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3) ¿Cómo fundamentan los historiadores sus diferentes visiones acerca del

desempeño económico de las nacientes repúblicas latinoamericanas?

a) Agustín Cueva: “El proceso de desacumulación originaria quedó concluido de


este modo y la herencia colonial reducida al pesado lastre de la matriz económica –
social conformada a lo largo de más de tres siglos, partir de la cual debía
organizarse la vida de todas las nuevas naciones.” Cueva Agustín, p.14.

Para Cueva, el desempeño económico de las nacientes repúblicas latinoamericanas


es resultado de una “debilidad inicial” la cual vincula con la “herencia colonial” “…y la
configuración que a partir de ella fueron adquiriendo las nuevas naciones en su
primera etapa de vida independiente.” (Cueva, 1987, p. 11)

Para él, es claro que la incorporación de América Latina al sistema capitalista mundial
se apoya “…sobre la base de una matriz económico-social preexistente, ella misma
moldeada en estrecha conexión con el imperialismo europeo y norteamericano en su
fase protoimperialista. […] Nuestra independencia […] distó mucho de ser un
alumbramiento sin dolor […] el proceso de emancipación implicó la desarticulación
del sistema económico preexistente, en parte como consecuencia inevitable de las
acciones bélicas y en parte como consecuencia, más inevitable aún, de la potencia
que hasta entonces había constituido el punto obligado de gravitación de las
formaciones sociales latinoamericanos en cierne. Si en la afectación de los centros
productivos –agrícolas y mineros especialmente– el primer factor parece haber
pesado más que el segundo, es claro que en el desvertebramiento del círculo
comercial los términos se invirtieron. La propia estructura colonial de la época, que
tenía como eje el control metropolitano del comercio, determinó que a raíz de la
independencia se produjera una suerte de “vacío” en este punto, vacío que por así
decirlo venía a consumar la desarticulación del sistema todo.” (Ídem, pp. 11-12)

Cueva relaciona la colonización de América Latina con el proceso de acumulación


originaria a escala mundial, por el cual, un polo del sistema acumula sin precedentes
suponiendo necesariamente la desacumulación sin precedentes del otro polo o
extremo: “…es evidente que el movimiento metropolitano de transición al capitalismo
frenó, en lugar de impulsar, el desarrollo de este modo de producción en las áreas
coloniales. Tal como lo percibió Marx, el excedente económico producido en estas
áreas no llegaba a transformarse en capital en el interior de ellas, donde se
extorsionaba al productor directo por vías esclavistas y serviles, sino que fluía hacia
el exterior para convertirse, allí sí, en capital.” (Ídem, p. 13)

Para el autor, quien comparte además la siguiente postura de Enrique Serno, el


período colonial puede concebirse entonces como un período de “desacumulación
originaria”: “El período de acumulación originaria en Europa corresponde en América
Latina a un período de expropiación de riquezas y “desacumulación originaria”. Del
enorme excedente generado en la Nueva España, sólo una porción se queda en el
país. El gobierno virreinal y los españoles se encargan de transferir la mayor parte
hacia la metrópoli. La sociedad novohispana se caracteriza por un excedente
relativamente grande: las tasas de explotación son probablemente de las más altas
de la época. Pero el excedente disponible en la Colonia es una parte relativamente
modesta del total. De ahí el contraste “inexplicable” entre la pobreza de las masas y
la falta de poderío de las clases dominantes novohispanas. En la Nueva España, o
en el Perú, se generaba suficiente excedente para transformar a estos países en
potencias (de carácter feudal o incipientemente capitalista). Pero en realidad esta
posibilidad nunca existió.” (Ídem, p. 14)

Cueva observa que la estructura económica y social heredada del período colonial se
caracterizó por un escaso nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y por
relaciones sociales de producción basadas en la esclavitud y la servidumbre. Cita a
Octavio Ianni para quien: “…la formación social esclavócrata es determinada o sufre
una influencia decisiva del capitalismo mundial, a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Pero también es cierto que bajo la esclavitud las relaciones de producción, la
organización social y técnica de las fuerzas productivas y las estructuras de
apropiación económica y dominación política poseen un perfil cualitativamente distinto
del de cualquier formación capitalista.
Independientemente de los grados y maneras de vinculación y dependencia de las
colonias frene a la metrópoli, es innegable que en cada colonia se organizó y se
desarrolló un sistema internamente articulado e impulsado de poder político y
económico. Es en ese sentido que en cada colonia se constituyó una formación social
más o menos delineada, homogénea o diversificada.” (Ídem, pp. 15-16)

Se evidencian límites de la “economía de mercado” en la primera etapa de vida


independiente. “…las estructuras precapitalistas dominantes, en el agro
especialmente, constituyeron un serio escollo para el rápido desarrollo de las nuevas
naciones.” (Ídem, p. 22)

b) Halperin Donghi: ”Así la economía nos muestra a una Hispanoamérica


detenida… Hispanoamérica aparece entonces encerrada en un nuevo equilibrio,
acaso más resueltamente estático que el colonial (...) En lo económico desde una
perspectiva general hispanoamericana, se da un estancamiento al parecer
invencible: en casi todas partes los niveles de comercio internacional de 1850 no
exceden demasiado a los de 1810…” (Halperin, 2008(1969): 152….

En cuanto a estos dos enunciados Halperin los justifica describiendo la realidad particular de
las distintas regiones independientes con límites indeterminados que habían surgido como
resultado de las guerras de independencia, en general, el autor va desde lo general a lo
particular, describiendo que, en general el estancamiento era imbatible, para pasar a analizar
cómo se traducía esta premisa en cada caso; “Venezuela, que ha combatido reiterada y
ferozmente su guerra de Independencia en su propio territorio, o el Río de la Plata, que la ha
combatido fuera de él, pero ha conocido luego guerras civiles, bloqueos internacionales y
largas etapas de desorden, logran retomar y superar los niveles de los más prósperos años
coloniales; Venezuela en su agricultura, y el Río de la Plata en su ganadería tienen, desde
antes de 1810, el germen de una estructura económica orientada a ultramar, que compensará
las desventajas del nuevo clima político-social con las ventajas que le aporta la nueva
organización comercial, y así podrá afirmarse. En cambio, Bolivia, Perú y sobre todo México,
cuya economía minera ha sufrido de muchas maneras el impacto de la crisis revolucionaria,
y requeriría aportes de capitales ultramarinos para ser rehabilitada, no logran reconquistar su
nivel de tiempos coloniales: la producción mexicana de plata desciende a la mitad de la cifra
alcanzada en las últimas décadas coloniales; en 1810 el virreinato de México exportaba por
valor cinco veces mayor que el del Río de la Plata, y a mediados de siglo ambas exportaciones
se han nivelado, aunque ya no salen de Buenos Aires los retornos de plata altoperuana;
comparación todavía más impresionante: en cuarenta años la riqueza ganadera de la pampa
rioplatense, que antes de 1810 había sostenido exportaciones por valor del 4 por 100 de las
de plata mexicana, está cerca de igualarse con ellas: ha decuplicado su valor, mientras el de
ésta -como se ha señalado- se ha reducido a la mitad.” (Tulio Halperin Donghi, “Historia
Contemporánea de América Latina, págs. 159-160)

En este pasaje debe notarse que el historiador Halperin destaca, para contrastar con su
premisa general de su razonamiento neurálgico relativo al estancamiento de las economías
hispanoamericanas, las experiencias de ciertas excepciones, que, si bien no son
necesariamente conocidas de un modo tan extendido como los es en el caso de los
principales centros hegemónicos de los antiguos reinos de indias, deben ser tomadas en
cuenta, porque constituyen un matiz importante ante lo que significa la resiliencia económica
a los embates de todo tipo de situaciones críticas que ha padecido el subcontinente y lo
enuncia el mismo autor que por otro lado también alega la realidad económica de un
estancamiento económico general, reconociendo claramente estas excepciones a su planteo,
y ya sentenciando ciertamente, un análisis cuanto menos interesante sobre cómo se invirtió
la suerte de los reinos de indias en el sentido de que los centros más privilegiados durante el
dominio colonial pasaron a ser los más estancados, y los más relegados parecen haber sido
los más favorecidos, o al menos los que despertaron y supieron afrontar las consecuentes
adversidades, ya sea mediante una diversificación económica (como es el caso de Chile) o
ya sea a través de una inserción en un modelo exportador pensado como un mercado de
crecimiento externo y no interno, configurado para las necesidades de las exportaciones de
materias primas en ciertos casos (como en el Río de la Plata y Venezuela, ya mencionados
anteriormente) y confinados a la dependencia de un producto particular en otros, lo que, al
destinar todos los recursos de una nación a la producción de una materia prima particular
para el exterior, ocasiona episodios de crisis económica interna e incluso hambrunas y
escasez debido al encarecimiento de los productos alimenticios primarios que no son
identificados como prioridad económica (es la situación de México, por ejemplo).

“Así, en América Central (…) en Honduras, en Nicaragua, en el litoral costarricense del


Pacífico, hacendados dueños de tierras vastas como provincias europeas vivían en la
escasez sobre esas riquezas ilusorias, que era imposible explotar adecuadamente. Pero en
la meseta central de Costa Rica (se) pudo ver el comienzo de la expansión del café;
propietarios a los que sus vecinos vaticinaban próxima ruina utilizaban las ganancias de
cosechas anteriores, instaladas en Europa, para plantar más y más cafetales, y lejos de
arruinarse se encontraban cada vez más ricos: ese diminuto rincón centroamericano había
encontrado -como el Río de la Plata o Venezuela- la nueva fórmula de prosperidad, en una
economía exportadora ligada al mercado ultramarino. En otras partes el mismo proceso se
da de modo más lento: es el caso de Nueva Granada, donde el aumento de las exportaciones
de cueros (fruto de la ganadería de la sabana) llena, en parte, la brecha abierta por la crisis
de la minería; es más acentuadamente el caso de Chile, que -habiendo obtenido en el reajuste
del comercio hispanoamericano acceso directo al mercado metropolitano- también completa
con exportaciones de cueros las derivadas de una minería que, desde 1830, retoma su ritmo
ascendente y que ha agregado a los metales preciosos el cobre (que ya desde mediados de
la década del veinte supera en valor a plata y oro sumados y sólo será devuelto a segundo
plano por la expansión de la plata de la década siguiente).” (Tulio Halperin Donghi, “Historia
Contemporánea de América Latina, págs.160-161)

“También las islas antillanas, que han permanecido bajo dominio español, prosiguen su
avance económico; sobre todo, Cuba, beneficiada por la crisis que la emancipación de los
esclavos produce en la economía azucarera de las Antillas inglesas (y por el liberalismo
comercial que España aplica a lo que resta de su imperio, para salvarlo de la agresividad de
las potencias económicamente dominantes), expande su producción de azúcar; entre 1815 y
1850 el volumen de las exportaciones azucareras cubanas más que cuadruplica (pasando de
algo más de 40.000 toneladas a las 200.000) y su valor más que duplica.
Junto con esa Hispanoamérica dinámica, que se superpone casi totalmente con que ha
comenzado a expandirse en la segunda mitad del siglo xvni, también Brasil supera sin
dificultades económicas inmediatas la crisis de independencia: del mismo modo que en Cuba
también aquí la crisis azucarera de las West Indies significa un estímulo inmediato: el
nordeste azucarero conoce un retorno de prosperidad; al mismo tiempo, el extremo sur
ganadero repite, en tono menor, la expansión de su vecino meridional, el Río de la Plata. Ese
crecimiento en los extremos crea desequilibrios que han de repercutir en la vida política
brasileña; si el imperio logra sobrevivir, el Brasil independiente sólo adquirirá una cierta
cohesión cuando el café vuelva a colocar al centro del país en el núcleo de su
economía. Esos desequilibrios están agravados porque el renacido nordeste azucarero
conserva todo su arcaísmo: como antes, depende para sobrevivir de una mano de obra
esclava que sólo la importación puede mantener en nivel adecuado (puesto que, al revés de
lo que ocurre en el Sur norteamericano, el Brasil del azúcar no es capaz de producir
internamente los esclavos que llenen los huecos creados por la muerte en la fuerza de trabajo
disponible). Bajo el predominio del norte azucarero, Brasil debe sostener una lucha tenaz,
pero de resultado necesariamente negativo, con una Inglaterra dispuesta a abolir la trata:
aunque en la primera mitad del siglo xix las importaciones de esclavos africanos son mayores
que en cualquier época anterior, la crisis del sistema se avecina inexorablemente.
Al mismo tiempo, absorbido en la defensa de su economía esclavista, Brasil cede
paulatinamente en los otros puntos de conflicto con la potencia hegemónica: el tratado de
1827 reiteraba sustancialmente los términos del arrancado a Portugal en 1810; apertura del
mercado brasileño a la importación británica, sin defensa para ningún rubro de producción
local; mantenimiento de jurisdicciones especiales para los británicos residentes en Brasil...
Pese a todo ello, a partir de 1845 Gran Bretaña pasa a reprimir la trata por la violencia; sólo
cuando se resigna a eliminarla, Brasil recupera la posibilidad de una política en otros aspectos
más independiente de la tutela británica. Entretanto, se ha constituido en el principal mercado
latinoamericano para Gran Bretaña; sus importaciones alcanzan bien pronto el nivel de los
cuatro millones de libras anuales (cuatro veces las del Río de la Plata). Los resultados son
los esperables: déficit comercial, desaparición del circulante metálico, penuria de las finanzas
(agravada porque tampoco en el Brasil imperial, pese a la levedad de la crisis de
independencia, mantener el orden interno es empresa sencilla).” (Tulio Halperin Donghi,
“Historia Contemporánea de América Latina, págs. 161 162)

A diferencia de la segunda mitad del siglo XIX, donde las inversiones inglesas aceleran y
dinamizan las economías de Hispanoamérica, la primera mitad del siglo es más bien conocida
gracias a Halperin por su estancamiento económico en América Latina y por un equilibrio
donde la “relativa victoria” del productor (caracterizado por Halperin como el terrateniente en
la mayoría de los casos) sobre el mercader se da por una decadencia de este último por sobre
todo, y no necesariamente por un incremento de la producción del primero que no era para
nada estimulada por la economía internacional como era esperado desde 1810, por lo que el
autor termina justificando el estancamiento y el crecimiento económico aproximadamente nulo
de Hispanoamérica en la “Larga espera” de este modo; la dependencia general (no aplicable
en todas las regiones de Hispanoamérica) con respecto a la metrópoli inglesa que pese a su
negocio con el subcontinente, no va a invertir en él hasta la segunda mitad del siglo XIX,
haciendo que de cierto modo, la producción y la comercialización internacional de mercancías
en este subcontinente no avance durante un período que coincide con la “Larga
espera”descrita por el autor, puesto que la inestabilidad imperante así como la ausencia de
un orden estable y seguro que permita el avance y el crecimiento económico terminan
causando un estancamiento prolongado amén de una economía debilitada y paralizada por
los estragos de la guerra, fase de la que se tardó en salir en pos de alcanzar el tan esperado
orden que se reclamaba, cuya realización en la segunda mitad del siglo XIX es más bien
cuestionable.

c) Bulmer Thomas: “Los relatos de la época de latinoamericanos y extranjeros por


igual, estaban llenos de entusiastas informes sobre las perspectivas de la región
cuando España y Portugal perdiesen sus monopolios comerciales y de otros tipos.
Se pensaba que sólo se necesitaba capital y mano de obra calificada para
aprovechar los recursos naturales del vasto interior inexplorado de América Latina.”
(1994. P. 12)

Una historia económica de América Latina debe explicar no sólo la incapacidad de la


región en su conjunto para llegar a ser desarrollada, sino también las diferencias de
los niveles de vida entre los países de América Latina.
Durante el período de transición entre el Antiguo Régimen y las independencias de
las repúblicas latinas, había una opinión generalizada por parte de las elites
occidentales europeas así como criollas que tenían los pies en América pero la cabeza
en Europa, que veían al ‘Nuevo Mundo’ como una fuente muy rica para la
explotación y desarrollo económico a través de un capitalismo liberal a nivel
mundial como argumento para sostener la necesidad de una vida independiente de
las coronas hispano-portuguesas y así eliminar su monopolio comercial.
La extracción de recursos naturales en América Latina y las inversiones relacionadas
con ella en infraestructura social atrajo capital extranjero, preferentemente de Gran
Bretaña, principal inversionista en el siglo XIX. Por tanto, en dicha época la
integración de América Latina a la economía mundial se llevó a cabo por la
exportación de productos primarios, los cuales siguen siendo su nexo más
importante con el resto del mundo. Eso es todavía más cierto si incluimos las drogas
ilegales como la cocaína y la marihuana.
De esta forma se pensaba que se podría tener acceso a los ricos mercados de Europa
Occidental: Sin embargo, ese sueño aún no se ha realizado. Ninguna de las veinte
repúblicas de América Latina puede considerarse desarrollada, y algunas siguen
siendo extremadamente pobre. Aunque América Latina no se cuenta entre las
regiones más pobres del mundo, su nivel ha sido alcanzado hoy por ciertas partes de
Asia que casi con seguridad tuvieron niveles de vida mucho más bajos durante todo
el siglo XIX.

El desarrollo económico suele medirse con toda una serie de indicadores: los más
comúnmente empleados son el producto interno bruto (PBI) y el producto nacional
bruto (PNB) per cápita. Otros indicadores son la esperanza de vida al nacer, el
consumo de calorías por cabeza, la mortalidad infantil, el número de teléfonos por
cada mil habitantes, etc. Casi con cualquier indicador América Latina aparece a
medio camino entre los países desarrollados de América del Norte y Europa
occidental, y los países más pobres del África subsahariana y el sur de Asia.
El Banco Mundial clasifica a todas las repúblicas latinoamericanas como “de
mediano ingreso”, salvo Haití, Honduras y Nicaragua, que son clasificadas como “de
bajos ingresos”.
La falta de éxito económico no significa estancamiento. Por el contrario, en América
Latina el cambio ha sido rápido, y esto puede verse sobre todo en la tasa de
urbanización. La expansión demográfica se ha centrado en las ciudades, en parte
como resultado de la emigración internacional, en el siglo XIX, y de la emigración
rural-urbana en el XX.
Más del 70% de sus habitantes viven en poblados o ciudades. El gran problema de
esto es el crecimiento desproporcionadamente rápido de la ciudad principal de la
república (la capital) con respecto a las demás de su interior, y más aún del sector
rural.
El espectacular crecimiento del sector informal en las ciudades latinoamericanas es
prueba de la dificultad que tienen muchos recién llegados al mercado de trabajo para
encontrar empleos seguros y productivos.

La población de América Latina en el decenio de 1820 era abrumadoramente rural; la


fuerza laboral se concentraba en la agricultura y la minería. Los recursos naturales
producidos por estos sectores constituyeron (y lo siguen siendo) su nexo más
importante con el resto del mundo, y los flujos internacionales de capital se
interesaron directa o indirectamente por aumentar el excedente exportable.
La participación del Estado en la economía, no logró reducir la gran desigualdad en
la distribución del ingreso que puede verse en la mayoría de las repúblicas
latinoamericanas.
Esta desigualdad que al principio fue producto de la desigual distribución de la tierra,
heredada de tiempos coloniales, se ha reforzado por la concentración industrial y
financiera en el siglo XX, con lo que la distribución del ingreso en América Latina es
una de las peores en el mundo. Explícitamente, porque el 20% de la población con
nivel más alto de vida recibe el 50% del ingreso total, mientras que al 20% de nivel
más bajo le corresponde menos del 3%.

d) La reacción ante la mirada pesimista es resumida en la introducción al libro:


Latinoamérica y España 1800-1850, editado por Llopis y Marichal (2009):
“...las aportaciones de este libro refuerzan dos ideas que viene ganando terreno en
los últimos años: 1) en el período 1820-1870, la acumulación de atraso económico
por parte de América latina fue algo menor de lo que las visiones clásicas han
enfatizado, ya que las tasas de crecimiento del PIB por habitante de esa área fueron
moderadas pero no insignificantes; y 2) La entidad de los contrastes económicos a
escala nacional y, también, regional aconseja que abandonemos esa imagen
excesivamente plana que con frecuencia se ha venido utilizando para caracterizar el
desempeño latinoamericano.”

La reacción ante la visión pesimista acerca del desempeño económico de las


nacientes repúblicas latinoamericanas es reunida por Llopis y Marichal a partir de un
revisionismo de los estudios ya existentes acerca de estas, por el cual sugieren
matizar muchas de las generalizaciones que caracterizan a la literatura de historia
económica sobre Latinoamérica en la primera mitad del s. XIX: por ejemplo, en
varios países como Argentina, Cuba y Uruguay, el crecimiento demográfico y
económico fue bastante notable; en otros, como México, nuevas evidencias
sugieren un modesto crecimiento del PIB por habitante; en otros, como Perú, el
balance económico se caracterizó por el estancamiento.
Llopis y Marichal afirman además estar de acuerdo con Leandro Prados de la
Escosura, para quien “…la preocupación reiterada por explicar el «atraso
económico» latinoamericano en función de las diferencias con las tasas de
crecimiento mucho más altas de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo
XIX ha tenido el efecto paradójico de desalentar la investigación sobre el
desempeño de las economías latinoamericanas en el período.” (Llopis y Marichal,
2009, p. 11)

Para fundamentar su postura, apuntan al “…análisis del crecimiento económico de


cada país en esta época tan compleja de transformaciones políticas, demográficas y
económicas en las sociedades iberoamericanas y en la propia España.” (Ídem, pp.
12-13) Así, reúnen las siguientes posiciones respecto del desarrollo económico de
tres países:
· Argentina y Perú
Jorge Gelman contrasta los distintos resultados económicos obtenidos por Argentina
y Perú entre 1820 y 1870 (“…mucho más satisfactorios los de la primera que los del
segundo.” (Ídem, p. 13)
Además, reconoce dos factores que condicionaron importantemente la evolución
económica de los países latinoamericanos en el período ya mencionado:
- El desplome o contracción del “mercado interno colonial” a raíz del
desmoronamiento del Antiguo Régimen español tras la invasión
napoleónica. Estos habían sido esenciales en la vertebración de las
economías latinoamericanas, y afectó intensamente a las grandes áreas
mineras de los antiguos virreinatos de Nueva España y Perú y las zonas
integradas comercialmente con estas.
En Argentina, se vieron afectadas las regiones del centro y el noroeste
como Córdoba y Salta ya que habían desempeñado un papel relevante en
los viejos circuitos mercantiles que conectaban los principales centros
andinos del Alto y Bajo Perú con el litoral rioplatense y los mercados
metropolitanos, aunque otras áreas del litoral ya estaban desde antes de
1800 conectadas a circuitos internacionales. También allí era donde la
colonización había sido poco intensa y por lo tanto las instituciones
coloniales tenían una solidez y arraigo menor que Nueva España o Perú.
Perú, donde la economía gravitaba en torno al sector minero, fue mucho
más afectado. Y es que Argentina, por su ubicación atlántica y su dotación
de recursos estaba en mejores condiciones para sacar partido del aumento
y de los cambios en la demanda en los mercados internacionales del s. XIX:
“Jorge Gelman defiende la idea de que la «lotería de bienes» y la situación
geográfica fueron generalmente más determinantes que los factores
institucionales, culturales y políticos en los logros o en los fracasos
económicos de los países latinoamericanos en el período que principia con
sus respectivas independencias.” (Ídem, p. 14)
- La expansión de los mercados internacionales (sobre todo los atlánticos)
a partir de la industrialización europea

· México
“Frente a la tesis de las «décadas perdidas» para América Latina y, también, para
México, Ernest Sánchez Santiró sostiene que no todo el período 1820-1870 fue de
depresión o de estancamiento para la economía mexicana.” (Ídem)
Así, para él, en México hubo un crecimiento económico nada despreciable entre
1826 y 1855 (a pesar de su desigual distribución territorial y sectorial), aumentando
el PIB por habitante. Fue ya a partir en las décadas de 1850 y 1860 que se puede
observar un movimiento recesivo en la economía mexicana, por la agudización del
conflicto político, más tarde guerra civil, con nefastas consecuencias sobre las
actividades productivas. Habiendo sufrido otro conflicto entre 1810 y 1825, podría
decirse que entre 1800 y 1869 “…perdió por las guerras casi tres décadas de
crecimiento económico. […] el coste económico de la independencia y del
asentamiento de las nuevas instituciones fue especialmente elevado en el caso
mexicano.” (Ídem)
A pesar de ese crecimiento en el PIB cabe destacar que, tras la independencia, la
minería de plata no logró recuperar sus niveles de producción de principios del s.
XIX.
Hacia el segundo cuarto del s. XIX se produjeron importantes cambios:
- Se redujo el peso de la ciudad de México en los ámbitos financiero y
económico
- Las rutas comerciales internas y externas registraron alteraciones
sustanciales
- En dos sectores productivos fundamentales se dieron cambios
importantes respecto del período tardocolonial:
o Se produjo un primer brote industrial: se establecieron dos
decenas de fábricas textiles modernas entre 1835 y 1850
o Ya no se registraron crisis de subsistencia o demográficas con
tanta intensidad como las de la época final del antiguo régimen
(1785, 1809…), a pesar de diversos brotes de cólera, lo que
indicaba una notable expansión agrícola post independencia
Aunque para Luis Jáuregui y Carlos Marichal, la economía pública tuvo un
desempeño poco
satisfactorio y afectó negativamente a la economía privada: en la post
independencia, la debilidad financiera del gobierno federal fue posiblemente
el factor de mayor desequilibrio dentro de la economía mexicana,
produciendo fuertes desequilibrios en las esferas fiscal y financiera durante
un siglo. “…se produjeron tres crisis entrecruzadas y prolongadas: la crónica
crisis fiscal, la larga crisis de la deuda pública y la crisis de los mercados
financieros, en particular de la ciudad de México.” (Ídem, p. 15)

- Agustín Cueva: “El desarrollo del capitalismo en América Latina”


(1987)
- Enrique Llopis y Carlos Marichal (coordinadores): “Latinoamérica y
España. 1800-1850. Un crecimiento económico nada excepcional”
(2009)
- Tulio Halperin Donghi: “Historia contemporánea de América Latina”
(2005)