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ESTADO Y NACIÓN EN LAS CONCIENCIAS ESPAÑOLAS:

ACTUALIDAD E HISTORIA

Hace quinientos años, casi exactamente, el 10 de mayo de 1481,


en este mismo glorioso edificio donde tenemos la suerte de encon-
trarnos, el cardenal Joan Margarit, obispo de Gerona y representante
diplomático de los Reyes Católicos, se dirigía al Senado de Venecia:
Sí oraturus essem pro rebus aliis quibuscunque, quae ad
vitam, quae ad statum, quae ad rem publicam pertinerent, ora-
tionis coloribus et sermonibus orationem pro viribus exornare
curarem...
No se asusten. No seguiré hablando latín. Pero otro texto del
cardenal Margarit, también en latín y probablemente del mismo año,
interesa el tema que me propongo tratar aquí: ¿qué son, en el caso
español, imperio, estado, nación, patria?
Se trata de la Dedicatoria del « Pardipomenon Hispaniae » que
Margarit dirige a los Reyes, en el momento en que acaban de poner
sitio a la ciudad de Granada. El matrimonio de Fernando e Isabel,
dice la Dedicatoria, ha hecho la unión « utriusque Hispaniae, citerio-
ris et ulterioris », las cuales se habían quedado, desde los lejanos
tiempos de los Romanos y Godos, « semper divisae, nunquam sub
eodem imperio »; ahora la empresa de Granada contra el rey « bé-
tico y mahometano », va a acabar felizmente con la vergüenza de ver
«ipsius Hispaniae partem occupatam », « in magnum regum Hispa-
niae non minus oprobium quam jacturam ». Y reinarán los cristianos
« in tota ipsa Hispania ».
Nuestro colega, mi amigo Robert B. Tate, a quién debemos la
espléndida reconstitución del « caso Margarit », nos advierte que
los textos citados « no deben leerse con los ojos de los historiadores
catalanes del 1900 ». Conviene también, al pasar del latín huma-
nístico del Cardenal a nuestro moderno vocabulario, tomar grandes
precauciones.
Noto, por ejemplo, como José Antonio Maravall, en su tan justa-
mente famosa obra « El concepto de España en la Edad Media »,

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glosando la misma « Dedicatoria » de Margarit, escribe, contraria-
mente a la edición de Tate, «in magnum regnum Hispaniae opro-
bium » y no « in magnum regum Hispaniae oprobium ». La palabra
regnum permite a Maravall concluir che bastó la empresa de Granada

« para que este regnum que latía en nuestra conciencia medieval


se exalte como el gran reino de España ».

Bien. Pero si la versión regum, y no regnum, es la auténtica (y


correcta), lo que se reconoce no es la unidad de la España medieval,
sino la pluralidad de sus reyes. Como esta misma pluralidad está
implícitamente acusada, en el texto de Margarit, de haber permitido
tanto tiempo la presencia de los Moros, el detalle no quita nada a
la tesis de Maravall. Pero se ve como la interpretación de un texto
puede sufrir por una pequeña « n » de más o de menos.
Consultemos ahora la traducción catalana del libro de Tate
sobre Margarit. Magnífica traducción, y de una muy buena amiga
mía. Pero ella me perdonará si confieso mi estupefacción al encon-
trar, en la versión catalana de la Dedicatoria, las expresiones unitat
ibérica y gairebé tot el imperi espanyol. Había para modificar buena
parte de mis ideas sobre la cronología del vocabulario político. Pero,
gracias a Tate, una versión muy cuidada del texto latín figura como
apéndice en el libro. Y no constan en ella las palabras « unidad
ibérica », y menos « imperio español ». Por « imperio » se entiende
solamente el gobierno, en manos de los Reyes, de una provincia más.
Que se me entienda bien. No he querido multiplicar exigencias
hipercríticas. He intentado sencillamente poner en claro la presencia
inconsciente (y, por eso, obsesional) de conceptos modernos en el
vocabulario histórico, como también, en el de los humanistas, y del
mismo Margarit, la obsesión de términos antiguos a menudo ana-
crónicos. Recuerdo que en la causa seguida contra Juana de Arco,
cada vez que Juana decía « país », el escribano eclesiástico ponía la
palabra latina « patria », de modo que en las traducciones francesas
del siglo XIX el patriotismo de Juana se parece al de Michelet o de
Gambetta! Maravall nos advierte que es imposible, antes del siglo
XVII, dar un sentito espacial a los términos Italia o España. Pero
no veo tampoco cómo las « Laudes Italiae » de Virgilio o las « Laudes
Hispaniae» de San Isidoro podrían constituir argumentos sobre
unidades políticas reaHzadas en mundos distintos: siglo XV o
siglo XIX.

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Me parecería, pues, delante de una selecta asamblea de hispa-
nistas, absurdamente presumido de mi parte, inútil por lo repetido,
y sin gran interés problemático actual, a pesar de los nombres ilus-
tres que se invocarían, meditar una vez más sobre las grandes con-
troversias de ayer entre historiadores.
No. No nos preguntaremos si España existía en tiempos de Vi-
riato, o si nació su personalidad de la dramática convivencia entre
Moros, Judíos y Cristianos. No nos preguntaremos si los valores del
Siglo de Oro quedaban ya « prefigurados » en el mapa cultural de la
España romana, o si lo hispánico profundo no latía más bien en las
tribus preromanas, moldes de los condados medievales y de las co-
marcas de hoy. No nos preguntaremos si la gesta de los Catalanes del
siglo XIV en el Mediterráneo se pueden o no equiparar con las ha-
zañas de los conquistadores de América. No. Pero lo que sí nos he-
mos de preguntar es cómo ha podido ser que talentos tan altos co-
mo los de un Sánchez Albornoz, de un Américo Castro, de un Me-
néndez Pidal, de un Bosch Gimpera, de un Ferran Soldevila, hayan
dedicado tanta pasión, tanta erudición, tanta inteligencia, como para
construir y proponernos imágenes del pasado español tan contradic-
torias, aunque cada una, en sí, coherente, seductora, aleccionadora.
Observemos que los grandes estados nacionales europeos (In-
glaterra, Francia, Alemania) habían demonstrado más tempranamen-
te, ya desde mediados del siglo XIX, este deseo vital de buscar en
una lejana historia el principio de su identidad, inspirando las gran-
des « historias nacionales », hoy envejecidas, pero capaces, en sus
tiempos, de alimentar durante decenios los catecismos escolares, y de
preparar movilizaciones tan eficaces como la del verano 1914.
¿Ha seguido España los mismos caminos? Ya sé que Joan Fuster,
con su inimitable capacidad panfletaria, se ha atrevido a escribir, en
un prólogo a una reciente antología del « discurso nacional» en la
España de Franco: « España es una invención de don Marcelino Me-
néndez y Pelayo ». Pero Francia también, tal vez mucho más, es una
«invención » de Michelet. O, mejor dicho, una hija suya. Pues la
define como una persona. Ahora bien: lo que don Marcelino inven-
tó, según Fuster (y es su aserción menos discutible) es Esapña como
ideología. En cuanto al siglo XX, en las obras ya aludidas, se nos ha
propuesto España como vividura, España como enigma, España co-
mo problema, España como concepto, España como preocupación,
Pero si vamos en busca de una « historia nacional » a la Michelet,
mitifiante, personalizante; dónde la encontramos sino en las Histo-

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rías de Cataluña de Rovira Virgili o Soldevila, para quienes, con evi-
dencia, « Cataluña es una persona », no un problema?
Ahí, sin duda, el drama mayor. En la España del siglo XX, la
herencia de las « naciones románticas » del siglo anterior, con su
carga sentimental, con su fuerza movilizadora, ha recaído menos so-
bre el estado-nación históricamente constituido, que no sobre algu-
nos de sus componentes etno-lingüísticos de la periferia, no solamen-
te reacios a la centralización asimiladora, sino capaces de volver a rei-
vindicar, y a reconstituir, con fuertes ingredientes historicistas, su
propia identidad. He dicho drama. Es que pienso en la terrible gue-
rra civil. En los dos campos, el mismo vocabulario patriótico exalta-
do ha denunciado las intervenciones extranjeras, llamado a la defen-
sa « de España ». Pero en el campo que se ha designado a sí mismo
como nacional, se ha denunciado también, y mucho más, el riesgo
de disociación de la unidad histórica de la nación, voluntariamente
confundida con el estado. Unidad amenazada por los autonomismos,
calificados de separatismos, a lo menos el vasco, y el catalán. Viene
la victoria de los nacionales. El mismo vocabulario anuncia una era
de unidad estatal impuesta, de una ideología unitaria difundida, sin
discusión, en las escuelas, en la prensa. Y eso dura cuarenta años.
O poco menos. Si una ideología nacional fuese esencialmente, como
afirman ciertos teóricos, obra del « aparato ideológico hegemónico
de estado », el problema de la unidad española hubiera debido resol-
verse, al cabo de tanto tiempo, según las esperanzas del partido ofi-
cial, el cual, después de todo, compartía sino esta « teoría », al me-
nos la convicción ingenua según la cual la conciencia de una nación
es obra de la presión del estado.
Pero la realidad histórica exige análisis menos elementales. Pues
los autonomismos regionales, verdaderos nacionalismos en los casos
vasco y catalán, no han tenido nunca tanta vitalidad como cuando
acabaran las dictaduras, por largas que hayan sido. En 1931 se pro-
clamó un instante una « república catalana »; más cerca de nosotros,
la transición postfranquista se revela dominada por el problema au-
tonómico: unanimismo de las manifestaciones catalanas, combativi-
dad de las juventudes vascas, súbito contagio anticentralista surgi-
do, aunque con mucha diversidad, en casi todo el territorio español.
Leamos los primeros artículos de la Constitución española de
1978, y mediremos, por sus mismas contradicciones, la intensidad
del conflicto entre la necesidad de reconocer, en el seno del estado es-

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pañol, la pluradidad de comunidades, y la nostalgia, siempre pre-
sente con fondo pasional, de España como nación-estado-potencia.

La Constitución se fundamenta a la indisoluble unidad de


la Nación española patria común e indivisible de todos los Es-
pañoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las
nacionalidades y regiones que la integran, y la solidaridad entre
todas ellas. El castellano es la lengua española oficial del Esta-
do... las demás lenguas españoles serán también oficiales en las
respectivas Comunidades autónomas. La bandera de España está
formada de tres franjas, etc. Los Estatutos podrán reconocer
banderas y enseñas propias de las Comunidades...

Así se admite el pluralismo hasta en la simbólica. Y quién igno-


ra el papel movilizador de las banderas y de los himnos?
¿Se puede conciliar dicha aceptación con la « indisoluble uni-
dad » de la Nación, con la « indivisibilidad » de la Patria, si estos
términos designan España entera? La palabra « región » no asusta a
nadie, y la glorificación de la « regional » era habitual en el discur-
so franquista. Pero nacionalidad, concepto teórico, aplicado a una
porción del territorio estatal, pero comunidad autónoma, concepto
práctico que implica una cesión, aunque sea parcial, de poder polí-
tico, parecen poco compatibles con el vocabulario jacobino del art.
2. No aparece tampoco en la construcción constitucional la menor
referencia a la idea federal, cuando la antigua monarquía española,
era, en la práctica, federativa, cuando los sueños republicanos del
siglo XIX eran sueños de federación, y cuando todos los programas
electorales de la izquierda eran de tono federalista. La discusión
constitucional ha reconocido la incoherencia conceptual del texto
adoptado. Amigos españoles, más o menos responsables,a quienes
no oculté mis inquietudes a este respeto, me contestaron, con eviden-
te buen sentido: son textos, hacía falta llegar al consenso, lo impor-
tante será la aplicación. Claro está. Pero cierto desencanto ya nota-
ble en Cataluña, la agravación del problema, el escamoteo del refe-
rendum andaluz, la lentitud en la construcción del andamiaje auto-
nómico demuestran que, precisamente, si todo está en la aplicación,
con la aplicación nacen las dificultades. España, por eso mismo, apa-
rece en la actualidad como un campo de experimentación de excep-
cional valor para el problema de las relaciones entre nación y estado,
hoy candente en el mundo entero, cuando lo era mucho menos hace
veinte años. Permítanme hablar de mi propria experiencia.

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Cuando publiqué, en 1962, « Cataluña en la España moderna »,
puse un subtítulo « Ensayo sobre los fundamentos económicos de las
estructuras nacionales ». Constaté que mis colegas historiadores fran-
ceses, que tuvieron la amabilidad de interesarse por varios aspectos
de mi investigación, no dieron ni la menor atención al tema sugerido
por el subtítulo. En Cataluña, observé la reacción exactamente con-
traria: lo que interesaba, en mi trabajo, era la propuesta de un en-
foque más sobre la cuestión nacional, sobre la cuestión catalana. El
contraste me pareció significativo para el mismo problema que me
había propuesto plantear.
El problema es doble. Fue durante la larga preparación de mi
libro cuando tuve ocasión de leer las obras de Sánchez Albornoz,
Améiico Castro, Menéndez Pidal, Bosch Gimpera, Maravall, Laín
Entralgo, Soldevila, Vicens Vives, Caro Baroja. Todos me interesa-
ban como hispanista, pues preguntaban: ¿qué es España? ¿qué es
Cataluña? ¿qué son los Vascos? Pero, como historiador, (y persua-
dido que historia es sociología, tal vez la única sociología justificada)
me interesaba más aclarar a partir del caso español: ¿qué es nación?
qué es nacionalidad? ¿qué son (o qué fueron) los estados, los impe-
rios, los reinos? ¿qué es lo que un hombre llama su « patria »? o lo
que entendemos por « el pueblo » o « el pueblo tal»? En 1962, el
balance de las sociologías, en esta materia, me parecía decepcionan-
te, y el vocabulario histórico generalmente mal empleado.
Ahora bien. Las cosas han cambiado rápidamente. La re-estruc-
turación del continente africano descolonizado, los choques naciona-
les en el Próximo como en el lejano Oriente, los intentos suprana-
cionales (europeo, árabe), el renacimiento de conciencias de grupo
en el seno de viejos estados-naciones, han despertado tanto interés
entre los « politólogos » que se puede hablar —sin intención despec-
tiva— de una nueva « moda » intelectual. Un reciente coloquio en
París, alrededor de la revista « Pluriel », título típico, reunió un cen-
tenar de participantes, y reveló una bibliografía de miles de títulos.
No ocultemos los peligros de esta « moda ». Al principio fue
metodológicamente útil, en poner en tela de juicio la unidad y eter-
nidad, tanto tiempo admitidas como evidencias, de los grandes es-
tados-naciones constituidos. Pero otra tentación aparece, como la
del Israelí Yaari, que llega a decir: el siglo XX, con las « liberacio-
nes nacionales », verifica que el factor dominante, tal vez único, en
la historia, es el choque entre los grupos humanos que se sienten

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extranjeros unos a otros. Volvemos a una visión nacionalista de la
historia.
Otro peligro: el teoricismo. O sea la exigencia, ayer ausente,
hoy obsesional, de definiciones abstractas, de « conceptualizaciones »
« antihistoricistas ». Como si se pudiera alcanzar el contenido de un
término, sin observar el empleo, en una situación histórica definida,
del término cuyo contenido se intenta definir.
Un ejemplo. En el caso de Cataluña frente a España, la « re-
naixensa » (como dicen los Catalanes de su « risorgimento ») se ex-
presó primero por la fórmula: Cataluña es la patria, España es la
nación. Más tarde, cuando el hecho sentimental se politizó, se empe-
zó a decir: Cataluña es la nación, España es el estado. ¿Se trata de
un proceso particular? No. Hace poco, en una emisión televisada so-
bre en referendum en el Québec (« sí » o « no » a la independencia-
asociación) oí a una señora de alta responsabilidad en el Québec, y
partidaria del « no », pronunciar las palabras « Para mi, Québec es
la patria, Canadá es la nación ». No señora( intervino un partidario
del « sí»): Québec es la nación, Canadá es el estado. Queda claro
que siendo patria una noción psicológica, y estado una noción juri-
dico-política, nación expresa sea la convicción sea el deseo de una
coincidencia patria-estado. Pero queda claro también que la aplica-
ción concreta de cada término a un territorio, a un grupo humano
puede variar en el tiempo para una misma comunidad, y, dentro de
una comunidad, según las personas. La fuerza política del hecho de
conciencia dependerá a la vez de la importancia de las mayorías, y de
la actividad (en algún caso del activismo) de las minorías.
En presencia de fenómenos tan sutiles, Vds entenderán que me
haya preocupado un poco, hace dos o tres años, enterarme que
se me había atribuido, en una publicación catalana, nada menos que
la fórmula: Cataluña es la primera nación que haya existido en
el mundo: He buscado mi parte de responsabilidad en una afirma-
ción tan poco prudente. Le encontré en una frase de mi libro de
1962, por supuesto bastante mal entendida. No se trataba en esta
frase de la aplicación inconscientemente anacrónica del concepto mo-
derno de nación a una entidad medieval, sino de apreciar histórica-
mente hasta qué punto, en ciertos casos, el vocabulario moderno se
podía aceptar. Me contentaba con escribir: es posible que el vocabu-
lario estado-nación se aplique menos inexactamente, menos anacró-
nicamente, entre 1250 y 1350, a Cataluña que no a cualquier país de
Europa. Me explico: en la Europa medieval existían de un lado domi-

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nios más o menos coherentes bajo una soberanía feudal, de otro ciu-
dades mercantiles más o menos organizadas en repúblicas oligárquicas,
con escaso territorio. Estas formas no desembocan directamente sobre
el estado-nación, como observó Gramsci. Pero la combinación de un
pequeño territorio feudal con el poderío de varias ciudades mercan-
tes hace de la Cataluña medieval un caso particular: dinastía anti-
gua, idioma propio, empresas expansivas, que unen fuerzas rurales
y militares con recursos urbanos y marítimos, agitaciones feudales
pero pacto entre poder real y representación burguesa institucionali-
zada. ¿Devoción del pueblo hacia sus soberanos? Lo dicen las cró-
nicas. Pero son oficiales. Constatemos que la de Muntaner, poeta
militar, alto funcionario de un naciente aparato estatal, expresa, en
tono bastante moderno, la ideología de un bloque de poder que se
sabe, se quiere (o se cree) políticamente responsable de un grupo
humano original. No estamos tan lejos de un « estado-nación ».
Pero esta « modernidad » tiene sus límites. « Nación », en la
Edad Media, se confunde con lengua. Son catalanes, alrededor del
Mediterráneo, todos los que hablan el catalán, vengan de Alicante o
de Salses. Y este conjunto lingüístico no ha correspondido nunca a
realidad estatal. Los « Condes de Barcelona » tenían de sus « rei-
nos », adquiridos por matrimonio o conquistas, una pura visión pa-
trimonial, partiéndolos entre sus hijos, respetando sus instituciones.
Tantas consideraciones históricas ¿importan en los problemas
actuales? Basta leer las discusiones constituyentes de 1978 para ase-
gurarse que sí. 1) No hay conciencia de grupo sin un imaginario his-
tórico; 2) la « nacionalidad catalana » definida por lengua y cultura
plantea la peliaguda cuestión actual de los « Pais os Catalans »: Va-
lencia, las Islas, Rosellón, serán o no, serán más o menos, asociados
a la Generalitat catalana resuscitada? Con la misma pasión, unos lo
desean, otros lo rechazan. Con argumentos históricos, valgan lo que
valgan; 3) El vocabulario histórico, por eso, no es inocente: los que
critican con acierto, por sus resonancias modernas, la expresión
« confederación catalano-aragonesa » en la historia medieval, sugie-
ren, al emplear « Corona de Aragón », la subordinación del hecho ca-
talán, y la coherencia (que no existía) en cada Corona, la de Fernando,
la de Isabel. Eso empieza con Margarit; 4) No olvidemos a Portugal;
se podría decir, del Portugal de los siglos XIV y XV, lo que dije de
Cataluña en el XIII: dinastía activa, equilibrio de clases empren-
dedoras, naciente aparato estatal, cultura propia. Menos precoz, o-
rientado hacia los Océanos, el ensayo portugués tendrá más vida

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que el catalán; sin embargo, entre 1580 y 1640, se integró, dinásti-
camente, a la corona española; es verdad que se subleva en 1640; pe-
ro lo hacen también Cataluña y Ñapóles; hay razones al éxito portu-
gués, al fracaso catalán; lo que nos interesa es constatar, en lo actual,
el peso de estas « razones históricas ». Nadie discute a Portugal el
derecho de figurar entre las « Naciones Unidas ». Es la aceptación
de lo existente. Lo real es racional. Weltgeschichte, Weltgericht. En
materia nacional, nos quedamos muy hegelianos. Cuando, en reali-
dad, los veredictos de la historia recaen menos sobre las naciones
como unidad que no sobre los estados como potencias.
Es lo que pasa con la obra de los Reyes Católicos. Durante
cuarenta años, al entrar en cualquier pueblecito o gran ciudad de Es-
paña, hemos topado con su yugo y sus flechas. Vale la pena pregun-
tar porqué a los mismos responsables del símbolo. Leamos, pues, la
primera lección de un manual falangista:
« Los Reyes católicos unen en su matrimonio las ideas he-
redadas... con el deseo de potencialidad del siglo XV. La suma
de las tendencias castellanas y aragonesas produce la unidad es-
pañola... pero la idea imperial es ecuménica y universal, y se
lanzan a la Conquista. « Es entonces cuando » verdaderamente
comienza el imperio español, porque se dan todas las caracte-
rísticas propias: estado fuerte, poderío, autoridad, expansión te-
rritorial, cultura propia y fuerza vital para imponerla... ».
« Potencialidad », conquista, expansión, cultura impuesta: sin
embargo, entre los « valores positivos » atribuidos al Imperio es-
pañola figuran también libertad, integridad, dignidad, derecho de
gentes; de parte de Falange, es hipocresía? Pero toda ideología es hi-
pocresía. Basta que confunda principios y aplicación, fines y medios.
Más divertido es ver como el Compendio falangista trata de « nacio-
nalistas », en tono muy despectivo, a franceses, turcos y protestan-
tes, y exalta la totalidad de la idea imperial, con una cita de Menén-
dez Pidal.
Así ¿Falange antinacionalista? ¿don Ramón totalitario? ¡Que
difícil dibujar a un grupo, a un hombre, a través de una palabra em-
pleada! Pero no hay palabra empleada que carezca de significado.
¿No ha sido Falange más imperialista que no nacional, agresiva (co-
mo sus modelos), más que no defensora de una « patria »? ¿Y no ha
sido d. Ramón, como tantos «liberales » de su generación y forma-
ción, tan pasionalmente « patriota » que no pudo ni entender a Las
Casas?

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¿Tendremos pues, como hace Joan Fuster en el prefacio-pan-
fleto que he señalado, que confundir bajo la misma bandera « espa-
ñolista » a Ortega con Aparicio, a Unamuno con Tovar, a Madariaga
con Giménez Caballero, a Negrín con Calvo Sotelo, y hasta a Federi-
ca Montseny con Julián Marías? El mismo Fuster, después de diver-
tirnos (y desahogarse) con tan extraños aparejamientos, pregunta ¿pe-
ro cuándo empezó esta pasión española? ¿con Olivares, o con « la
Marcha de Cádiz-»? Y creo en efecto que la única manera de orien-
tarse en el bosque oscuro de una historia mental insuficientemente
explorada, sería periodizar 1) los fenómenos socio-políticos objeti-
vos, 2) la percepción de los mismos. Quevedo, Costa, Castelar, Mau-
ra, Azaña ¿todos « patriotas »? Sí. Pero cada época vive a su mane-
ra la relación entre estado y patria. Más tarde que Cataluña y Por-
tugal, Castilla ha podido anunciar el estado-nación, pero el « deseo
de potencialidad » de los Reyes fue el de su tiempo: sueños de Ma-
quiavelo, práctica de Luís XI en Francia, de los Tudores en Ingla-
terra. Con ellos nace el mundo moderno.
¿Muere con ellos el estado feudal? En España, la unidad que
Margarit decía restituida residía no más en las personas reales. Los
antiguos « reinos » conservan sus instituciones. Si Francia realiza su
unidad monetaria, y, en los actos públicos, lingüística, España no lo
hace. Barcelona, Valencia, Perpiñán, para aduanas y monedas, Nava-
rra y las provincias vascas para el fisco, tienen políticas propias,
« como si, dice un viajero, los reinos y provincias tuvieran todavía
sus principes particulares ». ¿Importa esta incoherencia económica?
Sí. Porque el drama mayor del siglo XVIII será monetario. Y las
provincias no-castellanas no lo vivirán. Maravall define la nación
« un grupo humano al que algo le sucede en común ». No todo « su-
cede en común » en el territorio español del siglo XVII. Y qué sucede
en común, en el Imperio, a Flandes y a Tirol, al Franco-conda-
do y a Ñapóles? Es significativo que la primera liberación nacio-
nal, revolucionaria y finalmente burguesa, sea la de las Provincias-
Unidas contra Felipe II. Tal vez lo más « español » del Imperio sea
América, por la total marginación de los pueblos sometidos. Pero,
pese a Gunder Frank o Wallerstein, la colonización española no es
« capitalista »; es feudal: de arriba abajo, concesiones de bienes, y
de « almas », de abajo arriba fidelidad de vasallos y pagamento del
« quinto », como en los tiempos del Cid. Los tesoros americanos des-
encadenan el proceso capitalista. Pero no en España. Me he atrevido
un día (que se me perdone la referencia) a definir el imperialismo

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español como etapa suprema del feudalismo. Es verdad también en
cuánto a la naturaleza del estado, y de la nación.
Es cierto que la potencia imperial, la idea católica, la cultura
universalmente conocida por « española », crean, en su apogeo, una
conciencia, un orgullo célebre en el mundo, de ser español. Y tam-
bién un amor a lo que tantos textos llaman « nuestra España », a la
comunidad como posesión, como bien que se ha de defender (y no
falta el argumento mercantilista). Pero ¿hasta dónde cunde este es-
píritu? Queda mucho por explorar. El concepto romántico del grupo
como persona no es ausente: España defendida, sufrimientos de
España, desdichada España escribe Quevedo. Pero también: « pro-
piamente (es decir políticamente) España se divide en tres coro-
nas: Castilla, Aragón y Portugal ». Y, cuando Portugal y Cataluña
se sublevan, en 1640, el mismo Quevedo, al afirmar que el extran-
jero se vale siempre, contra España, de Españoles, cita, entre estos
« Españoles » traidores, Flandes, Borgoña, Italia, Alemania. ¡Ha pen-
sado « Imperio »! De los Catalanes dice

« al español más le constuye en serlo la lealtad que la patria, de


tal manera que deja de ser español en dejando de ser leal».
Es una concepción territorial de la « patria », y feudal de la perte-
nencia. Un hombre es de un señor. Los Catalanes lo creen también
cuando cantan « Ara el rey nostre senyor, declarada ens té la gue-
rra », justificando por la deslealtad de arriba el derecho, muy feudal,
de « desnaturalizarse », de darse a otro señor. « Mudar señor no es ser
libres », les advierte Quevedo. ¿No hay algo más? En 1640, caer de
Olivares en Richelieu ¿fue « cambiar de señor », o bien cambiar de
Estado? « Francia » y « España », como potencias, se parten el te-
rritorio catalán. ¿Quevedo « patriota »? ¿rebelión catalana « nacio-
nal »? No rechazo el vocabulario; pero exige reservas, en un tiempo
de transición de las estructuras.
El examen de las coyunturas nos ayuda de otra manera. Las
estructuras cambian, las coyunturas producen, en tiempos distintos,
similitudes de situación. Las crisis de 1898, de 1917, recuerdan bajo
muchos aspectos las del siglo XVII. Decepciones internas, peligros
exteriores, incitan, alrededor del poder central, a una exaltación y
a una problematización de España, mientras en las provincias nos-
tálgicas de su pasado, las clases dirigentes critican el aparato buro-
crático central, y las clases populares entran en rebelión latente. En
1898 o 1917, como en 1618, los dirigentes catalanes dicen, en sus-

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tancia, de los ministros « esos señores » (desprecio clásico) no en-
tienden nada de nada y no nos quieren. El pueblo dice, más sencilla-
mente, uniendo el particularismo espontáneo a los agravios del día:
« Visca la térra i morí lo mal govern ».
Otra consideración «coyuntural»: los repetidos desfases en
los desarrollos regionales. El auge medieval de la España mediterrá-
nea coincide con los disturbios de Castilla: el arranque castellano-
andaluz con un hundimiento de Cataluña, Baleares, Rosellón; la cri-
sis central del siglo XVII con una recuperación catalana (no de Va-
lencia, se expulsan los Moriscos). Vizcaya, Portugal, tienen sus co-
yunturas particulares. Y, desde el siglo XIX, nadie ignora el desigual
desarrollo regional del capitalismo industrial, con sus efectos subje-
tivos: regiones industriales y agrarias se echan recíprocamente la cul-
pa de sus deficiencias. El caso no se confunde del todo con el con-
traste italiano norte-sur, ni con las « colonizaciones internas » des-
critas por Hechter. Más que de la « colonización » de una « perife-
ria » pobre por un « centro » potente, España ha sufrido de la no-
coincidencia entre « núcleos » desarrollados (aunque modestos) y
aparato estatal instalado (y ampliamente inspirado) en las regiones
agrarias.
Hay aspectos recientes del problema. 1) El dirigismo franquista
ha querido implantar industrias en el Centro de España; lo ha lo-
grado en parte, pero con el liberalismo económico, el desequilibrio
ha resurgido. 2) Un partido socialista utiliza hoy la noción de « colo-
nización interior », pero contra Barcelona y Bilbao, acusadas de ven-
der caro sus productos, y de pagar mal a sus obreros inmigrados; sin
embargo se ha podido describir (Candel, « Els altres Catalans ») la
fuerte asimilación de los inmigrados en Cataluña, y yo mismo he
oído en Barcelona un gran desfilé de inmigrados, gritando « Catalu-
ña es la nación » (no diré la primera parte del eslogán, sería indiscre-
to). Por fin, hace unos días, un movimiento obrero de protesta con-
tra el paro secuestró unas horas el gobierno autónomo moderado de
Euskadi, con la evidente complicidad de los activistas vascos. La apa-
rición, en un movimiento nacionalista, de una izquierda revoluciona-
ria, es un hecho nuevo, notable, pero, también, tradicional. Después
de todo « Euskadi eta azkatasuna » es pariente de « Visca la térra i
mori lo mal govern ». Hay momentos en que la lucha de clases y las
luchas de grupo llegan a juntarse.
No quisiera dejar la impresión, con este sistemático vaivén his-
toria-actualidad, de que considero las incoherencias regionales de Es-

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paña como fatales. O que pronuncio juicios de valor entre « uni-
dad » y «pluralismo». El historiador no juzga ni aconseja. Intenta
entender ¿Cómo ha podido España ver su unidad en peligro en el
siglo en que Alemania e Italia consiguieron triunfalmente las suyas?
Otro desfase coyuntura!, esta vez entre España y Europa. Un siglo
XVIII unificador, un siglo XIX disgregador ¿como surgen esas
peculiaridades?
Es soprendente (y explicable) la antipatía manifestada hacia el
siglo XVIII por las ideologías españolas las más opuestas: siglo del
«centralismo borbónico»!, siglo afrancesado!, siglo autoritario! En
« despotismo ilustrado », a unos les molesta lo « despótico », a otros
lo « ilustrado »!
Sin prejuicio, en cuánto al problema nacional, yo creo que fue
en el siglo XVIII cuando España estuvo más cerca del modelo esta-
do-nación-potencia. Renunciando a Flandes e Italia, Felipe V opta
en favor del territorio compacto. Aprovechando su victoria sobre los
antiguos « reinos » peninsulares que la habían combatido, suprime
sus instituciones particulares. España conserva su imperio colonial,
enorme, cuya explotación, si la moderniza (y lo hará en parte) po-
dría darle el primer puesto como « potencia ». Francia e Inglaterra
no lo ignoran.
Muchos historiadores lo olvidan, porque las esperanzas se han
frustrado, y también por la habitual propensión a atribuir al volun-
tarismo político o a las « influencias » ideológicas los procesos más
espontáneos. ¿Pierden terreno los particularismos? Será por la pre-
sión « centralista » ¿Se denuncian las manos muertas, se declara li-
bre el comercio de granos? Será por « influencia » de filósofos y
economistas extranjeros! Se olvida que, hacia 1780, Cádiz es un puer-
to mundial, que Cataluña se dice una « pequeña Inglaterra », que la
Cia guipuzcoana, los Urquijo, Cabarrús, manejan la economía vasca,
que el número de nobles ha bajado de 800 000 a 400 000, y que las
reformas de Campomanes son anteriores de diez años a las de Tur-
got. Es, pues, un proceso espontáneo el que favorece, en este pe-
ríodo, la aparición de un estado-nación al nivel español.
En 1766, cuando Carlos III confía al conde de Aranda la re-
presión del « motín de Esquilache », le da ocasión para aplicar ideas
modernas al aparato estatal. En Zaragoza, el « populacho » (dicen los
textos) ha sido vencido por unas milicias improvisadas de campesi-
nos ricos y burgueses medianos, muy semejantes a las futuras « guar-
dias nacionales » francesas de 1789. Aranda compara estos « ciuda-

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danos a los Romanos; han salvado su patria (Zaragoza), prestado
gran servicio a su « nación » (España). En cuánto al Rey, Aranda
no le pide la gracia de un condenado a muerte, porque la Nación (di-
ce) no puede peligrar por la eventual clemencia cristiana del Rey.
Así se identifican ciudadano y patriota, nación y estado (y también
seguridad de los bienes). La Nación, enfín, está por encima del Rey.
España no se queda atrás en la Europa del siglo.
Los fracasos vendrán. Pero es natural que España se haya reve-
lado al mundo como nación al final del siglo XVIII, y por eso con-
vendría proceder con métodos modernos al análisis semántico del
lenguaje de la Guerra de Independencia. Os doy las conclusiones de
un sencillo tanteo artesanal.
Alrededor de las Cortes de Cádiz, patria y nación se definen y
se confunden. Nación se encuentra dos veces y medio más que « rei-
no », « estado » o « pueblo ».
Patria no es precisamente este pueblo, provincia o estado
que nos ha visto nacer, sino aquella sociedad, aquella nación
donde, al abrigo de leyes justas ,moderadas y reconocidas, he-
mos gozado de los placeres de la vida, el fruto de nuestros sudo-
res, las ventajas de nuestra industria y la inalterable posesión de
nuestros derechos imprescriptibles.
Como en las constituciones americana y francesas, la nación es
voluntad general, garantía de derechos (y de bienes, para quien los
tiene). Noción abstracta, pues se añade: una reunión de hombres
libres es nación, « aunque fuese en el aire ». Por eso,, aunque sitia-
das por todos lados, las Cortes se creen siceramente fundadores, crea-
dores de una nación-patria-estado de derecho:
« ¿El placer de fundar una patria no es el premio mayor
de un corazón generoso? »
Al nivel de la resistencia espontánea, de lo que Menéndez Pelayo
llamó el « federalismo instintivo » y Marx « actos sin ideas », el vo-
cabulario político, en efecto, es pobre. Nación no aparece, patria
poco, y en sentido inmediato, en contexto defensivo. Es, una vez
más, el « visca la térra » catalán.
En estas circunstancias un hombre, Antonio de Capmany, in-
tenta la síntesis entre idea y acción, unidad abstracta y federalismo
instintivo, « patria fundada en el aire » y experiencia vivida de la
pertenencia. El mismo es una síntesis en su personalidad. Catalán y
madrileño, defensor del castellano e historiador de Cataluña, tradi-

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cionalista e ilustrado, antifrancés por miedo a la colonización cultu-
ral, y buen conoceder de los filósofos. No ha leído (creo) a Herder y
a Fichte, pues acusa a los Alemanes de no « partenecer a un todo ».
Pero propone a las Cortes definir a España como la comunión (y
no la « reunión ») de los Españoles. Y precisa: como se dice « la co-
munión de los fieles ». Mística contra razón, Gemeinschaft contra
Gesellschaft, Volksgeist contra voluntad general abstracta. Capma-
ny no habla a los guerrilleros de sus derechos « imprescriptibles »,
sino de lo más carnal e irracional en una conciencia de grupo: la
sangre (sangre generosa, sangre española), el nombre (perderlo es
dejar de ser lo que uno fue), la tierra (« el labrador, el granjero, el
pastor, el obrero rústico no se hallan bien en perder de vista la
torre de su iglesia »), la patria como madre, tema psicoanalítico de
gran porvenir.
Pero más temprano, en una carta a Godoy, denunciando las
políticas de abandono, había definido también un nacionalismo po-
lítico, una Realpolitik:
El hombre debe regirse por los principios del Evangelio,
mas las naciones por las reglas de su conservación »...« no hay
próximo para ellas ».
El príncipe de Maquiavelo, la antigua « razón de estado» se
llaman ahora « interés nacional ». Y hay que mitificarlo: « los hom-
bres necesitan siempre un ídolo » ¿Aprobación cínica? Constatación
histórica »? Contra Napoleón Capmany quiere unirlo todo: instinto,
razón, pasado, esperanzas. Pero como historiador, distingue entre ti-
pos de tradición. Y lo hace por el vocabulario:
Sin excluir al mismo Felipe II, que era tan español, y tan
empeñado en extender su nombre en las cuatro partes del mun-
do, la palabra patria jamás ha salido de boca de soberano algu-
no: « mi corona », « mis estados », « mis vasallos », son los
únicos nombres que han pronunciado para defender sus dere-
chos, y alguna vez para abandonarlos.
Las Cortes castellanas se llamaban « el reino » pero en las aragone-
sas y catalanas
« se lee y oye la voz de patria, de pueblo, de nación, de consti-
tución, de libertad ».
Surge aquí la tentación anacrónica, sugerida por el vocabulario, de
las futuras historias « catalanistas ». Capmany, en una obra anterior,

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había descrito a los Catalanes como « reunidos en pueblo, en comu-
nidad nacional »; enemigo violento de la « departamentalización »
napoleónica, le gustaba considerar a Catalunya como su patria. Aho-
ra, cuando acusa a los filósofos de hablar de patria
« sin definirla de independencia, sin explicarla de libertad, sin
circunscribirla de pueblo, y sin demarcarla de soberanía »
¿estará aplicando esta magnífica definición a su « patria inmedia-
ta » o a la « gran patria », España, nación y estado? Así no faltan
en Capmany alguna de las contradicciones manifestadas en la cons-
titución de 1978.
En los debates de 1978, me parece que sólo el Sr Roca i Ju-
nyent ha evocado a Capmany. El siglo XIX lo ha ignorado, sin duda
porque, poco propenso a problematizar la nación, concepto ya inte-
riorizado, ha preferido problematizar a España, con la amargura y
pasión propias de los tiempos infelices.
« La quiebra de la monarquía absoluta », « El fracaso de la re-
volución industrial » se llaman los dos mejores libros sobre el siglo
XIX español y sus comienzos, los de J. Fontana y J. Nadal. No ol-
videmos el hundimiento colonial. Y confesaremos que, cuando muere
Fernando VII, el balance de su reinado es exactamente opuesto al
del siglo anterior. España se ve disminuida como potencia. Y como
potencialidad. Esta fecha de 1833 reúne varios símbolos: la monar-
quía de María Cristina parece inclinarse hacia el liberalismo políti-
co. Pero es también el año de la división de España en provincias
uniformes, la « departamentalización » odiada por Campany. Y, pre-
cisamente, el mismo año (Julián Marías nota la coincidencia sin que
se pueda hablar de causalidad) estalla la primera guerra carlista, hoy
mitificada como primera forma activa de la conciencia vasca, y Ari-
bau escribe la « Oda a la Patria », primer texto del renacimiento
romántico catalán. Las contraddicciones entre periferia y centro se
irán profundizando. En 1820, Batlle, diputado catalán, había dicho
en las Cortes liberales:
« La libertad interior es lo que nos conviene, y la libertad
del comercio exterior sería un golpe mortal para nuestras fá-
bricas ».
Pues, en Madrid, los conservadores no permitirán nunca la li-
bertad política, y los liberales en política serán librecambistas en
economía! El bloque de clases dirigentes, fundamento de los estados-
naciones, no se realizará, sino ocasionalmente, sobre todo en caso de

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grave peligro social. En las clases populares, el carlismo es un popu-
larismo, defensor del antiguo modo de producción y de vida, enemi-
go de las ciudades, del liberalismo, del individualismo, de la centra-
lización; y al mismo tiempo, en Barcelona, son las primeras insurre-
ciones obreras las que inventan, en los años 40, los gritos de « Re-
pública catalana » y hasta de « estado catalán ».
Disminuida como potencia, poco segura de su unidad, España
empieza, a mediados de siglo, a producir sobre ella misma, un dis-
curso pesimista, angustiado.
« La nación se pierde, escribe Balmes en 1847..., mas las
naciones no tienen el consuelo de morirse cuando quieren; la
España se halla en tales circunstancias... que si hubiera de llegar
un día tan desventurado en que pudiera desear la suerte de la
Polonia, en vano invocaría la muerte, estaría condenada como
Prometeo a sufrir el tormento de la vida... ».
Ya se ve que la angustia no empieza en 1898. Ni tampoco la
exaltación:
« No me cansaré, escribe Castelar en febrero de 1870, de
aconsejar a todos los partidos, a todos los reformadores, que rin-
den un culto al patriotismo, que eleven en su antiguo vigor el
culto a la Patria... El universo es el hogar de la vida, y la Pa-
tria es el Universo del corazón. Oh! la Patria, la Patria! en ella
se contienen todos vuestros recuerdos y todas vuestras esperan-
zas... Pero la Patria no es solamente nuestro hogar y nuestro
pueblo, la Patria es nuestra Nación. Un agregado de familias,
una raza que pone en común sus aspiraciones, sus recuerdos, su
historia, no explica la idea de la nación. Es un organismo supe-
rior, es una personalidad altísima, es un espíritu más elevado...
una dilatación del ser y de la vida. El espíritu nacional, oh! lo
sentís a través de los siglos, lo veis a través del espacio. Para
nosotros la patria se extiende, se dilata por toda la nación. Y su
espíritu, el espíritu nacional, es como una atmósfera que envuel-
ve nuestra alma; España, madre mía! »
Un hombre denuncia esta exaltación. Lo curioso es que haya
alternado con Castelar a la cabeza de una República española que
no duró ni un año...
« Hoy día se quiere hacer de las naciones poco menos que
ídolos; se las supone eternas, santas, inviolables; se las presenta
como una cosa superior a la voluntad de nuestra ascendencia,
como estas formaciones naturales, obras de siglos. Hay que con-
fesar que el hombre es esencialmente idólatra: arrancamos a
Dios de los altares, echamos a los reyes de sus tronos, y vamos
a poner ahora sobre los altares las imágenes de las naciones... ».

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Hemos reconocido el pensamiento de Francisco Pi y Margall.
El único que proponía la libertad de Cuba, y a quién la cuestión de
Alsacia y Lorena inspiraba la idea de que, si a una población se la
puede obligar a cambiar de estado, la verdadera patria es la provin-
cia, su idioma, su tipo de vida, la forma de sus trajes y de sus casas.
Se sabe que, en Francia, la cuestión no fue entendida así. Es que Pi
había perfectamente situado como característica de su tiempo la
idolatría de la nación, que puede ser utilizada lo mismo por una ideo-
logía tradicionalista, exaltación del pasado, como por una ideología
jacobina, democrática, que justifica el patriotismo por la nación-vo-
luntad del pueblo.
Este concepto jacobino, que reaparece en la constitución actual,
no fueron creadas bastantes escuelas para persuadirlo que lo era. Por-
garquía y caciquismo », el pueblo no se sentía representado. Porque
no fueron creadas bastantes escuelas para persuadirlo que lo era. Por-
que la « redención a metálico » y la sustitución de reclutas reservaba
a los más pobres de los Españoles la vida sórdida de los cuarteles,
y Ja muerte a montones en Marruecos y Cuba. Porque las clases me-
dias e intelectuales despreciaban lo militar: d. Francisco Giner, de-
lante de un proyecto de servicio militar obligatorio, escribía:
« la servidumbre —que no el servicio— militar, en que, a lo
sumo, no ven otro mal que la redención a metálico, ni otra re-
forma que extendernos a todos el yugo ».

¡Eso no lo hubieran escrito Péguy o Jaurés! A pesar de su carácter


perfectamente imperialista, la guerra del 14 amenazaba pueblos y
territorios. España no se pudo sentir amenazada sino unos pocos
días de abril 1898, cuando la declaración de la guerra contra Esta-
dos-Unidos. La prensa habló de Bailen. Maeztú salió a defender...
Mallorca. El desastre pasó en Cavite y Santiago de Cuba!
Se sabe hoy como el gobierno, y la misma reina-regente prefi-
rieron la derrota frente a una gran potencia, para no sufrirla delante
de rebeldes salvajes y haraposos, pues así se había descrito a Maceo
y a Martí.
Es otro desfase coyuntural. España ha vivido en 1898 su gue-
rra de Argelia, su guerra del Vietnam, con todas las características
de las luchas liberadoras y represiones feroces, pero en un tiempo
en que las grandes potencias se partían el mundo con muy buena
conciencia. Ayer hemos visto el Caudillo de una España nacional-
imperialista renunciar a Marruecos en medio de una perfecta y silen-

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ciosa indiferencia. En 1897, Barcelona recibía al general Polavieja,
que acababa de fusilar a Rizal, con la fórmula de bienvenida:
Al general sin tacha, al quebrantador del Katipunan, al de-
fensor magnánimo de nuestra bandera inmaculada, al ilustre su-
cesor de los Cides y Pelayos, a cuyas plantas yacen los ene-
migos, al bizarro militar y cristiano caballero...
El « patrioterismo » de 1898 no era, pues, ni localizado en Ma-
drid ni puramente « callejero » o « populachero ». España vivía su
tiempo. Pero perdió cuando los otros ganaban. El « desastre », ma-
terialmente reducido, fue un desastre moral.
No hablaré de la generación del '98. No sólo por falta de tiem-
po sino porque se ha hablado bastante de ella. Demasiado, tal vez.
Resumiré por una frase de Azorín el sueño de un patriotismo dis-
tinguido, elitista:
« El ejemplar más acabado de patriotismo lo podríamos re-
presentar en un hombre que conociendo el arte, la literatura y la
historia de su patria supiese ligar en su espíritu un paisaje o una
vieja ciudad como estado de alma al libro de un clásico e al lien-
zo de un gran pintor del pasado... Cuántos serán los que lleguen
a esta síntesis de alto patriotismo »?
En efecto ¿cuántos serán? ¿Y serán factores de historia?
La reacción de las provincias periféricas, inspiradas a la vez por
el deseo de actividad y recuerdos de historia, fue una reacción de
rechazo. Citaré un adiós sentimental, la « Oda a Espanya » de Joan
Maragall, escogiendo unos versos en catalán. A pesar del « adiós »,
se dice todavía el adiós de un hijo:
Escolta Espanya le veu d'un fill
que et parla en llengua no castellana
t'han parlat massa deis saguntins
i d'ells que per la patria moren
massa pensavas en ton honor
i massa poc en el teu viure
on son els barcos, on son els filis?
pregúntalo al ponent i a l'ona brava
on ets Espanya, no et veig en lloc
no sent la meva veu atronadora?
no entens aquesta llengau que et parla entre perills
has desaprés dentendre an els teus filis; adéu Espanya!
Pero la reacción catalana rebasa el lirismo negativo. Produce
la reflexión teórica de Prat de la Riba, una de las más claras en la

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inmensa literatura « nacionalista » del 1900. Se crea un partido. Un
hombre de negocios con gran vocación política, Cambó, pudo so-
ñar, según la fórmula irónica de Alcalá Zamora, en ser al mismo
tiempo el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España! El fracaso
de esta ilusión vino de abajo. El catalanismo era político y burgués.
La catalanidad fue sentimental, popular, cosa de campesinos, tende-
ros, artesanos, empleados, sacerdotes, maestros. Sus intérpretes fue-
ron Maciá, Companys. Espontáneamente, por reacción clasista, la
alta burguesía se excluyó de la comunidad. Y no faltaron los conflic-
tos con la clase obrera. En 1934, 1936, Cataluña vivió contradiccio-
nes, tragedias. Pero fueron suyas. Las vivió como nación.
Lo mismo se puede decir de la comunidad vasca. La doctrina
inicial de Sabino Arana fue sencilla: soy vizcaíno, luego no soy es-
pañol; no soy separatista porque nunca Vizcaya fue parte de otro
cuerpo. Pero, en 1897, Arana crea el nombre de Euskadi, para el
conjunto de las siete provincias vascas (zazpiak bat = siete en una).
Inventará también la ikuriña, la bandera vasca. No faltará quién di-
ga: qué es esta « nacionalidad » que tiene que inventar su bandera
y su nombre? La « invención » significa en realidad, para el grupo
vasco « inmemorial », que es evidente, y para el populismo carlista
de los « fueros », el pasaje al nacionalismo moderno, una adecua-
ción al tiempo. El euskara, dijo Arana, no salvará el patriotismo, si-
no el patriotismo el euskara. Finalmente, durante la guerra civil,
Euskadi tuvo gobierno propio, lucha propia, martirio propio, el de
Gernika. Y la resistencia antifranquista tuvo su punto más activo en
el País Vasco. Lo que ha permitido al senador Bandrés, en la discu-
sión constitucional, recordar que no todos los nacionalismos son rea-
ccionarios. Nombró Argelia, Cuba, Vietnam, lo que fue poco grato
a la mayoría (e incluso a minorías) parlamentarias. Pero fue una no-
ta de sinceridad en un debate de moderación artificial, académica.
El recuerdo de la guerra civil, el deseo de « consenso » han da-
do a las discusiones de 78 sobre nación y nacionalidades un tono
muy distinto de las de 1932. Las izquierdas catalanas se han referido
a Cambó tanto como a Maciá y Companys. Los unitarios a Ortega y
Gasset más que no a José Antonio Primo de Rivera. Es verdad que,
en este caso aprovechaban una curiosa filiación en las definiciones
ideológicas: cuando Ortega, en el debate de 1932 sobre el estatuto
catalán, utilizó dos veces, para la nación española, la expresión « uni-
dad de destino », se inspiraba probablemente en el pensamiento de
Otto Bauer, socialdemócrata austríaco, teórico de la nacíón-comuni-

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dad de cultura. No podía prever que la fórmula (no sé por qué razo-
nes y caminos) iba a ser recogida por José Antonio y Falange, y fi-
gurar 40 años como b-a ba de una doctrina oficial.
Concluiremos que no hubo pasión, que todo fue insinceridad
en la adopción del contradictorio art. 2? No ha faltado la voz apa-
sionada de mossen Xirinacs para preguntar: porque parece tan escan-
daloso el derecho de autodeterminación para Vascos, Catalanes o Ca-
narios, cuando se lo reconocemos solemnamente a los Saraouis? No
ha faltado tampoco en pro de la unidad el argumento de España vi-
sigoda. Ni él de los Reyes Católicos; escuchemos al Sr Diez Alegría:
La nación española constituyó, desde que los Reyes Católicos
empezaron a regir conjuntamente los reinos de Castilla y Aragón,
en la segunda mitad del siglo XV, el primer estado moderno
unificado de Europa ».
Más curiosa es la afirmación del mismo diputado en el terre-
no económico:
« El papel del estado es preponderante, y toda la econo-
mía española está basada sobre la existencia de un mercado que
se extiende a todas las regiones ».
¿Será otro anacronismo? ¿se invoca el estado en una atmós-
fera doctrinalmente liberal y el mercado nacional en vísperas de
entrar en el mercado europeo?
En realidad no sabemos adonde va España. Pero no sabemos
tampoco adonde va el mundo. No diré, a la manera de Sagasta, « de
todos modos nos perderemos en camino ». Yo quisiera esperar, que
España, en busca de una nueva estructuración del estado-nación, en
crisis en el mundo entero, enseñará, al contrario, el camino de las
pluralidades harmoniosas. Y adoptaré, para concluir, la bonita frase
de otro diputado español, el Sr Meilán Gil:
« Evidentemente, no somos dueños de las palabras; a veces
las palabras siguen su curso independientemente de quién las
pronuncia, y a veces se fijan en su contenido peyorativo. Pero
todo esto depende, en el momento en que se lanzan, de la con-
cepción pesimista u optimista que se tenga de la vida ».
PIERRE VILAR
Universidad de Parts I

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OTRAS CONFERENCIAS EN SESIONES PLENARIAS

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