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Rayo de luz

8 de enero de 2018

La liturgia católica comienza esta semana el tiempo ordinario. Atrás dejamos las
fiestas de la Navidad, la Sagrada Familia, la Maternidad Divina de María. Ayer,
domingo, celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, con la cual arranca el
ministerio público de Jesús entre su gente. Durante las próximas semanas,
leeremos el evangelio de Marcos de una manera “ordenada” (por eso le llamamos
tiempo ordinario, pues las lecturas siguen un orden preciso). Hoy, en el texto
leído vemos a Jesús anunciar la buena noticia de Dios, el “evangelio”. Este
mensaje de Jesús lo debemos entender no solo como el mensaje que él pronunció
en su tiempo, sino como el mensaje que Jesús, a través de Marcos, anuncia a los
lectores, que somos nosotros. En este mensaje hay cuatro cosas interesantes:

La primera es “se ha cumplido el plazo”. Jesús anuncia que ha llegado el último


periodo de la historia, un tiempo de salvación (un kairós de salud, de paz, de
vida). Ese tiempo ha comenzado, dice Jesús. Por lo tanto, hay que aprovecharlo,
hay que cambiar de actitudes para obtener beneficio de su presencia. Este
tiempo de salvación comenzó con Jesús y sigue siendo una oferta abierta para ti y
para mí, que somos lectores actuales del evangelio.

En segundo lugar, Jesús proclama: “está cerca el Reino de Dios”. Eso significa
que el reino de los hombres y, sobre todo, el reino de Satanás, que gobierna a
través de hombres perversos ha llegado a su final. Significa que a los hombres se
les ofrece la oportunidad de unirse al gobierno de Dios. Dios no impone este
gobierno, hay que aceptarlo. No se realiza a través de las armas, sino a través del
convencimiento moral y el crecimiento de la fe.

La tercera palabra es “conviértanse”, es decir, dejen de poner sus vidas al


servicio del mal y ofrézcanse para ser agentes de la voluntad de Dios. “Crean en
el Evangelio. Esta es la contraparte. La conversión supone que yo me alejo de
unos modelos para unirme a otros. Y ese cambio, ese moverme de una posición a
otra concluye con el acto de fe por medio del cual la persona acepta el Evangelio,
el mensaje de Jesús y al mismo Jesús.

A continuación de estas palabras, viene la escena en la que Marcos nos presenta


un modelo de cómo debe ser esa conversión: la llamada a los cuatro primeros
discípulos, Simón, Andrés, Santiago y Juan. En ellos aprendemos la radicalidad
del cambio. Estos hombres que eran hasta ese momento pescadores de peces,
serán de aquí en adelante pescadores de hombres. Han dejado de ser lo que eran,
para comenzar un camino nuevo. Eso es lo que vive todo el que ha conocido a
Cristo y le sigue. Si miramos la vida de los más grandes conversos de la historia
de la Iglesia: Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Charles de
Foucauld, etc… en todos ellos hay esta experiencia: “Soy un hombre nuevo. Dios
me ha cambiado”. Siguen siendo la mismas personas, pero que ya no se
identifican con su historia pasada, que ha quedado atrás, sino que se identifican
con el proyecto nuevo en compañía de Jesús.
Un amigo mío me dijo una vez, a modo de chiste, que Jesús era perfecto en todo,
pero que le faltaba un buen asesor en recursos humanos. Que la elección del
equipo de personal no había sido realmente muy exitosa: pues en su equipo
figuraba un traidor, un cobarde a la hora de defenderlo, un par de hermanos
aprovechados, un recaudador de impuestos para el Imperio… En fin, un grupo de
pobretones insignificantes que procedían de la clase baja, donde no había mucho
qué escoger. Eran pescadores. Jesús los encuentra en su lugar de trabajo, a la
orilla del lago de Galilea, mientras repasan las redes. Jesús los llama para que lo
sigan, y ellos, dejándolo todo, cambian de vida para siempre. Se sintieron
atraídos por su persona y su mensaje. Hicieron su discernimiento y decidieron
seguirlo. No eran los que el mundo podría haber señalado como
candidatos…pero Jesús conocía su interior. Ellos dijeron que sí. Lo demás lo
puso él. Con Jesús todo es posible.

Oración: Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón, con la luz de tu verdad


y de tu amor, para que yo me haga cada día más sensible a la bondad de tus
palabras, a la belleza y la profundidad de tu mensaje, a la generosidad de tu
entrega por mi salvación. Dame, Señor, la gracia de la conversión sincera y
constante, la gracia de mantenerme unido a ti siempre, hasta el último instante
de mi vida en el mundo, para luego resucitar contigo a la vida eterna. Amén.

Propósito del día: Dedicar un tiempo a la reflexión sincera y profunda sobre mi


proceso de conversión personal, a examinar mi conciencia en oración ante Dios,
escuchando su voz en mi corazón, identificando las zonas oscuras de mi vida en
las que aún no he dejado que llegue la luz de Jesús.