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DISCURSO

SOBRE
EL ESPÍRITU
MODERNO
por
Juan Manuel Ortí y Lara

1865
D ISC U R SO
SOBRE EL E S P ÍR IT U M OD ER NO ,

L E ID O

EN EL ACTO DE INAUGURAR SUS REUNIONES

IA SOCIEDAD LITERARIO-CATOLICA INTITULADA IA ARMONIA,

POR SIJ PRESIDENTE

DON JUAN MANUEL ORTI Y LARA.

AM O I I .

MADRID.
1MP. DE TEJA DO , Á CARGO DE RA FAEL LU DEN A ,
S ilva , 49, cuarto bajo.
LA ARMONIA.
D ISC U R SO
SOBRE EL E S P ÍR IT U M ODERNO,

LEÍDO

EN EL ACTO DE INAUGURAR SUS REUNIONES

LA SOCIEDAD LITERARIO-CATOLICA INTITULADA LA ARMONIA,

POR SU PRESIDENTE

DON JUAN MANUEL 0RTI Y LARA.

A IlO II.
MADRID.
IM P. DE TEJA DO , Á CARGO DE RAFAEL LUDEN A,
S ilva, 49, cuarto bajo.

1865.
LA ARMONIA (SOCIEDAD LITEBARIO-CATOLICA).

Pueden formar parte de esta Sociedad con el nombre de socios ho­


norarios las personas que no residiendo en Madrid, quieran sin embargo
asociarse al objeto de esta institución, que es favorecer por los medios
que estén á su alcance la influencia y difusión de las doctrinas católicas.
Los socios honorarios contribuirán con 20 rs. al año y recibirán los
escritos que publique L a A r m o n í a , y se repartan gratuitam ente á los
socios de Madrid. Cuando residan en esta Corte serán considerados
como socios de número.
Las personas que deseen inscribirse en ella en este concepto, se ser­
virán comunicarlo al Secretario de la misma, plazuela de Santa Cata­
lina de los Donados, núm. 3, cuarto principal de la derecha, y les será
remitido el título correspondiente.
Los socios honorarios pueden remitir el* importe de su cuota anual
al Secretario de La A r m o n í a , en libranza sobre correos ú otro me­
dio fácil, procurando cuando haya varios en un mismo pueblo reunir
en una sola suma el importe de las distintas suscriciones.

PUBLICACIONES DE LA ARMONÍA.

La Encíclica q u a n t a c u r a y el Syllabus de los errores modernos', ver­


sión castellana con el texto latino : edición de lujo.—Se ha repartido
gratis á los socios, y se vende para los que no lo sean á 4 re. en Ma­
drid y 5 en provincias.
Discurso pronunciado en la inauguración de L a A r m o n í a , el dia 3 de
Noviembre de 1864, por D. Juan Manuel Orti y Lara: (edición agota­
da).—Se ha repartido gratis á los socios.
Discurso pronunciado en L a A r m o n í a por D. Antonio Aparisi y
Gv’jerro.—Repartido grátis á los socios.

Carta dé Donoso Cortés, marques de Valdegamas,al Cardenal Forn j -


r i , sobre los errores modernos.—Se vende á 2 rs. para los socios y á
3 rs. para los que no lo sean.
Lecciones pronunciadas en L a A r m o n í a sobre el sistema de filosofía
panteística de Krause, por D. Juan Manuol Orti y Lara.—Su precio
14 rs. en Madrid y 16 en provincias.
Los pedidos de estas publicaciones pueden hacerse al Secretario de
La A r m o n í a , como queda dicho.
S eño r es:

H ay en la atmósfera que respira la sociedad actual


un principio que daña el entendimiento y el corazon
de los individuos y de los pueblos, hiriendo por con­
siguiente con herida m ortal todas las fibras de la vida
hum ana, y pervirtiendo todas las obras y producciones
de la m ente y de la fantasía, la ciencia, el a rte , las
leyes, las costumbres, las instituciones. No es nuevo
por cierto esté dañado principio, sino muy viejo, tan
viejo como el mundo ; y sin embargo , gracias á
la radical perversión de los nombres acaecida en
los presentes tiempos , se llama espíritu moderno.
Sí, señores, moderno se llam a el espíritu que seis
mil años atrás tentó de rebelión á nuestros primeros
padres y se enseñoreó del mundo casi en el punto de
haber salido de las manos de Dios: moderno el espíritu
que cubrió la faz de la tie rra de las tinieblas y som­
bras de la m uerte donde estaban sentadas las gentes
á la venida del Salvador de los hombres: moderno el
espíritu de cismas ya afortunadam ente decrépitos, el
espíritu de los errores y heregías antiguas, el espíritu,
en suma, que ha inspirado las abominaciones y deli­
rios históricos que hoy pululan entre nosotros, abra­
zados estrecham ente en la unidad del espíritu mismo
qye supo inspirarlos en los tiempos pasados, y que
ahora en los presentes los restaura y vivilica. Todos,
señores, venimos ai nacer poseídos y corrompidos por
él; así que no bien hemos saludado la luz por vez
prim era, cuando la Iglesia nuestra madre conjura al
espíritu que se dice moderno, aunque existe y viene
dando la m uerte al hombre desde el principio del
mundo, á salir fuera de nuestra débil hum anidad, pa­
ra que venga sobre ella y la alumbre y vivifique el
espíritu de verdad y de vida que procede de Dios, y
que es Dios mismo.
Desgraciadamente no siempre dura tanto como la
vida la m orada que hace en el hombre el espíritu di­
vino, ántes acaece á menudo ser lanzado de ella por
la culpa y ser invocado en su lugar el espíritu de la
antigua serpiente. Lo cual sucede, como en los indivi­
duos, en los pueblos y sociedades que llevan los fru­
tos excelentísimos que proceden de la divina sávia del
Catolicismo, alumbrados por el sol de verdad y de
justicia. Cuando sobreviene esta miserable mudanza, á
que el mundo da el nombre de progreso, el antiguo es­
píritu desterrado en sus propios abismos vuelve á apa­
recer entre los hombres dispuesto á corrom per las
d o c trin a s,'á cambiar el derecho y la m oral, á p er­
v ertir el corazon y las costumbres, á sem brar conju­
raciones contra toda autoridad divina y hum ana, y en
suma, á inficionar el aire que respiran' la inteligen­
cia y el corazon con todo linaje de errores. ¡Ay de
los individuos, ay de las instituciones que nacen bajo
la influencia de este espíritu, y crecen y se desenvuel­
ven inspirados de él! M ejor fuera para ellos no venir
al mundo; pues por más que su vida parezca her­
mosa por de fuera y aun encierre á veces algún bien,
este bien y herm osura, más aparentes que reales,
tienen un principio perverso que destruye todo bien,
que m archita toda belleza; un espíritu maligno que
sabe ocultarse entre flores para mejor disponer sus
trazas y conspirar contra Dios y contra los hombres
mismos seducidos por sus falaces encantos.
P o r dicha nuestra, señores, La Armonía no ha
recibido al nacer el alma depravada de ciertas insti­
tuciones del siglo, ántes ha sido establecida para
neutralizar cuanto sea de su parte, la influencia mo­
ral del espíritu moderno en las cosas y en los hom­
bres de nuestro tiempo. Así que al levantar de nuevo
la voz en este sitio, no tengo que repetir las palabras
sacram entales: ¡Sal ó espíritu inmundo! No, que la
bondad divina no le ha permitido hasta aquí profanar
este humilde lugar. Con todo, señores, su misma sutile­
za de espíritu; el general predominio que ha alcanzado
en la vida contem poránea; los prestigios que usa para
seducir los ánimos, y nuestra misma flaqueza y cor­
rupción, deben movernos á estar en vela contra este
enemigo formidable, perpétuam ente ocupado en ten ­
der lazos, en poner asechanzas, en m aquinar de todos
modos contra la luz verdadera de los entendim ientos,
contra el bien real del corazon y de la vida entera
del hombre. Bueno será sobre todo para resistir este
espíritu renovado de los antiguos tiempos, saber qué
cosa e s ; y así conviene mucho reducir á formas con­
cretas la esencia indeterm inada y vagái de este P ro teo ,
y penetrar en lo interior de su esencia á la luz del
análisis.
¿Qué cosa es, señores, el espíritu moderno? P o r
regla general el espíritu se refleja fielmente en sus
ideas, en sus sentim ientos, en sus obras. Así, señores,
para conocer el espíritu de una persona, de un siglo,
de una institución cualquiera, no hay sino investigar
los pensamientos y máximas que respectivam ente pro­
fesan, las cosas que más am an, el bien último que
pretenden, las obras que hacen para alcanzarlos. ¿Cuál
es, por ejemplo, el espíritu católico? Buscadlo en la
enseñanza del divino M aestro; buscadlo en los afectos
de su corazon, todo encendido en amor de caridad,
anhelando á la gloria de su E terno P adre y á la salud
eterna de los hom bres; buscadlo en sus ejemplos ado­
rables de virtud y perfección; vedlo también reflejado
en la vida divina y sobrenatural de la Iglesia, cuyo
espíritu es el espíritu de Jesucristo, luz que ilumina
á todo hombre que viene al m undo, am or de los bie­
nes y gozos verdaderos, santidad y perfección de to ­
das las cosas ordenadas á la única necesaria, árbol de
inm ortalidad y de vida puesto por Dios para confor­
ta r y refrigerar á los hombres, que están aquí como de
paso para su pátria verdadera.
Conforme á este sencillo método podemos llegar á
conocer el espíritu moderno preguntándole lo prim ero
por su doctrina; lo segundo, por las cosas que ama ó
que codicia; lo tercero, en fin, por sus obras é ins­
tituciones.
Cuanto á lo prim ero, señores, yo creo que si pre­
guntáram os á alguno délos diversos apóstoles ó rep re­
sentantes del espíritu moderno, cuál es su doctrina,
habría de verse asaz confuso y perplejo; porque su
ciencia en realidad carece de todo principio espe­
culativo, no tiene cuerpo de verdades, ni unidad de
método y enseñanza, ni mucho ménos reglas fijas y
universales de certidum bre. La ciencia m oderna es más
bien crítica que dogmática, más excéptica que positi­
va; su única luz, su criterio único y soberano es la
razón emancipada de la autoridad de Dios y de
su Iglesia, y proclamada reina absoluta del orden
intelectual, oráculo infalible de la ciencia, regla cierta
y universal de la verdad, del bien, de la justicia.
Fuera de esta especie de deificación de la razón hu­
m ana, con que se explica muy bien el culto que le fué
dado en la persona de una vil m ujer á fines del siglo
pasado; fuera, digo, de este principio sacrilego, la
ciencia inspirada del espíritu moderno apenas puede
unir dos solos entendim ientos en una misma verdad,
ni siquiera en un mismo error: tal es la innumerable
variedad de sus sectas, la oposicion de sus escuelas,
la perpétua lucha y contradicción de sus sistemas. Y
sin em bargo, todos ellos proceden de un mismo espí­
ritu; todos ellos son una protesta contra la sola ver­
dad que ju n ta en uno los entendimientos fieles á Dios;
todos ellos una conjuración del entendim iento contra
la autoridad, una negación bárbara y sacrilega de la
sabiduría católica, de esta sabiduría sublime que en­
cierra toda la ciencia de los filósofos gentiles, purga­
da de sus errores, y aum entada por los sabios y doc­
tores católicos que han florecido en el espacio de
diez y nueve siglos. E l espíritu moderno ha repu­
diado esta riquísima herencia, esta tradición sa­
grada de la verdad y del saber, y persuadido á los
suyos que la razón individual es poderosa, no ya sola-
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Aiente para percibir la luz, sino también para crearla,


sacándola cada uno de las tinieblas de su propio yo,
cegado de los aparentes resplandores del orgullo. Tal
es, señores, el origen y la razón de los errores y deli­
rios esparcidos hoy, como espesa tiniebla, sobre todas
las cosas divinas y hum anas; entre los cuales descuella
el error, ó mejor dicho, el absurdo gigante de los an ti­
guos, como de los modernos tiem pos, el panteism o,
que todo lo confunde: el efecto con la causa, lo finito
con lo infinito, lo vario con lo u n o , reproduciendo así
en la región de la ciencia el caos de los tiempos p ri­
mitivos: «la tie rra de estos filósofos, añade nuestro
egregio Balmes, está vacía, las tinieblas yacen sobre
la faz del abismo, mas no hay el espíritu de Dios lle­
vado sobre las aguas para fecundar el caos y hacer
que surjan de las sombras y de la m uerte piélagos de
vida y de luz.>
N o ta d , señores, que el espíritu moderno recono­
ce por suyos todos los errores contemporáneos, glo­
riándose vanam ente de haberlos engendrado: á todos
los reputa por hijos, de cualquiera especie y condi­
ción que sean , ora religiosos, ora científicos, ora po­
líticos y sociales; bástales su oposicion á la verdad y
autoridad católica para ser reconocidos del que es
padre de la mentira. Y no pára aquí el espíritu m oder­
no: como sea cosa harto récia para el entendim iento
hum ano, regido naturalm ente de las leyes de la ló­
gica, asentir al mismo tiempo á cosas contradictorias,
como lo son realm ente los errores de los diversos sis­
temas contemporáneos, este perverso espíritu que á to­
dos los abraza en un solo y mismo am or, ha hallado modo
de acreditarlos entre los hombres ideando la lógica nue­
va de la identidad de lo idéntico y de lo no idéntico, se-
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gun la cual pueden y deben ser tenidos por verdaderos


los juicios más opuestos entre sí, la afirmación y n e­
gación simultáneas de una misma cosa, la tesis y la
antítesis, el sí y el no, el idealismo y el m aterialism o,
en suma, señores, todo íes verdadero para el espíritu
moderno ménos la verdad misma. E n el seno de este
maldecido espíritu y bajo su influencia satánica se ha
formado la liga de todos los errores antiguos y mo­
dernos para com batir á la verdad, que á todos los
excluye, como la luz á las sombras; liga muy seme­
ja n te á la conjuración espantosa que los partidos
enemigos de la Iglesia tram an en el seno de las tin ie­
blas, inspirados siempre por el mismo espíritu, para
combatir y derribar por tierra, si les fuera posible, á
la Iglesia católica, columna y firmamento de la ver­
dad. No temáis, señores, sin em bargo, ni por la ver­
dad, ni por la Iglesia que la custodia; temed única­
mente por vosotros y por vuestros hijos; llorad por la
muchedumbre de inteligencias que caen en los lazos
•que les tiende en todas partes el espíritu m oderno.
Cuanto á la Iglesia católica, admirad más bien sus
constantes y gloriosos triunfos: hoy mismo gime el
m ónstruo debajo de sus pies, herido por los rayos del
V aticano, y forzado á proferir, formulados en ochenta
proposiciones, los errores principales que forman su
espíritu.
Pero ya es tiempo que vengamos á las cosas que
este espíritu am a, ó digamos, al amor que produce
en las almas que le siguen. Aquí, señores, se echa de
ver el inmenso abismo que separa al espíritu católico
del espíritu de nuestro siglo: el corazon informado
por el prim ero anhela sobre todas las cosas á vivir uni­
do íntimamente con Dios, á gozar en el cielo de la
- 12 -

claridad y herm osura de la esencia divina, alegría


sem piterna de los ángeles y de los santos; y hé aquí
que para llegarse á este bien soberano, empieza por
desasirse de toda afición desordenada de las criaturas,
y acaba por am ar la pobreza de espíritu, por gloriarse
en las hum illaciones, por abrazar con respeto y aun
con alegría el dolor y los trabajos, simbolizados admi­
rablem ente en la Cruz. ¿Son estos por ventura los senti­
mientos que inspira á los hombres el espíritu moderno?
Díganlo, señores, por vosotros el sensualismo reinan­
te , la sed de goces m ateriales que atorm enta las al­
m as, el olvido y menosprecio del fin último del hom­
bre, y lo que es más todavía, el empeño insensato de la
filosofía m oderna por santificar hasta los más infames
deleites de la carne. ¡Cuánto han variado los tiempos
y las costumbres! Cuando la sociedad era verdadera­
m ente cristiana, aunque el vicio y las pasiones daban
todavía testimonio en no pocos casos de la flaqueza
y corrupción prim itiva del hombre, jam as triunfa­
ban de sus más nobles instintos v sentim ientos,7 ántes
se ocultaban humillados y avergonzados á los ojos del
espíritu público formado por las máximas de la moral
católica; despues con el progreso, á que dicen está
sometida la humanidad, la filosofía m aterialista vino
á justificar el vicio y á declarar que la virtud cristiana
es una quimera ideada por el ascetismo de la edad
media. Corroido del vil m aterialism o el siglo diez y
ocho, suprimió, señores, el espíritu, suprimió por con­
siguiente la ley del espíritu, de que habla el Apóstol,
y no reconoció otra ley que la de los m iem bros, la de
los impulsos y movimientos de la bestia, á cuya mise­
rable condicion quiso abatir la alteza y dignidad del
hombre. No paró aquí el movimiento progresivo de la
— 13 -

idea: todavía era posible en el orden de los humanos


delirios, no ya sólo justificar las concupiscencias carna­
les, pero santificarlas, divinizarlas, erigirles altares,
rendirles el homenaje de la adoracion y del am or.
¡Oh miserable abyección de la ciencia m oderna, que á
tal extremo ha llegado en nuestros dias! ¡Oh vergüen­
za, verse trocados los filósofos que más hablan de
virtud pura, desinteresada, en cortesanos, ó mejor di­
cho, en sacerdotes del ídolo infame! Sí, señores, el
panteísmo, que desgraciadamente prevalece en la
ciencia y en la enseñanza m oderna, niega el pecado,
deifica el vicio y las pasiones, consagra el egoísmo, y
derriba por consiguiente la m ajestad del hom bre, á
quien adula torpem ente diciéndole que es Dios, ante
la misma diosa im pura que la revolución francesa co­
locó en el tabernáculo del Dios vivo!
¿Qué m aravilla es, señores, que bajo la influencia
de estas pestilentes doctrinas, hijas del espíritu mo­
derno , sienta arder el hombre dentro de su pecho el
cebo de la sensualidad que desdichadamente reina en
nuestras costumbres? T riste cosa es, señores, presen­
ciar la decadencia de las fuerzas del alma espiritual é
inm ortal, oprimida por intereses viles y fugitivos; y
más triste todavía ver cómo abandonan los hombres,
ciegos y helados por el egoism o, la causa de Dios y
del derecho, y se postran ante los hechos consumados
áim pulso de las pasiones. H uim os, señores, del do­
lor y del infortunio, aun cuando formen la aureola de
la justicia perseguida en este m undo, y seguimos las
banderas de la m oderna idolatría, que todas las cosas
sacrifica á los h onores, á los deleites, á los intereses
de la tierra. Y cuenta que esta tendencia á gozar de
todos sus bienes aparentes aun á costa de la virtud y
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de la felicidad v erd ad era, ocupa el corazon no sólo de


los que el mundo llam a dichosos, sino aun de los que
juzga por desgraciados. E l espíritu moderno ha e n tra ­
do en la m orada del pobre para e x tin g u irla fe que
le descubría los tesoros de su pobreza, los m erecim ien­
tos de su humilde resignación, y la grandeza de las
bienaventuranzas prometidas infaliblemente á los que
lloran en esta vida; y emponzoñando su corazon con
la doctrina y el ejemplo de sus felices corruptores,
ha despertado en su alma el deseo de gozar y el
odio de los que gozan. ¡Oh cuán profunda llaga es
esta, y cuán impotentes son sus desdichados autores
para contener sus estragos! No seg u iré, señores, por
este triste camino, porque todavía nos queda que es­
tudiar el espíritu moderno en sus obras é in stitu ­
ciones.
Comenzando, señores, por sus obras, ¿cuáles son,
p re g u n to , las obras inspiradas y ensalzadas del espíri­
tu moderno? Llena de ellas está la historia contempo­
rá n e a ; muchas se han hecho en nuestros mismos dias,
y todas son de suerte que á falta de toda razón que
las ab o ne, sólo aciertan á invocar en su defensa el he­
cho de haber sido consumadas. ¡E xtraña defensa por
cierto de la maldad m oderna, capaz de definir por sí
sola al espíritu del siglo que las hace y celebra á un
tiempo mismo, doblando humillado la cerviz ante la
iniquidad triunfante! E n tre las cuales sobresale por
su incomparable m alicia, que parece contener por
un modo em inente la malicia de todas sus otras
obras, la hecha últim am ente en Italia en ódio y, si
posible fu e ra , para ruina del Catolicismo y de su ca­
beza visible el Pontífice R om ano. Como iodos los e r­
rores de las sectas se han coligado contra la verdad,
— 15 —

así se han juntado los esfuerzos efe todos los sectarios


contra la cátedra donde la verdad dicta por los lábios
de su. visible oráculo sus enseñanzas divinas. Esfuerzos
siempre vanos, porque van contra la firmeza de una
piedra asentada por Dios como cimiento inalterable y
perpetuo del universo moral; pero esfuerzos que acredi­
tan la trascendental malicia del genio que los traza y
co n cierta, mirando nada ménos que á destruir con sus
obras nefandas la obra m aestra del mismo Dios, á vol­
ver á sumir al mundo en un abismo todavía más pro­
fundo que aquel en que yacia ántes que fuese levanta­
do por Cristo nuestro Señor á la altura de los cielos.
¡Qué seria en efecto del mundo m o ra l, si por imposi­
ble llegara á venir por tie rra la institución que con­
densa , si me es licito decirlo a s í, la fuerza espiritual
que eleva al hombre hasta unirlo con Dios? Pues ju z­
gad por aquí de las obras que inspirará el espíritu mo­
derno contra la potestad espiritual y tem poral del
Pontífice rom ano, las cuales tienden á impedir que la
virtud divina que alienta y dirige la vida m oral, se
derive de la cabeza á los miembros y circule libre­
m ente por todo el cuerpo místico de la Iglesia. P o r
esto debemos decir en conclusión, sobre las obras
engendradas del espíritu m oderno, no sólo que son
malas en razón de su objeto, sino ademas que el fin
que pretenden no es otro que cegar la fuente misma
del bien y de la vida m oral; cortar toda comuni­
cación entre Dios y el hom bre, entre el cielo y la
tierra, dejando al hombre á merced de su propia fla­
queza, arrebatado de sus pasiones, creyendo loca­
mente igualarse con Dios en el punto mismo de cor­
rom per todos sus caminos con las liviandades y to r­
pezas del paganismo resucitado.
- 16 -

¿Y cuáles son sus instituciones? ¡Ah, señores! No


hace todavía un siglo reflejábase en el mundo cristia­
no la gloria de las que inspiró el génio de la Religión
para proveer á las necesidades del individuo y de la
sociedad, y cultivar y promover los intereses legíti­
mos , y particularm ente las tendencias más nobles del
entendimiento y del corazon. Ahora ¿qué se han hecho
tantos y tan ilustres asilos de v irtu d , de carid ad , de
verdadera ciencia? Conjuróse oontra ellos el espíritu
moderno, y hé aquí derribadas por tie rra las obras de
los siglos. ¡Cuántas ruinas contemplamos hoydia! ¡Es
tan fácil destruir! E n cambio séanos lícito preguntar
nuevamente por las instituciones debidas al espíritu
moderno. Las que hoy desgraciadam ente posee, á ex­
cepción de algunas pocas y dañadas que ha podido
crear con gran tra b a jo , son como preciosas reliquias
convertidas desgraciadam ente á los nuevos fines de
la civilización m oderna. Bien será sin embargo decla­
ra r que el vicio de las hechuras que tiene por suyas
consiste principalmente en el espíritu que las informa;
por cuya funesta influencia las nuevas se corrompen
casi en el punto mismo de nacer, y las antiguas de­
caen y se m ancillan. Así que á unas y á otras son
aplicables las célebres palabras del inm ortal Donoso
sobre una de las instituciones antiguas reform adas á la
m oderna, ó sea sobre los modernos Parlam entos:
«Mi condenación, decia, no cae sobre el P arlam ento,
que es el vaso, sino sobre el espíritu revolucionario,
que es el licor. Derramad el licor que tiene, y acepto
el vaso.»
Ahora bien, señ o res, yo pregunto: ¿qué licor es
este que envenena el cáliz de la civilización moderna?
¿Qué agente misterioso infunde en el entendimiento y
-Uf­
en el corazon del hombre el espíritu que reina entre
las sombras del erro r, y se apacienta de las codicias y
liviandades de la carne, y se engrie de las miserias y
bajezas del orgullo? H ay aquí debajo de todas estas
cosas algo real, aunque invisible, que las inspira y di­
rige con un intento tan perverso como tenaz, una in­
teligencia sutil y superior que conspira contra la glo­
ria de Dios y la salud del hombre, y trabaja sin des­
canso en su obra de iniquidad , trazada por cierto con
una habilidad admirable, que sabe ir á su depravado
fin por todas las sendas torcidas, las cuales siembra
de flores porque no se vean los abismos de su malicia;
un espíritu que engendra en cada época nuevos dog­
mas é inventa nuevos hechizos, y cuando se agota su
fecunda inventiva saca de nuevo los antiguos cuya efi­
cacia tiene probada, procurando vestirlos de formas
nuevas para mejor engañar, y aun él mismo, viejo
como es, tom a el nombre de espíritu moderno para ha­
cerse adorar.
Dia llegará en que lo. consiga, aunque por breve
tiem po, como está escrito, y quizá no está léjos ese
dia; por lo ménos todos convienen en que el mundo
m archa con h arta rapidez. O tra cosa hay realm ente
cierta, y es, que entre los mismos que lo impulsan por
las vías del progreso moderno, y el espíritu que los
inspira, se ha hecho manifiesta una perfecta unión, y
no sé qué extraña sim patía. Poseído de él Proudhon
invocaba años atrás á S atanás, y ¡cosa notable! lo in ­
vocaba con la misma lengua blasfema con que dijo h a ­
blando con Dios: ¡Retírate, Jehovál Oid ahora al desdi­
chado autor de la vida de Jesús: «De todos los séres,
»dice, maldecidos ántes, y ahora rehabilitados gracias
ȇ la tolerancia de nuestro siglo, el diablo es sin duda
2
- 18 - '

»el más favorecido del progreso de las luces y de la ci­


v ilizació n universal. La edad media gustaba de repre-
»sentarlo deforme, maligno, herido de la divina ju sti­
c i a , y lo que es todavía peor, hasta ridículo. R eserva­
d o estaba á nuestro siglo, que tantas cosas ha rehabi­
lita d o , excusar con muy ^buenas razones á este infortu­
n a d o revolucionario, lanzado por la necesidad en una
>empresa peligrosa. Y a no le vereis, pues, con cuer­
n o s ni con uñas, sólo ha conservado las alas, lo cual
»esseñal consoladora de progreso.» H asta aquí son pa­
labras de R enán (en el Journal des Debáis de 25 de
Abril de 1855). Bien será añadir que la satanología
francesa es un plagio de la alem ana. Schelling fué el
prim er maestro de esta ciencia satánica que considera
al diablo como principio cósmico universal, y lo reconoce
por Dios del mundo, juzgando por lo mismo ilícito
hacer mofa de su majestuosa dignidad. E stas fueron
quizá las prim eras palabras de la nueva filosofía en
honor de su odioso ídolo: tiempo habia de venir en
que esta filosofía se tornase en religión, si así puede
llam arse la horrible apostasía de los hombres que lla­
man á Dios el ma/, y se convierten á su enemigo para
rendirle el homenage de su am or. T al es el fin último
á que m ira el príncipe de este mundo con la serie de
errores y de crímenes que sus hijos y adoradores ju z­
gan por ley necesaria del progreso humano. «Quisié­
ram os, dice un eminente publicista católico italiano,
ver formada por mano de la historia y de la filosofía
una obra en que se demostrase cómo el socialismo y
comunismo modernos y el panteísmo que los inform a,
coronan la obra comenzada y proseguida por todas las
heregías de los tiempos pasados, y preparan al mundo
á una apostasía mayor que está por venir; quisiera-
— 19 —

mos se probase que con los errores de los siglos p re­


cedentes , que al parecer eran sólo aberraciones de al­
gunos individuos y sectas, hijas de orgullo sofístico,
de preocupaciones accidentales, de lujo de especu­
lación , de licencia de las pasiones, la inteligencia
de S atan ás, que según el dicho de San P a b lo , obra
el misterio de iniquidad, arrojaba desde los prim e­
ros siglos del Cristianismo y aun ántes la semilla
cuyo fruto espera hoy recoger (1).
Ved, señores,, á dónde me ha traido el propósito
de definir el espíritu moderno, es decir, el principio
dañado de los errores contem poráneos, de las tenden­
cias y progresos del siglo, de los medios por donde
va derecham ente conducido á la apostasía final anun­
ciada en el sagrado Apocalipsis, é iniciada en los es­
critos y en las obras de los nuevos apóstoles. Yo no
creo posible explicar sin la intervención de una inte­
ligencia superior al hombre y enemiga de él, la gran
conjuración de los siglos pasados contra Dios y contra
su Cristo, la cual ha llegado á condensarse en nues­
tros dias con la alianza visible .acabada entre todos los
errores y entre todas las sectas para com batir la ver­
dad católica, y levantar un trono absoluto al espíritu
que apellidan moderno sobre las ruinas de la Iglesia.
P ero aun sin salir de los límites de este mundo en
la explicación del fenómeno verdaderam ente extraor­
dinario que se nos ofrece en el punto de poner los
ojos en la unión, concierto y m utua tolerancia de los
enemigos de la Cruz, signo único para todos ellos de
ódio y de contradicción incesantes, forzoso es conve­
nir al ménos, que' el espíritu que á todos los inspi-

(1) Saggio infonw al socialismo, por Avon a o r o , c o n d e d e la Motta


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ra , el espíritu que seduce los entendim ientos con los


errores y m entiras del racionalismo, el espíritu que
sopla en los corazones el viento de la soberbia y de la
rebelión, el espíritu que atiza el fuego de las concu­
piscencias carnales, el espíritu que se mofa de la hu­
mildad, del dolor y de la pobreza, y hace las obras
contrarias á estas virtudes celestiales, y m ata y ca­
lum nia las instituciones católicas, y derram a en las
que posee como propias su venenosa ponzoña, y bajo
los nombres fastuosos de progreso y civilización im ­
pulsa al mundo hácia ios abismos de la últim a aposta-
sía: en suma, señores, el espíritu moderno cuyas son
todas estas obras é inspiraciones satánicas no es, no
puede ser el espíritu de Dios.
No permitamos, pues, señores, por lo más sagrado
que hay sobre la tie rra , no permitamos la entrada en
nuestra humilde sociedad á tan dañado espíritu;
para lo cual será bien combatirle aquí mismo con las
arm as de la fe y de la verdadera ciencia en toda la
línea de sus errores y falacias. E l modo de preservar
á los entendimientos de toda seducción es ungirlos
con el bálsamo de la sabiduría católica. No hay cien­
cia alguna, ni arte, ni disciplina moral y política que
no puedan y deban recibir esta sagrada unción, que
difunde en toda la vida del espíritu no sé qué suave
perfume que la conforta y recrea. E ste debe ser, se­
ñores, todo nuestro anhelo, llevar en tan frágil vaso
como es este que hemos formado, el espíritu de las
doctrinas católicas, más antiguo ciertam ente que el
espíritu moderno, porque la verdad, que es el alm a de
tales doctrinas, es eterna; y más nuevo ^pxjrT consi­
guiente que él, porque la verdad eterna '™»da,
ni se corrompe, ni envejece.