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20 DE JUNIO DE 2019 12:07 AM José Rafael Herrera

El bucle
La ciencia cción no es tan cticia, después de todo. No lo es como, en
cambio, sí lo es cierta rimbombancia epistemológica y metodologicista
–en el fondo, tristes derivados escolásticos del entendimiento
abstracto– a la que en los últimos tiempos le ha dado por
autoproclamarse como cientí ca, a la hora de arrojar sus pretenciosas
sentencias tautológicas, vertidas en “datos” y “hechos”, sobre un ser
social aboyado, a punto de naufragar y hundirse en las espesas y
descompuestas aguas de la pobreza espiritual, ese estanque de
putrefacciones que afanosamente una banda de criminales dejó
desbordarse, muy por encima de los niveles previstos por la decencia
civil. Son ellos los Caronte del presente. Y es que, más bien, se podría
concluir que, bajo el pomposo ropaje cientí co –tablet en mano–, se
ocultan los comprensibles temores de quienes, siempre cargados de
frases hechas en favor de la esperanza, hasta la fecha, han sido
incapaces de resolver los enigmas develados por la ciencia cción a la
que tanto desprecian o consideran como mero divertimento. Que se
sepa: el arte no solo inspira y se inspira en la auténtica ciencia, sino que
crea y recrea las ideas que terminan por transformar la realidad.

Douglas Hofstadter, cientí co y lósofo estadounidense, publicó en


1979 la que quizá sea su obra de divulgación cientí ca y losó ca más
importante, al punto de que con ella obtuvo el premio Pulitzer: GEB: an
Eternal Golden Braid (traducido al español como EGB: un eterno y
grácil bucle). El argumento del autor consiste en mostrar cómo
interactúan de continuo los logros creativos de tres auténticos genios:
el lógico-matemático Kurt Gödel, el artista plástico Mauricio Escher y
el músico y compositor Johan Sebastian Bach, a la luz del concepto
general de “bucle”: “Me di cuenta –escribe Hofstadter– que Gödel,
Escher y Bach eran solamente sombras dirigidas en diversas
direcciones de cierta esencia sólida central e intenté reconstruir ese
objeto central”. El bucle es de nido por el autor como una jerarquía de
niveles recíprocamente vinculados que, sin embargo, se encuentran
“enredados”, por lo que no se puede determinar con precisión cuál sea
el nivel superior o el inferior, ya que desplazándose a través de ellos se
vuelve siempre al punto de partida, en una suerte de continuo y eterno
retorno nietzscheano. Las autorreferencias de los sistemas formales
gödelianos; la circularidad de los constructos biunívocos de los diseños
de Escher; el tejido barroco, de nas y gruesas orlas, que giran
inde nidamente en el interior de la estructura de las composiciones de
Bach. Pero también el ujo informativo que, a través de la síntesis de
proteínas, va desde las enzimas al ADN y a la inversa.

En todo caso, y según el autor, el bucle no es un “circuíto físico


abstracto”, sino una serie de etapas que constituyen el “ciclo-
alrededor”, en el que la jerarquía del movimiento hacia arriba cambia
hacia abajo, para dar lugar y tiempo a un ciclo cerrado. En una
expresión, a pesar del sentido direccional in crescente del “vamos
bien”, re exivamente, se produce un choque en el que se es conducido
al punto desde el que se había comenzado. Immerwieder: un bucle –
dice Hofstadter– es “un lazo de retroalimentación paradójica a nivel
cruzado”. Nada menos.

La exposición de esta –sin duda– as xiante concepción de ujo en


circuito cerrado, de eterno retorno indescifrable, tiene su sustentación
en la llamada teoría del bucle temporal o curva cerrada de tiempo, de W.
J. van Stockum y del propio Kurt Gödel, con base en la cual se puede
volver al mismo espacio del cual se parte en un determinado lapso de
tiempo. Una teoría que, recientemente, ha sido tema de inspiración de
largometrajes y series de ciencia cción: a nales del mes de enero de
cualquier año, el protagonista del lme se despierta y comienza su día,
lleno de fervor y esperanza. Se dispone a poner n, junto a miles y miles
de ciudadanos, al secuestro perpetuado por una banda de facinerosos,
narcotra cantes y terroristas, que los mantienen sometidos a un
régimen de opresión y miseria. “Calle, calle y más calle”, se grita con
férvida pasión. Las concentraciones son masivas, multitudinarias.
Estalla de alegría el colorido tricolor. ¡Esta vez sí se conquistará la tan
Las calles se llenan de heridos y muertos. Las residencias son allanadas
y los daños a las propiedades son notables. Los “agitadores” son
apresados y condenados. Las ciudades comienzan a apagarse. El terror
se va imponiendo. Los dirigentes, sin embargo, insisten: “¡Vamos bien
porque vamos juntos!”. El miedo y la zozobra cunden por doquier. Para
el mes de mayo se comienza a hablar de una negociación propiciada por
la mediación internacional. Los facinerosos mantienen el secuestro. El
año termina y el protagonista se despierta a nales de un mes de enero
cualquiera, con la cara pintada “color esperanza”, lleno de fervor y,
bandera en mano, se dispone a poner n al secuestro al que él y el resto
de la población han sido sometidos. Una vez más, el bucle se ha cerrado.

Son cosas –“eventos”, como suelen decir– de la era posmoderna.


Conducida de las manos de Nietzsche y Heidegger, surgió una cierta
izquierda que, partiendo del totalitarismo, lo negaba, huía de él, para
retornar a él. Su característica esencial puede ser de nida, siguiendo la
terminología de Deleuze, como un “sin fondo” (Abgrund), un abismo
que devela el horizonte problemático, ezquizofrénico, en el que se
mece, desde nales de los años sesenta del siglo pasado, el bucle del
llamado posthumanismo, de origen esencialmente francés,
obsesionados como están con el fantasma del cógito, contra el cual
inútilmente maquinan acechos y celadas parricidas, edípicas. El sujeto
de la historia es sustituido por una realidad que lo perpleja, lo
conforma, lo disciplina y lo oprime, una y otra vez. Pero es el triunfo del
“genio maligno” cartesiano y de Sade, como guras centrales de la
cultura. Es la realización efectiva de La naranja mecánica de Burgess, la
elevación de la agresión y el sadísmo a política de Estado, a
condición sine qua non de la vida civil o, más bien, de su epita o.

Y así, los cantos eleusinos terminan en los gritos del silencio


deleuzinos, en la postulación de un cosmos fraguado con espuma, con
hule interestelar, hecho de pliegues y ruinas circulares, de ministerios
del tiempo y de reiterativos e in nitesimales “si no te hubiese
conocido”. Entretanto, los buenos epistemólogos y metodólogos,
Carontes de siempre, víctimas de los efectos de la mariposa
posmoderna, siguen buscando entre sus instrumentos de precisión el
punto intermedio de la medición, la dialéctica de la medianía, el quod y
el quantum, la tautología más adecuada para la sentencia, la copa de
vino rosé: ni rouge ni blanc y, por supuesto, mucho menos bleu.    

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