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Parecía un indio blanco. Se creía el último mohicano. Parecía un indio pálido, de pómulos salientes,
trasplantado de continentes perdidos, descolorido por sus largas investigaciones en la Bibliothéque
Nationale, donde estudiaba escritos esotéricos. Caminaba despacio, como un sonámbulo atrapado en la red
del pasado e incapaz de entrar en el presente. Estaba cargado de recuerdos, aplastado por ellos. De todas sus
investigaciones y cálculos no extraía otra cosa que el veneno de la fatalidad. Sólo veía la locura del mundo,
la proximidad de una gran catástrofe que afectaría al mundo entero. Para el mohicano, toda vida era un
pequeño fenómeno de cristalización que se producía en la superficie de un planeta. En consecuencia, veía a
las personas sin su densidad humana. Veía su fosforescencia. Hablaba de la intensidad o debilidad de la luz
que emitían. Veía sus cóleras como rojas lenguas de hidrógeno que saltaban, un acto de ternura vomitando
ternura desde Venus. La fijeza de su hipnótica mirada descubría los vapores de agua de las palabras no
dichas, de las intenciones no concretadas. Nos veía a todos sin centro de gravedad, como simples rayos de
luz cósmica liberados por la explosión de inquietas estrellas.
Por la noche le acosaba el temor de lo que podía ocurrir si el sol estallaba. Se despertaba por la ma-
ñana recordando que esa estrella había estallado hacía mil trescientos años. Pero su clarividencia no le
llevaba a ninguna parte. Tenía los pies aprisionados en botas de plomo. El núcleo de su persona era como el
núcleo de la tierra: rocas y hierros que el furioso fuego no alcanzaba a fundir.
Este hombre fatalista, que surgía de las profundidades de su pasado con los ojos intolerablemente
abiertos, ofrecía al mundo, en primer lugar, un aspecto de legendaria elegancia. Cuando entregaba su
americana, lo hacía con el cuidado de quien no quiere verse afligido por una mota de polvo. Y, cuando
colgaba aquella prenda, lo hacía con minuciosa delicadeza, para que no se formase en ella ninguna arruga.
El blanco cuello de su camisa estaba increíblemente almidonado, y sus puños deslumbraban de blancura.
Sus guantes de piel estaban sin estrenar. Sus ropas no mostraban señal alguna de haber sido usadas. Los
sonámbulos hacen pocos gestos, nunca tropiezan con los objetos, nunca se caen. El trance le llevaba por
entre todos los obstáculos con una gran economía de movimientos, y el sueño se interponía entre él y todo lo
que deseaba tocar y sentir. Él mismo pasaba sin ser visto ni tocado, inalcanzable, sin dar en ningún momento
muestra alguna de realidad: ni una mancha, ni una lágrima, ni un indicio de fatiga ni de la proximidad de la
muerte. Parecía más bien que la muerte le hubiese ocurrido ya, que él ya hubiese muerto para todas las
fricciones y roces de la vida, que hubiese sido pomposamente enterrado con todas sus posesiones, vestido
con sus mejores ropas, y que ahora pasease por París con el único objeto de advertirnos que Europa estaba
desquiciada.
Poseía la armadura del aristócrata, una fuerte armadura que no sólo sostenía sus ropas sino que le
prohibía quejarse, suplicar, abandonarse o relajarse, ni física ni espiritualmente; esa extraordinaria armadura
que es la única característica que redime a la nobleza, la última de las erectas y estilizadas actitudes que
están desapareciendo de nuestro mundo.
También su voz venía desde muy lejos cuando narraba la subasta de todas sus pertenencias, de la
rapacidad de la gente que se peleaba por sus dibujos, que cambalacheaba con sus recuerdos íntimos, sus
trofeos, símbolos, regalos mágicos, prendas de amor. Este espectáculo, y la pérdida de todos los objetos que
amaba, le hicieron tanto daño que se sintió calcinado, como esos árboles que se ven a veces en el sur, que
siguen en pie pero que tienen las entrañas quemadas, convertidas en cenizas.
—Quizá —decía el mohicano— todos aquellos que pretenden desvelar los misterios tienen vidas
trágicas. Al final, siempre son castigados.
Su conversación era esférica, describía enormes elipses, aludía a los baños turcos de Argelia donde un
hermoso muchacho le hizo un masaje tan eficaz que el mohicano tuvo que huir de él... mientras toda su
expresión indicaba que en realidad no había huido, indicaba una retrospectiva burla de la experiencia, algo
así como el deseo del criminal de volver al lugar del crimen. Si yo insistía, podía averiguar que había vuelto
a ver al muchacho, pero nada más que eso. Sin embargo, mientras el mohicano hablaba de aquello, la misma
posición de su cuerpo, su misma manera de apoyarse más en un pie, de cruzar los brazos como una mujer
para proteger el centro de su cuerpo, el enrejado de sombras que hacían tabú el centro de su cuerpo, mientras

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sus ojos confesaban la perversidad, todo hacía imaginar al mohicano y al muchacho juntos.
El mohicano hablaba siempre como un voyeur, con imprecisiones y con una excitación misteriosa
debida a lo que acudía a su memoria en el momento dado, y no en absoluto a lo que estaba diciendo. Pero el
rápido y perspicaz «¡ Ah! » que profería al menor indicio de una aventura era tan expresivo que uno se daba
cuenta de que el mohicano sabía todo cuanto se podía saber o experimentar.
Al mismo tiempo, yo sospechaba que lo que creaba aquella sensación era la exageración del incidente
que efectuaba su imaginación. Cada una de las escenas a las que aludía era inmediatamente hinchada, y las
derivaciones de misterio, terror y perversidad eran tan intensas que el incidente en sí mismo quedaba
ahogado en ellas.
Su conversación era como la gran noria de una feria, con sus pequeñas jaulas llenas de gente, el lento
movimiento de la rueda, el viaje esférico de las pequeñas jaulas, y la ilusión de un gran viaje circular que
nunca llevaba a los viajeros más cerca del centro. Uno se veía cogido en el exterior de la noria, era movido
circularmente en el espacio, y era depositado otra vez en el suelo, sin haberse acercado en absoluto al eje
palpitante. El mohicano movía a las personas a su alrededor, siempre a la misma distancia matemática,
quebrantando todas las leyes de la vida y de las relaciones humanas que prescriben choques y uniones.
Vivía en la cumbre de una colina que domina París, cerca del blanco Sacré Coeur que la convierte en
una isla árabe. Vivía en un hotel muy pequeño, en una buhardilla; el techo se inclinaba sobre su cama. Había
introducido en aquella habitación el orden y la desnudez de una celda monástica. Tenía los libros forrados
con celofán. El secante que había sobre la mesa estaba blanco y sin una mancha. En las paredes había
horóscopos dibujados con delicadeza geométrica. Los planetas, representados por finas líneas azules, rojas y
negras, atravesaban las «casas». Las oposiciones entre ellos eran representadas por trazos rojos, las
cuadraturas en negro, las conjunciones en azul. De vez en cuando, la Luna y el Sol chocaban y se unían en
su lucha por el poder. Plutón, el señor del mundo subterráneo, había sido descubierto recientemente, y el
mohicano le temía. Tanto le temía que me permitió leer el librito rojo en el que se describía su importancia y
su manera de actuar, pero no quiso decirnos a ninguno de nosotros cómo podía afectarnos directa y personal-
mente. Pronunciaba frases entrecortadas acerca de su gran poder maléfico, de la dualidad, la oscuridad y la
confusión que provocaba.
Era Plutón el que dividía en dos nuestro ser y nos dejaba vacilando en la fina línea que separa la
sensatez de la locura. Nos convertía en actores. Condenaba nuestros amores al fracaso.
Movida siempre por una gran deseo de revelaciones fundamentales, su reserva me frustraba, y seguía
deseando abrir la caja de Pandora. Por ello, cada vez que le veía era ésta la primera pregunta que le
formulaba, y cada vez él volvía la cabeza y me respondía con una mirada oblicua:
—Todavía es pronto para decir exactamente cómo nos afecta.
Sentado en su pequeña buhardilla, el mohicano observaba nuestras vidas y hacía predicciones. Sólo
necesitaba la hora, la fecha y el lugar de nuestro nacimiento. Una vez sabía esto, desaparecía durante varios
días en su laboratorio del alma, y no volvíamos a verle hasta que el horóscopo había reposado bien, como él
decía, como si nos hubiese preparado algún brebaje de hierbas. ¿Sabía verdaderamente cuándo atacarían la
enfermedad y la locura? ¿Sabía cuándo íbamos a amarnos, unirnos, separarnos? Él creía saberlo, y nosotros,
cuando estábamos desorientados o confusos, queríamos creerlo también. Lo que descubrimos con el tiempo
es que él no sabía más que nosotros sobre la realidad de un acontecimiento. No era capaz de distinguir entre
potencialidad y realización, entre el sueño y la realidad. Muchas experiencias y acontecimientos que predijo
no llegaron a aparecer nunca en la superficie de nuestras vidas; sólo ocurrieron en el ámbito del sueño. Y
muchos sueños que él había esperado que seguirían siendo mitos adquirieron forma humana y se realizaron.
Su mayor sufrimiento procedía de su incapacidad de interpretar su propio horóscopo. Como la enun-
ciación definitiva dependía de la interpretación de los datos, no podía confiar en su propia objetividad.
Estaba absolutamente aplastado por una sensación de fatalidad.
Cuando estalló la guerra, él estaba en la Bibliothéque Nationale realizando un estudio sobre mito-
logia. Gradualmente, los libros que usaba fueron trasladados a lugares más seguros. El mohicano se encontró

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privado de sustento. Y se puso a estudiar lo que podía: cristalografía, hierbas y perfumes, brujería y
alquimia. Pero estos libros tampoco tardaron mucho en ser almacenados en subterráneos, en los infiernos de
Plutón. Esto representó para el mohicano la inanición espiritual, y adelgazó mucho.
Cuando llegaron los alemanes, debido a sus cartas, mapas, cálculos y predicciones de la muerte de
Hitler, fue detenido por saboteador celeste.

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