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H-5010-10 Corrientes Historiográficas del Siglo XX

Dr. Jorge Eugenio Traslosheros Hernández

Vázquez Hernández, Vladimir A00459413 27 de agosto de 2010

Semana 3 – Reseña sobre R.G. Collingwood (2004), La influencia del cristianismo. En


Idea de la Historia (pp. 109-154). México: FCE.

Por adscripción u oposición a su sistema de pensamiento, el cristianismo resultó fuente

de inspiración para el desarrollo de la historiografía occidental. Con matices y

herramientas diferenciadas, la problematización del quehacer histórico fue continua y de

complejidad incremental --aunque no estrictamente no estrictamente lineal— en el

periodo que transcurrió entre la escolástica y el pensamiento ilustrado. Mediante la

reconstrucción y reinterpretación de las ideas de los pensadores emblemáticos de

dichas épocas, Collingwood analiza las teleologías historiográficas desarrolladas en

esta ventana de tiempo con el objeto de revelar, casi por decantación, la metodología y

la fundamentación científica de las disciplinas históricas y provocar en el lector un

retorno a la lectura de las obras germinales con el fin de someter a prueba sus

aseveraciones.

El hilo conductor del recuento consiste en escoger a un autor, contextualizarlo en

una época, valorar sus aportaciones, señalar sus debilidades conceptuales e indicar la

utilidad de sus fortalezas para el ulterior desarrollo de la disciplina. Es pues, el de

Collingwood, un relato que retrotrae del pasado las ideas que dan sustento a la

metodología historiográfica actual, seleccionándolas y contrastándolas a la luz de una

óptica dialéctica de dos ejes: el cristianismo por adscripción, primero, y el Renacimiento

y el pensamiento ilustrado como reacción, después.

Comienza el autor con la afirmación de que la primera escolástica desechó la


idea optimista de la naturaleza humana y la idea sustancialista de las entidades eternas,

inherentes a la historiografía grecorromana. El cristianismo conceptualizó a Dios como

variable independiente con efectos directos sobre el agente humano, concebido como

variable dependiente adscrita a un proceso histórico de sucesos transitorios y cuyas

finalidades se predeterminan divinamente, proceso que resulta de la misma índole en

todo lugar y tiempo. El cristianismo tuvo el mérito de ampliar el ámbito de la historia

para hacerla una disciplina universal y organizar sus objetos de estudio en periodos.

Por otra parte, la patrística alimentó la idea de que la historia tiene un curso que la

voluntad humana no es capaz de detener, y se consagró a la tarea de revelar el plan

divino detrás de ella. Ese empeño, arguye Collingwood, constituye la debilidad de la

historiografía medieval, que no adoleció de falta de talento erudito, sino de propósito,

enfrascada en la búsqueda de atributos divinos.

Posteriormente, el Renacimiento rescató la visión humanística de la antigüedad

clásica y enfatizó la exactitud de la investigación, pero la nueva concepción resultó

distinta a la grecorromana, en tanto concebía al hombre como una criatura de pasión e

impulsos, haciendo de la historia una historia de las pasiones humanas. El historiador

deja de concentrarse en la revelación del plan divino para centrarse en los hechos,

aunque entonces todavía carecía de métodos y principios para redescubrir el pasado.

Collingwood escogió a Maquiavelo, a Bacon, Leibnitz y Descartes para

reconstruir la idea renacentista de la historia, de forma tal que conduce al relato en

camino de rebatir las principales tesis de Descartes y distinguir entre las de éste y las

de la “historiografía cartesiana”. A tal fin, acuña dicho término como categoría

epistemológica para resaltar la corriente de pensamiento que privilegia el escepticismo

sistemático y la crítica como principio metodológico, con la cual finalmente se reconcilia.


De forma implícita, Collingwood sostiene que, de entre los pensadores de la

Ilustración temprana, Vico fue uno de los que más aportó al desarrollo de la

historiografía y dedica a él notablemente más espacio que a otros pensadores,

examinando lo que él denomina la primera rama del anticartesianismo. Lo anterior, en

virtud de que Vico concibió por vez primera a la historia como el estudio de la génesis y

desarrollo de las sociedades humanas en sus instituciones, su estructura, usos y

costumbres. Además de descartar completamente el elemento divino, armonizó al

historiador con su objeto de estudio, encontrando en ello una forma de conocimiento

filosóficamente justificable y susceptible de desarrollo. Más aún, Collingwood extrae de

Vico la idea de que es posible deducir ciertas leyes históricas --sujetas a periodicidad

cíclica-- y derivar de ellas técnicas historiográficas cuyo valor es imperecedero. Por otra

parte, el autor resalta de Vico la advertencia sobre ciertos prejuicios que hacen peligrar,

incluso hoy, la labor de un historiador profesional: la vanagloria nacional, la de los

doctos, la falacia de las fuentes y la de asumir que los antiguos estaban mejor

informados que los contemporáneos.

La segunda vertiente del anticartesianismo la constituyen las aportaciones de

Locke, Berkeley, Hume y los enciclopedistas franceses, por cuanto que reorientaron a la

filosofía en dirección de la historia y contribuyeron con la visión positivista e historicista

de su época --el grado de historicismo es valorado positiva y continuamente a lo largo

del capítulo--. De Hume, Collingwood destaca su esfuerzo por restituir a la historia en

igualdad de certidumbre, validez y legitimidad respecto de otras disciplinas científicas.

No obstante, en alusión al proceso de secularización de todos los aspectos de la vida y

del pensamiento humano, advierte que una insuficiencia de las ideas ilustradas

consistió en carecer de interés por periodos cuyo espíritu no fuese moderno, lo que
limita sus alcances, efecto agravado por la ausencia de alguna teoría de causación

histórica y por la imposibilidad de elevar a la historia a un nivel superior del de

propaganda. Reprocha, por otro lado, que la historiografía no lograse su carácter

científico definitivo durante el siglo XVIII, debido a la prevalencia de algunos aspectos

del sustancialismo. Es de resaltar en el autor la aseveración de que la historiografía no

encontró en la Ilustración un avance sustancial respecto de la escolástica, cuando es

conocido que otras muchas disciplinas consideradas posteriormente científicas

encontraron en dicho periodo el fermento de su espíritu crítico y el combustible para su

marcha metodológica.

La estrategia seguida por el autor, consistente en retrotraer la fuente del

pensamiento pretérita con el fin de exponer sus adelantos y deficiencias --coherente

con la metodología historiográfica que trata de revelar él mismo-- representó para

Collingwood la ventaja de dejar que los autores clásicos del periodo señalado se

expresasen ellos mismos en su lugar, con el fin de orientar al lector hacia ciertos fines

epistemológicos. De allí que sus conclusiones resulten difusas y se encuentren

intercaladas a lo largo de todo el capítulo. No obstante, en conjunto clarifican lo que

contemporáneamente es aceptado para constituir una metodología historiográfica

válida, sobre la base en los principios que se señalan a continuación:

Para ser historia, toda historia debe ser verdaderamente universal. Existe un

proceso histórico conducido por agentes, sean éstos conscientes de sus fines o no. Los

agentes son partes del proceso, que es de la misma índole en todo lugar y en todo

tiempo. No basta con registrar hechos. Es menester interpretarlos en búsqueda de

periodicidad. La historia debe buscar a un relato preciso y científico de los hechos.

Merece, por lo tanto, un lugar entre las disciplinas científicas. Para conservar tal
carácter, subsiste la obligatoriedad de la verificación empírica continua de las

autoridades documentales, así como el estudio de la génesis y desarrollo de las

instituciones humanas.

En lo que toca a la existencia de leyes, se reconoce un carácter general de los

detalles particulares susceptible de reaparecer en ulteriores periodos históricos. La

deducción por analogía de lo que acontecerá en el futuro es posible y permite ampliar el

espectro del conocimiento histórico. Existe un patrón de repetición de los periodos

históricos relevantes. Se puede, por tanto, hablar de leyes como evidencia de método

científico. No obstante, se descartan las posibilidades de la historia de predecir el

futuro, por cuanto que la periodicidad es ley cíclica, no circular. Por otra parte, la

periodicidad fomenta la creación de tipologías, mismas que contribuyen a la

construcción del conocimiento mediante la deducción de principios generales en de la

historia.

La historia crea constantemente novedades. Al igual que otras formas de

conocimiento, el histórico es un sistema de creencias razonables fundadas en la

autoridad de los testimonios. El pensamiento histórico es, además de crítico,

constructivo, capaz de producir conocimiento original y autónomo. Por medio del

análisis científico de datos, puede rescatar verdades completamente olvidadas.

En conclusión, la defensa del carácter científico que arguye Collingwood a través

de la reconstrucción y reinterpretación del pensamiento de los ideólogos emblemáticos

a lo largo de casi dos mil años de cristianismo, no es definitiva, pero se encamina a

resistir, tal como cierra el capítulo, las exigencias del carácter científico de la corriente

epistemológica más demandante.