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ContraContra elel municipalismomunicipalismo libertariolibertario

FrankFrank MintzMintz

Es evidente que cada presentación del pensamiento de un ensayista es reductor, en especial para Bookchin cuyo enfoque ha evolucionado en los últimos quince años en tres etapas, a mi parecer.

Con una observación certera desde EEUU, Bookchin comprueba cómo el movi- miento obrero y sindical ya no representa los ideales _en gran parte atribuidos_ de redención social y manumisora, ni tampoco tiene en la sociedad el peso que tuvo, siendo desplazado por los asalariados de los servicios.

De ahí Bookchin, en parte inspirado por el mayo-junio 68 francés, lanzó y fraguó con algunos otros militantes el movimiento ecologista estadudinense, no ahorrando sus críticas a las desviaciones religiosas del mismo.

El estancamiento de dicho movimiento estimuló a Bookchin para proponer una participación libertaria en la vida y la administración municipal.

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Dicho esto, hay que tener en cuenta el papel del grupo de afinidad que Bookchin subrayó a propósito de la historia del movimiento anarcosindicalista español llegan- do a establecer una dicotomía entre la CNT anarcosindicalista y la FAI anarquista basada en la amistad, lo que es inexacto de cara a la realidad y a la psicología de di- chas organizaciones. Bookchin también propuso el grupo de afinidad como clave de la organización de un movimiento eocologista a-político.

Aparentemente en la propuesta de un municipalismo libertario no aparece con mucha fuerza dicha noción, y es una notable mejora.

Bakunin recalca la amistad y el respeto entre los individuos como uno de los ci- mientos de los múltiples estatutos de “Alianzas” clandestinas. Kropotkin casi no alude a este rasgo, pero denuncia la tendencia al espíritu cerrado y de espionaje mu- tuo propios de los conventos que reaparecía en la creación de comunas libertarias a inicios del siglo XX. El mismo carácter de cohesión apasionada y obligatoria en gru- pos sin ideología ácrata llega a fraguar minúsculas dictaduras. Existió en grupos su- rrealistas y trotskistas en Francia en los años 30 y 50 y condujo a casos de suicidio. Las tensiones las crispaciones, las apariciones de patriarcas con resabios de jefes- gurus entrañaron relaciones de verticalismo, en contradicción con el libre desenvol- vimiento social y espiritual del ser humano, propugnado por los mismos grupos.

Por eso, la discreción actual de Bookchin sobre este punto es encomiable. En efec- to su evocación de la eficacia de los grupos de afinidad no debe silenciar las desvia- ciones como la polémica en internet de fines de 1998 sobre el taoísmo entre Book- chin y su compañera Jeannette Biehl contra John Clark para intuir que la violencia y la falta de distanciamiento expresadas corresponden a la ruptura de un grupo de afinidad.

Las propias evoluciones en contra de la agresividad impuesta por el capitalismo conducen a contactos calurosos y tensos. Ello permite a los asalariados con concien- cia antiautoritaria y conocimiento de un mínimo de psicología asimilar en la misma carne los altibajos de relaciones mutuas equilibradas, necesarias para resistir la ex- plotación capitalista. Para mí el equilibrio es no caer en manías ideológicas ni deja- ciones éticas y seguir la realidad inmediata.

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El municipalismo, como intervención anarquista, aparece ya en los años 50 en Suecia y en Argentina. En Suecia la organización anarcosindicalista SAC apoya ofi- cialmente la intervención de sindicalistas en municipalidades del norte del país. En Argentina aparece un libro de Lazarte donde propone una presencia libertaria acti- va en los municipios. Ni la práctica sueca ni la propuesta argentina cundieron a otros países.

No obstante, en la misma época los movimientos anarquistas francés e italiano estaban sacudidos por tempestades internas que culminaron con la participación de algunos en las elecciones. Pero los mentores de tales movimientos no siguieron sus ribetes electoralistas con una actuación municipal. Daniel Guerin que nunca dejó de intervenir en las elecciones políticas que él consideraba importantes, tampoco mili- tó a favor de cierto municipalismo.

Un elemento de interpretación de tal desinterés de parte de los libertarios puede situarse en dos planos. La intervención municipal es el trampolín y la rampa de lan- zamiento de muchos arribistas en política y no se atisba en qué y cómo podríamos convivir con aprendices de maquiavelo y estafadores de cuello blanco.

Por otra parte, tampoco son todos tiburones del hampa politiquero los ediles mu- nicipales. Es el eslabón más cercano a la gente de a pie y aparentemente algo bueno y sensato deben de hacer.

De hecho, la maraña de las leyes y de la reglamentación administrativa y presu- puestaria limita en extremo cualquier iniciativa municipal. Aludo a la realidad fran- cesa y el ejemplo actual más patente es el de las ciudades con alcaldes y consejeros de la extrema derecha : ¿qué consiguen imponer desde el poder ? Cualquier iniciati- va está contrarrestada por dos contrapoderes superiores. El prefecto (representante del Estado a nivel de un departamento) cancela los bandos que conculcan las leyes republicanas (edictos racistas y xenófobos). Cualquier ciudadano puede apelar al “Conseil d’État” (elemento supremo de la magistratura) para que se examine una decisión de un organismo público, como la contratación de policías municipales con un historial judicial de ultraderecha.

Dicho de otro modo, si en un municipio francés salieran mayoritarios los cenetis- tas y los libertarios, enseguida estarían cercados por una serie de cortapisas infran- queables. Lo más que podrían hacer sería hacer como la extrema derecha francesa:

copar los puestos de empleados municipales con amiguetes del mismo color ideoló- gico, desprestigiándose e imitando a los enchufados de siempre de los habituales partidos políticos que criticamos cada dos por tres.

Posiblemente en EEUU haya más iniciativa municipal y menos controles desde arriba. Me parece lógico para un poder constitucional hecho para que algunos se

apoderen a mansalva de los resortes de la política, de las leyes y de las fuerzas de re- presión, dejando zonas con aparente autonomía de bandos, más fáciles de manipu- lar, cuando se tiene el casi monopolio de la información.

La estrategia de poder es distinta de la europea pero apunta a la misma infantili- zación de los ciudadanos, a la misma valorización de los intereseses capitalistas, más o menos embadurnados de verdes o de rosado.

Por estas múltiples razones no creo en el municipalismo.

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No me parece posible terminar sin situar a Bookchin dentro del marco de las ide- as anarquistas.

La palabra “libertarios” para mí evoca un área confusa que aglutina a personas que rechazan cierta forma de autoritarismo político, sin proponer forzosamente una reorganización de la sociedad con una lógica libertaria y una eliminación del capita- lismo, que sólo puede hacerse con un mínimo de violencia. Por eso prefiero usar “los anarquistas” para señalar los antiautoritarios concientes que vienen buscando una palanca, un eje prioritario para derribar el capitalismo.

Los explosivos y los atentados ejemplares en contra de los explotadores, con la meta de alentar a los asalariados a que hicieran otro tanto, fue una táctica a fines del siglo XIX, a imitación de los terroristas irlandeses que buscaban sembrar el odio entre etnias para liderar cómodamente sus paisanos contra el gobierno inglés. Así hicieron los irlandeses y así lo repitieron en este siglo, con múltiples imitadores, en- tre los últimos los terroristas palestinos y vascos. En el enfoque anarquista, el “te- rror” va en contra del sistema capitalista, siendo claro que los individuos partidarios del mismo pueden en cada momento cambiar sus ideas y adoptar otras (como lo prevé Kropotkin en La Conquista del Pan). Émile Henry y su teoría de matar bur- gueses para vengar obreros levantó enseguida numerosas oposiciones (Malatesta) entre los anarquistas. Pero fue aprobado Émile Henry por los aprendices de verdu- gos e inquisidores circunstancialistas, que siempre existen, cuando la violencia es la norma principal. Peiró denunció a inicios de la guerra civil a tales seudolibertarios y presuntos antifascistas con carnés de la CNT, como de otros grupos y partidos del bando republicano.

La educación y la formación pedagógica fue otra elección como motor de la toma de conciencia anticapitalista, con Francisco Ferrer Guardia como artífice y mártir. Y allí también tenemos una deriva que consiste en adoctrinar a los jóvenes en contra del capitalismo (por ejemplo el CENU en 1936-1939), en contra del ideal que es construir una mente y un cuerpo sanos, que naturalmente acabará por ser anarquis- ta, o quizá sólo libertario, pero no tendría que resultar un explotador.

La plenitud del egoísmo, como visión consciente de la defensa del propio ser con- tra la explotación y su libre federación momentánea con otros sujetos para accionar una vida social, surgió en paralelo con las tácticas del acto terrorista ejemplar y de la pedagogía libertaria. No parece que hasta la fecha haya suscitado movimientos sociales de importancia.

Las cooperativas obreras que se multiplicarían, con la variante de las comunas

(con o sin erotismo colectivo) que crecerían como hongos, hasta ahogar sin violen- cia el capitalismo fue una tentativa tesonera, y duradera en algunos casos, propicia- da por pensadores como Cabet, Fourier y Proudhon. Esta tendencia suele surgir en periodos de retrocesos (tras el 1848 francés y el mayo 68, por ejemplo).

También convivían en aquella época (fines del siglo XIX) con estos ejes priorita- rios, la acción anarquista entre los asalariados, o sea los trabajadores explotados (del campo y de las factorías) en Rusia, en España y en Argentina. Las tres formas muy similares de militancia dieron tres actitudes que llegaron incluso a polémicas (prueba de la falta de tolerancia y del exceso de presunción de no pocos aprendices de liderazgo clásico). Fue el anarcomunismo ruso, el sindicalismo argentino y el anarcosindicalismo español.

La última palanca para “mover el mundo” es la ecología beligerante y libertaria de Bookchin. Y tenemos que rendirle homenaje a Bookchin por su clarividencia y la justeza de la elección. Siempre se podrá argüir y aducir que tal enfoque está en el li- brito de Pouget sobre el saboteo, en el sentido de la denuncia pública de la produc- ción de artículos de mala calidad y peligrosos (y el anarquista Kurt Wilkens, por ejemplo, animó huelgas en este sentido en EE UU hacia 1917-1918). Pero no fue ca- paz el anarcosindicalismo de retomar y reanimar esta sensibilidad que resurgió en los 60-70 en gran parte gracias a Bookchin.

El eje anticapitalista del municipalismo que viene apoyando Bookchin desde hace algunos años, no sólo ni es nuevo ni es eficaz (como se ha visto), sino que desembo- ca en la participación política.

La palanca del partido libertario aparece realmente con Àngel Pestaña en 1934, pero asoma ya en los obreros proudhonistas (Varlin y, quizá, De Paepe), y en mu- chos otros. No le veo ninguna validez a un partido libertario: en el marco de los paí- ses industrializados, la corrupción y los contubernios aliancistas acabarían con él a los pocos meses (ver ya los verdes en Alemania); en el Tercer Mundo (o sea los de - más países) algunos tiros en la cabeza (caso de la diputada ecologista rusa en 1998) y unos años de cárcel (ecologistas rusos en 97) dará al traste con el movimiento.

La lógica capitalista se viene fundando desde hace siglos sobre el desequilibrio del mercado. Para el futuro milenio, el desarrollo prodigioso de la informática (sin con- tar el laser, el aeroespacial, etc.) deja vislumbrar un continuo desequilibrio del mer- cado, una persistencia del desempleo, con los subsecuentes derrumbes, fusiones y confusiones de transnacionales.

La integración rápida de los verdes y exmarxistas-leninistas del PC en los engra- najes del neoliberalismo deja ver que no tienen ni tendrán más peso que una nueva capa de pintura en la recia fachada del edificio capitalista.

Ante aquella situación no veo otra perspectiva más que en un sindicalismo cada vez más agresivo, representativo de las preocupaciones ciudadanas, o sea un anar- cosindicalismo al loro, atado a la realidad diaria, sin descartar en absoluto la ayuda de la pedagogía, la ecología, las cooperativas, el egoísmo solidario y el terrorismo ejemplar. Eso me parece una palanca con futuro. Una palanca capaz de influir los políticos, por ser exterior a su mundillo de relaciones cómodas y secretas.

Frank Mintz 24/01/00