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¿De Quién Soy?

¿De quién soy? ¿A quién pertenezco? ¿Quién tiene derecho de dominio sobre mí?
Suspende un minuto la lectura y piensa cual sería tu respuesta.

La pregunta que motiva este artículo surgió en octubre de 1988 con ocasión del
nacimiento de Berenice, quien fue la primera hija de un joven matrimonio cristiano
en mi ciudad.

A raíz del amor absorbente y posesivo que suelen tener los padres respecto de
sus hijos, a primera vista pareciera que éstos pertenecieran a aquéllos; pero si
tenemos presente que la principal facultad que otorga el derecho de dominio o
propiedad es la facultad de disposición, llegaremos a la conclusión de que puesto
que los padres no puede disponer de la vida de sus hijos, la noción de dominio es
ajena a la relación que existe entre ambos.

El caso concreto de Berenice da lugar a que nos cuestionemos acerca de la


persona humana en general.

En busca de soluciones, entrevisté a un número considerable de personas (de


distintas edades y ocupaciones, creyentes en Cristo y no creyentes)
preguntándoles individualmente de quién creen ser. Es de notar que mientras
unos contestan de inmediato, otros toman tiempo para meditar en su
respuesta. Según estos datos encontré que cuatro son las respuestas más
frecuentes:

DE NADIE: Quienes así opinan se resisten a concebir la idea de que puedan


pertenecer a alguien, trátese de otra persona o de un ser superior. El hombre –
dicen- en ningún caso puede ser considerado como objeto del derecho de
propiedad y, hacerlo, implicaría atentar contra su dignidad y su condición misma de
hombre.

DE MÍ MISMO: El hombre es libre y por lo tanto, no sujeto a dominio ajeno. El


único dueño de un hombre es él mismo y sólo él puede disponer de su propia vida
y destino.

DE MIS PADRES: Quienes afirman esto no pocas veces lo hacen


precipitadamente, y a fin de no aparecer como infantiles prefieren cambiar su
respuesta por alguna de las anteriores.

DE DIOS: Se reconoce que Dios es amo y Señor del mundo y de todo lo que hay
en él. Dios es creador y tiene todo el poder sobre sus criaturas, incluyendo al ser
humano.
Cada opinión, en el fondo, representa las creencias y la concepción de vida de
quien la emite. Es de esperar que entre los no cristianos se prescinda de la
soberanía de Dios, pero sorprende que entre creyentes se adopte la misma
posición.

A la luz de la Biblia, sabemos que Dios es el creador del cielo y de la tierra, y que
él nos hizo y no nosotros mismos. Asimismo, la circunstancia de ser criaturas de
Dios se encuentra hermosamente descrita por el salmista cuando se dirige al
creador diciendo: “Tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi
madre” (Salmo 139:13).

Para ser mas exactos, debiéramos decir que somos de Jesucristo, tanto porque
por Él fueron hechas todas las cosas, como porque hemos sido comprados con su
sangre preciosa. El apóstol Pablo expone estas profundas verdades al
declarar: “Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado por
un precio” (1 Corintios 6:19,20), y “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos,
para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, somos del
Señor” (Romanos 14:8).

En lo personal, gozoso puedo decir que soy doblemente de Jesucristo: por


creación y por redención.

Y tú… ¿de quién eres?

Santiago Castro Leguizamón


Quillota, Marzo 1989,