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No quiero encararlo, pero el momento ha llegado.

Redactar este escrito me es difícil, pues


más que una expresión, es una confesión. Me utilizaré como ejemplo de un autoanálisis
desde la teoría psicoanalítica tanto freudiana como postfreudiana (Melanie Klein, Otto
Kernberg y André Green), así como un breve análisis desde la perspectiva existencial. sobre
todo Heideggeriana, con el fin de brindar una perspectiva de alguien que tiene el diagnóstico
(que para mí es más una respuesta que una etiqueta) de un trastorno de la personalidad
fronteriza. La esencia del ser humano se distingue de la personalidad del mismo; una refiere
al conjunto de características únicas e inmutables que posee una cosa, la otra es vulnerable
a los cambios, o como Heidegger le llama, diferencia ontológica, donde el ser y el ente son
distintos y al mismo tiempo coexisten, pues el ser habla de una existencia y el ente de la
estructura del ser. El ser está encima de todo ente, pues al menos la conclusión a la que
llegué, establece que el primero es aquél que permite a la estructura plasmarse en la realidad,
o lo que al menos nuestros sentidos nos permiten percibir. Ahora bien, tomando en cuenta
que el ser humano no es sólo esencia, sino también materia, vuelve la situación aún más
compleja, pues estamos hablando de millones de células que forman tejidos, los tejidos
forman órganos, y los órganos, sistemas, dando como resultado un organismo.
Este organismo, siente, percibe, piensa y tiene conciencia, lo que lo hace aún más
complejo, sobre todo cuando altera su estado de conciencia. Con respecto a ello, el origen
de mi politoxicomanía, reside en una necesidad psicológica que impacta en un barril sin fondo,
como si nunca hubiera satisfacción con una sola vez, pues pareciera, que la experiencia es
interpretada por el cerebro como un acto de supervivencia, resultado de la liberación de
neuroquímicos. Los psicofármacos, tienen al menos en mi caso, tres papeles importantes en
mi vida: sustituir el reconocimiento de mi existencia por parte de un otro simbólicamente
inservible (como un paso antes del valemadrismo), el descubrirme a mí mismo, atando cabos
tanto de mis pensamientos como de mis conductas antes y después del efecto, con el fin de
probarme a mí mismo si soy lo suficientemente maduro para no ceder ante conductas
inapropiadas y por último, darme una idea del porqué es tan difícil interrumpir la ingesta de
sustancias para algunas personas, aunque con ello aprendí que es mejor experimentar en
cabeza ajena, pues toda acción conlleva a una reacción, y en repetidas ocasiones, los
resultados deterioraron las relaciones que tengo con los demás y conmigo mismo,
incrementando las ideas contradictorias que tengo de mi autoconcepto, pues aún me cuesta
trabajo aceptar que no soy perfecto y dejar de culparme a mí y a los demás sus errores,
justificándome con el argumento de que las cosas se pudieron dar de diferente manera si
hubiera actuado o no ante alguna situación, temiendo el no saber qué hacer que ante las
posibilidades que se puedan dar
Lo que Freud llama superyó, es un espejo de lo que la sociedad define como bueno
o malo, y que deja una huella que forja una parte de la personalidad del ser humano. Como
dice Chico Buarque en una de sus canciones, ¨quiero inventar mi propio pecado, quiero morir
de mi propio veneno¨. Entre mezcolanzas psicofarmacológicas y vacíos simbólicos, sobrevivo
pensando que si el otro me valida, yo tengo entonces el derecho de validarme, si no es así,
soy la peor persona y merezco un castigo justo…¿Justo? ¿Según quién? Es como si dentro
de mí existiera un juez que pagó por obtener el cargo, y para acabarla, ignorante, pues juzga
sin tener la preparación correcta, reflejo de una sociedad que normaliza los malos tratos en
vez de intervenir en éstos y tomar acción.
Las drogas, han en cierta forma, logrado una visión más amplia de mí mismo, y de lo
que soy capaz en algunas situaciones que, viéndolo de una manera estoica, fueron pruebas
que revelaban aspectos de mi personalidad y me permitían reducir la frecuencia de aparición
del síntoma, aunque para ello, perdí amistades, oportunidades y dejé a un lado una que otra
meta, sin descuidar el ejercicio de mi profesión hasta ahora.
Es evidente, que llegará el momento donde consumirlas me será innecesario. El
problema, es que he detectado que, una parte de mí no aprende de lo sucedido; parece como
si la emoción de los recuerdos estando bajo el efecto de sustancias, desapareciera y fuera
necesario repetirlo. Algo parecido sucede cuando estoy en situaciones desagradables;
cuando es así, pienso que no debería de estar en X o Y situación; si lo contrario sucede, me
lamento porque las cosas se dieron a mi favor y pudo ser una oportunidad muy buena para
desapegarme de las cosas externas a partir de mi exposición ante situaciones para mí
conflictivas, y dejar atrás lo que no está bajo mi control. Algunas drogas me permiten tener
más flexibilidad en cuanto a estilos de pensamiento distorsionado se trata, lo cual, se torna
problemático, pues he llegado al veredicto de que me sostengo demasiado en cómo me
siento, y no en cómo me quiero sentir. No es fácil para un Borderline desaprender y
reaprender nuevas formas de ver la realidad, pues se reconoce a sí mismo como un ser que
posee una estructura pero que no existe, pues ésta ha sido invalidada, castigada por el otro
por ser quien es.
Al principio, el consumo de sustancias tenía el propósito de evadir ese vacío
paradójicamente lleno de solamente mierda psíquica, con claro, sus efectos secundarios. Ya
no es una cuestión de carácter fronterizo, sino de un constante autoengaño que se vuelve
cada vez más peligroso. No obstante, como Miguel Ángel una vez respondió ante la pregunta
sobre cómo creaba tales esculturas, que solamente quitaba lo que sobraba del mármol. En
este caso, éste es todo ese veneno primitivo que sale de mí, con el fin de poco a poco saber
hasta qué punto soy capaz de reaccionar establemente ante sucesos para mí intensos; y
como todo tiene un precio, al no controlar la intensidad de mis defectos (fallar la prueba de
fuego), perdí amigos, oportunidades de crecer profesionalmente y puse a prueba mi cordura.
Dejé a un lado la ética de mi profesión y decidí sacar el lado más arcaico y narcisista de mi
personalidad: peleas injustificadas, arrogancia, juicios neurotizados, agresividad y una
desmedida ingesta de psicofármacos por impulso en función a .
Mi estructura de carácter es definida por mí, como un conjunto de elementos
relacionados que conforman y preservan un todo. Estos elementos, padecieron de un
trastorno específico e intermitente, que se caracteriza por una inestabilidad emocional,
relacional e identificatoria (incongruencia en la definición de uno mismo). El hecho de
imposibilitar un punto medio en las cosas, me han llevado a tomar decisiones que terminan
incrustadas como cristales que se tornan en remordimiento en el cerebro. Puedo definirlo
como un estado de estrés intenso desatado por sucesos del exterior que me impiden tener
las cosas bajo control, pues el caos me debilita las defensas de la psique; y es aquí donde
entran los psicofármacos. Éstos cumplen en mí la función de segregar "por cuenta propia", la
cantidad de sustancias internas suficientes como para soportar el vacío crónico que ha estado
presente desde mi adolescencia, que se notaba por la necesidad de tener una pareja,
idealizado y fantaseando con quienes me gustaban pero que sabía, no tendría oportunidad,
al punto en que no sabía si estaba perdiendo la cordura por tales comportamientos.
La necesidad de conservación en mí, se podría decir, se volcó de manera que mis
pulsiones de muerte cumplen aparentemente la pulsión de vida; es decir, la necesidad de
evadir sentimientos y deseos que no puedo satisfacer, los sustituyo con determinadas drogas
que digamos, contrarrestan mis pensamientos negativos y mi autocastigo, así como el aceptar
mi conflicto entre el deseo de ser validado sexualmente y la realidad. El problema es que el
efecto no es eterno, y así como aprendí que demasiado alcohol genera resaca, también
aprendí que las drogas fuertes resuenan después del viaje, en una intensificación de mis
síntomas plus el remordimiento de saber lo que me estoy metiendo y sobre todo, que gasto
dinero para ello.
En relación a mis deseos y su satisfacción, ocurre en mí algo interesante en cuanto a
la imposibilidad de su cumplimiento, sobre todo cuando el otro cumple mi deseo; estoy
hablando de la envidia. Mi mente aún no madura en cuanto a gratitud (lo contrario a la envidia)
se trata, pues es complicado modificar en unos meses, lo que se formó durante dos décadas
y media. La envidia es un sentimiento primitivo que se presenta durante los primeros 18
meses de vida, y se procesa a partir de la gratitud, de quién? Del pecho materno, aquél que
poseyó en su momento el alimento que necesitaba para sobrevivir.