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Sabryna Soledad Cortéz

y
Félix Alejandro Lencinas

nimiedades
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nimiedades
nimiedades
(O cuentos nimios)

makuro neko ediciones


2 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Sabryna Soledad Cortéz, Félix Alejandro Lencinas


Nimiedades.- 1° Edición.- Mar del Plata: los autores, 2010.
p. 60; 10,5 x 14,8

© 2010. Sabryna Soledad Cortéz, Félix Alejandro Lencinas.

Edición al cuidado de Félix Alejandro Lencinas y Sabryna


Soledad Cortéz

Diseño de tapa: Félix Alejandro Lencinas.


Diseño Interior: Sabryna Soledad Cortéz.

Encuadernación y diseño artesanal. Makuro Neko Ediciones.

HECHO EN ARGENTINA. MADE IN ARGENTINA.


Introducción a las nimiedades 3
(o cuentos nimios)

Sabryna Soledad Cortéz


y
Félix Alejandro Lencinas

Nimiedades
(O cuentos nimios)
4 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades
Introducción a las nimiedades 5
(o cuentos nimios)

Introducción a las nimiedades


“En la ciudad gris,
bares y cafés
tenés que olvidar,
nena, no podés
era un escritor,
se la daba de...
era un usador
de tu buena fe.”
Todo pasa, Los Piojos.

Según la Real Academia Española:


nimio, mia.
(Del lat. nimĭus, excesivo, abundante, sentido que se
mantiene en español; pero fue también mal interpretada la
palabra, y recibió acepciones de significado contrario).
1. adj. Dicho generalmente de algo no material:
Insignificante, sin importancia.
2. adj. Dicho generalmente de algo no material:
Excesivo, exagerado.
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nimiedades

Pobre Taba
por Sabryna Soledad Cortéz

“Donde hay dolor, habrá canciones


Acabo de perderlo todo
Bebamos de las copas
M{s lindas que tenemos hoy”
Indio Solari, Bebamos de las copas lindas.

Los que nos conocían de antes siguen comentando que


la política nos separó. El radio pasillo tomó una
caldosidad interesante sobre todo en aquellas asambleas
en que los distintos colores nos separaban a la vista de
todos, ¿vos te acordás?
—¿Viste? Ahora ni siquiera se saludan…
—¡Increíble! Pensar que pasaban la mayor parte de sus
días juntas.
—Sí, pero dicen que ya de antes se llevaban mal. Ella
quería viajar en una camioneta Volkswagen al sur y la otra
de oponía a la idea. Le discutía, sobre todo cuando le
retrucaba con eso de que su actitud consumista no la
dejaría llegar ni a Balcarce.
—Para lo único que coincidían era para elegir
sustancias.
—¿Drogas?
—No sabés, ¡de todo tipo!
Eso lo escuche una vez sentada en el pasillo del aula
Pobre Taba 7
(o cuentos nimios)

sesenta. La charla llegaba de abajo y pese a que conocía las


voces, decidí no enfrentarlas para que se siga expandiendo
el rumor hasta convertirse en un mito más, en esta
Universidad donde lo que sobran son murmullos.
La cuestión es que se creó una burbuja que flotaba
sobre nuestras cabezas. Nos miraban de reojo mientras se
pasaban silenciosos comentarios con el gesto universal del
secreto. Hacían una cucharita con la mano pegada a la
boca para ampliar el sonido aunque no demasiado,
advirtiendo que ya no nos hablábamos. Pronto, hasta
nosotras creímos en el que se dice y el qué dirán. Más
militantes activos conocíamos de un lado y del otro,
menos nos conocíamos entre nosotras, más se notaba
nuestra pelea, aunque nadie conocía la verdadera razón de
esta.
La otra vez, La Taba, que es amiga de las dos pero tira
más para tu lado, me dijo cuan influenciables éramos.
Estaba cansada de ir y venir, de que nos ignoremos, de
que ya no hablemos e incluso de que la metiéramos al
medio todo el tiempo. Estaba mal La Taba cuando vino a
hablarme y yo entre mí que pensaba que ni ella sabe
porque nos distanciamos. Me dio cosa que esté así de mal
por esto, porque en un momento, mientras me contaba
que era lo más duro para ella se quebró. Se largó a llorar
como una criatura ¡hasta se quedaba sin aire intentando
hablar y llorar al mismo tiempo!
Pobre Taba ¿Qué me dijo? Que el Fernet no tenía el
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nimiedades

mismo gusto desde nuestra diferencia y que había dejado


el Branca por el Gancia porque no soportaba tomar con
una o con la otra
—¡O tomo con las dos o con ninguna!
Me dolió en el alma su determinación, ya que el Fernet
es a La Taba lo que el vino es a la misa católica, pero ya era
demasiado tarde.
—A ver si me entendés —me dijo— “donde hay dolor,
habr{ ferné” pero ac{, est{ tan complicado que me hacen
mal. Mirá lo que es esto —me decía cortando un limón y
abriendo la botella de Sprait— esto toman las minas en
Esperanto, nosotras somos de la calle, de la birra y el ferné
¡no me pueden hacer esto! ¡La puta madre, encima me
escupe el limón! —me decía con los ojos irritados llorando,
no sé si de bronca o de ardor. Te juro que La Taba me
partió el alma.
Le podemos sacar las chalinas y hasta el rocanrol, mirá
lo que te digo, creo que si le cambiamos el único cede
original de los Rolling que tiene por uno de Operación
Triunfo ni cuenta se da, total ni lo debe escuchar… ¡pero el
Fernet! Eso que fui a la casa y vi que aún tiene guardadas
las tras botellas que encanuta siempre que vamos a
visitarla. ¡Esto va en serio loca! Por eso vine a hablarte, no
le podemos hacer esto a La Taba, ¡cambió el Fernet por el
Gancia!
Escritores de destinos 9
(o cuentos nimios)

Escritores de destinos
por Félix Alejandro Lencinas

—¿Y a qué te dedicás, David?


—Soy escritor.
—Ay, qué lindo. ¿En serio? ¿Y qué escribís?
—Destinos.
—¿Eh? ¿Destinos?
—Sí, destinos. Por ejemplo, si me tocara escribir el
destino del mozo escribiría todo lo que hace, todos los
días. Lo que yo escriba, es lo que va.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí. Exactamente.
—Pero… ¿Control{s las vidas de otros entonces?
—No, no. Hay un jefe de edición que te dice que es lo
va y lo que no va. No se puede escribir cualquier cosa. Te
imaginás que si a mí se me ocurre escribir que un tipo va y
mata a veinte personas, ¿va a pasar?
—Me imagino que no. Espero que no.
—Claro que no sucede. El editor se fija que lo que
escribamos sea algo coherente y que no se vaya de lo
normal.
—¿Y ahora, por ejemplo, la vida de quién estás
escribiendo?
—Ah, de uno que está por nacer dentro de diez años.
—Ah, ¿con tanta anticipación se escribe?
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nimiedades

—¡Ojal{! En realidad estoy muy atrasado… Recién


llegué a la pubertad.
—¿Eh? ¿No es un buen avance eso?
—Para nada. Todo lo contrario. Yo tengo que escribir
día por día toda la vida de la persona…
—¿Pero vos le hacés hacer todo lo que querés?
—No, no. Nos dan el nombre de la persona y su libro
de vida. En cada página escribo un día. La longitud de
vida de esa persona está dada por el libro que nos den. Si
nos dan un libro de 29556 páginas, esa persona vivirá
hasta los 80 años y unos cuantos días más. Si nos dan un
libro de 10 páginas, esa persona sólo vivirá diez días. Y
así…
—O sea que vos no podés escribir que muere antes de
que se acabe el libro.
—No. Si lo intentás y el editor no se da cuenta, esa
persona sobrevivirá milagrosamente al accidente. Y obvio,
ese escritor será despedido automáticamente.
—¿Ustedes escriben el destino de todas las personas?
—No, sólo tenemos la concesión en América y parte de
Oceanía. Hay otras empresas que tienen la concesión de
otras zonas. Igual a veces te puede tocar un libro de
alguien que no esté en tu área de concesión.
—¿Y quién es la persona de la cual estás escribiendo el
destino?
—No sé. Por lo que voy, este tipo va a tener una vida
normal. Pero va a morir más o menos joven.
Escritores de destinos 11
(o cuentos nimios)

—¿Tiene pocas hojas su libro?


—Sí. Pobre para él, pero bueno.
—¿Y el destino lo elegís vos?
—No, nos dan una estructura que respetar por cada
vida que escribimos. Pero si no nos vamos de esos detalles
podemos escribir lo que queramos. Este que estoy
escribiendo ahora le gusta jugar a la pelota, pero va a tener
un accidente jugando a la pelota. Pero no aclara qué
accidente va a tener, o sea que si quiero, yo puedo elegir
entre lesionarlo para que no pueda jugar nunca más. O
podría elegir que se rompa la nariz, pero que después de
una rehabilitación siga jugando lo más normal.
—¿Y vos...?
—Nah, le voy a romper la nariz. Pero si el escritor es
un hijo de puta, y que los hay, tranquilamente podría
escribir eso.
—Ay, qué feo.
—Sí, desgraciadamente, sí. Hay mucha gente así.
—¿Pero qué tipo de instrucciones les dan a ustedes?
—Las más importantes: dónde y cuándo nace, dónde
muere, para qué fin viene al mundo, son los más comunes.
A veces te pueden aclarar enfermedades congénitas,
ciertas personas con las que debe relacionarse sí o sí, cosas
que debe hacer para la humanidad. A mí, por ejemplo me
tocó escribir el destino de uno que inventó no sé qué cosa.
No me acuerdo el nombre y era de otro país así que dudo
que sepa qué cosa inventó. A veces es mejor no acordarse
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nimiedades

tampoco de todo lo que escribís, porque te mata la cabeza.


—Qué loco.
—Es loco, sí. Cuando te enterás de que tu destino está
escrito es shockeante. Pero te acostumbrás, porque de
todas maneras no lo conozco. Pero sé que si algo pasa, es
por el destino.
—¿Y nunca pasó que algo no sucedió como estaba
pautado en lo que escribieron?
—Ah, sí. Por supuesto, no somos infalibles. A veces si
te llegás a olvidar una tilde, una palabra mal escrita, lo
que quisiste escribir se va al carajo. Hay una memorable
donde un tipo que estaba destinado a enamorarse de
chicas llamadas “Flor” de nombre, paso a enamorarse de
las flores plantas porque el boludo del escritor no le puso
mayúscula. Y quedó así, el tipo padeció de antolagnia y se
excitaba al oler flores.
—Ay, Dios… Qué risa... Qué loco.
—Sí, suelen suceder esos errores.
—Che, esper{… ¿O sea que mi destino también est{
escrito?
—Seguramente. Ya están escritos cada uno de tus
pasos y movimientos.
—¿Vos…? ¿No habr{s escrito mi destino?
—No. Los escritores de destinos están destinados a no
escribir destinos de gente que conocen.
—Claro, así vos también evitás conocer a quien escribe
tu destino. Pará. Entonces, si escriben destinos de personas
Escritores de destinos 13
(o cuentos nimios)

que aún no nacieron, entonces ustedes mismos pueden


destinar a quiénes serán sus empleados, y todo eso.
—Exacto.
—¿Y es así cómo así?
—No, no. Escribimos destinos con perfiles acordes a
personas que puedan trabajar de esto.
—¿Y vos?
—Y a mí me destinaron a este empleo porque siempre
tuve una gran crisis existencial de saber cuál era mi lugar
en el mundo… Siempre quise saber si existía mi destino, y
como descubrí que existe un destino, y encontré mi lugar
en el mundo. Entonces ahí me contrataron. Bueh, más bien
me hicieron ser así para que me contraten.
—¿Y los editores?
—Ah, ellos también tienen la vida definida y lo saben.
—¿Pero ellos no ven todos los destinos?
—Por eso es que a veces llegan destinos de otros
lugares que no son de nuestra concesión. Para evitar que
supervisen su propio destino. La primera regla de los
libros del destino es que la persona está destinada a no
saber su destino. Y siempre se cumple. Aunque bueno, con
nuestra experiencia en el ramo, a veces podemos suponer
qué cosas pueden suceder en nuestras vidas o no.
—¿Por ejemplo?
—Y, que yo te haya contado todo esto, quiere decir que
entre nosotros va a haber un vínculo muy fuerte.
—¿Por qué?
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nimiedades

—Porque cuando un escritor de destinos cuenta su


labor, es porque esa persona seguramente será alguien
importante en su vida y entonces esa persona debe
saberlo.
—¿En serio? Pero David, nos conocemos hace poquito.
—Y bueno, Luciana… Pero así es el destino.
La loca 15
(o cuentos nimios)

La loca
por Sabryna Soledad Cortéz
“Esperando allí nomás,
en el camino,
la bella señora está desencarnada.
Cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón.”
Juguetes Perdidos, Patricio Rey y sus redonditos de Ricota
—¿Seguimos el camino de la loca? —preguntó
impaciente.
Ya la primera vez que fui al bar, la mina bailaba
desaforada 'Juguetes' y parecía que la estuviese
escribiendo con el cuerpo.
De la loca no me olvido. Su look era característico e
invariable: jean, Toppers de lona (como cualquier
rollinga… ¡Qué feos esos prejuicios!) y sus camisetas
futboleras que variaban sábado a sábado: una de la
Selección, una de River, la misma de la Selección, la de
River, Selección, River, y así.
—¿Seguimos el camino de la loca? —pregunto
insistente.
—¿Querés bailar arriba de la mesa todos los sábados?
—No, tonto. ¡Dale! ¿Seguimos el camino de la loca? —
insistía.
Bailaba como ninguna. Todo empezaba seguramente
por una birra o un fernet. La Taba le invitaba uno de
menta y casi siempre el Vago de la Guerra le ofrecía unos
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nimiedades

tragos de su cerveza comunitaria. “—La cerveza es un


ritual hermana, es como la pipa de la paz, traeme a mi
peor enemigo, que si me pide un trago, no se lo puedo
negar... ¡Que no puedo te digo!”
Entonces, la loca vibraba, su cuerpo empezaba a
temblar al ritmo de los permanentes Redondos que salían
a borbotones de los parlantes a los cuales la loca adoraba
cada vez que subía a la mesa. Se sentía observada,
preciosa, admirada, se sentía una loca irremediable, pero
tan feliz que daba envidia.
—¿Seguimos el camino de la loca?
—¿El fernet te hizo mal?
—No, simplemente tengo las palabras que dijo tan
grabadas...
De esa noche tampoco me olvido. Los excesos se
metían por cada uno de los rincones del bar. Un bar
ántrico que pocos conocían y esos pocos disfrutaban cada
noche como la última de sus vidas. Los Redondos sonaban
como cada noche.
A la derecha el metegol yacía solitario y sin jugadores
y en las paredes el Diego, Pilusso y Coquito pasaban
desapercibidos con sus miradas lejanas entre budas, velas
blancas y sahumerios. Frío, por lo general hacía frío
aunque el hogar a la izquierda hacía lo que podía y el
calor humano que era poco se propagaba en los vidrios
empañados y en la cerveza que transpiraba de calor. Yo
me peleaba al fondo, en la barra por la coincidencia de los
La loca 17
(o cuentos nimios)

dados que prometían regalarme una birra en el caso de


que los números que salieran de mi boca se repitieran en
los blancos dados. Un juego de azar, como el azar de cada
noche en ese bar.
—¡O seguimos el camino de la loca o nos vamos al
Bolsón! —lo amenazó y no creyó ni ella en sus palabras.
—Vamos —respondió irónicamente.
Al lado de la foto más interesante de Pilusso y
Coquito, dos trastornados impregnados en licor de menta,
tocaban el mismo repertorio triste de cada fin de semana.
Tristeza. Abundaba. Era una gota que rebalsaba el vaso
hacía rato. Ese invierno había nacido para llorar. En medio
del triste cancionero se hacía lo posible para no caer.
El infierno estaba demasiado cerca.
—Flaca, convidame un pucho —impuso con los ojos
brillosos y una sonrisa orejuda—. Con el frío que hace
necesito calentarme un poco por dentro.
Solo pude alcanzarle un pucho y se escucharon los
dados que cayeron de mi mano, repicar sobre la barra. De
fondo empezaba 'Juguetes' y el ambiente se transformaba.
—¡Luzca el sol o no! —me gritó en el oído
agradeciéndome el pucho con los ojos en él y la misma
sonrisa orejuda y dijo sabiamente:
—Mi viejo no estaría de acuerdo con esta vida que
llevo... pero mirá esta sonrisa, es irresistible...
Se le llenaron los ojos de lágrimas alegres. Volvió a
agradecer el pucho y saltó sobre una mesa a bailar como
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nimiedades

nunca antes, o como todos los sábados.


—¿Seguimos el camino de la loca? —preguntó
desilusionada al aire.
Mediocridad 19
(o cuentos nimios)

Mediocridad
por Félix Alejandro Lencinas

“No quiero ser mediocre”, me dijo y después le dio


otra pitada a su cigarrillo. Yo lo miré y me siguió
hablando. Antes de pronunciar esa frase, no había dicho
nada, no habíamos estado hablando, estábamos callados,
en la puerta de entrada de mi casa, mirando el cielo y con
un poco de frío. Sin embargo, su brazo que pasaba por
detrás de mí cuello y me abrazaba me daba un poco de
calor.
“No quiero ser un mediocre”, volvió a repetir y yo le
pregunté por qué decía eso. “No sé. Pero a veces me siento
así, un mediocre. Alguien con un trabajo de mierda, que
todavía nunca pudo terminar la escuela, que lo único que
tiene para ser feliz en la vida es un partido de fútbol por
fin de semana y una novia que es mucho menor que yo”.
Enseguida me sentí ofendida, pero él pareció darse cuenta
de eso y aclaró que no era despectiva la manera en que lo
decía, si no que no le parecía suficiente eso.
“Todo el mundo me dice que soy una persona
divertida y por sobre todo, fuerte. Dicen que nadie me vio
enojado o triste, y es cierto. Pero no es porque nunca esté
triste o enojado, simplemente me gusta guardarme todos
esas boludeces”. Y mientras lo decía, yo pensaba y me
decía que era verdad, sólo una vez lo había visto llorar, fue
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nimiedades

una vez que habíamos discutido tan fuertemente que me


agarró de un brazo, me sacudió y me empujó. Enseguida,
cuando se dio cuenta de que me había hecho daño me
suplicó de rodillas que lo perdonara, pero yo no le hablé
por casi dos semanas.
Ezequiel no era una persona sensible ni mucho menos.
Era machista, fumaba, era muy alcohólico y las malas
lenguas decían que en alguna época se drogaba, aunque
yo nunca se lo pregunté porque pensé que sólo eran
calumnias, aunque en el fondo sabía que era porque no
quería confirmar aquél viejo rumor, ya tenía bastantes
discusiones sobre él frente a mi madre.
“¿Para qué venimos a este mundo? Para rompernos el
orto estudiando para después conseguir un laburo en el
que tenemos que rompernos el orto también para juntar
plata y vivir y después tener una jubilación de mierda y
morirte de viejo, cagado de hambre o cagado a golpes
porque un chorro te saca la poca guita que ganás. Es una
mierda, es un sistema de mierda este el de la vida, hay que
romperse el orto para llegar más o menos bien al último
día de tu vida”. Decía eso y yo pensaba que tenía razón.
Era una adolescente muy influenciable, y si en ese
momento él hubiera dicho que la tierra era el centro del
sistema solar, a pesar de conocer la teoría de Galileo, me lo
hubiera creído completamente.
“No cambia en nada que yo me muera ahora o dentro
de cincuenta años. Porque al fin y al cabo si me muero
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(o cuentos nimios)

ahora, me llorarán un poco, sí, y después seguirán todos


con sus vidas y chau. Después todos esos que me lloraron
se mueren y listo, ya está, desaparecí del planeta Tierra,
como si yo nunca hubiera existido.” Su nihilismo me
impresionaba y me aterraba a la vez pensar que lo que él
decía fuera verdad. Por eso supongo que me empecinaba
en pensar en el aquí y ahora, para no sentirme mal por el
aparente sinsentido de la vida.
No pasaba muy seguido que él se pusiera en su etapa
de filosofía barata pero sin zapatos de goma. Pero a mí me
encantaba más que nada esa fase suya y lo admiraba. La
diferencia de edad que teníamos hacía que él me parezca
mucho más sabio que yo, y eso era porque creía que tenía
más experiencia que yo, sólo porque había vivido seis
años más que yo. Mucho tiempo después me di cuenta de
que no era así, pero igual me gustó creerlo.
“Y después se va el mundo al carajo, y listo. ¿Para qué
mierda vinimos a este mundo? Si total la vida termina y
todo termina… A menos que sea verdad ese verso del
paraíso, y tenemos otra vida allá, pero entonces, ¿para qué
mierda venimos al mundo? Para eso que nos manden allá
de una. O suicidémosnos todos ahora”. A veces se iba a
extremos impensados, pero me encantaba escucharlo.
Cuando se le terminaba el cigarrillo, siempre terminaba
diciendo lo mismo: “por eso no quiero ser mediocre. Para
que me reconozca el mundo después cuando me muera.
Igual también es al pedo porque si se acaba el mundo, no
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nimiedades

va a haber mundo que te pueda reconocer igual”, decía y


tiraba asqueado la colilla del cigarrillo. Yo la miré y tenía
la impresión de que quedaba entre el pasto brillando en
vano para que alguien recordara que alguna vez fue eso,
un cigarro, y que ahora ya no, se apagaba y desaparecía
lentamente.
En ese momento sentía muchas ganas de aferrarme a
él, en parte porque quería que me besara y además que se
callara y dejara ese nihilismo que me daba mucho miedo.
Entonces lo besaba pensando en esas palabras horribles de
que veníamos a vivir al pedo a este mundo, y pensaba que
esa sería la última vez que lo besaría. Lo besaba tan
apasionadamente que enseguida terminábamos
encerrándonos en mi pieza con llave e intentando que mi
madre no se diera cuenta, nos desnudábamos y nos
entregábamos el uno con el otro hasta agotarnos y
terminar sudados, cansados pero también extasiados.
Entonces yo le decía que por lo menos en ese instante
ambos teníamos un sentido en la vida, que era estar el uno
con el otro. Cada vez que le decía eso, Ezequiel hacía lo
mismo, me sonreía, me daba un beso en la frente, como si
lo que hubiera dicho fuera una inocentada de niña
chiquita, y me decía que tenía razón, aunque los dos
sabíamos que mentía. Entonces se olvidaba de todo lo que
decía antes, me contaba que el sábado jugaban contra los
de Temperley, y que la vez pasada habían terminado
recalientes por el empate sobre la hora. Y después me
Mediocridad 23
(o cuentos nimios)

decía que en el laburo lo seguían explotando, pero que el


jefe se negaba a darle aumento y menos a blanquearlo. De
repente se sumía en el mundo cotidiano y su nihilismo se
iba por el caño. Sabía que a mí me daba miedo hablar de
esas cosas, y yo creo que a él también y entonces se dejaba
llevar por la aparente realidad.
A la noche, cuando se iba, y yo lo acompañaba a la
parada del colectivo, se persignaba frente a una imagen de
la Virgen María que estaba en una casa puesta en forma de
santuario improvisado. Al final, sí, le daba miedo pensar
en la muerte, a pesar de que siempre se lo veía tan
despreocupado, tan rebelde y tan insensible. Supongo que
eso nos pasa a todos, el miedo a lo desconocido, por eso
nos da tanto miedo tanto vivir como morir, porque ambos
son fenómenos desconocidos.
“No voy a ser mediocre”, repetía como loro. Y eso
significaba que él no quería ser mediocre y que él quería
ser inmortal. Y entonces, yo le decía que no sería
mediocre, para alentarlo. Aunque, por dentro, sentía que
todos los éramos. Y como la muerte, no lo podemos evitar.
24 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

La cigüeña y FedEx
por Sabryna Soledad Cortéz
A Miranda y Tatiana

Ave zancuda, como de un metro de altura (con razón


puede con tanto en tantos kilómetros), cabeza redonda,
cuello largo (todo proporcionalmente grande), cuerpo
generalmente blanco, alas negras (aunque yo la vi en
algunos hospitales vestida de celeste o rosa —según la
ocasión—), patas largas y rojas, lo mismo que el pico en
donde engancha el pañal, a veces dos (y muchas otras
¡más de tres!) Es ave de paso, anida en las torres y árboles
elevados.
Una vez, como en los cuentos de hadas, lo escuchó con
cuatro mágicos hilos y la ilusión escondida a la vuelta de
la esquina. Él cantaba la canción de cuna más bonita del
mundo mientras soñaba un futuro ruidoso como el propio
y feliz como ninguno.
Su misión aquel día era supervisar la llegada de una
carta de París. Desde que FedEx garantizaba servicio
puerta a puerta a cualquier lugar del universo, el trabajo
era menos, pero la desconfianza mucha más. Además
debía valorar la reacción de los nuevos socios de esa
multinacional creadora de bebes milenaria.
La señora de patas largas sonrió al escucharlo cantar
con los cuatro hilos entre sus dedos. A él, perdido en ellas
La cigüeña y FedEx 25
(o cuentos nimios)

dos, lo vio rápidamente hundido en felpa rosa, mundo del


que se creía completamente ajeno.
Puntillas, peluches, bombachas y vestiditos. Muñecas,
jumpers, hadas y princesas. Cuando menos se diera
cuenta, las minifaldas y la escopeta…
En eso estaba cuando la puta realidad y su hijo destino
treparon más rápido el tiempo, zamarrearon cuatro
sueños, levantaron ráfagas eternas desvaneciendo la vida
sin llegar a dejarlos ser.
La carta de París, se voló y el ave zancuda, la cigüeña
picuda dejó escapar una lágrima que se perdió mientras
cruzaba la mar de regreso al hogar. Al verse reflejada en el
inmenso azul volvió a sonreír.
—Existe la esperanza y juventud —pensó— volverá
FedEx, volverán nuevas cigüeñas. París está lejos, pero
dicen las buenas lenguas que esa ciudad llena de luces,
sirve para alumbrar nuevas semillas en un sin fin de crear
viditas.
Et ils ètains à París.
Little lune, all days.
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La corriente sensualista
por Félix Alejandro Lencinas

—Interesantes sus cuentos, señor Bruckner. Aunque


debo admitir que su prosa es bastante particular, un poco
joven aún, un poco aniñada, un poco verde, y
definitivamente muy inocente.
—¿Cómo muy inocente?
—Sí, usted sabe, las temáticas que toca en su literatura:
estudiantes de escuela, abrazos fraternales, seres mágicos,
amores pero… inocentes, amores platónicos.
—¿Pero qué quiere usted? Con el perdón de la
expresión, ¿usted quiere que todos se pongan a fornicar en
los cuentos?
—No, no, no, no digo eso pero… Son cuentos,
digamos, para niños, para señoras viejas y con problemas
de autoestima, lectoras de libros de autoayuda. O
adolescentes, niñas que entran en la pubertad y quedarían
cautivadas con esos relatos kitsch…
—Bueno, bueno, pero son cuentos que hablan de amor,
no tienen por qué ser de amor platónico. ¿O me va a decir
que en mi cuento “Entre la tierra y el cielo”, donde un
hombre se encuentra y se enamora de una mujer que
resulta ser su ángel guardián, no trata una temática de
tinte sexual? ¿No cree que las descripciones que hago no
hacen referencia a mujeres hermosas, deseables,
La corriente sensualista 27
(o cuentos nimios)

sensuales? ¿No cree que al protagonista le atrae


sexualmente? O incluso en el cuento donde hay
estudiantes de escuela, “Lluvia en la estación”, donde un
adolescente quiere resguardar a una chica de la lluvia, ¿no
cree que ese chico quiere a esa joven muchacha para sí
mismo, por una atracción no sólo amorosa, si no también
sensual?
—Sí, tiene razón. Sin embargo no está tan explícito en
sus palabras.
—¿Quiere que yo incluya sexo explícito en un cuento?
¿Qué tipo de escritor cree que soy?
—No necesariamente tiene que ser pornogr{fico…
Sabe que creo, señor Bruckner, que usted tiene vergüenza
de hablar del sexo. Hasta osaría decir que usted no tiene
vida sexual… ¿Tiene novia o algo parecido?
—¡Con todo respeto, me parece que usted se está
propasando, señor mío! Eso no tiene nada que ver con mi
literatura. Si no le gusta, puedo ir con otro editor y se
acaba el tema…
—Tranquilícese, por favor. Escúcheme, a simple vista
parece que no, pero el tema de la vida sexual del escritor y
su influencia en la literatura ha sido tratado por la Teoría
de los Sensualistas.
—¡Pero no me tome el pelo por favor! ¡¿Los
sensualistas?!
—¡Pero yo no le tomo el pelo! Es decir, perdóneme la
exaltación… No, no le tomo el pelo. El famoso escritor y
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nimiedades

crítico literario Sebastián Romero escribió y desarrolló esta


teoría en su obra “El placer carnal y su influencia en el
arte”, analizando desde Goya y la Maja Desnuda hasta…
—…hasta los escritores de literatura erótica. Sí, por
supuesto, cómo no van a tener éxito con tanto pervertido
por ahí.
—No, no, no, casos como escritores legendarios como
Pablo Mill{n con su novela realista “El el{stico” o Hern{n
Bianchini con “De la cama a la tumba”, donde el sexo no
tiene un lugar central, obviamente, pero aparece en
algunos pasajes, en algunos capítulos y descripciones,
como algo natural. Esa influencia de la energía sexual
positiva se transmite a cada letra, a cada palabra. Millán y
Bianchini eran muy galantes, estuvieron con muchas
mujeres en su vida.
—Sí, claro, con todo el dinero que ganaron…
—No, antes de hacerse famosos. Eran hombres
apuestos que podían llamar la atención a cualquier mujer.
En cambio usted…
—¡Cuidado con lo que va a decir!
—Lo siento, con todo respeto, usted parece de esos
hombres que tienen vergüenza de ir a una farmacia para
comprar condones, por miedo a la condena de quien se los
venda.
—¡Suficiente! ¿Usted quiere que escriba sobre sexo?
¿Que describa relaciones sexuales? ¡Ningún problema!
—No es tan simple como eso.
La corriente sensualista 29
(o cuentos nimios)

—¿Cómo dice?
—No. Tiene que tener alguna especie de inspiración, si
usted me entiende.
—Usted deje mi vida personal en paz.
—¿No tiene con quien inspirarse? Con mucho gusto
puedo presentarle algunas amigas, ellas accederán
fácilmente a todo lo que usted desee. A pesar de todo,
usted es bastante guapo.
—¡Pero no! No quiero eso… ¿En qué me va a ayudar
eso como escritor, como artista?
—¡En mucho! Verá que crecerá mucho como escritor,
como artista, en la profundidad de su obra, perderá esa
inocencia que lo entorpece tanto.
—Maldición… Y… Dígame. Este… ¿Qué amigas me
puede usted presentar?
—¡Oh, no se preocupe por eso! Son muchachas muy
bonitas, le agradarán, estoy seguro.
—Bueno, bueno, está bien. Pero quiero que conste que
esto es por amor propio, por amor al arte y porque quiero
evolucionar como escritor.
—Pero que no se hable más. Venga, le contaré, una de
las amigas que tengo pues…
30 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

El patíbulo de Mauricio
por Sabryna Soledad Cortéz

Nadie sabe muy bien cómo, sólo apareció ahí tan


muerto y tan clavado que los vecinos empezaron a
especular con la muerte de Mauricio Cerrero apenas
escucharon el griterío.
—Fue un ajuste de cuentas Marita, yo sé lo que te digo,
hace unos meses que Bichín, el almacenero se la tiene
jurada.
—¿Pero a vos te parece Mimi? Estamos en el 2000, los
ajustes de cuentas pasaron de moda con los vestiditos
bobos y los bordados de mostacillas —comentaban Marita
y Mimi, las mayores informantes del pueblo mientras la
policía encontraba alguna forma para cubrir el cuerpo
mientras esperaba que la científica llegara de la ciudad.
La idea de la Iglesia había aparecido el año anterior y
en pocos menos de dos meses estaba instalada, igualita a
los planos y a todas las sucursales esparcidas por el país.
Casi doscientos fieles se habían postulado para la
construcción de su templo, dividían tareas y mientras
algunas mujeres servían sándwiches de pollo, hombres,
más mujeres y algunos niños pegaban ladrillos, cortaban
madera, pintaban rejas y cantaban para el Señor que los
observaba trabajar para él. Se habían ubicado cerca de la
plaza formando un campamento de trailers trayendo algo
El patíbulo de Mauricio 31
(o cuentos nimios)

de movimiento a Pardo Town, duplicando el número de


habitantes y levantando constantes sospechas.
—Son una secta —afirmó Marita que solo conocía el
catolicismo y asistía los domingos a la Capilla del Padre
Luis.
—A comer santos para cagar diablo vieja, para eso vas
a la misa, vos y todas las viejas chusmas de Pardo, para
cuerear en la semana al que fue porque fue y al que no
porque no fue —le reprochaba su hija cada lunes cuando
le contaba las novedades de la misa del domingo.
Lo más impactante de la gran construcción fue la
punta de la cúpula, la punta donde amaneció clavado
Mauricio Cerrero esa mañana, por eso también, nadie
entendía cómo era posible. La habían visto en el suelo
gigante y pesada de unos tres metros.
—Más querida, esa cosa es gigante, como diez metros
tiene —exageraba Mimi.
Una pirámide puntuda, la base cuadrada tenía un
metro y algo, la punta se veía infinitamente filosa. Primero
construyeron un molde de madera.
—Mmm, puro bulto, seguro es una pavadita.
Lo llenaron de hierros y piedras para luego completar
con cemento. Cuando estuvo seca la desmoldaron y
pararon para revocar y emprolijar, la pintaron de un
blanco radiante y estuvo lista para coronar la iglesia que
estaba esperando la imponente…
—Cruz, es como nuestra cruz, pero sin el palo que lo
32 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

cruza —explicaba Marita que después de varias semanas


observándolos era una experta en la materia.
La tarde que colocaron el Patíbulo de Mauricio —como
más tarde lo llamarían— todo el barrio estaba expectante.
Una gigantesca máquina la tomó con sus pinzas y pegada
con cemento a una base firme permaneció inmensa hasta
que Mauricio Cerrero se la encontró en su camino.
Físicamente era imposible que alguien lo clavara ahí.
La Iglesia completa sumaba unos once metros, nadie en
todo Pardo tenía una escalera tan alta y si la tuviera no
había donde apoyarla. Descartaron la idea al ver que un
hombre solo no podía cargar con el peso muerto de
Mauricio elevándose once metros y además crear una
fuerza superior para clavarlo hasta la mitad del patíbulo,
creando una verdadera cruz, mitad cemento, mitad
humano.
—Cayó del cielo — dijo Gastón. Se rieron de él, nadie
le creyó.
Gastón deambulaba el barrio solo todo el tiempo. A
cualquier hora y sin ninguna razón se lo podía ver
vagando. Pero no le hacía mal a nadie y lo querían. Si
pasaba por la puerta de cualquier vecino a la hora del
almuerzo o la cena, era invitado con gusto. Tomaba mate
en casa de Florencia, la hija de Marita y jugaba a los
autitos con Titito que no iba al jardín de infantes porque
una incapacidad mental le prohibía la entrada.
Desde que pasó lo de Roberto, a Gastón no le creían
El patíbulo de Mauricio 33
(o cuentos nimios)

nada, pero sabían que no tenía maldad. Roberto era


viajante, pasaba por el pueblo una vez por mes y como los
marineros, en cada puerto una amante, mujer, señorita lo
esperaba. Florencia lo esperaba ansiosa todo el mes, no
tenía tiempo para tomar mate con Gastón que se quedaba
en frente esperando que Roberto desapareciera por un
mes más, en el que Gastón trabajaba incansablemente en
la conquista.
Un mes que Roberto no apareció, aprovechó la
oportunidad para fabular con esa desaparición.
—A Roberto lo agarraron los piratas del asfalto
Florecita, dicen que lo hicieron pedacitos y le afanaron la
chata y todas las cosas. A mí me contó el Cuervo que viajo
a Rosario hace unos días y en el camino paró en Gaboto,
ahí se encontró con Gallareta que tenía la posta —contó
Gastón mientras Florencia lloraba desconsolada.
La noticia se expandió rápidamente y pasado un mes,
mientras oficiaban la novena y última misa en su nombre
en la Capilla del Padre Luis, apareció Roberto con su
vozarrón y su alegría de siempre, gritando que había
llegado con nuevas chuchearías, logrando que Marita se
desmaye y que Florencia dejara de confiar en Gastón.
Por eso tampoco le creyeron cuando dijo que Mauricio
cayó del cielo. La policía científica no paraba de sacar
cálculos y no entendía como había pasado. El misterio
creció de tal forma que cuando llegó Crónica TV, Mimi les
ganó cuando presurosa fue a contarles la teoría de Gastón.
34 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

—Que no es una patraña Doñita —le decía Gastón—.


Yo lo vi, se hizo una luz desde allá, un grito y pumba,
Mauricio clavado en la punta le digo.
Florencia lo miraba con desprecio, la viuda le pegaba
en el pecho mientras que el más pequeño de los hijos de
Mauricio no paraba de mirar la punta y a su padre tan
clavado y muerto. Sonreía con una expresión de maldad
en los ojos única. Habían pasado muchas horas desde que
Gastón había llegado a la comisaría y con toda la paciencia
le había explicado al comisario que Mauricio Cerrero yacía
en la punta de la Iglesia nueva, que debía estar muy
incómodo en esa muerte, así que sería mejor que se
apuren a sacarlo antes de que pasaran los chicos para el
colegio y se encontrarán ese espectáculo.
Ya casi oscurecía y Mauricio seguía dormido en esa
incomoda punta con todos los fieles que meses antes
construyeron la iglesia mirándolo, todos ellos de rodillas
en el cordón de la vereda, velando por su alma que según
ellos veían volar sobre la punta. Obligaban a sus niños a
mirarlo fijamente y pedirle que se quede ahí cuidando su
templo. Cuando la policía científica por fin encontró la
forma de sacar a Mauricio de ahí, los hombres más fuertes
intentaron impedirlo, mientras sus mujeres arrojaban
piedras contra los móviles policiales.
—¿Qué no ven su alma? ¿Qué no ven que lo están
alterando?
—La verdad… yo no veo nada —interrumpía Marita,
El patíbulo de Mauricio 35
(o cuentos nimios)

mientras Mimi comentaba delante de las cámaras de TV


las extrañezas de ese grupo de delirantes que habían
llegado con los planos y la Biblia bajo el brazo a sacarle el
protagonismo al Padre Luis.
El hijo menor de Mauricio, sin una lágrima en su
rostro a diferencia de sus hermanos más grandes y su
madre, no dejaba de mirar a su padre con esa mueca de
maldad y lástima en el fondo de sus pupilas.
Gastón sabía que no era el único testigo, pero no quiso
incomodar a la viuda comentando que el pequeño estaba
frente a la iglesia, en pijamas con una actitud expectante al
momento que él pasó por el lugar. Segundos más tarde, la
luz cegadora lo aturdió y visualizó al niño señalando el
cielo guiando el destino de su padre que en un grito sordo
escuchaba los últimos latidos de su propio corazón, en esa
muerte temprana que sabía que su hijo le estaba enviando.
Gastón lo pensó nuevamente. Nadie le creería.
Llegada la medianoche, las estrellas parecían caerse
del cielo ante el espectáculo en el que retiraban a Mauricio
de su patíbulo. Habían logrado calmar a los fieles del
templo, rogándoles que debían sacar a Mauricio antes de
que el sol lo encontrara nuevamente puesto que ya
empezaba a heder. Los fieles lo dejaron, pero fueron ellos
quienes algún tiempo después crearon una gruta donde
reposaba Mauricio en una foto con su hijo menor en
brazos que lo miraba con esa mueca de maldad en la que
se preveía cierto desprecio hacia Mauricio.
36 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Algunas semanas más tarde, la Policía Científica se dio


por vencida y el misterio de cómo llego Mauricio a su
patíbulo nunca se resolvió.
La leyenda de que cayó del cielo se extendió por toda
la zona convirtiendo a Pardo en un atractivo turístico,
dejando un reguero de preguntas y detectives amateurs
intrigados y expectantes que año tras año regresaban,
median los espacios y las ondas espectrales sin encontrar
más que las ondas satelitales de la antena del cable.
Mimi y Marita permanecían en la puerta de sus casas
con la mirada fija en la punta del templo esperando que
sucediera algo similar. Mientras noche tras noche se lo
veía al hijo menor de Mauricio salir a la calle en pijamas
para saludar a la punta de la iglesia donde sólo él veía a su
padre dormido, como aquella noche donde nadie más que
él y Gastón sabían la verdad del Patíbulo de Mauricio.
Otros amores 37
(o cuentos nimios)

Otros amores
por Félix Alejandro Lencinas

—Sos la más hermosa mujer que vi en toda mi vida.


Pero posta. Sos muy hermosa.
—Ehmmm... Gracias.
—No, no, no. No digas nada. Sos muy hermosa, tu
pelo, es brillante, tiene olor a ese shampoo de manzana
que me recuerda a mi infancia un poco. Tus ojos, tenés
unos ojos brillantes, que resaltan cuando la luz te da lleno,
dos ojos en los cuales te perdés por lo hermosos que son.
Ni hablar de esos labios, tan carnosos, tan dulces, tocados
por ese color carmesí del lápiz de labios. Ni hablar de
imaginar mi boca tocando tu boca... Ni hablar. Ese
perfume que usás, no sé, se mete dentro de mí, me
empalaga, me estupidiza, me enamora y me adormece.
Cada vez que estoy cerca de vos me enamoro, me siento
volar, me siento realizado, me siento feliz.
—Mirá, yo...
—No, no digas más, yo sé que todo lo que te digo es
tierno y que es muy dulce de mi parte, pero que vos no me
querés de esa manera, ya lo sé, ya lo sé. Es obvio. Pero
luego yo te voy a insistir, te compraré flores, te escribiré
poemas, te cantaré canciones, te dedicaré otras en la radio,
te regalaré bombones y fruslerías con corazones y frases
algo cursi. Yo sé que con eso te compraré, vos te vas a
38 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

ablandar y entonces vas a sentir quizás lo mismo que yo.


Al final aceptarás salir a cenar conmigo, y yo trataré de
hacer que te sientas lo más cómoda posible. A la salida te
acompañaré hasta tu casa y nos besaremos por primera
vez en el umbral de la puerta de entrada de tu casa, al
mejor estilo película yankee. Luego yo me iré muy
contento. Pasarán los días y las semanas y nos iremos
frecuentando más y más. Finalmente decidiremos
comenzar una relación formal. Seremos muy feliz hasta
entrado, más o menos el tercer o cuarto mes de la relación,
nos veremos muy seguido, saldremos los fines de semana
a la noche, tomaremos champagne en un vasito de plástico
y me enteraré que fumás como un murciélago. En verano
te pondrás sandalias hawaianas y tomaremos mate en el
cordón de la vereda. Y el fin de semana la pasaremos
encerrados en la cama mirando televisión. Prenderemos el
turbo, bajaremos las persianas, y miraremos "El crucero
del amor", como dice la canción. Seremos muy pero muy
felices. Nos veremos cada tanto, después al tiempo
conoceré a tus padres y vos a los míos y seremos una
pareja oficial, hecha y derecha. Estoy seguro que va a ser
así...
—Bueno, quizás...
—No, no, no. Ahí empezará a declinar todo. Vos vas a
estar con tu laburo, y yo con el mío. De pronto, no nos
vamos a visitar tan seguido. Vos te vas a sentir sofocada de
mí y vas a querer salir con tus amigas. Y obvio que yo me
Otros amores 39
(o cuentos nimios)

voy a poner celoso porque salís sola. Pero me voy a vengar


y voy a salir con mis amigos, sin que vos lo sepas. Vos
después te vas a enterar y te vas a enojar, yo voy a estar
celoso de vos y vos vas a estar enojada conmigo. Vamos a
empezar a pelear seguido, y por boludeces. Vamos a
guardarnos resentimientos, vamos a decirnos cosas que
nos duelen y un día nos vamos a separar.
—Bueno, pero tampoco tiene que ser así...
—No, no. Va a ser así. Tiene que ser así, porque
siempre es así. Vamos a separarnos, yo te voy a extrañar,
luego me va a chupar un huevo y me voy a ir de joda, a
ponerme en pedo y a encamarme con otras minas, sólo
para olvidarte. A vos no te va a importar al principio, me
vas a extrañar luego, pero después cuando te enteres de lo
que hago me vas a odiar más y no vas a querer volver
conmigo. Sin embargo, ignorando yo que vos sabés lo que
hice, cuando vaya a pedirte la reconciliación me vas a
mandar a la mierda. Es así. Va a terminar todo mal, los dos
lastimados, y separados.
—...
—Sí, es triste, ¿no? Pero mejor que aclaremos todo
ahora antes de todo vaya para peor.
—Creo que tenés razón...
—Bueno, ¿cuánto es?
—Ah, son dos con cincuenta.
—Gracias, señorita kiosquera. Qué lástima que lo
nuestro no pueda ser, ¿no?
40 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

—Bueno, ya habrá otros amores...


—Sí, es lo que siempre decimos al final.
El chico del tiempo 41
(o cuentos nimios)

El chico del tiempo


por Sabryna Soledad Cortéz

Resultó ser tan linda por fuera que se le olvidó lo que


llevaba por dentro.
Tenía algún que otro defecto: algún punto negro, una
pequeñísima desviación del ojo izquierdo y a ella le
gustaban los rulos y había nacido lacia. Aun así resultó ser
tan linda que se olvidó ser humana.
Los días los perdía bronceándose, las noches las perdía
de parranda. Los lunes iba al gimnasio, los martes al
súper, indefectiblemente los miércoles eran de shopping
con las chicas, los jueves a cenar con papá y mamá y los
viernes de soledad.
Algunas horitas en la oficina y el sueldo aparecía por
arte de magia el primer martes de cada mes. Entonces, no
podía resistirse a algunos caprichos: unas Ray Ban de
trescientos, un bolsito Dolce, una sesión de Spa…
Diego la conoció bellamente exuberante. Pasó
caminando ignorándolo por el costado de su banco y se
sentó un poco más atrás sacando un anotador mientras
silenciaba su Palm. Como pasatiempo había optado la
universidad. El invierno se vendría frío y no tenía deseos
de viajar como cada año.
Diego resultó ser tan sentimental que no le costaba
demostrarlo, aun así ponía su mejor cara de malo y se
42 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

decía a si mismo que debía cambiar. En la tarea de ocultar


lo que sentía estaba cuando la vio y aunque en el
momento no lo pensó, sabía que sería peligroso para su
cerebro. Ante un problema giraba las cosas de tal modo,
las hinchaba y se torturaba creando una novela dispar en
la cabeza. Nuevamente la jeta contra el muro, a llorar a la
falda de mamá, a estar con los ojos tristes y su humor de
perro, pensando que cada vez estaba más cerca de
convertirse en señorita, y a emborracharse con amigos que
eran el único remedio para ese gran mal.
La primera vez que la vio humana, se encontró con
ella un martes de lluvia en un otoño gris. La
superficialidad que demostraba había quedado tan atrás
que se dejó llevar. Dos horas después, Diego era tan
vulnerable y ella parecía tan real que lo creyó natural. El
gris del otoño era un poco más dorado ese día en el café
de la esquina mientras las gotas se estrellaban contra el
vidrio.
Al otro día, se perdió la magia, el sol salió
deslumbrante otra vez y ella volvió a ser una Barbie,
hermosa, perfecta, despampanante… pero vacía. En la
cabeza de Diego todo empezó a girar.
La segunda vez que se encontró solo con ella, le dio
tiempo a verla humana. Las gotas caían nuevamente,
estaban unidos por la lluvia como una fuerza sobrenatural
que compatibilizaba todo lo que no se parecían. Fue real
sin dudas, fundiéndose contra su cuerpo en una batalla de
El chico del tiempo 43
(o cuentos nimios)

superficialidad y enamoramiento. Piel como esa, nunca


había sentido, besos como esos nunca había recibido. Se
dejó llevar por la pasión olvidándose del realismo que
necesitaba en principio.
Al otro día, Saint Barbie la poseyó otra vez.
La tercera vez que pasó, se dio cuenta cómo
funcionaba la cosa. Llovía, mucho llovía, entonces surgía
algo: estudiar para la clase siguiente, unos mates con los
chicos y luego acompañarla hasta casa, un café para
repasar algunos ejercicios. El agua la transformaba como a
los Gremlins… y cuando salía el sol al día siguiente,
regresaba la normalidad y él sentía como odiaba esa parte
de ella.
La segunda quincena de mayo, llovió durante diez
días corridos. Fue la gloria. Anotó sus cambios de humor y
sus actitudes. Cuando paró la lluvia la sintió insulsa.
Junio, fue tan seco y frío que pensó que se le iba a congelar
el alma. Julio fue tan inestable que imaginó que el corazón
le daría un vuelco si no se estabilizaba. Día a día dependía
de diferentes informes meteorológicos y sus amigos se
burlaban de él llamándolo El Chico del Tiempo. Pero el
mejor informe era ella. Sabía que se acercaba una nube
cargada cuando tiernamente, después de ignorarlo por
semanas, lo invitaba al cine o le decía que esa noche le
cocinaría. Indefectiblemente ese día llovía: a cantaros si la
invitación era preparada, lloviznita finita si se
improvisaba. Llovizna hincha pelotas si solo era un beso
44 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

histérico, granizo intenso si después de amarse discutían.


Llegado agosto, el tiempo fue tan placentero y malo
que se sintió enorme y a ella real. Creyó que era su
imaginación, que las cosas salían así y que no era un
capricho del canal del tiempo. De treinta y un días,
llovieron veintiocho, a nadie se le ocurrió contarlos
excepto a él. Todos rezongaban de ese tiempo, menos él.
Incluso, los que conocían la historia, llegaron a echarle la
culpa de que no podían colgar la ropa a secar afuera, de
que hacía días que sufrían resfríos por tener las medias
húmedas, incluso lo culparon por las inundaciones de los
bajos, no soportarían si la cosa se formalizaba, ni hablar si
llegaban a casarse. Diego, el chico del tiempo era tan feliz
que no tenía tiempo de escucharlos.
Cuando el primer martes de septiembre, ella salió a
derrochar tiempo y dinero Diego reaccionó que todo había
terminado, la primavera y el tiempo seco se acercaban.
Ella, hermosa, escultural y vacía comenzó a broncearse
nuevamente de día para salir de parranda por las noches.
Se olvidó que él existía y con el sol regresó a su estado
natural. Resulto ser tan linda por fuera que se le olvido lo
que la lluvia le hacía. Resulto ser tan linda que se le olvidó
advertirle que no era humana y que con la lluvia
cambiaba.
Para la dama, para el caballero o para llevarle a los chicos 45
(o cuentos nimios)

Para la dama, para el caballero o


para llevarle a los chicos
por Félix Alejandro Lencinas

La tarde del día de ayer me dirigía a inscribirme a las


materias que voy a cursar este primer cuatrimestre en la
facultad, y para ello me subí al Roca, en mi querida
estación Burzaco; con destino a Constitución. Después de
buscar el vagón más cercano a la punta del tren, me
acomodé para poder sostener mi lectura con la mano
izquierda y con la derecha sostenerme de uno de los aros
puestos para tal fin.
Cuando empecé a concentrarme en la lectura,
empezaron a pasar los vendedores ambulantes vendiendo
todo tipo de chucherías, que sin embargo me llaman la
atención muchas veces, por lo barato que están las cosas:
galletitas, alfajores, gaseosas, helados, jugos, marcadores,
billeteras, porta documentos, ganchitos para el pelo,
alfileres, linternas, lapiceras entre otras baratijas de
distinta calidad. Muchas veces con hambre he comprado
esos alfajores insípidos de oferta a cuatro por dos pesos y
me he arrepentido de la transacción. Otras veces venden
cosas interesantes, como dos marcadores, esos para
escribir los CDs, dos a dos pesos, que siempre hacen falta,
por más que después el olor a alcohol te deje un poco
46 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

volteado.
Pero ayer, una mujer supo llamar mi atención. Al
principio, cuando escuché “cuatro alfajores a dos pesos, dos
monedas”, me dije que eran otra vez esas porquerías que
sabían a porquería, cuando escuché (o medio escuché en
realidad, porque había dejado de prestar atención a los
gritos de la mujer que cargaba con una caja llena de
alfajores con envoltorio celeste) “alfajores blzta”. En un
principio creí reconocer lo que ese “blzta” significaba, pero
llegué a la conclusión de que mi mente me estaba jugando
una mala pasada y al no haber escuchado con atención
entendí cualquier cosa, y menos lo que vendía la mujer
que venía caminando desde el otro lado del vagón.
Cuando se acercó más, está vez dejé de lado mi lectura un
momento para ver qué vendía en verdad está mujer. Ahí
entendí perfectamente y para mi sorpresa: “alfajores
Dragon Ball Z, se lleva cuatro a dos pesos, dos monedas, con
estickers, los alfajores de Dragon Ball Z”.
La miré pasando a través del vagón con mucha
atención y con más atención a su caja. El cantito había
funcionado en mí perfectamente, el producto me había
interesado, alfajores con stickers (¿la palabra “figuritas” o
“calcomanías” pasó de moda ya?) de Dragon Ball Z, y tan
baratos. De hecho para mí el producto era “stickers con
alfajor”, podía haberlo dicho así y también me hubiera
interesado. Pero claro, ya no era un chico de 10 años el que
quería el producto, era uno de 20 (maldita sea este
Para la dama, para el caballero o para llevarle a los chicos 47
(o cuentos nimios)

síndrome de Peter Pan, maldito sea también Peter Pan de


paso también) que estaba yendo a inscribirse a la facultad.
¿Qué iba a pensar la gente que estaba ahí si yo paraba a la
mujer para comprar los alfajores? Mirá, un pibe de 20
comprando alfajores de Dragon Ball Z, qué vergüenza,
qué poca madurez. Y sí. ¿Qué otra cosa iban a pensar?
Entonces la mujer me dijo “permiso” cuando pasó por al
lado mío y yo la dejé pasar con cortesía.
Olvidando el tema y ya sin oportunidades de adquirir
el producto, continué mi lectura hasta que al final llegué a
Constitución, después al Subte, Línea C, Independencia,
Línea E, Emilio Mitre, Av. Eva Perón, Av. Directorio, Puán,
tercer piso, formulario, Félix Alejandro Lencinas, DNI tal,
Gram{tica “C” y Teoría y An{lisis Literario, de vuelta
Puán, de vuelta Av. Directorio, de vuelta Av. Eva Perón, de
vuelta Emilio Mitre, Línea D, Independencia, Línea C,
Constitución y tren de vuelta.
Ahí de vuelta en el tren, después de la mujer que
vendía las obleas, apareció un hombre con la misma caja
de alfajores celestes, pero esta vez pude ver la cara de
Gokú Súper Saiyajin fase 1 que me miraba diciendo: “sos
grande para esto, pibe”, mientras de su mano un Kame-
Hame-Ha anunciaba “Con sticker” (o “Con alfajor”, para
mí era lo mismo). Obviamente que si había desistido la
primera vez, la segunda vez también lo haría, para serle
fiel no sé a qué cosa, quizás a un intento algo idiota de
madurar. Pero podía comprar los alfajores para mi
48 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

hermanito, chiquito, mi primo, o mi hijo incluso, hay


padres más jóvenes que yo. Sin embargo, mi cara al
comprar me iba a delatar, mi expresión; y ni el “dame” que
le iba a decir al vendedor serían lo suficientemente
convincentes para que la gente crea eso. Todos se darían
cuenta que quería los alfajores para mí y quizás alguno
para mis hermanas. Así que al final me callé y al final
compré obleas, para tomar con el mate (“empezamos a ser
grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por
primera vez unos mates, solos” decía Hern{n Casciari, y
yo lo recordaba para seguir en el intento de madurar), y
porque tenía que conseguir monedas además y los
vendedores siempre tienen monedas.
Un poco derrotado, llegué a casa con las obleas sin
stickers y le conté, sin embargo, a mi hermana que había
visto alfajores de Dragon Ball Z, rellenos de dulce de
leche. Qué pensaría Akira Toriyama si algún día se
enterara que en Argentina algo tan argentino como un
alfajor tiene el nombre y el dibujo de la historieta que él
alguna vez dibujo en la década del 80. Mi hermana
después de escuchar la extraña novedad del alfajor me
dice: “sí, ya sé. Papi compró”. ¿Cómo que papá compró?
¿Por qué él se animó a comprar? Porque claro, él sí los
compró con la verdadera intención de darles los alfajores a
sus hijos, y bajo esa presunción nadie sospecha que uno de
sus hijos tiene 20 años, van a creer que tiene, 6 u 10 como
mucho. Ahí nadie lo condenaría. “Mir{, me vino la de
Para la dama, para el caballero o para llevarle a los chicos 49
(o cuentos nimios)

Piccolo”, mostraba con orgullo mi hermana el sticker que


todavía tenía pegado algo de chocolate, “all{ hay m{s,
agarr{ uno”. Enseguida fui a buscar uno para mí, y lo abrí.
“Debe ser un asco el alfajor, pero yo quiero la figurita”, dije y
mordí. Y aunque no estaba tan feo como esperaba,
tampoco era una delicia. Pero había conseguido lo que
quería, mi alfajor de Dragon Ball Z.
—¿Y? ¿No vas a ver qué te tocó?
—No hasta que termine el alfajor.
—Ah, ¿querés que sea sorpresa?
—Ajá. Bueno, ya terminé. A ver.
—¿Qué te tocó?
—Uh, este pelotudo.
—¿Cuál?
—Jeice, el de las Fuerzas Ginyu. Qué mierda.
—Bueno, yo quería a Vegeta.
—Pero por lo menos Piccolo es mejor que Jeice.
Jeice. La puta madre. Menos mal que no compré. Igual
lo voy a pegar por ahí.
50 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Las nueces
por Sabryna Soledad Cortéz

Por lo general Facundo, ni se acordaba de Pato pese a


que era su hermana, pero los veinticuatro eran inevitables.
En principio porque era navidad y además porque ya no
tenía con quien comer las nueces del pan dulce.
Desde los cinco años tenían la tradición y habían
mejorado su técnica año tras año. Tenían que ser
habilidosos. El pan dulce lo traía Tía Lala únicamente y se
encargaba de esconderlo bien para que no se lo roben
como todos los años.
—¡Qué es el único pan dulce que come Coco joder! Un
año sólo les pido que no hagan maldades.
El pan dulce era de la Boston, de los más caros, feos y
secos que existían en la ciudad; ambos preferían mil veces
el esponjoso y barato Don Satur, pero desmigajar todo el
pan dentro de su propia lata para comerse todas las
nueces y almendras era su propia tradición navideña y la
travesura que esperaban todo el año. Nada igualaba la
cara del tío Coco cuando abría la lata, ni las puteadas de
Tía Lala mientras los corría con la escoba.
Ya eran casi adultos la navidad que la Tía Lala compró
dos panes iguales, uno lo dejo a la vista de todos siendo,
según la lógica de Tía, la primera y única víctima de los
vándalos de navidad. Era de día aun cuando los tíos
Las nueces 51
(o cuentos nimios)

llegaron cargados de paquetes a la casa de la abuela, Tía


Lala puso el pan dulce arriba de la heladera como siempre
y el otro lo escondió envuelto en papel brilloso y un moño
rojo entre los regalos al pie del árbol. El tío Coco se
acomodaba delante de la parrilla con un vermut y su
particular seriedad, mientras la familia empezaba con las
corridas de todos los años. El viejo con el fuego del asado,
la tía Teresa que los mandaba alguno a los gritos a
comprar las arvejas para la ensalada rusa porque se había
olvidado, la abuela que melancólica caminaba por todos
lados dando órdenes y recordando lo mucho que le
gustaban las fiestas al Tata y Tía Lala cuidando del pan
dulce y lavando lechuga en toneladas.
Ya empezaba a oscurecer cuando emprendían los dos
el camino a la cocina, uno distraía a Tía Lala y a la vieja
que preparaban ensaladas mientras que el otro
aprovechaba para robarse el pan dulce más seco que
ninguno pero con las nueces y almendras más sabrosas del
país.
—Ay nena, espero que esta navidad sea diferente…
vos sabés que el Coco no come otro pan dulce. El turrón
no le gusta, por la dentadura ¿viste? Este año compré otro
y lo escondí, estoy segura que va a estar contento el
coquito cuando abra la lata.
—Yo también Lala, se nos van los pibes, ya estamos
viejas, la Nona extraña cada vez m{s al Tata…
—Yo espero que no me afanen el pan dulce…
52 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Inocentemente, Lautaro que era el más chiquito corrió


a la cocina contento.
Mami, mami, mami… en la casa de la nona Papa Noel
trajo un regalo de más sin nombre, ¿es para mí, es para
mí?
Tía Lala casi se lo come con la vista. Toda colorada no
dijo ni una palabra mientras que espiaba con el rabillo del
ojo a los más grandes que ya se las habían ingeniado para
sacar el pan dulce de la lata para que no se notara. Las
nueces y almendras más sabrosas del país sin duda.
La actitud de Tía Lala había dejado al descubierto el
secreto… que no tardaron mucho en descubrir. Ese año
poco cenaron porque estaban tan llenos de zinc, vitamina
B y polifenoles que el lechón del viejo y la ensalada rusa
de tía Teresa quedaron en segundo plano.
El paquete abajo del árbol estaba intacto. A las doce
después del brindis y los petardos se repartieron los
regalos. Pato recibió unas cajas con papeles y bolígrafos,
una indirecta directa a la intención de su madre de querer
recibir cartas cuando partiera.
—Voy a enseñarte a usar la computadora y leer mails
mamá —fue su forma de agradecimiento.
A Facundo le regalaron un reloj, tendría que ocuparse
de él, menos mal que era digital y no a cuerda, sino se
olvidaría de alimentarlo. En forma de chiste, la Tía Lala
recibió un atadito de nueces y avellanas sin abrir, aunque
no le gusto para nada todos festejaron la broma con un
Las nueces 53
(o cuentos nimios)

brindis de sidra. A la nona le dieron una foto enmarcada


de toda la familia, nostálgicamente les informo a todos lo
mucho que eso le hubiese gustado al Tata. Había juguetes
por todos lados, Lautaro lloraba porque los estruendos lo
asustaban. Expectantes todos esperaban saber de quién
era el regalo secreto.
Tío Coco recibió dos… el primero era una Victorinox,
siempre recibía los mejores regalos también, emitió una
mueca de esas que no se saben si es una queja o un signo
de felicidad. El segundo regalo llegó a sus manos después
de un pasamanos intrigante. Despegó las cintas con sumo
cuidado después de despegar el moño para regalárselo a
Valentina que los coleccionaba contenta hasta que su
madre en un descuido días después se los tiraba a la
basura.
Al ver la lata Tío Coco sonrió espantosamente, con
razón nunca se reía, la expresión en su rostro cuando lo
hacía, era horrible. Tía Lala estaba orgullosa, sabía que
este año lo había conseguido. Triunfante miraba las caras
de los dos sobrinos más grandes, ella había ganado.
Le costó abrir la tapa… el pan dulce desmigajado no
tenía nueces, ni almendras y la mueca del tío Coco había
desaparecido. Un año más, los vándalos ganaban.
Esa fue la última navidad, al año siguiente Pato partió
a Europa, donde si quería compraba kilos de nueces y
almendras para recordarlo pero no tenían el mismo gusto.
Sin dudas. Facundo se quedó, para ver crecer a los más
54 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

chicos y para enseñarle las mañas a Lautaro que era un


habilidoso robador de nueces. La tradición nunca se
acabaría, pero no tendría el mismo gusto, sin dudas.
El oído 55
(o cuentos nimios)

El oído
por Félix Alejandro Lencinas

En el momento en que el chofer anunció el final del


recorrido, me di cuenta que me había tomado mal el
colectivo. Simplemente no sé por qué, pensé que ese
número y ese ramal me llevaban a mi destino, pero no.
Cuando me di cuenta, el colectivo se había ido y yo estaba
a la deriva, quizás muy lejos de dónde tenía que ir (o
quizás no, quién sabe dónde me había bajado).
Había caminado unos pasos, algunas cuadras, con
miedo. Aún era de día, las cinco y cuarto de la tarde con
exactitud, pero no tenía idea de dónde estaba en verdad.
La calle, era como todas las otras, gris, con cordones, con
veredas y con semáforos. Las casas, todas bajitas, más o
menos parecidas. Algunos negocios, pero todos cerrados
un domingo a la tarde. Apenas tengo las monedas para un
boleto mínimo, y algo en billetes, pero para viajar no me
sirven. El celular apenas tiene saldo a mi favor para ser
utilizado. Tres mensajes y chau. No sé dónde estoy y tengo
más miedo. Un gato desde el jardín de una casa me mira y
me ignora. Dos casas después, un perro me ladra y entre
tanto silencio me sobresalta más. ¿Dónde estaba? ¿Dónde
estaba la gente? ¿Por qué están todos encerrados en sus
casas? Camino más cuadras, en el sentido opuesto en el
que me llevó el colectivo, tratando de reconstruir el
56 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

camino que había hecho hasta el lugar dónde bajé.


Trato de memorizar algunas referencias que había
tomado, pero las calles son muy parecidas. Sigo
caminando hasta que llego a una Avenida, transitada, pero
poco. Me siento vulnerable.
Perdido, asustado, cruzo la calle. Un colectivo, el de la
misma línea que me tomé pasa. No venía mirando. Siento
una frenada y cuando me doy cuenta estoy en el piso lleno
de sangre en la cabeza. No duro mucho más con vida. Me
acabo de morir y no sé dónde estoy. Aún oigo. No puedo
sentir nada, no puedo ver nada, no puedo moverme, no
puedo hablar, no tengo voluntad activa. Pero puedo seguir
oyendo. Oigo pasos que se acercan a mí, me hablan, y
calculo que habrá intentado sacudirme o reanimarme,
aunque esto sólo lo infiero porque no puedo saber nada
aparte de lo que oigo.
Los pasos se alejan y mientras oigo alejándose también
algunos suspiros y puteadas de quien supongo será el
chofer del colectivo que me mató. Momentos después se
oye una sirena, y dos o tres personas se acercan a mí.
Intuyo que serán paramédicos, porque enseguida declaran
mi muerte.
Y estoy muerto. No siento nada. No siento tristeza, ni
felicidad, ni decepción, ni nada. Sólo oigo cuanto pasa
alrededor mío. Pensé que morir implicaría ausencia de
todo sentido pero aún los puedo oír. Escucho ruedas y el
ruido de un nailon que seguramente será negro y me está
El oído 57
(o cuentos nimios)

cubriendo. Un poco más de ruedas y el portazo de la


ambulancia, que arranca y junto con el ruido del motor, el
de la sirena. Me pregunto para qué la sirena, si no hay
urgencia, ya estoy muerto, no se puede hacer nada por mí.
El colectivo 793 al final fue mi gran perdición. Pobre
Cecilia, se va a poner mal y se va a sentir culpable de mi
muerte. Ella me hizo ir hasta su casa a último momento,
con pocas indicaciones y yo que me tomo cualquier cosa.
Y ahora estoy muerto, además. Pobre mi familia también,
la vieja, el viejo, mis hermanos, todos. Pero qué onda, ¿y
ahora qué pasa conmigo? ¿Me voy a quedar oyendo
eternamente mi entorno? Si me entierran, entonces, ¿voy a
quedarme sólo allá abajo como pensando sólo bajo la
tierra el resto de la eternidad? ¿O será que esto es sólo la
previa de lo que sigue, si es que hay algo más después de
morir?
Estoy llegando al hospital a la morgue. Oí que
tomaron mi teléfono celular y se contactaron con alguien.
Ahora se van a poner a llorar todos. Pobres ellos, me dan
un poco de lástima. Pero bueno, ya está, ya me morí. No
está mal. Tampoco está bien. Uno creería que se desespera
de sólo oír y no poder articular acción alguna, pero no.
Estoy tranquilo. No siento nada. Nada de nada. No siento
la noción del tiempo tampoco. Ahora que me doy cuenta,
parece que estoy en el cajón ya. Oigo sollozos, creo que
oigo a la vieja llorando. Pobre.
¿Estará mi ex novia, la que me dejó hace tres meses?
58 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Va a lamentar mucho haberlo hecho. ¿Quién estará? Oigo


muchas voces y sollozos, no puedo distinguir a nadie. Por
lo que oí, van a cremar mi cuerpo. Esto provocara un
cambio, seguramente… Hasta ahora he oído todo porque
he conservado mi cuerpo intacto. Bueno, intacto es un
decir, obviamente.
Oigo chispas, el sonido del fuego, ya deben estar
cremando mi cuerpo. Pero no siento nada, así que no sé si
efectivamente me estoy quemando o no. No sé qué estará
pasando. Pero bueno, ya me daré cuenta cuando deje de
oír. ¿Y cuando deje de oír qué va a pasar?
Por lo menos no voy a estar bajo tierra, me pondrán en
una urnita, en algún lugar. Oigo un sonido de madera,
pero ahora no oigo demasiado. Ya estoy en la urna, ya soy
ceniza.
No oigo nada. A veces algún ruido por encima de la
tapa, pero nada más. De todas formas no me importa.
Estoy muerto. Total. ¿Qué voy a hacer?
Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. ¿Cuánto tiempo
habrá pasado? No siento nada. Nada. Nada. Nada. Nada.
Nada. Nada. Nada. No siento nada. Estoy muerto. Nada.
Nada.
No siento nada. Estoy muerto.
Levantan la tapa. Oigo algo, un, no sé, ya no recuerdo
los sonidos. Alguien habla, dice que pasó mucho tiempo.
Empiezo a escuchar los sonidos. Se están despidiendo de
mí. Sé que abandono la urna, porque escucho más
El oído 59
(o cuentos nimios)

claramente donde estoy. Hay agua y olas, estoy en el mar,


tiraron mis cenizas al mar.
Escucho el mar, o el lago o la masa de agua que sea. El
793 me mató y ahora, floto y me hundo a la deriva. Estoy
muerto y sólo al fin. Y no.
No siento nada.
60 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Los autores
Los unieron justamente las nimiedades de la vida y
algún que otro blog.
En 2009 editaron en los talleres de Tecno-Offset su
primer libro Sueños Utópicos junto con Darío Maiorano y
Kenneth Ross.
Félix Alejandro Lencinas, escritor, estudiante, blogger.
Actualmente reside en Claypole y sigue buscando el
Camino a la Respuesta.
Sabryna Cortéz, escritora, estudiante, ¿blogger?
Actualmente reside en Mar del Plata, y sigue creyéndose
Reina.
Ambos, oscilan entre el río y el mar.

Nuestros blogs
El Camino a la Respuesta:
http://www.caminoalarespuesta.com.ar/
Delirios Diarios:
http://deliriosdereina.blogspot.com/
Historias Asesinas para Matar el Tiempo (donde podrán
encontrar algunos de estos relatos):
http://www.historiasasesinas.com.ar/
Índice 61
(o cuentos nimios)

Índice
Introducción a las nimiedades .......................................................... 4
Pobre Taba .......................................................................................... 6
Escritores de destinos ........................................................................ 9
La loca ............................................................................................... 15
Mediocridad ..................................................................................... 19
La cigüeña y FedEx .......................................................................... 24
La corriente sensualista ................................................................... 26
El patíbulo de Mauricio ................................................................... 30
Otros amores .................................................................................... 37
El chico del tiempo ........................................................................... 41
Para la dama, para el caballero o para llevarle a los chicos .......... 45
Las nueces ......................................................................................... 50
El oído ............................................................................................... 55
Los autores........................................................................................ 60
62 Sabryna Soledad Cortéz y Félix Alejandro Lencinas
nimiedades

Makuro Neko Ediciones terminó de imprimir 50 ejemplares de esta obra en el


mes de noviembre de 2010
en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina