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LAS DOCE PRINCIPALES VIRTUDES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

María es la mujer por excelencia de la humanidad, pues como lo dice la Constitución


Lumen Gentium: “María brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los
elegidos”.
Los Evangelios presentan a María adornada de sólidas virtudes evangélicas; las virtudes
que vamos a considerar resplandecieron muy notablemente en María, son dignas de
cultivar en las personas de todos los tiempos como remedio a todas las situaciones de
pecado.
1. Humildad de María.
La humildad es anonadarnos y confesar nuestra pequeñez en la presencia de
Dios. Que un pecador arrepentido sea humille es un acto de justicia, pero que María
lo haga, sin pensar en su alta dignidad, es un prodigio de humildad. (San Bernardo).
Ella siempre tuvo presente que el Hijo, al cual había llevado en su seno, había sido
reducido por este hecho al último grado de abatimiento. Tampoco olvidó las
humillaciones que padeció este Dios salvador, el ejemplo del Hijo perfeccionó la
humildad de la madre. El primer carácter de humildad de María era formar un
concepto verdadero de sí misma; sin embargo al hallarse llena de gracia, jamás
pensó sobreponerse a ninguna criatura; pues la humildad es la verdad. La Virgen
estaba segura de no haber ofendido a Dios, pues en previsión de los méritos de
Cristo, había sido preservada del pecado original; del mismo modo conocía que ella
había recibido más gracias que todas las criaturas juntas, porque un corazón humilde
considera los favores especiales. Al paso que la luz le descubría la infinita grandeza
de Dios, la hacía conocer más su propia bajeza. Nunca hubo criatura más elevada
y perfecta que María, porque nunca hubo una que fuese más humilde. Es acto de
humildad tener ocultas las gracias del cielo, María quiso ser tan humilde que hasta a
San José quiso ocultarle la gracia de ser la madre de Dios. Es acto de humildad no
presumir de las gracias dadas por Dios. María quiso ser tan humilde que no le dijo a
San José, inmediatamente, que sería la madre de Dios. Los que son humildes sirven
a otros, María sirvió a Isabel por tres meses. Los humildes no buscan ser ensalzados.
Nunca se lee en el Evangelio que María se presentase en público, cuando Jesús era
recibido en triunfo, mas sí lo acompañó, incluso en el calvario. Dada la corrupción de
nuestra naturaleza, no hay virtud más difícil de practicar que la humildad. Por lo cual
no podemos ser hijos de María, si no somos humildes.
2. Fe y aceptación de la palabra de Dios.
Fe es un don de Dios que el Espíritu Santo nos comunica para iluminar nuestro
entendimiento y animar nuestro corazón. Es necesaria para la salvación del hombre la
obediencia de la fe a las cosas sobrenaturales:

 Para la gloria de Dios; porque es un medio de glorificarle y adorarle el


creer los misterios que sobrepasan a la inteligencia.
 Por razón de la misma naturaleza humana, pues es una ventaja ser
conducido por la luz de la fe, pues donde la razón no alcanza ahí comienza
la fe.
 Porque el fin para que el hombre ha sido creado es sobrenatural, el
trascender hacia Dios.

Ella creyó el misterio de la Trinidad; el ángel le dijo que el niño que concebiría en su
seno, por gracia del Espíritu Santo, sería Hijo del Altísimo y ella abriendo su corazón dijo:
“He aquí la esclava del Señor…”; estas palabras unen al cielo con la tierra, se da un paso
más hacia nuestra salvación, pues Jesucristo toma entonces nuestra débil naturaleza.
María fue perpetua en su fe y constante en confesarla. Llena de fortaleza no se apartó su
Hijo durante la pasión y postrada ante la cruz le reconoció con la esperanza de la
resurrección. Por eso le decimos: “Oh, mujer, que grande es tu fe”. (Mt. 15,28) Esta fe de
María, firme en sus principios y constante en todas las pruebas, sea modelo en nuestra fe
cuando sea tambaleada por las tentaciones y dudas que nos presenta el enemigo para
alejarnos del camino del Hijo de María. Con el auxilio de la fe el hombre descubre el camino
que Dios tiene para su salvación y este lo puede tomar libremente; si el hombre es infeliz
es porque no ha sabido hacer lo que Jesús nos dice en su Evangelio. María propicia con
su fe el primer milagro de Jesús, María sigue repitiendo hoy: “Hagan lo que Él les diga”. (Jn.
2,5)
3. Obediencia generosa de María.

María al conocer el plan de Dios, solo responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase
en mi según tu palabra” (Lc. 1,38). Por orgullo decidimos no obedecer a otros, la obediencia
a los hombres por respeto a Dios, es prueba de un corazón sumiso a la voluntad
Divina. María desde su infancia se mostró obediente a la voluntad de sus padres, al
desposarse con José, aunque ella era la reina del cielo y la madre de Dios, decidió obedecer
a un sencillo artesano.
Con resignación obedeció el edicto de Augusto, dejo su habitación y aunque estaba en
vísperas de dar a luz, partió a Belén. La ley exceptuaba a María de labores comunes a las
mujeres, por ser la madre de Dios, pero ella las realizaba como un deber para enseñarnos
a respetar la ley. La virtud de la obediencia es más sublime cuando obedecemos a alguien
inferior a nosotros. La obediencia impide los malos efectos del egoísmo y los errores a los
que nos llevan los lazos del demonio. “La obediencia es de gran mérito a los ojos de Dios,
es cierta manera iguala los méritos de los mártires”. (Tomás de Kempis)

4. Caridad solícita de María.


María pronta a servir va a visitar a su prima Isabel. El amor de María es el amor de
Jesús.
El amor que Dios infunde a fin de que le amemos es el mismo que nos impulsa a amar
a nuestro prójimo. “El que ama al prójimo cumple toda la ley” (San Pablo) ¿No nos dio la
prueba más grande de su amor al consentir ser la madre de nuestro Dios redentor? Algunos
creen amar a su prójimo porque no les desean algo malo, ¡Qué amor tan defectuoso!, el
amor perfecto es hacerles el bien, incluso a los que nos aborrecen y persiguen. Una madre
no tiene mayores enemigos que los que atormentan y dan muerte a su Hijo, María al pie de
la cruz ruega a Dios por los verdugos de su Hijo e implora la conversión, el perdón y la
gracia de Dios para ellos. Y a nosotros nos cuesta tanto perdonar la ofensa más
ligera. Jesucristo nos regaló como madre a la Virgen. Si una madre se interesa tanto por
sus hijos, que no hará la Santísima Virgen por nuestro bien.
5. Sabiduría reflexiva.
Hoy se ha perdido el amor al silencio y a la reflexión profunda, así el hombre no puede
encontrarse con Dios ni consigo mismo; María en la anunciación “se inquietó por estas
palabras y pensaba que significaría aquel saludo” (Lc. 1,29) y ella “guardaba todas estas
cosas en su corazón”. (Lc. 2, 19); Así nos invita a no dejarnos llevar por los sentimientos
sin antes tener una reflexión profunda. Cuando el ángel fue a anunciarle la encarnación, la
encontró en oración. Para que en corazón se a puro, los ojos deben de ser reservados,
apartándonos de todo aquello que sabemos puede poner en peligro nuestra pureza. La
gracia de Dios la podemos dejar actuar más fácilmente si voluntariamente evitamos caer
en el riesgo de perderla. Como María procuremos el silencio para poder así escuchar la
voz de Dios en vez de la voz del mundo.

6. Piedad de María.
La piedad es tener la voluntad pronta y fervorosa por todo aquello que nos encamina al
servicio de Dios. Después de que el ángel le dio el anuncio a la Virgen, ella profundizó
más en su recogimiento e hizo más fervorosa su oración. Si no hubiera sido por la fuerza
que le daba la oración que hacía, ella también hubiera muerto al estar al pié de la cruz.
María es modelo en todos los estados; enseña a las vírgenes el amor que deben tener a la
virginidad y el cuidado con que deben conservar este precioso tesoro, a las casadas, la
obediencia y respeto a su santo esposo y a las viudas el espíritu de recogimiento, retiro y
oración.
La verdadera devoción no consiste solamente en sentir consuelo, gusto y atractivo por
las cosas espirituales, sino una voluntad dispuesta a entregarse a Dios haciendo el bien en
la práctica de las virtudes en cada momento de nuestra vida ordinaria; así también
lograremos mantener, conservar y aumentar nuestra piedad.
7. Paciencia y fortaleza en el destierro y en el dolor:
María con fortaleza afronta las penalidades, no duda en huir a Egipto por su hijo,
permanece firme en el dolor. Ejemplo de paciencia y serenidad. La paciencia nos hace
soportar con resignación y calma los males de esta vida, persecuciones, injurias, pérdida
de bienes, enfermedades y hasta la muerte (San Agustín). Siendo las penas el patrimonio
de las almas amadas por Dios, no es regular que hubiese dejado sin ellas a ala que escogió
por madre. Sus trabajos sobrepasaron a los de todos los mártires.
¡Qué dolor cuando San José quiso abandonar a María!
¡Qué dolor cuando vio nacer a su hijo en un establo!
¡Que dolor cuando vio derramarse la sangre de su hijo en la circuncisión, anuncio
de su sangre que iba a derramar en la Cruz!
¡Qué fatiga al buscar asilo en Egipto, entre pueblos desconocidos e idólatras!
¡Cuál su desasosiego cuando tuvo noticias de la crueldad de Herodes!
¡Cuántas las aflicciones en los años de vida pública de su hijo!
¡Qué sentimiento al oír las imprecaciones y blasfemias contra su hijo, las trabas para
perderle!
¡Qué situación al ver próximo el sacrificio de su hijo, al verlo abandonado al poder
de las tinieblas, rodeado de gente armada, atado como un malhechor, golpeado, burlado,
lleno de escarnio, de tribunal en tribunal, con oprobios, maldiciones y blasfemias!
¡Inundada de dolor al ver moribundo al hijo, al escuchar “he ahí a tu hijo”, sino por
una gracia especial en ese instante hubiera expirado!
Sufrió un tormento superior al dolor de todos los mártires juntos, siempre grabó en
sus ojos y su corazón el recuerdo de la Pasión de su hijo.
Y nosotros nos quejamos de sufrimientos inferiores cuando bien los merecemos
8. Pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor
María entendió el “si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y sígueme” (Lc.
19,21). Ella se entrega sin reservas a plan de Dios, su corazón es del Señor, por ello es
sagrario de la Trinidad. María es rica en su pobreza, ella lo manifiesta en el Magnificat. Su
pobreza fue voluntaria, tomó por esposo a un descendiente de David pero que se sostenía
con el trabajo de sus manos, dio a luz en un establo por obedecer una orden injusta, su hijo
es envuelto en pañales entre animales. A los cuarenta días de su alumbramiento ofrece en
el Templo lo que los pobres: palomas. Ciertamente el oro regalado por os magos pudieron
enriquecerla, pero dice San Buenaventura que éste ya había pasado a manos de los pobres
por la sensibilidad de María ante la miseria. En Egipto se halló falta de recursos, en país
extranjero, desconocidos, igual a su retorno. Después de la Ascensión de Cristo vivió en
casa de San Juan. Ella nació pobre, vivió pobre y exhaló pobre, había dejado todo como
los Apóstoles para seguir el camino de la Cruz. A sus seguidores, Dios les recomienda la
pobreza para librarlos de los lazos terrenos y el afecto a las cosas para ser libres en la
entrega a Dios, para apartaros del abuso de las riquezas, para que amen con pureza a
Dios. Los que tienen bienes poseerlos como si no los tuvieran, desprenderse de todo afecto,
usarlo conforme a las máximas del Evangelio, derramarlos entre los pobres, y nunca
adquirir un bien ilícitamente, cuando algo perdemos conformarnos con la Voluntad de Dios.
Hacer de los bienes medios y no impedimentos para llegar a Dios.
9. Esperanza de María:
“Yo soy la madre de la Santa Esperanza” (Eclo. 24,24). María vive en Jesús hasta las
últimas consecuencias. Se esmera en el servicio de su hijo. Esperanza es: virtud
sobrenatural que Dios infunde en el alma cristiana para confiar en el auxilio del cielo y
mediante los buenos obas alcanzar la vida eterna. Debe ser firme y constante para que sea
virtud cristiana, no excluye el temor o incertidumbre de nuestra salvación, pero cuanto
mayor la virtud, menor el temor. Produce confianza. María se entregó en manos de Dios
cuando José quiso dejarla por ignorar lo de su embarazo, no dudó que esto fuera para
mayor gloria de Dios. Ella esperó que su hijo salvaría al linaje humano y reinaría en cielo y
tierra aun viéndolo en manos de los verdugos y la muerte, nunca dudó que su hijo
resucitaría.

 Ella nunca sintió que Dios se alejaba de ella en la tribulación.


 Nunca abandonó la oración y la penitencia y adhesión a la voluntad divina.

10. Amor ardiente de María a Dios:


El amor a Dios fue incomparable del amor de María a otras personas, conoció la bondad,
hermosura y perfección de Dios, cuanto más las conocía más las amaba, no hubo criatura
que hubiese conocido más perfectamente a Dios que María, nadie recibió tantas gracias
como María y nadie es tan agradecido con Dios como Ella, el amor era sin límites ni medida
de ambas partes. Prueba de su amor a Dios que la consumía es las alabanzas del
Magnificat. Su amor se reflejaba en la exacta observancia de los preceptos y consejos,
jamás cometió la falta más leve, siempre con la intención de agradar y servir a Dios, de allí
su paciencia ante tantas dificultades. El que ama sufre siempre voluntariamente y con gusto
por el objeto de su amor, ni su sueño interrumpía su amor a Dios, sus ocupaciones lejos de
apartarla de ese amor, la acercaban. Hizo solo lo que más agradable había para Dios. El
amor es o mismo que la caridad, es la virtud más excelente que de ella debemos
aprender. No hay que desear nada que se oponga a la Divina Voluntad, el amor ha de ser
nuestro motor de conducta, observando os mandamientos, viviendo una entrega total al
Señor.
11. Modestia de María:
Modestia: Virtud que arregla el exterior el hombre y emana de un interior bien arreglado.
El vestido, el reír, el andar, dice la S.E. anuncian lo que hay en el interior del hombre, así
como la sabiduría que reina en su corazón. Los actos exteriores son muestra de os
interiores y si éstos están arreglados, son prueba del orden que tiene el hombre en su
interior. La Virgen María fue un perfecto modelo de modestia; sus sentidos los guiaba por
la razón, los modales de su cuerpo eran serios y decentes, San Epitafio dice: “su modestia
parecía ante los hombres un prodigio que hacía decir que no se había visto otro
semejante”. Todo parecía en Ella algo sobrehumano y celestial dando a entender que
el Creador la preparaba para grandes cosas haciéndola la más perfecta de todas las
criaturas. ¿Quién podrá ser tan modesto, pudoroso y decente como María en sus discursos
y acciones? Todas éstas virtudes concurrían a darle un imperio sobre sí misma, felices
nosotros si adquirimos las virtudes que le dieron la perfección a María. La falta de modestia
debilita las demás virtudes así que nos pide dominar nuestra lengua mediante la prudencia.
La cordura exige buscar la oportunidad adecuada para hablar. La prudencia trata de evitar
palabras vanas, la caridad prohíbe herir al prójimo pues la palabra puede causar daños
irreparables, si éstas virtudes las aunamos a la modestia les aumentará su mérito y brillo.
Por el contrario sin modestia se doblarán las virtudes y se puede caer en vicio. Ésta virtud
resplandeció en María, sobre todo en su amor al silencio, a fin de entregarse solo a Dios;
sin embargo, algunas veces interrumpía este silencio para glorificar a Dios en el prójimo.
Imitemos a María que después de Jesucristo es el modelo más perfecto.

12. Pureza virginal de María:


María desde pequeña se consagró enteramente al Señor mediante la virginidad. Pues
sabía que Dios es la misma pureza por esencia. Este sacrifico resalta su generosidad, pues
las mujeres estériles estaban marcadas por la ignominia, a María no le importaba el qué
dirán, solo le interesa la aprobación de Dios, pues Él es superior a todos los hombres. Por
esto al anunciarle el ángel que sería madre del Hijo de Dios, aceptó luego de saber que su
maternidad no menoscabaría su voto de virginidad. “María será virgen y madre a un mismo
tiempo; será bendita entre todas las mujeres y bendito el Fruto de sus castas entrañas”
(San Bernardo). Dos cosas propuso Dios a María en su voto de virginidad; quiso que María
le sirviera con toda perfección dando así a LA Iglesia el mejor modelo de una pureza sin
mancha; así mismo quiso que María fuera la primera en presentar a los hombres este
hermoso ejemplo de virginidad. La Iglesia vio pronto la belleza de las virtudes de continencia
y virginidad profesadas por muchas personas que vivían en la tierra a imagen de la pureza
de las ángeles.
Dios nos manda ser santos como Él es Santo por eso hemos de trabajar para adquirir la
pureza con ayuda de la divina gracia. Para imitar a María hemos de evitar todo lo que puede
manchar LA PUREZA, lo cual podremos lograr mediante la mortificación de nuestros
sentidos y pasiones, entregándonos constantemente a la oración, huyendo de ocasiones y
peligros que pueden menoscabar esta virtud, así como desconfiar e nosotros mismos y
confiar plenamente en la gracia de Dios.