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teorema

Vol. XXV/3, 2006, pp.63-76

Reflexiones biolingüísticas.
Cómo puede ayudar la biología a comprender mejor las
facultades lingüísticas humanas*

Sergio Balari

[N]o es posible dar una verdadera


definición en una única proposición aislada;
la definición debe elaborar la historia real del objeto,
ya que únicamente su historia explica su realidad.

G. W. F. HEGEL, 1802

ABSTRACT
Already in the mid sixties, linguists like Noam Chomsky were able to foresee
the need to turn to biology in order to have a better understanding of the mysteries of
human cognition. It’s been only recently, however, that this collaboration between
disciplines has gone well beyond mere good intentions and has started to pay off. Fol-
lowing the strand of a sketch for a proposal for the origins of the human faculty of
language, we will carry out an assessment of the advantages of adopting certain meth-
ods, concepts, and ideas of developmental and evolutionary biology in the study of
human cognition in general, with special emphasis on human language. We will even-
tually come to the conclusion that, if we really take seriously the biological approach,
we may need to be prepared to change — perhaps radically — some of our strongest
conceptions about the nature and organisation of the human linguistic capacities.

RESUMEN
Ya a mediados de los años sesenta, lingüistas como Noam Chomsky percibie-
ron la necesidad de volver nuestra mirada hacia la biología, para comprender mejor
muchos de los misterios de la cognición humana. Sin embargo, no ha sido hasta hace
pocos años que esta colaboración entre disciplinas ha superado los límites de lo testi-
monial y ha comenzado a dar sus frutos. Utilizando como hilo conductor el esbozo de
una propuesta sobre los orígenes de la facultad del lenguaje en la especie humana, en
este artículo llevaremos a cabo un breve examen de las ventajas que supone, desde
muchos puntos de vista, la adopción de determinados métodos, conceptos e ideas pro-
pios de la biología evolutiva y del desarrollo en el estudio de la cognición humana en
general, pero haciendo especial hincapié en el lenguaje. Con ello, llegaremos a la con-
clusión de que, si nos tomamos realmente en serio el enfoque biológico, quizá deba-
mos estar preparados para modificar, incluso radicalmente, algunas de nuestras más
sólidas concepciones sobre la naturaleza y organización de las capacidades lingüísti-
cas humanas.

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64 Sergio Balari

I. ALLÍ DONDE LA LINGÜÍSTICA Y LA ETOLOGÍA SE DAN LA MANO

Allá por los años cincuenta, el eminente etólogo Niko Tinbergen esta-
bleció unos principios metodológicos para el estudio de cualquier carácter
biológico que se convirtieron, en poco tiempo, en los principios básicos por
los que se ha regido la investigación del comportamiento animal.
Según Tinbergen [Tinbergen (1952)], es imprescindible adoptar cuatro
perspectivas en el estudio de los caracteres biológicos, a saber:

1. Mecanicista: Es preciso comprender los mecanismos (neurológicos,


fisiológicos, psicológicos) que subyacen a la expresión del carácter.

2. Ontogenética: Es preciso determinar los factores genéticos y ambienta-


les que guían el desarrollo de un carácter.

3. Funcional: Es preciso observar el carácter en cuestión desde la pers-


pectiva de sus efectos para la supervivencia y la reproducción.

4. Filogenética: Es preciso reconstruir la historia evolutiva de la especie


a fin de poder evaluar la estructura del carácter en relación a sus
propiedades ancestrales.

Me interesan las ideas de Tinbergen fundamentalmente porque, a mi


modo de ver, ponen el dedo sobre la llaga en relación a una cuestión que más
adelante será pertinente en relación al lenguaje y las capacidades lingüísticas.
De momento, sin embargo, veamos un ejemplo de típico problema que plan-
tea la investigación en etología y para el cual el enfoque de Tinbergen ofrece
algunas soluciones.
Consideremos el caso del ritual de defensa del territorio que llevan a
cabo los ñus macho [Wilson (1975)]. Podemos decir que la “función” de este
ritual es cortejar a las hembras, de modo que ningún otro macho podrá apare-
jarse con una hembra que penetre en el territorio de unos 100 o 150 metros de
diámetro defendido por un determinado individuo.
Nótese que, al interrogarnos sobre la génesis histórica de este ritual, nos
topamos con un dilema clásico en etología: ¿qué hemos de considerar que ha
evolucionado? ¿La conducta que observamos en los ñus macho o los meca-
nismos neuropsicológicos subyacentes a esta conducta? Evidentemente, la
respuesta que demos a estas preguntas dependerá, crucialmente, de cuál sea
nuestra concepción de la investigación psicológica en general. Si asumimos
que aquello que denominamos conducta no es más que la expresión externa
de un conjunto de eventos neuropsicológicos, entonces nuestro análisis no
podría dejar de lado los mecanismos responsables de estos eventos; eso es, de
hecho, lo que sugiere Tinbergen. Probablemente incluso nos sentiremos in-
clinados a no ocuparnos del aspecto externo de la conducta, en la medida en
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que podemos considerarlo como un epifenómeno de los mencionados proce-


sos neuropsicológicos. Si, por el contrario, somos B. F. Skinner, con toda se-
guridad ni tan siquiera querremos oír hablar de mecanismos internos.
Con este pequeño ejemplo se ilustra perfectamente que uno de los pri-
meros problemas que cualquier disciplina debe resolver es de carácter onto-
lógico: es fundamental definir cuál es nuestro objeto de estudio y, eso, no es
algo que venga dado.
Comparemos ahora lo que podríamos denominar La Agenda de Tinbergen
para la etología con lo que podríamos bautizar como La Agenda de Chomsky
para la lingüística, a fin de centrar, por fin, nuestra atención en lo que nos in-
teresa aquí, que es el lenguaje. Chomsky, en diversos trabajos [Chomsky
(1980), (1988); también Jenkins (2000)], ha observado que los puntos de los
cuales deberían ocuparse las ciencias del lenguaje son cinco: 1) su función, 2)
su estructura, 3) sus bases físicas, 4) su desarrollo en el individuo y 5) su de-
sarrollo en la especie.
Supongo que no hace falta ahondar mucho en el asunto para percibir
hasta qué punto ambas “agendas” tienen elementos comunes. Chomsky nos
invita a articular nuestra investigación alrededor de unos ejes muy parecidos
a los que propuso Tinbergen en su momento. Sin embargo, Chomsky, a dife-
rencia de Tinbergen, adoptó, además, un posicionamiento ontológico mucho
más definido en cuanto a la naturaleza del objeto que él denomina lenguaje.
Chomsky, por tanto, nos ha hecho una propuesta metodológica y ontológica a
la vez cuyas consecuencias me gustaría analizar en el apartado siguiente.

II. EL PROBLEMA ONTOLÓGICO: CONCEPCIONES DEL LENGUAJE

En los últimos cincuenta años, las ciencias cognitivas en general y lin-


güísticas en particular han estado dominadas por una concepción del lenguaje
que resumo a continuación:

(a) El lenguaje es un objeto interno; es decir, un módulo de la men-


te/cerebro.
(b) El lenguaje es un sistema de conocimiento estático; es decir, una
gramática interna.
(c) El lenguaje, en tanto que sistema de conocimiento, es utilizado por
algún tipo de mecanismo de procesamiento; es decir, el lenguaje (o
la gramática) se pone en uso.
(d) El lenguaje se desarrolla en nuestras mentes de un modo no muy di-
ferente a como otras partes de nuestro cuerpo crecen durante el
proceso de desarrollo.
66 Sergio Balari

Nótese que esta concepción ejerce una importante influencia sobre el


modo en que se lleva a cabo la investigación dentro del ámbito de las ciencias
lingüísticas. Así, por ejemplo, las afirmaciones de (a) y de (b) comportan que
el lenguaje es un sistema bien definido, con unas fronteras discretas y, por
tanto, diferenciable de otros sistemas similares (p. ej., el sistema visual).
Asimismo, (a) y (b) también conllevan que tiene sentido hablar de conoci-
miento lingüístico y de conocimiento extra-lingüístico, aunque en ningún ca-
so comportan que sólo participe conocimiento lingüístico en el proceso de
uso del lenguaje. La afirmación de (c), por otra parte, es el fundamento de la
distinción entre gramática y analizador, común, por ejemplo, entre aquellos
que trabajan en campos como la lingüística computacional. Así, escribimos
gramáticas utilizando un determinado formalismo y desarrollamos algoritmos
específicos para procesar lenguaje natural que sean capaces de usar esas gra-
máticas. Este no es el asunto principal de este artículo, pero en la medida en
que esta idea también está presente en el campo de la psicolingüística, no está
de más ponerla de relieve.
Pese a mis observaciones en el apartado anterior, no quisiera asociar un
nombre concreto a esta colección de ideas. Así pues, aunque es innegable que
el pensamiento de Chomsky ha jugado un papel fundamental en su construc-
ción, no es del todo evidente que Chomsky asumiera esta relación punto por
punto, a pesar del hecho de que, a mi modo de ver, refleja de manera bastante
precisa la visión más aceptada por un importante colectivo de investigadores
dentro de este campo.
Sea como sea, la importancia que estas ideas han tenido es incuestiona-
ble. Estoy plenamente convencido de que hoy no estaríamos aquí, ocupándo-
nos de estos asuntos, si no fuera por ellas. Sin embargo, y precisamente quizá
a causa del poder que ellas han ejercido y ejercen sobre nosotros, nadie —o
apenas nadie— ha intentado nunca ponerlas en cuestión. Lo cierto es que yo
no voy a ser menos. No me propongo aquí plantear un desafío en toda regla a
la concepción del lenguaje que hemos construido sobre esa base. Sí me gusta-
ría, de todos modos, sugerir, aunque sea tímidamente, que quizá ha llegado el
momento de volver la mirada hacia los fundamentos de nuestra disciplina y,
tomando en consideración las muchas cosas que hemos descubierto acerca
del lenguaje y la cognición de los humanos en estos cincuenta años, reflexio-
nar y, si es necesario, repensar un poco esos fundamentos.
La tarea que me propongo aquí es, por tanto, altamente especulativa y
programática, abierta a todas las críticas y, sin duda, susceptible de ser revi-
sada en profundidad. Por consiguiente, aunque estoy plenamente convencido
de la necesidad de llevar a cabo esta reflexión, mi seguridad se quiebra en el
momento de afirmar que lo que aquí diré es correcto.
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III. ¿REPENSAR EL LENGUAJE?

Edmund Husserl, padre de la Fenomenología, en su obra Ideen zu einer


reinen Phänomenologie und phänomenologische Philisophie [Ideas para una
fenomenología pura y una filosofía fenomenológica)] sugiere un principio
metodológico de “suspensión” (Ausschaltung) o “puesta entre paréntesis”
(Einklammerung) del juicio frente al contenido doctrinal de toda filosofía da-
da, a fin de realizar todas nuestras comprobaciones dentro del marco de tal
suspensión. En cierto modo, lo que propongo al lector es que llevemos a cabo
un cierto ejercicio de epojé husserliana en relación a la concepción del len-
guaje descrita en la sección anterior, que la pongamos entre paréntesis y que
nos concentremos, exclusivamente, en los tres puntos siguientes: 1) el len-
guaje es estructuralmente dependiente, 2) el lenguaje es recursivo y 3) el len-
guaje es potencialmente multimodal.
La primera propiedad tiene que ver con el hecho de que, en español por
ejemplo, las oraciones de (1) forman un par declarativa/interrogativa, mien-
tras que las oraciones de (2), no:

(1) a. El niño está en casa.


b. ¿Está el niño en casa?

(2) a. El niño que vino ayer está en casa.


b. ¿Vino el niño que ayer está en casa?

Como cualquier hablante del español sabe, (2b) no es la forma correcta de


formular la pregunta correspondiente a (2a), sino que, en todo caso, esta debe
ser como la oración que tenemos en (3):

(3) ¿Está el niño que vino ayer en casa?

Efectivamente, en esta lengua, como en muchas otras de la familia indoeuro-


pea, las interrogativas polares se forman alterando el orden relativo del verbo
principal y del sujeto tal y como estos aparecen en una declarativa básica. Pe-
ro nótese que tenemos que apelar a nociones como las de “verbo principal” y
“sujeto”, o algo parecido, si queremos que nuestra descripción de cómo se
forma una interrogativa polar en español sea lo suficientemente precisa. Cla-
ramente, no podemos decir algo así como: tómese el primer verbo en una se-
cuencia de palabras y colóquese éste al principio de la oración. Ello es así
porque, de un modo u otro (eso no nos concierne de momento), los humanos
procesamos las proferencias en lenguaje natural como objetos estructurados,
no como meras secuencias de palabras.
La segunda propiedad de nuestra lista tiene que ver, en cambio, con el
hecho de que los humanos poseemos el potencial de producir un número infi-
nito de oraciones infinitamente largas, como se ilustra en (4):
68 Sergio Balari

(4) a. Juan me ha dicho que María vendría.


b. Juan me ha dicho que Pedro piensa que María vendrá.
c. Juan me ha dicho que Pedro piensa que Luis considera que María
vendría.

Esto es lo que Chomsky denomina “infinitud discreta” y, claramente, es


fruto de una propiedad que está relacionada con la primera, la recursividad,
que es imposible sin estructura. Efectivamente, la estructura de estas oracio-
nes posee la característica especial, que podríamos capturar mediante unos
esquemas muy simples como los de (5), según la cual una cláusula puede
aparecer encajada dentro de otra:

(5) a. SC → que O
b. O → SN SV
c. SV → V SC

Es decir, una cláusula (SC) debe formarse con un que más una oración (O),
ésta, a su vez, debe contener un sintagma nominal (SN) y un sintagma verbal
(SV), el cual debe contener un verbo (V) y una cláusula. Nótese que, desde
un determinado punto de vista, los esquemas (5a-5c) definen un objeto con
esta particularidad estructural. Sin embargo, podemos también interpretar es-
tos esquemas como descripciones de un procedimiento para construir esos
objetos y, en la medida en que hay algunos símbolos que pueden aparecer
tanto a la izquierda como a la derecha de la flecha (SC, O y SV), el procedi-
miento tiene la propiedad de poderse prolongar hasta el infinito, a menos que
impongamos una condición que nos obligue a salir del bucle; algo muy pare-
cido a la estructura de control while/do en el lenguaje de programación Java.
Esta es la esencia de la recursividad: es decir, en virtud de unas determinadas
propiedades estructurales del procedimiento, éste puede ejecutarse hasta el
infinito, dando lugar a una cantidad potencialmente infinita de objetos con
unas características estructurales específicas.
Antes de seguir adelante, conviene despejar un posible malentendido en
relación a la recursividad: no debemos confundir el potencial de producir
oraciones infinitamente largas con el hecho de que realmente produzcamos
oraciones infinitamente largas o, simplemente, muy largas. El potencial, gra-
cias a la recursividad del lenguaje, existe, como lo evidencian los ejemplos,
aunque nunca le saquemos todo el partido. De hecho, nunca queremos que un
procedimiento se itere hasta el infinito. Como todo programador sabe, cuando
se utiliza un procedimiento recursivo es fundamental definir muy bien las
condiciones de terminación del procedimiento, si se quiere evitar que el pro-
grama entre en un bucle y no se detenga nunca.
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Me queda una propiedad, la tercera, que, por ser la última, no es la me-


nos importante, aunque a menudo los lingüistas se olvidan de ella. El lengua-
je no está intrínsecamente orientado hacia el habla. Cierto, el habla es la
manera más frecuente que utilizamos los humanos para externalizar profe-
rencias en lenguaje natural, pero no debemos tomar este hecho como eviden-
cia de que el lenguaje esté adaptado o cortado por un patrón especial que lo
oriente hacia el habla como único medio de expresión posible. Existen huma-
nos sin habla (los sordomudos, por ejemplo), pero no son humanos sin len-
guaje. De hecho, como todo el mundo sabe, los sordomudos son perfectamente
capaces de desarrollar un sistema que les permite comunicarse a través de
signos. Ese sistema no es, en ningún sentido, una forma más simple o reduci-
da de lenguaje, sino que posee también las propiedades de la dependencia es-
tructural y de la recursividad, la única diferencia es que se procesa con el
sistema visual en vez de con el sistema auditivo: siempre lenguaje, pero en mo-
dalidades distintas.
Resumiendo lo dicho hasta ahora. Los humanos poseemos la capacidad
de producir/comprender un número potencialmente infinito de proferencias
en lenguaje natural. Dichas capacidades de comprensión/producción no están
adaptadas a una modalidad específica, ya que tan lenguaje es un conjunto de
estímulos vocales/auditivos como lo es un conjunto de estímulos gestua-
les/visuales. En ambos casos, nuestros mecanismos de comprensión son capa-
ces de atribuir una estructura a esos estímulos, lo cual nos permite asignarles
una interpretación.
Siguiendo con nuestro proceso de suspensión, propongo, ahora, y si-
guiendo la idea del filósofo cuya cita aparece al principio del artículo, que
nos interroguemos sobre los orígenes de algunas de estas propiedades clave
de lo que hemos denominado lenguaje. Si lo que queremos explicar, por tanto,
es de qué modo consiguen los humanos comprender y producir proferencias en
lenguaje natural, debemos investigar si existen mecanismos cognitivos ances-
trales capaces de llevar a cabo esa tarea y que, además, posean las tres propie-
dades que hemos comentado.

IV. COGNICIÓN SOCIAL Y PROCESAMIENTO VISUAL

En un contexto ligeramente distinto al presente, he sugerido que las


propiedades de las dependencia estructural y de la recursividad no son exclu-
siva del lenguaje humano [Balari (2002), (2004)].
Problemas de espacio me impiden hacer una exposición detallada de es-
ta propuesta, desarrollada dentro del marco de una teoría de los orígenes del
lenguaje, aunque intentaré presentar algunos de sus puntos esenciales.
Si hemos de hacer caso de los que los etólogos nos cuentan sobre la orga-
nización de las sociedades de primates [véase, especialmente, de Waal (1982) y
70 Sergio Balari

los artículos recopilados en de Waal (2001)], la complejidad de las múltiples


relaciones sociales que los diferentes individuos establecen de manera per-
manente o temporal, especialmente en grupos de chimpancés y bonobos, nos
lleva necesariamente a tener que asumir que estos disponen de algún tipo de
categorías cognitivas que les sirven para representar dichas relaciones. El sis-
tema contendría, como mínimo, categorías para la representación de los dife-
rentes tipos de relaciones y, además, categorías para identificar a los individuos
que pueden entrar en cada relación. Supongamos que se trata de esquemas abs-
tractos muy simples como los siguientes:

(6) a. aliado(x; y)
b. madre(x; y)
c. enemigo(x; y)
d. hermano(x; y)

Antes de seguir adelante, un aviso. Los esquemas de (6) NO son una teoría
sobre cómo representan las relaciones sociales los chimpancés. No son más
que un ejemplo que me sirve para poner de relieve algunas propiedades fun-
damentales del sistema. Lo que me interesa es que dichos esquemas son po-
tencialmente recursivos, como se muestra en (7):

(7) enemigo(hermano(x; y); madre(w; z))

La idea de que el lenguaje puede tener sus orígenes en la cognición social no es


nueva y numerosos autores han elaborado propuestas similares; véanse, por
ejemplo, los trabajos de Calvin y Bickerton (2000), Donald (1998), Dunbar
(1996), (1998) y Worden (1998) entre muchos otros. De hecho, entiendo que
una intuición similar está en la base de la propuesta de Derek Bickerton de que
el lenguaje es, principalmente, un sistema de representación, no un sistema de
comunicación [Bickerton (1990)].
Coincido plenamente con Bickerton y otros [e.g. Hauser et al. (2002);
Deacon (1997)] en rechazar la idea de que el lenguaje humano debe haber te-
nido sus orígenes en un primitivo sistema de comunicación animal compues-
to por un número finito de llamadas. Necesariamente, las complejidades del
lenguaje humano —la recursividad y la dependencia estructural, sin ir más le-
jos— nos obligan a suponer que éste surgió a partir de un sistema (o siste-
mas) ya inherentemente más complejo que, eventualmente, pasó a asumir
funciones comunicativas. Es decir, no parece razonable, habida cuenta de las
propiedades mencionadas arriba, asumir que exista continuidad funcional en-
tre el lenguaje y algún sistema ancestral de comunicación con propiedades no
muy alejadas de las que observamos actualmente en los sistemas de llamadas
propios de algunas especies de primates. Atención, sin embargo, porque
aceptar este supuesto no comporta, necesariamente, también tener que aceptar
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que no hay ningún tipo de continuidad evolutiva, ya que es perfectamente po-


sible que algunas capacidades clave asociadas al lenguaje tengan su origen en
capacidades ancestrales con propiedades similares pero funciones distintas de
la actual: la reasignación funcional de un determinado carácter o capacidad es
una situación perfectamente posible desde el punto de vista de la biología
evolutiva y, de hecho, bastante común en la naturaleza.
Supongamos, por tanto, que fue así y, obviando algunos detalles sobre
cómo pudo haber ocurrido, imaginemos que uno de nuestros antecesores fue
capaz de expresar (mediante sonidos o gestos) un pensamiento, cuyo conte-
nido es el de (7), como algo parecido a lo que tenemos en (8), cuya traduc-
ción es (9):

(8) enemigo hermano Luit Tarzan madre Amber Nikkie.

(9) Luit, que es el hermano de Tarzan, es el enemigo de Amber, que es


la madre de Nikkie.

Me he permitido utilizar los nombres con los que Frans de Waal bautizó a los
chimpancés del zoo de Arnhem para su exhaustivo estudio publicado en 1982
[de Waal (1982)]. El ejemplo de (8) posee muchos elementos comunes a lo
que Bickerton denomina protolenguaje [Bickerton (1990)]. En principio, una
proferencia como ésta no precisa nada más que un sistema de representación
como el descrito y, evidentemente, la capacidad de exteriorizar el “pensa-
miento” que subyace a ella, construido sobre la base del sistema de represen-
tación. Pero lo que nos interesa en relación a este punto no es tanto el punto de
vista del emisor del mensaje como el de su interlocutor. Efectivamente, este úl-
timo tiene un problema, un problema de análisis. Si asumimos que la interpre-
tación de (8) es (9), entonces el receptor debe ser capaz de procesar el estímulo
y de asignarle una estructura que le permita llegar a la interpretación correcta.
Es decir, tiene que ser capaz de conseguir algo como lo que tenemos en (10):

(10) [enemigo [hermano Luit Tarzan] [madre Amber Nikkie]].

Y, eso, no es trivial. Se necesita algo más que un sistema de representación, se


necesita un principio constructivo, un mecanismo capaz de producir estructura.
En su libro Language & Species, Derek Bickerton sugiere, tímidamen-
te, que los orígenes de dicho principio constructivo podrían estar en las capa-
cidades de procesamiento visual de nuestros antecesores. Por lo que sé,
Bickerton no ha llevado adelante esta sugerencia, que volvemos a encontrar
en un breve comentario de L. Brothers y M. Raleigh [Brothers y Raleigh
(1991)] y, desarrollada de forma más explícita, en un artículo de M. Sereno
[Sereno, (1990)]; véase también la reciente propuesta de Hurford (2003), que
muestra, sin embargo, algunas importantes diferencias con la que aquí se esboza.
72 Sergio Balari

La propuesta de Sereno se basa en la observación de que la distribución


en el espacio de los diferentes miembros de un mismo grupo de primates
nunca es aleatoria. Al contrario, un análisis detallado de sus desplazamientos
nos revela que cada individuo tiende a elegir su posición en función de la po-
sición de otros individuos y de la relación social que mantiene con ellos, de
tal modo que aliados y familiares suelen estar más próximos entre sí que
enemigos y/o individuos sin relación de parentesco. Según Sereno, ello com-
porta necesariamente disponer de mecanismos capaces de procesar en tiempo
real escenas visuales complejas, de analizar los diferentes elementos que las
componen, es decir, de atribuirles una estructura. Pero ese análisis debe poder
realizarse, necesariamente, sobre la base de un conjunto de categorías de re-
presentación de las diferentes relaciones sociales y de los diferentes indivi-
duos que componen el grupo. Se trata, por tanto, de disponer de la capacidad
de ir descomponiendo un todo —la escena visual— en partes propias a las
que se irían atribuyendo las etiquetas pertinentes —por ejemplo, “esta es mi
madre”, “este es mi amigo”, “este es un enemigo”, etc.—. Nótese, de paso,
que este procedimiento es también potencialmente recursivo, ya que, si bien
es posible efectuar el análisis identificando uno a uno los diferentes indivi-
duos que ocupan el espacio visual, atribuyendo, por tanto, una estructura
“plana” a la escena (Figura 1), también es posible proceder de forma jerár-
quica, identificando grupos de individuos y subgrupos dentro de esos grupos
y, así, sucesivamente hasta identificar todos y cada uno de los individuos de
forma única (Figura 2).

Escena

Ia Ib Ic Id

Figura 1: Estructura de análisis plana para una escena visual con cuatro
individuos.

Escena

G1 G2

Ia Ib Ic Id

Figura 2: Estructura de análisis jerárquica para una escena visual con


cuatro individuos.
Reflexiones biolingüísticas. Cómo puede ayudar... 73

Mi propuesta sería, por tanto, que el lenguaje, con sus propiedades actua-
les, podría haber surgido de la conexión casual entre un sistema de representa-
ción y un sistema de procesamiento de escenas visuales complejas, formando lo
que podríamos denominar un sistema de sistemas —por utilizar un término
neuroanatómico acuñado por A. Damasio [Damasio (1994)]—, más, eviden-
temente, la capacidad de exteriorizar (y comprender) pensamientos mediante
un sistema simbólico convencional. En este escenario, como en el propuesto
por Bickerton en sus trabajos [Bickerton (1990), (1998)], nuestras capacida-
des protolingüísticas (i.e., simbólicas) antecederían en el tiempo a nuestras
capacidades sintácticas (por decirlo de alguna manera), las cuales habrían
surgido de forma casual y repentina y nos habrían dotado de la capacidad de
atribuir a nuestras proferencias estructuras cada vez más complejas. No pue-
do extenderme sobre este último punto (lo que, para muchos, puede parecer
algo menos que trivial), pero basta decir que la exteriorización de determina-
dos pensamientos puede explicarse perfectamente apelando a la función de
satisfacer unas necesidades comunicativas concretas; en cuanto al uso de
símbolos, existen argumentos convincentes en favor de la idea de que éste se
fundamentaría, precisamente, en la necesidad de discriminar de forma in-
equívoca las diferentes entidades del mundo que nos rodea [véase, en particular,
Harnad (1990), (2002)]. Lo importante aquí es observar que dos propiedades
clave del lenguaje humano como la dependencia estructural y la recursividad
no son tan insólitas y pueden haber estado ya presentes en algunas de nues-
tras capacidades cognitivas ancestrales.
Un elemento que refuerza esta idea de que la recursividad (o la capaci-
dad de procesar estructuras recursivas) podría haber estado presente mucho
antes de la aparición efectiva de nuestras capacidades lingüísticas lo hallamos
en una serie de recientes experimentos sobre la capacidad de aprendizaje de
los monos tamarindos. En dichos experimentos [reseñados en Hauser et al.
(2002)] se demuestra la capacidad que poseen estos monos de identificar re-
gularidades en cadenas arbitrarias pertenecientes al lenguaje ab*. Esta capa-
cidad se quiebra, sin embargo, cuando el lenguaje es anbn, cosa que no ocurre
con sujetos humanos. Recordemos que la diferencia entre ambos lenguajes
es, simplemente, que el primero es regular (o de Tipo 3 dentro de la Jerarquía
de Chomsky), mientras que el segundo es un lenguaje independiente del con-
texto (o de Tipo 2). Crucialmente, ambos sistemas son recursivos, de modo
que, si los tamarindos aprenden gramáticas regulares, pueden procesar recur-
sividad y esta es, por tanto, una capacidad muy antigua: los tamarindos son
monos del Nuevo Mundo, con un antepasado común a nosotros alejado unos
treinta y siete millones de años.
Tampoco puedo extenderme en este punto. Para terminar me gustaría
comentar brevemente algunas consecuencias de lo dicho hasta ahora, lo que
me servirá, además, para extraer algunas conclusiones finales, que expongo a
continuación.
74 Sergio Balari

V. CONCLUSIONES

Como habrá podido apreciar el lector, nuestra estrategia de suspender


determinadas concepciones sobre lo que es el lenguaje y de concentrarnos en
determinar los orígenes de las tres propiedades que mencionábamos ha tenido
como consecuencia que, poco a poco, fuera tomando forma una percepción
un tanto diferente de lo que es el lenguaje. En efecto, hasta aquí, la concep-
ción que ha ido tomando cuerpo es la de lenguaje en tanto que proceso cogni-
tivo. No se trata, todavía, de negar —ni de afirmar, insisto— que no haya
nada en todo este asunto que eventualmente merezca el título de sistema de
conocimiento o gramática (aunque, a mi modo de ver, dicha idea se ve nota-
blemente debilitada): simplemente se trata de demostrar que, como principio
metodológico, tan legítimo es conceder prioridad epistemológica al problema
del uso del lenguaje, como conceder esa prioridad a cualquier otro problema
(el de la adquisición de un sistema de conocimiento, por ejemplo). No creo
que exista ningún elemento a priori que nos permita valorar las virtudes y los
defectos de uno u otro enfoque. En cualquier caso, sí me parece claro que, al
adoptar la perspectiva histórica a la manera hegeliana, el objeto lenguaje se
nos presenta como algo mucho más difuso y con fronteras menos definidas:
esa colección de sistemas interconectados entre sí. Y nada más.
Ya advertí al principio que mucho de lo que aquí se expone es altamen-
te especulativo y programático. Por este motivo, me limitaré a terminar enu-
merando lo que, a mi modo de ver, son algunas de sus consecuencias más
importantes. Lo haré sin ánimo de defenderlas ni justificarlas, simplemente
considero que son la consecuencia lógica de la estrategia de análisis que he
adoptado.
Las lanzo, pues, a modo de provocación, como elemento de reflexión
para todos aquellos que intentamos comprender los misterios del lenguaje y
la cognición.

1. En un sentido estricto, el concepto tradicional de gramática (i.e., el


heredado de la teoría de los lenguajes formales) no tiene ninguna
cabida aquí, ni tampoco la idea de que hay un procesador que ‘usa’
esa gramática.

2. De hecho, creo que tampoco tiene demasiado sentido utilizar térmi-


nos como Facultad del Lenguaje, ya que no parece que éstos desig-
nen objeto alguno. No hay tal facultad más allá del hecho de que
una serie de sistemas neuronales preexistentes han llegado a coope-
rar y a trabajar juntos. El término, en este sentido, puede tener valor
metodológico, pero carece por completo de valor ontológico.
Reflexiones biolingüísticas. Cómo puede ayudar... 75

3. Dicho esto, me siento con la obligación de reforzar un poco esta idea,


ofreciendo una respuesta preliminar a cómo puede haberse produci-
do esta interconexión. Fundamentalmente, aumentando el número
de conexiones interneuronales estables, lo cual dotaría al cerebro
con mayor capacidad de cómputo. Y ¿cómo se aumenta el número
de conexiones estables? Pues concediendo más tiempo al sistema
nervioso para desarrollarse. Allí estaría, por ejemplo, la diferencia
entre un humano y un tamarindo (o un chimpancé): en las diferentes
tasas de desarrollo de los respectivos sistemas nerviosos, mucho
más dilatada en el caso de los humanos.

4. En estas condiciones, las “facultades” emergerán naturalmente, a me-


dida que se incrementan los recursos computacionales disponibles.

Bien, pues eso es todo, que no es poco. El tiempo dirá cuánto merece la
pena conservar y cuánto debemos rechazar definitivamente.

Departament de Filologia Catalana (Àrea de Lingüística General)


Universitat Autònoma de Barcelona
Facultat de Lletres, Edifici B
E-08193 Bellaterra (Barcelona)
E-mail: Sergi.Balari@uab.es

NOTAS

*El texto de este artículo es una versión revisada de una conferencia de doctora-
do presentada en la Facultad de Psicología de la Universidad de Málaga en abril de
2004. Mi más sincero agradecimiento a Ignacio Moreno Torres por su amable invita-
ción y su cariñosa acogida. También gracias a Elisenda Farré y a Raquel Fernández,
que se tomaron la molestia de leer una primera versión del artículo y de hacerme al-
gunos comentarios y sugerencias muy útiles. Finalmente debo agradecer a Guillermo
Lorenzo sus atinadísimas observaciones y que tuviera la idea que yo no tuve: publicarlo.
La mención 2001SGR 00150 de la Generalitat de Catalunya al Grup de Gramàtica
Teòrica de la Universitat Autònoma de Barcelona ha facilitado la preparación de este
trabajo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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