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CAPÍTULO I

CUANDO LA TIERRA FUE DIVIDIDA

¿Pudo haber ocurrido eso alguna vez? ¿Qué la tierra se haya dividido? pregunta Peleg, dice que
ese nombre le puso por ese suceso que sacudió a todo el mundo. Su padre Heber, le contaba
que ese nombre significaba división. Algunos decían que el suelo se había partido y una parte
se fue hacia la puesta del sol. Otros decían que ese día Dios confundió las lenguas y se
produjeron los distintos idiomas, y así la gente fue dividida en tribus y naciones. Esto en efecto
ocurrió, decía Peleg, así que mucha de la gente que se fue nunca más la vimos, excepto Nimrod
el inventor de la torre que llamaron Babel, por la confusión que se produjo y que la causa de
que eso ocurriera, fue la división de las lenguas a tal punto, que los llevó a desistir de tal
empresa. Nimrod que llamaban “el gigante” por lo grande su estatura, prefirió irse hacia el
oriente y con sus planes en mente de construir una ciudad en la llanura de Sinar, que él había
conocido antes cuando visitaba a sus parientes, y la gran torre, que luego se llamaría Babel.
Mientras contaban estas cosas, otros que creían que la palabra división se debía a la ruptura de
la tierra, se felicitaban de vivir tan lejos de donde se produjo la ruptura, pues muchos de sus
parientes que vivían en esa zona, desaparecieron, con esa otra parte de la tierra.

Ese era el comentario, decía Peleg, pero otros decían que eso no había ocurrido por lo menos
mientras ellos vivían, pero sí, eran testigos de lo que pasó con los idiomas nuevos que surgieron
de esa división producida mientras edificaban la torre. Se comenzó a construir la torre, pero no
se pudo terminar, por designio de Dios se interrumpió. - ¿Cómo ocurrió eso? -pregunta Peleg a
los que venían de ese tiempo-. Comenzaron todos a hablar distinto, no nos entendíamos,
finalmente abandonamos la obra, pero se formó una ciudad a su alrededor, que se le llamó
Babilonia o Babel, nombre original, que significa, confusión. El resto de la gente se fue en
distintas direcciones, ya que no se entendían el habla. Nimrod no se desanimó, siguió adelante
y fundó otras ciudades hasta llegar a Nínive que fue capital de Asiria. Pronto surgiría otra
ciudad importante y progresista, Hur de los caldeos, nombre que se le daba por los pobladores
de ese lugar.

En ese tiempo ya se comenzaba a escribir, usando líneas en forma de cuñas, pero que,
dispuestas de una manera determinada, formaban palabras. Cuando se pudo escribir,
comenzaron a narrar los relatos que se tenían del origen del hombre e inclusive del mundo. Se
comentaba en ese tiempo que había escritos antediluvianos, que contaban de los hechos
acontecidos antes y durante el Diluvio, todos esos datos se escribieron, relatados por los
mismos sobrevivientes del diluvio, Noé, Sem, Cam y Jafet. Se escribieron en tablillas de barro,
secadas a la sombra, y cocidas en hornos.

Mientras Peleg cuenta estas historias y que eran muy conocidas en ese tiempo, porque había
gente inclusive que habían pasado por el Diluvio, alguno de ellos eran Sem, Cam y Jafet.
Nimrod decía que sus ideas de una torre, y sus planos los llevaron a algunos a quedarse en la
otra parte de la tierra hacia la puesta del sol. Claro, esto era una forma de afirmar la otra idea,
la formación de los continentes. Peleg que es quien nos cuenta esta historia, él tuvo la dicha de
vivir tantos años, como para llegar a conocer a su nieto lejano, Abram al cual Dios le cambió el
nombre por Abraham, el que habría de ser un personaje muy importante.

Antes de que Abram pudiera emigrar hacia el norte, Sem emprendió un viaje hacia esa zona,
llegando hasta la Filistea tierra de la puesta del sol, a la costa del mar grande. Esto se supo
muchos años después, en ese encuentro que tuvo Abram con él, en Jebús. La pregunta que se

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hacían los hombres de aquella época era: ¿Cuál habrá sido la razón para que se haya producido
el diluvio? El clima ideal anterior al Diluvio había cambiado totalmente, de un estado
primaveral y estable, a unos cambios tan diferentes, conocidos como verano, invierno, otoño y
primavera. El patriarca Noé y sus hijos trataban de explicarlo en razón de que como las aguas
se retiran por un fuerte viento que soplaba desde la salida del sol, las aguas se abrieron en dos
direcciones hacia el sur y norte, hasta que la tierra se secó y que a partir de allí comenzó a venir
el frío especialmente para ellos desde la parte norte. Hacia el sur se notaba mucho más calor.

Ellos no entendían las causas o causantes de este cambio, pero lo cierto es que esto mismo les
obligó a cambiar la dieta, y por esa misma razón, la forma de alimentación cambió también, y
la forma de vestir, cambiando según la época del año. Las enfermedades comenzaron a ser más
frecuentes, al cambiar el clima y la alimentación. De una forma vegetariana exclusiva, al uso de
la carne, con sus consecuentes efectos. Ellos decían que esto era la consecuencia del pecado
que sigue cada vez peor.

Larga fue la vida para los antediluvianos que caminaban con Dios. No era para todos, los
descendientes de Caín por ejemplo, no vivieron tanto, porque la forma de vivir de esa gente
influyó en el acortamiento de la vida. Comenzaron a sufrir enfermedades que eran totalmente
desconocidas para los descendientes de Set, que caminaban con Dios en obediencia. Esto
seguirá ocurriendo siempre que el hombre viva lejos de Dios. Estas eran las conclusiones que
se manejaban en aquellos lejanos días. Pero como el pecado se transmite de generación en
generación, y así las enfermedades, causadas por la vida desordenada de los impíos,
contagiaban a personas sanas que tenían una vida correcta, más acorde con la naturaleza.

Sem nos cuenta ahora y lo confirma su hermano Jafet. La causa fue la maldad del hombre,
parecía no haber salida a la situación imperante. El mundo de entonces se había tornado
ingobernable. El corazón del hombre era solamente hacer el mal, en otras palabras, la tierra se
corrompió. El argumento más fuerte de los hombres de ese tiempo, era que los descendientes
de Caín, eran una raza maldita sobre la tierra y por tanto nada les importaba de Dios y sus
demandas, estaban enojados con Dios por la maldición que había caído sobre ellos, por causa
del pecado de Caín. En ese tiempo se levantó Noé, nuestro padre, un pregonero de justicia,
tratando que los hombres se arrepintieran, mas nadie hacia caso y se burlaban de él. ¿Cuál era
la causa principal por la que se burlaban? Era porque hasta entonces nunca había llovido y él
anunciaba un Diluvio, parecía una locura y es más aún, estaba construyendo un barco
gigantesco muy lejos de los mares y ríos, ¿para qué sirve se preguntaban un barco de esas
dimensiones si no hay agua y además eso de que va a caer agua del cielo, es un sueño vano de
un hombre que ha perdido el juicio?

Cuenta Noé que antes del diluvio, la generación de Set, por la misma razón de que él era fiel a
las enseñanzas que había recibido de su padre, sus hijos siguieron en el mismo camino. Pero
con el paso del tiempo muchos de ellos se apartaron, y no les importaba mantener sus vidas
separada de los que vivían en maldad, e inclusive formaron parejas con mujeres de esa gente,
descendientes de Caín, que vivía en las cosas más horrendas que uno pueda imaginar. Decían
que esas mujeres eran muy hermosas y los hijos de Dios cayeron en la tentación y se juntaron
con ellas, escogiendo entre todas, cosa que podían hacer porque eran muchas más las mujeres
que los hombres, los cuales fueron diezmados por las guerras tribales y por las consecuencias
de vicios mal sanos. Esto trajo como consecuencia que la generación de creyentes disminuyera
notablemente a tal punto que quedó solamente Noé y su familia, en total ocho personas, su
esposa sus tres hijos y sus tres nueras, una hermosa familia.

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A partir de este momento es Abram quien nos sigue contando los acontecimientos de aquella
época.

-Yo vivía en Ur, la ciudad había prosperado mucho, nada nos hacía falta de lo necesario para
vivir, teníamos una hermosa escuela para aprender las letras, teníamos un palacio para las leyes
que se iban estableciendo para la mejor convivencia del pueblo. El orden patriarcal era
respetado, todo estaba muy bien, los vecinos y parientes nos llevábamos muy bien, nada hacía
prever que un día Dios me iba a hablar de una manera tan clara para que me fuera de allí.
Confieso que me costó mucho tomar esa decisión, pero tenía que obedecer a Dios y confiar que
él no se iba a equivocar y proveería los medios para vivir. Francamente salí sin saber a dónde
iba, todo era desconocido para mí. Hablé con mi familia y todos estaban dispuestos, menos mi
padre, ya anciano, no podía entender mi decisión de dejarlo todo para salir, sin más esperanza
que la que Dios me pudiera dar. Finalmente, mi padre se dispuso a ir con nosotros y también mi
sobrino Lot, que había quedado huérfano, nos acompañó.

El día señalado partimos, llevamos nuestros animales, ovejas, camellos, cabras y asnos.
Cargamos todo y salimos. El viaje era muy largo y de vez en cuando nos preguntábamos, si nos
encontraríamos con el abuelo Sem. Sabíamos por lo que él había dicho que viajaría en ese
mismo rumbo, decía: me voy ahora que todavía me quedan fuerzas para andar. Habrían de
pasar muchos años para encontrarme con él, en un momento especial. No parecía ser el mismo,
su vida era distinta.

Después de muchos días y con todos los riesgos que eso supone, llegamos a Padam-Aram,
hacia el oriente del río Éufrates. Acampamos allí, y al día siguiente salimos a reconocer la
nueva tierra que yo suponía era el lugar definitivo, pero no fue así, me quedaba mucho camino
por recorrer. Nos edificamos casas, el lugar era hermoso, fértil y prometía mucho para nuestro
futuro. Del tío ninguna señal, y menos aún del tío Jafet que se había ido mucho antes en la
misma dirección, según él viajaría en dirección a la estrella que se veía hacia el norte, y que
sería su guía y la de otras generaciones, así lo decían ellos. Nuestra estadía en ese lugar, y en la
ciudad que levantamos, duraría mucho, porque mi padre no estaba dispuesto a volver a irse. A
la ciudad le pusimos el nombre de mi hermano Harán ya fallecido en Ur.

Yo tenía que continuar el viaje porque tenía órdenes precisas de que ese no era mi lugar
definitivo. Como mi padre no estaba dispuesto a seguir, él quedó allí, con mucho dolor me tuve
que despedir y continuar mi viaje, todavía faltaría mucho camino por recorrer antes de llegar al
lugar que Dios me había prometido. Lo último que supe antes de irme de Harán, era que la torre
que quedó inconclusa, se había convertido en un mirador para estudiar la luna y las estrellas por
los astrólogos que había en ese tiempo, y le llamaron el zigurat. Continuamos nuestro viaje
hacia donde se pone el Sol. Ahora venía un problema bastante difícil, cruzar el río Éufrates, que
tenía en ese lugar unos dos mil codos de ancho. Ir más hacia el norte nos alejaría mucho y no
sabíamos si el río sería más angosto.

Logramos construir algunas balsas, bastante grandes como para nosotros, nuestros criados, los
elementos y alimentos que llevábamos; los animales camellos, asnos y algunas cabras tendrían
que nadar, aunque pusimos las más pequeñas sobre las balsas. Pasamos al otro lado y
descansamos todo un día, haciendo vigilancia por turnos, por los peligros de los salteadores del
camino. Después de casi treinta días con sus noches, llegamos a la tierra prometida, Palestina,
su nombre era Filistea que se le dio por los habitantes que allí había, los filisteos. Nosotros le
pusimos Palestina, porque nos pareció mejor. Finalmente llegamos a Siquem, allí tuve una

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aparición de Dios y me dijo: Esta es la tierra que te daré a ti y a tu descendencia para siempre.
Entonces levanté un altar con piedras y adoré al Dios que me había aparecido.

Pero no quedé mucho tiempo allí, continué hacia el sur hasta un lugar al cual le puse el nombre
Bet-el, por la segunda aparición de Dios y con quien pude tener una conversación, se puede
decir así, invoqué su nombre y levanté un nuevo altar para adorarle. Esta amistad con Dios se
acrecentó a partir de ese momento. Por lo tanto, ese lugar lo llamé casa de Dios, Betel.
Después de un tiempo quise seguir explorando el territorio y me fui más al sur, hasta el desierto
del Neguev. Aquí las cosas cambiaron, vino una gran sequía, no había alimentos, descuidé mi
vida de relación con Dios y me faltó fe, entonces emigré a Egipto, cosa que nunca debería
haber hecho y que además no agradó a Dios y así comencé el camino del despeñadero.

Cuando comencé a entrar en Egipto, quedé asombrado, de los grandes edificios, y monumentos
que se levantaban en esos lugares, llegué hasta muy cerca del palacio del Faraón. Aquí
comenzaron mis miedos, me di cuenta que mi esposa era realmente hermosa, más que
cualquiera de las mujeres egipcias, y podía ser codiciada por los hombres de allí, especialmente
por el mismo Faraón. Así ocurrió, los príncipes se acercaron averiguando por Sara, datos y
procedencia y que relación tenía conmigo, tuve que mentir, diciendo que era mi hermana. ¿Por
qué lo hice? Pues sabía que eran gente que no conocía a Dios y no tendrían inconveniente, en
quitarme la vida para llevarla como esposa del Faraón, quien ya estaba muy interesado porque
los príncipes la habían ponderado mucho delante de él. Cuando uno está alejado de Dios, es
capaz de cometer cualquier cosa de las que no agradan a Dios. Dios inició juicio sobre la casa y
el país del Faraón, por haber hecho eso de quitarme la esposa. Se dieron cuenta que la causa de
lo que estaba ocurriendo en el país se debía precisamente por lo que había hecho Faraón.

El mismo rey Faraón me vino a ver y me hizo una pregunta que me avergonzó mucho, dijo él:
¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer, diciéndome que era
tu hermana, poniéndome así en ocasión de tomarla por mujer? No supe que responder,
entonces me dijo: Ahora vete y me hizo acompañar con sus soldados hasta que saliera del país.
Me pidieron que me fuera lo más rápido posible y me entregaron mi esposa. Yo contento
porque había salvado mi vida, aunque de una manera muy lamentable, mintiendo, y más aun
exponiendo a mi esposa a ser temporalmente la esposa de otro hombre.

Así y todo, Dios me prosperó, es decir el Faraón me llenó de bienes, porque según todo eso, él
era mi cuñado y me favoreció con muchas riquezas. Confuso y avergonzado volví hacia el
norte y hasta el último lugar que había estado, Betel. Allí compuse el altar que había levantado,
cuando yo andaba bien con Dios y volví a reconciliarme con Él, pidiendo perdón, el gozo
volvió a mi corazón después de tanto tiempo de amargura.

Lot se separa de Abram

Tanto había prosperado mi hacienda y también la de mi sobrino Lot, que comenzó un altercado
de los criados de Lot con los míos, por falta de lugar para tanta hacienda. Me pareció que lo
mejor sería separarnos, además él era muy materialista e interesado y no nos llevábamos muy
bien en ese tema. Por esa causa, le di a elegir, que él buscara o fuera al lugar que mejor le
pareciera y yo me iría en otra dirección. Él miró hacia el este, el lado de donde sale el sol, y vio
que toda esa llanura era fértil, y buena, entonces eligió ese lugar, y se fue extendiendo sus
tiendas hasta llegar a Sodoma, y con el tiempo se hizo ciudadano de esa ciudad, la cual estaba
totalmente corrompida por el pecado.

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Después que mi sobrino se fue, Dios habló nuevamente conmigo y me dijo: Mira en las cuatro
direcciones, porque toda esta tierra que tú ves, te la daré a ti y tu descendencia. Un tiempo
después le ocurrió un desastre a mi sobrino, y eso era de esperar, cuando uno compromete su
vida y su familia con gente tan despiadada y pecadora como la de Sodoma y Gomorra, nada
bueno puede suceder. Aparecieron reyes confederados del norte y atacaron toda esa región. Se
llevaron las riquezas y muchos cautivos, entre ellos Lot mi sobrino. Cuando me entero, porque
alguien me avisó, preparé mis criados, que ya en ese entonces eran más de trescientos, y
perseguí a estos reyes malvados. Los alcancé y los ataqué confiando en la ayuda de Dios, los
vencí, rescatando a los cautivos y los bienes de todos.

Cuando regresábamos, nos detuvimos en un lugar llamado Jebús, donde está la ciudad de
Jerusalén, ese es el Valle del Rey, allí nos esperaba el rey de Sodoma. Este rey quiso darme una
recompensa por haber salvado su familia y sus bienes, cosa que no acepté, era una ofrenda o
paga de un origen dudoso, y sucio. Pero antes que él llegara a nosotros, apareció un personaje
extraordinario, se llamaba Melquisedec, él era el rey de Salem o Jerusalén y Sacerdote del Dios
Altísimo. Me bendijo y me ofreció pan y vino, yo no entendí todo esto, pero le di las gracias y
adoré a Dios, saqué todos los diezmos del botín recién adquirido, y se los di a este Sacerdote.
No me atreví a preguntarle nada, tuve temor. Luego de separarme de él recordé que mi
antepasado Sem, había viajado en esa dirección. Si no era él, ¿Quién podría ser que conozca tan
bien a Dios, y que sea llamado rey de paz, Melquisedec? También pensé en aquel hombre
antediluviano llamado Enoc, se dice que fue arrebatado al cielo sin ver muerte, bien podría
haber sido él, ya que está vivo y en persona humana. Esta experiencia habría de traer un gran
cambio en mi vida, ya no sería el mismo, eran demasiadas las experiencias vividas que sin duda
detrás de todo esto había un propósito divino, un designio inexplicable. No me puedo quedar
aquí y necesito seguir, hablando de las cosas que sucedieron en mi vida y en mi esposa a partir
de este momento.
En un nuevo encuentro que tuve con Dios, le pregunté porque no nos había dado un hijo,
porque ya éramos ancianos y mi mujer era estéril. Era de noche, y él me dijo: Sal fuera mira las
estrellas, si las puedes contar. No respondí palabra, era algo realmente imposible, poder contar
las estrellas. Entonces él me dijo: “Así será tu descendencia”. Yo le creí, y él me consideró
justo por haberle creído, y a partir de allí todo el que le cree a Dios él lo llamará o considerará
justo.

Aunque esto era, creer una cosa imposible, para Dios todo es posible.

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CAPÍTULO II

ISMAEL EL PRIMER HIJO DE ABRAM.

Mi esposa estaba impaciente, porque el hijo de la promesa no llegaba y el tiempo, nos hacía
cada vez más viejos y parecería que la esperanza se hacía muy larga. Un día me presentó una
idea que me pareció no muy acertada, ella decía: sí, podemos tener un hijo, con Agar nuestra
criada, sería tu hijo, para que la herencia le venga por tu parte. Eso es falta de fe dije yo, ella
dijo y si yo muriera, igual tendría que tener otra madre, eso es distinto dije yo. Ella insistía que
tendríamos que encontrar la manera de tener un hijo, a ella no le parecía mal la idea. Al fin
cedí, terminé teniendo un hijo con mi criada egipcia, Agar.

Pero la cosa no terminó allí, cuando Agar se vio embarazada, despreciaba a mi esposa que no
podía concebir y se burlaba. Presenté el asunto delante de Dios, era demasiado para mí, ya
había fallado cediendo a los requerimientos de mi esposa y ahora se presentaba un problema
más complicado. Yo he aprendido que cuando uno hace mal las cosas, y ofende a Dios, todo se
complica y empeora. Dios me dijo que hiciera lo que a Sara le parecía mejor, ella comenzó a
molestar y maltratar a la criada hasta que se fue de nuestra casa. Yo sentí mucha pena, porque al
fin éramos nosotros los culpables de su desgracia. Además, sería la madre de mi hijo, en este
caso mi primogénito, ya que no tenía otro.

Pero Dios socorrió a Agar y volvió a nuestro hogar más sumisa y obediente, ya no se burlaba de
mi mujer y, además, las dos se hicieron muy amigas, Sara trataba con mucho cariño a la criada
sabiendo que sería la madre de mi hijo. Pasaron muchos años, y un día Dios en su misericordia
me aseguró que Sara tendría un hijo, ella se río le parecía imposible que, a su edad, pudiera
concebir, pero Dios le dijo que no se riera, pues para Dios no hay nada imposible. Ese día Dios
hizo un pacto conmigo, me cambió el nombre, ya no me llamaría Abram, sino Abraham, padre
de multitudes, porque iba a tener una descendencia muy numerosa del hijo que tendríamos.

En esta visita que Dios me hizo venía acompañado por dos ángeles y yo pensé en el primer
momento, que eran tres caminantes que llegaban a mi casa para descansar del calor del día, y
tal vez con hambre y sed. Así que los obligué a quedarse y preparé un almuerzo, después de
almorzar los dos ángeles se fueron y el tercero que era el Señor, sin que yo todavía me diera
cuenta, comenzó a hablar conmigo. Me decía que iba a destruir las ciudades de Sodoma y
Gomorra por la inmoralidad y con prácticas tan corruptas. Entonces me acordé que mi sobrino
vivía en una de esas ciudades, y comencé a rogarle que tuviera misericordia de ellos. Sobre
todo, pensando en Lot mi sobrino, así que le propuse a Dios que, si en ella había unos cincuenta
justos, si la perdonaría, me dijo que sí, entonces me animé y le propuse un número menor, por
si acaso, no estaba muy seguro si mi sobrino habría logrado la conversión de algunos. Como
me empezó la duda fui disminuyendo esa cantidad hasta llegar a diez, y por lo visto no
alcanzaban a diez, porque las ciudades fueron destruidas. Pero Dios tuvo en cuenta mi aflicción
y sacó a mi sobrino, su esposa y sus dos hijas, los demás perecieron todos. Los futuros yernos
de Lot se podrían haber salvado, pero se reían y burlaban de lo que los ángeles les decían.

Cuando tuve oportunidad de hablar con mi sobrino Lot, fue cuando regresábamos de la derrota
de los reyes confederados que lo habían llevado cautivo, le pregunté: ¿Por qué seguía viviendo
en Sodoma, ya que siempre estaría en riesgo a causa de la corrupción de esas ciudades? Me
contestó que era muy difícil para él, convencer a su esposa y sus dos hijas de la necesidad de
salir de ahí. Estaban tan arraigadas a la clase de vida de la ciudad, tenían su bienestar
económico asegurado, nada les faltaba y además se divertían a lo grande. La ciudad tenía

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muchos atractivos, que no eran fácil de dejar, para volver al campo. Cuando ocurrió el desastre
de las ciudades, me confirmó lo que me había dicho mi sobrino, su esposa era muy materialista,
estaba apegada las cosas de esta vida, que había descuidado su vida espiritual, a tal punto que,
pese a las oraciones y angustias de su esposo, y a las recomendaciones que le hacía de la
necesidad de salir de ese lugar, ella no respondía. Finalmente quedó demostrado por la actitud
de ella cuando escapaban de la ciudad, no pudo resistir la tentación de mirar hacia tras, quedó
convertida en una estatua de sal. Dios había dicho que huyeran y ninguno mirara hacia atrás,
pero ella no pudo resistir la tentación, perder tantas cosas valiosas para ella y su familia y por lo
visto no estaba segura que las ciudades serían destruidas. Un vivo ejemplo para las
generaciones venideras.

Finalmente vino nuestro ansiado hijo Isaac, nombre que quiere decir risa, porque mi esposa se
rio de la noticia de que iba a ser madre. Dios me ordenó que circuncidara a Isaac y a Ismael y
yo también me debería circuncidar. Esto sería la señal que llevaríamos como pueblo
perteneciente a Dios. A partir de entonces todo hijo varón o siervo nacido en casa debería ser
circuncidado. Ahora se presentó otro problema, el otro hijo Ismael, hijo de la criada, que tenía
unos catorce años, se reía y burlaba de mi pequeño Isaac, esto colmó la paciencia de mi señora
y los echó a los dos de casa. Claro ella mi esposa ahora no le importaba que ellos se fueran,
porque teníamos nuestro hijo Isaac. Dios me dijo que no me afligiera por ese hijo, porque él se
iba a ocupar de él.

Después de pasar muchos días en el desierto con su madre y a punto de morir, de sed y hambre,
este chico se acordó que podía orar y pedir a Dios misericordia. Dios los socorrió y les aseguró
un futuro hasta que el joven creció, y llegó a formar también multitudes de pueblos. Todavía
me esperaba una prueba mucho más grande y que tuve que enfrentar, con gran angustia y muy
confundido con el pedido que Dios me hacía, no podía entender por qué me pedía tal cosa. Un
día me dijo: Toma a tu hijo Isaac, a quien amas y ofrécelo en holocausto, en un monte que yo te
indicaré.

Quedé totalmente dolorido y confundido. Después de tanto esperar y ahora que mi hijo
comenzaba vislumbrar la vida con sus apenas trece o catorce años, Dios me pide que lo
sacrifique en su honor. Francamente no entendía, pero yo sabía quién era Dios y él no se
equivocaba en lo que hacía. Algún propósito escondido había en todo esto. Llegado el día fatal
para mí, me levanté muy temprano, tomé algunos de los criados, la leña, el cuchillo, el fuego y
a mi hijo Isaac, y comenzamos a viajar hacia el lugar que Dios me había indicado. Cuando a la
distancia avisté el lugar señalado por Dios, dejé los criados en ese lugar y comencé el viaje
hacia el monte, cargué la leña sobre Isaac y continuamos el camino.

Esos tres días de viaje se me hicieron interminables, ya no podía contar con mi hijo, sabía que
lo tendría que sacrificar. Para peor de males él me pregunta, padre, aquí tenemos la leña, el
fuego, el cuchillo y ¿dónde está el cordero para el sacrificio? Aguanté como pude el llanto y le
dije: Dios se proveerá de cordero hijo mío. Esto lo dije por fe, creyendo en el Dios de los
milagros. Es más, yo decía dentro de mi corazón, aunque ya mi hijo está muerto desde el
momento que emprendí esta marcha, pues estoy decidido hacer lo que Dios me pide, tengo una
esperanza que, aunque tuviera que matarlo, Dios lo puede resucitar de entre los muertos. Esta
creencia en la resurrección ya se comentaba en ese tiempo.

Uno de los hombres que pasó una tribulación tan grande como la mía, dijo: “Yo sé que mi
redentor vive, y aunque muerto yo en mi carne, al fin me levantaré y lo veré con mis propios
ojos.” Este hombre se llamaba Job y fue de mi tiempo, aunque vivía muy lejos de allí, en Uz,

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mucho más hacia la puesta del sol de Ur donde yo viví entes. Así que alentaba esa esperanza, y
seguí adelante con lo que Dios me había pedido. ¡Qué valor tuvo para mí aquella experiencia!
puedo decir que crecí en un mayor conocimiento de Dios, ahora veía claramente que para Dios
no hay nada imposible, que él no nos va a defraudar, y que obedecerle es lo mejor que podemos
hacer.

Cuando dejé los criados y me fui con el muchacho, le dije a ellos, quédense aquí, que yo y el
muchacho iremos hasta allá adoraremos a Dios y regresaremos a vosotros. Cuando llegamos al
lugar y preparé el altar y la leña, tomé a mi hijo con el corazón destrozado y lo até fuertemente.
El no dijo una palabra parecía entender el drama, y se rindió mansamente, él sabía que yo no
haría eso si no fuera por una razón tan poderosa, que escapaba a su entendimiento juvenil.
Cuando levanté la mano para degollarlo, oí una voz potente que dijo, no le haga ningún daño al
niño, ya sé que me temes, porque no me has negado tu hijo, tu único a quien amas. Por mí
mismo he jurado que te bendeciré en gran manera y a tu simiente y que tu simiente poseerá las
puertas del enemigo. Di vuelta para mirar y vi un carnero enredado en un zarzal, ese era el
cordero provisto por Dios, para ocupar el lugar de mi hijo. Tal como le había dicho a mi hijo,
Dios se proveerá de cordero, él lo hizo. A partir de ese momento se hizo el proverbio, “en el
monte de Jehová será provisto”. Después de este incidente, recordé que muchas veces había
escuchado de nuestros padres y abuelos, que Dios había prometido desde el mismo comienzo
de la caída del hombre, un Salvador, quien moriría como un manso cordero para salvar al
mundo de sus pecados. Entonces pensé quizá Dios quiso mostrarme algo de ese suceso que
habrá de acontecer algún día, y el costo que iba a tener para El.

Cuando mi hijo creció y llegó a la edad en que tendría que formar su propio hogar, yo me
preocupaba porque no se vaya a enamorar de alguna mujer pagana, del lugar, con lo cual
arruinaría todas las promesas que había sobre él y su descendencia. Así que llamé a Eliezer uno
de los criados mayores y que era el mayordomo de mi casa, para que fuera a buscar una esposa
para mi hijo, entre los parientes que eran de la misma fe y que habían quedado en Padam-Aram
cuando yo me vine, esto es, mi hermano Nacor y su familia. Lo comprometí con juramento que
no debería traer, una persona extraña. Además, si ella no quería venir, que regresara, pero no
intentara llevar mi hijo a ese lugar. Todo salió bien, Dios prosperó el viaje de este hombre, que
era muy creyente en Dios. Me contaba que cuando llegó al lugar y confiando que las familias
de mi hermano estarían por allí, hizo una oración, diciéndole a Dios que, si él prosperaba este
viaje, que cuando las doncellas bajaran por agua a ese pozo donde él estaba, que a la joven que
él le pidiera agua, ella le diera y además le ofreciera agua para sus camellos, esa sería la mujer
elegida por Dios para nuestro hijo.

En ese momento que él estaba orando a Dios, llegó Rebeca la hija de Nacor mi hermano, ya no
tuvo dudas, porque cuando él le pidió agua, ella le ofreció también para los camellos, y esa fue
la esposa que Dios tenía para mi hijo. Se quedó algunos días en la casa de mi hermano y
después de eso le dijo: Despídeme ya que Dios ha prosperado mi viaje, quiero regresar. Bueno
dijeron ellos, llamemos a la joven y le preguntamos, cuando hicieron esto, ella respondía muy
decidida: Si iré.
Continuaron el viaje de regreso, y cuando ya estaban muy cerca, Isaac mi hijo que había salido
a orar al campo, vio venir los camellos, se llenó de alegría y mucho más cuando vio que venían
mujeres en la comitiva, sin duda dijo él una de ellas es la esposa que Dios tiene para mí.
Finalmente cuenta mi hijo, que cuando ella supo que yo era el que iba a ser su esposo,
descendió del camello, se cubrió el rostro con el velo, como era costumbre en aquellos días.
Después de escuchar todos los detalles por el criado, del modo que Dios le había mostrado que
era ella la elegida, y que toda la familia estuvo de acuerdo, no le quedaron dudas y la tomó por

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esposa y la llevó a su tienda. Ya mi esposa Sara había muerto tres años antes, así que Isaac halló
mucho consuelo ahora al tener a rebeca, su esposa, ya él tenía cuarenta años, pero habrían de
pasar veinte años más antes que nazcan los gemelos, mis nietos, Jacob y Esaú.

No me gustaba mucho la manera en que mis nietos eran tratados por sus padres, había ciertas
preferencias por ambos lados, para Rebeca no había otro como Jacob, un hombre quieto,
amante del hogar, trataba de aprender todo lo que ella le enseñaba, era muy creyente, y muy
despierto. En cambio, Esaú le gustaba la vida del campo, lejos de todas las restricciones de sus
padres, le gustaba la caza, y ya no era un gasto para la familia, porque vivía de lo que cazaba,
por esta razón el padre lo prefería. Esto no estaba bien y fue la causa de que más adelante
ocurrieran otras cosas, que los separaría más a estos hermanos. De aquí en adelante quedan mi
hijo y mis nietos para que sigan tomando notas de lo que suceda con ellos. Yo me siento muy
anciano y cansado, pronto voy a cumplir ciento setenta y cinco años, y mis días están contados,
no debo hacerme ilusiones de que seguiré viviendo por mucho más tiempo. Después de la
muerte de Abraham, sus hijos Isaac e Ismael lo sepultaron en el mismo lugar que él en vida
había comprado, para sepultura de su familia. Allí él había sepultado a Sara su mujer y ahora él
por disposición de sus hijos iría al mismo lugar, para acompañarla.

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CAPÍTULO III

LOS DESCENDIENTES DE ABRAHAM

Jacobo ha de continuar contando los hechos a continuación, y que están registrados como los
anteriores en las viejas crónicas de los patriarcas hebreos. Mi hermano Esaú nunca se interesó
por las cosas de Dios, él amaba la vida al aire libre, y lo que él llamaba la libertad, ser dueño de
sí mismo y de sus decisiones, que nadie intervenga en sus asuntos. Yo no pensaba igual,
enseñado por mi madre sabía que detrás de todo esto había una herencia nada despreciable, ser
un elegido de Dios, es más, tener el derecho de primogenitura. Yo sabía que a mi hermano nada
de esto le interesaba, menospreciaba todo lo que tuviera carácter religioso. Yo pensaba si a él
nada de esto le interesa, aprovecharé la oportunidad y me quedaré con la primogenitura. Pero
tengo que tener el momento propicio, no sea que él se avive y eche a perder todo.

Pero el momento se dio, un día él no cazó nada, y llegó a casa con mucha hambre y cansado, yo
estaba cocinando, un guiso de lentejas, algo que a él mucho le gustaba. Me pidió que le diera
un poco, yo le dije: véndeme hoy tu primogenitura y te doy todo lo que quieras. Para que me
sirve la primogenitura si me estoy muriendo de hambre me respondió, entonces yo le dije:
Júramelo ahora, que me la vendes, él aceptó. El creyó que había ganado, pero más adelante
vendría la bendición de nuestro padre, en primer lugar, para el primogénito, el heredero y luego
los demás hijos. Cuando el descubrió que toda la bendición y la herencia sería mía, a él le
tocaría algo muy inferior, se largó a llorar, pero era demasiado tarde, la oportunidad la había
perdido, yo confieso sentí mucha pena, pero ya las cosas estaban dadas así. Mucha gente vive
triste y desgraciada por despreciar la bendición de Dios.

Se enojó tanto que dijo: el día que mi padre muera, yo te voy a matar a vos. Mi madre se enteró
y a propósito que ella estaba disgustada porque él se había casado con una mujer cananea, que
nada sabía de Dios, dijo a nuestro padre: Me pesa mucho que Esaú se haya casado con una
mujer pagana, si Jacob mi hijo hace lo mismo, para que quiero la vida. Mandemos a Jacob a la
casa de nuestros parientes en Padam-Aram, para que consiga una esposa allí y no se case con
una de estas cananeas. Ella hacía todo esto por el temor que falleciera mi padre y Esaú se
tomara venganza de mí, matándome. Lo cierto que todo lo que ella hizo, de nada le sirvió,
porque sin pensarlo se quedó sin ninguno de los dos hijos, pues yo no volví sino veinte años
después, cuando mi madre ya había muerto. Y Esaú siguió en sus andanzas y enojado también
con mi madre, porque se enteró que fue idea de ella que yo me quede con la bendición, es el
amor equivocado de una madre. Cuanto habrá sufrido mi pobre madre, cuanto le habrá pesado,
intervenir en los planes de Dios. Si Dios quería que yo fuera el primogénito tal vez usaría otro
medio y no la mentira y el engaño, que a mí me trajo tantas malas consecuencias.

Pero no fue en vano mi partida para el pago de mis parientes, no solo que encontré una esposa,
sino que tuve desde que salí de casa, experiencias con Dios como no había tenido nunca antes.
Creo que la soledad, la tristeza, hallarme lejos de mi familia, sin saber cómo me iría, hizo que
me aferrara más a Dios.

Cuando se mi hizo la noche me quedé en un paraje, solitario, cerca de una ciudad que me enteré
después que se llamaba Luz, me acosté, pero no podía dormir, entonces oré, y Dios estaba allí.
Que experiencia más conmovedora, nunca había sentido algo semejante. Me dormí
profundamente y comencé a soñar, que sueño más hermoso, veía una escalera que parecía
llegar al cielo, se perdía en lo infinito, ángeles subían y descendían por ella. En lo alto estaba
Dios. Comenzó a hablarme, y me dijo lo que ya le había dicho a mi abuelo, esta tierra te la daré

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a ti y a tu descendencia, para siempre. Ese día hice un pacto con Dios, le dije que, si me
guardaba en el camino en que iba, y me diera lo necesario para comer y vestirme y además me
acompañara en el regreso hasta volver a mi casa, él iba a ser mi Dios y yo le daría los diezmo
de todo lo que me diera. En ese momento tuve que reconocer que no le estaba dando el diezmo,
que me habían enseñado mis padres y mi abuelo. Mi hermano pensaba distinto, él decía: Para
qué necesita Dios el diezmo, él no necesita de nada, es el dueño del mundo.

A partir de este momento me propuse serle fiel a Dios, por lo menos en este asunto, porque
sabía, que el diezmo es de Dios, ya establecido desde la eternidad. Es un requisito para nuestro
bien y para que toda la obra de Dios se pueda realizar en cualquier tiempo. Antes lo recibían los
patriarcas y jefes de familias, para mantener el culto a Dios, comprar los animales para los
sacrificios, y todo lo que fuera necesario. De manera que jamás se deje de hacer por falta de los
medios. Yo también se lo enseñé a mis hijos, algunos hicieron caso, otros no, eran como el tío
Esaú, materialistas. Lo que menos les interesaban era la bendición de Dios. Continuaré
contando lo que me sucedió aquella noche cerca de la ciudad Luz.

Cuando me levanté al día siguiente me sorprendió el cambio que se había producido en mí, yo
creí que fue debido a ese encuentro con Dios. Claro Dios me había hecho muchas promesas,
antes que yo le pida nada, él dijo que cumpliría su propósito en mí, que sería bendecido y por
mi simiente serían bendecidas todas las familias de la tierra. Esto ya para mí, era una garantía
que llegaría a tener una esposa, y una descendencia numerosa. Cuando yo le dije todo esos a
Dios, en un compromiso que asumía a partir de ese momento, era porque me apoyaba en su
promesa y esperaba el cumplimiento de todo lo que me había dicho, y ahí creí que dar el
diezmo era lo menos que podía hacer por mi parte. Esa noche cuando desperté y reflexioné
sobre todo lo que él me había dicho, tuve temor y reconocí que él estaba ahí. Dije esto es casa
de Dios y puerta del cielo. Así antes de irme alcé una piedra que había usado de cabecera, la
ungí con aceite y dije: Esta será casa de Dios y le puse a esa ciudad el nombre de Betel, casa de
Dios. Después me enteré que cuando mi abuelo llegó a ese lugar la llamó del mismo nombre,
Bet-El.

El viaje se me hacía largo, varios días me llevó llegar a Harán, mientras viajaba hacia ese lugar
pensaba, por aquí habrá pasado mi abuelo Abraham, hace cerca de cien años. Finalmente llegué
cerca del lugar y había allí un pozo, donde supe que era el lugar donde abrevaban las ovejas los
vecinos del lugar, pensé también si no sería el mismo pozo donde se detuvo el siervo de mi
abuelo, cuando buscaba una esposa para mi padre, a rebeca mi mamá. Yo me senté a esperar, el
pozo tenía una gran piedra sobre la boca, que lo tapaba, ya se habían juntado tres grupos de los
rebaños, y les pregunté de donde eran y ellos me dijeron de Harán, y pregunté si conocían a
Labán, hijo de Nacor y ellos dijeron sí, y he aquí viene su hija Raquel con las ovejas de su
padre. Yo les dije es muy temprano, abreven las ovejas y llévenlas apacentarlas, yo quería que
cuando llegara Raquel, ellos ya no estuvieran, pero pusieron la excusa de que la piedra era muy
pesada y era necesario que se juntaran todos para removerla. En eso llegó Raquel, era hermosa
y tocó mi corazón y no esperé más, quité la piedra del pozo y abrevé las ovejas de mi tío Labán.
Le conté a Raquel que yo era hijo de Rebeca su tía, y que ellos me enviaron a estas tierras, para
conocer nuestra parentela y me quedara un tiempo por aquí. Cuando le dije todo esto ambos
nos conmovimos profundamente, la abracé y lloramos.

Ella corrió y se lo dijo a su padre, él vino de inmediato, me abrazó, me besó y me invitó para ir
a su casa. Así estuve un mes, no tenía ganas de irme, pues estaba seguro que Raquel me amaba,
como yo a ella. No sé si el tío se dio cuenta, lo cierto es que me invitó a seguir quedando con
él. Claro yo aprovechaba toda oportunidad para servir en la casa de mi tío, hasta que un día me

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dijo: No por ser mi pariente, has de servir de balde, dime cual será tu salario y yo te lo pagaré.
Esta era mi gran oportunidad, dije entonces al tío, yo te serviré siete años por tu hija menor,
Raquel. Él me dijo es mejor que te la de a ti y no algún otro. Así quedamos y empecé a trabajar
de pastor, esto alivió al trabajo de mi amada, y me parecieron esos siete años como nada,
porque estaba muy enamorado de Raquel.

Cuando se cumplió el tiempo le dije al tío, dame mi mujer porque el tiempo se ha cumplido,
bueno dijo él, vamos a hacer una fiesta, juntó a todos los amigos del lugar y se hizo un gran
banquete. Cuando llegó la noche, todos se comenzaron a ir, el tío convenció a su otra hija Lea,
para que tomara el lugar de Raquel y la mandó a preparase para esperarme. Él astutamente me
entretuvo un tiempo más, para dar tiempo a las cosas. Lea bien enseñada por su padre, me
recibió, hablando muy bajo para que no descubriera, que no era Raquel. ¿Por qué no me di
cuenta que no era Raquel? Sencillamente porque las jóvenes permanecían cubiertos sus rostros
con un velo, sería tal vez por pudor y vergüenza. Fue una hermosa experiencia no lo he de
negar con Lea, lo triste fue que cuando se hizo de día, no era Raquel, era lea. Me quise morir,
por haber sido engañado, y además

¿Qué pasó con mi amada Raquel? Me di cuenta que yo también había engañado a mi padre y a
mi hermano, y que ahora estaba cosechando lo que había sembrado. ¡Ah! me dijo el tío, aquí no
se acostumbra a dar la menor primera, sino la mayor, cumple una semana con Lea y te daré la
otra por otros siete años de trabajo que harás. Me enojé mucho, porque además de ser
engañado, tendría que trabajar otros siete años sin sueldo para que me diera a Raquel. Vino el
primer hijo de Lea al que le pusimos Rubén por nombre, pues fue nuestra alegría, nuestro
primogénito y además un varón, para que siga con la herencia y la bendición de su padre.
Después vino Simeón, Leví, Judá, y siguieron viniendo otros. Finalmente, Dios se acordó de
Raquel, que hasta entonces no había podido tener hijos y le pusimos el nombre de José, ella
eligió ese nombre que quiere decir, Dios añada. Después del nacimiento de José, me presenté a
mi suegro y le dije mi intención de irme. No quiso por nada que me fuera, que no tenía motivos
para irme, él quería disfrutar un tiempo más sus nietos, más aún el más pequeño José, hijo de
Raquel. Estuve de acuerdo y él me dijo cuál sería mi salario que él me lo pagaría. Yo le
respondí que no me diera sueldo, sino todos los borregos o cabritos que nacieran con manchas,
o fueran de lana negra, serían para mí, le pareció bien la idea. Que él me los diera, así habría
justicia en lo que él me pagaría.

Aquí comienza una nueva historia de lo que sucedería, para que yo tuviera más animales
pintados, abigarrados y negro. Una noche soñé que todos los machos que cubrían a las
hembras, eran listados, pintados y abigarrados. Esto pensé me lo está revelando Dios, y tengo
que ver la manera como se produce esto. Tuve una idea que había escuchado de algunos, que
las mujeres que conciben y reciben una fuerte impresión de algo que tenga que ver con
apariencias o colores, o deseos, quedaban impresos en el futuro niño. No estaba seguro si esto
podía ser cierto, pensé, lo voy a intentar. Cuando se acercaba la manada al abrevadero, las
ovejas o cabras que estaban en celos, eran cubiertas por los machos, y era seguro el momento
en que concebían. Entonces se me ocurrió una idea, tengo que hacer algo que impresione
profundamente a las ovejas en ese momento del apareamiento. Corté varas de avellano y de
otras maderas verdes y les hice molduras, quitándoles la cáscara y dándoles apariencia de
víboras. Cuando veía a las mejores de las ovejas o de las cabras que estaban en celos, esperaba
que se acercara un macho y cuando se apareaban, metía las varas, delante de ellas, esa
impresión quedaría impresa en el hijo que nacería, y fue así. Esto puede parecer algo extraño e
increíble, pero así sucedió. Algún día se sabrá porque es así. Aumentó mucho el ganado con
colores negros, o listados, estos eran los que me pertenecían y los apartaba con mis ovejas.

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CAPÍTULO IV

EL REGRESO

Después de haberse cumplido el tiempo que me pareció bien, creí que había llegado el
momento para irme, los hijos de Labán comentaban que yo me estaba quedando con toda la
riqueza de su padre y el mismo Labán, ya no era el mismo de antes, no me miraba con buenos
ojos. Creo que todo esto comenzó a suceder porque Dios ya me había dicho que me fuera, y yo
estaba esperado un poco más, no se francamente que esperaba, tal vez aumentar un poco más
mi hacienda, pero cuando Dios da una orden, si no la obedecemos, él se ocupa de crear las
situaciones que nos obliguen a tomar una decisión. Llamé al campo a mis dos esposas y les dije
lo que pensaba, ellas estuvieron de acuerdo, ambas dijeron, nuestro padre nos vendió y se ha
comido el precio de nuestra venta. Pero no le íbamos a decir nada a Labán, él podría oponerse a
la idea y yo no sé cómo me iba a ir si insistía. Así que nos escapamos, aproveche que él estaba
realizando la esquila de las ovejas en un lugar lejano. Entonces aproveché ese momento de
manera que cuando él se enteró que nos habíamos ido, ya habían pasado tres días. Cruzamos el
Éufrate, ese río que, con gran dificultad, había atravesado mi abuelo Abraham, muchos años
antes. Ya del otro lado continuamos hasta el monte de Galad.

Aquí nos alcanzó mi suegro después de siete días de persecución. Pero esa noche antes Dios le
habló, y le dijo: Mira que no hables descomedidamente a Jacob, eso y nada más le dijo, pero él
entendió que por algo se lo decía. Cuando llegó a nosotros, estábamos acampados y él se enojó
mucho y me recriminó lo que había hecho, me dijo no me diste la oportunidad de hacer una
buena despedida, como corresponde y además poder besar mis hijas y nietos. Poder tengo para
tratarte con rigor, pero Dios me habló anoche, para que no lo haga. Así que allí pasamos la
noche cenamos e hicimos un pacto de no agresión, hicimos un majano con piedras que sería
como el mediador entre los dos, para no pasarlo y herirnos. Al día siguiente partió y yo me
sentí muy triste, parece que se repetía lo que le hice a mi hermano. Él se fue, después de una
gran familia que le había acompañado tantos años, ahora se quedaba prácticamente sin nada.
Las dos mujeres tan queridas de él y sus nietos que ya eran once, algunos ya jóvenes y el
pequeño José con pocos años, no los vería seguramente nunca más, debido a las grandes
distancias que nos separaban. Pero en los caminos de Dios siempre es así, cuando él se propone
cumplir un propósito, tiene un costo para las personas involucradas. Los desarraigos, los
desprendimientos en las familias, llevan a nuevos caminos, a nuevas experiencias y nuevos
destinos.

Como bien lo dijo el patriarca Job: Quién le dirá a Dios, ¿qué haces? Él es soberano y llama al
que él quiere, como llamó mi abuelo Abraham, cuanto habrá sufrido él también, dejar su
familia, una situación cómoda, para iniciar una marcha sin saber a dónde iba. Claro esto es un
asunto de fe, y no es para cualquiera. La lucha más grande que yo tenía no era con las
situaciones, sino conmigo mismo, no podía vencer la tentación de hacer las cosa siempre
buscando, atajos, el camino más corto, y sufriendo por supuesto las consecuencias. Me faltó fe
para esperar en Dios por la primogenitura, y la bendición. Me faltó fe para esperar que mi
suegro me despidiera como correspondía. Pero ahora venía lo peor, enfrentar a mi hermano
Esaú cuando llegue a Beerseba, la casa de mi padre. Seguramente que en estas condiciones en
que me encontraba, no podía esperar nada bueno, era necesario que yo superara esa situación
mía, superar mi vieja naturaleza y alcanzar la victoria sobre mis miserias espirituales. Si habría
de haber una reconciliación con mi hermano, solo Dios la podría lograr. Así que decidí que algo
debería hacer.

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Me propuse buscar a Dios hasta que, en mi propia persona, notara la obra que Dios había
hecho. Mandé, anticipándome a los peligros, una comitiva para que fueran a ver a mi hermano
Esaú, y le dijeran que yo le mandaba un saludo y algunos presentes. Cuando regresaron me
dieron la noticia de que mi hermano venía a mi encuentro con cuatrocientos hombres, entonces
confieso tuve mucho miedo, no le podría hacer frente y sería víctima de su enojo. Así que fui
enviando por grupos, primero las siervas y sus hijos, luego Lea y sus hijos y finalmente Raquel
y José. A todos les di el mismo mensaje y que si él preguntaba por mí, que le dijeran que venía
detrás de los grupos. La idea que yo tenía al mandarlos en grupos, era que, si él atacaba un
grupo, los otros podrían escapar, y yo también.

Entonces oré como hacía mucho tiempo no oraba así, clamé y le dije a Dios que le temía a mi
hermano y le rogaba que me librara de una muerte segura. Esa noche pasé toda la familia el
arroyo de Jaboc, y yo me quedé solo, para luchar con Dios hasta que me librara de mí mismo,
porque yo era el problema y si Dios me daba la victoria, sería un vencedor. Esa noche apareció
un ángel y lucho conmigo, fue una lucha pareja, parecía que ninguno podía contra el otro,
cuando rayaba el alba, me dijo, déjame porque raya el alba. Yo le dije no te dejaré si no me
bendices. Entonces él me dijo, como es tu nombre, Jacob, le respondí, él me dijo: No será más
tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y los hombres has vencido. Me
atreví y le pregunté por su nombre, él me dijo, ¿por qué preguntas por mi nombre? Como yo no
lo quería soltar, me hirió en el muslo y comencé a renquear, entonces puse nombre a ese lugar,
Mahanaim, diciendo he visto a Dios cara a cara y ha sido librada mi alma. Al fin conocí lo que
es liberación espiritual, ahora ya nada me parecía imposible, es más, el temor desapareció y
tuve la seguridad que mi hermano no venía con malas intenciones. Descubrí que el miedo es
falta de fe, creyendo que somos nosotros los que podemos salvar las situaciones difíciles y
como somos impotentes, tenemos miedo, ante cualquier situación por pequeña que sea.

Finalmente me encontré con mi hermano, lo observé distinto a lo que esperaba que fuera, claro
la obra Dios la hizo. Cuantos males y enemistades se arreglarían tan fácil, si tan solo
alcanzáramos la victoria sobre nuestra vieja naturaleza pecaminosa. Cuando mi hermano me
vio corrió a mi encuentro y yo hacia él, nos abrazamos y lloramos un buen tiempo. Que distinta
fue mi vida a partir de ese momento, eso es lo que me faltaba para ser feliz, pero me quedaba
mucho todavía por alcanzar. Continuamos hasta Siquem, allí nos quedamos un tiempo, compre
un terreno a Amor, padre de Siquem y edificamos casas. Pero un día ocurrió algo que yo no
esperaba me ocurriera alguna vez, pero sucedió. Nuestra hija Dina una jovencita con apenas
trece años salió a caminar por la ciudad y conocer a las chicas del lugar, pero la vio Siquem
hijo de Amor y se enamoró de ella, la conquistó y la llevó a su casa y se acostó con ella, y la
deshonró.
Esto me puso muy triste, pero esperaba que llegaran los hijos que estaban en el campo, Simeón
y Leví. Cuando llegaron se pusieron a llorar y se fueron a la ciudad a buscar a Dina. El joven
Siquem por nada quería que la llevaran, diciendo que se la dieran, que él daría cualquier cosa
que le pidan, pues estaba muy enamorado de ella. Entonces los muchachos le dijeron que no era
costumbre dar sus hijas a gente no circuncidada, pero que, si ellos estaban dispuestos a
circuncidarse, con todo el pueblo, formaríamos una sola nación, ellos y nosotros. El padre de
Siquem, convocó a todos los ciudadanos y les dijo lo mejor que pudo de nosotros, para que
ellos estuvieran dispuestos a aceptar la propuesta de circuncidarse, para formar un solo pueblo
e intercambiar los hijos y los bienes.

Ellos no demoraron en hacer esto, pues el príncipe Siquem era el más honrado de todos, y por
él estaban dispuestos hacer todo lo que se pidiera. Pero al tercer día cuando el dolor que
producía el corte del prepucio por la circuncisión era muy grande, Leví y Simeón tomaron sus

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espadas e hirieron al pueblo matando a Siquem, el padre y todo lo que se les puso en el camino,
y llevaron a Dina de la casa de Siquem. Cuando yo me enteré de lo que habían hecho, me enojé
con mis hijos y les dije: Ahora nos habéis hechos abominables a los hijos de este pueblo y se
juntarán todos los demás pueblos de los alrededores y nos matarán. Tuvimos que salir lo más
pronto posible del lugar, pero gracias a Dios él puso temor en esos pueblos y no nos
persiguieron. No solo Dios detuvo a los pueblos que no nos persigan, sino que me habló y me
dijo que siga hasta Bet-El y le haga allí un altar. En el mismo lugar que él me había aparecido
cuando yo huía de mí hermano.

Entonces continué el viaje hasta Bet-el, mi esposa querida, Raquel estaba para tener familia, del
que sería nuestro último hijo, Benjamín. Sucedió que en el camino de Efrata, en Belén, le llegó
el momento de que naciera el niño, pero desgraciadamente hubo mucho trabajo en el parto y
ella murió. No tuvo la dicha de llegar al lugar que sería definitivamente nuestro hogar. Cuantas
lágrimas derramé por mi Raquel, ahora me quedaba un pequeño recién nacido para criar y sin
su madre para amamantarlo y cuidarlo.

La tristeza me acompañó por muchos días, no podía entender porque me pasaban estas cosas,
me preguntaba, ¿Estaré cosechando lo que he sembrado, haciendo entristecer a otros? Sin duda
que esa era la única respuesta que se me ocurría, y seguro que así era, no podemos engañar a
Dios, lo podemos hacer con los hombres, pero con Dios jamás. Débora el ama de Rebeca mi
madre ya había muerto en Bet-El, a los pocos días que llegamos allí, parecía que nos estaba
esperando en ese lugar, antes de morir. Llegamos a Hebrón la ciudad donde había vivido mi
abuelo Abraham y ahora vivía mi padre Isaac. Ya mi madre había muerto y mi padre tenía
muchos años, y estaba totalmente ciego.

Finalmente murió y lo sepultamos en el sepulcro con Rebeca donde estaban sepultados mis
abuelos Sara y Abraham. Esto lo hicimos con Esaú mi hermano, di gracias a Dios porque esto
lo pudimos hacer con mi hermano, porque la enemistad ya había pasado y ahora estábamos
gozando un buen momento de compañerismo. La descendencia de Esaú mi hermano era muy
numerosa, ocuparon toda la zona del Neguev, Seir y Edom tomado este nombre de mi hermano
a quien llamaban Edom, que quiere decir rojo, a causa de las lentejas que yo le di. ¡Cuánto
alcance tiene el mal del hombre!

De los hijos o nietos de mi hermano que eran muchos y además él se había casado mucho antes
que yo, surgieron reyes, como era costumbre en esos lugares, al jefe de los pueblos los
consideraban reyes.

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CAPÍTULO V

EL PELIGRO DE LAS PREFERENCIAS

Uno de los grandes errores que cometemos los padres, es tener por algunos de los hijos más
preferencias, que por los otros. Ese fue el error de mi abuela Sara y el mismo que cometió
nuestro padre, y ahora yo estaba haciendo lo mismo. José era un chico tan bueno y obediente
que no podía evitar el hecho de que merecía un trato distinto. Pero no es así, después de todo,
todos son hijos y para que todos respondan bien, es necesario tratarlos igual. Claro José tenía
un destino marcado por Dios y era inevitable, eso tendría que cumplirse en su momento. El
tema es que, con nuestro proceder, les estamos quitando la oportunidad a los demás hijos. Esto
hacía que los otros hermanos lo aborrecieran, además José me informaba de los hechos malos
de los otros, y esto lo convertía en un delator de sus hermanos y hacía que le aborrezcan más.
Lo que vino a empeorar las cosas, fueron los sueños que tuvo José y que estaban indicando un
futuro, pero no nos dábamos cuenta. Jamás imaginé que esto llegaría a tanto, menos pensar que
sus hermanos estaban tramando algo contra él. Pero el día llegó y yo cometí el error de enviarlo
para ver a sus hermanos, a una distancia tan lejos, a Siquem y de allí tuvo que ir hasta Dotán,
mucho más al norte, en total como quinientos estadios. Cuando lo vieron ir hacia ellos,
planearon matarlo, pero Rubén mi primogénito, por ser el hermano mayor, debería cuidar de los
otros. Así que para evitar su muerte y después traerlo hasta mi lado, propuso que no lo maten,
sino le echaran en una cisterna que estaba sin agua.

Las ovejas estaban distribuidas en varios grupos, dos o tres de ellos cuidaban un rebaño. Esto
se hacía para que se alimentara mejor sin tener que estorbarse las unas a las otras. Después que
pusieron a José en la cisterna, Rubén se retiró con su rebaño y regresó casi a la puesta del sol
para pasar la noche juntos. Cuando él regresó no encontró a José en la cisterna y comenzó su
aflicción, él tendría que responder por el hermano desaparecido. ¿Qué había sucedido?
aprovechando que venía una caravana de ismaelitas, con rumbo a Egipto para vender especias,
aromas, bálsamos y mirra, ellos le ofrecieron a José en venta como esclavo, y lo llevaron a
Egipto. El viaje era interminable, la angustia de José era cada vez más grande, lejos de los
padres y de toda la familia. De todo lo que le era tan querido a un adolescente, los otros jóvenes
con quienes comenzaba a relacionarse. Al fin llegaron a Egipto y se ofreció lo que se llevaba y
también a José lo vendieron a Potifar, un oficial de la guardia de Faraón.

¿Ahora cómo explicar la desaparición de José? Tomaron su túnica de colores que yo le había
hecho, mataron un cabrito y con la sangre tiñeron su túnica y me la trajeron. Pensé que una
bestia lo había matado. Un nuevo dolor se agregó a mi alma, ya por demás sufrida, otra vez era
víctima de un sufrimiento, otro hijo que se perdía, además de la muerte de Raquel mi amada.
No dejaba de pensar en que, al fin, yo era el culpable de todo lo que me sucedía. ¿Por qué tenía
que perder ahora al hijo más querido? Con todo el sufrimiento que eso me causó, seguí
atendiendo un poco mejor a los otros, pero mucha más a Benjamín, el más pequeño y único que
me quedaba ahora de mi esposa Raquel. Pero por malo que fueran los otros hijos, tenía que
tener cuidado en no hacer diferencias. Porque Dios no pasa por alto nada de esto errores que se
cometen voluntariamente.

Cuenta José que el oficial de la guardia de faraón era muy bueno con él, le tomó mucha
confianza, pues sabía que yo le era fiel y honrado. Así que me puso por mayordomo de toda su
casa, el veía que yo era distinto, por ser un fiel creyente en Dios, el Dios de nuestros padres,
Abraham, Isaac y mi padre Jacob. Así que todo estaba a mi cuidado, no había nada por lo que él
podría preocuparse, yo atendía todo hasta en el más mínimo detalle. La esposa de Potifar, una

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mujer joven y hermosa, comenzó a venir a donde yo estaba atendiendo mis trabajos. Me
comenzó a preocupar las atenciones que tenía para conmigo, sus miradas, siempre tratando
llamar mi atención. Un día su esposo no estaba y que no vendría por algunos días, ocurrió lo
que yo ya venía temiendo, me tomó de mi ropa y comenzó a pedirme que me acueste con ella.
Le hablé claramente que eso no podría ser así, que su esposo había puesto toda su confianza en
mí, y ahora no lo podría defraudar, además le dije no puedo pecar contra Dios haciendo esto.
No podía escapar de sus manos, pero al querer escapar se me salió la túnica que llevaba puesta
y ella aprovecho la ocasión y comenzó a dar gritos, diciendo que yo la había querido deshonrar,
llamó los criados y le mostró mis vestidos. Yo pasé una gran vergüenza, aunque yo no era
culpable de nada. Cuando llegó el esposo, le hizo el mismo cuento que les había hecho a los
criados. El no quiso atender mis explicaciones, le creía más a su esposa, por lo cual no lo culpo,
él conocía más a su esposa que a mí. Lo cierto es que terminé en la cárcel, no me quiso
perdonar, aun siendo dudosa la explicación que le daba su esposa. Como Dios estaba conmigo
dejé de preocuparme, y acepté las cosas como estaban. Fui entregado al guardián de los presos,
y allí comenzaría otra situación distinta, pero el jefe de la guardia me trató muy bien. Se daba
cuenta que yo no era un delincuente como los otros que estaban dentro, además Dios estaba
conmigo y esto es lo demás valor.

Mi experiencia en una cárcel egipcia

Vivir entre los presos, no es una situación muy agradable, pero yo me propuse desde el primer
momento mantener mi conducta de un seguidor del Dios verdadero. Muchos se reían y burlaba
de mí, más cuando supieron la causa por la que estaba preso, se reían y me llamaban cobarde,
pero eso no me desalentaba, sabía que Dios estaba conmigo y eso era lo mejor para mí. Con el
tiempo cambiaron de actitud, vieron que yo no me enojaba por eso, por el contrario, trataba de
aconsejarlos de las ventajas de portarse bien para no tener que sufrir los malos tratos de los
carceleros. Un día llegaron dos presos muy cercanos al rey, el jefe de los panaderos y el jefe de
los coperos. Una noche los dos tuvieron un sueño que los preocupaba mucho porque querían
encontrarles una explicación a esos sueños. Yo les pregunté porque estaban tan triste, entonces
me contaron lo que había soñado cada uno. Yo también había tenido sueños muy significativos
que todavía no entendía su significado. Pero como Dios estaba detrás de todo esto, me fue
revelado el significado de los sueños de estos hombres. Después que les dije el significado a
cada uno, uno se puso muy contento porque anunciaba para él, la restauración a su casa y a su
puesto delante del rey como jefe de los coperos. Para el panadero la noticia fue muy triste,
porque anunciaba que él sería colgado en la horca. Así sucedió al jefe de los coperos lo
pusieron en libertad y al otro lo colgaron en la horca. Cuando el jefe de los coperos se iba le
dije acuérdate de mí cuando recibas ese favor. Porque yo estoy aquí sin ninguna razón para
estar. Él se olvidó completamente, esto pasa casi siempre cuando a las personas les va bien,
poco se acuerdan de los que sufren.

De esclavo a primer ministro

El rey Faraón tuvo un sueño que lo preocupó mucho, en el sueño se veía cerca del río y que de
las aguas subían siete vacas gordas y hermosas. Luego subían otras siete muy flacas y que estas
se devoraban a las otras. Se durmió y volvió a soñar, esta vez soñaba que subían de los campos
siete espigas muy buenas llenas de granos en sus cañas, pero que después venían siete espigas
marchitas y se devoraban a las buenas. Tanto le preocupó este asunto que hizo llamar a todos
los sabios y astrólogos de su reino para que le interpretaran el sueño, pero no pudieron.
Entonces el jefe de los coperos, se acordó de lo que había pasado con ellos, cuando yo les
declaré el sueño. Contó el suceso delante del faraón, este inmediatamente me mandó buscar a la

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cárcel. Tenía entonces yo treinta años. (continúa contando Judá) lo afeitaron, le cambiaron las
ropas y lo presentaron al rey. Cuando el Faraón le contó los dos sueños, José le dijo: El sueño
solo Dios lo puede revelar, y te diré lo que significan esos sueños. Dios te ha querido mostrar lo
que sucederá en el futuro en tu país. Las siete vacas gordas y lo mismo las siete espigas
buenas, representa siete años buenos que vendrán, pero que después vendrán siete años tan
malos y de tanta escasez, que no se notarán los años buenos por el hambre que habrá en toda la
tierra. Entonces José tomó autoridad para aconsejar al rey y le dijo: Haga esto el rey, busque en
todo su reino un varón que lo ponga al frente de la administración, de todo el reino, que haga
sembrar y producir todo los más que pueda estos siete años buenos que vendrán. Para que
cuando vengan los años malos, haya lo suficiente para alimentar al pueblo. Faraón dijo
entonces a sus ministros: ¿Quién puede ser mejor que José un hombre lleno de sabiduría y en
quien mora el Espíritu de Dios? El rey se quitó el anillo, lo puso sobre José, mandó preparar el
segundo carro, que pongan a José en ese carro, y hagan pregonar en todo el reino, doblad la
rodilla ante José, y así lo hicieron. A partir de ese momento, todos iban a José porque así lo
había ordenado el rey, quien había dicho que después de él, no habría otro más grande que José.
A partir de aquel momento José salió por todo Egipto, para ordenar que quinten la tierra y
siembren y almacenen en todas las ciudades los productos de su alrededor. Cuando el hambre
vino en toda la tierra, solo en Egipto había provisión, e iban de todos los pueblos, para comprar
a José, alimento para no padecer el hambre.

Fue de esta manera como nuestra familia se enteró que había alimento en Egipto, y Jacob
nuestro padre nos mandó a sus hijos a buscar alimento a Egipto.

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CAPÍTULO VI

LOS HERMANOS DE JOSÉ

Cuando llegamos delante de José, el primer ministro del Faraón, no nos imaginábamos ni
remotamente, que era José nuestro hermano. Él nos trató duramente, nos hizo preguntas muy
comprometedoras, e inclusive dijo, ustedes son espías, han venido para espiar la tierra.
Procuramos por todos los medios de convencerlo de que habíamos ido por alimento y nada
más. Pero él insistió, no ustedes son espías y entonces nos preguntó sobre la familia, como
estaba compuesta. Cuando le dimos los detalles y le dijimos que teníamos un hermano menor
que había quedado con nuestro padre, nos dijo: En esto sabré si dicen la verdad, cuando
regresen por más alimento, tienen que traer a vuestro hermano, sino no tendrán alimentos.
Además, agregó uno de ustedes quedará preso, hasta que ustedes regresen con el hermano
menor. Entonces comenzamos a discutir, y a decir esto nos ocurre por el mal que le hicimos a
José nuestro hermano. Rubén decía vieron yo les dije, no hagan ningún daño a nuestro
hermano. José había ordenado que el dinero con el que pagamos los alimentos, nos lo
devolvieran en nuestros costales. En el camino cuando los abrimos, descubrimos el dinero y
dijimos, esto lo ha hecho Dios, como un castigo por nuestras culpas. La culpa mientras si no se
resuelve, siempre acompaña al culpable, pero claro solo Dios la puede resolver si nos
arrepentimos.
Regresamos a la casa de nuestro padre, y le contamos todo lo que nos había sucedido y lo que
nos pedía como prueba, de la verdad, llevar a Benjamín nuestro hermano. Nuestro padre se
turbó, y dijo: Si algo le sucediere a este niño, haréis descender mis canas con dolor a la
sepultura. Finalmente cedió y dejó ir a nuestro hermano Benjamín. Pero allí no terminó todo,
otras muchas cosas, nos sucedieron con aquel varón, hasta que finalmente se dio a conocer, y
este fue un momento muy emocionante, lloramos mucho y él nos consoló diciendo: No se
aflijan, ustedes lo hicieron para mal, pero Dios lo permitió para bien, para salvación de mucha
gente, del hambre. Cuando ya todo esto había pasado, nos dijo que fuéramos a traer a nuestro
padre para que viva en Egipto, el mismo rey había dicho que nos daría en lo mejor de la tierra
para vivir. Así lo hizo nos dio tierra muy fértil, hasta donde llegaban las aguas del río, Nilo, y
las hacían producir en abundancia. Cuando regresamos con esta noticia a nuestro padre, dio
gracias a Dios y dijo: Vive José, casi no lo podía creer, inmediatamente se dispuso para hacer el
largo viaje hasta Egipto, pese a sus ya ciento treinta años de edad.

La vida en Egipto

El viaje fue largo y un poco difícil por la edad de nuestro padre y por las cosas que llevamos
para el viaje y para cuando ya estuviéramos en Egipto. Al fin, a la distancia logramos ver las
pirámides y esto nos dio aliento, esto significaba que estamos llegando al país que ahora sería
nuestra salvación temporal, además nuestro hermano era el hombre principal, después del rey.
Llegamos en número de setenta y cinco personas, y comenzamos con la instalación en el nuevo
hogar. Los niños estaban asombrados de las cosas que veían, los edificios, la casa del faraón, el
día que nos presentamos a él. Cuando el Faraón le preguntó a nuestro padre por su edad, él dijo
los años de mi edad son 130, pero los años de mi vida han sido pocos y malos. Con esto quiso
decir nuestro padre que la vida no le había sido muy favorable, que había sufrido muchos
problemas, claro que como él mismo lo reconoce, fue debido a su manera de obrar. Podemos
decir que hasta la experiencia de Peniel, sufrió por sus propios pecados, como nos ocurre a
todos en esa etapa de la vida de creyentes. Luego de eso muchas de las pruebas vinieron de
parte de Dios, para acrisolar su vida. Siempre será así, hay dos etapas en la vida del creyente, el
comienzo, y la victoria sobre el mal.

19
Como nosotros éramos ganaderos, nos dieron la tierra de Gosén, fértil y extensa. Llegó el día
que mi padre habría de partir de este mundo para ser reunido con sus padres, todos los hijos
fuimos llamados a comparecer ante él. Quería darnos la bendición antes de morir. José fue
primero con sus dos hijos Efraín y Manasés, y nuestro padre los bendijo, dando la bendición de
su diestra a Efraín que era el menor, porque mi padre sabía porque lo hacía. Claramente le dijo
a José: He aquí yo muero, pero Dios estará con vosotros y os hará volver a la tierra de nuestros
padres. Después nos llamó a todos nosotros y nos bendijo, a cada uno con una bendición
especial, profetizando lo que cada uno sería en el futuro y su descendencia.

La bendición de primogénito le correspondía a mi hermano Rubén, pero la perdió, por haber


violado el lecho de nuestro padre. Luego habló de Simeón y Leví y mencionó lo que habían
hecho en Siquem cuando pasaron a filo de espada a los amorreos, para vengar a nuestra
hermana Dina. Yo era el cuarto hijo, pero me dio una bendición muy grande y habló claramente
del futuro mío y de mi descendencia. Luego siguió con los demás, a todos nos bendijo para el
presente y el futuro. Pero antes de morir nos hizo un encargo muy importante, que lleváramos
su cuerpo a tierra de Canaan, y lo sepultáramos en el mismo lugar donde estaban sepultados,
nuestros abuelos y bisabuelos. José lloró mucho a su padre y mandó embalsamarlo, para
trasladarlo a su tierra. Luego consiguió el permiso del Faraón y trasladamos a nuestro padre a
tierra de Canaan.

Este viaje era muy distinto al que habíamos hecho cuando vinimos por primera vez a Egipto,
conocíamos el camino y sabíamos que regresaríamos a la tierra, donde nuestra vida había
prosperado y a un lugar seguro. Por otra parte, viajábamos cómodamente en carruajes
facilitados por el rey. La diferencia era el motivo del viaje, llevar a nuestro padre a un lugar tan
lejos de todos nosotros. Él ya había pasado a la otra vida, y estaba reunido con nuestros
antepasados, disfrutando la verdadera paz y la vida inseparable y eterna, en el Paraíso. Nuestra
vida en Egipto era muy linda, éramos felices, estábamos al amparo de un gran imperio, no
teníamos que andar cuidándonos de los filisteos y otros grupos que nos atacaban para robarnos.
Además, como he dicho antes, la tierra era muy fértil, y no dependía de las lluvias, porque el
río una vez en el año, cuando era el tiempo apropiado, crecía y la cubría en una gran extensión.

Cuando murió el faraón que conocía a José, las cosas comenzaron a cambiar. Nos quitaron las
tierras con el argumento de que todos los egipcios habían tenido que vender sus tierras para
poder vivir en tiempo del hambre, y ahora las trabajaban para el rey, dándole a él un porcentaje
del producto. Entonces dijeron que no era justo que nosotros extranjeros, tuviéramos un trato
especial. Cada vez nos exigían más y nos apremiaban, tal vez para que nos fuéramos, pero
nosotros estábamos ahora acostumbrados a ese lugar y nuestros bienes habían aumentado, ya
éramos muchos más que al principio y no era fácil moverse del lugar.

Cuando uno hace mal a alguien, así sea un hermano, o quien sea, la conciencia no nos deja
tranquilo, siempre sentiremos la culpa, y el temor de la represalia o venganza. Esto nos pasó a
nosotros los demás hermanos de José. Inventamos algo como que nuestro padre Jacob, había
dejado dicho que José nos perdone la maldad que le hicimos cuando lo vendimos como
esclavo. Cuando José oyó esto, comenzó a llorar y nos dijo, no teman, lo que ustedes hicieron,
Dios lo tornó para bien, para dar salvación a mucha gente. Así nos consoló y quedamos
tranquilos. Luego nos dijo yo voy a morir, pero les pido que cuando Dios los haga subir de esta
tierra y vuelvan a la nuestra, que Dios nos dio en herencia para siempre, que no dejareis mis
huesos aquí, sino que me sepultaréis en el sepulcro de mis padres en Canaan. El murió a los

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110 años y fue embalsamado, para poder trasladarlo cuando Dios cumpla esa promesa de
sacarnos de aquí y llevarnos a nuestra tierra, tal como nos dijo José, y nuestro padre.

Con la muerte de José comenzamos a perder los privilegios que teníamos cuando él vivía. Nos
tomaron como esclavos, porque según ellos, éramos intrusos en su país. Nadie más se acordaba
de José, pues esa generación ya había muerto, inclusive el Faraón de ese tiempo. Así sometidos
no podríamos tomar nuestras propias decisiones, éramos pocos, no teníamos fuerza suficiente
para liberarnos e irnos a nuestra tierra. Es más, teníamos pocos recursos materiales y sería muy
difícil intentarlo. Optamos por seguir quedando en Egipto, nos quitaron las tierras que en el
tiempo de José nos habían dado, con el argumento que, si todos los egipcios habían perdidos
sus tierras y había pasado a ser del Estado, no teníamos derecho a ser dueños de tierras y menos
aún, siendo extranjeros. De ahora en más la tierra la trabajábamos para el rey. Así que dejamos
todo en manos de Dios, él cumpliría su promesa cuando el tiempo llegara. Entendíamos que esa
promesa que le había dado a Abraham nuestro padre se cumpliría y que seríamos esclavos por
cuatrocientos años en Egipto.

Ya habían comenzado a correr esos cuatrocientos años y sería nuestra descendencia la que
cuando se cumplan, saldría y con grandes riquezas como Dios se lo había dicho también.

21
CAPITULO VII

NACIMIENTO DE MOISES

Cuando mis padres Amram y Jocabed, les nació su tercer hijo, eran los días más difíciles que
estábamos pasando en Egipto, el Faraón había dado la orden de matar a todo niño varón que
naciera en nuestras familias. Yo María que entonces tenía unos catorce años, y Aarón tenía unos
tres. Nos resistimos a que fuera muerto nuestro hermanito más chico, era un decreto reciente y
lo escondimos a nuestro hermano, por unos tres meses, pero a medida que pasaban los días se
nos hacía más difícil esconderlo sin que fuera descubierto. Ya esa edad se hacía oír, entonces
confiamos que Dios nos estaba guiando en una idea aparentemente alocada. Era el tiempo en
que la princesa salía a pasear por el río, y como el niño era hermoso, podría escapar de la
muerte. Por fe armamos una pequeña arquilla, la calafateamos por dentro y por fuera para que
no le penetre el agua, le hicimos una tapa para protegerlo del sol, colocamos a nuestro
hermanito ahí y pedimos a Dios que él haga lo demás. Yo me quedé cerca del lugar para ver
como sucederían las cosas. Cuando la princesa quien caminaba por la orilla del río en su paseo
habitual, vio la arquilla, le llamó la atención y mandó a una de sus doncellas para que lo sacara
del agua, en el carrizal donde lo habíamos puesto. Cuando lo vio y el niño lloraba, se
compadeció de él y dijo este niño es de los hebreos, yo que estaba observando todo corrí y le
dije a la princesa: ¿Quieres que te busque una nodriza para que te críe este niño? ella dijo ve.
Vine corriendo hacia mi casa y les dije a mi mamá: Resultó, te vengo a buscar, ella te va dar a
mi hermanito para que se lo críes, sintió tanta alegría y la dicha de criar a su propio hijo. Claro
la reina se lo dio y le dijo: Críamelo y yo te lo pagare, esto significaba que cuando él tuviera la
edad suficiente, se lo tendría que llevar a la reina.

Cuando el tiempo llegó, se lo llevó y la reina lo adoptó como hijo, y le puso el nombre Moisés,
diciendo, porque de las aguas lo he sacado. Mi hermano Moisés estaba en la casa del faraón y
disfrutando todo lo que había, y además estaba siendo educado en toda la sabiduría de los
egipcios, hasta que se hizo un hombre poderoso en sus dichos y en sus hechos. Todos los
siervos del reino lo respetaban, pues él ocuparía el lugar del faraón, cuando tenga la edad para
ello. Él nunca se olvidó de nosotros, que sufríamos cada vez más la servidumbre. Siempre creía
que Dios lo había puesto en ese lugar, para salvar a su pueblo como hizo con José nuestro
antepasado.

Con esta idea en mente salió para visitarnos, tenía unos cuarenta años y pronto se le daría el
trono del Faraón. En estas visitas que hacía frecuentemente, vio un día a un capataz de los
egipcios golpeando a uno de nuestros hermanos hebreos, y no pudo aguantar esa situación,
golpeo al egipcio hasta matarlo. Viendo que no había nadie por allí de los egipcios, enterró el
muerto en la arena y se fue. Algunos de nosotros que vimos eso, pensamos, él se ha puesto en
peligro, si llega a saberlo el rey, lo matará.

Al día siguiente cuando andaba haciendo un nuevo recorrido por el lugar, vio como dos de sus
hermanos hebreos estaban discutiendo, él quiso separar al que estaba golpeando al otro, pero
este se enojó y le dijo a Moisés mi hermano: ¿Quién te ha puesto a vos por juez, quieres
matarme como mataste ayer al egipcio? Entonces Moisés se dio cuenta que el asunto ya se
sabía, y huyó para salvar su vida. Se fue a las tierras de Madián y allí conoció al sacerdote
Jetro, un descendiente de Ismael hijo de Abraham, nuestro antepasado. Él tenía siete hijas, una
de ellas se casó con mi hermano, se llamaba Séfora. En ese lugar vivió unos cuarenta años, le
nacieron dos hijos de ese matrimonio y vivió como pastor, cuidando las ovejas de su suegro
Jetro. Cuenta Moisés mi hermano que fue llevando las ovejas más hacia el monte, y Dios se le

22
apareció. Vio una zarza que ardía y no se consumía, esto le llamó la atención y se acercó para
mirar mejor. Entonces oyó una voz que lo llamó por su nombre, Moisés, Moisés, no te acerques
porque el lugar donde está es santo, quítate las sandalias de tus pies. Dios le dijo: He oído el
clamor de mi pueblo, por la opresión que está sufriendo, ven te enviaré para que saques a mi
pueblo de Egipto.

Cuando escuché esta palabra, cuenta mi hermano, me quise morir, como iba yo a sacar el
pueblo de Dios. Ya lo había intentado una vez y no me oyeron. Dios me dijo, ve yo estaré con
tu boca y hablarás todo lo que yo te diga. Como puse tantas objeciones, Dios se enojó y me
dijo: Conozco a tu hermano Aarón, él les hablará de mi parte, todo lo que yo te mandé,
entonces no me quedó nada más por decir, tuve que aceptar lo que él me mandaba. Ve a Egipto
y te saldrá al encuentro tu hermano Aarón, entonces le contarás todo lo que yo te dicho y
mandado. También le dirás que él será tu profeta, porque hablará en lugar de ti al Faraón para
que deje ir a mi pueblo. Tú serás para él en lugar de Dios, y el repetirá lo que vos le digas.

Así cuando fui a casa le conté a mi esposa la comisión que Dios me había dado, ella no estaba
muy de acuerdo, no estaba muy interesada, en la vida espiritual, y lo que tenga que ver con un
compromiso con Dios. Cuando nació nuestro hijo Gersón, no estuvo de acuerdo con la
circuncisión, así que ahora que tendríamos que viajar, para cumplir una misión, era necesario
estuviéramos en buenas condiciones con Dios. Cumplir con lo establecido por Dios, debe ser
nuestra primera obligación, para que lo demás suceda normalmente. Finalmente salimos, ella
no muy conforme, casi renegando por lo que hacíamos. En el camino mientras estábamos en
una posada, Dios apareció y parecía que allí terminaría nuestra vida, estábamos en franca
desobediencia y ella tuvo gran temor, tomó un pedernal afilado cortó el prepucio de nuestro
hijo, lo echó a mis pies diciendo, a la verdad, tú me eres un esposo de sangre. Después de esto
ya no hubo inconveniente, pudimos continuar el viaje sin impedimento.

Cuando llegamos ya cerca de Egipto, tal como Dios me lo había dicho, salió Aarón mi hermano
a recibirnos y esto confirmó el llamado que Dios me había hecho y dicho. Cuando mi esposa
vio que venía a recibirnos nuestro hermano, se convenció, de lo que yo le había dicho antes.
Muchas veces pensé que la resistencia de mi esposa a creer lo que Dios me había dicho, se
debía a que ella no pertenecía a nuestra parentela, los que creíamos en el Dios verdadero.
Recordaba de Abraham, de Isaac, y Jacob, mis antepasados, como ellos fueron obedientes y se
casaron con creyentes como ellos. Ella era descendiente de Abraham, pero por la línea de
Ismael, que no eran creyentes, a la manera que nosotros creíamos, porque conservamos las
verdades reveladas desde los tiempos más antiguos.

Mi suegro en muchas cosas mostraba ser creyente, tanto que él ejercía el sacerdocio, a su
manera. Nosotros tampoco teníamos establecido un sistema, como dar culto a Dios como su
pueblo, esto lo tendríamos cuando él nos iba a dar la ley, y la tribu a la que yo pertenecía, la de
Leví, sería la elegida para realizar el culto con todo lo que significaba. Le mostré a mi hermano
lo que Dios me dijo que hiciera como muestra de que él me había enviado, solté la vara en el
suelo y se convirtió en una víbora, luego la otra señal Dios la hizo. Entonces mi hermano se
convenció que Dios nos iba a dar su ayuda y lograríamos el propósito de Dios que era sacar
nuestro pueblo de Egipto. Él no sabía que los magos del Faraón podían hacer muchos de esos
milagros, yo los había visto hacer cuando estaba en ese lugar.

23
CAPITULO VIII

UNCUENTRO CON EL FARAON

Finalmente, un día fuimos a presentarnos al Faraón y decirle lo que Dios me había dicho. Él no
lo creyó, es más se enojó, con la pretensión con la cual yo venía, sabía lo que significaba que
toda esa gente que le servían como esclavos, se fueran, se quedaría sin mano de obra barata.
Entonces le dije que Dios le mostraría que nos había enviado por el milagro que él iba hacer,
solté la vara en el suelo y se convirtió en una culebra. Entonces llamó a los magos, he hicieron
lo mismo. Con la diferencia que la vara convertida en culebra de Aarón, devoró a las otras
varas, pero el corazón del Faraón se endureció. De allí en más comenzaron las plagas que Dios
enviaba para ablandar el corazón del rey, pero no parecían surtir efecto, después yo llegaría a
saber que Dios mismo lo endurecía, para mostrar su poder, y revelar a todas las naciones de ahí
en más que Dios tenía el poder y nadie que se endureciera contra él habría de quedar sin
castigo. Esto lo vimos sobradamente, en el viaje por el desierto. Cuantas veces nuestro propio
pueblo se reveló contra Dios, y ellos que habían visto lo que Dios había hecho, no
escarmentaban. No me voy a detener para contar todo lo que sucedió, pero lo cierto es que
cuando vino la última plaga o castigo, con la muerte de los primogénitos, al fin cedió y nos
dejó ir. Esa noche que escapamos de Egipto, celebramos una fiesta que habría de conmemorar
esta salida victoriosa, La Pascua, que cada año llegado el primer día del mes primero, abril en
nuestro calendario, la realizaríamos para hacer memoria, y se hace hasta el día de hoy.

La persecución

Cuando ya habíamos salido y estábamos cerca ya del Mar Rojo, el Faraón se arrepintió, y nos
persiguió con su ejército. Cuando mis hermanos vieron el ejército que nos seguía tuvieron
miedo y comenzaron a protestar. Esto era apenas el principio de sus quejas, ¡¡¡cuánto tuve que
soportar a este pueblo!!! Yo comencé a orar, que otro recurso me quedaba, la oración. Pero
Dios me habló y me dijo ¿Qué haces ahí postrado? Levántate y di al pueblo que marchen. Con
esto aprendí una gran lección, si nos quedamos orando y no actuamos, de nada sirve, es
necesario orar y actuar para que se produzca lo que estamos pidiendo. Parecía que todo estaba
perdido, mis hermanos seguían, porque Dios realmente iba con nosotros de una manera visible,
en una columna de nube por el día y de noche en una columna de fuego. No quedaba dudas de
que Dios estaba allí, que otra cosa podía ser. Además, en toda esa noche y el día siguiente
nunca nos alcanzaron los egipcios que nos perseguían. Ahora venía la gran prueba, teníamos
por delante el mar y a los costados el desierto, con sus dunas y montes, no podríamos escapar
por ningún lado.

Cuando llegamos al mar hice lo que Dios me había dicho, alcé la vara frente al mar, y el mar se
dividió. Allí descendimos y caminamos en seco, las aguas a cada lado de nosotros parecían
grandes muros. Finalmente logramos pasar al otro lado, detrás venían los egipcios, no se dieron
cuenta que había ocurrido un milagro, que el mar se había dividido. Pero cuando se está ciego,
no se da cuenta de lo que está sucediendo. No me sorprende porque aún nuestros propios
hermanos, se daban cuenta de lo que estaba sucediendo, estaban también ciegos a la revelación
de Dios. Cuando salimos a tierra del otro lado del mar, las aguas volvieron con toda su fuerza y
los egipcios fueron tapados por las aguas. No escapó ninguno, todos murieron ahogados.
Nosotros celebramos con gran alegría la liberación hecha solo por Dios, mi hermana María
tomó un pandero y comenzó a danzar e invitar a las otras mujeres para que hagan lo mismo.

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Así comenzó nuestra peregrinación hacia la tierra prometida, cuantas cosas nos habrían de
suceder en este viaje que duró cuarenta años, por causa de la desobediencia de mis hermanos,
los hijos de Israel. Tres días después de nuestra salida de la orilla del mar, llegamos a un lugar
llamado Sur, vimos un oasis, al fin agua, todos estábamos sedientos y esto nos llenó de alegría.
Pero lo triste fue que cuando quisimos beber, las aguas eran amargas, ¡que desilusión!
Comenzaron las quejas, el clamor y la pregunta ¿qué vamos a beber? Yo estaba tan mal como
ellos, pero ¿qué podía hacer? Orar, Dios me mostró un arbusto, algo que no había visto antes, lo
entendí como una indicación de algo que debería hacer, lo tomé, lo metí en el agua y las aguas
se volvieron dulces. En ese lugar Dios nos dio los primeros estatutos y mandamientos, con
hermosas promesas si los cumplíamos. Todo el pueblo ya satisfecho, por haber bebido y luego
tomado alimento. Continuamos el viaje y llegamos a Elim, un oasis donde había doce fuentes
de agua y setenta palmeras. Un descanso después de tanta lucha y cansancio.

Finalmente, después de cuarenta y cinco días de viaje en el desierto de Sin, nos quedamos sin
alimento y comenzaron las murmuraciones del pueblo y diciendo ojalá hubiéramos muertos en
Egipto cuando nos sentábamos a las ollas para comer, y he aquí no hay nada. Después de esto
Dios nos dio el maná como pan del cielo que llegaba con el rocío de la mañana. También faltó
el agua y nuevamente otro altercado con el pueblo por falta de agua. Parece que mis hermanos
no aprendían la lección, no le creían a Dios cuando ya les había dado, el maná y el agua
anteriormente. Entonces Dios me dijo que tomara la vara y golpeara la roca y saldrían aguas.
En efecto golpee la roca y salieron aguas y bebimos en abundancia. En ese lugar tuvimos la
primera guerra con los enemigos, los amalecitas, descendientes de Esaú nuestro hermano. La
lucha fue difícil no estábamos preparados para eso, pero la perseverancia en la oración hizo que
Dios nos diera la victoria. En ese lugar nos visitó mi suegro y me dio algunos consejos que me
vinieron muy bien, me dijo que buscara unos setenta hombres bien calificados, para que me
ayudaran en la resolución de los problemas. Lo hice y la vida cambió totalmente para mí, ya no
estaría solo en esta lucha.

De allí viajamos al Monte Sinaí, donde estuvimos casi un año, ahí conocí a Dios cara a cara, en
esos cuarenta días que subí al Monte, en un ayuno completo, no comí en esos cuarenta días. En
ese lugar recibí la ley. Qué maravilla lo que hace Dios, pero nada de esto hacía crecer en fe a
mis hermanos, seguían igual. Ante cualquier inconveniente, se quejaban y me echaban la culpa
a mí, diciendo para que los había sacado de Egipto, allá no les faltaba nada, aunque eran
esclavos y seguirían así por siglos y siglos, ¿tenía sentido la vida de un esclavo?
Lamentablemente no veían más allá de lo que veían sus ojos, nada perecía importarles, solo la
comida era lo importante para ellos. Algunas veces estaba tan cargado de los problemas de esta
gente, que deseaba que Dios me lleve. Pero él me había elegido para conducir su pueblo, para
ello me había preparado, primero en casa del faraón y luego en el desierto por otros cuarenta
años, esta fue la escuela más valiosa, aprendí a conocer a Dios en la soledad del desierto de
Madián.

Dios hizo tantas cosas maravillosas en medio de las pruebas y dificultades en ese viaje en el
desierto, que contarlas una por una me llevaría mucho tiempo. Cuando llegamos a las fronteras
de la tierra prometida, antes de cruzar el río Jordán, Dios me dijo sube al monte y te mostraré
toda la tierra que daré a los hijos de Israel, pero tú no podrás pasar. Sufrí mucho esa decisión de
Dios, pero obedecí. ¿Por qué Dios me privó de esa felicidad que tendría? Era porque en un
momento dado me enojé con mis hermanos y no hice lo que Dios me había dicho. Aquí
también pude entender un poquito más a Dios. Pequeñas desobediencias en los que caminamos
muy cerca de Dios, pueden tener un costo mayor, porque a mayor conocimiento mayor es la

25
exigencia. Además, Dios está haciendo una obra en la persona para llevarla a mayores niveles
en la vida espiritual, lo que en otros no podría hacer.

El pueblo clamó nuevamente por agua y Dios me dijo: Ve, toma tu vara y habla a la peña, ella
dará agua para beber el pueblo, enojado les dije: Vean rebeldes, les daremos aguas de esta roca
y golpee dos vece la roca con mi vara, salió abundante agua, pero esto no le agradó Dios,
porque no le di la gloria a él, antes me di yo la gloria. Él me había dicho que solamente le hable
a la peña, y yo la golpee dos veces, no tendría que haber hecho eso. Ya la roca había sido herida
una vez y ahora solo debía hablarle y vendría el agua. Este es un mal que hice como guía del
pueblo, y que no serviría de ejemplo, para el futuro. El hecho de que salieran aguas, pese a mi
actitud, demuestra que la misericordia de Dios es grande, y puede usarnos por amor a su pueblo
a pesar de nuestra condición. Al fin llegamos a las márgenes del río Jordán, entonces escribí
nuevamente todo lo que Dios me había revelado, lo que habíamos aprendido y vivido en el
desierto y junté todos los escritos, y se los entregué a Josué, ya que según Dios me había
revelado, él sería mi sucesor en la conducción del pueblo. Ya lo había ungido para el cargo y
traspasado el mando con anterioridad. Los libros que le entregué, eran rollos escritos en papiro,
y eran cinco. El de la Creación, el de los mandamientos, el manual de los sacerdotes para el
culto, el relato completo del viaje en el desierto y el resumen, de todo lo que Dios había hecho
y mandado. A estos libros todos juntos, se los llamó la Ley.

El paso del Jordán

El río Jordán estaba muy crecido, ahora Josué sería el encargado de guiar al pueblo pasando el
Jordán, yo había impuesto mis manos sobre él, para traspasarle el mando y Dios se encargaría
de lo demás. Cuando Moisés desapareció porque murió sobre el monte Pisga, yo escuché la voz
de Dios, dice Josué, que me dijo: “Mi siervo Moisés ha muerto, ahora levántate, pasa este
Jordán tú y el pueblo de Israel. Esfuérzate y se valiente, no temas ni desmayes porque yo estaré
contigo por donde quiera que vayas. Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro.
Este libro de la ley, nunca se apartará de tu boca, de noche y de día meditarás en él, para que
guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito, entonces harás prosperar tu camino y
todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente”. Con estas palabras del
Señor me animé y dije a los ancianos: Recorred el pueblo y diles que se preparen y preparen
comida, porque dentro de tres días pasaremos este río Jordán.

Dios nos había dicho que cuando los sacerdotes que llevaban el Arca, tocaran con sus pies, la
orilla de las aguas, estas se iban a dividir y pasaríamos en seco, como ocurrió con el mar Rojo.
Claro no estaba Moisés el varón de Dios, y no estaba seguro si el pueblo creería que el mismo
milagro se iba a producir otra vez. Así que comenzaron a avanzar los sacerdotes como Dios lo
había indicado. Cuando pisaron las aguas, estas se detuvieron a una gran distancia en el norte,
hasta que el río se secó y pasamos. En el medio del río levantamos un altar de piedras, estas
doce piedras quedarían como testimonio de lo que Dios había hecho. Además, tomamos otras
doce piedras de en medio del Jordán e hicimos otro altar en tierra, como un doble testimonio,
para futuras generaciones. Cuando entramos a la tierra prometida Dios comenzaría a
mostrarnos su poder de una manera más tremenda. Lo primero que tuvimos que hacer, fue
circuncidar a todos lo que habían sobrevivido en la travesía por el desierto, eran la generación
más joven nacida en el desierto durante los cuarenta años de peregrinación. Entonces nos
quedamos en Gilgal, ya en la tierra prometida, y allí los circuncidamos y esperamos lo que Dios
diría. Al día siguiente de haber llegado comimos del fruto de la tierra y el maná que era lo
provisión en el viaje, el pan de cada día, cesó. Jericó era una ciudad grande y amurallada,
imposible de conquistar. Dos espías que yo había enviado entraron durante el día y fueron a la

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casa de una mujer ramera, lo cual no llamaría la atención a nadie, ya que muchos visitarían ese
lugar. Ella los recibió y cuando supo que eran israelitas, se apresuró para decirles que ellos, el
pueblo entero estaba enterados, de lo que Dios estaba haciendo con otras naciones del otro lado
del Jordán, y que además, había secado las aguas del mar Rojo para que cruzara el pueblo de
Israel. Por lo tanto, estaban muy atemorizados y que ella sabía que Dios era tan poderoso en los
cielos como en la tierra.

El rey de Jericó se enteró que dos personas desconocidas habían entrado en casa de Rahab la
ramera y mandó a buscarlos. Ella los escondió y cuando llegaron los soldados les dijo que ya se
habían ido, que al cerrarse la puerta ellos habían salido y les dijo síganlos que los van a
alcanzar. Tres días después cuando ella sabía que los soldados habían vuelto sin encontrar nada,
les aconsejó que se fueran descolgándolos por una ventana que daba afuera del muro. Entonces
ellos le prometieron que, si no los descubría, ellos le iban a perdonar la vida. Le dijeron junta
toda tu familia en tu casa y cuelga esta cinta roja en la ventana de tu casa, para que cuando
nosotros lleguemos con los ejércitos la veamos y no la destruyamos. Ellos todavía no sabían de
qué forma iban a destruir la ciudad y el muro en primer lugar, pero sabían que Dios lo haría de
alguna manera.

Antes de tomar ninguna decisión, salí a la soledad para encontrarme con Dios y mirar de paso
lo que era esa ciudad que parecía imposible de conquistar, pero sabemos que para Dios no hay
nada imposible. Allí me apareció un príncipe, con una espada en la mano, yo le pregunté si
pertenecía a nuestro ejército, y él me dijo no, vengo como príncipe de Jehová de los ejércitos.
Me dijo que, con solo rodear los muros de la ciudad de Jericó, durante siete días y siete veces el
último día, los muros caerían, y podríamos tomar la ciudad, sin tener que hacer ninguna guerra.
Hicimos como Dios nos dijo y tomamos la ciudad. Solo se salvó una mujer llamada Rahab y su
familia, porque había protegido a los espías, que antes habíamos enviado para reconocer la
tierra y la ciudad. Dios había dicho que el oro, plata y bronce que tomáramos lo debíamos
dedicar a Dios.

Lamentablemente Acán cayó en la avaricia y escondió para él algunos elementos y esto nos
produjo un fracaso en el ataque a la próxima ciudad. Por supuesto esto le costó la vida a él y
toda su familia, porque seguramente ellos, su familia era cómplices, pues sabían lo que él
estaba haciendo y no lo denunciaron. Porque a Dios no se le puede mentir, y quedar sin castigo.
Cuando nos tocó atacar a los amorreos y en vista que se nos iba el día, pedí a Dios que el sol se
detenga y el sol se detuvo. Se decía que era la primera vez que Dios escuchaba la voz de un
hombre para hacer algo tan grande, además se decía que esto no volvería a ocurrir nunca más.
Esto sucedía porque Dios luchaba por su pueblo Israel, la descendencia de su amigo Abraham.
En menos de treinta años habíamos conquistado toda esa tierra que Dios había prometido a
nuestro padre Abraham, y su descendencia.

Samuel cuenta que después de la muerte de Josué, el pueblo nuevamente se desordenó e


hicieron lo malo delante de Dios. Durante casi cuatrocientos años, la nación estuvo gobernada
por jueces, pero cada uno de ellos vino como consecuencia del fracaso del pueblo en obedecer
a Dios y caían en manos de los enemigos de alrededor. El juez que Dios levantaba libraba al
pueblo, pero cuando el juez moría volvían a caer en desobediencia y el juicio otra vez se
manifestaba. Muy pronto caían otra vez en la idolatría, dando culto a deidades paganas, dioses
hechos por la mano del hombre. Finalmente ellos pidieron, que querían tener un rey como las
demás naciones. A mí me disgustó mucho este pedido, pero mucho más a Dios, porque con esto
estaban diciendo que no querían que Dios gobernara sobre ellos. Es posible que yo mismo haya
tenido la culpa en este pedido que hicieron. Yo tenía pensado dejar a mis hijos para que

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continuaran conduciendo al pueblo, pero lamentablemente ellos no andaban como corresponde
y el pueblo se daba cuenta de ello. Seguramente pensaron que la única manera de escapar de
mis intenciones, era pidiendo un rey, para ser como las demás naciones. Entonces Dios les
eligió un rey, era Saúl hijo de Cis, Yo lo ungí como rey cuando Dios me lo envió. Tristemente
él no hizo bien las cosas y fue desechado como rey. Finalmente vino David hijo de Isaí, a quien
Dios amó porque fue fiel en toda la casa de Dios.

Cuenta el profeta Natán que cuando hubo terminado el período del reino de David, y ya estando
muy envejecido, comenzó una disputa por quien ocuparía su lugar. Todos los hijos de David
disputaban ese puesto, menos Daniel que era el segundo hijo de Abigail, siempre se mantuvo al
margen de estas intrigas. El mayor Amnón, que sería el que tendría el derecho de reinar después
de su padre, cometió un terrible pecado, deshonrando a su propia hermana hija de la madre de
Absalón, el tercer hijo y que este se vengó matándolo. Como fratricida Absalón huyó al
desierto y en especial a la casa de su abuelo el rey de los filisteos, (abuelo por parte de su
madre) estuvo por un tiempo allí. Cuando el enojo de David se había pasado, el general Joab
comandante del ejército hizo lo posible para que Absalón volviera con su padre. Pero su padre
no lo recibió, le dio orden para que se vaya a Hebrón, y no a Jerusalén. Absalón lo tomó como
que esto indicaba que el padre no lo había perdonado. A partir de ese momento comenzó a
conspirar para quedarse con el reino, luego cuando su padre lo perdonó y lo hizo llamar,
regresó, pero ya con la idea de adueñarse del reino.
Cuando sublevó al pueblo en contra de su padre, el ejército lo mató en el bosque. Entonces el
cuarto hijo Adonías, dijo: esta es mi oportunidad, yo seré el rey, levantó una conspiración
contra su padre, pero no tuvo tiempo porque el general del ejército fiel al rey David, lo
denunció y David que ya había decidido poner a Salomón como rey en su lugar, porque Dios se
lo había indicado. Después de los preparativos, hizo ungir a Salomón y montado en la mula del
rey fue proclamado rey de Israel. Adonías huyo se tomó de los cuernos del altar, pensado que
era el lugar más seguro, pero el rey Salomón lo mandó llamar y lo echó de su presencia, pero le
perdonándole la vida. ¡Que intrigas, que conflictos! Felicito a Daniel segundo hijo de David
que prefirió la vida en el anonimato, sin pretensiones y escapó de todos estos crímenes. Un
tiempo después de estas cosas, Adonías pretendió que Salomón le diera a la sunamita, una
hermosa joven que había quedado en el palacio a la muerte de David, ya que ella le servía al
rey. Cuando Adonías le hace el pedido por medio de la madre de Salomón, esto colmó la
paciencia del rey y lo mandó matar. Salomón habla mucho de una joven hermosa de la cual él
está enamorado, pero ella tiene su prometido que ha quedado en el campo y en espera que ella
vuelva, después de la muerte del rey. Seguramente Salomón pensaba que a la larga ella cedería
a sus requerimientos, pero no fue así y no sabemos si ella al fin se casó con su amado el
pastorcito. Esto explica porque le disgustó tanto el pedido que le hizo llegar su hermano
Adonías para que le diera por esposa a la sunamita, porque él estaba enamorado de ella y le
había escrito muchas poesías para conquistarla y no lo había logrado. Con el pedido de su
hermano agotó su paciencia y lo mandó matar.

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CAPÍTULO IX

LOS ESCRIBAS

Seguimos con las crónicas de historias antiguas, pero para esto ya han pasado muchos años y
estamos en el tiempo de los pueblos descendientes de Abraham, que es el nuevo nombre que
tiene ahora por ser el progenitor de mucha gente. Desde que se conoció la escritura, fue
necesario encontrar gente capacitada para escribir, copiar, corregir y mejorar los escritos y
además leerlos al pueblo. Estas personas tenían una labor muy calificada, no cualquiera podía
hacerlo, a ellos se les llamó escribas.

Todo lo que hoy podemos recoger de aquellos tiempos lejanos, lo debemos a estos hombres
ilustres, que fueron fieles para contar los hechos como verdaderos cronistas, con toda
imparcialidad, sin omitir hechos que tal vez pensaríamos que no se deberían contar. Más ellos
lo hicieron con toda fidelidad y verdad. Siempre la fidelidad y la verdad han propiciado las
libertades de los pueblos. La libertad, la justicia, y el derecho, son el fruto de la verdad. Por el
contrario, la mentira, es causa de grandes males. Con el paso del tiempo esto grupos nómadas,
fueron formando una gran nación. Se señala aquí a los escribas porque figuran en el orden
cronológico, en ese primer libro de las crónicas.

Por los grandes conflictos que tuvo esta nación en Medio Oriente, vino la deportación a
Babilonia el lugar de origen de estos pueblos. Setenta años pasaron hasta que fueron liberados
en el tiempo del imperio Medo Persa. Entre los personajes calificado para propiciar el retorno
estaba Daniel un profeta y Esdras un escriba. Queremos destacar la vida de este escriba porque
realizó una labor imponderable. Con todos los riesgos que significaba regresar a Palestina, él lo
hizo confiado que Dios lo acompañaría. El supervisó la entrega de los utensilios que habrían de
ser devueltos, al regresar los cautivos. Pero no viajó con la gran comitiva que volvía tan alegre
de regresar a su tierra, lo hizo un tiempo después y tal vez cuando más necesaria fue su
presencia. Esdras era de la descendencia de los sacerdotes y era escriba diligente para cumplir y
hacer cumplir la ley, que Dios había dado a Moisés. El rey le concedió lo que pidió y que creía
que le podría hacer falta. Se dice que esto fue así porque la mano de Dios estaba con él. Esdras
había preparado su corazón, para inquirir en la ley de Dios, y para cumplirla, y para enseñar al
pueblo sus estatutos y decretos. Esta era la labor del escriba, de aquellos tiempos. Dejemos que
él nos cuente la historia y lo que ocurrió.

Yo traía una carta que el rey Artajerjes me había entregado para los gobernadores a fin de que
me facilitaran el paso, por esos lugares, y además me recomendaba casi por demás, sobre mis
condiciones de escriba. Yo le agradecí mucho y me propuse viajar con un grupo menor de los
anteriores, pero íbamos casi a lo seguro, que nos esperarían cosas buenas, pero no fue así. El
pueblo estaba derrotado, los enemigos los asediaban por todos lados. Pero el rey daba órdenes
en esas cartas que me ayudaran para restaurar el culto en el templo. En estas cartas él me decía
sacerdote y esto me daba más jerarquía, pero no era esto lo que realmente me servía, sino la
mano de Dios conmigo.

Cuando salimos de Persia, nos reunimos junto al río Ahava y quedamos allí tres días. Mientras
revisaba la lista de los descendientes de los sacerdotes, que serían los que me habrían de
acompañar, descubrí que algunos de los que estaban conmigo, no figuraban en la lista. Así que
despaché a algunos para que regresen a Persia y averigüen bien. Efectivamente regresaron
trayendo como lo había pedido, algunos sacerdotes calificados como tales, para que nos
ayudaran en la restauración del culto. Ese día publique ayuno por tres días para pedir a Dios

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ayuda para nosotros, nuestros hijos y nuestros bienes. Esto hice porque tuve vergüenza de pedir
al rey soldados que nos acompañasen, ya que yo le había dicho que Dios estaba con nosotros y
nos guardaría en el viaje. Después de varios meses de viaje llegamos a la tierra prometida,
Palestina. La comisión que yo tenía era de enseñar al pueblo la ley de Dios, para que la guarden
y la cumplan, lo cual hice con toda fidelidad, también escribí las crónicas y las ordené. Hice la
lista de todos los que habían venido primero y la de los que vinieron conmigo.

Un día me trajeron una mala noticia, me dijeron que gran parte de los sacerdotes, habían
tomado mujeres de los pueblos vecinos y esto me entristeció mucho, porque el pueblo de Dios
y mayormente los que sirven en el altar, deben ser santos, separados para Dios. Así que caí
postrado confesando y pidiendo misericordia por todos nosotros. Después puse mano a la obra,
algo había que hacer, para eliminar el mal. Propusimos que se separan de las mujeres paganas e
hicieran una vida diferente, y que sin duda Dios les daría esposas con toda legitimidad. Así lo
hicimos nos llevó bastante tiempo hacer todo esto, pero al fin lo logramos. Después de eso
hicimos un pacto que lo confirmamos todos los que estábamos presente. Que andaríamos en la
ley de Dios y jamás daríamos nuestros hijos para formar parejas mixtas con gente que no eran
del pueblo de Dios. Cuando recopilaba estas historias de nuestros antepasados, encontré una
muy corta pero que impacto mi vida, la historia de Jebes, uno de nuestros antepasados.

30
CAPÍTULO X

HOMBRES DESTACADOS

Jabes por cuya trascendencia se le puso el nombre a una ciudad. Tuvo una experiencia que es
bueno contarla aquí. Se dice que fue más ilustre que todos sus hermanos, y que su madre le
puso ese nombre, por el gran sufrimiento que le trajo su nacimiento, lo que parece decir dolor.
Era un hombre de fe, sabía el secreto de la oración eficaz. Está registrada una oración que hizo
con tanta propiedad y tan segura que tuvo una respuesta segura también. ¿Qué fue lo que pidió
tan específicamente? Que Dios le diera bendición, para alcanzar ciertos objetivos que le
interesaban sobremanera, para el engrandecimiento de del reino de Dios. Lo primero, un
ensanchamiento de su territorio. Necesitaba amplitud, se sentía muy en estrecho, quería más
espacio, más libertad. Creo que esto es una buena intención, un buen deseo que le agrada a
Dios, que no vivamos en estrechez, pues no hay razón para ello. Que la mano de Dios esté con
él y creo que esto es lo menos que puede esperar un hombre que desea crecer. Necesita la mano
de Dios sobre él. Su gracia abundante nos tiene que sacar adelante para que prosperen nuestras
empresas, si no es así pronto sucumbiremos. Ahora bien ¿por qué pedía que la mano de Dios
esté con él? Para que el mal no le dañe, que fuera librado de ese peligro que acecha
continuamente a los humanos, el mal siempre daña, lo haga yo, o lo haga otro en mi contra. El
mundo está lleno de estos dos elementos, el bien y el mal. Hay una pugna continuamente y
vence el que le damos lugar. Entonces el pedido de Jabes estaba bien orientado, que me libres
del mal para que no me dañe, era su pedido. Finalmente dice que Dios le otorgó lo que pidió.

Siguiendo estas crónicas nos encontramos con algunas informaciones que vale la pena tener en
cuenta, no importa lo antigua que sean, siempre tendrán vigencia. Los artífices los que
trabajaban los metales y en ese tiempo con elementos muy rudimentarios. Pero allí se perfilan
los orfebres, y los herreros, también están los textiles. Finalmente vienen los alfareros. Se nos
dice que vivían en medio de plantíos y cercados y que el rey había elegido ese lugar para vivir.
¿Cuál sería la causa que le llevó al rey para vivir allí? Era un lugar de paz y seguridad, a nadie
se le ocurriría que en ese lugar estaba el rey. Por consiguiente, ellos los alfareros servían al rey
en toda necesidad que tuviera. Para el alfarero elegir un lugar con plantas, era indispensable, las
piezas hechas de barro o arcilla, tendrían que secarse a la sombra para que no se rajen por el
calor del sol. Además, cercadas para que sean protegidas de los animales que pudieran andar
por allí. El peligro es justamente ese que sean destruidas por las bestias. Luego que el material
está endurecido se lo introduce en el horno para su cocción. Sus trabajos eran solicitados para
hacer pieza de barro, que servían para muchas cosas.

Me imagino la felicidad de estos alfareros, que el mismo rey haya elegido ese lugar para vivir
rodeado por ellos. Es muy probable que sus ministros pertenecían a esas familias y allí se
desarrollaban todas las actividades del reino. De allí salían las órdenes para todo lo que el rey
dispusiera. Francamente era un trabajo envidiable, y gratificante. Quedan también para nuestra
consideración los ganaderos. Estos hombres buscaron los mejores lugares para apacentar su
hacienda. Donde había buenos pastos y tierra ancha y espaciosa. Sin duda que esta tarea
también tiene sus satisfacciones porque se disfruta de la libertad y la amplitud. La oración tiene
aquí un lugar muy destacado, la victoria en estas guerras de expansión contaban con la mano de
Dios, porque ellos oraban a él y Dios les daba la victoria, sabían esperar en los resultados que
Dios les daría, y nunca fueron avergonzados, siempre tuvieron una respuesta positiva, porque
esperaron en Dios. Estos eran los tiempos, cuando gobernaban los jueces.

31
CAPÍTULO XI

EL PUEBLO SE FUE ORGANIZANDO

Hay un ministerio de alabanza que es fundamental, en primer lugar, porque Dios lo merece, y
segundo porque siempre los pueblos estarán unidos en torno a una fe común. No importa cuál
sea la creencia, pero está demostrado que la religión une a los pueblos y los hace más valientes
y osados, como así también determina la cultura que tendrán. De esta manera surgen los
valientes que fueron desde la antigüedad, los valientes de renombre, que conquistaron pueblos
y naciones. Se dice que eran escogidos, y esforzados, jefes de familias. Ulam era uno de estos
hombres valientes y esforzados, sus hijos se destacaron, como flecheros diestros en la guerra.
Era una gran familia, casi indestructible, nadie les podía hacer frente. Se dice que había
veintiséis mil de estos valientes, que conformaban un ejército formidable. Con estos datos
recogidos aquí, iremos a los tiempos de los reyes de Israel, porque esa historia es muy
apropiada, para explicar hechos que sucederán en el futuro. El desarrollo de las comunidades,
de los grupos sociales, de las familias y de los pueblos y naciones, tienen un factor en común,
que los une y les determina el curso de su historia. Los conflictos, las conquistas y las victorias,
o el sometimiento, cuando pierden la batalla. Lo que sigue tiene que ver con lo que estamos
diciendo, conflictos, fracasos, triunfos y pérdidas.

El pueblo demanda un rey

La nación está convulsionada, el rey anciano ya, hace mucho tiempo se ha retirado de la vida
activa. La preocupación es ¿Quién ocupará su lugar, cuando él ya no esté? ¿Cuál de sus hijos
ocuparía el trono de su padre? y como ocurre siempre hay muchas dudas, sobre cuál sería el
mejor y que convenga al pueblo. El primogénito que por tradición le correspondería, había sido
muerto por su propio hermano, en venganza por la violación de su hermana, lo cual se
consideraba una aberración e incesto. El segundo llamado Daniel, era un joven pacífico, muy
alejado de los intereses que perseguían sus hermanos, y tal vez aconsejado por su madre una
piadosa mujer, para que se mantenga apartado de los conflictos e intrigas que se gestaban en la
efervescencia de los días finales del rey su padre.

El fratricida que era el tercero de los hijos del rey, fue expulsado por su padre de su presencia.
¿Quién era el culpable al fin, de todas estas cosas que estaban sucediendo? El propio rey, por
no haber tomado medidas cuando su primogénito violó a su hermana. Dejar las cosas como
están, es malo cuando hay que tomar medidas y resarcir el daño. Él no tomó ninguna medida
sobre su hijo primogénito Amnon, no obstante haber destruido la vida de su hermana,
violándola en su propia casa, valiéndose de un ardid. Entonces Absalón que era hermano de
Tamar, no solo por parte del mismo padre, sino que ella era hija de la misma madre, hija del rey
de los filisteos Así que, llegado el momento oportuno, vengó a su hermana matando al violador
Amnon. Pero esto lo sufrió mucho el rey David y expulsó a su hijo Absalón de su lado.
Después de haber sido expulsado se le perdonó volvió a su casa, pero su padre no queso verlo,
y esto aumentó el desprecio de su hijo.

Este joven consiguió acumular más encono en contra de su padre, pues, aunque le permitió
regresar al país, no quiso verlo y esto empeoró las cosas. El rey su padre sabía que estaba
cosechando lo que él había sembrado, en su momento, él también no solo había cometido
adulterio con la esposa de uno de sus principales oficiales, sino por querer ocultar el hecho, lo
mandó matar. Entonces las consecuencias de los graves conflictos familiares, eran el resultado
de eso. Con el enojo y el resentimiento que ardía en su corazón, este joven fratricida se sublevó

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contra su padre, con el intento de arrebatarle el reino, pero los militares fieles y leales a su
padre lo vencieron y lo mataron en el bosque.
El cuarto hijo inteligente y astuto no perdió tiempo, él sería el rey si lograba el apoyo de dos
personajes muy influyentes y de categorías apropiadas para lograr su colaboración. El
comándate en jefe del ejército y uno de los principales sacerdotes, muy cercanos al rey.
Logrado esto comenzó los preparativos para poder lograr su propósito, proclamarse asimismo
rey de la nación. ¿Dónde sería el lugar más apropiado para lograr este objetivo?, Hebrón donde
su padre fue coronado rey. Su hermano que murió en su intento por usurpar el trono de su
padre, lo había logrado en parte, conquistando el corazón de la gente, mediante adulaciones y
palabras apropiadas, con atenciones inusuales en los reyes o sus hijos. El cuarto hijo se propuso
usar otro método, formaría una escolta en primer lugar, asegurándose de esta manera, su propia
persona. Comenzó sus correrías por distintos lugares, mostrando su importancia, lo cual daba a
entender que el propio padre estaba de acuerdo, porque nunca había querido entristecerlo,
negándole ese derecho, sin embargo, sus intenciones no fueron advertidas por el rey su padre,
pese a haberle ya ocurrido una vez con su otro hijo. Esto demuestra que cuando una persona es
muy mayor, se torna más flexible y considerado, parece no creer que un propio hijo lo
traicione. Las situaciones estaban dadas, la expectativa de la nación, de un próximo gobernante,
no podían esperar más. (Pocos sabían que ya el rey tenia elegido su reemplazante, y él se lo
había jurado a la madre, que su hijo ocuparía su trono).

Adonías había logrado todos los preparativos y los acuerdos, solo quedaba por llevar acabo el
acto de ordenamiento como rey. Preparó un gran banquete e invitó en primer lugar al jefe del
ejército y al sacerdote, quien aspiraba también el puesto de Sumo Sacerdote. Cuando se hace la
proclama de viva el rey Adonías, el profeta de Dios habló con la madre del joven que tomaría el
lugar de su padre y le aconsejó, que hable con el rey, y le pregunte si era por disposición del él
que reinara Adonías, y le recordó el juramento que le había hecho a ella que el rey sería su hijo
Salomón.

El anciano rey se estremeció al escuchar la noticia e inmediatamente mando llamar al profeta,


que estaba por allí esperando la respuesta del rey, y le ordenó que vaya con el otro sacerdote,
otro militar de alto rango y ungieran a Salomón como rey de Israel. Cuando la gente que estaba
en el banquete y apenas habían terminado el almuerzo, oyeron un gran estruendo, la proclama
del rey verdadero ordenado por el rey y por promesa de Dios, con mucha anticipación. El
encuentro se disolvió, cada uno se fue a su casa y el pretendido rey huyo y se asió de los
cuernos del altar en el templo. Esta era una medida extrema cuando una persona peligraba la
vida, siempre con la esperanza que en ese lugar nada se haría para no profanarlo. Lo trajeron
delante del nuevo rey y este le dijo: Vete a tu casa, se fue feliz de que por el momento no
habían ordenado su muerte, por conspiración. Un tiempo después mandó hacer un pedido por la
madre del rey Salomón, referente a la joven que había sido dejada en el palacio, la cual en vida
del anciano rey le servía. Como Salomón el nuevo rey estaba enamorado de ella, pero no podía
conseguir su corazón, porque ella ya tenía su novio para casarse, se encolerizo con el pedido de
su hermano y lo mandó matar. Poco tiempo después, hizo matar al general, comandante en jefe
del ejército, por su alianza con el conspirador. Al sacerdote lo desterró alejándolo de su
presencia.

Así se fue consolidando el reino, se fue extendiendo y ocupando casi todo el occidente asiático.
Es el único tiempo en que esa tierra fue totalmente conquistada, y gozando de paz y progreso;
la industria del hierro, bronce, oro, plata y las perlas preciosas, era algo muy preponderante en
ese tiempo. Este reinado duró 40 años, y la paz era lograda al fin de tantas situaciones difíciles
y conflictos internos. Este era el ideal, una nación libre y soberana.

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Sueño largamente acariciado por tantos visionarios, gobernantes y estadistas del mundo. Este
rey que tuvo un reino tan maravilloso y con un despliegue de tanta belleza y riqueza, fue
perturbado en los últimos tiempos debido a los errores que el mismo rey cometió. Viendo la
disconformidad del pueblo trató de tranquilizarlos por la fuerza, aumentó los impuestos, se hizo
un tirano y se entregó a una vida de placeres y orgías. Esto empeoró la situación, y comenzaron
a conspirar contra él, en este caso no eran sus hijos como en el caso anterior, ahora eran
hombres destacados, sobre los que mucha gente estaba poniendo su esperanza, para que los
librara de la tiranía del rey. Con su muerte hubo un respiro y todos esperaban grandes cambios
al asumir su hijo. Mas no fue así, todas las provincias del norte no aceptarían su reinado, sino
bajo ciertas condiciones. Se realizó una convocatoria para decidir. Uno de los sublevados que
estaba exilado en Egipto, porque lo habían querido eliminar por orden del rey Salomón cuando
vivía, ahora había regresado y encabezaba la rebelión de todas las provincias del norte.

El nuevo rey joven e inexperto, consulto a los ancianos en primer lugar como correspondía,
pero luego cambió de parecer y fue a los jóvenes sin experiencia como él. Cual fue el resultado,
que los jóvenes aconsejarían desde su perspectiva y manera de ver las cosas. En lugar de
disminuir los impuestos que gravitaban sobre una nación sufrida y desesperanzada, propusieron
aumentarlos y tratar con más rigor a los ciudadanos, aduciendo que lo que ellos pedían, era por
pura ociosidad. Nada más equivocado, primero dejar de lado el consejo de los ancianos y
segundo creer que el rigor mejorará las cosas, todo lo contrario. Siempre el hombre ha luchado
por su libertad a cualquier precio, y la mejor forma de dejarlo conforme es satisfaciendo sus
necesidades, no agravándolas.

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CAPÍTULO XII

REYES PROFETAS Y SACERDOTES

El período que sigue pertenece al tiempo de los reyes de los dos reinos, el norte y el sur, Israel
y Judá, y los profetas que Dios levantó en los tiempos de estos reyes y también la participación
de algunos sacerdotes, que ayudaron en los tiempos de estos reyes a la nación de Judá,
especialmente.

El hijo de Salomón, Roboam, tuvo un corto reinado solamente diecisiete años, y murió por su
mal comportamiento. En su lugar reinó su hijo Abiam, pero su comportamiento fue pésimo,
peor que su padre y solo reino tres años. Entonces vino Asa su hijo y reinó cuarenta y un años
en Jerusalén. Este fue un buen hombre y tuvo un reinado feliz, era un hombre celoso de la
pureza de la vida espiritual del pueblo de Dios. Destruyó a los sodomitas, e inclusive privó a su
madre de ser reina madre porque se había hecho un ídolo, una imagen de talla en su casa, lo
que estaba y está prohibido en la palabra de Dios (Éxodo 20:3-5). Pero cometió el error de
hacer alianza con un rey pagano para poder vencer a los ejércitos del norte y fue causa de su
fracaso. Cuando murió ocupó su lugar su hijo Josafat, este fue un buen rey hizo cosas muy
importantes como, por ejemplo: la destrucción de los ídolos que sus padres había levantado.

La historia de los reyes es muy interesante, hubo reyes buenos y otros malos o muy malos. En
ese tiempo Dios levantaba profetas para amonestar al pueblo y los a mismos reyes. Los
hombres piadosos como Josafat, Uzías, Ezequías, Josías, recibieron esas amonestaciones y
consejos y las respuestas cuando ellos consultaban a Dios, para conocer su voluntad y
propósitos en el reino que dirigían.

Finalmente, la nación toda y sus reyes se apartaron de Dios y sucumbieron bajo el poder de
otros reinos, Asiria y Babilonia. Con el tiempo regresaron, pero no disfrutaron de libertad,
siempre estuvieron bajo el dominio extranjeros, y los que no quedaron en Palestina, estaban
dispersos en distintas naciones como Rusia Alemania, Austria, Hungría, y demás pueblos de la
tierra, donde debido a la persecución eran diezmados como en Alemania, España y Rusia, hasta
1948 con la instauración del estado de Israel. El futuro de esta nación, los judíos, está
determinada en las profecías y por consiguiente todas las naciones del mundo, tiene sus días
contados. En el mundo se producirán cambios tan grandes, en un camino descendente de
inmoralidad y corrupción, que van a precipitar los juicios de Dios, como ocurrió en el pasado.
Este tema es muy amplio y prefiero dejarlo aquí para terminar lo que me propuse al escribir:
“Destellos de Historia”

Conclusión: Espero que estos relatos, pese a su antigüedad, sirvan para entender los propósitos
de Dios para los hombres individualmente y para las naciones. Como dijo el gran historiador
inglés Arnold Tonibee: La historia tiene sentido y propósito, cuando sirve para cumplir ese
propósito, que es conducir a los pueblos por el camino de grandeza y moralidad. Aprendiendo
lo que conviene o no, para ese fin.

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