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PALEOGRAFÍA

{f.} | paleography
¨(De paleo- ´antiguo´ y -grafía ´escritura´); sust. f.
1. Ciencia que estudia las inscripciones y los textos antiguos para interpretarl
os y determinar su origen, autor y otra serie de características físicas: la paleogr
afía es una disciplina auxiliar de gran ayuda tanto para historiadores como filólogo
s.
à
[Historia y Filología]
Aunque la Paleografía nace y se desarrolla como disciplina auxiliar de historiador
es y filólogos en el siglo XVIII, detectamos un interés diverso por problemas paleog
ráficos en otros momentos históricos: no pueden tildarse de paleográficas las pesquisa
s que llevaron a que el círculo de intelectuales de Carlomagno recuperase la elega
nte escritura romana por medio de la letra carolina o carolingia; en cambio, sí me
recen ese calificativo los desvelos de los grandes humanistas italianos y europe
os del Trecento y Quattrocento, en su esfuerzo por leer los códices supuestamente
clásicos (en realidad, eran carolingios) y por interpretar las impenetrables inscr
ipciones en monumentos y monedas. De hecho, la Epigrafía y la Numismática se desarro
llaron gracias a los humanistas y se constituyeron como disciplinas ancilares mu
cho antes de que la Paleografía ocupase el lugar que hoy tiene; de hecho, con el l
ibro impreso ven la luz los primeros repertorios de Epigrafía, Numismática y, en men
or medida, Paleografía.
El primer paleógrafo fue el clérigo francés Jean Mabillon, autor de un De re diplomati
ca que vio la luz en 1681; para textos griegos, el primer trabajo de esta índole f
ue el del también francés Bernard de Montfaucon, autor de una Palaeographia Graeca e
n 1708. El siglo XVIII fue decisivo para el desarrollo de distintas disciplinas
científicas y humanísticas y animó la constitución de los primeros grandes centros de tr
abajo erudito, como academias y sociedades de diverso signo; ahí, en sus bibliotec
as y archivos, se acumularon rimeros de legajos, documentos y libros con los que
había que trabajar y que debían ser editados de un modo generalizado. Los primeros
manuales paleográficos claramente sistematizados, con una historia de las escritur
as nacionales y láminas para el contraste, son de esa época; con ellos, se sentarán la
s bases para los modernos estudios de Paleografía, que se beneficiarán del impulso q
ue el positivismo decimonónico dio a tales investigaciones.
La Paleografía es compañera de otras disciplinas auxiliares, como la Diplomática (que
estudia la preparación y confección de los documentos, aunque para la escuela france
sa ésta sea una disciplinal que aglutina a todas las demás relativas al estudio de l
os textos antiguos), la Sigilografía (que se ocupa de los sellos en los documentos
), la Palimpsestología (que sólo se encarga de los palimpsestos o codices rescripti,
en que el texto previo se ha borrado para escribir otro distinto), la Codicología
(que atiende al libro manuscrito, su encuadernación, la confección de sus cuadernos
, el pautado, etc.), la Papirología (interesada tan sólo en este soporte de escritur
a), etc.
En los estudios paleográficos, no sólo debe atenderse tan sólo a la propia escritura s
ino que también se presta atención, aunque no sea su objeto de estudio primordial, a
los elementos que la generan (penna, calamus o incluso stylus) y el soporte de
copia: un buen paleógrafo no lo es sino tiene una sólida formación en Codicología (para
unas nociones fundamentales, véase códice) o, en general, en Diplomática. El paleógrafo
debe tener en cuenta todas las aportaciones que se hagan desde éstos y otros ámbitos
para ayudarse en la datación de los documentos (en realidad, los estudios de Cron
ología constituyen una rama autónoma de las investigaciones histórico-filológicas, como
se desprende de las entradas cronología y calendario), determinación de amanuenses y
en otros menesteres.
Aunque la escritura puede adoptar formas muy diversas de acuerdo con el código o l
engua correspondientes (véase escritura), cuando no se indica expresamente (hay pa
leografía griega, árabe o hebrea, por ejemplo), la Paleografía se ocupa de escritos co
n alfabeto latino; a veces, el término se extiende naturalmente sobre los caracter
es griegos sin ningún aviso, para recoger no sólo el periodo papiráceo (la época del pap
iro, en manuscritos griegos, alcanza hasta el siglo IV de nuestra era) sino tamb
ién el membranáceo (la época del pergamino arranca a comienzos del siglo IV). La letra
puede escribirse mayúscula o minúscula, para libros (hablamos, entonces, de letra l
ibraria) o para documentos, redonda o cursiva (según se levante o no la pluma al e
scribir cada signo o bien éstos se enlacen o encadenen). Por regla general, aunque
no siempre, la Epigrafía trabaja con escrituras en letras mayúsculas y redondas (qu
adrata); en Paleografía, es norma la tendencia general a la cursividad.
Ante una escasez que es carencia casi absoluta de testimonios de época clásica, el p
unto de partida obligado es el de los códices en letra uncial o la posterior semiu
ncial, asociadas con la nueva romana: ambas formas ocupan los siglos de transición
entre la Antigüedad y el Medievo (siglos IV-V); de la semi-uncial parten las letr
as de las que hoy nos servimos. Tras la hecatombe del mundo antiguo, las escritu
ras nacionales o regionales (en España, la escritura nacional correspondiente es l
a visigótica) se enseñorearon del panorama hasta que el círculo cultural de Carlomagno
se lanzó a recuperar los clásicos latinos y, con ellos, la antigua escritura que lo
s transmitía. La expansión de la letra carolina fue progresiva, desde el siglo IX ha
sta el siglo XII, en que aún quedaban vestigios de las escrituras nacionales en la
s zonas más alejadas de la Romania.
En el siglo XII, la letra carolina evolucionó hacia la gótica, que es la forma de es
critura más característica del Medievo; su formación y desarrollo no se entienden sin
apelar a los grandes centros culturales, estudios generales y universidades, des
arrollados extraordinariamente a partir de esa centuria. La letra gótica tiene uno
s rasgos característicos según avanzamos desde el siglo XII hasta el siglo XV: en Es
paña, de la gótica francesa característica del siglo XIII, se va a la letra de albalae
s del siglo XIV hasta desembocar en las cursivas y cortesanas características del
siglo XV y hasta en las procesales de las cancillerías que, en el Siglo de Oro, fu
sionarían a su modo la gótica con la humanística.
Por esos años, desde Italia se estaba experimentando una gran transformación debida
al estudio de los viejos códices carolingios: el abandono de la gótica y el nacimien
to de la humanística, una escritura que en el siglo XV dominaba toda Italia (la im
prenta italiana más madrugadora se servía ya de unos caracteres humanísticos que triun
farían por todas partes gracias a modelos tan elegantes como el de Aldo Manuzio) y
que, desde ese momento hasta comienzos del siglo XVI, acabaría por imponerse en t
oda Europa. De hecho, la letra que hoy escribimos, por personal que sea, deriva
directamente de esta escritura humanística.
Los historiadores y los filólogos, en su trabajo cotidiano con los documentos anti
guos, han comprobado hasta qué punto es importante dominar el sistema de abreviatu
ras generales (comunes para una nación y, por lo general, para toda Europa dentro
de una escritura determinada) o especiales (específicas de un individuo, de un gru
po de copistas o, lo que es más común, de una profesión o ciencia concretas, como la f
armacéutica, con sus signos para dracmas, escrúpulos y otras medidas). El sistema de
abreviaturas desarrollado en el mundo antiguo se heredó en parte, pero también se o
lvidó en esa misma medida, de ahí la dificultad y a veces imposibilidad de leer las
inscripciones epigráficas hasta el siglo XV. Para el conjunto de Europa, el primer
útil a que debe acudirse tanto para escritura en latín como para textos vernáculos es
el libro de A. Cappelli, Lexicon Abbreviaturarum, con numerosas ediciones desde
1912; para España, hay ahora unas Abreviaturas españolas preparadas por el Prof. Ri
esco Terrero.

Temas relacionados
Epigrafía.
Numismática.
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EPIGRAFÍA
{f.} | epigraphy.
¨{f.} Ciencia cuyo objeto es estudiar e interpretar las inscripciones. Comprende e
l conjunto de reglas necesarias para descifrar, traducir, explicar y deducir de
ellas las enseñanzas filológicas e históricas que encierran los escritos en materiales
duros. Es una de las ciencias auxiliares necesarias para el historiador junto a
la Paleología.
à
Epigrafía.

Problemas de delimitación del concepto


Ciencia que tiene por objeto el estudio integral de las inscripciones o epígrafes,
tanto en su materia y forma como en su contenido. Las múltiples definiciones exis
tentes para epigrafía son similares a ésta, pero en muchas ocasiones el alcance de l
as mismas y la definición del objeto de estudio queda disperso en su interrelación c
on otras ciencias. Las inscripciones a lo largo de la historia de la epigrafía se
han considerado por su contenido, en tanto que apoyo de la historia o de la filo
logía, o por su forma, como base para el estudio de la escritura, diferenciándose a
veces de forma poco precisa de la paleografía por el tipo de soporte en que los te
xtos aparecen escritos, o como apoyo de la arqueología, para fechar yacimientos o
documentar restos arqueológicos y contrastar la información que ofrecen. Si bien tod
o esto es válido, no debe olvidarse el objeto mismo de esta ciencia: el epígrafe, su
forma y contenido, y su función en sí mismo. Es evidente que las inscripciones cons
tituyen documentos de primer orden para el conocimiento de la historia y la cult
ura, pero deben estudiarse como objeto fundamental en sí mismas, con su propia met
odología.

Escena funeraria con inscripciones egipcias. ...


En la historia de la escritura juegan un papel trascendental, ya que en prácticame
nte todas las civilizaciones existen inscripciones primitivas sobre diferentes s
oportes: tablillas de arcilla, huesos, piedra, mármol, bronce... De hecho, una de
las características que tradicionalmente definía la epigrafía, frente a la paleografía -
que en su sentido más restringido sería el estudio de las escrituras antiguas y su e
volución-, era y aún es, desde un punto de vista práctico al menos, la consideración del
soporte. Mientras la epigrafía se ocupa de los textos inscritos o escritos en sop
ortes duros, como los ya citados (a excepción de las monedas, de cuyo estudio se e
ncarga la numismática, o de la sigilografía, que estudia los sellos antiguos), la pa
leografía tiene como objeto el estudio de la escritura sobre los denominados mater
iales blandos, como el pergamino o papel (aunque no se incluye aquí el papiro, por
ser éste objeto de estudio de la papirología), junto con otras escrituras de caract
eres similares, aunque estén realizadas sobre otro soporte. Al lado de éstas, la cod
icología estudia el libro, en tanto que soporte y forma especial, así como su histor
ia y evolución. Pero la distinción básica entre materiales duros o resistentes y bland
os, necesario para dividir epigrafía y paleografía, se revela insuficiente e inexact
a. También lo es el hecho de que la escritura fundamentalmente utilizada en las in
scripciones sea la capital, frente a las minúsculas, librarias o cursivas, en los
códices y documentos, o que en las primeras sea incisa y en los segundos trazadas
(Véase Escritura: soportes, materiales y técnicas).
Ya desde los estudios de Paleografía de Mallon y la escuela francesa se tiende a l
imar estas diferencias, un tanto artificiosas, entre soportes duros y blandos y
tipos de escritura, y se busca desarrollar una ciencia de carácter globalizador qu
e contemple el estudio y la historia de la escritura. Dentro de esta tendencia,
hay una corriente de investigadores bastante nutrida que parece adscribir únicamen
te a la paleografía el estudio de todo tipo de escrituras, obviando, incluso, cual
quier distinción o definición de la epigrafía. En ocasiones, las distinciones entre la
s diversas ciencias encargadas de estudiar la escritura son artificiales, como l
o es igualarlas en sus objetivos pues, en no pocas ocasiones, los argumentos emp
leados para hacerlo están en función de las adscripciones de los estudios a diferent
es áreas didácticas. No obstante, dentro de esta misma línea de estudio globalizador d
e la escritura, la epigrafía tiene su propio objeto y finalidad, diferente del de
la paleografía, a pesar de que se sirva de ésta para el estudio de la escritura util
izada en las inscripciones. El conocimiento de la evolución de los sistemas gráficos
es decisivo para una correcta interpretación de la lectura del texto y para fecha
rlo mediante su aspecto externo, pero ello es sólo una parte del objetivo de estud
io de la inscripción, ya que el fundamento de la epigrafía es el análisis íntegro de ésta.
Desde un punto de vista práctico, cabe añadir que generalmente los epigrafistas cont
inúan encargándose del estudio de las inscripciones, mientras que los paleógrafos suel
en hacerlo del de los documentos, manuscritos y libros, a pesar de que las difer
encias tradicionales según el soporte o el tipo de escritura son comúnmente rechazad
as. Sin embargo, como se ha indicado, ésta es una situación estrechamente relacionad
a con las aplicaciones didácticas o académicas en muchos casos. Paralelamente a ello
, las tendencias metodológicas y conceptuales, dentro del seno de una concepción glo
bal de la escritura, se decantan por reivindicar el objetivo de la paleografía, co
mo ocurre con la escuela francesa y, en buena parte, la española, o de la epigrafía,
como muestran las escuelas italianas.
civilización del epígrafe. Epigrafía clásica
Quizá una de las características más definitorias de la epigrafía, y muy especialmente d
e la greco-latina, sea que el epígrafe o inscripción se concibe como un todo en sí mis
mo, no sólo como un texto en un soporte. Se entiende como un monumento -frente a u
n documento o un libro-, es decir, como un mensaje material, formal y visual. No
es un texto encerrado en las páginas de un libro, enrollado en un volumen de papi
ro y guardado en anaqueles, bibliotecas o archivos. Ni siquiera se identifica co
n éstos cuando cumplen la función social de la lectura colectiva, tan frecuente en l
a Antigüedad y en la Edad Media, cuando los textos se leían de viva voz por una pers
ona a un público, como ocurría -y ocurre- en las fiestas, reuniones, iglesias, monas
terios u otros ámbitos. El lector de las inscripciones es ese público indistinto que
pasea por las calles de las ciudades y ?ve? las inscripciones, textos que ?recl
aman? su presencia y que ?dicen? mucho más que lo que los textos grabados en ellas
contienen. El monumento inscrito tiene, pues, una función social y uso público, aun
que el texto pueda ser de carácter público o privado, visible directamente por una o
varias personas, ya sea en lugares fijos -templos, arcos, miliarios, edificios
públicos-, ya sea dotados de movilidad -anillos, broches, tablillas-, pero con una
finalidad de mensaje de comunicación expuesto que pretende, por otra parte, tener
cierta duración, incluso desafiar el paso del tiempo. Es una escritura destinada
a ser leída en la calle, de forma anónima y colectiva.
En el mundo griego y, sobre todo, en el romano, la epigrafía constituía la forma de
comunicación entre el poder y la población: era el mecanismo de información de la admi
nistración de la justicia, de la promulgación de leyes y de los censos de la población
. También servía para el reconocimiento popular de prestigio de personajes o el elog
io de los muertos célebres; en ocasiones, simplemente exteriorizaba el sentimiento
personal de dolor por los seres queridos ausentes o el amor por otra persona (c
omo en el caso de los anillos, que servían para testimoniar y exteriorizar la dedi
catoria, convirtiéndose así en regalo y mensaje a la vez). En el caso de los grafito
s en la pared, su uso manifestaba la burla hacia alguien o algún guiño socarrón (del t
ipo de: ?tonto el que lo lea?). En las tablillas de plomo, usadas como elemento
mágico para comunicarse con los espíritus o divinidades, encontramos tanto maldicion
es que manifiestan el odio hacia alguien como peticiones de un bien o suerte.
Se ha denominado al mundo clásico greco-latino ?la civilización de la epigrafía?, expr
esión acuñada por Robert, pues, en cierta medida, la epigrafía presidía la vida cotidian
a del mundo clásico. Era un producto cultural; de hecho, era el producto por excel
encia de la cultura escrita del pasado y, prácticamente, el medio exclusivo -o el
más importante- de comunicación de masas. En efecto, en el mundo antiguo las inscrip
ciones supusieron, en su origen, el paso de la cultura oral, transmitida de unos
a otros, de generación en generación, a la cultura escrita. Las inscripciones eran
la alternativa a la arenga política, a los discursos forenses, a la poesía cantada o
recitada en las fiestas y a la representación teatral. Pocas personas tenían acceso
a la literatura escrita, el aprendizaje de la escritura en las escuelas, la pos
ibilidad de tener en archivos y bibliotecas, tanto particulares como públicas, los
textos literarios, los documentos, etc. Frente a esto, las inscripciones son la
?escritura de la calle?, la ?literatura de la calle?, en palabras de Sanders; e
s decir, todo el mundo tiene acceso a ellas, se ven al pasar, o corren de unas m
anos a otras, como en el caso de las monedas. Los signos utilizados son fáciles de
leer generalmente, sobre todo, en las inscripciones públicas de carácter jurídico, de
cretos, conmemoraciones de triunfos, o en las sepulcrales. Estos monumentos se d
istinguen desde muchos ángulos, se ven de lejos y de cerca, con lo que la gente de
la calle las advierte. Son un patrimonio cultural público, como indica Susini, qu
e encuentra sus límites en los niveles de alfabetización de la gente, pero al mismo
tiempo contribuyen decisivamente a ellos. Puede afirmarse que la mayoría de las pe
rsonas comenzaban su aprendizaje -primero las letras, luego las palabras, finalm
ente la lengua si no era la suya- con las inscripciones.
De hecho, uno de los elementos más decisivos en la expansión del mundo romano fue qu
e su cultura, su poder y sus normas se transmitían -y se imponían también- no sólo media
nte las invasiones y los asentamientos, sino además a través de esta cultura escrita
que se difundía por las ciudades, colonias y poblaciones. En lugares alfabetizado
s la comprensión era rápida, como ocurrió en el caso del mundo griego conquistado por
Roma. En otras zonas, como el Occidente europeo, las inscripciones constituyeron
el primer paso para la alfabetización y para la romanización de los pueblos. El com
plejo sistema de abreviaciones usados en la epigrafía terminó por ser aprendido y cl
aramente reconocido por todos. Su vigencia y fuerza eran tan notables que a lo l
argo de la historia de Occidente, y aún en el mundo contemporáneo, algunas de ellas
son reconocibles por personas ajenas a la cultura latina y mucho más al dominio de
la epigrafía. Algunas de esas abreviaturas están asociadas al mundo romano, incluso
perpetuadas en películas de contenido histórico, en comics, etc.: S.P.Q.R. (senatus
populusque romanus) o las cristianas INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum), RIP
(requiescat in pace, cuya heredera contemporánea en castellano es D.E.P. -descanse
en paz-). Pero, incluso en el caso de que no se comprendiera bien el significad
o de los textos, al margen de ellos incluso, las inscripciones eran el signo de
un poder, de una comunicación de masas, eran la imagen del prestigio y del peso de
una tradición. Esta circunstancia, que indudablemente se dio en las primeras fase
s de romanización (durante la expansión del Imperio), es la que después se ha venido d
ando en las diferentes épocas.
Por otra parte, para los antiguos, los hechos consignados en las inscripciones c
onstataban realidades históricas, constituían su conocimiento del pasado, además de se
r señas de identidad que les relacionaban con la cultura a la que pertenecían. Esta
circunstancia volverá a repetirse con fuerza sorprendente en el Renacimiento, cuan
do la búsqueda de inscripciones antiguas se convierta en la búsqueda de raíces cultura
les que liguen las modernas ciudades y poblaciones de Europa con el prestigioso
mundo antiguo. Circunstancia que en algunos casos llevará, incluso, a las falsific
aciones en este campo.
La evolución de la epigrafía. Del mundo antiguo al mundo contemporáneo
En el mundo antiguo puede hablarse de varias fases de evolución en la civilización d
e la epigrafía.

Primera fase.
La primera corresponde a las manifestaciones más primitivas, cuando la cultura esc
rita comienza a desarrollarse e imponerse en la vida cotidiana, siendo la epigra
fía de carácter sacro la que primero se desarrolla: calendarios ligados al ciclo del
tiempo, la salida y puesta del sol, las estaciones climáticas o la comunicación del
hombre con las divinidades, como demuestran las primeras inscripciones del mund
o oriental, los obeliscos egipcios, las aras sagradas y los templos. Es en esta
fase, que al menos se prolonga hasta el siglo III a.C., cuando las inscripciones
fúnebres están aún de forma mayoritaria en hipogeos -como los etruscos-, y se relacio
nan con el acceso a ciertos rituales. En esta época la epigrafía va desarrollándose y
difundiéndose, pero aún no impone su presencia, característica de la segunda fase.

Monumento conmemorativo.

Segunda fase.
Ésta es la llamada ?revolución cultural?, representativa del mundo clásico, especialme
nte del romano. La primera aportación es el aumento de leyes, decretos y normativa
s, así como de censos de ciudadanos y, en general, de listas públicas de todo tipo,
que se exponían en las tablillas de los edificios y foros para su difusión entre la
población. Lógicamente este incremento va íntimamente ligado a la expansión territorial
de Roma, de ahí su gradual extensión espacio-temporal. La segunda contribución, el des
arrollo de las inscripciones sepulcrales, probablemente sea el elemento más caract
erizador de esta etapa, ya que da lugar a la aparición de la literatura en este ti
po de soporte. En las tumbas y mausoleos, se encuentran tanto mensajes personale
s y directos, como grandes elogios (especialmente, los que encargaban las grande
s familias senatoriales y aristocráticas de la Urbe), a cuyo amparo surgieron las
inscripciones honoríficas que ensalzaban a los personajes públicos. Literatura y epi
grafía se interrelacionan estrechamente en esta época: la epigrafía reviste caracteres
literarios en los poemas elegíacos de los epitafios y, a su vez, la literatura as
ume expresiones características de las inscripciones -fórmulas que, conocidas por to
dos, son reutilizadas por los autores literarios-. En esta etapa, también se siste
matiza y desarrolla la norma de filiación característica de los nombres romanos, la
cual perdurará hasta la transformación del mundo antiguo, en la que se simplifica.

Inscripción funeraria.
Esta fase, con naturales evoluciones, se continúa hasta la llamada ?tercera edad d
e la epigrafía? que puede situarse en el siglo III d.C., o finales del II.

Tercera fase.
La irrupción del cristianismo, primero como religión en expansión, unas veces tolerada
y otras perseguida, y después como religión oficial a partir de Constantino (el edi
cto de Milán que reconoce la religión católica es del 313), introduce nuevas concepcio
nes epigráficas: el formulario cristiano, característico de las inscripciones sepulc
rales, y el elogio fúnebre de las de tono literario, que ya no se realiza para gra
ndes personajes públicos o militares, sino para heroes cristianos, cargos eclesiásti
cos, papas, etc.
La citada transformación del mundo antiguo, sobre todo después de la crisis del sigl
o III d.C., produce un empobrecimiento de las áreas urbanas y un cambio en su traz
ado. El desplazamiento hacia los suburbios llevó a que las inscripciones públicas fu
eran colocadas en las iglesias o en lugares más recoletos, y se abandonaran como l
ugares de emplazamiento los tradicionales foros, cuya gran monumentalidad había qu
edado obsoleta y sin su función primitiva de espacio para los espectáculos públicos.
También en esta época hay una crisis económica, lo que llevó a la reutilización de aras pa
ganas con inscripciones antiguas para grabar otras nuevas. Además el cambio de la
escritura, el avance de las nuevas formas cursivas, utilizadas en los códices, y e
l diseño más simple de los campos epigráficos de las nuevas inscripciones, modifican s
ustancialmente el tipo de escritura. Esta fase, con evoluciones progresivas, aba
rca toda la Antigüedad Tardía y Edad Media; sin embargo, a pesar de que sus formas y
motivaciones han cambiado, su función social permanece vigente durante todos esto
s siglos.
Cuarta fase.
En el mundo moderno y contemporáneo la práctica epigráfica ha continuado, al margen de
la comprensión real del texto por parte de la gente que lo ve.
Es incuestionable que la tremenda revitalización del mundo clásico durante el Renaci
miento trajo consigo no sólo la recuperación de textos clásicos, manuscritos, inscripc
iones, objetos hallados en excavaciones arqueológicas, recuperación de monumentos, e
tc., sino también la emulación del mundo clásico como símbolo de perfección y como modelo
cultural. Dentro de esta corriente fue práctica común la producción de inscripciones d
e todo tipo, realizadas según los modelos clásicos. Solían ser en latín, generalmente, a
unque también en lenguas vernáculas. Estas cartelas y lastras se colocaban en los mo
numentos públicos para su difusión. También en los mausoleos se volvieron a escribir p
reciosos epitafios en latín que, a pesar de no ser entendidos por la mayoría de la g
ente, pues sólo unos pocos letrados humanistas conocían las lenguas clásicas, no por e
llo dejaban de emitir un mensaje supratextual a los demás. Puede decirse incluso q
ue los mensajes epigráficos formaban parte fundamental en la arquitectura efímera, t
an representativa de la imagen del poder durante el Renacimiento y el Barroco, c
onstruida para entradas triunfales de reyes, actos solemnes o cortejos fúnebres.
La epigrafía ha ido evolucionando con el tiempo, aunque no por ello ha perdido su
función de ser instrumento de comunicación entre los diferentes emisores posibles y
los receptores anónimos. Por eso siguen realizándose inscripciones sobre edificios púb
licos, en paredes, en iglesias, etc. Es bien sabido, por ejemplo, la utilización c
on fines propagandísticos que regímenes autoritarios de la Europa del siglo XX han h
echo de la epigrafía latina, por ejemplo en Alemania, Italia o España. Pero también se
utiliza en regímenes democráticos, buscando la solemnidad y el prestigio que una im
agen visual de una inscripción latina confiere a un edificio o a una exposición. En
cualquier caso, la imagen visual que trasmite sigue plenamente vigente, con inde
pendencia de la lengua en que se escriba. Un paseo por cualquier ciudad, pueblo
o localidad actual corrobora la cantidad de mensajes que reclaman continuamente
al viandante: desde una perfecta inscripción anunciando el nombre del edificio públi
co en los dinteles de las puertas, a las placas conmemorativas en bronce consign
ando el personaje que ha vivido o desarrollado su arte en una casa; o desde la i
nscripción honorífica en la basa de una escultura, hasta los grafitos de múltiples col
ores -éstos pueden ser un simple nombre, una consigna política, o expresar deseos pe
rsonales, bromas, etc.-, que dejan los ?grafiteros? en las paredes y muros. En o
tros casos, ha habido una evolución hacia nuevos soportes y técnicas con la incorpor
ación de la imprenta, la reproducción fotográfica o los medios eléctricos como medio par
a lanzar mensajes. Así, se usan rótulos luminosos, grandes vallas publicitarias o imág
enes acompañando al texto para llamar la atención del público.
A propósito de esto, posiblemente un ejemplo clarificador de la específica función de
la epigrafía sea el que la ?moderna? epigrafía, sobre nuevos soportes, puede ofrecer
: el anuncio publicitario en una valla destinada a tal fin en las calles de cual
quier ciudad -un auténtico mensaje epigráfico-. Frente a este anuncio que va dirigid
o a un destinatario colectivo y heterogéneo, está el que se incluye, por ejemplo, en
una página de un periódico, que va destinado a un lector individual.

El estudio de la inscripción
Al igual que las inscripciones ofrecen información de primera mano para el estudio
de la historia política, social, religiosa, arqueológica, paleográfica, filológica, top
ográfica, etc., la epigrafía debe servirse de ellas para la interpretación completa de
un texto o epígrafe.

Análisis externo
La primera cuestión a considerar es su contexto arqueológico e histórico para determin
ar su función. Muchas inscripciones (tituli en el mundo romano) depositadas en mus
eos proceden de excavaciones de las que se conoce su origen, otras se conservan
in situ en los edificios o monumentos que han pervivido y algunas, hoy en día perd
idas, han sido transmitidas a través de copias antiguas en la tradición de manuscrit
os epigráficos, por lo que no es difícil establecer el contexto que permite conocer
a qué estaba destinada. En esta línea, también hay que averiguar si se trata de una re
utilización o no y, por supuesto, si es verdadera o falsa, certeza que vendrá determ
inada por el análisis de todos los demás factores.

Análisis del contexto.


Dentro del contexto, son cuestiones prioritarias: averiguar el nivel de romaniza
ción al que estaba sometida, determinar a qué tipo pertenece, establecer si se trata
de un ámbito de alto nivel cultural, económico, etc. o no. El número, ubicación de las
inscripciones, así como la calidad del soporte y su ejecución son elementos de alto
valor para este cometido.

Análisis del tipo de monumento y del soporte.


En segundo lugar, se ha de proceder al análisis del tipo de monumento en el que la
inscripción aparece ya que, dependiendo de éste, se podrá determinar su función y, en m
uchas ocasiones, el mensaje que contiene, dada la estrecha relación entre forma y
contenido. Aquí hay que distinguir el tipo arquitectónico al que pertenece y el mate
rial del soporte. En los edificios públicos, como templos, construcciones del foro
, circos, teatros y anfiteatros, las inscripciones solían grabarse en bloques de p
iedra, bien de mármol o de otro material más económico, y se colocaban en cualquier lu
gar que fuera bien visible: dovelas y arcos, pilares, basas, pedestales, muros,
etc. También pueden aparecer en lastras o placas de piedra insertas en los muros.
Las letras eran generalmente de bronce y, en ocasiones, aparecen sujetas directa
mente en los bloques de piedra y no grabadas, como se hizo en las inscripciones
del Acueducto de Segovia -aunque hoy están perdidas, fueron reconstruidas por G. A
lföldy gracias a los huecos realizados en las piedras para sujetar las letras-. Co
nsideración aparte merecen los denominados graffiti (tituli picti), pintadas en pa
redes, muros, incisos en rocas, etc., pues son expresión de escritura espontánea y ráp
ida.
Las lastras -en realidad placas paralelepípedas- son el soporte arquitectónico más fre
cuente en placas sepulcrales de distintos tipos, aras o altares, y las hay de múlt
iples formas y tamaños. Entre los distintos tipos de inscripciones sepulcrales, de
stacan las placas, placas nicho, los sarcófagos, las urnas funerarias, las estelas
, las laudas y los cipos. Estos últimos fueron utilizados para distintas funciones
además de la funeraria y, dependiendo de su forma y dimensión o del desarrollo vert
ical u horizontal de la escritura, se puede saber si eran indicadores en las cal
les, función que compartían con los miliarios; señalizadores de acueductos, etc.
También cabe destacar las mensae, placas usadas para medir y pesar que, además de la
forma paralelípeda típica de las lastras, podían tener forma circular o trapezoidal;
los puteales o frentes de los pozos; además de toda tipo de columnas, estatuas o i
mágenes que tienen inscripciones en sus basas. Se ha de incluir también la inmensa m
ultiplicidad de objetos, desde muebles a pequeños enseres como anillos, sellos, br
oches, vasijas de cerámica, etc., designados comúnmente como instrumenta domestica,
pues muchas veces eran portadores de inscripciones.

Análisis de la inscripción en sí.


El tercer nivel de análisis debe ser el estudio formal de la inscripción misma, para
proceder a su autopsia completa: medidas, características, dibujos facsímiles, foto
grafías generales, y de detalle cuando sean necesarias. El procedimiento suele ser
el siguiente:
a) Qué tipo de material es usado (piedra, como mármol o granito; metal, como bronce,
oro o plomo; o cualquier otro, como madera o pizarra).
b) Si la inscripción está incisa o escrita.
c) Cuáles son las fases de ejecución de la inscripción.
d) Qué técnica de estructura ha sido empleada: si se trata de una escritura directa
sobre el soporte, como pueden ser los grafitos; o si, por el contrario, sigue lo
s pasos característicos de una inscripción en mármol: trabajo de la piedra, labrado de
molduras (labor realizada por el marmorarius), diseño del campo o espacio epigráfic
o que se va a ocupar con la inscripción, dibujo de las líneas de trazado, dibujo de
las letras (a cargo del ordinator) y finalmente grabado con cincel u otro objeto
del texto (a cargo del sculptor). (Véase Escritura: soportes, técnicas, materiales)
.

Análisis de la escritura.
El cuarto nivel es el análisis de la escritura. Sirviéndose, por tanto, del estudio
de la misma, se ha de determinar si se trata de escrituras capitales, monumental
es, rústicas o actuarias; o si, por el contrario, es una escritura minúscula, cursiv
a antigua, o de tipo uncial, semiuncial, cursiva nueva, etc. El análisis paleográfic
o del texto es uno de los factores fundamentales para establecer la datación de la
inscripción. Junto al tipo o forma de las letras, es imprescindible -siempre que
exista la pieza- el análisis de la forma de trazado, del ductus seguido, etc. Una
vez ?descifrada? la escritura y establecida su tipología, hay que interpretar las
abreviaturas y, especialmente en el caso de inscripciones tardías, los nexos y lig
aduras posibles entre las letras, si están embutidas o no, etc. Otro elemento impo
rtante son los posibles signos formales de separación de palabras y/o letras: sign
os de interpunción, marcas formales indicadoras de abreviaturas y decoraciones sup
lementarias.
Análisis interno
La gran variedad de inscripciones, tanto en la forma como en el contenido, dific
ulta el establecimiento de una clasificación sistemática, pues es imposible abarcar
todos los testimonios epigráficos en general, aunque sólo incluyéramos los de ámbito gre
co-latino.
En muchas ocasiones, las clasificaciones establecidas por las grandes coleccione
s o por estudios monográficos suelen combinar diversos criterios. Esto se debe, fu
ndamentalmente, a que la inscripción es un todo integral y existe una estrecha rel
ación entre el soporte y el texto en él contenido. Pero no siempre hay una correspon
dencia unívoca: un sarcófago siempre contendrá una inscripción sepulcral, pero ésta puede
ser un simple epitafio o, por el contrario, un elogio fúnebre o un poema elegíaco; u
na lastra, en cambio, es el soporte más comúnmente utilizado para diversos tipos de
contenidos (votivos, honoríficos y sepulcrales). Algunas clasificaciones generales
establecen un primera distinción entre inscripciones de carácter público, privado, sa
grado -es decir, por su contenido-, y otras tratan de definir los tipos de sopor
tes. Una clasificación orientativa, según el contenido, que puede dar cuenta de los
epígrafes latinos y griegos, podría ser la siguiente (basada en la de Calderini):
1) Inscripciones de carácter literario. Métricas.
2) Inscripciones de carácter sacro:
a) leyes.
b) listas de sacerdotes, actas y fastos de colegios sacerdotales, calendarios.
c) dedicatorias.
d) consultas y respuestas de oráculos.
e) tablillas de defixión, láminas órficas.
3) Inscripciones de contenido jurídico
A) Griegas:
a) tratados internacionales.
b) leyes.
c) decretos del senado, pueblo y otros.
e) edictos, cartas, testamentos de reyes o magistrados.
B) Latinas:
a) leyes (datae, rogatae, senatus consulta...).
b) diplomas militares.
c) documentos de magistrados.
d) leyes municipales, colonias, decretos de patronato y leyes de asambleas provi
nciales.
4) Catálogos y documentos administrativos: catálogos, listas, fastos, actas oficales
, de organizaciones profesionales, colegios, etc.
5) Inscripciones edilicias:
a) en edificios públicos o de utilidad pública.
b) miliarios, itinerarios, cipos.
6) Inscripciones honoríficas, elogios.
7) Inscripciones sepulcrales.
8) Documentos de colegios profesionales.
9) Negotia.
10) Graffiti.
11) Instrumenta (publica, domestica): inscripciones en vasijas, ánforas, lingotes
de metal, monedas, armas, objetos domésticos (broches, anillos, etc).
Sin embargo, hay que tener en cuenta que en una clasificación como ésta hay cierta m
ezcla de elementos, dada la complejidad de los testimonios. Así, por ejemplo, much
as de las inscripciones métricas y literarias son elogios fúnebres y, por tanto, ins
cripciones sepulcrales; o algunos tipos como los incluidos en 8 y 9, incluso los
clasificados como leyes y documentos jurídicos, son promulgados habitualmente en
bronce o piedra, pero, a partir de la existencia del códice como vehículo de escritu
ra universal en la Antigüedad Tardía, las leyes, decretos o normativas de cualquier
tipo cambiarán de ámbito de difusión y pasarán a ser promulgadas en libros de leyes (de
ahí, precisamente, la dificultad de establecer una línea divisoria clara entre epigr
afía y paleografía, en cuanto a los diferentes soportes y tipos de escritura, según se
ha comentado). Por otra parte, algunos tipos como 10 y 11 se identifican por el
soporte, aunque éste es elegido respondiendo al contenido del texto, pues cuentan
con una temática peculiar propia.
El estudio lingüístico del texto aporta información fundamental sobre la lengua del mo
mento, especialmente, en sus diferentes tipos (lenguaje jurídico, religiosos, técnic
o, etc.). Las inscripciones ofrecen datos sobre las vacilaciones en la notación gráf
ica, vulgarismos, arcaísmos y otras particularidades lingüísticas; además de la informac
ión literaria que comportan las inscripciones poéticas y de tono literario, denomina
das Carmina (latina) epigraphica.
El siguiente nivel corresponde ya al estudio íntegro de los aspectos que este cont
enido revela. De este modo, se examina el sistema de filiación y de nombres, pues és
tos no sólo reflejan aspectos onomásticos o valoraciones de antropónimos y topónimos, si
no sociales en cuanto al establecimiento de cargos civiles y militares de los pe
rsonajes, el llamado cursus honorum. También muestran aspectos históricos, culturale
s, etc., bien contenidos en el propio texto, bien deducibles de él. En este sentid
o, es fundamental contar con la información obtenida del análisis externo.
Puede deducirse de lo expuesto cómo la inscripción ofrece en sí misma un importante ma
terial para el estudio de la cultura.

Las grandes colecciones epigráficas


Ya desde el mundo antiguo se da un interés notable por coleccionar inscripciones,
guardarlas, exponerlas y, sobre todo, transmitirlas a través de recopilaciones en
manuscritos. De hecho, el estudio de las colecciones epigráficas a través de textos
ha permitido, en época moderna, su restauración, su identificación en algunos casos, e
incluso su hallazgo, así como el conocimiento de copias, versiones, etc. Además ha
contribuido a que muchas ya perdidas puedan ser incorporadas al corpus epigráfico
general gracias al conocimiento de su existencia, aunque sean irrecuperables. So
n muchos los autores latinos y griegos que dan noticias de inscripciones, perdid
as o no, y de la importancia que tenían.
Tal vez la recopilación más antigua que se conoce está en un manuscrito del siglo IX o
X denominado Anónimo Einsiedlense, que contiene inscripciones y noticias de antigüe
dades de Roma. Pero, a partir del Humanismo, es cuando se producen las búsquedas s
istemáticas de epígrafes, debido a su revalorización. Personas como Cola di Rienzo, Ni
ccolò Niccoli, Coluccio Salutati, Ciriaco de Ancona, Giovani Marcanova, Francesco
Redi, Gruter, Escalígero, Lipsio y muchos otros contribuyeron de forma decisiva a
la recuperación y catalogación de inscripciones en los siglos XIV a XVIII.
Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia epigráfica cobra su plena dimensión.
Se crean las grandes colecciones que tratan de aglutinar y sistematizar las ins
cripciones griegas y latinas existentes. Sin lugar a dudas, el Corpus Inscriptio
num Graecarum (CIG) y el Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL), surgidos de la Ac
ademia de Ciencias de Berlín en el siglo pasado, y sus sucesivos suplementos son l
as obras magnas y los puntos de referencia universales para el estudio de la epi
grafía. En cada país hay, no obstante, grandes recopilaciones locales. Igualmente la
s inscripciones cristianas han merecido corpora propios como los de Rossi, Diehl
, Hübner o Vives (estos dos últimos para Hispania).
Por otra parte, hay que señalar las reuniones periódicas de investigadores a través de
las asociaciones internacionales de epigrafía griega y latina, junto a la creación
de revistas críticas, como L?Année Epigraphique o Hispania Epigraphica. Éstas, además, s
on las publicaciones oficiales de instituciones y centros de documentación epigráfic
a al servicio de la comunidad científica, como CID (Centre d?Information et de Doc
umentation), Fichero Epigráfico de la Universidad Complutense y Ministerio de Educ
ación y Cultura, en colaboración con la Kömmission für Alte Geschichte und Epigraphik de
l Instituto Arqueológico Alemán en Munich, o los centros del CNRS en París.

Bibliografía
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CALDERINI, A. Epigrafia (Turín: 1974).
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). P. 626-734.
PETRUCCI, A. La scrittura: ideologia e rappresentazione (Turín: 1987).
DI STEFANO MANZELLA, I. Mestiere di epigrafista. Guida alla schedatura del mater
iale epigrafico lapideo (Roma: 1987).
SUSINI, G.C. EpigrafÍa romana (Roma: 1982).
SUSINI, G.C. "La scrittura e le pietre" en Storia di Roma. L?età tardoantica II. (
AA.VV.) (Turín: 1993).
I. Velázquez.
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{f.} | Heraldry
¨(De heráldico); sust. f.
1. Conjunto de conocimientos relacionados con los escudos nobiliarios, y arte de
describirlos: su interés por la heráldica le llevó a descubrir la ascendencia noble d
e su familia.
Sinónimos
Armería, nobleza.
à
(1) [Historia]
La heráldica es el arte de los heraldos, oficiales al servicio de reyes y grandes
señores durante la Edad Media que estaban encargados, entre otras cosas, de identi
ficar a los personajes según sus escudos de armas. También puede definirse la heráldic
a como el conjunto de normas que regulan el uso de esas armas.

Escudo tenido por figuras antropomorfas, de tradición ...


En la actualidad se entiende por heráldica la disciplina que estudia todo lo relac
ionado con las armerías y conocimiento del blasón, ese conjunto de emblemas y signos
de identificación aparecidos a comienzos del siglo XII, desarrollados hasta alcan
zar su cenit en el siglo XV y que perduran en nuestros días.
De las palabras incluidas en la anterior definición, las armerías son emblemas de co
lores, propios de una familia, una comunidad o de un solo individuo, sometidas e
n su disposición y en su forma a reglas muy concretas, las del blasón. Su función es l
a de servir como signos distintivos a las familias o a grupos de personas unidas
por lazos de sangre y, generalmente, son hereditarios. Casi siempre suelen repr
esentarse en una forma de escudo.
Origen de la heráldica
El origen de la heráldica data de la primera mitad del siglo XII. Aparece en la Eu
ropa Occidental, y su inicio deriva del armamento defensivo del guerrero en esa ép
oca, irreconocible bajo su armadura y cota de malla, lo que le obligaba a identi
ficarse de algún modo al entrar en batalla, para ser conocido de sus aliados y no
ser atacado por ellos. También influyó mucho la moda de llevar insignias y emblemas
identificativos fuera de la batalla, incluso como adornos de la vestimenta en fe
stividades y exhibiciones.
En este siglo XII se inician en el norte de Europa los torneos o encuentros "int
ernacionales" de gentes de armas; se trataba de encuentros de exhibición (no bélicos
), para ganar prestigio y fama. En estas competiciones caballerescas nace la fig
ura del heraldo de armas, individuo conocedor de los emblemas de cada uno de los
caballeros que intervenían en los torneos, y a quienes les anunciaban en ellos, c
ontando a los espectadores sus biografías, sus éxitos anteriores, e incluso la expli
cación de sus armas. La descripción de esos escudos pasa a las obras literarias, a l
os relatos de epopeyas y gestas. Nace así el gusto por los emblemas y unas ciertas
normas para su regimiento y descripción, lo que se dio en llamar "arte del blasón".

Incluso desde el punto de vista del arte mudéjar, en España, con su sistemática de rep
etición de motivos ornamentales, es muy útil el escudo para dar esa vertiente decora
tiva a telas, vidrieras, pinturas murales, paramentos palaciegos, etc.
Otro factor que está en el origen de la heráldica es el de la necesidad de validar y
autentificar los documentos expedidos por magnates, instituciones públicas y reli
giosas, concejos, cancillerías, etc. La utilización de sellos de cera colgantes de l
os documentos por hilos de seda, y la estampación en esos sellos del escudo de qui
en otorga el documento hace que se establezcan desde ese momento muchos escudos
originales.
El elemento diferenciador del escudo frente a otros rangos de la jerarquía es el u
so de aquél por individuos que pueden transmitirlo a sus herederos; es, precisamen
te, ese signo de algo "personal" que se transforma en "familiar" lo que hace rea
lmente que se desarrolle la heráldica.
Inicios de la heráldica
En España, las primeras muestras heráldicas se encuentran en monumentos y documentos
en torno a la primera mitad del siglo XII. Alfonso VII en Castilla y Ramón Bereng
uer IV, conde de Barcelona, en Aragón, son los primeros magnates en usarlos. En lo
s capiteles del claustro de la catedral de Tudela aparecen unos guerreros que po
rtan largos escudos jaquelados, con bandas y fajas, expresión de utilización del ele
mento y de sus figuras más primitivas. Alfonso VII el Emperador fue quien comenzó a
utilizar un león como emblema personal. Y en esta época surgen en los enterramientos
del monasterio de las Huelgas, en Burgos, múltiples escudos con águilas y leones ar
ropando los cuerpos del infante Fernando y la reina Sancha, muerta en 1179.
A finales del siglo XIII puede considerarse que el sistema heráldico está constituid
o definitivamente. Ya se había utilizado el repertorio completo de esmaltes (color
es y metales) y piezas clásicas. El carácter personal y hereditario de las armerías es
taba afianzado totalmente, y se consideraba que su uso no estaba restringido a n
inguna clase social, pues no existían diferencias de estructura o composición entre
las armas de los nobles y las de los pecheros.
El crecimiento de la heráldica continúa en los siglos XIV y XV, pero se produce cier
ta transformación en este momento. Se abandona el uso de los escudos en el combate
, en el que el elemento distintivo es la bandera, y sólo se usan los blasones como
elementos identificativos en las justas, torneos y pasos honrosos. Se añade al ca
ballero un elemento sobre el casco: la cimera, generalmente utilizando un animal
espantable, como león, dragón, dromedario, etc., para asustar al caballo del contri
ncante. Su elección como elemento "cimero" del escudo hace que las armerías se perso
nalicen aún más.

Conjunto de cimeras europeas (primera mitad del siglo XIV). ...


En el siglo XV utilizan escudos heráldicos todas las clases sociales, todos los gr
upos étnicos, incluso los adoptan las instituciones, los gremios, los municipios,
etc. Su función decorativa se ve sumada a la de representación, aún más que la identific
ativa. Y así se adornan con ellos todos los elementos de edificios (portadas, vent
anas, capiteles) y mobiliario, desde cubertería hasta tapices, bancos o chimeneas.
Incluso se añaden adornos, especialmente cascos con lambrequines o plumajes, tena
ntes animales o humanos, incluso angélicos, que alcanzan a componer todo un mundo
de significados y embellecimientos.

Escudos emparejados. Crónica austriaca de Conrad ...


En el siglo XV se inicia "la ciencia del blasón" como sistema que estudia las arme
rías, sus leyes y su utilización. Se escriben así los primeros "armoriales" o libros-c
olecciones de escudos de armas de familias e individuos. Los "reyes de armas" ap
arecen como especialistas en el tema que dilucidan en dudas o controversias. El
primer libro conocido sobre derecho heráldico es el Tractatus de insignii et armii
del jurista Bartolo de Sassoferrato, de 1359. En esta obra se considera que tod
os los hombres, nobles o no, tienen derecho y capacidad del uso de armas persona
les, de un escudo propio, heredado o creado ex novo. En Castilla es mosén Diego de
Valera en su Espejo de verdadera nobleza escrito en 1441, quien afirma que exis
ten cuatro modos de armas de linaje: "o por herencia de los antecesores o dado p
or el príncipe o ganado en batalla o tomado por si mesmo". Al considerar algunas t
endencias que las armas son exclusivamente una marca de honor, se amplía la teoría d
e que sólo las puede conceder el monarca a quien las haya merecido por un hecho no
table, o surjan de la voluntad real. Desde el siglo XVI, el único medio de obtener
armas nuevas fue el de la concesión real, a través de las descripciones y diseños que
de ellas hacían los oficiales reales denominados "reyes de armas", verdaderos esp
ecialistas en heráldica. Pero es a partir de este siglo en que comienza a hacerse
patente la que se ha denominado "decadencia de la heráldica", acentuada progresiva
mente en las siguientes centurias. Aunque acceden a la nobleza nuevos individuos
, y crean sus armas, lo hacen descuidando organización, combinación de esmaltes y ut
ilización de figuras, exagerando en muchos casos, y en otros tergiversando las ley
es del blasón que se habían impuesto como clásicas en la Edad Media. En el siglo XVII
se empieza a considerar la heráldica como una materia de estudio y se elaboran una
serie de tratados teóricos. A finales de esta centuria se intenta en Francia conv
ertir la heráldica en una disciplina histórica con criterios similares a los utiliza
dos en la diplomática o sigilografía, surgidas entonces. El Marqu és de Mondéjar en sus
varias obras sobre historia de la monarquía castellana y su propia familia mendoci
na, trata el tema de la formación y evolución de las armerías con un criterio histórico,
pero sin alcanzar en ningún caso el rango de tratado. Ya en el siglo XVIII serán la
s obras de José de Avilés las que con su gran difusión popularicen las reglas del blasón
en nuestro país, aunque la perspectiva racionalista de ese siglo nunca apoyara el
sistema heráldico al negarle base racional. E incluso las reformas de tipo libera
l que van surgiendo a lo largo del siglo XIX, a partir de las Cortes de Cádiz, en
las que todo lo relacionado con la nobleza y la aristocracia queda radicalmente
desprestigiado, harán decrecer aún más la popularidad y uso del blasonado. A partir de
la Constitución de 1837, los tribunales de justicia dejan de intervenir en los pr
ocesos de hidalguía, se cierran los libros de armería que registraban las concesione
s de títulos y escudos, y cesan en su empleo los "reyes de armas", cuyo oficio se
extingue. Los prejuicios hacia la heráldica se hicieron en este siglo XIX más intens
os en los países mediterráneos (España, Italia y Francia) que en los del norte (los te
rritorios del Imperio Austro-Húngaro, incluyendo Alemania y Checoeslovaquia), lo q
ue supone un abandono del uso de los emblemas que ha durado hasta hoy.
Elementos heráldicos
De una manera clásica, la palabra "armas" en heráldica comprende una serie de elemen
tos que participan en ella: el escudo, que es el principal, y sus complementos c
omo son el casco, la cimera, los soportes, los lambrequines, los mantos, las car
telas, los tenantes, etc. En el comienzo de la edad heráldica, el escudo era el únic
o elemento, al que se fueron añadiendo los referidos complementos, que en algunos
casos de heráldica barroca y sobre todo novecentista llegaron a engullir y casi an
onadar al escudo.

Armas de los Barlett. Con cimera animal, casco y ...


La esencia de las armas siempre ha sido el escudo. En la Edad Media este era sim
ple, sencillo, lógico en su estructura y composición. La parte sobre la que asienta
y existe por sí el escudo es el campo, que puede definirse como la superficie limi
tada por los perfiles del escudo o por los de una partición del mismo. Las formas
más primitivas de los escudos derivan precisamente de su uso militar, como protecc
ión corporal. Vemos así cómo los escudos del siglo XII tienen forma de almendra alarga
da a la que más tarde se recorta la parte superior y origina el modelo triangular
alargado. En el sigo XIII disminuye su tamaño y, mientras en el área anglofrancesa s
e mantiene su forma apuntada, en la Europa mediterránea se redondea la parte infer
ior, originándose el escudo en forma de letra "U" al que se la denominado escudo e
spañol, que es el más utilizado hoy día en España.
Las formas y dimensiones de los escudos se transformaron según gustos estéticos ajen
os a criterios y disposiciones racionales; en la Edad Media se adoptaron formas
propias para mujeres y eclesiásticos (habitualmente el formato elipsoidal vertical
) y para los municipios el romboidal, pero en ningún caso esto fue de uso general.

Otro elemento fundamental del escudo son los esmaltes con los que se pinta. Esta
s coloraciones cubren tanto el campo del escudo como las piezas y figuras en él co
locadas, y existen dos grupos: los metales y los colores. En el idioma heráldico sól
o cabe utilizar dos metales (oro y plata) y cuatro colores: el sable (negro), el
gules (rojo), el azur (azul) y el sinople (verde). Estos esmaltes deben poseer
gran intensidad cromática y representarse de forma plana, nítida y uniforme, sin som
bras ni matizaciones. Es esencial según el lenguaje heráldico no poner metal sobre m
etal ni color sobre color: ello obedece en esencia a conseguir una mejor visibil
idad de las formas y figuras del emblema. A veces se usan figuras "en su color",
como castillos, edificios o personajes. A raíz de la expansión por la Europa del si
glo XV de las ideas caballerescas y cortesanas, en muchos tratados, relatos y di
squisiciones seudohistóricas que incluían descripciones de armerías se atribuían a los e
smaltes valores representativos de determinadas virtudes, de piedras preciosas,
de planetas y astros, etcétera. Eran interpretaciones que nacían de la mentalidad ba
jomedieval, pero que la crítica actual desecha como meras elaboraciones literarias
y huecas.
Según la forma en que se divide, el escudo recibe varios calificativos: acuartelad
o, el que está dividido en cuatro partes o cuarteles por una cruz; burelado, el qu
e tiene cinco fajas o bandas horizontales de color y otras cinco de metal; calza
do, el que está dividido por las líneas que parten de los ángulos superiores del jefe
(parte superior) y van a converger en la punta; cortado, el que está dividido hori
zontalmente en dos partes iguales; cortinado (o mantelado), el que está partido po
r dos líneas verticales entre el jefe y los cantones de la punta; enclavado, el qu
e está dividido en dos partes, una de las cuales monta sobre la otra; fajado, el q
ue tiene tres bandas horizontales de color y tres de metal; partido en banda (o
por banda); raso, el que no tiene adornos o timbres; tajado, el que está dividido
por una línea diagonal que baja de izquierda a derecha; tronchado, el que está divid
ido por una línea diagonal que baja de derecha a izquierda; vergeteado, que está div
idido en diez o más bandas verticales o palos.
También deben mencionarse los forros como un elemento de cubrición del campo, de sus
piezas y figuras. Son la representación estilizada de determinadas pieles emplead
as en el adorno de vestiduras ricas y lujosas: son los armiños y veros. Figuradame
nte, los armiños representan el pelaje invernal de dicho animal y se dibujan como
manchas negras que imitan las colas del animal, puestas a intervalos regulares s
obre fondo blanco. Los veros simbolizan la piel de la ardilla o de la marta cibe
lina, que tiene el lomo gris azulado y el vientre blanco, y se colocan en series
de cuatro o cinco figuras semejantes a campanas que se encajan invertidas unas
en otras, combinando los colores blanco y azul.

Las figuras heráldicas


El campo del escudo se rellena de las llamadas figuras heráldicas. Clásicamente, se
consideran tres grupos de figuras: las particiones, las piezas y los muebles.
Las particiones son divisiones del campo del escudo, semejantes en tamaño. Origina
riamente fueron formas heráldicas en sí mismas, pero con el paso del tiempo empezaro
n a emplearse para reunir en un solo escudo diferentes armas.
El escudo llano, de un solo color, es muy primitivo y se usó poco. Baste recordar,
por ejemplo, el escudo llano de oro de los del apellido castellano de la Vega.
Algo más frecuentes fueron el escudo cortado, el partido y el tronchado. También se
consideran particiones las resultantes de dividir el campo con múltiples líneas cruz
adas diagonal o verticalmente; aparece así, en el primer caso, el losangeado, y en
el segundo el jaquelado (o ajedrezado) y el triangulado (vid. supra).
Las piezas son unas representaciones geométricas que se caracterizan por ocupar si
empre el mismo lugar en el campo y, en principio, un tercio de su superficie. Su
origen primitivo se encuentra en el diseño del vestuario, las banderas y los elem
entos de refuerzo y adorno de las planchas del escudo. Las piezas más frecuentes s
on: el jefe o cabeza, el palo, la faja, la cruz, la banda, el cabrio, el sotuer
o aspa y la bordura. Menos usadas son la campaña, punta o pie, el escusón, la pila,
la barra y el jirón.
Estas piezas pueden sufrir ciertas modificaciones. La principal es la disminución
de la anchura por acumulación de piezas iguales o por ir acompañadas de muebles. De
esta manera, la faja da lugar a buretas y gemelas (colocadas dos a dos), la band
a a cotizas y bastones, etc. Otra variación de las piezas viene dada por las líneas
que la limitan, que pueden ser ondeadas, vibradas, angreladas, denticuladas, bre
tesadas etc. Aunque se podrían elevar casi al infinito las variaciones que la heráld
ica clásica ha prestado a las piezas del escudo, cabe mencionar aquí la repetición, en
número par, de una misma pieza alternando esmaltes distintos, generalmente un met
al y un color; entre ellos fajados, burelados, palados... Quizás el ejemplo más repr
esentativo de ello, el escudo heráldico de Aragón y Cataluña, el palado de oro y gules
.
Es muy peculiar, finalmente, la pieza llamada bloca o carbunclo, popularmente co
nocido como "las cadenas de Navarra", cuyo origen se relaciona con el refuerzo m
etálico que llevaban, en esa misma disposición radiada, los escudos de guerra.
Finalmente, los muebles forman el grupo de elementos heráldicos que pueden colocar
se en cualquier lugar del campo. Son, por lo tanto, móviles (muebles). Su número es
inacabable. Prácticamente cualquier cosa puede figurar como mueble en un escudo. D
esde objetos naturales (animales, accidentes geográficos o planetas) a artificiale
s (objetos, máquinas, edificios y símbolos) que, en cualquier caso, deben ser reprod
ucidos estilizadamente y, a ser posible, conforme a los cánones clásicos que la trad
ición ha concedido a cada objeto (castillos de tres torres, más alta la central que
las laterales; perros alzados junto a un árbol, etc.) En general, los muebles debe
rían adaptarse lo más posible a las originarias formas medievales de representación, p
ara conceder mayor pureza a la heráldica. La adaptación a los contornos del campo es
fundamental, así como nunca retratar personajes o edificios concretos, individual
izados. La colocación de las figuras en el campo debe hacerse adaptándose tanto a lo
s límites del escudo como a la forma de los mismos muebles. Esos muebles pueden co
locarse en palo (uno sobre otro), en faja (uno junto a otro), en sotuer (cinco f
iguras en aspa), en sembrado (llenando todo el campo con los muebles repartidos
por él, etc.)
Entre los animales que más utiliza la heráldica están el lobo, el león, el águila, el perr
o, el ciervo, y entre los mitológicos el dragón y el grifo. Siempre han de represent
arse con ademán feroz, agresivo, exagerando su físico y en unas posiciones convencio
nales que no deben alterarse.
También son muy utilizados como muebles el árbol, los crecientes (una media luna con
la concavidad hacia la punta del escudo, las estrellas y los castillos. Pero la
variedad de muebles en heráldica es infinita, y además hoy día en la creación de nuevos
escudos, especialmente de municipios, se utilizan muchos relacionados con la vi
da y la civilización actual.
Complementos heráldicos
Alrededor del escudo se colocan (por encima, a los lados, debajo del mismo) una
serie de objetos que constituyen los que se denominan complementos, y en los que
a su vez pueden considerarse dos tipos: el timbre y los ornamentos exteriores.
El timbre es el símbolo que se coloca encima del escudo para conferirle un signifi
cado de rango, para catalogarlo, aunque sea el mismo para varias personas del mi
smo linaje, como perteneciente a uno u otro individuo, a una u otra jerarquía. Los
timbres más frecuentes son el casco (o yelmo), la corona y los capelos eclesiástico
s. El casco tiene el morrión (la rejilla para mirar el caballero desde su interior
) orientada hacia la derecha. Durante algún tiempo se consideraba obligado a los b
astardos timbrar sus escudos con un casco cuyo morrión mirara a la izquierda. Los
cascos suelen ir surmontados de una cimera, a veces sobre una corona de laurel o
ramas. Y sobre el casco, o por detrás de él, a veces aparece el mantelete, pieza de
tela destinada a proteger el casco y la cabeza de los rayos del sol; iba unido
a la cimera y para disimular la unión se colocaba una trenza de telas conocida com
o barelete. El afán decorativo hizo recortar los bordes del mantelete, y así apareci
eron como grandes hojas de cardo que constituyeron los lambrequines. Sus colores
eran generalmente los de las armas en su parte posterior, y el metal de las mis
mas pintaba el interior o parte frontal de este mantelete o lambrequines.
Las coronas son muy variadas, y existe una clasificación que clarifica su signific
ado. Los reyes portan como timbre de su escudo la corona real, que puede ser abi
erta o cerrada (recubierta con tela de brocado sobre los elementos metálicos); los
duques la corona ducal, etc. Y en el mundo eclesiástico, el timbre es el capelo,
del que cuelgan borlas a los lados, que también, según su número, expresan con clarida
d el cargo del individuo poseedor del escudo (un obispo presenta tres borlas en
la parte baja de su capelo, un arzobispo cuatro, un cardenal cinco, etc.). El es
cudo del Papa de la Iglesia Católica se timbra con la tiara o gorro de San Pedro.
Los ornamentos eclesiásticos aparecen en el siglo XIV y se desarrollan con gran va
riedad y de manera desordenada hasta su regulación en 1832 por la Sagrada Congrega
ción del Ceremonial. Además del capelo, estos timbres son muy variados: mitras, cruc
es, báculos, y otros elementos comunes a las armerías civiles. En el siglo XVI Felip
e II estableció una serie de medidas que regulaban el uso de coronas, las cuales f
ueron se emplearon sólo por la nobleza titulada. Hoy día el uso de las coronas como
timbre queda restringido al Rey, a los títulos del reino y a los municipios.
Otro de los más conocidos complementos heráldicos son las divisas y los lemas, coloc
ados en el exterior del escudo, estos emblemas tienen unas veces sentido simbólico
y otras valor puramente decorativo. Su uso era absolutamente individual, de tal
modo que aunque las armas fueran usadas igual por una serie de hermanos o miemb
ros de un linaje, cada uno podía adoptar lemas o divisas personales y distintas. S
u máxima difusión se dio en Inglaterra, y en la Península Ibérica se impusieron en el si
glo XV. Hay que recordar, por ejemplo, la divisa de "Ave María, Gratia Plena" que
los de la Vega pusieron sobre el campo dorado de su escudo, y luego figuró ya siem
pre en la enseña propia de la familia Mendoza. También suelen aparecer cortas frases
relacionadas con la divisa o totalmente ajenas a ella que reflejan gran varieda
d de temas generalmente referentes al propietario o al linaje. A veces el lema v
a colocado como bordura del escudo, pero lo habitual es que se encuentre fuera.
Otro complemento, más bien decorativo, y muy variado, es el de los soportes, que s
e denominan así cuando son animales, y tenantes cuando son antropomorfos, los cual
es se clasifican a su vez en humanos o angélicos.
Ejemplo de escudo de armas tenido por figuras ...
En la Edad Media castellana es ampliamente utilizado el modelo de tenante salvaj
e, individuos fuertes, velludos y desnudos, que, como simbolismo de la pureza hu
mana no contaminada por la civilización pecadora, sostienen las armas de los noble
s de los siglos XV y XVI. El menor ejemplo se puede ver en el el escudo de los D
uques del Infantado sobre la fachada de su palacio en Guadalajara. Aunque, por l
o general, las dos figuras suelen ser iguales, se pueden producir combinaciones:
a veces son pajes quienes sostienen el escudo, como en el del conocido Doncel d
e Sigüenza, y otras veces son una pareja de ángeles. Es especialmente hermoso el eje
mplo tallado en madera y policromado del escudo de doña Isabel de Portugal, mujer
del rey Juan II de Castilla, tallado en el retablo mayor de la Cartuja de Mirafl
ores de Burgos. En España fueron más raros los soportes animales. El escudo puede ta
mbién apoyarse en una única figura: un ángel, árbol, águila, cisne y otros varios.

Escudo de Don Pedro González de Mendoza, Gran Cardenal de ...


También se considera complemento el manto que se pone tras algunos escudos, reserv
ado únicamente para los titulares de grandeza de España, además del propio Rey. Se rep
resenta como una colgadura recogida en los lados, dentro de la cual se coloca el
escudo.
Muy utilizados, al menos en el período barroco, son los complementos de tipo milit
ar y guerrero, como las banderas, estandartes, lanzas, tambores, incluso arcabuc
es y picas. Venían a significar los trofeos ganados en campaña que, en ocasiones, y
debido a su importancia, entraron a formar parte de las armerías con carácter heredi
tario. Se colocan tras el escudo, asomando por los bordes.
Finalmente, son utilizadas como complementos determinadas insignias de dignidad
que indican la pertenencia del propietario del escudo a alguna orden o corporación
. En España son especialmente frecuentes las cruces de las órdenes militares, que se
colocan "acoladas" tras el escudo, cubiertas por éste, que dejan ver solamente la
s puntas de sus brazos, y que, además de permitir una fácil identificación de la orden
, señalan al poseedor del emblema como caballero de la misma. También se colocan col
lares pertenecientes a órdenes, es el más frecuente el de la Orden del Toisón de Oro,
que en España queda restringido prácticamente a la realeza. Más modernamente aparecen
poseedores del collar de la Orden de Carlos III, creada en el siglo XVIII.
Junto a estos ornamentos existen otros puramente decorativos, muy utilizados, co
mo las cartelas, rocallas y grutescos, las guirnaldas de flores, etc. Estos último
s complementos son especialmente profusos en los escudos del siglo XVIII, época de
l barroco y del rococó europeo.
Modificaciones heráldicas
Algo que caracteriza plenamente a la heráldica es la capacidad de los emblemas per
sonales para generar otros a partir de la combinación de armerías previas. Podía darse
en herencia, y eran manifestaciones más que de una persona, de un linaje. La tran
smisión de las armerías se hizo también por otras vías: compra de señoríos, enlaces matrimo
iales, conquistas, etc. Si alguien había alcanzado el derecho a tener dos o más embl
emas, podía presentarlos unidos, formando a su vez un nuevo emblema, un escudo dis
tinto del que traían sus antepasados o antecesores. De ahí que el desarrollo de la h
eráldica se hiciera también en el camino de la combinación de armerías. A comienzos del
siglo XIII se empieza a usar en la Península Ibérica la posibilidad de combinar las
armerías de los linajes paterno y materno en uno solo y nuevo.
Los varios sentidos con que se empleaban los distintivos: personal, familiar o t
erritorial, o su condición paterna o materna, influyeron en la ordenación de las ram
as, por lo que el linaje paterno solía colocarse en el campo predominante, de mayo
r jerarquía, cual es el derecho en un partido, o el superior en un cortado.
La forma más antigua de combinar las armerías fue partiendo el escudo, transformando
su campo, de forma vertical, en dos juntos. Al tener luego que unir más de dos, o
bien dos armerías ya previamente presentadas en partido, se tuvo que recurrir al
cuartelado, formato surgido en el área castellana a principios del siglo XIII, que
poco después alcanzó un gran auge, y se extendió por toda la cristiandad. Una auténtica
moda del cuartelado se impuso por Europa, hasta el punto de que los monarcas hu
bieron de conceder nuevos emblemas a algunos nobles para que pudieran presentarl
os en cuartelado con las anteriores. Esta moda se ha extendido hasta hoy mismo,
pues las armas simples, sin cuartelar, son hoy escasas en el conjunto europeo. E
l primer cuartelado se encuentra en los sepulcros de doña Sancha de León y don Ferna
ndo de Navarra, labrados entre 1215 y 1220. Esta novedad castellana aprovechó la p
artición en cuartelado, ya utilizada como emblema, para exhibir unidas dos armerías
existentes en un solo escudo. En el reinado de Alfonso X el Sabio, tras su difus
ión por Castilla, esta norma trasciende por Europa y llega incluso a Suecia, pasan
do antes por Aragón, Navarra, Foix, Francia, Inglaterra, Hungría y Polonia. Durante
el siglo XIII, la forma más habitual de distribuir estas armas cuarteladas es la c
ombinación de las armas paternas y maternas, pero hubo otros sistemas, como el emp
leado por las mujeres casadas para unir sus armas a las del marido. También para u
nir las armas de dos territorios diferentes. Desde el siglo XIV se empiezan a ut
ilizar otros modos de cuartelado: los terciados en pal, con dos trazos divisorio
s verticales y uno horizontal, son el origen de esta última fórmula, muy de moda en
el área aragonesa a mediados del siglo XV. En la casa real de Aragón, procedente del
cuartelado en cruz castellano, aparece la división en aspa que los heraldistas ca
talanes del siglo XV denominaron franje, como es la clásica disposición de las armas
de los Mendoza y de la Vega.
Otra forma de combinación es el mantelado, como derivación del cuartelado, que emple
a una partición triangular en el campo del escudo para combinar dos armerías. Y fina
lmente la bordura, como posibilidad de exponer en el escudo unas segundas armas
de menor rango que las principales. Puede que el origen de este uso se encuentre
en las placas funerarias toledanas del siglo XIII cuya leyenda estaba enmarcada
por una franja con una hilera de emblemas repetidos. Esta idea fue tomada por l
a heráldica para combinar unas armas secundarias, generalmente las maternas, con l
as principales. Se usó esta fórmula también para poder disponer las armas de la mujer
en torno a las de su esposo y, más adelante, para unir a las armas propias, del li
naje, otras con sentido territorial o de homenaje a un superior jerárquico.
Armas de Robert Gladstone. Lleva un campo con bordura, ...
Muchas otras formas de combinación de armerías se utilizan a lo largo de los siglos
de la heráldica clásica. Por ejemplo, la llamada "fusión de armerías" que proponía present
ar, en un solo campo, las figuras y muebles de dos escudos previos o linajes dif
erentes, creando un nuevo emblema. La jerarquía de una pareja de armas se dilucida
a veces poniendo las principales en la partición superior y estrecha a la que lla
man "jefe" del escudo. Otras veces se coloca como un pequeño escudo justo en el ce
ntro del escudo principal. A esto se le llama "escusón".
Finalmente, cuando tras varias generaciones ocurrían cambios en la titularidad de
una casa, herencias bastardas, variaciones en la jerarquía de los linajes, etc., d
ebía recurrirse a lo que se llama la "brisura" o diferencia con las armas originar
ias.
Las brisuras son las alteraciones de unas armas para poder diferenciarlas de las
originarias o "armas plenas". Como las armas son, por una parte, un distintivo
personal, y por otra un signo de pertenencia a un determinado grupo familiar, es
tos dos conceptos generaron desde un principio una lógica tensión en sus usos. En el
área española, y debido al sentido netamente familiar de las armerías, el uso de bris
uras no alcanzó un uso amplio. Estas brisuras se aplicaron fundamentalmente en rel
ación con variaciones territoriales o de legitimidad/bastardía de las "armas plenas"
u originales de algunos solares/linajes. Un ejemplo se puede ver en la familia
real castellana: a mediados del siglo XIII, los hijos de San Fernando diferencia
n sus armas de diversas maneras: combinan las armas paternas con las maternas o
cambian la figura manteniendo los esmaltes. En la casa real aragonesa aparecen d
iferenciadas a finales del siglo XIII entre los hijos de Pedro III. Se pueden co
nsiderar brisuras estas modificaciones, aunque con técnicas diferentes a las clásica
s europeas.
En época moderna, incluso hoy día dentro de las familias que mantienen vigentes sus
armas (especialmente la nobleza titulada), el uso más extendido para portar armas
consiste en combinar los cuatro primeros linajes, con lo que todos los hermanos
las tienen iguales; la diferencia se establece sucesivamente en cada generación qu
e mantiene el cuartel del primer linaje paterno combinando los otros tres; ahora
bien, en el caso de título nobiliario, quien lo ostenta añade en escusón las armas de
l título que corresponden al primero que lo recibió.
La ciencia del blasón
Se denomina "ciencia del blasón" al conjunto de reglas, figuras y términos que se ut
ilizan para la descripción las armas heráldicas, pero no a su representación. Nunca de
be utilizarse la palabra blasón para referirse a un escudo figurado (pintado o esc
ulpido) sino para un escudo descrito en lenguaje heráldico. Así pues, la ciencia o a
rte del blasón es la capacidad de realizar una correcta y completa descripción heráldi
ca.
Esta ciencia posee un lenguaje propio, imprescindible para obtener una exactitud
y precisión en la descripción de las armas. Nace, como es lógico, al mismo tiempo que
las armerías, y ya en el siglo XIII estaba totalmente desarrollada. Como en España
no existió el arte de blasonar hasta el siglo XV o incluso más adelante, las palabra
s que en esta lengua se refieren al mismo están en su mayor parte adoptadas del fr
ancés o del inglés medieval, lo que da a la heráldica un cierto tono de ciencia oculta
, con su lenguaje extraño a los profanos, y que a veces hace caer en la pedantería a
determinadas personas. En esencia, el blasón es el lenguaje utilizado por los her
aldos para describir las armas existentes y definir las nuevamente creadas.
La técnica de blasonar requiere la utilización de un lenguaje muy sencillo, muy prec
iso, y expuesto con brevedad. Hay que evitar efusiones líricas en cualquier caso,
y dar en frases escuetas, con las palabras exactas, la descripción del escudo. Hay
que tener en cuenta, en primer lugar, que los escudos se describen a la inversa
, como si el lector se pusiera el escudo bordado sobre su pecho. De esta manera,
cuando al escudo lo miramos de frente, su lado derecho queda a nuestra izquierd
a y su siniestro a nuestra derecha.
Y pasando a describir el escudo, a blasonarlo, lo primero que debe hacerse es ex
presar de qué forma es el referido escudo (español, italiano, ovalado, romboidal, et
c.) y a continuación el esmalte del campo, que puede referirse simplemente con su
calificativo, así: de oro. Después se describen las figuras con su esmalte propio, p
rimero las piezas y luego los muebles, si los hay. Si el escudo es compuesto se
indica la partición, describiéndose las distintas partes como si fueran escudos dife
rentes, empezando siempre por el primero de la derecha (recuérdese que queda a nue
stra izquierda). Así debería decirse de un escudo partido: escudo español, partido, pr
imero de gules, un castillo de oro; segundo de plata, un león rampante de gules. S
i sobre el conjunto va alguna pieza, como por ejemplo un escusón, ésta se blasonará al
final. La última parte de la descripción se reserva para el timbre, los ornamentos
exteriores, las cartelas, etcétera.

Heráldica de los municipios

Escudo de armas de Albarracín (Teruel).


En la actualidad está muy de moda que cada ayuntamiento tenga y utilice, con profu
sión, su escudo de armas. Es lógico que así sea, pues qué mejor forma que exponer la pre
sencia de una institución que con su emblema al frente. Existen países europeos en l
os que todos y cada uno de los municipios del país tienen su escudo de armas, much
os de ellos de antigua solera. Ocurre esto especialmente en Chequia, en Eslovaqu
ia, y son también muy abundantes en Polonia, Alemania, Holanda, Bélgica, Inglaterra,
etc. En España va aumentando su número progresivamente, y aunque muchos municipios
poseen armas legalizadas y reconocidas desde la Edad Media, muchos otros han acc
edido a su símbolo heráldico en tiempos muy recientes.
La heráldica concejil se inicia en los sellos de cera y plomo propios de los conce
jos, y utilizados por estas entidades locales al menos desde finales del siglo X
II.
En la clasificación habitual de los escudos heráldicos municipales, se consideran cu
atro tipos fundamentales: históricos, parlantes, religiosos y descriptivo-geográfico
s, aunque puede haber muchos otros. Entre los primeros se contabilizan aquellos
que han adoptado como armas municipales las propias del linaje que ostentó durante
siglos el señorío del lugar o villa. Es muy frecuente este caso. Se ve en los puebl
os de las provincias de Madrid, Guadalajara o Burgos con las armas de los Mendoz
a, que durante siglos señorearon amplias zonas de estas tierras. Los parlantes son
aquellos que llevan algún elemento que hace referencia al nombre del pueblo. Torr
elaguna, en Madrid, aunque sus armas son de muy antiguo uso, muestran una torre
sobre las ondas de agua de una laguna: sería un ejemplo de armas parlantes. Los re
ligiosos ofrecen las imágenes de vírgenes y/o santos protectores y patrones. Y en fi
n, los descriptivo-geográficos, que son los elementos que más se adoptan modernament
e para la composición de los nuevos escudos, pueden ser variadísimos, pues mientras
Getafe, en Madrid, utiliza un campo sembrado de aviones para simbolizar su dedic
ación a la aviación, Azuqueca de Henares, en Guadalajara, ofrece una torre de chimen
ea (alusión a la de la fábrica de vidrio que cambió hace 25 años el rumbo de su historia
) y dos espigas de trigo que simbolizan la producción de sus campos.
En otros países, como Alemania o Suiza, las armas municipales han permanecido inva
riables desde la Edad Media, excepto aquellos acrecentamientos o cambios realiza
dos por los reyes en premio a diversos servicios y acciones. Aunque también la herál
dica municipal española puede presumir de gran antigüedad, está necesitada siempre de
supervisión e incluso alguna que otra reforma no le vendría mal para eliminar los im
portantes defectos formales de los que adolece y así le permita ser un recuerdo vi
vo que enlace con el pasado.
Heraldos, cronistas de armas y armoriales
Un aspecto muy interesante de la heráldica son los personajes que a lo largo de la
historia hicieron de definidores de armas y creadores de simbología para las mism
as: los heraldos y los Cronistas Reyes de Armas. Y aquellos libros, la mayoría man
uscritos muy antiguos de hermosa y venerable apariencia, que ofrecían dibujados, c
oloreados y explicados en colecciones los escudos de personajes, linajes e insti
tuciones: los armoriales.
El heraldo es el protagonista principal de la heráldica a lo largo de muchos siglo
s. Las más antiguas referencias los presentan en el ambiente juglaresco con un pap
el más ceremonioso que práctico, pues se dedicaban a llevar mensajes de guerra y a e
laborar relaciones de caballeros presentes en una hueste para establecer la prec
edencia entre los nobles. Su fama se fraguó, sin embargo, gracias al papel que jug
aron en la escenografía y ceremonial de los torneos. Los heraldos reconocían a los c
ombatientes por sus armas, los anunciaban al entrar en las lizas y proclamaban a
los valientes además de actuar ocasionalmente como jueces. En sus comienzos, esto
s personajes no estaban al servicio de ningún señor, sino que vagaban de torneo en t
orneo buscando quien les pagase por sus servicios. A finales del siglo XIII e in
icios del XIV los heraldos empezaron a formar parte de las casas de los reyes y
grandes señores y, aunque todavía eran considerados como ministriles, su posición se e
stabilizó. En esta situación de oficio estable, los heraldos se encargaban de la org
anización y estructura de los torneos, controlando el derecho de los asistentes a
participar en las justas; también ejercían de mensajeros en tiempo de guerra, embaja
dores en tiempo de paz, traductores..., un poco como modernos diplomáticos y "rela
ciones públicas". Sin duda muchos de ellos alcanzaron a ser expertos genealogistas
, registrando las armas de los caballeros de su reino, las de las instituciones
reales y estatales, y las de los municipios. Servían, incluso, para reconocer con
detalle a las tropas enemigas en batalla, a sus jerarquías, e incluso para hacer l
a identificación de los muertos tras las batallas. Muchos de estos heraldos, espec
ialmente en la Baja Edad Media, fueron los autores de los más importantes tratados
del blasón y colecciones de armerías (armoriales) algunas veces trascendidas en ver
daderas joyas literarias en las que se cantan las hazañas de personajes y linajes.
Cabe mencionar, a modo de breve ejemplo, los libros del valenciano Zapata, quie
n con su Carlos Famoso de mediado el siglo XVI hace un recuento y descripción deta
lladísima de la heráldica de los principales linajes de España. Los sacó -dice el autor
en su preámbulo- de los que estaban pintados en los techos (hoy desaparecidos) del
Palacio del Infantado de Guadalajara. Y tampoco es posible olvidar los tratados
de Blasón de Pedro Gratia Dei, heraldo y rey de armas de los Reyes Católicos, de lo
s que se hicieron miles de copias a lo largo de los siglos modernos.
Respecto a los Cronistas Reyes de Armas, cabe traer a colación que todavía existe en
la legislación española la figura del Cronista Rey de Armas, dependiente del Minist
erio de Justicia. Lo cierto es que hoy en día carece de contenido, y apenas tiene
atribuciones, traspasadas en gran modo a las Comunidades Autónomas. En toda Europa
existen estas figuras: en Gran Bretaña actúa por delegación regia, y en otros países ti
enen una función de asesoría heráldica, con la expresa misión de registrar las armas de
modo oficial.
Debido al creciente interés por lo heráldico, tanto particular como institucional y
municipal, y teniendo en cuenta la tradición española en este apasionante campo de l
a heráldica occidental, sería importante promover en España el resurgimiento, si no de
esta figura, al menos de sus funciones.
Los armoriales o libros manuscritos en los que se dibujaban coloreados los escud
os de armas de linajes e instituciones fueron generalmente redactados, y a veces
ejecutados materialmente, por los Reyes de Armas o heraldos. En España han existi
do estos armoriales desde la Baja Edad Media, y en este sentido podemos recordar
, como los más famosos, y antiguos, el Libro de la Cofradía de los caballeros de San
tiago de la Fuente de Burgos, empezado a redactar y ofrecer sus dibujos en 1338,
y la lista de cofrades de la Cofradía de San Pablo de Tarazona de 1361. Los mejor
es armoriales españoles son del siglo XVI: concretamente el debido a Pedro de Torr
es, el Armorial de Aragón, hecho en Zaragoza en 1534, y el Libro de Armería de Navar
ra, de finales del siglo XVI, conservado hoy en el Archivo General de la Diputac
ión de Navarra.
Pero después se hicieron muchos otros libros, con dibujos o sin ellos, que tuviero
n tal extensión que muy pocas bibliotecas que se preciaran carecían de ellos. Herald
os castellanos como Diego de Urbina o Pedro Gratia Dei; heraldos aragoneses y ca
talanes como Jacquet de Portaubert, Jean de Bar, Joan de Mon y Garci Alonso de T
orres, además de autores diversos, como Ferrand Mexia con su Nobiliario Vero se en
cargaron de propagar a muy amplios niveles de la sociedad la información veraz y r
igurosa sobre la ciencia heráldica. Los armoriales españoles (en Europa también existe
n, y hay verdaderas maravillas) suelen ser de variados tipos: unos se limitan a
blasonar las armas, otros sólo dibujan los escudos y algunos incluyen elementos co
mplementos (cimeras, soportes, etc.) que añaden belleza a la representación. Algunos
ejemplares se hallan redactados en verso.

La heráldica en la actualidad
Aunque no es posible decir que la heráldica viva hoy un momento de esplendor, ni s
iquiera de renacimiento, sí que es evidente que es una materia muy comúnmente utiliz
ada, y que su conocimiento, aunque sea superficial, conviene a cualquier persona
culta. Muchas personas poseen y utilizan sus escudos legítimos en cartas, tarjeta
s, estandartes. Los Ayuntamientos españoles, poco a poco, van adoptando sus emblem
as heráldicos, y aunque muchos los tienen ya perfectamente descritos desde la remo
ta Edad Media, otros los crean hoy como un elemento diferenciador y definitorio
de un lugar concreto. El interés científico, como auténtica ciencia auxiliar de la his
toria, hace del estudio de la heráldica también un paso imprescindible para alcanzar
un conocimiento exacto de muchos temas de ámbito humanista.
Pero ocurre también que el hecho de ser utilizada la heráldica por muchas personas,
con variedad de formaciones y multiplicidad de intenciones, a veces no legítimas,
supone una tergiversación de su significado, y un cúmulo de errores que a muchos pue
den confundir. Existen además un importante número de prejuicios, fuertemente arraig
ados, que son inconsistentes y conviene desde aquí ayudar a erradicar. Es por ello
que se debe insistir en las siguientes ideas:
- La heráldica no sirve para la vanagloria de un grupo privilegiado; se trata fund
amentalmente de una ciencia auxiliar de la Historia.
- Las armas no son signo de nobleza excepto en muy contados casos. Actualmente e
n la legitimación de un título no se contempla la posesión de escudos.
- Todo el mundo tiene derecho a ostentar emblemas heráldicos, siempre que respeten
en su estructura las costumbres heráldicas y la legislación de uso vigente en la ac
tualidad.
- Las armerías no corresponden a apellidos, sino a linajes, y así las armas de dos p
ersonas que llevan el mismo apellido, pueden ser diferentes, y viceversa.
- No existe un valor simbólico ni para los esmaltes ni para las figuras heráldicas,
excepto en la literaria imaginación de algunos autores.
Hoy en día, en España, existen tres formas de obtener armas propias: por concesión rea
l, por herencia o por propia y personal atribución. La primera es muy restringida
y escasa, pero las otras dos son más fácilmente alcanzables. En cualquier caso, y a
pesar de la relación legislativa sobre estos temas en la actualidad, debe tenerse
clara conciencia de que los escudos de armas son emblemas de identificación y de p
ropiedad personales, y por ello no pueden usarse por otro que no sea el titular
o los autorizados por él.
Si alguien desea -lo cual es posible-, realizarse un escudo de armas para utiliz
arlo como de su propiedad, debe tener en cuenta algunas normas elementales, que
las hagan ser correctas y que reúnan esa corrección en los ámbitos técnico y legal.
Bajo el punto de vista técnico, la regla de oro de la heráldica, vigente desde los o
rígenes es la de no tomar las armas de otro. Y, por supuesto, seguir en su formación
, composición y descripción, las correctas reglas de la ciencia del blasón, que resumi
das se han expuesto en párrafos anteriores. En líneas generales, en toda composición h
eráldica debe buscarse la sencillez, la claridad y la visibilidad, alejándose de la
complicación que estuvo tan de moda en la época barroca; con pocas figuras, escaso u
so de la figura humana y de los colores naturales y búsqueda siempre de la estiliz
ación se obtendrán escudos de gran calidad plástica. No se deben olvidar los elementos
de la vida moderna que, debidamente estilizados y con colores apropiados, tiene
n perfecta cabida en el actual sistema heráldico (tan de uso cotidiano era en el s
iglo XIV una rueda de molino como hoy lo es un ordenador). En cualquier caso, y
para asegurarse de que todo es correcto, lo mejor es investigar sobre libros de
heráldica, y consultar con algún especialista que tenga acreditados conocimientos de
la materia.
Desde el punto de vista legal, cualesquiera armas que se creen, tanto desde el p
unto de vista personal como institucional, deben ser legalizadas para su uso públi
co e impedir así la apropiación indebida. Hoy en día, la legislación vigente es diferent
e para cada comunidad autónoma. En algunas, como la de Castilla y León, existe todavía
la figura del Cronista de Armas, experto que examina todas las peticiones y dic
tamina acerca de la posibilidad de su autorización, que siempre queda reservada al
poder ejecutivo, generalmente en el área de la Justicia.
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GENEALOGÍA
La heráldica en la actualidad
Aunque no es posible decir que la heráldica viva hoy un momento de esplendor, ni s
iquiera de renacimiento, sí que es evidente que es una materia muy comúnmente utiliz
ada, y que su conocimiento, aunque sea superficial, conviene a cualquier persona
culta. Muchas personas poseen y utilizan sus escudos legítimos en cartas, tarjeta
s, estandartes. Los Ayuntamientos españoles, poco a poco, van adoptando sus emblem
as heráldicos, y aunque muchos los tienen ya perfectamente descritos desde la remo
ta Edad Media, otros los crean hoy como un elemento diferenciador y definitorio
de un lugar concreto. El interés científico, como auténtica ciencia auxiliar de la his
toria, hace del estudio de la heráldica también un paso imprescindible para alcanzar
un conocimiento exacto de muchos temas de ámbito humanista.
Pero ocurre también que el hecho de ser utilizada la heráldica por muchas personas,
con variedad de formaciones y multiplicidad de intenciones, a veces no legítimas,
supone una tergiversación de su significado, y un cúmulo de errores que a muchos pue
den confundir. Existen además un importante número de prejuicios, fuertemente arraig
ados, que son inconsistentes y conviene desde aquí ayudar a erradicar. Es por ello
que se debe insistir en las siguientes ideas:
- La heráldica no sirve para la vanagloria de un grupo privilegiado; se trata fund
amentalmente de una ciencia auxiliar de la Historia.
- Las armas no son signo de nobleza excepto en muy contados casos. Actualmente e
n la legitimación de un título no se contempla la posesión de escudos.
- Todo el mundo tiene derecho a ostentar emblemas heráldicos, siempre que respeten
en su estructura las costumbres heráldicas y la legislación de uso vigente en la ac
tualidad.
- Las armerías no corresponden a apellidos, sino a linajes, y así las armas de dos p
ersonas que llevan el mismo apellido, pueden ser diferentes, y viceversa.
- No existe un valor simbólico ni para los esmaltes ni para las figuras heráldicas,
excepto en la literaria imaginación de algunos autores.
Hoy en día, en España, existen tres formas de obtener armas propias: por concesión rea
l, por herencia o por propia y personal atribución. La primera es muy restringida
y escasa, pero las otras dos son más fácilmente alcanzables. En cualquier caso, y a
pesar de la relación legislativa sobre estos temas en la actualidad, debe tenerse
clara conciencia de que los escudos de armas son emblemas de identificación y de p
ropiedad personales, y por ello no pueden usarse por otro que no sea el titular
o los autorizados por él.
Si alguien desea -lo cual es posible-, realizarse un escudo de armas para utiliz
arlo como de su propiedad, debe tener en cuenta algunas normas elementales, que
las hagan ser correctas y que reúnan esa corrección en los ámbitos técnico y legal.
Bajo el punto de vista técnico, la regla de oro de la heráldica, vigente desde los o
rígenes es la de no tomar las armas de otro. Y, por supuesto, seguir en su formación
, composición y descripción, las correctas reglas de la ciencia del blasón, que resumi
das se han expuesto en párrafos anteriores. En líneas generales, en toda composición h
eráldica debe buscarse la sencillez, la claridad y la visibilidad, alejándose de la
complicación que estuvo tan de moda en la época barroca; con pocas figuras, escaso u
so de la figura humana y de los colores naturales y búsqueda siempre de la estiliz
ación se obtendrán escudos de gran calidad plástica. No se deben olvidar los elementos
de la vida moderna que, debidamente estilizados y con colores apropiados, tiene
n perfecta cabida en el actual sistema heráldico (tan de uso cotidiano era en el s
iglo XIV una rueda de molino como hoy lo es un ordenador). En cualquier caso, y
para asegurarse de que todo es correcto, lo mejor es investigar sobre libros de
heráldica, y consultar con algún especialista que tenga acreditados conocimientos de
la materia.
Desde el punto de vista legal, cualesquiera armas que se creen, tanto desde el p
unto de vista personal como institucional, deben ser legalizadas para su uso públi
co e impedir así la apropiación indebida. Hoy en día, la legislación vigente es diferent
e para cada comunidad autónoma. En algunas, como la de Castilla y León, existe todavía
la figura del Cronista de Armas, experto que examina todas las peticiones y dic
tamina acerca de la posibilidad de su autorización, que siempre queda reservada al
poder ejecutivo, generalmente en el área de la Justicia.
(2)[Literatura e Historia] Genealogía
Historia de una familia, linaje o gens plasmada en un escrito de índole diversa (e
jecutoria, texto histórico o poema de tipo heroico, por lo común) o en un árbol genealóg
ico; en cualquiera de sus formas, la genealogía se remonta al ascendiente más lejano
para alcanzar hasta los miembros más recientes de la familia. La Genealogía se cons
tituyó en disciplina independiente a finales del Medievo y se desarrolló sobre todo
en sociedades fuertemente marcadas por un espíritu de casta o clase (así, abundaron
los genealogistas en los años de aplicación de los Estatutos de Limpieza de Sangre);
en cualquier caso, estas investigaciones cuajaron en el mundo jurídico en general
, dada su utilidad para determinar los derechos de herencia o sucesión.
Posteriormente, los principios de la ciencia genealógica se aplicaron a distintas
tradiciones, como vemos en el caso de la Genealogía de la Biblia (con descendiente
s neotestamentarios e incluso veterotestamentarios, tanto en el mundo judío como e
n el cristiano), en la Genealogía del Corán (con los numerosos descendientes del Pro
feta, que pueden rastrearse hasta el presente) o en la Genealogia deorum gentili
um, obra redactada por Boccaccio que atiende a las complejas relaciones familiar
es de los dioses del panteón clásico (que varían, de hecho, en los distintos manuales
sobre mitología). Por extensión, se habla de estudios genealógicos para hacer referenc
ia a la fijación de la familia o pedigree de animales de compañía (perros y gatos, por
lo común) o caballos.
Además de la memoria de los antepasados vivos, la genealogía de una familia se ha ve
nido trazando a partir de registros escritos, parroquiales o municipales; con to
do, es a W. H. R. Rivers, etnógrafo inglés, a quien se considera el padre de la mode
rna Genealogía, ciencia auxiliar de las investigaciones histórico-sociológicas. Desde
el siglo XIX hasta hoy, el interés por el progreso en los estudios genealógicos ha s
ido extraordinario, pues a cualquier individuo, en algún momento de su vida y con
independencia de sus raíces, le interesa determinar cuál ha sido el pasado de su fam
ilia; a ese respecto, los humildes se enorgullecen cuando consiguen localizar cu
alquier antepasado de cierto relieve; por su parte, las familias linajudas suele
n sacar a relucir sus ilustres apellidos, si es que no atienden en especial a al
gún antepasado verdaderamente conspicuo. A este respecto, el caso extremo -más propi
o de las oficinas de detectives que de los genealogistas- es el de quienes desco
nocen incluso el nombre de sus progenitores y arden en deseos de determinar sus
orígenes.
Este sentimiento natural del hombre a lo largo de los siglos ha dado en excesos
y ha animado las falsas genealogías que se plasman en escritos históricos o en poema
s de tinte épico como la propia Eneida virgiliana, que hace que Octavio Augusto de
rive directamente del linaje de Eneas. La creación, o simple sugerencia, de vínculos
familiares inexistentes es común en otros muchos escritos literarios; por otra pa
rte, esta asociación tampoco es ajena al universo de las artes plásticas, mucho más el
ocuentes y directas a este respecto. Como quiera que sea, sólo en el siglo XV come
nzaron a abundar por toda Europa los escritos genealógicos, incorporados a los tra
tados de nobleza y a los armoriales; una centuria más tarde, esta literatura será es
pecialmente rica, con un largo número de tratados impresos, abundantes ejecutorias
de hidalguía (generalmente copiadas a mano en letra gótica y sobre pergamino, a pes
ar de ver la luz en siglos posteriores al Medievo) e infinitas pesquisas genealógi
cas.
El siglo XVII, no obstante, fue el que asistió al verdadero desarrollo de la Genea
logía como disciplina erudita, con notables avances en el conjunto de Europa; en E
spaña, ésa es la centuria de los tratados de Álvaro Pérez de Haro, José Pellicer y, sobre
todo, de los monumentales estudios de Luis de Salazar y Castro, cuyos documentos
pasarían años más tarde a formar parte del Archivo y Biblioteca de la Real Academia d
e la Historia. Desde el siglo XVIII, los estudios genealógicos en España se vieron f
acilitados por la normalización en la transmisión de los apellidos, que se ha manten
ido hasta nuestros días. El siglo XX, por fin, vio extenderse las pesquisas genealóg
icas en dos maneras: una básica y popular, que ha dado en el negocio del estudio d
e los apellidos y su posterior plasmación en los escudos heráldicos que correspondan
; otra más compleja y ambiciosa, que ha llegado a constituir grandes bases de dato
s en el mundo judío (necesarios para localizar a miembros de una misma familia dis
persos tras la Shoah u Holocausto) o en la comunidad de los mormones.
Bibliografía
Los viejos manuales de genealogía de distintas naciones europeas se reúnen en la ben
emérita entrada que, sobre la materia, ofrece la Enciclopedia Espasa Universal. En
tre los títulos posteriores, hay que citar a Francisco Fernández de Bethencourt, His
toria genealógica y heráldica de la monarquía española (1897-1920), y a Alberto y Arturo
García Carraffa, Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles y americano
s (1920 y ss.); con todo, la relación de títulos es muy larga así como los útiles de los
genealogistas, que nunca se pueden limitar a la consulta de fuentes referencial
es secundarias sino que están obligados a consultar los archivos de forma directa.

Enlaces en Internet
Hay una hiperabundancia de servicios genealógicos, entre los que cabe destacar los
que a continuación se enumeran:
http://www.ancestralfindings.com/; Página de una de las principales empresas norte
americanas para el rastreo de cualquier dato genealógico.
http://www.mytrees.com/; Impresionante base de datos para llevar a cabo distinta
s pesquisas genealógicas.
http://www.elanillo.com/; Página dedicada a las pesquisas genealógicas con apellidos
españoles, de España y toda Hispanoamérica.
http://www.sephardim.com/; Página de apoyo para consultas genealógicas sobre apellid
os de judíos españoles o sefardíes.
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SIGILOGRAFÍA
f.} | sigilography
¨(Del lat. sigillum, ´sello´, y -grafía); sust. f.
1. Disciplina encargada del estudio de los sellos empleados para autorizar docum
entos: un experto en sigilografía podrá determinar la data de este documento.
Sinónimos
Esfragística.
à
(1) [Historia] Sigilografía.
Ciencia de carácter histórico cuyo objeto de estudio son los sellos como elementos d
e validación y autenticación documental en todos sus aspectos (históricos, artísticos o
jurídicos) y cualquiera que sea su época. El término proviene del latín sigillum, que ha
cía referencia a la función de cierre de los documentos secretos. También se conoce es
ta disciplina con el término ?esfragística?, que deriva del griego sgragis, que sign
ifica ´sello´.
Se trata de una disciplina de carácter eminentemente histórico, ya que en la actuali
dad los sellos han perdido su función de autenticación y validación de los documentos
oficiales.
La sigilografía sirve como ciencia auxiliar imprescindible a la diplomática y a la h
istoria y, de forma secundaria, a otras disciplinas históricas tales como la genea
logía, la heráldica, la arqueología o la historia del arte.

Definición del sello


Alfonso X el Sabio definió en sus Partidas el sello como la señal del rey u otro hom
bre, hecha en metal, piedra u otra materia para firmar sus cartas, con sus blaso
nes y lemas según su dignidad y la autoridad a la que representara, y afirmó que tenía
mayor fuerza legal en un documento que la firma de los testigos. La definición ac
tual, según el Comité Internacional de Sigilografía, establece que el sello es un impr
onta, sobre cualquier materia plástica, de una matriz gravada sobre materias duras
(cera, plomo, plata...) y con figuras diversas en su apariencia externa.
Evolución histórica del sello
El sello tuvo su origen como signo de autoridad en el antiguo Oriente.
En las civilizaciones orientales primitivas existieron desde el VII milenio a.C.
las llamadas pintaderas, piezas de cerámica o piedra con dibujos sencillos grabad
os, para realizar impresiones sobre materias plásticas como arcilla, tela o piel.
Técnicamente, estas pintaderas eran ya sellos en tanto que improntas. Pero el verd
adero sello sólo apareció cuando a la impronta se la dotó de un valor semiótico, con una
intención predeterminada y convencional, reconocible públicamente.
Esto se produjo durante el V milenio a.C. Los sellos de mayor antigüedad conocidos
, con valor semiótico, se han encontrado en el norte del actual Irak y datan de ha
cia 5000 a.C. Eran simples impresiones de arcilla para sellar nudos de cuerda, p
robablemente en un almacén artesano. En torno a 3000 a.C., aparecieron las primera
s leyendas epigráficas en los sellos, primero vinculadas a ciudades y posteriormen
te a personajes públicos.
Según la cronología que establece la sigilografía, la Época Antigua de los sellos se ext
iende desde el periodo romano hasta el siglo XI.
Hasta aproximadamente el siglo VII, predominó el sello anular, propio de las jerar
quías eclesiásticas y de los reyes y jueces. En esta época, el sello se utilizaba como
signo de autoridad y era principalmente de carácter signatario, aunque a veces ta
mbién podía cerrar los documentos.
Desde el siglo VIII, y en época del imperio carolingio, el sello alternó con la susc
ripción como elemento de validación, y alcanzó un mayor tamaño.
El sello tuvo su periodo de esplendor durante la Edad Media, época que para la tax
onomía sigilográfica comprende de los siglos XII al XIV. En este periodo, el sello p
odía acompañar a los demás elementos de validación, como signos o rúbricas, o sustituirlos
a todos, dada su mayor entidad validativa. A partir del siglo XIII, el sello se
convirtió en el principal elemento de validación jurídica en documentos públicos, susti
tuyendo a las firmas y rúbricas.
Hasta dicha centuria, los sellos fueron propios de las autoridades supremas, tan
to civiles como eclesiásticas. Sin embargo, desde aproximadamente 1200, se extendi
eron a autoridades y corporaciones de segundo orden, como gremios, hospitales o
concejos. En la documentación privada, en cambio, el sello de particulares no tuvo
valor jurídico, siendo desde el siglo XIII el signo del notario público el que cump
liría esta función.
Los siglos XIII y XIV fueron además los de generalización del sello pendiente. En Ca
stilla, los primeros sellos pendientes aparecieron a fines del siglo XI, represe
ntando a autoridades eclesiásticas. El más antiguo sello pendiente real castellano d
ata de 1146 y perteneció a Alfonso VII.
Durante el Renacimiento, la autenticación notarial adquirió mayor importancia en los
documentos privados, mientras que en la documentación pública la firma de la autori
dad desplazó en parte al sello como elemento de validación. Propios de esta época fuer
on los sellos de placa.
A fines del siglo XV y principios del XVI, con la creación de las Chancillerías cast
ellanas (Valladolid, 1495; Granada 1505), la monarquía tuvo tres sellos, uno propi
o de cada chancillería. Un nuevo sello se creó con motivo de la colonización del Nuevo
Mundo, sello que se llevó solemnemente a México y que tuvo un carácter semisagrado, c
omo representación de la monarquía castellana.
Sello de Sancho VII.
La Época Moderna, según la sigilografía, comprende los siglos XVII, XVIII y la primera
mitad del XIX. En esta época, el sello perdió progresivamente su importancia como e
lemento validativo, siendo sustituido por la firma personal y por el papel de Es
tado. Felipe IV, mediante una pragmática de 1636, estableció la obligatoriedad del p
apel sellado con el sello real para las acciones jurídicas entre particulares. Así s
e estableció una valoración tributaria sobre los actos jurídicos. En América se introduj
o el papel del Estado en 1638, y durante el siglo XVIII se extendió su obligatorie
dad al resto de los reinos que formaban la monarquía hispánica y a las corporaciones
civiles.
La Edad Contemporánea de los sellos abarca de la segunda mitad del siglo XIX hasta
nuestros días. En 1881 el papel sellado por el Estado se sustituyó por el impuesto
del timbre, en el que se incluyó un número de serie, a través del cual se conocía el año d
e emisión y se validaba su autenticidad. Estas reformas tenían un interés fundamentalm
ente fiscal y el sello perdió con ellas la mayor parte de su importancia como elem
ento de autenticación.

Tipología del sello


Hasta los siglos VII y VIII, se utilizaron preferentemente los sellos engarzados
en anillos, llamados sellos anulares, signeti o annuli impressio. Este tipo de
sellos dejaron de emplearse con posterioridad hasta el siglo XIII, en que volvie
ron a ponerse de moda entre la nobleza.
El subsello era un tipo de sello pendiente que se empleaba para evitar que el se
llo principal se desprendiera o deslizara de la cinta de que colgaba. Los subsel
los solían estar en manos del canciller.
Desde época muy temprana, los sellos pendientes fueron dotados de una impronta en
el reverso para evitar su falsificación, a la que se llamó sigillum minus o contrase
llo. Era de dimensiones menores que el sello principal y solía tener un color dife
rente. Se utilizó desde el siglo XII en las cancillerías episcopales, extendiéndose su
uso durante la centuria siguiente a las reales.
En muchos documentos bajomedievales y modernos aparecen multitud de sellos. Esto
s sellos múltiples solían ser pendientes, y se colocaban cada uno de su cinta, de iz
quierda a derecha, siguiendo el orden de jerarquías de los emisores. El número mayor
de sellos encontrados en un documento conocido es de ciento ochenta y dos.

Partes del sello


En la terminología actual, se distingue la matriz (el instrumento de material duro
con el que se realiza la impresión) de su huella o impronta. Sin embargo, durante
la Edad Media y Moderna se llamaba sello indistintamente a ambas partes. En los
siglos XIII y XIV, a menudo se llamaba a la matriz ?tabla del sello?. A las car
as del sello se las llama improntas. En los sellos pendientes distinguimos anver
so y reverso. En el anverso se encuentra la representación principal, y en el reve
rso suelen aparecer representaciones secundarias o ninguna en absoluto.
El centro del sello se denomina campo, y en él suele situarse la figura principal,
o la leyenda en el caso de los sellos anicónicos. El campo aparece generalmente r
odeado por una línea de puntos o pequeñas figuras discontinuas, llamada gráfila, que s
epara la parte central de la periférica, llamada orla o corona.

Clasificación de los sellos


1. Según los periodos históricos, los sellos pueden ser:
a) Antiguos (hasta el siglo XII d.C.).
b) Medievales (entre los ss. XIII y XIV).
c) Renacentistas (ss. XV-XVI).
d) Modernos (ss. XVII, XVIII y primera mitad del XIX).
e) Contemporáneos (segunda mitad del XIX y XX).
2. Según la materia de que estén hechos, pueden ser:
a) Metálicos: fabricados de plomo, bronce, plata u oro. Su utilización fue posterior
a la de los sellos de cera. Aparecieron en Grecia en el siglo IV a.C. Se llamar
on ?bulas?, debido a que la matriz era una bola de metal.
b) Céreos: se emplearon desde la aparición misma del sello. En principio fueron de c
era virgen y de color blanco. Posteriormente se les añadió pez para hacerlos más consi
stentes, y se les dieron diferentes coloraciones (rojo, negro, verde, marrón). En
los siglos XVI y XVII, la cera fue sustituida por el lacre, más resistente y liger
o.
c) De otros materiales, tales como la tinta, que se empleó en China durante el I m
ilenio y en la Península Ibérica durante los siglos XVI y XVII; también podían ser de pa
pel, arcilla o marfil.
3. Según su forma, pueden ser:
a) Circulares: fue ésta la forma más antigua del sello. Los sellos circulares fueron
propios de los reyes y pontífices durante la Edad Media.
b) De naveta góticos: utilizados desde el siglo XII, preferiblemente por damas y d
ignidades eclesiásticas.
c) Ovales u ojivales: se utilizaron sobre todo en el siglo XIII.
d) Otras formas: poligonales, romboidales o en forma de escudo. Estas formas solía
n ser propias de los contrasellos.
4. Según la autoridad emisora, pueden ser:
a) Eclesiásticos
b) Civiles o seculares.
5. Según la aposición en el documento, pueden ser:
a) Pendientes o colgantes: aparecieron en el siglo XII. Colgaban de tiras de per
gamino o de cordones de seda, llamados ?enlaces? o ?lemniscos?, que se fijaban a
l sello a través de uno o varios orificios en su parte posterior que se denominan
?oculi?. El lemnisco quedaba sujeto al documento por su parte inferior, doblada
para que aguantara el peso, y que recibía el nombre de ?plica?.
En ocasiones los sellos pendientes se enlazaban a varios documentos a la vez: so
n los llamados "sellos transfijos".
b) Adherentes o de placa: eran sellos impresos en el documento, que se solían esta
mpar en la parte inferior izquierda del mismo. Sobre una masa de cera se imprimía
la matriz; previamente se había practicado un agujero en el documento, con el fin
de que la cera lo traspasara y quedara fijada. Este tipo de sellos servían también p
ara cerrar el documento.
6. Según su solemnidad, pueden ser:
a) Bulas o grandes sellos: fabricados en oro o plata (gran sello mayor) o plomo
(sello mayor). El primer gran sello conservado en la Península Ibérica data de 1254
y pertenecía a Alfonso X el Sabio.
b) Sellos mayores o flaones: fabricados en plomo, acompañaban a documentos públicos
de gran importancia. En la Península Ibérica sólo se conocen flaones pertenecientes a
la monarquía.
c) Sellos comunes o menores: fabricados en cera; eran sellos administrativos cor
rientes.
d) Sellos secretos: sellos personales del rey, reina, príncipes y del camarlengo p
ontificio; se utilizaban en la documentación privada de estas dignidades o para as
untos secretos.
e) Sellos de la poridad: eran también sellos pertenecientes a las autoridades supr
emas, que se empleaban para tramitar los asuntos más urgentes de la cancillería.
f) Sellos semipúblicos: pertenecían a personajes o entidades reconocidas, cuya natur
aleza jurídica estaba a medio camino entre lo público y lo privado: universidades, g
remios, hospitales, etc.
g) Sellos privados: pertenecientes a particulares sin autoridad pública reconocida
por el Estado.
7. Por la representación del campo, pueden ser:
a) Figurativos: mayestáticos, si representaban a las autoridades supremas con los
símbolos de su majestad; ecuestres, si las figuras aparecían a caballo; pedestres, s
i de pie; personales, si representaban retratos de los titulares; hagiográficos; h
eráldicos o iconográficos, si carecían de representación figurada.
b) Afigurativos: topográficos y monumentales, parlantes (si aparecía un símbolo recono
cible de la autoridad emisora), con motivos fantásticos, navales, profesionales, a
nicónicos (sin representación iconográfica alguna) y anepígrafos (sin leyenda escrita).
8. Por su tamaño, pueden ser:
a) Grandes: con un módulo superior a 75 mm.
b) Medianos: de 40 a 70 mm.
c) Pequeños: hasta 35 mm.
Métodos de conservación de los sellos
Los sellos metálicos, que fueron muy apreciados por su dureza desde el siglo XII,
se han conservado peor que los sellos de cera. Tres son las razones que explican
este hecho: 1) su peso tendía con el tiempo a rasgar el pergamino, con lo que muc
hos sellos se perdían; 2) el metal se carbonata y se deteriora progresivamente y 3
) a menudo los sellos metálicos fueron fundidos y reutilizados para usos diversos.
Para los sellos de cera pendiente existieron cuatro sistemas básicos de conservac
ión. Podían introducirse en una bolsita de piel o lienzo, que se envolvía a su vez en
estopa, y se enrollaba con un cabo de cuerda; también se podía endurecer la cera con
barnices o resina para hacerla más resistente; o utilizar el sistema de ?sellado
en cuna?, por el cual la impronta se estampaba sobre una masa grande de cera, qu
edando unos rebordes gruesos alrededor del sello que servían para protegerlo; o bi
en se utilizaban ?selleras?, pequeñas cajitas de latón, oro, plata u otros materiale
s, dentro de las cuales se depositaba la cera y se procedía a la estampación del sel
lo.
Para los sellos de placa se dieron asimismo diversos procedimientos de conservac
ión. Desde el siglo XV, aparecieron con ?rodete?, un pequeño cordón que formaba un ani
llo a su alrededor. O bien se cubrían con un cuadrado o rombo de papel que se pega
ba sobre el sello o, finalmente, se utilizaba el sistema de los sellos de papel
y cera, mediante el que, sobre la cera depositada sobre el documento, se ponía un
pedazo de papel sobre el que se aplicaba la matriz.

Bibliografía
MENÉNDEZ PIDAL DE NAVASCUÉS, F.: Apuntes de sigilografía española, Guadalajara, 1993.
RIESCO TERRER-O, A.: Introducción a la sigilografía, Madrid, 1978.
TAMAYO, A.: Archivística, diplomática y sigilografía, Madrid, 1996.
Victoria Horrillo
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DIPLOMATICA
¨(De diploma); sust. f.
1. Estudio científico de los diplomas y otros documentos, con vistas a establecer
su autenticidad o falsedad: el objeto de estudio de la diplomática son los documen
tos antiguos, generalmente manuscritos.
2. Diplomacia, ciencia de las relaciones e intereses internacionales: en el mund
o de la diplomática cualquier paso puede tener consecuencias de gran trascendencia
.
Sinónimos
Archivística, paleografía, diplomacia, política, mediación, negociación, relaciones intern
acionales, arbitraje.
à
(1) [Bibliografía] Diplomática.

Término y concepto.
Palabra derivada del griego diploma, ?doblado?, ?plegado?, que procede a su vez
del verbo diploo, ?doblar?, ?plegar?. Retengamos, no obstante, que el doblado de
los documentos antiguos se hacía en una tablilla a modo de díptico, por lo que a es
te soporte de escritura nos remiten las antiguas referencias en textos griegos y
latinos (en los que diploma, -atis conviene con diploma, -um y con duploma, -um
). En su origen, esta disciplina muestra un claro hermanamiento, y hasta una con
fusión en las fronteras que separan unas de otras, con otras disciplinas afines co
mo son la paleografía, la sigilografía, la cronología o la codicología. El término, en nue
stros días, se usa para aludir a la ciencia auxiliar de la historiografía que estudi
a los documentos antiguos de naturaleza jurídica o administrativa característicos de
cualquier archivo. En todos estos escritos, se sacrifica cualquier tipo de orig
inalidad o voluntad de estilo y se persigue precisamente lo contrario: unos rasg
os que otorgan al documento, instrumentum o documentum, la condición de tal (un de
terminado formato y un lenguaje característico) y otros que le dan validez legal (
las firmas de las personas jurídicas y de los funcionarios, los sellos y marcas de
cancillería, etc.). Lo que, en definitiva, confiere al documento su carácter es, así
pues, la suma del texto y de los correspondientes protocolos (que lo validan al
darle el necesario carácter legal).
Diametralmente opuestos a la naturaleza de tales documentos son los códices o libr
os, conservados en las bibliotecas y estudiados comúnmente por los filólogos; no obs
tante, hay documentos legales que quedan a medio término entre una y otra forma de
escritura, como comprobamos en las cartas de población o cartas pueblas, en los o
torgamientos o los fueros, con una prosa mucho más compleja y una extensión muy supe
rior. Los archivos también abundan en documentos personales que demuestran una vol
untad de estilo o artística; en estos casos, su consideración y estudio no son de la
competencia exclusiva del especialista en diplomática; a veces, ni siquiera se tr
ata de una materia necesariamente ligada a la labor de los historiadores: en tal
es casos, a menudo entran en acción los filólogos y los historiadores de la literatu
ra, pertrechados con las herramientas que aportan disciplinas tan necesarias par
a su labor como son la codicología y la paleografía. No obstante, debe recordarse qu
e los oficios del historiador y el filólogo nunca han estado tajantemente separado
s y que la diplomática acude en auxilio del segundo tanto cuando se enfrenta a doc
umentos oficiales y cancillerescos como cuando lo que tiene entre sus manos son
documentos personales o códices. Esto es debido a que la diplomática aglutina técnicas
de análisis documental de diverso signo, algunas de las cuales se han citado más ar
riba.

Historia de la disciplina.
La diplomática, como ciencia, nació con el propósito de determinar la autenticidad o f
alsedad de los documentos manuscritos; no obstante, en el presente también hay esp
ecialistas como Luciana Duranti que extienden el radio de acción de esta disciplin
a hasta el documento electrónico o informático. Por su origen, la diplomática es una c
iencia auxiliar o ancilar de la Historiografía, en el campo concreto de la archivíst
ica, aunque a ella acudan los especialistas de otras tantas especialidades; por
ello, es tradición que los Departamentos o Secciones de Paleografía y Diplomática haya
n estado ligados a las Facultades o Departamentos de Historia desde el siglo XIX
, momento en el que hay que rastrear las bases teóricas de la ciencia moderna de e
studio de los documentos antiguos.
No obstante, los fundamentos de la diplomática hemos de buscarlos en la propia Eda
d Media, aunque a ella pertenezcan mayoritariamente los materiales sobre los que
trabaja el especialista. Al respecto, es digna de recuerdo la labor de Inocenci
o III, en la transición del siglo XII al XIII, para establecer unos sólidos principi
os que permitiesen la detección de documentos fraudulentos; por esas mismas fechas
, tiene lugar un fenómeno de extraordinaria importancia: la preservación de los docu
mentos y formación de archivos, muchos de los cuales han llegado hasta nuestros días
: los reyes de Francia, los de Aragón y los de Sicilia vieron nacer sus respectivo
s archivos en ese momento. El nacimiento de la disciplina, con todo, se debe al
Humanismo, que acuñó el término diplomática y que hizo del estudio documental una de sus
herramientas de trabajo más habituales. Las aportaciones de los humanistas desde
el Quattrocento en adelante (como la refutación de la Donatio Constantini por Lore
nzo Valla, que apelaba a criterios históricos y filológicos contundentes) o los nume
rosos tratados de archivis publicados en los siglos XVI y XVIII justifican el de
sarrollo de la diplomática a lo largo del siglo XIX.
(Véase Humanismo)
Existen terrenos especialmente privilegiados para el desarrollo y aplicación de la
diplomática desde sus orígenes, como el legal y el religioso. La validación de un doc
umento podía o no mostrar el derecho de una reivindicación a un título, una propiedad
o un tributo, como se demuestra por el Becerro de las behetrías, los llamados Fals
os cronicones o la documentación relativa a los votos de Fernán González en favor de S
an Millán por la ayuda que dispensó a los cristianos en la batalla de Clavijo (votos
que se plasman en la Vida de San Millán de Gonzalo de Berceo). En el universo rel
igioso, las principales patrañas van ligadas a los relatos hagiográficos (véase Hagiog
rafía), pues las vidas de santos no sólo recibieron adherencias que nada tienen que
ver con ellas (procedentes de otras vitae, pero también de las leyendas épicas, de l
as novelas y de otras tradiciones diferentes) sino que muchas de ellas son simpl
es supercherías, como vienen mostrando el jesuita Jean Bolland y los bolandistas d
esde el siglo XVII (en concreto, desde que vieran la luz los primeros volúmenes de
las Acta Sanctorum en 1643).
No obstante, el nacimiento de la moderna ciencia de la diplomática surge, de acuer
do con la común opinión de los historiadores, con el benedictino Jean Mabillon, por
medio de su De re diplomatica libri VI (1681), que queda en clara deuda con Boll
and y sus seguidores. Aquí, Mabillon aporta los basamentos principales para varias
disciplinas: agavilla los principios filológicos o de crítica textual manejados por
los humanistas en los siglos previos; desarrolla algunas nociones codicológicas q
ue precisaban de sistematización; reúne datos y documentos que permiten ofrecer un p
rimer corpus paleográfico a los estudiosos (aunque se diga que el padre de la pale
ografía es Bernard de Montfauçon, por acuñar el término en su Palaeographia graeca, sive
de ortu et progressu literarum de 1708); acopia modelos de sellos, estudia data
ciones y atiende a otros rasgos documentales, con lo que consigue cimentar las b
ases de aquellas disciplinas auxiliares que, en suma, constituyen la esencia de
la diplomática.
A lo largo del siglo XVIII, la diplomática salió de un ámbito exclusivamente religioso
y perdió su sentido utilitario (como herramienta para el estudio de los documento
s sagrados y de las vitae) para pasar a las manos de los historiadores y los filól
ogos en su trabajo con los documentos antiguos; no obstante, los benedictinos aún
seguirían mostrando su primacía general en este terreno con los seis tomos de René Pro
sper Tassim y Charles François Toustain en el Nouveau traité de diplomatique (1750-1
765). Esta obra gozó de gran fama y hubo de facilitar el progreso científico de las
grandes corrientes histórico-filológicas centroeuropeas del siglo XIX, que en el ter
reno de la paleografía y la diplomática contó con nombres como los de Johan Friedrich
Böhmer, Julius Ficker y Theodor von Sickel. En este medio, en los centros académicos
de Alemania, Austria y, en menor medida, en Francia e Italia, nacieron no sólo la
diplomática y la paleografía sino la archivística en general.
La ciencia diplomática y su aplicación.
La diplomática trabaja sobre documentos públicos y privados, originales o traslados,
aunque en el periodo medieval tiene un campo de trabajo primordial: los documen
tos regios (legislativos, judiciales o puramente diplomáticos, así como preceptos y
privilegios, epístolas y mandatos) y eclesiásticos en general (particularmente, los
papales pero también aquellos pertenecientes a otros cargos inferiores). En todos és
tos y en otros casos, los escritorios y las cancillerías trabajaban sobre formular
ios establecidos, como descubrimos en algunas muestras que nos remiten a la cort
e de Carlomagno y sus sucesores, como las Formulae Marculfi (comienzos del siglo
VIII) o las Formulae imperiales (828-832). De todas maneras, estos modelos sólo l
ograrán extenderse gracias a las llamadas artes notariales y, más en general, en las
artes dictaminis o artes dictandi propias del Medievo (véase Retórica); muchas de e
llas no venían dispuestas como discurso teórico sino como un conjunto de patrones pa
ra redactar epístolas o documentos destinados a individuos pertenecientes a los más
variados estamentos.
Las artes nacieron con Alberico di Montecassino, en el siglo XI, y cubrieron tod
a la Edad Media, aunque los principales tratados aún siguieron gozando de fama dur
ante el primer Renacimiento; en estos tratados, se establecían unas reglas general
es concernientes al texto del documento que son de orden retórico (con las partes
del discurso adaptadas al exordio, la exposición y las fórmulas finales o de corrobo
ración), si bien es verdad que también se observaban unos principios o costumbres de
naturaleza puramente legal. Aunque estas preceptivas no suelen atender a la gra
mmatica o latín (más adelante, al vernáculo) con que se redactan los documentos, de su
estudio se deriva que los profesionales usaban un lenguaje jurídico característico,
con sus propias reglas y un metalenguaje que, por su caracterización, será objeto d
e no pocas parodias literarias (desde los goliardos medievales hasta nuestros días
).
En definitiva, el estudio de los documentos permite agruparlos de acuerdo con la
cancillería que los emite, ya sea regia, imperial, pontificia, nobiliaria o simpl
emente pública y notarial. La determinación de tales centros se deriva no sólo del sel
lo y marcas distintivas sino también del protocolo y hasta de la propia retórica de
que se sirven. Comunes son, al conjunto de los documentos, la invocación a Dios; l
a salutatio o título, con los nombres y títulos de quien escribe y del destinatario
del texto, a los que se suma el obligado saludo. A continuación, se dispone el tex
to propiamente dicho, con la promulgatio o explicación del propósito del documento y
la narratio o relación de los hechos y situaciones a que afecta, perfectamente ar
ropadas ambas por fórmulas profesionales y por figuras de orden legal. La disposit
io, en ese punto preciso, muestra la voluntad del legislador; a continuación, se a
visa a los presuntos infractores en la sanctio; al cierre, la corroboratio indic
a el alcance del documento y la forma de aplicarlo.
Sólo entonces, los documentos vienen firmados o identificados por medio de signos
de los interesados por el acto; con ellos, aparecen los testigos, cuyos nombres
se recogen por lo común dispuestos en columnas en la mayoría de los documentos medie
vales más antiguos. Justo en ese lugar irá la fecha, que podrá seguir varios modos de
datación: era cristiana, era romana, indicaciones, día del santo, referencias a vari
as fiestas sagradas, estilos diversos laicos y religiosos, etc. (véase calendario)
. Al igual que sucede con las características físicas de los documentos, con su esti
lo y con sus fórmulas, los sistemas de datación sirven también para identificar los di
stintos escritorios o cancillerías.
Características del documento.
Aunque en la Antigüedad la escritura documental apeló a otros soportes, en el Mediev
o sólo encontramos documentos en papiro (en Europa, se utilizó hasta el siglo XI en
la curia papal), en pergamino (el material más común a lo largo de la Edad Media) y
en papel (empleado rara vez en el siglo XIV y comúnmente un siglo después). La tinta
empleada comúnmente se había preparado con agallones y vitriolo de cobre. El idioma
común de los documentos fue el latín para toda Europa, aunque el vernáculo fue enseñoreán
dose de modo paulatino de las cancillerías desde el siglo XII en adelante; su cali
grafía (véanse paleografía y caligrafía) se adaptó a los varios tipos de escritura usados
desde la desintegración de la Nueva Romana; su sistema de abreviaturas respondía a d
os modelos: uno común o general, característico de la escritura europea de las disti
ntas épocas, y otro de cancillería, que a menudo presenta rasgos peculiares para cad
a centro.
Una vez preparado el documento, cabían dos posibles formatos: en forma de rollo, p
ropia del papiro, o de pliego, característica del pergamino y, por lo tanto, la más
común en la Edad Media. Una opción distinta y frecuente era la de cortar el document
o en tres partes con formas angulares y marcar cada una de ellas con la letra A,
la B o la C (no en balde, se suelen denominar "cartas partidas por ABC); ésta era
una forma magnífica de validar un documento cuando afectaba a varias partes inter
esadas. Por fin, el uso de sellos en los documentos nos remite al siglo VII en l
os casos más tempranos, aunque el uso del sello de poridad o secreto (los sigilla
membranae affixa), tanto en cera como en metal (bullae de plomo, por lo común), es
posterior: los primeros testimonios, de hecho, nos remiten a Bizancio y al sigl
o XI, si bien es verdad que por Europa sólo comenzó a extenderse su uso desde el sig
lo XII en adelante. En fin, al primitivo archivero sólo le quedaba guardar el docu
mento en uno de los registrum, regestum o cartularium dispuesto a tal efecto.
A. Gómez Moreno

Temas relacionados
Paleografía.
Sigilografía.
Cronología.
Historiografía.
Archivística.

Bibliografía