Anda di halaman 1dari 3

CUESTIONES DE LA CLÍNICA CON ADOLESCENTES, HOY

Susana Dicker*

Eric Laurent nos recuerda que “la institución familiar oculta, pone un velo, disimula el traumatismo
que está en el centro de toda formación humana: el goce”.1 Pero ¿qué ocurre cuando la familia
como institución sufre las consecuencias de los avatares de la época y flaquea en su lugar de alojar
las subjetividades y producir significaciones y referencias de identificación y de filiación?

En el mismo texto, Laurent cita a Lacan en “Dos notas sobre el niño”,2 cuando éste define las
funciones del padre y de la madre. Para ésta “en tanto sus cuidados están signados por un interés
particularizado, así sea por las vías de sus propias carencias”. Para el padre, “en tanto que su
nombre es el vector de una encarnación de la ley del deseo”. ¿Qué ocurre, entonces, cuando la
impronta simbólica de la familia, a través de esas funciones, se ve obstaculizada y, en su lugar, se
produce un borramiento de esas funciones y una dispersión de identificaciones?

Tomo estas dos referencias en relación a tres pequeñas viñetas clínicas, heterogéneas entre sí, así
como singulares son los sujetos y sus padecimientos, de los cuales se trata. No obstante, hay algo
en común que pone en serie los tres ejemplos: detrás de la singularidad del síntoma, en los tres
casos hay padres jóvenes y exitosos, tomados totalmente por el empuje exitista de la época.

C es una adolescente de catorce años, cuya madre pide una cita, angustiada, después de que su
hija llegara una noche presa de una fuerte borrachera. Buena estudiante, hija ordenada, hasta
ahora no había traído dificultades en su crianza, salvo un novio un poco mayor y de otra raza, lo
que no es recibido con agrado por parte de sus padres. A través de las sesiones con C, lo que más
se destaca es cierta tristeza que atribuye a una ausencia de los padres. Ambos, ejecutivos de
jerarquía en empresas importantes, trabajan todo el día. Llegan a la noche, cansados y no se
comparte nada familiar, a lo sumo una película por TV. Alguna vez esta hija les llevó la queja y la
respuesta fue: “¿Qué quieres? Trabajamos para que tengas ese auto de tal marca, para que tengas
tus vacaciones, para que tengas tu linda casa”.
L tiene 12 años y sus padres llaman, afligidos, pues está a punto de perder el año en el colegio e,
incluso, cabe la posibilidad de que sea expulsado del mismo. Ha decaído en sus estudios pero,
además, es acusado de varios actings severos donde los afectados son sus compañeros. Sus
padres, jóvenes ejecutivos, están fuera todo el día, por lo que para L, ese tiempo transcurre entre
sus tareas, la compañía del chofer y los juegos con sus hermanitos más pequeños y la empleada
de la casa. Aquí ocurre algo similar que con C: “tenemos que trabajar si quieres todo lo que tienes”.

M, de 16 años, tiene atemorizados a sus padres pues “está deprimido”; pero, más allá, se enfrenta
a su madre en discusiones explosivas que les hace muy difícil la convivencia. Su padre, un alto
ejecutivo de una multinacional, ha sido trasladado a este país y a M le cuesta la adaptación a sus
compañeros, a “esta cultura”, a perder a sus amigos con cada cambio de país, etc. No encuentra
mucho sentido a la vida, después de dos desilusiones amorosas. Pero, un mes después de
iniciadas las entrevistas, confiesa lo que considera es su inclinación homosexual. Se escribe con
amigos y les cuenta, incluso está seguro de estar enamorado de uno de ellos, hasta que un
hermano descubre sus correos, alerta a los padres, estos se desesperan, se angustian, piden una
cita… y M cede. En una sesión dice: “Eso ya estuvo, ya pasó, lo tengo que olvidar”. Ahora sucede
algo nuevo: el padre decide dejar la multinacional, quiere afincarse en un solo lugar por su hijo…
y éste se aflige, porque el nombre de la empresa es lo que representa al padre y lo representa a
él. Algo tambalea sin el respaldo de esa representación que parece venir al lugar de una
nominación desfalleciente.

Interrogar la época y sus efectos sobre el sujeto es parte del compromiso de los analistas que,
desde su práctica, son testigos de los mismos. Pero no meros testigos, puesto que de un modo o
de otro, están llamados a dar respuesta al sufrimiento de quienes consultan.

¿Qué hay de común en la queja de estos tres adolescentes, cuando son escuchados en sesión?
Justamente algo que hace eco de lo que no dejamos de leer en la actualidad: cada vez hay menos
“hogares”. Las casas se constituyen en lugares de relevo, de paso para quienes las habitan. Entrar
y salir en los intervalos que deja la vida laboral y profesional, sin que haya espacio ni tolerancia
para una demora en el otro, para libidinizar los intercambios en encuentros que, las más de las
veces, son vividos como un entorpecimiento a la eficiencia. Intercambios libidinales que son
sustituidos por llamadas al celular de cada hijo desde el celular de cada padre: “¿cómo te fue hoy?”,
“¿estás haciendo tus tareas?”, “No te olvides que tienes clases de…” allí donde cada padre trata de
alinear su función con tantas otras que lo atrapan a diario, haciendo de agente del orden.
Conciencia que se acalla pero que no puede dar respuesta a qué es ser padre, en tanto da lugar a
la norma pero no se constituye en un acto con consecuencias.

Nuevamente una oportunidad de articular teoría y clínica a partir de la referencia al texto de


Laurent quien, desde el Seminario XVI de Lacan rescata el sueño del neurótico, el famil, el deseo
de completarse con una familia: “El padre no es más que un sueño del neurótico quien, para
inscribirse en el Otro, desea ser padre de familia”. Un padre de familia que no necesariamente será
quien sostenga la función del significante del Nombre del Padre, significante que da garantía del
sujeto y que le permite inscribirse en la civilización puesto que su función es la de “autorizar una
relación fiable con el goce”.3

Historias de familias bien constituidas -así como testimoniaría un informe psicológico-, hechas de
padres con buenas intenciones, padres de familia con un ideal a sostener para sus hijos, para su
familia, para ellos mismos. ¿Se puede hacer una crítica de ello? El punto está en el momento en
que ese Ideal se convierte en mandato superyóico y no da respiro; allí donde estos padres de
familia son presas de “la dictadura del a” que “hace estallar el matrimonio, dispersa la familia,
modifica los cuerpos”.4

C, L y M saben qué quieren sus padres: no pueden detenerse porque quedarían fuera de la
maquinaria del mercado laboral; no pueden detenerse porque quedarían del lado de los “loosers”;
no pueden detenerse porque todo un entorno social aprueba su esfuerzo y su capacidad; no
pueden detenerse porque no se atreverían a hacer otra cosa; no pueden detenerse -y aquí la
paradoja está hecha de goce-, porque también estos hijos que ahora se quejan de soledad, quieren
un padre representado por el nombre de una multinacional, quieren el carro de la marca más
afamada, quieren las vacaciones en una pista de esquí, quieren el juego de última generación, etc.

El neurótico quiere ganarlas todas, aunque sea a costa de inhibición, síntoma y angustia. Y eso
revela la clínica con estos adolescentes: su soledad, su desorientación, la desilusión respecto a
sus padres y, sin embargo la otra cara que se desliza en sus discursos: el orgullo por unos padres
que saben hacer en este mundo competitivo, unos padres que están del lado de los triunfadores,
unos padres a los que se puede nombrar: “es presidente de…”, “es gerente de…”, aunque ellos
también paguen con la libra de carne de su ansiedad, de sus síntomas somáticos, de la deuda con
sus hijos, que es deuda de deseo.

Actualidad que no podemos desconocer ni juzgar porque no estamos fuera de ella. Pero estamos
advertidos de las bondades del lazo al Otro y de las consecuencias de que los objetos sean
simplemente metonímicos, sin que se articulen en el fantasma de cada sujeto dando dirección al
deseo y al goce. Allí está el espacio que ofrece el analista, otro objeto del mercado, dice Lacan.
¿Qué implica esa oferta que hemos aprendido a repetir: se orienta por lo imposible, se hace cargo
de ese resto que la civilización de la ciencia desecha…?

C, L y M, cada uno en su estilo y cada uno en sus propios tiempos, abren en el análisis sus
preguntas, pero también van encontrando respuestas para “soportar la inconsistencia del Otro”,
para hacer una demanda allí donde estaba la queja silenciosa y la complicidad del síntoma, del
acting out o del pasaje al acto; pero también van encontrando sus respuestas singulares para
poner un límite a ese goce mortífero en que quedan presos de “la dictadura del a”.

Si el psicoanalista se orienta por lo real del síntoma, es que apuesta a que ese imposible es causa
del síntoma, pero también del lazo social. Oportunidad de transferencia con el niño o el
adolescente, pero también con sus padres. Oportunidad para poner la libido en movimiento.
Oportunidad de un paréntesis en el tiempo loco del mandato superyoico y la apuesta a los tiempos
lógicos: de ver, de comprender y de concluir.

Para finalizar tomaré una pregunta que se hace el mismo Eric Laurent y que emplea como
subtítulo: “¿Qué cambia entre el niño y el adulto?” La respuesta la encuentra en Lacan: lo que los
separa es la ética que cada uno se hace de su goce. La “grande personne” es aquella que se hace
responsable de su goce.5
Esto vectoriza la particularidad del psicoanálisis y del psicoanalista cuando asume la
responsabilidad de conducir un análisis. Pero también nos pone atentos a la salida que Laurent
propone para el análisis de un niño: la construcción de ficciones reguladoras que le permitan
operar de algún modo y donde se trata de no apostar sólo al padre. Se trata, entonces, de saber
hacer con lo simbólico y lo imaginario a partir de lo real. ¿Puede ser esta una salida para nuestros
adolescentes en la época de la declinación del padre?

Si ser un padre, según Lacan, es “tomar a una mujer como causa de su deseo y volverse
responsable del niño que con ella trajo al mundo… la versión de qué fue un padre para ese hijo
no puede más que aprehenderse de a uno”.6.

* Analista Miembro de la Escuela (AME) de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) y de la Asociación


Mundial de Psicoanálisis (AMP). Directora de la NEL-Guatemala
1 Laurent, Eric, Las nuevas inscripciones del sufrimiento en el niño”. En: “Psicoanálisis con niños
y adolescentes. Buenos Aires: Gramma Ediciones, 2007. Pág. 40
2 Cfr. Lacan, Jacques, Dos notas sobre el niño. En: Intervenciones y textos 2. Buenos Aires:
Manantial. Pág. 55 – 57.

3 Laurent, Eric, Op. Cit. Pág. 46


4 Miller, Jaques-Alain, Una fantasía. En: Lacaniana 3. Revista de la EOL, Buenos Aires. Citado por
Fabián Naparstek en: “La ciudad de la fiesta”. En “Patologías de al identificación en los lazos
familiares y sociales”. Buenos Aires: Gramma Ediciones. 2008.
5 Cfr. Laurent, Eric, Hay un fin de análisis para los niños. Buenos Aires: Colección Diva. 2003. Pág.
23.
6 Tendlarz, Silvia H., Lo patológico de la identificación. En: Patologías de la identificación en los
lazos familiares y sociales. Buenos Aires: Gramma ediciones. 2007. Pág. 30