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Cyberpopulismo y democracia. Qué podemos aprender con Brasil?

Andrés Bruzzone (USP)

Mucho se habla sobre el peligro que constituyen las redes sociales para la
democracia. Pasó el tiempo del optimismo, cuando creíamos que el acceso más
fluido a la información representaba un plus democrático, abría espacio a nuevas
formas de representación. El avance global de la extrema derecha, la sospecha
fundada de que fue la manipulación de las redes sociales lo que llevó a Gran
Bretaña a decidir la salida de la UE, las evidencias de que estados poco o nada
democráticos están detrás de operaciones destinadas a interferir en procesos
electorales, todo este conjunto de noticias preocupantes marcaron el fin de un
entusiasmo que retrospectivamente nos parece naif, substituido por un pesimismo
que tal vez no necesite ser terminal. Umberto Eco 2.0: apocalípticos o integrados.

En cierto sentido, debemos alegrarnos porque la alta penetración de las nuevas


tecnologías de comunicación (redes sociales, celulares llamados inteligentes,
información producida, almacenada y distribuida digitalmente a bajo costo y alta
velocidad y capilaridad) y el acceso a nuevas formas de participación dan lugar al
surgimiento de nuevos actores políticos, subrepresentados por los partidos políticos
hegemónicos y tradicionales. Fue lo que vimos (y que fue ampliamente aplaudido)
cuando la Primavera Árabe, o el surgimiento de movimientos como Occupy,
Podemos (España) y otras manifestaciones contestatarias del poder instalado.
Inclusive es justo relacionar el fortalecimiento de identidades colectivas
congregadas en torno a pautas de género (sin ir más lejos #meetoo), como
resultado de las nuevas posibilidades que ofrece la comunicación digital en red.

Sin embargo, como aspecto negativo del hábito de informarse por medio de las
redes sociales, surge la polarización exacerbada. Los extremos se fortalecen, el
pluralismo y el centro pierden terreno. El diálogo y el debate crítico resultan
expulsados del espacio público por la imposición de consensos parciales o,
digamos, regionales: conjuntos de creencias que configuran una suerte de
cosmovisión en la que el otro es el enemigo que necesita ser destruído. Esta

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polarización (nuestra grieta) parece haberse instalado en muchas de las grandes
democracias del mundo. Parecería que de la mano de la comunicación digital en red
aplicada a la política, la agonística democrática fue substituida por una antagonística
autoritaria, donde el que era o debería ser opositor se transforma en enemigo.
Como enemigo, debe ser destruído, bajo riesgo de que me destruya.

Pero no son en sí mismas las redes sociales lo que causa este efecto sino su uso
combinado con una técnica narrativa, una estrategia de toma del poder que se
conoce como populismo. Esta convergencia, de eficacia más que demostrada, es lo
que aquí llamamos cyberpopulismo.

Demos algunos pasos atrás para intentar comprender cómo esto ocurre y cuáles
son las consecuencias. Queremos entender si los efectos negativos del
cyberpopulismo son un mero efecto secundario, pasible de correcciones con meros
ajustes de foco, o si se trata de algo inherente al modelo, estructural e inevitable.

Identidad e identidades
Antes de seguir, una advertencia metodológica. Para esta comunicación movilizo
algunos pocos conceptos de la teoría del populismo de Laclau, Mouffe y Casullo.
Sin embargo, mi análisis se da en términos de la filosofía hermenêutica de Paul
Ricoeur y de mi apropiación de esa filosofía para entender la comunicación humana.
Es decir, mi discusión es exterior a la construcción teórica del populismo y es desde
ese lugar que espero poder contribuir de alguna manera al debate. Presentaré
primero el marco teórico, para después a enfocar la atención en Brasil, un caso muy
cercano y sin duda paradigmático.

Paul Ricoeur desarrolló la noción de identidad narrativa, uno de los conceptos más
interesantes y originales de su filosofía. Simplificando mucho, podríamos decir que
yo soy la historia que me cuento a mi mismo (y a los otros y con los otros) sobre mi
mismo. Mi identidad es al mismo tiempo la duración en el tiempo de algunas
características inmutables (mi código genético, por ejemplo) con aspectos que
cambian, con acciones y episodios que podrían ser incompatibles o incoherentes

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entre si, no fuese la trama narrativa que los une en una historia singular. Entra aquí
en juego el ​muthos aristotélico, de trama o de intriga, con su capacidad para reunir
lo diverso, lo dispar. Ricoeur habla de identidades narrativas individuales y
colectivas; un sí mismo o un yo y un nosotros. Las identidades narrativas están
siempre siendo reescritas y de alguna manera somos coautores y al mismo tiempo
actores, porque no tenemos dominio absoluto sobre las intrigas en la vida del
personaje que nos toca ser (“no sé por qué hice esto, qué me llevó a actuar así…”).

El primer elemento en juego para comprender la identidad narrativa es la figura de la


attestation​, que aquí podemos aproximar del conatus spinoziano, pensado en
términos de una afirmación de sí, un decir verdadero del ser (Aristóteles) del ser del
sí. Esta afirmación originaria se realiza por las mediaciones objetivantes del
lenguaje, de la acción, del relato y de los predicados éticos y morales.

El segundo elemento es la distinción entre mismidad e ipseidad, que se refiere a


modos de la identidad: identidad matemática, inmutable, es identidad en modo de
mismidad. Ipseidad se refiere a un modo de identidad que la ​attestation presenta y
refuerza: la identidad del agente, del autor que se dice a sí mismo en el actuar, en el
hablar. Es la identidad de un sí que se reconoce a lo largo del tiempo, uyn sí que
exige ser mantenido y preservado. Un sí que debe cambiar para continuar siendo el
mismo.

La alteridad del otro, que es una metacategoría de la alteridad ​tout court​, es el tercer
elemento. El Otro es mucho más que la contrapartida de ese sí-mismo que se
afirma en la acción: es parte constitutiva de su sentido. El Otro representa una
mediación necesaria entre el sí y el sí: no hay un Sí-mismo sin un Otro.

“No es apenas en la escucha que el Otro se integra en el discurso hablado: al


designar a ese Otro, el Sí también se está designando. Decir ‘Tú’ es decir ‘Yo’,
como decir ‘Él’ es decir ‘Nosotros’'. (SMA, p. 381, traducción propia).

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Recurriendo a la filosofía de Husserl, Ricoeur muestra cómo el otro no es uno más
entre mis objetos de pensamiento sino él mismo un sujeto de pensamiento, como
yo, y que vemos el mundo, juntos, como una naturaleza común. Juntos constituimos
comunidades de personas capaces de comportarse en la escena de la historia como
personalidades de grado superior. El Otro está secretamente contenido en la
formación misma del sentido de lo propio. Sin ese Otro, no podría consolidarme
(​rassembler​), afirmarme o estabilizarme (​affermir​) y mantener mi identidad. Contra la
disgregación, contra la fragmentación, es el otro que da cohesión, unidad y ligación.

Hay identidades narrativas individuales y colectivas. Ejemplo de identidad colectiva


mayor es la que constituye una nación o una patria. Yo soy argentino, o brasileño, o
norteamericano porque mi narrativa individual se inscribe en una tradición, en un
tejido de narrativas que me preceden, que me engloban, que me proseguiran.
Algunas veces nación (o patria) y estado nacional no coinciden, como puede ser el
caso histórico de Polonia cuando fue eliminada de los mapas como estado pero se
mantuvo viva como nación; o de Palestina o Israel en diferentes momentos de su
historia; o de las naciones balcánicas bajo la dictadura de Tito. Argentina, Brasil y
Estados Unidos, los países de mi ejemplo, son casos en los que el estado y la
nación se superponen de manera casi perfecta.

Dentro de esas identidades mayores coexisten otras. Algunas de estas otras


identidades tienen también componente geográfico, como marplatenses o cuyanos,
pero otras no: boquenses, artistas, homosexuales, cristianos, veganos,
tradicionalistas, filósofos… Es en la intersección de varias de estas identidades que
se construye esa narrativa específica que es cada identidad narrativa individual.
Algunas de esas identidades se oponen, son conflictivas entre sí, y es función de la
democracia establecer mediaciones, encontrar equilibrios que son necesariamente
inestables. De ahí el estado de conflicto permanente, la bulla de las democracias
que tanto incomoda a algunos defensores del silencio y el orden.

La identidades nacionales suelen tener su origen en episodios fundadores violentos:


revoluciones, guerras, conquistas. Estos episodios son registrados por la historia y

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convertidos en símbolos en forma de monumentos, fechas conmemorativas,
himnos, nombres de calle, relatos épicos estudiados en las escuelas… Como ocurre
con las identidades individuales (estoy pensando aquí en los procesos de
individuación), las oposiciones son necesarias para la constitución de una identidad
colectiva. Las artes, el territorio, la lengua, las comidas, las instituciones… son
muchos los elementos que construyen y mantienen una identidad nacional. Sin
embargo, un Otro absoluto, un Ellos, es invalorable para que una identidad nacional
se fortalezca. Los enemigos externos suelen ser útiles para aglutinar voluntades.
Los que tenemos edad suficiente nos acordamos de una Plaza de Mayo que hoy
avergüenza a muchos, la plaza de apoyo a Galtieri cuando se trataba de enfrentarse
al enemigo inglés. Los nacionalistas europeos tienen al alcance de la mano a los
inmigrantes, Otro perfecto: se ven diferentes, hablan diferente, tienen otra religion y
es fácil vincularlos con amenazas reales a la Nación o a las personas como son los
actos terroristas. Dictadores y demagogos de todos los tiempos conocen esta fuerza
que da tener un buen enemigo a disposición, más nadie llevo esto más al extremo
que el nazismo y el fascismo.

El populismo trata de la construcción de identidades colectivas. Narrativas


construidas para obtener y mantener el poder, con un esquema muy simple: un
enemigo, una masa o pueblo, un salvador. La elección del enemigo es determinante
para el éxito o el fracaso y para la conformación interna del movimiento que
eventualmente conquista o sustenta el poder. Brasil y Argentina no tienen un Otro a
mano en la forma de una amenaza externa, no hay suficientes inmigrantes, o si los
hay no son tan diferentes ni tan amenazadores como un buen musulmán barbudo lo
puede ser para un parisino. Esto hace que el populismo brasileño o argentino sea
desde su nacimiento diferente del europeo: el Otro absoluto, el enemigo, debe ser
interno.

Una característica común a muchos de los nuevos populismos de derecha (de


Europa y de América) es su oposición a “el establishment”, a los políticos, al poder
político tradicional. El fenómeno de los outsiders que muchas veces no lo son.
Trump en los EEUU hizo un mix de oposición al establishment con el resentimiento

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a los inmigrantes, especialmente los latinos, que son los más visibles, y a lo
extranjero de un modo difuso: globalismo, China, Europa.... No le fue mal.

En la Argentina el voto por oposición es más fuerte que el voto por adhesión.
Detesto tanto a un candidato que voto a uno al que nunca votaría en condiciones
normales. El poder se gana en función de la capacidad de aglutinar voluntades en
torno de la oposición a algo o a alguien. La última elección en Brasil fue dirimida en
una pulseada por quien era el candidato más temible, si del partido corrupto que iría
a llevar a Brasil a transformarse en una Venezuela o el que amenazaba con una
retórica fascista. Nuestros vecinos le tuvieron menos miedo al fascismo declarado
que al fantasma del comunismo.

Consenso, identidad y redes sociales


Cada identidad narrativa individual es el resultado (nunca acabado, siempre en
construcción) de una conjunción de inúmeras narrativas contenidas en la lengua, en
la sociedad. Hay un mundo así constituido, un horizonte que es único para cada
individuo. Pero este horizonte único y singular participa del horizonte común por una
serie de mediaciones y de intercambios (un proceso de traducción permanente) que
permiten la constitución de horizontes comunes.

El problema de las redes sociales es que permiten, promueven y fortalecen la


constitución de horizontes más o menos cerrados, divorciados del común. Bolsones
de consenso que pueden distanciarse tanto del común como, por ejemplo, para
defender que la tierra es plana. Esto siempre existió: las ​Weltanschauung de un
kamayurá es diferente de la de un ejecutivo de Bayer en São Paulo; aunque viven
en el mismo país, habitan mundos diferentes.

Hasta el advenimiento de las redes sociales, cosmovisiones divergentes no llegaban


a catalizar: eran más laxas, fragmentadas e inestables. Tampoco tenían conexión
directa con los mecanismos de toma y de refuerzo del poder, eran demasiado
marginales para influir seriamente en el curso de la sociedad, que seguía las pautas
de un consenso establecido por el uso y mantenido por las tradiciones, la educación

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formal, los medios de comunicación, las instituciones. El desafío ahora es que en el
mundo de las redes sociales pueden constituirse consensos divergente fuertes y
suficientemente grandes como para exigir representación política desde posiciones
que contrarían el consenso mayor. Esta es una situación que llegó para instalarse y
no va a cambiar; es importante que empecemos a pensar en el tema. Vuelvo al
ejemplo extremo de los terraplanistas: qué va a pasar cuando un candidato llegue al
Congreso defendiendo el derecho de que en los libros de texto se incluya la teoría
que niega que la tierra es redonda?

Suena a exageración? Repito un número: 11 millones de personas declaran creer


que la tierra es plana. Eso es más que todos los votos que eligieron a los 100
primeros diputados por el Estado de São Paulo… Y esta semana, el 10 de
noviembre, se reúnen en São Paulo para su primera convención nacional1.

Las redes sociales permiten la construcción de identidades colectivas que antes no


habrían podido existir. Sobre todo por su capacidad de detectar patrones de
comportamiento y de aproximar los distantes, pero no solamente. Una de las
mayores fuerzas de las plataformas digitales es que eliminan o reducen la
intermediación: agencias de viaje, librerías, grabadoras de música pierden poder
porque el usuario final puede estar en contacto directamente con el productor o el
mayorista. No es diferente con los medios de comunicación y los partidos políticos,
que el mundo digital debilitó al vaciar su papel de intermediación. La importancia del
papel de los partidos políticos y de medios tradicionales como mediadores,
amortiguadores y filtros empieza a hacerse visible ahora que la nueva dinámica
política lo erosiona al punto de casi eliminarlo.

Con suficiente dinero, es posible llegar con discursos hechos a medida de grupos
muy pequeños, o muy dispersos. Se puede ajustar el mensaje a cada individuo
para, conociendo su modo de “consumir ideas” eliminar barreras y aumentar la

https://emais.estadao.com.br/noticias/comportamento,primeira-convencao-brasileira-sobre-terraplanis
mo-ocorre-em-novembro,70003019443

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fuerza persuasiva del discurso. Es el sueño de cualquier profesional de marketing,
sea su negocio vender autos, cosméticos o plataformas políticas y candidatos.

Este es un hecho bastante divulgado y también malentendido, cuando se habla de


la burbuja, del efecto pecera. Hay que entender cómo funciona la economía de una
red social y por qué hoy Facebook y Google valen lo que valen. 2

Una red social es una recolectora de datos de comportamiento3. Google guarda


registros de cada una de las búsquedas que hacemos, de los videos que asistimos,
de cada mail enviado y recibido (aún los borrados), de cada compromiso en la
agenda, de los lugares donde estuvimos, de charlas captadas con el micrófono…
Son toneladas de datos por cada usuario individual. Para una persona promedio, el
tamaño de un documento conteniendo los datos recolectados supera con creces las
3.000 páginas en formato word. El costo de almacenar esta información es
astronómico (Google tiene más de 2 millones y medio de servidores, y el número
crece a cada mes) y si se justifica es porque sirve para un objetivo principal, que es
influenciar en decisiones de compra.

Para esto, los datos recolectados son procesados de manera que se pueda obtener
perfiles de compra, de preferencias, de toma de decisión, muy precisos. Lo que las
empresas de marketing e inteligencia digital (y una red social es eso) hacen es
afinar la puntería, entender si efectivamente yo estoy dispuesto a comprar, si tengo
condiciones y estoy en el momento adecuado, para entonces intervenir con un
mensaje suficientemente persuasivo. En el fondo son operaciones muy simples. Si
estoy buscando un auto sedán de cuatro puertas de una marca, eso puede significar
que hay una intención de compra potencial, entonces otra marca de autos de precio
similar puede abordarme. Si pedí un crédito, o si agendé un test drive, puede que mi

2
The world’s most valuable brands 2019. 1) Amazon $315.5 billion; 2) Apple $309.5 billion; 3) Google
$309 billion; 4) Microsoft $251.2 billion; 5) Visa $177.9 billion; 6) Facebook $159 billion; 7) Alibaba
$131.2 billion; 8) Tencent $130.9 billion; 9) McDonald’s $130.4 billion; 10) AT&T $108.4 billion.
Source: BrandZ
3

https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/mar/28/all-the-data-facebook-google-has-on-you-p
rivacy

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intención sea más firme, entonces pueden llegarme ofertas más agresivas, con
descuento. Si detecta una intención real acompañada de posibilidades concretas
(tengo que tener la plata, o el crédito), el anunciante puede gastar más plata en mi,
esperando un mejor retorno. Hasta el momento en que puedo ser directamente
accionado por un operador, real o virtual.

Antes, el marketing construía modelos aproximativos con base en datos generales:


área de residencia, niveles de ingreso y de educación, edad y género. Esto cambió
y los datos son la mercadería más valiosa, el nuevo petróleo. Operadoras de
teléfono y las de tarjetas de crédito y medios de pago electrónico, los buscadores
como Google, los supermercados o quienes les proveen programas de fidelidad y
de puntos... todos crean y procesan enormes bancos de datos que, cruzados entre
sí, ofrecen perfiles muy ricos e interesantes (para quien quiere vender algo) de cada
consumidor en particular.

Ocupar el gobierno de un país puede ser un gran negocio. Elegir a un presidente,


determinar las políticas económicas, liberar la privatización de la empresa petrolera,
de aeropuertos o de los correos, obtener reducciones en los límites para la
explotación de recursos naturales, acceder a los ahorros jubilatorios y a los datos
privados de toda la población de un país, reducir la protección de las leyes laborales
(es decir baratear la mano de obra)… todo esto (y más) puede conseguirse si se
elige al gobierno adecuado, que es lo que un grupo de poderosos logró en Brasil.

En charlas informales, empresarios brasileños podían hablar del riesgo de


convertirse en una Venezuela, de la izquierdización y del populismo económico del
PT y hasta de asuntos de familia, de moral y de costumbres. Pero muy rápidamente
el tema se encauzaba hacia la cuestión central: los negocios. Hacía falta, decían,
destrabar la economía, paralizada desde la torpeza del gobierno Dilma, y para eso
sería indispensable la reforma del sistema jubilatorio, que traspasaría a manos
privadas un volumen de varios miles de millones de dólares (los ingresos anuales
por contribuciones previdenciarias de Brasil, sin considerar tasas e impuestos
relacionados, son más de 100 mil millones de dólares) y la adopción de nuevas

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medidas como reducción de cargas sociales o de derechos de los trabajadores.
Este consenso entre la clase económica dirigente fue el que eligió a Bolsonaro, no
porque esta clase tenga suficiente masa de votantes sino porque tiene suficiente
dinero para pagar la campaña que hace falta y porque supo ver la oportunidad . Y
es aquí donde entra el cyberpopulismo con toda su fuerza.

El cyberpopulismo tiene un padre: se llama Stephen Bannon. Este ideólogo de


extrema derecha entendió que juntando el modelo discursivo del populismo con las
técnicas persuasivas del mundo digital, tendría una herramienta imbatible para
elegir candidatos y vender ideas políticas que hasta entonces quedaban relegados a
un lugar minoritario. Después de haber ayudado a elegir a Trump y a Salvini, de
haber apoyado el voto del Brexit, fue clave en el triunfo de Bolsonaro y ahora se
ocupa de implantar a la extrema derecha anti-europeísta en el seno de las
instituciones europeas4.

Aprender de Brasil
A partir de un estudio del momento que atraviesa la sociedad brasileña, mi
investigación (de la cual este paper es un segmento preliminar) busca responder a
dos preguntas:
- Puede el cyberpopulismo abrir espacio a gobiernos pluralistas y
verdaderamente democráticos, o necesariamente resulta en gobiernos
autoritarios?
- Qué herramientas movilizar para contrarrestar los efectos nocivos del
cyberpopulismo, máquina de ganar elecciones que difícilmente abandone el
centro de la escena política en un horizonte cercano?

Tomando Brasil como caso, el resultado del cyberpopulismo exitoso está a la vista:
es indiscutible la vocación antidemocrática del actual gobierno y es claro que su
llegada al poder se dio por un uso eficaz del cyberpopulismo. El candidato que
venció tuvo muy poca propaganda en los medios tradicionales; por la ley electoral
para la primera vuelta le correspondieron apenas 8 segundos de TV por día, frente

4
https://brasil.elpais.com/brasil/2019/03/24/internacional/1553454729_290547.html

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al otro candidato que tuvo 2 minutos y medio. El candidato de derecha moderada
liberal de un partido grande, el ex-gobernador del estado de São Paulo Geraldo
Alckmin, que tuvo más de la mitad del tiempo de TV gratuita destinada a todos los
candidatos presidenciales, consiguió apenas 5% de los votos. Asi, campaña fue
decidida en las redes sociales, especialmente Whatsapp, que tiene más de 120
millones de usuarios activos en Brasil.

En el resultado de la elección fue también fundamental el apoyo de las iglesias


evangélicas, que en Brasil congregan a más del 30% de la población y crecen entre
1 y 1,5% al año, ya hace más de una década. El repertorio evangélico permitió vestir
a la operación con las ropas de una defensa de la familia tradicional, opuesta a las
elites progresistas de las capitales. Al proyecto espiritual evangélico se suma uma
operación económica y un aparato político que con la asunción del presidente
convertido (se hizo bautizar en las agua del río Jordán) ganó consistencia y
proyección5.

Seguridad, familia y progreso económico son las preocupaciones principales del


brasileño medio. Para la operación populista que debía entronar al salvador
Bolsonaro, el enemigo elegido fue el PT de Lula, sinonimo de corrupcion, y en
general el sistema de partidos tradicionales. Pero las redes sociales trabajaron
también contra el marxismo cultural gramsciano, un movimiento conspiratorio cuyo
objetivo es minar la estructura familiar promoviendo la ideología de género e
incentivando el homosexualismo y la adoctrinación de los niños en las escuelas.
Entre las fake news que circularon, la mamadera-pene que haría parte del kit-gay
que el candidato de izquierda, el profesor y doctor Fernando Haddad, marca un
punto de destaque. Como en un teatro de títeres, cada tanto un muñeco con cara de
Chávez o de Maduro irrumpía en las escena para recordar que tal vez Brasil
pudiese ser la próxima Venezuela.

Es posible que haya un número suficiente de gente tan ingenua que haya podido
creerse estos disparates? Si pensamos que en Brasil hay 11 millones de personas

5
https://elpais.com/elpais/2019/07/26/ideas/1564140346_833296.html

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que están convencidas de que la tierra es plana, una mamadera-pija no parece tan
inverosímil.

Cuando comprobamos el alto número de mujeres que adhirieron al candidato que


reivindica la violación y defiende la supremacía masculina, cuando muchos gays
votan a un sujeto que dice preferir un hijo muerto a un hijo homosexual, cuando
gente informada compra que un diputado con 27 años de congreso y tres proyectos
aprobados en todo ese periodo es la nueva política, entonces debemos admirarnos
por la capacidad de instalar un discurso de que el cyberpopulismo es capaz. Dónde
radica su fuerza?

La respuesta está en la polarización, que no es una consecuencia indeseable, un


subproducto o un efecto secundario del populismo sino su esencia, el ingrediente
mágico de la fórmula. Esto parece y tal vez sea una obviedad, pero aun asi creo que
vale la pena detenernos a pensar por qué es así.

Vuelvo entonces a la noción de identidad narrativa, individual y colectiva. No hay


identidad sin comunicación, porque la identidad requiere el estar con los otros que
son conmigo; soy en y con un nosotros, de manera necesaria (y aquí la palabra
‘necesaria’ tiene peso lógico). Es fácil de entender que si mi identidad se constituye
en el interior de un lenguaje, de tradiciones, de una cultura, necesito de la
comunicación como condición previa a una identidad. De esta manera, la
comunicación precede a la identidad y es así que el Otro, los otros, me constituyen
íntimamente. El Nosotros es el terreno de la comunicación, que toma como
paradigma a la traducción: traduzco, traducimos, de manera constante, el flujo
interno de nuestra consciencia en palabras que proferimos y que son por su parte
traducidas por los oyentes, esos otros contenidos dentro del espacio de un nosotros.
Simétricamente, traducimos narrativas que nos rodean, las incluímos en nuestra
propia narrativa para constituir un horizonte común con aquellos con los que
compartimos un lugar y un tiempo. Nosotros que hablamos, nosotros que
dialogamos, nosotros que somos juntos: es indispensable un común, una comunión,
una com-unidad; está ahí el suelo fértil de la comunicación.

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El Otro absoluto
Sólo que la comunicación no ocurre siempre ni con cualquier otro. Es necesario un
terreno común que permita configurar un Nosotros, mismo que sea durante una
fracción de segundo. Esto no ocurre con el Otro absoluto (ab-soluto: separado) de
una lengua, de una cultura. Aquel con quien no puedo comunicarme: el enemigo, el
bárbaro con quien toda traducción es imposible. Aquel que no sigue el primer
mandato levinasiano fundador de la subjetividad: no matarás. Ese otro es el
enemigo que me destruye y al que debo destruir. Está más allá de la muralla de la
civilización: es el infiel al que hay que eliminar, es el caníbal, es el torturador, es el
asesino. Extraño a la comunidad del nosotros, puede ser el exiliado, el desterrado o
el ex-comulgado. No tiene razón ni razones. Su cuerpo no tiene espacio en el
camposanto, es el hereje o el desaparecido. Vuelos de la muerte, tumbas
clandestinas para ese ser que niega mi humanidad (y con eso la suya propia). Ese
otro al que puedo y debo eliminar y para eso me apoyan las leyes del derecho y de
Dios: es el Otro de la guerra santa, de la jihad, de las acciones comando en la
noche del desierto. Menos que humano. Guillotina y paredón, hoguera para sus
libros y para sus cuerpos, picana para sus genitales. Es el fusilado al que es preciso
deshumanizar pero es también el verdugo que se distancia de ese cuerpo
atravesado por sus balas, de ese rostro que pide clemencia. Borrar nombres, y
caras anular ideas, reescribir la historia con agujeros negros y saltos en el tiempo.
Es necesario deshumanizar a ese Otro tanto cuanto sea posible, retirarlo del terreno
del diálogo, es decir del logos plural. Así, desprovisto de razón, no hay razones que
deba escuchar. “Al amigo, todo. Al enemigo, ni justicia", conocemos las palabras.

El enemigo me define por su negatividad: es todo lo que yo no soy, luego soy


porque lo niego. Por eso no hay un nosotros posible con el enemigo. Y si no hay
nosotros no existe situación de comunicación. No somos juntos, somos uno u otro.
Su negación y su aniquilación, real o simbólica, es necesaria para que yo sea, para

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que nosotros seamos. Él o yo, ellos o nosotros. No hospitalidad ni reconocimiento,
no hay común, no hay ​communitas​, no hay ​communicatio​.

Esta es la lógica de la exclusión a la que apela el populismo cuando instaura un


enemigo como fundante de la identidad colectiva de un pueblo. Cuanto más cerca
de lo visceral, cuanto más primaria y medular la reacción, más eficaz el mecanismo.
La identidad que resulta del encuentro con esta negatividad está más volcada a la
mismidad que a la ipseidad, encuentra refugio en lo instintual y lo primario. Esto lo
comprobamos en el orden individual tanto como en el colectivo. Frente a la
amenaza a su vida o la de su familia, el sabio doctor puede transformarse en un
neandertal. Cuando se trata de aniquilar a un enemigo, pueblos civilizados se
entregan a orgías de barbarie, los que fueran vecinos pacíficos se ensañan en el
odio y ocurre lo impensable: Alemania, Francia, Polonia, Italia en la Gran Guerra,
Yugoslavia en los 90, Congo, Argentina, Chile y el resto de América latina en los 60
y 70… hace falta seguir?

Un (cyber)populismo democrático de izquierda es posible?


Nuestro análisis se da en el plano de una hermenéutica filosófica de cuño
ricoeuriano. Movilizamos los conceptos de identidad narrativa individual y colectiva,
entendiendo cómo la comunicación es constitutiva de identidades y relacionando
esto con la estructura narrativa del populismo y con su potencialización cuando
combinada con las técnicas de producción, almacenamiento y distribución de
información digital en red. Nuestro objetivo era y es responder a una inquietud
primera: es el cyberpopulismo un camino posible para sociedades democráticas o,
como parece estar ocurriendo, la toma de poder por esta vía desagua en gobiernos
autoritarios y sociedades fracturadas?

Las conclusiones no son optimistas.

Según la visión populista, reforzada cuando se trata de cyberpopulismo, en la


identidad colectiva que es la nación está inscripto un enemigo que debe ser
aniquilado como condición de la identidad colectiva (menor, parcial) que es la que

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me contiene. Para que yo sea, para que la identidad del grupo que me contiene se
constituya y se preserve, ese enemigo es necesario, pero al mismo tiempo no tiene
lugar en la polis. Es pura negatividad que define mi identidad de grupo. Una
identidad que resulta frágil porque no es maleable: su rigidez, que se confunde con
fortaleza, es responsable por una fragilidad de origen que exige cada vez más un
otro o algunos otros con que contratar para no romperse. Una identidad que es puro
idem está amenazada de muerte por los cambios de su entorno: adaptarse es tarea
de la identidad ipse, que es la que garantiza flexibilidad al poder absorber lo distinto,
lo imprevisto, en su seno acogedor de la diversidad.

La fractura instalada es insuperable. Surge entonces como pregunta qué pasa en


una sociedad que para definirse necesita grupos mutuamente excluyentes. Si la
identidad del grupo que excluye es mayoritaria probablemente podamos hablar de
fascismo: el que no se parezca al todo debe ser eliminado o subyugado. Si se trata
de una minoría que exige la aniquilación de otra minoría, o de dos minorías
enfrentadas, entonces habrá un conflicto en el seno de la sociedad que cabe a la
democracia buscar superar o regular. Es de la naturaleza de la democracia mediar
en estos conflictos, desarrollar un sistema de equilibrios y de contrapesos capaz de
lograr la convivencia de estos opuestos.

Pero el cyberpopulismo nace para la toma del poder. Su objetivo es que un grupo
minoritario se haga mayoría o, por lo menos, tome las riendas de la conducción
política. Lo hace a partir de identificar en los individuos, por medio de técnicas de
marketing digital, aquellos elementos fundantes de la identidad que puedan ser
movilizados contra un Otro. Su ​raison d’être es la toma del poder y el medio para
conseguirlo es exacerbar la oposición de su “cliente” con ese enemigo elegido que,
en el caso de países que carecen de un enemigo externo suficientemente fuerte,
será otro agente, otro actor inscripto en la identidad mayor que es la de la nación
que ambas integran.

Surge así como consecuencia ineludible que el cyberpopulismo conduce a modelos


de poder autoritarios, opuestos al pluralismo democrático. Se puede combatir un

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autoritarismo de derecha con un modelo intrínsecamente autoritario de izquierda?
Provisoria pero contundente, nuestra respuesta hoy es que no, que una sociedad
presa entre fuerzas de signo opuesto pero que funcionan una como espejo de la
otra en un modelo simétrico de conquista y manutención del poder por medio de
estructuras populistas está condenada al autoritarismo, a una fractura interna que
no se cierra. El pluralismo es aplastado por los extremos, las nuances y los matices
se tornan irrelevantes en una sociedad que hace del contraste entre blanco y negro
la base de su acción política.

Ninguna verdad satura todos los espacios de verdad. Nadie tiene toda la razón,
nadie tiene ninguna razón, nos enseña Ricoeur. En una sociedad polarizada esto no
es cierto: mi verdad necesita saturar todos los espacios y el Otro no puede tener
ninguna razón y por eso estoy condenado a tener toda la razón y todas las razones.
No diá-logos, no hay logos. Es la muerte del pensamiento.

El cybepopulismo puede ser una forma narrativa vacía de contenido, pero no es una
forma exenta de ideología. Una hermenêutica crítica es necesaria para desvendar la
ideología intrínseca de los populismos de derecha y de izquierda. Safatle, entre
otros, nos advierte: “Cuidado con igualar populismos izquierda con populismos de
derecha. Al fascismo (populismo de derecha) hay que llamarlo fascismo”6. Tiene
razón, es una alerta válida y necesaria. Pero no por eso debemos dejarnos capturar
por una dinámica autoritaria que necesariamente resulta en una reducción de
democracia. Contra los autoritarismos, pensamiento crítico y plural. Lo contrario es
renunciar a la pluralidad, a la diversidad, a los matices y las tensiones dinámicas de
la democracia -es decir, a lo mejor del pensamiento democrático. Toca aprender a
ganar elecciones desde la libertad de pensar y desde una política de la hospitalidad,
el reconocimiento y el acogimiento.

Pero: se puede?

São Paulo - Mar del Plata, Octubre de 2019

6
https://brasil.elpais.com/brasil/2019/07/03/opinion/1562176410_719446.html

16
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