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La consideración moral del aborto provocado, como la de cualquier otro acto


humano, se ha de centrar, en primer lugar, en el esclarecimiento de la acción misma que
se lleva a cabo, abortar, antes de pasar a la consideración de las intenciones y
circunstancias que mueven a una persona a llevar a cabo dicha acción. Si abortar es
interrumpir el desarrollo del producto de la concepción, produciéndose su muerte, la
pregunta clave para este asunto sería: ¿qué es lo que se está eliminando cuando se
produce un aborto? Esto supone centrarnos en el status óntico, si se quiere llamar así,
del producto de la concepción. Como se trata de una realidad procesual, donde el sujeto
gestado sufre cambios bastante significativos, hasta llegar a formarse el ser que tenemos
en el nacimiento, no se puede eludir el factor tiempo. Habrá que considerar cuándo es
que, realmente, se constituye el sujeto biológico que devendrá el individuo humano y,
en segundo lugar, cuándo es que dicho sujeto se convierte, efectivamente, en individuo
humano. La primera pregunta la puede esclarecer la ciencia, pero saber cuándo es que,
realmente, existe un individuo humano (o, si se prefiere hablar así, una persona), no es
tan claro. La prueba está en las discusiones seculares que, sobre este problema, han
mantenido incluso los propios filósofos y teólogos cristianos.

La distinción que antaño hicieron muchos teólogos entre embrión "inanimado" y


embrión "animado", y que serviría para tipificar el aborto como un delito que pasaría de
ser simplemente abortivo de un proceso natural que dará lugar a un ser humano, para
convertirse en el de la muerte misma de un individuo humano, es algo que, actualmente,
han abandonado muchos teólogos cristianos, por no ser práctica, ya que no se sabe
cuándo ocurre, efectivamente, ese salto. Sin embargo, curiosamente, la han adoptado
muchas legislaciones civiles para tipificar el aborto como delito o no, según el momento
de la gestación en el que se produzca. He tratado de poner de manifiesto los problemas
que el establecimiento de estas marcas conlleva, según la base sobre la que se apoyen, y
también según el momento.

Mi opinión es que esa vida incipiente merece el mismo respeto que cualquier otra
vida humana, y que la ignorancia que puede existir sobre el status real de ese producto
de la concepción no justifica, por sí mismo, el aborto, sino todo lo contrario (en caso de
ignorancia, lo propio es no actuar). El único caso que justificaría poner en peligro esa
nueva vida sería aquel en el que existe una seria indicación terapeútica, donde está en
peligro la vida de otro ser: la de la madre. Cualquier otro motivo lo considero
insuficiente, como el económico, social, etc., primero por no ser adecuada la intención
al mal que se podría estar realizando y, en segundo lugar, porque no se puede considerar
estos motivos una razón terapeútica (no hay que olvidar que, salvo en casos de fuerza, el
embarazo es consecuencia prevista, deseada o no, de un acto realizado libremente).

¿Y cuándo sería lícito un aborto terapeútico? Entiendo que aquí se podría invocar el
principio de doble efecto: es lícito poner en peligro una vida humana siempre y cuando
la actuación directa no vaya encaminada, ni como medio, ni como fin, a la eliminación
de esa vida; si la muerte sobreviene, ha de ser como consecuencia indirecta, prevista
pero no querida, de una acción encaminada, de por sí, a conseguir algo proporcionado al
mal que puede ocurrir, y esa intención sólo podría ser la de salvar la vida de la madre
y/o la del feto mismo. Creo que nadie pondrá en duda la legitimidad de esta actuación,
sobre todo teniendo en cuenta que, en la mayoría de los casos, si la madre muere, el no
nacido también. El problema grave sería, con todo, si se puede actuar directamente
sobre el no nacido, provocándole la muerte con el fin de salvar a la madre. Entiendo que
una de las mayores dificultades que existe aquí es la especificación de lo que sea
realmente directo o indirecto. Por ejemplo, la extirpación de parte o la totalidad de un
útero cancerógeno, que albergue en su seno un embrión o feto no viable, con el fin de
salvar la vida de la madre, es considerada por muchos moralistas cristianos como
legítima, aun cuando se sabe que esta acción supone la muerte segura del producto de la
concepción'. Y la razón que se alega es que la muerte no es querida directamente, sino
que es efecto concomitante de una acción en principio buena: operar para salvar a la
madre. La acción, por tanto, seguiría el principio de doble efecto. El esquema podría ser
el siguiente: el objeto de la acción es extirpar el útero; la intención es salvar a la madre,
y las circunstancias son, entre otras, la enfermedad, la urgencia de la intervención, etc.
La muerte del feto no caería dentro del objeto, como tal, de la acción, sino como
consecuencia prevista, aunque no deseada. El efecto bueno (salvación de la madre) no
se ha conseguido por medio del efecto o consecuencia mala (la muerte del feto), sino
por medio de una acción en principio indiferente e incluso buena: extirpar un útero
enfermo. Y, por último, el mal que puede ocurrir, o que de hecho, ocurre (muerte del
feto) es proporcionado al bien que se consigue (salvación de la madre). El problema de
este y otros tantos casos es que es dificil entender que la muerte del útero sea una
consecuencia indirecta. Creo que nada afectaría al esquema de la acción si dijéramos
que el objeto de la misma es la extirpación del útero con el feto, es decir, la extirpación
directa de dos objetos: útero y feto. Y si extirpar supone provocar la muerte segura del
feto ` ésta sería, entonces, muerte directa. De lo contrario, y empleando las mismas
sutilezas, alguien podría extirpar sólo el feto (en el caso de que la amenaza provenga de
él, y no del útero) y alegar que la muerte de éste ha sido también una consecuencia
indirecta, prevista, pero no querida, de una acción encaminada a salvar a la madre. El
efecto bueno, por otro lado, tampoco se habría conseguido gracias al efecto malo
(muerte del feto), sino gracias a la "extirpación" o remoción del feto. No pongo estos
ejemplos con el fin de objetar la validez del principio de doble efecto, sino con el
propósito de buscar otro marco de referencia que se amolde a otras actuaciones que,
dificilmente, se ajustarían a dicho principio y que, sin embargo, se podrían considerar
legítimas (como la remoción del embrión en casos de embarazos ectópicos)I. La
pregunta, entonces, que nos planteamos es: ¿se puede actuar directamente contra el
embrión o feto, provocándole la muerte, con el fin de salvar a la madre?

La muerte directa de una persona se puede considerar muchas veces justificada


cuando es el único medio para proteger la propia vida.- estaríamos en un caso de
legítima defensa. Y si todavía se podría apelar al principio de doble efecto para
justificar la muerte del agresor, alegando que el agredido no pretende directamente su
muerte, entiendo que esto no ocurre así en todos los casos, como en la guerra, o en el de
la ejecución de un reo. En este último caso, por ejemplo, no se puede hablar de que su
muerte es efecto indirecto de la acción del verdugo o del Estado, pues se está dando
muerte deliberadamente a una persona, como medio para evitar la muerte de otros. Si
mantenemos el esquema clásico de que el objeto de la acción ha de ser bueno o
indiferente, y que la sola intención no justifica la acción, tendríamos que explicar cómo,
en este caso, "matar" no es una acción mala.

Entiendo que el derecho a la vida, por su carácter óntico, excede y no puede


considerarse meritorio o adquirido como fruto de las acciones que, libremente, llevemos
a cabo, y pienso que, por la misma razón, el agresor injusto no lo pierde por el solo
hecho de haber cometido la agresión. Se podría apelar al principio de totalidad,
alegando que siempre es bueno y "saludable" extirpar un miembro enfermo, de cara a
salvar la totalidad. Pero este principio, por sí solo, no justificaría tampoco la ejecución
de un reo, si se sigue considerando que nadie se puede arrogar el derecho a eliminar la
vida de otro ser. En tal caso, aunque la intención es buena (salvaguardar el bien común),
ésta se conseguiría por medio de una acción que seguiría siendo intrínsecamente mala.
Pienso entonces que lo que realmente justificaría la ejecución del agresor sería el caso
donde se demostrara que esa es la única manera de salvaguardar el bien común, y
entiendo que esa situación sólo se daría en el caso de que mantener el derecho del
agresor a vivir se hace incompatible con el derecho a vivir del inocente: es decir, se
llegaría a un conflicto, tal que mantener un derecho supondría, necesariamente, violar
otro derecho. Si estos dos derechos se convierten en incompatibles, parece que la única
manera de mantener la armonía u orden moral entre los seres humanos sería alegando
que este conflicto no puede ser sino aparente, pues lo que en realidad ocurriría es que
uno de los dos desaparece. Si mantenemos el derecho del agresor injusto a vivir, esta
opción supondría la obligación de morir el inocente, lo cual iría encontra del orden
moral de las cosas, por lo que habría que concluir que debe ser el agresor el que pierde
el derecho a la vida. En este caso, si se le da muerte, no se le está privando de ningún
derecho, pues el agresor lo perdió. Tendríamos, con esto, resuelto el conflicto: es verdad
que nadie tiene el derecho de privar del derecho a vivir a otra persona, pero en el caso
de legítima defensa, y bajo las circunstancias concretas de incompatibilidad de dos
derechos, nadie está privando de ese derecho al agresor, sino que él mismo lo pierde
(aunque sea temporeramente). Por tanto, matar aquí ya no sería privar de un derecho a
nadie, porque éste ya no existe. Este es el argumento clásico que ofrece, por ejemplo,
Juan de Lugo10.

Considerando el caso del aborto, la madre tiene el derecho a defenderse de cualquier


agresión injusta, al igual que la otra parte, el feto, aunque quizás no siempre ese derecho
se deba de convertir en una obligación. Entiendo que los dos sujetos son, en cuanto a la
intención, inocentes, mas para que la auto defensa sea lícita, no hace falta que el agresor
pretenda intencionadamente la agresión (agresión formalmente considerada, según una
terminología clásica), sino que lo importante es el hecho mismo de la agresión (agresión
materialmente considerada): un demente, o una persona fuera de sí, o alguien con una
grave enfermedad contagiosa se puede convertir, involuntariamente, en una amenaza
injusta para la vida de otro. Si las circunstancias son tales que no queda más remedio
que elegir entre una vida u otra, entiendo que el derecho a vivir de uno no tiene por qué
convertirse en el deber de morir de otro. Muchos autores se niegan a considerar que el
nonacido se convierta en el agresor, aunque sea materialmente considerado, de la
madre, pero esto es dificil de entender en muchos casos, y sería la Medicina la que debe
de determinar cuándo el peligro procede del propio sistema materno, y cuándo del feto
mismo (en muchos casos, incluso, aun cuando el peligro proviene de la propia madre,
este ocurre como consecuencia más o menos directa de la existencia de ese embarazo).
Aun cuando se niegue que uno de los dos sea el agresor material, considerándose por
igual inocentes, pienso que nadie puede negar que se podría hablar aquí de que un
inocente puede perder, o por lo menos, ceder su derecho a vivir de cara a procurar que
otro inocente viva (en caso contrario, la actuación de muchos santos que aceptaron el
martirio parecería no menos que inmoral). Entiendo que, si el feto no es viable, salvo en
el caso de que la madre viva, no se puede afirmar, en conciencia, que es el derecho del
feto a vivir el que prevalece, y que la madre debe de ceder el suyo, porque si ella muere,
el feto morirá también: por defender el derecho del feto a permanecer con vida unos
días, la madre ha cedido el suyo a permanecer con vida por más tiempo, así como otros
derechos adquiridos, tanto de ella como de los posibles seres que la rodean. ¿Y si el feto
es viable perfectamente, y no se puede inducir el parto? Sería el caso clásico donde se
puede practicar una cesárea que supondría, automáticamente, la muerte de la madre (en
épocas o lugares donde no se conocen las técnicas actuales de operación). Esta
posibilidad es la que no suele ocurrir en la actualidad, y pienso que existe un sinnúmero
de intervenciones que se podrían considerar lícitas siguiendo el principio de doble
efecto, aun cuando la muerte del feto sea consecuencia bastante probable. Sin embargo,
es este un problema que no se puede eludir, pues quedaría sin contestar a la cuestión de
si se puede actuar directamente sobre el feto para salvar la vida de la madre.

El problema de la moralidad de algunas actuaciones de autodefensa se vuelve crucial


en este momento, porque aun cuando se admita la posibilidad de que una persona
inocente pueda ceder su derecho a vivir con el fin de que otra, igualmente inocente, se
salve, parece que la ejecución práctica de esta posibilidad la convierte, de por sí, en
inmoral. La madre podría ceder su derecho a vivir con el fin de que el feto se salve, pero
no creo que alguien podría afirmar que esa posibilidad de la madre se convierta en una
obligación (y nadie se atrevería a exigírselo, empezando por el mismo esposo y los
familiares); el médico, por otro lado, podría poner serias reservas a actuar, porque se
convertiría en el verdugo de la madre, que es inocente; y si la madre se da a sí misma la
muerte, la acción se podría considerar un suicidio. Si se actúa directamente sobre el
feto, para causarle la muerte, sería tambien un caso donde se procura la muerte de un
inocente, acción que, en principio, parece reprobable, sea la intención que sea (el
médico se podría negar a actuar igualmente como verdugo de este ser) y, además, no se
puede alegar la presunción de que el feto, por sí mismo, sería el que cediera ante este
conflicto, porque él no es todavía sujeto capaz de decidir. La conclusión que se podría
desprender es que, en tales casos, habría que dejar morir a los dos: sería el caso donde
se permite un mal (la muerte de uno o más seres), con el fin de no cometerlo uno mismo
(no siempre es lo mismo matar que dejar morir). Ocurre como en el caso de la barca que
está a punto de zozobrar a causa del peso de las personas que se encuentran en ella: es
claro que, si todos son inocentes de ese hecho, sería Ilícito arrojar a cualquiera por la
borda, con el fin de que la barca no naufrague. Parece que, en tal caso, es preferible la
muerte de todos, al asesinato de un inocente". Algunas personas podrían alegar el
principio de totalidad: es preferible la muerte de uno a la muerte de dos o más. Sin
embargo, además de la dificultad de aceptar que un miembro sea la parte de un todo, y
de decidir cuál sería el que debe morir, sigue siendo un caso donde la actuación práctica
se convertiria en mala por sí misma, por cuanto que el medio sería siendo ilícito (matar
a un inocente). Y lo mismo se alega en el caso del aborto: no se puede aplicar el
principio de totalidad, apelando a que mejor es que muera el feto, salvaguardando el
bien común de la madre y los que le rodean.

Ahora bien, si la barca puede naufragar, no por las personas que ya se encuentran en
ella, sino porque un naúfrago pretende acceder a la misma, los mismos autores que
pusieron el caso anterior alegan que, en este caso, sería lícito impedirle el acceso, aun
cuando este acto suponga la muerte del naúfrago12: la persona que pretende acceder se
convierte en injusto agresor (aunque el miedo anule la voluntariedad de su acción).
Entiendo que parece un poco absurdo la idea de que impedirle el acceso al naúfrago no
es darle la muerte directa, sino indirectamente, cuando lo cierto es que se sabe que, si se
queda en el mar, muere seguro. Se podría alegar que este es un caso de muerte directa
de un ser que, por defender su derecho a vivir, amenaza la vida de otro inocente, ¿o
debería el que ya se encuentra en la barca ceder su derecho? Ya hemos dicho que quizás
podría hacerlo, pero no se le puede obligar a ello. ¿No se podría alegar el mismo caso en
el supuesto de un feto que amenace la vida de la madre? Mi opinión es que el caso sería
similar. De todos modos, es este un asunto que requeriría mayor detenimiento, y que
excedería los objetivos propuestos en este artículo.


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Para hacer un análisis sobre la realidad ética del aborto en el caso presentado, debemos ser
capaces de definir qué es la ética. Según se señala en la Enciclopedia Salvat (1999) la ética
es: "la parte de la filosofía que se ocupa del estudio de la moral", es decir, la ética estudia el
"actuar moral". No todos los actos pueden ser considerados como actos de valor moral. Así,
por ejemplo, el respirar, siendo un acto, no puede ser considerado un acto de carácter
moral. Entonces, ¿qué actos podemos considerar como actos morales? Son actos morales,
aquellos que podemos clasificar como buenos o malos. Para poder hacer un juicio de valor
acerca del acto, es preciso señalar que un acto moral debe tener algunas características,
entre las cuales se encuentra la libertad y el deseo de obrar de determinada manera
(objetivo). Por ejemplo, nadie hará un juicio de valor moral sobre el aborto espontáneo, ya
que la madre no ha tenido la oportunidad de decidir sobre el futuro de su hijo, faltando en
esta situación la libertad y el deseo de obrar, lo que imposibilita la realización de un juicio
moral. Tomás de Aquino señala: "lo primero, entonces, para saber si un acto es bueno o
malo es considerar su objetivo. Un acto que consista en ayudar al prójimo será bueno y el
que consista en dañarlo será malo..." (S. Th., I-II, q.18, a.1.2.)

 

Tom L. Beauchamp, en Ybortion, Contemporary Issues in Bioethics (1989, pp. 181-187)


señala que "la cuestión ética que subyace en el centro de la controversia sobre el aborto está
en la definición de persona con vista a determinar el estado existencial del nonato, si es o no
persona humana". Por su parte, el Dr. A. Serani, en El estatuto antropológico y ético del
embrión humano (1997) señala: "...en todo ente natural es posible discernir entre aquello
que a lo largo de toda la existencia de un individuo se encuentra completo y permanece
inmodificado, es decir, por una parte, aquello que permite afirmar que todavía estamos
frente a un mismo individuo... Esto que permanece inmodificado es reconocido como la
"substancia", aquellos que en el individuo es por sí, siendo especificador o individualizante."
(pp.37-38). Este planteamiento nos señala que existirían rasgos que son esenciales para que
un ente sea tal, otros rasgos son accesorios y no modifican la identidad de éste. Ahora bien,
este mismo autor señala que solo a través de reconocer esta distinción entre lo que es
accesorio y aquello que es esencial, los seres humanos han llegado a reconocer que existen
diversas razas y todas con los mismos niveles de humanidad, reconociendo que los africanos,
los indígenas, etc., son tan persona como los europeos, realidad aparentemente lógica, pero
que fue desconocida en la Edad Media y en parte de la Colonia.

Para definir si el feto un ser humano debemos acercarnos a la filosofía y evaluar si nos
encontramos frente a un humano en potencia o si acaso es un humano en acto. En potencia
se encuentra aquello que requiere de un impulso externo para llegar a ser. En acto se
encuentra aquello que está siendo y puede estarse desarrollando, pero ES. Con base en esta
simple explicación, entendemos que el feto no puede encontrarse en potencia de ser
humano; de ser así no se desarrollaría, ya que es imposible pasar de la potencia al acto sin
un impulso externo. Para explicar mejor esto debemos imaginar lo siguiente: una semilla se
encuentra en potencia de ser una planta, mientras se encuentra lejos de un ambiente
propicio para su desarrollo. En el momento que la ponemos (terceros) en el ambiente
apropiado o comienza su desarrollo, esta se encontrará en acto de planta, hasta el día de su
muerte.

Una vez explicado que el feto no es potencia humana, sino acto, debemos aclarar que el feto
no puede ser otro sino humano. Para sustentar dicha afirmación nos basaremos el principio
de no contradicción planteado por Aristóteles, quien señala "nada puede ser y no ser a la
vez". Si estamos de acuerdo en la realidad de este postulado, debemos afirmar que si el feto
humano NO es un ser humano y por principio de no contradicción no puede ser a la vez otra
cosa, no podría llegar a ser tal. El ser humano es un ente en desarrollo continuo; el comienzo
de este desarrollo se da en la concepción cuando dos estructuras biológicas distintas (óvulo y
espermatozoide) se unen y originan un nuevo ser, diferenciado de las dos estructuras que lo
originaron. Este nuevo ser tiene características propias que lo diferencian de cualquier otro y
las tendrá hasta el momento de su muerte.

Podemos señalar, entonces, que este ente ha desarrollado una individualidad propia que lo
diferencia de cualquier otro. Estas cualidades que le otorgarán la identidad, es lo que en
filosofía se reconoce con el nombre de "ese" o más conocido como esencia (lo que hace que
un ser sea lo que es y no otro.) Se hace evidente a la razón humana reconocer que una
característica propia que constituye en gran medida la esencia de un objeto es su naturaleza.
La esencia es inmutable, no puede un ser tener dos esencias (esto sería contradecir el
principio de no contradicción planteado por Aristóteles), lo que exige que el ser se defina
desde el momento de su creación.

Siguiendo la lógica que hemos desarrollado, podemos concluir que el ser humano no puede
ser otro desde su origen y que todo cambio que sufre desde este será accidental (no
esencial), lo que es una característica del proceso normal de desarrollo de cualquier ser vivo.

El feto es una vida humana que tiene todas las capacidades de un ser humano, ya en acto,
ya en potencia, pero las tiene per se. Ahora, si no planteamos que no es ser humano,
entonces ¿qué es?... y si frente a esta interrogante respondemos que es un conjunto de
células que se desarrollan en forma "casi" independiente, pero que no tienen una identidad
propia, sino por su madre quien les da identidad, ¿en qué se diferenciarían estas células de
las cancerigenas y como llegarían estas a transformarse en seres humanos, a partir de lo no
humano?, ¿no sería acaso como querer plantear que a partir de la nada salga el ser? Esta
hipótesis sería una falacia insustentable. La razón nos lleva a darnos cuenta de que aunque
frente a nuestros sentidos se presenten grandes cambios físicos, en las diversas etapas del
desarrollo del ser humano lo que tenemos en frente es "esencialmente" el mismo ser.

Concluiremos, al igual que el Dr. Serani (1997) que: "si existe desde la concepción un nuevo
ser vivo humano individual (ya que biológicamente no podemos negar el hecho de que
pertenece a la especie humana) existirá, en consecuencia, desde el primer instante un sujeto
humano completo, en tanto que sujeto y que permanecerá individual y específicamente
inalterado e inalterable a lo largo de toda su existencia, por más que esté sometido a
múltiples transformaciones desde el punto de vista de sus determinaciones adversas"(p,
45). El mismo autor señala que frente a las evidencias empíricas y racionales es necesario
tener un máximo de respeto y precauciones para no atentar contra el derecho a la vida,
integridad física, psíquica y moral del nuevo ser humano.

Para reafirmar lo indicado por el Dr. Serani, hemos deseado citar aquí a eminentes
científicos, quienes señalan el comienzo de la vida humana desde una perspectiva biológica:

Desde una perspectiva puramente médica, el Dr. Joseph Bruner, médico cirujano
estadounidense que realizó una operación intrauterina a un feto, acto que conmovió a la
opinión pública, plantea: "uno de los impactos de esta nueva técnica es que agrega una
nueva perspectiva al tema del aborto. En mi país, y creo que en casi todos los países, el feto
no tiene derechos legales ni identidad, pero con esta nueva técnica quirúrgica estamos
desafiando esos conceptos. Si un médico puede diagnosticar y tratar un feto, eso lo convierte
en un paciente. Y si el feto es un paciente, entonces es una persona...y las personas tienen
derechos y privilegios y un status legal". A su juicio, la nueva técnica reabre un dilema para
la sociedad.

El Dr. Serani señala: "No hemos logrado encontrar evidencias empíricas, ni racionales
suficientes, para negar al embrión humano la calidad de persona que merece y, por tanto, en
cuanto a persona humana se trataría para la medicina de un paciente como cualquier otro.
Las normas éticas generales de acción, en relación con este paciente (el no nato), al igual
que en cualquier otro paciente, se regirán por: la declaración de derechos humanos, el
juramento hipocrático, la declaración de Nüremberg, la de Helsinki y las que correspondan
para las aplicaciones especificas" (p. 45).

Frente a todo el análisis realizado podemos concluir que tanto el feto como la madre
requieren ser considerados como pacientes, encontrándose el feto en una desventaja
comparativa para defender sus derechos, ya que requiere de su madre para desarrollar dicha
acción. Hemos demostrado con argumentación filosófica, ética y moral, el hecho de que el
ser humano es tal desde mucho antes de su nacimiento y que, por tanto, debe respetarse la
vida de este al igual que la de cualquier otro ser humano.

Para finalizar, hemos incluido la opinión de una psicóloga española, especialista en


embarazos precoces quien señala: "El aborto es siempre un problema añadido. En un caso
de violación con embarazo, por ejemplo, el mal de la agresión es manifiesto, pero el aborto
es un mal añadido. El otro día me comentaban que en Nicaragua hay 3 violaciones cada 48
horas entre niñas y jóvenes. Conocemos el caso de una niña de 10 años en Colombia que
tuvo a su hijo y no le pasó absolutamente nada. La gente que no ha vivido de cerca estos
casos habla "de boquilla", pero aquí podemos hablar de experiencias reales, de niñas
embarazadas que tienen a sus hijos sin que les pase nada. Nunca sabremos lo que hubiera
pasado a las jóvenes que abortan si hubieran dado a luz; lo que sí conocemos son las
consecuencias que produce el aborto: desde trastornos en la alimentación (como bulimia y
ansiedad), hasta alteraciones del sueño. Ylgunas adolescentes nos han confesado en esta
Casa que han soñado que el feto las acusaba. Se dice que estos problemas y otros más
serios aparecen si se tiene al niño, pero es al revés.

Un médico de Navarra me ha comentado que muchas mujeres que ya se han practicado un


aborto acuden una y otra vez a la consulta para preguntarle si pueden quedar embarazadas.
El médico sostiene que esta insistencia es síntoma de un trastorno que necesita asistencia
psiquiátrica y psicológica, pero no ginecológica. Es curioso que ninguna clínica abortiva haga
un seguimiento de las pacientes después de abortar. El seguimiento de esas pacientes lo
tienen que hacer luego los psiquiatras y los psicólogos.

La semana pasada el Defensor del Menor hacía en Madrid una propuesta a la familia de la
menor nicaragüense para que viniera a España a abortar. Me pregunto a qué menor
intentaba defender, si a la madre o al bebé. Una chica de 17 años que está aquí, nos contó
que al conocer que podía estar embarazada acudió al Defensor de la Dona en Cataluña, pero
allí en ningún momento contemplaron la posibilidad de que la chica quisiera tener a su hijo,
le aconsejaron desde el principio abortar, y cuando la chica dijo que no quería abortar, que
quería tener a su hijo, se limitaron a coger sus datos y no supieron ofrecerle ninguna ayuda.

Muchas mujeres que abortan tienen esa opción porque sus padres dijeron sí a sus vidas,
pero esa anticipación en el tiempo no les da derecho a negar la existencia de sus hijos. No
podemos negar a nadie la posibilidad de vivir. Ningún hombre tiene el poder para decidir
sobre la vida de los demás". (VALENCIA, 26 febrero 2003, ZENIT.org).

La psicóloga de la casa de acogida para madres embarazadas MAV, Marcela Ferrer, señala
que ante la incapacidad de la madre para proteger a su hija, enfrentándose esta últimaa la
violación, y además presentando un trastorno afectivo severo que se puede observar cuando
señala que se encuentra enamorada de su padrastro, amerita que se le quite la custodia a la
madre y se ponga a la niña bajo protección inmediata de alguna institución. La madre se
encuentra incapacitada para utilizar su autoridad, ya que es incapaz de brindar el apoyo
afectivo que la niña requiere y el sostén básico para su salud mental. SENAME será la
institución que asegure el bienestar de la niña y de su hijo en gestación.

Debemos señalar que en Chile es posible realizar un recurso de protección en favor del no
nato, el cual restringe el actuar de la madre, protegiendo la vida del que no tiene voz para
defenderse. Este recurso impide que la madre aborte bajo pena de presidio menor en su
mayor grado. Además, este recurso puede ser impuesto por cualquier familiar del niño no
nato, o incluso por instituciones destinadas a su defensa.

Para concluir, hemos examinado diversos puntos de vista, de la biología, de la filosofía


moral, de las leyes, de la psicología, etc. En todos ellos encontramos luces que apuntan a
señalar que el feto humano es un ser humano y, por lo tanto, se deben respetar sus
derechos y el más básico de estos es el derecho a la vida. Por último, citar una frase que
está dentro del juramento hipocrático: "Ysimismo, O O 
O   
    sino, por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura".