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Hambruna roja

Red Famine

LUIS LUQUE | 21 FEBRERO 2019

Autor: ANNE APPLEBAUM

Debate. Barcelona (2019). 591 págs. 26,90 € (papel) / 12,99 € (digital). Traducción: Nerea Arando Sastre.

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El Holodomor, la hambruna provocada por Stalin en Ucrania a principios de la década de 1930, ha marcado por
décadas el subconsciente colectivo de ese pueblo de Europa oriental que, aún hoy, cuando el espíritu del sátrapa vaga
por las salones de mando del Kremlin, sufre las consecuencias de estar –parafraseando a Porfirio Díaz–, “tan lejos de
Dios y tan cerca de…” Rusia.

En Hambruna roja, la periodista y profesora Anne Applebaum se acerca a un fenómeno histórico sobre el que Kiev y
Moscú tienen narrativas distintas: el de aquella escasez innecesaria, artificialmente creada por las autoridades
soviéticas para doblegar las ansias emancipadoras de los ucranianos, “culpables” de habitar unas tierras fértiles que
hicieron del país un granero abastecedor de Rusia, desde donde, sin embargo, se miraba con desdén a la que
consideraban –y probablemente aún consideran– su “provincia del suroeste”, comarca de toscos campesinos que, más
que lengua propia, hablan un “dialecto” del ruso.

Vale decir que las decisiones de Stalin entre 1932 y 1933 no fueron el primer atropello contra los ucranianos. Desde el
tiempo de los zares el territorio había sido objeto de despojo en interés de Rusia, pero la práctica continuó con el
triunfo, en noviembre de 1917, del golpe de Estado de Lenin, a quien la Historia ha tratado con menos dureza que al
georgiano.

Sin embargo, una primera crisis de alimentos ya se había vivido bajo el mandato de Lenin, que en 1921 había ordenado
la requisa del grano ucraniano para alimentar a las ciudades rusas, sin reparar en métodos: “Llévense de cada aldea
entre 15 y 20 rehenes, y si no se cubren las cuotas, llévenlos al paredón”, ordenaba en el otoño de aquel año el “líder
del proletariado mundial”.

Stalin, a su hora, siguió la pauta, pero con una diferencia: si la hambruna de los años 20 no se disfrazó, y a
regañadientes se aceptó ayuda de EE.UU., en la de 1932-1933 a nadie se le permitió echar una mano. La tragedia tuvo
lugar en medio de un frenesí exportador de cereales por parte del régimen, interesado en adquirir maquinaria e
industrializar el país a marchas forzadas. Todo valía para tal fin, y las brigadas de confiscadores aterrorizaban a los
campesinos ucranianos, a quienes infligían terribles castigos por guardarse siquiera un puñado de granos. El solo
hecho de permanecer vivo se convirtió en motivo de sospecha. Y de palizas y registros. El canibalismo no fue
infrecuente.

La mezcla de políticas erráticas, como la colectivización forzosa y la saña contra los labradores más productivos, más
los factores climatológicos y los caprichos criminales de un dictador que en el momento más crítico se negó a ayudar a
Ucrania –“ya hemos entregado más que suficiente a ese territorio”, llegó a decir–, fraguaron en casi cuatro millones de
muertos. Cuatro millones de almas que todavía piden reparación, y que, al parecer, seguirán pesando como plomo en
las relaciones bilaterales.

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