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La paternidad adoptiva en el imaginario social

Lic. Gonzalo Valdés

Las prácticas sociales se van construyendo a lo largo del


tiempo, dentro de un contexto socio-histórico al que se van
adecuando y transformando, ya que hay un conjunto de fuerzas que
actúan sobre ellas. La sociedad busca estructurar esas prácticas
sociales a través del ordenamiento legal, pero no siempre ese
ordenamiento refleja las acciones sociales instaladas, y muchas
veces, por el condicionamiento ideológico de los legisladores, hasta
es contradictorio.

El traspaso directo de niños de una familia a otra; de una


familia que no puede hacerse cargo de la crianza del niñ@ hacia otra
que anhela hacerse cargo de la crianza de esa criatura, pero sin la
intervención de los Juzgados de Familia, es una de las prácticas más
habituales en nuestra sociedad.

Esta modalidad de entregar niñ@s a personas o parejas de las que se


conoce sólo una referencia sobre su benignidad realizada por algún
médico, alguna enfermera, algún otro trabajador de la salud, algún
vecino, algún abogado, etc., forma parte de una compleja red de
significaciones que excede en mucho el alcance de estas reflexiones.

Pero, sin lugar a dudas, uno de los conceptos que sostiene y facilita
este traspaso de niños, es el de creer que ser padres adoptivos es
lo mismo que ser padres biológicos, y por lo tanto toda persona
que quiere ser padre o madre, por el hecho de querer, ya está en
condiciones de recibir un niñ@ y lo amará “como si fuera suyo”.

Efectivamente, la paternidad se relaciona con el deseo y con el amor,


pero no solamente con eso; y si bien en este espacio no vamos a
adentrarnos en las condiciones que deberían darse para desarrollar
una paternidad biológica saludable, sí vamos a decir que la
paternidad/maternidad adoptiva tiene particularidades.

Aunque sistemáticamente escuchamos de las personas o parejas que


se inscriben en el Registro Único de Adopción reclamos como: “¿por
qué nos exigen tanto?......a los padres biológicos nadie los estudia y
sin embargo muchos no merecen ser padres”, “se duda de nuestra
capacidad para ser padres”, “los padres biológicos no tienen que
pedir permiso... etc.”, reafirmamos que LA PATERNIDAD
ADOPTIVA NO ES IGUAL QUE LA PATERNIDAD BIOLÓGICA; y si
bien tienen muchísimas similitudes, también hay vivencias
(individuales, familiares y sociales) que son únicas de la paternidad
adoptiva, y que hacen que para ser padres adoptivos no alcance sólo
con el ‘querer un hijo’.

¿Desde dónde se ha sostenido y aún se mantiene que “ser padre


adoptivo es lo mismo que ser padre biológico”? Podemos hipotetizar
que se sustenta, por lo menos, desde cuatro lugares:

(I)- Una concepción benefactora.

(II)- Cómo se estructura el orden social.

(III)- Una posición de pensamiento único tradicional y conservadora.

(IV)- Personas o parejas que no pueden tener hijos biológicos; que


“necesitan” hijos y que l@s buscarán como sea.

Comentaremos brevemente cada una de estas representaciones


psico-sociales:

(I)- Los rudimentos de que la adopción es una temática que debe ser
abordada desde la beneficencia y la bondad, se encuentran en las
bases mismas de nuestra historia como sociedad. Dice María Felicitas
Elías [1] , “...a principios del Siglo XIX.....el abandono de niños, el
arrojamiento, el torno, y la entrega en la Oficina de Recepción de la
Casa de Huérfanos y su posterior internación se plantearon como las
primeras iniciativas tanto públicas como privadas y religiosas. Con la
organización del Estado, la beneficencia privada estatuyó la cesión,
la colocación familiar y la adopción de factum las que sumadas a las
tradiciones del prohijamiento, crianza y despojo no atrajeron la
preocupación del codificador (Vélez Sarsfield) por regularlas”.

La concepción benefactora, considera que para ser padres


adoptivos hay que ser buenos, caritativos, solidarios y tener un gran
corazón. Con una perspectiva funcional y positivista, se cree al niñ@
o “menor” como un objeto de abordaje por parte de las diferentes
disciplinas que “pueden o deben” ayudarlos a integrarse a la
sociedad, y por eso cada uno se siente con la facultad de ubicar a un
niñ@ en una familia ‘decente’.

Esta visión esconde a la base, una ideología fuertemente


discriminatoria en donde unos (incluidos en el sistema y que “son
gente de bien”) ayudan a los pobrecitos niñ@s (que vienen de la
pobreza, en donde hay vagos, prostitutas, enfermedades y mujeres
desaprensivas que tienen hijos como conejos y no los cuidan). Por
supuesto que la ubicación económica dentro de la estructuración
social, hacen invisibles las conductas en espejo que se dan en las
familias “acaudaladas”.

Este ideario “se configura a partir del arraigado convencimiento de


que la ‘preservación-salvación’ de ese niño se alcanza, negando el
vinculo con su familia de origen, con la consecuente erradicación del
medio social al que pertenece. Transferirlo del sector pobre –en el
cual ha nacido-, a un sector con recursos materiales y simbólicos
capaz de ofrecerle una mejor calidad de vida, devela la legitimación
de diferencias que la sociedad reproduce”. [2]
(II)- Mencionamos ya, que la sociedad regula sus prácticas sociales
a través del ordenamiento legal. Es decir, que las leyes presentifican,
de alguna manera, el marco ideológico que emana de la sociedad en
los diferentes momentos socio-históricos. Por ello, no es menos
significativo observar algunos de los caminos por donde ha transitado
nuestro ordenamiento social respecto a la adopción.

Al citar a la Lic. Elías en el punto anterior, referimos que en el


momento en que se estaba desarrollando el proceso de
institucionalización de la Argentina [3] , Vélez Sarsfield, atendiendo a
las prácticas sociales del momento (colocación, crianza, adopción de
hecho, el despojo de niños aborígenes en la Campaña del Desierto),
consideró que no había que legislar al respecto. De esta manera
quedó el camino libre para que la práctica del traspaso de niños de
una familia a otra estuviera justificado “para el buen orden social”, y
quedara instalado en el imaginario colectivo hasta hoy.

Tal vez, una de las validaciones legales éticamente más ilegítimas del
traspaso de niñ@s violentando su identidad, fue la casi desconocida
Ley 19.216 de setiembre de 1971 en donde se amnistiaba “los delitos
establecidos en los artículos 139 y 291 del Código Penal que se
hubieran cometido mediante falsa inscripción de menores como hijos
propios, siendo ellos ajenos siempre que en la ejecución de los
hechos no se hubiere obrado con fin de lucro o con propósito de
causar perjuicio”.

Un mes antes (agosto de 1971) se había sancionado la Ley de


adopción N° 19.134 que si bien habilitó el ingreso pleno del niñ@ a la
familia adoptante, prácticamente volatilizaba el lugar de la familia de
origen y allanaba el traspaso de los niñ@s al legalizar las entregas
por instrumento público (escribanías). Luego, con la actual Ley
24.779 (1997) se buscó darle más protagonismo a los derechos de
los progenitores, sin embargo, como bien dice Eva Giberti, restringe
al máximo posible hablar del “origen de los niñ@s” a través del
eufemismo “realidad biológica”.

Vemos, entonces en este apretado itinerario, que atravesando


las diferentes legislaciones se ha ido tejiendo una trama que buscó,
de una manera u otra, minimizar las particularidades que tiene la
paternidad y maternidad adoptiva, tratando de presentarla lo más
parecido posible a la paternidad y maternidad biológica; como si la
historia de los niñ@s comenzara a partir de la llegada a la casa de las
‘bondadosas personas’ que l@ criarán.

(III)- La posición que sostiene un pensamiento único conservador,


considera un solo tipo de familia como “familia normal”, que es la
familia tradicional formada por papá, mamá, (legal y religiosamente
casados) y al menos dos hijos de su propia sangre.

Dice la Lic. Eva Giberti [4] “los esfuerzos del iluminismo


condujeron a describir y tal vez a propiciar una nueva
estructura familiar imaginada como moderna y nuclear: ‘en
sentido estricto está compuesta únicamente: 1)- por el padre
de familia; 2)- por la madre de familia, quien, según la idea
recibida casi en todas partes, pasa a la familia del padre; 3)-
los hijos, que, si se puede hablar así, al estar formados de la
sustancia del padre y de la madre, pertenecen necesariamente
a la familia....todos los que descienden de un mismo tronco y
que derivan por lo tanto de una misma sangre, se los
considera como miembros de una misma familia”

Esta concepción ubica a las familias adoptivas, monoparentales,


ensambladas, etc., en el lugar de “otras” formas diferentes a la
normal. De hecho cuando la sociedad tiene que nombrarlas, las llama
“otras configuraciones familiares” o “nuevas configuraciones
familiares”, como si antes no hubieran existido. Siempre ha habido
familias adoptivas, monoparentales, etc., sólo que en comunidades
tradicionales, hay muy poco espacio para lo diferente, y se lo lanza
hacia la periferia social para que no se vea (ojos que no ven, corazón
que no siente).

Mucha gente quiere ser o aparentar ser “normal”, por lo tanto si por
algún motivo “les toca” ubicarse dentro de estas modalidades
periféricas, realizan acciones para tratar de ser lo más parecido a una
familia “normal”. Por eso encontramos parejas separadas de hecho,
conviviendo en la misma casa por el qué dirán; o parejas que se
llevan muy mal pero que mantienen la estructura porque es lo que
corresponde.

A la mentalidad conservadora rígida, les molesta lo diferente; es


peligroso y debe ser controlado. Una forma de controlarlo es
generando mecanismos que hagan aparecer como que todo es
correcto. Para esta gente el fin (que todo sea correcto) justifica los
medios, y promueven mecanismos que pueden ser legales o ilegales
pero siempre se enuncian como que son con la mejor intención y para
darle lo mejor al niñ@ (apropiarse de ellos y luego blanquear la
situación en los Juzgados; comprar a los niñ@s con dinero en efectivo
o especias diciendo que son ayudas para la progenitora y luego
blanquear la situación en los Juzgados a través de la renuncia
directa; falsificar el certificado de nacido vivo con un médico amigo
en una clínica privada, etc.).

Concluyo este punto ejemplificando la forma de actuar característica


del pensamiento conservador que no escatima esfuerzos en que todo
esté como debe ser. En “Nueva Historia Argentina” [5] , se menciona
que “para asegurarse el control de la situación, los grupos
oligárquicos impusieron hasta 1943 la práctica sistemática del fraude
electoral y de la persecución de los opositores. Los conservadores
mismos lo llamaron “fraude patriótico” porque entendían que
el objetivo de salvar a la patria justificaba el uso de métodos
ilegales. El secuestro de libretas de enrolamiento, la expulsión
de veedores de la oposición de los comicios, el voto de
personas ya fallecidas y la intimidación fueron algunos de los
recursos que utilizaron los gobiernos conservadores durante
la década infame...”

(IV)- Los primeros tres puntos hicieron referencia a modalidades


sociales de interpretar la realidad y sus acciones, que sirven para
sostener prácticas y acciones que buscan estandarizar las
paternidades/maternidades biológica y adoptiva. Pero estos
comportamientos sociales se entrelazan con determinadas conductas
individuales o familiares que tienen el mismo objetivo.

Las personas o parejas que no pueden tener hijos biológicos; que


“necesitan” hijos e impregnados por las ideologías que subyacen en la
sociedad, hacen todo lo posible (legal o ilegal) para hacer un “como si
fuéramos” una familia “normal”.

Este punto ya lo desarrollé en la I Jornada cuando al hablar de los


“Desafíos de las familias adoptivas”, me referí al movimiento
“continuo de aceptación/rechazo de las diferencias”. Decía en aquel
entonces que había un porcentaje de padres adoptivos “que
rechazan las diferencias; y tienden a pensar que una vez que el niñ@
llega a la casa se acabaron las diferencias, ya somos una familia
como cualquier otra. Aquí no hay que hacer nada diferente a lo que
cualquier familia hace”. El riesgo de esta postura es que pone el
énfasis en las necesidades de los adultos, y no tiene en cuenta lo
importante que es para los hij@s adoptivos que los adultos puedan
identificar y reconocer las singularidades de una familia adoptiva.

Insistimos, hay muchas similitudes entre la paternidad/maternidad


biológica y la adoptiva, pero no son lo mismo. Hay importantes y
marcadas diferencias que las hacen distintas. Mientras se busque
invisibilizar estas diferencias, existirán centenares de personas o
parejas que se apropiarán de niñ@s justificándose en la lentitud del
sistema y en la cantidad de chicos que mendigan por la calle; pero
que por no estar preparados para ser padres adoptivos, cuando
surjan los problemas en las crisis evolutivas dirán que los niñ@s
tienen dificultades “porque son adoptados”.

Afirmamos que no es suficiente con ser bondadoso, solidario,


disponer de un buen pasar económico y no tener patología mental, ni
cuadros psicopatológicos graves para lograr desempeñar la
paternidad adoptiva. Renunciar al hij@ biológico, al hij@ ideal y dar
el espacio para la entrada y aceptación de un hij@ adoptivo,
diferente, real y desconocido en su origen es un proceso complejo
que requiere poner en juego recursos personales, de pareja,
familiares y sociales

Culminaremos parafraseando a la Lic. Eva Giberti: “La familia adoptiva


es una familia con características propias, lo que de ninguna
manera las convierte en “inferiores” sino que, por el contrario,
las familias adoptantes fundan la categoría de lo diferente-
valioso que la sociedad necesita avalar, para que sus
miembros aprendan a reconocer y respetar la diversidad”.

[1] Elías, María Felicitas. ‘La adopción de niños como cuestión social’, pág. 156,
Edit. Paidós, 2004. El agregado entre paréntesis nos corresponde.

Altamirano Florencia, Armanini Adriana, González


[2]

Marcelo. La adopción: Una mirada no hegemónica.


Derecho de Familia, Revista interdisciplinaria de Doctrina y
Jurisprudencia, en “Adopción y otras formas de convivencia
familiar”, Nº 27 – Mayo del 2004
[3] A partir de 1880, en que comienzan a sancionarse las leyes que ordenarían el
funcionamiento de las personas entre sí y el Estado: Organización judicial (1881),
Ley 1420 de Educación laica y gratuita (1884), Código Penal (1886), Código Civil
(1886), Ley de Minería (1887), nuevo Código de Comercio (1889)

[4] Giberti, Eva. “La familia a pesar de todo”. Pág. 28. Editorial Noveduc. 2005

[5] Citado por Amelia Barreda, en el “Crónicas argentinas: golpes, dictaduras y


democracia”; Módulo socio-histórico del Ingreso 2004/05 de la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociales de la U.N.Cuyo. 2004