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EL DESGOBIERNO POLÍTICO DE LA SEGURIDAD EN NEUQUÉN

Como en todo el país, en Neuquén los temores ciudadanos en torno a la


cuestión de la “seguridad” giran alrededor de los delitos contra la propiedad
con contacto físico.

En la última década la provincia, y más específicamente la Ciudad de Neuquén,


han caído en un proceso de nacionalización del fenómeno de la “inseguridad”
con dimensiones que no le pertenecen.

Aunque las características y complejidad de los procesos delictivos distan


enormemente de la que ostentan otros centros urbanos del país, la población
identifica a la seguridad como uno de los temas que más preocupan1.

Ente los múltiples factores que inciden en este dimensionamiento importado


del conurbano bonaerense, a muy grandes rasgos, se cuentan:

- un incremento de hurtos y robos y de violencia en la conflictividad


interpersonal desde la década del 90 en adelante (aunque con una
tendencia estable desde 2002 hasta 2008),

- la reconfiguración sociodemográfica y urbanística de la Ciudad de


Neuquén2 y una consecuente sensación de vivir en “una ciudad distinta
a la que solía ser hace unos años” en cuanto el crecimiento poblacional
se superpuso con costumbres y dinámicas de relación interpersonal
propia de ciudades pequeñas o pueblos en los que hechos delictivos
violentos se conservan como infrecuentes en la memoria colectiva,

- el consumo de información a través de medios televisivos nacionales


que lucran con la inseguridad y la reproducción local de la línea editorial
de los diarios porteños,

- el crecimiento del mercado de la seguridad privada,

- las angustias enraizadas en la incertidumbre sobre el futuro socio-


económico y

- la legitimación y proliferación de espacios de vida y recreación en el


encierro y la respectiva retroalimentación de los temores, del
individualismo y la cultura del enemigo.

La creciente demanda social empapada de estas y otras características fue


activando distintas respuestas de los sucesivos gobiernos provinciales en los
últimos años.

1
Diario Rio Negro del 1 de agosto de 2010.
2
que ha crecido exponencialmente y no ha podido soportar dicho crecimiento con
infraestructura que garantice derechos a sus habitantes.
En la tendencia de las líneas de reforma trazadas a fines de los ‘90 para la
Provincia de Buenos Aires, a principios de 2002, desde el interior de la policía
neuquina, emergió una iniciativa de modernización -con la colaboración de la
Universidad de Barcelona- que venía a complementarse con el impulso a la
reforma integral del sistema de justicia penal y con la propuesta de creación de
un servicio penitenciario, ambos temas ya instalados en la agenda local.

La implementación del escalafón único, la reforma educativa y la reformulación


de la doctrina policial incorporando una concepción de la seguridad asociada al
desarrollo y a los derechos humanos eran algunos de los ejes de los
lineamientos de cambio.

Esta histórica –en cuanto gran parte de los intentos de modernización policial
latinoamericanos son exógenos- auto reforma fue cortada de cuajo por el
entonces Gobernador Sobisch, que descabezó a la institución y dio inicio a una
acelerada contramarcha.

En 2004 se importó un modelo de seguridad prefabricado en y para otros


contextos y se viró hacia respuestas institucionales desproporcionadas
respecto de la problemática a nivel local.

El denominado Plan Integral de Seguridad (PIS) del ex Gobernador Jorge


Sobisch se acompasó con el desmantelamiento del servicio de investigaciones
de fiscalías para la investigación de delitos de corrupción y delitos complejos 3 y
con la avanzada del Ejecutivo y el Legislativo para disciplinar el Sistema de
Justicia en su conjunto.

Nacido en el marco de la “cruzada” post Blumberg4 y en la necesidad de


colocar en Latinoamérica el modelo “Giuliani”, el PIS giró alrededor de una
concepción criminológica economicista cuya fragilidad teórica había sido
expuesta repetidamente por la doctrina y por demás evidenciada en la
práctica. El ya entonces antiguo discurso de la “mano justa”5 pretendió
encubrir el reduccionismo teórico inmerso en su interpretación de las causas
del delito como una cuestión de análisis de costos-beneficios por los ofensores
con una avalancha de “modernización instrumental”.

El enorme gasto realizado en armamento e infraestructura de monitoreo y


comunicaciones6 pretendía saldar la ausencia de visión estratégica, de

3
que había sido creado en el 2001 e integrado por personal policial con entrenamiento
especial a tal fin
4
Diseñado en 2004 por el actual Jefe de la Policía Metropolitana de la Ciudad de
Buenos Aires.
5
Ver libro con ese nombre de Gorgal-Burzaco-Garavano
6
Que el propio Sobisch estimó en U$S 50 millones pero cuyo monto total se desconoce
por la resistencia hasta la fecha de dar a conocer los detalles del PIS que se defienden
como “reservados” y cuya publicidad ha sido demandada judicialmente.
formación política criminal y de capacidad institucional de conducción política
del sistema de seguridad.7

Como era previsible, lo único que se logró fue potenciar la violencia


institucional, además de malversar recursos públicos8, importando tecnología
excesiva para las necesidades locales que buscaba perpetuar la dependencia
del sector privado en la administración de la seguridad pública provincial.

El mandato de Jorge Sapag, necesitado de diferenciarse del PIS que culminara


con el asesinato de Fuentealba, nació con la promesa de romper con la política
de su antecesor y de promover una visión distinta, focalizada en la prevención
social de la violencia y el delito.

Sin embargo, sólo se confirmó dicha intencionalidad en lo discursivo utilizando


la táctica de delegar la totalidad del manejo de los asuntos de seguridad a la
Policía (designando a un virtual Ministro) y de maquillar una política de
seguridad conservadora con la creación de áreas a cargo de la formulación e
implementación de políticas transformadoras pero vaciadas de poder real para
implementarlas.

Así se amenizó el discurso represivo de Sobisch careciendo de cualquier


estrategia de gobierno político de la seguridad y sosteniendo como única
política oficial la saturación de efectivos policiales en zonas visibles de
demanda.

Desprovistos de una liderazgo político criminal estratégico, estructurados bajo


un mando con una visión eminentemente policialista y dedicados a quehaceres
ajenos a su función (exigidos de saberes muy específicos) -como la custodia de
personas privadas de libertad o la gestión de conflictos sociales-, el sistema
policial desempeñó deficiente y/o ilegalmente esas tareas9 10
,
desprofesionalizando al personal y desviando la mirada de la criminalidad
compleja regional.

El resultado de estas políticas de seguridad está a la vista. Hoy, en Neuquén


siguen haciendo pie sin demasiado obstáculo redes criminales regionales (con
eslabones operativos en Roca, Cipolletti y Bahía Blanca entre otras localidades)
dedicadas a la compraventa y explotación de personas, al tráfico de drogas, al

7
Similar error, entre los varios en que se ha incurrido, se cometió en la creación de la
Policía Metropolitana porteña.
8
Aún se pretende mantener en secreto el contenido y los gastos del PIS aunque ya fue
amparado judicialmente un periodista que demandó acceder a los expedientes del
Plan.
9
Son ejemplos de ello el famoso caso “Wilson” y las reiteradas denuncias de maltratos.
10
Es permanente la recurrencia a los grupos especiales de la Policía para la represión
de conflictos de tierras (como en el caso de la comunidad Paixil Antreao de diciembre
de 2009 en Villa La Angostura).
robo de vehículos y sus partes, al lavado de dinero con los correlativos fraudes
a la administración pública y al tráfico de patrimonio cultural protegido.

Resulta casi incomprensible la vigencia de este panorama considerando las


ventajas comparativas que ostenta Neuquén respecto de muchas otras
provincias para abordarlo. Sin dudas todavía se presenta una situación
“manejable” en lo que hace a la dimensión de las problemática delictivas
locales, el territorio acotado en que se desenvuelven, los niveles de violencia
delictiva relativamente bajos que aún existen y los tiempos y los recursos con
que se cuenta para atender el fenómeno.

La respuesta se vislumbra en la falta de voluntad y capacidad política para


aprovechar esas ventajas. Neuquén no cuenta ni con cuadros ni con una
estructura de gobierno civil preparada para diseñar, implementar y evaluar
políticas de seguridad. Dichas tareas están formalmente a cargo de la
Secretaría de Estado de Seguridad, agencia que sólo ostenta un liderazgo civil
simbólico en cuanto, en la práctica, la conducción de la totalidad del sistema
de seguridad provincial está a cargo de la Jefatura de Policía.

Esta “cómoda”11 carencia de gestión política está muy bien complementada


con la orientación de la política criminal del Ministerio Público y con la falta de
coordinación con el sistema de seguridad federal y con los de las Provincias
vecinas.

El círculo cuasi perverso se cierra a la perfección en la medida en que la Policía


acumula atribuciones de control social y otros capitales, el poder político se
desentiende de dar respuestas a un reclamo tan candente como la inseguridad
mientras que se asegura de quedar fuera de toda acción investigativa, los
fiscales y jueces garantizan su estabilidad y ascenso y los voceros de la opinión
pública reciben respuestas fáciles y digeribles (criminalizar la pobreza) a
problemas complejos.

11
Comodidad que en el nivel federal y en la PBA es parte de la apoyatura de todos los
sectores en el “pacto policía-política y delito”.