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Los pequeños gigantes

Una lectura muy querida de mi juventud fue Los viajes de Gulliver de Jonathan
Swift. Una parte muy difundida de la obra es cuando Gulliver despierta en una tierra
extraña tras el naufragio de su barco, ocurrido la noche anterior. La sorpresa de Gulliver
es encontrarse atado, ¡sujeto firmemente al suelo!.. Atado por lo que en ese momento
parecían pequeños duendes malévolos pululando a su alrededor, en realidad eran
personas minúsculas. ¿Por qué lo hacían preso? ¿Cuál era su culpa? Quizá sea sólo esto:
el hombre odia a lo que teme, y teme a lo que no conoce o envidia.

¿Cuántos hombres excelsos no han sucumbido por el temor de los liliputienses? La


historia está plagada de magnicidios, como el ayepto juicio de Sócrates, o la inquisidora
hoguera que segara a Giordano Bruno, entre muchos otros. Es tristemente común ver a
la filosofía y a los filósofos sujetos al suelo, por el sentimiento de horror y espanto que
ocasionan a las almas ordinarias. Este tipo de temor es hacia lo desconocido, como la
neblina al navegante… con un puerto que nunca se alcanza, que nunca clarea.

Pero el peor enemigo de la actividad filosófica no es el hombre común, sino el ilustrado;


y no el ilustrado común, sino el filósofo; y no cualquier filósofo, sino el filósofo
demasiado humano. El filósofo demasiado humano no ha aprendido de la filosofía,
acaso sólo la ha visto -en el mejor de los casos-, como un compendio de sistemas,
teorías, argumentos y proposiciones. Jamás como una actitud de vida. No ha logrado
formar en su alma las virtudes que le son necesarias a su actividad. ¡Prudencia!,
¡humildad!, ¡rigor intelectual!, ¡coherencia! y más…

Debo decir que frente al filósofo demasiado humano se tiene -al menos por oposición
lógicamente necesaria- al filósofo no demasiado humano, ¡al filósofo casi divino! Es así
como Platón se refería al verdadero filósofo; ¡al único que debe ser nombrado filósofo!
A colación recuerdo cierto pasaje en el diálogo de la República. Refiriéndose Platón a la
prudencia y a la mesura -para el dominio de la concupiscencia-, compara esta virtud con
ser comensales en una mesa. Pues quien observa con apetito las viandas próximas a
serles servidas, es por completo desmesurado. Quien por el contrario espera a ser
servido, guardando gravedad y dignidad, debe ser considerado un hombre mesurado.
Mas quien ya sentado a la mesa rechaza el pábulo, por considerar que no le hará bien a
su alma, a decir de Platón, se sienta en la mesa con los dioses… ¡es casi divino!

Hay filósofos que aspiran a la divinidad, buscando perenemente poner sus creencias al
arbitrio de la razón. Hay filósofos que buscan ser congruentes con lo que piensan, dicen
y actúan. Hay filósofos que les quema su mediocridad, fuego griego que arde aun en
presencia del agua, no nos deja dormir… el descanso se vuelve tormento. Hay filósofos
que por el contrario, tienen creencias inamovibles, como pesadas lapidas en el
cementerio de la creatividad, ahí donde ya nada germina. Hay filósofos que no procuran
la congruencia, ¡la desestiman! como frugales idealidades. De su lengua sale ponzoña o
aparente melodía; de sus acciones cosas por completo distinto de lo que dijeron, y sus
almas… ¡de sus almas!.. ¡nadie las conocen! Hay filósofos que no son abrasados por su
mediocridad, la apatía es su círculo del infierno, pero ya no padecen. Quizá el
conformismo sea suficiente castigo para estos seres.

¿Y nosotros…? ¡Cada uno de nosotros! Los filósofos profesionales y los que no lo son,
¡éstos!, los más genuinos, si aún perviven filósofos fuera de las universidades. ¿Qué tan
cerca estamos de ser divinos o demasiado humanos? Me inclino a creer con larga
desesperanza, que en nuestras almas pulula más la pequeñez de los liliputienses. ¡Ahí!
donde opera el conformismo y la pereza; ¡ahí! donde erigimos estatuas estultas a
nuestras creencias y opera la soberbia. ¡Ahí! donde no moleste la incongruencia… ¡ahí!,
en una etérea región de nuestras almas, se tiene bien asida al suelo la alada filosofía.

¿Y cómo hacer que vuele ésta divina?,


si a poco como el coco se le teme
y vuelve pues a su celda.

Y si bella y justa la filosofía sólo es divina


cuando cuestiona y no se conforma,
cuando destruye… ¡aniquila!
entonces se le considera ¡soberbia!

Eres tú, filosofía, temida por ser mal entendida,


y temida por ser envidiada.
¡Pedir a aquél que no conoce, se cuestione!
¡Pedir a aquél que te envidie, te posea!

Es tan entrañablemente doloroso como estéril;


es un reclamo eterno que de Sócrates nos ha llegado,
y en murmullos esténtores por toda la historia.

Si el filósofo demasiado humano te ata acusándote


de soberbia, ¡se entonces rebelde y no aceptes tu suerte!
¡Gulliver!, ¡levántate!, que ya inició el día.

Adriel

El poeta Mezquino

PS. Mi lucha diaria es contra los liliputienses, tanto los que habitan en mi alma, como
los que me topo en la vida. Grande es sin embargo el Gulliver inquisidor, amante de la
sabiduría. Habita pues en mi alma la grandeza y la pequeñez. ¿Acaso sólo podemos
aspirar a ser pequeños gigantes?..

¡Pero cuanto sufro por no alcanzarte!, ¡divina filosofía!