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Extracto Cap.

IV
Bertrando, P. y Toffanetti, D. (2000), Storia della terapia familiare. Raffaello Cortina
editori. Milano – Italia. “Historia de la terapia familiar”. (edición en español a cargo de
Gálvez Sánchez F.) Paidos Barcelona, España (2004)

Terapias sistémicas

El grupo de Milán1
Al inicio del 1971, el centro para el estudio de la familia de Milán estaba compuesto por
Mara Selvini Palazzoli, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y Giuliana Prata. El primer paso, para
lo que será conocido como “el grupo de Milán” (The Milan Team para los anglosajones) es la
separación definitiva del psicoanálisis y la adopción del modelo sistémico en la versión
pocedural. Durante varios años, así el grupo se encuentra dos veces a la semana: para iniciar el
trabajo piden una supervisión de algunas semanas a Paul Watzlawick (conocido por Selvini
Palazzoli en Filadelfia) que, conociendo perfectamente el italiano, podía seguir directamente
detrás del espejo en primera fila dos semanas de sesiones familiares.
El modelo del MRI representa una absoluta novedad para los terapeutas acostumbrados a
trabajar según la ortodoxa tradición psicoanalítica. Selvini Palazzoli es influenciada de la
brevedad de las terapias, sobre todo, por todos los años que pasó trabajando con anoréxicas: la
duración del tratamiento entero no supera las diez sesiones y en promedio se detiene a la quinta o
sexta sesión.
Al mismo tiempo, el grupo se dedica al psicoanálisis en los otros días de la semana. Los
terapeutas de Milán entran así en un sistema de oposiciones y diferencias respecto a su
proveniencia psicoanalítica y al modelo que escogieron de terapia estratégica. El contacto
continuo con dos tipos de práctica pone al grupo en una situación paradojal: un colega
psicoanalista romano, que visita el Centro en 1972, queda sorprendido de ver como aquellos que
le parecen cuatro psicoanalistas, que actúan como psicoanalistas, hablan exclusivamente de
sistemas, retroalimentaciones, dobles vínculos, coaliciones y paradojas.
Cuando el grupo sale al descubierto, lo hace con artículos en lengua inglesa, que envía
directamente a las principales revistas de terapia familiar. The treatment of children trough brief
therapy of their parents (Selvini Palazzoli et al., 1974) pone en evidencia la importancia de la
persona que envía el paciente, el uso del equipo, la connotación positiva y los rituales, que serán
desarrollados en posteriores publicaciones.
El año siguiente sale publicado Paradoja y contraparadoja, traducido en inglés tres años más
tarde (Selvini Palazzoli et al., 1975) en el cual el objetivo primario, sobre todo para Selvini
Palazzoli era “investigar las raíces relacionales de los problemas mentales mayores, incluida la
esquizofrenia” (Selvini Palazzoli, en Doherty, 1999, pág. 16) la sección dedicada a la teoría de las
transacciones familiares, sin embargo, es la menos rica e innovadora: refiere demasiado a las
ideas de Jackson (homeostasis y familia como sistema gobernado por reglas), del primer Bateson
(doble vínculo) y de Haley (el triángulo perverso).
Las novedades emergen en la descripción de los “patrones rígidos y repetitivos de interacción
familiares”, definidos “juegos”: coaliciones secretas entre los miembros de la familia y las
familias de origen, comportamientos de uno de los hijos que tienen el efecto de mantener otro
hijo al interno de la familia, intentos del los hijos de “reformar” el matrimonio de los padres antes

1
Para los detalles biográficos, véase: Selvini Palazzoli et al., (1975), Selvini (1986), Campbell et al. (1991),
Boscolo y Bertrando (1993, 1996), Doherty (1999), además de las distintas entrevistas del primer autor con
Luigi Boscolo.
de irse de casa. Esta en la técnica, sin embargo, que el grupo actúa las innovaciones más
significativas. Entre los presupuestos teóricos fundamentales del período el uso de un equipo de
pares, la subdivisión de las sesiones, el intervalo entre las sesiones, la connotación positiva y los
rituales terapéuticos.
Como todos los terapeutas sistémicos, los miembros del grupo de Milán trabajan en equipo.
Pero éste equipo era distinto de los equipos jerárquicos usados por los estratégicos o los
estructurales para la formación: cuando un terapeuta hace una intervención con la familia, lo hace
siempre a nombre del equipo y no a titulo personal. Este particular uso del equipo conduce a un
formato de sesión muy ritualizado, con una compleja subdivisión en cinco partes.

Estructura de la sesión terapéutica según el grupo de Milán

1. Presesión: El equipo discute las informaciones preliminares para preparar la sesión.


2. Sesión: Dura cerca de una hora, consiste sobre todo en preguntas y puede ser interrumpida por los
miembros del equipo de observación.
3. Discusión de la sesión: Los terapeutas se reúnen con el resto del equipo, separado de la familia y,
en forma conjunta, discuten el modo de concluir la sesión.
4. Conclusión de la sesión: Los terapeutas se reúnen con la familia y presentan, a nombre del equipo,
o comentarios o prescripciones o rituales.
5. Discusión de las reacciones de la familia al comentario o las prescripciones: Se desarrolla
después que la familia se ha retirado.

El intervalo entre las sesiones se hace característico del modelo: aún adhiriendo, en esta fase,
a las canónicas diez sesiones de la terapia Breve, el grupo de Milán establece un mes de tiempo
entre una sesión y otra, denominando la propia terapia breve-larga (pocas sesiones, pero en un
largo período de tiempo) (Selvini Palazzoli, 1980).
Para ser en grado de prescribir con una cierta lógica el hecho de que no cambie el
comportamiento sintomático según los connotados estratégicos, el grupo define un nuevo
principio terapéutico: la connotación positiva. No se trata ahora de prescribir el síntoma (y por lo
tanto de obviar al resto de la familia) sino de prescribir la configuración entera de la familia,
quitándole el rol de “privilegiado” a los síntomas. Muchas intervenciones descritas en el libro
están basadas en rituales familiares o prescripciones ritualizadas. Un objetivo del ritual es
evidenciar el conflicto entre las reglas verbales de la familia y aquellas analógicas, prescribiendo
un cambio de comportamiento, en vez de una reformulación hablada con un posible insight. El
valor de la ritualización del comportamiento prescrito es de crear para la familia un nuevo
contexto, de orden superior a el que tiene la sencilla prescripción del terapeuta.

Características del ritual terapéutico

1. Pone a la familia en la condición de deber comportarse en maneras diferente de las que lo han llevado
al sufrimiento y a los síntomas (pasaje desde el “pensar” al “hacer”).
2. Pone a todos los miembros de la familia en el mismo plano en el acto de seguir un ritual. Esto crea
una experiencia colectiva que puede dar nuevas perspectivas compartidas.
3. Favorece la armonización de los tiempos individuales y colectivos, a veces reintroduciendo
secuencias que habían sido canceladas.
4. No porta consigo necesariamente contenidos; el objetivo en el formular un ritual es operar sobre los
procesos: cuenta más la forma que el contenido del ritual. Por esto el ritual debe ser críptico, de tal
manera que la familia pueda atribuirle sus significados.
5. Es notoriamente distinto a la vida cotidiana de los clientes. Por ello, es necesario prohibirles de hablar
de todo lo que sucede en el transcurso del ritual, hasta volver a la sesión.

El artículo Una prescripción ritualizada en la terapia familiar: días pares y días impares
(Selvini Palazzoli et al., 1977) describe una prescripción adaptada a los casos en los cuales el
conflicto entre los padres hace ingobernable la relación con los hijos. Con esto, a días alternados
en la semana, uno de los padres decide solo como tratar a los hijos problemáticos mientras que el
otro actúa como si no existiera. Esto puede tener el efecto de crear nuevos patrones
transaccionales entre los miembros de la familia, provocando consecuencias en el
comportamiento rigidizado en el tiempo.
Mientras tanto en 1972, sale publicado Verso una ecología de la mente, síntesis definitiva del
pensamiento de Gregory Bateson. Aún cuando parece extraño, en este período ningún terapeuta
lee a Bateson. Es un modelo conjunto más complejo y más duro, que abre nuevos horizontes. Los
intentos de utilizar los principios de la epistemología cibernética de Bateson llevan a modificar y
enriquecer la teoría milanesa con muchos elementos nuevos, superando la visión estratégica y
desarrollando el “purismo sistémico” que comienza a ser conocido como “Modelo de Milán”. El
interés se desplaza desde los síntomas a los patrones de comportamiento, a las premisas
epistemológicas y a los sistemas de significado, desde el tiempo presente a un marco temporal
que comprende pasado, presente y futuro. Los problemas familiares son la inevitable
consecuencia de convicciones familiares (premisas) no más congruentes que al estado relacional
de la familia misma. Los sistemas en esta óptica, son evolutivos más que homeostáticos. Impasse
y homeostasis familiar no son más que apariencias, sostenidas por los patrones comportamentales
que derivan de errores epistemológicos de los miembros de la familia. La tarea del terapeuta es la
de crear un contexto de deutero-aprendizaje en el cual los clientes puedan descubrir por sí
mismos las propias soluciones.
El trabajo sobre las teorías de Bateson ocupa toda la segunda mitad de la década y modifica
profundamente también la praxis terapéutica del grupo. Menos confiados en la “realidad” de
aquello que ven en la familia, los terapeutas familiares de Milán inician a considerar las
conclusiones a las que llegan como simples hipótesis de trabajo. También la concepción del
diálogo terapéutico cambia radicalmente. Durante un viaje a un enésimo congreso, los cuatro
discuten sobre cómo sería posible construir preguntas que creen un mayor grado posible de
diferencia, que haga surgir las diferencias implícitas en el pensamiento de los miembros de la
familia. Es así que nacen las preguntas de diferencia que serán después definidas como
“preguntas circulares”.
La observación de lo no verbal, sigue siendo para ellos esencial, pero a este punto, todo se
transforma en discurso. La terapia de Milán es sin duda la más logocéntrica entre todas las otras
que nacieron en este período. En su evolución está la raíz de las terapias narrativas y
conversacionales de veinte años después.
El trabajo de la segunda mitad de la década culmina en la formulación de los célebres
principios de la conducción de la sesión, presentes justamente en 1980 con el histórico artículo
Hipotetización, circularidad y neutralidad: tres directivas para la conducción de la sesión
(Selvini Palazzoli et al., 1980ª). Con la hipotetización el grupo pasa del descubrimiento del juego
a la creación de una hipótesis, que es simplemente una explicación coherente, que conecta todos
los miembros del sistema observado en un patrón plausible. Guiada por la hipótesis, la entrevista
introducirá información y estructura (o entropía negativa) en el sistema familiar, que tiende a
desarrollar patrones comportamentales repetitivos con escasa capacidad de discriminar las
diferencias.
En general, los componentes individuales del equipo inician con formular “hipótesis simples”
sobre las relaciones diádicas, que después se enlazan entre sí para converger en una de las tantas
posibles hipótesis sistémicas. En esta primera formulación, el concepto de hipótesis es
inescindible de lo que es el equipo terapéutico. Para el terapeuta, es importante continuar a
evaluar la plausibilidad (no la veracidad) de las hipótesis y continuar a modificarlas en el tiempo,
para poder enriquecer el discurso de distintos puntos de vista alternativos, además de evitar caer
en las reificaciones. Es decir, en la trampa de la “hipótesis verdadera”, que introduciría rigidez y
cerraría el discurso. Con este objetivo, el terapeuta se avala del principio de circularidad, es decir
de las retroalimentaciones verbales y no verbales de los clientes. “Por circularidad entendemos la
capacidad del terapeuta de conducir su investigación basándose sobre las retroalimentaciones de
la familia respecto de informaciones solicitadas en términos de relaciones y, por lo tanto, en
términos de diferencia y mutación” (Selvini Palazzoli et al., 1980ª, pág. 6). A través de la
circularidad el terapeuta confronta las hipótesis, ideas, impresiones y emociones con las
respuestas de los clientes y las respuestas lo llevan a cambiar posiciones de modo de encontrar
junto a los clientes, un sentido compartido de lo que sucede en la sesión.
El concepto de circularidad ha sido frecuentemente confundido con el de preguntas
circulares2, que son en cambio un instrumento terapéutico en sí. Las preguntas circulares llevan a
obtener noticias de diferencias, nuevas conexiones entre ideas significados y comportamientos,
que pueden no sólo orientar al terapeuta, sino que además operar en el sistema, modificando la
epistemología, o sea las premisas personales de varios miembros de la familia, configurándose
como la intervención más importante para el terapeuta sistémico de Milán.

Tipos de preguntas circulares3

• Preguntas triádicas, en las cuales se pide a una persona de comentar la relacione que existe entre otros
dos miembros de la familia.
• Preguntas sobre las diferencias de comportamiento, en cambio que sobre la cualidad intrínseca de las
personas.
• Preguntas sobre los cambios en el comportamiento antes o después de un evento específico.
• Preguntas sobre circunstancias hipotéticas.
• Graduación de los miembros de la familia respecto a un comportamiento o a una interacción
específica.

El tercer principio, la neutralidad, prescribe en cambio la posición del terapeuta respecto a la


familia: el terapeuta de Milán se caracteriza por ser perfectamente al opuesto del terapeuta
desbalanceado como lo hace Minuchin: es en cambio discreto e imparcial. En los años sucesivos
el concepto de neutralidad será fuertemente criticado.
Los nuevos puntos de vista se reflejan también en el cambio del modo de interpretar el
sentido de las intervenciones. La intervención deja de ser un asalto, con los rituales y las
prescripciones finales, a un sistema estático. El grupo concluye Hipotetización, circularidad,
neutralidad con una pregunta: “¿Podría la terapia familiar producir cambios sólo a través de el
efecto negentrópico de nuestro actual método de conducción de la sesión, independientemente de
una intervención final?” (1980ª, pág. 12). También estas ideas serán ampliamente desarrolladas
en la década sucesiva. Poco después el mismo artículo, que Luigi Boscolo definirá como “el más
importante trabajo del grupo de Milán” es publicado El problema del enviante en la terapia
familiar (Selvini Palazzoli et al., 1980b) en la cual el grupo por primera vez discute
explícitamente el proceso del envío a la terapia y la influencia que esto tiene sobre su resultado.
El trabajo sobre el enviante tiene un significado bien superior a las apariencias: acentúa el interés
del grupo por sistemas externos a la familia, aquellos sistemas alargados que se harán
importantísimos desde entonces en adelante.
La resonancia de los últimos trabajos (y sobre todo de las últimas demostraciones) del equipo
de Millán son grandes. Si los terapeutas de medio mundo habían sido conquistados de la fuerza
de su primer estilo estratégico, ahora lo están de la sutil epistemología y del inimitable modo de
hacer preguntas. Impresiona también el modo de formular hipótesis, la entrevista abierta y vivaz
del equipo4. Muchos terapeutas estadounidenses quedan asombrados ante las hipótesis y a las

2
Las “preguntas sobre las diferencias” fueron adoptadas y definidas en el campo de la terapia familia como
“preguntas circulares”, la elaboración será sucesiva: en el artículo de 1980 el término ya no aparece.
3
Según Selvini Palazzoli et al. (1980a)
4
Una transcripción íntegra de una sesión –incluyendo la discusión del equipo- se encuentra en Boscolo et
al. (1987)
consecuentes intervenciones: nadie se da cuenta, en aquellos años, de cuanto sobrevive, en el
trabajo de grupo, sus transcursos pasados en el psicoanálisis, especialmente en el modo de
considerar, al interno de la hipótesis, los nudos relacionales más significativos presentados por los
clientes; del observar las mínimas retroalimentaciones verbales y de evidenciar las relevancias
emotivas de la familia. En esta fase del trabajo del grupo, del resto, las ascendencias
psicoanalíticas son siempre menos identificables.: la hipótesis recuerda de cierta forma la
interpretación, la circularidad el análisis del transfert, la neutralidad el mismo concepto analítico.
Así, si antes muchos críticos sostenían que era imposible distinguir la terapia estratégica de la
terapia sistémica (véase Stanton, 1980; Piercy y Sprenkle, 1986) después de 1980 se hace
progresivamente más claro que el milanés es el modelo sistémico por excelencia de la terapia
sistémica: “la silenciosa revolución de Milán” según la definición de Lynn Hoffman (1981).
Extracto Cap. V
Bertrando, P. y Toffanetti, D. (2000), Storia della terapia familiare. Raffaello Cortina
editori. Milano – Italia. “Historia de la terapia familiar”. (edición en español a cargo de
Gálvez Sánchez F.) Paidos Barcelona, España (2004)

Terapias sistémicas

En 1980, el grupo de Milán estaba ya dividido. Los motivos son varios: algunos prácticos,
relativos a la decisión de parte de Boscolo e Cecchin de iniciar con la formación en la terapia
familiar; otros más bien caracteriales, inevitables en un equipo de personalidad fuerte; pero los
más esenciales son los motivos de tipo teórico. Usando una distinción común de este período,
Selvini Palazzoli y Prata se ocupan sobre todo del sistema observado, mientras que Boscolo y
Cecchin se concentran sobre el sistema observante. Por consecuencia, las primeras crean un
modelo de génesis familiar de las psicopatologías, los segundos un modo de hacer terapia
independiente de cada tipología.

Mara Selvini Palazzoli


El interés de Mara Selvini Palazzoli estaba ahora centrado por el pasado de la familia, sobre
los patrones transmitidos de generación en generación que crean síntomas potentes y congruentes
a la situación familiar. A diferencia de Bowen o Framo, Selvini Palazzoli no privilegia la
emancipación del individuo: su intento no es tanto de “salvar” al portador del problema, sino de
corregir la complejidad de la situación relacional, de tal manera que el entero sistema encuentre
una coherencia que no necesite más de los síntomas. Insatisfechas de la terapia paradojal, siempre
menos interesadas en la pura técnica teórica, Selvini Palazzoli y Prata atienden, en 1979 a la que
bautizarían como “la familia Marsi”, en la que parece imposible evitar la intrusión de los tres
hijos en los problemas de los padres. Para hacerlo, invitan a la cuarta sesión solamente a éstos
últimos y les ofrecen una inédita prescripción:

Observen el secreto de todo lo que se ha dicho en la sesión. Si vuestras hijas les hacen preguntas, respondan
que las terapeutas han prescrito que todo debe quedar en secreto entre ustedes dos y ellas. Por un par de
veces más al menos, durante el tiempo que anticipa la próxima sesión, desaparezcan de casa antes de la
cena, sin avisar, dejando solamente una nota escrita con las siguientes palabras: “esta noche no estaremos”.
Vayan a lugares en los cuales presuman que nadie les conoce. Cuando regresen, las hijas preguntarán
donde se habían metido, respondan sonrientes: “es algo que compete sólo a nosotros dos”. En definitiva, en
una hoja que deben tener bien escondida, cada uno de ustedes dos, separadamente, debe anotar las
reacciones de cada una de sus hijas respecto al vuestro comportamiento “extraño”. En la próxima sesión,
que será nuevamente sólo para ustedes dos, nos leerán lo que hayan anotado. (Selvini Palazzoli et al., 1988,
pág. 17 – 18).

Rápidamente, esta prescripción se transforma en la “prescripción invariable”, catalogada


como un medio potente no sólo para tratar a las familias, sino también para entenderlas. La
prescripción, de hecho, proporciona también una constante, en contra de la cual cada uno de los
miembros de la familia reacciona de una forma levemente diferente. Esto permite a las terapeutas
de poner atención a cada individuo y de evaluar su contribución a lo que empieza a ser definido
como el “juego familiar”.
Después de una primera presentación de la prescripción invariable en el Congreso
Internacional de Terapia Familiar de Lione, en 1980, Selvini Palazzoli y Prata describen el nuevo
método a la platea de colegas en el Congreso Internacional de Psicoterapia de la Schizofrenia en
Heidelberg, en 1981 (Selvini Palazzoli y Prata, 1983). Poco después, sin embargo, Selvini
Palazzoli, insatisfecha de los resultados de la investigación, divide el grupo y constituye un nuevo
equipo con tres psicólogos: su hijo Mateo Selvini, Steffano Cirillo y Anna Maria Sorrentino.
Es junto a ellos que surge un nuevo concepto al interno de la teoría de los juegos: eso de el
“embrollo” familiar (Selvini Palazzoli et al., 1988, pág. 70). El embrollo sería lo que los padres
perpetúan en relación a sus hijos, primero envolviéndolos en su lucha simétrica, por lo tanto,
descalificándolos en los intentos de resolverlo, tomando las partes del padre que aparece como
más débil. Cuando se da cuenta que uno de los padres, quien ha establecido una alianza, continua
a tener un vínculo cada vez más fuerte con el otro, el hijo, en vez de abandonar el campo,
continua a reaccionar de manera más disfuncional. Con ello nace un modelo a seis estadios de la
génesis familiar de las psicosis. Selvini Palazzoli lo presenta a una amplia platea cuando, en 1985,
la AAMFT le atribuye su premio por la investigación en terapia familiar (Selvini Palazzoli,
1986).

Las críticas fueron muy severas. Gurman, en la época director del Journal of Marital and Family Therapy,
publicó mi intervención e invitó a Carol Anderson a comentarlo. El título ya exprimía la desaprobación:
“Un viaje demasiado breve desde la connotación positiva a la connotación negativa”5. Ahora pienso que
tenía razón. Para estar a la altura de tal empresa el terapeuta debe enfrentar su propia y decisiva
transformación. Y no se trata de una cosa que pueda suceder rápidamente. (Selvini Palazzoli, en Doherty,
1999, pág. 19).

Los seis estadios del juego psicótico en la familia.6

1. Crisis en la pareja de cónyuges.


2. Involucramiento del hijo en el juego de la pareja.
3. Comportamiento inusitado (sintomático) del hijo.
4. Cambio de posición del padre considerado como aleado.
5. Explosión de la psicosis.
6. Estrategias basadas en el síntoma.

Esta preocupación ética por el sufrimiento se transformará en la característica fundamental


del trabajo de Selvini Palazzoli en la década sucesiva. Por el momento, sin embargo, su grupo se
encarna en la posición de desenmascarar los seis estadios del juego psicótico, definitivamente
formalizados en 1988 con el libro Los juegos psicóticos en la familia (Selvini Palazzoli et al.,
1988). La polémica con Carol Anderson, sin embargo, es retomada por diferentes comentadores
estadounidenses. Aún cuando la Selvini era irreductible, el clima de la época no le favorece y
Anderson resulta vencedora. Desde éste momento, la influencia de Mara Selvini Palazzoli sobre
la terapia familiar mundial comienza a decaer.

Luigi Boscolo y Gianfranco Cecchin


Boscolo y Cecchin comienzan a impartir desde 1977 su curso de tres años de formación en
terapia familiar (Boscolo y Cecchin, 1982). Cuando el grupo se divide, continúan a conducir el
programa en el viejo centro, que han heredado y rebautizado como el Centro Milanese di Terapia
della Famiglia. Al mismo tiempo trabajan con el grupo de Helm Stierlin en Heidelberg, con la
Charles Burns Clinic de Birmingham, con el Ackerman Institute de Nueva York y con la
Universidad de Calgary en Canadá.
No siendo formadores de profesión, Boscolo y Cecchin sencillamente muestran, a través de
un espejo unidireccional, las terapias que siguen haciendo en el Centro. Los alumnos en vez de
hacer preguntas sobre la familia, como sucedía con la praxis del antiguo equipo de los cuatro de
Milán, hacen preguntas al terapeuta sobre qué está haciendo, sobre el cómo y el por qué. A este
punto, Boscolo y Cecchin crean diferentes niveles de observación, que se transforman en una
característica del modelo formativo.

5
Anderson (1986).
6
Según Selvini Palazzoli et al. (1988).
Una de las primeras modalidades usadas […] ha sido la subdivisión del grupo de alumnos en dos subgrupos
con tareas diferentes: grupo terapéutico y grupo de observación. […] El grupo terapéutico trabaja como un
equipo normal y asiste al terapeuta activo (un docente) en la terapia; el grupo de observación en cambio,
tiene la función de observar la interacción entre terapeuta, familia y grupo terapéutico. Al final de la sesión,
la discusión ritual sucede en dos tiempos: primero el terapeuta y el grupo terapéutico discuten entre ellos
sobre la terapia y las hipótesis que surgen, mientras el grupo de observación se reúne en otra sala para una
discusión separada. Inmediatamente después, se realiza la restitución a la familia y se abre una discusión
unificada entre los dos grupos. (Boscolo et al., 1995, pág. 758)

Para Boscolo y Cecchin (y para sus alumnos) la figura y la posición del terapeuta asume de
esta forma una preeminencia. Este conjunto de hechos concretos es el que crea un terreno
favorable al encuentro (teórico) con las nuevas perspectivas cibernéticas, a su vez, esto facilita el
encuentro (biográfico) con Maturana y Von Foerster. En abril de 1983 Karl Tomm organiza en
Calgary la conferencia “Philosophers meet clinicians”, con la participación de Maturana, Von
Foerster, Boscolo y Cecchin, asistidos por Vernon Cronen y Barnett Pearce. Cibernética de
segundo orden y constructivismo se transforman rápidamente un punto de referencia teórico para
Boscolo y Cecchin: inicia, para la terapia sistémica, una era constructivista destinada a durar
hasta el final de la década.
Bajo la influencia del constructivismo, el modelo de Boscolo y Cecchin evoluciona hacia la
complejidad (Boscolo y Bertrando, 1996). Boscolo y Cecchin dejan de creer que un síntoma de
cualquier género sea invariablemente correspondiente a una cierta configuración familiar y sólo a
ésta (colocándose de esta forma como la antítesis de Selvini Palazzoli). Una teoría de la
complejidad debe tener en cuenta las inevitables singularidades de cada situación humana,
influenciada por un tal número de variables, generalmente sutiles como para ser observadas con
cierta dificultad, que resulta imposible pensar de reducirla a las pocas variables observadas con
los instrumentos terapéuticos. De esta forma, la terapia se transforma en una creación común,
entre terapeutas y clientes, de “historias” alternativas y atribuciones de nuevos significados a la
realidad compartida. Sin embargo, esto no significa que no existan líneas guías que digan al
terapeuta cuáles son las hipótesis posibles: ahora lo que se considera, ya no son más los patrones
de interacción observables, sino las premisas epistemológicas, los significados, los sistemas
emotivos y las historias de los clientes. Sobre todo, el punto central del interés terapéutico son las
premisas de los miembros del sistema (incluyendo a los terapeutas).

Cuando se habla de las premisas de la familia, es igualmente importante pensar en las premisas del
terapeuta, porque cada terapeuta tiene sus premisas. El estructuralista tiene la premisa que existe una
familia normal, en la cual son bastante claros los límites entre los miembros de la familia. (Boscolo, en
Boscolo et al., 1985, pág. 278).

Además de esta atención a los espacios sistémicos, los terapeutas de Milán (sobre todo
Boscolo) desarrollan también un notable interés por el tema del tiempo. Las oscilaciones de los
sistemas en el tiempo y del mismo sistema terapéutico, se transforma en un importante punto de
observación. El terapeuta mantiene la conexión con los clientes y la observación de sí mismo.
Esta atención frente al tiempo, se hará importante algunos años más tarde.
Bajo el impacto de tantas novedades, cambia también el modo de conducir la terapia. Boscolo
y Cecchin continúan, como en el original equipo, a usar la sesión estructurada en cinco partes y a
servirse de hipótesis y preguntas circulares. Pero la necesidad de la intervención final es
cuestionada, desde el momento en que la entrevista sistémica en sí es ahora considerada
suficiente para modificar el sistema de convicciones de la familia. Las mismas preguntas
circulares cambian, coherentemente a la epistemología. Adquieren importancia, más que las
preguntas triádicas, las hipotéticas y aquellas basadas en el futuro, mientras que se hace cada vez
más frecuente el pedirle a los clientes de describir no eventos, sino opiniones, explicaciones sobre
el propio comportamiento y de los otros (Boscolo et al., 1985).
También las viscicitudines del principio de neutralidad del terapeuta son múltiples: En las
palabras de Cecchin: “si tienes una epistemología circular deberías ser indiferente al hecho de que
exista o no un cambio. La gente viene a ti, porque es tu trabajo e inicias a trabajar con estos
métodos. Todo lo que sucede es imprevisible y podría no existir absolutamente ningún cambio”
(Cecchin, en Boscolo et al., 1985, pág. 279).
Es justamente Cecchin (1988), en un artículo titulado Revisión de los conceptos de
hipotetización, circularidad y neutralidad: una invitación a la curiosidad, quien reformula la
neutralidad, ya no como una ausencia de toma de posición, sino como estado de “curiosidad”.
Esta reformulación es una experiencia liberatoria para los terapeutas constructivistas, un modo de
mantenerse siempre abierto a la novedad, sin dejarse seducir por el principio de verdad.
No obstante el trabajo de Boscolo y Cecchin se vuelva, con los años, siempre más personal, el
equipo queda como un punto central de su práctica y de su didáctica. El diálogo al interior del
equipo pone en relación los variados puntos de vista, del cuál la resultante (colectiva) termina por
ser la batesioniana “pauta que conecta”. El modelo de Milán como se viene a definir con el
trabajo de Boscolo y Cecchin en estos años, adquiere un particular status epistemológico. Desde
el momento en que rechaza cada posibilidad de categorización de los clientes en tipologías,
termina por transformarse en una terapia que tiene en sí una teoría general (la teoría sistémica
batesoniana, enriquecida de las contribuciones constructivistas) y que tiene una teoría de la
técnica (hipotetización, circularidad, neutralidad/curiosidad), pero carente de una teoría clínica
(es decir de una teoría etiológica de las patologías). Esto es consecuente a los fundamentos del
modelo: si no existe una idea normativa de la normalidad, no puede existir la de patología y, por
lo tanto, es imposible contar con una teoría clínica. Esta vía normativa hace difícil la convivencia
entre la terapia sistémica y los sistemas sanitarios y sociales, en los cuáles son requeridos los
diagnósticos y las normas. Será tarea de los seguidores del modelo, adaptarlo a aquellas
situaciones.

El post-Milán
Boscolo y Cecchin representan una cultura esencialmente oral, en la cual las ideas se
transmiten a través del diálogo y continúan a ser infinitamente revisadas y reformuladas a la luz
del intercambio con el interlocutor. No sorprende entonces, que en estos años, a diferencia de
Selvini Palazzoli, no escriban mucho. Para tener un libro que sintetice sus actuales posiciones es
necesaria la ayuda de Lynn Hoffman y Peggy Penn, que logran literalmente obligarlos a producir
un libro propio, Terapia familiar sistémica de Milán (Boscolo et al., 1987) en el cual las nuevas
ideas son transmitidas por medio de una serie de diálogos comentados por los cuatro clínicos. La
difusión del “modelo de Milán” es debida sobre todo a Boscolo y Cecchin y a los tantos artículos
que sus discípulos más o menos cercanos escriben con su colaboración. En 1985, por ejemplo,
David Campbell y Ross Draper, del Kensington Family Institute de Londres, editan Aplication of
Systeic Family Therapy: The Milan Apporach (Campbell y Draper, 1985).
Muchos terapeutas con una praxis consolidada inician a usar las ideas milaneses: la
adquisición de conceptos y métodos, sin embargo, sucede de manera diferente en Italia que en el
resto del mundo. En Italia, un grupo de ex alumnos boloñeses aplica con entusiasmo las ideas
milanesas al contexto de los ex hospitales psiquiátricos (Castellucci et al., 1985; Fruggeri et al.,
1995), mientras la reflexión teórica sobre la teoría sistémica se hace cada vez más estrecha,
gracias al trabajo de Laura Fruggeri, Valeria Ugazio, Maurizio Viaro y Marco Bianciardi.
En otros países (sobre todo Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Noruega), algunos
grupos de terapeutas construyen nuevos modelos que toman algunas especificidades del Modelo
de Milán.
Los más entusiastas sostenedores del modelo de Milán, son sin lugar a dudas, los terapeutas
del Brief Therapy Project del Ackerman Institute de Nueva York, entre los cuales Lynn Hoffman
(1981), que lo coloca en su dimensión histórica y Peggy Penn (1982, 1985) que se adjudica
algunos artículos sobre las preguntas circulares. En el mismo período, Bradford Keeney busca
construir un modelo de terapia integralmente autoreflexivo que debe mucho a los conceptos y a
las prácticas milanesas (Keeney, 1983).
Karl Tomm. Además de la elaboración de nuevas preguntas circulares y su clasificación
(Tomm, 1984a, 1984b, 1985) introduce, junto a las tres líneas clásicas de conducción de la sesión,
una cuarta línea, la “estrategización” (strategizing). Analiza además el modo en el cual las
convicciones influencian el comportamiento y la modalidad de estructuración de diversos niveles
de significado (Cronen, Pearce y Tomm, 1985; Cronen y Pearce, 1985), contribuyendo a un
modelo que tomará el nombre de “gestión coordinada de los significados” (coordinated
management of meaning; Cronen y Pearce, 1985).
Tomm Andersen (1984) es uno de los más frecuentes en los convenios y seminarios en los
que participa Boscolo y Cecchin. Una vez que estableció que había podido aprehender todo lo
que era posible aprehender del modelo, se dedicó a un trabajo clínico innovativo: su grupo
trabaja sin hipótesis y la discusión de equipo se desarrolla en presencia de la familia, que puede
observar al equipo mientras “reflexiona” (reflecting team) sobre la reciente conversación en
sesión (Andersen, 1987).
El último desarrollo del modelo milanés viene de Harry Goolishian, ya en Galveston con el
grupo de MacGregor. Si el terapeuta desplaza el punto focal de la terapia del conjunto de las
interacciones observables a las premisas que las personas tiene respecto a un problema, es lógico
que se llega a lo que Anderson y Goolishian (Anderson et al., 1987) definen como los “sistemas
determinas por el problema”:

Si adoptamos el concepto de sistema determinado por el problema como descripción para el objetivo del
tratamiento, le sigue una necesidad de abandonar conceptos como terapia individual, terapia de pareja,
terapia de la familia o terapia de los sistemas más amplios. La definición del problema define el contexto y
por lo tanto, los límites del sistema a tratar (Anderson et al., 1987, pág. 7).

Poco después, en 1988 Anderson y Goolishian sostendrán que los problemas no son entidades
concretas, sino lingüísticas y que existen sólo al interno de un cierto sistema de significados. Un
problema creado a través del lenguaje se disuelve cuando surgen significados y descripciones
alternativas. A este punto, el trabajo de los discípulos de Milán ha ya introducido (nos acercamos
al final de la década) una serie de modificaciones relevantes, tanto para la teoría como para la
praxis milanesa. Harry Goolishian organiza en Texas un congreso en el cual los dos maestros son
puestos en la posición de observador, mientras que los ex discípulos muestran sus nuevas
visiones. Desde este momento, todos los terapeutas recientemente descritos se definen con la
denominación colectiva de “post-Milán”. De éstos nacerán muchas de las corrientes terapéuticas
destinadas a una gran fortuna en la siguiente década.
Extracto Cap. VI
Bertrando, P. y Toffanetti, D. (2000), Storia della terapia familiare. Raffaello Cortina
editori. Milano – Italia. “Historia de la terapia familiar”. (edición en español a cargo de
Gálvez Sánchez F.) Paidos Barcelona, España (2004)

Terapia sistémica

El modelo de Milán7
La última ocasión que ve reunidos a los cuatro componentes del grupo original de Milán es
probablemente un seminario milanés de 1996 de Doane y Diamond, que presentan en Italia su
modelo de terapia intergeneracional. Sentados en primera fila, pusieron a las dos estadounidenses
a un verdadero bombardeamiento de objeciones, en su mejor estilo. Cuando en 1998, Boscolo y
Cecchin celebraron los 25 años del Centro, estaba Giuliana Prata pero no estaba Mara Selvini
Palazzoli, que se había retirado en 1998 y muere en Junio de 1999.
En estos años de trabajo del grupo de Selvini Palazzoli se desarrolla en la dirección de una
investigación que parte de una doble observación: por un lado la situación relacional de las
familias en tratamiento conduce a la patología de uno de los miembros, por otra existe la
necesidad de definir los síntomas de manera precisa para poder trabajar con las familias de
manera predictiva. Este hecho introduce en el trabajo de grupo la diagnosis, desde hace tiempo
desterrada en el ámbito de la terapia sistémica y revela la necesidad de una actividad prognóstica
hasta este momento subordinada. Es curioso que en la década de la terapia postmoderna y de la
atención a la historia y al texto que trae el cliente a la sesión, la escuela selviniana se ponga en
controtendencia neta y reabre la nosografía tradicional.
Es también cierto que la diagnosis redescubierta y leída como un proceso de defensa en
relación de una situación familiar patológica, que las personas sintomáticas responden en
términos defensivos a un contexto dañado, pero queda el hecho de que la exigencia de definir
aquello que es sano y aquello que es considerado enfermo, el bien y el mal de la relación es ahora
conectado a una perspectiva psiquiátrica tradicional. El cliente, aquí, no es el experto: la
competencia, el lenguaje adecuado, la clasificación que hace ña persona miembro de un grupo
diagnóstico, pertenecen al terapeuta. La ausencia de los problemas regresan en primer plano:
nacen así los trabajos que tratan a la familia del tóxico dependiente, del psicótico, de la anoréxica
y de la bulímica (Cirillo et al., 1996; Selvini Palazzoli et al., 1998ª, 1998b).
Del grupo original de Millán, Luigi Boscolo es el alma clínica, la persona que en los años ha
centrado su cliente y sobre su cura. La mayor parte de sus energías. Es el mundo de las pasiones y
de las emociones que Boscolo explora en estos años:

El cambio más importante para nosotros también desde el punto de vista técnico, fue el uso de las
emociones, o sea el descubrimiento, de las emociones y de su importancia. Me convencí que la toma de
conciencia no es suficiente para llegar eventualmente a un cambio, sino que son necesarias las emociones.
Y las emociones pueden ser puestas también en relación al discurso de la empatía, soy la empatía. El
terapeuta vive emociones y las pone a disposición del paciente para permitirle pensar que cosa se puede
sentir. (Boscolo, 200, comunicación personal).

Anteriormente, la teorización de Milán había dado precedencia a lo que Bateson (1936-1958)


habría definido el eidos (el mundo cognitivo) de los clientes, mientras que ahora pasa en primer
plano el ethos (el mundo de las emociones). Mejor dicho, las emociones vuelven al primer plano,
desde el momento en que ya lo habían estado al tiempo de la formación psicoanalítica de

7
Las notas son extraídas de dos entrevistas de los autores con Luigi Boscolo y Gianfranco Cecchin.
Boscolo, para después resbalar en aquello que sucesivamente los mismos autores (Boscolo y
Bertrando, 1996) definirá “lo no dicho”. El vuelco se realiza, en una aumentada atención para
todo aquello que no es verbal, por los aspectos una vez más ligados al contexto, más que al texto.
También para Boscolo, el futuro es una recuperación del pasado, transformado y transfigurado en
un equilibrio absolutamente único y original: el pasado de psicoanalista (al cual Boscolo no ha
renunciado jamás, ni ha jamás negado) regresa con una conciencia profunda de las nuevas
instancias, puestas al servicio de la experiencia personal y de las propia historia. Pero no sólo: el
modelo elaborado por Boscolo se transforma en un modelo absolutamente idóneo también para la
psicoterapia individual (Boscolo y Bertrando, 1996):

Por lo que nos respecta, nosotros, en el diálogo terapéutico, amamos usar la metáfora de las “voces
internas” que cada uno tiene dentro de sí y que derivan de la interacción de las relaciones con las personas
más significativas de vuestra vida. Podemos así hacer hipótesis sobre las voces internas del cliente y sobre
sus características […] Esta perspectiva no conciente de crear en el diálogo una dialéctica hecha por un trío:
terapeuta, cliente y voces internas (Boscolo y Bertrando, 1996, pág.15).

Cecchin, por su parte, dedica estos años a reelaborar la idea de la neutralidad, que lo había ya
llevado a desarrollar la idea de curiosidad (Cecchin, 1987). Poco después, Cecchin evoluciona el
término curiosidad en irreverencia:

La irreverencia […] es una posición que refleja un estado mental del terapeuta, que lo libera permitiéndole
de actuar sin ser víctima de la ilusión del control. La posición de irreverencia sistémica permite al terapeuta
de incluir ideas que podrían, a primera vista, parecer contradictorias (Cecchin et al., 1993, pág. 9).

Con el concepto de irreverencia (que en seguida evolucionará aún más en una investigación
sobre los prejuicios del terapeuta: Cecchin et al., 1997) Cecchin busca resolver a su modo los
dilemas del postmodernismo, situándose en una posición que escapa, por una parte a la condición
del terapeuta experto, y, por otra, a la (posible) desesperada impotencia del terapeuta no experto.
Su trabajo pretende la posibilidad de que el terapeuta sea más creativo y disponible a la
formulación de hipótesis ligadas al contexto, en vez que a la creación de interpretaciones
conectadas con ideas fuertes y estructuradas. Se trata de considerar las experiencias comunicadas
como una de las posibles verdades y de aceptar plenamente las diversidades de las personas, sin
buscar modificar nada, al menos como programa terapéutico inicial, aunque su al mismo tiempo
el terapeuta es activo en la búsqueda de un sentido nuevo a eventos e ideas. La paradoja de esta
posición está en el afirmar que no se debe tomar demasiado seriamente una autoridad, cualquiera
que ésta sea, incluso aquella terapéutica, privándola mínimamente de su autoridad, pero sin
renunciar por esto a hacer terapia.