críminales infamias.
Desde luego, odiaba a la burocracia soviética y al Partido Comunista Argentino, tanto como a la oligarquía criolla y sus
representantes, fustigándoles con gran encanto. Desde los tempranos años 40 formó grupos y partidos pequeños,
abriendo una corriente de izquierda nacional cercana al peronismo. Su declive se hizo patente con el respaldo pleno al
tercer liderazgo de quien admiraba, expurgando de su discurso toda traza de marxismo. El texto que cita Sarlo es
excelente; aunque en realidad todos lo fueron. Luego modificó alguno, adaptándolo al menemismo. Le recuerdo en los
años ´60, durante el gobierno Illia, fumando como un murciélago un cigarrillo tras otro en reuniones multipartidarias de
la izquierda. Su hija Laura le dedicó un hermoso responso de despedida. Murió arrastrando las deudas de siempre, sin
acumular riqueza alguna. Era un escritor y político de los de antes en aquel país perdido...
Responder

marcell
13 Septiembre 2014 a las 00:25 | #

Pido disculpas por mi frivolidad en contraste con tanto despliegue testimonial e intelectual, pero la fotografìa que
encabeza la nota amerita el atrevimiento:Q hermosa joven fuiste, Beatriz Sarlo!
Responder

Joan Benavent
13 Septiembre 2014 a las 06:20 | #

Con frecuencia el tiempo nos vuelve irreconocibles. Los surcos avanzan sobre la carne y el alma. Depende de la biología y

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Con frecuencia el tiempo nos vuelve irreconocibles. Los surcos avanzan sobre la carne y el alma. Depende de la biología y
la forma de ir asimilando la vida. En todos los casos, la suma y resta de la conciencia en el tránsito juegan un papel
determinante
Responder

SERGIO MAZZOLA
13 Septiembre 2014 a las 15:46 | #

DIXIT :_"Mientras que hoy sí. No tengo otra forma de pensar. Pienso a través de libros. No puedo pensar de otro modo."
SI ASI ES SEÑORA SARLO AHORA UD PIENSA DESDE LA OTRA ORILLA....
Responder

clara
13 Septiembre 2014 a las 19:18 | #

"Somos hijos de los viajes que otros hicieron antes", dice. Yo digo que no soy hijo de ningún viaje que haya hecho esta
señora.
Responder

Sérgio Karam
13 Septiembre 2014 a las 19:20 | #

Señor Benavent: por favor, mandáme el link para el artículo sobre Beatriz Sarlo en su blog. A mí interesa Beatriz Sarlo.
Buenísima entrevista, Patricio, gracias!
Responder

Guachito Gil
13 Septiembre 2014 a las 19:22 | #

A este Benavent o Birabent, habría que decirle lo que Juan Carlos a Chávez: ¡por qué no te callas!
Responder

Joan Benavent
13 Septiembre 2014 a las 23:58 | #

Hay un comentario ofensivo que nada tiene que ver con la literatura. Además de anónimo, no merece figurar en ningún
espacio serio. Vosotros lo habéis aceptado, transformando una ventana cultural en cualquier cosa. Por lo tanto, señores
de Eterna Cadencia, adiós, muy buenas. También quedan suprimidos mis traslados de vuestro espacio a los tres muros de
mi pertenencia, visitados por 6000 personas.
Responder

Viajes | Una Licuadora Infinita


10 Marzo 2015 a las 21:30 | #

[…] “Somos hijos de los viajes que otros hicieron antes” […]
Responder

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